Bueno, without further ado, demos por iniciada esta conversación en torno a los puntos de contacto entre el español y el inglés que se crean por medio de la traducción; es decir, a los “movimientos de traslación” entre esas lenguas. Si partimos del hecho de que un traductor es alguien que mantiene una relación especial con el lenguaje (al menos un interés más allá del promedio con las lenguas que trabaja) y que traducir es un ejercicio de la subjetividad (no hay dos traducciones iguales), me parece importante comenzar por conocer de qué modo se dio su encuentro entre el inglés y el español. Quizá de ahí podamos inferir algo sobre cómo alguien se convierte en traductor y qué es, a fin de cuentas, traducir.
Robin Myers:
Tal vez suene demasiado romántico, pero no puedo pensar en la traducción literaria sin pensar primero en el hecho de tener una relación con dos idiomas, el inglés y el español, en otros ámbitos de la vida —y en el hecho de que esa relación es algo que no siempre vivía—. Crecí en Estados Unidos y hablaba solamente inglés. Cuando empecé a estudiar español en la prepa, ya había estado un par de veces en México y sabía que quería volver: para mí, aprender otro idioma tenía que ver directamente con un deseo, uno que recuerdo ahora como inexplicablemente intenso, de vivir aquí. La idea era habitar un idioma para poder plenamente habitar un lugar. Y ahora que lo estoy haciendo, años después, la práctica de la traducción literaria me parece una manifestación incluso más concentrada del mismo fenómeno. Parte, según lo siento yo, de un impulso de estar adentro de algo: dentro de dos idiomas (uno, el materno, siendo invariablemente más íntimo, más cercano) y de sus respectivas texturas y sonoridades y tradiciones; dentro del pensamiento de algún escritor en particular y, por lo tanto, del mundo teórico y léxico y cultural que aquello habita; dentro de un texto que amas para poder acercarte más a él. Para mí, traducir nace de eso. De leer algo en español que me fascina o me conmueve o me asusta, de querer entender cómo funciona para provocarme lo que me haya provocado, y de llevarlo al inglés para estar tan cerca como pueda de ello: para reproducir ese vínculo en mi propio idioma. Cuando pienso en cómo ocurre ese proceso para mí, cuando pienso en la raíz, en el deseo más básico de hacerlo, recuerdo algo que hacía en la adolescencia, ya habiendo cursado algunos semestres de español: en la noche, cuando ya no toleraba hacer tarea, bajaba al sótano de la casa con un libro de Neruda en versión bilingüe y me leía sus sonetos en voz alta, primero en español y luego en inglés. Repito la idea: quería habitarlos ambos. Y quería entender lo que pasaba en la traducción para hacer que se sintiera tan distinto habitar cada uno por separado. Tedi, me pregunto de manera muy general cómo has vivido tú la relación con ambos idiomas, ya sea como traductora o en cualquier otro sentido.
TEDI LÓPEZ MILLS:
Los dos idiomas, en mi caso, han llevado vidas simultáneas y, en un inicio, la relación entre ambos tuvo que ver con poderes desiguales: a veces ganaba el materno, otras, el paterno. En ese sentido, uno —o yo— hablaba y des-hablaba con la culpa o la traición mirando por encima del hombro. Mi mamá nunca logró dominar el español y mi papá apenas farfullaba el inglés; los intercambios, por lo tanto, eran ilícitos y había que corregirlos para que hubiera un mínimo de claridad. Así, mucho antes de traducir, empecé por interpretar.
Durante los primeros catorce años de mi vida, por inercia y educación, el idioma dominante fue el inglés: mis lecturas, mis prejuicios, mis preferencias, mis amistades y mis enemistades. Pero en mi cabeza la cohabitación con el español continuaba: dos sombras al acecho en un mismo cuarto. Debo confesar que en esa época mis lecturas no incluían de ningún modo a la poesía y que ni siquiera había contemplado la noción de traducirla.
Sin embargo, en algún momento de crisis adolescente decidí que mi idioma debía ser obligatoriamente el español y que el inglés ocuparía el asiento trasero. Me impuse una disciplina sumamente tediosa: detener el flujo de la conciencia y trasladarlo de nuevo al español, hasta que ya no fuera necesario intervenir.
Ahora, por fortuna, el espacio de los dos idiomas se ha despejado y puedo concebirlo como un lugar de batallas conceptuales o espirituales, dependiendo del día. Todavía me angustio ligeramente cuando las palabras se enciman, cuando una en inglés tapa a la misma en español o viceversa, pero me consuelo pensando que, a fin de cuentas, se tratarán con cierta cortesía y que una le cederá el paso a la otra.
Traduces mucho más que yo, Robin, y has logrado incorporarte al español y a esa curiosidad o superchería que llamamos “lo mexicano” de un manera asombrosa. Pero me pregunto y te pregunto si aún hay zonas brumosas, obstáculos específicos que se refieran al idioma o a la cultura de ese idioma que te resulten difíciles de resolver.
RM:
Por supuesto. Se me ocurren varios, tanto en el ámbito cotidiano como en el literario. Una de las principales zonas brumosas es el humor. A pesar de sentirme ya bastante familiarizada con cierto rango de registros en el español mexicano, y con cierto lenguaje que se utiliza dentro de ese rango —que incluye el humor, claro, los juegos de palabras, los dichos, el albur—, todavía me pasa, y seguramente me pasará siempre, que me pierdo en ciertos contextos de “juego”, digamos, contextos en los que un grupo de personas (¡siempre es más difícil en grupo!) van improvisando una dinámica juguetona o burlona. Ahí entran capas y capas de sentido: coloquialismos en general, chilanguismos en particular, el trasfondo político y social, referencias culturales que no necesariamente conozco, distorsiones léxicas que para entenderlas uno tiene que entender primero todas las cosas que se vayan amalgamando o torciendo o injertando sobre otras cosas, y así hasta el infinito. Cada vez más el humor me parece la última frontera, el terreno más desafiante al aprender un idioma —y la cultura de ese idioma, como dices tú, Tedi— y, luego, al pasar toda la vida cotidiana inmersa en él.
Y bueno, hay otros terrenos igual de complejos, aunque sea de otra manera. Cuando me enojo, por ejemplo, me siento absolutamente inepta en español; siento que mis palabras (¡como si fueran mías!) huyen de mí. Cuando estoy muy cansada también: tropiezo total. Esos momentos, y sus sensación de estar pataleando en un charco como una niña que no sabe expresar lo que quiere, me recuerdan siempre que hablar dos idiomas significa la traducción constante de la personalidad propia. Y así como ocurre con la traducción de un poema o cualquier texto, la versión traducida de uno termina siendo distinta. Sé que soy más sarcástica en inglés y más directa; siento un poco más afilados los bordes del habla. Y me gusta la sensación de volver a eso después de mucho tiempo sin sentirlo.
Hay otro juego de obstáculos que me interesa plantear, y éste sí tiene que ver directamente con la traducción literaria. Primero, un ejemplo: en los últimos meses he estado traduciendo dos libros de Alejandro Crotto, un poeta (y traductor) argentino. El segundo libro, Chesterton, incluye varias formas poéticas —el soneto, la lira, etc.— que aparecen en su formato “puro”, por así decirlo, o que han sido técnicamente intervenidas, modificadas, escondidas, incluso fundidas con otras formas… e incluso los poemas que no adhieren a ninguna forma tradicional tienen los versos medidos. Traduciéndolos (o intentando traducirlos), he pensado mucho en qué tanto tuvo que haber absorbido Crotto de su propia tradición poética —de la historia del soneto, en la poesía iberoamericana, por ejemplo— para interiorizar sus reglas y, a su vez, romperlas, o volverlas a inventar. Eso es, invariablemente, un obstáculo enorme para mí como traductora: no sólo porque no vengo de la misma tradición, sino también porque no sé lo que él sabe de ella, no he leído todo lo que él ha leído, etc. Y me pongo a pensar en la “tradición” de la que sí vengo como estadounidense, o como angloparlante, y me doy cuenta de que tampoco ando por la vida pensando en ella todo el tiempo, ni me siento plenamente consciente de las corrientes formales o culturales que llevo en la sangre como persona que habla y lee y escribe en cierto idioma, aunque necesariamente estén allí.
¿Cómo es eso para ti, Tedi? Al leer en inglés y en español, al traducir del inglés y escribir en español, ¿reflexionas conscientemente sobre la tradición lingüística y literaria de la que formas o no formas parte? ¿Ahí también existen obstáculos —o guías—para ti como traductora? (Partiendo del hecho, diría yo, de que ser traductor consiste principalmente en ser lector).
TLM:
Vamos por partes, como dicen los que saben decir esas cosas. Tu experiencia personal en la zona brumosa, los tropiezos con el sentido del humor, los recursos limitados con esas expresiones tan elementales como la ira o el miedo o el dolor, me hacen pensar en mi mamá. Ella tenía un gran sentido del humor que no pasaba la frontera estricta del español y, cuando se enojaba, sobre todo con mi papá, recurría al inglés porque el español funcionaba como un títere ajeno y torpe. Uno de los momentos más conmovedores de esta doble vida con los lenguajes fue cuando ella se enfermó ya gravemente: nunca pudo explicar con precisión los detalles de lo que iba sintiendo, y las generalizaciones en las que caía provocaron cierta condescendencia y hasta cierta indiferencia en los doctores. Murió en otro idioma, no en el suyo; eso ha de ser raro.
Pero hay otra parte en la zona brumosa, desconcertante, perpleja, que me parece fundamental cuando uno traduce y que, según yo, hay que conservar: una especie de cuerda floja o filo de navaja. El riesgo de caerse aniquila el peligro de la confianza excesiva, de acomodarse en el otro idioma como si uno estuviera en su propia casa.
Se trata más de hechos concretos que de teorías acerca de la traducción. Aunque uno quiera complicarla, sí existe la literalidad: table es mesa y chair es silla y heart es corazón, por más que las raíces contextuales puedan moverse de lugar; existen también los “falsos amigos” (menos en inglés que en francés, el otro idioma que conozco); recuerdo ahora dos ejemplos: wisdom tooth, muela del juicio, se tradujo como diente sabio, y sillon, que en francés significa surco, se tradujo como sillón. De ahí que la paranoia me parezca un instrumento muy útil a la hora de ponerse a mudar palabras de un lado al otro.
En cuanto a tu pregunta, la tradición y la conciencia de la tradición son una ventaja y un lastre. Yo no leo con el peso de esa conciencia, como tampoco camino con el cúmulo de todas mis anteriores caminatas encima. Sería imposible la sensación de novedad, de descubrimiento o, incluso, la melancolía de la ignorancia.
Con la traducción, mi premisa es muy simple: el texto que estás traduciendo ya viene con un manual de instrucciones, explícito o implícito. Si es un soneto, el problema obviamente se intensifica y la decisión se reduce a si le vas a dar esa forma en tu idioma o a crear una versión “libre”.
Establecer la igualdad entre tradiciones diferentes, incluso un justo medio, por más ficticio que sea, acaba siendo un argumento ideológico. El inglés de Inglaterra sigue peleándose con el de Estados Unidos (al que considera inferior y espurio), y lo mismo hace el español de España con los de América Latina (a los que tampoco respeta, pero sí tolera porque somos tercer mundo y la corrección política, etc.). El inglés, al menos, no se rige por una Academia de la Lengua que año tras año aprueba o reprueba usos y costumbres del idioma.
Pero ya me fui por las ramas. ¿De qué nos agarramos para seguir? Traduje las Iluminaciones de Rimbaud el año pasado y con eso le añadí una capa más al palimpsesto de Rimbaud. Lo hice para leerlo-escucharlo como no lo consigo en francés; de todas maneras, en mis versiones actuales aún distingo una nota falsa. Y no sé en qué etapa del camino del francés al español se me descompuso el aparato. ¿Te pasan cosas semejantes o ya debo comenzar a preocuparme?
RM:
Antes de contestar esa pregunta, quiero decir que me encantó lo que decías de la paranoia como una herramienta útil, algo que nos impide —y así nos protege de— existir en el segundo idioma como si estuviéramos en casa. Así como vivir en otro país es ser siempre un invitado en otra cultura, traducir se parece a ir seguido a la casa un amigo muy querido y aun así pedir permiso siempre antes de quitarse los zapatos y tener miedo de tirar el café sobre su sillón blanco y cosas así. (A lo mejor es otro tema, pero respecto a esta misma idea de que la traducción sirve como arma contra la confianza excesiva, pienso en un comentario que me hizo un traductor escocés: dijo que le gusta la traducción porque tiene algo intrínsecamente “zen”; si lo haces bien, te esfumas. Es decir, la gente se olvida de que estás ahí atrás, se olvida de estar leyendo algo traducido. La tarea le exige a uno que ajuste su relación con su propio ego; no sé qué piensas tú, Tedi, pero creo que es una postura muy distinta de la que se puede generar en torno a los textos propios).
Me interesa mucho lo que dices de tu traducción de Rimbaud y de la capa que añadiste a su palimpsesto. Traducir las Iluminaciones —¡me quito el sombrero!— debe ser una manifestación particularmente rica y compleja del hecho de que toda traducción tiene algo de palimpsesto: es inevitable que uno vaya agregando, quitando, rayando, modificando lo anterior —existan o no traducciones previas— para generar algo nuevo que le haga justicia (o eso es lo que uno espera). Algo nuevo que al mismo tiempo signifique una interpretación, un énfasis en lo que uno mismo encuentre ahí al leer el texto y sumergirse en él.
Sinceramente dudo que se te haya descompuesto el aparato, Tedi. Pero sí reconozco muy bien esa sensación de ansiedad, el miedo de la “nota falsa”. Por supuesto que a mí me pasan cosas semejantes y siempre dan mucha angustia. Hace un par de años estuve traduciendo el libro El paisaje interior de la poeta argentina Mirta Rosenberg, y me tocó otra serie de decisiones formales como las que siguen surgiendo con la poesía de Alejandro Crotto: el libro contiene una sextina, para dar un ejemplo —una forma densa y difícil, pero compuesta en el poema de Rosenberg de un lenguaje impresionantemente sencillo, directo, poco ornamentado—. Yo tomé la decisión de reproducir la sextina en inglés, pero por varias razones —entre ellas mis propias tendencias y manías y también los retos al cumplir con las reglas silábicas y estructurales de la forma— mi versión sale mucho más barroca, más formal. La traducción tiene otro tono; todo pasa en un registro completamente distinto, y eso me preocupa. No creo que esas diferencias, esas capas agregadas, ya sea de textura sonora o de sentido o de otra cosa, sean necesariamente malas. Pero sí te obligan a cuestionar cada decisión que tomas.
Me pregunto si el miedo de que se te haya descompuesto el aparato, como decías, al traducir algo para leerlo-escucharlo como no lo conseguimos en el idioma original, no tendrá algo que ver con la frecuentemente citada idea —y es una idea enormemente ansiosa— de lo que “se pierde” en la traducción, o de la traducción como un acto de violencia. Pero no sé, pienso en una entrevista con la traductora Karen Emmerich en la que dice (y lo traduzco del inglés al español, ¡perdónenme!): “En lo personal no considero que la traducción sea de ninguna manera un acto violento o destructivo, y creo que hablar en esos términos muchas veces termina siendo ingenuo e insincero… Según lo veo yo, la noción de la traducción como daño o pérdida puede hacer daño en sí misma. Veo cada traducción como una ganancia: puedes ganar un poco o mucho, pero siempre que se traduce una obra literaria, sales con más, no con menos”. No sé exactamente hacia dónde voy con esto, Tedi, pero me da curiosidad saber cómo te relacionas tú con estas ideas de “pérdida” y “ganancia” en la traducción —en tu propio quehacer como traductora, pero además, tal vez, en cómo ves la recepción en México de literatura traducida, ya sea literatura estadounidense o de otras partes.
TLM:
Asumamos el diseño de ramas que ya adquirió nuestro intercambio.
Voy a hablar primero en términos de tiempo: cuando traduzco, transcurre sin que yo me dé cuenta. De repente la hora ya cambió y es tan tarde como yo quiero que sea. El tiempo no me estuvo esperando con impaciencia. Sucede lo contrario al escribir: al otro extremo están las horas y tengo que alcanzarlas. No hay texto original que me proteja. Traducir es como escribir, pero el consuelo radica precisamente en el “como”.
Decidí traducir las Iluminaciones porque leí la traducción que hizo John Ashbery de estos textos, poemas, retazos, visiones, puras hojas sueltas que Rimbaud le dio a Verlaine antes de empezar su vagabundeo. Me gustó que en las versiones de Ashbery hubiera neutralidad cronológica: ni un solo matiz decimonónico, nada de vocabulario rebuscado. Tal cosa le sugirió Nabokov a Edmund Wilson (sin la menor pizca de amabilidad): que no tradujera a Pushkin buscando crear un equivalente de Pushkin en inglés, que no le pusiera una camisa de fuerza, que no manipulara el texto hasta alterar incluso sus rasgos originales. Lo regañó y le pidió modestia: una traducción que no revelara la vanidad del traductor.
Las intenciones del traductor pueden ser invasivas, posesivas, pasionales. Si ya la poesía misma pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma —soneto, lira, décima o el mero lirismo incomprensible—, tratar de reproducir esa forma en el otro idioma puede desembocar en un sitio equivocado: lejos del original y lejos de lo que uno imaginó cuando resolvió traducirlo.
Por comodidad o flojera, tiendo a evitar esos espinosos problemas. Me parece increíble y admirable que te hayas lanzado a construir una sextina; lo hizo Pound con Arnault Daniel y, gracias a eso, la sextina se convirtió en una forma del siglo xx. No fue necesario batallar con el tono: ¿cuál le correspondía al provenzal? Menciono a Pound a propósito. Se atrevió a todo en la traducción, sin la menor reticencia. Y creo que salió muy bien librado. Me pregunto (y te pregunto) ¿qué significa para tu generación el itinerario entero de Pound? ¿Aún pesa, positiva o negativamente?
El palimpsesto que ya mencioné es otra palabra (más elegante y pomposa) para decir tradición. Hace unas semanas leí que acaba de publicarse, en España, una nueva traducción de La tierra baldía de Eliot. Junto al anuncio de esta edición se puso una lista de las versiones que se han hecho de los dos versos iniciales. Fue interesante (morboso, perverso) compararlas. La nueva traducción va así: “Abril es el más cruel de los meses / pues…”. Caramba. Dudo que sea superable el hallazgo de “meses / pues”. El vínculo entre un texto y su traducción es nítido, pero cuando proliferan las versiones de este texto y lo que importa es que la última difiera de la anterior, el asunto puede desviarse hacia otro tipo de enfrentamiento. Y hasta valer la pena por eso mismo.
Sospecho que la “nota falsa” que sigo oyendo en mis traducciones se refiere ni más ni menos que al original, lo insalvable que se queda del otro lado cuando un idioma se traslada al otro. Hay ganancia, sin duda, pero también hay pérdida; pensar de otro modo sería ingenuo, y darle demasiada importancia a la “pérdida” obligaría a una suerte de encierro lingüístico. Al momento de leer lo que he traducido la presencia del original es ineludible, está detrás o delante de mi propia versión y no la suelta. Mi premisa es que el aparato nació descompuesto y que, una vez aceptada esa falla, las vías se abren para que uno siga traduciendo.
RM:
Me iré por un par de ramas que siguen creciendo en este diseño. No me siento plenamente capaz de contestar tu pregunta sobre Pound, pero es un tema que me interesa mucho. Sobre todo porque —y me parece cada vez más extraño que así sea— casi no lo leía antes de venir a México: ni por mi cuenta ni en la universidad. Leíamos mucho a Eliot, por ejemplo, pero no a Pound, ni como poeta ni como traductor; en todo caso, recuerdo que lo invocaban más como referencia histórica que como presencia vigente. (Hablo solamente a raíz de mi propia experiencia, claro; por otra parte, he estado fuera de Estados Unidos desde que terminé la carrera, entonces el panorama que tengo sobre mi generación allá, sobre su formación y su trabajo, está bastante borroso). Mi teoría, burda, tal vez, es que la vaguedad de su reputación literaria, y siento que ésa sí pesa mucho, tiene que ver con la incomodidad de su legado político en Estados Unidos, el rechazo hacia su ideología fascista, un repudio de su figura que deviene en una falta de contacto con su obra. Aquí en México he conocido a muchos más poetas y traductores jóvenes que describen a Pound como una influencia directa, o al menos como una revelación en cierto punto de su formación. Escuchar esa fascinación menos inhibida me ha permitido sentirla también. Se atrevió a todo, como tú dices; como traductor era absolutamente intrépido, exuberante, feroz.
Me llama la atención tu comentario sobre las múltiples versiones existentes de una traducción, sobre los vínculos que se establecen entre sí, más allá del vínculo que mantiene cada una con el texto original. Usaste la palabra enfrentamiento, y sí: traducir algo ya traducido implica un íntimo enredo de inspiraciones, provocaciones y rechazos, un forcejeo con lo anterior que a veces resulta difícil distinguir de un abrazo. El escritor, filósofo y traductor William Gass escribió un libro bellísimo que se titula Reading Rilke: Reflections on the Problems of Translation; tiene una parte en la que va comparando varias versiones de las Elegías de Duino, verso por verso, analizando las decisiones, resoluciones y errores de cada una. Si bien puede llegar a sentirse algo mezquino este tipo de ejercicio —“Mira, yo logré lo que los demás no pudieron”, etc.—, ciertamente es rico recordar que el acto de traducir, tan solitario en el momento y tan peculiar como compulsión, hace que automáticamente formes parte de ese palimpsesto que llamamos tradición, y dentro de ella es imposible estar solo: estamos siempre dialogando no sólo con el texto mismo sino también con sus otros traductores —es decir, con nuestros compañeros lectores, porque también eso son.
Quisiera terminar pensando en voz alta sobre el aparato que nació descompuesto, y también sobre otro comentario tuyo, de que la poesía misma “pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma”. Sin querer ponerme demasiado metafísica, creo que es sano recordar que eso —poner al lenguaje en un brete— es lo que hacemos cuando escribimos, punto: poesía o prosa, con forma o sin forma, lidiando con un solo idioma o con varios. La necesidad de agarrar un revoltijo de lenguaje y volverlo otra cosa realmente es un impulso muy extraño —y no quiero que deje de sentirse extraño nunca—, y lo que hagamos jamás parecerá suficiente, y nunca lo será. Pero recuerdo algo escrito por el poeta estadounidense Christian Wiman: “[N]o puedes pasar toda la vida cuestionando si el lenguaje puede representar la realidad. En algún punto u otro tienes que creer que las deficiencias de las palabras que usas serán trascendidas por la fe con la que las usas”. La traducción también es eso, ¿no? Una mezcla extraña de utilitarismo y fe.
TLM:
Hay que ir de las ramas hacia el círculo y cerrarlo. Podríamos continuar, meternos ya por los atajos de la traducción: los traductores que simplifican, resumen, clarifican el texto original. Pero eso nos alejaría del final y nos desviaría precisamente de la metafísica y de la fe. El diseño de nuestras ramas perdería una parte de su credibilidad al ahondar en los detalles. Vaya que sería una conclusión anti-catártica. ¿Y quién quiere eso?
De qué me sirve quererte escuchar,de qué me sirve estar enamorado,si cuando marco a tu celularel saldo de mi amigo está siempre agotado.De qué me sirve escalar montañas,de qué me sirve cruzar un vado,si cuando te escribo por las mañanasno hay señal en ningún pinche lado.Pienso en tu exuberante pelonegro como tierra de vergel.Mientras elevo mi iPhone al cieloy grito: «¡chinga tu madre, Telcel!».Buscando…Sin servicioBuscando…Sin servicioSaber que lo están estafandohasta al Dalai Lama lo saca de quicio.El número que usted marcóno está disponible en este momento.Mi corazón se desconectóy mi bilis va en aumento.El número que usted marcóestá fuera del área de servicio.Mi amor por ti no menguópero localizarte es un puto suplicio.Me cansé de buscar señalesDe cazar redes sin candadoPero los planes son anualesy no quiero ser penalizado.¿Será acaso que nuestro amores demasiado profundo?¿Será que por ser como un búnkerestamos aislados del mundo?¿Será que ya no me quieresy me mandas directo a buzón?¿Será que más que las redesel defectuoso es tu corazón?
Hay dos identidades en el discurso de Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios. Dos voces que no se interrumpen ni se contradicen, sino que se turnan y se complementan. Si el México original fue el resultado de dos culturas —la indígena y la española—, el México moderno es la fusión de dos vecinos, el estadounidense y el mexicano; de dos razas, los güeros y los morenos; de dos clases, los ricos y los pobres. En este siglo multicultural no se distingue entre una historia y otra, ambas son una: más norteamericana en la memoria, músicos, celebridades, programas de televisión, cine; más mexicana en el carácter paralítico y la recurrencia de las revoluciones fallidas. Incluso es evidente el centralismo de la nación en la trama: el viaje comienza cuando Tomás (Sebastián Aguirre) llega a la Ciudad de México, que no es sólo la capital, sino el espíritu del país. Ruizpalacios encuentra a México escondido bajo el rock norteamericano, el marxismo alemán, la picaresca española y acaso la odisea griega. Entre lo uno y lo otro está el todo.
Como hermanos, Tomás, un adolescente güero, y Sombra (Tenoch Huerta), un joven moreno, representan la dualidad cultural de México: física y psíquicamente opuestos, este yin yang sintetiza la identidad nacional. La sorpresa que causa su parentesco expone el muy ignorado racismo mexicano, resultado de aquel origen de confrontación y mescolanza renuente entre españoles e indígenas. Ruizpalacios penetra en la consciencia nacional sin juzgarla; la muestra con la naturalidad de quien no sólo vive en ella, es parte de ella. Esta noción no de lo observado o de lo comprendido, sino de lo experimentado, abunda en Güerosy nos introduce en las complejidades de la dualidad mexicana.
La ciudad y los hermanos tienen tanto en común que sugieren ambos un espejo hacia la otra orilla: el güero y el moreno viajan por Santa Fe y Taltelolco, se juntan con los cineastas ricos y los universitarios pobres mientras usan la playera de Bob Dylan y buscan a Epigmenio Cruz (Alfonso Charpener). La visita a Cruz alude a la que le hizo Bob Dylan a Woodie Guthrie, pero el descubrimiento casi arqueológico del salvador del rock nacional, olvidado y borracho en una pulquería, es el enfrentamiento con una herencia mexicana. «Con tu música entendí lo que mi papá entendió», le dice Sombra, emocionado, en busca de un autógrafo. Epigmenio se queda dormido. Este chasco, junto con la descripción que hace una antigua amante de Epigmenio, «siempre echa todo a perder», son el lamento ante la promesa y la desilusión de la historia de México.
En otra escena, la voz norteamericana a través de Sombra recita el famoso «preferiría no hacerlo» de Bartleby para explicar lo mexicano. Las palabras de Herman Melville resumen la parálisis de la UNAM y de todo México. La huelga universitaria funciona como un símbolo de la inactividad nacional tras la farsa del Mexican Moment. El paro del paro que inician Sombra y su amigo, Santos (Leonardo Ortizgris), representa la apatía ante la pobreza intelectual de los universitarios que cierran una asamblea gritando: «¡Chichis, chichis!». Si la acción es insuficiente, creen ellos, la única solución es el exilio. Sombra suma estas actitudes y se nos aparece como un perfil de lo nacional y de la juventud. Ambas afiliaciones lo hacen culminar en una evacuación de sí mismo ante la catástrofe que demanda su acción. Sus ataques de pánico y sus visiones conjuradas por la droga reflejan su pánico ante el mundo en escenas visionarias. Ruizpalacios utiliza el sonido, entre la ciencia ficción de los años cincuenta y el ruido de la desconexión telefónica, para incluirnos en el ambiente paranoico al interior de Sombra. Él no es simplemente perezoso: está aterrorizado.
El amor de Sombra por Ana (Ilse Salas), una joven universitaria de piel blanca y con una posición social más alta, también es representativo del racismo antes mencionado y del clasismo. En Güeros, sin embargo, no hay victimización alguna, sólo una comprensión del intrincado ser nacional que, por un lado, se queja de ser discriminado aun cuando no lo es, y, por el otro, discrimina cuanto desconoce. En la fiesta de estreno de una película, Sombra ataca a la cinematografía nacional, compuesta, según él, por niños ricos que filman vagabundos en blanco y negro, pero ni siquiera ha visto el filme celebrado. Cuando Ana le pregunta por qué nunca le ha esclarecido sus intenciones, él contesta: «Ya sabes». Dado su carácter, podemos asumir que se trata de un complejo de inferioridad. Tomás lo cuestiona y lo ayuda a superar sus inseguridades como la otra mitad, la otra voz, que genera el equilibrio entre ambos.
Tras reintroducirse en los intestinos de la UNAM y sobrevivir el fiasco de Epigmenio Cruz, además de la experiencia de Tenochtitlán en sus cuatro hemisferios, Sombra enfrenta en el centro, que los mexicas pensaban era otro punto cardinal, un último golpe. La desilusión final recibe una respuesta inesperada, distinta, no resignada, sino abierta al mundo: una sonrisa. Incapaz de cambiar su entorno, de corregir los vicios de México, Sombra se admite ínfimo, finito y mortal. Su gesto es el resultado de la experiencia y del descubrimiento más importante de la juventud: no vivimos para transformar; morimos transformados. Ruizpalacios propone como primer paso hacia el futuro la madurez. El adolescente y México se encuentran y se abrazan, son uno, y la solución de ambos es también una: crecer.
Son diversos los artistas que han trabajado sobre y desde las fronteras. Sin embargo, Chantal Peñalosa (Baja California, 1987) ha encontrado en el tiempo una estructura poética que funciona críticamente ante las condiciones neoliberales que reconfiguraron la economía y la comunidad de Tecate en los últimos años.
Las últimas fronteras, dice Peter Sloterdijk, ya no son las que parecían ser en otro tiempo; el sustento que ofrecían era una ilusión cuyos creadores somos nosotros mismos: esta notificación de pérdida (técnicamente: la des-ontologización de los márgenes firmes) es el disangelio de la Edad Moderna. La promesa de modernidad que alguna vez representó Tecate y otras ciudades fronterizas ha devenido en yermo.
La dimensión del tiempo vivido y en algunas ocasiones, nuestra propia historia como sujetos, nos permiten reconocer intereses que tenemos actualmente. A partir de tu relación con ese tiempo vivido y tus desplazamientos en la frontera: Ensenada, Tecate y Tijuana…, quizás podríamos rastrear tus estrategias artísticas.
Mi mamá es de Ensenada, por lo que mi hermano y yo íbamos frecuentemente allá cuando éramos niños. Visitábamos a nuestro abuelo que estaba enfermo de cáncer y mi mamá tenía que cuidarlo a veces. Para nosotros era esperar en el otro cuarto tratando de situarnos y depender de ese tiempo familiar. Más tarde, cuando entré a estudiar a la universidad en Tijuana, estuve yendo y viniendo todo el tiempo; súper pesado porque me levantaba a las cinco o cuatro de la mañana para tomar un camión, llegar a las siete, luego salía de la universidad a las tres y me esperaba hasta las cinco de la tarde porque era cuando pasaba el camión. Llegaba a Tecate casi a las ocho de la noche para hacer tarea. A mitad de la carrera me fui a vivir a Tijuana y cuando terminé la universidad regresé a Tecate y comencé a trabajar en medio de la crisis que te da saliendo de la escuela: «¿Y ahora qué?» Y pues era trabajar con lo que tenía a la mano y no pensar en grandes cosas o limitarme por carecer de materiales o espacios; fue cuando me enfrenté a mi realidad inmediata, al contexto en el que me desarrollo.
Fue cuando entraste a trabajar al restaurante del cual surgió La rutina de un tenedor y otras obras más. El tiempo que tú empleas e irrumpes es uno draconiano formado por la narcoguerra y el flujo de capital.
Sí era muy complicado, muy difícil: era pararte frente al tiempo. Ahí empecé a pensar, gracias a ese tiempo donde no había nada, en qué construía esa nada. Empezaron a surgir una serie de preguntas respecto a donde yo estaba situada. Mi trabajo ya no era el de una mesera, sino el de alguien que espera, nada más. Me gusta pensar en cómo se pueden asociar estas dos palabras: espera y esperanza. La esperanza con la cual esos lugares siguen abiertos —no sólo el restaurante en el que trabajaba— y que hay algo que los mantiene así más allá de una cuestión económica; un poco lo que tú dices. No lo veo reflejado únicamente en mi experiencia como habitante de Tecate, sino también en la gente. A veces me parecía bastante trágico que mi mamá —que también trabaja en Tecate— me dijera: «Es que en Tecate no hay nada, no pasa nada; Tecate es un lugar para esperar la muerte».
Pero fue un momento de tu vida que te permitió pensar y encontrar otras maneras de representar las problemáticas que abordas, un ejemplo de ello es Atrapar la mosca; una pieza con gran carga poética sobre la economía y la violencia en Tecate.
Me interesó pensar el tiempo que se da por hecho a partir de la cotidianidad y el habitante. Si yo estoy viviendo en Tecate y soy de aquí, quiero ver desde dónde se construye un contexto en términos de representación. Empecé a ver qué me interesaba de ese tiempo o a partir de dónde situarlo. Después de 2008 se suscitó la guerra contra el narco que alteró el hacer y el estar en las zonas fronterizas: dejó de existir un flujo comercial, ya no había turista y eso era una gran fuente de ingresos en Tecate, Tijuana, Ensenada. Todo eso se vio reflejado en los trabajos; esas condiciones socioeconómicas modificaron las maneras de estar en un lugar (en este caso las del restaurante y el tiempo de estar trabajando ahí), lo que implicaba —a mi parecer— una problemática de cómo nos aproximarnos a estos conflictos desde el lugar en donde suceden. Me parecía que había una idea sobre la noción de violencia muy mediática que generaba un acuerdo sobre cómo abordar, qué pensar y cómo relacionarnos con estas ideas e imágenes, algo que me parece peligroso.
Un elemento importante de tu trabajo es la corporalidad y cómo la asumes o la dispones. Pienso en Sobre la avenida México donde confrontas el espacio fronterizo (espacio de violencia). Utilizas tu corporalidad como elemento topográfico, desmontando —simbólicamente— el ejercicio de poder y vigilancia del imperio estadounidense; la Border Patrol… O con el proyecto que estás realizando con la beca BBVA-Carrillo Gil.
Entender la acción a partir del gesto que está ocurriendo significa el «cómo yo entiendo el cuerpo en la documentación». Cuando estoy confrontando a la patrulla, como dices, necesito de mi cuerpo completo para hacerlo. En el caso de los bostezos, el gesto es de la boca, los labios. Pensando en la lógica de la que me hablas, de cómo he estado trabajando el cuerpo en el proyecto del BBVA-Carrillo Gil, estoy pidiéndole a 100 habitantes de Tecate que me hablen sobre cómo entienden su cuerpo cuando van a un centro comercial. Han estado haciendo pequeñas narraciones, descripciones o instrucciones. La acción consiste en que yo me vuelvo 100 cuerpos que deberían estar ahí, pero no están. La documentación visual parte de los reflejos de las vitrinas ¿sabes? Como si fuera un juego de dos imágenes: la vitrina, que está mostrando que no hay nada o lo poco que queda adentro, y la arquitectura del lugar habitada por alguien que está ahí, que se vuelve casi un espectro.
En ese sentido, tu obra también desdibuja y desmantela la mirada instrumentalizada.
Eso que dices me recuerda lo que decía Octavio Paz sobre la imagen en los espejos: «El espejo nos presenta una imagen fugitiva, perecedera, se desvanece. Los espejos no tienen memoria». Me gustaba eso que pensaba; contaba que cuando era chico vivía en una casa de la que se iba a mudar, o se había mudado a una casa, miraba un espejo y se preguntaba: ¿Cuántas otras personas se habrán visto aquí? Es algo que no se puede saber porque es una imagen de un instante; creo que tiene que ver con los reflejos que estoy trabajando aquí. Si bien no es un espejo como tal, esta imagen es un instante que no se queda en un reflejo ni en este aparador, es algo que sólo se queda un momento y ya no vuelve.
Las estrategias artísticas de tu trabajo tienen varios referentes, entre ellos los personales —como lo hemos platicado— pero sin duda, el manejo del tiempo (más allá de constituir el andamiaje conceptual de tus piezas) tiene un gesto literario que encontramos en varios escritores. Si tu obra fuera un cuento de Borges o Vila-Matas, ¿cuál sería?
Me gusta pensar más en uno de Bolaño que se llama El gusano. Trata de un morro que anda en las librerías buscando algunos títulos y de repente empieza a notar una figura en la alameda: un señor que tiene un sombrero y que siempre tiene la misma ropa. Se encuentran y empiezan a platicar. Entonces el señor al quien le dicen El gusano, empieza a contarle un poco al morro sobre cómo sucede el tiempo allá en Sonora (a mí me gusta entenderlo así) y el morro le empieza a preguntar: «¿Y qué hace la gente allá con su tiempo?» —así como tú me estás preguntando—. Él le empieza a decir: «No pues, mucha gente en las tardes nada más se queda viendo el horizonte, allá entre los cerros, sin hacer nada, sólo ver». Y este morro le pregunta: «¿Y qué esperan ver?» El gusano dice: «No sé, una verga, yo que sé».
A menudo, el arte se convierte en una herramienta para reconstruir el tejido social y arrojar nuevos aires a zonas que son consideradas por convención, prejuicio o realidad, focos rojos. A través de la Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), Arte en Calle es un movimiento pensado para que los jóvenes de esas zonas puedan desarrollar sus habilidades en diferentes ramas artísticas.
Nuestras ciudades nacen, crecen, se reproducen y, cuando llega el momento, mueren. Esas ciudades son una especie de cadáver exquisito: a veces en una cantina, en algún museo o en la casa de la abuela, observamos las fotos en sepia o blanco y negro de aquellas calles empolvadas, de los monumentos antiguos marcando los límites que fueron la bienvenida o despedida de la ciudad y que hoy sobreviven estoicos e inmóviles entre el tráfico cotidiano por el que transitamos. Nos movemos de un lado a otro, casi siempre sobre las mismas calles, sin cambiar demasiado la dirección. De casa a la escuela, de ahí al trabajo, del trabajo a casa, o al café que nos gusta, o a casa del amigo, y se acabó. Al final, siempre queremos llegar a un lugar que conocemos. Hace tiempo nos pusimos límites, dibujamos un cuadrito y dijimos “yo me muevo aquí”.
En Guadalajara existe una avenida que ha marcado los prejuicios de la ciudad. Guadalajara cambia si te mueves después de la Calzada o antes. Llegué hace once años desde el norte a vivir en esta ciudad y todavía no me queda claro cuándo estoy de qué lado. Y más: ¿quiénes viven en dónde? ¿Los de allá le llaman a su lado “acá” o le siguen llamando “allá”? Dudas territoriales que se mezclan con las existenciales.
He escuchado a varias personas que cuando alguien los cuestiona sobre la seguridad de la ciudad o sobre la lucha diaria de atravesar grandes distancias y compartir su hogar con tantísimos seres humanos, ellos responden “es que uno hace su círculo, uno establece sus rutas y sabe por dónde moverse, y así vives a gusto”. No sabemos qué hacer con nuestras ciudades o cómo vivirlas porque son un ente viviente que en algún punto ya no conocemos ni controlamos, y eso nos asusta. Del desconocimiento viene el miedo, del miedo viene el prejuicio… y ahí es donde nos encerramos. Llevo once años pensando que si me muevo entre ciertas calles de Guadalajara voy a vivir segura, con planes de ahorrar para viajar a otros países, pero sin conocer a fondo la ciudad que rodea mi pequeña existencia y descubrir lo que me podría decir de mí y de aquellos con quienes la comparto.
Me gusta creer que las ciudades todavía pueden ser nuestras, aunque sean enormes, y que debemos rebelarnos ante la idea del encierro, que debemos salir a reclamarlas. Existe un proyecto en Guadalajara que me ha hecho sentir y pensar que esa creencia es real. Hace unos meses conocí Arte en Calle, movimiento social conformado por jóvenes de distintos municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que promueve el arte urbano como estrategia para prevenir la violencia. Este proyecto nació en Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), una organización que trabaja para demostrar que la violencia es un tipo de cultura basada en lo que la gente cree que “es” y su idea de “lo que debe hacer” para ser eso. Con esta idea presente, CEDAT desarrolla e implementa proyectos sociales en varias colonias consideradas con alto índice de violencia en la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Arte en Calle está enfocado a jóvenes que desde los lugares más “violentos”, o más olvidados, utilizan el arte urbano y el hip-hop para expresar todo lo que quieren decir e inspirar a otros. Entre ellos hay talentos inolvidables: está Leazzy, una rapera de veintiún años con más de cincuenta mil personas que la siguen en las redes sociales, sin haber grabado un solo disco; los grafiteros que sueñan en grande y lo plasman en fachadas de edificios de departamentos junto con los vecinos de la cuadra; los chicos que a diario chambean en un banco, en la construcción, repartiendo pizzas, y que al llegar a casa se sientan a escribir, a pensarle, a rapear.
El proyecto es un movimiento que tiene el objetivo de que los mismos jóvenes que ahora comienzan a darle forma se apropien de él, lo sigan desarrollando, lo compartan con otros jóvenes y lo utilicen como una ventana para salir a gritar todo lo que son, en su casa, en su calle, a su manera. ¿Para qué? Para recibir, tal vez, un grito de vuelta desde una ventana al otro extremo de la gran ciudad, o para que alguien que va caminando por ahí, escuche y se sienta identificado. Para construir puentes que nos atrevamos a cruzar, fuera de nuestro perímetro de comodidad y seguridad.
Arte en Calle tiene muchos planes y muchas manos para llevarlos a cabo. Algo de lo que ya se ha hecho dentro del movimiento es construir un estudio de grabación al que se nombró 4×4, en el que se grabó un disco de trece canciones con raperos de diferentes colonias que forman parte de los polígonos de alta violencia en la ciudad. Los chicos no rebasan los veintidós años, la mayoría de ellos estudia una carrera profesional o ejerce un oficio para poder mantenerse (o ambos). Lo que tienen todos en común son las ganas de arrancarse las etiquetas impuestas, de hablar de lo que son, una necesidad inmediata de cambiar la fotografía mental que pueden tener otros sobre ellos. “El barrio también lee y estudia, también trabaja. Estereotipos de televisión no representan nada”, dice la línea de una de sus letras.
Además de la presentación del disco en un festival de arte urbano, se están planeando varias actividades para los próximos meses: videoclips en colaboración con directores de cine tapatíos, la construcción de una escuela de rap para comenzar a compartir las ideas con otras generaciones, una serie web documental que se pretende estrenar en el 2015, entre otras.
Este es un movimiento auténtico y fresco que no deja de lado la propuesta, el contenido llevado a la forma, una posibilidad de dar el primer paso para conocer lo que hay en el otro, suspender el juicio y salir a la calle con la expectativa de asombrarnos de nuevo. Las ciudades nacen, crecen, se reproducen y algunas mueren. Movimientos como Arte en Calle las mantienen vivitas y coleando.
Uno de los mayores reconocimientos de Walter Piston fue su trabajo como profesor de composición en Harvard, lo que hizo desde 1926. Entre sus estudiantes se encuentran Elliott Carter, Arthur Berger, Leonard Bernstein y Yehudi Wyner. También obtuvo gran reconocimiento de otros músicos y directores de orquesta como Serge Koussevitzky, Charles Munch y Erich Leinsforf, quienes fueron directores de la Sinfónica de Boston y estrenaron cinco de las ocho sinfonías que Piston compuso.
Walter estudió una carrera técnica en la Mechanical Arts High School de Boston, donde aprendió herrería. Al salir trabajó como herrero, músico o dibujante en la constructora de vías de trenes Boston Elevated Railroad, en la Escuela Normal de Massachusetts y en la Fuerza Naval de los Estados Unidos con el rango de músico segundo. En 1924 se inscribió en la Universidad de Harvard para estudiar música. Nueve años después emigró a París para estudiar con Nadia Boulanger y Paul Dukas. Allá también aprendió a tocar el violín con Georges Enescu y tocó la viola en la Orquesta de la École Normal de París. Como resultado de todas estas experiencias y una curiosidad poco común, Walter Piston tenía pericia en muchos oficios y profesiones, además de hablar francés, alemán, italiano y, desde luego, inglés.
Piston era, según afirman quienes lo conocieron, «a good laugh», alguien simpático, ingenioso y muy preparado. Si hay algo que podríamos definir como su lema ante el arte es la claridad. Para él, la claridad era una condición obligada. Si bien conoció de primera mano varias manifestaciones experimentales de la música y admiró a varios de ellos como a Stravinsky, Fauré o Ravel, su música siempre buscó la claridad con la que el público pudiera identificarse. El crítico Michael Steinberg cuenta una anécdota que revela la conciencia que Piston tenía de su trabajo: con motivo de sus setenta años de edad, los músicos de la Universidad de Harvard hicieron un concierto-homenaje para él. Después de que fue convocado para decir unas palabras agradeció al cuarteto de cuerdas «las grandes molestias que debieron tomarse para poder interpretar esa música victoriana».
Piston compuso su sexta sinfonía en 1955 para celebrar los setenta y cinco años de la Orquesta Sinfónica de Boston. El director de la orquesta (y encargado de la comisión) era Charles Munch. La obra se estrenó el 25 de noviembre de ese año con dedicatoria a “la memoria de Serge y Natalie Koussevitzky”; en la partitura hay un epígrafe del propio Piston que dice: «Esta sinfonía fue compuesta con la única intención de hacer música para que fuera interpretada y escuchada por alguien».
Para Piston esta comisión no resultó menos que un gozo. No sólo por lo que representaba para él componer una obra sinfónica con motivo del 75º aniversario de la OSB sino porque esa orquesta había sido el instrumento preferido para él. Así como varios compositores tienen en mente un cierto músico, cantante, pianista, etcétera, al momento de componer (e.g., Schubert y Michael Vogl; Prokofiev y Richter; Shostakovich y Rostropovich) para Piston, lo normal era pensar en la OSB al momento de imaginar una obra sinfónica. Desde que hizo de Boston su residencia en 1926, Piston acudía a las presentaciones de esta orquesta prácticamente cada semana. Desde 1928, cuando Koussevitzky dirigió su Pieza Sinfónica, hasta 1972 cuando Doriot Anthony Dwyer y Michael Tilson Thomas interpretaron su Concierto para flauta. La OSB interpretó veintidós de sus obras en total. Varias de ellas fueron compuestas específicamente para esa agrupación. En lo que respecta a su sexta sinfonía, no hay duda de que Piston estaba más que consciente de la sonoridad de esta agrupación:
«Cada grupo de notas que escribía sonaba en mi mente con una claridad extraordinaria, como si quienes iban a interpretar la obra acabaran de hacerlo. En varios momentos parecía como si las melodías fueran compuestas por los instrumentos mismos mientras yo los iba siguiendo. Me abstuve de tocar una sola nota de esta sinfonía en el piano».[1]
Si uno escucha la grabación de esta obra con la Sinfónica de Boston —dirigida por Munch—, puede darse cuenta de que Piston no miente. El sonido de la orquesta refleja una enorme comodidad y elocuencia; particularmente los solos de flauta, corno inglés y del chelo.
La obra comienza con una larga melodía, fluendo espressivo, para cuerdas y alientos (el acompañamiento es sutil). Esta melodía realmente fluye hasta que aparecen pequeños destellos y figuras en escalas descendientes del arpa que desembocan en un nuevo tema: otra larga melodía de carácter más melancólico que la primera y con variaciones en el color (escuchamos el motivo repetirse de un instrumento de viento al otro). El desarrollo se centra en el primer tema, cuya recapitulación vendrá hasta el final del movimiento. Después hay un silencio casi absoluto del que surgen reflejos de este mismo tema interpretados por los chelos y los contrabajos, a los que se van sumando con una suave acentuación, los alientos.
El Scherzo es con seguridad el movimiento que más hace relucir el carácter de la Sinfónica de Boston de aquellos años (cuando era dirigida por Koussevitzky y por Munch). La música inicia con las percusiones, luego vienen los violines interpretando unas escalas y arpegios muy quedos o casi inaudibles, cuya melodía apenas se asoma entre los golpeteos. Poco después, los alientos se suman para lograr un tema sostenido y la música continúa así por un largo rato; parece una muestra de cómo se puede sostener ese tema en un pianissimo y de pronto se torna en un forte que pasa rápido, pero parece la indicación para que las percusiones disminuyan su presencia; de pronto todo es silencio nuevamente.
El movimiento lento es uno de los más memorables de las sinfonías de Walter Piston. Contra un fondo de cuerdas graves un chelo, sostenuto e tranquillo, comienza una melodía que continúan el oboe y luego los primeros violines. En esta sección hay varios episodios musicales; el primero está a cargo de los alientos, iniciado por un solo de flauta. El tema del chelo regresa constantemente. La primera vez que lo hace es acompañado de todos los violines, dolce e liberamente. La siguiente vez ya es con toda la orquesta. Cerca del final, el chelo vuelve a tocar un solo con un guiño a la música de Bach.
El primer movimiento está compuesto en La menor; el segundo, en Re mayor, luego en Fa sostenido menor y ahora regresa a la tonalidad de La, pero es La mayor, lo que indica un giro de mayor animosidad y un carácter más ligero para el final de la obra. El final está conformado por varios temas, sencillos e ingeniosos, con sonoridades diversas. A diferencia de muchos compositores de música sinfónica del siglo XX, Piston sabe cuándo ofrecer un final sin dramatismos para hacer de la obra una celebración y no tanto una serie de “reflexiones intelectuales” en torno a la música misma.
Versiones para escuchar en línea:
Si bien la grabación de la Sinfónica de Boston con Munch al frente (sobre la cual está basado este artículo) es icónica, esta interpretación de Gerard Schwarz dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Seattle arroja luz más que suficiente sobre la obra. Schwarz propone la ejecución en una suerte de tempo rubato (más flexible) en aras de lograr mayor expresividad en los pasajes más suaves y lentos. Como ejemplo está la sonoridad del Adagio, en el que alcanza una atmósfera onírica y conmovedora:
La interpretación de la Orquesta Sinfónica de San Luis, dirigida por Leonard Slatkin, mantiene un ritmo más acelerado que en otras versiones. Esto resulta en una falta de expresividad en algunos movimientos (el Scherzo y el Adagio) al no señalar con la suficiente precisión los contrastes de los cambios súbitos de dinámicas quedas a fuertes; ni de lentas a rápidas. Aun así, dentro del tempo escogido por Slatkin, la constancia se vuelve un elemento que hace fluir muy bien la obra; es un director que busca la continuidad por encima de los detalles y nos permite una visión de la sinfonía a vuelo de pájaro.
[1] Texto de un programa de la Orquesta Sinfónica de Boston de noviembre de 1955. Tomado de: Howard Pollack, “Piston, Walter.” Grove Music Online. Oxford Music Online.
La primera exposición del fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson en México, tuvo lugar en 1935 en el Palacio de Bellas Artes, cuando compartió exhibición con el fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo (a quien conoció un año antes a su llegada al país). A ochenta años de dicho evento, el Centre Pompidou en colaboración con el Museo Palacio de Bellas Artes y la participación y apoyo de la Fundación Henri Cartier- Bresson, trae a México Henri Cartier-Bresson. La mirada del siglo XX, una muestra que consta con un aproximado de 398 piezas (entre las que se incluyen fotografías, collages, pinturas, periódicos y películas) y que abarca las distintas facetas de su obra. Con la exposición, según afirma el curador e historiador de la fotografía Clement Cheroux, se pretende abrir múltiples miradas del trabajo de Cartier-Bresson, abarcarlo como no se había hecho antes: mostrando su riqueza y poniendo en evidencia las distintas etapas creativas por las que pasó. En México, su figura ha sido difusa y su trabajo se ha analizado un tanto a la sombra del de Álvarez Bravo, por la relación de amistad que ambos tuvieron, pero sobre todo, por formar parte de una generación de fotógrafos que junto con Modotti y Weston, rompieron con el movimiento pictorialista en México durante las primeras dos décadas del siglo XX. Sin embargo, es preciso que la obra de Cartier-Bresson se estudie —tal como se hizo para la exposición— desde diversas dimensiones biográficas que permiten observar más de cerca al fotógrafo, así como la transformación de éste en su contexto histórico.
La década de 1930 se caracterizó por la depresión económica de Estados Unidos, lo cual provocaría que «Cuando las naciones industriales empezaron […] a resentir seriamente los efectos de la Depresión, México apareció como modelo alternativo de vida, en el que se daba primacía […] a las tradiciones antiguas y no a la competencia personal, a la producción de masa y a las modas efervescentes.».[1] En este contexto llega Cartier-Bresson a México, justo en cuando el país se encuentra en modernización gracias a inversiones extranjeras. A pesar de ello, México seguía siendo representado como un lugar rural e idílico tanto en las obras de los grandes muralistas del periodo, como en las fotografías y en el cine de la época. La fotografía de Henri Cartier-Bresson se inscribe dentro del arte moderno de las vanguardias, sobre todo dentro del movimiento surrealista que se manifestó de manera más evidente a partir de la tercera década del siglo XX. Una revisión de su vida permite observar la manera en la que fue recorriendo algunos países en África, América y Europa durante este periodo. Adentrarse en su obra significa ver las ciudades que visitó para construir una especie de geografía visual de cada lugar, de cada espacio.
Desde finales del siglo XIX, la segunda revolución industrial había propiciado un incremento en la migración del campo a los núcleos urbanos (en donde se concentraban la mayor parte de las fábricas y en donde los estratos sociales eran cada vez más diferenciados). Los campesinos eran los nuevos obreros y en las ciudades convivían con una clase media acomodada y educada que empezaba a abrirse paso. La distancia entre el público y el arte comenzó a disminuir, sobre todo porque la sociedad burguesa estaba más orientada al ocio.[2] Los ciudadanos aparecen como nuevos actores sociales que tienen diferentes ocupaciones y profesiones dentro de la gran masa urbana: obreros, prostitutas, maestros, profesionistas e incluso vendedores de periódicos comparten un mismo espacio. Henri Cartier-Bresson retrató a gente de todos los estratos sociales y culturales mientras se desenvolvían en la cotidianidad, haciendo énfasis en fotografiar, por ejemplo, el uso del tiempo libre de la clase media urbana. Cuando llegó a México en 1934, se interesó de inmediato por el paisaje urbano y entre sus retratos aparecen las prostitutas de la Calle Cuauhtemotzin (muy cerca de donde sesenta y dos años después, la fotógrafa mexicana Maya Goded iniciara su proyecto sobre la vida de las prostitutas de la Plaza de la Soledad). En contraposición a la vida urbana, Cartier-Bresson realizó fotografías de la vida rural en Juchitán, Oaxaca. Los niños y unas cuantas jóvenes aparecen ocasionalmente en estado deplorable. La desnudez de estos actores sociales recuerda un tanto al tinte colonialista con el que se había venido retratando la vida indígena en México. Todavía en el siglo XX se nota la mirada extranjera del europeo representando al indígena.
En 1938, Bresson realizó la fotografía Domingo a las orillas del Sena en la que muestra a dos parejas parisinas en lo que pareciera un picnic, se notan algunas telas cubriendo la yerba en la que están recostadas. La toma realizada por detrás de los individuos, así como el ángulo en picada, permiten ver al fondo una barca que permanece inmóvil en el río. Para 1963, Cartier-Bresson, durante una estancia en México, retrató a dos parejas de jóvenes a orillas del lago Xochimilco en una merienda al aire libre. La fotografía está compuesta de manera similar a Domingo a las orillas del Sena, por lo que la toma desde atrás y el ángulo permiten ver a las parejas sentadas sobre un petate que los protege del pasto crecido y al fondo se logran apreciar las trajineras inmóviles y llenas de gente sobre el lago.
La constante comparación entre Cartier-Bresson y Manuel Álvarez Bravo cobra sentido cuando se observan las imágenes que tomaron en la ciudad de México, porque tuvieron un gran acercamiento al poeta francés André Breton en la década de 1930, lapso en el ambos imprimieron un toque surrealista en sus fotografías. Parábola óptica (1931) es un claro ejemplo de surrealismo en la fotografía de Álvarez Bravo, mientras que uno en la de Cartier- Bresson es una fotografía en la que aparece una figura humana sentada en una silla, cubierta por telas que deforman el cuerpo (el cuerpo deformado que hace alusión a objetos empaquetados es un elemento característico del surrealismo pictórico). En esa misma fotografía se aprecia al fondo un saco negro que pende de una pared de ladrillos y que da la impresión de estar flotando por encima del cuerpo oculto.
La obra de Cartier- Bresson se inscribe en un periodo de rupturas y reconstrucciones, del paso a la modernidad en todos los sentidos, y puede observarse como una búsqueda de lo perecedero. Intentar abarcar su trabajo en un texto breve resulta una labor titánica, sobre todo porque en su análisis es necesario retomar el contexto de las artes y de la fotografía en el siglo XX; los asuntos políticos que acontecen en cada ciudad que Cartier-Bresson visitó; la evolución en su fotografía en cuanto a los temas y a la composición de las imágenes; su compromiso con el oficio y la creación de la agencia de fotografía Magnum, entre muchas otras cuestiones. Sin duda, Cartier-Bresson marcó una brecha en el mundo de la fotografía del siglo XX que debe ser ampliamente estudiada, y Henri Cartier- Bresson. La mirada del siglo XX en Bellas Artes, es un intento por sacar a la luz aquello que se ha extraído del boquete. Así, sólo queda escudriñar, seguir rascando en búsqueda de información que genere más preguntas que respuestas y que permitan observar el trabajo de este fotógrafo de la manera más completa posible.
[1] James D. Oles, cit. Olivier Debroise, Fuga mexicana, Un recorrido por la fotografía en México, pág. 199.
[2] Eric Hobsbawm, La era del imperio, 1875- 1914, pág. 236.
Cuando José Juan Tablada: su haikú y su japonismo llegó a mis manos, jamás esperé un nuevo estudio sobre la poesía de Tablada. Resultó grata la posibilidad de leer otra interpretación de sus haikús, no sólo por mi afición a su poesía —que conserva una vitalidad raramente repetida en la historia de la letras mexicanas—, sino porque la recepción de ésta ha sido paupérrima, incluso entre asiduos lectores de poesía. Según un sondeo hecho por mí en charlas de cafetería, no se trata sólo de Tablada, pues varios escritores de la misma época (como Bernardo Couto, Efrén Rebolledo, Balbino Dávalos, Gutiérrez Nájera, Ángel de Campo, etcétera) son igualmente arrumbados. Pareciera que los lectores contemporáneos no están dispuestos a disociar la producción literaria mexicana, de finales del XIX y principios del XX, de la acartonada y árida percepción que el ámbito académico ha construido sobre dicho periodo. No sé si culpar a la difusión institucional que han dado a la literatura de esa época, que la constriñe a sostén literario de la identidad nacional.
Redescubrir la obra de Tablada siempre es un placer. Al menos tenemos dos motivos para reconocer su grandeza. El primero es por su participación en el grupo seminal del modernismo en nuestro país —época de oro de las letras mexicanas, en la que por vez primera se hizo tangible un lenguaje estético propio y heterogéneo—. El otro motivo es por haber sido él quien trajo la vanguardia a la poesía. Tablada forma parte de un eje de escritores del que se desprende el amplio espectro que hoy abarca la poesía mexicana.
Era común que las miradas modernistas buscaran horizontes culturales apartados del europeo, que violentaran la inspiración y rompieran con la arraigada y conservadora literatura del país, pero ningún otro autor de este movimiento logró apropiarse de una forma poética tan apartada de nuestra lengua como lo hizo Tablada.
El haikú no es una composición cuya identidad está dada por la forma, pues tiene una esencia profundamente relacionada con el momento de la creación poética, con la naturaleza, la percepción sensorial y contundencia verbal que resguarda la pureza de la poesía, es por esto que sacar de las sombras los haikais de Tablada, no sólo con la intención de hacerlos visibles sino de explotar cualquier posibilidad de deleite, implica contextualizarlos minuciosamente tal como lo ha hecho Seiko Ota en su libro.
Supongo que esa «contextualización minuciosa» podría ahuyentar a lectores poco experimentados en Tablada, pero en el caso de nuestro poeta, el contexto es verdaderamente fascinante: un artista hedonista que da rienda suelta a su afinidad por una cultura remota, al punto de lograr capturarla a través de la poesía.
Seiko Ota vislumbra las posibles fuentes de la afición de Tablada por Japón, cuenta sucesos de la vida del escritor, tal vez inesperados en un estudio de poesía, por ejemplo el encuentro del poeta con un libro de estampas japonesas en su infancia, o su viaje al «País del sol naciente». La autora evidencia los cauces que desembocaron en la creación del haikú «tabladiano», pero no se ciñe a las influencias poéticas, ya que explora aristas de la personalidad de Tablada, determinantes para el dominio de dicha composición, como su peculiar entendimiento de la naturaleza —un tanto búdico— o su habilidad como pintor.
Sin ánimos de incitar a los institutos de investigación literaria para que se rasguen las vestiduras, me atreveré a afirmar que, hasta ahora, este título es el pináculo de la bibliografía sobre los haikús de Tablada, porque, entre los textos que la conforman, son poco los estudios que concentran tantos factores que pudieron provocar su origen, y aun menos los que esclarecen de tal forma la esencia del haikú, constituida por elementos poéticos que se escapan de la comprensión del pensamiento occidental.