Tierra Adentro

Hace siete años leí en internet la convocatoria de un concurso de foto-poesía. El tema de la pieza artística debía de estar relacionada con el medio ambiente. En ese entonces no sabía qué era Cinema Planeta, pero participé. Mi papá acababa de regresar de Veracruz, después de vivir allá por ocho o nueve años y le propuse que armáramos un equipo para entrar al concurso. Él tomaría la foto y yo escribiría el poema. Busqué algo que se relacionara con la naturaleza y hallé un texto viejo sobre los árboles. A partir de eso iniciamos una búsqueda por varios municipios de Morelos, fotografiamos muchos, de todos los tamaños y de muchísimas especies; llegábamos a los pueblos y preguntábamos si tenían árboles grandes y nos daban señas y direcciones. La imagen que queríamos la conseguimos en Jonacatepec: eran las ramas inmensas de un viejo amate. No ganamos pero fuimos seleccionados para una exposición itinerante.

En esos años yo trabajaba en la redacción de La Jornada Morelos y pedí que me enviaran a cubrir la inauguración de Cinema Planeta, que para ese entonces ya conocía un poco más. Se trataba de la primera edición de un festival internacional de cine y medio ambiente y la sede sería Cuernavaca. El día de la inauguración fui al zócalo esperando ver la exposición de foto-poesía. Cuando llegué estaban montando las piezas y me paré frente a la mía. Se acercó una mujer a donde yo estaba. Me sorprendió su amabilidad y su energía; me platicó sobre Cinema Planeta. Me dijo todo, en verdad «todo» lo que había que saber sobre el festival en ese entonces. Hablaba muchísimo y sus palabras me envolvían; me contó que la imagen que estaba viendo la emocionaba especialmente por la historia que estaba detrás: un señor fue a su oficina a entregar el material para el concurso y le narró la historia de cómo volvió a encontrarse con su hijo mientras viajaban por Morelos fotografiando árboles. Me conmovió. Ese fue mi primer contacto con Cinema Planeta. Una iniciativa ciudadana que buscaba —en ese entonces— convertirse en una empresa cultural. Esa mujer, era Eleonora Isunza, una de las directoras del festival (el otro es Gustavo Ballesté, a quien conocí un poco después). Y desde ese momento los admiré por su entusiasmo.

Con el paso de las ediciones, vi el festival crecer y colaboré de muchas formas. Primero como reportero: cubrí las inauguraciones, entrevisté a los directores, al jurado, a los cineastas. Luego como voluntario y más tarde (junto con mis colegas del Colectivo La Piedra) con la realización del encuentro Plumas Verdes, de literatura, nuevas tecnologías y tradición.

Como he visto crecer el festival también he visto la evolución de su propuesta, sus errores, sus aciertos y su lado humano, es decir, el trabajo de cientos de personas que está detrás de todas las actividades que oferta. También he visto cómo los mitos y la desinformación se enredan en torno a Cinema Planeta; el más grande es que es un festival organizando por el gobierno del estado o la Secretaría de Cultura. Si bien es cierto es que ninguna otra administración había apoyado tanto al festival como lo ha hecho la actual, también es cierto que esos recursos son sólo una parte de la inmensa colaboración que tiene Cinema Planeta con otras instituciones, empresas y asociaciones civiles, igual que lo hacen otros festivales en el estado y todo el país.

El año pasado durante su sexta edición, Cinema Planeta tuvo el acierto de sumar actividades y grandes producciones a su cartelera. Algunas de ellas fueron la plática que impartió Vandana Shiva en el Parque Ecológico Chapultepec sobre el rescate de las semillas y el boicot en contra de Monsanto, o el programa de huertos que Bill Pullman (sí, el actor de Lost Highway de David Lynch y uno de los protagonistas de Fruit Hunters) impulsó en escuelas públicas de Morelos.

Para los que no conozcan Cinema Planeta, es importante saber que tiene varias secciones dentro del festival. La más importante es la Selección Oficial, que son los filmes que están en competencia. El año pasado estaba compuesta por once películas documentales de doce países; otra sección es Tierra, dedicada a producciones mexicanas enfocadas a temas medioambientales; Palomitas es una selección de filmes infantiles; Mundos se conforma de producciones más grandes, con temas que se debaten actualmente a lo largo y ancho del mundo; Cortos, que pueden ser animados, ficticios o documentales; Ecos que usualmente replica contenido de algún otro importante festival de cine y medio ambiente de otras partes del mundo; y Focos, que explora el tema del festival que cambia cada año. Este 2015 el tema principal será energía.

La séptima edición se llevará a cabo en Cuernavaca del 14 al 19 de abril en distintas sedes como la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, el Cine Morelos, Palacio de Cortés, Museo de Ciencias, entre otras. Posteriormente tendrá un recorrido por la Cineteca Nacional, que albergará a las cintas ganadoras del 8 al 17 de mayo. Entre las actividades más sobresalientes para este 2015 se encuentra la premiere mundial de la nueva película de Disneynature: El reino de los monos. También se proyectará por segunda ocasión Polen, alas de vida, producida también por Disneynature y musicalizada en vivo por la Orquesta Sinfónica Cinema Planeta bajo la dirección de Natalia Riazanova y, narrada en vivo por las actrices: Regina Orozco, Dolores Heredia y Tiaré Scanda.

Dentro de los contenidos cinematográficos del festival, la Selección Oficial en competencia está compuesta de nueve documentales largometrajes que se disputan el premio al Mejor Documental Internacional, premio al Tratamiento más original a un tema ambiental y el Premio del Público. La sección Mundos se conformará de una retrospectiva de Nicolás Vanier, afamado director francés, y Ecos replicará una selección del festival de Portugal CineEco. En alianza con el programa Connect4Climate se contará con los cortometrajes ganadores del concurso Action4Climate. Un concurso de vídeo que fue diseñado para dar a jóvenes cineastas de todo el mundo la oportunidad de retratar creativamente sus perspectivas sobre cuestiones ambientales.
El concurso fue lanzado a principios de 2014 por Connect4Climate, una asociación mundial dedicada a la comunicación sobre el cambio climático que recibió más de 230 inscripciones de 70 países; los cortos representan soluciones y acciones para hacer frente a uno de los mayores desafíos para esta generación. El director de cine italiano y guionista, Bernardo Bertolucci, presidió un jurado.

Cinema Planeta es un festival que afortunadamente no sacrifica ninguno de sus ejes primarios. Con el paso de los años el equipo se ha involucrado con numerosos proyectos o con la difusión de nuevas alternativas sustentables, pero también se han caracterizado por elegir material cinematográfico de calidad. Es un festival que busca las mejores propuestas del séptimo arte para promover el cambio.

 


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

La primera vez que Erick Vázquez me explicó el significado de un fanzine, me quedó la sensación de que hablábamos de un asunto lejano y clandestino. No entendí gran cosa: me habló de Inglaterra, los sesentas, el punk y de cumplir una función social. Pero fue hasta hace poco, en otra conversación con él, que comprendí el alcance de estas publicaciones. En la actualidad, en Monterrey, los fanzines de arte y literatura son creados con cariño y cuidado, circulan por aquí y por allá; pasan de mano en mano, traficados con el afán agitador de compartir arte e ideas.

El programa, dirigido por Erick Vázquez, es uno de ellos y aborda temáticas varias, pero con un objetivo claro en mente: «El programa nace de un curso que tomé sobre pensamiento crítico. Vinieron muchos maestros célebres como Brian Holmes y John Holloway, y trataba acerca de ser agitadores de ideas con una franca tendencia a la resistencia, nos invitaban todo el tiempo a hacer algo, por mínimo, contra el curso del mundo», explica el ensayista, autor de La naturaleza de la memoria.

A partir del curso brotó una amistad entre compañeros y también la idea de un fanzine. «El formato era ideal por barato y la estética poco empresarial, anti institucional». Sin embargo, como suele suceder con frecuencia en este tipo de empresas, después del primer número, todos menos Erick Vázquez saltaron al mar y dejaron el barco a su mando.

El programa reemplaza la primera A de la palabra con la A circulada de la anarquía. Desconozco a qué alude el nombre de la publicación, pero el símbolo anárquico parece congruente con la sustancia de los contenidos. Los textos e imágenes exudan libertad, caos, idealismo, razón, crítica, reflexión y extrañeza. En resumen, cualidades también asociadas al arte.

El fanzine no tiene una periodicidad establecida (respondiendo a la idea de ir en contra de lo establecido) y se arma de manera orgánica conforme van surgiendo ideas, temas y textos de colaboradores. El número más reciente, por ejemplo, no fue editado por Vázquez; su rol fue más bien de facilitador de la plataforma. La directora fue Carolina Márquez: «es algo que ofrezco, El programa como plataforma, pero que hasta ahora sólo Carolina ha tomado».

El penúltimo número, publicado en diciembre 2014, se titula «Los disparates, los caprichos, los desastres de la guerra» y, a partir de obras de Francisco de Goya, varios escritores reflexionan en torno a la situación actual de México. Participan el mismo Erick Vázquez, Denise Márquez, Gabriela Torres, Rolando Flores y Carmen Avendaño.

El texto de Vázquez, «La casa de lo incurable», es inquietante. Comienza narrando la situación particular de Goya como artista: la dualidad neoclásica y romántica que habita en su arte. Ejemplifica con dos excursiones realizadas por el artista a manicomios españoles y el resultado pictórico de ambos estudios. La relevancia de estos trabajos, señala Vázquez, es la libertad de Goya y la consecuente subjetividad: pues no son «el resultado de un contrato con ningún mecenas, noble, militar o religioso». Y concluye, más adelante, acerca de lo representado en estas obras: «La guerra de la que habla Goya es la del Poder contra los individuos, y por eso son tan chocantes los grabados, tan difíciles de ver, tan impopulares dentro de la misma tradición pictórica». Bum. En el mismo ensayo se realiza un paralelismo entre estas imágenes y las vistas en la actualidad por todos los mexicanos en los diarios y noticieros, con lo que se sugiere la repetición de la historia y nuestra incapacidad para reflexionar en torno a la documentación de la misma para no repetir las estupideces del pasado.

¿Qué sigue para El programa? Erick responde que unos amigos, editores de la Revista Cutter, le enseñaron a no depender de la copiadora o del gasto en una máquina offset: «ahorita estoy en eso, en la búsqueda de una imprentita casera, lo que daría un aire aún más insurgente a la publicación y que, además, es el sueño de este tipo de impulsos».

El programa como plataforma seguirá diversificándose y creciendo. Sobre todo porque es clara la apertura a escuchar a las voces fuera del canon. Siempre es saludable mirar la periferia para romper con los prejuicios. «El proyecto es muy necesario. Personalmente, me da la sensación de que hago algo que va más allá de mí. Me da libertad creativa y me siento menos lacra», dice entre risas, y agrega, consciente del extenso camino pendiente por recorrer: «es como querer quemar la ciudad con un encendedor». Después de escuchar a Erick Vázquez, cualquier objeto parece combustible.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Ella también quería ser súper flaca y hacerse una rinoplastia que le dejara la nariz bien chiquitita. Ella quería dejar su pueblo natal, Gualeguaychú, para irse a triunfar a Buenos Aires. Pero lo que ella más quería en el mundo era tener un hijo de Ricky Martin, su Adonis pop-latino de torso moreno y marcado, pantalones de cuero y camisa desprendida. Porque Ricky le hacía perder el control. Su voz le taladraba la cabeza y automáticamente le disparaba la imaginación «lo desvisto y lo pienso adentro y lo reproduzco entero intuyéndolo con todo el cuerpo, hasta sentir que voy a estallar».

Ella, Esperanza Hóberal, es la protagonista de la primera novela de Alejandro López, La asesina de Lady Di (2001). Allí, el autor nos sumerge en el vertiginoso periplo de esta adolescente entrerriana, gordita, rubia y muy cholula quien, luego de una violenta pelea con su madre, se lanza a la capital porteña a cumplir el mayor deseo de su vida. Esperanza over all, Esperanza por sobre todo y por sobre todos, el juego fonético del nombre del personaje nos adelanta su forma de encarar la vida. Porque esta chica de provincia está decidida a dejar atrás su vida en Entre Ríos y triunfar en la deslumbrante Buenos Aires, tal y como lo predijo su vidente española: un cambio de vida y de aires.

Esperanza cree en el horóscopo y está convencida de que está marcada a fuego por el destino, pero el destino no es lo único que la ha marcado a fuego. Esperanza lleva una marca y es la de la sociedad de consumo. Las telenovelas, las revistas de chismes de la farándula, la música pop-latina, los estereotipos de belleza imposibles, han moldeado su imaginario, su forma de desear y de sentir. Esperanza funciona así, imitando a sus actrices preferidas. Lleva el pelo como Catherine Fulop en Abigail (telenovela venezolana transmitida en Argentina allá por los noventas) y tiene un cuadernito donde anota sus frases telenovelescas preferidas, para usarlas según la ocasión. Esotérica y un poco desquiciada, Esperanza vive en un mundo tejido por la ficción. Como una suerte de Emma Bovary noventosa e híper maquillada, ésta chica de provincia ya no distingue el límite que separa la realidad de su ficción-pop farandulera. Pero, a diferencia de su par decimonónica, la ficción no es compensatoria de una cotidianidad monótona y aburrida. Por el contrario, esta ficción es su realidad y todo en su vida pasa por el filtro de los patrones impuestos por las industrias culturales. Es en ese límite difuso y casi inexistente, donde se funda la condición de posibilidad de la novela y el movimiento vertiginoso de su trama.

Hasta aquí, podríamos pensar que no hay nada nuevo. Un remake del clásico francés adaptada a los tiempos que corren, pero Alejandro López le da una vuelta de tuerca al bovarismo que conocemos y lleva la novela hacia el fantástico. Esperanza descubre que tiene una habilidad particular: puede lastimar a quien sea con sólo dañar su imagen. Una fotografía, un recorte de revista o un póster que caiga en sus manos, se convierte en un arma letal. Casi como si su desquiciada ficción-realidad le diera habilidades sobre naturales.

Para construir este personaje tan particular y el mundo que la rodea, Alejandro López se vale de los detalles. Es impactante leer La asesina de Lady Di y descubrir allí  —multiplicados y omnipresentes— todos los rasgos que caracterizaron la década de los noventa en Argentina. El consumo, la frivolidad, el auge de los patrones impuestos por la televisión, la ilusión del famoso «uno a uno», las marcas de ropa y de maquillaje, los personajes de la farándula, la idolatría a lo foráneo y su correlato práctico, el deslumbramiento por lo importado. Esperanza es la condensación y la hipérbole de una época y de un modo de ser argentino.

A pesar de su frivolidad, Esperanza lleva en sí el signo de lo trágico. Heroína de minifalda killer total y tacones altos, la entrerriana se convierte en víctima de sus propios deseos e ilusiones. Aquel mundo de consumo que la deslumbra, lleno de estímulos y en apariencia inofensivo, es también cruel y excluyente para esta chica gordita del interior que sólo quería tener un hijo de su ídolo, ser flaca y fantástica. Porque amar a Ricky de veras, con el cuerpo y el alma, no es tarea fácil, y el final feliz de la telenovela puede desvanecerse en el momento menos pensado.

El Programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de la poeta Isabel Fraire (Ciudad de México, 1934), autora de Poemas en el regazo de la muerte y ganadora del Premio Xavier Villaurrutia en 1978. Además de poeta, Fraire también fue crítica literaria, traductora y ensayista.

Compartimos aquí una selección de su obra. Descanse en paz.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Bordeado por el Coast Boulevard, el Ellen Browning Scripps Park es uno de los lugares más conocidos de San Diego. Éste debe su nombre a la periodista que nació en Londres en 1836, pero que muy pronto se mudó a Rushville, en el estado norteamericano de Illinois, y ya con  60 años, al caluroso sur de California.

En uno de sus extremos, el parque colinda con la Alberca para niños (Children´s pool): un área de 7 acres, delineada por el mar del norte, y un muro que protege y funda un lugar dedicado a la natación y al descanso. Frío, pero cierto en cada ola, el Pacífico choca frente a la construcción que la periodista encomendó a H.N. Savage, el ingeniero de la ciudad, en 1921. En el otro extremo, en el lado norte, el Ellen Browning Scripps Park colinda con La Jolla Cove —playa en donde actualmente conviven, y eso sólo entrecomillas, grupos de nadadores de mar abierto, (pacíficos) leones marinos e (invasivas) hordas de turistas.

En el lugar también se encuentran pelícanos, gaviotas y cormoranes.

Natural sólo a medias, el paisaje no es inerte pero tampoco definitivo.[*] Los adjetivos que utilizamos para describirlo sólo son útiles si entendemos que todo paisaje prefigura un conjunto de relaciones de poder. Ahí está, como ejemplo, el paisaje del Ellen Browning Scripps Park, con sus 6 acres de jardines y sus variedades botánicas. Altas, pero sobre todo icónicas, las palmeras que predominan en el sitio son producto de la ingeniería y de cierto gusto por los árboles de ornato. Bien dicen algunos medios locales[**] que sólo una especie de palmeras, la washingtonia filifera, es endémica; el resto que conocemos, y que imaginamos cuando pensamos en California, fue introducido por los frailes franciscanos en el siglo XVIII, y extendido por numeros proyectos de embellecimiento público en el siglo XX.

Las palmeras del parque que llevan el nombre de la generosa periodista fueron sembradas en esos años, entre la precariedad de la Gran Depresión y la sequía del Cuenco de Polvo. Walter Lieber fue el encargado de transplantarlas.

En las primeras páginas de Entre el mueble y el inmueble (Entre una roca y un lugar sólido), Jimmie Durham asegura que la arquitectura no es natural ni orgánica sino producto del Estado —esa entidad fantasmal y escurridiza que, entre otras cosas, inventó la silla y con la silla—, bancas como las que abundan en el parque. Estos objetos, de concreto casi todos, son útiles para marcar y nombrar los caminos, pero también para definir los lugares destinados a la contemplación del paisaje. Todas estas bancas fueron usadas para honrar a los muertos. Sus familiares las donan y establecen en los lugares que esas personas, en vida, disfrutaban. Las placas de metal, con la dedicatoria y los nombres, propios humanizan, el concreto, confiriéndole dignidad y cercanía.

Si le hacemos caso a Jimmie Durham, las bancas son espías no del Estado, pero sí de esos muertos que nos observan, nos invitan a sentarnos y detenernos, como asegura la AAA Magazine, en el lugar más fotografiado de San Diego.

Desde hace tiempo, quiero escribir una breve historia política de la banqueta y de otros espacios públicos dedicados a peatones y caminantes. En lugares como en el sur de California, la noción de espacio público es borrosa. Ciudades como San Diego, o como La Jolla misma, son ciudades construidas para máquinas, para automóviles privados que transportan a una o dos personas. Por lo tanto, las banquetas, si no son escasas, se utilizan poco. Casi nada. De vez en cuando. Apenas un montón de horas al día. En otros lugares, como en México, en donde la noción de espacio público es fuerte, la historia de las banquetas es otra. En San Cristobal de las Casas, por ejemplo, chamulas, tzotziles o tzeltales no tenían derecho a utilizarlas. Si un criollo los descubría haciéndolo, los empujaba y expulsaba hacia la asperza de la calle. A ras de suelo. Fue muy poco antes de la aparición (pública) del zapatismo que distintos pueblos indígenas comenzaron a caminar sobre esos espacios.[***] Ya no se bajaban, como lo hacían antes. Para entonces, los pueblos se reapropiaron del espacio público. En lugares como La Jolla, en el sur de California, esa reapropiación y repolitización del espacio podría iniciar, precisamente, con su uso: caminar por banquetas y los caminos del Ellen Browning Scripps, evitando la tentación de sentarse en las bancas y contemplar el paisaje tal como nos es dado. Caminando se funda otro. Caminando se va a una velocidad distinta a la del capital financiero, y exigimos respeto por nuestro cuerpo, y reclamamos una dimensión más humana de la velocidad y el tiempo que orienta nuestra pasos.

Ellen Browning Scripps —hija de James Mogg Scripps y de Ellen Mary Saunders— murió en 1932, el mismo año que se inauguraron los Juegos Olímpicos en medio de un paisaje recientemente embellecido pero, sobre todo, recientemente palmerizado.

 

 

 

 

 

[*]Estas cursivas provienen de un artículo de Cristina Rivera Garza

 

[**] www.kcet.org/updaily/socal_focus/history/la-as-subject/a-brief-history-of-palm-trees-in-southern-california.html

 

[***] La anécdota proviene de Sabines. Apuntes autobiográficos de Pilar Jiménez Trejo, publicado recientemente en Tusquets, México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.

Abrieron las puertas del teatro y yo era el último de la fila que avanzaba lenta. «Bienvenido, que disfrute la función», me dijo el cortador de boletos cuando llegó mi turno. El tipo realizaba la tarea con cuidado, quizás entendedor de las manías de los coleccionistas de talones. Entré. En la sala olía a humo de cigarro. Lo vi sentado en primera fila: un tipo de traje y sombrero negro fumaba con alegría; el cigarro pegado a una boquilla. Idiota.

La obra es El desván, texto de Patricia Suárez y Celeste Espinoza, dirigida por May Durán. Se presentó el 23 de marzo en el marco del Ciclo de jóvenes directores 2015 organizado por el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León.

En el escenario un cuadro plástico de dos actrices con los ojos vendados. «Esta es la primera llamada», dijo la voz y recordó a los presentes apagar los celulares y no tomar fotografías con flash. La gente se acomodaba en las apenas ocho filas de sillas. La sala experimental del Teatro de la Ciudad es pequeña y de techo bajo, es posible tocarlo con levantar los brazos. El humo del idiota navegaba entre las cabezas, impune.

Segunda llamada, un recordatorio más y después la música de Carlos Gardel. La reconocí: Esclavas blancas: «Pero pensá milonga que hay una criaturita de manecitas blancas que en este mismo instante…» Bajo las vendas negras en los rostros de las actrices corría rímel disuelto en lágrimas. Era negro, aunque con la luz amarilla me pareció rojizo. En el piso del escenario había unos veinte zapatos de tacón esparcidos en intencionado desorden.

Tercera llamada, comenzamos. ¿Es la misma voz en todos los teatros de México? Aunque absurda, me divirtió la idea. Unos segundos de silencio y luego el ensombrerado fumador se levantó de la silla. Resulta que era uno de los actores.

De inmediato, sin necesidad de una explicación, se entiende el espacio y el contexto: la Argentina de Gardel, principios del siglo XX, un país de migrantes italianos, polacos, croatas, franceses. El lugar particular: un burdel de arrabal, un desván y toda la carga simbólica de un cuartucho donde se guarda lo viejo e inservible.

La historia se construye con habilidad, sin subestimar al público, y eso se aprecia. Dos prostitutas, ciudadanas del mundo, sin patria, con una triste vida por delante, intentan encontrar algo de sentido al presente. La obra aprovecha el simbolismo para compensar la parca escenografía: Tabita, una de las dos mujeres, gatea en el suelo o se arrastra durante sus participaciones; las piernas sólo le funcionan cuando el hombre, Noé, aparece en escena para levantarla y manipularla. Las mujeres son de trapo, muñequitas que ocultan sus rostros detrás del maquillaje gótico. Sus cuerpos no les pertenecen, los dueños de su voluntad son los hombres que las poseen.

La reflexión es poderosa porque se construye a lo largo de los cincuenta y cinco minutos que dura la obra. De forma paralela se habla de pérdida, de la posibilidad de viajar sólo en sueños, de las promesas incumplidas de la vida. Y de fondo, la posibilidad del amor incluso en las condiciones más deplorables, en los tiempos de la peor miseria y desesperanza.

Como público se aprecia la malicia de la directora May Durán para transmitir la historia. Sin embargo, hay detalles que no terminan de cobrar la fuerza esperada, como los zapatos dispersos por el desván. Se me ocurren hasta cinco diferentes interpretaciones, ninguna muy significativa, y en el performance no hubo suficientes pistas para desentrañar con claridad su significado. El casting de José Cervera como Noé no me pareció ideal, por su estatura y rostro juvenil no logra llenar los zapatos del hombre viril y dominante. Y sin embargo, sus intervenciones a través de monólogos son excelentes, pues representan momentos climáticos en la historia donde la prosa poética de Celeste Espinoza eleva la tensión y la directora sabe hacerlos memorables.

También es destacable el trasfondo de la historia, lo que se dice sin decirse, lo que se desvela con la unión de los diálogos, las actuaciones y la música. Las dos mujeres hablan de otras mujeres que han sufrido su mismo infortunio y permiten entrever los viajes clandestinos en barco desde ciudades europeas hasta Buenos Aires. En el fondo, esas historias de mujeres que quizá sólo ellas recuerdan son símbolo de ellas mismas, lo que pudieron ser, la desdicha que sortearon para terminar en otro tipo de desdicha que nada garantiza sea preferible a la muerte.

Me intriga por qué los diálogos de tantos actores y actrices parecen adherirse a la escuela de las telenovelas. Hablo desde la subjetividad absoluta, pero sucede mucho en las películas mexicanas y también en el teatro: los actores hablan procurando articular las palabras con demasiado cuidado. La palabra clave es «demasiado». Suena artificial. Como Odiseo Bichir en comercial de medicamento para hemorroides. Como el doblaje de «Ay mi dios» para Oh my god. Quizás es parte de la idiosincrasia teatral mexicana. Como en Chile, que tantísimos poetas recitan con el ritmo empleado por Neruda en sus conocidas lecturas, incluso cuando el tema no amerita ese tempo o tono. En El desván sucede, pero era de esperarse porque es una práctica frecuente.

Cerca del final de la obra, una de las mujeres evoca a La petite mort, la pequeña muerte, el concepto asociado al estado de consciencia obtenido después del orgasmo. Fue en ese momento, epifánico para Tabita como personaje y para mí como espectador, que me convencí del éxito de la obra. Además de la profundidad del desarrollo de los temas, también se consigue una reflexión metateatral. Por un lado, el alivio catártico alcanza tres niveles: el clímax sexual del personaje es paralelo al del conflicto de la historia y al experimentado por la audiencia. Por otro, Roland Barthes en El placer del texto sugiere que la petite mort es un estado que ciertos textos llegan a producir en el receptor. Así, el texto, la actuación y el efecto que produce la escena en el público trasciende la experiencia teatral y se ubica en la realidad cotidiana.

La obra termina, aplausos, y reinicia la vida. Atrás quedan el incómodo acento argentino de Noé, la voz de Gardel, el humo del cigarro y la timidez de la directora, quien batalla para expresarse frente a los más de cincuenta asistentes que con su silencio imploran un par de palabras más allá de las gracias. Pero no importa, su trabajo no es hablar frente al público, es dirigir, y eso lo hace bien.

Que corran los créditos. El desván. Texto de Patricia Suárez y Celeste Espinoza. Dirección de May Durán. Actores: Karla Soto, Celeste Espinoza y José Cervera. Voces en off: Alan Solano y Paola Martínez. Iluminación: Iván González. Maquillaje: Ale Marroquín. En el Ciclo de jóvenes directores 2015, celebrado del 20 al 25 de marzo, también se presentaron obras dirigidas por Sofía Sánchez, Rodolfo Cantú, Debby Báez, Yésica Silva, Eduardo Martínez, Martha Garza, Emanuel Anguiano, Anna Martínez, Luis Armando Morales, Arturo Torres, Manuel Sauceda, Aglaee Hernández, Eric Villanueva, Eduardo Guardado y Ramón Villegas.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Existe una discusión —tanto en narrativa como en drama— sobre la voz del autor, frecuentemente se considera que ésta no debería aparecer en sus propios textos, como si el escritor  fuese capaz de abstraerse a poder entrar en la piel de los personajes (cuestión que a mí me parece fundamental). Desde que tomo e imparto talleres, una de las tareas más difíciles y más gozosas es encontrar un personaje. A qué huele, cómo habla, cuál es su voz, cómo entiende el mundo, cuáles son sus miedos, si camina y respira.

Cuando uno se encuentra con ciertos personajes en la imaginación, de pronto todo se vuelve más fácil, sólo hay que seguirlos, la historia se va construyendo con sus movimientos. Esto requiere que el autor se eche para atrás y observe; ni su juicio, ni su moral, ni su ideología tendrían que permear los rasgos característicos de este personaje. A diferencia de la narrativa —al menos en mi experiencia— en el drama es más importante el espacio para poder seguir a un personaje. En una narración, hace falta una lente que siga y enfoque ciertos detalles, las uñas, la forma de las manos, cómo agarra un papel, si se le olvidan las llaves, cuántas vueltas da a la perilla, a qué huele: ¿a tabaco, a alcohol, a desolación?

En el drama, los personajes están más lejos, los vemos caminar por el pasillo hacia el cuarto si miramos la imagen como espectadores de teatro. ¿Qué hay al lado de la cama?, ¿hay una ventana desde donde entra un poco de luz?, a este personaje de pronto uno lo mete en un espacio definido y a veces lo encierra (cuestiones de caja italiana quizás). En este encierro metafórico le pasan muchas cosas, si empiezan a divagar, el narrador ya no es quien comienza a dilucidar la personalidad de ese protagonista a través de imágenes porque la historia —al menos cuando está narrada en tercera persona— no necesita de la voz del personaje. En el teatro, éste toma el micrófono y no hay forma de controlar lo que sale de su boca, pero no es que uno se sienta mal por esto, cuando explaya su voz interior en un diálogo, o se para y comienza a hacer cosas,  uno está de fiesta, comienza a llamar a los amigos, ¡hey, encontré algo! ¡Encontré a alguien que quiere contarnos su historia, encontré a alguien que está ahí habitando un mundo, he podido entrar, pude hurgar! Se puede decir esto como si de un mundo real se tratara.

¿Qué si uno le agrega de su cosecha? Me imagino que sí, pero efectivamente cuando sucede esto es realmente algo inconcebible, realmente no creo que Chéjov se inventara todos esos personajes, sospecho que los encontró, los miró de pronto en esa casa derruida de entre todos esos familiares que no hacían mucho, los dejó estar, los siguió. Un caso distinto es el de los personajes de Beckett, quienes parecen habitar un universo sin lugar pero que hablan, precisamente en este ejemplo es donde el autor se hace presente porque les quita la voz, es decir, él habla en lugar de sus personajes, después vuelve un poco atrás y los pone a dialogar sin parar, como si el lenguaje fuera un puente entre lo que pasa en la cabeza a Beckett y lo que le pasa a Estragón.

La voz del autor, denominada autorreferencialidad, es fascinante porque no llega sola, es un mecanismo muy extraño, es como si uno se convirtiera en parte de la voz del personaje, pero no totalmente, como un distanciamiento donde le prestas algunos pensamientos y sensaciones para que los haga suyos, aun así, se mantiene la rienda en el mundo real, el que está afuera de la computadora, el que ve las manos sobre el teclado y la hora.

Cada vez que escribo un texto nuevo, realmente pienso, ¿cómo es que de pronto, uno puede volver a imaginar cosas tan distintas?, ¿cómo se puede estar dentro de otro lugar, como en los sueños, pero más claro, más nítido, y donde uno lleva el control de la situación?, o al menos uno piensa eso.

Escribir teatro es más duro que escribir narrativa o ensayo —al menos para mí—, por ello escribo cuentos y no novelas. La novela requiere de una estructuración ardua —igual que el teatro—, los cuentos son pequeños fragmentos de la vida de quien requiere atención, yo lo veo así; obviamente alguien podría decir que todo esto lo estoy inventando y que para nada es así, que la escritura es un efecto racional, que son funciones literarias. Efectivamente lo son, sé que no existen, que los personajes no están ahí, que están sólo en la cabeza y sólo se forman de palabras. Por ahora, sigamos con esta pequeña ficción sobre cómo se escribe un personaje.

Los personajes teatrales habitan espacios, el tiempo los consume, miran sin hablar, esperan, generalmente ya están muertos o al menos lo parecen. No sé por qué pero ese efecto sucede a la hora de pensar en el espacio dramático o en sus diálogos (quizás porque creo que a un personaje que habla para sí o para otro, algo raro le pasó y ya tiene mucha vida detrás). Puede ser, también, que por eso los personajes de teatro siempre son mucho más sufridos, (ya sabemos que la teoría dramática habla de estructuras y que las estructuras también determinan los universos, y los universos los personajes); de pronto pasa algo entre la teoría y la práctica, entre lo que uno sabe y lo que uno hace porque al hacer uno se pierde y la teoría sirve de boya a lo lejos, en donde uno quiere descansar un poco y estructurar mientras sigue nadando.

La escritura es un privilegio de la imaginación, pero también de la voz. Es un pantano de donde tal vez no se salga muy bien parado, pero también es ese inframundo de donde uno sale conociendo un poco más de los humanos y de sí mismo. La imaginación no se enseña, las estructuras sí, por eso los talleres siempre lucharán para que el escritor pueda entrar a ese lugar que está sólo dentro de sí para generar una buena idea o algo interesante qué decir. Lo demás, las reglas de la escritura, las estructuras, la capacidad analítica, la lectura, el pensamiento crítico, eso sí se puede formar aunque no garantice el poder imaginar, viajar, volar, y disfrutar de la escritura. Eso se tiene y trabaja,  moldea y alimenta.


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

Me inscribí en un taller para aprender a escribir para niños. Fue en la época en la que terminé la carrera y me aterraba la idea de tener algo de tiempo libre. Intenté eternizar mi vida académica y recurrí a la educación «informal». A lo largo de la semana iba a dos diplomados, una asesoría de tesis y los viernes a este taller.  Como en todos los salones de clases, el grupo era sui generis. Una señora millonaria a la que alguien le sugirió llegar en Metrobús, y después de la primera experiencia no lo volvió a hacer. Un grupo de ilustradores que querían incursionar en la escritura. Un maestro de literatura que presumió sus galardones desde el día uno; se decía un experto en literatura adulta y la transición a lo infantil le parecía, literalmente, «cosa de niños». Un par de editoras más enteradas de cómo funciona este mundillo, una doctora y algunos inclasificables.

Las primera sesión nos presentamos. Sí, todos sentados en un círculo. Hablamos del primer libro que recordábamos haber leído. Las referencias hicieron evidente la brecha generacional entre unos y otros. Los mayores hablaron de El diario de los niños; otros, de compilaciones de cuentos clásicos de los Grimm o cuentos rusos; los más jóvenes hablamos de algunos autores y colecciones contemporáneas. En las siguientes sesiones se habló de eso a lo que denominan «mundo infantil». Entre lugares comunes y algunas nociones pedagógicas, se establecieron los puntos de partida para empezar a escribir. Cada uno tendría que escribir un texto sobre un objeto y, sin decir su nombre, todos debíamos adivinar de qué se trataba. Ese ejercicio se convirtió en una historia que tuvimos que leer frente a todo el grupo.

Supongo que es mal lugar para decirlo, pero siempre he tenido problemas para enseñar lo que escribo. Escribí diarios por algún tiempo e intenté no volverlos a leer. En el taller traté —por algunas semanas— de esconder mis textos. Le cedía el lugar a un compañero para que leyera antes o decía que no estaba terminado o que lo había olvidado. Mis técnicas fueron variando hasta que un día tuve que leer mis avances. Llevaba años leyendo libros para niños, revisando la prosa, las ilustraciones, los temas, los personajes, etc. Y en todas esas semanas apenas había conseguido articular una cuartilla bastante incoherente. Leí un poco frente a todos. El personaje se llamaba Nicolás porque jamás se me ocurre otro nombre. No tengo muy claro de qué trataba, creo que todo empezaba cuando Nico le preguntaba a su padre por la nieve, él le contestaba que ésta caía en el invierno y que la forma más sencilla de vivir la experiencia era pasando algunos días en el congelador. Recibí algunos comentarios, muchos relacionados con lo incorrecto que sería meter a un niño al congelador, otros sobre la estructura y unos más que sugerían qué líneas podría seguir. El relato nunca llegó a ningún fin, ni siquiera sé dónde está ahora. Lo busqué y no lo encontré.

El resto de las semanas escribí otros textos incompletos, también perdidos. Escuché los relatos de mis compañeros y opiné de todos. Noté que la mayoría de la gente que escribe para niños por primera vez, tiende a cometer algunos «errores»: el primero es abusar de los diminutivos, el segundo es pensar que si hay personajes niños, automáticamente es para ese público, en tercer lugar se piensa que si aparecen animales y flores los niños lo amarán. Las mismas desgracias se encuentran también en los concursos literarios, donde la mayoría de los materiales recibidos tienen un tono condescendiente y plagado de cursilerías. Una herencia de la vieja literatura infantil, donde cualquier obra que se jactara de ser para niños tenía que cumplir con esos puntos. Por suerte, la nueva LIJ  y sus autores ya representan una alternativa.

Con ese taller entendí, entre muchas cosas, que soy incapaz de articular un texto de ficción. Me es casi  imposible establecer un acuerdo de ficción entre mi cabeza y un teclado/papel. Es como si no creyera en nada de lo que estoy diciendo y fuera algo impostado. Quizá mi lugar está del otro lado, del lado del que lee, edita y opina un poquito sobre los relatos de otros. Quizá se reduce a algo más esencial: me gustan los libros para niños y no por eso debo/puedo/tengo que escribirlos.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.