De todos los personajes que habitan la vida y obra de Sergio Pitol, ninguno ha sido tan especial como Sacho, el perro que brinca de la realidad a la ficción para convertirse en icono de la obra pitoliana. En este ensayo, Elisa Corona Aguilar rastrea la relación afectiva y literaria que hay entre la mascota-personaje y el amo-autor.
Personalmente, me interesan más los perros que los dogmas.
Rupert Sheldrake
Entre los libros no vendidos de la librería de mi padre, apareció uno que él sospecha será apropiado para uno de sus hermanos, no muy asiduo lector pero gran amante de los animales, y que a mí, por su título, me remite de inmediato a «Sueños, nada más» de Sergio Pitol; también a la Odisea, Oliver Twist, y hasta a un libro tan poco leído y muy sonado como Peter Pan, de James Barrie. De perros que saben que sus amos están camino de casa y otras facultades inexplicadas de los animales ofrece un anecdotario confiable de las capacidades no exploradas de los animales más cercanos a la rutina humana. «He reunido», nos dice el biólogo-autor Rupert Sheldrake, «más de quinientos ochenta informes de perros que saben cuándo sus amos están camino de su casa. Algunos esperan en una puerta o una ventana diez minutos o más antes del regreso del trabajo, la escuela, las compras y otras salidas. Otros salen a encontrarse con sus amos en la calle o en una parada de autobús». De acuerdo con los testimonios reunidos por Sheldrake, es casi siempre una sola la persona de quien el perro anuncia la llegada, siempre la persona más cercana emocionalmente al animal, la que lo cuida, lo pasea o alimenta. «Hay perros que exhiben esta conducta de manera casi cotidiana; otros, sólo cuando sus amos regresan de unas vacaciones u otra ausencia prolongada, en cuyo caso dan muestras de excitación durante horas o incluso días antes del regreso». Las «vacaciones u otra ausencia prolongada» me hacen pensar en el fiel perro Argos, esperando en su vejez y decrepitud a Ulises, a quien reconoce bajo el disfraz de mendigo, para morir unos instantes después de mostrar su contento: su amo, después de veinte años, al fin ha vuelto a casa y él puede morir en paz. La muerte del perro Argos es también el fin definitivo de la travesía: la guerra de Troya ha terminado.
Pero a diferencia de los perros mencionados en el libro de Sheldrake, Argos, quizá adormecido por la vejez y por la larga espera, no predijo el regreso de su amo, sólo lo reconoció cuando ya había vuelto: su fidelidad era su mayor virtud y por la que será recordado, no sus poderes telepáticos. Y menciono la telepatía porque después de descartar a todas luces el olfato, el oído o la rutina, Sheldrake se aventura a hablar de telepatía y premonición, ya que estos perros tienen sus primeras reacciones de entusiasmo y espera justo al mismo tiempo que las personas de su afecto, en lugares lejanos, inician su regreso a casa, deciden volver o reciben la noticia de que pueden volver a casa. Ian Fraser y su esposa descubren que el bóxer de la familia sabe siempre que Ian ha llegado al aeropuerto de la ciudad, pues muestra su alegría anticipada y espera pacientemente en la puerta. En la Segunda Guerra Mundial, Max Aitken, comandante de escuadrón, dejaba a su perro labrador en la base; inequívocamente, el perro salía a su encuentro con anticipación, sin importar en qué avión llegaba, ni la hora ni el día.
A la luz de estos testimonios, Sacho, el perro de Sergio Pitol, llama mi atención en las primeras lecturas de El arte de la fuga por sus posibles poderes telepáticos y, siendo el perro de un escritor, por sus muy probables acercamientos al mundo de la ficción y la literatura. En un sueño de abril, Pitol está a punto de abrir la puerta de su casa cuando un desconocido le pide que le permita ser él quien lleve a Sacho a su paseo vespertino. Con la ingenuidad sólo capaz de quien sueña y es víctima de su propio sueño, Sergio accede y deja a Sacho en manos de un desconocido que resulta estar involucrado en el asesinato de un político local. Sacho no regresa hasta el mediodía siguiente, solo, sediento, con un collar que no es suyo, mientras que en las noticias dan su descripción como el perro de un sospechoso que rondaba el lugar del asesinato. Envuelto en esta trama muy a la Dickens, el soñador Sergio se esfuerza por despertar sin conseguirlo. Es Sacho quien consigue sacarlo a ladridos de ese sueño angustioso y se muestra igual de irritable, como si hubiera despertado de la misma trama que la de su amo: será que las vivencias oníricas de ambos son compartidas de igual forma que los paseos en el parque y que muy probablemente Sacho posee la solución al asesinato que nunca podría resolverse con sólo uno de los dos testimonios de los soñadores.
La experiencia onírica de Sacho me recuerda a uno de sus congéneres también experimentado en viajes literarios. Bull’s-eye, el perro del asesino Sikes, en Oliver Twist, quien como Sacho ha sido visto por las autoridades en compañía del fugitivo, adivina las intenciones de su amo cuando éste planea ahogarlo y, como Sacho, quizá, decide huir y alejarse por cuenta propia del sospechoso, sin dejar de serlo él mismo. Bull’s-eye es uno de esos pocos perros en la literatura que, lejos de enaltecerse por una ciega fidelidad, parece adivinar los enredos de la trama que ni el mismo Dickens podía predecir, y decide traicionar y huir antes que ser traiciona-do. Su historia tiene pocos paralelos en la literatura.
Tengo la impresión de que todas las personas se vuelven mejores narradores cuando sus perros se convierten en protagonistas del relato, sin importar si es comedia o tragedia. En una travesía en taxi de un hotel en Londres al aeropuerto, Sergio Pitol, aburrido de la charla del chofer, acaba mencionando por azar a Sacho y su raza, bearded collie, y es entonces cuando encuentra un verdadero punto común con el antes fastidioso chofer, quien relata ahora apasionadamente la historia de su perra, también bearded collie, con la que vivió quince años. La muerte de la perra le causó una depresión que parecía no tener fin hasta que una vez, en misa, el hombre escuchó o creyó escuchar una voz que le aseguraba que su perra estaba bien y en un mejor lugar.
En otro de los sueños de Pitol con Sacho, el escritor descubre que su casa se incendia con irreal lentitud; decide salir en busca de ayuda, con una maleta, una escalera en las manos y con su perro a su lado. Al entrar a una tienda, le prohiben la entrada a Sacho, pues debe quedarse esperando a Pitol en la puerta, quien al salir no logra encontrar esa misma entrada, y comienza a vagar por la ciudad de Roma en compañías excéntricas, e incluso olvida que su casa estaba quemándose. El pobre Pitol se siente inmensamente desdichado por la pérdida de Sacho, piensa que no volverá a verlo jamás, todo por su tremendo descuido. El pobre Sacho quizá espera en la entrada o, más probablemente, harto de esperar, busca ya por la ciudad a su compañero de sueños. Esta vez es Sergio quien despierta primero para sacar a Sacho de ese sueño funesto. Durante su paseo por Coyoacán, ya en la vigilia, Sacho voltea constantemente para asegurarse de que Sergio no se ha perdido de verdad. Su actitud vigilante me hace pensar que es él quien cuida del escritor, a veces en el sueño, a veces en la vigilia, quien lo guía y protege de extraviarse en uno de sus juegos entre la realidad y la ficción.
Otro ejemplo de perros guardianes que cuidan de los despistados humanos está en esa obra maestra de la literatura infantil que es Peter Pan. Nana, una terranova que cuida a los niños de la familia Darling, es la niñera más responsable de los alrededores, desprecia la plática ligera de las demás niñeras, nunca olvida el suéter de los niños y carga siempre una sombrilla en el hocico en caso de lluvia. Sin embargo, el señor Darling no está del todo contento con el hecho de tener a un perro por niñera: los vecinos murmuran, pero más importante es que tiene la sospecha de que Nana no lo «admira», y no hay nada que el señor Darling quiera más que ser admirado. «Sé que te admira muchísimo», le dice la señora Darling intentando borrar esas sospechas. Pero la sensatez de Nana es inocultable; su sensatez, su sentido del deber y su instinto protector van incluso en contra de las intenciones del escritor de esta obra, pues cuando Peter Pan irrumpe en el cuarto de Wendy, John y Michael para convencerlos de ir a la tierra de Nunca Jamás, Nana hace todo por evitar la partida de los niños, sin importar qué sea más conveniente para la historia y para las intenciones literarias de J. M. Barrie. Nana rompe la cadena con la que la han atado en el jardín y corre a donde están los Darling para detener al intruso. «¿Llegarán a la habitación de los niños a tiempo?», escribe J. M. Barrie. «Si fuera así, qué maravilloso para ellos, todos daríamos un respiro de alivio, pero entonces no habría cuento».
Así, Pitol sueña que su perro Sacho se pierde en una ciudad desconocida; al despertar, Sacho se muestra preocupado por la presencia de su amo. Nana parece en constante rebelión contra las intenciones del escritor del cuento; Bill Sikes y su perro Bull’s-eye comparten faltas de carácter tan graves como la traición, lo cual llevará a uno de los dos a pagar su sentencia. Aunque muy distintos entre sí, estos perros parecen siempre saber más de lo que sus amos saben, y comparten a veces la omnisapiente condición más del escritor que del narrador, adivinando los impredecibles caminos de la trama; sus sentidos, siempre alertas, vigilantes en su complejidad inexplorada —como Sheldrake nos hace saber— parecen penetrar tanto la vida como la literatura y el sueño. Quién pudiera aventurarse en largas travesías, vividas, escritas o soñadas, sin un guardián que espere en casa y que a la vez, en su compleja conciencia, nos siga los pasos, las palabras, hasta las intenciones.
En «Fetiches», Pitol asegura que aunque Sacho no es su fetiche, él sí lo es para el animal: «cuando se me acerca veo en sus ojos que yo sí soy el suyo, el único, poderoso y absoluto fetiche que ha conocido en su vida». Pero muy probablemente no es así.
La mirada de Sacho puede ser la de quien cuida sin descanso a una criatura desvalida, indefensa ante sus propios sueños y ficciones, inmersa desde siempre en sus abismos literarios. El lazo invisible entre ellos, tan fuerte y determinante como el hilo de Ariadna, lleva al fiel Sacho a seguir de cerca, con oído, olfato e intuición, los caminos de su compañero por sus ficciones, sin retroceder ante los desatinos del subconsciente y de la literatura, ni ante la posibilidad de que en cada esquina aceche un minotauro, a quien él enfrentaría con garras y dientes para proteger a Pitol.
A veces pienso que no pude elegir mejor momento para vivir en Morelos. Muchas de las bandas que más admiro y que realmente disfruto escuchar en vivo son de mi ciudad y tengo la fortuna de poder convivir y colaborar con todas ellas. La escena musical —actual— de Cuernavaca se nutre de muchos géneros, uno de los más activos y propositivos es la del rock (así sin más adjetivos). Todas las bandas que sigo son agrupaciones que tienen distintas influencias, desde el progresivo y el post-rock, pasando por la electrónica, la lírica argentina de Cerati y Spinetta, el grunge, y lo que se conocía a inicios de los años 90 como música alternativa. Todas cumplen un propósito primordial para mí: suenan poderosas, profesionales y me emocionan. Este año Morelos es el estado invitado al Festival Internacional Cervantino y es probable que muchas de estas bandas participen. Esta Ruina Tropical está dedicada a cinco de bandas morelenses. Todas se encuentran activas, con un disco en puerta, o algo en proceso de grabación.
Never After Before
En una primera etapa, esta banda de post-prog-rock estaba conformada por Agustín Dávalos (voz, guitarra y teclados), Marcelo Rangel (batería y secuencias) y Gonzalo Ricalde (bajo). El nombre de la banda «Nunca Antes Después» evoca el ahora. El momento del tiempo eterno e inexistente. En ese sentido, su música es una exploración de cómo se experimenta el paso del tiempo. Influidos por bandas como Tool o Mono, pero también por el cine de Lynch y Harmony Korine, Never After Before presentará pronto su primer material discográfico Broken Nation. Recientemente, tras la salida de Ricalde, se incorporó como bajista Pablo Peña, músico e ilustrador. Desde entonces la banda se ha presentado en diversos espacios de la capital del estado, distinguiéndose por sus poderosas y atmosféricas presentaciones.
Duo sensual de bigotones que se inscribe en el género del electro-rock. Lo conforman Diego Icaza en la guitarra y Lolo (alias Dolores Parral) en la batería eléctrica y en las secuencias. Suenan a post-rock, a progresivo o stonner, pero con un toque de Underworld, Justice y M83. No hay voz. Sólo la guitarra y la batería que retumba con la furia de Lolo. En vivo son impresionantes y exactos. Los Pápalos me parecen una de esas bandas que ya casi no existen. Su búsqueda está entre géneros y no en los extremos de lo incomprensible o de lo meloso. Tocan rock y cumplen todos los requerimientos para hacerlo. Pronto estrenarán su primer material discográfico y ya trabajan en nuevas piezas con un sonido más sucio y pesado.
Es una banda mexicana de rock alternativo formada en el año 2009 en Cuernavaca. Sus integrantes son Nazario Meshoulam (guitarra y voz), Eduardo Huerta Rangel (guitarra), Agustín Dávalos (bajo y coros) y Augusto Herrero (batería). El estilo de la banda está claramente influido por el rock progresivo y el hard rock británico de los años setentas, el rock alternativo y grunge estadounidense de los noventas y por el rock mexicano y argentino; éste último se refleja de manera clara en las letras escritas por Nazario. El sonido de Monodram se caracteriza por los arreglos minuciosos y armónicos, los efectos y distorsiones de las guitarras, la intensidad de las líneas de batería y por liricas dramáticas y evocativas que invitan a la reflexión y que hablan sobre temas cotidiandos y complejos. También vale la pena mencionar que Nazario (fundador del grupo), está al frente de otro proyecto que ha incluido a varias bandas morelenses. Hablo de Estudio Áureo, en donde han grabado varias de las agrupaciones que he mencionado en este artículo.
La banda nace en 2011, con una mezcla de músicos provenientes de Cuernavaca y la Ciudad de México. La componen: Samuel Alazraki (guitarra), Jonathan Guevara (bajo), Pedro Mantecón (voz principal y guitarra ritmíca), y Rodrigo Mercado (batería). Recientemente estrenaron su disco Plano Circular, un álbum que tiene un concepto eje que une todas las canciones. No se trata sólo de una compilación de canciones dispares sino que busca tener una historia, un principio, un final, como un libro (y en ese sentido es de celebrar lo poético de su contenido). Según sus propios integrantes, Plano Circular cuestiona la «redondez» y los ciclos de los acontecimientos personales, así como los ejes desde donde se miran. Se encuentran en preproducción de su segundo disco.
Video de Capital Sur tocando en la Colonia Roma en el piano que pintó el artista morelense, Agustín Santoyo: http://youtu.be/pvW2ny0iVqA
Electrafic
Es la nueva banda en la ciudad. Es una agrupación de rock alternativo formada —plenamente— en el año 2014, por Augusto Herrero (guitarra, voz y sintetizadores) y Patrick Jordan (batería). El proyecto comenzó en el 2013 cuando Augusto emprendió una exploración de trabajo con diversos músicos a través de algunas de sus composiciones primigenias, esto con la finalidad de formar una banda de rock y presentarla en la escena musical local. A mediados del año 2014, contacta a Patrick Jordan, baterista con el que había coincidido en diversos proyectos anteriores y decidieron formar una banda. Alecs Martinez en el bajo tuvo una breve pero importante incursión en la banda. A finales de ese mismo año, el ahora dúo, entró a grabar su primer demo en el Estudio Áureo y actualmente se encuentran en la búsqueda de un productor que quiera dar forma a lo que será el primer disco oficial de la banda. El sonido de Electrafic está influenciado primordialmente por el rock alternativo intenso, exótico y energético actual, generando melodías amistosas, atmósferas envolventes y explosivos riffs.
En 1997, Rafael Toriz, aún estudiante de secundaria, descubrió la existencia de Sergio Pitol. Desde la anécdota, Toriz da un recorrido por los encuentros personales y literarios que el joven escritor tuvo con su maestro en las aulas de la Universidad Veracruzana y en los encuentros íntimos a través de los libros y las lecturas.
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Contaba con catorce años la primera vez que me enteré de la existencia de Pitol. Era 1997.
En la secundaria donde estudiaba, mi profesora de español me tenía una particular buena disposición, por tres hechos que considero fundamentales:
a) Desde los seis años mis padres me hicieron estudiar música clásica con resultados más bien limitados, lo que por otro lado no me impedía jactarme de mis estudios extracurriculares a la hora de exhibir mis habilidades con la flauta traversa ante espíritus sensibles con la capacidad de ponerme dieces en la boleta.
b) Para entonces había yo leído las Narraciones extraordinarias de Poe en una edición española encuadernada en piel maravillosa, lo que me sumaba puntos en un grupo en el que la mayor parte de la horda masculina estaba abocada a ignorar a la profesora y a afirmar la adolescente heterosexaulidad a través de picar con lápices y compases los culos de los despistados.
c) Una de mis tías, lectora del Quijote y de las novelas de Pérez Galdós, trabajaba, al igual que la profesora, como catedrática de español en una escuela secundaria técnica; eran amigas y coincidían en sus juntas de academia.
Sentado lo anterior, llego al punto por el cual me topé con el mago de Viena.
Para una evaluación bimestral era necesario entrevistar por parejas a un personaje que consideráramos relevante para la sociedad. Todo mundo hizo un organigrama que yo, por mi cercanía con el poder, desdeñé con arrogancia.
El día de la evaluación me percaté de que mi buena suerte no podría con el mínimo rigor de la profesora, que ante mi tarea faltante, y para mi sorpresa, amenazó con reprobarme y, por lo bajo, acusarme con mi tía.
Viéndome acorralado ante semejante contingencia, intenté salvarme lo mejor que pude y peroré:
«Lo que sucede es que concerté, junto con mi compañero de fórmula, una entrevista con el escritor Sergio Galindo[1], y el autor no puede atendernos hasta hoy por la tarde. Pensamos entonces que la entrega de nuestra entrevista bien puede esperar hasta mañana».
—¡Sergio Pitol! —interrumpió con ilusión la profesora—. ¡Qué maravilla!
No miento al asegurar que jamás otra mujer me ha vuelto a mirar con ojos similares: era tanta su alegría y esperanza que habían conseguido cambiar el apellido del entrevistado.
Momentos después, al estallar la chicharra, la profesora me tomó del brazo y sostuvo severa:
—No sé cómo le vas a hacer, pero para la próxima clase me traes una entrevista con Sergio Pitol, a máquina y a doble tinta. Cuidadito y no la traes, que te llevo a extraordinario.
Justo antes de abandonar el aula, gritó desde su escritorio:
—¡Sergio Galindo está muerto, tarugo!
Esa tarde, consciente de que había sido sorprendido en flagrante villanía, me dispuse a cumplir con mi tarea.
Como no se me ocurrió una mejor idea hice lo que pude: inventé una entrevista con Pitol de la que lo único que recuerdo es la siguiente frase: «el escritor nos recibió silbando una canción que, según habría de relatarnos más tarde, le habían enseñado unos chiquillos menesterosos durante su último viaje a Madrid».
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Dos años después volvería a toparme con Pitol durante la presentación del libro La casa pierde de Juan Villoro, personaje que, debido a sus comentarios rápidos, un saco de pana color mostaza y una estatura que me deslumbró —hasta entonces yo pensaba que los escritores eran únicamente fotografías en blanco y negro— acabaría por volverse otro símbolo literario de mi vida. Al finalizar el evento se me ocurrió acercarme para pedirle, ahora sí, un testimonio magnetofónico para un periódico de los alumnos del bachillerato de la Preparatoria Juárez.
Con una sonrisa atenta me dio su número. Y añadió, atemorizándome:
—Con gusto. Pero lea uno de mis libros.
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La entrevista era sólo un pretexto para platicar con un escritor profesional y empaquetarle, de manera discreta, mis flamantes textos con la esperanza de recibir su comentario. Sirvió también para que yo leyera Infierno de todos.
Me presenté al encuentro con una grabadora inmensa y estorbosa porque no conseguí una de reportero. Me dediqué a preguntar algunas generalidades que fueron respondidas con detenimiento e interés. Claro me quedó que el maestro me trataba, pese a mi juventud y desatino, con seriedad y respeto. Fumábamos de sus Marlboro.
Pitol guiaba y escuchaba. Al preguntarme si estaba interesado en escribir recibió con agrado mis manuscritos, sacó un par de libros y me los dedicó con generosidad apabullante, «con la esperanza de encontrarnos en la Universidad y el deseo de que se vuelva un gran escritor». Emocionado como estaba, le conté la historia sucedida en mi secundaria y le pedí autorización para escribir un cuento gótico con él como personaje principal: Pitol sería una suerte de Mr. Hyde mezclado con Barba Azul, un asesino de sus entrevistadores con la finalidad de degustar un caldo neuronal que nutriría su literatura y los jardines de su casa.
Obtuve una sonrisa amable como respuesta.
Años después me enteraría de que esa parte de la conversación la escuchó con su oído defectuoso.
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Ese día, con mis ejemplares firmados de El desfile del amor y El arte de la fuga, salí de su casa con la certeza y la esperanza de que yo también podría dedicarme a escribir.
Con y sin mentiras.
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Primeros días en la Facultad de Letras de Xalapa. Ante un auditorio atestado hasta las ventanas, Pitol lee a carcajadas Los empeños de una casa. Los asistentes al curso de teatro novohispano estamos extasiados, en completa romería y carnaval ante la genialidad de Sor Juana.
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Llego a un territorio desconocido, estimulante y atractivo como pocos: El arte de la fuga. Entreveo la posibilidad de una escritura elegante no peleada con la vida; una prosa nítida y novedosa, brillante sin ampulosidades: una manera de transformar el adjetivo en una piedra redonda, perfecta y bruñida. Concisa y alegre.
No comparto el arrebato por «la novedad» de la hibridación genérica (otras literaturas registran la técnica siglos atrás y me parece que toda literatura digna se resiste a ser circunscrita dentro de los muros de su lengua). Me apasiona, sin embargo, el entrecruzamiento del ensayo, la autobiografía y la crónica, esa suerte de textualidades orgánicas que vuelven literatura la realidad. El viaje, a su vez, como fundamento de la escritura: hallazgos, inventos, miradas. Todo se revela como un conjunto distorsionado que hace de la experiencia en este mundo una realidad paralela y misteriosa, interesante y pesadillesca. El otro mundo nos habita plenamente.
Descubro Las ventanas clausuradas de Alexandru Vona y me entrego a una pasión maligna que desea agotar, sin conseguirlo desde luego, la escasamente traducida literatura rumana.
Comparto el libro. Termino la escuela. Conozco la dicha.
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Durante una estancia en Barcelona a principios de 2005, conozco por fortuna la deslumbrante colección «Los heterodoXos», de Tusquets, dirigida por Sergio Pitol. Es así que engroso mi biblioteca con Carta a la vidente de Antonin Artaud, Correspondencia Abisinia de Rimbaud, Escorpión y Félix, la única novela humorística de Karl Marx, Manera de una psique sin cuerpo de Macedonio Fernández, Cómo escribí algunos de mis libros de Raymond Roussel, Teatro laboratorio de Grotowski y algunas otras maravillas disponibles a precios ridículos en las librerías de viejo de la capital catalana.
Pitol lo ha demostrado: la excentricidad no se cultiva, se asume como una preciada pertenencia.
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Me encuentro algunos libros excelentes traducidos por Pitol, esa tarea que en mi opinión ha elevado al nivel de obra literaria de primer orden: Cosmos, Trasatlántico y el Diario argentino de Gombrowicz; Las tiendas de color canela de Bruno Schulz; su versión de El corazón de las tinieblas; La vuelta de tuerca de Henry James (aunque en este caso me quedo con la traducción de José Bianco, Otra vuelta de tuerca), y el milagro que constituye su traducción de Las puertas del paraíso de Andrzejewski, que contiene uno de los finales más bellos que jamás he leído: «Y caminaron toda la noche».
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Octubre de 2006. Buenos Aires en plena primavera.
Aunque las condiciones de mi primer viaje a la Argentina son inmejorables, me siento deshecho y perdido ante la vida, caminando sin ninguna finalidad que no sea el abrazo nebuloso del alcohol y el desarraigo permanente de una ciudad desconocida.
En los discretos espacios de sobriedad leo un poco.
Me percato de que leer el Diario argentino es un ato que me reporta un placer malsano y me doy cuenta de la innegable relación que guardo con Pitol.
Leyendo su traducción de Gombrowicz percibo el rigor literario, la intuición poética y la infinita pasión de un hombre abocado a la literatura. Pitol se me revela no sólo como un altísimo traductor sino también como un personaje vital y centelleante.
La calidad de sus traslaciones brilla en su castellano gimnástico; vigoroso por su elasticidad y capacidad de expansión. De repente asimilo que Pitol me ha vuelto menos ignorante a las literaturas eslavas y a la polaca en particular.
La intensidad de sus traducciones lo inserta en los vastísimos campos de la literatura universal.
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Finalmente estoy sentado en mi escritorio, una vez más en Buenos Aires, intentando sacar en claro las relaciones con los lugares habitados, las experiencias vividas y los libros abandonados. Me encuentro conmigo, describiendo ese otro mundo agazapado en las entrañas.
Y sólo quedan, por el momento, unas imágenes, hechas y deshechas, perdidas e inventadas:
«Uno, me aventuro a decir, es los libros que ha leído, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos triunfos, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas».
[1]Conviene acotar, para no dar falsas impresiones, que yo estaba familiarizado con el nombre de Sergio Galindo únicamente porque el bimestre anterior habíamos leído Polvos de arroz.
Sergio Pitol se encarga de convertir su vida en literatura en los tres libros que conforman la Trilogía de la Memoria, obras en las que tanto los géneros como los recuerdos —es decir, la forma y el fondo— se funden en un solo magma. Este ensayo es un breve recorrido por la geografía mental del autor.
Hacia 1530, Giulio Camillo ideó un teatro que fue el primer ejemplo significativo de la transformación renacentista del ars memoriae. El humanista italiano concibió el Teatro de la Memoria, un edificio destinado a transmitir el conocimiento que guardaba la filosofía hermética. La historiadora inglesa Frances A. Yates cuenta en El arte de la memoria que el sistema consistía en una estructura semicircular dentro de la cual se encontraba toda la información vital a la que sólo se podía acceder desde el centro. Antecedente de la enciclopedia, la obra se construyó en madera, estaba ilustrada con múltiples imágenes y llena de pequeñas cajas; se componía de diversos órdenes, de tal modo que el espectador percibía al instante todo lo que de otro modo quedaba oculto en las profundidades de la mente. Por su condición material lo llamó teatro. Camillo buscaba transmitir así un sistema de asociaciones para materializar la memoria, para facilitar la imagen del pasado. Esa red de correspondencias, esa multitud de fragmentos, era el instrumento que había soñado tanto tiempo. El Teatro de la Memoria de Camillo no era sino una constelación imaginaria, una ventana al pasado, una búsqueda de coincidencias entre lo concreto y lo abstracto.
Sergio Pitol procede de la estirpe de Camillo. Su obra de madurez constituye un monumento literario dedicado al trabajo de la memoria. El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena conforman una Trilogía de la Memoria. En ese espacio, Pitol busca reanimar el mapa de sus obsesiones; elige las imágenes y desarrolla las tramas, las asocia, las encadena o las opone. El procedimiento del Teatro de la Memoria actúa en la Trilogía de Pitol. La disponibilidad de un mundo nacido de los materiales del recuerdo habilita al escritor para realizar un viaje interior.
Como Giulio Camillo, Sergio Pitol levantó su Teatro de la Memoria a la vista de todos. A manera de un juego de cajas chinas, Pitol distribuyó El arte de la fuga en «Memoria», «Escritura» y «Lectura». En esta operación los ensayos se imbrican con relatos: «Veía y no veía, captaba fragmentos de una realidad mutable», escribió Pitol tras perder sus lentes en Venecia y ensayar en torno a la magnificencia de la ciudad. Años antes, en «El relato veneciano de Billie Upward», reveló: «Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único. Venecia comprende y está comprendida en todas las ciudades […], cada uno de nosotros es todos los hombres […]. ¡Todo está en todas las cosas! Y Venecia, con su absoluta individualidad, iba a revelar ese secreto».
«El arte de la fuga —escribió Carlos Monsiváis—, libro de ensayos, crónicas, relatos, diarios, memorias, se evade de las ataduras del sedentarismo y el nomadismo, y emprende la travesía donde las ideas son formas de vida y reminiscencias, las admiraciones son también presagios, y las amistades resultan, entre otras cosas, el festejo común de la excentricidad».
El recuerdo también tiene una dimensión universal y biográfica en El viaje. El libro recurre a entradas de su diario de 1986; es una bitácora onírica cuyas sombras tutelares son Gógol y Tsvietáieva; el testimonio de un periplo que, tras la contemplación del cuadro Peces rojos de Matisse en el Museo Pushkin de Moscú, se convierte en «un trance místico, en una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del tiempo».
En El mago de Viena, las encrucijadas y bifurcaciones son más complejas, al igual que su entramado autobiográfico: «El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias —cuenta Pitol en “Todo está en todo”, conversación con Monsiváis incluida en Una autobiografía soterrada—. Pero al ordenarlos en un índice me pareció fastidioso. Comencé a retocarlos, buscar una estructura narrativa, hacer de esos materiales algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes».
La Trilogía de la Memoria es un recorrido por toda clase de paisajes literarios, históricos y geográficos: Pitol viaja y pierde países, escribe y extravía anteojos, como afirma Enrique Vila-Matas. Noveliza la vida y accede a «la alcoba oscura de los recuerdos», enun-ciada por Baudelaire. Como un músico que explora alrededor de un tema, Pitol recurre a profusas variaciones. El arte de la fuga está escrito en contrapunto; está formado por distintas fugas, todas sustentadas en el mismo sujeto: la memoria. Su estructura polifónica permite el enlace de varias voces y líneas; en ella el ensayo y la narración se unifican. El procedimiento se radicaliza en El viaje, y alcanza su cúspide en El mago de Viena, donde el escritor anula por completo los límites entre los géneros y disuelve los índices. Vila-Matas evoca aquello que Juan Antonio Masoliver Ródenas escribió sobre «Nocturno de Bujara»: «¿Qué distancia hay entre la textualidad, el ensayo y la creación? ¿Entre la historia, la leyenda y el mito? Todo expresa la fragmentación y la aspiración a la unidad». Pitol comenzó a ver en los sucesos cotidianos hechos extraordinarios. El cazador de minucias instala en sus textos una ambigüedad, correspondiente a su necesidad de «crear una realidad permeada por la niebla».
A través de la escritura, Pitol esbozó un meticuloso autorretrato: su obra es una indagación obsesiva de sí mismo. Cúmulo de pasajes autobiográficos, la Trilogía de la Memoria muestra el laboratorio personal que dio origen a su obra. En este «inmenso edificio del recuerdo», como diría Proust, ofrece una visión de su geografía mental. Miradas como una suerte de autobiografía intelectual, las reflexiones de la Trilogía de la Memoria se presentan en la obra de Pitol en relación con la necesidad de construir un armazón, destinado a sustentar los pliegues entre sus novelas y cuentos. «A veces, una imagen reitera su presencia y exige ser rescatada del olvido. […] En mi experiencia personal, la inspiración es el fruto más delicado de la memoria», escribió en «Formas de Gao Xingjian», texto integrado en El mago de Viena.
«El autor de la autobiografía tiene derecho a inventar», enunció Alain Robbe-Grillet en una conferencia dictada en una universi-dad de la Ciudad de México en septiembre de 2006. El escritor, después de hablar sobre el flujo de conciencia en Finnegans Wake y la libre asociación en la novela, aseveró: «La literatura es una suerte de proyecto». Y siguió: «Mi obra no es de ruptura, sino de continuidad». Las palabras de Robbe-Grillet coinciden con la Trilogía de la Memoria. La autobiografía, la autobiografía novelada y la novela autobiográfica llevan a cabo el mismo procedimiento, de forma distinta y complementaria: «transformar la vida en literatura», escribió Antonio Tabucchi. El presente es un friso. Entre el arquitrabe y la cornisa del mundo, Pitol combina con libertad la búsqueda interior y la reminiscencia.
La Trilogía de la Memoria revela las conexiones más íntimas y ocultas entre sus pasiones y lugares, entre sus amigos y afectos. Pitol sabe que viajar y escribir son actividades marcadas por el azar: «el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal».
Pitol puso su escritura a la sombra de uno de los lemas de los alquimistas: «Todo está en todo», relacionado íntimamente con el «Only connect…» de E. M. Forster, quintaesencia de El mago de Viena. Para un lector entusiasta como Sergio Pitol, la memoria es ubicua. La Trilogía de la Memoria es un lugar de confluencias, ilusiones y derivas.
En «La ebriedad sin tiempo: presencia de Darío Jaramillo», Pitol afirma que en el poemario Cantar por cantar el escritor colombiano dialoga consigo mismo, con instancias abstractas como la memoria, es decir, «otra forma de hablarse a sí mismo». Ese recurso se detecta en la Trilogía, ya que «la memoria —como afirmó Juan de Aranda en 1613— es un escribano que vive dentro del hombre».
No cabe duda, José Agustín Solórzano es un gamer de la poesía: cada uno de sus libros tiene variedad de stages y los distintos mundos que debemos de atravesar nos recuerdan al universo que llevamos en los hombros. Este escrito es una aproximación al cosmos escrito en la pantalla de su libro Monomanía del Autómata, e intentará desmenuzar 10 ítems para acabarnos el libro, y descubrir el nivel secreto sin necesidad de un control especial. Cabe resaltar que este videojuego no pertenece a los casetes inconseguibles porque se puede hallar en cualquier tienda Educal del país e instalarse en la consola de tus ojos a la hora que sea, eso lo hace muy recomendable: no costará lo que un libro de Anagrama o Siruela. No hay excusa para no leerlo, cualquiera podrá acercarse a este casete de poesía y jugar los distintos rounds de emoción. Como todo videojuego se necesitan ítems para poder penetrar las esferas interiores de cada escenario. Ahí va la lista. No olvides encender el vibrador y la pantalla Blu-Ray, ni dejes las palomitas en el microondas porque esto va para largo:
1.- La situación de los mundos: No te confundas, este casete de poesía parece no tener escenarios ni mundos que cruzar, pero esconde gran diversidad de espacios geográficos dentro y fuera de ti mismo como video-jugador. Al principio no se sabe en qué plano se mueve la pantalla, si dentro del televisor o fuera de uno mismo, pero conforme te adaptas al formato RPG-Aventura todo será más claro, ejemplo:
AFUERA:
vamos a sacarnos los ojos de los bolsillos
a despertar uno en la herida del otro
ADENTRO:
abrirás mis puertas
desordenarás mi caos
comerás desnuda el desayuno de mi pecho
me aplacarás la resaca con tus aguas
2.- No olvides rescatar a la princesa en la menor oportunidad: Para esto debes dominar los controles ante cualquier síntoma de resaca o falta de despensa. No lo dudes, ni cuando suene el camión de la basura fuera de la casa y recuerdes que en el patio está la arpilla repleta de latas y cuatro cartones de cerveza junto al tambo a reventar; estira bien los ojos e intenta rescatar a la princesita con lentes una y otra vez para acabarte el juego en ese instante. Pocos gamers lo hacen a la primera pero creer que hay posibilidad es un buen trago a lo largo del juego, ejemplo:
ADENTRO:
quiero recostarme sobre tu ombligo
escuchar el mundo que en ti ronronea
arañarte como gato la espalda
y maullar en el tejado de tus ojos fríos
pero tú lavas los platos con agua caliente
perfumas la casa
sirves el café para ponerme la sobriedad amarga en la
boca
“deberías quedarte a dormir, B
AFUERA:
no te espera nadie
prometo contestar tus llamadas
abrirte menos borracho la próxima vez
prometo incluso
leerte un par de poemas del marica de Neruda
3.- La presencia de los jefes para finalizar las misiones: Este video-juego no es la excepción, los jefes de las distintas misiones están presentes y tratarán de intimidarte usando combos de metáfora y versos libres como buen uppercut, ejemplo:
AFUERA:
donde el universo lame las heridas de la noche
me entretengo tentando las paredes mordidas
las rodillas raspadas de los edificios
juego a la rayuela con Cortázar
reto a las vencidas a Cervantes
incendio la cabeza de Nogueras
hago un kame hame ha con los haikús de Tablada […]
[…] masturbarse como Woody Allen toca el clarinete
y no como Cortázar jugando al avioncito en la
calledealgúnlugarfrancés
y no como la imaginaria y puñetera mano de
Cervantes cercenada en Lepanto […]
[…] Nogueras sigue sin recordar el poema de amor llamado
niebla
y no hay nadie tocando a mi puerta
eso quizá
eso es lo más importante
4.- Los puntos para guardar la partida: Si has avanzado gran parte de las misiones no olvides buscar los lugares especiales para guardar la partida del libro; es fácil de distinguirlos a lo largo del juego: son lugares comunes que muestran nuestra condición mortal como simples gamers en la vida y no pretenden ser lugares ocultos ni lejanos para la mayoría, al contrario, son versos sinceros que gritan por recibir al video-jugador cansado, ejemplo:
ADENTRO:
el aleteo de las olas a las que les abriste la jaula
me despierta unas ganas tristes de sonarme la nariz
5.- Los compañeros de batalla: No cometas el error durante el libro de no comprar a tus compañeros de batalla la mayor cantidad de armas, pomos mágicos y hierbas luminosas. Las cabañas de sanación estarán presentes a lo largo de la lectura. Sé que sentirás que ellos son unos clavados y que siempre les disparas el mejor whisky; pero ¿qué hacer cuando son quienes te ayudarán a brincar el río lleno de cocodrilos porque no hay puente ni cuerda alguna? Es la única manera de entrar al castillo de Neruda y pasar a la siguiente stage. Detrás de cada buen compañero de botella siempre habrá un hongo para crecer y aumentar la velocidad de las ideas. Eso no lo dudes, preocúpate cuando te den un muffin de mariguana y una de tus vidas parpadee por la lentitud del control y la distorsión de la pantalla. En serio, aun con esto no dejes de equiparlos, por ejemplo:
ADENTRO:
espero la llamada de B para decirle:
“estoy ebrio de nuevo, sí, no he comido,
te quiero…”
abro la puerta de la despensa
el silencio sale a comerse los últimos restos de mi lengua
balbuceo y la cama en el otro cuarto hace el sexo a
solas
me espera un librero lleno de comida para mis
amigosescritores
comen loqueseaquetengahojas
han leído más de la cuenta y ahora se sienten con la
confianza
de acercarse a cualquier rubia en cualquier bar
algo parecido me pasa con el whisky:
he bebido más de la cuenta y ahora me siento con la
confianza
de salir sin pagar la cuenta
alego que soy escritor
cuando lo que soy es un bulto achaparrado
al que le llueven los golpes y las resacas
pero soy libre, B
libre de patalear contra mis enemigos
libre de echarme agua en las heridas
libre de ensuciarme de manotazos
de herirme con las hojas filosas de los calendarios
6.- Busca dónde recuperar vidas: Aunque pareciera que no, la alta calidad de pixeles a lo largo del libro creará ese estado de confort, pero necesitarás recuperar las vidas perdidas porque son necesarias en la stage más espinosas. Hallarás brujos, poetas y hasta cíclopes que intentarán intercambiar vidas por objetos extraños que encuentres, es buena opción. La otra es ir a Wall Mart y comprar un paquete de vidas con descuento decoroso, ejemplo:
ADENTRO:
la penitencia es saberte en un estante
a la vista y en venta de quien sí tiene
para tachar la lista en Wall Mart
o comprarse el perdón de los ángeles inmobiliarios
si yo no puedo comprarme un terreno en el cielo
es porque estoy derrumbando las paredes de mis
entrañas
7.- Encuentra a tu amigo fiel: ¿Quién no recuerda a Yoshi acompañando a Mario Bros a lo largo de ese súper mundo? Sé que Pokémon fue un éxito de consumo en México y que todos los videogamers alguna vez jugaron Super Smash Bros, así como la mayoría de poetas juegan a los premios literarios para ser el más fuerte y repetir la misma comedia-trágica; pero en el fondo también sé que la soledad es un roedor que carcome tu equilibrio y cuando menos esperas eres una esponja por tanta porosidad. Este libro no es la particularidad, en determinado momento te contagia con esa melancolía que crece en el borde de sus páginas. En ese instante debes usar a tu amigo fiel que será ese Yoshi con hiper-lengua para devorar cualquier mal. Siempre las mascotas, los objetos y hasta el Facebook sirven, ejemplo:
ADENTRO:
[…]aunque a saber
uno cree necesitar de otro
de un perro un oso de felpa
un perfil en Facebook
un auto un pene másomenosgrande
una novia
8.- Uno de los jefes más difíciles, el pasado: Todos los libros cuentan con esos jefes odiosos que cuesta gran dificultad derrotarlos; el más insistente, el pasado. Se presenta a veces de manera monstruosa y lleva armas letales, usa poderes y técnicas ocultas; parece inquebrantable. Tienes que hallar el leitmotiv que usa en su configuración, entender que hay un patrón de conductas las cuales determinan sus movimientos. Una vez comprendida la lógica de ese villano sabrás que lo que uno carga en los hombros siempre son fantasmas que habremos de eliminar, ejemplo:
ADENTRO pero más adentro:
crecí a tientas
enredado en horas y raíces
me fui despertando
con el canto de un pájaro muerto en el regazo de un
árbol
mordido por un otoño chimuelo y andrajoso que
pasaba por la calle
pateó una lata
eran ciertas las ciertas horas de la tarde:
el sol arañado por la noche pepenaba olas de un mar
metido en el ombligo de la tierra
9.- La dificultad de la vida: Todos los videojuegos tienen referentes reales, por eso sus lugares comunes terminan siendo el hogar de las horas frente al televisor. Los libros, como los videojuegos también llevan esa descarga de certeza. En ambos la dificultad va creciendo conforme pasas las misiones: estudiar, titularte, hallar trabajo, el despido, otro trabajo, la novia, la esposa, los hijos, otra novia, otra esposa, el perro. Pero la satisfacción de escribir un libro como lo hizo José Agustín Solórzano es un oasis en medio de esta vorágine y comprender que esto es así y que se debe de enfrentar con destreza y usar todos los ítems posibles, ejemplo:
AFUERA:
vigilas que el mundo funcione como no es su costumbre
es decir
quieres que la gente sea buena y sensata
que la tristeza sea una baratija que nadie
atesore
no lo sé, B
cómo vas a cambiar el mundo
si el mundo es una masa de noséquécosa
flotando en el vacío de una botella […]
[…] cómo vas a cambiar una historia rayoneada:
Basura, B, patrañas
la palabra no va a salvarnos
ni el arte ni el amor ni la sobriedad
ni el vegetarianismo ni el doctorado honoris causa
menos la muerte, B
nada puede salvarnos de lo que está acá
ADENTRO
10.- El último jefe del libro Monomanía del autómata: La última misión, la última stage, la última vida. Este libro de poesía, videojuego en tiempo real, tiene un último jefe a vencer que se manifestará a lo largo de este poema extenso. El último jefe de este libro es uno mismo. Nosotros somos los enemigos a vencer. Uno lucha contra uno mismo y contra todo aquello que está en contra: la familia, el tiempo, la economía, el clima, el costo del cartucho, el precio elevado de los preservativos, un control nuevo sin vibrador, otra pantalla plana, el aumento del transporte, los lentes de la princesa. El último jefe de Monomanía del Autómata se llama Indiferencia 3.0 y es un Yo gigante con armadura de fracasos y toda la decepción posible como único escudo; su piel es ciega. Lleva en el cuello el nombre de las chicas que nos juzgaron por leerles poemas o porque usamos el hechizo Neruda incorrecto. Siempre se llega al final del libro con una sola vida y sólo con ésa, debes de enfrentarte a ti; debes saber que no hay segunda oportunidad porque la memoria del videojuego la llevas contigo. Debes de terminar el libro ahora o nunca, ejemplo:
ADENTRO:
[…] el autómata que me descose es un Ulises
navegándome
buscando el ojo único que tengo
para clavarle una estaca
para dejarme ciego y a la deriva
en esta isla enferma de sirenas
amarrado a su canto de piedra
a su lengua dura y caliente
hoy ardo encadenado a mis entrañas
nadie escucha este discurso desmembrado
el mundo es todo una oreja ciega
y mi palabra una imitación de la luna clavada en el
párpado de la noche
escúchame tú, B
escucha las gárgaras de mi poema
ve las legañas del tiempo en tu reloj
ven
*
Y al final de todo libro como de cualquier videojuego, el amor, siempre el amor es el súper poder para vencer a cualquier bestia inquebrantable.
En 2009, José Homero compiló los textos que componen el libro Línea de sombra. Ensayos sobre Sergio Pitol, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Hoy, a manera de homenaje, decidimos agrupar aquí los ensayos de los autores más jóvenes de aquel libro, acompañados de esta breve introducción.
I
Joseph Conrad, marino acostumbrado a otear el horizonte, consideró que así como la infancia paradisíaca termina y debemos acceder a un jardín secreto, de igual modo la dorada cancela del jardín se cierra un día e ingresamos a esa etapa esplendorosa de la inconsciencia y la vitalidad pujante: «esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección» (La línea de sombra). La esencia de la juventud es la capacidad de pensar que la vida depara acontecimientos; el mundo como escenario de prodigios. Y un día ese tiempo en que nada aún se ha desarrollado, ese tiempo en que todo permanece como una posibilidad, cesa. Se agota el tiempo, se advierte que el sol recorre a trancos la esfera de los cielos y la sombra aparece. La línea de sombra advirtiéndonos que «habrá de dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud» (Conrad, ibid.).
La línea de sombra significa, también, el momento en que se encuentran la madurez de un escritor y la juventud de sus lectores.
Añadiría: nada más grato para un escritor, especialmente si es un autor colmado de todos los reconocimientos a que un escritor puede aspirar —premio Herralde de Novela, Premio Nacional de Lingüística y Literatura, Premio Cervantes—, cuya recepción crítica es unánime, cuya jovialidad y don de gentes destacan a un autor carismático, que encontrarse con sus lectores y descubrir que tales son jóvenes; jóvenes que encuentran en la voz de Sergio, en sus lecciones, una guía, una línea en la sombra.
Nada más grato para un escritor que descubrir que sus lectores son jóvenes. Hay una permanencia asegurada, demostración y asentimiento de la vitalidad de una narrativa que, como en el universo asimétrico, no envejece, sino que, al contrario, es cada día más joven. Éste es el testimonio con que un grupo de autores aborda a Sergio Pitol. Y al hacerlo nos confían un secreto: la indeclinable juventud del maestro. Para ellos Pitol es su contemporáneo. Y de ese modo descubrimos que una obra es también aquello que se potencia como promesa. Una obra es aquello por venir. Tiempo puro. La juventud recuperada a través de la alquimia de la Forma.
II
Señales. Sí, muchas señales y apropiaciones. Leer a Sergio Pitol es adictivo. Leer a Sergio Pitol puede provocar una influenza, que, como el docto ranchero de Guanajuato reveló, es el término específico para influencia. Hay en estos ensayos un cariz fragmentario que se antoja, al modo en que preconizaban los románticos, Moritz especialmente, una emulación de la forma estética objeto del comentario. ¿O acaso exhibiéndose declaran más allá de la deuda reconocida del discipulado en las frías aulas de la Facultad de Letras de Xalapa una confesión indeleble: la imitación como rito de paso para encontrar la voz propia? Alejandro García Abreu y Rafael Toriz eligen el mosaico como forma de composición. El uno para proponer en «Fragmentos de una realidad permeada por la niebla» cuyo hilo conductor es la memoria: «Su obra de madurez [de Sergio Pitol] constituye un monumento literario dedicado al trabajo de la memoria. El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena conforman una Trilogía de la Memoria».
El joven ensayista Toriz —alumno de Sergio—, por su parte, se apropia, con seductora malicia, no sólo de la estética fragmentada, sino de los apuntes del diario, de la autobiografía aleve, para ofrecernos una lectura que revela más del propio ensayista que del autor. Por momentos Toriz, con sus constantes guiños, casi tics nerviosos, pareciera querer personificar a Pitol y así nos cuenta que está en Barcelona, en Buenos Aires, en México, yendo a ninguna parte, como si a través del viaje y de la escritura histérica persiguiera apropiarse de la esencia de la obra a que rinde tribu-to. Homenaje y apropiación, en Pitol estos jóvenes encuentran un modelo desde el cual entonar, encontrar la propia canción.
Karla Olvera encarna, como fan de Enrique Vila-Matas y como bookjockey (bj), una citalibros, la denominaría yo, prójima del pinchadiscos (dj), que mezcla no melodías, ritmos o ruidos sino que acumula capas: una lasaña textual. Sin embargo, su crónica elige, en lugar del remix, el sampleo y los loops, imbricar una lectura personal, o mejor aún, una escucha solitaria, en una experiencia colectiva. Si la metalepsis es la figura retórica que signa, cifra y determina los climas de estos ensayos, en la crónica de Olvera, quien busca a Pitol a través del laberinto retórico de Vi-la-Matas —véase la apropiación del paragrama, recurso caro a Vila-Matas, usado en clave burlesca—, la ficción del relato termina contaminando, invadiendo la prosaica, grosera realidad de un viaje en metrobús convertido en el tranvía recuperado de aquella ilusión de Buñuel.
¿Por dónde abordamos a Pitol? ¿Tomamos esta dirección, por aquí, camino a Coatepec y nos desviamos hacia Briones para encontrarnos a Sergio, convertido en una suerte de Winnie Pooh con la mano metida en un tarro rebosante de galletas de animalitos? ¿O mejor paseamos entre los ordenados parterres de la bibliografía crítica de Ivy Compton Burnett aceptando que los escritores mexicanos suelen ejercer el cosmopolitismo apropiándose de figuras marginales? Uno se preguntaría: ¿tiene caso ensayar en torno a estos autores o basta con el tag? Lichtenberg apostrofó: quien pueda escribir aforismos no debería quebrarse la cabeza con ensayos. Enmendemos: quien sea capaz de etiquetar con tags, desista de desarrollar un entimema.
Si nos atenemos al tag configurado en remembranza de la nube —enjambre, diría yo, es la imagen que asemeja—, la palabra más frecuente es [memoria]: «Su obra de madurez constituye un monumento literario dedicado al trabajo de la memoria» (García Abreu); otro tema recurrente: la [mezcla], la [hibridez]. Agreguemos el [Mal], el [esperpento], la [excentricidad]; la [realidad]; los [límites]… Es claro que los tags sólo indican frecuencia; la estadística resalta el tamaño de un tema, no su importancia. La estadística, corrijo, señala que no hay tema, sólo lecturas, diseños de la frecuencia: habrá días en que un tema adquiera mayor rele-vancia que otro. Elijamos la descripción.
El ensayo más singular, en un conjunto de ensayos que ilustran ejemplarmente las posibilidades del ensayo contemporáneo, es «De perros que saben todo sobre viajes literarios». La ensayista laureada y compositora de lánguidas melodías, Elisa Corona, parte de una hipótesis: en ocasiones los perros son capaces de percibir cuándo regresarán sus amos. Siguiendo al presunto autor del libro, el biólogo Sheldrake, Corona refiere que los perros poseen una fa-cultad telepática que los une con su amo, regularmente una persona querida. Imposible no evocar a Sacho y de ahí que una circunstancia curiosa e insólita sirva de pretexto para iluminar una de las zonas más visibles y al mismo tiempo menos visitadas de la persona y obra de Sergio Pitol. Y señalo ambas instancias, ya que Sacho no sólo es el perro de un escritor sino un perro literario, convertido en personaje, inmortalizado por Pitol, su fiel amo.
Ambos parecen compartir sueños, en especial aquellos angustiosos; ambos parecen coincidir en esa zona de sombra donde los contrarios se entreveran y es posible soñar la realidad. Sacho deviene así un guardián mitológico, espíritu protector de su distraído amo: «Su actitud vigilante me hace pensar que es él quien cuida del escritor, a veces en el sueño, a veces en la vigilia, quien lo guía y protege de extraviarse en uno de sus juegos entre la realidad y la ficción» (Corona).
Tal se da vuelta a un tejido para revelar un cabo oculto y extraordinario, un hilo de oro de irisada verberación, Corona propone a Sacho como el verdadero guardián que protege las andanzas de Sergio Pitol. Testimonio extraordinario de una arista insospechada de la literatura —los perros y sus amos—, este ensayo es también un homenaje conmovedor a esa criatura mágica a la que todos los lectores y amigos de Sergio hemos querido.
III
Si la literatura se cumple como un desarraigo y como la escisión de la infancia, entendida aquí no como el Paraíso Perdido sino como el Edén subvertido que la Revolución revela infierno pleno, el libro último de Pitol es una recuperación de la libertad del creador. Lo que importa en las derivas de cada uno de estos jóvenes escritores es ahondar, penetrar en las capas del texto Pitol y proponer lecturas contextuales o lecturas en clave hermenéutica para definir cuál es la singularidad de una obra. Sea que se trasciendan los límites, que se anule el tiempo, que se conjure el Mal o que se acceda a un posmodernismo excéntrico, lo que resulta fehaciente para nuestros lectores de Sergio es la vitalidad de su obra, su contemporaneidad. La Forma permanece en el tiempo.
La obra de Sergio Pitol nos ha enseñado que, como creían los alquimistas, todo está en todas las cosas. Sus libros funcionan como espejos que se reflejan mutuamente y hacen de la literatura y la vida una sola sustancia. Para dar cuenta de esto presentamos una serie de textos que dibujan las siluetas del cosmopolita escritor, desde la forma en que sus libros plasman la relación de Pitol con su perro (una crónica que, en el más puro estilo pitoliano, carnavaliza un viaje cuando la realidad entra en contacto con el Nocturno de Bujara) y la manera en que autobiografía y ficción se confunden en los libros que conforman la Trilogía de la Memoria, hasta un testimonio que deja en claro la influencia que la vida y los libros, escritos y traducidos por el «mago de Viena», tienen en los escritores jóvenes. Abrimos este dossier con una estampa de Enrique Vila-Matas en la que muestra que, para Pitol, la vida es una lección de estilo.
Es innegable que en los últimos años ha cambiado la manera de hacer y ver televisión, desde los canales de streaming y la descarga de torrents, hasta los servicios de grabación. Pedimos a Pedro J. Acuña y Pepe Rojo que intercambiaran ideas en torno a la televisión y sus posibles puntos de encuentro con la literatura. El resultado es «Leer la tele», nuestra Conversación abierta del mes. De la mano de lo anterior, presentamos un texto retrospectivo sobre los diez años del festival de cine documental Ambulante y una entrevista con el realizador Fernando Llanos, quien recientemente presentó su documental Matria. La crónica de Saúl Hernández-Vargas, a manera de enlace con el número de marzo, sobre literatura estadounidense, se centra en ese pedazo de tierra de Los Ángeles, en California, donde cientos de familias fueron arrancadas de sus hogares para construir el estadio de los Dodgers.
En esta estampa, Vila-Matas, uno de los grandes amigos de Sergio Pitol, lo retrata como su maestro, y a partir de un par de anécdotas muestra cómo para el escritor, jalapeño por elección, la vida puede ser una lección de estilo.
Pienso en las calles recorridas, las que he podido caminar junto a él. Hay calles, callejuelas y callejones transitados en Asjabad, Ve-racruz, Caracas, París, Aix-en-Provence, Praga, Desvarié y Kabul. Y pienso especialmente en un día de lluvia en Aix-en-Provence, adonde acudimos para homenajear a Antonio Tabucchi. Fue un día que recuerdo por la agresiva lluvia y por la constante pérdida de sus gafas por parte de Sergio; algo esto último nada extraño, pues es ya legendaria su inclinación a perder y luego recuperar sus anteojos.
Para Juan Villoro, Pitol no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. En El arte de la fuga, Pitol nos cuenta que, en su primer viaje a Venecia, allá hacia 1961, extravió los lentes a su llegada, los extravió mientras se preguntaba si hallaría la muerte en Venecia, la muerte en la ciudad de sus antepasados. Muerte y neblina, extravío de anteojos y la fusión compacta de vida con literatura lo encontramos también en otro día de lluvia, en este caso en Mérida, en los Andes venezolanos. Habíamos subido a cuatro mil metros de altura y, al descender a la ciudad, Sergio estaba aterrado porque creía tener la presión muy alta. Entramos en una farmacia y la presión se la tomó un niño de catorce años que ya se veía que no sabía tomarla. «Tiene usted cinco mil cuatrocientos veinte de presión», le dijo el niño. Sergio quedó pálido y sobrecogido. «Debería estar muerto», añadió el niño. «¡Ay!», gritó Sergio, y todavía hoy oigo el eco de algún grito desgarrado en medio de la ciudad andina. Le acompañé a una clínica cercana, donde —para ser fiel a su costumbre— olvidaría sus anteojos.
En estas anécdotas de días lluviosos del pasado está contenida la silueta de su vida cervantina, pues, como él dice, «todo es todas las cosas». Leyéndole, se tiene la impresión —que me ha perseguido siempre porque a fin de cuentas es mi maestro y lo es por motivos muy altos— de estar ante el mejor escritor en lengua española de nuestro tiempo. Y a quien ahora se pregunte por su estilo, le diré que consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. (En esto Roberto Bolaño se le parece, especialmente por su tendencia a agotar todas las posibilidades de narrar). Pero es que, además, su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre.
Hasta sabe inyectarle humor al hecho de ser mi maestro. Cuando después de años de timidez confesé finalmente su pleno magisterio, y lo confesé en una entrevista con Raquel Garzón para El País, se produjo un posterior «tira y afloja» entre Pitol y yo, su cordial alumno. Y es que, por algún motivo que se me escapaba, parecía él preferir seguir instalado en esa gran falacia que era creer —así lo aseguraba a todos los amigos, dejándoles tan atónitos como a mí mismo— que el maestro no era él, sino yo. Finalmente, un día —lo recordaré siempre: fue en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México— se plegó a la verdad. El único maestro era él.
Se había programado en el Palacio un almuerzo al que debían asistir, por rigurosa invitación, el director del centro y las familias de Juan Villoro y Álvaro Enrigue, los dos amigos que habían participado en la presentación de la conferencia que había sido yo invitado a dar allí. La llegada no anunciada e inesperada de Sergio (que había viajado en coche desde Veracruz) hizo que automáticamente él quedara invitado a esa comida. Había otras personas que querían participar también en la comida. Un amigo escritor muy obcecado en lograr quedarse con nosotros y sentarse a nuestra mesa, por ejemplo. Escuché de refilón el diálogo y larga discusión que Sergio mantuvo con ese buen amigo que insistía e insistía en que si Sergio estaba invitado al almuerzo, él también podía estarlo, porque también era amigo mío. Pitol le enumeró con paciencia muchos motivos por los que no podía quedarse. Que estaba cerrada ya completamente la invitación oficial, por ejemplo. Ninguna de las explicaciones satisfacía al escritor obcecado.
—Pero dime exactamente por qué tú puedes quedarte con nuestro amigo y en cambio yo no, dame una explicación que sea convincente, con una sola me bastará, créeme, pero tiene que ser convincente —insistió el escritor obcecado.
Hubo un terrible y profundo silencio. Pitol miró a un lado y a otro, como si temiera algún tipo de no deseado espionaje.
—Te la voy a dar, es muy sencilla —dijo finalmente.
Hizo otra pausa y luego elevando mucho la voz dijo muy concluyente, supongo que para que pudieran oírlo hasta los más indeseados entrometidos: