La web ha cambiado. De unos años a la fecha, los internautas se transformaron en creadores e inundaron la red con dibujos, textos, fotografías y videos. Ante este mar de obras expuestas, ¿dónde está la frontera de los derechos de autor? ¿Qué conserva el artista más allá de los likes y aplausos virtuales? Ahora todo parece ser asunto de abogados y corporaciones que vigilan el copyright mediante algoritmos. Como están las cosas, dice con ironía el autor de este texto, debemos conformarnos con que nadie se moleste en demandarnos.
Después de tantos años de caminar sin encontrar ni una sombra en el desierto de lo real, ni un resquicio de descanso en la era de la producción en masa, ni una raíz de esperanza para el artista ante los grandes conglomerados de medios, se oye el sonido de un módem de 28 mil baudios que gestiona su conexión a internet.
Creí muchas veces, cuando el internet todavía era joven en México, cuando internet era sinónimo de BBS y Telnet, no de Facebook y Twitter, cuando tenías que esperar cinco minutos para descargar una imagen de 256 colores en vez de mirar Netflix en alta definición desde tu teléfono celular, que internet era la respuesta. No cualquier respuesta. Si se me permite el barbarismo tipográfico: LA respuesta. Creí que de este lado, del lado virtual, se podrían solucionar muchos problemas que —yo también era joven— me parecían fundamentales: acceso universal a la cultura y la educación. Todos los textos del mundo disponibles en media hora de descarga.[1]
Los mejores tutores disponibles para resolver tus dudas las veinticuatro horas del día. No alcanzaba a concebir que este repositorio de conocimiento incluyera música y películas porque imaginar esas velocidades de transferencia en la línea telefónica era algo que mis maestros creían imposible. Pero ambos, mis maestros y yo, estábamos equivocados. Se oye el sonido de un modem de 48 mil baudios y algunos lo saboreamos como si fuera una esperanza.
Pero internet era muy joven y todavía había mucho camino por recorrer. Esos primeros años fueron como el descubrimiento de un nuevo continente. No sólo todo era nuevo, sino que parecía que nada tenía dueño. Si eras el primero en plantar tu bandera sobre una parcela virtual, podías hacerte millonario de la noche a la mañana. Ese primer recuerdo de internet, cuando me conectaba desde mi casa al tablero de noticias de la universidad y podía descargar cualquier archivo que encontrara, siempre y cuando mi madre no descolgara el teléfono, me parece una metáfora de la libertad absoluta.
Hemos venido cambiando mucho desde entonces. Internet es un espacio muy distinto. Alguien saca su teléfono celular y comienza a grabar su fiesta de cumpleaños. Está en un bar ruidoso con sus amigos y le parece gracioso subir el video a YouTube.[2]
Sus amigos también son graciosos y el video se vuelve viral. En una semana obtiene un millón de reproducciones. Una semana después ese alguien se despierta con una demanda por cien mil dólares por afectaciones a derechos de autor. La disquera que representa al rapero cuya música se escucha en el video exige una retribución. Se podría pensar:
—Esto es ridículo.
Pero habría que recordar el caso de Samantha Tumpach de Rosemont, Illinois, que en 2009 pasó dos noches en prisión por sacar su cámara durante su festejo de cumpleaños en un cine local para grabar dos pequeños fragmentos de Twilight: New Moon, la película basada en la novela homónima de Stephanie Meyer. El crimen no era su mal gusto cinematográfico, sino que los responsables de la sala cinematográfica pensaban que trataba de «piratear» la cinta. Lo que ella quería era capturar el momento en que su actor favorito se quitaba la camisa. De haber proseguido la demanda, pudo haber extendido su estancia en la cárcel hasta tres años.
Pero estos casos, los que se salvan, se pueden contar con los dedos. La inmensa mayoría nunca llegan a juicio. Compañías de abogados afincadas en Estados Unidos mandan diariamente miles de correos electrónicos a todo el mundo en los cuales reclaman daños por derechos de autor a nombre de las principales distribuidoras de música del planeta. Las penas van desde perder la conexión a internet hasta años de prisión. Pero los abogados ofrecen «llegar a un acuerdo» por unos pocos cientos de dólares. La mayoría de estos reclamos son falsos o no tienen validez en el país que los recibe, pero ante el temor de una demanda, la inmensa mayoría decide pagar. Esto no es en lo que pensaba Ray Tomlinson cuando inventó el correo electrónico.
Todos levantamos la cara y miramos la nube negra de la amenaza que se cierne sobre el internet, donde eres libre de decir lo que quieras siempre y cuando puedas pagar al abogado que defienda esa libertad. Cualquiera a quien borraron una entrada de su blog porque incorporaba una cita demasiado extensa de una novela, que vio su cuenta de Facebook cancelada porque subió El origen del mundo de Gustave Courbet a su portada, cualquiera que ha recibido la visita en su peluquería de un cobrador de la Sociedad de Derechos de Autor local porque «se está robando la música de José José», sabe que en el tema de los derechos prima la ley del más fuerte. Y pienso: «¿Tiene que ser así?»
Los creadores o hace mucho tiempo que no decimos lo que pensamos o hace tiempo que se nos acabaron las ganas de reclamar. Un autor se presenta en su casa editorial a recolectar su cheque semestral de regalías y descubre que no alcanza ni para el pesero. El editor no culpa a su departamento de prensa —que acaba de recortar a la mitad de su personal—, ni al precio exorbitante de los ejemplares —que de todas formas se pueden conseguir con buen descuento en Walmart. «Es la piratería, señor», le explica al novelista. «Ahora cualquiera se puede descargar todo de internet sin pagar nada». El escritor vuelve a su casa enojado y busca su novela en Google, donde ni siquiera aparece una sola reseña de su libro —que no sólo es malo, sino muy aburrido—, pero eso no le importa, le han hablado de sitios en la «internet profunda» donde puede obtenerse cualquier libro del planeta. Estima, porque confía en la grandeza de su obra, que debe haber sido descargado más de un millón de veces. La internet le ha robado el dinero para comprarse una casa.
Los creadores o hace mucho tiempo que no decimos lo que pensamos, o hace tiempo que se nos acabaron las ganas de reclamar. La banda que no hace tanto imprimía sus propios discos desde CD Baby y los vendía en cincuenta pesos en sus presentaciones, que subía mp3 de todas sus canciones a su sitio en WordPress, acaba de firmar con un sello importante, una major. Cuando la disquera comienza a demandar a sus primeros fans por haber hecho descargas ilegales del sitio del grupo, sólo se encogen de hombros. Aquí así son las cosas, les explica el abogado del sello. En cuanto le pidan a la banda que participe en un video contra la piratería, ellos aceptarán encantados.[3]
CREATIVE COMMONS
Cae una gota de agua, grande, gorda: en 2001 se crea en Estados Unidos la organización Creative Commons, con la que pueden los creadores agregar licencias a sus obras que les permiten renunciar a algunos de sus derechos de autor para que dichas obras puedan circular libremente, con reglas claras y sin el temor de una demanda. Sus fundadores, Lawrence Lessig, Hal Abelson y Eric Eldred se inspiran en los ideales de la Free Software Foundation, FSF (Fundación para el Software Libre) que desde 1985 crea el núcleo del sistema operativo para que el internet funcione, y las licencias que permiten que el sistema se pueda copiar en millones de servidores en todo el planeta sin tener que pagar por cada copia. No existe todavía capital suficiente en el mundo para pagar el software de todos los servidores de internet del mundo, si se regularan las leyes tradicionales de derechos de autor. Pero Creative Commons no corre con tan buena suerte como su inspiración. La aplicación de las licencias en cada país del mundo es muy compleja. Algunos abiertamente las desconocen. Hay demasiadas licencias, cada una con diversas versiones, y todas son incompatibles entre sí. En su diversidad, la libertad encuentra su primer gran obstáculo. Ojalá fuera el más grande. Algunos de los proponentes de las licencias libres mueren bajo la presión de las corporaciones y los gobiernos.[4]
Hemos vuelto a caminar. En 2010 la revista Wired publicó en su portada «La red está muerta. Larga vida al internet». Lo cierto es que hemos migrado de forma masiva nuestro quehacer en línea a lo que en ese entonces todavía denominábamos Internet 2.0 y que hoy en palabras más llanas denominamos «redes sociales». En el lapso de unos pocos años, todos los internautas se transformaron en creadores.[5]
Subimos y compartimos nuestras ideas, dibujos, textos, fotografías y videos por millardos a cambio de corazoncitos y pulgares virtuales. Como contraprestación, renunciamos a ciertos derechos sobre nuestras propias creaciones. La televisión abierta sobrevive con anuncios; en las redes sociales tú mismo eres el anuncio. Ni siquiera podemos elegir quién ve dichas creaciones, es el algoritmo, el todopoderoso oráculo de Delfos de las redes, el que decide quién ve y quién no ve lo que creamos.
No, no es que el modelo de las redes sociales no sirva. Lo cierto es que hay creadores que han sabido aprovecharlo para hacer llegar su obra directamente a su público. O eso es lo que parece. Salvo por unos cuantos, los youtubers con más suscriptores en el mundo pertenecen a redes multi-canal que a su vez pertenecen a Discovery Networks o a Disney Digital. No, no es que el modelo de las redes sociales no sirva, pero aquí va una pista para saber por dónde vamos: si no pagas de tu propio bolsillo por el nombre del dominio y el alojamiento de tu sitio, tu contenido no es realmente tuyo.
Yo siempre he pensado que los que se inventaron el concepto de derechos de autor hicieron bien. Contra el concepto anglosajón de copyright, en donde lo que prima es quién tiene los derechos de explotación de una obra, los derechos de autor privilegian la idea básica de que toda creación tiene un autor que es una persona, no una corporación, y que esa persona tiene derecho a que se le reconozca como tal, a que su obra no se mutile o transforme sin su permiso, y a recibir una remuneración justa y proporcional por su creación. Pero el copyright es otro asunto. Las industrias culturales de Estados Unidos: Hollywood, Nashville, Nueva York, Miami, pueden amasar las fortunas que amasan porque son las empresas las dueñas del copyright, mientras que los creadores son simples obreros sin ninguna propiedad sobre las piezas que producen. Millonarios, quizá, pero no autores.
¿LOS DERECHOS DE QUIÉN?
Vuelvo hacia todos los lados y miro. Tanta y tamaña internet para nada. En 2003, se modificó la Ley Federal del Derecho de Autor para proteger los derechos patrimoniales de una obra cien años después de la muerte de un autor. ¡Qué bien! ¡Nuestros autores están protegidos! El cambio en la ley significa que un mexicano nacido en 2003 jamás verá una obra creada en su tiempo de vida entrar en el dominio público. Incluso si imaginamos un futuro de ciencia ficción, en el que logremos extender la vida humana indefinidamente, hay que recordar que desde 1710 hasta la fecha se han buscado mecanismos para justificar aumentar cada vez más la duración de los derechos de autor.[6]
El Estado invierte en estimular la creación artística y cultural, pero esa inversión se quedará un par de siglos en manos de particulares: 10% para el autor, 90% para la cadena productiva, si es que el autor supo negociar bien su contrato. ¿Los derechos de quién estamos protegiendo, eh? Porque a nosotros nos dieron esta internet y esta tecnología que permite replicar el conocimiento humano, la cultura, las artes, a un costo tan bajo que es casi gratuito, pero al mismo tiempo nos dieron estas leyes para impedir que crezcan y se multipliquen estas semillas de cultura. Nos dijeron:
—Del iPhone para acá todo es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
—¿Las redes sociales?
— Sí, las redes sociales. Facebook y Twitter y Snapchat y lo que se nos ocurra. Pokemon Go también.
Nosotros queríamos los medios para compartir nuestras obras, pero sólo nos dieron herramientas para crearlas. Ni siquiera paramos la jeta para decir que no las queríamos. Los grandes centros de datos de Amazon, Google y Microsoft, donde están los algoritmos de sugerencia y compra, allí es donde la internet está buena. No este duro pellejo de vaca que llamamos redes sociales, donde potencialmente puedes alcanzar millones, de dólares, de visitas, de reconocimiento, si te alías con los dueños del latifundio. Por cada rapero que toma una canción vintage como base de sus rimas, por cada artista del collage, por cada diseñador industrial que decide hacer su computadora sólo un poco más parecida a una iMac, hay un ejército de abogados dispuestos a darse batallas por años o décadas en el árido campo de la propiedad industrial y los derechos de autor. Si no cuentas con ese respaldo es mejor rendirse o apostar por la oscuridad y el anonimato: apostar a que el algoritmo de reconocimiento de patrones no detecte que la canción del video de tu fiesta de cumpleaños es de un rapero famoso, apostar a que tu creación tenga tan poco impacto que nadie se moleste en demandarte.
Así nos han dado esta internet. Y en este sistema quieren que creemos algo, para ver si algo retoña y se levanta. Para acortar la «brecha digital». Para tener una sociedad más transparente y justa. Para tener un país más inclusivo. Pero nada se levantará de aquí. Nosotros seguimos adelante, impulsados por los algoritmos para influenciar nuestras emociones, los filtros fotográficos prediseñados, los booktrailers, las transmisiones en vivo desde las instalaciones de arte contemporáneo, las becas para tuitear los maullidos de nuestro gato en realidad aumentada. La internet que nos han dado está allá arriba.
[1]No sabía, como sé ahora, que el Proyecto Gutenberg había comenzado a digitalizar textos de relevancia cultural desde 1971, hasta rebasar los cincuenta mil en 2015.
[2] En defensa de YouTube habría que aclarar que este ejemplo ficticio es algo injusto con la subsidiaria de Google. Recientemente la compañía ha comenzado a invertir sus propios recursos legales para defender casos de uso razonable. Pero sólo unos cuantos casos, y sólo en suelo norteamericano
[3] En el 2000, Metallica entabló una demanda contra Napster, una compañía que permitía compartir archivos entre particulares, precursora de la actual tecnología de archivos torrent. Metallica obligó a Napster a bloquear a más de 335 mil de sus propios fans de la aplicación. Nikki Six, el bajista de Mötley Crüe, declaró que «los puercos engordan y los cerdos van al matadero, y creo que los de Metallica son cerdos». Un video en que Lars Ulrich, el baterista de la banda, entra a robar en el dormitorio de un fan (interpretado por Marlon Wayans) en venganza porque el fan se ha robado su música en Napster, irónicamente puede encontrarse pirata en varios sitios (palabras clave: Metallica Anti Napster) y es recordado con cariño como el punto más bajo en la carrera de Metallica. Sean Parker, uno de los fundadores de Napster, eventualmente se convertiría en uno de los principales accionistas de Facebook, y fue interpretado por Justin Timberlake en una película. Caso extraño, cada quien obtuvo el castigo que se merecía.
[4] Ojalá esto fuera una metáfora, pero no lo es. Aaron Swartz, además de ser uno de los principales proponentes de las licencias Creative Commons, participó de la creación de varias tecnologías clave en la internet actual, como el RSS, Markdown y el motor del sitio Reddit. En 2011, Swartz utilizó su cuenta del Massachusetts Institute of Technology (MIT) para «liberar» decenas de miles de artículos de JSTOR, una biblioteca digital por suscripción de artículos académicos, bajo la premisa de que la mayoría de los artículos se habían escrito con fondos públicos y por tanto deberían de ser de libre acceso. Aaron fue arrestado y acusado por cargos que podían acarrear hasta treinta y cinco años de prisión. El 11 de enero de 2013 Aaron Swartz se colgó de una puerta en su departamento de Brooklyn. Tenía veintiseís años de edad.
[5]Aunque en el argot de internet, para que no se hagan ideas extrañas sobre sus propios derechos de autor, se les conoce como «generadores de contenido».
Hablar de nuevas narrativas en plataformas digitales es mucho más que hablar de literatura. Un ingrediente tan importante como las letras es la programación, que hace posible la articulación y el funcionamiento de las ideas, y que representa un lenguaje en sí mismo. El presente texto es un breve pero significativo mapa para comprender esta simbiosis vital.
1. PRY
En la novela Pry hay varios factores que nos obligan a preguntarnos acerca de lo que entendemos o queremos entender, por novela. Y es que no hablo de un texto mediado contenido en un libro, Pry es una noveleta, vamos a llamarla como quieren sus creadores (novella), sino una aplicación para iOS desarrollada por Tender Claws, un colectivo que reúne a escritores, directores, diseñadores y programadores.
Samantha Gorman, escritora y artista de nuevos medios, y Danny Cannizzaro, ilustrador, quienes encabezan Tender Claws, se conocieron hace diez años cuando hacían un proyecto que involucraba el «traslado» (remediación) de un manuscrito medieval a realidad virtual; a partir de esta colaboración recibieron una beca y en una cabaña en medio del bosque surgió la idea de hacer Pry. Esto es más o menos lo que cuentan en su página web.
Pry narra la historia de James, un ex combatiente en la primera Guerra del Golfo. Pero será mejor ir por partes. Al abrir la aplicación, el lector/usuario encuentra un índice, y el prólogo dice claramente: watch; el video, hecho según una estética estandarizada de la producción contemporánea, resume la historia previa al viaje de James a medio Oriente. Después empieza la historia: siete capítulos, un apéndice y un epílogo. Cada recorrido dará un lugar importante a dos cosas: la gestualidad táctil (háptica) y algo que podemos llamar el suceso tipográfico. Pry es más que una noveleta: es una investigación e inmersión en el inconsciente de su protagonista para develar la trama y la narratividad de su pensamiento, sus recuerdos; Pry es en sí una llave y una cerradura a las afectividades y a la construcción del personaje, de nosotros como lectores/usuarios, explorando los múltiples códigos que pueden estar contenidos en el interior de una persona: imágenes, restos de palabras, diálogos, voces.
Pry emplea recursos técnicos precisos: lenguaje braille que activa la voz de la narración al pasar la punta del índice, la gestualidad de los dedos al desdoblar un texto materializado en una pantalla, el movimiento dactilar sugerido para mantener abiertos los párpados de James. Tipografía, archivos sonoros, video, interactividad. Este entrecruce de lenguajes y formatos propone, sobre todo, la posibilidad de entender lo que sucede cuando se embonan los lenguajes (textual y programación) con las interpretaciones: códigos de la lectura y la tecnología que, al pasar a la cultura digital, se detecta la necesidad de crear nuevas secuencias narrativas (capas) y gestos que las decodifican. El texto no es más un texto fijo: es un texto móvil, a veces huidizo o, sobre todo huidizo, inestable e inabarcable.
Pry ha tenido miles de descargas y ha recibido prestigiosos reconocimientos como el Robert Coover Prize que otorga la
Electronic Literature Organization. Leer entre líneas es algo que sugiere esta noveleta-aplicación, híbrido de cine, juego y novela que explora las capas de la conciencia y de la textualidad. Y a decir de sus creadores, explora las posibilidades del libro electrónico a través de las características de una aplicación.
2. LEER EN EL SIGLO XXI
Leer se ha vuelto, sí, un tema de reflexión en nuestro presente. Como nunca antes se piensa y se escribe sobre el acto de leer, de sus implicaciones en el pasado a sus características en el presente, de las cualidades y capacidades de un lector híbrido a la especulación hacia el futuro del ejercicio de la lectura. Se escriben y se leen cientos de páginas al respecto. Por otra parte, escribir es, desde los años ochenta, un asunto que nos relaciona profundamente con las máquinas. En 1984 el poeta canadiense bpNichol, quien en décadas anteriores había experimentado con la poesía sonora, realizó los First Screening: computer poems en una Apple iie; esos poemas concretos programados en basic se convirtieron en los primeros poemas hechos en una computadora personal. La moneda estaba en el aire, y Nichols demostraba que la herramienta podía ser algo más que una máquina de escribir, que como herramienta deslindada del uso ingenieril, podía ser un medio generativo de nuevos caminos para la escritura.
De Pry y de los First Screening, entre los que oscilan dos décadas, destaco dos cosas: una es la destreza en cuanto al uso del software y otra más, las dinámicas de escritura colaborativa. Pero voy a cambiar el rumbo para regresar y resaltar lo que apuntó Lev Manovich en un libro que ahora se antoja «clásico» en cuanto al tema: El lenguaje de los nuevos medios; a diferencia del momento histórico cuando el cine irrumpe como invención, los nuevos medios de la invasión tecnológica contemporánea tienen una tribu de teóricos analizando los nuevos fenómenos, los discursos emergentes y las nuevas direcciones hacia donde apuntan los usos y costumbres. Como en ninguna época previa, en ésta exploramos, reflexionamos y documentamos a la vez, y agregaría: producimos sin saberlo o asintiendo o creyendo que sabemos cuando en realidad poco sabemos, harto contenido para los nuevos monopolios informáticos.
3. POEMAS Y PROGRAMAS
Fue en los años cero (a partir del 2000) cuando la literatura digital tuvo un boom. Esto tiene que ver con la aparición de una herramienta que en ese momento facilitó la creación: Flash, un programa de fácil operatividad que permitía el desarrollo de piezas que combinaban texto e imagen en movimiento y que no requería de conocimientos profundos de programación.
A decir de Leonardo Flores, especialista en literatura digital, creador del sitio web ilovepoetry, uno de los compendios más completos de reseñas de piezas de e-literatura, la creación de la literatura digital está profundamente ligada al desarrollo de las herramientas. Y la producción de ésta está signada por los programas de uso sencillo o complejo; en este momento presente en el que imperan las redes sociales, ha surgido el fenómeno un tanto errático nombrado tuiteratura. Lo errático no consiste en usar Twitter como plataforma, sino verter un texto pensado en una composición referida a un medio anterior (cuartilla) para ser vertida en los 140 caracteres. No basta con usar las plataformas para crear piezas electrónicas; éstas implican un replanteamiento de lenguajes, una cierta ambigüedad, una descentralización del yo-escribiente. La llamada tuiteratura no necesariamente hace uso ni explota las posibilidades algorítmicas de Twitter como lo hacen proyectos como @poetuiteame de Karen Villeda (Tuiteame) o @BotCarrion Boot Carrin de Élika Ortega, o tantos otros como @AutoMinimalist: ejemplos de escritura o bien, aleatoria, o bien, generativa.
4. LA INTERFAZ
«La interfaz es la metáfora». No recuerdo cuándo escuché esta frase, pero sí tengo muy presente que fue de boca de un escritor-programador. A partir de ese momento todo hizo sentido. Y esto quizá es lo que sugiere Manovich en las siguientes palabras: «Algo que los diseñadores y artistas de los nuevos medios aún tienen que aprender: cómo integrar la base de datos y la narración en una nueva forma». Quizá como en ninguna otra época producimos texto; internet en sí es un hipertexto que aloja miles de textos. Esta inmensa disponibilidad y las múltiples posibilidades de navegación albergan un verdadero infinito de variantes narrativas; con estos elementos juega principalmente la literatura digital. Pero en este maremágnum hay que acotar elementos y es, sin duda, la efectividad de la construcción de una metáfora a partir de la interfaz la principal puerta de entrada a una pieza narrativa o poética, por suscribirnos a las categorías conocidas para hacer una pieza de literatura digital. Sin embargo, hay que hacer una pausa en el camino, observar: todo es una interfaz, el libro mismo es una interfaz, la doble página lo es. La interfaz no descansa solamente en la pantalla, la interfaz es una ventana por la que entramos a un contenido que se despliega. La exactitud de la metáfora construida en la interfaz nos permite, como usuarios, entender si navegaremos libros o si ellos nos conducirán, si la lectura será colaborativa o participativa o, de alguna forma, lineal; si la lectura será textual, sonora o visual, qué parte de nuestro cuerpo y nuestros sentidos participa en esta experiencia de percepción. Durante siglos nuestras experiencias de lectura estuvieron mediadas por libros, en lecturas lineales, como dice Vilém Flusser:
Los códigos lineales requieren una sincronización con su diacronización. Requieren recepción progresiva. Y el resultado es una nueva experiencia del tiempo, esto es, del tiempo lineal, un flujo de progreso imparable, de dramática irrepetibilidad del encuadre, en resumen, es la historia.
Nuestra idea de tiempo, de historia, se contrae o se expande en las nuevas interfaces, se distiende o se fractura, y este nuevo entender no es cosa fácil. Asirnos a las formas conocidas es una manera de resistencia, una exigencia de garantía en la perdurabilidad o en nuestra idea de perdurabilidad. Las piezas de literatura digital rompen la idea de contenedor lineal, sobre todo (las randomizan, las vuelven nodos a veces inabarcables). Las subvierten.
5. GAME OVER
Andy Campbell es programador y escritor. Su página Dreaming Methods es un regocijo para todos aquellos que desean conocer algo más de las implicaciones de hacer literatura para la web; la interactividad, la creación de ambientes, la sonoridad y el uso del enigma como elemento narrativo son algunas de las cualidades principales de sus trabajos, cuya programación va desde lo más sencillo y sucinto a formas de alta complejidad. Explota como pocos la experiencia de la navegación del usuario, la irrupción del misterio y la metáfora de la interfaz. A medio camino entre la poesía, la narrativa, el videojuego, el cine y la lectura, las piezas de Campbell son experiencias atmosféricas sensoriales que dan cuenta de los rumbos de lectura y escritura signados por la cultura digital.
En los márgenes del orden, de la luz, de lo que se puede decir; debajo de la alfombra que pisamos al entrar a casa o entre las sábanas de la cama en la que dormimos, algo acecha. Bichos. No insectos, no monstruos, bichos. Formas extrañas, nacidas fuera del territorio de las cosas bellas; nunca podrán convivir con la normalidad porque cuando se acercan a ella más de lo debido provocan efectos indeseables en la gente decente. Los tenemos cerca, no podemos huirles. Los vemos y los sentimos, pero convivir con ellos significaría arriesgar el pequeño orden en el que están enmarcadas nuestras vidas. No nos conviene notar a los bichos o que ellos nos noten. Son como la locura que se habita latente nuestras cabezas. Es mejor no pensar en ello.
Así son de subversivas las tiras, las narraciones, los trazos y personajes de ChangosPerros, de Carlos Dzul. Llenas de bichos que se nos meten a las vísceras. No son para todos. Por su forma y contenido, por el caos encapsulado que presentan en sus pequeñas historias, porque no son condescendientes con el lector. Uno no puede quedarse indiferente ante su obra y el gesto nace de ella no es uno cómodo.
Veo a Carlos Dzul como el artista rebelde de la camada que estoy presentando en este espacio. No tiene pelos en la lengua (o en las manos con las que dibuja) porque se los quema y arranca con la furia artística que le inyecta el ruido y el absurdo (que cuestiona la lógica de nuestra realidad) característico de sus trazos. Dzul es escritor y monero. A través de esas dos formas ha podido manifestar su estilo, aunque se le ha reconocido más como escritor: fue becario del FONCA y el FECAT y tiene un libro de cuentos (Ese día la ciudad estaba muy encabronada, 2015) con la editorial Vozed. ChangosPerros es más undergound. Fuera de los fanzines que él hace y distribuye en su natal Tabasco, las tiras de ChangosPerros no parecen ser muy conocidas entre los lectores de webcómic. Se entiende por muchas razones. Primero, porque Dzul no dibuja; monea. Juega con la estética de lo grotesco; es constante la aparición en sus tiras de lenguaje soez, genitales, fluidos, enfermedades, deformidades y más elementos que son parte de la vida cotidiana pero que ocultamos por sanidad mental. Por otro lado, la tradición artística de la que viene es clara porque le es fiel al mismo que la renueva. No es difícil notar en sus tiras a Robert Crumb, Gilbert Shelton y otros autores de los underground comix, la corriente surgida durante los sesentas que buscaba, a través de su estética subversiva, abrir espacios de diálogo para lo que se discutía fuera de las instituciones: drogas, liberación sexual, feminismo, etc. Los comix no podían ser “bonitos” ni accesibles ni censurados como los de los superhéroes. Tenían que saltar sobre el lector y golpearlo, sacarlo de sus casillas con la propia locura de esa nueva técnica basada en lo no-vendible para mostrarle el más allá de su persona. ChangosPerros es webcómix. ¿Qué implica eso? El contacto con la tradición, entonces, pero también un diálogo diferente con la tecnología. Y es que el webcómic es eso: tecnología. Es su medio. Aunque el webcómix, si no va en contra de ella, sí la pone en crisis, porque existiendo la posibilidad de usar gifs, animaciones, colores, técnicas y muchas otras formas de creación distintas, Dzul se deshace de todos los adornos innecesarios hasta lo mínimo; sus tiras a veces están hechas sobre hojas recicladas, viejas. No todas, claro, porque otra cualidad del autor es su dominio y juego sobre varias técnicas de ilustración y dibujo (siempre trabajando sobre los límites de lo “feo”) que muestran que lo que hace no es casualidad. Sus garabatos pueden parecer acaso los de un niño, los de alguien sin experiencia, pero son todo lo contrario. Dzul sabe lo que hace cuando monea.
¿Entonces cómo decir y leer ChangosPerros sin traicionar su caos y, por momentos, antinarrativa? ¿Cómo no caer en las trampas que sus tiras arman para el lector distraído y casual? Dejándose comer por sus monos chuecos, absorberse en sus universos enfermos donde la cordura es una ingenuidad asesina. Hay que dejarse ir…
… y después del viaje hacia ChangosPerros hay que intentar regresar cuerdo. Cuando esto sucede, cuando ya no se quiere controlar el caos desbocado, las tiras de Dzul lucen en sus experimentaciones técnicas.
Esta metacrítica que presento, así como no es azarosa ni tampoco un flujo de conciencia, así como ChangosPerros no son garabatos u ocurrencias sin sentido, hechos por alguien cuyo entrenamiento artístico ha sido el de los dibujos en las libretas de la preparatoria. Me gustaría que fueran letras golpeadas en el teclado y que, por el azar, armaran una línea de pensamiento causal. Pero no. Como la narrativa gráfica de Dzul, esto es una reflexión sobre las estructuras que no pueden escapar a su naturaleza como pensamiento (des)medido. Es la locura desatada en la inevitable forma del lenguaje. No hay ni nunca podrá haber nada que no signifique y menos en la escritura: hasta el muro de palabras que está sobre este párrafo tiene que tener un grado de conciencia y secuencialidad para funcionar. Los bichos groseros de ChangosPerros son eso, formas bien diseñadas para lograr un objetivo: morder al lector, empujarlo fuera de su pequeño mundo tranquilo y ordenado. Atentan contra el orden, contra la consciencia, contra la inútil moralidad conservadora, contra la ingenuidad, contra el no decir, contra lo ofensivamente inofensivo.
Este texto resultó ganador del 2º Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.
1: QUINCE DE MARZO
El quince de marzo a las seis de la mañana se abren las puertas de la capilla de Martita, la Santa Niña de los Alfileres, y se les permite la entrada a los visitantes, quienes empiezan a llegar desde el día trece. Todos llevan un rosario, un juguete, una estampita con la oración de la niña y un alfiler, el cual han de clavar en alguna parte del cuerpo de la santa al momento de pedirle un milagro. Si ella llora, se mueve o sangra, el milagro se cumplirá.
2: EL PRIMER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES (VERSIÓN OFICIAL)
Martita era una hermosa niña con un corazón muy grande. Siempre hacía lo posible por mantener a sus siete hermanos y a sus papás felices.
Cada noche, sin falta, antes de dormir, rezaba durante dos horas para pedir paz en el mundo.
Cuando la sequía comenzó a asolar su pueblo, Martita se puso muy triste. Lloraba todo el tiempo, desesperada por no ser capaz de ayudar. No soportaba ver a sus padres y vecinos desconsolados porque la cosecha se había perdido y sus animalitos morían.
Sin saber qué más hacer, se encerró en su cuarto a rezar y no dejaría de hacerlo hasta que Dios la escuchara y mandara un poco de agua al pueblo.
La lluvia llegó al tercer día, un quince de marzo, a las seis de la mañana. Fue tan intensa que en un par de horas todos los ríos, pozos, cisternas y cubetas del pueblo se encontraron a su máxima capacidad. Felices, los padres y hermanos de la niña fueron a su cuarto para informarle que finalmente sus plegarias habían sido escuchadas.
La dicha de la familia se volvió horror al entrar en la habitación. Martita yacía en el suelo, en medio del charco que sus lágrimas habían formado. Tenía el cuerpo lleno de alfileres.
Su madre corrió hasta ella e intentó retirarlos mientras le preguntaba qué había sucedido. Martita le rogó que dejara los alfileres en su cuerpo, pues sólo por medio del dolor que éstos le provocaban había logrado comunicarse con Dios. Pidió que la llevaran a su cama porque se sentía muy cansada. Luego cerró los ojos y se quedó dormida. Así continúa hasta el día de hoy.
3: LA SEGUNDA VISITA DE ALFONSO AL PUEBLO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
El autobús en el que viajaba arribó al pueblo el catorce de marzo a las 5:15 a. m. El chofer lo estacionó a una cuadra de la plaza principal. Era el tercero en llegar.
El frío de la mañana le provocó a Alfonso un leve dolor en las manos. Por instinto las metió en las bolsas de su chamarra, pero las sacó al sentir lo que llevaba dentro de ellas. Frotándolas para calentarse un poco, caminó detrás de los demás pasajeros, hacia la plaza. Ahí había un grupo de lugareños ofreciéndose a llevar a los visitantes hasta la capilla, ya fuera en camioneta, en caballo o en burro. Alfonso ignoró las ofertas de tres hombres. Se sentó en una de las bancas junto al quiosco. Frente a él se encontraban varios puestos de comida. El olor le despertó el hambre. Había comido un sándwich en el autobús, pero de eso hacía ya varias horas.
Las camionetas fueron las primeras en rentarse. Luego los caballos y al final los burros. Las personas que no alcanzaron transporte tendrían que esperar más de dos horas hasta que regresaran.
Alfonso se levantó de la banca. Suspiró tratando de mentalizarse para hacer el recorrido a pie. Supondría un esfuerzo importante. El camino era irregular y cuesta arriba. Sabía que debido a sus dolencias, su edad, el hambre y la sed, el trayecto sería una tortura, pero no le importó. No pensaba dejar ni un solo centavo en ese pueblo que ya tanto le había arrebatado.
4: EL PRIMER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES (LA VERSIÓN DEL HERMANO, QUIEN TIENE PROHIBIDO CONTARLA)
Desde que un burro le pateó la cabeza, Martita no volvió a moverse. Para que no estorbara en la casa, su padre le construyó un cuartito junto al corral de los marranos y le encargó a cada uno de sus otros siete hijos que se hicieran cargo de ella un día a la semana.
Pedrito era el menor de los hermanos. Su obligación era atender a Martita los domingos. Se aburría tanto que, para entretenerse, terminaba siempre por hacerle maldades. Lo habitual era jalarle el pelo, escupirle a la cara y pegarle en las costillas.
Un domingo —quince de marzo— llegó al cuarto con el estuche de costura de su mamá. Sacó las agujas y los alfileres y comenzó a clavarlos por el cuerpo de su hermana. Pedrito decidió hundirle el último en el ojo derecho. Cuando la punta del alfiler tocó su párpado, Martita gimió, ésta era la primera vez que reaccionaba a algo desde el accidente. Justo en el momento en que ella gimió, un relámpago cayó en el corral, luego se desató un aguacero. Pedrito, muy espantado, corrió a la casa gritando que había hecho enojar a su hermana.
5: EL SEGUNDO GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Ocho meses después, Martita ya había ayudado en sus dolencias y problemas a prácticamente todas las personas del pueblo. Hizo que el esposo de su tía Dolores volviera del otro lado, luego de veinte años de no comunicarse con la mujer; a doña Juanita le desapareció los ojos de pescado, esos que le impedían caminar hasta la plaza para vender sus gelatinas; y don Jacinto por fin encontró la guarida del coyote que se andaba comiendo sus gallinas.
La fama de la niña se extendió por todo el estado por lo que don Felipe Arredondo, el presidente municipal, le rogó a la niña que lo ayudara con un «problemita» en la entrepierna que no lo dejaba desenvolverse en la cama de la mejor manera. Martita le cumplió el milagro. El señor Arredondo, en agradecimiento, le mandó hacer una capilla en el cerro más alto del pueblo, para que se pudiera ver desde las comunidades vecinas.
6: ALFONSO SUBIENDO AL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Miró su reloj. Eran las 8 a. m. Una camioneta se detuvo junto a él. El chofer se ofreció a llevarlo por la mitad del precio.
—Ándale, viejo —insistió el chofer ante la negativa de Alfonso—. Nomás dame treinta entonces. Mira, te lo hago de favor. Llegaste desde temprano, pero de nada te va a servir. Ya subimos como a setenta personas, aquí llevo nueve, más las que traigan mis compañeros. Tendrías que…
—Es una manda —interrumpió Alfonso—. Se lo prometí a la niña.
El chofer lo miró extrañamente, se encogió de hombros y arrancó la camioneta. Alfonso la vio alejarse y dijo en voz alta:
—¡Le prometí un carajo! Si era nomás para que me dejaras en paz. Pinche chofer, dizque muy preocupado haciéndome el favor. ¡Va! Dinero. ¡Es todo lo que quieren en este pueblo de mierda! Tienen a esa niña ahí, desnuda, en esa cuna donde ni siquiera cabe, exhibiéndola peor que si fuera un animal de circo. Y a toda esta bola de pendejos rezándole y picándola por todas partes. ¡Hijos de puta! ¡Ignorantes! ¡Pinche Lucía, tú también! Cómo fuiste a creerte estas pendejadas… Peor aún, me arrastraste contigo. ¡Soy más pendejo que todos ellos!
7: ORACIÓN DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Santa Niña de los Alfileres,
tú que a cambio de no moverte
puedes hablar con el Creador,
te pido intercedas por mí ante él
y derrames tus benditas lágrimas
para que el Señor me libre de todos mis males.
A cambio de tus favores,
prometo rezarte todos los días
y honrarte como mi patrona especial y poderosa,
y hacer cuanto me sea posible por fomentar tu devoción.
Amén.
8: ALFONSO EN EL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Pasaban de las once cuando al fin llegó a la cima del cerro. El terreno había sido aplanado. Al fondo se encontraba la capilla, rodeada por una barda de cemento de metro y medio de alto. Alrededor de ésta había unos puestos, la mayoría de comida y dos o tres que vendían camisetas con la imagen de la santita.
Junto a la capilla, se encontraban otras dos construcciones. A la izquierda, estaba el hotel, que no era más que un espacio cercado dentro del cual construyeron doce cuartitos de cuatro por cuatro, por los que cobraban $700 la noche. Al lado del hotel estaban también unos baños, que costaban $15 la entrada.
Pocos eran los que alquilaban cuartos. La mayoría instalaba tiendas de campaña o, de plano, dormían a la intemperie. Un par de encargados verificaban constantemente que las tiendas tuvieran un tarjetón que acreditaba que sus dueños habían pagado el permiso correspondiente.
Alfonso caminó hasta la capilla. Buscó la taquilla que estaba a medio metro de la entrada. Pagó la cuota. Le dieron un boleto con el número 254 y un alfiler amarillo empacado en cartón. En el reverso del paquete podía leerse:
«Abra este paquete hasta estar en el interior de la capilla y ya que lo haya mostrado al segundo encargado. Solamente los alfileres bendecidos en la capilla de la Santa Niña son permitidos».
—¡Pinches rateros! —murmuró.
Había evitado gastar su dinero en el transporte y la comida, pero sería imposible que lo dejaran entrar en la capilla si no compraba el boleto.
Sólo restaba esperar. Caminó hasta un árbol de tronco grueso y se sentó bajo su sombra. Apenas lo hizo, se quedó dormido.
9: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«No olvide dejar limosna».
«A todos los feligreses se les recuerda que no se les permitirá el acceso si no muestran su recibo al encargado».
«Niños mayores de 3 años pagan cuota (aunque vayan en brazos)».
10: ALFONSO EN EL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR PRIMERA OCASIÓN
Para cuando llegaron a la punta del cerro, ya habían gastado casi dos mil pesos. Eso sólo sirvió para que el enojo de Alfonso fuera mayor. Lucía se mostraba ajena a todo, a los costos excesivos del transporte, de la comida, el sinfín de cuotas que debían pagar, al malhumor de su marido, incluso a los malestares del cáncer, que parecieron esfumarse apenas se acercó a la entrada del templo.
No se habían alejado ni dos pasos de la taquilla cuando un grupo de niños los abordó para ofrecerles todo tipo de medallas, rosarios y estampitas. Lucía les compró a todos. Alfonso la reprendió por eso, pero ella ni siquiera lo escuchó. Sólo prestó atención al retrato de la niña que colgaba de un árbol frente a la iglesia y al grupo de mujeres que le rezaba a esa imagen con Martita antes de su primer milagro. Se les unió.
11: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Prohibido fumar».
«Prohibido ingerir bebidas alcohólicas antes de visitar a la niña».
«Favor de no cagarse en los alrededores de la iglesia. Quien lo haga, será remitido a las autoridades».
12: ALFONSO Y LUCÍA ESPERANDO ENTRAR A LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
A las dos de la mañana se les indicó a los visitantes que empezaran a formarse. Debían hacerlo según el número de su boleto. Pero nadie lo hizo. Parecían no comprender las instrucciones o simplemente no estaban dispuestos a negociar un lugar a la puerta del templo. Hubo pleitos y empujones. Muchos gritos.
Lucía discutió un par de veces, primero con una anciana, luego con una pareja de jóvenes que aseguraban que según el folio de sus boletos, ellos iban primero. Alfonso no sabía si mantenerse al margen o apoyarla. Todo aquello le parecía ridículo, pero estar más cerca de la puerta implicaba permanecer en ese lugar por menos tiempo.
El orden se estableció una hora después, cuando llegó la policía rural. Se impuso golpeando a los más revoltosos y arrestando a un par de viejos. Una vez más, Alfonso se mostró indeciso. La prepotencia le molestaba, pero los agentes habían logrado el objetivo de calmar a la muchedumbre.
Dieron las 6:00 a. m. Las campanas sonaron durante un minuto, después se abrieron las puertas de la capilla. Entre los policías y los encargados dejaron pasar a los visitantes.
13: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Se entra en grupos de diez personas.
Espere a que los encargados le indiquen su turno».
«Un alfiler sólo sirve para una petición».
«Alfileres extra: $99 c/u».
14: ALFONSO ENTRA A LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR PRIMERA OCASIÓN
Cuando fue su turno de caminar hacia el altar donde se encontraba la niña, Alfonso fue asaltado por un olor a humedad, heces,
orina y sangre seca. Se contuvo para no vomitar, pero el verdadero esfuerzo que realizó fue el de guardarse sus comentarios en contra de la gente del pueblo.
Alfonso miró a la niña, su cuerpo desnudo estaba sucio, lleno de cicatrices, callos y costras, su piel reseca y pálida. Estaba
desnutrida.
—Es hermosa —susurró Lucía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se limpió el llanto. Clavó el alfiler en la mejilla derecha de Martita, quien permaneció inmóvil. Lucía frunció el ceño. Rezó lo más rápido que pudo la oración de la Santa Niña. Al terminar, clavó su segundo alfiler en el dedo índice de la mano izquierda.
Las personas detrás de ellos se mostraron impacientes. Alfonso obligó a su esposa a ponerse de pie. Uno de los encargados les gritó que se dieran prisa. Lucía tomó el último alfiler. Lo enterró con fuerza en el ojo izquierdo. Martita gimió y sangró pero Alfonso retiró el alfiler lo más rápido que pudo.
Lucía salió de la iglesia gritando que la niña le había curado el cáncer. Todos aplaudieron, algunos lloraron, hubo desmayados.
Alfonso, con el alfiler en la mano, intentó que su voz se escuchara entre todos los gritos. Quería saber si alguien atendería la herida que la inconsciente de su mujer le había provocado a la pequeña.
—Estará bien. Dios la cuida. —Fue la única respuesta que obtuvo.
15: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Un alfiler por petición».
«Si la niña no se movió, no sangró o no gimió con el primer alfiler y usted tiene más de uno, es decisión suya repetir la petición o formular una nueva».
«La niña escucha todas las peticiones, pero sólo cumple algunas. Si con usted no se movió, no sangró o no gimió,
posiblemente su fe no ha sido suficiente
o no fue lo bastante generoso con la niña.
Lo lamentamos y le recomendamos volver el próximo año con una actitud más positiva y regalos más bonitos».
«Los regalos para la niña se entregan al primer encargado».
«A la niña le gustan las joyas de oro y los billetes grandes más que las barbies».
16: LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ALFONSO CON LUCÍA
Lucía creía estar sana, juraba sentirse mejor. Aun cuando los dolores se volvían tan intensos que la tiraban en cama, se negaba a tomar sus medicamentos. Se aferraba a los recuerdos traídos del cerro y comenzaba a rezar.
Varias veces Alfonso intentó llevarla por la fuerza a las quimios. Lo logró en un par de ocasiones. Ella dejó de hablarle, sólo se dirigía a él para insultarlo por causarle tanto sufrimiento inútil.
Un par de meses después, el cáncer acabó con Lucía.
Alfonso estaba furioso. Tres años de luchar contra los tumores se habían ido a la basura. Asumía parte de la culpa por haberle seguido el juego a su esposa y por permitirle hacer aquel viaje. Pero también culpaba a la gente de aquel pueblo.
Nada se podía hacer ya por su mujer, pero estaba decidido a evitar que más personas ingenuas cayeran en aquella trampa.
17: ALFONSO ENTRA EN LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Se acercó al altar con las manos en las bolsas de su chamarra. En la izquierda, junto al boleto y el alfiler que le dieron, llevaba
otro, aquel que su esposa había clavado tiempo atrás en el ojo de la niña.
Miró a la pequeña. Empuñó el revólver que traía en la bolsa derecha. Sacó la mano izquierda, sujetando el alfiler viejo. Se inclinó hacia Martita y tocó su parpado izquierdo con la punta del alfiler.
—Se les acabó el negocio a estos cabrones —le susurró al oído—. Lo voy a arreglar.
Soltó el alfiler. Pasó la mano por el cabello de Martita. Uno de los encargados se le acercó.
—Señor, píquela y deje pasar a los demás.
Alfonso lo ignoró.
El encargado insistió.
—Señor, no puede tocarla. Si no tiene alfiler, retírese.
Alfonso parecía no escucharlo. Molesto, el hombre intentó alejarlo de la cuna con un empujón. Alfonso trastabilló. Sacó el revólver y disparó. Se sintió aliviado al ver que no había herido a nadie. Odiaba a la gente del pueblo y despreciaba a los que creían en todo ese circo, pero no quería matarlos.
Al escuchar la detonación, las personas que esperaban su turno dentro de la iglesia salieron corriendo. Sólo los dos encargados se quedaron.
—¡No se acerquen! —gritó Alfonso con la pistola en alto y rodeando la cuna para no darles la espalda a los hombres.
Se inclinó, cargó a la niña con su brazo izquierdo y se dirigió hacia la salida.
18: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Prohibido tomar fotografías y videos con cámaras o celulares.
El flash molesta a la niña».
«Si desea un recuerdo de la niña,
los productos oficiales y con sello de autenticidad
están a la venta en los puestos fuera de la capilla».
«Los vendedores acreditados portan una tarjeta
con el sello del municipio y la firma del párroco.
Di no la piratería».
19: EL TERCER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Al salir de la iglesia dio un paso y se quedó inmóvil. Todo el mundo corría, gritando. El cielo se había ennegrecido y al escándalo
de la multitud se unieron los truenos de la tormenta. Poco a poco, un grupo de gente consiguió rodear a Alfonso y a la niña. Él disparó al aire y logró que les dieran algo de espacio. Corrió, jalando el gatillo otras tres veces, hasta llegar a una de las camionetas que habían llevado a los visitantes hasta el cerro.
Temblaba y le faltaba el aliento. El agua de lluvia hizo que los huesos comenzaran a dolerle. Los dedos se le agarrotaron. Abrió la puerta de la camioneta con dificultad.
—¡Soy un imbécil! —dijo golpeando la puerta con el arma—. Debí conseguir las llaves antes.
La intensidad de la lluvia aumentó, también la ira de la gente. Un chico le arrojó una piedra que alcanzó su brazo. Otros dos
hombres lo imitaron. En un instante, toda la gente descargó su ira en Alfonso. Una de las piedras le dio en el rostro y lo hizo caer
al suelo. Utilizó su última bala mientras se ponía de pie. Se sentía aturdido. Escuchó ruido de sirenas. Subió a la camioneta y puso el seguro. Desesperado, comenzó a buscar entre los asientos y el tablero con la esperanza de encontrar las llaves. Una de las piedras estrelló el parabrisas y otra más entró, atravesando el cristal y golpeando a la niña en el estómago. Alfonso palideció cuando la camioneta comenzó a moverse. Varios hombres intentaban voltearla.
—¡Van a matarnos! —gritó mientras estiraba el brazo para evitar que la niña cayera del asiento—. ¡Yo sólo quería llevármela para que ya no estuvieran lastimándola y viéndola encuerada en esa pinche cuna!
La puerta del lado del conductor se abrió. Alfonso sintió varios pares de manos sujetar sus piernas, su cintura. Terminó en el suelo. Aferrado a la niña.
Alfonso no fue capaz de escuchar nada de lo que sucedió después. No pudo oír el crujido de sus huesos al recibir las patadas, los gritos de quienes lo golpeaban o los de aquellos que pedían que dejaran de hacerlo porque también estaban lastimando a la niña. Tampoco escuchó el zumbido de la lluvia o los truenos, ni a la policía abrirse paso entre la gente a macanazos y empujones.
Lo único que Alfonso logró escuchar, antes de que un relámpago cayera, fue la risa de Martita.
Cuando me invitaron a ser jurado del II Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila, no sólo sentí una especie de orgullo, sino también una fuerte responsabilidad. Al enfrentarme a la cantidad de participantes (noventa y seis preseleccionados por una criba de lectores calificados) no pude creer la inmensidad del trabajo que me esperaba, lo delicado de la tarea y el nivel de compromiso que exigía. Me sentí sumergido en El palacio de los sueños, aquella novela de Ismaíl Kadaré, donde una entidad de una distopía imaginaria registraba los sueños de la población, los investigaba, interpretaba y depuraba hasta encontrar al Sueño Maestro, que habría de decidir los destinos de aquel país imaginario. En el caso del Premio Amparo Dávila de lo que se trataba era de encontrar el Cuento Maestro, digno de un premio que lleva el nombre de una de nuestras autoras emblemáticas, sobre todo para quienes practicamos el cuento fantástico y lo consideramos mucho más que un subgénero: una forma de exploración del sueño, el humor, la ironía, los fenómenos extremos como la locura y la violencia.
A medida que me fui adentrando en los relatos era como si estuviera explorando no sólo la diversidad de la literatura mexicana, sino su actualidad, su sincronía con el presente y en muchos casos su constante diálogo con figuras señeras como la de la propia Amparo Dávila, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Francisco Tario o Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Horacio Quiroga y Julio Cortázar.
Quizás antes de continuar haya que darse una vuelta por la noción de lo fantástico, desde sus grandes lectores e intérpretes. No es una definición fácil debido a sus relaciones profundas con la literatura de fantasía, con la ciencia ficción y con el terror. Desde un punto de vista estricto, todos estos géneros están inscritos dentro de la noción de lo fantástico, ya que comparten una serie de principios hermenéuticos. Roger Caillois y Louis Vax, en sus respectivos ensayos sobre el género, apuntan hacia un principio de transgresión de lo real que necesita de la complicidad del lector. Tzvetan Todorov, por su parte, añade el elemento de la duda. Para Todorov la literatura fantástica implica un principio de interpretación: leemos como literales figuras poéticas o metáforas. Si bien Vax y Caillois coinciden en la fisura y la extrañeza de los personajes en situación, Todorov se dirige más hacia la mirada del lector.
De regreso al Premio Amparo Dávila, sentía que me estaba adentrando en los sueños de la literatura mexicana del presente y del futuro. Ni más ni menos. Angustiosos juegos con el tiempo, variaciones del tema de la muerte, la violencia como constante, la reformulación del pasado histórico desde la perspectiva del sueño y de la imaginación. Abundaban los cuentos plagados de humor y también los siniestros, y los que eran una ardua combinación de ambos. El humor negro fue una constante. Muchos temas abrevaban de la literatura neogótica a lo Clive Barker o Stephen King, con sus ecos lovecraftianos; otros se sumergían en las pantallas y remitían a series como The Walking Dead, la parafernalia zombi, The X Files, el cómic a la Alan Moore o los juegos de video. Otros parodiaban la literatura mexicana y hacían sus judas o piñatas con Octavio Paz o Revueltas y no dejaban títere con cabeza. De todo había en esta muestra impresionante que de suyo daría para un estudio literario, sociológico, psicológico, del estado de nuestras letras: un corte transversal por las mil hojas del pastel literario mexicano. Al final tuvimos que elegir un solo cuento entre por lo menos veinte que nos habían interesado. Intentamos ser fieles a nuestra visión de la literatura fantástica, en mi caso a cierta tendencia personal al diseño riguroso, la geometría y la originalidad: esa idea siempre relativa. El dictamen no fue fácil: Bibiana Camacho, Ana García Bergua, David Toscana y yo discutimos arduamente por nuestros favoritos, decantando nuestras preferencias, hasta dar con el Cuento Maestro.
Lejos de demeritar a los otros finalistas —cada uno de ellos muy bien podría ser el ganador— elegimos premiar a «Los tres grandes milagros de la Santa Niña de los Alfileres», del escritor potosino Julián Mitre Guerra. Se trata de un cuento que da una inteligente vuelta de tuerca al realismo mágico por un lado y, por el otro, introduce los elementos clásicos del cuento fantástico. La inversión alto / bajo de Mijaíl Bajtín y su teoría de lo carnavalesco aparecen en este relato de manera muy evidente y manejados consistentemente. Una de las cualidades de este cuento es su eficaz manejo del contrapunto, lo que nos permite adentrarnos en un orbe familiar —se trata de un cuento milagrero, hijo o nieto del «Anacleto Morones» de Rulfo— y al mismo tiempo extraño. La fuerte dosis de humor negro e ironía dan al relato su necesaria redondez.
Otro relato que gustó mucho fue «Contingencia», de Frida Militza Velázquez: una excelente muestra del manejo de la elipsis. Nada de lo que ocurre —un extraño embotellamiento durante una contingencia en la Ciudad de México— es lo que parece. El cuento recuerda algunas de las pesadillas de Stephen King, por un lado, y por otro a filmes como 28 días después, aunque también ciertas novelas de Phillip K. Dick, como Ubik. Hago estas referencias más en busca de resonancias que de influencias directas. La atmósfera ominosa del cuento, su cualidad de extrañamiento, de volver lo cotidiano siniestro y viceversa (dirían Piglia y Shklovski) hacen de «Contingencia» un cuento perfectamente logrado, con sus variables kafkianas y pesadillescas.
Por espacio, es difícil reseñar a todos los finalistas, pero habría también que destacar «Huevo», de Juan Armando León Contreras: una inmersión al mundo de la pubertad, hacia el descubrimiento del cuerpo, de la inquietud de sí. Su excelente manejo del humor, los diálogos de las protagonistas adolescentes, plenos de frescura y con un oído bien educado del autor, hacen de este texto una excelente muestra de las posibilidades del cuento. En el trasfondo de un relato aparentemente simple, donde dos hermanas se encuentran con un fenómeno extraordinario, hay esa extraña inquietud frente al propio cuerpo. Se trata de un relato que muy bien podría entrar en la definición que diera Freud de lo siniestro (Das Unheimliche): un acontecimiento extraño en un contexto de lo más común y cotidiano.
El Premio Amparo Dávila, desde su propuesta digital, ha permitido el acceso a muchos escritores que comienzan o que ya han afilado algunos relatos y desarrollan su propia obra. Ya es uno de los premios más interesantes de nuestras letras. Celebro y agradezco haber participado en esta aventura. La literatura fantástica mexicana vive y forma parte ineludible de nuestro imaginario. Sus metamorfosis se encuentran, siempre, en sus nuevos creadores.
El telégrafo inspiró a Verne y a Henry James, del mismo modo que para Jane Austen las cartas eran fundamentales en sus tramas. Hoy en día los escritores utilizan Twitter, Instagram o Facebook como herramientas creativas. Es el signo de los tiempos: hay una legión de personas que ofrecen su obra sin pensar en los modos tradicionales; son las escrituras a la intemperie, que marcan el comienzo de un camino.
Los hechos que marcan un hito trascendental en nuestra vida, permitiéndonos situar en el tiempo un recuerdo poderoso, suelen ser de tres tipos: afectivos (el primer amor, el nacimiento de un hijo, la muerte de un ser querido), sociales (la caída del Muro de Berlín, o de las Torres Gemelas) o el cambio de costumbres, que emplaza un antes y un después en nuestra actividad. A este último grupo corresponde, sin duda, nuestro trato con las tecnologías. Casi todos recordamos la primera vez que navegamos por internet, compramos un coche o tuvimos nuestro primer ordenador. Cuando pensemos en 2016 dentro de diez años, será fácil recordarlo si nos formulamos la siguiente pregunta: ¿te contabas entre quienes se instalaron Pokemon Go y jugaron, o entre los que hicieron bromas en las redes sociales sobre quienes jugaban a Pokemon Go?
Aunque una de las finalidades de las tecnologías es darle cauce a la conversación general, no pocas veces, como ha sucedido con este videojuego para celulares, la técnica se ha convertido en el objeto de la conversación. Podemos encontrar muchas razones para que esto suceda, como la espectacularidad —la pertenencia de los videojuegos a lo que Debord llamaba La sociedad del espectáculo—, o la devaluación de los medios periodísticos, convertidos muchas veces en meros voceros de los productos de la economía neoliberal. Pero quizá eso sea quedarse en la superficie; si ahondamos un poco, como hace el pensador Fredric Jameson en The Antinomies of Realism, hallaremos más razones:
En un mundo tecnológico como el nuestro, es claro que palabras como ‹técnica› y ‹método› despiertan su propia clase de sospecha y vigilancia; parecen cosificar de inmediato su contenido, el procedimiento con el que buscan describir y nombrar, y por la misma razón tienden a transformar su contenido, el material narrativo que distribuyen y organizan, en una especie de material industrial crudo, que puede ser procesado solamente por ciertos métodos técnicos.[1]
Lo tecnológico, ya lo expusimos hace tiempo y suele recordarlo el escritor mexicano Eugenio Tisselli, es siempre ideológico, porque hace referencia a cuestiones como poder, sostenibilidad ecológica, desigualdad económica —el famoso digital gap—, privacidad y control. Por eso es natural que lo tecnológico, ya sea como herramienta de escritura, ya sea como tema o asunto literario, sea muy frecuente en nuestros días. La economía, cada vez más bursátil e inmaterial, se diluye en datos que viajan a través de la red y los satélites, de la misma forma que nuestros datos privados. Esas redes y satélites, así como los chips que los soportan en teléfonos y ordenadores, tienen un alto coste financiero y ecológico, pues se precisan para construirlos minerales raros de encontrar, solamente disponibles en países pobres y en guerra. Cuando hablamos de tecnología, siempre hay que preguntarse quién la paga y por qué. Es el primer paso para ser ideológicamente consciente y evitar la inocencia de pensar que lo digital «es gratis». Gratis, por desgracia, no hay nada en nuestros días. Lo que se vende cuando parece que no se vende nada eres tú, dijo algún gurú digital, y la ingeniera y profesora de literatura inglesa Wendy Chun lo explica con claridad: nuestros ordenadores y teléfonos están goteando (leaking) información constantemente: información sobre nosotros. La tarjeta de red es para Chun promiscua por naturaleza, va volcando a lugares ignotos todos los pasos virtuales que damos, como la lectura en línea de este artículo, por ejemplo, que en algún repositorio lo está etiquetando a usted como lector de Tierra Adentro. Esto, de momento, no debería ser comprometedor, pero ya veremos dentro de unos años, al paso que va la persecución contra las Humanidades por parte del pragmatismo económico.
Con más o menos inocencia o consciencia, lo digital preside nuestros días y nuestro quehacer. Si entramos en materia creativa, basta pensar la cantidad de tiempo que pasamos frente al ordenador, aunque sea creando; incluso los más tecnófobos suelen expresar sus quejas contra la tecnología en ordenadores portátiles de último modelo, o a través de teléfonos inteligentes. Lo normal es que los creadores actuales no sólo tengan ordenador, sino que posean una panoplia de recursos electrónicos, amén de colaborar en revistas o diarios digitales, o mantener un blog, o tener cuentas de Twitter, Instagram o Facebook. Conozco varios casos de escritores que se jactaban de no perder el tiempo en internet y que han terminado por abrirse cuentas en redes sociales. Es el signo de los tiempos: si nadie habla de ti en la red, tendrás que hacerlo tú mismo.
Hace poco declaraba a un periódico el escritor argentino Esteban Castromán: «Supongo que la semiótica es una de las disciplinas que mejor encuadra en la lógica de esta época. De repente, todos nos transformamos en analistas de medios y discursos públicos, un comentarismo deportivo y de baja línea en foros, redes sociales y periódicos online».[2] Parecida vocación une a las novelas de nuestro tiempo, preñadas de reflexiones más o menos profundas sobre los discursos públicos y su transmisión. Es normal que la literatura actual se preocupe por los medios de comunicación, porque la comunicación siempre ha sido un asunto literario. Si Julio Verne hubiese escrito hoy Miguel Strogoff (1876), el argumento sería este: los tártaros han cortado internet y se necesita a alguien que lleve hasta Irkutsk una tableta, o una laptop, con información suficiente para impedir que el malvado Ogareff lleve a cabo sus planes ominosos. El mismo telégrafo que inspiró a Verne su historia rusa está presente, como recordaba Edmundo Paz Soldán, en novelas de Henry James,[3] del mismo modo que para las Brontë, George Eliot o Jane Austen las cartas —otra tecnología, aunque algunos olviden ese hecho elemental— eran cuestión medular de y la televisión después fuesen un elemento común para los narradores del siglo XX. Y es normal que la comunicación sea una obsesión de la literatura, porque la literatura es también una forma de comunicación de ideas a distancia. Es lógico que la persona dedicada a transmitir texto muestre curiosidad sobre las formas de transmisión textual de su tiempo; luego será libre de trasladar al libro esa preocupación, pero no es nada raro hacerlo, lo han hecho los mejores: «¿Cómo podía ocurrírsele examinar la carta, observarla críticamente como profesión de amor?», escribía George Eliot en Middlemarch (1871), sin que nadie se llevara en su momento las manos a la cabeza por ello. Imaginemos el escándalo que suscitaría hoy esa frase cambiando «carta» por «mensaje privado» o «Snapchat» en algunas mentes susceptibles a la evolución. Un tal John M. Coetzee escribió en una carta a Paul Auster: «Lo que me intriga es lo que va a representar ser una persona del siglo XXI que escribe una narrativa de la que están ausentes las herramientas de comunicación del siglo XXI como el celular».[4] Cuando hice esa misma pregunta en La luz nueva (2007), hubo cierto escándalo entre mis paisanos españoles, siempre tan quisquillosos con todo lo que no venga recubierto de ochenta años de tradición.
Por fortuna, no faltan quienes, sin dejar de amar y reverenciar la literatura tradicional, entienden que la literatura canónica nunca esquivó los desafíos y temas de su tiempo. Bajo esa idea, Luigi Amara decía en su cuenta de Twitter no hace mucho (28/07/2016): «El extraño caso de leer una novela entrecortadamente, como si fuera una sucesión de tuits, y de venir a leer el TL como si fuera una novela». Esa permeabilidad de visión —esa plasticidad neuronal, que diría un científico—, que permite a las mentes abiertas aceptar las variaciones de la época e insertarlas con naturalidad en la práctica cultural, es la que permite el continuo avance de la literatura, y es la que hizo que Cervantes, en el siglo XVII, entendiera la potencialidad de la imprenta como tecnología para realizar obras narrativas más largas y complejas que las que permitían los códices o pergaminos.
Antes apuntábamos que uno de los problemas de nuestra relación con la tecnología es pensar que es «neutra», que no produce ningún efecto per se y carece de consecuencias sociales. Tan erróneo como ese planteamiento es pensar que la tecnología no tiene ningún efecto positivo; es muy frecuente encontrar pensadores como Nicholas Carr o Andrew Keen, críticos con los efectos de la técnica sobre nuestro cerebro —partiendo de pruebas no definitivas y de estudios que se topan con otros estudios en sentido inverso. Quizá lo más sensato es estar a medio camino entre las posturas apocalípticas y las integradas, tomando lo mejor de cada una. Por ejemplo, me parece inteligente la posición del escritor chileno Alejandro Zambra, expresada en estos términos: «Las generaciones actuales, por ejemplo, crecieron leyendo y escribiendo en la pantalla, y lo más fácil es apelar a eso para descalificarlas: se dice que no poseen la experiencia del libro, lo que los convertiría en lectores de segundo o tercer grado, porque manejan una idea distinta de la lectura, porque para ellos la literatura es sinónimo de texto más que de libro. Me interesan más posiciones como la de Roger Chartier, quien pone en perspectiva histórica los cambios y advierte que no deberíamos desdeñar las nuevas formas de escribir y de leer provocadas por la revolución digital».[5]
Sin embargo, el desdén es una de las formas de materializar los miedos de las culturas en evolución; los más reaccionarios de sus miembros niegan cualquier cambio (los más insensatos asumen y dan por buenos todos los cambios), y consideran que todo lo pasado fue mejor, aunque sí que piden la más avanzada tecnología y cirugía de última generación cuando una enfermedad los lleva a un hospital. Y una de las formas de este desdén cultural ha venido consistiendo en considerar que todo lo colgado en internet, ya fuese arte o texto, está ahí porque no tiene la calidad necesaria para ser editado en papel o mostrado en una exposición. Estos apriorismos desconocen, en consecuencia, que hay toda una legión de personas que están ofreciendo su creación (artística, musical, literaria) o su mera práctica comunicativa en la red, sin pensar siquiera en los modos tradicionales de proyección, porque éstos no se acomodan a su modo de crear. No generan productos terminados, sino obras que puedan actualizarse, cambiarse, refundirse, crecer, minorar, samplearse, circular. No crean buscando la perduración, sino una cierta repercusión. No quieren reseñas, quieren lectores. No buscan hacer libros; más bien contemplan la obra como una actividad continua. Es lo que vengo llamando desde hace un tiempo escrituras a la intemperie, escrituras que devienen literatura a la intemperie cuando, además, tienen unos propósitos similares a los de la literatura tradicional. Por ejemplo: hay muchas personas, sobre todo en México, que tienen cuentas en Twitter donde escriben de continuo y en las que todos los tuits tienen un aire común: no son exactamente aforismos, pero tampoco narrativa, ni poesía. Pienso en cuentas como las de @Frank_lozanodr o la de @_Touche, perfiles con decenas de miles de seguidores fieles, que desarrollan un tipo de escritura difícil de imaginar antes de Twitter. O la utilización que hace la poeta española Miriam Reyes de Facebook, donde gracias a un bot programado por ella misma, la cuenta «Prensado en Frío» reelabora libremente los versos de sus libros de poemas, reescribiendo de manera automática su obra, ya sin su presencia controladora. ¿Cómo podemos leer estas prácticas desde los parámetros de la teoría tradicional? Hay que abrir las mentes y, como suele apuntar el célebre teórico de los nuevos medios, Lev Manovich, las nuevas formas necesitan también de un nuevo pensamiento y de marcos teóricos actualizados. A mi juicio, este tipo de prácticas son escrituras a la intemperie, que viven fuera de los «techos» tradicionales (imprenta, instituciones, editoriales), creando un camino del que sólo estamos en sus primeros pasos.
En los últimos años el despegue de los videojuegos, de los Alternate Reality Games, de la Realidad Aumentada —responsable, entre otros, del éxito de Pokemon Go—, han ensanchado aún más el ámbito de las posibilidades de creación, o de las de la edición entendida como difusión o circulación. Los libros de siempre pueden adaptarse a un videojuego, o volverse narraciones transmedia, o convertirse en webseries o en podcasts de audio, y las creaciones actuales pueden sacar provecho de todas esas vías de apertura. Se investigan seriamente la potencialidad de la inteligencia artificial para hacer arte o literatura,[6] la capacidad de la impresión 3D para la ejecución de obras de arte, las obras transgénicas con material biológico [7] o la programación de algoritmos para la crítica literaria.[8] Todas estas direcciones pueden parecer alocadas o extremas a muchos, y quizá en algún caso lo sean, pero también lo fueron otras invenciones del pasado gracias a cuyos fallos y fracasos llegaron las buenas tecnologías, aquellas que hoy hacen nuestra vida mejor y más rica. La literatura y el arte siempre ensancharon nuestra realidad y la volvieron augmented reality mediante sus mundos posibles. Hoy tenemos la suerte de que tenemos más formas de crear que nunca, sólo hace falta tener talento para utilizarlas.
[1] Fredric Jameson, Antinomies of Realism, Verso, Nueva York, 2013, p. 135, traducción
del autor.
[3] Edmundo Paz Soldán, «Más allá de la ciencia ficción», Segundas oportunidades; Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2016, p. 135.
[7] Cf. Sergio Roncallo Dow y Diego Mazorra, «Ecología, arte y política: la estética como control (contra) ambiental», en Carlos A. Scolari (ed.), Ecología de los medios. Entornos, evoluciones e interpretaciones; Gedisa, Barcelona, 2015, pp. 276-79.
[8] Cf. Roberto Simanowski (ed.), Digital Humanities and Digital Media: Conversations on Politics, Culture, Aesthetics and Literacy, Open Humanities Press, 2016, p. 254.
La biopic es uno de los géneros más manoseados por los estudios hollywoodenses que buscan ganar prestigio en temporada de premios. En tiempos recientes, el género —con exponentes como The theory of everything, The imitation game o Jobs— ha sido continuamente socorrido, no siempre con los mejores resultados. Como es natural, Hollywood puede engendrar buenas películas incluso en un género tan acotado por normas narrativas y de producción: The Social Network, I’m Not There y The Aviator son buenos ejemplos de la última década, pero no mentimos si aseguramos que un buen porcentaje de las biopics tienden a la lágrima gratuita, al asombro hiperbólico, a la convención que raya en el aburrimiento. La vida, ese accidente, parece fácil de reducir a una narración chambona. Excepto cuando no. Es el caso de la vida de Harvey Pekar, historietista extraordinaire.
Harvey Pekar no parecía material de biopic: era grosero, perpetuamente gruñón, bastante feo, tenía un empleo mediocre como archivista de un hospital —acaso el epítome del aburrimiento—. Por si fuera poco, el cáncer de garganta lo dejó con una voz tipluda espantosa. Quería hacer comics, pero dibujaba con la gracia de una retroexcavadora. ¿Por qué alguien querría filmar una biopic de semejante tipejo, en primer lugar?
Básicamente, porque pertenece a una noble estirpe de cronistas del tedio cotidiano. Pekar encarna una vertiente del corrosivo humor judío norteamericano —lo que muchos han llamado «jewish angst»— a la que también pertenecen gente como Louis C.K., Jerry Seinfeld o Sarah Silverman. Todos estos comediantes se inscriben o se emparentan, en mayor o menor grado, con la llamada «observational comedy», un subgénero cómico que, a partir de un agudo análisis de la cotidianeidad, busca evidenciar la estupidez o el absurdo de la vida ordinaria. Pekar estaba ahí, claro: esclavizado a un empleo mediocre, alejado del triunfo y el reconocimiento de uno de sus grandes amigos, el revolucionario historietista under Robert Crumb, abandonado por su esposa. No hay —no existe manera posible— de mostrar esta anécdota como una historia de éxito y lágrima fácil. Pekar no empatiza con las pretensiones épicas de las películas biográficas de la temporada de premios.
En cambio, sí funciona para que nosotros, los que vivimos la vida a ras de suelo, nos identifiquemos con él. Y American Splendor —dirigida por Shari Springer Berman y Robert Pulcini, dos cineastas muy interesantes que han mantenido un bajo perfil por años, sin caer nunca en la inactividad— aprovecha eso en su favor: en lugar de poner a un actor bien parecido, carismático, con cierto star-power, para representar a Harvey Pekar, la película nos deja que sea el mismísimo Harvey Pekar, en toda su gloriosa antipatía, quien nos cuente su historia.
* * *
Bueno, más o menos. También sale Paul Giamatti, uno de los grandes actores de su generación, un tipo que sin problemas se encuentra a las alturas de Philip Seymour Hoffman. Pero convengamos en que, aunque es sin duda un tipo de mayor carisma, tampoco es una impronta considerable respecto al Pekar original. Giamatti, más que cualquier otra cosa, se encarga de representar episodios clave en la vida de Harvey Pekar, funcionando más como una versión joven. La película arranca con una escena en la que un pequeño Harvey Pekar sale a pedir Halloween sin disfraz. Una señora le niega los dulces: así comienza una amarga existencia, cifrada por el sencillísimo pero inconseguible deseo de ser uno mismo nomás por las ganas de serlo. Vemos a Paul Giamatti caminar por las calles de Cleveland con gesto hosco, y una voz quebrada, entre aguardentosa y herida, nos dice «Ok. Este es nuestro hombre, ya adulto y sin rumbo. Aunque es un ratón de biblioteca, nunca recibió educación formal. En general, ha vivido en vecindarios de mierda, con trabajos de mierda, y justo ahora está hundido hasta las rodillas en un desastroso segundo matrimonio. Así que si eres la clase de persona que busca romance o escapismo o alguna fantasía que te salve el día, ¿adivina qué? Escogiste la película equivocada».
* * *
American Splendor es una película extraordinaria. No en el sentido hiperbólico que apunta a un juicio de valor, sino en uno más apegado a su etimología: «que se sale de lo ordinario». Pese a que retrata la vida de un everyman, de un donnadie —su tagline: «Ordinary life is pretty complex stuff»—, American Splendor se sale de las coordenadas de la convencionalidad. En primer lugar, por su estatus de película marginal: pese a contar con la producción de Dark Horse Entertainment —los mismos de, por ejemplo, Hellboy, The Legend of Tarzan o Sin City— y de la distribución de HBO Films, American Splendor no busca el taquillazo —obtenido, a fin de cuentas: con dos millones de presupuesto, su recaudación llegó a los ocho millones, nada mal para una independiente de sus dimensiones— sino una efectiva traducción del original. La libertad del pequeño presupuesto le permite, entre otras cosas, entregarse a las delicias de lo inusual: American Splendor mezcla animaciones —logradas con los dibujos originales del cómic puestos en movimiento, lo que le añade una sensación de fidelidad aún menor— con desplantes meta —va un ejemplo: vemos a Paul Giamatti como Harvey Pekar en el estudio de David Letterman, en una incomodísima entrevista de 1987; mientras Hope Davis, que encarna a Joyce Brabner, historietista también y esposa de Pekar, ve la entrevista original, con el Harvey Pekar original, en el backstage donde espera a que su esposo termine su aparición con Letterman— y distanciamientos brechtianos: en algún momento, mientras el Harvey Pekar de Paul Giamatti conversa con el Toby Radloff de Judah Friedlander, se escucha el llamado de «¡Corte!», y Giamatti sale de su lugar en el set para unirse a los verdaderos Harvey Pekar y Toby Radloff, que conversan en la mesa de comida del equipo. Es tan solo un instante, pero es uno cálido, como de una reunión entre amigos largamente postergada.
Este tipo de atrevimientos, impensables en una gran producción con Eddie Redmayne en el protagónico, le dan a American Splendor una textura propia, subversivamente única. Entre las adaptaciones de comics como entre las biopics, lo dicho: American Splendor es una película extraordinaria. Y ahora sí lo digo como juicio de valor.
Hay adioses que llegan con naturalidad, mientras otros llegan forzados y luego de varios intentos. Las despedidas son tan únicas como las historias mismas. Todos los días nos despedimos de alguien suponiendo que lo veremos al día o a la semana siguiente, sin tener nunca tener la certeza. Otros días le decimos adiós a una época porque es necesario, porque tenemos guardar distancia, alejarnos y poner puntos finales. Estas despedidas son largas, exhaustivas y complicadas, primero son físicas y luego emocionales. Pocas veces somos conscientes del inicio o el fin de una época mientras lo vivimos, en ocasiones éstos cobran sentido cuando se guarda distancia o se significan con el paso del tiempo. Las nociones de principio y final son parte de la construcción de nuestra narrativa personal.
Hay lugares cargados de adioses y en los que se respiran aires de cambio. Son los aeropuertos esos lugares que anuncian posibilidades, que despiden a miles pero saludan a muchos otros. Sitios que se explican a sí mismos sólo a través de una noción de tránsito y se entienden como lugares provisionales. En Los aeropuertos,[1] del autor colombiano Jairo Buitrago con ilustraciones de Juan Mayorga, se cuenta la historia de un hombre que, harto de estar en una sala de espera, decide salir a pasear y se encuentra con un perro. Ambos pasan la tarde juntos, pero tienen que despedirse, pues el hombre tiene que volver para tomar su vuelo. Un relato que se construye a partir de la idea de lo efímero, de un adiós que se anuncia desde el primer hola y que está condicionado por los tiempos de un viaje. Una historia que no da un giro de tuerca, que respeta los planes de vuelo y se sabe transitoria desde el inicio, la crónica del mientras tanto.
Mientras tanto, La vida sin Santi,[2] de Andrea Maturana con ilustraciones a cargo de Francisco Javier Olea, plantea otra noción de despedida. Ahí se cuenta el relato de dos amigos: Maia y Santi. Son un par inseparable que debe decir adiós cuando el padre de Santi es contratado en un lugar lejano. Maia, al quedarse sin su amigo, se siente sola y con un gran vacío. Poco a poco conoce a nuevos amigos que ganan un lugar en su vida. No el lugar que dejó Santi, uno distinto. Es la historia de una despedida repentina y dolorosa, que implica un tránsito emocional pero también abre la posibilidad a nuevas experiencias para ambos. Un relato que está marcado por la pérdida, que se entiende sólo a partir de ella. El adiós entre Maia y Santi es un adiós forzado pero no definitivo, una amistad que cambia pero se conserva. Un adiós físico, pero no emocional, una despedida como punto y coma, no punto final.
No estoy segura de cómo terminar este texto sin sentir que lo más indicado sería anunciar su final o despedirme formalmente. Sé que el final de la página lo anuncia, como las primeras palabras anunciaron el inicio. Sin embargo, no tengo forma de saber si alguien llegó hasta este punto o si decidió despedirse de mí en el párrafo anterior. Suponiendo que alguien esté leyendo esta línea, me despido y agradezco por llegar hasta aquí. Me quedo con la tranquilidad de saber que hay finales incuestionables, que llegan naturalmente y sin lugar para dudas: el cierre de un telón, las últimas páginas de un libro o los créditos en una película. Mientras, en nuestra narrativa personal los finales y las despedidas muchas veces son “hastaprontos” que nos dejan una sensación de ambigüedad, pero también de posibilidad.
[1] Buitrago, Jairo, Los aeropuertos, México, , Ediciones Castillo, 2012.
[2] Maturana, Andrea, La vida sin Santi, México, Fondo de Cultura Económica, 2014