Tierra Adentro

La arquitectura nacional es poco a nada planificada. Su razón parece responder más a una visión simple y corporativa de los edificios, lejano al lado artístico y perdurable de la construcción que piensa en el espacio y en la cultura de forma cualitativa sin dejar de lado las necesidad sociales de la población. En este ensayo, Marianne Bautista expone cómo se ha modificado el rumbo de la arquitectura nacional para servir a fines comerciales.

La arquitectura, a pesar de ser expresión cultural de un pueblo, por su imbricada relación con el mundo material y de consumo, ha transitado otros caminos, muchas veces ajenos y alejados de su vocación cultural.
Alicia Paz González Riquelme

Como consecuencia de su estrecha relación con la humanidad, la arquitectura tiene mucho que ver con el poder político y económico, con la voluntad colectiva de lo social y de lo común, de lo público y de la permanencia en el futuro. En tiempos en los que el deterioro de la ciudad y de la arquitectura no es más que el claro reflejo de una sociedad volátil en los que la ornamentación, la marca y la monumentalidad le ganan a la función, ¿cómo podemos hablar de arquitectura social si hemos destruido cualquier intento de tener una sociedad?

A finales del siglo XX se hizo conciencia de una serie de cambios estructurales estrechamente relacionados entre sí: la globalización neoliberal, las sociedades poscoloniales, la migración, los cambios sustanciales en los modos de vivir el espacio y el tiempo introducidos por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), la crisis ecológica y las ciudades que apostaban cada vez más por una arquitectura genérica fueron segregando a una velocidad inimaginable a la sociedad y, con ella, a la cultura.
En el nuevo escenario mundial podemos afirmar que somos cohabitantes más que miembros de una sociedad en donde la arquitectura ha pasado a un segundo plano, creando así un latente deterioro urbano. La ciudad se ha convertido en el lugar del negocio financiero susceptible de ser (sobre)explotado y, sin más inquietud, los arquitectos contribuyeron casi ciegamente a esto, pasaron a segundo plano y se convirtieron —la mayoría— en meros constructores, empresarios de la industria y no artistas preocupados por la habitabilidad del espacio.
Carlos Mijares argumenta que la arquitectura más significativa debe contribuir a hacer una ciudad, lo que habla de un compromiso no sólo del gremio, sino racional con el desarrollo urbanístico. Josep Maria Montaner dice en Arquitectura y política que «las aportaciones críticas desde áreas de conocimiento no arquitectónicas —como la sociología, la filosofía o el arte— permiten develar el papel que la arquitectura ha cumplido en su entorno espacio-temporal». En el entendido de que la arquitectura debe servir como ente de unificación, habitabilidad y utilidad al servicio de la comunidad, ¿por qué no toda ella es social?[1]
Si entendemos como «arquitectura social» a lo realmente orientado a la sociedad, a satisfacer sus necesidades y adecuarse a sus posibilidades, es evidente que la disciplina no está enfocada, construida y planeada con esa finalidad; así, entendemos que toda construcción que es estática no es más que simple espacio escultórico. La arquitectura social es dinámica e interactúa sin dispersarse con el habitante y la ciudad, contribuye a la creación de espacios para las relaciones interpersonales y tiene un origen político-cultural que no le impide satisfacer las necesidades básicas y específicas.

Alejandro Aravena, reciente ganador del premio Pritzker, menciona que el enorme potencial de una nueva «arquitectura social» es que encuentre maneras, antes inexistentes, de satisfacer necesidades básicas, permitiendo así hacer arquitectura donde antes no se hacía y a la vez mejorar la ciudad monótona e insuficiente generada por la repetición indiscriminada de viviendas sociales. Lamentablemente, en gran parte de Latinoamérica el habitante no percibe su casa como obra arquitectónica, sino como una vivienda y nada más, un montón de casas seriadas que parecen cajas de zapatos, y es que se nos ha incrustado este ideal desde hace ya varios años. Por un lado, el gobierno, en su labor por «crear patrimonios dignos», ha contribuido a reafirmar esta expectativa edificando miles de viviendas en zonas no habitables y, por supuesto, otorgando subsidios para obtenerlas; por otro lado, los arquitectos contribuyen directa o indirectamente a estas ofertas estableciendo una nueva percepción de la arquitectura como estrafalaria, utópica e incluso innecesaria.
En México, el tema de la vivienda es el centro de las discusiones entre arquitectos, ingenieros y planificadores. En este contexto, hacia 1930, el concepto de «arquitectura social» comienza a adoptarse con la construcción de la primera casa de Juan Legarreta, edificada con el fin de sustentar su tesis. Tres años más tarde gana el concurso La casa obrera mínima y se construyen ciento veinte hogares bajo la ideología de que la vivienda, por más minúscula que sea, puede y debe satisfacer las necesidades del usuario sin que esto implique un costo elevado. A raíz de ese proyecto, durante la campaña presidencial de Lázaro Cárdenas se implementaron «las pláticas sobre arquitectura», que buscaban definir y unificar la ideología de la arquitectura para crear un movimiento constructivo acorde con los postulados científicos, económicos y artísticos. Como resultado de estas pláticas, se impuso el funcionalismo. Los arquitectos de esta corriente se pronunciaron por una solución arquitectónica cuantitativa y no cualitativa, apartándose, así, un poco de la estética.[2]

Fotografía de Gustavo Ruiz Lizárraga.

Fotografía de Gustavo Ruiz Lizárraga.

Retomando este principio, cuarenta años después comienzan a construirse en la capital las primeras casas con crédito otorgado por el gobierno. En ellas se buscó que el eje rector fuera la funcionalidad de la vivienda a precios accesibles para el usuario. Para 1974, con el fin de regular los fenómenos que afectaban a la población en cuanto a su volumen, estructura, dinámica y distribución en el territorio nacional, se otorga este mismo crédito al triple de derechohabientes iniciales extendiéndose así a otras ochenta y nueve ciudades.[3] Bajo el lema de «Vivienda digna» y «Tu casa, uso y mantenimiento», siguieron otorgándose subsidios y construyendo miles de hogares que no sólo estaban fuera de la urbe, también prostituían el término de la arquitectura social.
Con un crecimiento acelerado, a finales de siglo se consiguió otorgar más de un millón de créditos para la obtención de viviendas; sin embargo, esto se ha desarrollado más con un fin mercadológico que arquitectónico. Si hablamos del espacio ocupado por las construcciones, sus servicios y la satisfacción del habitante, es notorio que el patrimonio mexicano actual no está hecho con el propósito inicial de crear viviendas integrales para la población de clase media-baja, y es este uno de los
motivos principales por los que la sociedad no cree que la arquitectura es universal y accesible.
Si bien la arquitectura no puede lograr una cohesión social radical, puede (y debe) ser usada a favor de ello. Hemos visto ciudades destruirse a sí mismas o renovarse casi por completo en diez años. En 2015, como un trabajo colaborativo en busca de reconocer y difundir las buenas prácticas de los gobiernos locales, así como promover iniciativas innovadoras que permitan enfrentar los retos que representa el crecimiento de la población urbana, Banamex, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el Centro Mario Molina (CMM), el Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos (Banobras ) y el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT) destacaron que la zona metropolitana del valle de México es una de las más competitivas a nivel nacional[4] (Forbes, 2015); sin embargo, el crecimiento poblacional y urbano en esta zona ha sido desmedido, por lo que la vivienda ha sido construida en un 63% sin planeación, sin aprobación e incluso sin una visión arquitectónica.[5]
Entonces, ¿qué puede hacer la arquitectura para que se frene al mercado? El primer paso para arquitectos y habitantes es recordar y exigir que la arquitectura es un derecho, que sin importar el medio o los factores socioeconómicos, debe estar al servicio de la sociedad. Si al edificar se crean verdaderos patrimonios, la producción arquitectónica pasará de ser un objeto espacial a convertirse en una red que nos una y nos identifique, como un pensamiento adherido a una edificación que ha pasado a ser parte de una relación cotidiana, a nuestra manera de habitar. Una vez entendido esto, es fundamental el desarrollo y producción social del hábitat en el que pueda dignificarse el espacio y darle al usuario un panorama más atractivo de su entorno, en el que la ciudad pueda acoger estas nuevas viviendas, y no que la construcción misma pueda ayudar al habitante a sentirse parte de una sociedad. No es necesario despilfarrar millones de pesos para crear una réplica de Masdar, ni mucho menos crear ciudades nuevas como la fallida Brasilia, pero es preciso recurrir a una herramienta humana básica que a veces pareciera olvidada: la razón.
social1

 

 


[1] Josep Maria Montaner, Arquitectura y política, Barcelona, Gustavo Gili, 2011.

[2] Enrique de Anda, Historia de la arquitectura mexicana, Barcelona, Gustavo Gili, 1995.
[3] INFONAVIT, Informe anual, 1974.
[4] Forbes Staff, «Las 15 ciudades más competitivas y sustentables de México», en Forbes México Sitio, 20 de octubre de 2015, http://www.forbes.com.mx/las-15-ciudades-mas-competitivas-y-sustentables-de-mexico/
[5] Susana González G., «De autoconstrucción; 63% de las viviendas que se construyen al año», en La Jornada en línea, 20 de junio de 2015, http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/06/20/el-63-del-millon-de-viviendas-que-se-construyen-al-ano-son-de-autoconstruccion-consultora-6843.html


Autores
(Ciudad de México, 1995) estudia arquitectura en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y es editora de la revista Metascopios. Textos suyos aparecen en diversas revistas, entre ellas ERRR Magazine, Digo.Palabra.TXT. y A buen puerto.

Gran parte del siglo pasado, la Ciudad de México fue una región oportuna para que personas de toda la república llegaran a vivir los beneficios en trabajo, escolaridad y vivienda; sin embargo, en los últimos veinticinco años, nos dice Georgina Cebey, el techo dejó de ser un derecho y se convirtió en un privilegio para quien pueda pagarlo. En este ensayo, la autora rememora a Juan Rulfo para señalar las prácticas de una industria con bajos estándares de calidad e incapaz de ofrecer incluso los servicios más básicos.

Atrás quedó la ciudad pero todavía no se alcanza a ver un bosque, llanuras o milpas. El concreto persiste. Son miles de hogares, maquetas hechas realidad que se multiplican y toman la forma de pequeñas ciudades. Las casas son idénticas: dos niveles, ventanas y un sitio de estacionamiento. Un tinaco Rotoplas corona cada azotea. Las rodea una muralla que no se ha salvado del grafiti. Son las viviendas de masas de nuestros tiempos: «habitación popular», «de interés social». Fueron diseñadas para proporcionar techo a millones de personas; pero más que ciudades miniaturas, asemejan pueblos fantasmas de calles desérticas. O, tal vez, escenografías de una película de zombis.

La vivienda social en México no siempre fue así. No siempre estuvo tan alejada de la urbe, en parajes que colindaban con el desierto. A mediados del siglo pasado, gracias a un acelerado proceso de industrialización que produjo migraciones del campo a la ciudad, la población urbana incrementó notablemente: el número de pobladores de la capital en 1930 alcanzó el millón de habitantes; hacia 1950 ya superaba los 2.2 millones.1 El 60% de este crecimiento fue producto de un enorme movimiento migratorio que, entre otras cosas, reclamaba nuevos espacios para habitar. En los años treinta la idea de vivienda colectiva comenzaba a ensayarse en conjuntos de viviendas obreras como las unidades San Jacinto (1934) y La Vaquita (1935); para mediados de siglo el proyecto de multifamiliares con financiamiento estatal desplegó sus obras máximas. En ese entonces, el gobierno, los ingenieros y los arquitectos más destacados tenían un propósito único y claro: crear vivienda para las masas. Las plantas en zig-zag del conjunto multifamiliar Centro Urbano Presidente Alemán (1948) en la céntrica colonia Del Valle y el multifamiliar Presidente Juárez (1950) que ofrecía doce tipos de viviendas, ambos financiados por la Dirección de Pensiones, hoy issste; las enormes torres del conjunto urbano Nonoalco-Tlatelolco (1960) que aparecieron en los años siguientes, y las filas interminables de casas de la unidad habitacional Santa Cruz Meyehualco (1961), son testigos de un esfuerzo por poner lo más ambicioso de la arquitectura al servicio de las mayorías.
Mientras que Tlatelolco dio casa a 100,000 habitantes de diferentes clases sociales en un conjunto equipado con escuelas, guarderías, clínicas y locales comerciales, entre otros, la unidad Santa Cruz Meyehualco desplegó un total de 3,000 casas, una parte para los pepenadores que habitaban esos terrenos antes de la construcción del conjunto, otra para trabajadores y una más para los pobladores que durante la ejecución de nuevas colonias habían sido desplazados. Estos espacios, que perduran en la actualidad, además de dar techo a las clases trabajadoras, consolidaron entramados sociales, fueron espacios comprometidos con elevar la calidad de vida. Se convirtieron, hasta ahora, en parte del tejido de la ciudad.

Hoy, la idea de la arquitectura social ha cedido a las presiones de la especulación. Impera la creencia de que los bienes raíces son, antes que nada, un negocio. Vivir en la ciudad céntrica ya no es un derecho: es un privilegio para quien pueda pagarlo. El ideal moderno imaginó una ciudad compartida por diversas clases sociales. La ciudad actual, neoliberal, subasta la ubicación al mejor postor. Durante los últimos 25 años, las viviendas para las clases trabajadoras se han movido a las orillas, desplazando con ello a sus habitantes; hoy, en la ciudad central se construyen rascacielos y centros comerciales que persiguen un modelo de desarrollo urbano donde la prioridad es el interés privado.
Para este modelo de desarrollo urbano, el corazón de las ciudades obedece una lógica comercial, prevalece la noción de que la calle ya no vale como lugar de relación, esparcimiento o contacto entre los ciudadanos. De los objetivos sociales, culturales o simbólicos que el urbanismo confería a las ciudades, no queda mucho. Al caminar bajo los nuevos rascacielos del Paseo de la Reforma es fácil notar que todo lo que debía ser una ciudad ha cedido frente al capital financiero que marca el ritmo de crecimiento de las ciudades. Donde los arquitectos de ayer podrían haber construido un conjunto de viviendas para cientos de familias, hay un nuevo centro comercial. ¿Acaso las señales de la calle intentan decirnos que lo que la ciudad necesita son más sucursales de Starbucks y Zara?
El triunfo del neoliberalismo orilló al Estado a abandonar, poco a poco, su obligación de proporcionar vivienda a las personas, y cedió así la tarea al capital privado. Empresas como Grupo Geo, Consorcio Ara, Urbi, Homex, entre otras, aprovecharon la nueva lógica que indicaba que la vivienda de masas ya no respondía a un derecho básico de los habitantes de las ciudades, sino a un negocio más. De manera indiscriminada, las empresas desarrolladoras de vivienda compraron terrenos a las afueras de las ciudades. Aprovecharon el bajo costo de las tierras y la alta demanda de casas. En esas geografías estériles, donde no hay oportunidades laborales, escasean las escuelas y las tiendas de autoservicios, así como medios de transporte eficaces que conecten estas remotas periferias con los centros urbanos. Obras con bajos estándares de calidad, incapaces de garantizar servicios básicos como drenaje y agua a sus pobladores, se ofertaron en los mercados inmobiliarios como la solución al problema de insuficiencia de vivienda en la metrópoli. A través de créditos, miles de familias se exiliaron a cambio de tener un techo, algo que heredar a la familia.

La unidad de organización básica en una ciudad es la colonia o barrio. Y más que un conjunto de casas, un barrio es una identidad cultural: memoria colectiva, arraigo generacional y un sentido de pertenencia, entre otras. Cada uno tiene su lógica, pero, al estar conectado con la ciudad y con otros barrios, funciona porque se relaciona con el resto de las partes de la ciudad y participa en sus actividades sociales, económicas y culturales. En los conjuntos de vivienda social de mediados del siglo pasado había un elemento clave: eran ciudades que a su vez formaban parte del tejido urbano. Su cercanía con el centro, con las zonas donde estaba el trabajo, la educación y el intercambio, ofrecía a sus habitantes mayores oportunidades de movilidad social.
Las construcciones de interés social ubicadas en las periferias ignoran este factor. Expulsados del centro, los ocupantes habitan un barrio artificial, en el que por cuestiones de distancia pasan poco tiempo. Tal vez lo único que comparten con sus vecinos es el deseo de ser propietarios de una vivienda. Con aceras desérticas, grandes recorridos sin vías arboladas, y carentes de espacios públicos y sitios en donde los pobladores pudieran relacionarse entre sí, fue difícil crear arraigo. ¿Qué habitante podría sentirse integrante de una comunidad en estas condiciones? Con el tiempo y en el mejor de los casos, estos conjuntos habitacionales se volvieron ciudades dormitorios, sitios para pasar la noche y huir. En otros más drásticos, las casas fueron abandonadas, la gente dejó de pagar las hipotecas y la delincuencia se apoderó de ellas. En febrero de 2015, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), dio a conocer que sólo en el estado de México se contaban 400,000 viviendas financiadas por el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT) en completo abandono. Fallas estructurales, mala planificación, inseguridad, escasez de servicios y lejanía son las causas de esta renuncia a la vivienda. Una falla que a nivel nacional se replica y produce los mismos efectos.
Este fracaso, además de demostrar que un barrio no es simplemente una colección de casas, dejó claro que la creación de tejido urbano no es posible sin la voluntad de crear tejido humano. ¿Podemos llamar a esta clase de construcciones arquitectura? Levantadas con el propósito de ser habitadas por miles de familias, terminan ofreciendo lo opuesto: el abandono. Los ladrillos que dan forma a sus muros no son suficientes para dar solidez a una idea de habitabilidad. Las casas podrán permanecer de pie una eternidad pero esa arquitectura, eso que proponen los grandes consorcios para habitar la periferia, es totalmente efímera. Su abandono es una manifestación contundente, una respuesta a los cambios en las lógicas de desarrollo urbano, en las que el habitante parece no importar.
En «Nos han dado la tierra», Juan Rulfo describe el suplicio de un grupo de campesinos que buscan las tierras que la Reforma Agraria les asignó. Caminan en busca de un lugar llamado el Llano, un sitio inhóspito y seco, alejado de todo:
Nos dijeron:
—Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
—¿El Llano?
—Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
—No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
Hoy, la voz de Rulfo parece resonar en aquellos a quienes les prometieron un hogar y recibieron, en cambio, un puñado de desierto.

 

Fotografía de Rosario Kuri.

Fotografía de Rosario Kuri.

 


 

[1]Guillermo Boils, «Segunda Modernidad y las colonias proletarias al oriente de la Ciudad de México. Colonia Diez de Mayo», en Enrique Ayala y Gerardo Álvarez (eds.), El espacio habitacional en la arquitectura moderna. Colonias, fraccionamientos, unidades habitacionales, equipamiento urbano y protagonistas, Universidad Autónoma, México, 2013.


Autores
(Ciudad de México, 1982) es maestra en Historiografía y candidata a doctora en Historia del Arte por la UNAM. Ha colaborado en Letras Libres, Nexos y Tierra Adentro, entre otros medios.

Como una de las disciplinas artísticas más antiguas, la arquitectura está en constante evolución, no sólo por sus entrecruces con el arte sino por la necesidad social de la construcción. En el siguiente ensayo, Christian del Castillo traza la genealogía de la arquitectura nacional para ofrecer un plano, que brinca de Puebla a Chiapas y de Veracruz a Nuevo León, de los mejores despachos y arquitectos jóvenes en la República mexicana.

Contexto

¿Qué función cumple la arquitectura actual? ¿Es utilitaria, es espectáculo, es interdisciplinaria, es social? ¿Para qué sirve o desde dónde aborda las problemáticas actuales? ¿Hay compromiso del gremio arquitectónico o sólo es fachadismo común? Para abordar y definir el concepto de arquitectura hay múltiples aproximaciones. Le Corbusier, teórico, diseñador, pintor, y uno de los máximos exponentes de la arquitectura moderna del siglo xx, dice que la disciplina está más allá de los hechos utilitarios.

La arquitectura es un hecho plástico. Su significado y su tarea no es sólo reflejar la construcción y absorber una función, si por función se entiende la de la utilidad pura y simple, la del confort y la elegancia práctica. La arquitectura es arte en su sentido más elevado, es orden matemático, es teoría pura, armonía completa gracias a la exacta proporción de todas las relaciones: esta es la «función» de la arquitectura.[1]

Así, entendemos que las relaciones plásticas podrían comprenderse a partir de la geometría, la materia y el espacio, y que los hechos utilitarios no son los únicos con presencia en la misma, hay armonía y confort al servicio del «ser humano». Mathias Goeritz comenta que «El arte es un servicio y, si el arte no tiene una función espiritual, todos nuestros esfuerzos están condenados a llevarnos a una clase de arte egocéntrico hecho por intelectuales para intelectuales». El egocentrismo se sitúa perfectamente en la contemporaneidad arquitectónica, lo espiritual y divino de la disciplina queda a un lado, mientras que la parte del espectáculo, la falsa fachada y las luces, giran en torno a la presencia del fingido arquitecto.
Si lo citado por Le Corbusier y Goeritz es pertinente, ¿por qué en la mayoría de las escuelas de arquitectura se enseña aún desde términos autoritarios, estrictos y racionalistas? Lejana del campo de trabajo, del campo de acción, lejos de la periferia, donde no hay contacto con el contexto inmediato, ni con el material, ni con el «usuario», término ambiguo que se usa para referirse al «cliente», que en realidad es el habitante.
Las artes plásticas siempre quedan alejadas de la propia arquitectura; lamentablemente, estas desaparecieron del plan de estudios original de la entonces Escuela de Arquitectura de la UNAM, así como la cátedra de Educación visual que el propio Goeritz impartía basada en los cursos de Johannes Itten y Lászlo Moholy-Nagy de la escuela Bauhaus. Te hacen pensar que el arte sólo se imparte y proviene de las escuelas de dicha enseñanza, aun cuando la historia y la revisión de vanguardias europeas vinculan estas a la arquitectura, lo que hace pensar que no hay un dominio o conocimiento total de la misma historia. Persisten, además, profesores con ideas y métodos de enseñanza decimonónicos, proyectos autoritarios que hacen que el alumno no indague más allá de lo planteado en el salón de clases.
Por fortuna se ha gestado un grupo de arquitectos; una generación que, por suerte, destino, interés o coincidencia, tiene una nueva forma de percibir, pensar, sentir y, sobre todo, vivir en carne propia la arquitectura; una manera de abordar un todo: gesamtkunstwerk (la obra de arte total), partiendo de lo micro a lo macro, referido esto en concepto y repercusión positiva eventual, y no en escala, ya que esta sólo refleja el ego de determinado grupo de arquitectos, quienes no han entendido que lo monumental no tiene que ver con el tamaño y mucho menos con «el gusto y el tacto».
Dicha generación ha planteado bases y procesos interdisciplinarios, correlaciones y participaciones sociales, acciones hermenéuticas, y un vínculo más cercano y directo a las artes. Esta misma habita, propone y trabaja a lo largo de toda la República Mexicana, y a escala internacional, no sólo considerando a la Ciudad de México como punto focalizador de ideas.
Formaciones diversas, intereses comunes y opuestos, experimentación in situ y, lo más tangible de esto: el atrevimiento a transgredir el espacio físico, a apropiarse de narrativas, conceptos e ideas potentes, con un fin positivo y puntual, abordando proyectos que van desde la intervención para un sitio específico hasta la de blocks de arena, generando un espacio habitable y sutil para el ser humano, proyectos de una naturaleza sensible, lejos de los reflectores y del espectáculo citadino.

PLANOS PARA LA NUEVA ARQUITECTURA MEXICANA[2]
S-AR
Monterrey | s-ar.mx

Taller colaborativo de arquitectura alternativa con base en Monterrey, fundado en 2006. Su trabajo se enfoca en el diseño y desarrollo de proyectos de arquitectura de diversas tipologías y escalas, incluyendo diseño urbano, así como mobiliario y otros objetos o proyectos editoriales independientes sobre temas de arquitectura.

■ Módulo 10×10. Prototipo de vivienda emergente. Sistema constructivo experimental basado en el aprovechamiento de cimbras industriales de reuso. Proyecto desarrollado en conjunto con el programa 10 casas para 10 familias del ITESM

Módulo 10 x 10. Imágenes tomadas del sitio: http://s-ar.mx/home/modulo-10x10/

Módulo 10 x 10.
Imágenes tomadas del sitio: http://s-ar.mx/home/modulo-10×10/

 

JAPI
Guadalajara | japi.mx
Estudio de arquitectura con base en Guadalajara. JAPI es un equipo interdisciplinario integrado por arquitectos, diseñadores, ingenieros y urbanistas dedicados a la práctica de la arquitectura, la investigación y el activismo en la ciudad. El estudio utiliza la memoria histórica para crear espacios conscientes a su entorno. Su «elegancia divertida» es producto de la reinterpretación de las cualidades espaciales y materiales de otras épocas, dándoles un lugar en la arquitectura actual, de forma lúdica y más allá de cualquier tendencia. Su hacer diversifica y «arquitecturiza» procesos. JAPI se rige por metodologías de colaboración y autogestión que relacionan personas, economías, culturas e ideas.

■ Casa-habitación Marsella 380. Adecuación de casa habitación. La finca fue construida en la década de los años setenta; para su reestructuración se planteó como premisa utilizar una paleta de materiales característicos de la modernidad tapatía y de la arquitectura popular del oriente de la ciudad que han venido desapareciendo con el paso del tiempo. Celosías prefabricadas de concreto, mosaico de pasta, herrería tradicional y vitroblock son los materiales que integran dicha paleta.

MARSELLA-280-2007-2

 

 

Casa-habitación Marsella 380, Guadalajara, 2007 Imagen tomada del sitio: http://japi.mx/obra/marsella-38

Casa-habitación Marsella 380, Guadalajara, 2007
Imagen tomada del sitio: http://japi.mx/obra/marsella-38

 

Intersticial arquitectura

Querétaro | intersticial.com.mx
Taller multidisciplinario dedicado a diseñar experiencias en espacios que sirvan a la gente y su entorno. La calidad y poder en el diseño son la premisa que exige al taller a actuar de acuerdo a las necesidades reales, sensibilidad y problemática que cada ejercicio requiera. Trabajan de manera detallada y meticulosa para resolver el ejercicio en cuestión. Consideran que no se debe marginar ningún ángulo del diseño, puesto que el proyecto debe funcionar como un todo cuyas partes estén íntegramente engranadas, tanto al exterior como al interior. El diseño debe ser honesto para que el lugar posea esencia única, sin pretensiones, pero asumiendo sus limitaciones. Les interesa explotar la creatividad en cada oportunidad sin importar la escala a lidiar.
Desde un objeto, mueble o casa, hasta un planteamiento urbano. Los detalles expresan lo que la idea fundamental exija. La arquitectura que proyectan está plantada en el sitio con fuerza y pertenencia, considerando siempre lo existente para «entretejer ciudad» desde el sitio, su inmediatez y contexto de manera responsable e integral. Actúan por tectónica: un entendimiento técnico y sensible del comportamiento de los materiales al momento de unirlos en un determinado lugar.

Espacial, 2012. Ejercicio de exploración espacial y composición, una línea estrecha entre arte, escultura y arquitectura.

Espacial 2012. Imagen tomada del sitio http: //www. intersticial.com.mx/ espacial.

Espacial 2012. Imagen tomada del sitio http: //www.intersticial.com.mx/espacial.

Rogelio Sánchez
Puebla | metodosalgari.com
Rogelio Sánchez es arquitecto y maestro en historia. Su actividad profesional se ubica entre la obra arquitectónica, la investigación y el arte contemporáneo, en los límites entre la construcción, la escultura, la instalación, el site specific y la arquitectura experimental. Es fundador del colectivo artístico ítalo-mexicano El Método Salgari con el que ha realizado proyectos y exposiciones en Europa y México. Cuenta con una distinguida trayectoria académica de más de quince años. Es coautor del libro Lecturas de historiografía antigua y renacentista (2004) y compilador del libro Recordar la historia (2007), ambos publicados por la BUAP. De enero de 2010 a diciembre de 2015, dirigió el Departamento de Arquitectura en el Tecnológico de Monterrey en Puebla.

■ Gritario, 2014. Arquitectura experimental con alumnos del ITESM campus Puebla.

Gritario.  Imagen cortesía Rogelio Sánchez.

Gritario.
Imagen cortesía Rogelio Sánchez.

G+G ARQUITECTOS
Veracruz | @jaimarq
Experimentando desde fuera de lo «arquitectónico» como disciplina, el despacho G+G Arquitectos busca responder a las condiciones particulares de cada proyecto arquitectónico, entendiéndolo como un acontecimiento único, sin la intención de encontrar una constante en cada obra. En este sentido, conciben a la arquitectura como un esquema cognitivo vivo transitorio en el tiempo. Jaime García Lucia se ha enfocado en la búsqueda de metodologías alternativas teóricas y plásticas, al tiempo que introduce diferentes métodos de enseñanza en su labor como investigador y académico de la Universidad Veracruzana. Coeditor de la revista ARQ con vaivén de hamaca, Jaime García Lucia trabaja con amigos arquitectos en Basement Instituto de Arquitectura, un organismo no lucrativo que intenta fomentar la educación en la arquitectura a través de otras dinámicas. Recibió mención honorífica en la VIII Bienal de Arquitectura Mexicana y ha sido becario del FONCA y del PECDA.

■ Contenedor, 2010. Reciclaje de un contenedor siniestrado, muestra itinerante sobre los primeros tres años de la revista ARQ con vaivén de hamaca.

Contendor, 2010.

Contendor, 2010.

Hans Kabsch
Tapachula | hanskabsch.com
Hans Kabsch arquitectura surgió como despacho independiente. Su manera de trabajar es por medio del networking, el proyecto nace y se desarrolla a través de una nube donde se cruzan todas las ideas. La base está en Tapachula, Chiapas, pero los colaboradores de determinados proyectos pueden estar en la Ciudad de México, Pachuca o Vancouver.
Otro detalle importante es que combinan el aspecto de diseño con el de investigación, paralela del legado de arquitectos del movimiento moderno chiapaneco; muchas de las soluciones para un clima tropical de los años cincuenta y sesenta, descubiertas y documentadas por la oficina, se analizan con el fin de reutilizar soluciones en sus proyectos.

■ Casa Roja. La propuesta se sitúa en un terreno de diez metros de frente por veintiséis de largo con una planta distribuida de suroeste a noreste con el fin de regular la temperatura y la luz natural en la vivienda; ambos aspectos auxiliados por los dos árboles relevantes en tamaño y existentes del entorno: un ficus al sur y un cedro al extremo norte.

casa-roja-por-Hans-Kabsch-9

casa-roja-por-Hans-Kabsch-16

casa-roja-por-Hans-Kabsch-15

Casa Roja, Tapachula, 2014. Imagen cortesía de Hans Kabsch. Fotografías: Onnis Luque R.

NUEVOS DESPACHOS EN LA CIUDAD DE MÉXICO

La Ciudad de México se posiciona fuerte ante el mundo en el tema arquitectónico, generando así una simbiosis y un diálogo con el resto del país; hay relaciones e influencia entre los respectivos estudios interdisciplinarios, cimientos fuertes sobre una nación histórica. Destaco las siguientes propuestas discursivas:

Alberto Odériz
Ciudad de México | albertoderiz.com
Además de la arquitectura y el urbanismo, Alberto Odériz trabaja con la fotografía, la pintura, el collage o la escultura con las que ha participado en exposiciones en España y México. Recientemente ha sido ganador del concurso de urbanismo oppta con un proyecto para Chimalhuacán (2012), premiado en el concurso Jóvenes Artistas de Pamplona (2011), segundo lugar en el concurso para el Pabellón de México en la Bienal de Venecia (2014), mención honorífica en el concurso de urbanismo para la Merced en la Ciudad de México (2013); también ha obtenido mención en el concurso para intervenir el patio de El Eco (2015). En 2014 construyó la instalación El Zócalo, un ágora de ladrillo que estuvo en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México.

■ El Zócalo. Con motivo de la Feria de las Culturas 2014, en lugar de construir un monumento (todo significado y ningún uso), se propone un zócalo para que las personas estén en él (todo uso y ningún significado). Un pequeño foro de veinte metros de diámetro levantado con el material pétreo más barato del mercado (tabicón de 24 x 12 x 7 cm) y pensado para recuperarlo una vez finalizada la feria.

 

Zeller&Moye
Ciudad de México | zellermoye.com
Zeller & Moye es un estudio conformado por Christoph Zeller e Ingrid Moye que trabaja en la intersección de arquitectura, arte, diseño y nuevas tecnologías a través de una cultura de trabajo experimental, multidisciplinaria y colaborativa. Habiendo colaborado con SANNA en Tokio y con Herzog & de Meuron en Basilea y en Londres, ambos se consagran al diseño de la más alta calidad y a la habilidad en la manufactura.

■ Troquer, México, 2016. El nuevo espacio para la empresa online de comercio de Moda Troquer se ubica en Polanco, en la Ciudad de México. Se ha transformado una residencia existente en una casa de moda con un área de almacén visitable en planta baja, un estudio de fotografía y espacios de oficinas en el nivel superior.

Troquer, México, 2016.

Troquer, México, 2016.

DEAR
Ciudad de México | dear.mx
DEAR es una agencia creativa que interviene en proyectos de diseño, dándoles sentido, coherencia y mezclando diferentes campos y sensibilidades. DEAR se implica en proyectos arquitectónicos y comerciales; es decir, en todo lo que toca al diseño y la dirección de arte, del espacio al objeto, del 3D a la imagen, crean y llevan a cabo conceptos artísticos que se vuelven ambos ejecutados y eficaces.

■ Germinal niños, 2015. Instalación en Casa del Lago durante el festival pcip Germinal Niños. Se trata de una intervención arquitectónica que cambia la percepción de la escultura del poeta León Felipe. La plataforma alrededor de la escultura tiene una doble función paradójica: esconde e invita los niños a subir y a enfrentarse con el poeta.

Germinal niños, 2015.

Germinal niños, 2015.

Francisco Elías
Ciudad de México | Elias-architecture.com
Oficina de arquitectura, diseño y construcción bajo el nombre de ELÍAS ARQUITECTURA, con sede en la Ciudad de México, desde donde atiende proyectos privados y públicos con la filosofía de crear una plataforma de pensamiento, análisis e investigación donde las colaboraciones con especialistas de diferentes campos del conocimiento se integran para realizar proyectos personalizados que atienden de forma estricta los requerimientos que cada proyecto demanda. Cuenta con obras en varias ciudades del país, así como en Miami, San Antonio y París.

Penthouse en la colonia Roma, México, 2016.

Penthouse en la colonia Roma, México, 2016.

romapenthouse_02

FUNDAMENTAL
Ciudad de México | fundamentalmx.com
La constante participación en concursos de arquitectura consolidó al equipo y amplió el horizonte de su profesión. En la disciplina encontraron la confrontación de ideas y la exploración de procesos de trabajo, la posibilidad de probar estrategias de diseño en temas como el espacio público, el diseño arquitectónico y la arquitectura de paisaje: trabajar con el vacío como con el espacio construido, porque en él está todo potencial de articular la vida pública de la ciudad a través de las dinámicas urbanas, el arte y la gente. Sin embargo, no han dejado de observar las posibilidades que tiene la arquitectura para participar de forma transversal con otros medios y disciplinas. Sin duda, sigue siendo una de las principales rutas de exploración y lo hacen con proyectos personales tanto como con su obra, sumando la experiencia particular de cada uno de sus integrantes y su vínculo con la docencia, la impartición de talleres y la exploración o análisis de temas urbanos.

Barrio Chino-Mercado de Artesanías. Plaza del Buen tono, 2014.

Barrio Chino-Mercado de Artesanías. Plaza del Buen Tono, 2014.

CONCRETANDO

El quehacer del arquitecto no sólo es de orden funcional; implica valores, esencia y espíritu. La arquitectura contemporánea en México y su marco internacional, aportes, metodologías, conceptos, acciones y hechos. Materiales, forma, detalles y ligereza se manifiestan intrínsecamente. Espacios contenidos y contenedores, sumados al entendimiento de un contexto y un objeto, traducido en interdisciplina y provocación, binomio perfecto en las ecuaciones contemporáneas creativas.
Si bien el gran legado de las propuestas arquitectónicas del siglo xx en México persisten aún con fuerza y presencia, debido a una serie de cualidades y características de época, las actuales comienzan a hablar por sí solas; basta dejar pasar el tiempo y la experiencia del habitante: estos serán los jueces finales en la decisión formal de la creación arquitectónica actual en nuestro país. Ya lo dijo Octavio Paz: «la arquitectura es el testigo insobornable de la historia porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él, el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones».

 

 

 

 


 

[1] http://www.arquine.com/en-palabras-de-le-corbusier/
[2] La información de cada despacho o arquitecto fue tomada de las páginas de los respectivos proyectos. Las fotos fueron cedidas para ilustrar este texto con permiso de los despachos.


Autores
(Ciudad de México, 1981) fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en la categoría Diseño Arquitectónico. Es coautor de La guía Goeritzy curador del programa MicrourbanismoCH de Casa Vecina.

Los jóvenes creadores están en constante renovación y (re)construcción. Pocas ideas resisten el paso del tiempo y aun menos son coherentes con la actualidad. Por esta razón, en Tierra Adentro decidimos enfocarnos en la arquitectura para desentrañar a una disciplina artística que, por su materialidad, responde a intereses sociales y económicos. En este dossier, los jóvenes especialistas Christian del Castillo, Georgina Cebey, Marianne Bautista y Carlos Ortega discuten sobre las posibilidades artísticas de la arquitectura, las desventajas de estar atados a intereses económicos y las fallas del sistema social, a la vez que trazan una genealogía y lanzan propuestas de lo mejor de la arquitectura nacional. Ilustra este dossier el trabajo de los fotógrafos Aglae Cortés, Gustavo Ruiz Lizárraga, Rosario Kuri y Tonatiuh Cabello Morán. Para complementar de manera temática, dedicamos el portafolios de esta edición a Andrea Tejeda Korkowski, quien a través de su trabajo visual hace preguntas sobre lo efímero y lo eterno del cuerpo-paisaje.
Complementamos este número con cuentos y ensayos de Nazul Aramayo, Rogelio Pineda Rojas y Andrea Garza Garza, y con poemas de Miroslava Rosales, Eduardo Padilla y Fernando Trejo.

216_portada

Dossier

«Ficción arquitectónica»

Planos para el futuro 

por Christian del Castillo

Construir la nada 

Por Georgina Cebey

Arquitectura, ¿social? 

Por Marianne Bautista

Prisioneros voluntarios

Por Carlos Ortega

Cuento

La monalilia y sus estrellas colombianas

Por Nazul Aramayo

Ensayo

Bitácora de una pussylánime

Por Andrea Garza Garza

CUENTO

Canchas adoptivas

Por Rogelio Pineda Rojas

POESÍA

Dos poemas 

Por Miroslava Rosales

La lección de canto 

Por Eduardo Padilla

Pobre Anamar

Por Fernando Trejo

PORTAFOLIOS

Paisajes

por Andrea Tejeda Korkowski

CRÍTICA: LIBROS

Sobre Caja negra

que se llame como a mí

Por Patricia Arredondo

CRÍTICA: ARTE

Metinides y los Witkin 

Por Vera Castillo

FORMAS BREVES

Confesión 

por Lola Ancira


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Recuerdo que a las fiestas de la universidad (esas que tenían lugar en departamentos o en casas de amigos, donde se bebía cerveza caliente y que terminaban a las 5am porque a esa hora volvían a abrir el metro) asistía un misterioso compañero, desaliñado y torpe, que no sabíamos realmente por qué iba. Llegaba sin saludar, no platicaba con nadie, hurgaba todas las conversaciones de la fiesta y finalmente se iba, sin más.

Después de haber comenzado a escribir en este blog de Tierra Adentro como quien llega a una fiesta en la que no se divierte, y haber escrito casi cincuenta textos en un año y medio, creo que es hora de irme sin más. Ni siquiera quiero que esto parezca un texto de despedida: es, en todo caso, el sonido del portazo que escuchamos cuando alguien ya se fue.
Me invitaron a colaborar en Tierra Adentro porque, además de tener dos cualidades —ser menor de 35 años y no ser de la Ciudad de México—, presentaba la ventaja de estar muy dispuesto a escribir por ser un editor de casa. Agradezco mucho el espacio y agradezco a todos los lectores que me leyeron en el blog. Agradezco especialmente a aquellos que se burlaron de mi prosa, que cuestionaron radicalmente mis argumentos y que incluso me llamaron idiota a secas.
He decidido dejar de escribir en el blog porque considero que, al ocupar un cargo público —es decir, al ser un funcionario— no debería ocupar los espacios, tan pocos que son, destinados a los escritores. Mi opinión sobre muchos temas —y no lo digo decorativamente— importa menos que la de otras personas. Si se trata de traducción, de literatura francesa, de historia literaria, puede ser que tenga algo que decir y algo digno de ser tomado en cuenta, pero ha de ser en otro espacio donde lo publique.
Por último sólo quisiera dar una explicación que nadie me pidió. Elegí los temas sobre los que escribí porque los conocía. En fin, porque sabía de eso más que de otras cosas. Sé que tengo una especialidad, la literatura francesa del siglo XIX, porque eso estudié y porque traduzco, escribo y edito mejor este tema que otros. Sin embargo, también debo decir que muchos textos los escribí desde el cansancio y otros más desde la ansiedad, por lo que no estaría mal dosificar las dosis de verborrea de vez en cuando y ahorrarme la fatiga de escribir por compromiso.
Después de todos estos meses, creo que lo más cómodo para mí hubiera sido pensar que el lector es un conformista. Yo prefiero pensar, y espero que se note, que el lector es la persona más inteligente que conozco. Por eso tengo la certeza de que sabe que, al dirigirme a él con estas palabras, me estoy mordiendo la lengua.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

1) Afuera del cuadro: Necesitas un mirador para pintar un cuadro de la naturaleza. Siglo XIX, Edo. Mex.:

Se paró en medio del camino. Bajó del caballo sin decir algo al niño que lo acompañaba. El niño, que caminaba desde hacía horas detrás de él, no preguntó tampoco nada. En realidad no iban juntos. Es decir, estaban juntos en ese viaje, pero no se conocían. Al salir de Temascalcingo, el hombre volteó hacia atrás y se percató de que lo seguía. Vio al niño ahí, andando con huaraches rotos y suciedad en la piel. No le dijo nada que lo invitara a seguir; no hizo nada tampoco por dejarlo atrás.

Y ahí estaban ahora, en medio del camino. El valle hacia abajo, la bruma en la distancia con rieles e indios construyendo el nuevo tren. Eligió un lugar donde el pasto estuviera suficientemente mullido. Abrió el ánfora y sacó sus materiales. Una hoja, pequeña, amarillenta, y un carbón; una libreta fina y una pluma de ave, tinta. Vio las líneas que el paisaje pintaba en el aire. Iba a estar toda la tarde ahí. El niño, parado a unos metros, lo veía fijamente sin emitir sonido alguno.
Comenzó por la pluma. Cerró un momento los ojos y de un respiro profundo inhaló el aire del monte. Describió capas, describió hojas y peces, aunque ahí no había ninguno. Describió también algunos pájaros que vio en sus sueños. Un bestiario crecía en cada viaje. Una obra genial, un tributo a la imaginación refinada de la época, a las posibilidades. Su mente se exaltaba ante los elogios por venir. Y a su espalda, el niño lo veía. Se habría olvidado ya de él, de no ser por un olor a sudor que le parecía detectar cuando un refilón de viento le tocaba la nariz. Ligero, agrio.

Después de un par de horas de delinear cimas y animales hermosos, el hombre tomó un pedazo de pan y bebió vino hasta sonrojarse. Comió queso y jamón y, para terminar, una magdalena: «una malena», como le decía la nana ya viejísima que rondaba aún por la hacienda. Satisfecho y feliz, comenzó a reclinar la espalda para tomar una siesta cuando una visión desagradable turbó su paz. El niño seguía parado en el mismo lugar, en silencio. Ni siquiera su respiración fuera perceptible. La imagen alejó la modorra e incluso le revolvió un poco el estómago. El hombre no le dijo nada, para qué.

Un poco turbado aún, tomó la pluma y comenzó a describir un ajolote. Un ajolote en primera fase en un río. Los caminos de la pluma siguieron su propio rumbo y, además de una historia hermosa, dibujó con detalle cada parte del animal. Una disección científica hecha sólo con la memoria. Recordó entonces a un muy querido amigo que alabó, tan solo un día antes, su multiforme ingenio. Con el pecho henchido, miró hacia el valle.
El sol comenzaba a tomar la dirección de sus ojos y tuvo que voltearse para evadir su luz. Allí estaba de nuevo la figura pero, ¿por qué no se movía? Llevaban horas en el lugar. Tenía que sentir algo: cansancio, hambre, algo. El hombre se encolerizó. No podía entender por qué lo miraba. Le dedicó un segundo: no, no lo reconocía. El niño lo veía sudando, ahí mismo, sin acercarse, sin decir nada. Más cólera: por qué no se sentaba, por qué no limpiaba el sudor de su sien y, de paso, cómo podía recorrer los caminos con los huaraches rotos, tan rotos que no eran más que jirones de cuero.

No tenía intención, ni finalidad. La luz disminuía pero quedaba tiempo aún para un cuadro más. Quiso volver a uno de sus elementos favoritos: el Iztaccíhuatl. Tomó la pluma y comenzó a detallar con voz exaltada la elegancia de las capas de aire acariciando la suave piel del volcán. El carbón bailaba a la par de las palabras con trazos lentos y rotundos. El vals del arte, la luz crepuscular, el aire puro… No, el aire no era puro. Ahí estaba el olor. Ahí seguía la figura.

Se levantó de un brinco, esta vez determinado a acabar con la situación. Ya enfrente del niño, sin decir palabra alguna, lo tomó de las axilas y lo alzó con asco. Estaba a punto de lanzarlo, cuando lo vio de frente, a los ojos. Algo en su memoria se activó. Algo lejano y difuso. Su estómago se agitó violentamente y el cuerpo se le arqueó hacia adelante, autónomo. El niño cayó al suelo con un sonido sordo, como de bulto. El contexto empezaba a teñirse con un cariz de irrealidad. Ante el recuerdo, cada vez más claro, el tono rojizo del valle se difuminaba rápidamente.

Despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. Posiblemente poco, a juzgar por la luz. Se irguió con dificultad y constató que sus preciados objetos aún estaban ahí. Tenía un poco de sangre en una mejilla, pero aparte de eso, todo parecía estar bien. El aire recuperaba su fragancia a hierba y polvo. Montó su caballo y miró por última vez el valle. Entre penumbras se percibía poco, pero el artista notaba aún la belleza. Sensible como era, cada poro se exaltó pensando las líneas por crear. Su ánimo se llenó de felicidad renovada y comenzó el camino a casa, dispuesto a seguir creando obras maestras.

velasco 1

 

2) Primer plano. También hay detalles que resaltan, por ejemplo, las serpientes. Principio del siglo XX. Edo. Mex.:

El día está lleno de furia. Sol furioso y tierra volando en el aire, en torbellinos. «No se puede confiar en las mujeres. No se puede. Un minuto y ya estaba hablando con él. Vi en sus ojos rastreros el brillo. Lo negó todo pero yo sé que el maldito brillo estaba ahí».

Con la rodilla en el suelo, Tifón tiembla en medio de un camino de piedra y hierbajos. Ya la tiene. Toma la serpiente por debajo de la cabeza, aprieta con la otra mano la cola. Oprime, la estrangula con todas sus fuerzas. «El tintineo en su voz y su coquetería de puta». Lleva la cabeza de la serpiente a una roca. Con la mano libre coge una piedra y pega con fuerza. Luego remata triturando los sesos. El cuerpo acéfalo se sigue moviendo en el suelo y el polvo dibuja curvas bajo la línea zigzagueante.

Tifón recuerda en sus movimientos a la mujer, cada vez más débil bajo sus manos. Ve sus ojos inyectados de sangre. El cadáver deja de moverse. «Yo te vi, puta, te vi. A mí no me haces pendejo». Tifón transpira por cada poro, el cabello se le pega a la cabeza en líneas saladas. Entre sus temblores cree ver el cadáver que empieza a perder densidad. Escalofríos. La recuerda de nuevo ya con el cuerpo como de víbora, suelto y extendido sobre el suelo. La cabeza le palpita y los ojos se opacan con manchas de luz. Hace un esfuerzo por abrirlos y entrevé entonces plumas, plumas blancas, plumas que flotan y se desprenden. Zonas de claroscuro, dolor intenso en la cabeza y luces. Ve el cuerpo manchado: ahora se desintegra y se dispersa en el aire. Luego, el aire mismo desaparece. El paisaje se extingue bajo sus ojos cerrados. No queda nada más sobre el suelo que las huellas que la muerte ha dejado detrás, y Tifón, recostado en forma de ovillo, respirando cada vez más suave.

velasco 23) Segundo plano. Y en medio el vacío.

velasco 3

4) Tercer plano. Atrás, los volcanes: La mujer dormida. Siglo XXI. Edo. Mex.

Lerma hierve a esta hora. Lázaro toca la pierna con sus manos callosas. Los últimos años le ha dado por acariciar algunos lugares en especial. Le encantan las axilas y las piernas, pero lo que más le gusta es el ombligo. No sabe por qué, pero no se puede resistir al ombligo chiquito y redondo de una mujer. Para allá suben sus dedos cuando escucha el grito. «Ándale, cabrón, échala ya al río. Viene el jefe de regreso y todavía faltan tres más».

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

La buena improvisación siempre ha sido un tema nuestro. Aunque veces se nos olvida que carecemos de grandes jazzistas y estamos saturados de seudoactivistas, en las actividades nacionales siempre hemos podido componer bien a la hora de la hora: un cuchillo en el pasto para que no llueva, una cartulina a unos minutos de la clase, una pastilla azul para callar lloriqueos prematuros. Tristemente, nuestras improvisaciones de última hora, si resultan, es porque no estaban planeadas. Eso no lo supo Juan Carlos Osorio a la hora de presentar una alineación sin sentido: una improvisación planeada.

En el mismo estadio donde México enfrentó a Uruguay dando una muestra muy aceptable de lo que venía a futuro y donde los Broncos ganaron el Super Bowl, el sábado los chilenos perpetuaron el arte poética de su mejor poeta: Neruda. Alexis Sánchez, Eduardo Vargas y Edson Puch acumularon goles como Neruda acumulaba imágenes poderosas. Enumeraron goles y goles como Neruda versos y versos. Mientras los seleccionados mexicanos obedecían a su programación casi sanguínea del «así es aquí»; los chilenos aprovechaban una distracción perfectamente evitable.

Osorio nos había convencido por una elegancia y una cierta discreción a la hora de enfrentar a la prensa. Si José María Jiménez hubiera enfrentado al Piojo después del Uruguay/México estaríamos hablando de una golpiza segura o al menos de una enumeración de insultos tan amplia como el repertorio en verso del Canto General. Pero nuestro técnico cafetalero nos había convencido por sus normatividades a la hora de jugar en lo extra cancha. No abundan los comerciales, no hay polémicas con periodistas, no hay escenas de hijas endemoniadas. Ya en el campo, vimos actuaciones sorpresivas y muy eficaces de sus seleccionados. Jesús Corona traía un ritmo de juego tan bello como la musicalidad de Residencia en la tierra; Héctor Herrera recibía el balón, salía jugando y daba pases como si hubiera plagiado a un Iniesta despistado. La media y el ataque comenzaban a florecer como nunca. Canadá/México, creo, es la mejor muestra de los nuestros en este tránsito del colombiano. Un 3-0 potente, donde Hernández logró liberarse de sus propias trampas y Lozano funcionó mejor: de revulsivo. Las redes rivales brillaron ese día y también contra Uruguay. ¿Por qué? Porque teníamos un diseño de plataforma y jugamos bien. Nos faltaba evolucionar ese diseño y concretarlo para las competiciones posteriores (Olimpiadas y Mundial). Para ello, necesitábamos al mejor Layún, al mejor Héctor Moreno, al mejor Guardado y por supuesto: al mejor portero.

El México/Chile me recordó mucho el cuento del guardagujas de Arreola. En esta narración, un viajero llega a una estación donde existen los rieles pero no los trenes. Algo así nos pasó: teníamos once jugadores pero nada de futbol. Osorio quiso hacer rotaciones de porteros durante la copa sabiendo que uno de ellos es mejor que los otros dos por el liderazgo y la continuidad en su equipo. Banquearlo fue inaceptable y novato. Ninguna selección rota porteros como la nuestra y lo han hecho varios directores no por inseguridad, sino por otro mal mexicano tan desnudo en el ambiente empresarial: la soberbia. «Los tres son tan buenos que cualquiera puede», han dicho algunos técnicos. Los amantes saben que sólo esa persona es quien mejor sabe hacerlo. ¿Por qué no aplicarlo con los porteros? Ochoa no tuvo la culpa de la goliza nerudiana: fue quien escogió a Ochoa. Fue quien improvisó una alineación en la que Guardado, Layún, Aguilar, Herrera, Lozano y Dueñas involucionaron terriblemente. El peor Guardado es el que defiende; el peor Layún es el que es culpable de su imagen y su torpeza en la banda y no de su juego; el peor Herrera es el que tocó el balón como 5 minutos en todo el partido sin concretar sus pases; el peor Aguilar es el que sigue haciendo apología de la teatralidad dejando un pasillo amplísimo para 3 goles chilenos y el peor técnico es el que cree que un portero que sólo jugó 11 de 49 partidos en toda la temporada va a responder como Neuer. Corona venía de sufrir la depresión casi obligada que es pertenecer a Cruz Azul y de dar partidos muy por debajo de su mismo nivel; necesitábamos a ese Corona olímpico que ya no está, que sólo va a regresar cuando su equipo regrese a ser imponente. Mientras tanto, Talavera, guardián de infiernos dantescos, venía de ser un buen líder en su equipo y de dar una actuación tremenda contra Uruguay. Incluso Cavani se acercó a rumorearle algo después de esa atajada: Talavera funcionó como el gran cancerbero de Dante. Si vienes de dar tu mejor partido contra una potencia futbolística, ¿para qué la necedad de las rotaciones? Contra Venezuela, Corona no funcionó como debería y Ochoa contra Jamaica… Bueno, ¡es Jamaica!

Encuestas facebookeras y demás lo dejaban como el mejor para el partido contra Chile. Mucha afición funciona mejor a partir de lo que la mayoría rumora: así pasó con Fox para el 2000 y con Mancera para el DF. Nuestra democracia es así: empeoramos mejor en grupo sabiendo que la tragedia puede evitarse. Igual con el amor o con la alineación de la selección. Planeamos decisiones sabiendo a qué estación van a llegar. La estación a la que tiene que llegar el viajero del cuento de Arreola es «T.», pero, como le dice el guardagujas, «podría darse el caso de que creíste haber llegado y sólo fue una ilusión». Democracia y éxito futbolístico: la llama doble que nunca prende de verdad. Nuestra afición cae en ese espejismo: aunque veíamos que el paisaje iba quedando atrás y que el tren llevaba moviéndose semanas, siempre estuvo detenido.

La cruda siempre dura más que la fiesta. En la zona donde la felicidad está lejos y el dolor nos invade como una hiedra por todos lados, hacemos el intento por tomarnos en serio el acto de la reflexión aunque después acabemos en las mismas. Los amantes y los que cedieron por la ebriedad nunca han dejado de ser «el peor es nada». Nuestra afición funciona de una forma casi gemela: después de un 7-0 frente a una selección mal dirigida (sí, Chile venía de ser mucho más mal dirigido que México), la afición nacional celebrará en unos meses un 3-0 molero contra cualquier selección caribeña o el equipo B de una europea. Engañada por sí misma, la afición también tiene su «ya no voy a tomar», «ya no le voy a escribir».

La selección funciona como la empresa ferrocarrilera del cuento: «una empresa que sólo es fama, taquillas, boletos y publicidad, pues en realidad nadie sabe cuándo pasa el tren, a dónde va, dónde se detendrá o si avanzará». Los seleccionados nos pidieron perdón como los peores enamorados: después del engaño. Por más que se responsabilicen el daño permanece. La guía metafórica de usar el medallero y las selecciones de futbol como termómetro social, político y económico sigue siendo bastante fiel. Ahí está Brasil y ahí está Alemania; ahí está Estados Unidos y ahí andamos nosotros.

Hemos guardado miserias durante años, ya no sólo en nuestro futbol: como ciudadanos, como amantes, como amigos, como enamorados y como individuos.

Esa misma noche, se preparaba una goleada trágica de México hacia México en la ondulada tierra oaxaqueña.

 


Autores
(Toluca, 1991) estudió Comunicación Social y escribe crónica. Fue becario en el área de poesía de la Fundación para las Letras Mexicanas