Tierra Adentro

Tenía un texto completamente distinto para arrancar con esta columna, uno lúdico y cariñoso hacia las criaturas siniestras que apapacho día tras día. No puedo. Ayer, poco antes de mandar la primera de muchas opiniones leí en redes sociales el encabezado que ya todos comparten: “Hijo del cineasta León Serment planeó el asesinato de sus padres”. No puedo distanciarme del horror y la tristeza que me produce.

El dolor no se queda en la lectura de un encabezado. Un cineasta brillante, un padre, un hombre generoso con sus colegas y amigos, admirable. Lo lamento muchísimo, y el dolor me confunde las palabras, unas por rabias y otras por temblores.

Los usuarios de redes sociales se dividen en tres grupos. Los indignados, los morbosos y esos a los que ya nada les sorprende porque, en sus palabras, este país es una puta mierda. No sé a qué grupo pertenezco. Que si el hijo esto, que si la novia lo otro. Un tuit un poco más idiota culpa a los padres por los tropiezos de los hijos y otro más, califica de monstruoso (con el respeto de todos los monstruos) al joven autor intelectual del crimen. Sé que la noticia será opacada por el concierto de Roger Waters (sí, RENUNCIA) y la marcha del dos de octubre (no olvidamos). Sé otra cosa; a veces pareciera que ya no nos queda otro refugio, sólo el de la imaginación.

Siempre he pensado que la imaginación es una herramienta que a muchos nos empodera para combatir al horror, para cobijarnos los unos a los otros, para abrazarnos a pesar de estar lejos. ¿Qué hacemos con los monstruos entonces? ¿Qué estamos haciendo con los propios para evitar que se nos despierte el Mr. Hyde alimentado de toda la violencia?

Dar noticias es mi trabajo y hay días donde son tantas y son todas tan malas, que lo único que quisiera es tomar a mi hija y escaparnos juntas al mar. Pero hasta en esa fantasía regreso de la playa pensando que todavía tengo algo que decir y que en una de esas, algo puedo cambiar.

Descubrí en los últimos años de mi vida que mi realidad es horror y mi refugio es terror. Sabemos que horror y terror no son la misma cosa. Sin embargo. hay algo que comparten: el miedo.

El miedo es encuentro. El miedo es purificación, como bien lo señalan Vicente Quirarte y Eduardo Ruíz Saviñón. El miedo es la emoción más primitiva del hombre. Es un catalizador de toda clase de manifestaciones artísticas. Libros, películas, música, toda una estética. Un espacio narrativo donde el asco y el espanto puede reconfigurarse y salvarnos; redimirnos.

Sé por lo menos que en ese espacio no estoy sola, somos muchos los que acariciamos a los demonios, los entintamos en nuestra piel y hasta les agarramos cariño.

Nuestras criaturas nocturnas son juguetonas, culpables y malditas (ya lo diría Savater mejor que yo en su Malos y malditos). Nuestras criaturas pueden ser hambrientas como licántropos, libres como el señor Hyde, mañosas como la pluma de E.T.A. Hoffmann, curiosas como el reanimador de Lovecraft, pueden ser voraces como manchas rosadas y seductoras como diablas rojas.

Imaginarlas es un arma contra ese horror que no podemos quitarnos de encima. Prefiero acariciarle las caderas a Lucy Westenra y ser una cazadora de historias antes que resignarme a que la realidad es horror sin respuesta, a que las cosas son así, nuestro país está condenado y todo es nuestra culpa por ser una bola de “pasivos”. No, no me resigno, no me conformo. Tengo un refugio en mis criaturas, en los pequeños relatos escalofriantes, encuentro consuelo cada vez que escucho a alguien decir “¡ay, nanita!”. Y sí, estoy armada de terror e imaginación.

Este texto no es una de las tantas puñaladas de muerte. Es un aullido de auxilio. Un llamado a todos los que somos lectores (o no), a que a través de la creación y la lectura dejemos de ser indiferentes.

Urge empatía, ya lo diría el desfile de criaturas desgarradas e incomprendidas: queremos amor, queremos vivir, con una chingada.

Este texto es un abrazo para los que nos sentimos tan solos en este horror real. Es un refugio de palabras que quizá podríamos todos construir.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.

La derrota a veces tiene, al menos en tercios literarios, un tufillo de supuesta elección estética. Como si en realidad uno pudiera elegir o tuviera a mano facultades para decidir cuándo y cómo perder. Pero así es como lo pintan: un norte desde donde se consigue alcanzar, por medio del infortunio, un estado creativo “genuino”. Suena ridículo y la mayoría de las veces lo es. Los franceses malditos, pertrechados tras la cueva del derrotado spleen, hicieron de todo para huir del tedio. Sobra decir que fracasaron en su búsqueda/huida de lo “nuevo”. Y por tanto, acertaron.

El “arquitectura de la demolición del ser”, desde luego, no sólo da cuenta del hundimiento: surge de allí y es también donde concentra su fuerza. En la contagiosa confusión. Ahora, “saber contar” también puede ser un fracaso. Pero es una clase de fracaso que, por convención, por la búsqueda de claridad como virtud última, no se suele paladear como tal.

En lo deportivo sucede todo lo contrario. La figura del perdedor, conformista o no, da lo mismo, es la sombra premonitoria contra la cual construye su imagen el competidor. La necesita para existir, aunque lo niegue (tal es la mecánica de su relación) y se empeñe en suprimirlo debajo de músculos, adiestramiento y disciplina. El atleta está consciente de la existencia de ese anverso: el derrotado es su doble posible, casi palpable en los momentos de presión máxima, cuando pasa de ser el artefacto último para evitar el cataclismo del yo a un “siniestro anunciador de la muerte”. Sin duda el doble gozó de mejor fama en sus orígenes como alma.

Viendo la transmisión de los Juegos Olímpicos del pasado verano, nosotros terminábamos por desbordarnos también en ese doble, proyectado como apéndice de una nación. Si ganamos, ganamos todos. En la derrota, sin embargo, regresamos a nuestra individualidad decadente, desparramada en el sofá, como dioses huevones y caídos que, tras la quiebra de una religión pasada de moda, habitan un mundo de nueva fe convertidos en “presencias demoniacas”.

El ideario deportivo asegura —en letra minúscula— que nadie se acuerda de los segundos. Es más, no existen, o existen acaso como la curiosidad que disimula el canibalismo íntimo de la competencia. Richard Nixon dijo alguna vez que quedar segundo en los Olímpicos te deja, al menos, una medalla de plata, pero que en política al segundo sólo le corresponde el olvido. Falso: acá se transan alianzas y en el podio de nuestras miserias, un segundón (o tercerón, para el caso), puede agenciarse, sin problemas, una Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte.

La derrota puede ser un suvenir. No nos engañemos: durante Río 2016, la imagen de Hamblin y D’Agostino —las corredoras que tropezaron durante la prueba de 5,000 metros y llegaron a la meta últimas, fundidas en un abrazo— es casi una postal de la Unesco. Se trata de una derrota amabilísima, emperifollada. Deportivismo de manual para ocultar el verdadero rostro de la derrota: el de quien, obsesionado con la victoria, falla en alcanzarla. El que juega, aunque en el fondo juegue con la marca de perder (la órbita del juego termina conduciendo siempre hacia allá), no concibe otra salida que la excepción, es decir, ganar. Una salida de la historia y de la muerte: el que pierde se pierde, por lo regular, a sí mismo, y queda a merced, como todos los demás, del fracaso colectivo de la época.

Una cosa es acostumbrarse a perder por método y otra cosa es normalizar el fiasco. En este país fallido, donde el epítome del fracaso es el Cruz Azul verbalizado, la burla parece ser es el único escape a la rotundidad del desengaño. Propongamos, para el tricentenario la construcción de un Arco de la Derrota en pleno Paseo de la Reforma. ¿Lo de Rommel Pacheco fue un fracaso o apenas un meme? ¿Le debe Aída Román a Aída Román o a Mexiquito o a los contribuyentes o a los que no contribuyen? Los Juegos Olímpicos son el invento de una humanidad que no tiene sitio para la épica, ni en su casa ni en su vida.

Nos gusta ver perder a lo grande, aunque estemos compuestos de pequeñas pérdidas. Por ello, no debe resultar extraño que el género nativo de la derrota sea el diario. ¿Quién va a ser el guapo que le gane a los días? Durante casi treinta años, el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro escribió un diario que luego dio forma a La tentación del fracaso, un archivo de obsesiones y perplejidades que traza un paralelo —casi un reflejo— de su propia obra, enorme, por cierto. Podríamos ver el colosal volumen como un triunfo del fracaso, aunque también, como el mismo Ribeyro aclara en el prólogo, un segundo vistazo sugiera una “coartada para no escribir lo que debería de escribirse”. Ahí está el verdadero reto. En el “saber no contar”. En ese caso, la posibilidad de que el soliloquio termine por suplantar una hipotética obra es nada menos que el fracaso del fracaso.

En el que quizá sea su poema más conocido, Elizabeth Bishop asegura que perder es un arte. Prefiero la idea bregada de Lorenzo García Vega: perder es, más bien, un oficio. Una prueba de resistencia, contrarreloj. Ambos coinciden en una cosa: en esto de perder uno se va volviendo mejor con los años. Y en eso estamos. Fallando hasta en fallar.


Autores
(Distrito Federal, 1984) Narrador, editor y profesor. Su último libro es Yakarta (Sexto Piso, 2016). Es maestro por la Universidad de Nueva York. Edita la revista VICE y forma parte de La Dulce Ciencia Ediciones, sello editorial dedicado al mundo del boxeo.
Imagen de Anagrama

Todavía me pongo rojo cada vez que leo que la octava novela de Don DeLillo, en la cual un profesor de estudios hitlerianos tiene que escapar de una nube tóxica, White Noise se tradujo al español como Ruido de fondo. No sé bien a bien si me pongo rojo de vergüenza o de coraje. Porque el ruido blanco, traducción correcta de white noise, no es el mismo fenómeno que el ruido de fondo. El ruido de fondo es cualquier sonido que se mete contra nuestra voluntad en una grabación, mientras que el ruido blanco es a lo que se refería William Gibson cuando escribió “El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto” en el inicio de Neuromante. Quizá sólo sea la parte de mí que recuerda que alguna vez estudié ingeniería electrónica, pero esa confusión me abruma.

El título todavía se percibe como una de las claves principales de entrada a un texto. Los académicos todavía gastan ríos de tinta adivinando las relaciones entre un título y la obra que éste contiene. Pero la verdad es que los títulos obedecen cada vez más a los deseos del editor, que tiene que pensar en la portada, en el marketing, en el espacio que tienen las reseñas en las columnas de los periódicos, más que en las aspiraciones literarias del autor. Tito Monterroso escribió en “Sobre la traducción de algunos títulos”, texto que ha encontrado una segunda vida en internet –con otro título y sin la firma del autor– que “en ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce. Alguien de la editorial no se lo permitiría”. Pero yo no dudaría que la editorial al menos propondría colocarle algún subtítulo sensacionalista del tipo Retrato del artista madurón o al menos la leyenda “Una nueva entrega de la saga que comenzó con Dublinenses”.

Mi teoría es que la traducción de los títulos a una lengua extranjera dice más de los editores que de los traductores. Específicamente, dice más de lo que los editores piensan que los lectores quieren leer. Así, À la recherche du temps perdu de Marcel Proust siempre ha sido en español de forma bastante literal En busca del tiempo perdido, palabras más, palabras menos, pero en inglés fue mucho tiempo Remembrance of Things Past (Recuerdo de cosas pasadas), quizá porque para los editores el tiempo no fuera algo que se pudiera perder y menos aún reencontrarse. Lo mismo pasó con el célebre thriller de Stieg Larsson Män som hatar kvinnor, que significa algo así como “Los hombres que odian a las mujeres” y que en español quedó como Los hombres que no amaban a las mujeres, pero que en inglés se tradujo como The Girl with the Dragon Tattoo (La chica con un dragón tatuado) que deja por completo fuera el odio, vuelve chica a la mujer del título original e introduce un nuevo elemento, el tatuaje, a cuenta quizá de que los grupos foco sugirieron que las chicas tatuadas tienen mayor aceptación entre el público consumidor de libros. Insisto, es sólo una teoría.

Cuando salió el sexto libro de la saga de Harry Potter, Harry Potter and the Half-Blood Prince, me intrigaba como traducirían ese half-blood al español. ¿Mestizo? ¿Sangre sucia? Pero al final el título en español quedó como Harry Potter y el misterio del príncipe porque, supongo, las mezclas raciales son algo que en español no se puede mencionar en un título, es mejor dejarlas como un misterio. Pero a mi gusto, el atropello más grande es Tampa, la primera novela de Alissa Nutting, que el cineasta Harmony Korine se encuentra adaptando para HBO, y que en español apareció en Anagrama bajo el nombre Las lecciones peligrosas. La divergencia en el título es tan grande que la mayoría de las notas en español sobre la adaptación cinematográfica de la novela no saben que ésta ya ha sido traducida. Pero esto no es el punto que me conmociona.

La mayoría de las notas comparan Tampa con la Lolita de Vladimir Nabokov. Y si bien estilísticamente no podrían ser más distintas, es sencillo entender el porqué de la comparación. Tampa es la historia de Celeste, una muy atractiva maestra de secundaria de la ciudad homónima de Florida, que tiene una predilección sexual por los jovencitos de 14 años. De hecho, ha elegido su trabajo específicamente para poder tener acceso a sus jóvenes presas. Se ha casado con un policía porque sabe que esa será la cubierta perfecta para su obsesión. Nutting no tiene problema en pintar a Celeste como una depredadora sicópata. Nadie confundiría Tampa con una apología de la pedofilia, como sí ha sucedido con Lolita. No hay forma en que el lector se sienta identificado con ella o sienta la más mínima simpatía. Todos sus pensamientos nos mueven al disgusto.

Asistimos con atención a los planes de Celeste para llevarse a la cama a sus jóvenes alumnos por la misma razón por la que nos gusta ver películas sobre asesinos seriales: nos parece increíble que la mezcla de astucia, inteligencia y suerte de los protagonistas, contrastada contra la negligencia y estupidez del resto de los personajes, les permita salirse fácilmente con la suya. Tampa es un texto satírico sólo en el sentido de que la realidad se ha vuelto satírica en sí misma. Por supuesto, los planes de Celeste no pueden salir bien para siempre. Ahí es donde Tampa entra a su parte más interesante. Este no es un libro sencillo de escribir, pero la prosa de Nutting supera la prueba con creces o, más bien, especialmente cuando da detalles explícitos de sus relaciones con los menores de edad. El riesgo estilístico y de fondo de Tampa contrasta con la prosa y los temas, pulidos hasta quedar totalmente romos, de la mayor parte de la producción de los nuevos autores norteamericanos.

Es por eso me extraña que se haya elegido Las lecciones peligrosas como traducción. Ese título, que poco tiene que ver con el seco topónimo del título original, hace pensar más bien en un contenido soft-porn. Hay un juego con el famoso Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos, en la idea de que la sexy maestra enseñará a sus alumnos “lecciones que nunca olvidarán”, lo cual no puede estar más lejos del contenido real del libro.

No obstante el despropósito del título, el libro de Nutting es una excelente lectura que, eso sí, requiere de un estómago fuerte.

Un día notas que es necesario ir a cortarte el pelo. A partir de ese momento, todo tiene que ver con eso. El copete se te mete a los ojos y no puedes acomodarlo. Se vuelve ingobernable. Saberlo se vuelve un problema. Cada paso está relacionado con ello. Tengo tres días notando que algo está mal, que en las fotos apenas se me ven los ojos y que ya no puedo sobrevivir sin un pasador que detenga la furia de un flequillo que aspira a cubrirme la cara hasta dejarme ciega.

Empecé a leer una novela cuyos personajes son todos artistas y escritores de inicios del siglo pasado. Una lista interminable de nombres que el autor supone su lector debe conocer para alcanzar el mayor grado de entendimiento. El tipo de texto que hace sentir en deuda a sus lectores, que les deja siempre la sensación de no estar entendiendo del todo, que los hace sentir como alguien incapaz, estúpido o ignorante. Un tipo de lectura que exige un proceso de pausas, trabajo y relecturas. Una ficción que no se explica en sí misma y que, como esa “alta literatura”, ocurre entre colegas. Libros escritos por escritores y para escritores. Escritores que se reúnen con sus pares para hablar de literatura y no de ficción, de formas y no de fondo. Identificar este fenómeno me deja con la misma sensación con la que desperté hace tres días: debo ir a cortarme el pelo cuanto antes. Después de esa lectura, me he sentido imposibilitada para leer cualquier cosa, no puedo con la sensación. En mis palabras: “ya ningún libro me hace”. Lo digo así, pensando que lo mismo podría decir de una medicina que ya no me quita el dolor o de un trago que ya no marea.

Quizá leo movida por aquella primera vez que leí un libro y lo terminé, por la sensación de que podía entender lo que ahí pasaba. Una obra que podía explicarse en sí misma, la construcción de un universo sin huecos o con huecos que planteaban posibilidades, no límites. Universos que, evidentemente, pueden leerse desde distintas dimensiones, ubicarse en un contexto, ser analizados exhaustivamente por su autor, pero que en esencia se construyen a sí mismos con sus personajes y situaciones.

A diferencia del texto que me dejó sin ganas de leer, la Literatura Infantil y Juvenil se construye a partir de un lector modelo o del anhelo infantil del autor, pero pocas veces se piensa como un ejercicio para enfrentarse con otros colegas. Casi nunca se trata de un quehacer endogámico, no pretende volverse de nicho, mientras llegue a más lectores, mejor. Recuerdo pocas iniciativas para promover la lectura entre adultos, mientras la lectura en los niños es casi un deber ciudadano, un tema de Estado.

A pesar de que el público es un ente lejano del que se sabe o se recuerda poco, la aspiración para la literatura infantil es lograr conectar con alguien distinto en edad, en condiciones y en intereses. Un adulto tratando de hablarle al referente que ha construido, a alguien que no se parece a él y tampoco es un colega. Un lector al que se le construye un imaginario y un universo completo en el que se puede mover desde su propia edad. Un ejercicio que, a pesar de ser autorreferencial y estar sometido a la crítica, se construye mediante otros referentes. Sus autores intermedian entre dos mundos, se mueven entre la nostalgia y el anhelo por el futuro.

Mientras tanto, ya me acomodé el flequillo y me molesta menos; también dejé aquel libro de lado. Decidí que no quiero leer algo que me quite las ganas, aunque quizá sea el favorito de alguien más. Tal vez no sé leer libros para adultos, puede que el problema sea yo.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.
#DiarioCreativo 5/08/16: Grullas, frío, mi amigo A y la calle. Gala Navarro.

Si la línea es a la forma lo que el garabato al concepto, una libreta es un lugar de pensamiento que funciona casi como una escritura automática, una colección del tiempo (nuestro tiempo) y un diario. Por eso hay libretas de trabajo, de ejercicios, de reuniones inacabables, de notas escolares.

A lo largo de mi vida he tenido una infinidad de libretas. Para algunos son más valiosas que para otros. Son libros de un solo ejemplar a donde es posible volver de cuando en cuando. Son diario y espacio de trabajo; son bitácora y lugar de libertad.

De niña, utilizaba los cuadernos que habían sobrado del ciclo escolar anterior. Aunque tuvieran rayas o cuadrícula, ahí dibujaba y escribía. Cuando tenía ocho años, mi mamá se embarazó del que sería mi segundo hermano (o hermana, nunca lo sabremos). En una de esas libretas de residuo escribí un libro de cuentos que ilustré para el nonato. Esa libreta era un libro único, cuyo fin era ser leído por alguien que aún no existía.

Cuando mi mamá perdió al bebé, yo perdí esa libreta. Ninguna de las dos sabemos a ciencia cierta por qué o a dónde se fue esa no-creación, extraviadas ambas en un limbo al que sólo se tiene acceso por la memoria, por la narración de lo que sería. Es probable que mi libro único se haya ido a la basura en alguna limpieza, de ésas que hacíamos una vez al año. Se quedó volando en la nada, sin despegar ni aterrizar jamás.

Aunque a la fecha anoto en pedazos de papel, servilletas, reversos o anversos de manteles de papel de restaurantes de paso, no hay nada que dé más orden al tiempo, las ideas o los temas que tener libretas. Son una herramienta que ayuda a catalogar, a guardar conjuntos, a idear series, a marcar el tiempo de nuestras vidas, los lugares que visitamos, la gente que conocemos, los trabajos que tenemos, y hasta el afecto por otros (porque siempre importa quién te regala cierta libreta y para qué decides usarla).

Casi nunca definimos el fin de una libreta sino hasta que ya se está usando para eso. Como si esas series se tejieran solas. Luego de dibujar tres sobremesas o de hacer diez retratos, te das cuenta de que comenzaste una colección. Esa libreta se vuelve sólo para eso y, si tiene suerte, nace así un nuevo libro único.

La segunda libreta de la que tengo memoria fue un diario de viaje que me llevé a Canadá cuando cumplí quince años. Me fui a un campamento con Aurelia, mi mejor amiga de aquel entonces, y ambas teníamos mucho miedo a volar. Con el paso de los días y la planeación del viaje, comenzamos a hacer las paces con el evento. Era bueno tenernos una a la otra, porque compartir el miedo a veces hace que éste se diluya un poco. Recuerdo que me calmó mucho el día en que ella me dijo: “Ojalá que el avión que se caiga sea el de regreso”.

Neto, mi mejor amigo y gurú de esa época, nos recomendó llevar una bitácora de viaje. Nos dijo que, con el paso del tiempo, uno suele olvidar las sensaciones e impresiones de ese preciso momento, y que así es posible revisitarnos años después, a través de nuestras memorias escritas, que recogen momentos específicos donde estábamos descolocados de nuestra cotidianidad. Han pasado diecisiete años desde entonces y, en cada viaje que hago, entre las libretas que siempre cargo, procuro llevar una sólo para hacer una crónica de esa experiencia.

Escribir durante los días en que Aurelia y yo estuvimos de viaje, luego de comprobar que el avión de ida no se había caído, me dio fuerza para tomar el vuelo de regreso. La muerte se puede posponer, siempre y cuando nos coloquemos en el presente. Esto sirve como receta infalible para vencer cualquier miedo. Lo que ella dijo al principio del viaje me otorgó la paz necesaria para atreverme a viajar y, por otro lado, para disfrutar ese tiempo suspendido que se vive en cualquier viaje. Todo lo que se aplaza nos da una sensación de eternidad.

En un viaje largo que hice cinco años después, antes de irme, decidí hacerles libretas a todos mis conocidos. Acababa de aprender a encuadernar en un taller que tomé en la facultad y me obsesioné. Cuando terminé unas quince libretas y las repartí en la falsa Navidad que mi mamá organizó (porque estaría fuera en la verdadera), sentí de lleno el miedo a estar en un avión otra vez. Mi mamá, psicóloga de profesión (y de un enfoque brutal hacia la vida), para calmarme, me preguntó que qué era lo peor que podía pasar: “Si hay turbulencia, pues pasará, y si se cae el avión, se cae”. Pero yo no quería morirme: “Pues si te mueres, te mueres y ya”. Me solté llorando. Luego recordé lo que años antes me había dicho Aurelia: si el avión se cae, que sea el de regreso.

Al ir venciendo esos miedos y subirme a esos aviones, comencé a coleccionar más libretas de las que habría tenido si no me hubiera subido a ninguno. Había dejado plasmadas experiencias que sólo así, colocando el miedo en el futuro y a mí misma en el presente, me atreví a vivir. Desde entonces, cuando entro en pánico, me tranquiliza pensar que la yo del futuro se encargará de resolver cualquier problema presente.

Hace un par de años, renové el sentido de mis crónicas de viaje. Cuando operaron a mi mamá del corazón, decidí comenzar una libreta. Como mis abuelos ya murieron, mis papás no están juntos y mi hermano estaba enfermo, me tocó ser la responsable del cuidado de mi mamá. Era una operación muy complicada. Nada estaba en mis manos y sentí un miedo muy parecido al que siento por volar.

Llevé una bitácora de viaje desde los días de preparación (que eran como hacer la maleta), hasta el día en que la operaron. El despegue fue muy difícil y el avión casi se cae, pero al final voló. Los días de terapia intensiva fueron una gran turbulencia. Y luego, por fin, el cielo limpio y la sensación de la nada. Su corazón había reaccionado bien, la válvula prostésica ya era suya, y pronto nos estábamos yendo a casa. Esa bitácora concluye con una de las últimas llamadas que le hice durante esa época. La llamaba diario un par de veces al día, preguntándole cómo estaba. Un día olvidé marcarle y al día siguiente me dijo que no era necesario hablar diario. Entonces me di cuenta de que ya estaba bien. Y di por terminada esa libreta, ese viaje.

Esta tercera bitácora está hecha de textos y dibujos. Volcar el día a día en palabras me ayudaba a poner en orden lo que estaba ocurriendo, pero dibujar me daba una paz especial donde conseguía no pensar en nada.

Las libretas son el lugar donde el tiempo no transcurre, donde la mente se va, donde el duelo no existe, ni el miedo a la página en blanco o a los aviones. Uno no usa una libreta por obligación, sino por necesidad. Por eso, las libretas están llenas de imprevistos y arrebatos, de ideas que se vuelcan casi solas y un resultado que jamás importa. Nunca se tienen demasiadas libretas porque cada una es un campo de juego diferente. Hay quien las llena sin decir agua va. Hay quien las cataloga por tema, por actividad, o hasta genera proyectos de libretas en sí. De ahí que haya tantas libretas llenas que terminan por convertirse en nuestros íntimos baúles de tesoros.

Ante esta pasión por las libretas han surgido proyectos valiosos. En Nueva York está la Brooklyn Art Library, una biblioteca sólo de libretas. Este lugar acoge el Sketchbook Project, en el que quien quiera puede participar. Sólo basta comprar una libreta Moleskine, en persona (si uno anda allá) o en línea (y te la mandan). Hay que llenarla y enviarla de regreso. La libreta se vuelve parte de su acervo, que está abierto al público y parte del cual puede consultarse en línea.

En México hace un par de años surgió el proyecto #DiarioCreativo, generado por Pieldemole, una marca mexicana independiente de libretas, que invita a sus usuarios a compartir en redes todo lo que dibujen, anoten y guarden en ellas. Y así se ha formado poco a poco una biblioteca virtual de dibujos mexicanos al que cualquiera tiene acceso con sólo teclear ese hashtag.

Hay otras libretas que están hechas de procesos. En el libro Sketchbooks The Hidden Art of Designers Illustrators & Creatives de Richard Brereton se recuperan los apuntes de creativos del mundo de la publicidad, del diseño gráfico, del diseño de modas y de la ilustración. Es como mirar dentro de sus mentes, palpar sus ideas antes de que se materialicen. El libro incluye entrevistas donde los artistas explican cómo usan sus libretas y cómo esos apuntes se relacionan con su trabajo terminado.

Como lectores, llama la atención ser testigos de un proceso quizá porque es algo parecido a mirar dentro del bolso de un desconocido, donde habitan sus secretos más remotos y sus herramientas más necesarias.
Como dibujante, la página en blanco se vuelve parte de tu vida diaria y tienes que hacer las paces con que esté ahí. Entonces las libretas surgen como un puente entre la amargura de crear y la creación sin restricciones. Ahí se puede dibujar o escribir sin pensar en absoluto en el resultado. Las libretas son un lugar para bailar con los ojos cerrados sin querer, hacerlo para uno mismo. Aceptar el dolor y la gloria sin que nadie te vea, y gracias a eso.

Hace poco leí Gratitud, un libro póstumo de Oliver Sacks, que compila los últimos cuatro artículos que escribió para prensa. En “Sabbath”, el cuarto artículo, Sacks recuerda cómo se alejó de su familia y de la religión:

“En 1955, a los 22 años, fui a Israel por varios meses para trabajar en un kibutz, y aunque lo disfruté, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían mudado allá, la política del Oriente Medio me perturbaba, y sospechaba que me sentiría fuera de lugar en una sociedad profundamente religiosa. Pero en la primavera de 2014, tras escuchar que mi prima Marjorie —una física que había sido la protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los 98 años— se acercaba a la muerte, la llamé por teléfono a Jerusalén para despedirme de ella. Su voz me sonó inesperadamente fuerte y resonante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, dijo, ‘el 18 de junio cumplo cien años y voy a celebrarlo. ¿Quieres venir?’. [1]

Me encantó imaginar cumplir cien años, más aun porque Marjorie lo hizo el día que yo llegué a los 30. Si alguien nos asegurara que viviremos cien años, ¿no sería más fácil hacer las paces con la vida conforme presenta sus complicaciones y alegrías? Tener la certeza del presente nos ayuda a borrar toda idea de fatalidad, sin importar si somos capaces o no de vivir más de lo que nos toca, ya sea cumpliendo cien años o evitando que se caiga un avión.

[1] Oliver Sacks, “Sabbath”, Sunday Review, The New York Times, 14 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.nytimes.com/2015/08/16/opinion/sunday/oliver-sacks-sabbath.html?_r=1


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

Tengo que hablar aquí sobre muchas cosas. Lo voy a hacer. Muchas imágenes, mucho texto, mucha exploración. Hay una forma rápida de decir lo que hay que decir sobre esto: escribiré sobre el webcómic hecho en México. Esta columna es para hablar sobre lo que este medio propone desde sus trincheras; esos diferentes acercamientos y lecturas específicas, pero no menos efectivas, a nuestra realidad. Quiero leer y hablar sobre cómics mexicanos de formas que (al menos yo, posible ignorante) no he visto. Sé que, aún así, no puedo ni quiero ignorar la presencia y discusiones que hay en el medio impreso del cómic (como bien lo apuntó Yécatl Peña en “La escena underground”) o en los festivales que difunden el trabajo de estos autores.

Para esta primera entrada elegí a una artista que he seguido desde hace tiempo. Por gustos personales, pero también por el desarrollo gráfico y narrativo que ha tenido. Me refiero a Alejandra Gámez o The Mountain With Teeth. Sus credenciales hablan por sí solas: además de tener un exitoso blog y página de Facebook con miles de seguidores, ha publicado dos antologías editadas gracias a una campaña en Fondeadora, ganó el premio SecuenciArte del año pasado por su novela gráfica Un claro en el bosque y es becaria del FONCA de este año. Es una voz que no se puede ignorar.

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Ver la evolución de Gámez en su técnica narrativa y gráfica ha sido ver a uno de esos seres primigenios, de hace millones de años, salir del océano hacia la arena y avanzar hacia terrenos desconocidos. Sus primeras obras, hay que decirlo, tropezantes y erráticas, eran más desahogos que búsquedas y desarrollos artísticos. Esa característica no les resta calidad, pero tampoco las diferencia en su superficie de tantas otras que se quedan en la confesión, en el doodle personal. El dibujo tenía un pulso (porque también palpitaba en su límite desesperado por darle forma a aquello que no la tiene) de dolor y angustia. Como el niño aterrado por las sombras que la luna proyecta en su cuarto, The Mountain With Teeth exploraba y al mismo tiempo creaba ficciones ordenadoras de su realidad. Le daba un rostro y una historia a lo que no podía entender y funcionaba. Su obra era una crisis decantada en trazos.

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Pero después ocurrió algo. Aunque ya en ese momento se notaban destellos de la voz que se consolidaría después, con la constancia de su trabajo, una musa monstruosa le habló y Gámez se hizo consciente de su oficio. No “maduró”, pues no quiero demeritar sus primeras obras; más bien se volvió más clara y aprendió a no abandonarse visceralmente a sus obsesiones. Su posición frente a la realidad, más que una defensa, se convirtió en una herramienta.

Al explorar los terrenos de su técnica e imaginación, The Mountain With Teeth entendió cómo dialogar con la realidad abrumadora. La materializó en monstruos. Las formas, sin embargo, no fueron escogidas al azar. Tomó a sus quimeras de lecturas actualizadas de cuentos de hadas y leyendas, pero también de su experiencia sobre estos días que vivimos. En sus tiras podemos encontrar hadas, fantasmas, demonios, sirenas, bichos, alienígenas, animales, golems y hasta ropa. De todo, pero nunca sin consciencia de la tradición de donde vienen. Por otro lado, entre los que ella engendró están el Señor Cocodrilo, el Ser sin rostro y el Hombre Gris, nombres que parecen ser de personajes de algún show para niños, pero que representan la vida puesta en crisis frente a sí misma. Lo que hace Gámez con su bestiario es tomar las cualidades arquetípicas de los monstruos (como las brujas y las sirenas como lo femenino: temible pero creativo; o los animales como nuestro pasado: bestial e incomprensible) y adaptarlas a un presente donde los grandes mitos ya no existen y la vida común es al mismo tiempo lo épico y lo anónimo. Por eso el contraste entre sus dibujos caricaturescos con el contenido e imaginario terrorífico de sus historias: en ellas cuenta y dibuja la ironía de lo horriblemente contradictorio que es lo cotidiano.

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La obra de The Mountain, entonces, tiene un efecto constante: enfrenta el horror de la costumbre y la rutina, del vivir de alguien de hoy que no parece encontrar un lugar para ser porque el silencio que aplasta en la noche, momentos antes de dormir, es tan aterrador como el ruido de las calles durante el día. En estas tiras se conjuga la angustia por la vida desenmascarada que ocurre a través de los medios electrónicos, donde vemos que, mientras unos viven en una profunda felicidad o tristeza personal, otros son torturados y asesinados por crímenes que no cometieron. The Mountain With Teeth articula lo grotesco en la risa nerviosa que provocan sus narraciones. Su obra llena de monstruos nuevos y antiguos, ominosos, pero a veces tiernos, nos invita a leer sin miedo el caos de lo habitual que no descansa en su asedio a nuestra frágil persona.


Autores
(Metepec, 1993) escribe la columna «Apuntes de nigromancia» en Penumbria, sobre videojuegos y arte fantástico. Publicó Raíces en editorial Paraíso Perdido.

La obra de María Magaña existe en dos planos. En el primero, el espectador se envuelve de un imaginario colectivo y popular de estética punk; en el segundo, el espectador se reconoce en la ironía de sus trazos y palabras.

Más allá de sus habilidades como ilustradora, Magaña tiene la fuerza narrativa para contar historias a través de unas cuantas imágenes que van contra el mercado editorial de la ilustración y el cómic. No es gratuito que en sus piezas aparezca el amor como un falso profeta, las entrañas más visibles de las personas y la sexualidad absurda pero contemporánea.

El trabajo de Magaña está repleto de referencias a otros medios audiovisuales, lo que ayuda al lector a crear una relación intertextual, principalmente por el efecto paródico, de todo lo que se representa. Sin duda, Magaña es una de las artistas de la narrativa gráfica mexicana más interesantes de la actualidad.

JGM

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Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

Decidí torturar un pájaro
morder el azúcar de sus confines

Conoció a Vint Hoe en una fiesta. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta. Nadie lo llamaba por su nombre porque entre la multitud de estudiantes morenos él era el único de ojos azules. Le decían Blanco. Estaba sentado en un futón junto a una lámpara y la gruesa argolla en su oreja izquierda parecía un brasero desde su lugar.
Vint ebrio, mirándola, parecía caído en una edad amarga, indefinido ahí sin envejecer ni transitar nunca.
La intimidó el color tierno de sus ojos. Esa noche vestía una falda verde y acababa de pintar su cabello de un negro intenso.
Faltaba poco para que amaneciera cuando Blanco fue hacia ella y pasó la barbilla por su nuca, tomó su mano y la metió debajo de su playera sin mangas: los vellos de sus axilas parecían agujas doradas pero ella era suave como el vientre de un pájaro.

Ahora estás desnuda
y una gota de mi sudor en tu lóbulo
se enfría como una piedra en la sombra

Abrieron la puerta del cuarto como dos ciegos, un muchacho dormía en el piso y Blanco lo sacó a patadas, luego la tendió en la cama hasta que horas después alguien llamó a la puerta avisando que la dueña de la casa había vuelto y que estaban ocupando su cuarto. Forzaron la puerta y lograron abrirla cuando se estaban vistiendo. Con la luz que entró por la puerta ella vio sobre toda la colcha blanca la estela gris que había dejado su tinte.
Compartieron un cigarro en la banqueta. Blanco le mordió la oreja y dijo algo en una lengua extraña para ella.
Le besó las manos muchas veces antes de irse.

Esperarías por mí sobre la tierra
viendo aureolas rotundas
intuyendo siempre la boca de este muerto

Louis Hoe recibió la llamada de su hermano dentro de un museo. Se sentó porque Vint se lo pedía. No habló más de cuatro palabras durante la larga llamada y colgó.
Un guía pasaba con un grupo de gente a sus espaldas.
—Llévense una idea bella, señores. El pensamiento bello existe.
La luz le daba directo en la calva.

Decidí gritar en los huesos de los pájaros

Vint Hoe conoció a Alana dos meses después de que supiera que iba a morir. Sabía que él era breve y estaba minado. Aun así, la noche en que la vio decidió madurar en ella su virus mutable y su misma penitencia. Pudo haber sido una muchacha como esa, de falda verde y cabello negro la que lo había contagiado.
Al despedirse le besó las manos como se las besaban a los muertos de su ciudad natal. Le mordió la oreja mientras le decía en su lengua madre unos versos que no podía olvidar: Ahora somos heridas que yacen paralelas en la misma carne.[1]

Tenía que extirpar con violencia mi miedo a la muerte

Louis había llegado de su país para estar con su hermano mayor en sus últimos días. Vint ya colgaba de sus huesos al caminar y había empezado a inhalar cocaína. Pasaban sus días en un departamento con vista a un parque que llenaba la calle de neblina. Louis escuchaba a Vint cincelar un nuevo mundo en sus delirios mientras él era maldecido por vómitos y bacinicas llenas. El alivio llegaba por las noches, cuando salía a beber una cerveza a un bar cerca del departamento en el que dormía su hermano.
Fue en ese bar en el que una noche se vio ebrio besando a una muchacha. Bajo su mano tenía pelo de animal encendido. Anduvieron con prisa hasta el cuarto de Louis. Él encendió una lámpara con luz tenue y ella le acarició con ambas manos la cara. La besó para salvarse. Los días pasados y el olor a mierda desaparecían mientras ambos respiraban duramente. Esa noche se despertó para mirarla, le pareció que ella dormía desnuda pero incorrupta, como si hubiera muerto acabando de nacer.

Vint Hoe se fue mientras su hermano temblaba en Alana y empezaba el corto camino hacia su muerte.
Cuando ella despertó se encontró sola y salió del cuarto para buscar a Louis, que estaba en la habitación vecina sentado junto a un bulto blanco. Sin entender, Alana caminó hasta el borde de la cama y vio apenas una parte de la frente de Vint. Todo lo demás lo cubría una sábana pero reconoció en él la textura acartonada de los muertos. Estiró la mano para levantar la sábana y ver el rostro del muerto, Louis la detuvo. Segura de lo que había delante de ella estuvo a punto de gritar, pero él le tapó la boca y la abrazó hasta que ambos se desplomaron. Alana no logró ver el rostro del muchacho que la había sentenciado a muerte, de haberlo visto hubiera intentado imaginar por primera vez el color de sus huesos, porque joven y fuerte, estaba segura de que tendría una vida larga.
Fue a sentarse a la sala mientras Louis llamaba por teléfono. Estaba desnuda, no lo recordaba, tenía también la sensación de hondura y le faltaba aire para llevar sangre a todos sus rincones.

Permaneció sentada en el sillón.
Tras ella, en un marco de bambú, un niño de ojos azules sonreía. En otro marco dos niños abrazaban a una mujer rubia con cazadora de piel y en el último cuadro, a poco menos de un metro de la cabeza de Alana, dentro de un marco plateado, Vint y Louis vestidos de traje tocaban la guitarra, en la sonrisa de ambos se podían contar los dientes, en los ojos de ambos el brillo rojo de un estrobo.
Alana se giró para mirar.

[1] 1. El verso es de Anne Carson y aparece en el libro Autobiografía de rojo, traducido por Tedi López Mills.


Autores
(Oaxaca, 1993) ha colaborado en revistas como Crítica y Círculo de poesía. Sus textos aparecen en varias antologías, entre ellas Poetas parricidas y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México. Es autora del libro Anamnesis.