No son cactáceas sino cajas los objetos que salpican un desierto claustrofóbico y desolador durante el arranque de Los gatos de Schrödinger (LGDS de aquí en adelante), segundo libro, pero primera novela (al menos publicada) del autor sonorense Franco Félix (1981). En este volumen Franco favorece una prosa profundamente filosófica e hipnótica, pero también jocosa y lenguaraz. El lector queda advertido: la brevedad de sus 93 páginas esconde una amplitud donde tienen cabida una serie de inquietudes metafísicas que a todos conciernen.
Leí la novela hace un par de semanas a más de 30,000 pies de altura, en un vuelo de la ciudad de Los Ángeles a Bogotá, es decir, en un no-espacio, justo el tipo de contexto donde inicia LGDS y hasta, pudiera decirse, en un no-tiempo, porque todo ahí existe de manera suspendida, la delicada tela del espacio-tiempo se vuelve irrelevante.
Luis Panini: Franco, jamás había leído un inicio similar, pero no puedo decir que tal detalle me sorprendió, porque eres uno de los autores más originales que he leído en los últimos años (no me importa si los halagos te incomodan). La historia comienza justo antes del amanecer. Todo permanece inmóvil, excepto un pequeño reptil que desvía la ruta porque una caja obstaculiza su trayectoria. Una de tantas cajas que de inmediato establecen una atmósfera «ionescana» y que, de alguna manera, pueden ser asimiladas como huevos, porque enseguida sus frágiles cascarones se resquebrajan para permitirle a la vida asomarse en la anchura desértica. Es, en cierto modo, el nacimiento filosófico de un Nuevo Hombre. Una nueva forma de vida o, siguiendo la cháchara de Schrödinger, de una no-vida. Elabora sobre este alumbramiento geométrico. ¿Por qué una caja? ¿Por qué el desierto? ¿Por qué una caja en el desierto?
Franco Félix: Querido Luis, me agrada bastante que hayas reparado en el reptil. Casi nadie me ha preguntado por esa alimaña. Me parece que ese animalejo es como el primer latido en el progresivo avance del amanecer. La aparición del reptil es la primera pista sobre el futuro del texto, ya que su destino es desgarrador (es devorado por otro animal mucho más grande). La sangre en la arena es como un despertar, un tambor fúnebre que retumba y se mezcla con la primera palpitación de la vida emergiendo, o a punto de emerger. Son como pequeñas señales de lo que viene: una bestia más amenazante nos tragará más adelante. Porque, pienso, hermano, que hay un darwinismo brutal que no claudica a pesar de la profunda mediatización del mito del progreso en nuestros días. Se supone que alcanzamos un ápice de civilización, pero diariamente debemos, como en cualquier entorno salvaje, estar con los ojos abiertos, cuidándonos de que el sujeto frente a nosotros no nos secuestre, no nos viole, no nos asalte, no nos liquide. El hombre nuevo es el Homo Paranoide que ha sido aislado en su propio espacio personal (una caja, digamos) y que sólo se siente cómodo en ese pequeño recinto de privacidad, porque el exterior es demasiado peligroso. Y es el nuevo hombre, el que teme de la exterioridad, del espacio abierto, el mismo gran arquitecto, el que contribuye al engranaje. Porque cada paso que damos como civilización renovada, se corresponde con dos o tres hacia atrás. Cada propuesta de prosperidad social es retribuida con otros vicios y otros defectos colectivos. Por ejemplo: Cada vez hay más mujeres que adoptan el feminismo y parece que esto agrava las cosas, despierta un instinto más visceral en la cuota del género opuesto: hay más noticias de brutalidad contra las chicas, hay muchos más listillos opinando, hay más misoginia descarada, mayor número de comentarios antagónicos y un sinnúmero de grupos de oposición. No hay consenso. Somos una especie horrible, Luis. Si avanzamos o no, siempre habrá un detractor. No importa que se trata de proteger los derechos más básicos del ser humano. Por eso, Rábano y Doc están convencidos de que están moviéndose, aunque aquello parezca una ilusión. ¿Nos quedamos o seguimos? No hay nada claro y conforme van avanzando en la historia, tienen que ir armando una mitología que soporte la irracionalidad de estar vivos o estar muertos. Esta confusión me domina a mí también. Diariamente. Y voy por ahí, con mi caja, con la esperanza de que nadie se siente sobre ella o que nadie destroce sus costados. El desierto, sin abundar en que me parece que la Naturaleza es perversa, como al buen Lars von Trier, creo que es el espacio más abierto que hay. Es un contraste sobre lo que menciono atrás: Persona/Asilamiento vs. Espacio/Apertura total.
LP: Uno de los elementos más seductores de la novela es la facilidad que tienes para el diálogo postizo, aquel que no necesariamente emula la forma de hablar del personaje común y corriente favorecido hasta el cansancio en tantas obras de ficción. Tú y yo hemos tenido a un maestro excepcional: Thomas Pynchon. Nadie escribe mejores diálogos que Pynchon. ¿Cómo abordas la escritura de los diálogos, ese mecanismo narrativo ampliamente descuidado en la prosa?
FF: Es verdad, Luis. Papá Pynchon. Siempre veo en las redes sociales, a los amigos escritores que lanzan frases categóricas de este vuelo: “Raymond Carver, el papá de todos ustedes”. Y yo, la verdad, es que no me siento identificado con su literatura ni con su familiaridad. Si acaso es tío de un primo del mejor amigo de mi papá. Pero hasta ahí. Me apena muchísimo, además, decir que no soy su mejor lector, apenas he leído un libro suyo. Lo mismo pasa con otros autores. Siempre me acusan de, sin prueba de ADN en mano, ser hijo de todos ellos. Supongo que tiene que ver con una enseñanza muy apropiada de la Literatura. Creo que la mayoría de mis amigos escritores han tenido una gran educación literaria, bastante apropiada, han leído a los grandes maestros y coinciden en nombres y libros que a mí, por otra parte, no me vuelan la cabeza. Yo no sé cómo es que caí con Pynchon. Fue accidental. Pero de ese hoyo negro no puedo salir y no podré salir jamás. Creo, hermano, que la literatura de este tipo es simplemente magistral, porque no ofrece ningún mensaje directo, a diferencia de muchos otros escritores que en sus libros capturan el reflejo de una sociedad, de un pensamiento imperante, de una época, etcétera. Los libros de Pynchon giran sobre sí mismos y no hay una anécdota final. Sin embargo, este vacío sí produce un diagnóstico en El arco iris de gravedad: las decenas y decenas de tramas que se extienden a lo largo de las mil páginas conforman un puzzle que derrama la histeria de una cabeza enorme que piensa como una hidra, disparos narrativos y personajes sin piedad para contarnos la absurda historia de Slothrop, un soldado que experimenta erecciones con la activación de misiles alemanes. Nadie había exigido tanto a su lector. Pynchon modifica las reglas de la escritura, como lo hiciera más adelante, Foster Wallace con La broma infinita. Así, como a Pynchon no le interesa acariciar una trama reveladora para la humanidad, se concentra en el registro de sus personajes y sus narradores. Yo he aprendido eso de nuestro maestro, Luis. No soy un tipo muy listo. Soy más bien idiota y no creo que mis libros puedan brindar al lector una experiencia reveladora o que puedan escanear la grieta de nuestra sociedad, o emular la naturaleza del hombre. Jamás le apuesto al contenido, sino al proceso de la realización. No hay nada que deteste más que la famosa “psicología del personaje”. Ese bobo precepto académico. Como bien has dicho tú antes, ¿por qué un panadero no puede hablar como un caballero del siglo XIX? Esa desarticulación de axiomas son los que me interesan. Me vuela la cabeza desmontar los paradigmas lingüísticos y las personalidades estamentarias. Porque yo mismo he visto panaderos hablarme con mayor iluminación sobre el marxismo que cualquier activista o maestro de economía. Esta mierda es real, aunque parezca una fantasía o ciencia ficción. Hay soldados mesmerizados que si bien no se empalman con la activación de un misil, seguro que los hay quienes sufren excitación con imágenes o palabras. Yo he visto esa mierda con mis propios ojos. Nada es lo que parece hasta que ocurre y lo normalizamos. Un oso saluda a la cámara en YouTube y nos sorprende y nos dobla de la risa. El siguiente oso capturado en cámara saludando nos aburre. Nos parece un oso predecible. Mis diálogos buscan atrapar eso, ese asombro sobre el mundo. Me interesa que el lector se pregunte y se cuestione sobre un personaje, para bien o para mal de la novela. ¿Por qué un sicario habla tan correctamente en Los gatos de Schrödinger? Si el lector se hace esa pregunta, ya iniciamos un diálogo entre él y yo. Y ésa es una gran ventaja.
LP: Todo el tiempo lidiamos con circuitos invisibles que transportan códigos entre dos personas. Así es como tratamos de averiguar el contenido cerebral de nuestras contrapartes, por medio de figuras mentales y lingüísticas. Y creo que ahí radica la gran tensión de LGDS, en ese constante vaivén entre Doctor Existencialista y Rábano, sus protagonistas, aunque interrumpidos por una tercera voz que pudiera, o no, tener cuerpo, una voz que hace las veces de globo ocular gigantesco flotando encima de los personajes, que cuestiona, reprende, opina y que junto con los dos protagonistas, forma una especie de Santísima Trinidad. ¿Cómo defines los dogmas que gobiernan a los personajes, cuál es tu proceso para crearlos? ¿Eres el Doctor Existencialista y Rábano, o son cien por ciento artificio?
FF: Al Doctor Existencialista lo diseñé basado en mi propio doctor de cabecera. Así lo llamo yo: “Doctor de cabecera”, sólo para no sentirme tan alejado del mundo y de la salud. En realidad es un amigo que es médico y que suelo consultar en mensajes de texto. Él, muy amablemente, siempre me dice qué es lo que tengo y qué debo tomar para aliviarme. Habitualmente está fuera de la ciudad, trabaja en otra parte, pero cuando llegamos a coincidir, pues nos juntamos para tomar algo. En una ocasión, yo estaba experimentando un dolor intenso en el pecho, del lado izquierdo. Uno es imbécil, y lo primero que piensa es que se trata del corazón. Me encargó que me hiciera unas radiografías. Obedecí. Cuando me visitó para echar un vistazo a las placas se sorprendió porque había algo en ellas que lo desconcertaban. Así que me dijo que le preguntaría a un maestro suyo, especialista en esos casos. “Pero será mañana”, me comentó, “ahora vamos a tomarnos unas cervezas”. Yo me escandalicé: “¡Pero cómo! ¡Puede ser que mañana sea demasiado tarde! ¡¿Y si me muero?!” El tipo, destapando una cerveza me responde: “Todos nos vamos a morir”. Esto aparece en LGDS. No sabía si esta frialdad la había adoptado en su escuela de Medicina o si era simplemente un pesimismo generalizado por ser mexicano. Y es cierto. Todos nos vamos a morir. Cuando empecé a escribir este texto necesitaba contrastar el desaliento y concebí al buen Rábano para que dialogara y marcara mucho más la decepción humana. Me imagino que los dos tienen algo de mí. Soy igual de pesimista que el Doc y también un ingenuo como Rábano. Al final, soy yo tratando de comprender algo sobre todo esto, la muerte, la soledad, el abandono, la crisis existencial de radicar en un país donde pueden volarte la cabeza sólo por caminar en la calle, donde pueden secuestrarte por cinco mil pesos, desaparecerte por manifestarte en contra de una administración. Quería pensar los límites de todo esto, la última fase de la violencia, sin caer en las posturas mesiánicas de nuestros jóvenes escritores, ni andar cargando con banderines ni camisetas grupusculares que hablan más del selfie social que de una preocupación real. Hemos agotado nuestras certidumbres en este país. El Homo Paranoide se levanta todos los días y espera que no sea su último día sobre la Tierra. Dice Georges Perec: “Todo está ya preparado para tu muerte: la bala que acabará contigo se fundió hace mucho, las plañideras ya han sido designadas para tu ataúd”.
LP: En la novela aparecen “zombis”. Debo confesarte que los zombis nunca me han provocado gran interés. Prefiero a los vampiros. Los zombis son, en mi opinión, la entidad sobrenatural menos interesante del imaginario colectivo. Sin embargo, en LGDS resultan una elección muy acertada porque representan un eco perfectamente audible de Erwin Schrödinger. Un zombi es un muerto viviente, el único posible habitante de su famosa caja. ¿Qué piensas?
FF: Sí, la elección de los zombis me preocupaba mucho porque se pusieron de moda y además podría pensarse que me interesaba instalar la novela en un mundo postapocalíptico en el que los personajes debían sobrevivir al ataque de seres monstruosos que desean comer cerebros. En la novela esto sólo es un mito de fundación. Doc trata de inventarle un mundo a Rábano. En realidad los zombis son el Otro. Esa bestia que canibaliza todo y que sólo desea devorar y devorar para saciar un apetito insaciable. Porque los zombis, los verdaderos zombis de ficción, se reconocen por eso, por su intensa y absoluta entrega al deseo. No hay más. Su focalización es perfecta, no hay nada que interrumpa su apetito. Son máquinas de satisfacción, están programadas para intentar saldar el antojo. Esa naturaleza se reconoce en los hipsters, por ejemplo, que quieren descubrir un asesinato para consolidar sus sueños de detective, o los amantes, que quieren fornicar sobre las cajas. Esto es una analogía. El deseo del Otro que termina por lesionar nuestro espacio de privacidad que, por otro lado, está constituido por un deseo. Y aciertas totalmente, Luis. El tratamiento de los zombis encaja, finalmente, con la teoría de Schrödinger. Los programas de televisión tocan este asunto, desde otra perspectiva más bien religiosa o ética. ¿Los zombis son personas? ¿Deben ser eliminados? Ahí hay un Ethos. Mientras que en LGDS hay un Pathos muy evidente: Todos deseamos algo y en algún momento las órbitas del deseo puede colisionar ocasionando una experiencia terrible. Amor, amistad, compañerismo, llámalo como quieras. Siempre alguien saldrá lastimado.
LP: Creo que nuestra cultura tiende a patrocinar, cada vez más, la presencia sobre la ausencia. Respondemos de manera muy favorable a todo aquello que nos ofrece gratificación instantánea. Dedicamos muy poco tiempo a reflexionar sobre cada una de nuestras decisiones. Preferimos resolverlo todo en cinco minutos porque de otra forma nuestro sagrado “tiempo libre” sería transgredido. Hay una ausencia muy especial en los personajes que desfilan en LGDS. Están ahí, pero a medias, y eso me parece destacable. Tu novela transmite una visión de la realidad que fácilmente podría estimarse como corrupta porque coquetea con el absurdo y eso me hizo pensar en algo que dijo Picasso, cuya obra encuentro la mar de irrelevante, pero en fin, el viejo pronunció algo que me estremece. Dijo que no pintaba lo que veía, sino lo que sabía que estaba ahí. Y para mí, eso es, precisamente, LGDS. No estás narrando lo que se presenta ahí, sino lo que sabes que está ahí. El simbolismo que impera en la novela es constante, nos estás diciendo tantas cosas, aunque sin obviarlas, desde una ausencia. ¿Cómo armas un proyecto de novela tan compacto y ambicioso?
FF: ¡Qué observación, hermano! Déjame confesar que tu lectura me ha hecho pensar la respuesta. Creo que sí, que hemos privilegiado la presencia, sin lugar a dudas. Hay una sustancia en todo, como la materia negra, que sostiene el mundo, el universo entero. Es eso, sobre lo que no hablamos lo que termina por ser, a veces, más importante. Somos hijos también de Foster Wallace, Luis y aquí hay una convergencia en “Esto es agua”. Lo verdaderamente fundamental e importante se desdice no porque no tenga valor (dile a un físico que la materia negra no importa porque no puede verse), sino porque hemos absorbido todo de manera automática. Todos los fenómenos a nuestro alrededor los familiarizamos y apagamos una posible dialéctica con ellos porque aceptamos su naturaleza. El tema de fondo de LGDS es la violencia. Me he permitido desarrollar un espacio absurdo en el que dos cuerpos asesinados tienen derecho a darse una última oportunidad para experimentar el delirio de vivir, la profunda y eterna incertidumbre de la realidad. Quería escribir sobre todo esto, sobre el miedo y el momento desafortunado que nos ha tocado, sin obviar, precisamente el origen de la violencia, el edificio de la violencia. Si hay un cuerpo abandonado en el desierto, podemos intuir su periplo. ¿Pero qué hay más allá de eso? ¿Por qué no se le permite a un desaparecido, a una víctima del podrido narco-estado, al menos en el plano de la ficción, una última brevedad? La muerte es un viaje bastante oscuro y el libro busca conversar con este punto final. La presencia es todo aquello que vemos en las noticias. Un cadáver, un número, un cuerpo engusanado. La ausencia es ésta: no sabemos nada sobre la muerte y sobre el dolor que han experimentado quienes son asesinados y depositados en el desierto, pero podemos darles un nombre a todos ellos, podemos modificar su itinerario hacia la nada. Unos eligen una luz que cae sobre los muertos y los aspira hacia el cielo. Yo elijo su permanencia infinita y su reanimación cada que un lector pone sus ojos sobre ellos.
LP: Ambos somos escritores del norte del país, pero no somos escritores del Norte. El Norte no es una geografía relevante en nuestra escritura. Desierto Limítrofe, donde transcurre tu novela, no es el desierto al que el Norte nos tiene acostumbrados. Sabes que el espacio me obsesiona, ya sea íntimo, arquitectónico, urbano o geográfico. ¿Qué representa para ti situar la historia en un lugar que fácilmente puede vincularse con cierto tipo de literatura y cierto tipo de autores? Es una apuesta arriesgadísima, pero funcionó.
FF: Yo siempre detesté las novelas que tenían el desierto como escenario, porque vivo en el desierto. Siempre me dije que jamás caería en eso. Y mira, terminé escribiendo una novela así. Pero intenté desvincular toda imagen santificada del desierto de mi escritura. Por el contrario, me gusta la idea del desierto como una dimensión diseñada para el mal. Me inclino por la contaminación de la ciudad que por la falsa idealización de la naturaleza. Soy un ser odioso y despreciable, odio la playa y me encantaría darle un puñetazo en la cara a la famosa Madre Naturaleza. Aunque eso, me podría costar el linchamiento mediático en las redes sociales. Bueno, me gustaría darle un puñetazo al Padre Naturalezo. Aborrezco todo tipo de evangelización. No me gusta que me quieran convencer de comer mariscos o de adoptar un amor por la vida que no corresponde con mi personalidad. Al situar LGDS en el desierto quería modificar ese paradigma del personaje que mira al saguaro como si fuera su hermano y que se alimenta de flores y frutos silvestres y que mantiene una conexión mística con la atmósfera. Quería edificar un escenario beckettiano en el desierto, que se desarrollara en él una historia incoherente. No sé si lo he logrado, pero la intención era ésa, matar esa idea hippie y regionalista sobre el ecosistema norteño. Sé que hay una preponderancia por resignificar la Literatura del Norte como una república propia de las Letras, donde la identidad del ranchero aventurero, o el cholo romanticón o el señor interesante de cantina o el asesino meditabundo o el joven marxista de provincia, se localizan como un punto trascendente en la narrativa y tiene sus propios códigos. Sé que hay muchos autores que apuestan por nutrir esta idea de la identidad y la sustancia del Norte como un espacio que puede competir contra el centro o el sur del país (aunque en el sur sólo hay poetas). Constantemente, veo que hay discusiones sobre generaciones o sobre espacios literarios en México, pero nunca me han interesado estos temas. Y tampoco me ha importado coincidir en coyunturas literarias, si es que las hay. Somos, hermano, como autistas en pleno debate literario. Si es literatura lo que estamos haciendo, no tiene nada que ver con el Norte porque no tiene nada que ver con nada, ni con el país. Hace unos meses le comentaba a mi queridísimo Jaime Mesa, en una charla en Zacatecas, que era posible que autores como tú o como yo, que estamos lejos del centro, pero a la vez, lejos del Norte, sufriéramos del mismo nomadismo porque no tuvimos un tutor literario, un escritor que nos diera un taller y nos encaminara por temas o cuestiones menos arbitrarias como las que nos gobiernan. Somos huérfanos, silvestres con monóculo. En el centro somos unos bárbaros y en el Norte unos desarraigados. Somos apestados, hermano. Ni hablar. De cualquier forma, desde el purgatorio seguiremos tecleando obsesionados con la forma, tratando de imitar a nuestros grandes maestros, los autores que no dicen nada en mil páginas, nuestros verdaderos padres.
Nos odiamos. Con canciones folk tristes y golpes duros con piedras de sonido, nos damos. Toques bajos, en la cara. Nos gusta lo que hacemos. Estamos aquí para odiarnos, para escupirnos y sacarnos por la cara. Con agujas en el pecho, corazón. Centro, cetro. Bailamos. Juntamos de tal manera las cabezas, que podemos oírnos: arte nuestro. Construimos un refugio, un altar con retratos: nosotros hablando sinsentido, bailando a empellones, recio. Después vemos las fotos daguerrotípicas, quemadas y amarillas, y lloramos casi. Juntos. Con agujas en los ojos, corazón, construimos lo nuestro: canciones tristes, golpes duros que proyectan y pueden leerse, un polvo fino posándose apenas en la piel. En esas fotos hay niños en formol. Engendros diluyéndose en la imagen. Aberraciones de dos cabezas diciéndose al oído arte. Las vemos e imploramos por nosotros, por los hijos de los hijos y así. Acabamos pronto riendo. Es conmovedor. ¿De qué manera una cosa lleva a otra?, ¿de qué manera un extremo queda atrás y nos arrastra hacia otro extremo? Reírse de lo que somos, con las agujas ya cediendo. Sedación. Contracciones de alegría. Empellones de alegría juntos. Entonces, sentimos un nuevo impulso por crear. Algo que llamamos nuestro, que no es tuyo ni mío. Algo heredado, fundamentado, ligado a una historia, pero que no es historia. Algo ajeno no-original, que nos quema y debemos decirlo. Algo flagrante sin su autor. Una performance que acierte en el no-centro de lo creado. Tu cabeza junto a la mía (percusiones, casi no puedo oírte). En secreto me cautivas hay que bailar. Algo efímero, aciago y fraccionado. Azaroso. Led, golpes duros contra la piedra. Estamos aquí para odiarnos. Hay una canción cuya letra dice (no soy bueno traduciendo): nos quitaremos la ropa en la oscuridad y con los dedos, ellos repasarán los huecos de tu columna.
GRANADAS
Los árboles estaban peligrosamente
entremezclados con la imagen del hombre
Hay un campo. Como en un sueño bucólico, las granadas se inclinan hacia mí. Extiendo un brazo y las tomo. A veces escucho sus cuerpos estallar contra las losas, en mi patio. La gravedad no tiene que ver con ese estallido. Lo seco del golpe, lo sordo. Hay erizos, cabezas contrahechas, contra el suelo. Campos. Me inclino para verles el rocío sobre la piel, en la mirada: labios, esferas pequeñas a punto de estallar. Algunas granadas arrojan una leche densa y azul. Leche de almendras por las bordas del corazón. Olor a muerte en los hilos de la savia, olor a muerte, aire cargado de carne. Zumbidos sobre el tejido de la sábana, debajo de mis párpados. Insectos, frutos calcinados. En un mensaje lento parecen decir: Tienes el nombre de un pastor. Tu nombre corto para repetirlo en la muerte. En otro sueño, las granadas jamás caen. Se abren y desfloran en las ramas. Sus granos se pudren. Los picos de las aves penetran. Delirio: su mirada ensangrentada. Por las noches yo estoy mudo. Veo la fuerza de la sangre, bebo la leche. A veces extiendo un brazo para tomar una granada intacta. La siento arder entre las manos. A punto de volar, su centro. Cetro, savia oscura.
Estos poemas fueron publicados en el libro Maremágnum. Figura de dos cabezas : 3 de Alejandro Tarrab, bajo el sello editorial Stomias•Boa.
A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto. Su vestimenta me da mala espina. Mamá dice «el negro es un color elegante. Hay que respetar los gustos ajenos», sin embargo, ella hace lo opuesto con los señores que llegan de visita a escondidas. Aprovecha el viaje a la escuela para exigirnos que seamos diferentes «hombres, no saben ni amarrarse las agujetas». Cuando se hace de noche, el zopilote irrumpe en nuestro cuarto y nos acaricia con un brusco aleteo. Pablo resiste mudo. No logro entender cómo le hace para evitar el llanto o ir en busca de mamá, hasta he pensado que lo disfruta o por lo menos le adormece. Pero el zopilote nunca canta, no como lo hacía mamá antes de apagar la luz. Él más bien tose, en lugar de hablar raspa, sacudiéndose de un ronquido enfermo. Pablo solía ser parlanchín, travieso, inventaba historias: desde el día del accidente no dice ni pío, se orina en la cama. Para mí que el zopilote lo tiene amenazado. Conmigo trató en el velorio: esa tarde me siguió hasta la casa. Desde que llegó a nuestras vidas escuchamos el llanto de mamá por todas partes; incluso, en algunas ocasiones, Pablo y yo jugamos a pegar nuestras orejas sobre la puerta nueva de su recámara —la puerta anterior la rompieron los vecinos cuando intentó colgarse del armario. Será cuestión de unos días para que nos adiestremos a las prácticas oscuras del zopilote. Su abrazo seco nos arrulla en la sala, donde se encuentran, desde hace tres meses, las cenizas de papá.
La familia se enfureció conmigo el día que invité a Verónica para jugar después de la escuela. No pedí permiso y avisé 10 minutos antes de su llegada. No sabía que estaba mal. Ningún compañero de la primaria me había visitado antes. Ella vivía en la calle 523 y yo en la 517, pertenecíamos a la misma colonia, pero nos separaba un camellón al que llamábamos «el bordo» —un corredor de árboles secos y pedazos de pasto que conducía a todas las primarias de la zona. Le pusieron ese nombre porque los vecinos aventaban su basura y, como nadie la recogía, se hacían charquitos de cochinada por toda su extensión. Cada mañana teníamos que caminar por el bordo para llegar a la escuela y no había niño que no entrara al salón de clases con el estómago revuelto. Lo más importante era que el bordo delimitaba a los amigos de la calle y precisamente Verónica pertenecía al otro lado.
Mi abuela era la dueña de la casa, dentro daba alojo a hermanos suyos, hijos y nietos, éramos más de 14 personas en un espacio construido originalmente para cinco y, aunque los vecinos vivían igual, daba pena reconocer que compartíamos, apretados, cada centímetro. Las casas de la colonia tenían falsas aspiraciones de clase media. Las fachadas estaban bien, pero los salarios no estaban al nivel de su inicial arquitectura y dentro de cada casa había un mundo.
Tampoco sabía qué tan importante era dar una buena impresión cuando llegaban las visitas, por más pequeñas que éstas sean. La organización para limpiar fue rápida. Las mujeres empujaron la basura debajo de los muebles, edificaron una única pila de trastos sucios, limpiaron la mesa con una pelusa gigante, redecoraron la pila de papel higiénico que se desbordaba en el bote del baño y tallaron las costras de mugre en el patio mientras refunfuñaban, furiosas, la llegada de mi amiga. Los niños, incluso las moscas, desaparecimos de su vista en un segundo.
Quedé de ver a Verónica en la panadería que me quedaba a unos pasos. Llegó puntual a nuestro encuentro. Estaba nerviosa de llevarla a la casa. Pensé que la familia a veces era un par de calcetas blancas, bastante percudidas y resbaladizas que llaman la atención de todos, y no sabes dónde esconder porque la falda de tu uniforme no es lo suficientemente larga.
Entramos por el portón negro del patio y daba la impresión de que alguien había sacudido la casa fuertemente. El desorden habitual había regresado: los materiales de limpieza estaban regados en el suelo y la familia gritaba histérica. La tía Mari volteó hacía nosotras y chilló: «Todo por tu pinche culpa». Tardé unos segundos en entender que el mensaje era para mí. Por un momento creí que le gritó a mi amiga, porque en casa no se usaban groserías con los niños, pero Verónica no sabía nada de eso. Mi tía volvió los ojos a la abuela que estaba tendida sobre el suelo y emitía un runrún de robot que no paraba. Mi tía Mari la sacudió por los hombros, pero la abuela no se inmutó, estaba trabada.
La abuela, además, era muy gorda. Los primos calculamos que pesaba más de 1,000 kilos. Entre los tíos la cargaron, la echaron en la camioneta y se la llevaron de emergencia al Hospital de la Raza. Desde que la camioneta arrancó tocaban el claxon más histéricos que nunca para que nadie se interpusiera en el camino, aunque la calle estaba vacía. En teoría el tío Diego se quedaría para cuidarnos, pero aprovecho la ausencia de mi tía Mari para irse con una muchacha a quién sabe dónde.
Cuando las cosas se calmaron, los primos nos reunimos en el lugar del accidente: el lodazal del patio donde la abuela se había resbalado. No hay sangre, no más se pegó en la cabeza, dijo uno. Nos dejaron solos, dijo otro, y uno de los bebés comenzó a llorar por su mamá. Éramos siete niños y por primera vez nos encontrábamos sin un adulto que nos cuidara. Tú la mataste, ¡por tu culpa se cayó!, dijo Omar, el más grande de los primos, y yo también me puse a llorar. Estuve a punto de echarme a correr por la calle pero Verónica me tranquilizó y dijo que mi crimen no era tan grave. Una vez en mi casa se pelearon porque sólo había una cebolla para comer entre todos, me contó.
Sara y Omar, que eran los primos más grandes, nos gritaron como si fuéramos soldados y nos pusieron en fila india, incluyendo a Verónica. Puntualizaron que ellos, como cabos al mando, tenían el cometido de dividir la herencia de la abuela, aunque todavía no sabíamos si seguiría viva.
Marchamos a su habitación mirando todo como por primera vez. La abuela era la única persona en la casa que no compartía la cama con nadie y cuando accedíamos sin permiso nos daba catorrazos. El cuarto guardaba cierta armonía en tonos amarillos, tenía cierto olor a medicinas, humedad y frutas fermentadas. Sacamos todas sus cosas y las extendimos en el patio, aún mojado, para clasificarlas. Se repartieron las joyas, el dinero y los perfumes entre los grandes. A los más pequeños les dejaron las boletas endeudadas del Nacional Monte de Piedad, una bacinica metálica que todavía era útil para un par de bebés y fotografías viejas para recortar. A Verónica le heredaron una maleta negra de rueditas para el regreso a su casa que, si bien estaba a quince minutos, estaba más allá del bordo. A mí, que era la asesina, me dejaron las estampitas de santos, el retrato gigante de la virgen que estaba en la pared y las veladoras, para que Dios me perdonara.
Empezó a oscurecer y teníamos hambre. Los primos grandes cocinaron quesadillas y vasos de chocomilk para ellos, y a nosotros nos dieron las sobras de lo que prepararon en la estufa. Si queríamos más comida teníamos que ser sus esclavos. Y teníamos prohibido sentarnos. Permanecimos hambrientos y de pie varias horas. Como los bebés no dejaban de llorar se les permitió el biberón. El tío Juan llamó a la casa para preguntar cómo estábamos y Sara dijo que bien, que todo en orden. Mientras Sara seguía en el teléfono, Verónica y yo nos escapamos de su vista y subimos al cuarto de la abuela. Colocamos las veladoras encendidas en cada esquina para que mi salvación diera inicio. Dios me tenía que perdonar por el probable asesinato de mi abuela y porque Verónica y yo estábamos planeando una venganza contra mis primos por tratarnos tan mal esa tarde.
Llamamos a la Paquita, la hermana menor de Omar y Sara, y le dijimos que daríamos un paseo. La metimos en la maleta negra y la arrastramos por la calle. Pensamos que la maleta le quedaba grande, pudimos haber metido al otro nene. En pocos minutos llegamos al bordo y ahí la dejamos. Cuando regresamos a la casa, el cuarto de la abuela estaba en llamas. Mis primos estaban llorando, pensaron que nos habíamos quemado. Una vecina llamó a los bomberos. Otros vecinos llevaron cubetas de agua y las aventaron a la habitación. Parecía Sábado de Gloria. Ese fuego, que nos ardía en las mejillas, estaba limpiando, tal vez por primera vez, el cuarto de la abuela.
Más tardaron en llegar los bomberos que mi familia, incluyendo a mi mamá que había estado trabajando fuera todo el día. Les dijeron que todos estaban a salvo en el patio, excepto la pobre Paquita, que se había quedado en el closet del cuarto de la abuela, según la versión de los niños. Mi tía Mari entró aún con el fuego, buscando a mi prima entre madera encendida. Verónica y yo corrimos al bordo por la Paquita pero la maleta y su contenido ya no estaban donde las dejamos.
Cuando cesó el fuego no encontraron rastros del cuerpo de la niña. Mi tía se había quemado en balde. ¿Y dónde está? Fue la pregunta que duró por meses. Los adultos se culparon por dejarnos solos. Sentí pena de ver cómo se desgarraban de dolor por la Paquita y la impotencia que les provocó saber que la policía no fue de ayuda. Me pregunté si una persona de apenas un año, con la que convivimos muy poco, podría causar tanto dolor, como se veía en la cara de los adultos. Les recomendaron, me enteré después, que no movieran las cosas o se pondría peor.
Ninguno de los niños supo responder dónde quedó la nena, si salió, si se la llevó el roba chicos, etc. Las entrevistas que los adultos nos hacían eran largas, tediosas, repetitivas. La tía Mari insistía en hacerme preguntas todos los días, pero mis tíos le pedían que me dejara en paz. Sentía cómo sus pesados ojos de águila me seguían por la casa.
Con los años, todos estaban muy desganados por el asunto de mi prima. Yo también llegué a extrañarla aunque, como ya lo dije aquí, nos conocimos muy poco. Nos dimos cuenta que es más fuerte la ausencia de un desaparecido que la pena por un muerto y en familia decidimos hacer un funeral sin cuerpo. El féretro era diminuto y muy bonito. Sentí lástima de ver cómo enterraban ese cajoncito rosa con flores blancas, cuando yo podría haberlo usado para guardar mis juguetes. La abuela no dejaba de gritar, «por qué no me llevaste a mí, Dios mío», y así se lamentó hasta que murió. Pensé en contarles a todos la verdad, pero nunca supe cómo hacerlo y preferí dejar el asunto de la Paquita así como estaba.
A veces yo también me lamentaba y tampoco dormía: imaginaba que ayudé a Paquita a salir de este infierno, que vivía feliz lejos de aquí; pero no podía tener tanta suerte, no más que yo; se me olvidaba decir que entre tanta basura, la población más numerosa, allá en el bordo, eran las ratas.
Esta presentación del trabajo fotográfico de Brenda Moreno es un viaje cíclico en el que la autora habla de su familia, de aquello que aparentemente no es pero que se puede elegir, de los roles que se cumplen y de los refugios que encontramos en ellos, de la memoria, de los patrones a repetir y del paso del tiempo. Aquí combina la fotografía en medio formato a manera de collage, fotografías y retratos que presentan una realidad, una vida exterior, fragmentada.
Nos hicimos poetas en un intento por atar palabras con justicia,nuestras libretas a la conciencia social,sentados con las piernas cruzadas y ansiosos en sillas elegantestomamos lattes ante noticias de regímenesdisparando artillería hecha en América contra multitudes de personas,sus cuerpos conservados por el sol alinean las calles de países en los que nunca pensamos ysuccionamos nuestros dientes y pedimos a un diccionario que se convierta en machete.
Y por romántico que sea el pacifismo,estos días sueño con dictadores cayendo de cabeza en karmay olvido
tener miedo…Si pudiera escribir esta mierda en fuego, escribiría esta mierda en fuego
Esto no es poesía, es furia que no ha sido silenciada,Un verbo, un medio, un fin…Esto es mi cuerpo.Esto es un sacrificio.Esto es una ofrenda.Esto es Sankofa y Amandla.Esto es South Side Chicago y Compton California. Red Hook Projects en Jersey, Roosevelt Projectsen Brooklyn.Esto es manos mutiladas, toletes contra piel,Botas negras contra vientres preñados, esto es esterilizaciones, inoculaciones,grilletes y cadenas, la mordaza, el nudo, esto es un grito de guerra. Dile al amo que voy aregresar,con fuego en mi morral, dileque soy Patrice Lumumba, Steven Biko, Fred Hampton, Fannie Lou Haer, Harriet Tubman…Dileque han vuelto a nacer en mí.Dile que esta mierda no es un poema.Esto soy yo huyendo desnuda de campos de azúcar y algodón habiendo tirado mi costal,Dile que puede llamarme Karma.Soy piel volviendo a los huesos, una bruja, una herbolariauna hechicera, una sacerdotisa, una gángster,Dile…Esto es el resultado de la segregación, dileque esto es elresultado de la integración, dileque nunca he sido invisible, dileque nunca hasido invencible, dileque voy a derretir el
alambre de púas y los barrotes de acero de las prisiones,fluirán sobre él como lava.He regresado.Estoy sedienta de sangre.Soy colmillos y anzuelos y pies hinchados en líneas de asistencia social,el guante tirado al piso,líneas en la arena,Soy apócrifa.Borraduras históricas acumulándose y entrando en libros de texto.Dile que soy nieta de la explotaciónen una caja de arroz y hotcakes,que vengo a recolectar las regalías por Aunt Jemima y Uncle BenSoy una línea de humo,una danza de la lluvia,el hacha utilizada para matar al primer invasor,Las calles de Benghazi llenas de cuentas de rosario y casquillos de bala,La yuxtaposición de fe y salvajismo,dileque soy caderas anchas africanas y bulimia americana,símbolos de paz grabados en rifles de asalto,el tipo más profundo de contradicción.
Si pudiera escribir esta mierda en fuego, escribiría esta mierda en fuego.
Dile al amo que voy a regresar.aullido en el viento, voy a regresar,herida en tu talón, voy a regresar.Voy a regresar, Amo.Voy a regresar, Amo.Voy a regresar.
Magra carne o la mugre cotidiana o simplemente para Magritte
La cara descubierta del vencidoes guerra camuflada tras la máscara:semilla que murió bajo la cáscaray muerta… parió el fruto prohibido.
El canto visceral de una cadenalo arrastra al cadavérico escenariodonde el vencido sale… y vierte a diariosu vida diseñada para escena.
Maromas/pasos/gestos/saltos/muecasexhiben su verdad: cosechas secas.(Dolientes primaveras desterradas.)
La máscara en su cara ha anclado navey al verse en los espejos… nadie sabede qué ojos se le escapan las miradas.
Sin elección
Casi todos los barrios de mi paíscoinciden en la disposición de sus callesTrazado en cuadrículas le llaman.Rectas y uniformesgrisesobstinadas y firmes las callesentrelazadas y eficientes.Como una jaula.
Los puercos
Y gozan revolcándose en el lodo,el mismo lodo gris que les aterra.Escapan por la puerta que se cierra.Dibujan como nada lo que es todo.
Arenas movedizas en las plantas,y un halo de firmeza en las miradas.Las almas, como siempre, desalmadas.Las santas sin altar; las putas santas.
Se forjan por azar sus propios cercos.Presumen de un «instinto racional»y yo, que ya soy parte de estos tercos,
que tengo el corazón de un animal,prefiero el lodo gris, como los puercos.No traten de sacarme del corral.
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Para Geovannys,
por esta alquimia de adictivo amor.
Echado a mi espaldainmóvil como una ciudad llena de escombros…está mi amor.De ojos cerradosabierto a la infinita tranquilidad del sueñoinaprensibles y luminoso en su desnudezlo siento…Y no lo toconi lo miro.El cálido susurro de su aliento en mi costadoanula la lógica de los sentidos.Sé que está cerca.Permanece simulando su pedazo de muerte transitoria.Disfruto su cercanía.Me doy la vuelta con cautela de ángely me apego a su pecho impenitenteprotector de mis vicios más arterosfragua infinita de abrazosque le restan un poco a la vidasu fama de malignidad.
guerra*
En el hueco de un país lejano hay un hombre.En el hueco de un hombre hay un recuerdo de familia.En el hueco de una familiahay una madre triste, una esposa sola y unos hijos flacoscavando una tumba.En el hueco de una tumbasepultan el grito de un hombreque se quedó en el hueco de un país lejano.La madre triste, la esposa sola y los hijos flacosse distinguen en la multitud.Todos tienen un hueco en el pecho.
a mi padre ¿Sabes que mañana serás del aire?
José Watanabe
Elegimos en el centro comercialel helicóptero que volaba más alto.Lo encendimos por primera vezen el patio; sus hélices giraban.
Nos turnamos para mover la palanca,para ver cómo se alzaba encimade nuestras cabezas y nuestra casa.Más alto siempre que nosotros.
Era pronto para saber si el helicópterovolaba a la altura que querías;si el aire en que levitabaera suficiente. Me respondícuando te miré apretar con fuerzalos botones para llegar más alto.
Esta vez era mi turno y me cansérápido de sus hélices, de sus alas.Quise volver a tierra la miraday solté el botón.
El helicóptero se desplomócomo esas aves que al volaraprenden también a caer.
Después, prometimos ir a un campodonde las alas no se estrellarancontra las cosas, contra las casas,pero hasta ahora no hemos vueltoa volarlo nunca, ni a sacarlo de la caja.
Felicidades, usted ha vencido al cáncer
Tres o cuatro años escribiendo,yendo sobre lo mismo.Y aún no distingo el cáncer de la muerte.
Trato de escribir otro poema,uno afortunado que diga: he olvidadolos rostros cancerosos de mi familia.
Este poema tratará sobre el olvido,y escribo de nuevo acerca del cáncerde pulmón, de estómago, de mamao de cómo fueron muriéndose uno a uno.
Escribo para olvidar el cáncer,pero los poemas se multiplican.
Oxígeno
En la cocina mi tía pone a hervir el jitomate. Las burbujas brotan dentro del tanque al que están conectados los pulmones de mi abuela. De la cocina a la sala miro su cuerpo encogido por el cáncer, recostado sobre el sillón. Cubierta por una sábana su piel es como la del pollo que limpiamos para el caldo. El olor del jitomate comienza a impregnar la casa. Las venas de su cuello tiemblan como si una multitud las habitara. Con una mirada, mi abuela me pide que le diga a mi tía que no se le pase la mano con la salsa. En la mesa, las cebollas cortadas en rodajas, acomodadas unas sobre otras; las moscas revolotean sobre la grasa de la carne y la fruta que se está pudriendo. Ella seca el hervor de su cuerpo con la sábana. Su vapor mantiene tibia la casa. Dios te salve mi tía va del sartén al marco de la puerta y por nosotros te encargo la lumbre los pecadores el jitomate hierve ahora y las burbujas se revientan y en la hora escucho de nuestra muerte sus quejidos el burbujeo hágase señor tu voluntad son más fuertes en la tierra como en el cielo me siento a su derecha y perdona nuestras ofensas digo a su lado al recordar las frutas podridas en la mesa.