Apenas rebasábamos la primera mitad de 2016 y el conteo de muertes de músicos sumaba ya a tres de los más importantes genios del siglo XX. El 17 de julio, Alan Vega, líder de Suicide y uno de los artífices de lo que llegaría a ser el punk, abandonó este plano existencial mientras dormía en su cama, tal y como dio a conocer su amigo Henry Rollins, músico y presentador. Sólo tres meses antes, el 21 de abril, despertamos con la noticia de la muerte de Prince. Los días que siguieron fueron de especulaciones, hasta que se dio a conocer que la causa de la muerte fue una sobredosis de analgésicos opiáceos para tratar dolores en la cadera.
Pero, sin duda, la muerte que más nos entristece es la de David Bowie. No hay parangón. A todos nos tomó por sorpresa, pues tan solo dos días antes de su fallecimiento (el 10 de enero) The White Duke estrenaba álbum: Blackstar. Apenas habíamos empezado a masticar las canciones que lo componían y a comentar sobre el largo video de “Blackstar” cuando llegó la mala noticia.
Por lo menos tuvimos un fin de semana para escucharlo. Recordé una frase que había leído en El buda de los suburbios, aquella brutalidad de Hanif Kureishi: “Hubiera querido que mi vida empezara entonces, en aquel preciso instante, cuando estaba preparado para ello”.
Ahora sabemos que el video y la canción misma no eran crípticos, sino muy directos y prácticamente literales. Dice en una parte:
«Something happened on the day he died
Spirit rose a metre then stepped aside
Somebody else took his place, and bravely cried
(I’m a blackstar, I’m a blackstar)»
“Evidentemente, en particular desde su muerte, vamos a interpretar cualquier cosa que Bowie hiciese en sus últimos años como una alegoría autobiográfica”, afirma el filósofo inglés Simon Critchley, autor del estudio sobre Bowie que acaba de publicar Sexto Piso. Escrito en un lapso de dos semanas, el libro es un ejercicio en la técnica de cut-up de William Burroughs que el mismo White Duke llegara a ejercitar. Es un rápido repaso analítico sobre la figura de quien sin duda fue uno de los artistas más versátiles y misteriosos del siglo XX y lo que va del XXI, sobre su autenticidad y la de su música. La teatralidad y su rebuscado proceso creativo. “¿No debería la música auténtica surgir directamente del corazón, subir por las cuerdas vocales y meterse en nuestros oídos expectantes?” se pregunta Critchley en el capítulo titulado “Soy un pelmazo heideggeriano”, donde, a partir de una anécdota de Robert Fripp, cuestiona la naturalidad de la creación de Bowie. En ella ensaya deliberadamente la emoción que debe transmitir su voz en una pista. Pero, explica, “el genio de Bowie reside en el meticuloso encaje del sentimiento con la música por medio de la voz.”
Para explicarse lo sucedido entre el viernes 8 y el lunes 10 de enero, nos recuerda el video de “Lazarus”, otro sencillo de Blackstar.
Critchley recurre a la figura de Lázaro, el personaje bíblico que es resucitado por Jesús y que, al salir de su tumba en Betania, porta un sudario que cubre sus ojos.
Así como aparece Bowie en ambos videos. “¿Es Bowie Lázaro?”, se pregunta el autor. “Es por eso que escogió este último personaje para despedirse de nosotros?”. Detengámonos a apreciar el siguiente clip.
En este libro, Critchley hace un rápido repaso por la palabra “Bowie” y la define, o eso intenta. Desde la filosofía, pero, naturalmente, también desde la autobiografía. Porque no hay un buen análisis crítico sobre un músico si no incluya una anécdota de cómo el autor se robó un disco del artista o banda a analizar. “Ninguna persona me ha proporcionado tanto placer como David Bowie a lo largo de mi vida”, confiesa. Justo como nos ha pasado a todos. Bowie ocupa, de alguna u otra forma, un amplio espacio de nuestras almas.
Regresé a escuchar el playlist de Bowie que armé hace un par de años y puse en primer lugar “Lazarus”, que como cierre es un buen inicio. Aquí se los dejo:
Empecé un proyecto postal, el destinatario me decepcionó y nunca lo envié. Lo guardé en un cajón como prueba de una intención. Hace un par de semanas recibí una postal previamente anunciada. Fue enviada desde Varsovia casi cuatro meses antes. Revisé el buzón cada noche, casi como un ritual, suponiendo que quizá nunca llegaría. Llegó y su significado había cambiado. El remitente ya no estaba en el lugar desde el que la envió, quizá ya no querría decir las mismas cosas o tal vez ya me las había contado de viva voz. Yo (el destinatario) la esperaba como un objeto, como el final de un trayecto y no como un mensaje en sí.
Supuse, por la tardanza, que se había perdido entre oficinas de correo. Pienso en el recorrido de las cartas como pienso en un viaje: gente pierde aviones, se queda varada en un control aduanal o decide no tomar ningún rumbo. Entre el punto de partida y el destino hay una serie de factores que pueden hacer que un mensaje llegue o no. Me gusta pensar en aquello que transcurre entre el momento en que alguien escribe una carta y en el que otro la lee. También pienso en las postales que no llevan sobre, en cómo son leídas por todas las manos por las que pasan; la mayoría de las veces incomprendidas, como un mensaje cifrado y sin sentido. El mensaje sólo funciona para quien fue escrito y adquiere sentido en contexto.
Las cartas, además de llevar un mensaje, tienen la posibilidad de construir relatos y plantear tramas. Éste es el caso de las novelas epistolares, que cuentan una historia desde varias perspectivas y dan voz a los personajes en distintos tiempos. También interviene la idea del tránsito de la carta de unas manos a otras, elemento que articula y condiciona el relato mismo.
Lo epistolar está presente en toda la literatura y la literatura juvenil no es la excepción. Esta narración en primera persona suele “eliminar” la intermediación entre el personaje y el lector para generar empatía y sentido de horizontalidad con un público adolescente al que se tacha de complicado. Me vienen a la cabeza varios ejemplos de obras epistolares para este público, pero me detengo en uno reciente: Punkzilla. Es la primera novela de Adam Rapp traducida al español, publicada en la colección juvenil del Fondo de Cultura Económica en el 2016. Un relato que sigue el recorrido de un adolescente que escapa de la escuela militar y cruza Estados Unidos para encontrarse con su hermano moribundo. Durante el sinuoso camino, Jamie, el protagonista, escribe cartas donde le cuenta a su hermano todo lo que le sucede durante el recorrido.
Las palabras de Jamie tienen un tono contestatario y rebelde, escribe de corrido e inventa palabras, lo sabe y no le importa. A partir de su huida de la academia militar, pasa meses en Portland, donde tiene sus primeras experiencias con drogas y mujeres. Come y duerme donde puede, nunca sabe qué pasará al día siguiente. Disfruta de esa vida decadente que nunca pudo tener con sus padres en Cincinnati, le alegra ser dueño de sí mismo. Al enterarse que a su hermano le queda poco tiempo de vida, se arriesga y se expone a las condiciones más precarias con tal de cruzar el país para encontrarse con él.
Sus cartas están intercaladas con respuestas, algunas de fechas previas al tiempo de la narración y otras que siguen la cronología. Cartas que se atraviesan en el camino de aquellas que Jamie envía, unas que nunca responde, otras que nunca recibe o que recibe cuando es demasiado tarde. En Punkzilla el lector va un paso adelante del protagonista, tiene información adicional y se vuelve cómplice del relato. Lee cartas que no le están dirigidas, como si husmeara en el correo ajeno o escuchara conversaciones detrás de la puerta. Las obras epistolares le dan al lector un sentido de cercanía con los personajes. Lo que supone, a pesar de ser ficción, que un discurso privado se vuelve público.
Probablemente la mayoría de los lectores de Adam Rapp jamás han recibido o enviado una carta. Tal vez muchos de los problemas de Jamie pudieron haberse resuelto con un e-mail, un mensaje de texto o una llamada, pero las cartas siguen funcionando como un código narrativo. La materialidad del mensaje y su tránsito de una mano a otra cuentan una historia en paralelo. Es el relato de la intención, la espera, la duda y el silencio.
En una de sus cartas al joven poeta Franz Xaver Kappus, Rilke le decía que en todo debería encontrar inspiración; que si su vida cotidiana le parecía pobre, no la culpara a ella: «acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas». Y agregaba: «para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente». Pero en caso de que no hallara inspiración ahí, le aconsejaba que volviera su atención a la infancia, que intentara «hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado». Y si, una vez más, el entorno le era adverso, la infancia le depararía innumerables tesoros: «aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella».
La infancia como fuente inagotable de experiencias es la materia prima de ¡Llegaron!, la novela más reciente de Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942). De hecho, la infancia es la etapa que Vallejo siempre rememora: a lo largo de su obra narrativa hay evocaciones o recuerdos de sus primeros años en la finca de Santa Anita, a unos cuantos kilómetros del centro de Medellín. Sin embargo, este nuevo libro tiene una relación más estrecha con su primera novela, Los días azules (1985; luego incluida en El río del tiempo, Alfaguara, 1999) en la que también evoca sus años de infancia, sin duda, los mejores de su vida, de ahí el ilustrativo título. En una página de Los días azules, Vallejo escribe: «Ausente de pecado mortal, la niñez es la época más tediosa de la vida» pero, agrega, «un día, por fin, la deja uno atrás con su vacío incolmable». Sí, tal vez nos parezca que en esa etapa no suceda nada relevante, pero lo que viene después no puede llenar semejante dicha.
Como en esa novela, que es un diálogo con su perra Bruja, y en las dos anteriores (en El don de la vida habla con la muerte y en Casablanca la bella con las ratas), Vallejo conversa durante un vuelo de la Ciudad de México a Medellín con su antiguo psiquiatra, a quien le cuenta sus días infantiles y en su recuerdo incontenible el diálogo se le vuelve monólogo, como diría el poeta Gilberto Owen. Ese monólogo está lleno de instantes; Vallejo va y regresa sin orden aparente, como recuerdos que se agolpan en la mente y, sin perder ese impulso, así son transcritos en la página en blanco. Porque el cofre ha sido abierto y los tesoros del recuerdo, del que le hablaba Rilke a Kappus, ya no pueden contenerse. El lugar idílico es la finca Santa Anita y hasta ahí llegan los hijos de Lía y Aníbal con los abuelos: Fernando, el mayor, y sus otros seis hermanos. Precedidos por el «¡llegaron!», pregón soltado por Elenita, la tía abuela, ciertamente llegaba también la revolución: «Lo que estaba bien lo dañábamos, lo que estaba mal lo empeorábamos y lo que estaba aquí lo poníamos allá. Gato que aparecía, gato que perseguíamos con los perros detrás siguiéndonos ladrando». La finca se vuelve el espacio de esa infancia porque ahí tienen cabida los innumerables hermanos, la abuela, el abuelo, la tía abuela, el erudito tío Ovidio, el padre, a quienes Vallejo les profesa uno de sus contados amores, y por otro lado la madre, el mayor de sus odios, a quien llama «La loca» (la misma de El desbarrancadero, que ordena y manda desde las alturas mientras uno de sus hijos agoniza).
Hay lectores y también, sorprendentemente, críticos literarios que, en las novelas recientes de Vallejo, como es el caso de ¡Llegaron!, sólo han querido ver sus desplantes y, como consecuencia, han reducido toda la construcción de una impecable escritura a unos cuantos improperios (lo mismo a los señores académicos de la Lengua y a Malala, premio Nobel de la Paz, que al presidente Juan Manuel Santos o ahora al papa Francisco, como antes a la «alimaña» Juan Pablo II y a Benedicto XVI). Es cierto que ya desde Los días azules se vislumbraba ese afán de epatar que se consolidó en sus obras posteriores, principalmente en El desbarrancadero (Alfaguara, 2001). Pero lo cierto, además, es que esos insultos solo son un aderezo para disfrutar más sus obras: en las páginas de Los días azules despotrica con toda justificación contra los salesianos, en cuya escuela hizo sus primeros estudios, y el odio a la humanidad no ha hecho sino crecer pues, rememora, «de rencor en rencor me fui adentrando en la noche oscura del odio, donde dispersas brillaban una que otra chispita de amor». De manera que su corrosivo humor sólo es un elemento más en la narrativa de Vallejo; lo que realmente debería importarle al lector es que su escritura es deslumbrante, acaso una de las pocas que actualmente se escriben con verdadera pasión en la lengua española.
Esta es la novela que le valió a Donna Tartt el premio Pulitzer, la que le tomó once años desde su última publicación (Un juego de niños, 2003), la que la colocó inamoviblemente sobre el pedestal radiante y ambiguo del bestseller: la gloria entre sus lectores, el oprobio entre sus críticos.
En ella, Tartt desarrolla uno de sus temas favoritos: la infancia de un huérfano oscuro y taimado, o más exactamente, la transición de la adolescencia a la adultez de un ejemplar indiscutible de la ominosa soledad e indiferencia que acompañan siemprea quienes suelen reconocerse bajo la marca literaria del «blaisé». Como los héroes de Dostoievski o Dickens, Theo Decker va capoteando su timidez y mala fortuna, gracias a la providencial ayuda de una serie de personajes con mejor talante y estrella, algunos egoístas y miserables, otros simplemente bonachones. Es el propio Decker quien nos va contando su historia a través de un alargadísimo flashback, con tres elementos como punto de cohesión: el amor por su madre, su amistad con un muchacho ruso de nombre Boris, y la azarosa posesión de El jilguero, obra maestra del pintor de Delft Carel Fabritius, luego de una explosión en el Museo Metropolitano de Nueva York.
El hallazgo de El jilguero funge entonces como el punto de arranque de una serie de acontecimientos que obligarán al protagonista a trocar su vida apagada y mediocre por una existencia colindante con el crimen y el delirio, lo que representa también el esfuerzo de Tartt por integrar cierto elemento simbólico (un jilguero pequeño, atado y domesticado) como complemento de la soledad y la belleza pictórica que transcurren a lo largo de toda la novela. Mediante el óleo de Fabritius, la autora retoma aquel aforismo clásico sobre la creación literaria: utpictora poiesis: como la pintura, así debe ser la poesía, y en un sentido más amplio y contemporáneo, todo arte de la palabra.
Bajo esa premisa, Tartt hace alarde de un poder descriptivo riguroso –quizá preciosista– en el que los paisajes desolados de una ciudad desértica como Las Vegas, conviven con las vetas antiguas de muebles victorianos e incluso con los hábitos alimenticios del criminal Boris, el eterno amigo de Decker. Justamente este aspecto del libro ha sido más censurado que alabado. Y, en efecto, sólo aquellos lectores de largo aliento (que se encuentran en las antípodas de Borges para quien un texto como este de casi 1,200 páginas le parecería sin duda un tedio) podrán juzgar si algunos párrafos exclusivamente descriptivos, resultan imprescindibles, o bien, responden a un mero capricho de su autora.
Por su carácter ilustrativo, iniciático incluso, la novela está emparentada en más de un sentido con el Bildungsroman (o novela de formación) pero es justo decir que Tartt ha intentado actualizar el género mediante un estilo más crudo y desencarnado, en el que las referencias lo mismo al horizonte pop norteamericano que a la alta cultura universal (Harry Potter, Los siete magníficos, Pushkin, Dostoievski, el propio Fabritius o el ebanista inglés Chippendale) sacuden por su lenguaje directo y libre de afectación; rasgo, por cierto, que el lector mexicano podría pasar desapercibido en la marcada traducción peninsular. Según ésta, los personajes de Tartt «hacen la colada», son los «más enrollados», huyen de «seguratas» al tiempo que comen huevos con «beicon».
En el despliegue de personajes que representa un pequeño mosaico de la sociedad norteamericana, Tartt reproduce ciertas obsesiones que la hermanan con otros escritores de su siglo: el retrato de una sociedad alimentada por los narcóticos y otras drogas duras, la ambigüedad sexual y el racismo de nota capitalista que se suele ejercer en una ciudad multiétnica sin importar ni su nombre ni su filiación política. A través de la mirada de Decker y su comparsa Boris, la autora ha logrado renovar su propia picaresca, no tanto por aquellas desmesuradas aventuras de sus protagonistas, sino por sus paisajes, por elevar aquellos escenarios (la colosal Nueva York, la calamitosa Las Vegas, la acanalada Ámsterdam) al rango de ciudad ideal y patibularia, a la manera del Londres de Charles Dickens.
De hecho, ésa ha sido una de las objeciones que le ha impuesto la crítica: demasiado Dickens, dicen; y, aunque las referencias de Tartt a su maestro londinense en más de un sentido trascienden el plano del homenaje, tocará al lector juzgar el mérito de esa voluntad de imitación de estilo. En todo caso, pese a su excesiva extensión, y a la manía de su autora de «sobre enredar» la trama, El jilguero merece toda la atención que ha recibido, si no como una de las mejores novelas del cuarto de siglo (en esa tendencia tan norteamericana a la adulación y la grandilocuencia), al menos como la obra consumada de una narradora en la madurez de sus facultades que no conoce las prisas del mercado. Quizá tengamos que esperar otros once años para leer su próximo libro.
En su más reciente largometraje, y primera producción en lengua inglesa, Langosta, Yorgos Lanthimos aborda nuevamente los problemas de una sociedad escindida, devorada en el conjunto de su propia simulación. Si bien las películas de este director (Canino, 2009; Alpes, 2011) siempre se han ubicado en ámbitos de contexto geográfico e histórico difuso, en esta ocasión el paisaje narrativo se construye desde un claro marco ciencia ficcional donde, en un futuro distópico, la principal amenaza de la sociedad es la soltería. Los ciudadanos que pertenecen a esta esfera son trasladados a un hotel donde tendrán cuarenta y cinco días para encontrar pareja y, si fallan, serán convertidos en animales y arrojados al bosque. A partir de esta premisa, Lanthimos reflexiona sobre la realidad sedimentada de la sociedad actual, al realizar un estudio figurativo que somete al espectador a preguntas apremiantes sobre la ética del intercambio amoroso, las relaciones entre la libertad y la violencia o las condiciones de posibilidad para representar el espacio de la alienación.
Ya desde Kinetta (2005), donde una comunidad dirime sus más brutales pulsiones en la demarcación de un hotel, Lanthimos mostraba una preferencia formal y conceptual por el aislamiento ideológico de sus personajes con una caracterización psicológica de rasgos mínimos, lejana a cualquier elaborado dramatismo. En Langosta, los habitantes de esta sociedad no tienen nombre, excepto el protagonista, David (Colin Farrell), y son identificados mediante una característica física o de personalidad: el hombre que cecea, el hombre que cojea, la mujer desalmada. Ese será el único camino privilegiado para encontrar pareja ante el peligro inminente de ser eliminado (perdiendo la forma humana o como fugitivo en el bosque y presa futura de los juegos de caza donde participan los huéspedes del hotel): elegir a la media naranja mediante una cualidad o defecto en común —como el hombre que se provoca hemorragias nasales en una de las tantas señales del oscuro sentido del humor del director—. La impasividad, la sublimación del conflicto y la sobriedad del gesto, en lugar de la profusión del diálogo, se expresarán mediante los emplazamientos de una cámara distante que utiliza muy poco el primer plano y, por el contrario, privilegia los planos medios laterales, de espaldas, de tres cuartos de los personajes o grandes planos generales; las tomas cenitales en grúa de las figuras perdidas en la topografía irlandesa del hotel frente al mar o en las extensiones de bosque que lo rodean. Si en la filmografía anterior de Lanthimos esta ausencia de toda teatralidad se traducía en una conmoción del espectador al evidenciar el malestar de una sociedad marcada por el automatismo, la crueldad y la violencia sin ambages, en La langosta la frontalidad absoluta es atenuada al enfatizar la fábula romántica entre David y la mujer miope.
No obstante, una de las diferencias principales que distingue esta película de las previas es la doble perspectiva narrativa al establecer diversos intercambios entre el enfoque auditivo y el visual. Así, en la primera parte de la película tenemos la intervención de un narrador-personaje que modifica los efectos semánticos del sonido y la imagen, pues, en el mejor estilo bressoniano (Un condenado a muerte ha escapado, 1956), la voz narrativa no es una puntualización simultánea de lo que estamos observando y, lejos de representar la acción en el espejo de la conciencia de un personaje, crea distracciones, comentarios que refuerzan la ironía, el absurdo involuntario de ciertas escenas y, finalmente, configura un entramado de disyunciones-coincidencias entre los hechos visibles, lo que el comentario narrativo dice de ellos y el punto de vista del sujeto-protagonista. De tal forma, Lanthimos fuerza al público a mirar y a escuchar, utilizando las percepciones de un observador invisible, personaje cuyo lugar privilegiado le permite salir de la historia y regresar a ella.
Así, Langosta podría considerarse como una película bifronte, constituida por dos segmentos, dos formas de construcción narrativa y dos microcosmos principales simbolizados por el hotel y el bosque. En ambos lugares se alterna entre tensión/acción, movilidad/inmovilidad (como la escena del número musical interpretado por la pareja dueña del hotel, cuyo estatismo nos recuerda a la farsa mordaz de un Roy Andersson o Aki Kaurismäki), íntimo/ colectivo, la toma fija/fluida —acentuada mediante la cámara lenta—. La pareja protagónica se enfrenta a una sociedad aparentemente dividida, pero de prácticas afines. Sea en interiores cercados o en exteriores finitos, estos espacios mensurables crean su propia dinámica; en las fronteras del hotel, que son también los límites del bosque, la soledad se decanta en el goce pospuesto, el carácter inalcanzable del otro, la evanescencia de esa humana condición que, quizás al final, pueda recobrarse.
Cuentan de un náufrago que construyó una pequeña balsa con los cadáveres de otros dos marineros. Navegó por mar abierto durante semanas hasta que encontró un barco con cien hombres. Lo abordó a escondidas y mató, uno a uno, a cada tripulante. Con los cuerpos, construyó el barco con el que llegó a tierra.
MUERTO
De entre los muertos, había uno insatisfecho por su condición. Día y noche, en su tumba, luchaba por estar vivo. Después de arañar, golpear y patalear, logró liberarse del ataúd que lo aprisionaba. Ya vivo, recordó que no había nada más cansado que vivir y, con todas sus fuerzas, deseó estar muerto.
Mi padre destapó una cerveza para ver el futbol,y me dijo que los hombres corren tras la pelota para no pelear.Me dijo que los hombres corren como los soviéticosy los norteamericanos corrieron tras la lunapara jugar futbol cósmico.
Porque los cosmonautas eran hombres en guerraque sólo querían jugar.Astronautas de pasos pequeñosy huellas enormes.
Me dijo que el futbol era la carrera espacial pero sin cohetes.Sin el Sputnik ni Laika.Sin Apolo.
Me dijo que el futbol estaba arreglado como el alunizaje,pero que era el mejor pretexto para destapar una cerveza;por eso las ponían en oferta en todas las tiendas.
También me dijo que el futbolera el deporte favorito de los gobernantes,por no sé qué cosas de humo.Cortinas, creo.
Pero a fin de cuentas se sentó a verlo y beber,porque en la tele jugaban la final del torneoy la cerveza estaba fría como la relaciónde Estados Unidos y Rusia.La cerveza estaba bien muerta como la URSS,y cuando alguien anotó un gol,la grada explotó en aplausosmientras el Apolo aterrizaba en medio de la nada.
-ismos
No puedo escuchar el nombrede Donald Trumpsin pensar en Rico Mc Pato.
Sin pensar en los niños que nacen con el soltrabajando por una gota de miel,porque es lo único doradoa lo que aspiran.
Sin pensar en los que vivenbajo la sombra de muros,ladrillos de prejuicios.O de aquellos que bajo papelescon leyes absurdas sobrevivendía a día.
Sin pensar que hay muchos sudando sangre.Sudando agua de ríos peligrosos.Sudando horas de sol.Sin pensar con ilusión que tal vez hay millonarios buenos,como Batman,Tony Stark, o Bill Gates.
Pero los hay malos. Malísimos.Excelentemente malos como el señor Burns.Casi todos son así.
No puedo escuchar el nombrede Donald Trumpsin pensar en que él sigue las reglasdel feng shuiy yo me burlo.
Generación
Te preguntarás al ver MTVqué ha pasado con las nuevas generaciones,pero te contemplas al espejo y acabas por responderteque no han pasado sino20 o 30 añosdesde que naciste,y ya no eres un adolescenteque se creepunk,true,gangster,rockstar,cholo,
o cualquier cosa que denotetu falta de identidad,te das cuenta que MTVtambién la ha perdido,si es que alguna vez la tuvo,y ahora nos vende la basura que tiene a su alcance,así como tú vives de la misma basura de tu alrededor:
eres un Godínez que ama los días casuales donde se viste con las viejas gloriasde su juventud,que come hamburguesasguardadas en tuppers.
Em Ti Viahora habla de mujeres embarazadasy otras tendenciasde tuiter,vaya qué miserable.No hay de otra, tú piensas lo mismopor eso no dejas tu trabajo.
A fin de cuentas,tú y MTV no son muy diferentes.
Escribir un poema
Tal vez en el futuro escriba un poemalo bastante bueno como aquellosque leí cuando era joven.
Uno que hable de la condición humanay logre desentrañar los misterios del hombre,que son casi como los de Dios.
Será un gran poema, de eso estoy seguro.Debe hablar del universo y de la tierra,contar cuántos granos de arena existeny mezclarlos con los de la sal.
También quiero escribir un poema que hable del agua y la luna,de las calles abandonadas, las grandes ciudades.Que enumere las preocupaciones de las palomasy explique el comportamiento de los gatos.Que me ayude a entender el milagro de la cruz.
Sobre todo quiero escribir un poema que mencione a Sísifo:Siempre que estoy a punto de alcanzar el poema de la cima, tropiezo y caigo.
Pero esta vez podré alcanzarlo y al leerlodiré que es bueno.Tal vez lo haga pronto, no hoy ni mañana,pero sin duda algún día escribiré un gran poema.
El infierno no. Jamás me ha parecido que el fuego sea. Otra cosa, tal vez. Un árbol en llamas que dice que es el Dios, eso. También un parrillada, algo de carne, algo de diversión. Es más una fogata y cantar alrededor. Pero el infierno, gente que arde por la eternidad, una grabadora con éxitos de los ochenta, eso no. El dolor, no. La muerte, la posteridad, definitivamente no. El fuego es otra cosa: una farola de hace siglos que alumbra al que se pierde. El corazón de un hogar, tal vez. Un corazón a secas, seguro. El fuego es fuego y eso es una obviedad que a mí me importa. Porque el infierno no pero sí los ojos del que ama.
Lo que quiero decir es:
no
¿Crees en la resurrección de la carne?
Guardo una escena de mi infancia. Mezcla la cebolla (picada) y el cilantro con la carne (molida). Después añade sal con ajo al gusto. Precalienta el horno a 200ºC. Por algún motivo, que ahora no recuerdo, la mujer que me cuidaba me bañó con ella. Una única vez. Una solísima vez. Pero sus pechos grandes, sus pezones osscuros. No su rostro ni su sexo pero el agua y mi entraña y el deseo. Extiende la carne sobre el papel de aluminio. Procura que no quede una capa demasiado delgada, pues se rompería. Y entonces algo se torció dentro de mí, como la rama de un árbol siniestro. Pájaros de mal agüero graznan dentro del pecho. Hojas de parra secas recubren mi sexo que ofrece reverencias sin el menor reparo. Para el relleno: coloca en el centro del rectángulo de carne molida las rebanadas de jamón y la verdura. Corta el huevo cocido en rodajas. Sus pezones oscuros son una pequeña casa derruida en la que guardo las cosas que me forman. Un cofre de nada son sus pechos en mi mente. Un espacio vacío entre dos palabras tartamudas. En uno de los lados, coloca una hilera de salchicha, otra de huevo cocido y otra de jamón. Hecho esto, enrolla la carne y envuelve el rollo con el papel de aluminio. De ahí que cada que toco un cuerpo, cada que la fortuna se lía con mi sangre, tengo presente el agua de la infancia y la mujer que, sin saberlo, ofreció a este que soy el sigiloso misterio de la carne. Hornea durante 45 minutos. Cuando esté listo, retíralo y córtalo en rodajas. Puedes servirlo acompañado de una ensalada de brócoli con aguacate, ensalada de piña y marisco, puré de patatas o puré de garbanzos. Quiero decir: no.