Tierra Adentro

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera

y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,

querer tocar el grito y sólo hallar el eco,

querer asir el eco y encontrar sólo el muro

y correr hacia el muro y tocar un espejo.

Xavier Villaurrutia 

*

Esa mañana Cristina llegó tarde al trabajo y se excusó con el gerente diciéndole que se había metido en un agujero de gusano.

– ¿De qué estás hablando, Cris? ¿Vienes bien?

– Creo que sí.

– Estás algo pálida.

– Debe ser por el viaje. Todo ha sido muy raro; hoy me levanté antes de lo acostumbrado, me bañé, ni siquiera desayuné y salí con más tiempo del habitual. Antes de subir al taxi vi el reloj, todavía no daban ni las siete. Hasta pensé que llegaría con bastante anticipación. El taxista traía el radio a todo volumen y le pedí que, por favor, le bajara, ya que me dolía la cabeza. Pasaron unas tres canciones, no más de diez minutos. Cuando llegamos, vi que todos estaban aquí y me pareció muy extraño; vi la hora y ya eran las once. No sé cómo explicarlo.

– ¿En serio quieres que te crea? Mejor dime que te quedaste dormida.

– Estoy hablando en serio, Gerardo, no sé qué pasó. Tomé el coche antes de las 7:00 de la mañana. La única explicación que le encuentro es esa, el otro día lo leí en una revista. El agujero de gusano es algo así como un puente en el tiempo y el espacio. El taxi en el que venía se debió meter en uno de ellos. Te juro que no estoy mintiendo. Si quieres llama a la casa y pregúntale a mi mamá a qué hora salí.

– Para qué, seguro ya se habrán puesto de acuerdo. Crees que no sé cómo es tu mamá. Además no tengo ganas de hablar con ella.

– Ayer estuvieron hablando hasta muy tarde ¿no? Por su culpa no pude dormir bien. No sé qué tanto pelean si supuestamente son sólo amigos.

– Ya, ya, ya, no es momento ni lugar para hablar de esas cosas. Aquí soy tu jefe, y no es necesario que me digas mentiras, ni trates de utilizar mi relación con Laura para justificar tu retraso.

– Lo que tú digas, Gerardo. ¿Puedo pasar o no?

– Tranquila, estás muy sensible. No se te olvide que aquí el que dispone soy yo.

– Lo tengo claro, Ger. Sólo pregunto, no me siento muy bien, ha sido una mañana difícil. No puedo hilvanar muy bien las cosas…

– Ándale pues, pásale, ponte el uniforme y a ver qué se me ocurre para que repongas las tres horas que me debes.

– ¿Por qué no las tomas del tiempo que me hiciste quedar el sábado?

– Porque ya sabes que los sábados hay una hora de entrada, pero no de salida, Corazón. Ya pásale que me comienzan a dar ganas de regresarte.

– Está bien. Gracias.

Cuando entró la siguió con la mirada, posó la vista en sus nalgas y sonrió.

– Maldita escuincla, ahora sí ya se chingó. Me la ha estado haciendo cansada, pero hoy sí me la agarro, quiera o no.

– Pinche, Ger. Pensé que ya, ¿qué?, ¿el sábado no se armó?

– Nel, no se pudo. Ves que la puse a ordenar las botellas del almacén, y justo cuando iba a ver qué onda llegó el señor Enríquez y ya no pude moverme del salón.

– Ni pedo dijo Alfredo, pero hoy te desquitas.

– Así es, de menos que pague el favor que les estoy haciendo a ella y a su jefa. Si no es por mí, no estuviera trabajando aquí. La morra, legalmente, ni puede chambear. Si ya gana como mujercita, vamos a tratarla como tal.

– A huevo, que desquite el sueldo. Y, ¿por qué llegó tan tarde?

– Ah, ya ni me digas. Además anda queriendo verme la cara de pendejo. Inventó que se metió en un gusano del tiempo, una mamada así ¿cómo la ves? Que había salido bien temprano de su casa.

– ¿Qué? ¿En serio? No mames…

– Sí, y además se pone rejega porque no le creo. Gusano el que le voy a meter al rato; el mismo que trae loquita a su mamá.

– A huevo. Pinche morra, se pone al tiro porque la tienes muy consentida. Todos los días la dejas pedir de la carta, la mandas al almacén para que se haga pendeja, mientras todos están aquí sacándole la chamba y, por si fuera poco, la dejas descansar los domingos.

– Eso se llama trabajar a una mujer, compadre, y hoy, óyelo bien, es día de paga.

– A huevo, que al menos valga la pena nuestro esfuerzo, y que tú quedes contento. Bien lo tienes merecido.

– Vaya que si no, si vieras la sonrisota de Laura los domingos por la noche; bien satisfecha y con dinero para la semana, todo gracias a mí; aunque a veces también se pone rejega. A veces no las entiendo, uno les da lo que puede, de corazón; así que deben entender que uno necesita administrarse y ser valorado por su esfuerzo, no soy de palo. Esa niña también debería estar agradecida conmigo, gracias a mí tiene para comprarse sus garritas y su mamá no ha terminado de matarse. Hoy me cobro a la china y con intereses.

– Tienes toda la razón, jefazo. ¿Y me vas a permitir ver?

– Pinche Riki, no cambias. Te encanta andar de voyerista. Ya sabía que me ibas a pedir algo. No lo sé ¿de cuánto estamos hablando?

– Te doy la mitad de mis propinas del fin de semana.

– Ay cabrón, pero en serio estás muy animado.

– La verdad sí, la morrita está bien sabrosa. Se me antoja un chingo.  

– Vamos a ver, deja lo pienso.

– Ah qué Gerencio, le encanta hacerla de emoción.

– Si no hay emoción las cosas no saben, compadre.

– Oye, como que ya se tardó la Cris.

– Tienes razón. Déjame ir a ver cómo va nuestra viajera del tiempo, no se haya encontrado con otro gusanito.

– Aquí está el mío por si hace falta.

– Cállate pendejo, se vale ver, pero no tocar. Esa damita es mía.

– No se diga más, mi capitán.

*

Esa mañana no querías salir de casa, no habías podido dormir bien. Toda la noche te estuviste levantando, fuiste a beber agua a la cocina, te sentaste un rato a leer, caminaste descalza porque leíste en una revista que eso ayuda, para que el cuerpo se relaje, en caso de insomnio. Tu mamá tampoco podía dormir, lo sabías por el humo del cigarro que se paseaba nocturno e interminable por la casa.

Desde que entraste a trabajar los días eran muy agotadores, tenías que levantarte temprano, presentarte antes de las 8:00 de la mañana, sonreír a todos, obedecer a lo que te pidiera el gerente (tu mamá había puesto especial énfasis en esto cuando le pidió de favor a Gerardo que te ayudara a entrar al restaurante), por la tarde dirigirte a la escuela a la que llegabas sin ganas de nada,  y por la noche cuando volvías a casa, pasadas las nueve, apenas cenabas, leías un poco y después te acostabas.

Esa mañana no querías salir, con pocos meses en el trabajo ya estabas cansada del constante acoso por parte de algunos compañeros y del mismo gerente. Sabías que el supuesto buen trato de Gerardo tenía intenciones que iban más allá de la buena relación que sostenían él y tu madre; de hecho, eso era algo que te inquietaba sobremanera. Sabías que entre ellos había algo más que una simple amistad, hasta podrías asegurar que ella lo quería y confiaba en él. Veías cómo le brillaban los ojos cuando recibía sus llamadas, el temblor de su voz al hablarle, sus desapariciones el domingo por la tarde, el auto de Gerardo estacionado afuera del hotel de paso en la esquina de tu casa, y su regreso, en el que se mostraba incomprensiblemente contenta por la noche. No podías entender cómo se podía sentir tan plena después de haber estado en las manos de un tipo como él.

Esa mañana te levantaste muy nerviosa. Durante el baño recordaste que antes de acostarte la escuchaste discutir por teléfono, sabías que estaba hablando con él, con quién más. Entonces decidiste ahorrarte el desayuno, sabías que llegaría a contarte sobre el altercado de anoche y no querías escucharla por miedo a que se te escapara la verdad y ella volviera a su depresión, a sus ganas de hacerse daño. Lo único bueno que representaba Gerardo es que, desde su llegada, Laura había vuelto a sonreír.

Preferiste vestirte rápido, obviar el café, tratar de hacer el menor ruido posible y salir a la calle antes de la hora acostumbrada. Preferiste caminar, pues si tomabas un taxi llegarías muy temprano, aun así, a pie, llegarías muy temprano. La calle estaba solitaria, la luna ya se despedía, una que otra alma se veía peinar el silencio, entonces escuchaste aquel ruido.

Lo primero que te sorprendió fue el alto volumen de la música acercándose. Debe ser un coche, pensaste; y así era. Viste como la máquina te rebasó y unos metros después se detuvo, era un taxi. Tuviste un presentimiento y dudaste en seguir caminando hacia adelante. La puerta se abrió, de golpe creció el estruendo, dos sujetos bajaron, cerraron la puerta, te miraron. Te paraste en seco, pensaste en correr mientras el auto se echó en reversa. El sonido iba y venía. Decidiste emprender la carrera al ver a los tipos acercarse. Al voltear, el auto ya estaba en la esquina anterior, se abrieron las puertas, se alargó el escándalo, bajaron otros dos. Trataste de escapar, fue inútil. Estabas atrapada y todo era muy rápido. Sentiste como te cargaron (no fue difícil, pues eres muy pequeña) y te metieron al coche.

El estrépito llegó a lo más alto, se enredaba con las voces, con sus manos. Sentiste algo caer sobre tu cabeza y el universo cerrarse. Entonces recordaste aquel artículo que habías leído hace unos días, no es fácil saber por qué, por qué justo en ese momento, pero lo recordaste; aquel artículo que habías leído en una revista y que hablaba sobre una extraña cosa llamada el fenómeno de los agujeros de gusano.

*

– ¿Qué pasa mi Gerencio? ¿Por qué traes esa cara?

– ¿Viste salir a Cristina?

– Por aquí no ha pasado, cálmate. ¿Qué ocurre?

– No la encuentro y acaba de llamar su mamá, dice que le hablaron del SEMEFO.


Autores
(Ciudad de México, 1978). Estudió Letras Clásicas en la UNAM. Ha ganado algunos concursos literarios. Desde 2007, ha publicado en varios medios impresos y electrónicos. Entre sus obras se encuentran plaquette Poco más, múltiples formas, Alud en el sombrero de tu palma, Mitología de Héroes Profanos II, Autopsia del instante. Actualmente forma parte de la agrupación de poesía y arte sonoro Nos falta el Loco. Imparte talleres de Creación Literaria en diversos centros culturales de la Ciudad de México.
Similar articles