Vine a la Ciudad de México porque me dijeron que acá podía practicarme un aborto legal y seguro. La semana pasada celebré mi cumpleaños con tan poco dinero en la cartera que lo único que pude comprarme fue una crepa de cajeta con durazno, a la que el bueno para nada de mi novio le encajó un cerillo para que hiciera de velita; mientras lo apagaba de un soplido me sentí patética: llevaba más de medio año sin trabajo, sobreviviendo con lo poco que tenía en el banco, cortesía de la neurosis de mi señora madre, que un año atrás sintió la vejez demasiado cerca y nos entregó a mi hermano y a mí una modesta cantidad de efectivo para que «empezáramos un negocito y fuéramos nuestros propios jefes». No nos veía futuro: mi hermano sostenía a su tropa de hijos con un salario miserable y no podía acceder a un trabajo mejor porque sólo había estudiado la secundaria. Yo había terminado una carrera con sobresalientes, pero seguía sin titularme. Esto, sumado a mi empeño por convertirme en actriz profesional de teatro alternativo, me alejaba cada vez más del sueño de mi madre de que siguiera sus pasos: convertirme en maestra de primaria pública, tener servicio médico y cotizar para comprar mi propia casa.
Por aquellas fechas yo tenía unas ocho semanas de embarazo. Lo había descubierto a mediados de febrero, mientras mi novio dañaba de forma permanente sus riñones atascándose de anfetas en un rave en Guadalajara, al que se fue sin siquiera avisarme. Había estado sintiendo mareos de forma continua, pero se lo atribuí a mi mala circulación sanguínea, causante de las várices en mis muslos desde temprana edad. He visto reality shows en los que mujeres dan testimonio de cómo no tenían idea de que estaban embarazadas hasta el mismo momento de dar a luz, en medio de las circunstancias más ridículas: mientras toman una ducha o compran en el supermercado. Se supone que al tratarse de mujeres con problemas de obesidad, el ciclo menstrual se altera, de ahí que no les extrañe la ausencia del mismo; a menudo toman por una enfermedad gastrointestinal el proceso de gestación. No les creo nada.
Aunque estaba segura, fuimos a un laboratorio del centro para hacerme un análisis sanguíneo. Mientras esperábamos, Benito comenzó a discutir conmigo. Para evitar las miradas indiscretas de los laboratoristas, trasladamos nuestra escenita a la vía pública. Junto a un poste de luz, tras cuatro meses juntos, Benito rompió conmigo. Quince minutos después nos habíamos reconciliado a regañadientes. Abrimos el sobre en una banca de la plaza. Ahí estaba el funesto mensaje de las Parcas: positivo. Mi querido novio esperó los cinco segundos que dicta el decoro para luego dejar en claro que no estaba interesado en tener hijos por el momento, aunque sí quería seguir conmigo. Nos auguré lo peor. Mi noción de la fatalidad enfadó a Benito sobremanera, me reprochó con amargura que mi negatividad le estaba echando a perder el viaje: había fumado marihuana antes de desayunar, como siempre. Guardé silencio. Como le dio hambre compramos dos tortas de chorizo y una malteada de fresa. El olor de la grasa, en combinación con el gusto de la leche, hizo que me dieran ganas de vomitar. Yo pagué la cuenta.
Pasé el mes tratando de decidir qué sería lo más prudente en mi situación. Por un lado, me preocupaban las cuestiones puramente mundanas: estaba desempleada, no podía regresar a la casa materna con la cola entre las patas y un hijo en brazos. Benito, lejos de ser un apoyo, era una carga emocional y, peor aun, económica: el tipo de hombre capaz de organizar una fiesta de proporciones épicas en menos de una hora, pero que jamás devuelve el dinero prestado. A todo lo anterior había que agregarle la cantidad de drogas y alcohol que circulaba por las venas de mi incipiente bebé: la intoxicación por placer era el modus vivendide Benito y, por una casualidad desgraciada, yo había escogido el mes anterior para comenzar a experimentar con las puertas de la percepción. Me daba miedo imaginarme dando a luz a un niño mutante, con un pie saliéndole de la frente.
Por otro lado, estaba la cuestión moral: mi hermano y yo somos adoptados, lo cual me ponía en un predicamento, ¿acaso era justo abortar si yo misma soy producto de la compasión materna? Me avergonzaba el solo hecho de considerar esa opción. Sin embargo, me avergonzaba más salir con mi domingo siete. Yo, una mujer con estudios, autosuficiente. Yo, la esperanza de mi familia. Yo, ese espíritu libre y elevado. Me convencí de que era mi deber afrontar las consecuencias de mis actos, asumir que no estaba lista para semejante responsabilidad y, de paso, hacer feliz a una pareja gay o de estériles, dando al bebé en adopción. Pero en el fondo sentía que no iba a poder. Imaginé la cara de consternación de mi madre, su enojo, la negativa a renunciar al niño, el sermón ultracatólico de mi hermano, y supe que era imposible. Encima, Benito, que no quería ser padre pero se creía con derecho a opinar, fue tajante: «No, te vas a encariñar y luego no vamos a querer regalarlo. Hay que abortar». En un arranque de dignidad, lo corrí del departamento.
Tras una noche de perros, decidí que no necesitaba de nadie.
A la mañana siguiente fui al súper por detergente y, en un acceso de ternura insospechada, compré un par de zapatos para bebé con una vaquita estampada en el empeine. El contacto me lo pasó María, bailarina de una compañía de danza contemporánea para la que yo fungía como costurera de cuando en cuando. Nos encontramos en los camerinos improvisados en una galería de arte. Yo había ido a ver el espectáculo con la esperanza de que la directora tuviera algunos vestuarios que necesitaran reparaciones. No hubo trabajo en esa ocasión: treinta pesos del boleto tirados directo a la basura.
Frente al espejo de los lavabos, le solté a María mi oscuro secreto. Me turbó la rapidez y seca determinación de su respuesta: «Aborta. Tengo una amiga que fue a México, ya ves que allá es legal». Le dije que no tenía dinero ni para el pasaje. María me miró con cara de no-pongas-pretextos y me explicó que su amiga había contactado a una asociación defensora de los derechos femeninos, o algo así, que se había hecho cargo de todos los gastos. Prometió conseguirme los datos.
A los tres días, con un par de llamadas de por medio, todo estaba resuelto: me agendaron una cita el 15 de marzo, a mediodía, en la Clínica de la Mujer de Azcapotzalco. Resistí la siguiente semana comiendo fruta picada y agua, el resto de los alimentos me daba asco. El perfume de Benito también me provocaba náuseas. Él recogió el dinero para mi boleto de autobús, pues yo sufría de periodos alternados de jaqueca y sueños pesados e inquietos.
La noche anterior a mi partida Benito fue a beber con sus viejos amigos del bachillerato. Me despertó a las cuatro de la madrugada, aventando piedritas contra el vidrio de la ventana de mi cuarto: quería dormir en mi departamento porque no podía llegar a su casa apestando a marihuana y alcohol. Sus ronquidos —cortesía de una desviación en el tabique nasal por una pelea callejera— impidieron que volviera a conciliar el sueño. Por la tarde empaqué lo indispensable en una mochila. Tuve que bañarme en casa de un amigo porque la bomba de la cisterna se había quemado de nuevo: el edificio entero llevaba casi una semana sin agua potable y yo no estaba de humor para cargar cubetas tres pisos. Benito y mi amigo me acompañaron a la central camionera. Yo pagué el taxi.
A las seis y media de la mañana llegué a la central norte. Lucía, una voluntaria de la asociación, me esperaba junto a la efigie de la virgen de Guadalupe. Estudiaba letras, pero su verdadera pasión era la lucha libre, todavía estaba buscando la forma de escribir su tesis sobre el tema. —Puedes decirme Lucha —dijo, orgullosa del juego de palabras. Su lesbianismo la había llevado a convertirse en activista de los derechos sexuales femeninos.
Era morena, sonriente y bajita. Tomamos el metro, luego un pesero y al final una combi, hubo tiempo de sobra para charlar. Entre otras cosas, Lucha me explicó que la asociación había tenido que implementar un servicio de escoltas para proteger a las mujeres del vituperio y agresiones de los fanáticos Pro-Vida, quienes a últimas fechas habían dado en instalar módulos de «concientización» afuera de las clínicas, a fin de atemorizar con grotescas imágenes de bebés destazados y epitafios sensibleros. Como siempre, la violencia visual dio resultado y lograron disuadir a más de una.
En la sala de espera había mujeres de todas las edades y estratos sociales: desde jefas de familia que no podían mantener otro hijo hasta muchachas de vestimenta vulgar que iban por su tercer aborto. En una especie de conciliábulo, la señora a mi derecha contaba con evidente tristeza que estaba esperando gemelos, llevaba tres meses sin conseguir empleo, su familia se estaba muriendo de hambre.
—¡Ay, pero son gemelitos! —exclamó una de las muchachas vulgares, sin dejar de masticar su chicle—, había de tenerlos. Los gemelos son bien bonitos. Con gemelos yo sí me animaba. La miré, horrorizada. Lucha, a su vez, procedió a hacerles un par de comentarios a propósito de los múltiples métodos de anticoncepción disponibles en la actualidad. Luego, en un susurro, me dijo al oído: «Hay que evitar a toda costa que esta clase de viejas se reproduzca». Me dio un retortijón. Sonreí a medias.
La recepcionista me llamó a su escritorio, pretendía reprogramar mi cita, era un día ocupado. Lucha intervino con claridad y aplomo: veníamos de parte de la asociación, se trataba de un caso foráneo, yo sólo podía permanecer un día en la capital, mi boleto de regreso ya estaba comprado; esto último no era verdad, pero ayudó. La recepcionista suspiró, revisó algunos expedientes, tachó un par de citas de la agenda. Luego leyó en voz alta una lista de nombres y despidió a algunas mujeres que se marcharon inconformes. A las cinco restantes nos hizo pasar al interior de la clínica.
Todo estaba limpio, reluciente y en tan buen estado que daba la impresión de ser un edificio inaugurado apenas unos días atrás. Las enfermeras eran amables, parecían comprensivas. Yo tenía miedo de que fueran a regañarme y sacaran a relucir lo terrible del acto que estaba a punto de cometer. No sucedió.
Nos tomaron datos e hicieron las preguntas necesarias para elaborar un breve historial médico. Por separado, nos hicieron un ultrasonido. El frío viscoso del gel en mi bajo vientre y el latir ahogado del feto me desconcertaron. Tenía nueve semanas y media de embarazo, me dijeron que el aborto debía practicarse entre la décima y la doceava, pero iban a hacer una excepción conmigo por ser foránea, esperando que no hubiera complicaciones graves. Luego nos reunieron en la otra ala de la clínica para sacarnos sangre. Mientras esperábamos en fila, una mujer de figura esbelta y largo cabello rizado me platicó su caso:
—Yo usaba el DIU, el que también secreta hormonas, se supone que tiene 99% de eficacia. Fui al doctor porque llevaba más o menos un mes con cólicos muy fuertes, me dijo que tenía un embarazo ectópico, o sea que el feto estaba mal implantado, el aborto era la única opción. Me enojé mucho, le dije que cómo era posible, si él mismo me había asegurado que era 99% efectivo. ¿Sabes qué me contestó? Que yo era esa única mujer de cada cien a la que no le funcionaba.
Cuando acabó de contarme, me preguntó cómo había quedado embarazada, le dije que el condón había fallado. Era mentira, pero me sentí incapaz de reconocer mi estupidez.
Nos separaron en parejas y nos llevaron a una sala preoperatoria con sillones iguales a los que usan los dentistas. Al fondo había un armario metálico con batas para quirófano, al final de un pequeño pasillo estaban dos baños, donde nos quitamos la ropa. Me pusieron suero intravenoso y luego la anestesia, sentí un fuerte ardor en el antebrazo izquierdo. Una enfermera de trato dulce me dio una pastilla y me indicó que la mantuviera debajo de la lengua hasta que se desintegrara por completo. Para pasar el rato puso en un DVD Arráncame la vida. Aunque yo temblaba de nervios, noté que la historia era cursi y la protagonista actuaba muy mal. Pasé al quirófano cuando se me terminó el suero. Me ordenaron recostarme en una mesa de acero, subí las piernas a esas cosas que los ginecólogos usan para mantenerlas abiertas (no sé cómo se llaman). Estaba tan asustada que la doctora llamó a otra enfermera para que me diera la mano. A pesar de la anestesia, el dolor que me provocaba el aspirado era tan insoportable que me hizo delirar. Se me subió la presión, lo cual complicó el proceso, estuve a punto de desmayarme. Recuerdo que gritaba, pero no sé qué. La enfermera trataba de tranquilizarme y me pedía que le soltara la mano porque la lastimaba. Por un momento no supe dónde estaba. Una punzada de fuego tasajeó mi cuerpo. Sentí un vacío horroroso en el útero. Todo había terminado.
Apoyada en la enfermera regresé a la sala preoperatoria. Me dieron una toalla sanitaria gigantesca especial para esos casos, me mandaron al baño a ponérmela. Con el poco pudor que me restaba, oculté mis pantaletas entre mi ropa. En el sanitario me dio otro retortijón y defequé copiosamente. Rompí a llorar cuando vi que sangraba. Estaba mareada, adolorida como si me hubieran golpeado de pies a cabeza, el cuerpo me temblaba de tal modo que no podía ponerme el pants. Permanecí inmóvil no sé cuánto tiempo. Cerré los ojos y, como cuando era niña, deseé que nada de eso estuviera pasando. La enfermera tocó a la puerta, preguntó si me encontraba bien. No recuerdo qué le contesté. Cuando por fin abrí los párpados me embargó una sensación de irrealidad asfixiante.
Regresé al sillón, la película había avanzado tanto que ya no la entendí. La enfermera vertió una lata de jugo de durazno en un vaso de vidrio y me lo ofreció. Sacudí la cabeza en una negativa. Aunque el hambre me atenazaba el estómago, no quería comer nada. Me avergonzaba el asedio de un impulso tan banal en medio de ese momento trágico. La enfermera insistió: necesitaba beber algo o me pondría mal. Colocó otra bolsa de suero en el poste a mi lado, mis venas lo absorbieron con descarada voracidad. Debía permanecer sentada hasta que se estabilizara mi presión. Una trabajadora social habló conmigo mientras tanto. Volví a mentir sobre la falla del preservativo. No me creyó. Me preguntó mis motivos para abortar. Le dije que no tenía empleo y que mi novio era un junkie, suspiró, me aconsejó dejarlo. No lo hice.
Lucha me esperaba afuera con mis cosas. Caminamos lentamente hasta la parada de la combi. Los pasajeros me saludaron con amabilidad al subir, me pregunté para mis adentros si habrían reaccionado igual de saber lo que acababa de hacer. Saqué una manzana de la mochila y la mordí con desgano. Lucha me platicó algo que tampoco recuerdo. Antes de subir al metro compramos vasos de mango picado, ella pagó. Un par de estaciones antes del punto donde debíamos bajar, me preguntó cómo me sentía, le respondí que bien. Mentí. Luego dudó un poco antes de consultarme si me molestaría que no me acompañara el resto del trayecto: tenía que asistir a una feria de la reproducción sexual razonada y desde ahí le quedaba cerca. De nuevo mentí. Le dije que no había ningún problema. Nos despedimos con un abrazo. Seguí mi camino.
Si fuera José García —el desgarbado protagonista de El libro vacío—, preferiría reunir mis anotaciones diarias en un documento de Word. Tal vez parezca pretencioso si afirmo que mi vida y la de José García, en su simpleza, comparten semejanzas, pero es clara la diferencia entre los dos: en rigor, él escribe en un cuaderno y corrige a mano. Reescribe partiendo del error, no importa si en el camino arruina varias hojas con minucias. Todo esto para conseguir, al menos, algo decente a lo que pueda llamar libro. En cambio, yo sencillamente oprimo unas cuantas teclas si quiero eliminar párrafos enteros, modificar palabras, reemplazar una frase por otra o comenzar de nuevo la idea, sin ninguna complicación más que la de ser fuerte cuando decida cerrar para siempre ese incómodo «Documento 1», sin guardar los cambios. Sin embargo, aun cuando me sienta satisfecho, al poco rato mis palabras me parecerán ociosas, sin importancia, como a García sus propias confesiones. Me pregunto si mientras él escribía era consciente de que al dejar en blanco su cuaderno número dos, su afán de concebir un libro estrictamente escrito sería rebasado. Temo que lo que García ignoraba era que, después de todo, su cuaderno vacío eclipsaría esos meses de trabajo delante de la mesa, escribiendo hasta sacarse ámpulas.
Aunque parezca fácil tirar al fuego un cuaderno o simplemente deshojarlo, resulta más sencillo no guardar los cambios en una hoja de Word bajo el pretexto de creer que algo le falta. Desde un inicio comencé a escribir en computadora porque supuse que en cualquier momento podría apagarla y decir que todo fue un pasatiempo que no se debería tomar mucho en cuenta. Me considero un cobarde al que —sospecho— le dará miedo leer después lo que escribió cuando tenía veintitantos años. Tal vez por eso escribo en computadora y no a mano. Hasta ahora todo lo que he escrito no me parece otra cosa más que el contenido adecuado para un cuaderno «número uno». José García, por su parte, escribe en cuadernos porque sus agallas lo han formado para soportar cualquier relectura propia.
Después de todo, creo que a José García le faltó soltar una carcajada, una estridente y espeluznante carcajada al final de la novela. «La angustia que genera el absurdo se resuelve siempre en risa», escribe Jazmina Barrera con respecto a la zozobra de Alicia (la de Carroll) al no poder hallar una salida en medio de la espesura del bosque. El cuaderno número uno de José García es, ante todo, su diario de la desesperación. En él reside la espesura de un bosque de donde su dueño saldrá, paradójicamente, si planta más arbustos, cuenta más secretos, escribe más palabras. García tiene bien claro que debe seguir escribiendo para alejarse de esa zanja que es la escritura. Su empresa, sin embargo, es inútil. Cuando escribe, José García se parece a aquel comiquísimo sujeto nervioso que en un desesperado intento por tomar la decisión correcta, no hace más que dar vueltas en un mismo lugar hasta que, llegado el punto, sus pasos abren un enorme hoyo en el piso, una fosa inconmensurable que termina por tragárselo.
►UNO
¿Cómo será el inconsciente de
alguien que aprehende
lo natural sólo a través de la técnica?
Mario Bellatin
Me parece una exigencia absurda la de escribir nuevamente con pluma y papel. Será porque cuando comencé a escribir pocas veces me acerqué a un cuaderno con la esperanza de que mis poemas (porque yo también inicié escribiendo poemas) mejoraran. Ni siquiera lo tenía en cuenta. Digamos que mi pasado literario comenzó el día que supe que la computadora no sólo servía para ver porno o curiosear en Encarta. A propósito, me cuesta trabajo comprobar la edad a la que alguien comenzó a escribir y que, según varios, se advierte en sus textos.
Se me dificulta, por ejemplo, darme cuenta de que Dobleú comenzó a leer a los dos años y a escribir inmediatamente después de terminar de nutrirse con la leche materna, o si los pininos de Igriega en la literatura se dieron a la par de su aprendizaje del abecedario. En otras palabras, no puedo percibir en un texto la edad en que su autor garabateó por primera vez con ambiciones literarias. Por más que Jota me reclame que es evidente, que por la calidad de su prosa, que si no me doy cuenta de que en los poemas de Eñe se nota que desde chavita comenzó a imitar a los clásicos. Ignoro si se puede llevar a cabo un experimento como este. Y si llegara a hacerse realidad, me importa poco que en algún momento alguien lo haga con mis textos. Por eso mejor soy franco desde ahora: yo no comencé a escribir hasta los diecinueve años, cuando algunos ya tenían libros publicados.
Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría ahí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la «verdadera» literatura se escribe a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor.
Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.
►UNO
Una noche, durante su borrachera, una amiga me aseguró que el ensayo para ella no era más que un juego de vaivenes. Que lo que ella escribía en ese momento de su vida, dentro de cinco o diez años podría parecerle tan ingenuo que tendría la oportunidad de destruirlo y comenzar de nuevo. «Algo así como decir lo mismo toda la vida pero con otras palabras; ¿no?», le pregunté. Movió la cabeza. Yo también estaba borracho.
Pese al grado de alcohol que los dos transpirábamos (o por eso mismo), su idea me pareció tan lúcida que bien podía pasar por la definición más exacta que he escuchado de ensayo. Me atrajo enseguida la idea de vacilación, el grado de duda que existe a la hora de escribir. Ella, vale decir, bebía, como hacen muchos, para atenuar las penas del amor. Esa noche se emborrachaba, recuerdo que aclaró, «para olvidar a un bato al que quiero pero que a la vez no y con el que tengo problemas pero es que sí me gusta un chingo pero casi no nos vemos y luego está este otro que me manda y manda mensajes y yo no sé qué hacer porque al otro lo quiero pero con este duré mucho tiempo y también lo quiero pero al otro lo quiero más Diego mucho más si supieras si tú supieras…». Después vino esa definición suya acerca del ensayo. Al lado de mí había otra amiga en común que sólo se dedicaba a asentir y tomar en serio las palabras de la inestable ensayista borracha.
Pienso que sólo hasta este momento de la historia el ensayo encontró por fin su molde original (quizá el más radical pero también el más sensato): una hoja de Word. Si se toma en cuenta que el cuaderno de anotaciones de José García tiene mucho de ensayo (esto no es exclusivo de su contenido: la acción de comprar un cuaderno y hacerlo un borrador permanente es en sí la quintaesencia del ensayo), él tiene un punto a su favor: posee un cuaderno donde guarda todo lo que no querrá decir en el libro, ese otro cuaderno que se llena de silencio conforme su escritura va siendo aplazada. Tal vez el cuaderno de práctica de García resulte una objeción para un ensayista «de verdad», que debe conformarse con una hoja blanca. Esta hará las veces de borrador y obra, boceto y resultado, ejercicio y presentación al mismo tiempo.
Me pregunto qué hubiera hecho García si en vez de un cuaderno hubiera tenido una computadora. ¿Acaso sería igual que con sus cuadernos? ¿Ostentaría el mismo grado de importancia una hoja blanca virtual que una de papel? ¿A dónde irían a parar todas esas palabras que durante meses escribió pero no guardó? ¿Y lo que no dijo? ¿Será que el ensayista puede darse el lujo de tener, además de su hoja de ensayo, un borrador para guardar aquello que no se atreve a presentar como algo acabado? Cuenta Paola Velasco que Alfonso Reyes reprobaba el uso de borradores y anotaciones preliminares a la elaboración de un ensayo; para él resultaban innecesarios, cuando de lo que se trataba era justamente de improvisar. Concuerdo con Reyes, pero ¿y esas notas que no mostramos, no por ineficiencia sino por vergüenza? ¿Qué sucede con los cientos de párrafos sobrantes, que bien pueden tomarse por el negativo de nuestro ensayo definitivo? Un borrador incuba el origen de toda obsesión. Tanto así que sin el cuaderno uno de García jamás nos hubiéramos enterado de su empeño en escribir eso que sabía que se encontraba en otro lugar, lejos de él, en la periferia de sus palabras.
Los borradores siempre quedarán en una zona oscura, negativos del proceso de escritura que, por su franqueza, conforman esa vida que no vemos, que imaginamos, o que sencillamente sospechamos entre líneas.
Las etiquetas son para quien las necesita, dice Alejandro Magallanes, quien en años recientes no sólo se ha convertido en la figura emblemática del diseño editorial, sino en un artista con intereses en las letras, la escultura y la música. En este texto, Magallanes explora los límites del diseño, su relación con la literatura y la importancia de poder aprender otros lenguajes.
¿Cuál crees que es la diferencia entre diseño y arte? ¿Cómo una pieza de diseño puede volverse artística?
Esto es algo polémico. Tiene que ver con la función. El diseño es una actividad, una disciplina que sirve para dar una visión a otro tipo de expresiones. No es un fin en sí mismo, el arte lo es. Sin embargo, utilizan los mismos recursos: el pensamiento, las palabras, la técnica. El diseño también da testimonio de una época. Está el que resiste y trasciende la función a la que está atado. Lo podemos ver en los libros rusos o en algunos carteles que, una vez que cumplen su función, se convierten en elementos culturales. Después de todo, son etiquetas y sirven para que, de alguna forma, funcione la cosa. Son como cajoncitos. Creo que el ánimo de cierto tipo de diseño, el que no es, digamos, informativo, utiliza rasgos artísticos para comunicar algo en específico.
Has expuesto carteles, también has montado otro tipo de obra no pensada desde el diseño.
Es bonito porque cambia el soporte y la ubicación. El libro La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo tiene estos dos elementos. Cuando lo hice, utilicé una herramienta de diseño que permite partir del material de otras personas para construir una escultura, considerando la propiedad matérica del libro y tomando en cuenta su contenido. Entonces, esta escultura, que es más bien un librero, con el canto de los libros forma cierto dibujo. ¿Es un libro o una escultura? Sin duda las dos, por la manera en que se exhibe y por la forma en que fue concebido. Cada librito es un tabique. Utilizo los mismos recursos (imágenes y palabras) para crear algún significado y una conexión más directa con el público con lo que estoy pensando. No son ilustraciones porque no ilustran el texto de otra persona. Son dibujos, aunque es curioso ver cómo, por la misma posición en que te va acomodando la sociedad, los llamamos «ilustraciones». A mí me parece divertido. Esto lo puse en el libro Siempre di nunca: las etiquetas son para quienes las necesitan. Al final no importa tanto. El diseñador Milton Glaser, quien hizo el logo de I love NY, se pregunta si preferimos una mala pintura o una buena silla. Esto es un ejemplo de la paradoja que existe entre las producciones de las cosas que creamos.
En tu exposición La delgada línea…, realizaste una pieza que consistía en un libro que reunía los textos de más de ochenta autores. Concebiste la idea, los convocaste, lo diseñaste, estuviste en el proceso de impresión y hasta entregaste el libro a los autores que participaron en él. ¿Piensas que toda la coordinación editorial de La delgada línea, aunque es algo que realiza el editor siempre, también fue proceso artístico del libro?
En este caso, digamos que es otro objetivo. Si pensamos en el arte contemporáneo, son objetivos, o metáforas, que dependen mucho de esto. Aunque sí hay pequeñas diferencias que a lo mejor no se ven tan claras en los objetos. Si en la edición se convoca a estos escritores (amigos, conocidos o gente que admiro pero con la que no tengo relación), era para pedirles un texto, pero siempre pensándolo como materia escultórica. Así no cambia al objeto: lo puedes leer y abrir, es un libro normal. Lo que cambia son los procesos, los entretelones, los ensayos de una obra de teatro, las cosas que leyeron los actores, todo lo material a partir de lo que nosotros vemos solamente en la punta. Sólo cambia si es cúbico o si es triangular. Sin duda también el trabajo editorial es un trabajo intelectual y, en ese sentido, los editores fueron necesarios en todo el proceso del libro, desde la creación del escritor hasta el objeto terminado. El texto de un escritor en ningún caso es el libro.
Muchos de tus libros son así: lo que has publicado, lo diseñas. Estás involucrado en la mayor parte del proceso desde su inicio hasta la impresión.
Sí. En ese caso, el proceso cambia. El proceso consistía, primero, en pedirles a los autores un texto, como un intercambio: se consideraba un pago de una obra por otra, ya que gran parte del tiraje fue para los autores. Luego, cada uno de los textos que recibí los leí y después los interpreté gráficamente con una sola fuente tipográfica. En ese sentido es un libro clásico, pero sí hay una interpretación previa, como cuando un violinista lee las partituras. Sin embargo, se las enviaba a los autores para que ellos participaran en la lectura y, si les gustaba, seguía con el proceso. Así fue como se dio un juego muy bonito, con el que todos estuvimos conformes. Una de las cosas que me pareció más interesante del proceso fue que, conforme los textos llegaban, iba formando links. Por otra parte, en una carta que les envié, les dije que su nombre no iba a figurar en los textos para que el posible lector los leyera sin ningún prejuicio. Entonces, a diferencia de otros libros que hago, este sí es un libro que, creo, se debe leer en secuencia, a pesar de que no se podría, para dar el efecto de un libro en el que parece que una mente va cambiando y dando bandazos: a veces escribe ensayos, a veces poesía, a veces es más profunda, otras más simpática o, en ocasiones, ambas. Todo ese proceso que siguió me parece que es parte de la obra aunque no se vea. De alguna forma está escrito. Toda la intención por parte de los escritores, todas las anécdotas, la velocidad con que las enviaron, cómo aceptaron el juego, lo gentiles que fueron, me parece que fueron parte esencial de la obra.
En los libros de poesía que has publicado, como ¿Con qué rima tima?, también fuiste el diseñador. Incides en tu poesía porque decidiste qué tipografía, qué posición tomaron los poemas en la página.
Desde mi punto de vista, las letras tienen una cualidad escultórica porque la página es un espacio con profundidad y perspectiva. Puedes, por ejemplo, colocar un folio y en la siguiente página hacerlo más grande. Todo eso en ese libro de poesía es parte importante del contenido, de la producción del libro, incluso si estuvo en una colección distinta. A mí me interesaba que fuera «la colección de poesía» porque, al final, las cosas toman la forma del recipiente que los contiene. Entonces, como cada libro es una institución (y eso es lo que creen las personas), si tú seleccionas algo como poema, la institución lo vuelve poesía.
Como exponer algo en galerías y museos…
Sí, finalmente son instituciones. Se vuelve un gesto provocador si exhibes en la calle, en comparación a hacerlo en una galería. Cambia la dirección y el sentido. Si hago un cartel político, voy a querer que esté en la calle o que se reproduzca en un periódico, así adquiere más sentido. Si pasara a una galería, se volvería una exposición de trabajo y cambiaría la utilidad de la imagen. Por otro lado, si trasladamos algún objeto de una galería a la calle, la obra obtiene otro valor. Antes era más purista en ese sentido, pero ahora creo que las cosas se construyen sin que las tengamos que etiquetar. A mi parecer, hay cosas que se pueden poner en diferentes lados.
Cómo te desplazas en todos los lenguajes que empleas: el visual, la escritura o la animación?
Siempre me lo planteo desde el juego. Por ejemplo, cuando tienes una pregunta que puedes responder desde muchos puntos de vista, tratas de acercarte a ella del modo que sea más comprensible. No obstante, este acercamiento depende del tiempo que tengas y de los estados de ánimo. Por eso, cada proyecto me resulta novedoso y es parte de lo que me entusiasma de mi trabajo por encargo, ya que todos los trabajos son divertidos, tanto hacer una pintura como un libro. Lo que cambia son los procesos, su colocación o su objetivo. Por ejemplo, una animación se relaciona con un cartel, porque aunque uno sea estático y se coloque en un muro físico o en uno electrónico, como el de Facebook, debe provocar una reacción. En ese sentido esta imagen estática se conecta con la animación, en la cual tenemos movimientos, sonidos y expresiones mucho más complejas, pero también uno debe acercarse conceptualmente y crear una reacción emotiva, a pesar de que unas llevan más tiempo que otras. Desde un punto de vista purista, la mezcla de géneros no debería existir. Yo, al contrario, creo que es algo interesante, pues, ¿por qué no voy a utilizar una parte de texto en una animación si puede funcionar como parte integral de la animación? O si vas a diseñar un cartel de rock, ¿por qué tiene que verse como un cartel de rock?, ¿por qué no puede ser distinto sin que deje de provocar sorpresa, encanto o desencanto? Para lograr esta conexión, hay que entender un poco el medio, para saber qué puedes hacer con él, cómo sacarle provecho. En mi caso, cuando algo se vuelve fácil, trato de cambiarlo. Es un reto personal, pues sentirte cómodo provoca que te entumas creativamente, como cuando te sientas o cuando estás acostado mucho tiempo, estás a gusto, pero te tienes que parar, hacer un poco de ejercicio o al menos sacudirte. Tienes que enfrentarte a cosas de las que realmente tienes certeza. En el caso de mi última exposición, se me ocurrió hacer pinturas sobre placa de hierro con pintura automotiva; luego me di cuenta de que lo que me había imaginado no funcionaba, que iba a ser imposible que se conservara. Pero, junto con Lupe y Lalo, parte de mi equipo que sabe sobre materiales, nos la ingeniamos y salió. Incluso lo que se echaba a perder juega a favor en algunos caso. Es interesante esa parte del aprendizaje. A veces puede ser dolorosa, pero es vital…
Parte de crecer y de conocer los procesos de otros materiales o géneros.
Sí. Eso mismo sucede con los que escriben. Cuando intentan hacer un ensayo de otro tipo, los escritores transforman su forma de redactar. Piensan cómo poner una coma en una frase tan larga, cómo pueden hacer para que tenga ese efecto. Creo que es parecido.
¿Cómo te sientes respecto a la escritura?
Me gusta mucho porque soy un lector interesado, me encanta leer aunque no soy ordenado, leo todo el tiempo cosas diferentes. Escribir es más difícil para mí. Aprovecho los recursos que tengo de otras formaciones para complementar un poco lo que no sé. Es decir, uno no tiene por qué saberlo todo. Si hay una parte de disfrutar el proceso, es no ponerse tan solemne (es diferente ser solemne a ser serio): puedes experimentar, te puedes equivocar.
Escuché que estás escribiendo una novela…
Sí, va a ser muy curiosa. Ya la verás. Juega con las características físicas de lo que es una novela. Es decir, muchas páginas con texto en cada una de ellas. Me parece que es parte de lo que pienso y juego: ¿de qué forma este material impreso, con estas características, en una colección de narrativa, es novela y no es cuento?
¿Cuál es tu método para impartir clases? ¿Qué es lo más importante que hay para transmitir a los diseñadores a los que enseñas?
Dar clases varía de un lugar a otro. Hay lugares donde hay que ser más estricto, pero, en el lugar donde trabajo, los chicos tienen una formación buena en varias de las materias que les competen; entonces, cuando llegan a mi clase, lo que quiero es que se pongan a jugar y que se sorprendan de los resultados que se pueden lograr sin pensar demasiado. Aunque en el diseño siempre hay una meta, hay un tema que debe resolverse; lo que intento es que la meta se deje ver poco a poco, no desde el inicio, para que se vea todo el proceso sin saber que ya llegaste, que sorprenda mucho, que digas «corrí todos estos kilómetros y no me cansé, ¿por qué?». Ese es mi tipo de clases.
¿Crees que pueda haber una escuela relacionada con tu trabajo, con tu nombre?
Ojalá no. Espero, sí, que mi trabajo haya influido a alguien, porque así funciona la cultura: es una unión de eslabones, algunos más largos, otros más cortos. La repetición de soluciones o de gráficas provoca cansancio. En ese sentido hay que estar inventando cosas y experimentar con diversos formatos; en algún momento hacer algo fotográfico, en otro hacer algo tipográfico, poético, dramático, triste, tosco o alegre. Hay que moverse. Sin embargo, es curioso analizar también aquellas técnicas o formas con las que la gente se va quedando.
Diseñaste una botella para Perrier, ¿crees que sea una marca de Alejandro Magallanes?
A mí no me gustaría verlo como una marca, sino como una manera de aproximarse a un producto o a un objeto, hacerlo como a ti te gustaría que se viera, pues somos autores que tenemos acercamientos propios a las cosas. Las marcas tienen un plan y evolucionan de acuerdo a una línea corporativa, las personas somos orgánicas. Las marcas se relacionan con el estilo. Si hay ciertas percepciones, es necesario analizar por qué las hay, dónde se han visto, qué medios han difundido esos trabajos, cuáles han sido más potentes para las personas. Esto se puede ejemplificar con los one hit wonders. Es muy parecido. Yo espero que no me pase, hay que estar atento.
Llevas mucho tiempo diseñando lo que produce Almadía, ¿Cómo le das nuevas formas a esas colecciones?
Es importante saber cuál es el fuerte de Almadía. En este caso es la narrativa; no obstante, eso puede ser diferente porque cada libro tiene un tratamiento distinto que llega a ser sorpresivo, por el juego que se establece en lo visual, en la complejidad de las ideas, en los cortes del papel… Así, la colección de poesía son ventanas; la de crónica, textos hechos a mano con realce; la de viajes, un mapa con las puntas recortadas. Es importante estar al pendiente de lo que hay que mantener, de lo que hay que evolucionar, de lo que hay que quitar. Hay quienes critican las colecciones por ser constantes. No obstante, se debe estudiar la inteligencia que esconden esas repeticiones. Por ejemplo, en las de Porrúa sólo cambian colores. Que hayan sido constantes y todos sean iguales, me parece maravilloso. Finalmente, al no dar un tratamiento a todos los libros, sino a un solo libro de tal autor que publica en Almadía, lo diseño con dos características: pensando que es un libro único y, también, que pertenece a una editorial que está usando una imagen.
¿En cuáles otros lenguajes quisieras incursionar?
Casi todo es interesante. Ahorita, por ejemplo, ayudo a hacer una escenografía al grupo Idiotas Teatro. Al principio no tenía el conocimiento de cómo hacerla, pues se me ocurrieron algunas ideas que yo no sabía cómo resolver, por lo que las resolvía de forma básica, imaginando cosas como la luna; además de que ellos me orientan y lo vamos haciendo juntos en equipo. De este modo, construí una luna como si fuera un arillo para bordar. Incursionar en otros lenguajes es como querer aprender a leer música. Probablemente no lo haga muy bien, pero sería interesante que lo lograra o, al menos, lo intentara y me frustrara porque no puedo hacerlo. Justo cuando buscas aprender otros lenguajes, te das cuenta de que hay cosas que no vas a poder hacer por mil razones, porque no tienes tiempo, no sabes, no tienes la capacidad, pero lo intentas. Hay que salir de la zona de confort: levantarnos más temprano para que nos rinda el día, veamos el amanecer y entonces cambiar nuestra visión de la ciudad.
En el Tec de Monterrey, campus Puebla, entre letreros que anuncian pasos y consejos para «conseguir el éxito», se llevó a cabo la convención Dual City, un punto de encuentro en el que aficionados y público general se reúnen alrededor de los cómics, el manga y el anime. En esta crónica que transcurre en un 14 de febrero, Luis Reséndiz recorre los pasillos y los estando del evento mientras analiza la importancia cultural de productos culturales que permanecen, llenos de estigmas, fuera del centro.
Lo primero que pienso al llegar al Tec de Monterrey —o quizá lo que elijo decir que pensé primero— es que el contraste entre la retórica emprendedurista y una convención de manga y cómics no podría ser más acentuado. En el área que rodea al centro de convenciones del Tec —el sitio donde se realiza la Dual City, la convención cuyo desarrollo a lo largo de un día, el 14 de febrero de 2016, es lo que ocupa a este texto— cuelgan pendones con leyendas y eslóganes que estimulan o pretenden estimular el ánimo enérgico de los alumnos del Tec: «No hay montaña imposible de escalar», «Con buena compañía se llega lejos». Pienso entonces en las portadas de cómics de superhéroes, que trazan situaciones limítrofes en gruesas tipografías, con sentencias que terminan de forma casi unánime en signos de admiración («In 8 months… time runs out!», «For once, they agree… Guy Gardner MUST DIE!»). Quizá la relación entre ambos discursos es más bien complementaria: uno prefigura el fin del mundo, el otro sostiene que es posible salvarlo si se activa el instinto emprendedor: Superman como gerente.
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Una vez que Gerardo —autor de las fotografías que engalanan estas páginas— y yo ingresamos al centro de convenciones del Tec, nos encontramos con C., al que conocemos como cliente frecuente de Anti-Hero[1] , la única tienda de cómics de Cholula y una de las pocas en Puebla. En la fila, C. nos contó que su novia acababa de terminar con él, esa misma mañana del 14 de febrero. «Es temporal, supongo», le dije, y me contestó con un descorazonado «Pues me dijo que me quería fuera de su vida». No nos quedó más remedio que asentir apesadumbrados y entrar, después de que nos pusieran un sellito en la muñeca, a la Dual City, acompañados de un C. con ganas de acabar con el dolor que le provocaba un mito —el amor romántico—, mientras cubría las necesidades que le generaba otro —las satisfacciones del consumo—. Después de platicar un rato y lamentar el cierre de Anti-Hero, C. marchó en busca de una máscara de Kylo Ren, el nuevo villano de Star Wars.
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Lo primero que huelo al entrar al lugar —mi libreta de apuntes no me deja mentir— es un intenso aroma a fritanga. El aceite quemado, es cosa sabida, emite un olor que se desplaza con rapidez, cubriendo las superficies a su alrededor; en la entrada de la Dual City ni siquiera se puede ver un puesto de fritangas, pero el aroma ya advirtió de su presencia. Tiene sentido, no hay mejor forma de ponerle el código postal nacional a un evento tan inherentemente gringo como una convención de cómics —la primera se celebró en 1964, en Nueva York— que estampándole la hierra de nuestras bienamadas frituras.
No es, claro, el único momento en que el sincretismo cultural se hace presente. A lo largo del centro de convenciones del Tec —que parece más bien un Wal-Mart semivacío— hay mesas con mercancía, en las que están cerca de la entrada se encuentran lo mismo los nuevos modelos de Funko Pop!, que figuras de Batman y Spider-Man tejidas a mano. La artesanía poblana —que para 2008 tenía un padrón de doce mil artesanos en el Instituto de Artesanías e Industrias Poblanas, pero se estima que sean en total treinta mil, cifra de una vigorosa fuente de empleo que ya quisiera presumir Rafael Moreno Valle— se esfuerza por competir con la todopoderosa reproductibilidad técnica. Figuras de vinil y superhéroes bordados luchan para obtener la atención del potencial cliente.
Hablando de obtener la atención de potenciales clientes: al fondo de la convención —es un decir, el lugar en el que estamos no tiene propiamente un «fondo», toda vez que es como un cajón de zapatos gigantesco con la entrada en un costado, pero convengamos en que es el fondo para poder seguir— se desarrolla una subasta: unas sesenta sillas ocupadas a medias frente a una tarima desde la que se muestra la mercancía. Hay poca gente ocupando a medias unas sesenta sillas y los productos ofertados no parecen particularmente atractivos, pero el presentador —después sabré que es uno de los organizadores de la Dual City—, quien viste unos brazaletes de piel que cubren buena
parte de su antebrazo, se empeña en azuzar el ambiente mediante chistes que de graciosos tienen poco. En algún momento toca el turno de subastar la figura de algún personaje de anime que no conozco —me inclino para preguntarle a Gerardo si sabe, pero él también lo desconoce—. La escultura es de una chica de falda tan corta como largas son sus piernas, inclinada de forma tal que si se la mira de frente se ven sus senos colgando, y si se la mira por detrás, las nalgas descubiertas por su minifalda. «Chéquense esta estatua», promocionaba el subastador; «ideal para tenerla en tu escritorio, dándote la espalda. Novias: ¡el perfecto regalo de 14 de febrero!», remataba.
Además de los juguetes y peluches, Dual City también da cabida a personas que hacen figuras tejidas a mano de los personajes de los más recientes blockbusters.
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Detrás de las sillas de la subasta veo caminar a un personaje de Star Wars con un fulgurante sable láser. Se lo señalo a Gerardo para que tome una foto. «Es C.», me dice. Claro, cuando nos despedimos, C. partió en busca de una máscara de Kylo Ren. Se puso una larga bata negra con logos de Naruto y ahora está transformado: su espada emite una poderosa luz entre naranja y roja que ilumina la máscara y le otorga un aire de amenaza. Me acerco a él mientras en mis recuerdos reverbera la voz del Kylo Ren de las películas —aquel que con voz grave aseguraba «estar desgarrándose» antes de atravesar a su padre con un sable láser— y escucho un murmullo incomprensible que viene del otro lado de la máscara. «¿Qué dices?», pregunto. Otro murmullo incomprensible. Tengo problemas para escuchar, así que me acerco lo suficiente como para sentir el calor que emana el plástico de su disfraz. Finalmente logro comprender el grito desesperado que emitía a través del respirador del villano: «Me estoy asando en esta madre». En el cosplay, como en la vida, antes muerto que sencillo.
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Los ñoños representan una poderosa fuerza monetaria que, por razones que se antojan oscuras, había sido ignorada durante varios años.[2] Aunque las películas de superhéroes habían sido ya ocasionales éxitos de taquilla —piénsese en Superman (1978) de Richard Donner: cincuenta millones de dólares de presupuesto y trescientos millones de dólares de recaudación a nivel mundial, o en Batman (1989) de Tim Burton: treinta y cinco millones de dólares de presupuesto, más de cuatrocientos millones de dólares de recaudación—, no fue sino hasta comienzos del siglo XXI que los estudios voltearon a ver en serio a los superhéroes como fuente de ingresos. Es una historia mil veces contada: la industria del cómic —en específico, Marvel Comics—, cercana a la bancarrota, ofreció jugosos contratos a cambio de los derechos de producción de varios de sus personajes más famosos. Fue entonces que Fox lanzó la película que inició la ola de superhéroes en la gran pantalla: X-Men (2000), de Bryan Singer. A partir de ese momento, se ha librado una batalla que lleva ya dieciséis años por ganar el gusto —y las quincenas— de los aficionados a los superhéroes, y las mesadas de los niños ávidos por figuras de acción en los anaqueles y explosiones en las pantallas. Ahora, Marvel Studios, con doce películas lanzadas a la fecha y cuatro series de televisión —dos en abc, dos en Netflix— se corona como rey de la taquilla, pero la improvisada creación del universo cinematográfico de dc —con dos películas y tres series —comienza a reclamar su lugar en la arena. Cada universo tiene sus defensores y detractores a ultranza, pero las convenciones son el lugar donde los aficionados —en ocasiones— entierran la proverbial hacha: en la Dual City no resulta ninguna sorpresa el avistamiento de un niño con máscara de Deadpool, playera de Batman y hoodie de Superman. Recuerdo 3 Dev Adam, aquella película turca protagonizada por Spider-Man, Santo el enmascarado de plata y Capitán América, y pienso en lo fútil de los esfuerzos de tantos ejecutivos que pugnan por la sinergia corporativa y la fidelidad de las adaptaciones.
Las convenciones suelen ser un punto de encuentro, más que un evento para comprar o vender.
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Los tentáculos del mercado se hacen presentes en un hecho patente: a esta convención de cómics la gente no va a comprar cómics. Si uno se pasea por La Mole, la convención por excelencia de México, encontrará muchos stands con números atrasados —mejor conocidos en la anglófona jerga del aficionado al cómic como back issues—; por el contrario, las convenciones de provincia, al menos las que yo he visitado, no cuentan con ese rasgo. Debe haber varias razones para esto, pero aventuro una: mover a las editoriales y distribuidoras —centralizadas, como casi todo lo demás en México, donde la mayoría, si no es que todas, radican en la capital del país— cuesta tiempo y dinero, y el consumo de cómic, cuyas adaptaciones cinematográficas viven un feliz auge de público, aún es minoritario. Quienes cargan con back issues y otras curiosidades para comerciar son vendedores locales o gente que tiene el suficiente músculo financiero para costear viajes a través del país mientras trasladan su mercancía, pagar el precio de colocar su stand en la convención y aún así salir con ganancias producto de las ventas de cómics. O sea, prácticamente nadie.
No, a esta convención de comics no se va a comprar cómics sino, más bien, juguetes. Montones de ellos: kilos y kilos de plástico brillan bajo la pálida luz del centro de convenciones. La industria del juguete es el ramo que deja más dinero a las editoriales de cómics, cuando menos a las más grandes. Esto ha incidido en la industria a niveles incluso narrativos. Va un ejemplo: en 1984, Marvel llegó a un acuerdo con Mattel para crear una serie de juguetes basada en los personajes de la compañía. Para lanzar esa línea de juguetes hacía falta un evento de altos vuelos que sucediera al mismo tiempo en los cómics; un estudio de mercado arrojó que las palabras que más atraían al grupo de prueba eran dos: Secret y Wars. El nombre de uno de los primeros crossovers superheroicos de la historia —recientemente reciclado para otro mega evento que transformó el status quo de Marvel— salió de un estudio de mercado cuyo propósito era única y exclusivamente vender juguetes. La creatividad está sobrevalorada.
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(Sin embargo Key Issue, el mayor puesto de back issues y cómics antiguos —antiguos: treinta años de existencia, rara vez más— de la convención, tenía una pequeña gema escondida entre su mercancía: el #1 de Batman de Snyder y Capullo, firmado por este último. Costaba mil pesos. No lo compré —tengo un límite para la cantidad de dinero que puedo gastar en un cómic de grapa, por muy antiguo o valioso que sea—, pero sí me llevé el #1 de Gotham Academy, una serie que narra las aventuras de unas adolescentes en un internado ubicado en la misma ciudad en la que opera Batman).
Como sucede en otros ámbitos, los costos de mover mercancía del centro del país a interior de la República es notorio en Dual City: la mayoría de los cómics son novedades.
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Me paro en el puestecillo de Arturo, que prepara unos hot-dogs con pepperoni, otra amalgama tan improbable como la de Deadpool y Batman. Pido uno mientras platico con él, que lleva una sudadera con el almirante Ackbar, de Star Wars, pronunciando su más famosa sentencia en un globo de diálogo: «It’s a trap!». Como los superhéroes que lo rodean en papel y plástico, Arturo tiene doble identidad: abogado de día y preparador de hot-dogs los domingos de convención. Arturo me cuenta que cada jornada le reporta $1,500.00 de ganancia neta. Nada mal, pienso: alguien que ganara esa cantidad al día juntaría cuarenta y cinco mil pesos al mes. Desafortunadamente, las convenciones son mensuales, así que los hot-dogs tienen que permanecer como una ayudita más que como fuente principal de ingresos. El aceite crepita mientras Arturo continúa contando la vida del juzgado, y mi hot-dog finalmente emerge de la sartén. Aunque el olor a aceite es intenso, y la grasa que desprende es abundante, no está nada malo. La oferta gastronómica de la Dual City es atípica: además de los hot-dogs, hay bolas de arroz con camarón a ocho pesos —pertenecen a un puesto que vende comida japonesa—, bebidas gasificadas con sabores frutales y cerveza de mantequilla en botellas con la tipografía de la franquicia de Harry Potter —mi pasado como pottermaníaco me permite recordar que esa cerveza la vendían en El caldero chorreante, a las afueras de Hogwarts—. Esta versión casera la preparó Claudia, hermana de Arturo, una chica de pelo rosa claro que lleva un vestido negro calaveras y flores. Compro una botella nomás por no dejar: es una bebida dulcísima, cremosa, grasienta como promete su nombre. Me encanta, por supuesto.
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Hablo con Alexis, a quien encuentro sentado afuera del evento, en el vestíbulo del centro de convenciones. Alexis está esperando mientras hojea un cómic a que su mercancía se venda en la gran subasta que se realiza en la convención. Se cansó de estar dentro y salió a refrescarse tantito. Alexis, como Arturo, no tiene como principal fuente de ingresos los eventos que rodean a los comics, pero a diferencia de Arturo, está diversificado de manera apabullante: aún estudia la preparatoria, también trabaja en el negocio de producción audiovisual de su hermano editando video y, además, es cantante de «regional mexicano» en fiestas y reuniones. Hace de todo. «La especialización», decía Heinlein, «está reservada a los insectos». Va un relato que da cuenta de la inteligencia comercial de Alexis. Cuando comenzó a subastar cosas en las convenciones, como la mercancía salía de su propia colección personal, le ponía un precio elevado —no quería perderle— y no se vendía nada bien. Después, Alexis intentó vender directamente con los comerciantes de los locales y le fue peor: compraban baratísimo y no ganaba nada. Volvió a las subastas pero, como Einstein nunca dijo, «locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes», Alexis cambió su estrategia: puso un precio bajísimo a sus productos. Funcionó como por arte de magia: los postores, cautivados por el costo ridículo de la mercancía, se abalanzaban, ofertando salvajemente, lampareados por la posibilidad de comprar una ganga. Ahora, una vez que ha encontrado su método, Alexis deambula en algunos de sus ratos libres por el centro de Puebla buscando, en librerías de viejo y tianguis que venden revistas de segunda mano, mercancía que pueda ofertar en la subasta de la convención. A fin de cuentas, tiene un mes para armar un buen paquete. «En la subasta lo que más importa es la imagen», me dice, «el producto se tiene que ver padre. No importa si no lo está, el chiste es que se vea bonito, que la portada esté padre, que esté en buen estado. He comprado cosas cincuenta pesos y terminado subastándolas en trescientos o más», termina, y por un momento tiene todo el sentido del mundo que estemos en pleno Tec de Monterrey.
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Nos despedimos de Alexis sólo para toparnos de frente con los miembros de Toros KSK. Los Toros son un equipo que practica futbol freestyle; su líder es Jairo, un muchacho alto, delgado, que hace una exhibición para nosotros con mucho gusto. Su habilidad es impresionante: hace malabares con el balón que lo delata como claro heredero del joga bonito de Ronaldinho y compañía. Imposible no preguntárselo: ¿qué diantres hace en una convención de comics?
Jairo, que tiene el modo de un jugador de futbol elocuente y articulado, me contesta con un discurso que a mí me suena tan ensayado como convincente: «Queríamos reconciliar el anime y el futbol, somos muy fans de Naruto», me dice, señalando las bandas con el logo de la serie animada que llevan en la frente y en los codos, «nos venimos a presentar con los organizadores para armar un show». La conexión temática entre el freestyle y la convención de cómics se antoja, cuando menos, endeble, pero Jairo refuerza sus convicciones: «Queremos demostrar que todos podemos hacer de todo», culmina. Una vez en el escenario, Jairo y el resto de los Toros confirman sus intenciones: suben a gente a la tarima, hacen que un fan regordete de los cómics gire un balón en la nuca, invitan a una señora a mantener una pelota en equilibrio mientras el público le aplaude con asombro.
Ese afán sincrético permea buena parte de las actividades de la Dual City, que funciona como un ensayo mensual de una microsociedad en la que los aficionados de rubros disímiles encuentran puntos en común. Es comprensible: el cómic y sus derivados llegaron a México como emblemas de un negocio más que de una comunidad;[3] las reimpresiones nacionales Marvel y DC están en manos de Televisa, que pese a la multitud de títulos publicados ha realizado un trabajo cuestionable en materia de calidad editorial; las películas que ocupan las carteleras son las que están basadas en superhéroes y nada más, mientras que el anime —y, en menor medida, el manga, cuya situación comienza a mejorar gracias a la editorial Panini— no encuentra dónde colocarse. Mucho menos el cómic independiente o alternativo. En este panorama, no extraña que los aficionados se vuelquen a convenciones tan mixtas como la Dual City, que funcionan a manera de proverbial caballo regalado, de última coca-cola en el desierto.
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Hacia el final de la convención comienzan a llegar los cosplayers. El cosplay —portmanteau japonés de las palabras inglesas costume y role-play— es, básicamente, el arte de disfrazarse de un personaje de ficción. Es, claro, un mercado por sí mismo: las grandes convenciones alrededor del mundo invitan a cosplayers famosos —no es extraño que sean mujeres— para deleite de los aficionados. Las cosplayers —dos muy conocidas: Eve Beauregard y Jessica Nigri— cuentan con elaborados disfraces y producción de altos vuelos; se apegan con rigurosidad a los cánones de belleza occidentales —son rubias, delgadas, de rostros simétricos— y enloquecen a los aficionados que encuentran, en su atractivo físico y su relación con el fandom, una mezcla explosiva.
La Dual City no tiene presupuesto para invitar a cosplayers famosas. El cosplay que se puede ver en la convención es algo así como el punk de vieja escuela del medio: DIY, de bajo presupuesto, local. Trajes hechos a mano, con material reciclado, frutos de una imaginativa improvisación. Afuera de la convención, una niña, Susy, con un disfraz de Robin. Puntos extra porque —con la salvedad de Stephanie Brown y Carrie Kelley, las únicas dos Robin mujeres— Robin es un personaje masculino; el traje de Susy lleva una falda con crinolina confeccionada con precisión y maestría por su madre. De vuelta dentro de la convención, un Superman regordete parado en un pasillo acepta tomarse fotos con los paseantes mientras su rostro revela la sonrojante incomodidad del que no está acostumbrado a ser el centro de atención pero disfruta estar ahí. Cerca de la tarima, un Link y un Mario —de La leyenda de Zelda y Super MarioBros.—posan para la cámara con alegría. Hay colegialas japonesas —un clásico de las convención —, maestros pokémon y otros personajes que desconozco.
Reunido ahí, entre jugadores de futbol freestyle, vendedores de cómics, artesanos que manufacturan sus propias figuras y aficionados que mezclan y remezclan sus ficciones favoritas sin importarles lo que digan los abogados de la propiedad intelectual de las grandes editoriales, encerrados lejos de un mundo que aplaude la taquilla abultada de las películas de superhéroes al tiempo que infantiliza a sus lectores, el fandom encuentra, en el centro mismo del mercado que devora sin clemencia sus aficiones, un punto periférico donde refugiarse. Es probable que algo nos diga esto sobre el potencial de nuestra capacidad de organización y resistencia, pero dejo esa interpretación en el aire, para que el lector la retome.
Público y comerciantes son uno mismo. Las personas que venden ahí, pero que se dedican el resto de los días a una actividad remunerada en alguna oficina, lejos del cosplay y la pirateria, no son minoría.
[1]Fundada en 2011, Anti-Hero acometió la empresa de importar cómics en inglés bajo un sistema de suscripciones mensuales, además de funcionar como cafetería —otra más, pues la zona de San Andrés y San Pedro Cholula está poblada de cafeterías que brotan como los proverbiales hongos después de la lluvia—. La tienda era así un pequeño centro de reunión para los aficionados al cómic —y adláteres—; no era extraño pararse por ahí a tomar un té chai—especialidad de la casa— y platicar sobre, digamos, la nueva película de Marvel, el último número de Batman o los nuevos títulos que distribuirán las editoriales mexicanas. El modelo funcionó durante un tiempo, pero el tren de la macroeconomía, que durante 2015 elevó el valor del dólar gringo a casi veinte pesos mexicanos, terminó inexorablemente por atropellarlos. Durante un mes, la tienda anunció su cierre en sus redes y aplicó un salvaje 50% de descuento a toda la mercancía que tenían en anaqueles a fin de deshacerse de lo acumulado durante esos cinco años y medio. Más allá de aprovechar la oferta —aunque no faltó el sagaz carroñero que se acercó a alimentarse del cuerpo aún tibio de la tienda antes de que se descompusiera—, el ambiente entre los regulares era como de funeral. Largos silencios, contemplación de los estantes cada vez más vacíos, lamentos mudos porque los cómics dejaron de llegar. Durante el último mes pasé ahí más tardes de las normales, pensando en lo que se deshacía con el cierre de la tienda: los amigos que hice, el punto de encuentro para gente con intereses comunes. Pienso en la mecánica de una sucursal de una cadena de librerías y en su despersonalización, en su reticencia a crear vínculos. Uno no hace amigos —si acaso, conocidos— en una librería Gandhi. Uno no se encuentra ahí a otras personas con intereses comunes —y si lo hace, el espacio no se presta para entablar un vínculo—.Todo en las cadenas de librerías, hasta los libros, parece diseñado para evitar el arraigo que no sea del tipo «cliente consentido». «En las grandes cadenas de librerías el librero ha dejado de serlo, porque ha perdido la relación directa ,—artesanal— con el libro y el cliente», dice Jorge Carrión en Librerías. Anti- Hero representaba, hasta cierto punto, una pequeña trinchera de resistencia ante estos hechos. Su cierre entristecía a una comunidad que resentía su pérdida más allá de los servicios y productos que proporcionaba. El último domingo de la tienda, apenas dos semanas después de la Dual City del 14 de febrero, fui a presentarle mis respetos al féretro. Pensé que me encontraría con un local medio vacío ya, saqueado por los que aprovecharon las ofertas, agonizante. Lo que vi fue muy distinto: en una mesa estaban sentados todos los empleados de la tienda, platicando con un cliente —llamémosle Pepe— y con el dueño, Guillermo. La noche anterior había sucedido el milagro: Pepe, el mayor comprador de la tienda —sigue mensualmente alrededor de cincuenta series en inglés, unas veinte en español, y a menudo ordenaba enormes pedidos de compilatorios de Batman y James Bond, de quien es aficionado a muerte— había llegado al límite de lo que podía comprar: adquirió la tienda y evitó su muerte. Ahora bajo el nombre de Epic Comics, la tienda trascendió el mero aspecto de la marca registrada para convertirse en una entidad que pasa de mano en mano, cuyo manto será recuperado por alguien más cuando el poseedor anterior no pueda continuar con la responsabilidad.
Exacto: como un superhéroe.
[2]¿Debería decir representamos? ¿Qué define a un ñoño, cómo lo categorizamos? El mercado lo tiene más claro: el ñoño compra mercancía relacionada con sus personajes favoritos, mayormente superhéroes, ora por nostalgia, ora por amor, ora por una combinación de ambas. Vaya, el ñoño consume. Pero a ras de suelo resulta más difícil definirlo. La relación individual entre el aficionado al género y sus elementos amerita profundizarse. «Los superhéroes», dice Grant Morrison en Supergods, «nos recuerdan pacientemente quiénes somos y quiénes desearíamos ser». En este mismo tenor, me gusta pensar que cuando nos aficionamos a las aventuras de Batman no nos impacta tanto el fascismo implícito en su personaje sino la catártica superación de su tragedia; que cuando alguien decide ponerse el símbolo de Superman lo hace motivado —quizá en un nivel inconsciente— por las posibilidades de la humanidad, por los lugares y las proezas que aún puede realizar. Es decir, elijo creer —elijo interpretar así la realidad, quizá peco de ingenuo— que, con todo y la iconografía nacionalista y machista que a menudo traslucen los superhéroes de los comics, en su centro hay un ánimo de mejora, cierto impulso transhumanista: «El último paso del lector de tebeos es abandonar su conciencia. Y comenzar a escribir», culmina Pablo Muñoz su libro Padres ausentes. Pero divago.
[3]Breve recuento: antes de la llegada de Televisa al mercado en 2005, el negocio de los comics estaba en manos totales de Grupo Editorial Vid, que poseía —igual que Editorial Televisa hoy— los derechos de Marvel y DC Comics, además de los de otras editoriales valiosas, como Image y Dark Horse, y casi todo el manga que se podía conseguir en aquellos años. Es una historia por todos sabida dentro de la comunidad de aficionados al cómic, pero en términos llanos, lo que sucedió fue que una serie de malos manejos llevaron a Vid a la ruina. Series incompletas, reimpresiones excesivas que buscaban capitalizar la fiebre por el cómic que desencadenó La muerte de Superman (los rumores dicen que Vid reimprimió miles de copias sin pagar los correspondientes derechos de reimpresión a DC Comics, rotulando todas como «Primera edición» para que nadie notara el chanchullo), lamentable distribución: Vid, fundada por la legendaria historietista mexicana Yolanda Vargas Dulché —creadora de Rubí y Memín Pinguín, entre otros— y organizadora de una de las convenciones de comics más importantes de México, la mecyf agonizó lenta pero irremediablemente, llevándose entre las patas series, licencias y lectores. De forma paulatina, Editorial Televisa tomó la estafeta de Vid, primero con la licencia de Marvel Comics —en 2005— y luego con la de DC —en 2011—, y su trabajo se ha distinguido tanto por la cantidad de títulos como por errores de edición y traducción que los aficionados no saben perdonar. Durante todo ese tiempo, casi diez años, el manga y el cómic alternativo quedó en el olvido: ni Vid ni Televisa parecían tener mucho interés en sus licencias, y así pasaron de noche títulos que en otros países tuvieron gran impacto de crítica y audiencia, como The Walking Dead, La liga de los caballeros extraordinarios o Sandman. No fue sino alrededor de 2013 que Kamite, Bruguera y la filial mexicana de Panini, la primera surgida con parte de la infraestructura de Vid, aparecieron en el mercado con una oferta distinta al cómic mainstream.
La historia del estado de Morelos está vinculada a la creación de balnearios y servicios turísticos. En esta crónica, Amaury Colmenares presenta los casos del balneario El Texcal, donde señores de la tercera edad trabajan a la espera de turistas de fin de semana, y el de unidad habitacional Terrazas de San Antón, donde permanece un magno tobogán como recordatorio de los proyectos inconclusos.
En Morelos existen alrededor de cuarenta y cinco balnearios registrados. Aunque algunos cuentan con varios toboganes y hasta suites de lujo, como El Rollo, la mayoría son más bien modestos. Les dicen «rústicos» en las páginas de internet donde los promocionan, con lo que se refieren a que no cuentan con infraestructura y su atractivo es, simple y llanamente, el agua. Como el balneario Las Fuentes, donde hay albercas, manantiales y, ahí mismo, decenas de pipas que cargan agua para surtir a las colonias aledañas… rústico, pues.
Aprovechando la alta afluencia de visitantes, muchos de paso para ir a Acapulco, y muchos otros a los que no les alcanzaba para llegar hasta allá, proliferaron en la región los pequeños balnearios, palapas que ofrecían servicio de restaurante y alguna alberca.
Para dar una idea de la personalidad de la región, diré, a manera de pinceladas impresionistas, que el Poder Ejecutivo de Cuernavaca tiene su sede en lo que era el Hotel Papagayo; es decir, las regidurías y secretarías tienen sus o cinas alrededor de una alberca, en las habitaciones donde los turistas descansaban o hacían otras cosas. El exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, ahora presidente municipal, tiene su despacho en lo que era el jardín de eventos Baalbeck. La clínica número 20 del Instituto Mexicano del Seguro Social, una de las más concurridas de la ciudad, se asienta en el antiguo Hotel Cortés. Y el palacio del gobierno de Morelos, donde despacha el gobernador, se levanta en el terreno donde antes estuvo una casona colonial, acondicionada, también, como hotel. Plutarco Elías Calles siguió controlando la política mexicana desde su casa de retiro, en Las Palmas. La sede del Poder Legislativo se halla en un edificio que fue inaugurado como teatro. Tras el Palacio de Cortés se encontró durante muchos años un espacio donde estaba el reconocido antro de moda Kaova, y ahora el Tribunal Superior de Justicia. El ocio y el descanso siempre han tenido una importancia fundamental en la dinámica de la región, sobre todo durante el siglo pasado, cuando la capital del estado de Morelos se convirtió en un cliché del turismo. Hoy, tras años de violencia y alta criminalidad, esta etapa parece haber terminado y no quedan sino vestigios.
APROVECHANDO A LOS VISITANTES
Desde la época colonial, la región estuvo dedicada a la producción azucarera. La gran cantidad de ojos de agua, veneros o manantiales, así como el clima privilegiado, permitieron que grandes haciendas en todo el territorio centraran su trabajo en cultivar y procesar caña. Así, históricamente, la estructura socioeconómica del estado es agraria. Cuernavaca funcionó como eje administrativo y político —aunque improductivo— de este aparato. Al inicio del siglo xx, esta estructura había generado una relación de conflicto entre los pueblos originarios y las haciendas. Los puntos críticos: la posesión del territorio y el uso del agua. De esa tensión surge el movimiento zapatista. Durante la Revolución, Cuernavaca se convirtió en un pueblo fantasma y se interrumpió la producción azucarera. Y tras el conflicto armado, que duró casi una década y que se caracterizó por la alta mortandad, hizo falta reorganizar tanto la estructura social como la económica.
Durante la mayor parte del siglo pasado, los proyectos del gobierno y de los empresarios (casi siempre con intereses en común) tuvieron como uno de sus ejes más importantes al sector turístico. El clima, la cercanía con la Ciudad de México y, sobre todo, la abundancia de agua permitieron un desarrollo inmobiliario desmedido y descontrolado que se mantuvo en aumento. A la par, se construyeron grandes complejos turísticos.
Así, dos eventos similares y violentos marcan el ciclo del turismo moderno en el estado de Morelos: el final de la Revolución y el inicio de la crisis producida por el crimen organizado en 2009.
Uno de los factores importantes para la reconstrucción de la región fue la constante visita de turistas, sobre todo provenientes de la Ciudad de México y, en menor medida, del extranjero. Esto fomentó la institución de comités promotores del turismo, en los que se involucraron empresas de autotransporte, hoteleras y restauranteras, así como comerciantes e inversores de capital. Durante la primera mitad del siglo pasado, Cuernavaca contaba con atractivos importantes como el Country Club, el balneario de Chapultepec, la caída de agua de El Salto, el Paseo de las Fuentes y el lujoso Casino de la Selva, un escenario de la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, en cuya época ya estaba en decadencia y fungía como hotel, un lugar icónico de la ciudad, derribado en 2001 para construir un supermercado Costco.
Más adelante, durante la segunda mitad del siglo, el sector inmobiliario experimentó un auge acelerado, cuyo hito se debe al terremoto de 1985 en la Ciudad de México, evento que motivó a miles de capitalinos a trasladarse a lugares más «seguros», como Cuernavaca, donde ya muchos poseían casas de fin de semana. Aunque la ciudad había ido mejorando su estructura urbana, no estaba preparada para recibir a los nuevos habitantes, y desde entonces el crecimiento de la zona metropolitana es caótico y acelerado. A finales del siglo pasado, las inmobiliarias dejaron de lado las casas y comenzaron a desarrollar unidades habitacionales de edificios de departamentos, con albercas y áreas comunes.
Es por eso que en Cuernavaca son habituales las albercas. Existe la creencia de que Cuernavaca es la ciudad con la mayor cantidad de albercas en el mundo. En realidad, no existen datos precisos, pero es un mito local significativo que nos habla de cómo los pobladores perciben y definen su entorno. Lo que sabemos es que según el censo 2010 del INEGI, 17% de las casas en Morelos son de fin de semana; es decir, que de las 468,930 casas, 81,409 son de descanso. La mayoría cuenta con alberca, a lo que habría que sumarle todas las casas que antes eran de fin de semana y que, tras el terremoto, comenzaron a usarse como residencias permanentes. Aunque la cifra en Morelos podría rondar las cien mil albercas, en Florida hay aproximadamente un millón. Así que no, Cuernavaca está lejos de ser la ciudad con mayor número de albercas en el mundo. Aun así, la cantidad es alta en relación con la densidad de población. En Los Ángeles, por ejemplo, hay 43,000 albercas.
En resumen, el sector turismo creció en el estado de Morelos bajo tres formas distintas. Uno: el sector inmobiliario; se vendieron miles de casas destinadas al descanso de fin de semana, todas ellas con sus respectivos jardines y albercas. Dos: grandes hoteles y balnearios de inversión privada, con inmensas infraestructuras. Y tres: los ejidatarios que aprovecharon la afluencia de visitantes y los ojos de agua dentro de sus propiedades para crear negocios turísticos comunitarios.
Uno de los primeros balnearios fue Agua Hedionda, en Cuautla, un manantial de aguas sulfurosas que desde antes de la Revolución había sido el eje de un proyecto para aprovechar la afluencia de visitantes que buscaban sumergirse en las aguas «medicinales». Todavía hoy sobrevive este espacio, enclavado en lo más denso de la mancha urbana, y funciona bajo la forma de un fideicomiso del gobierno.
En 1964 fue inaugurado uno de los balnearios más grandes de Latinoamérica: el Centro Vacacional Oaxtepec, propiedad del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Posteriormente fue concesionado a una empresa privada, que lo sumió en una crisis económica. En 2011 se declaró en quiebra y regresó la administración del complejo turístico al IMSS. En febrero de este año se anunció que la empresa norteamericana Six Flags ganó la concesión del parque de 23 hectáreas y capacidad para 35,000 visitantes, que será remodelado y explotado por 20 años con una renta mensual de un 1,710,000 pesos. Así, de Centro Vacacional Adolfo López Mateos será rebautizado como el Hurricane Harbor.
Aunque permanecen abiertos muchos de los sitios turísticos de Morelos, como El Rollo, la Ex Hacienda de Temixco o los clubes del Lago de Tequesquitengo, a raíz de la crisis de violencia y el avance del crimen organizado en el interior del estado, el turismo está en decadencia. Ahora, Morelos tiene que vivir sin los visitantes que, durante los fines de semana y periodos vacacionales, se dedicaban a embriagarse y chapotear en sus aguas. Ha tenido que inventar nuevos modelos de turismo, como el cultural o el ecológico, aún incipientes pero prometedores.
En la unidad Terrazas de San Antón, sobresale un tobogán doble entre las hojas secas, aunque los visitantes rara vez notan su presencia.
EXTRAÑAS RUINAS DE LA CIUDAD
Aunque Cuernavaca hace mucho que perdió a los turistas y diversificó su economía, en el imaginario de sus habitantes y visitantes todavía está arraigada la idea de ocio y esparcimiento. Esto ha generado lugares como Terrazas de San Antón, una unidad habitacional en una zona popular de la urbe. Para entrar a estos edificios hay que bajar por unas largas escaleras que se desenvuelven a lo largo de la ladera de una barranca. Pero, paralelo a estas escaleras, corre un largo tobogán, bien construido, color azul celeste, que termina en una barda erizada de maleza espinosa. Este tobogán de cemento y fibra de vidrio jamás ha sido usado y es completamente ignorado por los vecinos, que lo ven como un estorbo ridículo que resta seriedad a sus vidas.
Se quejan del descuido de las áreas comunes, de la inseguridad y de la suciedad de los otros. Pero al preguntar sobre el tobogán, responden un lacónico «ah, sí…» y es evidente que nunca piensan en él. Nadie sabe por qué está ahí. Según las versiones, la idea original de la unidad habitacional era que tuviera una alberca comunal, como es usual en la región, y que los habitantes tuvieran la elección de bajar a sus casas de la manera ordinaria, por las escaleras, o de la manera audaz, deslizándose en traje de baño por el tobogán hasta la alberca. Otros afirman que es la reminiscencia de una antigua casona de descanso que tenía alberca y grandiosos jardines y que, tras un pleito de herencia, fue demolida para construir en su lugar los edificios y, dada la premura y el desinterés de los nuevos dueños, se dejó ahí el tobogán. Lo cierto es que ahora forma parte del patrimonio común de estos vecinos. Extraño patrimonio. Podrían pensar en rehabilitarlo para uso de los niños, pero dadas las circunstancias actuales de escasez de agua, se entiende que se perciba más como un comentario sarcástico que como una oportunidad. Por lo pronto, ya lo empiezan a usar para verter cascajo.
Hace unos años se pusieron de moda las unidades habitacionales para fin de semana. Son proyectos de las inmobiliarias, similares a las unidades de interés social, sólo que les agregan una alberca común y las construyen lejos de la ciudad: «Ahora hasta tú puedes tener casa de descanso», rezan los espectaculares con los que anuncian este negocio, con fotografías elocuentes de hermosas mujeres flotando en el agua. Pero muchos de estos sitios terminan en el abandono, pues aunque están cerca de las ciudades o los atractivos turísticos, en los alrededores no hay infraestructura urbana. Así que aparecen junto a las carreteras bloques de casas deshabitadas, con las ventanas rotas y descuidadas. Tal es el caso de Cumbres de Campestre, en el municipio de Xochitepec, una unidad de viviendas que fueron compradas por chilangos, a los que les prometieron albercas y áreas verdes, pero que durante años no tuvieron acceso siquiera a los servicios básicos, como agua potable o electricidad. Son alrededor de 600 casas de fin de semana, diminutas, que hoy ya tienen albercas, pero siguen estando en medio de la nada.
En Cuautla, la segunda ciudad más importante del estado, hay balnearios absorbidos por la mancha urbana. Tal es el caso de Agua Hedionda, todavía próspero, aunque existen otros que no han corrido con la misma suerte, como Las Tazas, un balneario ejidal, administrado por el comisariado, y cuya explotación económica beneficia a la comunidad. Fue inaugurado durante la década de los setenta cuando, aprovechando que ahí se encuentra un ojo de agua, construyeron un apantle tan amplio que surtía albercas y servía como poza de buceo, con más de once metros de profundidad. Después de que en ella nadaran los bañistas, el agua era distribuida por toda la zona, para regar huertos y viveros. Pero hoy el nivel del agua ha disminuido más del 80%. Don Teófilo, que trabaja en el mantenimiento del balneario, recuerda la cantidad excesiva de agua. Junto al canal reseco, este hombre sudoroso y desilusionado hace un gesto amplio y circular con el brazo extendido y dice «todo esto era agua; ahí atrás, esos viveros, también eran agua», luego, señalando a un estacionamiento, agrega: «eso también era agua y para allá», apunta hacia un amplio prado de pasto seco, «había todavía más agua». Recuerda que al lugar acudían incluso feligreses de diversas iglesias (testigos de Jehová y cristianos) para hacer grandes bautizos. Y, para terminar la enumeración de las glorias pasadas, arma: «aquí grabó una película Vicente Fernández, la de Por tu maldito amor, y ahí grabaron la escena del puente», señala un viejo y endeble puente de metal que ahora sirve para sortear un desnivel del terreno, que antes fuera parte del apantle.
«Pero se acabó el agua», dice doña Rosalía, oriunda de la zona y trabajadora desde hace décadas del lugar. «Nosotros teníamos el venero, pero dicen que de más arriba alguien muy listo perforó el cauce subterráneo y lo desvió. Nosotros seguimos teniendo el venero, pero ya no sale casi nada». Se queda seria cuando habla de la escasez de agua. «No sé por qué será, pero por la misma época que se secó aquí, abrieron una planta de la Coca más arriba».
Teófilo y Rosalía tienen razón, a principios de los noventa se abrió la planta Las Margaritas, de la empresa Coca-Cola, a unos metros del río Cuautla, y se perforó El Calvario, el pozo que abastece a una amplia zona de la ciudad. Hoy, en Las Tazas quedan dos albercas funcionando. El apantle está enfangado y apestoso. Ya no hay grandes cuerpos de agua, ni amplios sembradíos. Casas, calles y cocacolas.
De cualquier manera, este balneario «rústico» es visitado todos los días, ya no por turistas chilangos ni extranjeros, sino por los vecinos. Decenas de niños toman clases de natación y, por las tardes, acuden familias a disfrutar del lujo del agua.
Lugares abandonados. Ojos de agua que se secan. Campesinos que luchan por mantener a salvo espacios naturales y de esparcimiento. Proyectos inmensos que se tambalean y se caen por falta de pericia política.
La gente de la unidad Terrazas de San Antón prefiere el descenso por las escaleras en lugar de hacerlo por el tobogán.
EL TEXCAL: OCHO ÁRBOLES Y UNAS CARPITAS
A pocos kilómetros de la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (Civac), que siempre huele a pintura quemada o a fresas artificiales, sobre el boulevard Cuauhnáhuac, en la zona roja de Jiutepec, casi frente a la nueva Universidad Politécnica del Estado de Morelos (Upemor), es decir, en medio de la mancha urbana que crece desmedidamente, se halla un lugar excepcional: El Texcal.
Para llegar hay que entrar en una unidad habitacional de edificios rojos, después adentrarse en una amplia carretera privada, de un par de kilómetros de largo, que describe una vuelta completa para desembocar en sí misma. Dos carriles bordeados de árboles y matorrales, entre los que destacan algunos amates amarillos y ceibas de gruesos troncos espinosos. En algún punto indeterminado de ese recorrido hay casetas destartaladas, usadas en su momento para cobrar peaje o el precio de la entrada. La carretera recorre un Área Natural Protegida y llega hasta un estacionamiento de banquetas zigzagueantes con capacidad para una centena de autos. Luego, aparecen unas escalinatas que llevan a unas puertas largas, de casi 50 metros de largo, sobre las que se levanta una estructura de entramados de metal, similar a las que sostienen los anuncios espectaculares, de la que penden algunos retazos de lona, ripios blancos y fantasmales.
Adentro hay un inmenso balneario abandonado, construido en un área de 50 hectáreas. Al trasponer el portón, a la derecha se levanta un tobogán, una mole alta, como de tripas que se desenvuelven en volutas caprichosas. A la izquierda hay dos edificios largos, de dos pisos cada uno, con cientos de casilleros de rejilla y decenas de vestidores, regaderas y baños.
La alberca central está custodiada por una estructura de concreto que no queda claro qué es, algo así como un monolito que se erige sobre otros monolitos derrotados o una torre que se está derritiendo. Es tan alta que puede verse desde lejos, única señal de la existencia del balneario, un misterioso hexaedro azul pálido en el cerro, testimonio de la insospechada presencia del balneario.
Más adentro hay otro tobogán, mucho más chico y sencillo, que baja en línea recta y tiene un rótulo que dice «Kamikaze». Hay una poza de clavados, dos amplios chapoteaderos, dos albercas además de la principal, y una enorme alberca de olas, larga y honda, supuestamente la más grande de Latinoamérica. Es posible entrar al área subterránea de máquinas, donde todavía están los motores de varias toneladas que antes bombeaban las olas y que ahora lucen como calderas del inframundo.
Tiene también un edificio para restaurante y algunas casetas para la venta de alimentos, una de ellas en forma de icosaedro truncado. Perdidos en la selva hay otros dos edificios en obra negra. Si se toma un desvío de la carretera privada, se llega a la zona de cabañas, catorce en total, que en 2011 fueron reacondicionadas con equipos de captación pluvial y calentadores solares, hoy desaparecidos.
Todo está abandonado. Vive ahí una parvada de zopilotes y las albercas están vacías o enfangadas. La pintura de los rótulos descascarada y los edificios desmantelados. Este complejo turístico es propiedad de los comuneros de Tejalpa, un grupo de campesinos originarios de uno de los pueblos absorbidos por la mancha urbana de la Zona Metropolitana de Cuernavaca. Ellos, como si fuera un ritual religioso, limpian dos albercas y podan el césped durante Semana Santa, en espera de que lleguen los turistas. Cobran 40 pesos de entrada y venden cervezas y garnachas.
Los grandes toboganes de El Texcal sobreviven, aunque difícilmente serán usados de nuevo.
El Área Natural Protegida El Texcal está rodeada por colonias populares, una farmacéutica, un gigantesco estacionamiento de la Nissan, y un extenso corredor de campos de cultivo que llega hasta Tepoztlán. En esta zona de casi 260 hectáreas está la laguna de Hueyapan, hogar de un pez endémico, la carpa Notropis boucardi. Hace poco, investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos descubrieron en esta reserva una especie endémica de árbol, llamada Esenbeckia vazquez, de la que quedan ocho ejemplares en el mundo.
Los comuneros combaten a los «paracaidistas». En 2013, con el apoyo de la policía, desalojaron un asentamiento ilegal. Después de trece operativos, recuperaron 70 hectáreas de la reserva natural, en donde habían construido 400 viviendas, que fueron derruidas tras más de quince años de invasión.
Pero la amenaza siempre está presente. También hay talamontes organizados en peligrosas cuadrillas armadas que de manera furtiva derriban árboles y que incluso han construido ya su propia carretera, según testimonio de uno de los comuneros Luis Zagal arma que evitan los enfrentamientos directos con los talamontes, pues usan armas de fuego y son violentos, pero los combaten obstruyendo y vigilando los puntos de acceso a la zona protegida. Un vistazo a las imágenes satelitales de Google Maps da cuenta de la deforestación: entre El Texcal y el Tepozteco, hay un corredor ininterrumpido de terrenos dedicados a la siembra.
Los comuneros tienen sus propias preocupaciones. ¿Por qué se toman la molestia? ¿Qué razones tienen para, todos los años, asistir a las faenas de limpieza y acondicionamiento del balneario y para proteger el área natural de las amenazas de la urbanización y de los depredadores ilegales? Los comuneros no ofrecen una respuesta definida, contestan con frases ambiguas. Parece que ni ellos saben, pero tienen la idea de pertenencia, de noción de comunidad. Siempre mencionan, por ejemplo, la importancia del manantial del Texcal, que surte a varias colonias aledañas. Ahí han instalado una bomba que surte pipas destinadas al consumo de las zonas cercanas.
Éste es, pues, un extraño pulmón de la región. Uno esperaría que las reservas ecológicas sean bosques exuberantes, siempre verdes, pero en este caso se trata de una selva baja caducifolia, un tipo de ecosistema que caduca durante la temporada seca. Es una maraña de espinas y maleza, los árboles son chaparros y de follaje escaso. El terreno del Texcal es de piedra volcánica, por lo que todo crece sobre un suelo irregular de rocas ariscas y oscuras.
Una de las sillas para salvavidas vigila la alberca de olas, la cual es una construcción impresionante, ahora convertida en unacharca con pececillos.
La magnitud de este lugar lo convierte en un misterio. ¿Quién diseñó el proyecto?, ¿qué esperaba que sucediera, cuántas personas calculó que llegarían? Nadie lo sabe, ni siquiera los comuneros, que sólo tienen recuerdos difusos de su creación.
José Román Rodríguez, director ejecutivo de la empresa Hidrotec, comenta: «Mi padre vendió este proyecto de alberca con olas y toboganes en la época de Miguel de la Madrid. Fue un proyecto coordinado entre Parques Nacionales, dirigido en su momento por Juan Casillas, y el gobierno del estado de Morelos, presidido en ese entonces por Lauro Ortega, quien asignó como jefe de proyecto al señor Mauricio Urdaneta, uno de los grandes desarrolladores de la época, el cual impulsó el Club Tabachines. La del Texcal es una de las albercas de olas más grande de Latinoamérica. Desgraciadamente, cuestiones políticas y administrativas (por ejemplo, el hecho de que no se les pagara la tierra expropiada a los ejidatarios originales) llevaron a que se cerrara el parque acuático una vez que el terreno regresó a manos ejidales y su administración fue disuelta».
El actual comisariado de Tejalpa, don Bonifacio Sañudo Silva, encargado del balneario, también recuerda que el parque cayó en la crisis y en el abandono por conflictos entre los mismos campesinos. La eterna disputa entre comuneros y ejidatarios, así como los desacuerdos al interior del ejido, dieron como resultado el declive del lugar.
Para José Román, de Hidrotec, El Texcal «fue un proyecto muy interesante e innovador en su momento. Uno de mis tíos administró el parque durante unos años, junto con su cuñado. Los contrataron por sus conocimientos en el manejo de grandes cuerpos de agua, como la alberca de olas. Después hicieron cabañas para hospedar turistas. Recuerdo que durante la construcción, cuando los lugareños eran picados por los escorpiones, se comían inmediatamente al escorpión y decían que era la mejor vacuna contra el veneno. Fue un magno proyecto. Ojalá se pudiera reactivar. Desconozco en qué condiciones operativas se encuentra actualmente».
En resumen, una selva parda, chaparra y reseca, perdida tras unidades habitacionales y centros nocturnos, cuya contribución para el mundo es humilde, pero asombrosa —ocho árboles de una especie única y un pececito en peligro de extinción—, siempre hostigada por la humanidad, que busca construir casas o aprovechar su madera, y en cuyo corazón existe un inmenso balneario, un proyecto ambicioso destinado al ocio que fracasó por la impericia política y la falta de acuerdos entre los campesinos, al que hoy acuden a trabajar una veintena de ancianos con la esperanza de que lleguen los turistas a nadar, como en los viejos tiempos.
«Esto no es fácil», arma don Bonifacio. «Los comuneros no tienen recursos para sacar adelante todo esto. Con lo que sacamos de las entradas en Semana Santa no alcanza para reacondicionar. Hemos querido rentar o buscar inversionistas, pero difícilmente alguien se anima a invertir los millones que se necesitan. Desde hace dos años que no se le da mantenimiento, ahora estamos retomando ese trabajo. Pero nadie quiere venir a ayudar. La mayor parte del pueblo es gente joven. No les interesa venir. Mire usted quiénes son los que sí se animan a trabajar: son puros ancianos, gente mayor». Mientras don Bonifacio habla, diseminados por el balneario, una veintena de señoras y señores podan pasto, recogen basura, instalan la bomba en la alberca, se afanan. Sentado en el suelo, bajo el sol del que se protege con su sombrero blanco de palma, don Santiago Sámano, de 70 años, golpea con su machete los intersticios de los adoquines para quitar las hierbas malas. Él, igual que el balneario, es un hombre rústico.
El gran monumento distintivo de El Texcal. Alrededor de él se extienden las albercas principales, hoy vacías.
«Planet Rock tuvo más repercusión que cualquier otro disco en el que haya participado», dijo. «El único tema que tal vez haya causado un efecto mayor dentro del movimiento del hip-hop es “Rapper’s Delight”, porque fue el primero, el que abrió las puertas. Pero "Planet Rock" provocó una reacción completamente diferente. Con esa canción, el hip-hop dejó de ser un género meramente urbano y pasó a ser universal. De repente, los amantes del rock y de la new wave comenzaron a aceptar que el uptown ingresara al downtown. Fue en ese momento que los franceses y los ingleses empezaron a entusiasmarse con la idea de hacer covers de hip-hop. El género se transformó en un fenómeno internacional».
El anterior es un fragmento incluido en Generación Hip-Hop. De la guerra de pandillas y el grafiti al Gangsta Rap, de Jeff Chang, editado hace un par de años en español por la editorial Caja Negra. «El tema», explica Chang sobre el sonido de «Planet Rock» que incorporaba un sonido más abierto que el que había estado sonando en las calles del ghetto neoyorquino, como el proveniente de los álbumes de Kraftwerk —entre otros— «no sólo no se parecía a ningún tema que se hubiera editado antes en ningún lado. “Planet Rock” era la invitación universal del hip-hop, una visión hipnótica de un planeta unido por el mismo groove, más allá de las razas, la pobreza, la sociología y la geografía».
Veamos:
Bambaataa es considerado el «padrino del hip-hop», quien logró que éste saliera a la superficie y dejara de ser cosa de fiestas barriales, alcanzando un público mucho más amplio. El siguiente es un panel de Hip-Hop Family Tree, el fabuloso cómic de Ed Piskor que cuenta la historia del género desde hace algunos años en Boingboing, y ahora en recopilaciones editadas por Fantagraphics Books.
Vale la pena revisar el libro de Chang en este momento, sobre todo a la luz de las recientes acusaciones en contra de Bambaataa por abuso de menores en los años 80. En particular, a partir de una entrevista de Ronald Savage, publicada el 9 de abril en Daily News, a la que se suman las de tres hombres más que, igualmente, denuncian haber sufrido abusos sexuales por parte del músico. Denuncias que, como es de esperarse, Bambaataa ha rechazado.«Estos alegatos carecen de sustento y son un intento cobarde para manchar mi reputación y legado en el hip-hop en este momento», respondió en un comunicado que el artista envió a la revista Rolling Stone.
Casualmente, me encontraba leyendo el libro de Jeff Chang cuando estas acusaciones se hicieron públicas. Regresé a la parte donde se habla de Afrika Bambaataa Aasim para ver si encontraba algo que llamara mi atención. Y sí.
[Bambaataa es] el fundador de la Zulu Nation, la primera institución del hip-hop, una organización que ponía énfasis tanto en abrir mentes como en armar fiestas; el predicador del evangelio de los «cuatro elementos» (el DJ, el MC, el b-boy y el grafiti); el misionero que difundió el mensaje del hip-hop a los cuatro rincones del planeta, y luego más allá del Planet Rock.
Posteriormente, Chang habla de sus datos biográficos, del halo de misterio que lo ha envuelto por años. «A comienzos de su carrera», explica, «difundir su edad podría haber dañado su reputación entre los más jóvenes. […] De ahí que Bambaataa genere la impresión de ser eterno. Es como si estuviera más allá del tiempo, de cualquier edad».
No dejo de pensar en que cuando se habla de él, pareciera que se habla de un ente místico. Que su biografía tiene dejos religiosos. Quítale el aspecto musical y lo que queda es la vida de un predicador. Eso me sacudió. Me hizo pensar en que, por tratarse de alguien tan importante para una escena musical, tendemos a ignorar lo que no nos agrada. «Fundador» o «padrino» del hip-hop sin duda suena cool. Pero en casos similares de presunto abuso a menores perpetrados por clérigos o empleados escolares, nuestra reacción inmediata es distinta. Creo que el culto a la personalidad y nuestro afán por ser fans de algo funcionan como una venda que cubre nuestros ojos y no nos permite apreciar con claridad la realidad. Una venda que nos colocamos nosotros mismos.
En fin, para tratar de entender un poco más este asunto —y poder retomar mi lectura del libro—, me acerqué a dos personas que escuchan y son conocedores del hip-hop, y que pueden aportar una visión informada y clara.
El primero es Feli Dávalos, quien, ante todo, me aclaró: «la neta yo no escucho la música que hizo. O sea, tiene una rola el bato» [bueno, tiene más, Feli, le contesté mentalmente, recordando las veces que puse «Unity», el dueto con James Brown en alguna fiesta y que, de hecho, engloba la filosofía de The Zulu Nation].
En nuestro mundo, alguien como Afrika Bambaataa es un bastión ideológico, por eso duele. Platicaba con un camarada chileno que estaba devastado y me decía que se sentía como seguramente mucha gente de los Legionarios de Cristo se sintió cuando se destapó la verdad de Maciel por primera vez. Pero créeme que a los Legionarios de Cristo les hace sentido que un rapero haya hecho eso. Les reafirma el estereotipo, como a ti te reafirma una idea de los sacerdotes que ya tenías, quizá porque no vas a misa los domingos, sino a conciertos, o a tomar, etcétera.
La otra persona a la que me acerqué fue Ric Reyes, colega comiquero que tiene un amplio bagaje en materia hiphopera. Igual que Feli, no acostumbra escuchar a Bambaataa:
«Escucho poco a Afrika Bambaataa, comencé a saber de él por revistas de hip-hop como Rap Pages y un especial de The Source donde aparecía como uno de los padres fundadores del Hip-Hop junto a DJ Kool Herc y a Grandmaster Flash, quienes parecían realmente más responsables de la creación del sonido del género. Sin embargo, Bambaataa parecía más estrafalario, parecía seguir teniendo mucho que ver con esa era afrocéntrica, con un look similar al de Mr. T y esa historia del pandillero que impuso la paz mediante la música. Buscando saber más llegué a obras como Planet Rock o el horrible video que hizo con Johnny Rotten (“World Destruction”). Más que su música podía sentir su influencia en otros artistas que lo emulaban (Common, en Universal Mind Control, The Roots ft. Mos Def, en “Double Trouble“) o lo mencionaban (A Tribe Called Quest, en “Vibes and stuff”) en donde también se nombra a Zulu Nation».
En cuanto a su legado, me parece que si bien tuvo parte en el desarrollo del sonido del hip-hop mediante el uso de breakbeats y la inclusión del sonido electro (uso sampleos de Kraftwerk, por ejemplo) su aportación viene en importancia después de lo que harían otros como los mencionados DJ Kool Herc y Grandmaster Flash o incluso Grand Wizzard Theodore, el creador del scratch.
En cuanto a las acusaciones, sean ciertas o falsas, sí me resulta notable que tratándose de asuntos ocurridos hace décadas (al igual que con Bill Cosby) cobren notoriedad ahora durante el clima racial en el que se halla Estados Unidos (la violencia policial, el movimiento #blacklivesmatter). Poniéndose bastante conspiranoicos, es como si se tratara de alguna forma de tirar «instituciones afroamericanas».
Bueno, es hora de leer o releer este libro de Caja Negra. Tenemos mucho por descubrir de un sonido y una cultura que damos por hecha.
«Afrika Bambaataa» or Jorge Flores Oliver, «Blumpi».
La diferencia entre alta y baja cultura es, ahora, irrelevante. Entre centenares de propuestas musicales, lo que cada persona prefiere consumir responde a una serie de experiencias previas. Paul Medrano no sólo hace una apología de los gustos culpables, también desentraña las excusas que usualmente se ponen al hablar de la música popular.
salgan al Sol ¡revienten!
salgan al Sol ¡idiotas!
Billy Bond, La Pesada
No me enorgullece saber que una extraña fuerza me obligó a aprenderme casi todas las canciones de Los Temerarios. No me quita el sueño saber en qué radica ese bastardo encanto que las vuelve tan pegajosas y lacerantes. Contra toda lógica, no tengo un solo disco de estos zacatecanos. Ni un mp3. Tampoco sé el orden y nombre de su discografía. Casi todos los temas de Los Temerarios los he escuchado en cantinas y microbuses en los que pasé muchas horas. Quizá ahí radica su fuerza. Quizá no.
El catálogo de gustos culposos (para algunos; yo los disfruto mucho) también incluye propuestas tan extrañas como Los Rodarte, El Palomo y el Gorrión, Los Bárbaros o Mike Laure, por mencionar algunos. Es música que me ha acompañado en alguna etapa de mi vida. Es importante para mí y para nadie más. Finalmente, mi gusto es y nadie me lo quitará.
No soy purista del jazz, ni fundamentalista del heavy. Soy un tipejo de gustos musicales heterodoxos. Le entro a todo. Naco, dirán algunos. Hipster, dirán otros. Eso es lo de menos. Lo que me parece importante es reconocer a la música como un rito colectivo. De nada serviría poner el disco de Highway Robbery y gritar como loco mientras todos me observan. La comunión musical no se consumaría. En cambio, he llorado junto a amigos y amigas mientras cantamos esa balada robótica del dueto llamado Amistades Peligrosas que decía: «la paz con guerras son mi día a día…».
Alguna vez, mientras bebía con Eduardo Añorve, uno de mis amigos más cultos, puso una canción en la rockola: «Te quiero tanto», de La Onda Vaselina. Yo regresé a verlo, entre absorto y emocionado. «Una canción es una cápsula emotiva», me dijo. «Esta canción me recuerda a alguien, y con eso me basta para que sea una gran canción».
Ya sabemos que la clasificación de bueno o malo tiene mucho de subjetivo y otra cosita. Pondré un ejemplo: cualquier canción de Bob Dylan es nada para mí (Nik Cohn lo definió como «un talento menor con un don especial»). No provoca en mí ninguna emoción. Ignorancia, pendejez, arrogancia o vocación por la polémica. Llámenle como quieran. No cambiarán un milímetro mi postura. Por lo tanto, ni siquiera está en mi colección. En cambio, «Huracán», de un grupo mexicano casi desconocido llamado Las Madrastras, representa una especie de tema vertebral para mí. Me acompañó mientras me desintoxicaba de una temporada en la que fui piedrero. Estaba amarillo y flaco. Y esa canción estuvo conmigo en esos días de temblorina, sudor e insomnio. No es que no tuviera más canciones. Simplemente, cuando llegué esa noche a casa, dispuesto a dejar la piedra nomás por mis tanates (una clínica estaba fuera de toda posibilidad), en mi pequeña grabadora estaba un disco quemado con temas de Las Madrastras. Lo puse a tocar sin saber que tenía activada la opción de «repetir». De ese modo, «Huracán» sonó durante setenta y dos horas seguidas en mi grabadora. Por eso es tan importante para mí. No importa que no figure en alguna lista, recuento o canal de videos.
Según Pierre Bourdieu, los hábitos son principios generadores de prácticas distintivas y son esquemas clasificatorios, «establecen diferencias entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo que es distinguido y lo que es vulgar, aunque no son las mismas diferencias para unos y otros».
Sólo así puedo entender una conversación con Federico Vite sobre las canciones de Timbiriche y definir uno de sus mejores versos: «tus ojos son dos verdes bofetadas». Las cervezas con Juan José Rodríguez para intercambiar datos inútiles sobre el Buki, Don Ramón o Tin Tan. La caminata en la madrugada con Luis Téllez Tejeda mientras hablábamos sobre lo influyentes que son Chayito Valdez y Chalino Sánchez en la música popular mexicana. La velada con Iris García y Geovani de la Rosa, junto a los abrasivos boleros costeños de la Luz Roja de San Marcos. El análisis que hicimos junto a Julio César Pérez Cruz del corrido «El asesino», de Los Cadetes de Linares, sobre el cual coincidimos en la capacidad narrativa de la melodía. Las enseñanzas de Jeremías Marquines sobre la vida y obra de Chico Che. Hay hábitos, de la infancia, adolescencia y madurez, que nos hacen identificarnos en algún punto con alguna de estas canciones no cultas.
La distancia entre la música buena y la música mala no existe. Es una cadena a la que nos amarramos en algún punto de la vida para hacernos los interesantes, para escribir un libro o apantallar a una morra. Me dan risa las personas que «sólo escuchan rock». O los que «ni por error cantan algo de Los Caminantes». Imagino que les salen ronchas si escuchan una cumbia de Selena o un bolero de los Rancheritos de Topo Chico. En cambio, celebro encontrar gente dispuesta a escuchar cualquier grupo musical: desde Camperos de Valles hasta Spiritualized.
Recuerdo la ocasión en que, en un encuentro de escritores, bebíamos copiosamente en el bar del hotel. Hablábamos de esto y de lo otro. De pronto, vimos aparecer a Kalimba, el tipo que había sido acusado de pedofilia, cantante y célebre meme en las redes sociales. Verlo llevó nuestra plática hacia los gustos musicales culposos. Así, comenzaron a emerger confesiones tipo: «tengo una colección con discos y un mechón de Amanda Miguel»; «a mí me latía mucho Magneto, hasta los fui a ver a un concierto»; «yo soy fan, pero muy fan de Luis Miguel». Sin embargo, había un tipo en la mesa que comenzó a reprobar nuestra conversación. Decía cosas como: «No mamen. No es posible que sean escritores y hablen de esa mierda. Mejor hablemos de jazz o de blues». No le hicimos caso y seguimos con la conversación culposa y jalando vidrio a discreción. Luego de varias horas, mientras hablábamos sobre las revistas literarias misóginas y escritores vendepremios, el tipo amante del jazz, visiblemente ebrio, se puso de pie y confesó: «yo admiraba a Laureano Brizuela. Me vestía igual que él y guardo sus casetes en los más profundo de mi biblioteca».
Lo que es sagrado para ti, para el vecino es papel higiénico. Tu colección de acetatos, para algunos, se vería mejor si los derritieran y los moldearan en forma de peines. Las discusiones sobre lo bueno y lo malo no empezaron ayer y no terminarán mañana. Son como las listas de discos, los mundiales de futbol o los libros de tal o cual año: cada quien tiene sus favoritos.
Hace tiempo, en una discusión en Twitter, dije que las tres mejores bandas de rock en toda la historia de México, para mí, eran:
El Personal
Real de Catorce
La Barranca
De inmediato, los escritores torreonenses Carlos Velázquez y Daniel Herrera me dijeron que estaba bien, pero bien pendejo. Que no sabía lo que decía y que me fuera mucho a las antípodas. Ninguno me mencionó sus tres bandas mexicanas. De antemano saben cuál será mi respuesta.
Para Jim Thompson, «una mala yerba es una planta que no está en su lugar». Los malos gustos, como los míos, son unas yerbas nocivas, que no mueren, sólo contaminan la tierra y riegan su semilla indecente.
La fama y el estrellato parecen encontrarse siempre en las mismas latitudes, como sucede con el increíble Orfeu Muracai, el duque tecnicolor de Brasil, un pionero desafortunado que siempre estuvo bajo la sombra de David Bowie. En este texto, Bárbara González Miranda relata el descubrimiento y la vida de este músico salido de las fantasmas más tropicales del siglo pasado.
Encontré el disco de Orfeu Muracai en un baratillo de Londres cuando no sabía nada de él. La portada me llamó la atención: bajo una gruesa capa de polvo, un retrato de Roberto Burle Marx, el arquitecto y paisajista brasileño, con una escarcha blanca por bigote y sus cachetes permanentemente hinchados. En lugar de sus piernas, unas hojas de palma, rosas de la china, rosas multiflora y rosas baccará. Tenía dos enormes calabazas por zapatos y debajo de él se leía el título: Edifício do Relações Exteriores. Pagué de inmediato seis peniques por él y permití que se quedaran con el cambio.
Cuando coloqué la aguja sobre el vinil, una sensación familiar me invadió, de la misma manera que los dedos de las tías invaden los cachetes de sobrinos ajenos. Era como saber que ya conocía esto que parecía nuevo, sin saber exactamente de dónde, cuándo o cómo, algo parecido a una comezón en la espalda sin que se pueda señalar el lugar exacto que escuece, hasta que tuve una epifanía: sí había escuchado esto, sólo que no era en portugués y las guitarras eléctricas no sonaban tan lánguidas. Aquello sonaba como un disco perdido de Bowie grabado en Brasil. Canciones con las que uno flota en el espacio, pero, ahora sí, de una forma peculiar: la nave olía a coco y hacía demasiado calor como para conservar el traje espacial. Las marimbas (sintetizadores) llevaban a un Marte que era completamente verde y los bongós eléctricos hacían que las estrellas que conocíamos desde siempre se vieran como magnolias recién abiertas.
Después de escuchar el disco varias veces, comencé a notar las diferencias: lo de Muracai no era Ziggy Stardust o Hunky Dory, pero había cierta melancolía en la música del brasileño que lo hacía parecer algo más que el hermano menor de Bowie, alguien que sólo tratara de seguir sus pasos. A lo mejor eran las guitarras de segunda mano, las campanas agogó y el timbal bahiano que se usaron en la producción (información impresa al reverso del lp), o las letras de ciencia ficción que hablan sobre cohetes construidos en el tercer mundo que nunca nos llevarían a ningún lado. Algo en esa música te podía hacer sentir que no descubriríamos el futuro y que, si acaso nos sucediera, nos encontraríamos con que había ocurrido ayer. Me intrigó tanto que decidí lanzarme en una investigación rigurosa sobre él. Fui a los recónditos archivos de Wikipedia donde sólo encontré unas cuantas líneas: «Músico brasileño (1945- ¿?). Parte del movimiento Tropicália y precursor del género amazonian blues y el glam selvático. Discografía: Neon para o povo, Atlas Jovens, Edifício do Relações Exteriores y Boto de folk».
Unos días después, por pura suerte, un amigo me pasó una nota vieja del NME sobre la movida de la música brasileña en los sesenta. En ella se mencionaba sobre todo a Caetano Veloso quien, huyendo de la dictadura brasileña, vivió en Londres un tiempo. La nota acababa con la anécdota, casi verosímil, de cómo Caetano había llegado con algunas cintas de músicos brasileños para producirlos allá y cómo, se decía, había perdido muchas de ellas durante un viaje de ácido en una esta. El nombre de Orfeu Muracai aparecía ahí como parte de la colección perdida, entre otros músicos como Berinaldo Santos, a quien busqué de inmediato.
Para mi sorpresa (y no tanto) el nombre de Berinaldo aparecía en una página de internet llamada gentepv.com, desde la cual es posible contactar cantantes famosos de generaciones variadas, por decirles de alguna manera menos descortés que «de glorias pasadas o de la vieja guardia», principalmente para contrataciones en eventos privados de políticos y bodas de plata de empresarios envejecidos. Le mandé un correo preguntándole si podría entrevistarlo para una publicación mexicana. A los pocos días recibí por respuesta un número telefónico que, después de marcarlo, resultó no ser de su manager, como esperaba, sino del mismo Berinaldo. Cuando supo que la entrevista tendría como protagonista a Orfeu, lo sentí algo decepcionado. Sólo me pudo decir: «Uno no quisiera que Orfeu fuera la clase de persona que tiene un tatuaje del nombre de su prima en su cachetes inferiores, o las nalgas, como pre eras decirles; pero sí, lo es. Y uno, por otro lado, tampoco quisiera ser la clase de persona que dice esto sobre alguien, pero sí, lo soy».
A fuerza de terquedad y de prometerle a Berinaldo un artículo exclusivo sobre él en un futuro, logré que me diera el número personal de Edson Borba, el percusionista que acompañó a Orfeu durante la mayor parte de su carrera conocida y quien produjo muchos de sus éxitos (ahora olvidados). Cuando contestó mi llamada, pude oír a lo lejos su voz rasposa que tendría el olor del tabaco, unas guacamayas en un segundo plano y el sonido de los cientos de kilómetros que nos separaban. Edson sonaba calvo y me contaba cómo Orfeu nunca quiso ser una copia de Bowie. Más bien, había extrañas coincidencias que los unían: «Orfeu, al igual que Bowie, fue considerado un niño con un don. A los seis años de edad durmió durante tres días seguidos, con el n de tener suficientes sueños para ser capaz de interpretarlos en la batería de cocina de su madre, Regina».
Me dijo que me mostraría imágenes del joven Orfeu y, tosiendo, me mandó a conseguir un fax para que, una vez sumergido en el pasado, me enviara días después a un hombre muy hermoso o a una mujer muy dura (según uno lo viera cerrando un ojo o el otro) portando extravagantes ropas con colores propios de las aves del paraíso. Las fotos mostraban a un chico de piel morena y ojos pequeños, con las diferentes vestimentas que lo caracterizaron durante cada uno de sus periodos: como una deidad del trópico recién descubierta en la tierra, llamada Boto de Folk; como un soldado de plomo neón; como un espíritu pop de la selva y como un oficinista que hubiera pasado desapercibido si no fuera por el pesado maquillaje de diamantina que usaba sobre los párpados.
«Claro que era frustrante para Orfeu», decía Edson, «uno no pretende ser la sombra de nadie y menos de una gura internacional. Entiende que en esas fechas el movimiento nacionalista era fuerte y muchos de los que fueron parte de la Tropicália incluso lo consideraron una especie de traidor, pero esa nunca fue su intención. Hacíamos cosas, a veces, unos meses antes de que se le ocurrieran a Bowie, a veces unos minutos después. Al menos es lo que yo quisiera pensar. Toma por ejemplo «Life in Mars?» Muchos dirían que «Dentes Anemone» de Orfeu es muy parecida, pero sucede al revés: «Dentes…» salió en 1969, mientras que «Life…», es de 1971. Es decir, a Orfeu se le ocurrió primero la idea de unir ese piano casi de cabaret con el pop. Igual, no lo hizo de forma tan afortunada como Bowie, con esos acordes sumados a un coro a punto del llanto, pero eso casi nadie lo sabe. Su abuela, una bruja proveniente de la selva amazónica, diría que todos tenemos a nuestra alma gemela, con la que estamos siempre en constante comunicación. Y la de él era, qué se le va a hacer, Bowie. Yo creo que era simplemente mala suerte. Estábamos del lado equivocado de los universos paralelos donde Orfeu no era Bowie y Bowie estaba en el lugar correcto, donde no era Orfeu. Pero [tosió]: cinzas para las cinzas, ya sabes, ashes to ashes, si me perdonas la expresión».
Edson fue a callar una guacamaya y siguió:
«En una ocasión, Caetano lo invitó a una fiesta en Los Ángeles. Mucha coca, mucha droga. Quería presentarle gente, dijo, porque Caetano creía que Orfeu era un genio, pero que tenía que descubrir su propia voz. Orfeu aceptó con dificultad, lo avergonzaba terriblemente estar con esa gente que seguramente lo creía muy influenciado por Bowie. Y lo admiraba, pero no así, no como los demás pensaban. Él sabía que su destino sería crear desde la sombra. Como si la sombra de la selva nunca fuera a abandonarlo. Seguramente, si hubiera sabido lo que iba a pasar más tarde en la esta, nunca habría salido de la propia sombra de su habitación en el hotelito californiano».
En una de esas que el champaña picoteó su vejiga, corrió al cuarto de baño, abrió la puerta de un jalón y descubrió que ya estaba ocupado, nada menos que por Bowie, quien tiraba un potente chorro dorado, seguramente de 24 kilates. Orfeu pensó que Bowie lo había reconocido. Dijo que se le quedó viendo un largo rato o lo que pensó que había sido un largo rato, como dándose cuenta de que él y Orfeu eran uno solo. Orfeu se disculpó y cerró la puerta, luego dijo que Bowie lo había evadido el resto del tiempo que estuvieron en la esta, sin duda porque le daba pena hablar, no sólo con quien le había ganado algunas ideas, sino con quien también había invadido su privacidad. La verdad es que Bowie nunca supo que él era Orfeu. Peor aún, no sabía que existía un Orfeu Murcarai. Muy probablemente, ni se acordaría de que alguien lo había interrumpido en el baño: eran los tiempos de su Station to Station, de droga en droga.
Así fue como la carrera de Orfeu comenzó su marcha a la in- versa hasta llegar (regresar), según todo mundo supone, a la selva. «Pero el golpe definitivo tendría algo que ver con Caetano. Háblale, que te cuente él».
Veloso nunca tomó mi llamada.
«Bueno», dijo Edson, la siguiente vez que lo tuve al teléfono, «¿cómo iba a saber que se iba hacer el divo?».
Se detuvo un momento para prender un cigarro, escuché cómo dio dos bocanadas.
«Hubo un momento en el que Orfeu pudo haber logrado todo. En vez de eso, pre rió perderlo todo. Por supuesto que fue por una mujer. Era una menina bellísima, pero no era para él, lo supo en cuanto entró un día a su cuarto y la encontró en la cama con Caetano. Sobra decir que le rompió el corazón. Lo bueno es que los grandes discos se dan, sobre todo, ahí, en los corazones vueltos escombro. Orfeu escribió, gracias a eso, lo más singular y lo más bello de su carrera. Era algo tan personal que resultaba impenetrable: letras incomprensibles, metáforas completamente alocadas. Y a la vez, todo el disco estaba hecho con sentimientos tan vívidos, que todo mundo se podía identificar con él, aunque no entendiera un carajo. Luego Orfeu quemó todas la copias, no pensó que nadie querría escuchar jamás algo tan triste».
Esperaba que en algún momento me dijera que él había guardado una de las copias en alguna parte, a salvo todos estos años. Esperaba que dijera que podría mandarme una. Pero sólo dijo algo que parecía una muy mala broma o un pretexto que necesitaba develarse como tal para cortar definitivamente la conversación entre los dos: