La muerte es un tema recurrente, casi de todos los días, pero no es personal hasta que impacta contra ti. Es un golpe que llega, muchas veces anunciado, y se declara como definitivo. La primera vez que vi la muerte como algo cercano fue cuando entendí que jamás volvería a ver a esa persona. Tenía 6 años y recibí una llamada de mi mamá para confirmar lo que ya parecía anunciado. Después de algunas cirugías, mi abuelo paterno no lo había logrado. Corrí, todavía con el uniforme de la escuela puesto, hasta el jardín para decírselo a mi hermano. Tenía la urgencia de comunicarlo, como si fuera la noticia más importante de la que me hubiera enterado jamás. Quizá sí lo era. La noticia de la muerte de alguien es la que llega más rápido: se esparce. Tiene una carácter público y privado a la vez. Se habla ante ella con eufemismos y en voz baja, pero es un rumor que se pronuncia en voz alta.
El final de nuestros días es un anuncio explícito desde el principio de éstos. Vivir es buscar la forma de evitar lo inevitable, de postergarlo o de resguardar la vida de otros. En La madre y la muerte/La partida (FCE, 2015), un libro con dos historias magistralmente ilustradas por Nicolás Arispe, se teje fino respecto a la idea de muerte y a esas formas de huir de ella, pero también de acercarse. En la primera parte, titulada La madre y la muerte y escrita por el argentino Alberto Laiseca, una zorra recibe la visita de la muerte en forma de una calavera. La segunda toma al bebé y se lo lleva en brazos, dejando sola a una madre desconsolada. A partir de este punto comienza el camino de la zorra por recuperar a su hijo. Durante el trayecto tendrá que atravesar una serie de obstáculos y experimentará pérdidas. Al llegar se dará cuenta de que hay destinos que son inevitables, que los finales llegan sin preguntar.
En la segunda parte del libro, del mexicano Alberto Chimal, se relata la tragedia de una madre que vio morir a su hijo, quiso oponerse a ese destino y les pidió a los dioses que se lo devolvieran. Parece que ellos le “cumplieron”: lo devolvieron, pero el niño ya estaba en mal estado y se fue poniendo peor, hasta pudrirse. La madre, ante la tristeza de verlo así, buscó una solución para su hijo no sufriera y por fin encontrara el descanso eterno. Lo intentó de las formas posibles, pero fue inútil, lo lastimó sin éxito y ni así lo consiguió. El alma en pena del pequeño sigue rondando por ahí.
Esta compleja obra literaria y gráfica relata dos visiones distintas pero similares en torno al luto de las madres. Ambas protagonistas sufren el impacto de perder a aquellos a los que les dieron vida y deben decidir qué hacer para evitarlo, llegando incluso a considerar intercambiar su vida por la de ellos. Pienso en aquella frase popular que dice que quedarse sin padres es ser huérfano, pero es imposible nombrar con palabras cuando unos padres pierden a un hijo. Es un suceso que siempre se piensa como algo antinatural, como un transgresor del ciclo humano, pero que se vuelve tangible en lo lúgubre de ambos relatos.
Existe una larga discusión informal respecto a la pertinencia de esta publicación para el público infantil. Mi respuesta no es muy certera, es claro que es un tema complicado de tocar en ciertas edades, pero creo que son textos que dan respuestas a contextos violentos, a guerras desiguales donde pequeños mueren frente a sus madres. Durante siglos, los relatos sobre niños huérfanos han llenado las páginas de la LIJ, quizá sea un momento conveniente para dar un giro a estas historias, para mirar y empatizar con otro sufrimiento. Tal vez sea hora de sumarse a una apuesta del Fondo de Cultura Económica por explorar otros dolores, otros contextos de muerte y formas de enfrentarse a ellos. Podríamos empezar levantando la voz cuando hablemos de la muerte. Ya no hay secretos que guardar, sólo ese miedo que nos persigue, al que le guardamos respeto, pues es el enemigo que siempre gana.
La temprana partida de Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968-2016) no sólo dejó a la literatura mexicana sin uno de sus mejores prosistas: también sin el escritor que más apostó por el género del cuento en los últimos años. El texto que ahora presentamos es un adelanto de Inéditos y extraviados, libro póstumo publicado por la editorial Océano: una compilación hecha por el propio autor de relatos breves no incluidos en sus anteriores libros.
Por fin, el escritor célebre ha logrado vaciar su vida en el lavabo. Una densa amalgama de recuerdos reales o fabricados flota ahora a placer en el agua que él ha dejado salir de la llave en un ligerísimo chorro. Con el dedo índice el escritor hace pequeños remolinos y paladea las primicias de su próxima obra, la definitiva.
Narre su vida, le han pedido los editores. Cuéntenos todo, ha exigido la prensa. Y él, luego de dudarlo sólo un poco, ha prometido hacerlo. Cada mañana el escritor célebre se encierra en el baño, observa con detalle las partes de su vida y toma alguna que le parece interesante para alinearla más tarde entre los tipos de su máquina de escribir: un recuerdo de infancia como aperitivo, algún complejo psicológico por allá, por aquí un cierto flujo de consciencia preadolescente que había dado por perdido.
La empresa, claro está, no es tan fácil como parece. En ocasiones el agua se enturbia, los recuerdos se enredan y él entonces
debe tomar unas pinzas de cejas para deshilvanarlos sin destruirlos. Cada fragmento ha de ser registrado con esmero en un proceso casi ritual: recogerlo, pasarlo por un vaso de tintura y por un tamiz que le permita rescatar hechos al parecer nimios pero cruciales. Más de una vez el escritor célebre ha tenido que recurrir a lentes de aumento o incluso al microscopio para conocer a fondo algún diminuto detalle de su existencia que en el fondo es el más significativo.
Aunque lenta, la labor del escritor célebre no tarda en rendir sus primeros frutos: el borrador de su infancia está casi terminado y lo satisface mucho. Ahora cada noche será maquinar el capítulo siguiente, sorprenderse, levantarse a deshoras para descifrar el remolino de sus nostalgias.
El escritor célebre trata de mantener la operación en el más absoluto secreto. Algunos periodistas han instalado tiendas de campaña en el jardín de la casa y le aguardan con sus cámaras y sus micrófonos. A veces consiguen entrevistar al ama de llaves cuando ésta sale en busca de provisiones. Pero el ama sabe muy poco y dice menos de las raras costumbres de su patrón, de lo mal que se alimenta y de las horas que pasa sospechosamente encerrado en el baño, el cual permanece vedado a su escoba pertinaz. Lejos del mundo, el escritor célebre se inclina sobre el charco con ojos de perturbado y rescata el siguiente capítulo sin importarle el riesgo de que algún nuevo descubrimiento lo lleve a modificar lo ya escrito. Después de todo, murmura para sí, así es la vida.
Un día el escritor célebre despierta con un profundo malestar en el estómago. Revisa los papeles y su máquina de escribir, y descubre que las líneas escritas la noche previa se han desprendido mientras dormía. Hay páginas enteras desperdigadas en el suelo. Ahogando un grito, el escritor célebre corre al baño cuya puerta olvidó cerrar la tarde anterior. Dentro, el ama de llaves canturrea, trapea el mosaico y dice buenos días, señor. Su saludo es de repente interrumpido por el eructo plácido de la coladera que traga un último sorbo de agua espesa y consternada.
No camines sola durante la noche, si eres la rubia voluptuosa serás la primera en morir, si desobedeces a tus padres te convertirás en la niña araña o en la mujer barbuda. Ni qué decir si te gusta el sexo: el asesino te cortará en pedacitos. ¿El asesino? Sí, el de la máscara, el del garfio, el vampiro, el payaso, la mamá loca, la niña con los cabellos en la cara, el otro que te espera en tus pesadillas. ¡Se pone peor! Si eres negro, latino o árabe, mueres, si te portaste mal o dijiste mentiras, mueres, si vives mueres, si mueres te vuelves a morir. ¿Te suena familiar? Disfrútalo. No, no me juzgues, de mejores lugares comunes me han corrido.
Ésta es la época del año donde los lugares comunes encuentran todas sus virtudes, es la época donde son válidos. No me importa repetirme, ¡es la mejor época del año! Hoy se vale que tu coche se quede sin gasolina a la mitad de la carretera solitaria. Hoy puedes encontrarte una cámara de video en el bosque con el vestigio de una vieja bruja. Hoy puedes decir que te gustan los libros y las películas de espantos y nadie, nadie, te va a decir que es un género menor.
Es más, te lo advierto desde ahora. Si te persiguen te vas a caer. Si crees que la libraste te esperan veinte páginas más de ansiedad y te recuerdo que nunca terminarás de matar al villano. Si te hacían bullying de chiquito, ésta es tu adulta oportunidad de cobrar venganza. ¿Eres el deforme, el incomprendido? Bienvenido seas. Yo no te excluyo, menos ahora; de mejores lugares comunes nos han corrido a ti y a mí.
La relación tan profunda y a veces incómoda que sostienen el cine y la literatura hoy hasta se ve bien. Hoy somos criaturas, somos arquetipos, somos lugares comunes con máscaras de caucho… y pobre de ti si me sales con que prefieres el Día de Muertos al Halloween; Germán Dehesa ya nos dijo desde hace un buen rato en su escrito “¿De qué manera vas a celebrar a tus muertos?” que todas las expresiones son válidas y que mientras más lúdicas, mejor. Mi querido amigo Roberto Coria, monstruólogo por excelencia, me recordó este texto hace un par de días y lo celebro; aunque con él siempre puedo ser la licántropa que se me pegue la gana. ¿Tienes un amigo con el que puedas ser monstruo todos los días? Consíguelo con urgencia.
Y hablando de amigos diablos, me gusta pensar que formo parte de jauría admiradora del terror y el susto; aunque a veces todos esos jóvenes autores y creadores pasen más tiempo criticando a su demonio semejante. Amigos lobos: no es tiempo de encajarnos las garras. Cómo diría Efraín Huerta, disfrazado de gran cocodrilo en estas fechas, ¡uníos!
Hoy podemos escupir tripas y sangre, ¿te lo vas a perder? Hoy no hay literatura inválida ni autores consagrados. Nadie te va a ver feo si decides desempolvar tus narraciones escabrosas de Poe, Bradbury, Maupassant, Stoker y K. Dick. Nadie te va a juzgar si en la sobremesa cuentas de una en una todas las creepypastas que leíste en internet, ¿cuál fue la última que te quitó el sueño? La de la muerte de Calamardo, la de la Señal Wow, la de aquella psicofonía que recorre los pasillos de la casona española. Todas son experiencias victoriosas esta semana, que nadie te diga lo contrario.
El asunto es éste: todas esas personas que disfrutan haciéndote menos durante trescientos sesenta días al año, todos esos que nos marginan por nuestros supuestos abismos de lectura, mienten. Te dicen que ya leyeron Drácula, por ejemplo, porque es un clásico de la literatura y nada más, pero que no les parece la gran novela; te dicen que la leyeron pero que prefieren otros autores mucho más complejos, y cuando les preguntas “¿cuál fue tu capítulo favorito?”, te responden “ese en el que Monica Bellucci sale de las cobijas y le mete una tremenda manoseada a Keanu Reeves”.
No tendría por qué ser una respuesta inválida, ¿estás de acuerdo? Hay adaptaciones cinematográficas tan poderosas que nos ayudan a deleitarnos aún más con los relatos originales. ¿Entonces? ¿Tendríamos que hacer menos a estos lúcidos impostores, como ellos lo hacen con nosotros? La misión que nos toca esta semana, estos cinco días del año donde los reyes somos nosotros, los niños de la noche, es la de la generosidad. La fiesta de los muertos es de todos.
Es la celebración de los que leímos las novelas de Clive Barker, los cuentos de Tario, entonamos las canciones de Sisters of Mercy, y de todos los que no lo hicieron también. Es la fiesta de los que aún hacemos casas embrujadas, de los que ponemos enormes ofrendas, de los papás que corremos por las calles con nuestros hijos pintados de espectros, de todos los niños espectros, de los que nos divertimos, de los que nos asustamos, de los que gritamos ¡Vivan los lugares comunes, sólo por hoy!
Piénsalo así, quizá el lugar común por excelencia es que al final todos en el libro, en la película, en donde sea, todos se mueren. ¿Y si mejor lo disfrutamos?
Una lista cada vez más poblada de revistas, periódicos y proyectos editoriales digitales está inundando el escenario de la publicación de contenidos en el mercado hispanoamericano.
En los últimos años, coincidiendo con la crisis de modelos periodísticos más tradicionales, se ha incrementado la aparición de nuevos medios digitales que van a la busca y captura de públicos fieles y de modelos de negocio sostenibles. Pero a pesar de las crecientes iniciativas y de la explosión que puede apreciarse de espíritu emprendedor editorial, todavía permanecen flotando en el aire muchas incógnitas sobre el futuro de estas publicaciones.
Al igual que ha sucedido con muchos otros sectores, internet está suponiendo una innegable revolución en el mundo editorial. Las reglas del juego están cambiando a una velocidad que, para muchos, es difícil de asumir. Esto abre oportunidades hasta hace poco insospechadas y, al mismo tiempo, plantea enormes retos y dificultades tanto a los viejos como a los nuevos actores. Lo que para unos es el final de una época dorada, para otros es el descubrimiento de un nuevo mundo.
El Centro Knight para el Periodismo en las Américas de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos) organizó en el año 2014 un Curso Masivo y Abierto en Línea (MOOC) titulado “Desarrollo de proyectos periodísticos para la web”, en el que participaron más de cinco mil personas, lo que muestra el enorme interés existente en la región por este tema. 230 de los participantes se postularon para obtener la primera Beca Google-Centro Knight, que permitía participar en dos conferencias de periodismo digital organizadas por el Centro Knight. Finalmente fueron seleccionados diez becarios, procedentes de seis países hispanohablantes, con sus correspondientes proyectos digitales.
El fundador y director del Centro Knight, el profesor Rosental Alves, comentó entonces que “nuestro grupo de ganadores representa la pasión y originalidad que, con las herramientas y conocimientos necesarios, pueden llevar a la creación de más proyectos periodísticos sólidos en español”. Y añadió: “Con esta beca, esperamos incentivar la creación de nuevos contenidos en la web y promover un periodismo en español de calidad y sustentable”.
Entre los seleccionados se encontraban Moisés Contreras y Luis Felipe Brito, impulsores desde la Ciudad de México del semanario digital sobre rock y literatura independiente Letras Explícitas. Según explican sus creadores, esta revista digital, que se actualiza cada lunes, está realizada por “un grupo de reporteros que difunde información con una visión distanciada de la industria o lo que se conoce como mainstream. Esperamos que Letras Explícitas sea una referencia para los seguidores del rock que quieran conocer historias inéditas de bandas y músicos”.
Una de las características comunes de los proyectos digitales periodísticos que logran prosperar es que son capaces de trasladar a los usuarios una oferta de valor añadido muy clara. Son proyectos que ofrecen algo diferencial ya sea por su apuesta temática, por su presentación formal, por su forma de relacionarse con los usuarios, por su manera de distribuir el contenido, por sus vías de generación de ingresos, por sus tácticas para ganarse la lealtad de sus usuarios. Las opciones son muchas, pero en todos los casos se produce una correcta combinación del fondo y la forma que logra cautivar al usuario.
Esto es lo que intentan los creadores de un nuevo proyecto literario digital surgido hace apenas unos meses en España de la mano de un destacado grupo de escritores españoles y latinoamericanos. Se trata de Zenda, que toma prestado su nombre de la novela El prisionero de Zenda, de Anthony Hope. El editor es el reconocido escritor y académico de la lengua Arturo Pérez-Reverte, quien antes de dedicarse plenamente a la literatura fue durante años reportero de guerra de la cadena pública Televisión Española, y el director es el escritor, periodista y experto en el mundo digital Leandro Pérez, cofundador del proyecto.
El logo de Zenda incluye el lema del proyecto: “Autores, libros y compañía.” Pérez-Reverte ha explicado la razón de ser y los principales objetivos del sitio–que considera un “territorio de libros y amigos”- en un artículo de presentación del proyecto publicado en la propia web. “Nuestro objetivo inmediato es convertirlo, en poco tiempo, en un espacio de gran alcance puesto a disposición tanto de los lectores como de los autores que participan en él, a fin de que lo utilicen como libre plataforma de difusión de su obra, como medio para hacer visible su trabajo y, cuando lo deseen, como vehículo para exponer sus comentarios, artículos u opiniones personales”.
La lista de escritores y periodistas que participan en Zenda no para de crecer. Entre muchas otras, encontramos firmas como las de Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Almudena Grandes, Juan Eslava Galán, Juan Cruz, Sergio Vila-Sanjuán o David Trueba. “Todos ellos –dice el editor-, más los que se van incorporando y aún vendrán en el futuro, han hecho posible que hoy Zenda sea ya una apasionante y prometedora realidad: españoles, mexicanos, argentinos, puertorriqueños… 500 millones de hispanohablantes dan mucho de sí. El territorio es inmenso”.
DIVERSIDAD DE VOCES
Un evidente reflejo de la creciente vitalidad del sector de las publicaciones digitales en Hispanoamérica lo encontramos en SembraMedia, una organización sin ánimo de lucro fundada en octubre de 2015 por la periodista estadounidense Janine Warner, consultora experta en medios digitales, autora de numerosos libros y conferenciante habitual en distintos países del mundo, de manera especial en América Latina.
El objetivo de la entidad es “incrementar la diversidad de voces y calidad del contenido en español, ayudando a emprendedores de medios digitales a ser más exitosos y sostenibles”, según puede leerse en su mensaje titulado “La inspiración que mueve a SembraMedia”, publicado meses atrás en la plataforma Medium.
Entre otras iniciativas, SembraMedia está creando un directorio de medios digitales en español impulsados por emprendedores de América Latina y España. Los varios centenares de medios que allí aparecen demuestran la enorme variedad de proyectos digitales existentes. Los hay de todo tipo: algunos son grandes medios, respaldados por inversiones importantes y con decenas de periodistas trabajando en ellos; otros son más modestos, fruto de la iniciativa de varios periodistas que se unen en un proyecto común con el que pretenden innovar; y también los hay casi personales; proyectos en los que una persona, a veces con alguna pequeña ayuda, decide impulsar un proyecto al identificar un hueco en el mercado.
El análisis de los proyectos digitales que están ya en marcha revela que el sector todavía no está maduro y que queda mucho camino por recorrer. Por ejemplo, los modelos de negocio son enormemente variados y, a menudo, no ofrecen suficientes garantías todavía para garantizar el futuro de las publicaciones.
Cuando tenía 24 años, Janine Warner se asoció con un periodista mexicano para lanzar un periódico bilingüe en los condados californianos de Marin y Sonoma, cerca de San Francisco, llamado Visión Latina. La experiencia duró tres años y Warner aprendió mucho de ella. Al explicar por qué ha creado SembraMedia, afirma que “en cada país que visito, encuentro nuevos emprendimientos que son similares al que fundé cuando tenía poco más de 20 años; manejados por periodistas con fuertes deseos de mejorar las vidas de las personas que les rodean, pero con habilidades limitadas para hacer negocios y administrar las complejidades de una organización noticiosa”.
También en el ámbito creativo se detecta un campo enorme de posibilidades por explorar en los medios digitales. La falta de recursos se intenta suplir a menudo con imaginación y mucho atrevimiento, como sucede con proyectos como Revista Don, una publicación multimedia e interactiva ideada inicialmente para la tableta que impulsan desde Madrid (España) tres socios con amplia experiencia profesional en distintos medios: Rafael Benítez, Javier Moya y Enrique Torralbo. Revista Don, cuyo lema es “cultura popular para mayorías selectas”, nació en noviembre de 2013 y tras editar números mensuales para la tableta durante dos años y medio ha decidido apostar también por los teléfonos inteligentes con una renovada edición web. Los impulsores de la revista creen en el concepto del mobile first y quieren trasladar a los smartphones la potente experiencia audiovisual e interactiva de su publicación.
A principios de este año 2016 la asociación civil mexicana Factual, que tiene el objetivo de fortalecer las capacidades tecnológicas de medios y periodistas de América Latina, publicó el “Primer Estudio de Medios Digitales y Periodismo en América Latina”. Su autor es Jordy Meléndez Yúdico, fundador de la revista de reflexión latinoamericana Distintas Latitudes y organizador desde el año 2012 del Foro Latinoamericano de Medios Digitales y Periodismo.
Este estudio se realizó “con la intención de recopilar y sistematizar los principales modelos de negocios, esquemas de publicación, equipos de trabajo, fortalezas tecnológicas y buenas prácticas de los medios nativos digitales de la región”. La relación de los 34 medios analizados es, por sí sola, una buena muestra del potencial que ofrece la publicación digital. Por orden alfabético, los medios incluidos en el estudio son los siguientes:
Tras señalar que “el panorama de medios digitales en América Latina es sumamente diverso”, en las conclusiones del estudio se identifican “tres retos comunes a todos los medios digitales de la región”: el financiamiento, la potencia digital y la interacción y creación de comunidades.
De hecho, las conclusiones son muy representativas del momento que viven las publicaciones digitales y revelan que, a pesar de la gran capacidad de innovación que hay detrás de cada proyecto, queda todavía mucho camino por recorrer a la hora de extraer el máximo partido a las posibilidades que ofrece el entorno digital.
Por ejemplo, se señala que existe un escaso aprovechamiento de algunas herramientas o formatos digitales como mapas, visualizaciones o herramientas interactivas. Una de cada tres publicaciones no las utiliza nunca, y únicamente el 20% lo hace al menos una vez por semana. “Existe un área de oportunidad enorme –se afirma- para todos los medios digitales para experimentar con nuevos formatos, herramientas y hacer mayor uso de la tecnología con fines periodísticos”.
Además, se destaca que la mayoría de medios interactúa poco con sus audiencias, a pesar de que ésta es una de las características diferenciales de internet frente al resto de medios. También sorprende que sean minoría los medios que se han adaptado adecuadamente al entorno móvil.
El informe finaliza con estas palabras: “En conclusión, puede afirmarse que los medios nativos digitales que realizan periodismo en América Latina están entendiendo poco a poco la lógica digital. Es decir: desarrollar y publicar contenido periodístico en internet permite no sólo reducir costos de impresión y distribución, sino generar otro tipo de dinámicas que le son útiles a los medios, como elevar el debate público, crear comunidades activas y generar mayor incidencia a partir de información periodística de calidad”.
En la presentación de Distintas Latitudes, el medio que dirige Jordy Meléndez, se explica que “nos interesa ayudar a construir una generación latinoamericana que sepa hablarle a un público global, dispuesta a experimentar con la tecnología, nuevos formatos y narrativas”.
Se antoja un buen resumen de las enormes posibilidades que ofrecen hoy en día las publicaciones digitales. Para muchos creadores hispanoamericanos, el mundo digital ha permitido salvar las grandes -y tradicionales- barreras de entrada al mundo de la edición. Pero estos creadores siguen igualmente expuestos, como ha sucedido siempre, a enormes retos tanto creativos como de negocio. Y esto es precisamente lo que convierte en apasionante la etapa que estamos viviendo.
Todas las imágenes
pertenecen a la novela
hipermedia Tatuaje
En 2012 el narrador Rodolfo J.M. se unió a un equipo de diseñadores, programadores e ilustradores para crear Tatuaje, la primera novela hipermedia mexicana. En este texto, cuenta los avatares de enfrentarse a un proceso complejo donde la literatura es sólo una parte. Como él mismo afirma, se trata de una zona experimental, en continuo desarrollo, aún sin un modelo dominante.
INTRODUCCIÓN NO PEDIDA…
Como escritor tengo experiencia en proyectos conflictivos. Cuentos, novelas, fanzines, revistas, talleres, antologías, pero si hay uno que destaque es Tatuaje. Y ni siquiera porque se trate del más problemático. De hecho, si hay una mejor palabra para describir lo que siento por Tatuaje no es problemático, sino ambigüedad: a pesar del reconocimiento que ha cosechado, he preferido tomar distancia de él y dejar que solito agarre camino, que para eso fue creado.
Así que este texto es una especie de despedida sin melancolía ni lágrima, y para ello me parece que, antes de cualquier otra cosa, lo primero que debo contar sobre Tatuaje es que se trata de una novela hipermedia en la que participaron veintitantas personas (programadores, diseñadores, dibujantes, editores…), y de la cual yo fui escritor y guionista. También hay que decir que este escrito recoge únicamente mi versión de los hechos, por lo que sin duda es una historia parcial y centrada sólo en los aspectos narrativos. Así que, por favor, suponiendo que alguien llegara a pensar que cometo un acto de protagonismo que traiciona los principios colectivos del proyecto… take it easy. Mi chamba es narrar…
MATAR AL AUTOR
Si algo nos ha enseñado la historia de la literatura electrónica, además de que no se limita a los experimentos diseñados para leerse exclusivamente en una computadora, es que se remonta a décadas antes de internet, y que los ejecutantes no han sido precisamente escritores. Buena parte de esa narrativa experimental ha sido elaborada por diseñadores, programadores, animadores, dibujantes, músicos, cineastas, y ejecutantes de otras disciplinas, y estos no se han limitado a los recursos del lenguaje escrito.
Los ejemplos más acabados de una narrativa electrónica de gran alcance se encuentran en los videojuegos, creaciones multidisciplinarias y colectivas que para mucha gente son lo contrario de lo que debería ser una obra literaria. Y aunque no falta quien diga que un juego como Flower es un poema, o que Minecraft compite con la mejor novela de fantasía, me parece que confundimos las cosas. Es verdad que algunos juegos implican que el jugador sea también un lector activo, pero narrativa no siempre es literatura, y en todo caso los videojuegos reclaman su propio lugar en el mundo del arte. Con la literatura ha pasado un poco lo contrario: ciertos opinólogos hablan desde hace años sobre la muerte de la novela y la muerte del autor, además de señalar que la literatura es la más conservadora de las artes y que sus formas son ya insuficientes, lo cual no está tan errado si tenemos en cuenta que la literatura depende por entero del lenguaje, que será la principal herramienta humana de comunicación pero que también está ligada íntimamente (vía el idioma materno) a eso que llamamos identidad.
¿Cómo entonces conciliar un arte tan conservador con las disruptivas plataformas digitales? ¿Cómo conservar eso que es la literatura, la posibilidad de asomarse a un universo ajeno a partir del lenguaje, y «enriquecerlo» gracias a la hipermedia? ¿No es eso justo lo contrario? ¿Es decir, evidenciar el lenguaje, empobrecerlo? ¿Y qué pasa con el autor? ¿Lo vamos a matar? ¿Y si no se muere? No es gratuito que cuando leemos, digamos: estoy leyendo a, por ejemplo, Fogwill, a Mario Levrero, a Henry Miller. Leemos más que libros o palabras: leemos autores.
OBJETOS NARRATIVOS NO IDENTIFICADOS
Wu Ming es una palabra china que significa «sin nombre» o «cinco nombres», según se pronuncie la primera sílaba. Es también el nombre que adoptaron cinco escritores italianos que se propusieron crear, colectivamente, una serie de novelas o, en palabras de ellos mismos: una serie de objetos narrativos no identificados cuya bandera es el copyleft.
Con el copyleft no renuncian a la autoría de la obra, sino que invitan a compartirla, a distribuirla, intervenirla, apropiársela. A expandirla. Una de esas novelas se llama Manituana, y en su sitio de internet propone un nuevo nivel de lectura: un «segundo nivel» en el que los lectores pueden participar, desarrollando sus propias historias, sus personajes, siempre y cuando el escenario sea el universo de Manituana. Pero la intención principal es que los lectores compartan sus creaciones con otros lectores.
Era la solución ideal para el conflicto entre literatura vs. multimedia. Manituana, sin ser «el» modelo de novela hipermedia, invitaba a creer que se podían aprovechar las herramientas digitales para crear una experiencia literaria abierta. Y en cuanto conocí a un programador con gustos afines le hablé de Wu Ming, el copyleft y Manituana e ideamos un sitio web cuyo principio básico sería el de los librojuegos de Elige tu propia aventura que publicó Timun Mas en los años 80, aunque con un mapa más complejo, según nosotros. Pero, porque así es la vida, la cosa no prosperó y el proyecto se fue al cajón de las buenas intenciones.
TATUAJE
Algunos años después de ese fallido intento, recibí un correo de Mónica Nepote, quien sabía de mi gusto por el cómic, la ciencia ficción, el terror y los videojuegos. Mónica recién se había integrado al Centro de Cultura Digital y preparaba un proyecto de nombre «eLiteratura». En su correo, Mónica me invitaba a proponer un texto breve que se pudiera trasladar a un formato hipermedia. Recordé mi viejo proyecto con sus diferentes arcos narrativos y sus distintos finales. Le hablé de él a Mónica. Le gustó. Quedamos en que podrían salir alrededor de quince cuartillas, y así comenzó a fraguarse Tatuaje.
Pero resulta que durante la reescritura se modificó todo. No sólo porque a esas alturas el recurso de los diferentes arcos narrativos ya no era tan novedoso (y sin embargo sigue dando sorpresas), sino porque me pareció que la historia podía ser más que un pretexto para detonar una pieza hipermedia: podía ser un texto que reflexionara sobre la naturaleza viral del lenguaje, su relación con internet, la magia y la «realidad», y para ello debía aprovechar como materia prima las creepy pastas, la cultura popular, y aún más, contarlo como si fuese una novela policiaca.
Así llegué a Ever dreamed this man?, una creepypasta genial que afirma que miles de personas, alrededor del mundo, han soñado con el mismo hombre, un personaje de gruesas cejas y enigmática sonrisa, a quien jamás han visto. El foro es una genial creación colectiva, en la que decenas de personas han decidido participar y compartir sus historias y dibujos en un foro de internet. Me encontré con la historia del ocultista John Dee y el idioma enoquiano, que no es sino el lenguaje de los ángeles, es decir un código para comunicarse con un plano superior. Recordé que William Burroughs propone que el lenguaje es un virus del espacio exterior; es decir, algo que no estaba originalmente en nuestro ADN, un agente patógeno adquirido. Recordé que las palabras tienen el poder de moldear la realidad, y que justo esa es la verdadera magia, la verdadera poesía, y con eso en mente me puse a escribir.
Algo más: si iba a escribir un relato policiaco, sería uno donde el villano no revelase jamás sus planes al héroe, ni siquiera en el último minuto, y donde el detective no pudiera resolver el misterio, aunque, eso sí, el lector tendría todo a la vista para resolverlo por su cuenta, siempre y cuando pusiera atención.
El resultado final fue un texto de casi sesenta cuartillas que, si bien gustó, también resultó bastante literario, según los otros miembros del equipo… Aquí está, otra vez, esa aparente incompatibilidad entre lo literario y la experiencia multimedia. Y he de reconocer que era cierto: el texto contenía muchos ingredientes que se podían traducir fácilmente a otros medios: llamadas telefónicas, conversaciones por chat, artículos de revistas, el foro de Ever dreamed this man? Algunas secuencias de la historia se podían convertir en animaciones, podíamos utilizar recursos del cómic… Pero lo cierto es que eso no era suficiente.
INTERFASE
Faltaba una interfaz. Es decir, el aglutinante, el espacio natural que integraría los elementos de la historia y les daría coherencia, sería su ecosistema.
Ese fue el tema a discutir en nuestras primeras reuniones de trabajo como equipo: la interfaz, y tras dos semanas de búsqueda surgió la primera opción: un tablero de pruebas como los de las series policiacas, uno donde a partir de unas pocas pruebas iniciales (entre ellas el diario del detective), el usuario/lector avanzara en la historia e hiciera descubrimientos. Fue una opción que nos entusiasmó durante algunos días, pero que tampoco nos terminó de convencer. Entonces César Moheno, director de arte del proyecto, tuvo una idea genial. ¿Qué tal? —preguntó César —¿si la interfaz fuera un sistema operativo ficticio? Un sistema operativo con su propio motor de búsqueda, su servicio de correo electrónico, su chat, GPS y mensajes de voz. Y ¿qué tal si imaginábamos que un día, por accidente, en un café internet, en una laptop olvidada, encontrábamos una sesión abierta de dicho sistema operativo? Comenzamos a hurgar en la sesión y descubrimos que pertenece a un detective que sigue un caso muy raro, y resulta que tenemos acceso a toda su información (su diario, su agenda, su correo electrónico, su música, sus fotos).
Y todo era maravilloso, porque a partir de ahí ya podía comenzar a trabajar el resto del equipo (el diseño de la interfaz, las ilustraciones…), pero todavía fue necesario reescribir aquellas casi sesenta cuartillas demasiado literarias, y convertirlas en un guion de dieciocho páginas. No fue todo: para apuntalar el guion era imperativo realizar algunos diagramas de flujo, sugerir y enlistar los posibles elementos hipermedia, hacer de las conversaciones guiones de diálogo para llamadas telefónicas, escribir correos electrónicos apócrifos, cartas, discusiones, playlists, descripciones de escenarios y personajes e incluso crear perfiles de redes sociales para algunos de esos personajes y hacerlos interactuar con personas del mundo real. Sí, es verdad: demasiado trabajo, pero muy divertido. Incluso me permití complicar las cosas, rizar el rizo un poco más invitando a un grupo de jóvenes escritores a que desarrollaran una pieza breve que se alojaría en uno de los niveles más avanzados del sitio. Su texto tenía que estar escrito como si ellos mismos hubieran soñado con el misterioso hombre de Ever dreamed this man?, y fueran a contar su experiencia en el susodicho foro.
THE END
No estoy seguro de cuántas horas de trabajo le invertí al asunto; lo cierto es que la mayor parte de ellas estuvieron llenas de entusiasmo y del convencimiento de que no perdíamos el tiempo con ocurrencias de millennial. Eso sí, sabía y sé que la narrativa digital es una zona más bien experimental, en desarrollo constante, y que estamos lejos de ver un modelo dominante o de poder decir que nuestro trabajo marcará tendencia. De hecho, actualmente colaboro en un par de proyectos de narrativa electrónica interactiva para niños. No me atrevo a decir que se trata de literatura porque ésta es tan sólo una parte del mecanismo, una muy importante, pero no más que el soporte tecnológico o el diseño. Con Tatuaje me pasa que sí estoy más enganchado con su narrativa, por el mundo que me llevó a explorar y descubrir, aunque también estoy convencido de que la pieza hipermedia rebasa las expectativas de cualquiera de los integrantes del proyecto, y que se sostiene sola, con defectos y virtudes también propios. Es un mutante con alas en los pies, y el poder de contar historias. Un anfibio electrónico. Ya veremos qué otra sorpresa trae guardada.
Recibí una llamada todos los días a la misma hora: 7 a.m. Ante la posibilidad de que fuera algo importante, con los ojos medio abiertos, corrí a tomarla cada vez. Pensé en aquella llamada que recibió Daniel Quinn, el protagonista de Ciudad de cristal[1], durante tres noches seguidas. Las primeras dos veces lo dejó pasar y respondió a la tercera. La llamada no era para él y ahí empieza la historia. Esas llamadas al “amanecer” tampoco eran para mí, pero aquí no hay historia. Lo único que hay es una lista de reclamos y la imposibilidad de volver a dormir. Llamaban de algún banco para preguntar por personas que no conozco. Quiero pensar que esos desconocidos dieron un número al azar y ese fue, casualmente, el mío. Reclamé un millón de veces y las llamadas no cesaron, luego decidí apagar el timbre del teléfono, creo que sigue así.
Pensé en todas las veces que de niña llamé a números desconocidos para preguntar por personas que no existían o para reproducir las fórmulas de las más consagradas “bromas telefónicas”. En esa época en que las llamadas eran imposibles de rastrear, hubo una generación que buscó respuestas en números aleatorios. Las preguntas eran casi siempre un juego de palabras cuya respuesta daba un giro que terminaba en risas.
Las llamadas telefónicas tienen la particularidad de ocultar al receptor y al emisor del mensaje detrás de su voz. Le dan la posibilidad de esconderse detrás de un aparato y ser quien quiera ser; un ejercicio íntimo y anónimo a la vez. Una de las grandes virtudes del teléfono, previo a otras formas de comunicación, fue la capacidad de acortar largas distancias. El auricular da la posibilidad de comunicarse al otro lado del mundo, de escuchar una voz en otro huso horario. Sin embargo, el medio de comunicación lleva en sí mismo ciertas limitantes pues por mucho tiempo las llamadas a larga distancia eran tan caras que debían ser cortas y precisas: el tiempo era dinero.
En 1962 Gianni Rodari escribió una serie de relatos titulada Cuentos por teléfono[2], la cual se centra en el señor Bianchi, un comerciante italiano que por cuestiones de trabajo tenía que estar fuera de casa seis días a la semana. Su pequeña hija lo extrañaba mucho cada vez que partía, además tenía un problema: no podía dormir sin escuchar un cuento de la voz de su padre. Ante esta situación, Bianchi empezó a llamarle por teléfono cada noche para contarle un cuento que la hiciera conciliar el sueño. Por lo costosas que resultaban las llamadas en la época, tuvo que ingeniárselas para que fueran historias cortas que pudiera costear; los días que le iba mejor en los negocios se podía dar el lujo de contar historias más largas. Así, cada noche la pequeña niña pudo dormir con su padre del otro lado de auricular, sin importar qué tan lejos estuviera. Quizá las historias en sí no eran tan importantes como escuchar la voz de su padre al otro lado de la línea.
En los últimos años es bastante raro escuchar el timbre del teléfono y tener una conversación larga con alguien al otro lado. A pesar de lo barato que es hoy comunicarse por teléfono, pasar horas en el auricular es una acción insólita. Quizá hay tantas formas de hablar que buscamos las más impersonales, esas que impliquen menos contacto pero entregas más efectivas y verificables. Tengo la teoría, basada en una desordenada observación, de que esta es la época en la que más mensajes escritos se generan por segundo. Un punto en el que la humanidad escribe más pero habla menos. Quizá la popularidad de las notas de voz radica en la nostalgia por volver a escuchar voces, o quizá sólo sea un remedio para no tener que escribir pero tampoco hablar.
Yo todavía quiero escuchar un cuento por teléfono, o en su defecto en una nota de voz. Tal vez la siguiente vez que reciba una llamada equivocada le haga más preguntas a la voz del otro lado.
[1] Auster, Paul, Ciudad de cristal, Barcelona, Editorial Anagrama, 1996.
[2] Rodari, Gianni, Cuentos por teléfono, Editorial Juventud, 25a edición
Espero que el lector me permita un momento de vanidad el día de mi cumpleaños, porque comenzaré con una anécdota personal. En los primeros días de diciembre de 2009 estábamos sentados en un salón de la Expo Guadalajara mi amigo el escritor regiomontano Luis Panini y yo esperando a que iniciara una conferencia, si no me equivoco, de la ganadora del Pulltizer Jane Smiley. Llegamos muy temprano por temor a que la sala fuera a estar llena —las filas para entrar a la Feria del Libro de Guadalajara pueden ser muy largas– pero en vez de eso nos habíamos encontrado con un salón vacío.
Estábamos hablando de lo que siempre hablamos, de libros, cuando entraron los escritores Aimee Bender y Mark Z. Danielewski. Yo llevaba en las manos un libro que Luis me había regalado ese día y del cual justamente me estaba recomendando con vehemencia uno de sus cuentos, “La desaparición de Elaine Coleman”. Pronto resultó que tanto Aimee como Mark tenían justamente ese libro en su mesa de noche —al parecer era el libro de moda ese otoño en Los Ángeles—y mientras comenzaba a llegar más gente a la conferencia, la charla giró en torno al gran maestro del cuento que era autor de ese libro (Risas peligrosas), Stephen Millhauser.
El por qué la fama de Millhauser como cuentista parece estar relegada a los lectores de lengua inglesa es un misterio. Están traducidas al español sus dos novelas, Edwin Mullhouse y Martin Dressler, que ganó el Pullitzer en 1997, pero sus cuentos están, en su mayoría, sólo en su idioma original. Esto llama la atención en particular porque en 2006 su cuento “Eisenheim the Illusionist” se utilizó como inspiración para la película de Neil Burger El ilusionista, que en general fue un éxito crítico y de taquilla. En este sentido su caso me recuerda al de otro escritor fantástico de lengua inglesa, David Mitchell, a quien la novela Atlas de las nubes, adaptada al cine los hermanos Wachowski, sólo consiguió darle una extraña reputación como autor new age que no tiene mucho que ver con las sorpresas que aguardan al lector en sus libros.
Lo cierto es que contra Millhauser pesa además el eterno prejuicio que en los países de habla hispana se tiene en contra de los autores que escogen temáticas no realistas para sus relatos y que su obra traducida no ha aparecido en editoriales con buena distribución. A mi gusto, pesa también inevitablemente la envidia que debe provocar en los editores de cuento el nivel de maestría de sus relatos. Su factura se ha comparada con la de Jorge Luis Borges, Stephen King, Gabriel García Márquez, Dr. Seuss, Julio Cortázar y Jonathan Franzen –todos a la vez, en un mismo párrafo–. Su ojo para el detalle, su capacidad para transformar lo mundano en algo maravilloso y su habilidad para alternas los tiempos verbales y las personas es propia del mejor prestidigitador. No importa que tanto intentes descubrir el truco, al final el efecto termina por asombrarte.
Y este es quizá el mayor problema para la popularidad de Millhauser entre los contemporáneos lectores de habla hispana. Es demasiado astuto en un medio en que los lectores están acostumbrados a leer cuentos demasiado llanos. Espero que un lector avezado venga acá y me saqué del error, pero no recuerdo haber leído un cuento con tanta mala leche narrativa en español como la que tiene “La desaparición de Elaine Coleman” en su primer párrafo. El cuento, que narra los eventos desatados tras la desaparición de la joven del título, recuerda mucho a la nostalgia de Las vírgenes suicidas de Eugenides, pero con el sadismo irónico de Donald Barthelme y George Saunders —otros dos cuentistas que se leen demasiado poco en español — pero con un final digno del mejor equipo de guionistas de La dimensión desconocida o Black Mirror. Porque ya no somos inocentes, nosotros los que no vemos y no recordamos, nosotros, los poco curiosos, nosotros, conspiradores de la desaparición. Esa es una paráfrasis de la antepenúltima frase de “La desaparición de Elaine Coleman”. También podría ser un comentario de nosotros como lectores, ya no sólo de libros, sino del mundo.
Solemos quejarnos de la insularidad del medio literario norteamericano, pero lo cierto es que nosotros tampoco los leemos. No nos leemos entre los países de habla hispana, no nos leemos, a veces, ni entre nosotros. No lo hacemos en gran parte porque leer, mirar hacia otra parte, requiere de un esfuerzo. Es muy cómodo leer lo que nos proponen los departamentos de prensa de las editoriales y tomarlo como bueno. Es muy cómodo leer lo que está a la mano en la estantería de novedades. Los apocalípticos que se han azotado estas últimas semanas por el Nobel de Literatura a Bob Dylan han resaltado que con este premio se castiga al esfuerzo del lector atento de libros. Pero olvidan, quizá con alevosía, que el esfuerzo lector no comienza al abrir el libro, comienza mucho antes, al seleccionar la lectura, al arriesgarse con un autor nuevo, con una lengua nueva, con nutrirse con otras influencias fuera de los libros. Más que esta queja contra la lectura atenta, me aterra la defensa del comité del Nobel como un grupo de sabios que descubre a un autor que hay que leer al año. Estimado lector: salga usted a su biblioteca o librería más cercana y descubra grandes autores usted mismo.
Los que ya hayan leído “La desaparición de Elaine Coleman” comprenderán la pertinencia del párrafo anterior. El cuento, me temo, podría leerse también como un comentario en clave sobre las recientes olas de feminicidios y su principal causa. Se publicó originalmente en The New Yorker en 1999 y el internauta avezado sabrá encontrarlo en su idioma original. Tampoco es complicado encontrar en librerías Risas peligrosas, que tiene otros doce cuentos al menos tan buenos como éste. Aunque si se animan a leer a Millhauser por primera vez en su lengua original, me permitiría recomendar en su lugar We Others, una selección de sus mejores historias.
Al final no hubo más de una docena de personas en la conferencia de Jane Smiley en la FIL de Guadalajara. Y en realidad recuerdo muy poco de lo que dijo en ella. Recuerdo que esa noche decidí no salir a ninguna de las famosas fiestas que engalanan la Feria del Libro y en vez de eso me quedé en mi habitación a leer por primera vez a Stephen Millhauser. Espero que se me permita este momento de candor extremo porque es mi cumpleaños: recuerdo esa lectura de “La desaparición de Elaine Coleman” como uno de los mejores momentos de mi vida.
“Gabinete de curiosidades”, ilustración de John Marceline
Llevo tal vez más de diez años yendo a psicoanálisis. No sé cuánto tiempo exactamente porque no tengo registrada una fecha , pero sí un montón de vivencias que he compartido ahí. En ese espacio aprendí a navegar a través de mi discurso, a darle forma y a entender el mundo de otra manera. A aceptar que no hay verdades absolutas y que incluso las propias cambian con el tiempo. Que los padres son humanos y los sentimientos, volátiles.
Con el psicoanálisis, luego de haberme negado la escritura por pudor durante la carrera de Letras, me reencontré con mi discurso, con esa construcción nueva en cada ocasión, con esa página en blanco que era el silencio de mi terapeuta. Con ese compás que hay que ir creando o ese silencio que también dice cosas. Me volví dueña de mis palabras y comencé a saborearlas como nunca había podido. Me apoderé de mi propia historia y acepté su falacia, su formato de verdades aproximativas, de mis mentiras que conforman unos lentes para ver el mundo y comprendí los lentes de los demás, sobre todo de quienes creía que me hacían daño a propósito o que me daban alegrías sin querer.
El psicoanálisis me ayudó a ver que soy más que las personas que han estado a mi lado y sólo porque han estado ahí. Y que mi psicoanalista es una de ellas.
Me aventé sin ver, sin querer saber demasiado, sin leer mucho, igual que antes de la operación de mi mamá no quise informarme de en qué consistía, tal como no me interesa saber cómo funciona un avión, o que es mejor no intentar correr en un sueño. Cerrar los ojos para que nada se detenga funciona sólo en ciertas ocasiones, y el psicoanálisis es para mí una de ellas. Tal como cruzar caminando una calle muy transitada, o entrar a la glorieta de la muerte en la Narvarte, sólo puede hacerse con rabia, con los ojos cerrados y en completa oscuridad.
Aprendí a trazar una historia en cada visita. A sentir que escribía con mis palabras. A darme cuenta de que todos somos capaces de narrar, simbolizar y crear. Lo primero que se me dijo al llegar fue que tratara de no poner filtros a lo que quería decir, que no juzgara si algo es más o menos importante, que confiara en mi propio discurso. Cuando comencé a hablar, una de mis primeras preguntas fue si estaba bien decir groserías. Y mi terapeuta me dijo que sí.
Sin las groserías no habría sobrevivido ni dos sesiones. Y es que yo empecé a decir groserías desde que aprendí a hablar. Las usaba, según cuenta mi mamá, desde la cuna. Mis papás las decían todo el tiempo, así que para mí no eran tabú, sólo palabras.
Cuando iba en preescolar, una vez jugué con un amigo a escondernos las loncheras. Primero yo escondí la suya: él empezó a mirar para todos lados menos hacia donde yo la había puesto, preguntando dónde estaba. Los dos nos doblábamos de risa, sepa dios por qué. Quizá jugábamos a imitar adultos perdidos, nosotros, tan hallados en ese mundo infantil. Y seguro fue así, porque cuando vino mi turno, yo sólo lo miré directo a los ojos y le dije: “Chingada madre. Ya perdí mi lonchera”. Antes de que pudiéramos reírnos, escuché una voz que me reprendía. No había notado que Lucy, la maestra, estaba parada a nuestro lado, viendo divertida nuestro juego, hasta que mi vocabulario le borró la sonrisa. Me dijo que esas palabras no se podían decir y yo no sabía cuál de todas estaba mal. Al final del día, me acusó con mis papás.
Toda mi familia paterna habla con groserías. Mis primos y yo las hemos saboreado desde siempre y a la fecha. La usábamos como cuando uno, al no saber jugar un videojuego de pelea, aprieta todos los botones al azar y saca poderes secretos sin querer. Con el paso de los años, cada grosería se fijó paulatinamente en mi vocabulario para cubrir alguna necesidad comunicativa. Incorporé uno a uno el manejo de cada botón para dar un golpe bajo, una patada, hacer un combo.
Los niños, sin necesidad de que un libro de autoayuda se los inculque, son simplemente ellos mismos. No saben ser alguien más, y aunque en el fondo reflejen a sus padres, lo son sin filtro. Por eso a los adultos les asustan tanto esos seres capaces de reproducir todo lo que escuchan, ven y sienten. Saben que son una ventana a lo que ellos tratan de ocultar, o bien, a lo que no tienen por qué mostrar. La restricción de las groserías por parte de los adultos se relaciona por un lado con el statu quo, pero también con el miedo a revelar una forma de ser que pertenece a la esfera de lo privado.
Ante ese impulso imperioso por hacernos escuchar ante el mundo, una cierta conciencia nos ayuda a tener en cuenta nuestro entorno y mostrar sólo lo necesario. Claro que hay personas más o menos autorreguladas. No se puede esperar que un niño controle su uso de groserías en ciertos ámbitos, sobre todo si desconoce la distinción de contextos sociales donde se desenvuelve: ¿por qué es distinta la casa de la escuela? ¿Por qué los abuelos maternos son de una forma y los paternos de otra? Los padres se lo enseñan a sus hijos mediante un regaño, una solicitud o una aclaración. Pero ellos, para desenvolverse sin ser socialmente rechazados, forman esos mismos límites internamente. Y de ahí cada quien se forje un carácter, que una persona puede ser decididamente regulada o inevitablemente desenfrenada. Dice Adam Grant:
Los autorreguladores bajos tachan a los altos de camaleones e hipócritas. Tienen razón en cuanto a que hay un momento y un lugar para la autenticidad. Sin embargo, en los demás aspectos de nuestras vidas, ser muy auténtico puede tener un precio. Quienes se regulan a un alto nivel, avanzan más rápido y logran un mayor estatus, en parte porque están más preocupados por su reputación. Pero incluso los autorreguladores altos pueden sufrir por la idea de autenticidad, pues eso presupone que existe un yo verdadero: un cimiento de nuestras personalidades que es una combinación de convicciones y cualidades.[1]
Sin importar la personalidad de cada quien (o justo por ella), en el caso de una profesión creativa, regularse demasiado resulta un tope para la ejecución de una idea. De acuerdo con Grant, la psicóloga Carol Dweck demostró en un estudio que el mayor problema de la autorregulación consiste en que el individuo crea que tiene una personalidad inamovible: “Los niños que creen que sus capacidades son fijas se rinden después de fracasar”. Pues si por el contrario entendemos que no estamos predeterminados a nada, tendremos la libertad de ser quienes queramos.
La propuesta que apoya Grant no consiste en cambiar lo interno, sino interiorizar el exterior. Conocernos tan bien que entendamos no sólo o no tanto quiénes somos, sino quiénes queremos ser, de tal manera que podamos trabajar para serlo. En ilustración, consiste en imaginar algo y luego ejecutarlo tal como lo vimos a ojos cerrados.
Interiorizar el exterior es al mismo tiempo ser capaces de digerir nuestras influencias, hacer visible el límite que divide al individuo de los otros, y aprender a cruzarlo hasta que éste desaparezca y nos hayamos apropiado también de lo que está afuera. ¿Cómo incorporarlo? ¿Cómo evitar renunciar a lo que nos gusta, entender quiénes somos y hablar desde ahí? ¿Cómo hacer un discurso propio desde lo que queremos ser y aún no somos? Las influencias y los gustos personales sin duda nutren esta ambición, pero en el camino podemos perdernos abriendo puertas que luego decidimos no cruzar o de las cuales no tenemos la llave. El peligro está en caer en el plagio o en no atrevernos a decir nada. ¿En cuál de todas esas puertas nos hallaremos? ¿O cómo reconocer que en el fondo somos el edificio que las contiene?
Para Will Gompertz, ese puente se da a través del robo inteligente:
Hay una enorme diferencia entre copiar y robar. Copiar requiere cierta habilidad, pero ninguna imaginación. No es necesaria creatividad alguna; por eso a las máquinas se las da bien. Robar es poseer. Y tomar posesión de algo es una cuestión mucho más profunda: el objeto se convierte en tu responsabilidad y su futuro queda en tus manos […] Picasso nos demuestra que la creatividad no es sumar, sino sustraer. Las ideas necesitan afilarse, simplificarse, centrarse.[2]
Luego de un robo descarado, de poner fuera todo lo que imaginamos, con o sin la maestría para conseguir que se entienda, viene el momento de la edición, de la limpieza, de quitar hasta reducir a lo mínimo, de destruir. Regularmente uno elimina para salvarse, para encontrar otro lugar, para poder respirar mejor.
Cuando en Las horas de Michael Cunningham, Laura Brown (el personaje de la lectora) se siente muerta en vida, toma la decisión de huir de su casa, abandonar a su esposo y su hijo, pues sólo así es capaz de volverse a sentir viva. Esta culminación se dará luego de intentar suicidarse en un cuarto de hotel, pero la primera revelación aparece mientras hace un pastel con su vecina. En ese momento su lucha interna, la aceptación momentánea y la desesperación se funden en la frustración por un pastel malogrado: “La torta está simpática, le dice Kitty, como el dibujo de un niño. Es dulce y conmovedora en su discrepancia genuinamente sentida, dolorosamente sincera, entre la ambición y el talento. Laura comprende: sólo hay dos opciones: o se es capaz o se es despreocupado”.[3] Con todo, hay una tercera opción, que Laura vislumbra pero sólo después decide tomar: huir de esa bilateralidad y optar por ella misma.
A principios de este año decidí que ya era tiempo de despedirme del psicoanálisis y casi me vuelvo loca en el intento. Hoy que me siento mejor y lista para cerrar ese ciclo, veo de nuevo lo sumamente doloroso que resulta dejar algo que ha sido cotidiano durante una década. No hay creación sin destrucción, nada es opuesto a lo otro, ni nada está separado. Todos son puentes en movimiento, una cinta de Moebius: “La creatividad es un acto inopinadamente violento […] Y las ideas completamente originales no existen. Lo que sí existe son las combinaciones únicas, que se producen en el ojo de la mente y a menudo nacen de dos o tres imágenes mentalmente inconexas que, de algún modo, se hacen más agradables al alinearse”.[4]
Sólo al hacer las paces con esa suma de muertes de las que está compuesta la creación y la vida, se consigue volver a tener las manos libres para algo nuevo. Y llega el momento de tirar una moneda, dejarnos en manos del azar y confiar en que, aun sin malla de protección, no nos daremos en la madre.