Tierra Adentro
Portada de "Pedro Páramo", Juan Rulfo. Ediciones Cátedra, 2023.
Portada de “Pedro Páramo”, Juan Rulfo. Ediciones Cátedra, 2023.

“Y se disolvieron como sombras” dice el narrador de la novela de un grupo de arrieros que conversan sobre los acontecimientos en Comala —se están llevando a cabo los funerales de Miguel Páramo—, una conversación que termina con una disolución. Ese episodio y esa frase cifran para mí Pedro Páramo —al menos algunos de sus aspectos de lo que se estima de la novela rulfiana—: unas voces casi incorpóreas que se desvanecen apenas enuncian lo que ven de Comala.  

“Y se disolvieron como sombras” puede describir no solo a los arrieros cuyas voces no se vuelven a escuchar, sino a todos los habitantes de Comala y al conjunto de personajes de Pedro Páramo. En un sentido más llano, ¿no es acaso lo que pasa con todos los personajes de una novela al cerrar el libro —la obra de Rulfo, por supuesto, pero también cualquier obra—? ¿No vuelven a las sombras los habitantes del mundo narrado una vez que se termina con la lectura? La respuesta fácil, rápida, es sí. Pero no es, ni por pienso, la única respuesta. Porque sí, los personajes se disuelven, pero no desaparecen, sus voces, sus acciones siguen reverberando en la mente de quien ha leído —y aquí lo que se puede decir de toda obra que ha alcanzado el grado de arte en la novela se ha de decir también de Pedro Páramo—.

Ese cifrado se da porque en esa frase-párrafo están expresadas muchas de las características del estilo rulfiano, el estilo con el que se labran sus cuentos, pero sobre todo la novela. La anfibología sobre los sujetos de la frase, el acto con el que dejan la narración, el símil evocador y poético, solo por mencionar algunas de esas características. Los arrieros conversan y su voz se torna la voz narradora y una vez que callan no solo dejan el espacio narrativo, que observa Comala, sino que lo hacen disolviéndose como sombras. Así, se muestra la forma en la que el resto de los personajes de Pedro Páramo actúan: a veces son meras voces que siguen rumiando su existencia, que vuelven a pronunciarse con el rumor de la lluvia, los murmullos a los que aludía uno de los primeros títulos que poseyó la novela. 

Son las voces de los personajes la clave con la que se construye Pedro Páramo. Primero la de Juan Preciado que en primera persona nos lleva a Comala, a quien acompañamos en la búsqueda del padre ordenada por su madre; en uno de los arranques de novela más memorables de la literatura mexicana —y me atrevo a aseverar que de la literatura en lengua española—. Después las voces de los demás habitantes de Comala y la Media Luna se van entretejiendo para hablar de sus vidas, para mostrar el rencor vivo que es Pedro Páramo. 

Juan Rulfo declaró, en una entrevista de 1979 —hecha por Ernesto González Bermejo y Juan E. González, y que se publicó en dos versiones firmadas por cada uno de ellos—, que a través de la escritura de los cuentos de El Llano en llamas encontró la llave que le permitió abrir la puerta de la escritura de la novela. Bermejo González lo consignó así: “Empecé con El Llano en llamas: un cuento —“Luvina”— me dio la clave”. Mientras que Juan E. González ofrece las palabras de Rulfo de la siguiente manera: 

Sí, “Luvina” creo que es el vínculo, el nexo… “Luvina” es aquel profesor que va a un pueblo desértico, abandonado… Y, concretamente, el monólogo en donde cuenta a otro profesor, que va en su sustitución, qué es Luvina. De pronto aquél cae borracho… y esa atmósfera me dio, poco a poco, casi con exactitud, el ambiente en que se iba a desarrollar la novela.

Un hombre habla de un pueblo, el pueblo al que va otro hombre, que es a quien el primero dirige sus palabras. Se entiende porque Rulfo dice haber encontrado con ese cuento la clave para escribir la novela. Ciertamente la atmosfera de Luvina ya es una anticipación de la opresiva atmósfera de Comala. Al leer la novela se tiene la tentación de emular la pregunta que el profesor que habla de Luvina le hace a su esposa cuando llegan a ella: “¿Qué país es este, Agripina?”. ¿Qué lugar es este, Juan Rulfo?

Comala es un pueblo en el que solo quedan los muertos, abandonado, árido. Caben ciertos paralelismos con Nagy-Mihaly de El barón Bagge, pero mientras el narrador de Lernet-Holenia, el barón que da título a la obra, es el único superviviente después de descender al pueblo de los muertos y regresar y contar lo que allá vio, en Pedro Páramo Juan Preciado también muere y, aunque es la voz que introduce a la novela, no es el único narrador —además divergen en sus atmósferas, casi opuestas de los dos pueblos: mientras en Nagy-Mihaly la cualidad de espacio de los muertos se da por medio de referencias hacia el frío y el clima invernal, en Comala se construye por el calor y la sequedad —“Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija—”. Lo ultraterreno se construye a través de la atmósfera, pero, como he apuntado, de signo opuesto entre Rulfo y Lernet-Holenia; aunque coinciden en que en ambas el título es un nombre propio —en Rulfo los nombres propios pesan y significan, el apellido del protagonista ya apunta a la condición del lugar en que acontece la novela, condición de la que él mismo es responsable, mientras que su nombre es la piedra sobre la que se asienta todo el pueblo, la novela toda; el mandato cristiano al apóstol invertido (Mateo 16:18)—. 

Sin su atmósfera opresiva, de aire muerto, Comala no sería para nosotros Comala. Pero, antes de la atmósfera están los personajes. Así se lo dijo a Juan E. González en la conversación mencionada arriba:

Al personaje, primero, tengo que imaginarlo, luego gestar sus características; después vendrá la búsqueda de cómo habrá de expresarse. Cuando todo esto haya concluido y no existan contradicciones, lo ubico en una determinada región… y lo dejo en libertad. A partir de ese momento sólo me dedico a observarlo, a seguirlo. Tiene vida propia, y mi tarea se simplifica a ese extremo de no tener otra cosa que hacer más que seguirlo. 

Contrario a lo que muchos han argumentado, los personajes no hablan con la voz del pueblo —Heriberto Yépez lo dice, por ejemplo, en el prólogo a la edición de bilingüe náhuatl-español: “Supo capturar formas de contar historias que escuchó desde su infancia”—. El mismo Rulfo en diversas ocasiones se opuso a ese juicio, no era el mero compilador de la variante lingüística del español mexicano hablada en el sur de Jalisco de principios del siglo XX; de haber sido así cualquiera con una grabadora hubiera podido hacer lo que Rulfo hizo con el lenguaje. Fue tal su trabajo con la lengua que logró dar a sus personajes voces tan poderosas que se tiene la sensación de que se trata de personas reales —ahí radica el seguimiento del que habla, seguimiento que, sin duda, aprendió a hacer con la construcción de los cuentos de El Llano en llamas—. Su maestría consistió, justamente, en lograr que se tuviera la sensación de que es un habla real, de los pueblos, de que debió haber un sitio donde la gente hablaba como los personajes de su novela. Pero, como cualquiera que haya escuchado el habla de las regiones rurales mexicanas, los campesinos no hablan así —de hecho, en la novela, pocos son los campesinos que aparecen—, no hay muletillas o apócopes que en el habla urbana se prefiere evitar; no, la sensación de habla real Rulfo la construye a través de su fraseo, de su concisión, del medido y preciso uso de adjetivos.

En Pedro Páramo la voz es el personaje, seguimos a un personaje porque seguimos su voz. Así queda claro desde que Juan Preciado comienza a narrar. Y cada vez que uno de los muertos de Comala irrumpe en la narración, haciéndola propia, contando su parte de ese mundo. Damiana Cisneros lo plantea así cuando ejerce de Virgilio a Juan Preciado —la comparación no es gratuita, Comala es el inframundo y el primer narrador hace las veces de Dante descendiendo a los infiernos con varios guías mientras lo hace: Abundio Martínez, Eduviges Dyada y Damiana Cisneros, cada uno revelándole un aspecto del universo al que se adentra, revelación tanto para él como para quien lee. “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vive mi padre, un tal Pedro Páramo” hace las veces de la advertencia en la entrada infernal: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate; Dejen toda esperanza quienes entran—: 

Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.

Esas voces vienen del pasado, algunas de cuando Comala era otro pueblo, estaba vivo y era verde. Así, la primera vez que se ve a Pedro Páramo es cuando él era niño, un niño que observa la lluvia que acaba de caer —Rulfo, en los fragmentos narrativos, asienta a través de los contrastes los saltos temporales; la narración que inicia con Juan Preciado comienza a ser narrada por otros y a cambiar si no de espacio sí de tiempos: desde el presente del hijo que vino a buscar a su padre hasta la infancia de ese padre y la forma en la que se hizo del pueblo y después lo condenó—. 

Una vez que ese primer narrador muere y termina en el panteón las voces se imponen, irrumpen casi desarticuladas, removiendo la memoria de cuando estuvieron vivas, cuando esas voces procedían de un cuerpo.  

—Cuando vuelvas a oírla me avisas, me gustaría saber lo que dice.

—¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo. 

—No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con los muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.

—No creas. Él la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que pasó el resto de sus años aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo. Desalojó sus tierras y mando quemar los enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros que porque le agarró la desilusión; lo cierto es que echó fuera a la gente y se sentó en su equipal, cara al camino.

Las voces construyen la novela, pero también se hacen presentes sin siquiera decir nada. Juan Preciado las escucha desde su tumba y sabe en qué sitio ha llegado, que es parte ya de Comala y la herencia de Pedro Páramo. 

—No se le entiende. Parece que no habla, solo se queja.

—¿Y de qué se queja?

—Debe ser por algo. Nadie se queja de nada. Para bien la oreja. 

—Se queja y nada más. Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir. 

Rulfo logra construir la novela a través de pequeños fragmentos, algunos los han llamado capítulos. Esos fragmentos van construyendo Comala y su gente, el destino de Juan Rulfo y de todas las personas que tuvieron el infortunio de encontrárselo. La lectura es la que los va hilando, la que construye el tapiz de ese mundo, ese inframundo que es Comala con la resonancia de las voces de los muertos. 

Pedro Páramo es un rencor vivo porque nunca pudo poseer a Susana Sanjuan, aunque tuvo su cuerpo, porque la perdió y el pueblo en lugar de condolerse con él celebraba sus fiestas. “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”. Y el único momento en el que acepta ser vulnerable es ante su deseo por la única mujer que amo. 

El sudor y el polvo; el temblor de la tierra. Cuando vio los cocuyos cruzando otra vez sus luces, se dio cuenta de que todos los hombres se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro comenzando a desgajarse por dentro. Pensó en Susana Sanjuan. Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir apenas un rato. Aquel pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba echar fuera su corazón por la boca. “Puñadito de carne”, le dijo. Y se había abrazado a ella tratando de convertirla en la carne de Susana San Juan. “Una mujer que no era de este mundo”.

Pedro Páramo desde su equipal a la entrada de la casa en la Media Luna rumió su rencor, el abandono en el que dejó no solo a Dolores Preciado y a su hijo Juan, sino a toda Comala —cabe aquí recordar “La herencia de Matilde Arcángel”, uno de los cuentos de El Llano en llamas en el que Euremio Cedillo guarda un profundo rencor a su hijo homónimo por haber sido la causa de la muerte su madre, aunque el rencor de Pedro Páramo es más profundo y su huella más profunda—. El rencor del hombre poderoso condena no solo a sus hijos, que son todos o casi en Comala, sino al pueblo mismo, y lo hace tanto en el plano carnal, al cruzarse de brazos, como espiritual al enfrentarse al padre Rentería. Es él el responsable de que Comala se convierta en un pueblo de fantasmas. 

El padre Rentería que se enfrenta al poder y luego se doblega a él por dinero, pero que, aun así, se niega a perdonar. García Márquez encontró en una de las apariciones del sacerdote la frase para abrir Cien años de soledad:

El padre Rentería recordaría muchos años después de la noche en la que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche que murió Miguel Páramo.

Así se muestran las posibilidades de lectura de Pedro Páramo, que entre sus muertos es posible encontrar ecos no solo de la vida en Comala de muchos años antes, sino de otras obras y sus voces que se dejan escuchar, de una u otra manera, en obras posteriores.

¿Qué es la literatura si no las voces de los muertos? Pedro Páramo es una continuación de esas voces, no solo porque las reafirma con los murmullos de los muertos de Comala, sino porque tiene resonancias de múltiples tradiciones —desde el Gilgamesh que desciende al inframundo en busca de la eternidad y para salvar la vida de Enkidu hasta el Baron Bagge, pasando por la Odisea, la mitología griega y el Dante de la Divina Comedia, por mencionar solo a algunas de las obras cuyos ecos resuenan en las páginas de Pedro Páramo para ofrecer un nuevo descenso a los infiernos, un descenso al infierno particular y mexicano.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

El pasado 18 de julio, el gobierno de Javier Milei anunció el inicio del proceso de privatización de la empresa que ofrece el servicio de agua y saneamiento en la ciudad de Buenos Aires. Entre las compañías favoritas para ganar la licitación pública se encuentra la estatal israelí Mekorot, responsable a su vez de restringir el acceso al agua a los habitantes de la Franja de Gaza.

La gestión, distribución y control del agua no se limitan a las lógicas estatales o municipales; se insertan en una cartografía global donde compañías trasnacionales, fondos de inversión y alianzas geopolíticas compiten por hacerse con el control de este derecho básico.

Mekorot ha sido exportadora de tecnología hídrica a varios países, incluido México, pero también ha promocionado un modelo de gestión donde la infraestructura y el acceso al agua se entrelazan con lógicas de vigilancia, control poblacional y seguridad nacional. La intención del gobierno argentino de entregarle parte del sistema de agua a Mekorot no puede leerse sino como un gesto político. No es agua lo que se privatiza: es soberanía, es privacidad, es ciudadanía.

Ciberguerra

Lejos de los tanques y los misiles, fuera de la tierra, el mar, el aire y el espacio, el nuevo dominio de la guerra tiene como escenario redes, servidores y sistemas de control industrial. En este dominio, conocido como ciberespacio, Irán e Israel llevan años enfrentándose en un conflicto encubierto que va desde la infiltración de sistemas bancarios hasta sabotajes digitales a plantas de agua.

Israel ha desarrollado grupos como Predatory Sparrow, un colectivo de ciberoperaciones que ha atacado infraestructuras críticas en Irán. En 2023, el grupo llevó a cabo ataques que paralizaron 70% de la red de estaciones de gasolina iraníes. Más recientemente, estos ataques se han dirigido hacia bancos e instituciones financieras, buscando no solo el caos, sino la desestabilización psicológica de la población.

Irán, por su parte, ha intensificado su presencia en el ciberespacio, al crear redes complejas de espionaje y contraataque digital. Los ataques iraníes han impactado incluso a empresas tecnológicas en Estados Unidos, aliadas de Israel, y han comprometido la seguridad de sistemas de identificación digital.

Estas acciones no se limitan a sabotajes ocasionales. Forman parte de una estrategia continua para desgastar al enemigo desde dentro, al generar desconfianza, caos económico y vulnerabilidad en sectores clave. La ciberguerra no busca conquistas territoriales, sino debilitar la infraestructura que sostiene la vida cotidiana.

Agua

Los sistemas de agua potable no están exentos de esta ciberguerra. Israel ha acusado a Irán de intentar sabotear su suministro de agua, mientras que Irán ha denunciado ataques que afectan el abastecimiento a sus principales ciudades.

Estas acciones inauguran un nuevo tipo de conflicto. Uno donde, a distancia y sin riesgo, se ataca lo vital, lo elemental, lo invisible. No se bombardean ciudades; se envenenan silenciosamente sus reservas de agua, se colapsan sus bancos, se oscurecen sus redes.

Los sistemas SCADA (Supervisory Control and Data Acquisition), encargados de controlar procesos industriales como plantas de agua y electricidad, se han convertido en blancos prioritarios. Un ataque exitoso a estos sistemas podría paralizar ciudades enteras sin la necesidad de un solo disparo.

El riesgo en Buenos Aires

La privatización del agua en Buenos Aires no puede interpretarse sino como una apertura a esa guerra silenciosa. Al delegar el control del sistema hídrico a una empresa extranjera, el Estado argentino se vuelve vulnerable a lógicas que no están guiadas por el interés público, sino por agendas de poder.

La experiencia internacional demuestra que las empresas hídricas privadas, incluso cuando son estatales en su país de origen, operan en el extranjero como brazos de influencia. Mekorot no solo trae tecnología, trae también protocolos de ciberseguridad alineados con las prioridades de Israel, lo cual puede generar conflictos de soberanía informática.

Además, la infraestructura crítica está entrelazada con sistemas digitales que pueden ser hackeados, manipulados o utilizados como armas. La empresa que administre el agua en Buenos Aires también tendrá acceso a datos sensibles de millones de personas: direcciones, consumos, patrones.

La relación entre Mekorot e Israel no es simplemente comercial. Forma parte de un ecosistema tecnológico-militar que ha exportado software espía como Pegasus y ha entrenado a generaciones de soldados en ciberdefensa ofensiva. Esta relación vuelve a la empresa en cuestión una pieza geoestratégica.

Frente a este panorama, es urgente repensar la gestión del agua no solo como un servicio público sino como un bien común con soberanía digital. Si los sistemas de abastecimiento pueden ser hackeados, si los patrones de consumo pueden ser vendidos, si las plantas pueden ser saboteadas a distancia, entonces el acceso al agua también es un problema de seguridad informática.

La privatización propuesta por Milei podría ser el primer paso hacia una vulnerabilidad estructural. En lugar de fortalecer la seguridad nacional, podría convertir a Buenos Aires en un blanco fácil dentro de un conflicto que, por ahora, parece lejano, pero que cada vez se filtra más en nuestras redes y nuestros grifos.


Autores
Egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas. Periodista. Ha sido reportero de Tecnología en el periódico mexicano El Economista desde 2018.
Marcha del #8M durante el 2020
Fotografía de María Teresa Pérez Gómez

[La escritura es siempre un trabajo colectivo. Este texto es una reflexión que parte de las conversaciones por WhatsApp que he sostenido a lo largo de los años con Selma Rodal Linares y Lola Horner.]

Poner etiquetas a la literatura siempre ha sido algo que se percibe con desconfianza. María Luisa Puga se horrorizaba ante la idea de que existiera un curso especializado en literatura femenina, y no hace mucho tiempo, María Fernanda Ampuero insistía en que ser categorizada por su género “pone el foco en algo equivocado”. 

Por su parte, Carmen Boullosa no cree que el texto literario deba tener una consigna, aunque asegura que su escritura está plagada de obsesiones feministas. 

A veces, el problema de adjetivar la escritura desde el género es que se corre el riesgo de promover la homogenización de la escritura de mujeres y, además, el fenómeno puede entenderse como algo efímero. Luego vienen otros problemas como el de la definición y a quiénes excluye.

Lo que me parece sugerente de la etiqueta feminista es su dimensión afectiva como herramienta para mapear y archivar un momento histórico. Para mí, los feminismos son zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo. Así que cuando hablo de escritura feminista me refiero a la posibilidad de pensar un archivo –movible y pegajoso- a través del efecto de múltiples formas de contacto y las dimensiones afectivas que estas formas suponen a través del cuerpo. 

Si bien el proceso de politización de los feminismos en México no es un fenómeno exclusivo del siglo XXI, en estos últimos diez años la presencia pública y masiva de las mujeres como figuras centrales de la protesta social ha sido algo sin precedentes en el país. Por un lado, el carácter público y masivo de los feminismos dificulta la invisibilización de las prácticas literarias con las que algunas escritoras han navegado lo que significa escribir dentro de un sistema heteropatriarcal. Por el otro, abre el espacio para reconocer y enfatizar el impacto y la acción que los feminismos han tenido en la concepción de la escritura literaria en México, ya no como una esfera autónoma, sino como un espacio social que contiene múltiples afectos, entre ellos, los feministas. 

Uno de los primeros ejemplos de esto es la discusión generada en Twitter en el 2015 por Paula Abramo, Maricela Guerrero y Xitlalitl Rodríguez Mendoza sobre el sexismo y la misoginia que permea en la esfera cultural mexicana. Más de 15 mil tweets fueron recopilados bajo la etiqueta de #RopaSucia. Posteriormente, las autoras transformaron estos tweets en una exhibición de arte que incluía un tendedero con ropa interior colgada y prendas manchadas con vino, café y tinta, bordadas con las frases recopiladas en Twitter. Barras de jabón Zote acompañaban el tendedero, representando las estadísticas sobre desigualdad de género relacionadas con algunos de los principales reconocimientos nacionales para escritoras y artistas.

Las estrategias movilizadas por #RopaSucia no son nuevas. Para entender la importancia de lo público y lo masivo en los últimos diez años de los feminismos es importante recurrir a la memoria histórica. En 1978, la artista feminista Mónica Mayer expuso El tendedero en el Museo de Arte Moderno en la ciudad de México, obra viva donde se invitaba a mujeres de distintas clases, edades y profesiones a que respondieran a la pregunta de “Como mujer, lo que más detesto de la ciudad es:” en pequeños papeles color rosa que después se colocarían en el museo en la forma de un tendedero. Si el tendedero como espacio colectivo para orear las pedagogías de la crueldad no es una herramienta nueva tampoco es la primera vez que se utiliza el espacio digital para movilizar la protesta.

Un ejemplo de ello son los performances difundidos a través del blog de Cristina Rivera Garza como “La inquietante (e Internacional) Semana de las Mujeres Barbudas” (2005) y “La semana de las mujeres invisibles” (2006) que también buscaban generar una conversación sobre el sexismo y la misoginia en la esfera cultural. Lo que hace de #RopaSucia una de las primeras consigas para mapear la escritura feminista de los últimos diez años es que esta etiqueta no nace desde la institución (el museo o la ciudad letrada) sino desde los afectos generados por la presencia pública y masiva de mujeres en el imaginario social de la protesta. 

La escritura feminista, como zona de contacto colectivo, se consolida durante la llamada primavera violeta. El 24 de abril del 2016 ocurrió la primera movilización masiva fuera de los días institucionalizados de la lucha por los derechos de las mujeres. Más de 40 ciudades, convocadas de manera espontánea por distintas colectivas a través de los hashtags #VivasNosQueremos y #MiPrimerAcoso, salieron a marchar en contra de la violencia de género. 

Un año antes, las escritoras Ave Barrera y Lola Horner estaban trabajando en el libro de artista titulado 21,000 princesas. El tropo de la princesa, en yuxtaposición con recortes de la prensa amarillista, se utiliza en el libro para hablar sobre la crisis de los feminicidios. Si bien el libro precede a la primavera violeta, Barrera y Horner reparten ejemplares gratuitos por primera vez en la marcha del #24A, lo que también terminó por resignificar el proyecto. Hasta el punto de que, hoy en día, ambas autoras se cuestionan si la manera explícita de representar la violencia feminicida en el libro es una forma de escritura feminista ética o no.

Durante los primeros años de la primavera violeta, la necesidad de visibilizar la violencia feminicida se convirtió en una prioridad apremiante, una urgencia que, en ocasiones, desplazaba a un segundo plano las consideraciones éticas sobre la representación de esa violencia.

 A riesgo de simplificar la propuesta de un libro como Temporada de huracanes de Fernanda Melchor, me parece que esta novela, publicada en abril del 2017, es otro ejemplo de esto. El libro muestra sin tapujos la violencia sistémica que sufren los cuerpos feminizidados. La popularidad de Temporada de huracanes (alrededor de once reimpresiones), deja ver que hay una curiosidad por el tema mas no necesariamente una preocupación sobre el cómo se representa dicha violencia. Es quizá con las movilizaciones de #SiMeMatan por el asesinato de Lesvy Berlín Osorio en mayo del 2017 y, posteriormente, el feminicidio de Mara Castilla en septiembre, quien habría participado de la misma campaña meses antes de su feminicidio, que el discurso antifeminicida comienza a reflexionar sobre las limitaciones de la denuncia y la representación, en parte, por la revictimización que la prensa hizo de Lesvy Berlín Osorio y Mara Castilla. 

De cierta manera, el 2018 fue un momento de regreso a la trinchera y de repensar desde allí. Por ejemplo, en ese año, las movilizaciones más importantes ocurrieron dentro de los centros universitarios y fueron encabezadas por estudiantes. También en el 2018 se publica la antología Tsunami, en la que doce autoras se reúnen en torno a la escritura para hablar “de formas distintas de cosas que nos competen a todas”. En esta antología se percibe una preocupación constante por una institución literaria misógina, así como la importancia de habitar las diferencias bajo el común de la escritura. Tanto la antología como las movilizaciones universitarias dejan entrever que el 2018 fue un año relativamente más tranquilo: un momento para recuperar fuerzas a través de los afectos contenidos en los espacios que habitamos en común, y no necesariamente en la toma del espacio público. 

Sin embargo, esta sensación de falsa tranquilidad se interrumpe con los diferentes estallidos del 2019, año de Un violador en tu camino, la diamantina rosa, las pintas, las restauradoras con glitter y el #MeTooEscritores. También es el año en que la SEDENA comienza a monitorear las marchas feministas. 

El 6 de agosto de 2019, una joven menor de edad denunció haber sido violada por cuatro policías, denuncia a la que luego se sumó otro caso similar, lo que desencadenó el hashtag #NoMeCuidanMeViolan. El 12 de agosto, mujeres se manifestaron frente a Secretaría de Seguridad Pública, y mientras el entonces jefe de policía se presentaba a los medios, una joven le lanzó un puñado de diamantina. Tanto el funcionario como los medios de comunicación criminalizaron el acto, insistiendo en que la diamantina rosa fue una forma de violencia. 

Las pintas en diferentes edificios y monumentos patrimoniales, incluidos el de “la Ángela” de la Independencia, se convirtieron en una de las formas más visibles de protesta. Desde entonces, ha existido un discurso de criminalización de las marchas feministas, pero también han surgido colectivas que, desde su autoridad intelectual, buscan contrarrestar estos discursos. Tal es el caso de la colectiva Restauradoras con Glitter, integrada por mujeres especialistas en el patrimonio cultural material, quienes sugieren que las pintas deben ser documentadas y que los monumentos no deben ser limpiados hasta que las demandas sean atendidas. 

A mí me gusta pensar que el 2019 fue el año del hartazgo: un parteaguas que transformó radicalmente al movimiento feminista mexicano. No solo las estrategias de protesta más incómodas se volvieron centrales, sino que la poca fe que quedaba en las instituciones se perdió (casi) por completo. 

También fue un año muy productivo para las escrituras feministas. Por un lado, continúa la preocupación por denunciar la violencia feminicida desde una posición mucho más compleja. Por ejemplo, en Agua de Lourdes (2019) de Karen Villeda se utilizan diferentes registros como periódicos, teoría, historia, ficción, WhatsApps, tweets para argumentar que en México a las mujeres nos están matando. 

También es el año en que se vuelca la energía hacia prácticas restaurativas. Se publica la reedición de El lugar donde crece la hierba de Luisa Josefina Hernández, inaugurando la Colección Vindictas, proyecto de recuperación de escritoras invisibilizadas por el canon que sigue creciendo hoy en día. Aparecen libros como Restauración (2019) de Ave Barrera donde se explora precisamente qué hacer con el canon y sus violencias. También se publican libros como Perras de reserva (2019) de Dahlia de la Cerda que abordan sin tapujos temas como el aborto y dibujan heroínas que están preparadas para hacerle frente a la violencia patriarcal. O ensayos como Su cuerpo dejarán (2019) de Alejandra Eme Vázquez que habla sobre el trabajo de cuidados y las economías feministas.

Resulta curioso ver que, mientras en 2019 los feminismos intentan sacudir a las instituciones, éstas comienzan a prestarles mucha más atención. No solo el Estado monitorea las marchas, sino que surgen espacios con perspectiva de género auspiciados por el mismo. Por ejemplo, mientras las escrituras feministas trabajan para restaurar el daño y la memoria histórica de las mujeres, la Suprema Corte de Justicia de la Nación lanza un círculo de lectura con perspectiva de género, que hoy en día incluye libros como el de Alejandra Eme Vázquez, los Tsunamis y El invencible verano de Liliana.  

Si el 2019 fue un año de hartazgo, el 2020 nos sacudimos el miedo y de igual manera nos desilusionamos con el movimiento. El 8 de marzo fue una marcha histórica, con más de 80,000 participantes en la Ciudad de México y con presencia en 20 estados de la República Mexicana bajo hashtags como #UnDíaSinNosotras. Fue el año de “Canción sin miedo” de Vivir Quintana y la toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) el 3 de septiembre. También fue una etapa de fuerte transfobia, clasismo y discriminación: un recordatorio de que el movimiento no es tan interseccional como se suponía que debería ser. 

En el caso de las escrituras feministas, en este año, me parece que surgen tres líneas de aproximación a los afectos producidos por las marchas. El primero es bastante simple: comienzan a aparecer las marchas en el trasfondo de diferentes novelas como Linea nigra (2020) de Jazmina Barrera y La hija única (2020) de Guadalupe Nettel, mostrando de manera implícita cómo éstas han cambiado nuestra relación con el espacio público. También hay un vuelco al tema de las maternidades que inicia un poco antes con Casas vacías (2019) de Brenda Navarro, pero cobra fuerza con Linea nigra y antologías posteriores como Maneras de escribir y ser/no ser madre (2021), coordinada por las ya mencionadas Ave Barrera y Lola Horner. 

[Aquí abro un paréntesis: si bien hay que reconocer que la centralidad que cobran las maternidades como tópico literario en esta época sí está íntimamente relacionado con los afectos de la protesta feminista, me parece que esta lectura puede resultar reduccionista. Me explico. De entrada, el tema de las maternidades feministas se moviliza mucho antes en la poesía con libros como Se llaman nebulosas (2010) de Maricela Guerrero, Atardecer en los suburbios (2011) de Minerva Reynosa y Caja negra que se llame como a mí (2015) de Diana Garza Islas. Así que hay que tomar con pincitas el argumento de que el tema surge en la narrativa y justo durante el epicentro de las movilizaciones feministas. Por otro lado, el tema de las maternidades siempre ha sido central en la obra de las escritoras mexicanas. Es cierto que se le ha ninguneado, pero no recurrir a la memoria histórica contribuye a la invisibilización del trabajo de otras. Dos ejemplos: Tierra seca (1945) de Indiana E. Nájera y Cena de cenizas (1975) de Asunción Izquierdo Albiñana. Además, en ambos libros, se habla de temas tan vigentes como el aborto, la violencia obstétrica y maternidades no normativas].

 El último giro que comienza a notarse en este año es una reflexión mucho más crítica de la diferencia y de los diferentes privilegios que supone habitar un cuerpo femenino y feminizado. Un ejemplo es el segundo volumen de la antología Tsunami, en el cual la institución literaria ya no importa y los textos están marcados explícitamente por la protesta feminista y se escribe con el cuerpo en la línea “para generar imaginaciones de otros presentes que construyan un futuro de vida y no de muerte. Para pensar cómo respondemos”. 

Otro ejemplo es Serie de circunstancias posibles en torno a una mujer mexicana de clase trabajadora (2021) de Yolanda Segura. A partir de la historia familiar, la poeta recupera la experiencia de una mujer de la clase trabajadora del siglo XX. Desde entonces, el cuerpo como zona de contacto con otros cuerpos, territorios y temporalidades se vuelve una forma de escritura feminista que construye un futuro de vida desde la diferencia y la búsqueda de un mínimo en común. 

Así llegamos a las protestas del 2021 que, aunque se vieron mermadas por la pandemia también se vieron impulsadas por el giro interseccional. 

Por ejemplo, el 8 de marzo se ondea por primera vez la bandera feminista interseccional, cuyos colores representan el feminismo (violeta), el aborto legal (verde) y el apoyo a las mujeres trans (rosa). En septiembre, se toma la Glorieta a Colón, hoy conocida como la Glorieta de las Mujeres que Luchan como un acto decolonial y feminista. Las escrituras feministas de este año se distinguen por buscar lugares seguros, fomentar el acompañamiento y reafirmar que la escritura es siempre un acto comunal y no una actividad individual. Por ejemplo, se publica Lucrecias (2021) de Diana del Ángel, Alejandra Arévalo, Gabriela Damián Miravete, Brenda Navarro y Alejandra Eme Vázquez, un ensayo especulativo a cinco manos donde el cuidado colectivo y el acuerpamiento se afirman como estrategias literarias feministas. 

También se publica El invencible verano de Liliana (2021), una obra donde Cristina Rivera Garza aborda el feminicidio de su hermana Liliana Rivera Garza en 1990. Tanto Lucrecias como El invencible… comparten el estilo de lo que Rivera Garza ha llamado escrituras desapropiativas, una forma de escritura que, a diferencia de la concepción tradicional de autoría como ejercicio individual, resalta la comunalidad y pluralidad en la práctica escritural a través de la reapropiación, reescritura y las referencias a otros textos y voces.

Ese mismo año, el libro de Rivera Garza gana el Premio Xavier Villaurrutia. Al darle el premio, se revaloriza la escritura feminista al mismo tiempo que se busca institucionalizarla. Lo curioso es que se intenta institucionalizar una perspectiva específica del feminismo, esa que está conectada con la lucha contra el feminicidio y que todavía no corta del todo sus lazos con la institución, un feminismo con una relación ambigua con la calle y que todavía no está seguro de que la incomodidad es una fuerza política que no podemos abandonar. 

Esta tensión de la escritura feminista con lo institucional seguirá en los siguientes años como con el premio Bellas Artes de Narrativa 2023 para la novela Feral (2022) de Gabriela Jauregui o el fenómeno editorial de Dahlia de la Cerda, que justamente funciona por su habilidad performática de habitar simultáneamente los zulos y la institución.

 En fin, creo que todavía es muy pronto para mapear los afectos y las escrituras que han surgido en los últimos dos años. Pero si noto un claro desplazamiento hacia la ternura y la importancia de los cuidados con libros como Fruto (2023) de Daniela Rea y Periferia (2023) de Diana del Ángel. También un feminismo —para quienes deciden seguir escribiendo desde esa etiqueta— inmerso en la pluralidad de cuerpos-territorios como queda plasmado en el tercer volumen de Tsunami (2024). Un Tsunami escrito por migrantes, profesoras, cuidadoras de abejas, ensayistas, antropólogas, defensoras del territorio que no busca la cohesión homogénea “sino la fricción, el conocimiento y el desconocimiento que vienen de la diferencia”. 

Los libros que aquí se citan como puntos afectivos en el mapa de la marea feminista son el resultado de su pegajosidad. Quiero decir, son libros que casi cualquier lectora citaría como pilares de los feminismos y que han ganado capital cultural justamente por su capacidad para mantenerse en la mira de las lectoras. Pero ya sabemos que las etiquetas siempre importan por aquello que no pueden aprehender. De entrada, no hay mención de la escritura de mujeres de pueblos originarios en este mapeo porque muchas de ellas rechazan la etiqueta feminista, y me parece un desacierto no hacerles caso. Pero, sin duda, escritorxs como Yásnaya Aguilar Gil, Susi Bentzulul, Ruperta Bautista, Elvis Guerra, Cruz Alejandra Lucas Juárez, Araceli Vázquez González, Nadia Ñuu Savi, entre muchxs más, están movilizando afectos que sacuden y desterritorializan a los feminismos. 

También cabe recordar que, sin las enseñanzas y resistencias del zapatismo, la primavera violeta no sería la misma. De manera similar, hay una relación ambigua entre la escritura feminista y trans* que subraya la importancia de seguir trabajando en espacios seguros para todas. Porque la literatura trans* mexicana existe y merece estar en el núcleo de la discusión: Alexandra R. DeRuiz, Frida Cartas, Lia García y Elisa de Gortari son algunos de los nombres indispensables para entendernos como mujeres que luchan por un futuro diferente. 

De igual manera, el mapeo privilegia la narrativa y una idea de la Literatura con mayúscula, cuando quizá lo más interesante está en el trabajo de escritoras y artistas que utilizan la palabra de otras maneras, como los cómics de Kareninja o las narrativas móviles de Irasema Fernández.

 Ojalá que los siguientes diez años de feminismos se mapeen a través de estas voces; que, si es necesario, se abandone la etiqueta feminista sin perder la memoria histórica y que la incomodidad nunca se institucionalice, para que el movimiento siga siendo un espacio de zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo para imaginar otros futuros posibles desde el presente.


Autores
(Tijuana, 1988) Es doctora en estudios hispánicos con una especialidad en estudios de género y sexualidad. Ha publicado reseñas en diversos medios, artículos académicos y es colaboradora de Hablemos escritoras. Actualmente vive en Estados Unidos donde es profesora investigadora. Su investigación se centra en el estudio de la producción cultural cuir de mujeres en México. Le interesa la construcción del canon, las teorías de los afectos, los movimientos feministas y transfeministas en Latinoamérica.
"Fogón", fotografía de Supayfotos/APEGA, 2016. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
“Fogón”, fotografía de Supayfotos/APEGA, 2016. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

Mu’yuk xa ta jve’tik chenek’ xchi’uk ixim:

Lekil ve’liletik

Ti ta sts’un jyayatik xchi’uk jmuk’totik.

Ta xch’ay ta joltik li smu’il itajetik:

Mu’yuk xa yik’ itaj ta sba k’ok.

Mu’yuk xa k’usi oy ta yut ve’ebal.

Mu’yuk xa ta xpaktinajik pat o’ntonal jyayatik.

Mu’yuk lo’il ta jujun sob.

Mu’yuk xa jk’eltik jmuk’totik ta sa’ik isak’ ta yut banamil.

Li jme’tike mu’yuk xa ta smeltsanik chenekul vaj,

Mu’yuk xa ta sbots’ik li xkuxlajtike.

Ja’ xa no’ox ta jk’eltik antsetik ta schol sbaik ta pizzerías,

Yu’un ta snojesik xch’ut ta pizza.

Viniketik, antsetik xchi’uk ololetik ta sk’an ta snojesik sch’utik.

Anil no’ox ta sk’an ta slajesik li xchamele

Ta slajesik sve’el ti noj ta chamele.

Viniketik chololik ta smanik hamburguesas,

Jubem ololetik ta sa’ sreskuik juju likel,

Ta xuch’ik li chamele,

Ch’ilbil isak’etik ta xanav ta sbik’ilik,

Ta xanav xepu’ ta sbe xch’ich’elik.

Empresarios k’ulejetik,

ta sk’an stak’inik

ta smilanan antsetik viniketik xchi’uk k’usi ta xchonananik,

ta sk’an ta jlajesbetik ti k’usi ta xchonike,

li ve’lile noj ta chamel.

Mu’yuk xk’uxubil yo’ontonik,

Noj li ve’ebaletike.

Noj xa ta jbik’iltik li cancere;Ta xavan ta jch’utik, ta ovarios, ta vesícula;

Ta xanav ta stekel jbek’taltik

Mu’yuk xa xpoxtael,

Yu’un te xa oy ta yut jbek’taltik,

ta jbakiltik.

OLVIDAMOS LA SABIDURÍA DE LOS ABUELOS

Dejamos de comer frijol y maíz:

alimentos sagrados

cosechados por nuestras abuelas y abuelos.

Olvidamos el sabor de las verduras:

no hay aroma de hojas verdes cociéndose en el fogón.

Nada habita en aquella cocina de madera.

Nuestras abuelas ya no están en el fogón

torteando nuestras esperanzas.

Ya no existen las pláticas por las mañanas.

No hay conexión con el fuego.

Ya no vemos a nuestros abuelos

buscar cueza bajo la tierra en épocas de sequía.

Nuestras mamás ya no hacen tamales de frijol,

sus manos ya no amasan nuestros días.

Solo vemos mujeres haciendo filas en pizzerías,

esperando alimentar su estómago con pizzas congeladas por años.

Hombres, mujeres y niños buscan saciar su hambre.

Caos y desesperación por comer su propia muerte

y envenenarse con la sustancia de la maldita muerte.

Hombres haciendo filas para comer hamburguesas,

niños obesos sirviéndose refrescos una y otra vez en el refill,

bebiendo la oscura tristeza,

papas saladas recorriendo sus intestinos,

grasas saturadas caminando en sus venas.

Empresarios ricos,

ansiosos por llenar sus bolsillos

causando muertes con falsa felicidad,

nos hacen adictos para comer sin parar,

satisfaciendo nuestro estómago con pequeñas dosis de muerte.

Industrias alimentarias inconscientes,

franquicias por todos lados…

Son una plaga.

Mientras,

el cáncer invade intestinos; camina en el colon, en los ovarios, en la vesícula;

camina en todo nuestro cuerpo

y no hay salida,

se aloja en nosotros mismos,

en cada partícula del cuerpo,

en cada espacio de nuestros huesos.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.

¡Que me posean ya los misterios que no tienen solución!

Porque tiene que haber más

¡Este mundo no me basta!

Tiene que haber otra cosa.

Daniela L Guzman,
“Tal vez Elisa Lam era una chica como yo”

Hace unas semanas, se hizo viral en Tiktok una serie de videos que afirmaban que la élite estadounidense tenía fiestas donde el plato principal era carne de sirena. Mirarlos me mandó al lado conspiracionista de Tiktok, un lugar divertido al principio, alarmante al final, en el que he caído una decena de veces desde que descargué la aplicación hace unos años.

En ese lado de Tiktok, desfilan por igual personas que se comunican con los aliens, terraplanistas, cazadores de fantasmas, las clásicas teorías de la muerte y suplantación de Avril Lavinge, las especulaciones sobre la muerte de Elisa Lam en el hotel Cecil, videos de los seres que aterrorizan los Apalaches y mucho, mucho más. Cientos de teorías se desplegaron ante mis ojos y me consumieron a lo largo de la semana que me permití estar ahí.

De alguna manera, ver todo eso sin realmente creerlo se sintió como una bocanada de aire fresco; era una ventana a un lado del mundo en el que hace mucho que ya no creo: lo extraño, lo místico y lo peligrosamente sobrenatural. Los aliens que se comunican con nosotros por medio de círculos en las cosechas, el triángulo de las Bermudas que nos transporta a otra dimensión, la ciudad perdida de Atlantis, las sirenas que se esconden de nosotros en medio del mar infinito, todo lo que en algún momento de mi niñez me había parecido el misterio alrededor del cual se desarrollaría mi vida.

Chupacabras

Nací el año del primer avistamiento del Chupacabras, bendito 1995 de críptidos y ganados perdidos. En ese entonces, aunque ya existían los términos “criptozoología” y “criptoarqueología”, un supuesto video de Pie Grande ya daba la vuelta al globo y decenas de personas buscaban a Nessie entre las aguas profundas del Loch Ness en Escocia; aunque la International Society of Cryptozoology estaba por cumplir su aniversario número quince, nuestro país apenas se ubicaba en un mapa del que no saldría jamás: el de las criaturas imposibles de encontrar. Escurridizas, míticas, crípticas. 

México se convertía, junto a Puerto Rico, en una de las casas del chupacabras, marcando a toda una generación con noticieros, bandas tributo, caricaturas y noticias alarmantes. La fiebre del chupacabras alcanzó a todo el país y se extendió por el continente entero, pronto hubo avistamientos desde Estados Unidos hasta Chile. 

Críptidos y criptozoología

En 1955, el biólogo frances Bernard Heuvelmans publicó On the Track of Unknown Animals, el libro que daría origen a una nueva rama de la zoología: la criptozoología, dedicada al estudio de los animales ocultos, los animales escondidos, que desde entonces fueron conocidos como “críptidos”, aquellos de los que solo hay especulaciones y muy poca evidencia. 

Con su libro, Heuvelmans seguía el camino del antiguo director del Royal Zoological and Botanical Gardens: A. C. Ouderman y su libro publicado con motivo de una serie de avistamientos de serpientes acuáticas gigantes, The Great Serpent Snake de 1892.

Heuvelmans estaba decidido a seguir la pista de los críptidos de los que escuchaba algún rumor: el yeti, el monstruo del lago Ness, Pie Grande y muchos otros. Fue de Escocia a Malasia y publicó cientos de estudios más. Su rigor científico le ganó el beneficio de la duda, por más que sus objetos de estudio fueran menos que convencionales y en 1982, después de su fundación, se convirtió en el presidente de la International Society of Cryptozoology, una institución dedicada puramente a la criptozoología y conformada por una serie de científicos que, al lado de Heuvelmans, decidieron dedicar sus carreras a los animales ocultos. La Sociedad Internacional de Criptozoología contó, a lo largo de su duración, con una publicación académica periódica, donantes y una decena de científicos dispuestos a colaborar.

Entre los críptidos más famosos, que luego dejaron de serlo, nombrados en la web de la sociedad, destacan el dragón de komodo, el okapi y el panda gigante; aunque es cierto que la mayor parte de los científicos de la Sociedad prefirieron ir tras el rastro de Pie Grande.

Demasiada realidad

Ahora, décadas después, pocos críptidos se abren paso en las noticias internacionales. ¿Qué nos pasó? ¿Ya nadie cree en lo extraño, en las civilizaciones perdidas, en los aliens que vendrán a salvarnos a todos? 

Al menos, nadie que conozca lo hace, no de verdad. Todos pensamos que sería divertido que esas cosas exitieran, algunos hasta culpan al duende de su casa por perderles las llaves. Pero pocos siguen creyendo de verdad. La realidad de nuestro país es demasiado oscura como para eso. Es una oscuridad triste, llena de hartazgo, demasiado real.

Desaparecidos, asesinatos, campos de extermino, el país que se hunde en la violencia y el dolor, todo eso parece incompatible con lo místico y lo críptico, con los animales que queremos desear que existan. ¿Quién necesita al chupacabras cuando cada mes se descubre un nuevo nivel de horror y de violencia?

Atlántida

Según Platón, los dioses se enojaron tanto con la Atlántida, que mandaron “una terrible noche de fuego y terremotos” para arrojar a la antigua civilización a lo más profundo del mar.

Cuando era niña, imaginaba las olas cubriéndolo todo, los terremotos que destrozaban la tierra, la ciudad siendo absorbida por un mar furioso. Luego, la calma, las olas deslizándose en la superficie marina como si nada hubiera pasado.

La Atlántida, el triángulo de las Bermudas y Nessie en su lago en Escocia encabezaban la lista de asuntos de los que, pensaba, se trataría la vida adulta. Desde luego, creí, de grande me subiría a muchos barcos, o muchos aviones, dependería del día, y tendría que tener cuidado en navegar lejos del triángulo de las Bermudas para no entrar en una dimensión desconocida. Desde luego, pensaba, la exploración de la Atlántida nos llevaría a mi equipo y a mí por lo menos una semana, pero confiaba en que la encontraría. Confiaba en que al ir a Escocia, el monstruo asomaría su cabeza para saludarme solo a mí. 

Creer en algo

Quiero pensar que el año de mi nacimiento, ese delgado hilo que me une a uno de los críptidos más famosos del planeta, vaticinó para mi futuro y, el de toda mi generación, la inmensa fascinación que sentiríamos por todo lo oculto: los mitos, las civilizaciones perdidas, los animales de los que solo podemos especular, los rastros perdidos de algo más grande que nosotros.

No creo ser la única que se fascina por lo extraño. Tal vez en el fondo solo sea un deseo par algo más. Quiero algo que sea nuevo, distinto, un susurro de que el mundo es mucho más grande, mucho más vasto y mucho más misterioso de lo que puedo imaginar.

Estoy harta de lo que tiene solución, de las respuestas lógicas y las explicaciones que tienen sentido. Quiero el continente perdido de Lemuria y los sasquatch que cruzan la selva. Quiero que el chupacabras sea real, que el documental de Discovery Chanel en el que proponían la teoría de “el mono del agua” que explicaba la existencia de las sirenas sea la realidad. Sirenas, hadas, un pleciosauro que vive en un lago en Escocia, los aliens que construyeron las pirámides, la fuerza oscura que se llevó a Elisa Lam y la ahogó en el Hotel Cecil. Quiero que todo eso sea real.

Pero, ¿qué queda? Ver videos por Tiktok, mirar las predicciones de la médium que dice que esta vez sí, esta vez las naves nodrizas serán visibles para todos desde el cielo estadounidense, y desear que el mundo vuelva a su curso natural de misterios y sirenas.

Que regrese Atlatis en todo su esplendor, que las fuerzas místicas se manifiesten. Que vengan Pie Grande y Nessie, que el Mothman vuele por los cielos. Que los aliens por fin se muestren en vivo y a todo color y respondan de una vez por todas si realmente cuidan a Tampico de los huracanes. Quiero el noticiero de Javier Alatorre donde dijeron que el chupacabras era un “murciélago chistosón” y los cuerpos alienígenas de Jaime Maussan. Quiero el mundo donde importan las energías místicas y donde las personas sombra se pasean por los edificios de la Ciudad de México.

Eso es mejor que la soledad de existir día tras día en una rutina infinita. Existir por existir, con responsabilidades vacías, con sueños pequeños. Mejor Lemuria, mejor Atlantis, mejor los reptilianos y la rata gigante de la Merced. Mejor los dinosaurios que habitan en el centro de la tierra a esta realidad dolorosa donde culparon a los perros salvajes de haber cometido los crímenes del chupacabras; donde ya no nos emocionamos por la sombra de Pie Grande cruzando la selva. 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Portada de "Jaws", 1975. Dir. Steven Spielberg. Ilustración de Roger Kastel. Universal Pictures
Portada de “Jaws”, 1975. Dir. Steven Spielberg. Ilustración de Roger Kastel. Universal Pictures

Cada año mueren más personas por cocos que caen de palmeras que asesinadas por tiburones. Esto lo dice la International Shark Attack File (ISAF), la única base de datos científicamente constituida que documenta los ataques de tiburones cada año en todo el mundo. En el 2024, fueron ochenta y ocho entre ataques a embarcaciones, incidentes en cautiverio y mordidas. En el caso de las mordidas, esta institución marca la diferencia entre “mordidas no provocadas”, que son incidentes en los que se produce una mordedura a un humano vivo en el hábitat natural del tiburón sin que este haya sido provocado por el ser humano; y “mordidas provocadas” que se producen cuando un ser humano inicia de algún modo la interacción con un tiburón. Por ejemplo, mordeduras a buceadores que acosan o intentan tocar a los tiburones, mordeduras a pescadores submarinos, mordeduras a personas que intentan dar de comer a los tiburones, mordeduras que se producen al desenganchar o sacar a un tiburón de una red de pesca, etcétera. De estos ochenta y ocho ataques, siete fueron fatales, de los cuales cuatro fueron “no provocados”. Este número se mantiene en el promedio anual de cinco ataques fatales causados por tiburones. En contraste, aproximadamente ciento cincuenta personas mueren al año por cocos que caen de palmeras.

¿Por qué este dato parece absurdo? ¿No son los tiburones sanguinarias bestias que comen humanos? En la cultura popular, los tiburones —y en específico los tiburones blancos— tienen un halo de peligrosidad y fatalidad que en realidad es una visión distorsionada que no corresponde con el comportamiento de estos animales. El gran tiburón blanco o Carcharodon carcharias es un depredador ápice, es decir, que no tiene depredador y suele cazar grandes animales marinos. La magnitud de su poder físico es impresionante. Sin embargo, no es un “enemigo” natural del ser humano. La idea monstruosa del tiburón blanco que se tiene en el presente, en parte se alimentó de representaciones culturales que exaltaron las cualidades violentas de su ser depredador. Una de ellas, y tal vez la que tuvo mayor responsabilidad, fue la película Jaws (Tiburón) de 1975.

Sin embargo, este solamente es un capítulo de los capítulos más recientes en la historia cultural de los animales marinos. En la Antigüedad y la Edad Media, algunos animales que habitan los océanos fueron vistos como seres bestiales y eran asociados a seres mitológicos; los cetáceos y el leviatán eran parte de la misma categoría. En las cartas de navegación, las monstruosidades acuáticas nadaban entre los meridianos y las rosas de los vientos. Esta expresión iconográfica materializaba la incertidumbre que rodeaba a los océanos en la cosmovisión de aquellas épocas.

Monstruo marino en la Carta Marina (1555) de Olaus Magnum
Monstruo marino en la Carta Marina (1555) de Olaus Magnum

El desarrollo de las ciencias de la vida fue un largo camino en el que la historia natural —basada en prácticas descriptivas sobre los animales, plantas, hongos y minerales—, dio paso a la biología y otras disciplinas. En este viaje los animales fueron perdiendo su carácter mitológico y hubo una diferenciación clara entre los animales como objetos de estudio científico, y los monstruos que solamente habitaban los relatos ficticios.

Jaws, basada en la novela homónima de Peter Benchley, fue dirigida por un joven Steven Spielberg. Este filme cambió la historia del cine industrial pues en la época del llamado nuevo Hollywood inauguró la tradición de los blockbusters de verano. Antes del éxito de esta película, los estudios hollywoodenses no consideraban el verano como la mejor época para estrenar películas importantes. Jaws terminó con esa idea al demostrar que una película bien promocionada podía atraer multitudes en la temporada veraniega. Se considera que esta película fue el primer blockbuster veraniego, concepto que luego se consolidaría con Star Wars de 1977.

El estilo de dirección de Spielberg recuerda a las clásicas películas de suspenso de Hitchcock. El enorme y sanguinario tiburón blanco que acecha las playas de Amity, aparece relativamente poco tiempo en pantalla. Quienes saben y han escrito sobre la historia del cine, han dicho que esta herramienta narrativa pareciera alimentar la sensación de peligro desconocido, la angustia de estar siendo perseguido por una anónima amenaza. Sin embargo, la razón por la cual el monstruo apareció poco en la película fue que las réplicas neumáticas de tiburones construidas para la película, a veces simplemente no funcionaban. Los tiburones mecánicos sufrían constantes averías debido a la filtración de agua salada en las mangueras neumáticas y la fractura de su estructura por la presión del agua. Esto fue parte de una serie de complicaciones que sucedieron durante la producción; desde embarcaciones ajenas al set que aparecían en pantalla hasta que las cámaras se mojaran, pasando por la vez en la que el barco Orca comenzó a hundirse con los actores a bordo.

Otro elemento icónico que fue fundamental para el gran éxito de Jaws en la cultura popular fue su banda sonora, obra de John Williams, quien se consolidó como uno de los grandes compositores de bandas sonoras para el cine. Su icónica melodía de dos notas separadas por un semitono fue inspirada totalmente en los primeros compases del 4to movimiento de la Novena Sinfonía  del compositor checo Antonín Dvořák. En la música de Jaws también se asoman acordes al estilo de Igor Stravisnky en la Consagración de la Primavera (para saber más sobre este compositor ruso y esa obra en particular véase aquí )

Como parte del fenómeno mercantil y mediático de la cultura popular estadounidense, Jaws tiene un lugar ciertamente especial. Si bien no fue la primera película en mostrar bestias zoológicas que son enemigas mortales del ser humano, como en el filme Them! (1954) en el que aparecen gigantes hormigas, Jaws inauguró un género cinematográfico protagonizado por animales-monstruos.

Them! (1954) Dir. Gordon Douglas
Them! (1954) Dir. Gordon Douglas

Además de las secuelas de Jaws, que no fueron dirigidas por Spielberg y fueron castigadas por la crítica, a partir de finales de la década de 1970, emergieron una serie de filmes como Orca: the killer whale (1977), Jurassic Park (1993), Anaconda (1997), Deep Blue Sea (1999) y The Meg (2018), entre muchos otros. Estas expresiones cinematográficas que representan a ciertos animales depredadores como bestias sanguinarias que no buscan sino asesinar perversamente al ser humano, es sintomática de una distorsión ideológica de la diferencia entre nuestra especie y el resto de animales. Este divorcio implica proyectar una serie de valores antropocéntricos a algunos animales, promoviendo una enemistad intrínseca entre los bestiales animales depredadores y el ser humano, víctima del salvajismo de estos seres. En la realidad, todo se invierte. Es claro cuál es la especie animal (no en su totalidad, sino que algunos subconjuntos) que ha depredado a otros seres y es un riesgo mortal latente y desenfrenado para el planeta. Y no, no es el gran tiburón blanco.


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Introducción

El fin de la Guerra de los Doce Días en Gaza no marcó el cese de la agresión, sino la transición a una fase regional mucho más volátil y expansiva. Si bien las narrativas occidentales intentan presentarla como una escalada aislada, la guerra fue, de hecho, un punto de inflexión en una estrategia de resistencia interconectada que se extiende de Teherán a Beirut, de Saná a Damasco. Esta fase no es de desescalada, sino de reorientación. La calma posterior es engañosa, una tregua táctica temporal mientras todas las partes se reconfiguran para la siguiente confrontación inevitable.

1. Enmarcando la región de la posguerra: la calma antes de una tormenta regional

Para el Eje de la Resistencia, la guerra reafirmó verdades cruciales: la entidad sionista está en declive estratégico, Estados Unidos está desbordado y es cada vez más ineficaz a la hora de imponer resultados políticos, e Irán se mantiene resiliente, ideológicamente arraigado, militarmente capaz y diplomáticamente paciente. Como afirmó el Líder Supremo de Irán, el imán Sayyid Ali Khamenei, tras el enfrentamiento en Gaza: “El régimen sionista se debilita cada día… Esto no es una mera predicción; es una realidad que toma forma sobre el terreno”.1 

El papel de Irán durante la Guerra de los Doce Días no fue una intervención militar directa, sino una orquestación estratégica. La firmeza de Teherán garantizó una respuesta unificada del Eje, coordinando estrechamente la campaña de presión de Hezbolá en el norte con las acciones de la Resistencia Islámica en Gaza y las operaciones a largo plazo de Ansarullah en el Mar Rojo. Esta intervención multidireccional reveló un cambio doctrinal fundamental en la resistencia regional: la disuasión ya no es defensiva, sino calibrada, prospectiva y preventiva.

La profundidad estratégica de la República Islámica se ha expandido no solo geográficamente, sino también intelectualmente. Su modelo, que combina ideología, disuasión militar y alianzas regionales, ha encontrado fuerza más allá de sus fronteras. El difunto comandante de la Fuerza Quds iraní, el teniente general Qassem Soleimani, declaró célebremente: “Nuestro campo de batalla es toda la geografía de la Resistencia. Dondequiera que exista la opresión, estaremos presentes: con el pensamiento, con el apoyo, con la resistencia”.2

Ese principio sigue vigente y ahora se pone en práctica mediante ataques de precisión desde el Líbano, drones sobre la Palestina ocupada y misiles desde el Yemen.

2. La resistencia como doctrina estratégica en un panorama geopolítico cambiante

La intervención de Hezbolá en la frontera libanesa demostró una vez más que cualquier guerra futura ya no se limitará a Gaza. Más bien, será multifrontal, asimétrica y orientada al desgaste acumulativo. En su discurso de posguerra, el secretario general de Hezbolá, el mártir Sayyed Hassan Nasrallah, enfatizó: “Lo que viene a continuación no es como lo anterior. La Resistencia está lista, paciente y alerta. El enemigo lo sabe y tiembla ante las consecuencias”.3

Mientras Tel Aviv celebra públicamente su supervivencia, su mando estratégico es plenamente consciente de su vulnerabilidad a largo plazo. El estamento militar de la entidad israelí se enfrenta ahora a lo que un general retirado denominó una crisis geográfica, de legitimidad y de moral.4 Esta fragilidad ha envalentonado no solo a los grupos de resistencia palestinos, sino también a movimientos regionales que antes dudaban en involucrarse directamente.

Al mismo tiempo, la participación de Estados Unidos en la guerra, y su política más amplia en la región, sigue siendo de obstrucción y desestabilización. Su presencia militar en Siria, su apoyo logístico a las operaciones israelíes y sus implacables sanciones contra Irán exponen la contradicción fundamental de su política regional: Estados Unidos predica la estabilidad mientras promueve una guerra perpetua. En realidad, Washington se ha convertido en un facilitador de crímenes de guerra bajo el pretexto de alianzas estratégicas.

Este artículo analiza la evolución del orden regional tras el conflicto y explora la creciente probabilidad de una nueva guerra entre Hezbolá y la entidad israelí, los peligros que plantea la rápida normalización de las relaciones en Siria y la persistente y no resuelta confrontación entre Irán y el Israel sionista. Estos no son acontecimientos aislados, sino expresiones de una lucha histórica más amplia: la resistencia de naciones y pueblos soberanos contra un orden impuesto desde el extranjero.

El Eje de la Resistencia no se limita a responder a la agresión, sino que redefine los términos del enfrentamiento. No se trata de un bloque reaccionario, sino de una fuerza estratégica, ideológicamente coherente y en plena maduración militar. Sus cimientos no se basan únicamente en armas y alianzas, sino en la profunda convicción de que la liberación es tanto un derecho como un deber.

Consecuencias de la Guerra de los Doce Días: resultados tácticos y cálculos estratégicos

La Guerra de los Doce Días no culminó con la victoria de la entidad sionista, ni se pretendía que así fuera. El objetivo de Israel, como siempre, no era lograr una solución estratégica, sino ganar tiempo, infligir destrucción masiva e intentar reafirmar su disuasión mediante la fuerza bruta. Lo que expuso, en cambio, fue la creciente erosión de la coherencia militar israelí, la creciente confianza estratégica del Eje de la Resistencia y la fragilidad de la hegemonía regional respaldada por Estados Unidos.

1. Evaluación del equilibrio de poder entre el Eje de la Resistencia y la entidad israelí

Para las fuerzas de ocupación israelíes, la guerra generó más preguntas que respuestas. A pesar de lanzar miles de ataques aéreos y desplegar unidades terrestres de élite en Gaza y sus alrededores, las facciones de la Resistencia mantuvieron el mando operativo, atacaron los movimientos enemigos con creciente precisión y expandieron su campaña de guerra psicológica a las profundidades de la sociedad israelí. La guerra, en efecto, invirtió los roles: fue la ocupación la que operó en modo reactivo, mientras que las fuerzas de la Resistencia tomaron la iniciativa.5

Lo ocurrido en la frontera libanesa agravó aún más la situación israelí. Las intervenciones calibradas de Hezbolá, las operaciones diarias dirigidas a puestos de avanzada, la infraestructura de vigilancia y las concentraciones de tropas sionistas en el norte, no fueron meros actos de solidaridad, sino parte de una doctrina de presión multifrontal, diseñada para diluir la presencia militar israelí y exponer sus vulnerabilidades en el norte. En su discurso posterior a la guerra, el mártir Sayyed Hassan Nasrallah declaró: “Cuando Gaza es atacada, la Resistencia en el Líbano no se queda de brazos cruzados. Formamos parte del mismo cuerpo, y el enemigo sabe que al atacar un punto débil, todo el cuerpo reacciona”.6

Esta sinergia operativa en Gaza, Líbano e incluso Yemen apunta a una evolución transformadora en la guerra de resistencia: de frentes desconectados a ejes de desgaste coordinados. Los analistas israelíes han comenzado a reconocer esta realidad. Una evaluación posbélica publicada por el centro de estudios sionista INSS (Institute for National Security Studies) señaló: “Israel se enfrenta a un escenario para el cual no puede prepararse: una guerra en múltiples teatros que explota la asimetría, la geografía y los medios de comunicación de maneras para las cuales las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] no tienen una solución doctrinal”.7

2. Repercusiones psicológicas y militares para el régimen sionista

Desde una perspectiva estratégica, la guerra consolidó dos resultados. En primer lugar, confirmó la eficacia de la guerra asimétrica cuando se sustenta en la claridad ideológica y la coordinación regional. En las últimas dos décadas, el Eje de la Resistencia ha evolucionado desde una militancia localizada hacia un sistema de disuasión integrado regionalmente, capaz de asestar ataques simultáneos y selectivos por tierra, aire y mar. La doctrina militar de Teherán, que prioriza la disuasión estratificada y la resiliencia sobre la guerra convencional, se reflejó claramente en la estructura táctica de esta guerra. En segundo lugar, demostró que el frente interno israelí ya no es inmune. Las imágenes de colonos huyendo de los asentamientos del norte, las interrupciones en los centros económicos y las sirenas de misiles que llegan a Tel Aviv y más allá apuntan a una ruptura psicológica. El Estado de Israel ya no puede garantizar la seguridad de su población, pilar fundamental de su legitimidad.8 

Por lo tanto, esta guerra ha puesto de manifiesto una asimetría estratégica: mientras Israel sigue dependiendo de herramientas de alta tecnología, el transporte aéreo estadounidense y las narrativas de los medios occidentales, la Resistencia se nutre de la legitimidad popular, la adaptación al terreno y la convicción ideológica. Estados Unidos, por su parte, continúa ofreciendo un apoyo integral a la ocupación, tanto militar como financiero y diplomático, consolidándose aún más como cómplice de la desestabilización regional.

Como enfatizó Sayyed Ali Khamenei después del alto el fuego: “Lo que se logró no es solo una victoria militar. Es un despertar estratégico. El colapso del enemigo no se declarará de un momento a otro; es un proceso, y estamos presenciando su desarrollo”. La Guerra de los Doce Días marca así un punto de inflexión, no a favor del alto el fuego o de las negociaciones, sino a favor de la consolidación de la Resistencia. Además, preparó el escenario para la siguiente fase del conflicto, donde la iniciativa estratégica ya no está en manos de quienes tienen la superioridad aérea, sino de quienes controlan la voluntad del pueblo, el terreno de la resistencia y el futuro de la soberanía.

Líbano al borde del abismo: una nueva confrontación en el horizonte

A medida que se asienta la polvareda tras la Guerra de los Doce Días, el frente libanés vuelve a pasar de una postura de disuasión calibrada a una de confrontación inminente. El frágil statu quo que definió los últimos meses, marcado por las represalias controladas de Hezbolá y la contención táctica israelí, ha alcanzado un punto de saturación. Con la doctrina de seguridad del régimen sionista fracturada y su mando norte al límite, las perspectivas de una guerra extendida a lo largo de la frontera entre Líbano y Palestina ya no son hipotéticas, sino pronosticadas.

1. La postura de escalada de Hezbolá: disuasión, preparación y combates de precisión

Para la Resistencia en el Líbano, esta fase no es una mera reacción a la agresión israelí. Se trata de un reajuste estratégico preventivo, basado tanto en la doctrina de la resistencia integrada como en las lecciones aprendidas de los recientes fracasos del enemigo. Desde octubre de 2023, Hezbolá ha llevado a cabo operaciones casi diarias contra puestos de avanzada de entidades israelíes, unidades de tanques Merkava, globos de vigilancia y baterías Cúpula de Hierro con precisión inquebrantable. Cada una de estas acciones ha tenido un alcance limitado, pero un propósito profundamente efectivo: debilitar, fragmentar y exponer la infraestructura militar de la ocupación en el norte.9 Como advirtió Sayyed Hassan Nasrallah en su discurso más reciente: “Lo que ven hoy en la frontera es solo una fracción de nuestras capacidades. Si el enemigo se atreve a intensificar la situación, será testigo de una respuesta de una magnitud jamás imaginada, una que podría cambiar la faz de la región”.10

La postura de Hezbolá no es de guerra total, sino de desgaste gradual. Esto se evidencia en el ritmo de las operaciones, disciplinadas, variadas y psicológicamente dirigidas a socavar la moral israelí. Los soldados israelíes estacionados en el norte han expresado abiertamente su temor y frustración por su prolongada exposición, y varios analistas militares advierten que “las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) ya no controlan el ritmo del enfrentamiento en el norte”.11

Pero Hezbolá no solo se prepara para una guerra ampliada, sino que la está moldeando. Desde una perspectiva operativa, el movimiento ha avanzado hacia una nueva era de versatilidad en el campo de batalla. La integración de vehículos aéreos no tripulados (UAV), el reconocimiento cibernético, la logística subterránea y la descentralización de misiles apuntan a una arquitectura de resistencia moderna. Estas capacidades se ven reforzadas por la asesoría y la experiencia técnica iraníes, conformando lo que los analistas ahora denominan un modelo de fusión de resistencia, una combinación perfecta de ideología, tecnología y estrategia de guerrilla.12

2. Los fracasos israelíes en el norte y la doctrina del colapso preventivo

Desde la perspectiva de la entidad israelí, el frente norte ya no es una zona de contención, sino un lastre. La reciente evacuación de más de 60 000 colonos de ciudades fronterizas como Kiryat, Shmona y Metula no solo han costado millones a la economía sionista en compensaciones, sino que también han destrozado el mito de la invencibilidad territorial israelí. El proyecto de ingeniería demográfica de la ocupación, diseñado para judaizar el norte de Palestina, se ha visto prácticamente frenado por la persistente amenaza del poder de fuego de Hezbolá.13

Mientras tanto, el papel de Estados Unidos sigue siendo previsiblemente desestabilizador. Al reforzar las capacidades militares de Israel con municiones guiadas de precisión, sistemas conjuntos de defensa aérea e inteligencia satelital, Washington es cómplice directo de alentar un error de cálculo israelí que podría desencadenar una guerra a gran escala en suelo libanés. La presencia naval estadounidense en el Mediterráneo Oriental, presentada como “disuasión”, no hace más que acrecentar la tensión regional, recordando que la política estadounidense en el Líbano no es de mantenimiento de la paz, sino de escalada.

Sin embargo, en este momento precario, Hezbolá lleva la delantera, no por su superioridad armamentística, sino por su claridad estratégica. La Resistencia en el Líbano no busca la guerra, pero no la teme. Su estrategia en el campo de batalla no se guía por presiones diplomáticas efímeras, sino por una visión a largo plazo de liberación, soberanía y equilibrio de disuasión. En este contexto, la próxima confrontación, si estalla, no se limitará al Líbano o Palestina, sino que involucrará a todo el Eje de la Resistencia, desde Bagdad hasta Saná.

El mensaje de Hezbolá al régimen sionista y a sus aliados occidentales permanece inalterado: cualquier guerra será total, multidimensional y transformadora. Y esta vez, las reglas del juego no las dictarán Tel Aviv ni Washington, sino la propia Resistencia.


Autores
Madre de tres hijos. Tiene un doctorado en Gestión por la Escuela Doctoral de la Universidad Libanesa, con una tesis sobre "El efecto de las diferencias intergeneracionales en la productividad laboral en el Líbano". Además, posee dos maestrías por la misma universidad: una sobre "El efecto de la política en la inversión extranjera directa en el Líbano" y otra sobre "La aplicación de la gestión del conocimiento en una institución de medios". También es miembro de la Red de Medios Blue Peace para la gestión transfronteriza del agua en Medio Oriente. Osman es profesora universitaria en la Universidad Internacional Libanesa y en la Universidad Maaref. Conduce y produce el programa político The MidEaStream. Es escritora y sus comentarios sobre asuntos de Asia Occidental han sido publicados en diversos medios de comunicación internacionales y regionales.

Los perpetuos problemas de humedad en el techo de mi departamento y la ineficiencia, perpetua también, de la administración en turno que, teóricamente al menos, vela por el bienestar de la unidad habitacional en la que vivo han producido tres cambios considerables en mi vida. El primero es el desarrollo de un preocupante fervor religioso por diferentes marcas de deshumidificadores. El segundo es que ahora tengo un odio visceral por cualquier lluvia y me atemoriza como si se tratara del diluvio bíblico. El tercero es que, por primera vez en los ocho años que llevo viviendo aquí, asistí a una asamblea vecinal.

Entre los motivos para mi falta de civismo está la brecha generacional con los vecinos, que han envejecido a la par de los edificios y consideran a cualquier persona menor de 40 años un niño. También se debe a que las asambleas se celebran en horarios que atentan contra el sentido común de los sábados en la mañana. Pero, sin duda, el principal motivo era que, hasta este momento, no había tenido un problema que me obligara a depender de la poco apreciada, pero siempre socorrida, participación comunitaria.

9:00 am

Llegué a la cita y comprobé que la mayoría de mis vecinos piensa lo mismo que yo, y maldije su buena suerte de no vivir en el último piso. Con una asistencia que probablemente alcanzó el 0.05% de la población condominal, se repartieron papeles de colores para ejercer el voto popular a mano alzada y nos invitaron a regresar una hora después, cuando el quórum fuera más numeroso.

10:00 am

Procedimos a elegir tres escrutadores, un secretario y un presidente de la asamblea. Mientras los asistentes recurrentes vetaban a una serie de vecinos problemáticos para no presidir ninguna asamblea en el futuro cercano, me sorprendí por la cantidad de personas bañadas a esa hora y me avergoncé por haber llegado en pants. El presidente fue electo por una mayoría de doce votos contra nueve y leyó un discurso sobre su breve mandato. Alguien gritó que el micrófono no servía. Me pregunté si los problemas de sonido se debían a una cuestión técnica de las bocinas o a una cuestión anatómica de los asistentes, quienes superaban, casi todos, los setenta años. 

Frente a mí, una señora probaba con un cojín todas las sillas de la fila y un perro, con moñitos y dermatitis aguda, descansaba junto a su dueño. 

11:00 am

Después de que el presidente de la asamblea terminara su discurso, leyó los doce puntos que conformaban  la orden del día. Mientras la señora del cojín escogía por fin una silla óptima, oí con horror que la impermeabilización estaba en el penúltimo punto de los asuntos por discutir.

El administrador del condominio, diferente del recién electo presidente de la asamblea, dio pie al primer punto de la lista: una larga perorata sobre la dura vida de los administradores condominales. Ahí aprendí que hay quien, por voluntad propia, elige administrar un lugar en el que no vive. 

La candidata perdedora para presidir la asamblea interrumpió la lectura del punto número uno y conminó al de por sí nada elocuente orador a certificarse como administrador competente en la PROSOC. Al resto, nos invitó a sumarnos a COPACO y a eso le siguió una lista de otras siglas que sonaban como SEGAP, LEDEC y FICUM.

12:00 pm

Me distraje, pero creo que en algún momento avanzamos al quinto punto de la orden del día: repavimentar el andador principal porque alguien se cayó.

Para discutir el séptimo punto, la candidata perdedora citó el artículo 43, fracción 12, inciso E del reglamento general de condóminos, que consistía en las infracciones por pasear perros sin correa. Esto evolucionó en el problema eterno de las heces fecales perrunas y los orines de borracho, que se amontonan todos en la misma desafortunada esquina.

Mientras pensaba en la dificultad de decir en voz alta caca de perro, un representante de mi grupo etario habló sobre la falta de participación de los inquilinos sin voto ni propiedades. Lo felicitaron por su juventud y abandonó la asamblea.

1:00 pm

Movieron a la sombra al perro con moñitos y dermatitis aguda. La candidata perdedora intervino para pedir que las intervenciones no fueran de más de dos minutos y preguntó si los miembros de la mesa directiva estaban registrados ante la SECUM.

Alguien se quejó por el ruido que generan las podadoras de combustión interna y advirtió sobre el peligro de atentar contra los olivos. Hace tiempo, el encargado de podar los árboles de la unidad pasó la noche en la delegación por una denuncia anónima que lo acusaba de atentar contra los individuos arbóreos.

Noto que el amante de los olivos conjuga perfectamente el verbo satisfacer. 

Alguien más, con una voz que sugiere una vida dedicada al tabaquismo y un grado avanzado de enfisema, nos recomendó tomar un curso de contabilidad.

Vamos en el punto nueve, ojalá me hubiera bañado antes de venir

2:00 pm 

Hace tiempo que la señora del cojín, el perro con moñitos y el amante de los olivos abandonaron la asamblea. 

Perdí todo el día y los puntos 10, 11 y 12 se pospusieron para una asamblea extraordinaria. Me voy, pero una de las vecinas de la mesa directiva me detiene para prometerme que van a impermeabilizar. Me felicita por ser joven y muy alta, y me pide tener paciencia. Agradezco su amabilidad y me pregunto si mi altura estará dentro del rango normal.

Se levanta la asamblea.


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.