Tierra Adentro
Prueba Trinity, 1945. Departamento de Energía de los Estados Unidos. Imagen de dominio público.
Prueba Trinity, 1945. Departamento de Energía de los Estados Unidos. Imagen de dominio público. Image Number: C76; 21-00003484 LA-UR-06-1005 Los Alamos National Laboratory Photo by Jack Aeby)

A Mauricio Cisneros

La madrugada del sábado 16 de junio de 1945, como todas las madrugadas, Rosario C. (1903-1979), hombre de cuarenta y dos años, se levantó antes de las cinco. Ni siquiera encendió ni una vela ni una lámpara, se alistó, como todos los días, en la oscuridad y salió a la labor cuando todavía no clareaba. Mientras recorría el kilómetro y medio entre su casa y la labor —que estaba al norte del ejido— vio un resplandor muy fuerte en la dirección en la que iba caminando. Podría ser un relámpago, pensó, pero aquella intensa luz en el horizonte no era la de los relámpagos y, en esa misma dirección, estaba seguro, no había nube alguna, vio antes de ese resplandor las estrellas. 

Rosario C. siguió con sus rutinas, preparando el terreno para la siembra puesto que la temporada de lluvias estaba por comenzar. Ese día no lo supo, pero acababa de ser testigo de una prueba secreta, una prueba que se llevó a cabo cientos de kilómetros al norte de su ejido en el estado de Chihuahua. La detonación de la primera bomba atómica: Gadget, la prueba Trinity, el resultado del esfuerzo de miles de personas en el Proyecto Manhattan. 

Por primera vez el ser humano fue capaz de producir en la Tierra temperaturas semejantes a las del sol. El descubrimiento de la fisión nuclear no tenía ni siquiera siete años y era ya aplicado para producir la explosión más poderosa que jamás se hubiese visto. Una explosión equivalente a veinte kilotones —o veinte mil toneladas de trinitrotolueno en el método de cuantificación de la energía en su equivalencia en TNT. 

Para nosotros, a la vuelta de ocho décadas de aquella prueba, la idea de un arma que utiliza la fisión de núcleos pesados como su combustible es algo que —a pesar de los horrores que sabemos significa— damos por hecho. Sin embargo, en 1945, esa idea, fuera de los científicos que laboraban en el Proyecto Manhattan, era algo de ciencia ficción; H. G. Wells en 1914 en The World Set Free imaginó un arma a la que dio el nombre de bomba atómica:

Nunca antes en la historia bélica hubo un explosivo continuo, en efecto, hasta la mitad del siglo XX los únicos explosivos conocidos eran combustibles cuya explosividad era debida por entero a su instantaneidad, y aquellas bombas atómicas que la ciencia arrojó sobre el mundo aquella noche eran extraños hasta para los hombres que las utilizaban. 

Aunque el arma imaginada por Wells no se corresponde punto por punto con lo que la bomba atómica terminó siendo —el arma de la ficción era una granada cuyo poder destructivo radicaba en una explosión continua—, no deja de asombrar su capacidad premonitoria. Hacia 1914, cuando publicó la novela, la radioactividad apenas tenía dos décadas de haber sido descubierta y, para ese momento, el escritor tuvo la claridad de entender de que podría, un día, utilizarse como un arma. A sus planteamientos se le podían hacer críticas, como que el elemento que propone como combustible no exista; Charles Baskerville dijo haber aislado el elemento Carolinium, con el símbolo atómico de Cn, en los primeros años del siglo XX a partir del Torio, sin embargo, después se demostró que el Torio no era un compuesto si no un elemento. La novela pudo haber influenciado el desarrollo de la misma bomba, ya que el físico Leó Szilárd (1898-1964) la leyó en 1932 y propuso la reacción nuclear en cadena —la cual patentó—, a partir del descubrimiento del neutrón, una partícula que, junto al protón, formaba parte del núcleo de los átomos.

Entre el descubrimiento de la radioactividad, por Marie Sklodowska-Curie (1867-1934), Pierre Curie (1859-1906) y Antoine Henri Becquerel (1852-1908) en 1896 —por el cual fueron galardonados con el premio Nobel de Física en 1903—, y la explosión de la primera bomba atómica no pasaron ni siquiera cincuenta años. En los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX se hicieron una serie de descubrimientos que cambiaron el modo de entender los átomos —con la radioactividad, por ejemplo, quedó de manifiesto, junto con el de los electrones, que los átomos no eran indivisibles, como su etimología establecía—. 

Para que fuera posible la construcción de la bomba atómica muchos descubrimientos fueron necesarios, desde la radioactividad hasta el proceso de fisión, pasando por la equivalencia entre masa y energía de la teoría de la relatividad —la famosa fórmula de Albert Einstein (1879-1955) E=mc², la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, presentada en 1905 en el trabajo ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?—, así como por las teorías de la estructura del átomo, el desarrollo de la teoría cuántica y el señalado descubrimiento del neutrón —en 1932 por James Shadwick (1891-1974)—, solo por mencionar algunos. Sin embargo, el catalizador que impulsó el desarrollo de la bomba atómica fue el descubrimiento de la fisión nuclear en 1938 y la explicación de ese proceso en 1939. 

En diciembre de 1939 Otto Hahn (1879-1968) y su ayudante de laboratorio Fritz Strassmann (1902-1980) reportaron haber descubierto berilio en una muestra de uranio bombardeado por neutrones. El experimento fue propuesto a Hahn por Lise Meitner (1878-1968), quien, en 1939, junto a Otto Robert Frisch (1904-1979), su sobrino, describió el fenómeno como fisión nuclear —Frisch propuso ese término en analogía a la fisión binaria de las células—. La fisión se da cuando un átomo con un gran número de nucleones (protones y neutrones) pierde al menos uno de sus neutrones y decae en otro elemento —aunque otros tipos de decaimientos son posibles en elementos de isótopos radioactivos, el núcleo atómico puede emitir partículas alfa, beta o gamma—. Se pensó en el decaimiento como el disparador de una reacción en cadena, un núcleo atómico radioactivo emite al menos dos neutrones y esos dos neutrones golpean otros dos núcleos radiactivos y esos dos a otros dos, el proceso en cadena, liberando en el proceso una gran energía. 

Varios científicos vieron en ese descubrimiento el camino para la construcción de un arma, entre ellos, nada menos que Albert Einstein, quien firmó una carta —escrita por Szilárd— dirigida al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt (1882-1945). La preocupación no solo era porque se pudiera construir un arma con la fisión nuclear como la fuente de energía, sino que esa arma pudiera ser construida por la Alemania nazi —que el 1 de septiembre de 1939 inició la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia; en el conflicto los Estados Unidos se mantuvieron neutrales, hasta diciembre de 1941—. 

Este nuevo fenómeno también llevaría a la construcción de bombas, y es posible, aunque mucho menos cierto, que así se podrían construir bombas extremadamente poderosas de un nuevo tipo. Una sola bomba de este tipo, transportada en barco y explotada en un puerto, podría destruir todo el puerto junto con parte del territorio circundante[…]. Entiendo que Alemania realmente detuvo la venta de uranio de las minas checoslovacas que controla. Que se tomase una acción tan rápida, tal vez podría entenderse sobre la base de que el hijo del Subsecretario de Estado alemán, von Weizsäcker, está vinculado al Instituto Kaiser-Wilhelm de Berlín, donde se está repitiendo parte del trabajo estadounidense sobre el uranio.

Roosevelt no echó en saco roto las preocupaciones de los científicos y creó en 1940 el Comité Asesor del Uranio, antecedente del Proyecto Manhattan. El Proyecto quedó a cargo del coronel Leslie Groves (1896-1970), quien designó a Robert Oppenheimer (1904-1967) como jefe del área científica y, eventualmente, director del Laboratorio Nacional de Los Álamos.

El esfuerzo por construir la bomba nuclear antes que ninguna de las Potencias del Eje llevó a los Estados Unidos, a través del Proyecto Manhattan, a invertir 2 000 millones de dólares de la época. En tan solo tres años, y con más de ciento treinta mil personas empleadas en el proyecto, se logró construir el Gadget, Little Boy, el arma que fue detonada sobre Hiroshima, y Fat Man, la bomba que se detonó sobre Nagasaki.

Nunca en la historia se habían dedicado tantos recursos para el desarrollo de un arma. Desarrollo que se estaba llevando a cabo a contra reloj, del otro lado de ambos océanos los Estados Unidos se enfrentaban a las potencias el Eje —y se temía que cualquiera de ellas, sobre todo la Alemania nazi, lograra construir también su bomba atómica, con el agravante de que estaban construyendo cohetes capaces de recorrer cientos de kilómetros, los V2—. Los avances en el proyecto Manhattan eran tan importantes como los avances de los ejércitos aliados, aunque el desarrollo de la bomba era conocido de unos pocos y no fue descubierto al mundo hasta el 6 de agosto de 1945 con la explosión sobre Hiroshima. 

Harry S. Truman (1884-1972) fue el presidente de los Estados Unidos que autorizó el uso de la bomba atómica sobre ciudades japonesas con el argumento de preservar vidas de soldados estadounidenses y de que, de no utilizarlas, la guerra en el escenario del Pacífico podría prolongarse innecesariamente. Aunque esto último ya en su tiempo se cuestionó y se ha planteado que jugó un papel determinante en la posible entrada en el frente japonés de la URSS —así como la demostración de la capacidad bélica de los Estados Unidos hacia la potencia soviética—. Era un arma de persuasión por su capacidad destructiva, como lo dejó claro Truman en su discurso dieciséis horas después de la detonación sobre Hiroshima: “Si ellos no aceptan nuestros términos les espera una lluvia de ruina desde el aire, como nunca ha sido vista sobre la tierra”.

La Conferencia Potsdam, donde se tomaron los términos a los que Truman hizo referencia en su discurso, comenzó el 17 de julio de 1945, un día después de que la prueba Trinity hubiese sido realizada. Ahí fue donde el presidente de los Estados Unidos recibió los detalles sobre la nueva bomba que estaba en su poder, aunque de ella y su desarrollo no había tenido noticia hasta después que se convirtió en presidente de los Estados Unidos, a la muerte de Roosevelt el 12 de abril —a diferencia de Iósif Stalin (1878-1945), líder de la URSS, quien, por sus espías, ya sabía del desarrollo del arma y de la prueba—. La conferencia terminó el 26 de julio —en ella se refrendaron los acuerdos de la Conferencia de Yalta (4 a 11 de febrero de 1945) realizados entre los líderes de Inglaterra, la URSS y los Estados Unidos—, veinte días después se detonó la bomba atómica sobre Hiroshima y Truman dio a conocer su existencia al mundo. 

Hace dieciséis horas un avión estadounidense lanzó una bomba sobre Hiroshima, una importante base del ejército japonés. Esa bomba tenía el poder de más d 20,000 toneladas de T.N.T. […] Los japoneses empezaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Se les ha hecho pagar muchas veces. Y este no es el final. Con esta bomba hemos añadido un incremento revolucionario en la capacidad destructiva de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual se están produciendo más bombas e incluso formas más poderosas se están desarrollando. […] Es una bomba atómica. Se aprovecha de poder básico del universo.

En el discurso Truman hizo hincapié en el poder destructivo de la bomba y que su uso era una respuesta a las agresiones niponas. Ninguna mención a las numerosas muertes que causó ni a las miles de vidas afectadas por su uso —se estima que al menos 166 000 personas murieron en Hiroshima, a las que se sumaron otros 80 000 fallecimientos en Nagasaki, en la explosión del 9 de agosto—. John Hersey (1914-1993) publicó en 1946, un año después, un reportaje en The New Yorker donde contó cómo seis personas sobrevivieron a la bomba atómica bajo el título de Hiroshima, el reportaje ayudó a crear consciencia sobre las consecuencias del uso de las bombas atómicas y su terrible poder de destrucción. 

Truman a lo largo de su vida nunca mostró arrepentimiento por el uso de la bomba. Por su parte, Oppenheimer, una vez dejó el Proyecto Manhattan, abogó por un control sobre la proliferación de las armas atómicas. Su arrepentimiento quedó de manifiesto en muchas de las declaraciones que ofreció después de 1945, pero sobre todo en la entrevista de 1965 para la televisión donde declaró cómo se sintió con la prueba Trinity: “Sabíamos que el mundo no sería el mismo […]. Recordé una línea del Bhagavad Gita […]: Me he vuelto muerte, el destructor de mundos”. 

La prueba Trinity marcó el comienzo de la era atómica. La posibilidad de la destrucción del mundo por voluntad del ser humano comenzó ese 16 de julio de 1945. La hegemonía que Estados Unidos se garantizó como el país con capacidad nuclear se mantuvo hasta 1949, cuando la Unión Soviética detonó su primera bomba—RDS-1, detonada el 29 de agosto—, una carrera armamentística que no concluyó con la disolución de la URSS.  

Hay al menos ocho estados armados nuclearmente, este es un concepto del Tratado de No Proliferación Nuclear. De esos ocho, solo cinco países han firmado el tratado: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China, y tres estados que poseen armas nucleares no lo han hecho: India, Pakistán y Corea del Norte. Se cree que Israel también posee armas nucleares. Los Estados Unidos y Rusia poseen al menos cinco mil ojivas nucleares cada uno, China los sigue con seiscientas y Francia con doscientos noventa y Reino Unido con doscientos veinticinco, la India con ciento setenta y dos, Pakistán con ciento setenta, Israel se sospecha que posee noventa y Corea del Norte, cincuenta. 

Rosario C. no supo que ese resplandor que vio hacia el norte era la primera bomba atómica que se detonaba, lo sabría más tarde, cuando la amenaza atómica se convirtió en un temor que compartían millones de personas. Esa madrugada solo le asombró aquella inusitada luz, el resplandor de una nueva era.

Referencias

Discurso de Harry S. Truman 6 de agosto de 1945: https://millercenter.org/the-presidency/presidential-speeches/august-6-1945-statement-president-announcing-use-bomb

Hersey, John, Hiroshima, trad. Juan Gabriel Vásquez, Debolsillo, 2020.

Siracusa, Joseph M., Nuclear Weapons: A very Short Introduction, Oxford University Press, 2020.

Wells, Orson G., The World Set Free, Zenith Blue Ridge Books, 2025.

https://www.armscontrol.org/factsheets/nuclear-weapons-who-has-what-glance


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

Ya desde la infancia, Sunil Tripathi se había distinguido por la facilidad con la que lograba aprender todo tipo de temas. A su hermana mayor, Sangeeta, le gustaba presumir la natural desenvoltura con la que atravesó la escuela. No fue complicado para él entrar en la Universidad de Brown y dilatar en ella su brillante carrera. Como muchos otros jóvenes prometedores, se vio obligado a sortear la vida académica en medio de un complejo episodio de depresión que, hermético, no comunicó del todo a sus familiares. En marzo de 2013, su hermana mayor recibió la noticia de su desaparición. Al parecer, la mejor amiga de Sunil había perdido todo contacto con él durante un fin de semana. Sangeeta se apresuró a buscarlo en su departamento para toparse, horrorizada, con que los únicos rastros suyos que quedaban ahí dentro eran su billetera y su teléfono.

La familia Tripathi no tardó en movilizarse desde su residencia hasta Providence, lugar de la desaparición. Se acuartelaron en la casa de un amigo y, ahí, montaron una estrategia de búsqueda ininterrumpida. Convencidos de que su empeño individual no bastaría para dar con Sunil, decidieron crear una página de Facebook que les ayudara a divulgar su caso. Tuvieron éxito: la primera semana consiguieron más de 250,000 visualizaciones. La situación se convirtió en una tragedia doble de un modo que ninguno de ellos pudo anticipar. Nadie en su lugar, ciertamente, habría podido hacerlo.

Durante la búsqueda de Sunil ocurrió uno de los eventos más dolorosos en la historia reciente de Boston: hubo un atentado terrorista en el maratón de la ciudad. Miles de ciudadanos emprendieron esfuerzos por develar la identidad de los responsables de la detonación de una bomba que causó cuatro muertes y dejó heridas a casi trescientas personas. El FBI, tres días más tarde, hizo públicas fotos de los sospechosos.

Fue entonces cuando una excompañera de clases de Sunil escribió, en Twitter, que uno de los sospechosos lucía justo como él. Este comentario bastó para que una horda coordinada en Reddit y 4Chan comenzara una campaña masiva de doxeo y amenazas en contra de los Tripathi. Para el 19 de abril, la familia se vio obligada a bajar todas las fotos del hijo perdido, con el fin de aminorar las intimidaciones. Incluso medios de comunicación masivos acudían a la casa en busca de información. De forma igual de repentina, el FBI publicó los nombres de los verdaderos responsables. El clamor paró, pero Sunil seguía ausente. Su cuerpo fue encontrado una semana más tarde, en un río de Providence. Había cometido suicidio un mes atrás.

El caso de Sunil —notable por su alcance y alarmante por su trasfondo atroz — resulta un punto de partida idóneo para discutir las nuevas modalidades de justicia. Domesticada nuestra neurosis virtual, hemos banalizado las implicaciones de la funa y el escrache: un día sí y el otro también nos topamos con historias escandalosas (o ridículas, o sospechosas, o inverosímiles) sobre actos grotescos que ni siquiera precisan de una víctima para provocar ira generalizada. Performativa, esta persecución de la justicia es indiferente a la legalidad: le interesa, más que partir de una formulación legítima, alcanzar un público vasto.

Nuestra época premia la indignación moral. Alguien, con un libro de historia en la mano, podrá decir que todas las épocas lo han hecho, pero la actual se distingue por las posibilidades de su virulencia. Es una indignación masiva, de fácil propagación. En 2021, un equipo del Departamento de Psicología de Yale liderado por William J. Brady examinó de forma rigurosa cómo es que los usuarios de redes sociales moldean sus conductas condenatorias mediante dos mecanismos bastante conocidos: el aprendizaje por refuerzo (cuando los usuarios ajustan su comportamiento en función de la retroalimentación social encarnada en likes y retuits) y el aprendizaje de normas (cuando imitan las expresiones más frecuentes en su red).

La investigación de Brady se valió de dos estudios observacionales con más de 12 millones de tuits y dos experimentos en entornos simulados. En efecto, ambos tipos de aprendizaje mostraron influir de forma directa en la probabilidad de que los usuarios expresen indignación moral ante un acontecimiento, aunque en redes ideológicamente extremas el aprendizaje por normas supera al refuerzo. La proclividad a la polarización, pues, emergió como otro factor a considerar.

Hallazgos de esta naturaleza confirman formalmente lo que ya se intuía desde hace tiempo: las plataformas, en tanto a su manejo de la información, no son canales neutrales. Su diseño, presto a amplificar ciertos tipos de contenido mediante algoritmos de recomendación, puede moldear comportamientos colectivos encauzados al castigo y el rechazo. Un algoritmo no tiene discernimiento moral; incapaz de distinguir lo justo de lo injusto, se enfoca en lo que genera reacciones. La ira y la indignación son, desde luego, las reacciones más sencillas de conseguir.

Sería ingenuo asumir que las redes sociales solamente reflejan la moralidad de sus usuarios: también la transforman. Me atrevería a decir que buena parte de su diseño persigue hacerlo. Quienes las programan en Sillicon Valley y quienes las patrocinan desde Wall Street saben que las plataformas digitales tienen implicaciones profundas en la evolución de los discursos políticos y la cohesión social a gran escala. A pesar de esto, la responsabilidad ética en el diseño de estas tecnologías es deficiente o, a menudo, nula. En redes donde cada interacción se monetiza, un público enardecido representa visualizaciones, y éstas posicionamiento. Así, la exposición y el escrache pueden guardar motivaciones económicas. Mercantilizada la moral, la justicia solo se procura cuando es rentable.

Basta darse una vuelta por YouTube y TikTok. Cientos de canales dedican su contenido a la propagación de notas que consisten, casi siempre, en meras funas en formato audiovisual. En ellas no vale la información presentada, sino el procedimiento de denuncia. Convertido en una suerte de teatro moral, este fenómeno beneficia, por un lado, a quienes pueden monetizarlo, y por el otro, a quienes encuentran satisfacción (o tranquilidad, o placer) en unirse en agresión grupal hacia un enemigo en común.

Incluso las campañas de cancelación enraizadas en la búsqueda de la justicia terminan centrándose en desplegar una exhibición de virtud colectiva. La académica Gwen Bouvier (2020) se dedicó a estudiar cómo es que ciertas campañas de indignación grupal en redes tienden a simplificar, individualizar y despolitizar problemas estructurales, reduciéndolos a casos aislados de personas malas.

Buena parte de la conducta condenatoria habitual de los usuarios de redes puede entenderse desde la desconfianza a las vías formales de justicia. No son pocas las historias de crímenes aberrantes (especialmente en países como México) que, debido a ineficiencias burocráticas o a la corrupción más llana, jamás alcanzaron una reparación real del daño. Cámara en mano, los justicieros virtuales utilizan la funa y el doxeo como mecanismos para conseguir la rendición de cuentas. Olvidan, sin embargo, que las reprimendas extralegales han sido usadas históricamente de forma desproporcionada o, peor, injustificada.  

La lógica del linchamiento no es la justicia, sino el castigo. La configuración moral de nuestros días, amparada por el respaldo multitudinario de las redes, le ha enseñado al usuario de plataformas que no debe aparecer tibio ante la injusticia: le corresponde tomar partido. Integrado en un rito unificador, apunta hacia las llamas con el dedo, ignorante de que el fuego de la hoguera está muy cerca de sus propios pies.

Referencias:

  1. A Family’s Agony Intersects With A National Tragedy. (2013). NPR. https://www.npr.org/sections/codeswitch/2013/04/25/179025682/a-familys-agony-brushes-up-against-a-national-tragedy
  2. Brady, W. J., McLoughlin, K., Doan, T. N., & Crockett, M. J. (2021). How social learning amplifies moral outrage expression in online social networks. Science Advances, 7(33). https://doi.org/10.1126/sciadv.abe5641
  3. Bouvier, G. (2020). Racist call-outs and cancel culture on Twitter: The limitations of the platform’s ability to define issues of social justice. Discourse Context & Media, 38, 100431–100431. https://doi.org/10.1016/j.dcm.2020.100431


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Mariner 4, 1964, NASA. Imagen de dominio público.
Mariner 4, 1964, NASA. Imagen de dominio público.

I

La Nasa jamás debió desprender la verdad de la existencia de vida en Marte

de las primeras fotografías reveladas por Mariner IV en el año de 1965.

Los científicos de la Nasa descubrieron que Mariner era el árbol del conocimiento 

y sus imágenes desoladoras: 

el fruto prohibido. 

La humanidad jamás debió escrutar el génesis en busca de Adán 

en busca de una mujer extraída de la costilla bermeja del universo

¿Dónde están los habitantes del edén marciano? se preguntaron 

mientras un Dios extraterrestre invadió el paisaje  

hasta exiliarlos también 

de aquel paraíso donde la serpiente traidora 

dejó unas cuantas madrigueras

cráteres que absorbieron la ilusión 

                  de encontrar vida. 

II.

Como un Dios del antiguo testamento

un niño destroza su dibujo

lanza plagas y pestes sobre su creación

desencadena un diluvio en rayones que inundan a cinco marcianos sobre una tierra desconocida

Mariner IV es el culpable 

sus fotografías de Marte muestran un planeta sin rastros de vida

la ira infantil resurge por segunda vez 

¡El planeta rojo está vacío! grita el niño mientras hace bola la hoja de papel

y crea una nueva réplica de un cuerpo celeste.

 Al interior se ocultan los restos de una civilización antigua 

cinco extraterrestres  

fulminados por la mano apocalíptica

de un niño de cinco años. 

III. Cámara del apocalipsis 

La cámara lanza un flash y anuncia el apocalipsis 

Mariner IV plasma la destrucción del mundo marciano 

la plaga y la peste: el desencanto de la humanidad 

cuatro jinetes cabalgan sobre los caballos del fin de los tiempos

trotan por tierras rojizas y levantan el polvo de una civilización ficticia. 

En el planeta Tierra se escuchan las trompetas y muere para siempre la idea

 de encontrar vida.


Autores
(Saltillo, 1991) es poeta y narradora. Es autora de los libros Los orgasmos de la tierra (2016) y Han apagado ya las luces (2021). En 2022 fue galardonada conel Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Le quedaba medio sol al sábado. Tristana y yo habíamos terminado de echarle un vistazo —apresurado, más bien escueto— al Panteón de París, preocupados por encontrar un lugar donde comer. Una inercia morbosa nos animó a caminar hacia el Jardín de Luxemburgo, donde reverberaban sirenas que no parecían provenir de ninguna clase de ambulancia. A la calle le brotaron policías antimotines cubiertos por un exoesqueleto que, desde la tibia hasta la frente, les blindaba todo el cuerpo. La procesión de cascos nos habría preocupado de no ser por la tranquilidad con la que los turistas continuaban su recorrido. Las miradas se hallaban a medio camino entre la indiferencia y la ingenuidad.  

Ya en el Jardín entendimos la presencia de los agentes de las Compañías Republicanas de Seguridad: vigilaban, arremolinados desde el otro lado de la glorieta, una manifestación pro-Palestina. Alrededor de trescientas personas se desperdigaban por la avenida, la mayoría alzando banderas y portando un keffiyeh en el cuello. Desde la caja trasera de la camioneta que dirigía a la muchedumbre, una de las partidarias de la Coordinación de Llamamientos para una Paz Justa en Oriente Medio (CAPJPO) urgía a los manifestantes a no dejarse provocar por las fuerzas policiales. La acción pacífica era, desde el imperativo megáfono, la norma del día. Los miembros de la Coordinación habían elegido el día 12 de abril para comenzar una serie de actos públicos en contra del genocidio, motivados por la retórica vacía del gobierno francés ante los crímenes de guerra de Netanyahu. Los clamores no se limitaban al alto al fuego: perseguían también la imposición de sanciones, la rendición de cuentas. 

Nos unimos a la protesta para oír a quienes se turnaban la palabra. Eran pocos los turistas que detenían el paso para siquiera husmear entre las consignas y las pancartas (entiendo que el activismo es una de las últimas prioridades de quien viaja por placer), pero no faltaron los que, incluso sin dominar del todo el francés, se acercaron con timidez a tomar fotos o recibir volantes. Reunidos en nombre de víctimas lejanas, acaso los asistentes entendieron que la solidaridad comienza con la escucha. 

Al día siguiente terminamos por instalarnos en casa de Isa y Sophie, exmaestras de Tristana que nos permitieron dormir allí a cambio de cuidar a sus gatos mientras ellas estuviesen de vacaciones. El lugar se encontraba a una cuadra de la estación Porte de Montreuil del metro y a nosotros nos agradó la idea de descansar en la periferia parisina. Agotábamos la tarde del martes 15 leyendo en la sala cuando los gritos de un megáfono atravesaron la calle. Lo primero que vimos por la ventana fue una fila de banderas palestinas y una que otra libanesa, portadas por adultos lo mismo que niños. La manifestación avanzaba a paso calmo tras una miniván empapelada con carteles; de su techo pendían astas y varias bocinas. Se trataba, nuevamente, de una procesión organizada por la CAPJPO. Desde mi sitio en el tercer piso del edificio les dediqué un aplauso que varios vecinos replicaron. Al vernos, una anciana entre la congregación nos dio una amistosa orden con un gesto de mano: vengan. Y fuimos.

La elección de Montreuil como uno de los puntos de articulación política del movimiento fue sencilla, casi obvia: esta commune, que forma parte del departamento Seine‑Saint‑Denis, cuenta con 110 000 habitantes, de los cuales más de 27 000 son inmigrantes que provienen —en su mayoría— del Magreb: desde el Sahara Occidental hasta Libia. El 60 % de los jóvenes menores de 18 años tienen al menos un padre que nació en el extranjero. Una interpretación descuidada llevaría a pensar que la masificación se debía solo a un sentimiento de solidaridad árabe, pero bastaba un vistazo para notar que la mayor parte de las personas congregadas eran francesas. Las circunstancias habían añadido al grupo a un par de mexicanos.  

Al andar nos enteramos de que uno de los motivos principales de la protesta era promover el boicot a empresas que financian directa o indirectamente el aparato militar del ente sionista. Durante la charla con los miembros de la Coordinación recordé un argumento común que se esgrime en contra de quienes, desde México y sus latitudes cercanas, se pronuncian ante las atrocidades cometidas por Israel; sobra la sorna en el discurso de los que recriminan que nuestras prioridades políticas deberían enfocarse en problemas endémicos, que sí nos corresponden

¿Por qué dedicar fuerzas a Palestina cuando en nuestro territorio se sostiene una lucha terrible contra males tan punzantes como el crimen organizado y la corrupción institucional? ¿Por qué llorar otros muertos cuando los nuestros son tantos que se desbordan de las morgues y terminan por poblar las calles? ¿Por qué hacerle un espacio discursivo a una masacre ajena cuando nosotros apenas cabemos en la propia? Hace tiempo, plantado frente a unas banderas palestinas que se alzaban en Plaza Guadalajara escuché a un hombre decir que nosotros no tenemos vela en ese entierro. El tipo ignoraba que, de hecho, la tenemos.  

En diciembre de 2024, afuera de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se había instalado una pequeña comitiva de la Unión de la Juventud Revolucionaria de México (UJRM); las chicas y los chicos aprovecharon la visibilidad del evento para exigirle a la Universidad organizadora que rompiera todo vínculo con Israel. Dediqué una de las tardes de mi asistencia a la Feria a charlar con ellos y leer los materiales de denuncia que habían llevado; buscaban informar a los transeúntes sobre el papel del sionismo en la escalada de narcoviolencia mexicana. Yo sabía lo esencial: que, hace décadas, Israel había tenido un rol central en la formación de grupos paramilitares que algunos gobiernos latinoamericanos utilizaron para reprimir a su población. En el caso mexicano, muchos de los militares con adiestramiento israelí abandonaron sus puestos oficiales para convertirse en los brazos armados del narcotráfico. 

Desde los años ochenta, militares israelíes —casi siempre antiguos miembros de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF)— se encargaron de instruir en técnicas de contrainsurgencia y guerra irregular a grupos paramilitares colombianos, como los que más tarde integraron el Cártel de Medellín. Estas milicias aprendieron tácticas avanzadas de terrorismo de Estado gracias a gente como el coronel Yair Klein, cuya empresa ofrecía entrenamiento con autorización del gobierno israelí. 

Más tarde, en 1994, el gobierno mexicano recurrió también a expertos israelíes, enviándolos a Chiapas para enfrentar el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Las autoridades implementaron técnicas de inteligencia, control territorial y guerra psicológica derivadas directamente de la experiencia militar sionista en zonas ocupadas. El sureste indígena se convirtió, en tiempo real, en un macabro laboratorio de represión estatal.

El Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE), unidad creada específicamente para el combate contrainsurgente y antinarcóticos, fue capacitado de forma directa por oficiales israelíes. Este proceso no fue sino la continuación mexicana de un proyecto largamente ensayado en otras partes de América Latina durante la Guerra Fría. Ya desde mediados del siglo XX, instituciones como la Escuela de las Américas (U.S. Army School of the Americas, SOA) instruyeron a militares latinoamericanos —y ensayaron, también, nuevas posibilidades— en las minucias de la guerra irregular, los interrogatorios violentos, la represión civil y el control psicológico de comunidades enteras. México se insertó tardíamente en esa tradición: con la emergencia del EZLN, la doctrina de seguridad nacional estadounidense encontró una oportunidad de alianza con el gobierno salinista, que buscó con urgencia capacitar a sus tropas bajo los mismos esquemas represivos. 

Bastó apenas una década para que aquellos soldados desertaran masivamente y se pusieran al servicio del crimen organizado. Así nacieron Los Zetas, brazo paramilitar inicialmente asociado al Cártel del Golfo, cuyos primeros integrantes aplicaron en las calles mexicanas las mismas estrategias que habían aprendido en cursos avanzados de asalto urbano y operaciones clandestinas. Habría que preguntarnos qué porción de la violencia sistemática del narcotráfico mexicano es una consecuencia directa de esta prolongada militarización encubierta.

Fue gracias a los activistas de la UJRM que me enteré de que, en este mismo momento, armas producidas en Israel están llegando a los arsenales del crimen organizado. Fusiles de asalto como el Galil y el Tavor, vendidos originalmente al ejército mexicano por Israel Weapons Industries (IWI), terminan empuñados por sicarios del Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación. No hay metáfora en esto: son los mismos cañones los que se apuntan contra las sienes de palestinos y mexicanos.  

Las armas israelíes resultan apenas un eslabón más en el círculo de la violencia que nos aflige. ¿Acaso no nos damos cuenta de que, al fortalecer a los grupos criminales, se justifica la militarización constante del país y de paso se alimenta el apetito del complejo militar-industrial estadounidense? Se trata de una bestia siempre lista para ofrecer nuevas soluciones armamentísticas a problemas que, paradójicamente, ella misma ayudó a crear. 

La violenta parafernalia de los carteles —sus arsenales masivos y sus interminables filas de convoyes blindados, por ejemplo— proyectan en la ciudadanía una desesperanza imposible de paliar; por su parte, el eje Estados Unidos-Israel encuentra en ella la excusa perfecta para mantener viva su retórica intervencionista. De tanto en tanto, dependiendo de los ánimos del trumpismo, se intensifica entre los políticos norteamericanos el deseo por ingresar sus fuerzas armadas a nuestro país. 

Hoy, 5 de julio de 2025, salió a la luz la noticia de que el expresidente Enrique Peña Nieto recibió 25 millones de dólares de empresarios israelíes a cambio de otorgarles contratos para la venta del software de espionaje Pegasus. El reporte, revelado por el diario israelí The Marker, detalla cómo Avishai Neriah y Uri Ansbacher comercializaron una tecnología diseñada para la vigilancia digital de periodistas y disidentes. Peña Nieto habría facilitado que este instrumento de represión digital se convirtiera en una herramienta de violencia institucionalizada. La acumulación de noticias como esta sirve para mostrar el rol central de Israel en la represión contemporánea —con tantas décadas a cuestas, bien podríamos decir histórica—de varios pueblos del mundo, mucho más allá de su territorio geográfico.  

Pude contarles a los activistas de Montreuil lo que me compartieron los de Guadalajara. De estos breves encuentros aprendí que los artefactos de violencia involucrados en la política internacional también atraviesan las dimensiones de nuestra vida individual y, por extensión, la social. No hay espacio para la hipérbole al decir que la lucha de palestina está emparentada con la nuestra. El de la búsqueda de paz y justicia es el eco que cargamos todos, a todas partes. 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Busco en Tinder alguien que me recuerde 

[olor a matcha].  Más allá de la memoria. 

Una persona mucho mejor que tú. 

La más básica de las basiconas.

Cierro los ojos las preguntas y los chistes de Bob Esponja,

la carta astrológica, los tiempos estáticos que nos contaron de Dios.

No hay notificación que me emocione más que pensar en mi muerte.

Me arranco el corazón junto con la bola de cristal y los tiro por la

ventana. Arde el concreto contra el que hemos caído.

Pinto el contorno de toda mi vida

aunque arrastre mi sombra contra el ocaso.

La luz de otro cigarro dentro de mi

cuerpo guía delicada entre el asedio

amplificado

pero no, y

hoy

termino

nuevame

nte

hablando

con otras gentes

fotografías, el rojo de las

persianas, hábitos y nuestro

primer perro,

datos irrelevantes sobre cómo te conocí.


Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
"El manicomio de los gatos", Gabriel Santander. Ediciones Periféricas, 2024.
“El manicomio de los gatos”, Gabriel Santander. Ediciones Periféricas, 2024.

Es difícil encontrar novelas con garra y humor en las mesas de novedades. En el campo literario mexicano la realidad más atroz se reproduce como la mala hierba. Y si no es la violencia del narco y las desapariciones, se trata de historias que abordan la vida personal del escritor sin la distancia en la que florece la originalidad. Aún más difícil es hallar novelas que den zarpazos, que provoquen risas pero también incomodidad, como el borracho que ríe y llora frente al espejo. El manicomio de los gatos (Ediciones Periféricas, 2024) es una de esas novelas raras en las que el lector ríe. No me refiero sólo a la sonrisa del intelectual que conoce los chistes cultos y las citas, sino a la carcajada lépera, sonora, malsonante, que hace sudar.

Ya en la primera página, Rosa de la Huerta, la heroína de la novela de Gabriel Santander, anuncia que recién cumplió 41 años. Oficialmente perdió el brillo en la mirada, a lo que ella, con seguridad, llama ser una magnífica solterona. En un notable párrafo fílmico, a través de un close-up, Santander muestra a la protagonista frente al espejo del baño mientras examina “la cinematográfica hondura de sus ojos”, una profundidad que, para los demás, es signo de lo infecundo. “Era inútil decirles que no me iba a casar, que no iba a tener hijos, que amaba el diazepam sobre la maternidad, a los libros por encima de las fiestas infantiles”, dice con desvergüenza la para nada tierna flor de El manicomio de los gatos.

La primera parte de la novela tiene algo del folletín que inspiró a Manuel Puig, que en varias de sus obras describe con virtuosismo la filigrana del día a día de sus mujeres. Rosa, que trabaja como gerente de un call-center, es una mujer divertida, observadora y culta, en una palabra, aguda; tiene gracia y filo. Igual que muchos de los personajes de Puig, escribe un diario. Aunque estrictamente no forma parte de la novela, se puede decir que en su diario Rosa detalla su vida como Godínez, es decir, como empleada con horario fijo y fines de semana libres, también las citas fallidas y no por ello menos hilarantes, así como la compleja relación con su familia –“mi madre, dulce como los chongos zamoranos e implacable como el cártel de la Familia Michoacana”. También su decisión de tunearse a los cuarenta años y aumentar el tamaño de sus senos –“y hablando de moral, ¿qué hace una lectora de Simone de Beauvoir y Annie Ernaux operándose las tetas?”.

También hay algo en la historia de esta novela de Leocadia Macías, la escritora de La flor de mi secreto (1995), tal vez la mejor película de Almodóvar. Ahí, Leo, en la piel de Marisa Paredes, es una escritora incógnita, Amanda Gris, famosa por sus novelas rosas; ella, sin embargo, quiere escribir en otro registro, el negro o policial. Aunque Leo tiende más al melodrama flamboyante y Rosa es más práctica, ambas son parte de las jugarretas del mundo editorial. Curiosamente, cuando estaba leyendo El manicomio de los gatos murió la actriz española, que vive por siempre en mi canon personal y el firmamento de las divas.

Con un gato que le habla, Lagata Christie, una especie de Pepe Grillo, aunque desdeñoso, al fin minino, y la búsqueda de trabajo, Rosa decide llevar sus memorias a una editorial a sabiendas de que jamás las van a publicar. Para una mujer como ella no es una desilusión adelantada, es echar los dados al aire. Santander, que no quiere aleccionar a nadie ni reivindicar nada, es fiel al carácter de su heroína, así que Rosa no vive mortificada por el sambenito de quedada o malcogida; más que catastrófica, es sarcástica. Con filo, Rosa repasa y guillotina con incorrección política y casi como crítica de arte todas las categorías en las que puede caber o no su existencia. Habla de Frida Kahlo, quien, “como sea, no deja de ser una fuente de inspiración para las sufridas, enfermas, creadoras, beodas, feministas y zorras, y, para ser más específicos, para las lagartonas como yo”. 

Pronto, la suerte, o el destino esposado al azar, hace sonar el teléfono. La llamada de la editorial la sorprende, pero sabe muy bien que con su manuscrito no se va a convertir en la Cristina Rivera Garza de su generación. De hecho, la propuesta de Edgar Terracota es amoral. El editor le propone asumir la identidad de Pamela Coratello, una autora de novelas cursis que vende libros como Coca-Colas en México de la que nadie sabe nada, su identidad es un misterio.

Aquí es donde El manicomio de los gatos da un salto y se convierte en una deliciosa mascarada del panorama actual de la literatura. Con la desesperación y los apuros económicos encima, Rosa acepta participar en el fraude editorial y hasta llega a disfrutarlo. En la foto de la contraportada de sus libros, Coratello aparece con un parche en un ojo, un detalle ridículo que Rosa, a pesar de todo e instruida por el editor, está dispuesta a sostener y después a corregir. La escritora, por supuesto, es una invención de la editorial. Es urgente ponerle cara y cuerpo a la autora inexistente, pues luego del boom el público ha comenzado a decepcionarse porque no la ve aparecer en actos públicos ni opinar de los temas de moda, como suelen hacer los intelectuales en México.

Pamela Coratello es, en algún sentido, un trasunto de Elena Ferrante, la escritora italiana superventas que desde su aparición en el mercado editorial a inicio de los años noventa ha guardado discreción absoluta. Algunas hipótesis apuntan que Ferrante no existe y otras que se trata de un hombre que escribe con un seudónimo femenino. A saber. Algunos lo niegan y dicen –¡todavía!– que un hombre no es capaz de describir el mundo femenino. Háganme el favor, como si Amanda Gris, Rosa de la Huerta o las mujeres de Manuel Puig fueran sólo títeres sin alma y no personajes con músculos propios.

En esta fiesta de disfraces circulan los monigotes del mundillo de la cultura local que, como imágenes de la Casa del tío Chueco, aparecen deformados con garra y maña. El malhumorado editor, Edgar Terracota, acusado de plagio en el pasado; los conductores y reporteros del noticiero cultural, uno de ellos es Tonalli Chilacayote Fernández –“no era chaparro ni alto, guapo al 67 por ciento, si eso existe, con una voz seductora que fascina a las incautas”–, y los cizañosos críticos “que aprendieron de Monsiváis que el género más aceptado y redituable es el de hablar mal de los demás”. Los guiños de Santander, conocedor absoluto del ecosistema cultural mexicano, a la azufrosa burbuja del entramado cultural son suculentos bocadillos para el lector más espabilado, malicioso o al tanto del chisme cultural. Tampoco pueden faltar los personajes que hacen el trabajo sucio. Brickles, que por supuesto tiene nombre de geek, es el genio programador de la editorial y el cocinero de las novelas de Pamela Coratello, por ejemplo Un infalible seductor.

Poco a poco va siendo menos un escándalo el uso de la Inteligencia Artificial (IA). Se sabe que en el periodismo, varios de los sitios de noticias más leídos en México tienen su propio programa, símil del chat GPT, que ayuda a generar las notas informativas que leen millones de personas. De los sueldos bajos de los redactores, que están al tanto de la actualidad y editan y verifican la información, mejor ni hablar aquí. No es ningún secreto que la IA, casi como la Sección Amarilla, sí funciona y funciona muy bien, aunque, confiesan los redactores, su lenguaje no es natural sino rebuscado. El último escándalo de la IA es que las voces de los actores del film El brutalista (Brady Corbet, 2024) fueron manipuladas para crear un acento húngaro perfecto. ¿Qué pasa con el uso de la IA en la literatura? Ahí está la originalidad de El manicomio de los gatos, que con notas satíricas y desparpajadas aborda el tema. Las novelas de Pamela Coratello son generadas por los algoritmos del melodrama, el almíbar y los encajes de la cursilería, la IA de la novela rosa, que tan bien maneja el programador Brickles. 

Para el mundillo cultural la mayor inmoralidad, sin embargo, está en el fraude de la identidad de Coratello. El caso se lo disputan dos reporteras, colegas y rivales, que quieren desarmar el teatrito editorial al que se presta Rosa como búsqueda de la verdad justiciera y venganza contra el editor Terracota. Con el escenario tambaleándose, la editorial toma acciones en las que tiene que echar mano del manuscrito original de Rosa. El para nada original título de Las aventuras de una solterona la lleva a enfrentarse al plagio y los derechos de autor, así como a un culebrón, el de su propia vida, que se interna en los terrenos de la fantasía psiquiátrica y judicial, es decir, la vida literaria, la de una solterona, por supuesto.

La novela de Gabriel Santander es un zarpazo juguetón, una lectura bribona y espejo cóncavo que de cierta forma se dirige a la gente que forma parte del ambiente cultural o tiene ambiciones de hacerse un lugar en él; para la que no lo conoce, el autor pinta un panorama que rescata los tics feroces de ese mundo. También es una novela que reacciona contra las imposiciones ideológicas; Rosa no es ejemplar, no es modelo de nada, de hecho duda de las categorías que le quiere asignar la familia, el trabajo, los amigos y los amantes. Más que con teorías, por ejemplo el feminismo, su vida íntima está más ligada y se explica mejor a través de su relación con Lagata Christie, de quien no se sabe si es gato, gata o gate; Santander usa el género que marcan las vocales de forma indistinta y destantea a propósito. 

El caudal de frases ingeniosas, picantes y saltarinas de El manicomio de los gatos, algunas de ellas rescatadas en este texto, es como un cardumen para los lectores en búsqueda de un placentero arañazo, pues un poco de dolor no mata, da vida.


Autores
Es periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Colabora en las revistas mexicanas Letras Libres, Nexos y Arquine. También en la argentina Otra Parte y en la mexico-estadounidense Literal Magazine. Como traductor, es uno de los autores del libro colectivo Las mariposas beben de las lágrimas de la soledad (Ediciones Del Lirio, 2024), de Anne Genest. En 2023 fue parte de la residencia de traducción Seneffe-Passa Porta en Bélgica, donde tradujo una obra de Chantal Akerman. Actualmente prepara dos libros sobre Roberto Gavaldón y Arturo Ripstein.
Fotografía de Pepe Alfonso, 2009. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Fotografía de Pepe Alfonso, 2009. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

Aquellos que vivan en el último piso de cualquier edificio, posiblemente se reconozcan en alguna de las siguientes situaciones: en agradecer la ausencia de pisadas provenientes de un nivel más arriba, aunque ocasionalmente se escuchen pasos de quienes suben a tender la ropa o, en mi caso, golpes del vecino que instaló un saco de boxeo en su cuarto de servicio; en salir hacia la azotea en caso de sismo, si el departamento en cuestión supera la cuarta planta; y, casi con toda seguridad, en tener problemas de humedad.

Durante los últimos meses he oído, como una especie de letanía frente a la adversidad, que a todo el mundo le pasa y, también, que todos sufren igual o más que uno: “tu tía Lucero tuvo que pagar ella sola la impermeabilización porque la administración no hizo nada”, “a la vecina se le pudrió el techo de barro y no sabes lo caro que le salió cambiarlo”, “se me metía el agua y tuve que demandar para que el del 501 arreglara el piso de su jaula de tendido”.

El primer signo de humedad fue visible en la pared: una franja de pintura desconchada que revelaba un tono gris oscuro. Como héroe trágico y, debo señalar también, como inquilina confiada de una impermeabilización mal hecha (aunque en ese momento no lo sabía), ignoré esa ave de mal agüero y le achaqué la caída del revestimiento a una pobre calidad de la pintura. Para finales de mayo, cuando comenzó la temporada de lluvias, apareció una burbuja en el techo del cuarto que usamos como estudio, cuarto de visitas, almacén y gimnasio improvisado. Del tamaño de una naranja, primero, y de un balón de futbol al cabo de unos minutos, se reventó dando paso a varias filtraciones más, que ocasionaron un monzón interior a mitad de la madrugada. 

Alguna vez, con mi recién adquirida independencia, escribí una cosa muy cursi sobre las casas que funcionan como organismos vivos y autosuficientes. La idea provenía de un arquitecto suizo, a quien imagino capaz de captar la humedad del techo para convertirla en una cascada hacia el jardín, entre otras posibles soluciones para sus desperfectos domésticos. Yo, que no soy ni arquitecta, ni suiza y, para este momento de mi vida, llevo viviendo sola varios años, he aprendido un par de valiosas lecciones. Una de ellas es que, en efecto, las casas funcionan como organismos vivos, pero lejos de ser autosuficientes, sufren, se deterioran y demandan considerables inversiones de tiempo y dinero. Otra fue integrar a mi vocabulario términos provenientes del ámbito de la construcción, como “plafón” y “cielorraso”, después de que se desprendieron del techo mojado. 

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde o hasta que se ve obligado a trasladarlo con prisa. Aplica para las mudanzas, para las huidas después de un robo y, en mi historia, para el acarreo de cosas hacia las zonas más secas de la casa. Toallas, jergas y cubetas fueron mis aliados frente a la adversidad climática y, cuando la humedad se extendió hasta el cuarto principal, trasladamos el colchón a la sala, donde las gatas disfrutaron de un campamento improvisado.

Año con año, esta ciudad nos recuerda a sus habitantes que está cimentada sobre un terreno lacustre. La inundación más abundante que se tiene registrada en la Ciudad de México ocurrió en 1629. Una serie de malas decisiones y un sistema de drenaje superado por la potencia pluvial causaron que ese año las aguas alcanzaran hasta los dos metros de altura. La lluvia duró aproximadamente dos días y buena parte de la ciudad permaneció inundada cinco años. La cabeza de león que actualmente se ubica en la esquina de Madero y Motolinia señala el nivel que alcanzó el agua. Se calcula que del total de los habitantes en ese momento, murieron 30000 a causa de la escasez y del ambiente insalubre, mientras que otros 50000 abandonaron la ciudad. 

La explicación de mis goteras fue que la violencia inusual de la lluvia aquel día junto con una deficiente circulación en las bajadas de agua provocaron un taponamiento. El agua encontró salida entre el impermeabilizante y el piso de la azotea y, eventualmente, a través de las grietas del techo de mi departamento. Esto reveló no sólo la ineficiencia de la administración vecinal en turno, sino el nulo mantenimiento de un edificio cada día más viejo.

Un inconveniente del que poco se habla es que la inundación de 1629 impidió las fiestas por la canonización de San Pedro Nolasco, previstas para celebrarse ese año pero que se retrasaron hasta que la ciudad fue caminable de nuevo. Quizá si Nolasco hubiera recibido su beatificación a tiempo, hubiera detenido el diluvio, como pensaron muchos habitantes que comenzaron una ronda devocional entre diferentes santos con la esperanza de que alguno desazolvara el terreno. Aunque la lluvia torrencial de 1629 se conoce como el diluvio de San Mateo, la inundación no fomentó la devoción al santo evangelista sino que afianzó el culto guadalupano, pues fue hasta que la virgen de Guadalupe viajó en canoa desde su santuario en el Tepeyac hasta la Catedral en el centro de la ciudad que el nivel del agua comenzó su descenso. 

No me considero una persona religiosa, pero reconsidero mi postura cada vez que un hilito incesante baja por la pared y empapa las jergas después de un aguacero o, de manera preocupante, después de cualquier lluvia anodina. Hasta ahora, divido mis rezos entre diferentes marcas de deshumidificadores que detengan el incipiente moho y, con algo de culpa, imploro secretamente que la temporada de sequía se extienda hasta que la administración condominal solucione el problema. Ahora paso las noches contemplando los pedazos de yeso que siguen pegados al techo, en un test de Rorschach conmigo misma, imaginando áridos y mejores tiempos.

Ana de Anda


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Cuando yo no podía hablar, mi analista me leía. Al menos una vez a la semana, nos sentábamos con algún libro y me leía, yo sentada en el diván, ella detrás. Me leyó dos libros de Italo Calvino, La curación infinita de Binswanger y Warburg, un libro sobre el padre del presidente Schreber y otros libros que ahora no recuerdo. No hacíamos más que estar ahí esos cuarenta minutos, ella leyendo, yo escuchando. (Creo que mi papá, que pagaba mi terapia, no va a estar muy contento de leer esto: no pagaba por una psicoanalista, sino por una lectora). Pero ahí, en el acto de escucha y lectura, algo radicalmente diferente se conformó en mí, una forma de escuchar, una forma de leer-me. En esos momentos, en esa práctica, hubo algo que se sostuvo, que en su momento no pude reconocer: cuando no había palabras, había palabras. Algo a lo que asirme, en medio de un desborde. Leer, o que te lean, puede ser un acto analítico y la forma en la que se sostiene es lo más importante.

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Hace muchos años estoy obsesionada con las formas. En la literatura, me interesan poco los contenidos que no se presenten en una forma única, diferente, que revele algo más que el mero decir, la dimensión comunicativa del lenguaje. Por eso me aburren cada vez más las novelas, solo me gustan algunos cuentos, y busco más leer poesía, crónica, ensayo, géneros en donde hay más innovaciones en términos de forma. No busco lo que se dice, sino cómo se produce lo que se dice, cómo aparece. Me fascina ese momento en que la forma deja de ser un marco neutro y se vuelve incisiva, creativa, e interrumpe la aparente coherencia de lo dicho. Como si hubiese un pensamiento que solo puede pensarse en determinada forma, y que fuera imposible sin ella. La forma no envuelve el contenido, sino que lo constituye, o mejor aún: lo apuntala.

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Las formas, en la ciencia, son del dominio de la geometría. O al menos la idea de las formas. En la historia de la filosofía, la geometría suele contraponerse a la aritmética dentro de las discusiones sobre los fundamentos de las matemáticas. La aritmética tiene su utilidad, su potencia operativa: es lo que permite contar, ordenar, establecer relaciones cuantitativas, construir una ontología. Pero la geometría introduce otra dimensión, una que no se reduce al número, sino que piensa en términos de lugar, de disposición, de aparición. Si la aritmética opera, la geometría sitúa. No es solo una ciencia de las formas, sino una manera de pensarlas como relación, como tensión en el espacio. Esa dimensión espacial me resulta cercana, casi literaria, porque sugiere que pensar no es solo contar o nombrar, sino también trazar, situar, configurar. La forma, más que la estructura de un contenido, es la inscripción de una idea en una topología, una manera de habitar, de estructurar lo real para que algo nuevo aparezca.

Para el filósofo francés Alain Badiou la forma no se opone a la materia o al contenido, sino que se acopla al real del acto. Contra el enfoque aristotélico, donde la forma da configuración a una esencia o materia subyacente, el extraño y trasnochado platonismo de Badiou entiende la forma como articulación puramente abstracta del ser sobre la base de axiomas. Donde para Aristóteles la creatividad es el poder de transformar continuamente la esencia, para Badiou la invención es el poder de autorizar modos de pensamiento nuevos y discontinuos: “el pensar es el pensar de formas, algo que [Platón] llamó ideas pero que también se llaman formas. Es la misma palabra, ίδέα”.1 La forma, entonces, no representa: interrumpe, inventa, inaugura. Es lo que permite pensar lo imposible, lo que vuelve pensable lo que aún no tiene lugar.

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Dentro de la historia de la teoría literaria, los llamados “formalistas rusos” que escribieron a principios del siglo XX fueron los primeros en pensar sistemáticamente qué es lo literario. Se llamaban a sí mismos “la estética del material” (así los llama Bajtín en sus primeros escritos) y después recibieron el nombre de “formalistas” por parte de sus enemigos. Para ellos, la materialidad misma de la literatura era la palabra, pero la palabra desviada, en cierto modo, de su uso cotidiano.Su idea de la “literaturidad” (lo que Jakobson llamaba literaturnost) surgió de su intento de separar a su objeto de estudio del de otras disciplinas aledañas. La literaturidad no es el texto, no es la literatura en su conjunto, sino el lugar en donde está encarnada la literatura. Hasta ese momento, la literatura se había estudiado a través de la biografía del autor, el panorama de la época o desde la historia, la psicología, la filosofía. La literatura no tenía un terreno, una forma específica. Como otros “científicos”, los formalistas querían definir y delimitar su objeto: lo que hay de propio en la literatura y que no está en ninguna otra parte, su especificidad.

Para los formalistas rusos, la literatura se relaciona con la sociedad por medio del lenguaje, materia prima de la literatura que es también la materia de otros discursos, como el del psicoanálisis. El psicoanálisis y otras formas terapéuticas tratan el lenguaje como una expresión del sujeto, o como lo que estructura su inconsciente. Pero la literatura es precisamente lo que llama la atención, distanciándose, de él, nos alerta sobre (la forma d)el lenguaje, sobre su materialidad que resulta no ser tan natural como imaginábamos. Los formalistas estaban obsesionados con el artificio, la técnica, que es precisamente que separa el uso literario del lenguaje de su uso cotidiano. 

El arte como artificio, el arte como técnica, es la desnaturalización de los procedimientos artísticos, de las convenciones, de las normas. La literatura hace visibles esos procedimientos que se han automatizado y exhibe las formas del lenguaje.

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Todo esto es un preámbulo que me permite llegar al punto central, algo que me da vueltas en la cabeza hace ya algunos meses. Si la forma, como vimos en Badiou, no es una envoltura sino un acto que autoriza la irrupción de un pensamiento nuevo, y si la literatura, como plantearon los formalistas, es lo que hace visible los procedimientos automatizados del lenguaje, entonces las formas literarias pueden ser también formas de escucha en los tratamientos analíticos y en la clínica.

La conexión no es arbitraria. Tanto en la literatura como en la clínica, el lenguaje es la materia prima, pero en ambos casos se trata de un lenguaje que se distancia de su uso cotidiano. En la sesión analítica, como en el texto literario, algo del orden de la forma interrumpe el flujo normal del discurso. El lapsus, la repetición, la interrupción o una pregunta, el silencio, la asociación libre: todos estos son procedimientos que, como los recursos literarios, desnaturalizan el lenguaje y hacen visible lo que estaba automatizado en el habla cotidiana.

Esta intuición me lleva a examinar más de cerca la base literaria de parte de las orientaciones clínicas que se practican hoy en día tanto en la psicología como en el psicoanálisis de las últimas décadas (aunque evidentemente estas dos formas, psicología y psicoanálisis, están irremediablemente enemistadas). No se trata solo de que la clínica use metáforas literarias o tome prestados algunos recursos narrativos. Se trata de algo más profundo: ciertas formas literarias constituyen el pensamiento clínico mismo. La escritura autobiográfica y epistolar de Freud, el uso de recursos de la estructura doble de los cuentos en la terapia narrativa, las ideas de Bajtín sobre el dialogismo dostoievskiano aplicadas al tratamiento sistémico de la psicosis: la forma literaria no ilustra la intervención clínica sino que la funda, la hace posible.

Freud es un ejemplo paradigmático de esta relación. La historia de la crítica literaria psicoanalítica es tan antigua como el psicoanálisis mismo, pero ha cambiado considerablemente desde las famosas lecturas freudianas de Hamlet, las novelas de Dostoievski y la historia de Moisés. La metodología que Freud introdujo y que adoptaron la mayoría de psicoanalistas durante gran parte del siglo XX se fundaba en la idea de que los escritores crean narrativas y personajes que reflejan su propia psicología inconsciente. El texto funcionaba como espejo de la mente inconsciente del escritor o su sublimación, de la misma manera que los sueños son creaciones del inconsciente que se disfrazan para escapar de la represión. Pero lo que me interesa no es esta lectura aplicativa, sino algo anterior: cómo las formas literarias estructuran el propio pensamiento clínico de Freud, cómo su escritura epistolar, autobiográfica, su construcción de casos, depende de procedimientos que son, en esencia, literarios.

Otro ejemplo a considerar es la terapia narrativa, desarrollada por David Epston y Michael White, que encuentra en las formas literarias no solo una herramienta terapéutica sino el fundamento mismo de su práctica clínica. La terapia narrativa parte de la premisa de que las personas construyen significado a través de las historias que cuentan sobre sus vidas, y que muchos problemas surgen cuando estas historias dominantes empobrecen la vida o se vuelven parte de una patología, por lo que la persona se siente atrapada en esa narartiva. La intervención terapéutica consiste en, como co-autor del proceso, ayudar al paciente a volver a escribir sus historias, a encontrar narrativas alternativas que le permitan experiencias más ricas y menos problemáticas. Esta aproximación encuentra un paralelo en la famosa tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia: “un cuento siempre cuenta dos historias”. Para Piglia, el cuento clásico narra en primer plano la historia 1 y construye en secreto la historia 2, y el arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. En la terapia narrativa, la historia dominante sería la historia 1, visible y empobrecedora, mientras que la terapéutica consistiría en hacer emerger la historia 2, esa narrativa alternativa que estaba ahí, cifrada, esperando ser descubierta y recontada.

Una convergencia igualmente reveladora ocurre en el encuentro entre los conceptos de Mijaíl Bajtín y la práctica del diálogo abierto finlandés, donde las formas literarias de pensar trascienden sus disciplinas originales para fundamentar nuevas aproximaciones terapéuticas. Desarrollado en un hospital psiquiátrico de Laponia como respuesta creativa a la escasez de recursos, el diálogo abierto transforma radicalmente el tratamiento de la psicosis al materializar el concepto bajtiniano de polifonía: cada voz —paciente, familia, equipo médico— mantiene su autonomía mientras se entreteje con las demás, creando un espacio donde la comprensión emerge del intercambio perpetuo entre perspectivas distintas en lugar de la imposición unidireccional del saber clínico. Esta práctica encarna el dialogismo bajtiniano, donde el significado surge no de una síntesis final sino del diálogo vivo entre voces que coexisten y se tensionan mutuamente. Así, la literatura y la clínica no se reconcilian ni se subordinan, sino que sostienen un diálogo constante donde ambas disciplinas encuentran en la escucha radical y la tolerancia de la incertidumbre su fundamento compartido más fructífero.

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Pero el movimiento no es de una sola vía. Estas formas clínicas también nos ayudan a leer las formas literarias de manera diferente desde la crítica literaria. El diálogo abierto nos ofrece herramientas para escuchar la polifonía de las crónicas: pienso en la obra de Svetlana Alexiévich, donde múltiples voces testimoniales coexisten sin que ninguna narrativa dominante las subsuma completamente. La terapia narrativa nos permite identificar con mayor precisión las historias ocultas de un personaje, esas narrativas alternativas que se cifran en sus formaciones de compromiso, en sus síntomas, en lo que no dice tanto como en lo que dice. El psicoanálisis nos ofrece una manera nueva de leer, por ejemplo, un poema, el corte de verso y el ritmo sin sentido, esos procedimientos formales que interrumpen el flujo significante y hacen emerger dimensiones del lenguaje que exceden la comunicación. La clínica, entonces, no solo se nutre de las formas literarias: las devuelve transformadas, enriquecidas, como instrumentos de lectura más afinados.

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Las formas literarias y las formas clínicas, aunque comparten una materia prima y se conforman en paralelo, no se pueden tratar teóricamente de la misma manera. No se trata de hacerlas coincidir ni de traducir una en la otra, sino de sostener la tensión que las vincula y las separa. Contra los críticos que psicologizan a la literatura y encuentren en ella un ejemplo para enunciar su discurso inconsciente, hay que reconocer que los propios modelos clínicos, así como sus modelos explicativos, han sido, en muchos casos, anticipados y estructurados por formas literarias. La paradoja está en que, mientras la lectura psicologizante intenta desentrañar el sentido oculto del texto o del autor, la literatura lleva siglos anticipando y moldeando las formas mismas de esas interpretaciones. Por eso propongo no reconciliarlas ni oponerlas, sino leerlas en contradicción: escuchar en las formas clínicas su intuición literaria y en las formas literarias su potencia analítica. Ahí, en esa contradicción, es donde algo nuevo puede pensarse. 

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La forma importa, pero no es una armadura, es una práctica. Comprendí esto antes de poder nombrarlo. Lo registré, en alguna parte de mí, cuando mi analista me leía y yo, sin decir nada, escuchaba. Cuando veía y delineaba el cuadro de Kandinsky en su consultorio. Cuando me obsesioné con el hueco al centro de su florero. Pero estaba presente, estaba ahí. En la simple escena de lectura y de silencio no había una interpretación explícita, sino un modo de estar-con, de sostener un ritmo, de abrazar, una cadencia, una respiración. Y a partir de ahí, comenzar a apalabrar. Las formas (literarias y clínicas) son modos de relación, topologías que vinculan, y a veces modos de supervivencia.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.