El manicomio de los gatos, o un zarpazo al mundo literario
Es difícil encontrar novelas con garra y humor en las mesas de novedades. En el campo literario mexicano la realidad más atroz se reproduce como la mala hierba. Y si no es la violencia del narco y las desapariciones, se trata de historias que abordan la vida personal del escritor sin la distancia en la que florece la originalidad. Aún más difícil es hallar novelas que den zarpazos, que provoquen risas pero también incomodidad, como el borracho que ríe y llora frente al espejo. El manicomio de los gatos (Ediciones Periféricas, 2024) es una de esas novelas raras en las que el lector ríe. No me refiero sólo a la sonrisa del intelectual que conoce los chistes cultos y las citas, sino a la carcajada lépera, sonora, malsonante, que hace sudar.
Ya en la primera página, Rosa de la Huerta, la heroína de la novela de Gabriel Santander, anuncia que recién cumplió 41 años. Oficialmente perdió el brillo en la mirada, a lo que ella, con seguridad, llama ser una magnífica solterona. En un notable párrafo fílmico, a través de un close-up, Santander muestra a la protagonista frente al espejo del baño mientras examina “la cinematográfica hondura de sus ojos”, una profundidad que, para los demás, es signo de lo infecundo. “Era inútil decirles que no me iba a casar, que no iba a tener hijos, que amaba el diazepam sobre la maternidad, a los libros por encima de las fiestas infantiles”, dice con desvergüenza la para nada tierna flor de El manicomio de los gatos.
La primera parte de la novela tiene algo del folletín que inspiró a Manuel Puig, que en varias de sus obras describe con virtuosismo la filigrana del día a día de sus mujeres. Rosa, que trabaja como gerente de un call-center, es una mujer divertida, observadora y culta, en una palabra, aguda; tiene gracia y filo. Igual que muchos de los personajes de Puig, escribe un diario. Aunque estrictamente no forma parte de la novela, se puede decir que en su diario Rosa detalla su vida como Godínez, es decir, como empleada con horario fijo y fines de semana libres, también las citas fallidas y no por ello menos hilarantes, así como la compleja relación con su familia –“mi madre, dulce como los chongos zamoranos e implacable como el cártel de la Familia Michoacana”. También su decisión de tunearse a los cuarenta años y aumentar el tamaño de sus senos –“y hablando de moral, ¿qué hace una lectora de Simone de Beauvoir y Annie Ernaux operándose las tetas?”.
También hay algo en la historia de esta novela de Leocadia Macías, la escritora de La flor de mi secreto (1995), tal vez la mejor película de Almodóvar. Ahí, Leo, en la piel de Marisa Paredes, es una escritora incógnita, Amanda Gris, famosa por sus novelas rosas; ella, sin embargo, quiere escribir en otro registro, el negro o policial. Aunque Leo tiende más al melodrama flamboyante y Rosa es más práctica, ambas son parte de las jugarretas del mundo editorial. Curiosamente, cuando estaba leyendo El manicomio de los gatos murió la actriz española, que vive por siempre en mi canon personal y el firmamento de las divas.
Con un gato que le habla, Lagata Christie, una especie de Pepe Grillo, aunque desdeñoso, al fin minino, y la búsqueda de trabajo, Rosa decide llevar sus memorias a una editorial a sabiendas de que jamás las van a publicar. Para una mujer como ella no es una desilusión adelantada, es echar los dados al aire. Santander, que no quiere aleccionar a nadie ni reivindicar nada, es fiel al carácter de su heroína, así que Rosa no vive mortificada por el sambenito de quedada o malcogida; más que catastrófica, es sarcástica. Con filo, Rosa repasa y guillotina con incorrección política y casi como crítica de arte todas las categorías en las que puede caber o no su existencia. Habla de Frida Kahlo, quien, “como sea, no deja de ser una fuente de inspiración para las sufridas, enfermas, creadoras, beodas, feministas y zorras, y, para ser más específicos, para las lagartonas como yo”.
Pronto, la suerte, o el destino esposado al azar, hace sonar el teléfono. La llamada de la editorial la sorprende, pero sabe muy bien que con su manuscrito no se va a convertir en la Cristina Rivera Garza de su generación. De hecho, la propuesta de Edgar Terracota es amoral. El editor le propone asumir la identidad de Pamela Coratello, una autora de novelas cursis que vende libros como Coca-Colas en México de la que nadie sabe nada, su identidad es un misterio.
Aquí es donde El manicomio de los gatos da un salto y se convierte en una deliciosa mascarada del panorama actual de la literatura. Con la desesperación y los apuros económicos encima, Rosa acepta participar en el fraude editorial y hasta llega a disfrutarlo. En la foto de la contraportada de sus libros, Coratello aparece con un parche en un ojo, un detalle ridículo que Rosa, a pesar de todo e instruida por el editor, está dispuesta a sostener y después a corregir. La escritora, por supuesto, es una invención de la editorial. Es urgente ponerle cara y cuerpo a la autora inexistente, pues luego del boom el público ha comenzado a decepcionarse porque no la ve aparecer en actos públicos ni opinar de los temas de moda, como suelen hacer los intelectuales en México.
Pamela Coratello es, en algún sentido, un trasunto de Elena Ferrante, la escritora italiana superventas que desde su aparición en el mercado editorial a inicio de los años noventa ha guardado discreción absoluta. Algunas hipótesis apuntan que Ferrante no existe y otras que se trata de un hombre que escribe con un seudónimo femenino. A saber. Algunos lo niegan y dicen –¡todavía!– que un hombre no es capaz de describir el mundo femenino. Háganme el favor, como si Amanda Gris, Rosa de la Huerta o las mujeres de Manuel Puig fueran sólo títeres sin alma y no personajes con músculos propios.
En esta fiesta de disfraces circulan los monigotes del mundillo de la cultura local que, como imágenes de la Casa del tío Chueco, aparecen deformados con garra y maña. El malhumorado editor, Edgar Terracota, acusado de plagio en el pasado; los conductores y reporteros del noticiero cultural, uno de ellos es Tonalli Chilacayote Fernández –“no era chaparro ni alto, guapo al 67 por ciento, si eso existe, con una voz seductora que fascina a las incautas”–, y los cizañosos críticos “que aprendieron de Monsiváis que el género más aceptado y redituable es el de hablar mal de los demás”. Los guiños de Santander, conocedor absoluto del ecosistema cultural mexicano, a la azufrosa burbuja del entramado cultural son suculentos bocadillos para el lector más espabilado, malicioso o al tanto del chisme cultural. Tampoco pueden faltar los personajes que hacen el trabajo sucio. Brickles, que por supuesto tiene nombre de geek, es el genio programador de la editorial y el cocinero de las novelas de Pamela Coratello, por ejemplo Un infalible seductor.
Poco a poco va siendo menos un escándalo el uso de la Inteligencia Artificial (IA). Se sabe que en el periodismo, varios de los sitios de noticias más leídos en México tienen su propio programa, símil del chat GPT, que ayuda a generar las notas informativas que leen millones de personas. De los sueldos bajos de los redactores, que están al tanto de la actualidad y editan y verifican la información, mejor ni hablar aquí. No es ningún secreto que la IA, casi como la Sección Amarilla, sí funciona y funciona muy bien, aunque, confiesan los redactores, su lenguaje no es natural sino rebuscado. El último escándalo de la IA es que las voces de los actores del film El brutalista (Brady Corbet, 2024) fueron manipuladas para crear un acento húngaro perfecto. ¿Qué pasa con el uso de la IA en la literatura? Ahí está la originalidad de El manicomio de los gatos, que con notas satíricas y desparpajadas aborda el tema. Las novelas de Pamela Coratello son generadas por los algoritmos del melodrama, el almíbar y los encajes de la cursilería, la IA de la novela rosa, que tan bien maneja el programador Brickles.
Para el mundillo cultural la mayor inmoralidad, sin embargo, está en el fraude de la identidad de Coratello. El caso se lo disputan dos reporteras, colegas y rivales, que quieren desarmar el teatrito editorial al que se presta Rosa como búsqueda de la verdad justiciera y venganza contra el editor Terracota. Con el escenario tambaleándose, la editorial toma acciones en las que tiene que echar mano del manuscrito original de Rosa. El para nada original título de Las aventuras de una solterona la lleva a enfrentarse al plagio y los derechos de autor, así como a un culebrón, el de su propia vida, que se interna en los terrenos de la fantasía psiquiátrica y judicial, es decir, la vida literaria, la de una solterona, por supuesto.
La novela de Gabriel Santander es un zarpazo juguetón, una lectura bribona y espejo cóncavo que de cierta forma se dirige a la gente que forma parte del ambiente cultural o tiene ambiciones de hacerse un lugar en él; para la que no lo conoce, el autor pinta un panorama que rescata los tics feroces de ese mundo. También es una novela que reacciona contra las imposiciones ideológicas; Rosa no es ejemplar, no es modelo de nada, de hecho duda de las categorías que le quiere asignar la familia, el trabajo, los amigos y los amantes. Más que con teorías, por ejemplo el feminismo, su vida íntima está más ligada y se explica mejor a través de su relación con Lagata Christie, de quien no se sabe si es gato, gata o gate; Santander usa el género que marcan las vocales de forma indistinta y destantea a propósito.
El caudal de frases ingeniosas, picantes y saltarinas de El manicomio de los gatos, algunas de ellas rescatadas en este texto, es como un cardumen para los lectores en búsqueda de un placentero arañazo, pues un poco de dolor no mata, da vida.




