Meditaciones sobre las goteras
Aquellos que vivan en el último piso de cualquier edificio, posiblemente se reconozcan en alguna de las siguientes situaciones: en agradecer la ausencia de pisadas provenientes de un nivel más arriba, aunque ocasionalmente se escuchen pasos de quienes suben a tender la ropa o, en mi caso, golpes del vecino que instaló un saco de boxeo en su cuarto de servicio; en salir hacia la azotea en caso de sismo, si el departamento en cuestión supera la cuarta planta; y, casi con toda seguridad, en tener problemas de humedad.
Durante los últimos meses he oído, como una especie de letanía frente a la adversidad, que a todo el mundo le pasa y, también, que todos sufren igual o más que uno: “tu tía Lucero tuvo que pagar ella sola la impermeabilización porque la administración no hizo nada”, “a la vecina se le pudrió el techo de barro y no sabes lo caro que le salió cambiarlo”, “se me metía el agua y tuve que demandar para que el del 501 arreglara el piso de su jaula de tendido”.
El primer signo de humedad fue visible en la pared: una franja de pintura desconchada que revelaba un tono gris oscuro. Como héroe trágico y, debo señalar también, como inquilina confiada de una impermeabilización mal hecha (aunque en ese momento no lo sabía), ignoré esa ave de mal agüero y le achaqué la caída del revestimiento a una pobre calidad de la pintura. Para finales de mayo, cuando comenzó la temporada de lluvias, apareció una burbuja en el techo del cuarto que usamos como estudio, cuarto de visitas, almacén y gimnasio improvisado. Del tamaño de una naranja, primero, y de un balón de futbol al cabo de unos minutos, se reventó dando paso a varias filtraciones más, que ocasionaron un monzón interior a mitad de la madrugada.
Alguna vez, con mi recién adquirida independencia, escribí una cosa muy cursi sobre las casas que funcionan como organismos vivos y autosuficientes. La idea provenía de un arquitecto suizo, a quien imagino capaz de captar la humedad del techo para convertirla en una cascada hacia el jardín, entre otras posibles soluciones para sus desperfectos domésticos. Yo, que no soy ni arquitecta, ni suiza y, para este momento de mi vida, llevo viviendo sola varios años, he aprendido un par de valiosas lecciones. Una de ellas es que, en efecto, las casas funcionan como organismos vivos, pero lejos de ser autosuficientes, sufren, se deterioran y demandan considerables inversiones de tiempo y dinero. Otra fue integrar a mi vocabulario términos provenientes del ámbito de la construcción, como “plafón” y “cielorraso”, después de que se desprendieron del techo mojado.
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde o hasta que se ve obligado a trasladarlo con prisa. Aplica para las mudanzas, para las huidas después de un robo y, en mi historia, para el acarreo de cosas hacia las zonas más secas de la casa. Toallas, jergas y cubetas fueron mis aliados frente a la adversidad climática y, cuando la humedad se extendió hasta el cuarto principal, trasladamos el colchón a la sala, donde las gatas disfrutaron de un campamento improvisado.
Año con año, esta ciudad nos recuerda a sus habitantes que está cimentada sobre un terreno lacustre. La inundación más abundante que se tiene registrada en la Ciudad de México ocurrió en 1629. Una serie de malas decisiones y un sistema de drenaje superado por la potencia pluvial causaron que ese año las aguas alcanzaran hasta los dos metros de altura. La lluvia duró aproximadamente dos días y buena parte de la ciudad permaneció inundada cinco años. La cabeza de león que actualmente se ubica en la esquina de Madero y Motolinia señala el nivel que alcanzó el agua. Se calcula que del total de los habitantes en ese momento, murieron 30000 a causa de la escasez y del ambiente insalubre, mientras que otros 50000 abandonaron la ciudad.
La explicación de mis goteras fue que la violencia inusual de la lluvia aquel día junto con una deficiente circulación en las bajadas de agua provocaron un taponamiento. El agua encontró salida entre el impermeabilizante y el piso de la azotea y, eventualmente, a través de las grietas del techo de mi departamento. Esto reveló no sólo la ineficiencia de la administración vecinal en turno, sino el nulo mantenimiento de un edificio cada día más viejo.
Un inconveniente del que poco se habla es que la inundación de 1629 impidió las fiestas por la canonización de San Pedro Nolasco, previstas para celebrarse ese año pero que se retrasaron hasta que la ciudad fue caminable de nuevo. Quizá si Nolasco hubiera recibido su beatificación a tiempo, hubiera detenido el diluvio, como pensaron muchos habitantes que comenzaron una ronda devocional entre diferentes santos con la esperanza de que alguno desazolvara el terreno. Aunque la lluvia torrencial de 1629 se conoce como el diluvio de San Mateo, la inundación no fomentó la devoción al santo evangelista sino que afianzó el culto guadalupano, pues fue hasta que la virgen de Guadalupe viajó en canoa desde su santuario en el Tepeyac hasta la Catedral en el centro de la ciudad que el nivel del agua comenzó su descenso.
No me considero una persona religiosa, pero reconsidero mi postura cada vez que un hilito incesante baja por la pared y empapa las jergas después de un aguacero o, de manera preocupante, después de cualquier lluvia anodina. Hasta ahora, divido mis rezos entre diferentes marcas de deshumidificadores que detengan el incipiente moho y, con algo de culpa, imploro secretamente que la temporada de sequía se extienda hasta que la administración condominal solucione el problema. Ahora paso las noches contemplando los pedazos de yeso que siguen pegados al techo, en un test de Rorschach conmigo misma, imaginando áridos y mejores tiempos.
Ana de Anda




