De niña soñaba con la Atlántida
¡Que me posean ya los misterios que no tienen solución!
Porque tiene que haber más
¡Este mundo no me basta!
Tiene que haber otra cosa.
Daniela L Guzman,
“Tal vez Elisa Lam era una chica como yo”
Hace unas semanas, se hizo viral en Tiktok una serie de videos que afirmaban que la élite estadounidense tenía fiestas donde el plato principal era carne de sirena. Mirarlos me mandó al lado conspiracionista de Tiktok, un lugar divertido al principio, alarmante al final, en el que he caído una decena de veces desde que descargué la aplicación hace unos años.
En ese lado de Tiktok, desfilan por igual personas que se comunican con los aliens, terraplanistas, cazadores de fantasmas, las clásicas teorías de la muerte y suplantación de Avril Lavinge, las especulaciones sobre la muerte de Elisa Lam en el hotel Cecil, videos de los seres que aterrorizan los Apalaches y mucho, mucho más. Cientos de teorías se desplegaron ante mis ojos y me consumieron a lo largo de la semana que me permití estar ahí.
De alguna manera, ver todo eso sin realmente creerlo se sintió como una bocanada de aire fresco; era una ventana a un lado del mundo en el que hace mucho que ya no creo: lo extraño, lo místico y lo peligrosamente sobrenatural. Los aliens que se comunican con nosotros por medio de círculos en las cosechas, el triángulo de las Bermudas que nos transporta a otra dimensión, la ciudad perdida de Atlantis, las sirenas que se esconden de nosotros en medio del mar infinito, todo lo que en algún momento de mi niñez me había parecido el misterio alrededor del cual se desarrollaría mi vida.
Chupacabras
Nací el año del primer avistamiento del Chupacabras, bendito 1995 de críptidos y ganados perdidos. En ese entonces, aunque ya existían los términos “criptozoología” y “criptoarqueología”, un supuesto video de Pie Grande ya daba la vuelta al globo y decenas de personas buscaban a Nessie entre las aguas profundas del Loch Ness en Escocia; aunque la International Society of Cryptozoology estaba por cumplir su aniversario número quince, nuestro país apenas se ubicaba en un mapa del que no saldría jamás: el de las criaturas imposibles de encontrar. Escurridizas, míticas, crípticas.
México se convertía, junto a Puerto Rico, en una de las casas del chupacabras, marcando a toda una generación con noticieros, bandas tributo, caricaturas y noticias alarmantes. La fiebre del chupacabras alcanzó a todo el país y se extendió por el continente entero, pronto hubo avistamientos desde Estados Unidos hasta Chile.
Críptidos y criptozoología
En 1955, el biólogo frances Bernard Heuvelmans publicó On the Track of Unknown Animals, el libro que daría origen a una nueva rama de la zoología: la criptozoología, dedicada al estudio de los animales ocultos, los animales escondidos, que desde entonces fueron conocidos como “críptidos”, aquellos de los que solo hay especulaciones y muy poca evidencia.
Con su libro, Heuvelmans seguía el camino del antiguo director del Royal Zoological and Botanical Gardens: A. C. Ouderman y su libro publicado con motivo de una serie de avistamientos de serpientes acuáticas gigantes, The Great Serpent Snake de 1892.
Heuvelmans estaba decidido a seguir la pista de los críptidos de los que escuchaba algún rumor: el yeti, el monstruo del lago Ness, Pie Grande y muchos otros. Fue de Escocia a Malasia y publicó cientos de estudios más. Su rigor científico le ganó el beneficio de la duda, por más que sus objetos de estudio fueran menos que convencionales y en 1982, después de su fundación, se convirtió en el presidente de la International Society of Cryptozoology, una institución dedicada puramente a la criptozoología y conformada por una serie de científicos que, al lado de Heuvelmans, decidieron dedicar sus carreras a los animales ocultos. La Sociedad Internacional de Criptozoología contó, a lo largo de su duración, con una publicación académica periódica, donantes y una decena de científicos dispuestos a colaborar.
Entre los críptidos más famosos, que luego dejaron de serlo, nombrados en la web de la sociedad, destacan el dragón de komodo, el okapi y el panda gigante; aunque es cierto que la mayor parte de los científicos de la Sociedad prefirieron ir tras el rastro de Pie Grande.
Demasiada realidad
Ahora, décadas después, pocos críptidos se abren paso en las noticias internacionales. ¿Qué nos pasó? ¿Ya nadie cree en lo extraño, en las civilizaciones perdidas, en los aliens que vendrán a salvarnos a todos?
Al menos, nadie que conozca lo hace, no de verdad. Todos pensamos que sería divertido que esas cosas exitieran, algunos hasta culpan al duende de su casa por perderles las llaves. Pero pocos siguen creyendo de verdad. La realidad de nuestro país es demasiado oscura como para eso. Es una oscuridad triste, llena de hartazgo, demasiado real.
Desaparecidos, asesinatos, campos de extermino, el país que se hunde en la violencia y el dolor, todo eso parece incompatible con lo místico y lo críptico, con los animales que queremos desear que existan. ¿Quién necesita al chupacabras cuando cada mes se descubre un nuevo nivel de horror y de violencia?
Atlántida
Según Platón, los dioses se enojaron tanto con la Atlántida, que mandaron “una terrible noche de fuego y terremotos” para arrojar a la antigua civilización a lo más profundo del mar.
Cuando era niña, imaginaba las olas cubriéndolo todo, los terremotos que destrozaban la tierra, la ciudad siendo absorbida por un mar furioso. Luego, la calma, las olas deslizándose en la superficie marina como si nada hubiera pasado.
La Atlántida, el triángulo de las Bermudas y Nessie en su lago en Escocia encabezaban la lista de asuntos de los que, pensaba, se trataría la vida adulta. Desde luego, creí, de grande me subiría a muchos barcos, o muchos aviones, dependería del día, y tendría que tener cuidado en navegar lejos del triángulo de las Bermudas para no entrar en una dimensión desconocida. Desde luego, pensaba, la exploración de la Atlántida nos llevaría a mi equipo y a mí por lo menos una semana, pero confiaba en que la encontraría. Confiaba en que al ir a Escocia, el monstruo asomaría su cabeza para saludarme solo a mí.
Creer en algo
Quiero pensar que el año de mi nacimiento, ese delgado hilo que me une a uno de los críptidos más famosos del planeta, vaticinó para mi futuro y, el de toda mi generación, la inmensa fascinación que sentiríamos por todo lo oculto: los mitos, las civilizaciones perdidas, los animales de los que solo podemos especular, los rastros perdidos de algo más grande que nosotros.
No creo ser la única que se fascina por lo extraño. Tal vez en el fondo solo sea un deseo par algo más. Quiero algo que sea nuevo, distinto, un susurro de que el mundo es mucho más grande, mucho más vasto y mucho más misterioso de lo que puedo imaginar.
Estoy harta de lo que tiene solución, de las respuestas lógicas y las explicaciones que tienen sentido. Quiero el continente perdido de Lemuria y los sasquatch que cruzan la selva. Quiero que el chupacabras sea real, que el documental de Discovery Chanel en el que proponían la teoría de “el mono del agua” que explicaba la existencia de las sirenas sea la realidad. Sirenas, hadas, un pleciosauro que vive en un lago en Escocia, los aliens que construyeron las pirámides, la fuerza oscura que se llevó a Elisa Lam y la ahogó en el Hotel Cecil. Quiero que todo eso sea real.
Pero, ¿qué queda? Ver videos por Tiktok, mirar las predicciones de la médium que dice que esta vez sí, esta vez las naves nodrizas serán visibles para todos desde el cielo estadounidense, y desear que el mundo vuelva a su curso natural de misterios y sirenas.
Que regrese Atlatis en todo su esplendor, que las fuerzas místicas se manifiesten. Que vengan Pie Grande y Nessie, que el Mothman vuele por los cielos. Que los aliens por fin se muestren en vivo y a todo color y respondan de una vez por todas si realmente cuidan a Tampico de los huracanes. Quiero el noticiero de Javier Alatorre donde dijeron que el chupacabras era un “murciélago chistosón” y los cuerpos alienígenas de Jaime Maussan. Quiero el mundo donde importan las energías místicas y donde las personas sombra se pasean por los edificios de la Ciudad de México.
Eso es mejor que la soledad de existir día tras día en una rutina infinita. Existir por existir, con responsabilidades vacías, con sueños pequeños. Mejor Lemuria, mejor Atlantis, mejor los reptilianos y la rata gigante de la Merced. Mejor los dinosaurios que habitan en el centro de la tierra a esta realidad dolorosa donde culparon a los perros salvajes de haber cometido los crímenes del chupacabras; donde ya no nos emocionamos por la sombra de Pie Grande cruzando la selva.




