Jaws y la historia cultural de los monstruos marinos
Cada año mueren más personas por cocos que caen de palmeras que asesinadas por tiburones. Esto lo dice la International Shark Attack File (ISAF), la única base de datos científicamente constituida que documenta los ataques de tiburones cada año en todo el mundo. En el 2024, fueron ochenta y ocho entre ataques a embarcaciones, incidentes en cautiverio y mordidas. En el caso de las mordidas, esta institución marca la diferencia entre “mordidas no provocadas”, que son incidentes en los que se produce una mordedura a un humano vivo en el hábitat natural del tiburón sin que este haya sido provocado por el ser humano; y “mordidas provocadas” que se producen cuando un ser humano inicia de algún modo la interacción con un tiburón. Por ejemplo, mordeduras a buceadores que acosan o intentan tocar a los tiburones, mordeduras a pescadores submarinos, mordeduras a personas que intentan dar de comer a los tiburones, mordeduras que se producen al desenganchar o sacar a un tiburón de una red de pesca, etcétera. De estos ochenta y ocho ataques, siete fueron fatales, de los cuales cuatro fueron “no provocados”. Este número se mantiene en el promedio anual de cinco ataques fatales causados por tiburones. En contraste, aproximadamente ciento cincuenta personas mueren al año por cocos que caen de palmeras.
¿Por qué este dato parece absurdo? ¿No son los tiburones sanguinarias bestias que comen humanos? En la cultura popular, los tiburones —y en específico los tiburones blancos— tienen un halo de peligrosidad y fatalidad que en realidad es una visión distorsionada que no corresponde con el comportamiento de estos animales. El gran tiburón blanco o Carcharodon carcharias es un depredador ápice, es decir, que no tiene depredador y suele cazar grandes animales marinos. La magnitud de su poder físico es impresionante. Sin embargo, no es un “enemigo” natural del ser humano. La idea monstruosa del tiburón blanco que se tiene en el presente, en parte se alimentó de representaciones culturales que exaltaron las cualidades violentas de su ser depredador. Una de ellas, y tal vez la que tuvo mayor responsabilidad, fue la película Jaws (Tiburón) de 1975.
Sin embargo, este solamente es un capítulo de los capítulos más recientes en la historia cultural de los animales marinos. En la Antigüedad y la Edad Media, algunos animales que habitan los océanos fueron vistos como seres bestiales y eran asociados a seres mitológicos; los cetáceos y el leviatán eran parte de la misma categoría. En las cartas de navegación, las monstruosidades acuáticas nadaban entre los meridianos y las rosas de los vientos. Esta expresión iconográfica materializaba la incertidumbre que rodeaba a los océanos en la cosmovisión de aquellas épocas.

El desarrollo de las ciencias de la vida fue un largo camino en el que la historia natural —basada en prácticas descriptivas sobre los animales, plantas, hongos y minerales—, dio paso a la biología y otras disciplinas. En este viaje los animales fueron perdiendo su carácter mitológico y hubo una diferenciación clara entre los animales como objetos de estudio científico, y los monstruos que solamente habitaban los relatos ficticios.
Jaws, basada en la novela homónima de Peter Benchley, fue dirigida por un joven Steven Spielberg. Este filme cambió la historia del cine industrial pues en la época del llamado nuevo Hollywood inauguró la tradición de los blockbusters de verano. Antes del éxito de esta película, los estudios hollywoodenses no consideraban el verano como la mejor época para estrenar películas importantes. Jaws terminó con esa idea al demostrar que una película bien promocionada podía atraer multitudes en la temporada veraniega. Se considera que esta película fue el primer blockbuster veraniego, concepto que luego se consolidaría con Star Wars de 1977.
El estilo de dirección de Spielberg recuerda a las clásicas películas de suspenso de Hitchcock. El enorme y sanguinario tiburón blanco que acecha las playas de Amity, aparece relativamente poco tiempo en pantalla. Quienes saben y han escrito sobre la historia del cine, han dicho que esta herramienta narrativa pareciera alimentar la sensación de peligro desconocido, la angustia de estar siendo perseguido por una anónima amenaza. Sin embargo, la razón por la cual el monstruo apareció poco en la película fue que las réplicas neumáticas de tiburones construidas para la película, a veces simplemente no funcionaban. Los tiburones mecánicos sufrían constantes averías debido a la filtración de agua salada en las mangueras neumáticas y la fractura de su estructura por la presión del agua. Esto fue parte de una serie de complicaciones que sucedieron durante la producción; desde embarcaciones ajenas al set que aparecían en pantalla hasta que las cámaras se mojaran, pasando por la vez en la que el barco Orca comenzó a hundirse con los actores a bordo.
Otro elemento icónico que fue fundamental para el gran éxito de Jaws en la cultura popular fue su banda sonora, obra de John Williams, quien se consolidó como uno de los grandes compositores de bandas sonoras para el cine. Su icónica melodía de dos notas separadas por un semitono fue inspirada totalmente en los primeros compases del 4to movimiento de la Novena Sinfonía del compositor checo Antonín Dvořák. En la música de Jaws también se asoman acordes al estilo de Igor Stravisnky en la Consagración de la Primavera (para saber más sobre este compositor ruso y esa obra en particular véase aquí )
Como parte del fenómeno mercantil y mediático de la cultura popular estadounidense, Jaws tiene un lugar ciertamente especial. Si bien no fue la primera película en mostrar bestias zoológicas que son enemigas mortales del ser humano, como en el filme Them! (1954) en el que aparecen gigantes hormigas, Jaws inauguró un género cinematográfico protagonizado por animales-monstruos.

Además de las secuelas de Jaws, que no fueron dirigidas por Spielberg y fueron castigadas por la crítica, a partir de finales de la década de 1970, emergieron una serie de filmes como Orca: the killer whale (1977), Jurassic Park (1993), Anaconda (1997), Deep Blue Sea (1999) y The Meg (2018), entre muchos otros. Estas expresiones cinematográficas que representan a ciertos animales depredadores como bestias sanguinarias que no buscan sino asesinar perversamente al ser humano, es sintomática de una distorsión ideológica de la diferencia entre nuestra especie y el resto de animales. Este divorcio implica proyectar una serie de valores antropocéntricos a algunos animales, promoviendo una enemistad intrínseca entre los bestiales animales depredadores y el ser humano, víctima del salvajismo de estos seres. En la realidad, todo se invierte. Es claro cuál es la especie animal (no en su totalidad, sino que algunos subconjuntos) que ha depredado a otros seres y es un riesgo mortal latente y desenfrenado para el planeta. Y no, no es el gran tiburón blanco.




