Hace algunos años me contaron que el director editorial de una gran transnacional —de esas con premios Nobel y best sellers en su catálogo— no iba a librerías ni leía libros fuera de su horario de oficina. Con checador en mano, cumplía su “labor editorial” como si se tratara de una jornada más. Al principio me sorprendió cierta defensa del tiempo personal o privado, pero un regusto amargo rondó mi paladar al pensar que alguien con semejante importancia en el mundo del libro pudiera quitarse, sin más, el traje, los lentes y el cerebro de editor. Con el paso del tiempo entendí que ese personaje en realidad se ponía y quitaba un disfraz. Porque quienes editan de verdad, difícilmente pueden dejar de hacerlo.
El 1º de agosto de 2025 nos sorprendió y entristeció la noticia de la muerte de Daniel Divinsky, editor de pura cepa, quien junto a Kuki Miler y un grupo de colegas fundó Ediciones de la Flor en 1966. Una editorial que haría públicos —para los lectores— escritos que hasta entonces eran privados, voces como las de Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Fogwill, David Viñas, Roberto Fontanarrosa, o el conocidísimo Quino, con su Mafalda. Tal vez sin saberlo, Divinsky y su labor editorial pasaron por nuestras vidas y lecturas, formando nuestros afectos, resistencias, risas y poéticas.
Divinsky nació en 1942 y, a los cuatro o cinco años, una enfermedad renal lo obligó a guardar cama. Aprovechó esa reclusión para aprender a leer, y pronto empezó a devorar cuentos del brasileño Monteiro Lobato. Aunque se licenció como abogado, ejerció poco tiempo. La curiosidad —esa virtud que él consideraba esencial para cualquier editor— lo llevó al mundo de los libros. Esa misma curiosidad que lo hizo leer Emília no País da Gramática fue la que definió más tarde la política editorial de Ediciones de la Flor: publicar libros que le gustaban, convencido de que si algo le interesaba a él, también podía interesar a otros lectores. Una poética editorial que floreció en libros que hoy son clásicos contemporáneos, pero que también le trajo no pocos problemas.
Entre 1976 y 1977, con la dictadura de Videla ya consolidada, Ediciones de la Flor recibió dos golpes muy duros. El primero fue la prohibición de un libro infantil y la posterior orden de detención contra Divinsky, Kuki Miler y Amelia Nassi, directora de la colección “El libro en flor”, especializada en libros ilustrados con muy poco texto.
El libro en cuestión era Cinco dedos, escrito por el Colectivo de Literatura Infantil de Berlín Occidental. Se trata de una fábula sobre la fuerza de la unión: narra la historia de una mano roja cuyos cinco dedos no logran llevarse bien, mientras una mano verde los molesta e insulta. Cuando los dedos descubren que si se juntan pueden formar un puño, logran enfrentar la agresión. Una mujer, esposa de un militar en Neuquén, leyó el libro y lo interpretó como un llamado subversivo a la rebelión. Un juez decidió entonces prohibirlo y ordenar la detención de sus editores. Divinsky y Miler estuvieron detenidos durante cuatro meses en Villa Devoto; Nassi, entonces pareja de Augusto Roa Bastos, logró huir antes a París.
El segundo golpe llegó poco después. Con Divinsky, Miler y su hijo de doce años aún detenidos, Rodolfo Walsh —autor de Operación Masacre y Caso Satanowsky, publicados por la editorial— fue secuestrado y asesinado. Walsh, consciente del peligro que lo rodeaba, había pedido que no lo saludaran en la calle y que se extremaran precauciones al entregarle regalías. Mantenía con Divinsky una “amistad entre anglosajones, nutrida de sobreentendidos y largos silencios”.
Ediciones de la Flor nunca ha sido una editorial militante, pero sí una editorial con olfato literario y sensibilidad progresista. Por eso fue blanco de una dictadura brutal, autoritaria y violenta, que dañó profundamente la cultura y los derechos humanos. Durante los años siguientes, Divinsky se exilió en Venezuela, desde donde siguió gestionando la editorial. Además, trabajó para la Biblioteca Ayacucho y en El Diario de Caracas, donde impulsó un proyecto que lo entusiasmaba: cada domingo, junto con el diario, se entregaba un librito. No había que preocuparse por su venta: tenía distribución asegurada y un pago automático.
En 1983, tras el regreso de la democracia, Divinsky volvió a la Argentina y la editorial siguió creciendo en títulos y en autores entrañables. En 2015 se retiró formalmente, dejando la editorial en manos de Kuki Miler. Pero su retiro fue más simbólico que real. Era bien conocida su labor como celestino literario: hacía llegar manuscritos de conocidos y desconocidos a editoriales y agentes, fomentaba la lectura en charlas, en los medios, y en conversaciones privadas donde compartía con entusiasmo sus pasiones literarias.
Por recomendación suya, leí a una entonces desconocida Dolores Reyes o a Paula Tomassoni. También recuerdo haber escuchado con él, en el tráfico de la Ciudad de México, la canción “Bach Chata Habladurías” de Kevin Johansen, en la que se juega con los conceptos de “maledicencia” y “mal edicencia”: eso que ocurre, decía Divinsky, “cuando una editorial publica malos libros”.
Nunca le hice una entrevista, pero no era raro recibir un mensaje suyo de vez en cuando, avisando que estaría en México. Siempre quería vernos y platicar, descubrir nuevos libros y hablar de aquello que nos gustaba —no por trabajo—, sino porque era lo único que realmente nos hacía felices.
Daniel Divinsky sabía que la lectura es una de las pocas formas de salvación que nos quedan, y dedicó su vida a ello. Por eso, el ejercicio editorial no puede ser un uniforme que se quita al salir de la oficina. Es una forma de estar en el mundo, una vocación que atraviesa lo personal y lo profesional, nuestras familias e ideologías, nuestros gustos, lo que sabemos y lo mucho que ignoramos. Lo que queremos conocer y lo que queremos compartir.
El regalo que nos dio con tantos libros y lecturas solo puede ser pagado con una responsabilidad: seguir salvándonos —y salvando a otros— con la lectura.
Fotografía de Daniel Divinsky, cortesía de Ezra Alcázar.
“Venezuela es un país de poetas” se suele escuchar y leer a menudo en los predios culturales del país. No es falso, grandes voces han abierto caminos bien trazados por la tradición en materia de poesía. Desde José Antonio Ramos Sucre, Salustio González Rincones, Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi hasta Juan Sánchez Peláez, Ramón Palomares, Hanni Ossott o Miyó Vestrini, por citar un puñado de maestros y maestras cuyas obras calan en las generaciones actuales, no solo de poetas, sino de escritores venezolanos en general. Porque se da el caso —nada extraño por lo demás— de que muchos jóvenes poetas actualmente están cultivando también el ensayo y la narrativa.
En el dossier de literatura joven venezolana que presentamos incluimos voces que escriben desde Venezuela y que transitan varios géneros literarios, con la particularidad de que la mayoría partieron de la poesía, y de allí han proseguido una labor escritural a través del ensayo, el cuento y la novela, sin dejar de escribir poesía. No es el caso de todos los escritores y escritoras de la muestra, pero me atrevo a afirmar que sí de la mayoría, lo que da cuenta de una característica a valorar para comprender mejor los inicios inspiracionales y el decantamiento posterior o en pleno desarrollo de estas jóvenes escrituras.
Quisimos acotar la antología a quienes escriben desde Venezuela para mostrar el trabajo de autores y autoras que, en medio de un campo político y económico minado por asedios foráneos y contradicciones internas, han decidido quedarse en el país y escribir. Son escritores y escritoras nacidos entre 1986 y 1999, por lo que ninguno supera los cuarenta años, dando cuenta de una generación joven y situada en su país natal.
Hay pocas antologías recientes de literatura joven venezolana, con la excepción de Feroces: compilación de autoras jóvenes venezolanas, editado en 2024 y Los novísimos. Siete nuevos narradores venezolanos, publicado en 2023 por Abediciones. En materia de poesía, hay que mencionar la antología digital Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad, editada recientemente por Zorian Ramírez, Juan Lebrun y Bolívar Pérez para la revista mexicana Círculo de Poesía, que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990.
Sin embargo, las redes sociales, en su barullo de contenidos signados por algoritmos de ventas, también han abierto posibilidades de publicación y autoedición interesantes, mostrando trabajos editados en revistas digitales, blogs o directamente en los canales personales de Instagram, Facebook, etcétera. Entre los sitios más destacados para revisar el estado actual de la narrativa en Venezuela se encuentra el espacio web Ficción Breve, y en cuanto a la poesía y el ensayo poético la Revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo.
Asimismo, los concursos nacionales para jóvenes han abierto oportunidades a nuevas voces, pero también con énfasis en la poesía, destacándose los concursos nacionales Rafael Cadenas y Hugo Fernández Oviol. En narrativa, se debe mencionar el Premio de Cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores que, en su XIX edición, sigue sumando nuevos nombres al ámbito narrativo. Existen otras bienales y concursos nacionales, como el Concurso Nacional Stefania Mosca (en narrativa, poesía, ensayo y crónica), pero no están dirigidos exclusivamente a jóvenes. Una experiencia que promete ampliar la lista de nombres de buenos poetas en el país es la recientemente creada escuela de poesía para jóvenes liceístas Juan Calzadilla. No podemos dejar de mencionar el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores que incluye anualmente nuevos títulos, muchas veces de jóvenes, en géneros como poesía, narrativa, dramaturgia y ensayo.
En este contexto, presentamos la muestra de literatura joven titulada con el verso de la poeta Luz Machado: “La casa necesita ambas manos”, para hacer hincapié en la necesidad de volcar nuestra mirada hacia la casa, hacia los procesos escriturales desarrollados dentro de Venezuela, donde convergen visiones y perspectivas diversas, influencias y trayectos de formación que pueden coincidir, pero no resultan necesariamente en poéticas semejantes. Asistimos a una casa heterogénea, donde ambas manos son necesarias para robustecer el corpus literario nacional, que sin desdecir de la producción generada por coterráneos allende las fronteras del país, sí tiene una representación sólida y en permanente crecimiento y continuidad en sus zaguanes y patios internos.
Presentamos ocho cuentos, tres ensayos literarios, una crónica y cuatro selecciones de poesía. Todos escritos por venezolanos jóvenes nacidos en distintas ciudades del país. La selección da cuenta de la variedad temática y estilística mencionada. Desde el humor generoso de cuentos como Estos flacos como antenas del narrador, poeta y editor Ennio Tucci, al terror psicológico y tragicómico de Normas de convivencia de la narradora, periodista y poeta Soriana Durán.
También se podrán leer cuentos donde la palabra poética es presencia cuasi táctil sin que por ello se reste labor narrativa y cocción a fuego lento del impacto de la trama, son los casos de El Cisne, del poeta y narrador Felipe Ezeiza, y de El mar tiene tu nombre, del narrador y editor Jorge Morales-Corona. Este último autor explora los límites entre la memoria, lo real y lo onírico, preocupación que también se observa en el cuento El recuerdo del invernadero de Luis Perdomo, donde además se destacan visos de lo real maravilloso y de la descripción de ciudades o provincias desoladas (en este caso en Falcón), icónicas de un paisaje común de la tradición literaria latinoamericana. En el cuento La Dolorita, del poeta y narrador Liwin Acosta, también pueden distinguirse rasgos de lo real maravilloso, incluso de la atmósfera enrarecida de los mismos territorios de Falcón, pero con un tratamiento de la prosa y los diálogos, completamente distintos, en un ritmo que oscila entre el simbolismo onírico y la densidad telúrica.
En los cuentos escogidos, las temáticas y trasfondos se multiplican: desde experiencias de crecimiento, cotidianidades absurdas, reivindicaciones LGBTQ+, memorias de paisajes ancestrales, hasta el relato histórico o enmarcado en luchas sociales precisas. Esto último es patente en el cuento de Soledad Vásquez Piel de onza, que relata la ejecución de Cecilia Mujica durante la Guerra de Independencia de Venezuela a través de los recuerdos de la bisabuela Ramona, entremezclados con alusiones que vuelven al realismo maravilloso o la figuración mítica de la historia. También el cuento Nuestra batalla de David Gómez Rodríguez, narra desde el presente una imbricación histórica con la Guerra de Independencia venezolana, donde son evocados personajes como José Tomás Boves y Simón Bolívar.
La crónica, como género híbrido entre el periodismo y la literatura, encuentra en Jessica Dos Santos una voz representativa que combina rigor histórico con una prosa cercana. En el texto Caracas y México, muchos regalos y algunos dolores, la autora indaga cómo la presencia mexicana se ha arraigado en la identidad caraqueña a través de monumentos y tradiciones. Entrelaza datos históricos —como los orígenes de la Avenida México o los monumentos obsequiados a la ciudad de Caracas— con anécdotas íntimas y reflexiones culturales, logrando que la historia no sea un mero relato del pasado, sino una experiencia viva de lectura.
En cuanto a los ensayos, entregamos tres piezas de largo aliento de escritores que cultivan otros géneros literarios y que se centran —los tres— en analizar y realizar un recorrido crítico por la obra de otros autores venezolanos. Daniel Arella escribe Porn sci-fi venezolano: Ronald Delgado y el pornoerotismo posthumanista en Anómala (2013), un ensayo que explora el subgénero del pornoerotismo posthumanista como un entramado que fusiona tecnología, sexualidad y crítica social para reflexionar sobre cuerpos transformados, poder y alienación en la hipermodernidad. Asimismo, Hanni Ossott, la voz de la esfinge, de la poeta y ensayista Mariajosé Escobar Gámez, arroja nuevas luces sobre la poesía de Hanni Ossott, con una lectura que parte de los modelos edípico y esfíngico de interpretación, inspirados en las ideas de Giorgio Agamben. Finalmente, el ensayo El pasado futuro del eterno presente: memoria, duelo y amor, de Zorian Ramírez Espinoza, ofrece un enfoque interdisciplinario, combinando teoría literaria, psicoanálisis lacaniano y mitología, para analizar la obra de Laura Antillano, centrándose en su cuento Me haré de aire.
Decidimos incluir poemas de cuatro poetas jóvenes del país, pues como dijimos desde el principio de esta breve introducción, no es falsa ni impostada la frase que reza “Venezuela es un país de poetas” —y de buenos poetas—. Esta materialidad verbal puede comprobarse en los cuentos y ensayos de la muestra, pero se hará aún más patente en la lectura directa de la poesía de cuatro registros muy distintos entre sí que, a su vez, se entroncan con en el mismo universo simbólico y formal de la tradición poética venezolana. Se trata de Eloísa Soto, María Alejandra Rendón, Juan Lebrun y Milagro Meleán. Que la mayoría sean mujeres no es un acto meramente reivindicativo, es la constatación fáctica de que en la actualidad hay una presencia muy potente de poetas mujeres en el panorama de las letras venezolanas.
El dossier titulado La casa necesita ambas manos celebra la vitalidad de la escritura joven venezolana en su raigambre inclusiva, dialogante y heterogénea. Los autores y autoras aquí reunidos demuestran que, pese a (o en consonancia con) las complejidades del contexto nacional y mundial, la literatura sigue siendo un espacio de memoria y reinvención, donde conviven lo íntimo y lo colectivo, a través de búsquedas verbales que abrevan de la tradición sin renunciar a la singularidad y la originalidad epocal.
Que esta breve muestra sirva como testimonio de que la casa literaria venezolana sigue en pie, habitada por quienes, desde el rigor y la audacia, insisten en nombrar el mundo y en nombrar al país con voz propia.
Toda ruina lleva en sí el espectro de una caída anunciada.
Walter Benjamin, Pasajes, 1927.
Algunos insisten en ver los conflictos de este tiempo — la guerra en Ucrania,1 el genocidio en Gaza, el juego de nervios con Irán — como tragedias separadas, cada una con su propio libreto, su propio escenario, sus propios fantasmas. Bajo esa mirada fragmentada, la guerra en Ucrania sería solo un asunto de “seguridad europea”, un malentendido entre vecinos que escaló; el baño de sangre en Palestina se reduciría a un “conflicto ancestral”, como si la tierra llevara en sus venas el mandato bíblico de la violencia, y el pulso con Irán, una mera disputa por centrifugadoras y uranio, como si el verdadero pecado no fuera su desafío al orden, sino su osadía tecnológica.
Pero hay otra lectura, más incómoda, más verdadera. Estos no son tres fuegos distintos, sino llamaradas de un mismo incendio. Son las grietas por donde se asoma la decadencia de un imperio que ya no domina, pero tampoco se resigna a caer. Occidente —ese centro tambaleante del capitalismo global— no libra guerras por error, ni por moral, ni siquiera por petróleo. Las libra, sobre todo, por tiempo. Por aplazar lo inevitable.
En el tablero geopolítico del Medio Oriente contemporáneo, llama la atención el hecho de que las potencias que hoy marcan el ritmo de los acontecimientos no sean árabes. Irán, Turquía e Israel se erigen como protagonistas de una región en permanente ebullición, mientras que los Estados árabes, aunque numéricamente expresivos, optan por una postura de cautela, casi de espera.
Cada uno de estos tres actores encarna un modelo político singular, que refleja tanto sus tradiciones como sus ambiciones. Irán se proyecta como una teocracia islámica de contornos paradójicamente pluralistas, capaz de conjugar fe y pragmatismo en la conducción de su política. Turquía, heredera de un imperio que moldeó siglos, se presenta como una democracia marcada por el peso de las Fuerzas Armadas, donde el pasado imperial aún susurra entre las filas militares. Israel, por su parte, reivindica el rótulo de democracia de estilo occidental, pero se deja moldear, cada vez más, por un nacionalismo religioso que redefine sus horizontes y agudiza sus enfrentamientos.
El ataque lanzado por Israel contra Irán surgió como el punto culminante de casi veinticinco años de cambios profundos e implacables en Medio Oriente. No se trató de un episodio aislado, ni de un enfrentamiento que pueda reducirse a la vieja dicotomía entre el bien y el mal. Lo que se desarrolló ante nuestros ojos es el desenlace inevitable de una larga cadena de errores estratégicos, ambiciones mal interpretadas y vacíos de poder dejados por potencias regionales y globales.
Las últimas décadas no ofrecen respuestas fáciles ni lecciones lineales. Los acontecimientos se han acumulado de forma fragmentaria, generando consecuencias paradójicas. Aun así, detrás del aparente desorden emerge una lógica implacable: el caos actual constituye el fruto más coherente del intervencionismo occidental, de la ingenuidad ideológica y de la arrogancia geopolítica que han moldeado el destino de la región. Lo que queda no es solo un conflicto armado, sino también el retrato sombrío de una era marcada por cálculos erróneos e ilusiones hechas añicos.
El expansionismo iraní encuentra su raíz en el vasto alcance económico e ideológico de la poderosa Guardia Revolucionaria, que proyecta la influencia de Teherán mucho más allá de sus fronteras. Bajo su sombra se tejen alianzas, se inflaman conflictos y una presencia silenciosa, pero firme, se impone en diferentes frentes de Medio Oriente.
En Turquía, las incursiones extranjeras de Recep Tayyip Erdogan no son solo movimientos estratégicos: alimentan la narrativa interna de un renacimiento turco, evocando ecos del antiguo Imperio Otomano. Cada paso más allá de sus fronteras se presenta como prueba de fuerza, como símbolo de un país que busca retomar el protagonismo perdido en los mapas de la historia.
Israel, por su parte, reescribe su propia doctrina de seguridad. Si antes se limitaba a levantar barreras y reaccionar, ahora avanza con una política que va más allá de la defensa: pretende moldear activamente la región, redibujando fronteras invisibles e imponiendo una lógica de poder que se proyecta, implacable, sobre sus vecinos.
La danza del imperio con el abismo
¡Bien has cavado, vieja topo!
Karl Marx (1852)
En ese sentido, la ofensiva israelí y de los EE. UU. contra Irán no puede entenderse fuera del marco histórico del imperialismo como fase inevitable del desarrollo capitalista. No es solo una respuesta puntual a supuestas “amenazas nucleares”, sino una acción estratégica, profundamente arraigada en la lógica expansionista de los grandes monopolios. Más allá de las ideologías religiosas o de las disputas regionales, las guerras libradas por las potencias occidentales en esta región se inscriben en la lógica profunda de las crisis del imperialismo contemporáneo, que no duda en incendiar el mundo para preservar sus beneficios.
Desde aquel otoño de 2008, cuando el mundo financiero se desplomó como un castillo de naipes bajo una tormenta de viento invisible, los Estados Unidos han caminado por un sendero de incertidumbre económica que parece no tener fin. Los años han pasado, las administraciones han cambiado, pero la sombra de aquella crisis sigue proyectándose sobre los bolsillos de la nación más poderosa del planeta.
Hoy, como si se tratara de un relato que se repite con obstinada fidelidad, la deuda pública ha trepado a alturas que rozan lo inverosímil: más de 31 billones de dólares, una cifra que se pronuncia con el mismo asombro con que se narran las leyendas. Esa montaña de números representa cerca de 120% de todo lo que el país produce en un año, muy lejos de aquel 64% que, en 2008, ya parecía alarmante.
En los pasillos del poder, entre discursos y promesas, los economistas se preguntan: ¿cuánto tiempo podrá sostenerse esta danza con el abismo? Mientras tanto, el ciudadano común sigue su vida, quizá sin advertir que, sobre su cabeza, se cierne una deuda que crece como una nube cargada de tormenta, esperando el momento de descargar su peso sobre la historia. Y en el borde del abismo, los imperios danzan, cegados por su propio resplandor.
Durante gran parte del siglo XX, Medio Oriente se mantuvo dentro de una estructura frágil pero funcional, ampliamente definida por la dinámica de la Guerra Fría. Las superpotencias patrocinaban a los regímenes locales, y el equilibrio —aunque lejos de ser pacífico— era estable en su previsibilidad. Pero el fin de la Guerra Fría, y con ella la disolución de la Unión Soviética, disolvió esas reglas. Durante los veinticinco años siguientes, Estados Unidos permaneció incontestado en la región.
La batalla ideológica entre el socialismo y el capitalismo ocidental desapareció, dejando un vacío que nuevas fuerzas rápidamente buscaron llenar. Desde la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos reinó en soledad sobre el orden mundial, como un imperio sin rivales. Hoy, sin embargo, una crisis silenciosa roe sus entrañas, avanzando lenta e implacablemente, como un topo que trabaja bajo la superficie hasta el instante del derrumbe. Conviene recordar que, en las páginas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), Marx invocó con ironía y presagio las fuerzas ocultas de la historia al exclamar: “¡Bien has cavado, vieja topo!”.
Bombas imperialistas sobre Gaza y Teherán
En Gaza, en pleno siglo XXI,
se ha desplegado un laboratorio
de genocidio a cielo abierto.
Israel, lejos de tener una política exterior autónoma, funciona como avanzada del imperialismo occidental en Medio Oriente. Su doble función existencial es clara: por un lado, neutralizar cualquier fuerza regional que cuestione el orden geopolítico dominado por Estados Unidos y sus aliados; por otro, servir como laboratorio tecnológico-militar para la experimentación y exportación de instrumentos de dominación —armamentos, sistemas de vigilancia y doctrinas de guerra asimétrica. En Gaza, en pleno siglo XXI, se ha desplegado un laboratorio de genocidio a cielo abierto, protegido bajo el paraguas de las potencias más influyentes del mundo.
El silencio ante crímenes de guerra, el apoyo tácito a operaciones extraterritoriales y el bloqueo sistemático de cualquier sanción efectiva contra Israel demuestran que, en la práctica, el derecho internacional sirve únicamente a los intereses de las grandes potencias. La legitimidad de la “guerra preventiva”, del asesinato selectivo y de la destrucción de infraestructura civil solo se reconoce cuando es ejercida por los aliados del gran capital financiero. Como decían los antiguos romanos, “lo que está permitido a Júpiter no está permitido al toro”.2
En el plano interno, la guerra imperialista contra los palestinos también cumple una función específica: rearticular el consenso social en torno a un liderazgo político debilitado — como el de Benjamin Netanyahu — y desplazar el foco de las protestas populares y las crisis institucionales. La guerra es, como siempre ha sido, la continuación de la política por otros medios —una política al servicio de la burguesía nacional, en alianza con su núcleo hegemónico.
La lógica del gobierno de Israel se basa en la política de provocación a sus enemigos históricos, con el fin de extraer elementos para justificar un estado de guerra permanente, sin dejar de lado la limpieza étnica y las acciones de genocidio. Tales prácticas son intrínsecas a la dinámica existencial de Israel; se trata de acciones que siempre han existido desde que el Estado de Israel obtuvo su estatus legal. Sin embargo, estas prácticas se han intensificado con el regreso de Benjamin Netanyahu al poder, para cumplir un tercer mandato en un país en profunda crisis política que intenta unificarse internamente a partir de la constatación de un supuesto “enemigo externo”: el pueblo palestino, y consecuentemente, los musulmanes y los persas.
Israel ya no se presenta al mundo como el bastión liberal rodeado de reliquias autoritarias que, en otros tiempos, servían de narrativa para su existencia. El país, que se enorgullecía de ser una democracia vibrante en medio del desierto de regímenes cerrados, se ve hoy marcado por una transformación silenciosa pero profunda: su sistema político se ha vuelto progresivamente iliberal, su gobernanza adopta contornos cada vez más militarizados, y el nacionalismo, antes contenido, ahora se alza a la vista de todos.
En el centro de este proceso se encuentra Benjamin Netanyahu, figura que encarna, con rara nitidez, el giro ideológico y estratégico del Estado israelí. Su gobierno es, al mismo tiempo, producto y catalizador de esta metamorfosis. Muchos argumentan que tales medidas encuentran justificación en la guerra, sobre todo después de los devastadores ataques de Hamás en octubre de 2023. Sin embargo, bajo el manto de la seguridad, se perfila un nuevo orden político, en el que el miedo y la fuerza moldean, más que nunca, el destino de una nación acostumbrada a vivir al borde del conflicto.
Israel es la única potencia militar de Oriente Medio que posee ojivas nucleares, se constata que son noventa en total. El señor de la guerra tiene nombre y apellido: Benjamin Netanyahu, quien lleva a cabo cuatro guerras regionales: guerra colonial contra los palestinos, guerra en Cisjordania, guerra en Líbano, guerra contra los hutíes en Yemen y más recientemente una ofensiva contra su mayor rival geopolítico, Irán.
Irán, por su parte, representa en el tablero global una potencia regional no alineada, con relativa capacidad de resistencia económica y militar, pero, sobre todo, con un discurso que desafía —aunque desde una perspectiva nacionalista-burguesa— el monopolio político y energético de Occidente. Eso es intolerable. No es casualidad que la arremetida israelí cuente con el apoyo de Francia, los armamentos alemanes y el escudo anglosajón. En este contexto, la acción “preventiva” de Israel se configura como una declaración de guerra cuyo objetivo es claro: destruir capacidades estratégicas iraníes —especialmente su programa nuclear—, debilitar el régimen político y amedrentar cualquier intento de autonomía regional.
La expectativa de la llamada comunidad internacional parecía ser que Irán fuera sometido a una ofensiva devastadora sin ofrecer una respuesta significativa —en un escenario análogo al que se observa en Gaza, donde la violencia continua está respaldada por una indiferencia geopolítica generalizada—. Subestimar a su enemigo es un error primario. Lo que pocos escuchamos, en términos de novedades en la coyuntura política de Oriente Medio, fue la capacidad de reacción de Irán.
Desde el punto de vista de la Casa Blanca, una guerra fabricada contra Irán se ha convertido en un horizonte estratégico desde la Revolución Islámica de 1979, con tensiones oscilantes pero con un objetivo estratégico muy bien estructurado. Los think tanks estadounidenses no nos dejan mentir: las guerras contra Irak y Afganistán fueron conducidas como antesalas de una guerra contra Irán.
Ante la reacción iraní, se asiste a una súbita movilización discursiva de las potencias occidentales, que hasta entonces se mantenían inmóviles frente a las evidencias de crímenes de guerra perpetrados en territorio palestino. Estas mismas potencias, ahora, articulan pronunciamientos en defensa de la seguridad de Israel, invocando el principio de prudencia y contención —evidenciando así la selectividad moral y el doble estándar que caracterizan las relaciones internacionales bajo la hegemonía liberal occidental.
Francia cedió a la presión internacional y acaba de realizar un pronunciamiento público reconociendo al Estado de Palestina. Algo simbólico teniendo en cuenta que la Unión Europea lleva a cabo durante décadas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una política que la pone de rodillas ante los EE. UU.
Donald Trump, la derecha israelí y sus aliados en el Golfo Pérsico proyectan un Medio Oriente “pacificado” a su manera: un territorio donde el silencio no es fruto de la armonía, sino del dominio militar, de acuerdos económicos y de una normalización cuidadosamente orquestada.
Los llamados Acuerdos de Abraham surgieron como el emblema de esta promesa: tratados presentados al mundo como puentes de paz, pero que, bajo el barniz diplomático, se revelan como instrumentos de poder. La historia, sin embargo, enseña que la paz impuesta por la fuerza nunca es una paz verdadera; no es más que una tregua frágil, sostenida por el miedo, condenada a desmoronarse ante el primer soplo de resistencia.
Cada misil que cae, cada niño enterrado en los escombros de Jabalia —ciudad palestina ubicada cuatro kilómetros al norte de Gaza—, son movimientos en el mismo tablero: el de un poder que ya no puede imponerse, pero que aún puede destruir. Que ya no convence, pero aún puede arrasar.
Y sin embargo, hay algo que ni los misiles más precisos pueden matar: la certeza de que los imperios, cuando caen, no escuchan su propio derrumbe. Solo creen estar “reordenando el mundo”. Hasta que un día, sin previo aviso, el mundo los reordena a ellos.
El frente sirio: la normalización como arma de fragmentación
La acelerada normalización de las relaciones entre varios regímenes árabes y el Estado sirio, aclamada por algunos como un “avance diplomático” regional, debe analizarse desde la perspectiva de la intención geopolítica, no desde una reconciliación superficial. Lejos de constituir un verdadero retorno a la unidad árabe o a un compromiso con la soberanía, este impulso de normalización se perfila como un caballo de Troya estratégico, cuyo objetivo es fracturar el papel de Siria dentro del Eje de la Resistencia, comprometer la integridad de la seguridad fronteriza entre Líbano y Siria, y frenar la influencia iraní en el Levante.
Mapa que muestra los movimientos de tropas israelíes en territorio sirio más allá de los Altos del Golán ocupados al 10 de diciembre de 2024, incluidas las zonas patrulladas por las Fuerzas de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (FNUOS) y las líneas de alto el fuego anteriores a 1967. (Fuente: Middle East Eye / Syria Liveuamap)
1. El acercamiento árabe a Damasco: ¿caballo de Troya o realineamiento estratégico?
Mientras que Damasco, con su nuevo régimen, se inclina por la normalización con la entidad sionista, comprometiendo así la centralidad de Palestina, el regreso de los Estados del Golfo, en particular los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, al espacio político y económico de Siria tiene menos que ver con la reconstrucción que con la reformulación de las alianzas regionales en consonancia con los intereses estadounidenses.1 Con el pretexto de la ayuda para la reconstrucción, la facilitación del comercio y la rehabilitación diplomática, las monarquías del Golfo maniobran para contener la voluntad estratégica independiente de Siria, diluir sus credenciales de resistencia y restringir la profundidad operativa de las fuerzas de Hezbolá e Irán, estacionadas dentro de sus fronteras.2
Las consecuencias de este cambio son particularmente alarmantes para el Líbano. Desde las primeras etapas de la guerra en Siria, la intervención de Hezbolá en coordinación con Irán fue esencial para proteger el frente oriental libanés de la expansión de las facciones armadas takfiríes. La liberación de Qusayr, Zabadani y la región de Qalamoun no fueron meras victorias militares tácticas, sino garantías existenciales para la soberanía libanesa.3 Cualquier perturbación de este corredor de seguridad, ya sea mediante presión diplomática o manipulación de inteligencia, crearía un peligroso vacío, propicio para la explotación por redes extremistas latentes o unidades de infiltración coordinadas por Israel; esto es lo que vimos tras la caída del régimen de Asad en Siria y el surgimiento de facciones terroristas takfiríes lideradas por el líder de HTS, Abu Mohammad al-Julani.
2. Desplazamiento estratégico: el colapso de la soberanía siria y el cerco del Eje de la Resistencia
La caída del régimen de Asad ha transformado profundamente la arquitectura estratégica del Levante. Siria, antaño un eje central del Eje de la Resistencia, se ha fragmentado en una serie de zonas dominadas por facciones extremistas, bajo el mando de Abu Mohammad al- Julani. Estos grupos, durante mucho tiempo respaldados encubiertamente por redes de inteligencia extranjeras, ahora operan abiertamente bajo un paraguas de seguridad tácitamente coordinado con Israel.4 Esta transformación ha convertido a Siria de un aliado soberano de la Resistencia a una zona de amortiguación, diseñada para servir a las prioridades geopolíticas israelíes, estadounidenses y del Golfo.5
Para Hezbolá, las implicaciones son existenciales. La destrucción sistemática de las capacidades del Ejército Árabe Sirio, sumada a la eliminación de la infraestructura militar iraní mediante continuos ataques aéreos israelíes, ha resultado en la ruptura total de la profundidad estratégica oriental del Líbano. El corredor Zabadani, la carretera Homs-Damasco y las zonas fronterizas rurales que antaño sirvieron como arterias para armas, combatientes y coordinación, ahora han caído en manos hostiles. Israel, con mínimas restricciones internacionales, ha logrado aislar a Hezbolá y desmantelar la capacidad de la Resistencia para proyectarse regionalmente.
Fundamentalmente, esta nueva realidad siria no es una de neutralidad posconflicto. Más bien, es un espacio hostil gobernado por caudillos, facilitadores neoliberales y agentes de inteligencia extranjeros. El regreso de las embajadas a una “nueva” Siria y el impulso a proyectos económicos financiados por el Golfo no indican una recuperación nacional, sino más bien una domesticación estratégica, un desmantelamiento del antiguo papel de Siria como plataforma para la resistencia palestina y libanesa.6
La normalización, que antes era una amenaza inminente, se ha convertido en una victoria operativa para los adversarios de la Resistencia. Lo que se concibió como un mecanismo de presión ha dado sus frutos: la desmilitarización de la soberanía siria y el desmantelamiento de la coordinación transnacional de la resistencia. Hezbolá se enfrenta ahora a un frente oriental hostil, a un ejército israelí descontrolado al sur y a una región donde la ideología de la Resistencia se ve deliberadamente privada de espacio, financiación y legitimidad.7
Cualquier confrontación futura en el Líbano se definirá por este cerco. Sin profundidad estratégica, rutas de reabastecimiento ni posiciones de retaguardia seguras, la Resistencia se ve obligada a recalibrar, no solo sus tácticas, sino también su geografía. El campo de batalla ya no incluirá únicamente Aita al-Shaab y Maroun al-Ras, sino que se verá limitado por la pérdida de Daraa, Qusayr y la otrora fiable retaguardia siria.
Vulnerabilidad estratégica: los flancos oriental y meridional del Líbano
El Líbano se enfrenta hoy a una vulnerabilidad en dos frentes que no puede subestimarse ni separarse del proyecto regional más amplio de neutralizar, desarmar o cercar a la Resistencia. La frontera oriental con Siria, históricamente estabilizada gracias a la intervención de Hezbolá contra las facciones takfiríes, se encuentra nuevamente bajo amenaza indirecta, no solo por las incursiones armadas, sino por las consecuencias geopolíticas de la normalización de las relaciones en Siria y la posible infiltración de agentes de inteligencia. Simultáneamente, el frente sur sigue siendo una zona de tensión activa y de inminente escalada, ya que la entidad sionista continúa violando la soberanía libanesa con el pretexto de “impedir el atrincheramiento iraní”.
1. La matriz de amenazas: ocupación sionista al sur, células terroristas residuales al este
Juntos, estos dos ejes forman las pinzas de un esfuerzo de desestabilización más amplio, que busca colapsar la profundidad y flexibilidad de Hezbolá, convirtiendo al Líbano en una franja vulnerable, expuesta desde todos los lados y presionada para que renuncie a su poder disuasorio o enfrente una guerra en múltiples frentes.
El flanco oriental, asegurado durante mucho tiempo gracias a la presencia avanzada de Hezbolá en Qalamoun, Qusayr y el corredor del valle de la Beqaa, se enfrenta ahora a un nuevo desafío. Ante la creciente presión árabe y occidental sobre Damasco para limitar la libertad de movimiento y la actividad logística de las unidades iraníes y de Hezbolá, se está llevando a cabo una discreta reconfiguración de la dinámica de seguridad.8 Si bien no se han declarado restricciones oficiales, los informes de los comandantes de campo sugieren un creciente escrutinio sobre las rutas de coordinación, que antes no estaban sometidas a restricciones.9
Este cambio táctico coincide con un preocupante resurgimiento de células latentes y depósitos de armas vinculados a facciones extremistas que antes operaban en Arsal, Tufail y las afueras de Hermel. Estos remanentes, aunque numéricamente reducidos, representan una variable desestabilizadora que podría reactivarse mediante la manipulación de la inteligencia regional, en particular si la cooperación de inteligencia entre el Golfo e Israel continúa profundizándose en el marco de los Acuerdos de Abraham.10 En tal escenario, la frontera oriental del Líbano ya no serviría como barrera, sino como punto de ruptura.
Mientras tanto, al sur, las provocaciones israelíes se han vuelto rutinarias y calculadas. Desde las incursiones con drones en Nabatieh y Tiro hasta la constante violación del espacio aéreo libanés para la recopilación de inteligencia, el régimen sionista continúa socavando la Resolución 1701 de la ONU con impunidad.11 Más significativamente, ha reestructurado su mando norte, estableciendo nuevas unidades de despliegue rápido y modernizando las redes de vigilancia cerca de la Línea Azul, preparándose claramente para una confrontación de alta intensidad con Hezbolá.12
El reciente despliegue de tanques Merkava IV, morteros guiados Iron Sting y unidades móviles Cúpula de Hierro a lo largo de la frontera subraya una verdad fundamental: la entidad sionista se prepara para la guerra, no para la disuasión. Y aunque su propaganda insiste en “contener a Hezbolá”, la realidad es que Israel sigue atormentado por la derrota de 2006 y ahora busca una oportunidad para revertir su humillación, incluso a riesgo de una conflagración regional.
2. El cálculo de doble frente de Hezbolá: asegurar la patria en medio de la fluidez regional
En respuesta, Hezbolá ha perfeccionado una doctrina que podría describirse como resistencia multifrontal y de amplio espectro. Ya no se basa únicamente en la defensa territorial tradicional, sino que integra la disuasión de misiles, la guerra cibernética, la maniobrabilidad subterránea y la coordinación entre frentes con aliados en Siria e Irak. Según lo expresado por altos mandos militares de Hezbolá, esta doctrina garantiza que ningún frente pueda colapsar de forma aislada, y que cualquier brecha en un eje se enfrentará con una respuesta proporcional, si no abrumadora, del otro.13
El apoyo de Irán es fundamental para esta arquitectura. Desde la calibración de armas hasta la transferencia de tecnología de drones y el entrenamiento en simulación de campo de batalla, la República Islámica ha colaborado estrechamente con Hezbolá para establecer un complejo de disuasión que se extiende mucho más allá del río Litani. Como señaló el general de brigada Esmail Qaani, comandante de la Fuerza Quds del CGRI, a principios de este año: “La defensa del Líbano es la defensa de toda la región. Apoyamos a nuestros hermanos de la Resistencia, desde las colinas del Líbano hasta los desiertos de Siria”.14
Lo que está en juego, por lo tanto, no es solo terreno táctico, sino soberanía estratégica. El intento de cercar el Líbano desde el este y provocarlo desde el sur no tiene que ver con la “seguridad” israelí, sino con eliminar el último obstáculo a la normalización y la subyugación regional. El Líbano, a través de Hezbolá, sigue siendo la última frontera donde la dignidad armada aún se opone a la arrogancia imperial.
Para la Resistencia, entregar estas fronteras a la reinfiltración takfirí o a la dominación sionista no es una opción. Como ha demostrado la historia, el único lenguaje que entiende el enemigo es la disuasión, y la única protección que ha conocido el Líbano no ha provenido de los cascos azules de la ONU ni de los enviados occidentales, sino de sus hijos que resisten, luchan y se niegan a doblegarse.
Irán vs. Israel: la larga guerra continúa
El enfrentamiento entre la República Islámica de Irán y la entidad sionista no es una amenaza futura, sino una realidad presente que se intensifica. Mucho más allá del paradigma de poder que los analistas occidentales reciclan con pereza, el conflicto actual abarca objetivos estratégicos directos, disuasión ofensiva, ciberguerra, operaciones de asesinato y batallas por la influencia regional que se extienden en múltiples escenarios. Esta no es una guerra fría de sombras; es una guerra asimétrica de desgaste con costos crecientes para ambos bandos, y su fin está lejos de terminar.
1. De Damasco a Dahi Yeh: el campo de batalla en expansión
Para Irán, la confrontación con Israel no es un asunto aislado de seguridad; es un imperativo ideológico, un deber revolucionario y una cuestión de justicia regional. El compromiso con Palestina y con el desmantelamiento del régimen sionista no es una simple pose retórica, sino un principio arraigado en la doctrina de la República Islámica. Como afirma repetidamente el imán Sayyed Ali Jamenei: “La eliminación del régimen sionista no implica la masacre de judíos. Significa la liberación de Palestina de una potencia ocupante construida sobre la sangre y el desplazamiento”.15
Esta postura fundacional se ha traducido en una estrategia de cerco paciente, un esfuerzo acumulativo para negar a la entidad sionista cualquier sensación de impunidad o inmunidad. Desde la matriz de misiles de Hezbolá en el Líbano, pasando por el atrincheramiento de las unidades de resistencia en Siria, hasta el alcance logístico en Irak y la presión ejercida por Ansarullah en el Mar Rojo en Yemen, la red de disuasión de Irán está geográficamente diversificada e ideológicamente unificada.16
La reciente escalada de la agresión israelí, los asesinatos de asesores del CGRI en Siria, las campañas de cibersabotaje dentro de Irán y los ataques a infraestructura civil revelan la desesperación de un régimen incapaz de contener el auge estratégico de la influencia iraní. Tel Aviv recurre cada vez más a lo que denomina la Doctrina del Pulpo, atacando no solo a aliados iraníes, sino también directamente a objetivos iraníes, bajo el pretexto de la seguridad preventiva.17 Pero estos ataques tienen consecuencias.
2. Compromiso cibernético, indirecto y directo: la profundidad estratégica de Teherán frente a la frágil disuasión de Tel Aviv
En abril de 2025, Teherán lanzó un histórico ataque de represalia tras un ataque aéreo israelí contra el consulado iraní en Damasco, una violación directa del derecho internacional. Los misiles balísticos iraníes sortearon múltiples capas de defensa aérea respaldadas por Estados Unidos en la región, alcanzando con éxito objetivos militares cerca de Tel Aviv y el Néguev.18 El mensaje fue inequívoco: Irán ya no opera únicamente a través de intermediarios, sino que ahora es un actor directo en la estrategia de disuasión.
Este cambio ha trastocado la doctrina estratégica israelí. Anteriormente dependiente del mito de la “contención remota” de Irán, el estamento de seguridad sionista se enfrenta ahora a la posibilidad de represalias directas en suelo israelí en respuesta a acciones que antes consideraba gratuitas. Los sistemas Cúpula de Hierro y Honda de David, incluso en pleno despliegue, han demostrado ser incapaces de neutralizar por completo los ataques de precisión iraníes, especialmente cuando se lanzan simultáneamente con ataques de Hezbolá y Ansarullah en un escenario multifrontal.19
Mientras tanto, Irán ha seguido desarrollando sus capacidades ofensivas tanto en el ámbito cibernético como en el aeroespacial. La infraestructura israelí, las redes eléctricas, las plantas de tratamiento de agua y los sistemas de transporte han sufrido reiteradas infracciones por parte de las unidades cibernéticas iraníes, exponiendo la vulnerabilidad de un Estado altamente digitalizado. Solo en 2024, más de 4 000 alertas de ciberdefensa israelíes se vincularon a intentos de intrusión iraníes.20 La estrategia de Teherán es clara: demostrar al enemigo que su frente interno ya no es intocable.
Como era de esperar, Estados Unidos ha intensificado su papel como facilitador estratégico de Israel, tanto a través de la logística como de la cobertura pública. La mayor presencia del CENTCOM21 en Irak, Siria y el Golfo no busca la “estabilidad”, sino proteger las provocaciones regionales de Israel de posibles consecuencias. Sin embargo, el dilema de Washington se agrava: no puede proteger a Israel de una guerra que ha contribuido a crear, ni puede contener una reacción regional que amenace sus propias instalaciones militares. La reciente advertencia iraní de que “cualquier ataque a sus intereses tendrá consecuencias para todas las bases estadounidenses en la región” no es un farol, sino una política calibrada de disuasión extendida.22
En resumen, el conflicto Irán-Israel ha entrado en una nueva fase de escalada, definida no por la lógica tradicional del campo de batalla, sino por la interdependencia estratégica: cada violación israelí ahora corre el riesgo de una respuesta regional, y cada represalia iraní señala un cambio irreversible en las reglas de enfrentamiento.
Teherán entiende que esto no es un simple choque de Estados, sino una guerra de narrativas, de legitimidad y de resistencia. Y en todos los ámbitos, ya sea moral, político o militar, Irán ha demostrado estar más preparado para sostener la estrategia a largo plazo. No busca la guerra por sí misma, pero no teme sus consecuencias cuando la alternativa es la humillación o la rendición.
Como lo expresó sucintamente el líder de la Revolución Islámica, el imán Sayyed Ali Khamenei: “Israel puede iniciar guerras, pero nunca dictará cómo ni cuándo terminarán”.23
La complicidad de Estados Unidos y la arquitectura de la desestabilización
En el corazón de cada agresión israelí, desde el bombardeo de Damasco hasta la destrucción de Rafah, yace la mano firme e inquebrantable de Estados Unidos. La entidad sionista, a pesar de toda su bravuconería y su brillo tecnológico, no actúa sola. Se mueve al amparo de un paraguas estadounidense de protección, financiación e impunidad. Sin el persistente apoyo logístico, diplomático y militar de Washington, el comportamiento regional de Israel sería insostenible. Sin embargo, el papel de Estados Unidos no es meramente de apoyo, sino que es estratégicamente inseparable de la agresión israelí.
1. El paraguas estadounidense: imperio, escalada y la maquinaria de la complicidad
El supuesto compromiso estadounidense con la “seguridad de Israel” ha sido durante mucho tiempo un eufemismo para construir el apartheid, proteger la ocupación y legitimar el genocidio. Desde el inicio de la guerra en Gaza, Estados Unidos ha enviado por avión al ejército sionista decenas de miles de municiones guiadas de precisión, bombas antibúnker y proyectiles de fósforo blanco, muchos de los cuales se han utilizado directamente contra infraestructura civil.24 Esto no es “defensa”; es un asesinato en masa autorizado, digerido por el público global mediante el lenguaje del contraterrorismo y los “valores democráticos compartidos”.
Las bases estadounidenses en toda la región, desde al-Udeid en Catar hasta al-Tanf en Siria y la extensa infraestructura en Irak, conforman una red colonial de proyección de fuerza, utilizada no para proteger a los pueblos de la región, sino para contener el ascenso de actores independientes como Irán, Hezbolá y Ansarullah.25 Estados Unidos afirma disuadir la escalada, pero su presencia es en sí misma una provocación. Como bien lo enfatiza la doctrina militar iraní, no es posible una desescalada seria mientras la ocupación militar extranjera siga siendo un elemento permanente de la vida regional.
Además, el papel político de Washington no es menos peligroso. El veto estadounidense en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se ha utilizado repetidamente para bloquear resoluciones de alto el fuego, encubrir crímenes de guerra y sabotear los mecanismos diplomáticos.26 Con ello, Estados Unidos no solo revela su compromiso ideológico con el proyecto sionista, sino que también erosiona el propio sistema internacional que dice defender. El lenguaje de los derechos humanos, la democracia y el orden basado en normas se derrumba bajo el peso de su moral selectiva y su hipocresía estratégica.
En el Líbano, la política estadounidense es abiertamente coercitiva. Busca desmantelar la legitimidad social de la Resistencia mediante la asfixia económica, campañas de desinformación y la financiación de medios de comunicación y ONG hostiles. Simultáneamente, apoya a colaboradores dentro del aparato estatal, figuras dispuestas a negociar la soberanía a cambio de préstamos del FMI y la aprobación occidental.27 El ultimátum estadounidense es claro: desarmar a la Resistencia, normalizar las relaciones con el régimen sionista o enfrentarse al colapso. Pero esta forma de guerra económica no es nueva; es simplemente una extensión de la misma lógica imperial que arrasó Faluya, sitió Mosul y asoló Yemen por hambre.
2. El papel de Washington en la obstrucción de la soberanía y el empoderamiento de la ocupación
En Siria, la ocupación ilegal por parte de Washington de las regiones ricas en petróleo de Deir Ezzor y su continuo entrenamiento de milicias armadas en Al-Tanf no cumplen ninguna función antiterrorista. Por el contrario, protegen las rutas de contrabando, fragmentan la autoridad estatal y buscan bloquear el corredor terrestre de Irán desde Teherán hasta Beirut.28 Estados Unidos no vino a combatir al ISIS/Daesh, sino a gestionar sus consecuencias e instrumentalizar sus remanentes.
La fachada del contraterrorismo se desmorona al contrastarla con el silencio estadounidense sobre el uso israelí del castigo colectivo, los ataques a campos de refugiados y el asesinato de periodistas, médicos y trabajadores humanitarios. Como señaló el mártir Sayyed Hassan Nasrallah en su discurso de abril de 2025: “Lo que los estadounidenses llaman ‘apoyo a Israel’ es el patrocinio directo de la masacre. No son observadores. Son comandantes.29
Y, sin embargo, esta extralimitación estadounidense no ha sido gratuita. El equilibrio regional ha cambiado. Las bases estadounidenses están cada vez más rodeadas por fuerzas de la Resistencia con capacidad de ataque. Ansarullah ha demostrado su capacidad para paralizar las rutas marítimas del Mar Rojo. Las facciones de la Resistencia iraquí han atacado los puestos de avanzada estadounidenses con creciente sofisticación. Hezbolá ha mapeado todas las instalaciones estadounidenses en el Mediterráneo oriental. E Irán ha dejado claro que cualquier guerra contra él no escatimará fuerzas.30
Lo que Estados Unidos llama disuasión es en realidad una red de guarniciones imperiales, desbordadas, vulnerables y cada vez más resentidas por las mismas sociedades que dicen proteger. Cuanto más tiempo permanezcan estas bases, más se acerca la región a una guerra que Estados Unidos no puede ganar e Israel no puede sobrevivir.
En realidad, el imperio estadounidense ya no está al mando; reacciona, reprime y se repliega. Su poder no reside en el liderazgo moral, sino en la maquinaria de destrucción. Y a medida que la Resistencia avanza, desde las trincheras de Gaza hasta las montañas del sur del Líbano, Estados Unidos se ve menos como una superpotencia y más como cómplice de un colapso regional que él mismo ha provocado.
Dark times lie ahead of us and there will be a time when we must choose between what is easy and what is right.
–Albus Dumbledore.
J.K. Rowling, Harry Potter and the goblet of fire.
Cada mañana el moho me mira en silencio desde la pared de mi regadera, cada mañana me avienta una mirada cómplice y yo le sonrío de vuelta; me convence de que es mi amigo, porque mientras muchos se van, él es constante. Pienso repararlo un día de estos, nada más que me caiga la tanda y llamo al plomero -o a la persona a la que hay que hablarle para este tipo de problemas-. La verdad, yo no creía que fuera un problema mi moho hasta que vi un meme que decía que la Rowling había enloquecido por culpa de un hongo así en la pared de su sala. Y yo, que hasta encontraba seductora la presencia de mi hongo, me gustaba el aspecto que le daba a mi casa, un aspecto brujil.
Nací bruja, lo confieso. Sé las medidas necesarias para cada elixir, tengo que la gata, que la rana, que la araña. Me transformo en cucaracha. Platico con fantasmas y escucho a las plantas, manchas y seres sin ojos. Y sí, soy Hufflepuff.
Las Hufflepuff somos leales, se sabe; y como buena Hufflepuff no logro terminar de odiar a la Rowling. Me leí sus libros, obvio, me los supe de memoria, los siete de la saga, el manual de Quidditch y el de los animales. Soñaba con que era amiga de Hermione, y fantaseaba con que era novia de Ron. En mis sueños me agarro a un pelirrojo.
En fin, crecí, y con eso he sentado cabeza, ya no me sé todos los encantamientos; pero nunca olvidaré las maldiciones imperdonables, una nunca sabe cuándo se le va a aparecer un rufián en un callejón oscuro, y es mejor ir preparada con varita en mano y unos buenos cruciatus.
También he fantaseado con la poción multijugos, no lo voy a negar; voy en el metro y me imagino que le robo unos pelambres a alguna muchacha: que me los echo en la poción y, trácale: chichis y nalgas, y a darle mami; soy una reinota. Pero como ni en los libros ni en los manuales dice cómo hacer la mentada poción; a falta de clases avanzadas de pociones me resigno con ser draga. No te creas, me encanta, me maquillo fantasía, me peino mi peluca de rubia, me ajusto mi vestido azul zafiro y a hechizar.
Ay, pero no faltan luego las señoras que se espantan y los señores que se indignan y que nos dicen que con sus hijos no, que qué les estamos enseñando, que qué son esas mariconerías, ya saben, lo de siempre. Yo siempre digo que si sus hijos les salen jotas no más por verme, es que igual y jotas ya eran, porque mis hechizos son limitados, lo involteable yo no lo volteo, ni yo ni Dios podemos jugar con eso. A lo mucho les lanzo un revelio, y ahí sí se revelan putos, lesbianas y terfas.
Así pasó con la Rowling, le aventaron un revelio y, trácale, que nos sale terfa. No me lo explico, una mujer tan estudiada, tan creativa, un ejemplo a seguir: la divorcian y se sobrepone, mujer libre, con ayuda de un dinerito del Estado se pone a escribir en una servilleta o donde pueda, una historia imposible de brujas y magos que van a la escuela a entender de magia, hasta un proyecto educativo le inventó; lleva su manuscrito a las editoriales y no se rinde hasta que la publican, todavía acepta que le oculten el nombre tras dos iniciales, con el argumento de que no iba a pegar tanto un libro con un nombre mujer en el lomo, y así la Joanne, toma el nombre de su abuela, Kathleen, y se inventa las icónicas iniciales -que yo de chica siempre leía en mi cabeza como Jota Ka-, y así, con apenas 31 años, Jota Ka la rompe y escribiendo de dragones, escobas voladoras, hipogrifos y otras bestias es lanzada a la fama internacional y se vuelve multimillonaria, ¡ídola! Otra confesión: la admiraba tanto que la peluca rubia me la compré por ella, también la pupilente azul.
Pero en los últimos años, ya no sé muy bien qué pensar de mi ídola. Para estar llegando a sus sesenta años, el glamour no le ha faltado… ni las cremas, manita, que claramente usa de las caras. Pero le empezó a dar por pelearse en redes, y sabemos que eso nunca es buen negocio. Y que se engancha entre publicación y publicación, y el resto es historia. Es curioso, la mujer que me metió la idea en la cabeza de que transformarse era posible, que ha luchado hasta por los derechos de los elfos domésticos, también es una de las mujeres que más activamente quiere frenar la lucha por los derechos de la comunidad trans. Yo creo que tendrá alguna razón para haberse puesto tan perra, alguna herida, por decir algo.
Por otro lado, hay quienes parece que la quieren en la silla eléctrica. Y pues, la verdad a mí también de repente ya me desespera mucho, y pienso que por gente como ella tengo que tener preparada la cruciatus por si se me acerca un señor malo en un callejón oscuro.
Noto a varixs emperradxs con ella, también se lo va ganando, pero yo sí creo en la teoría del moho, de que se le metió el hongo en el cerebro, se lo envenenó y la llenó de odio. Cuando publicaron esa teoría sentí dos cosas: por un lado paz; por un lado, miedo. La paz la sentí al pensar que parece fácil quitarse el peligroso enredo de opinar, si puedes culpar a un hongo de cualquiera de tus opiniones funables. En cuanto al miedo, lo sentí ante la posibilidad de que la mente humana fuera tan frágil, tan fácil de manipular.
Todo esto me lleva a pensar que a veces, por todo eso, prefiero mejor no opinar. Y pues Jota, por ejemplo, le pasa que prefiere sí opinar. Dice que defiende así la libertad de expresión. Y es que si todxs opinamos con libertad, posiblemente todxs nos vamos a enojar con alguien, ¿no? Y si es así, tocará soportar.
Sin embargo, Jota es radical: en X habló de “las guerras del género”. Radical y peligrosa situación: ponerle la palabra guerra a lo que nos está pasando, no creo que nos lleve a un buen lugar. No sé muy bien cómo me siento frente a eso, tengo miedo de que en efecto ocurran las “gender wars” que menciona la señora esta. Y recuerdo cuando Dumbledore le dice a Harry que vienen tiempos oscuros, donde habrá que decidir entre lo que es fácil y lo que es correcto… Poco después de ese diálogo, el Ministerio de Magia asigna a Hogwarts a Dolores Umbridge como Gran Inquisidora, y con ella comienzan los tiempos del terror y la opresión en Hogwarts -y un libro después en todo el mundo mágico-. Se inauguran tiempos de buscar culpables, una quema de brujas.
¿Serán premoniciones de lo que viene? No lo sé, pero miro mi hongo y me pregunto si es una advertencia de tiempos oscuros, o solamente una señal de un problema de humedad.
La industrialización del campo, muro sur, 1935, Marion Greenwood (1909-1970), fresco, Mercado Presidente Abelardo L. Rodríguez. Fotografía de Héctor Becerra. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
“Desde que empecé a trabajar, aproximadamente a los diez años, fue por cuenta propia, mi madre se oponía, pero yo lo hacía a su pesar”, recuerda Antonio quien tiene cincuenta y cinco años y está al frente de la economía de su propia familia. Mantiene una apariencia vigorosa, se exacerba cuando cuenta cómo se adaptó a cientos de empleos a lo largo de su vida.
La dureza de su semblante se debe a los ángulos marcados de sus cejas. En la derecha, una cicatriz aparece como un acento sombrío sobre su experiencia del trabajo en las calles. Cuando era menor de edad, vendía Pinol en las casas. En una de ellas, un perro lo tomó por sorpresa y mordió su rostro. Escapó del ataque con la marca que lo acompañaría para siempre.
“Ayudaba a mi madre vendiendo gelatinas y a un hermano boleando zapatos. Después trabajé de cerillo en una tienda comercial, también vendiendo Pinol casa por casa, hasta que entré a trabajar formalmente con un horario fijo y un salario”.
Antonio, desde sus diez años de edad es una de las millones de voces que describen una de las caras de la esclavitud moderna debido a la precarización y un contexto adverso. El fenómeno se refiere a situaciones en las que una persona no puede abandonar una actividad debido a amenazas, violencia, coerción, abuso de poder o engaño, de acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
El trabajo forzoso es una de las formas más comunes de esclavitud moderna. Implica cualquier trabajo o servicio exigido bajo amenaza y para el cual la persona no se ofrece voluntariamente, retención de documentos, acoso laboral y sexual, retención de pagos, o servidumbre por deudas. Este tipo de explotación ocurre en sectores como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico y la minería, y afecta tanto a adultos como a niños, como lo define la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
México ocupa un lugar medio en América Latina en cuanto a prevalencia de esclavitud moderna, que incluye trabajo forzoso, de acuerdo con el Índice Global de Esclavitud de 2023. Entre las causas, resalta el trabajo infantil en mercados, agricultura y actividades ilícitas.
Hay 3.7 millones de niñas, niños y adolescentes de entre cinco y diecisiete años en situación de trabajo infantil, lo que representaba el 13.1% de la población en ese rango de edad. De estos, 2.1 millones realizaban ocupaciones no permitidas, mientras que 1.6 millones se dedicaban a quehaceres domésticos en condiciones no adecuadas, conforme a la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI), publicada en 2023.
Se contabilizaron 1.2 millones de niñas, niños y adolescentes que realizan trabajos considerados peligrosos, como actividades en la construcción, el sector agropecuario o en lugares de alto riesgo. Los menores de edad son explotados con mayor facilidad, pero la situación es similar para miles de mexicanos adultos que se enfrentan al adverso clima laboral.
La informalidad y el acoso laboral los principales peligros
En 2024, el país enfrentó desafíos significativos relacionados con el trabajo forzoso y la esclavitud moderna. Más de 850 mil personas en México vivían en condiciones de esclavitud moderna, conforme a las cifras del Índice Global de Esclavitud. A nivel nacional, hubo un aumento del 15% en las renuncias relacionadas con condiciones peligrosas y acoso. Estas razones representaron el 36% de los abandonos laborales registrados en el primer trimestre de 2024, conforme a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE).
Lorena Vargas, licenciada en derecho que ha desarrollado proyectos de investigación en la Junta de Conciliación y Arbitraje del Valle de Cuautitlán-Texcoco, explica que el abuso más común en México es que el empleado labore tiempo extraordinario. El abuso lo comete el empleador al obligar al trabajador a permanecer más tiempo en su trabajo bajo amenaza de correrlos, descontarles de su sueldo, o hacerles pensar que es su obligación.
“En México siempre hubo una cultura laboral muy mala, incluso cuando una diputada habló sobre la reforma que busca reducir a cuarenta horas la semana laboral, mencionó que el país tiene una gran deuda con los trabajadores”, recuerda Gerardo cuando responde por qué considera que son comunes los abusos en los empleos. Él tiene treinta y cuatro años y ha pasado más de la mitad de su vida en diversos empleos formales e informales donde enfrentó el panorama que reporta la ENOE.
Respecto a los empleos informales, el INEGI reportó que la tasa de informalidad laboral en México se mantuvo alta, alcanzando un promedio del 54% durante 2024. Aunque sería incorrecto generalizar que los casos de informalidad laboral constituyen trabajo forzoso, esta cifra refleja la vulnerabilidad de una gran parte de la población trabajadora.
Este tipo de ocupaciones representan los factores principales de abusos laborales, porque no están regulados. “Son de fácil acceso, y actualmente hay más trabajos informales. Esto da pie a que las personas acepten las condiciones de trabajo por la necesidad económica”, explica Vargas.
La especialista precisa que algunos trabajos informales carecen de los ingresos suficientes para solventar los gastos que requiere tener un empleado. Tampoco pueden otorgar los pagos correspondientes u ofrecerles seguridad social. Sin embargo, ello no implica que deban excederse en el maltrato hacia sus empleados.
“Los riesgos del trabajo informal, precisamente son esos, que permiten las injusticias laborales que queden en la ilegalidad y no puedan ser debidamente salvaguardados los derechos de quienes sufren estos abusos laborales”, puntualiza.
Para Gerardo, la informalidad también significó una desventaja. A los quince años comenzó a laborar en la instalación de líneas de internet, aunque el riesgo era mínimo, laboraba sin seguro social cinco horas de lunes a viernes con ganancias de trescientos a quinientos pesos. Después, a los diecisiete años, fue contratado en una vinatería, donde el horario de ocho horas absorbía la mayor parte de su tiempo.
De forma paulatina, encontró diferencias importantes entre la descripción inicial de las tareas de su cargo y lo que desempeñó a diario. “Querían que fuera a trabajar de limpieza para el inmueble por fuera y que atendiera a su perro”. Además, tenía que surtir con nueva mercancía, cargarla y atender a la clientela en ocasiones.
Horas extras sin paga, las consecuencias de las regulaciones débiles
Lo anterior es sólo un atisbo sutil hacia la situación injusta que enfrentan los trabajadores en México. Vargas considera que la violación a los derechos de los trabajadores y condiciones de trabajo desproporcionadas son posibles ante la necesidad extrema del trabajador. Incluso este fenómeno puede ser un punto de encuentro con el trabajo forzoso.
A pesar de existir una regulación respecto estos temas, “no están debidamente vigilados en cuanto a su cumplimiento”. Vargas ahonda en un vacío legal común para desarrollar su idea. En el caso del tiempo extraordinario, la ley regula el pago del mismo y bajo qué términos se considera creíble la existencia del tiempo extraordinario; sin embargo, permite parámetros mediante los cuales los empleadores puedan evitar pagarlos.
A partir de la reforma al artículo 784 fracción VIII de la Ley Federal del Trabajo, en el 2012, el pago por horas extras podría evitarse. “Se estableció la división de la carga probatoria en la que el trabajador debe demostrar haber laborado más de nueve horas extras a la semana, sabiendo que un trabajador no tiene los elementos fehacientes para demostrarlo”.
El ambiente donde Gerardo experimentó el problema de las horas extra sin paga fue en los restaurantes. “Cuando dicen es de seis de la mañana a diez de la noche, en realidad tienes que quedarte a limpiar unas tres o dos horas más que no te las pagan”. También habló de cuando fue guardia de seguridad, experiencia en la que observó el problema con mayor gravedad. “Trabajas doce horas, pero si un compañero no puede asistir al próximo turno, lo relevan. Te dicen que te pagarán. Al final es una bronca que te lo paguen”.
Durante su vida, Gerardo tuvo oportunidad de continuar con sus estudios e informarse sobre las prácticas ilegales en las que incurren algunas empresas. Por desgracia, tuvo que atravesar por experiencias que incluso terminaron en demandas laborales. Trabajaba para Samsung, su cargo era jefe de área e intentó defender los quince minutos de tolerancia para trabajadores que se presentaran a sus puestos. Una de sus superioras, los regresaba a casa si llegaba diez minutos tarde.
Lo anterior era perjudicial porque las jornadas eran mayores a las ocho horas estipuladas por la Ley Federal del Trabajo (LFT). Por supuesto, nunca pagaban horas extras. “La inconformidad era que, al regresar a casa a alguien, los demás tendrían que cubrir ese trabajo y saldrían más tarde. Por haberlos apoyado, solicitaron mi renuncia que yo nunca pedí y no firmé”.
Fue en ese punto en el que la situación empeoró. Primero evitaron liquidarlo de acuerdo con lo estipulado en la LFT: tres meses de salario, veinte días del sueldo base por año trabajado, aguinaldo y una cantidad proporcional del bono de vacaciones. “Me querían dar un monto menor y me dijeron que la oferta caducaría al salir de la sala de Recursos Humanos”, recordó con indignación.
Después, la empresa intentó privarlo de su libertad. “No te puedes ir hasta que entregues tus credenciales y toda tu documentación que pruebe que trabajaste aquí”, relata la forma en que intentaron intimidarlo. Gerardo supo que se trataba de una treta para que fuera imposible que él demandara y demostrara que fue contratado en esa empresa.
“Tuve que amenazar con marcarle a una patrulla para salir de ahí”, recuerda apenas crédulo de lo que hizo para defenderse aquel día. En otra experiencia laboral, tuvo que unirse a una demanda colectiva contra una empresa que se rehusaba a finiquitar a sus trabajadores. “Exigimos lo que marcaba la ley durante un año y dio frutos. En ese entonces querían darme sólo 6 mil pesos, pero tras ganar la demanda, obtuve 30 mil”.
El caso de Gerardo podría describirse como uno de éxito. A nivel nacional en 2023, los conflictos de trabajo solucionados fueron 116 mil 626. El 33.6% de ellos, se solucionaron con convenios favorables para los trabajadores y empleadores. La cifra anterior significa que 2.1 personas trabajadoras por cada mil personas ocupadas lograron solucionar o llegar a un acuerdo en sus demandas de conflictos de trabajo, de acuerdo con el INEGI.
La voz de la minoría es la de Antonio. Cuenta que llevaba nueve años laborando en una empresa hasta que un día sus empleadores restringieron su acceso al contrato. Al poco tiempo, lo despidieron de forma injustificada. “Después de eso mi futuro fue incierto”.
La desigualdad social y la infravaloración del trabajo, pilares del abuso laboral
Gerardo considera que la justicia laboral llega tarde porque quiere compensar a las empresas. “Quieren atraer a la inversión extranjera a costa de abaratar la fuerza laboral”. Él entiende que los derechos laborales son importantes y celebra que las nuevas generaciones evitan emplearse en lugares donde la explotación es normalizada.
La lectura del hombre podría estar cerca de la realidad, aunque Vargas agrega un elemento decisivo: la desigualdad social. En sus palabras, el problema crea el estado de necesidad de las personas que las llevan a aceptar trabajos con condición que transgreden sus derechos laborales.
“También está el trabajo informal”, agrega Vargas. En esta situación impera el desconocimiento de los derechos laborales, así que las personas ceden a condiciones contra la ley por la desesperación de encontrar alguna ocupación redituable para ellos. La especialista también mencionó más componentes que afectan al clima laboral: “temas políticos, el excesivo cobro de impuestos a las pequeñas empresas (PYMES) y las extorsiones que sufren estás empresas”.
Aunque una solución resulte impensable para el contexto adverso, Vargas propone lo que considera un paso hacia la dirección correcta. “Un mayor avance en su legislación laboral en cuanto a su estricta vigilancia y cumplimiento”. También sería necesario mejor regulación con las PYMES, “que den oportunidad a que puedan dar cumplimiento con las leyes, que son las que tienden a estar más en la informalidad”.
En 1725 el compositor veneciano Antonio Vivalidi (1678-1741) publicó una serie de doce conciertos para violín y otros instrumentos bajo el título de Il cimento dell’armonia e dell’inventione. Los primeros cuatro, dedicados a cada una de las estaciones del año, han sido tremendamente populares desde ese entonces. Le quattro stagioni o Las cuatro estaciones, pueden fácilmente ser ubicadas en el conjunto de piezas de “música clásica” que por su constante repetición tanto en cine como en televisión, se han consagrado como clichés, envueltas en un superficial halo de “elegancia” y “sofisticación”.
Más allá de su fama transhistórica, esta serie de conciertos para violín tienen características musicales, estilísticas y conceptuales, de gran valor histórico, que han quedado ciertamente enterradas a costa de su popularidad.
En primera instancia, la obra de Vivaldi -sacerdote de formación-, contribuyó con la consolidación de ciertos géneros y formas de la música clásica como parte del complejo desarrollo musical de los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, la forma músical del concierto (concerto), que es una pieza escrita para un instrumento solista (o grupos de dos o tres) acompañados de una orquesta; en el caso de Las cuatro estaciones, el instrumento solista es el violín.
Cada concierto, es decir, cada estación, está acompañada de un soneto que evoca los paisajes y sensaciones de cada una de ellas. El alegre canto de las aves al llegar la primavera, las violentas tormentas del verano, el gozo de los campesinos en otoño y el crudo frío del invierno, son representados con el lenguaje musical. Se trata de un acto de traducción de imágenes verbales o no verbales al plano de la música. Las obras que parten de tal principio, han recibido diversos nombres a través del tiempo: música programática, música descriptiva o poema sinfónico. Por ejemplo, la música encargada para acompañar una obra de teatro o un filme, se le llama música programática. Lo que es claro es que no se sabe si Il prete rosso -“el cura rojo”, como le apodaban a Vivaldi por ser pelirrojo-, escribió los sonetos.
La descripción de las estaciones del año se presenta desde un punto de vista de las personas que habitan el campo. Los ciclos agrícolas, las lluvias, el clima y las festividades asociadas a estos fenómenos ambientales son representados no solamente en los poemas, sino en la música. Esta recuperación dramática de tópicos mundanos contrasta con ciertas grandes piezas del periodo barroco que florecieron en la propia devoción de la fe católica.
Esto se podría describir en los términos del filósofo ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría. En su libro La modernidad de lo barroco, menciona que una de las características del ethos barroco, es la estetización de la vida cotidiana. Esto quiere decir que, ante la ruptura entre el tiempo productivo y el tiempo cotidiano que trajo consigo la modernidad capitalista en el siglo XVI, la cultura barroca optó estratégicamente por evadir dicha ruptura buscando que la vida cotidiana también fuese una fuente nutricia de inspiración y receptáculo de la belleza, más allá del ámbito festivo propio de la iglesia y la fe.
Estos sonetos promueven imágenes agrícolas, un repertorio de cantos de aves, paisajes rurales, narrando a su vez las adversidades de las personas que trabajan en las campiñas. Todo ello es trasladado a un universo de evocación musical. Por ejemplo, El Verano, está compuesto en una tonalidad menor, que culturalmente en occidente, suele identificarse con una emocionalidad melancólica, triste y pesarosa. Ello imprime un carácter de adversidad al paisaje y clima veraniego en el agro.
Aquí se reproduce el poema:
Bajo dura estación por el Sol encendida
Languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;
Suelta el cuco la voz, y cuando la entienden
Cantan la torcaz y el jilguero.
El Céfiro dulce sopla, pero en disputa
Se mueve Bóreas de improviso a su lado;
Y llora el zagal, porque suspendida
Teme a la fiera borrasca, y su destino.
Roba a sus miembros laxos el reposo
El miedo al relámpago, y los fieros truenos
¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!
¡Ah, que son sus temores verdaderos!
Truena y fulmina el cielo y granizoso
Trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.
Resulta interesante la aparición de Céfiro y Bóreas, alegorías de los vientos. El primero era, en el panteón griego, dios del viento del oeste, de “aliento dulce” y personalidad parsimoniosa; y el segundo, el dios de los helados vientos del norte que bajaban durante el invierno, de carácter fuerte y violento. Compás 78-89.
Céfiro es representado por unos suaves violines oscilantes, que aparecen en tranquilidad, agudos y ligeros, y cuando irrumpe Bóreas con vigor, las cuerdas irradian mayor potencia y presentan figuras melódicas descendentes.
De esta forma se pueden hallar decenas de alegorías y traducciones musicales del universo que albergan los sonetos de Las Cuatro Estaciones. Un importante ejemplo del proceso de estetización de la vida cotidiana rural en una época en la que el sol de la modernidad comenzaba a deslumbrar las miradas de Europa
En todo caso, no sobra manifestar que la invitación a escarbar en tumbas de los “grandes” compositores es necesario para comprender mejor sus piezas y visualizarlas en el complejo entramado simbólico en el que se crearon, es también un llamado a no dejar de mirar piezas artísticas que viven prisioneras de su estatus “clásico” y que no distan mucho de los lugares comunes, pues, aunque pareciera que no es así, nos siguen hablando en el presente.
Tal vez la consigna es de corte actitudinal: para que las cosas que aún vociferan esas piezas sean significativas, es importante aproximarse con preguntas diferentes y agudamente formuladas.
“Buenas tardes a todos los medios de comunicación, a todas, todos y todes gracias por asistir, unidos en la defensa de lo que nos pertenece: la historia, la tierra, los barrios, los afectos. Hoy no sólo marchamos por nuestras calles mexicanas, hoy caminamos con la memoria viva del pueblo cubano que un 26 de julio de 1953 se atrevió a imaginar una nación y un mundo distinto, aquel día hombres y mujeres jóvenes decidieron que la dignidad no podía esperar, que ni el miedo, ni el poder, ni el hambre la iba a callar.
Hoy nosotros también tuvimos que alzar la voz porque la gentrificación en la Ciudad de México, como en muchas otras partes del país, no es sólo una transformación urbana sino una forma de despojo disfrazada de progreso; es ver cómo nuestras panaderías de siempre, nuestras tiendas, nuestras vecindades son arrastradas por proyectos que no piensan en nosotros sino en quienes pueden pagar más.
Es ver cómo el sentido de comunidad se diluye en cafés gourmet y alquileres impagables, pero no estamos en contra del cambio sino de un cambio que se hace sin nosotros, un cambio que nos excluye, nos borra, nos silencia. El pueblo cubano, en medio de apagones, de escasez y dificultades que parecen interminables, sigue demostrando que la resistencia no se mide en resultados inmediatos sino en el coraje de seguir soñando. Ellos, como nosotros, entienden que la lucha es colectiva, cotidiana, que no hay victoria sin comunidad.
Por eso hoy convocamos a todos los sectores: estudiantiles, trabajadores, académicos, artistas, amas de casa, vecinos, migrantes, jóvenes, adultos mayores, comunidad LGBT+ y trabajadores sexuales. No queremos ser espectadores de nuestra propia historia, queremos ser partícipes de una transformación que incluya e integre a todos. A nuestros hermanos cubanos les decimos que aquí, en esta tierra, también aprendimos a resistir. Y al pueblo mexicano, le recordamos que la memoria en nuestros barrios también es memoria de lucha, que por cada casa con graffitis que desaparece, por cada renta que nos expulsa, por cada convenio establecido, nace también una nueva conciencia colectiva.
Hagamos del derecho a la ciudad un canto popular: que nuestra diversidad sea nuestro escudo, que la historia de Cuba y la nuestra dialoguen, se abracen y que juntas nos enseñen a resistir y también a construir. Vamos a defender a nuestros barrios, nuestras historias y nuestras formas de vivir porque lo que nos une no es solo la indignación sino nuestra esperanza por un mejor mañana: hasta que vivir en dignidad no sea un privilegio sino un derecho. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”
Frente por la Vivienda Joven
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La cita de la 3ª Marcha anti-gentrificación fue a las 2 de la tarde en el Hemiciclo a Juárez. Yo salí de Ayuntamiento solo un poco antes de esa hora. Pasé al cajero y en la fila observe a dos gringas, una con rasgos asiáticos, la otra pelirroja, llevaba una cámara pequeña con micrófono. Pensé por un segundo que quizá irían a la marcha, pero ese prejuicio cambió por otro: las faldas floreadas, las sandalias y el sombrero contra el sol dictaban que para ellas era un fin de semana más de turismo en el centro de la ciudad.
Caminé sobre Balderas con dirección a Juárez hasta Independencia. En la acera del Teatro Metropólitan ya se anunciaba lo que vendría: una cohorte de autobuses azules policiacos ocupaba una larga fila.
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Son 2:15, estoy a pocos metros del punto de reunión y no se ve mucho movimiento ni ambiente de marcha: el Metrobús funciona con regularidad, el sol brilla, hay familias que pasean y novios que caminan con su helado en las manos. Me parece un sábado normal, excepto porque en la Plaza de la Solidaridad hay un grupo de unos 50 policías con chaleco naranja y escudos. No hacen nada, esperan en fila. Más adelante, un grupo de geeks alrededor del José Martí juega Pokémon GO. Cuando llego al Hemiciclo, siento el sol durísimo, busco contingentes, pancartas, grupos de manifestantes, pero nada. En su lugar hay una pequeña multitud de camarógrafos, fotorreporteros y periodistas esperando, platicando, viendo.
Hay otro grupo nutrido de personas, que según leo son personal de gobierno. Traen chaleco naranja (mismo tono de los polis, pero diferente) y lo descubriré más tarde: son una unidad de enlace y protección entre dos bandos claramente opuestos y en constante tensión: ellos serán los encargados de mediar entre los cuerpos policiacos y los marchantes.
Y como se va haciendo costumbre, banderas de Palestina ondean aquí y allá.
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El primer choque vino antes de empezar la ruta. Un enjambre de periodistas corrió y se arremolinó, parecía una represión policial en la barda metálica del Hemiciclo. O al menos eso era lo que algunos de los manifestantes gritaban. Todo fue caos, gritos y empujones hasta que un azul, como alada victoria salida de la muchedumbre, mostró en lo alto el trofeo y posible causa del desmadre: un bat de beisbol arrancado de las manos de uno de los asistentes. Un bat de madera bastante cuidado y brilloso, por cierto. La policía cumplía su deber: prevenir el crimen y la maldad. Quedaba registrado.
Eso fue lo que permeó la breve marcha: el centro de la ira, los insultos y los brevísimos ataques fueron contra los policías. “¡Hay que estudiar, hay que estudiar… el que no estudie a policía llegará!” “¡Policía consiente, se da un tiro en la frente!” “¡Qué feo, qué feo, qué ha de ser reprimir al pueblo para poder comer!” Fueron las consignas que se repetían una y otra vez.
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“A la prensa queremos comunicarles, expresarles que hace unos instantes sufrimos un despliegue policiaco de represión en contra de las juventudes, en contra de la comunidad sexodiversa, en contra de las mujeres que el día de hoy venían a manifestarse de forma pacífica: en contra de la gentrificación, en contra del desplazamiento de miles y miles en las periferias; en ese sentido, llamamos a una movilización pacífica que dialogue con distintos sectores. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”
Dijo uno de los dirigentes de la marcha.
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Para evitar mayores confrontaciones hubo un repliegue de policías. La marcha comenzó y la ruta que estaba prevista no se enfiló hasta la embajada de Estados Unidos, sino que cambió hacia el zócalo. Y me parece que ahí, en ese cambio repentino de dirección, se destanteó el cuerpo policiaco: improvisaron, corregían acomodos, corrían para adelantarse a los marchantes, redefinían agrupaciones, cambiaban las tácticas: de ida sólo ocupaban las aceras, pero de vuelta, estaban a ras de piso, cosa que encendía los ánimos.
Los marchantes por su parte apenas llegaron al medio centenar de personas, quizá pocas más, pero se sentía un desinfle en la asistencia: esperaba contingentes, diferentes sectores, vecinos indignados contra la gentrificación, pero en esta marcha solo hubo un grupo de personas universitarias, lo digo por la edad, los modos, los cuerpos, la energía y cierta inexperiencia tanto para tomar el megáfono, encausar la marcha, como para negociar la disolución y fin de la caminata.
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En esos bandos cada uno vivió su propia narrativa y ficción. Los policías hicieron su papel de policías: malencararse, mostrar, aunque solo en gesto, cierta ira, cierto resentimiento, cierto desprecio; exhibir el poder de la superioridad numérica, controlar, bloquear, reencauzar la ruta de la marcha… y una gran tozudez para leer y anticiparse a las acciones. Ateneas, Zorros, Guerreros eran los nombres de los diferentes sectores presentes.
Del lado de los manifestantes, también se construía una ficción que me parecía muy particular: emular al arquetipo del revolucionario. Sentí por varios momentos que sobredimensionaron hechos aislados y particulares, como los choques; el actuar dos policías: ambos se atrevieron a grabar y eso detonó breves incendios que fueron apagados por los cuerpos naranjas del gobierno; o elevar a rango de represión los forcejeos esporádicos, el encapsulamiento y el último encontronazo a las afueras del metro Juárez. Tampoco le lavaré la cara a una institución que históricamente ha sido el brazo oficial de represión y que ha actuado con criminalidad e impunidad en no pocas ocasiones, pero aquí, hoy, no hubo sangre, toletazos, detenciones ni órdenes directas para reprimir a la vieja usanza. También tampoco. Hubo dos bandos que difícilmente se podían comunicar con un árbitro naranja de por medio.
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La represión como marca y señal de experiencia, como cicatriz, como trofeo de guerra, como viaje iniciático, como la prueba de veracidad de su queja, como la cercanía al héroe histórico anti-imperialista.
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Hubo tres intervenciones de parte de los dirigentes. Al inicio, en el supuesto final, cerca de Monte de Piedad y casi al último, cuando se tapó la marcha y se decidió hacer una protesta, pero sentados en medio de la calle “hasta que la policía dejara de cercarlos”: la parte más floja del recorrido, incluso pidieron llenar esa espera con micrófono abierto y poemas revolucionarios. El discurso transcrito al principio resume el sentido de la marcha y la filiación ideológica e histórica. Fuera de ello, la queja era simple e incluso propia y vieja: los recorridos largos y extenuantes desde la periferia hasta los centros laborales y educativos, la crecida de los precios debido a la gentrificación y el poco dinero para navegar esa contracorriente por parte de un sector poblacional que sufre desde siempre la desigualdad de clases.
“¡Vivienda primero, a la hija de la obrera!” “¡Vivienda después, a la hija del burgués!”
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Por otro lado, el recorrido de la marcha fue corto y reiterativo: Hemiciclo, Av. Juárez, Eje Central, 5 de Mayo y esquina con calle Monte de Piedad. Luego en reversa por la misma ruta hasta parar otra vez en el Hemiciclo: avanzar y detenerse en Juárez y Balderas, intentar llegar al metro Hidalgo, recular e ir hasta el metro Juárez de nuevo, donde, tras un último choque que se vivió como una estampida de policías, marchantes y árbitros naranjas por doquier, intentando frenar la violencia que escaló, pero no incendió ni se propagó más allá, la marcha se disolvió y apagó tras las puertas del metro.
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La marcha terminó como empezó: con más periodistas que marchantes, más policías que vecinos, más consignas recicladas que demandas concretas. Se gritaron muchas cosas, se alzaron pocas manos, se caminaron unas cuantas calles y se retrocedieron las mismas. Al final, entre escudos, micrófonos y versos revolucionarios, no quedó claro si marchábamos contra la gentrificación… o solo hacíamos una performance de la indignación. Tal vez, en esta ciudad donde todo sube —menos la participación—, el verdadero desplazamiento no sea territorial, sino simbólico: protestar se ha vuelto un gesto más del paisaje urbano, como los cafés de especialidad que tanto odiamos. ¿Y si el problema no es que nos desplacen, sino que ya no sabemos desde dónde resistir?
Mientras tanto, al final, el sol siguió cayendo sobre el Centro como si nada hubiera pasado. Los policías volvieron a sus camiones, los manifestantes a sus rutinas, y los barrios, esos que dicen defenderse, quedaron donde siempre: a la espera.