La pelúa me obliga a escribir esto y no sé por dónde comenzar. Todos vienen con ese mismo cuento de “te voy a ayudar” y terminan poniéndolo a uno con este tipo de vainas.
Bueno, el caso es que en mi casa no me quieren más porque me quedo dormido en cualquier parte. De un momento a otro se me cierran los ojos y me desplomo donde sea.
Según la doctora, la pelúa, tengo que dormir más y no me puedo pasar la vida despierto las veinticuatro horas del día, desandando en la noche como un alma en pena.
La verdad es que no me creen, pero los flacos pensamos mejor de noche, es cierto. Es como si la cena nos alentara al trasnocho; como si el queso en la arepa o el guarapo de panela nos desvelaran por sí solos; como si aquella oscuridad descubierta del cielo además de desnudar a las estrellas, también permitiera que los rayos cósmicos lleguen a nosotros directamente.
Como Kafka, los flacos pensamos mejor de noche, no solo a causa de una indigestión, también por hambre, y porque al terminar con las labores del día, la corona de nuestra verticalidad, esa cosa que sirve para pensar, queda despejada de tareas y esa fuerza que estuvo retenida en nuestras manos, se nos sube hasta la coronilla y comenzamos a pensar en cosas de flacos.
Ahora tendría que decir a qué cosas me refiero y no es difícil deducir que generalmente los flacos pensemos en cosas redondas, muy gordas, o no tanto, pero habitualmente curvas por alguno de sus lados. Cosas con curvas pronunciadas en las que reconocemos aquellas carencias que solo tenemos los flacos, diseñados a base de líneas rectas, codos, costillas, clavículas, rodillas, omóplatos expuestos bajo una piel finísima.
Pensamos por ejemplo en un plan redondo para el fin de semana o la circunferencia de los ceros que pueblan nuestras cuentas bancarias. Algunos con la desdicha de almacenar algunos valores por delante de una cantidad enorme de ceros, y viven con la zozobra de saber que algún día todo ese dinero se irá por donde vino. Y yo con la suerte de no acumular tantos ceros en mi cuenta para así dar paso a otro tipo de preocupaciones curvilíneas más productivas y esencialmente necesarias. Nalgas, piernas, cuellos, pezones.
Yo tengo una teoría bien desarrollada al respecto y muchas noches me dedico a exponerla en mi habitación. Los vecinos creen que hablo solo por la noche o que convoco al demonio pero no, la verdad es que tengo una buena relación conmigo y soy muy bueno explicando algunas cosas cuando no las entiendo muy bien. Según mi teoría por ejemplo, me expliqué la otra noche que manteniendo la cuenta vacía podemos encontrar más sorpresas agradables en la vida. Por ejemplo un billete en el bolsillo del pantalón o en el libro menos pensado, y también menos leído, de nuestra biblioteca, o en esos manuales que llegaron a la casa con algún aparato, una impresora, una licuadora, o las instrucciones para armar correctamente el multimueble que compramos hace diez años y todavía nos sobraron tornillos.
Los flacos pensamos mejor de noche también porque en la soledad se aprecia más nuestra verticalidad. Nótese bien que un flaco en la multitud es ligeramente menos flaco, en cambio un flaco que, apaciblemente o con un afán particular camina solo por una calle es tan efectivamente un flaco que puede hasta llegar a pasar desapercibido y de noche no hay grandes multitudes en las calles. Siendo francamente una cosa que solo podemos hacer los flacos y que siendo una cualidad tan particular esta de escondernos bajo las sobras de los postes, también nos ayuda a concentrarnos mejor por las noches.
Además, según mi teoría, esta forma de flecha que tenemos los flacos hace que, apuntando siempre hacia arriba, los rayos lunares (incluso en luna nueva) nos faciliten el proceso de sinapsis y especialmente por las noches pensemos mejor. De noche además porque cuando nos acostamos solemos llevarnos a la cama todos los asuntos del día, y esta es una clara desventaja con respecto a nuestros amigos menos flacos, quienes con quitarse la camisa ya se deshacen de un gran peso y cualquier preocupación cabe perfectamente en los bolsillos de sus enormes pantalones.
Especialmente esta noche, que tengo que dormir en esta cama extraña, los flacos de este cuarto piensan mejor de noche, porque el único flaco que habita en estos predios lo hace, y porque además la pelúa me ha pedido que lleve un diario y si quiero volver a casa tendré que hacer lo que me pide sin pensar mucho. Ya apagaron las luces. Buenas noches.
Caracas tiene vida propia porque desde el inicio sus habitantes despertaron su ánima.
En la capital de Venezuela nadie se rige por puntos cardinales ni números. Para ubicarnos, los caraqueños usamos los nombres de nuestras esquinas, las cuales albergan grandes anécdotas.
Y aunque no todas tienen una placa que las identifique, nosotros siempre sabemos cómo llegar.
El cronista oficial de Caracas en dos ocasiones, Enrique Bernardo Núñez, cuenta en su libro La Ciudad de los Techos Rojos que, en 1766, el obispo Diego Antonio Díez Madroñero intentó cambiar esta nomenclatura por nombres vinculados con la vida de Cristo pero los venezolanos se negaron.
Este mismo rechazo se presentó en 1811 cuando, tras la independencia, la municipalidad de Caracas, inspirada en la Revolución Francesa, intentó imponer denominaciones “más triunfalistas” a nuestras vías.
Algunos intelectuales venezolanos se quejaron por esto. El destacado escritor Arístides Rojas, en su libro Crónica de Caracas, propone cambiar los nombres de sus esquinas por unos “menos extravagantes”:
Al hacerlo ¡ya saldremos de la época de la ignorancia y del atraso! ¡Ya no se dirá más la esquina del Zamuro o de la Miseria! La ciudad entraría en una etapa de progreso y como toda ciudad culta, tendría una nomenclatura conforme al lugar que ocupa entre las poblaciones civilizadas del mundo.
Pero tal vez Caracas es más rebelde que cívica. Sus esquinas, calles y avenidas sobrevivieron a terremotos, demoliciones, revueltas políticas y convulsiones de todo tipo, hechos que cambiaron su rostro pero no su identidad.
Una de las avenidas más famosas de Caracas es la México, cerquita de la meca de la cultura caraqueña: el Museo de Ciencias, el Museo de Bellas Artes, el Teatro Teresa Carreño, la Galería de Arte Nacional, etc.
Pero, además, este lugar cuenta con cuatro cuadras repletas de esculturas y símbolos relacionados con la nación azteca. Cerca también encontramos uno de los restaurantes de comida mexicana más populares de la ciudad.
De esta forma, los caraqueños naturalizamos el tropezarnos con un pedacito de México después de acudir a una exposición o ver una obra de teatro, pero pocos, muy pocos, conocen el origen de esta presencia.
Una vieja amistad
La presencia azteca en Caracas empezó con el expresidente de la Cámara de Diputados de México, Manuel Crescencio García Rejón, quien fue el primer representante extraordinario y plenipotenciario mexicano ante el gobierno de Venezuela.
Rejón estuvo en Venezuela en 1843, en una misión oficial pero casi secreta que promovía la creación de una asamblea panamericana.
Un siglo más tarde, en diciembre de 1943, llegó a Caracas el primer embajador mexicano, Vicente Benítez, y tres años después el presidente de la Junta Revolucionaria de Venezuela, Rómulo Betancourt, realizó la primera visita oficial de un jefe de Estado venezolano a México, durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho.
Casi dos décadas después, el 14 de enero de 1960 se dio la primera visita a Venezuela de un mandatario mexicano, el presidente Adolfo López Mateos, quien fue recibido por el mismísimo Betancourt en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía para luego trasladarse en un carro Lincoln Continental descapotable hasta el Palacio de Miraflores.
El capítulo más memorable se dio justo allí, cuando un periodista increpó abruptamente al presidente mexicano: “¿Qué opina de lo declarado recientemente por un colega mexicano, acerca de que la Revolución mexicana ha muerto y ha sido usufructuada y secuestrada por un grupo en el poder?”.
Como buen político, López Mateos contestó con otra pregunta:
-¿Qué periodista dijo eso?
-Se llama Leduc, señor presidente.
-¡Ah! Pero Renato Leduc en realidad es un poeta.
Leduc, recordado por ser el único hombre al que María Félix propuso matrimonio, había visitado Caracas meses antes, en 1959, para conversar con periodistas, poetas e intelectuales sobre libertad de expresión, movimientos sociales en América Latina y, desde luego, el rumbo de la Revolución mexicana.
Regalos memorables
El afianzamiento de esta amistad incluyó más de un regalo. En 1945, el gobierno de México presidido por Manuel Ávila Camacho anunció que le daría a Venezuela una estatua de bronce del sacerdote y militar mexicano, José María Morelos y Pavón, clave en la segunda etapa de la Guerra de Independencia.
Este monumento fue inaugurado en marzo de 1951 en la Plaza Mohedano de Caracas, la cual a partir de entonces empezó a llamarse Plaza Morelos.
Fue justo en ese momento cuando la Avenida Este 4 recibió el nombre de Avenida Méjico, escritura que se mantuvo hasta que en 1992 la Real Academia Española (RAE) aceptó la grafía con x y se corrigieron todas las señalizaciones de la ciudad.
Esta escultura es una réplica de una efigie de Morelos ubicada en el Centro Histórico de Cuernavaca, la cual es denominada El Morelotes, por sus casi siete metros de altura.
Ambas fueron realizadas por el escultor mexicano Juan Fernando Olaguíbel, quien también hizo El Pípila en Guanajuato y la Fuente de Petróleos de la Ciudad de México.
Además, para esta ocasión fue acuñada una moneda con la efigie del prócer mexicano, que en la cara rezaba “Morelos en la Patria de Bolívar” y en el anverso mostraba el escudo de Venezuela y el águila mexicana con la inscripción: “Inauguración del monumento a José María Morelos en Caracas”.
Y algunos dolores
Para ese entonces, la Plaza Morelos era un espacio circular, con muchos árboles, en cuyo centro y sobre un pedestal se alzaba la escultura del prócer mexicano, hasta que, en 1957, se vio segmentada por la construcción de la Avenida Libertador.
Hoy al oeste de la plaza, también nos encontramos con otro monumento donado por el gobierno mexicano pero en 1961: una réplica de la Campana de Dolores tocada por el párroco Miguel Hidalgo y Costilla, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en Dolores, Guanajuato, para llamar a la población a rebelarse en contra del Virreinato de Nueva España.
La campana original se encuentra hoy en el Palacio Nacional de México y se toca en la noche del 15 de septiembre cada año para conmemorar el inicio de la lucha por la Independencia.
Pero, al mismo tiempo, en Caracas, la embajada de México realiza una ofrenda floral justo frente a esta réplica que, además, fue declarada Patrimonio Cultural del país.
Hasta el sol de hoy
A mediados de 1980, tras la inauguración de la Galería de Arte Nacional de Caracas (1976) y la apertura de la Línea 1 del Metro de Caracas (1983), sobre el amplio corredor de la acera sur de la Avenida México, también se incorporaron nuevas esculturas pedestres de presidentes mexicanos.
Una de ellas es la del general Lázaro Cárdenas, cuya presidencia (1934-1940) impulsó reformas que transformaron a México, incluyendo la expropiación petrolera, la reforma agraria y la nacionalización de los ferrocarriles.
La segunda estatua, hecha en piedra volcánica y colocada sobre un basamento de mármol rojo, representa a Benito Juárez, presidente de México de 1858 a 1872, cuando defendió un gobierno laico, resistió la Intervención Francesa e impulsó la educación pública.
Y hablando de educación pública, cerca de esta estatua se encuentra La Escuela Experimental Venezuela, declarada Bien de Interés Cultural de la Nación, en cuyo patio de las Américas reposan dos bustos vaciados en bronce: Benito Juárez y su esposa, Margarita Maza de Juárez. Sin embargo, nadie sabe quién los hizo ni cómo llegaron allí.
Además, desde el 2020, todo este recorrido por la historia mexicana es acompañado con un gran mural del pintor y muralista venezolano Felipe García, donde se visualizan catrinas, guitarras, calaveras danzantes, alebrijes y, por supuesto, a Frida Khalo.
De una u otra forma, las calles de Caracas aún nos recuerdan aquello que dijo el Libertador Simón Bolívar en su célebre Carta de Jamaica (1815), donde expresó su deseo de “ver formar en América la más grande nación del mundo con México como capital” pues “México es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli”.
Ese México que Bolívar recuerda es el que visitó cuando tenía apenas quince años, y el barco San Ildefonso, donde se iba a culminar sus estudios en Madrid, hizo una primera escala en Veracruz.
Bolívar recorrió las calles de México sin pensar que en 1824 aquel país lo proclamaría ciudadano mexicano.
De hecho, en la Ciudad de México se hospedó en la casa de los Marqueses de Uluapa, donde conoció a la Güera Rodríguez, una pieza clave en la Independencia mexicana, aunque la historiografía la venda como “una mujer frívola” que solo se dedicó a “seducir” a insurgentes o virreyes.
Pero esa es otra historia. Sin duda, México, Venezuela, y las mujeres aún tenemos muchos relatos por contar.
Mapa de la Liga Árabe, 1960. Encargado por Abd al-Karim Qasim, líder de la República Iraquí. Recuperado de David Rumsey Map Collection. CC BY-NC-SA 3.0
Los antisemitas se convertirán en nuestros amigos más fieles, los países antisemitas en nuestros aliados.
Theodor Herzl
A finales del siglo XI comenzó un proceso de invasión que buscaba el acceso de Europa a las materias primas y productos procedentes de las profundidades asiáticas, el sudeste africano y el Magreb, y que tras los periplos marítimos y sinuosas rutas terrestres arribó a las costas orientales del Mediterráneo, en los actuales territorios de Siria, Líbano y Palestina. Excusándose en la protección de peregrinos católicos, las cruzadas y los enclaves europeos en la costa levantina fueron el primer intento de control geoestratégico exógeno en la región, que tuvo por fin afianzar el sistema feudal de explotación y paralelamente erradicar el Islam, el cual desde el siglo IX se había convertido en la religión mayoritaria del Máshrek, conocido desde el eurocentrismo como Medio Oriente.
Pese a la brutalidad de las órdenes religiosas y militares, los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén fueron efímeros y al término del siglo XIII la presencia europea en la región se había esfumado. Sin embargo, siglos después, con la llegada del colonialismo moderno, Europa volvió a poner sus ojos en el Levante mediterráneo. A finales del siglo XIX, otro proyecto colonial, gestado en el centro y oriente europeo y arropado por la mayor superpotencia de la época (el Imperio británico), se propuso invadir, conquistar y limpiar étnicamente Palestina. Ese proyecto era el sionismo, el cual desde 1948 con la fundación del Estado de Israel ha impuesto una prefectura colonial y un laboratorio de guerra de euroccidente, el cual hoy busca minimizar su rol o desvincularse de su apoyo histórico al proyecto de depredación etnocida israelí.
Uno de los mitos fundacionales del proyecto colonial sionista es que ha operado de manera independiente respecto a sus mecenas, sin embargo, esto es totalmente falso, ya que hasta nuestros días Israel ha sido un elemento fundamental en el dominio geoestratégico regional de la dupla imperialista angloparlante: Londres de 1917 a 1948 y Washington desde aquel año a la actualidad. El ente sionista y genocida israelí jamás hubiese perpetuado su existencia sin haber contado con el apoyo occidental, por un lado, en un proceso que debe ser considerado de larga duración y que no solo se ha enfocado en Palestina, sino prácticamente en la totalidad del Máshrek-Magreb, e incluso el Sahel y Anatolia, y, por el otro, gracias a la normalización de relaciones con diversos regímenes de la región, cuya existencia depende directamente de los epicentros del poder económico y militar occidental. Los regímenes árabes y túrquicos son las murallas del centro de comando regional de las superpotencias, el ente colonial sionista. En síntesis, aunque la víctima primigenia y constante del sicariato sionista ha sido el pueblo palestino, muchas otras naciones han sufrido el embate tanto del rabioso caniche en Tel Aviv como de sus mecenas, los imperios coloniales europeos y Estados Unidos.
El sionismo como herramienta del imperialismo occidental
Antes de que su faceta secular judía emergiera en el último cuarto del siglo XIX, el sionismo se gestó en las entrañas del protestantismo fundamentalista de la Inglaterra del siglo XVII (y en sus colonias norteamericanas), durante la dictadura puritana de Oliver Cromwell, quien buscaba que los judíos retornaran a suelo inglés trescientos años después de su expulsión, durante la dinastía Plantagenet. Aunque públicamente se aseguraba que su objetivo era procurar la conversión de los judíos al cristianismo y acelerar el retorno del mesías, los verdaderos motivos de la política judeófila cromwelliana fue que judíos procedentes de la Europa continental potenciaran la economía isleña, forjando lazos comerciales con otros contextos europeos e incluso más lejanos, concretamente Palestina. Desde aquella época, incluso antes de la unión de las coronas y del surgimiento de Gran Bretaña, los ingleses ya ambicionaban la ocupación de aquella región, siendo su avanzada la población judeoeuropea.
La idea de utilizar a judíos europeos como una vanguardia favorable a los intereses ingleses/británicos se desarrolló durante los dos siglos posteriores hasta contagiar a comunidades judías decimonónicas, pero también al acérrimo rival británico de la época, el imperio colonial francés. En 1799, durante la invasión francesa de Palestina y tras su huida de Egipto, Napoleón Bonaparte llamó a que los judíos de Asia y África se unieran a su campaña para restaurar Jerusalén, en otras palabras, se propuso aumentar exponencialmente la presencia judía en la región para ser el lugarteniente del expansionismo napoleónico. Fue entonces, en el tránsito de los siglos XVIII y XIX, que las potencias europeas se enfocaron en controlar el punto neurálgico de Afroeurasia. Esto evidencia otro mito que aún continúa vigente en la cultura de masas occidental e incluso en las contranarrativas: se cree que el único mecanismo injerencista occidental en la región ha sido el sionista, cuando en realidad los europeos y estadounidenses han desarrollado un colosal sistema de colonización y rapiña que abarca múltiples naciones en la órbita de Palestina, siendo el proyecto israelí la punta del iceberg de una estructura imperialista mucho más añeja y extensa geográficamente.
A comienzos del siglo XIX, durante la época prepetrolera, la riqueza del Golfo Pérsico se basaba en la pesca de perlas, el tráfico de incienso, el tránsito de peregrinos rumbo a Meca y Medina y la piratería. La costa oriental de la Península Arábiga estaba tapizada de pequeñas confederaciones tribales que solían asediar a las embarcaciones tan pronto atravesaban el estrecho de Ormuz rumbo al norte. En 1820, el Imperio Británico, que se había enfrentado a esos emiratos en distintas ocasiones, firmó acuerdos con los jeques para detener los ataques contra sus navíos, pues buscaba afianzarse en la región para frenar el expansionismo tanto francés como ruso. A cambio de no vincularse con otros poderes occidentales, los británicos les brindarían apoyo bélico contra sus enemigos regionales. Aquel pacto dio vida a los Estados de la Tregua, futuros Emiratos Árabes Unidos, cuyas dinastías, principalmente los Al-Maktoum de Dubái y los Al-Nahayan de Abu-Dabi, sirvieron para satisfacer los intereses de Londres. En ese mismo año, los británicos apoyaron a la tribu Al-Jalifa para que impusiera su supremacía isleña bahreiní, y hasta la fecha continúa siendo títere de Occidente en la región.
En 1839, al otro lado de la Península Arábiga, en aguas del Golfo de Adén frente al puerto homónimo, los británicos bombardearon el Sultanato de Lahej y a la postre ocuparon Yemen mediante el Protectorado/Colonia de Adén, un centro de abastecimiento de carbón para las naves europeas, las cuales después de circunnavegar África necesitaban reabastecerse para continuar su periplo rumbo al Raj británico de la India, Singapur o incluso Australia. Después, a finales del siglo antepasado, los británicos extendieron su poder al Shatt-al-Arab (la confluencia del Tigris y el Éufrates) cuando sometieron a Kuwait, convirtiéndolo en otro protectorado y a la dinastía Al-Sabah, en marionetas, con lo cual frenaron los intentos otomanos, persas y hasta rusos por acceder al Golfo desde el norte.
Por su parte, el intervencionismo francoparlante en el oeste asiático también continuó con su injerencia levantina en 1860 cuando, con permiso a regañadientes del Sultán en Estambul, Napoleón III (quien meses después autorizó la segunda invasión francesa de México) desplegó tropas en las montañas libanesas para detener las hostilidades entre cristianos católicos maronitas y drusos, lo cual fue el preámbulo de lo que vendría medio siglo después durante el mandato francés en suelo siriolibanés. Dos décadas más tarde, comenzó por “iniciativa” (léase injerencia) francesa en Egipto la construcción del Canal de Suez, lo que provocó la ira británica pues eran ellos el poder dominante gracias a su cuasimonopolio de la ruta del Cabo (el de Buena Esperanza), entre el Atlántico y el Índico. Sin embargo, tras la compra de casi la mitad de las acciones del canal por parte de capitalistas británicos, la tranquilidad regresó a Londres. En los ochenta decimonónicos, Egipto, gobernado por los descendientes de Mohammed Alí, lamentó haber recibido apoyo británico para expulsar a Francia, ya que fue precisamente la Pérfida Albión quien acabó convirtiendo al gobierno cairota en un mero adorno tras derrotar al ejército egipcio en 1882, transformando así a este país en un protectorado por los siguientes setenta años.
El amanecer del siglo XX fue testigo de cómo los imperios coloniales europeos se frotaban las manos augurando el inminente colapso otomano, lo que los llevaría cual buitres a formular los planes de división de un decrépito imperio tricontinental. En 1915, en plena Gran Guerra, el Imperio Británico domesticó a otra familia que en las profundidades de la península lidiaba un conflicto interno contra otras dinastías. Los Saud, practicantes de una ortodoxia purista suní conocida como wahabismo y que en el aquel entonces tan solo controlaban el oriente arábigo, fueron arropados por Londres. Paralelamente, al otro lado de la península, en el Heyaz, cuna del Islam, región donde se hallan Meca y Medina, los británicos apoyaban al exaliado otomano y al sharif de la Meca Husáin Ibn Ali al-Hachemí, encargado de resguardar las urbes sagradas y la seguridad de los peregrinos. A cambio de iniciar un gran levantamiento árabe contra la Sublime Puerta1 (ocurrido en 1916), Gran Bretaña lo apoyaría en la creación de un gigantesco estado árabe unificado con Husáin como Malik al-Arab (rey de todos los árabes). En 1918, tras múltiples masacres por parte de las tropas turcas, el objetivo se alcanzó, sin embargo, la unificación jamás ocurrió, ya que Londres, como de costumbre, tenía otros planes. El 2 de noviembre de 1917, el ministro del exterior británico Arthur James Balfour, en una carta dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la plutocracia judeosionista en Gran Bretaña, anunciaba que la monarquía de Jorge V apoyaría la creación de un hogar nacional para los judíos en Palestina. Diecinueve días después, la prensa bolchevique filtraba el acuerdo Sykes-Picot en el que la alianza anglofrancesa anunciaba la repartición de los territorios otomanos en el oeste asiático: Irak, Transjordania y Palestina para los británicos, y Siria y Líbano para Francia. Si la Revolución Rusa no hubiese ocurrido, el Imperio zarista hubiese obtenido el control del noroeste anatólico, incluyendo Constantinopla/Estambul. Ambos proyectos chocaban con lo prometido a Husáin por Sir Henry McMahon, alto comisionado británico en El Cairo, en cuya correspondencia se comprometía en múltiples ocasiones a permitir la creación de un Estado árabe. En respuesta a la traición británica, los hachemíes se negaron a ratificar tanto el tratado de Versalles como el de Sèvres y en reprimenda, el Imperio Británico dejó de favorecer a Husáin, permitiendo el expansionismo de los Saud, quienes acabaron conquistando el Heyaz en 1925, otrora dominado por los hachemíes.
Poco antes del fin de la guerra, en 1916, los angloparlantes lograron controlar uno de los últimos enclaves otomanos en las aguas pérsicas, cuando el jeque y emir catarí Abdullah bin Qassim Al Thani firmó un tratado con Gran Bretaña, con lo que convirtió al futuro petroemirato en un vasallo más del imperialismo anglosajón.
Fuera del mundo árabe semítico, en la orilla oriental del Golfo Pérsico y cruzando los Zagros, Persia resultaba una pieza clave del expansionismo británico que intentaba frenar al zarismo ruso, el cual ya había conquistado los emiratos de Asia Central y los antiguos territorios dominados por los persas en el Cáucaso, como Georgia, Armenia, Azerbaiyán y el Daguestán, lo que ponía a Irán en la órbita inmediata al imperio de los Románov. En 1908, la expedición de William Knox D’Arcy halló un gigantesco yacimiento petrolero en el Juzestán. Previamente, aquel gambusino había obtenido una concesión por las siguientes seis décadas de parte de la dinastía Kayar en Teherán, aunque la ciudad solo recibiría 16% de las ganancias. Así fue como en 1909 nació la Anglo Persian/Iranian Oil Company (futura British Petroleum), que durante los siguientes setenta años realizará una de las mayores rapiñas energéticas del siglo XX, controlando Irán por medio de una serie de cipayos, primero de la dinastía Kayar y posteriormente de la dinastía Pahlaví, colocados en el poder por un golpe de Estado orquestado por los ingleses.
En tierras árabes se vivió un proceso similar tras 1932 cuando la Standard Oil de California halló petróleo en la isla de Baréin. Mientras esto ocurría, las profundidades arábigas eran conquistadas y unificadas en su totalidad por los Saud, siempre gozando de apoyo británico. Seis años más tarde, imitando lo ocurrido en el vecino subsuelo bareiní, en la provincia oriental saudí de Dammam a orillas del Golfo, la Standard Oil californiana perforó un enorme yacimiento petrolero. Así emergió la petromonarquía wahabí saudí.
El 14 de febrero de 1945, meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, a bordo del destructor USS Quincy se encontraron Abdulaziz bin Saúd y Franklin D. Roosevelt para oficializarse la relación que hasta la fecha mantienen Washington y Riad, basada en un flujo de hidrocarburos baratos a cambio de apoyo armamentista, pero sobre todo a cambio de protección y una apología cínica de un régimen que con el pasar de las décadas ha cometido múltiples crímenes contra cualquier intento de emancipación y resistencia en la región, pero también contra su propio pueblo. El encuentro entre Abdulaziz y Roosevelt marcó el fin de la hegemonía británica en el oeste de Asia y norte de África, siendo su legatario el imperialismo estadounidense que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, asumió el control de todos los proyectos de injerencia occidental en el Máshrek, incluyendo la tutela del proyecto sionista, su futuro enclave colonial y laboratorio de guerra.
La transferencia de poder de Londres a Washington fue evidente en 1953, cuando los servicios de inteligencia de ambos imperios angloparlantes realizaron conjuntamente el golpe de Estado en contra del iraní Mohammad Mosaddeq, quien desde su llegada al poder como primer ministro buscó nacionalizar el petróleo, en manos de la Anglo Persian. A petición del MI6 británico, la CIA (comandada por Allen Dulles, con el beneplácito de su hermano y secretario de estado John Foster) derrocó a Mosaddeq por medio de ataques de bandera falsa, sobornos a militares y guerra mediática. Tras estos hechos, Washington fortaleció su apoyo a Mohammad Reza Pahleví, quien en su rol de Shah creó en 1957, con asistencia de la CIA y el Mossad, su guarda pretoriana y servicio de tortura, represión y espionaje, la SAVAK.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, británicos y franceses materializaron su acuerdo previo, desmantelando al Imperio otomano y ocupando el oeste de Asia. El Mandato británico de Palestina, creado en 1920, permitió que el número de invasores judeoeuropeos sionistas se exacerbara, sin mencionar el surgimiento del terrorismo de corte moderno llevado a Levante por europeos, el cual a través de grupos paramilitares supremacistas, como la Haganá, Irgún o Lehi, sembró el terror entre la población autóctona. En 1939, desde Londres se ordenó que se pusiera un freno al arribo de invasores judeoeuropeos a Palestina, política enmarcada en el llamado Libro Blanco, lo que generó que los sionistas iniciaran las agresiones en contra de sus mecenas primigenios. La partición de Palestina de 1947 (resolución 181), ejecutada por Naciones Unidas y en la que el pueblo palestino no tuvo ni voz ni voto, solo aceleró la violencia del sionismo contra sus patrocinadores británicos. El secuestro y ejecución de tropas; asesinatos como el de Walter Edward Guinness, ministro del Imperio Británico para la región, ultimado en Cairo por el Lehi; el bombazo contra el Hotel Rey David de Jerusalén, e incluso los planes de magnicidio contra Churchill, generaron que el decrépito Imperio, artífice primigenio de la tragedia palestina, renunciara a su papel, delegando su rol al imperialismo estadounidense, que desde 1948 se ha hecho cargo de la abominación sionista israelí.
Paralelamente, de 1920 a 1946, el imperialismo colonial francés ocupó Siria y Líbano, donde múltiples masacres contra cualquier intento independentista eran cotidianas. París fraccionó los territorios en seis estados confesionales y étnico lingüísticos, intentando resquebrajar la unidad nacional y los esfuerzos decoloniales conjuntos. Esta balcanización temporal de la geografía siriolibanesa acabó determinando el dogma injerencista y el objetivo final del imperialismo occidental contra la región, el cual en estos momentos (2025) se pone en práctica por medio de un régimen surgido dentro de las filas de al-Qaeda y Daesh.
En el interludio del fin del mecenazgo británico y el comienzo de patrocinio de EE. UU., el mayor apoyo occidental a favor del ente sionista provino de una Francia en vías de perder su imperio colonial en cuatro continentes. A finales de los cincuenta, Francia le obsequió a Tel Aviv su primera flota de jets de combate. Poco después, entre 1957 y 1963, el gobierno francés construyó la Planta Nuclear de Dimona, utilizada por los sionistas para enriquecer el uranio de su primera tanda de armas nucleares. Sin embargo, tras el colapso del colonialismo francés (en especial la pérdida de Argelia), el cisma dentro de la OTAN de 1966 y el aumento de la influencia estadounidense en Tel Aviv, el gobierno de París se alejó paulatinamente de su alianza con el sionismo. Su posición fue ocupada por Washington, cuyo apoyo al proyecto colonial superaría astronómicamente lo hecho por el Palacio del Elíseo.
Los Estados túrquicos
En 1923, en el epicentro de poder anatólico, después de seis siglos otomanos y con la aprobación de las potencias occidentales, se creó la República de Turquía, domesticada y neutralizada en los años treinta, con el fin de evitar su rearme antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1952, el gobierno de Ankara fue integrado a la estructura expansionista occidental con su ingreso a la OTAN y hasta la fecha el ejército turco es el segundo más numeroso de las fuerzas atlantistas. Turquía también fue la primera nación islámica en reconocer el proyecto sionista con quien comparte lazos estratégicos de corte militar y económico. En las alturas caucásicas, emergió el régimen túrquico azerí de la familia Alíyev, que desde la independencia azerí postsoviética de 1991, ha mantenido una relación estratégica con el ente colonial que lo sigue apoyando con tecnología armamentista de punta en su proceso de limpieza étnica contra el pueblo armenio en Artsaj (Alto Karabaj), a cambio de hidrocarburos azeríes. La cooperación sionista-azerí ha llegado a tal extremo que Bakú ha permitido que su territorio se convierta en una base sionista donde durante más de una década se han orquestado múltiples ataques contra la vecina República Islámica de Irán, incluyendo el despliegue de una flota de drones sionistas que hasta hace unas semanas bombardeaban el territorio iraní.
La Italia fascista y la Alemania nazi
Durante el periodo de entreguerras e incluso en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas enemigas del bando anglofrancés mantuvieron lazos con los futuros fundadores del ente colonial. La Italia fascista de Mussolini, que a diferencia del Tercer Reich Alemán no profesaba un dogma judeófobo, mantuvo excelentes relaciones con el Lehi, grupo sionista revisionista y terrorista fundado por el invasor judeopolaco Abraham Stern y comandado por personajes como el futuro primer ministro sionista Icchak Jaziernicki (alias Isaac Shamir), quien buscó forjar una alianza con Alemania e Italia para expulsar a los británicos de Palestina. De 1934 a 1938, muchos de sus miembros fueron entrenados por el ejército italiano en la ciudad costera de Civitavecchia, región de Lacio. Otro grupo terrorista adiestrado por las tropas fascistas fue el Irgún, fundado por los seguidores del fascista y sionista ucraniano Vladímir Jabotinsky, padre ideológico del revisionismo y un admirador empedernido de Benito Mussolini, que aseguraba que la futura entidad sionista sería un estado colchón y aliado natural de Europa frente al salvajismo oriental.
A pesar de la judeofobia institucionalizada en la Alemania nazi, en 1933 se firmó un acuerdo (Haavara) entre los sionistas alemanes y austriacos y el gobierno de Berlín que permitió que cerca de sesenta mil judíos sionistas germanoparlantes se trasladaran a Palestina equipados con bienes alemanes, lo que incluía armamento de aquella potencia. El acuerdo terminó en 1939 con el inicio de la guerra, pese a ello, esto no impidió que el grupo Lehi continuara infructuosamente su búsqueda de patrocinio del Tercer Reich, incluso en pleno proceso de exterminio de los judíos europeos.
El Bloque Socialista
Gran Bretaña y Francia no fueron las únicas potencias europeas involucradas en la creación y apoyo primigenio al sionismo, ya que, contrario a lo que podría suponerse por haber estado en las antípodas ideológicas antagónicas al imperialismo occidental, la actitud de la Unión Soviética con respecto a la invasión sionista de Palestina y la creación de Israel fue en extremo similar a la del bloque capitalista. En 1947, durante la votación para la partición de Palestina en la ONU, la Unión Soviética, la República Socialista Soviética de Bielorrusia y la República Socialista de Ucrania votaron a favor de la partición y, por lo tanto, de la creación del ente colonial. En una sorprendente ingenuidad estratégica, el Kremlin y Stalin suponían que, por los orígenes soviéticos de miles de invasores, Israel se alinearía con el bloque socialista, subestimando los orígenes ultranacionalistas y protofascistas del sionismo, en especial del revisionista. Otras naciones socialistas también votaron a favor, como ocurrió con Polonia y Checoslovaquia. De hecho, fue precisamente el gobierno de Praga el que le brindó a los sionistas el armamento de vanguardia de la posguerra suficiente no solo para aterrorizar y expulsar a cientos de miles de palestinos con durante la Nakba, sino para contrarrestar a la coalición árabe en 1948. El tráfico encubierto de armas checoslovacas fue orquestado por medio de una red de espionaje multinacional en la que participaron personajes como Ján Ludvík Hoch (alias Robert Maxwell), quien a la postre se convirtió en magnate mediático en Gran Bretaña y cuya hija, Ghislaine Maxwell, continuaría al servicio de la inteligencia sionista junto con su pareja Jeffrey Epstein.
La traición de los regímenes y marionetas árabes
A finales de los setenta, distintas naciones araboparlantes aceptaron subordinarse al imperialismo estadounidense a cambio de dádivas armamentistas y protección por parte de Washington. Primero fue el gobierno egipcio de Anwar el-Sadat, quien tras la muerte de Nasser rompió con el panarabismo y firmó en 1979 acuerdos de paz y normalización con el primer ministro sionista Mieczysław Biegun (alias Menájem Beguín), el cual aceptó el retorno del dominio egipcio del Sinaí. Quince años después, Huséin, monarca hachemí de Jordania, firmó un acuerdo de paz con Isaac Rubitzov (alias Rabin), con lo que evitó que EE. UU. orquestará un golpe contra su régimen. Los Acuerdos Abraham firmados en 2020 entre los petromonarcas de Emiratos Árabes Unidos y Baréin con el sicariato sionista reafirmaron el rol de subordinación absoluta al imperio por parte de regímenes sin legitimidad democrática ni popular, cuya única función desde el siglo XIX ha sido perpetuar el dominio geoestratégico angloparlante en la región.
En 2021, los pactos con la entidad sionista se extendieron hasta la costa Atlántica cuando la dinastía alauí marroquí mediante Mohamed VI firmó un acuerdo de cooperación defensiva con Israel, lo cual, además de traicionar las causas panislamistas y a favor de Palestina, se ha utilizado también para aplastar a la resistencia saharaui con asistencia militar de última generación. Aunque nunca se ha hecho público, la cooperación entre los Saud y los al Thani cataríes es más que evidente. Tanto el gobierno de Riad como el de Doha ansían la protección que el enclave colonial puede ofrecerles, aún más cuando todos estos gobiernos se han sumado al proceso iranófobo, agudizado en las dos últimas décadas. Desde hace once años, tanto emiratíes como saudíes han recibido apoyo armamentista, logístico y de inteligencia por parte de Tel Aviv en su agresión genocida contra el pueblo yemení, una brutal injerencia que hasta la fecha ha generado más de doscientas mil víctimas civiles en la nación más empobrecida del mundo araboparlante.
Aunque las agresiones occidentales y sionistas contra las naciones del oeste asiático y el noreste africano han sido constantes desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 2003 estos procesos se exacerbaron. Además de siete décadas de agresiones contra Palestina, debemos sumar las dos invasiones sionistas contra Líbano en 1982 y 2006, la segunda invasión estadounidense de Irak en 2003 y la destrucción de la Libia de la Yamahiriya en 2011. A diferencia de procesos anteriores, estos conflictos se destacan por ser de carácter multidimensional, involucrando diversas dinámicas de injerencia, desde las revueltas de laboratorio (conocidas popularmente en occidente como primaveras o rebeliones de colores) y el despliegue de mercenarios y paramilitares hasta el estrangulamiento económico. El ejemplo paradigmático de esto ha sido la ya desparecida República Árabe Siria que desde 2011 sufrió el embate de una guerra híbrida que involucró a la mayoría de las potencias, tanto regionales como planetarias. Las fases de esta injerencia forjaron un manual en la nueva era de conflictos orquestados por occidente. De la revuelta callejera maximizada y santificada por los conglomerados mediáticos occidentales (célebres por publicitar ataques de bandera falsa y melodramas de propaganda) se pasó a la agresión paramilitar compuesta por más de ciento cincuenta mil mercenarios procedentes de más de ochenta países y agrupados en tres contingentes con diversos patrocinios: el Frente Al-Nusra (Al-Qaeda), subvencionado por Catar y Turquía; Daesh, cuyo mecenazgo se hallaba en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, y el Ejército Libre Sirio, una amalgama de ambos grupos terroristas cuya única función era posar como combatientes moderados para las masas occidentales. A pesar de la heroica resistencia de catorce años por parte del ejército sirio, el gobierno damasceno de Bashar al-Ásad cayó a finales de 2024. En la capital siria hoy ondean las banderas del yihadismo más siniestro, representado por un personaje de la peor ralea como Ahmed al-Charaa (alias Abu Mohamed al-Golani, Amjad Muzzafar Hussein Ali al Naimi, Osama al Absi al Wahedi…) quien tan solo hace unos cuantos meses posaba frente a las cámaras con cabezas humanas de sirios decapitados por sus hordas takfiríes. Con absoluto cinismo, Washington y Tel Aviv han dado su visto bueno para un régimen que ya les ha ofrecido a los sionistas el Golán Sirio, ocupado desde 1967, a cambio de la Trípoli libanesa. A mediano plazo, el objetivo de los estadounidenses y europeos será la balcanización de Siria, dividiendo a aquella vapuleada nación en diversos estados de acuerdo con mayorías étnico lingüísticas (véase el caso del Kurdistán como una satélite y cliente del sionismo) y confesionales, lo cual pronto podría extenderse a Líbano e Irak.
Desde su concepción, el enclave colonial sionista y genocida israelí ha sido un proyecto conjunto de las potencias occidentales, las cuales lo han convertido en fiel representante de sus intereses en la región. Si se ha perpetuado durante setenta y siete años ha sido gracias al obsceno apoyo económico, militar e institucional por parte de las plutocracias nacionales de Europa y EE. UU., que con beneplácito han tolerado sus innumerables crímenes con tal de mantener una posición geoestratégica privilegiada en el oeste asiático, que facilite el extractivismo y la acumulación y evite la emancipación de los pueblos y naciones. El sionismo también ha logrado sobrevivir gracias a la complicidad y subordinación de los regímenes monárquicos y de la región, los cuales, pese a las protestas multitudinarias de los pueblos, se han convertido en patéticos guardaespaldas de un ente colonial y su maquinaría genocida santificada por occidente y sus esperpentos absolutistas en el oeste asiático y el norte africano.
Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0
La resistencia como única doctrina de seguridad viable
A medida que se calman las recientes rondas de agresión y represalias, Asia Occidental se encuentra en un punto de inflexión crítico. La prolongada confrontación entre el Eje de la Resistencia y la alianza estadounidense-israelí del Golfo ya no se limita a las sombras de la guerra encubierta ni a los márgenes de la diplomacia. Ahora se desarrolla en frentes abiertos, líneas divisorias políticas y cuellos de botella económicos. Lo que surja de esta confrontación moldeará no solo el futuro de Palestina y el Líbano, sino también el orden estratégico de toda la región.
1. Hacia una nueva ecuación regional: ¿guerra, resistencia o realineamiento?
En el centro de esta dinámica en desarrollo se encuentra la erosión gradual de la unipolaridad estadounidense, reemplazada no todavía por un nuevo orden multipolar estable, sino por una fase de transición marcada por la volatilidad, la asertividad y la recalibración. Estados Unidos y sus aliados regionales siguen buscando la contención, la normalización y la flexibilidad del régimen, pero la Resistencia, liderada por Irán, Hezbolá, las facciones palestinas, la Resistencia Islámica iraquí y Ansarullah de Yemen, ha trastocado ese cálculo al convertir las zonas de debilidad en puntos estratégicos de influencia.
Desde Gaza hasta el Mar Rojo, desde el sur del Líbano hasta el Golán, la Resistencia ha demostrado que ya no solo sobrevive bajo presión, sino que prospera en la confrontación. Los días de guerras unilaterales y mesas de negociación posconflicto sesgadas por la hegemonía estadounidense están llegando a su fin. En su lugar surge una confrontación más simétrica, donde incluso los regímenes más poderosos deben sopesar el costo de la agresión en vidas, legitimidad y logística.
La región se enfrenta actualmente a tres grandes posibilidades.
Una guerra de desgaste de espectro completo. La posibilidad más peligrosa es la de una guerra sostenida y creciente en múltiples frentes. En este escenario, Israel, con el apoyo de Estados Unidos, podría desencadenar un conflicto a gran escala, ya sea por un error de cálculo o buscando asestar un golpe final contra Hezbolá o Irán. Sin embargo, como lo demuestra el ataque con misiles iraníes de abril de 2025 y la constante preparación de Hezbolá, este escenario no se limitaría a un solo frente. Probablemente abarcaría Líbano, Gaza, Siria, Irak e incluso bases estadounidenses en la región.1 Una guerra así sería catastrófica para la entidad sionista, que carece de la profundidad demográfica e infraestructural necesaria para soportar una guerra asimétrica, urbana y de misiles prolongada. Sin embargo, para Washington y sus socios, la desesperación por salvar la disuasión en declive podría invalidar las evaluaciones racionales de costo-beneficio.
Contención estratégica y fragmentación regional. La segunda posibilidad prevé la continuación de las zonas de conflicto statu quo, donde Israel y Estados Unidos buscan contener la Resistencia mediante sanciones estratificadas, ciberguerra, ataques aéreos, sabotaje económico y pactos de normalización. Este modelo de “conflicto frío” se basa en gran medida en la cooperación entre el Golfo e Israel, el aislamiento político de Hezbolá, el debilitamiento del corredor sirio-iraní y la expansión de los vínculos de los regímenes árabes con Tel Aviv.2 Pero esta estrategia adolece de una debilidad fundamental: presupone que la Resistencia puede aislarse; por el contrario, los acontecimientos de los últimos dos años han demostrado que los movimientos de resistencia son ahora más interdependientes, resilientes y autosuficientes que nunca. Ansarullah controla las rutas comerciales del Mar Rojo, la Resistencia iraquí se ha reestructurado tras la retirada estadounidense, y Gaza, aunque asediada, sigue infligiendo daños estratégicos a la psique y la capacidad militar de Israel.3
Surgimiento de un bloque regional centrado en la Resistencia. La tercera y más transformadora posibilidad es la de una nueva alineación regional, basada en la doctrina de la Resistencia, la soberanía estratégica y la seguridad colectiva, independiente de la hegemonía occidental. Este eje no es simplemente militar, sino también cultural, ideológico y, cada vez más, económico. Con la creciente influencia de los BRICS+, la expansión de la cooperación entre Irán y China y el giro de Rusia hacia la multipolaridad de Asia Occidental, el Eje de la Resistencia cuenta con un creciente margen de maniobra internacional.4
2. Asimetría, soberanía y la defensa de la resistencia armada en el Líbano y otros lugares
Tal cambio exigiría una mayor cohesión política entre los actores de la Resistencia, reformas institucionales en estados como Irak y Siria, y el desarrollo de infraestructuras económicas y mediáticas paralelas. La liberación de Palestina sigue siendo el motor moral de este bloque, pero su aspiración estratégica es una Asia Occidental soberana, descolonizada e integrada.
Irán, como pilar central de este bloque emergente, sigue considerando la confrontación no como una cuestión de mera supervivencia, sino como una victoria moral y civilizatoria. Como expresó el difunto ministro de Asuntos Exteriores, Hossein Amir- Abdollahian: “Esta región ha sufrido siglos de intervención. No permitiremos que su futuro se decida en Washington ni en Tel Aviv. Se forjará en Teherán, Bagdad, Beirut, Saná y Gaza.5
Por supuesto, el enemigo no cederá su control silenciosamente. El sistema de alianzas de Washington, desde la presencia del CENTCOM6 hasta los Acuerdos de Abraham, sigue firmemente comprometido con la preservación de la superioridad militar israelí y la sumisión de los Estados árabes. Pero la superioridad en el papel ya no garantiza el control en la realidad. Como lo han demostrado la doctrina de Hezbolá en el campo de batalla, la estrategia naval de Ansarullah y la capacidad disuasoria de largo alcance de Irán, el futuro no pertenece a quienes tienen más armas, sino a quienes están más dispuestos a usarlas para la justicia.
En esta década decisiva, el camino de la Resistencia no es meramente reactivo, sino visionario. Imagina una Palestina liberada, un Líbano soberano, una Siria unificada, un Irak independiente y una región que ya no esté condicionada por los dictados occidentales ni el terror sionista. Ya sea a través del conflicto, el reajuste político o la perseverancia revolucionaria, esta visión ya no es una esperanza, sino un horizonte cercano.
Doctrina del Eje: de la resistencia reactiva a la configuración estratégica regional
Los acontecimientos que se desarrollan en Asia Occidental, ya sea en el devastado territorio de Gaza, las amenazadas cordilleras del sur del Líbano o los cielos disputados de Damasco, no existen de forma aislada. Forman parte del entramado de una doctrina emergente, definida por el Eje de la Resistencia no solo como un mecanismo de defensa reactivo, sino como una fuerza estratégica para reconfigurar la dinámica de poder y la brújula moral de la región. En este contexto, la Resistencia ya no opera al margen del mapa geopolítico, sino que ahora se sitúa en su centro.
1. Hacia un frente unificado: la resiliencia del Eje ante la renovada agresión
Lo que comenzó como frentes fragmentados —las intifadas palestinas, la liberación libanesa y la oposición iraquí a la ocupación— se ha fusionado en una matriz transnacional de disuasión, legitimidad y claridad ideológica. La Resistencia ya no es una respuesta a la dominación extranjera; es una alternativa a ella. Propone no solo resistir la alianza sionista-estadounidense-del Golfo, sino volverla obsoleta política, militar y culturalmente.
La concepción tradicional del Eje como una coalición de actores militantes liderada por Irán no capta la profundidad intelectual y estratégica de este proyecto. Irán puede ser su ancla geopolítica, pero su éxito reside en su resiliencia distribuida: la estructura de mando disciplinada de Hezbolá y su legitimidad popular en el Líbano; la transformación de Ansarullah de la rebelión al gobierno en Yemen; la reconstitución de la resistencia iraquí bajo un paraguas soberano; y la firmeza de grupos palestinos como Hamás y la Yihad Islámica frente a un asedio genocida.7
Estas fuerzas no están unidas por alianzas transitorias, sino por un núcleo ideológico arraigado en el antiimperialismo, la justicia para Palestina y la soberanía regional. El enemigo, en cambio, se define por la fragmentación entre los valores occidentales y las prácticas coloniales, entre las élites árabes y sus pueblos, y entre la falsa apariencia de estabilidad y la violencia estructural de la ocupación.
2. La siguiente fase: prepararse para una conflagración más amplia, anclada en la Resistencia
Una evolución clave en la doctrina de la Resistencia es el cambio de una postura disuasoria a una postura moldeadora. Si antes la Resistencia se preparaba para la guerra para evitar la derrota, ahora se prepara para la confrontación para ganar terreno estratégico. El ataque con misiles iraníes de abril de 2025, las operaciones sostenidas de Hezbolá en el sur del Líbano, el bloqueo naval impuesto por Ansarullah en el Mar Rojo y la resiliencia palestina dentro del asedio de Gaza no son actos aislados de represalia; son componentes de un mensaje unificado: “No aceptamos el orden existente y tenemos los medios para derrocarlo”.
Esta doctrina no se limita a los campos de batalla. Ahora permea los medios de comunicación, la guerra narrativa y la diplomacia estratégica. Los medios iraníes y afines a la Resistencia han superado la desinformación occidental al generar conciencia global sobre Gaza, Palestina y la complicidad estadounidense.8 El martirio de periodistas, el silenciamiento de voces y los ataques a líderes de la resistencia no hacen más que amplificar la coherencia ideológica de la lucha del Eje. No se busca solo la victoria militar, sino la derrota de la hegemonía moral occidental.
La desesperación del enemigo se hace visible en su extralimitación. Desde los frenéticos envíos de armas a Israel hasta el despliegue de portaaviones estadounidenses en el Mediterráneo Oriental, desde las sanciones a las economías afines a la Resistencia hasta las difamaciones mediáticas orquestadas, Washington y Tel Aviv ya no defienden un orden seguro. Están gestionando su colapso.9
El ex secretario general de Hezbolá, el mártir Sayyed Hassan Nasrallah, capturó la esencia de este momento cuando dijo: “No somos un movimiento de supervivencia. Somos un movimiento de liberación. Y no esperaremos el permiso de las potencias mundiales para hacer lo que exige la justicia”.10
Esta nueva era exige un nuevo léxico político. No es una época de inestabilidad, es una época de reajuste. No es un choque de civilizaciones, es la recuperación de una civilización a la que durante mucho tiempo se le negó el derecho a forjar su propio destino.
La Resistencia ofrece hoy un marco que desafía los tres pilares del dominio sionista occidental en Asia occidental:
Superioridad militar mediante la disuasión descentralizada.
Coerción política a través de alianzas regionales de soberanía mutua.
Control narrativo a través de la verdad arraigada en la resistencia vivida.
Mientras el régimen sionista pierde legitimidad y el imperio estadounidense se repliega tras una diplomacia militarizada, la Resistencia se alza no con triunfalismo, sino con determinación. Carga con el peso de sus mártires, la urgencia de su causa y la claridad de su rumbo.
Y así, mientras los políticos en Washington y Tel Aviv hablan de “contención”, el Eje habla de inevitabilidad. Esto no es una fase. Se trata de un nuevo paradigma regional, liderado por aquellos que han elegido el honor antes que la humillación, la justicia antes que el compromiso y la resistencia antes que la rendición.
El camino por delante: consolidar los logros, desafiar la contención, prepararse para la fase decisiva
A medida que se agudiza la confrontación regional, el Eje de la Resistencia se encuentra en una coyuntura decisiva, marcada no solo por amenazas externas y presiones internas, sino también por una oportunidad estratégica sin precedentes. Lo que la Resistencia ha logrado en las últimas dos décadas, en particular desde el inicio de la guerra en Siria y la guerra del Líbano de 2006, constituye un cambio de paradigma regional. Lo que ahora debe hacer es consolidar esos logros, fortalecer sus alianzas y trazar un camino claro hacia el futuro liberacionista que imagina.
La Resistencia ya no es una estructura reactiva, sino un actor estratégico con iniciativa. Pero la iniciativa no debe confundirse con la permanencia. La alianza sionista-estadounidense-del Golfo no ha sido derrotada, solo expuesta. Su capacidad para causar devastación sigue siendo potente. Sin embargo, es cada vez más incapaz de asegurar la victoria estratégica o la legitimidad pública. Por lo tanto, el trabajo futuro no debe centrarse únicamente en la preparación militar, sino en profundizar la soberanía, la cohesión social y la claridad ideológica en todo el Eje.
1. Fortalecimiento de la infraestructura de disuasión multifrontal
El éxito de la Resistencia reside en su interconectividad, su capacidad para expandir los planes del enemigo a múltiples frentes. El frente sur de Hezbolá, la disuasión de largo alcance de Irán, la capacidad de disrupción marítima de Ansarullah y la presión de la resistencia iraquí sobre las fuerzas estadounidenses desde sus bases conforman una red de defensa recíproca. Esto debe institucionalizarse aún más. Estructuras de mando conjuntas, corredores de comunicación seguros, interoperabilidad de misiles y protocolos coordinados de represalia garantizarán que cualquier ataque a un nodo tenga respuesta en todo el eje.11
Además, la innovación defensiva es crucial. El Eje debe seguir invirtiendo en guerra con drones, ciberdisuasión, sistemas de defensa subterráneos y tecnologías de comunicación sin cobertura satelital. La guerra asimétrica ya no consiste en compensar la debilidad, sino en la ventaja estratégica de la Resistencia.
2. Contrarrestar las herramientas de contención blanda
El enemigo se ha volcado hacia la guerra económica, la disrupción narrativa y las campañas de desestabilización interna. Líbano, Irak, Siria y Yemen están sometidos al estrangulamiento financiero impuesto por Occidente, a las operaciones psicológicas mediáticas y a la infiltración de las ONG. La Resistencia debe contrarrestar esto mediante instituciones económicas paralelas, resiliencia alimentaria y energética, y una nueva generación de medios de comunicación de resistencia que hablen a través de sectas, clases y fronteras.12
El asedio económico debe romperse no solo mediante el contrabando o los subsidios, sino mediante el desafío ideológico al consenso neoliberal. La economía de resistencia debe defender la producción cooperativa, la independencia comercial regional y la inversión en las capacidades de combate y reconstrucción de la población, no la dependencia del FMI ni las ilusiones del Golfo.
3. Profundización de la legitimidad popular y la cultura revolucionaria
La Resistencia deriva su poder del pueblo; esta es su distinción fundamental frente al enemigo. Pero la legitimidad debe ganarse constantemente, especialmente a medida que la Resistencia pasa de ser un actor en el campo de batalla a ser un gestor de facto de la estrategia regional. La justicia social, la lucha contra la corrupción, la prestación equitativa de servicios y la inclusión de jóvenes y mujeres en el liderazgo no son distracciones liberales, sino imperativos revolucionarios.13
En cada aldea del sur del Líbano, en cada callejón de Gaza, en cada ciudad santuario de Irak y en cada barrio de Saná, la Resistencia no debe ser solo la espada, debe ser la columna vertebral de la sociedad.
4. Articular una visión posliberación
La Resistencia no puede terminar con la liberación; debe continuar en el gobierno. ¿Cómo se ve una Palestina possionista? ¿Qué instituciones reemplazarán la ocupación en Al-Quds? ¿Cómo puede el Líbano reconstruirse bajo la tutela de la Resistencia sin caer en trampas sectarias? Estas no son preguntas académicas, sino urgentes.14
La Resistencia debe comenzar a convocar cumbres intelectuales estratégicas, plataformas regionales de reconstrucción y equipos de planificación posconflicto. La victoria llegará, pero sus consecuencias no deben quedar en manos de quienes no han derramado sangre por esta tierra ni han creído en su dignidad.
5. Reafirmando la misión moral
En definitiva, lo que distingue al Eje no son sus armas, sino su brújula moral. En un mundo donde el genocidio se transmite en directo y el imperio se esconde tras la jerga de los derechos humanos, la Resistencia se erige como la última voz de los oprimidos. No libra una guerra por territorio, sino que resiste por la verdad, la justicia y la liberación. Esta claridad moral debe permanecer intacta, especialmente en tiempos de victoria, cuando las tentaciones del poder amenazan la pureza de propósito. Como advirtió el mártir Sayyed Hassan Nasrallah: “No nos resistimos a sustituir al tirano; resistimos a acabar con la tiranía, para que nadie vuelva a ser tirano jamás”.15
Este no es el final del camino, es el comienzo de una nueva era. El enemigo está acorralado, pero aún armado. El pueblo está cansado, pero se mantiene firme. La Resistencia está herida, pero sigue en pie.
En los próximos días y años, la pregunta no será si el Eje puede sobrevivir. Ya lo ha hecho. La verdadera pregunta es: ¿Podrá construir? ¿Podrá gobernar? ¿Podrá sanar lo que la ocupación, el imperio y la traición han destruido? Si es posible, Palestina no será sólo un sueño postergado sino un destino que se acerca.
Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0
Fotografía de Eduardo Amorim. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
estupor de los dedos en el agua, parecidos al recinto del colapso, hay después de todo, una quietud similar a un campo.
entonces visitaste de nuevo la sal de tus pestañas.
estaban los otros en tus hombros y pretendiste consolarlos para siempre;
olvidaste que tu caducidad te soslaya y creíste venir de entre aquellas piedras.
ahuyentaste algún recuerdo que te brota desde lejos
sentiste reconocer tus facciones cuando el recinto te mantuvo despierta.
que te pesa la palabra compuesta de invenciones que desfiguran al común parecer. estás en este siglo, intuiste que el frío es cuestión de lo desnudo. y ahora
¿a dónde vas?
¿quién podrá recibir tus costados?
antes que ahora es nunca,
dirás desde esa banca que la materia ha traspasado la secuencia de ti
¿quién te sostiene en este ocaso que se desploma en tu frente?:
totalidad abstracta es el murmullo, la presencia de lo transitorio que ahora se esfuerza por mirarte los pies, los hombros.
¿a dónde vas?
nadie te espera del otro lado
y detrás; migajas de un estar posible sin lo que solías escuchar por la mañana
sin el amigo
sin la presencia de ti, incluso.
es estar vaciado con solo cuencas en los ojos.
luego, un temblor que sustituye al cuello, las manos con pared de golpe, los labios de cera raspada
y no sabes a dónde ir
a dónde llegar
con quién estar
dónde descansar
te queda, sí
esta caída de la tarde
su fecundidad para vencer el solar misterio:
pasaban las horas y sentiste que vaciabas tu permanencia. no supiste acostumbrarte al desplazamiento, o incluso, a lo estancado. creíste que no había razón para desviar lo seco del llanto, recuerdas que eres mujer y padeces esta condición de errante, estar fuera es tu osadía y llegar lejos es cuestión de suerte, pero sabe tu certeza que has venido a esta sinfonía para vencer de ti la fatiga de los huesos. te quebranta el poema; la intención que otros le dan: una oscura pose, egolatría de la levedad y suavísima presencia entre los otros.
sigues aquí
despierta.
Retrato de McKenzie Wark, 2021. BaixaCultura. CC BY-SA 4.0
En medio del junio más lluvioso de los últimos años en la Ciudad de México, la escritora australiana residenciada en Nueva York, Mckenzie Wark, recuerda que estamos en un lugar imposible, una ciudad que enfrenta la inminencia de varias crisis. Esa imposibilidad cotidiana es una manera de centrar su pensamiento en inversiones: llevar la utopía a su aspecto más práctico, convertir la idea de vanguardia en deserción, el trabajo de intelectual público en escritura de lo privado, la identidad queer en un proyecto estético y la fiesta solo en calor.
Mckenzie Wark está en México, invitada por el Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM. Tiene una ocupada agenda de talleres y eventos públicos que incluyen la presentación —en el contexto del FICUNAM— del cortometraje Life Story dirigido por Jessica Dunn Rovinelli, que entremezcla imágenes íntimas con la lectura de un ensayo filosófico, hasta una sesión de escucha de música electrónica en la Casa del Lago.
Sus libros más recientes, Vaquera invertida, Raving, Amor y dinero, sexo y muerte, editados en español por Caja Negra, exploran una escritura que va de la autobiografía a la teoría, del tratado filosófico a la pornografía, un vaivén pensando como intervención a aquello que hemos entendido como un proyecto intelectual. En esta conversación, editada para su mejor lectura, parte de su obra reciente y cómo toma las estrategias de vanguardia del siglo XX para ensuciarlas, invertirlas, usarlas como puntos de partida para encontrar en el pensamiento nuevas formas de vida que pongan al centro el cuerpo y el deseo.
Un manifiesto Hacker acaba de cumplir 20 años. En ese libro exploras cómo replantear el lenguaje de la vanguardia tras el posmodernismo. ¿Cómo compararías ese proyecto con Vaquera invertida y Raving, libros posteriores que exploran una forma de escritura más encarnada e íntima?
Me crié en la tradición vanguardista y a menudo los clásicos me parecían un poco aburridos. Está bien leer toda la obra de André Breton, pero a mí no me produce lo que debería, su lectura más bien fue una lección sobre la lucha a lo interno del lenguaje. Eso en el contexto del apogeo del posestructuralismo, la desconfianza hacia el lenguaje, la necesidad de ejercer presión sobre él para que se abra al concepto.
Hay que rehacer continuamente el lenguaje, cuando se explora el lenguaje conceptual parece que se complejiza, pero a veces se convierte en lugar común. La gente habla del neoliberalismo como si fuera obvio lo que es, como si no hiciera falta el trabajo de desfamiliarizar el mundo. Hay que luchar continuamente en y contra el lenguaje.
También hay una historia personal en el hecho de que estuve muy disociada durante mucho tiempo, por lo que los libros que escribí en ese periodo fueron más abstractos. Aproveché la disociación como un espacio en que trabajar, la hice útil. Ya no me siento así, por lo que la escritura no surge de la misma manera. En realidad, eso supuso una pequeña crisis. Empecé a tomar hormonas y dejé de escribir durante tres años. Escribir es importante para mí, lo más importante, así que en un momento me pregunté: “¿Abandono mi transición para poder escribir?” ¡Lo pensé de verdad! No podía hacerlo, claro que no.
La escritura empezó a tomar otro rumbo y Vaquera invertida fue el comienzo. Raving fue donde la escritura empezó a fluir de una manera diferente. Está relacionado y tiene que ver con intentar superar el término medio de la literatura burguesa. O bien ser más conceptual para abarcar mejor la totalidad histórica, o bien ser mucho más específico y tratar lo íntimo, lo particular y lo corporal de una manera que la literatura burguesa simplemente no quiere hacer. Cosas que sí hace, por ejemplo, la literatura gay.
Pensamos en el trabajo intelectual —muchos lectores todavía lo hacen—, como un espacio de disociación, una zona abstracta donde debatimos ideas. La escritura que se centra en lo particular a menudo se subestima, se ve de otra manera. Pero tú cruzas ese puente, vas y vienes entre esos dos modos.
Cuando la gente habla de intelectual público, siempre me dan ganas de preguntar: ¿qué es un intelectual privado? ¿O qué es un idiota público?
Una serie de movimientos sociales han cuestionado la división entre lo público y lo privado, sobre todo el feminismo, que se pregunta: si existen estos intelectuales públicos, ¿quién les lava la ropa, quién cría a sus hijos, quién paga por eso? Y luego, en términos generales, está la intervención queer, que pregunta: “¿Dónde está el cuerpo?”. La filosofía parece estar escrita a menudo por los individuos más fuckless, muchos de los cuales, según se descubre más tarde, son acosadores sexuales.
Sucedió entonces que el cambio en los medios de comunicación socavó la división entre lo público y lo privado. Antes existía un mundo en el que el prestigio estaba ligado a las credenciales formales. Ibas a la universidad adecuada y luego escribías para publicaciones prestigiosas. Eso te daba prestigio público. Todo eso se ha visto sustancialmente minado por las redes sociales, que desacreditan esas credenciales de formas muy perjudiciales y dañinas, aunque en ocasiones acertadas. El hecho de haber ido a Harvard no te convierte en un puto genio. No, no lo hace. Está muy bien si fuiste allí solo porque tus padres te lo permitieron. Así que sí, algunas críticas son válidas, pero otras también socavan los controles que sostienen la erudición. Es un tema muy controvertido.
Ahora hay un modelo diferente para lo que da autoridad al discurso público: una especie de coherencia entre lo público y lo privado. No en el sentido de revelar o confesar la vida privada, sino de mostrarse en ambos espacios como la misma persona. No se trata de un núcleo de autenticidad, sino de la coherencia de las apariencias. Hay precedentes de esto en la música pop, donde todo se centra en el cuerpo del intérprete como la cosa que se mueve a través del espacio y el tiempo, aquello que sostiene al personaje en grabaciones y presentaciones en vivo.
Pienso en Bowie. Así es como entendemos la coherencia entre sus múltiples personajes.
Él era coherente con cualquier personaje que interpretara, tanto en sus apariciones públicas como privadas. Efectivamente ahí hay un precedente. Quizás porque mis lectores suelen ser jóvenes, entiendo cómo piensan. Hice la transición tarde, así que mi grupo de personas trans son millennials. Veo el mundo como ellos lo ven, porque tengo que habitar ese universo. Ese ha sido el proyecto de mis últimos libros. Ya no existe lo público y lo privado.
¿Hay alguna forma de hacer un trabajo intelectual encarnado que se centre en el libro? ¿Una forma de escribir que trate todo el espacio mediático como un espacio de apariencias? Quiero presentar ciertas cosas que antes estaban prohibidas en la vida pública. Eso me ha llevado a ser discretamente excluida de ciertos círculos académicos.
¿En serio?
Sé dónde me invitan y he notado cómo ha cambiado eso. No es necesariamente algo malo. Vengo de una provincia, no tengo las credenciales adecuadas y, francamente, no tengo talento para la literatura comparada de alto nivel. No soy una persona de archivos. Empecé en el periodismo, así que la etnografía me resulta mucho más natural. Hay ciertas cosas que están prohibidas, pero eso es liberador en cierto modo.
No intento seguir un camino que ya ha sido definido como exitoso. Trato de construir mi propia obra. Considero mi trabajo como una obra de arte y cualquier obra de arte interesante forma sus propias condiciones de recepción, sus propias condiciones de lo que es bueno y malo. Esos términos no son genéricos.
Quizá eso es lo que podemos rescatar de la vanguardia.
Exactamente, es eso. Construir un sentido de autenticidad, como diría Barthes, una conexión entre el arte y la vida. Cambiar la vida, ese es el proyecto estético. Pero también, ¿cómo se convierte tu propia vida en una obra de arte? ¿Cómo se conectan la vida y la obra? Para mí, eso recorre toda la tradición vanguardista.
Hablando de modernidad, Lyotard dice que la obra moderna crea su propio público. Me lo tomé muy en serio, pero es un trabajo muy duro. Habría sido más fácil seguir la vía de la edición comercial, donde el género define tu público y ese público ya existe. Tengo que crear yo misma ese público, así que estoy siempre de gira, haciendo muchas entrevistas. El libro no es suficiente. no dejo que otros se encarguen de ponerlo en el mercado por mí, la campaña forma parte del trabajo.
En relación con las prácticas encarnadas, hoy en el mundo del arte tendemos a validar el trabajo de un artista a través de su biografía. Y creo que ahí hay una pérdida entre lo que pueden proponer como proyecto encarnado intelectualmente y la anécdota biográfica.
Hay que separar varias cosas que ocurren al mismo tiempo. Los artistas que consiguen una representación sólida en galerías con sus proyectos de tesis en escuelas de arte de élite siguen siendo en su mayoría hombres blancos. Eso no ha cambiado. Sus biografías son muy genéricas: «Estudié en la escuela de arte de Columbia y me representa David Zwirner». Eso es todo. El trabajo de esos artistas suele ser bueno, pero su principal habilidad es saber hablar con gente rica. El arte es un mundo cerrado.
Así que sí, se puede exagerar lo mucho que el mundo del arte se ha centrado en las identidades minoritarias. El ala de investigación de los museos se centra más en eso, en impulsar voces marginadas más interesantes, personas con identidad indígena, negra o queer. Eso no impulsa a esos artistas hacia carreras reales y dinero real. Simplemente no es así. Pero nunca les quitaría ese dinero. Girl, get that bag. No es la puta revolución. Hay que tomárselo con un poco de humor, porque esa inclusión no puede hacer lo que dice que puede hacer.
Me interesa ir más allá de la decoración para multimillonarios. Mi bandeja de entrada está inundada de publicistas que intentan que escriba sobre esa mierda ¡No me necesitan! Lo distintivo es la forma en que la obra de arte pasó de ser un objeto producido de forma única por mano de obra no alienada —la pintura modernista clásica— a ser un tipo de activo financiero. Y eso es esencialmente lo que es el arte ahora.
¿Cómo se puede considerar el arte como una propiedad, como un síntoma de los cambios en la forma de la propiedad misma? Ser marxista hoy en día es alejarse de la tradición y replantearse qué es la forma de la propiedad. ¿Qué es un derivado financiero? El mundo funciona con derivados en lugar de la propiedad. What the fuck happened?
El arte me interesa cuando los artistas abordan algo inexplicable en el mundo. Cuando miras y piensas: “Fuck, mi entendimiento no procesa esto”. Quiero prestar atención a lo que aún no entiendo.
Aceptar la negatividad de la utopía modernista, siguiendo a José Esteban Muñoz. No renunciar por completo, sino cuestionar nuestra idea de ella, abrazar su carácter indecible.
Yo veo la utopía de una manera un poco diferente. ¿Y si pensáramos en la utopía como la forma más extremadamente práctica de pensar, en lugar de la más ideal? La ironía es que el más utópico de los utópicos, Charles Fourier, era también el pensador más práctico. Mientras sus contemporáneos inventaban la novela burguesa, él se hacía preguntas prácticas: “¿Quién saca la basura? ¿Qué pasa con la mierda en este mundo utópico?”.
Una forma de verlo es que la utopía es tan implacablemente práctica que empieza a parecer imposible. Y por eso es fundamental. Si pensaras de forma muy, muy práctica sobre la Ciudad de México, te darías cuenta rápidamente de que es un lugar imposible. No puede seguir así. Yo estoy de invitada y me encanta, pero la gente que vive aquí lo sabe. Esto no puede seguir así. Irónicamente, si pensáramos como utópicos, tendríamos que reconstruir la ciudad por completo para que fuera sostenible. Así que seamos increíblemente prácticos, a gran escala.
Hagamos esta pequeña inversión dialéctica de la utopía. ¿Y si nos preguntáramos qué tipo de prácticas crean un comunismo que pueda existir a pequeña escala?
Un buen ejemplo es un rave. No es una utopía. Nadie deja fuera del rave su estupidez, la gente va con su racismo y su transfobia, así que no es algo utópico. Pero es posible reunir a cientos de personas haciendo algo que no es trabajo alienado. Es trabajo, claro, pero no produce absolutamente nada.
Eso es lo que me encanta de un buen rave. Solo produce calor.
El rave enfatiza la desubjetivación como algo político. A la vanguardia le encantaba pensar en la producción de nuevos sujetos. Pero la idea que exploras es dejar de ser nosotros mismos y encontrar ahí los momentos de euforia.
Siempre me ha costado un poco aceptar esta obsesión por la subjetividad, producto del psicoanálisis francés. Para salir de ahí preferí interesarme por Foucault y las prácticas de cuidado colectivo y producción del cuerpo. ¿Y si el psicoanálisis fuera solo una forma de intentar que la subjetividad burguesa pareciera menos aburrida? Otras culturas tenían prácticas mucho más mucho más ricas y fuertes. Muy bien, en lugar de ir al analista, me voy a la fiesta. Voy a intentar dejar de ser humana. Un buen rave te lleva hasta lo más animal: ser solo mamíferos juntos. De nuevo, no es utópico, porque los mamíferos tienen agresividad y sus impulsos necesitan contención colectiva. Eso no es necesariamente algo bueno, pero es como si te deshicieras un poco de la coraza subjetiva. Decir: no puedo callar mi monólogo interior, pero puedo no prestarle atención.
Es habitual interpretar los raves como una forma de resistencia, como una forma de organización disidente. Tu libro es más bien una búsqueda de un lenguaje para hablar de los raves.
No me interesa imponerles un lenguaje ajeno. Si una experiencia estética es interesante, requiere la creación de un lenguaje. Si puedes tomar un conjunto de términos existentes y aplicarlos a la obra de arte, entonces la obra de arte realmente no ha servido. El arte tiene que rechazar el lenguaje en algún nivel, y creo que un buen rave lo hace. No es interesante pensar en el rave como subversivo, underground, un acto de resistencia, un evento político o trascendente. ¿Y si no es nada de eso? Raving ha tenido éxito porque los lectores aprecian su lenguaje. La cultura de la imagen que propician nuestros teléfonos nos está volviendo fucking crazy. ¿Qué relación diferente con las técnicas y el cuerpo nos aleja de eso y nos lleva a otra cosa? ¿Cuál es la forma de entender el tiempo que lo hace posible? Ya no esperamos el futuro que nos prometía la modernidad, así que necesitamos una temporalidad diferente. El rave permite una especie de tiempo oblicuo, una experiencia que promueve la música techno.
También tiene que ver con la experiencia de las drogas y la percepción.
Un tema muy presente en la vanguardia son otras formas de producir el tiempo, ya sea el futurista que lo acelera o el tiempo revolucionario que querían los situacionistas. El tiempo oblicuo podría ser el único que queda. Se pone demasiado énfasis en un arte apolíneo en torno al sueño y las visiones, necesitamos algo que parezca más dionisíaco, la intoxicación, la danza y la oscuridad.
Quizás necesitamos una tercera diosa. Prefiero la Cibeles, madre de todos los dioses —venerada durante 600 años en la época griega y romana —, cuyas sacerdotisas eran, por decirlo de forma anacrónica, mujeres trans. Así que tuvimos nuestra propia diosa durante cientos de años. Y la queremos de vuelta.
Lo dionisíaco es siempre temporal, es la liberación de la noche para volver al día. La estética de Cibeles, la estética del rave, es otra. ¿Podemos producir diferentes tipos de relaciones sociales, diferentes tipos de relaciones sexuales, diferentes relaciones con el cuerpo? ¿Podemos hacerlo de una manera que no sea una revolución mundial, pero que nos permita simplemente tener una comunidad que funcione en una era dominada por el teléfono celular y la extracción vectorial de nuestra información?
Construyamos algo diferente en las sombras. En lugar de vanguardistas, ¿podemos ser desertores? Es una versión diferente de la metáfora militar de la vanguardia. Eso puede haberse agotado. Seamos vanguardistas en relación con la vanguardia como concepto, seamos desertores.
¿Hay alguna forma de que esta afirmación se aplique en el sistema artístico, los museos, las ferias de arte?
Los desertores no anuncian lo que hacen. Es algo discreto. No quieres que te detenga la policía militar y te devuelva al sistema. Quieres salir de la militarización de la vida cotidiana sin llamar la atención sobre ello. Así que, sí, por supuesto, esta conversación sucede en un museo. Uno utiliza las instituciones y las estructuras disponibles sin aceptar sus valores jerárquicos.
Quería abordar cómo transformar el lenguaje heredado. En tu práctica no vemos un rechazo total del canon literario de la tradición moderna, sino más bien un desvío.
Las personas que me importan de la tradición de hombres blancos muertos también eran outsiders. Pasolini era de provincia ¡y tan obviamente gay! Los que me interesan siempre tienen ese pequeño lado.
Lo mismo que Foucault.
Sí, por un lado era un producto del sistema educativo elitista, de una familia burguesa y provinciana, pero era gay as fuck, no lo podemos olvidar. También Roland Barthes, a quien el hachís y la homosexualidad lo mantuvieron alejado de la corriente burguesa dominante. Son historias inconexas que te alejan de una temporalidad ortodoxa sobre lo que se supone que es la vida. Todos los interesantes tienen eso. Existe una diferencia interna dentro de lo que se presenta como esta gran sucesión de apóstoles de la cultura secular. Siempre hay un pequeño margen de maniobra dentro de eso. Por supuesto, añades gente a eso: Audre Lorde o Gloria Anzaldúa son realmente interesantes.
No es una renuncia, más bien es un desvío.
Pensemos el archivo como un laberinto en el que puedes vagar un poco, recorrer pasillos reconocibles que son útiles porque mucha gente los ha leído, trabajado y estudiado. La pregunta es: ¿dónde se convierte eso en un ciclo repetitivo?
Se trata de cómo pintar las paredes del laberinto. La Escuela de Frankfurt tiene unas 20 personas, hay otros rincones interesantes. ¿Qué otras estrategias tenían las personas para reflexionar sobre el mismo periodo de tiempo que para Adorno fue, digamos, de los años 30 a los 50? Es un momento increíblemente difícil de la historia mundial para pensar en la estética o en qué otros caminos había para no quedarnos estancados, repitiendo, sacando todo de la misma fuente.
En tu charla del sábado mencionaste la idea de la crítica y cómo a veces, especialmente en la clase media, tendemos a convertirla en una denuncia moral. ¿De dónde viene esa idea?
Proviene de la contradicción interna de la cultura burguesa. Querer dinero, poder y autoridad, todo al mismo tiempo. A veces, como en Los Buddenbrook de Thomas Mann, se necesitan tres generaciones para entenderlo.
La cultura burguesa se basa, ante todo, en el dinero. Se trata de la acumulación, pero también del poder. ¿Cómo se traduce esa acumulación en formas de propiedad que protejan el poder ganado? La tercera cosa es la autoridad. ¿Cómo se justifica? Se crean universos morales. Durante mucho tiempo fueron religiosos, la Iglesia se separa del orden feudal y se incorpora al capitalista para seguir siendo viable. La cultura burguesa secular suele tener la misma estructura de autoridad.
Es una forma de no hablar de dónde viene nuestro dinero. Mi padre era arquitecto, teníamos propiedades y se esperaba que recibiéramos una herencia. Cuando era más joven, pensé que podría dedicarme a la política, hasta que me di cuenta de que no tenía talento para ello. Así que pensé: «Tengo un poco de dinero, puedo convertirlo en poder». En realidad, no, no puedo, porque no se me da bien. Lo convertiré en autoridad: me dedicaré a la escritura.
Convertirse en autoridad moral parece algo noble. No lo es en absoluto. Es aspirar a un poder administrativo, una capacidad para decidir sobre la vida de otras personas. Dentro del marco de la cultura burguesa existe una cuarta alternativa: ¿cómo vivir bien, cuál es el arte de vivir? Si no estás en una desesperada lucha por sobrevivir, puedes pensar en el arte de vivir. Y no insistir demasiado en ello a los demás: “Deberías ser este tipo de transexual, las demás no son auténticas”. Eso no es interesante.
Esta el arte de vivir una vida transexual. Qué interesantes las personas que no tienen mucho, pero han dado prioridad a que su vida tenga una forma hermosa. Lo que a menudo significa renunciar a cosas. Las personas trans renuncian a muchas cosas, y hay belleza en eso.
Elegir tu propia vida en lugar de conseguir un maldito trabajo. Es maravilloso. Tengo que celebrarlo. Para algunas personas queer y trans, se trata simplemente de elegirte a ti misma, elegir la belleza, el placer y la comunidad. ¿Qué hay de malo en eso? Para mí, ese es el arte más interesante en este momento. No está en las paredes. Un ejemplo es el Brooklyn transexual, me encanta, es una obra de arte en sí mismo.
Es un mensaje de placer y deseo en lugar de una señalamiento moral.
El lado moralista tiende a estar muy presente en las personas extremely online. Por eso es tan importante la comunidad real. Es más fácil en una gran ciudad, pero incluso en una pequeña, si encuentras a un puñado de personas con las que compartir tu realidad. Cuando estás cara a cara con la gente, tienes que negociar mejor tu visión del mundo.
La gente ha aprendido que cancelarse unos a otros es un callejón sin salida, porque mucha gente no tiene ningún otro sitio al que ir. Si cancelas a una mujer trans, la echas de tu casa, le dices que no puede ir al club, ¿a dónde mierda va a ir? No puede ir a su casa, no puede conseguir otro departamento, ¿verdad? Acabas de dejar a alguien sin hogar. Nos estamos alejando de eso.
Sueles decir que ser trans o queer no es una identidad, sino una construcción estética.
Se trata de buscar conexiones con la forma en que quiero vivir: los estudios queer, Butler, Preciado, José Esteban Muñoz. ¿Cuáles son mis conexiones, por ejemplo, con una artista con la que trabajo y vive su vida de forma diferente? La vida no es tan estática como creemos. Para muchas personas trans y queer, elegir el arte de vivir es tener que decirle que no a un montón de dinero.
En cierto modo, eso es glorioso. Pero yo no lo hice, ¿verdad? Me quedé en el clóset para conseguir primero una maldita carrera. Primero quería ser escritora. Mi género real es escritora. Mi género es escritora, mi nacionalidad es escritora, mi religión es escritora, mi política es escritora. Eso siempre fue lo primero. Eso significó posponer la transición y está asociado a muchas emociones, pero eso es entre mi terapeuta y yo.
¿Y si pensáramos en la transexualidad como un proyecto estético en lugar de una patología y no solo en el marco de la política? ¿Y si tampoco fuera en el marco de la identidad? No es interesante dibujar una cajita, eso no me importa. Es útil tener categorías disponibles para poder trascenderlas. Decir: “Oh, fuck, tengo este montón de cajitas: podría ser transgénero, transexual, no binaria”. Es un punto de partida, pero más interesante cuando sobrepasas eso. Sí, tengo que tomar hormonas, pero no quiero someterme a las cirugías. No me importa pasar por cisgénero, me importan estos aspectos de la apariencia, estos no, pero mi sexualidad va en esta dirección.
¿Crees que es difícil, en este momento del discurso público, hablar del queerness —de la experiencia trans, gay, sexodiversa— como un proyecto estético en lugar de una identidad?
Estar constantemente oponiéndonos a quienes se oponen a nosotros es agotador. Entonces, ¿qué nos sostendrá? ¿Cuál es el arte de vivir que nos sostiene? Parte de eso no va a ser la identidad y creo que no será algo muy visible. Es un tipo de trabajo diferente. No estoy diciendo que todo el mundo deba hacerlo, hay personas que actúan en el ámbito político y son absolutamente necesarias. Simplemente no es lo que yo hago.
La insistencia en lo político es, de alguna manera, también burguesa. Está conectada con esa tríada de dinero, poder y autoridad, como si esas fueran las cosas que importan. Mientras que la vida trans en la calle se trata principalmente de evitar esas cosas. No ser visible para esos factores. Se necesita la política, pero hay una especie de fetichización de la política, hay otras formas de poder.
“La fisura entre la existencia y el verbo es unida,
como pedazos de una foto rota, de una memoria recuperada”
César Seco, Transpoética
Preámbulo.
Esta lectura pretende capturar algunos rasgos que han marcado grosso modo la obra de Laura Antillano1: su juego con la extimidad2 y esa desnudez del alma que encubre la verdadera historia de quien escribe, así como los distintos formatos en que esta se presenta en sus textos: diarios, cartas, fragmentos de canciones, fotografías y lo cinematográfico.
Tomaré como referencia el texto homónimo perteneciente a su último libro de cuentos, Me haré de aire, el cual fue publicado por Monte Ávila Editores en el año 2021. Esto, con el fin de abarcar una lectura mayor de su obra, la cual le ha valido el reconocimiento como figura fundamental en la historia de la literatura venezolana contemporánea.
I. Solitarias pero solidarias.
Los personajes en las historias de Antillano parecen estar marcados por un deseo de proximidad. Más allá del papel que representan en la historia, lo que importa es su transformación, la desfiguración que sufren dichos personajes, el cómo interactúan entre ellos. Finalmente, es algo que parecen desear pero sin conciencia de ello. Solitarios pero solidarios, emerge en ellos un desierto del alma, necesidad imperiosa de ejercer el amor como forma de habitar el mundo.
Sin embargo, no viven embriagados en el amor ni a sí mismos ni a otros, más bien parecen deambular expectantes al igual que A Bao A Qu, personaje mítico perteneciente al libro Las mil y una noches, compilado por Jorge Luis Borges en Los seres imaginarios.
Cuenta la leyenda que este ser vive en estado de letargo al pie de una escalera de caracol, enla Torre de la Victoria, en Chitor, y revive cada vez que un peregrino pretende subirla, es decir, cuando el objeto (escalera) entra en contacto con la presencia humana. Una luz interior comienza a insinuarse en él; a medida que el sujeto avanza, A Bao A Qu va haciéndose cuerpo. El mito nos advierte que solo los puros de corazón llegan a verlo por completo, pues han llegado al final de la escalera y, desde lo alto de la torre, han contemplado el mundo. Su vida es breve ya que, al bajar el peregrino, el espectro cae de las escaleras y retoma su estado inicial. Se dice que solamente una vez en la historia el A Bao A Qu ha podido ser visto en su completud (Borges, 1957).
Esto me hace pensar que el fantasma, al hacerse materia, imposibilita el ascenso del sujeto, pues las manos del espectro parecen convertirse en grilletes: peso del alma impura de algún peregrino. Así como en el mito, ocurre con los protagonistas en las historias creadas por la autora. Motivo que hace necesario este ejercicio de simular una memoria.
Los personajes de Antillano parecen haber olvidado su Yo. Se encuentran en puntos coyunturales de su existencia, no están conformes con la vida que llevan hasta el momento ni el ordenamiento que el mundo exterior les impone, no dan las cosas por sentadas y se mimetizan con los objetos descritos por la autora en sus textos: muebles, cartas, fotografías, entre otros, que configuran un paisaje doméstico de una casa hecha libro.
Estos personajes están solos mas no carecen de humanidad, del mismo modo que A Bao A Qu. Digo todo esto para establecer las relaciones inusitadas entre objeto y sujeto, recuerdo y olvido, significante y significado, íntimo y público. En esos puntos medios que pendulan entre lo consciente y lo inconsciente se produce el acontecimiento, llamémosle “creación”. Relación nominada por la teoría psicoanalítica como extimidad.
Los personajes de Antillano se encuentran a sí mismos al interactuar con el Otro bajo los límites de la diferencia: lo que es tuyo, lo que es mío, esto te corresponde a ti, esto a mí. Es en ese encuentro donde logran contrastarse con el paisaje puesto que el Otro y la relación con lo otro revela una forma inusual en que estos seres habitan el mundo a través de la memoria.
Este Otro les anuncia que ya no están solos, pues existe el diálogo, su mundo deja de ser inmundo3 al valerse del lector para reconstruirse en lo real de las palabras.
En el texto Apuntes sobre el recuerdo en psicoanálisis, de Cynthia Acuña-Matayoshi, se aprecian algunas concepciones freudianas en torno al recuerdo:
Hay recuerdos que se dibujan con un brillo especial, que detrás de su nitidez no nos dejan ver alguna escena, que velan. Freud considera que son encubridores. Así se presenta generalmente lo infantil, bajo cierta luminosidad, con el trazo de lo hipernítido (überdeutlich). Como una lente fotográfica, se registran con detalle instantes cotidianos, impresiones indiferentes, de ningún modo angustiosas. Detalles pequeños de los objetos aparecen con claridad, especialmente visuales. Todo aparece bajo la forma del “hiperrelieve” (Freud, 1899: 299-300). La infancia tiene esa vestidura. El revés de la trama no se muestra pero se infiere: fantasías, experiencias sexuales reprimidas, vivencias simultáneas que pudieron conmocionar al niño. Eso no se muestra, la cámara lo ha desechado. No importa de dónde proviene el registro, si se trata de una construcción a partir de lo contado por otros… importa la forma de la vestidura. Por eso cabe el símil con la fotografía. Desde el momento en que algo ha sido registrado ya no contamos con la escena real, nunca tendremos acceso a lo infantil de modo inmediato. Hay fotos. Algunas brillantes, otras desechadas (2012)
Al leer esta cita, pienso en la escritura como fenómeno fotográfico: lo que se decide contar y lo que deliberadamente se omite. En esa omisión se pueden precisar los puentes creados por la memoria, el recuerdo. No importan los hechos reales sino las escenas que de estos retornen al tiempo presente, donde el recuerdo se reelabora a través de la fantasía porque lo real se hace inaccesible y toca tangencialmente un hecho verdadero que, infiero siempre, es aquel que más deseamos transformar en la fábula de la memoria.
Los personajes, a medida que se desarrollan, dejan de pertenecerse a sí mismos y se entregan al lector, este encuentra en ellos, en su excesiva cotidianidad, el espejo. Hay un vacío humano reflejado en el espejo, pero todo lo que capta está prendado de la historia humana. Es allí donde se busca la escritora.
En El verano del 80, Marguerite Duras(1981) dice lo siguiente: “Lo escrito se mete en los estados de ausencia no para reemplazar algo que se ha vivido, sino para dejar constancia del desierto que había quedado”. Al leer esta frase pienso en las cosas que no son ni serán. A través de la escritura, Antillano logra volver a ellas como un ejercicio de esperanza, es decir, de estar en vilo con la vida. La escritora pudiera pensar lo siguiente: no sé quién soy porque tampoco sé quién es el otro, y quizás imaginándolo, también puedo imaginarme.
Para los protagonistas de sus historias, el recuerdo es en su tiempo presente, reflejo de anhelos que pueden vislumbrarse en su devenir o porvenir. Hay un agotamiento en la vida real de Antillano que se refleja en sus personajes, en ambos lo escrito se vuelve posibilidad: para la escritora es la oportunidad de establecer relaciones entre hechos y sucesos, para sus personajes es la continuidad de su vida.
I.I. Comienzo para inventarme el mundo.
En la novela Un árbol crece en Brooklyn, la escritora norteamericana Betty Smith narra, a través del personaje de Francie Nolan, niña inmigrante irlandesa que llega a Nueva York a principios del siglo XX, cómo le hubiese gustado que fuese su vida.
Relaciono la figura de Francie Nolan con los personajes femeninos presentes en la obra de Antillano porque la protagonista de la novela de Smith es, ante todo, una lectora. Reconozco en ella la fuerza femenina ante las adversidades. Cito un extracto de la novela donde se emplea la metáfora que relaciona a Francie con un árbol:
Un árbol crece en Brooklyn. Algunos lo llaman el árbol del Cielo. Caiga donde caiga su semilla, de ella surge un árbol que lucha por crecer. Crece en solares delimitados por tablas entre montones de basura abandonada. Es el único árbol que crece en el cemento. Crece exuberante… sobrevive sin sol, sin agua, hasta sin tierra, en apariencia. Podríamos decir que es bello, si no fuera porque hay tantos de su misma especie.(1943)
Francie sueña con ser escritora y enfrenta el mundo que se le ha impuesto para lograr su cometido. Y lo enfrenta claro está, a través de la lectura y creación de sus propias historias.
Blanche Gelfant publicó en 1981 su ensayo titulado, Hermana de Fausto: la mujer hambrienta de la ciudad como heroína, donde identifica una figura recurrente en la ficción escrita por mujeres: “la heroína hambrienta”, personaje que se propone encontrar, en su interior el poder de la transformación. Al igual que Fausto, cree que los libros le otorgarán poder, lo que la lleva a leer compulsivamente como una forma de transformar su vida.
La historia de la familia Nolan es la de inmigrantes en extrema pobreza por lo que el hambre de la protagonista no solo es hambre de saber.
En una escena de la novela, descrita por Joyce Zonana en su ensayo El artista hambriento: releyendo Un árbol crece en Brooklyn de Betty Smith (2021), se aprecia lo siguiente:
Smith vincula esta hambre real con el crecimiento imaginativo de Francie, creando de nuevo un símbolo poderoso que nunca pierde su verdad literal. Así, la primera mentira “organizada” de Francie es sobre la comida; y esta mentira inaugura su carrera como escritora (…) Con suavidad, la maestra explicó la diferencia entre una mentira y un cuento. Una mentira era algo que decías por mala intención o cobardía. Un cuento era algo que inventabas a partir de algo que podría haber sucedido. Solo que no lo contabas tal como era; lo contabas como creías que debería haber sido (2021)
El deseo de Francie por transformar su realidad se aprecia también en muchos de los protagonistas de las historias de Antillano. Tal es el caso de Zulay Herrera, quien decide divorciarse y comenzar una nueva vida; Leonora Armundeloy que, siendo huérfana de madre, ayuda a su padre durante la guerra de independencia y ejerce acciones impropias para una mujer de su tiempo y, por qué no, María Cecilia, al asumir su papel de madre soltera y profesional. Estos personajes nos muestran el rol de mujeres que toman el control de sus vidas, y enfrentan las consecuencias de ello.
La autora también aborda la relación madre-hija, o nieta-madre-hija, y los conflictos generacionales que se presentan en ellas, ligados al poder y la jerarquía familiar socialmente establecida. Conflictos encarnados en la figura femenina más joven que lucha por ejercer su independencia contradiciendo las tradiciones y costumbres. Antillano logra, con buenas artes, visibilizar estas confrontaciones. Un ejemplo de ello lo encontramos en su novela Perfume de Gardenia (1979):
La madre se erige en jefe, gran sacerdotisa, mandamás, sus ojos despiden fuego, y sus manos se crispan continuamente. La hija es la presencia fugaz, el enfrentamiento (…) Madre e hija, agua y aceite, aun cuando la segunda es la reproducción de la primera en un futuro no muy lejano. ¿La desgracia de la hija es la alegría de la madre? (…) te odio y con ello a mí misma (…) porque tú eres la tristeza y la amargura y la frustración, y porque finalmente, soy una mujer y tú eres una mujer, y las vías en este mundo de espejos están cerradas para nosotras, y tu rostro hosco, me lo repite en cada mirada. Estoy en pie de guerra frente a ti, como lo estuviste tú frente a la abuela, y como seguramente estarán mis hijas frente a mí y las hijas de mis hijas frente a ellas (p. 71, 72, 73)
Además de evidenciar las relaciones de poder, como en el caso anterior, donde la hija reflexiona acerca de su relación con la madre, también la escritora puede posicionarse en sus relatos en el lugar de la mujer que se convierte en madre, tal es el caso del cuento, Dime si dentro de ti no oyes tu corazón partir (1983):
Hay extrañas y misteriosas intuiciones alrededor de todo esto; la de la leche: cuando mi hijo iba a nacer yo me preguntaba cómo sería eso de la leche; cómo comenzaría yo a tener leche para alimentarlo, y… ocurrió […] me preguntaba si sabría succionar, y lo hizo (a él como que ya le habían explicado el asunto…) […] si mi nene fuera una niña repetiría dentro de unos años lo que yo hago ahora […] es la vida y la muerte en un binomio, es el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi madre, y mi propio nacimiento y la muerte de mi abuela y mi propia muerte, todas en una, se trata de algo que nos incluye a todos y que va desde las canciones que recordamos hasta los gestos más imprecisos; y es la vida en su estallido hermoso y espectacular y la muerte en su obscuridad y su calma. (p.70,71)
Aprecio la relación de Smith y Antillano desde esa literatura de lo femenino que parte de la autobiografía hacia la creación de un génesis propio. Si bien los fragmentos citados de ambas autoras demuestran una relación clara entre lenguaje y cuerpo: desde el hambre de saber ligada al hambre física, hasta los conflictos de poder en las relaciones filiales entre congéneres, a su vez, la solidaridad de estos personajes que, como Antígona, parecen desafiar al mundo.
Suelo preguntarme por qué recrear la realidad y las razones que llevan a la escritora a hablar desde lo íntimo. ¿Qué puede hacer interesante un escenario cotidiano? El psicoanálisis ha expuesto el malestar del lenguaje, aquello de lo que no debe hablarse: la muerte y la sexualidad. Así, ha puesto las palabras al servicio de las palabras.
Leía hace un tiempo el prólogo de la Poesía Completa de Anne Sexton, escrito por Maxine Kumin en 1981, donde se evidencia cuán implacable fue la crítica con el trabajo de la poeta. La razón parece residir en el carácter estrictamente íntimo de su obra: el abordaje del cuerpo y sexualidad femeninos, los conflictos familiares, la muerte. Esto, a pesar de que Sexton pertenece a una tradición de poetas confesionales como John Berryman, Sylvia Plath, por nombrar algunos. Cito:
Los hechos de la turbulenta y caótica vida de Anne Sexton son de sobra conocidos; ningún otro poeta estadounidense de nuestra época ha proclamado a los cuatro vientos tantos detalles privados. Mientras que la franqueza de tales revelaciones atrajo a muchos lectores, sobre todo a mujeres, que se identificaban en gran medida con el aspecto femenino de los poemas, varios poetas y críticos — en su mayoría, aunque no solo, hombres— se ofendieron.
Por ejemplo, Louis Simpson dijo en Harper ‘s Magazine que «Menstruación a los cuarenta» era «la gota que colmaba el vaso». Y años antes de escribir su exitosa novela Liberación, que se centra en la escena gráfica de una violación homosexual, James Dickey, en un artículo para The New York Times Book Review, vituperó los poemas de Todos mi tesoros, diciendo: «Costaría encontrar otro escritor que se recree con más insistencia en los aspectos patéticos y desagradables de la experiencia corporal». En un conciso panegírico, Robert Lowell declaró, con lo que parece una considerable ambivalencia: «En los primeros libros, era cada vez más potente. Después la escritura pasó a resultarle demasiado sencilla o demasiado complicada. Se volvió exigua y a la vez exagerada. Muchos de sus poemas más incómodos habrían sido fascinantes si alguien los hubiera puesto entre comillas, como presentación de algún personaje y no de la autora». La obra de Sexton no tardó en convertirse en motivo de disputa, un tema sobre el que facciones opuestas se batían en duelo por escrito, en los encuentros literarios y en el refugio de las clases universitarias. (p.3)
Quiero dar cuenta de las resistencias que al día de hoy pueden presentarse en los medios culturales respecto a distinguir lo que debe ser “literatura femenina”. La obra de Antillano bebe de la cotidianidad, ya que la envuelve en un velo mágico, tanto para el narrador y los personajes que éste cree como para el lector.
Con cierta ironía la autora posiciona su mirada sobre objetos que pudiesen considerarse poco interesantes y en esa simpleza crea la historia: habla de una cosa para referirse a otra. Tal es el caso de su cuento Ni lirios marchitos ni tigres de bengala (1983):
Y una nevera no es el objeto adecuado para definir mi instancia ni la de nadie. Entonces detenida en el detalle pienso en la nevera vieja de la casa de los padres, en donde hay dos, y la antigua, la de la infancia compartida es amarilla y apenas sostiene su puerta, y está todavía en aquella casa no sé dónde ni por qué, supongo para sostener en ella la jaula del periquito, porque la otra, la que guarda los alimentos, la del sostén práctico de la vida, está en otro lugar, evidente, blanca, grande como la de los catálogos de productos eléctricos, mi primera reflexión resulta pues equívoca, una nevera si puede evocar la calidez de lo no preciso, una nevera amarilla pudo determinar las etapas de mi crecimiento, las vivencias de la infancia (…) una nevera puede servirte para reconstruir la historia. (p.25)
II. El archivo, el diario, las cartas y la fotografía: una Caja de Pandora.
“No podía prescindir de tocar sus recuerdos, de rebanar su nostalgia más de cerca”, nos relata uno de los personajes en Perfume de Gardenia. Pienso en el archivo, en este caso el archivo familiar, compuesto y organizado la mayoría de las veces de forma fortuita, bajo órdenes estrictamente afectivos y criterios singulares.
Las familias suelen atesorar los dientes de leche y al lado de estos, el cordón umbilical de los bebés, los mechones de pelo de algún familiar muerto, las fotografías, las cartas, postales, diarios, tickets de una entrada al cine o concierto, un disco, juguete o dibujo.
Esta heterogeneidad de materiales nos habla de la persona que los archiva. Sé que si hay dientes de leche o las huellas impresas de los pies de un bebé, es posible que el archivo sea de una madre o abuela, imagino una pareja al encontrar tickets de cine o concierto. Y si encuentro mechones de pelo, me habla de alguien que estaba lejos y quiere llevar consigo a la persona amada (ya sea familia, amigos o pareja) y así sucesivamente. Todo esto para decir que el archivo nos permite luchar contra el olvido, contra la pérdida y las muertes, es un testimonio para la fábula de la memoria.
Al relacionar este subtítulo con La caja de Pandora, me enfoco en una versión del mito que dice que un hombre fue quien abrió la caja, donde reside el mal, pero también la esperanza y es en esta última que, creo, puede sintetizarse el archivo: volver al lugar amado, releer la vida propia en distintos momentos, mostrarnos aquello de lo que no queremos saber, que nos desagrada y decidimos omitir. En tal sentido, el archivo puede ser una cicatriz.
II.I Eternizar el instante.
Recorro mi pasado a través de estos objetos y desdigo lo que fui, escribiendo algo de lo que me arrepentiré mañana. Tengo en mis manos la foto de una persona alguna vez amada, años después convertida en olvido. Sin embargo, abro mi caja de Pandora y regreso a un momento en donde éramos felices. Y no sé nunca el lugar desde donde estoy leyendo este pasado-futuro del eterno presente. Madres y padres regresando a la infancia de sus hijos, personas enfermas recordando los tiempos en que no lo estaban.
En el archivo vuelve a plantearse qué se teje y qué se desteje en los hilos narrativos de la memoria. Antillano, en un texto suyo titulado El álbum familiar (2023) detalla algunas características de la fotografía familiar:
La foto familiar no tiene el carácter de la cotidianidad como ligeramente pudiéramos pensar; por el contrario, ella se remite al acontecimiento. Hacemos fotos familiares regularmente alrededor de los hechos, situaciones, imágenes, que se salen de la común cronología y, por lo tanto, en el hecho de hacerlas está ya implícito el deseo de preservación del instante (…) Por tal razón, la fotografía familiar está allí para “solemnizar”, hacer aparecer lo no-familiar (p.13,14)
Cabría pensar que la fotografía, al igual que la escritura, participa en este ejercicio que detiene el tiempo, hace crónica para determinar de forma crítica una lectura, lo que se desea mostrar y lo que se quiere cambiar, quien determine estas elecciones consciente o no, establece una mirada futura. Antillano en su ensayo fotografía y literatura (1994), habla de la manera en que un escritor elabora sus textos y cómo esto puede relacionarse con el trabajo del fotógrafo:
Cuando el escritor elabora un texto está poniendo en juego su conocimiento del lenguaje como instrumento y su imaginario, sus fantasmas, su materia inconsciente organiza el mundo a partir de su mirada sobre este, inventa un código en el cual la referencia inmediata es el propio universo interior […] El fotógrafo que asume el oficio, que acaba por encender la cámara como un instrumento en el cual prolonga su ojo, sus sentidos, al definir el encuadre, realizar el proceso de selección y combinación de imágenes, se equipara al escritor quien diseña la gramática de su expresión. (p.18,19)
Esta cita me remite a la relación entre imagen y símbolo, en tanto ambas son una ilusión que, en la manera de presentarse, hablan de aquello que ocultan. Asimismo, la imagen poética, al decir algo siempre está diciendo otra cosa, como la fotografía, trabaja el instante y su revelación.
Quiero hablar sobre otros tipos de archivos establecidos por las palabras: el diario y las cartas. Estos, al igual que la fotografía, nos narran un escenario, no una verdad fáctica. Al ver una foto, recuerdo el instante en que fue tomada, lo mismo que sucede al releer un diario o carta.
Al abrir mi propio álbum y ver las fotos de mi bautizo, solo puedo recordar el miedo, la sensación del agua fría cayendo sobre mi cabeza, leo los cuadernos de oraciones de mi abuela, pienso en su enfermedad y las innumerables peticiones de salud, encuentro en mis diarios una persona que ya no soy.
En efecto, quien escribe estas líneas, y habita la lectura en la obra de Antillano, ha logrado atrapar una noción de mundo a través de las palabras. Hablo de mi archivo y no del archivo de la autora porque como ella, al hablar de lo más íntimo, me aproximo a una soledad compartida con el mundo.
II.II La cartografía de los días.
Hablar del diario como ejercicio literario que permite estructurar una historia es desligarlo de su función primigenia, donde solo es concebido para ser leído por quien lo escribe. Esta fue una de las razones por las que antaño el diario no era considerado un género literario.
Dentro del sistema de la comunicación, el diario íntimo se caracteriza por tener un receptor que a su vez es el emisor del mensaje, de esta forma se desliga de la comunicación intersubjetiva y permite plasmar en él un mundo propio, una transcripción de la realidad, que, a su vez, es parecida a un negativo fotográfico. Porque en esa otra cara (ese anti-mundo creado en soledad) se juega su antagonista: la compañía de un Otro.
Hans Rudolf Picard, en su estudio El diario como género entre lo íntimo y lo público (1981), analiza el uso ficcional del diario:
Cuando el diario pasa a ser una técnica de la narración ficcional, una de las formas de la novela en primera persona -junto con las memorias de la novela epistolar-, sus propiedades -fragmentariedad, incoherencia, etc.-, adquieren un estatus semiótico distinto: se convierten en medios de expresión en el seno de la estructura de una obra. La escritura diarial […] al ser utilizada de modo ficcional dentro del marco de la estructura de la obra literaria pasa a ser, de un modo completamente nuevo, comunicación estética. (p.119)
En el caso de la obra de Antillano, lo fragmentario del diario es un recurso harto explorado, la memoria parece conformada por escenas discontinuas, lo que obliga al lector a deducir los hechos. Por ejemplo, en Solitaria Solidaria, cuando Zulay concluye que Leonora se suicidó y lo sabe porque lee la última entrada de sus diarios (corrijo: que leemos junto a ella).
Muchas obras literarias de Antillano exigen un lector activo, hay una conciencia de esa mirada que se encuentra afuera y de cómo la lectura transforma al texto. El personaje escribe su diario y nosotros sabemos su contenido, y de momento, pienso en el lector como fantasma. Esto, según algunas teorías, se llama narratario.
Se habla del espectro del escritor cuando este nos interpela en su obra, tal es el caso de esta conversación que establezco ahora contigo. Tengo conciencia de ti e imagino, mientras escribo, tus posibles lecturas. Al referirme al lector como fantasma es porque creo que los momentos confesionales en la obra de Antillano nunca son del todo íntimos, puesto que sus personajes anhelan siempre a un otro. Aunque no puedan precisar quién, están conscientes que un otro los salva.
II.III. Una carta puede evocar la calidez de lo no preciso.
En este caso, mi lectura es una especie de tamiz por el que se vierte la obra de la autora: tú llegas a ella a través de mi punto de vista. En este juego reside la creación literaria de Antillano, encuentro esta idea en una escena de su cuento Ni lirios marchitos ni tigres de bengala (1983) que pone de manifiesto este dilema de la mirada y la suposición como estatuto que no busca develar sino que en ese misterio engendra una escritura posible:
Por segundos me pregunto qué clase de cartas recibirás tú… ¿acaso la de una mamá que ya se siente solitaria e ignora el sentido de su permanencia sobre la tierra para comer, vestirse, dormir y de nuevo comer, vestirse, dormir o recibir alguna llamada telefónica?, ¿acaso la de alguna amante con la que alguna vez tuviste alguna relación primitiva y hermosa, pero que terminó por volcarse en la neurosis?, ¿las de un amigo que escribe desde Colonia, describiéndote su soledad?, ¿o los apuntes de una hermanita que te cuenta sus vacaciones en la playa, víctima de una insolación, y dice que sólo puede tomar sopa y resolver su tarea de matemáticas, sentada a la orilla del mar? Puedo inventar infinidad de personajes de los que puedes acaso recibir cartas, pero tú nunca has hablado de eso, y yo no quiero preguntarte porque tú no me lo preguntarías a mí, y porque además prefiero vivir esta posibilidad de la ensoñación al inventar yo esas cartas y esas personas (p.27,28)
Quiero ahondar en el género epistolar como literatura, y en las formas que plantean dimensiones de lectura dentro de una obra como es el caso de los textos de Antillano aquí citados. Carles Bastons i Vivanco en su estudio Polisemantismo y polimorfismo de la carta en su uso literario (1996) dice lo siguiente:
En primer lugar, es indiscutible que una carta es una pequeña pieza literaria que obviamente tiene autor y receptor -mejor sería llamarlo narratario- como cualquier otra. Ahora bien, ya surge un primer elemento de especificidad: la carta tiene tres lectores: el propio autor, el destinatario de la misma -o sea el narratario- y los lectores anónimos contemporáneos del autor, de la carta y también lectores de tiempos presentes y futuros[…] Toda carta contiene una carga subjetiva importante, por lo que coincidiría con el concepto clásico de la lírica -y del ensayo, como se verá luego– como expresión de unos sentimientos y de unas vivencias. En efecto, la carta es intimidad, confidencia, es autobiografía, utiliza en general la primera persona verbal. Y por tanto, conecta asimismo con el género de las memorias y los diarios. (p.236,237)
El género epistolar en el caso de Antillano, además de ser estructura narrativa en sus textos, se convierte en cartografía que permite vislumbrar otra historia posible, una carta no sólo es usada dentro de la historia sino que es el cuerpo donde se gesta la misma.
III. Transitar el duelo: hacerse de aire.
La carta es la conversación de los ausentes, funciona como mecanismo para resistir el vacío que ellos dejan. Es lo que se sobrepone y permanece en el límite de lo humano (Guillén, 1989). Al hablar de la carta como el lenguaje de los ausentes, cabe pensarla como herramienta para atravesar el duelo, el dolor. Según Freud (1917), el duelo es una reacción ante la pérdida de la persona amada. En muchos sujetos en lugar de duelo, se observa melancolía por la falta generada por el objeto, sea este un ser amado, un lugar o ideal. El doliente (persona que experimenta el duelo) puede saber lo que ha perdido pero no lo que perdió de sí mismo. Es decir, que al perder al otro ha extraviado su Yo.
La carta funciona como elaboración de un recorrido y una forma de comunicación con lo desconocido. La historia universal está repleta de ejemplos. Diversos grupos humanos han establecido una serie de rituales para afrontar el dolor de aquello que ha muerto y se convierte en falta.
En el caso del cuento Me haré de aire, la carta se presenta como un retorno al duelo, a un nudo no resuelto en la historia de vida de la protagonista que la escritora utiliza como germen. Pues la carta, o el pretexto de una carta, se convierte en el medio para elaborar la pérdida. Cito:
La carta, el recuerdo despertado en mi memoria, ha hecho que una avalancha de dolor interior, dolor de alma, me invada sin remedio.
Es como si una oleada gigantesca de aves volando, entrara y sacudiera todo mi espacio, y me borrara la sensación antaña de que hay algo en mi presente que valga la pena.
[…]
Ha sido esa carta, de la que no supe en su momento, carta secreta perdida en el tiempo, y ahora me despierta sensaciones que creía olvidadas o acaso estaban resguardadas en algún lugar de mi memoria que descubro amortajada, anhelante. (p.110)
La autora usa los recursos del diario y la carta para bordear la historia. Al narrar sus escenas de forma indirecta nos permite transitar con ella el dolor. Si algo se manifiesta en este cuento, es una constante lucha contra el olvido, y sin embargo la escritora está advertida de que a través de la protagonista puede tocar tangencialmente con las palabras este binomio olvido-muerte. Ese tocar implica una sensación corpórea, un deseo de resistencia ante lo etéreo y su simbolización en los vericuetos de ese pasado que se rehace en el presente. En palabras de Antillano (2021) “el mundo interior, las historias y el dolor se apelmazan en algo que no sabemos cómo aplacar en el día a día” (p.105)
El cuento inicia con la protagonista llevando a su perrita chow-chow al veterinario para que le realicen un proceso de eutanasia: una “buena muerte” (si nos basamos en la etimología de la palabra). Esto lleva al personaje principal a recorrer los recuerdos de la vida construida con su mascota:
“Me han entregado las cenizas de Canela esta mañana, en una cajita cuadrada, de madera, rosada. Me resulta irreal suponer que allí está mi compañera, hecha cenizas. La humanidad y lo simbólico… los objetos, los rituales” (Antillano, 2021, p.90)
Este ritual, que desmaterializa el cuerpo de su mascota, construye el puente para hablar del recuerdo de aquel amante alemán llamado Rainer que la miraba como si fuese una aparición sin corporeidad. Esta impresión es releída por la protagonista en el diario encontrado, con el cual, a lo largo de la historia va tejiendo el mundo compartido con Rainer, quien además es actor y en uno de sus monólogos interpreta a Sancho Panza, personaje del Don Quijote, la protagonista anota en su diario fragmentos del parlamento. Cito:
Porque la mayor locura que puede hacer un hombre es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni que otras manos le acaben más que la melancolía… Levántese de esa cama y vámonos al campo, quizás detrás de una mata hallaremos a la señora Doña Dulcinea (p.99)
El recuerdo de Rainer aparece en un momento de crisis existencial de la protagonista, en el que siente profunda soledad y anhela ser amada. Al leer la cita anterior pienso que ella encarna lo que Rainer en su monólogo recita y logra de esta forma sobreponerse a la melancolía, elaborando en esta historia el recuerdo. Debe haber un lugar para ubicar el dolor, tanto el reciente como el que reaparece en este pasado que retorna a través de la carta y diario encontrados.
Antillano a través de sus historias traduce el aire y los fondos sonoros de su soledad, para dibujar un retrato de aquellos seres que son fragmentos dispersos en su memoria. Ella muestra un profundo deseo de transformar su realidad, pero ¿qué se desea transformar y por qué? La segunda pregunta obedece a razones que no puedo discernir.
Hay un deseo en el lazo humano, en aquello que se hace familiar sin pasar por los estados de la conciencia, se desea ser amado, pero sobre todo se desea amar. La verdad por momentos nos revela el deseo de proximidad.
Impera crear un mundo propio del mismo modo que la escritora, el cual nos sitúe subjetivamente en la génesis de nuestro lenguaje. Cito un fragmento de la carta escrita por Rainer:
Escríbeme una carta en mi idioma (yo lo hago en el tuyo).
Promete no olvidarme
O me haré de aire
Y desapareceré,
Amor.
(p.112)
Es así como este cuento se hace carta al fantasma nunca respondida, y a su vez es la sutura de un momento velado por el recuerdo: se convierte en cicatriz.
Se transita por este relato de Antillano de la misma forma que el peregrino en la escalera habitada por el A Bao A Qu, así se acompaña al espectro y la memoria creada por otra verdad posible en el mundo de la escritora, mundo de una lectora que relee siempre un mismo libro, el de su vida y va dejando un testimonio de sus cambios, lo que fue, lo que debió ser y lo que ella hubiese querido.
¿Quién lee, de la voz, quién cuenta?
Notas
Laura Antillano (Caracas, Venezuela, 8 de agosto de 1950) es una escritora venezolana, que ha incursionado en los géneros de ensayo, poesía, cuento, novela y crítica literaria. También ha trabajado como titiritera, guionista de radio y televisión y promotora cultural. Es ganadora del Premio Nacional de Literatura en Venezuela 2012-2014,Premio Bienal José Rafael Pocaterra mención Poesía con la obra: Migajas (2004), Premio Ministerio del PP de la Cultura en Literatura 2011, Ascesis al Premio Miguel Otero Silva de la editorial Planeta de Venezuela con su novela: Solitaria solidaria (1990), Premio de Cuento del diario El Nacional con su cuento: La luna no es de pan de horno (1977), Premio Julio Garmendia de la Universidad Central de Venezuela con el cuento: Caballero de Bizancio (1975). Fuente: Wikipedia.
Es un término que no existe en el diccionario, es una invención de Lacan. Lo extimo es lo que está más próximo, lo más interior, sin dejar de ser exterior. Se trata de una formulación paradójica, dando por supuesto que en el discurso analítico las paradojas tienen todo su lugar. En su curso Extimidad J.A. Miller dice, “hay que hacerlo significar y dejar allí una estructura que demuestre la posibilidad de construirlo, pensarlo, como lo más próximo, lo más interior a la vez que exterior.” (Miller, 2010 citado por Epsztein, 2013).
El término inmundo remite a su acepción dentro de la teoría lacaniana, que habla de la irrupción del sujeto como falla, error o disfunción en el orden simbólico, es decir, a la aparición de lo real del inconsciente en el mundo. Utilizo este concepto de forma metafórica, para aludir a un estado anterior a la articulación simbólica, un modo fragmentario o no mediado de habitar el mundo, que comienza a reconfigurarse a partir de la entrada del Otro y del lenguaje. Véase Bernal (2022): “El término ‘inmundo’ refiere a que el sujeto deja de marchar como espera el mundo que lo haga, siguiendo las leyes, las reglas, las normas, pero el sujeto se le atraviesa con su inmundicia cuando este erra, falla, marcha mal, deja de funcionar (…) es la presencia de lo real del inconsciente en el mundo.”
Referencias:
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Antillano, L. (1999). Solitaria solidaria. Editorial Planeta.
Antillano, L. (2021). Me haré de aire. Monte Ávila editores latinoamericana.
Antillano, L. (2023). Fotografía en Venezuela: Cuatro décadas. Fundación editorial El perro y la rana.
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Sentí el olor a carne putrefacta cuando me acerqué al apartamento y se me revolvió el estómago, no tanto por el asco, sino por la molestia que me invadió el cuerpo cuando imaginé lo que había pasado;—dejó basura pudriéndose en la cocina, como siempre —, dije para mí misma, casi segura de lo que suponía.
Eran las nueve de la noche y no había nadie, al parecer, porque estaba todo a oscuras. La luz de la calle entraba por el balcón y las ventanas, así como el viento frío de las lluvias de junio. Atravesé la sala y el comedor sin detenerme en la cocina porque, en efecto, el olor venía de allí. Era tan fuerte que tuve que aguantar la respiración para no vomitar. Fui directo a mi cuarto, abrí la puerta que dejé cerrada con llave, encendí la luz y dejé la maleta y el bolso en el piso. Para mi alivio, todo estaba tal cual como lo había dejado antes de viajar. De todas formas, solo estuve fuera de la ciudad una semana.
Tratando de controlar las arcadas me dirigí a la cocina. A pesar de la oscuridad, noté una especie de bulto negro que reposaba en el centro de la encimera. Parecía una bolsa plástica, pero cuando prendí la luz y pude ver qué era en realidad, no pude contener un grito de espanto. Un escalofrío recorrió mis extremidades y se me puso la piel de gallina mientras observaba esa masa amorfa, sanguinolenta, repleta de hormigas negras que parecían hervir en ella. Eran demasiadas, salían en fila desde debajo del gabinete para posarse en lo que parecían ser vísceras o el despojo de algún animal. No soporté la visión ni el hedor más de un minuto y tuve que irme de la cocina con los ojos aguados y el estómago a punto de salírseme por la garganta. Era repugnante, nauseabundo, pero era la rabia lo que en realidad me hacía rechinar los dientes y hundirme las uñas en la palma de mis manos Maldita sea, Yalena. Maldita loca de mierda. ¿Cómo se te ocurre hacer una mierda así? ¿En qué estabas pensando, lunática sucia?.
Esto no se iba a quedar así. Regresé al cuarto a buscar mi teléfono; había que fotografiar la asquerosidad del desastre y recolectar todavía más pruebas de las cosas absurdas que hacía mi compañera de alquiler. Después de unos meses dejé de mortificarme por los restos de comida en las superficies de las mesas y la borra de café tirada en el piso. Era desordenada, sí, pero esto era diferente. Esto solo podía hacerlo una persona enferma, alguien con un trastorno mental grave. No estaba dispuesta a tolerarlo, ni siquiera a mediar con ella; Yalena tenía que largarse cuanto antes.
Envié las fotos a su chat de WhatsApp y se las reenvié a la casera con un texto que decía “Yalena, ¿qué coño es esto? ¿Por qué dejaste esto en la cocina? Limpia esta mierda ya, chama”. La casera las recibió de inmediato, pero Yalena no. Respiré profundo, o eso trataba de hacer, porque era imposible respirar con esa hediondez que llenaba todo el apartamento. Fui hasta su habitación, que estaba al extremo contrario de la mía, y toqué la puerta. Primero con seguridad, después con el pulso alterado por los nervios: —Yalena, ¿estás ahí? —. No hubo respuesta. Insistí, pero luego de varios intentos en los que intensifiqué la fuerza de mis nudillos, comprobé que no estaba. Pensé, entonces, que tal vez Yalena no había pisado el apartamento en días; no hubiese podido estar aquí aguantándose el olor, mucho menos hubiese podido cocinar y comer con esa masa de carne, sangre y mugre haciéndole compañía. Pudo haber dejado eso ahí y olvidó sacarlo antes de irse al trabajo, pero no regresaría para hacerlo después.
Que no estuviera no era extraño. Desde que empezaron los problemas con ella, encontró una solución a su desorden al no habitar el espacio por el que pagaba ciento ochenta pesos al mes. Prefirió ausentarse que acatar las normas básicas de convivencia, pero la verdad eso no me molestaba; prefería que no estuviera porque así no tenía que lidiar con ella y su forma de ser tan chocante e irracional. Sí, para mí Yalena siempre tuvo un rollo, pero por desgracia me di cuenta tarde, cuando ella ya estaba viviendo conmigo después de un acercamiento amoroso fallido. Salimos durante unas semanas, pero cuando hubo que “dar el paso” hacia una relación con más forma, confesó que también salía con otras personas, que estaba enamorada de un hombre y que no quería involucrarse con alguien sin estar segura de que ese hombre sí la quería. Dolió, pero lo acepté enseguida porque no quería seguir perdiendo tiempo y esfuerzo en un lugar donde no pertenecía.
Tuve intenciones de distanciarme de Yalena a pesar de que me pidió que no lo hiciera, porque quería que me quedara cerca, aunque yo nunca pretendí una amistad con ella, pero eso no impidió que siguiera buscándome, en especial después de haberme pedido ayuda para conseguir un sitio al cual mudarse.
—La situación en la casa donde estoy ahora es insoportable, necesito irme lo más pronto posible —, expresó en repetidas ocasiones, pero no explicó en profundidad qué era lo que pasaba. Tampoco pregunté porque supuse que no era de mi incumbencia, pero ahora que lo analizo, hubiese sido mejor preguntar, cuestionar, interrogar…
Hubiese sido mejor haber sospechado de ella desde el primer instante y quizás no tendría que estar pasando por este puto infierno.
El teléfono repicó. La casera. No pensé que llamaría por lo tarde que era, pero si lo estaba haciendo era porque estaba bastante consternada como para querer saber qué significaba ese mensaje que le había enviado ya hacía minutos.
—Juana, buenas noches… —, habló con la voz severa que la caracterizaba. Era una mujer mayor, de apariencia tosca y de actitud recta, pero con más interés en el dinero que en la comodidad de sus inquilinos. —Cuéntame, ¿qué está pasando? ¿Qué es eso de la foto?
—Eso es obra de Yalena, Sra. Carmen. Huele terrible, es como carne podrida… —, comencé a explicar mientras me tapaba la nariz con los dedos. Estaba de nuevo frente a la masa sangrante y descompuesta. No me había fijado antes, pero además de hormigas y moscas, también había gusanos. Alrededor había una piscina de líquido marrón que goteaba sobre las baldosas del piso, tiñendo el color crema de un tono ocre desagradable. Sostenía el teléfono con una mano, contándole a la casera lo que había sucedido, y con la otra llenaba un envase de plástico con agua que, sin pensarlo mucho, arrojé sobre la masa. La reacción fue inminente; escuché la salpicadura contra el suelo cuando el agua cayó desde la encimera, llevándose consigo los bichos y la suciedad. Unas cuantas gotas aterrizaron en mi pantalón y sentí la necesidad de quitármelos y meterlos en la lavadora cuanto antes.
El olor no mejoró y el aspecto de ese montón de porquería tampoco. Al contrario, ahora podía ver con más detalle lo que había allí sin poder identificarlo del todo; membranas, grasa, tejido muscular, venas. Aparte del estado de descomposición en el que estaba, noté que tenía cortes profundos, verticales, como si hubiesen tratado de picarlo en trozos finos.
—No sé qué quieres que haga, Juana. ¿Quieres que le pida que se vaya? ¿Tú estás dispuesta a asumir los gastos del apartamento tú sola? Porque si es así, no tengo ningún problema con echarla.
Maldije entre dientes. No podía creer que esa vieja cicatera en serio me estuviera diciendo eso.
—Señora Carmen, yo vivía aquí sola antes de Yalena y pagaba mi renta a tiempo. Claro, usted después subió el precio cuando ella se mudó, pero en este caso estaría yo sola otra vez. ¿O es que piensa dejar el precio actual aunque sea yo la única persona viviendo aquí? —, argumenté. No pude ocultar la molestia en mi voz y tampoco me preocupó no poder hacerlo; ya estaba pasando por suficiente para que ahora la casera me la pusiera más difícil.
—Reina, todo ha subido de precio. No puedo volver a cobrarte como antes.
Sintiéndome frustrada y al borde noté cómo la rabia tomaba el control de mi lengua. Estuve a punto de responder con groserías, pero un ruido en la sala llamó mi atención y me obligó a callar, un chasquido plástico seguido de algo que se arrastraba contra el suelo.
—La llamo luego, Sra. Carmen —, dije antes de cortar. Salí a confrontar a Yalena porque era la única que pudo haber entrado al apartamento. No lo pensé mucho; quería atajarla antes de que se encerrara en su cuarto. Estaba ansiosa, tan ansiosa que sabía que perdería la poca compostura que me quedaba en cuanto viera a Yalena. Pese al frío, empecé a sudar las manos y sentía como todo mi cuerpo vibraba y protestaba, oponiéndose al conflicto que estaba por suceder. Odiaba tener que pasar por aquello, odiaba muchísimo tener que enfrentarme a la persona que me tenía viviendo en estado de alerta desde hace tres meses. Cuando quise llamarla por su nombre, se me escapó un gallo y mi rabia amenazaba con transformarse en una histeria explosiva, como solía pasar cuando llegaba a mi límite. De un segundo al otro, sin siquiera haber visto a Yalena todavía, ya estaba forzándome a no llorar; me daba vergüenza la forma en la que me deshacía cuando debía poner límites, cuando debía defender mi espacio.
Y ahí en la penumbra del pasillo estaba ella, de espaldas y encorvada sobre el suelo. No volteó a mirarme cuando me paré detrás de ella, tampoco cuando encendí la luz y pude ver realmente qué era lo que hacía.
Aun cuando estaba sucio, reconocí el vestido floreado que utilizaba cuando iba a verse con alguien de su interés. El mismo que usó en nuestra primera cita. Las manchas oscuras, como de sangre seca, se mimetizaban con las flores estampadas en la tela.
¿Qué mierda es eso? ¿Qué coño estoy viendo?
A sus pies había una bolsa transparente, como las de hielo, llena de pedazos de carne con el mismo aspecto infecto que la que estaba en la cocina. No solo carne, había ropa y cosas que sobresalían de entre los restos; un jean, una camisa negra, algo pálido que no alcancé a distinguir.
Yalena arrastraba la bolsa como si no pudiera con ella, como si no tuviera fuerzas o, también, como si fuera pesada. No paró hasta que la llamé por cuarta o quinta vez, a gritos quebrados, con la garganta apretada.
—¡¿Qué estás haciendo, Yalena?!
El corazón me iba a reventar en cualquier momento. Retrocedí antes de que ella se diera la vuelta y luché para no salir corriendo. Cuando habló, lo hizo en su tono habitual, como si estuviese contándome una anécdota más de las tantas que coleccionaba con cada salida.
—Le dije que fuera claro conmigo —, dijo, metiendo las manos dentro de la bolsa que olía todavía peor que el desastre en la encimera. Era el puro hedor a muerte. Se embadurnó las manos con la sangre coagulada y los fluidos de esa mierda. —Que tomara una decisión y me dijera si quería estar conmigo o no, porque yo estaba entregada, Juana.
Se puso de pie, limpió sus manos con la parte inferior del vestido y siguió de largo hasta la cocina. A su paso quedó una estela de putrefacción que me sacó de mi parálisis. No pude evitar mirar hacia la bolsa otra vez, pero ahora pude ver su contenido en totalidad, pero me arrepentí al instante.
Esa cosa pálida que había visto era la parte de una extremidad, un antebrazo o un tobillo. Cerca, una pulpa violácea parecía un hígado.
Y la cabeza.
La cabeza del hombre también estaba en la bolsa. Con los ojos abiertos al máximo, casi fuera de sus cuencas, y una expresión de dolor plasmada en el entrecejo y la comisura de los labios.
Tensé cada músculo de mi cuerpo y sentí que me ahogaba, me faltaba el aire porque no podía respirar del horror que me invadía. Al correr hacia mi habitación, me llevé por el medio la mesa del comedor; el borde se hundió en mis caderas y el dolor repentino me ayudó a salir del estado de shock. Tropecé en la puerta, pero logré entrar, cerrarla de un portazo y pasarle el seguro antes de que Yalena pudiera alcanzarme, aunque no estoy segura de que siquiera lo haya intentado.
Agarré mi teléfono y marqué el número de emergencias una, dos, tres, cuatro veces, pero nadie atendía. No, no iba a funcionar. Esa línea hacía años que dejó de ser lo que era cuando la inauguraron. Tampoco tenía tiempo para insistir por ese medio. Llamé de nuevo a la casera, mil veces, pero la desgraciada no contestaba.
Vieja pajúa, me van a matar en esta pinga y nadie te va a querer alquilar tu apartamento de mierda.
Tenía que hacer algo rápido antes de que fuera demasiado tarde. No podía quedarme ahí, tenía que escapar o hacer que viniera alguien a llevarse a la loca. Comencé a escribirle a varias personas por WhatsApp y estas sí respondieron. Les pedí ayuda para conseguir el número de la policía, de protección civil, de los bomberos, de quien fuera que estuviera en la zona y que pudiese sacarme del apartamento. Cuando mis dedos empezaron a temblar y no podía escribir, empecé a enviar notas de voz.
—Sé lo que vi, te lo juro por mi madre que tiene un muerto en esa bolsa. Está en la cocina, no sé qué está haciendo, necesito que…
El toc toc suave de su mano contra la puerta me interrumpió.
—Juana, ¿estás molesta por el desastre? Tranquila, lo voy a limpiar ahorita…
Inhalé de golpe y así me quedé, reteniendo el aire en mis pulmones.
—…Lo que pasa es que no podía dejarlo en su casa porque está viviendo con la mamá de su hijo y lo podía encontrar. Pero ya solucioné.
Debajo de la puerta veía su sombra. Me acerqué y sostuve la manija con fuerza, como queriendo evitar que la abriera, aunque sabía que no era posible.
—Tuve que enseñarle cómo debe tratarme. A mí nadie me trata así. Le pedí que se sincerara conmigo y no lo hizo. Pero como te dije, ya lo solucioné. Me molesta mucho porque yo de verdad sentía muchas cosas por ese hombre. No podía tener sexo con nadie sino con él. Necesitaba todo de él y él no valoró eso. No valoró mi entrega.
La manija se sacudió. Quiso abrir la puerta.
A partir de ese punto dejé de retener el llanto.
Mi teléfono repicó, no dejé que pasara un segundo cuando atendí la llamada. Escuché la voz de una amiga pidiéndome la dirección exacta de la residencia, que ya había encontrado el número de la policía, que además necesitaban hablar conmigo personalmente. Pero yo no podía elaborar una frase, no podía dejar de llorar.
—¿Quieres que te cuente cómo pasó? Sal y hablamos aquí. Puedo hacer café para las dos. También tengo hambre… ¿Crees que fui muy exagerada si probé un poco cómo sabía? Es que me dio curiosidad. Además, yo quería todo de ese hombre, Juana. En serio… lo quería todo.