El frente sirio: la normalización como arma de fragmentación
La acelerada normalización de las relaciones entre varios regímenes árabes y el Estado sirio, aclamada por algunos como un “avance diplomático” regional, debe analizarse desde la perspectiva de la intención geopolítica, no desde una reconciliación superficial. Lejos de constituir un verdadero retorno a la unidad árabe o a un compromiso con la soberanía, este impulso de normalización se perfila como un caballo de Troya estratégico, cuyo objetivo es fracturar el papel de Siria dentro del Eje de la Resistencia, comprometer la integridad de la seguridad fronteriza entre Líbano y Siria, y frenar la influencia iraní en el Levante.
Mapa que muestra los movimientos de tropas israelíes en territorio sirio más allá de los Altos del Golán ocupados al 10 de diciembre de 2024, incluidas las zonas patrulladas por las Fuerzas de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (FNUOS) y las líneas de alto el fuego anteriores a 1967. (Fuente: Middle East Eye / Syria Liveuamap)
1. El acercamiento árabe a Damasco: ¿caballo de Troya o realineamiento estratégico?
Mientras que Damasco, con su nuevo régimen, se inclina por la normalización con la entidad sionista, comprometiendo así la centralidad de Palestina, el regreso de los Estados del Golfo, en particular los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, al espacio político y económico de Siria tiene menos que ver con la reconstrucción que con la reformulación de las alianzas regionales en consonancia con los intereses estadounidenses.1 Con el pretexto de la ayuda para la reconstrucción, la facilitación del comercio y la rehabilitación diplomática, las monarquías del Golfo maniobran para contener la voluntad estratégica independiente de Siria, diluir sus credenciales de resistencia y restringir la profundidad operativa de las fuerzas de Hezbolá e Irán, estacionadas dentro de sus fronteras.2
Las consecuencias de este cambio son particularmente alarmantes para el Líbano. Desde las primeras etapas de la guerra en Siria, la intervención de Hezbolá en coordinación con Irán fue esencial para proteger el frente oriental libanés de la expansión de las facciones armadas takfiríes. La liberación de Qusayr, Zabadani y la región de Qalamoun no fueron meras victorias militares tácticas, sino garantías existenciales para la soberanía libanesa.3 Cualquier perturbación de este corredor de seguridad, ya sea mediante presión diplomática o manipulación de inteligencia, crearía un peligroso vacío, propicio para la explotación por redes extremistas latentes o unidades de infiltración coordinadas por Israel; esto es lo que vimos tras la caída del régimen de Asad en Siria y el surgimiento de facciones terroristas takfiríes lideradas por el líder de HTS, Abu Mohammad al-Julani.
2. Desplazamiento estratégico: el colapso de la soberanía siria y el cerco del Eje de la Resistencia
La caída del régimen de Asad ha transformado profundamente la arquitectura estratégica del Levante. Siria, antaño un eje central del Eje de la Resistencia, se ha fragmentado en una serie de zonas dominadas por facciones extremistas, bajo el mando de Abu Mohammad al- Julani. Estos grupos, durante mucho tiempo respaldados encubiertamente por redes de inteligencia extranjeras, ahora operan abiertamente bajo un paraguas de seguridad tácitamente coordinado con Israel.4 Esta transformación ha convertido a Siria de un aliado soberano de la Resistencia a una zona de amortiguación, diseñada para servir a las prioridades geopolíticas israelíes, estadounidenses y del Golfo.5
Para Hezbolá, las implicaciones son existenciales. La destrucción sistemática de las capacidades del Ejército Árabe Sirio, sumada a la eliminación de la infraestructura militar iraní mediante continuos ataques aéreos israelíes, ha resultado en la ruptura total de la profundidad estratégica oriental del Líbano. El corredor Zabadani, la carretera Homs-Damasco y las zonas fronterizas rurales que antaño sirvieron como arterias para armas, combatientes y coordinación, ahora han caído en manos hostiles. Israel, con mínimas restricciones internacionales, ha logrado aislar a Hezbolá y desmantelar la capacidad de la Resistencia para proyectarse regionalmente.
Fundamentalmente, esta nueva realidad siria no es una de neutralidad posconflicto. Más bien, es un espacio hostil gobernado por caudillos, facilitadores neoliberales y agentes de inteligencia extranjeros. El regreso de las embajadas a una “nueva” Siria y el impulso a proyectos económicos financiados por el Golfo no indican una recuperación nacional, sino más bien una domesticación estratégica, un desmantelamiento del antiguo papel de Siria como plataforma para la resistencia palestina y libanesa.6
La normalización, que antes era una amenaza inminente, se ha convertido en una victoria operativa para los adversarios de la Resistencia. Lo que se concibió como un mecanismo de presión ha dado sus frutos: la desmilitarización de la soberanía siria y el desmantelamiento de la coordinación transnacional de la resistencia. Hezbolá se enfrenta ahora a un frente oriental hostil, a un ejército israelí descontrolado al sur y a una región donde la ideología de la Resistencia se ve deliberadamente privada de espacio, financiación y legitimidad.7
Cualquier confrontación futura en el Líbano se definirá por este cerco. Sin profundidad estratégica, rutas de reabastecimiento ni posiciones de retaguardia seguras, la Resistencia se ve obligada a recalibrar, no solo sus tácticas, sino también su geografía. El campo de batalla ya no incluirá únicamente Aita al-Shaab y Maroun al-Ras, sino que se verá limitado por la pérdida de Daraa, Qusayr y la otrora fiable retaguardia siria.
Vulnerabilidad estratégica: los flancos oriental y meridional del Líbano
El Líbano se enfrenta hoy a una vulnerabilidad en dos frentes que no puede subestimarse ni separarse del proyecto regional más amplio de neutralizar, desarmar o cercar a la Resistencia. La frontera oriental con Siria, históricamente estabilizada gracias a la intervención de Hezbolá contra las facciones takfiríes, se encuentra nuevamente bajo amenaza indirecta, no solo por las incursiones armadas, sino por las consecuencias geopolíticas de la normalización de las relaciones en Siria y la posible infiltración de agentes de inteligencia. Simultáneamente, el frente sur sigue siendo una zona de tensión activa y de inminente escalada, ya que la entidad sionista continúa violando la soberanía libanesa con el pretexto de “impedir el atrincheramiento iraní”.
1. La matriz de amenazas: ocupación sionista al sur, células terroristas residuales al este
Juntos, estos dos ejes forman las pinzas de un esfuerzo de desestabilización más amplio, que busca colapsar la profundidad y flexibilidad de Hezbolá, convirtiendo al Líbano en una franja vulnerable, expuesta desde todos los lados y presionada para que renuncie a su poder disuasorio o enfrente una guerra en múltiples frentes.
El flanco oriental, asegurado durante mucho tiempo gracias a la presencia avanzada de Hezbolá en Qalamoun, Qusayr y el corredor del valle de la Beqaa, se enfrenta ahora a un nuevo desafío. Ante la creciente presión árabe y occidental sobre Damasco para limitar la libertad de movimiento y la actividad logística de las unidades iraníes y de Hezbolá, se está llevando a cabo una discreta reconfiguración de la dinámica de seguridad.8 Si bien no se han declarado restricciones oficiales, los informes de los comandantes de campo sugieren un creciente escrutinio sobre las rutas de coordinación, que antes no estaban sometidas a restricciones.9
Este cambio táctico coincide con un preocupante resurgimiento de células latentes y depósitos de armas vinculados a facciones extremistas que antes operaban en Arsal, Tufail y las afueras de Hermel. Estos remanentes, aunque numéricamente reducidos, representan una variable desestabilizadora que podría reactivarse mediante la manipulación de la inteligencia regional, en particular si la cooperación de inteligencia entre el Golfo e Israel continúa profundizándose en el marco de los Acuerdos de Abraham.10 En tal escenario, la frontera oriental del Líbano ya no serviría como barrera, sino como punto de ruptura.
Mientras tanto, al sur, las provocaciones israelíes se han vuelto rutinarias y calculadas. Desde las incursiones con drones en Nabatieh y Tiro hasta la constante violación del espacio aéreo libanés para la recopilación de inteligencia, el régimen sionista continúa socavando la Resolución 1701 de la ONU con impunidad.11 Más significativamente, ha reestructurado su mando norte, estableciendo nuevas unidades de despliegue rápido y modernizando las redes de vigilancia cerca de la Línea Azul, preparándose claramente para una confrontación de alta intensidad con Hezbolá.12
El reciente despliegue de tanques Merkava IV, morteros guiados Iron Sting y unidades móviles Cúpula de Hierro a lo largo de la frontera subraya una verdad fundamental: la entidad sionista se prepara para la guerra, no para la disuasión. Y aunque su propaganda insiste en “contener a Hezbolá”, la realidad es que Israel sigue atormentado por la derrota de 2006 y ahora busca una oportunidad para revertir su humillación, incluso a riesgo de una conflagración regional.
2. El cálculo de doble frente de Hezbolá: asegurar la patria en medio de la fluidez regional
En respuesta, Hezbolá ha perfeccionado una doctrina que podría describirse como resistencia multifrontal y de amplio espectro. Ya no se basa únicamente en la defensa territorial tradicional, sino que integra la disuasión de misiles, la guerra cibernética, la maniobrabilidad subterránea y la coordinación entre frentes con aliados en Siria e Irak. Según lo expresado por altos mandos militares de Hezbolá, esta doctrina garantiza que ningún frente pueda colapsar de forma aislada, y que cualquier brecha en un eje se enfrentará con una respuesta proporcional, si no abrumadora, del otro.13
El apoyo de Irán es fundamental para esta arquitectura. Desde la calibración de armas hasta la transferencia de tecnología de drones y el entrenamiento en simulación de campo de batalla, la República Islámica ha colaborado estrechamente con Hezbolá para establecer un complejo de disuasión que se extiende mucho más allá del río Litani. Como señaló el general de brigada Esmail Qaani, comandante de la Fuerza Quds del CGRI, a principios de este año: “La defensa del Líbano es la defensa de toda la región. Apoyamos a nuestros hermanos de la Resistencia, desde las colinas del Líbano hasta los desiertos de Siria”.14
Lo que está en juego, por lo tanto, no es solo terreno táctico, sino soberanía estratégica. El intento de cercar el Líbano desde el este y provocarlo desde el sur no tiene que ver con la “seguridad” israelí, sino con eliminar el último obstáculo a la normalización y la subyugación regional. El Líbano, a través de Hezbolá, sigue siendo la última frontera donde la dignidad armada aún se opone a la arrogancia imperial.
Para la Resistencia, entregar estas fronteras a la reinfiltración takfirí o a la dominación sionista no es una opción. Como ha demostrado la historia, el único lenguaje que entiende el enemigo es la disuasión, y la única protección que ha conocido el Líbano no ha provenido de los cascos azules de la ONU ni de los enviados occidentales, sino de sus hijos que resisten, luchan y se niegan a doblegarse.
Irán vs. Israel: la larga guerra continúa
El enfrentamiento entre la República Islámica de Irán y la entidad sionista no es una amenaza futura, sino una realidad presente que se intensifica. Mucho más allá del paradigma de poder que los analistas occidentales reciclan con pereza, el conflicto actual abarca objetivos estratégicos directos, disuasión ofensiva, ciberguerra, operaciones de asesinato y batallas por la influencia regional que se extienden en múltiples escenarios. Esta no es una guerra fría de sombras; es una guerra asimétrica de desgaste con costos crecientes para ambos bandos, y su fin está lejos de terminar.
1. De Damasco a Dahi Yeh: el campo de batalla en expansión
Para Irán, la confrontación con Israel no es un asunto aislado de seguridad; es un imperativo ideológico, un deber revolucionario y una cuestión de justicia regional. El compromiso con Palestina y con el desmantelamiento del régimen sionista no es una simple pose retórica, sino un principio arraigado en la doctrina de la República Islámica. Como afirma repetidamente el imán Sayyed Ali Jamenei: “La eliminación del régimen sionista no implica la masacre de judíos. Significa la liberación de Palestina de una potencia ocupante construida sobre la sangre y el desplazamiento”.15
Esta postura fundacional se ha traducido en una estrategia de cerco paciente, un esfuerzo acumulativo para negar a la entidad sionista cualquier sensación de impunidad o inmunidad. Desde la matriz de misiles de Hezbolá en el Líbano, pasando por el atrincheramiento de las unidades de resistencia en Siria, hasta el alcance logístico en Irak y la presión ejercida por Ansarullah en el Mar Rojo en Yemen, la red de disuasión de Irán está geográficamente diversificada e ideológicamente unificada.16
La reciente escalada de la agresión israelí, los asesinatos de asesores del CGRI en Siria, las campañas de cibersabotaje dentro de Irán y los ataques a infraestructura civil revelan la desesperación de un régimen incapaz de contener el auge estratégico de la influencia iraní. Tel Aviv recurre cada vez más a lo que denomina la Doctrina del Pulpo, atacando no solo a aliados iraníes, sino también directamente a objetivos iraníes, bajo el pretexto de la seguridad preventiva.17 Pero estos ataques tienen consecuencias.
2. Compromiso cibernético, indirecto y directo: la profundidad estratégica de Teherán frente a la frágil disuasión de Tel Aviv
En abril de 2025, Teherán lanzó un histórico ataque de represalia tras un ataque aéreo israelí contra el consulado iraní en Damasco, una violación directa del derecho internacional. Los misiles balísticos iraníes sortearon múltiples capas de defensa aérea respaldadas por Estados Unidos en la región, alcanzando con éxito objetivos militares cerca de Tel Aviv y el Néguev.18 El mensaje fue inequívoco: Irán ya no opera únicamente a través de intermediarios, sino que ahora es un actor directo en la estrategia de disuasión.
Este cambio ha trastocado la doctrina estratégica israelí. Anteriormente dependiente del mito de la “contención remota” de Irán, el estamento de seguridad sionista se enfrenta ahora a la posibilidad de represalias directas en suelo israelí en respuesta a acciones que antes consideraba gratuitas. Los sistemas Cúpula de Hierro y Honda de David, incluso en pleno despliegue, han demostrado ser incapaces de neutralizar por completo los ataques de precisión iraníes, especialmente cuando se lanzan simultáneamente con ataques de Hezbolá y Ansarullah en un escenario multifrontal.19
Mientras tanto, Irán ha seguido desarrollando sus capacidades ofensivas tanto en el ámbito cibernético como en el aeroespacial. La infraestructura israelí, las redes eléctricas, las plantas de tratamiento de agua y los sistemas de transporte han sufrido reiteradas infracciones por parte de las unidades cibernéticas iraníes, exponiendo la vulnerabilidad de un Estado altamente digitalizado. Solo en 2024, más de 4 000 alertas de ciberdefensa israelíes se vincularon a intentos de intrusión iraníes.20 La estrategia de Teherán es clara: demostrar al enemigo que su frente interno ya no es intocable.
Como era de esperar, Estados Unidos ha intensificado su papel como facilitador estratégico de Israel, tanto a través de la logística como de la cobertura pública. La mayor presencia del CENTCOM21 en Irak, Siria y el Golfo no busca la “estabilidad”, sino proteger las provocaciones regionales de Israel de posibles consecuencias. Sin embargo, el dilema de Washington se agrava: no puede proteger a Israel de una guerra que ha contribuido a crear, ni puede contener una reacción regional que amenace sus propias instalaciones militares. La reciente advertencia iraní de que “cualquier ataque a sus intereses tendrá consecuencias para todas las bases estadounidenses en la región” no es un farol, sino una política calibrada de disuasión extendida.22
En resumen, el conflicto Irán-Israel ha entrado en una nueva fase de escalada, definida no por la lógica tradicional del campo de batalla, sino por la interdependencia estratégica: cada violación israelí ahora corre el riesgo de una respuesta regional, y cada represalia iraní señala un cambio irreversible en las reglas de enfrentamiento.
Teherán entiende que esto no es un simple choque de Estados, sino una guerra de narrativas, de legitimidad y de resistencia. Y en todos los ámbitos, ya sea moral, político o militar, Irán ha demostrado estar más preparado para sostener la estrategia a largo plazo. No busca la guerra por sí misma, pero no teme sus consecuencias cuando la alternativa es la humillación o la rendición.
Como lo expresó sucintamente el líder de la Revolución Islámica, el imán Sayyed Ali Khamenei: “Israel puede iniciar guerras, pero nunca dictará cómo ni cuándo terminarán”.23
La complicidad de Estados Unidos y la arquitectura de la desestabilización
En el corazón de cada agresión israelí, desde el bombardeo de Damasco hasta la destrucción de Rafah, yace la mano firme e inquebrantable de Estados Unidos. La entidad sionista, a pesar de toda su bravuconería y su brillo tecnológico, no actúa sola. Se mueve al amparo de un paraguas estadounidense de protección, financiación e impunidad. Sin el persistente apoyo logístico, diplomático y militar de Washington, el comportamiento regional de Israel sería insostenible. Sin embargo, el papel de Estados Unidos no es meramente de apoyo, sino que es estratégicamente inseparable de la agresión israelí.
1. El paraguas estadounidense: imperio, escalada y la maquinaria de la complicidad
El supuesto compromiso estadounidense con la “seguridad de Israel” ha sido durante mucho tiempo un eufemismo para construir el apartheid, proteger la ocupación y legitimar el genocidio. Desde el inicio de la guerra en Gaza, Estados Unidos ha enviado por avión al ejército sionista decenas de miles de municiones guiadas de precisión, bombas antibúnker y proyectiles de fósforo blanco, muchos de los cuales se han utilizado directamente contra infraestructura civil.24 Esto no es “defensa”; es un asesinato en masa autorizado, digerido por el público global mediante el lenguaje del contraterrorismo y los “valores democráticos compartidos”.
Las bases estadounidenses en toda la región, desde al-Udeid en Catar hasta al-Tanf en Siria y la extensa infraestructura en Irak, conforman una red colonial de proyección de fuerza, utilizada no para proteger a los pueblos de la región, sino para contener el ascenso de actores independientes como Irán, Hezbolá y Ansarullah.25 Estados Unidos afirma disuadir la escalada, pero su presencia es en sí misma una provocación. Como bien lo enfatiza la doctrina militar iraní, no es posible una desescalada seria mientras la ocupación militar extranjera siga siendo un elemento permanente de la vida regional.
Además, el papel político de Washington no es menos peligroso. El veto estadounidense en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se ha utilizado repetidamente para bloquear resoluciones de alto el fuego, encubrir crímenes de guerra y sabotear los mecanismos diplomáticos.26 Con ello, Estados Unidos no solo revela su compromiso ideológico con el proyecto sionista, sino que también erosiona el propio sistema internacional que dice defender. El lenguaje de los derechos humanos, la democracia y el orden basado en normas se derrumba bajo el peso de su moral selectiva y su hipocresía estratégica.
En el Líbano, la política estadounidense es abiertamente coercitiva. Busca desmantelar la legitimidad social de la Resistencia mediante la asfixia económica, campañas de desinformación y la financiación de medios de comunicación y ONG hostiles. Simultáneamente, apoya a colaboradores dentro del aparato estatal, figuras dispuestas a negociar la soberanía a cambio de préstamos del FMI y la aprobación occidental.27 El ultimátum estadounidense es claro: desarmar a la Resistencia, normalizar las relaciones con el régimen sionista o enfrentarse al colapso. Pero esta forma de guerra económica no es nueva; es simplemente una extensión de la misma lógica imperial que arrasó Faluya, sitió Mosul y asoló Yemen por hambre.
2. El papel de Washington en la obstrucción de la soberanía y el empoderamiento de la ocupación
En Siria, la ocupación ilegal por parte de Washington de las regiones ricas en petróleo de Deir Ezzor y su continuo entrenamiento de milicias armadas en Al-Tanf no cumplen ninguna función antiterrorista. Por el contrario, protegen las rutas de contrabando, fragmentan la autoridad estatal y buscan bloquear el corredor terrestre de Irán desde Teherán hasta Beirut.28 Estados Unidos no vino a combatir al ISIS/Daesh, sino a gestionar sus consecuencias e instrumentalizar sus remanentes.
La fachada del contraterrorismo se desmorona al contrastarla con el silencio estadounidense sobre el uso israelí del castigo colectivo, los ataques a campos de refugiados y el asesinato de periodistas, médicos y trabajadores humanitarios. Como señaló el mártir Sayyed Hassan Nasrallah en su discurso de abril de 2025: “Lo que los estadounidenses llaman ‘apoyo a Israel’ es el patrocinio directo de la masacre. No son observadores. Son comandantes.29
Y, sin embargo, esta extralimitación estadounidense no ha sido gratuita. El equilibrio regional ha cambiado. Las bases estadounidenses están cada vez más rodeadas por fuerzas de la Resistencia con capacidad de ataque. Ansarullah ha demostrado su capacidad para paralizar las rutas marítimas del Mar Rojo. Las facciones de la Resistencia iraquí han atacado los puestos de avanzada estadounidenses con creciente sofisticación. Hezbolá ha mapeado todas las instalaciones estadounidenses en el Mediterráneo oriental. E Irán ha dejado claro que cualquier guerra contra él no escatimará fuerzas.30
Lo que Estados Unidos llama disuasión es en realidad una red de guarniciones imperiales, desbordadas, vulnerables y cada vez más resentidas por las mismas sociedades que dicen proteger. Cuanto más tiempo permanezcan estas bases, más se acerca la región a una guerra que Estados Unidos no puede ganar e Israel no puede sobrevivir.
En realidad, el imperio estadounidense ya no está al mando; reacciona, reprime y se repliega. Su poder no reside en el liderazgo moral, sino en la maquinaria de destrucción. Y a medida que la Resistencia avanza, desde las trincheras de Gaza hasta las montañas del sur del Líbano, Estados Unidos se ve menos como una superpotencia y más como cómplice de un colapso regional que él mismo ha provocado.
Dark times lie ahead of us and there will be a time when we must choose between what is easy and what is right.
–Albus Dumbledore.
J.K. Rowling, Harry Potter and the goblet of fire.
Cada mañana el moho me mira en silencio desde la pared de mi regadera, cada mañana me avienta una mirada cómplice y yo le sonrío de vuelta; me convence de que es mi amigo, porque mientras muchos se van, él es constante. Pienso repararlo un día de estos, nada más que me caiga la tanda y llamo al plomero -o a la persona a la que hay que hablarle para este tipo de problemas-. La verdad, yo no creía que fuera un problema mi moho hasta que vi un meme que decía que la Rowling había enloquecido por culpa de un hongo así en la pared de su sala. Y yo, que hasta encontraba seductora la presencia de mi hongo, me gustaba el aspecto que le daba a mi casa, un aspecto brujil.
Nací bruja, lo confieso. Sé las medidas necesarias para cada elixir, tengo que la gata, que la rana, que la araña. Me transformo en cucaracha. Platico con fantasmas y escucho a las plantas, manchas y seres sin ojos. Y sí, soy Hufflepuff.
Las Hufflepuff somos leales, se sabe; y como buena Hufflepuff no logro terminar de odiar a la Rowling. Me leí sus libros, obvio, me los supe de memoria, los siete de la saga, el manual de Quidditch y el de los animales. Soñaba con que era amiga de Hermione, y fantaseaba con que era novia de Ron. En mis sueños me agarro a un pelirrojo.
En fin, crecí, y con eso he sentado cabeza, ya no me sé todos los encantamientos; pero nunca olvidaré las maldiciones imperdonables, una nunca sabe cuándo se le va a aparecer un rufián en un callejón oscuro, y es mejor ir preparada con varita en mano y unos buenos cruciatus.
También he fantaseado con la poción multijugos, no lo voy a negar; voy en el metro y me imagino que le robo unos pelambres a alguna muchacha: que me los echo en la poción y, trácale: chichis y nalgas, y a darle mami; soy una reinota. Pero como ni en los libros ni en los manuales dice cómo hacer la mentada poción; a falta de clases avanzadas de pociones me resigno con ser draga. No te creas, me encanta, me maquillo fantasía, me peino mi peluca de rubia, me ajusto mi vestido azul zafiro y a hechizar.
Ay, pero no faltan luego las señoras que se espantan y los señores que se indignan y que nos dicen que con sus hijos no, que qué les estamos enseñando, que qué son esas mariconerías, ya saben, lo de siempre. Yo siempre digo que si sus hijos les salen jotas no más por verme, es que igual y jotas ya eran, porque mis hechizos son limitados, lo involteable yo no lo volteo, ni yo ni Dios podemos jugar con eso. A lo mucho les lanzo un revelio, y ahí sí se revelan putos, lesbianas y terfas.
Así pasó con la Rowling, le aventaron un revelio y, trácale, que nos sale terfa. No me lo explico, una mujer tan estudiada, tan creativa, un ejemplo a seguir: la divorcian y se sobrepone, mujer libre, con ayuda de un dinerito del Estado se pone a escribir en una servilleta o donde pueda, una historia imposible de brujas y magos que van a la escuela a entender de magia, hasta un proyecto educativo le inventó; lleva su manuscrito a las editoriales y no se rinde hasta que la publican, todavía acepta que le oculten el nombre tras dos iniciales, con el argumento de que no iba a pegar tanto un libro con un nombre mujer en el lomo, y así la Joanne, toma el nombre de su abuela, Kathleen, y se inventa las icónicas iniciales -que yo de chica siempre leía en mi cabeza como Jota Ka-, y así, con apenas 31 años, Jota Ka la rompe y escribiendo de dragones, escobas voladoras, hipogrifos y otras bestias es lanzada a la fama internacional y se vuelve multimillonaria, ¡ídola! Otra confesión: la admiraba tanto que la peluca rubia me la compré por ella, también la pupilente azul.
Pero en los últimos años, ya no sé muy bien qué pensar de mi ídola. Para estar llegando a sus sesenta años, el glamour no le ha faltado… ni las cremas, manita, que claramente usa de las caras. Pero le empezó a dar por pelearse en redes, y sabemos que eso nunca es buen negocio. Y que se engancha entre publicación y publicación, y el resto es historia. Es curioso, la mujer que me metió la idea en la cabeza de que transformarse era posible, que ha luchado hasta por los derechos de los elfos domésticos, también es una de las mujeres que más activamente quiere frenar la lucha por los derechos de la comunidad trans. Yo creo que tendrá alguna razón para haberse puesto tan perra, alguna herida, por decir algo.
Por otro lado, hay quienes parece que la quieren en la silla eléctrica. Y pues, la verdad a mí también de repente ya me desespera mucho, y pienso que por gente como ella tengo que tener preparada la cruciatus por si se me acerca un señor malo en un callejón oscuro.
Noto a varixs emperradxs con ella, también se lo va ganando, pero yo sí creo en la teoría del moho, de que se le metió el hongo en el cerebro, se lo envenenó y la llenó de odio. Cuando publicaron esa teoría sentí dos cosas: por un lado paz; por un lado, miedo. La paz la sentí al pensar que parece fácil quitarse el peligroso enredo de opinar, si puedes culpar a un hongo de cualquiera de tus opiniones funables. En cuanto al miedo, lo sentí ante la posibilidad de que la mente humana fuera tan frágil, tan fácil de manipular.
Todo esto me lleva a pensar que a veces, por todo eso, prefiero mejor no opinar. Y pues Jota, por ejemplo, le pasa que prefiere sí opinar. Dice que defiende así la libertad de expresión. Y es que si todxs opinamos con libertad, posiblemente todxs nos vamos a enojar con alguien, ¿no? Y si es así, tocará soportar.
Sin embargo, Jota es radical: en X habló de “las guerras del género”. Radical y peligrosa situación: ponerle la palabra guerra a lo que nos está pasando, no creo que nos lleve a un buen lugar. No sé muy bien cómo me siento frente a eso, tengo miedo de que en efecto ocurran las “gender wars” que menciona la señora esta. Y recuerdo cuando Dumbledore le dice a Harry que vienen tiempos oscuros, donde habrá que decidir entre lo que es fácil y lo que es correcto… Poco después de ese diálogo, el Ministerio de Magia asigna a Hogwarts a Dolores Umbridge como Gran Inquisidora, y con ella comienzan los tiempos del terror y la opresión en Hogwarts -y un libro después en todo el mundo mágico-. Se inauguran tiempos de buscar culpables, una quema de brujas.
¿Serán premoniciones de lo que viene? No lo sé, pero miro mi hongo y me pregunto si es una advertencia de tiempos oscuros, o solamente una señal de un problema de humedad.
La industrialización del campo, muro sur, 1935, Marion Greenwood (1909-1970), fresco, Mercado Presidente Abelardo L. Rodríguez. Fotografía de Héctor Becerra. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
“Desde que empecé a trabajar, aproximadamente a los diez años, fue por cuenta propia, mi madre se oponía, pero yo lo hacía a su pesar”, recuerda Antonio quien tiene cincuenta y cinco años y está al frente de la economía de su propia familia. Mantiene una apariencia vigorosa, se exacerba cuando cuenta cómo se adaptó a cientos de empleos a lo largo de su vida.
La dureza de su semblante se debe a los ángulos marcados de sus cejas. En la derecha, una cicatriz aparece como un acento sombrío sobre su experiencia del trabajo en las calles. Cuando era menor de edad, vendía Pinol en las casas. En una de ellas, un perro lo tomó por sorpresa y mordió su rostro. Escapó del ataque con la marca que lo acompañaría para siempre.
“Ayudaba a mi madre vendiendo gelatinas y a un hermano boleando zapatos. Después trabajé de cerillo en una tienda comercial, también vendiendo Pinol casa por casa, hasta que entré a trabajar formalmente con un horario fijo y un salario”.
Antonio, desde sus diez años de edad es una de las millones de voces que describen una de las caras de la esclavitud moderna debido a la precarización y un contexto adverso. El fenómeno se refiere a situaciones en las que una persona no puede abandonar una actividad debido a amenazas, violencia, coerción, abuso de poder o engaño, de acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
El trabajo forzoso es una de las formas más comunes de esclavitud moderna. Implica cualquier trabajo o servicio exigido bajo amenaza y para el cual la persona no se ofrece voluntariamente, retención de documentos, acoso laboral y sexual, retención de pagos, o servidumbre por deudas. Este tipo de explotación ocurre en sectores como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico y la minería, y afecta tanto a adultos como a niños, como lo define la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
México ocupa un lugar medio en América Latina en cuanto a prevalencia de esclavitud moderna, que incluye trabajo forzoso, de acuerdo con el Índice Global de Esclavitud de 2023. Entre las causas, resalta el trabajo infantil en mercados, agricultura y actividades ilícitas.
Hay 3.7 millones de niñas, niños y adolescentes de entre cinco y diecisiete años en situación de trabajo infantil, lo que representaba el 13.1% de la población en ese rango de edad. De estos, 2.1 millones realizaban ocupaciones no permitidas, mientras que 1.6 millones se dedicaban a quehaceres domésticos en condiciones no adecuadas, conforme a la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI), publicada en 2023.
Se contabilizaron 1.2 millones de niñas, niños y adolescentes que realizan trabajos considerados peligrosos, como actividades en la construcción, el sector agropecuario o en lugares de alto riesgo. Los menores de edad son explotados con mayor facilidad, pero la situación es similar para miles de mexicanos adultos que se enfrentan al adverso clima laboral.
La informalidad y el acoso laboral los principales peligros
En 2024, el país enfrentó desafíos significativos relacionados con el trabajo forzoso y la esclavitud moderna. Más de 850 mil personas en México vivían en condiciones de esclavitud moderna, conforme a las cifras del Índice Global de Esclavitud. A nivel nacional, hubo un aumento del 15% en las renuncias relacionadas con condiciones peligrosas y acoso. Estas razones representaron el 36% de los abandonos laborales registrados en el primer trimestre de 2024, conforme a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE).
Lorena Vargas, licenciada en derecho que ha desarrollado proyectos de investigación en la Junta de Conciliación y Arbitraje del Valle de Cuautitlán-Texcoco, explica que el abuso más común en México es que el empleado labore tiempo extraordinario. El abuso lo comete el empleador al obligar al trabajador a permanecer más tiempo en su trabajo bajo amenaza de correrlos, descontarles de su sueldo, o hacerles pensar que es su obligación.
“En México siempre hubo una cultura laboral muy mala, incluso cuando una diputada habló sobre la reforma que busca reducir a cuarenta horas la semana laboral, mencionó que el país tiene una gran deuda con los trabajadores”, recuerda Gerardo cuando responde por qué considera que son comunes los abusos en los empleos. Él tiene treinta y cuatro años y ha pasado más de la mitad de su vida en diversos empleos formales e informales donde enfrentó el panorama que reporta la ENOE.
Respecto a los empleos informales, el INEGI reportó que la tasa de informalidad laboral en México se mantuvo alta, alcanzando un promedio del 54% durante 2024. Aunque sería incorrecto generalizar que los casos de informalidad laboral constituyen trabajo forzoso, esta cifra refleja la vulnerabilidad de una gran parte de la población trabajadora.
Este tipo de ocupaciones representan los factores principales de abusos laborales, porque no están regulados. “Son de fácil acceso, y actualmente hay más trabajos informales. Esto da pie a que las personas acepten las condiciones de trabajo por la necesidad económica”, explica Vargas.
La especialista precisa que algunos trabajos informales carecen de los ingresos suficientes para solventar los gastos que requiere tener un empleado. Tampoco pueden otorgar los pagos correspondientes u ofrecerles seguridad social. Sin embargo, ello no implica que deban excederse en el maltrato hacia sus empleados.
“Los riesgos del trabajo informal, precisamente son esos, que permiten las injusticias laborales que queden en la ilegalidad y no puedan ser debidamente salvaguardados los derechos de quienes sufren estos abusos laborales”, puntualiza.
Para Gerardo, la informalidad también significó una desventaja. A los quince años comenzó a laborar en la instalación de líneas de internet, aunque el riesgo era mínimo, laboraba sin seguro social cinco horas de lunes a viernes con ganancias de trescientos a quinientos pesos. Después, a los diecisiete años, fue contratado en una vinatería, donde el horario de ocho horas absorbía la mayor parte de su tiempo.
De forma paulatina, encontró diferencias importantes entre la descripción inicial de las tareas de su cargo y lo que desempeñó a diario. “Querían que fuera a trabajar de limpieza para el inmueble por fuera y que atendiera a su perro”. Además, tenía que surtir con nueva mercancía, cargarla y atender a la clientela en ocasiones.
Horas extras sin paga, las consecuencias de las regulaciones débiles
Lo anterior es sólo un atisbo sutil hacia la situación injusta que enfrentan los trabajadores en México. Vargas considera que la violación a los derechos de los trabajadores y condiciones de trabajo desproporcionadas son posibles ante la necesidad extrema del trabajador. Incluso este fenómeno puede ser un punto de encuentro con el trabajo forzoso.
A pesar de existir una regulación respecto estos temas, “no están debidamente vigilados en cuanto a su cumplimiento”. Vargas ahonda en un vacío legal común para desarrollar su idea. En el caso del tiempo extraordinario, la ley regula el pago del mismo y bajo qué términos se considera creíble la existencia del tiempo extraordinario; sin embargo, permite parámetros mediante los cuales los empleadores puedan evitar pagarlos.
A partir de la reforma al artículo 784 fracción VIII de la Ley Federal del Trabajo, en el 2012, el pago por horas extras podría evitarse. “Se estableció la división de la carga probatoria en la que el trabajador debe demostrar haber laborado más de nueve horas extras a la semana, sabiendo que un trabajador no tiene los elementos fehacientes para demostrarlo”.
El ambiente donde Gerardo experimentó el problema de las horas extra sin paga fue en los restaurantes. “Cuando dicen es de seis de la mañana a diez de la noche, en realidad tienes que quedarte a limpiar unas tres o dos horas más que no te las pagan”. También habló de cuando fue guardia de seguridad, experiencia en la que observó el problema con mayor gravedad. “Trabajas doce horas, pero si un compañero no puede asistir al próximo turno, lo relevan. Te dicen que te pagarán. Al final es una bronca que te lo paguen”.
Durante su vida, Gerardo tuvo oportunidad de continuar con sus estudios e informarse sobre las prácticas ilegales en las que incurren algunas empresas. Por desgracia, tuvo que atravesar por experiencias que incluso terminaron en demandas laborales. Trabajaba para Samsung, su cargo era jefe de área e intentó defender los quince minutos de tolerancia para trabajadores que se presentaran a sus puestos. Una de sus superioras, los regresaba a casa si llegaba diez minutos tarde.
Lo anterior era perjudicial porque las jornadas eran mayores a las ocho horas estipuladas por la Ley Federal del Trabajo (LFT). Por supuesto, nunca pagaban horas extras. “La inconformidad era que, al regresar a casa a alguien, los demás tendrían que cubrir ese trabajo y saldrían más tarde. Por haberlos apoyado, solicitaron mi renuncia que yo nunca pedí y no firmé”.
Fue en ese punto en el que la situación empeoró. Primero evitaron liquidarlo de acuerdo con lo estipulado en la LFT: tres meses de salario, veinte días del sueldo base por año trabajado, aguinaldo y una cantidad proporcional del bono de vacaciones. “Me querían dar un monto menor y me dijeron que la oferta caducaría al salir de la sala de Recursos Humanos”, recordó con indignación.
Después, la empresa intentó privarlo de su libertad. “No te puedes ir hasta que entregues tus credenciales y toda tu documentación que pruebe que trabajaste aquí”, relata la forma en que intentaron intimidarlo. Gerardo supo que se trataba de una treta para que fuera imposible que él demandara y demostrara que fue contratado en esa empresa.
“Tuve que amenazar con marcarle a una patrulla para salir de ahí”, recuerda apenas crédulo de lo que hizo para defenderse aquel día. En otra experiencia laboral, tuvo que unirse a una demanda colectiva contra una empresa que se rehusaba a finiquitar a sus trabajadores. “Exigimos lo que marcaba la ley durante un año y dio frutos. En ese entonces querían darme sólo 6 mil pesos, pero tras ganar la demanda, obtuve 30 mil”.
El caso de Gerardo podría describirse como uno de éxito. A nivel nacional en 2023, los conflictos de trabajo solucionados fueron 116 mil 626. El 33.6% de ellos, se solucionaron con convenios favorables para los trabajadores y empleadores. La cifra anterior significa que 2.1 personas trabajadoras por cada mil personas ocupadas lograron solucionar o llegar a un acuerdo en sus demandas de conflictos de trabajo, de acuerdo con el INEGI.
La voz de la minoría es la de Antonio. Cuenta que llevaba nueve años laborando en una empresa hasta que un día sus empleadores restringieron su acceso al contrato. Al poco tiempo, lo despidieron de forma injustificada. “Después de eso mi futuro fue incierto”.
La desigualdad social y la infravaloración del trabajo, pilares del abuso laboral
Gerardo considera que la justicia laboral llega tarde porque quiere compensar a las empresas. “Quieren atraer a la inversión extranjera a costa de abaratar la fuerza laboral”. Él entiende que los derechos laborales son importantes y celebra que las nuevas generaciones evitan emplearse en lugares donde la explotación es normalizada.
La lectura del hombre podría estar cerca de la realidad, aunque Vargas agrega un elemento decisivo: la desigualdad social. En sus palabras, el problema crea el estado de necesidad de las personas que las llevan a aceptar trabajos con condición que transgreden sus derechos laborales.
“También está el trabajo informal”, agrega Vargas. En esta situación impera el desconocimiento de los derechos laborales, así que las personas ceden a condiciones contra la ley por la desesperación de encontrar alguna ocupación redituable para ellos. La especialista también mencionó más componentes que afectan al clima laboral: “temas políticos, el excesivo cobro de impuestos a las pequeñas empresas (PYMES) y las extorsiones que sufren estás empresas”.
Aunque una solución resulte impensable para el contexto adverso, Vargas propone lo que considera un paso hacia la dirección correcta. “Un mayor avance en su legislación laboral en cuanto a su estricta vigilancia y cumplimiento”. También sería necesario mejor regulación con las PYMES, “que den oportunidad a que puedan dar cumplimiento con las leyes, que son las que tienden a estar más en la informalidad”.
En 1725 el compositor veneciano Antonio Vivalidi (1678-1741) publicó una serie de doce conciertos para violín y otros instrumentos bajo el título de Il cimento dell’armonia e dell’inventione. Los primeros cuatro, dedicados a cada una de las estaciones del año, han sido tremendamente populares desde ese entonces. Le quattro stagioni o Las cuatro estaciones, pueden fácilmente ser ubicadas en el conjunto de piezas de “música clásica” que por su constante repetición tanto en cine como en televisión, se han consagrado como clichés, envueltas en un superficial halo de “elegancia” y “sofisticación”.
Más allá de su fama transhistórica, esta serie de conciertos para violín tienen características musicales, estilísticas y conceptuales, de gran valor histórico, que han quedado ciertamente enterradas a costa de su popularidad.
En primera instancia, la obra de Vivaldi -sacerdote de formación-, contribuyó con la consolidación de ciertos géneros y formas de la música clásica como parte del complejo desarrollo musical de los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, la forma músical del concierto (concerto), que es una pieza escrita para un instrumento solista (o grupos de dos o tres) acompañados de una orquesta; en el caso de Las cuatro estaciones, el instrumento solista es el violín.
Cada concierto, es decir, cada estación, está acompañada de un soneto que evoca los paisajes y sensaciones de cada una de ellas. El alegre canto de las aves al llegar la primavera, las violentas tormentas del verano, el gozo de los campesinos en otoño y el crudo frío del invierno, son representados con el lenguaje musical. Se trata de un acto de traducción de imágenes verbales o no verbales al plano de la música. Las obras que parten de tal principio, han recibido diversos nombres a través del tiempo: música programática, música descriptiva o poema sinfónico. Por ejemplo, la música encargada para acompañar una obra de teatro o un filme, se le llama música programática. Lo que es claro es que no se sabe si Il prete rosso -“el cura rojo”, como le apodaban a Vivaldi por ser pelirrojo-, escribió los sonetos.
La descripción de las estaciones del año se presenta desde un punto de vista de las personas que habitan el campo. Los ciclos agrícolas, las lluvias, el clima y las festividades asociadas a estos fenómenos ambientales son representados no solamente en los poemas, sino en la música. Esta recuperación dramática de tópicos mundanos contrasta con ciertas grandes piezas del periodo barroco que florecieron en la propia devoción de la fe católica.
Esto se podría describir en los términos del filósofo ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría. En su libro La modernidad de lo barroco, menciona que una de las características del ethos barroco, es la estetización de la vida cotidiana. Esto quiere decir que, ante la ruptura entre el tiempo productivo y el tiempo cotidiano que trajo consigo la modernidad capitalista en el siglo XVI, la cultura barroca optó estratégicamente por evadir dicha ruptura buscando que la vida cotidiana también fuese una fuente nutricia de inspiración y receptáculo de la belleza, más allá del ámbito festivo propio de la iglesia y la fe.
Estos sonetos promueven imágenes agrícolas, un repertorio de cantos de aves, paisajes rurales, narrando a su vez las adversidades de las personas que trabajan en las campiñas. Todo ello es trasladado a un universo de evocación musical. Por ejemplo, El Verano, está compuesto en una tonalidad menor, que culturalmente en occidente, suele identificarse con una emocionalidad melancólica, triste y pesarosa. Ello imprime un carácter de adversidad al paisaje y clima veraniego en el agro.
Aquí se reproduce el poema:
Bajo dura estación por el Sol encendida
Languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;
Suelta el cuco la voz, y cuando la entienden
Cantan la torcaz y el jilguero.
El Céfiro dulce sopla, pero en disputa
Se mueve Bóreas de improviso a su lado;
Y llora el zagal, porque suspendida
Teme a la fiera borrasca, y su destino.
Roba a sus miembros laxos el reposo
El miedo al relámpago, y los fieros truenos
¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!
¡Ah, que son sus temores verdaderos!
Truena y fulmina el cielo y granizoso
Trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.
Resulta interesante la aparición de Céfiro y Bóreas, alegorías de los vientos. El primero era, en el panteón griego, dios del viento del oeste, de “aliento dulce” y personalidad parsimoniosa; y el segundo, el dios de los helados vientos del norte que bajaban durante el invierno, de carácter fuerte y violento. Compás 78-89.
Céfiro es representado por unos suaves violines oscilantes, que aparecen en tranquilidad, agudos y ligeros, y cuando irrumpe Bóreas con vigor, las cuerdas irradian mayor potencia y presentan figuras melódicas descendentes.
De esta forma se pueden hallar decenas de alegorías y traducciones musicales del universo que albergan los sonetos de Las Cuatro Estaciones. Un importante ejemplo del proceso de estetización de la vida cotidiana rural en una época en la que el sol de la modernidad comenzaba a deslumbrar las miradas de Europa
En todo caso, no sobra manifestar que la invitación a escarbar en tumbas de los “grandes” compositores es necesario para comprender mejor sus piezas y visualizarlas en el complejo entramado simbólico en el que se crearon, es también un llamado a no dejar de mirar piezas artísticas que viven prisioneras de su estatus “clásico” y que no distan mucho de los lugares comunes, pues, aunque pareciera que no es así, nos siguen hablando en el presente.
Tal vez la consigna es de corte actitudinal: para que las cosas que aún vociferan esas piezas sean significativas, es importante aproximarse con preguntas diferentes y agudamente formuladas.
“Buenas tardes a todos los medios de comunicación, a todas, todos y todes gracias por asistir, unidos en la defensa de lo que nos pertenece: la historia, la tierra, los barrios, los afectos. Hoy no sólo marchamos por nuestras calles mexicanas, hoy caminamos con la memoria viva del pueblo cubano que un 26 de julio de 1953 se atrevió a imaginar una nación y un mundo distinto, aquel día hombres y mujeres jóvenes decidieron que la dignidad no podía esperar, que ni el miedo, ni el poder, ni el hambre la iba a callar.
Hoy nosotros también tuvimos que alzar la voz porque la gentrificación en la Ciudad de México, como en muchas otras partes del país, no es sólo una transformación urbana sino una forma de despojo disfrazada de progreso; es ver cómo nuestras panaderías de siempre, nuestras tiendas, nuestras vecindades son arrastradas por proyectos que no piensan en nosotros sino en quienes pueden pagar más.
Es ver cómo el sentido de comunidad se diluye en cafés gourmet y alquileres impagables, pero no estamos en contra del cambio sino de un cambio que se hace sin nosotros, un cambio que nos excluye, nos borra, nos silencia. El pueblo cubano, en medio de apagones, de escasez y dificultades que parecen interminables, sigue demostrando que la resistencia no se mide en resultados inmediatos sino en el coraje de seguir soñando. Ellos, como nosotros, entienden que la lucha es colectiva, cotidiana, que no hay victoria sin comunidad.
Por eso hoy convocamos a todos los sectores: estudiantiles, trabajadores, académicos, artistas, amas de casa, vecinos, migrantes, jóvenes, adultos mayores, comunidad LGBT+ y trabajadores sexuales. No queremos ser espectadores de nuestra propia historia, queremos ser partícipes de una transformación que incluya e integre a todos. A nuestros hermanos cubanos les decimos que aquí, en esta tierra, también aprendimos a resistir. Y al pueblo mexicano, le recordamos que la memoria en nuestros barrios también es memoria de lucha, que por cada casa con graffitis que desaparece, por cada renta que nos expulsa, por cada convenio establecido, nace también una nueva conciencia colectiva.
Hagamos del derecho a la ciudad un canto popular: que nuestra diversidad sea nuestro escudo, que la historia de Cuba y la nuestra dialoguen, se abracen y que juntas nos enseñen a resistir y también a construir. Vamos a defender a nuestros barrios, nuestras historias y nuestras formas de vivir porque lo que nos une no es solo la indignación sino nuestra esperanza por un mejor mañana: hasta que vivir en dignidad no sea un privilegio sino un derecho. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”
Frente por la Vivienda Joven
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La cita de la 3ª Marcha anti-gentrificación fue a las 2 de la tarde en el Hemiciclo a Juárez. Yo salí de Ayuntamiento solo un poco antes de esa hora. Pasé al cajero y en la fila observe a dos gringas, una con rasgos asiáticos, la otra pelirroja, llevaba una cámara pequeña con micrófono. Pensé por un segundo que quizá irían a la marcha, pero ese prejuicio cambió por otro: las faldas floreadas, las sandalias y el sombrero contra el sol dictaban que para ellas era un fin de semana más de turismo en el centro de la ciudad.
Caminé sobre Balderas con dirección a Juárez hasta Independencia. En la acera del Teatro Metropólitan ya se anunciaba lo que vendría: una cohorte de autobuses azules policiacos ocupaba una larga fila.
*
Son 2:15, estoy a pocos metros del punto de reunión y no se ve mucho movimiento ni ambiente de marcha: el Metrobús funciona con regularidad, el sol brilla, hay familias que pasean y novios que caminan con su helado en las manos. Me parece un sábado normal, excepto porque en la Plaza de la Solidaridad hay un grupo de unos 50 policías con chaleco naranja y escudos. No hacen nada, esperan en fila. Más adelante, un grupo de geeks alrededor del José Martí juega Pokémon GO. Cuando llego al Hemiciclo, siento el sol durísimo, busco contingentes, pancartas, grupos de manifestantes, pero nada. En su lugar hay una pequeña multitud de camarógrafos, fotorreporteros y periodistas esperando, platicando, viendo.
Hay otro grupo nutrido de personas, que según leo son personal de gobierno. Traen chaleco naranja (mismo tono de los polis, pero diferente) y lo descubriré más tarde: son una unidad de enlace y protección entre dos bandos claramente opuestos y en constante tensión: ellos serán los encargados de mediar entre los cuerpos policiacos y los marchantes.
Y como se va haciendo costumbre, banderas de Palestina ondean aquí y allá.
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El primer choque vino antes de empezar la ruta. Un enjambre de periodistas corrió y se arremolinó, parecía una represión policial en la barda metálica del Hemiciclo. O al menos eso era lo que algunos de los manifestantes gritaban. Todo fue caos, gritos y empujones hasta que un azul, como alada victoria salida de la muchedumbre, mostró en lo alto el trofeo y posible causa del desmadre: un bat de beisbol arrancado de las manos de uno de los asistentes. Un bat de madera bastante cuidado y brilloso, por cierto. La policía cumplía su deber: prevenir el crimen y la maldad. Quedaba registrado.
Eso fue lo que permeó la breve marcha: el centro de la ira, los insultos y los brevísimos ataques fueron contra los policías. “¡Hay que estudiar, hay que estudiar… el que no estudie a policía llegará!” “¡Policía consiente, se da un tiro en la frente!” “¡Qué feo, qué feo, qué ha de ser reprimir al pueblo para poder comer!” Fueron las consignas que se repetían una y otra vez.
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“A la prensa queremos comunicarles, expresarles que hace unos instantes sufrimos un despliegue policiaco de represión en contra de las juventudes, en contra de la comunidad sexodiversa, en contra de las mujeres que el día de hoy venían a manifestarse de forma pacífica: en contra de la gentrificación, en contra del desplazamiento de miles y miles en las periferias; en ese sentido, llamamos a una movilización pacífica que dialogue con distintos sectores. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”
Dijo uno de los dirigentes de la marcha.
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Para evitar mayores confrontaciones hubo un repliegue de policías. La marcha comenzó y la ruta que estaba prevista no se enfiló hasta la embajada de Estados Unidos, sino que cambió hacia el zócalo. Y me parece que ahí, en ese cambio repentino de dirección, se destanteó el cuerpo policiaco: improvisaron, corregían acomodos, corrían para adelantarse a los marchantes, redefinían agrupaciones, cambiaban las tácticas: de ida sólo ocupaban las aceras, pero de vuelta, estaban a ras de piso, cosa que encendía los ánimos.
Los marchantes por su parte apenas llegaron al medio centenar de personas, quizá pocas más, pero se sentía un desinfle en la asistencia: esperaba contingentes, diferentes sectores, vecinos indignados contra la gentrificación, pero en esta marcha solo hubo un grupo de personas universitarias, lo digo por la edad, los modos, los cuerpos, la energía y cierta inexperiencia tanto para tomar el megáfono, encausar la marcha, como para negociar la disolución y fin de la caminata.
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En esos bandos cada uno vivió su propia narrativa y ficción. Los policías hicieron su papel de policías: malencararse, mostrar, aunque solo en gesto, cierta ira, cierto resentimiento, cierto desprecio; exhibir el poder de la superioridad numérica, controlar, bloquear, reencauzar la ruta de la marcha… y una gran tozudez para leer y anticiparse a las acciones. Ateneas, Zorros, Guerreros eran los nombres de los diferentes sectores presentes.
Del lado de los manifestantes, también se construía una ficción que me parecía muy particular: emular al arquetipo del revolucionario. Sentí por varios momentos que sobredimensionaron hechos aislados y particulares, como los choques; el actuar dos policías: ambos se atrevieron a grabar y eso detonó breves incendios que fueron apagados por los cuerpos naranjas del gobierno; o elevar a rango de represión los forcejeos esporádicos, el encapsulamiento y el último encontronazo a las afueras del metro Juárez. Tampoco le lavaré la cara a una institución que históricamente ha sido el brazo oficial de represión y que ha actuado con criminalidad e impunidad en no pocas ocasiones, pero aquí, hoy, no hubo sangre, toletazos, detenciones ni órdenes directas para reprimir a la vieja usanza. También tampoco. Hubo dos bandos que difícilmente se podían comunicar con un árbitro naranja de por medio.
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La represión como marca y señal de experiencia, como cicatriz, como trofeo de guerra, como viaje iniciático, como la prueba de veracidad de su queja, como la cercanía al héroe histórico anti-imperialista.
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Hubo tres intervenciones de parte de los dirigentes. Al inicio, en el supuesto final, cerca de Monte de Piedad y casi al último, cuando se tapó la marcha y se decidió hacer una protesta, pero sentados en medio de la calle “hasta que la policía dejara de cercarlos”: la parte más floja del recorrido, incluso pidieron llenar esa espera con micrófono abierto y poemas revolucionarios. El discurso transcrito al principio resume el sentido de la marcha y la filiación ideológica e histórica. Fuera de ello, la queja era simple e incluso propia y vieja: los recorridos largos y extenuantes desde la periferia hasta los centros laborales y educativos, la crecida de los precios debido a la gentrificación y el poco dinero para navegar esa contracorriente por parte de un sector poblacional que sufre desde siempre la desigualdad de clases.
“¡Vivienda primero, a la hija de la obrera!” “¡Vivienda después, a la hija del burgués!”
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Por otro lado, el recorrido de la marcha fue corto y reiterativo: Hemiciclo, Av. Juárez, Eje Central, 5 de Mayo y esquina con calle Monte de Piedad. Luego en reversa por la misma ruta hasta parar otra vez en el Hemiciclo: avanzar y detenerse en Juárez y Balderas, intentar llegar al metro Hidalgo, recular e ir hasta el metro Juárez de nuevo, donde, tras un último choque que se vivió como una estampida de policías, marchantes y árbitros naranjas por doquier, intentando frenar la violencia que escaló, pero no incendió ni se propagó más allá, la marcha se disolvió y apagó tras las puertas del metro.
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La marcha terminó como empezó: con más periodistas que marchantes, más policías que vecinos, más consignas recicladas que demandas concretas. Se gritaron muchas cosas, se alzaron pocas manos, se caminaron unas cuantas calles y se retrocedieron las mismas. Al final, entre escudos, micrófonos y versos revolucionarios, no quedó claro si marchábamos contra la gentrificación… o solo hacíamos una performance de la indignación. Tal vez, en esta ciudad donde todo sube —menos la participación—, el verdadero desplazamiento no sea territorial, sino simbólico: protestar se ha vuelto un gesto más del paisaje urbano, como los cafés de especialidad que tanto odiamos. ¿Y si el problema no es que nos desplacen, sino que ya no sabemos desde dónde resistir?
Mientras tanto, al final, el sol siguió cayendo sobre el Centro como si nada hubiera pasado. Los policías volvieron a sus camiones, los manifestantes a sus rutinas, y los barrios, esos que dicen defenderse, quedaron donde siempre: a la espera.
Portada de “Pedro Páramo”, Juan Rulfo. Ediciones Cátedra, 2023.
“Y se disolvieron como sombras” dice el narrador de la novela de un grupo de arrieros que conversan sobre los acontecimientos en Comala —se están llevando a cabo los funerales de Miguel Páramo—, una conversación que termina con una disolución. Ese episodio y esa frase cifran para mí Pedro Páramo —al menos algunos de sus aspectos de lo que se estima de la novela rulfiana—: unas voces casi incorpóreas que se desvanecen apenas enuncian lo que ven de Comala.
“Y se disolvieron como sombras” puede describir no solo a los arrieros cuyas voces no se vuelven a escuchar, sino a todos los habitantes de Comala y al conjunto de personajes de Pedro Páramo. En un sentido más llano, ¿no es acaso lo que pasa con todos los personajes de una novela al cerrar el libro —la obra de Rulfo, por supuesto, pero también cualquier obra—? ¿No vuelven a las sombras los habitantes del mundo narrado una vez que se termina con la lectura? La respuesta fácil, rápida, es sí. Pero no es, ni por pienso, la única respuesta. Porque sí, los personajes se disuelven, pero no desaparecen, sus voces, sus acciones siguen reverberando en la mente de quien ha leído —y aquí lo que se puede decir de toda obra que ha alcanzado el grado de arte en la novela se ha de decir también de Pedro Páramo—.
Ese cifrado se da porque en esa frase-párrafo están expresadas muchas de las características del estilo rulfiano, el estilo con el que se labran sus cuentos, pero sobre todo la novela. La anfibología sobre los sujetos de la frase, el acto con el que dejan la narración, el símil evocador y poético, solo por mencionar algunas de esas características. Los arrieros conversan y su voz se torna la voz narradora y una vez que callan no solo dejan el espacio narrativo, que observa Comala, sino que lo hacen disolviéndose como sombras. Así, se muestra la forma en la que el resto de los personajes de Pedro Páramo actúan: a veces son meras voces que siguen rumiando su existencia, que vuelven a pronunciarse con el rumor de la lluvia, los murmullos a los que aludía uno de los primeros títulos que poseyó la novela.
Son las voces de los personajes la clave con la que se construye Pedro Páramo. Primero la de Juan Preciado que en primera persona nos lleva a Comala, a quien acompañamos en la búsqueda del padre ordenada por su madre; en uno de los arranques de novela más memorables de la literatura mexicana —y me atrevo a aseverar que de la literatura en lengua española—. Después las voces de los demás habitantes de Comala y la Media Luna se van entretejiendo para hablar de sus vidas, para mostrar el rencor vivo que es Pedro Páramo.
Juan Rulfo declaró, en una entrevista de 1979 —hecha por Ernesto González Bermejo y Juan E. González, y que se publicó en dos versiones firmadas por cada uno de ellos—, que a través de la escritura de los cuentos de El Llano en llamas encontró la llave que le permitió abrir la puerta de la escritura de la novela. Bermejo González lo consignó así: “Empecé con El Llano en llamas: un cuento —“Luvina”— me dio la clave”. Mientras que Juan E. González ofrece las palabras de Rulfo de la siguiente manera:
Sí, “Luvina” creo que es el vínculo, el nexo… “Luvina” es aquel profesor que va a un pueblo desértico, abandonado… Y, concretamente, el monólogo en donde cuenta a otro profesor, que va en su sustitución, qué es Luvina. De pronto aquél cae borracho… y esa atmósfera me dio, poco a poco, casi con exactitud, el ambiente en que se iba a desarrollar la novela.
Un hombre habla de un pueblo, el pueblo al que va otro hombre, que es a quien el primero dirige sus palabras. Se entiende porque Rulfo dice haber encontrado con ese cuento la clave para escribir la novela. Ciertamente la atmosfera de Luvina ya es una anticipación de la opresiva atmósfera de Comala. Al leer la novela se tiene la tentación de emular la pregunta que el profesor que habla de Luvina le hace a su esposa cuando llegan a ella: “¿Qué país es este, Agripina?”. ¿Qué lugar es este, Juan Rulfo?
Comala es un pueblo en el que solo quedan los muertos, abandonado, árido. Caben ciertos paralelismos con Nagy-Mihaly de El barón Bagge, pero mientras el narrador de Lernet-Holenia, el barón que da título a la obra, es el único superviviente después de descender al pueblo de los muertos y regresar y contar lo que allá vio, en Pedro Páramo Juan Preciado también muere y, aunque es la voz que introduce a la novela, no es el único narrador —además divergen en sus atmósferas, casi opuestas de los dos pueblos: mientras en Nagy-Mihaly la cualidad de espacio de los muertos se da por medio de referencias hacia el frío y el clima invernal, en Comala se construye por el calor y la sequedad —“Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija—”. Lo ultraterreno se construye a través de la atmósfera, pero, como he apuntado, de signo opuesto entre Rulfo y Lernet-Holenia; aunque coinciden en que en ambas el título es un nombre propio —en Rulfo los nombres propios pesan y significan, el apellido del protagonista ya apunta a la condición del lugar en que acontece la novela, condición de la que él mismo es responsable, mientras que su nombre es la piedra sobre la que se asienta todo el pueblo, la novela toda; el mandato cristiano al apóstol invertido (Mateo 16:18)—.
Sin su atmósfera opresiva, de aire muerto, Comala no sería para nosotros Comala. Pero, antes de la atmósfera están los personajes. Así se lo dijo a Juan E. González en la conversación mencionada arriba:
Al personaje, primero, tengo que imaginarlo, luego gestar sus características; después vendrá la búsqueda de cómo habrá de expresarse. Cuando todo esto haya concluido y no existan contradicciones, lo ubico en una determinada región… y lo dejo en libertad. A partir de ese momento sólo me dedico a observarlo, a seguirlo. Tiene vida propia, y mi tarea se simplifica a ese extremo de no tener otra cosa que hacer más que seguirlo.
Contrario a lo que muchos han argumentado, los personajes no hablan con la voz del pueblo —Heriberto Yépez lo dice, por ejemplo, en el prólogo a la edición de bilingüe náhuatl-español: “Supo capturar formas de contar historias que escuchó desde su infancia”—. El mismo Rulfo en diversas ocasiones se opuso a ese juicio, no era el mero compilador de la variante lingüística del español mexicano hablada en el sur de Jalisco de principios del siglo XX; de haber sido así cualquiera con una grabadora hubiera podido hacer lo que Rulfo hizo con el lenguaje. Fue tal su trabajo con la lengua que logró dar a sus personajes voces tan poderosas que se tiene la sensación de que se trata de personas reales —ahí radica el seguimiento del que habla, seguimiento que, sin duda, aprendió a hacer con la construcción de los cuentos de El Llano en llamas—. Su maestría consistió, justamente, en lograr que se tuviera la sensación de que es un habla real, de los pueblos, de que debió haber un sitio donde la gente hablaba como los personajes de su novela. Pero, como cualquiera que haya escuchado el habla de las regiones rurales mexicanas, los campesinos no hablan así —de hecho, en la novela, pocos son los campesinos que aparecen—, no hay muletillas o apócopes que en el habla urbana se prefiere evitar; no, la sensación de habla real Rulfo la construye a través de su fraseo, de su concisión, del medido y preciso uso de adjetivos.
En Pedro Páramo la voz es el personaje, seguimos a un personaje porque seguimos su voz. Así queda claro desde que Juan Preciado comienza a narrar. Y cada vez que uno de los muertos de Comala irrumpe en la narración, haciéndola propia, contando su parte de ese mundo. Damiana Cisneros lo plantea así cuando ejerce de Virgilio a Juan Preciado —la comparación no es gratuita, Comala es el inframundo y el primer narrador hace las veces de Dante descendiendo a los infiernos con varios guías mientras lo hace: Abundio Martínez, Eduviges Dyada y Damiana Cisneros, cada uno revelándole un aspecto del universo al que se adentra, revelación tanto para él como para quien lee. “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vive mi padre, un tal Pedro Páramo” hace las veces de la advertencia en la entrada infernal: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate; Dejen toda esperanza quienes entran—:
Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.
Esas voces vienen del pasado, algunas de cuando Comala era otro pueblo, estaba vivo y era verde. Así, la primera vez que se ve a Pedro Páramo es cuando él era niño, un niño que observa la lluvia que acaba de caer —Rulfo, en los fragmentos narrativos, asienta a través de los contrastes los saltos temporales; la narración que inicia con Juan Preciado comienza a ser narrada por otros y a cambiar si no de espacio sí de tiempos: desde el presente del hijo que vino a buscar a su padre hasta la infancia de ese padre y la forma en la que se hizo del pueblo y después lo condenó—.
Una vez que ese primer narrador muere y termina en el panteón las voces se imponen, irrumpen casi desarticuladas, removiendo la memoria de cuando estuvieron vivas, cuando esas voces procedían de un cuerpo.
—Cuando vuelvas a oírla me avisas, me gustaría saber lo que dice.
—¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo.
—No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con los muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.
—No creas. Él la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que pasó el resto de sus años aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo. Desalojó sus tierras y mando quemar los enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros que porque le agarró la desilusión; lo cierto es que echó fuera a la gente y se sentó en su equipal, cara al camino.
Las voces construyen la novela, pero también se hacen presentes sin siquiera decir nada. Juan Preciado las escucha desde su tumba y sabe en qué sitio ha llegado, que es parte ya de Comala y la herencia de Pedro Páramo.
—No se le entiende. Parece que no habla, solo se queja.
—¿Y de qué se queja?
—Debe ser por algo. Nadie se queja de nada. Para bien la oreja.
—Se queja y nada más. Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir.
Rulfo logra construir la novela a través de pequeños fragmentos, algunos los han llamado capítulos. Esos fragmentos van construyendo Comala y su gente, el destino de Juan Rulfo y de todas las personas que tuvieron el infortunio de encontrárselo. La lectura es la que los va hilando, la que construye el tapiz de ese mundo, ese inframundo que es Comala con la resonancia de las voces de los muertos.
Pedro Páramo es un rencor vivo porque nunca pudo poseer a Susana Sanjuan, aunque tuvo su cuerpo, porque la perdió y el pueblo en lugar de condolerse con él celebraba sus fiestas. “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”. Y el único momento en el que acepta ser vulnerable es ante su deseo por la única mujer que amo.
El sudor y el polvo; el temblor de la tierra. Cuando vio los cocuyos cruzando otra vez sus luces, se dio cuenta de que todos los hombres se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro comenzando a desgajarse por dentro. Pensó en Susana Sanjuan. Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir apenas un rato. Aquel pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba echar fuera su corazón por la boca. “Puñadito de carne”, le dijo. Y se había abrazado a ella tratando de convertirla en la carne de Susana San Juan. “Una mujer que no era de este mundo”.
Pedro Páramo desde su equipal a la entrada de la casa en la Media Luna rumió su rencor, el abandono en el que dejó no solo a Dolores Preciado y a su hijo Juan, sino a toda Comala —cabe aquí recordar “La herencia de Matilde Arcángel”, uno de los cuentos de El Llano en llamas en el que Euremio Cedillo guarda un profundo rencor a su hijo homónimo por haber sido la causa de la muerte su madre, aunque el rencor de Pedro Páramo es más profundo y su huella más profunda—. El rencor del hombre poderoso condena no solo a sus hijos, que son todos o casi en Comala, sino al pueblo mismo, y lo hace tanto en el plano carnal, al cruzarse de brazos, como espiritual al enfrentarse al padre Rentería. Es él el responsable de que Comala se convierta en un pueblo de fantasmas.
El padre Rentería que se enfrenta al poder y luego se doblega a él por dinero, pero que, aun así, se niega a perdonar. García Márquez encontró en una de las apariciones del sacerdote la frase para abrir Cien años de soledad:
El padre Rentería recordaría muchos años después de la noche en la que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche que murió Miguel Páramo.
Así se muestran las posibilidades de lectura de Pedro Páramo, que entre sus muertos es posible encontrar ecos no solo de la vida en Comala de muchos años antes, sino de otras obras y sus voces que se dejan escuchar, de una u otra manera, en obras posteriores.
¿Qué es la literatura si no las voces de los muertos? Pedro Páramo es una continuación de esas voces, no solo porque las reafirma con los murmullos de los muertos de Comala, sino porque tiene resonancias de múltiples tradiciones —desde el Gilgamesh que desciende al inframundo en busca de la eternidad y para salvar la vida de Enkidu hasta el Baron Bagge, pasando por la Odisea, la mitología griega y el Dante de la Divina Comedia, por mencionar solo a algunas de las obras cuyos ecos resuenan en las páginas de Pedro Páramo para ofrecer un nuevo descenso a los infiernos, un descenso al infierno particular y mexicano.
El pasado 18 de julio, el gobierno de Javier Milei anunció el inicio del proceso de privatización de la empresa que ofrece el servicio de agua y saneamiento en la ciudad de Buenos Aires. Entre las compañías favoritas para ganar la licitación pública se encuentra la estatal israelí Mekorot, responsable a su vez de restringir el acceso al agua a los habitantes de la Franja de Gaza.
La gestión, distribución y control del agua no se limitan a las lógicas estatales o municipales; se insertan en una cartografía global donde compañías trasnacionales, fondos de inversión y alianzas geopolíticas compiten por hacerse con el control de este derecho básico.
Mekorot ha sido exportadora de tecnología hídrica a varios países, incluido México, pero también ha promocionado un modelo de gestión donde la infraestructura y el acceso al agua se entrelazan con lógicas de vigilancia, control poblacional y seguridad nacional. La intención del gobierno argentino de entregarle parte del sistema de agua a Mekorot no puede leerse sino como un gesto político. No es agua lo que se privatiza: es soberanía, es privacidad, es ciudadanía.
Ciberguerra
Lejos de los tanques y los misiles, fuera de la tierra, el mar, el aire y el espacio, el nuevo dominio de la guerra tiene como escenario redes, servidores y sistemas de control industrial. En este dominio, conocido como ciberespacio, Irán e Israel llevan años enfrentándose en un conflicto encubierto que va desde la infiltración de sistemas bancarios hasta sabotajes digitales a plantas de agua.
Israel ha desarrollado grupos como Predatory Sparrow, un colectivo de ciberoperaciones que ha atacado infraestructuras críticas en Irán. En 2023, el grupo llevó a cabo ataques que paralizaron 70% de la red de estaciones de gasolina iraníes. Más recientemente, estos ataques se han dirigido hacia bancos e instituciones financieras, buscando no solo el caos, sino la desestabilización psicológica de la población.
Irán, por su parte, ha intensificado su presencia en el ciberespacio, al crear redes complejas de espionaje y contraataque digital. Los ataques iraníes han impactado incluso a empresas tecnológicas en Estados Unidos, aliadas de Israel, y han comprometido la seguridad de sistemas de identificación digital.
Estas acciones no se limitan a sabotajes ocasionales. Forman parte de una estrategia continua para desgastar al enemigo desde dentro, al generar desconfianza, caos económico y vulnerabilidad en sectores clave. La ciberguerra no busca conquistas territoriales, sino debilitar la infraestructura que sostiene la vida cotidiana.
Agua
Los sistemas de agua potable no están exentos de esta ciberguerra. Israel ha acusado a Irán de intentar sabotear su suministro de agua, mientras que Irán ha denunciado ataques que afectan el abastecimiento a sus principales ciudades.
Estas acciones inauguran un nuevo tipo de conflicto. Uno donde, a distancia y sin riesgo, se ataca lo vital, lo elemental, lo invisible. No se bombardean ciudades; se envenenan silenciosamente sus reservas de agua, se colapsan sus bancos, se oscurecen sus redes.
Los sistemas SCADA (Supervisory Control and Data Acquisition), encargados de controlar procesos industriales como plantas de agua y electricidad, se han convertido en blancos prioritarios. Un ataque exitoso a estos sistemas podría paralizar ciudades enteras sin la necesidad de un solo disparo.
El riesgo en Buenos Aires
La privatización del agua en Buenos Aires no puede interpretarse sino como una apertura a esa guerra silenciosa. Al delegar el control del sistema hídrico a una empresa extranjera, el Estado argentino se vuelve vulnerable a lógicas que no están guiadas por el interés público, sino por agendas de poder.
La experiencia internacional demuestra que las empresas hídricas privadas, incluso cuando son estatales en su país de origen, operan en el extranjero como brazos de influencia. Mekorot no solo trae tecnología, trae también protocolos de ciberseguridad alineados con las prioridades de Israel, lo cual puede generar conflictos de soberanía informática.
Además, la infraestructura crítica está entrelazada con sistemas digitales que pueden ser hackeados, manipulados o utilizados como armas. La empresa que administre el agua en Buenos Aires también tendrá acceso a datos sensibles de millones de personas: direcciones, consumos, patrones.
La relación entre Mekorot e Israel no es simplemente comercial. Forma parte de un ecosistema tecnológico-militar que ha exportado software espía como Pegasus y ha entrenado a generaciones de soldados en ciberdefensa ofensiva. Esta relación vuelve a la empresa en cuestión una pieza geoestratégica.
Frente a este panorama, es urgente repensar la gestión del agua no solo como un servicio público sino como un bien común con soberanía digital. Si los sistemas de abastecimiento pueden ser hackeados, si los patrones de consumo pueden ser vendidos, si las plantas pueden ser saboteadas a distancia, entonces el acceso al agua también es un problema de seguridad informática.
La privatización propuesta por Milei podría ser el primer paso hacia una vulnerabilidad estructural. En lugar de fortalecer la seguridad nacional, podría convertir a Buenos Aires en un blanco fácil dentro de un conflicto que, por ahora, parece lejano, pero que cada vez se filtra más en nuestras redes y nuestros grifos.
[La escritura es siempre un trabajo colectivo. Este texto es una reflexión que parte de las conversaciones por WhatsApp que he sostenido a lo largo de los años con Selma Rodal Linares y Lola Horner.]
Poner etiquetas a la literatura siempre ha sido algo que se percibe con desconfianza. María Luisa Puga se horrorizaba ante la idea de que existiera un curso especializado en literatura femenina, y no hace mucho tiempo, María Fernanda Ampuero insistía en que ser categorizada por su género “pone el foco en algo equivocado”.
Por su parte, Carmen Boullosa no cree que el texto literario deba tener una consigna, aunque asegura que su escritura está plagada de obsesiones feministas.
A veces, el problema de adjetivar la escritura desde el género es que se corre el riesgo de promover la homogenización de la escritura de mujeres y, además, el fenómeno puede entenderse como algo efímero. Luego vienen otros problemas como el de la definición y a quiénes excluye.
Lo que me parece sugerente de la etiqueta feminista es su dimensión afectiva como herramienta para mapear y archivar un momento histórico. Para mí, los feminismos son zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo. Así que cuando hablo de escritura feminista me refiero a la posibilidad de pensar un archivo –movible y pegajoso- a través del efecto de múltiples formas de contacto y las dimensiones afectivas que estas formas suponen a través del cuerpo.
Si bien el proceso de politización de los feminismos en México no es un fenómeno exclusivo del siglo XXI, en estos últimos diez años la presencia pública y masiva de las mujeres como figuras centrales de la protesta social ha sido algo sin precedentes en el país. Por un lado, el carácter público y masivo de los feminismos dificulta la invisibilización de las prácticas literarias con las que algunas escritoras han navegado lo que significa escribir dentro de un sistema heteropatriarcal. Por el otro, abre el espacio para reconocer y enfatizar el impacto y la acción que los feminismos han tenido en la concepción de la escritura literaria en México, ya no como una esfera autónoma, sino como un espacio social que contiene múltiples afectos, entre ellos, los feministas.
Uno de los primeros ejemplos de esto es la discusión generada en Twitter en el 2015 por Paula Abramo, Maricela Guerrero y Xitlalitl Rodríguez Mendoza sobre el sexismo y la misoginia que permea en la esfera cultural mexicana. Más de 15 mil tweets fueron recopilados bajo la etiqueta de #RopaSucia. Posteriormente, las autoras transformaron estos tweets en una exhibición de arte que incluía un tendedero con ropa interior colgada y prendas manchadas con vino, café y tinta, bordadas con las frases recopiladas en Twitter. Barras de jabón Zote acompañaban el tendedero, representando las estadísticas sobre desigualdad de género relacionadas con algunos de los principales reconocimientos nacionales para escritoras y artistas.
Las estrategias movilizadas por #RopaSucia no son nuevas. Para entender la importancia de lo público y lo masivo en los últimos diez años de los feminismos es importante recurrir a la memoria histórica. En 1978, la artista feminista Mónica Mayer expuso El tendedero en el Museo de Arte Moderno en la ciudad de México, obra viva donde se invitaba a mujeres de distintas clases, edades y profesiones a que respondieran a la pregunta de “Como mujer, lo que más detesto de la ciudad es:” en pequeños papeles color rosa que después se colocarían en el museo en la forma de un tendedero. Si el tendedero como espacio colectivo para orear las pedagogías de la crueldad no es una herramienta nueva tampoco es la primera vez que se utiliza el espacio digital para movilizar la protesta.
Un ejemplo de ello son los performances difundidos a través del blog de Cristina Rivera Garza como “La inquietante (e Internacional) Semana de las Mujeres Barbudas” (2005) y “La semana de las mujeres invisibles” (2006) que también buscaban generar una conversación sobre el sexismo y la misoginia en la esfera cultural. Lo que hace de #RopaSucia una de las primeras consigas para mapear la escritura feminista de los últimos diez años es que esta etiqueta no nace desde la institución (el museo o la ciudad letrada) sino desde los afectos generados por la presencia pública y masiva de mujeres en el imaginario social de la protesta.
La escritura feminista, como zona de contacto colectivo, se consolida durante la llamada primavera violeta. El 24 de abril del 2016 ocurrió la primera movilización masiva fuera de los días institucionalizados de la lucha por los derechos de las mujeres. Más de 40 ciudades, convocadas de manera espontánea por distintas colectivas a través de los hashtags #VivasNosQueremos y #MiPrimerAcoso, salieron a marchar en contra de la violencia de género.
Un año antes, las escritoras Ave Barrera y Lola Horner estaban trabajando en el libro de artista titulado 21,000 princesas. El tropo de la princesa, en yuxtaposición con recortes de la prensa amarillista, se utiliza en el libro para hablar sobre la crisis de los feminicidios. Si bien el libro precede a la primavera violeta, Barrera y Horner reparten ejemplares gratuitos por primera vez en la marcha del #24A, lo que también terminó por resignificar el proyecto. Hasta el punto de que, hoy en día, ambas autoras se cuestionan si la manera explícita de representar la violencia feminicida en el libro es una forma de escritura feminista ética o no.
Durante los primeros años de la primavera violeta, la necesidad de visibilizar la violencia feminicida se convirtió en una prioridad apremiante, una urgencia que, en ocasiones, desplazaba a un segundo plano las consideraciones éticas sobre la representación de esa violencia.
A riesgo de simplificar la propuesta de un libro como Temporada de huracanes de Fernanda Melchor, me parece que esta novela, publicada en abril del 2017, es otro ejemplo de esto. El libro muestra sin tapujos la violencia sistémica que sufren los cuerpos feminizidados. La popularidad de Temporada de huracanes (alrededor de once reimpresiones), deja ver que hay una curiosidad por el tema mas no necesariamente una preocupación sobre el cómo se representa dicha violencia. Es quizá con las movilizaciones de #SiMeMatan por el asesinato de Lesvy Berlín Osorio en mayo del 2017 y, posteriormente, el feminicidio de Mara Castilla en septiembre, quien habría participado de la misma campaña meses antes de su feminicidio, que el discurso antifeminicida comienza a reflexionar sobre las limitaciones de la denuncia y la representación, en parte, por la revictimización que la prensa hizo de Lesvy Berlín Osorio y Mara Castilla.
De cierta manera, el 2018 fue un momento de regreso a la trinchera y de repensar desde allí. Por ejemplo, en ese año, las movilizaciones más importantes ocurrieron dentro de los centros universitarios y fueron encabezadas por estudiantes. También en el 2018 se publica la antología Tsunami, en la que doce autoras se reúnen en torno a la escritura para hablar “de formas distintas de cosas que nos competen a todas”. En esta antología se percibe una preocupación constante por una institución literaria misógina, así como la importancia de habitar las diferencias bajo el común de la escritura. Tanto la antología como las movilizaciones universitarias dejan entrever que el 2018 fue un año relativamente más tranquilo: un momento para recuperar fuerzas a través de los afectos contenidos en los espacios que habitamos en común, y no necesariamente en la toma del espacio público.
Sin embargo, esta sensación de falsa tranquilidad se interrumpe con los diferentes estallidos del 2019, año de Un violador en tu camino, la diamantina rosa, las pintas, las restauradoras con glitter y el #MeTooEscritores. También es el año en que la SEDENA comienza a monitorear las marchas feministas.
El 6 de agosto de 2019, una joven menor de edad denunció haber sido violada por cuatro policías, denuncia a la que luego se sumó otro caso similar, lo que desencadenó el hashtag #NoMeCuidanMeViolan. El 12 de agosto, mujeres se manifestaron frente a Secretaría de Seguridad Pública, y mientras el entonces jefe de policía se presentaba a los medios, una joven le lanzó un puñado de diamantina. Tanto el funcionario como los medios de comunicación criminalizaron el acto, insistiendo en que la diamantina rosa fue una forma de violencia.
Las pintas en diferentes edificios y monumentos patrimoniales, incluidos el de “la Ángela” de la Independencia, se convirtieron en una de las formas más visibles de protesta. Desde entonces, ha existido un discurso de criminalización de las marchas feministas, pero también han surgido colectivas que, desde su autoridad intelectual, buscan contrarrestar estos discursos. Tal es el caso de la colectiva Restauradoras con Glitter, integrada por mujeres especialistas en el patrimonio cultural material, quienes sugieren que las pintas deben ser documentadas y que los monumentos no deben ser limpiados hasta que las demandas sean atendidas.
A mí me gusta pensar que el 2019 fue el año del hartazgo: un parteaguas que transformó radicalmente al movimiento feminista mexicano. No solo las estrategias de protesta más incómodas se volvieron centrales, sino que la poca fe que quedaba en las instituciones se perdió (casi) por completo.
También fue un año muy productivo para las escrituras feministas. Por un lado, continúa la preocupación por denunciar la violencia feminicida desde una posición mucho más compleja. Por ejemplo, en Agua de Lourdes (2019) de Karen Villeda se utilizan diferentes registros como periódicos, teoría, historia, ficción, WhatsApps, tweets para argumentar que en México a las mujeres nos están matando.
También es el año en que se vuelca la energía hacia prácticas restaurativas. Se publica la reedición de El lugar donde crece la hierba de Luisa Josefina Hernández, inaugurando la Colección Vindictas, proyecto de recuperación de escritoras invisibilizadas por el canon que sigue creciendo hoy en día. Aparecen libros como Restauración (2019)de Ave Barrera donde se explora precisamente qué hacer con el canon y sus violencias. También se publican libros como Perras de reserva (2019) de Dahlia de la Cerda que abordan sin tapujos temas como el aborto y dibujan heroínas que están preparadas para hacerle frente a la violencia patriarcal. O ensayos como Su cuerpo dejarán (2019) de Alejandra Eme Vázquez que habla sobre el trabajo de cuidados y las economías feministas.
Resulta curioso ver que, mientras en 2019 los feminismos intentan sacudir a las instituciones, éstas comienzan a prestarles mucha más atención. No solo el Estado monitorea las marchas, sino que surgen espacios con perspectiva de género auspiciados por el mismo. Por ejemplo, mientras las escrituras feministas trabajan para restaurar el daño y la memoria histórica de las mujeres, la Suprema Corte de Justicia de la Nación lanza un círculo de lectura con perspectiva de género, que hoy en día incluye libros como el de Alejandra Eme Vázquez, los Tsunamis y El invencible verano de Liliana.
Si el 2019 fue un año de hartazgo, el 2020 nos sacudimos el miedo y de igual manera nos desilusionamos con el movimiento. El 8 de marzo fue una marcha histórica, con más de 80,000 participantes en la Ciudad de México y con presencia en 20 estados de la República Mexicana bajo hashtags como #UnDíaSinNosotras. Fue el año de “Canción sin miedo” de Vivir Quintana y la toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) el 3 de septiembre. También fue una etapa de fuerte transfobia, clasismo y discriminación: un recordatorio de que el movimiento no es tan interseccional como se suponía que debería ser.
En el caso de las escrituras feministas, en este año, me parece que surgen tres líneas de aproximación a los afectos producidos por las marchas. El primero es bastante simple: comienzan a aparecer las marchas en el trasfondo de diferentes novelas como Linea nigra (2020) de Jazmina Barrera y La hija única (2020)de Guadalupe Nettel, mostrando de manera implícita cómo éstas han cambiado nuestra relación con el espacio público. También hay un vuelco al tema de las maternidades que inicia un poco antes con Casasvacías (2019) de Brenda Navarro, pero cobra fuerza con Linea nigra y antologías posteriores como Maneras de escribir y ser/no ser madre (2021), coordinada por las ya mencionadas Ave Barrera y Lola Horner.
[Aquí abro un paréntesis: si bien hay que reconocer que la centralidad que cobran las maternidades como tópico literario en esta época sí está íntimamente relacionado con los afectos de la protesta feminista, me parece que esta lectura puede resultar reduccionista. Me explico. De entrada, el tema de las maternidades feministas se moviliza mucho antes en la poesía con libros como Se llaman nebulosas (2010) de Maricela Guerrero, Atardecer en los suburbios (2011) de Minerva Reynosa y Caja negra que se llame como a mí (2015) de Diana Garza Islas. Así que hay que tomar con pincitas el argumento de que el tema surge en la narrativa y justo durante el epicentro de las movilizaciones feministas. Por otro lado, el tema de las maternidades siempre ha sido central en la obra de las escritoras mexicanas. Es cierto que se le ha ninguneado, pero no recurrir a la memoria histórica contribuye a la invisibilización del trabajo de otras. Dos ejemplos: Tierra seca (1945) de Indiana E. Nájera y Cena de cenizas (1975) de Asunción Izquierdo Albiñana. Además, en ambos libros, se habla de temas tan vigentes como el aborto, la violencia obstétrica y maternidades no normativas].
El último giro que comienza a notarse en este año es una reflexión mucho más crítica de la diferencia y de los diferentes privilegios que supone habitar un cuerpo femenino y feminizado. Un ejemplo es el segundo volumen de la antología Tsunami, en el cual la institución literaria ya no importa y los textos están marcados explícitamente por la protesta feminista y se escribe con el cuerpo en la línea “para generar imaginaciones de otros presentes que construyan un futuro de vida y no de muerte. Para pensar cómo respondemos”.
Otro ejemplo es Serie de circunstancias posibles en torno a una mujer mexicana de clase trabajadora (2021) de Yolanda Segura. A partir de la historia familiar, la poeta recupera la experiencia de una mujer de la clase trabajadora del siglo XX. Desde entonces, el cuerpo como zona de contacto con otros cuerpos, territorios y temporalidades se vuelve una forma de escritura feminista que construye un futuro de vida desde la diferencia y la búsqueda de un mínimo en común.
Así llegamos a las protestas del 2021 que, aunque se vieron mermadas por la pandemia también se vieron impulsadas por el giro interseccional.
Por ejemplo, el 8 de marzo se ondea por primera vez la bandera feminista interseccional, cuyos colores representan el feminismo (violeta), el aborto legal (verde) y el apoyo a las mujeres trans (rosa). En septiembre, se toma la Glorieta a Colón, hoy conocida como la Glorieta de las Mujeres que Luchan como un acto decolonial y feminista. Las escrituras feministas de este año se distinguen por buscar lugares seguros, fomentar el acompañamiento y reafirmar que la escritura es siempre un acto comunal y no una actividad individual. Por ejemplo, se publica Lucrecias (2021) de Diana del Ángel, Alejandra Arévalo, Gabriela Damián Miravete, Brenda Navarro y Alejandra Eme Vázquez, un ensayo especulativo a cinco manos donde el cuidado colectivo y el acuerpamiento se afirman como estrategias literarias feministas.
También se publica El invencible verano de Liliana (2021), una obra donde Cristina Rivera Garza aborda el feminicidio de su hermana Liliana Rivera Garza en 1990. Tanto Lucrecias como El invencible… comparten el estilo de lo que Rivera Garza ha llamado escrituras desapropiativas, una forma de escritura que, a diferencia de la concepción tradicional de autoría como ejercicio individual, resalta la comunalidad y pluralidad en la práctica escritural a través de la reapropiación, reescritura y las referencias a otros textos y voces.
Ese mismo año, el libro de Rivera Garza gana el Premio Xavier Villaurrutia. Al darle el premio, se revaloriza la escritura feminista al mismo tiempo que se busca institucionalizarla. Lo curioso es que se intenta institucionalizar una perspectiva específica del feminismo, esa que está conectada con la lucha contra el feminicidio y que todavía no corta del todo sus lazos con la institución, un feminismo con una relación ambigua con la calle y que todavía no está seguro de que la incomodidad es una fuerza política que no podemos abandonar.
Esta tensión de la escritura feminista con lo institucional seguirá en los siguientes años como con el premio Bellas Artes de Narrativa 2023 para la novela Feral (2022) de Gabriela Jauregui o el fenómeno editorial de Dahlia de la Cerda, que justamente funciona por su habilidad performática de habitar simultáneamente los zulos y la institución.
En fin, creo que todavía es muy pronto para mapear los afectos y las escrituras que han surgido en los últimos dos años. Pero si noto un claro desplazamiento hacia la ternura y la importancia de los cuidados con libros como Fruto (2023) de Daniela Rea y Periferia (2023) de Diana del Ángel. También un feminismo —para quienes deciden seguir escribiendo desde esa etiqueta— inmerso en la pluralidad de cuerpos-territorios como queda plasmado en el tercer volumen de Tsunami (2024). Un Tsunami escrito por migrantes, profesoras, cuidadoras de abejas, ensayistas, antropólogas, defensoras del territorio que no busca la cohesión homogénea “sino la fricción, el conocimiento y el desconocimiento que vienen de la diferencia”.
Los libros que aquí se citan como puntos afectivos en el mapa de la marea feminista son el resultado de su pegajosidad. Quiero decir, son libros que casi cualquier lectora citaría como pilares de los feminismos y que han ganado capital cultural justamente por su capacidad para mantenerse en la mira de las lectoras. Pero ya sabemos que las etiquetas siempre importan por aquello que no pueden aprehender. De entrada, no hay mención de la escritura de mujeres de pueblos originarios en este mapeo porque muchas de ellas rechazan la etiqueta feminista, y me parece un desacierto no hacerles caso. Pero, sin duda, escritorxs como Yásnaya Aguilar Gil, Susi Bentzulul, Ruperta Bautista, Elvis Guerra, Cruz Alejandra Lucas Juárez, Araceli Vázquez González, Nadia Ñuu Savi, entre muchxs más, están movilizando afectos que sacuden y desterritorializan a los feminismos.
También cabe recordar que, sin las enseñanzas y resistencias del zapatismo, la primavera violeta no sería la misma. De manera similar, hay una relación ambigua entre la escritura feminista y trans* que subraya la importancia de seguir trabajando en espacios seguros para todas. Porque la literatura trans* mexicana existe y merece estar en el núcleo de la discusión: Alexandra R. DeRuiz, Frida Cartas, Lia García y Elisa de Gortari son algunos de los nombres indispensables para entendernos como mujeres que luchan por un futuro diferente.
De igual manera, el mapeo privilegia la narrativa y una idea de la Literatura con mayúscula, cuando quizá lo más interesante está en el trabajo de escritoras y artistas que utilizan la palabra de otras maneras, como los cómics de Kareninja o las narrativas móviles de Irasema Fernández.
Ojalá que los siguientes diez años de feminismos se mapeen a través de estas voces; que, si es necesario, se abandone la etiqueta feminista sin perder la memoria histórica y que la incomodidad nunca se institucionalice, para que el movimiento siga siendo un espacio de zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo para imaginar otros futuros posibles desde el presente.