Tierra Adentro
Ilustración de Dale Spencer. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Ilustración de Dale Spencer. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

En 1948, apenas tres años después de que el mundo emergiera del horror de la Segunda Guerra Mundial, la muy joven Organización de Naciones Unidas, compuesta en ese momento por 51 países solamente, aprobó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Este documento buscaba definir con claridad lo que la comunidad internacional habría de entender como genocidio y evitar que se repitiera de nuevo en la historia humana el horror de los campos de concentración nazis y el asesinato sistemático de poblaciones enteras, como los judíos o los eslavos.

Dicha Convención, en su artículo II, especifica que se entiende por genocidio cualquiera de los siguientes actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso: matar miembros del grupo; causar graves daños físicos o mentales a los miembros del grupo; someter intencionadamente al grupo a condiciones de vida destinadas a causar su destrucción física, total o parcial; imponer medidas destinadas a impedir el nacimiento de niños dentro del grupo y trasladar por la fuerza a niños del grupo a otro grupo. Y en virtud del artículo III de la Convención, los siguientes actos merecen castigo: genocidio; conspiración para cometer genocidio; incitación directa y pública a cometer genocidio; tentativa de genocidio y participación en genocidio.

La precedente enumeración no es ociosa. Sirve para apuntar que, en lo referente al Derecho Internacional Humanitario, existe una definición clara de qué considerar un genocidio. No hay margen de duda ni espacio para interpretaciones. Surge entonces la pregunta: ¿hay dudas de que “Israel” comete un genocidio contra el pueblo palestino en Gaza?

En 22 meses de conflicto, “Israel” ha asesinado, según el Ministerio de Salud de Gaza, más de 60 mil palestinos. Entre las víctimas figuran 18 mil 592 niños, 9 mil 782 mujeres y 4 mil 412 ancianos, lo que representa 55% del total. Solo este 31 de julio, fueron asesinados 86 palestinos mientras se dirigían a buscar ayuda humanitaria. Actualmente unos 2,2 millones de personas sobreviven hacinadas en apenas 12% de la superficie del enclave, según datos de DW. De ellas, 470 mil están en riesgo de padecer hambruna o ya la están padeciendo efectivamente. Unos 71 mil niños menores de cinco años padecen desnutrición aguda, lo cual pone en serio peligro sus vidas. Esta situación ya ha generado más de un centenar de muertes por hambre, lo que puede agravarse por la falta crónica de alimentos en el enclave.

La devastación israelí ha reducido a niveles mínimos cualquier tipo de infraestructura. Solo 18 de los 36 hospitales existentes en el enclave están parcialmente operativos, con una falta crítica de medicamentos y atendidos por un personal de salud golpeado por el hambre y que ha sido sistemáticamente perseguido y asesinado por el ejército sionista. De 163 centros de atención primaria, solo 63 permanecen operativos.

A esto se suman las numerosas declaraciones e imágenes públicas de figuras gubernamentales y miembros del ejército sionista declarando el exterminio de la población gazatí como un fin deseado de las operaciones en curso. Quizás uno de los síntomas morales más claros de un importante sector de la sociedad israelí lo constituya una nueva modalidad de turismo que ha ido ganando popularidad entre los colonos sionistas: excursiones y cruceros para ver la devastación en Gaza. 

La empresa GoGuided, por ejemplo, es una de las que ofrece esta macabra modalidad de “turismo”. En su web vemos que una excursión por diferentes puntos del enclave devastado puede costar aproximadamente 160 shekels israelíes, que al cambio actual equivale a unos 47 dólares norteamericanos. En la información de la excursión se aclara que durante el recorrido: “hablaremos sobre ambos lados de la frontera, cómo se fundó Hamas y qué causó su ascenso, el Islam en general, detalles importantes sobre los puntos fronterizos y asentamientos, operaciones en el panteón de las FDI a lo largo de las generaciones, historias de muchos héroes y sobrevivientes para levantar la moral, el legado de la Batalla de Black Sabbath —por donde entraron las fuerzas del mal, décadas de terror desde Gaza contra agricultores y colonos que buscan la paz, asentamientos a lo largo de la valla contra asentamientos de Gaza— tanto como sea posible, muchas preguntas y respuestas.” Tour y educación ideológica en un mismo paquete.

A pesar de lo apuntado, que es solo una fracción de una realidad mucho más terrible, todavía en la comunidad internacional existe renuencia a la hora de calificar lo que está ocurriendo en Gaza como un genocidio. El medio TRT en Español publicaba recientemente un resumen de qué países reconocen que “Israel” está cometiendo genocidio en Gaza. La lista es pasmosamente corta. En América Latina solo Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Nicaragua y Venezuela. En Europa es aún más breve el recuento. Solo Irlanda, Eslovenia, Türkiye y España. En Oriente Medio, Arabia Saudita, Irán, Iraq, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Palestina, Qatar, Siria y Yemen. En Asia, Afganistán, Bangladesh, Indonesia, Kirguistán, Malasia, Maldivas y Pakistán. Y en África, Argelia, Comoras, Namibia, Sudáfrica, Túnez, Yibuti y Libia. Apenas una treintena de países, de los casi doscientos que componen la llamada comunidad internacional y, convendría apuntar, muchos de estos países apenas lo han reconocido recientemente y siguen teniendo actitudes bastante ambiguas en lo tocante a su relación con “Israel”.

Cuando el futuro venga a exigirnos cuentas por el horror que toleramos en el presente, no podremos negar que conocíamos lo que pasaba. El horror de Gaza se despliega en las noticias, en las redes sociales, en plataformas informativas. El moderno Auschwitz está siendo transmitido en vivo, con la mejor calidad, grabado muchas veces por sus propias perpetradores y no pasa nada. Hace pocas horas un colono asesinaba a uno de los realizadores del oscarizado documental palestino No other land y la noticia apenas ocupaba algún que otro titular. El horror no es exclusivo de Gaza, es también contra Cisjordania y, en última instancia, contra cualquier palestino que defienda y sostenga su derecho a tener un Estado propio y a existir como ser humano. El colonialismo y el genocidio son las armas del proyecto sionista y están a la vista de todos.


Autores
(Santa Clara, 1990) Escritor, periodista e investigador. Ha obtenido varios premios literarios en su país y fuera de él. Tiene publicados, entre otros, los libros Hijos del polvo (narrativa, Sed de Belleza, 2014), El libro negro (poesía, Editorial Áncoras, 2020), El Reino de la Bestia (narrativa, Hermanos Loynaz, 2022). Ensayos suyos aparecen en las publicaciones Guerra Culta (Ediciones ICAIC, 2020) y El laberinto de las redes sociales (Editorial de Ciencias Sociales, 2022). Es colaborador habitual de varios medios en Cuba y el extranjero. Entre ellos La Jiribilla (Cuba), Cuba en Resumen (Cuba), Mate Amargo (Uruguay) y Al Mayadeen (Líbano).
Portada de "Anómala", Ronald Delgado. Alfa Eridiani, 2013.
Portada de “Anómala”, Ronald Delgado. Alfa Eridiani, 2013.

1. Ronald Delgado, corporeidades póstumas y el grupo Ubik 

En el prólogo crítico a la antología Los relatos pioneros de la ciencia ficción latinoamericana (2015) investigo, exploro y propongo un cuerpo teórico para el estudio de los artefactos literarios autónomos que son considerados fundacionales dentro del género cienciaficcional (CF) en el continente entre el siglo XIX y 1960. En el último capítulo de este prólogo titulado “Propuesta prehistórica para una taxonomía futurista” aclaro que:

los cuentos compilados [que] fueron agrupados bajo la siguiente taxonomía pionera, concebida como clasificación teórica para el corpus de ese continente desconocido y nuevo que representa la prehistoria de la CF latinoamericana [son los siguientes]: 1) Modernistas extraterrestres; 2) Distopías líricas; 3) Corporeidades póstumas; 4) Parodias apocalípticas; y 5) Mundos paralelos/simultáneos/interplanetarios.

Esta taxonomía se aplica, igualmente, para el caso de la CF venezolana: un territorio de textos en pleno descubrimiento crítico de sus potencialidades, con eslabones por comprender dentro de esa historia oculta de un género resurrecto, que ha preexistido con mucha cautela en la tradición de la literatura fantástica nacional junto con libros paradigmáticos que han construido los rasgos de una CF nacional con sus propias características y evolución, y con etapas bien definidas de las que hemos sido testigos, por primera vez, desde el punto de vista crítico en el texto fundador “Ciencia ficción venezolana. Etapas y características”, publicado en Historia de la ciencia ficción latinoamericana II (Iberoamérica Vervuert, 2020).

He elegido la categoría crítica de la construcción de corporeidades póstumas1 para comprender una dimensión de la CF venezolana presente en el libro de cuentos Anómala (2013) de Ronald Delgado (Caracas, 1980), quien representa uno de los primeros escritores de hard CF que tiene Venezuela en toda su historia.2 Hay que considerar que en nuestra tradición, más bien reciente, se ha privilegiado la CF blanda desde los cuentos fundacionales de Julio Garmendia a principios del siglo XX, lo que Ángel Rama denominó la vanguardia marginal de la literatura fantástica. Entre sus libros de cuentos, todos enmarcados dentro del género, destacan: El despertar de Meganet (Alfa Eridiani, España, 2008); Réplica (Fondo Editorial de Caribe, Venezuela, 2011); La tierra del cielo sin sol (ebook independiente, 2012); Anómala (Alfa Eridiani, España, 2013), y La transfiguración de Valkyria Durán (2014). Hasta la fecha no ha vuelto a publicar, que se sepa, otro libro. 

Ronald Delgado surgió de la conformación del grupo Ubik, fundado en 1984 por estudiantes de física e ingeniería de la Universidad Simón Bolívar. En la historia del género de la CF en el país, este grupo representa la aparición del fandom y la tradición del pulp, heredero de la CF clásica estadounidense y británica, con la publicación de revistas de bajo tiraje como Cygnus (1986-1994), La Gaceta de Ubik (1988-1999), Necronomicón (1993-1994), Del lado obscuro (1998, 2002)y Ubikverso (2004). Estos esfuerzos terminaron consolidándose, aunque de forma bastante tardía —como suele ser parte del carácter refractario de los rasgos de la CF venezolana—3 en una muestra importante de sus producciones, publicadas en el 2015 bajo el título 12 grados de latitud norte. Antología de la ciencia-ficción venezolana. Sus fundadores fueron: César Villanueva, José Ramón Morales y Jorge de Abreu, biólogo considerado el baluarte de la CF militante, como se evidencia en la creación del premio que lleva su nombre, convocado por la Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía (AVCFF), fundada en 1997. Entre sus integrantes más sobresalientes, además de Ronald Delgado, se encuentran: Juan Carlos Aguilar, William Trabacilo, Ermando Fioruci, Marcos Molero y Susana Sussmann, la escritora más reconocida en el extranjero por sus publicaciones, incluida en numerosas antologías y publicaciones. Sin embargo, es Ronald Delgado quien consolidará sus publicaciones en unos pocos años, retirándose, momentáneamente, para dedicarse a la inteligencia satelital donde trabaja desde hace bastante tiempo en China.

Anómala (Alfa Eridiani, 2013) constituirá el centro de las presentes notas, pues desarrolla un subgénero de la CF que nos interesa abordar por lo novedoso y escaso de sus producciones dentro de la literatura no-mimética, al cual he denominado pornoerotismo posthumano4 o porn sci-fi, partiendo de la lectura transversal de Susan Sontag, J. G. Ballard y Raúl Aguiar, y de la lectura transversal de los cuentos “Ningyö” y “Kyoko Blue”, así como el cuento “1010101”, que ganó la tercera mención en el premio Urbe del 2006, en relación con el cuento “Afrodita C.A” de Jhon Manuel Silva.

II. Porn sci-fi, antecedentes y directrices

A pesar de que el porn sci-fi latinoamericano es un subgénero, hasta ahora, poco conocido, el escritor cubano, Raúl Aguiar, en su prólogo al libro Sexbot. Antología cubana de cuentos eróticos de ciencia ficción, plantea unas de las primeras taxonomías temáticas de donde podemos partir para construir nuestros antecedentes y abordar críticamente esta dimensión de la CF venezolana, y categoriza ciertas obras de nuestra tradición en la plenitud de su descubrimiento y estudio:

1. Sexo con alienígenas, máquinas y robots sexuales: “Kuntha”, de Susana Sussmann, y “Ningyö” y “Kyoko Blue”, de Ronald Delgado.

2. Tecnología reproductiva que incluye clonación, matriz artificial, parthenogenesis e ingeniería genética:“El retorno de Eva”, de Pepe Alemán, y algunos cuentos de Rajatabla,de Luis Britto García.

3. Igualdad sexual entre hombres y mujeres.  

4. Sociedades dominadas por hombres y mujeres, incluidos mundos de un solo género:“El retorno de Eva”, de Pepe Alemán.

5. Polyamory. 

6. Cambio de funciones de género. 

7. Homosexualidad y bisexualidad.

8. Androgyny y cambios sexuales. 

9. Sexo en realidad virtual: los cuentos “Código fuente” y“100101”, de Ronald Delgado. 

10. Otros avances en tecnología para el placer sexual como teledildonics. 

11. Asexualidad.

12. Embarazo masculino. 

13. Tabúes sexuales y moralidad. 

14. Sexo en gravedad cero. 

15. Control de natalidad y otras medidas más radicales para prevenir la sobrepoblación: “El retorno de Eva”, de Pepe Alemán, y “Los inocentes”, de Nuni Sarmiento. 

Aunque los antecedentes literarios del pornoerotismo posthumanistapueden rastrearse en El Supermacho (1902), de Alfred Jarry, y La Eva futura (1878), de Auguste Villiers de L`Isle-Adam, es Juan José Farías quien en un texto panorámico, Polvo de estrellas, nos dice que, dentro de la CF norteamericana, Los amantes (1952) de Philip José Farmer, es considerada por los especialistas como la primera obra de CF donde el sexo es la obsesión principal del relato. Ochos años después, Farmer publica la colección de cincos cuentos, Relaciones extrañas (1960), en los que explora sobre relaciones sexuales humano/alienígena. También se une Theodore Sturgeon con su novela temprana Venus Plus X (1960), en la que un hombre contemporáneo despierta en un lugar futurista donde la gente es hermafrodita. Después llegaría la plenitud del género con La exhibición de atrocidades (1970)y Crash (1973) de J. G. Ballard —pensador determinante para la construcción de esta dimensión—, sin olvidar Neuromante (1984)de William Gibson, novela fundadora del cyberpunk, en la que uno de los personajes principales, Molly, en su pasado, llegó a alquilar un cuerpo que le permitía activar programas de sexos. Lo que sorprende es que fueron adquiridos en “casas de muñecas”, que son, básicamente, prostíbulos en donde las chicas se conducen de acuerdo con las directrices de estos programas informáticos en donde ellas ceden el control de su cuerpo y después del acto no tienen recuerdo alguno de lo sucedido

Encontramos un mínimo antecedente en la literatura venezolana del género porn sci-fi con la publicación de El pájaro insaciable (1989) de Rubén Monasterios —padre de la literatura erótica y ereccional en Venezuela— “donde se recrea en amplísimas y detalladas descripciones [a] seres copulando hasta la insaciedad”5 y se relata una escena en donde el narrador se somete a un diagnóstico con un aparato llamado pulsoemotivador electrónico: “electrodos por el ano que fueron fijados a las paredes del foso rectal; de los mismos se desprendían unos cables que conectaban mi organismo a una máquina registradora; al cabo de un cierto tiempo ¡oh prodigio! Un verídico diagrama de todo cuanto yo era capaz de expresar por esta parte, resultaba impreso en una cinta de papel”.6 

A partir de lo expuesto con anterioridad como diseño de nuestra investigación, enunciamos las siguientes preguntas: ¿cuáles son las relaciones genéricas entre el pornoerotismo y la CF? ¿Cómo construimos un subgénero que trasluce los problemas humanos contemporáneos a partir de las configuraciones del cuerpo? ¿Cómo se construyen las corporeidades póstumas en la obra narrativa de Ronald Delgado y en el discurso del porn sci-fi?

III. Ginoides sexuales, crimen y feminismo

Uno de los primeros cuentos de Ronald Delgado donde se explora el porn sci-fi se titula “100101” y describe la posibilidad literal de que una mujer tenga relaciones sexuales con todos los usuarios con los que interactúa virtualmente en internet. El cibersex simultáneo se materializa a partir de implantes y programaciones cibernéticas. Pesadilla que llega al límite del delirio como si se tratara de la extrapolación ciberpunk de orgías sexuales medidas por la realidad aumentada. Leamos un fragmento: “El ceñido traje de polivinilo cubría cada milímetro de todo su cuerpo. Desde sus tobillos hasta sus brazos, millones de diminutos electrodos sensibilizaban su piel. Su rostro estaba cubierto por el costoso visor que generaba imágenes directamente sobre sus retinas”.7 En el cuento de Ronald Delgado se logra cristalizar la simbiosis literal entre el número de usuarios de internet y la cópula sexual con Marianna, el nombre del personaje. Lo cíborg en sí puede concebirse de muchas maneras, su objetivo es la asexualidad, la anulación de las diferencias genéricas, ya que lo andrógino no solo busca la fusión de la dualidad sexual, sino la unidad con la red digital del deseo y el afecto donde interactúan todos los usuarios en los estados de simulación de la sociedad.  

En el universo cyberpunk del cuento “Kyoko Blue”,8 las autómatas sexuales son más perfectas que una mujer real, puesto que encarnan visualmente las exigencias del canon de belleza que apreciamos en el anime japonés y las películas de superhéroes y aventuras maistream de Hollywood.

Kyoko convirtió el abrazo en caricias, deslizó los dedos sobre su cuerpo y se quitó la ropa interior para dejarse expuesta en toda su belleza. Sus senos eran pálidos y pequeños como los de toda jovencita, pero sus pezones oscuros ya estaban endurecidos como los de una mujer excitada. Su piel de marfil delimitaba cada forma de su figura exquisita, mientras en su entrepierna frágil se asomaban rastros de unos cuantos vellos color turquesa.9

El desenlace de este cuento es la muerte de la ginoide (autómatas de servicios sexuales de alta tecnología) a manos del cliente por la cortada de un cuchillo, con lo que se revela, de manera brutal, todo el mecanismo interior. El depravado de autómatas sexuales japonesas últimos modelos corrobora las tesis feministas cuando afirma que el uso de muñecas mecánicas sexuales, por su no vida e inmovilidad, es lo más parecido al acto de una violación, cuando el cuerpo de la víctima está inerte y no responde al placer sensual. El asesinato de la ginoide termina siendo la fantasía sexual del personaje, turista sexual que no responde a la excitación de la autómata, a pesar de su belleza potenciada, y desgarra las vísceras de su mecanismo cibernético, devastado por la incisión de la puñalada. Mientras, en Crash de J. G. Ballard la inmovilidad de los cuerpos inertes impactados por la brutalidad violenta de la colisión casi no se diferencia de la disposición no orgánica de los maniquíes sexuales, disponibles en su silencio y sumisión al placer de cliente. A su vez, en otro cuento de Ronald Delgado,10 “Ningyö”,11 el pudor de una ginoide que trabaja como prostituta artificial hace que se cubra a medias el cuerpo desnudo mientras escapa de una violación y llega a refugiarse en una iglesia donde termina siendo pervertida por el cura que la recibe hipócritamente con deseos carnales.

En el cuento “Afrodita C.A”, del libro Afrodita C.A y otras empresas fracasadas (2014) del escritor venezolano Jhon Manuel Silva, también se advierte que el sexo con ginoides tiene otras provechosas ventajas, entre ellas, aseguraría evitar la transmisión de enfermedades sexuales, así como los compromisos afectivos duraderos, en vista de la política de la empresa que le permite al cliente devolver la ginoide a las tres semanas si no desean obtenerla, por lo que son renovables y sustituibles, además el cliente está en la libertad de liberar definitivamente a la ginoide, en caso de que desee concretar el concubinato. El personaje del cuento conoce varios modelos de ginoides de distintas características o personalidades, y tiene la posibilidad de borrarles la memoria por completo o dejarles los recuerdos de sus pasadas relaciones. También está la otra posibilidad de hacer una réplica de sus ex, que, en la mayoría de los casos, las devolvían en dos semanas. Resulta que el personaje, luego de hacer numerosas devoluciones de los modelos de muñecas mecánicas, se decide por la fotografía en el catálogo de una ginoide en especial, que por alguna razón semanas antes rechazaba, debido a que no tenía nada característico ni distintivo. Así la describe, como una mujer rubia delgada sin ningún atributo. Incluso nos dice que cuando llegaba a la letra L en el catálogo de los robots sexuales, la evitaba porque estaba Lilian, a quien al final termina alquilando, después de conocer varias réplicas de distintas características, de quienes terminaba desistiendo. Luego de varios intentos de seguir conociendo más ginoides que devolvían a la empresa Afrodita C.A, se terminó decidiendo por Lilian, que poseía algo que todavía no lograba percibir. El asunto de no poseer nada propio de la belleza femenina está presente en la dimensión que expone Teresa López-Pellisa en su ensayo “Epílogo: el final de los inicios especulativos latinoamericanos (temas, características y autores)”, dentro de las dos vertientes de la censura hacia la mujer en la tradición de la literatura, la Penélope y la Metis. Uno de los aspectos más novedosos del cuento de Silva es que las ginoides mantienen las imperfecciones propias de sus cuerpos y rasgos. Al final, a pesar de algunos inconvenientes que tiene con Lilian, como el sexo agresivo, decide liberarla, es decir, quedársela, pero ella le exige que la devuelva a la empresa y, para hacérselo saber, se hace un corte superficial con un cuchillo en el brazo, demostrándole que es humana; al fina solo quería comprobar si alguien de verdad podía amarla por lo que era. El diálogo que tienen entre ellos encarna las contradicciones profundas del desencuentro que simboliza el drama del sexo transhumanista y la superficialidad de las relaciones amorosas humanas.  

Uno de los rasgos que más sorprenden en el cuento de Jhon Manuel Silva es que el boom comercial de la empresa Afrodita C.A terminó relegando el prostíbulo humano a los márgenes de la sociedad, convirtiéndolo en un espacio basura,12 un concepto desarrollado por el arquitecto Koolass e integrado por López Chacón en su propuesta metodológica “Una poética filosófica en la literatura de ciencia ficción desde la perspectiva heideggeriana”,que nos permite adentrarnos en los simulacros detrás de la lógica capitalista del progreso tecnológico, a través de los relatos de CF. A pesar de considerarse un término arquitectónico, se trata de un concepto bisagra que nos permite comprender y revelar el residuo contaminante que la hipermodernidad deja como una estela en su avance tecnocrático. El espacio basura es lo que resulta del extractivismo de los suelos, el agua y los recursos naturales, a causa de la explotación minera y el levantamiento de construcciones: desperdicios que padece el planeta tierra desde hace siglos, al igual que la psiquis humana, en su continua modificación antropológica. Se trata de una categoría crítica que nos ayuda a estudiar la CF latinoamericana desde sus relaciones con el poder, la política y la sociedad. Andrea Pezzé nos aclara: “La CF en Venezuela como género no depende directamente de una estrecha relación entre cultura receptora y el conocimiento científico puro sino que se desarrolla a raíz de una compleja convivencia entre esencia biológica y tecnocracia”.13

La política orgásmica, afirma David Cooper, célebre antipsiquiatra, en su libro El lenguaje de la locura (1979),consiste en expresar libremente la sexualidad a partir de una red de amigos libres, cuyas relaciones están basadas en la armonía de conseguir el orgasmo. Ahora, a causa del aislamiento que la mayoría de las personas padecen debido al cibercontrol de las redes sociales pospandemia, la política orgásmica es solo una utopía más, de allí se explica el desarrollo vertiginoso de la robótica sexual adaptada a la soledad propia de la hipermodernidad. Esa es la razón por la que los estudiantes y obreros disparaban al reloj en el mayo francés, nos dice Cooper, porque simbolizaba el tiempo acumulado en la explotación del trabajo. La lógica capitalista del trabajo asalariado y la sociedad del espectáculo te restan tiempo para experimentar orgasmos, la única posibilidad para el ciudadano común de liberar la mente, por unos breves segundos. Los orgasmos, en su intensidad, liberación y conexión, son instantes que te emancipan del condicionamiento del tiempo psicológico acumulado por el rol social y los estados de control, solo que ahora, hasta el mismo orgasmo es parte del algoritmo. En su prólogo, Raúl Aguiar explica lo siguiente:

Cuando la extrapolación involucra la sexualidad o el género, puede obligar al lector a reconsiderar sus supuestos culturales heteronormativos; la libertad de imaginar sociedades diferentes de las culturas de la vida real hace que la ciencia ficción sea una herramienta incisiva para examinar los prejuicios sexuales. En la ciencia ficción, estas características extrañas incluyen tecnologías que alteran significativamente el sexo o la reproducción. En la fantasía, tales características incluyen figuras (por ejemplo, deidades mitológicas y arquetipos heroicos) que no están limitadas por ideas preconcebidas sobre la sexualidad humana y el género, lo que les permite ser reinterpretadas. La ciencia ficción también ha representado una plétora de métodos alienígenas de reproducción y sexo.14

La crítica feminista Lidya Delicado-Moratalla es certera con respecto a la alegoría del robot sexual, interpretado simbólicamente desde la inmovilidad de un cuerpo que ha sido violado, abusado, cosificado y sometido al dominio del patriarcado, y advierte sobre el boom15 que ha causado en el público masculino la elección de réplicas artificiales femeninas para el placer sexual en la actualidad, derivado del diseño que la tecnología hace de la sexualidad en las industrias pornorobóticas, como predijo décadas antes Guy Debord, a partir del objeto del deseo y la sociedad del espectáculo como última fase del capitalismo tardío. Sin embargo, la polémica posee bastantes aristas que es necesario tomar en cuenta, como expresa Elsa Custou sobre la modelo y feminista Dorothée Selz, a partir de su obra Mimétisme Relatif–Femme panthère (1973-1976), donde el objetivo está puesto en criticar, revelar, polemizar y problematizar la construcción de lo femenino que se produce en los medios a partir de los intereses de la moda y el capitalismo, identidad que termina siendo criticada y a la vez imitada por las mismas mujeres. Elsa Custou recuerda que no solo el patriarcado ha contribuido a la creación de robots sexuales, sino que las mismas mujeres, con cada vez más frecuencia, imitan la belleza voluptuosa cíborgs del anime japonés y los íconos de la belleza en el cine, pero a la vez critican el consumo masculino y abusivo de estas etiquetas, veamos: “En una época en que los movimientos feministas denunciaban y rechazaban la idealización y cosificación del cuerpo de la mujer por parte de las revistas, la reapropiación de la imaginería popular que lleva a cabo Selz pone de manifiesto el deseo ambiguo de rechazar y, al mismo tiempo, parecerse a estos íconos”.16 Esta realidad la vemos constantemente en los reels de bailes tendencias de las redes sociales donde se renueva una y otra vez esa misma imagen de consumo que las mujeres mismas critican.

Entre los testimonios contemporáneos más polémicos sobre el futuro del pornoerotismo posthumanista se encuentra el de la antropóloga neerlandesa Roanne van Voorst, quien se abrió a la posibilidad de experimentar por sí misma todo el vertiginoso mundo presente de la tecnología sexual, el cual está adquiriendo, desde hace tiempo, un auge y una fuerza sin precedentes. Así lo expone en su libro Sexo con robots y pastillas para enamorarse (2024), donde explora, desde lo documental y ensayístico, la vivencia directa de relaciones con muñecos sexuales modificados, incluso genéticamente, para establecer interrelaciones epidérmicas y afectivas, revelando un sector del comercio IA de la sexualidad que es cada vez más aceptado. Los fármacos para enamorarse están siendo desarrollados, igualmente, por los laboratorios para mejorar la relación entre las parejas, calibrando las dosis de excitación y calma en la dinámica marital y el apareamiento humano. 

Lo que nos interesa sobre el discurso pornográfico en la literatura a partir de la lectura de Ronald Delgado y Jhon Manuel Silva, justamente, es su mirada clínica, objetiva, científica, que se emparenta con la rigurosidad de la herramienta hermenéutica de la CF en su sentido crítico y prospectivo de la realidad, encarnada en la proyección de mundos alternativos. En una entrevista al escritor inglés J. G. Ballard, argumenta lo siguiente: “Particularmente, creo que la tecnología y el erotismo funcionan a la par. En cierto sentido, existe un complot invisible entre la tecnología y el erotismo, un complot del cual no somos conscientes la mayor parte del tiempo, pero que se revela cuando ocurre un accidente —o, más bien, en la imagen que nos hacemos del accidente, que es básicamente de lo que trata mi novela”—. Aquí se refiere a su novela Crash (1973), considerada la primera novela pornográfica tratada con tecnología, donde narra la obsesión sexual de un personaje, Vaughan, con los choques de autos y las fornicaciones dentro del vehículo, hasta crear una nueva parafilia sexual originada por la misma sociedad tecnocrática y de consumo, y una corporeidad póstuma, un cuerpo plagado de heridas, lesiones, fracturas, prótesis y cicatrices como un mapa imborrable en su piel. La fantasía del personaje consiste en atropellar a la actriz Elizabeth Taylor con su auto mientras se masturba dentro de él, una crítica feroz a la humanidad y su consumo, así como a la sociedad del espectáculo, que el filósofo situacionista Guy Debord expuso resueltamente en su libro del mismo título. 

Como vemos en “Kyoko Blue” y “Ningyö”, de Ronald Delgado, y “Afrodita C.A”, de Jhon Manuel Silva, la pornografía se origina a partir de la obsesión libidinosa por un solo fragmento del espectro del cuerpo humano que, al aislarlo, se independiza precisamente del afecto y la emotividad, desplegando —cuando cruza el marco legal de lo establecido— la red de patologías que termina en la transgresión y la conquista de espacios inéditos de la experiencia sexual, volviéndose crimen, enfermedad y decadencia: reflejo de una sociedad trastornada por el espectáculo y el aislamiento alienado que provoca la tecnología. Juan Liscano, en El mito de la sexualidad, lo explica con atenuada lucidez: “El amor enteramente decodificado, cosificado, librado a lo sobresaltos, se vuelve confusión, equívoco, utopía, crimen, autodestrucción, castigo, fuga, deseo carnal, imposibilidad, placer efímero, estética, hedonismo fatuo, traición a su misma esencia, discurso en varias voces en idiomas distintos, pasión de morir, transgresión de todo contra a todo”.17

Debemos comprender que la construcción crítica de este cuerpo apocalíptico donde se instaura la sociedad de consumo y lo panóptico del control político, o corporeidades póstumas o futuras, se enuncia a partir de lo que el filósofo francés Gilles Deleuze, en su libro Deseo y placer, ha denominado el cuerpo sin órganos, porque es un cuerpo que se opone a todos los estratos de organización política y social, y también a las organizaciones de poder y del organismo biológico humano, puesto que el deseo sexual es visto como un campo de inmanencia en constante intercambio con el poder que lo instaura en una relación compleja de fuerzas en combate. Este desarrollo permitirá comprender una tendencia de la CF como la de las corporeidades póstumas, en donde la ausencia del amor y la imposibilidad de comprender lo humano se perfilan como los temas más resaltantes de las propuestas de las fisiologías distópicas de la ginoide en los cuentos mencionados de Ronald Delgado y Jhon Manuel Silva.

La hipocresía de la sociedad, en su conspiración permanente de poder político y poder social, decía Susan Sontag, es lo que permite desatar la válvula de escape de la pornografía en el mundo. La imaginación pornográfica, título de su célebre ensayo,opera en el diagnóstico con las dimensiones infirmes —enfermas— de las sociedades en los rumbos patológicos que adquiere, de acuerdo con la explotación que el mismo sistema de la sociedad del espectáculo provoca en las vulnerables individualidades, trastornadas por la novedad de objetos comerciales tecnológicos que, en la última esfera transhumanista del consumo, definen los gustos sexuales. La cultura de masas termina definiendo cómo concebir el erotismo y el encuentro erótico entre las personas. De esta manera, a partir de la configuración de este subgénero de la CF a la que hemos dado el nombre de porn sci-fi o pornoerotismo posthumano en la tradición de la narrativa venezolana y latinoamericana, ypartiendo de la categoría corporeidades póstumas, podemos repensar los complejos laberintos del cuerpo sobrevivido y apocalíptico desde la ficción y mirar la intimidad perversa entre cuerpo, literatura, poder y tecnología.

BIBLIOGRAFÍA

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Autores
(Caracas, 1988). Poeta, ensayista y editor. Licenciado en Literatura Hispanoamericana y magister en Filosofía, por la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Merecedor en dos oportunidades (2009 y 2016) del Primer lugar del Premio DAES de literatura en la mención cuento (ULA). En el 2015 recibió el XI Premio Latinoamericano de Poesía por Concurso “Ciro Mendía” (Departamento de Antioquia, Colombia). Es Premio de Ensayo del Goethe Institut, 2020, por la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el 2021 quedó seleccionado entre los diez primeros lugares del Premio Rey David de Poesía Bíblica, España. En el 2022, quedó preseleccionado para el Premio de Poesía Distrital Ciudad de Bogotá, Idartes. Ha publicado los poemarios Al fondo de la transparencia (Los Caminos de Altair, Venezuela, 2009); El andrógino ebrio en el Haitón (Nuevos Clásicos, Bolivia, 2017); Anatomía del grito (Estados Unidos, LP5, 2020); El Arcángel (Cali, Colombia, 2022, 1ed; 2025, 2ed). Compiló y prologó Los relatos pioneros de la ciencia ficción latinoamericana (Caracas, El perro y la rana, 2015).
Invernadero abandonado

Al entrar a la sala de emergencias, la enfermera le indicó la habitación contigua. En el cuarto aguardaba el amigo de su hermano: lo abrazó con pesar y le deseó fortaleza. Alejandro se sentó en el único mueble, cerca de la cabecera, y miró de reojo la cama donde reposaba su hermano conectado a una sonda. Este enmascaraba la vida con la mirada cegada, la boca tapiada en silencio y las manos inertes. 

A pesar de transcurridos pocos días del accidente, ya se le notaba la barba enmarañada y la piel pálida, como si su cuerpo iniciara el lento proceso de morir. El amigo contó que cuando regresó en la camioneta de la construcción, su hermano dijo sentirse mal, pero le restaron importancia. Bajando para ir a casa se desmayó en el porche. Cuando llegó la ambulancia, alertada por los vecinos, ya no respondió.

La primera noche en la clínica su hermano balbuceó algunas palabras ininteligibles y en su único momento lúcido habló de un viejo invernadero escondido entre la maleza. Desde entonces dormía profundamente.

La enfermera le recomendó una posada cercana. Alejandro canceló las citas del consultorio de abogados, y se hospedó en aquel lejano pueblo de Falcón donde las casas parecían presas de un viento huracanado; la pintura descascarada y las paredes hinchadas por la humedad. Las únicas construcciones de cemento que vio fueron la clínica y la posada; ambas doblegadas por la lluvia incesante de arena.

Los primeros días permaneció sentado leyendo un libro de rezos que le obsequió el padre encargado de terapia intensiva. No era una persona religiosa, pero pensó que era lo correspondiente. La lectura era interrumpida por un sonido molesto, como de mosca encerrada en un frasco: el rumor constante del tanque de oxígeno. 

La primera semana intentó llenar el espacio de palabras, comunicarse con su hermano por si alcanzaba a oír, pero acabó convencido de que no tenía nada que decirle. No conservaba grandes momentos con él; no le agradaba recordar su infancia. Después de abandonar la casa, Alejandro se convirtió en un fantasma que apareció en pocas reuniones familiares. El rostro demacrado de su hermano le era ajeno. Le causaba inquietud.

Esa noche se levantó asustado en el cuarto de la posada con la camisa empapada por una pesadilla; o lo que él entendía como una pesadilla. En esta se oía un sollozo infantil aleteando atrapado en una bruma con olor a flores, sin embargo, al despertar, no guardaba más detalles, como si la escena estuviera empañada de interferencia. Después de cambiar el turno de la mañana con el amigo, le explicó el sueño a su hermano. Alejandro esperaba algún indicio de reconocimiento, pero no recibió más que el compás perenne del goteo medicinal. 

Las siguientes noches las pasaron en vela, contemplando el artesonado del techo e intentando memorizar algunos de los versículos del libro de rezos, buscando eludir la angustia del sollozo infantil que surgía cuando intentaba descansar. Entonces comenzó a vagar por la recepción con muebles cubiertos de arenisca, alrededor de la pileta con hojas flotando en el fondo, por los pasillos tapizados con una alfombra desgastada; encontrándose a cada paso insomnes, zombis vigilantes, detrás de ventanas y balcones, con la mirada puesta en la clínica, que de noche resplandecía con una luz blanca. 

Algunas noches, en la lejanía, cruzando la carretera, envuelto en una polvareda en su caminata, se veía un pobre viejo de impermeable amarillo, renqueando con un bastón de cáñamo.

Una noche soñó con la finca de la amiga de su madre, un tiempo borroso, una visita que hicieron poco antes del divorcio. Era una gigantesca casa solariega, adornada con macetas de colores colgadas de los aleros, rodeada de un campo de trigo y con las montañas por fondo. Al retirarse las amigas a conversar, Alejandro retó a su hermano a escalar el terraplén más alto y coronar su cima. La subida fue rápida y divertida, pero alcanzó cierta altura, se percataron que el lado de la cima estaba sembrado de arbustos espinosos; imposible deslizarse entre ellos sin sufrir lastimaduras. Desde esa posición, la vista de los jardines circundantes y la lejanía de la casa, metía vértigo en el cuerpo. Alejandro saboreó la secuencia de la boca, el suave cosquilleo del dolor de cabeza por el sol del mediodía. Su hermano, a pesar de los riesgos, se atrevió a bajar. Ya se deslizaba un trecho, cuando él comenzó a llorar. Su hermano regresó, le propuso ir rodeando la ladera hasta conseguir un punto más accesible. En este camino desembocaron en un viejo invernadero; uno de los paneles del techo se había derrumbado, producto de las lluvias, estrellándose contra el costado de la colina formando un puente. Al cruzarlo, la penumbra del interior dejaba entrever macetas caídas y jarrones rotos; percibía el olor a tierra mojada y flores marchitas. Alejandro miró con desesperación la puerta con candado. Su llanto se fundió con el fuerte olor a flores. En ese momento, su hermano lo abrazó y le susurró palabras que lo calmaron; era como si en ese breve diálogo, en ese instante, como una gota de rocío sobre una hoja, su hermano le comunicara el secreto del universo.

Al despertar, Alejandro se sintió agotado, como si viniera de un largo viaje. De alguna manera entendió que el suave llanto impregnado de flores lo conducía, como un túnel secreto, al recuerdo del invernadero. Hasta ese momento se sintió perseguido por su vida pasada. 

Al día siguiente le contó la historia a su hermano. Le agradeció no abandonarlo en la colina. Le preguntó cómo escaparon del invernadero, y sobre el significado de las palabras susurradas, pero en ese momento se dio cuenta, como una revelación, de su rostro demacrado, quizás nunca más podría responder a nada. El dolor le llegó como una forma de conocimiento. Alejandro pensó en las últimas palabras que dijo su hermano después de desmayarse, y se preguntó si al igual que él, recordaba el invernadero como un misterio pendiendo sobre su vida. El recuerdo era la única forma de comunicación que les quedaba. Le parecía terrorífico que las sombras pudieran cernirse de súbito sobre alguien. Nunca estuvo en comunión con su hermano, hasta ahora. Le dolió nunca habérselo dicho. Deseó que se despertara, y poder disculparse.

En las siguientes semanas su hermano empeoró, y lo trasladaron al último piso de la clínica. Aunque en el cartel de entrada se leía piso de recuperación, entre el personal era conocido por otro nombre: el pasillo de los agonizantes. Era un largo corredor dividido en dependencias donde pernoctaban los familiares. Alejandro se sorprendió de las múltiples caras del sufrimiento; los visitantes se entregaban, con la mirada absorta, a cualquier paliativo que conjurara el dolor. Cualquier signo exterior, la extraña figura de las nubes, una noche más calurosa, era interpretado en relación con la enfermedad y se abrigaba una mísera esperanza de recuperación. 

La necesidad se vio agravada porque al corredor se le adosara un comercio sustentado en la enfermedad: los vendedores, pertrechados con su mercancía, se asomaban en cada habitación ofertando ungüentos, collares, cadenas, objetos beatificados, palabras milagrosas. Alejandro asistía con regularidad a la ponencia o sermón que se organizaba semanalmente en la sala común; durante una hora oía al padre que le regaló el libro de rezos pontificar sobre la vida, la salvación y la esperanza. Le gustaba mecerse con el ritmo de las palabras, además le agradaba el padre, con el que conversaba a menudo. 

Una tarde, antes o después de confiarle el recuerdo del invernadero, el padre le sugirió que hablara con el viejo del impermeable amarillo. El padre le confesó, como un escolar avergonzado que, aunque era contra natura, el viejo había ayudado a muchas personas. Él ya lo había notado entre la comitiva de comerciantes, pero ahora comerciando con aquel viejo visto fugazmente por la ventana en sus noches de insomnio, atravesando los remolinos de arena.

Un día se unió a la subasta congregada alrededor del banquito de madera desde donde se dirigía a la multitud. El viejo subastaba la llave de una habitación de hotel localizada en las playas del extrarradio. En el mundo se abren puertas insospechadas que conducen a lo desconocido, anunciaba el viejo apoyado en el bastón de cáñamo, sitios que por las tragedias acaecidas en su interior se transforman en lugares de tránsito. En su discurso mencionaba plazas que a la medianoche reverberaban con pisadas de transeúntes invisibles, el paso de trenes herrumbrosos y destartalados, descarrilados hace épocas, donde los pasajeros, muertos inocentes, aún esperan llegar a su destino. Todos hemos sido testigos de una visión parecida, una disrupción sutil de la realidad, continuaba el viejo con voz ronca, que intentamos desengañar aludiendo a un juego de luces, al cansancio, a la imaginación. Pero la intuición no falla. La sensación de trampa descubierta nos advierte que esas habitaciones, espejos, ferrocarriles, templos, no se encuentran en ningún tiempo determinado, sino que sobrevuelan todas las épocas. El viejo del impermeable amarillo afirmaba tener la llave a uno de esos lugares: en la habitación número siete, explicaba, era posible concertar una reunión con los muertos. A pesar de la resistencia, la tenaz lucha con los demás desesperados, Alejandro consiguió la llave.

Durante el duermevela de esa noche lo asaltaron imágenes confusas. Su hermano lo esperaba en una habitación consumida por la oscuridad, cuando intentaba acercarse, el piso se convertía en un mar que lo devoraba. 

Al despertar en la luz azulada del crepúsculo, al lado de la cabecera, le pareció que el cuerpo acostado de su hermano le enviaba un mensaje cifrado. Descubrió que había dormido con la llave aferrada en la mano.

Dos días después, en una tarde soleada, murió su hermano. Durante los trámites y el papeleo de la funeraria Alejandro olvidó por completo la llave. Hasta que volvió la imagen del invernadero; su hermano flotando en la eterna juventud. Se despertó antes de descifrar las palabras. En ese momento pensó en la llave. Antes de entregarla, el viejo del impermeable le advirtió de los peligros, y le habló de la monstruosa sombra que, a partir de ese momento, lo perseguiría sin descanso. A la mañana siguiente, Alejandro partía en un autobús con dirección al hotel de las afueras.

En el horizonte pespunteaba el litoral. Durante el viaje cayó en una somnolencia turbia de la que despertaba abruptamente en cada alto del camino. Por la ventanilla las altísimas dunas de arena dieron paso a una carretera flanqueada de palmeras enfermas. Debajo de él se oía el traqueteo de la marcha; los neumáticos deslizándose por el asfalto dejando todo atrás, como un río fluyendo imperturbable en la oscuridad. Ya no se sentía perseguido; su vida tenía un peso apacible. Miró sus manos en el respaldo del asiento y le parecieron transfiguradas, palpitando con un nuevo significado. Se elevaba el sonido del oleaje. Su hermano esperaba. No quedaba nadie en el autobús cuando bajó en la última parada.

Frente al mar se alzaba un anodino hotel carcomido por el salitre. Al abrir la puerta lo recibió un profundo silencio. Una habitación corriente; con el único atractivo de un balcón deslustrado con vista al mar. El pueblo apenas se distinguía, envuelto en un denso vapor, como si se tratase de un ensueño. Desde la adquisición de la llave no soñaba. Aun así, el recuerdo del invernadero y su secreto eran parte de él. 

A la mañana siguiente bajó a la playa. No era una playa frecuentada por turistas, pues las olas rompían con fiereza contra la costa y el viento era helado. 

En cambio, las noches eran húmedas y silenciosas. Pese a levantarse con frecuencia para distraer el calor, pocas veces coincidió con algún huésped. En las ocasiones en que ocurría, estos mostraban un aire desorientado y la salud quebrantada; sus pasos eran vacilantes y su conversación errática. 

Una noche decidió ir al bar de la esquina. Era un angosto local, con techumbre de palma y mesas de madera rudimentaria, abierto a la costa. Las pocas personas que conversaban alrededor le parecieron viejos fotogramas, antiguos retratos. Conversó con un viejo que se le acercó en la barra. Antes de irse, el viejo le animó a marcharse. Aún estás a tiempo, no estás como los que se quedaron aquí, dijo el anciano tomándole el hombro. Nadie sabe el elevado precio de la salvación, dijo antes de salir y confundirse con la noche.

Durante el camino de regreso al hotel, las facciones del viejo se difuminaban, como si la brisa de la madrugada le arrancase la memoria. Al encender la luz consiguió la habitación destrozada: muebles despanzurrados, la cerámica agrietada, los espejos rotos, la luz cortada. Detrás de la penumbra espesa que cercaba la estancia, se vislumbraba una presencia vetusta, rabiosa y maligna. Esa noche, como una pausa establecida, coordenadas dictadas sin lenguaje, soñó con el recuerdo del invernadero. A la mañana siguiente despertó sabiendo el sitio de reunión con su hermano.

Antes de partir por el camino que se internaba en la playa, dirigió su vista al ruinoso hotel, recordó la habitación corrompida, los rostros fantasmales de los habitantes del pueblo, y sintió la atracción del secreto, el enigma del invernadero. Al andar el viento soplaba fuerte.


Autores
(Los Teques, Venezuela, 1998). Estudiante de Psicología en la Universidad Central de Venezuela. Ha participado en la IV edición de Brevelectric y obtuvo mención honorífica en el concurso convocado por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Actualmente publica en el portal Transtextos.
Fotografía de Bea Requejo, 2014. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
Fotografía de Bea Requejo, 2014. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0

Quien tenga un saber de futuro

que observe a través de la carne

cuántos engendros de sal me habitan

y atrape sus sombras en el signo.

Que viertan sus cabezas

entre un par de lunas de trigo

y jamás escuchen hablar del tiempo.

Que tengan terror del milpiés vegetal,

que atraviesa el techo cada noche

y hablen el dialecto pendular

entre agua y cenizas.

Que maten al toro y a las últimas gallinas:

     Nunca tendrán hambre.

Que se vayan lejos

donde no comprendan las formas del silencio.

La casa enfermará sin ellos,

el arroyo hervirá en la sangre de sus bestias y la luz se perderá en la fronda

Volverán,

siempre vuelven.

Tendrán edad de olvido,

me rasgarán el ombligo

y querrán armar su nido

para el último sueño.

Quien sepa mirarme ahora

que me despierte del incendio,

que me arranque la estirpe.

Que luego de esta palabra

     adentro

se haga sombra.


Autores
Eloísa Soto (Los Teques, Venezuela, 1998). Actualmente estudia Letras en la Universidad de Los Andes. Obtiene el primer lugar en el IV concurso internacional de bloggers literarios “Qué estás leyendo” (Organización de Estados Iberoamericanos, 2015). Sus poemas han sido publicados en la revista Los Enjambres (Colmena de escritores, México 2023), revista Pruka (Venezuela, 2023), Revista Poesía (Venezuela, Nro 52, 2022), dossier Agua grande, poesía venezolana (Círculo de poesía, 2024). Obtiene mención honorífica en el VI Concurso “Descubriendo Poetas” (Ciudad Bolívar, 2022). El Fondo Editorial Fundarte publica su plaquette Caballo Final (2022). Es finalista en la novena edición del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2024). Obtiene segundo lugar en el VII Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (2024).

Si corrieras hacia el fondo de ti mismo, ¿qué encontrarías? Esta es la pregunta con la que comienzo cada jornada de entrenamiento. Al principio, mi método consistía en arduas rutinas de acondicionamiento físico, movilidad y sesiones de intervalos para que mis atletas —en su mayoría corredores de medio fondo, fondo y maratones— pudieran someterse a cualquier tipo de prueba. Sin embargo, noté que en muchas ocasiones la diferencia entre el éxito y el fracaso estaba marcada por los aspectos mentales de la disciplina. Después de todo, los aspectos técnicos se conocen desde el principio de toda formación; es la sensación de fracaso lo que les ayuda a insistir en la técnica hasta internalizarla.

Entre los jóvenes corredores que inician el camino, solamente un mínimo porcentaje tiene la oportunidad para correr fuera del laberinto. Condiciones económicas, sociales y de contexto, nos atan con una cadena invisible. El cuerpo responde a la distancia, pero la mente… la mente es el verdadero campo de batalla. En la misma línea de partida, alineados: un atleta esencialmente competitivo, uno que no. Un joven que conoce el hambre, otro que no. Aunque todos persiguen lo mismo: el oro, el récord, el trofeo, tienen una interpretación distinta de estos logros.

Recomiendo a mis atletas mantener un diario durante los periodos de preparación. En él pueden hacer seguimiento de sus marcas, dietas y las victorias intangibles que solo un corredor conoce. Hay atletas que corren porque, si se detuvieran tan solo un segundo, desaparecerían.

Los maratonianos keniatas acostumbran entrenar muy temprano en la mañana para cuidarse de las altas temperaturas. Siguiendo el ejemplo de los mejores, antes del amanecer comenzamos a trotar por las calles desiertas, acompañados por el sonido de los primeros autobuses; al igual que una máquina, en la respiración ardiente imagino vapor.

Las rutinas del amanecer son como atravesar una y otra vez el mismo día, pero con sutiles diferencias. En la estación del metro cruzo la mirada con una mujer hermosa, de labios finos y cabello azul. Los siguientes kilómetros, al pensar en ella, mi cuerpo se hace liviano y viajo años atrás.

Una leve punzada en la rodilla, como si una raíz del árbol del tiempo me dijera: “Corre, corre, corre”. La mujer del cabello azul estará dormida en el vagón, tal vez a punto de llegar a su destino. ¿Cuántas miradas desde los andenes aparecerán como una invocación de la noche en los millones de habitantes de esta ciudad? Cuántos rostros extraños que se cruzan para no volverse a ver.

A eso de las seis llegamos al parque, al lado del complejo deportivo. Las hojas resquebrajadas caen sobre la plazoleta, con su cisne de piedra y azulejos, arropado por los primeros rayos del sol. Me he acostumbrado a la repetición de este día.

Una radio del milenio pasado orquesta la melodía del quiosco de Sancho. Conversamos sobre los acontecimientos del deporte mientras se fuma el primer cigarro de la jornada. El cisne, reposando sobre las aguas del estanque artificial, pareciera observarnos. Hay otros, blancos y negros, pero solamente este asoma el cuello de lapislázuli, inmutable.

Después del desayuno volvemos a la pista de entrenamiento. Resistencia aeróbica, muscular y mental. El último del grupo se ahoga al ver las espaldas de sus contrincantes; un entrenador severo diría que, si sigue llorando, la vida le dará la espalda. En este espacio de poco sirve la severidad; con las palabras adecuadas, procuro que se sobreponga.

Tras hacer lo mismo durante años, puedo saber cuándo un competidor ganará solamente con ver su expresión antes de la carrera. Pasa lo mismo con la derrota. Me gusta entrenar la fortaleza mental con una caminadora frente a una pared blanca, sin música ni distracciones, sin atajos. Aprendemos más sobre nosotros frente a una pared en blanco que frente al espejo.

Cuando uno de mis muchachos parece desorientado, lo llevo a la estatua del cisne, en la que he encontrado el sentido de correr. El pequeño epitafio reza: En memoria del cisne azul, pero no tiene fechas. Sugiere que, desde su creación, su propósito es el olvido.

La estatua no siempre estuvo allí. Mucho antes, cuando solo me interesaba conquistar el oro y romper récords, y la radio de Sancho era lo último del mercado, había un verdadero cisne de plumas azules.

El parque, entonces, era mucho más concurrido. Cada mañana, una pareja de ancianos se sentaba a alimentar a los cisnes, y Mercedes, la madre de Sancho, vendía flores en el quiosco. Si las cosas iban mal, me sentaba a observar el cisne azul por horas. Transmitía una serenidad contagiosa que me fascinaba. Tanto en las derrotas como en las victorias, dedicaba el tiempo de mi descanso a contemplarlo. Le mostraba mis medallas de bronce, plata y oro, pero a él nunca le parecieron más interesantes que unas hojas de lechuga.

Se dice que los cisnes son longevos. Puede que de ahí provenga la calma que se siente al verlos deslizarse por el agua con las ondulaciones dando paso a una inspiración antigua. Así, como las medallas, que pierden su brillo con el tiempo, hay una foto amarillenta del cisne en mi cartera.

Una mañana, al llegar al parque, encontré un pequeño grupo de personas reunidas en círculo: entre ellos, la pareja de ancianos, Mercedes y Sancho, todos con la mirada fija en el suelo. A sus pies, yacía el cadáver del cisne. Alguien le había aplastado la cabeza con un ladrillo, seguramente durante la madrugada.

El suceso conmocionó a la comunidad del parque. No había una explicación lógica para tal acto. Solamente otra víctima de la maldad. Las hormigas, tan diminutas como nosotros, desfilaban sobre el pico distorsionado. Lo sostuve en brazos. Sin el espíritu era más liviano que un recién nacido. En ese momento comprendí lo atroz; que alguien hiciera esto sin consecuencias.

Un crimen sin testigos. No tendría justicia. La muerte de un cisne era insignificante comparada con las grandes culpas de la ciudad. Y aunque valiera de algo, ¿cómo se podría dar con el culpable? Definitivamente, no habría acusaciones, ni castigo divino o terrenal.

Acordamos despedirlo en una pira funeraria, que Mercedes decoró con flores. Por primera vez se reunieron todos los amigos del cisne: niños, abuelos, personas de todas partes, sentados en silencio escuchando el crujir de la madera en llamas. Una mujer lloraba junto a mí; podría ser una broma de la memoria, pero recuerdo que era la misma mujer del cabello azul, su rostro más joven, su cabello castaño. Los mismos labios finos. La misma mirada.

—Hay que estar pendientes por si nos matan a los otros —afirmaba Sancho.

La historia quedó ahí, y yo me enfermé de desconcierto. Solamente podía correr más rápido. Ver en cada contrincante al asesino del cisne. Convertirme en una encarnación de la furia brotando desde la madrugada, bajo esta luna maldita, un lobo aullando en los vestigios de su humanidad, incompleto. Una bestia ciega que ha memorizado el camino, la milla en blanco, comprometido, en ausencia del pensamiento.

Un paso tras otro. El paisaje helado en mi interior avanzaba sin dejar huellas, formando un sendero. ¿Quién fue? ¿Por qué lo mató? ¿Volvería al lugar del crimen? De ser así, podría correr cada madrugada hasta encontrarle. Eso valdría más que cualquier medalla. Ese lugar entre los otros cisnes, donde debería haber una presencia y no hay nada, finalmente tendría explicación. A veces, corría hasta quedarme sin aliento, y en la primera inspiración venía el llanto. No era tristeza. Estaba frustrado. 

Hay penas que no llevan a ninguna resolución. Después de cada competencia me sentía vacío. Si un cisne muriese por enfermedad, tendría sentido, incluso si un día alzara el vuelo para no volver, pero no así. Creía que una muerte como esa significa que nada frágil permanece sobre la tierra. Y si esa fuera la verdad, ¿qué sería de mí? La línea de meta subjetiva comenzó a alejarse tanto que la perdí de vista. Correr para atrapar al asesino o salvar al cisne. Correr porque el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Hasta que, corriendo, solo corriendo, dejé esas cadenas y busqué, en cada movimiento, liviandad.

Un corredor necesita una motivación más allá de sí mismo, que le brinde fuerzas cuando la voluntad se agote. Mi método de entrenamiento consiste en que los atletas entiendan que, independientemente de sus historias, todos vinimos al mundo descalzos, y al sonido de un disparo comenzamos a correr en los carriles circulares del laberinto humano, con la esperanza de aprender a tiempo que la vida es impredecible, y debemos mantener el ritmo. 


Autores
Felipe Ezeiza (Los Teques, Venezuela, 1999). Algunos de sus textos han sido traducidos al italiano, ruso e inglés. Ha diseñado y aplicado talleres de escritura creativa para niños y adolescentes, además de talleres enfocados en la construcción de bestiarios, y haiku. Entre los reconocimientos más importantes a su trabajo poético se destacan: mención honorifica en la IX Edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña; mención publicación en el 6° y 7° Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, y ganador en su 8° edición; ganador del 6° concurso de poesía Descubriendo Poetas; ganador del 5° Concurso Nacional de Poesía Joven Hugo Fernández Oviol; mención honorifica en la primera edición del Premio Internacional de Poesía Bruno Corona Petit, y ganador en su segunda edición. Ha publicado: Osario (Ediciones Petalurgia, 2022), Bestiario del viento (Buscadores de libros, 2022) y Yagrumo (Ediciones Palíndromus, 2023).
Fotograma de Beanpole, 2019. Dir. Kantemir Balágov.
Fotograma de Beanpole, 2019. Dir. Kantemir Balágov.

La última noche… La pasé de rodillas, delante de su cuna…

Antonia Grigorieva Bóndareva, teniente de guardia, piloto de mando

Simone Weil, en uno de sus ensayos más poderosos, La Ilíada, o el poema de la fuerza, escribe:

Nunca se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que incluso le hace incapaz de sentir su propia miseria. La fuerza, manejada por otros, se impone sobre el alma como el hambre extrema, pues consiste en un poder perpetuo de vida o muerte. Y es una imposición tan fría, tan dura, como si fuera ejercida por la materia inerte. El hombre que se siente en todas partes el más débil está en el centro de la ciudad tan solo —o más solo— de lo que podría estar perdido en medio del desierto.

Esto fue plasmado entre guerras, como tantos de sus textos que conmueven por su latencia. Pero la guerra nunca termina. Para Svetlana Alexiévich, la guerra no es una epopeya, sino una herencia brutal del patriarcado. Una maquinaria donde el heroísmo, las condecoraciones y los premios son apenas un teatro: un disfraz del sacrificio de otros. Esa épica del “honor” masculino que en su avance aplasta la carne, la voz y la memoria de las mujeres —a las que Alexiévich les devuelve la palabra en su libro La guerra no tiene rostro de mujer— es también el motor que impulsa al director Kantemir Balagov a componer Beanpole. Su propio poema visual sobre la fuerza y el trauma de la guerra.

Entre mujeres

Tras el asedio de Leningrado en 1945, dos amigas —excombatientes del Ejército Rojo— ingresan a trabajar en un hospital. Una de ellas es Dylda, con una parálisis crónica dentro de un cuerpo extraviado y traumatizado por la guerra; la otra, Masha, su compañera en el trauma. Beanpole es un retrato devastador del residuo bélico encarnado en dos mujeres que ya no esperan consuelo ni redención. Esta amistad, brutal y singular, comparte la misma tragedia y el mismo destino: cuerpos que habitan la miseria de un silencio impuesto por el dolor. Porque en toda guerra hay vencedores y vencidos, pero nadie habla del sedimento, del resto, de las ruinas humanas. Eso es lo que vemos en Beanpole: la supervivencia sin gloria, la vida con el rostro desollado. En su mundo no hay marcha triunfal; los verdes y los rojos lo tiñen todo. Balagov dialoga con la tradición del cine ruso y rinde homenaje a su maestro, Aleksandr Sokúrov. El director confiesa su obsesión por el trauma femenino en la guerra y en la posguerra y, plano a plano, entre la belleza gélida y la quietud del encuadre, confirma su maestría.

La guerra es estéril

En un plano, una vela da luz a tanta oscuridad que las dos mujeres parecen salidas de un cuadro de Georges de La Tour: inmóviles, divididas por una llama que relampaguea fragmentos de una vida en penumbras. Ese plano revela una nación sin ídolos. La guerra es para alimentar el poder de los poderosos. Acá vemos cuerpos humildes, desgastados, carne reseca por el hielo, cuerpos enflaquecidos por el hambre. Y ellas dos —en la noche reducida a lo esencial— se vuelven santas. Balagov revierte la tradición de lo doméstico a su propio campo de batalla: el hogar y el hospital como frentes de guerra. Una cocina, una cama, una mesa, un consultorio médico: todo puede ser una trinchera. La maternidad, la pérdida y la muerte. Úteros que ya no sirven para dar vida. Cuerpos exhaustos que no dan tregua. Ellas no comparten esa maternidad posmoderna que alquila vientres, congela espermas o pagan tratamientos de fecundación in vitro. Ellas caminan juntas, cómplices, sobre escombros, con otras mujeres, infanticidas, suicidas, infieles, abandonadas y promiscuas.

Con nosotros había una operadora de radio que había dado a luz hacía poco. Un bebé de un año… Pedía pecho… Pero la madre tenía hambre, no había leche, el niño lloraba. Los soldados estaban cerca… Llevaban los perros… Si los perros le oían, moriríamos todos. Todo el grupo, unas treinta personas… ¿Lo entienden? Así fue como la madre sumergió el bulto con el niño en el agua y lo tuvo allí un largo rato… el niño dejó de llorar… El silencio… No podíamos levantar la vista. Ni mirar a la madre, ni intercambiar miradas…

Los relatos de Alexièvich no son ficción. Estos relatos, que para la gran historia son de mujeres anónimas, tienen nombres y apellidos. Ellas fueron las grandes luchadoras que derrotaron al fascismo. Las mujeres lo hacían todo: cuidaban, combatían, cocinaban, criaban, enterraban, sanaban vidas. Fuera del campo, otras esperaban con un plato sobre la mesa a hijos e hijas que jamás volvían. La esperanza, la única muleta. Cuántas noches en vela, sitiadas por fantasmas y pesadillas. Cuántas habrán regresado a una cama vacía, algunas, murmurando plegarias a un dios que no escucha. Ante el dolor, ¿cuánto puede resistir un cuerpo antes de quebrarse? ¿Cuántas se habrán suicidado en el silencio de la noche oscura? Ellas parieron soldados que murieron por la nación. No hay resiliencia posible luego de tanta brutalidad. En 1915, la revolucionaria y pensadora bolchevique Alexandra Kollontái escribió un texto tan preciso como doloroso, formulando la misma pregunta que aún hoy nos persigue: ¿a quién sirve la guerra?

La guerra aún no ha terminado, de hecho, su fin ni siquiera se vislumbra, pero el número de lisiados se multiplica: los mancos, los cojos, los ciegos, los sordos, los mutilados… Partieron hacia el sangriento matadero mundial jóvenes, fuertes y sanos. Tenían por delante toda su vida. Solo unos meses, semanas, incluso días después, fueron devueltos medio muertos, lisiados…

Las víctimas y el sufrimiento humano se reflejan como espejos rotos, sin bandera, ante los ojos del espectador. La belleza se mezcla con el malestar y cada gesto parece cargar con el peso de lo inevitable. La guerra no es teatro. El director confiesa: “Pero para mí Beanpole se refiere más a la torpeza y así es como mis héroes se sienten y expresan sus sentimientos en la película: son torpes, están aprendiendo a vivir de nuevo después de la guerra y resulta muy difícil para ellos”.

El cine es una máquina de memoria

Frente a la guerra, al fascismo, a la violencia estructural contra las mujeres, la pantalla se convierte en archivo y en testigo incómodo. No hay ficción que neutralice la verdad que late en ciertas historias: allí donde el cuerpo femenino es territorio de conquista, de castigo o de resistencia. A través de los rostros, de las heridas y de los silencios que retrata, el cine revela cómo las grandes catástrofes históricas se inscriben primero en la piel de las mujeres, y cómo, incluso en la derrota, persiste la fuerza de su resistencia. En Dos mujeres, de Vittorio De Sica, una madre y su hija huyen de Roma tras la ocupación nazi, pero el horror las sigue como una sombra. En el campo, en la supuesta calma rural, la violencia se ensaña con sus cuerpos: no hay refugio, solo un nuevo rostro del espanto. En Vincere, Marco Bellocchio narra la historia de Ida Dalser, mujer encendida que amó al joven Mussolini cuando aún vestía la máscara del socialismo. Ella lo sostuvo con su pasión, con su dinero, con su cuerpo. Él la negó, la borró, la encerró. El fascismo persiste en otras formas y comienza también allí: en la traición íntima, en el olvido de la carne que lo engendró porque esa mujer engendra un hijo del propio Duce. Veronika Voss, de Rainer Werner Fassbinder, es un fantasma que llegará tarde a la vida Inspirada en Sybille Schmitz —estrella de la UFA durante el Tercer Reich—, Veronika camina por una Alemania que ya no la quiere, que la usó y la desecha. Nadie recuerda sus películas. Nadie pronuncia su nombre. Morirá sola, atravesada por la morfina y el silencio. Una actriz sin escenario, una mujer sin patria. Un asunto de mujeres, de Claude Chabrol, nos lleva a la Francia ocupada. Allí, una mujer cualquiera —sin títulos, sin épica— abre su casa para ayudar a otras. Practica abortos clandestinos. Corta el nudo de la maternidad no deseada. Ofrece a las violadas y a las solas una forma de seguir vivas. Su cuerpo no es víctima, es resistencia. Su delito: decidir. Su condena: la muerte. 

Hoy, estamos en guerra y lo vivimos en directo. No es posible encontrar refugio en una ilusión. Ante este horror del que somos testigos, la pregunta es inevitable: ¿cómo reflexionar sobre el poder ético y político de lo que vemos? Todo tan desolado. ¿Qué mundo nuevo puede nacer de la guerra? La historia enseña que el silencio es cómplice de la indiferencia. La guerra no es solo un hecho histórico ni un relato heroico para la posteridad: es un daño indeleble, una herida abierta que atraviesa generaciones. Resistir es también hacer memoria, es reconstruir el tejido roto de la humanidad. Porque si olvidamos, perpetuamos. Y el cine nos devuelve un espacio de reflexión. Hacia el final de la película se abre un resquicio, un territorio donde el horror retrocede. Un instante suspendido, como si el tiempo se rindiera y quedara solo un porvenir. Un abrazo que no es solo refugio, donde los cuerpos, después de haber soportado lo insoportable, se reconocen indómitos. Allí, donde todo lo terrible, por un instante, queda atrás, para vivir la verdadera medida de lo que puede un cuerpo.


Autores
Artista visual, escritora, editora, ilustradora y bailarina. Dirige Accattone Libros, editorial y librería independiente inspirada en el universo de Pier Paolo Pasolini. Su obra se centra en la relectura de clásicos desde perspectivas contemporáneas, feministas y decoloniales. Es autora de Medea ilustrada (junto a Juan Tobías Nápoli), La tempestad ilustrada (editada en México) y Leonardo Favio, nadie puede olvidarlo (coautoría con Roberto Galasso). También ilustró una versión libre de El matadero para Charco Editora. Como investigadora, se ha especializado en el cine de Raúl Perrone, Pasolini, Chantal Akerman y Leonardo Favio, entre otros. Escribe en medios como Página/12, La Tinta, El Planeta Urbano, Caras y Caretas, Afrofeminas y Tehan Time.
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.

A la memoria de Julio Zuniaga

Han pasado tres meses desde que mi abuelo falleció. Se fue mientras dormía, en su cama ancha y solitaria desde que mi abuela nos dejó ocho años atrás. La enorme casa que compartían parecía ya un museo familiar, juntando todos los recuerdos que se fueron creando con el pasar del tiempo. Y él era el guía que nos llevaba a paseo por la memoria. Fotografías, afiches, documentos, efectos personales que se fueron dejando atrás, pero sin una mota de polvo, porque su trabajo en los últimos tiempos, antes de enfermar, fue mantener incólume cada pieza que allí se guardaba. Por la cantidad de cosas, cuando terminaba de limpiarlas, ya las primeras comenzaban a almacenar polvo y el oficio volvía al punto de partida.

En algunas ocasiones nosotros le ayudábamos, aunque había una habitación a la que nadie tenía permitido entrar, y de la cual solo había una llave, que siempre la llevaba colgada en su cuello. Era su estudio personal, su propia historia. Sabíamos mucho de su vida, sí, pero entre esas paredes ocultaba sus miedos y las más grandes alegrías. Pero un día antes de morir, como si ya supiese que su camino estaba a punto de terminar, me confió la llave con una promesa: después de transcurridos tres meses de su fallecimiento, podríamos entrar y tomar todo lo que quisiéramos. También aquello venía acompañado de otra petición: todo el contenido del baúl de roble me lo legaba a mí, y con ello, los más íntimos secretos. Lo que allí se contenía, lo tendría que llevar en silencio hasta mi muerte, según me había confiado. Y antes que ese último momento llegara a mi vida, debía quemar todo aquello.

Pareciera que este día está lleno de melancolía. Las nubes bajaron sobre la ciudad, cubriendo de plomo todo el cielo, se respira un aire frío y entramos a la casa amparados por la garúa. Estamos mi madre, dos de mis tíos, tres de mis primos y yo, frente a aquella puerta de roble tallado, de dos alas, que había mandado a hacer específicamente para esa habitación. Tras abrirlas, desde dentro el vacío nos delata con un beso apesadumbrado. El espacio oscuro esconde tras su velo el dolor que comienza a compungirnos. Le entrego la llave a mi madre y abro los ventanales para que todo respire, se llene un poco de vida y la luz de las cosas nos guíen hasta nuestros deseos. En medio de la habitación está un enorme escritorio, el mismo donde reposaron tantos acuerdos y se cerraron grandes tratos con empresarios y políticos. Aquel había sido el despacho más íntimo y poderoso de la ciudad por más de treinta años, que ahora se había convertido en una sala más de la larga historia personal.

Detrás del escritorio, como un tesoro que era protegido por él desde su trono, encontré el baúl que no debía medir más de un metro de largo por medio de ancho, rectangular, de caoba reluciente, de estilo náutico, con un enorme candado sellándolo. En el primer cajón del escritorio encuentro la llave que abre el secreto, y sin mediar palabra alguna, cierro de nuevo y salgo con lo único que me importa. Aunque pudiera mirar aquí y allá, la petición de mi abuelo puede más que cualquier cosa, y me embarco hasta mi apartamento, solitario a aquellas horas, para desentrañar lo que en ese pequeño espacio se esconde.

Al abrirlo, consigo cuadernos, varias decenas de ellos, y un ejemplar de la novela Giovanni’s room de James Baldwin. Las tapas de los cuadernos son de cuero negro, el interior de papel fino y el membrete de la firma de abogados que él fundó. En la cubierta trasera está su sello grabado a fuego, el mismo que siempre llevaba en el anillo de su dedo anular derecho. Poco a poco voy revisando los cuadernos y leo por encima el contenido. Mi abuelo ha vaciado parte de su memoria en aquellas páginas, y me siento a llorar entendiendo que su mayor legado son sus más íntimos recuerdos.

En uno de ellos encuentro una foto de él y el tío Gabriel. Se ve que rondarían edades cercanas a los treinta. Se abrazan con camaradería y sonríen a la cámara mientras, detrás de ellos, una ola pequeña está a punto de romper contra la orilla de una playa. La reconozco enseguida, es Playa Maracaibo, una bahía a la que recién mi marido me llevó a conocer, porque estaba prohibida para la familia. En el anverso, escrito quizá por la letra del tío Gabriel, se lee: “el mar tiene tu nombre”.

Decido comenzar a leer aquel cuaderno y, poco a poco, el viento me revuelve el cabello, las olas murmuran en mis oídos y mi lengua siente el sabor salobre de aquella foto.

***

En la séptima calle, cerca de la Avenida Independencia, está El Mar. Lo supe gracias a Gertrudis. Bueno, a Germán, el hombre que me hizo famoso de mala gana, por defenderlo en un caso donde se le acusaba de ir contra la moral y las buenas costumbres, simplemente porque le gustaba vestirse de mujer. Ese tipo perdió todo de la noche a la mañana: familia, trabajo, amigos, dinero. De los mejores empresarios tabaqueros, pero con una “desviación” importante. Lo último que le quedaba de dinero me lo confió para que no lo metieran en la cárcel, porque en ese momento era usual la práctica del abuso sexual y muerte a los fueran “especiales”. Al final logré que no lo condenaran a cárcel, pero el juez dictaminó que era un “enfermo mental” y lo recluyeron en la Clínica Buenavista. Lamentablemente la vergüenza que sentía (aunque, como le llegué a confesar, no debía sentir por ser quién era) lo condujo a colgarse en su habitación meses después.

Pero fue él quien me dijo dónde quedaba El Mar. Corrijo, fue él quien me mostró El Mar.

Una tarde en que pude organizarme y tener tiempo libre, le pedí que me enseñara dónde quedaba aquel lugar, necesitaba saber si era cierto todo lo que decían de esa leyenda. Por mucho tiempo se habló de El Mar como una especie de ciudad escondida dentro de la ciudad. Decían que pertenecía al “Triángulo de las Bermudas”, patético nombre que le dieron al distrito donde las prostitutas hacían de la calle su pasarela y los “maracas” se paseaban y creaban bullicio. El famoso triángulo lo formaban los bares El Dorado, La Facultad y El Mar. Los dos primeros habían sido desmantelados por la policía, y por eso El Mar se había vuelto un espacio virtual, itinerante, casi mágico. Estaba seguro que era una dimensión paralela y, por eso, se había convertido en una leyenda.

Ya caía la tarde cuando nos dirigimos hasta el centro y estacionamos en la sexta calle, en el patio interno de un edificio de apartamentos. En él había otros seis autos, de todas las generaciones y gamas. Germán me condujo por un pasillo largo y oscuro que desembocaba en la portería del edificio y que nos comunicaba con la séptima calle. Al estar en la acera ─yo no podía estar más perdido─, me dijo: Ya estamos.

A primera instancia le miré el rostro, que se debatía entre sentir tristeza y terror por lo que le esperaba en el futuro y la emoción de llegar a un sitio al que se estima tanto. Estamos… ¿dónde?, recuerdo preguntarle. En El Mar, pues, contestó con cierto recelo. La calle a esas horas estaba vacía. A unas cuantas cuadras se divisaba el obelisco de la plaza siendo bañado por la luz toronja del ocaso. Estamos en la puta calle, Germán, rechisté. Él se resumió a reír.

Si no te conociera, querido, no me arriesgaría, pero sé que necesitas conocer El Mar, me dijo. ¿Yo? ¿Por qué?, pregunté con un tono sinceramente incómodo. Porque, como comprenderás, entre maracas nos conocemos. Sé que tu interés no es por el caso, por eso he querido que conozcas lo que mueve a El Mar. No es un sitio físico per sé, pero se siente cuando estás cerca. Eso es lo que ha hecho que sea imposible conseguirlo. Solo los que sienten su presencia, saben dónde está. ¿No lo escuchas?

Ya iba a replicar cuando me tapó la boca y con su mano me indicó que escuchara, que el silencio ─¿o el corazón?─ me dejara descubrir el camino. Era verdad, se escuchaba algo. A la distancia, como si con cada paso que dábamos nos adentráramos en las dunas de la playa, se podía escuchar el murmullo de las olas, algo familiar. ¿Por qué no lo había escuchado antes?, me pregunté. Pero sí, ahí estaba El Mar.

Germán me tomó de la mano y nos introdujimos en una relojería. Al fondo, un hombre ya entrado en años revisaba con lupa un pequeño reloj de muñeca. Pero el sonido ahí seguía y traía recuerdos que yo no sabía que me pertenecían. El espacio, hondo y vasto, tenía el susurro del oleaje a través de una especie de aleteo sincronizado de los minuteros. Cuando ese hombre viró la mirada hacia nosotros comprendí dónde estaba: allí era donde mi padre compraba y arreglaba sus relojes y otras joyas. Siempre lo acompañaba cuando era pequeño y me emocionaba entrar y escuchar el murmullo de aquellas olas del tiempo.

Nos reconocimos al instante, pero no cruzamos palabras. Aunque tuve intenciones de negarlo todo y preguntar por alguna baratija solo para disimular, Germán se adelantó. ¿A quién venís a buscar?, preguntó el hombre. Al dueño del séptimo reloj , contestó con convicción. ¿Y los otros seis?, inquirió el viejo mirándome. Me los metí por el revés . Cada palabra fue dicha con el tono que se dicen las contraseñas, vigilando que nadie más ─aparte de mí─ escuchara, pero estábamos solo nosotros. Pasaron unos segundos en que ambos hombres se miraron a los ojos como buscando una última seña que fuera correspondida con el procedimiento, pero al final soltaron una carcajada sincera y se dieron un abrazo con el mostrador de por medio.

Pensé que no te volvería a ver, comentó el hombre mirándonos a los dos. No comprendí si lo decía por Germán o por mí, pero yo decidí no contestar. ¿El muchacho está enterado de todo?, terminó. Sí, y lo que se me haya pasado, lo aprenderá rápido.

El hombre indicó la puerta del cuarto que, según yo recordaba, era donde se revelaban las fotos antiguamente. Cuando nos introducimos en aquel espacio, las olas dejaron de romperse en los minuteros; en cambio, a la lejanía se escuchaba el ritmo del jazz pegar contra las paredes. Al fondo, detrás de una cortina, como el velo que nos separa de la dimensión desconocida, se extendía un pasillo pobremente iluminado pero perfumado con esencia para después de afeitar, algo extraño, pero excitante.

Le seguí el paso a mi compañero que, poco a poco, se iba desabotonando la camisa, deshaciéndose el nudo de la corbata y paseaba sus manos por el pelo para que cobrara vida. Y por allí se iban iluminando nuestras caras al ingresar en un espacio amplio y hondo, como las catacumbas de una civilización perdida. Las paredes de ladrillos, varios arcos sostenían el techo abovedado sobre nuestras cabezas y la luz amarilla de diferentes bombillas le daban un cariz antiguo y excitante a aquel lugar.

Bienvenido a El Mar.

Una barra se extendía, por el flanco izquierdo, hasta el final. Coincidía justo con el inicio de una pequeña tarima en la que había una banqueta y un par de telas brillantes servían de telón. El resto del espacio estaba graneado de mesas redondas con pequeños taburetes, y había hombres de todas las edades y todas las bellezas, vestidos de hombre o mujer, pero felices de estar en ese momento justo. Conversaban, reían, bebían, se besaban. Era la primera vez que veía un hombre sentado en las piernas de otro, mientras unía sus brazos por detrás del cuello de su compañero y lo besaba con pasión. Intercambiaban miradas, se iban juntos al pasillo o al baño y al rato volvían.

Yo me sentía un ser pequeño e íngrimo, nervioso y aún sin poder entender la importancia que aquel espacio tenía y, aparte, la confirmación de su existencia. Ahora yo era parte de la leyenda.

Yo comencé tomando whisky, Germán bebía brandy. Él sabía que solo vendríamos por una cosa y que no tardaríamos mucho en irnos, pero me pidió un poco más de tiempo. No sé si sea la última vez que esté acá, aunque espero que no. Quiero enseñarte algo, para que me entiendas mejor. Ahora regreso. Anda, haz amigos, me dijo antes de perderse entre los telones improvisados del escenario.

Di vuelta sobre el eje de mi banqueta y volví a mirar a todos aquellos hombres felices que me rodeaban. Eran libres, no les podía pedir menos. Y en ese paneo fue que lo vi. Estaba sentado, solitario, con una botella de tequila y un libro que, pude ver desde lejos, lo escribía James Baldwin. No sé por qué lo hice, la verdad, pero no dudé en acercarme a su mesa.

¿Puedo sentarme?, le pregunté sentándome, algo torpe, muy nervioso. Ya lo has hecho, contestó. Yo sonreí de manera torpe y él me secundó la acción, pero su mirada fue lo que me sacudió por completo. Sus ojos vivos, brillantes, del color de las avellanas. Tenía un corte de pelo al ras, y un bigote poblado, los labios finos se asomaban por debajo de él. No conozco ese libro, le dije acomodándome en el banquito, tratando de mitigar el vacío que se había producido en mi estómago. Recién lo publicaron hace unos meses. Un amigo me lo ha traído desde Estados Unidos. Por poco no lo dejan pasar con esto, indicó pasándome el ejemplar. ¿Por qué? ¿Habla de algo controversial? , pregunté. Sí, habla de nosotros. El libro se llamaba Giovanni’s room.

Poco a poco me fui introduciendo en la historia del libro y de aquel muchacho, un poco más joven que yo, según mis cálculos, a través de la conversación. Tenía una forma peculiar de pronunciar las palabras, y con el tiempo me fui dando cuenta de la cicatriz que recorría su bozo y culminaba en el labio, muy bien disimulada bajo el frondoso bigote negro. Estoy hecho de muchas cicatrices, me comentó, al tiempo que la señalaba precisamente. Nací con una condición a la que llaman Labio leporino” —, señaló. ¿Leporino?, inquirí con verdadera inquietud. Nunca había escuchado de una enfermedad que se llamara así. Es una palabra que viene de Liebre. Así me llamaban cuando pequeño, porque mis labios estaban partidos por una hendidura… como los de la liebre.

Sirvió algunos años en el ejército y estuvo a punto de alistarse para ir a la guerra, pero no sucedió. ¿Entonces las cicatrices de las que me hablas no son de la guerra?, pregunté con indiscreción. Si vivieras como lo he hecho yo, te darías cuenta de que ser homosexual es una guerra interminable. Nos quedamos en silencio, adivinando lo que nos decíamos entre nuestras miradas. Sus ojos parecían brillar como no había visto en ningún otro hombre. Mirada de vergüenza, tristeza, deseo y anhelo. Discúlpame un momento, me dijo luego. Se levantó y se sentó al piano que se encontraba del lado derecho de la tarima.

Un ritmo contagioso se apoderó de la sala y todos voltearon a ver lo que acontecía. Bajo una luz vaporosa y emergiendo de los telones improvisados, unos tacones plateados presentaron las piernas finas y definidas de Gertrudis, que apareció envuelta en un traje corto de la misma tonalidad, una cabellera rubia y esponjosa y su rostro maquillado con sombras y los labios rojos, tan rojos como la pasión. Había escuchado aquella música un par de noches en las que salí a bailar con la que se convertiría en mi mujer. La había compuesto una artista prominente, a la que tuvimos el gusto de conocer, un par de décadas después, en un viaje que hicimos a los Estados Unidos: Mary Lou Williams.

Gertrudis parecía haber sido poseída por el ritmo y su cuerpo se apegaba a cada nota que el chico tocaba con entusiasmo. Entre ellos se podía ver la complicidad de los amigos, o los amantes, pero que conocían al milímetro lo que estaba pasando. La mujer iluminaba el escenario con cada movimiento, y los dedos al piano parecían sonar con vida propia. Era hermoso ver aquel acontecimiento. Ni en los mejores sitios de baile había podido presenciar la soltura de la música y el cuerpo, resonando al unísono. Él, cada tanto, volteaba, me veía y sonreía. Yo estaba maravillado y le guiñaba el ojo. Por un momento me olvidé de todo, de dónde estaba, a dónde pertenecía y solo disfrutaba, al tiempo de sentir el estremecimiento de mi cuerpo. El éxtasis que se vivió en ese instante nunca lo volví a sentir en mi vida.

Al finalizar la actuación, el chico me tomó de la mano y me condujo hasta el pasillo. Por primera vez, y sin ningún arrepentimiento ni miedo, besé los labios de un hombre. Su cuerpo se construyó a partir de mis manos y viví lo que por mucho tiempo soñé. Fuimos él, yo y el deseo que comenzó a crecernos desde el interior.

No me has dicho tu nombre, recuerdo decirle en medio de aquel pasillo mientras su boca recorría mi cuello. Ni tú me has dicho el tuyo, dijo antes de proseguir con su camino de besos y desabrochando mi pantalón. Me llamo Saúl, dije. Él se detuvo, me miró y sonrió. Estampó sus labios de nuevo contra los míos y dijo: Me llamo Gabriel.

El cuaderno termina de esa manera. Se ha hecho de noche y recién me doy cuenta. Mi chico acaba de llegar del trabajo y solo busco el confort de sus brazos. El camino que he comenzado a recorrer podrá ser doloroso, pero también maravilloso. Él no entiende qué pasa, pero tampoco quiero explicárselo. No ahora. Le pido que sirva un par de copas de vino y se siente conmigo a leer lo que guardan aquellos cuadernos negros del insilio.


Autores
(Coro, Venezuela, 1995). Es médico cirujano, escritor, editor y diseñador venezolano. Fundador de Ediciones Palíndromus, Awen (Revista literaria y editorial), y el proyecto antológico Ant[rop]ología del Fuego. Es autor de los poemarios Escribiendo en Tierra de Nadie, Araboth, Alma, Ciudad del Sur, Reflejos Cotidianos, El conjuro del humo, Guardianes del susurro, La condición quebradiza, [Soid] a la sexta hora y Otredad; como narrador, los libros de cuentos: Cirqueros, Gitanos y Embusteros, El hogar es un nombre que pesa y La jaula que fuimos; como cronista, Ruta 6 y la plaquette Y será de nuevo ayer. Ganador del IV Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (Venezuela, 2020), el IV Premio “Caperucita Feroz” de Cuento (España, 2020), I Slam Poético 0212 (Venezuela, 2020) y del IV Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (Venezuela, 2019). Resultó primer finalista del X Premio de Literatura Experimental Sporting Club Russafa–Carlos Moreno Mínguez (España, 2021) y finalista en el II Premio Franco-Venezolano a la Joven Vocación Literaria (Venezuela, 2018), entre otros.

a Reynaldo Jiménez

Los murciélagos descansan

bajo la sombra de la mata de níspero.

La luz del trópico no los invade.

En azul se disipan montaña y cielo

hacia un paisaje mental:

nubes de leopardo,

lobos de tiempo,

troncos de agua,

mesas de zamuro,

plataformas de plumas,

vidrios de carbón,

cuerpos de viento      y sus caras,      

su amor sobre mí,

                            me dejan decir dolor del pie,

                            ardor de cabeza.

Un extractor de luz con los aires.

Torbellinos de estrellas y alambres

bajo las alas rotas del aplauso.

Las aguas remotas de las focas,       y el campo.

Salgo ahora del paisaje

y, atento al pie, con mi bota, empujo

silbidos pensantes del tordo.

¡Y se abstrae el espacio!

*

a Félix García

Abro los ojos en la víspera.

Se enredan

el cazuz de la hiedra, el calor del asfalto,

las ardillas, los gatos…

La otredad refleja

a un yo con el nombre de Juan.

La mesa de óxido y el mango

se alzan en rebeldía al sol.

Me siento frente al charco

a decir cuánto veo, escucho y pienso.

Con simple oído,

estoy sentado y no hay viento.

El sol se irá a dormir en unas horas

y yo me quedaré despierto.

La noche no es idea,

sino ciclo circadiano.

Ella piensa antes de hablar.

Toma la paciencia de los brazos

alrededor del tronco.

Nada más antiguo que el canto

              (ni siquiera la historia).

Improvisar es registro, reciclaje modal.

El arte forma nidos de algoritmos,

pérdida invertida de sol.

La orfandad lleva en sus talones

alas de pichón.

Contemplo este árbol de cuellos,

cantautores fantasmas y futuros.

La contención proteica del sonido

es afán de escucha.

No hay mayor dicha que lo fugaz del pensamiento.

Allá,    en algún puerto,

un barco encalló por su destreza:

su inexperiencia no supo improvisar. 

*

a mamá

Una avería callosa en mi cuerpo

me devuelve al principio.

Me devuelve a la mujer,

a una piedra, a una hoja

a una calcinada mayéutica.

Pero hoy vine a contar mi historia:

Anduve de loco adolescente

y de niño en muchos parajes.

Siempre me asombraron las hojas,

cómo se muestran en la noche.

Los cuerpos celestes y las hormigas.

Vino el buscador de perlas

con los ojos vendados por la novedad

y la ilusión perenne de las tecnologías.

No había mayor regazo

que la rutina.

No hubo mayor elogio que la crítica.

Desarrollé algunas luces artificiales,

me hice de piedra y música.

Recorrí otro camino cuando el tiempo hizo la paciencia,

cuando la raigambre se pegó a estos suelos silvestres.

Mi tiempo se perdía en techos que se volvían pozos.

Nunca había buscado lo nuevo,

sino lo obvio:

esa prehistoria era de todos.

Se encontraba,

en los recodos de muchas lenguas,

una forma ingeniosa de hacer los cuerpos de aire.

Llevo esa avería con el orgullo de un pavorreal.

¿Fue noche la voz

que salió primera a azuzar

una frecuencia rara?

¿Fue mi tono un columpio,

un niño agachado?

Se avecina la palabra expansiva,

los tiempos de la tempestad

mientras un río

suena rozando entre las piedras.

La frescura del tiempo encarnecida

en lo vivo, en el símbolo,

en el silencio.

Y yo que hablo pausado

con dulce tono, busco simplemente fluir con él.

Esta historia, ese niño

que se rompió la cabeza contra los muros

de       no podrás sostenerte, hijo mío,

si vas por esta senda.

No podrás brindar un techo para ti y los tuyos.

Si ese muro tenía razón en algo

era en su resquebrajamiento,

donde se avisaba una ambigüedad floral,

un aroma a pelambre en la cara y el cráneo.

¿Esta vívida imagen era un venado

en el asfalto asombroso de Caracas?

Vengo a traerles este hablar hacia el eco,

unas raíces que encontré,

y emocionado se las doy

como un perro a su amo.

Las bengalas se avecinan

con el triunfo de la muerte

y las fuentes de agua más temprana

se esconden en los recodos de las calles.

La prehistoria es una grieta.


Autores
Juan Lebrun (Caracas, Venezuela, 1997). Poeta y músico. Su libro Salmista fue valorado en el Premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana en el año 2021; recibió el tercer lugar en el 7° Concurso de Poesía Joven Rafael Cadenas, organizado por la Poeteca y Team Poetero en el 2022; ganó el Premio Internacional de Poesía Joven Ida Gramcko 2024 con El libro de las improvisaciones. Apareció en tres antologías de poesía venezolana: Palabras que gotean, Poetas en el galpón y Cuando pienso en libertad. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al bengalí y al italiano.