Tierra Adentro
Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0
Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0

Parte 3

La resistencia como única doctrina de seguridad viable

A medida que se calman las recientes rondas de agresión y represalias, Asia Occidental se encuentra en un punto de inflexión crítico. La prolongada confrontación entre el Eje de la Resistencia y la alianza estadounidense-israelí del Golfo ya no se limita a las sombras de la guerra encubierta ni a los márgenes de la diplomacia. Ahora se desarrolla en frentes abiertos, líneas divisorias políticas y cuellos de botella económicos. Lo que surja de esta confrontación moldeará no solo el futuro de Palestina y el Líbano, sino también el orden estratégico de toda la región.

1. Hacia una nueva ecuación regional: ¿guerra, resistencia o realineamiento?

En el centro de esta dinámica en desarrollo se encuentra la erosión gradual de la unipolaridad estadounidense, reemplazada no todavía por un nuevo orden multipolar estable, sino por una fase de transición marcada por la volatilidad, la asertividad y la recalibración. Estados Unidos y sus aliados regionales siguen buscando la contención, la normalización y la flexibilidad del régimen, pero la Resistencia, liderada por Irán, Hezbolá, las facciones palestinas, la Resistencia Islámica iraquí y Ansarullah de Yemen, ha trastocado ese cálculo al convertir las zonas de debilidad en puntos estratégicos de influencia.

Desde Gaza hasta el Mar Rojo, desde el sur del Líbano hasta el Golán, la Resistencia ha demostrado que ya no solo sobrevive bajo presión, sino que prospera en la confrontación. Los días de guerras unilaterales y mesas de negociación posconflicto sesgadas por la hegemonía estadounidense están llegando a su fin. En su lugar surge una confrontación más simétrica, donde incluso los regímenes más poderosos deben sopesar el costo de la agresión en vidas, legitimidad y logística.

La región se enfrenta actualmente a tres grandes posibilidades.

  1. Una guerra de desgaste de espectro completo. La posibilidad más peligrosa es la de una guerra sostenida y creciente en múltiples frentes. En este escenario, Israel, con el apoyo de Estados Unidos, podría desencadenar un conflicto a gran escala, ya sea por un error de cálculo o buscando asestar un golpe final contra Hezbolá o Irán. Sin embargo, como lo demuestra el ataque con misiles iraníes de abril de 2025 y la constante preparación de Hezbolá, este escenario no se limitaría a un solo frente. Probablemente abarcaría Líbano, Gaza, Siria, Irak e incluso bases estadounidenses en la región.1 Una guerra así sería catastrófica para la entidad sionista, que carece de la profundidad demográfica e infraestructural necesaria para soportar una guerra asimétrica, urbana y de misiles prolongada. Sin embargo, para Washington y sus socios, la desesperación por salvar la disuasión en declive podría invalidar las evaluaciones racionales de costo-beneficio.
  2. Contención estratégica y fragmentación regional. La segunda posibilidad prevé la continuación de las zonas de conflicto statu quo, donde Israel y Estados Unidos buscan contener la Resistencia mediante sanciones estratificadas, ciberguerra, ataques aéreos, sabotaje económico y pactos de normalización. Este modelo de “conflicto frío” se basa en gran medida en la cooperación entre el Golfo e Israel, el aislamiento político de Hezbolá, el debilitamiento del corredor sirio-iraní y la expansión de los vínculos de los regímenes árabes con Tel Aviv.2 Pero esta estrategia adolece de una debilidad fundamental: presupone que la Resistencia puede aislarse; por el contrario, los acontecimientos de los últimos dos años han demostrado que los movimientos de resistencia son ahora más interdependientes, resilientes y autosuficientes que nunca. Ansarullah controla las rutas comerciales del Mar Rojo, la Resistencia iraquí se ha reestructurado tras la retirada estadounidense, y Gaza, aunque asediada, sigue infligiendo daños estratégicos a la psique y la capacidad militar de Israel.3
  3. Surgimiento de un bloque regional centrado en la Resistencia. La tercera y más transformadora posibilidad es la de una nueva alineación regional, basada en la doctrina de la Resistencia, la soberanía estratégica y la seguridad colectiva, independiente de la hegemonía occidental. Este eje no es simplemente militar, sino también cultural, ideológico y, cada vez más, económico. Con la creciente influencia de los BRICS+, la expansión de la cooperación entre Irán y China y el giro de Rusia hacia la multipolaridad de Asia Occidental, el Eje de la Resistencia cuenta con un creciente margen de maniobra internacional.4

2. Asimetría, soberanía y la defensa de la resistencia armada en el Líbano y otros lugares

Tal cambio exigiría una mayor cohesión política entre los actores de la Resistencia, reformas institucionales en estados como Irak y Siria, y el desarrollo de infraestructuras económicas y mediáticas paralelas. La liberación de Palestina sigue siendo el motor moral de este bloque, pero su aspiración estratégica es una Asia Occidental soberana, descolonizada e integrada.

Irán, como pilar central de este bloque emergente, sigue considerando la confrontación no como una cuestión de mera supervivencia, sino como una victoria moral y civilizatoria. Como expresó el difunto ministro de Asuntos Exteriores, Hossein Amir- Abdollahian: “Esta región ha sufrido siglos de intervención. No permitiremos que su futuro se decida en Washington ni en Tel Aviv. Se forjará en Teherán, Bagdad, Beirut, Saná y Gaza.5

Por supuesto, el enemigo no cederá su control silenciosamente. El sistema de alianzas de Washington, desde la presencia del CENTCOM6 hasta los Acuerdos de Abraham, sigue firmemente comprometido con la preservación de la superioridad militar israelí y la sumisión de los Estados árabes. Pero la superioridad en el papel ya no garantiza el control en la realidad. Como lo han demostrado la doctrina de Hezbolá en el campo de batalla, la estrategia naval de Ansarullah y la capacidad disuasoria de largo alcance de Irán, el futuro no pertenece a quienes tienen más armas, sino a quienes están más dispuestos a usarlas para la justicia.

En esta década decisiva, el camino de la Resistencia no es meramente reactivo, sino visionario. Imagina una Palestina liberada, un Líbano soberano, una Siria unificada, un Irak independiente y una región que ya no esté condicionada por los dictados occidentales ni el terror sionista. Ya sea a través del conflicto, el reajuste político o la perseverancia revolucionaria, esta visión ya no es una esperanza, sino un horizonte cercano.

Doctrina del Eje: de la resistencia reactiva a la configuración estratégica regional

Los acontecimientos que se desarrollan en Asia Occidental, ya sea en el devastado territorio de Gaza, las amenazadas cordilleras del sur del Líbano o los cielos disputados de Damasco, no existen de forma aislada. Forman parte del entramado de una doctrina emergente, definida por el Eje de la Resistencia no solo como un mecanismo de defensa reactivo, sino como una fuerza estratégica para reconfigurar la dinámica de poder y la brújula moral de la región. En este contexto, la Resistencia ya no opera al margen del mapa geopolítico, sino que ahora se sitúa en su centro.

1. Hacia un frente unificado: la resiliencia del Eje ante la renovada agresión

Lo que comenzó como frentes fragmentados —las intifadas palestinas, la liberación libanesa y la oposición iraquí a la ocupación— se ha fusionado en una matriz transnacional de disuasión, legitimidad y claridad ideológica. La Resistencia ya no es una respuesta a la dominación extranjera; es una alternativa a ella. Propone no solo resistir la alianza sionista-estadounidense-del Golfo, sino volverla obsoleta política, militar y culturalmente.

La concepción tradicional del Eje como una coalición de actores militantes liderada por Irán no capta la profundidad intelectual y estratégica de este proyecto. Irán puede ser su ancla geopolítica, pero su éxito reside en su resiliencia distribuida: la estructura de mando disciplinada de Hezbolá y su legitimidad popular en el Líbano; la transformación de Ansarullah de la rebelión al gobierno en Yemen; la reconstitución de la resistencia iraquí bajo un paraguas soberano; y la firmeza de grupos palestinos como Hamás y la Yihad Islámica frente a un asedio genocida.7

Estas fuerzas no están unidas por alianzas transitorias, sino por un núcleo ideológico arraigado en el antiimperialismo, la justicia para Palestina y la soberanía regional. El enemigo, en cambio, se define por la fragmentación entre los valores occidentales y las prácticas coloniales, entre las élites árabes y sus pueblos, y entre la falsa apariencia de estabilidad y la violencia estructural de la ocupación.

2. La siguiente fase: prepararse para una conflagración más amplia, anclada en la Resistencia

Una evolución clave en la doctrina de la Resistencia es el cambio de una postura disuasoria a una postura moldeadora. Si antes la Resistencia se preparaba para la guerra para evitar la derrota, ahora se prepara para la confrontación para ganar terreno estratégico. El ataque con misiles iraníes de abril de 2025, las operaciones sostenidas de Hezbolá en el sur del Líbano, el bloqueo naval impuesto por Ansarullah en el Mar Rojo y la resiliencia palestina dentro del asedio de Gaza no son actos aislados de represalia; son componentes de un mensaje unificado: “No aceptamos el orden existente y tenemos los medios para derrocarlo”.

Esta doctrina no se limita a los campos de batalla. Ahora permea los medios de comunicación, la guerra narrativa y la diplomacia estratégica. Los medios iraníes y afines a la Resistencia han superado la desinformación occidental al generar conciencia global sobre Gaza, Palestina y la complicidad estadounidense.8 El martirio de periodistas, el silenciamiento de voces y los ataques a líderes de la resistencia no hacen más que amplificar la coherencia ideológica de la lucha del Eje. No se busca solo la victoria militar, sino la derrota de la hegemonía moral occidental.

La desesperación del enemigo se hace visible en su extralimitación. Desde los frenéticos envíos de armas a Israel hasta el despliegue de portaaviones estadounidenses en el Mediterráneo Oriental, desde las sanciones a las economías afines a la Resistencia hasta las difamaciones mediáticas orquestadas, Washington y Tel Aviv ya no defienden un orden seguro. Están gestionando su colapso.9 

El ex secretario general de Hezbolá, el mártir Sayyed Hassan Nasrallah, capturó la esencia de este momento cuando dijo: “No somos un movimiento de supervivencia. Somos un movimiento de liberación. Y no esperaremos el permiso de las potencias mundiales para hacer lo que exige la justicia”.10

Esta nueva era exige un nuevo léxico político. No es una época de inestabilidad, es una época de reajuste. No es un choque de civilizaciones, es la recuperación de una civilización a la que durante mucho tiempo se le negó el derecho a forjar su propio destino.

La Resistencia ofrece hoy un marco que desafía los tres pilares del dominio sionista occidental en Asia occidental:

  • Superioridad militar mediante la disuasión descentralizada.
  • Coerción política a través de alianzas regionales de soberanía mutua.
  • Control narrativo a través de la verdad arraigada en la resistencia vivida.

Mientras el régimen sionista pierde legitimidad y el imperio estadounidense se repliega tras una diplomacia militarizada, la Resistencia se alza no con triunfalismo, sino con determinación. Carga con el peso de sus mártires, la urgencia de su causa y la claridad de su rumbo.

Y así, mientras los políticos en Washington y Tel Aviv hablan de “contención”, el Eje habla de inevitabilidad. Esto no es una fase. Se trata de un nuevo paradigma regional, liderado por aquellos que han elegido el honor antes que la humillación, la justicia antes que el compromiso y la resistencia antes que la rendición.

El camino por delante: consolidar los logros, desafiar la contención, prepararse para la fase decisiva

A medida que se agudiza la confrontación regional, el Eje de la Resistencia se encuentra en una coyuntura decisiva, marcada no solo por amenazas externas y presiones internas, sino también por una oportunidad estratégica sin precedentes. Lo que la Resistencia ha logrado en las últimas dos décadas, en particular desde el inicio de la guerra en Siria y la guerra del Líbano de 2006, constituye un cambio de paradigma regional. Lo que ahora debe hacer es consolidar esos logros, fortalecer sus alianzas y trazar un camino claro hacia el futuro liberacionista que imagina.

La Resistencia ya no es una estructura reactiva, sino un actor estratégico con iniciativa. Pero la iniciativa no debe confundirse con la permanencia. La alianza sionista-estadounidense-del Golfo no ha sido derrotada, solo expuesta. Su capacidad para causar devastación sigue siendo potente. Sin embargo, es cada vez más incapaz de asegurar la victoria estratégica o la legitimidad pública. Por lo tanto, el trabajo futuro no debe centrarse únicamente en la preparación militar, sino en profundizar la soberanía, la cohesión social y la claridad ideológica en todo el Eje.

1. Fortalecimiento de la infraestructura de disuasión multifrontal

El éxito de la Resistencia reside en su interconectividad, su capacidad para expandir los planes del enemigo a múltiples frentes. El frente sur de Hezbolá, la disuasión de largo alcance de Irán, la capacidad de disrupción marítima de Ansarullah y la presión de la resistencia iraquí sobre las fuerzas estadounidenses desde sus bases conforman una red de defensa recíproca. Esto debe institucionalizarse aún más. Estructuras de mando conjuntas, corredores de comunicación seguros, interoperabilidad de misiles y protocolos coordinados de represalia garantizarán que cualquier ataque a un nodo tenga respuesta en todo el eje.11

Además, la innovación defensiva es crucial. El Eje debe seguir invirtiendo en guerra con drones, ciberdisuasión, sistemas de defensa subterráneos y tecnologías de comunicación sin cobertura satelital. La guerra asimétrica ya no consiste en compensar la debilidad, sino en la ventaja estratégica de la Resistencia.

2. Contrarrestar las herramientas de contención blanda

El enemigo se ha volcado hacia la guerra económica, la disrupción narrativa y las campañas de desestabilización interna. Líbano, Irak, Siria y Yemen están sometidos al estrangulamiento financiero impuesto por Occidente, a las operaciones psicológicas mediáticas y a la infiltración de las ONG. La Resistencia debe contrarrestar esto mediante instituciones económicas paralelas, resiliencia alimentaria y energética, y una nueva generación de medios de comunicación de resistencia que hablen a través de sectas, clases y fronteras.12

El asedio económico debe romperse no solo mediante el contrabando o los subsidios, sino mediante el desafío ideológico al consenso neoliberal. La economía de resistencia debe defender la producción cooperativa, la independencia comercial regional y la inversión en las capacidades de combate y reconstrucción de la población, no la dependencia del FMI ni las ilusiones del Golfo.

3. Profundización de la legitimidad popular y la cultura revolucionaria

La Resistencia deriva su poder del pueblo; esta es su distinción fundamental frente al enemigo. Pero la legitimidad debe ganarse constantemente, especialmente a medida que la Resistencia pasa de ser un actor en el campo de batalla a ser un gestor de facto de la estrategia regional. La justicia social, la lucha contra la corrupción, la prestación equitativa de servicios y la inclusión de jóvenes y mujeres en el liderazgo no son distracciones liberales, sino imperativos revolucionarios.13

En cada aldea del sur del Líbano, en cada callejón de Gaza, en cada ciudad santuario de Irak y en cada barrio de Saná, la Resistencia no debe ser solo la espada, debe ser la columna vertebral de la sociedad.

4. Articular una visión posliberación

La Resistencia no puede terminar con la liberación; debe continuar en el gobierno. ¿Cómo se ve una Palestina possionista? ¿Qué instituciones reemplazarán la ocupación en Al-Quds? ¿Cómo puede el Líbano reconstruirse bajo la tutela de la Resistencia sin caer en trampas sectarias? Estas no son preguntas académicas, sino urgentes.14

La Resistencia debe comenzar a convocar cumbres intelectuales estratégicas, plataformas regionales de reconstrucción y equipos de planificación posconflicto. La victoria llegará, pero sus consecuencias no deben quedar en manos de quienes no han derramado sangre por esta tierra ni han creído en su dignidad.

5. Reafirmando la misión moral

En definitiva, lo que distingue al Eje no son sus armas, sino su brújula moral. En un mundo donde el genocidio se transmite en directo y el imperio se esconde tras la jerga de los derechos humanos, la Resistencia se erige como la última voz de los oprimidos. No libra una guerra por territorio, sino que resiste por la verdad, la justicia y la liberación. Esta claridad moral debe permanecer intacta, especialmente en tiempos de victoria, cuando las tentaciones del poder amenazan la pureza de propósito. Como advirtió el mártir Sayyed Hassan Nasrallah: “No nos resistimos a sustituir al tirano; resistimos a acabar con la tiranía, para que nadie vuelva a ser tirano jamás”.15

Este no es el final del camino, es el comienzo de una nueva era. El enemigo está acorralado, pero aún armado. El pueblo está cansado, pero se mantiene firme. La Resistencia está herida, pero sigue en pie. 

En los próximos días y años, la pregunta no será si el Eje puede sobrevivir. Ya lo ha hecho. La verdadera pregunta es: ¿Podrá construir? ¿Podrá gobernar? ¿Podrá sanar lo que la ocupación, el imperio y la traición han destruido? Si es posible, Palestina no será sólo un sueño postergado sino un destino que se acerca.

Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0
Mapa del Eje de la Resistencia en Medio Oriente. Álvaro Merino, 2023. elordenmundial.com. CC0 1.0


Autores
Madre de tres hijos. Tiene un doctorado en Gestión por la Escuela Doctoral de la Universidad Libanesa, con una tesis sobre "El efecto de las diferencias intergeneracionales en la productividad laboral en el Líbano". Además, posee dos maestrías por la misma universidad: una sobre "El efecto de la política en la inversión extranjera directa en el Líbano" y otra sobre "La aplicación de la gestión del conocimiento en una institución de medios". También es miembro de la Red de Medios Blue Peace para la gestión transfronteriza del agua en Medio Oriente. Osman es profesora universitaria en la Universidad Internacional Libanesa y en la Universidad Maaref. Conduce y produce el programa político The MidEaStream. Es escritora y sus comentarios sobre asuntos de Asia Occidental han sido publicados en diversos medios de comunicación internacionales y regionales.
Fotografía de Eduardo Amorim. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Fotografía de Eduardo Amorim. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

El hombre se da vuelta y ahí

—su huella solitaria extendida

sobre el mundo.

W.C. Williams

antes que ahora es aquí

escuchas el horizonte traspasar la memoria,

y equivocaste la audacia de lo invisible:

estupor de los dedos en el agua, parecidos al recinto del colapso, hay después de todo, una quietud similar a un campo.

entonces visitaste de nuevo la sal de tus pestañas.

estaban los otros en tus hombros y pretendiste consolarlos para siempre;

olvidaste que tu caducidad te soslaya y creíste venir de entre aquellas piedras.

ahuyentaste algún recuerdo que te brota desde lejos

sentiste reconocer tus facciones cuando el recinto te mantuvo despierta.

que te pesa la palabra compuesta de invenciones que desfiguran al común parecer. estás en este siglo, intuiste que el frío es cuestión de lo desnudo. y ahora

                 ¿a dónde vas?

¿quién podrá recibir tus costados?

antes que ahora es nunca,

dirás desde esa banca que la materia ha traspasado la secuencia de ti

¿quién te sostiene en este ocaso que se desploma en tu frente?:

totalidad abstracta es el murmullo, la presencia de lo transitorio que ahora se esfuerza por mirarte los pies, los hombros.

¿a dónde vas?

nadie te espera del otro lado

y detrás; migajas de un estar posible sin lo que solías escuchar por la mañana

sin el amigo

sin la presencia de ti, incluso.

es estar vaciado con solo cuencas en los ojos.

luego, un temblor que sustituye al cuello, las manos con pared de golpe, los labios de cera raspada

y no sabes a dónde ir

a dónde llegar

        con quién estar

            dónde descansar

te queda, sí

   esta caída de la tarde

su fecundidad para vencer el solar misterio:

pasaban las horas y sentiste que vaciabas tu permanencia. no supiste acostumbrarte al desplazamiento, o incluso, a lo estancado. creíste que no había razón para desviar lo seco del llanto, recuerdas que eres mujer y padeces esta condición de errante, estar fuera es tu osadía y llegar lejos es cuestión de suerte, pero sabe tu certeza que has venido a esta sinfonía para vencer de ti la fatiga de los huesos. te quebranta el poema; la intención que otros le dan: una oscura pose, egolatría de la levedad y suavísima presencia entre los otros.

sigues aquí

despierta.


Autores
Milagro Meleán (Venezuela, 1994). Poeta, editora. Licenciada en Letras Hispánicas por La Universidad del Zulia. Parte de sus poemas, ensayos y reseñas han sido publicados en diversas revistas, entre ellas; POESIA (Venezuela); Periódico de Poesía (México); Kametsa (Perú); Buenos Aires Poetry (Argentina); Telúrica (Colombia); Revista La Trini (Bolivia); Ruído Manifiesto (Brasil); Revista Contracorriente (Venezuela). Ha publicado los libros Luminancia, (Fundarte, 2019); Resonancias triviales, (Ediciones Palíndromus, 2022); Tomo, (Ediciones Palíndromus, 2023); Detrás del derribo, (Editorial Chifurnia, 2024); Amuche, (I Premio Internacional de Poesía Belén Ojeda, LP5 Editora, 2024).
Retrato de McKenzie Wark, 2021. BaixaCultura. CC BY-SA 4.0
Retrato de McKenzie Wark, 2021. BaixaCultura. CC BY-SA 4.0

En medio del junio más lluvioso de los últimos años en la Ciudad de México, la escritora australiana residenciada en Nueva York, Mckenzie Wark, recuerda que estamos en un lugar imposible, una ciudad que enfrenta la inminencia de varias crisis. Esa imposibilidad cotidiana es una manera de centrar su pensamiento en inversiones: llevar la utopía a su aspecto más práctico, convertir la idea de vanguardia en deserción, el trabajo de intelectual público en escritura de lo privado, la identidad queer en un proyecto estético y la fiesta solo en calor.

Mckenzie Wark está en México, invitada por el Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM. Tiene una ocupada agenda de talleres y eventos públicos que incluyen la presentación —en el contexto del FICUNAM— del cortometraje Life Story dirigido por Jessica Dunn Rovinelli, que entremezcla imágenes íntimas con la lectura de un ensayo filosófico, hasta una sesión de escucha de música electrónica en la Casa del Lago.

Sus libros más recientes, Vaquera invertida, Raving, Amor y dinero, sexo y muerte, editados en español por Caja Negra, exploran una escritura que va de la autobiografía a la teoría, del tratado filosófico a la pornografía, un vaivén pensando como intervención a aquello que hemos entendido como un proyecto intelectual. En esta conversación, editada para su mejor lectura, parte de su obra reciente y cómo toma las estrategias de vanguardia del siglo XX para ensuciarlas, invertirlas, usarlas como puntos de partida para encontrar en el pensamiento nuevas formas de vida que pongan al centro el cuerpo y el deseo.

Un manifiesto Hacker acaba de cumplir 20 años. En ese libro exploras cómo replantear el lenguaje de la vanguardia tras el posmodernismo. ¿Cómo compararías ese proyecto con Vaquera invertida y Raving, libros posteriores que exploran una forma de escritura más encarnada e íntima?

Me crié en la tradición vanguardista y a menudo los clásicos me parecían un poco aburridos. Está bien leer toda la obra de André Breton, pero a mí no me produce lo que debería, su lectura más bien fue una lección sobre la lucha a lo interno del lenguaje. Eso en el contexto del apogeo del posestructuralismo, la desconfianza hacia el lenguaje, la necesidad de ejercer presión sobre él para que se abra al concepto.

Hay que rehacer continuamente el lenguaje, cuando se explora el lenguaje conceptual parece que se complejiza, pero a veces se convierte en lugar común. La gente habla del neoliberalismo como si fuera obvio lo que es, como si no hiciera falta el trabajo de desfamiliarizar el mundo. Hay que luchar continuamente en y contra el lenguaje.

También hay una historia personal en el hecho de que estuve muy disociada durante mucho tiempo, por lo que los libros que escribí en ese periodo fueron más abstractos. Aproveché  la disociación como un espacio en que trabajar, la hice útil. Ya no me siento así, por lo que la escritura no surge de la misma manera. En realidad, eso supuso una pequeña crisis. Empecé a tomar hormonas y dejé de escribir durante tres años. Escribir es importante para mí, lo más importante, así que en un momento me pregunté: “¿Abandono mi transición para poder escribir?” ¡Lo pensé de verdad! No podía hacerlo, claro que no.

La escritura empezó a tomar otro rumbo y Vaquera invertida fue el comienzo. Raving fue donde la escritura empezó a fluir de una manera diferente. Está relacionado y tiene que ver con intentar superar el término medio de la literatura burguesa. O bien ser más conceptual para abarcar mejor la totalidad histórica, o bien ser mucho más específico y tratar lo íntimo, lo particular y lo corporal de una manera que la literatura burguesa simplemente no quiere hacer. Cosas que sí hace, por ejemplo, la literatura gay.

Pensamos en el trabajo intelectual —muchos lectores todavía lo hacen—, como un espacio de disociación, una zona abstracta donde debatimos ideas. La escritura que se centra en lo particular a menudo se subestima, se ve de otra manera. Pero tú cruzas ese puente, vas y vienes entre esos dos modos.

Cuando la gente habla de intelectual público, siempre me dan ganas de preguntar: ¿qué es un intelectual privado? ¿O qué es un idiota público?

Una serie de movimientos sociales han cuestionado la división entre lo público y lo privado, sobre todo el feminismo, que se pregunta: si existen estos intelectuales públicos, ¿quién les lava la ropa, quién cría a sus hijos, quién paga por eso? Y luego, en términos generales, está la intervención queer, que pregunta: “¿Dónde está el cuerpo?”. La filosofía parece estar escrita a menudo por los individuos más fuckless, muchos de los cuales, según se descubre más tarde, son acosadores sexuales.

Sucedió entonces que el cambio en los medios de comunicación socavó la división entre lo público y lo privado. Antes existía un mundo en el que el prestigio estaba ligado a las credenciales formales. Ibas a la universidad adecuada y luego escribías para publicaciones prestigiosas. Eso te daba prestigio público. Todo eso se ha visto sustancialmente minado por las redes sociales, que desacreditan esas credenciales de formas muy perjudiciales y dañinas, aunque en ocasiones acertadas. El hecho de haber ido a Harvard no te convierte en un puto genio. No, no lo hace. Está muy bien si fuiste allí solo porque tus padres te lo permitieron. Así que sí, algunas críticas son válidas, pero otras también socavan los controles que sostienen la erudición. Es un tema muy controvertido. 

Ahora hay un modelo diferente para lo que da autoridad al discurso público: una especie de coherencia entre lo público y lo privado. No en el sentido de revelar o confesar la vida privada, sino de mostrarse en ambos espacios como la misma persona. No se trata de un núcleo de autenticidad, sino de la coherencia de las apariencias. Hay precedentes de esto en la música pop, donde todo se centra en el cuerpo del intérprete como la cosa que se mueve a través del espacio y el tiempo, aquello que sostiene al personaje en grabaciones y presentaciones en vivo.

Pienso en Bowie. Así es como entendemos la coherencia entre sus múltiples personajes.

Él era coherente con cualquier personaje que interpretara, tanto en sus apariciones públicas como privadas. Efectivamente ahí hay un precedente. Quizás porque mis lectores suelen ser jóvenes, entiendo cómo piensan. Hice la transición tarde, así que mi grupo de personas trans son millennials. Veo el mundo como ellos lo ven, porque tengo que habitar ese universo. Ese ha sido el proyecto de mis últimos libros. Ya no existe lo público y lo privado.

¿Hay alguna forma de hacer un trabajo intelectual encarnado que se centre en el libro? ¿Una forma de escribir que trate todo el espacio mediático como un espacio de apariencias? Quiero presentar ciertas cosas que antes estaban prohibidas en la vida pública. Eso me ha llevado a ser discretamente excluida de ciertos círculos académicos.

¿En serio?

Sé dónde me invitan y he notado cómo ha cambiado eso. No es necesariamente algo malo. Vengo de una provincia, no tengo las credenciales adecuadas y, francamente, no tengo talento para la literatura comparada de alto nivel. No soy una persona de archivos. Empecé en el periodismo, así que la etnografía me resulta mucho más natural. Hay ciertas cosas que están prohibidas, pero eso es liberador en cierto modo.

No intento seguir un camino que ya ha sido definido como exitoso. Trato de construir mi propia obra. Considero mi trabajo como una obra de arte y cualquier obra de arte interesante forma sus propias condiciones de recepción, sus propias condiciones de lo que es bueno y malo. Esos términos no son genéricos.

Quizá eso es lo que podemos rescatar de la vanguardia.

Exactamente, es eso. Construir un sentido de autenticidad, como diría Barthes,  una conexión entre el arte y la vida. Cambiar la vida, ese es el proyecto estético. Pero también, ¿cómo se convierte tu propia vida en una obra de arte? ¿Cómo se conectan la vida y la obra? Para mí, eso recorre toda la tradición vanguardista.

Hablando de modernidad, Lyotard dice que la obra moderna crea su propio público. Me lo tomé muy en serio, pero es un trabajo muy duro. Habría sido más fácil seguir la vía de la edición comercial, donde el género define tu público y ese público ya existe. Tengo que crear yo misma ese público, así que estoy siempre de gira, haciendo muchas entrevistas. El libro no es suficiente. no dejo que otros se encarguen de ponerlo en el mercado por mí, la campaña forma parte del trabajo.

En relación con las prácticas encarnadas, hoy en el mundo del arte tendemos a validar el trabajo de un artista a través de su biografía. Y creo que ahí hay una pérdida entre lo que pueden proponer como proyecto encarnado intelectualmente y la anécdota biográfica.

Hay que separar varias cosas que ocurren al mismo tiempo. Los artistas que consiguen una representación sólida en galerías con sus proyectos de tesis en escuelas de arte de élite siguen siendo en su mayoría hombres blancos. Eso no ha cambiado. Sus biografías son muy genéricas: «Estudié en la escuela de arte de Columbia y me representa David Zwirner». Eso es todo. El trabajo de esos artistas suele ser bueno, pero su principal habilidad es saber hablar con gente rica. El arte es un mundo cerrado.

Así que sí, se puede exagerar lo mucho que el mundo del arte se ha centrado en las identidades minoritarias. El ala de investigación de los museos se centra más en eso, en impulsar voces marginadas más interesantes, personas con identidad indígena, negra o queer. Eso no impulsa a esos artistas hacia carreras reales y dinero real. Simplemente no es así. Pero nunca les quitaría ese dinero. Girl, get that bag. No es la puta revolución. Hay que tomárselo con un poco de humor, porque esa inclusión no puede hacer lo que dice que puede hacer.

Me interesa ir más allá de la decoración para multimillonarios. Mi bandeja de entrada está inundada de publicistas que intentan que escriba sobre esa mierda ¡No me necesitan! Lo distintivo es la forma en que la obra de arte pasó de ser un objeto producido de forma única por mano de obra no alienada —la pintura modernista clásica— a ser un tipo de activo financiero. Y eso es esencialmente lo que es el arte ahora.

¿Cómo se puede considerar el arte como una propiedad, como un síntoma de los cambios en la forma de la propiedad misma? Ser marxista hoy en día es alejarse de la tradición y replantearse qué es la forma de la propiedad. ¿Qué es un derivado financiero? El mundo funciona con derivados en lugar de la propiedad. What the fuck happened?

El arte me interesa cuando los artistas abordan algo inexplicable en el mundo. Cuando miras y piensas: “Fuck, mi entendimiento no procesa esto”. Quiero prestar atención a lo que aún no entiendo.

Aceptar la negatividad de la utopía modernista, siguiendo a José Esteban Muñoz. No renunciar por completo, sino cuestionar nuestra idea de ella, abrazar su carácter indecible.

Yo veo la utopía de una manera un poco diferente. ¿Y si pensáramos en la utopía como la forma más extremadamente práctica de pensar, en lugar de la más ideal? La ironía es que el más utópico de los utópicos, Charles Fourier, era también el pensador más práctico. Mientras sus contemporáneos inventaban la novela burguesa, él se hacía preguntas prácticas: “¿Quién saca la basura? ¿Qué pasa con la mierda en este mundo utópico?”. 

Una forma de verlo es que la utopía es tan implacablemente práctica que empieza a parecer imposible. Y por eso es fundamental. Si pensaras de forma muy, muy práctica sobre la Ciudad de México, te darías cuenta rápidamente de que es un lugar imposible. No puede seguir así. Yo estoy de invitada y me encanta, pero la gente que vive aquí lo sabe. Esto no puede seguir así. Irónicamente, si pensáramos como utópicos, tendríamos que reconstruir la ciudad por completo para que fuera sostenible. Así que seamos increíblemente prácticos, a gran escala.

Hagamos esta pequeña inversión dialéctica de la utopía. ¿Y si nos preguntáramos qué tipo de prácticas crean un comunismo que pueda existir a pequeña escala? 

Un buen ejemplo es un rave. No es una utopía. Nadie deja fuera del rave su estupidez, la gente va con su racismo y su transfobia, así que no es algo utópico. Pero es posible reunir a cientos de personas haciendo algo que no es trabajo alienado. Es trabajo, claro, pero no produce absolutamente nada.

Eso es lo que me encanta de un buen rave. Solo produce calor.

El rave enfatiza la desubjetivación como algo político. A la vanguardia le encantaba pensar en la producción de nuevos sujetos. Pero la idea que exploras es dejar de ser nosotros mismos y encontrar ahí los momentos de euforia.

Siempre me ha costado un poco aceptar esta obsesión por la subjetividad, producto del psicoanálisis francés. Para salir de ahí preferí interesarme por Foucault y las prácticas de cuidado colectivo y producción del cuerpo. ¿Y si el psicoanálisis fuera solo una forma de intentar que la subjetividad burguesa pareciera menos aburrida?
Otras culturas tenían prácticas mucho más mucho más ricas y fuertes. Muy bien, en lugar de ir al analista, me voy a la fiesta. Voy a intentar dejar de ser humana. Un buen rave te lleva hasta lo más animal: ser solo mamíferos juntos. De nuevo, no es utópico, porque los mamíferos tienen agresividad y sus impulsos necesitan contención colectiva. Eso no es necesariamente algo bueno, pero es como si te deshicieras un poco de la coraza subjetiva. Decir: no puedo callar mi monólogo interior, pero puedo no prestarle atención.

Es habitual interpretar los raves como una forma de resistencia, como una forma de organización disidente. Tu libro es más bien una búsqueda de un lenguaje para hablar de los raves.

No me interesa imponerles un lenguaje ajeno. Si una experiencia estética es interesante, requiere la creación de un lenguaje. Si puedes tomar un conjunto de términos existentes y aplicarlos a la obra de arte, entonces la obra de arte realmente no ha servido. El arte tiene que rechazar el lenguaje en algún nivel, y creo que un buen rave lo hace. No es interesante pensar en el rave como subversivo, underground, un acto de resistencia, un evento político o trascendente. ¿Y si no es nada de eso? Raving ha tenido éxito porque los lectores aprecian su lenguaje. 
La cultura de la imagen que propician nuestros teléfonos nos está volviendo fucking crazy. ¿Qué relación diferente con las técnicas y el cuerpo nos aleja de eso y nos lleva a otra cosa? ¿Cuál es la forma de entender el tiempo que lo hace posible? Ya no esperamos el futuro que nos prometía la modernidad, así que necesitamos una temporalidad diferente. El rave permite una especie de tiempo oblicuo, una experiencia que promueve la música techno.

También tiene que ver con la experiencia de las drogas y la percepción.

Un tema muy presente en la vanguardia son otras formas de producir el tiempo, ya sea el futurista que lo acelera o el tiempo revolucionario que querían los situacionistas. El tiempo oblicuo podría ser el único que queda. Se pone demasiado énfasis en un arte apolíneo en torno al sueño y las visiones, necesitamos algo que parezca más dionisíaco, la intoxicación, la danza y la oscuridad.

Quizás necesitamos una tercera diosa. Prefiero la Cibeles, madre de todos los dioses —venerada durante 600 años en la época griega y romana —, cuyas sacerdotisas eran, por decirlo de forma anacrónica, mujeres trans. Así que tuvimos nuestra propia diosa durante cientos de años. Y la queremos de vuelta.

Lo dionisíaco es siempre temporal, es la liberación de la noche para volver al día. La estética de Cibeles, la estética del rave, es otra. ¿Podemos producir diferentes tipos de relaciones sociales, diferentes tipos de relaciones sexuales, diferentes relaciones con el cuerpo? ¿Podemos hacerlo de una manera que no sea una revolución mundial, pero que nos permita simplemente tener una comunidad que funcione en una era dominada por el teléfono celular y la extracción vectorial de nuestra información?

Construyamos algo diferente en las sombras. En lugar de vanguardistas, ¿podemos ser desertores? Es una versión diferente de la metáfora militar de la vanguardia. Eso puede haberse agotado. Seamos vanguardistas en relación con la vanguardia como concepto, seamos desertores.

¿Hay alguna forma de que esta afirmación se aplique en el sistema artístico, los museos, las ferias de arte?

Los desertores no anuncian lo que hacen. Es algo discreto. No quieres que te detenga la policía militar y te devuelva al sistema. Quieres salir de la militarización de la vida cotidiana sin llamar la atención sobre ello. Así que, sí, por supuesto, esta conversación sucede en un museo. Uno utiliza las instituciones y las estructuras disponibles sin aceptar sus valores jerárquicos.

Quería abordar cómo transformar el lenguaje heredado. En tu práctica no vemos un rechazo total del canon literario de la tradición moderna, sino más bien un desvío. 

Las personas que me importan de la tradición de hombres blancos muertos también eran outsiders. Pasolini era de provincia ¡y tan obviamente gay! Los que me interesan siempre tienen ese pequeño lado.

Lo mismo que Foucault.

Sí, por un lado era un producto del sistema educativo elitista, de una familia burguesa y provinciana, pero era gay as fuck, no lo podemos olvidar. También Roland Barthes, a quien el hachís y la homosexualidad lo mantuvieron alejado de la corriente burguesa dominante. Son historias inconexas que te alejan de una temporalidad ortodoxa sobre lo que se supone que es la vida. Todos los interesantes tienen eso. Existe una diferencia interna dentro de lo que se presenta como esta gran sucesión de apóstoles de la cultura secular. Siempre hay un pequeño margen de maniobra dentro de eso. Por supuesto, añades gente a eso: Audre Lorde o Gloria Anzaldúa son realmente interesantes.

No es una renuncia, más bien es un desvío.

Pensemos el archivo como un laberinto en el que puedes vagar un poco, recorrer pasillos reconocibles que son útiles porque mucha gente los ha leído, trabajado y estudiado. La pregunta es: ¿dónde se convierte eso en un ciclo repetitivo? 

Se trata de cómo pintar las paredes del laberinto. La Escuela de Frankfurt tiene unas 20 personas, hay otros rincones interesantes. ¿Qué otras estrategias tenían las personas para reflexionar sobre el mismo periodo de tiempo que para Adorno fue, digamos, de los años 30 a los 50? Es un momento increíblemente difícil de la historia mundial para pensar en la estética o en qué otros caminos había para no quedarnos estancados, repitiendo, sacando todo de la misma fuente.

En tu charla del sábado mencionaste la idea de la crítica y cómo a veces, especialmente en la clase media, tendemos a convertirla en una denuncia moral. ¿De dónde viene esa idea?

Proviene de la contradicción interna de la cultura burguesa. Querer dinero, poder y autoridad, todo al mismo tiempo. A veces, como en Los Buddenbrook de Thomas Mann, se necesitan tres generaciones para entenderlo. 

La cultura burguesa se basa, ante todo, en el dinero. Se trata de la acumulación, pero también del poder. ¿Cómo se traduce esa acumulación en formas de propiedad que protejan el poder ganado? La tercera cosa es la autoridad. ¿Cómo se justifica? Se crean universos morales. Durante mucho tiempo fueron religiosos, la Iglesia se separa del orden feudal y se incorpora al capitalista para seguir siendo viable. La cultura burguesa secular suele tener la misma estructura de autoridad. 

Es una forma de no hablar de dónde viene nuestro dinero. Mi padre era arquitecto, teníamos propiedades y se esperaba que recibiéramos una herencia. Cuando era más joven, pensé que podría dedicarme a la política, hasta que me di cuenta de que no tenía talento para ello. Así que pensé: «Tengo un poco de dinero, puedo convertirlo en poder». En realidad, no, no puedo, porque no se me da bien. Lo convertiré en autoridad: me dedicaré a la escritura. 

Convertirse en autoridad moral parece algo noble. No lo es en absoluto. Es aspirar a un poder administrativo, una capacidad para decidir sobre la vida de otras personas. Dentro del marco de la cultura burguesa existe una cuarta alternativa: ¿cómo vivir bien, cuál es el arte de vivir? Si no estás en una desesperada lucha por sobrevivir, puedes pensar en el arte de vivir. Y no insistir demasiado en ello a los demás: “Deberías ser este tipo de transexual, las demás no son auténticas”. Eso no es interesante.

Esta el arte de vivir una vida transexual. Qué interesantes las personas que no tienen mucho, pero han dado prioridad a que su vida tenga una forma hermosa. Lo que a menudo significa renunciar a cosas. Las personas trans renuncian a muchas cosas, y hay belleza en eso.

Elegir tu propia vida en lugar de conseguir un maldito trabajo. Es maravilloso. Tengo que celebrarlo. Para algunas personas queer y trans, se trata simplemente de elegirte a ti misma, elegir la belleza, el placer y la comunidad. ¿Qué hay de malo en eso? Para mí, ese es el arte más interesante en este momento. No está en las paredes. Un ejemplo es el Brooklyn transexual, me encanta, es una obra de arte en sí mismo.

Es un mensaje de placer y deseo en lugar de una señalamiento moral.

El lado moralista tiende a estar muy presente en las personas extremely online. Por eso es tan importante la comunidad real. Es más fácil en una gran ciudad, pero incluso en una pequeña, si encuentras a un puñado de personas con las que compartir tu realidad. Cuando estás cara a cara con la gente, tienes que negociar mejor tu visión del mundo. 

La gente ha aprendido que cancelarse unos a otros es un callejón sin salida, porque mucha gente no tiene ningún otro sitio al que ir. Si cancelas a una mujer trans, la echas de tu casa, le dices que no puede ir al club, ¿a dónde mierda va a ir? No puede ir a su casa, no puede conseguir otro departamento, ¿verdad? Acabas de dejar a alguien sin hogar. Nos estamos alejando de eso.

Sueles decir que ser trans o queer no es una identidad, sino una construcción estética.

Se trata de buscar conexiones con la forma en que quiero vivir: los estudios queer, Butler, Preciado, José Esteban Muñoz. ¿Cuáles son mis conexiones, por ejemplo, con una artista con la que trabajo y vive su vida de forma diferente? La vida no es tan estática como creemos. Para muchas personas trans y queer, elegir el arte de vivir es tener que decirle que no a un montón de dinero. 

En cierto modo, eso es glorioso. Pero yo no lo hice, ¿verdad? Me quedé en el clóset para conseguir primero una maldita carrera. Primero quería ser escritora. Mi género real es escritora. Mi género es escritora, mi nacionalidad es escritora, mi religión es escritora, mi política es escritora. Eso siempre fue lo primero. Eso significó posponer la transición y está asociado a muchas emociones, pero eso es entre mi terapeuta y yo. 

¿Y si pensáramos en la transexualidad como un proyecto estético en lugar de una patología y no solo en el marco de la política? ¿Y si tampoco fuera en el marco de la identidad? No es interesante dibujar una cajita, eso no me importa. Es útil tener categorías disponibles para poder trascenderlas. Decir: “Oh, fuck, tengo este montón de cajitas: podría ser transgénero, transexual, no binaria”. Es un punto de partida, pero más interesante cuando sobrepasas eso. Sí, tengo que tomar hormonas, pero no quiero someterme a las cirugías. No me importa pasar por cisgénero, me importan estos aspectos de la apariencia, estos no, pero mi sexualidad va en esta dirección.

¿Crees que es difícil, en este momento del discurso público, hablar del queerness —de la experiencia trans, gay, sexodiversa— como un proyecto estético en lugar de una identidad?

Estar constantemente oponiéndonos a quienes se oponen a nosotros es agotador. Entonces, ¿qué nos sostendrá? ¿Cuál es el arte de vivir que nos sostiene? Parte de eso no va a ser la identidad y creo que no será algo muy visible. Es un tipo de trabajo diferente. No estoy diciendo que todo el mundo deba hacerlo, hay personas que actúan en el ámbito político y son absolutamente necesarias. Simplemente no es lo que yo hago.

La insistencia en lo político es, de alguna manera, también burguesa. Está conectada con esa tríada de dinero, poder y autoridad, como si esas fueran las cosas que importan. Mientras que la vida trans en la calle se trata principalmente de evitar esas cosas. No ser visible para esos factores. Se necesita la política, pero hay una especie de fetichización de la política, hay otras formas de poder.


Autores
Es escritor multidisciplinario especializado en arte contemporáneo y estudios críticos de la cultura en América Latina. Es director académico de Profoundation, plataforma de proyectos artísticos en torno al performance, cuerpo y escritura. Fue curador de Callar la protesta en La Fortaleza en la Ciudad de México en 2018, entre otros proyectos. Tiene más de diez años de experiencia en medios como editor, cronista y ensayista en publicaciones internacionales y es coautor de El bravo tuky (2015), libro sobre la escena de música electrónica en los barrios de Caracas. Es profesor en la Maestría en Estudios Curatoriales de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudia el doctorado en Historia del Arte.
Fotografía de Laura Antillano

“La fisura entre la existencia y el verbo es unida, 

como pedazos de una foto rota, de una memoria recuperada”

César Seco, Transpoética

Preámbulo. 

Esta lectura pretende capturar algunos rasgos que han marcado grosso modo la obra de Laura Antillano1: su juego con la extimidad2 y esa desnudez del alma que encubre la verdadera historia de quien escribe, así como los distintos formatos en que esta se presenta en sus textos: diarios, cartas, fragmentos de canciones, fotografías y lo cinematográfico.

Tomaré como referencia el texto homónimo perteneciente a su último libro de cuentos, Me haré de aire, el cual fue publicado por Monte Ávila Editores en el año 2021. Esto, con el fin de abarcar una lectura mayor de su obra, la cual le ha valido el reconocimiento como figura fundamental en la historia de la literatura venezolana contemporánea.

I. Solitarias pero solidarias.

Los personajes en las historias de Antillano parecen estar marcados por un  deseo de proximidad. Más allá del papel que representan en la historia, lo que importa es su transformación, la desfiguración que sufren dichos personajes, el cómo interactúan entre ellos. Finalmente, es algo que parecen desear pero sin conciencia de ello. Solitarios pero solidarios, emerge en ellos un desierto del alma, necesidad imperiosa de ejercer el amor como forma de habitar el mundo. 

Sin embargo, no viven embriagados en el amor ni a sí mismos ni a otros, más bien parecen deambular expectantes al igual que A Bao A Qu, personaje mítico perteneciente al libro Las mil y una noches, compilado por Jorge Luis Borges en Los seres imaginarios

Cuenta la leyenda que este ser vive en estado de letargo al pie de una escalera de caracol, en la Torre de la Victoria, en Chitor, y revive cada vez que un peregrino pretende subirla, es decir, cuando el objeto (escalera) entra en contacto con la presencia humana. Una luz interior comienza a insinuarse en él; a medida que el sujeto avanza, A Bao A Qu va haciéndose cuerpo. El mito nos advierte que solo los puros de corazón llegan a verlo por completo, pues han llegado al final de la escalera y, desde lo alto de la torre, han contemplado el mundo. Su vida es breve ya que, al bajar el peregrino, el espectro cae de las escaleras y retoma su estado inicial. Se dice que solamente una vez en la historia el A Bao A Qu ha podido ser visto en su completud (Borges, 1957).

 Esto me hace pensar que el fantasma, al hacerse materia, imposibilita el ascenso del sujeto, pues las manos del espectro parecen convertirse en grilletes: peso del alma impura de algún peregrino. Así como en el mito, ocurre con los protagonistas en las historias creadas por la autora. Motivo que hace necesario este ejercicio de simular una memoria. 

Los personajes de Antillano parecen haber olvidado su Yo. Se encuentran en puntos coyunturales de su existencia, no están conformes con la vida que llevan hasta el momento ni el ordenamiento que el mundo exterior les impone, no dan las cosas por sentadas y se mimetizan con los objetos descritos por la autora en sus textos: muebles, cartas, fotografías, entre otros, que configuran un paisaje doméstico de una casa hecha libro.

Estos personajes están solos mas no carecen de humanidad, del mismo modo que A Bao A Qu. Digo todo esto para establecer las relaciones inusitadas entre objeto y sujeto, recuerdo y olvido, significante y significado, íntimo y público. En esos puntos medios que pendulan entre lo consciente y lo inconsciente se produce el acontecimiento,  llamémosle “creación”. Relación nominada por la teoría psicoanalítica como extimidad.

Los personajes de Antillano se encuentran a sí mismos al interactuar con el Otro bajo los límites de la diferencia: lo que es tuyo, lo que es mío, esto te corresponde a ti, esto a mí. Es en ese encuentro donde logran contrastarse con el paisaje puesto que el Otro y la relación con lo otro revela una forma inusual en que estos seres habitan el mundo a través de la memoria. 

Este Otro les anuncia que ya no están solos, pues existe el diálogo, su mundo deja de ser inmundo3 al valerse del lector para reconstruirse en lo real de las palabras.

En el texto Apuntes sobre el recuerdo en psicoanálisis, de Cynthia Acuña-Matayoshi, se aprecian algunas concepciones freudianas en torno al recuerdo:

Hay recuerdos que se dibujan con un brillo especial, que detrás de su nitidez no nos dejan ver alguna escena, que velan. Freud considera que son encubridores. Así se presenta generalmente lo infantil, bajo cierta luminosidad, con el trazo de lo hipernítido (überdeutlich). Como una lente fotográfica, se registran con detalle instantes cotidianos, impresiones indiferentes, de ningún modo angustiosas. Detalles pequeños de los objetos aparecen con claridad, especialmente visuales. Todo aparece bajo la forma del “hiperrelieve” (Freud, 1899: 299-300). La infancia tiene esa vestidura. El revés de la trama no se muestra pero se infiere: fantasías, experiencias sexuales reprimidas, vivencias simultáneas que pudieron conmocionar al niño. Eso no se muestra, la cámara lo ha desechado. No importa de dónde proviene el registro, si se trata de una construcción a partir de lo contado por otros… importa la forma de la vestidura. Por eso cabe el símil con la fotografía. Desde el momento en que algo ha sido registrado ya no contamos con la escena real, nunca tendremos acceso a lo infantil de modo inmediato. Hay fotos. Algunas brillantes, otras desechadas (2012)

Al leer esta cita, pienso en la escritura como fenómeno fotográfico: lo que se decide contar y lo que deliberadamente se omite. En esa omisión se pueden precisar los puentes creados por la memoria, el recuerdo. No importan los hechos reales sino las escenas que de estos retornen al tiempo presente, donde el recuerdo se reelabora a través de la fantasía porque lo real se hace inaccesible y toca tangencialmente un hecho verdadero que, infiero siempre, es aquel que más deseamos transformar en la fábula de la memoria. 

Los personajes, a medida que se desarrollan, dejan de pertenecerse a sí mismos y se entregan al lector, este encuentra en ellos, en su excesiva cotidianidad, el espejo. Hay un vacío humano reflejado en el espejo, pero todo lo que capta está prendado de la historia humana. Es allí donde se busca la escritora. 

 En  El verano del 80, Marguerite Duras (1981) dice lo siguiente: “Lo escrito se mete en los estados de ausencia no para reemplazar algo que se ha vivido, sino para dejar constancia del desierto que había quedado”. Al leer esta frase pienso en las cosas que no son ni serán. A través de la escritura, Antillano logra volver a ellas como un ejercicio de esperanza, es decir, de estar en vilo con la vida. La escritora pudiera pensar lo siguiente: no sé quién soy porque tampoco sé quién es el otro, y quizás imaginándolo, también puedo imaginarme.  

Para los protagonistas de sus historias, el recuerdo es en su tiempo presente, reflejo de anhelos que pueden vislumbrarse en su devenir o porvenir. Hay un agotamiento en la vida real de Antillano que se refleja en sus personajes, en ambos lo escrito se vuelve posibilidad: para la escritora es la oportunidad de establecer relaciones entre hechos y sucesos, para sus personajes es la continuidad de su vida.  

I.I. Comienzo para inventarme el mundo. 

En la novela Un árbol crece en Brooklyn, la escritora norteamericana Betty Smith narra, a través del personaje de Francie Nolan, niña inmigrante irlandesa que llega a Nueva York a principios del siglo XX, cómo le hubiese gustado que fuese su vida. 

Relaciono la figura de Francie Nolan con los personajes femeninos presentes en la obra de Antillano porque la protagonista de la novela de Smith es, ante todo, una lectora. Reconozco en ella la fuerza femenina ante las adversidades. Cito un extracto de la novela donde se emplea la metáfora que relaciona a Francie con un árbol:

Un árbol crece en Brooklyn. Algunos lo llaman el árbol del Cielo. Caiga donde caiga su semilla, de ella surge un árbol que lucha por crecer. Crece en solares delimitados por tablas entre montones de basura abandonada. Es el único árbol que crece en el cemento. Crece exuberante… sobrevive sin sol, sin agua, hasta sin tierra, en apariencia. Podríamos decir que es bello, si no fuera porque hay tantos de su misma especie.(1943)

Francie sueña con ser escritora y enfrenta el mundo que se le ha impuesto para lograr su cometido. Y lo enfrenta claro está, a través de la lectura y creación de sus propias historias. 

Blanche Gelfant publicó en 1981 su ensayo titulado, Hermana de Fausto: la mujer hambrienta de la ciudad como heroína, donde identifica una figura recurrente en la ficción escrita por mujeres: “la heroína hambrienta”, personaje que se propone encontrar, en su interior el poder de la transformación. Al igual que Fausto, cree que los libros le otorgarán poder, lo que la lleva a leer compulsivamente como una forma de transformar su vida. 

La historia de la familia Nolan es la de inmigrantes en extrema pobreza por lo que el hambre de la protagonista no solo es hambre de saber.

En una escena de la novela, descrita por Joyce Zonana en su ensayo El artista hambriento: releyendo Un árbol crece en Brooklyn de Betty Smith (2021), se aprecia lo siguiente: 

Smith vincula esta hambre real con el crecimiento imaginativo de Francie, creando de nuevo un símbolo poderoso que nunca pierde su verdad literal. Así, la primera mentira “organizada” de Francie es sobre la comida; y esta mentira inaugura su carrera como escritora (…) Con suavidad, la maestra explicó la diferencia entre una mentira y un cuento. Una mentira era algo que decías por mala intención o cobardía. Un cuento era algo que inventabas a partir de algo que podría haber sucedido. Solo que no lo contabas tal como era; lo contabas como creías que debería haber sido (2021)

El deseo de Francie por transformar su realidad se aprecia también en muchos de los protagonistas de las historias de Antillano. Tal es el caso de Zulay Herrera, quien decide divorciarse y comenzar una nueva vida; Leonora Armundeloy que, siendo huérfana de madre, ayuda a su padre durante la guerra de independencia y ejerce acciones impropias para una mujer de su tiempo y, por qué no, María Cecilia, al asumir su papel de madre soltera y profesional. Estos personajes nos muestran el rol de mujeres que toman el control de sus vidas, y enfrentan las consecuencias de ello. 

La autora también aborda la relación madre-hija, o nieta-madre-hija, y los conflictos generacionales que se presentan en ellas, ligados al poder y  la jerarquía familiar socialmente establecida. Conflictos encarnados en la figura femenina más joven que lucha por ejercer su independencia contradiciendo las tradiciones y costumbres. Antillano logra, con buenas artes, visibilizar estas confrontaciones. Un ejemplo de ello lo encontramos en su novela Perfume de Gardenia (1979): 

La madre se erige en jefe, gran sacerdotisa, mandamás, sus ojos despiden fuego, y sus manos se crispan continuamente. La hija es la presencia fugaz, el enfrentamiento (…) Madre e hija, agua y aceite, aun cuando la segunda es la reproducción de la primera en un futuro no muy lejano. ¿La desgracia de la hija es la alegría de la madre? (…) te odio y con ello a mí misma (…) porque tú eres la tristeza y la amargura y la frustración, y porque finalmente, soy una mujer y tú eres una mujer, y las vías en este mundo de espejos están cerradas para nosotras, y tu rostro hosco, me lo repite en cada mirada. Estoy en pie de guerra frente a ti, como lo estuviste tú frente a la abuela, y como seguramente estarán mis hijas frente a mí y las hijas de mis hijas frente a ellas (p. 71, 72, 73)

Además de evidenciar las relaciones de poder, como en el caso anterior, donde la hija reflexiona acerca de su relación con la madre, también la escritora puede posicionarse en sus relatos en el lugar de la mujer que se convierte en madre, tal es el caso del cuento, Dime si dentro de ti no oyes tu corazón partir (1983): 

Hay extrañas y misteriosas intuiciones alrededor de todo esto; la de la leche: cuando mi hijo iba a nacer yo me preguntaba cómo sería eso de la leche; cómo comenzaría yo a tener leche para alimentarlo, y… ocurrió […] me preguntaba si sabría succionar, y lo hizo (a él como que ya le habían explicado el asunto…) […] si mi nene fuera una niña repetiría dentro de unos años lo que yo hago ahora […] es la vida y la muerte en un binomio, es el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi madre, y mi propio nacimiento y la muerte de mi abuela y mi propia muerte, todas en una, se trata de algo que nos incluye a todos y que va desde las canciones que recordamos hasta los gestos más imprecisos; y es la vida en su estallido hermoso y espectacular y la muerte en su obscuridad y su calma. (p.70,71)

Aprecio la relación de Smith y Antillano desde esa literatura de lo femenino que parte de la autobiografía hacia la creación de un génesis propio. Si bien los fragmentos citados de ambas autoras demuestran una relación clara entre lenguaje y cuerpo: desde el hambre de saber ligada al hambre física, hasta los conflictos de poder en las relaciones filiales entre congéneres, a su vez, la solidaridad de estos personajes que, como Antígona, parecen desafiar al mundo. 

Suelo preguntarme por qué recrear la realidad y las razones que llevan a la escritora a hablar desde lo íntimo. ¿Qué puede hacer interesante un escenario cotidiano? El psicoanálisis ha expuesto el malestar del lenguaje, aquello de lo que no debe hablarse: la muerte y la sexualidad. Así, ha puesto las palabras al servicio de las palabras. 

 Leía hace un tiempo el prólogo de la Poesía Completa de Anne Sexton,  escrito por Maxine Kumin en 1981, donde se evidencia cuán implacable fue la crítica con el trabajo de la poeta. La razón parece residir en el carácter estrictamente íntimo de su obra: el abordaje del cuerpo y sexualidad femeninos, los conflictos familiares, la muerte. Esto, a pesar de que Sexton pertenece a una tradición de poetas confesionales como John Berryman, Sylvia Plath, por nombrar algunos. Cito: 

Los hechos de la turbulenta y caótica vida de Anne Sexton son de sobra conocidos; ningún otro poeta estadounidense de nuestra época ha proclamado a los cuatro vientos tantos detalles privados. Mientras que la franqueza de tales revelaciones atrajo a muchos lectores, sobre todo a mujeres, que se identificaban en gran medida con el aspecto femenino de los poemas, varios poetas y críticos — en su mayoría, aunque no solo, hombres— se ofendieron.

Por ejemplo, Louis Simpson dijo en Harper ‘s Magazine que «Menstruación a los cuarenta» era «la gota que colmaba el vaso». Y años antes de escribir su exitosa novela Liberación, que se centra en la escena gráfica de una violación homosexual, James Dickey, en un artículo para The New York Times Book Review, vituperó los poemas de Todos mi tesoros, diciendo: «Costaría encontrar otro escritor que se recree con más insistencia en los aspectos patéticos y desagradables de la experiencia corporal». En un conciso panegírico, Robert Lowell declaró, con lo que parece una considerable ambivalencia: «En los primeros libros, era cada vez más potente. Después la escritura pasó a resultarle demasiado sencilla o demasiado complicada. Se volvió exigua y a la vez exagerada. Muchos de sus poemas más incómodos habrían sido fascinantes si alguien los hubiera puesto entre comillas, como presentación de algún personaje y no de la autora». La obra de Sexton no tardó en convertirse en motivo de disputa, un tema sobre el que facciones opuestas se batían en duelo por escrito, en los encuentros literarios y en el refugio de las clases universitarias. (p.3)

Quiero dar cuenta de las resistencias que al día de hoy pueden presentarse en los medios culturales respecto a distinguir lo que debe ser “literatura femenina”. La obra de Antillano bebe de la cotidianidad, ya que la envuelve en un velo mágico, tanto para el narrador y los personajes que éste cree como para el lector. 

Con cierta ironía la autora posiciona su mirada sobre objetos que pudiesen considerarse poco interesantes y en esa simpleza crea la historia: habla de una cosa para referirse a otra. Tal es el caso de su cuento Ni lirios marchitos ni tigres de bengala (1983): 

Y una nevera no es el objeto adecuado para definir mi instancia ni la de nadie. Entonces detenida en el detalle pienso en la nevera vieja de la casa de los padres, en donde hay dos, y la antigua, la de la infancia compartida es amarilla y apenas sostiene su puerta, y está todavía en aquella casa no sé dónde ni por qué, supongo para sostener en ella la jaula del periquito, porque la otra, la que guarda los alimentos, la del sostén práctico de la vida, está en otro lugar, evidente, blanca, grande como la de los catálogos de productos eléctricos, mi primera reflexión resulta pues equívoca, una nevera si puede evocar la calidez de lo no preciso, una nevera amarilla pudo determinar las etapas de mi crecimiento, las vivencias de la infancia (…) una nevera puede servirte para reconstruir la historia. (p.25)

II. El archivo, el diario, las cartas y la fotografía: una Caja de Pandora. 

“No podía prescindir de tocar sus recuerdos, de rebanar su nostalgia más de cerca”, nos relata uno de los personajes en Perfume de Gardenia. Pienso en el archivo, en este caso el archivo familiar, compuesto y organizado la mayoría de las veces de forma fortuita, bajo órdenes estrictamente afectivos y criterios singulares. 

Las familias suelen atesorar los dientes de leche y al lado de estos, el cordón umbilical de los bebés, los mechones de pelo de algún familiar muerto, las fotografías, las cartas, postales, diarios, tickets de una entrada al cine o concierto, un disco, juguete o dibujo.

Esta heterogeneidad de materiales nos habla de la persona que los archiva. Sé que si hay dientes de leche o las huellas impresas de los pies de un bebé, es posible que el archivo sea de una madre o abuela, imagino una pareja al encontrar tickets de cine o concierto. Y si encuentro mechones de pelo, me habla de alguien que estaba lejos y quiere llevar consigo a la persona amada (ya sea familia, amigos o pareja) y  así sucesivamente. Todo esto para decir que el archivo nos permite luchar contra el olvido, contra la pérdida y las muertes, es un  testimonio para la fábula de la memoria. 

Al relacionar este subtítulo con La caja de Pandora, me enfoco en una versión del mito que dice que un hombre fue quien abrió la caja, donde reside el mal, pero también la esperanza y es en esta última que, creo, puede sintetizarse el archivo: volver al lugar amado, releer la vida propia en distintos momentos, mostrarnos aquello de lo que no queremos saber, que nos desagrada y decidimos omitir. En tal sentido, el archivo puede ser una cicatriz. 

II.I  Eternizar el instante.

Recorro mi pasado a través de estos objetos y desdigo lo que fui, escribiendo algo de lo que me arrepentiré mañana. Tengo en mis manos la foto de una persona alguna vez amada, años después convertida en olvido. Sin embargo, abro mi caja de Pandora y regreso a un momento en donde éramos felices. Y no sé nunca el lugar desde donde estoy leyendo este pasado-futuro del eterno presente. Madres y padres regresando a la infancia de sus hijos, personas enfermas recordando los tiempos en que no lo estaban. 

En el archivo vuelve a plantearse qué se teje y qué se desteje en los hilos narrativos de la memoria. Antillano, en un texto suyo titulado El álbum familiar (2023) detalla algunas características de la fotografía familiar: 

La foto familiar no tiene el carácter de la cotidianidad como ligeramente pudiéramos pensar; por el contrario, ella se remite al acontecimiento. Hacemos fotos familiares regularmente alrededor de los hechos, situaciones, imágenes, que se salen de la común cronología y, por lo tanto, en el hecho de hacerlas está ya implícito el deseo de preservación del instante (…) Por tal razón, la fotografía familiar está allí para “solemnizar”, hacer aparecer lo no-familiar (p.13,14)

 Cabría pensar que la fotografía, al igual que la escritura, participa en este ejercicio que detiene el tiempo, hace crónica para determinar de forma crítica una lectura, lo que se desea mostrar y lo que se quiere cambiar, quien determine estas elecciones consciente o no, establece una mirada futura. Antillano en su ensayo fotografía y literatura (1994), habla de la manera en que un escritor elabora sus textos y cómo esto puede relacionarse con el trabajo del fotógrafo: 

Cuando el escritor elabora un texto está poniendo en juego su conocimiento del lenguaje como instrumento y su imaginario, sus fantasmas, su materia inconsciente organiza el mundo a partir de su mirada sobre este, inventa un código en el cual la referencia inmediata es el propio universo interior […] El fotógrafo que asume el oficio, que acaba por encender la cámara como un instrumento en el cual prolonga su ojo, sus sentidos, al definir el encuadre, realizar el proceso de selección y combinación de imágenes, se equipara al escritor quien diseña la gramática de su expresión. (p.18,19)

Esta cita me remite a la relación entre imagen y símbolo, en tanto ambas son una ilusión que, en la manera de presentarse, hablan de aquello que ocultan. Asimismo, la imagen poética, al decir algo siempre está diciendo otra cosa, como la fotografía, trabaja el instante y su revelación.

Quiero hablar sobre otros tipos de archivos establecidos por las palabras: el diario y las cartas. Estos, al igual que la fotografía, nos narran un escenario, no una verdad fáctica. Al ver una foto, recuerdo el instante en que fue tomada, lo mismo que sucede al releer un diario o carta. 

Al abrir mi propio álbum y ver las fotos de mi bautizo, solo puedo recordar el miedo, la sensación del agua fría cayendo sobre mi cabeza, leo los cuadernos de oraciones de mi abuela, pienso en su enfermedad y las innumerables peticiones de salud, encuentro en mis diarios una persona que ya no soy. 

En efecto, quien escribe estas líneas, y habita la lectura en la obra de Antillano, ha logrado atrapar una noción de mundo a través de las palabras. Hablo de mi archivo y no del archivo de la autora porque como ella, al hablar de lo más íntimo, me aproximo a una soledad compartida con el mundo. 

II.II  La cartografía de los días.

Hablar del diario como ejercicio literario que permite estructurar una historia es desligarlo de su función primigenia, donde solo es concebido para ser leído por quien lo escribe. Esta fue una de las razones por las que antaño el diario no era considerado un género literario. 

Dentro del sistema de la comunicación, el diario íntimo se caracteriza por tener un receptor que a su vez es el emisor del mensaje, de esta forma se desliga de la comunicación intersubjetiva y permite plasmar en él un mundo propio, una transcripción de la realidad, que, a su vez, es parecida a un negativo fotográfico. Porque en esa otra cara (ese anti-mundo creado en soledad) se juega su antagonista: la compañía de un Otro. 

Hans Rudolf Picard, en su estudio El diario como género entre lo íntimo y lo público (1981), analiza el uso ficcional del diario: 

Cuando el diario pasa a ser una técnica de la narración ficcional, una de las formas de la novela en primera persona -junto con las memorias de la novela epistolar-, sus propiedades -fragmentariedad, incoherencia, etc.-, adquieren un estatus semiótico distinto: se convierten en medios de expresión en el seno de la estructura de una obra. La escritura diarial […] al ser utilizada de modo ficcional dentro del marco de la estructura de la obra literaria pasa a ser, de un modo completamente nuevo, comunicación estética. (p.119)

En el caso de la obra de Antillano, lo fragmentario del diario es un recurso harto explorado, la memoria parece conformada por escenas discontinuas, lo que obliga al lector a deducir los hechos. Por ejemplo, en Solitaria Solidaria, cuando Zulay concluye que Leonora se suicidó y lo sabe porque lee la última entrada de sus diarios (corrijo: que leemos junto a ella). 

Muchas obras literarias de Antillano exigen un lector activo, hay una conciencia de esa mirada que se encuentra afuera y de cómo la lectura transforma al texto. El personaje escribe su diario y nosotros sabemos su contenido, y de momento, pienso en el lector como fantasma. Esto, según algunas teorías, se llama narratario. 

Se habla del espectro del escritor cuando este nos interpela en su obra, tal es el caso de esta conversación que establezco ahora contigo. Tengo conciencia de ti e imagino, mientras escribo, tus posibles lecturas. Al referirme al lector como fantasma es porque creo que los momentos confesionales en la obra de Antillano nunca son del todo íntimos, puesto que sus personajes anhelan siempre a un otro. Aunque no puedan precisar quién, están conscientes que un otro los salva.

II.III. Una carta puede evocar la calidez de lo no preciso.

En este caso, mi lectura es una especie de tamiz por el que se vierte la obra de la autora: tú llegas a ella a través de mi punto de vista. En este juego reside la creación literaria de Antillano, encuentro esta idea en una escena de su cuento Ni lirios marchitos ni tigres de bengala (1983) que pone de manifiesto este dilema de la mirada y la suposición como estatuto que no busca develar sino que en ese misterio engendra una escritura posible: 

Por segundos me pregunto qué clase de cartas recibirás tú… ¿acaso la de una mamá que ya se siente solitaria e ignora el sentido de su permanencia sobre la tierra para comer, vestirse, dormir y de nuevo comer, vestirse, dormir o recibir alguna llamada telefónica?, ¿acaso la de alguna amante con la que alguna vez tuviste alguna relación primitiva y hermosa, pero que terminó por volcarse en la neurosis?, ¿las de un amigo que escribe desde Colonia, describiéndote su soledad?, ¿o los apuntes de una hermanita que te cuenta sus vacaciones en la playa, víctima de una insolación, y dice que sólo puede tomar sopa y resolver su tarea de matemáticas, sentada a la orilla del mar? Puedo inventar infinidad de personajes de los que puedes acaso recibir cartas, pero tú nunca has hablado de eso, y yo no quiero preguntarte porque tú no me lo preguntarías a mí, y porque además prefiero vivir esta posibilidad de la ensoñación al inventar yo esas cartas y esas personas (p.27,28)

Quiero ahondar en el género epistolar como literatura, y en las formas que plantean dimensiones de lectura dentro de una obra como es el caso de los textos de Antillano aquí citados. Carles Bastons i Vivanco en su estudio Polisemantismo y polimorfismo de la carta en su uso literario (1996) dice lo siguiente: 

En primer lugar, es indiscutible que una carta es una pequeña pieza literaria que obviamente tiene autor y receptor -mejor sería llamarlo narratario- como cualquier otra. Ahora bien, ya surge un primer elemento de especificidad: la carta tiene tres lectores: el propio autor, el destinatario de la misma -o sea el narratario- y los lectores anónimos contemporáneos del autor, de la carta y también lectores de tiempos presentes y futuros[…] Toda carta contiene una carga subjetiva importante, por lo que coincidiría con el concepto clásico de la lírica -y del ensayo, como se verá luego– como expresión de unos sentimientos y de unas vivencias. En efecto, la carta es intimidad, confidencia, es autobiografía, utiliza en general la primera persona verbal. Y por tanto, conecta asimismo con el género de las memorias y los diarios. (p.236,237)

El género epistolar en el caso de Antillano, además de ser estructura narrativa en sus textos, se convierte en cartografía que permite vislumbrar otra historia posible, una carta no sólo es usada dentro de la historia sino que es el cuerpo donde se gesta la misma. 

III. Transitar el duelo: hacerse de aire.

La carta es la conversación de los ausentes, funciona como mecanismo para resistir el vacío que ellos dejan. Es lo que se sobrepone y permanece en el límite de lo humano (Guillén, 1989). Al hablar de la carta como el lenguaje de los ausentes, cabe pensarla como herramienta para atravesar el duelo, el dolor. Según Freud (1917), el duelo es una reacción ante la pérdida de la persona amada. En muchos sujetos en lugar de duelo, se observa melancolía por la falta generada por el objeto, sea este un ser amado, un lugar o ideal. El doliente (persona que experimenta el duelo) puede saber lo que ha perdido pero no lo que perdió de sí mismo. Es decir, que al perder al otro ha extraviado su Yo.

La carta funciona como elaboración de un recorrido y una forma de comunicación con lo desconocido. La historia universal está repleta de ejemplos. Diversos grupos humanos han establecido una serie de rituales para afrontar el dolor de aquello que ha muerto y se convierte en falta. 

En el caso del cuento Me haré de aire, la carta se presenta como un retorno al duelo, a un nudo no resuelto en la historia de vida de la protagonista que la escritora utiliza como germen. Pues la carta, o el pretexto de una carta, se convierte en el medio para elaborar la pérdida. Cito:

La carta, el recuerdo despertado en mi memoria, ha hecho que una avalancha de dolor interior, dolor de alma, me invada sin remedio. 

Es como si una oleada gigantesca de aves volando, entrara y sacudiera todo mi espacio, y me borrara la sensación antaña de que hay algo en mi presente que valga la pena.

[…]

Ha sido esa carta, de la que no supe en su momento, carta secreta perdida en el tiempo, y ahora me despierta sensaciones que creía olvidadas o acaso estaban resguardadas en algún lugar de mi memoria que descubro amortajada, anhelante. (p.110)

La autora usa los recursos del diario y la carta para bordear la historia. Al narrar sus escenas de forma indirecta nos permite transitar con ella el dolor. Si algo se manifiesta en este cuento, es una constante lucha contra el olvido, y sin embargo la escritora está advertida de que a través de la protagonista puede tocar tangencialmente con las palabras este binomio olvido-muerte. Ese tocar implica una sensación corpórea, un deseo de resistencia ante lo etéreo y su simbolización en los vericuetos de ese pasado que se rehace en el presente. En palabras de Antillano (2021) “el mundo interior, las historias y el dolor se apelmazan en algo que no sabemos cómo aplacar en el día a día” (p.105)

El cuento inicia con la protagonista llevando a su perrita chow-chow al veterinario para que le realicen un  proceso de eutanasia: una “buena muerte” (si nos basamos en la etimología de la palabra). Esto lleva al personaje principal a recorrer los recuerdos de la vida construida con su mascota:

 “Me han entregado las cenizas de Canela esta mañana, en una cajita cuadrada, de madera, rosada. Me resulta irreal suponer que allí está mi compañera, hecha cenizas. La humanidad y lo simbólico… los objetos, los rituales” (Antillano, 2021, p.90)

Este ritual, que desmaterializa el cuerpo de su mascota, construye el puente para hablar del recuerdo de aquel amante alemán llamado Rainer que la miraba como si fuese una aparición sin corporeidad. Esta impresión es releída por la protagonista en el diario encontrado, con el cual, a lo largo de la historia va tejiendo el mundo compartido con Rainer, quien además es actor y en uno de sus monólogos interpreta a Sancho Panza, personaje del Don Quijote, la protagonista anota en su diario fragmentos del parlamento. Cito: 

Porque la mayor locura que puede hacer un hombre es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni que otras manos le acaben más que la melancolía… Levántese de esa cama y vámonos al campo, quizás detrás de una mata hallaremos a la señora Doña Dulcinea (p.99)

El recuerdo de Rainer aparece en un momento de crisis existencial de la protagonista, en el que siente profunda soledad y anhela ser amada. Al leer la cita anterior pienso que ella encarna lo que Rainer en su monólogo recita y logra de esta forma sobreponerse a la melancolía, elaborando en esta historia el recuerdo. Debe haber un lugar para ubicar el dolor, tanto el reciente como el que reaparece en este pasado que retorna a través de  la carta y diario encontrados. 

Antillano a través de sus historias traduce el aire y los fondos sonoros de su soledad, para dibujar un retrato de aquellos seres que son fragmentos dispersos en su memoria. Ella muestra un profundo deseo de transformar su realidad, pero ¿qué se desea transformar y por qué? La segunda pregunta obedece a razones que no puedo discernir. 

Hay un deseo en el lazo humano, en aquello que se hace familiar sin pasar por los estados de la conciencia, se desea ser amado, pero sobre todo se desea amar. La verdad por momentos nos revela el deseo de proximidad. 

Impera crear un mundo propio del mismo modo que la escritora, el cual nos sitúe subjetivamente en la génesis de nuestro lenguaje. Cito un fragmento de la carta escrita por Rainer: 

Escríbeme una carta en mi idioma (yo lo hago en el tuyo).

Promete no olvidarme

O me haré de aire

Y desapareceré,

Amor.

(p.112)

Es así como este cuento se hace carta al fantasma nunca respondida, y a su vez es la sutura de un momento velado por el recuerdo: se convierte en cicatriz. 

Se transita por este relato de Antillano de la misma forma que el peregrino en la escalera habitada por el A Bao A Qu, así se acompaña al espectro y la memoria creada por otra verdad posible en el mundo de la escritora, mundo de una lectora que relee siempre un mismo libro, el de su vida y va dejando un testimonio de sus cambios, lo que fue, lo que debió ser y lo que ella hubiese querido.

¿Quién lee, de la voz, quién cuenta?

Notas

  1.  Laura Antillano (Caracas, Venezuela, 8 de agosto de 1950) es una escritora venezolana, que ha incursionado en los géneros de ensayo, poesía, cuento, novela y crítica literaria. También ha trabajado como titiritera, guionista de radio y televisión y promotora cultural. Es ganadora del Premio Nacional de Literatura en Venezuela 2012-2014,Premio Bienal José Rafael Pocaterra mención Poesía con la obra: Migajas (2004), Premio Ministerio del PP de la Cultura en Literatura 2011, Ascesis al Premio Miguel Otero Silva de la editorial Planeta de Venezuela con su novela: Solitaria solidaria (1990), Premio de Cuento del diario El Nacional con su cuento: La luna no es de pan de horno (1977), Premio Julio Garmendia de la Universidad Central de Venezuela con el cuento: Caballero de Bizancio (1975). Fuente: Wikipedia.
  2. Es un término que no existe en el diccionario, es una invención de Lacan. Lo extimo es lo que está más próximo, lo más interior, sin dejar de ser exterior. Se trata de una formulación paradójica, dando por supuesto que en el discurso analítico las paradojas tienen todo su lugar. En su curso Extimidad J.A. Miller dice, “hay que hacerlo significar y dejar allí una estructura que demuestre la posibilidad de construirlo, pensarlo, como lo más próximo, lo más interior a la vez que exterior.” (Miller, 2010 citado por Epsztein, 2013).
  3.  El término inmundo remite a su acepción dentro de la teoría lacaniana, que habla de la irrupción del sujeto como falla, error o disfunción en el orden simbólico, es decir, a la aparición de lo real del inconsciente en el mundo. Utilizo este concepto de  forma metafórica, para aludir a un estado anterior a la articulación simbólica, un modo fragmentario o no mediado de habitar el mundo, que comienza a reconfigurarse a partir de la entrada del Otro y del lenguaje. Véase Bernal (2022): “El término ‘inmundo’ refiere a que el sujeto deja de marchar como espera el mundo que lo haga, siguiendo las leyes, las reglas, las normas, pero el sujeto se le atraviesa con su inmundicia cuando este erra, falla, marcha mal, deja de funcionar (…) es la presencia de lo real del inconsciente en el mundo.”

Referencias:

Acuña-Matayoshi, C. (2012). Apuntes sobre el recuerdo en psicoanálisis. En IV Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XIX Jornadas de Investigación VIII Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR.

Antillano, L. (1979). Perfume de Gardenia. Seleven.

Antillano, L. (1983). Dime si dentro de ti no oyes tu corazón partir. FUNDARTE.

Antillano, L. (1999). Solitaria solidaria. Editorial Planeta.

Antillano, L. (2021). Me haré de aire. Monte Ávila editores latinoamericana.

Antillano, L. (2023). Fotografía en Venezuela: Cuatro décadas. Fundación editorial El perro y la rana.

Borges, J. L. (1957). El libro de los seres imaginarios. Editorial Bruguera.

Duras, M. (1981). El verano del 80. BID & CO.

Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En Sigmund Freud: Obras Completas. Amorrortu.

Gelfant, B. (1981). Sister to Faust: The city’s “hungry woman” as heroine. NOVEL A Forum on Fiction, 15(1), 23. https://doi.org/10.2307/1345334

         Guillen, C. (1989). Teorías de la historia literaria, 300.

Kumin, M. (1981) Cómo ocurrió Maxime Kumin habla de Anne Sexton. En Sexton, A. (2024). Poesía Completa. Editorial Lumen.

Picard, H. R. (1981). El diario como género entre lo íntimo y lo público. 1616: Anuario de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, 115–122.

Seco, C. (2008). Transpoética. Fundación editorial El perro y la rana.

Smith, B. (1943). Un árbol crece en Brooklyn. Penguin Random House grupo editorial.

Vivanco, C. B. i. (1996). Polisemantismo y polimorfismo de la carta en su uso literario. 1616 : Anuario de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. Anuario , x, 233–238.

Zonana, J. (s/f). The hungry artist: Rereading Betty smith’s A tree grows in Brooklyn. Hudsonreview.com. Recuperado el 27 de mayo de 2025, de https://hudsonreview.com/2021/10/the-hungry-artist-rereading-betty-smiths-a-tree-grows-in-brooklyn/


Autores
Zorian Ramírez Espinoza (Caracas, 1996). Licenciado en Artes, mención Música por la Universidad Arturo Michelena. Miembro de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. Publicó en 2022 su trabajo de grado Las escuelas de contrabajo en Venezuela, reconstrucción evolutiva 1970-2003 por El Sistema y la plaquette Memoria Derramada con ediciones Petalurgia. Participa en antologías internacionales, escribe poesía, diario y crítica literaria. Cocreador del taller El objeto y la memoria. Es uno de los compiladores del dossier de poesía joven venezolana para la revista mexicana Círculo de Poesía titulado “Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad”.

Sentí el olor a carne putrefacta cuando me acerqué al apartamento y se me revolvió el estómago, no tanto por el asco, sino por la molestia que me invadió el cuerpo cuando imaginé lo que había pasado;—dejó basura pudriéndose en la cocina, como siempre —, dije para mí misma, casi segura de lo que suponía.

Eran las nueve de la noche y no había nadie, al parecer, porque estaba todo a oscuras. La luz de la calle entraba por el balcón y las ventanas, así como el viento frío de las lluvias de junio. Atravesé la sala y el comedor sin detenerme en la cocina porque, en efecto, el olor venía de allí. Era tan fuerte que tuve que aguantar la respiración para no vomitar. Fui directo a mi cuarto, abrí la puerta que dejé cerrada con llave, encendí la luz y dejé la maleta y el bolso en el piso. Para mi alivio, todo estaba tal cual como lo había dejado antes de viajar. De todas formas, solo estuve fuera de la ciudad una semana.

Tratando de controlar las arcadas me dirigí a la cocina. A pesar de la oscuridad, noté una especie de bulto negro que reposaba en el centro de la encimera. Parecía una bolsa plástica, pero cuando prendí la luz y pude ver qué era en realidad, no pude contener un grito de espanto. Un escalofrío recorrió mis extremidades y se me puso la piel de gallina mientras observaba esa masa amorfa, sanguinolenta, repleta de hormigas negras que parecían hervir en ella. Eran demasiadas, salían en fila desde debajo del gabinete para posarse en lo que parecían ser vísceras o el despojo de algún animal. No soporté la visión ni el hedor más de un minuto y tuve que irme de la cocina con los ojos aguados y el estómago a punto de salírseme por la garganta. Era repugnante, nauseabundo, pero era la rabia lo que en realidad me hacía rechinar los dientes y hundirme las uñas en la palma de mis manos Maldita sea, Yalena. Maldita loca de mierda. ¿Cómo se te ocurre hacer una mierda así? ¿En qué estabas pensando, lunática sucia?.

Esto no se iba a quedar así. Regresé al cuarto a buscar mi teléfono; había que fotografiar la asquerosidad del desastre y recolectar todavía más pruebas de las cosas absurdas que hacía mi compañera de alquiler. Después de unos meses dejé de mortificarme por los restos de comida en las superficies de las mesas y la borra de café tirada en el piso. Era desordenada, sí, pero esto era diferente. Esto solo podía hacerlo una persona enferma, alguien con un trastorno mental grave. No estaba dispuesta a tolerarlo, ni siquiera a mediar con ella; Yalena tenía que largarse cuanto antes.

Envié las fotos a su chat de WhatsApp y se las reenvié a la casera con un texto que decía “Yalena, ¿qué coño es esto? ¿Por qué dejaste esto en la cocina? Limpia esta mierda ya, chama”. La casera las recibió de inmediato, pero Yalena no. Respiré profundo, o eso trataba de hacer, porque era imposible respirar con esa hediondez que llenaba todo el apartamento. Fui hasta su habitación, que estaba al extremo contrario de la mía, y toqué la puerta. Primero con seguridad, después con el pulso alterado por los nervios: ­—Yalena, ¿estás ahí? —. No hubo respuesta. Insistí, pero luego de varios intentos en los que intensifiqué la fuerza de mis nudillos, comprobé que no estaba. Pensé, entonces, que tal vez Yalena no había pisado el apartamento en días; no hubiese podido estar aquí aguantándose el olor, mucho menos hubiese podido cocinar y comer con esa masa de carne, sangre y mugre haciéndole compañía. Pudo haber dejado eso ahí y olvidó sacarlo antes de irse al trabajo, pero no regresaría para hacerlo después.

Que no estuviera no era extraño. Desde que empezaron los problemas con ella, encontró una solución a su desorden al no habitar el espacio por el que pagaba ciento ochenta pesos al mes. Prefirió ausentarse que acatar las normas básicas de convivencia, pero la verdad eso no me molestaba; prefería que no estuviera porque así no tenía que lidiar con ella y su forma de ser tan chocante e irracional. Sí, para mí Yalena siempre tuvo un rollo, pero por desgracia me di cuenta tarde, cuando ella ya estaba viviendo conmigo después de un acercamiento amoroso fallido. Salimos durante unas semanas, pero cuando hubo que “dar el paso” hacia una relación con más forma, confesó que también salía con otras personas, que estaba enamorada de un hombre y que no quería involucrarse con alguien sin estar segura de que ese hombre sí la quería. Dolió, pero lo acepté enseguida porque no quería seguir perdiendo tiempo y esfuerzo en un lugar donde no pertenecía.

Tuve intenciones de distanciarme de Yalena a pesar de que me pidió que no lo hiciera, porque quería que me quedara cerca, aunque yo nunca pretendí una amistad con ella, pero eso no impidió que siguiera buscándome, en especial después de haberme pedido ayuda para conseguir un sitio al cual mudarse.

—La situación en la casa donde estoy ahora es insoportable, necesito irme lo más pronto posible —, expresó en repetidas ocasiones, pero no explicó en profundidad qué era lo que pasaba. Tampoco pregunté porque supuse que no era de mi incumbencia, pero ahora que lo analizo, hubiese sido mejor preguntar, cuestionar, interrogar…

Hubiese sido mejor haber sospechado de ella desde el primer instante y quizás no tendría que estar pasando por este puto infierno.

El teléfono repicó. La casera. No pensé que llamaría por lo tarde que era, pero si lo estaba haciendo era porque estaba bastante consternada como para querer saber qué significaba ese mensaje que le había enviado ya hacía minutos.

—Juana, buenas noches… —, habló con la voz severa que la caracterizaba. Era una mujer mayor, de apariencia tosca y de actitud recta, pero con más interés en el dinero que en la comodidad de sus inquilinos. —Cuéntame, ¿qué está pasando? ¿Qué es eso de la foto?

—Eso es obra de Yalena, Sra. Carmen. Huele terrible, es como carne podrida… —, comencé a explicar mientras me tapaba la nariz con los dedos. Estaba de nuevo frente a la masa sangrante y descompuesta. No me había fijado antes, pero además de hormigas y moscas, también había gusanos. Alrededor había una piscina de líquido marrón que goteaba sobre las baldosas del piso, tiñendo el color crema de un tono ocre desagradable. Sostenía el teléfono con una mano, contándole a la casera lo que había sucedido, y con la otra llenaba un envase de plástico con agua que, sin pensarlo mucho, arrojé sobre la masa. La reacción fue inminente; escuché la salpicadura contra el suelo cuando el agua cayó desde la encimera, llevándose consigo los bichos y la suciedad. Unas cuantas gotas aterrizaron en mi pantalón y sentí la necesidad de quitármelos y meterlos en la lavadora cuanto antes.

El olor no mejoró y el aspecto de ese montón de porquería tampoco. Al contrario, ahora podía ver con más detalle lo que había allí sin poder identificarlo del todo; membranas, grasa, tejido muscular, venas. Aparte del estado de descomposición en el que estaba, noté que tenía cortes profundos, verticales, como si hubiesen tratado de picarlo en trozos finos.

—No sé qué quieres que haga, Juana. ¿Quieres que le pida que se vaya? ¿Tú estás dispuesta a asumir los gastos del apartamento tú sola? Porque si es así, no tengo ningún problema con echarla.

Maldije entre dientes. No podía creer que esa vieja cicatera en serio me estuviera diciendo eso.

—Señora Carmen, yo vivía aquí sola antes de Yalena y pagaba mi renta a tiempo. Claro, usted después subió el precio cuando ella se mudó, pero en este caso estaría yo sola otra vez. ¿O es que piensa dejar el precio actual aunque sea yo la única persona viviendo aquí? —, argumenté. No pude ocultar la molestia en mi voz y tampoco me preocupó no poder hacerlo; ya estaba pasando por suficiente para que ahora la casera me la pusiera más difícil.

—Reina, todo ha subido de precio. No puedo volver a cobrarte como antes.

Sintiéndome frustrada y al borde noté cómo la rabia tomaba el control de mi lengua. Estuve a punto de responder con groserías, pero un ruido en la sala llamó mi atención y me obligó a callar, un chasquido plástico seguido de algo que se arrastraba contra el suelo.

—La llamo luego, Sra. Carmen —, dije antes de cortar. Salí a confrontar a Yalena porque era la única que pudo haber entrado al apartamento. No lo pensé mucho; quería atajarla antes de que se encerrara en su cuarto. Estaba ansiosa, tan ansiosa que sabía que perdería la poca compostura que me quedaba en cuanto viera a Yalena. Pese al frío, empecé a sudar las manos y sentía como todo mi cuerpo vibraba y protestaba, oponiéndose al conflicto que estaba por suceder. Odiaba tener que pasar por aquello, odiaba muchísimo tener que enfrentarme a la persona que me tenía viviendo en estado de alerta desde hace tres meses. Cuando quise llamarla por su nombre, se me escapó un gallo y mi rabia amenazaba con transformarse en una histeria explosiva, como solía pasar cuando llegaba a mi límite. De un segundo al otro, sin siquiera haber visto a Yalena todavía, ya estaba forzándome a no llorar; me daba vergüenza la forma en la que me deshacía cuando debía poner límites, cuando debía defender mi espacio.

Y ahí en la penumbra del pasillo estaba ella, de espaldas y encorvada sobre el suelo. No volteó a mirarme cuando me paré detrás de ella, tampoco cuando encendí la luz y pude ver realmente qué era lo que hacía.

Aun cuando estaba sucio, reconocí el vestido floreado que utilizaba cuando iba a verse con alguien de su interés. El mismo que usó en nuestra primera cita. Las manchas oscuras, como de sangre seca, se mimetizaban con las flores estampadas en la tela.

¿Qué mierda es eso? ¿Qué coño estoy viendo?

A sus pies había una bolsa transparente, como las de hielo, llena de pedazos de carne con el mismo aspecto infecto que la que estaba en la cocina. No solo carne, había ropa y cosas que sobresalían de entre los restos; un jean, una camisa negra, algo pálido que no alcancé a distinguir.

Yalena arrastraba la bolsa como si no pudiera con ella, como si no tuviera fuerzas o, también, como si fuera pesada. No paró hasta que la llamé por cuarta o quinta vez, a gritos quebrados, con la garganta apretada.

—¡¿Qué estás haciendo, Yalena?! 

El corazón me iba a reventar en cualquier momento. Retrocedí antes de que ella se diera la vuelta y luché para no salir corriendo. Cuando habló, lo hizo en su tono habitual, como si estuviese contándome una anécdota más de las tantas que coleccionaba con cada salida.

—Le dije que fuera claro conmigo —, dijo, metiendo las manos dentro de la bolsa que olía todavía peor que el desastre en la encimera. Era el puro hedor a muerte. Se embadurnó las manos con la sangre coagulada y los fluidos de esa mierda. —Que tomara una decisión y me dijera si quería estar conmigo o no, porque yo estaba entregada, Juana.

Se puso de pie, limpió sus manos con la parte inferior del vestido y siguió de largo hasta la cocina. A su paso quedó una estela de putrefacción que me sacó de mi parálisis. No pude evitar mirar hacia la bolsa otra vez, pero ahora pude ver su contenido en totalidad, pero me arrepentí al instante.

Esa cosa pálida que había visto era la parte de una extremidad, un antebrazo o un tobillo. Cerca, una pulpa violácea parecía un hígado.

Y la cabeza.

La cabeza del hombre también estaba en la bolsa. Con los ojos abiertos al máximo, casi fuera de sus cuencas, y una expresión de dolor plasmada en el entrecejo y la comisura de los labios.

Tensé cada músculo de mi cuerpo y sentí que me ahogaba, me faltaba el aire porque no podía respirar del horror que me invadía. Al correr hacia mi habitación, me llevé por el medio la mesa del comedor; el borde se hundió en mis caderas y el dolor repentino me ayudó a salir del estado de shock. Tropecé en la puerta, pero logré entrar, cerrarla de un portazo y pasarle el seguro antes de que Yalena pudiera alcanzarme, aunque no estoy segura de que siquiera lo haya intentado.

Qué hago, qué hago, qué hago, qué hago, Dios, qué hago.

Agarré mi teléfono y marqué el número de emergencias una, dos, tres, cuatro veces, pero nadie atendía. No, no iba a funcionar. Esa línea hacía años que dejó de ser lo que era cuando la inauguraron. Tampoco tenía tiempo para insistir por ese medio. Llamé de nuevo a la casera, mil veces, pero la desgraciada no contestaba.

Vieja pajúa, me van a matar en esta pinga y nadie te va a querer alquilar tu apartamento de mierda.

Tenía que hacer algo rápido antes de que fuera demasiado tarde. No podía quedarme ahí, tenía que escapar o hacer que viniera alguien a llevarse a la loca. Comencé a escribirle a varias personas por WhatsApp y estas sí respondieron. Les pedí ayuda para conseguir el número de la policía, de protección civil, de los bomberos, de quien fuera que estuviera en la zona y que pudiese sacarme del apartamento. Cuando mis dedos empezaron a temblar y no podía escribir, empecé a enviar notas de voz.

—Sé lo que vi, te lo juro por mi madre que tiene un muerto en esa bolsa. Está en la cocina, no sé qué está haciendo, necesito que…

El toc toc suave de su mano contra la puerta me interrumpió.

—Juana, ¿estás molesta por el desastre? Tranquila, lo voy a limpiar ahorita…

Inhalé de golpe y así me quedé, reteniendo el aire en mis pulmones.

—…Lo que pasa es que no podía dejarlo en su casa porque está viviendo con la mamá de su hijo y lo podía encontrar. Pero ya solucioné.

Debajo de la puerta veía su sombra. Me acerqué y sostuve la manija con fuerza, como queriendo evitar que la abriera, aunque sabía que no era posible.

—Tuve que enseñarle cómo debe tratarme. A mí nadie me trata así. Le pedí que se sincerara conmigo y no lo hizo. Pero como te dije, ya lo solucioné. Me molesta mucho porque yo de verdad sentía muchas cosas por ese hombre. No podía tener sexo con nadie sino con él. Necesitaba todo de él y él no valoró eso. No valoró mi entrega.

La manija se sacudió. Quiso abrir la puerta.

A partir de ese punto dejé de retener el llanto.

Mi teléfono repicó, no dejé que pasara un segundo cuando atendí la llamada. Escuché la voz de una amiga pidiéndome la dirección exacta de la residencia, que ya había encontrado el número de la policía, que además necesitaban hablar conmigo personalmente. Pero yo no podía elaborar una frase, no podía dejar de llorar.

—¿Quieres que te cuente cómo pasó? Sal y hablamos aquí. Puedo hacer café para las dos. También tengo hambre… ¿Crees que fui muy exagerada si probé un poco cómo sabía? Es que me dio curiosidad. Además, yo quería todo de ese hombre, Juana. En serio… lo quería todo.


Autores
(Puerto La Cruz, Venezuela, 1998). Escritora y actriz venezolana. Ganadora del 2do Concurso de Literatura Juvenil Erótica y del 1er Concurso de Crónicas “Dando voz a las historias silenciadas”. Ha recibido menciones honoríficas en distintos certámenes literarios como el Concurso de Dramaturgia Breve de la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela, el Concurso Rafael Cadenas de Poesía Joven y el Concurso de Poesía Diversa en dos ocasiones.
Fotografía de Daniel Divinsky, cortesía de Ezra Alcázar.
Fotografía de Daniel Divinsky, cortesía de Ezra Alcázar.

Hace algunos años me contaron que el director editorial de una gran transnacional —de esas con premios Nobel y best sellers en su catálogo— no iba a librerías ni leía libros fuera de su horario de oficina. Con checador en mano, cumplía su “labor editorial” como si se tratara de una jornada más. Al principio me sorprendió cierta defensa del tiempo personal o privado, pero un regusto amargo rondó mi paladar al pensar que alguien con semejante importancia en el mundo del libro pudiera quitarse, sin más, el traje, los lentes y el cerebro de editor. Con el paso del tiempo entendí que ese personaje en realidad se ponía y quitaba un disfraz. Porque quienes editan de verdad, difícilmente pueden dejar de hacerlo.

El 1º de agosto de 2025 nos sorprendió y entristeció la noticia de la muerte de Daniel Divinsky, editor de pura cepa, quien junto a Kuki Miler y un grupo de colegas fundó Ediciones de la Flor en 1966. Una editorial que haría públicos —para los lectores— escritos que hasta entonces eran privados, voces como las de Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Fogwill, David Viñas, Roberto Fontanarrosa, o el conocidísimo Quino, con su Mafalda. Tal vez sin saberlo, Divinsky y su labor editorial pasaron por nuestras vidas y lecturas, formando nuestros afectos, resistencias, risas y poéticas.

Divinsky nació en 1942 y, a los cuatro o cinco años, una enfermedad renal lo obligó a guardar cama. Aprovechó esa reclusión para aprender a leer, y pronto empezó a devorar cuentos del brasileño Monteiro Lobato. Aunque se licenció como abogado, ejerció poco tiempo. La curiosidad —esa virtud que él consideraba esencial para cualquier editor— lo llevó al mundo de los libros. Esa misma curiosidad que lo hizo leer Emília no País da Gramática fue la que definió más tarde la política editorial de Ediciones de la Flor: publicar libros que le gustaban, convencido de que si algo le interesaba a él, también podía interesar a otros lectores. Una poética editorial que floreció en libros que hoy son clásicos contemporáneos, pero que también le trajo no pocos problemas.

Entre 1976 y 1977, con la dictadura de Videla ya consolidada, Ediciones de la Flor recibió dos golpes muy duros. El primero fue la prohibición de un libro infantil y la posterior orden de detención contra Divinsky, Kuki Miler y Amelia Nassi, directora de la colección “El libro en flor”, especializada en libros ilustrados con muy poco texto.

El libro en cuestión era Cinco dedos, escrito por el Colectivo de Literatura Infantil de Berlín Occidental. Se trata de una fábula sobre la fuerza de la unión: narra la historia de una mano roja cuyos cinco dedos no logran llevarse bien, mientras una mano verde los molesta e insulta. Cuando los dedos descubren que si se juntan pueden formar un puño, logran enfrentar la agresión. Una mujer, esposa de un militar en Neuquén, leyó el libro y lo interpretó como un llamado subversivo a la rebelión. Un juez decidió entonces prohibirlo y ordenar la detención de sus editores. Divinsky y Miler estuvieron detenidos durante cuatro meses en Villa Devoto; Nassi, entonces pareja de Augusto Roa Bastos, logró huir antes a París.

El segundo golpe llegó poco después. Con Divinsky, Miler y su hijo de doce años aún detenidos, Rodolfo Walsh —autor de Operación Masacre y Caso Satanowsky, publicados por la editorial— fue secuestrado y asesinado. Walsh, consciente del peligro que lo rodeaba, había pedido que no lo saludaran en la calle y que se extremaran precauciones al entregarle regalías. Mantenía con Divinsky una “amistad entre anglosajones, nutrida de sobreentendidos y largos silencios”.

Ediciones de la Flor nunca ha sido una editorial militante, pero sí una editorial con olfato literario y sensibilidad progresista. Por eso fue blanco de una dictadura brutal, autoritaria y violenta, que dañó profundamente la cultura y los derechos humanos. Durante los años siguientes, Divinsky se exilió en Venezuela, desde donde siguió gestionando la editorial. Además, trabajó para la Biblioteca Ayacucho y en El Diario de Caracas, donde impulsó un proyecto que lo entusiasmaba: cada domingo, junto con el diario, se entregaba un librito. No había que preocuparse por su venta: tenía distribución asegurada y un pago automático.

En 1983, tras el regreso de la democracia, Divinsky volvió a la Argentina y la editorial siguió creciendo en títulos y en autores entrañables. En 2015 se retiró formalmente, dejando la editorial en manos de Kuki Miler. Pero su retiro fue más simbólico que real. Era bien conocida su labor como celestino literario: hacía llegar manuscritos de conocidos y desconocidos a editoriales y agentes, fomentaba la lectura en charlas, en los medios, y en conversaciones privadas donde compartía con entusiasmo sus pasiones literarias.

Por recomendación suya, leí a una entonces desconocida Dolores Reyes o a Paula Tomassoni. También recuerdo haber escuchado con él, en el tráfico de la Ciudad de México, la canción “Bach Chata Habladurías” de Kevin Johansen, en la que se juega con los conceptos de “maledicencia” y “mal edicencia”: eso que ocurre, decía Divinsky, “cuando una editorial publica malos libros”.

Nunca le hice una entrevista, pero no era raro recibir un mensaje suyo de vez en cuando, avisando que estaría en México. Siempre quería vernos y platicar, descubrir nuevos libros y hablar de aquello que nos gustaba —no por trabajo—, sino porque era lo único que realmente nos hacía felices.

Daniel Divinsky sabía que la lectura es una de las pocas formas de salvación que nos quedan, y dedicó su vida a ello. Por eso, el ejercicio editorial no puede ser un uniforme que se quita al salir de la oficina. Es una forma de estar en el mundo, una vocación que atraviesa lo personal y lo profesional, nuestras familias e ideologías, nuestros gustos, lo que sabemos y lo mucho que ignoramos. Lo que queremos conocer y lo que queremos compartir.

El regalo que nos dio con tantos libros y lecturas solo puede ser pagado con una responsabilidad: seguir salvándonos —y salvando a otros— con la lectura.

Fotografía de Daniel Divinsky, cortesía de Ezra Alcázar.
Fotografía de Daniel Divinsky, cortesía de Ezra Alcázar.


Autores
Fanático del cuento, periodista, editor, difusor cultural y lector. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Seleccionó para la editorial Páginas de Espuma el libro “Románov. Crónica de un final 1917-1918". En 2021 editó la “Antología de poesía (mexicana) del siglo XIX” de la colección “21 para el 21" que se regaló a cien mil personas en todo México. Actualmente es Gerente de Vinculación Internacional del Fondo de Cultura Económica y es colaborador de varios medios de comunicación donde habla de cultura y el mundo del libro.

“Venezuela es un país de poetas” se suele escuchar y leer a menudo en los predios culturales del país. No es falso, grandes voces han abierto caminos bien trazados por la tradición en materia de poesía. Desde José Antonio Ramos Sucre, Salustio González Rincones, Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi hasta Juan Sánchez Peláez, Ramón Palomares, Hanni Ossott o Miyó Vestrini, por citar un puñado de maestros y maestras cuyas obras calan en las generaciones actuales, no solo de poetas, sino de escritores venezolanos en general. Porque se da el caso —nada extraño por lo demás— de que muchos jóvenes poetas actualmente están cultivando también el ensayo y la narrativa.

En el dossier de literatura joven venezolana que presentamos incluimos voces que escriben desde Venezuela y que transitan varios géneros literarios, con la particularidad de que la mayoría partieron de la poesía, y de allí han proseguido una labor escritural a través del ensayo, el cuento y la novela, sin dejar de escribir poesía. No es el caso de todos los escritores y escritoras de la muestra, pero me atrevo a afirmar que sí de la mayoría, lo que da cuenta de una característica a valorar para comprender mejor los inicios inspiracionales y el decantamiento posterior o en pleno desarrollo de estas jóvenes escrituras.

Quisimos acotar la antología a quienes escriben desde Venezuela para mostrar el trabajo de autores y autoras que, en medio de un campo político y económico minado por asedios foráneos y contradicciones internas, han decidido quedarse en el país y escribir. Son escritores y escritoras nacidos entre 1986 y 1999, por lo que ninguno supera los cuarenta años, dando cuenta de una generación joven y situada en su país natal.

Hay pocas antologías recientes de literatura joven venezolana, con la excepción de Feroces: compilación de autoras jóvenes venezolanas, editado en 2024 y Los novísimos. Siete nuevos narradores venezolanos, publicado en 2023 por Abediciones. En materia de poesía, hay que mencionar la antología digital Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad, editada recientemente por Zorian Ramírez, Juan Lebrun y Bolívar Pérez para la revista mexicana Círculo de Poesía, que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990.

Sin embargo, las redes sociales, en su barullo de contenidos signados por algoritmos de ventas, también han abierto posibilidades de publicación y autoedición interesantes, mostrando trabajos editados en revistas digitales, blogs o directamente en los canales personales de Instagram, Facebook, etcétera. Entre los sitios más destacados para revisar el estado actual de la narrativa en Venezuela se encuentra el espacio web Ficción Breve, y en cuanto a la poesía y el ensayo poético la Revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo.

Asimismo, los concursos nacionales para jóvenes han abierto oportunidades a nuevas voces, pero también con énfasis en la poesía, destacándose los concursos nacionales Rafael Cadenas y Hugo Fernández Oviol. En narrativa, se debe mencionar el Premio de Cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores que, en su XIX edición, sigue sumando nuevos nombres al ámbito narrativo. Existen otras bienales y concursos nacionales, como el Concurso Nacional Stefania Mosca (en narrativa, poesía, ensayo y crónica), pero no están dirigidos exclusivamente a jóvenes. Una experiencia que promete ampliar la lista de nombres de buenos poetas en el país es la recientemente creada escuela de poesía para jóvenes liceístas Juan Calzadilla. No podemos dejar de mencionar el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores que incluye anualmente nuevos títulos, muchas veces de jóvenes, en géneros como poesía, narrativa, dramaturgia y ensayo.

En este contexto, presentamos la muestra de literatura joven titulada con el verso de la poeta Luz Machado: “La casa necesita ambas manos”, para hacer hincapié en la necesidad de volcar nuestra mirada hacia la casa, hacia los procesos escriturales desarrollados dentro de Venezuela, donde convergen visiones y perspectivas diversas, influencias y trayectos de formación que pueden coincidir, pero no resultan necesariamente en poéticas semejantes. Asistimos a una casa heterogénea, donde ambas manos son necesarias para robustecer el corpus literario nacional, que sin desdecir de la producción generada por coterráneos allende las fronteras del país, sí tiene una representación sólida y en permanente crecimiento y continuidad en sus zaguanes y patios internos.

Presentamos ocho cuentos, tres ensayos literarios, una crónica y cuatro selecciones de poesía. Todos escritos por venezolanos jóvenes nacidos en distintas ciudades del país. La selección da cuenta de la variedad temática y estilística mencionada. Desde el humor generoso de cuentos como Estos flacos como antenas del narrador, poeta y editor Ennio Tucci, al terror psicológico y tragicómico de Normas de convivencia de la narradora, periodista y poeta Soriana Durán.

También se podrán leer cuentos donde la palabra poética es presencia cuasi táctil sin que por ello se reste labor narrativa y cocción a fuego lento del impacto de la trama, son los casos de El Cisne, del poeta y narrador Felipe Ezeiza, y de El mar tiene tu nombre, del narrador y editor Jorge Morales-Corona. Este último autor explora los límites entre la memoria, lo real y lo onírico, preocupación que también se observa en el cuento El recuerdo del invernadero de Luis Perdomo, donde además se destacan visos de lo real maravilloso y de la descripción de ciudades o provincias desoladas (en este caso en Falcón), icónicas de un paisaje común de la tradición literaria latinoamericana. En el cuento La Dolorita, del poeta y narrador Liwin Acosta, también pueden distinguirse rasgos de lo real maravilloso, incluso de la atmósfera enrarecida de los mismos territorios de Falcón, pero con un tratamiento de la prosa y los diálogos, completamente distintos, en un ritmo que oscila entre el simbolismo onírico y la densidad telúrica.

En los cuentos escogidos, las temáticas y trasfondos se multiplican: desde experiencias de crecimiento, cotidianidades absurdas, reivindicaciones LGBTQ+, memorias de paisajes ancestrales, hasta el relato histórico o enmarcado en luchas sociales precisas. Esto último es patente en el cuento de Soledad Vásquez Piel de onza, que relata la ejecución de Cecilia Mujica durante la Guerra de Independencia de Venezuela a través de los recuerdos de la bisabuela Ramona, entremezclados con alusiones que vuelven al realismo maravilloso o la figuración mítica de la historia. También el cuento Nuestra batalla de David Gómez Rodríguez, narra desde el presente una imbricación histórica con la Guerra de Independencia venezolana, donde son evocados personajes como José Tomás Boves y Simón Bolívar.

La crónica, como género híbrido entre el periodismo y la literatura, encuentra en Jessica Dos Santos una voz representativa que combina rigor histórico con una prosa cercana. En el texto Caracas y México, muchos regalos y algunos dolores, la autora indaga cómo la presencia mexicana se ha arraigado en la identidad caraqueña a través de monumentos y tradiciones. Entrelaza datos históricos —como los orígenes de la Avenida México o los monumentos obsequiados a la ciudad de Caracas— con anécdotas íntimas y reflexiones culturales, logrando que la historia no sea un mero relato del pasado, sino una experiencia viva de lectura.

En cuanto a los ensayos, entregamos tres piezas de largo aliento de escritores que cultivan otros géneros literarios y que se centran —los tres— en analizar y realizar un recorrido crítico por la obra de otros autores venezolanos. Daniel Arella escribe Porn sci-fi venezolano: Ronald Delgado y el pornoerotismo posthumanista en Anómala (2013), un ensayo que explora el subgénero del pornoerotismo posthumanista como un entramado que fusiona tecnología, sexualidad y crítica social para reflexionar sobre cuerpos transformados, poder y alienación en la hipermodernidad. Asimismo, Hanni Ossott, la voz de la esfinge, de la poeta y ensayista Mariajosé Escobar Gámez, arroja nuevas luces sobre la poesía de Hanni Ossott, con una lectura que parte de los modelos edípico y esfíngico de interpretación, inspirados en las ideas de Giorgio Agamben. Finalmente, el ensayo El pasado futuro del eterno presente: memoria, duelo y amor, de Zorian Ramírez Espinoza, ofrece un enfoque interdisciplinario, combinando teoría literaria, psicoanálisis lacaniano y mitología, para analizar la obra de Laura Antillano, centrándose en su cuento Me haré de aire.

Decidimos incluir poemas de cuatro poetas jóvenes del país, pues como dijimos desde el principio de esta breve introducción, no es falsa ni impostada la frase que reza “Venezuela es un país de poetas” —y de buenos poetas—. Esta materialidad verbal puede comprobarse en los cuentos y ensayos de la muestra, pero se hará aún más patente en la lectura directa de la poesía de cuatro registros muy distintos entre sí que, a su vez, se entroncan con en el mismo universo simbólico y formal de la tradición poética venezolana. Se trata de Eloísa Soto, María Alejandra Rendón, Juan Lebrun y Milagro Meleán. Que la mayoría sean mujeres no es un acto meramente reivindicativo, es la constatación fáctica de que en la actualidad hay una presencia muy potente de poetas mujeres en el panorama de las letras venezolanas.

El dossier titulado La casa necesita ambas manos celebra la vitalidad de la escritura joven venezolana en su raigambre inclusiva, dialogante y heterogénea. Los autores y autoras aquí reunidos demuestran que, pese a (o en consonancia con) las complejidades del contexto nacional y mundial, la literatura sigue siendo un espacio de memoria y reinvención, donde conviven lo íntimo y lo colectivo, a través de búsquedas verbales que abrevan de la tradición sin renunciar a la singularidad y la originalidad epocal.

Que esta breve muestra sirva como testimonio de que la casa literaria venezolana sigue en pie, habitada por quienes, desde el rigor y la audacia, insisten en nombrar el mundo y en nombrar al país con voz propia.


Autores
Editora, escritora y gestora cultural. Estudió Letras en la Universidad de Los Andes (ULA) y Antropología Social y Derechos Culturales en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Dirigió la Editorial El perro y la Rana del Ministerio de la Cultura. Actualmente dirige Nila Ediciones. Ha sido invitada a ferias del libro y festivales de poesía de Argentina, Brasil, Cuba, Colombia, México y Bolivia. Organizadora del 1er y 2do Encuentro Internacional de Escritoras, Caracas 2020 y 2022. Creadora del espacio transmedia de promoción de poesía venezolana Poesía en Casa. Creadora y editora de la colección de mujeres poetas Yo misma fui mi ruta publicada por Fundarte. Curadora de espacios de poesía venezolana para las revistas Abisinia (Argentina/Colombia) y Círculo de poesía (México). Ha publicado ensayos, artículos, cuentos y poemas en antologías y revistas de Latinoamérica, Estados Unidos y Rusia. Coautora y compiladora del libro Venezuela, vórtice de la guerra del silgo XXI (La Fogata/ El Colectivo, 2020) y Poesía contra el bloqueo (Argo Libri, 2021). En 2022 fue editado su poemario Bajo el rezo animal (Ediciones Solar, Venezuela, 2022; Ediciones de la Paz, Argentina, 2025)

Toda ruina lleva en sí el espectro de una caída anunciada.

Walter Benjamin, Pasajes, 1927.

Algunos insisten en ver los conflictos de este tiempo — la guerra en Ucrania,1 el genocidio en Gaza, el juego de nervios con Irán — como tragedias separadas, cada una con su propio libreto, su propio escenario, sus propios fantasmas. Bajo esa mirada fragmentada, la guerra en Ucrania sería solo un asunto de “seguridad europea”, un malentendido entre vecinos que escaló; el baño de sangre en Palestina se reduciría a un “conflicto ancestral”, como si la tierra llevara en sus venas el mandato bíblico de la violencia, y el pulso con Irán, una mera disputa por centrifugadoras y uranio, como si el verdadero pecado no fuera su desafío al orden, sino su osadía tecnológica.

Pero hay otra lectura, más incómoda, más verdadera. Estos no son tres fuegos distintos, sino llamaradas de un mismo incendio. Son las grietas por donde se asoma la decadencia de un imperio que ya no domina, pero tampoco se resigna a caer. Occidente —ese centro tambaleante del capitalismo global— no libra guerras por error, ni por moral, ni siquiera por petróleo. Las libra, sobre todo, por tiempo. Por aplazar lo inevitable.

En el tablero geopolítico del Medio Oriente contemporáneo, llama la atención el hecho de que las potencias que hoy marcan el ritmo de los acontecimientos no sean árabes. Irán, Turquía e Israel se erigen como protagonistas de una región en permanente ebullición, mientras que los Estados árabes, aunque numéricamente expresivos, optan por una postura de cautela, casi de espera.

Cada uno de estos tres actores encarna un modelo político singular, que refleja tanto sus tradiciones como sus ambiciones. Irán se proyecta como una teocracia islámica de contornos paradójicamente pluralistas, capaz de conjugar fe y pragmatismo en la conducción de su política. Turquía, heredera de un imperio que moldeó siglos, se presenta como una democracia marcada por el peso de las Fuerzas Armadas, donde el pasado imperial aún susurra entre las filas militares. Israel, por su parte, reivindica el rótulo de democracia de estilo occidental, pero se deja moldear, cada vez más, por un nacionalismo religioso que redefine sus horizontes y agudiza sus enfrentamientos.

El ataque lanzado por Israel contra Irán surgió como el punto culminante de casi veinticinco años de cambios profundos e implacables en Medio Oriente. No se trató de un episodio aislado, ni de un enfrentamiento que pueda reducirse a la vieja dicotomía entre el bien y el mal. Lo que se desarrolló ante nuestros ojos es el desenlace inevitable de una larga cadena de errores estratégicos, ambiciones mal interpretadas y vacíos de poder dejados por potencias regionales y globales.

Las últimas décadas no ofrecen respuestas fáciles ni lecciones lineales. Los acontecimientos se han acumulado de forma fragmentaria, generando consecuencias paradójicas. Aun así, detrás del aparente desorden emerge una lógica implacable: el caos actual constituye el fruto más coherente del intervencionismo occidental, de la ingenuidad ideológica y de la arrogancia geopolítica que han moldeado el destino de la región. Lo que queda no es solo un conflicto armado, sino también el retrato sombrío de una era marcada por cálculos erróneos e ilusiones hechas añicos.

El expansionismo iraní encuentra su raíz en el vasto alcance económico e ideológico de la poderosa Guardia Revolucionaria, que proyecta la influencia de Teherán mucho más allá de sus fronteras. Bajo su sombra se tejen alianzas, se inflaman conflictos y una presencia silenciosa, pero firme, se impone en diferentes frentes de Medio Oriente.

En Turquía, las incursiones extranjeras de Recep Tayyip Erdogan no son solo movimientos estratégicos: alimentan la narrativa interna de un renacimiento turco, evocando ecos del antiguo Imperio Otomano. Cada paso más allá de sus fronteras se presenta como prueba de fuerza, como símbolo de un país que busca retomar el protagonismo perdido en los mapas de la historia.

Israel, por su parte, reescribe su propia doctrina de seguridad. Si antes se limitaba a levantar barreras y reaccionar, ahora avanza con una política que va más allá de la defensa: pretende moldear activamente la región, redibujando fronteras invisibles e imponiendo una lógica de poder que se proyecta, implacable, sobre sus vecinos.

La danza del imperio con el abismo

¡Bien has cavado, vieja topo!

Karl Marx (1852) 

En ese sentido, la ofensiva israelí y de los EE. UU. contra Irán no puede entenderse fuera del marco histórico del imperialismo como fase inevitable del desarrollo capitalista. No es solo una respuesta puntual a supuestas “amenazas nucleares”, sino una acción estratégica, profundamente arraigada en la lógica expansionista de los grandes monopolios. Más allá de las ideologías religiosas o de las disputas regionales, las guerras libradas por las potencias occidentales en esta región se inscriben en la lógica profunda de las crisis del imperialismo contemporáneo, que no duda en incendiar el mundo para preservar sus beneficios.

Desde aquel otoño de 2008, cuando el mundo financiero se desplomó como un castillo de naipes bajo una tormenta de viento invisible, los Estados Unidos han caminado por un sendero de incertidumbre económica que parece no tener fin. Los años han pasado, las administraciones han cambiado, pero la sombra de aquella crisis sigue proyectándose sobre los bolsillos de la nación más poderosa del planeta.

Hoy, como si se tratara de un relato que se repite con obstinada fidelidad, la deuda pública ha trepado a alturas que rozan lo inverosímil: más de 31 billones de dólares, una cifra que se pronuncia con el mismo asombro con que se narran las leyendas. Esa montaña de números representa cerca de 120% de todo lo que el país produce en un año, muy lejos de aquel 64% que, en 2008, ya parecía alarmante.

En los pasillos del poder, entre discursos y promesas, los economistas se preguntan: ¿cuánto tiempo podrá sostenerse esta danza con el abismo? Mientras tanto, el ciudadano común sigue su vida, quizá sin advertir que, sobre su cabeza, se cierne una deuda que crece como una nube cargada de tormenta, esperando el momento de descargar su peso sobre la historia. Y en el borde del abismo, los imperios danzan, cegados por su propio resplandor.

Durante gran parte del siglo XX, Medio Oriente se mantuvo dentro de una estructura frágil pero funcional, ampliamente definida por la dinámica de la Guerra Fría. Las superpotencias patrocinaban a los regímenes locales, y el equilibrio —aunque lejos de ser pacífico— era estable en su previsibilidad. Pero el fin de la Guerra Fría, y con ella la disolución de la Unión Soviética, disolvió esas reglas. Durante los veinticinco años siguientes, Estados Unidos permaneció incontestado en la región.

La batalla ideológica entre el socialismo y el capitalismo ocidental desapareció, dejando un vacío que nuevas fuerzas rápidamente buscaron llenar. Desde la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos reinó en soledad sobre el orden mundial, como un imperio sin rivales. Hoy, sin embargo, una crisis silenciosa roe sus entrañas, avanzando lenta e implacablemente, como un topo que trabaja bajo la superficie hasta el instante del derrumbe. Conviene recordar que, en las páginas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), Marx invocó con ironía y presagio las fuerzas ocultas de la historia al exclamar: “¡Bien has cavado, vieja topo!”.

Bombas imperialistas sobre Gaza y Teherán

En Gaza, en pleno siglo XXI, 

se ha desplegado un laboratorio 

de genocidio a cielo abierto. 

Israel, lejos de tener una política exterior autónoma, funciona como avanzada del imperialismo occidental en Medio Oriente. Su doble función existencial es clara: por un lado, neutralizar cualquier fuerza regional que cuestione el orden geopolítico dominado por Estados Unidos y sus aliados; por otro, servir como laboratorio tecnológico-militar para la experimentación y exportación de instrumentos de dominación —armamentos, sistemas de vigilancia y doctrinas de guerra asimétrica. En Gaza, en pleno siglo XXI, se ha desplegado un laboratorio de genocidio a cielo abierto, protegido bajo el paraguas de las potencias más influyentes del mundo.

El silencio ante crímenes de guerra, el apoyo tácito a operaciones extraterritoriales y el bloqueo sistemático de cualquier sanción efectiva contra Israel demuestran que, en la práctica, el derecho internacional sirve únicamente a los intereses de las grandes potencias. La legitimidad de la “guerra preventiva”, del asesinato selectivo y de la destrucción de infraestructura civil solo se reconoce cuando es ejercida por los aliados del gran capital financiero. Como decían los antiguos romanos, “lo que está permitido a Júpiter no está permitido al toro”.2

En el plano interno, la guerra imperialista contra los palestinos también cumple una función específica: rearticular el consenso social en torno a un liderazgo político debilitado — como el de Benjamin Netanyahu — y desplazar el foco de las protestas populares y las crisis institucionales. La guerra es, como siempre ha sido, la continuación de la política por otros medios —una política al servicio de la burguesía nacional, en alianza con su núcleo hegemónico.

La lógica del gobierno de Israel se basa en la política de provocación a sus enemigos históricos, con el fin de extraer elementos para justificar un estado de guerra permanente, sin dejar de lado la limpieza étnica y las acciones de genocidio. Tales prácticas son intrínsecas a la dinámica existencial de Israel; se trata de acciones que siempre han existido desde que el Estado de Israel obtuvo su estatus legal. Sin embargo, estas prácticas se han intensificado con el regreso de Benjamin Netanyahu al poder, para cumplir un tercer mandato en un país en profunda crisis política que intenta unificarse internamente a partir de la constatación de un supuesto “enemigo externo”: el pueblo palestino, y consecuentemente, los musulmanes y los persas.

Israel ya no se presenta al mundo como el bastión liberal rodeado de reliquias autoritarias que, en otros tiempos, servían de narrativa para su existencia. El país, que se enorgullecía de ser una democracia vibrante en medio del desierto de regímenes cerrados, se ve hoy marcado por una transformación silenciosa pero profunda: su sistema político se ha vuelto progresivamente iliberal, su gobernanza adopta contornos cada vez más militarizados, y el nacionalismo, antes contenido, ahora se alza a la vista de todos.

En el centro de este proceso se encuentra Benjamin Netanyahu, figura que encarna, con rara nitidez, el giro ideológico y estratégico del Estado israelí. Su gobierno es, al mismo tiempo, producto y catalizador de esta metamorfosis. Muchos argumentan que tales medidas encuentran justificación en la guerra, sobre todo después de los devastadores ataques de Hamás en octubre de 2023. Sin embargo, bajo el manto de la seguridad, se perfila un nuevo orden político, en el que el miedo y la fuerza moldean, más que nunca, el destino de una nación acostumbrada a vivir al borde del conflicto.

Israel es la única potencia militar de Oriente Medio que posee ojivas nucleares, se constata que son noventa en total. El señor de la guerra tiene nombre y apellido: Benjamin Netanyahu, quien lleva a cabo cuatro guerras regionales: guerra colonial contra los palestinos, guerra en Cisjordania, guerra en Líbano, guerra contra los hutíes en Yemen y más recientemente una ofensiva contra su mayor rival geopolítico, Irán.

Irán, por su parte, representa en el tablero global una potencia regional no alineada, con relativa capacidad de resistencia económica y militar, pero, sobre todo, con un discurso que desafía —aunque desde una perspectiva nacionalista-burguesa— el monopolio político y energético de Occidente. Eso es intolerable. No es casualidad que la arremetida israelí cuente con el apoyo de Francia, los armamentos alemanes y el escudo anglosajón. En este contexto, la acción “preventiva” de Israel se configura como una declaración de guerra cuyo objetivo es claro: destruir capacidades estratégicas iraníes —especialmente su programa nuclear—, debilitar el régimen político y amedrentar cualquier intento de autonomía regional.

La expectativa de la llamada comunidad internacional parecía ser que Irán fuera sometido a una ofensiva devastadora sin ofrecer una respuesta significativa —en un escenario análogo al que se observa en Gaza, donde la violencia continua está respaldada por una indiferencia geopolítica generalizada—. Subestimar a su enemigo es un error primario. Lo que pocos escuchamos, en términos de novedades en la coyuntura política de Oriente Medio, fue la capacidad de reacción de Irán.

Desde el punto de vista de la Casa Blanca, una guerra fabricada contra Irán se ha convertido en un horizonte estratégico desde la Revolución Islámica de 1979, con tensiones oscilantes pero con un objetivo estratégico muy bien estructurado. Los think tanks estadounidenses no nos dejan mentir: las guerras contra Irak y Afganistán fueron conducidas como antesalas de una guerra contra Irán.

Ante la reacción iraní, se asiste a una súbita movilización discursiva de las potencias occidentales, que hasta entonces se mantenían inmóviles frente a las evidencias de crímenes de guerra perpetrados en territorio palestino. Estas mismas potencias, ahora, articulan pronunciamientos en defensa de la seguridad de Israel, invocando el principio de prudencia y contención —evidenciando así la selectividad moral y el doble estándar que caracterizan las relaciones internacionales bajo la hegemonía liberal occidental. 

Francia cedió a la presión internacional y acaba de realizar un pronunciamiento público reconociendo al Estado de Palestina. Algo simbólico teniendo en cuenta que la Unión Europea lleva a cabo durante décadas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una política que la pone de rodillas ante los EE. UU.

Donald Trump, la derecha israelí y sus aliados en el Golfo Pérsico proyectan un Medio Oriente “pacificado” a su manera: un territorio donde el silencio no es fruto de la armonía, sino del dominio militar, de acuerdos económicos y de una normalización cuidadosamente orquestada.

Los llamados Acuerdos de Abraham surgieron como el emblema de esta promesa: tratados presentados al mundo como puentes de paz, pero que, bajo el barniz diplomático, se revelan como instrumentos de poder. La historia, sin embargo, enseña que la paz impuesta por la fuerza nunca es una paz verdadera; no es más que una tregua frágil, sostenida por el miedo, condenada a desmoronarse ante el primer soplo de resistencia.

Cada misil que cae, cada niño enterrado en los escombros de Jabalia —ciudad palestina ubicada cuatro kilómetros al norte de Gaza—, son movimientos en el mismo tablero: el de un poder que ya no puede imponerse, pero que aún puede destruir. Que ya no convence, pero aún puede arrasar.

Y sin embargo, hay algo que ni los misiles más precisos pueden matar: la certeza de que los imperios, cuando caen, no escuchan su propio derrumbe. Solo creen estar “reordenando el mundo”. Hasta que un día, sin previo aviso, el mundo los reordena a ellos.


Autores
Es profesor de la HSE University de San Petersburgo, Rusia, adscrito al Departamento de Lenguas Extranjeras. Además de escritor, es doctor en Filosofía por el Programa de Posgrado en Filosofía de la Universidad Federal de São Paulo/Brasil, con una estancia doctoral en el Instituto de Filosofía de Moscú – Academia Rusa de Ciencias. Más recientemente, publicó la obra poética Estrellas, como kamikazes (Phillos, Brasil, 2025).