Tierra Adentro

Fue mirar los relámpagos de una tormenta a través del agua de un río turbio. La gente nos miraba como locos al presentar el proyecto. Quizás era miedo, pero nosotros, digan lo que digan, con el terror aun en la piel, sabemos lo que vimos y está grabado. Mostraremos la verdad a todo el país.

Hoy es el día, he despejado mi agenda, suspendí todas las grabaciones que teníamos en el pequeño estudio que abrimos en Capitolio cuando nos mudamos de Barquisimeto y me traje la cámara Panasonic HC-X1 Ultra que usamos aquella noche para ver en HD como se despejaba la niebla. Por fin, el resultado de tanto esfuerzo, de tantos meses de investigación, de buscar al brujo —¡Bien difícil que fue! Nadie quería hacerlo—; de salir vivos de aquel lugar lleno de monte. Por fin las voces que nos hicieron entender la guerra a muerte se transmitirán a mi magullado país. Ahora podremos diagramar nuestra pena, la que arrastramos desde que mataron a Bolívar, como si el dolor fuese una tuberculosis colectiva.

Estoy ansioso, Cristofer no ha llegado, pero estoy seguro de que cuando todo empiece me olvidaré de él. Me siento frente al televisor con la cámara en las manos, quiero tenerla conmigo como un amuleto. Es la hora. Me quedo mirando la escena que empieza a mostrarse luego de una explicación escueta sobre la responsabilidad de las opiniones emanadas en el documental. Al ver nuestros nombres en la pantalla se me ilumina el rostro con la luz de las velas que adornan el altar de la Reina María Lionza, su imagen custodia el título del documental: Nuestra batalla.

María Lionza se muestra en un segundo plano, como una madre que se preocupa por su niño cuando juega tras la casa, cerca del barranco. “¡Esta vaina somos nosotros!” pienso al contemplar el espacio cuadriculado que parece más a un espejo que un televisor. Miro la escena sintiendo el vértigo de no poder decir: corte, o de probar con efectos especiales, o de siquiera apagar la cámara. Entonces me digo a mí mismo: acción, y me quedo atento frente a la pantalla, con los ojos más abiertos que las venas del continente, temblando de emoción, pero también de angustia.

Un silencio atraviesa el cuarto rozando el suelo, la cámara hace un movimiento lento hasta el rostro de Cristofer, que ve como el brujo sube sus brazos y mueve las manos epilépticamente sobre el fuego de unos velones rojos y verdes. Es de suponerse que sus movimientos tienen relación con el sonido de los tambores que, a su vez, van siguiendo el compás de un murmullo que se esparce como la neblina sobre todo el espacio. Es una oración, porque se escucha desde el fondo a un hombre que va dando instrucciones al corazón de los negros, con sonidos que se van mezclando con pasajes de la Biblia y palabras yorubas. Ya muchos en sus casas estarán pensando que el documental se trata de santería, pero es algo más sagrado y estridente.

El brujo, el cual se hace llamar Clemente Guerra Malpica, se detiene un minuto frente al cuerpo semidesnudo de Cristofer, lo mira de arriba hacia abajo y le pide que extienda los brazos. En la pantalla del televisor se nota un temblor en la cámara. Cristofer, mi hermano, extiende los brazos obedientemente, parece un crucificado. El brujo le clava los ojos sobre el rostro y muestra una sonrisita maliciosa que me hace recordar al diablo, pues el corderito junto al altar comienza a chillar, como si supiera que significa esa sonrisa.

—¿Quieres sabé la verdá? ¿Aunque te quemes carajito, aunque reclame sangre la verdá? ¡Jummmm, les advierto questo no es un juego… esto no es un juego! Cuando un portal se abre hay que cerrálo. Escucháme carajito ¡No vayas a dejar que se apaguen las velas! No, no, no, no… ¡Ay carajito! Si las apaga, váyanse de aquí sin mirá pa’ trás, váyanse… y recen, porque estarán condenaos ¡Carajo! —Mientras tanto hago con la cámara un plano cerrado sobre el crucifijo que guinda del cuello del brujo entre un montón de collares rojos.

Cristofer asiente con la cabeza y el brujo enciende un tabaco, en el proceso se le alumbra el rostro con el fósforo que arde, se le ve el sudor en la frente, le corre hasta los labios como una gota de lava cuando sobre la arena llega al mar. Así, sin advertencia, toma rápidamente un cuchillo y lo bendice con una señal de cruz que deja su rastro de humo en el viento. Los tres hombres que tocan los tambores detrás del brujo miran hacia la altura como buscando algo, sin embargo, no detienen los repiques, sus músculos parecen un motor milenario a tracción cardíaca. Tocan sin descanso, a ritmos disonantes, el cumaco, la mina y la curbeta. Otro hombre, el del murmullo, reza quieto con las manos en el suelo, haciendo coro a las frases que brotan desde la boca del brujo. Suenan los tambores frenéticamente y Clemente Guerra Malpica ahora da vueltas alrededor de Cristofer y las velas encendidas frente al altar. Turuturututúro-Turuturututúro-Turuturutu-Turuturutu-Turuturutu-Tú… esclavos son estos hombres de su propia fuerza ritual. Sudan, se transfiguran y vuelan.

—¡Simón Bolívar, jefe de la Corte libertadora, bendícelo ¡Changó, Changó! Haznos ete favorcito. Samba tulé, samba tulé, aló-ojejé, bendecílo en el nombre del Padre, Reina, y mandános a alguien que les diga la verdá! ¡Olodumare, Olodumare! —dice el brujo mientras le sale el humo de la boca.

Un hombre parece un dios cuando rompe la incertidumbre, Cristo se presentó ante el mundo con un cuerpo inesperado, nadie hubiese creído que ese flaco escueto era el hijo de Dios, al final lo crucificaron, pero hasta el día de hoy la idea se amoló como un machete, se mezcló con la sangre como el aceite, y resultó un líquido inflamable del que se alimentan las velas en los portales sagrados de las montañas de Sorte. ¡Ojo! Esto no tiene nada que ver con la Iglesia, la Iglesia es otra cosa, la Iglesia es un ministerio lleno de burócratas y corruptos, hablamos aquí de los espíritus, de egun.

Los sádicos y los asesinos que salieron de prisión para zarpar hacia esta tierra desde España tenían temor a la Iglesia, no a Dios. Flotaron fermentándose hasta llegar al Nuevo Mundo, en el camino cientos de miles de negros fueron lanzados al mar desde los barcos negreros y otros millones llegaron como bultos de carne viva al nuevo continente.

Sí, para descubrir la verdad tuvimos que fregarnos la piel con los libros de historia y con la sangre que guardan los ritos sagrados. Descubrimos que hay quienes pueden secuestrar la voz de los muertos, pero hay que tener cuidado con el muerto que se secuestra, porque puede ser uno el capturado.

El brujo baila con la mirada de los santos sobre el cuello y toma en sus manos al corderito, los tambores deambulan en un sonido que comienza a controlar hasta el viento, el humo que antes subía ahora desciende. ¡El humo desciende! Como si la gravedad lo tomara por la parte más dócil de su sublime estructura. Por el calor, la habitación parece encogerse y al caer las cenizas del tabaco sobre el suelo, el corderito cae en estado neutral: no está vivo ni está muerto bajo las sombras, los ojos del cordero se ven brillantes, están quietos, el lente f/1.8 de la cámara es capaz de captar su ausencia.

Hay hombres que se salvaron del verdugo para ir en galeras a un mundo sin ley, buscando gloria mientras despellejaban mujeres a merced de sus penes gonorreicos. Es que, al poner un pie en esta tierra bordada por el oro, ellos también sonrieron maliciosamente, se pusieron las armaduras, montaron sus caballos y como una legión infernal, como demonios en juerga, iniciaron un juego donde el perdón no existe. El asturiano al que llaman Boves nacería doscientos años después, pero sus ancestros para entonces ya habrán convertido a la Virgen en una puta feroz. El asturiano es la secuela, no el origen; el origen son los esclavos a los que, como a Cristo, crucificaron en mil hogueras. La Virgen era una madre, pero la convirtieron en verdugo y aun así uno puede verla llorar sangre cada noche.

Ellos veían como en la piel se les hacían pequeñas vejigas cuando el fuego los tocaba, los veían con el pellejo desnudo, volviéndose un trozo de carne cocida, y nunca pensaron que sus muertos se iban convirtiendo en lanzas. No es magia lo que sucede, es venganza. Ìwàlẹ, dice el hombre que susurra.  

—¡Pásame el aguardiente, carajito! — ordena el brujo a Cristofer, mientras mira hacia arriba—. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, recibí la sangre y dinos la verdá, dinos toitica la verdá Olorun.

Entra en la habitación una brisa extraña, y es extraña no porque sea fría, o porque se arremoline entre los pies del hombre que reza tras el brujo, es extraña porque en esta habitación no hay ventanas y las puertas fueron cerradas al encender las velas. Hoy entiendo que aquella brisa era el aliento del demonio.

—¡Qué pecao cometieron!, ¡para negro, para! Anda caminando por ahí… Ahí viene —dice serenamente el hombre que rezaba tras Clemente Guerra Malpica, y este lo manda a callar violentamente para continuar.

—¡Shito, negro!… Shito. Ven, ven y dinos la verdá —repite una y otra vez.

El brujo empuña el cuchillo y le corta con paciencia el cuello al cordero, el cordero no siente la muerte, el brujo es piadoso, lo mira con la ternura de Caín, se mancha las manos con la sangre y sigue mirando hacia arriba, como si pudiera ver a través de las paredes la montaña de Sorte. El animal ya no tiene luz en los ojos, ha abandonado el trance en favor de las potencias, pero al hombre que reza tras el brujo se le derrite el rostro de horror, algo ha visto entre las sombras de esa casa.

Toman, con las manos blanquísimas, a un negro alzado, lo amarran de todas sus extremidades: brazos y piernas atados de cuatro bestias distintas. Lo miran con desprecio y dan la orden de ejecución. Arrodillan a la hija frente al hombre que siente cómo sus músculos empiezan a estirarse, le crujen las coyunturas y entre los huesos una roca se agrieta; se le olvida su nombre al gritar, pero no el nombre de su hija, ni el de sus dioses; se le olvida la geografía de su cuerpo, ya no tiene control sobre el movimiento de sus dedos, el sufrimiento lo consume, parece un río desbordándose a cámara lenta, porque a las bestias no les han ordenado el galope, sino que las halan poco a poco para hacer sufrir al negro.

El hombre se va rompiendo como un pollo, uno de los brazos se le desprende apresuradamente y salpica de sangre a la niña que grita: la bestia haló más fuerte de lo pretendía su domador. Pero la bestia no sabe lo que hace, la bestia camina para huir del dolor, se parece la bestia al hombre que descuartizan, tiene miedo, sangre y sed, y al final del día puede que también la corten en pedazos. El hombre está al punto del desmayo, siente en la espalda toda su sangre, como si él mismo fuese el pozo de una cascada. Es en ese instante en el que están a punto de desprenderse todas sus extremidades que el tiempo parece relativo al pensamiento, en el que las hojas caen evaporadas en un sueño donde canta junto a su hija. Pero cuando las bestias galopan y dejan al hombre hecho un montón de carne sin alma, de la cual solo tomarán el tronco para clavarlo en una vara a las afueras del pueblo, los negros saborean la realidad. 

—¡Quiero saber la verdad! —dice Cristofer, mirando al fondo de la habitación con los puños apretados bajo la cintura, lo dice como desafiando al brujo.

Al voltear, el hombre que rezaba ya no era el hombre que rezaba, su voz no era su voz, y como dice Ramos Sucre “había desertado de entre los muertos”. Vemos y no creemos, somos ilusos. El espíritu de las cosas, como una ventana, muestra un paisaje, y este hombre descalzo carga un paisaje que me recuerda a aquella batalla en la Puerta, ese preludio del segundo éxodo de Caracas.

Empiezo a temblar de nuevo con la cámara en la mano, se nota en la pantalla del televisor. “Yo defendía el reposo de las aguas”, sigo recordando versos de Ramos Sucre, pero la turbulencia de las cosas, como un viento malicioso, va haciendo de nuestros espíritus un espacio trémulo en donde los laureles se marchitan al borde de la gloria. En ese momento no lo entendí, pero ahora todos los hombres se preguntan doblados como una página, ante el tiempo abúlico, ¿a quién responde la muerte? ¿Qué acertijo esconde que cuando las cosas florecen se cobra en sangre los favores dados en la guerra?

—¡Boves, Boves! —grita el brujo, como advirtiéndonos.

—Amárrenlos y láncenlos al río, no queremos sangre dijo el más piadoso de esa guerra —expresó con una voz oscura y ronca en hombre que rezaba.

En algunas circunstancias nos convertimos en seres crueles, la mayoría de las veces por venganza. El decreto de guerra a muerte es la respuesta a un látigo que nos amargaba la espalda con grietas. Si pudiésemos ver al anciano amarrado a las afueras de la casa del colono, veríamos una roncha atravesada por gusanos y arrugas, supurando líquidos que poco tienen que envidiarle al excremento, veríamos la desidia y la maldad consumiendo la piel rota del viejo, porque ese viejo vivió la esclavitud y la guerra, pero ese viejo aún no conoce la libertad. Murió atado en ese lugar y ahí se quedó.

El hombre que rezaba empieza a temblar en el suelo como un epiléptico, estira su cuello como si la columna vertebral no le bastara, quiere salir algo desde sus sombras. Los tambores se detienen al ras del grito. El brujo se corta la mano para salvarse, y dice con los ojos borrados en blancura:

—¡Este es el ebbo! ¡Quieren saber la verdá! Samba tulé, aló-ojejé, dales la verdad Olódùmarè.

—¿La verdad ha dicho usted? La verdad es que la sangre de un becerro no basta en este sacrificio. Requerimos de un líquido más sagrado y menos pesado —dijo el hombre que rezaba mientras se levantaba del suelo— ¿Le van a entregar a Boves un becerro? ¡Al pulpero de Calabozo le van a entregar un becerro! Esto es un insulto —. Se sacudió la tierra del cuerpo y comenzó a caminar mirándonos con un aire desafiante—. Sepan que el español está maldito cuando pisa esta tierra. ¡Ustedes no saben nada! ¡Aquí seguimos, en la misma batalla, Campo Elías me va pagar la refriega que hace cien años me hizo! Yo exhibí la cabeza del comandante Pedro Aldao, pero no basta, ahora exhibiré la suya en la Villa de Todos los Santos. Después, que se queden los campesinos con las casas y las hijas vírgenes de los terratenientes. 

—¿Quién eres? —preguntó Cristofer, temblando. 

—¿No escuchaste, pendejo? Soy Boves, el sanguinario de Boves, el demonio de Boves… el comandante de la legión infernal. La providencia no ha tenido nada que ver con este asunto, yo dejaba vivo a los sacerdotes. Lo que pasa es que todos están malditos. ¿O es que pensaban que tanta sangre no dejaría secuelas? Si somos dioses o demonios, no lo sé, solo sé que mientras ustedes hablan de la independencia, nosotros seguimos en batalla, mi espada, la del cobarde de Monteverde, la de todos, son como un cáncer que no perdona.  

—Por eso murió —murmuró Cristofer, como diciéndoselo a él mismo. Se lo dijo descubriendo algo que lo acercaba al miedo y al dolor. Entonces se quedó en silencio por un instante, como pensando—. “Si los espíritus están en guerra en otra dimensión, pero en el mismo campo de batalla que nosotros, entonces ¿nuestros generales y comandantes, nuestros soldados y nuestras tropas, caen a causa de las espadas realistas en una realidad que no vemos? ¿Tenemos de frente a Monteverde y a Uribe, a Cajigal, a Borges, a Bolton y a López? Con su muerte perdimos una batalla como aquella segunda vez en la Puerta, donde mataron a Pedro Sucre e hicieron retroceder a Bolívar, o aquella otra en 1830. ¡Cáncer, coño! O más bien un disparo como el que dieron a Sucre, pendejos”.

Cayó al suelo el hombre que rezaba. El brujo lo agarró por el cuello para examinarlo, pero era tarde:

—Está muerto, carajo —dijo mirándome. Yo apagué la cámara mientras Cristofer miraba las velas apagadas y agarraba sus pantalones para salir corriendo.

Ahí terminó el documental y comenzaron las propagandas habituales del gobierno nacional. Me quedé paralizado frente al televisor, analizando los detalles, pues vi cosas que antes no había notado, por ejemplo, una mancha negra que subía desde el cuerpo del hombre que rezaba y se perdía en dirección a mi hermano. Con una esperanza apuñalada miro hacia la puerta esperando que Cristofer llegue milagrosamente en ese instante, pero la puerta sigue cerrada.

Al ver nuevamente el televisor, el noticiero está reseñando a una turba de gente en la calle, fabricaban lanzas con los avisos de tránsito y soltaban disparos al aire. Comenzó la guerra, decían. Se escuchaban sirenas y explosiones a lo lejos. En vivo y directo tomaron de rehén a una periodista y la obligaron a mostrar como degollaban a un diputado. Entonces escuché el murmullo nuevamente, ese murmullo que habíamos dejado atrás con el brujo y sentí un escalofrío que me subió hasta la nuca.

—¿Qué hemos hecho realmente? —me pregunté recordando que no cerramos el portal, que las velas se apagaron y que habíamos dejado al brujo con el hombre que rezaba muerto en aquel monte de Yaracuy.

Marqué el número de Cristofer. Mientras repicaba el teléfono fui a la biblioteca de la sala en busca de un arma. Miro por la ventana y en la calle todo es un caos, pero en cada paso se define la historia. Sigue repicando el teléfono.

—Aló, Cristofer ¿dónde estás? ¿estás viendo lo que está pasando en la calle?

—¡Están armando los paredones! —me dijo con una voz extraña.

—¿Dónde estás? ¡Coño! Responde, que esto está muy feo. Yo creo que tiene que ver con el brujo —le grité, mientras cargaba la pistola que teníamos guardada detrás de los libros de la Campaña Admirable, por cualquier vaina.

Entonces escucho varias detonaciones a través del teléfono, me quedo paralizado mirando por la ventana, viendo cómo la gente sale con uniformes improvisados del ejército libertador. Mi respiración se hacía más fuerte, pero no me salía palabra alguna, por temor a que Cristofer no respondiera. Cuando iba a hablar de nuevo para cortar el silencio, para ver si seguía vivo, lanzó una carcajada y dijo de forma severa:

—¿Quién ha pasado por el filo de su espada a más hombres, Bolívar o yo? Hay que matar a todos los mantuanos, no tener piedad. La libertad no vale de nada si no hay justicia, más vale la sangre que la tinta. Esta es nuestra batalla ¿Estás conmigo?

—¿De qué estás hablando, Cristofer? —respondo confundido, y entonces lo dijo:

—¡Pendejo, soy Boves!


Autores
(1990). Escritor, internacionalista y politólogo venezolano. Licenciado en Desarrollo Humano (UCLA), magíster en Gerencia Política de la Universidad Lobachevsky (Rusia) y doctor en Desarrollo Humano, de la Universidad Popular del Ambiente «Fruto Vivas» (UPAFV). Es parte de la Vicepresidencia de Formación e Ideología del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), analista político de Telesur y articulista de otros medios, como la revista Todas adentro y RedRadioVe (Venezuela), Ahora el pueblo (Bolivia) y La jiribilla (Cuba). Desde el año 2011 es portador de la Orden Presidencial “José Félix Ribas” por méritos culturales, asumiendo en esa labor la fundación y coordinación de varios colectivos y plataformas de promoción político-cultUral. Es autor del libro de poesía bilingüe Puentes de miel sobre la grieta, de los ensayos Organizar el vendaval: La juventud en la nueva etapa de transición al socialismo y El arte de la política, así como de la novela Del naufragio intuyo el alba.