El ruiseñor de Juárez
Juan Gabriel personificó la contradictoria sencillez de un país que exige complejidad hasta en los melodramas. Nunca tuvo necesidad de gritar su diferencia: la bailó, la entonó, la bordó con chaquiras; fue compositor de su propio dolor, coreógrafo de sí mismo, alguien que hizo del escenario una metáfora de la vida misma. La cultura popular mexicana halló en él una síntesis imposible: el divo y el pueblo, el glamur de Bellas Artes y el palenque de la fiesta patronal, la Orquesta Sinfónica y el mariachi. Esa capacidad de moverse entre registros, lo mismo etarios que sexogenéricos es lo que hizo de él un fenómeno cultural irreductible. Su música —esa mezcla de ranchera, pop y balada— es la banda sonora de un país que se resiste a ser categorizado, que llora en lunes y canta en jueves, y que, cuando se trata de emociones, nunca pide perdón. Juan Gabriel fue la heterodoxia más hermosa en el país de los machos, ésos que lo hicieron suyo apenas los provocó: los que con dos copas cantan Se me olvidó otra vez con el alma rota, lamento con fondo de mariachi que eleva el abandono amoroso al rango de paroxismo nacional.
Me consta que Juan Gabriel no cantaba: exorcizaba. Su público —amas de casa, taxistas, travestis, oficinistas sin esperanza, universitarios sin fe, “los hombres de pro que hallan en la admiración por él el medio a mano para admitir su amplitud de criterio”, como dijo alguna vez Monsiváis— asistía a sus conciertos no como a un espectáculo sino como a una auténtica sesión de psicoanálisis colectivo. Era la voz de quienes no tenían voz, o peor: de quienes sí la tenían, pero no sabían afinarla en la escala de las emociones. Y ahí, precisamente, radica su impacto cultural: que hizo de la emoción desbordada un acto político; de la fragilidad, un himno de resistencia. Si Pedro Infante, Jorge Negrete y José Alfredo Jiménez fueron la patria en charro, Juan Gabriel fue la patria en lentejuelas; alguien que supo romper a punta de falsetes el techo de cristal de la virilidad. Su estética, a medio camino entre retablo barroco y espectáculo drag, era más que estilismo: era una toma de posición. En un país que disfraza la homofobia de comedia, Juan Gabriel se plantó frente a una cámara para decir que “lo que se ve no se pregunta”, frase que devino declaración de guerra contra la hipocresía nacional, ésa que siempre dice que nos acepta a todos siempre “que no se nos note”.
La lírica juangabrielesca, tan menospreciada por los caciques de la academia, es un repositorio emocional del México contemporáneo. En él conviven el despecho bolerístico, la pasión ranchera, la resignación proletaria y hasta la devoción guadalupana —¿quién olvida a Juan Gabriel, en el presbiterio de la basílica de Guadalupe, cantando en Las mañanitas a la Virgen frente a siete clérigos ensotanados y millones de peregrinos en 1999?—. La aparente llaneza de sus letras no es vulgaridad sino síntesis: el arte de decirlo todo con palabras que caben en una servilleta de cantina. Sus figuras retóricas son tan variadas como los desamores que las originaron: desde anáforas —“Quiere el corazón lo quieras como yo te quiero”— y paradojas —“Yo no he podido olvidar tus besos, ni tu linda cara ni tus caricias, que me acostumbraron a vivir contigo, a soñar despierto y a besar dormido”— hasta prosopopeyas, las más recurrentes en su repertorio y quizá las más dolorosas, porque hicieron del corazón el sujeto de los muchos duelos de su autor: “Vida mía, te necesita un corazón que está sediento de tu amor”, “¿quién quiere un corazón?, se lo puedo regalar”, “Mi corazón está muy triste y es por el tuyo, / ¿por qué no dejas que ellos se quieran si es muy su gusto? / Nuestros corazones se han enamorado de tal manera / que ni uno ni el otro pueden ser felices hasta que tú quieras”.
Tras su muerte, la figura de Juan Gabriel se ha convertido en campo de batalla entre quienes ven en él la encarnación del mal gusto y los que reconocen, en ese supuesto mal gusto, una estética propia, una ética sentimental y una política de la otredad. Porque sí: Juan Gabriel fue, sin proponérselo —o tal vez sí, con todo cálculo teatral—, un activista silencioso. Su público amaneramiento reconfiguró los márgenes de lo aceptable y amplió el mapa de identidades posibles en el amplísimo espectro de eso llamado masculinidad. Aquel fatídico 28 de agosto Juan Gabriel, como todo gran símbolo, dejó de pertenecer a sí mismo para convertirse en propiedad del imaginario nacional: coreado por igual en palenques y en antros, en quinceañeras y en las marchas del orgullo. Su música sobrevive al reguetón, a las reformas educativas y a los aranceles. Pues si el mariachi es el soundtrack del patriotismo melancólico, Juan Gabriel es la playlist de nuestra supervivencia emocional… porque cuando México se rompe, cuando las noticias abruman y la vida aprieta, siempre hay un Amor eterno para contener la tragedia con tres acordes y un grito sostenido.
Quizá por eso, cada vez que alguien afirma con la fe de los discípulos de Emaús que Juan Gabriel está vivo, no lo dice por devoción conspiranoica, sino porque, en efecto, El Divo vive en los karaokes y las rupturas sentimentales, en el gozo y el drama, en la salud y en la enfermedad, en el recato y la escandalera, en cada hora contratada de mariachi; en los escenarios bautizados con el sudor de su rumba; vive porque supo ser cronista de lo íntimo en un país donde lo íntimo suele callarse; vive porque nos enseñó que llorar en público también es una forma de resistencia; vive, finalmente, porque como todo gran mito mexicano, no se va: se multiplica.




