Tierra Adentro
Fotografía de Bea Requejo, 2014. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
Fotografía de Bea Requejo, 2014. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0

Quien tenga un saber de futuro

que observe a través de la carne

cuántos engendros de sal me habitan

y atrape sus sombras en el signo.

Que viertan sus cabezas

entre un par de lunas de trigo

y jamás escuchen hablar del tiempo.

Que tengan terror del milpiés vegetal,

que atraviesa el techo cada noche

y hablen el dialecto pendular

entre agua y cenizas.

Que maten al toro y a las últimas gallinas:

     Nunca tendrán hambre.

Que se vayan lejos

donde no comprendan las formas del silencio.

La casa enfermará sin ellos,

el arroyo hervirá en la sangre de sus bestias y la luz se perderá en la fronda

Volverán,

siempre vuelven.

Tendrán edad de olvido,

me rasgarán el ombligo

y querrán armar su nido

para el último sueño.

Quien sepa mirarme ahora

que me despierte del incendio,

que me arranque la estirpe.

Que luego de esta palabra

     adentro

se haga sombra.


Autores
Eloísa Soto (Los Teques, Venezuela, 1998). Actualmente estudia Letras en la Universidad de Los Andes. Obtiene el primer lugar en el IV concurso internacional de bloggers literarios “Qué estás leyendo” (Organización de Estados Iberoamericanos, 2015). Sus poemas han sido publicados en la revista Los Enjambres (Colmena de escritores, México 2023), revista Pruka (Venezuela, 2023), Revista Poesía (Venezuela, Nro 52, 2022), dossier Agua grande, poesía venezolana (Círculo de poesía, 2024). Obtiene mención honorífica en el VI Concurso “Descubriendo Poetas” (Ciudad Bolívar, 2022). El Fondo Editorial Fundarte publica su plaquette Caballo Final (2022). Es finalista en la novena edición del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2024). Obtiene segundo lugar en el VII Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (2024).

Si corrieras hacia el fondo de ti mismo, ¿qué encontrarías? Esta es la pregunta con la que comienzo cada jornada de entrenamiento. Al principio, mi método consistía en arduas rutinas de acondicionamiento físico, movilidad y sesiones de intervalos para que mis atletas —en su mayoría corredores de medio fondo, fondo y maratones— pudieran someterse a cualquier tipo de prueba. Sin embargo, noté que en muchas ocasiones la diferencia entre el éxito y el fracaso estaba marcada por los aspectos mentales de la disciplina. Después de todo, los aspectos técnicos se conocen desde el principio de toda formación; es la sensación de fracaso lo que les ayuda a insistir en la técnica hasta internalizarla.

Entre los jóvenes corredores que inician el camino, solamente un mínimo porcentaje tiene la oportunidad para correr fuera del laberinto. Condiciones económicas, sociales y de contexto, nos atan con una cadena invisible. El cuerpo responde a la distancia, pero la mente… la mente es el verdadero campo de batalla. En la misma línea de partida, alineados: un atleta esencialmente competitivo, uno que no. Un joven que conoce el hambre, otro que no. Aunque todos persiguen lo mismo: el oro, el récord, el trofeo, tienen una interpretación distinta de estos logros.

Recomiendo a mis atletas mantener un diario durante los periodos de preparación. En él pueden hacer seguimiento de sus marcas, dietas y las victorias intangibles que solo un corredor conoce. Hay atletas que corren porque, si se detuvieran tan solo un segundo, desaparecerían.

Los maratonianos keniatas acostumbran entrenar muy temprano en la mañana para cuidarse de las altas temperaturas. Siguiendo el ejemplo de los mejores, antes del amanecer comenzamos a trotar por las calles desiertas, acompañados por el sonido de los primeros autobuses; al igual que una máquina, en la respiración ardiente imagino vapor.

Las rutinas del amanecer son como atravesar una y otra vez el mismo día, pero con sutiles diferencias. En la estación del metro cruzo la mirada con una mujer hermosa, de labios finos y cabello azul. Los siguientes kilómetros, al pensar en ella, mi cuerpo se hace liviano y viajo años atrás.

Una leve punzada en la rodilla, como si una raíz del árbol del tiempo me dijera: “Corre, corre, corre”. La mujer del cabello azul estará dormida en el vagón, tal vez a punto de llegar a su destino. ¿Cuántas miradas desde los andenes aparecerán como una invocación de la noche en los millones de habitantes de esta ciudad? Cuántos rostros extraños que se cruzan para no volverse a ver.

A eso de las seis llegamos al parque, al lado del complejo deportivo. Las hojas resquebrajadas caen sobre la plazoleta, con su cisne de piedra y azulejos, arropado por los primeros rayos del sol. Me he acostumbrado a la repetición de este día.

Una radio del milenio pasado orquesta la melodía del quiosco de Sancho. Conversamos sobre los acontecimientos del deporte mientras se fuma el primer cigarro de la jornada. El cisne, reposando sobre las aguas del estanque artificial, pareciera observarnos. Hay otros, blancos y negros, pero solamente este asoma el cuello de lapislázuli, inmutable.

Después del desayuno volvemos a la pista de entrenamiento. Resistencia aeróbica, muscular y mental. El último del grupo se ahoga al ver las espaldas de sus contrincantes; un entrenador severo diría que, si sigue llorando, la vida le dará la espalda. En este espacio de poco sirve la severidad; con las palabras adecuadas, procuro que se sobreponga.

Tras hacer lo mismo durante años, puedo saber cuándo un competidor ganará solamente con ver su expresión antes de la carrera. Pasa lo mismo con la derrota. Me gusta entrenar la fortaleza mental con una caminadora frente a una pared blanca, sin música ni distracciones, sin atajos. Aprendemos más sobre nosotros frente a una pared en blanco que frente al espejo.

Cuando uno de mis muchachos parece desorientado, lo llevo a la estatua del cisne, en la que he encontrado el sentido de correr. El pequeño epitafio reza: En memoria del cisne azul, pero no tiene fechas. Sugiere que, desde su creación, su propósito es el olvido.

La estatua no siempre estuvo allí. Mucho antes, cuando solo me interesaba conquistar el oro y romper récords, y la radio de Sancho era lo último del mercado, había un verdadero cisne de plumas azules.

El parque, entonces, era mucho más concurrido. Cada mañana, una pareja de ancianos se sentaba a alimentar a los cisnes, y Mercedes, la madre de Sancho, vendía flores en el quiosco. Si las cosas iban mal, me sentaba a observar el cisne azul por horas. Transmitía una serenidad contagiosa que me fascinaba. Tanto en las derrotas como en las victorias, dedicaba el tiempo de mi descanso a contemplarlo. Le mostraba mis medallas de bronce, plata y oro, pero a él nunca le parecieron más interesantes que unas hojas de lechuga.

Se dice que los cisnes son longevos. Puede que de ahí provenga la calma que se siente al verlos deslizarse por el agua con las ondulaciones dando paso a una inspiración antigua. Así, como las medallas, que pierden su brillo con el tiempo, hay una foto amarillenta del cisne en mi cartera.

Una mañana, al llegar al parque, encontré un pequeño grupo de personas reunidas en círculo: entre ellos, la pareja de ancianos, Mercedes y Sancho, todos con la mirada fija en el suelo. A sus pies, yacía el cadáver del cisne. Alguien le había aplastado la cabeza con un ladrillo, seguramente durante la madrugada.

El suceso conmocionó a la comunidad del parque. No había una explicación lógica para tal acto. Solamente otra víctima de la maldad. Las hormigas, tan diminutas como nosotros, desfilaban sobre el pico distorsionado. Lo sostuve en brazos. Sin el espíritu era más liviano que un recién nacido. En ese momento comprendí lo atroz; que alguien hiciera esto sin consecuencias.

Un crimen sin testigos. No tendría justicia. La muerte de un cisne era insignificante comparada con las grandes culpas de la ciudad. Y aunque valiera de algo, ¿cómo se podría dar con el culpable? Definitivamente, no habría acusaciones, ni castigo divino o terrenal.

Acordamos despedirlo en una pira funeraria, que Mercedes decoró con flores. Por primera vez se reunieron todos los amigos del cisne: niños, abuelos, personas de todas partes, sentados en silencio escuchando el crujir de la madera en llamas. Una mujer lloraba junto a mí; podría ser una broma de la memoria, pero recuerdo que era la misma mujer del cabello azul, su rostro más joven, su cabello castaño. Los mismos labios finos. La misma mirada.

—Hay que estar pendientes por si nos matan a los otros —afirmaba Sancho.

La historia quedó ahí, y yo me enfermé de desconcierto. Solamente podía correr más rápido. Ver en cada contrincante al asesino del cisne. Convertirme en una encarnación de la furia brotando desde la madrugada, bajo esta luna maldita, un lobo aullando en los vestigios de su humanidad, incompleto. Una bestia ciega que ha memorizado el camino, la milla en blanco, comprometido, en ausencia del pensamiento.

Un paso tras otro. El paisaje helado en mi interior avanzaba sin dejar huellas, formando un sendero. ¿Quién fue? ¿Por qué lo mató? ¿Volvería al lugar del crimen? De ser así, podría correr cada madrugada hasta encontrarle. Eso valdría más que cualquier medalla. Ese lugar entre los otros cisnes, donde debería haber una presencia y no hay nada, finalmente tendría explicación. A veces, corría hasta quedarme sin aliento, y en la primera inspiración venía el llanto. No era tristeza. Estaba frustrado. 

Hay penas que no llevan a ninguna resolución. Después de cada competencia me sentía vacío. Si un cisne muriese por enfermedad, tendría sentido, incluso si un día alzara el vuelo para no volver, pero no así. Creía que una muerte como esa significa que nada frágil permanece sobre la tierra. Y si esa fuera la verdad, ¿qué sería de mí? La línea de meta subjetiva comenzó a alejarse tanto que la perdí de vista. Correr para atrapar al asesino o salvar al cisne. Correr porque el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Hasta que, corriendo, solo corriendo, dejé esas cadenas y busqué, en cada movimiento, liviandad.

Un corredor necesita una motivación más allá de sí mismo, que le brinde fuerzas cuando la voluntad se agote. Mi método de entrenamiento consiste en que los atletas entiendan que, independientemente de sus historias, todos vinimos al mundo descalzos, y al sonido de un disparo comenzamos a correr en los carriles circulares del laberinto humano, con la esperanza de aprender a tiempo que la vida es impredecible, y debemos mantener el ritmo. 


Autores
Felipe Ezeiza (Los Teques, Venezuela, 1999). Algunos de sus textos han sido traducidos al italiano, ruso e inglés. Ha diseñado y aplicado talleres de escritura creativa para niños y adolescentes, además de talleres enfocados en la construcción de bestiarios, y haiku. Entre los reconocimientos más importantes a su trabajo poético se destacan: mención honorifica en la IX Edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña; mención publicación en el 6° y 7° Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, y ganador en su 8° edición; ganador del 6° concurso de poesía Descubriendo Poetas; ganador del 5° Concurso Nacional de Poesía Joven Hugo Fernández Oviol; mención honorifica en la primera edición del Premio Internacional de Poesía Bruno Corona Petit, y ganador en su segunda edición. Ha publicado: Osario (Ediciones Petalurgia, 2022), Bestiario del viento (Buscadores de libros, 2022) y Yagrumo (Ediciones Palíndromus, 2023).
Fotograma de Beanpole, 2019. Dir. Kantemir Balágov.
Fotograma de Beanpole, 2019. Dir. Kantemir Balágov.

La última noche… La pasé de rodillas, delante de su cuna…

Antonia Grigorieva Bóndareva, teniente de guardia, piloto de mando

Simone Weil, en uno de sus ensayos más poderosos, La Ilíada, o el poema de la fuerza, escribe:

Nunca se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que incluso le hace incapaz de sentir su propia miseria. La fuerza, manejada por otros, se impone sobre el alma como el hambre extrema, pues consiste en un poder perpetuo de vida o muerte. Y es una imposición tan fría, tan dura, como si fuera ejercida por la materia inerte. El hombre que se siente en todas partes el más débil está en el centro de la ciudad tan solo —o más solo— de lo que podría estar perdido en medio del desierto.

Esto fue plasmado entre guerras, como tantos de sus textos que conmueven por su latencia. Pero la guerra nunca termina. Para Svetlana Alexiévich, la guerra no es una epopeya, sino una herencia brutal del patriarcado. Una maquinaria donde el heroísmo, las condecoraciones y los premios son apenas un teatro: un disfraz del sacrificio de otros. Esa épica del “honor” masculino que en su avance aplasta la carne, la voz y la memoria de las mujeres —a las que Alexiévich les devuelve la palabra en su libro La guerra no tiene rostro de mujer— es también el motor que impulsa al director Kantemir Balagov a componer Beanpole. Su propio poema visual sobre la fuerza y el trauma de la guerra.

Entre mujeres

Tras el asedio de Leningrado en 1945, dos amigas —excombatientes del Ejército Rojo— ingresan a trabajar en un hospital. Una de ellas es Dylda, con una parálisis crónica dentro de un cuerpo extraviado y traumatizado por la guerra; la otra, Masha, su compañera en el trauma. Beanpole es un retrato devastador del residuo bélico encarnado en dos mujeres que ya no esperan consuelo ni redención. Esta amistad, brutal y singular, comparte la misma tragedia y el mismo destino: cuerpos que habitan la miseria de un silencio impuesto por el dolor. Porque en toda guerra hay vencedores y vencidos, pero nadie habla del sedimento, del resto, de las ruinas humanas. Eso es lo que vemos en Beanpole: la supervivencia sin gloria, la vida con el rostro desollado. En su mundo no hay marcha triunfal; los verdes y los rojos lo tiñen todo. Balagov dialoga con la tradición del cine ruso y rinde homenaje a su maestro, Aleksandr Sokúrov. El director confiesa su obsesión por el trauma femenino en la guerra y en la posguerra y, plano a plano, entre la belleza gélida y la quietud del encuadre, confirma su maestría.

La guerra es estéril

En un plano, una vela da luz a tanta oscuridad que las dos mujeres parecen salidas de un cuadro de Georges de La Tour: inmóviles, divididas por una llama que relampaguea fragmentos de una vida en penumbras. Ese plano revela una nación sin ídolos. La guerra es para alimentar el poder de los poderosos. Acá vemos cuerpos humildes, desgastados, carne reseca por el hielo, cuerpos enflaquecidos por el hambre. Y ellas dos —en la noche reducida a lo esencial— se vuelven santas. Balagov revierte la tradición de lo doméstico a su propio campo de batalla: el hogar y el hospital como frentes de guerra. Una cocina, una cama, una mesa, un consultorio médico: todo puede ser una trinchera. La maternidad, la pérdida y la muerte. Úteros que ya no sirven para dar vida. Cuerpos exhaustos que no dan tregua. Ellas no comparten esa maternidad posmoderna que alquila vientres, congela espermas o pagan tratamientos de fecundación in vitro. Ellas caminan juntas, cómplices, sobre escombros, con otras mujeres, infanticidas, suicidas, infieles, abandonadas y promiscuas.

Con nosotros había una operadora de radio que había dado a luz hacía poco. Un bebé de un año… Pedía pecho… Pero la madre tenía hambre, no había leche, el niño lloraba. Los soldados estaban cerca… Llevaban los perros… Si los perros le oían, moriríamos todos. Todo el grupo, unas treinta personas… ¿Lo entienden? Así fue como la madre sumergió el bulto con el niño en el agua y lo tuvo allí un largo rato… el niño dejó de llorar… El silencio… No podíamos levantar la vista. Ni mirar a la madre, ni intercambiar miradas…

Los relatos de Alexièvich no son ficción. Estos relatos, que para la gran historia son de mujeres anónimas, tienen nombres y apellidos. Ellas fueron las grandes luchadoras que derrotaron al fascismo. Las mujeres lo hacían todo: cuidaban, combatían, cocinaban, criaban, enterraban, sanaban vidas. Fuera del campo, otras esperaban con un plato sobre la mesa a hijos e hijas que jamás volvían. La esperanza, la única muleta. Cuántas noches en vela, sitiadas por fantasmas y pesadillas. Cuántas habrán regresado a una cama vacía, algunas, murmurando plegarias a un dios que no escucha. Ante el dolor, ¿cuánto puede resistir un cuerpo antes de quebrarse? ¿Cuántas se habrán suicidado en el silencio de la noche oscura? Ellas parieron soldados que murieron por la nación. No hay resiliencia posible luego de tanta brutalidad. En 1915, la revolucionaria y pensadora bolchevique Alexandra Kollontái escribió un texto tan preciso como doloroso, formulando la misma pregunta que aún hoy nos persigue: ¿a quién sirve la guerra?

La guerra aún no ha terminado, de hecho, su fin ni siquiera se vislumbra, pero el número de lisiados se multiplica: los mancos, los cojos, los ciegos, los sordos, los mutilados… Partieron hacia el sangriento matadero mundial jóvenes, fuertes y sanos. Tenían por delante toda su vida. Solo unos meses, semanas, incluso días después, fueron devueltos medio muertos, lisiados…

Las víctimas y el sufrimiento humano se reflejan como espejos rotos, sin bandera, ante los ojos del espectador. La belleza se mezcla con el malestar y cada gesto parece cargar con el peso de lo inevitable. La guerra no es teatro. El director confiesa: “Pero para mí Beanpole se refiere más a la torpeza y así es como mis héroes se sienten y expresan sus sentimientos en la película: son torpes, están aprendiendo a vivir de nuevo después de la guerra y resulta muy difícil para ellos”.

El cine es una máquina de memoria

Frente a la guerra, al fascismo, a la violencia estructural contra las mujeres, la pantalla se convierte en archivo y en testigo incómodo. No hay ficción que neutralice la verdad que late en ciertas historias: allí donde el cuerpo femenino es territorio de conquista, de castigo o de resistencia. A través de los rostros, de las heridas y de los silencios que retrata, el cine revela cómo las grandes catástrofes históricas se inscriben primero en la piel de las mujeres, y cómo, incluso en la derrota, persiste la fuerza de su resistencia. En Dos mujeres, de Vittorio De Sica, una madre y su hija huyen de Roma tras la ocupación nazi, pero el horror las sigue como una sombra. En el campo, en la supuesta calma rural, la violencia se ensaña con sus cuerpos: no hay refugio, solo un nuevo rostro del espanto. En Vincere, Marco Bellocchio narra la historia de Ida Dalser, mujer encendida que amó al joven Mussolini cuando aún vestía la máscara del socialismo. Ella lo sostuvo con su pasión, con su dinero, con su cuerpo. Él la negó, la borró, la encerró. El fascismo persiste en otras formas y comienza también allí: en la traición íntima, en el olvido de la carne que lo engendró porque esa mujer engendra un hijo del propio Duce. Veronika Voss, de Rainer Werner Fassbinder, es un fantasma que llegará tarde a la vida Inspirada en Sybille Schmitz —estrella de la UFA durante el Tercer Reich—, Veronika camina por una Alemania que ya no la quiere, que la usó y la desecha. Nadie recuerda sus películas. Nadie pronuncia su nombre. Morirá sola, atravesada por la morfina y el silencio. Una actriz sin escenario, una mujer sin patria. Un asunto de mujeres, de Claude Chabrol, nos lleva a la Francia ocupada. Allí, una mujer cualquiera —sin títulos, sin épica— abre su casa para ayudar a otras. Practica abortos clandestinos. Corta el nudo de la maternidad no deseada. Ofrece a las violadas y a las solas una forma de seguir vivas. Su cuerpo no es víctima, es resistencia. Su delito: decidir. Su condena: la muerte. 

Hoy, estamos en guerra y lo vivimos en directo. No es posible encontrar refugio en una ilusión. Ante este horror del que somos testigos, la pregunta es inevitable: ¿cómo reflexionar sobre el poder ético y político de lo que vemos? Todo tan desolado. ¿Qué mundo nuevo puede nacer de la guerra? La historia enseña que el silencio es cómplice de la indiferencia. La guerra no es solo un hecho histórico ni un relato heroico para la posteridad: es un daño indeleble, una herida abierta que atraviesa generaciones. Resistir es también hacer memoria, es reconstruir el tejido roto de la humanidad. Porque si olvidamos, perpetuamos. Y el cine nos devuelve un espacio de reflexión. Hacia el final de la película se abre un resquicio, un territorio donde el horror retrocede. Un instante suspendido, como si el tiempo se rindiera y quedara solo un porvenir. Un abrazo que no es solo refugio, donde los cuerpos, después de haber soportado lo insoportable, se reconocen indómitos. Allí, donde todo lo terrible, por un instante, queda atrás, para vivir la verdadera medida de lo que puede un cuerpo.


Autores
Artista visual, escritora, editora, ilustradora y bailarina. Dirige Accattone Libros, editorial y librería independiente inspirada en el universo de Pier Paolo Pasolini. Su obra se centra en la relectura de clásicos desde perspectivas contemporáneas, feministas y decoloniales. Es autora de Medea ilustrada (junto a Juan Tobías Nápoli), La tempestad ilustrada (editada en México) y Leonardo Favio, nadie puede olvidarlo (coautoría con Roberto Galasso). También ilustró una versión libre de El matadero para Charco Editora. Como investigadora, se ha especializado en el cine de Raúl Perrone, Pasolini, Chantal Akerman y Leonardo Favio, entre otros. Escribe en medios como Página/12, La Tinta, El Planeta Urbano, Caras y Caretas, Afrofeminas y Tehan Time.
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.

A la memoria de Julio Zuniaga

Han pasado tres meses desde que mi abuelo falleció. Se fue mientras dormía, en su cama ancha y solitaria desde que mi abuela nos dejó ocho años atrás. La enorme casa que compartían parecía ya un museo familiar, juntando todos los recuerdos que se fueron creando con el pasar del tiempo. Y él era el guía que nos llevaba a paseo por la memoria. Fotografías, afiches, documentos, efectos personales que se fueron dejando atrás, pero sin una mota de polvo, porque su trabajo en los últimos tiempos, antes de enfermar, fue mantener incólume cada pieza que allí se guardaba. Por la cantidad de cosas, cuando terminaba de limpiarlas, ya las primeras comenzaban a almacenar polvo y el oficio volvía al punto de partida.

En algunas ocasiones nosotros le ayudábamos, aunque había una habitación a la que nadie tenía permitido entrar, y de la cual solo había una llave, que siempre la llevaba colgada en su cuello. Era su estudio personal, su propia historia. Sabíamos mucho de su vida, sí, pero entre esas paredes ocultaba sus miedos y las más grandes alegrías. Pero un día antes de morir, como si ya supiese que su camino estaba a punto de terminar, me confió la llave con una promesa: después de transcurridos tres meses de su fallecimiento, podríamos entrar y tomar todo lo que quisiéramos. También aquello venía acompañado de otra petición: todo el contenido del baúl de roble me lo legaba a mí, y con ello, los más íntimos secretos. Lo que allí se contenía, lo tendría que llevar en silencio hasta mi muerte, según me había confiado. Y antes que ese último momento llegara a mi vida, debía quemar todo aquello.

Pareciera que este día está lleno de melancolía. Las nubes bajaron sobre la ciudad, cubriendo de plomo todo el cielo, se respira un aire frío y entramos a la casa amparados por la garúa. Estamos mi madre, dos de mis tíos, tres de mis primos y yo, frente a aquella puerta de roble tallado, de dos alas, que había mandado a hacer específicamente para esa habitación. Tras abrirlas, desde dentro el vacío nos delata con un beso apesadumbrado. El espacio oscuro esconde tras su velo el dolor que comienza a compungirnos. Le entrego la llave a mi madre y abro los ventanales para que todo respire, se llene un poco de vida y la luz de las cosas nos guíen hasta nuestros deseos. En medio de la habitación está un enorme escritorio, el mismo donde reposaron tantos acuerdos y se cerraron grandes tratos con empresarios y políticos. Aquel había sido el despacho más íntimo y poderoso de la ciudad por más de treinta años, que ahora se había convertido en una sala más de la larga historia personal.

Detrás del escritorio, como un tesoro que era protegido por él desde su trono, encontré el baúl que no debía medir más de un metro de largo por medio de ancho, rectangular, de caoba reluciente, de estilo náutico, con un enorme candado sellándolo. En el primer cajón del escritorio encuentro la llave que abre el secreto, y sin mediar palabra alguna, cierro de nuevo y salgo con lo único que me importa. Aunque pudiera mirar aquí y allá, la petición de mi abuelo puede más que cualquier cosa, y me embarco hasta mi apartamento, solitario a aquellas horas, para desentrañar lo que en ese pequeño espacio se esconde.

Al abrirlo, consigo cuadernos, varias decenas de ellos, y un ejemplar de la novela Giovanni’s room de James Baldwin. Las tapas de los cuadernos son de cuero negro, el interior de papel fino y el membrete de la firma de abogados que él fundó. En la cubierta trasera está su sello grabado a fuego, el mismo que siempre llevaba en el anillo de su dedo anular derecho. Poco a poco voy revisando los cuadernos y leo por encima el contenido. Mi abuelo ha vaciado parte de su memoria en aquellas páginas, y me siento a llorar entendiendo que su mayor legado son sus más íntimos recuerdos.

En uno de ellos encuentro una foto de él y el tío Gabriel. Se ve que rondarían edades cercanas a los treinta. Se abrazan con camaradería y sonríen a la cámara mientras, detrás de ellos, una ola pequeña está a punto de romper contra la orilla de una playa. La reconozco enseguida, es Playa Maracaibo, una bahía a la que recién mi marido me llevó a conocer, porque estaba prohibida para la familia. En el anverso, escrito quizá por la letra del tío Gabriel, se lee: “el mar tiene tu nombre”.

Decido comenzar a leer aquel cuaderno y, poco a poco, el viento me revuelve el cabello, las olas murmuran en mis oídos y mi lengua siente el sabor salobre de aquella foto.

***

En la séptima calle, cerca de la Avenida Independencia, está El Mar. Lo supe gracias a Gertrudis. Bueno, a Germán, el hombre que me hizo famoso de mala gana, por defenderlo en un caso donde se le acusaba de ir contra la moral y las buenas costumbres, simplemente porque le gustaba vestirse de mujer. Ese tipo perdió todo de la noche a la mañana: familia, trabajo, amigos, dinero. De los mejores empresarios tabaqueros, pero con una “desviación” importante. Lo último que le quedaba de dinero me lo confió para que no lo metieran en la cárcel, porque en ese momento era usual la práctica del abuso sexual y muerte a los fueran “especiales”. Al final logré que no lo condenaran a cárcel, pero el juez dictaminó que era un “enfermo mental” y lo recluyeron en la Clínica Buenavista. Lamentablemente la vergüenza que sentía (aunque, como le llegué a confesar, no debía sentir por ser quién era) lo condujo a colgarse en su habitación meses después.

Pero fue él quien me dijo dónde quedaba El Mar. Corrijo, fue él quien me mostró El Mar.

Una tarde en que pude organizarme y tener tiempo libre, le pedí que me enseñara dónde quedaba aquel lugar, necesitaba saber si era cierto todo lo que decían de esa leyenda. Por mucho tiempo se habló de El Mar como una especie de ciudad escondida dentro de la ciudad. Decían que pertenecía al “Triángulo de las Bermudas”, patético nombre que le dieron al distrito donde las prostitutas hacían de la calle su pasarela y los “maracas” se paseaban y creaban bullicio. El famoso triángulo lo formaban los bares El Dorado, La Facultad y El Mar. Los dos primeros habían sido desmantelados por la policía, y por eso El Mar se había vuelto un espacio virtual, itinerante, casi mágico. Estaba seguro que era una dimensión paralela y, por eso, se había convertido en una leyenda.

Ya caía la tarde cuando nos dirigimos hasta el centro y estacionamos en la sexta calle, en el patio interno de un edificio de apartamentos. En él había otros seis autos, de todas las generaciones y gamas. Germán me condujo por un pasillo largo y oscuro que desembocaba en la portería del edificio y que nos comunicaba con la séptima calle. Al estar en la acera ─yo no podía estar más perdido─, me dijo: Ya estamos.

A primera instancia le miré el rostro, que se debatía entre sentir tristeza y terror por lo que le esperaba en el futuro y la emoción de llegar a un sitio al que se estima tanto. Estamos… ¿dónde?, recuerdo preguntarle. En El Mar, pues, contestó con cierto recelo. La calle a esas horas estaba vacía. A unas cuantas cuadras se divisaba el obelisco de la plaza siendo bañado por la luz toronja del ocaso. Estamos en la puta calle, Germán, rechisté. Él se resumió a reír.

Si no te conociera, querido, no me arriesgaría, pero sé que necesitas conocer El Mar, me dijo. ¿Yo? ¿Por qué?, pregunté con un tono sinceramente incómodo. Porque, como comprenderás, entre maracas nos conocemos. Sé que tu interés no es por el caso, por eso he querido que conozcas lo que mueve a El Mar. No es un sitio físico per sé, pero se siente cuando estás cerca. Eso es lo que ha hecho que sea imposible conseguirlo. Solo los que sienten su presencia, saben dónde está. ¿No lo escuchas?

Ya iba a replicar cuando me tapó la boca y con su mano me indicó que escuchara, que el silencio ─¿o el corazón?─ me dejara descubrir el camino. Era verdad, se escuchaba algo. A la distancia, como si con cada paso que dábamos nos adentráramos en las dunas de la playa, se podía escuchar el murmullo de las olas, algo familiar. ¿Por qué no lo había escuchado antes?, me pregunté. Pero sí, ahí estaba El Mar.

Germán me tomó de la mano y nos introdujimos en una relojería. Al fondo, un hombre ya entrado en años revisaba con lupa un pequeño reloj de muñeca. Pero el sonido ahí seguía y traía recuerdos que yo no sabía que me pertenecían. El espacio, hondo y vasto, tenía el susurro del oleaje a través de una especie de aleteo sincronizado de los minuteros. Cuando ese hombre viró la mirada hacia nosotros comprendí dónde estaba: allí era donde mi padre compraba y arreglaba sus relojes y otras joyas. Siempre lo acompañaba cuando era pequeño y me emocionaba entrar y escuchar el murmullo de aquellas olas del tiempo.

Nos reconocimos al instante, pero no cruzamos palabras. Aunque tuve intenciones de negarlo todo y preguntar por alguna baratija solo para disimular, Germán se adelantó. ¿A quién venís a buscar?, preguntó el hombre. Al dueño del séptimo reloj , contestó con convicción. ¿Y los otros seis?, inquirió el viejo mirándome. Me los metí por el revés . Cada palabra fue dicha con el tono que se dicen las contraseñas, vigilando que nadie más ─aparte de mí─ escuchara, pero estábamos solo nosotros. Pasaron unos segundos en que ambos hombres se miraron a los ojos como buscando una última seña que fuera correspondida con el procedimiento, pero al final soltaron una carcajada sincera y se dieron un abrazo con el mostrador de por medio.

Pensé que no te volvería a ver, comentó el hombre mirándonos a los dos. No comprendí si lo decía por Germán o por mí, pero yo decidí no contestar. ¿El muchacho está enterado de todo?, terminó. Sí, y lo que se me haya pasado, lo aprenderá rápido.

El hombre indicó la puerta del cuarto que, según yo recordaba, era donde se revelaban las fotos antiguamente. Cuando nos introducimos en aquel espacio, las olas dejaron de romperse en los minuteros; en cambio, a la lejanía se escuchaba el ritmo del jazz pegar contra las paredes. Al fondo, detrás de una cortina, como el velo que nos separa de la dimensión desconocida, se extendía un pasillo pobremente iluminado pero perfumado con esencia para después de afeitar, algo extraño, pero excitante.

Le seguí el paso a mi compañero que, poco a poco, se iba desabotonando la camisa, deshaciéndose el nudo de la corbata y paseaba sus manos por el pelo para que cobrara vida. Y por allí se iban iluminando nuestras caras al ingresar en un espacio amplio y hondo, como las catacumbas de una civilización perdida. Las paredes de ladrillos, varios arcos sostenían el techo abovedado sobre nuestras cabezas y la luz amarilla de diferentes bombillas le daban un cariz antiguo y excitante a aquel lugar.

Bienvenido a El Mar.

Una barra se extendía, por el flanco izquierdo, hasta el final. Coincidía justo con el inicio de una pequeña tarima en la que había una banqueta y un par de telas brillantes servían de telón. El resto del espacio estaba graneado de mesas redondas con pequeños taburetes, y había hombres de todas las edades y todas las bellezas, vestidos de hombre o mujer, pero felices de estar en ese momento justo. Conversaban, reían, bebían, se besaban. Era la primera vez que veía un hombre sentado en las piernas de otro, mientras unía sus brazos por detrás del cuello de su compañero y lo besaba con pasión. Intercambiaban miradas, se iban juntos al pasillo o al baño y al rato volvían.

Yo me sentía un ser pequeño e íngrimo, nervioso y aún sin poder entender la importancia que aquel espacio tenía y, aparte, la confirmación de su existencia. Ahora yo era parte de la leyenda.

Yo comencé tomando whisky, Germán bebía brandy. Él sabía que solo vendríamos por una cosa y que no tardaríamos mucho en irnos, pero me pidió un poco más de tiempo. No sé si sea la última vez que esté acá, aunque espero que no. Quiero enseñarte algo, para que me entiendas mejor. Ahora regreso. Anda, haz amigos, me dijo antes de perderse entre los telones improvisados del escenario.

Di vuelta sobre el eje de mi banqueta y volví a mirar a todos aquellos hombres felices que me rodeaban. Eran libres, no les podía pedir menos. Y en ese paneo fue que lo vi. Estaba sentado, solitario, con una botella de tequila y un libro que, pude ver desde lejos, lo escribía James Baldwin. No sé por qué lo hice, la verdad, pero no dudé en acercarme a su mesa.

¿Puedo sentarme?, le pregunté sentándome, algo torpe, muy nervioso. Ya lo has hecho, contestó. Yo sonreí de manera torpe y él me secundó la acción, pero su mirada fue lo que me sacudió por completo. Sus ojos vivos, brillantes, del color de las avellanas. Tenía un corte de pelo al ras, y un bigote poblado, los labios finos se asomaban por debajo de él. No conozco ese libro, le dije acomodándome en el banquito, tratando de mitigar el vacío que se había producido en mi estómago. Recién lo publicaron hace unos meses. Un amigo me lo ha traído desde Estados Unidos. Por poco no lo dejan pasar con esto, indicó pasándome el ejemplar. ¿Por qué? ¿Habla de algo controversial? , pregunté. Sí, habla de nosotros. El libro se llamaba Giovanni’s room.

Poco a poco me fui introduciendo en la historia del libro y de aquel muchacho, un poco más joven que yo, según mis cálculos, a través de la conversación. Tenía una forma peculiar de pronunciar las palabras, y con el tiempo me fui dando cuenta de la cicatriz que recorría su bozo y culminaba en el labio, muy bien disimulada bajo el frondoso bigote negro. Estoy hecho de muchas cicatrices, me comentó, al tiempo que la señalaba precisamente. Nací con una condición a la que llaman Labio leporino” —, señaló. ¿Leporino?, inquirí con verdadera inquietud. Nunca había escuchado de una enfermedad que se llamara así. Es una palabra que viene de Liebre. Así me llamaban cuando pequeño, porque mis labios estaban partidos por una hendidura… como los de la liebre.

Sirvió algunos años en el ejército y estuvo a punto de alistarse para ir a la guerra, pero no sucedió. ¿Entonces las cicatrices de las que me hablas no son de la guerra?, pregunté con indiscreción. Si vivieras como lo he hecho yo, te darías cuenta de que ser homosexual es una guerra interminable. Nos quedamos en silencio, adivinando lo que nos decíamos entre nuestras miradas. Sus ojos parecían brillar como no había visto en ningún otro hombre. Mirada de vergüenza, tristeza, deseo y anhelo. Discúlpame un momento, me dijo luego. Se levantó y se sentó al piano que se encontraba del lado derecho de la tarima.

Un ritmo contagioso se apoderó de la sala y todos voltearon a ver lo que acontecía. Bajo una luz vaporosa y emergiendo de los telones improvisados, unos tacones plateados presentaron las piernas finas y definidas de Gertrudis, que apareció envuelta en un traje corto de la misma tonalidad, una cabellera rubia y esponjosa y su rostro maquillado con sombras y los labios rojos, tan rojos como la pasión. Había escuchado aquella música un par de noches en las que salí a bailar con la que se convertiría en mi mujer. La había compuesto una artista prominente, a la que tuvimos el gusto de conocer, un par de décadas después, en un viaje que hicimos a los Estados Unidos: Mary Lou Williams.

Gertrudis parecía haber sido poseída por el ritmo y su cuerpo se apegaba a cada nota que el chico tocaba con entusiasmo. Entre ellos se podía ver la complicidad de los amigos, o los amantes, pero que conocían al milímetro lo que estaba pasando. La mujer iluminaba el escenario con cada movimiento, y los dedos al piano parecían sonar con vida propia. Era hermoso ver aquel acontecimiento. Ni en los mejores sitios de baile había podido presenciar la soltura de la música y el cuerpo, resonando al unísono. Él, cada tanto, volteaba, me veía y sonreía. Yo estaba maravillado y le guiñaba el ojo. Por un momento me olvidé de todo, de dónde estaba, a dónde pertenecía y solo disfrutaba, al tiempo de sentir el estremecimiento de mi cuerpo. El éxtasis que se vivió en ese instante nunca lo volví a sentir en mi vida.

Al finalizar la actuación, el chico me tomó de la mano y me condujo hasta el pasillo. Por primera vez, y sin ningún arrepentimiento ni miedo, besé los labios de un hombre. Su cuerpo se construyó a partir de mis manos y viví lo que por mucho tiempo soñé. Fuimos él, yo y el deseo que comenzó a crecernos desde el interior.

No me has dicho tu nombre, recuerdo decirle en medio de aquel pasillo mientras su boca recorría mi cuello. Ni tú me has dicho el tuyo, dijo antes de proseguir con su camino de besos y desabrochando mi pantalón. Me llamo Saúl, dije. Él se detuvo, me miró y sonrió. Estampó sus labios de nuevo contra los míos y dijo: Me llamo Gabriel.

El cuaderno termina de esa manera. Se ha hecho de noche y recién me doy cuenta. Mi chico acaba de llegar del trabajo y solo busco el confort de sus brazos. El camino que he comenzado a recorrer podrá ser doloroso, pero también maravilloso. Él no entiende qué pasa, pero tampoco quiero explicárselo. No ahora. Le pido que sirva un par de copas de vino y se siente conmigo a leer lo que guardan aquellos cuadernos negros del insilio.


Autores
(Coro, Venezuela, 1995). Es médico cirujano, escritor, editor y diseñador venezolano. Fundador de Ediciones Palíndromus, Awen (Revista literaria y editorial), y el proyecto antológico Ant[rop]ología del Fuego. Es autor de los poemarios Escribiendo en Tierra de Nadie, Araboth, Alma, Ciudad del Sur, Reflejos Cotidianos, El conjuro del humo, Guardianes del susurro, La condición quebradiza, [Soid] a la sexta hora y Otredad; como narrador, los libros de cuentos: Cirqueros, Gitanos y Embusteros, El hogar es un nombre que pesa y La jaula que fuimos; como cronista, Ruta 6 y la plaquette Y será de nuevo ayer. Ganador del IV Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (Venezuela, 2020), el IV Premio “Caperucita Feroz” de Cuento (España, 2020), I Slam Poético 0212 (Venezuela, 2020) y del IV Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (Venezuela, 2019). Resultó primer finalista del X Premio de Literatura Experimental Sporting Club Russafa–Carlos Moreno Mínguez (España, 2021) y finalista en el II Premio Franco-Venezolano a la Joven Vocación Literaria (Venezuela, 2018), entre otros.

a Reynaldo Jiménez

Los murciélagos descansan

bajo la sombra de la mata de níspero.

La luz del trópico no los invade.

En azul se disipan montaña y cielo

hacia un paisaje mental:

nubes de leopardo,

lobos de tiempo,

troncos de agua,

mesas de zamuro,

plataformas de plumas,

vidrios de carbón,

cuerpos de viento      y sus caras,      

su amor sobre mí,

                            me dejan decir dolor del pie,

                            ardor de cabeza.

Un extractor de luz con los aires.

Torbellinos de estrellas y alambres

bajo las alas rotas del aplauso.

Las aguas remotas de las focas,       y el campo.

Salgo ahora del paisaje

y, atento al pie, con mi bota, empujo

silbidos pensantes del tordo.

¡Y se abstrae el espacio!

*

a Félix García

Abro los ojos en la víspera.

Se enredan

el cazuz de la hiedra, el calor del asfalto,

las ardillas, los gatos…

La otredad refleja

a un yo con el nombre de Juan.

La mesa de óxido y el mango

se alzan en rebeldía al sol.

Me siento frente al charco

a decir cuánto veo, escucho y pienso.

Con simple oído,

estoy sentado y no hay viento.

El sol se irá a dormir en unas horas

y yo me quedaré despierto.

La noche no es idea,

sino ciclo circadiano.

Ella piensa antes de hablar.

Toma la paciencia de los brazos

alrededor del tronco.

Nada más antiguo que el canto

              (ni siquiera la historia).

Improvisar es registro, reciclaje modal.

El arte forma nidos de algoritmos,

pérdida invertida de sol.

La orfandad lleva en sus talones

alas de pichón.

Contemplo este árbol de cuellos,

cantautores fantasmas y futuros.

La contención proteica del sonido

es afán de escucha.

No hay mayor dicha que lo fugaz del pensamiento.

Allá,    en algún puerto,

un barco encalló por su destreza:

su inexperiencia no supo improvisar. 

*

a mamá

Una avería callosa en mi cuerpo

me devuelve al principio.

Me devuelve a la mujer,

a una piedra, a una hoja

a una calcinada mayéutica.

Pero hoy vine a contar mi historia:

Anduve de loco adolescente

y de niño en muchos parajes.

Siempre me asombraron las hojas,

cómo se muestran en la noche.

Los cuerpos celestes y las hormigas.

Vino el buscador de perlas

con los ojos vendados por la novedad

y la ilusión perenne de las tecnologías.

No había mayor regazo

que la rutina.

No hubo mayor elogio que la crítica.

Desarrollé algunas luces artificiales,

me hice de piedra y música.

Recorrí otro camino cuando el tiempo hizo la paciencia,

cuando la raigambre se pegó a estos suelos silvestres.

Mi tiempo se perdía en techos que se volvían pozos.

Nunca había buscado lo nuevo,

sino lo obvio:

esa prehistoria era de todos.

Se encontraba,

en los recodos de muchas lenguas,

una forma ingeniosa de hacer los cuerpos de aire.

Llevo esa avería con el orgullo de un pavorreal.

¿Fue noche la voz

que salió primera a azuzar

una frecuencia rara?

¿Fue mi tono un columpio,

un niño agachado?

Se avecina la palabra expansiva,

los tiempos de la tempestad

mientras un río

suena rozando entre las piedras.

La frescura del tiempo encarnecida

en lo vivo, en el símbolo,

en el silencio.

Y yo que hablo pausado

con dulce tono, busco simplemente fluir con él.

Esta historia, ese niño

que se rompió la cabeza contra los muros

de       no podrás sostenerte, hijo mío,

si vas por esta senda.

No podrás brindar un techo para ti y los tuyos.

Si ese muro tenía razón en algo

era en su resquebrajamiento,

donde se avisaba una ambigüedad floral,

un aroma a pelambre en la cara y el cráneo.

¿Esta vívida imagen era un venado

en el asfalto asombroso de Caracas?

Vengo a traerles este hablar hacia el eco,

unas raíces que encontré,

y emocionado se las doy

como un perro a su amo.

Las bengalas se avecinan

con el triunfo de la muerte

y las fuentes de agua más temprana

se esconden en los recodos de las calles.

La prehistoria es una grieta.


Autores
Juan Lebrun (Caracas, Venezuela, 1997). Poeta y músico. Su libro Salmista fue valorado en el Premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana en el año 2021; recibió el tercer lugar en el 7° Concurso de Poesía Joven Rafael Cadenas, organizado por la Poeteca y Team Poetero en el 2022; ganó el Premio Internacional de Poesía Joven Ida Gramcko 2024 con El libro de las improvisaciones. Apareció en tres antologías de poesía venezolana: Palabras que gotean, Poetas en el galpón y Cuando pienso en libertad. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al bengalí y al italiano.

La pelúa me obliga a escribir esto y no sé por dónde comenzar. Todos vienen con ese mismo cuento de “te voy a ayudar” y terminan poniéndolo a uno con este tipo de vainas.

Bueno, el caso es que en mi casa no me quieren más porque me quedo dormido en cualquier parte. De un momento a otro se me cierran los ojos y me desplomo donde sea.

Según la doctora, la pelúa, tengo que dormir más y no me puedo pasar la vida despierto las veinticuatro horas del día, desandando en la noche como un alma en pena.

La verdad es que no me creen, pero los flacos pensamos mejor de noche, es cierto. Es como si la cena nos alentara al trasnocho; como si el queso en la arepa o el guarapo de panela nos desvelaran por sí solos; como si aquella oscuridad descubierta del cielo además de desnudar a las estrellas, también permitiera que los rayos cósmicos lleguen a nosotros directamente.

Como Kafka, los flacos pensamos mejor de noche, no solo a causa de una indigestión, también por hambre, y porque al terminar con las labores del día, la corona de nuestra verticalidad, esa cosa que sirve para pensar, queda despejada de tareas y esa fuerza que estuvo retenida en nuestras manos, se nos sube hasta la coronilla y comenzamos a pensar en cosas de flacos.

Ahora tendría que decir a qué cosas me refiero y no es difícil deducir que generalmente los flacos pensemos en cosas redondas, muy gordas, o no tanto, pero habitualmente curvas por alguno de sus lados. Cosas con curvas pronunciadas en las que reconocemos aquellas carencias que solo tenemos los flacos, diseñados a base de líneas rectas, codos, costillas, clavículas, rodillas, omóplatos expuestos bajo una piel finísima.

Pensamos por ejemplo en un plan redondo para el fin de semana o la circunferencia de los ceros que pueblan nuestras cuentas bancarias. Algunos con la desdicha de almacenar algunos valores por delante de una cantidad enorme de ceros, y viven con la zozobra de saber que algún día todo ese dinero se irá por donde vino. Y yo con la suerte de no acumular tantos ceros en mi cuenta para así dar paso a otro tipo de preocupaciones curvilíneas más productivas y esencialmente necesarias. Nalgas, piernas, cuellos, pezones.

Yo tengo una teoría bien desarrollada al respecto y muchas noches me dedico a exponerla en mi habitación. Los vecinos creen que hablo solo por la noche o que convoco al demonio pero no, la verdad es que tengo una buena relación conmigo y soy muy bueno explicando algunas cosas cuando no las entiendo muy bien. Según mi teoría por ejemplo, me expliqué la otra noche que manteniendo la cuenta vacía podemos encontrar más sorpresas agradables en la vida. Por ejemplo un billete en el bolsillo del pantalón o en el libro menos pensado, y también menos leído, de nuestra biblioteca, o en esos manuales que llegaron a la casa con algún aparato, una impresora, una licuadora, o las instrucciones para armar correctamente el multimueble que compramos hace diez años y todavía nos sobraron tornillos.

Los flacos pensamos mejor de noche también porque en la soledad se aprecia más nuestra verticalidad. Nótese bien que un flaco en la multitud es ligeramente menos flaco, en cambio un flaco que, apaciblemente o con un afán particular camina solo por una calle es tan efectivamente un flaco que puede hasta llegar a pasar desapercibido y de noche no hay grandes multitudes en las calles. Siendo francamente una cosa que solo podemos hacer los flacos y que siendo una cualidad tan particular esta de escondernos bajo las sobras de los postes, también nos ayuda a concentrarnos mejor por las noches.

Además, según mi teoría, esta forma de flecha que tenemos los flacos hace que, apuntando siempre hacia arriba, los rayos lunares (incluso en luna nueva) nos faciliten el proceso de sinapsis y especialmente por las noches pensemos mejor. De noche además porque cuando nos acostamos solemos llevarnos a la cama todos los asuntos del día, y esta es una clara desventaja con respecto a nuestros amigos menos flacos, quienes con quitarse la camisa ya se deshacen de un gran peso y cualquier preocupación cabe perfectamente en los bolsillos de sus enormes pantalones.

Especialmente esta noche, que tengo que dormir en esta cama extraña, los flacos de este cuarto piensan mejor de noche, porque el único flaco que habita en estos predios lo hace, y porque además la pelúa me ha pedido que lleve un diario y si quiero volver a casa tendré que hacer lo que me pide sin pensar mucho. Ya apagaron las luces. Buenas noches.


Autores
(Mérida, Venezuela, 1986). Docente, escritor y editor. Obtuvo el premio de la VI Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga (2023) y el Premio Luis Britto García del consejo Municipal de Caracas (2014), así como el concurso Rafael José Álvarez de la Universidad Francisco de Miranda en sus menciones poesía y cuento (2007 y 2009). Como editor, recibió las menciones del Premio Nacional del Libro: Libro Artesanal (2012-2013) y Sitio Web que promueve el libro y la lectura (2016-2017). Es autor de los poemarios Tiran piedras los niños (2009), A quién hay que matar para vivir (2012), No se estacione (2014) y Sin decir árbol (2019), y la novela En primera (2023). Actualmente dirige Ediciones Madriguera editorial artesanal y el Fondo Editorial Carmen Delia Bencomo del IBIME.

Caracas tiene vida propia porque desde el inicio sus habitantes despertaron su ánima. 

En la capital de Venezuela nadie se rige por puntos cardinales ni números. Para ubicarnos, los caraqueños usamos los nombres de nuestras esquinas, las cuales albergan grandes anécdotas.

Y aunque no todas tienen una placa que las identifique, nosotros siempre sabemos cómo llegar.  

El cronista oficial de Caracas en dos ocasiones, Enrique Bernardo Núñez, cuenta en su libro La Ciudad de los Techos Rojos que, en 1766, el obispo Diego Antonio Díez Madroñero intentó cambiar esta nomenclatura por nombres vinculados con la vida de Cristo pero los venezolanos se negaron.

Este mismo rechazo se presentó en 1811 cuando, tras la independencia, la municipalidad de Caracas, inspirada en la Revolución Francesa, intentó imponer denominaciones “más triunfalistas” a nuestras vías.

Algunos intelectuales venezolanos se quejaron por esto. El destacado escritor Arístides Rojas, en su libro Crónica de Caracas, propone cambiar los nombres de sus esquinas por unos “menos extravagantes”:

Al hacerlo ¡ya saldremos de la época de la ignorancia y del atraso! ¡Ya no se dirá más la esquina del Zamuro o de la Miseria! La ciudad entraría en una etapa de progreso y como toda ciudad culta, tendría una nomenclatura conforme al lugar que ocupa entre las poblaciones civilizadas del mundo.

Pero tal vez Caracas es más rebelde que cívica. Sus esquinas, calles y avenidas sobrevivieron a terremotos, demoliciones, revueltas políticas y convulsiones de todo tipo, hechos que cambiaron su rostro pero no su identidad.

Una de las avenidas más famosas de Caracas es la México, cerquita de la meca de la cultura caraqueña: el Museo de Ciencias, el Museo de Bellas Artes, el Teatro Teresa Carreño, la Galería de Arte Nacional, etc.

Pero, además, este lugar cuenta con cuatro cuadras repletas de esculturas y símbolos relacionados con la nación azteca. Cerca también encontramos uno de los restaurantes de comida mexicana más populares de la ciudad. 

De esta forma, los caraqueños naturalizamos el tropezarnos con un pedacito de México después de acudir a una exposición o ver una obra de teatro, pero pocos, muy pocos, conocen el origen de esta presencia. 

Una vieja amistad

La presencia azteca en Caracas empezó con el expresidente de la Cámara de Diputados de México, Manuel Crescencio García Rejón, quien fue el primer representante extraordinario y plenipotenciario mexicano ante el gobierno de Venezuela.

Rejón estuvo en Venezuela en 1843, en una misión oficial pero casi secreta que promovía la creación de una asamblea panamericana.  

Un siglo más tarde, en diciembre de 1943, llegó a Caracas el primer embajador mexicano, Vicente Benítez, y tres años después el presidente de la Junta Revolucionaria de Venezuela, Rómulo Betancourt, realizó la primera visita oficial de un jefe de Estado venezolano a México, durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho. 

Casi dos décadas después, el 14 de enero de 1960 se dio la primera visita a Venezuela de un mandatario mexicano, el presidente Adolfo López Mateos, quien fue recibido por el mismísimo Betancourt en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía para luego trasladarse en un carro Lincoln Continental descapotable hasta el Palacio de Miraflores.

El capítulo más memorable se dio justo allí, cuando un periodista increpó abruptamente al presidente mexicano: “¿Qué opina de lo declarado recientemente por un colega mexicano, acerca de que la Revolución mexicana ha muerto y ha sido usufructuada y secuestrada por un grupo en el poder?”.

Como buen político, López Mateos contestó con otra pregunta:

-¿Qué periodista dijo eso?

-Se llama Leduc, señor presidente.

-¡Ah! Pero Renato Leduc en realidad es un poeta.

Leduc, recordado por ser el único hombre al que María Félix propuso matrimonio, había visitado Caracas meses antes, en 1959, para conversar con periodistas, poetas e intelectuales sobre libertad de expresión, movimientos sociales en América Latina y, desde luego, el rumbo de la Revolución mexicana. 

Regalos memorables

El afianzamiento de esta amistad incluyó más de un regalo. En 1945, el gobierno de México  presidido por Manuel Ávila Camacho anunció que le daría a Venezuela una estatua de bronce del sacerdote y militar mexicano, José María Morelos y Pavón, clave en la segunda etapa de la Guerra de Independencia.

Este monumento fue inaugurado en marzo de 1951 en la Plaza Mohedano de Caracas, la cual a partir de entonces empezó a llamarse Plaza Morelos.

Fue justo en ese momento cuando la Avenida Este 4 recibió el nombre de Avenida Méjico, escritura que se mantuvo hasta que en 1992 la Real Academia Española (RAE) aceptó la grafía con x y se corrigieron todas las señalizaciones de la ciudad.

Esta escultura es una réplica de una efigie de Morelos ubicada en el Centro Histórico de Cuernavaca, la cual es denominada El Morelotes, por sus casi siete metros de altura.

Ambas fueron realizadas por el escultor mexicano Juan Fernando Olaguíbel, quien también hizo El Pípila en Guanajuato y la Fuente de Petróleos de la Ciudad de México.

Además, para esta ocasión fue acuñada una moneda con la efigie del prócer mexicano, que en la cara rezaba “Morelos en la Patria de Bolívar” y en el anverso mostraba el escudo de Venezuela y el águila mexicana con la inscripción: “Inauguración del monumento a José María Morelos en Caracas”. 

Y algunos dolores

Para ese entonces, la Plaza Morelos era un espacio circular, con muchos árboles, en cuyo centro y sobre un pedestal se alzaba la escultura del prócer mexicano, hasta que, en 1957, se vio segmentada por la construcción de la Avenida Libertador.

Hoy al oeste de la plaza, también nos encontramos con otro monumento donado por el gobierno mexicano pero en 1961: una réplica de la Campana de Dolores tocada por el párroco Miguel Hidalgo y Costilla, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en Dolores, Guanajuato, para llamar a la población a rebelarse en contra del Virreinato de Nueva España.

La campana original se encuentra hoy en el Palacio Nacional de México y se toca en la noche del 15 de septiembre cada año para conmemorar el inicio de la lucha por la Independencia. 

Pero, al mismo tiempo, en Caracas, la embajada de México realiza una ofrenda floral justo frente a esta réplica que, además, fue declarada Patrimonio Cultural del país.

Hasta el sol de hoy

A mediados de 1980, tras la inauguración de la Galería de Arte Nacional de Caracas (1976) y la apertura de la Línea 1 del Metro de Caracas (1983), sobre el amplio corredor de la acera sur de la Avenida México, también se incorporaron nuevas esculturas pedestres de presidentes mexicanos.

Una de ellas es la del general Lázaro Cárdenas, cuya presidencia (1934-1940) impulsó reformas que transformaron a México, incluyendo la expropiación petrolera, la reforma agraria y la nacionalización de los ferrocarriles.

La segunda estatua, hecha en piedra volcánica y colocada sobre un basamento de mármol rojo, representa a Benito Juárez, presidente de México de 1858 a 1872, cuando defendió un gobierno laico, resistió la Intervención Francesa e impulsó la educación pública. 

Y hablando de educación pública, cerca de esta estatua se encuentra La Escuela Experimental Venezuela, declarada Bien de Interés Cultural de la Nación, en cuyo patio de las Américas reposan dos bustos vaciados en bronce: Benito Juárez y su esposa, Margarita Maza de Juárez. Sin embargo, nadie sabe quién los hizo ni cómo llegaron allí. 

Además, desde el 2020, todo este recorrido por la historia mexicana es acompañado con un gran mural del pintor y muralista venezolano Felipe García, donde se visualizan catrinas, guitarras, calaveras danzantes, alebrijes y, por supuesto, a Frida Khalo.

De una u otra forma, las calles de Caracas aún nos recuerdan aquello que dijo el Libertador Simón Bolívar en su célebre Carta de Jamaica (1815), donde expresó su deseo de “ver formar en América la más grande nación del mundo con México como capital” pues “México es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli”.

Ese México que Bolívar recuerda es el que visitó cuando tenía apenas quince años, y el barco San Ildefonso, donde se iba a culminar sus estudios en Madrid, hizo una primera escala en Veracruz.

Bolívar recorrió las calles de México sin pensar que en 1824 aquel país lo proclamaría ciudadano mexicano. 

De hecho, en la Ciudad de México se hospedó en la casa de los Marqueses de Uluapa, donde conoció a la Güera Rodríguez, una pieza clave en la Independencia mexicana, aunque la historiografía la venda como “una mujer frívola” que solo se dedicó a “seducir” a insurgentes o virreyes.

Pero esa es otra historia. Sin duda, México, Venezuela, y las mujeres aún tenemos muchos relatos por contar.


Autores
Jessica Dos Santos Jardim (Caracas, 1989). Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Central de Venezuela. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Santa Rosa. Ha ejercido como periodista en medios como RT en Español, la Radio del Sur, Venezuela Analysis, Épale CCS, entre otros medios. Es autora del libro de crónicas Caracas en Alpargatas y de Nada es tan personal como parece. Fue ganadora del Premio de Periodismo Aníbal Nazoa 2014, mención impreso, y merecedora de una mención especial del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, mención radio, en 2016 y 2018.
Mapa de la Liga Árabe, 1960. Encargado por Abd al-Karim Qasim, líder de la República Iraquí. Recuperado de David Rumsey Map Collection. CC BY-NC-SA 3.0
Mapa de la Liga Árabe, 1960. Encargado por Abd al-Karim Qasim, líder de la República Iraquí. Recuperado de David Rumsey Map Collection. CC BY-NC-SA 3.0

Los antisemitas se convertirán en nuestros amigos más fieles, los países antisemitas en nuestros aliados.

Theodor Herzl

A finales del siglo XI comenzó un proceso de invasión que buscaba el acceso de Europa a las materias primas y productos procedentes de las profundidades asiáticas, el sudeste africano y el Magreb, y que tras los periplos marítimos y sinuosas rutas terrestres arribó a las costas orientales del Mediterráneo, en los actuales territorios de Siria, Líbano y Palestina. Excusándose en la protección de peregrinos católicos, las cruzadas y los enclaves europeos en la costa levantina fueron el primer intento de control geoestratégico exógeno en la región, que tuvo por fin afianzar el sistema feudal de explotación y paralelamente erradicar el Islam, el cual desde el siglo IX se había convertido en la religión mayoritaria del Máshrek, conocido desde el eurocentrismo como Medio Oriente.

Pese a la brutalidad de las órdenes religiosas y militares, los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén fueron efímeros y al término del siglo XIII la presencia europea en la región se había esfumado. Sin embargo, siglos después, con la llegada del colonialismo moderno, Europa volvió a poner sus ojos en el Levante mediterráneo. A finales del siglo XIX, otro proyecto colonial, gestado en el centro y oriente europeo y arropado por la mayor superpotencia de la época (el Imperio británico), se propuso invadir, conquistar y limpiar étnicamente Palestina. Ese proyecto era el sionismo, el cual desde 1948 con la fundación del Estado de Israel ha impuesto una prefectura colonial y un laboratorio de guerra de euroccidente, el cual hoy busca minimizar su rol o desvincularse de su apoyo histórico al proyecto de depredación etnocida israelí.

Uno de los mitos fundacionales del proyecto colonial sionista es que ha operado de manera independiente respecto a sus mecenas, sin embargo, esto es totalmente falso, ya que hasta nuestros días Israel ha sido un elemento fundamental en el dominio geoestratégico regional de la dupla imperialista angloparlante: Londres de 1917 a 1948 y Washington desde aquel año a la actualidad. El ente sionista y genocida israelí jamás hubiese perpetuado su existencia sin haber contado con el apoyo occidental, por un lado, en un proceso que debe ser considerado de larga duración y que no solo se ha enfocado en Palestina, sino prácticamente en la totalidad del Máshrek-Magreb, e incluso el Sahel y Anatolia, y, por el otro, gracias a la normalización de relaciones con diversos regímenes de la región, cuya existencia depende directamente de los epicentros del poder económico y militar occidental. Los regímenes árabes y túrquicos son las murallas del centro de comando regional de las superpotencias, el ente colonial sionista. En síntesis, aunque la víctima primigenia y constante del sicariato sionista ha sido el pueblo palestino, muchas otras naciones han sufrido el embate tanto del rabioso caniche en Tel Aviv como de sus mecenas, los imperios coloniales europeos y Estados Unidos.

El sionismo como herramienta del imperialismo occidental

Antes de que su faceta secular judía emergiera en el último cuarto del siglo XIX, el sionismo se gestó en las entrañas del protestantismo fundamentalista de la Inglaterra del siglo XVII (y en sus colonias norteamericanas), durante la dictadura puritana de Oliver Cromwell, quien buscaba que los judíos retornaran a suelo inglés trescientos años después de su expulsión, durante la dinastía Plantagenet. Aunque públicamente se aseguraba que su objetivo era procurar la conversión de los judíos al cristianismo y acelerar el retorno del mesías, los verdaderos motivos de la política judeófila cromwelliana fue que judíos procedentes de la Europa continental potenciaran la economía isleña, forjando lazos comerciales con otros contextos europeos e incluso más lejanos, concretamente Palestina. Desde aquella época, incluso antes de la unión de las coronas y del surgimiento de Gran Bretaña, los ingleses ya ambicionaban la ocupación de aquella región, siendo su avanzada la población judeoeuropea.

La idea de utilizar a judíos europeos como una vanguardia favorable a los intereses ingleses/británicos se desarrolló durante los dos siglos posteriores hasta contagiar a comunidades judías decimonónicas, pero también al acérrimo rival británico de la época, el imperio colonial francés. En 1799, durante la invasión francesa de Palestina y tras su huida de Egipto, Napoleón Bonaparte llamó a que los judíos de Asia y África se unieran a su campaña para restaurar Jerusalén, en otras palabras, se propuso aumentar exponencialmente la presencia judía en la región para ser el lugarteniente del expansionismo napoleónico. Fue entonces, en el tránsito de los siglos XVIII y XIX, que las potencias europeas se enfocaron en controlar el punto neurálgico de Afroeurasia. Esto evidencia otro mito que aún continúa vigente en la cultura de masas occidental e incluso en las contranarrativas: se cree que el único mecanismo injerencista occidental en la región ha sido el sionista, cuando en realidad los europeos y estadounidenses han desarrollado un colosal sistema de colonización y rapiña que abarca múltiples naciones en la órbita de Palestina, siendo el proyecto israelí la punta del iceberg de una estructura imperialista mucho más añeja y extensa geográficamente. 

A comienzos del siglo XIX, durante la época prepetrolera, la riqueza del Golfo Pérsico se basaba en la pesca de perlas, el tráfico de incienso, el tránsito de peregrinos rumbo a Meca y Medina y la piratería. La costa oriental de la Península Arábiga estaba tapizada de pequeñas confederaciones tribales que solían asediar a las embarcaciones tan pronto atravesaban el estrecho de Ormuz rumbo al norte. En 1820, el Imperio Británico, que se había enfrentado a esos emiratos en distintas ocasiones, firmó acuerdos con los jeques para detener los ataques contra sus navíos, pues buscaba afianzarse en la región para frenar el expansionismo tanto francés como ruso. A cambio de no vincularse con otros poderes occidentales, los británicos les brindarían apoyo bélico contra sus enemigos regionales. Aquel pacto dio vida a los Estados de la Tregua, futuros Emiratos Árabes Unidos, cuyas dinastías, principalmente los Al-Maktoum de Dubái y los Al-Nahayan de Abu-Dabi, sirvieron para satisfacer los intereses de Londres. En ese mismo año, los británicos apoyaron a la tribu Al-Jalifa para que impusiera su supremacía isleña bahreiní, y hasta la fecha continúa siendo títere de Occidente en la región.

En 1839, al otro lado de la Península Arábiga, en aguas del Golfo de Adén frente al puerto homónimo, los británicos bombardearon el Sultanato de Lahej y a la postre ocuparon Yemen mediante el Protectorado/Colonia de Adén, un centro de abastecimiento de carbón para las naves europeas, las cuales después de circunnavegar África necesitaban reabastecerse para continuar su periplo rumbo al Raj británico de la India, Singapur o incluso Australia. Después, a finales del siglo antepasado, los británicos extendieron su poder al Shatt-al-Arab (la confluencia del Tigris y el Éufrates) cuando sometieron a Kuwait, convirtiéndolo en otro protectorado y a la dinastía Al-Sabah, en marionetas, con lo cual frenaron los intentos otomanos, persas y hasta rusos por acceder al Golfo desde el norte. 

Por su parte, el intervencionismo francoparlante en el oeste asiático también continuó con su injerencia levantina en 1860 cuando, con permiso a regañadientes del Sultán en Estambul, Napoleón III (quien meses después autorizó la segunda invasión francesa de México) desplegó tropas en las montañas libanesas para detener las hostilidades entre cristianos católicos maronitas y drusos, lo cual fue el preámbulo de lo que vendría medio siglo después durante el mandato francés en suelo siriolibanés. Dos décadas más tarde, comenzó por “iniciativa” (léase injerencia) francesa en Egipto la construcción del Canal de Suez, lo que provocó la ira británica pues eran ellos el poder dominante gracias a su cuasimonopolio de la ruta del Cabo (el de Buena Esperanza), entre el Atlántico y el Índico. Sin embargo, tras la compra de casi la mitad de las acciones del canal por parte de capitalistas británicos, la tranquilidad regresó a Londres. En los ochenta decimonónicos, Egipto, gobernado por los descendientes de Mohammed Alí, lamentó haber recibido apoyo británico para expulsar a Francia, ya que fue precisamente la Pérfida Albión quien acabó convirtiendo al gobierno cairota en un mero adorno tras derrotar al ejército egipcio en 1882, transformando así a este país en un protectorado por los siguientes setenta años. 

El amanecer del siglo XX fue testigo de cómo los imperios coloniales europeos se frotaban las manos augurando el inminente colapso otomano, lo que los llevaría cual buitres a formular los planes de división de un decrépito imperio tricontinental. En 1915, en plena Gran Guerra, el Imperio Británico domesticó a otra familia que en las profundidades de la península lidiaba un conflicto interno contra otras dinastías. Los Saud, practicantes de una ortodoxia purista suní conocida como wahabismo y que en el aquel entonces tan solo controlaban el oriente arábigo, fueron arropados por Londres. Paralelamente, al otro lado de la península, en el Heyaz, cuna del Islam, región donde se hallan Meca y Medina, los británicos apoyaban al exaliado otomano y al sharif de la Meca Husáin Ibn Ali al-Hachemí, encargado de resguardar las urbes sagradas y la seguridad de los peregrinos. A cambio de iniciar un gran levantamiento árabe contra la Sublime Puerta1 (ocurrido en 1916), Gran Bretaña lo apoyaría en la creación de un gigantesco estado árabe unificado con Husáin como Malik al-Arab (rey de todos los árabes). En 1918, tras múltiples masacres por parte de las tropas turcas, el objetivo se alcanzó, sin embargo, la unificación jamás ocurrió, ya que Londres, como de costumbre, tenía otros planes. El 2 de noviembre de 1917, el ministro del exterior británico Arthur James Balfour, en una carta dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la plutocracia judeosionista en Gran Bretaña, anunciaba que la monarquía de Jorge V apoyaría la creación de un hogar nacional para los judíos en Palestina. Diecinueve días después, la prensa bolchevique filtraba el acuerdo Sykes-Picot en el que la alianza anglofrancesa anunciaba la repartición de los territorios otomanos en el oeste asiático: Irak, Transjordania y Palestina para los británicos, y Siria y Líbano para Francia. Si la Revolución Rusa no hubiese ocurrido, el Imperio zarista hubiese obtenido el control del noroeste anatólico, incluyendo Constantinopla/Estambul. Ambos proyectos chocaban con lo prometido a Husáin por Sir Henry McMahon, alto comisionado británico en El Cairo, en cuya correspondencia se comprometía en múltiples ocasiones a permitir la creación de un Estado árabe. En respuesta a la traición británica, los hachemíes se negaron a ratificar tanto el tratado de Versalles como el de Sèvres y en reprimenda, el Imperio Británico dejó de favorecer a Husáin, permitiendo el expansionismo de los Saud, quienes acabaron conquistando el Heyaz en 1925, otrora dominado por los hachemíes. 

Poco antes del fin de la guerra, en 1916, los angloparlantes lograron controlar uno de los últimos enclaves otomanos en las aguas pérsicas, cuando el jeque y emir catarí Abdullah bin Qassim Al Thani firmó un tratado con Gran Bretaña, con lo que convirtió al futuro petroemirato en un vasallo más del imperialismo anglosajón.

Fuera del mundo árabe semítico, en la orilla oriental del Golfo Pérsico y cruzando los Zagros, Persia resultaba una pieza clave del expansionismo británico que intentaba frenar al zarismo ruso, el cual ya había conquistado los emiratos de Asia Central y los antiguos territorios dominados por los persas en el Cáucaso, como Georgia, Armenia, Azerbaiyán y el Daguestán, lo que ponía a Irán en la órbita inmediata al imperio de los Románov. En 1908, la expedición de William Knox D’Arcy halló un gigantesco yacimiento petrolero en el Juzestán. Previamente, aquel gambusino había obtenido una concesión por las siguientes seis décadas de parte de la dinastía Kayar en Teherán, aunque la ciudad solo recibiría 16% de las ganancias. Así fue como en 1909 nació la Anglo Persian/Iranian Oil Company (futura British Petroleum), que durante los siguientes setenta años realizará una de las mayores rapiñas energéticas del siglo XX, controlando Irán por medio de una serie de cipayos, primero de la dinastía Kayar y posteriormente de la dinastía Pahlaví, colocados en el poder por un golpe de Estado orquestado por los ingleses.

En tierras árabes se vivió un proceso similar tras 1932 cuando la Standard Oil de California halló petróleo en la isla de Baréin. Mientras esto ocurría, las profundidades arábigas eran conquistadas y unificadas en su totalidad por los Saud, siempre gozando de apoyo británico. Seis años más tarde, imitando lo ocurrido en el vecino subsuelo bareiní, en la provincia oriental saudí de Dammam a orillas del Golfo, la Standard Oil californiana perforó un enorme yacimiento petrolero. Así emergió la petromonarquía wahabí saudí. 

El 14 de febrero de 1945, meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, a bordo del destructor USS Quincy se encontraron Abdulaziz bin Saúd y Franklin D. Roosevelt para oficializarse la relación que hasta la fecha mantienen Washington y Riad, basada en un flujo de hidrocarburos baratos a cambio de apoyo armamentista, pero sobre todo a cambio de protección y una apología cínica de un régimen que con el pasar de las décadas ha cometido múltiples crímenes contra cualquier intento de emancipación y resistencia en la región, pero también contra su propio pueblo. El encuentro entre Abdulaziz y Roosevelt marcó el fin de la hegemonía británica en el oeste de Asia y norte de África, siendo su legatario el imperialismo estadounidense que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, asumió el control de todos los proyectos de injerencia occidental en el Máshrek, incluyendo la tutela del proyecto sionista, su futuro enclave colonial y laboratorio de guerra.

La transferencia de poder de Londres a Washington fue evidente en 1953, cuando los servicios de inteligencia de ambos imperios angloparlantes realizaron conjuntamente el golpe de Estado en contra del iraní Mohammad Mosaddeq, quien desde su llegada al poder como primer ministro buscó nacionalizar el petróleo, en manos de la Anglo Persian. A petición del MI6 británico, la CIA (comandada por Allen Dulles, con el beneplácito de su hermano y secretario de estado John Foster) derrocó a Mosaddeq por medio de ataques de bandera falsa, sobornos a militares y guerra mediática. Tras estos hechos, Washington fortaleció su apoyo a Mohammad Reza Pahleví, quien en su rol de Shah creó en 1957, con asistencia de la CIA y el Mossad, su guarda pretoriana y servicio de tortura, represión y espionaje, la SAVAK. 

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, británicos y franceses materializaron su acuerdo previo, desmantelando al Imperio otomano y ocupando el oeste de Asia. El Mandato británico de Palestina, creado en 1920, permitió que el número de invasores judeoeuropeos sionistas se exacerbara, sin mencionar el surgimiento del terrorismo de corte moderno llevado a Levante por europeos, el cual a través de grupos paramilitares supremacistas, como la Haganá, Irgún o Lehi, sembró el terror entre la población autóctona. En 1939, desde Londres se ordenó que se pusiera un freno al arribo de invasores judeoeuropeos a Palestina, política enmarcada en el llamado Libro Blanco, lo que generó que los sionistas iniciaran las agresiones en contra de sus mecenas primigenios. La partición de Palestina de 1947 (resolución 181), ejecutada por Naciones Unidas y en la que el pueblo palestino no tuvo ni voz ni voto, solo aceleró la violencia del sionismo contra sus patrocinadores británicos. El secuestro y ejecución de tropas; asesinatos como el de Walter Edward Guinness, ministro del Imperio Británico para la región, ultimado en Cairo por el Lehi; el bombazo contra el Hotel Rey David de Jerusalén, e incluso los planes de magnicidio contra Churchill, generaron que el decrépito Imperio, artífice primigenio de la tragedia palestina, renunciara a su papel, delegando su rol al imperialismo estadounidense, que desde 1948 se ha hecho cargo de la abominación sionista israelí. 

Paralelamente, de 1920 a 1946, el imperialismo colonial francés ocupó Siria y Líbano, donde múltiples masacres contra cualquier intento independentista eran cotidianas. París fraccionó los territorios en seis estados confesionales y étnico lingüísticos, intentando resquebrajar la unidad nacional y los esfuerzos decoloniales conjuntos. Esta balcanización temporal de la geografía siriolibanesa acabó determinando el dogma injerencista y el objetivo final del imperialismo occidental contra la región, el cual en estos momentos (2025) se pone en práctica por medio de un régimen surgido dentro de las filas de al-Qaeda y Daesh. 

En el interludio del fin del mecenazgo británico y el comienzo de patrocinio de EE. UU., el mayor apoyo occidental a favor del ente sionista provino de una Francia en vías de perder su imperio colonial en cuatro continentes. A finales de los cincuenta, Francia le obsequió a Tel Aviv su primera flota de jets de combate. Poco después, entre 1957 y 1963, el gobierno francés construyó la Planta Nuclear de Dimona, utilizada por los sionistas para enriquecer el uranio de su primera tanda de armas nucleares. Sin embargo, tras el colapso del colonialismo francés (en especial la pérdida de Argelia), el cisma dentro de la OTAN de 1966 y el aumento de la influencia estadounidense en Tel Aviv, el gobierno de París se alejó paulatinamente de su alianza con el sionismo. Su posición fue ocupada por Washington, cuyo apoyo al proyecto colonial superaría astronómicamente lo hecho por el Palacio del Elíseo. 

Los Estados túrquicos

En 1923, en el epicentro de poder anatólico, después de seis siglos otomanos y con la aprobación de las potencias occidentales, se creó la República de Turquía, domesticada y neutralizada en los años treinta, con el fin de evitar su rearme antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1952, el gobierno de Ankara fue integrado a la estructura expansionista occidental con su ingreso a la OTAN y hasta la fecha el ejército turco es el segundo más numeroso de las fuerzas atlantistas. Turquía también fue la primera nación islámica en reconocer el proyecto sionista con quien comparte lazos estratégicos de corte militar y económico. En las alturas caucásicas, emergió el régimen túrquico azerí de la familia Alíyev, que desde la independencia azerí postsoviética de 1991, ha mantenido una relación estratégica con el ente colonial que lo sigue apoyando con tecnología armamentista de punta en su proceso de limpieza étnica contra el pueblo armenio en Artsaj (Alto Karabaj), a cambio de hidrocarburos azeríes. La cooperación sionista-azerí ha llegado a tal extremo que Bakú ha permitido que su territorio se convierta en una base sionista donde durante más de una década se han orquestado múltiples ataques contra la vecina República Islámica de Irán, incluyendo el despliegue de una flota de drones sionistas que hasta hace unas semanas bombardeaban el territorio iraní. 

La Italia fascista y la Alemania nazi

Durante el periodo de entreguerras e incluso en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas enemigas del bando anglofrancés mantuvieron lazos con los futuros fundadores del ente colonial. La Italia fascista de Mussolini, que a diferencia del Tercer Reich Alemán no profesaba un dogma judeófobo, mantuvo excelentes relaciones con el Lehi, grupo sionista revisionista y terrorista fundado por el invasor judeopolaco Abraham Stern y comandado por personajes como el futuro primer ministro sionista Icchak Jaziernicki (alias Isaac Shamir), quien buscó forjar una alianza con Alemania e Italia para expulsar a los británicos de Palestina. De 1934 a 1938, muchos de sus miembros fueron entrenados por el ejército italiano en la ciudad costera de Civitavecchia, región de Lacio. Otro grupo terrorista adiestrado por las tropas fascistas fue el Irgún, fundado por los seguidores del fascista y sionista ucraniano Vladímir Jabotinsky, padre ideológico del revisionismo y un admirador empedernido de Benito Mussolini, que aseguraba que la futura entidad sionista sería un estado colchón y aliado natural de Europa frente al salvajismo oriental

A pesar de la judeofobia institucionalizada en la Alemania nazi, en 1933 se firmó un acuerdo (Haavara) entre los sionistas alemanes y austriacos y el gobierno de Berlín que permitió que cerca de sesenta mil judíos sionistas germanoparlantes se trasladaran a Palestina equipados con bienes alemanes, lo que incluía armamento de aquella potencia. El acuerdo terminó en 1939 con el inicio de la guerra, pese a ello, esto no impidió que el grupo Lehi continuara infructuosamente su búsqueda de patrocinio del Tercer Reich, incluso en pleno proceso de exterminio de los judíos europeos. 

El Bloque Socialista

Gran Bretaña y Francia no fueron las únicas potencias europeas involucradas en la creación y apoyo primigenio al sionismo, ya que, contrario a lo que podría suponerse por haber estado en las antípodas ideológicas antagónicas al imperialismo occidental, la actitud de la Unión Soviética con respecto a la invasión sionista de Palestina y la creación de Israel fue en extremo similar a la del bloque capitalista. En 1947, durante la votación para la partición de Palestina en la ONU, la Unión Soviética, la República Socialista Soviética de Bielorrusia y la República Socialista de Ucrania votaron a favor de la partición y, por lo tanto, de la creación del ente colonial. En una sorprendente ingenuidad estratégica, el Kremlin y Stalin suponían que, por los orígenes soviéticos de miles de invasores, Israel se alinearía con el bloque socialista, subestimando los orígenes ultranacionalistas y protofascistas del sionismo, en especial del revisionista. Otras naciones socialistas también votaron a favor, como ocurrió con Polonia y Checoslovaquia. De hecho, fue precisamente el gobierno de Praga el que le brindó a los sionistas el armamento de vanguardia de la posguerra suficiente no solo para aterrorizar y expulsar a cientos de miles de palestinos con durante la Nakba, sino para contrarrestar a la coalición árabe en 1948. El tráfico encubierto de armas checoslovacas fue orquestado por medio de una red de espionaje multinacional en la que participaron personajes como Ján Ludvík Hoch (alias Robert Maxwell), quien a la postre se convirtió en magnate mediático en Gran Bretaña y cuya hija, Ghislaine Maxwell, continuaría al servicio de la inteligencia sionista junto con su pareja Jeffrey Epstein. 

La traición de los regímenes y marionetas árabes

A finales de los setenta, distintas naciones araboparlantes aceptaron subordinarse al imperialismo estadounidense a cambio de dádivas armamentistas y protección por parte de Washington. Primero fue el gobierno egipcio de Anwar el-Sadat, quien tras la muerte de Nasser rompió con el panarabismo y firmó en 1979 acuerdos de paz y normalización con el primer ministro sionista Mieczysław Biegun (alias Menájem Beguín), el cual aceptó el retorno del dominio egipcio del Sinaí. Quince años después, Huséin, monarca hachemí de Jordania, firmó un acuerdo de paz con Isaac Rubitzov (alias Rabin), con lo que evitó que EE. UU. orquestará un golpe contra su régimen. Los Acuerdos Abraham firmados en 2020 entre los petromonarcas de Emiratos Árabes Unidos y Baréin con el sicariato sionista reafirmaron el rol de subordinación absoluta al imperio por parte de regímenes sin legitimidad democrática ni popular, cuya única función desde el siglo XIX ha sido perpetuar el dominio geoestratégico angloparlante en la región. 

En 2021, los pactos con la entidad sionista se extendieron hasta la costa Atlántica cuando la dinastía alauí marroquí mediante Mohamed VI firmó un acuerdo de cooperación defensiva con Israel, lo cual, además de traicionar las causas panislamistas y a favor de Palestina, se ha utilizado también para aplastar a la resistencia saharaui con asistencia militar de última generación. Aunque nunca se ha hecho público, la cooperación entre los Saud y los al Thani cataríes es más que evidente. Tanto el gobierno de Riad como el de Doha ansían la protección que el enclave colonial puede ofrecerles, aún más cuando todos estos gobiernos se han sumado al proceso iranófobo, agudizado en las dos últimas décadas. Desde hace once años, tanto emiratíes como saudíes han recibido apoyo armamentista, logístico y de inteligencia por parte de Tel Aviv en su agresión genocida contra el pueblo yemení, una brutal injerencia que hasta la fecha ha generado más de doscientas mil víctimas civiles en la nación más empobrecida del mundo araboparlante. 

Aunque las agresiones occidentales y sionistas contra las naciones del oeste asiático y el noreste africano han sido constantes desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 2003 estos procesos se exacerbaron. Además de siete décadas de agresiones contra Palestina, debemos sumar las dos invasiones sionistas contra Líbano en 1982 y 2006, la segunda invasión estadounidense de Irak en 2003 y la destrucción de la Libia de la Yamahiriya en 2011. A diferencia de procesos anteriores, estos conflictos se destacan por ser de carácter multidimensional, involucrando diversas dinámicas de injerencia, desde las revueltas de laboratorio (conocidas popularmente en occidente como primaveras o rebeliones de colores) y el despliegue de mercenarios y paramilitares hasta el estrangulamiento económico. El ejemplo paradigmático de esto ha sido la ya desparecida República Árabe Siria que desde 2011 sufrió el embate de una guerra híbrida que involucró a la mayoría de las potencias, tanto regionales como planetarias. Las fases de esta injerencia forjaron un manual en la nueva era de conflictos orquestados por occidente. De la revuelta callejera maximizada y santificada por los conglomerados mediáticos occidentales (célebres por publicitar ataques de bandera falsa y melodramas de propaganda) se pasó a la agresión paramilitar compuesta por más de ciento cincuenta mil mercenarios procedentes de más de ochenta países y agrupados en tres contingentes con diversos patrocinios: el Frente Al-Nusra (Al-Qaeda), subvencionado por Catar y Turquía; Daesh, cuyo mecenazgo se hallaba en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, y el Ejército Libre Sirio, una amalgama de ambos grupos terroristas cuya única función era posar como combatientes moderados para las masas occidentales. A pesar de la heroica resistencia de catorce años por parte del ejército sirio, el gobierno damasceno de Bashar al-Ásad cayó a finales de 2024. En la capital siria hoy ondean las banderas del yihadismo más siniestro, representado por un personaje de la peor ralea como Ahmed al-Charaa (alias Abu Mohamed al-Golani, Amjad Muzzafar Hussein Ali al Naimi, Osama al Absi al Wahedi…) quien tan solo hace unos cuantos meses posaba frente a las cámaras con cabezas humanas de sirios decapitados por sus hordas takfiríes. Con absoluto cinismo, Washington y Tel Aviv han dado su visto bueno para un régimen que ya les ha ofrecido a los sionistas el Golán Sirio, ocupado desde 1967, a cambio de la Trípoli libanesa. A mediano plazo, el objetivo de los estadounidenses y europeos será la balcanización de Siria, dividiendo a aquella vapuleada nación en diversos estados de acuerdo con mayorías étnico lingüísticas (véase el caso del Kurdistán como una satélite y cliente del sionismo) y confesionales, lo cual pronto podría extenderse a Líbano e Irak. 

Desde su concepción, el enclave colonial sionista y genocida israelí ha sido un proyecto conjunto de las potencias occidentales, las cuales lo han convertido en fiel representante de sus intereses en la región. Si se ha perpetuado durante setenta y siete años ha sido gracias al obsceno apoyo económico, militar e institucional por parte de las plutocracias nacionales de Europa y EE. UU., que con beneplácito han tolerado sus innumerables crímenes con tal de mantener una posición geoestratégica privilegiada en el oeste asiático, que facilite el extractivismo y la acumulación y evite la emancipación de los pueblos y naciones. El sionismo también ha logrado sobrevivir gracias a la complicidad y subordinación de los regímenes monárquicos y de la región, los cuales, pese a las protestas multitudinarias de los pueblos, se han convertido en patéticos guardaespaldas de un ente colonial y su maquinaría genocida santificada por occidente y sus esperpentos absolutistas en el oeste asiático y el norte africano.   


Autores
(CDMX, 1982) Historiador y Analista. Se dedica al análisis y divulgación de la historia, siempre desde una perspectiva emacipadora, decolonial, antieurocéntrica y materialista, privilegiando siempre los procesos de larga duración y las visiones desde el Sur Global. Desde hace una década emite su contenido en distintas redes y plataformas, comenzando con su canal @ExoSapiens. Colabora frecuentemente en diversos medios tanto nacionales como extranjeros, tales como RT, Sputnik, HispanTV, Telesur o Resumen Latinoamericano. Cada lunes participa en el programa de análisis Retrovisor a través de Chamuco Media. También forma de Antiimperialistas.com, red internacional de analistas y medios independientes. En los últimos meses ha impartido conferencias presenciales sobre Palestina en universidad públicas e instituciones en México, Venezuela, Cuba y la República Islámica de Irán.