Tierra Adentro
Fotografía de Chris Boland. CC BY-NC-ND 2.0.
Fotografía de Chris Boland. CC BY-NC-ND 2.0.

Svetlana Alexievich es una de esas autoras legendarias a causa de su enorme influencia en otros cronistas alrededor del mundo y por haber recibido el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo en 2015. Con su logro dejó en tensión la idea de que el periodismo narrativo pudiera competir en estos reconocimientos, cuyas obras premiadas suelen destacar de forma ficcional o poética la realidad que desborda a cada generación.

La autora demostró que existen varios medios para retratar las múltiples dimensiones de los hechos. La fotografía es uno de los más impactantes. El fotógrafo elegirá el momento en que su protagonista padece las repercusiones de un fenómeno histórico y pensará la fotografía a través de un lenguaje simbólico para explicar el fenómeno.

El reportero de tiempo real tiene opciones ilimitadas. Aprovechará el amplio registro de la cámara y hará un enlace en vivo para acercar los hechos a la gente, cuya complejidad solo es equiparable a una hidra de mil cabezas. La única forma de domar a la bestia es por medio de entrevistas a los involucrados y una narración hábil, con la capacidad para describir los detalles y traducir la enorme la variedad de matices a información comprensible para la audiencia.

Las posibilidades parecen minúsculas si se intenta encontrar un medio igual de invaluable para comunicar la realidad. Sin embargo, existe uno que ha permanecido vigente porque se compone de todos los géneros periodísticos. Es la crónica. El cronista se vale de un lenguaje simbólico, diálogos con diferentes protagonistas de los hechos y un ritmo igual de avasallante que una cobertura en tiempo real para hacer su trabajo. El aspecto imprescindible es la sensibilidad y la forma humana con la que desmenuza los acontecimientos.

A diferencia de la foto, la entrevista y el enlace televisivo, la crónica persigue algo superior, lo que depreda al impulso periodístico de llevar un pedazo de los hechos a la audiencia: el instinto humano de narrar y explicar en conjunto las innumerables dimensiones de la realidad que atraviesan a las personas. La construcción compuesta con las voces del colectivo se llama perspectiva coral, y Svetlana Alexievich comprende que es el corazón de sus historias.

La mujer en búsqueda de la humanidad tras la destrucción

Svetlana Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en Ivano-Frankivsk, Ucrania. Su padre bielorruso era un exmilitar que había visto suficientes estragos en la entonces Unión Soviética debido a las armas; mientras su madre ucraniana eligió la docencia para habitar el mundo. Es posible que el contraste que experimentó en su núcleo familiar haya impactado a la futura cronista para intentar establecer un diálogo entre las catástrofes y la humanidad que las propiciaron.  

La autora creció en Bielorrusia, donde ambos padres trabajaban como maestros, y desde joven mostró interés por el periodismo. Estudió en la Universidad de Minsk, donde se graduó como periodista. En poco tiempo se convirtió en reportera y editora en varias publicaciones locales.

Los diarios fueron un espacio pequeño para la perspectiva de la realidad que tenía, así que buscó horizontes en los libros. Su obra literaria se caracteriza por un enfoque único que combina testimonios individuales con análisis históricos, creando lo que ella llama novelas corales. Entre sus libros más destacados se encuentran La guerra no tiene rostro de mujer (1985), Voces de Chernóbil (1997) y El fin del «Homo sovieticus» (2013), que exploran la guerra, los desastres nucleares y la transición postsoviética.

Desde sus inicios como cronista y autora, sabía qué historias seguir, su olfato periodístico estaba subordinado a una ley absoluta para ella. “Siempre intento comprender cuánta humanidad hay contenida en cada ser humano y cómo puedo proteger esta humanidad en una persona”. Así, lograría explorar zonas de guerra y memorias colectivas envenenadas de radiación en la antes Unión Soviética.

Como buena periodista, su trabajo es hacer preguntas; pero solo una parece motivar a las demás. Fue un enigma que encontró en las letras de Dostoievski: “¿Cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?”, ese fue el desafío al que encaró en sus libros.

En 2015, Alexievich recibió el Premio Nobel de Literatura por sus “escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Este galardón la consolidó como una de las figuras más influyentes en el periodismo narrativo y la literatura contemporánea. Su trabajo da voz a las experiencias humanas detrás de ellos, redefiniendo los límites entre el periodismo y la literatura.

Seguir las andanzas de la humanidad en tiempos de censura y opresión tuvo un alto precio para ella. A diferencia de otras autoras o periodistas, Alexievich conoció el exilio a causa de su trabajo por uno de sus primeros libros. Fue en 2000 que desató la furia del dictador bielorruso, Aleksandr Lukashenko. La persecución política que vivió aquel año se volvería frecuente en el futuro y acompañaría el resto de sus obras debido al compromiso con la verdad.

Libros con miles de voces

Los libros de Alexievich podrían abordarse de forma cronológica si se busca una aproximación a su obra. Por el contrario, hay otra ruta en caso de ambicionar un acercamiento a las motivaciones detrás de sus historias y las repercusiones emocionales de cada una. El inicio en este sendero se titula Los muchachos del zinc (1989).

La crónica narra las experiencias de soldados soviéticos durante la guerra de Afganistán, conocida como el Vietnam Soviético (1979-1989). A través de testimonios de soldados, madres, enfermeras y otros afectados, el libro revela la brutalidad del conflicto y las secuelas emocionales.

Alexievich tuvo demandas legales por parte de algunos entrevistados y el gran afectado fue el régimen soviético. ¿La razón? Contradecir la narrativa oficialista que glorificaba la guerra en Medio Oriente. Tras revelar las atrocidades y el sufrimiento de los soldados, Alexievich expuso el fracaso del gobierno y la forma en que mandaba a morir a la juventud al campo de batalla.

La crítica fue tan mordaz que impactó a la dictadura de Lukashenko, iniciada en 1994. Para aquel momento, la escritora aún era un blanco de ataques políticos y judiciales. En 2000, Alexievich dejó Bielorrusia debido a la creciente presión y amenazas. Durante su exilio, vivió en varias ciudades europeas, como París, Berlín y Gotemburgo, bajo la protección de redes internacionales de refugio para escritores perseguidos.

Años más tarde, tuvo la oportunidad de visitar México. En 2003 fue su primera y única visita con la invitación del Instituto Nacional de Bellas Artes, de Pedro Ángel Palou, el escritor que entonces se desempeñaba como Secretario de Cultura de Puebla, y de Phillipe Olle-Laprune, director fundador y de la Casa Refugio Citlaltépetl. La escritora ofreció una conferencia en el Palacio de Bellas Artes.

Una de sus declaraciones más trascendentes en aquella conferencia fue la siguiente: “Es difícil ser optimista. El horror es parte de la historia. Mi manera de vivir es ser honesta con el mundo en el que vivo en cuanto a cómo lo estoy percibiendo. Lo que busco es verle los ojos a la realidad…”.

Las declaraciones de la autora también serían proféticas. Solo tres años después inició la guerra contra el narco en México. Los periodistas que la cubrieron hasta las últimas consecuencias seguirían, sin saberlo, el axioma con el que vive la autora; aunque hayan pagado con sus vidas haber visto los ojos de la realidad.

Javier Valdez es uno de los nombres que saltan a la memoria cuando se habla de las consecuencias por hacer periodismo. Periodismo escrito con sangre (2017) y Con una granada en la boca (2014), sin demeritar su trabajo periodístico, podrían dar cuenta del estilo directo de Valdez para documentar el horror del narco, y en contraste, la sensibilidad que tenía al narrar las historias de vida de sus entrevistados.

En sus investigaciones había un punto de encuentro con Alexievich: ambos desarrollaron obras corales para abordar las guerras de sus países. En las crónicas hay miles de voces con las que el lector se acerca a una realidad terrible y difícil de explicar. La escritora bielorrusa, al igual que Valdez, sabía que solo a través de los ojos es posible entender los tiempos en los que vive.

Por eso, la cercanía de las palabras de Alexievich resulta dolorosa para México en el presente. En los terribles días en los cuales el narco acapara las noticias con acontecimientos como el rancho en Teuchitlán, Jalisco, la memoria histórica del país aumentó en violenta. El lugar era un centro de adiestramiento para sicarios reclutados a la fuerza o con engaños.

Al igual que Valdez, quien se quedó en Culiacán donde fue asesinado por hombres del Mini Lic., la cronista bielorrusa decidió regresar a Minsk en 2011; a pesar de los riesgos. Desde 2000 hasta su retorno a su ciudad natal, ha publicado libros reconocidos a nivel mundial, y pocos de ellos llegaron a México. Sin embargo, parece que su influencia es palpable en algunos periodistas mexicanos.

Las crónicas no conocen fronteras

En La guerra no tiene rostro de mujer (1983), la autora recoge los testimonios de mujeres soviéticas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. La perspectiva de la guerra desde el punto de vista femenino fue clave para que Alexievich recibiera el Premio Nobel de Literatura en 2015.

En este libro también rompe con los relatos heroicos tradicionales al centrarse en las emociones, miedos y vivencias cotidianas de las mujeres en la guerra. Con su perspectiva de género logró redefinir cómo se narra la historia bélica, dando voz a quienes habían sido ignoradas.

Años más tarde, la autora publicó Voces de Chernóbil (1997). Basado en entrevistas con sobrevivientes y testigos del desastre nuclear de Chernóbil, este libro explora el impacto humano y emocional de la tragedia. Fue una de sus obras monumentales, traducida a más de veinte idiomas; es una de sus obras más reconocidas internacionalmente.

En su estructura, conserva la combinación de testimonios individuales para crear un retrato colectivo de la catástrofe. En México, hay algunas obras que tienen la perspectiva coral para explicar fenómenos que afectan al país, aunque sin un carácter nuclear. Acapulco Kids (2008), de Alejandro Almazán, expone cómo el puerto de Acapulco se ha convertido en un epicentro de actividades ilícitas relacionadas con la explotación sexual infantil.

A través de testimonios y observaciones directas, Almazán describe las redes de proxenetas, los métodos de captación de menores y la complicidad de diversos actores sociales, desde taxistas hasta hoteleros. La crónica no solo denuncia estas prácticas, sino que también muestra las profundas desigualdades sociales y económicas que las perpetúan.

La narrativa de Almazán combina un estilo periodístico riguroso con un enfoque narrativo, que busca impactar emocionalmente al lector. Utiliza un lenguaje directo y crudo, pero también recurre a descripciones poéticas para contrastar la belleza del entorno con la sordidez de las actividades que describe.

 Los demonios del Edén (2004) es un libro que aborda el mismo problema que parece tener consecuencias en el país igual de terribles que un fallo negligente en una central nuclear. Lydia Cacho escribió una obra cruda sobre redes de pederastia cobijadas bajo autoridades corruptas. El reportaje se centra en el caso de Jean Succar Kuri, un empresario que lideraba una red de abuso sexual infantil en Cancún.

Lydia Cacho documenta cómo esta red involucra a figuras influyentes, incluyendo políticos y empresarios, quienes protegían y facilitaban estas actividades. El libro denuncia los crímenes de Succar Kuri y la corrupción sistémica que perpetúa este tipo de delitos.

Cacho utiliza un estilo directo y valiente, basado en una investigación exhaustiva que incluye entrevistas con víctimas, documentos legales y testimonios de testigos. Por supuesto, ninguna buena acción queda impune, y la periodista lo comprobó en diciembre de 2005, cuando fue arrestada en Quintana Roo bajo cargos de difamación y calumnias, presentados por Kamel Nacif, un empresario mencionado en su libro.

Durante su traslado a Puebla, fue torturada psicológicamente y amenazada con violencia sexual. A lo largo de los años, Cacho ha sido víctima de amenazas, persecución y agresiones. En 2019, sicarios irrumpieron en su hogar, mataron a sus mascotas y la obligaron a exiliarse para proteger su vida. Un año antes, el Estado mexicano le ofreció una disculpa pública por las violaciones a sus derechos humanos durante su arresto y detención.

Los y las autoras mexicanas usaban la escucha activa y sensible para dar vida a sus obras. Alexievich reconoce la técnica como la única infalible en su labor y pocas veces toma el protagonismo. Cuando lo hizo, llegaría a escribir una verdad sobre sí misma al servicio del colectivo: “yo soy una mujer oído”. Con esta habilidad fue posible escribir sobre diversos fenómenos de su país que al final serían vestigios de la historia de la Unión Soviética y la política rusa.

“Escribí cinco libros, pero por casi cuarenta años escribí en realidad uno solo. Una crónica ruso-soviética: revolución, Gulag, guerra… Chernóbyl… la caída del ‘Imperio Rojo’ … Seguí a la época soviética”, reconoció luego de echar una mirada retrospectiva.

Podría decirse lo mismo de los cronistas en México. Sin planearlo, escribieron una historia sobre el país y los problemas que lo han definido hasta la actualidad. Un aspecto clave para lograrlo es el enfoque hacia un sector a menudo invisibilizado durante los tiempos convulsos.

 La autora bielorrusa lo hizo en La guerra no tiene rostro de mujer, los demás autores lo han hecho al explorar la trata con diversos testimonios, incluso los tratantes en el caso de Almazán. En esta tradición de la crónica, Valeria Luiselli desarrolla su libro, Los niños perdidos (2016), en el cual usa un formulario rígido de cuarenta preguntas usado por las autoridades migratorias para reflexionar por qué se entiende el fenómeno como un problema de seguridad, desde un punto de vista deshumanizado.

El libro se basa en la experiencia de Luiselli como traductora en tribunales de inmigración en Estados Unidos, donde ayudaba a niños migrantes a responder el cuestionario que determinaba su elegibilidad para obtener asilo o el Estatus Especial Juvenil. A través de estas preguntas, la autora explora las historias de los menores, quienes huyen de la violencia, la pobreza y las pandillas en sus países de origen.

Luiselli narra las situaciones que alcanza a entrever con el formulario rígido, incluso llega a apreciar los traumas de las vidas de los niños migrantes. A través de los testimonios, se exponen las razones detrás de su migración y los riesgos que enfrentan, tanto en sus países de origen como en el camino.

La misión de culminar con una obra que hable de la evolución de México es una tarea en perpetua construcción. En el caso de Alexievich, tuvo una oportunidad de concretarlo en El fin del «Homo sovieticus» (2013).

Ella se enfoca en personas comunes que vivieron la transición del régimen soviético al capitalismo. A través de testimonios, captura las emociones, los recuerdos y las reflexiones de quienes enfrentaron el colapso de un sistema que moldeó sus vidas.

El título hace referencia al “Homo sovieticus”, un término que describe al ciudadano soviético moldeado por décadas de ideología comunista, y cómo este “tipo humano” desaparece con la desintegración de la URSS. En esta ocasión, desarrolló una novela documental, donde combina entrevistas con una prosa literaria que da voz a sus protagonistas.

Se trata de una especie de obra estructurada como un mosaico de monólogos, cada uno aporta una perspectiva única sobre la vida bajo el régimen soviético y los desafíos de la transición. Así ha vivido la autora desde entonces, en medio de un eco, millones de voces que, en tiempos más recientes, se enfrentan a una dictadura.

Alexievich ha continuado con su labor periodística desde su escritorio, al mismo tiempo ha enfrentado tensiones con el régimen de Lukashenko. Incluso participó a favor de las protestas de 2020 en Bielorrusia y se unió a movimientos democráticos. Ese fue el camino que decidió perseguir tras escuchar las historias con las cuales puede entender su realidad, verla a los ojos mientras protege la humanidad que encuentra en cada testimonio.

El periodismo narrativo es la mejor máquina de escribir

Guillermo Hernández fue uno de los primeros cronistas en abordar las vidas de los niños sicarios en México. Con su ciclo de tres entrevistas tituladas Los niños de la furia (2009) consolidó una mirada por momentos dolorosa para describir el alma de estos menores de edad corroídos por sed de venganza, indiferencia a la vida y una herida imborrable a causa del narco.

En una entrevista con Ciudad TV, a propósito de su libro Periodismo Literario (2018), menciona que el periodismo narrativo rompió con las fronteras del periodismo. Algunos autores lo consiguieron con las figuras retóricas de la literatura, las distintas voces narrativas y una perspectiva colectiva.

El periodista considera al periodismo narrativo una revolución. Una de las mentes detrás de ellas es Alexievich. Con la autora y su premio Nobel hubo una “reivindicación” del género, uno que se mueve entre la literatura y el periodismo cuya culminación es lograr el arte de interpretar la realidad.   

Svetlana Alexievich ha revolucionado el periodismo narrativo al demostrar que las historias personales pueden ser tan contundentes como los datos y las cifras, incluso más. De hecho, al leer su trabajo y el de las y los cronistas mexicanos, es evidente que sin los testimonios narrados con sensibilidad tras una escucha activa, la realidad sería incomprensible. La comprensión de los matices de algún hecho, se perderían si se ausentan las personas, sus memorias, nombres y rostros.

El enfoque polifónico y el compromiso de la autora con la verdad han establecido un parámetro para el periodismo literario. Ha logrado inspirar a generaciones de periodistas y escritores con su ambición de llegar a la médula de los acontecimientos y con sus construcciones donde miles de voces tienen lugar.

Alexievich hizo historia desde el momento en que decidió perseguir lo que en el periodismo de antaño pocas veces figuraba: la humanidad detrás de la historia cruel de un país, el retrato íntegro de las personas y sus dimensiones en una crónica. Durante décadas ha asumido el desafío y sus obras son testimonio de que es posible superarlo.

Referencias

Alexievich, Svetlana, La guerra no tiene rostro de mujer, Madrid Debate, 2015.

_________, Los muchachos del zinc, Madrid Debate, 1989.

Aleksiévich, Svetlana y Keith Gessen, Voces de Chernóbil: La historia oral de un desastre nuclear, s. l., Picador, 2006.

Bautista, Virginia, “Svetlana Alexiévich crea obra coral sobre la mujer, la guerra y la libertad”, en Excelsior, 08 de marzo de 2022, https://www.excelsior.com.mx/expresiones/svetlana-alexievich-crea-obra-coral-sobre-la-mujer-la-guerra-y-la-libertad/1502646

“Dan Nobel de literatura a la bielorruse Svetlana Alexievich”, en Chilango, 08 de octubre de 2015, https://www.chilango.com/cultura/dan-nobel-de-literatura-a-la-bielorrusa-svetlana-alexievich/

Dmítrievna Mílea, María, Rodrigo García Bonillas y Frédéric-Yves Jeannet, “Svetlana Aleksiévich Breve antología”, en Tiempo en la casa, suplemento de Casa del tiempo, https://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/26_mar_2016/TiempoenlacasaNo26_mar_2016.pdf, núm. 26, marzo 2016.

“El viaje a México de Svetlana Alexievich”, en Noroeste, 16 de noviembre de 2015, https://www.noroeste.com.mx/entretenimiento/cultura/el-viaje-a-mexico-de-svetlana-alexievich-CBNO991047

Lugo Viñas, Ricardo, “Voces, cientos de voces a mi alrededor… Svetlana Alexiévich y el libro del tiempo”, en Tierra Adentro, 23 de julio de 2024 https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/voces-cientos-de-voces-a-mi-alrededor-svetlana-alexievich-y-el-libro-del-tiempo/

 “Svetlana Alexievich”, en The Nobel Prize, 2018, https://www.nobelprize.org/prizes/literature/2015/alexievich/biographical/

Similar articles