Ánima sola
Hay un ritual que practico las noches en que necesito compañía. Tiene su origen en una leyenda que me contaba mi abuela hace muchos años. Es verdad que a veces quisiera dejar de cumplir lo que ella me manda, o por lo menos, ser capaz de escribir sin que persistan en mis ensayos sus historias, pero su voz y sus deseos me siguen acechando. Sobre todo cuando intento dormir, al acostarme. “Hija”, me dice, “rézale a las ánimas del purgatorio”, en el mismo tono sugerente que usaba cuando estaba viva. Por supuesto que obedezco, me levanto de la cama rápidamente y enciendo una veladora. La apoyo en el margen de la ventana y pronuncio la oración, con los ojos bien abiertos, observando la oscuridad del cielo:
ánima sola, ánima sola, ánima sola… repito
la más sola, la más sola, la más sola…
la más triste, la más triste, la más triste.
Repito hasta que el aire se vuelve espeso con el calor de la flama y de mi aliento. Poco a poco, mi murmullo crece, como si otras voces se me unieran al rezo.
Esta devoción, que repito casi sin pensar, nació hace siglos en una historia que ha viajado de boca en boca. Se sostiene en un relato muy antiguo que proviene de la tradición católica y que ha sido contado de distintas maneras a lo largo del tiempo, sobre todo en países de habla hispana. Una de las versiones más conocidas dice que esta entidad es el espíritu de una mujer condenada a vagar eternamente como castigo por haberle negado agua a Cristo en su camino al Calvario:
Cuentan que, en Jerusalén, vivía una mujer que tenía por costumbre llevar agua a los prisioneros que estaban a punto de morir en la cruz. Piadosa, ofrecía un alivio a quienes estaban por exhalar su último suspiro. Sin embargo, aquel viernes santo, llegó hasta las cruces y, con manos temblorosas, ofreció agua a Dimas y a Gestas. De pronto, quedó tan impresionada al mirar a Cristo, que un estremecimiento le recorrió el cuerpo por completo. Tuvo miedo y prefirió huir, sin haberle dado de beber a él también. Desde entonces, vaga sin rumbo, consumida por una sed infinita y envuelta en llamas que nunca logran extinguirla.
Sin embargo, no fue esta la historia que me contó mi abuela. A pesar de que esta es una versión popular de la historia, no todos asociamos inmediatamente al ánima sola con aquella mujer. En muchas narraciones, su figura no se identifica con un personaje así de concreto. Más bien, simboliza cualquier alma, anónima, atrapada en el Purgatorio en penitencia, aguardando el alivio que, acorde con la tradición, nuestras plegarias pueden ofrecerle. En cualquier caso, se le considera una intercesora que concede favores a cambio de ser recordada. Incluso hay quienes, como mi abuela y como yo, le tenemos más confianza a ella que a cualquier santo de la tradición.
De manera general, sabemos que las leyendas son relatos orales que ponen en relación lo cotidiano y lo posible con un aspecto sobrenatural o mágico. Sus temas pueden ser tanto religiosos como profanos. Desde niña, han sido mis narraciones favoritas; me gustaba escucharlas y reescribirlas. Algunas de estas historias me han perseguido durante años, como si aún tuvieran algo que mostrarme, un significado, un misterio que me fascina. La leyenda del ánima sola, por ejemplo, todavía me deslumbra.
Como apunta Mercedes Zavala Gómez del Campo, la leyenda es un género inasible, una narración abierta y movediza, una voz que se escapa como el humo. Son relatos que nos envuelven antes de que podamos darnos cuenta y ejercen un papel en nuestras sociedades, ya sea lúdico o devocional, sin tener una versión definitiva, mucho menos oficial. Su vitalidad está en que se sostiene de distintas variantes. Esto sucede con el ánima sola, una leyenda muy antigua, contada por siglos de maneras distintas.
A pesar de haber surgido en un contexto religioso, forma parte también de una tradición popular e incluso se ha ido transformando con el tiempo y se ha adaptado a la experiencia personal. Hay quienes rezan a la más abandonada de todas las almas, diciendo,
Te pido, por tu misericordia, que vengas a mí, y que protejas mi caminar.
Te invoco en esta hora de soledad, para que encuentres paz.
O bien rezan,
¡A la que vaga en la oscuridad!
Ven a mí en esta noche sombría,
acompáñame con tu luz y protégeme en tu soledad eterna
La historia que a mí me contó mi abuela tuvo que haber ocurrido durante el mes de mayo de 1957, justo después de que recibió la carta de Norberto, mi abuelo, esa que empezaba diciendo: “Señorita,…” qué descaro hablarle así, como si no tuvieran ya entonces tres hijas. Era una despedida: “porque tú y yo no pudimos hallarnos… por el bien de las niñas”. Más le hubiera valido olvidar esas palabras, quemar la carta, pero mi abuela quiso conservarla para poder enseñármela un día. Para que yo también memorizara esas palabras y perdiera la cabeza. Fue entonces cuando la oración apareció en su vida, como una presencia inevitable que le daba una especie de consuelo.
Fue durante una madrugada, cuando transcribía en hojas de cálculo las calificaciones de sus grupos, trazaba líneas de colores para indicar promedios y contaba cuadros para centrar los nombres de sus alumnos. Mi abuela trabajaba dos turnos y, todavía por la noche, hacía labores extra para sus compañeras de la escuela,“lo que fuera con tal de obtener más dinero”, decía. Pero yo sé que eso no era cierto, esa no era, no pudo haber sido la razón por la que se quedara despierta siempre hasta medianoche. La verdad es que le encantaba llenarse de pendientes hasta ver puntitos, marearse de letras encimadas y números que la hacían vomitar. Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de no pensar, y fue durante una de esas noches cuando se presentó ante ella un alma peregrina.
Ella nunca había pronunciado la oración pero sí la conocía. En Ciudad Serdán, las vecinas le habían dicho que rezara a las santísimas ánimas cuando sintiera angustia, cuando tuviera mucho miedo o cuando intuyera cerca el peligro. “Es verdad que a veces sí tenía miedo”, me decía, “sobre todo en las noches, aunque pusiera doble llave y atrancara bien la puerta. Pero no solo era el temor de quedarme sola con las niñas, también era otra cosa, una sensación de vacío, como si me creciera en el cuerpo un agujero muy grande, desde adentro”.
Al día de hoy, yo también reconozco ese sentimiento del que me hablaba, esa especie de zozobra que me hace apretar los dientes algunas noches y sostener el aire hasta que la cabeza me zumba. La ansiedad de no poder dormir y no lograr quedarme quieta. Y, sobre todo, esa imagen que de forma recurrente acude a mi pensamiento, y me amenaza. Se trata de una cuadrilla de caballos bien amarrados, furiosos, levantando polvo y tierra con las patas; si aprieto los párpados, escucho los relinchos. Es entonces cuando me levanto para encender una vela y rezo.
Ánima sola, ánima sola, ánima sola… repito.
Mi abuela me contó que esa noche, ya acostada para dormir e invadida por esa tensión tan particular, se le ocurrió empezar la oración, en voz muy baja para no despertar a las niñas que dormían en la cama de junto. Apenas murmuró las primeras palabras cuando el aire cambió, se hizo más denso, como si el cuarto se estuviera llenando de humo. Las paredes crujieron en un temblor y, con el cuerpo tieso, advirtió que un animal entraba por debajo del resquicio de la puerta, se arrastraba desde el suelo y le trepaba por las piernas.
“Me sacudió la cadera con firmeza un par de veces y me estremecí toda. Observé y me miraron un par de ojos desbordados, negros y brillantes, reconociéndonos en la oscuridad. Por debajo de las sábanas, vi surgir un par de manos con dedos encorvados que se atropellaban sobre mi piel, a la altura del ombligo. Me acariciaba dulcemente, decía y no me quise resistir, solo puse atención en conservar el silencio, hasta que un desvanecimiento me llevó a un sueño profundo y me dejé ir”.
Sé que existen muchas leyendas sobre las ánimas pero mi abue quiso contarme esta. Por eso yo también enciendo una vela junto a la ventana para llamarlas y pronuncio la oración, por fin con la seguridad de que perciben la nostalgia, huelen el anhelo que fluye desde adentro y que impregna mis sábanas. Cuando mi voz se alza lo suficiente, empiezo a percibir un hormigueo en todo el cuerpo, ya no soy yo quien reza, sino algo más grande que a mí también me sacude, me estremece y me arrastra con toda su fuerza.




