La escena se ha vuelto un clásico del cine: un grupo de hombres enmascarados comete un acto subversivo para terminar de liberarse del consumismo. La primera misión es derribar una enorme esfera de cobre en una fuente para hacerla rodar contra una cafetería pretenciosa en una zona exclusiva de los adinerados sin criterio.
El plan llega a buen puerto. Los explosivos funcionan, la escultura derriba lo que encuentra a su paso, y las balas de la policía alcanzan a Bob Paulson1. Excepto que esta última parte nunca debió suceder. En realidad, la muerte del ex campeón fisicoculturista fue un terrible daño colateral del proyecto Mayhem.
Cuando los chicos regresan a la base de operaciones, explican lo ocurrido al fundador del club al que pertenecen, cuya máxima regla prohíbe nombrarlo. Tras escuchar la historia, el líder recrimina la imprudencia, los reprende por ir por ahí con explosivos y la forma en que demuestran su descontento por los problemas de la sociedad.
El regaño encauza algunas preguntas, la de mayor importancia es si existe una forma correcta de protestar, o hacer activismo. Una aproximación a las respuestas podrían ser los acontecimientos que Julian Assange2 protagonizó al filtrar información confidencial del gobierno estadounidense y los ciberataques que Anonymous realizó en su defensa.
Wikileaks desata el terror de la información filtrada
El golpe de Wikileaks, la organización liderada por Assange, contra el ejército sucedió desde abril de 2010. Collateral Murder3 fue un video filtrado que muestra el ataque aéreo realizado desde un helicóptero Apache estadounidense en Bagdad en 2007. En las imágenes, se observa cómo los militares diezmaron a un grupo de civiles en el que había periodistas de Reuters.
Wikileaks reveló la brutalidad de las operaciones militares y generó un debate global sobre las reglas de enfrentamiento y la transparencia en los conflictos armados. Poco después, la organización elaboró en su sitio un compilado de 90 mil archivos disponibles para el público titulado “War diaries”4 sobre la guerra en Afganistán e Irak, en el que se puede consultar una fecha en específico.
El gobierno estadounidense aseguró que la publicación ponía en peligro la seguridad nacional y las tropas en el terreno. Reuters demandó a la milicia estadounidense sin éxito. En la corte aseguraron que seguían el protocolo legal de las guerras.
Meses más tarde, en noviembre de 2010, WikiLeaks comenzó a publicar más de 250 mil cables diplomáticos clasificados del Departamento de Estado de EE.UU. Estos documentos revelaron que el gobierno estadounidense había ordenado a sus diplomáticos espiar a altos funcionarios de las Naciones Unidas, en especial, al entonces secretario general Ban Ki-moon5.
Algunos cables describían a líderes mundiales con términos poco diplomáticos. Por ejemplo, Angela Merkel fue descrita como alguien que “evita riesgos y no es creativa”, mientras que Nicolás Sarkozy fue calificado como “impulsivo y autoritario”. El descubrimiento cambió la percepción pública sobre la diplomacia internacional y expuso las tensiones entre países. Algunos cables mostraron cómo EE.UU. presionaba a gobiernos extranjeros para proteger sus intereses.
La siguiente filtración fue Global Intelligence Files6, publicada el 27 de febrero de 2012. Consistió en la divulgación de más de 5 millones de correos electrónicos internos de la empresa privada de inteligencia Stratfor (Strategic Forecasting Inc.), una firma con sede en Texas que se especializa en análisis geopolítico y servicios de inteligencia para grandes corporaciones y agencias gubernamentales.
Los correos abarcan el período entre julio de 2004 y diciembre de 2011. Incluyen información sobre las operaciones internas de Stratfor, sus métodos de recopilación de inteligencia, redes de informantes y relaciones con clientes como Dow Chemical, Lockheed Martin, Raytheon y agencias gubernamentales como el Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU.
La organización exhibió prácticas cuestionables, como el espionaje a activistas relacionados con el desastre de Bhopal en India, llevado a cabo por Stratfor a petición de Dow Chemical. Un correo interno describía a Stratfor como una empresa que “finge ser una editorial de inteligencia, pero en realidad proporciona servicios confidenciales a grandes corporaciones y agencias gubernamentales”.
La filtración expuso cómo Stratfor operaba como una especie de “inteligencia privada”, utilizando métodos que incluían pagos a informantes y recopilación de datos sensibles. También reveló la relación entre Stratfor y gobiernos, mostrando cómo la empresa influía en decisiones políticas y económicas.
Pasarían cinco años para que el siguiente golpe llegara bajo el nombre Vault 77, cuya primera parte se tituló Year Zero. Esta serie de documentos, publicados el 7 de marzo de 2017 incluyó 8 mil 761 documentos y archivos provenientes de una red de alta seguridad del Centro de Ciberinteligencia de la CIA en Langley, Virginia.
Los documentos detallan herramientas de hackeo como malware, virus, troyanos y exploits de día cero, diseñados para atacar dispositivos como smartphones8(iOS y Android), televisores inteligentes Samsung y sistemas operativos como Windows, macOS y Linux. Se reveló que la CIA podía utilizar televisores Samsung en modo “fake-off” (aparentemente apagados) para grabar conversaciones y enviarlas a la agencia.
Según los documentos, la CIA tenía una división dedicada a hackear dispositivos Apple, superando los sistemas de cifrado de aplicaciones como WhatsApp y Signal al comprometer directamente los dispositivos.
Los frutos del hacktivismo en Wikileaks se reflejaban en el periodismo cada vez más libre, la cobertura de la información que sus países consideraban sensible se olvidaba de la censura. Los lectores tenían canales de comunicación menos controlados por el gobierno para cuestionar las decisiones de sus mandatarios.
Similar a la escultura que derribaron los ejecutores del proyecto Mayhem, los resultados del hacktivismo iban de maravilla hasta que llegó el momento de enfrentarse a las autoridades. Los resultados de la confrontación también tendrían daños colaterales y se haría cuestionable la actuación de los involucrados.
El incidente ocurrió cuando las instituciones financieras demostraron el descontento que sentían por las filtraciones desde 2010. En un intento desesperado por limitar las acciones de la organización impusieron restricciones para los donativos que recibían.
El castigo económico a Wikileaks y la “Operación Payback”
Empresas como Visa, MasterCard, PayPal y PostFinance bloquearon las donaciones9 a WikiLeaks. Argumentaron que la organización estaba involucrada en actividades ilegales. Por supuesto que las medidas financieras provocaron una paralización en las operaciones de hackeo e investigación.
En respuesta, Anonymous, un colectivo descentralizado de hacktivistas, lanzó una serie de ataques cibernéticos bajo el nombre de “Operation Payback“10, en septiembre de 2010. Su objetivo era defender la libertad de expresión y protestar contra lo que consideraban una censura injusta.
Anonymous utilizó ataques de denegación de servicio (DDoS) para saturar los servidores de Visa, MasterCard y PayPal. Lograron asestar una caída temporal de sus sitios web mientras afectaba a PostFinance, el banco suizo que cerró la cuenta de Assange.
Respecto a la logística de la operación, se teoriza que fue a través de foros y canales de IRC (Internet Relay Chat). Anonymous utilizó herramientas como LOIC 11(Low Orbit Ion Cannon), que permitía a los usuarios a participar en los ataques de manera sencilla. Esta coordinación también facilitó afectar sitios web gubernamentales y páginas de funcionarios detractores de WikiLeaks, entre ellos, el sitio web del senador estadounidense Joe Lieberman12, quien pidió sanciones contra WikiLeaks.
El matiz político de los ciberataques se originó desde que Estados Unidos y otros gobiernos presionaron a empresas y aliados para tomar medidas contra WikiLeaks y Assange. Lo anterior fue visto como una persecución política desde la perspectiva de Anonymous.
La muestra de apoyo a Assange tuvo sus defensores y detractores, quienes se embarcaron en un amplio debate sobre los límites del hacktivismo. Aunque lograron llamar la atención sobre la situación de Assange y WikiLeaks, también enfrentaron críticas por afectar a usuarios comunes y por el daño colateral causado.
Quienes se opusieron al actuar de los hackers, sostenían que se habían olvidado del hacktivismo13, que en su esencia, busca promover la justicia social, la transparencia y la libertad de información mediante métodos que no causen daño colateral significativo.
La idea de un hacktivismo tradicional se oponía con las interrupciones masivas de la “Operación Payback”. Los DDoS afectaron a servicios esenciales y perjudicaron a los usuarios comunes. Las repercusiones de los ciberataques tampoco fomentaron diálogos sobre la libertad de expresión14.
En entrevistas, Assange15ha reconocido el apoyo de Anonymous, pero ha enfatizado la importancia de mantener un enfoque ético y estratégico en la lucha por la transparencia y la justicia. Incluso algunos miembros de Anonymous han reflexionado sobre cómo estas acciones pudieron haber dañado la percepción pública del movimiento hacktivista16.
Las formas cuestionables de protestar
La controversia de la “Operación Payback” estuvo acompañada con una serie de acusaciones legales contra Assange. En agosto de 2010, dos mujeres en Suecia acusaron al hacktivisa de violación y abuso sexual17. Él negó las acusaciones, pero el gobierno sueco emitió una orden de arresto internacional.
En 2012, tras perder una apelación contra su extradición a Suecia, Assange buscó asilo en la embajada de Ecuador18 en Londres, donde permaneció durante siete años. En 2019, Suecia cerró la investigación19 debido a la falta de pruebas suficientes tras el paso del tiempo.
Aunque parecía que el hacker viviría lejos de las prisiones, en abril de 2019, Ecuador revocó el asilo de Assange, permitiendo que la policía británica lo arrestara20por violar las condiciones de su libertad bajo fianza en 2012. Fue trasladado a la prisión de alta seguridad de Belmarsh en Londres.
La peor parte para el fundador de Wikileaks fue plantar cara ante el gobierno de Estados Unidos, que presentó 18 cargos contra él21. Entre los más destacados fueron la conspiración para hackear sistemas gubernamentales y violaciones de la Ley de Espionaje. Estos cargos están relacionados con la publicación de documentos clasificados proporcionados por Chelsea Manning22, mujer trans y exmilitar que ayudó al golpe de 2010 contra la milicia estadounidense.
En 2021, un tribunal británico bloqueó inicialmente la extradición debido a preocupaciones sobre la salud mental de Assange y el riesgo de suicidio en una prisión estadounidense. Sin embargo, en 2022, un tribunal superior aprobó la extradición, lo que intensificó las críticas de grupos de derechos humanos23.
Cuando la esperanza de libertad para el activista se había desvanecido, en junio de 2024, llegó a un acuerdo24 con el gobierno de Estados Unidos. Aceptó declararse culpable de un cargo menor de conspiración para obtener y divulgar información clasificada.
Esto resultó en su liberación tras haber cumplido tiempo suficiente en prisión. Assange vive en Australia con su familia, pero las críticas lo persiguen. La medidas de seguridad a sus fuentes fueron deficientes, como lo sucedido a Chelsea Manning, quien terminó en prisión por un tiempo debido a su colaboración con Wikileaks.
Assange también ha sido acusado de influir en procesos políticos, como las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016. WikiLeaks publicó correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata25, lo que algunos consideran una intervención que favoreció a Donald Trump26. Esto ha llevado a cuestionar su imparcialidad y motivaciones políticas.
Por otra parte, las acusaciones de violación y abuso sexual también cobraron factura. Aunque Assange niega las acusaciones y las considera políticamente motivadas, sus detractores argumentan que estas acusaciones deben ser tratadas con seriedad y no desestimadas como parte de una conspiración27.
La historia de Wikileaks y Assange, con su logros en el acceso a la información y sus daños colaterales, exponen el complicado efecto que puede alcanzar una acto de protesta entre las personas que se encuentran a la mitad del fuego cruzado de gobiernos y activistas.
Cada operación tiene sus pérdidas, para los autores del proyecto Mayhem en el filme de 1999, fue la muerte de Bob Paulson. En el caso de Wikileaks, fueron los detractores de Assange, quienes lo criticaban por sus condenables polémicas de abuso, falta de protección a sus fuentes y el penoso incidente con Trump. Para Anonymous, el daño más grave fue cargar con el peso de contravenir los principios del hacktivismo.
Cualquier movimiento agitador es peligroso, ya sea con dinamita en mano o la filtración de documentos gubernamentales clasificados, las pérdidas serán parte de un proceso hacia el cambio que persiguen tanto las organizaciones como Wikileaks como la gente que diario está a merced de la decisiones injustas de los gobiernos.
Si bien los daños colaterales podrían mantenerse al mínimo y la congruencia entre ideales humanistas y las acciones debería ser fundamental, es inevitable que las protestas provoquen molestia. Si existiera una forma correcta de hacerlas, se terminaría con su naturaleza subversiva. El resultado: sería una versión mutilada, hecha para complacer a las esferas políticas. Para el poder que establece qué es verdadero e impone un tipo de orden a la sociedad, la única forma correcta de protestar es la que le resulte cómoda.
Fuentes y referencias:
Fight Club, David Fincher. Muerte de Bob: https://www.youtube.com/watch?v=LRVHNfXz-nI
Quién es Julian Assange, qué secretos reveló y de qué lo acusaban | BBC Mundo: https://www.youtube.com/watch?v=NCGZvJnpgJU
WikiLeaks video: ‘Collateral murder’ in Iraq: https://www.youtube.com/watch?v=zYTxuW2vmzk
The Global Intelligence Files: https://search.wikileaks.org/gifiles/?rl
WikiLeaks publica documentos que revelan cómo la CIA interviene teléfonos y computadoras: https://www.nytimes.com/es/2017/03/07/espanol/wikileaks-publica-documentos-que-revelan-como-la-cia-interviene-telefonos-y-computadoras.html
10 cosas que necesitas saber sobre la revelación sobre la CIA de Wikileaks: https://thehackernews.com/2017/03/wikileaks-cia-vault7-leak.html
WikiLeaks: ataque de hackers afecta pagos de Mastercard https://www.bbc.com/mundo/noticias/2010/12/101208_wikileaks_mastercard_pagos_ataque_hackers_rg
El ataque de Anonymous contra PayPal le costó 3.5 millones de Libras: https://www.theguardian.com/technology/2012/nov/22/anonymous-cyber-attacks-paypal-court
Anonymous admite que los ataques en nombre de Wikileaks, son una protesta simbólica: https://www.cert.org.mx/historico/noticias/index.html-noti=4228
Una breve historia sobre hacktivismo y qué podemos aprender: https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-030-55841-3_4
Entrevista con Julian Assange sobre Trump: https://www.youtube.com/watch?v=SpXbgx4hnlc
Julian Assange y Wikileaks en 60 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=cZbuo6ajU2M
Entrevista extendida con Julián Assange: https://www.youtube.com/watch?v=BplfViSKd6Y&t=1s
Retiran la investigación por violencia sexual en el caso Assange en Suecia: https://www.aljazeera.com/news/2019/11/19/julian-assange-rape-investigation-dropped-in-sweden
El gobierno de Ecuador concede asilo político a Julian Assange, fundador de Wikileaks: https://www.cndh.org.mx/noticia/el-gobierno-de-ecuador-concede-asilo-politico-julian-assange-fundador-de-wikileaks
Suecia archivó la investigación preliminar por violación contra Julian Assange: https://www.france24.com/es/20191119-suecia-archiva-investigaci%C3%B3n-violaci%C3%B3n-assange
Julian Assange: arrestan al fundador de WikiLeaks en la embajada de Ecuador en Reino Unido: https://www.bbc.com/mundo/47895142
EEUU presenta 18 nuevos cargos contra Assange, entre ellos uno por espionaje: https://www.elmundo.es/internacional/2019/05/23/5ce7057bfdddff326e8b466d.html
Julian Assange: por qué Chelsea Manning, la confidente de WikiLeaks, está en prisión pese a haber sido indultada por Obama: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-47904043
USA v. Assange: https://globalfreedomofexpression.columbia.edu/cases/the-government-of-us-of-america-v-assange/
En qué consiste el acuerdo al que llegó Julian Assange con el gobierno de EE.UU. por el que recuperó la libertad: https://www.bbc.com/mundo/articles/cv22g41znd3o
DNC E-mails: https://wikileaks.org/dnc-emails/
ASSANGE: Lo que TRUMP decía de WIKILEAKS y lo que dice ahora: https://www.youtube.com/watch?v=IhS2FReLAqM
“Los derechos de Assange son violados sistemáticamente”: https://www.dw.com/es/nils-melzer-relator-sobre-la-tortura-de-la-onu-los-derechos-de-julian-assange-son-violados-sistem%C3%A1ticamente/a-56128509
Aterrizaron en el aeropuerto de Iquitos un mediodía de diciembre que sintieron extremadamente caluroso, sobre todo porque el aeropuerto era pequeño y tuvieron que caminar del avión al andén. Luego de recoger sus maletas en la banda, notaron que los guías ya los esperaban atentos y serviciales con uniformes y tags con los logos de la compañía para enlazarlos en sus maletas. Una vez que cada quien tuvo en sus manos su equipaje etiquetado, los guías acompañaron al grupo, todavía difuso –no se reconocían aún entre ellos–, a unas camionetas negras, tres en total, también con el logo de la compañía. Después de recorrer un trayecto de treinta y cinco minutos, llegaron al centro de Iquitos donde todos, incluyendo los guías, comieron en La casa de hierro. El restaurante estaba a una cuadra de la plaza principal, y era notable por estar alojado en un edificio construido en el siglo XIX por Gustave Eiffel. Según el sitio web del restaurante, la casa había sido construida y desensamblada en Bruselas para luego ser transportada en barco hasta el Amazonas peruano. Extravagancias o despliegues civilizatorios así no eran raros en el Perú. Está también el Yavarí, el barco de hierro construido en Inglaterra en 1862 que se transportó desarmado hasta Puno y que todavía flota sin propósito visible en el lago Titicaca. La casa de hierro fue concebida en ese metal con techos de zinc para resistir al clima. Sin embargo, la estructura no resultó ser lo ideal para el calor húmedo de la selva tropical, y a pesar de la más de una docena de ventiladores girando en sus techos, los comensales sintieron que el calor ahí dentro era menos tolerable que afuera.
Después de degustar un menú en tres tiempos que incluía opciones veganas y gluten free, los guías les dieron a los turistas un paseo por Iquitos en las camionetas. Llegaron hasta el moderno Puente Nanay que se había terminado de construir a finales de la pandemia. Esta obra maestra de ingeniería (como La casa de hierro de un siglo antes), conectó a Iquitos cruzando el río con San Antonio del Estrecho en la frontera con Colombia. Los turistas se bajaron en el poco transitado puente a tomar fotos, y después de unos diez minutos, los guías los invitaron a volverse a subir para conducirlos a la Terminal Fluvial. Ahí ya los esperaban las lanchas que los llevarían a su Molly-Aida.
Los quince viajeros se embarcaron rápido y emocionados. Gabriel fue el último en subirse, porque el joven había descubierto los murales de la entrada de la Terminal y no podía dejar de mirarlos. Las imágenes conmemoran ambiguamente el cuadringentésimo octogésimo aniversario del descubrimiento del Amazonas y combinan etnografía de la Amazonía con misticismo selvático. En el primer muro, Gabriel vio a Francisco de Orellana con un bergantín a modo de sombrero y, frente a él, creaturas místicas cuya simbología evadió al joven: un colibrí, una serpiente, una mano sosteniendo un tipo de diamante girando, un monje sosteniendo un cazo humeante. En otro de los muros, está representada una familia de indígenas con vestimenta contemporánea, con una anaconda a sus pies y el río de trasfondo, con una barca llevando a bordo una iglesia. En un tercer muro, Gabriel reconoció a españoles navegando hacia la orilla del Amazonas acompañados por esclavos e indígenas; en tierra firme ya los esperan los pueblos amazónicos armados, listos para resistir. La parte de más sensibilidad amazónica de la composición está pintada en tonos verdes y rosados; las plantas de la selva brillan fluorescentes, como visiones de lo que Gabriel se imaginaba que genera la ingesta de ayahuasca. El muchacho se fijó que los murales estaban firmados por “Iker, Nebur, Candiño”, y supuso que se trataba de artistas amazónicos. De todo el conjunto, una figura en particular le llamó mucho la atención: en la parte central de la composición del tercer muro, Gabriel descubrió un indígena con un tocado de flores rojas y amarillas y un manto rojo cubriéndole la cadera. Se quedó observando largamente la figura hasta que sintió que le devolvió la mirada durante una fracción de segundo; se le aceleró el corazón. Por fin oyó el llamado de Rosario que ya se había cansado de gritarle y se apresuró a embarcar.
El Molly-Aida esperaba a sus viajeros junto con los miembros de la tripulación alineados e impecables en la popa, sonriendo a los viajeros. Ya estaba todo listo para partir. Si bien el barco tenía capacidad para treinta viajeros, sólo iba a la mitad de su capacidad. Con ellos viajarían seis guías bilingües formados en primeros auxilios y bien sazonados en introducir a extranjeros a la selva, dos capitanes con conocimientos técnicos en caso de improbables fallas mecánicas del barco, un administrador, un chef con cuatro cocineros y un pastelero, además de cuatro señoras encargadas de hacer la limpieza. Para asegurar la experiencia de lujo del viaje, la compañía optaba siempre por contratar para cada viaje más empleados que los turistas.
El barco de cuatro pisos tenía camarotes como suites en el primer piso. El comedor se encontraba en la popa del segundo piso y en el tercero, había una sala de juegos, bar y jacuzzi al aire libre. Lo más importante era que por la nave circulara constantemente aire acondicionado. Pocos extranjeros toleraban la fuerte humedad de la selva, y la empresa se había dado a la ardua tarea de comisionar a los fabricantes del Molly-Aida una perfecta burbuja modernista con instalaciones de primera en la que se respirara aire seco a una temperatura constante de 20 grados. El barco llevaba, además, seis lanchas en las cuales los viajeros harían paseos de un promedio de seis horas durante los cuatro días del viaje, conociendo la flora, fauna y algunos habitantes locales y sus comunidades.
Los viajeros estaban citados para cenar una hora y media más tarde. Gabriel y Rosario estaban alojados en un camarote de ocupación doble al fondo del primer piso. Ahí ya los esperaban unas trufas de cacao amazónico espolvoreadas con polvo de hibiscus, botellas de agua mineral y rebanadas frescas de maracuyá, cortesía de la compañía. Gabriel, emocionado e impaciente, aventó su maleta sobre la cama y corrió a recorrer al barco de proa a popa y sus tres pisos. No encontró la manera de acceder al piso -1, que estaba reservado para la tripulación. Acudió a presentarse con el capitán.
Tenía muchísima ilusión de hacer este viaje, desde pequeño soñaba con el río y su selva, leía sobre su flora y fauna, conocía la importancia del Amazonas como la aorta del planeta. A la hora de planear el viaje, había urdido un plan secreto para manifestar de alguna manera la unión de las luchas de los pueblos amazónicos con la del pueblo palestino. En ese momento, los palestinos de la Franja de Gaza llevaban varios meses asediados por Israel. Después de un ataque contra ciudadanos israelíes sin precedentes por parte de los milicianos de Hamas, Israel se había ensañado contra los gazatíes a una escala sin precedentes e inimaginable para muchos. Gabriel no estaba seguro de cómo expresaría la unión de la lucha Palestina-Amazonía, pero entre sus cosas, llevaba una kufiya y otras parafernalias palestinas que se había comprado en la última marcha a la que había asistido en la Ciudad de México. Estaba muy consciente de que el Amazonas está atrapado en una espiral de muerte que podría terminar en su transformación en una sabana sin árboles. A Gabriel le daba vértigo pensar que, si el Amazonas perdiera para siempre su vegetación, sería un tipo de Nakba, porque las víctimas – unas 40 millones de personas – vivirían una vez más el fin de sus mundos. Pueblos originarios, sus descendientes y los afrodescendientes, son vulnerables a incendios que pueden transformar todo su ecosistema en cenizas, de igual manera en que el bombardeo de Israel contra Gaza está también reduciéndolo todo a cenizas. Gabriel llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de que el presente está hecho de dos emergencias: una planteada por el supremacismo blanco y su imperialismo neofascista entrecruzada con la de la emergencia climática. Todavía no había expresado estas ideas a su mamá porque temía preocuparla.
Rosario, a su vez, se sentía satisfecha de poder ofrecerle a Gabriel ese viaje que tanta ilusión le hacía. Ella también estaba encantada, y los intercambios con Gabriel de sus primeras impresiones del barco estaban impregnados de referencias compartidas a Werner Herzog, Horacio de Quiroga, César Calvo, Ciro Guerra, Mario Vargas Llosa y los reportajes de Eliane Brum.
“Nuestro Molly-Aida es mucho más pequeño que el de Fitzcarraldo”.
O,
“¿Te fijaste que las casas de pilotes debajo del puente moderno que eran la forma principal de vivienda en el Iquitos de Fitzcarraldo parecen estar ya la mayoría en ruinas? ¿Seguirán habitadas?”
Durante la comida en La casa de hierro, Gabriel le había leído a su mamá pausadamente las cinco primeras páginas de Las tres mitades de Ino Moxo donde César Calvo nombra plantas y animales del Amazonas. Sin decirle nada a su mamá, Gabriel hizo lentamente la lectura con la conciencia de nombrar para honrar las ausencias, ya que la lista de César Calvo era de los ochenta y, en casi cincuenta años, la biodiversidad había mermado considerablemente. Eso también preocupaba mucho a Gabriel.
Durante la primera cena a bordo, Rosario tuvo la oportunidad de fijarse en cómo estaba conformado el grupo de viajeros. En la esquina derecha del fondo, llegó a sentarse una típica familia de americanos –de Grand Rapids Michigan, le anunciarían más tarde— con tres hijos adolescentes un poco más grandes que Gabriel, quien celebraría su cumpleaños número dieciséis durante el viaje. En la mesa de al lado de los gringos y atrás de Rosario y Gabriel, se extendía una ruidosa familia conformada por Lily, la matriarca de unos ochenta años. Por el tipo de interacciones que llegó a tener con ella durante la travesía, Rosario llegó a suponer que padecía Alzheimer. Eran vecinas de camarote y cada vez que se encontraban en los pasillos, Lily la abrazaba cariñosa, le ponía la mano sobre la mejilla y la llamaba “Raquel” y le preguntaba por su Nichi. Rosario nunca la corrigió. A pesar de su enfermedad, Lily aparecía siempre impecablemente vestida, peinada y maquillada, bellísima y arreglada a la moda juvenil de un par de décadas atrás. Con ella iban sus dos hijos: Moisés, un artista visual que viajaba con su esposa, la guapa actriz Ilse Cosío –Rosario la había reconocido por las películas independientes que había protagonizado – y su hijo de ocho años Pascual. Los acompañaban la hermana de Moisés, Nathalie, con su esposo israelí Boaz, y sus dos hijas de nueve y cuatro años, Galit y Alma. El grupo se completaba con la familia conformada por Karen, Daniel y su hijo Alberto que estudiaba economía en una universidad privada en la Ciudad de México.
Durante la primera cena, Rosario no pudo dejar de observar a las cuatro atractivas mujeres del grupo y hacer notas mentales sobre su apariencia. Ya que Gabriel estaba absorto devorando Ino Moxo mientras comía lentamente los platos que le iba trayendo el mesero, Rosario aprovechó para ensimismarse en sus reflexiones. Mientras que Karen lucía ropa deportiva ceñida, exhibía una esbelta silueta, un bronceado de quien vive permanentemente de vacaciones; pestañas infinitas, labios carnosos y pómulos angulosos. Rosario no lo sabría, pero Karen también se había hecho un aumento de pecho y rinoplastia. Aunque no eran familia, Rosario veía un parecido interesante entre Karen y Nathalie: ambas tenían los labios gordos y los pómulos prominentes, el reborde mandibular muy bien definido. Notó que la figura de Nathalie no era muy esbelta y vestía con ropa holgada y crocs –su hija más joven tenía cuatro años- y Rosario pensó que una se tarda en recuperar la figura y al yo. Cada vez que la veía sonreír, a Nathalie le fruncía la respingada nariz, creando unos pequeños pliegues cerca de los ojos. A Rosario le intrigó que la frente de ambas mujeres no tuviera movilidad y que sus rostros carecieran de líneas de expresión.
Al estarlas observando, no pudo evitar sentir una conciencia poco usual para ella de su propio cuerpo. Se dedicaba a la academia y la preocupación por la apariencia física le parecía una nimiedad. Sin embargo, al mirar a estas mujeres y encontrarse fascinada, se sintió hinchada, arrugada, con el rostro cansado, el cuerpo adolorido. No lo sabía, pero, por su edad, sus niveles de colágeno habían comenzado a disminuir haciendo que se hiciera flácida y se descolgara su piel, dándole la apariencia de estar crónicamente cansada o triste. La falta de colágeno también le causaba dolor de cuerpo, una sensación de artritis que no se le quitaba con aspirinas.
Rosario siguió comiendo y observando a las mujeres con toda la discreción de la que era capaz. Le pareció que Ilse, la más joven, aparentaba una naturalidad anómala. Notaba que su rostro exhibía tratamientos y cierta homogeneidad en su rostro, como si ya la hubiera conocido antes. Algo que no podía poner en palabras. Su aspecto era fantástico, tenía muy buena cara, se le veía cuidada y saludable. Rosario tampoco lo sabría, pero Ilse había comenzado a hacerse tratamientos de belleza desde sus veintipocos y con un enfoque preventivo. Esperaba no perder naturalidad en su apariencia y frenar los signos futuros de cansancio y flacidez. Para no cambiar su expresión, desde hace años se dejaba inyectar regularmente estimuladores de colágeno y aplicar técnicas sutiles de armonización facial.
Rosario dedujo que Lily se había hecho procedimientos estando en sus cuarentas, unos treinta y algo años atrás, y supuso que la medicina estética de entonces se enfocaba en reponer volumen y rellenar arrugas de manera directa y sin haber tomado en cuenta la estructura del rostro. Aunque Lily le pareció muy atractiva, con unos ojos enormes y azules, su rostro no se veía muy natural porque sus facciones se veían alteradas.
Cuando llegó el plato principal a sus mesas, Ilse descubrió a Rosario observando con detenimiento a Karen. La interpeló y le recomendó hacerse tratamientos para estimular el colágeno y frenar el envejecimiento. Le sugirió la radiofrecuencia Thermage, el láser fraccional o microneedling, también que pidiera que la infiltraran con bioestimuladores y ácido poliláctico. “No quieres quedar con Instagram Face como mi cuñada. Háblale a mi doctora, vas a quedar di-vi-na”, le dijo con discreción y complicidad. Mientras continuó con una micro disertación sobre los trends en cirugía estética, tomó su celular, lo puso frente al suyo para atrapar su contacto y en dos segundos le mandó los datos de su esteticista. “Búscala de mi parte, Ilse Cosío”. Rosario le sonrió con una amabilidad pudorosa y pensó en la paradoja de una belleza con el sospechoso referente del canon caucásico como horizonte normativo. Y la diferenciación estética como perteneciendo al mismo régimen de significado que las bolsas y zapatos de diseñador (pero más, las bolsas): como signo de pertenencia a cierta clase social y tribu.
Al terminar la cena, aparecieron los dos capitanes para darles la bienvenida a sus huéspedes. Les leyeron las reglas del barco, les anunciaron que al día siguiente amanecerían en la Reserva comunal de Ayacucho, les describieron el itinerario y los invitaron a subir a la sala de juegos-bar de cubierta para pasar el resto de la velada. Luego les presentaron al chef, Nampa, quien les expresó que era un placer cocinar para sus invitados. Nampa venía de una tribu waorani de la amazonía ecuatoriana, de la legendaria tribu que fue la última en haber sido contactada por la cultura occidental. Había trabajado unos años en un restaurante de cinco estrellas Michelin en Francia, y estaba ahorrando para abrir su propio restaurante en el Perú.
Una vez que los invitados agradecieron y aplaudieron los maravillosos platillos de Nampa, los capitanes les advirtieron que tenían que estar listos a las cinco a.m. del día siguiente vestidos con pantalón y manga larga, botas de trekking, gorras, mucho bloqueador y repelente de insectos, y llevando los termos que les regalaba la compañía llenos de agua. Harían su primera excursión en las lanchas para mirar la fauna y, si tenían suerte, pescar pirañas.
El primer día, Gabriel y su mamá estuvieron felices. Les tocó compartir guía y lancha con Karen, Daniel y Alberto. Daniel les contó que tenía un próspero negocio de textiles quirúrgicos desechables. Gabriel susurró discretamente a su mamá que seguramente se había llenado los bolsillos en la pandemia. Durante el paseo vieron a seis osos perezosos colgados de los árboles. Se acercaron a la orilla de un poblado pequeño, en realidad un conjunto de casas, donde un niño les mostró una anaconda bebé. Luego de que los turistas tomaron fotografías del niño y la serpiente, Juan le dio una propina al chico y siguieron su camino. Vieron monos araña, aves, más perezosos. Entre todos, lograron atrapar once pirañas pequeñas y las regresaron enseguida al río. Durante el paseo, Juan les contaba acerca de las costumbres de los animales, datos sobre las comunidades que habitaban la zona, les daba información sobre los productos que se cultivaban o cosechaban allí, como la yuca y el camucamu. También les contó de un triste caso reciente que ejemplifica cómo entre las tribus siguen vivas las supersticiones. Resulta que un habitante de un pueblo por el que pasarían al día siguiente había perdido a su madre por una tuberculosis. Entonces, acudió al curandero para preguntarle quién lo había matado y le respondió que había sido una obra maligna de su sobrino, el hijo de su hermano de once años. Furioso, el hombre le pidió a su sobrino que lo acompañara a sepultar a su abuela paterna. Encontraron un lugar en un cementerio improvisado a la orilla de su pueblo, y se pusieron a cavar. Después de depositar los restos de la anciana, el hombre ató de pies y manos al niño y lo puso dentro de una bolsa negra de rafia. Lo sepultó vivo porque estaba convencido de que el niño había matado a su abuela. Al no aparecer el niño, y por las explicaciones confusas que el hombre dio en casa, sus familiares decidieron buscar al niño y lo encontraron enterrado semivivo. Los viajeros se sorprendieron, indignaron y entristecieron con la historia. El guía cambió de tema y les contó del aocaro, el ave del Amazonas que pone varios nidos por cría. De sus huevos, sale una larva de la cual se alimentan los abejorros. A Gabriel ya le había empezado a interesar la simbiosis como fenómeno que explica la interdependencia planetaria, y tomó nota sobre el aocaro en su celular para buscar después más información en internet.
Rosario alternaba admirar el paisaje con espiarlo a través de la pantalla de Daniel, quien iba sentado delante de ella. Tenía la sensación de ver el paisaje más nítido y mejor iluminado en la pantalla del iPhone de su vecino que con sus propios ojos. “¿Serán mis ojos o es que el celular mejora la imagen? ¿Qué la pantalla es superior a mis ojos y mi miopía me impide ver la total nitidez y perfecta iluminación del paisaje?”, pensó.
Cuando Gabriel oyó la descripción del guía sobre la vida y costumbre de los perezosos, pensó que los humanos contemporáneos vivimos igual que los perezosos. Estos animales siempre están intoxicados por la hoja del manglar rojo de la que se alimentan y que les hace efecto como si fuera Valium. Es así que pasan todo el día atontados en la copa de su árbol favorito. Gabriel anotó en su celular: “Humanos = perezosos: Intoxicados de azúcar, videojuegos, Rivotril, Tafil, sedentarios y desconectados del entorno y de los demás”.
Esa noche era la nochebuena y los pasajeros estaban convocados a cenar a las siete en punto vestidos de gala. No importaba que la mitad de los viajeros, conformada por las otras dos familias mexicanas no festejaran la navidad. No obstante, el chef había preparado un gran festín con pavo, bacalao y viandas amazónicas: paiche en hoja de plátano, pan de yuca, crema de copoazú, un pastel de chocolate gigante y galletas navideñas de cinco tipos diferentes recién horneadas. A Gabriel le pareció importante conmemorar la masacre de Gaza durante la celebración; el barco daba una hora al día gratis de internet y había leído en su celular que un bombardeo aéreo israelí sobre el campo de refugiados Al-Maghazi en el centro de Gaza había matado a por lo menos setenta ciudadanos enterrando a decenas entre las ruinas de concreto. Después de dos meses y medio de asedio, los hospitales de la Franja estaban rebasados, y las enfermedades infecciosas se habían empezado a esparcir por toda la población gazatí. Mirando a los habitantes de las comunidades del Amazonas, desde su barco, Gabriel pensaba en las petroleras y sus construcciones de ciudades en los campos petroleros, en las miles de hectáreas de bosque despejado para construir carreteras; en las epidemias de cáncer entre los pobladores del Amazonas. Pensaba también en la destrucción masiva de las ciudades y campos de la Franja de Gaza.
Rosario y Gabriel se dirigieron al comedor unos minutos después de las siete por haber estado en una llamada con los abuelos de Gabriel para desearles una feliz navidad. Gabriel había decidido ponerse su playera de sandía y portar en el cuello una kufiya, símbolos de apoyo a la resistencia palestina y de denuncia del genocidio en Gaza. Entraron al comedor tomados del brazo, sonriendo, con el día de paseo en lancha por los recovecos del Amazonas aprendiendo nombres de pájaros, plantas e insectos impregnado en sus seres. Aunque los guías no les habían hablado de sequía, extinción, hambruna, enfermedades en la zona, las vistas prístinas que les había brindado el paseo les habían funcionado como un bálsamo a su angustia perenne por los efectos del cambio climático y el extractivismo. Entraron al comedor con ánimo festivo y se dirigieron a su mesa donde un mesero estaba a punto de colocar sus entradas y otro se disponía a servirles las bebidas. De pronto, sintieron las miradas del resto de los comensales clavarse en ellos. Se sentaron incómodos, sobre todo Rosario, y empezaron a comer sintiendo tensión alrededor suyo. Cuando los meseros retiraron sus platos y los invitaron a servirse el postre de la generosa mesa del buffet, nadie en la sala se levantaba excepto los americanos que, mirando de reojo a Gabriel, pasaron a servirse generosas porciones de pastel de frutas y galletas. Rosario se volteó hacia la mesa de Daniel y su familia, le tocó el brazo a Karen y le ofreció una mirada conciliadora buscando entendimiento de mamá de adolescentes. Karen le devolvió una sonrisa penosa y rechazó la conciliación con su lenguaje corporal. Gabriel hervía de furia e indignación por dentro, pero otra mirada de su mamá detuvo su ímpetu de levantarse a dar un discurso sobre la situación de genocidio de los pueblos del Amazonas y de la Franja de Gaza. Lily se levantó por el postre ajena a lo que estaba ocurriendo, no sin antes pasar a todas las mesas a desearles a los viajeros una feliz navidad. En ese momento, el capitán de meseros se plantó delante del buffet con una botella de champán que abrió de golpe con un sable a la francesa y empezó a servirla en las copas de los viajeros. Propuso un brindis navideño y todos levantaron sus copas. Gabriel se fue a tomar un trozo de pastel y unas galletas que puso torpemente en una servilleta de papel y salió intempestivamente del comedor. El pequeño Pascual agarró también un puño de galletas y salió corriendo detrás de Gabriel. Rosario suspiró entre aliviada y consternada. En ese momento, entró el segundo capitán a anunciarles que estaban llegando a la Reserva Nacional de Pacaya-Samiria y que durante la noche arribarían al río Yanayacú, donde se localiza la comunidad 20 de enero. Allí, al día siguiente, la tripulación y los viajeros llevarían a los habitantes de la comunidad regalos de navidad. La compañía ya tenía los regalos, pero les aconsejó a los viajeros llevar efectivo, de preferencia en dólares, como regalo sugerido.
Tímida y perturbada, Rosario deseó buenas noches a quien la quisiera escuchar en el comedor, y subió a la administración para que le cambiaran un billete de cien dólares en unidades para repartirlas entre los niños de la comunidad que visitarían al día siguiente, y se regresó a su camarote. Se lamentó de que se hubiera generado un cisma entre los viajeros, en que ella y Gabriel habían pasado a ser, a ojos de los otros, personas que no eran de su tipo. Si en las relaciones sociales contemporáneas se imita al sistema burgués con el que la gente clasifica el trato entre unos y otros, pensó, puede ser que el otro sea mi tipo pero yo no el suyo, o yo el suyo, pero él no el mío, o que somos el uno para el otro, o en el que uno no puede ver al otro ni en pintura. En este sistema, todas las formas de trato están concebidas ya como reglas obligatorias y preestablecidas, y que cualquier conducta particular distinta a la habitual entre los similares, tenía que acomodarse un poco al otro. Sin embargo, había claros límites preestablecidos entre esa diferencia. Y ahora, al pasar delante de “los otros”, ella y Gabriel se habían convertido en personas que habían dejado de ser “de su tipo”. O peor. Mientras tanto, Gabriel y Pascual se habían encontrado en el cuarto de juegos en la cubierta, y pasaron un rato jugando backgammon. El barista les servía refrescos de toronja y cacahuates salados y cuando se hartaron, corrieron por sus trajes de baño y se tiraron un rato en el jacuzzi. Al encontrar vacío el camarote, Rosario se puso la piyama y se acostó con un libro cuyas páginas iluminó con la luz de su celular. Al pasar unas cuantas páginas, cayó profundamente dormida. A eso de las diez de la noche, subió Ilse a buscar a Pascual, Gabriel los siguió y se fueron todos a dormir.
A la mañana siguiente, Gabriel no se levantaba todavía cuando Rosario salió a desayunar. En el camino fue interceptada discretamente por el segundo capitán, quien la invitó a pasar a su oficina. Con toda la diplomacia de la que era capaz, acumulada después de años de trabajar en la industria peruana de turismo, el capitán le explicó que algunos de los otros viajeros le habían expresado la noche anterior su extrema mortificación por los símbolos terroristas y antisemitas que había portado Gabriel durante la cena navideña. Le expresaron haberse sentido ofendidos, pero sobre todo, que su seguridad física y moral estaba amenazada por la actitud subversiva de Gabriel. El capitán le suplicó a Rosario pedirle a su hijo que dejara su playera y pañoleta guardadas. Ella escuchó en silencio y asintió lentamente con la cabeza. Se levantó y volvió apresurada al camarote en donde se encontró a Gabriel todavía dormido. Regresó a la oficina del capitán y le pidió con urgencia si era posible que les llevaran los desayunos al camarote. El capitán sopesó las opciones y accedió, recordándole que el paseo de ese día comenzaba a las diez de la mañana y que culminaría con el festejo navideño con la gente de la comunidad 20 de enero. Rosario volvió inquieta a su habitación con la sensación de estar apestada.
Luego de un forcejeo típico de mamás y adolescentes para lograr que el chico se aseara y vistiera, y durante el que Rosario prefirió no mencionarle a Gabriel lo que había hablado con el capitán, los dos se formaron para subirse a las lanchas a las diez en punto. No sin haber sido antes generosamente rociados por uno de los guías con repelente de insectos. Ese día no pasearon con Juan ni Marcos, el capitán de su lancha del día anterior, ni con Daniel, Karen y Alberto. Ellos ya habían partido con Lily y su familia en dos lanchas. Rosario y Gabriel se embarcaron junto con la familia de Michigan. Al cabo de dos horas pobladas de visiones de manadas juguetonas de delfines rosas, un par de águilas y algunos perezosos agazapados en copas de árboles, llegaron a la comunidad donde sus compañeros de viaje ya estaban montados en canoas rentadas por los locales o nadando a las orillas de la comunidad. El guía les dio luz verde para echarse al agua y, gozosos, saltaron a chapotear no sin ponerse antes unos sofisticados chalecos flotadores que el capitán les repartió sacándolos de unas cajas colocadas en la parte trasera de la lancha. Después de un rato, los llamaron a subirse y a secarse. Los capitanes de cada lancha las estacionaron y alinearon para amarrarlas y hacer un picnic. La de Gabriel y Rosario quedó justo en medio, y durante la comida, todos fueron cordiales al pasarse las bolsas de papel que venían en cajas y donde venían empacados unos exquisitos sándwiches de jamón de paiche, ensaladas, pudines de chocolate con lácteos o veganos, jugos cold pressed de camucamu y maracuyá.
Al cabo de un rato, todos los viajeros fueron invitados a la comunidad para repartir los regalos de navidad. Desembarcaron donde ya los esperaban parados en un círculo unas cuatro docenas de niños y de niñas cantando villancicos. Cuando ya estaban todos reunidos, los guías pidieron hacer dos filas dividiendo a los niños y niñas. Juan apareció vestido de Santa Claus con una despeinada barba postiza cuyos mechones de hilos de nylon parecían derretirse con el calor fusionándose con su piel y la humedad. Otro de los guías acercó dos bolsas enormes de plástico con los regalos. Rosario y Gabriel repartieron sus billetes de a dólar mientras que Santa Claus sacaba alternadamente juguetes para niñas (kits de cepillo-peine-espejo; muñecas tiesas; kits de sartén-cacerola-cucharones y cajitas de cereal) o para niños (pelotas de fútbol; kits de bates de béisbol con sus pelotas; cochecitos; figuras de plástico mal pintadas de luchadores musculosos).
Por el rabillo del ojo, Gabriel detectó a unas mujeres en el camino de tierra que llevaba a la plaza principal del pueblo: de pelo suelto y largo, iban vestidas de rojo y llevaban unos cinturones hechos de flecos con algo colgando –no lograba distinguir qué exactamente. Llevaban un tocado de flores amarillas, también desconocidas para Gabriel. A pesar del calor húmedo que hacía, esa visión le dio escalofríos. Una vez que los miembros de la tripulación y los turistas repartieron los juguetes y los billetes, los guías le acercaron al acalorado Santa Claus una caja con tetrabriks de leche de chocolate y otra con pastelitos de fresa empaquetados. Santa invitó a los viajeros a regalar una vianda de cada caja a los niños, no sin antes abrir y dar también a repartir una caja con kits de pequeños cepillos de dientes junto con sus igualmente pequeños tubos de dentífrico.
Luego de recibir instrucciones de dónde colocar la basura, los niños bebieron y comieron felices. Después, alguien trató de improvisar una cascarita de fútbol entre los viajeros, guías y los chicos, pero la timidez de los locales disolvió la energía. Al cabo de un rato, los viajeros fueron convocados a embarcar, y volvieron cansados al Molly-Aida.
Gabriel estaba de mejor humor, pero Rosario no lograba adivinar en qué estaría pensando su hijo, y sentía preocupación. Durante la visita a la comunidad, la mitad de sus compañeros de viaje apenas y habían reconocido su presencia entre ellos. Aprovechando ser una isla de lenguaje en el trayecto de la lancha de regreso al barco entre los gringos, Rosario aprovechó para explicarle a Gabriel la actitud de los viajeros judíos hacia su parafernalia militante palestina.
Rosario temía algún tipo de reacción violenta, pero el chico no dijo nada, se quedó pensativo, asintiendo con la cabeza. Al llegar al barco, todos los viajeros cayeron rendidos y se echaron sendas siestas. A la hora de la cena Rosario fue incapaz de despertar a Gabriel, y se animó a lanzarse al comedor sola y digna. Para esa noche, el chef les tenía preparados cócteles de guanábana, choricitos caseros al pebre chileno, patacones de cochinita pibil, risotto de quinoa y mariscos, lubina al espeto y de guarnición boniatos, verduras rostizadas y ensalada de jitomates cherry. De postre les sirvieron piña asada con quimbolito lojano y helado de coco servido sobre bizcocho suave y chocolate Moctezuma. Rosario quiso comentar con sus vecinos de al lado, Karen y Daniel, las maravillas del menú, que hasta entonces había sido el mejor que les había preparado el chef durante el viaje. Le contestaron amables, y Rosario sintió que se había roto el hielo y erigido un tentativo puente, pero su conversación fue interrumpida por Moisés quien, visiblemente alcoholizado, se levantó y se sentó tambaleante junto a Rosario y le dijo: —“Señora, necesitamos que le explique bien a su hijo lo que en realidad está pasando en Israel. Los de Hamas son unos terroristas, los que los esconden en sus casas y debajo de los hospitales, escuelas y universidades son terroristas. Son unos asesinos y violadores de gente inocente. La realidad es que la seguridad del pueblo judío está amenazada y, por favor, estamos de vacaciones, aquí no se habla de esas cosas”–. Ilse lo jaló del brazo tratándolo de callar, mientras que Boaz le pidió a Nathalie con un tono agresivo que le tradujera lo que estaba diciendo Moisés. Lily no se enteraba de nada, los gringos tampoco. Daniel, Karen y Alberto se quedaron atónitos escuchando a Moisés. Rosario asintió con la cabeza apretando los labios y abriendo mucho los ojos. No quería antagonizar, no soportaba la condescendencia del tono de Moisés, no hacía falta que después de la plática que había tenido con el capitán, y de que Gabriel había guardado su parafernalia palestina, sus compañeros de viaje siguieran con el tema, y tampoco estaba de acuerdo con su postura sionista. Respiró profundamente y con toda la compostura de la que fue capaz, le contestó: “Moshe, no te preocupes, yo ya hablé con Gabriel, estate tranquilo”. Enseguida se quitó la servilleta de tela del regazo, la puso sobre la mesa, se levantó, repartió una sonrisa a todos los comensales, dio las buenas noches, y salió.
A la mañana siguiente, partieron de madrugada. Era el cumpleaños de Gabriel. Visitaron a una familia que tenía una granja de paiche, el pez más grande de la amazonía. Boaz y sus dos hijas, Galit y Alma, subieron a su lancha. Para llegar a Pucayagro, la granja, navegaron unos cuarenta minutos hasta un pequeño muelle. De ahí caminaron en la selva otros cincuenta minutos, donde se encontraron con una anaconda descansando en un remanso de riachuelo sumergida en lodo. También vieron un árbol muy especial conocido como “palma caminante”, cuyas raíces se despliegan sobre la superficie de la tierra en forma de zancos, dando la ilusión de que el árbol se mueve o se desplaza. Tomaron fotos de todo. Cuando llegaron a Pucayagro, los recibió el dueño sonriente con platos de frutas y agua de maracuyá. Les dio un recorrido por la granja, y ahí vieron unos paiches enormes, de tres metros de largo y doscientos kilos. Uno de los hermanos del granjero era dueño de otra compañía en la que procesan el paiche y lo transforman en jamón ahumado, salchicha y chorizo. El paiche, aprendieron, de color grisáceo, a veces es confundido con lagartos y no es muy popular. Los turistas estuvieron encantados de visitar negocios que respetaran la ecología. Alberto, que estudiaba administración en la Universidad Anáhuac, pensó que podría emprender algo parecido para el río Grijalva en Tabasco. Lo comentó durante la visita, y su papá, entusiasmado, le aseguró que lo financiaría, siempre y cuando invitara a México a sus anfitriones del Amazonas para asesorarlo. “¡Ponme el proyecto por escrito, hijo! Haz números y platicamos”, le dijo, dándole palmaditas entusiasmado en la espalda.
Al regreso, pasaron por ellos las camionetas de la compañía para llevarlos directamente al barco. Era la última noche, durante la que el barco recorrería trescientos kilómetros de regreso para devolverlos a Iquitos. En la cena, todos estaban relajados y contentos. Parecía que las tensiones entre los viajeros habían quedado atrás. Gabriel desapareció unos minutos después de que sirvieron el plato fuerte, y justo cuando los meseros empezaron a servir el postre y el café, apareció con un vestuario improvisado con una tela roja y un tocado con flores amarillas emulando la vestimenta etnográfica del personaje que le había llamado la atención en el mural de la Terminal Fluvial de Iquitos y de las mujeres que había visto aparecerse en la comunidad 20 de enero. Todos en el comedor lo trataron de ignorar y siguieron comiendo. Para esa noche, el primer capitán les había organizado un juego de charadas para el que los viajeros se dividirían en tres equipos armados por el mismo capitán, quien trataba que el viaje tuviera un final convivial y feliz.
“Quisiéramos cambiar al mundo, pero no en nuestras propias casas, de manera que al final, con nuestras prácticas, ratificamos la reproducción del orden establecido, la reproducción de las desigualdades y de las injusticias sociales”.
Leyó Gabriel, de un cuaderno de notas que encontró en el buró de la recámara que había llenado con tachones y un discurso. Leyó esta primera frase con timidez, casi murmurando, por lo que nadie le puso atención, además de que estaban tratando de ignorar su atuendo, incluyendo a su mamá.
“¿Qué hacer, sin embargo, ante la impotencia vergonzosa de la complicidad de cara a la crueldad extrema?”,ijo con más seguridad, y llamando la atención de los que estaban más cerca de él.
“En Gaza, las víctimas predicen sus propias muertes en plataformas digitales horas antes de que las asesinen, mientras que sus asesinos transmiten casualmente sus acciones en TikTok. Sin embargo, la transmisión en vivo de la liquidación de Gaza a diario encubierta por la hegemonía cultural occidental, que persigue periodistas, artistas, escritores, profesores y estudiantes, ocurre a través de las plataformas que prohíben los términos campos de refugiados’, ‘territorio ocupado’, ‘genocidio’ o ‘limpieza étnica’”.
En ese momento, Gabriel había agarrado más confianza en sí, e ignoró la tensión que lo rodeaba y la estupefacción de su mamá, que en el fondo se sentía orgullosa de él. Continuó con más seguridad:
“La disputa de cómo interpretar la violencia israelí como en legítima autodefensa, como una guerra urbana en terreno complejo, o como limpieza étnica y crímenes en contra de la humanidad, no se va a resolver”.
Ahora tenía la atención completa de todos los comensales. Los meseros también estaban paralizados escuchando:
“Sin embargo, no es difícil reconocer en la totalidad de las violaciones morales y legales de Israel, los signos del crimen más grande: la determinación de los líderes israelíes de aniquilar a Gaza; la aprobación de estas acciones por su sociedad; la escala de la destrucción”.
En esos momentos, gritó Moisés:
“¡Callen al niño, por favor!” “¡Capitán, capitán! ¡Pascual, ve a buscar al capitán!”
Rosario le dijo a Gabriel:
“Sigue, hijo”.
Gabriel carraspeó, y continuó:
“El hecho de que la mayoría de las víctimas sean gente completamente inocente, muchas mujeres y niños; el estar negando acceso a medicamentos y comidas, las barras de acero calientes insertadas en los rectos de los prisioneros desnudos; la destrucción de escuelas, universidades, museos, iglesias, mezquitas, cementerios; el infantilismo del mal encarnado por los soldados israelíes bailando vestidos con la ropa interior de las mujeres palestinas desplazadas; la persecución sistemática de periodistas en Gaza documentando la destrucción de su propio pueblo”.
Gabriel se interrumpió a sí mismo para anunciar:
“Ya casi acabo, gracias, queridos compañeros de viaje, por escuchar”.
Detrás de él, sintió la energía de apoyo de los meseros, además ya habían llegado los cocineros, y en ese momento entró Pascual jalando al capitán del brazo. Los gringos observaban la escena, y Boaz pedía traducción simultánea de forma nada amable a su mujer, ella lo ignoró con un gesto en la mano y escuchó atenta:
“Después de Gaza, la idea de que los seres humanos poseen una naturaleza moral es falsa; ahora todo es posible y la memoria de atrocidades del pasado no puede servir ya de garantía en contra de su repetición en el presente. Nada se compara con Gaza, y vivimos el comienzo de un periodo de destrucción de las normas”.
Los meseros habían llamado al administrador y a las señoras de limpieza, e hicieron un círculo detrás de Gabriel.
“Estamos viviendo el comienzo de la destrucción de las normas, de los valores, de los principios de todo un planeta, y nos dirigimos hacia tiempos muy oscuros”.
Nadie se atrevió a aplaudir. Se miraron entre las familias y los empleados, se levantaron y subieron lentamente a cubierta para jugar charadas con el capitán. Menos Rosario y Gabriel, claro está. A la mañana siguiente, nunca aparecieron para su último desayuno. Cuando dio la hora de desembarcar en tierra, Juan el guía fue a su camarote a buscarlos. No encontró rastro de ellos, ni siquiera de sus maletas. El cuarto estaba impecable, con las trufas espolvoreadas de hibiscus, las rebanadas de maracuyá frescas, y las botellas de agua mineral intactas. Juan murmuró para sí: “¡Chullachaquis! ¿O será que el Nampa nos habrá dado a todos tohé en el jugo de camucamu?”
Luego de dedicarme a pasear entre los mecanismos ocultos y la escenografía de las narraciones, de aprender sus formas y formatos asumí con tristeza que, aunque no lo sé todo y nadie podrá abarcar o agotar cuanto hay al respecto, sería difícil que una historia me sorprendiera de nuevo, tanto como para transformarme por completo.
Pero a quién engaño, lo que más me gusta al entrar a una narración es suspender todo ese expertise para acercarme con generosa apertura y absoluta credulidad a las historias, confiar en la guía de quien narra aunque, con frecuencia, salga decepcionado por la falta de pericia o profundidad y complejidad de su visión.
A mediados del año pasado mi estado de ánimo no era el mejor y me atravesaba un proceso bastante severo: soledad, confusión, silencio, desconfianza. ¿Cómo es que pasé de ese momento tan difícil y desesperanzador a recuperar el ímpetu vital? La respuesta es muy simple, bella y compleja: One Piece.
Un colega me la había recomendado quizá un año antes, incluso me habían regalado el primer tomo del manga pero no hice mucho caso. Me decía: ¿más de mil capítulos, con tanto que ver, escuchar, hacer o conocer? ¿Quién tiene tiempo para enfrascarse en una historia que demanda prestar tanta atención?
No podría haber estado más equivocado y hoy me agradezco enormemente haber tomado la decisión de verla. Entré a la historia con las expectativas muy abajo pero me cautivó desde el principio, capítulo tras capítulo, verla pasó de un mero entretenimiento a una necesidad de comprensión profunda sobre sus significados.
Ni en la más atrevida de mis deducciones habría pensado que ese manga, cuyos dibujos me parecían copiados del estilo de Akira Toriyama en Dragon Ball, fuera a regresarme con tanta fuerza las ganas de vivir, la esperanza y la necesidad de darle sentido y dirección a mi vida a pesar de las cosas difíciles que he atravesado, de las tragedias cotidianas que compartimos y del desolador estado del mundo.
Para decirlo sencillamente: jamás pensé que me volvería a sorprender tanto como si tuviera 8 años y estuviera leyendo a Michel Ende por primera vez o descubriendo a Hitchcock como protocinéfilo mamador adolescente. Hay historias que entretienen, que preguntan o reordenan al mundo, algunas cuantas dan sentidos nuevos a los sucesos, a las cosas y a quienes las oyen pero sólo unas pocas, a lo largo de mucho tiempo, logran todo lo anterior mientras descubren algo que, de tan viejo parece que nunca había sido dicho.
¿Qué se puede decir (que no se haya dicho ya) sobre el manga (cómic) que, desde 1997, dibuja y escribe semanalmente Eiichiro Oda en las páginas de la revista Shonnen Jump? ¿O qué puedo añadir sobre la entrañable adaptación al anime (caricatura o serie animada), a cargo del estudio TOEI, que lleva poco menos de treinta años conquistando audiencias en todo el mundo (y cuyo fin no se sabe muy bien cuándo será), ni qué agregar sobre la increíble adaptación producida recientemente por Netflix y protagonizada por seres de carne, hueso y CGI. ¿Qué más se puede decir? Pues todo, absolutamente todo. Ahí radica gran parte de su magia, que siempre queda un nuevo aspecto, ángulo, tema o universo por descubrir dentro de ella.
Póster de “One Piece”, Eiichiro Oda. TOEI Animation, 1999.Fotograma de “One Piece”, basado en el manga de Eiichiro Oda. Dir. Marc Jobst, Tim Southam, Emma Sullivan, Josef Kubota Wladyka. Netflix, 2023.
Decir que lloré viéndola es poco. Decir que reí viéndola es poco. Entre llanto profundo y alegres carcajadas, entre emocionantes peleas e indignantes circunstancias, entre grotescos chistes y poderosas reflexiones, descubrí combinaciones emocionales que ni siquiera sabía que son posibles.
Los personajes de este legendario manga son verdaderamente entrañables, no me refiero a su treintena de protagonistas solamente, me refiero a sus más de 300 personajes, cada cual con pasado, motivaciones, contradicciones, creencias y sueños. Abominables, esperanzadores, repugnantes, conmovedores, contradictorios y sorprendentes, una verdadera cátedra sobre creación, presentación y desarrollo de personajes (aprende algo Hollywood), hilación de tramas, construcción de alegorías y coherencia y consistencia temáticas.
Por si fuera insuficiente, cualquier reseña de la anécdota que narra One Piece hace poca justicia a su contenido: “un joven con el sueño de ser el rey de los piratas recorre el mundo junto a los amigos que hace en el camino” o “un grupo de amigos navega entre peligros constantes luchando por sus sueños”, hasta suena cursi ¿verdad? Quizá… “en un mundo complejo y diverso, diferentes clases de poderes en constante pugna luchan por el control del destino humano”, no, no, muy abstracto. Qué tal… “el sueño cíclico y eterno de la humanidad por alcanzar la libertad y dominar su poder”, quizá demasiado grandilocuente… o no. Con todo, se trata de una historia que abarca cada una de las anteriores y mucho más.
One Piece es la clase de obra que trasciende fronteras, religiones, visiones políticas, edades, es la clase de historia que se seguirá discutiendo por décadas y, sin exagerar, es la clase de historia que hace Historia.
Debo confesar que en esta vida lo que más me gusta es experimentar, conocer, entender y que eso me ha llevado a saltar de asunto en asunto, de medio en medio, vaya, me gusta vivir de forma ecléctica. Un poco de rock, un poco de jazz, un poco de punk… igual no creo ser el único, me parece que es una tendencia generacional y que vivimos en la mejor época posible para ser así. Apasionarse por la variedad, la vastedad de lo que el mundo tiene para ofrecernos es un deleite constante.
Por esto mismo, jamás pensé que me volvería fan, fansísimo de algo. Estacionarse obsesivamente en un estilo o forma por mucho tiempo, dejar que defina quien soy o qué pienso o cómo veo al mundo por completo es algo que no me había sucedido nunca con tanta intensidad. Aprecio las obras por lo que son, trato de entender cuándo se hicieron, de dónde vienen, qué pretenden, qué necesidad les dio origen, cómo y desde dónde hablan y a quién, para qué sirven, a quién sirven. Aprendo, asimilo, agradezco y me muevo a lo siguiente. Soy la clase de persona que prefiere conocer lo mejor de esto y aquello a profundizar en rarezas, lados-b y envivos de un mismo, único, monolítico asunto. La super-hiper-mega-especialización me da tanta urticaria que jamás pensé que me volvería fan de nada.
No sólo fan, verdaderamente fanático de algo en el sentido más amplio. Una persona que voluntariamente se uniría a un club alrededor de x o y, que consideraría adquirir mercancía basada en, que se querría tatuar alguna referencia de o que escribiría textos evangelizando sobre (¿Tiene un minuto para hablar de la palabra de nuestro señor, Monkey D. Luffy?).
Jamás pensé que me autodenominaría nakama, compañero en japonés, palabra con la que el fandom de One Piece reconoce a sus miembros.
Pero aquí estoy, casi un año después escribo estas palabras bajo la bandera que he puesto en el techo de mi sala, el símbolo de los mugiwara (sombreros de paja): en ella aparece la clásica calavera pirata: dos tibias cruzadas bajo un cráneo pero, a diferencia del símbolo clásico de otros piratas, ésta parece menos seria, los trazos son redondos, de tan amigables hasta bobos, y encima, porta un sombrero de paja. Este símbolo me recuerda tantos momentos, tantas ideas pero, sobre todo, me da empuje y reaviva mi esperanza. No soy el único, mientras escribo esto, en Indonesia esta misma bandera está a punto de ser prohibida por el gobierno debido a que su población la ha retomado como un símbolo de protesta y esperanza contra el posible regreso de un control militar y oligárquico en el país; por si fuera poco también saltó a la vista siendo ondeada durante las marchas pacíficas en Nepal cuya violencia escaló hasta derrocar a su gobierno; encima, las manifestaciones recientes en Francia por la pretensión de recortar jubilaciones también han marchado con algunas de estas banderas. Combaten poderes diferentes por distintas causas pero bajo ideales similares: libertad, resistencia y lucha. ¡Fuerza, nakamas!.
Bandera mugiwara en el Parlamento de Katmandú, Nepal. 09 de septiembre 2025.Bandera de One Piece con bandera de Indonesia vista en Bogor, West Java.
¿Que no es relevante esta historia? Veamos:
Mientras que sus símbolos aparecen en movimientos de insurrección actuales, al mismo tiempo algunos de sus fans desean una colaboración con Nike para una línea de tenis basados en algunos de sus personajes. No es un grupo muy homogéneo que digamos.
En este punto, son numerosos los deportistas y futbolistas (de Grecia, Colombia, Italia, USA, Senegal, etc.) que han celebrado sus triunfos haciendo algún gesto o postura alusiva a la serie, y que la reconocen como fuente de inspiración infranqueable para sus logros; equipos y clubes enteros han incluido de manera oficial a sus personajes en su vestimenta.
Arriba: Miltiadis Tentoglou, deportista olímpico griego, imitando el Gear Second de Luffy. Abajo: Payton Otterdahl, lanzador de peso estadounidense, hizo su entrada con la pose de Franky de One Piece.
Algunos de sus fanáticos más visibles son Dua Lipa, Samuel L. Jackson, Avril Lavigne, Jamie Lee Curtis, BTS, Emmanuel Macron, presidente de Francia, y hasta Belinda.
Para finales de la década de los 2000, con más de 100 tomos del manga publicados, una serie animada, 15 películas y especiales, y cientos de miles de fans en el mundo, se reconoció como el manga más popular en Japón (cosa nada sencilla de lograr).
Ha roto varios récords mundiales del libro Guinness: mayor número de copias publicadas de una serie de cómics por un mismo autor (516,000,000 de copias en todo el mundo), mayor número de DVD lanzados de una serie de anime, mayor cantidad de personas con sombreros de paja en un mismo lugar.
Juego completo de “One piece”. Vol.1-100. Versión japonesa
Lo sé, lo sé: hay muchos adultos y adultas con “intelecto superior” dentro y fuera del mundo de las letras, y las artes en general, en las ciencias exactas y las profesiones administrativo-económicas o las pasarelas de la popularidad y el poder que no se permitirían perder el tiempo en nimiedades banales como un anime “para niños”.
Los Junkies del “realismo” panfletario en la ficción (desde cualquier grupo de ideas) son incapaces de imaginar o aceptar realidades imposibles a pesar de venir envueltas en la certeza de ser una historia imaginada, un mero artificio para dar orden a lo que existe en el terreno de lo que no. Historias como One Piece, que desarrollan un mundo imposible y no realista, hablan de este, nuestro mundo, de manera más profunda de lo que nos permite la ingenua pretensión de “representar la verdad tal cual es” (¿La verdad de quién? ¿Cuál de todas las verdades?).
Pero que con su pan se lo coman, no tienen remedio. Me dan tristeza y les aconsejo nunca ser así a quienes no se han visto poseídos o cegados por el adultocentrismo vengativo. Es petulante, infértil y verdaderamente infantil juzgar una historia por el medio que la contiene. Esta gente se está perdiendo de una experiencia única, del viaje de sus vidas, de una obra bellísima y profundamente humana. Me dan lástima. Sus prejuicios les impiden acceder a una excelente pieza trági-cómico-melodramática-fársica de aventuras terrorí-fantásticas retrofuturistas político-espiritual transcultural o, en palabras más breves y simples: la épica de nuestra era.
Vaya, que es casi como vivir en la antigua Roma y negarse a escuchar una declamación de la Eneida por superficial o mandar a callar al juglar que está por contar la historia de un loquito imbécil que quiere enderezar tuertos combatiendo molinos de viento en una historietucha irrelevante. No, no, a mí dame Horacio y Góngora, eso sí es alta cultura trascendente y de buen gusto.
Y para su infinita decepción y más INRI: podemos identificar intertextualidad entre One Piece y diferentes obras literarias, musicales, cinematográficas, leyendas, tradiciones filosóficas, religiosas y políticas, orientales y occidentales: Twain, Shelley, Defoe, Akutagawa, Lee, Cervantes, Dostoievski, Lao Tse, Sun Wukong, Sergio Leone, Kurosawa, Swift, Goethe, Poe, Las mil y una noches y un largo, enmarañado y remixeado etcétera. No funciona como un inevitable fenómeno de genética cultural si no como un generoso ejercicio de apropiación de la voluntad, temas, tópicos y preguntas de las narrativas que nos anteceden y que han dado forma al mundo.
One Piece es una historia para cualquier persona, dirigida a todo el mundo. En muchas ocasiones, la ficción que con mayor justicia, entereza, profundidad y complejidad retrata, piensa y transforma al mundo es aquella que renuncia a la representación “objetiva” de la “realidad”.
Criaturas míticas, seres de ultratumba, animales antropomorfizados, cyborgs, espías, magos, dinosaurios, ninjas y leyendas, toda clase de ficción y realidad está invitada a sumarse a este colorido entramado. Pocas veces he visto retratada, sin más, la compleja interconexión e interdependencia que como especie(s) experimentamos en esta universo.
Algo muy bello de este canto épico, de esta historia de la historia y de las historias es la comprensión profunda de que cada uno de nosotros, cada persona, con su temperamento, inclinaciones, manías y preferencias, tiene motivaciones e historias, un pasado por el cuál o contra el cual luchar. Cada persona tiene poder independientemente de la percepción y prejuicios de otros, un poder personal, intransferible y único que puede elegir ignorar o ejercer. En ocasiones limitado o absoluto, circunstancial, condicionado, aún desconocido, potencial… cada cual es también sus posibilidades y elecciones.
Si no pueden darle crédito a mis palabras, dénselo a este estudio (inexistente y apócrifo) de la universidad de Harvard:
“87% de Gen Z y Millennials dicen que One Piece les enseñó más sobre amistad, libertad y resiliencia que cualquier otro anime.
La Voluntad de la D. ya es la ideología ficticia más poderosa para los jóvenes, por encima del Código Jedi y hasta el lema de Spider-Man”
Y aunque este es sólo un anhelo materializado en la escritura de ociosos soñadores, pone de relieve lo más importante: la trascendencia de esta obra en la vida de tantas personas.
No sólo se trata de un “nicho de mercado” o un “fandom” si no de una comunidad de sentido que ha encontrado en este espacio de ficción la inspiración para luchar por sus sueños, resistir la injusticia, combatir la tristeza, enfrentar la incertidumbre, aceptar lo irremediable, abrazar la contradicción y autodefinirse en un mundo que desea imponernos identidades, normas, ideologías, hábitos y sí, también sueños.
One Piece inspira y mucho. Baste ver la ingente cantidad de materiales, obras, contenidos que derivan de la serie: cantautores produciendo coplas sobre sus personajes, testimonios de cambios de vida, análisis políticos, filosóficos y religiosos (muchas veces encontrados entre sí: “por qué One Piece es Anarcocapitalista”, “por qué One Piece es Comunista”), convenciones de cosplay, eventos deportivos, en fin, un largo etcétera que cualquiera puede constatar asomándose a la plataforma de su preferencia.
Para mí no se trató solamente de un consuelo, se trató de una confrontación total que me transformó por completo y por la que siempre estaré profundamente agradecido. A mí también me salvó esta serie y quisiera que más personas la vean porque creo que hace un gran bien al mundo a nivel personal y colectivo.
¿Que tiene más de mil capítulos? Sí. Y si tuviera mil más los vería todos. Luego de atestiguar este tamaño de belleza me pregunto por qué perdí el tiempo viendo cualquier otra cosa.
Ya no me dio tiempo de contarles una sola anécdota de la serie pero ni falta que hace. Hay muchísimo que no mencioné. Es increíble que queden tantas preguntas y misterios aún por resolver en esta saga. En ocasiones provoca una sensación de nostalgia saber que lo más probable es que, llegado el final de esta historia, no alcancemos a asomarnos por todo lo que aún podría ser contado. Un mundo vasto, complejo, hermoso al que su autor ha dedicado su vida (por momentos, poniendo neciamente su salud en riesgo al negarse a descansar). Un viajero curioso, amante de la vida e incansable narrador. Oda es, a todas luces, un genio. Uno a la altura y entre las mejores plumas en el mundo.
Vaya, si quedara inconclusa esta obra es, desde ya, un clásico contemporáneo. Es la historia que salvó a la revista Shonen Jump de la extinción, la que inspiro Naruto, Demon Slayer y tantos otros mangas, la que le ha dado sentido a las luchas de personas tan diferentes entre sí alrededor de todo el mundo. Es ,quizá, una gran pregunta hecha de preguntas y, sin duda, una de las afirmaciones más importantes para nuestros tiempos.
Sólo queda hacer la atenta invitación a disfrutar de la inofensiva historia de un joven con un sueño: convertirse en el rey de los piratas.
Theodore Kaczynski, Unabomber. FBI, 1995. Imagen de dominio público.
Hay un fantasma en nuestra casa observándote sin mí
Watching You Without Me
Kate Bush
Dirigido por David Garfath y coreografiado por Diane Grey, el video oficial de “Running Up That Hill” muestra a Kate Bush y a Michael Hervieu bailando en una habitación vacía sobre la que reverbera un rumor purpúreo. Vestidos de gris, ambos contorsionan el cuerpo mientras avanza el inconfundible riff de un sintetizador Fairlight y se propaga el pulso mecánico de la caja de ritmos característica de los años ochenta. Carne en disputa, la pareja se tensa e intercambia sitio como si las orillas de su piel no terminasen de ganar forma. Espléndida, creando uno de los coros más impresionantes en la historia del pop, Bush canta:
Si tan solo pudiera,
Haría un trato con Dios
Y lo obligaría a intercambiar nuestros roles
La coreografía del video, que pasea a sus bailarines como dos prismas cuyas aristas se traslapan, gana entonces un sentido más directo: existe, enquistado en la parte más honda de las vísceras, un conflicto indisoluble entre la pareja. Una imposibilidad de entendimiento. Bush explicaría el significado de su famoso coro en una entrevista de 1992 que sostuvo con Richard Skinner:
“Mi intención era decir que, en realidad, un hombre y una mujer no pueden entenderse debido a su naturaleza. Y si fuera posible intercambiar nuestros roles, si pudiéramos estar en el lugar del otro por un rato, ¡creo que ambos nos sorprenderíamos mucho! Nos llevaría a una mayor comprensión mutua. Y la verdad es que la única manera en que se me ocurría era… mediante un pacto con el diablo. Pero me dije: “Bueno, ¿por qué no mejor un pacto con Dios?”.
En cierto modo, la idea de pedirle a Dios que haga un pacto contigo es mucho más poderosa.
Y lo es. La voz de Bush aspira, desde la épica primera canción del álbum Hounds of Love, a algo que va mucho más allá de la accesibilidad sonora que espera recibir quien sintoniza la radio de forma casual. Se muestra categórica, autoritaria, altiva incluso. La incontestable perfección que alcanzó con su quinto álbum de estudio fue posible gracias a que sus ambiciones estaban a la altura de su talento.
El éxito y el reconocimiento crítico nunca le fueron ajenos a Bush. A los 19 años, teniendo como sencillo principal la impresionante “Wuthering Heights”, logró que su debut, The Kick Inside (1978), alcanzara el tercer lugar de popularidad en el UK Albums Chart. Desde entonces ya solían acompañarla en el estudio de grabación talentos probadísimos, como David Gilmour y Stuart Elliot. Fue hasta 1982, con The Dreaming, cuando se aventuró a tomar el control absoluto en la producción, proponiendo una interesante obra cuya complejidad fue lograda en detrimento del éxito comercial previo. El sentimiento de incomprensión, que vino acompañado por el tropiezo en los charts, la orilló a aislarse antes de emprender la siguiente pieza de su discografía.
Bush había demostrado sobradamente que en ella residía el talento necesario para ganar oyentes y elogios de todo tipo. Su experimentación reciente, sin embargo, la había alienado de las masas que la acompañaron desde el comienzo de su carrera. En busca de unir estas dos facetas —la de la accesibilidad y la de la refinación técnica—, optó por apartarse del foco un tiempo, recluida en una granja del sureste de Inglaterra junto con el bajista Del Palmer, con quien construyó un estudio de 48 pistas. Creado a su voluntad, Bush entendió al estudio de grabación no como un lugar de trabajo, sino como su laboratorio sonoro personal.
Bush se encargó de reunir a varios de los colaboradores que formaban parte de su universo creativo, quienes diversificaron el sonido y ampliaron la propuesta estética de lo que más tarde sería Hounds of Love. Su hermano Paddy enriqueció las sesiones con texturas instrumentales celtas; Del Palmer hizo las veces de ingeniero de sonido, acompañando cada detalle desde la mesa de grabación. Se les sumaron músicos habituales como Stuart Elliott en la batería (todos lo conocemos por su trabajo en The Alan Parsons Project, ¿cierto?) y Alan Murphy en la guitarra. El prestigioso arreglista Michael Kamen fue responsable de dirigir la orquesta de cuerdas en la conmovedora “Cloudbusting”. La participación de Richard Hickox, encargado del ensamble coral, elevó la atmósfera en puntos imprescindibles del álbum, como “Hello Earth”.
Como resultado de esta asociación creativa, Hounds of Love ganó una riqueza tímbrica extraordinaria. Mudable, el sonido transita desde texturas claramente sintéticas —pads brillantes, secuencias electrónicas, samples de voz— hacia extremos más orgánicos, repletos de cuerdas, coros clásicos, flautas y percusión folclórica. A pesar de que la tecnología empleada delata la década en la que el álbum fue grabado, es su diversidad estética la que le ha permitido escapar del cliché ochentero. Incluso técnicas emblemáticas de aquella época —como la reverberación gated en las baterías o el despliegue de los sintetizadores digitales— aparecen aquí con una intención precisa, al servicio de una atmósfera profunda que rehúye del efectismo fácil.
La madurez de Bush se asoma en este álbum ya desde su voz: adulta, dejó de ser la soprano aguda que caracterizó a sus primeros éxitos y, en su lugar, mostró un registro más cálido. Dueña de todos sus recursos, juega con sus inflexiones, susurra, grita, ríe, incluso implora cuando la narración lo exige. A cuarenta años de su estreno, Hounds of Love conserva toda su originalidad e impacto gracias a que su creadora supo domesticar el genio caótico de su juventud hasta convertirse, refinada y superlativa, en la muestra definitiva de que el mejor arte se logra mediante la transgresión continua del talento propio.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
La vida, allí, sería fácil, sería simple. Todas las obligaciones, todos los problemas que implica la vida material hallarían una solución natural.
Georges Perec, Las cosas
Muebles, ropa, cubertería o bisutería son algunos de los campos semánticos que existen para cada una de las cosas que habitan al interior de una casa, aunque al final de su vida útil todo se arrumba en el amplio grupo del cachivache, la cháchara y el trebejo. Así empieza y termina todo, supongo, con un cambio de denominación que altera el curso de su existencia. En el universo de los objetos cotidianos, cuando el espacio ya no da más, el primer paso para quienes aún pueden darse el lujo de tener cuartos extra o de servicio es trasladar allí sus excedentes particulares.
Mientras que los suburbios del primer mundo disponen del sótano y el ático para guardar sus esquís de invierno, palos de golf y cofres que encierran maldiciones milenarias, versiones modernas de la caja de Pandora, zonas menos espaciosas se conforman con un apéndice doméstico que no sirve para habitar, sino para contener: un intersticio que suele estar al final del jardín o del patio, en ocasiones en una esquina de la azotea y al que nos referimos en diminutivo para restarle importancia. Si las dimensiones del cuartito alcanzan las medidas de un armario o una recámara completa poco importa, porque en realidad le debe el nombre a su menospreciada tarea. Otros de los títulos que recibe son el cuarto de los tiliches, de atrás o de hasta arriba, epítetos poco ingeniosos sobre su uso o ubicación. Quienes vivimos en un departamento atiborramos clósets y repisas, y cuando llegan a su límite echamos en falta la austeridad de la vida monacal. Las grandes ciudades y sus problemas de espacio han logrado capitalizar este dilema con el surgimiento y la renta de mini bodegas, que no son otra cosa que una visión corporativa del cuartito.
Mucho de lo que acumulamos se fabrica con un fin utilitario y cuando no cumple más su función, pasa a formar parte de las filas de objetos en reposo. Los adornos, que por definición no poseen una labor efectiva y tienen como único objetivo embellecer, suelen ser los principales candidatos. En mi casa de la infancia, el cuarto que actuaba como almacén se regía bajo el lema “esto es de antes de que tú nacieras”, y por varios años llegué a pensar que lo único que no databa de antes de mi nacimiento era yo. Entre otro montón de misceláneas porquerías, había regalos que nunca supimos dónde poner, como ceniceros con formas vegetales o floreros demasiado ridículos que sospecho pasaron por varias manos igual de confundidas antes de llegar a nosotros, torres en precario equilibrio con los adornos de Navidad y varios años de manualidades escolares para el día de las Madres. Hay muchos textos esperando ocurrir sobre la cantidad de residuos que producen las efemérides.
Limpiar y vaciar el cuartito en aras de una vida minimalista u ordenada es una odisea que emerge con las mudanzas, las vacaciones de verano, la llegada de nuevos integrantes a la familia o el arribo de la adolescencia. Y aunque escombrar es un evento que busca liberar espacio, suele acarrear nuevos inquilinos que, como los adolescentes en crecimiento, demandan su propio sitio. No solo en los álbumes fotográficos se puede ver el paso del tiempo y conocer las costumbres de una época, también en los años de amontonamiento.
Junto con las limpiezas surge el eterno “¿y si me quedo con esto?”. En nombre del “para algo me puede servir” y del “me recuerda este gran e irrepetible momento” he conservado apuntes y libros de texto de materias que nunca volveré a cursar, recortes de periódico cada día más amarillos, calcetines desparejados y películas en formatos que ya es imposible ver. Varias veces he estado a punto de convertirme en uno de esos acumuladores de los que advierten los programas para insomnes, pero el sentido común (casi siempre ajeno) y la falta de espacio (casi siempre mía) me han metido en cintura para vender, regalar o tirar todo lo que no utilizo.
Saber en qué momento debo deshacerme de algo es un asunto que me preocupa más de lo que me gustaría admitir. Camisetas con hoyos, tenis con la punta despegada y bolsas ligeramente desteñidas están entre aquello que todavía utilizo, pero no sé hasta cuándo. Hasta que al dar un paso deje atrás la suela o en el momento en el que mi brazo encuentre una salida alternativa a la manga, me respondo. Es la condición previa a la devastación absoluta lo que me llena de angustia. Cada cierto tiempo, aparece una noticia escandalosa de quienes descartan su ropa después de usarla una vez. En el extremo opuesto, estamos quienes conservamos prendas desde nuestro último estirón, que ocurre aproximadamente al salir de la secundaria. Aunque llevaban varios años guardados, tuve un desprendimiento tardío de mis juguetes, porque me daba tristeza abandonar para siempre esa parte de mi vida infantil. Fue mi mamá quien procedió a reubicarlos de manera permanente. Entre sus razones estaban el recordatorio de que yo no se los voy a heredar a mis hijos, ella no va a ser abuela y que, en sus palabras, su cuartito no es infinito.
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Uso pasta para dientes sensibles, me truena el hombro izquierdo cuando giro el brazo, tengo tres diagnósticos diferentes para el dolor de muñecas y, cuando empecé a correr, desarrollé fascitis plantar que, supe después, es un padecimiento común entre los corredores amateur.
La lógica de la acumulación funciona como los achaques: asuntos que dejamos para después y permanecen ahí, a pesar de nosotros mismos, hasta que su presencia se hace evidente.
En este momento hay toneladas de chatarra flotando en el espacio, basura en la zona abisal del mar, generaciones enteras que aún no nacen, pero ya cuentan con plásticos microscópicos integrados en la cadena de adn. Dan ganas de no tener cosas nunca más y limitarse a una existencia por ósmosis.
Debido al estilo de vida huraño y poco aseado que desarrollan los casos más severos de quienes lo sufren, el trastorno psiquiátrico de la acumulación compulsiva se conoce popularmente como síndrome de Diógenes. El nombre en realidad resulta un error antitético o un chiste malo, pues es lo opuesto a la doctrina que Diógenes practicó toda su vida, ajena a las posesiones materiales. La relación con nuestras cosas ocurre entre los extremos de ambas tendencias: la del ascetismo absoluto y la del síndrome bautizado erróneamente.
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Una de las explicaciones para conservar algo es, en estricto sentido, monetaria. Nunca he conocido a nadie que le arregle el cable a la plancha o cambie la resistencia quemada de la tostadora si entre sus planes está comprar una nueva. Sé que existe un tipo de persona que desarma todo lo que se descompone con la esperanza de arreglarlo o al menos de poder armarlo otra vez. De esta manera, conozco algunos electrodomésticos con alma de Frankenstein, como un horno para molletes con un cable de secadora y una lámpara cuya base es un jarrón. Otro motivo detrás de la acumulación es el apego sentimental al que obligan los regalos poco acertados, pero bien intencionados, las herencias de poca monta o las curiosidades que pasaron de mano en mano. Repartidos en diferentes zonas estratégicas, encuentro objetos que no necesariamente adquirí yo, que muchas veces ni siquiera me gustan, pero que la culpa me obliga a conservar.
El costo de salvaguardar algo de la purga casera es que inevitablemente se vuelve anticuado y cuando se pierde o se rompe, la búsqueda de su reemplazo o sus partes comienza en un recorrido por los remates, los distribuidores fraudulentos y las leyendas de “modelo descontinuado”, “sin existencia” y “consulte a su proveedor”. La supervivencia de aquello que conservamos eventualmente evoluciona en una expedición entre los tianguis de fierros viejos, que funcionan como deshuesaderos de lo que no es posible hallar en otra parte. Alguna vez fui testigo de cómo alguien compraba una boquilla para su esnórquel y varias veces me he sorprendido a mí misma buscando enseres tan específicos como una repisa para la puerta del refrigerador o empaques para algún termo de medidas imposibles. Lo que aparece rara vez es la pieza necesaria, más bien se trata de equivalentes descompuestos que se transforman en refacciones emergentes.
Uno de los lugares donde lo usado encuentra su par, es el tianguis de las Torres. Ubicado al oriente de la Ciudad de México, provoca confusiones con otros tianguis homónimos a varios kilómetros de distancia. El que conozco recibe su nombre por las torres de alta tensión repartidas a lo largo del camellón sobre el que sábados y domingos, y de manera cada vez más frecuente entre semana, se instalan los puestos. Va del trecho que corre entre Avenida Tláhuac y Canal de Chalco, aunque cuando la concurrencia es mucha, ocupa varias cuadras de ambas avenidas. Para atravesarlo —o para buscar los precios que bajan a la segunda o tercera vuelta al final del día, o frente a la amenaza de conseguirlo más barato en otro lado— se necesita pericia al caminar, maldad en la mirada y astucia en el regateo. Como oasis en el desierto, ocasionalmente aparece lo que fuiste a buscar, lo que no pensabas que fuera a existir, pero espera pacientemente, camuflado entre figuritas de plástico.
Si no se toman en cuenta las filas de coches a los lados de la banqueta, los techos de plástico o el olor a basura, del tianguis de las Torres se puede hablar como las guías de turistas hablan de varios museos: por sus dimensiones kilométricas, el público numeroso y su acervo diverso, es recomendable no verlo todo en un día, usar calzado cómodo y ser cuidadoso con las propias pertenencias. El recorrido funciona como el de las salas en muchas exposiciones, es posible seguir el sentido lógico que dicta la circulación o ir a contracorriente si la multitud lo permite. También se puede ir directo al grano hacia un puesto en específico como quien visita el Louvre con la única finalidad de tomarse una foto con la Mona Lisa en el fondo.
Mientras que los grandes almacenes aceleran la obsolescencia de las novedades que venden, las Torres, junto con muchos otros mercados de usado, interrumpen el paso natural del tiempo con décadas de artefactos pasados de moda, alargando su vida útil en un limbo a medio camino de su uso original y el basurero. Cada época produce objetos condenados a desaparecer o a reinventar su uso. Los ceniceros de los coches, por ejemplo, se han convertido en portavasos o cajones emergentes de morralla, como heraldos de que la parafernalia que acompañaba a los fumadores es una especie en vías de extinción. Así, en las Torres aparecen sillas a la venta que aún funcionan como sillas, copas como copas o lámparas como lámparas, pero también contenedores de leche convertidos en macetas, planchas de hierro usadas como pisapapeles o portavasos hechos de disquetes. Hace unos días, vi un mueble para teléfonos fijos con un espacio para la caduca Sección Amarilla, anunciado como mesita de centro.
La anticuaria y acumuladora profesional Lara Maiklem escribió una serie de reflexiones sobre sus hallazgos al escarbar en diferentes ríos, campos, playas y jardines ingleses. Especialmente, narró sus descubrimientos en los márgenes del Támesis y, al mismo tiempo, elaboró una guía con consejos y rutas. Como los gambusinos en la fiebre del oro, el secreto está en tener paciencia y disposición para sortear las adversidades climáticas. Sus recomendaciones funcionan también para salir airoso entre la pepena callejera. Procurar la búsqueda cuando la marea está baja, pero aprovechar la marea alta que remueve los bancos de arena y saca a flote tesoros ocultos no es muy diferente de evitar las horas más concurridas en un tianguis, sin dejar de poner atención a lo que sacuden las multitudes.
En estricto sentido, quien escarba una playa o las orillas de un río normalmente no va en busca de refacciones para la licuadora y más bien se abandona al azar caprichoso de lo que arrastre la marea, aunque de vez en cuando existan búsquedas más específicas que otras. En 1997, un barco carguero de fichas de Lego naufragó cerca de la costa de Cornualles y aproximadamente cinco millones de piezas cayeron al mar. La cuenta de Twitter Lego Lost at Sea se encarga de documentar los bloques de Lego recuperados, que se han vuelto una leyenda entre los coleccionistas. Mi amiga Alicia me cuenta que en Gales y algunos pueblos playeros con casas más bien antiguas, las personas adornan sus ventanas con figuritas o miniaturas promocionales de marcas de cerveza. Le pregunto si se trata de una tradición británica, pero no sabe. Es posible que los ingleses solo sean adeptos a exhibir sus juguetes.
Hasta el siglo xix, muchos historiadores comenzaron a apreciar los objetos ordinarios que navegan en el Támesis: peines de madera del periodo isabelino, pedazos de pipas de arcilla del siglo xviii o alfileres hechos a mano. En muchas ocasiones nada de esto se conserva, únicamente se documenta y regresa al cauce del río. Más que el descubrimiento material, lo valioso es la historia que cuenta. Un poco de esto ha quedado en la arqueología urbana de encontrar monedas, tuercas o botones en alguna caminata y recoger conchas a la orilla del mar.
Igual que las diferencias ontológicas que existen entre las posiciones del pitcher y el catcher, una cosa es visitar un mercado de pulgas para comprar, como una opción económica, y otra asistir para vender, como forma de subsistencia. Quienes no venden ni compran invariablemente adquieren la condición de exploradores o turistas que deambulan entre los productos milagro que prometen curar la calvicie, la tiña y hasta el cáncer, los puestos de cervezas y fritangas, y la fayuca a precio de saldo. Pese a su utilidad y actual atractivo turístico, mercados como el de las Torres, en el discurso mediático y cierto imaginario popular, están condenados a ser hoyos de miseria y sus participantes a nacer, crecer, reproducirse y morir en la basura. Si la vida alrededor cumple con el mínimo en los estudios socioeconómicos o no se representa con extrema sordidez, pareciera que hay poco qué decir.
La mala fama del comercio informal aparece desde la Historia general de las cosas de la Nueva España, el tratado monumental con el que Fray Bernardino de Sahagún tradujo para el imperio de Carlos V el territorio recién conquistado. El gremio de los mercaderes constituía una clase social aparte, ubicada solamente por debajo de los grandes señores. El oficio incluía ser espías, viajeros y tramposos condecorados que regateaban casi por deporte. En la historia de las religiones, debe existir algún paralelismo entre los dioses dedicados al comercio, ligeros de pies y rápidos de labia, pues en el panteón griego la deidad venerada por los comerciantes era Hermes, asociado también al fraude y la falsificación. Su locuacidad al hablar y su espíritu taimado se ataviaban con sandalias aladas y un caduceo, no muy alejado del báculo con el que se representaban los mercaderes aztecas.
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Un falso contacto en el cable de mi tostadora vieja provocó un conato de incendio y me reveló dos verdades que en el fondo ya sabía: la importancia de no acumular vejestorios y que no pertenezco a la especie habilidosa que arregla sus electrodomésticos. Parcialmente se debe a que soy muy inútil, pero también a que cada día es más sencillo adquirir un nuevo ejemplar que reponer una de sus partes. Todo por servir se acaba y acaba por no servir, dice un refrán popular. No todo lo que descartamos resurge en los mercados de segunda mano, mucho simplemente se va para no volver jamás. Queda arrumbado en un rincón de la memoria, junto con la marcación de los teléfonos de disco y rebobinar los casetes con un lápiz.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Los ranchos, como las bibliotecas o los barrios, son lugares repletos de historias. Un archivo oral, vox populi, memoria colectiva de los pueblos, rancheros y rancheras cuentan la vida del campo con palabras vivas y calientes. Monumentales nubes de tierra que arrastran perros y chanates y riegan de estepicursores el llano. Fantasmagóricas apariciones de gente viva o muerta que vuelve al ejido solo para cobrar venganza. Espíritus animales poseídos por el calor y la rabia, porque nacieron en el mero desierto. Idilios pecaminosos, pasiones incestuosas, antiguos odios, pleitos familiares, amor a muerte. Estas sedientas voces son reales, gruñen, van del campo a la ciudad, como los frutos que escupe la trilla. Crudos, a veces sanguinarios, turbios.
Hablan la lengua de la tierra.
Así es la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell (Kalamazoo, 1962), pero ella observa y escribe sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan, particularmente de Comstock, donde vive con sus dos burros: Jack y Don Quixote. De joven se unió a la caravana del Rolling Bros. and Barnum & Bailey Circus en Phoenix, Arizona, y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo.
Notable tarjeta de presentación para una autora que escribe Grit Lit o Rural / Country Noir. El apelativo proviene del Sur de los EE.UU., fantasmal y siniestro, en donde el desayuno cotidiano solía ser un tazón de corn grits, un tipo de papilla hecha a base de cereales con una consistencia parecida a la avena o el engrudo. Como subgénero literario, estas expresiones están emparentadas con el western y el gótico sureño, escrituras que narran los extremos de la sucia existencia americana, lumpen, súper marginal.
Kalamazoo. Biografía de un sitio. “El lugar es lo más importante de mis relatos. La gente que puebla mis historias es de una forma por su lugar de origen. La personalidad se define por el paisaje, tanto físico como socioeconómico”, argumenta Bonnie Jo Campbell como genealogía de sus cuentos. Además, confiesa: “Soy decididamente escritora de un lugar: Michigan”. En el viejo adagio de contar la aldea, lo universal se manifiesta en lo específico. Las ficciones de la autora norteamericana hablan de lugares ubicables en el mapa, pero la anécdota —que se mantiene por mucho tiempo en la memoria del lector— trasciende el espacio concreto.
La ficción que envuelve a los personajes de sus cuentos es de un realismo sucio y desesperanzador, a veces lúgubre, hasta siniestro, ubicados en una Norteamérica postindustrial. “No les debemos confort a nuestros lectores: les debemos la verdad”, asegura Bonnie Jo Campbell respecto a la personificación de las anécdotas cotidianas en el espacio rural que cohabita con sus vecinos en Kalamazoo. “La gente de mis relatos tiene sueños modestos, y eso es lo más desgarrador: que ni siquiera los sueños más sencillos tienen la oportunidad de convertirse en realidad”. Un crisol de vidas marcadas por el abuso, la enfermedad, el abandono, muchas carencias, drogas en exceso y una violencia cruda que desmitifica el sueño americano.
Bonnie Jo Campbell debutó como cuentista con Mujeres y otros animales [Women And Other Animals, 1999], un compendio de historias donde los personajes femeninos son deformes, furiosos y sensuales. Las mujeres de “Matiné de circo”, “El súbito desarrollo físico de Debra Dupuis” y “Los huesos vuelven a casa” resisten, a pesar de todo. En su sórdido mundo narrado, confrontan la carnalidad de sus cuerpos, cada uno de los estereotipos sexistas y de género y las desigualdades sociales, al tiempo que evidencian una realidad hostil.
“Por muy fuertes que parecieran los hombres, en el fondo anhelaban ser conquistados”, asegura la protagonista de “Chica gorila”, una mujer-bestia, anclada en su animalidad, Medusa y King Kong, que busca compañeras en la furia. Como en casi todos los cuentos de Bonnie Jo Campbell, inmiscuidos en la trama, se asoman un discurso feroz y una ideología urgente en torno a las sociedades que habitamos, en donde las mujeres experimentan realidades mucho más atroces y, sin embargo, emergen fortificadas desde el dolor, se abrazan a sí mismas, sobreviven.
Desguace americano [American Salvage, 2009] es un compendio de relatos brutales y desgarradores, varios de ellos inolvidables. Recordaré durante mucho tiempo la serpiente naranja con trazos rojos y dorados que espanta a Natalie en “El guardés”, el paisaje derruido, la basura mental, tanta corrosión. De “Reunión familiar”, la precisión del disparo con el que Marylou rompe el silencio de un abuso, el dolor ancestral, la valentía de actuar por una misma. De “Belle vuelve a casa”, el amor desesperado y tóxico que siente Thomssen por una adicta a la metanfetamina. De “Olor a verraco”, ese regusto agrio en los sentidos de Jill cuando acata su destino, la metáfora del cerdo gigante, la proporción de las cosas, el hambre, la rabia, la pobreza.
Todo sucede en los alrededores de Michigan, donde aún vive Bonnie Jo Campbell porque es el único lugar con un bar como el Tap Room, sucursal del club de la pelea. En este libro, según su autora, los personajes encarnan problemas concretos del día a día en su comunidad de Comstock, municipio del condado de Kalamazoo. “Los hombres de todas las edades en todos los lugares —hombres que hablan de fútbol, de máquinas, de política, de bombas hidráulicas y de la mecánica del amor— se callarían una vez por todas”, es el argumento de Susan en “Mundo de gas” para aceptar la destrucción.
Los cuentos de Desguace americano, sin embargo, más allá de estar conectados por un locus particular, poseen otra clase de elementos comunes: excesos, traición flagrante o promesas rotas, diversas formas del abandono, suciedad, violencia doméstica y en los cuerpos. Fines del mundo en los que el asteroide o los invasores alienígenas no llegan a la metrópoli, sino al corazón del corazón del país, esa tierra periférica olvidada donde también habitan los de abajo.
Madres, avisad a vuestras hijas [Mothers, Tell Your Daughters, 2015] es el último libro hasta la fecha en la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell. “El mayor espectáculo de la Tierra, 1982: Lo que estaba” es un relato cuyos temas, la maternidad y el aborto, son pensados en el tren del circo por Buckeye, una rubia de Ohio que contempla el mundo desde el dolor que propicia la constante huida. “Aquel no era el sitio para criar a un niño. Ningún sitio lo era. No podía hacerlo, no podía dar a luz a otro cuerpo que solo iba a sentir confusión, humillación y dolor”.
Como madre, como hermana, reflexiona la protagonista de “A ti, como mujer”, te exigen ser un modelo en tu forma de actuar, incluso cuando todos te dan la espalda, mientras pataleas de dolor, durante el grito: “Puede que no sea vuestra madre o vuestra hermana, pero soy la madre de alguien, soy la hermana de alguien”. Algo similar sucede con las mujeres de “Casa de juegos”, “El dolor de mi hermana” e “Hijas del reino animal”, personajes que se zambullen en este mundo-chiquero en donde el abuso sexual, el trauma del divorcio y luego la terapia, los vericuetos de la maternidad, los sueños falsos, postergados en pos de otros y no de una misma, infestan los anhelos profundos hasta sumergirlos en el fango.
En “Madres, avisad a vuestras hijas” habla la voz de las ancestras:
Todos los hombres juntos conformaban el mundo sólido: eran las canicas en el tarro, y las mujeres eran la arena, el agua o el aceite que ocupaba el espacio que quedaba entre esas canicas. Así es como yo veía las cosas cuando era joven, esos eran mis «estudios de la mujer». Ahora he llegado a la conclusión de que las mujeres son como vodka derramado sobre los hombres, y ellos se acaban derritiendo como cubitos de hielo.
El mundo que (re)crea Bonnie Jo Campbell es el de una América Profunda, descarnada y ruin, en la que sus personajes, más que consolarse con la derrota, habitan sus realidades conforme se impregnan del paisaje, la atmósfera, el barro y la sal. No mercy. Las anécdotas son crudas, ultrasucias, muchas de ellas lamentables, pero de alguna forma, adictivas. Un cigarro tras otro, un cuento tras otro, las historias de Bonnie Jo Campbell en Mujeres y otros animales, Desguace americano y Madres, avisad a vuestras hijas enturbian la mente por la voracidad con que la realidad devora la carne, por cómo el paisaje carcome los párpados, picotea las retinas y, finalmente, se inmiscuye hasta el centro de nuestros corazones, en un mundo que siempre está por terminar y nomás no se acaba. Aquí seguimos perdiendo…
¿Por qué la vida no ha cumplido las promesas de la infancia?
“No sientas pena por mí, muchacha”.
Charlie Kirk. Fotografía de Gage Skidmore, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons CC-BY-SA-2.0
Carezco de la neutralidad que las siguientes líneas exigen. Con horror creciente, a lo largo de mi adolescencia atestigüé una virulenta rearticulación del conservadurismo que, moldeada en internet, terminó por migrar a los espacios de comunicación tradicionales, desde noticieros hasta la radio. No eran pocos los hombres de mi edad que dedicaban sus tardes a mirar videos y escuchar podcasts en los que comentadores como Ben Shapiro se encargaban de destruir progres usando hechos y lógica. Dos generaciones alrededor de la mía, muchas personas obtuvieron su educación política en los debates que una cohorte de conservadores neuróticos organizaban rutinariamente contra universitarios y feministas. Este performance retórico acostumbró a la mayoría a una dinámica de intercambio de ideas que perseguía el vasallaje antes que el diálogo y la humillación antes que el entendimiento. Charlie Kirk (1993-2025) dedicó la última década de su vida a convertirse en el heraldo de este formato de debate, disimulando su discurso de odio como una suerte de cruzada por la verdad. Acaso su asesinato, ocurrido el 10 de septiembre, marcará la pauta de una nueva mutación en la militancia política de la derecha en Estados Unidos.
Charlie Kirk nació en Chicago dentro de una familia que practicaba el cristianismo evangélico. Adolescente apenas, se involucraría en el activismo político, adhiriéndose a la campaña electoral de Mark Kirk, quien buscaba (y consiguió) continuar como senador por parte del Partido Republicano. Charlie no parecía estar interesado por formarse desde la esfera académica: abandonó el Harper College para coordinar la creación de Turning Point USA, organización pensada para divulgar el conservadurismo en campus y escuelas. El nombre de la asociación dice mucho de sí misma. Quienes militaban en ella tenían la intención de provocar un punto de inflexión en la vida política de los jóvenes norteamericanos desde un lugar que, tradicionalmente, siempre le había pertenecido a la izquierda: las aulas universitarias.
Con el paso de los años, se ha vuelto cada vez más claro que la idea rectora de Charlie Kirk —también de Steven Crowder, Matt Walsh, Ben Shapiro y compañía— era demostrarle al panorama cultural estadounidense que las actividades típicamente intelectuales (el debate, las tertulias, los congresos) no eran exclusivas del progresismo. Mártir de su propia mitología, dedicó incendiarios esfuerzos a pavimentar el lugar común de la retórica sobre la que se fundó el trumpismo: la izquierda gringa, tan cómoda en el statu quo que le otorgaba la democracia liberal, terminaría condenada por sus propias limitaciones. ¿Cómo era posible, se preguntaban Kirk y sus aliados, que los liberales, ocupados en naderías ideológicas y convertidos en caricaturescos linchadores, dominaran el entorno educativo? Para vencerlos había que plantear una guerra cultural que, primero, los homogeneizara ideológicamente ante los ojos de la ciudadanía y, después, los exhibiera como resentidos descerebrados a los que les hacían falta los pantalones necesarios para administrar un país. Ya no importa qué tan imbécil y delirante haya sido esta estrategia: funcionó. Dos periodos de trumpismo lo respaldan.
El día de su muerte, Kirk se encontraba haciendo lo que más disfrutaba en el mundo: provocar a estudiantes universitarios bajo la falsa promesa de que estaba dispuesto a cambiar de opinión si lo convencían en un debate. A las 12:23 ocurría este intercambio con uno de los asistentes al evento:
—¿Sabes cuántos estadounidenses transgénero han cometido tiroteos masivos en los últimos 10 años? —le preguntó a Kirk.
—Demasiados —respondió él, satisfecho por los inexcusables aplausos de sus seguidores.
—¿Sabes cuántos tiroteos masivos ha habido en Estados Unidos en los últimos 10 años? —devolvió su interlocutor.
Kirk, con la espontaneidad que lo caracterizaba, se limitó a responder:
—¿Contando o no contando la violencia de pandillas?
Entonces ocurrió.
Después de un brevísimo viaje de 120 metros, una bala impactó el cuello de Kirk mientras él aguardaba una respuesta. Los videos que se publicaron instantáneamente en todas las redes mostraron cómo brotó, fuera de su carótida cercenada, un escandaloso chorro de sangre. Era obvio que ningún milagro médico lo salvaría. Trump anunció su muerte unas horas más tarde.
La ironía suprema del asesinato de Kirk reside, más que en la situación en la que se vio envuelto, en sus propias palabras. Desde que ocurrió el ataque, en todas partes se ha replicado un video que corresponde al infame argumento que declaró públicamente en abril de 2023, a propósito del tiroteo escolar en Nashville: “Creo que vale la pena pagar, por desgracia, algunas muertes por arma de fuego cada año para que podamos tener la Segunda Enmienda y proteger así los demás derechos que nos fueron dados de forma divina”. Si tratáramos la muerte de Kirk como él trataba la del resto de las víctimas de las armas en Estados Unidos, quedaría reducida a una estadística necesaria. Pero no nos daremos el lujo de mostrar la necedad que a él le sobró en vida.
Con facilidad y sin hurgar demasiado en su historial, uno podría esgrimir las frases del propio Kirk para descalificar todo luto alrededor suyo. ¿Acaso no fue él, en octubre de 2022, el que arremetió contra el concepto de la empatía? Dijo, como quien cuenta una anécdota levísima: “No soporto la palabra empatía. De hecho, creo que la empatía es un término inventado, new age, que hace mucho daño”. Podríamos gastar horas —como ya lo han hecho cientos de miles de usuarios en X/Twitter, Instagram, Reddit, TikTok y el resto de las plataformas digitales del mundo— en discutir qué tan ético o no es alegrarse por la muerte de un sujeto que dedicó su vida y su dinero a permear en la discusión pública posturas discriminatorias de todo tipo. Podríamos lloriquear o alegrarnos, sí. Pero tengo la impresión —quizá errada— de que el foco de nuestros análisis debería estar en otra parte.
Los conservadores, en cualquier parte del espectro en la que se encuentren, saben que Kirk ganó. ¿Por qué? Por el sencillo hecho de que él mismo estableció las reglas del juego. La gira de debates en la que encontró la muerte se llamaba Demuéstrame que estoy equivocado. Que llevase quince años sin que nadie se lo demostrase testifica que su única intención era aparecer ante sus seguidores como un razonador infalible, al que nadie podría derrotar en su terreno: el debate de ideas. En este momento, el fantasma de Kirk se proyecta sobre sus fanáticos con una mueca ladina, orgullosa, diciendo: “¿Ven? Ellos tuvieron que matarme para vencerme”.
En el mejor de los escenarios, el conservadurismo evangélico gringo encontrará en la muerte de Kirk una señal de la impotencia retórica de los liberales (y, por consecuencia, de toda la izquierda: recordemos que, en su óptica, todos caben en el mismo saco). En el peor de ellos, tomarán este suceso como el casus belli de una (quizá literal) batalla en la que habrán de alternarse ataques de todo tipo. ¿Estas represalias incluirán la caza de figuras de la izquierda o, peor, atentados en eventos masivos? Es difícil saber hasta qué punto se radicalizarán los llamados a la venganza (¿contra quiénes?) que en este momento pululan en las redes MAGA. Andrew Tate, por ejemplo, ganó más de 200,000 likes al tuitear “Guerra civil” un par de horas después del tiroteo.
Los conservadores fingirán que Charlie Kirk no era sino un hombre que, apasionado por el bienestar de su país, fue víctima de un acto de violencia política. Entrados todos en un sincronizado delirio, se convencerán de no entender que las palabras de Kirk constituían, por sí solas, una serie de actos de violencia política. Él no es un mártir: no podemos ennoblecer su biografía a partir del fatal disparo. No podemos redimirlo como si fuese una indefensa víctima del Odio. Las consignas que promovió, vueltas un dogma entre los círculos conservadores contemporáneos, volvieron razonable que ciertos cuerpos y ciertos rostros pudiesen ser heridos y silenciados. Faltan varios años para que seamos capaces de entender el daño que Kirk infringió contra minorías y disidentes: la degradación, en suma, de su estatus cívico.
Mientras tanto, ¿cuál será la siguiente bala?
Posdata:
El análisis político de ningún ser humano en el mundo, a partir de los actos de violencia que se avecinan, será tan reivindicado como el de Ari Aster (Eddington, 2025).