Tierra Adentro
Portada de "American Salvage", Bonnie Jo Campbell. W. W. Norton & Company, 2009.
Portada de “American Salvage”, Bonnie Jo Campbell. W. W. Norton & Company, 2009.

Los ranchos, como las bibliotecas o los barrios, son lugares repletos de historias. Un archivo oral, vox populi, memoria colectiva de los pueblos, rancheros y rancheras cuentan la vida del campo con palabras vivas y calientes. Monumentales nubes de tierra que arrastran perros y chanates y riegan de estepicursores el llano. Fantasmagóricas apariciones de gente viva o muerta que vuelve al ejido solo para cobrar venganza. Espíritus animales poseídos por el calor y la rabia, porque nacieron en el mero desierto. Idilios pecaminosos, pasiones incestuosas, antiguos odios, pleitos familiares, amor a muerte. Estas sedientas voces son reales, gruñen, van del campo a la ciudad, como los frutos que escupe la trilla. Crudos, a veces sanguinarios, turbios. 

Hablan la lengua de la tierra. 

Así es la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell (Kalamazoo, 1962), pero ella observa y escribe sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan, particularmente de Comstock, donde vive con sus dos burros: Jack y Don Quixote. De joven se unió a la caravana del Rolling Bros. and Barnum & Bailey Circus en Phoenix, Arizona, y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo. 

Notable tarjeta de presentación para una autora que escribe Grit Lit o Rural / Country Noir. El apelativo proviene del Sur de los EE.UU., fantasmal y siniestro, en donde el desayuno cotidiano solía ser un tazón de corn grits, un tipo de papilla hecha a base de cereales con una consistencia parecida a la avena o el engrudo. Como subgénero literario, estas expresiones están emparentadas con el western y el gótico sureño, escrituras que narran los extremos de la sucia existencia americana, lumpen, súper marginal. 

Kalamazoo. Biografía de un sitio. “El lugar es lo más importante de mis relatos. La gente que puebla mis historias es de una forma por su lugar de origen. La personalidad se define por el paisaje, tanto físico como socioeconómico”, argumenta Bonnie Jo Campbell como genealogía de sus cuentos. Además, confiesa: “Soy decididamente escritora de un lugar: Michigan”. En el viejo adagio de contar la aldea, lo universal se manifiesta en lo específico. Las ficciones de la autora norteamericana hablan de lugares ubicables en el mapa, pero la anécdota —que se mantiene por mucho tiempo en la memoria del lector— trasciende el espacio concreto. 

La ficción que envuelve a los personajes de sus cuentos es de un realismo sucio y desesperanzador, a veces lúgubre, hasta siniestro, ubicados en una Norteamérica postindustrial. “No les debemos confort a nuestros lectores: les debemos la verdad”, asegura Bonnie Jo Campbell respecto a la personificación de las anécdotas cotidianas en el espacio rural que cohabita con sus vecinos en Kalamazoo. “La gente de mis relatos tiene sueños modestos, y eso es lo más desgarrador: que ni siquiera los sueños más sencillos tienen la oportunidad de convertirse en realidad”. Un crisol de vidas marcadas por el abuso, la enfermedad, el abandono, muchas carencias, drogas en exceso y una violencia cruda que desmitifica el sueño americano. 

Bonnie Jo Campbell debutó como cuentista con Mujeres y otros animales [Women And Other Animals, 1999], un compendio de historias donde los personajes femeninos son deformes, furiosos y sensuales. Las mujeres de “Matiné de circo”, “El súbito desarrollo físico de Debra Dupuis” y “Los huesos vuelven a casa” resisten, a pesar de todo. En su sórdido mundo narrado, confrontan la carnalidad de sus cuerpos, cada uno de los estereotipos sexistas y de género y las desigualdades sociales, al tiempo que evidencian una realidad hostil. 

“Por muy fuertes que parecieran los hombres, en el fondo anhelaban ser conquistados”, asegura la protagonista de “Chica gorila”, una mujer-bestia, anclada en su animalidad, Medusa y King Kong, que busca compañeras en la furia. Como en casi todos los cuentos de Bonnie Jo Campbell, inmiscuidos en la trama, se asoman un discurso feroz y una ideología urgente en torno a las sociedades que habitamos, en donde las mujeres experimentan realidades mucho más atroces y, sin embargo, emergen fortificadas desde el dolor, se abrazan a sí mismas, sobreviven. 

Desguace americano [American Salvage, 2009] es un compendio de relatos brutales y desgarradores, varios de ellos inolvidables. Recordaré durante mucho tiempo la serpiente naranja con trazos rojos y dorados que espanta a Natalie en “El guardés”, el paisaje derruido, la basura mental, tanta corrosión. De “Reunión familiar”, la precisión del disparo con el que Marylou rompe el silencio de un abuso, el dolor ancestral, la valentía de actuar por una misma. De “Belle vuelve a casa”, el amor desesperado y tóxico que siente Thomssen por una adicta a la metanfetamina. De “Olor a verraco”, ese regusto agrio en los sentidos de Jill cuando acata su destino, la metáfora del cerdo gigante, la proporción de las cosas, el hambre, la rabia, la pobreza. 

Todo sucede en los alrededores de Michigan, donde aún vive Bonnie Jo Campbell porque es el único lugar con un bar como el Tap Room, sucursal del club de la pelea. En este libro, según su autora, los personajes encarnan problemas concretos del día a día en su comunidad de Comstock, municipio del condado de Kalamazoo. “Los hombres de todas las edades en todos los lugares —hombres que hablan de fútbol, de máquinas, de política, de bombas hidráulicas y de la mecánica del amor— se callarían una vez por todas”, es el argumento de Susan en “Mundo de gas” para aceptar la destrucción.

Los cuentos de Desguace americano, sin embargo, más allá de estar conectados por un locus particular, poseen otra clase de elementos comunes: excesos, traición flagrante o promesas rotas, diversas formas del abandono, suciedad, violencia doméstica y en los cuerpos. Fines del mundo en los que el asteroide o los invasores alienígenas no llegan a la metrópoli, sino al corazón del corazón del país, esa tierra periférica olvidada donde también habitan los de abajo. 

Madres, avisad a vuestras hijas [Mothers, Tell Your Daughters, 2015] es el último libro hasta la fecha en la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell. “El mayor espectáculo de la Tierra, 1982: Lo que estaba” es un relato cuyos temas, la maternidad y el aborto, son pensados en el tren del circo por Buckeye, una rubia de Ohio que contempla el mundo desde el dolor que propicia la constante huida. “Aquel no era el sitio para criar a un niño. Ningún sitio lo era. No podía hacerlo, no podía dar a luz a otro cuerpo que solo iba a sentir confusión, humillación y dolor”. 

Como madre, como hermana, reflexiona la protagonista de “A ti, como mujer”, te exigen ser un modelo en tu forma de actuar, incluso cuando todos te dan la espalda, mientras pataleas de dolor, durante el grito: “Puede que no sea vuestra madre o vuestra hermana, pero soy la madre de alguien, soy la hermana de alguien”. Algo similar sucede con las mujeres de “Casa de juegos”, “El dolor de mi hermana” e “Hijas del reino animal”, personajes que se zambullen en este mundo-chiquero en donde el abuso sexual, el trauma del divorcio y luego la terapia, los vericuetos de la maternidad, los sueños falsos, postergados en pos de otros y no de una misma, infestan los anhelos profundos hasta sumergirlos en el fango. 

En “Madres, avisad a vuestras hijas” habla la voz de las ancestras: 

Todos los hombres juntos conformaban el mundo sólido: eran las canicas en el tarro, y las mujeres eran la arena, el agua o el aceite que ocupaba el espacio que quedaba entre esas canicas. Así es como yo veía las cosas cuando era joven, esos eran mis «estudios de la mujer». Ahora he llegado a la conclusión de que las mujeres son como vodka derramado sobre los hombres, y ellos se acaban derritiendo como cubitos de hielo. 

El mundo que (re)crea Bonnie Jo Campbell es el de una América Profunda, descarnada y ruin, en la que sus personajes, más que consolarse con la derrota, habitan sus realidades conforme se impregnan del paisaje, la atmósfera, el barro y la sal. No mercy. Las anécdotas son crudas, ultrasucias, muchas de ellas lamentables, pero de alguna forma, adictivas. Un cigarro tras otro, un cuento tras otro, las historias de Bonnie Jo Campbell en Mujeres y otros animales, Desguace americano y Madres, avisad a vuestras hijas enturbian la mente por la voracidad con que la realidad devora la carne, por cómo el paisaje carcome los párpados, picotea las retinas y, finalmente, se inmiscuye hasta el centro de nuestros corazones, en un mundo que siempre está por terminar y nomás no se acaba. Aquí seguimos perdiendo… 

¿Por qué la vida no ha cumplido las promesas de la infancia?  

“No sientas pena por mí, muchacha”.