Tierra Adentro
Charlie Kirk. Fotografía de Gage Skidmore, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons CC-BY-SA-2.0
Charlie Kirk. Fotografía de Gage Skidmore, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons CC-BY-SA-2.0

Carezco de la neutralidad que las siguientes líneas exigen. Con horror creciente, a lo largo de mi adolescencia atestigüé una virulenta rearticulación del conservadurismo que, moldeada en internet, terminó por migrar a los espacios de comunicación tradicionales, desde noticieros hasta la radio. No eran pocos los hombres de mi edad que dedicaban sus tardes a mirar videos y escuchar podcasts en los que comentadores como Ben Shapiro se encargaban de destruir progres usando hechos y lógica. Dos generaciones alrededor de la mía, muchas personas obtuvieron su educación política en los debates que una cohorte de conservadores neuróticos organizaban rutinariamente contra universitarios y feministas. Este performance retórico acostumbró a la mayoría a una dinámica de intercambio de ideas que perseguía el vasallaje antes que el diálogo y la humillación antes que el entendimiento. Charlie Kirk (1993-2025) dedicó la última década de su vida a convertirse en el heraldo de este formato de debate, disimulando su discurso de odio como una suerte de cruzada por la verdad. Acaso su asesinato, ocurrido el 10 de septiembre, marcará la pauta de una nueva mutación en la militancia política de la derecha en Estados Unidos.  

Charlie Kirk nació en Chicago dentro de una familia que practicaba el cristianismo evangélico. Adolescente apenas, se involucraría en el activismo político, adhiriéndose a la campaña electoral de Mark Kirk, quien buscaba (y consiguió) continuar como senador por parte del Partido Republicano. Charlie no parecía estar interesado por formarse desde la esfera académica: abandonó el Harper College para coordinar la creación de Turning Point USA, organización pensada para divulgar el conservadurismo en campus y escuelas. El nombre de la asociación dice mucho de sí misma. Quienes militaban en ella tenían la intención de provocar un punto de inflexión en la vida política de los jóvenes norteamericanos desde un lugar que, tradicionalmente, siempre le había pertenecido a la izquierda: las aulas universitarias. 

Con el paso de los años, se ha vuelto cada vez más claro que la idea rectora de Charlie Kirk —también de Steven Crowder, Matt Walsh, Ben Shapiro y compañía— era demostrarle al panorama cultural estadounidense que las actividades típicamente intelectuales (el debate, las tertulias, los congresos) no eran exclusivas del progresismo. Mártir de su propia mitología, dedicó incendiarios esfuerzos a pavimentar el lugar común de la retórica sobre la que se fundó el trumpismo: la izquierda gringa, tan cómoda en el statu quo que le otorgaba la democracia liberal, terminaría condenada por sus propias limitaciones. ¿Cómo era posible, se preguntaban Kirk y sus aliados, que los liberales, ocupados en naderías ideológicas y convertidos en caricaturescos linchadores, dominaran el entorno educativo? Para vencerlos había que plantear una guerra cultural que, primero, los homogeneizara ideológicamente ante los ojos de la ciudadanía y, después, los exhibiera como resentidos descerebrados a los que les hacían falta los pantalones necesarios para administrar un país. Ya no importa qué tan imbécil y delirante haya sido esta estrategia: funcionó. Dos periodos de trumpismo lo respaldan. 

El día de su muerte, Kirk se encontraba haciendo lo que más disfrutaba en el mundo: provocar a estudiantes universitarios bajo la falsa promesa de que estaba dispuesto a cambiar de opinión si lo convencían en un debate. A las 12:23 ocurría este intercambio con uno de los asistentes al evento: 

—¿Sabes cuántos estadounidenses transgénero han cometido tiroteos masivos en los últimos 10 años? —le preguntó a Kirk.

—Demasiados —respondió él, satisfecho por los inexcusables aplausos de sus seguidores. 

—¿Sabes cuántos tiroteos masivos ha habido en Estados Unidos en los últimos 10 años? —devolvió su interlocutor.  

Kirk, con la espontaneidad que lo caracterizaba, se limitó a responder:

—¿Contando o no contando la violencia de pandillas?

Entonces ocurrió. 

Después de un brevísimo viaje de 120 metros, una bala impactó el cuello de Kirk mientras él aguardaba una respuesta. Los videos que se publicaron instantáneamente en todas las redes mostraron cómo brotó, fuera de su carótida cercenada, un escandaloso chorro de sangre. Era obvio que ningún milagro médico lo salvaría. Trump anunció su muerte unas horas más tarde.

La ironía suprema del asesinato de Kirk reside, más que en la situación en la que se vio envuelto, en sus propias palabras. Desde que ocurrió el ataque, en todas partes se ha replicado un video que corresponde al infame argumento que declaró públicamente en abril de 2023, a propósito del tiroteo escolar en Nashville: “Creo que vale la pena pagar, por desgracia, algunas muertes por arma de fuego cada año para que podamos tener la Segunda Enmienda y proteger así los demás derechos que nos fueron dados de forma divina”. Si tratáramos la muerte de Kirk como él trataba la del resto de las víctimas de las armas en Estados Unidos, quedaría reducida a una estadística necesaria. Pero no nos daremos el lujo de mostrar la necedad que a él le sobró en vida. 

Con facilidad y sin hurgar demasiado en su historial, uno podría esgrimir las frases del propio Kirk para descalificar todo luto alrededor suyo. ¿Acaso no fue él, en octubre de 2022, el que arremetió contra el concepto de la empatía? Dijo, como quien cuenta una anécdota levísima: “No soporto la palabra empatía. De hecho, creo que la empatía es un término inventado, new age, que hace mucho daño”. Podríamos gastar horas —como ya lo han hecho cientos de miles de usuarios en X/Twitter, Instagram, Reddit, TikTok y el resto de las plataformas digitales del mundo— en discutir qué tan ético o no es alegrarse por la muerte de un sujeto que dedicó su vida y su dinero a permear en la discusión pública posturas discriminatorias de todo tipo. Podríamos lloriquear o alegrarnos, sí. Pero tengo la impresión —quizá errada— de que el foco de nuestros análisis debería estar en otra parte. 

Los conservadores, en cualquier parte del espectro en la que se encuentren, saben que Kirk ganó. ¿Por qué? Por el sencillo hecho de que él mismo estableció las reglas del juego. La gira de debates en la que encontró la muerte se llamaba Demuéstrame que estoy equivocado. Que llevase quince años sin que nadie se lo demostrase testifica que su única intención era aparecer ante sus seguidores como un razonador infalible, al que nadie podría derrotar en su terreno: el debate de ideas. En este momento, el fantasma de Kirk se proyecta sobre sus fanáticos con una mueca ladina, orgullosa, diciendo: “¿Ven? Ellos tuvieron que matarme para vencerme”. 

En el mejor de los escenarios, el conservadurismo evangélico gringo encontrará en la muerte de Kirk una señal de la impotencia retórica de los liberales (y, por consecuencia, de toda la izquierda: recordemos que, en su óptica, todos caben en el mismo saco). En el peor de ellos, tomarán este suceso como el casus belli de una (quizá literal) batalla en la que habrán de alternarse ataques de todo tipo. ¿Estas represalias incluirán la caza de figuras de la izquierda o, peor, atentados en eventos masivos? Es difícil saber hasta qué punto se radicalizarán los llamados a la venganza (¿contra quiénes?) que en este momento pululan en las redes MAGA. Andrew Tate, por ejemplo, ganó más de 200,000 likes al tuitear “Guerra civil” un par de horas después del tiroteo. 

Los conservadores fingirán que Charlie Kirk no era sino un hombre que, apasionado por el bienestar de su país, fue víctima de un acto de violencia política. Entrados todos en un sincronizado delirio, se convencerán de no entender que las palabras de Kirk constituían, por sí solas, una serie de actos de violencia política. Él no es un mártir: no podemos ennoblecer su biografía a partir del fatal disparo. No podemos redimirlo como si fuese una indefensa víctima del Odio. Las consignas que promovió, vueltas un dogma entre los círculos conservadores contemporáneos, volvieron razonable que ciertos cuerpos y ciertos rostros pudiesen ser heridos y silenciados. Faltan varios años para que seamos capaces de entender el daño que Kirk infringió contra minorías y disidentes: la degradación, en suma, de su estatus cívico. 

Mientras tanto, ¿cuál será la siguiente bala?

Posdata: 

El análisis político de ningún ser humano en el mundo, a partir de los actos de violencia que se avecinan, será tan reivindicado como el de Ari Aster (Eddington, 2025).