Los relingos. Ensayos sobre los mercados de pulgas y otros artefactos inútiles
Apología de la basura
La vida, allí, sería fácil, sería simple. Todas las obligaciones, todos los problemas que implica la vida material hallarían una solución natural.
Georges Perec, Las cosas
Muebles, ropa, cubertería o bisutería son algunos de los campos semánticos que existen para cada una de las cosas que habitan al interior de una casa, aunque al final de su vida útil todo se arrumba en el amplio grupo del cachivache, la cháchara y el trebejo. Así empieza y termina todo, supongo, con un cambio de denominación que altera el curso de su existencia. En el universo de los objetos cotidianos, cuando el espacio ya no da más, el primer paso para quienes aún pueden darse el lujo de tener cuartos extra o de servicio es trasladar allí sus excedentes particulares.
Mientras que los suburbios del primer mundo disponen del sótano y el ático para guardar sus esquís de invierno, palos de golf y cofres que encierran maldiciones milenarias, versiones modernas de la caja de Pandora, zonas menos espaciosas se conforman con un apéndice doméstico que no sirve para habitar, sino para contener: un intersticio que suele estar al final del jardín o del patio, en ocasiones en una esquina de la azotea y al que nos referimos en diminutivo para restarle importancia. Si las dimensiones del cuartito alcanzan las medidas de un armario o una recámara completa poco importa, porque en realidad le debe el nombre a su menospreciada tarea. Otros de los títulos que recibe son el cuarto de los tiliches, de atrás o de hasta arriba, epítetos poco ingeniosos sobre su uso o ubicación. Quienes vivimos en un departamento atiborramos clósets y repisas, y cuando llegan a su límite echamos en falta la austeridad de la vida monacal. Las grandes ciudades y sus problemas de espacio han logrado capitalizar este dilema con el surgimiento y la renta de mini bodegas, que no son otra cosa que una visión corporativa del cuartito.
Mucho de lo que acumulamos se fabrica con un fin utilitario y cuando no cumple más su función, pasa a formar parte de las filas de objetos en reposo. Los adornos, que por definición no poseen una labor efectiva y tienen como único objetivo embellecer, suelen ser los principales candidatos. En mi casa de la infancia, el cuarto que actuaba como almacén se regía bajo el lema “esto es de antes de que tú nacieras”, y por varios años llegué a pensar que lo único que no databa de antes de mi nacimiento era yo. Entre otro montón de misceláneas porquerías, había regalos que nunca supimos dónde poner, como ceniceros con formas vegetales o floreros demasiado ridículos que sospecho pasaron por varias manos igual de confundidas antes de llegar a nosotros, torres en precario equilibrio con los adornos de Navidad y varios años de manualidades escolares para el día de las Madres. Hay muchos textos esperando ocurrir sobre la cantidad de residuos que producen las efemérides.
Limpiar y vaciar el cuartito en aras de una vida minimalista u ordenada es una odisea que emerge con las mudanzas, las vacaciones de verano, la llegada de nuevos integrantes a la familia o el arribo de la adolescencia. Y aunque escombrar es un evento que busca liberar espacio, suele acarrear nuevos inquilinos que, como los adolescentes en crecimiento, demandan su propio sitio. No solo en los álbumes fotográficos se puede ver el paso del tiempo y conocer las costumbres de una época, también en los años de amontonamiento.
Junto con las limpiezas surge el eterno “¿y si me quedo con esto?”. En nombre del “para algo me puede servir” y del “me recuerda este gran e irrepetible momento” he conservado apuntes y libros de texto de materias que nunca volveré a cursar, recortes de periódico cada día más amarillos, calcetines desparejados y películas en formatos que ya es imposible ver. Varias veces he estado a punto de convertirme en uno de esos acumuladores de los que advierten los programas para insomnes, pero el sentido común (casi siempre ajeno) y la falta de espacio (casi siempre mía) me han metido en cintura para vender, regalar o tirar todo lo que no utilizo.
Saber en qué momento debo deshacerme de algo es un asunto que me preocupa más de lo que me gustaría admitir. Camisetas con hoyos, tenis con la punta despegada y bolsas ligeramente desteñidas están entre aquello que todavía utilizo, pero no sé hasta cuándo. Hasta que al dar un paso deje atrás la suela o en el momento en el que mi brazo encuentre una salida alternativa a la manga, me respondo. Es la condición previa a la devastación absoluta lo que me llena de angustia. Cada cierto tiempo, aparece una noticia escandalosa de quienes descartan su ropa después de usarla una vez. En el extremo opuesto, estamos quienes conservamos prendas desde nuestro último estirón, que ocurre aproximadamente al salir de la secundaria. Aunque llevaban varios años guardados, tuve un desprendimiento tardío de mis juguetes, porque me daba tristeza abandonar para siempre esa parte de mi vida infantil. Fue mi mamá quien procedió a reubicarlos de manera permanente. Entre sus razones estaban el recordatorio de que yo no se los voy a heredar a mis hijos, ella no va a ser abuela y que, en sus palabras, su cuartito no es infinito.
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Uso pasta para dientes sensibles, me truena el hombro izquierdo cuando giro el brazo, tengo tres diagnósticos diferentes para el dolor de muñecas y, cuando empecé a correr, desarrollé fascitis plantar que, supe después, es un padecimiento común entre los corredores amateur.
La lógica de la acumulación funciona como los achaques: asuntos que dejamos para después y permanecen ahí, a pesar de nosotros mismos, hasta que su presencia se hace evidente.
En este momento hay toneladas de chatarra flotando en el espacio, basura en la zona abisal del mar, generaciones enteras que aún no nacen, pero ya cuentan con plásticos microscópicos integrados en la cadena de adn. Dan ganas de no tener cosas nunca más y limitarse a una existencia por ósmosis.
Debido al estilo de vida huraño y poco aseado que desarrollan los casos más severos de quienes lo sufren, el trastorno psiquiátrico de la acumulación compulsiva se conoce popularmente como síndrome de Diógenes. El nombre en realidad resulta un error antitético o un chiste malo, pues es lo opuesto a la doctrina que Diógenes practicó toda su vida, ajena a las posesiones materiales. La relación con nuestras cosas ocurre entre los extremos de ambas tendencias: la del ascetismo absoluto y la del síndrome bautizado erróneamente.
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Una de las explicaciones para conservar algo es, en estricto sentido, monetaria. Nunca he conocido a nadie que le arregle el cable a la plancha o cambie la resistencia quemada de la tostadora si entre sus planes está comprar una nueva. Sé que existe un tipo de persona que desarma todo lo que se descompone con la esperanza de arreglarlo o al menos de poder armarlo otra vez. De esta manera, conozco algunos electrodomésticos con alma de Frankenstein, como un horno para molletes con un cable de secadora y una lámpara cuya base es un jarrón. Otro motivo detrás de la acumulación es el apego sentimental al que obligan los regalos poco acertados, pero bien intencionados, las herencias de poca monta o las curiosidades que pasaron de mano en mano. Repartidos en diferentes zonas estratégicas, encuentro objetos que no necesariamente adquirí yo, que muchas veces ni siquiera me gustan, pero que la culpa me obliga a conservar.
El costo de salvaguardar algo de la purga casera es que inevitablemente se vuelve anticuado y cuando se pierde o se rompe, la búsqueda de su reemplazo o sus partes comienza en un recorrido por los remates, los distribuidores fraudulentos y las leyendas de “modelo descontinuado”, “sin existencia” y “consulte a su proveedor”. La supervivencia de aquello que conservamos eventualmente evoluciona en una expedición entre los tianguis de fierros viejos, que funcionan como deshuesaderos de lo que no es posible hallar en otra parte. Alguna vez fui testigo de cómo alguien compraba una boquilla para su esnórquel y varias veces me he sorprendido a mí misma buscando enseres tan específicos como una repisa para la puerta del refrigerador o empaques para algún termo de medidas imposibles. Lo que aparece rara vez es la pieza necesaria, más bien se trata de equivalentes descompuestos que se transforman en refacciones emergentes.
Uno de los lugares donde lo usado encuentra su par, es el tianguis de las Torres. Ubicado al oriente de la Ciudad de México, provoca confusiones con otros tianguis homónimos a varios kilómetros de distancia. El que conozco recibe su nombre por las torres de alta tensión repartidas a lo largo del camellón sobre el que sábados y domingos, y de manera cada vez más frecuente entre semana, se instalan los puestos. Va del trecho que corre entre Avenida Tláhuac y Canal de Chalco, aunque cuando la concurrencia es mucha, ocupa varias cuadras de ambas avenidas. Para atravesarlo —o para buscar los precios que bajan a la segunda o tercera vuelta al final del día, o frente a la amenaza de conseguirlo más barato en otro lado— se necesita pericia al caminar, maldad en la mirada y astucia en el regateo. Como oasis en el desierto, ocasionalmente aparece lo que fuiste a buscar, lo que no pensabas que fuera a existir, pero espera pacientemente, camuflado entre figuritas de plástico.
Si no se toman en cuenta las filas de coches a los lados de la banqueta, los techos de plástico o el olor a basura, del tianguis de las Torres se puede hablar como las guías de turistas hablan de varios museos: por sus dimensiones kilométricas, el público numeroso y su acervo diverso, es recomendable no verlo todo en un día, usar calzado cómodo y ser cuidadoso con las propias pertenencias. El recorrido funciona como el de las salas en muchas exposiciones, es posible seguir el sentido lógico que dicta la circulación o ir a contracorriente si la multitud lo permite. También se puede ir directo al grano hacia un puesto en específico como quien visita el Louvre con la única finalidad de tomarse una foto con la Mona Lisa en el fondo.
Mientras que los grandes almacenes aceleran la obsolescencia de las novedades que venden, las Torres, junto con muchos otros mercados de usado, interrumpen el paso natural del tiempo con décadas de artefactos pasados de moda, alargando su vida útil en un limbo a medio camino de su uso original y el basurero. Cada época produce objetos condenados a desaparecer o a reinventar su uso. Los ceniceros de los coches, por ejemplo, se han convertido en portavasos o cajones emergentes de morralla, como heraldos de que la parafernalia que acompañaba a los fumadores es una especie en vías de extinción. Así, en las Torres aparecen sillas a la venta que aún funcionan como sillas, copas como copas o lámparas como lámparas, pero también contenedores de leche convertidos en macetas, planchas de hierro usadas como pisapapeles o portavasos hechos de disquetes. Hace unos días, vi un mueble para teléfonos fijos con un espacio para la caduca Sección Amarilla, anunciado como mesita de centro.
La anticuaria y acumuladora profesional Lara Maiklem escribió una serie de reflexiones sobre sus hallazgos al escarbar en diferentes ríos, campos, playas y jardines ingleses. Especialmente, narró sus descubrimientos en los márgenes del Támesis y, al mismo tiempo, elaboró una guía con consejos y rutas. Como los gambusinos en la fiebre del oro, el secreto está en tener paciencia y disposición para sortear las adversidades climáticas. Sus recomendaciones funcionan también para salir airoso entre la pepena callejera. Procurar la búsqueda cuando la marea está baja, pero aprovechar la marea alta que remueve los bancos de arena y saca a flote tesoros ocultos no es muy diferente de evitar las horas más concurridas en un tianguis, sin dejar de poner atención a lo que sacuden las multitudes.
En estricto sentido, quien escarba una playa o las orillas de un río normalmente no va en busca de refacciones para la licuadora y más bien se abandona al azar caprichoso de lo que arrastre la marea, aunque de vez en cuando existan búsquedas más específicas que otras. En 1997, un barco carguero de fichas de Lego naufragó cerca de la costa de Cornualles y aproximadamente cinco millones de piezas cayeron al mar. La cuenta de Twitter Lego Lost at Sea se encarga de documentar los bloques de Lego recuperados, que se han vuelto una leyenda entre los coleccionistas. Mi amiga Alicia me cuenta que en Gales y algunos pueblos playeros con casas más bien antiguas, las personas adornan sus ventanas con figuritas o miniaturas promocionales de marcas de cerveza. Le pregunto si se trata de una tradición británica, pero no sabe. Es posible que los ingleses solo sean adeptos a exhibir sus juguetes.
Hasta el siglo xix, muchos historiadores comenzaron a apreciar los objetos ordinarios que navegan en el Támesis: peines de madera del periodo isabelino, pedazos de pipas de arcilla del siglo xviii o alfileres hechos a mano. En muchas ocasiones nada de esto se conserva, únicamente se documenta y regresa al cauce del río. Más que el descubrimiento material, lo valioso es la historia que cuenta. Un poco de esto ha quedado en la arqueología urbana de encontrar monedas, tuercas o botones en alguna caminata y recoger conchas a la orilla del mar.
Igual que las diferencias ontológicas que existen entre las posiciones del pitcher y el catcher, una cosa es visitar un mercado de pulgas para comprar, como una opción económica, y otra asistir para vender, como forma de subsistencia. Quienes no venden ni compran invariablemente adquieren la condición de exploradores o turistas que deambulan entre los productos milagro que prometen curar la calvicie, la tiña y hasta el cáncer, los puestos de cervezas y fritangas, y la fayuca a precio de saldo. Pese a su utilidad y actual atractivo turístico, mercados como el de las Torres, en el discurso mediático y cierto imaginario popular, están condenados a ser hoyos de miseria y sus participantes a nacer, crecer, reproducirse y morir en la basura. Si la vida alrededor cumple con el mínimo en los estudios socioeconómicos o no se representa con extrema sordidez, pareciera que hay poco qué decir.
La mala fama del comercio informal aparece desde la Historia general de las cosas de la Nueva España, el tratado monumental con el que Fray Bernardino de Sahagún tradujo para el imperio de Carlos V el territorio recién conquistado. El gremio de los mercaderes constituía una clase social aparte, ubicada solamente por debajo de los grandes señores. El oficio incluía ser espías, viajeros y tramposos condecorados que regateaban casi por deporte. En la historia de las religiones, debe existir algún paralelismo entre los dioses dedicados al comercio, ligeros de pies y rápidos de labia, pues en el panteón griego la deidad venerada por los comerciantes era Hermes, asociado también al fraude y la falsificación. Su locuacidad al hablar y su espíritu taimado se ataviaban con sandalias aladas y un caduceo, no muy alejado del báculo con el que se representaban los mercaderes aztecas.
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Un falso contacto en el cable de mi tostadora vieja provocó un conato de incendio y me reveló dos verdades que en el fondo ya sabía: la importancia de no acumular vejestorios y que no pertenezco a la especie habilidosa que arregla sus electrodomésticos. Parcialmente se debe a que soy muy inútil, pero también a que cada día es más sencillo adquirir un nuevo ejemplar que reponer una de sus partes. Todo por servir se acaba y acaba por no servir, dice un refrán popular. No todo lo que descartamos resurge en los mercados de segunda mano, mucho simplemente se va para no volver jamás. Queda arrumbado en un rincón de la memoria, junto con la marcación de los teléfonos de disco y rebobinar los casetes con un lápiz.

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