Tierra Adentro

No puedo dejarte saber lo que ha ocurrido

Hay un fantasma en nuestra casa observándote sin mí

Watching You Without Me

Kate Bush

Dirigido por David Garfath y coreografiado por Diane Grey, el video oficial de “Running Up That Hill” muestra a Kate Bush y a Michael Hervieu bailando en una habitación vacía sobre la que reverbera un rumor purpúreo. Vestidos de gris, ambos contorsionan el cuerpo mientras avanza el inconfundible riff de un sintetizador Fairlight y se propaga el pulso mecánico de la caja de ritmos característica de los años ochenta. Carne en disputa, la pareja se tensa e intercambia sitio como si las orillas de su piel no terminasen de ganar forma. Espléndida, creando uno de los coros más impresionantes en la historia del pop, Bush canta: 

Si tan solo pudiera,

Haría un trato con Dios 

Y lo obligaría a intercambiar nuestros roles

La coreografía del video, que pasea a sus bailarines como dos prismas cuyas aristas se traslapan, gana entonces un sentido más directo: existe, enquistado en la parte más honda de las vísceras, un conflicto indisoluble entre la pareja. Una imposibilidad de entendimiento. Bush explicaría el significado de su famoso coro en una entrevista de 1992 que sostuvo con Richard Skinner: 

“Mi intención era decir que, en realidad, un hombre y una mujer no pueden entenderse debido a su naturaleza. Y si fuera posible intercambiar nuestros roles, si pudiéramos estar en el lugar del otro por un rato, ¡creo que ambos nos sorprenderíamos mucho! Nos llevaría a una mayor comprensión mutua. Y la verdad es que la única manera en que se me ocurría era… mediante un pacto con el diablo. Pero me dije: “Bueno, ¿por qué no mejor un pacto con Dios?”.

En cierto modo, la idea de pedirle a Dios que haga un pacto contigo es mucho más poderosa.

Y lo es. La voz de Bush aspira, desde la épica primera canción del álbum Hounds of Love, a algo que va mucho más allá de la accesibilidad sonora que espera recibir quien sintoniza la radio de forma casual. Se muestra categórica, autoritaria, altiva incluso. La incontestable perfección que alcanzó con su quinto álbum de estudio fue posible gracias a que sus ambiciones estaban a la altura de su talento. 

El éxito y el reconocimiento crítico nunca le fueron ajenos a Bush. A los 19 años, teniendo como sencillo principal la impresionante “Wuthering Heights”, logró que su debut, The Kick Inside (1978), alcanzara el tercer lugar de popularidad en el UK Albums Chart. Desde entonces ya solían acompañarla en el estudio de grabación talentos probadísimos, como David Gilmour y Stuart Elliot. Fue hasta 1982, con The Dreaming, cuando se aventuró a tomar el control absoluto en la producción, proponiendo una interesante obra cuya complejidad fue lograda en detrimento del éxito comercial previo. El sentimiento de incomprensión, que vino acompañado por el tropiezo en los charts, la orilló a aislarse antes de emprender la siguiente pieza de su discografía. 

Bush había demostrado sobradamente que en ella residía el talento necesario para ganar oyentes y elogios de todo tipo. Su experimentación reciente, sin embargo, la había alienado de las masas que la acompañaron desde el comienzo de su carrera. En busca de unir estas dos facetas —la de la accesibilidad y la de la refinación técnica—, optó por apartarse del foco un tiempo, recluida en una granja del sureste de Inglaterra junto con el bajista Del Palmer, con quien construyó un estudio de 48 pistas. Creado a su voluntad, Bush entendió al estudio de grabación no como un lugar de trabajo, sino como su laboratorio sonoro personal. 

Bush se encargó de reunir a varios de los colaboradores que formaban parte de su universo creativo, quienes diversificaron el sonido y ampliaron la propuesta estética de lo que más tarde sería Hounds of Love. Su hermano Paddy enriqueció las sesiones con texturas instrumentales celtas; Del Palmer hizo las veces de ingeniero de sonido, acompañando cada detalle desde la mesa de grabación. Se les sumaron músicos habituales como Stuart Elliott en la batería (todos lo conocemos por su trabajo en The Alan Parsons Project, ¿cierto?) y Alan Murphy en la guitarra. El prestigioso arreglista Michael Kamen fue responsable de dirigir la orquesta de cuerdas en la conmovedora “Cloudbusting”. La participación de Richard Hickox, encargado del ensamble coral, elevó la atmósfera en puntos imprescindibles del álbum, como “Hello Earth”.

Como resultado de esta asociación creativa, Hounds of Love ganó una riqueza tímbrica extraordinaria. Mudable, el sonido transita desde texturas claramente sintéticas —pads brillantes, secuencias electrónicas, samples de voz— hacia extremos más orgánicos, repletos de cuerdas, coros clásicos, flautas y percusión folclórica. A pesar de que la tecnología empleada delata la década en la que el álbum fue grabado, es su diversidad estética la que le ha permitido escapar del cliché ochentero. Incluso técnicas emblemáticas de aquella época —como la reverberación gated en las baterías o el despliegue de los sintetizadores digitales— aparecen aquí con una intención precisa, al servicio de una atmósfera profunda que rehúye del efectismo fácil. 

La madurez de Bush se asoma en este álbum ya desde su voz: adulta, dejó de ser la soprano aguda que caracterizó a sus primeros éxitos y, en su lugar, mostró un registro más cálido. Dueña de todos sus recursos, juega con sus inflexiones, susurra, grita, ríe, incluso implora cuando la narración lo exige. A cuarenta años de su estreno, Hounds of Love conserva toda su originalidad e impacto gracias a que su creadora supo domesticar el genio caótico de su juventud hasta convertirse, refinada y superlativa, en la muestra definitiva de que el mejor arte se logra mediante la transgresión continua del talento propio.