En la sala de parto del hospital de Longsight, suburbio de Burnage, Peggie Gallagher da a luz a su segundo hijo mientras el sonido del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, a su vez, alumbra la contracultura y expande el lenguaje musical del rock. Manchester, 1967. If this is not fucking true…, al menos es la historia que Noel cuenta sobre su nacimiento. Cinco años y medio después nace Liam, su hermano menor, con quien comparte habitación hasta los diecisiete en su casa de Ashburne Avenue. Paul, el primogénito de Peggie y Tommy Gallagher, tiene una historia aparte, pero en casa siempre gozó de un cuarto propio, bastard.
Supersonic. The Complete, Authorized and Uncut Interviews (2021):
De Liam, dice Noel: “Liam is a fucking major pain in the arse… there isn’t actually a word that could adequately sum up his fucking buffoonery”. De Noel, dice Liam: “He was a bit of a stoner, a bit of a loner, one of them people that you’d throw stones at”. De sus hermanitos, Paul Gallagher dice: “Noel was quiet, moody, skinny, withdrawn, he kept himself to himself. Then you’ve got Liam who is a livewire. Imagine Zebedee from the Magic Roundabout versus, I don’t know, Mickey Mouse? You got a lot of noise”.
D’you know what I mean?
En casa, al centro-sur de Manchester, Tommy Gallagher escondía una guitarra detrás de la puerta del living room. Nadie tocaba el instrumento. ¿Cómo llegó a la sala y por qué no la notaron en tanto tiempo? Ninguno de los Gallagher lo puede responder aún, pero en ese entonces Noel se apropió de esa guitarra y la convirtió en su refugio. “Dad is a shit dad and a shit husband but I must kind of credit him for the musical side of us”. Tommy Gallagher era un DJ reconocido entre la comunidad irlandesa en Manchester y tocaba irish music, country and western en los pubs de la ciudad, en ocasiones acompañado por sus hijos.
Cuando Noel descubre la marihuana y los riffs de The Jam y The Smiths, concibe en la música una forma de escapismo: “Everything I ever wanted in life was coming out of the speakers and I was playing along to it and it was going somewhere I felt, it was great”. Las horas encerrado en su habitación, cierta introspección cannábica y quizás hasta un acérrimo trauma causado por violencia intrafamiliar, convierten a Noel en un letrista egomaníaco que pondría su vida en manos de una rock ’n’ roll band.
En el caso de Liam, la música entra en su mente por un martillazo en el cráneo. “With a hammer, yeah, that was in St. Mark’s”. Una riña escolar, clásico. Se vieron a la salida. Los chicos fumaban en la esquina, platicaban con la hermana de uno de ellos cuando alguien de la pandilla rival llegó a ofenderla y Liam lo enfrentó. Ella tenía doce años; ellos, quince. De alguna parte de su hoodie, el bravucón sacó un pequeño martillo y con él golpeó a Liam en la cabeza. Griterío, estampida, sangre. Algo hizo click, se rompió y se abrió. “I started hearing music, it started making sense”. Por primera vez, Liam escuchó música. “I know it sound stupid, I probably said it before, but whoever he is, thank you”.
Según Noel, la vida en familia funcionaba como un episodio de The Royle Family, pero con mucha más violencia y tensión. Era el final de la década de los setenta y el principio de los ochenta, luego vendría Margaret Thatcher, la recesión y el desempleo en el Reino Unido. Peggie y Tommy Gallagher se divorciaron y no había mucho más qué hacer en Manchester además de meterse en problemas. “Smoke weed, sniff glue, listen to music, go to football”. Eso era todo. Unos jovencísimos Noel y Liam Gallagher tenían el escenario puesto para volverse estrellas de rock, si no morían o se mataban en el intento.
Por entonces, Paul estaba inmiscuido a tope con The Jam. Noel escuchaba sin parar a The Smiths y a los Sex Pistols. Liam descubría Madchester en las canciones de los Stones Roses, “Lucy In The Sky With Diamonds”, la Beatlemanía antes de los diecinueve. Los tres hermanos Gallagher eran cejones y usaban el cabello de hongo, crecieron entre las costumbres irlandesas y heredaron cierta forma de hablar y cantar que los identificaría en el futuro. Toda la vida han sido hinchas del club azul de su ciudad y la música, como las drogas, estaba en cada pub cruzando Longsight Market.
The Apollo, 1980. El primer gig al que Noel Gallagher asistió ya con una sensibilidad desarrollada en la música fue uno de The Damned. En ese mismo venue, Stiff Little Fingers, Public Image y U2. El primero de Liam es fundacional: The Stone Roses en el International One de Longsight a finales de los ochenta. “They weren’t dressed in leather necks or like The Cure or The Smiths and that. I always found them bands little bit fucking odd because they weren’t dressed like me. Then when I saw the Roses and the Mondays, I thought, ‘You know what? I’ll stop throwing stones and gobbing at them’, because they look a little bit like us”.
Durante ese gig, Liam Gallagher fundó Oasis:
—I’m going to be famous one day, Mam.
—Are you? —preguntó Peggie—. Get off your bloody arse and get out and get a job.
—Oh, no, Mam —respondió Liam—. I’m telling you: I’m going to be really famous one day and you’re gonna be really proud of me.
—Am I? Well, I hope it’s before I start pushing up daisies, because we need money now. What are you going to do, Liam?
—I’m a singer.
—I never heard you singing.
—I’m going to be in a band.
El resto es biblio/musico/hemerografía. Anti-Claus 28 gig. The Mondays, The Stone Roses y James. Madchester, penúltimo día de mayo, 1988. En el International Two, antes llamado Carousel, también se conocieron Peggie y Tommy Gallagher. Era un viejo salón irlandés de baile y Noel estaba en el balcón escuchando a los Stones cuando vio a Graham Lambert, guitarrista de Inspiral Carpets, grabando el concierto en una cinta. Noel Gallagher terminó uniéndose a la banda como roadie y giraría con ellos por Estados Unidos durante dos años.
Entretanto, Liam Gallagher perseguía el sueño de ser un rockstar. “I wanted it so fucking bad, man, and I was just obsessed with being in a band, just ob-fucking-sessed, man”. Conoció a Bonehead, a Tony McCarroll y a Paul “Guigsy” McGuigan y formaron The Rain. Cerveza, música y football. En Madchester solo había dos opciones: United vs. City. La vida en el pub and stuff. Recientemente, la banda había despedido a Chris Hutton, el vocalista, y necesitaban un frontman. “Right, look, do you want to be in this band?”, le propusieron a Liam el puesto de cantante. “Yeah, but we’ll have to change that fucking name tough ‘cause it’s terrible”, respondió el menor de los Gallagher. “So, for the record: I was never in a band called The Rain”.
Cuando Noel volvió de la gira con Inspiral Carpets, Liam lo invitó como songwriter a su nueva banda: Oasis. Un nombre es un nombre, pero hay dos versiones de la historia. La primera es una broma más entre los hermanos Gallagher: “Unfortunately the fucking singer decides to tell somebody that I had an Inspiral Carpets tour poster up on my wall and on it was a place they played in Swindon called the Oasis Centre”. La segunda versión es un punto ubicable en la geografía de una ciudad como su soundtrack.
En algún punto de Market Street, en el centro de Manchester, estaba el Underground Market. “Oasis” era un local que vendía tenis Adidas —fundamentales en el Madchester look—, y a donde acudían Noel y Liam Gallagher a comprar su ropa. Quizás el póster de Inspiral Carpets estuvo (o no) en las paredes del cuarto de Noel, pero en ese pequeño establecimiento del Affleck’s Palace, Liam encontró una forma para nombrarse rockstar. Una canción de Happy Mondays. Un puesto de kebab. Una cuadrilla de taxis. La palabra Oasis rebotaba en las paredes del cráneo de Liam Gallagher: “Oasis just sounded good. I know a lot of people think it’s shit, and probably is a shit name, but everything’s shit, innit?”.
And then there were five… Debutaron en 1994 con Definitely Maybe y al año siguiente rompieron el mercado con (What’s The Story) Morning Glory? Knebworth, 1996. Be Here Now en 1997.Las interminables giras, los conciertos sold out. Oasis, Blur, Suede, Pulp, The Verve… Britpop. Terminó el milenio y seguimos hablando de The Beatles. Décadas adelante cedimos a la nostalgia, volvimos a escuchar vinilos, casetes en walkman, música fuera de la nube y el streaming, revivimos bandas, acudimos a giras del adiós nada más para volver a cantar lo que cantábamos. Hay quienes pagan esas entradas con palcos VIP hacia el pasado, baños exclusivos y bebida de cortesía. Cuando menos, Noel y Liam Gallagher siguen vivos y aún pueden llenar estadios, si es que no se pelean.
“Don’t look back in anger”, Oasis. El Britpop (no) ha muerto.
Para mi padre, Ricardo Tatto Pareja, quien me enseñó la religión del box.
Si Dios me eligiera para una guerra santa, pediría combatir al lado de Joe Frazier.
Muhammad Ali
No me hubiera gustado ser Muhammad Ali la calurosa mañana del 1 de octubre de 1975, ya que a medida que se acercaba al Coliseo Araneta se percibía algo extraño en el ambiente del día del combate pactado a 15 rounds contra su archienemigo de toda la vida, Joe Smokin’ Frazier. La humedad era tremenda, pues el rocío de la madrugada combinado con el sol asesino de la ciudad de Manila, Filipinas, había llevado a los termómetros a registrar una temperatura por encima de los 40 grados y una sensación térmica de 50. El otrora Cassius Clay entraba triunfante a la arena; sentía que ya tenía la pelea en el bolsillo, especialmente después de que Frazier había recibido una paliza a manos del gigante George Foreman, quien lo despachó por nocaut en tan solo dos rounds en 1973.
Para Ali ese pleito era un trámite, había ido a Filipinas para vacacionar con su amante Veronica Porsche, mientras su esposa Belinda estaba en casa. En torno al combate Ali vs. Frazier III, el promotor Don King y el dictador Ferdinand Marcos habían armado un auténtico circo mediático. Uno para promover la pelea que se transmitiría a todo el mundo vía satélite y, el otro, para desviar la atención del conflicto social desatado en Manila durante su gobierno de mano dura. Pero ninguna mano era tan dura ese día como la de Smokin’ Frazier, quien ingresaba al ring dispuesto no a disputar una pelea de box, sino a jugarse la vida en venganza por el humillante trato recibido por Ali desde su primer combate en 1971. Todo era jovialidad y risas en el campamento de Muhammad hasta esa mañana, cuando se dieron cuenta de que no estaban ingresando al lugar de una justa deportiva, sino a la antesala del mismísimo infierno…
El combate quedó programado para las 10:45 horas del 1 de octubre, para coincidir con los horarios internacionales de audiencia de televisión, especialmente en Estados Unidos. Así, la transmisión iniciaría a las 21:45 horas del 30 de septiembre en Nueva York, 20:45 horas en Chicago, y las 18:45 horas en Los Ángeles. Todo esto nos suena común hoy en día, acostumbrados como estamos a las transmisiones diferidas de eventos mundiales, pero en ese entonces eran pocas las peleas que se transmitían de forma satelital a todo el planeta.
Fue, en pocas palabras, el combate del siglo, si bien así había sido llamado también su primer enfrentamiento, realizado en 1971 en el Madison Square Garden, en el cual, contra todo pronóstico, Ali perdió por decisión dividida su impresionante récord invicto, además de morder la lona por primera vez a manos de otro peleador. En su momento, muchos argumentaron que Ali había resbalado, especialmente porque se recuperó a los cuatro segundos del conteo de protección. La realidad es que Ali sí se había resbalado, pero a causa de un poderoso gancho izquierdo de Frazier. Aunque Joe Smokin’ era un fajador y nadie se recuperaba de un certero nocaut propinado por él, asombrosamente Ali lo logró casi al instante. Una prueba más de que la realidad a veces supera a la ficción, y de que Ali no era tan delicado como decían los cronistas de la época.
Esa caída y esa derrota enconaron al competitivo Ali, quien solía derrotar a sus oponentes no solo físicamente, sino psicológicamente. Muhammad fue el primer gran maestro del trash talk, de hablar sucio para desequilibrar la concentración de sus oponentes, algo que años más tarde habría de emular otro campeón sumamente competitivo del basquetbol, Mr. Michael Jordan. El caso es que ni aún con la victoria durante la revancha el 28 de enero de 1974, denominada Ali vs. Frazier II, en la cual Muhammad ganó por puntaje, el legendario campeón quedaría satisfecho. Y es que el odio que se tenían era encarnizado.
De hecho, pocos días antes del segundo combate, durante una entrevista televisiva con Howard Cossell, se hicieron de palabras al grado de que Frazier, ofendido, se quitó el micrófono, se puso de pie justo frente Ali retándolo ante las cámaras hasta que este, en un descuido, se puso de pie velozmente y amagó a Joe, provocando que ambos rodaran por el suelo. Esto que en la actualidad podría parecer un montaje más para promover la pelea, tan común en el box contemporáneo, fue un auténtico forcejeo de dos titanes. Estamos hablando de una época en la que los boxeadores todavía eran hombres de honor, no payasos ni títeres de los promotores.
Para el tercer encuentro, Don King ya tenía las riendas del espectáculo llamado Muhammad Ali, especialmente ahora que sus bonos se habían elevado hasta la estratósfera, después de la lección de fistiana que Ali le propinó al enorme George Foreman el 30 de octubre de 1974 en Kinsasa, Zaire, encontronazo denominado The Rumble in the Jungle (la pelea en la jungla). King no tenía empacho en hacer negocios con dictadores tercermundistas; en Zaire, con Mobutu, y en Filipinas, con los infames Ferdinand e Imelda Marcos. Ahora a la distancia sería fácil juzgar el compromiso social de los peleadores, especialmente de un activista como Muhammad, pero en el momento estos enfrentamientos sobre el ring eran vistos como meros espectáculos para distraer a la población, aunque en realidad distraían la atención de las protestas civiles del país en turno.
El caso es que para Ali vs. Frazier III, la emoción en Manila consistió en todo un aparato policíaco que recibió a Muhammad a su llegada al aeropuerto y lo escoltó por las calles atestadas de gente que quería mirar al campeón mundial de box a su llegada a Filipinas. Por el contrario, el recibimiento que tuvo Frazier fue poco menos que digno, y es que el otrora campeón había bajado en sus bonos considerablemente, no solo por la estropeada que le propinó Foreman, sino porque había hecho el ridículo al lanzar su carrera como cantante soul como Joe Frazier and the Knockouts. De hecho, esta pelea era casi un favor para Frazier, pues se embolsaría apenas la mitad de lo que ganaría Ali, quien ya no daba un quinto por él. Lo que quería Ali en realidad era vacacionar con su amante, darse la gran vida en Filipinas, pues a pesar de ser musulmán, era un ser lleno de contradicciones.
Y en esa ocasión, el mundo habría de ver al Muhammad Ali más cruel y contradictorio, ya que se ensañó con Frazier lanzándole adjetivos racistas, como the gorilla in Manila, o acusándolo de ser un Tío Tom (mote despectivo que sirve para designar a los afroamericanos al servicio del hombre blanco), toda vez que Frazier era el único de los dos que provenía del cinturón de pobreza norteamericano, era de tez más oscura e incluso había trabajado en plantaciones en lugares todavía segregados cuando se mudó a Filadelfia. Es decir, Frazier era todo lo contrario a Ali, y viceversa. Eran como el agua y el aceite, su antagonismo no pudo ser escrito ni por el mejor guionista de cine. Y es que a todas luces era injusto el trato recibido tanto por las autoridades como por Ali, quien se dice llegó a amedrentarlo en su hotel con una pistola de juguete. Muhammad también invitaba a los medios a su campo de entrenamiento, donde por sparring presentaba a un hombre con una botarga de gorila, diciendo que era Joe Frazier.
Todo lo anterior acabó por enfurecer a Frazier, al grado de que su equipo decidió que era mejor abandonar el hotel y la ciudad para retirarse a una casa de campo en las afueras, a fin de que pudiera concentrarse en el combate que se avecinaba. Paralelamente, Ali seguía de bravucón y acudió junto con su amante a una cena con el presidente Marcos y su esposa, algo que vería su esposa Belinda Boyd por televisión y que la llevaría a volar hacia Manila. Ali se encontraba brindando una rueda de prensa cuando Belinda llegó hecha una furia y el incrédulo campeón tuvo que lidiar con sus dos mujeres. Tal era el estado mental y el ríspido ánimo en el campamento de entrenamiento de Muhammad, quien, a pesar de estar con su entrenador Angelo Dundee y su preparador físico Ferdie Pacheco, estaba pensando en todo menos en la pelea contra Frazier.
Por si todo lo anterior fuera poco, el pique entre ambos púgiles tenía motivos históricos: en 1967 le fue arrebatado a Ali el título mundial de campeón de los pesos pesados, por rehusarse a ser reclutado para la guerra de Vietnam, aduciendo motivos religiosos. El trono vacante fue ocupado en 1968, ¿adivinen por quién? Sí, por Joe Frazier. Por eso Muhammad siempre lo trató como un campeón de pacotilla, impostado, a pesar de que Frazier movió sus influencias en 1970 ante el presidente Nixon para que le devolvieran su licencia de boxeo, y de que se dice que apoyó con un fajo de billetes a Ali en sus peores momentos, pues este estaba endeudado al no poder ganarse la vida peleando. O sea que Frazier hizo gala de nobleza ante su oponente, mientras que Ali lo denostó de la manera más humillante (aunque años más tarde se arrepintió y dijo que solo fue para promover los combates).
Pero las buenas intenciones se le habían acabado a Frazier mucho tiempo antes de la tercera pelea. Esa mañana Joe entró a la infernal arena con solo una idea en mente: venganza. En su esquina tenía a su curtido entrenador Eddie Futch y a su equipo, que lo habían entrenado en las montañas de los alrededores de Manila, ya sin las provocaciones de Ali y las distracciones de la prensa. Así que cuando subió al cuadrilátero estaba listo, ni siquiera hizo caso de los parloteos de su contrincante, quien hasta ese momento decía que iba a bailotear en el ring volando como una mariposa y picando como una abeja.
Pero al dar el primer campanazo, Ali sorprendió a todos plantándose en el centro del ring y plantándole cara a Frazier. El campeón salió a proponer y hacer su pelea, buscando el nocaut definitivo que pusiera fin a las dudas que la trilogía de enfrentamientos con Joe había suscitado, ya que nunca había quedado claro quién era el mejor libra por libra. Y en los primeros cuatro rounds, Ali hizo lo que quiso con Frazier, conectando jabs quirúrgicos al rostro de Smokin’ Joe, sin rehusar engancharse en el intercambio de golpes con él. No fue sino hasta el quinto round cuando Frazier usó su letal gancho de izquierda que impactó en el rostro del campeón, sacudiéndolo hasta sus cimientos. Eso hizo que Joe cobrara bríos y agarrara un incansable ritmo de ataques al cuerpo de Ali para restarle velocidad a lo largo del quinto y hasta el octavo rounds, cuando la balanza comenzó a inclinarse a favor del retador.
Joe comenzó a llevarlo hacia las cuerdas, donde más daño podía infligir en la humanidad de Muhammad, que veía sus costillas, caderas y pecho ser pulverizados bajo los puños de Frazier. Se dice que en ese combate Ali recibió 450 golpes tan poderosos que podían derribar un muro. Aunque Ali, siendo un peleador técnico, un boxeador científico en toda regla, le recetó todo un catálogo de puñetazos, jabs, ganchos y uppercuts, tanto avanzando como retrocediendo (Frazier solo sabía golpear yendo hacia adelante, como toro en embestida). Por cada combinación de golpes, Ali solo recibía una mínima cantidad en respuesta, pero un guantazo asestado por Joe era potencialmente letal. Para el décimo round, Ali había perdido velocidad en las piernas y brazos, cansado de impactar en la cara de Frazier, quien aunque estaba recibiendo una golpiza se rehusaba a caer o a retroceder ante la incrédula mirada de Ali y las dos ocasiones en que había propinado golpes tales que hicieron volar el protector bucal de Frazier hasta las butacas.
Joe, sin embargo, era como una bestia herida, en su mirada tenía ansias de sangre y el vigor de quien piensa jugarse la vida hasta el final, sin importar las consecuencias. Ali usó todos los trucos de su arsenal para recobrarse, tomando aire a ratos, soltando combinaciones esporádicas, replegándose en las cuerdas para aguantar el castigo corporal (tal como lo hizo con Foreman). Más tarde habría de declarar lo siguiente sobre esa pelea: “fue lo más cercano a morir”. Primero con Big George y ahora con Smokin’ Joe, Muhammad Ali había sometido su cuerpo a una tortura tremenda: el niño bonito del box se vio reducido a saco de arena en donde Frazier cebaba la furia de sus puños.
Joe también la estaba pasando mal: su cabeza parecía una pera loca, recibiendo una lluvia de golpes sin apenas esquivarlos. Poca gente sabe que tenía una visión limitada en el ojo izquierdo desde la década de 1960, cuestión que su equipo mantuvo en secreto por obvias razones. Era un tiempo en donde los púgiles peleaban incluso lesionados, su testosterona y gallardía así se los exigía. Para colmo de males, su ojo derecho estaba casi cerrado, Ali le había machacado la cara a fuerza de repeticiones interminables. Thrilla in Manila había probado ser una auténtica carnicería y uno de los combates más cruentos que se recuerden en el deporte. No fue una pelea espectacular, pero fue sumamente emocionante: la épica de dos gladiadores que se odiaban entre sí y que estaban dispuestos a morirse en el ardiente coliseo.
Para el decimotercer round, justo cuando Ali parecía haberlo dado todo, se empleó a fondo y casi noqueó a un Frazier tambaleante y prácticamente ciego que peleaba por puro instinto, siguiendo el rastro y el olor a sangre. No obstante, seguía sin caer, se resistía a retroceder, no cejaba en sus intentos de llevarse la victoria. Para el campanazo, Ali estaba exhausto y sin aliento, pues respirar en esa arena era como inhalar en el interior de un horno, el aire estaba hirviendo. Su entrenador, Angelo Dundee, lo convenció de que Frazier ya no tenía nada para ofrecer y le suplicó que saliera por un round más. Entretanto, en la esquina de Frazier, las cosas no eran alentadoras: Futch y el médico estaban preocupados por la falta de visión de Joe, tenía los ojos hinchados, cerrados, y el rostro como carne molida. Ali jamás había golpeado tanto a un contrincante como a Frazier esa húmeda mañana. Sin embargo, Joe seguía imbatible, determinado, así que le dieron una última oportunidad de salir al ya round 14, que pasaría a la posteridad como uno de los más salvajes de la historia del boxeo, pues Ali sacó fuerzas de flaqueza y le dio con todo le que le sobraba, golpeaba por pura fuerza de voluntad contra ese muro hecho de ladrillos y carne. Ninguno se rendía y no pocos espectadores clamaban porque se detuviera el combate. Ambos se abrazaban con su último soplo de vida.
Para el campanazo antes del último round, Ali pidió que le cortaran los guantes. No soportaba el dolor en sus puños, ya no podía más. Estaba por rendirse cuando el sagaz dundee en cuestión de segundos miró a la esquina de Frazier y vio lo impensable. Futch, que había visto morir a dos peleadores en el ring, decidió detener la pelea. Frazier quería seguir, “quiero salir, jefe”, le suplicaba a Futch, aunque su entrenador fue determinante: “Todo terminó, nadie olvidará lo que hiciste aquí hoy”,le dijo a Joe antes de aventar la toalla.
Segundos antes de hacer lo mismo, la esquina de Ali incrédula levantó al todavía campeón quien alzó la mano en señal de triunfo, tan solo para derrumbarse en el cuadrilátero a punto del desmayo. Muhammad había ganado por nocaut técnico, pero a un costo muy alto. Muchos años después Frazier todavía se vanagloriaba de que él había ocasionado el Parkinson que había de padecer Ali a raíz de esa pelea. Cierto o no, ese día Muhammad solo alcanzó a balbucear: “contigo nunca más, Joe”.
Más tarde, arrepentido, pidió perdón por todas las ofensas que le hizo a Frazier y se deshizo en elogios por el resto de su vida. “Frazier es el mejor boxeador de todos los tiempos, después de mí”. La pelea fue tan brutal que alguien declaró: “ese día Ali y Frazier entraron como campeones, pero salieron como dos ancianos”.
Ninguno habría de volver a ser el mismo, habían dejado una libra de carne en el cuadrilátero. El resultado no fue justo, pues ninguno merecía perder. Un segundo más y Frazier pudo ser el ganador. Por eso hoy, 50 años después, todavía se habla de esa pelea que confirma que Don King fue un gran promotor y profeta al titularla Thrilla in Manila, porque vaya que lo fue. Un enfrentamiento de dos míticos guerreros que, haciendo honor a la verdad y la justicia, si es que existe alguna en el mundo, bien podríamos llamarlo el empate del siglo.
A mediados de la primera década del siglo XXI, mis amigos y yo nos convertimos en apasionados buscadores de cantinas y abrevaderos. Todos los viernes del señor, al salir de clases de la universidad (estudiábamos en Ciudad Universitaria), emprendíamos la odisea en Metro: nos alejábamos 20 kilómetros hacia el norte de nuestro terruño universitario, enclavado en los pedregales de San Ángel y Santo Domingo, para adentrarnos en el vetusto, bullanguero y aún violento Centro Histórico de la Ciudad de México (“eje del orden y el desmadre”, escribiría Monsiváis).
Descendíamos –o emergíamos– en el metro Juárez, en Pino Suárez (sin albur), a veces en Bellas Artes, y comenzábamos la travesía sin más brújula que nuestro olfato de gambusinos de alma vieja y nuestra inquieta y santa sed. Nos perdíamos por calles, plazas y callejones peinando la zona, hacia Ninguna Parte, aguzando la mirada y los sentidos, pidiendo ser abducidos por cualquier tomaduría que destilara alcohol barato, música, tufo y calor.
Una de las primeras cantinas que recuerdo haber visitado fue Los Chenchos, a unos pasos del metro Pino Suárez, por la estridente plaza e iglesia de San Lucas, arriba de una de las fauces del paso a desnivel de Fray Servando. Era un congal de otro mundo, o así lo he soñado, habitado por una fauna variopinta. Tenía un oscuro tapanco en el que las parejitas de todos los colores se entregaban a los preámbulos del fornicio. Abundaban los musculosos jovencitos estibadores, provenientes de los mercados aledaños a la zona de La Merced, que se entregaban con ardor a las carcamales meseras de buena pechuga un tanto subidas de carnes. En Los Chenchos me compré, con uno de los tantos vendedores ambulantes que entraban y salían, una pluma fantástica. A la altura del clip tenía un botón que encendía un foco que irradiaba una luz, a manera de láser, por el tapón. Entonces, si proyectabas ese láser en una pared aparecía el holograma de una frondosa muchacha morena en bikini. Era la sensación. Un día perdí ese bolígrafo. Varias veces volví con sagaz terquedad a Los Chenchos con la esperanza de encontrar de nuevo al vendedor. Nunca sucedió. Vaya que las cantinas con el territorio de la desidia.
Pero si llegábamos por metro Juárez, a veces recalábamos en El Farolito (Luis Moya 49), donde aprendimos que no hay cantina que se jacte de ser cantina sin su respectivo rebaño de cucarachas que pazca a placer por todo el lugar; o en La Castellana (Luis Moya esquina con Ayuntamiento), de estridente música en vivo estilo “Rock en tu idioma”; o en El Negresco (así, con “s”; en Balderas esquina Victoria), en donde si no eras remilgoso, además de unos buenos tragos de ron –en esa época sólo bebíamos ron–, te podías deleitar la pupila con el ejército de sílfides meseras longevas, un tanto jamonas, de firmes nalgatorios envueltos en soberbias minifaldas y de piernas a punto de reventar dentro de tremendas mallas de red, ¡olé, matador!; y si nuestros bolsillos nos lo permitían descendíamos a un teibol subterráneo sin nombre (o si lo tuvo no me acuerdo), en la esquina de Av. Independencia y Revillagigedo. Y es que, debo decir, mi amigo El Norteño se decantó por ese giro y yo, en solidaridad, lo acompañé a varios tugurios: el pintoresco El Azteca (que estuvo en el número 126 A de Eje Central, casi esquina con Salto del Agua), donde inició su carrera Javier Solís; El Studio 54, El Kefrén…; así como una larga colección de bares de ficheras, como El Florida (López e Independencia), El Miramar (Independencia y José Azueta), El Mr. Lee (Independencia 19), El San Remo (Dolores 4)… Lugares en los que, como apuntara Marguerite Yourcenar, las mujeres, de beldades caprichosas, se abrían y cerraban como las flores. Pero esa es otra historia.
Por aquel rumbo –de San Juan– también descubrimos la tan preciada cantina El Tío Pepe (ahora convertida en meca turística), que se convirtió en nuestro despacho. Las cervezas constaban 20 pesos y el ron Castillo o Potosí a 45 del águila. Salíamos gateando, henchidos de salud y de placer. Como vicarios de Cristo en la tierra, de vez en cuando besábamos la banqueta. ¡Vaya trancas monumentales que nos acomodábamos! Don Aurelio –que entiendo que aún vive–, el cantinero, nos servía tremendos fajazos de ron… ¡como Dios manda! Pero luego, al abrigo del arribo de innumerables extranjeros, los nuevos dueños de El Pepe quisieron hacer su agosto y aquello se volvió un atraco en despoblado. Adiós Nicanor, adiós ron Potoyes, adiós The Uncle Joseph.
Pero ya se sabe: todo es perecedero, la belleza tiene sus desventuras y Baco aprieta pero no ahorca. Así que a unos pasos de El Tío Pepe hallamos el Salón Orizaba (más o menos en el número 40 de Dolores), apodado por sus parroquianos como El Horrizaba o simplemente La Apestosa. Un congal-cervecería-fichero que te recibía de golpe con un fuerte tufillo a orines fermentados, sudor, cigarro y algo más que podría ser comida. Era un lugar de ensueño, de santos bebedores de risotada fácil, cerveza barata y muros de exquisito color verdoso, de ese que adquieren el rostro de los muertos. También tenía un tapanco, frágil como un junco, en donde la historia se repetía: un apretujadero de almas, mujeres y hombres, practicaban el beso de once y el faje de diez, entre densos nubarrones de humo de tabaco.
Luego, en la calle de atrás, descubrimos el Fiuma (en José María Marroqui (sin acento en la i) número 28-C), en los bajos del edificio Guanajuato, un lugar que para entonces era un baño –sin puertas– con servicio de bar, pero que –luego lo supimos– tuvo sus años dorados. Le perteneció al afamado torero José Rodríguez “El Pajarito”, quien por cierto murió ahí. Hallaron su cadáver hasta que el olor anunció a todos los vecinos la desgracia. El Fiuma contaba, una vez más, con su consabido tapanquito en el que todos hacían lo propio. En este congal se respiraba cierto aroma a China, y de vez en cuando, en las mesas, ofrecían tazoncitos de arroz frito, cortesía de la casa. Y es que esta calle (Marroqui) es el tras bambalinas del Barrio Chino, que corre por la calle de Dolores. Aquí se hallan las cocinas y puertas de abasto de casi todos los restaurantes chinos. De ahí su olor a Cantón y a grasa de ajonjolí.
Horas eternas pasamos entregados a la conversación, la risa, el amor y la bebida. Trasegamos como chupamirtos todo tipo de caldos etílicos, curtimos el gañote, y nos transformamos en trashumantes cantineros. Luego, nos adentramos en otras zonas del centro y así descubrimos La Mascota (en Mesones y Bolívar), en donde dábamos tremendas comilonas y nos anegábamos de ron con tan sólo 200 pesotes. Hoy, con esos 200 pesotes, en La Mascota no te alcanza ni para pagar las múltiples propinas que hay que dejar, además de que se come horrible. Otra bebeduría que frecuentamos era Las Escaleras, que en realidad no tenía nombre. Se trataba de un negocio de quesadillas montado en la enjuta debajo de una escalera de vecindad, en Donceles 105, que vendía cientos de miles de caguamas que los parroquianos bebían sentados en los peldaños de la escalera, de ahí que la banda lo bautizara con ese nombre. Luego ampliaron el negocio, ocupando un patio trasero de la vecindad en donde se bebía y se fumaba mota como si no hubiera un mañana.
Cómo olvidar La Resurrección, de piso ajedrezado, buena botana y donde un amigo cinéfilo, Lalo (que bebía lindo y tupido), tiraba aceite cuando nos contaba que esa cantina había aparecido brevemente, hacía unos años, en la película El hombre en Llamas. Y todavía alcanzamos a entrar a la clásica El Nivel –que erróneamente se ha dicho que era la cantina más antigua de la ciudad y que cerró sus puertas para siempre en 2010–, en donde los parroquianos de edad provecta nos mal miraban. O nos bien miraban. ¡Y cómo no!, si éramos una caterva de mozalbetes exploradores, escandalosos, que además nos sentíamos la divina garza ¡Qué horror! También cruzamos las puertas de La Pelusa, La Mariscala, La Esperanza –atendida por el bello Toni–, El Río de la Plata –que daría para escribir un libro–, Los Jarritos (de meseras octogenarias que te besaban y te decían “mi amor”), La Nuevo León (que recientemente fue convertida en un tosco restaurante en el que una palurda cantante grita a todo volumen durante 6 horas sin parar), El Salón España, La Faena, Los Portales de Tlaquepaque (primo hermano del Tlaquepulkes, en Independencia 10), La Perla de San Juan –de espectros y personajes de novela–, El Allende Red, El Salón Victoria, Casa Juan, El Monte Carlo, La Ferrolana….
La lista es interminable. Creímos agotable lo inagotable: las cantinas (y las botellas). Fueron años de hermoso aprendizaje y de aspiraciones y deseos propios de las mocedades. ¡Hasta fundamos una revista etilicoliteraria (cuyo nombre no me atrevo a escribir aquí), al amparo de la fiesta y la borrachera, hágame usted el favor!
Ahora, a la distancia, me gusta pensar que aquellos eternos, gozosos, bisoños y repetidos viajes de viernes por la tarde, simbolizaban de cierta forma una especie de retorno al país natal trayendo las palabras de Aimé Césaire. Éramos universitarios volviendo a los territorios del antiguo Barrio Universitario que, como se sabe, estuvo en el centro hasta la década de 1950. Claro está que no estábamos conscientes de ello. No había manera de estarlo. ¡Y qué bueno! Pero existía, o al menos eso sentíamos, una especie de mística; una fuerza que nos llamaba al corazón de esta ciudad, “millonésima en el dolor y en el placer” y que nos atraía como fragmentos a su imán. Es cierto que sólo éramos un fárrago de borrachines en ciernes en busca de juergas demenciales, pero a la vez formábamos parte de toda una generación que refundó –no sabemos si para bien o para mal, y quizás no importe– el Centro Histórico de esta ciudad.
Y aquí cabría mencionar, también, el papel que el movimiento feminista tuvo en este proceso. Recuerdo con claridad cómo, paralelamente a nuestros viajes cantineros de los viernes (que aunque no eran exclusivos de hombres tampoco tenían una clara dimensión política), compañeras de la facultad se organizaban para asistir en grupo a cantinas en las que, a esas alturas del partido, aún se negaba la entrada a las mujeres. Yo fui testigo de la toma, por parte de un grupo de mujeres organizadas, de la cantina La Hija de Moctezuma (allá por el rumbo de Tacuba). La técnica siempre era la misma: entrar en grupos de 30 o 40 chavas. De sopetón, sin avisar. Pero tampoco sin consignas. Sólo era tomar la cantina, sentarse en las mesas para beber y comer. Ante el acto, los comensales hombres que se encontraban en el interior se quedaban mudos, estupefactos, apenas alcanzaban a tomar sus vasos, pasar un trago, y bajar la mirada. Esa fue la verdadera época en la que las mujeres tomaron para sí y por asalto –y para siempre– las cantinas, garantizando, yo creo, la permanencia de una envejecida institución decimonónica pero ahora con nuevos bríos.
Ah, canijas noches, hervidero de cantinas; felicidad de hombres y mujeres del alba que nos sentíamos flâneurs del siglo XXI, alejados de las vulgares prisas de los turistas… Y si me he atrevido a remitirme a mi origen de viajero de cantinas no ha sido por nostalgia, sino porque cada cantina que he visitado resume todas las cantinas; engendra la devoción por la ciudad, lo profano de las historias y lo sacramental de las eternas borracheras…
Estimadx lectorx, te convertirás en un viajero de cantina. Lo auguro con deferencia y buena voluntad. Bendito vicio caminero. ¡Salud!
En México los hackeos a instituciones gubernamentales eran escasos y poco difundidos en las noticias. Fueron acontecimientos observados a la distancia, con el protagonismo de Wikileaks y el gobierno de Estados Unidos. La rutina era reconfortante para las dependencias del gobierno hasta el 29 de septiembre de 2022, el día que la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) perdió seis terabytes de información confidencial en el mayor ciberataque de su historia.
El ejecutor del hackeo masivo fue el grupo de hacktivismo Guacamaya Leaks, que logró acceder a correos entre funcionarios de alto nivel, almacenados desde aproximadamente 2016 hasta 2022. Entre las revelaciones que avivaron los cuestionamientos hacia la seguridad nacional destacaron detalles sobre el operativo fallido conocido como Culiacanazo, el primero en el que Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, fue capturado y liberado horas después.
Además del fracaso de seguridad, las críticas al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) aumentaron debido a que las filtraciones de Guacamaya expusieron cómo el ejército vigilaba a periodistas a causa de su labor y a los opositores del Tren Maya, la construcción insignia del sexenio morenista. El mandatario intentó minimizar el hackeo y acusó que sus opositores usaban el incidente para afectar su imagen, pero el ciberataque nunca buscó ese objetivo. El resultado fue una libre exposición de los datos censurados por Sedena que involucran a la sociedad mexicana, una consigna que se asemeja a las bases del hacktivismo.
El hacktivismo como última salida ante la corrupción
El hacktivismo es un término acuñado en 1984 por el grupo de hackers estadounidenses llamado La Secta de la Vaca Muerta, cuya principal consigna fue que la información de carácter online debía de ser un derecho humano, lo que los llevó a emprender una lucha de ciberactivismo contra la censura en la red. Plantaban cara contra los gobiernos opresores a través de la liberación de datos censurados.
Actualmente, la principal característica del movimiento es la ilegalidad. Al ser un fenómeno en constante evolución, carece de bases y criterios para que determinadas acciones puedan encajar en este término. Los grupos hacktivistas suelen actuar sin violencia, en búsqueda de un libre acceso a la información.
Derivado de los atentados del 2001 en Washington y Nueva York, la figura del hacker adquirió una connotación criminal. Uno de los casos más grandes y conocidos del hacktivismo fue el de WikiLeaks en 2010, la filtración contenía documentos clasificados de EE. UU. sobre las guerras de Irak y de Afganistán y la prisión de Guantánamo, y más de 250 mil cables diplomáticos de diversos lugares del mundo.
En México hay irrupciones de hacktivismo en las dependencias de gobierno con un historial de censura y abusos a los derechos humanos. A diferencia del caso estadounidense, la motivación de los ciberataques ha sido la ineficacia de las autoridades para asegurar procesos democráticos libres, la negligencia como el colapso de la línea 12 del Sistema de Transporte Colectivo Metro, y la censura a las voces críticas al gobierno en turno.
La información es la única arma contra los abusos hacia la sociedad mexicana. Filtrar datos que involucran a funcionarios de altos rangos en redes de corrupción fue la respuesta ante la impunidad. Con la exposición de la realidad incómoda para las esferas privilegiadas, se esperaba que llegara la justicia y las personas demostraran su hartazgo. En algunos casos, llevarían sus ambiciones a buen puerto e irritarían a las instituciones.
Entre los primeros ciberataques en México se destaca el perpetrado contra los Zetas en octubre de 2011. El detonante del ataque fue el secuestro de un miembro de Anonymous a manos de este grupo del crimen organizado. En represalia, los hacktivistas amenazaron con hacer pública información de sus nexos con diversos políticos, policías y fuerzas armadas.
Más allá del peligro que podría significar encontrarse en medio de una riña entre narcos y Anonymous, la alerta para la sociedad fue la complicidad de las autoridades con Los Zetas. Esta es una de las principales diferencias entre el hacktivismo en otros países con México. Es la medida desesperada contra un sistema corrupto, en el cual se desdibuja la línea entre los criminales y las autoridades.
Meses antes, en febrero de 2011, Anonymous apoyó a la periodista Carmen Aristegui luego de ser despedida de MVS Noticias y censurada por evidenciar el alcoholismo del entonces presidente Felipe Calderón, el arquitecto de la Guerra contra el Narco. En este mismo año, los sitios web de la Cámara de Diputados, la Secretaría de Gobierno (Segob) y de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) fueron hackeados. La motivación detrás del acto fue la propuesta de reforma a la Ley Federal de Derechos de Autor, llevada a cabo por el Partido Acción Nacional (PAN). La iniciativa tenía similitudes con la ley SOPA, que violentaba la libertad de expresión bajo la excusa de combatir la piratería.
En 2012 se conocieron diversos ciberataques. El de mayor trascendencia fue autoría del grupo #Yosoy132 contra el expresidente Enrique Peña Nieto. Un año más tarde, en 2013, el grupo Anonymous Hispano hackeó la página de la Sedena en por lo menos tres ocasiones y la dejó fuera de servicio durante horas.
Las páginas del Ejército Mexicano y de la Secretaría de Marina también fueron hackeadas de la misma forma; en las tres ocasiones, al ingresar a las páginas se podía escuchar un mensaje leído del Manifiesto Zapatista Anonymous, mientras se proyectaban imágenes de la violencia que acaeció en la toma de protesta del expresidente Enrique Peña Nieto.
Luego de este periodo de intensa actividad, pasarían casi 10 años para el siguiente gran golpe. En 2020 hackearon la página del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). Se colocó un mensaje de Anonymous Iberoamerica que hablaba de la censura del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador. Lo acusaron de intentar desaparecer a este organismo.
Las motivaciones detrás de los ciberataques en México son el descontento social hacia la censura y la corrupción. Cuando el 3 de mayo de 2021 la línea 12 del Metro colapsó debido a una infinidad de malas obras permitidas por la negligencia, Anonymous amenazó con exponer un “sinfín de depravaciones de quienes estuvieron involucrados y son culpables de estos cobardes asesinatos”.
Es en este punto donde el historial de ciberataques en México se distancia del hacktivismo tradicional. El objetivo de garantizar el acceso a la información pasa a segundo plano. La prioridad es mostrar resistencia ante las violaciones a los derechos humanos que parecen permisibles en el gobierno mexicano. Por desgracia, exhibir las corruptelas e información oculta se volvió insuficiente y fue necesario cometer un acto de insurrección. Esta vez, Guacamaya asestó el golpe.
El surgimiento de Guacamaya Leaks y los seis terabytes filtrados
Guacamaya Leaks es una organización de hackers a nivel internacional. Surgió en el año 2022 y opera dentro del territorio latinoamericano con fines ecologistas, según comenta la misma organización. También, se anexan fines antiimperialistas, así como la defensa de las comunidades y los grupos nativos vulnerables e incluso de los recursos naturales.
En septiembre de 2022, hackeó seis terabytes de información de la Sedena que compartieron con algunos diarios. En esta información se encontraron nexos entre alcaldes, diputados, policías y políticos con diversos grupos del crimen organizado.
Los documentos revelaron que al menos 14 candidatos a presidentes municipales y diputados, de los cuales nueve resultaron electos, fueron señalados por la Sedena por posibles vínculos con el narco en estados como Morelos, Guerrero y San Luis Potosí.
Los documentos filtrados esclarecen que 20 alcaldes del estado de Guerrero tenían posibles conexiones con grupos criminales, durante la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. La red de corruptelas es más compleja de lo que el oficialismo había reconocido.
Uno de los casos más indignantes fue el de Edgar Veytia, exfiscal de Nayarit y protector de dos cárteles peligrosos para México. Durante su gestión (2013-2017), Veytia protegió al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y al Cártel de los Beltrán Leyva. Facilitó sus operaciones en la región al permitir el tráfico de drogas y brindándoles apoyo logístico.
Veytia utilizó a las fuerzas policiales para llevar a cabo extorsiones, torturas y desapariciones forzadas de civiles, con el objetivo de despojarlos de sus propiedades y entregarlas a los cárteles como bodegas.
Según investigaciones de la Sedena, filtradas en el hackeo de Guacamaya Leaks, y el Tribunal de Nueva York, Veytia facilitó la distribución mensual de 500 kilos de heroína, 100 de cocaína, 200 de metanfetaminas y 3 mil de marihuana hacia Estados Unidos. Veytia fue sentenciado en 2019 a 20 años de prisión en aquel país por sus crímenes. Sin embargo, su condena fue reducida a 10 años tras colaborar con las autoridades estadounidenses.
En febrero de 2025, Veytia salió de la prisión federal de Ashland, Kentucky, un mes antes de lo programado. Aunque debería haber sido liberado oficialmente el 10 de marzo de 2025, su paradero actual es incierto.
Por si la corrupción fuese poco clara, los documentos de la defensa filtrados muestran que Veytia tenía vínculos con altos mandos del crimen organizado, en especial con Juan Francisco Patrón Sánchez, alias El H-2, líder del brazo armado de los Beltrán Leyva. Este criminal también fue relacionado con Salvador Cienfuegos Zepeda, a quien presuntamente sobornaba.
El ejército también sería expuesto. Se descubrió que altos mandos militares intercambiaron armas, como granadas y equipo táctico, con organizaciones de narcotraficantes. Un caso específico involucró a un soldado que ofreció información y armamento a un cártel en Tejupilco, Estado de México.
En la información filtrada, los políticos fueron protagonistas. Se expuso que buscaron a las fuerzas armadas para conectar empresas contratistas con proyectos clave como el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el Tren Maya. Incluso el narco llegó a las aduanas. Los reportes detallan cómo las debilidades en esas zonas han facilitado el tráfico de drogas y productos ilegales. Esto incluye sobornos a empleados y la falta de controles efectivos en puertos y fronteras.
Lo preocupante de la corrupción es pensar en las oportunidades que se ofrecen a la delincuencia, y el ciberataque dio forma a estos temores. Los correos electrónicos filtrados mencionaron la formación de un nuevo cártel, Los Exiliados, liderado por un exmarine mexicano, Carlos Enrique El Marino Martínez Cuesta. Este grupo ha sido vinculado al aumento de la violencia en Colima y Jalisco.
El ejército, pese a tener regulaciones estrictas en la posesión de armas, estuvo implicado en su venta ilegal. El hackeo del grupo Guacamaya Leaks destapó al Campo Militar No. 1 como el centro de este delito. Los militares vendían armas a los criminales.
Un hackeo con consecuencias históricas
En marzo de 2023 se difundió la noticia del primer detenido respecto al hackeo. Fue el coronel de la Sedena Jesús “N”, recluido en prisión en el Campo Militar 1-A y acusado de cargos de “infracción a los deberes militares”.
La controversia del ciberataque empeoraría cuando hubo otro hackeo al gobierno. Esta vez, los datos difundidos se alejarían de cualquier dependencia. Sería información sensible de aproximadamente 300 periodistas que asistían a La Mañanera de AMLO. La versión oficialista, al principio, culpó a los mismos integrantes de Guacamaya Leaks. Después, acusó a sus opositores de la filtración.
Lo último de lo que se tiene noticia respecto a los ciberataques fue otra vulneración de datos de la Sedena y al Portal del Empleo, a principios del 2024. En este movimiento se filtraron datos delicados de al menos 12 millones de personas que habían sido usuarias del portal.
Los culpables de la exposición de datos personales se desdibujan. El rostro del perpetrador, según el oficialismo, podría verse como los partidos opositores o un montón de hackers al servicio del mejor postor solo porque tienen el potencial para hacerlo.
Guacamaya Leaks logró el mayor hackeo de la historia de México. Los secretos de la Sedena paralizaron al país y ofrecieron un vistazo de cuán profundas son las redes de corrupción, la impunidad y el horror del crimen organizado bajo el beneplácito del ejército y funcionarios de alto nivel en diversos estados.
Cuando las instituciones fallan y surgen las preguntas respecto a cómo México llegó a tal punto de impunidad, el hacktivismo aparece como la última alternativa para obtener respuestas. De forma paradójica, es una vía ilegal con el propósito de exigir el derecho a saber, aunque la verdad en el caso mexicano sea más terrible que la censura.
A diferencia de otros países, el impacto del hacktivismo en México parece desencadenar aún más impunidad. Las consecuencias legales son nulas para los implicados en diversos crímenes, en especial cuando son expuestos en las filtraciones de documentos clasificados, como sucedió con Sedena. La impotencia aumenta tras entender que conocer la verdad tampoco garantiza el acceso a la justicia.
Las esferas políticas y los afectados de la filtración se las arreglan para minimizar los daños. También harían historia en lo sucedido con Guacamaya Leaks al usar sus mismos métodos de resistencia y convertirlos en un arma contra los comunicadores, las personas que ejercen el derecho a saber para desempeñar su profesión. Similar al hackeo a la Sedena, se difundieron los datos personales de los periodistas, lo que puede exponerlos a un daño mayor. De esa forma, se infunde el miedo a exigir el derecho a libertad de información, y se usa como método de castigo a la sociedad para establecer un escarmiento: saber demasiado puede ser peligroso.
La salida de un libro es siempre motivo de celebración. En el mundo de la inmediatez, de la ausencia de silencio y el exceso de pantallas pequeñas y poco pacientes, un libro como este nos hace recuperar el gozo de una buena conversación. Es como llevarse una larga sobremesa caminando contigo: ese arte del detalle, de la observación sensible, que se convierte en un relato de mucho corazón como esta inmensa ciudad que nace justamente de un corazón-raíz.
Veintitrés millones de capas donde todo sucede al mismo tiempo ⎯despacio y a toda prisa⎯, donde lo mismo sucede un maratón y treinta mil corazones recorren cuarenta y dos kilómetros hasta llegar al Zócalo, a ese mismísimo lugar donde esta crónica comienza: el corazón de la nación. Este libro es un homenaje a la investigación histórica rigurosa y, al mismo tiempo, un relato humano, íntimo y casi cotidiano que nos permite recorrer setecientos años de historia e incluso mucho más atrás en el tiempo, como si fueran nuestra propia vida.
Jorge Pedro logra traducir lo monumental en lo cercano. Nos recuerda que la historia no es solo fechas, batallas o monumentos: es la historia de personas con anhelos y frustraciones. De comunidades enteras que resisten y preservan identidad; comunidades que soñaron y construyeron lo que hoy somos… con algunas destrucciones obligadas en el camino.
Esta crónica es también una guía: te deja tarea por si quieres ir a pisar, reconocer y explorar lugares entrañables, desconocidos u olvidados, te hace mirar tus propios recorridos en la ciudad y en los estados vecinos desde una conciencia distinta. Desde el suceso histórico narrado como anécdota íntima.
Para poner un ejemplo, cuando hace referencia a las veces que Cuauhtémoctzin no se presenta ante Cortés el 11 y el 12 de agosto de 1521 (p. 30), ya presagiamos lo que ocurriría el 13 de agosto, la caída de Tenochtitlan. Es también un relato de decisiones, chantaje y dolor, de dignidad no pisoteada ante lo inexorable y del nacimiento de eso que es tan nuestro de ahorita voy, ese ahorita que significa ahora, al rato o nunca…
México, un mito de siete siglos es un homenaje también al buen conversador y al que escucha. Insisto: me siento en una larga sobremesa caminante, muy agradable, e imagino que es ese placer el que conforma el talento del cronista. También es un homenaje a nuestra querida Ángeles González Gamio, con quien el autor compartió el Seminario de Cultura mexicana, y muestras algunas simpáticas reflexiones sobre estas personas singulares dedicadas a la crónica (pp.151-152).
Es también un homenaje al monstruo atrayente que es el centro histórico, ese lugar infinito. Se antoja un diálogo gráfico entre el conocimiento y la herramienta visual del trabajo de Andrés Semo, quien ha puesto la tecnología al servicio de la historia con planos y fotografías imaginarias o reconstruidas, que se sienten tan reales como el relato que vamos descubriendo en estas páginas.
El autor nos conduce hasta la reinvención de la capital en Coyoacán, ese Coyoacán de doña Marina/Malintzin, casa que habitó hasta sus últimos días la primera muralista Rina Lazo. Nos lleva también por episodios de la guerra de intervención de Estados Unidos en México, que aún duele y amenaza, y que reivindican a nuestros hermanos paisanos en el vecino del norte, cada día trabajando la tierra que fue nuestra.
Nos cuenta de los migrantes de su barrio que desde el mercado 2 de Abril siempre tienen la mirada puesta en ese vecino del norte. Nos lleva al Segundo Imperio, el que se estableció en el Cerro del Chapulín, en ese mismo Chapultepec en el que hace apenas dos años encontramos figurillas olmecas abriendo otra incógnita. Con la misma naturalidad nos pasea por Tacuba, la Lagunilla y los antros LGBT de esta ciudad que es diversidad, disidencia y reinvención permanente.
Me fascinó el relato de la plática con el amigo santiaguero sobre las danzas de los moros y los cristianos, esas danzas o rituales donde el mal y el bien tienen la misma gracia y valor, y me hizo pensar en el sacrificio a los dioses, tan mal visto por los conquistadores, y que representaba sangre-semilla para quienes se ofrendaban al Sol.
La sobremesa eterna que es este libro también hace reflexionar sobre el turismo, ese que llega e iguala todo en vasos de unicel en Tepoztlán. Pero somos demasiada ciudad, demasiadas ciudades, demasiada grandeza y diversidad como para que nuestras raíces se debiliten por unos cuantos visitantes.
Sigamos, pues, la sobremesa en cualquier barrio de esta ciudad de gigante corazón. Y mientras el autor no cayó en la obvia tentación, yo no puedo evitarlo: en tanto permanezca el mundo…
“Lluvia en la costa II”. Fotografía de @ojo_de_vidrio, 2008. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
No’onba yok ja’ kä bixán kä k’ay tan nap’. Soy arroyo que lleva mi canto al mar.
Domingo Alejandro Luciano, Yok ja’/Arroyo
Ja’: agua.
I
De los sonidos que he escuchado, que alcanzo a reconocer y puedo nombrar, me resulta asombrosa la composición sónica que el agua adquiere según su fuente: la musicalidad de un riachuelo que golpea tenuemente con las piedras. La caída de una hilera delgada sobre un pozo. La ferocidad de una cascada que suelta enormes borbotones al tocar el suelo. La llovizna que se escurre en las tejas de la casa. Las olas que tocan los bordes de la arena. Cualquiera que sea me provoca cierta quietud, cierro los ojos para que mi atención se disponga a la escucha. Entonces, siento.
El sonido es capaz de suscitar un estado anímico y emocional en las personas. Según sea la fuerza del agua es la intensidad sonora. Cada cosa que escuchamos se convierte en experiencia. Por ello las resonancias del agua generan distintas reacciones. He conocido a personas que la presencia de la lluvia les produce tranquilidad, mientras que a otras les genera angustia. Lo mismo sucede con el mar, pues hay quienes les parece un sonido terapéutico y relajante; y para otros una experiencia agobiante. No hay universalismos ni homogeneidad en las reacciones. “Fluir como el agua”, en tanto metáfora de dejarse sentir, no puede tener la misma valencia para toda la gente. El sonido guarda una íntima correspondencia con nuestros sentires.
*
Decir en tseltal K’in ja’al es referirse a la “llovizna”, pero el significado de las dos palabras también sugiere una interpretación: k’in, fiesta; y ja’al, lluvia/agua. ¿Es acaso la llovizna la fiesta que el agua tiene antes de su arrojo?
II
En mi infancia solía caminar dos horas con mi padre para llegar de visita a la casa de mi difunta abuela Antonia. Cruzábamos varias veredas y un puente colgante muy extenso, que estaba sobre el río Chacte’. Antes de llegar a ese punto, mi corazón se agitaba, tenía la idea de que podría caer si alguno de los escalones del puente se rompía. El río descendía con mucha fuerza, arrastraba grandes piedras de color turquesa, parecía una especie de cielo. Al cruzar evitaba ver hacia abajo, lo hacía despacio. La corriente era estrepitosa como si un enjambre zumbara en mis oídos. Puedo recordar que pensaba en la comida de mi abuela o en Pachanga, su perro, que se alegraba al verme llegar. Pensar asustaba mi miedo. Así atravesaba el puente colgante. Mucho tiempo después la gente lo desmontó y construyó uno de concreto por donde comenzaron a pasar los carros. Nunca más volví a caminar en aquel puente. Desde entonces, cada que paso en la carretera, le digo a mi padre que se estacione para ver y escuchar el río. Al oírlo, en automático, vuelve la imagen de mi abuela. Ella sabe a río, el río es la voz de mi abuela.
*
En distintas partes del mundo, los ojos de agua son considerados seres y espacios sagrados. En los pueblos tseltales los sit ja’etik, “ojos de agua”, son venerados cada tres de mayo, en la fiesta de la Santa Cruz. Al agua se le canta y danza, se le lleva música. El agua oye al pueblo y él agradece con las miles de gotas que caen del cielo.
III
“Suja me aba, tatil, xwo’et tal ja’al. Apúrate, hijo, la lluvia viene sonando muy fuerte”, me dice mi abuelo, mientras caminamos rápido a su casa. Las gotas empiezan a caer en mi cabeza. Varias se estrellan sobre el suelo y en las ramas de los árboles. Una lluvia torrencial se aproxima y el sonido estrepitoso, como de algo que se acerca con intensidad, es lo que permite reconocer su singularidad y ser nombrado como xwo’et.
La lluvia tiene distintas modulaciones. De allí que es necesario reconocer el sonido que trae para saber si acaso se trata de una con mucha furia, con sutileza o si es pasajera. Cuando el aguacero se aproxima lo primero que enmudece es el paisaje, los pájaros se resguardan, los insectos se esconden y los animales del corral se callan. Las gotas golpean sobre la lámina, una por una hasta volverse incontables. Hay lluvias denominadas Ik’al ja’al, que son aquellas con tormenta, con grandes ráfagas de viento que sacude todo lo que está a su paso. Pero si esta es acompañada de rayos y relámpagos entonces su nombre cambia a chawukil ja’al. También existe la tsotsots ja’al, que se trata de una lluvia intensa, pero pasajera, que apenas dura unos minutos. Además, está la k’al ja’al que, a diferencia de las otras formas de lluvia, se caracteriza porque se da sin que el cielo se nuble, es decir, con sol. Y es en este tipo de chubasco donde se forma el sejk’ub it, es decir, el arcoíris.
Cuando la lluvia pasa, lo que queda son las gotas que lentamente se desprenden y caen de las ramas, y otras se escurren en el techo de la casa. Pero su caída y velocidad también produce un tipo de sonido que determina el nombre de la gota. Si el agua cae gota a gota, con un ritmo pausado, entonces se dice xt’ult’un ya xkoj te ja’e. Pero si la gota va golpeando en su caída con ramas y otros objetos hasta tocar el suelo, suele decirse xchajajet xkoj tal te ja’e, “gotas que caen en las hojas y continúa cayendo con ruido”. Las últimas gotas, el resto de la lluvia que queda estancado y que lentamente cae en la mañana por el calor del sol es nombrado como t’ojob. La gota no es nunca la misma, mucho menos su ritmo y sonido.
La lluvia devela una filosofía aural, maneras de entender el ritmo del agua y su dimensión, para tomar respectivas precauciones. Los torrentes son vistos como un milagro del cielo que alimenta la tierra, las semillas y provee las cosechas. Pero también se le teme, pues su furia puede acabar con toda una milpa. Mi abuelo lo sabe, por eso agradece el paso de la lluvia y le pide que mida su fuerza para que su cosecha pueda darse: wokolawal jch’ul ja’al, “gracias, sagrada lluvia”.
*
Balak’ ja’: corriente de agua formada en las veredas en la temporada de lluvia.
IV
Hay aves que anuncian la lluvia como el jwok. Hay insectos como los grillos y las luciérnagas que anticipan su llegada. La naturaleza sabe cantarle al agua: es el lenguaje entendido por las deidades. Cantos afluentes que avivan los ciclos, que sostienen al mundo.
Portada de “Duo”, Colette. Editorial Hachette, 1985.
Toda pareja es un minúsculo manicomio, pletórico de aberrantes contradicciones, tiernos malentendidos y lenguajes secretos indóciles a una gramática meramente institucional. El desgarre de la relación fractura también el lenguaje inventado que la pareja fabricó con el paso de simpáticas coincidencias e imprevistas desgracias. Pero el glíglico particular de cada microcosmos amoroso suprime su diccionario sentimental cuando acaece una traición.
Esto lo entendía muy bien Sidonie-GabrielleColette (1873-1954), quien trazó una obra que nació a la par que el siglo XX —la serie de las Claudine comenzó a publicarse en 1900— y habitó la transición del Fin de siècle liberándose del yugo de su primer marido, Henry Gauthier-Villars (alias Willy, quien se atribuía la autoría de las primeras novelas de Colette), para buscar un segundo aire, una segunda vida, en el éxtasis vanguardista de la primera mitad del siglo XX: fue novelista, periodista, guionista, libretista y artista de cabaré.
Colette tuvo la gracia de pertenecer a esa generación trabada entre dos siglos (el XIX y el XX), como Henry James, como Joseph Conrad, como Antón Chéjov, como Marcel Proust o los autores españoles de la generación del 98, por lo que desarrolló una peculiar sensibilidad decimonónica, nutrida por el preciosismo y los símbolos de la decadencia, las cuales supo actualizar y fundir con los avances y novedades que prometía el siglo XX.
Con excepción de Proust, no creo que haya un ojo tan sensible a los cambios atmosféricos de la vida en pareja o de las relaciones sentimentales como el de Colette; si bien su prosa nada tiene que ver con el caracoleo de oraciones subordinadas del autor de En busca del tiempo perdido, Colette pertenece a esa estirpe de escritores, como Chéjov, como Henry James, como Truman Capote, que delinean frases breves en las que, como celebraría André Gide, “no hay una sola línea que no cuente, que no esté escrita como sin pensar, como por juego, pero con arte sutil y consumado”.
Más intemporal que anacrónica, sutil, sensible y fatalmente seductora, la imagen que yo evoco de Colette no es precisamente la de la joven subversiva, libertina, bisexual, confrontativa e infatigable que también fue, sino la estampa de esa hermosa anciana excéntrica que tanto impresionó al veinteañero Truman Capote en La rosa blanca, cuando la entrevistó en la década de los cincuenta. Es probable que la adorable octogenaria volviera adicto a Capote a los lujos aristocráticos (en los que después despilfarraría toda su fortuna), al regalarle su valiosísimo pisapapeles de cristal fabricado en 1842. La lección de Colette siempre vuelve a mi mente cuando estoy por comprar un regalo de cumpleaños para algún amigo. Capote le dijo a la escritora francesa que él no podía aceptar ese pisapapeles que ella adoraba tan intensamente y Colette le contestó: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.
Otra anécdota que me arruga el sentimiento cada que la evoco es la carta que, poco antes de morir, le escribió Colette a su yerno rechazando una invitación para visitarlos:
Señor: Me pide usted que pase ocho días en su casa, es decir, al lado de mi hija, a quien adoro. Usted, que vive junto a ella, sabe cuán raramente la veo, cuánto me encanta su presencia, y me conmueve que usted me invite a que vaya a verla. No aceptaré, sin embargo, su amable invitación, cuando menos por ahora. Verá usted por qué: mi cactus rosa va probablemente a florecer. Es una planta muy rara que me regalaron y que, según me han dicho, sólo florece en nuestros climas cada cuatro años. Soy ya muy anciana, y si me ausentara mientras mi cactus florece, estoy segura de que ya no lo vería florecer otra vez…
La primera mujer que presidió la Academia Goncourt dejó huella con sus palabras y sus excentricidades hasta sus últimos días, numerosas son sus novelas breves que causaron gran impacto en los lectores, La vagabunda (1910), Chéri (1920), Gigi (1944), pero en esta ocasión me ocuparé específicamente de Dúo, que recién cumplió noventa años desde su publicación, y que es un penetrante retrato emocional de una pareja, Michel y Alice, partida por una infidelidad, mientras se destruyen mutuamente en una casa de campo. ¿Dúo o duelo?, podía leerse en la faja publicitaria de la edición original.
Toda pareja es un minúsculo manicomio, comentaba antes, pero también toda pareja es una suerte de oscura secta con solo dos miembros que se lavan el cerebro cotidianamente. Así se nos presenta en Dúo el matrimonio de Alice y Michel, quienes vacacionan en una casa rural en el poblado de Crasnac, cumpliendo una monótona rutina que se ve disrumpida con la aparición de una carta de Ambrogio, quien fuera el amante Alice. La forma en la que la pluma despiadada e irónica de Colette narra la torpeza de Michel para descifrar la carta que revela la infidelidad —al grado de que su propia esposa tiene que ayudarle a encontrar sus lentes—, abandona la simple caricatura cuando Michel, desolado, le cuestiona a su esposa:
—¿Qué nos has hecho?
En caso de descubrir una traición o un engaño que alguien de nuestra total confianza acometió en contra nuestra, ¿qué tanta información, además de la disculpa, requerimos para paliar la herida, sanar nuestra conciencia y retomar la confianza? Ese es el predicamento en el que se imbuyen los personajes de Dúo. La novela no trata tanto del desenmascaramiento de la infidelidad de Alice, eso se revela en las primeras páginas, sino de la tensa atmósfera que petrifica a la pareja en un dilema de odios y desconfianzas a partir de ese momento: “¡Vaya vida —pensó [Michel] interrogativo— si hay que tropezar en todas las palabras, en todos los gestos contra algo oculto, vibrante, sangrante…!”.
Pese a su carácter hosco y altivo, Alice, quien minimiza la importancia de su devaneo con Ambrogio, no puede ignorar la depresión de su marido, que se debate entre la total negación y una resignación enfermiza. Conforme la segunda se apodera sintomáticamente de Michel, Alice busca ayudarlo contándole más y más detalles del amorío. “Resulta curioso”, escribe Colette, “que uno dependa tanto de la calidad de un sufrimiento, de la calidad de una traición”. Pues, para Michel, la infidelidad en sí misma no es un asunto trágico, sino que lo atormenta la calidad, el cómo ocurrió, su significado oculto: “Acostado, decidió sufrir inmóvil. Pero su dolor carecía aún de ritmo, de virtuosismo y de organización, su tormento se le escapaba a cada instante, siendo sustituido por preocupaciones cotidianas y desmenuzadas”.
“El arte de herir y el arte de ser herido”, recuerdo siempre esa cita de El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon, “se unen en el comportamiento de la herida”. Dúo es la crónica sensorial de ese frágil proceso de cicatrización. Las diferentes versiones de la traición —si quería a Amrogio o si solo lo usó, si lo pensó antes o surgió casualmente— se acumulan en falsas narrativas del perdón que guardan rencor en rutinarios actos pasivo-agresivos. Cuando Alice le comenta a su marido que compró tres litros de leche, él no puede evitar pensar: “Miren a la tragona. Todo le vale para alimentarse. El aire, el rosal, el café con leche. Todo le vale para olvidar. Si yo me dejara llevar…”.
Los rencores reprimidos germinan en la quebradiza mente de Michel, quien somatiza la infidelidad y se equilibra entre la negación total y el cinismo. El trenzado de juegos psicológicos que enhebra la sádica pluma de Colette reinventa en la mente de sus lectores el duelo, en apariencia refinado e indiferente, de esta pareja al borde del abismo. Colette configura un fino telar de culpas entretejidas a las reacciones más salvajes que habitan el espíritu posesivo de una relación. En su permanente teatro de aparentar que todo está bien, una puesta en escena para un público imaginario (con excepción de la criada María), Michel reacciona impulsivamente y lanza por los aires un jarrón de porcelana que se hace añicos. Él siente satisfacción, ella piensa: “Ya sabe, ya sabe que esto alivia… También un martillazo en la cabeza. Incluso dos manos un poco apretadas en torno a una garganta”.
Alice, sin embargo, no juega el papel de esposa arrepentida y abnegada. Cuanto más débil encuentra a Michel, si bien siente un poco de lástima, más lo desprecia: “No se atrevió a dejar entrever que lo desmesurado del abandono viril, los estremecidos sollozos la hacían sentirse fría y escandalizada”. Después piensa: “Estoy dispuesta a cuidarle, pero no cuando está enfermo”. Cuando él busca entender el motivo carnal del engaño, ella se pregunta: “Pero, ¿por qué razón un hombre no puede hablar jamás de la sensualidad femenina sin decir enormes tonterías?”.
La narración se balancea en un juego oscilatorio de focalizaciones entre el punto de vista de Alice y de Michel, que se torna más lúgubre cuando este accede a la totalidad de las pruebas. Después de leer todas las cartas de Ambrogio, creyendo haber sanado por conocer todos los ángulos del engaño, no hace más que sumirse en una depresión aun peor: “Es increíble la de porquerías que tres palabras pueden encerrar”. Si fue un amorío cariñoso, entonces, parece pensar Michel, ella ya no me ama; en cambio, si tan solo fue un desliz voluptuoso de puro deseo carnal, entonces nuestra relación es una cárcel que limita su búsqueda de placer y deseo. De cualquier modo, no hay salvación.
En el año 2010 me perdí en el cementerio Pere Lachaise, probablemente buscando la tumba de Jim Morrison, y sin querer terminé reposando en una tumba de mármol rosado, en cuya lápida negra podía leerse: ICI REPOSE COLETTE 1877-1954. Al verme desparramado de una forma tan vulgar e irrespetuosa sobre la tumba de una de las más grandes escritoras en lengua francesa, un señor con ojos de búho insomne y nariz de guadaña me increpó en francés y me exigió que me levantara de ahí inmediatamente. Tenía en la mano una rosa y en la otra un libro. Después de pedirle disculpas en todos los idiomas, cabeceó bufando y detuvo el rostro ante la solemne lápida.
Ya me iba cuando me llamó de vuelta, la rosa la había dejado sobre el sepulcro y con el brazo erguido entre la niebla parisina entendí que quería regalarme el libro. Lo recibí con esas reverencias que se entienden en todos los idiomas y quise preguntarle: Pero cómo me va a regalar este libro que parece ser tan valioso para usted. El hombre destensó la mirada y en sus frágiles ojos azul marisma descifré esa misma respuesta que Colette le dijo al adolescente Capote: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.
Bibliografía
Capote, Truman, “La rosa blanca”, Los perros ladran, Barcelona, Anagrama, 1994.
Colette, Al rayar el día, Barcelona, Argos Vergara, 1982.
Colette, Dúo, Barcelona, Anagrama, 2016.
Pynchon, Thomas, El arcoíris de la gravedad, Barcelona, Tusquets, 2009.
Los nuevos gurús del diagnóstico están en TikTok o en Instagram. Esta novedosa forma de divulgación clama “des-estigmatizar” la salud mental y pretende democratizar el conocimiento. Pero detrás de las luces y los efectos especiales se oculta un creador de contenido sin formación especializada que dicta lo que es normal y lo que es patológico, mientras que millones de usuarios construyen su identidad alrededor de diagnósticos, como si fueran horóscopos personalizados.
Un ejemplo perfecto de esta tendencia lo encontré hace unos meses en un video en donde una creadora de contenidos afirmaba “científicamente” que el Trastorno Límite de la Personalidad es en realidad una neurodivergencia (Bajo el hashtag: #trastornolimitedelapersonalidad es una #neurodivergencia, @TLPMexico).1 Según sus propias palabras, esto significa que las neurodivergencias no solo se presentan como parte del desarrollo neurológico, sino que también pueden ser “adquiridas” a lo largo de la vida.
La escenografía del video es impecable para lo que pretende vender: una chica con lentes blancos y expresión de científica seria, vestida con una camisa que exhibe un cerebro multicolor (por si quedaban dudas del tema), mientras una serie de luces brillantes enmarcan la habitación detrás de ella. Los subtítulos funcionan como un manual de instrucciones que te explican cómo una persona con TLP que “malinterpreta todo” no es más que una amígdala e hipocampo atrapados en un círculo vicioso que reactiva su trauma. Para ella, la “explicación de fondo” de las relaciones interpersonales conflictivas está en la neuroquímica, en la “predisposición genética” y en las “experiencias traumáticas” que son la causa de un trastorno de la personalidad. La neurobiología de autoayuda que te absuelve de la culpa y el dolor nunca había sido tan accesible ni tan seductora.
Pero el problema no es solo estético. Su redefinición de la neurodivergencia como algo “adquirido” revela una comprensión profundamente errónea del concepto. En un inicio, la neurodivergencia o neurodiversidad se conceptualizó como una manera de despatologizar las diferencias neurológicas, sensoriales o de comunicación de parte de que aquellos que están en el espectro del autismo, padecen de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o dislexia. En todos estos casos, se trata de individuos que no han tenido un desarrollo neurológico “típico” y por lo tanto presentan alguna diferencia en su forma de aprender, de relacionarse o de procesar información. Lo que el video argumenta es que este desarrollo atípico no tiene solo una base física, sino que también puede adquirirse a causa de las circunstancias de vida, lo cual va completamente en contra de la definición misma de neurodivergencia, porque no se trataría de una diferencia neurológica del cerebro, sino más bien de una respuesta a experiencias adversas.
Algunas de las respuestas son igual de sorprendentes que el video original y funcionan como síntomas perfectos de la era en la que vivimos. “Yo soy el manual DSM andando Jajaja y mi lado borderline es intenso y me has ayudado mucho morra… Gracias”, escribe alguien que ha convertido su diagnóstico en orgullo personal. “¿Alguien le dice a mi amígdala que me relaje y deje de estar en modo alerta 24/7?”, pregunta otra persona, dirigiéndose a su sistema nervioso como si fuera un dispositivo defectuoso que necesita un botón de reinicio. Una tercera comenta: “¡Excelente! Mil gracias. De verdad soy profesional de la salud y esto le sirve mucho a mis pacientes. Te felicito. Y gracias”—probablemente uno de esos psicólogos que deriva su práctica clínica a influencers de TikTok y considera que mandar videos virales constituye intervención terapéutica—. “Gracias, no tenía ni idea de por qué me comportaba así”… porque, evidentemente, ¿para qué reflexionar sobre la propia historia, relaciones o contexto social cuando puedes reducir toda tu existencia a un mal funcionamiento de la amígdala? La neurobiología pop como la excusa perfecta para convertirte en rehén de tu propio hardware y quedar oficialmente liberado de la incómoda responsabilidad de ser sujeto de tu propia vida.
Este caso ilustra tres problemas fundamentales que van mucho más allá de la mala divulgación científica. En primer lugar, el propio diagnóstico de TLP es profundamente problemático. Después de que en las décadas pasadas la moda pasó de la depresión al diagnóstico de bipolaridad, impulsado por el hecho de que los antidepresivos de segunda y tercera generación iban a perder su patente, ahora el TLP está viviendo su momento de auge mediático. No obstante, los llamados “trastornos de la personalidad” representan uno de los resabios más problemáticos de la visión débilmente psicoanalítica que se enquistó en una sección suplementaria del DSM y que se desvió hacia algo mucho más perverso. El TLP pertenece al llamado clúster B, junto con el trastorno narcisista, antisocial e histriónico, todos caracterizados por ser “dramáticos, emocionales o erráticos”. Estos diagnósticos dictaminan que la “personalidad” misma de ciertos individuos, especialmente mujeres jóvenes en el caso del TLP, es inherentemente patológica. La paradoja es evidente: mientras los trastornos se definen por ser egodistónicos (causan malestar al individuo), los trastornos de personalidad son supuestamente egosintónicos (no le causan malestar al individuo, porque están en línea con su “yo ideal”) y sin embargo son patológicos. Es decir, se patologizan las formas de ser que la persona no vive necesariamente como problemáticas, pero que el sistema social encuentra intolerables.
En segundo lugar, si aceptamos que la neurodivergencia es también adquirida, entonces literalmente todos los trastornos del DSM serían neurodivergencias. Si cualquier funcionamiento cerebral diferente al “estándar” constituye neurodivergencia, entonces la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia, los trastornos alimentarios y cada una de las más de 300 categorías diagnósticas del manual serían variaciones neurológicas normales. El concepto pierde toda especificidad y se convierte en un eufemismo universal para cualquier forma de sufrimiento psíquico.
Tercero, y más fundamental, esta biologización extrema de los trastornos mentales, el reducirlos exclusivamente a funcionamientos anatómicos defectuosos, oculta sistemáticamente que se trata fundamentalmente de problemas sociales y relacionales. Así, el famoso modelo biopsicosocial en el que supuestamente se basa toda la educación en psicología queda reducido a pura biología, eliminando precisamente los componentes psicológicos y sociales que le daban sentido. Una amígdala “hiperactiva” no surge en el vacío: surge en contextos de violencia, abandono, precarización, aislamiento social, y sistemas familiares y sociales disfuncionales. Pero hablar de amígdalas es infinitamente más cómodo que hablar de violencia estructural, desigualdad económica y de clases, o sistemas que precarizan a los más vulnerables.
Entiendo perfectamente por qué esta perspectiva tranquiliza a tantas personas que buscan desesperadamente una explicación para su dolor. Es una forma elegante de esquivar la culpa que tradicionalmente acompaña al sufrimiento psíquico: “no es tu culpa, es tu cerebro”. Pero esta aparente liberación, que además no está basada en ninguna evidencia científica seria y es profundamente engañosa, no es la solución, sino que sumerge a los que sufren en una desesperanza absoluta en la que no hay nada que hacer más que aceptar que venían defectuosos desde la fábrica. Esta “explicación” funciona como anestésico político perfecto: te libera de la culpa individual solo para encerrarte en una jaula biológica. Tú no tienes la culpa, pero tampoco tienes la capacidad de elegir otra manera de actuar, no tienes libertad. No es tu responsabilidad, pero tampoco puedes modificar tus reacciones fuera de tomar un elixir farmacológico “de última generación” que te va a sedar para volverte un normótico común.
Y hay algo aún más terrible en este fenómeno: la velocidad con la que las personas se apropian de los diagnósticos como identidades de consumo. “Yo soy el manual DSM andando” no se lee con el dolor que seguramente conlleva, sino que se interpreta como una declaración de identidad, casi como un álbum en el que la persona ha coleccionado suficientes estampitas para llenarlo y puede reclamar el premio del más estigmatizado. El diagnóstico se convierte en una etiqueta, el trastorno, en una personalidad de Instagram, el sufrimiento real, en una manera de vincularse a través de contenidos. Es la mercantilización perfecta del malestar.
La maquinaria que permite esta conversión del malestar en producto funciona con precisión engañosamente simple. El capitalismo genera un sufrimiento generalizado, después lo patologiza individualmente, luego lo neurobiologiza para despolitizarlo y finalmente lo vende como identidad de consumo. Puedes tener (como padecimiento, o posesión) depresión, ansiedad, TLP o incluso asumir la identidad y ser bipolar, ser “persona límite” o borderline, pero nunca se cuestiona que vivimos bajo un sistema que estructuralmente nos aliena y produce ansiedad, nos instaura en la melancolía o produce relaciones interpersonales destructivas.
La normosis como diagnóstico del diagnóstico
Frente a este catálogo clínico de identidades empaquetadas, aparece una categoría incómoda: la normosis. La normosis, tal como la describió Christopher Bollas, es la pulsión de ser normal, “tipificada por el aturdimiento y eventualmente la borradura de la subjetividad a favor de un ‘yo’ que se concibe como un objeto material entre otros objetos”.2 En este sentido, la normosis que se describe en el Antimanual Diagnóstico del Malestar en la Cultura (ADMC-6) no es una categoría más en la lista de trastornos, sino que es un espejo crítico del propio proceso del diagnóstico (y autodiagnóstico) clínico. Su lógica es la del metadiagnóstico: señalar que lo patológico no está en los individuos que “padecen” un problema neurológico o psicológico, sino en la normalidad misma que los obliga a padecer.
A diferencia del normópata, que goza alegremente de las promesas del sistema capitalista, el normótico sufre conscientemente pero se ve forzado a adaptarse.3 Y en esa necesidad de adaptación radica su tragedia: sabe que algo está mal, siente el dolor de la adaptación, pero el sistema le ofrece como única salida la individualización neuroquímica de su malestar.
Desde esta perspectiva, la normosis no es un fracaso del sujeto, sino la evidencia más contundente del éxito del capital. El sujeto normótico encarna lo que podríamos llamar el síntoma de la razón: su dolor no es producto de una divergencia individual, sino la consecuencia de vivir en una normalidad estructuralmente enferma. Si el capitalismo exige alegría productiva, goce y resiliencia permanente ante sus mutaciones, el normótico, con su sufrimiento lúcido, funciona como recordatorio incómodo de que esas exigencias son imposibles de cumplir sin sufrimiento.
Por ello, el ADMC-6 clasifica a la normosis como una patología estructural, no individual, sino que atraviesa a la estructura social, económica y política. En otras palabras, el normótico no es un paciente, sino un testigo, no es un caso clínico sino una evidencia de que el malestar no está en la excepción, sino en la regla.
F69.425 NORMOSIS (Trastorno de Adaptación Sistémica con Sufrimiento Consciente)
Criterios diagnósticos
A. Criterios cognitivos
Se requieren al menos 3 de los siguientes 5 síntomas, presentes la mayor parte del tiempo durante el periodo especificado:
Síndrome del vacío consciente: experiencia persistente de sentirse vacío o que no se posee un yo, pero con conciencia dolorosa de esta carencia. A diferencia del normópata, el normótico busca ayuda “para encontrar alguna forma de sentirse real o simbolizar un dolor que solo puede experimentarse como vacío o dolor”.4
Atrofia de la capacidad introspectiva con malestar: “la capacidad introspectiva raramente se utiliza”5 pero a diferencia del normópata, el sujeto experimenta esta limitación como pérdida dolorosa. Se manifiesta como incapacidad genuina para comentar sobre temas que requieren mirarse a sí mismo o al Otro en profundidad, acompañada de frustración consciente por esta limitación.
Refugio forzado en objetos materiales: tendencia compulsiva a refugiarse en objetos materiales, pero experimentando esta necesidad como alienante. “Se refugia en los objetos materiales”, poseído por el impulso de “definir la satisfacción a través de la adquisición de objetos”6 pero con conciencia dolorosa de que esta apropiación es “sin deseo” y sin ningún significado simbólico.
Pensamiento crítico preservado con parálisis ejecutiva: capacidad intacta para el análisis sociopolítico acompañada de incapacidad para trasladar este conocimiento a acciones coherentes. Uso compulsivo de frases como “sé que está mal, pero ¿qué puedo hacer?”, “el sistema nos tiene atrapados”, “ojalá pudiera cambiar algo”, “es lo que es”.
Síndrome de “Robotización Consciente”: transformación automática e involuntaria de experiencias con potencial poético, simbólico o emocional en datos técnicos, cifras o información “útil”, acompañada de dolorosa conciencia de la pérdida. Por ejemplo: caminar por un bosque mientras el reloj Garmin registra obsesivamente 8,247 pasos, 420 calorías quemadas, ritmo cardíaco 128 bpm, pendiente 3.2%, mientras piensa compulsivamente “¿cerré los anillos de actividad?” en lugar de experimentar la caminata en el bosque. A diferencia del normópata que goza de la manera en que todo es una competencia y hay que ser el mejor, el normótico siente nostalgia: “antes podía simplemente caminar sin contar cuántos pasos llevo”.
B. Criterios emocionales
Se requieren al menos 3 de los siguientes 5 síntomas:
Culpa sistémica crónica: sentimientos persistentes de traición a los propios valores por participar en un sistema que considera moralmente reprobable. Autorecriminación constante por “ser cómplice” del capitalismo. Pensamientos recurrentes como “soy parte del problema”, “estoy financiando mi propia opresión” cada vez que usa Amazon o acepta condiciones laborales abusivas para pagar la renta.
Empatía hipertrofiada con síndrome de impotencia: capacidad empática intacta o aumentada hacia las víctimas del sistema, acompañada de sufrimiento intenso por la propia incapacidad para aliviar el sufrimiento ajeno. Indignación por la desigualdad, culpa por tener privilegios e impotencia por no poder “salvar” a los demás, seguido de autorecriminación.
Ansiedad existencial por contradicción vital: malestar crónico persistente por la discrepancia entre valores personales y acciones necesarias para la supervivencia. El sujeto experimenta su propia existencia como “internamente desgarrada”,7 se define como un “hipócrita funcional”.
Melancolía del “sé muy bien… y sin embargo”: caracterizada por la estructura clásica del desmentido: “Sé muy bien que el consumismo destruye el planeta… y sin embargo sigo comprando en Amazon porque es más barato”. “Sé muy bien que los vuelos contribuyen al cambio climático… y sin embargo ya reservé mis vacaciones en Europa porque me lo merezco”. “Sé muy bien que Instagram explota mis datos… y sin embargo sigo viendo reels porque necesito desconectarme”. La melancolía surge precisamente de la conciencia dolorosa de esta estructura de autoengaño consciente.
Síndrome de “objeto interno vacío” con conciencia: el normótico es consciente de su “mundo de objetos internos extrañamente sin objetos”.8 Experimenta como pérdida dolorosa su relativa incapacidad para introyectar objetos y por tanto su dificultad para identificarse con el Otro y empatizar plenamente. Esta deficiencia en las “técnicas propias de insight” genera malestar y búsqueda activa de conexión genuina.
C. Criterios de comportamiento
Se requieren al menos 2 de los siguientes 4 síntomas:
Participación en rituales de consumo: comportamientos consumistas acompañados de malestar consciente, culpa y racionalización defensiva.
Sumisión laboral con resistencia interna: cumplimiento de exigencias laborales experimentado como violencia autoinfligida. Pensamientos recurrentes de “me estoy prostituyendo” o “estoy vendiendo mi alma” durante la jornada laboral.
Activismo compensatorio esporádico: episodios intermitentes de actividad política o social como intento de aliviar la culpa sistémica, frecuentemente seguidos de desánimo y retorno al conformismo forzado. “La revolución siempre está por venir”.
Autoboicotaje inconsciente: tendencia a sabotear el propio “éxito” dentro del sistema debido a la disonancia moral que genera prosperar.
D. Criterios temporales y contextuales
Los síntomas de los criterios A, B y C deben estar presentes durante al menos 6 meses consecutivos.
Inicio típico: frecuentemente coincidente con:
Primera exposición prolongada al mundo laboral formal.
Obtención de educación crítica (estudios en humanidades, filosofía, arte).
Experiencias de injusticia social directa o indirecta.
Contacto con movimientos de resistencia social.
Los síntomas deben causar deterioro significativo en:
Capacidad para disfrutar logros personales dentro del sistema.
Relaciones familiares (especialmente con normópatas).
Rendimiento laboral por conflictos éticos.
Capacidad para tomar decisiones vitales importantes.
E. Criterios de exclusión
Los síntomas no se explican mejor por:
Normopatía (F69.420): A diferencia del normópata que “goza perversamente del sistema capitalista”, el normótico “mantiene su diferencia con respecto al sistema” y “sufre las más dolorosas lesiones en su esfera subjetiva”.9
Depresión Mayor: Aunque puede haber síntomas depresivos, estos están específicamente relacionados con la conciencia de enajenación sistémica, no con una alteración del estado de ánimo generalizada.
Especificadores
F69.425.1 Normosis leve (Tipo “Activista de fin de semana”):
Malestar consciente pero manejable.
Capacidad para compartimentalizar la contradicción.