Tierra Adentro
El Salón París, retratada por Alejandra Carbajal

A Ximena Y Z

A mediados de la primera década del siglo XXI, mis amigos y yo nos convertimos en apasionados buscadores de cantinas y abrevaderos. Todos los viernes del señor, al salir de clases de la universidad (estudiábamos en Ciudad Universitaria), emprendíamos la odisea en Metro: nos alejábamos 20 kilómetros hacia el norte de nuestro terruño universitario, enclavado en los pedregales de San Ángel y Santo Domingo, para adentrarnos en el vetusto, bullanguero y aún violento Centro Histórico de la Ciudad de México (“eje del orden y el desmadre”, escribiría Monsiváis).

Descendíamos –o emergíamos– en el metro Juárez, en Pino Suárez (sin albur), a veces en Bellas Artes, y comenzábamos la travesía sin más brújula que nuestro olfato de gambusinos de alma vieja y nuestra inquieta y santa sed. Nos perdíamos por calles, plazas y callejones peinando la zona, hacia Ninguna Parte, aguzando la mirada y los sentidos, pidiendo ser abducidos por cualquier tomaduría que destilara alcohol barato, música, tufo y calor.

Una de las primeras cantinas que recuerdo haber visitado fue Los Chenchos, a unos pasos del metro Pino Suárez, por la estridente plaza e iglesia de San Lucas, arriba de una de las fauces del paso a desnivel de Fray Servando. Era un congal de otro mundo, o así lo he soñado, habitado por una fauna variopinta. Tenía un oscuro tapanco en el que las parejitas de todos los colores se entregaban a los preámbulos del fornicio. Abundaban los musculosos jovencitos estibadores, provenientes de los mercados aledaños a la zona de La Merced, que se entregaban con ardor a las carcamales meseras de buena pechuga un tanto subidas de carnes. En Los Chenchos me compré, con uno de los tantos vendedores ambulantes que entraban y salían, una pluma fantástica. A la altura del clip tenía un botón que encendía un foco que irradiaba una luz, a manera de láser, por el tapón. Entonces, si proyectabas ese láser en una pared aparecía el holograma de una frondosa muchacha morena en bikini. Era la sensación. Un día perdí ese bolígrafo. Varias veces volví con sagaz terquedad a Los Chenchos con la esperanza de encontrar de nuevo al vendedor. Nunca sucedió. Vaya que las cantinas con el territorio de la desidia.

Pero si llegábamos por metro Juárez, a veces recalábamos en El Farolito (Luis Moya 49), donde aprendimos que no hay cantina que se jacte de ser cantina sin su respectivo rebaño de cucarachas que pazca a placer por todo el lugar; o en La Castellana (Luis Moya esquina con Ayuntamiento), de estridente música en vivo estilo “Rock en tu idioma”; o en El Negresco (así, con “s”; en Balderas esquina Victoria), en donde si no eras remilgoso, además de unos buenos tragos de ron –en esa época sólo bebíamos ron–, te podías deleitar la pupila con el ejército de sílfides meseras longevas, un tanto jamonas, de firmes nalgatorios envueltos en soberbias minifaldas y de piernas a punto de reventar dentro de tremendas mallas de red, ¡olé, matador!; y si nuestros bolsillos nos lo permitían descendíamos a un teibol subterráneo sin nombre (o si lo tuvo no me acuerdo), en la esquina de Av. Independencia y Revillagigedo. Y es que, debo decir, mi amigo El Norteño se decantó por ese giro y yo, en solidaridad, lo acompañé a varios tugurios: el pintoresco El Azteca (que estuvo en el número 126 A de Eje Central, casi esquina con Salto del Agua), donde inició su carrera Javier Solís; El Studio 54, El Kefrén…; así como una larga colección de bares de ficheras, como El Florida (López e Independencia), El Miramar (Independencia y José Azueta), El Mr. Lee (Independencia 19), El San Remo (Dolores 4)… Lugares en los que, como apuntara Marguerite Yourcenar, las mujeres, de beldades caprichosas, se abrían y cerraban como las flores. Pero esa es otra historia.

Por aquel rumbo –de San Juan– también descubrimos la tan preciada cantina El Tío Pepe (ahora convertida en meca turística), que se convirtió en nuestro despacho. Las cervezas constaban 20 pesos y el ron Castillo o Potosí a 45 del águila. Salíamos gateando, henchidos de salud y de placer. Como vicarios de Cristo en la tierra, de vez en cuando besábamos la banqueta. ¡Vaya trancas monumentales que nos acomodábamos! Don Aurelio –que entiendo que aún vive–, el cantinero, nos servía tremendos fajazos de ron… ¡como Dios manda! Pero luego, al abrigo del arribo de innumerables extranjeros, los nuevos dueños de El Pepe quisieron hacer su agosto y aquello se volvió un atraco en despoblado. Adiós Nicanor, adiós ron Potoyes, adiós The Uncle Joseph.

Pero ya se sabe: todo es perecedero, la belleza tiene sus desventuras y Baco aprieta pero no ahorca. Así que a unos pasos de El Tío Pepe hallamos el Salón Orizaba (más o menos en el número 40 de Dolores), apodado por sus parroquianos como El Horrizaba o simplemente La Apestosa. Un congal-cervecería-fichero que te recibía de golpe con un fuerte tufillo a orines fermentados, sudor, cigarro y algo más que podría ser comida. Era un lugar de ensueño, de santos bebedores de risotada fácil, cerveza barata y muros de exquisito color verdoso, de ese que adquieren el rostro de los muertos. También tenía un tapanco, frágil como un junco, en donde la historia se repetía: un apretujadero de almas, mujeres y hombres, practicaban el beso de once y el faje de diez, entre densos nubarrones de humo de tabaco.

Luego, en la calle de atrás, descubrimos el Fiuma (en José María Marroqui (sin acento en la i) número 28-C), en los bajos del edificio Guanajuato, un lugar que para entonces era un baño –sin puertas– con servicio de bar, pero que –luego lo supimos– tuvo sus años dorados. Le perteneció al afamado torero José Rodríguez “El Pajarito”, quien por cierto murió ahí. Hallaron su cadáver hasta que el olor anunció a todos los vecinos la desgracia. El Fiuma contaba, una vez más, con su consabido tapanquito en el que todos hacían lo propio. En este congal se respiraba cierto aroma a China, y de vez en cuando, en las mesas, ofrecían tazoncitos de arroz frito, cortesía de la casa. Y es que esta calle (Marroqui) es el tras bambalinas del Barrio Chino, que corre por la calle de Dolores. Aquí se hallan las cocinas y puertas de abasto de casi todos los restaurantes chinos. De ahí su olor a Cantón y a grasa de ajonjolí.

Horas eternas pasamos entregados a la conversación, la risa, el amor y la bebida. Trasegamos como chupamirtos todo tipo de caldos etílicos, curtimos el gañote, y nos transformamos en trashumantes cantineros. Luego, nos adentramos en otras zonas del centro y así descubrimos La Mascota (en Mesones y Bolívar), en donde dábamos tremendas comilonas y nos anegábamos de ron con tan sólo 200 pesotes. Hoy, con esos 200 pesotes, en La Mascota no te alcanza ni para pagar las múltiples propinas que hay que dejar, además de que se come horrible. Otra bebeduría que frecuentamos era Las Escaleras, que en realidad no tenía nombre. Se trataba de un negocio de quesadillas montado en la enjuta debajo de una escalera de vecindad, en Donceles 105, que vendía cientos de miles de caguamas que los parroquianos bebían sentados en los peldaños de la escalera, de ahí que la banda lo bautizara con ese nombre. Luego ampliaron el negocio, ocupando un patio trasero de la vecindad en donde se bebía y se fumaba mota como si no hubiera un mañana.

Cómo olvidar La Resurrección, de piso ajedrezado, buena botana y donde un amigo cinéfilo, Lalo (que bebía lindo y tupido), tiraba aceite cuando nos contaba que esa cantina había aparecido brevemente, hacía unos años, en la película El hombre en Llamas. Y todavía alcanzamos a entrar a la clásica El Nivel –que erróneamente se ha dicho que era la cantina más antigua de la ciudad y que cerró sus puertas para siempre en 2010–, en donde los parroquianos de edad provecta nos mal miraban. O nos bien miraban. ¡Y cómo no!, si éramos una caterva de mozalbetes exploradores, escandalosos, que además nos sentíamos la divina garza ¡Qué horror! También cruzamos las puertas de La Pelusa, La Mariscala, La Esperanza –atendida por el bello Toni–, El Río de la Plata –que daría para escribir un libro–, Los Jarritos (de meseras octogenarias que te besaban y te decían “mi amor”), La Nuevo León (que recientemente fue convertida en un tosco restaurante en el que una palurda cantante grita a todo volumen durante 6 horas sin parar), El Salón España, La Faena, Los Portales de Tlaquepaque (primo hermano del Tlaquepulkes, en Independencia 10), La Perla de San Juan –de espectros y personajes de novela–, El Allende Red, El Salón Victoria, Casa Juan, El Monte Carlo, La Ferrolana….

La lista es interminable. Creímos agotable lo inagotable: las cantinas (y las botellas). Fueron años de hermoso aprendizaje y de aspiraciones y deseos propios de las mocedades. ¡Hasta fundamos una revista etilicoliteraria (cuyo nombre no me atrevo a escribir aquí), al amparo de la fiesta y la borrachera, hágame usted el favor!

Ahora, a la distancia, me gusta pensar que aquellos eternos, gozosos, bisoños y repetidos viajes de viernes por la tarde, simbolizaban de cierta forma una especie de retorno al país natal trayendo las palabras de Aimé Césaire. Éramos universitarios volviendo a los territorios del antiguo Barrio Universitario que, como se sabe, estuvo en el centro hasta la década de 1950. Claro está que no estábamos conscientes de ello. No había manera de estarlo. ¡Y qué bueno! Pero existía, o al menos eso sentíamos, una especie de mística; una fuerza que nos llamaba al corazón de esta ciudad, “millonésima en el dolor y en el placer” y que nos atraía como fragmentos a su imán. Es cierto que sólo éramos un fárrago de borrachines en ciernes en busca de juergas demenciales, pero a la vez formábamos parte de toda una generación que refundó –no sabemos si para bien o para mal, y quizás no importe– el Centro Histórico de esta ciudad.

Y aquí cabría mencionar, también, el papel que el movimiento feminista tuvo en este proceso. Recuerdo con claridad cómo, paralelamente a nuestros viajes cantineros de los viernes (que aunque no eran exclusivos de hombres tampoco tenían una clara dimensión política), compañeras de la facultad se organizaban para asistir en grupo a cantinas en las que, a esas alturas del partido, aún se negaba la entrada a las mujeres. Yo fui testigo de la toma, por parte de un grupo de mujeres organizadas, de la cantina La Hija de Moctezuma (allá por el rumbo de Tacuba). La técnica siempre era la misma: entrar en grupos de 30 o 40 chavas. De sopetón, sin avisar. Pero tampoco sin consignas. Sólo era tomar la cantina, sentarse en las mesas para beber y comer. Ante el acto, los comensales hombres que se encontraban en el interior se quedaban mudos, estupefactos, apenas alcanzaban a tomar sus vasos, pasar un trago, y bajar la mirada. Esa fue la verdadera época en la que las mujeres tomaron para sí y por asalto –y para siempre– las cantinas, garantizando, yo creo, la permanencia de una envejecida institución decimonónica pero ahora con nuevos bríos.

Ah, canijas noches, hervidero de cantinas; felicidad de hombres y mujeres del alba que nos sentíamos flâneurs del siglo XXI, alejados de las vulgares prisas de los turistas… Y si me he atrevido a remitirme a mi origen de viajero de cantinas no ha sido por nostalgia, sino porque cada cantina que he visitado resume todas las cantinas; engendra la devoción por la ciudad, lo profano de las historias y lo sacramental de las eternas borracheras…

Estimadx lectorx, te convertirás en un viajero de cantina. Lo auguro con deferencia y buena voluntad. Bendito vicio caminero. ¡Salud!