Tierra Adentro

Para mi padre, Ricardo Tatto Pareja, quien me enseñó la religión del box.

Si Dios me eligiera para una guerra santa, pediría combatir al lado de Joe Frazier.

Muhammad Ali

No me hubiera gustado ser Muhammad Ali la calurosa mañana del 1 de octubre de 1975, ya que a medida que se acercaba al Coliseo Araneta se percibía algo extraño en el ambiente del día del combate pactado a 15 rounds contra su archienemigo de toda la vida, Joe Smokin’ Frazier. La humedad era tremenda, pues el rocío de la madrugada combinado con el sol asesino de la ciudad de Manila, Filipinas, había llevado a los termómetros a registrar una temperatura por encima de los 40 grados y una sensación térmica de 50. El otrora Cassius Clay entraba triunfante a la arena; sentía que ya tenía la pelea en el bolsillo, especialmente después de que Frazier había recibido una paliza a manos del gigante George Foreman, quien lo despachó por nocaut en tan solo dos rounds en 1973. 

Para Ali ese pleito era un trámite, había ido a Filipinas para vacacionar con su amante Veronica Porsche, mientras su esposa Belinda estaba en casa. En torno al combate Ali vs. Frazier III, el promotor Don King y el dictador Ferdinand Marcos habían armado un auténtico circo mediático. Uno para promover la pelea que se transmitiría a todo el mundo vía satélite y, el otro, para desviar la atención del conflicto social desatado en Manila durante su gobierno de mano dura. Pero ninguna mano era tan dura ese día como la de Smokin’ Frazier, quien ingresaba al ring dispuesto no a disputar una pelea de box, sino a jugarse la vida en venganza por el humillante trato recibido por Ali desde su primer combate en 1971. Todo era jovialidad y risas en el campamento de Muhammad hasta esa mañana, cuando se dieron cuenta de que no estaban ingresando al lugar de una justa deportiva, sino a la antesala del mismísimo infierno…

El combate quedó programado para las 10:45 horas del 1 de octubre, para coincidir con los horarios internacionales de audiencia de televisión, especialmente en Estados Unidos. Así, la transmisión iniciaría a las 21:45 horas del 30 de septiembre en Nueva York, 20:45 horas en Chicago, y las 18:45 horas en Los Ángeles. Todo esto nos suena común hoy en día, acostumbrados como estamos a las transmisiones diferidas de eventos mundiales, pero en ese entonces eran pocas las peleas que se transmitían de forma satelital a todo el planeta.

Fue, en pocas palabras, el combate del siglo, si bien así había sido llamado también su primer enfrentamiento, realizado en 1971 en el Madison Square Garden, en el cual, contra todo pronóstico, Ali perdió por decisión dividida su impresionante récord invicto, además de morder la lona por primera vez a manos de otro peleador. En su momento, muchos argumentaron que Ali había resbalado, especialmente porque se recuperó a los cuatro segundos del conteo de protección. La realidad es que Ali sí se había resbalado, pero a causa de un poderoso gancho izquierdo de Frazier. Aunque Joe Smokin’ era un fajador y nadie se recuperaba de un certero nocaut propinado por él, asombrosamente Ali lo logró casi al instante. Una prueba más de que la realidad a veces supera a la ficción, y de que Ali no era tan delicado como decían los cronistas de la época.

Esa caída y esa derrota enconaron al competitivo Ali, quien solía derrotar a sus oponentes no solo físicamente, sino psicológicamente. Muhammad fue el primer gran maestro del trash talk, de hablar sucio para desequilibrar la concentración de sus oponentes, algo que años más tarde habría de emular otro campeón sumamente competitivo del basquetbol, Mr. Michael Jordan. El caso es que ni aún con la victoria durante la revancha el 28 de enero de 1974, denominada Ali vs. Frazier II, en la cual Muhammad ganó por puntaje, el legendario campeón quedaría satisfecho. Y es que el odio que se tenían era encarnizado. 

De hecho, pocos días antes del segundo combate, durante una entrevista televisiva con Howard Cossell, se hicieron de palabras al grado de que Frazier, ofendido, se quitó el micrófono, se puso de pie justo frente Ali retándolo ante las cámaras hasta que este, en un descuido, se puso de pie velozmente y amagó a Joe, provocando que ambos rodaran por el suelo. Esto que en la actualidad podría parecer un montaje más para promover la pelea, tan común en el box contemporáneo, fue un auténtico forcejeo de dos titanes. Estamos hablando de una época en la que los boxeadores todavía eran hombres de honor, no payasos ni títeres de los promotores.

Para el tercer encuentro, Don King ya tenía las riendas del espectáculo llamado Muhammad Ali, especialmente ahora que sus bonos se habían elevado hasta la estratósfera, después de la lección de fistiana que Ali le propinó al enorme George Foreman el 30 de octubre de 1974 en Kinsasa, Zaire, encontronazo denominado The Rumble in the Jungle (la pelea en la jungla). King no tenía empacho en hacer negocios con dictadores tercermundistas; en Zaire, con Mobutu, y en Filipinas, con los infames Ferdinand e Imelda Marcos. Ahora a la distancia sería fácil juzgar el compromiso social de los peleadores, especialmente de un activista como Muhammad, pero en el momento estos enfrentamientos sobre el ring eran vistos como meros espectáculos para distraer a la población, aunque en realidad distraían la atención de las protestas civiles del país en turno.

El caso es que para Ali vs. Frazier III, la emoción en Manila consistió en todo un aparato policíaco que recibió a Muhammad a su llegada al aeropuerto y lo escoltó por las calles atestadas de gente que quería mirar al campeón mundial de box a su llegada a Filipinas. Por el contrario, el recibimiento que tuvo Frazier fue poco menos que digno, y es que el otrora campeón había bajado en sus bonos considerablemente, no solo por la estropeada que le propinó Foreman, sino porque había hecho el ridículo al lanzar su carrera como cantante soul como Joe Frazier and the Knockouts. De hecho, esta pelea era casi un favor para Frazier, pues se embolsaría apenas la mitad de lo que ganaría Ali, quien ya no daba un quinto por él. Lo que quería Ali en realidad era vacacionar con su amante, darse la gran vida en Filipinas, pues a pesar de ser musulmán, era un ser lleno de contradicciones.

Y en esa ocasión, el mundo habría de ver al Muhammad Ali más cruel y contradictorio, ya que se ensañó con Frazier lanzándole adjetivos racistas, como the gorilla in Manila, o acusándolo de ser un Tío Tom (mote despectivo que sirve para designar a los afroamericanos al servicio del hombre blanco), toda vez que Frazier era el único de los dos que provenía del cinturón de pobreza norteamericano, era de tez más oscura e incluso había trabajado en plantaciones en lugares todavía segregados cuando se mudó a Filadelfia. Es decir, Frazier era todo lo contrario a Ali, y viceversa. Eran como el agua y el aceite, su antagonismo no pudo ser escrito ni por el mejor guionista de cine. Y es que a todas luces era injusto el trato recibido tanto por las autoridades como por Ali, quien se dice llegó a amedrentarlo en su hotel con una pistola de juguete. Muhammad también invitaba a los medios a su campo de entrenamiento, donde por sparring presentaba a un hombre con una botarga de gorila, diciendo que era Joe Frazier.

Todo lo anterior acabó por enfurecer a Frazier, al grado de que su equipo decidió que era mejor abandonar el hotel y la ciudad para retirarse a una casa de campo en las afueras, a fin de que pudiera concentrarse en el combate que se avecinaba. Paralelamente, Ali seguía de bravucón y acudió junto con su amante a una cena con el presidente Marcos y su esposa, algo que vería su esposa Belinda Boyd por televisión y que la llevaría a volar hacia Manila. Ali se encontraba brindando una rueda de prensa cuando Belinda llegó hecha una furia y el incrédulo campeón tuvo que lidiar con sus dos mujeres. Tal era el estado mental y el ríspido ánimo en el campamento de entrenamiento de Muhammad, quien, a pesar de estar con su entrenador Angelo Dundee y su preparador físico Ferdie Pacheco, estaba pensando en todo menos en la pelea contra Frazier.

Por si todo lo anterior fuera poco, el pique entre ambos púgiles tenía motivos históricos: en 1967 le fue arrebatado a Ali el título mundial de campeón de los pesos pesados, por rehusarse a ser reclutado para la guerra de Vietnam, aduciendo motivos religiosos. El trono vacante fue ocupado en 1968, ¿adivinen por quién? Sí, por Joe Frazier. Por eso Muhammad siempre lo trató como un campeón de pacotilla, impostado, a pesar de que Frazier movió sus influencias en 1970 ante el presidente Nixon para que le devolvieran su licencia de boxeo, y de que se dice que apoyó con un fajo de billetes a Ali en sus peores momentos, pues este estaba endeudado al no poder ganarse la vida peleando. O sea que Frazier hizo gala de nobleza ante su oponente, mientras que Ali lo denostó de la manera más humillante (aunque años más tarde se arrepintió y dijo que solo fue para promover los combates).

Pero las buenas intenciones se le habían acabado a Frazier mucho tiempo antes de la tercera pelea. Esa mañana Joe entró a la infernal arena con solo una idea en mente: venganza. En su esquina tenía a su curtido entrenador Eddie Futch y a su equipo, que lo habían entrenado en las montañas de los alrededores de Manila, ya sin las provocaciones de Ali y las distracciones de la prensa. Así que cuando subió al cuadrilátero estaba listo, ni siquiera hizo caso de los parloteos de su contrincante, quien hasta ese momento decía que iba a bailotear en el ring volando como una mariposa y picando como una abeja.

Pero al dar el primer campanazo, Ali sorprendió a todos plantándose en el centro del ring y plantándole cara a Frazier. El campeón salió a proponer y hacer su pelea, buscando el nocaut definitivo que pusiera fin a las dudas que la trilogía de enfrentamientos con Joe había suscitado, ya que nunca había quedado claro quién era el mejor libra por libra. Y en los primeros cuatro rounds, Ali hizo lo que quiso con Frazier, conectando jabs quirúrgicos al rostro de Smokin’ Joe, sin rehusar engancharse en el intercambio de golpes con él. No fue sino hasta el quinto round cuando Frazier usó su letal gancho de izquierda que impactó en el rostro del campeón, sacudiéndolo hasta sus cimientos. Eso hizo que Joe cobrara bríos y agarrara un incansable ritmo de ataques al cuerpo de Ali para restarle velocidad a lo largo del quinto y hasta el octavo rounds, cuando la balanza comenzó a inclinarse a favor del retador.

Joe comenzó a llevarlo hacia las cuerdas, donde más daño podía infligir en la humanidad de Muhammad, que veía sus costillas, caderas y pecho ser pulverizados bajo los puños de Frazier. Se dice que en ese combate Ali recibió 450 golpes tan poderosos que podían derribar un muro. Aunque Ali, siendo un peleador técnico, un boxeador científico en toda regla, le recetó todo un catálogo de puñetazos, jabs, ganchos y uppercuts, tanto avanzando como retrocediendo (Frazier solo sabía golpear yendo hacia adelante, como toro en embestida). Por cada combinación de golpes, Ali solo recibía una mínima cantidad en respuesta, pero un guantazo asestado por Joe era potencialmente letal. Para el décimo round, Ali había perdido velocidad en las piernas y brazos, cansado de impactar en la cara de Frazier, quien aunque estaba recibiendo una golpiza se rehusaba a caer o a retroceder ante la incrédula mirada de Ali y las dos ocasiones en que había propinado golpes tales que hicieron volar el protector bucal de Frazier hasta las butacas.

Joe, sin embargo, era como una bestia herida, en su mirada tenía ansias de sangre y el vigor de quien piensa jugarse la vida hasta el final, sin importar las consecuencias. Ali usó todos los trucos de su arsenal para recobrarse, tomando aire a ratos, soltando combinaciones esporádicas, replegándose en las cuerdas para aguantar el castigo corporal (tal como lo hizo con Foreman). Más tarde habría de declarar lo siguiente sobre esa pelea: “fue lo más cercano a morir”. Primero con Big George y ahora con Smokin’ Joe, Muhammad Ali había sometido su cuerpo a una tortura tremenda: el niño bonito del box se vio reducido a saco de arena en donde Frazier cebaba la furia de sus puños. 

Joe también la estaba pasando mal: su cabeza parecía una pera loca, recibiendo una lluvia de golpes sin apenas esquivarlos. Poca gente sabe que tenía una visión limitada en el ojo izquierdo desde la década de 1960, cuestión que su equipo mantuvo en secreto por obvias razones. Era un tiempo en donde los púgiles peleaban incluso lesionados, su testosterona y gallardía así se los exigía. Para colmo de males, su ojo derecho estaba casi cerrado, Ali le había machacado la cara a fuerza de repeticiones interminables. Thrilla in Manila había probado ser una auténtica carnicería y uno de los combates más cruentos que se recuerden en el deporte. No fue una pelea espectacular, pero fue sumamente emocionante: la épica de dos gladiadores que se odiaban entre sí y que estaban dispuestos a morirse en el ardiente coliseo.

Para el decimotercer round, justo cuando Ali parecía haberlo dado todo, se empleó a fondo y casi noqueó a un Frazier tambaleante y prácticamente ciego que peleaba por puro instinto, siguiendo el rastro y el olor a sangre. No obstante, seguía sin caer, se resistía a retroceder, no cejaba en sus intentos de llevarse la victoria. Para el campanazo, Ali estaba exhausto y sin aliento, pues respirar en esa arena era como inhalar en el interior de un horno, el aire estaba hirviendo. Su entrenador, Angelo Dundee, lo convenció de que Frazier ya no tenía nada para ofrecer y le suplicó que saliera por un round más. Entretanto, en la esquina de Frazier, las cosas no eran alentadoras: Futch y el médico estaban preocupados por la falta de visión de Joe, tenía los ojos hinchados, cerrados, y el rostro como carne molida. Ali jamás había golpeado tanto a un contrincante como a Frazier esa húmeda mañana. Sin embargo, Joe seguía imbatible, determinado, así que le dieron una última oportunidad de salir al ya round 14, que pasaría a la posteridad como uno de los más salvajes de la historia del boxeo, pues Ali sacó fuerzas de flaqueza y le dio con todo le que le sobraba, golpeaba por pura fuerza de voluntad contra ese muro hecho de ladrillos y carne. Ninguno se rendía y no pocos espectadores clamaban porque se detuviera el combate. Ambos se abrazaban con su último soplo de vida. 

Para el campanazo antes del último round, Ali pidió que le cortaran los guantes. No soportaba el dolor en sus puños, ya no podía más. Estaba por rendirse cuando el sagaz dundee en cuestión de segundos miró a la esquina de Frazier y vio lo impensable. Futch, que había visto morir a dos peleadores en el ring, decidió detener la pelea. Frazier quería seguir, “quiero salir, jefe”, le suplicaba a Futch, aunque su entrenador fue determinante: “Todo terminó, nadie olvidará lo que hiciste aquí hoy”,le dijo a Joe antes de aventar la toalla.

Segundos antes de hacer lo mismo, la esquina de Ali incrédula levantó al todavía campeón quien alzó la mano en señal de triunfo, tan solo para derrumbarse en el cuadrilátero a punto del desmayo. Muhammad había ganado por nocaut técnico, pero a un costo muy alto. Muchos años después Frazier todavía se vanagloriaba de que él había ocasionado el Parkinson que había de padecer Ali a raíz de esa pelea. Cierto o no, ese día Muhammad solo alcanzó a balbucear: “contigo nunca más, Joe”.

Más tarde, arrepentido, pidió perdón por todas las ofensas que le hizo a Frazier y se deshizo en elogios por el resto de su vida. “Frazier es el mejor boxeador de todos los tiempos, después de mí”. La pelea fue tan brutal que alguien declaró: “ese día Ali y Frazier entraron como campeones, pero salieron como dos ancianos”. 

Ninguno habría de volver a ser el mismo, habían dejado una libra de carne en el cuadrilátero. El resultado no fue justo, pues ninguno merecía perder. Un segundo más y Frazier pudo ser el ganador. Por eso hoy, 50 años después, todavía se habla de esa pelea que confirma que Don King fue un gran promotor y profeta al titularla Thrilla in Manila, porque vaya que lo fue. Un enfrentamiento de dos míticos guerreros que, haciendo honor a la verdad y la justicia, si es que existe alguna en el mundo, bien podríamos llamarlo el empate del siglo.


Autores
(Mérida, 1984). Licenciado en comunicación por la Universidad Modelo y egresado de la Maestría en Arte de la UNAY. Periodista y promotor cultural, editor, ensayista y narrador, su trabajo se ha publicado en periódicos, revistas y en libros de su autoría como Tercera llamada, Cuentos, minificciones y aforismos del descaro (Libros en Red) y Yucatán en Letra Joven (PACMYC), etc. Ha sido cuatro veces ganador del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, recientemente con dos libros de ensayo: Universo de Juan García Ponce (Libros del Marqués) y Bestiario del bibliófilo (Nitro Press) . Actualmente es presidente de la Red Literaria del Sureste y director de la revista Soma, Arte y Cultura.