Tierra Adentro
Portada de "Duo", Colette. Editorial Hachette, 1985.
Portada de “Duo”, Colette. Editorial Hachette, 1985.

NOVENTA AÑOS DE LA NOVELA DÚO DE COLETTE

Toda pareja es un minúsculo manicomio, pletórico de aberrantes contradicciones, tiernos malentendidos y lenguajes secretos indóciles a una gramática meramente institucional. El desgarre de la relación fractura también el lenguaje inventado que la pareja fabricó con el paso de simpáticas coincidencias e imprevistas desgracias. Pero el glíglico particular de cada microcosmos amoroso suprime su diccionario sentimental cuando acaece una traición.

Esto lo entendía muy bien Sidonie-GabrielleColette (1873-1954), quien trazó una obra que nació a la par que el siglo XX —la serie de las Claudine comenzó a publicarse en 1900— y habitó la transición del Fin de siècle liberándose del yugo de su primer marido, Henry Gauthier-Villars (alias Willy, quien se atribuía la autoría de las primeras novelas de Colette), para buscar un segundo aire, una segunda vida, en el éxtasis vanguardista de la primera mitad del siglo XX: fue novelista, periodista, guionista, libretista y artista de cabaré. 

Colette tuvo la gracia de pertenecer a esa generación trabada entre dos siglos (el XIX y el XX), como Henry James, como Joseph Conrad, como Antón Chéjov, como Marcel Proust o los autores españoles de la generación del 98, por lo que desarrolló una peculiar sensibilidad decimonónica, nutrida por el preciosismo y los símbolos de la decadencia, las cuales supo actualizar y fundir con los avances y novedades que prometía el siglo XX.

Con excepción de Proust, no creo que haya un ojo tan sensible a los cambios atmosféricos de la vida en pareja o de las relaciones sentimentales como el de Colette; si bien su prosa nada tiene que ver con el caracoleo de oraciones subordinadas del autor de En busca del tiempo perdido, Colette pertenece a esa estirpe de escritores, como Chéjov, como Henry James, como Truman Capote, que delinean frases breves en las que, como celebraría André Gide, “no hay una sola línea que no cuente, que no esté escrita como sin pensar, como por juego, pero con arte sutil y consumado”. 

Más intemporal que anacrónica, sutil, sensible y fatalmente seductora, la imagen que yo evoco de Colette no es precisamente la de la joven subversiva, libertina, bisexual, confrontativa e infatigable que también fue, sino la estampa de esa hermosa anciana excéntrica que tanto impresionó al veinteañero Truman Capote en La rosa blanca, cuando la entrevistó en la década de los cincuenta. Es probable que la adorable octogenaria volviera adicto a Capote a los lujos aristocráticos (en los que después despilfarraría toda su fortuna), al regalarle su valiosísimo pisapapeles de cristal fabricado en 1842. La lección de Colette siempre vuelve a mi mente cuando estoy por comprar un regalo de cumpleaños para algún amigo. Capote le dijo a la escritora francesa que él no podía aceptar ese pisapapeles que ella adoraba tan intensamente y Colette le contestó: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.

Otra anécdota que me arruga el sentimiento cada que la evoco es la carta que, poco antes de morir, le escribió Colette a su yerno rechazando una invitación para visitarlos:

Señor: Me pide usted que pase ocho días en su casa, es decir, al lado de mi hija, a quien adoro. Usted, que vive junto a ella, sabe cuán raramente la veo, cuánto me encanta su presencia, y me conmueve que usted me invite a que vaya a verla. No aceptaré, sin embargo, su amable invitación, cuando menos por ahora. Verá usted por qué: mi cactus rosa va probablemente a florecer. Es una planta muy rara que me regalaron y que, según me han dicho, sólo florece en nuestros climas cada cuatro años. Soy ya muy anciana, y si me ausentara mientras mi cactus florece, estoy segura de que ya no lo vería florecer otra vez…

La primera mujer que presidió la Academia Goncourt dejó huella con sus palabras y sus excentricidades hasta sus últimos días, numerosas son sus novelas breves que causaron gran impacto en los lectores, La vagabunda (1910), Chéri (1920), Gigi (1944), pero en esta ocasión me ocuparé específicamente de Dúo, que recién cumplió noventa años desde su publicación, y que es un penetrante retrato emocional de una pareja, Michel y Alice, partida por una infidelidad, mientras se destruyen mutuamente en una casa de campo. ¿Dúo o duelo?, podía leerse en la faja publicitaria de la edición original. 

Toda pareja es un minúsculo manicomio, comentaba antes, pero también toda pareja es una suerte de oscura secta con solo dos miembros que se lavan el cerebro cotidianamente. Así se nos presenta en Dúo el matrimonio de Alice y Michel, quienes vacacionan en una casa rural en el poblado de Crasnac, cumpliendo una monótona rutina que se ve disrumpida con la aparición de una carta de Ambrogio, quien fuera el amante Alice. La forma en la que la pluma despiadada e irónica de Colette narra la torpeza de Michel para descifrar la carta que revela la infidelidad —al grado de que su propia esposa tiene que ayudarle a encontrar sus lentes—, abandona la simple caricatura cuando Michel, desolado, le cuestiona a su esposa: 

—¿Qué nos has hecho?

En caso de descubrir una traición o un engaño que alguien de nuestra total confianza acometió en contra nuestra, ¿qué tanta información, además de la disculpa, requerimos para paliar la herida, sanar nuestra conciencia y retomar la confianza? Ese es el predicamento en el que se imbuyen los personajes de Dúo. La novela no trata tanto del desenmascaramiento de la infidelidad de Alice, eso se revela en las primeras páginas, sino de la tensa atmósfera que petrifica a la pareja en un dilema de odios y desconfianzas a partir de ese momento: “¡Vaya vida —pensó [Michel] interrogativo— si hay que tropezar en todas las palabras, en todos los gestos contra algo oculto, vibrante, sangrante…!”.

Pese a su carácter hosco y altivo, Alice, quien minimiza la importancia de su devaneo con Ambrogio, no puede ignorar la depresión de su marido, que se debate entre la total negación y una resignación enfermiza. Conforme la segunda se apodera sintomáticamente de Michel, Alice busca ayudarlo contándole más y más detalles del amorío. “Resulta curioso”, escribe Colette, “que uno dependa tanto de la calidad de un sufrimiento, de la calidad de una traición”. Pues, para Michel, la infidelidad en sí misma no es un asunto trágico, sino que lo atormenta la calidad, el cómo ocurrió, su significado oculto: “Acostado, decidió sufrir inmóvil. Pero su dolor carecía aún de ritmo, de virtuosismo y de organización, su tormento se le escapaba a cada instante, siendo sustituido por preocupaciones cotidianas y desmenuzadas”.

“El arte de herir y el arte de ser herido”, recuerdo siempre esa cita de El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon, “se unen en el comportamiento de la herida”. Dúo es la crónica sensorial de ese frágil proceso de cicatrización. Las diferentes versiones de la traición —si quería a Amrogio o si solo lo usó, si lo pensó antes o surgió casualmente— se acumulan en falsas narrativas del perdón que guardan rencor en rutinarios actos pasivo-agresivos. Cuando Alice le comenta a su marido que compró tres litros de leche, él no puede evitar pensar: “Miren a la tragona. Todo le vale para alimentarse. El aire, el rosal, el café con leche. Todo le vale para olvidar. Si yo me dejara llevar…”. 

Los rencores reprimidos germinan en la quebradiza mente de Michel, quien somatiza la infidelidad y se equilibra entre la negación total y el cinismo. El trenzado de juegos psicológicos que enhebra la sádica pluma de Colette reinventa en la mente de sus lectores el duelo, en apariencia refinado e indiferente, de esta pareja al borde del abismo. Colette configura un fino telar de culpas entretejidas a las reacciones más salvajes que habitan el espíritu posesivo de una relación. En su permanente teatro de aparentar que todo está bien, una puesta en escena para un público imaginario (con excepción de la criada María), Michel reacciona impulsivamente y lanza por los aires un jarrón de porcelana que se hace añicos. Él siente satisfacción, ella piensa: “Ya sabe, ya sabe que esto alivia… También un martillazo en la cabeza. Incluso dos manos un poco apretadas en torno a una garganta”.

Alice, sin embargo, no juega el papel de esposa arrepentida y abnegada. Cuanto más débil encuentra a Michel, si bien siente un poco de lástima, más lo desprecia: “No se atrevió a dejar entrever que lo desmesurado del abandono viril, los estremecidos sollozos la hacían sentirse fría y escandalizada”. Después piensa: “Estoy dispuesta a cuidarle, pero no cuando está enfermo”. Cuando él busca entender el motivo carnal del engaño, ella se pregunta: “Pero, ¿por qué razón un hombre no puede hablar jamás de la sensualidad femenina sin decir enormes tonterías?”. 

La narración se balancea en un juego oscilatorio de focalizaciones entre el punto de vista de Alice y de Michel, que se torna más lúgubre cuando este accede a la totalidad de las pruebas. Después de leer todas las cartas de Ambrogio, creyendo haber sanado por conocer todos los ángulos del engaño, no hace más que sumirse en una depresión aun peor: “Es increíble la de porquerías que tres palabras pueden encerrar”. Si fue un amorío cariñoso, entonces, parece pensar Michel, ella ya no me ama; en cambio, si tan solo fue un desliz voluptuoso de puro deseo carnal, entonces nuestra relación es una cárcel que limita su búsqueda de placer y deseo. De cualquier modo, no hay salvación. 

En el año 2010 me perdí en el cementerio Pere Lachaise, probablemente buscando la tumba de Jim Morrison, y sin querer terminé reposando en una tumba de mármol rosado, en cuya lápida negra podía leerse: ICI REPOSE COLETTE 1877-1954. Al verme desparramado de una forma tan vulgar e irrespetuosa sobre la tumba de una de las más grandes escritoras en lengua francesa, un señor con ojos de búho insomne y nariz de guadaña me increpó en francés y me exigió que me levantara de ahí inmediatamente. Tenía en la mano una rosa y en la otra un libro. Después de pedirle disculpas en todos los idiomas, cabeceó bufando y detuvo el rostro ante la solemne lápida. 

Ya me iba cuando me llamó de vuelta, la rosa la había dejado sobre el sepulcro y con el brazo erguido entre la niebla parisina entendí que quería regalarme el libro. Lo recibí con esas reverencias que se entienden en todos los idiomas y quise preguntarle: Pero cómo me va a regalar este libro que parece ser tan valioso para usted. El hombre destensó la mirada y en sus frágiles ojos azul marisma descifré esa misma respuesta que Colette le dijo al adolescente Capote: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.

Bibliografía

Capote, Truman, “La rosa blanca”, Los perros ladran, Barcelona, Anagrama, 1994. 

Colette, Al rayar el día, Barcelona, Argos Vergara, 1982.

Colette, Dúo, Barcelona, Anagrama, 2016. 

Pynchon, Thomas, El arcoíris de la gravedad, Barcelona, Tusquets, 2009. 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
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