Tierra Adentro
"One Piece", Eiichirō Oda.
“One Piece”, Eiichirō Oda.

All of us, Dream, save us

Hiroshi Kitadani, 

Opening 26, One Piece

Para Mildreth

Luego de dedicarme a pasear entre los mecanismos ocultos y la escenografía de las narraciones, de aprender sus formas y formatos asumí con tristeza que, aunque no lo sé todo y nadie podrá abarcar o agotar cuanto hay al respecto, sería difícil que una historia me sorprendiera de nuevo, tanto como para transformarme por completo.

Pero a quién engaño, lo que más me gusta al entrar a una narración es suspender todo ese expertise para acercarme con generosa apertura y absoluta credulidad a las historias, confiar en la guía de quien narra aunque, con frecuencia, salga decepcionado por la falta de pericia o profundidad y complejidad de su visión.

A mediados del año pasado mi estado de ánimo no era el mejor y me atravesaba un proceso bastante severo: soledad, confusión, silencio, desconfianza. ¿Cómo es que pasé de ese momento tan difícil y desesperanzador a recuperar el ímpetu vital? La respuesta es muy simple, bella y compleja: One Piece.

Un colega me la había recomendado quizá un año antes, incluso me habían regalado el primer tomo del manga pero no hice mucho caso. Me decía: ¿más de mil capítulos, con tanto que ver, escuchar, hacer o conocer? ¿Quién tiene tiempo para enfrascarse en una historia que demanda prestar tanta atención?

No podría haber estado más equivocado y hoy me agradezco enormemente haber tomado la decisión de verla. Entré a la historia con las expectativas muy abajo pero me cautivó desde el principio, capítulo tras capítulo, verla pasó de un mero entretenimiento a una necesidad de comprensión profunda sobre sus significados.

Ni en la más atrevida de mis deducciones habría pensado que ese manga, cuyos dibujos me parecían copiados del estilo de Akira Toriyama en Dragon Ball, fuera a regresarme con tanta fuerza las ganas de vivir, la esperanza y la necesidad de darle sentido y dirección a mi vida a pesar de las cosas difíciles que he atravesado, de las tragedias cotidianas que compartimos y del desolador estado del mundo.

Para decirlo sencillamente: jamás pensé que me volvería a sorprender tanto como si tuviera 8 años y estuviera leyendo a Michel Ende por primera vez o descubriendo a Hitchcock como protocinéfilo mamador adolescente. Hay historias que entretienen, que preguntan o reordenan al mundo, algunas cuantas dan sentidos nuevos a los sucesos, a las cosas y a quienes las oyen pero sólo unas pocas, a lo largo de mucho tiempo, logran todo lo anterior mientras descubren algo que, de tan viejo parece que nunca había sido dicho.

Portada “One Piece”, Eiichiro Oda. Vol. 1. ShonenJump Manga. Viz Media, 2003.

¿Qué se puede decir (que no se haya dicho ya) sobre el manga (cómic) que, desde 1997, dibuja y escribe semanalmente Eiichiro Oda en las páginas de la revista Shonnen Jump? ¿O qué puedo añadir sobre la entrañable adaptación al anime (caricatura o serie animada), a cargo del estudio TOEI, que lleva poco menos de treinta años conquistando audiencias en todo el mundo (y cuyo fin no se sabe muy bien cuándo será), ni qué agregar sobre la increíble adaptación producida recientemente por Netflix y protagonizada por seres de carne, hueso y CGI. ¿Qué más se puede decir? Pues todo, absolutamente todo. Ahí radica gran parte de su magia, que siempre queda un nuevo aspecto, ángulo, tema o universo por descubrir dentro de ella.

Póster de “One Piece”, Eiichiro Oda. TOEI Animation, 1999.

Fotograma de “One Piece”, basado en el manga de Eiichiro Oda. Dir. Marc Jobst, Tim Southam, Emma Sullivan, Josef Kubota Wladyka. Netflix, 2023.

Decir que lloré viéndola es poco. Decir que reí viéndola es poco. Entre llanto profundo y alegres carcajadas, entre emocionantes peleas e indignantes circunstancias, entre grotescos chistes y poderosas reflexiones, descubrí combinaciones emocionales que ni siquiera sabía que son posibles.

Los personajes de este legendario manga son verdaderamente entrañables, no me refiero a su treintena de protagonistas solamente, me refiero a sus más de 300 personajes, cada cual con pasado, motivaciones, contradicciones, creencias y sueños. Abominables, esperanzadores, repugnantes, conmovedores, contradictorios y sorprendentes, una verdadera cátedra sobre creación, presentación y desarrollo de personajes (aprende algo Hollywood), hilación de tramas, construcción de alegorías y coherencia y consistencia temáticas.

Por si fuera insuficiente, cualquier reseña de la anécdota que narra One Piece hace poca justicia a su contenido: “un joven con el sueño de ser el rey de los piratas recorre el mundo junto a los amigos que hace en el camino” o “un grupo de amigos navega entre peligros constantes luchando por sus sueños”, hasta suena cursi ¿verdad? Quizá… “en un mundo complejo y diverso, diferentes clases de poderes en constante pugna luchan por el control del destino humano”, no, no, muy abstracto. Qué tal… “el sueño cíclico y eterno de la humanidad por alcanzar la libertad y dominar su poder”, quizá demasiado grandilocuente… o no. Con todo, se trata de una historia que abarca cada una de las anteriores y mucho más.

One Piece es la clase de obra que trasciende fronteras, religiones, visiones políticas, edades, es la clase de historia que se seguirá discutiendo por décadas y, sin exagerar, es la clase de historia que hace Historia.

Debo confesar que en esta vida lo que más me gusta es experimentar, conocer, entender y que eso me ha llevado a saltar de asunto en asunto, de medio en medio, vaya, me gusta vivir de forma ecléctica. Un poco de rock, un poco de jazz, un poco de punk… igual no creo ser el único, me parece que es una tendencia generacional y que vivimos en la mejor época posible para ser así. Apasionarse por la variedad, la vastedad de lo que el mundo tiene para ofrecernos es un deleite constante.

Por esto mismo, jamás pensé que me volvería fan, fansísimo de algo. Estacionarse obsesivamente en un estilo o forma por mucho tiempo, dejar que defina quien soy o qué pienso o cómo veo al mundo por completo es algo que no me había sucedido nunca con tanta intensidad. Aprecio las obras por lo que son, trato de entender cuándo se hicieron, de dónde vienen, qué pretenden, qué necesidad les dio origen, cómo y desde dónde hablan y a quién, para qué sirven, a quién sirven. Aprendo, asimilo, agradezco y me muevo a lo siguiente. Soy la clase de persona que prefiere conocer lo mejor de esto y aquello a profundizar en rarezas, lados-b y envivos de un mismo, único, monolítico asunto. La super-hiper-mega-especialización me da tanta urticaria que jamás pensé que me volvería fan de nada.

No sólo fan, verdaderamente fanático de algo en el sentido más amplio. Una persona que voluntariamente se uniría a un club alrededor de x o y, que consideraría adquirir mercancía basada en, que se querría tatuar alguna referencia de o que escribiría textos evangelizando sobre (¿Tiene un minuto para hablar de la palabra de nuestro señor, Monkey D. Luffy?).

Jamás pensé que me autodenominaría nakama, compañero en japonés, palabra con la que el fandom de One Piece reconoce a sus miembros.

Pero aquí estoy, casi un año después escribo estas palabras bajo la bandera que he puesto en el techo de mi sala, el símbolo de los mugiwara (sombreros de paja): en ella aparece la clásica calavera pirata: dos tibias cruzadas bajo un cráneo pero, a diferencia del símbolo clásico de otros piratas, ésta parece menos seria, los trazos son redondos, de tan amigables hasta bobos, y encima, porta un sombrero de paja. Este símbolo me recuerda tantos momentos, tantas ideas pero, sobre todo, me da empuje y reaviva mi esperanza. No soy el único, mientras escribo esto, en Indonesia esta misma bandera está a punto de ser prohibida por el gobierno debido a que su población la ha retomado como un símbolo de protesta y esperanza contra el posible regreso de un control militar y oligárquico en el país; por si fuera poco también saltó a la vista siendo ondeada durante las marchas pacíficas en Nepal cuya violencia escaló hasta derrocar a su gobierno; encima, las manifestaciones recientes en Francia por la pretensión de recortar jubilaciones también han marchado con algunas de estas banderas. Combaten poderes diferentes por distintas causas pero bajo ideales similares: libertad, resistencia y lucha. ¡Fuerza, nakamas!.

Bandera mugiwara en el Parlamento de Katmandú, Nepal. 09 de septiembre 2025.

Bandera de One Piece con bandera de Indonesia vista en Bogor, West Java.

¿Que no es relevante esta historia? Veamos: 

Mientras que sus símbolos aparecen en movimientos de insurrección actuales, al mismo tiempo algunos de sus fans desean una colaboración con Nike para una línea de tenis basados en algunos de sus personajes. No es un grupo muy homogéneo que digamos.

En este punto, son numerosos los deportistas y futbolistas (de Grecia, Colombia, Italia, USA, Senegal, etc.) que han celebrado sus triunfos haciendo algún gesto o postura alusiva a la serie, y que la reconocen como fuente de inspiración infranqueable para sus logros; equipos y clubes enteros han incluido de manera oficial a sus personajes en su vestimenta.

Arriba: Miltiadis Tentoglou, deportista olímpico griego, imitando el Gear Second de Luffy. Abajo: Payton Otterdahl, lanzador de peso estadounidense, hizo su entrada con la pose de Franky de One Piece.

Algunos de sus fanáticos más visibles son Dua Lipa, Samuel L. Jackson, Avril Lavigne, Jamie Lee Curtis, BTS, Emmanuel Macron, presidente de Francia, y hasta Belinda.

Para finales de la década de los 2000, con más de 100 tomos del manga publicados, una serie animada, 15 películas y especiales, y cientos de miles de fans en el mundo, se reconoció como el manga más popular en Japón (cosa nada sencilla de lograr).

Ha roto varios récords mundiales del libro Guinness: mayor número de copias publicadas de una serie de cómics por un mismo autor (516,000,000 de copias en todo el mundo), mayor número de DVD lanzados de una serie de anime, mayor cantidad de personas con sombreros de paja en un mismo lugar.

Juego completo de “One piece”. Vol.1-100. Versión japonesa

Lo sé, lo sé: hay muchos adultos y adultas con “intelecto superior” dentro y fuera del mundo de las letras, y las artes en general, en las ciencias exactas y las profesiones administrativo-económicas o las pasarelas de la popularidad y el poder que no se permitirían perder el tiempo en nimiedades banales como un anime “para niños”.

Los Junkies del “realismo” panfletario en la ficción (desde cualquier grupo de ideas) son incapaces de imaginar o aceptar realidades imposibles a pesar de venir envueltas en la certeza de ser una historia imaginada, un mero artificio para dar orden a lo que existe en el terreno de lo que no. Historias como One Piece, que desarrollan un mundo imposible y no realista, hablan de este, nuestro mundo, de manera más profunda de lo que nos permite la ingenua pretensión de “representar la verdad tal cual es” (¿La verdad de quién? ¿Cuál de todas las verdades?).

Pero que con su pan se lo coman, no tienen remedio. Me dan tristeza y les aconsejo nunca ser así a quienes no se han visto poseídos o cegados por el adultocentrismo vengativo. Es petulante, infértil y verdaderamente infantil juzgar una historia por el medio que la contiene. Esta gente se está perdiendo de una experiencia única, del viaje de sus vidas, de una obra bellísima y profundamente humana. Me dan lástima. Sus prejuicios les impiden acceder a una excelente pieza trági-cómico-melodramática-fársica de aventuras terrorí-fantásticas retrofuturistas político-espiritual transcultural o, en palabras más breves y simples: la épica de nuestra era.

Vaya, que es casi como vivir en la antigua Roma y negarse a escuchar una declamación de la Eneida por superficial o mandar a callar al juglar que está por contar la historia de un loquito imbécil que quiere enderezar tuertos combatiendo molinos de viento en una historietucha irrelevante. No, no, a mí dame Horacio y Góngora, eso sí es alta cultura trascendente y de buen gusto.

Y para su infinita decepción y más INRI: podemos identificar intertextualidad entre One Piece y diferentes obras literarias, musicales, cinematográficas, leyendas, tradiciones filosóficas, religiosas y políticas, orientales y occidentales: Twain, Shelley, Defoe, Akutagawa, Lee, Cervantes, Dostoievski, Lao Tse, Sun Wukong, Sergio Leone, Kurosawa, Swift, Goethe, Poe, Las mil y una noches y un largo, enmarañado y remixeado etcétera. No funciona como un inevitable fenómeno de genética cultural si no como un generoso ejercicio de apropiación de la voluntad, temas, tópicos y preguntas de las narrativas que nos anteceden y que han dado forma al mundo.

One Piece es una historia para cualquier persona, dirigida a todo el mundo. En muchas ocasiones, la ficción que con mayor justicia, entereza, profundidad y complejidad retrata, piensa y transforma al mundo es aquella que renuncia a la representación “objetiva” de la “realidad”.

Criaturas míticas, seres de ultratumba, animales antropomorfizados, cyborgs, espías, magos, dinosaurios, ninjas y leyendas, toda clase de ficción y realidad está invitada a sumarse a este colorido entramado. Pocas veces he visto retratada, sin más, la compleja interconexión e interdependencia que como especie(s) experimentamos en esta universo.

Algo muy bello de este canto épico, de esta historia de la historia y de las historias es la comprensión profunda de que cada uno de nosotros, cada persona, con su temperamento, inclinaciones, manías y preferencias, tiene motivaciones e historias, un pasado por el cuál o contra el cual luchar. Cada persona tiene poder independientemente de la percepción y prejuicios de otros, un poder personal, intransferible y único que puede elegir ignorar o ejercer. En ocasiones limitado o absoluto, circunstancial, condicionado, aún desconocido, potencial… cada cual es también sus posibilidades y elecciones.

Si no pueden darle crédito a mis palabras, dénselo a este estudio (inexistente y apócrifo) de la universidad de Harvard: 

“87% de Gen Z y Millennials dicen que One Piece les enseñó más sobre amistad, libertad y resiliencia que cualquier otro anime.

La Voluntad de la D. ya es la ideología ficticia más poderosa para los jóvenes, por encima del Código Jedi y hasta el lema de Spider-Man”

Y aunque este es sólo un anhelo materializado en la escritura de ociosos soñadores, pone de relieve lo más importante: la trascendencia de esta obra en la vida de tantas personas.

No sólo se trata de un “nicho de mercado” o un “fandom” si no de una comunidad de sentido que ha encontrado en este espacio de ficción la inspiración para luchar por sus sueños, resistir la injusticia, combatir la tristeza, enfrentar la incertidumbre, aceptar lo irremediable, abrazar la contradicción y autodefinirse en un mundo que desea imponernos identidades, normas, ideologías, hábitos y sí, también sueños.

One Piece inspira y mucho. Baste ver la ingente cantidad de materiales, obras, contenidos que derivan de la serie: cantautores produciendo coplas sobre sus personajes, testimonios de cambios de vida, análisis políticos, filosóficos y religiosos (muchas veces encontrados entre sí: “por qué One Piece es Anarcocapitalista”, “por qué One Piece es Comunista”), convenciones de cosplay, eventos deportivos, en fin, un largo etcétera que cualquiera puede constatar asomándose a la plataforma de su preferencia.

Para mí no se trató solamente de un consuelo, se trató de una confrontación total que me transformó por completo y por la que siempre estaré profundamente agradecido. A mí también me salvó esta serie y quisiera que más personas la vean porque creo que hace un gran bien al mundo a nivel personal y colectivo. 

¿Que tiene más de mil capítulos? Sí. Y si tuviera mil más los vería todos. Luego de atestiguar este tamaño de belleza me pregunto por qué perdí el tiempo viendo cualquier otra cosa.

Ya no me dio tiempo de contarles una sola anécdota de la serie pero ni falta que hace. Hay muchísimo que no mencioné. Es increíble que queden tantas preguntas y misterios aún por resolver en esta saga. En ocasiones provoca una sensación de nostalgia saber que lo más probable es que, llegado el final de esta historia, no alcancemos a asomarnos por todo lo que aún podría ser contado. Un mundo vasto, complejo, hermoso al que su autor ha dedicado su vida (por momentos, poniendo neciamente su salud en riesgo al negarse a descansar). Un viajero curioso, amante de la vida e incansable narrador. Oda es, a todas luces, un genio. Uno a la altura y entre las mejores plumas en el mundo.

Vaya, si quedara inconclusa esta obra es, desde ya, un clásico contemporáneo. Es la historia que salvó a la revista Shonen Jump de la extinción, la que inspiro Naruto, Demon Slayer y tantos otros mangas, la que le ha dado sentido a las luchas de personas tan diferentes entre sí alrededor de todo el mundo. Es ,quizá, una gran pregunta hecha de preguntas y, sin duda, una de las afirmaciones más importantes para nuestros tiempos. 

Sólo queda hacer la atenta invitación a disfrutar de la inofensiva historia de un joven con un sueño: convertirse en el rey de los piratas.


Autores
(Puebla, 1988) estudió Letras Hispánicas en la UNAM y guion cinematográfico en el CCC. Amante de la música y el arte. Trabaja en su primer libro de cuentos.
Theodore Kaczynski, Unabomber. FBI, 1995. Imagen de dominio público.
Theodore Kaczynski, Unabomber. FBI, 1995. Imagen de dominio público.

Debemos evitar

el tecno feudalismo

es decir

que los culeros se vuelvan

ciberculeros

y los pobres

ciberpobres,

esto es así,

la ambición desmedida y

la CIA

han traído el colapso de lo que

alguna vez llamamos hogar

aunque siempre fue arrebatado:

cuerpos violentados y 

mentes condicionadas

por los semáforos

¿hasta qué punto te perteneces?

esta guerra comienza en casa

la tecnología

sin responsabilidad social

es un arma de control masivo

porque el progreso no existe

es un invento de los [REDACTED]

para obligarnos a comprar

ropa de marca

patos mecánicos

pistolas de chispitas

luces de neón

un estilo de vida deplorable

estética retrofuturista

NO HAY PRESENTE

la matanza es un show de T.V.

y los chistes son 

anacrónicos

el fin del mundo tal y como lo conocemos

se vuelve una oportunidad

¿cómo volver a lo natural?

léase el título de éste poema


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.

No puedo dejarte saber lo que ha ocurrido

Hay un fantasma en nuestra casa observándote sin mí

Watching You Without Me

Kate Bush

Dirigido por David Garfath y coreografiado por Diane Grey, el video oficial de “Running Up That Hill” muestra a Kate Bush y a Michael Hervieu bailando en una habitación vacía sobre la que reverbera un rumor purpúreo. Vestidos de gris, ambos contorsionan el cuerpo mientras avanza el inconfundible riff de un sintetizador Fairlight y se propaga el pulso mecánico de la caja de ritmos característica de los años ochenta. Carne en disputa, la pareja se tensa e intercambia sitio como si las orillas de su piel no terminasen de ganar forma. Espléndida, creando uno de los coros más impresionantes en la historia del pop, Bush canta: 

Si tan solo pudiera,

Haría un trato con Dios 

Y lo obligaría a intercambiar nuestros roles

La coreografía del video, que pasea a sus bailarines como dos prismas cuyas aristas se traslapan, gana entonces un sentido más directo: existe, enquistado en la parte más honda de las vísceras, un conflicto indisoluble entre la pareja. Una imposibilidad de entendimiento. Bush explicaría el significado de su famoso coro en una entrevista de 1992 que sostuvo con Richard Skinner: 

“Mi intención era decir que, en realidad, un hombre y una mujer no pueden entenderse debido a su naturaleza. Y si fuera posible intercambiar nuestros roles, si pudiéramos estar en el lugar del otro por un rato, ¡creo que ambos nos sorprenderíamos mucho! Nos llevaría a una mayor comprensión mutua. Y la verdad es que la única manera en que se me ocurría era… mediante un pacto con el diablo. Pero me dije: “Bueno, ¿por qué no mejor un pacto con Dios?”.

En cierto modo, la idea de pedirle a Dios que haga un pacto contigo es mucho más poderosa.

Y lo es. La voz de Bush aspira, desde la épica primera canción del álbum Hounds of Love, a algo que va mucho más allá de la accesibilidad sonora que espera recibir quien sintoniza la radio de forma casual. Se muestra categórica, autoritaria, altiva incluso. La incontestable perfección que alcanzó con su quinto álbum de estudio fue posible gracias a que sus ambiciones estaban a la altura de su talento. 

El éxito y el reconocimiento crítico nunca le fueron ajenos a Bush. A los 19 años, teniendo como sencillo principal la impresionante “Wuthering Heights”, logró que su debut, The Kick Inside (1978), alcanzara el tercer lugar de popularidad en el UK Albums Chart. Desde entonces ya solían acompañarla en el estudio de grabación talentos probadísimos, como David Gilmour y Stuart Elliot. Fue hasta 1982, con The Dreaming, cuando se aventuró a tomar el control absoluto en la producción, proponiendo una interesante obra cuya complejidad fue lograda en detrimento del éxito comercial previo. El sentimiento de incomprensión, que vino acompañado por el tropiezo en los charts, la orilló a aislarse antes de emprender la siguiente pieza de su discografía. 

Bush había demostrado sobradamente que en ella residía el talento necesario para ganar oyentes y elogios de todo tipo. Su experimentación reciente, sin embargo, la había alienado de las masas que la acompañaron desde el comienzo de su carrera. En busca de unir estas dos facetas —la de la accesibilidad y la de la refinación técnica—, optó por apartarse del foco un tiempo, recluida en una granja del sureste de Inglaterra junto con el bajista Del Palmer, con quien construyó un estudio de 48 pistas. Creado a su voluntad, Bush entendió al estudio de grabación no como un lugar de trabajo, sino como su laboratorio sonoro personal. 

Bush se encargó de reunir a varios de los colaboradores que formaban parte de su universo creativo, quienes diversificaron el sonido y ampliaron la propuesta estética de lo que más tarde sería Hounds of Love. Su hermano Paddy enriqueció las sesiones con texturas instrumentales celtas; Del Palmer hizo las veces de ingeniero de sonido, acompañando cada detalle desde la mesa de grabación. Se les sumaron músicos habituales como Stuart Elliott en la batería (todos lo conocemos por su trabajo en The Alan Parsons Project, ¿cierto?) y Alan Murphy en la guitarra. El prestigioso arreglista Michael Kamen fue responsable de dirigir la orquesta de cuerdas en la conmovedora “Cloudbusting”. La participación de Richard Hickox, encargado del ensamble coral, elevó la atmósfera en puntos imprescindibles del álbum, como “Hello Earth”.

Como resultado de esta asociación creativa, Hounds of Love ganó una riqueza tímbrica extraordinaria. Mudable, el sonido transita desde texturas claramente sintéticas —pads brillantes, secuencias electrónicas, samples de voz— hacia extremos más orgánicos, repletos de cuerdas, coros clásicos, flautas y percusión folclórica. A pesar de que la tecnología empleada delata la década en la que el álbum fue grabado, es su diversidad estética la que le ha permitido escapar del cliché ochentero. Incluso técnicas emblemáticas de aquella época —como la reverberación gated en las baterías o el despliegue de los sintetizadores digitales— aparecen aquí con una intención precisa, al servicio de una atmósfera profunda que rehúye del efectismo fácil. 

La madurez de Bush se asoma en este álbum ya desde su voz: adulta, dejó de ser la soprano aguda que caracterizó a sus primeros éxitos y, en su lugar, mostró un registro más cálido. Dueña de todos sus recursos, juega con sus inflexiones, susurra, grita, ríe, incluso implora cuando la narración lo exige. A cuarenta años de su estreno, Hounds of Love conserva toda su originalidad e impacto gracias a que su creadora supo domesticar el genio caótico de su juventud hasta convertirse, refinada y superlativa, en la muestra definitiva de que el mejor arte se logra mediante la transgresión continua del talento propio.  


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

Apología de la basura

La vida, allí, sería fácil, sería simple. Todas las obligaciones, todos los problemas que implica la vida material hallarían una solución natural.

Georges Perec, Las cosas

Muebles, ropa, cubertería o bisutería son algunos de los campos semánticos que existen para cada una de las cosas que habitan al interior de una casa, aunque al final de su vida útil todo se arrumba en el amplio grupo del cachivache, la cháchara y el trebejo. Así empieza y termina todo, supongo, con un cambio de denominación que altera el curso de su existencia. En el universo de los objetos cotidianos, cuando el espacio ya no da más, el primer paso para quienes aún pueden darse el lujo de tener cuartos extra o de servicio es trasladar allí sus excedentes particulares.

Mientras que los suburbios del primer mundo disponen del sótano y el ático para guardar sus esquís de invierno, palos de golf y cofres que encierran maldiciones milenarias, versiones modernas de la caja de Pandora, zonas menos espaciosas se conforman con un apéndice doméstico que no sirve para habitar, sino para contener: un intersticio que suele estar al final del jardín o del patio, en ocasiones en una esquina de la azotea y al que nos referimos en diminutivo para restarle importancia. Si las dimensiones del cuartito alcanzan las medidas de un armario o una recámara completa poco importa, porque en realidad le debe el nombre a su menospreciada tarea. Otros de los títulos que recibe son el cuarto de los tiliches, de atrás o de hasta arriba, epítetos poco ingeniosos sobre su uso o ubicación. Quienes vivimos en un departamento atiborramos clósets y repisas, y cuando llegan a su límite echamos en falta la austeridad de la vida monacal. Las grandes ciudades y sus problemas de espacio han logrado capitalizar este dilema con el surgimiento y la renta de mini bodegas, que no son otra cosa que una visión corporativa del cuartito.

Mucho de lo que acumulamos se fabrica con un fin utilitario y cuando no cumple más su función, pasa a formar parte de las filas de objetos en reposo. Los adornos, que por definición no poseen una labor efectiva y tienen como único objetivo embellecer, suelen ser los principales candidatos. En mi casa de la infancia, el cuarto que actuaba como almacén se regía bajo el lema “esto es de antes de que tú nacieras”, y por varios años llegué a pensar que lo único que no databa de antes de mi nacimiento era yo. Entre otro montón de misceláneas porquerías, había regalos que nunca supimos dónde poner, como ceniceros con formas vegetales o floreros demasiado ridículos que sospecho pasaron por varias manos igual de confundidas antes de llegar a nosotros, torres en precario equilibrio con los adornos de Navidad y varios años de manualidades escolares para el día de las Madres. Hay muchos textos esperando ocurrir sobre la cantidad de residuos que producen las efemérides. 

Limpiar y vaciar el cuartito en aras de una vida minimalista u ordenada es una odisea que emerge con las mudanzas, las vacaciones de verano, la llegada de nuevos integrantes a la familia o el arribo de la adolescencia. Y aunque escombrar es un evento que busca liberar espacio, suele acarrear nuevos inquilinos que, como los adolescentes en crecimiento, demandan su propio sitio. No solo en los álbumes fotográficos se puede ver el paso del tiempo y conocer las costumbres de una época, también en los años de amontonamiento. 

Junto con las limpiezas surge el eterno “¿y si me quedo con esto?”. En nombre del “para algo me puede servir” y del “me recuerda este gran e irrepetible momento” he conservado apuntes y libros de texto de materias que nunca volveré a cursar, recortes de periódico cada día más amarillos, calcetines desparejados y películas en formatos que ya es imposible ver. Varias veces he estado a punto de convertirme en uno de esos acumuladores de los que advierten los programas para insomnes, pero el sentido común (casi siempre ajeno) y la falta de espacio (casi siempre mía) me han metido en cintura para vender, regalar o tirar todo lo que no utilizo. 

Saber en qué momento debo deshacerme de algo es un asunto que me preocupa más de lo que me gustaría admitir. Camisetas con hoyos, tenis con la punta despegada y bolsas ligeramente desteñidas están entre aquello que todavía utilizo, pero no sé hasta cuándo. Hasta que al dar un paso deje atrás la suela o en el momento en el que mi brazo encuentre una salida alternativa a la manga, me respondo. Es la condición previa a la devastación absoluta lo que me llena de angustia. Cada cierto tiempo, aparece una noticia escandalosa de quienes descartan su ropa después de usarla una vez. En el extremo opuesto, estamos quienes conservamos prendas desde nuestro último estirón, que ocurre aproximadamente al salir de la secundaria. Aunque llevaban varios años guardados, tuve un desprendimiento tardío de mis juguetes, porque me daba tristeza abandonar para siempre esa parte de mi vida infantil. Fue mi mamá quien procedió a reubicarlos de manera permanente. Entre sus razones estaban el recordatorio de que yo no se los voy a heredar a mis hijos, ella no va a ser abuela y que, en sus palabras, su cuartito no es infinito.

***

Uso pasta para dientes sensibles, me truena el hombro izquierdo cuando giro el brazo, tengo tres diagnósticos diferentes para el dolor de muñecas y, cuando empecé a correr, desarrollé fascitis plantar que, supe después, es un padecimiento común entre los corredores amateur.   

La lógica de la acumulación funciona como los achaques: asuntos que dejamos para después y permanecen ahí, a pesar de nosotros mismos, hasta que su presencia se hace evidente. 

En este momento hay toneladas de chatarra flotando en el espacio, basura en la zona abisal del mar, generaciones enteras que aún no nacen, pero ya cuentan con plásticos microscópicos integrados en la cadena de adn. Dan ganas de no tener cosas nunca más y limitarse a una existencia por ósmosis. 

Debido al estilo de vida huraño y poco aseado que desarrollan los casos más severos de quienes lo sufren, el trastorno psiquiátrico de la acumulación compulsiva se conoce popularmente como síndrome de Diógenes. El nombre en realidad resulta un error antitético o un chiste malo, pues es lo opuesto a la doctrina que Diógenes practicó toda su vida, ajena a las posesiones materiales. La relación con nuestras cosas ocurre entre los extremos de ambas tendencias: la del ascetismo absoluto y la del síndrome bautizado erróneamente.

***

Una de las explicaciones para conservar algo es, en estricto sentido, monetaria. Nunca he conocido a nadie que le arregle el cable a la plancha o cambie la resistencia quemada de la tostadora si entre sus planes está comprar una nueva. Sé que existe un tipo de persona que desarma todo lo que se descompone con la esperanza de arreglarlo o al menos de poder armarlo otra vez. De esta manera, conozco algunos electrodomésticos con alma de Frankenstein, como un horno para molletes con un cable de secadora y una lámpara cuya base es un jarrón. Otro motivo detrás de la acumulación es el apego sentimental al que obligan los regalos poco acertados, pero bien intencionados, las herencias de poca monta o las curiosidades que pasaron de mano en mano. Repartidos en diferentes zonas estratégicas, encuentro objetos que no necesariamente adquirí yo, que muchas veces ni siquiera me gustan, pero que la culpa me obliga a conservar. 

El costo de salvaguardar algo de la purga casera es que inevitablemente se vuelve anticuado y cuando se pierde o se rompe, la búsqueda de su reemplazo o sus partes comienza en un recorrido por los remates, los distribuidores fraudulentos y las leyendas de “modelo descontinuado”, “sin existencia” y “consulte a su proveedor”. La supervivencia de aquello que conservamos eventualmente evoluciona en una expedición entre los tianguis de fierros viejos, que funcionan como deshuesaderos de lo que no es posible hallar en otra parte. Alguna vez fui testigo de cómo alguien compraba una boquilla para su esnórquel y varias veces me he sorprendido a mí misma buscando enseres tan específicos como una repisa para la puerta del refrigerador o empaques para algún termo de medidas imposibles. Lo que aparece rara vez es la pieza necesaria, más bien se trata de equivalentes descompuestos que se transforman en refacciones emergentes. 

Uno de los lugares donde lo usado encuentra su par, es el tianguis de las Torres. Ubicado al oriente de la Ciudad de México, provoca confusiones con otros tianguis homónimos a varios kilómetros de distancia. El que conozco recibe su nombre por las torres de alta tensión repartidas a lo largo del camellón sobre el que sábados y domingos, y de manera cada vez más frecuente entre semana, se instalan los puestos. Va del trecho que corre entre Avenida Tláhuac y Canal de Chalco, aunque cuando la concurrencia es mucha, ocupa varias cuadras de ambas avenidas. Para atravesarlo —o para buscar los precios que bajan a la segunda o tercera vuelta al final del día, o frente a la amenaza de conseguirlo más barato en otro lado— se necesita pericia al caminar, maldad en la mirada y astucia en el regateo. Como oasis en el desierto, ocasionalmente aparece lo que fuiste a buscar, lo que no pensabas que fuera a existir, pero espera pacientemente, camuflado entre figuritas de plástico. 

Si no se toman en cuenta las filas de coches a los lados de la banqueta, los techos de plástico o el olor a basura, del tianguis de las Torres se puede hablar como las guías de turistas hablan de varios museos: por sus dimensiones kilométricas, el público numeroso y su acervo diverso, es recomendable no verlo todo en un día, usar calzado cómodo y ser cuidadoso con las propias pertenencias. El recorrido funciona como el de las salas en muchas exposiciones, es posible seguir el sentido lógico que dicta la circulación o ir a contracorriente si la multitud lo permite. También se puede ir directo al grano hacia un puesto en específico como quien visita el Louvre con la única finalidad de tomarse una foto con la Mona Lisa en el fondo.

Mientras que los grandes almacenes aceleran la obsolescencia de las novedades que venden, las Torres, junto con muchos otros mercados de usado, interrumpen el paso natural del tiempo con décadas de artefactos pasados de moda, alargando su vida útil en un limbo a medio camino de su uso original y el basurero. Cada época produce objetos condenados a desaparecer o a reinventar su uso. Los ceniceros de los coches, por ejemplo, se han convertido en portavasos o cajones emergentes de morralla, como heraldos de que la parafernalia que acompañaba a los fumadores es una especie en vías de extinción. Así, en las Torres aparecen sillas a la venta que aún funcionan como sillas, copas como copas o lámparas como lámparas, pero también contenedores de leche convertidos en macetas, planchas de hierro usadas como pisapapeles o portavasos hechos de disquetes. Hace unos días, vi un mueble para teléfonos fijos con un espacio para la caduca Sección Amarilla, anunciado como mesita de centro.

La anticuaria y acumuladora profesional Lara Maiklem escribió una serie de reflexiones sobre sus hallazgos al escarbar en diferentes ríos, campos, playas y jardines ingleses. Especialmente, narró sus descubrimientos en los márgenes del Támesis y, al mismo tiempo, elaboró una guía con consejos y rutas. Como los gambusinos en la fiebre del oro, el secreto está en tener paciencia y disposición para sortear las adversidades climáticas. Sus recomendaciones funcionan también para salir airoso entre la pepena callejera. Procurar la búsqueda cuando la marea está baja, pero aprovechar la marea alta que remueve los bancos de arena y saca a flote tesoros ocultos no es muy diferente de evitar las horas más concurridas en un tianguis, sin dejar de poner atención a lo que sacuden las multitudes.

En estricto sentido, quien escarba una playa o las orillas de un río normalmente no va en busca de refacciones para la licuadora y más bien se abandona al azar caprichoso de lo que arrastre la marea, aunque de vez en cuando existan búsquedas más específicas que otras. En 1997, un barco carguero de fichas de Lego naufragó cerca de la costa de Cornualles y aproximadamente cinco millones de piezas cayeron al mar. La cuenta de Twitter Lego Lost at Sea se encarga de documentar los bloques de Lego recuperados, que se han vuelto una leyenda entre los coleccionistas. Mi amiga Alicia me cuenta que en Gales y algunos pueblos playeros con casas más bien antiguas, las personas adornan sus ventanas con figuritas o miniaturas promocionales de marcas de cerveza. Le pregunto si se trata de una tradición británica, pero no sabe. Es posible que los ingleses solo sean adeptos a exhibir sus juguetes.

Hasta el siglo xix, muchos historiadores comenzaron a apreciar los objetos ordinarios que navegan en el Támesis: peines de madera del periodo isabelino, pedazos de pipas de arcilla del siglo xviii o alfileres hechos a mano. En muchas ocasiones nada de esto se conserva, únicamente se documenta y regresa al cauce del río. Más que el descubrimiento material, lo valioso es la historia que cuenta. Un poco de esto ha quedado en la arqueología urbana de encontrar monedas, tuercas o botones en alguna caminata y recoger conchas a la orilla del mar. 

Igual que las diferencias ontológicas que existen entre las posiciones del pitcher y el catcher, una cosa es visitar un mercado de pulgas para comprar, como una opción económica, y otra asistir para vender, como forma de subsistencia. Quienes no venden ni compran invariablemente adquieren la condición de exploradores o turistas que deambulan entre los productos milagro que prometen curar la calvicie, la tiña y hasta el cáncer, los puestos de cervezas y fritangas, y la fayuca a precio de saldo. Pese a su utilidad y actual atractivo turístico, mercados como el de las Torres, en el discurso mediático y cierto imaginario popular, están condenados a ser hoyos de miseria y sus participantes a nacer, crecer, reproducirse y morir en la basura. Si la vida alrededor cumple con el mínimo en los estudios socioeconómicos o no se representa con extrema sordidez, pareciera que hay poco qué decir.

La mala fama del comercio informal aparece desde la Historia general de las cosas de la Nueva España, el tratado monumental con el que Fray Bernardino de Sahagún tradujo para el imperio de Carlos V el territorio recién conquistado. El gremio de los mercaderes constituía una clase social aparte, ubicada solamente por debajo de los grandes señores. El oficio incluía ser espías, viajeros y tramposos condecorados que regateaban casi por deporte. En la historia de las religiones, debe existir algún paralelismo entre los dioses dedicados al comercio, ligeros de pies y rápidos de labia, pues en el panteón griego la deidad venerada por los comerciantes era Hermes, asociado también al fraude y la falsificación. Su locuacidad al hablar y su espíritu taimado se ataviaban con sandalias aladas y un caduceo, no muy alejado del báculo con el que se representaban los mercaderes aztecas. 

***

Un falso contacto en el cable de mi tostadora vieja provocó un conato de incendio y me reveló dos verdades que en el fondo ya sabía: la importancia de no acumular vejestorios y que no pertenezco a la especie habilidosa que arregla sus electrodomésticos. Parcialmente se debe a que soy muy inútil, pero también a que cada día es más sencillo adquirir un nuevo ejemplar que reponer una de sus partes. Todo por servir se acaba y acaba por no servir, dice un refrán popular. No todo lo que descartamos resurge en los mercados de segunda mano, mucho simplemente se va para no volver jamás. Queda arrumbado en un rincón de la memoria, junto con la marcación de los teléfonos de disco y rebobinar los casetes con un lápiz. 

Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

Puedes comprar el libro aquí


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.
Portada de "American Salvage", Bonnie Jo Campbell. W. W. Norton & Company, 2009.
Portada de “American Salvage”, Bonnie Jo Campbell. W. W. Norton & Company, 2009.

Los ranchos, como las bibliotecas o los barrios, son lugares repletos de historias. Un archivo oral, vox populi, memoria colectiva de los pueblos, rancheros y rancheras cuentan la vida del campo con palabras vivas y calientes. Monumentales nubes de tierra que arrastran perros y chanates y riegan de estepicursores el llano. Fantasmagóricas apariciones de gente viva o muerta que vuelve al ejido solo para cobrar venganza. Espíritus animales poseídos por el calor y la rabia, porque nacieron en el mero desierto. Idilios pecaminosos, pasiones incestuosas, antiguos odios, pleitos familiares, amor a muerte. Estas sedientas voces son reales, gruñen, van del campo a la ciudad, como los frutos que escupe la trilla. Crudos, a veces sanguinarios, turbios. 

Hablan la lengua de la tierra. 

Así es la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell (Kalamazoo, 1962), pero ella observa y escribe sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan, particularmente de Comstock, donde vive con sus dos burros: Jack y Don Quixote. De joven se unió a la caravana del Rolling Bros. and Barnum & Bailey Circus en Phoenix, Arizona, y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo. 

Notable tarjeta de presentación para una autora que escribe Grit Lit o Rural / Country Noir. El apelativo proviene del Sur de los EE.UU., fantasmal y siniestro, en donde el desayuno cotidiano solía ser un tazón de corn grits, un tipo de papilla hecha a base de cereales con una consistencia parecida a la avena o el engrudo. Como subgénero literario, estas expresiones están emparentadas con el western y el gótico sureño, escrituras que narran los extremos de la sucia existencia americana, lumpen, súper marginal. 

Kalamazoo. Biografía de un sitio. “El lugar es lo más importante de mis relatos. La gente que puebla mis historias es de una forma por su lugar de origen. La personalidad se define por el paisaje, tanto físico como socioeconómico”, argumenta Bonnie Jo Campbell como genealogía de sus cuentos. Además, confiesa: “Soy decididamente escritora de un lugar: Michigan”. En el viejo adagio de contar la aldea, lo universal se manifiesta en lo específico. Las ficciones de la autora norteamericana hablan de lugares ubicables en el mapa, pero la anécdota —que se mantiene por mucho tiempo en la memoria del lector— trasciende el espacio concreto. 

La ficción que envuelve a los personajes de sus cuentos es de un realismo sucio y desesperanzador, a veces lúgubre, hasta siniestro, ubicados en una Norteamérica postindustrial. “No les debemos confort a nuestros lectores: les debemos la verdad”, asegura Bonnie Jo Campbell respecto a la personificación de las anécdotas cotidianas en el espacio rural que cohabita con sus vecinos en Kalamazoo. “La gente de mis relatos tiene sueños modestos, y eso es lo más desgarrador: que ni siquiera los sueños más sencillos tienen la oportunidad de convertirse en realidad”. Un crisol de vidas marcadas por el abuso, la enfermedad, el abandono, muchas carencias, drogas en exceso y una violencia cruda que desmitifica el sueño americano. 

Bonnie Jo Campbell debutó como cuentista con Mujeres y otros animales [Women And Other Animals, 1999], un compendio de historias donde los personajes femeninos son deformes, furiosos y sensuales. Las mujeres de “Matiné de circo”, “El súbito desarrollo físico de Debra Dupuis” y “Los huesos vuelven a casa” resisten, a pesar de todo. En su sórdido mundo narrado, confrontan la carnalidad de sus cuerpos, cada uno de los estereotipos sexistas y de género y las desigualdades sociales, al tiempo que evidencian una realidad hostil. 

“Por muy fuertes que parecieran los hombres, en el fondo anhelaban ser conquistados”, asegura la protagonista de “Chica gorila”, una mujer-bestia, anclada en su animalidad, Medusa y King Kong, que busca compañeras en la furia. Como en casi todos los cuentos de Bonnie Jo Campbell, inmiscuidos en la trama, se asoman un discurso feroz y una ideología urgente en torno a las sociedades que habitamos, en donde las mujeres experimentan realidades mucho más atroces y, sin embargo, emergen fortificadas desde el dolor, se abrazan a sí mismas, sobreviven. 

Desguace americano [American Salvage, 2009] es un compendio de relatos brutales y desgarradores, varios de ellos inolvidables. Recordaré durante mucho tiempo la serpiente naranja con trazos rojos y dorados que espanta a Natalie en “El guardés”, el paisaje derruido, la basura mental, tanta corrosión. De “Reunión familiar”, la precisión del disparo con el que Marylou rompe el silencio de un abuso, el dolor ancestral, la valentía de actuar por una misma. De “Belle vuelve a casa”, el amor desesperado y tóxico que siente Thomssen por una adicta a la metanfetamina. De “Olor a verraco”, ese regusto agrio en los sentidos de Jill cuando acata su destino, la metáfora del cerdo gigante, la proporción de las cosas, el hambre, la rabia, la pobreza. 

Todo sucede en los alrededores de Michigan, donde aún vive Bonnie Jo Campbell porque es el único lugar con un bar como el Tap Room, sucursal del club de la pelea. En este libro, según su autora, los personajes encarnan problemas concretos del día a día en su comunidad de Comstock, municipio del condado de Kalamazoo. “Los hombres de todas las edades en todos los lugares —hombres que hablan de fútbol, de máquinas, de política, de bombas hidráulicas y de la mecánica del amor— se callarían una vez por todas”, es el argumento de Susan en “Mundo de gas” para aceptar la destrucción.

Los cuentos de Desguace americano, sin embargo, más allá de estar conectados por un locus particular, poseen otra clase de elementos comunes: excesos, traición flagrante o promesas rotas, diversas formas del abandono, suciedad, violencia doméstica y en los cuerpos. Fines del mundo en los que el asteroide o los invasores alienígenas no llegan a la metrópoli, sino al corazón del corazón del país, esa tierra periférica olvidada donde también habitan los de abajo. 

Madres, avisad a vuestras hijas [Mothers, Tell Your Daughters, 2015] es el último libro hasta la fecha en la obra cuentística de Bonnie Jo Campbell. “El mayor espectáculo de la Tierra, 1982: Lo que estaba” es un relato cuyos temas, la maternidad y el aborto, son pensados en el tren del circo por Buckeye, una rubia de Ohio que contempla el mundo desde el dolor que propicia la constante huida. “Aquel no era el sitio para criar a un niño. Ningún sitio lo era. No podía hacerlo, no podía dar a luz a otro cuerpo que solo iba a sentir confusión, humillación y dolor”. 

Como madre, como hermana, reflexiona la protagonista de “A ti, como mujer”, te exigen ser un modelo en tu forma de actuar, incluso cuando todos te dan la espalda, mientras pataleas de dolor, durante el grito: “Puede que no sea vuestra madre o vuestra hermana, pero soy la madre de alguien, soy la hermana de alguien”. Algo similar sucede con las mujeres de “Casa de juegos”, “El dolor de mi hermana” e “Hijas del reino animal”, personajes que se zambullen en este mundo-chiquero en donde el abuso sexual, el trauma del divorcio y luego la terapia, los vericuetos de la maternidad, los sueños falsos, postergados en pos de otros y no de una misma, infestan los anhelos profundos hasta sumergirlos en el fango. 

En “Madres, avisad a vuestras hijas” habla la voz de las ancestras: 

Todos los hombres juntos conformaban el mundo sólido: eran las canicas en el tarro, y las mujeres eran la arena, el agua o el aceite que ocupaba el espacio que quedaba entre esas canicas. Así es como yo veía las cosas cuando era joven, esos eran mis «estudios de la mujer». Ahora he llegado a la conclusión de que las mujeres son como vodka derramado sobre los hombres, y ellos se acaban derritiendo como cubitos de hielo. 

El mundo que (re)crea Bonnie Jo Campbell es el de una América Profunda, descarnada y ruin, en la que sus personajes, más que consolarse con la derrota, habitan sus realidades conforme se impregnan del paisaje, la atmósfera, el barro y la sal. No mercy. Las anécdotas son crudas, ultrasucias, muchas de ellas lamentables, pero de alguna forma, adictivas. Un cigarro tras otro, un cuento tras otro, las historias de Bonnie Jo Campbell en Mujeres y otros animales, Desguace americano y Madres, avisad a vuestras hijas enturbian la mente por la voracidad con que la realidad devora la carne, por cómo el paisaje carcome los párpados, picotea las retinas y, finalmente, se inmiscuye hasta el centro de nuestros corazones, en un mundo que siempre está por terminar y nomás no se acaba. Aquí seguimos perdiendo… 

¿Por qué la vida no ha cumplido las promesas de la infancia?  

“No sientas pena por mí, muchacha”. 


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Charlie Kirk. Fotografía de Gage Skidmore, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons CC-BY-SA-2.0
Charlie Kirk. Fotografía de Gage Skidmore, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons CC-BY-SA-2.0

Carezco de la neutralidad que las siguientes líneas exigen. Con horror creciente, a lo largo de mi adolescencia atestigüé una virulenta rearticulación del conservadurismo que, moldeada en internet, terminó por migrar a los espacios de comunicación tradicionales, desde noticieros hasta la radio. No eran pocos los hombres de mi edad que dedicaban sus tardes a mirar videos y escuchar podcasts en los que comentadores como Ben Shapiro se encargaban de destruir progres usando hechos y lógica. Dos generaciones alrededor de la mía, muchas personas obtuvieron su educación política en los debates que una cohorte de conservadores neuróticos organizaban rutinariamente contra universitarios y feministas. Este performance retórico acostumbró a la mayoría a una dinámica de intercambio de ideas que perseguía el vasallaje antes que el diálogo y la humillación antes que el entendimiento. Charlie Kirk (1993-2025) dedicó la última década de su vida a convertirse en el heraldo de este formato de debate, disimulando su discurso de odio como una suerte de cruzada por la verdad. Acaso su asesinato, ocurrido el 10 de septiembre, marcará la pauta de una nueva mutación en la militancia política de la derecha en Estados Unidos.  

Charlie Kirk nació en Chicago dentro de una familia que practicaba el cristianismo evangélico. Adolescente apenas, se involucraría en el activismo político, adhiriéndose a la campaña electoral de Mark Kirk, quien buscaba (y consiguió) continuar como senador por parte del Partido Republicano. Charlie no parecía estar interesado por formarse desde la esfera académica: abandonó el Harper College para coordinar la creación de Turning Point USA, organización pensada para divulgar el conservadurismo en campus y escuelas. El nombre de la asociación dice mucho de sí misma. Quienes militaban en ella tenían la intención de provocar un punto de inflexión en la vida política de los jóvenes norteamericanos desde un lugar que, tradicionalmente, siempre le había pertenecido a la izquierda: las aulas universitarias. 

Con el paso de los años, se ha vuelto cada vez más claro que la idea rectora de Charlie Kirk —también de Steven Crowder, Matt Walsh, Ben Shapiro y compañía— era demostrarle al panorama cultural estadounidense que las actividades típicamente intelectuales (el debate, las tertulias, los congresos) no eran exclusivas del progresismo. Mártir de su propia mitología, dedicó incendiarios esfuerzos a pavimentar el lugar común de la retórica sobre la que se fundó el trumpismo: la izquierda gringa, tan cómoda en el statu quo que le otorgaba la democracia liberal, terminaría condenada por sus propias limitaciones. ¿Cómo era posible, se preguntaban Kirk y sus aliados, que los liberales, ocupados en naderías ideológicas y convertidos en caricaturescos linchadores, dominaran el entorno educativo? Para vencerlos había que plantear una guerra cultural que, primero, los homogeneizara ideológicamente ante los ojos de la ciudadanía y, después, los exhibiera como resentidos descerebrados a los que les hacían falta los pantalones necesarios para administrar un país. Ya no importa qué tan imbécil y delirante haya sido esta estrategia: funcionó. Dos periodos de trumpismo lo respaldan. 

El día de su muerte, Kirk se encontraba haciendo lo que más disfrutaba en el mundo: provocar a estudiantes universitarios bajo la falsa promesa de que estaba dispuesto a cambiar de opinión si lo convencían en un debate. A las 12:23 ocurría este intercambio con uno de los asistentes al evento: 

—¿Sabes cuántos estadounidenses transgénero han cometido tiroteos masivos en los últimos 10 años? —le preguntó a Kirk.

—Demasiados —respondió él, satisfecho por los inexcusables aplausos de sus seguidores. 

—¿Sabes cuántos tiroteos masivos ha habido en Estados Unidos en los últimos 10 años? —devolvió su interlocutor.  

Kirk, con la espontaneidad que lo caracterizaba, se limitó a responder:

—¿Contando o no contando la violencia de pandillas?

Entonces ocurrió. 

Después de un brevísimo viaje de 120 metros, una bala impactó el cuello de Kirk mientras él aguardaba una respuesta. Los videos que se publicaron instantáneamente en todas las redes mostraron cómo brotó, fuera de su carótida cercenada, un escandaloso chorro de sangre. Era obvio que ningún milagro médico lo salvaría. Trump anunció su muerte unas horas más tarde.

La ironía suprema del asesinato de Kirk reside, más que en la situación en la que se vio envuelto, en sus propias palabras. Desde que ocurrió el ataque, en todas partes se ha replicado un video que corresponde al infame argumento que declaró públicamente en abril de 2023, a propósito del tiroteo escolar en Nashville: “Creo que vale la pena pagar, por desgracia, algunas muertes por arma de fuego cada año para que podamos tener la Segunda Enmienda y proteger así los demás derechos que nos fueron dados de forma divina”. Si tratáramos la muerte de Kirk como él trataba la del resto de las víctimas de las armas en Estados Unidos, quedaría reducida a una estadística necesaria. Pero no nos daremos el lujo de mostrar la necedad que a él le sobró en vida. 

Con facilidad y sin hurgar demasiado en su historial, uno podría esgrimir las frases del propio Kirk para descalificar todo luto alrededor suyo. ¿Acaso no fue él, en octubre de 2022, el que arremetió contra el concepto de la empatía? Dijo, como quien cuenta una anécdota levísima: “No soporto la palabra empatía. De hecho, creo que la empatía es un término inventado, new age, que hace mucho daño”. Podríamos gastar horas —como ya lo han hecho cientos de miles de usuarios en X/Twitter, Instagram, Reddit, TikTok y el resto de las plataformas digitales del mundo— en discutir qué tan ético o no es alegrarse por la muerte de un sujeto que dedicó su vida y su dinero a permear en la discusión pública posturas discriminatorias de todo tipo. Podríamos lloriquear o alegrarnos, sí. Pero tengo la impresión —quizá errada— de que el foco de nuestros análisis debería estar en otra parte. 

Los conservadores, en cualquier parte del espectro en la que se encuentren, saben que Kirk ganó. ¿Por qué? Por el sencillo hecho de que él mismo estableció las reglas del juego. La gira de debates en la que encontró la muerte se llamaba Demuéstrame que estoy equivocado. Que llevase quince años sin que nadie se lo demostrase testifica que su única intención era aparecer ante sus seguidores como un razonador infalible, al que nadie podría derrotar en su terreno: el debate de ideas. En este momento, el fantasma de Kirk se proyecta sobre sus fanáticos con una mueca ladina, orgullosa, diciendo: “¿Ven? Ellos tuvieron que matarme para vencerme”. 

En el mejor de los escenarios, el conservadurismo evangélico gringo encontrará en la muerte de Kirk una señal de la impotencia retórica de los liberales (y, por consecuencia, de toda la izquierda: recordemos que, en su óptica, todos caben en el mismo saco). En el peor de ellos, tomarán este suceso como el casus belli de una (quizá literal) batalla en la que habrán de alternarse ataques de todo tipo. ¿Estas represalias incluirán la caza de figuras de la izquierda o, peor, atentados en eventos masivos? Es difícil saber hasta qué punto se radicalizarán los llamados a la venganza (¿contra quiénes?) que en este momento pululan en las redes MAGA. Andrew Tate, por ejemplo, ganó más de 200,000 likes al tuitear “Guerra civil” un par de horas después del tiroteo. 

Los conservadores fingirán que Charlie Kirk no era sino un hombre que, apasionado por el bienestar de su país, fue víctima de un acto de violencia política. Entrados todos en un sincronizado delirio, se convencerán de no entender que las palabras de Kirk constituían, por sí solas, una serie de actos de violencia política. Él no es un mártir: no podemos ennoblecer su biografía a partir del fatal disparo. No podemos redimirlo como si fuese una indefensa víctima del Odio. Las consignas que promovió, vueltas un dogma entre los círculos conservadores contemporáneos, volvieron razonable que ciertos cuerpos y ciertos rostros pudiesen ser heridos y silenciados. Faltan varios años para que seamos capaces de entender el daño que Kirk infringió contra minorías y disidentes: la degradación, en suma, de su estatus cívico. 

Mientras tanto, ¿cuál será la siguiente bala?

Posdata: 

El análisis político de ningún ser humano en el mundo, a partir de los actos de violencia que se avecinan, será tan reivindicado como el de Ari Aster (Eddington, 2025). 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Vuelvo a Muerte en Venecia. En una relectura aún hay espacio para las sorpresas, es posible hacer una analogía con el río de Heráclito en las lecturas, nunca se vuelve al mismo libro. Qué diferente percibí ese mundo complejo anterior a la Primera Guerra al que pertenece Von Aschenbach a los veintidós que a los cuarenta. 

Vuelvo a acompañar a Aschenbach por un ensayo de la Yourcenar, un hermoso ensayo que arroja luz sobre las novelas y el novelista. Marguerite, perteneciente a la siguiente generación, a aquellos que nacieron con el siglo XX es capaz de indagar en los límites y posibilidades de la prosa de Mann. 

I 

Desde la primera frase Mann plantea la necesidad de Aschenbach de salir: en las primeras líneas se presenta al artista que solo vive para su arte —el que lo ha ennoblecido literalmente—, el viaje y la muerte.  Al contemplar las lápidas en una marmolería, un cementerio vacío, se revela el destino de su protagonista. La muerte está ahí, nos acecha en los ojos marmóreos de ángeles que no aguardan ninguna tumba, todavía.   

El hombre pelirrojo avistado a la espera del tranvía es una visión de la muerte, del deseo —de ahí la fascinación en verlo, que se muestra a través de la descripción—. Es necesario apenas un elemento disonante para romper un equilibrio, para que un orden arduamente construido se vea amenazado o ¿es que en ese elemento, en este caso el hombre pelirrojo en las escaleras de la marmolería, es el que condensa una serie de presentimientos y estados mentales inconscientes? “Eran ganas de viajar, nada más; pero sentidas con una vehemencia hasta el ámbito de lo pasional y alucinatorio”.

“Excesivamente ocupado con las tareas que le imponían su Yo y el alma europea, grabado en exceso por el imperativo de producir, y demasiado reacio a la distracción para enamorarse del abigarramiento del mundo exterior”, el estado del alma queda al descubierto en esas líneas, el estado en el que se encuentra al momento de iniciar la novela, atribulado por “el imperativo de producir” y negado a enamorarse, pero la insatisfacción que lo habita, la que lo lleva a dar el paseo inicial (y la que lo llevará a Venecia y a su destino).

La tensión entre la cercanía de la muerte y la obra inconclusa atraviesa el alma de Aschenbach. 

No es que lo que escribiese fuera malo: ésta era, al menos, la ventaja de su edad, que lo hacía sentirse en todo momento, y muy serenamente, seguro de su maestría. Pero mientras la nación lo honraba, él mismo estaba descontento de ella  y tenía la impresión de que su obra no ofrecía muestras de ese humor lúdico y fogoso que, fruto de la alegría, sustentaba, más que cualquier contenido intrínseco o mérito importante, el deleite del público lector.

Destacar la idea de la insatisfacción como raíz de la obra: 

Cierto es que ya de joven había considerado la insatisfacción como la esencia y la naturaleza más íntima del talento, y por ella había refrenado y enfriado el sentimiento, al que sabía propenso a conformarse con un alegre «más o menos» y una perfección lograda a medias.

II

Si la obra de Aschenbach difiere con la del autor, la somera biografía con que se le dibuja es muy similar a la de Mann. 

Gustava Aschenbach había nacido en L., cabeza de partido de la provincia de Silesia, donde su padre ocupaba un alto cargo en la administración judicial [aunque Mann no nació en Silesia, sí nació en Lübeck y su padre sí fue funcionario del Estado]. Muchos de sus antepasados fueron oficiales, jueces y funcionarios públicos, cada uno de ellos dedicó su rígida, honesta y pobre vida al servicio del rey y del Estado. Una espiritualidad quizá más íntima se había encarnado, en cierta ocasión, en la persona de un predicador, y en la generación anterior, la madre del escritor, hija de un maestro de capilla, había aportado a la familia una sangre más cálida y sensual. De ella provenían los rasgos foráneos del Aschenbach [recuérdese que la madre de Mann tenía antepasados brasileños]. La fusión del sentido del deber sobrio y escrupuloso con impulsos más oscuros y ardientes, dio origen a un artista, a ese peculiar artista.

Consideraciones sobre el artista, su posición frente a la existencia, entre la vida misma del artista y su obra, la tensión entre el tiempo que se agota y la obra por escribirse. Hincapié en la dedicación a la obra, más que una gran energía una energía desbocada, en un poco energía encauzada por la dedicación, por la disciplina.

Pero a esa capacidad de Aschenbach, a esa ascética del arte que propone Mann —cabe preguntarse si no era ese el proceder a la hora de trabajar en su obra, la dedicación; lo cual tengo para mí que así era, al menos me parece una forma efectiva de dedicarse a la obra— se presenta algo más, la capacidad del artista para coincidir con el zeitgeist de sus contemporáneos, de coincidir con ciertas ideas de su tiempo. 

Para que una obra espiritual relevante pueda tener sin demora una incidencia amplia y profunda, ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal de su autor y el destino universal de su generación.

La creación de su obra consume al artista. “Pues también desde una perspectiva personal, el arte es vida potenciada. Procura un goce más intenso, pero consume más a prisa”.

III

Venecia se presenta a Aschenbach en su belleza pero también en su condición enferma, el aire inmóvil, el siroco, la miasma de la laguna. Todo lo anterior se conjuga para hacer sentir enfermo al escritor, también, la aparición que lo obliga a permanecer, una presencia que lo hace perder toda sensatez. Las palabras de Luchiano Visconti vienen a mí: “La belleza absoluta existe. Y, como sabes, poner los ojos en la belleza es poner los en la muerte”.

En mis lecturas anteriores apenas me percaté de obviedades: el viejo vestido como joven que usa peluquín que desagrada en el barco camino a Venecia, la visión casi fantástica de Tadzio, las fresas que Aschenbach come en la playa. Literalmente el escritor llega a Venecia, pero también es un descenso al inframundo —Yourcenar ha señalado que Tadzio hace las veces de psicopompo—.

Esa extraña embarcación, que desde épocas baladescas nos ha llegado inalterada y peculiarmente negra como sólo pueden serlo, entre todas las cosas, los ataúdes, evoca aventuras sigilosas y perversas entre el chapoteo nocturno del agua; evoca aún más la muerte misma, el féretro y la lobreguez del funeral, así como el silencioso viaje final. ¿Y se ha notado que el asiento de estas barcas, ese sillón barnizado de un negro fúnebre y tapizado de un negro mate, es el asiento más blando, voluptuoso y relajante del mundo? 

La góndola no es solo la barca de Caronte sino el féretro, el depositario del cuerpo privado ya de vida. 

El barquero repugna al escritor: “Era un hombre de fisonomía desagradable, casi brutal”, una repugnancia que se torna temor ante su voluntad decidida y opuesta a sus deseos. “¿Qué hacer? Estando a solas en plena laguna con ese hombre tan extrañamente insumiso, siniestro y decidido, el viajero no veía medio alguno de imponer su voluntad. Por lo demás, ¡qué blandamente podía descansar si no se enfadaba!”. Y en este punto se revela la otra actitud que sellará el destino de Aschenbach, la docilidad ante las circunstancias, dejarse llevar por la fatalidad. 

Es verdad —pensó Aschenbach relajándose un poco—. Es verdad que conduces bien. Aunque hayas puesto los ojos en el dinero que llevo y me envíes a la mansión del Hades con un buen golpe de remo por detrás, me habrás conducido bien.

Y en efecto, Aschenbach es conducido a la mansión del Hades. No es como él piensa, que el gondolero procederá a quitarle la vida, sino que va conducido a su muerte. La enfermedad lo aguarda en Venecia, la enfermedad, la muerte, pero, sobre todo, la infatuación con Tadzio. 

[…] tres muchachas de al parecer entre quince y diecisiete años y un efebo de cabellos largos y unos catorce años. Con asombro observó Aschenbach que el muchacho era bellísimo. El rostro, pálido y graciosamente reservado, la rizosa cabellera color miel que lo enmarcaba, la nariz rectilínea, la boca adorable y una expresión de seriedad divina y deliciosa hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble; y a más de esa purísima perfección en sus formas, poseía un encanto tan único y personal que su observador no creía haber visto nunca algo tan logrado en la naturaleza ni en las artes plásticas.

El conjuro se efectuó; el joven apenas si le prestará atención al hombre mayor,  un viejo a sus ojos. Un viejo que se da cuenta de su condición ante el espejo justo porque ha caído rendido de amor. Si en la embarcación que lo llevaba de camino a Venecia lo repugnó el viejo que trataba de disimular su edad junto a los jóvenes y se emborrachaba con ellos, él terminará emulándolo, antes de perecer, para llamar la atención de esta divinidad que lo ha impactado con su visión. 

Para los griegos la única de las cualidades que podíamos contemplar de los dioses sin que nos destruyeran al instante era la belleza. Pero incluso esa cualidad termina destruyendo a los mortales, como bien apunta el mito de Psique y Eros. Así, la belleza apenas vista arrastra la voluntad de Aschenbach y, aunque sabe que seguir en Venecia lo enferma, prefiere mantenerse en la ciudad para seguir contemplando al joven. 

[…] y la visión de esa figura viva en la que confluían la gracia y la rigidez de la pubertad, de ese efebo con los rizos empapados y bello como un dios, que emergía de las profundidades del mar y del cielo, luchando por desprenderse del líquido elemento, esa visión suscitó en su observador evocaciones míticas: era como un mensaje poético llegado de tiempos arcaicos, desde el origen de la forma y el origen de los dioses. Y, cerrando los ojos, Aschenbach escuchó aquel cántico que resonaba en su interior y, una vez más, pensó que allí se estaba bien y deseaba quedarse. 

IV

El escritor ha quedado por completo seducido y su estado de arrobamiento se transmite al narrador de la obra: es el capítulo más lírico y con mayores evocaciones mitológicas. La condición de divinidad del muchacho, para el escritor —pero también para el narrador quien es, a fin de cuentas, quien transmite la historia—. Incluso el sol es descrito como una divinidad.

Aschenbach no se encuentra solo en un lugar ajeno, distinto al de su vida cotidiana, sino que se encuentra en un estado emocional y mental distinto al usual. Si el uso del adjetivo onírico, casi desde un inicio, apuntaba a esto, aquí es revelado por completo: “La placentera regularidad de esa existencia no tardó mucho en hechizarlo”. 

En su estado de encantamiento, Mann da a entender qué es Venecia para su personaje, la revelación que ronda sobre él, como los buitres que vistos a la distancia señalan el lugar donde está un cadáver, así se vaticina cuál es el destino, un destino que dada su condición de hombre culto se torna en un espacio colmado de símbolos:  

se ponía a recordar su casa en las montañas, escenario de tantas batallas estivales, cuyo jardín era invadido por profundas nieblas, donde terribles tormentas apagaban de noche las luces, y los cuervos, que él mismo alimentaba [cabe preguntarse, ¿por qué alimentaba a estas aves tan cargadas de signos?, ¿no es lo que está haciendo en ese momento, a lo largo de este capítulo, alimentar a los cuervos que a fin de cuentas habrán de cebarse con él?], se mecían en las copas de los pinos. Entonces se sentía como arrebatado a los Campos Elíseos, en los confines de la Tierra, donde los hombres viven dichosamente y jamás hay nieve, ni invierno, ni tempestades, ni lluvias torrenciales, sino que el océano exhala siempre una brisa suave y refrescante; donde los días transcurren en medio de un ocio divino, sin luchas ni fatigas, consagrados exclusivamente al sol y sus festividades.

A ese presentimiento de encontrarse en otro mundo, en el Otro Mundo Feliz, se sigue la presencia del muchacho, el psicopompo inconsciente que en este capítulo guía al escritor a su destino, pero antes de entregarlo al Hades habrá de revelarle algunos misterios, como Ovidio a Dante, como en los oficios órficos, como en Eleusis. Y así, al contemplarlo Aschenbach empieza a reflexionar sobre la belleza, a racionalizar, incluso, su pasión.

¡Qué disciplina, qué precisión en las ideas se expresaban a través de ese cuerpo cimbreño y juvenilmente perfecto! Pero la voluntad pura y severa que, operando en la oscuridad, había logrado sacar a la luz esa estatua divina ¿No le resultaba a él, el artista, algo ya familiar y conocido? ¿No operaba también en él, cuando, impulsado por una sobria pasión, liberaba de la masa marmórea del lenguaje la esbelta forma que había contemplado en su espíritu y la ofrecía a los hombres como imagen y espejo de la belleza espiritual?

Y en esas revelaciones es que se manifiesta su estado del alma. El sustrato mitológico le sirve para hacer crecer su pasión y darle forma, que en su caso es la revelación definitiva. 

¿No estaba escrito que el sol desvía nuestra atención de las cosas del intelecto para dirigirla hacia las de los sentidos? Pues, según decían, hechizaba y entorpecía el entendimiento y memoria a un grado tal que el alma, impulsada por el placer, olvidaba totalmente su verdadero estado, y, presa de admirativo asombro, permanecía atada a los objetos más hermosos que el sol alumbra: sí, sólo con la ayuda de un cuerpo era capaz de acceder luego a un plano de contemplación más elevado. [El sol aparece en este capítulo como el revelador pero también como el obnubilador, no es equívoco empatarlo con la figura de Tadzio; piénsese, además, que una de las advocaciones del sol, Apolo, hace un viaje al inframundo]. Amor, […] para hacernos visible lo espiritual, el dios gustaba de recurrir a la figura y el color de la juventud humana, a la que convertía en instrumento de la reminiscencia adornándola con todo el esplendor de la belleza, y ante cuya visión nos abrasaba luego el dolor y la esperanza. 

En este punto es que el escritor y “la embriaguez marina, unida a la reverberación del sol, acabaron desplegando ante sus ojos una fascinante escena”. La Atenas clásica se presenta ante sus ojos, no la imagina, no, se despliega ante sus ojos. Como el joven a quien iguala a las divinidades, se presenta ante él Sócrates y Fedro. 

Le hablaba de los ardientes temores que padece el hombre sensible cuando sus ojos contemplan un símbolo de la Belleza eterna […] Porque la belleza, Fedro mío, y sólo ella a la vez visible y digna de ser amada: es, tenlo muy presente, la única forma de lo espiritual que podemos aprehender y tolerar con los sentidos […] La Belleza es, pues, el camino del hombre sensible hacia el espíritu…

En esa imagen, ¿soñada, revelada, imaginada?, se ve reflejado. Si percibe al joven como un dios, ansía tocarlo, aprehender su belleza con las manos. Se figura Sócrates ante Fedro.

Aschenbach no puede pensar ya sino en función del otro, de su pasión, la crisis. De ahí que se señale la tensión entre el ensayo que escribe en ese momento y que causará admiración y el objeto que lo ha despertado, que lo ha inspirado —no usa ese término, pero lo creo adecuado en tanto que el escritor no está en sí, sufre una alteración espiritual, como la que se pensaba producían las musas al inspirar las obras—. Esa alteración es la que lo lleva a pensar en la facilidad de acercarse a Tadzio y, ahí su tragedia,, en ser incapaz de hablarle, de comunicarse con él, en que se sienta enfermo casi al presentársele. 

[…] y una palabra cualquiera, una frase amable, en francés, aletean en sus labios; pero siente que su corazón, quizá también por haber caminado tan de prisa, le golpea el pecho como un martillo; que él mismo, casi sin aliento, sólo podría hablar con voz trémula y oprimida; vacila, intenta dominarse; de pronto teme haberle seguido los pasos demasiado tiempo, teme que el muchacho se dé cuenta, teme su mirada interrogadora cuando vuelva la cara; toma un impulso final, se detiene, renuncia y, con la cabeza gacha, pasa de largo.

El encanto no puede ser roto. “Pero lo cierto es que el senescente escritor no quería el desencantamiento: su embriaguez le resultaba demasiado grata”. Confuso entre su deseo de acercarse y su incapacidad para hacerlo porque ello acabaría todo y a quien “la idea de regresar ni siquiera toca su espíritu”.

Acecha al joven, busca su mirada y hasta cree que su presencia lo induce a pasar frente a él. Mann nos presenta al hombre desesperado, a punto del paroxismo de su propia pasión. Estado que lo lleva a desconfiar en lo que ha sido toda su vida, en su oficio. “Su belleza superaba lo expresable, y, como tantas otras veces, Aschenbach sintió, apesadumbrado, que la palabra sólo puede celebrar la belleza, no reproducirla”.

V

El capítulo final es la muerte de Aschenbach, la muerte en Venecia. El descenso al inframundo se concreta. El momento en el que el delirio del escritor es mayor, más desesperado, más febril. Un delirio que se compagina con la conspiración que la ciudad elabora para mantener la mentira: 

«¡La consigna es callar!», pensó Aschenbach irritado y tirando los periódicos sobre la mesa. «¡Hay que silenciar el problema!» Pero, al mismo tiempo, un sentimiento de satisfacción embargó su alma al imaginar la aventura en la que iba a verse inmerso. 

La ciudad y el escritor deliran. El egoísmo se vuelve su motor, en el caso de los habitantes de Venecia por no perder a los turistas y su dinero; en el de Aschenbach por seguir viendo al objeto de su deseo, porque algo más que su visión se concrete. 

Pues la pasión, al igual que el crimen, se aviene mal con el orden establecido y el bienestar de la vida cotidiana, y cualquier dislocación del sistema burgués, cualquier confusión o calamidad que amenace al mundo le resultarán forzosamente gratas, una vaga esperanza de sacar provecho de ellas. 

El deseo ya no se conforma con las idealizaciones que hacía por medio de la mitología, empieza a cambiar la conducta del deseante, adquiere las connotaciones de una enfermedad. Aschenbach está enfermo antes de dar muestras de haber caído en las garras de la plaga que se cierne sobre Venecia.

Lo anterior es más claro durante la misa, a la que entra para observar a Tadzio. La trasposición del oficio, de la pasión y de la enfermedad se da apenas en unas cuantas palabras: 

Un sacerdote de vestiduras ricamente adornadas oficiaba, cantando, entre nubes de incienso que velaban las macilentas llamitas de los cirios, y al dulce y penetrante aroma de sacrificio parecía sumarse poco a poco un segundo: el olor de la ciudad enferma. No obstante, a través de los vapores y destellos, Aschenbach pudo observar como el adolescente volvía la cabeza, lo buscaba con la mirada y lo reconocía.

El escritor, en su delirio, cree que el joven siente el mismo deseo, que lo busca de la misma manera en la que él lo hace. 

Y en este paso de la mitología del mundo antiguo —con el que intentó barnizar su deseo, la infatuación que el joven le produjo— se pasa a la enfermedad y la conciencia de que ese deseo no se saciará sino forzando al joven. Y es esa conciencia la que se manifiesta al adjetivar su deseo ya no en función de la mitológica pederastia griega sino con lo demoníaco. “Sin embargo, no puede decirse que sufriera. Su cabeza y corazón estaban ebrios, y sus pasos seguían las indicaciones del demonio, que se complace en conculcar la dignidad y la razón del ser humano”.

Del mismo modo que el estado febril de Aschenbach es palpable, lo es la enfermedad en la ciudad. “El aire estaba sereno y cargado de miasmas, y el sol quemaba a través de la calina que teñía el cielo de un gris pizarroso”. 

Esa era Venecia, la bella equívoca y lisonjera, la ciudad mitad fábula y mitad trampa de forasteros, cuya atmósfera corrupta fue testigo, en otros tiempos, de una lujuriante floración artística, e inspiró a más de un compositor melodías lascivamente arrulladoras. Y el aventurero tuvo la impresión de ir abrevando sus ojos en toda aquella exuberancia, de que esas melodías acariciaban su oído [¿el delirio?]; y al recordar también que la ciudad estaba enferma y lo disimulaba por afán de lucro, miró más desenfrenadamente aún la bamboleante góndola que lo precedía.

Sí, la ciudad está enferma y él está delirante de deseo en este punto, pero pronto de enfermedad, conocerá el delirio del agónico.

La soledad, el país extranjero y la dicha de una embriaguez tardía y profunda lo animaban e inducían a permitirse, sin miedo ni rubor alguno, las mayores extravagancias. [El contemplador ansía volverse actor, aunque desconoce el cómo] Como una noche en que al volver ya tarde de Venecia, no tuvo el menor reparo en detenerse ante la puerta de Tadzio, en el primer piso del hotel, apoyar su frente en ella y permanecer así largo rato, en un estado de embriaguez total, a riesgo de que lo sorprendieran en tan absurda postura.

Pero, por mucho que la pasión trastoque la vida de una persona, esa persona no deja de ser quien es. Rasgos de su personalidad pugnan aún por enfrentarse a esa fuerza que le arrastra y transfigura todo. Así, él piensa en sus antepasados y en el desagrado que su pasión les hubiera provocado, pero, al cuestionarse se percata de algo más terrible: su vida toda, su dedicación al arte les hubiese parecido desdeñable en comparación a sus vidas dedicadas al servicio de las armas. “También él había servido, también él había sido soldado y hombre de guerra como muchos de ellos; porque el arte era una guerra, una lucha agotadora para la cual los hombres de hoy ya no servían”. 

El enrarecido mundo en el que habita se palpa en el espectáculo esperpéntico que ofrecen los comediantes callejeros y que, como el resto de los elementos que conforman este capítulo, fueron anunciados al llegar a Venecia. 

Mientras contempla bebe zumo de granadas y soda. Solo dos frutas aparecen en toda la obra, fresas y granadas, dos veces las fresas y una la granada. El fruto que probó Perséfone y como ella, él lo bebe casi con descuido mientras contempla el espectáculo de los comediantes y al adolescente a unos metros de él. Pero al joven ya no lo puede contemplar como desea, su familia se ha percatado de su invasiva mirada. 

El comediante que más presencia tiene es pelirrojo, característica que comparte con el hombre entrevisto en la marmolería y por cuya visión soñó con emprender el viaje.  Está inmerso en ese onírico encantamiento, de ahí que prefiera obviar las señales, que cada vez son más palpables, del avance de la enfermedad. Su secreta esperanza es que justamente la enfermedad le permita acercarse al adolescente. Que se consuman sus deseos.

Una escena casual: el joven se ha ido, él se queda con el resto de su bebida. Es también la configuración de lo que ocurre en el alma de Aschenbach y en la novela misma. El joven, el dios, el psicopompo, ha cumplido su función y desaparece, mientras el otro contempla el tiempo que se agota, aceleradamente. 

El escritor se entera de la pandemia que afecta la ciudad y aunque piensa en comunicárselo a la madre de Tadzio, para salvarlo, no se atreve, pensando en la posibilidad de concretar su deseo.

[…] recordó al extraño personaje con aire de trotamundos que despertara en él, hombre ya senescente, un juvenil deseo de irse lejos, de partir a la aventura; y la idea de volver a casa, al ámbito de la prudencia y el discernimiento, de la fatiga, y el esfuerzo que aspira a la maestría, le repugnaba a un grado tal que un rictus de malestar físico contrajo su rostro. «¡Hay que callar!», murmuró con vehemencia. «¡Y callaré!». La conciencia de compartir un secreto y una culpa lo embriagaba como un simple trago de vino embriaga a un cerebro cansado. La imagen de la ciudad asolada e indefensa flotaba confusamente en su espíritu y encendía en él esperanzas inconcebibles, de monstruosa dulzura, que iban más allá de la razón. Comparada con esas expectativas, ¿qué significaba para esa amable felicidad con la que acababa de soñar por un instante? ¿Qué podían importarle ahora el arte y la virtud frente a las ventajas del caos? Calló, pues, y se quedó.

Incapaz de pensar en su propia supervivencia tampoco le importa la vida ajena, así sea la del joven. Al contrario, el mundo trastocado que propicia la enfermedad lo hace guardar esperanzas. 

El delirio continúa. 

Aquella noche tuvo un sueño terrible, si se puede llamar sueño a una aventura del cuerpo y el espíritu que le ocurrió estando él profundamente dormido, es cierto, en un marco de total autonomía y presencia sensorial, pero sin que se viera a sí mismo presente o moviéndose en el espacio, al margen de los acontecimientos; pues éstos tenían más bien por escenario su propia alma, y, al interrumpir desde fuera, fueron derribando violentamente su resistencia —una resistencia surgida de las profundidades de su espíritu— y dejaron tras de sí, asolado y deshecho, el edificio entero de su existencia y la cultura de su vida.

No queda de Aschenbach más que su obsesión, el anhelo desesperado que se iguala con la enfermedad —la misma que va matando a la gente en Venecia—.

Él sabía una palabra oscura, pero que designaba la inminente aparición: «El dios extranjero».  A la luz de un resplandor confuso divisó entonces un paisaje montañoso similar al que rodeaba su casa veraniega. Y entre jirones de luz, desde cimas boscosas, vio precipitarse cuesta abajo, remolineando entre troncos de árboles y peñascos rotos cubiertos de musgo, un tropel de seres humanos y animales, un torbellino, una turba frenética que iba inundando la ladera con cuerpos y llamaradas confundidos en un delirante vértigo de rondas.

Al desbordamiento de seres sigue la orgía, ¿o es la orgía parte de ese mismo desbordamiento?:

Pero el durmiente ya estaba con y dentro de ellos, poseído también por el dios extranjero. Sí, ellos eran en realidad él mismo cuando se abalanzaban sobre los animales matando y desgarrando, cuando devoraban trozos de carne humeante, y cuando en un suelo revuelto y musgoso iniciaron, como ofrenda al dios, una cópula promiscua e infinita. Y su alma conoció la lujuria y el vértigo de la aniquilación.

Eso ha sido el viaje, eso ha sido Venecia para él. El conocimiento de “la lujuria y el vértigo de la aniquilación”. 

Como personaje de una tragedia clásica, de un mito, Aschenbach ha sido elegido por los dioses y su existencia se trastoca —la vida anterior y su obra dejan de tener sentido, de importarle—, la divinidad no se detendrá hasta que sea aniquilado. Aniquilado, nada menos, que por la belleza.  


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Portada de "Blasphemous". The Game Kitchen, 2019.
Portada de “Blasphemous”. The Game Kitchen, 2019.

Tras ver por milésima vez el videoensayo Dios y aquel milagro doloroso, publicado por El Vacío, me dieron un chingo de ganas de piratear Blasphemous y echar unas partiditas con mi señora, pero me acordé que tengo trabajo atrasado y mejor me puse a escribir este vil plagio comentario y ampliación al respecto.

Blasphemous es una saga de videojuegos indie de fantasía oscura publicada por The Game Kitchen que toma la estética religiosa del Renacimiento y la deforma para dar paso a un mundo macabro y violento en el que nuestro protagonista, el Penitente, tiene que sobrevivir.

Los enemigos son monstruos inspirados en obras de la cultura española como pinturas de Goya, de hecho, el juego fue presentado en La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, que contiene la segunda colección más grande de trabajos del pintor. El mismo protagonista está basado en el cuadro Procesión de disciplinantes, pintura que retrata a un grupo de nazarenos sevillanos, y esta(s) otra(s) cosa(s) está(n) inspirada(s) en Las Meninas.

El video de El Vacío toma como eje a autores como Kant, Hume y Nietzsche para hacer una crítica a la religión, sin embargo, Enrique Cabeza, el director creativo, ha mencionado que este no es el propósito, sino reivindicar el arte clásico español como algo cultural, es por ello que en este ensayo se abordarán algunos aspectos de la estética religiosa desde dicha perspectiva cultural a partir de la obra de Goya.

La historia de Custodia, tierra donde transcurre la trama, comienza con el Retorcido, un joven que pidió a las Altas Voluntades ser castigado para expiar sus culpas, sus súplicas fueron escuchadas y este chico se fusionó con el tronco sobre el que estaba recostado, dando comienzo a la tradición del Milagro, una fuerza divina que actúa de maneras misteriosas, manifestándose en forma de castigos grotescos que convierten a la gente en los monstruos a los que nos enfrentamos.

Goya se educó en un entorno marcado por el catolicismo visual español: creció viendo procesiones, iglesias con cristos sangrantes, vírgenes dolorosas, así como pinturas de Ribera, Zurbarán y Murillo. Con obras como los Desastres de la guerra, Goya convierte el dolor en testimonio histórico y denuncia política, sin el consuelo de la compasión divina. El sufrimiento ya no redime: solo duele. La compasión se traslada al espectador: ver se vuelve un acto igual de político que moral. Las mujeres en los Desastres, Caprichos y Pinturas negras aparecen a veces como nuevas “vírgenes dolorosas”: sufren, lloran, cargan muertos. Pero ya no son figuras de santidad, sino seres humanos quebrados, reales, colectivos. En grabados como Caridad o No hay quien los socorra, Goya se aproxima a una ética de la compasión terrenal donde el cuidado es desesperadamente humano.

Blasphemous hereda la estética del Barroco andaluz: sus escenarios remiten a retablos recargados, pasos de Semana Santa, vírgenes con lágrimas de cristal, cristos martirizados, relicarios y flagelantes. El mundo de Custodia es una distopía teológica: Dios no consuela, sino que castiga de forma incomprensible. Es una teología del absurdo, muy cercana al espíritu de Goya en sus Pinturas negras o Desastres de la guerra. El Milagro funciona como una parodia cruel del misterio cristiano, transforma el dolor en carne, piedra, castigo corporal permanente. Como en Goya, el sufrimiento se convierte en código narrativo-visual del fracaso espiritual.

Para la tradición católica, el cuerpo de Cristo, desgarrado en la cruz, se convierte en mediación divina; el llanto de María, en espejo de la compasión perfecta. Esta tradición construye así un régimen de la mirada donde el dolor es redentor, la sangre es luminosa y la belleza nace de la herida. El cuerpo doliente es una reliquia en acto: una carne transida de gloria, aunque todavía llore. Este sistema visual, sin embargo, empezará a tambalearse con la modernidad, cuando el dolor deje de ser signo de lo divino, y se convierta en resto del desastre humano.

¿Qué ocurre cuando el dolor ya no nos conduce a la gracia, sino a un abismo sin voz? ¿Cómo se representa lo sagrado cuando lo sagrado ha sido vaciado? Entre el altar, el caballete y la pantalla, se dibuja una misma herida: la del hombre que busca sentido en la carne rota.

La iconografía del dolor en el Barroco español no puede comprenderse sin la voz interior de sus místicos. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz no representaron el sufrimiento como simple castigo, sino como vía de transformación amorosa. Para Teresa, el alma es herida por Dios como por una lanza ardiente; en San Juan, la “noche oscura” no es solo pérdida, sino también unión secreta. En ambos casos, el dolor es mística erótica: unión que se expresa a través de lo corporal. La transverberación teresiana —“me dejó toda abrasada de amor divino”— es tanto una experiencia espiritual como un éxtasis de la carne.

Estas descripciones, a menudo violentas, resonaron profundamente en el arte sacro del Siglo de Oro, que hizo del dolor sensual una estética. El cuerpo que sufre no es monstruo, sino puente hacia Dios. Lo grotesco, entendido aquí como lo excesivo, lo abyecto, lo inconmensurable, queda aún recatado por lo sagrado: la llaga es luminosa, la sangre es bálsamo. El Barroco sabe del horror, pero lo redime. 

Siguiendo a Georges Didi-Huberman, podríamos decir que esta imaginería “hace hablar a la herida”. Lo sagrado ya no se revela en el esplendor, sino en la llaga. La belleza barroca es ambigua, excesiva, herida: no puramente estética, sino profundamente teológica. El dolor es, entonces, tanto un tema como una forma: la luz que corta la sombra, el dorado que enmarca la sangre, el claroscuro que dramatiza la carne.

El espectador barroco no contempla en silencio: llora, tiembla, se arrodilla. El arte sacro se convierte en liturgia. No hay distancia entre imagen y rito. El cuerpo del mártir, tallado en madera policromada, no solo representa, sino que prolonga el cuerpo de Cristo y, por tanto, exige compasión. En términos teológicos, esa compasión no es solo sentimental: es una gracia. Mirar con compasión es, en el sentido agustiniano, participar del misterio pascual.

Goya, sin embargo, da un paso más allá. En su obra, el dolor pierde su marco teológico. Ya no hay gloria en la herida, ni amor en el espanto. En los Desastres de la guerra, los cuerpos mutilados no son mártires: son restos sin sentido. El sufrimiento ya no conduce a Dios, sino al vacío. Goya —aun habiendo pintado frescos religiosos en su juventud— rompe con la imaginería sacra para denunciar la carne profanada por el poder, la guerra, la locura.

Si Teresa lloraba para no sufrir más por Cristo, los personajes de Goya sufren sin objeto, sin sentido. Si San Juan buscaba la unión en la oscuridad, Goya pinta la disolución en la tiniebla. La carne ya no es reliquia, sino resto; ya no es teofanía, sino prueba de un Dios ausente o muerto.

En Blasphemous (The Game Kitchen, 2019), el cuerpo vuelve a ser el centro de la iconografía: doliente, roto, flagelado. Pero aquí el cuerpo ya no está sostenido por una teología que lo redima: está atrapado en una penitencia infinita, sin gracia. El protagonista —el Penitente— no busca la salvación, sino el castigo. La lógica del juego no es soteriológica, sino mecanismo ritual sin fin, donde el dolor se convierte en estructura del mundo.

El universo de Blasphemous está habitado por reliquias que sangran, vírgenes con espinas, santos desfigurados, procesiones crueles. Todo remite a la estética del Barroco andaluz: los retablos dorados, las dolorosas de ojos de vidrio, las esculturas policromadas de Gregorio Fernández o Pedro de Mena. Pero esa estética ha sido transfigurada: ahora opera como ruina, como resto digital de una religión que se ha vuelto máquina de castigo.

Aquí se manifiesta lo que Mark Fisher llama hauntología: un pasado que no muere, pero tampoco vive, que persiste como espectro. El Barroco sacro sobrevive en Blasphemous como cadáver estético, reanimado por la lógica del videojuego. La compasión ha sido convertida en estética: ya no se llora con el mártir, se coleccionan sus huesos. El jugador, en lugar de orar, derrota monstruos penitenciales para avanzar en una liturgia vacía, donde la redención ha sido olvidada, pero el dolor permanece.

Esta estetización extrema del sufrimiento se enlaza con la tradición grotesca de Goya: cuerpos mutilados, vírgenes decapitadas, santos deformes. Pero también con la mística rota: el Penitente sigue un camino espiritual, pero sin Dios. Su cruz ya no apunta al cielo, sino al abismo teológico. La teodicea ha colapsado. El milagro es una plaga. La compasión, en lugar de unir, se ha vuelto espectáculo de carne.

Y sin embargo, algo resiste. En ciertas escenas —como el encuentro con personajes que cargan con sus propios dolores, o los fragmentos de oraciones que pueblan el mundo— hay un eco lejano del Barroco original: una sed de sentido, una pregunta nunca resuelta. En ese mundo cruel, el gesto de arrodillarse, de llorar, de tocar una reliquia pixelada, no deja de ser un acto de búsqueda. Lo que en Teresa era unión con el Amado, aquí es eco de una ausencia.

Blasphemous no niega la fe: la convierte en ruina viva. Su teología es postapocalíptica, como si el Barroco hubiera estallado y solo quedaran sus fragmentos: penitencia, reliquias, dolor, milagro. El cuerpo sigue siendo la vía, pero ya no conduce al cielo: conduce a sí mismo, a su herida. Así, el juego articula una hauntología del cristianismo: el dolor aún brilla, pero no ilumina.

Blasphemous, como arte digital, recoge estos espectros y los pone en juego. Su estética pixelada revive el Barroco como catástrofe, como archivo espectral de un cristianismo herido. La compasión ya no redime, pero no desaparece: se transforma en gesto residual, en liturgia mecánica, en oración muda. El cuerpo sigue siendo signo, pero ahora de una teología derrumbada, donde el penitente camina no hacia el cielo, sino hacia el centro de su propia herida.

Este recorrido nos enfrenta con una paradoja estética y filosófica: cuanto más se fragmenta la iconografía del dolor, más persiste su llamada. Aun sin fe, aun sin dogma, el cuerpo sigue pidiendo ser mirado con piedad. Quizás eso sea, finalmente, la compasión: no una doctrina, sino un temblor que sobrevive en la carne, en el arte, en la imagen —aunque el Dios que la sostenía se haya ido.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.