Tierra Adentro
Portada de "Dos veces esto", Valeria List. Malabar Editorial, 2024.
Portada de “Dos veces esto”, Valeria List. Malabar Editorial, 2024.

SAFO EXTRAÑA SU VIRGINIDAD

Quizá sepa Safo que nadie 

le quitó nunca nada 

que ella no pudiera reemplazar

nada más que eso: 

un estado del cuerpo 

al que no se vuelve

la virginidad es como 

un acto de habla

un día está y otro ya no 

y nada puede hacer 

que volvamos a ese estado 

no de pureza 

de soledad.


PARA HD, LOS SENTIMIENTOS SUBLIMES se pierden si no los transferimos a una pareja. Eunice Odio no quiere iluminarse sino sentir de más porque una poeta debe atender las pasiones humanas. Méraly vivió en Nepal, escribió un gran poema y luego su palabra se extinguió. Yo escribo cuando la emoción se torna rutinaria, cuando el sentimiento se vuelve borroso: turbio, insatisfecho, en búsqueda irremediable de algo distinto. La poesía no vale mucho cuando se escribe lo que pasa claramente. La poesía debe contar la transformación, la realidad abstracta y sus huecos. 

Esto no quiere decir que en efecto la poesía deba ser así. Esto quiere decir remordimiento.


TOLSTOI ARMA UN ESCENARIO INMENSO

estrategias, sociedades 

órdenes, religiones 

capitales 

para compararlos:

en el centro de este escenario hay varios 

pequeños 

insistentes 

ínfimos 

tontos 

corazones

de mujeres y hombres latiendo

por otro 

pequeño 

insistente 

ínfimo 

y tonto 

corazón.

Portada de “Dos veces esto”, Valeria List. Malabar Editorial, 2024. Disponible aquí


Autores
(Puebla, 1990). Escribe poesía y dibuja. Además de Dos veces esto (Malabar, 2024), ha publicado Calgary (Sombrario, 2021) y La vida abierta (Premio de Poesía Joven de la UNAM). Fue becaria del Fonca, de la T.S. Eliot Summer School y del programa Ellipsis del British Council. Es doctorante en Literatura Latinoamericana por la UNAM.

Durante los primeros años, muchos de los lectores que nos iniciamos en la infancia fuimos maravillados a través de libros “con dibujitos” (como los llamaba yo cuando era niño). Luego crecemos, vienen las tribulaciones, las derrotas, en mi caso, los electroencefalogramas, la depresión, las adicciones a la cocaína, el desempleo, los ataques de ira… En medio de la vorágine de madurar, muchos ya sólo leemos libros “con puras letritas” (para citar de nuevo a mi yo niño) y nos olvidamos de lo maravilloso que resultan los textos ilustrados. Por ello me encantó reseñar esta vez una novela gráfica. En especial, porque la obra asignada, Asfalto de Hernán Gallo, ganadora del Premio Nacional de Novela Gráfica Joven 2020, me pareció estupenda. Además, justo como la epilepsia, las adicciones o la quiebra económica, se trata de una lectura que, entre mis vivencias, me ha resultado inolvidable.

La historia es simple, pero conmueve, se trata de literatura de viajes y pérdidas de la inocencia. Un gato humanizado huye de casa harto de sus circunstancias. Para volver la decisión inamovible, Gato arroja el celular a la basura y así rompe cualquier posibilidad de contacto con su mundo. La escena me impactó tanto, he de confesarlo, que miré mi propio dispositivo con saña y me dieron ganas de aventarlo también a la chingada. Luego pensé que lo saqué a un plazo de dos años con los abusivos de Telcel y me arrepentí; pero disfruté la tentación momentánea de eliminarlo. En fin, por accidente, Gato se topa con la dueña de un café, una mujer colérica, y con la sobrina de esta señora, una mesera llamada Mía. La chica también está harta de su vida. En un arranque de impulsividad convence a Gato de huir juntos. 

En cuanto al aspecto visual, el estilo del autor me recuerda el poderío, la desfachatez, la expresividad y la rebeldía del arte urbano, pero con una gran exactitud como diferenciador. Además de un enfoque minucioso en los detalles, a pesar de la sencillez de los trazos. Las influencias en la forma de ilustrar (Charles Forsman, Max de Radiguès, Gipi o el manga) se vuelven simplemente anecdóticas, ya que el toque personal, la subjetividad y la propuesta artística del autor es lo que pesa en su trabajo. Yo añadiría que me sorprendió, de igual forma, su capacidad para retratar, caricaturizar y hasta maximizar emociones complejas, como la derrota, el fiasco, la desolación, el rencor. El alma hecha pedazos de sus personajes es evidenciada en cada cuadro.

La minuciosidad de los detalles en las ilustraciones engrandece el trabajo del libro. Muchas de las acciones se hallan rodeadas de elementos que sorprenden, que provocan una sonrisa o que generan nostalgia. Todos los pormenores ilustrados generan un sinfín de emociones: el dibujo de un tipo que se agarra el pene mientras orina en la ducha, unos calcetines sucios en el asiento trasero de un vocho, un despertador con forma de Vic Rattlehead (la calaca mascota de Megadeth), un gato blanco en una ventana, un policía echándose un taco, un volante con forma de cadena, un Power Ranger verde enterrado en la arena, un foco que ilumina el llanto de un personaje, el nido de un ave en una casa abandonada por demasiado tiempo o los calcetines de Hello Kitty debajo de las botas de una muchacha que no sabe más que apretar el acelerador para seguir adelante, todo se va añadiendo a las capas de goce estético y emotividad que provoca la lectura. 

Como ya lo mencioné, el libro se enfoca en las ganas de escapar de las propias circunstancias, en el afán de buscar respuestas a costa de la autodestrucción, incluso se centra en la elección de nuevos mecanismos o vehículos que nos alejen de aquello que nos desbarata.  Al final de la obra, uno no puede dejar de preguntarse cuándo se acaban esos anhelos de largarse y dejar todo atrás. Tengo cuarenta y ocho años, huí de una granja de rehabilitación, de la casa de mis padres, de un hospital psiquiátrico, y sigo fantaseando con el escape definitivo.

Hay en Asfalto referencias geniales, detalles que enriquecen la experiencia de observar, de leer. Por ejemplo, un póster de PolyMarchs que me emocionó al verlo, por el amor que yo tengo por el colectivo, por los recuerdos que tengo de sus bailes. Ese tipo de elementos que parecen diseñados para cada lector siempre se agradecen. 

En el libro incluso las texturas de las ilustraciones comunican, hacen dar tumbos al corazón, a las tripas, te llenan la piel, los ojos y el alma de puntos, de rayas, de ladrillos, de lluvia, de oleaje, de oscuridad cabal, de luz onírica. Se trata de un texto que asfalta, que tapiza, que cambia el color de tus pensamientos, que desfasa los colores mismos de la realidad y reitera el poder de los dibujos.

Por cierto, el libro también expone, con maestría y cinismo, una de las emociones que me parecen más complejas de reproducir en la ficción: la ternura. Sus personajes conmueven. Creo que lo logran porque a pesar de estar derrumbados, no dejan de buscar, de preguntarse, de andar. Porque aprenden a hacerse compañía a pesar de las disparidades y la incompatibilidad de sus cosmos tangibles e intangibles. Me gusta aceptar que a mí sí me reconfortó leer una historia de amistad, quizás porque la compañía es algo que añoro.  

La experiencia lectora siempre me asombra, las coincidencias que parecen manifestar los propios libros no dejan de pasmarme. Leí los cuadros en donde aparece un disco de Ozzy Osborn (Bark at the moon) precisamente el día en que murió la estrella de rock. ¿Pensé de inmediato si ello significaría algo?, ¿quizás que debía ladrarle yo mismo a la luna para redimir mis faltas?, ¿o que debo recaer en las drogas?, ¿o que la muerte bendice mis lecturas? Es probable que más bien compruebe el hecho de que todos los días se mueren miles de personas, algunos que importan y otros miles que no. Ojalá que el autor de esta novela gráfica, con el tiempo, se vuelva uno de los individuos trascendentes, su obra lo merece.

Quiero compartir que la lectura me provocó una de las experiencias más disfrutables que me ha regalado una obra. Una noche, mientras escribía esta reseña, soñé que mi propio mundo tenía la misma estética del libro. Vi mi casa de la infancia en dos dimensiones, con paredes naranjas, verdes, moradas. Vi mis medicamentos para el sistema nervioso central en blanco y negro. Por la ventana, vi el cielo amarillo con aves que eran unos simples trazos. También vi a mi mamá caricaturizada diciendo: “Estoy harta”, mediante un globo de diálogo que parecía una explosión. A pesar de que el tema del sueño no era agradable, la forma sí me encantó. Es imposible no recomendar un libro que pinta los sueños de un lector. Creo que haber tenido esta visión no es una mera coincidencia, ya que el autor sabe dibujar con solidez sueños eróticos, pesadillas y hasta alucinaciones psicodélicas.

Deseo destacar una historia alterna que se cuenta por medio de viñetas que aparecen al principio de cada capítulo. Es la anécdota de una rata escritora que se enfrenta con la decadencia, la pobreza, las adicciones (como muchos de nosotros en el gremio). Me conmocionó cómo se puede armar una secuencia tan potente con unos cuantos dibujos.

La música en el libro es también un gran personaje. En especial, la canción Neon Angels On The Road To Ruin de The Runaways, que acompaña muy bien uno de los momentos cumbre del libro. En general, todos los personajes están muy ligados al rock clásico de una u otra manera.

Asfalto es una obra que me conmovió tremendamente, que me entretuvo sin ninguna duda y que me hizo recuperar el impulso de leer cómics y novelas gráficas. Entonces no me queda nada más que agradecerle al autor e invitarlos a conocer el trabajo de Hernán Gallo a través de su libro publicado, de manera impecable, por Tierra Adentro.


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Portada de "Pekín en coma", Ma Jian. Penguin Random House, 2008.
Portada de “Pekín en coma”, Ma Jian. Penguin Random House, 2008.

Para Ali Carrera, Sergio Madrazo,

Gaby Martínez, Ida Ordóñez y Gaby Aréstegui,

por el espacio para compartir historias.

I

De aquella novela titulada La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, me quedo principalmente con dos ideas, románticas, si se quiere ver así. ¿La primera? Cada que un libro llega a algún nuevo lector, se hace fuerte y, por decirlo de algún modo, revive; es, de cierta manera, algo similar a aquel manido kōan que nos pregunta si en verdad hace ruido un árbol que cae en medio del bosque pero nadie está ahí para escucharlo. Si extrapolamos la sentencia anterior al asunto de los libros, ¿de verdad existe un libro cuando no es leído por nadie?

Aunado a lo anterior, cabe también el preguntarnos por qué leemos lo que leemos, cuáles son esos factores que nos llevan a escoger tal o cual obra. Inútil es negar, me parece, que estamos un poco (o un mucho) a merced del mercado editorial, que moldea nuestros gustos o por lo menos los guía (cuando no es que los deforma) a su voluntad y capricho, por lo que a veces terminamos por leer lo que nos quieren dar y ni siquiera nos damos cuenta. Pero entonces, ¿qué hemos de leer? ¿Solo los libros premiados? ¿Solo los libros muy premiados? O quizá sea mejor jugar a la contra: leer aquello que no es tan socorrido, lo que no está en boca de todos y no es carne de mesa de novedades. Verdad de Perogrullo: no todos los libros premiados o famosos son buenos ni todos los libros buenos son premiados o famosos. Dado lo anterior, es imposible no regresar a la pregunta, ¿qué podemos/debemos leer entonces?

Segunda idea que tomo de la novela de Ruiz Zafón: hay que adoptar un libro y asegurarse de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. ¿El libro que sea? Sí, es una de las libertades que tenemos, pero quizá podríamos establecer una escala similar a la de los animales: preocupación menor: población extensa y abundante; casi amenazada: puede calificar como en peligro de extinción en el futuro cercano; especie vulnerable: 30-50% de disminución de la población; especie en peligro de extinción: 50-70% de disminución de la población; en peligro crítico: amenaza grave; extinta en estado silvestre: extinción en estado natural; extinta: extinción completa. Así, sería redundante concentrarnos en títulos de los que aún hay suficientes ejemplares y vienen más y más reimpresiones, por lo que quizá recuperar (¿adoptar?) libros menos difundidos puede ser una buena idea, siempre y cuando no se haya extinguido por mera selección natural y estemos frente a piezas que poco o nada aportan al panorama (aunque esto será siempre harto subjetivo).

II

En el año 2013, alguien me sugirió acercarme a la Casa de Cultura Hugo Gutiérrez Vega, en la Ciudad de México, para ofertar un taller de creación literaria. Aunque aún me faltaba mucho por aprender (y es que en verdad nunca se deja de aprender), decidí atender a la oferta. El sitio en cuestión era un elefante blanco, pero ahí, en el salón destinado a ser la biblioteca (ignoro si en verdad llegó a serlo), había una mesa enorme mesa llena de libros, todos ellos donados (¿abandonados?) por el mismo Hugo Gutiérrez Vega. ¿Acaso aquello podría calificar como un cementerio de libros, tal cual los describe Ruiz Zafón en la ya citada novela? Es posible, pero debían clasificarse, ordenarse. ¿Mi primera labor como tallerista? Hacerlo. Poesía, narrativa, teatro, recetarios de cocina vegetariana, biografías, cuentos (no eran pocos los ejemplares que estaban dedicados a Gutiérrez Vega, acompañados de muy sentidas frases y caligrafía misteriosa), pero ahí, entre todos los ejemplares (que debían de ser, si recuerdo bien, alrededor de cuatrocientos), uno en particular me llamó la atención desde el primer momento, por su tamaño, por los colores de la portada (que es bellísima, bellísima) y por su título, amén del nombre de su autor, que no me sonaba de nada.

Y adopté aquel libro o, como diría Daniel, protagonista de La sombra del viento, el libro me adoptó. Para decirlo de un modo desprovisto de figuras engoladas, lo sustraje, lo robé, lo tomé para llevarlo a mi biblioteca y que no muriera ahí, al lado de bancas destinadas a eventos proselitistas para tal o cual delegado.

¿El nombre del libro? Pekín en coma, de Ma Jian.

III

Antes que hablar de su obra, sería prudente hablar del autor en cuestión, ya que Jian, al igual que otros autores (pienso irremisiblemente en José Revueltas) no pueden leerse a cabalidad fuera de su contexto social y su filiación política, ya que, a pesar de los posibles ecos litúrgicos que esto pueda tener, en ellos obra, palabra y pensamiento (y acción, agregaría yo), son uno solo.

Ma Jian, nacido en 1957, en la provincia de Qingdao, se presenta de la siguiente manera: “Cuando tenía 7 años pasaba hambre todos los días. En los años sesenta iba con mi madre a las zonas rurales a pedir comida. Y en el camino veíamos muchos muertos, los cuerpos, los cadáveres. A los 14 años ocurrió la Revolución Cultural y experimenté en carne viva cómo mis profesores fueron castigados por sus propios alumnos. Y algunos de ellos fueron asesinados por sus alumnos. Mis vecinos tuvieron también muy malas experiencias por lo que decidimos abandonar nuestra casa. Es decir, mi crecimiento va a la par que el del Partido Comunista de China y mis recuerdos son muy malos”. En esta breve presentación hallamos la semilla de lo que más adelante será Pekín en coma: un hombre que cuestiona todo y a todos, que busca en los meandros del alma humana para tratar de entender, para luego explicar, los mecanismos que nos llevan, como humanos, a destruirnos entre nosotros en aras de una ideología.

Por las condiciones en las que vivió, no es de sorprender que Ma Jian, que trabajaba como periodista de algunos sindicatos chinos (y que, según afirman, se reunía en una pequeña cabaña, junto con otros jóvenes, a leer poesía de su propia creación), comenzara a escribir piezas cada vez más críticas e incómodas para el régimen chino. El punto culminante de lo anterior podemos verlo con la publicación de Saca la lengua, en 1986, su primera obra, un libro de viajes sobre el Tíbet en el que pormenoriza los miasmas de una sociedad tradicional: violación ritual o el abuso sexual, que se daban hasta al interior de las familias. Deng Xiaoping, líder político de China, calificó dicha obra como “polución espiritual” y de “liberal burgués”; de estas afirmaciones y la opresión en la que surgen veremos ecos más adelante en Pekín en coma.

Ma Jian no esperó a sufrir las represalias previsibles y emprendió la huida a través del interior de China, en un viaje de tres años que lo llevaría a Hong Kong. La experiencia dio lugar a su primera obra de éxito en el extranjero, publicada bajo el título de Polvo rojo.

Luego de una breve estancia en Alemania, se mudó a Londres. De su estancia ahí, donde actualmente radica, nos dice que se siente “como en un hotel”: nada le pertenece. “Pero si estoy lejos de China durante mucho tiempo, los personajes sobre los que escribo parecen perder la voz. Escribo sobre una China asfixiada por un sistema represivo, una sociedad que tiene niveles extremos de riqueza y pobreza. Prefiero centrarme en las personas que viven en las márgenes y la vida que ha desarrollado ahí”. Vivir fuera de China le otorga perspectiva, la necesaria para emprender una obra de la magnitud de Pekín en coma, pero el autor necesita, asegura, volver constantemente a sus orígenes “para oír cómo habla el pueblo, para ver cómo cambian las calles. Antes de escribir cada libro, necesito empaparme de vida real”.

Y cada uno de sus libros, no importa el aparente tema o tratamiento (incluso echando mano de algo más cercano a la ciencia ficción, como en su más reciente obra El sueño chino), es una fuerte crítica a China y, sobre todo, a uno de sus eventos más definitorios: la masacre de la Plaza de Tiananmén, semilla, justamente, de Pekín en coma.

IV

Dice Antonio Porchia: “lo lejano, lo muy lejano, lo más lejano, sólo lo hallé en mi sangre”. Pienso en este apotegma justamente porque el viaje de Dai Wei, protagonista de Pekín en coma, es uno hacia el interior, una suerte de tour de force donde ha de hallarse a sí mismo a través del pensamiento, del repaso de cada uno de los eventos que han marcado su vida y que lo han llevado a un estado vegetativo en el que, paradójicamente, se halla más despierto y consciente que nunca. Ve, oye, siente, pero es incapaz de comunicarse con quienes le rodean; así, lo muy lejano, lo más lejano, solo puede hallarlo en su propia sangre. ¿Quién va guiándonos poco a poco por la intrincada geografía del cuerpo de Dai Wei? Un narrador que, echando mano de la segunda persona, desgrana poco a poco las condiciones físicas de Dai Wei, que le explica, paso a paso, como el maestro al estudiante, como la madre al niño, lo que está sucediendo allí dentro de su cuerpo y cómo se genera cada una de sus percepciones sensoriales del mundo, excepción hecha de la vista.

“Aunque tus células y nervios ya no interactúan como es debido, el mecanismo de transmisión de señales todavía funciona, permitiendo que rastros físicos de acontecimientos pasados reaparezcan en tu mente”.

¿Quién o qué es eso que va llamando a Dai Wei a lo largo de la novela? ¿Su sangre, en poderosa prosopopeya, o su sangre en franca sinécdoque de sus antepasados? Lo vamos a descubrir, poco a poco, como un goteo de suero en un cuerpo enfermo (valga la expresión) a lo largo de las más de seiscientas páginas que componen la obra porque, eso sí, amén de una implacable y pormenorizada lección de historia (es Ma Jian forzándonos a ver lo que se quiere dejar en el olvido), esta novela es una bellísima exploración del alma humana y el cuerpo en todos sus horizontes posibles.

Pero, en términos sencillos, ¿cuál es la trama de Pekín en coma? Dai Wei, un estudiante de medicina, recibe un disparo en la cabeza por parte de las fuerzas represoras durante las protestas en la plaza de Tiananmén. A partir de ese momento, presenciamos la espiral descendente que lo lleva a una descomposición literal y metafórica en la que, como no queda nada más que hacer (oye, pero no puede hablar), revisita (guiado, pareciera ser, por su propia consciencia) a través de una segunda voz poderosa y descomunalmente poética los sucesos que lo llevaron ahí y esa suerte de despertar que atraviesa desde la primera página porque Dai Wei se busca, se palpa con la memoria y así se redescubre. Encerrado en sí, comienza una búsqueda desesperada por la memoria, por el recuerdo y, sobre todo, el sentido de la lucha que sostuvo en las protestas estudiantiles. Halla lo más lejano en el río de su sangre, en sus arterias.

A lo largo de la pieza, descubrimos también la historia de sus padres (él un violinista que fue recluido por desarrollar “actividades burguesas”; ella, una cantante que es obligada a dejar su arte, a perder la voz), su hermano, así como los amores que lo marcaron a lo largo de su infancia y adolescencia. Un pequeño gorrión, precioso símbolo de la esperanza, de la vida, de la luz, estará también ahí, en esa habitación donde Dai Wei yace. En un ejercicio similar a Ettore Scola en Una giornata particolare, y en México con Rojo Amanecer, Ma Jian nos muestra desde el interior de un departamento (y más aún, el interior de un hombre y el interior de la mente de este hombre) las consecuencias de la represión social y de la brutalidad que yace en esta. Es imposible, además, no pensar en El bulto, de Retes, por la condición del protagonista, pero la obra de Jian gana muchísimo terreno en el lenguaje poético, lo que dota, por usar una de las expresiones más manidas, de cierta belleza al horror.  

Lo que sucede a lo largo de la extensa novela (un viaje frenético hacia la reflexión) puede leerse como una serie de vaticinios que caen de la peor forma sobre Dai Wei y, sobre todo, su madre. Es un juego asfixiante de adentro y afuera, donde el espacio se resignifica y cobra dimensiones atroces; Dai Wei es la representación, en un solo cuerpo, del coma en el que Ma Jian piensa que ha caído su nación: encerrada en sus propios límites, en sus creencias, oyendo todo, sintiendo todo lo que le hacen otros, casi siempre con las intenciones más aviesas, pero incapaz de hacer nada.

Con la esperanza como leitmotiv que atraviesa la obra (la esperanza de la madre en que Dai Wei despierte o por fin se despida, la esperanza de los estudiantes por lograr un cambio verdadero con las protestas que llevan a cabo, la esperanza del padre de Dai Wei de que pronto las fronteras de China se abran), es imposible no identificar algo acaso más profundo que la historia misma de Tiananmén en estas páginas: es la historia misma de la humanidad, la búsqueda de libertad, incluso dentro de los límites imposibles de un cuerpo.

Así pues, sigo vivo… Puede que esté tendido en una cama de hospital, pero por lo menos no estoy muerto. He estado enterrado vivo dentro de mi propio cuerpo… Recuerdo el día que capturé aquella rana. El profesor nos pidió que atrapásemos una para estudiar su esqueleto. Metí la rana en un tarro de vidrio, hice un agujero en la tapa metálica y entonces la enterré. El profesor nos había dicho que las lombrices y las hormigas penetrarían en el recipiente y devorarían toda la carne en el transcurso de un mes, dejando el esqueleto limpio. Compré una solución con alcohol, a fin de eliminar los restos de carne que quedaran en los huesos. Pero, antes de que acabara el mes, una familia que vivía en la planta baja de nuestro bloque construyó una cocina en el terreno donde había enterrado a la rana. La rana debe de haberse convertido en esqueleto hace años. Mientras sus huesos están atrapados en el tarro, yo vivo enterrado dentro de mi propio cuerpo, esperando la muerte.

Con la escena anterior, una de las primeras del libro, Ma Jian pone de manifiesto (en uno más de esos vaticinios que parece ofertar el texto) el destino del protagonista, nos anuncia lo que va a suceder y de una forma devastadora; al mismo tiempo, nos evidencia que empleará, para contar esta historia (la de su nación), un artefacto narrativo similar: su libro es un recipiente de cristal y hace también una caja translúcida de la mente de Dai Wei, presenciamos su lenta descomposición bajo las diminutas fauces del tiempo, del recuerdo y la imposibilidad de ser algo más que objeto a merced de los otros. La primera escena que presenciamos, más allá de la segunda persona que parece ser un Dai Wei hablándose a sí mismo, es el alumbramiento, que, como la rana en el frasco, marca el destino postrero.

Un llanto de bebé suena ahogado a través del fétido aire. Su cuerpo desnudo parece temblar de frío en el suelo de hormigón… Soy yo. He avanzado poco a poco entre las piernas de mi madre, con un dolor de cabeza espantoso. Mi mano chapotea en el charco de sangre que va agrandándose a mi alrededor… Mi madre me contaba a menudo que, cuando me dio a luz, la habían obligado a llevar una camisa con las palabras MUJER DE UN DERECHISTA bordadas. El médico de guardia no se atrevió a ofrecerle ayuda para traer al mundo a aquel «hijo de perra capitalista».

Ma Jian no duda en transitar de las escenas más descarnadas a las construcciones más delicadas. Describe con lujo de detalle problemas característicos de la época y, además, regresa siempre a las cuestiones más inmanentes al humano, a eso lejano que solo puede hallarse en la sangre. Escrito in medias res, la pieza es una poderosa afluencia de dos ríos temporales que se encuentran en el punto justo de la tragedia de Dai Wei. Nos enteramos qué pasará ahora con Dai Wei, pero también de los caminos que lo llevaron a ese estado. El gorrión en su recámara, ese que entra a posarse en su pecho, es la luz que ilumina la historia que un disidente y crítico implacable nos ofrece de su natal China, pero también de la tragedia de existir y cuestionar todo en un mundo que no quiere escuchar, por más que el mensaje esté aquí mismo, en nuestra sangre.

En un despliegue formidable de conocimiento de la historia de su país, así como de las posibilidades más delicadas del lenguaje, Ma Jian oferta en Pekín en coma un libro digno de ser adoptado por todo aquel a quien le interese una voz disidente, casi apagada de tan lejana, discreta y luminosa, pero, eso sí, inquebrantable.  


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Portada de "Asfalto", Hernán Gallo. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Asfalto”, Hernán Gallo. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

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Autores
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.

Entras al consultorio. Arrastras los pies sobre la alfombra, ligeramente raída. La recepcionista te pide rellenar un cuestionario antes de entrar. Te da una pluma con la tapa mordida. La ansiedad se palpa en el aire. Llevas semanas despertándote a las tres de la mañana con el pecho apretado, pensando en todo y en nada. Por eso viniste.

No sabes si la hoja que te dieron es una fotocopia borrosa, o si ya no puedes enfocar bien la vista, de tan cansada que estás. Te da una flojera enorme rellenarla, pero te enfocas. 

La hoja tiene nueve preguntas con cuatro casillas cada una: Nunca, Varios días, Más de la mitad de los días, Casi todos los días. Suspiras y empiezas a leer las preguntas: 

¿Poco interés o placer en hacer cosas? Piensas en tu trabajo, en cómo hace meses que nada te emociona realmente. En cómo tus amigas te escriben y te tardas días en contestar, o en cómo te alivia tener una excusa para no salir. En cómo los proyectos que te importaban quedaron guardados en algún cajón. Marcas: Más de la mitad de los días

¿Sentirse desanimado/a, deprimido/a o sin esperanza? Piensas en las mañanas, en ese peso que te cuesta nombrar. En cómo te cuesta creer que las cosas van a mejorar. Otra casilla marcada. 

¿Problemas para dormir o dormir demasiado? Por eso viniste. Casi todos los días

¿Sentirse cansado/a o con poca energía? Estás agotada, aunque no hayas hecho nada. El cansancio no se va ni durmiendo. Marcas la casilla. 

¿Poco apetito o comer en exceso? Piensas en las noches frente a Netflix, comiendo sin hambre, porque es lo único que calma la ansiedad de ese vacío por unas horas. 

¿Sentirse mal consigo mismo/a? Piensas en tus dudas constantes, en si eres suficiente, en las peleas con tu pareja, en esa sensación de estar fracasando en todo. No tienes tiempo para hacer ejercicio, pero tampoco de prepararte algo “sano” para comer. Piensas en cómo no puedes dejar el celular ni cuando vas caminando. En cómo sientes que deberías estar mejor, que es tu culpa no poder con todo. Marcas: Casi todos los días.

Sigues contestando. Nueve preguntas en total. No tienes idea de qué es lo que el resultado dirá de ti. Te sientes como cuando eras adolescente y rellenabas cuestionarios de revista, esperando ansiosa el diagnóstico al final: “¿Eres una buena amiga o una tóxica?”, “¿Tu crush es tu alma gemela o solo te está usando?”. Preguntas que prometían revelarte quién eras en tres párrafos y un recuadro de colores. Solo que ahora no hay ilustraciones de chavas sonrientes ni consejos para ser mejor persona. Solo un código diagnóstico y una receta. 

Le devuelves la hoja a la recepcionista. La recepcionista la guarda sin verla y te pide que esperes. Te sientas. Otros pacientes revisan sus celulares en silencio. Nadie hace contacto visual. El consultorio huele a desinfectante y algo más que no puedes identificar. Tal vez, resignación.

Te llaman por tu apellido. Entras. El doctor toma la hoja, la revisa rápidamente mientras tú te sientas. Suma mentalmente, o quizás ya ni lo hace, ya sabe. Te mira por encima de los lentes. 

“Depresión moderada a severa”, dice. No es una pregunta. Es un hecho. No te pregunta por qué viniste, cuál es tu problema, en qué te puede ayudar. Saca el recetario antes de que puedas procesar las palabras. Garabatea algo y firma el papel. Un antidepresivo. Te dice que va a tomar unas semanas que te sientas mejor. Que todo es por un desbalance químico. Serotonina baja, explica mientras escribe. Ajustar la química, arreglar el problema. “Nos vemos en un mes para ver cómo sigues. Si puedes, te recomendaría también ir a terapia”. 

Sales con la receta en la mano. Diez minutos en total. Entraste porque no podías dormir y sales con un diagnóstico de depresión y una pastilla que “tardará semanas en hacer efecto”. Nadie te preguntó por qué no puedes dormir. Si es por tu salario que ya no alcanza para nada, por las jornadas que te exprimen como naranja hasta no dejarte ni un gajito para ti, por las deudas que te persiguen incluso en tus sueños. Nadie te preguntó si tu trabajo tiene algún sentido más allá de pagar cuentas, si alguna vez sientes que tu tiempo realmente te pertenece, si el mundo en el que vives te parece remotamente habitable. Nadie te preguntó si estás triste o si simplemente estás cuerda en un mundo enloquecido.

Hace décadas que la psiquiatría decidió que la depresión no tiene nada que ver con eso. Es algo físico, es algo químico, un simple desbalance. Serotonina. Un problema individual que requiere una solución singular: una pastilla.

Desde que se inventó el mito del desbalance químico, la depresión dejó de ser una pregunta sobre el mundo para convertirse en un defecto de tu cerebro. Y como todo lo demás en tu vida, es tu responsabilidad arreglarlo. 

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La ficción de la mercadotecnia farmacéutica inventó teorías para sus productos. No creó un producto para una necesidad, sino que inventó una necesidad para crear un producto.

Los primeros medicamentos antidepresivos fueron descubiertos de manera accidental hacia 1952. En un centro de tratamiento para tuberculosis en Staten Island, Nueva York, Selikoff y Robitzek experimentaron con una medicina derivada de la gasolina para cohetes porque pensaban que tenía propiedades antibacteriales terapéuticas que podían ser útiles. Experimentaron con los pacientes con tuberculosis y observaron que el medicamento mejoraba su apetito, estado de ánimo y patrones de sueño. Cinco años después, tres psiquiatras en Orangeburg, Nueva Yok, comenzaron a administrarle este compuesto a pacientes hospitalizados con depresión, reportando muy buenos resultados. Así nació la primera generación de medicamentos antidepresivos que parecían ser efectivos (según los experimentos que se realizaron sin el consentimiento de los pacientes y sin ningún estudio con control) para mejorar los síntomas de la depresión.

Pero la venta de los medicamentos antidepresivos en los Estados Unidos no explotó sino hasta la década de los años noventa, cuando el laboratorio Eli Lily presentó el compuesto fluoxetina (Prozac) en el mercado. Así nació la segunda generación de antidepresivos, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Según la teoría que comenzó a circular ampliamente después de la introducción del compuesto en el mercado, la farmacéutica sugiere que un desbalance en los niveles de serotonina es lo que da cuenta de la depresión. Inventaron una ficción que abrazó cálidamente tanto el público como muchos psiquiatras. Sin ninguna prueba contundente. Sin ninguna prueba clara en un estudio. Sin ninguna prueba.

Todavía un estudio químico metabólico de la serotonina del 2023 dice: “una revisión comprehensiva de las líneas de investigación más importantes acerca de la serotonina no muestra ninguna evidencia convincente de que la depresión esté asociada o sea causada por niveles bajos de concentración o actividad de la serotonina”. A su vez, hay muchos otros estudios que han demostrado que los antidepresivos no son significativamente más efectivos que un placebo. Estos macroestudios consideran también los estudios clínicos que no llegan a publicarse en las revistas porque sus resultados no mostraron la efectividad positiva de un medicamento o porque las empresas farmacéuticas no los subvencionaron. 

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En el 2023 la psiquiatra e investigadora Joanna Moncrieff publicó un metaanálisis1 de las bases de datos que vinculan la depresión con la serotonina y que concluye lo siguiente: esta investigación “sugiere que el enorme esfuerzo de investigación basado en la hipótesis de la serotonina no ha producido evidencia convincente de una base bioquímica para la depresión… Sugerimos que es hora de reconocer que la teoría de la serotonina de la depresión no está empíricamente fundamentada”. Y en una respuesta a sus críticos, concluye: “Hay abundante evidencia de que es el contexto de nuestras vidas y no el equilibrio de nuestros químicos lo que ofrece la mayor comprensión sobre la depresión”.

Esto representa un problema grave para el capitalismo: ¿cómo obtener alguna ganancia de una teoría psicosocial de la depresión?, ¿hay un producto que pueda cambiar el contexto de nuestras vidas rápidamente y que se le pueda vender a todos como una cura mágica? La ficción es más verdadera que la realidad y quizás hagan falta cientos de historias que logren describir lo miserablemente complicado y doloroso que es dejar una medicina psiquiátrica luego de haber estado medicado durante años.

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Pasarás la mitad de tu vida tomando medicamentos psiquiátricos. Nadie nunca te advertirá de los efectos secundarios, los años que te tomará poder quitarte la dependencia a una medicina que, al ir saliendo de tu sistema, tiene efectos tanto físicos como mentales sumamente intensos2, incluyendo también lo que podría parecer como una recaída: paranoia extrema, desajuste de los sentidos, depresión, manía o irritabilidad. Pero, sobre todo: una duda permanente acerca de tu propia coherencia y estabilidad, una duda que minará todas las certezas que por años intentarás ensamblar para poder sobrevivir, todavía cargando ese resabio, químicos diarios que te recordarán que algo no está bien, que no eres normal.

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La depresión está en todas partes. Las celebridades hablan de padecerla, los niños y adolescentes en las escuelas comparten qué medicinas están tomando, los médicos generales la diagnostican, en la televisión se habla abiertamente de ello, incluso es una razón válida para pedir beneficios del Estado por discapacidad. Es muy extraño pensar que hace cuarenta años la depresión casi no existía. Un mínimo porcentaje de la población había sido diagnosticado con depresión.

Hay quienes argumentarán que esto es resultado de un avance científico, porque ahora podemos comprender algo que siempre había estado presente y que no se había diagnosticado. Pero hay otra lectura posible: la epidemia de depresión mundial no es un descubrimiento, sino una producción. Por un lado, de la industria farmacéutica. Por otro, de las condiciones de vida que fabrican en serie las circunstancias perfectas para que nos sintamos deprimidos: la precarización del trabajo, la destrucción de los lazos comunitarios y espacios de encuentro, la mercantilización de cada aspecto de la vida, la aceleración, las imágenes imposibles que se nos imponen como ideales, los mensajes siempre catastróficos de lo que sucede en el mundo y en la política, la omnipresencia de la información.

Mientras más insistimos en vernos como máquinas, más se expanden los estados melancólicos.3 Tratar la depresión con el mismo modelo que la diabetes que requiere insulina es una decisión muy peligrosa. Los antidepresivos no curarán lo que te deprimió.

Mientras más se interpreten los síntomas como señales de desviación o comportamiento inadaptado, más sentirás el yugo de la normalidad, de lo que se supone que debes ser.

Eres capital humano, eres tu productividad, eres las tareas que puedes completar, eres las becas que puedas ganar, el valor que puedes generar, los textos que puedas firmar. La elección entonces es clara: cuestionar tu propio valor porque como no produces nada, no vales nada. Es la forma última de negarte, de decir que no. Huelga involuntaria del cuerpo. Colapso como protesta.

La melancolía no es un error del cerebro sino una grieta en el sistema. Es la respuesta de un organismo que se niega a seguir funcionando bajo condiciones inhabitables. Es un momento lúcido que resiste ante la locura del capitalismo. Es tu cuerpo diciéndote que hay algo podrido, y es el mundo que está exigiendo que te adaptes a lo imposible.

Mark Fisher lo planteó con claridad: en lugar de tratar como “responsabilidad de los individuos el resolver su propio malestar psicológico, es decir, en lugar de aceptar la enorme privatización del estrés que ha ocurrido en los últimos treinta años, necesitaríamos preguntarnos: ¿cómo se volvió aceptable que tanta gente, especialmente tanta gente joven, esté enferma? La ‘epidemia de la salud mental’ en las sociedades capitalistas sugiere que, en lugar de ser el único sistema social que funciona, el capitalismo es inherentemente disfuncional, y el costo de que parezca que funciona es muy alto”.4

El capitalismo tiene respuesta para todo, incluso para su propia violencia: medicalizar el sufrimiento (que el propio sistema provoca), privatizar el dolor, convertir la crisis social en enfermedad individual. Porque si reconociéramos que tu historia es más compleja, tendríamos que aceptar que no hay un antidepresivo para resolverlo todo. 

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El cuestionario que rellenaste al principio es el PHQ-9 (Patient Health Questionnaire o Cuestionario de Salud del Paciente): es el instrumento estándar que se usa en consultorios de todo el mundo para diagnosticar depresión. Nueve preguntas sobre tu estado de ánimo, tu sueño, tu energía. Suma los puntos, obtén tu diagnóstico, sal con tu receta. Simple, rápido, eficiente.

Pero imagina otro cuestionario. Uno que haga las preguntas pertinentes:

Cuestionario de Malestar Estructural (CME-9)

Durante las últimas dos semanas, ¿con qué frecuencia has experimentado los siguientes problemas?

Marca con una X la casilla que mejor describa tu experiencia

Nunca Varios días Más de la mitad de los días Casi todos los días
1. ¿Has sentido que las cosas que solían importarte (amistades, proyectos, tiempo para lo tuyo) han quedado guardadas en algún cajón porque no hay espacio para ellas?
2. ¿Te has sentido agotado/a no por lo que haces, sino por la sensación de que nunca va a ser suficiente?
3. ¿Has tenido problemas para dormir pensando en tus preocupaciones?
4. ¿Has sentido que tu tiempo no te pertenece, que siempre estás disponible para el trabajo, pero no para ti?
5. ¿Te has sentido culpable por no poder “cuidarte a ti mismo” cuando apenas tienes tiempo para existir?
6. ¿Has sentido que tu valor como persona está determinado por tu productividad?
7. ¿Has experimentado la sensación de que el mundo se está desmoronando mientras te dicen que “todo está bien”?
8. ¿Has sentido tu cuerpo estresado, ansioso o inquieto, como si siempre estuvieras en alerta?
9. ¿Has pensado que sería más fácil no existir o desaparecer que seguir adaptándote a lo que no te puedes adaptar?

Puntuación: 0 puntos = Nunca | 1 punto = Varios días | 2 puntos = Más de la mitad de los días | 3 puntos = Casi todos los días

Total: _____ / 27

Interpretación del Cuestionario de Malestar Estructural (CME-9)

Niveles de Alienación Estructural:

  • 0-4 puntos: Alienación mínima. Es posible que tengas condiciones materiales privilegiadas o mecanismos para afrontar el mundo que son efectivos (colectivos, no individuales, esperamos).
  • 5-9 puntos: Alienación leve. Empiezas a percibir las grietas del sistema. La contradicción entre el discurso del “bienestar individual” y tu realidad cotidiana se hace evidente.
  • 10-14 puntos: Alienación moderada. El peso de las estructuras sociales se siente claramente. Tu malestar no es una falla personal, es lucidez ante condiciones insostenibles.
  • 15-19 puntos: Alienación moderadamente severa. Experimentas de forma aguda la violencia de un sistema que te exige adaptarte a lo que no se puede adaptar nadie. Considera buscar espacios de organización colectiva.
  • 20-27 puntos: Alienación severa. Tu experiencia refleja la brutalidad del capitalismo tardío. Necesitas urgentemente: comunidad, apoyo mutuo, acción colectiva. Vivir bajo estas condiciones es traumático, y la respuesta no puede ser individual.



Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Portada de "El cielo está incompleto. Cuadernos de viaje de Palestina", Irmgard (Gardi) Emmelhainz. Siglo XXI, 2025.
Portada de “El cielo está incompleto. Cuadernos de viaje de Palestina”, Irmgard (Gardi) Emmelhainz. Siglo XXI, 2025.

Introducción a la reedición en español: una plegaria por Gaza, por Palestina

Man, not the tank, shall prevail.

Adania Shibil

Minor Detail (2020)1

dawn over exhausted dawn

birds flew over shifa gathering

a crazed song flying into treeless

sky carring smoking hospital

hallways dropping people

handcuffed in darkened halls

birds insisted blood everywhere

heads off tell everyone

tiniest chests implode feather

breaths wrest between worlds

birds haunted wings ribs exposing

a howl that is murder

she has no sleep

murmur this is no dream

Suhair Hammad

post de Instagram, 2 de abril de 20242

Confieso que batallo con la compulsión de mirar el celular, sobre todo en los ínfimos momentos vacíos de espera, por ejemplo, cuando la señorita pasa los productos por la banda antes de cobrarme, o durante la espera para que me entreguen el coche en el estacionamiento. Sucumbí, abrí el Instagram justo en una publicación de Motaz Azaiza, el periodista que documentó los primeros meses el genocidio en Gaza. Se trataba del video del cuerpo de un joven decapitado. Quise obligarme a desviar la mirada y escrolear para cambiar de imagen porque, ¿Qué pinche acto de dar testimonio es encontrarse una imagen en Instagram mientras espero en el estacionamiento? La primera vez que vi el video no logré descifrar visualmente la decapitación. Me dio morbo y curiosidad. A pesar de mí, la volví a ver. Viendo de reojo llegar mi coche, distinguí un cuerpo sostenido por cuatro o cinco personas con una manta azul, sin una pierna. Esta segunda vez que veo el video, noto que los que cargan el cuerpo abren la manta y la empujan un poquito hacia adelante para dar a ver el cuerpo decapitado. Fibras de músculos sangrantes cuelgan el lugar del cuello y cabeza. Siento náusea y ganas de llorar. El valet se estaciona delante de mí y me entrega las llaves del coche. Miro alrededor de mí aquilatando la indiferencia generalizada en los espacios públicos, anónimos. Siento náusea y emito un sollozo, me permito soltarme, congelada con las llaves y el celular en la mano. Un rato antes había también mirado el celular topándome con una nota en Instagram anunciando una protesta en la embajada de Israel el día anterior; al buscar la noticia del suceso, me encuentro en YouTube videos de decenas de granaderos preparándose para la batalla contra los estudiantes de la UNAM que van a protestar la invasión y genocidio en Rafah. De eso hace ya meses. También de la última en Reforma, y de manifestaciones fuera de la embajada israelí.

En 1996, se publicó una conversación del poeta palestino Mahmoud Darwish con la escritora israelí Helit Yeshurun. El dialogo tuvo lugar en hebreo durante el culmen de los esperanzadores años que sucedieron a la firma de los Acuerdos de Oslo (1993). Ambos escritores abordan el tema de las historias de victimismos de israelíes y palestinos, y el tono de los dos es amargo e irónico. Haciendo un ruego por la armonía, Darwish afirma que los israelíes han detentado históricamente el monopolio del victimismo y pide el derecho de la queja como víctima.3 En respuesta, Yeshurun sitúa el estatus del pueblo judío como los vencidos como una misión estética sin comparaciones: La culture juive a créé de grandes œuvres de peuple vaincu. Vous n’aimez pas entendre cela. Ne faites pas de nous des vainqueurs nés d’hier.4 La entrevista deviene un combate con palabras de los vencidos. Darwish explica la paradoja del predicamento de los palestinos desde su perspectiva individual pero también la colectiva:

J’ai appris à pardonner.

Chaque Palestinien est un témoin de la déchirure.5

Ha pasado más de un año desde que Hamás rompió el cerco militar israelí y perpetró el horrífico ataque sorpresa a los alrededores de la Franja contra la población israelí. Aquel fue el ataque de mayor intensidad e impacto por parte de los palestinos en la historia del conflicto. En los catorce meses que han transcurrido desde el 7 de octubre de 2023, Israel ha respondido al ataque con el casi constante bombardeo aéreo de la Franja, incluyendo la destrucción de escuelas, hospitales y la iglesia más vieja del enclave. En la segunda semana del conflicto, Israel exigió a la mitad de la población (de un total de 2.2 millones de palestinos) desplazarse al sur de la Franja.

Alrededor de un millón y medio se desplazó hacia el sur para habitar campos de refugiados improvisados, reviviendo la Nakba o catástrofe de 1948, cuando 800 mil palestinos fueron forzosamente desplazados de sus hogares por la incipiente fundación del estado israelí. Desde el inicio de este nuevo episodio del conflicto, más de 44 mil palestinos han caído en los bombardeos y ataques. Esas son las cifras oficiales, pero se calculan alrededor de 200 a 300 mil muertos más (que son los desaparecidos) y más de 100 mil heridos. Familias enteras han sido borradas del registro civil, y la hambruna está siendo usada como arma de guerra, con la política genocida de Israel de: “ríndanse o muéranse de hambre”. Para el 27 de junio de 2024, el 72% de los edificios de la Franja habían sido dañados o destruidos.

De acuerdo con oficiales y grupos de derechos humanos, desde que empezó la guerra, han sido detenidos en bases militares más de cuatro mil gazatíes que trabajaban en Israel Adicionalmente, unos 7 mil palestinos fueron arrestados en redadas nocturnas en Cisjordania y Jerusalén del Este ocupados. Mientras tanto, toneladas de ayuda humanitaria fueron sistemáticamente detenidas en la frontera con Egipto antes de ser entregadas a la población por cuentagotas; reportes cuentan que los soldados han disparado directamente en contra de palestinos acercándose a los camiones para recoger alimentos y ayuda básica para sobrevivir. Organizaciones no gubernamentales han sido blancos directos del ejército israelí y hace pocos meses, Israel expulsó a la UNRWA, la agencia de las Naciones Unidas de ayuda humanitaria más importante del mundo.

Antes de esta guerra, en su vida cotidiana, gracias al cerco establecido en Israel desde 2005, la población de Gaza carecía intermitentemente de luz, gas, agua, comida, medicinas y otros básicos. Pero a más de un año de los ataques de Hamás, la situación en Gaza ha llegado al punto de que se habla de genocidio, ecocidio y urbicidio, de la destrucción de posibilidad de la vida humana en el territorio una vez que cesen los bombardeos y del uso de la hambruna como herramienta de guerra.

La violencia de Israel en contra de los palestinos en Gaza antes de esta guerra era de por sí abrumadora: se ha descrito a Gaza como una cárcel a cielo abierto. A pesar de que con los Acuerdos de Oslo se instauró la Autoridad Nacional Palestina (ANP) como el gobierno de facto de los palestinos, los palestinos han sido gobernados por Israel bajo el estatus de no ciudadanos: con derechos distintos (más bien, sin derechos), sin autonomía ni posibilidad de autodeterminación política. A esto se le llama apartheid. Sin duda, funcionarios de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) fueron corrompidos y, cuando hubo un llamado a elecciones en 2006, Hamás ganó por mayoría. La ANP, en complicidad con Estados Unidos e Israel, echó a Hamás de Cisjordania, creando una cisión dolorosísima al seno de la sociedad y política palestinas. Hamás es un movimiento islámico que no reconoce al estado de Israel y ha sido etiquetado por los medios hegemónicos como un grupo terrorista.

Poniendo en perspectiva los ataques del 7 de octubre, vale preguntarse, ¿qué medios les quedan a los palestinos para resistir y pelear por su autonomía en contra del segundo ejército más poderoso del mundo? La campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones, promovida desde 2005 para presionar a Israel desde la comunidad internacional; la diplomacia, la mediación estadounidense, festivales de cine, negociaciones; todo ha fracasado. Sin duda, las acciones de Hamás del 7 de octubre de 2023 son abominables, no ejecutaron una acción de guerra, no se rebelaron contra el estado de Israel ni el ejército, sino que lanzaron un pogrom contra las comunidades, la gente, los ciudadanos. Podemos condenar los ataques, pero no sin entender el contexto y la historia del conflicto. La prensa internacional calificó a Hamás como un grupo terrorista, sin llamar jamás a los israelíes terroristas que matan a sangre fría ciudadanos desarmados y destruyen casas de palestinos y sus formas de sustento, como olivares y huertas.

En los albores de Oslo, hace treinta años, Mahmoud Darwish dijo: “He aprendido a perdonar”. Sin embargo, los Acuerdos de Oslo nunca se llevaron a cabo, la ocupación continuó, las medidas opresivas se intensificaron y, desde esta perspectiva, las acciones de Hamás del 7 de octubre derivan de una ideología violenta de venganza que surge de la humillación sistemática de Israel, del vivir constantemente bajo amenaza, asediados. Cada palestino “es testigo del desgarre” pues, además de heredar el estatus de refugiado, tiene un hermano encarcelado injustamente, familiares a quienes el ejército les ha destruido sus casas, parientes en Gaza desaparecidos, desplazados, muertos, exiliados, refugiados.

Hay que tomar en cuenta que oficiales israelíes plantearon la guerra no como entre el estado de Israel y Hamás, sino entre la totalidad del “pueblo judío” y los “animales humanos” que los quieren matar, que además se dice que, después de irse por el “pueblo judío”, se irán en contra de toda la civilización. Grupos como “Not in My Name” o “Jewish Voces por Peace” se han manifestado en Nueva York y Washington en contra del genocidio y contra el hecho de que a los palestinos el ministro de Defensa israelí los haya llamado “animales humanos”.

Ni la islamofobia, ni el dolor y enojo israelí y de parte importante de la comunidad judía global pueden justificar los crímenes de guerra en Gaza. Por cuestiones sistémicas del legado colonial, la muerte de ciudadanos palestinos no genera la indignación moral que genera la muerte de los israelíes en Occidente y entre las élites. Es decir, cuando pensamos en los eventos que están ocurriendo en Gaza, hay que considerar que el prospecto de precariedad, desplazamiento forzado, exterminación y muerte a mediano plazo es la situación de una parte importante de la población planetaria. Bajo el estadío actual del capitalismo pospandémico (llamado tecnofeudalismo por Yannis Varoufakis), el sistema administra los cuerpos que no están destinados a ser explotados como mano de obra barata, y cuyas tierras albergan recursos que se consideran más valiosos que sus vidas, y los administra a través del necropoder. Trump, por ejemplo, directamente plantea la limpieza étnica de la Franja alabando la óptima localización de Gaza en el Mediterráneo, con su clima cálido y sus edificios en ruinas, como mercancía óptima de bienes raíces (Zvi Bar’el, 2025).

El necropoder, la manifestación de poder del tecnofeudalismo, que va más allá de la biopolítica (el poder que se ejerce dejando vivir o morir a las poblaciones), es una noción extendida de la necropolítica que implica la creación y la administración de vidas sobrantes atrapadas en bucles de enfermedad, falta de derechos básicos o de lo básico para sobrevivir, esclavitud, deuda, desplazamiento forzado, desaparición y muerte. El necropoder ha transformado a los descendientes de los pueblos colonizados y esclavos de una fuerza de trabajo explotable a una masa negativa e indeseada, una población redundante o, como la llama Neferti X. M. Tadiar, “sobrante”, destinada al exterminio, la cárcel, la muerte, migrando a través de la violencia de estado subcontratada o sufriendo muertes lentas por medio de enfermedades inflamatorias —causadas por excesos y sustancias tóxicas— no tratadas por el roto sistema público de salud. Grupos sociales por todo el planeta están siendo estructuralmente obligados a ocupar este estado de desechabilidad y forzados a desplazarse. Estamos hablando de gente en centros de refugiados en Australia, México, Estados Unidos; cinturones de miseria en Berlín, Manila o São Paulo; alojamientos de obreros en China o las zonas económicas especiales en el sureste de Asia, en las cárceles de Nayib Bukele (a quienes también se les califica de “terroristas”), atrapados en la frontera de Estados Unidos y México, o los que están atrapados en la maquinaria del complejo carcelario corporativo. Los muertos y desaparecidos de la guerra contra las drogas en Filipinas, México, Colombia, también son poblaciones sobrantes. Todas estas situaciones de merma o destrucción de la vida humana (también la no humana) son la condición de posibilidad de la acumulación de riqueza y poder de las poblaciones cuyas vidas son consideradas como valiosas (llorables) por el sistema.

Como bien lo muestra la película Zone of Interest (2023), el costo de la vida valiosa o llorada en enclaves de privilegio por el mundo, en otras palabras, es la precarización y destrucción de la vida sobrante. Esto nos lleva a formas injuriosas de interdependencia a escala planetaria, lo cual implica desechar y eliminar ciertas vidas, para que florezcan las vidas llorables de los ciudadanos. Por ejemplo: el desplazamiento forzado de poblaciones cuyos territorios albergan minas de litio, de gas esquisto, o que están destinadas para conectarse con los mercados globales a través de megaproyectos de infraestructura, monocultivos, granjas industriales…

En este panorama, pensemos en otras de las palabras que le dijo Mahmoud Darwish a Helit Yeshurun: “El mundo nos mira porque los ojos del mundo están puestos sobre los judíos”. En ese sentido, la vida de un palestino de Gaza vale más que la de un indígena tseltal, maya o quéchua.

Lo que vimos con terror, desesperación e incertidumbre desenvolverse en Gaza es una expresión —digamos, la expresión hasta hoy más violenta, más despiadada e implacable de Israel— de lo que los palestinos llaman la Nakba. La Nakba (o catástrofe palestina) comienza en 1948 con el intento sistemático por parte de Israel de obliterar las formas de vida palestinas dentro de la Palestina histórica. En 1949, Israel pone en marcha el Plan Dalet de despoblar y destruir pueblos palestinos. Desde entonces, la destrucción es parte de la vida de los palestinos, y lo que hemos visto en los últimos meses en Gaza es la continuidad intensificada de una política que se ha implementado ahí desde hace más de setenta años. Lo que ha cambiado, además de la impunidad con la que Israel condujo una campaña militar brutal y punitiva que ya se extiende de Gaza a Cisjordania, Líbano, Siria y Yemen, tiene que ver con dos cosas: primero, con una crisis global en los principios y tradiciones del humanismo y los límites de los derechos humanos como garante de las condiciones de vida básicas o dignas de las personas. Segundo, la intensidad de la destrucción de Palestina está interrelacionada con la destrucción física de los ecosistemas que sustentan la vida humana y no humana en el planeta. Desde el Ártico hasta Australia y la selva del Amazonas, podemos ver que existe una similitud morfológica con los eventos en Medio Oriente basada en la política de extracción de combustibles fósiles, no solo en la región, sino a nivel global.

Desde esta perspectiva, la Nakba no es el despojo original de los palestinos, sino el origen del despojo; no es un evento histórico que ocurre en 1948 con la fundación del Estado de Israel, sino un evento que continúa desdoblándose al paso del tiempo y que está conectado con la historia de los despojos, genocidios y ecocidios perpetrados por Occidente desde hace quinientos años. Como expresión intensificada de la Nakba, la guerra en Gaza que empieza a partir de los ataques terroristas de Hamás el 7 de octubre de 2023, tiene eco en las declaraciones de Ben-Gurion y Moshé Dayan hace setenta años. A principios de los cincuenta, incursiones de fedayines de Gaza y la milicia egipcia eran comunes en contra de ciudadanos israelíes. En esa época, Israel buscó maneras de garantizar la seguridad de sus ciudadanos y en 1955 lanzó una operación llamada “Flecha Negra” para aplacar los ataques. Las Naciones Unidas condenaron la operación y hubo levantamientos por toda la Franja para apoyar más ataques armados contra Israel. Este evento sacó a la luz diferencias entre los dos primeros hombres en ocupar el cargo de Primer Ministro de Israel: David Ben-Gurion y Moshe Sharett: Ben-Gurion, quien era en ese momento el ministro de Defensa, favorecía una política agresiva basada en contener los ataques de los gazatíes.

En los albores de la fundación de Israel, se conoce que David Ben-Gurion dijo: “Luego de formar un gran ejército cuando se establezca el Estado, aboliremos la partición y nos expandiremos a toda Palestina” (Falapan, 1987, p. 22). En mayo de 1948 declaró:

Nos debemos preparar para la ofensiva. Nuestro objetivo es aplastar Líbano, Transjordania y Siria. El punto débil es Líbano, porque el régimen musulmán es artificial y fácil de socavar. Debemos establecer un estado cristiano ahí, y luego aplastaremos a la legión árabe y eliminaremos Transjordania; Siria caerá en nuestras manos. Luego bombardearemos y tomaremos Puerto Saíd, Alejandría y el Sinaí. (Ben-Gurion, 1948, en Ben-Zohar, 1978)

Haciendo eco a las declaraciones de Ben-Gurion, el político y militar israelí Moshe Dayan dio una elegía en 1956 dedicada a un israelí que había sido víctima de un ataque de palestinos de Gaza que asesinaron y mutilaron su cuerpo y lo llevaron a su lado de la frontera. En la elegía, Moshe Dayan llama a una operación a gran escala (otra “Flecha Negra”) contra los ataques que venían de Gaza y Egipto:

No hay que retroceder ante el odio que acompaña y llena la vida de cientos de miles de árabes, que viven a nuestro alrededor y están esperando el momento en que sus manos puedan reclamar nuestra sangre. No debemos desviar la mirada, para que no se debiliten nuestras manos. Ese es el decreto de nuestra generación. Eso es lo mejor de nuestras vidas: estar dispuestos y armados, fuertes e inflexibles, no sea que nos arranquen la espada de los puños, y sesguen nuestras vidas.6

Lo que se lee entre líneas de las declaraciones de hace setenta años de Ben-Gurion y Moshe Dayan, luego de un ataque similar desde Gaza, es que Israel tenía que estar armado, seguir expandiéndose, matar antes de que los mataran para mantener una mayoría judía en el estado israelí. Julio de 2024 en Knesset con 68 votos a favor y 9 en contra, en la que se declara que Israel “se opone firmemente” al establecimiento de un Estado palestino al occidente de Jordania porque plantea un peligro existencial a Israel, y que promover la idea de un Estado palestino sería premiar a los terroristas (Magid, 2024).

Cuando Benjamín Netanyahu llegó al poder en 1996, dejó claras sus intenciones: liquidar los Acuerdos de Oslo, seguir colonizando Cisjordania e impedir la creación de un Estado palestino. Hoy día, puede leerse el abandono de Netanyahu de las leyes humanitarias y de los rehenes en poder de Hamás como en la misma lógica desarrollada por Ben-Gurion y Moshe Dayan: que todo vale para asegurar la supervivencia de Israel, que Israel no tiene fronteras permanentes y que a los palestinos no les queda opción que estar a merced de su proyecto de Estado. El significado de que una población esté siendo aniquilada de esta manera no solo es aterrador, sino que también tiene consecuencias de peso para todo el mundo; esta aniquilación está ligada a las maneras en las que estamos destruyendo el resto del planeta. Por eso, este momento se siente como una crisis política y climática, pero también existencial: el horizonte del humanismo occidental se desdibuja excediendo marcos narrativos conocidos, dejándonos en la incertidumbre y el dolor.

Hay que considerar también que existe un cerco global que circunscribe el lenguaje y la manera de hablar de esta guerra. Además de la represión global de expresiones de solidaridad con la causa palestina (desde los campus de universidades de élite en Norteamérica, hasta la cancelación de proyectos y eventos culturales en Europa de artistas o escritores que han posteado o firmado cartas en apoyo a la causa palestina, hasta mis salones de clase donde alumnos judíos me censuran), comentaristas por todo el mundo han hecho unas contorsiones lingüísticas impresionantes para evitar enunciar, con toda la gravedad de la palabra, el asalto de Israel en contra de Gaza y ahora Líbano, Siria y Yemen. Distorsionando lenguaje y los hechos, se ha logrado propagar un discurso en el que parecería que Palestina se encuentra en una situación de poder similar a Israel, como si se tratara de una guerra simétrica con dos ejércitos con poderes y alcance similares en vez de un genocidio. Si decimos “genocidio”, se nos acusa de amenazar a Israel, de antisemitas, de intimidar y agredir. Esta táctica represora sirve para distraer la atención de una práctica militar, económica y geográfica de largo aliento cuyo objetivo político es, ni más ni menos, obliterar a la nación palestina.

El cerco del lenguaje tiene también una dimensión mediática. Por un lado, según un documental de Al Jazeera, se ha detectado un patrón de atacar directamente a periodistas, destruir infraestructura de medios, expulsar a medios internacionales y bloquear el regreso de periodistas palestinos a la Franja. A excepción de periodistas incrustados en las fuerzas militares israelíes, Israel está generando un blackout mediático, restringiendo la cobertura para minimizar las críticas a lo que está haciendo el ejército. El objetivo es continuar imponiendo su versión, generando el silencio de los palestinos, desinformando (Salhani, 2024). En lo que lleva esta escalada del conflicto, se reportan, al menos, 175 periodistas asesinados; desde hace varios meses ya, no hay periodistas extranjeros en la Franja, solo periodistas gazatíes en peligro de muerte inminente, aterrados de sacar sus cámaras. Por otro lado, se repite con venganza la historia de Abu Ghraib, ahora con la diseminación en redes sociales de miles de videos y fotos de soldados israelíes cometiendo atrocidades en la Franja. Circula pietaje de soldados explotando edificios, destruyendo muebles, rompiendo vajillas (según las leyes internacionales, las milicias no tienen permitido destruir propiedad civil, no son objetivos militares). Hay pietaje de soldados israelíes destruyendo cosas al interior de las casas de los gazatíes, haciendo sin duda más difícil la posibilidad de reconstruir la vida ciudadana una vez que cese el fuego. También vemos pietaje de robo y quema de efectivo; de soldados exhibiendo o poniéndose lencería de mujeres palestinas. Se exponen imágenes de tortura y humillaciones contra los detenidos. Hay posteos de videos de cuadras enteras de ciudades siendo explotadas, de destrucción musicalizada de universidades, con soldados identificándose con sus nombres y sus batallones diciendo delante de la cámara que lo hacen por venganza. Estos posteos son testimonio de violaciones de leyes internacionales de guerra y a los soldados no les preocupa ser fácilmente identificables. Actúan con una impunidad apabullante.

Además de estos actos de hubris, el poder en esta guerra se basa en otorgar el derecho a nombrar, el derecho al lenguaje, el derecho a capitalizar las imágenes de los cuerpos destazados, destrozados, molidos, muriendo de hambre, el derecho a escribir guiones que toquen al público a nivel afectivo e irracional para justificar el genocidio. Por un lado, las imágenes de las víctimas israelíes de los ataques del 7 de octubre fueron explotadas para exacerbar el trauma y conectar los ataques con el Holocausto: se hicieron visibles estratégicamente a periodistas y aliados en embajadas por todo el mundo; fueron retiradas del público y así se explotó su impacto, reforzando la narrativa del trauma. En un artículo reciente en The Guardian, Naomi Klein analiza cómo la conmemoración de la masacre del 7 de octubre en Israel ha sido explotada para maximizar el efecto traumático de los eventos, reducir la simpatía hacia los palestinos y generar apoyo para la expansión de la guerra de Israel: obras de teatro, exposiciones de arte, películas de testimonio incluyendo recreaciones minuto a minuto de las atrocidades; un largometraje creado por los productores de Fauda (Netflix) y una serie desarrollada por Fox que se acaba de estrenar. Según Klein, con muy pocas excepciones, el objetivo principal explícito de esta diversidad de obras parece ser transferir el trauma al público, recreando los eventos aterradores de forma tan vívida e íntima, que el espectador tiene la experiencia de fusionar su identidad con las víctimas, como si elles mismes hubieran sido violades (Klein, 2024). Otro ejemplo para generar “trauma protésico” son las “misiones de solidaridad” al sur de Israel, con tours a los bordes del sitio donde tuvo lugar el festival, hoy poblado de monumentos conmemorativos, y la experiencia de realidad virtual “Gaza Envelope 360 Tour”, que es un paseo guiado a las comunidades atacadas el 7 de octubre. Por otro lado, no cesan de circular imágenes deshumanizantes de los palestinos que cimentan su aniquilación. Edward Said hablaba de la construcción del árabe como “sujeto otro”; Judith Butler lo llama la construcción de “vidas no llorables”; como ya mencioné Netanyahu y sus ministros les llamaron “animales humanos”. A través de las imágenes de palestinos destrozados, se normaliza la destrucción, la hambruna como herramienta de guerra.

El jueves 17 de octubre, Israel golpeó con un misil el palacio municipal de Nabatiye, a doce kilómetros de Israel, donde se repartía comida, agua y medicamentos; mató a dieciséis personas. Este fue el primer ataque directo de esta guerra contra la sede de una autoridad civil de gobierno en el Líbano. Francesca Albanese, la autoridad de las Naciones Unidas sobre derechos humanos en la región ocupada de Palestina, teme que esta escalada militar sea más bien un componente del proyecto ideológico enraizado en el mito del llamado “Gran Israel” (Sofluogu, 2024). Este proyecto implica imponer una nueva realidad en el terreno basada en la interpretación de la Torá que asegura que las fronteras del Estado israelí se extienden desde el río Nilo en Egipto hasta el Éufrates en Siria e Iraq. La siguiente leyenda aparece en la entrada del Knesset: “Y cuando el Señor se le apareció a Abraham, le dio la Tierra Santa del Nilo al Éufrates”. Theodor Herzl elaboró un plan en 1904 delineado por esta idea, y fue el principio del Partido Likud, establecido por Netanyahu (El-Shinawy, 2024). Esta visión religiosa es indisociable de una económica: una de las más grandes fronteras para la extracción de petróleo y gas es la Cuenca del Levante a lo largo de la costa que va de Beirut, pasando por Akka hasta Gaza. Hay dos campos de gas ahí, Karish y Leviathan, reclamados por Líbano. Desde 2022, a raíz de la guerra en Ucrania que causó crisis en el mercado de gas, Israel empezó a exportar gas de Karish y Leviathan y petróleo crudo a Alemania y otros países de la Unión Europea.

Según Eyal Sivan, a nivel de gobierno, Israel se presenta en el plano internacional como un estado bajo amenaza constante; su economía se ha basado mayoritariamente en la tecnología militar, y ha sido un laboratorio de guerra que suministra tecnología militar y know-how de administración de la excepción al resto del mundo. Por eso, según Sivan, la paz es un peligro para Israel. Ello explica que el último año de genocidio en Gaza sea una nueva fase en la larga historia de colonización y extractivismo que comenzó hace quinientos años. Si una se vuelve loca de desesperación viendo esto desde la distancia, no me imagino cómo se siente la gente que sigue viva, sobreviviendo en Gaza. El Estado de Israel está cometiendo el peor crimen conocido por la humanidad, y este genocidio particular tiene características únicas que lo ponen aparte de otros más recientes. Primero: es un esfuerzo trasnacional coordinado con países occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, la Unión Europea). Segundo, el genocidio está teniendo lugar en un momento en el que el Estado de Israel está más profundamente integrado a la acumulación primitiva del capital de combustibles fósiles (lo que se conoce como los Acuerdos de Abraham).7 El politólogo y activista Andreas Malm detalla cómo la devastación en Gaza va más allá de la imaginación y señala similitudes entre el proceso de destrucción de Gaza y la destrucción de la ciudad libia de Derna el 11 de septiembre de 2023 por el huracán Daniel (Malm, 2024). El fenómeno metereológico rugió por la ciudad mediterránea con tal fuerza, que las calles y edificios de Derna se convirtieron en un gigantesco lodazal marrón, matando a 11 mil personas en una noche: la extracción y venta de combustibles fósiles matan a la gente en Libia, Congo, Bangladesh, Perú, Derna. El genocidio en Gaza coincide con la expansión ilimitada de la infraestructura para la extracción de combustibles fósiles, expandiendo los límites de un planeta habitable con la meta inamovible de acumulación de capital. Justo cuando la teníamos que desmantelar sostenidamente para evitar el calentamiento global de 1.5 a 2 grados centígrados, en la segunda década de los 2000, se acelera la producción de los mismos. En paralelo, en Gaza (y ahora, Líbano), esta amplitud de la destrucción y de la violación de los derechos internacionales humanitarios nunca antes se había visto.

Comentaristas han comparado al Festival Supernova en el sur de Israel, a escasos cinco kilómetros del muro que cerca la Franja de Gaza desde 2006, con la película Zone of Interest del director Jonathan Glazer (2023). Concebido como una celebración de la vida, como un “viaje de unidad y amor”, el festival representa, según el cineasta franco-israelí Sivan, la noción de paz para los israelíes: la capacidad, la libertad para ignorar al otro: a cinco kilómetros.

Escribo a unas semanas de que se acordó un alto al fuego en la Franja de Gaza, y a algunas más de que comenzaron a circular imágenes de cientos de miles de palestinos regresando a sus casas a pie, recorriendo la Franja de sur a norte. Si bien las encontraron en ruinas y la reconstrucción tardará años —en estos momentos, no hay infraestructura básica, ya que Israel tuvo como objetivo la habitabilidad básica de esta densa enclave urbana, incluyendo sus campos de cultivo, hospitales, escuelas…—, los palestinos se han propuesto reconstruir. Sin embargo, estamos viendo una escalada de ataques en Cisjordania, especialmente en Jenin. A ello le podemos sumar la subida de Donald Trump al poder, quien eliminó las sanciones impuestas por Joe Biden a los colonos israelíes que atacan a los palestinos, lo cual hace que los palestinos estén aún más vulnerabilizados. El prospecto del futuro de una Palestina libre no se ve claro en el horizonte.

Lo que es más, ¿qué mundo habitamos ahora que ya cesó esta violencia y destrucción sin precedentes —que no fue más que la intensificación exagerada de las violencias cotidianas que padece el pueblo palestino, y todo con el beneplácito de las potencias mundiales—? ¿Qué resultará de la persecución y cancelación generalizada y fascista de palestinos en la diáspora y personas que denuncian el genocidio, notablemente en Norteamérica y algunos países europeos, de la imposibilidad casi global de hablar del conflicto en instituciones culturales y educativas a nivel global?

Ciudad de México, enero 2025

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Autores
Escritora e investigadora mexicana. Ha sido invitada a impartir seminarios, conferencias y cursos a instituciones como The Americas Society, KASK, Escuela de las Artes, Graduate School of Design, Harvard, el March Meeting en Sharjah, OBORO, University of California San Diego, University of Texas en Dallas, el Museo Munch en Oslo, Noruega, la FIL Zócalo, El Colegio de México, e- flux, Nueva York, ITESO, Universidad de El Paso, Texas, Universidad de Stanford, Universidad Distrital en Bogotá, Colombia, y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ha publicado entre otros en The Funambulist, e-flux journal, Blog de Nexos, Horizontal, La Tempestad, Caín, Le magazine du Jeu de Paume, October, Third Text, Terremoto, Revista Común y Revista de la Universidad. Autora de más de media decena de libros. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores SNC en la categoría de ensayo y fue beneficiaria de una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes fonca (2018-2020).

Lo apodaron el Jefe Máximo de la Revolución, periodo en el que los sonorenses se rifaban el poder de la República, en el que Plutarco Elías Calles entró tras Adolfo de la Huerta y Álvaro Obregón, y en el que cuando tomó el mando, ya no lo quiso soltar. Como presidente de México limitó el control de la Iglesia y eso desató la Guerra Cristera, 250 mil muertos. El Maximato es el periodo donde él fue el jefe o el jefe tras bambalinas en los periodos presidenciales que siguieron tras él, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Mantuvo las riendas de la autoridad gracias a la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecesor del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Fue secretario de Hacienda, de Guerra y Marina, del Trabajo, de Educación Pública, de Gobernación, pero aquí quiero concentrarme en lo que hizo como gobernador de Sonora y la influencia que tuvo su infancia en sus decisiones políticas.

Plutarco tenía tres años cuando su madre murió. Su padre, alcohólico, lo abandonó. De Guaymas, donde nació, se tuvo que ir a Hermosillo, bajo la tutela de unos tíos. Los tíos eran los Calles, y en su honor decidió que su apellido sería compuesto. Plutarco fue también alcohólico muy joven, y supuestamente optó por la sobriedad al casarse a los 22 años en 1899 con Natalia Chacón. Así, limpio de alcohol, fracasó en varios negocios hasta convertirse en revolucionario maderista, revolucionario carrancista, gobernador.

Huérfano de madre, abandonado por el padre alcohólico, al entrar a la gubernatura se dedicó a prohibir el alcohol y a abrir orfanatos. En 1915 inauguró la ley seca, declarando todo alcohol consumido o producido como causa de cinco años de prisión a quien fabricara o vendiera, y dos o tres años a los cómplices. Condenó el alcohol como la causa de la perversión moral, de la criminalidad y del aniquilamiento físico. Papá gobierno se siente responsable.

Para confirmar lo recién dictaminado e inaugurar el juego mortal de escondidas, Elías Calles mandó fusilar a un ebrio de la calle en Cananea. Ignoró así 13% de la economía de Sonora: más de un millón de litros de bacanora se producían en la sierra, desde el municipio de Bavispe hasta Álamos, en todas esas vertientes accidentadas por donde naturalmente vive y se reproduce el maguey, por hijuelos o por inflorescencia.

Bacanora significa “ladera de carrizos” en ópata. El agave que se usa es el AngustifoliaHaw, el espadín, el más común en el país, ancestro del maguey azul tequilero y del henequén. Le dicen espadín por tener las hojas picudas, media estrella de espadas que salen de la tierra. Les gusta el calor, idealmente el de 35 grados, los 40 los cansa, y el frío también. Tardan de siete a diez años en dar la leche predilecta.

A algunos productores o consumidores les fue bien con la ley seca, cárcel por tres o cuatro días sin comer, castigos furtivos, el placer de sobrevivir, el coraje por cada una de las botellas que acabó en las manos incorrectas. La policía, después de colgar o de encarcelar, enjuagaba su saliva en sus propios pecados.

Según un archivo de 1919 analizado por el Dr. Almada Bay, el gobierno buscaba atemorizar a los vinateros de la sierra que recibían a los yaquis rebeldes, con los que trocaban. Los vinateros les daban lo que los indios necesitaran para seguir las correrías, y los yaquis así les daban permiso de continuar con la cocción de la peña en sus territorios.

También en 1919 Adolfo de la Huerta cambió la ley, liberó el vino y la cerveza, y lo prohibido quedó en el alcohol fuerte, en la bebida regional. Benefició así a los descendientes de Bavaria y Francia, y a los pocos productores de bacanora los dejó desfavorecidos, con penas severas. En la sierra desarrollaron señales de humo y mensajeros, niños y jóvenes a caballo o a burro. La policía rural quitaba lo que veía, disparaba a los alambiques, a los productores, al cielo para puro espanto, para dejar claro quién es la autoridad, exceso de autoridad.

Elías Calles quiso ejercer la paternidad que él no recibió. Además de abrir 127 primarias en Sonora, inauguró los institutos, aún vivos en la actualidad, “Cruz Gálvez de Artes y Oficios”, con la misión de enseñarle carpintería, agricultura y mecanografía a los huérfanos de la Revolución. Al referirse al gobernador, los casi mil alumnos le decían “Papá Calles”.

Papá en la política y en la intimidad, con Natalia Chacón tuvo doce hijos. Escribo este artículo en Kino, playa en Sonora, donde festejamos un cumpleaños. Un amigo de Obregón, cuando le cuento que critico a Calles en un texto, me contesta: yo soy su tataranieto. “¿Sabías que se lanzó a la presidencia con el partido comunista?”, me dice. Repartió 62% del territorio a la comunidad agraria. “Hace poco estuve leyendo de él”, sigue, y me lee un poema que escribió Elías Calles, después de visitar a su papá en Arizpe, de donde regresó alcohólico. Duda, se llama el poema. También me cuenta que su tatarabuelo, ya viejo, asistía a sesiones espiritistas en el Instituto Mexicano de Investigaciones Síquicas donde invocaba al espíritu del actor Enrique del Castillo y del poeta Rubén Darío.

Muy recio, muy rígido el tatarabuelo de tantos, Elías Calles, pero desde la silla presidencial no rechazó las botellas de bacanora que le regalaron algunos lambiscones como muestra de consolación por la pérdida de su mujer. Era 1927 cuando le llegaron garrafones de la miel prohibida desde Agua Prieta que él consumió en su pena. Se enamoró luego de una soprano a quien llevó a Europa y desposó. Al dar a luz al segundo hijo, ella murió. Ahora sí, el duelo lo volvió nacional y durante un mes entero. Lo cuenta Armando Ayala en LaepopeyadeMéxico.

El Maximato terminó en Lázaro Cárdenas. Elías Calles creía haber elegido la sucesión de títeres a favor de su gabinete congelado en el Palacio Nacional al proponer al michoacano a la presidencia. Cárdenas apenas pisó el poder mandó patitas para fuera a Elías Calles, fuera del país. Tras vivir en San Diego, Manuel Ávila Camacho le abrió las puertas de México. Calles se instaló los últimos cuatro años de vida en Cuernavaca para plantar árboles e ir a sus sesiones espiritistas. No regresó a Sonora.

La liberación de la ley seca fue un asunto empolvado en el Congreso hasta 1992, durante la gubernatura de Manlio Fabio Beltrones. En el 2000 se reconoció la denominación de origen a 35 municipios de la zona serrana. El bacanora fluye de nuevo como ingreso económico. Los 77 años de prohibición no detuvieron el verdadero flujo del bacanora: continuó siendo, a escondidas, parte de los rituales, medicina ancestral, alimento en sus raíces.


Autores
(Hermosillo, 1991) ganó el Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2023 con Orquídeas de petróleo, editado por el Fondo de Cultura Económica y Tierra Adentro. Publicó Agua vacía (UNISON, 2024), Segunda virginidad (Paraíso Perdido, 2021); y Arigatou goza-y-más (Elefanta/ISC, 2019), premiado en el Concurso del Libro Sonorense y traducido al inglés por Sendb00ks en 2021. En 2020 ejerció como Jefa de Literatura y Bibliotecas del Instituto Sonorense de Cultura. Como productora publicó en The New York Times el documental “The Death Cleaner”, nominado a los Emmy Awards, “Rocío and me” en The New Yorker y “Nigeria’s Dancer For Change” en Al Jazeera. Ha participado en exposiciones desde la pintura, el performance o la escritura en México, Francia, Holanda y Colombia.
Miembros de OuLiPo, fotografiados en septiembre de 1975 en Boulogne (Francia).

El Oulipo es restricción, su método juguetón puede existir muy lejos de los textos retóricos. Yo veo Oulipo por doquier: Si Messi hizo un gol estilo Cruyff desde los once metros, que el killer Luis metió entre los tres postes, es porque se restringió en un intertexto futbolístico específico con el fin de suponer un modelo disyuntivo. Si en el film El conde de Montecristo de 1934, Edmundo finge ser zurdo, como su enemigo, en un duelo en el que, después de un tiempo, conceden en un momento de rectitud ser diestros, el héroe y su enemigo se restringen con el fin de conferir un método lúdico en su hostil discusión. 

En su prólogo del volumen memorioso en recuerdo de medio siglo del Oulipo, M. Bénobou sostuvo que “los oulipienses viven un período de doce meses como si fuese un siglo”. Si ello fuese correcto, el Oulipo festejó en este 2025, en tiempo presente, 75 siglos de su periplo poético, robusteciendo su perfil lúdico desde que los 95 Ejercicios de estilo (1947) reverdecieron el oficio de escribir.  

El grupo se originó en 1960 con el nombre de Sélitex, pero luego este mutó por el de Oulipo. Sus inventores, Reymond Queneou y Le Lionnes unieron escritores, científicos y estudiosos del discurso con el propósito de distinguir novedosos juegos que promoviesen lo inédito. “Los oulipineses son roedores que construyen un embrollo poético, como un puzzle, del que se proponen huir”. (9) 

 El conjunto de oulipienses sostuvo siempre que no fue un grupo modernito: “El Oulipo rehusó verse como un movimiento poético, sino simplemente como un grupo. No comulgó con métodos de imposiciones ni con el repudio de lo viejo”. (10) 

Desde su inicio, el oficio oulipiense persiguió dos cometidos: 1) Proponer distribuciones, convenciones o retos inéditos que promueven el ingenio; y 2) Leer textos previos con el propósito de reconocer moldes, restricciones o ejemplos pretéritos en otros libros. (11) En su inspección y retrospección, el Oulipo ubicó prototipos influyentes en estudiosos rusos, ilustres retóricos bretones y líricos teutones, entre otros escritores modernos, como Desnos y Roussel, que consideró “copiones precursores”. 

Dentro de los retos y restricciones impuestos, puede conocerse el de Georges Perec, miembro desde 1967, quien introdujo con genio dichos principios, como se ve en su libro El secuestro, escrito, en su versión en ibérico, sin el uso de cierto signo que no veo por ningún sitio en este mismo texto. Estos límites no detienen el ingenio; “lejos de reprimirlo, lo reproducen”. (13)

El conjunto creció con escritores como el inventor de ficciones que publicó Le cosmicomiche (1964) y Hervé Le Tellier, quienes rejuvenecieron sus métodos e inquirieron en estilos recónditos. Producto de ello hubo inventos restrictivos que hoy siguen siendo dichosos. 

El influjo del Oulipo en los libros modernos es indiscutible. Su eco excede incluso los nombres ilustres como R. Queneou o Perec. Como dice Berti, “sus individuos menos célebres […] son fuertemente esplendentes”. (26) Sus métodos condujeron múltiples rumbos y estudios, pretendiendo que lo escrito no solo se reconfigure, sino que, incluso, se interrogue. 

En juicio opuesto respecto del uso de lo imprevisto, Berge formuló con nitidez que: “El Oulipo es simplemente que se niegue lo fortuito”. En oposición con el movimiento de Breton, que impone lo inconsciente, el Oulipo exige límites que convierten el impedimento en fuente de invención y no obedece jefes, como dice Berti: “El conjunto no permite un Pontífice”. (26)

En el “Primer Informe” del Oulipo, Le Lionnes expuso que “todo libro brotó de un destello […] sujeto por límites y restricciones”. (35) Dicho concepto guió el estilo del Oulipo por lustros, desmintiendo lo conocido y proponiendo nuevos rumbos.

75 siglos después de su génesis, el Oulipo sigue rompiendo horizontes. Su nombre lo define: es el recinto inventivo de libros potentes. 

¡Lo poético es siempre restricción! 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.