Tierra Adentro
El Salón París, retratada por Alejandra Carbajal

A Ximena Y Z

A mediados de la primera década del siglo XXI, mis amigos y yo nos convertimos en apasionados buscadores de cantinas y abrevaderos. Todos los viernes del señor, al salir de clases de la universidad (estudiábamos en Ciudad Universitaria), emprendíamos la odisea en Metro: nos alejábamos 20 kilómetros hacia el norte de nuestro terruño universitario, enclavado en los pedregales de San Ángel y Santo Domingo, para adentrarnos en el vetusto, bullanguero y aún violento Centro Histórico de la Ciudad de México (“eje del orden y el desmadre”, escribiría Monsiváis).

Descendíamos –o emergíamos– en el metro Juárez, en Pino Suárez (sin albur), a veces en Bellas Artes, y comenzábamos la travesía sin más brújula que nuestro olfato de gambusinos de alma vieja y nuestra inquieta y santa sed. Nos perdíamos por calles, plazas y callejones peinando la zona, hacia Ninguna Parte, aguzando la mirada y los sentidos, pidiendo ser abducidos por cualquier tomaduría que destilara alcohol barato, música, tufo y calor.

Una de las primeras cantinas que recuerdo haber visitado fue Los Chenchos, a unos pasos del metro Pino Suárez, por la estridente plaza e iglesia de San Lucas, arriba de una de las fauces del paso a desnivel de Fray Servando. Era un congal de otro mundo, o así lo he soñado, habitado por una fauna variopinta. Tenía un oscuro tapanco en el que las parejitas de todos los colores se entregaban a los preámbulos del fornicio. Abundaban los musculosos jovencitos estibadores, provenientes de los mercados aledaños a la zona de La Merced, que se entregaban con ardor a las carcamales meseras de buena pechuga un tanto subidas de carnes. En Los Chenchos me compré, con uno de los tantos vendedores ambulantes que entraban y salían, una pluma fantástica. A la altura del clip tenía un botón que encendía un foco que irradiaba una luz, a manera de láser, por el tapón. Entonces, si proyectabas ese láser en una pared aparecía el holograma de una frondosa muchacha morena en bikini. Era la sensación. Un día perdí ese bolígrafo. Varias veces volví con sagaz terquedad a Los Chenchos con la esperanza de encontrar de nuevo al vendedor. Nunca sucedió. Vaya que las cantinas con el territorio de la desidia.

Pero si llegábamos por metro Juárez, a veces recalábamos en El Farolito (Luis Moya 49), donde aprendimos que no hay cantina que se jacte de ser cantina sin su respectivo rebaño de cucarachas que pazca a placer por todo el lugar; o en La Castellana (Luis Moya esquina con Ayuntamiento), de estridente música en vivo estilo “Rock en tu idioma”; o en El Negresco (así, con “s”; en Balderas esquina Victoria), en donde si no eras remilgoso, además de unos buenos tragos de ron –en esa época sólo bebíamos ron–, te podías deleitar la pupila con el ejército de sílfides meseras longevas, un tanto jamonas, de firmes nalgatorios envueltos en soberbias minifaldas y de piernas a punto de reventar dentro de tremendas mallas de red, ¡olé, matador!; y si nuestros bolsillos nos lo permitían descendíamos a un teibol subterráneo sin nombre (o si lo tuvo no me acuerdo), en la esquina de Av. Independencia y Revillagigedo. Y es que, debo decir, mi amigo El Norteño se decantó por ese giro y yo, en solidaridad, lo acompañé a varios tugurios: el pintoresco El Azteca (que estuvo en el número 126 A de Eje Central, casi esquina con Salto del Agua), donde inició su carrera Javier Solís; El Studio 54, El Kefrén…; así como una larga colección de bares de ficheras, como El Florida (López e Independencia), El Miramar (Independencia y José Azueta), El Mr. Lee (Independencia 19), El San Remo (Dolores 4)… Lugares en los que, como apuntara Marguerite Yourcenar, las mujeres, de beldades caprichosas, se abrían y cerraban como las flores. Pero esa es otra historia.

Por aquel rumbo –de San Juan– también descubrimos la tan preciada cantina El Tío Pepe (ahora convertida en meca turística), que se convirtió en nuestro despacho. Las cervezas constaban 20 pesos y el ron Castillo o Potosí a 45 del águila. Salíamos gateando, henchidos de salud y de placer. Como vicarios de Cristo en la tierra, de vez en cuando besábamos la banqueta. ¡Vaya trancas monumentales que nos acomodábamos! Don Aurelio –que entiendo que aún vive–, el cantinero, nos servía tremendos fajazos de ron… ¡como Dios manda! Pero luego, al abrigo del arribo de innumerables extranjeros, los nuevos dueños de El Pepe quisieron hacer su agosto y aquello se volvió un atraco en despoblado. Adiós Nicanor, adiós ron Potoyes, adiós The Uncle Joseph.

Pero ya se sabe: todo es perecedero, la belleza tiene sus desventuras y Baco aprieta pero no ahorca. Así que a unos pasos de El Tío Pepe hallamos el Salón Orizaba (más o menos en el número 40 de Dolores), apodado por sus parroquianos como El Horrizaba o simplemente La Apestosa. Un congal-cervecería-fichero que te recibía de golpe con un fuerte tufillo a orines fermentados, sudor, cigarro y algo más que podría ser comida. Era un lugar de ensueño, de santos bebedores de risotada fácil, cerveza barata y muros de exquisito color verdoso, de ese que adquieren el rostro de los muertos. También tenía un tapanco, frágil como un junco, en donde la historia se repetía: un apretujadero de almas, mujeres y hombres, practicaban el beso de once y el faje de diez, entre densos nubarrones de humo de tabaco.

Luego, en la calle de atrás, descubrimos el Fiuma (en José María Marroqui (sin acento en la i) número 28-C), en los bajos del edificio Guanajuato, un lugar que para entonces era un baño –sin puertas– con servicio de bar, pero que –luego lo supimos– tuvo sus años dorados. Le perteneció al afamado torero José Rodríguez “El Pajarito”, quien por cierto murió ahí. Hallaron su cadáver hasta que el olor anunció a todos los vecinos la desgracia. El Fiuma contaba, una vez más, con su consabido tapanquito en el que todos hacían lo propio. En este congal se respiraba cierto aroma a China, y de vez en cuando, en las mesas, ofrecían tazoncitos de arroz frito, cortesía de la casa. Y es que esta calle (Marroqui) es el tras bambalinas del Barrio Chino, que corre por la calle de Dolores. Aquí se hallan las cocinas y puertas de abasto de casi todos los restaurantes chinos. De ahí su olor a Cantón y a grasa de ajonjolí.

Horas eternas pasamos entregados a la conversación, la risa, el amor y la bebida. Trasegamos como chupamirtos todo tipo de caldos etílicos, curtimos el gañote, y nos transformamos en trashumantes cantineros. Luego, nos adentramos en otras zonas del centro y así descubrimos La Mascota (en Mesones y Bolívar), en donde dábamos tremendas comilonas y nos anegábamos de ron con tan sólo 200 pesotes. Hoy, con esos 200 pesotes, en La Mascota no te alcanza ni para pagar las múltiples propinas que hay que dejar, además de que se come horrible. Otra bebeduría que frecuentamos era Las Escaleras, que en realidad no tenía nombre. Se trataba de un negocio de quesadillas montado en la enjuta debajo de una escalera de vecindad, en Donceles 105, que vendía cientos de miles de caguamas que los parroquianos bebían sentados en los peldaños de la escalera, de ahí que la banda lo bautizara con ese nombre. Luego ampliaron el negocio, ocupando un patio trasero de la vecindad en donde se bebía y se fumaba mota como si no hubiera un mañana.

Cómo olvidar La Resurrección, de piso ajedrezado, buena botana y donde un amigo cinéfilo, Lalo (que bebía lindo y tupido), tiraba aceite cuando nos contaba que esa cantina había aparecido brevemente, hacía unos años, en la película El hombre en Llamas. Y todavía alcanzamos a entrar a la clásica El Nivel –que erróneamente se ha dicho que era la cantina más antigua de la ciudad y que cerró sus puertas para siempre en 2010–, en donde los parroquianos de edad provecta nos mal miraban. O nos bien miraban. ¡Y cómo no!, si éramos una caterva de mozalbetes exploradores, escandalosos, que además nos sentíamos la divina garza ¡Qué horror! También cruzamos las puertas de La Pelusa, La Mariscala, La Esperanza –atendida por el bello Toni–, El Río de la Plata –que daría para escribir un libro–, Los Jarritos (de meseras octogenarias que te besaban y te decían “mi amor”), La Nuevo León (que recientemente fue convertida en un tosco restaurante en el que una palurda cantante grita a todo volumen durante 6 horas sin parar), El Salón España, La Faena, Los Portales de Tlaquepaque (primo hermano del Tlaquepulkes, en Independencia 10), La Perla de San Juan –de espectros y personajes de novela–, El Allende Red, El Salón Victoria, Casa Juan, El Monte Carlo, La Ferrolana….

La lista es interminable. Creímos agotable lo inagotable: las cantinas (y las botellas). Fueron años de hermoso aprendizaje y de aspiraciones y deseos propios de las mocedades. ¡Hasta fundamos una revista etilicoliteraria (cuyo nombre no me atrevo a escribir aquí), al amparo de la fiesta y la borrachera, hágame usted el favor!

Ahora, a la distancia, me gusta pensar que aquellos eternos, gozosos, bisoños y repetidos viajes de viernes por la tarde, simbolizaban de cierta forma una especie de retorno al país natal trayendo las palabras de Aimé Césaire. Éramos universitarios volviendo a los territorios del antiguo Barrio Universitario que, como se sabe, estuvo en el centro hasta la década de 1950. Claro está que no estábamos conscientes de ello. No había manera de estarlo. ¡Y qué bueno! Pero existía, o al menos eso sentíamos, una especie de mística; una fuerza que nos llamaba al corazón de esta ciudad, “millonésima en el dolor y en el placer” y que nos atraía como fragmentos a su imán. Es cierto que sólo éramos un fárrago de borrachines en ciernes en busca de juergas demenciales, pero a la vez formábamos parte de toda una generación que refundó –no sabemos si para bien o para mal, y quizás no importe– el Centro Histórico de esta ciudad.

Y aquí cabría mencionar, también, el papel que el movimiento feminista tuvo en este proceso. Recuerdo con claridad cómo, paralelamente a nuestros viajes cantineros de los viernes (que aunque no eran exclusivos de hombres tampoco tenían una clara dimensión política), compañeras de la facultad se organizaban para asistir en grupo a cantinas en las que, a esas alturas del partido, aún se negaba la entrada a las mujeres. Yo fui testigo de la toma, por parte de un grupo de mujeres organizadas, de la cantina La Hija de Moctezuma (allá por el rumbo de Tacuba). La técnica siempre era la misma: entrar en grupos de 30 o 40 chavas. De sopetón, sin avisar. Pero tampoco sin consignas. Sólo era tomar la cantina, sentarse en las mesas para beber y comer. Ante el acto, los comensales hombres que se encontraban en el interior se quedaban mudos, estupefactos, apenas alcanzaban a tomar sus vasos, pasar un trago, y bajar la mirada. Esa fue la verdadera época en la que las mujeres tomaron para sí y por asalto –y para siempre– las cantinas, garantizando, yo creo, la permanencia de una envejecida institución decimonónica pero ahora con nuevos bríos.

Ah, canijas noches, hervidero de cantinas; felicidad de hombres y mujeres del alba que nos sentíamos flâneurs del siglo XXI, alejados de las vulgares prisas de los turistas… Y si me he atrevido a remitirme a mi origen de viajero de cantinas no ha sido por nostalgia, sino porque cada cantina que he visitado resume todas las cantinas; engendra la devoción por la ciudad, lo profano de las historias y lo sacramental de las eternas borracheras…

Estimadx lectorx, te convertirás en un viajero de cantina. Lo auguro con deferencia y buena voluntad. Bendito vicio caminero. ¡Salud!


Autores
Ciudad de México, 1985. Escritor y editor. Estudió Historia en la FFyL de la UNAM y música en la Escuela Nacional de Música. Autor del libro Las anforitas ocultas y antologador de la colección Santa María la Ribera. De autores y calles (UNAM). Su más reciente colaboración fue para la antología Lados B (Editorial Nitro-Press). Durante el 2016 fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca.

En México los hackeos a instituciones gubernamentales eran escasos y poco difundidos en las noticias. Fueron acontecimientos observados a la distancia, con el protagonismo de Wikileaks y el gobierno de Estados Unidos. La rutina era reconfortante para las dependencias del gobierno hasta el 29 de septiembre de 2022, el día que la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) perdió seis terabytes de información confidencial en el mayor ciberataque de su historia.

El ejecutor del hackeo masivo fue el grupo de hacktivismo Guacamaya Leaks, que logró acceder a correos entre funcionarios de alto nivel, almacenados desde aproximadamente 2016 hasta 2022. Entre las revelaciones que avivaron los cuestionamientos hacia la seguridad nacional destacaron detalles sobre el operativo fallido conocido como Culiacanazo, el primero en el que Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, fue capturado y liberado horas después. 

Además del fracaso de seguridad, las críticas al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) aumentaron debido a que las filtraciones de Guacamaya expusieron cómo el ejército vigilaba a periodistas a causa de su labor y a los opositores del Tren Maya, la construcción insignia del sexenio morenista. El mandatario intentó minimizar el hackeo y acusó que sus opositores usaban el incidente para afectar su imagen, pero el ciberataque nunca buscó ese objetivo. El resultado fue una libre exposición de los datos censurados por Sedena que involucran a la sociedad mexicana, una consigna que se asemeja a las bases del hacktivismo.

El hacktivismo como última salida ante la corrupción

El hacktivismo es un término acuñado en 1984 por el grupo de hackers estadounidenses llamado La Secta de la Vaca Muerta, cuya principal consigna fue que la información de carácter online debía de ser un derecho humano, lo que los llevó a emprender una lucha de ciberactivismo contra la censura en la red. Plantaban cara contra los gobiernos opresores a través de la liberación de datos censurados.

Actualmente, la principal característica del movimiento es la ilegalidad. Al ser un fenómeno en constante evolución, carece de bases y criterios para que determinadas acciones puedan encajar en este término. Los grupos hacktivistas suelen actuar sin violencia, en búsqueda de un libre acceso a la información.

Derivado de los atentados del 2001 en Washington y Nueva York, la figura del hacker adquirió una connotación criminal. Uno de los casos más grandes y conocidos del hacktivismo fue el de WikiLeaks en 2010, la filtración contenía documentos clasificados de EE. UU. sobre las guerras de Irak y de Afganistán y la prisión de Guantánamo, y más de 250 mil cables diplomáticos de diversos lugares del mundo.

En México hay irrupciones de hacktivismo en las dependencias de gobierno con un historial de censura y abusos a los derechos humanos. A diferencia del caso estadounidense, la motivación de los ciberataques ha sido la ineficacia de las autoridades para asegurar procesos democráticos libres, la negligencia como el colapso de la línea 12 del Sistema de Transporte Colectivo Metro, y la censura a las voces críticas al gobierno en turno.

La información es la única arma contra los abusos hacia la sociedad mexicana. Filtrar datos que involucran a funcionarios de altos rangos en redes de corrupción fue la respuesta ante la impunidad. Con la exposición de la realidad incómoda para las esferas privilegiadas, se esperaba que llegara la justicia y las personas demostraran su hartazgo. En algunos casos, llevarían sus ambiciones a buen puerto e irritarían a las instituciones.

Entre los primeros ciberataques en México se destaca el perpetrado contra los Zetas en octubre de 2011. El detonante del ataque fue el secuestro de un miembro de Anonymous a manos de este grupo del crimen organizado. En represalia, los hacktivistas amenazaron con hacer pública información de sus nexos con diversos políticos, policías y fuerzas armadas.

Más allá del peligro que podría significar encontrarse en medio de una riña entre narcos y Anonymous, la alerta para la sociedad fue la complicidad de las autoridades con Los Zetas. Esta es una de las principales diferencias entre el hacktivismo en otros países con México. Es la medida desesperada contra un sistema corrupto, en el cual se desdibuja la línea entre los criminales y las autoridades.   

Meses antes, en febrero de 2011, Anonymous apoyó a la periodista Carmen Aristegui luego de ser despedida de MVS Noticias y censurada por evidenciar el alcoholismo del entonces presidente Felipe Calderón, el arquitecto de la Guerra contra el Narco. En este mismo año, los sitios web de la Cámara de Diputados, la Secretaría de Gobierno (Segob) y de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) fueron hackeados. La motivación detrás del acto fue la propuesta de reforma a la Ley Federal de Derechos de Autor, llevada a cabo por el Partido Acción Nacional (PAN). La iniciativa tenía similitudes con la ley SOPA, que violentaba la libertad de expresión bajo la excusa de combatir la piratería. 

En 2012 se conocieron diversos ciberataques. El de mayor trascendencia fue autoría del grupo #Yosoy132 contra el expresidente Enrique Peña Nieto. Un año más tarde, en 2013, el grupo Anonymous Hispano hackeó la página de la Sedena en por lo menos tres ocasiones y la dejó fuera de servicio durante horas.

Las páginas del Ejército Mexicano y de la Secretaría de Marina también fueron hackeadas de la misma forma; en las tres ocasiones, al ingresar a las páginas se podía escuchar un mensaje leído del Manifiesto Zapatista Anonymous, mientras se proyectaban imágenes de la violencia que acaeció en la toma de protesta del expresidente Enrique Peña Nieto.

Luego de este periodo de intensa actividad, pasarían casi 10 años para el siguiente gran golpe. En 2020 hackearon la página del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). Se colocó un mensaje de Anonymous Iberoamerica que hablaba de la censura del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador. Lo acusaron de intentar desaparecer a este organismo.

Las motivaciones detrás de los ciberataques en México son el descontento social hacia la censura y la corrupción. Cuando el 3 de mayo de 2021 la línea 12 del Metro colapsó debido a una infinidad de malas obras permitidas por la negligencia, Anonymous amenazó con exponer un “sinfín de depravaciones de quienes estuvieron involucrados y son culpables de estos cobardes asesinatos”. 

Es en este punto donde el historial de ciberataques en México se distancia del hacktivismo tradicional. El objetivo de garantizar el acceso a la información pasa a segundo plano. La prioridad es mostrar resistencia ante las violaciones a los derechos humanos que parecen permisibles en el gobierno mexicano. Por desgracia, exhibir las corruptelas e información oculta se volvió insuficiente y fue necesario cometer un acto de insurrección. Esta vez, Guacamaya asestó el golpe.  

El surgimiento de Guacamaya Leaks y los seis terabytes filtrados

Guacamaya Leaks es una organización de hackers a nivel internacional. Surgió en el año 2022 y opera dentro del territorio latinoamericano con fines ecologistas, según comenta la misma organización. También, se anexan fines antiimperialistas, así como la defensa de las comunidades y los grupos nativos vulnerables e incluso de los recursos naturales.

En septiembre de 2022, hackeó seis terabytes de información de la Sedena que compartieron con algunos diarios. En esta información se encontraron nexos entre alcaldes, diputados, policías y políticos con diversos grupos del crimen organizado. 

Los documentos revelaron que al menos 14 candidatos a presidentes municipales y diputados, de los cuales nueve resultaron electos, fueron señalados por la Sedena por posibles vínculos con el narco en estados como Morelos, Guerrero y San Luis Potosí

Los documentos filtrados esclarecen que 20 alcaldes del estado de Guerrero tenían posibles conexiones con grupos criminales, durante la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. La red de corruptelas es más compleja de lo que el oficialismo había reconocido. 

Uno de los casos más indignantes fue el de Edgar Veytia, exfiscal de Nayarit y protector de dos cárteles peligrosos para México. Durante su gestión (2013-2017), Veytia protegió al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y al Cártel de los Beltrán Leyva. Facilitó sus operaciones en la región al permitir el tráfico de drogas y brindándoles apoyo logístico.

Veytia utilizó a las fuerzas policiales para llevar a cabo extorsiones, torturas y desapariciones forzadas de civiles, con el objetivo de despojarlos de sus propiedades y entregarlas a los cárteles como bodegas.

Según investigaciones de la Sedena, filtradas en el hackeo de Guacamaya Leaks, y el Tribunal de Nueva York, Veytia facilitó la distribución mensual de 500 kilos de heroína, 100 de cocaína, 200 de metanfetaminas y 3 mil de marihuana hacia Estados Unidos. Veytia fue sentenciado en 2019 a 20 años de prisión en aquel país por sus crímenes. Sin embargo, su condena fue reducida a 10 años tras colaborar con las autoridades estadounidenses.

En febrero de 2025, Veytia salió de la prisión federal de Ashland, Kentucky, un mes antes de lo programado. Aunque debería haber sido liberado oficialmente el 10 de marzo de 2025, su paradero actual es incierto. 

Por si la corrupción fuese poco clara, los documentos de la defensa filtrados muestran que Veytia tenía vínculos con altos mandos del crimen organizado, en especial con Juan Francisco Patrón Sánchez, alias El H-2, líder del brazo armado de los Beltrán Leyva. Este criminal también fue relacionado con Salvador Cienfuegos Zepeda, a quien presuntamente sobornaba. 

El ejército también sería expuesto. Se descubrió que altos mandos militares intercambiaron armas, como granadas y equipo táctico, con organizaciones de narcotraficantes. Un caso específico involucró a un soldado que ofreció información y armamento a un cártel en Tejupilco, Estado de México.

En la información filtrada, los políticos fueron protagonistas. Se expuso que buscaron a las fuerzas armadas para conectar empresas contratistas con proyectos clave como el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el Tren Maya. Incluso el narco llegó a las aduanas. Los reportes detallan cómo las debilidades en esas zonas han facilitado el tráfico de drogas y productos ilegales. Esto incluye sobornos a empleados y la falta de controles efectivos en puertos y fronteras.

Lo preocupante de la corrupción es pensar en las oportunidades que se ofrecen a la delincuencia, y el ciberataque dio forma a estos temores. Los correos electrónicos filtrados mencionaron la formación de un nuevo cártel, Los Exiliados, liderado por un exmarine mexicano, Carlos Enrique El Marino Martínez Cuesta. Este grupo ha sido vinculado al aumento de la violencia en Colima y Jalisco.

El ejército, pese a tener regulaciones estrictas en la posesión de armas, estuvo implicado en su venta ilegal. El hackeo del grupo Guacamaya Leaks destapó al Campo Militar No. 1 como el centro de este delito. Los militares vendían armas a los criminales. 

Un hackeo con consecuencias históricas 

En marzo de 2023 se difundió la noticia del primer detenido respecto al hackeo. Fue el coronel de la Sedena Jesús “N”, recluido en prisión en el Campo Militar 1-A y acusado de cargos de “infracción a los deberes militares”.

La controversia del ciberataque empeoraría cuando hubo otro hackeo al gobierno. Esta vez, los datos difundidos se alejarían de cualquier dependencia. Sería información sensible de aproximadamente 300 periodistas que asistían a La Mañanera de AMLO. La versión oficialista, al principio, culpó a los mismos integrantes de Guacamaya Leaks. Después, acusó a sus opositores de la filtración. 

Lo último de lo que se tiene noticia respecto a los ciberataques fue otra vulneración de datos de la Sedena y al Portal del Empleo, a principios del 2024. En este movimiento se filtraron datos delicados de al menos 12 millones de personas que habían sido usuarias del portal.

Los culpables de la exposición de datos personales se desdibujan. El rostro del perpetrador, según el oficialismo, podría verse como los partidos opositores o un montón de hackers al servicio del mejor postor solo porque tienen el potencial para hacerlo.   

Guacamaya Leaks logró el mayor hackeo de la historia de México. Los secretos de la Sedena paralizaron al país y ofrecieron un vistazo de cuán profundas son las redes de corrupción, la impunidad y el horror del crimen organizado bajo el beneplácito del ejército y funcionarios de alto nivel en diversos estados. 

Cuando las instituciones fallan y surgen las preguntas respecto a cómo México llegó a tal punto de impunidad, el hacktivismo aparece como la última alternativa para obtener respuestas. De forma paradójica, es una vía ilegal con el propósito de exigir el derecho a saber, aunque la verdad en el caso mexicano sea más terrible que la censura.

A diferencia de otros países, el impacto del hacktivismo en México parece desencadenar aún más impunidad. Las consecuencias legales son nulas para los implicados en diversos crímenes, en especial cuando son expuestos en las filtraciones de documentos clasificados, como sucedió con Sedena. La impotencia aumenta tras entender que conocer la verdad tampoco garantiza el acceso a la justicia.

Las esferas políticas y los afectados de la filtración se las arreglan para minimizar los daños. También harían historia en lo sucedido con Guacamaya Leaks al usar sus mismos métodos de resistencia y convertirlos en un arma contra los comunicadores, las personas que ejercen el derecho a saber para desempeñar su profesión. Similar al hackeo a la Sedena, se difundieron los datos personales de los periodistas, lo que puede exponerlos a un daño mayor. De esa forma, se infunde el miedo a exigir el derecho a libertad de información, y se usa como método de castigo a la sociedad para establecer un escarmiento: saber demasiado puede ser peligroso.

Fuentes y referencias 

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https://cnnespanol.cnn.com/2025/03/13/mexico/asi-fue-culiacanazo-fallida-operacion-2019-capturar-ovidio-guzman-orix
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https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/2022/09/30/hackers-guacamaya-quienes-estan-detras-del-grupo-y-que-paises-han-atacado/
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https://justiceinmexico.org/sedena-document-leak/
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https://emeequis.com/guacamaya-leaks/ejercito-sabia-que-edgar-veytia-era-protector-de-carteles-revela-hackeo-masivo/
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https://comunicacionsocial.diputados.gob.mx/index.php/notilegis/la-sedena-debe-explicar-venta-de-armas-a-criminales-dado-a-conocer-en-filtraciones-del-grupo-guacamaya-luis-mendoza
https://www.eluniversal.com.mx/nacion/cae-mando-militar-por-caso-guacamaya-leaks/
https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/01/29/politica/los-mismos-del-guacamaya-leaks-hackearon-datos-de-300-periodistas-amlo-3792
https://www.milenio.com/politica/amlo-denuncia-hackeo-periodistas-culpa-oposicion-filtrar-datos
https://www.infobae.com/mexico/2024/02/27/reportan-nuevo-hackeo-contra-sedena-y-portal-del-empleo-es-informacion-sensible-de-riesgo-nacional/#google_vignette
https://www.proceso.com.mx/nacional/2022/10/28/revelan-el-surgimiento-de-los-exiliados-cartel-liderado-por-exmarino-que-trabajo-para-el-mayo-295996.html


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
"México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita", de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.
“México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita”, de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.

La salida de un libro es siempre motivo de celebración. En el mundo de la inmediatez, de la ausencia de silencio y el exceso de pantallas pequeñas y poco pacientes, un libro como este nos hace recuperar el gozo de una buena conversación. Es como llevarse una larga sobremesa caminando contigo: ese arte del detalle, de la observación sensible, que se convierte en un relato de mucho corazón como esta inmensa ciudad que nace justamente de un corazón-raíz.

Veintitrés millones de capas donde todo sucede al mismo tiempo ⎯despacio y a toda prisa⎯, donde lo mismo sucede un maratón y treinta mil corazones recorren cuarenta y dos kilómetros hasta llegar al Zócalo, a ese mismísimo lugar donde esta crónica comienza: el corazón de la nación. Este libro es un homenaje a la investigación histórica rigurosa y, al mismo tiempo, un relato humano, íntimo y casi cotidiano que nos permite recorrer setecientos años de historia e incluso mucho más atrás en el tiempo, como si fueran nuestra propia vida.

Jorge Pedro logra traducir lo monumental en lo cercano. Nos recuerda que la historia no es solo fechas, batallas o monumentos: es la historia de personas con anhelos y frustraciones. De comunidades enteras que resisten y preservan identidad; comunidades que soñaron y construyeron lo que hoy somos… con algunas destrucciones obligadas en el camino.

Esta crónica es también una guía: te deja tarea por si quieres ir a pisar, reconocer y explorar lugares entrañables, desconocidos u olvidados, te hace mirar tus propios recorridos en la ciudad y en los estados vecinos desde una conciencia distinta. Desde el suceso histórico narrado como anécdota íntima.

Para poner un ejemplo, cuando hace referencia a las veces que Cuauhtémoctzin no se presenta ante Cortés el 11 y el 12 de agosto de 1521 (p. 30), ya presagiamos lo que ocurriría el 13 de agosto, la caída de Tenochtitlan. Es también un relato de decisiones, chantaje y dolor, de dignidad no pisoteada ante lo inexorable y del nacimiento de eso que es tan nuestro de ahorita voy, ese ahorita que significa ahora, al rato o nunca…

México, un mito de siete siglos es un homenaje también al buen conversador y al que escucha. Insisto: me siento en una larga sobremesa caminante, muy agradable, e imagino que es ese placer el que conforma el talento del cronista. También es un homenaje a nuestra querida Ángeles González Gamio, con quien el autor compartió el Seminario de Cultura mexicana, y muestras algunas simpáticas reflexiones sobre estas personas singulares dedicadas a la crónica (pp.151-152).

Es también un homenaje al monstruo atrayente que es el centro histórico, ese lugar infinito. Se antoja un diálogo gráfico entre el conocimiento y la herramienta visual del trabajo de Andrés Semo, quien ha puesto la tecnología al servicio de la historia con planos y fotografías imaginarias o reconstruidas, que se sienten tan reales como el relato que vamos descubriendo en estas páginas.

El autor nos conduce hasta la reinvención de la capital en Coyoacán, ese Coyoacán de doña Marina/Malintzin, casa que habitó hasta sus últimos días la primera muralista Rina Lazo. Nos lleva también por episodios de la guerra de intervención de Estados Unidos en México, que aún duele y amenaza, y que reivindican a nuestros hermanos paisanos en el vecino del norte, cada día trabajando la tierra que fue nuestra.

Nos cuenta de los migrantes de su barrio que desde el mercado 2 de Abril siempre tienen la mirada puesta en ese vecino del norte. Nos lleva al Segundo Imperio, el que se estableció en el Cerro del Chapulín, en ese mismo Chapultepec en el que hace apenas dos años encontramos figurillas olmecas abriendo otra incógnita. Con la misma naturalidad nos pasea por Tacuba, la Lagunilla y los antros LGBT de esta ciudad que es diversidad, disidencia y reinvención permanente.

Me fascinó el relato de la plática con el amigo santiaguero sobre las danzas de los moros y los cristianos, esas danzas o rituales donde el mal y el bien tienen la misma gracia y valor, y me hizo pensar en el sacrificio a los dioses, tan mal visto por los conquistadores, y que representaba sangre-semilla para quienes se ofrendaban al Sol.

La sobremesa eterna que es este libro también hace reflexionar sobre el turismo, ese que llega e iguala todo en vasos de unicel en Tepoztlán. Pero somos demasiada ciudad, demasiadas ciudades, demasiada grandeza y diversidad como para que nuestras raíces se debiliten por unos cuantos visitantes.

Sigamos, pues, la sobremesa en cualquier barrio de esta ciudad de gigante corazón. Y mientras el autor no cayó en la obvia tentación, yo no puedo evitarlo: en tanto permanezca el mundo…

"Lluvia en la costa II". Fotografía de @ojo_de_vidrio, 2008. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
“Lluvia en la costa II”. Fotografía de @ojo_de_vidrio, 2008. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

No’onba yok ja’
kä bixán
kä k’ay
tan nap’.
Soy arroyo
que lleva
mi canto
al mar.

Domingo Alejandro Luciano, Yok ja’/Arroyo

Ja’: agua.

I

De los sonidos que he escuchado, que alcanzo a reconocer y puedo nombrar, me resulta asombrosa la composición sónica que el agua adquiere según su fuente: la musicalidad de un riachuelo que golpea tenuemente con las piedras. La caída de una hilera delgada sobre un pozo. La ferocidad de una cascada que suelta enormes borbotones al tocar el suelo. La llovizna que se escurre en las tejas de la casa. Las olas que tocan los bordes de la arena. Cualquiera que sea me provoca cierta quietud, cierro los ojos para que mi atención se disponga a la escucha. Entonces, siento.

El sonido es capaz de suscitar un estado anímico y emocional en las personas. Según sea la fuerza del agua es la intensidad sonora. Cada cosa que escuchamos se convierte en experiencia. Por ello las resonancias del agua generan distintas reacciones. He conocido a personas que la presencia de la lluvia les produce tranquilidad, mientras que a otras les genera angustia. Lo mismo sucede con el mar, pues hay quienes les parece un sonido terapéutico y relajante; y para otros una experiencia agobiante. No hay universalismos ni homogeneidad en las reacciones. “Fluir como el agua”, en tanto metáfora de dejarse sentir, no puede tener la misma valencia para toda la gente. El sonido guarda una íntima correspondencia con nuestros sentires.

*

Decir en tseltal K’in ja’al es referirse a la “llovizna”, pero el significado de las dos palabras también sugiere una interpretación: k’in, fiesta; y ja’al, lluvia/agua. ¿Es acaso la llovizna la fiesta que el agua tiene antes de su arrojo?

II

En mi infancia solía caminar dos horas con mi padre para llegar de visita a la casa de mi difunta abuela Antonia. Cruzábamos varias veredas y un puente colgante muy extenso, que estaba sobre el río Chacte’. Antes de llegar a ese punto, mi corazón se agitaba, tenía la idea de que podría caer si alguno de los escalones del puente se rompía. El río descendía con mucha fuerza, arrastraba grandes piedras de color turquesa, parecía una especie de cielo. Al cruzar evitaba ver hacia abajo, lo hacía despacio. La corriente era estrepitosa como si un enjambre zumbara en mis oídos. Puedo recordar que pensaba en la comida de mi abuela o en Pachanga, su perro, que se alegraba al verme llegar. Pensar asustaba mi miedo. Así atravesaba el puente colgante. Mucho tiempo después la gente lo desmontó y construyó uno de concreto por donde comenzaron a pasar los carros. Nunca más volví a caminar en aquel puente. Desde entonces, cada que paso en la carretera, le digo a mi padre que se estacione para ver y escuchar el río. Al oírlo, en automático, vuelve la imagen de mi abuela. Ella sabe a río, el río es la voz de mi abuela.

*

En distintas partes del mundo, los ojos de agua son considerados seres y espacios sagrados. En los pueblos tseltales los sit ja’etik, “ojos de agua”, son venerados cada tres de mayo, en la fiesta de la Santa Cruz. Al agua se le canta y danza, se le lleva música. El agua oye al pueblo y él agradece con las miles de gotas que caen del cielo.

III

“Suja me aba, tatil, xwo’et tal ja’al. Apúrate, hijo, la lluvia viene sonando muy fuerte”, me dice mi abuelo, mientras caminamos rápido a su casa. Las gotas empiezan a caer en mi cabeza. Varias se estrellan sobre el suelo y en las ramas de los árboles. Una lluvia torrencial se aproxima y el sonido estrepitoso, como de algo que se acerca con intensidad, es lo que permite reconocer su singularidad y ser nombrado como xwo’et.

La lluvia tiene distintas modulaciones. De allí que es necesario reconocer el sonido que trae para saber si acaso se trata de una con mucha furia, con sutileza o si es pasajera. Cuando el aguacero se aproxima lo primero que enmudece es el paisaje, los pájaros se resguardan, los insectos se esconden y los animales del corral se callan. Las gotas golpean sobre la lámina, una por una hasta volverse incontables. Hay lluvias denominadas Ik’al ja’al, que son aquellas con tormenta, con grandes ráfagas de viento que sacude todo lo que está a su paso. Pero si esta es acompañada de rayos y relámpagos entonces su nombre cambia a chawukil ja’al. También existe la tsotsots ja’al, que se trata de una lluvia intensa, pero pasajera, que apenas dura unos minutos. Además, está la k’al ja’al que, a diferencia de las otras formas de lluvia, se caracteriza porque se da sin que el cielo se nuble, es decir, con sol. Y es en este tipo de chubasco donde se forma el sejk’ub it, es decir, el arcoíris.

Cuando la lluvia pasa, lo que queda son las gotas que lentamente se desprenden y caen de las ramas, y otras se escurren en el techo de la casa. Pero su caída y velocidad también produce un tipo de sonido que determina el nombre de la gota. Si el agua cae gota a gota, con un ritmo pausado, entonces se dice xt’ult’un ya xkoj te ja’e. Pero si la gota va golpeando en su caída con ramas y otros objetos hasta tocar el suelo, suele decirse xchajajet xkoj tal te ja’e, “gotas que caen en las hojas y continúa cayendo con ruido”. Las últimas gotas, el resto de la lluvia que queda estancado y que lentamente cae en la mañana por el calor del sol es nombrado como t’ojob. La gota no es nunca la misma, mucho menos su ritmo y sonido.

La lluvia devela una filosofía aural, maneras de entender el ritmo del agua y su dimensión, para tomar respectivas precauciones. Los torrentes son vistos como un milagro del cielo que alimenta la tierra, las semillas y provee las cosechas. Pero también se le teme, pues su furia puede acabar con toda una milpa. Mi abuelo lo sabe, por eso agradece el paso de la lluvia y le pide que mida su fuerza para que su cosecha pueda darse: wokolawal jch’ul ja’al, “gracias, sagrada lluvia”.

*

Balak’ ja’: corriente de agua formada en las veredas en la temporada de lluvia.

IV

Hay aves que anuncian la lluvia como el jwok. Hay insectos como los grillos y las luciérnagas que anticipan su llegada. La naturaleza sabe cantarle al agua: es el lenguaje entendido por las deidades. Cantos afluentes que avivan los ciclos, que sostienen al mundo.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Portada de "Duo", Colette. Editorial Hachette, 1985.
Portada de “Duo”, Colette. Editorial Hachette, 1985.

NOVENTA AÑOS DE LA NOVELA DÚO DE COLETTE

Toda pareja es un minúsculo manicomio, pletórico de aberrantes contradicciones, tiernos malentendidos y lenguajes secretos indóciles a una gramática meramente institucional. El desgarre de la relación fractura también el lenguaje inventado que la pareja fabricó con el paso de simpáticas coincidencias e imprevistas desgracias. Pero el glíglico particular de cada microcosmos amoroso suprime su diccionario sentimental cuando acaece una traición.

Esto lo entendía muy bien Sidonie-GabrielleColette (1873-1954), quien trazó una obra que nació a la par que el siglo XX —la serie de las Claudine comenzó a publicarse en 1900— y habitó la transición del Fin de siècle liberándose del yugo de su primer marido, Henry Gauthier-Villars (alias Willy, quien se atribuía la autoría de las primeras novelas de Colette), para buscar un segundo aire, una segunda vida, en el éxtasis vanguardista de la primera mitad del siglo XX: fue novelista, periodista, guionista, libretista y artista de cabaré. 

Colette tuvo la gracia de pertenecer a esa generación trabada entre dos siglos (el XIX y el XX), como Henry James, como Joseph Conrad, como Antón Chéjov, como Marcel Proust o los autores españoles de la generación del 98, por lo que desarrolló una peculiar sensibilidad decimonónica, nutrida por el preciosismo y los símbolos de la decadencia, las cuales supo actualizar y fundir con los avances y novedades que prometía el siglo XX.

Con excepción de Proust, no creo que haya un ojo tan sensible a los cambios atmosféricos de la vida en pareja o de las relaciones sentimentales como el de Colette; si bien su prosa nada tiene que ver con el caracoleo de oraciones subordinadas del autor de En busca del tiempo perdido, Colette pertenece a esa estirpe de escritores, como Chéjov, como Henry James, como Truman Capote, que delinean frases breves en las que, como celebraría André Gide, “no hay una sola línea que no cuente, que no esté escrita como sin pensar, como por juego, pero con arte sutil y consumado”. 

Más intemporal que anacrónica, sutil, sensible y fatalmente seductora, la imagen que yo evoco de Colette no es precisamente la de la joven subversiva, libertina, bisexual, confrontativa e infatigable que también fue, sino la estampa de esa hermosa anciana excéntrica que tanto impresionó al veinteañero Truman Capote en La rosa blanca, cuando la entrevistó en la década de los cincuenta. Es probable que la adorable octogenaria volviera adicto a Capote a los lujos aristocráticos (en los que después despilfarraría toda su fortuna), al regalarle su valiosísimo pisapapeles de cristal fabricado en 1842. La lección de Colette siempre vuelve a mi mente cuando estoy por comprar un regalo de cumpleaños para algún amigo. Capote le dijo a la escritora francesa que él no podía aceptar ese pisapapeles que ella adoraba tan intensamente y Colette le contestó: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.

Otra anécdota que me arruga el sentimiento cada que la evoco es la carta que, poco antes de morir, le escribió Colette a su yerno rechazando una invitación para visitarlos:

Señor: Me pide usted que pase ocho días en su casa, es decir, al lado de mi hija, a quien adoro. Usted, que vive junto a ella, sabe cuán raramente la veo, cuánto me encanta su presencia, y me conmueve que usted me invite a que vaya a verla. No aceptaré, sin embargo, su amable invitación, cuando menos por ahora. Verá usted por qué: mi cactus rosa va probablemente a florecer. Es una planta muy rara que me regalaron y que, según me han dicho, sólo florece en nuestros climas cada cuatro años. Soy ya muy anciana, y si me ausentara mientras mi cactus florece, estoy segura de que ya no lo vería florecer otra vez…

La primera mujer que presidió la Academia Goncourt dejó huella con sus palabras y sus excentricidades hasta sus últimos días, numerosas son sus novelas breves que causaron gran impacto en los lectores, La vagabunda (1910), Chéri (1920), Gigi (1944), pero en esta ocasión me ocuparé específicamente de Dúo, que recién cumplió noventa años desde su publicación, y que es un penetrante retrato emocional de una pareja, Michel y Alice, partida por una infidelidad, mientras se destruyen mutuamente en una casa de campo. ¿Dúo o duelo?, podía leerse en la faja publicitaria de la edición original. 

Toda pareja es un minúsculo manicomio, comentaba antes, pero también toda pareja es una suerte de oscura secta con solo dos miembros que se lavan el cerebro cotidianamente. Así se nos presenta en Dúo el matrimonio de Alice y Michel, quienes vacacionan en una casa rural en el poblado de Crasnac, cumpliendo una monótona rutina que se ve disrumpida con la aparición de una carta de Ambrogio, quien fuera el amante Alice. La forma en la que la pluma despiadada e irónica de Colette narra la torpeza de Michel para descifrar la carta que revela la infidelidad —al grado de que su propia esposa tiene que ayudarle a encontrar sus lentes—, abandona la simple caricatura cuando Michel, desolado, le cuestiona a su esposa: 

—¿Qué nos has hecho?

En caso de descubrir una traición o un engaño que alguien de nuestra total confianza acometió en contra nuestra, ¿qué tanta información, además de la disculpa, requerimos para paliar la herida, sanar nuestra conciencia y retomar la confianza? Ese es el predicamento en el que se imbuyen los personajes de Dúo. La novela no trata tanto del desenmascaramiento de la infidelidad de Alice, eso se revela en las primeras páginas, sino de la tensa atmósfera que petrifica a la pareja en un dilema de odios y desconfianzas a partir de ese momento: “¡Vaya vida —pensó [Michel] interrogativo— si hay que tropezar en todas las palabras, en todos los gestos contra algo oculto, vibrante, sangrante…!”.

Pese a su carácter hosco y altivo, Alice, quien minimiza la importancia de su devaneo con Ambrogio, no puede ignorar la depresión de su marido, que se debate entre la total negación y una resignación enfermiza. Conforme la segunda se apodera sintomáticamente de Michel, Alice busca ayudarlo contándole más y más detalles del amorío. “Resulta curioso”, escribe Colette, “que uno dependa tanto de la calidad de un sufrimiento, de la calidad de una traición”. Pues, para Michel, la infidelidad en sí misma no es un asunto trágico, sino que lo atormenta la calidad, el cómo ocurrió, su significado oculto: “Acostado, decidió sufrir inmóvil. Pero su dolor carecía aún de ritmo, de virtuosismo y de organización, su tormento se le escapaba a cada instante, siendo sustituido por preocupaciones cotidianas y desmenuzadas”.

“El arte de herir y el arte de ser herido”, recuerdo siempre esa cita de El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon, “se unen en el comportamiento de la herida”. Dúo es la crónica sensorial de ese frágil proceso de cicatrización. Las diferentes versiones de la traición —si quería a Amrogio o si solo lo usó, si lo pensó antes o surgió casualmente— se acumulan en falsas narrativas del perdón que guardan rencor en rutinarios actos pasivo-agresivos. Cuando Alice le comenta a su marido que compró tres litros de leche, él no puede evitar pensar: “Miren a la tragona. Todo le vale para alimentarse. El aire, el rosal, el café con leche. Todo le vale para olvidar. Si yo me dejara llevar…”. 

Los rencores reprimidos germinan en la quebradiza mente de Michel, quien somatiza la infidelidad y se equilibra entre la negación total y el cinismo. El trenzado de juegos psicológicos que enhebra la sádica pluma de Colette reinventa en la mente de sus lectores el duelo, en apariencia refinado e indiferente, de esta pareja al borde del abismo. Colette configura un fino telar de culpas entretejidas a las reacciones más salvajes que habitan el espíritu posesivo de una relación. En su permanente teatro de aparentar que todo está bien, una puesta en escena para un público imaginario (con excepción de la criada María), Michel reacciona impulsivamente y lanza por los aires un jarrón de porcelana que se hace añicos. Él siente satisfacción, ella piensa: “Ya sabe, ya sabe que esto alivia… También un martillazo en la cabeza. Incluso dos manos un poco apretadas en torno a una garganta”.

Alice, sin embargo, no juega el papel de esposa arrepentida y abnegada. Cuanto más débil encuentra a Michel, si bien siente un poco de lástima, más lo desprecia: “No se atrevió a dejar entrever que lo desmesurado del abandono viril, los estremecidos sollozos la hacían sentirse fría y escandalizada”. Después piensa: “Estoy dispuesta a cuidarle, pero no cuando está enfermo”. Cuando él busca entender el motivo carnal del engaño, ella se pregunta: “Pero, ¿por qué razón un hombre no puede hablar jamás de la sensualidad femenina sin decir enormes tonterías?”. 

La narración se balancea en un juego oscilatorio de focalizaciones entre el punto de vista de Alice y de Michel, que se torna más lúgubre cuando este accede a la totalidad de las pruebas. Después de leer todas las cartas de Ambrogio, creyendo haber sanado por conocer todos los ángulos del engaño, no hace más que sumirse en una depresión aun peor: “Es increíble la de porquerías que tres palabras pueden encerrar”. Si fue un amorío cariñoso, entonces, parece pensar Michel, ella ya no me ama; en cambio, si tan solo fue un desliz voluptuoso de puro deseo carnal, entonces nuestra relación es una cárcel que limita su búsqueda de placer y deseo. De cualquier modo, no hay salvación. 

En el año 2010 me perdí en el cementerio Pere Lachaise, probablemente buscando la tumba de Jim Morrison, y sin querer terminé reposando en una tumba de mármol rosado, en cuya lápida negra podía leerse: ICI REPOSE COLETTE 1877-1954. Al verme desparramado de una forma tan vulgar e irrespetuosa sobre la tumba de una de las más grandes escritoras en lengua francesa, un señor con ojos de búho insomne y nariz de guadaña me increpó en francés y me exigió que me levantara de ahí inmediatamente. Tenía en la mano una rosa y en la otra un libro. Después de pedirle disculpas en todos los idiomas, cabeceó bufando y detuvo el rostro ante la solemne lápida. 

Ya me iba cuando me llamó de vuelta, la rosa la había dejado sobre el sepulcro y con el brazo erguido entre la niebla parisina entendí que quería regalarme el libro. Lo recibí con esas reverencias que se entienden en todos los idiomas y quise preguntarle: Pero cómo me va a regalar este libro que parece ser tan valioso para usted. El hombre destensó la mirada y en sus frágiles ojos azul marisma descifré esa misma respuesta que Colette le dijo al adolescente Capote: “Querido, ¿qué sentido tiene regalar algo que no apreciamos?”.

Bibliografía

Capote, Truman, “La rosa blanca”, Los perros ladran, Barcelona, Anagrama, 1994. 

Colette, Al rayar el día, Barcelona, Argos Vergara, 1982.

Colette, Dúo, Barcelona, Anagrama, 2016. 

Pynchon, Thomas, El arcoíris de la gravedad, Barcelona, Tusquets, 2009. 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.

La era TikTok del autodiagnóstico

Los nuevos gurús del diagnóstico están en TikTok o en Instagram. Esta novedosa forma de divulgación clama “des-estigmatizar” la salud mental y pretende democratizar el conocimiento. Pero detrás de las luces y los efectos especiales se oculta un creador de contenido sin formación especializada que dicta lo que es normal y lo que es patológico, mientras que millones de usuarios construyen su identidad alrededor de diagnósticos, como si fueran horóscopos personalizados.

Un ejemplo perfecto de esta tendencia lo encontré hace unos meses en un video en donde una creadora de contenidos afirmaba “científicamente” que el Trastorno Límite de la Personalidad es en realidad una neurodivergencia (Bajo el hashtag: #trastornolimitedelapersonalidad es una #neurodivergencia, @TLPMexico).1 Según sus propias palabras, esto significa que las neurodivergencias no solo se presentan como parte del desarrollo neurológico, sino que también pueden ser “adquiridas” a lo largo de la vida.

La escenografía del video es impecable para lo que pretende vender: una chica con lentes blancos y expresión de científica seria, vestida con una camisa que exhibe un cerebro multicolor (por si quedaban dudas del tema), mientras una serie de luces brillantes enmarcan la habitación detrás de ella. Los subtítulos funcionan como un manual de instrucciones que te explican cómo una persona con TLP que “malinterpreta todo” no es más que una amígdala e hipocampo atrapados en un círculo vicioso que reactiva su trauma. Para ella, la “explicación de fondo” de las relaciones interpersonales conflictivas está en la neuroquímica, en la “predisposición genética” y en las “experiencias traumáticas” que son la causa de un trastorno de la personalidad. La neurobiología de autoayuda que te absuelve de la culpa y el dolor nunca había sido tan accesible ni tan seductora.

Pero el problema no es solo estético. Su redefinición de la neurodivergencia como algo “adquirido” revela una comprensión profundamente errónea del concepto. En un inicio, la neurodivergencia o neurodiversidad se conceptualizó como una manera de despatologizar las diferencias neurológicas, sensoriales o de comunicación de parte de que aquellos que están en el espectro del autismo, padecen de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o dislexia. En todos estos casos, se trata de individuos que no han tenido un desarrollo neurológico “típico” y por lo tanto presentan alguna diferencia en su forma de aprender, de relacionarse o de procesar información. Lo que el video argumenta es que este desarrollo atípico no tiene solo una base física, sino que también puede adquirirse a causa de las circunstancias de vida, lo cual va completamente en contra de la definición misma de neurodivergencia, porque no se trataría de una diferencia neurológica del cerebro, sino más bien de una respuesta a experiencias adversas.

Algunas de las respuestas son igual de sorprendentes que el video original y funcionan como síntomas perfectos de la era en la que vivimos. “Yo soy el manual DSM andando Jajaja y mi lado borderline es intenso y me has ayudado mucho morra… Gracias”, escribe alguien que ha convertido su diagnóstico en orgullo personal. “¿Alguien le dice a mi amígdala que me relaje y deje de estar en modo alerta 24/7?”, pregunta otra persona, dirigiéndose a su sistema nervioso como si fuera un dispositivo defectuoso que necesita un botón de reinicio. Una tercera comenta: “¡Excelente! Mil gracias. De verdad soy profesional de la salud y esto le sirve mucho a mis pacientes. Te felicito. Y gracias”—probablemente uno de esos psicólogos que deriva su práctica clínica a influencers de TikTok y considera que mandar videos virales constituye intervención terapéutica—. “Gracias, no tenía ni idea de por qué me comportaba así”… porque, evidentemente, ¿para qué reflexionar sobre la propia historia, relaciones o contexto social cuando puedes reducir toda tu existencia a un mal funcionamiento de la amígdala? La neurobiología pop como la excusa perfecta para convertirte en rehén de tu propio hardware y quedar oficialmente liberado de la incómoda responsabilidad de ser sujeto de tu propia vida.

Este caso ilustra tres problemas fundamentales que van mucho más allá de la mala divulgación científica. En primer lugar, el propio diagnóstico de TLP es profundamente problemático. Después de que en las décadas pasadas la moda pasó de la depresión al diagnóstico de bipolaridad, impulsado por el hecho de que los antidepresivos de segunda y tercera generación iban a perder su patente, ahora el TLP está viviendo su momento de auge mediático. No obstante, los llamados “trastornos de la personalidad” representan uno de los resabios más problemáticos de la visión débilmente psicoanalítica que se enquistó en una sección suplementaria del DSM y que se desvió hacia algo mucho más perverso. El TLP pertenece al llamado clúster B, junto con el trastorno narcisista, antisocial e histriónico, todos caracterizados por ser “dramáticos, emocionales o erráticos”. Estos diagnósticos dictaminan que la “personalidad” misma de ciertos individuos, especialmente mujeres jóvenes en el caso del TLP, es inherentemente patológica. La paradoja es evidente: mientras los trastornos se definen por ser egodistónicos (causan malestar al individuo), los trastornos de personalidad son supuestamente egosintónicos (no le causan malestar al individuo, porque están en línea con su “yo ideal”) y sin embargo son patológicos. Es decir, se patologizan las formas de ser que la persona no vive necesariamente como problemáticas, pero que el sistema social encuentra intolerables.

En segundo lugar, si aceptamos que la neurodivergencia es también adquirida, entonces literalmente todos los trastornos del DSM serían neurodivergencias. Si cualquier funcionamiento cerebral diferente al “estándar” constituye neurodivergencia, entonces la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia, los trastornos alimentarios y cada una de las más de 300 categorías diagnósticas del manual serían variaciones neurológicas normales. El concepto pierde toda especificidad y se convierte en un eufemismo universal para cualquier forma de sufrimiento psíquico.

Tercero, y más fundamental, esta biologización extrema de los trastornos mentales, el reducirlos exclusivamente a funcionamientos anatómicos defectuosos, oculta sistemáticamente que se trata fundamentalmente de problemas sociales y relacionales. Así, el famoso modelo biopsicosocial en el que supuestamente se basa toda la educación en psicología queda reducido a pura biología, eliminando precisamente los componentes psicológicos y sociales que le daban sentido. Una amígdala “hiperactiva” no surge en el vacío: surge en contextos de violencia, abandono, precarización, aislamiento social, y sistemas familiares y sociales disfuncionales. Pero hablar de amígdalas es infinitamente más cómodo que hablar de violencia estructural, desigualdad económica y de clases, o sistemas que precarizan a los más vulnerables.

Entiendo perfectamente por qué esta perspectiva tranquiliza a tantas personas que buscan desesperadamente una explicación para su dolor. Es una forma elegante de esquivar la culpa que tradicionalmente acompaña al sufrimiento psíquico: “no es tu culpa, es tu cerebro”. Pero esta aparente liberación, que además no está basada en ninguna evidencia científica seria y es profundamente engañosa, no es la solución, sino que sumerge a los que sufren en una desesperanza absoluta en la que no hay nada que hacer más que aceptar que venían defectuosos desde la fábrica. Esta “explicación” funciona como anestésico político perfecto: te libera de la culpa individual solo para encerrarte en una jaula biológica. Tú no tienes la culpa, pero tampoco tienes la capacidad de elegir otra manera de actuar, no tienes libertad. No es tu responsabilidad, pero tampoco puedes modificar tus reacciones fuera de tomar un elixir farmacológico “de última generación” que te va a sedar para volverte un normótico común.

Y hay algo aún más terrible en este fenómeno: la velocidad con la que las personas se apropian de los diagnósticos como identidades de consumo. “Yo soy el manual DSM andando” no se lee con el dolor que seguramente conlleva, sino que se interpreta como una declaración de identidad, casi como un álbum en el que la persona ha coleccionado suficientes estampitas para llenarlo y puede reclamar el premio del más estigmatizado. El diagnóstico se convierte en una etiqueta, el trastorno, en una personalidad de Instagram, el sufrimiento real, en una manera de vincularse a través de contenidos. Es la mercantilización perfecta del malestar.

La maquinaria que permite esta conversión del malestar en producto funciona con precisión engañosamente simple. El capitalismo genera un sufrimiento generalizado, después lo patologiza individualmente, luego lo neurobiologiza para despolitizarlo y finalmente lo vende como identidad de consumo. Puedes tener (como padecimiento, o posesión) depresión, ansiedad, TLP o incluso asumir la identidad y ser bipolar, ser “persona límite” o borderline, pero nunca se cuestiona que vivimos bajo un sistema que estructuralmente nos aliena y produce ansiedad, nos instaura en la melancolía o produce relaciones interpersonales destructivas.

La normosis como diagnóstico del diagnóstico

Frente a este catálogo clínico de identidades empaquetadas, aparece una categoría incómoda: la normosis. La normosis, tal como la describió Christopher Bollas, es la pulsión de ser normal, “tipificada por el aturdimiento y eventualmente la borradura de la subjetividad a favor de un ‘yo’ que se concibe como un objeto material entre otros objetos”.2 En este sentido, la normosis que se describe en el Antimanual Diagnóstico del Malestar en la Cultura (ADMC-6) no es una categoría más en la lista de trastornos, sino que es un espejo crítico del propio proceso del diagnóstico (y autodiagnóstico) clínico. Su lógica es la del metadiagnóstico: señalar que lo patológico no está en los individuos que “padecen” un problema neurológico o psicológico, sino en la normalidad misma que los obliga a padecer.

A diferencia del normópata, que goza alegremente de las promesas del sistema capitalista, el normótico sufre conscientemente pero se ve forzado a adaptarse.3 Y en esa necesidad de adaptación radica su tragedia: sabe que algo está mal, siente el dolor de la adaptación, pero el sistema le ofrece como única salida la individualización neuroquímica de su malestar.

Desde esta perspectiva, la normosis no es un fracaso del sujeto, sino la evidencia más contundente del éxito del capital. El sujeto normótico encarna lo que podríamos llamar el síntoma de la razón: su dolor no es producto de una divergencia individual, sino la consecuencia de vivir en una normalidad estructuralmente enferma. Si el capitalismo exige alegría productiva, goce y resiliencia permanente ante sus mutaciones, el normótico, con su sufrimiento lúcido, funciona como recordatorio incómodo de que esas exigencias son imposibles de cumplir sin sufrimiento.

Por ello, el ADMC-6 clasifica a la normosis como una patología estructural, no individual, sino que atraviesa a la estructura social, económica y política. En otras palabras, el normótico no es un paciente, sino un testigo, no es un caso clínico sino una evidencia de que el malestar no está en la excepción, sino en la regla.

F69.425 NORMOSIS (Trastorno de Adaptación Sistémica con Sufrimiento Consciente)

Criterios diagnósticos

A. Criterios cognitivos

Se requieren al menos 3 de los siguientes 5 síntomas, presentes la mayor parte del tiempo durante el periodo especificado:

  1. Síndrome del vacío consciente: experiencia persistente de sentirse vacío o que no se posee un yo, pero con conciencia dolorosa de esta carencia. A diferencia del normópata, el normótico busca ayuda “para encontrar alguna forma de sentirse real o simbolizar un dolor que solo puede experimentarse como vacío o dolor”.4
  2. Atrofia de la capacidad introspectiva con malestar: “la capacidad introspectiva raramente se utiliza”5 pero a diferencia del normópata, el sujeto experimenta esta limitación como pérdida dolorosa. Se manifiesta como incapacidad genuina para comentar sobre temas que requieren mirarse a sí mismo o al Otro en profundidad, acompañada de frustración consciente por esta limitación.
  3. Refugio forzado en objetos materiales: tendencia compulsiva a refugiarse en objetos materiales, pero experimentando esta necesidad como alienante. “Se refugia en los objetos materiales”, poseído por el impulso de “definir la satisfacción a través de la adquisición de objetos”6 pero con conciencia dolorosa de que esta apropiación es “sin deseo” y sin ningún significado simbólico.
  4. Pensamiento crítico preservado con parálisis ejecutiva: capacidad intacta para el análisis sociopolítico acompañada de incapacidad para trasladar este conocimiento a acciones coherentes. Uso compulsivo de frases como “sé que está mal, pero ¿qué puedo hacer?”, “el sistema nos tiene atrapados”, “ojalá pudiera cambiar algo”, “es lo que es”.
  5. Síndrome de “Robotización Consciente”: transformación automática e involuntaria de experiencias con potencial poético, simbólico o emocional en datos técnicos, cifras o información “útil”, acompañada de dolorosa conciencia de la pérdida. Por ejemplo: caminar por un bosque mientras el reloj Garmin registra obsesivamente 8,247 pasos, 420 calorías quemadas, ritmo cardíaco 128 bpm, pendiente 3.2%, mientras piensa compulsivamente “¿cerré los anillos de actividad?” en lugar de experimentar la caminata en el bosque. A diferencia del normópata que goza de la manera en que todo es una competencia y hay que ser el mejor, el normótico siente nostalgia: “antes podía simplemente caminar sin contar cuántos pasos llevo”.

B. Criterios emocionales

Se requieren al menos 3 de los siguientes 5 síntomas:

  1. Culpa sistémica crónica: sentimientos persistentes de traición a los propios valores por participar en un sistema que considera moralmente reprobable. Autorecriminación constante por “ser cómplice” del capitalismo. Pensamientos recurrentes como “soy parte del problema”, “estoy financiando mi propia opresión” cada vez que usa Amazon o acepta condiciones laborales abusivas para pagar la renta.
  2. Empatía hipertrofiada con síndrome de impotencia: capacidad empática intacta o aumentada hacia las víctimas del sistema, acompañada de sufrimiento intenso por la propia incapacidad para aliviar el sufrimiento ajeno. Indignación por la desigualdad, culpa por tener privilegios e impotencia por no poder “salvar” a los demás, seguido de autorecriminación. 
  3. Ansiedad existencial por contradicción vital: malestar crónico persistente por la discrepancia entre valores personales y acciones necesarias para la supervivencia. El sujeto experimenta su propia existencia como “internamente desgarrada”,7 se define como un “hipócrita funcional”. 
  4. Melancolía del “sé muy bien… y sin embargo”: caracterizada por la estructura clásica del desmentido: “Sé muy bien que el consumismo destruye el planeta… y sin embargo sigo comprando en Amazon porque es más barato”. “Sé muy bien que los vuelos contribuyen al cambio climático… y sin embargo ya reservé mis vacaciones en Europa porque me lo merezco”. “Sé muy bien que Instagram explota mis datos… y sin embargo sigo viendo reels porque necesito desconectarme”. La melancolía surge precisamente de la conciencia dolorosa de esta estructura de autoengaño consciente.
  5. Síndrome de “objeto interno vacío” con conciencia: el normótico es consciente de su “mundo de objetos internos extrañamente sin objetos”.8 Experimenta como pérdida dolorosa su relativa incapacidad para introyectar objetos y por tanto su dificultad para identificarse con el Otro y empatizar plenamente. Esta deficiencia en las “técnicas propias de insight” genera malestar y búsqueda activa de conexión genuina.

C. Criterios de comportamiento

Se requieren al menos 2 de los siguientes 4 síntomas:

  1. Participación en rituales de consumo: comportamientos consumistas acompañados de malestar consciente, culpa y racionalización defensiva.
  2. Sumisión laboral con resistencia interna: cumplimiento de exigencias laborales experimentado como violencia autoinfligida. Pensamientos recurrentes de “me estoy prostituyendo” o “estoy vendiendo mi alma” durante la jornada laboral.
  3. Activismo compensatorio esporádico: episodios intermitentes de actividad política o social como intento de aliviar la culpa sistémica, frecuentemente seguidos de desánimo y retorno al conformismo forzado. “La revolución siempre está por venir”.
  4. Autoboicotaje inconsciente: tendencia a sabotear el propio “éxito” dentro del sistema debido a la disonancia moral que genera prosperar.

D. Criterios temporales y contextuales

Los síntomas de los criterios A, B y C deben estar presentes durante al menos 6 meses consecutivos.

Inicio típico: frecuentemente coincidente con:

  • Primera exposición prolongada al mundo laboral formal.
  • Obtención de educación crítica (estudios en humanidades, filosofía, arte).
  • Experiencias de injusticia social directa o indirecta.
  • Contacto con movimientos de resistencia social.

Los síntomas deben causar deterioro significativo en:

  • Capacidad para disfrutar logros personales dentro del sistema.
  • Relaciones familiares (especialmente con normópatas).
  • Rendimiento laboral por conflictos éticos.
  • Capacidad para tomar decisiones vitales importantes.

E. Criterios de exclusión

Los síntomas no se explican mejor por:

  • Normopatía (F69.420): A diferencia del normópata que “goza perversamente del sistema capitalista”, el normótico “mantiene su diferencia con respecto al sistema” y “sufre las más dolorosas lesiones en su esfera subjetiva”.9
  • Depresión Mayor: Aunque puede haber síntomas depresivos, estos están específicamente relacionados con la conciencia de enajenación sistémica, no con una alteración del estado de ánimo generalizada.

Especificadores

F69.425.1 Normosis leve (Tipo “Activista de fin de semana”):

Malestar consciente pero manejable.

Capacidad para compartimentalizar la contradicción.

Activismo esporádico como válvula de escape.

Insight parcial con esperanza residual.

F69.425.2 Normosis moderada (Tipo “Hamlet capitalista”):

Parálisis decisional crónica por dilemas éticos.

Sufrimiento consciente significativo.

Alternancia entre conformismo y resistencia.

“Ser o no ser (cómplice)” como conflicto existencial permanente.

F69.425.3 Normosis grave (Tipo “Mártir sistémico”):

Sufrimiento existencial incapacitante.

Identificación total con el rol de víctima consciente del sistema.

Incapacidad para funcionar adaptativamente.

Riesgo de ruptura psicótica por sobrecarga de contradicción.

Especificadores de características:

F69.425.4 Con características melancólicas: nostalgia persistente por una autenticidad perdida que “existía antes de venderse al sistema”.

F69.425.5 Con características masoquistas: goce inconsciente del sufrimiento derivado de la propia contradicción sistémica.

F69.425.6 Con características paranoides: hipervigilancia ante las propias concesiones al sistema, experimentadas como “traición a los principios”.

Códigos relacionados

F69.420 Normopatía (Trastorno de Hiperconformidad Sistémica Adaptativa)

F69.427 Síndrome de Resistencia Antisocial Reactiva

F69.428 Trastorno de Culpa del Superviviente Sistémico


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Anonymous. Imagen de TheDigitalArtist. Dominio público. Recuperada de Pixabay.

La escena se ha vuelto un clásico del cine: un grupo de hombres enmascarados comete un acto subversivo para terminar de liberarse del consumismo. La primera misión es derribar una enorme esfera de cobre en una fuente para hacerla rodar contra una cafetería pretenciosa en una zona exclusiva de los adinerados sin criterio. 

El plan llega a buen puerto. Los explosivos funcionan, la  escultura derriba lo que encuentra a su paso, y las balas de la policía alcanzan a Bob Paulson1. Excepto que esta última parte nunca debió suceder. En realidad, la muerte del ex campeón fisicoculturista fue un terrible daño colateral del proyecto Mayhem. 

Cuando los chicos regresan a la base de operaciones, explican lo ocurrido al fundador del club al que pertenecen, cuya máxima regla prohíbe nombrarlo. Tras escuchar la historia, el líder recrimina la imprudencia, los reprende por ir por ahí con explosivos y la forma en que demuestran su descontento por los problemas de la sociedad.

El regaño encauza algunas preguntas, la de mayor importancia es si existe una forma correcta de protestar, o hacer activismo. Una aproximación a las respuestas podrían ser los acontecimientos que Julian Assange2 protagonizó al filtrar información confidencial del gobierno estadounidense y los ciberataques que Anonymous realizó en su defensa.

Wikileaks desata el terror de la información filtrada 

El golpe de Wikileaks, la organización liderada por Assange, contra el ejército sucedió desde abril de 2010. Collateral Murder3 fue un video filtrado que muestra el ataque aéreo realizado desde un helicóptero Apache estadounidense en Bagdad en 2007. En las imágenes, se observa cómo los militares diezmaron a un grupo de civiles en el que había periodistas de Reuters.

Wikileaks reveló la brutalidad de las operaciones militares y generó un debate global sobre las reglas de enfrentamiento y la transparencia en los conflictos armados. Poco después, la organización elaboró en su sitio un compilado de 90 mil archivos disponibles para el público titulado “War diaries4 sobre la guerra en Afganistán e Irak, en el que se puede consultar una fecha en específico.  

El gobierno estadounidense aseguró que la publicación ponía en peligro la seguridad nacional y las tropas en el terreno. Reuters demandó a la milicia estadounidense sin éxito. En la corte aseguraron que seguían el protocolo legal de las guerras. 

Meses más tarde, en noviembre de 2010, WikiLeaks comenzó a publicar más de 250 mil cables diplomáticos clasificados del Departamento de Estado de EE.UU. Estos documentos revelaron que el gobierno estadounidense había ordenado a sus diplomáticos espiar a altos funcionarios de las Naciones Unidas, en especial, al entonces secretario general Ban Ki-moon5.

Algunos cables describían a líderes mundiales con términos poco diplomáticos. Por ejemplo, Angela Merkel fue descrita como alguien que “evita riesgos y no es creativa”, mientras que Nicolás Sarkozy fue calificado como “impulsivo y autoritario”. El descubrimiento cambió la percepción pública sobre la diplomacia internacional y expuso las tensiones entre países. Algunos cables mostraron cómo EE.UU. presionaba a gobiernos extranjeros para proteger sus intereses.

La siguiente filtración fue Global Intelligence Files6, publicada el 27 de febrero de 2012. Consistió en la divulgación de más de 5 millones de correos electrónicos internos de la empresa privada de inteligencia Stratfor (Strategic Forecasting Inc.), una firma con sede en Texas que se especializa en análisis geopolítico y servicios de inteligencia para grandes corporaciones y agencias gubernamentales.

Los correos abarcan el período entre julio de 2004 y diciembre de 2011. Incluyen información sobre las operaciones internas de Stratfor, sus métodos de recopilación de inteligencia, redes de informantes y relaciones con clientes como Dow Chemical, Lockheed Martin, Raytheon y agencias gubernamentales como el Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU.

La organización exhibió prácticas cuestionables, como el espionaje a activistas relacionados con el desastre de Bhopal en India, llevado a cabo por Stratfor a petición de Dow Chemical. Un correo interno describía a Stratfor como una empresa que “finge ser una editorial de inteligencia, pero en realidad proporciona servicios confidenciales a grandes corporaciones y agencias gubernamentales”.

La filtración expuso cómo Stratfor operaba como una especie de “inteligencia privada”, utilizando métodos que incluían pagos a informantes y recopilación de datos sensibles. También reveló la relación entre Stratfor y gobiernos, mostrando cómo la empresa influía en decisiones políticas y económicas.

Pasarían cinco años para que el siguiente golpe llegara bajo el nombre Vault 77, cuya primera parte se tituló Year Zero. Esta serie de documentos, publicados el 7 de marzo de 2017 incluyó 8 mil 761 documentos y archivos provenientes de una red de alta seguridad del Centro de Ciberinteligencia de la CIA en Langley, Virginia.

Los documentos detallan herramientas de hackeo como malware, virus, troyanos y exploits de día cero, diseñados para atacar dispositivos como smartphones8(iOS y Android), televisores inteligentes Samsung y sistemas operativos como Windows, macOS y Linux. Se reveló que la CIA podía utilizar televisores Samsung en modo “fake-off” (aparentemente apagados) para grabar conversaciones y enviarlas a la agencia.

Según los documentos, la CIA tenía una división dedicada a hackear dispositivos Apple, superando los sistemas de cifrado de aplicaciones como WhatsApp y Signal al comprometer directamente los dispositivos.

Los frutos del hacktivismo en Wikileaks se reflejaban en el periodismo cada vez más libre, la cobertura de la información que sus países consideraban sensible se olvidaba de la censura. Los lectores tenían canales de comunicación menos controlados por el gobierno para cuestionar las decisiones de sus mandatarios. 

Similar a la escultura que derribaron los ejecutores del proyecto Mayhem, los resultados del hacktivismo iban de maravilla hasta que llegó el momento de enfrentarse a las autoridades. Los resultados de la confrontación también tendrían daños colaterales y se haría cuestionable la actuación de los involucrados.

El incidente ocurrió cuando las instituciones financieras demostraron el descontento que sentían por las filtraciones desde 2010. En un intento desesperado por limitar las acciones de la organización impusieron restricciones para los donativos que recibían.

El castigo económico a Wikileaks y la “Operación Payback”

Empresas como Visa, MasterCard, PayPal y PostFinance bloquearon las donaciones9 a WikiLeaks. Argumentaron que la organización estaba involucrada en actividades ilegales. Por supuesto que las medidas financieras provocaron una paralización en las operaciones de hackeo e investigación.

En respuesta, Anonymous, un colectivo descentralizado de hacktivistas, lanzó una serie de ataques cibernéticos bajo el nombre de “Operation Payback10, en septiembre de 2010. Su objetivo era defender la libertad de expresión y protestar contra lo que consideraban una censura injusta.

Anonymous utilizó ataques de denegación de servicio (DDoS) para saturar los servidores de Visa, MasterCard y PayPal. Lograron asestar una caída temporal de sus sitios web  mientras afectaba a PostFinance, el banco suizo que cerró la cuenta de Assange.

Respecto a la logística de la operación, se teoriza que fue a través de foros y canales de IRC (Internet Relay Chat). Anonymous utilizó herramientas como LOIC 11(Low Orbit Ion Cannon), que permitía a los usuarios a participar en los ataques de manera sencilla. Esta coordinación también facilitó afectar sitios web gubernamentales y páginas de funcionarios detractores de WikiLeaks, entre ellos, el sitio web del senador estadounidense Joe Lieberman12, quien pidió sanciones contra WikiLeaks.

El matiz político de los ciberataques se originó desde que  Estados Unidos y otros gobiernos presionaron a empresas y aliados para tomar medidas contra WikiLeaks y Assange. Lo anterior fue visto como una persecución política desde la perspectiva de Anonymous.

La muestra de apoyo a Assange tuvo sus defensores y detractores, quienes se embarcaron en un amplio debate sobre los límites del hacktivismo. Aunque lograron llamar la atención sobre la situación de Assange y WikiLeaks, también enfrentaron críticas por afectar a usuarios comunes y por el daño colateral causado.

Quienes se opusieron al actuar de los hackers, sostenían que se habían olvidado del hacktivismo13, que en su esencia, busca promover la justicia social, la transparencia y la libertad de información mediante métodos que no causen daño colateral significativo.

La idea de un hacktivismo tradicional se oponía con las interrupciones masivas de la “Operación Payback”. Los DDoS afectaron a servicios esenciales y perjudicaron a los usuarios comunes. Las repercusiones de los ciberataques tampoco fomentaron diálogos sobre la libertad de expresión14.

En entrevistas, Assange15ha reconocido el apoyo de Anonymous, pero ha enfatizado la importancia de mantener un enfoque ético y estratégico en la lucha por la transparencia y la justicia. Incluso algunos miembros de Anonymous han reflexionado sobre cómo estas acciones pudieron haber dañado la percepción pública del movimiento hacktivista16.

Las formas cuestionables de protestar 

La controversia de la “Operación Payback” estuvo acompañada con una serie de acusaciones legales contra Assange. En agosto de 2010, dos mujeres en Suecia acusaron al hacktivisa de violación y abuso sexual17. Él negó las acusaciones, pero el gobierno sueco emitió una orden de arresto internacional. 

En 2012, tras perder una apelación contra su extradición a Suecia, Assange buscó asilo en la embajada de Ecuador18 en Londres, donde permaneció durante siete años. En 2019, Suecia cerró la investigación19 debido a la falta de pruebas suficientes tras el paso del tiempo.

Aunque parecía que el hacker viviría lejos de las prisiones, en abril de 2019, Ecuador revocó el asilo de Assange, permitiendo que la policía británica lo arrestara20por violar las condiciones de su libertad bajo fianza en 2012. Fue trasladado a la prisión de alta seguridad de Belmarsh en Londres.

La peor parte para el fundador de Wikileaks fue plantar cara ante el gobierno de Estados Unidos, que presentó 18 cargos contra él21. Entre los más destacados fueron la conspiración para hackear sistemas gubernamentales y violaciones de la Ley de Espionaje. Estos cargos están relacionados con la publicación de documentos clasificados proporcionados por Chelsea Manning22, mujer trans y exmilitar que ayudó al golpe de 2010 contra la milicia estadounidense.

En 2021, un tribunal británico bloqueó inicialmente la extradición debido a preocupaciones sobre la salud mental de Assange y el riesgo de suicidio en una prisión estadounidense. Sin embargo, en 2022, un tribunal superior aprobó la extradición, lo que intensificó las críticas de grupos de derechos humanos23.

Cuando la esperanza de libertad para el activista se había desvanecido, en junio de 2024, llegó a un acuerdo24 con el gobierno de Estados Unidos. Aceptó declararse culpable de un cargo menor de conspiración para obtener y divulgar información clasificada. 

Esto resultó en su liberación tras haber cumplido tiempo suficiente en prisión. Assange vive en Australia con su familia, pero las críticas lo persiguen. La medidas de seguridad a sus fuentes fueron deficientes, como lo sucedido a Chelsea Manning, quien terminó en prisión por un tiempo debido a su colaboración con Wikileaks. 

Assange también ha sido acusado de influir en procesos políticos, como las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016. WikiLeaks publicó correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata25, lo que algunos consideran una intervención que favoreció a Donald Trump26. Esto ha llevado a cuestionar su imparcialidad y motivaciones políticas.

Por otra parte, las acusaciones de violación y abuso sexual también cobraron factura. Aunque Assange niega las acusaciones y las considera políticamente motivadas, sus detractores argumentan que estas acusaciones deben ser tratadas con seriedad y no desestimadas como parte de una conspiración27.

La historia de Wikileaks y Assange, con su logros en el acceso a la información y sus daños colaterales, exponen el complicado efecto que puede alcanzar una acto de protesta entre las personas que se encuentran a la mitad del fuego cruzado de gobiernos y activistas. 

Cada operación tiene sus pérdidas, para los autores del proyecto Mayhem en el filme de 1999, fue la muerte de Bob Paulson. En el caso de Wikileaks, fueron los detractores de Assange, quienes lo criticaban por sus condenables polémicas de abuso, falta de protección a sus fuentes y el penoso incidente con Trump. Para Anonymous, el daño más grave fue cargar con el peso de contravenir los principios del hacktivismo. 

Cualquier movimiento agitador es peligroso, ya sea con dinamita en mano o la filtración de documentos gubernamentales clasificados, las pérdidas serán parte de un proceso hacia el cambio que persiguen tanto las organizaciones como Wikileaks como la gente que diario está a merced de la decisiones injustas de los gobiernos. 

Si bien los daños colaterales podrían mantenerse al mínimo y la congruencia entre ideales humanistas y las acciones debería ser fundamental, es inevitable que las protestas provoquen molestia. Si existiera una forma correcta de hacerlas, se terminaría con su naturaleza subversiva. El resultado: sería una versión mutilada, hecha para complacer a las esferas políticas. Para el poder que establece qué es verdadero e impone un tipo de orden a la sociedad, la única forma correcta de protestar es la que le resulte cómoda. 

Fuentes y referencias:

  1. Fight Club, David Fincher. Muerte de Bob: https://www.youtube.com/watch?v=LRVHNfXz-nI
  2. Quién es Julian Assange, qué secretos reveló y de qué lo acusaban | BBC Mundo: https://www.youtube.com/watch?v=NCGZvJnpgJU
  3. WikiLeaks video: ‘Collateral murder’ in Iraq: https://www.youtube.com/watch?v=zYTxuW2vmzk
  4. War Diaries: https://wardiaries.wikileaks.org/
  5. Wikileaks celebra 10 años: https://www.dw.com/en/wikileaks-cablegate-10-years-on-unvarnished-look-at-us-foreign-policy/a-55755239
  6. The Global Intelligence Files: https://search.wikileaks.org/gifiles/?rl
  7. WikiLeaks publica documentos que revelan cómo la CIA interviene teléfonos y computadoras: https://www.nytimes.com/es/2017/03/07/espanol/wikileaks-publica-documentos-que-revelan-como-la-cia-interviene-telefonos-y-computadoras.html
  8. 10 cosas que necesitas saber sobre la revelación sobre la CIA de Wikileaks: https://thehackernews.com/2017/03/wikileaks-cia-vault7-leak.html
  9. WikiLeaks: ataque de hackers afecta pagos de Mastercard https://www.bbc.com/mundo/noticias/2010/12/101208_wikileaks_mastercard_pagos_ataque_hackers_rg
  10. El ataque de Anonymous contra PayPal le costó 3.5 millones de Libras: https://www.theguardian.com/technology/2012/nov/22/anonymous-cyber-attacks-paypal-court
  11. Anonymous Ddos Activity: https://www.cisa.gov/news-events/alerts/2012/01/24/anonymous-ddos-activity
  12. Anonymous admite que los ataques en nombre de Wikileaks, son una protesta simbólica: https://www.cert.org.mx/historico/noticias/index.html-noti=4228
  13. Una breve historia sobre hacktivismo y qué podemos aprender: https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-030-55841-3_4
  14. Entrevista con Julian Assange sobre Trump: https://www.youtube.com/watch?v=SpXbgx4hnlc
  15. Julian Assange y Wikileaks en 60 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=cZbuo6ajU2M
  16. Entrevista extendida con Julián Assange: https://www.youtube.com/watch?v=BplfViSKd6Y&t=1s
  17. Retiran la investigación por violencia sexual en el caso Assange en Suecia: https://www.aljazeera.com/news/2019/11/19/julian-assange-rape-investigation-dropped-in-sweden
  18. El gobierno de Ecuador concede asilo político a Julian Assange, fundador de Wikileaks: https://www.cndh.org.mx/noticia/el-gobierno-de-ecuador-concede-asilo-politico-julian-assange-fundador-de-wikileaks
  19. Suecia archivó la investigación preliminar por violación contra Julian Assange: https://www.france24.com/es/20191119-suecia-archiva-investigaci%C3%B3n-violaci%C3%B3n-assange
  20. Julian Assange: arrestan al fundador de WikiLeaks en la embajada de Ecuador en Reino Unido: https://www.bbc.com/mundo/47895142
  21. EEUU presenta 18 nuevos cargos contra Assange, entre ellos uno por espionaje: https://www.elmundo.es/internacional/2019/05/23/5ce7057bfdddff326e8b466d.html
  22. Julian Assange: por qué Chelsea Manning, la confidente de WikiLeaks, está en prisión pese a haber sido indultada por Obama: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-47904043
  23. USA v. Assange: https://globalfreedomofexpression.columbia.edu/cases/the-government-of-us-of-america-v-assange/
  24. En qué consiste el acuerdo al que llegó Julian Assange con el gobierno de EE.UU. por el que recuperó la libertad: https://www.bbc.com/mundo/articles/cv22g41znd3o
  25. DNC E-mails: https://wikileaks.org/dnc-emails/
  26. ASSANGE: Lo que TRUMP decía de WIKILEAKS y lo que dice ahora: https://www.youtube.com/watch?v=IhS2FReLAqM
  27. “Los derechos de Assange son violados sistemáticamente”: https://www.dw.com/es/nils-melzer-relator-sobre-la-tortura-de-la-onu-los-derechos-de-julian-assange-son-violados-sistem%C3%A1ticamente/a-56128509


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Fotograma de "Fitzcarraldo". Werner Herzog, 1982.
Fotograma de “Fitzcarraldo”. Werner Herzog, 1982.

Aterrizaron en el aeropuerto de Iquitos un mediodía de diciembre que sintieron extremadamente caluroso, sobre todo porque el aeropuerto era pequeño y tuvieron que caminar del avión al andén. Luego de recoger sus maletas en la banda, notaron que los guías ya los esperaban atentos y serviciales con uniformes y tags con los logos de la compañía para enlazarlos en sus maletas. Una vez que cada quien tuvo en sus manos su equipaje etiquetado, los guías acompañaron al grupo, todavía difuso –no se reconocían aún entre ellos–, a unas camionetas negras, tres en total, también con el logo de la compañía. Después de recorrer un trayecto de treinta y cinco minutos, llegaron al centro de Iquitos donde todos, incluyendo los guías, comieron en La casa de hierro. El restaurante estaba a una cuadra de la plaza principal, y era notable por estar alojado en un edificio construido en el siglo XIX por Gustave Eiffel. Según el sitio web del restaurante, la casa había sido construida y desensamblada en Bruselas para luego ser transportada en barco hasta el Amazonas peruano. Extravagancias o despliegues civilizatorios así no eran raros en el Perú. Está también el Yavarí, el barco de hierro construido en Inglaterra en 1862 que se transportó desarmado hasta Puno y que todavía flota sin propósito visible en el lago Titicaca. La casa de hierro fue concebida en ese metal con techos de zinc para resistir al clima. Sin embargo, la estructura no resultó ser lo ideal para el calor húmedo de la selva tropical, y a pesar de la más de una docena de ventiladores girando en sus techos, los comensales sintieron que el calor ahí dentro era menos tolerable que afuera. 

Después de degustar un menú en tres tiempos que incluía opciones veganas y gluten free, los guías les dieron a los turistas un paseo por Iquitos en las camionetas. Llegaron hasta el moderno Puente Nanay que se había terminado de construir a finales de la pandemia. Esta obra maestra de ingeniería (como La casa de hierro de un siglo antes), conectó a Iquitos cruzando el río con San Antonio del Estrecho en la frontera con Colombia. Los turistas se bajaron en el poco transitado puente a tomar fotos, y después de unos diez minutos, los guías los invitaron a volverse a subir para conducirlos a la Terminal Fluvial. Ahí ya los esperaban las lanchas que los llevarían a su Molly-Aida. 

Los quince viajeros se embarcaron rápido y emocionados. Gabriel fue el último en subirse, porque el joven había descubierto los murales de la entrada de la Terminal y no podía dejar de mirarlos. Las imágenes conmemoran ambiguamente el cuadringentésimo octogésimo aniversario del descubrimiento del Amazonas y combinan etnografía de la Amazonía con misticismo selvático. En el primer muro, Gabriel vio a Francisco de Orellana con un bergantín a modo de sombrero y, frente a él, creaturas místicas cuya simbología evadió al joven: un colibrí, una serpiente, una mano sosteniendo un tipo de diamante girando, un monje sosteniendo un cazo humeante. En otro de los muros, está representada una familia de indígenas con vestimenta contemporánea, con una anaconda a sus pies y el río de trasfondo, con una barca llevando a bordo una iglesia. En un tercer muro, Gabriel reconoció a españoles navegando hacia la orilla del Amazonas acompañados por esclavos e indígenas; en tierra firme ya los esperan los pueblos amazónicos armados, listos para resistir. La parte de más sensibilidad amazónica de la composición está pintada en tonos verdes y rosados; las plantas de la selva brillan fluorescentes, como visiones de lo que Gabriel se imaginaba que genera la ingesta de ayahuasca. El muchacho se fijó que los murales estaban firmados por “Iker, Nebur, Candiño”, y supuso que se trataba de artistas amazónicos. De todo el conjunto, una figura en particular le llamó mucho la atención: en la parte central de la composición del tercer muro, Gabriel descubrió un indígena con un tocado de flores rojas y amarillas y un manto rojo cubriéndole la cadera. Se quedó observando largamente la figura hasta que sintió que le devolvió la mirada durante una fracción de segundo; se le aceleró el corazón. Por fin oyó el llamado de Rosario que ya se había cansado de gritarle y se apresuró a embarcar.

El Molly-Aida esperaba a sus viajeros junto con los miembros de la tripulación alineados e impecables en la popa, sonriendo a los viajeros. Ya estaba todo listo para partir. Si bien el barco tenía capacidad para treinta viajeros, sólo iba a la mitad de su capacidad. Con ellos viajarían seis guías bilingües formados en primeros auxilios y bien sazonados en introducir a extranjeros a la selva, dos capitanes con conocimientos técnicos en caso de improbables fallas mecánicas del barco, un administrador, un chef con cuatro cocineros y un pastelero, además de cuatro señoras encargadas de hacer la limpieza. Para asegurar la experiencia de lujo del viaje, la compañía optaba siempre por contratar para cada viaje más empleados que los turistas. 

El barco de cuatro pisos tenía camarotes como suites en el primer piso. El comedor se encontraba en la popa del segundo piso y en el tercero, había una sala de juegos, bar y jacuzzi al aire libre. Lo más importante era que por la nave circulara constantemente aire acondicionado. Pocos extranjeros toleraban la fuerte humedad de la selva, y la empresa se había dado a la ardua tarea de comisionar a los fabricantes del Molly-Aida una perfecta burbuja modernista con instalaciones de primera en la que se respirara aire seco a una temperatura constante de 20 grados. El barco llevaba, además, seis lanchas en las cuales los viajeros harían paseos de un promedio de seis horas durante los cuatro días del viaje, conociendo la flora, fauna y algunos habitantes locales y sus comunidades. 

Los viajeros estaban citados para cenar una hora y media más tarde. Gabriel y Rosario estaban alojados en un camarote de ocupación doble al fondo del primer piso. Ahí ya los esperaban unas trufas de cacao amazónico espolvoreadas con polvo de hibiscus, botellas de agua mineral y rebanadas frescas de maracuyá, cortesía de la compañía. Gabriel, emocionado e impaciente, aventó su maleta sobre la cama y corrió a recorrer al barco de proa a popa y sus tres pisos. No encontró la manera de acceder al piso -1, que estaba reservado para la tripulación. Acudió a presentarse con el capitán.

Tenía muchísima ilusión de hacer este viaje, desde pequeño soñaba con el río y su selva, leía sobre su flora y fauna, conocía la importancia del Amazonas como la aorta del planeta. A la hora de planear el viaje, había urdido un plan secreto para manifestar de alguna manera la unión de las luchas de los pueblos amazónicos con la del pueblo palestino. En ese momento, los palestinos de la Franja de Gaza llevaban varios meses asediados por Israel. Después de un ataque contra ciudadanos israelíes sin precedentes por parte de los milicianos de Hamas, Israel se había ensañado contra los gazatíes a una escala sin precedentes e inimaginable para muchos. Gabriel no estaba seguro de cómo expresaría la unión de la lucha Palestina-Amazonía, pero entre sus cosas, llevaba una kufiya y otras parafernalias palestinas que se había comprado en la última marcha a la que había asistido en la Ciudad de México. Estaba muy consciente de que el Amazonas está atrapado en una espiral de muerte que podría terminar en su transformación en una sabana sin árboles. A Gabriel le daba vértigo pensar que, si el Amazonas perdiera para siempre su vegetación, sería un tipo de Nakba, porque las víctimas – unas 40 millones de personas – vivirían una vez más el fin de sus mundos. Pueblos originarios, sus descendientes y los afrodescendientes, son vulnerables a incendios que pueden transformar todo su ecosistema en cenizas, de igual manera en que el bombardeo de Israel contra Gaza está también reduciéndolo todo a cenizas. Gabriel llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de que el presente está hecho de dos emergencias: una planteada por el supremacismo blanco y su imperialismo neofascista entrecruzada con la de la emergencia climática. Todavía no había expresado estas ideas a su mamá porque temía preocuparla.

Rosario, a su vez, se sentía satisfecha de poder ofrecerle a Gabriel ese viaje que tanta ilusión le hacía. Ella también estaba encantada, y los intercambios con Gabriel de sus primeras impresiones del barco estaban impregnados de referencias compartidas a Werner Herzog, Horacio de Quiroga, César Calvo, Ciro Guerra, Mario Vargas Llosa y los reportajes de Eliane Brum. 

“Nuestro Molly-Aida es mucho más pequeño que el de Fitzcarraldo”.

O, 

“¿Te fijaste que las casas de pilotes debajo del puente moderno que eran la forma principal de vivienda en el Iquitos de Fitzcarraldo parecen estar ya la mayoría en ruinas? ¿Seguirán habitadas?” 

Durante la comida en La casa de hierro, Gabriel le había leído a su mamá pausadamente las cinco primeras páginas de Las tres mitades de Ino Moxo donde César Calvo nombra plantas y animales del Amazonas. Sin decirle nada a su mamá, Gabriel hizo lentamente la lectura con la conciencia de nombrar para honrar las ausencias, ya que la lista de César Calvo era de los ochenta y, en casi cincuenta años, la biodiversidad había mermado considerablemente. Eso también preocupaba mucho a Gabriel.

Durante la primera cena a bordo, Rosario tuvo la oportunidad de fijarse en cómo estaba conformado el grupo de viajeros. En la esquina derecha del fondo, llegó a sentarse una típica familia de americanos –de Grand Rapids Michigan, le anunciarían más tarde— con tres hijos adolescentes un poco más grandes que Gabriel, quien celebraría su cumpleaños número dieciséis durante el viaje. En la mesa de al lado de los gringos y atrás de Rosario y Gabriel, se extendía una ruidosa familia conformada por Lily, la matriarca de unos ochenta años. Por el tipo de interacciones que llegó a tener con ella durante la travesía, Rosario llegó a suponer que padecía Alzheimer. Eran vecinas de camarote y cada vez que se encontraban en los pasillos, Lily la abrazaba cariñosa, le ponía la mano sobre la mejilla y la llamaba “Raquel” y le preguntaba por su Nichi. Rosario nunca la corrigió. A pesar de su enfermedad, Lily aparecía siempre impecablemente vestida, peinada y maquillada, bellísima y arreglada a la moda juvenil de un par de décadas atrás. Con ella iban sus dos hijos: Moisés, un artista visual que viajaba con su esposa, la guapa actriz Ilse Cosío –Rosario la había reconocido por las películas independientes que había protagonizado – y su hijo de ocho años Pascual. Los acompañaban la hermana de Moisés, Nathalie, con su esposo israelí Boaz, y sus dos hijas de nueve y cuatro años, Galit y Alma. El grupo se completaba con la familia conformada por Karen, Daniel y su hijo Alberto que estudiaba economía en una universidad privada en la Ciudad de México.

Durante la primera cena, Rosario no pudo dejar de observar a las cuatro atractivas mujeres del grupo y hacer notas mentales sobre su apariencia. Ya que Gabriel estaba absorto devorando Ino Moxo mientras comía lentamente los platos que le iba trayendo el mesero, Rosario aprovechó para ensimismarse en sus reflexiones. Mientras que Karen lucía ropa deportiva ceñida, exhibía una esbelta silueta, un bronceado de quien vive permanentemente de vacaciones; pestañas infinitas, labios carnosos y pómulos angulosos. Rosario no lo sabría, pero Karen también se había hecho un aumento de pecho y rinoplastia. Aunque no eran familia, Rosario veía un parecido interesante entre Karen y Nathalie: ambas tenían los labios gordos y los pómulos prominentes, el reborde mandibular muy bien definido. Notó que la figura de Nathalie no era muy esbelta y vestía con ropa holgada y crocs –su hija más joven tenía cuatro años- y Rosario pensó que una se tarda en recuperar la figura y al yo. Cada vez que la veía sonreír, a Nathalie le fruncía la respingada nariz, creando unos pequeños pliegues cerca de los ojos. A Rosario le intrigó que la frente de ambas mujeres no tuviera movilidad y que sus rostros carecieran de líneas de expresión. 

Al estarlas observando, no pudo evitar sentir una conciencia poco usual para ella de su propio cuerpo. Se dedicaba a la academia y la preocupación por la apariencia física le parecía una nimiedad. Sin embargo, al mirar a estas mujeres y encontrarse fascinada, se sintió hinchada, arrugada, con el rostro cansado, el cuerpo adolorido. No lo sabía, pero, por su edad, sus niveles de colágeno habían comenzado a disminuir haciendo que se hiciera flácida y se descolgara su piel, dándole la apariencia de estar crónicamente cansada o triste. La falta de colágeno también le causaba dolor de cuerpo, una sensación de artritis que no se le quitaba con aspirinas.

Rosario siguió comiendo y observando a las mujeres con toda la discreción de la que era capaz. Le pareció que Ilse, la más joven, aparentaba una naturalidad anómala. Notaba que su rostro exhibía tratamientos y cierta homogeneidad en su rostro, como si ya la hubiera conocido antes. Algo que no podía poner en palabras. Su aspecto era fantástico, tenía muy buena cara, se le veía cuidada y saludable. Rosario tampoco lo sabría, pero Ilse había comenzado a hacerse tratamientos de belleza desde sus veintipocos y con un enfoque preventivo. Esperaba no perder naturalidad en su apariencia y frenar los signos futuros de cansancio y flacidez. Para no cambiar su expresión, desde hace años se dejaba inyectar regularmente estimuladores de colágeno y aplicar técnicas sutiles de armonización facial. 

Rosario dedujo que Lily se había hecho procedimientos estando en sus cuarentas, unos treinta y algo años atrás, y supuso que la medicina estética de entonces se enfocaba en reponer volumen y rellenar arrugas de manera directa y sin haber tomado en cuenta la estructura del rostro. Aunque Lily le pareció muy atractiva, con unos ojos enormes y azules, su rostro no se veía muy natural porque sus facciones se veían alteradas. 

Cuando llegó el plato principal a sus mesas, Ilse descubrió a Rosario observando con detenimiento a Karen. La interpeló y le recomendó hacerse tratamientos para estimular el colágeno y frenar el envejecimiento. Le sugirió la radiofrecuencia Thermage, el láser fraccional o microneedling, también que pidiera que la infiltraran con bioestimuladores y ácido poliláctico. “No quieres quedar con Instagram Face como mi cuñada. Háblale a mi doctora, vas a quedar di-vi-na”, le dijo con discreción y complicidad. Mientras continuó con una micro disertación sobre los trends en cirugía estética, tomó su celular, lo puso frente al suyo para atrapar su contacto y en dos segundos le mandó los datos de su esteticista. “Búscala de mi parte, Ilse Cosío”. Rosario le sonrió con una amabilidad pudorosa y pensó en la paradoja de una belleza con el sospechoso referente del canon caucásico como horizonte normativo. Y la diferenciación estética como perteneciendo al mismo régimen de significado que las bolsas y zapatos de diseñador (pero más, las bolsas): como signo de pertenencia a cierta clase social y tribu.

Al terminar la cena, aparecieron los dos capitanes para darles la bienvenida a sus huéspedes. Les leyeron las reglas del barco, les anunciaron que al día siguiente amanecerían en la Reserva comunal de Ayacucho, les describieron el itinerario y los invitaron a subir a la sala de juegos-bar de cubierta para pasar el resto de la velada. Luego les presentaron al chef, Nampa, quien les expresó que era un placer cocinar para sus invitados. Nampa venía de una tribu waorani de la amazonía ecuatoriana, de la legendaria tribu que fue la última en haber sido contactada por la cultura occidental. Había trabajado unos años en un restaurante de cinco estrellas Michelin en Francia, y estaba ahorrando para abrir su propio restaurante en el Perú.

Una vez que los invitados agradecieron y aplaudieron los maravillosos platillos de Nampa, los capitanes les advirtieron que tenían que estar listos a las cinco a.m. del día siguiente vestidos con pantalón y manga larga, botas de trekking, gorras, mucho bloqueador y repelente de insectos, y llevando los termos que les regalaba la compañía llenos de agua. Harían su primera excursión en las lanchas para mirar la fauna y, si tenían suerte, pescar pirañas. 

El primer día, Gabriel y su mamá estuvieron felices. Les tocó compartir guía y lancha con Karen, Daniel y Alberto. Daniel les contó que tenía un próspero negocio de textiles quirúrgicos desechables. Gabriel susurró discretamente a su mamá que seguramente se había llenado los bolsillos en la pandemia. Durante el paseo vieron a seis osos perezosos colgados de los árboles. Se acercaron a la orilla de un poblado pequeño, en realidad un conjunto de casas, donde un niño les mostró una anaconda bebé. Luego de que los turistas tomaron fotografías del niño y la serpiente, Juan le dio una propina al chico y siguieron su camino. Vieron monos araña, aves, más perezosos. Entre todos, lograron atrapar once pirañas pequeñas y las regresaron enseguida al río. Durante el paseo, Juan les contaba acerca de las costumbres de los animales, datos sobre las comunidades que habitaban la zona, les daba información sobre los productos que se cultivaban o cosechaban allí, como la yuca y el camucamu. También les contó de un triste caso reciente que ejemplifica cómo entre las tribus siguen vivas las supersticiones. Resulta que un habitante de un pueblo por el que pasarían al día siguiente había perdido a su madre por una tuberculosis. Entonces, acudió al curandero para preguntarle quién lo había matado y le respondió que había sido una obra maligna de su sobrino, el hijo de su hermano de once años. Furioso, el hombre le pidió a su sobrino que lo acompañara a sepultar a su abuela paterna. Encontraron  un lugar en un cementerio improvisado a la orilla de su pueblo, y se pusieron a cavar. Después de depositar los restos de la anciana, el hombre ató de pies y manos al niño y lo puso dentro de una bolsa negra de rafia. Lo sepultó vivo porque estaba convencido de que el niño había matado a su abuela. Al no aparecer el niño, y por las explicaciones confusas que el hombre dio en casa, sus familiares decidieron buscar  al niño y lo encontraron enterrado semivivo. Los viajeros se sorprendieron, indignaron y entristecieron con la historia. El guía cambió de tema y les contó del aocaro, el ave del Amazonas que pone varios nidos por cría. De sus huevos, sale una larva de la cual se alimentan los abejorros. A Gabriel ya le había empezado a interesar la simbiosis como fenómeno que explica la interdependencia planetaria, y tomó nota sobre el aocaro en su celular para buscar después más información en internet. 

Rosario alternaba admirar el paisaje con espiarlo a través de la pantalla de Daniel, quien iba sentado delante de ella. Tenía la sensación de ver el paisaje más nítido y mejor iluminado en la pantalla del iPhone de su vecino que con sus propios ojos. “¿Serán mis ojos o es que el celular mejora la imagen? ¿Qué la pantalla es superior a mis ojos y mi miopía me impide ver la total nitidez y perfecta iluminación del paisaje?”, pensó.

Cuando Gabriel oyó la descripción del guía sobre la vida y costumbre de los perezosos, pensó que los humanos contemporáneos vivimos igual que los perezosos. Estos animales siempre están intoxicados por la hoja del manglar rojo de la que se alimentan y que les hace efecto como si fuera Valium. Es así que pasan todo el día atontados en la copa de su árbol favorito. Gabriel anotó en su celular: “Humanos = perezosos: Intoxicados de azúcar, videojuegos, Rivotril, Tafil, sedentarios y desconectados del entorno y de los demás”.

Esa noche era la nochebuena y los pasajeros estaban convocados a cenar a las siete en punto vestidos de gala. No importaba que la mitad de los viajeros, conformada por las otras dos familias mexicanas no festejaran la navidad. No obstante, el chef había preparado un gran festín con pavo, bacalao y viandas amazónicas: paiche en hoja de plátano, pan de yuca, crema de copoazú, un pastel de chocolate gigante y galletas navideñas de cinco tipos diferentes recién horneadas. A Gabriel le pareció importante conmemorar la masacre de Gaza durante la celebración; el barco daba una hora al día gratis de internet y había leído en su celular que un bombardeo aéreo israelí sobre el campo de refugiados Al-Maghazi en el centro de Gaza había matado a por lo menos setenta ciudadanos enterrando a decenas entre las ruinas de concreto. Después de dos meses y medio de asedio, los hospitales de la Franja estaban rebasados, y las enfermedades infecciosas se habían empezado a esparcir por toda la población gazatí. Mirando a los habitantes de las comunidades del Amazonas, desde su barco, Gabriel pensaba en las petroleras y sus construcciones de ciudades en los campos petroleros, en las miles de hectáreas de bosque despejado para construir carreteras; en las epidemias de cáncer entre los pobladores del Amazonas. Pensaba también en la destrucción masiva de las ciudades y campos de la Franja de Gaza.

Rosario y Gabriel se dirigieron al comedor unos minutos después de las siete por haber estado en una llamada con los abuelos de Gabriel para desearles una feliz navidad. Gabriel había decidido ponerse su playera de sandía y portar en el cuello una kufiya, símbolos de apoyo a la resistencia palestina y de denuncia del genocidio en Gaza. Entraron al comedor tomados del brazo, sonriendo, con el día de paseo en lancha por los recovecos del Amazonas aprendiendo nombres de pájaros, plantas e insectos impregnado en sus seres. Aunque los guías no les habían hablado de sequía, extinción, hambruna, enfermedades en la zona, las vistas prístinas que les había brindado el paseo les habían funcionado como un bálsamo a su angustia perenne por los efectos del cambio climático y el extractivismo. Entraron al comedor con ánimo festivo y se dirigieron a su mesa donde un mesero estaba a punto de colocar sus entradas y otro se disponía a servirles las bebidas. De pronto, sintieron las miradas del resto de los comensales clavarse en ellos. Se sentaron incómodos, sobre todo Rosario, y empezaron a comer sintiendo tensión alrededor suyo. Cuando los meseros retiraron sus platos y los invitaron a servirse el postre de la generosa mesa del buffet, nadie en la sala se levantaba excepto los americanos que, mirando de reojo a Gabriel, pasaron a servirse generosas porciones de pastel de frutas y galletas. Rosario se volteó hacia la mesa de Daniel y su familia, le tocó el brazo a Karen y le ofreció una mirada conciliadora buscando entendimiento de mamá de adolescentes. Karen le devolvió una sonrisa penosa y rechazó la conciliación con su lenguaje corporal. Gabriel hervía de furia e indignación por dentro, pero otra mirada de su mamá detuvo su ímpetu de levantarse a dar un discurso sobre la situación de genocidio de los pueblos del Amazonas y de la Franja de Gaza. Lily se levantó por el postre ajena a lo que estaba ocurriendo, no sin antes pasar a todas las mesas a desearles a los viajeros una feliz navidad. En ese momento, el capitán de meseros se plantó delante del buffet con una botella de champán que abrió de golpe con un sable a la francesa y empezó a servirla en las copas de los viajeros. Propuso un brindis navideño y todos levantaron sus copas. Gabriel se fue a tomar un trozo de pastel y unas galletas que puso torpemente en una servilleta de papel y salió intempestivamente del comedor. El pequeño Pascual agarró también un puño de galletas y salió corriendo detrás de Gabriel. Rosario suspiró entre aliviada y consternada. En ese momento, entró el segundo capitán a anunciarles que estaban llegando a la Reserva Nacional de Pacaya-Samiria y que durante la noche arribarían al río Yanayacú, donde se localiza la comunidad 20 de enero. Allí, al día siguiente, la tripulación y los viajeros llevarían a los habitantes de la comunidad regalos de navidad. La compañía ya tenía los regalos, pero les aconsejó a los viajeros llevar efectivo, de preferencia en dólares, como regalo sugerido.

Tímida y perturbada, Rosario deseó buenas noches a quien la quisiera escuchar en el comedor, y subió a la administración para que le cambiaran un billete de cien dólares en unidades para repartirlas entre los niños de la comunidad que visitarían al día siguiente, y se regresó a su camarote. Se lamentó de que se hubiera generado un cisma entre los viajeros, en que ella y Gabriel habían pasado a ser, a ojos de los otros, personas que no eran de su tipo. Si en las relaciones sociales contemporáneas se imita al sistema burgués con el que la gente clasifica el trato entre unos y otros, pensó, puede ser que el otro sea mi tipo pero yo no el suyo, o yo el suyo, pero él no el mío, o que somos el uno para el otro, o en el que uno no puede ver al otro ni en pintura. En este sistema, todas las formas de trato están concebidas ya como reglas obligatorias y preestablecidas, y que cualquier conducta particular distinta a la habitual entre los similares, tenía que acomodarse un poco al otro. Sin embargo, había claros límites preestablecidos entre esa diferencia. Y ahora, al pasar delante de “los otros”, ella y Gabriel se habían convertido en personas que habían dejado de ser “de su tipo”. O peor. Mientras tanto, Gabriel y Pascual se habían encontrado en el cuarto de juegos en la cubierta, y pasaron un rato jugando backgammon. El barista les servía refrescos de toronja y cacahuates salados y cuando se hartaron, corrieron por sus trajes de baño y se tiraron un rato en el jacuzzi. Al encontrar vacío el camarote, Rosario se puso la piyama y se acostó con un libro cuyas páginas iluminó con la luz de su celular. Al pasar unas cuantas páginas, cayó profundamente dormida. A eso de las diez de la noche, subió Ilse a buscar a Pascual, Gabriel los siguió y se fueron todos a dormir.  

A la mañana siguiente, Gabriel no se levantaba todavía cuando Rosario salió a desayunar. En el camino fue interceptada discretamente por el segundo capitán, quien la invitó a pasar a su oficina. Con toda la diplomacia de la que era capaz, acumulada después de años de trabajar en la industria peruana de turismo, el capitán le explicó que algunos de los otros viajeros le habían expresado la noche anterior su extrema mortificación por los símbolos terroristas y antisemitas que había portado Gabriel durante la cena navideña. Le expresaron haberse sentido ofendidos, pero sobre todo, que su seguridad física y moral estaba amenazada por la actitud subversiva de Gabriel. El capitán le suplicó a Rosario pedirle a su hijo que dejara su playera y pañoleta guardadas. Ella escuchó en silencio y asintió lentamente con la cabeza. Se levantó y volvió apresurada al camarote en donde se encontró a Gabriel todavía dormido. Regresó a la oficina del capitán y le pidió con urgencia si era posible que les llevaran los desayunos al camarote. El capitán sopesó las opciones y accedió, recordándole que el paseo de ese día comenzaba a las diez de la mañana y que culminaría con el festejo navideño con la gente de la comunidad 20 de enero. Rosario volvió inquieta a su habitación con la sensación de estar apestada.

Luego de un forcejeo típico de mamás y adolescentes para lograr que el chico se aseara y vistiera, y durante el que Rosario prefirió no mencionarle a Gabriel lo que había hablado con el capitán, los dos se formaron para subirse a las lanchas a las diez en punto. No sin haber sido antes generosamente rociados por uno de los guías con repelente de insectos. Ese día no pasearon con Juan ni Marcos, el capitán de su lancha del día anterior, ni con Daniel, Karen y Alberto. Ellos ya habían partido con Lily y su familia en dos lanchas. Rosario y Gabriel se embarcaron junto con la familia de Michigan. Al cabo de dos horas pobladas de visiones de manadas juguetonas de delfines rosas, un par de águilas y algunos perezosos agazapados en copas de árboles, llegaron a la comunidad donde sus compañeros de viaje ya estaban montados en canoas rentadas por los locales o nadando a las orillas de la comunidad. El guía les dio luz verde para echarse al agua y, gozosos, saltaron a chapotear no sin ponerse antes unos sofisticados chalecos flotadores que el capitán les repartió sacándolos de unas cajas colocadas en la parte trasera de la lancha. Después de un rato, los llamaron a subirse y a secarse. Los capitanes de cada lancha las estacionaron y alinearon para amarrarlas y hacer un picnic. La de Gabriel y Rosario quedó justo en medio, y durante la comida, todos fueron cordiales al pasarse las bolsas de papel que venían en cajas y donde venían empacados unos exquisitos sándwiches de jamón de paiche, ensaladas, pudines de chocolate con lácteos o veganos, jugos cold pressed de camucamu y maracuyá.

Al cabo de un rato, todos los viajeros fueron invitados a la comunidad para repartir los regalos de navidad. Desembarcaron donde ya los esperaban parados en un círculo unas cuatro docenas de niños y de niñas cantando villancicos. Cuando ya estaban todos reunidos, los guías pidieron hacer dos filas dividiendo a los niños y niñas. Juan apareció vestido de Santa Claus con una despeinada barba postiza cuyos mechones de hilos de nylon parecían derretirse con el calor fusionándose con su piel y la humedad. Otro de los guías acercó dos bolsas enormes de plástico con los regalos. Rosario y Gabriel repartieron sus billetes de a dólar mientras que Santa Claus sacaba alternadamente juguetes para niñas (kits de cepillo-peine-espejo; muñecas tiesas; kits de sartén-cacerola-cucharones y cajitas de cereal) o para niños (pelotas de fútbol; kits de bates de béisbol con sus pelotas; cochecitos; figuras de plástico mal pintadas de luchadores musculosos). 

Por el rabillo del ojo, Gabriel detectó a unas mujeres en el camino de tierra que llevaba a la plaza principal del pueblo: de pelo suelto y largo, iban vestidas de rojo y llevaban unos cinturones hechos de flecos con algo colgando –no lograba distinguir qué exactamente. Llevaban un tocado de flores amarillas, también desconocidas para Gabriel. A pesar del calor húmedo que hacía, esa visión le dio escalofríos. Una vez que los miembros de la tripulación y los turistas repartieron los juguetes y los billetes, los guías le acercaron al acalorado Santa Claus una caja con tetrabriks de leche de chocolate y otra con pastelitos de fresa empaquetados. Santa invitó a los viajeros a regalar una vianda de cada caja a los niños, no sin antes abrir y dar también a repartir una caja con kits de pequeños cepillos de dientes junto con sus igualmente pequeños tubos de dentífrico.

Luego de recibir instrucciones de dónde colocar la basura, los niños bebieron y comieron felices. Después, alguien trató de improvisar una cascarita de fútbol entre los viajeros, guías y los chicos, pero la timidez de los locales disolvió la energía. Al cabo de un rato, los viajeros fueron convocados a embarcar, y volvieron cansados al Molly-Aida.

Gabriel estaba de mejor humor, pero Rosario no lograba adivinar en qué estaría pensando su hijo, y sentía preocupación. Durante la visita a la comunidad, la mitad de sus compañeros de viaje apenas y habían reconocido su presencia entre ellos. Aprovechando ser una isla de lenguaje en el trayecto de la lancha de regreso al barco entre los gringos, Rosario aprovechó para explicarle a Gabriel la actitud de los viajeros judíos hacia su parafernalia militante palestina. 

Rosario temía algún tipo de reacción violenta, pero el chico no dijo nada, se quedó pensativo, asintiendo con la cabeza. Al llegar al barco, todos los viajeros cayeron rendidos y se echaron sendas siestas. A la hora de la cena Rosario fue incapaz de despertar a Gabriel, y se animó a lanzarse al comedor sola y digna. Para esa noche, el chef les tenía preparados cócteles de guanábana, choricitos caseros al pebre chileno, patacones de cochinita pibil, risotto de quinoa y mariscos, lubina al espeto y de guarnición boniatos, verduras rostizadas y ensalada de jitomates cherry. De postre les sirvieron piña asada con quimbolito lojano y helado de coco servido sobre bizcocho suave y chocolate Moctezuma. Rosario quiso comentar con sus vecinos de al lado, Karen y Daniel, las maravillas del menú, que hasta entonces había sido el mejor que les había preparado el chef durante el viaje. Le contestaron amables, y Rosario sintió que se había roto el hielo y erigido un tentativo puente, pero su conversación fue interrumpida por Moisés quien, visiblemente alcoholizado, se levantó y se sentó tambaleante junto a Rosario y le dijo: —“Señora, necesitamos que le explique bien a su hijo lo que en realidad está pasando en Israel. Los de Hamas son unos terroristas, los que los esconden en sus casas y debajo de los hospitales, escuelas y universidades son terroristas. Son unos asesinos y violadores de gente inocente. La realidad es que la seguridad del pueblo judío está amenazada y, por favor, estamos de vacaciones, aquí no se habla de esas cosas”–. Ilse lo jaló del brazo tratándolo de callar, mientras que Boaz le pidió a Nathalie con un tono agresivo que le tradujera lo que estaba diciendo Moisés. Lily no se enteraba de nada, los gringos tampoco. Daniel, Karen y Alberto se quedaron atónitos escuchando a Moisés. Rosario asintió con la cabeza apretando los labios y abriendo mucho los ojos. No quería antagonizar, no soportaba la condescendencia del tono de Moisés, no hacía falta que después de la plática que había tenido con el capitán, y de que Gabriel había guardado su parafernalia palestina, sus compañeros de viaje siguieran con el tema, y tampoco estaba de acuerdo con su postura sionista. Respiró profundamente y con toda la compostura de la que fue capaz, le contestó: “Moshe, no te preocupes, yo ya hablé con Gabriel, estate tranquilo”. Enseguida se quitó la servilleta de tela del regazo, la puso sobre la mesa, se levantó, repartió una sonrisa a todos los comensales, dio las buenas noches, y salió.

A la mañana siguiente, partieron de madrugada. Era el cumpleaños de Gabriel. Visitaron a una familia que tenía una granja de paiche, el pez más grande de la amazonía. Boaz y sus dos hijas, Galit y Alma, subieron a su lancha. Para llegar a Pucayagro, la granja, navegaron unos cuarenta minutos hasta un pequeño muelle. De ahí caminaron en la selva otros cincuenta minutos, donde se encontraron con una anaconda descansando en un remanso de riachuelo sumergida en lodo. También vieron un árbol muy especial conocido como “palma caminante”, cuyas raíces se despliegan sobre la superficie de la tierra en forma de zancos, dando la ilusión de que el árbol se mueve o se desplaza. Tomaron fotos de todo. Cuando llegaron a Pucayagro, los recibió el dueño sonriente con platos de frutas y agua de maracuyá. Les dio un recorrido por la granja, y ahí vieron unos paiches enormes, de tres metros de largo y doscientos kilos. Uno de los hermanos del granjero era dueño de otra compañía en la que procesan el paiche y lo transforman en jamón ahumado, salchicha y chorizo. El paiche, aprendieron, de color grisáceo, a veces es confundido con lagartos y no es muy popular. Los turistas estuvieron encantados de visitar negocios que respetaran la ecología. Alberto, que estudiaba administración en la Universidad Anáhuac, pensó que podría emprender algo parecido para el río Grijalva en Tabasco. Lo comentó durante la visita, y su papá, entusiasmado, le aseguró que lo financiaría, siempre y cuando invitara a México a sus anfitriones del Amazonas para asesorarlo. “¡Ponme el proyecto por escrito, hijo! Haz números y platicamos”, le dijo, dándole palmaditas entusiasmado en la espalda.

Al regreso, pasaron por ellos las camionetas de la compañía para llevarlos directamente al barco. Era la última noche, durante la que el barco recorrería trescientos kilómetros de regreso para devolverlos a Iquitos. En la cena, todos estaban relajados y contentos. Parecía que las tensiones entre los viajeros habían quedado atrás. Gabriel desapareció unos minutos después de que sirvieron el plato fuerte, y justo cuando los meseros empezaron a servir el postre y el café, apareció con un vestuario improvisado con una tela roja y un tocado con flores amarillas emulando la vestimenta etnográfica del personaje que le había llamado la atención en el mural de la Terminal Fluvial de Iquitos y de las mujeres que había visto aparecerse en la comunidad 20 de enero. Todos en el comedor lo trataron de ignorar y siguieron comiendo. Para esa noche, el primer capitán les había organizado un juego de charadas para el que los viajeros se dividirían en tres equipos armados por el mismo capitán, quien trataba que el viaje tuviera un final convivial y feliz.

“Quisiéramos cambiar al mundo, pero no en nuestras propias casas, de manera que al final, con nuestras prácticas, ratificamos la reproducción del orden establecido, la reproducción de las desigualdades y de las injusticias sociales”. 

Leyó Gabriel, de un cuaderno de notas que encontró en el buró de la recámara que había llenado con tachones y un discurso. Leyó esta primera frase con timidez, casi murmurando, por lo que nadie le puso atención, además de que estaban tratando de ignorar su atuendo, incluyendo a su mamá.

 “¿Qué hacer, sin embargo, ante la impotencia vergonzosa de la complicidad de cara a la crueldad extrema?”,ijo con más seguridad, y llamando la atención de los que estaban más cerca de él. 

“En Gaza, las víctimas predicen sus propias muertes en plataformas digitales horas antes de que las asesinen, mientras que sus asesinos transmiten casualmente sus acciones en TikTok. Sin embargo, la transmisión en vivo de la liquidación de Gaza a diario encubierta por la hegemonía cultural occidental, que persigue periodistas, artistas, escritores, profesores y estudiantes, ocurre a través de las plataformas que prohíben los términos campos de refugiados’, ‘territorio ocupado’, ‘genocidio’ o ‘limpieza étnica’”. 

En ese momento, Gabriel había agarrado más confianza en sí, e ignoró la tensión que lo rodeaba y la estupefacción de su mamá, que en el fondo se sentía orgullosa de él. Continuó con más seguridad: 

“La disputa de cómo interpretar la violencia israelí como en legítima autodefensa, como una guerra urbana en terreno complejo, o como limpieza étnica y crímenes en contra de la humanidad, no se va a resolver”. 

Ahora tenía la atención completa de todos los comensales. Los meseros también estaban paralizados escuchando: 

“Sin embargo, no es difícil reconocer en la totalidad de las violaciones morales y legales de Israel, los signos del crimen más grande: la determinación de los líderes israelíes de aniquilar a Gaza; la aprobación de estas acciones por su sociedad; la escala de la destrucción”. 

En esos momentos, gritó Moisés: 

“¡Callen al niño, por favor!” “¡Capitán, capitán! ¡Pascual, ve a buscar al capitán!” 

Rosario le dijo a Gabriel: 

“Sigue, hijo”. 

Gabriel carraspeó, y continuó: 

“El hecho de que la mayoría de las víctimas sean gente completamente inocente, muchas mujeres y niños; el estar negando acceso a medicamentos y comidas, las barras de acero calientes insertadas en los rectos de los prisioneros desnudos; la destrucción de escuelas, universidades, museos, iglesias, mezquitas, cementerios; el infantilismo del mal encarnado por los soldados israelíes bailando vestidos con la ropa interior de las mujeres palestinas desplazadas; la persecución sistemática de periodistas en Gaza documentando la destrucción de su propio pueblo”. 

Gabriel se interrumpió a sí mismo para anunciar: 

“Ya casi acabo, gracias, queridos compañeros de viaje, por escuchar”. 

Detrás de él, sintió la energía de apoyo de los meseros, además ya habían llegado los cocineros, y en ese momento entró Pascual jalando al capitán del brazo. Los gringos observaban la escena, y Boaz pedía traducción simultánea de forma nada amable a su mujer, ella lo ignoró con un gesto en la mano y escuchó atenta: 

“Después de Gaza, la idea de que los seres humanos poseen una naturaleza moral es falsa; ahora todo es posible y la memoria de atrocidades del pasado no puede servir ya de garantía en contra de su repetición en el presente. Nada se compara con Gaza, y vivimos el comienzo de un periodo de destrucción de las normas”. 

Los meseros habían llamado al administrador y a las señoras de limpieza, e hicieron un círculo detrás de Gabriel. 

“Estamos viviendo el comienzo de la destrucción de las normas, de los valores, de los principios de todo un planeta, y nos dirigimos hacia tiempos muy oscuros”.

Nadie se atrevió a aplaudir. Se miraron entre las familias y los empleados, se levantaron y subieron lentamente a cubierta para jugar charadas con el capitán. Menos Rosario y Gabriel, claro está. A la mañana siguiente, nunca aparecieron para su último desayuno. Cuando dio la hora de desembarcar en tierra, Juan el guía fue a su camarote a buscarlos. No encontró rastro de ellos, ni siquiera de sus maletas. El cuarto estaba impecable, con las trufas espolvoreadas de hibiscus, las rebanadas de maracuyá frescas, y las botellas de agua mineral intactas. Juan murmuró para sí: “¡Chullachaquis! ¿O será que el Nampa nos habrá dado a todos tohé en el jugo de camucamu?”


Autores
Escritora e investigadora mexicana. Ha sido invitada a impartir seminarios, conferencias y cursos a instituciones como The Americas Society, KASK, Escuela de las Artes, Graduate School of Design, Harvard, el March Meeting en Sharjah, OBORO, University of California San Diego, University of Texas en Dallas, el Museo Munch en Oslo, Noruega, la FIL Zócalo, El Colegio de México, e- flux, Nueva York, ITESO, Universidad de El Paso, Texas, Universidad de Stanford, Universidad Distrital en Bogotá, Colombia, y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ha publicado entre otros en The Funambulist, e-flux journal, Blog de Nexos, Horizontal, La Tempestad, Caín, Le magazine du Jeu de Paume, October, Third Text, Terremoto, Revista Común y Revista de la Universidad. Autora de más de media decena de libros. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores SNC en la categoría de ensayo y fue beneficiaria de una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes fonca (2018-2020).