Soy bipolar, me dijeron. De todas las etiquetas y diagnósticos en los que me han categorizado y han desalmado mi subjetividad (depresión, esquizofrenia, epilepsia del lóbulo temporal, trastorno obsesivo-compulsivo, psicosis, ansiedad social, trastorno esquizoafectivo…) esta fue la única que alguna vez tuvo sentido. La única que no rechacé de inmediato. Y esto, en retrospectiva, dice mucho. Tanto acerca de la desesperación como de la necesidad humana de encontrar un nombre para la experiencia caótica.
Tuvo sentido alguna vez. Es fundamental subrayarlo: fue un momento en mi historia. No tiene por qué tener sentido “para siempre”, como querrían los psiquiatras cuando dan este tipo de diagnósticos que pueden llegar a vivirse como cadena perpetua de la subjetividad, incapaz de liberarse del yugo descriptivo y de su supuesta “cura imposible”.
En ese entonces, al encontrar esta etiqueta que me fue dada, luego de varios internamientos involuntarios en hospitales psiquiátricos, me sentí aliviada. Algo finalmente explicaba esa sensación de estar montada permanentemente en una montaña rusa: subidas y bajadas que son imposiblemente intensas en donde estás atada por completo a la voluntad del riel metálico que te lleva a la velocidad que la gravedad quiere. Cada sensación del cuerpo amplificada al máximo, la psicosis y la paranoia por no poder salir, frenar o bajarte del juego, por más que lo intentas.
De manera sistemática, hasta entonces, había rechazado todos los diagnósticos que los psiquiatras me habían dado. El diagnóstico me parecía un despropósito y jamás me reconocía en las descripciones de cuadros de síntomas. Pero esa vez fue diferente. Quizás porque hay un grano de verdad, o quizás porque luego de tantas hospitalizaciones necesitaba asirme de un por qué, un modo de salir de las arenas movedizas. En parte, ahora entiendo en retrospectiva, eso que me empantanaba era yo misma (o mis varios yo) y mi historia, pero también el verme desprovista de todo poder dentro de un sistema que me medicaba, me sedaba e insistía en establecer las normas que me definían siempre como alguien fuera de la norma.
Luego del diagnóstico, leí autobiografías y memorias de quienes han padecido un trastorno bipolar. Me interesaba más saber desde adentro cómo se vivía y no leer descripciones médicas. El libro más importante para mí en ese momento fue An Unquiet Mind de la psiquiatra Kay Redfield Jamison 1, quien desde su juventud sufrió las consecuencias de la enfermedad, pero logró encontrarle su propio sentido y dedicarse a estudiarla, lo cual implica, de alguna manera, estudiarse a sí misma. Leí su libro y me sentí, por una vez, acompañada. Y logré hacer las paces con dos cuestiones: aceptar el hecho de que para bajarme de la montaña rusa necesitaba ayuda (en ese momento, eso significó más tratamiento, con medicinas y psicoterapia, un programa en la naturaleza y eventualmente un análisis) y que todo lo que estaba pasando no duraría para siempre.
Pero aceptar el diagnóstico también significó aceptar, sin apenas cuestionarlo, que el tratamiento con medicinas que venía empaquetado con él era inevitable. Como si el diagnóstico que implica “descubrir” una enfermedad, implicara también la misma y única solución para todos formulada en una ecuación simple: bipolar tipo I con psicosis = litio o estabilizadores del ánimo + antipsicóticos. Como si todos los cuerpos (el mío también), todas las historias, necesitaran la misma respuesta química, de por vida.
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Hoy, si alguien recibe un diagnóstico de salud mental, viene con un protocolo bastante predecible: visitas al psiquiatra, una receta, la promesa de que una pastilla puede arreglar lo que está roto. Porque eso es lo que nos han enseñado: la teoría dominante propone que los problemas de salud mental son condiciones médicas, fallas en el funcionamiento del cerebro, desbalances químicos que pueden corregirse con la pastilla adecuada.
Este mensaje está incrustado hasta las entrañas de la cultura occidental. Los medios de comunicación, el internet, los libros de texto, los documentales, los artículos, todos repiten la misma historia: tu cerebro está desbalanceado, aquí está la solución química.
Pero hay un problema. La psiquiatra Joanna Moncrieff lo ha demostrado en sus estudios cuantitativos y metanálisis: la idea del desbalance químico es un mito 2. La teoría de la serotonina baja como causa de la depresión, la más popular de todas las ideas y un pilar que sostiene este mito, no tiene evidencia consistente ni confiable que la respalde. Y si la premisa es falsa, ¿qué significa eso para los millones de personas medicadas bajo ese supuesto?
No estoy proponiendo de forma irresponsable que dejen de buscar tratamiento psiquiátrico. Lo que sí estoy diciendo es esto: debemos estar bien informados sobre lo que hay detrás de las concepciones falsas que se han diseminado en la psiquiatría durante décadas. Sobre la química cerebral de la que realmente sabemos muy poco. Sobre el presupuesto erróneo de que existe una misma solución para todo el mundo porque se trata de un error en el sistema somático. La manera en que se nos ha explicado cómo funcionan estas medicinas es fundamentalmente incorrecta.
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El mito del desbalance químico se propagó masivamente a inicios de la década de 1990, cuando la industria farmacéutica comenzó a promocionar su nueva generación de antidepresivos. El contexto es importante: antes de esto, hubo un escándalo en los medios como resultado del exceso de prescripciones de benzodiazepinas como el Valium. Se reveló que eran sustancias adictivas, lo que deslegitimó temporalmente el uso de medicamentos psiquiátricos.
Las compañías farmacéuticas necesitaban una nueva narrativa para seguir vendiendo soluciones químicas para problemas psicológicos: el desbalance químico. Esta narrativa permitió introducir los antidepresivos de nueva generación o ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina) y los estabilizadores del ánimo de una manera completamente diferente. Ya no eran anestésicos emocionales ni sustancias adictivas, sino sofisticados agentes médicos diseñados para tratar una “enfermedad” subyacente. El mensaje era simple, “científico”, y nos daba una solución muy sencilla, además de que nos quitaba toda responsabilidad tanto individual como social y política: tu cerebro tiene un desbalance químico, estas medicinas restauran el balance natural.
No nos pudimos resistir. Sobre todo porque millones de psiquiatras e instituciones médicas validaron el mensaje. Pero esta narrativa es un mito y es un mito urdido para apoyar una perspectiva particular sobre nuestra subjetividad y nuestras emociones. No es coincidencia que esta perspectiva encaje perfectamente con los intereses de una industria farmacéutica multimillonaria y de muchos en la profesión médica.
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El Depakote (conocido en México y otros países como Epival, compuesto por ácido valproico) es un caso paradigmático de cómo las farmacéuticas no descubren medicamentos, sino que inventan y acuñan enfermedades para poder comercializar sus sustancias.
El Depakote se patentó en 1995. Pero el compuesto venía en realidad de un anticonvulsivo francés, el valproato de sodio, que se empezó a producir en 1962. Desde mediados de esa década se sabía que los efectos sedantes del valproato podían servir para tratar los episodios de manía. El laboratorio Abbott pidió la patente del valproato semisódico treinta años después, con base en haber reducido mínimamente la cantidad de sodio en el compuesto. No alteraron en nada el anticonvulsivo francés, pero lo vendieron como un compuesto sumamente novedoso (lo cual era completamente irrelevante para el efecto únicamente sedante de la medicina). La FDA (Food and Drug Administration) de Estados Unidos le dio la patente para su uso en el tratamiento de la manía del trastorno bipolar.
Lo sorprendente no es que lo lograran patentar: todo sedante que se le dé a un paciente con manía va a producir un cambio que se considerará “benéfico”. Su problema era que ya había decenas de medicamentos con efectos de sedación que podían cumplir la misma función. Entonces vino ahí realmente la ficción más potente: crearon un mercado bajo la idea de que la sustancia podía “estabilizar el estado de ánimo”.
La licencia del medicamento nunca determinó que podía ser un profiláctico ni que evitaba que el estado del ánimo fluctuara, tampoco era un tratamiento para el trastorno bipolar. Pero los anuncios lo vendían así. La idea perversamente brillante fue venderlo como un profiláctico: como algo que podría potencialmente prevenir la fluctuación del estado del ánimo efectivamente creando personas sedadas, muertas en vida.
Ese fue el truco de magia de la mercadotecnia: la invención de la idea de los “estabilizadores del estado de ánimo” (mood stabilizers, en inglés), que quienes padecen trastorno bipolar deben tomar por el resto de su vida, para prevenir cualquier recaída. Esta idea sin sustento también surgió a la par del cambio del nombre del antes llamado trastorno maniaco-depresivo que se rebautizó como trastorno bipolar. (A mí me gusta todavía más la etiqueta antigua, que describe mucho mejor lo que sucede: la “locura circular” o “locura de doble forma”) 3. Rebranding, le llaman en el mundo de la mercadotecnia. Nuevo nombre, nueva medicina, nueva necesidad a cubrir de por vida. Con base en la idea de que este tipo de medicinas cubrían una necesidad básica que no se había tomado en cuenta, posicionaron su mercado. El medicamento se volvió un producto estrella a nivel global que ganó miles de millones de dólares y vendió una ficción que captó al mercado 4.
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La otra medicina usada durante años para tratar el trastorno maníaco-depresivo, el litio, como es una sal, no tiene una patente. El litio ha ido perdiendo terreno frente a otros estabilizadores del ánimo más rentables para la industria farmacéutica. Siempre hay algo más reciente que probar, una dosis distinta de la medicina más cara, la que tiene la patente vigente, la que le mostraron al psiquiatra en la última convención, la que trajo el representante de la farmacéutica, la que aparece en los comerciales o sobre la que leyó en estudios recientes. Los pacientes terminan convertidos en conejillos de indias de experimentación, cuerpos en los que se prueba la efectividad de sustancias cuyo mecanismo de acción, en realidad, se desconoce.
Una vez que entras al mercado farmacéutico, hay pocas posibilidades de retorno. Las prioridades del tratamiento se centran en encontrar el cóctel ideal que funcione mejor: un poco más de litio, menos antipsicótico, quizás añadir un estabilizador adicional. Más medicinas para contrarrestar los efectos secundarios de las otras medicinas recetadas. Un ajuste perpetuo que nunca termina de estabilizar esa supuesta química desbalanceada.
Las personas diagnosticadas con trastorno bipolar tienen la tasa más alta de incumplimiento del tratamiento (es decir, tomar algún estabilizador del ánimo o litio) de cualquier grupo de pacientes. Esto genera una retórica interminable tanto de grupos médicos como de grupos de apoyo sobre la importancia vital de tomar las pastillas.
¿Cuántas veces he escuchado de un psiquiatra que “debes de tomar estas pastillas de por vida”, “es para prevenir otro episodio como aquellos”? Pero jamás piensan en los efectos secundarios devastadores para cualquiera: el aumento de peso, el temblor en las manos, la niebla mental, la sensación de estar anestesiado emocionalmente, de ser un zombie.
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Si el periodo de posguerra fue la “era de la ansiedad” y las décadas de 1980 y 1990 la “era de los antidepresivos”, ahora vivimos en una época bipolar 5. El diagnóstico que alguna vez se aplicó a menos de 1% de la población se ha inflado de forma espectacular en los últimos años. En los Estados Unidos, país con la mayor prevalencia de bipolaridad (y laboratorio emocional del capitalismo tardío), se calcula que un 4.4% de la población adulta ha sido diagnosticada con algún tipo de trastorno bipolar. La medicación para “estabilizar el estado de ánimo” se prescribe de manera rutinaria tanto a adultos como a niños, pese a que no se reconoce oficialmente que el trastorno bipolar pueda manifestarse a edades tan tempranas.
El trastorno bipolar, en los medios de comunicación y entre los artistas y estrellas de Hollywood, se ha convertido en una suerte de sello de autenticidad. Un accesorio de identidad más. Selena Gomez, Demi Lovato, Mariah Carey, Catherine Zeta-Jones, Carrie Fisher, Mel Gibson, Martin Scorsese… todos han hablado públicamente de su diagnóstico y el impacto que ha tenido en su vida. Hay decenas de libros de memorias, manuales de autoayuda, documentales y películas sobre el genio creativo y la sensibilidad extrema. La experiencia se vuelve una mercancía narrativa. El entrañable personaje de Carrie Mathison en Homeland, por ejemplo, elevó a una agente con trastorno bipolar a la categoría de una heroína trágica contemporánea: brillante, adicta al riesgo, siempre al borde del colapso y de la salvación, pero profundamente vulnerable y adicta a sus propios episodios de manía que le revelan más claramente la realidad, para poder combatir el terrorismo.
En el otro extremo de esta glamorización está la banalización: se reduce la bipolaridad a una experiencia de “altibajos”, a cambios de humor dramáticos dentro de un mismo día, esa banalización que permite que cualquiera diga “ay, qué bipolar eres” cuando te contradices o cuando pasas de la risa al enojo en una tarde. Como si fuera cuestión de temperamento y no de episodios que duran semanas, meses enteros. Como si la manía fuera solo “estar de buenas” y la depresión simplemente “estar de malas”, y no estados que desmantelan por completo tu capacidad de funcionar, de reconocerte.
Al mismo tiempo, no hablamos del hecho de que el capitalismo necesita inevitablemente, para mantener esa productividad y crecimiento imposible, para mantenerse en pie, un cierto grado de manía. “La intensidad ha devenido en fetiche de la subjetividad”, dice Tristán García, “un tipo de humanidad ligada al valor existencial de lo intenso. ¿Qué es lo que nos parece más hermoso ahora? Aquello que realiza intensamente su ser”, ese “ideal más profundo: un ideal sin contenido, un ideal puramente formal. Ser intensamente lo que se es” 6.
Es un valor el no dormir mucho, mantener múltiples proyectos a la vez aunque ninguno se termine, hablar sin parar y llamarlo “habilidades de comunicación”, los gastos impulsivos disfrazados de “invertir en experiencias” o “inversión en uno mismo”, la autoestima inflada que vendemos como “mentalidad de ganador”, la grandiosidad rebautizada como “confianza en uno mismo”, la distracción crónica vendida como “pensamiento lateral”. Los criterios diagnósticos de un episodio maníaco son, básicamente, las virtudes del ciudadano ideal contemporáneo.
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Para poder ser un sujeto fuera del hospital, para poder funcionar en el mundo que llamamos “normal”, una parte de mí tuvo que disolverse. Quedarse adentro, en ese objeto-contención que es la prisión hospitalaria, en las etiquetas diagnósticas, en las pastillas que tomaba cada noche. Solo así me pude constituir como sujeto: dejando una parte de mí del otro lado.
Para salvaguardar el derecho a existir sin el miedo de perder el sentido del ser o de hundirme en diversos estados, tuve que crear una fortaleza hecha a base de bloques. Una barrera de legos, quizás, que en mi desesperado intento de contención armé a toda prisa e intenté pegar para sobrevivir a los diluvios y mareas de la vida adulta.
A veces pienso que lo comprendo todo. Comprendo cómo se evapora el agua y la consistencia de las nubes bajo diversas presiones atmosféricas. A veces también creo comprender mi propio destino. La comprensión dura apenas un instante y en ese momento luminoso mis sueños parecen verdades. Esos instantes son la materia prima de las ilusiones de las que estoy hecha.
Por eso insisto, por eso escribo. Tengo una forma y no es una forma encerrada en una categoría diagnóstica. Es también la forma de este texto que duda, que escribo, que me es éxtimo. Soy lo que he tenido que ser, pero también lo que se ajusta a mi aliento, las páginas de tinta que dejo, las palabras de todos que me estructuran y me dicen mejor de lo que yo puedo decirme.
Afuera, el mundo sigue recetando pastillas para la tristeza y diagnósticos para la diferencia. Yo sigo escribiendo, intentando recordar que ninguna etiqueta cura, pero algunas palabras, las propias, las compartidas, pueden, al menos, devolvernos un poco de lo que nos arrebataron.
No creo en una cura química, aunque todavía dudo al escribir esto, si esos químicos o la ficción de los químicos, en algún momento me ayudaron. Pero hoy busco otra forma de equilibrio: el que se escribe, se desarma y vuelve a nacer en el lenguaje.
Quizás esa sea mi estabilidad posible: la de seguir escribiendo.
Publicada también en español bajo el título Una mente inquieta. La propia Jamison ha escrito más sobre el tema, otro libro que vale la pena (aunque tengo mis reservas y críticas), Touched with Fire: Manic-Depressive Illness and the Artistic Temperament, en donde hace un recorrido de artistas que ella sospecha que han sido bipolares. También hay una película bajo el mismo título Touched with Fire del 2015.
Joana Moncrieff, The Myth of the Chemical Cure: A Critique of Psychiatric Drug Treatment, Palgrave Macmillan, 2008, p. 38.
Términos acuñados en 1840 por los psiquiatras franceses Jean-Pierre Falret y Jules Baillarger. Eventualmente Emil Kraepelin propuso la psicosis maníaco-depresiva y la psiquiatría occidental recientemente le ha dado el nombre de trastorno bipolar. Sin embargo, como discute Darian Leader en su libro Estrictamente bipolar, la primera descripción de Falret y Baillarger buscaba más bien separar un tipo específico de “locura” de lo que eran otros estados maníacos y depresivos en otros trastornos psíquicos. En vez de pensar que las fluctuaciones y altibajos anímicos eran constitutivas de tal “locura”, buscaban pensar cuál era la relación entre ellos y qué procesos subyacentes hay ahí. Kraepelin, el padre de la psiquiatría moderna, acabó con los esfuerzo de entender qué había detrás de la fluctuación del ánimo y propuso que la manía y la melancolía, ya sea juntos o de manera individual, forman parte de la misma “enfermedad” que hoy se llama bipolaridad.
Y es muy posible que los medicamentos psiquiátricos y sus efectos secundarios, tan poco estudiados, contribuyan a esa devastadora estadística que dice que las personas con una condición psiquiátrica tienen una esperanza de vida de quince a veinte años menos que la norma.
Esta periodización es algo que sugiere Darian Leader en su libro Estrictamente bipolar.
Tristán García, La vida intensa, Herder, 2018, p. 8 y p. 10.
Portada de “La condición humana”, Hannah Arendt. Ediciones Paidós, 2016
Pienso cómo iniciar este texto mientras echo pacas de pastura en la troca de mi papá. No es precisamente el espacio ideal para reflexionar en torno a la obra de Hannah Arendt (1906-1975) ¿o sí? Quizá, me vuelvo a decir, si tomo en cuenta su división entre trabajo y labor, y cómo esta es una parte importante de La condición humana, libro publicado en 1958. Pero basta de divagaciones, aquí viene otra paca, a levantarla, a cargarla hasta la troca y dársela a mi papá para que la acomode.
Para mí tanto el esfuerzo que hago en caminar por la labor —que es en la región en la que vivo el espacio físico de siembra más que una actividad— y cargar las pacas es trabajo, como lo es la escritura de estas líneas. Pero Arendt a esta actividad física la llamaría labor, mientras que a la de sentarme a escribir la llamaría trabajo —o al menos así decidió Ramón Gil Novalis al verter al español dichos conceptos del inglés labor y work—. Y para Arendt la respuesta será que las condiciones de nuestro tiempo —así lo veía ya en la década de 1950— han borrado las líneas que separan labor de trabajo, y han hecho que consideremos únicamente un término. Así, la labor es todas las funciones destinadas al mantenimiento de la vida: “Laborar significaba estar esclavizado por la necesidad, y esta servidumbre era inherente a las condiciones de la vida humana”. Mientras que el trabajo es el producto de las manos que producen objetos perdurables en el mundo —ella misma objetaría que esta escritura no participa del trabajo: “puesto que la utilidad de las ocupaciones intelectuales se hizo más que dudosa debido a la glorificación de la labor, era natural que también los intelectuales quisieran contarse entre la población trabajadora”—.
Qué mejor manera de comenzar un texto, pienso, sobre Arendt y La condición humana que laborando. Aunque, por supuesto, ella me objetaría que “pensar y trabajar son dos actividades diferentes que nunca coinciden por completo”, y tiene razón, yo constantemente tengo que estar agachándome para recoger y llevar las pacas a la troca —cierto que estas líneas no las escribo en la labor, sino frente a la computadora y aquí le doy la razón a ella que agrega: “el pensador quiere que el mundo conozca el ‘contenido’ de sus pensamientos, lo primero de todo ha de hacer una pausa y recordar sus pensamientos”—. La principal diferencia entre el trabajo y la labor para Arendt es el resultado de ambas actividades y su perdurabilidad. Ella así lo explica con este ejemplo:
La diferencia entre pan, cuya «expectativa de vida» en el mundo es apenas más de un día, y una mesa, que fácilmente puede sobrevivir a generaciones de hombres, es mucho más clara y decisiva que entre un panadero y un carpintero. «Expectativa de vida» en el mundo es apenas más de un día, y una mesa, que fácilmente puede sobrevivir a generaciones de hombres, es mucho más clara y decisiva que entre un panadero y un carpintero.
En este ir y venir por la labor en la que hasta hace unas semanas crecía la avena, ahora cortada y empacada, pienso en que participo en una de las labores más antiguas: la producción de alimentos. La producción de bienes de consumo es lo que define la labor, mientras que la de bienes perdurables es lo que define el trabajo; el artesano, para Arendt, es un ejemplo claro de trabajador. Esta distinción tiene su origen en el pensamiento griego.
Históricamente es importante tener en cuenta la distinción entre el desprecio de las ciudades-estado griegas hacia todas las ocupaciones no políticas, que derivan de la enorme exigencia de tiempo y energía de los ciudadanos, y el anterior, más original y extendido, desprecio por las actividades que solo sirven para mantener la vida [.]
Tanto la labor como el trabajo son ocupaciones que no se realizan en el espacio público y por consiguiente ocupaciones no políticas. Arendt hace un análisis del trabajo y la labor porque estas ocupaciones perdieron su condición de privadas. La labor y el trabajo eran ocupaciones que en las ciudades-Estado griegas se ejercían en el ámbito privado, según la pensadora.
La labor y el trabajo se ejercen para satisfacer las necesidades de los cuerpos, esas necesidades condicionan la existencia humana. Arendt sigue a Aristóteles y plantea que en las ciudades-Estado griegas los hombres libres solo eran quienes no estaban condicionados por la necesidad: “Ser pobre o estar enfermo significaba verse sometido a la necesidad física, y ser esclavo llevaba consigo además el sometimiento a la violencia del hombre”. Considera que se requiere riqueza y salud para alcanzar la libertad, puesto que su posesión evita verse sujeto a la necesidad. “Ser libre significaba no estar sometido a la necesidad de la vida ni bajo el mando de alguien y no mandar sobre nadie, es decir, ni gobernar ni ser gobernado”. La esclavitud en la sociedad helena, en particular, y en la Antigüedad, en general, para Arendt era necesaria para que los individuos libres vieran resueltas sus necesidades y no estuvieran sujetos por ellas.
La polis se diferenciaba de la familia en que aquella solo conocía «iguales», mientras que la segunda era el centro de la más estricta desigualdad. […] Ni que decir tiene que esta igualdad tiene muy poco en común con nuestro concepto de igualdad: significaba vivir y tratar solo entre pares, lo que presuponía la existencia de «desiguales» que, naturalmente, siempre constituían la mayoría de la población de una ciudad-estado. Por lo tanto, la igualdad, lejos de estar relacionada con la justicia, como en los tiempos modernos, era la propia esencia de la libertad: ser libre era serlo de la desigualdad presente en la gobernación y moverse en una esfera en la que no existían gobernantes ni gobernados.
Así, la esfera pública fue el espacio donde se movían los hombres libres y donde podían actuar. Para Arendt el actuar del hombre libre se contraponía a las ocupaciones de quien se veía obligado a trabajar —a quien define como homo faber, el hombre que fabrica; conceptualización que toma de Marx y otros pensadores, incluyendo a Aristóteles— y de quien se veía obligado a laborar. La acción es lo que tiene una repercusión en la esfera pública y lo que sobrevive a la propia vida de quien ejerció dicha acción: esta se vuelve una parte fundamental de la esfera pública: “la acción no solo tiene la más íntima relación con la parte pública del mundo común a todos nosotros, sino que es la única actividad que la constituye”.
La acción, a diferencia de la fabricación, nunca es posible en aislamiento, estar aislado es lo mismo que carecer de capacidad de actuar. La acción y el discurso necesitan la presencia de otros no menos que la fabricación requiere la presencia de la naturaleza para su material y de un mundo en el que colocar el producto acabado.
Arendt aúna a la acción el discurso, ambas como formas en las que el hombre se hace presente en la esfera pública —aunque en muchos puntos los verbos se nos presentan conjugados en tiempo presente, se ha de pensar que deberían estarlo en pasado porque sus planteamientos surgen a partir de ciertos pensadores y de cómo cree que se articularon las esferas públicas y privadas en la Antigüedad; no hay un cuestionamiento a las fuentes clásicas que consulta que pudiera haber ayudado a construir mejor sus planteamientos, incluso ahí donde no fueron reales, y más interpretaciones propias de esas fuentes; aunque, por supuesto, eso hubiera extendido una obra que ya de suyo es extensa; aunque, he de reconocer que plantea una continuidad de las esferas públicas y privadas, y dentro de esta última el trabajo y la labor—. La acción y el discurso son lo que perdura en la memoria de los hombres, en la esfera pública, lo que han de consignar los historiadores: “sabemos mucho menos de Sócrates, que no escribió una sola línea, que de Platón o Aristóteles, conocemos mucho mejor y más íntimamente quién era, debido a que nos es familiar por su historia”, entendiendo historiadores como aquellos que consignan hechos memorables e historia como la narración de esos hechos memorables: “La acción sólo se revela plenamente al narrador, es decir, a la mirada del historiador, que siempre conoce mejor de lo que se trataba que los propios participantes”.
Anterior a esa acción y su revelación, anterior incluso a la esfera pública, es el espacio de aparición, el espacio en que se congregan los hombres:
El espacio de aparición cobra existencia siempre que los hombres se agrupan por el discurso y la acción, y por lo tanto precede a toda formal constitución de la esfera pública y de las varias formas de gobierno, o sea, las varias maneras en las que puede organizarse la esfera pública. Su peculiaridad consiste en que, a diferencia de los espacios que son el trabajo de nuestras manos, nos sobrevive a la actualidad del movimiento que le dio existencia, y desaparece no sólo con la dispersión de los hombres […], sino también con la desaparición o interrupción de las propias actividades. Siempre que la gente se reúne se encuentra potencialmente allí, pero sólo potencialmente, no necesariamente ni para siempre. […] El poder es lo que mantiene la existencia de la esfera pública, el potencial espacio de aparición entre los hombres que actúan y hablan.
El poder entendido como potencialidad dentro de la esfera pública es una conceptualización que casi nos suena extraña, sobre todo después de Michel Foucault (1926-1984) y su extensa obra analizando el poder y las relaciones humanas. El poder es, entonces, todas las posibilidades de acción dentro de la esfera pública, potencialidades infinitas, como las de la acción cuyas consecuencias, una vez hecha, nunca terminamos de conocer —“[el] proceso de un acto puede literalmente perdurar a través del tiempo hasta que la humanidad acabe”—. De ahí que Arendt contraponga al poder tanto la fuerza como la tiranía, ambas generan impotencia en su ejercicio, dificultan o imposibilitan la potencialidad de la acción.
La acción es un proceso, puesto que sus consecuencias nunca terminan de ser conocidas.
Ni siquiera el olvido y la confusión, que encubren eficazmente el origen y la responsabilidad de todo acto individual, pueden deshacer un acto o impedir sus consecuencias. Y esta incapacidad para deshacer lo que se ha hecho va ligada a una casi completa imposibilidad para predecir las consecuencias de cualquier acto o tener conocimiento digno de confianza de sus motivos.
Es en este punto en el que el lazo con la Antigüedad se va distendiendo, las afirmaciones que Arendt ofrece para las ciudades-Estado griegas e incluso para la Roma republicana son válidas no solo para esas sociedades y sus élites, los hombres libres que constituían lo que ella define como la esfera pública, sino para todos los seres humanos, aunque condiciones sine qua non necesarias para la esfera pública en la Antigüedad no se cumplan. Así, nos encontramos a los seres humanos condicionados por sus necesidades, que los llevan a laborar y a trabajar, pero también por sus propias acciones y discursos, es decir, mantenerse vivos y convivir con otros seres humanos es lo que nos condiciona, de ahí la condición humana. Para Arendt es fútil hablar de naturaleza humana porque: “si tenemos una naturaleza o esencia, sólo un dios puede conocerla y definirla, y el primer requisito sería que hablara sobre un «quién» como si fuera un «qué»”. El poner el foco en las condiciones en las que nos desenvolvemos y no en la esencia de lo humano es, para mí, una de las mayores aportaciones de Arendt, más que su análisis del totalitarismo o su Eichmann en Jerusalén (1963) —que no el concepto banalidad del mal, que ella conceptualiza de esa manera, pero que, como varios historiadores como Raul Hilberg han señalado, no se sostiene en la persona misma de Eichmann quien fue muy consciente de sus acciones contra la población judía—.
La condición humana se da porque aparecemos en un mundo ya hecho, con relaciones ya dadas, en el que se espera que actuemos y en el cual nuestras acciones afectan a los otros y afectarán a quienes incluso no han llegado a este mundo, del mismo modo en el que las acciones de los demás seres humanos nos afectan.
Muy interesante todo, me digo, pensando todavía en mi lectura de Arendt, al tiempo que ayudo a mi papá a descargar la troca. Me apeo sobre las pacas y las lanzo hacia mi papá que las acomoda en la harcina. Este trabajo que para Arendt no hubiera alcanzado la cualidad de trabajo y hubiera desdeñado como mero laborar.
Portada de “Lo que no se comprende. Cuentos ilustrados”, Inés Arredondo. Ilustraciones de John Marceline. Fondo de Cultura Económica, 2021.
Hay ciertos textos, personajes y autoras que permanecen por años acompañándonos en secreto. Son imágenes que se adhieren en el fondo de nuestra caja de recuerdos, donde nuestro espíritu elabora su propia narrativa, lo que nos es vital para no abandonarnos por completo. Exceden la experiencia de lectura y son protagonistas, a su manera, en los relatos que continuamos elaborando para enfrentar el día a día, porque nos descubrieron una sensibilidad que antes no habíamos percibido. Así han sido Arredondo y sus cuentos para mí, una presencia que permanece y sigue revelándome otro matiz del devenir, rebosante de complejidades, colores y sombras, que no termino por comprender, pero que permanezco habitando, fascinada por el misterio. Sus relatos, en efecto, han construido una suerte de muro que contiene las aguas del delirio, permitiéndome contemplarlas sin sucumbir.
Inés Arredondo nació en Culiacán, Sinaloa, el 20 de marzo de 1928 y murió el 2 de noviembre de 1989 en la Ciudad de México. Fue una escritora mexicana cuya obra, según se ha dicho ya por sus estudiosas, críticas y biógrafas, se distingue por su exploración de la oscuridad, el deseo y la fragilidad humana. Publicó tres libros de cuentos: La señal en 1965 — “1 500 ejemplares y sobrantes para reposición”—, Río subterráneo en 1979 y Los espejos en 1988. Resulta notorio el tiempo que transcurrió entre cada uno de ellos: catorce años entre La señal y Río subterráneo, y nueve años más hasta Los espejos. Me interesa sobre todo pensar en este ritmo mesurado, me gusta como una apuesta a la intensidad y la persistencia en su escritura, sus cuentos como semillas que tardan un tiempo en germinar, florecer y convertirse en frutos.
Tras su muerte, su obra ha sido recuperada en distintas ediciones. En 1988, Siglo XXI publicó una primera recopilación de su Obra completa, y en 2011 el Fondo de Cultura Económica sus Cuentos completos, reuniendo nuevamente su producción narrativa. Por último, en 2021, Lo que no se comprende en la colección Clásicos del Fondo, una edición ilustrada por John Marceline que ofrece una nueva mirada a su universo narrativo.
Si bien la lectura de Inés Arredondo es ya, por sí sola, una experiencia que evoca extrañeza, esta edición ilustrada insiste aún más en la dimensión y profundidad de sus cuentos. Las imágenes de John Marceline acompañan los relatos y la lectura, desde una sensibilidad que, con trazos y contrastes marcados, dilata un poco más ese universo. Las ilustraciones recuperan otra vez lo que no se nombra, lo que se esconde en las sombras y lo que acecha tras los gestos borrados o contenidos de los personajes.
Es verdad que, en ocasiones, puede ser inquietante cuando una imagen nos muestra el punto de vista de alguien más sobre una historia que conocemos y hemos disfrutado. Con esa emoción, hace unos meses descubrí en la biblioteca escolar el libro Lo que no se comprende y de inmediato quise llevármelo en préstamo a casa, con el propósito de recuperar esa experiencia de lectura en los cuentos que se incluyen en esta selección: “El árbol”, “Mariana”, “Estío”, “La extranjera”, “Río subterráneo”, “Las mariposas nocturnas”, “Sombra entre sombras”, “Opus 123”, “Lo que no se comprende” y “La sunamita”. Leerlos de nuevo, esta vez acompañada de la ilustración.
Tendida sobre la cama, comencé la lectura con la emoción de volver a esas palabras y, esta vez, conmovida por la impresión que me provocaron las ilustraciones, que acentuaban el sentimiento de extrañeza. Como si alguien más, John Marceline, a través de los colores y el trazo, me dijera: “mira, a mí también me estremeció esto” en cada cuento. Sorprendida por esa posibilidad de lectura, esa manera de descubrir el texto en complicidad con una sensibilidad ajena, quise abrir más ese reconocimiento que ofrecía el libro.
Cuando me propusieron coordinar un club de lectura en la Escuela Normal donde soy profesora, quise empezar de inmediato, sobre todo porque había estudiantes con muchas ganas de participar. Ahora conozco mejor sus gustos e intereses literarios, pero al inicio me sentí insegura. Quería compartir los libros que amo, aunque sabía que eso implicaba un riesgo. Temía que mis entusiasmos no fueran compartidos o que, en lugar de acercarlas a las autoras, las alejara. Por otro lado, sentía temor por exponerme a que su indiferencia me doliera. De cualquier manera, confío en que lo esencial no es solo sugerir un texto, sino transmitir —como por contagio— ese sentimiento, la emoción que también me ha atravesado con la literatura. Por eso quise atreverme a mostrarles mis textos literarios más vitales. Lo que no se comprende fue uno de los primeros libros que quise llevar para leer con ellas.
Desde la portada, el libro llamó la atención. Observamos con detalle el color, tonos muy oscuros, rojo en su mayoría, púrpura de repente. “Formas blancas y afiladas como colmillos”, comentamos unas, o “podrían ser las estalactitas de una cueva”, notaron otras. En el centro la figura femenina, pequeña, a punto de ser tragada por esa cavidad. En conjunto, la imagen que aparece en ambas tapas ya nos habla sobre la temática de los cuentos, les dije, el misterio que seduce y el deseo por lo que está oculto. Observamos las rosas rojas dibujadas en las guardas y pensamos en los pétalos envolventes, su textura, su belleza, pero también en las espinas. Todas se marchitan. Les hablé un poco de Inés Arredondo, de su manera de narrar, cómo sus cuentos no buscan explicarse del todo, pero permanecen como un espejo en el que descubrimos un secreto. Les dije que cuando encontré esta edición me gustó mucho porque la artista que ilustra me hizo sentir acompañada en esa incertidumbre. Luego lo abrí y elegí leer en voz alta “El árbol”, el primer cuento suyo que conocí y que también es el primero que aparece en el libro.
Cuando terminé permanecimos un momento en silencio y después empezamos a conversar acerca de ese momento en que la voz de la protagonista duerme al lado del cadáver de su esposo, quien recién ha muerto, y cómo narra que después debieron sujetarla muchas manos para impedir que se lo llevaran. ¿Qué pasó esa noche? Observamos el ojo de ella en la imagen de John Marceline, los dedos que la cubren, la desesperación enloquecida por la pérdida.
Les ofrecí el libro para que lo hojearan y se acercaran a él desde su propio impulso. Algunas pasaron las páginas rápidamente, deteniéndose tan solo en ciertas ilustraciones. Cuando les pregunté qué cuento les gustaría leer después, hubo una pequeña discusión, así que les propuse que leyéramos uno o dos por sesión hasta terminar el libro. Todas estuvimos de acuerdo. Una de ellas señaló la imagen de una figura escultórica sin cabeza, con alas extendidas, cubierta de collares que le adornan pero que, al parecer, también la inmovilizan, y pidió que, por favor, siguiéramos con ese. Era el cuento “Las mariposas nocturnas”.
“Las mariposas nocturnas” apareció en el libro Río subterráneo, publicado en 1979, y trata sobre una relación triangular que se tensa todo el tiempo en razón del poder y el deseo entre los personajes: Lótar, quien narra la historia, Hernán, un poderoso hacendado, y Lía, una mujer a quien vemos transformarse a lo largo de la narración, pues empieza siendo una adolescente que accede a ser la mujer de Hernán, siempre y cuando él le muestre su biblioteca. A partir de ese primer encuentro, ella permanece a su lado, encantada por todo lo que le rodea, los vestidos, las comidas, los libros, mientras que Hernán, al parecer, únicamente la contempla. Se trata de un cuento largo, pero quisimos leerlo en voz alta para permanecer todas atentas a la narración.
Al avanzar en la historia, volvíamos constantemente a la ilustración que desde un principio nos sedujo. Nos preguntamos varias veces cómo la imagen podía ser, a la vez, una celebración de la belleza y una condena. Alguien señaló que la estatua, inmovilizada por estar hecha de piedra y por los adornos, podía ser una muestra de cómo la opulencia impedía a la protagonista alzarse en vuelo. Era evidente que las joyas evocaban los rituales en los que Hernán envolvía de todo lujo a Lía, tomando posesión de ella, sin necesidad de encadenarla. La lectura del cuento se hizo más honda cuando reconocimos en la ilustración la Victoria Alada de Samotracia, admirada por Lía en su viaje a París, convertida en prisionera, la identidad borrada, los collares como cadenas. Pero también entonces, en la ilustración al final del cuento, cuando Lía decide irse, despojada de todo lo que la había mantenido inmóvil, se mostraba un paisaje abierto, lleno de caminos y vetas a punto de ser reconocidos.
En las siguientes reuniones, volvimos al libro cada vez con relatos distintos, hasta terminarlo. Ya no era solo mi entusiasmo el que guiaba la sesión, sino el de ellas, el de su propia curiosidad. En cada relectura, acompañada con sus intervenciones, miedos y reconocimientos propios en lo que Arredondo narraba, pude descubrir, junto a ellas, la intensidad que también John Marceline quiso mostrar con las formas y el color rojo que se derrama en el libro.
“Lo que no se comprende. Cuentos ilustrados”, Inés Arredondo. Ilustraciones de John Marceline. Fondo de Cultura Económica, 2021. Disponible aquí.
Portada del álbum “De Mysteriis Dom Sathanas “, Mayhem, 1994. Deathlike Silence.
—¿Cómo le vamos a hacer para meter las velas?, nos las van a quitar en la entrada.
—No, solo hay que decir que son parte del disfraz.
—Prefiero esconderlas en mi brasier, a las mujeres no las revisan.
—Como quieras… pero ya maquíllate.
Axel ya tenía el rostro blanco, los ojos y los labios negros. Su novia hacía su mejor esfuerzo para verse igual que él. Sonaba Mayhem a un volumen incómodo, Axel fingía tocar una guitarra, sacudía la cabeza mientras crecía su impaciencia hacia Cristina. Halloween era una fecha especial para él, y ella quería que todo saliera perfecto. No le dijo que le bajara a la música ni se quejó por maquillarse a media luz para no arruinar el ambiente.
—Ya estoy lista, pero ¿cómo le hago para esconder la sangre?
—También podemos decir que es parte del disfraz o… ten, métela en un frasco y guárdala en tu bolsa, no creo que lo confisquen.
Los dos se pusieron sus chaquetas de cuero, su destino estaba a unas casas de distancia y los consumía la adrenalina, estaban a punto de irse cuando el black metal se paró de súbito porque un niño entró a la habitación.
—Me van a llevar con ustedes.
—Apenas tienes trece, ni siquiera te van a dejar pasar, menso.
—¿Y qué? Soy alto, con el disfraz nadie va a saber cuántos años tengo.
—¿Cuál disfraz?
El hermanito de Cristina desdobló una manta blanca que llevaba bajo la axila, tenía dos agujeros en el medio. La disputa prosiguió: solo tenían dos boletos, pero no era un problema, el niño estaba dispuesto a hacer la fila necesaria para comprar el suyo en la taquilla. ¿El permiso?, su mamá ya se lo había dado, y si su hermana seguía con tantas negativas haría una llamada para arruinarle la fiesta.
—Pues márcale, pinche acusón, ya estoy harta de que mi mamá me obligue a llevarte a todos lados.
—No le voy a marcar para acusarte de que no me quieres llevar, nada más para contarle que tu novio no va en la prepa contigo, que ya está en la universidad.
El chantaje fue efectivo.
La casa Hidalgo llevaba más de quince años abandonada. La familia Hernández Hidalgo la habitó por décadas hasta el 27 de octubre de 1994, fecha en la que se estima su desaparición. Se esfumaron los cuatro como si se los hubiera tragado el mismo infierno. No hubo cartas de despedida, no empacaron nada, no hubo llamadas para pedir rescate; la búsqueda fue infructuosa. Todos aseguraban que eran buenos vecinos, discretos, educados, sin enemigos o relación alguna con gente de mal.
La señora era muy devota, iban juntos cada domingo a misa y ella solía dirigir los rosarios junto a su esposo, que la acompañaba cantando alabanzas con una guitarra. Era extraño, se esfumaron, pero la guitarra se quedó en la casa, lo mismo que la biblia, una tina de metal puesta para la bebé, el desayuno hecho, la cama del niño sin tender. Los Hernández Hidalgo eran personas tranquilas, nadie se percató de que la casa estaba sola hasta que llegó el domingo, pues no habían faltado a misa ni una sola vez. El mismo Padre Ramón, que era amigo de la familia, fue a buscarlos. La puerta estaba sin llave, la cocina llena de moscas. Ni un solo cuerpo, ni una gota de sangre, ni la ventana rota o la cerradura forzada.
La colonia se cansó de buscarlos, el Padre Ramón estaba seguro de haber visto luces arriba de la casa durante cada mes de octubre, decía que eran ángeles, que ojalá se los hubieran llevado los ángeles. Por mucho tiempo se hicieron misas, incluso todavía algunos piden por la señora Rosa María, entre los enfermos y los difuntos, cada 27 de octubre, día de su desaparición.
Pero, por primera vez, la casa Hidalgo no estaba tapizada con tablas y candados. El portón que daba hacia su jardín frontal estaba abierto con dos hombres enormes parados en cada extremo, sosteniendo una cadena para controlar el paso. A un lado de la entrada había una fila de jóvenes disfrazados e impacientes, que se extendía casi hasta la esquina de la cuadra. La DJ hacía retumbar los vidrios de la casa que se vislumbraba al fondo. Alta, oscura, secreta y, para el beneficio de Axel, sin cerradura.
—Bueno, tú querías venir, ¿no? —Le dijo Cristina, irónica, a su hermano—. Pues fórmate y nos alcanzas adentro, ahí nos buscas.
Los novios se fueron riendo, satisfechos de haberse librado del hermano menor. Cristina pasó sin problema, pero a Axel lo retuvieron, le quitaron el cinturón, las pulseras, el crucifijo invertido y las cadenas del pantalón; al parecer todo lo que terminara en punta, incluyendo los estoperoles, era considerado un arma blanca. Por la misma razón le quitaron su chaqueta. Axel tenía cerrados los puños, se esforzaba por no gritarle al guardia, por resistir la ira que desencadenaba escándalos en todos los bares y fiestas a las que iba, pues esa noche era más importante que darle rienda suelta a su rabia.
Había tanta gente que apenas y podían avanzar. Se movieron entre el tumulto y las luces psicodélicas, a veces les llegaba el olor a cigarro o marihuana, y Cristina estallaba de lo feliz que estaba, pues Axel la llevaba de la mano para no perderla. Llegaron a un puesto de cerveza donde ella tuvo que alejarse unos metros para esperarlo porque aún no cumplía la mayoría de edad. Se acercaron a ellos otros cuatro universitarios, todos con caras blancas, ojos y labios negros. Los hombres, al igual que Axel, llevaban el cabello largo. Se tomaron la cerveza casi de un jalón, medio ebrios y con la adrenalina al tope, y se colaron a la casa Hidalgo.
El rave solo era en el jardín frontal, protección civil jamás habría permitido el acceso a esa casa medio en ruinas. Nadie había entrado ahí desde 1994. Subieron hasta las habitaciones guiándose con las linternas de sus teléfonos. Todo estaba cubierto de telarañas y de una capa espesa de polvo que era inevitable inhalar. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, excepto la cama del niño que seguía estando sin tenderse. Axel eligió esa habitación, las paredes de la casa eran tan gruesas que la música no les impedía escucharse, por mucho que las ventanas vibraran. Cada uno encendió la vela que le fue encomendada llevar, excepto Cristina, que la llevaba por si acaso, pues para el pentagrama solo se necesitan cinco.
Dos de los amigos de Axel iban de novios y aprovecharon para esconderse bajo las cobijas de esa cama. Otros dos fumaban, ajenos al creciente enojo de Axel. Cristina sabía que para él era un tema serio lo de la casa, ella había ido para pasar tiempo a su lado y hacer lo mismo que querían los demás: fumar tabaco o hierba, explorar la famosa casa, tomarse fotos, quizá robarse algunas cosas por diversión, pero, sobre todo, esconderse con su novio bajo algunas cobijas. Sin embargo, no podía acercarse, Axel esculcaba entre los cajones de los desaparecidos, sin buscar nada en específico, solo por el placer fetichista de ver qué había. Él era el único interesado en el ritual, en llamar a lo que sea que se haya llevado a los Hernández Hidalgo.
—Eran muy religiosos, ¿sabes? Y a Satán le gustan así, es como darle una patada a Dios.
Axel disfrutaba despedazando las cruces de palma que estaban atoradas en la puerta. A ella le daba miedo verlo así, sabía que, si las cosas no resultaban como él esperaba, se pondría furioso. Nunca había logrado evocar nada, cada reunión solía terminar en peleas a golpes entre sus amigos, a quienes culpaba siempre de que no respondiera ningún ser sobrenatural. Para todos era un juego y una excusa para embriagarse, menos para él. En su frustración arrojaba cosas hacia los que estuvieran, incluso hacia Cristina, y gritaba, golpeaba lo que tuviera enfrente hasta que se le llenaban los nudillos de sangre, y finalmente se iba diciendo cosas en voz baja sobre demonios, sacrificios y lo que necesitaba para el siguiente ritual.
Cristina empezaba a preocuparse y quería calmarlo antes de comenzar. Se le acercó con cautela.
—Ven tantito, vamos a ver la luna antes de comenzar —dijo mientras llevaba a su novio hacia la ventana.
—Vaya, está mucho más grande y roja que cuando fui a verte, nunca había visto una luna así.
—Ya ves, las lunas de octubre…
—It´s night again, night you beautiful…. I please my hunger, on living humans… Night of hunger follow it´s call… follow the freezing moon.
Axel se fue cantando en búsqueda de una habitación más amplia para sus planes, Cristina le dio la sangre de becerro que llevaba en su bolsa y él comenzó a dibujar los símbolos usuales en el piso. Les habló a sus amigos para que le ayudaran con la preparación. Ella no quería estar ahí, Axel no toleraba equivocaciones durante el proceso, así que regresó a la otra recámara para esperar el inicio del rito. Se le escurrían lágrimas por el miedo mientras contemplaba la luna cada vez más extraña, más brillante, rodeada por estrellas que habría jurado que se estaban moviendo. Su llanto fue interrumpido por un fantasma que la tomó del hombro. Ella gritó, pero su hermano se aventó a la cama retorciéndose de la risa; se aventó sobre él, molesta, arrancándole el disfraz y diciéndole que se regresara a casa. Cuando forcejeaban los cegó una luz intensa, pensaron que provenía del mismo rave, hasta que intensificó llenando toda la habitación. Una fuerza los dejó inmóviles, era tan doloroso que creyeron que explotarían sus cuerpos…
Cuando Cristina logró abrir los ojos había dos figuras alargadas observándola. Estaba sujeta a una superficie helada, no estaba amarrada, pero le era imposible moverse a causa de la fuerza que comprimía su cuerpo. Su vista se fue aclarando, quienes la observaban no eran ni su hermano ni Axel. No podía moverse, pero sus ojos recorrieron con desesperación el lugar. A su derecha estaba su hermano menor, inconsciente sobre la misma camilla metalizada, siendo inspeccionado por uno de los seres. A su izquierda estaba un amigo de su novio, sobre otra camilla pero, sin duda, muerto. La tocaban con sus manos húmedas, la textura de su piel le recordó a la de un delfín. Le introdujeron dos tubos por cada orificio de la nariz y uno más por la boca. Se desmayó a causa del dolor.
Un instante después estaba cayendo de dos metros de altura, sobre césped húmedo que amortiguó el golpe. De nuevo la cegó una luz intensa, y cuando recuperó la vista estaba ahí la misma luna roja y brillante de Halloween sobre la casa Hidalgo. A su lado estaba su hermano, en cuanto se vieron comenzaron a llorar.
—¿Dónde está toda la gente?… ¿Axel?…. ¡AXEEEEEEEEL!
Antes de dar siquiera un paso, se encendió una luz en la casa Hidalgo, seguido de otra desde la recámara en la que habían estado hace unas horas, después una más, y luego las de toda la casa.
—Vámonos, ¡vámonos! —el chico jaloneó a su hermana y corrieron hasta el portón.
Ya no estaban los sujetos de la entrada, ni había señal alguna de la fiesta. El portón estaba sin llave, salieron lo más rápido que pudieron.
—Llámale a mi mamá, llámale a mi mamá —le suplicó su hermanito.
Pero el celular de ambos estaba muerto. Corrieron hacia su casa tomados de la mano, esquivando brujas, momias y fantasmas pidiendo dulces. Llegaron a casa, afuera estaba estacionado el auto de su abuelo. No sabían si ya habían pasado horas o días desde su ausencia, pero Cristina sintió esperanza de no ver ahí a la policía. Comenzó a tocar el timbre como una loca, vio la sombra de sus padres a través de las cortinas, pero quienes les abrieron la puerta fueron una pareja muy joven, con un bebé en brazos. Era 1993, el año en que Cristina nació. Las calles estaban silenciosas salvo por las voces de los niños pidiendo calaverita que caminaban solos, riendo y cantando. Ninguna tragedia había alcanzado aún sus vidas.
Es de noche y llueve como si el mundo nunca hubiera llorado. Nana llora; sé que lo hace porque la escucho maldecir con la voz rota, mientras corremos entre perros flacos y charcos de agua sucia. El frío me hace estornudar. Ella siempre me dice que no debo andar afuera sin suéter, pero parece haberlo olvidado. Llegamos a una tienda al mismo tiempo que un señor en moto. Deja las llaves puestas y entra a comprar. Nana me ordena: sube. La abrazo y escapamos. En la carretera, los árboles nos dicen por dónde ir.
Al rato doblamos en una entrada del bosque. Casi no puedo ver el camino. Las gotas bajan por mis cachetes y hacen que mis pestañas aleteen como una mariposa asustada. Dejamos la moto detrás de unos troncos tirados y seguimos a pie. Siento el sonido de los búhos en la espalda y me tranquilizo. Nana alumbra con una lámpara y yo la sigo sin soltarme de su blusa. A cada paso, el lodo se mete en mis tenis. Imagino los dedos ahí dentro, ahogándose de tan sucios y pegajosos y las uñas negras de tierra. Me gusta la lluvia.
Nana destapa con la luz una cabaña entre enredaderas. Tiene muy buena suerte: encuentra las llaves del candado bajo el tapete. Estoy contenta, pero el frío no me deja sonreír. Creo que, con el pelo escurrido, parezco una sopa de espagueti. La casita es como la de los siete enanos; nosotras somos del tamaño de Blanca Nieves. El aire huele a lagartija muerta, el suelo está tapado por grillos tiezos. Caen chorros del techo. Hay un colchón en el piso. Entre las dos lo sacudimos hasta que el polvo nos hace toser.
Acerca tus manos, dice Nana cuando prende la chimenea.
Y después de un Padre Nuestro frente al fuego, dormimos.
Cuando pasó lo que pasó, me volví loca. Entendía que había sido muy difícil para Nana sacarme de la fiesta de mis papás. Tenían todo listo: las velas, los dibujos en el suelo, los libros, los invitados. Estoy segura de que les arruinó la noche. No era la primera fiesta que hacían, pero sí la primera a la que me dejaban pasar. Varias veces escuché en la madrugada, desde mi cuarto, los gritos y las risas. No podía dormir con tanto ruido. Cuando le preguntaba a Nana qué pasaba en el estudio por las noches, me decía que no podía hablarme de eso y mejor rezábamos.
En la mañana, Nana me observa y, aunque tiene lagañas, sus ojos siguen siendo de borrego. Le digo que tengo hambre. Quiero un vaso de leche bien fría y un croissant de jamón con queso. Ella sonríe triste y dice que es hora de irnos. Quita una tabla del piso, saca un cuaderno con direcciones anotadas. A lo lejos, oigo los pájaros del bosque y pienso en sus nombres. Me despido de la cabaña y salimos a buscar la moto. Hay ramas en el suelo, hojas y arañas que se sostienen de su tela. Encontramos la moto donde mismo. Nana tarda en prenderla. Cuando al fin lo logra, seguimos por la carretera y, solo hasta que vemos más gente, paramos a cargar gasolina. Me da unas galletas.
Come algo, dice.
¿Qué iba a pasar en la fiesta, Nana?, le pregunto.
Tus papás tienen creencias malas, mi niña.
¿Malas cómo?
Malas, mi niña.
¿Como eso de que si sales al jardín acabando de comer se te enchueca la boca? ¿O que si ves mucha tele se te salen los ojos?
De otro tipo, mi amor.
Mmm.
Nana me besa la frente.
Volvemos al viaje en la moto y luego de una hora descubro nuevos edificios. Ya estamos en otra ciudad, más gris, más aburrida. Muchas personas esperan un camión. Intento aprenderme de memoria las calles por si nos perdemos, pero Nana está muy segura del rumbo y, si tiene dudas, no se detiene, porque ella toma las decisiones en movimiento. A veces la escucho hablar. No lo hace conmigo, habla con ella misma. Se dice cosas. No puedo preguntarle mucho. Si algo me enseñó fue a no interrumpir una conversación de adultos.
Llegamos a un lugar que Nana llama el barrio. Las casas tienen los cristales rotos y las paredes pintadas con letras grandes, como si fueran hechas para los ojos de un gigante. Estaciona la moto afuera de un portón. Me dice: ven, vamos. Y me jala. Al subir las escaleras me cuenta que creció en esa vecindad con una hermana a la que ya no ve. Dice que está muy cambiado.
Un amigo de Nana nos espera arriba; tiene aretes en las orejas como yo y bigote. Dice que podemos quedarnos solo esa noche y abre la puerta. Adentro, le pregunta a Nana si cuando escapamos ya habían iniciado la ceremonia. Así la llama, ceremonia. Nana responde que no sabe, que entró por mí al escuchar los cánticos, y le muestra al señor las tijeras con que amenazó a los invitados de mis papás.
¿Sabes a quién veneran?
Sí, dice y se acerca a su oído.
Te estará siguiendo.
Lo sé, dice Nana y empieza a llorar.
El cabello de Nana le llega a la espalda. Me gusta peinárselo y que luego me haga una trenza como solo ella sabe hacerlas. Siempre quise tener tanto cabello para poder esconderme, como si entrara a una casa miniatura o un caparazón. Nana, cuando llora, mete la cabeza hacia adentro y el cabello baja a su pecho, le cubre la cara chiquita de pájaro triste. Eso quiero hacer un día: que mi cabello me cubra por completo y me abrace.
Me dan una sopa con pocos fideos y prendo la tele mientras ellos hacen llamadas. Despacio, se me cierran los ojos. Me duermo en un sillón que huele a cigarro y al que se le sale la esponja. Más tarde, alguien me tapa con una cobija.
Al despertar, ya es otro día, aunque aún no amanece. Nana está sentada en el rincón, sobre el suelo, con los ojos rojos, abrazando sus rodillas. Le pregunto si está bien y voltea rápido, asustada, como si se hubiera olvidado de mí.
Es hora de irnos, dice y me lleva a lavar la cara.
Su amigo le entrega unos billetes y Nana le pregunta si no hay otra cosa que hacer.
Es tarde, dice, quizás a la monja se le ocurra algo.
Pregunto quién es la monja. Nadie contesta. Ellos se abrazan, se dan un beso en la boca y bajamos por las escaleras.
Papá me había prometido que, después de la fiesta, iba a darme un regalo. Al entrar al estudio esa noche, el olor a hierbas me provocó náuseas. Había libros sobre una mesa de madera, libros grandes que nunca me dejaron leer, y gente que iba a cenar de vez en cuando y a veces me obligaban a saludarla. Esos señores de corbata. Esas abuelas de aretes brillosos. Mamá dibujó la estrella en el piso; otro de los invitados se puso contento de verme y dijo que me iba a divertir. Prendió las velas en cada punta de la estrella y pronunció algo en un idioma que no era inglés ni francés. Cuando me pusieron al centro, papá me preguntó si estaba lista para conocer al Rey. Yo dije que sí con la cabeza.
En el camino, Nana no dice nada. Veo un campo de flores amarillas; esquivamos ovejas que van en grupo a comer pasto. Paramos afuera de una iglesia. Es un pueblo, según Nana, donde los caballos aún pueden pasearse solos. Se acerca a tocar la puerta de madera. Una monja sale y me mira como si le hubiera roto su vajilla. Nos dice: pasen.
En la iglesia hay figuras colgadas de santos, y una cruz gigante hasta arriba. Luego un patio con una fuente y jardineras. En otro cuarto, varias monjas comen calladas y, al darse cuenta de que estamos ahí, una de ellas nos trae un plato de frijoles con arroz. Salen todas.
¿Cuántos eran en la ceremonia?, pregunta la monja.
No sé, tal vez ocho o diez, contesta Nana.
La monja, que parece un pingüino, va por su Biblia y se la da a Nana.
Para que las proteja, le dice.
Un libro no nos va a salvar.
Nana extiende su cuaderno con direcciones. Se lo muestra y le pregunta si alguna de esas personas podría hacer algo. La monja dice que tal vez en el seminario, pero eso está a tres días en moto.
No hay tiempo, dice, y besa la cruz que trae colgando del cuello y también se la da. Las otras mujeres escuchan detrás de una ventana.
Huye hasta donde puedas, hija.
Le pone la mano en la cabeza, cierra los ojos y deja salir murmullos. Yo no dejo de comer, aunque los frijoles con arroz no sean mi comida favorita. Nana también cuchichea frases y juntas, con la monja, hacen una oración que suena chistosa, como conjuro de magia. Al terminar, nos acompaña a la salida. Nana me toma de la mano, me sube a la moto y le promete a la monja que encontrará la forma de salvarme.
Cuando llegamos a la siguiente ciudad, nos detenemos en un puesto de periódicos. La foto de Nana está en la primera hoja y la mía también. Creo que papá ha empezado a buscarnos. Nana deja la moto en la banqueta y vamos a pie.
Agacha la cabeza, me dice.
Entramos al baño de un McDonald’s y, encerradas, Nana saca las tijeras. Le digo que tengo hambre, pero ella toma un mechón de su cabello y lo corta. Los cabellos caen pesados en la taza. Así sigue hasta quedar pelona. No parece Nana, aunque sé que es la misma que me cuida. Dice que es mi turno y le pido por favor que no, pero insiste. Lloro; suenan los cortes metálicos. Al tocarme la nuca, ya no hay más cabello. Salimos a la calle. Cuando pasamos por una ventana, pienso que ahora sí nos parecemos, Nana y yo, y entonces no es tan malo. Abandonamos la moto en un callejón.
En la noche, nos quedamos debajo de un puente; otros señores sin zapatos duermen al lado. El cielo quiere llover, pero no cae ni una gota, solo hace viento.
Duerme, dice Nana, y lo hago acostada en sus piernas.
En la mañana, caminamos una media hora hasta llegar a un mercado. Huele a tripas y caca. Hay cabezas de puercos sobre una mesa larga; las moscas se detienen, intentan meterse en su nariz. Vamos al fondo. En el pasillo de las hierbas, una viejita vende veladoras, semillas y flores raras. Nana le cuenta un poco de lo que hemos hecho. La viejita pregunta si mis papás saben dónde estamos, y Nana le contesta que no. Entonces agarra unas hojas secas, las muele en sus manos hasta que se hacen polvo; se lo echa a Nana en la cara.
Hablas con verdad, dice la viejita, vas a tener manifestaciones pronto.
Le vuelve a echar lo que queda de polvo.
La quiere a la niña, le dice a Nana, y tú no piensas entregársela. Pero no puedes pelear. El trabajo que haremos será contigo.
Nos mete a un cuartito en la parte de atrás. Hay frascos, varias figuras de la virgen y una calaca que tiene un manto negro encima. La conozco porque Nana tenía una estampa de ella escondida en la caja de los zapatos.
La viejita prende unas velas gruesas y con un ramo de hierbas en la mano, que mueve como si fuera una sonaja, canta canciones que no son para jugar. Después camina alrededor de Nana, le da golpecitos con las hierbas, bebe de uno de los frascos y le escupe a la cara. Prende una fogata alrededor de Nana, como si fuera a cocinarla, pero no la quema.
Revélate, dice.
Nana pone los ojos en blanco. Su cuello se tuerce y las manos se le doblan. Empieza a saltar y no se cansa, lo hace más y más alto. Suelta un grito que mueve los frascos. La viejita le vuelve a pedir que se revele y la piel de Nana se llena de arrugas; ahora tiene los ojos amarillos.
Habla, dice la anciana.
Nana abre la boca y vomita una bola de pelos. Nana habla pero no es ella, es otra cosa, la voz de un animal o una tormenta:
No te pertenece.
La viejita escupe más agua sobre el piso y la fogata se levanta. Golpea con las hierbas, que solo parecen hacerle cosquillas, pues Nana (o esa voz que sale de ella) se carcajea y le dice que está cerca de nosotras. El fuego se apaga con un gran soplido. Nana comienza a llorar. Se desvanece en los brazos flacos de la viejita.
Encomiéndate, le dice, no pude hacer nada.
Al salir, Nana me aprieta con su mano. Quiero preguntarle qué es lo que pasó, por qué escupió esas cosas; ella acelera el paso.
¿Estás enojada? ¿Vamos a casa ya?
No, mi niña, ya no vamos a volver a casa.
Caminamos no sé cuántas cuadras, hasta que entramos en una estación del metro. Cuando llega el tren, nos metemos y, ya de noche, jugamos a las escondidas en un rincón. Somos invisibles. Las personas entran y salen con maletines, mochilas y bolsas; no cabe nadie más. Luego se bajan todos y Nana y yo nos quedamos otra vez solas. Las luces del metro no se apagan. Pasan horas, todo es blanco, como en un sueño. El vagón se queda vacío y Nana dice: duerme. Estiro las piernas a su lado, pero no duermo. Entonces ella mueve la cabeza y se rasguña el cuello como si algo le lastimara por dentro. Un sonido la distrae. Nana se levanta despacio, busca debajo de los asientos. Desesperada, se arroja al piso.
¿Nana?
Vuelve con una rata en las manos y se la lleva a la boca. Le muerde la panza y la rata chilla. Nana le quita la cabeza de un solo bocado; tiene los labios manchados de sangre y cachos de pelo gris entre los dientes. Mastica los huesos. Nana come rata viva. Me levanto y tropiezo. Nana abre los ojos, tiembla, y su cara no tiene color. Me pregunta si también tengo hambre.
¿Vas a darme rata?
No contesta. Salimos del vagón y Nana vomita en una esquina. Su mano se siente rasposa y fría.
No me aprietes, le digo.
Algún día tendrás que olvidarlo todo, me dice, y su voz me suena rara.
Nana me lleva casi arrastrando hasta la orilla del andén y ahí me aprieta fuerte, tan fuerte que siento que me falta aire; es como si algo oscuro se me subiera encima. El túnel se ilumina cuando aparece el metro y Nana abre la boca, me mira con los ojos grandes, y antes de que pueda preguntar nada se tira a las vías. El tren chilla al intentar frenarse y me tapo los oídos y me agacho. Cierro los ojos, como cuando quiero esconderme en mi cama y no despertar nunca. La gente grita y se echa para atrás; yo también doy pasos torpes hasta chocar contra una columna fría. Varias personas bajan a las vías, otros, corren hacia la salida.
Pero hay un hombre vestido como los amigos de papá, que sale del tren y se detiene a unos metros de la gente. Me mira muy quieto, sin soltar su maletín, y creo que sonríe con sus dientes delgados de gato. Se acerca hacia mí. A cada paso, se va haciendo más pequeño. Cuando quedamos de frente, no sé cómo ha podido hacerlo, somos de la misma estatura. Sus ojos amarillos me tocan; es tan viejo y blanco que podría ser transparente. Pasan unos segundos sin decirnos nada. Hasta que abre la boca:
¿Quieres volver a casa?
Sí, le digo.
Dame la mano entonces.
Y se la doy porque, aunque tengo miedo, creo que conoce el camino de regreso. Y sin que nadie nos lo impida, bajamos a las vías y nos metemos en la oscuridad.
Máscara de jade en el Museo Arqueológico de Campeche, 2014. Adam Jones. CC BY-SA 2.0.
Vine a buscar la máscara a las ruinas de la fábrica que me indicó el viejo. Dejé el caballo en la antigua estación del ferrocarril y me vine a pie subiendo la loma entre las sombras. El viejo me confesó en voz baja dónde encontrar la máscara, porque estaba seguro de que lo espiaban: ha vivido treinta años con el temor de que los militares vengan por él después de lo que hizo.
“No quise venderla”, dijo con voz rasposa. “Tienes cara de andar a las vivas, chamaco, por eso sé que la vas a encontrar”. Regresó aquí, a Santa Cruz, y entró a trabajar en la fábrica. Vio los túneles abandonados: antaño los usaban para transportar dinero y mercancías, y ocultó su botín en uno de ellos. Enfatizó que debía venir a buscar la máscara el 2 de febrero; ni antes ni después. Sé muy bien cómo es: la dibujó con todos sus detalles en una servilleta en la cantina donde lo conocí. La encontró en los años sesenta, cuando instalaban el cableado telefónico en la calle Seminario, mucho antes de que empezaran las excavaciones del Templo Mayor.
“Vi la máscara y oí clarito que me hablaba”, susurró después de beberse la cuarta caguama. “Está hecha de jade. En las cuencas de los ojos tiene conchas nácar como si fueran el iris, y bolitas de obsidiana que te miran como si tuvieran vida. Los dientes son de a deveras, con incrustaciones de turquesa. Es una chulada. Pero te lo juro, chamaco, pude oír su voz en mi cabeza y por eso, sin pensarlo, la envolví en unos periódicos y la eché en mi morral de ixtle. Es como si se hubiera querido ir conmigo. Debes encontrarla y traérmela”.
Subí la loma hasta la barda de piedra de la antigua fábrica. Allá abajo resplandecen las luces de Santa Cruz, un pueblo donde el viejo dice que los graniceros invocan la lluvia con unos teponaxtles y ruegan por que el granizo no mate los sembradíos. Desde acá arriba se ven cúmulos de nubes espesas y blancas cubriendo el volcán que domina el valle, hacia el este. “Pues a lo que te truje. Ya oigo sonar la lana con que voy a forrarme cuando los Vivanco me compren la máscara. No se la pienso regresar al viejo”, pienso.
Trepo el muro de piedra, cuidando de no espinarme con la nopalera. Pego un brinco hasta el suelo y tropiezo con lo que deben ser restos de ladrillo y piedra. Jadeo. Lleva mucho tiempo abandonado este lugar. Hay yerba seca y áspera por todos lados. Las raíces de los árboles trepan entre los paredones. Ya estoy dentro, ahora debo buscar el chingado túnel.
Está muy oscuro, pero no quiero encender la linterna. Frente a mí se alza una mole gigantesca, en medio de lo que debió ser un patio de maniobras; quizá sea alguna de las antiguas naves de la fábrica. Entro por un vano en el muro de ladrillos, aún en pie, y me animo a encender la linterna. Descubro maquinaria oxidada: telares enormes, turbinas y otros cacharros de metal cuya forma no comprendo. El silencio me aprieta los oídos. Alumbro el suelo de cantera gris y alcanzo a distinguir una especie de resplandor verde. Qué raro. Quizá sean fragmentos de vidrio, de alguna ventana rota. Quiero irme de esta enorme nave, pero cuando estoy por salir de nuevo al patio, escucho voces y pasos. Apago la linterna y me agacho. Espero cinco, diez minutos. Nada. Quizá solo fue el viento entre los sauces.
La luna asoma un poco y el resplandor que había visto en el piso de la nave se despliega afuera como una luz verdosa, suave, como si se dibujara un arroyo en la superficie del empedrado. Decido seguirlo sin encender la luz. Conforme avanzo se levantan más edificios de ladrillos en ruinas, y se abren pasillos y patios en la oscuridad. No quiero saber a dónde van. Los sauces dibujan sombras extrañas y empiezo a arrepentirme de hacerle caso a ese orate borracho. Escucho susurros otra vez; su famosa historia de la máscara que le habló ya está haciendo estragos en mi cabeza. Oigo a lo lejos el canturreo de una niña, y cuando me vuelvo hacia atrás, la veo cruzar uno de los patios, corriendo en un vestidito blanco.
“Cálmate, pendejo, fue tu imaginación”, me digo, pese a que claramente escucho su cancioncita bailando en el viento. De repente huele a copal y el camino luminoso y verde serpentea hacia las entrañas de la colina. Pego la carrera para seguirlo, hasta que la oscuridad lo engulle todo y mi corazón pega un brinco de sorpresa. He llegado a los túneles.
Antes de entrar, escucho voces: son hombres, no hay duda. Me escondo detrás de un sauce y, en cuanto una nube descubre la luna llena, veo que se acercan unas gentes. Llevan overoles de mezclilla, sombreros blancos y botas piteadas. El follaje del sauce oculta sus rostros, pero escucho claramente lo que dicen:
—Ya me colmó el buche de piedritas ese canijo del Tuerto. Me amenazó con que va a ir a decirle al jefe nuestro plan.
—Tranquilo, compadre. Le damos un buen garrotazo en la cabeza y lo echamos al río.
—Sí, y que las aspas de la turbina hagan el resto. Nadie lo va a encontrar.
Me asomo para ver quiénes están hablando, pero en un parpadeo desaparecen con dirección al río. “Métete al túnel, no seas cobarde. Los Vivanco ya te prometieron la lana”, me digo. Saco la linterna, aunque me tiemblan las manos. No veo nada en esta tumba que se abre en la loma frente a mis pies. Doy unos pasos hacia adentro y, en lugar de que huela a suciedad, el perfume del copal cobra fuerza. El resplandor verde que me trajo hasta aquí me guía a través de la oscuridad. Ilumino el frente, pero la luz no encuentra el final del túnel. La angustia me aprieta las tripas. El viejo mencionó un baúl y el morral de ixtle. A ver si sigue aquí después de treinta años.
A unos cien metros de la entrada el túnel se vuelve más estrecho. Primero, me veo obligado a agacharme y andar a gatas. Después, comienzo a arrastrarme como gusano y aprieto la linterna entre los dientes. Qué baúl ni qué demonios, aquí no hay nada de eso. Algo me dice que es hora de regresar y mandar la máscara al carajo, pero la lucecita verde y extraña me sigue guiando. Acepto continuar. La voz de la niña se escucha lejana:
Naranja dulce, limón partido,
dame un abrazo que yo te pido…
Estoy sudando como un cerdo. Las paredes de ladrillo comienzan a iluminarse y revelan cosas extrañas, dibujos, formas. Ahora ya no solo es el suelo lo que brilla, sino también el techo. Es del color del jade. Entre la tierra hay ollas de barro, espejos, mazorcas de maíz morado y amarillo. Hay restos de caracoles y conchas marinas, figuras de diosecitos que tienen anteojos y colmillos como Tláloc, y hasta un Niño Dios vestido como labrador. ¿Qué carajos es todo esto?
Mis ojos buscan desesperados el fondo de este maldito túnel hasta que dan con un bulto, parece ser… Sí, eso es: ¡el morral! El viejo no estaba tan loco después de todo. Me tiemblan las mandíbulas y dejo caer la linterna. Sostengo el envoltorio, no me atrevo a descubrir qué es. Cierro los ojos y pienso en la lana que me darán los Vivanco. Ya, a la chingada, voy a comprobar que sea la máscara que vine a buscar y me largo de este lugar embrujado de mierda.
Uno… Dos… Tres…
No puede ser.
¡Es hermosa!
Como dijo el viejo: una chu-la-da. Voy a tener que agregar un par de ceros más a la cifra por todo lo que me está costando conseguir esta joya. Resulta increíble que haya sobrevivido tantos siglos enterrada para que este chingado viejo la encontrara intacta. Como si hubiera estado destinada a él. Qué locura.
Ahora sí, urge que me largue de aquí. Meto el morral con la máscara en una bolsa negra de plástico. Los rayos de la linterna parecen ondas de agua turquesa sobre los muros. Los susurros vuelven, pero juro que no hay nadie más en el túnel. Debe ser el viento.
¡Carajo! ¿Qué fue eso? Con el sobresalto tiro la linterna y ahora no la encuentro, no sé dónde cayó, pero el resplandor color jade aumenta. Me envuelve el humo del copal, y ahora escucho a mis espaldas y sobre mi cabeza tambores y caracolas. Estoy enloqueciendo: no son cualquier tambor, son teponaxtles. Prefiero mil veces a la pinche niña siniestra que estar escuchando esto. Meto la bolsa en mi mochila y giro en este estrecho túnel hacia la salida. Me estoy asfixiando. Necesito incorporarme, se entumecen mis rodillas, mis tobillos, mis codos. El eco de mi respiración se amplifica, como si hubiera miles de bocas y narices aquí abajo conmigo.
Lo logré, cómo chingados no. Voy de regreso por fin. Unos cuantos metros de arrastrarme como gusano y luego me pondré de pie, llegaré a la salida, brincaré la barda. Correré cuesta abajo hasta las ruinas de la estación del ferrocarril, me treparé al caballo y a la chingada.
No, no puede ser. El túnel está resultando más largo de lo que recuerdo. Por más que me arrastro no encuentro la salida. Creo que me sangran las rodillas. Me he rasgado el pantalón. Al fondo se distingue un resplandor. En qué momento la noche se ha convertido en un día luminoso, no lo sé, pero estoy seguro de que faltan horas para el amanecer. A lo mejor es la luna llena que ha avanzado en el cielo. Me acerco a la luz y los teponaxtles retumban con más fuerza. Debo estar loco.
Una multitud grita y canta en cuanto salgo del túnel oscuro. No estoy en el patio de la antigua fábrica, sino en la cima de la loma, sobre una plataforma de piedra. Frente a mí se alza el volcán que domina el valle, despejado de nubes. Su cima está nevada y por sus faldas corren ríos y manantiales. En la ladera de la colina donde estoy rezan unos tipos frente a una alta cruz de madera, entre el humo de copal que arde en los braseros. La luna parece un sol engullido por la ceniza. No es de noche ni de día. Hojas de milpa rodean la cruz, huele a alcohol, a rosas. La colina se estremece cada vez que vibran los caracoles.
Quiero volver al túnel, cuando delante de mí aparece el viejo de la cantina: “Dame la máscara, chamaco”. En lugar de sentir terror, quiero reírme, explicarle que estaba a punto de llevársela, que no he querido jugarle sucio ni hacerle trampa. Pero la sonrisa desaparece de mi cara al ver que, aunque es el mismo viejo, emana de él un aire solemne y amenazante. De una botella empieza a rociar agua en mi dirección. La piel me arde. Abro la mochila, saco el envoltorio y le entrego el morral. No entiendo nada.
El viejo trae brazaletes con cuentas de jade. Desenvuelve la máscara, la sujeta entre ambas manos ceremoniosamente y me la coloca. Se adhiere a mi piel de alguna forma y me asfixia, no puedo ver nada. Escucho cánticos, murmullos lejanos. Cuando logro mirar a través de los ojos de obsidiana, veo que la luna llena palidece y una luz grisácea, enfermiza, cubre el cielo.
Un grupo de sombras se acerca al altar donde están la cruz y las hojas de maíz, y extienden sus ofrendas. Se arrodillan, cantan, alzan sus manos hacia la colina y así descubro que, al pie de esta, se encuentra la enorme figura de un Niño Dios. Está vestido con un traje hecho de granos de mazorca y tiene anteojeras, como Tláloc; agita con su mano una larga palma seca, como las del Domingo de Ramos y, como si lo obedecieran, las nubes comienzan a arremolinarse sobre nuestras cabezas. De la tierra sube un olor a humedad y comienza a caer una tenue llovizna. El Niño Dios gigante sonríe. El ritmo de los teponaxtles retumba en mis costillas.
Ahora lo recuerdo: es 2 de febrero. El viejo me mira y susurra, con la misma voz rasposa que tenía en la cantina: “Debes pedir la lluvia para el maíz, debes pedir que el granizo no quiebre sus tallos. Ocuparás mi lugar, chamaco, y cuidarás la máscara hasta que encuentres al siguiente guardián, así como yo te hallé a ti. Y él, dentro de treinta años, entregará tu carne, así como tú harás con la mía”.
Un grupo mixto de sombras sujeta al viejo y lo conduce en silencio hacia el Niño Dios. Lo ahúman con copal y lo rocían con agua de rosas. Una vez listo, el dios toma el cuerpo del anciano con una de sus manos, mientras con la otra agita las nubes de lluvia.
Los demás contemplan la escena. Grito con todas mis fuerzas, pero la maldita máscara de jade engulle mi voz. Nadie me escucha, estoy paralizado bajo esta llovizna, bajo este cielo tejido por la luna, en que no es de noche ni de día. “Hay que darle la ofrenda, hay que hacerle sacrificio para tener lluvia y maíz”, cantan las sombras, mientras veo con horror que el Niño Dios comienza a arrancar con sus dientecitos los brazos del viejo.
¿Tú, cuando sueñas que bailas, no rompes el paso, no vuelas con prisa a diferencia de cuando corres en los sueños? Porque ahí el sonido es lento, es mortuorio. Pero en este caso, yo soñé que bailaba y mi paso era constante.
—No, Agnes, yo no sueño —dijo muy convencida de que el humo que exhalamos era puro.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué no tengo un ombligo como el tuyo, o por qué no me lo implantaste?
—No, tampoco es importante que lo sepas.
Yo sabía que era importante, pero ella lo negó todo, negaría mi existencia si pudiera hacerlo, pero estaba aquí, vuelta, hecha, doblada, sin un número con el cuál soñar.
Yo soñaba todas las noches, pero era claro que no me habían creado para esa tarea. ¿Entonces estaba descompuesta?
Me dijo que saliera de mi caja de fuego mientras cortó el cable que me sostenía a una máquina.
Salí y volé alto contra el viento, el aire que me pegaba como si fuera una lluvia de piedras. Podía percibir la textura, pero mi creadora no me había dado la capacidad de sentir frío; solo me dio unos ojos, unas manos con las que desbarataba los cuerpos de aquellos hombres que soltaban en la noche. Y nada más.
¡Qué comience el juego!, decía. Y todos los integrantes del coven encendían sus llamas para poder ver. El campo estaba poblado de ellos, valientes asesinos, violadores, pero ahora no se veían tan valientes como cuando cometían sus pecados.
Me veían surgir de mi escondite y salir bailando, para después ir en son de violencia infinita.
La violencia se paga con violencia, decía mi creadora. ¿Pero qué era yo si no un monstruo de su creación? Uno que se desfiguraba de noche, solo de noche, para que ellos pudieran dormir. Pero en ese instante me veía bella, completa, con el vestido cubierto con la sangre de aquellos hombres, esos que la tierra engendró para traer el mal.
Después de terminar con ellos y comerme sus corazones, el verdadero alimento para mí, mi creadora me pidió que bajara de mi vuelo alto para que los espectadores pudieran admirarme. Me vi en un espejo que tenían como altar; hasta ese momento jamás lo había hecho y vi que me hicieron con manos, piernas, garras para matar. Pero este era mi cuerpo, y también el cuerpo de ellas, las que fueron asesinadas por esos hombres, cada uno de los que me comí.
¿Cómo les digo que todavía tengo hambre?
Llegué después de mi vuelo nocturno a la guarida y tenía sed y tenía hambre. Mi creadora me trató de conectar a mi caja de fuego. La toqué, le agradecí por darme la vida, pero le atravesé el pecho y saqué su corazón para comérmelo también. Ella me había hecho sin reflejo y sin ombligo, por tanto, sin alma. Debió pensar en que mi alimento, la carne humana, algún día no sería suficiente o que, tal vez, al hacerme de este modo había creado a un monstruo que no sabía llorar.
Ella se levantó. Entonces lo supe, ella tampoco era humana.
¿Qué eres entonces?, le dije. Ella respondió que era una bruja, y yo no entendí nada, pensé que las brujas preparaban brebajes, comían niños o los sacaban de entre las piernas de las mujeres que no los deseaban. Ella sonrió y dijo que no todas las brujas son así; algunas saben hacer prisiones mentales, saben de venganza. Pero ella, ella era de las malas, de las que matan y destruyen todo a su paso. Me dijo que desde niña quiso ser así.
Pero si me había creado también a mí, era de las que construyen monstruos como yo para mantener el equilibrio; entonces no podía ser tan mala, ¿no?
Yo era una mujer, una especie de arma, y a las mujeres jamás se les había relacionado con armas. Pero el útero para mí era el arma más poderosa del mundo, la sangre y la vida, como la muerte y la tierra. Todo vuelve a su ciclo, todo vuelve. Así que volé, me dejó ir, me dejó ser la vengadora y me dio un nombre, Agnes, Agnes la sacerdotisa de la noche.
Agradecí tener alas porque volé, volé muy lejos y alto, y lo encontré, al hombre que le había hecho daño a la bruja. Al hombre con el nombre bíblico que yo debía matar. Pero esta vez no lo hice rápido, aún con mis garras y dientes, no me lo comí, lo dejé correr, lo dejé llorar, algo que según él no sabía hacer. Le hice pasar hambre, agonía, me comí a sus hijos y luego, cuando estaba rendido y pidiendo la muerte, le saqué el corazón para que viera cómo lo devoraba.
Me fui esa misma noche. Todo el pueblo estaba en llamas, y busqué una cueva para dormir muchos años hasta que de nuevo fuera necesaria mi presencia en el mundo de los humanos.