Tierra Adentro
Mapa que señala las Antillas Neerlandesas. TUBS, 2011. Recuperado de Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0
Mapa que señala las Antillas Neerlandesas. TUBS, 2011. Recuperado de Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0

Invitar oficialmente a las Antillas Neerlandesas a un evento sobre voces del caribe debería ser simple: encuentras al funcionario correspondiente y le envías la invitación. Pero cuando Alberto, director del Instituto Cervantes en Utrecht, le hizo esa pregunta por quinta vez, mi colega Ellen-Petra supo que necesitaría, otra vez, explicar lo inexplicable. “No es tan sencillo”, comenzó, “puedes invitar a los ministros plenipotenciarios de Aruba, Curaçao y San Martín… pero no hay nadie de Bonaire, Saba o San Eustaquio, porque son municipios especiales de los Países Bajos”. Alberto la miraba desconcertado: “pleni ¿qué?”. Ellen-Petra, lingüista que del español había pasado a interesarse por las lenguas en contacto como el papiamento, suspiró con una sonrisa: “Siempre que doy una presentación sobre el papiamento tengo que usar al menos quince minutos para explicar la tan compleja situación política de las Antillas Neerlandesas”.

Y así fue. Mientras Ellen-Petra desplegaba el mapa invisible de ese Caribe fragmentado (seis islas, cuatro estatus políticos diferentes, tres lenguas oficiales en distintas combinaciones, sin contar las lenguas en contacto), yo observaba cómo Alberto pasaba de la confusión al asombro. A su lado, una becaria de Maastricht que nos ayudaría con el evento tomaba notas con diligencia. Al final de la explicación, nos confesó sorprendida que había aprendido más sobre el Caribe neerlandés en esos minutos que en toda su vida en los Países Bajos. Porque lo que empezó como una simple pregunta protocolaria terminó revelando algo mucho más profundo: la imposibilidad de hablar del papiamento sin hablar de colonialismo, de identidad fracturada, de un pasado colonial común que el presente político ha fragmentado.

Esa misma tarde, Alberto nos entregó orgulloso el folleto para promocionar Voces del Caribe. Lo examinamos con curiosidad. Ahí estaban triunfantes las islas que los españoles perdieron: Cuba, Puerto Rico, República Dominicana. Islas grandes, con sus siluetas, protagónicas en el mapa que algún diseñador había creado, asumiendo que el Caribe es eso. El Caribe hispanohablante, todo el espacio visual. Es cierto, estábamos en el Instituto Cervantes, pero si el centro de la celebración es el papiamento, ¿dónde estaban las protagonistas del evento? A lo mucho, se intuían imaginariamente las siluetas de Jamaica o Trinidad y Tobago, que en el mapa mental del mundo hispanohablante del lado latinoamericano existen sobre todo por el fútbol, por la CONCACAF, por esa geografía deportiva que en México todos conocemos. Pero el Caribe neerlandés era el gran ausente. Las islas ABC, las verdaderas protagonistas del evento, no aparecían ni como puntitos.

Estuvimos examinando el panfleto en silencio durante unos minutos, revisando cada detalle ausente. Hasta que Ellen-Petra y yo intercambiamos una mirada. No había malicia en esa ausencia, solo la evidencia cartográfica de un problema político: las islas neerlandesas no existen en el imaginario del Caribe, mucho menos en uno diseñado desde la perspectiva del Instituto Cervantes. Darle una figura visible a Aruba, Bonaire, Curaçao, Saba, San Eustaquio y San Martín en un mapa no era solo un reto de diseño. Era un acto de voluntad, casi de resistencia (y esa es precisamente la tarea que Alberto se propuso al impulsar la organización de un evento así, en Utrecht). Estas islas, demasiado pequeñas para la escala del diseño, demasiado complejas para el protocolo, demasiado criollas para las categorías lingüísticas establecidas, solo aparecen cuando alguien decide, explícitamente, buscarlas.

Esa tarde, mientras observábamos el mapa sin sus islas, Ellen-Petra me explicó cómo habíamos llegado hasta aquí. Porque la invisibilidad de las Antillas Neerlandesas no es accidental.

∗∗∗

Es una historia fragmentada pero siempre definida por otros. Antes de la disolución de las Antillas Neerlandesas, antes de que las maquillaran como partes ultramarinas del Estado, en 1922, o como territorios, en 1937, antes de la Carta de 1954, antes de tener un poco de autonomía, eran, simplemente, colonias.

La Segunda Guerra Mundial marca el comienzo, otro comienzo. Luego de la guerra, las cosas ya no podían ser igual y la decolonización neerlandesa fue tomando forma, en parte, por seguir la línea de las otras potencias metropolitanas y sus colonias alrededor del mundo. Pero, sobre todo, el proceso de decolonización del Caribe neerlandés tuvo más que ver con las otras colonias, las otras islas, las Indias Orientales. Los territorios de lo que hoy es casi todo el archipiélago de Indonesia, que eran colonia de los Países Bajos, vieron surgir un movimiento independentista muy fuerte desde inicios del siglo XX. En las colonias del occidente, el Caribe neerlandés y Surinam, los movimientos no tomaron tanto impulso, tan lejos de la guerra que se luchó en múltiples frentes de Europa y Asia,1 siempre distantes. El gobierno de los Países Bajos decidió darle cierta medida de autonomía a todos sus súbditos coloniales, pero para los territorios en Indonesia esta decisión llegó demasiado tarde: en agosto de 1945, los nacionalistas proclamaron la independencia. Cuatro años después, en 1949, el poder colonial se vio forzado a transferirle la soberanía a la nueva República.2

Como todo en el gobierno neerlandés sucede demasiado tarde y a paso de tortuga (siempre hacen falta consensos), no fue sino hasta cinco años después que se vio reflejada en un documento la famosa promesa de autonomía, esa política que ya había fracasado y que no logró cumplir su función: que Indonesia se mantuviera como parte fiel del Reino. Y, sin embargo, una política otra vez diseñada para otra región fue implementada para definir el estatus de las Indias Occidentales (en ese entonces, las Antillas Neerlandesas y Surinam) bajo el estatuto de 1954 o la Carta del Reino de los Países Bajos de 1954.3

La importancia de Indonesia estuvo siempre en contraste con la insignificancia económica de los territorios del Caribe neerlandés. Luego de la pérdida de Indonesia, la melancolía atrapó los deseos coloniales del Reino y, para el gobierno de La Haya, el Caribe no tuvo a partir de entonces realmente casi ninguna relevancia, se vio relegado a un ultimísimo plano. El mensaje implícito era claro: si eres lo suficientemente grande, lo suficientemente rentable, lo suficientemente rebelde, mereces atención. Las islas del Caribe no eran ninguna de esas cosas. Esto no quiere decir que no hubiera cierto interés: lo suficiente para mantener la relación y el estatus de dependencia activos. La relación desigual entre las colonias y su supuesta falta de valor económico marcó, desde siempre, la relación ambivalente del Reino con estas islas invisibles. Invisibles, pero de gigantes. 

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La Carta de 1954 ha permanecido casi inalterada como la actual Constitución del Reino, hasta que Surinam se retiró del Reino en 1975 y la primera de las islas antillanas en buscar más autonomía, Aruba, se convirtió en una nación separada dentro del Reino en 1986.

Desde 1954 y hasta 2010, hubo un ministro plenipotenciario de las Antillas Neerlandesas, que era el representante de las seis Antillas en el Consejo de Ministros del Reino de los Países Bajos, con excepción de Aruba que desde 1986 tiene su propio ministro plenipotenciario. La Casa de las Antillas4 (Antillenhuis), en Badhuisweg 173 y 175 en la Haya, era el corazón de los representantes, pero el modesto espacio de dos pisos, que se tuvo que renovar para poder tener oficinas, muestra el vetusto olvido en el que la administración tenía a las Antillas.

Era y es una relación inevitablemente desigual. La complejidad del sistema era, y sigue siendo, casi kafkiana. Tanto, que requeriría un ensayo larguísimo para poder explicar el sistema, que aquí solo resumiré. A partir de 1954, había tres niveles del Reino (el gobierno del Reino de los Países Bajos, el gobierno de las Antillas Neerlandesas y el de Surinam), el soberano (la reina o el rey) era jefe de Estado del Reino, y había un Consejo de Ministros formado por los ministros de los Países Bajos y los ministros plenipotenciarios de las Antillas y Surinam. A su vez, el gobernador general era el representante del Reino de los Países Bajos en las Antillas.

La sede del gobierno central de las islas estaba en Curaçao y había un parlamento de 22 miembros que se elegían por medio de votación proporcional, según la población de cada isla. Cada isla tenía también su propio gobernador, cuerpo legislativo y consejo, y tenía el derecho a tener su propio gobierno, moneda, política educativa y leyes, a excepción de cualquier asunto exterior o militar. Los habitantes de las Antillas son oficialmente ciudadanos neerlandeses.

Ante las peticiones por mayor autonomía, en la década de 1960 el gobierno de los Países Bajos se mostró reacio y se desataron una serie de disturbios violentos en Curaçao, el 30 de mayo de 1969, que marcaron el inicio de una nueva era. Fue resultado de una huelga de empleados de la refinería Isla de la Shell, en Curaçao, que comenzó como una negociación por salarios justos y que eventualmente se volvió una revuelta popular, dada la desigualdad económica y social en la que vivía la mayoría de la población negra de la isla (incluyendo la prohibición del papiamento como lengua en el parlamento de las Antillas Neerlandesas, pese a ser la lengua más hablada en las islas ABC). Después del Trinta di mei,el gobierno neerlandés cambió de manera repentina su postura con respecto a la búsqueda de independencia para sus territorios en América. En contra de las posturas críticas que decían que los Países Bajos estaban aprovechándose económicamente del Caribe, el entonces ministro Bakker dijo: “del lado neerlandés, millones de florines se destinan anualmente a las Antillas y Surinam. A la luz de esto sería preferible hoy antes que mañana que los Países Bajos se deshicieran de las Antillas y Surinam”. Dentro de la política antillana la conciencia de esto pesó fuerte. Aunque la opción de independencia política no era popular, como resultado de esta turbulencia racial, social y económica, Surinam sí se independizó en 1975.5 Con ello, la ecuación del Reino se redujo a dos: los Países Bajos y las Antillas Neerlandesas. O, mejor dicho: los Países Bajos y ese archipiélago que querían olvidar, pero no podían soltar.

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Tardaría una década más en llegar un nuevo cisma: en 1986 el gobierno de los Países Bajos y el gobierno de las Antillas le permitieron a Aruba separarse del Estado antillano. El primer ministro antillano, Juancho Evertsz, lo resumió con una paradoja matemática: en política caribeña, seis menos uno igual a cero. Tenía razón. Así nació el estatus aparte que le dio a Aruba independencia del resto de las Antillas, particularmente importante por las tensiones entre Curaçao y Aruba, y por la reivindicación cada vez más intensa de los movimientos independentistas arubeños. En teoría, 10 años más tarde se le daría a Aruba la soberanía completa, promoviendo efectivamente la independencia, pero en esos 10 años cambió todo, y aunque Aruba logró su cometido de separarse del resto de las Antillas, decidió finalmente no independizarse enteramente, sino seguir siendo parte del Reino. Diez años de espera para una independencia que nunca llegó: la promesa como estrategia política divisiva que se disuelve en el aire caribeño. En 1996, Aruba obtuvo su estatus permanente como país, pero forma todavía parte del Reino de los Países Bajos. La ecuación de Evertsz había comenzado a resolverse.

Con el pretexto del aniversario 50 de la promulgación de la Carta de 1954, en el 2004 se estableció un grupo para analizar la estructura constitucional del Reino de los Países Bajos y recomendar posibles modificaciones. Un aniversario redondo, una comisión, recomendaciones: el ritual burocrático en su máxima expresión. Como preparación para este proceso, entre el 2000 y 2005, se llevaron a cabo una serie de referendos en todas las Antillas Neerlandesas. En el 2000, la isla de Sint Maarten (la parte sur de esta isla, dividida entre una colectividad francesa de ultramar, Saint-Martin, y la parte sur que forma parte del Reino de los Países Bajos) votó por la preferencia de tener un estatus aparte, como el de Aruba. En septiembre del 2004, poco más de la mitad de la población de Bonaire votó por mantener lazos directos con la metrópoli. La isla de Saba votó a favor de lo mismo, ese mismo año. La población de Curaçao votó en el 2005 por tener un estatus aparte y, el mismo día, la pequeña población de San Eustaquio eligió tener un nuevo estilo de gobierno Antillano.

Seis islas, seis referendos, seis decisiones distintas. Cada una eligió su propio camino porque, en realidad, se trata de realidades profundamente diferentes: Bonaire con sus 21 000 habitantes no podía aspirar a lo mismo que Curaçao, con sus 150 000; las islas de habla inglesa no viven la identidad lingüística igual que las islas en las que se habla papiamento. Pero esta diversidad legítima produce un resultado inesperado: la imposibilidad de hablar de las Antillas Neerlandesas como un conjunto coherente. La diversidad, la riqueza, se convirtió en fragmentación política. Aunque la fragmentación no fue impuesta desde arriba, sino que es un resultado geográfico, cultural e histórico, el efecto político fue el mismo: los puntitos del mapa se separaron aún más. Seis menos uno, ahora seis menos tres, más tres en uno.

Lo que siguió fue el resultado inevitable de esa fragmentación. El resultado de la recomendación de la comisión fue el siguiente: las islas de Sint Maarten y Curaçao tendrían un nuevo estatus como países dentro del Reino, mientras que Bonaire, Saba y San Eustaquio se volverían islas que forman parte directa del Reino, es decir, son territorios comparables a una municipalidad neerlandesa y tienen una ordenanza de municipalidad especial (bijzondere gemeenten) dentro de los Países Bajos. Esto significa que aunque hay un consejo municipal y un concejal, la ley neerlandesa tiene una validez directa en las islas.

La confusión de Alberto aquella tarde en Utrecht no era excepcional. Intentar explicarle esto a cualquiera, fuera o dentro de los Países Bajos, es como describir un sistema de gobierno diseñado por Borges: técnicamente coherente, prácticamente ininteligible. Municipalidad especial, estatus aparte, países dentro del Reino. Cada término es un eufemismo burocrático que intenta meter realidades caribeñas en moldes administrativos europeos. Y esto sin contar todavía con la complejidad del estatus de las ahora municipalidades o países dentro de la Unión Europea,7

Fue el 10 octubre de 2010 cuando todo el proceso se consolidó y las reformas al estatuto del Reino de los Países Bajos se hicieron efectivas. Una fecha perfecta, casi de marketing político: 10/10/10. Como si ponerle un número memorable pudiera compensar el hecho de que la mayoría del mundo, y buena parte de los Países Bajos, ni siquiera registró que ese día algo cambió en el Caribe.

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Ya pasaron años desde que escribimos Curaçao, costa de cemento, pueblo de prisión. Mientras tanto, me mudé de Estados Unidos a los Países Bajos, mi holandés va mejorando, y con ello entiendo cada vez mejor los documentos oficiales, la estructura del Reino, los términos legales. Tengo acceso a muchísimos más libros acerca de la región. Y voy siendo testigo del gran nacimiento de la literatura en papiamento, sobre todo en el ámbito de la poesía. Paradójicamente, con todo esto, aumenta mi asombro e incomprensión del Caribe neerlandés. Porque dominar la lengua de la colonia no me acerca a entender el territorio de mis afectos, sino que me revela con más claridad ese bijzonder laboratorio que es el Caribe en general. 

Aquella tarde en el Instituto Cervantes, viendo el folleto sin islas, escuchando a Ellen-Petra explicar por quinta vez lo inexplicable, entendí que mi confusión no era única. Alberto tampoco podía comprender cómo invitar oficialmente a los ministros de Aruba o de Curaçao. La becaria de Maastricht descubrió que su país tenía municipios en el Caribe. Todos compartíamos la misma perplejidad ante un sistema diseñado, aparentemente, para no ser comprendido.

Cuando Voces del Caribe finalmente suceda el 28 de noviembre, imagino que algo cambiará, aunque sea por un día. Las islas que no aparecen en los mapas hispanos llenarán una sala en Utrecht, en el corazón del hispanismo. El papiamento resonará en el Instituto Cervantes. Poetas de Curaçao, Aruba y Bonaire leerán en su lengua, esa lengua que durante tanto tiempo estuvo prohibida en el parlamento antillano. La fragmentación política no podrá contra la unidad de las voces.

Tal vez entonces, Alberto entienda por fin lo de los ministros plenipotenciarios. O tal vez la confusión sea parte de lo que mantiene esa intriga que nos deja con deseos de más, de saber, de comprender algo tan intrincado. Al menos, sabrá más sobre el Caribe neerlandés que 90 % de los neerlandeses. Incluir al Caribe holandés, en este sentido, es un acto de resistencia cartográfica. Un recordatorio de que el Caribe también existe, incluso cuando los mapas lo borran, incluso cuando nadie sabe a quién invitar oficialmente, incluso cuando los folletos olvidan dibujarlo. Estas islas, territorio de mis afectos, bijzonder en todos los sentidos, solo aparecen cuando alguien decide, explícitamente, buscarlas. Las buscaremos, así como tú las has encontrado aquí, en este texto.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Jardín de niños Josefa Murillo en la Ciudad de México, 1940. Instituto Nacional de Antropología e Historia. CC BY-NC-ND 4.0
Jardín de niños Josefa Murillo en la Ciudad de México, 1940. Instituto Nacional de Antropología e Historia. CC BY-NC-ND 4.0

Me gusta repetir la palabra fandango cuando nadie me escucha, llenarme la boca con la cadencia y el latido profundo que, en mi memoria, tienen los versos: acitrón de un fandango… Repito varias veces en conjunto con el resto, en voz alta, sabaré de tarantela… y por fin siento cómo la ronda me toma en su poder. Me atraviesa y sube en círculos, su vaivén no se detiene, me abre y me deja suspendida por un instante, toma posesión de mis músculos. Escucho lejano el sonido de mi voz, con el peso de muchas otras que fueron antes de la mía, infancias que cantaron y olvidaron, pero que su rumor continúa vibrando entre risas.

Estos versos, que en mi recuerdo desprenden olor a fruta de verbena y sol, han sido cantados una y otra vez, en patios de escuela, fiestas, calles de ciudades pequeñas y de ciudades grandes y bulliciosas. No pertenecen a nadie y, de alguna forma, todos quienes las cantamos les pertenecemos. Forman parte de un inmenso repertorio de la lírica tradicional que niñas y niños aprenden, como un contagio entre ellos mismos o a través de quienes les cuidan, madres, abuelas, maestras. No responden a la necesidad del sentido. El juego está en el eco que dejan las palabras sin significado preciso, en la musicalidad, en la urgencia de la melodía, en el goce de repetirlas hasta que el cuerpo entero las contiene.

Una de las características más interesantes de esta tradición es su antigüedad. Muchos de estos versos han perdurado por siglos, transmitidos de boca en boca, transformándose en la voz de cada generación sin perder su esencia. Sin embargo, esta ronda nunca es exactamente la misma. Su origen, marcado por la oralidad, hace que cada región conserve variaciones en sus versos, en su ritmo o incluso en la manera en que se juega. No hay una única forma de cantarla, de tal manera que, cuando alguien la entona, la ronda vuelve a abrirse, la voz se engarza con las anteriores y la canción se sigue escuchando,

acitrón de un fandango,

sango, sango, sabaré,

sabaré de tarantela con su triqui triqui tran

con su triqui triqui tran

Estos versos se han convertido en una fiesta compartida, donde voces, cuerpos y recuerdos se entrelazan a través del tiempo. Como señala Paul Zumthor, la oralidad no es solamente un medio de transmisión sino un tejido de voces que persiste, se transforma y se apropia con cada repetición. En este juego de palabras, la canción se reinventa con cada generación, reúne voces que trascienden el texto escrito. La voz, el cuerpo y la memoria popular se sincronizan, dando vida a una tradición que se vive y celebra en cada encuentro.

La musicalidad de los versos, la repetición y la métrica, ayudan a la memorización, permitiendo así que niñas y niños participen en el canto, mientras que el ritmo toma poder del cuerpo. El aprendizaje de esta tradición se teje en lo profundo, de manera casi imperceptible. 

Puede jugarse de distintas formas. Lo más común es que los niños se sienten en círculo y se pasen un objeto —una piedra, un vaso, una semilla que sea grande— de mano en mano al ritmo de la canción. Al llegar al estribillo con su triqui, triqui, tran, la dinámica cambia: se golpea el objeto contra el suelo o contra el de un compañero antes de seguir el movimiento. La sincronía es parte del reto y cuando el ritmo se acelera, la confusión es motivo de risa y juego. En otras versiones, se toman de la mano y giran cada vez más rápido, como si fueran parte de la misma espiral que dibuja la melodía. No hay un ganador ni un final establecido, se termina cuando el canto se va apagando entre carcajadas o cuando alguien definitivamente rompe el ritmo. Pero incluso entonces, el eco del fandango permanece dando giros.

En muchas ocasiones, la lírica infantil tradicional es un testimonio vivo del mestizaje cultural. Es interesante como en el caso de Acitrón de un fandango se ha identificado la presencia de palabras de origen bantú, lo que sugiere que esta canción fue transmitida por mujeres africanas esclavizadas en la Nueva España a los niños criollos y mestizos. Es así como esta influencia ha permeado tanto en los géneros populares como en la tradición infantil, manteniendo vivos los ecos y ritmos que iniciaron hace siglos y que, a través del tiempo, no han dejado de vibrar en la memoria colectiva. Como señala María Elisa Velázquez en Mujeres de origen africano en la capital novohispana, la influencia africana transformó la música y también la forma en que las comunidades de la Nueva España se reunían en fiesta, a través del canto y el baile, enlazando el cuerpo, la voz y la tierra, y conservando así un espacio donde todas las voces se encuentran.

Nunca imaginé que llegaría mi turno de enseñarle a alguien más esta canción, pero un día en clase acudió a mí de manera natural. Hablábamos de la lírica tradicional cuando los versos de este juego llegaron a mi boca como si hubieran estado esperando su momento. Al preguntar si lo conocían, muchas de mis estudiantes —adultas jóvenes, ya con experiencia en prácticas de docencia— negaron con la cabeza. Me pareció importante que, en particular, no fuera mencionado solo como ejemplo, sino que tuviéramos la experiencia de cantar y sentir cómo atraviesa el cuerpo. Era una tarde soleada de abril cuando, con botellas llenas de piedritas, como sonajas, salimos al patio.

Les propuse el juego. Algunas me miraron con curiosidad, otras reían tratando de memorizar esas palabras sin sentido, un par bajaron la mirada. No es fácil jugar y cantar en voz alta entre compañeras, lo sé porque a mí también me cuesta trabajo hacerlo, aunque mi rol de profesora me ha enseñado a vencer la vergüenza, que no es más que miedo al ridículo. Qué distinto es cuando hay niñas y niños, pero en ese momento, en este patio, solo estábamos nosotras.

Acitrón de un fandango… —empiezo a cantar.

La primera voz suena casi temerosa, pero en unos segundos, otras se suman y, sin darnos cuenta, el ritmo nos envuelve. Nos pasamos las botellas entre las manos, marcamos el triqui, triqui, tran con un golpe firme. Se equivocan, nos reímos. La velocidad aumenta y la torpeza también. Pero, por fin sucede: la canción nos atraviesa y nos convierte en esa ronda que ha girado por siglos. No puedo evitar preguntarme si este juego seguirá habitando en los patios de las escuelas, si mis estudiantes lo llevarán con ellas a otras niñas y niños en el futuro, en qué regiones se sigue cantando, cómo se habrán transformado las palabras, el ritmo, qué voces seguirán girando al compás de un fandango.


Autores
Georgina Angélica Moctezuma Ruiz es originaria de la ciudad de Puebla. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Tiene una maestría en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla. Da clases de Lenguaje y Comunicación en la licenciatura en Educación Escolar para las maestras que se preparan para educadoras.
Fotografía de A.Savin, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons. Free Art License.
Fotografía de A.Savin, 2024. Recuperada de Wikimedia Commons. Free Art License.

Hay una foto de Svetlana Alexievich en Kabul, Afganistán, en 1988. La autora, por entonces, tenía cuarenta años y fue a ese país en guerra con un propósito claro: escuchar. En 2003, cuando visitó México por única (y hasta ahora última) vez, confesó durante un evento que llegó a ese país sin fuerzas, sin la valentía para escribir un libro más sobre la guerra. “Cada vez que escribo un libro entrevisto a doscientas o trescientas personas. Mi literatura está basada en el hecho de que la vida tiene muchas variables y que debes obtener el texto de cada persona […], que tienes que hablar con la gente, que cada uno de nosotros es un texto”.1 En la foto, Alexievich, vestida como corresponsal de guerra, mira a la cámara mientras algunos edificios, detrás, van cayendo al suelo. 

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2015, Alexievich se describe a sí misma como un “oído humano” y confiesa que escribe para recolectar el relato ajeno. Cada persona lleva dentro de sí, sugiere, una potencial novela. Además de las voces de los soldados soviéticos en Afganistán, que recogió en Los muchachos de zinc, la autora dedica otros dos libros a la guerra, que escribió también en los años ochenta: La guerra no tiene rostro de mujer y Últimos testigos. En el primero se deja sorprender por una perspectiva menos atendida: las mujeres que en la guerra no solo colaboraron como enfermeras u operadoras telefónicas, sino como francotiradoras, conductoras de tanques… Para la autora, el relato de estas mujeres resulta valioso en conjunto por actuar como la contracara del relato masculino de lo bélico, siempre en torno a la muerte y la destrucción, siempre desde un heroísmo cuestionable.

El libro se publicó en la Unión Soviética el mismo año que llegó al poder Mikhail Gorbachev y, ante el asombro de la escritora, tuvo un tiraje de dos millones de ejemplares. En Últimos testigos, por su parte, queda mucho más clara una de las grandes claves que permitirán entender a largo plazo el trabajo de Alexievich: la memoria colectiva como construcción polifónica. Si bien ya adultos al momento de contar su relato, los hombres y mujeres que aparecen en el libro fueron alguna vez niños y atestiguaron la llegada, el desarrollo y el final de la guerra (particularmente, en este libro, la Segunda Guerra Mundial). La orfandad, los desplazamientos forzados y las huellas que deja el trauma de la separación impactan por su crudeza. Contados en retrospectiva, los relatos sorprenden por haber cristalizado y revelar nítidamente el momento exacto en que la infancia, para ellos, dejó de tener sentido. De manera súbita, se vieron enfrentados a un mundo hostil y abismal por su horror.  

Suele decirse que la literatura circunda siempre los grandes temas: la muerte y el amor, la venganza y el duelo, el crecimiento y la separación. Los pequeños grandes relatos de Alexievich no pretenden superar esa idea ni tomar caminos alternativos. La autora prueba que dos historias sobre el mismo tema pueden valer también lo mismo, tener la misma fuerza. Que cuentan tanto como una gran novela rusa, de Dostoyevski o de Tolstoi. Personajes parecidos a los que aparecen en Los hermanos Karamazov se reúnen en las páginas de la escritora. Gente en apariencia sencilla y entregada a lo anodino: la casa, las compras, la política del momento, la radio, los vecinos, el clima… Alexievich escucha a las madres solteras que han encontrado un nuevo amor. A los hombres que perdieron la cabeza y quedaron mutilados tras la guerra. A las ancianas que viven solas y esperan la muerte. A una madre y su hija, en Moscú, tras los atentados terroristas en 2010. A un padre que regresa a la zona radioactiva de Chernóbil porque quiere recuperar la puerta de su casa –este relato fue adaptado para la serie de HBO sobre la catástrofe–. Las vidas de todos los días, atravesadas por las grandes catástrofes contemporáneas –políticas, ecológicas, económicas– se disponen en los libros de la autora como largos coros. Al leerse en conjunto, arrojan mapas de las temporalidades, las epistemologías y las geografías soviéticas. 

En los años ochenta, poco después del accidente en la central nuclear de Chernóbil, la hermana de la autora enfermó. La diseminación radioactiva afectó a múltiples zonas de la ya extinta URSS. La madre de la autora también enfermó de manera fatal por aquel tiempo, hecho que Alexievich atribuye al accidente: la diabetes la dejó paulatinamente ciega y, más tarde, murió de un accidente cerebrovascular. Alexievich nació en la ciudad de Ivano-Frankovsk, que perteneció primero al Imperio Austriaco, luego a Polonia, y que en 1946 formó parte de la Unión Soviética; sin embargo, creció en un pequeño pueblo al sur de Bielorrusia, a una corta distancia de Prípiat, la ciudad construida para los trabajadores de la planta nuclear y cuya célebre rueda de la fortuna, para siempre abandonada, suele ilustrar las portadas en distintos idiomas de Voces de Chernóbil

El deterioro de la madre de Alexievich y la muerte de su hermana –que llevó a la autora a adoptar a su sobrina pequeña– no se cuentan en su recopilación sobre Chernóbil, que es, quizá, su obra más conocida en lengua española. La autora prescinde del yo y abre la escucha, en un ejercicio de amplio valor humanístico, a quienes desean relatar su propia catástrofe y su propia vida. Leer Voces de Chernóbil a casi cuatro décadas del desastre nuclear y tras la disolución de la Unión Soviética permite ver que la magnitud del desastre fue mucho mayor de la que en aquel momento pudo entreverse. La autora revela la ceguera política –que trató la catástrofe a la altura de un discurso y unas dinámicas oficialistas que caducaban poco a poco– de las autoridades soviéticas y las consecuencias de su irresponsabilidad. Una de las propuestas centrales del libro es la idea de que la amenaza radioactiva desplaza en la conciencia soviética la idea instaurada en torno al enemigo: en sus primeros tres libros, sobre la guerra, los enemigos eran visibles: ejércitos, personas, poblaciones. En Voces de Chernóbil la radiación es invisible –y, no obstante, aseguran algunos testigos, pudo verse por breve tiempo tras el accidente en forma de una lluvia brillante– y está por fuera de los márgenes del pensamiento bélico soviético. Esta amenaza no puede combatirse ni a disparos ni con tanques. No puede pensarse claramente. No puede destruirse. 

Si bien Alexievich fue militante de la causa soviética en su juventud, se confiesa desencantada con el paso de los años y debe afrontar, colectivamente, la disolución de un imperio y una época. Sobre Chernóbil, que anticipa la disolución de la URSS, confiesa en su discurso del Nobel: “Para mí, el mundo se separó: dentro de la zona no me sentía bielorrusa o rusa o ucraniana, sino una representante de una especie biológica que podía ser destruida”.2 El Homo sovieticus, categoría utilizada para referirse a la gente común de la Unión Soviética, es el personaje que aparece una y otra vez en sus obras. Ese representante de un país perdido, exiliado forzadamente en la Rusia moderna. En el mismo discurso, Alexievich habla de su identidad y sus influencias escindidas: “Tengo tres hogares: mi tierra bielorrusa, la patria de mi padre, donde he vivido toda mi vida; Ucrania, la patria de mi madre, donde nací; y la gran cultura rusa, sin la cual no me puedo imaginar a mí misma”.

En la que considero su obra maestra, El fin del “Homo sovieticus”, Alexievich recorre distintos tiempos y espacios de la Unión Soviética, a lo largo de veinte años. Si bien sigue la fórmula de sus libros anteriores, el ejercicio se percibe expansivo. Primero, diez relatos entre 1991 y 2001, recién disuelta la URSS. Luego, las tragedias de la Rusia cercana a Putin, entre 2002 y 2012. ¿Qué ha cambiado en la psique colectiva de los ciudadanos soviéticos (ahora rusos, ucranianos, kazajos, uzbecos….)? El gran fracaso político de la URSS se narra muchas veces desde las cocinas –que en los edificios soviéticos eran colectivas y el sitio predilecto para verbalizar la historia propia, el chisme, el rumor, la burla…–. Uno se encuentra con ciudadanos desencantados ante la gran oferta económica, el gran mercado, las compras a crédito. La división social en los territorios exsoviéticos contemporáneos resulta tan grande que Alexievich recoge el relato de una mujer que nunca ha visitado la Plaza Roja, a pesar de haber vivido toda su vida en Moscú. Mi hija, explica la mujer, pide que vayamos a la Plaza Roja. “Yo le explico: ‘Allí no podemos ir, hijita, porque allí están los cabeza rapadas con sus esvásticas y su Rusia es solo para los rusos, no para la gente como nosotros’”.

En 2015, Svetlana Alexievich fue condecorada con el Premio Nobel de Literatura “por su obra polifónica, que es un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. En su aparente sencillez, las historias que reúne en su breve obra –que no supera los siete libros– asombran por la fuerza descomunal con que transmite dolor y resiliencia. No se trata tan solo de una escritora que presta sus oídos y produce textos con palabras que no son suyas –una crítica que, por lo demás, suele aplicársele frente a la idea de la escritura propia y los imaginarios propios–, sino de alguien que –y es aquí donde residen su ejercicio y su singularidad literarias– sabe cómo disponer esas historias en flujo, cómo hacer que cobren valor los detalles más íntimos –una maleta llena de chocolates, unos zapatos, una puerta– en los momentos adecuados, cómo revelar los traumas de la memoria colectiva, cómo sugerir la gran historia desde la más pequeña, la singular, la que se cuenta junto a los hornos, en el metro, o en la fila para hacer un trámite gubernamental. “Cuando camino por la calle ‘atrapo’ palabras, frases y exclamaciones, siempre pienso ‘¡cuántas novelas desaparecen sin dejar rastro!’”. 


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Pablo Soler Frost en 2015. Fotografía de Osvaldvs. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0
Pablo Soler Frost en 2015. Fotografía de Osvaldvs. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0

Figura multifacética del panorama cultural mexicano, Pablo Soler Frost se cuenta dentro de esa escuela de escritores —de Sergio Pitol a Juan José Arreola, de José Emilio Pacheco a Salvador Elizondo, su amigo y mentor— que acrisola sus páginas en la prolija labor de traducir a otros. Sus traducciones comprenden autores tan variados como Joseph Conrad, Jean Cocteau, Rainer Maria Rilke y el cardenal Newman. También es jardinero, y más recientemente conocimos su obra plástica. Su experiencia como traductor allanó el terreno para su trabajo como dibujante: ¿qué es dibujar sino traducir el mundo a trazos?

En su obra literaria, que consta de poemas, cuentos y novelas, resalta al instante una prosa muy cuidada y un conocimiento profundísimo del ser humano, herencia de esa gigante de la filosofía en México que fue su madre, doña Elsa Cecilia Frost. Su formación se nutrió tanto de las letras como de las artes visuales, lo que hizo crecer en él una sensibilidad particular para la imagen y el lenguaje —herencia esto último de su padre, el poeta catalán Martí Soler—. La mezcla de estos elementos ha hecho de su obra literaria y plástica un ejercicio de refinamiento intelectual y estético en el que la historia, la fe cristiana y la identidad homosexual se entretejen.

Tiene una fascinación por los relatos épicos y las complejidades humanas. Sus novelas históricas reflejan una rigurosa documentación y una narrativa envolvente. Legión (1991) es en realidad una meditación sobre la naturaleza humana y la moralidad de los impulsos bélicos. 1767 es una novela que hace las veces de cortejo fúnebre al acompañar a los jesuitas desterrados de Nueva España por orden de Carlos III. La soldadesca ebria del emperador (2010) —que en 2024 reeditó la editorial Aliosventos como Inmóvil, yerto, destrozado— está a medio camino entre el diario espiritual y el espejo de príncipes: se trata del diario novelado del emperador Miguel III, figura clave en la consolidación del Imperio bizantino en tiempos del Cisma de Focio.

Con notable influencia de la literatura clásica de aventuras y una prosa que recuerda a los autores que ha traducido, como Joseph Conrad, novelas como La mano derecha (1993) y Malebolge (2001) se presentan como una exploración de la condición humana a partir de escenarios morales complejos, pero es hasta Europa y los faunos (2018) que la complejidad moral de su obra toca expresamente las fibras íntimas de la lucha interior: ahí el protagonista se debate entre el deseo y la culpa, entre la fe y la libertad personal. Pablo Soler Frost se inscribe así en esa larga lista de escritores católicos de quienes lo abrevó todo, desde el consuelo en tiempos de crisis hasta la culpa en momentos de gozo: de la condesa de Pardo Bazán al jesuita Gerard Manley Hopkins; del padre Alfredo Placencia a Gertrud von Le Fort.

Hace pocos años presentó en la Galería kurimanzutto dibujos de desnudos masculinos, de los que conservo en mi casa un cuadro del doliente san Sebastián. Echando mano de la iconografía cristiana más tradicional, la figura del mártir romano la presenta como un espacio de sacralización del deseo; un espacio donde el cuerpo, lejos de ser una fuente de culpa, se erige como un testimonio de lo divino. Eso es un martyr: un testigo de la fe, que es también belleza; de la verdad, que es también palabra; de la Palabra, que es también vida. Es en esta convergencia entre la estética sacra y la experiencia queer que su obra plástica produce piezas de gran intensidad simbólica, donde la devoción y el erotismo no se presentan como realidades excluyentes, sino como manifestaciones distintas de un mismo anhelo trascendente.

Pablo Soler Frost es testigo de que la palabra escrita y aun la palabra expresada en el desconocido lenguaje de la plástica no son sino reflejos de la misma Palabra que vivifica. Atrapado en una suerte de teología poética involuntaria, encuentra en su obra la posibilidad de una síntesis que la doctrina nos niega a tantos. Pienso en él como un artista que ofrenda, en el papel que es su altar, el deseo y el consuelo de una realidad que ama con la intensidad de quien se sabe hijo de la Iglesia. Pienso en él como alguien que va de la cruz a la pluma: es verdad que la cruz ha sido históricamente el símbolo del sufrimiento, pero también lo ha sido de la transformación, del tránsito de la muerte a la vida, de la finitud a la eternidad; y la pluma —ya la del escritor que modela su lenguaje con fervor lírico, ya la del dibujante que da forma al deseo sobre el papel, ya la pluma de quien entiende bien las canciones de Juan Gabriel— se convierte en una herramienta de transfiguración, una vía para reformular su relación con lo divino. Entre la cruz y la pluma, su obra hace más que cuestionar los límites impuestos por la tradición sobre los géneros artísticos y sexuales: se inscribe en una genealogía de artistas que han encontrado en la paradoja su mayor fuente de inspiración. Decía san Pablo que la cruz es a un tiempo escándalo para unos y estulticia para otros.

Hoy cumple sesenta años. Pretexto ideal para homenajear a uno de los grandes de la cultura mexicana contemporánea.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Antsetik tij bavajometik chamo’

Ta jk’an ta jk’elbe yutsil stalel xkulejal jteklum. 

Ta jk’an ta jvules ta jol ti jbats’i k’ope, 

xchi’uk chik’ejinkai ta jbats’i k’op.

Li xi’ele la sjip komel jbats’i k’optike. 

Ta’na li’e chik’opoj, chivachinaj xchi’uk ta jk’an vokol ta jbats’i k’op, 

xnichimaj ko’onton ta svob jteklum, 

xkuxet ko’onton ta syutsilal vob, 

chik’ejin ta jbats’i k’op yu’un mu xch’ay ta jol li jkuxlejale, 

ta jk’ej ta ko’onton slo’il jyayatak iloletik, 

ta jts’ibabe sbijilil ta tulan, 

ta jk’ejinta yip bats’i antsetik

yu’un mu xch’ay ta jol.

Jech chilaj o batel, 

chik’opoj xchi’uk ta jk’an vokol ta jbats’i k’op, 

chi-ak’otaj chik’ejin xchi’uk yutsilal vob.


Mujeres chamo’ músicas

Quiero reconectarme con las raíces de mi cultura.

Quiero recordar el idioma de mis ancestros, 

y cantar en tsotsil.

El miedo arrojó al olvido nuestro idioma.

Pero hoy hablaré, soñaré, rezaré en tsotsil, 

me deleitaré con la música tradicional de mi pueblo, 

caminaré al ritmo de las notas musicales, 

cantaré en mi idioma para nunca olvidarme de mi legado,

abrazaré los rezos de mis abuelas curanderas,

las escribiré en la corteza de los árboles de roble, 

cantaré la lucha de mis compañeras tsotsiles y tseltales

para nunca olvidarlas.

Y así moriré,

hablando y rezando en mi idioma,

bailando y cantando con la melodía del arpa y la guitarra. 


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.
"México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita", de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.
“México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita”, de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.

Nota preliminar

La mayoría de los visitantes de la sala Mexica en el Museo Nacional de Antropología centra su atención en la Piedra del Sol y la Coatlicue, lo que es comprensible. Ojalá fuera el caso también del Teocalli de la Guerra Sagrada, monolito basáltico originalmente policromado encontrado en 1926 en los cimientos de un torreón del Palacio Nacional. Su nombre lo recibió de Alfonso Caso y no ha faltado quien lo considere un trono.

Este 2025 se cumplen setecientos años de la fundación mítica de México-Tenochtitlan1 y seguro va a hablarse mucho de él, especialmente de su parte trasera, pues ahí aparecen los consabidos águila, nopal y serpiente. Es la única representación prehispánica de nuestro escudo nacional y fue tallada en el período de Moctezuma II, entre 1502 y 1520.

Sin embargo, una observación atenta nos hará darnos cuenta de que en realidad no hay serpiente como tal, sino que aquello que sale del pico del águila es un glifo de “guerra sagrada” o atlachinolli. ¿Cómo interpretar que un águila sobre un nopal —realmente un tenochtli o “tunal de piedra”— parezca llamar a una guerra santa, justificada? ¿Por qué el tenochtli se arraiga en un corazón? ¿Qué quieren decir estos símbolos que tanta gente pasa por alto cuando recorre el museo?

Conviene estudiar fuentes como los códices Ramírez y Durán, ambos inspirados en una hipotética Crónica X, para desentrañar un posible significado: del corazón del insurrecto abatido (Copil, sobrino de Huitzilopochtli) brota un tenochtli sobre el cual se posa una deidad solar representada por un águila que convoca a una guerra. Estamos, pues, ante un guerrero que vence a un rebelde: Huitzilopochtli imponiéndose; el comienzo de otra era. ¿Y el tenochtli? En un entorno cenagoso y abundante en tules, un tunal de piedra podría implicar estabilidad.

Estabilidad y guerra se necesitan mutuamente, ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a admitir esa idea? Tomemos en cuenta la etimología de atlachinolli (in atl, in tlachinolli, “el agua, lo chamuscado”), claro ejemplo de los opuestos complementarios del pensamiento mesoamericano, parte vital del “núcleo duro” que propone Alfredo López Austin. ¿Nos gusta el triunfo, pero no el combate? ¿Preferimos el agua por encima del fuego? ¿Por qué? ¿Cuáles son nuestros valores actualmente?

Pero divago. Lo que realmente quiero plantear es la fecha de fundación de la Ciudad de México. Nos hemos acostumbrado a conmemorar la de México-Tenochtitlan.2 Lo aprendimos en la escuela y se acomoda bien a la narrativa nacionalista posrevolucionaria que pone al centro al valeroso pueblo mexica.

No obstante, la Ciudad de México no se corresponde actualmente con la capital mexica. En efecto fue así durante siglos, cuando lo que hoy llamamos Centro Histórico era toda la ciudad. Pero hace tiempo que incluye también a un buen número de poblaciones que ya estaban aquí antes de la llegada del pueblo de Huitzilopochtli. La zona de Cuicuilco, bajita la mano, ha estado habitada hace más de 2 mil 500 años (no de manera ininterrumpida), lo mismo probablemente que Tlaltenco en Tláhuac. ¿Y qué decir de Zacatenco en Gustavo A. Madero o Acalpixca en Xochimilco? También sería injusto ignorar que los propios mexicas ya habían fundado, muy probablemente, una población décadas antes en Chapultepec.3 Y luego está Tlatelolco, establecida pocos años después de Tenochtitlan por un grupo de disidentes.

Pasa que Cuauhmixtitlan, primer nombre que ostentó Tenochtitlan, representa en el imaginario el origen mítico de la Ciudad de México. No le hace que Azcapotzalco tenga su propia historia remota ni que los grupos chichimecas comandados por Xolotl se hayan desarrollado ampliamente por la cuenca hace casi mil años. Poco parecen importar las antigüedades de Milpa Alta o de los colhuas de Iztapalapa. Pasamos de largo frente a la Mujer del Peñón y ni siquiera volteamos a ver a los españoles que fundaron su ayuntamiento meses o años antes de 1524 y recibieron cédula real en 1528, mucho menos a los mexicanos que fundaron el Distrito Federal en 1824.

Con los mexicas tenochcas nació la Ciudad de México y sanseacabó.

Su civilización, con estar extinta hace medio milenio y haber durado solo dos siglos, es la valedera porque en ella recae el mito fundacional más resistente. Mito no como mentira, sino como modelo lógico para resolver contradicciones (desde aquí saludamos a Lévi-Strauss). Uno que ha durado siete siglos y aun le dio nombre al país. ¿Por qué este y no otro? ¿Qué nos dice hoy el símbolo al centro de la bandera de México?

Cuestiones así son las que me interesa resolver porque, pensándolo bien, no tiene caso preguntarse por la fecha exacta de fundación de la Ciudad de México, un conjunto actualmente de altepemeh, ciudades, villas, pueblos, colonias, fraccionamientos, barrios y alcaldías. Y hasta municipios conurbados, pues ya es más una región que una ciudad propiamente, acaso la más antiguamente poblada de América, con una historia que abarca mucho más que setecientos años. Sin límites geográficos ni temporales precisos, y por eso es un reto narrarla. Lo intento a continuación con el corazón en la mano, uno muy parecido al de Copil.

Enlazar pasado y presente —una de las manías de este ornitorrinco otorrino o cronista— me parece una forma gozosa de arrojar nueva luz al mito fundacional comúnmente aceptado. Relatar sin juzgar como hacen los monolitos. Para combatir el nacionalismo y fomentar el amor al terruño, hace falta aprender a observar y callar.

Tal vez para eso sirva la crónica.


Autores
Es escritor y periodista. Autor de Crónicas de la verdadera Conquista (2022), Novísima grandeza mexicana (2017) y Amor por la Ciudad de México (2015), entre otros libros. Es miembro asociado del Seminario de Cultura Mexicana e integrante del Colegio de Cronistas de la Ciudad de México. Conduce y escribe la serie Ciudad infinita de Canal Once. Publica periódicamente en jorgepedrouribe.substack.com
"(Whats the Story) Morning Glory", Oasis. Creation Records, 1995.
“(Whats the Story) Morning Glory”, Oasis. Creation Records, 1995.

En la sala de parto del hospital de Longsight, suburbio de Burnage, Peggie Gallagher da a luz a su segundo hijo mientras el sonido del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, a su vez, alumbra la contracultura y expande el lenguaje musical del rock. Manchester, 1967. If this is not fucking true…, al menos es la historia que Noel cuenta sobre su nacimiento. Cinco años y medio después nace Liam, su hermano menor, con quien comparte habitación hasta los diecisiete en su casa de Ashburne Avenue. Paul, el primogénito de Peggie y Tommy Gallagher, tiene una historia aparte, pero en casa siempre gozó de un cuarto propio, bastard.

            Supersonic. The Complete, Authorized and Uncut Interviews (2021):

            De Liam, dice Noel: “Liam is a fucking major pain in the arse… there isn’t actually a word that could adequately sum up his fucking buffoonery”. De Noel, dice Liam: “He was a bit of a stoner, a bit of a loner, one of them people that you’d throw stones at”. De sus hermanitos, Paul Gallagher dice: “Noel was quiet, moody, skinny, withdrawn, he kept himself to himself. Then you’ve got Liam who is a livewire. Imagine Zebedee from the Magic Roundabout versus, I don’t know, Mickey Mouse? You got a lot of noise”.

            D’you know what I mean?

            En casa, al centro-sur de Manchester, Tommy Gallagher escondía una guitarra detrás de la puerta del living room. Nadie tocaba el instrumento. ¿Cómo llegó a la sala y por qué no la notaron en tanto tiempo? Ninguno de los Gallagher lo puede responder aún, pero en ese entonces Noel se apropió de esa guitarra y la convirtió en su refugio. “Dad is a shit dad and a shit husband but I must kind of credit him for the musical side of us”. Tommy Gallagher era un DJ reconocido entre la comunidad irlandesa en Manchester y tocaba irish music, country and western en los pubs de la ciudad, en ocasiones acompañado por sus hijos.

            Cuando Noel descubre la marihuana y los riffs de The Jam y The Smiths, concibe en la música una forma de escapismo: “Everything I ever wanted in life was coming out of the speakers and I was playing along to it and it was going somewhere I felt, it was great”. Las horas encerrado en su habitación, cierta introspección cannábica y quizás hasta un acérrimo trauma causado por violencia intrafamiliar, convierten a Noel en un letrista egomaníaco que pondría su vida en manos de una rock ’n’ roll band.

            En el caso de Liam, la música entra en su mente por un martillazo en el cráneo. “With a hammer, yeah, that was in St. Mark’s”. Una riña escolar, clásico. Se vieron a la salida. Los chicos fumaban en la esquina, platicaban con la hermana de uno de ellos cuando alguien de la pandilla rival llegó a ofenderla y Liam lo enfrentó. Ella tenía doce años; ellos, quince. De alguna parte de su hoodie, el bravucón sacó un pequeño martillo y con él golpeó a Liam en la cabeza. Griterío, estampida, sangre. Algo hizo click, se rompió y se abrió. “I started hearing music, it started making sense”. Por primera vez, Liam escuchó música. “I know it sound stupid, I probably said it before, but whoever he is, thank you”.

            Según Noel, la vida en familia funcionaba como un episodio de The Royle Family, pero con mucha más violencia y tensión. Era el final de la década de los setenta y el principio de los ochenta, luego vendría Margaret Thatcher, la recesión y el desempleo en el Reino Unido. Peggie y Tommy Gallagher se divorciaron y no había mucho más qué hacer en Manchester además de meterse en problemas. “Smoke weed, sniff glue, listen to music, go to football”. Eso era todo. Unos jovencísimos Noel y Liam Gallagher tenían el escenario puesto para volverse estrellas de rock, si no morían o se mataban en el intento.

            Por entonces, Paul estaba inmiscuido a tope con The Jam. Noel escuchaba sin parar a The Smiths y a los Sex Pistols. Liam descubría Madchester en las canciones de los Stones Roses, “Lucy In The Sky With Diamonds”, la Beatlemanía antes de los diecinueve. Los tres hermanos Gallagher eran cejones y usaban el cabello de hongo, crecieron entre las costumbres irlandesas y heredaron cierta forma de hablar y cantar que los identificaría en el futuro. Toda la vida han sido hinchas del club azul de su ciudad y la música, como las drogas, estaba en cada pub cruzando Longsight Market.

            The Apollo, 1980. El primer gig al que Noel Gallagher asistió ya con una sensibilidad desarrollada en la música fue uno de The Damned. En ese mismo venue, Stiff Little Fingers, Public Image y U2. El primero de Liam es fundacional: The Stone Roses en el International One de Longsight a finales de los ochenta. “They weren’t dressed in leather necks or like The Cure or The Smiths and that. I always found them bands little bit fucking odd because they weren’t dressed like me. Then when I saw the Roses and the Mondays, I thought, ‘You know what? I’ll stop throwing stones and gobbing at them’, because they look a little bit like us”.

            Durante ese gig, Liam Gallagher fundó Oasis:

            —I’m going to be famous one day, Mam.

            —Are you? —preguntó Peggie—. Get off your bloody arse and get out and get a job.

            —Oh, no, Mam —respondió Liam—. I’m telling you: I’m going to be really famous one day and you’re gonna be really proud of me.

            —Am I? Well, I hope it’s before I start pushing up daisies, because we need money now. What are you going to do, Liam?

            —I’m a singer.

            —I never heard you singing.

            —I’m going to be in a band.

            El resto es biblio/musico/hemerografía. Anti-Claus 28 gig. The Mondays, The Stone Roses y James. Madchester, penúltimo día de mayo, 1988. En el International Two, antes llamado Carousel, también se conocieron Peggie y Tommy Gallagher. Era un viejo salón irlandés de baile y Noel estaba en el balcón escuchando a los Stones cuando vio a Graham Lambert, guitarrista de Inspiral Carpets, grabando el concierto en una cinta. Noel Gallagher terminó uniéndose a la banda como roadie y giraría con ellos por Estados Unidos durante dos años.

            Entretanto, Liam Gallagher perseguía el sueño de ser un rockstar. “I wanted it so fucking bad, man, and I was just obsessed with being in a band, just ob-fucking-sessed, man”. Conoció a Bonehead, a Tony McCarroll y a Paul “Guigsy” McGuigan y formaron The Rain. Cerveza, música y football. En Madchester solo había dos opciones: United vs. City. La vida en el pub and stuff. Recientemente, la banda había despedido a Chris Hutton, el vocalista, y necesitaban un frontman. “Right, look, do you want to be in this band?”, le propusieron a Liam el puesto de cantante. “Yeah, but we’ll have to change that fucking name tough ‘cause it’s terrible”, respondió el menor de los Gallagher. “So, for the record: I was never in a band called The Rain”.

            Cuando Noel volvió de la gira con Inspiral Carpets, Liam lo invitó como songwriter a su nueva banda: Oasis. Un nombre es un nombre, pero hay dos versiones de la historia. La primera es una broma más entre los hermanos Gallagher: “Unfortunately the fucking singer decides to tell somebody that I had an Inspiral Carpets tour poster up on my wall and on it was a place they played in Swindon called the Oasis Centre”. La segunda versión es un punto ubicable en la geografía de una ciudad como su soundtrack.

            En algún punto de Market Street, en el centro de Manchester, estaba el Underground Market. “Oasis” era un local que vendía tenis Adidas —fundamentales en el Madchester look—, y a donde acudían Noel y Liam Gallagher a comprar su ropa. Quizás el póster de Inspiral Carpets estuvo (o no) en las paredes del cuarto de Noel, pero en ese pequeño establecimiento del Affleck’s Palace, Liam encontró una forma para nombrarse rockstar. Una canción de Happy Mondays. Un puesto de kebab. Una cuadrilla de taxis. La palabra Oasis rebotaba en las paredes del cráneo de Liam Gallagher: “Oasis just sounded good. I know a lot of people think it’s shit, and probably is a shit name, but everything’s shit, innit?”.  

            And then there were five… Debutaron en 1994 con Definitely Maybe y al año siguiente rompieron el mercado con (What’s The Story) Morning Glory? Knebworth, 1996. Be Here Now en 1997.Las interminables giras, los conciertos sold out. Oasis, Blur, Suede, Pulp, The Verve… Britpop. Terminó el milenio y seguimos hablando de The Beatles. Décadas adelante cedimos a la nostalgia, volvimos a escuchar vinilos, casetes en walkman, música fuera de la nube y el streaming, revivimos bandas, acudimos a giras del adiós nada más para volver a cantar lo que cantábamos. Hay quienes pagan esas entradas con palcos VIP hacia el pasado, baños exclusivos y bebida de cortesía. Cuando menos, Noel y Liam Gallagher siguen vivos y aún pueden llenar estadios, si es que no se pelean.

            “Don’t look back in anger”, Oasis. El Britpop (no) ha muerto.

            (YNWA).


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Para mi padre, Ricardo Tatto Pareja, quien me enseñó la religión del box.

Si Dios me eligiera para una guerra santa, pediría combatir al lado de Joe Frazier.

Muhammad Ali

No me hubiera gustado ser Muhammad Ali la calurosa mañana del 1 de octubre de 1975, ya que a medida que se acercaba al Coliseo Araneta se percibía algo extraño en el ambiente del día del combate pactado a 15 rounds contra su archienemigo de toda la vida, Joe Smokin’ Frazier. La humedad era tremenda, pues el rocío de la madrugada combinado con el sol asesino de la ciudad de Manila, Filipinas, había llevado a los termómetros a registrar una temperatura por encima de los 40 grados y una sensación térmica de 50. El otrora Cassius Clay entraba triunfante a la arena; sentía que ya tenía la pelea en el bolsillo, especialmente después de que Frazier había recibido una paliza a manos del gigante George Foreman, quien lo despachó por nocaut en tan solo dos rounds en 1973. 

Para Ali ese pleito era un trámite, había ido a Filipinas para vacacionar con su amante Veronica Porsche, mientras su esposa Belinda estaba en casa. En torno al combate Ali vs. Frazier III, el promotor Don King y el dictador Ferdinand Marcos habían armado un auténtico circo mediático. Uno para promover la pelea que se transmitiría a todo el mundo vía satélite y, el otro, para desviar la atención del conflicto social desatado en Manila durante su gobierno de mano dura. Pero ninguna mano era tan dura ese día como la de Smokin’ Frazier, quien ingresaba al ring dispuesto no a disputar una pelea de box, sino a jugarse la vida en venganza por el humillante trato recibido por Ali desde su primer combate en 1971. Todo era jovialidad y risas en el campamento de Muhammad hasta esa mañana, cuando se dieron cuenta de que no estaban ingresando al lugar de una justa deportiva, sino a la antesala del mismísimo infierno…

El combate quedó programado para las 10:45 horas del 1 de octubre, para coincidir con los horarios internacionales de audiencia de televisión, especialmente en Estados Unidos. Así, la transmisión iniciaría a las 21:45 horas del 30 de septiembre en Nueva York, 20:45 horas en Chicago, y las 18:45 horas en Los Ángeles. Todo esto nos suena común hoy en día, acostumbrados como estamos a las transmisiones diferidas de eventos mundiales, pero en ese entonces eran pocas las peleas que se transmitían de forma satelital a todo el planeta.

Fue, en pocas palabras, el combate del siglo, si bien así había sido llamado también su primer enfrentamiento, realizado en 1971 en el Madison Square Garden, en el cual, contra todo pronóstico, Ali perdió por decisión dividida su impresionante récord invicto, además de morder la lona por primera vez a manos de otro peleador. En su momento, muchos argumentaron que Ali había resbalado, especialmente porque se recuperó a los cuatro segundos del conteo de protección. La realidad es que Ali sí se había resbalado, pero a causa de un poderoso gancho izquierdo de Frazier. Aunque Joe Smokin’ era un fajador y nadie se recuperaba de un certero nocaut propinado por él, asombrosamente Ali lo logró casi al instante. Una prueba más de que la realidad a veces supera a la ficción, y de que Ali no era tan delicado como decían los cronistas de la época.

Esa caída y esa derrota enconaron al competitivo Ali, quien solía derrotar a sus oponentes no solo físicamente, sino psicológicamente. Muhammad fue el primer gran maestro del trash talk, de hablar sucio para desequilibrar la concentración de sus oponentes, algo que años más tarde habría de emular otro campeón sumamente competitivo del basquetbol, Mr. Michael Jordan. El caso es que ni aún con la victoria durante la revancha el 28 de enero de 1974, denominada Ali vs. Frazier II, en la cual Muhammad ganó por puntaje, el legendario campeón quedaría satisfecho. Y es que el odio que se tenían era encarnizado. 

De hecho, pocos días antes del segundo combate, durante una entrevista televisiva con Howard Cossell, se hicieron de palabras al grado de que Frazier, ofendido, se quitó el micrófono, se puso de pie justo frente Ali retándolo ante las cámaras hasta que este, en un descuido, se puso de pie velozmente y amagó a Joe, provocando que ambos rodaran por el suelo. Esto que en la actualidad podría parecer un montaje más para promover la pelea, tan común en el box contemporáneo, fue un auténtico forcejeo de dos titanes. Estamos hablando de una época en la que los boxeadores todavía eran hombres de honor, no payasos ni títeres de los promotores.

Para el tercer encuentro, Don King ya tenía las riendas del espectáculo llamado Muhammad Ali, especialmente ahora que sus bonos se habían elevado hasta la estratósfera, después de la lección de fistiana que Ali le propinó al enorme George Foreman el 30 de octubre de 1974 en Kinsasa, Zaire, encontronazo denominado The Rumble in the Jungle (la pelea en la jungla). King no tenía empacho en hacer negocios con dictadores tercermundistas; en Zaire, con Mobutu, y en Filipinas, con los infames Ferdinand e Imelda Marcos. Ahora a la distancia sería fácil juzgar el compromiso social de los peleadores, especialmente de un activista como Muhammad, pero en el momento estos enfrentamientos sobre el ring eran vistos como meros espectáculos para distraer a la población, aunque en realidad distraían la atención de las protestas civiles del país en turno.

El caso es que para Ali vs. Frazier III, la emoción en Manila consistió en todo un aparato policíaco que recibió a Muhammad a su llegada al aeropuerto y lo escoltó por las calles atestadas de gente que quería mirar al campeón mundial de box a su llegada a Filipinas. Por el contrario, el recibimiento que tuvo Frazier fue poco menos que digno, y es que el otrora campeón había bajado en sus bonos considerablemente, no solo por la estropeada que le propinó Foreman, sino porque había hecho el ridículo al lanzar su carrera como cantante soul como Joe Frazier and the Knockouts. De hecho, esta pelea era casi un favor para Frazier, pues se embolsaría apenas la mitad de lo que ganaría Ali, quien ya no daba un quinto por él. Lo que quería Ali en realidad era vacacionar con su amante, darse la gran vida en Filipinas, pues a pesar de ser musulmán, era un ser lleno de contradicciones.

Y en esa ocasión, el mundo habría de ver al Muhammad Ali más cruel y contradictorio, ya que se ensañó con Frazier lanzándole adjetivos racistas, como the gorilla in Manila, o acusándolo de ser un Tío Tom (mote despectivo que sirve para designar a los afroamericanos al servicio del hombre blanco), toda vez que Frazier era el único de los dos que provenía del cinturón de pobreza norteamericano, era de tez más oscura e incluso había trabajado en plantaciones en lugares todavía segregados cuando se mudó a Filadelfia. Es decir, Frazier era todo lo contrario a Ali, y viceversa. Eran como el agua y el aceite, su antagonismo no pudo ser escrito ni por el mejor guionista de cine. Y es que a todas luces era injusto el trato recibido tanto por las autoridades como por Ali, quien se dice llegó a amedrentarlo en su hotel con una pistola de juguete. Muhammad también invitaba a los medios a su campo de entrenamiento, donde por sparring presentaba a un hombre con una botarga de gorila, diciendo que era Joe Frazier.

Todo lo anterior acabó por enfurecer a Frazier, al grado de que su equipo decidió que era mejor abandonar el hotel y la ciudad para retirarse a una casa de campo en las afueras, a fin de que pudiera concentrarse en el combate que se avecinaba. Paralelamente, Ali seguía de bravucón y acudió junto con su amante a una cena con el presidente Marcos y su esposa, algo que vería su esposa Belinda Boyd por televisión y que la llevaría a volar hacia Manila. Ali se encontraba brindando una rueda de prensa cuando Belinda llegó hecha una furia y el incrédulo campeón tuvo que lidiar con sus dos mujeres. Tal era el estado mental y el ríspido ánimo en el campamento de entrenamiento de Muhammad, quien, a pesar de estar con su entrenador Angelo Dundee y su preparador físico Ferdie Pacheco, estaba pensando en todo menos en la pelea contra Frazier.

Por si todo lo anterior fuera poco, el pique entre ambos púgiles tenía motivos históricos: en 1967 le fue arrebatado a Ali el título mundial de campeón de los pesos pesados, por rehusarse a ser reclutado para la guerra de Vietnam, aduciendo motivos religiosos. El trono vacante fue ocupado en 1968, ¿adivinen por quién? Sí, por Joe Frazier. Por eso Muhammad siempre lo trató como un campeón de pacotilla, impostado, a pesar de que Frazier movió sus influencias en 1970 ante el presidente Nixon para que le devolvieran su licencia de boxeo, y de que se dice que apoyó con un fajo de billetes a Ali en sus peores momentos, pues este estaba endeudado al no poder ganarse la vida peleando. O sea que Frazier hizo gala de nobleza ante su oponente, mientras que Ali lo denostó de la manera más humillante (aunque años más tarde se arrepintió y dijo que solo fue para promover los combates).

Pero las buenas intenciones se le habían acabado a Frazier mucho tiempo antes de la tercera pelea. Esa mañana Joe entró a la infernal arena con solo una idea en mente: venganza. En su esquina tenía a su curtido entrenador Eddie Futch y a su equipo, que lo habían entrenado en las montañas de los alrededores de Manila, ya sin las provocaciones de Ali y las distracciones de la prensa. Así que cuando subió al cuadrilátero estaba listo, ni siquiera hizo caso de los parloteos de su contrincante, quien hasta ese momento decía que iba a bailotear en el ring volando como una mariposa y picando como una abeja.

Pero al dar el primer campanazo, Ali sorprendió a todos plantándose en el centro del ring y plantándole cara a Frazier. El campeón salió a proponer y hacer su pelea, buscando el nocaut definitivo que pusiera fin a las dudas que la trilogía de enfrentamientos con Joe había suscitado, ya que nunca había quedado claro quién era el mejor libra por libra. Y en los primeros cuatro rounds, Ali hizo lo que quiso con Frazier, conectando jabs quirúrgicos al rostro de Smokin’ Joe, sin rehusar engancharse en el intercambio de golpes con él. No fue sino hasta el quinto round cuando Frazier usó su letal gancho de izquierda que impactó en el rostro del campeón, sacudiéndolo hasta sus cimientos. Eso hizo que Joe cobrara bríos y agarrara un incansable ritmo de ataques al cuerpo de Ali para restarle velocidad a lo largo del quinto y hasta el octavo rounds, cuando la balanza comenzó a inclinarse a favor del retador.

Joe comenzó a llevarlo hacia las cuerdas, donde más daño podía infligir en la humanidad de Muhammad, que veía sus costillas, caderas y pecho ser pulverizados bajo los puños de Frazier. Se dice que en ese combate Ali recibió 450 golpes tan poderosos que podían derribar un muro. Aunque Ali, siendo un peleador técnico, un boxeador científico en toda regla, le recetó todo un catálogo de puñetazos, jabs, ganchos y uppercuts, tanto avanzando como retrocediendo (Frazier solo sabía golpear yendo hacia adelante, como toro en embestida). Por cada combinación de golpes, Ali solo recibía una mínima cantidad en respuesta, pero un guantazo asestado por Joe era potencialmente letal. Para el décimo round, Ali había perdido velocidad en las piernas y brazos, cansado de impactar en la cara de Frazier, quien aunque estaba recibiendo una golpiza se rehusaba a caer o a retroceder ante la incrédula mirada de Ali y las dos ocasiones en que había propinado golpes tales que hicieron volar el protector bucal de Frazier hasta las butacas.

Joe, sin embargo, era como una bestia herida, en su mirada tenía ansias de sangre y el vigor de quien piensa jugarse la vida hasta el final, sin importar las consecuencias. Ali usó todos los trucos de su arsenal para recobrarse, tomando aire a ratos, soltando combinaciones esporádicas, replegándose en las cuerdas para aguantar el castigo corporal (tal como lo hizo con Foreman). Más tarde habría de declarar lo siguiente sobre esa pelea: “fue lo más cercano a morir”. Primero con Big George y ahora con Smokin’ Joe, Muhammad Ali había sometido su cuerpo a una tortura tremenda: el niño bonito del box se vio reducido a saco de arena en donde Frazier cebaba la furia de sus puños. 

Joe también la estaba pasando mal: su cabeza parecía una pera loca, recibiendo una lluvia de golpes sin apenas esquivarlos. Poca gente sabe que tenía una visión limitada en el ojo izquierdo desde la década de 1960, cuestión que su equipo mantuvo en secreto por obvias razones. Era un tiempo en donde los púgiles peleaban incluso lesionados, su testosterona y gallardía así se los exigía. Para colmo de males, su ojo derecho estaba casi cerrado, Ali le había machacado la cara a fuerza de repeticiones interminables. Thrilla in Manila había probado ser una auténtica carnicería y uno de los combates más cruentos que se recuerden en el deporte. No fue una pelea espectacular, pero fue sumamente emocionante: la épica de dos gladiadores que se odiaban entre sí y que estaban dispuestos a morirse en el ardiente coliseo.

Para el decimotercer round, justo cuando Ali parecía haberlo dado todo, se empleó a fondo y casi noqueó a un Frazier tambaleante y prácticamente ciego que peleaba por puro instinto, siguiendo el rastro y el olor a sangre. No obstante, seguía sin caer, se resistía a retroceder, no cejaba en sus intentos de llevarse la victoria. Para el campanazo, Ali estaba exhausto y sin aliento, pues respirar en esa arena era como inhalar en el interior de un horno, el aire estaba hirviendo. Su entrenador, Angelo Dundee, lo convenció de que Frazier ya no tenía nada para ofrecer y le suplicó que saliera por un round más. Entretanto, en la esquina de Frazier, las cosas no eran alentadoras: Futch y el médico estaban preocupados por la falta de visión de Joe, tenía los ojos hinchados, cerrados, y el rostro como carne molida. Ali jamás había golpeado tanto a un contrincante como a Frazier esa húmeda mañana. Sin embargo, Joe seguía imbatible, determinado, así que le dieron una última oportunidad de salir al ya round 14, que pasaría a la posteridad como uno de los más salvajes de la historia del boxeo, pues Ali sacó fuerzas de flaqueza y le dio con todo le que le sobraba, golpeaba por pura fuerza de voluntad contra ese muro hecho de ladrillos y carne. Ninguno se rendía y no pocos espectadores clamaban porque se detuviera el combate. Ambos se abrazaban con su último soplo de vida. 

Para el campanazo antes del último round, Ali pidió que le cortaran los guantes. No soportaba el dolor en sus puños, ya no podía más. Estaba por rendirse cuando el sagaz dundee en cuestión de segundos miró a la esquina de Frazier y vio lo impensable. Futch, que había visto morir a dos peleadores en el ring, decidió detener la pelea. Frazier quería seguir, “quiero salir, jefe”, le suplicaba a Futch, aunque su entrenador fue determinante: “Todo terminó, nadie olvidará lo que hiciste aquí hoy”,le dijo a Joe antes de aventar la toalla.

Segundos antes de hacer lo mismo, la esquina de Ali incrédula levantó al todavía campeón quien alzó la mano en señal de triunfo, tan solo para derrumbarse en el cuadrilátero a punto del desmayo. Muhammad había ganado por nocaut técnico, pero a un costo muy alto. Muchos años después Frazier todavía se vanagloriaba de que él había ocasionado el Parkinson que había de padecer Ali a raíz de esa pelea. Cierto o no, ese día Muhammad solo alcanzó a balbucear: “contigo nunca más, Joe”.

Más tarde, arrepentido, pidió perdón por todas las ofensas que le hizo a Frazier y se deshizo en elogios por el resto de su vida. “Frazier es el mejor boxeador de todos los tiempos, después de mí”. La pelea fue tan brutal que alguien declaró: “ese día Ali y Frazier entraron como campeones, pero salieron como dos ancianos”. 

Ninguno habría de volver a ser el mismo, habían dejado una libra de carne en el cuadrilátero. El resultado no fue justo, pues ninguno merecía perder. Un segundo más y Frazier pudo ser el ganador. Por eso hoy, 50 años después, todavía se habla de esa pelea que confirma que Don King fue un gran promotor y profeta al titularla Thrilla in Manila, porque vaya que lo fue. Un enfrentamiento de dos míticos guerreros que, haciendo honor a la verdad y la justicia, si es que existe alguna en el mundo, bien podríamos llamarlo el empate del siglo.


Autores
(Mérida, 1984). Licenciado en comunicación por la Universidad Modelo y egresado de la Maestría en Arte de la UNAY. Periodista y promotor cultural, editor, ensayista y narrador, su trabajo se ha publicado en periódicos, revistas y en libros de su autoría como Tercera llamada, Cuentos, minificciones y aforismos del descaro (Libros en Red) y Yucatán en Letra Joven (PACMYC), etc. Ha sido cuatro veces ganador del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, recientemente con dos libros de ensayo: Universo de Juan García Ponce (Libros del Marqués) y Bestiario del bibliófilo (Nitro Press) . Actualmente es presidente de la Red Literaria del Sureste y director de la revista Soma, Arte y Cultura.