Tierra Adentro
"México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita", de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.
“México, un mito de siete siglos. Crónicas de la ciudad infinita”, de Jorge Pedro Uribe Llamas. Siglo XXI Editores, 2025.

Nota preliminar

La mayoría de los visitantes de la sala Mexica en el Museo Nacional de Antropología centra su atención en la Piedra del Sol y la Coatlicue, lo que es comprensible. Ojalá fuera el caso también del Teocalli de la Guerra Sagrada, monolito basáltico originalmente policromado encontrado en 1926 en los cimientos de un torreón del Palacio Nacional. Su nombre lo recibió de Alfonso Caso y no ha faltado quien lo considere un trono.

Este 2025 se cumplen setecientos años de la fundación mítica de México-Tenochtitlan1 y seguro va a hablarse mucho de él, especialmente de su parte trasera, pues ahí aparecen los consabidos águila, nopal y serpiente. Es la única representación prehispánica de nuestro escudo nacional y fue tallada en el período de Moctezuma II, entre 1502 y 1520.

Sin embargo, una observación atenta nos hará darnos cuenta de que en realidad no hay serpiente como tal, sino que aquello que sale del pico del águila es un glifo de “guerra sagrada” o atlachinolli. ¿Cómo interpretar que un águila sobre un nopal —realmente un tenochtli o “tunal de piedra”— parezca llamar a una guerra santa, justificada? ¿Por qué el tenochtli se arraiga en un corazón? ¿Qué quieren decir estos símbolos que tanta gente pasa por alto cuando recorre el museo?

Conviene estudiar fuentes como los códices Ramírez y Durán, ambos inspirados en una hipotética Crónica X, para desentrañar un posible significado: del corazón del insurrecto abatido (Copil, sobrino de Huitzilopochtli) brota un tenochtli sobre el cual se posa una deidad solar representada por un águila que convoca a una guerra. Estamos, pues, ante un guerrero que vence a un rebelde: Huitzilopochtli imponiéndose; el comienzo de otra era. ¿Y el tenochtli? En un entorno cenagoso y abundante en tules, un tunal de piedra podría implicar estabilidad.

Estabilidad y guerra se necesitan mutuamente, ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a admitir esa idea? Tomemos en cuenta la etimología de atlachinolli (in atl, in tlachinolli, “el agua, lo chamuscado”), claro ejemplo de los opuestos complementarios del pensamiento mesoamericano, parte vital del “núcleo duro” que propone Alfredo López Austin. ¿Nos gusta el triunfo, pero no el combate? ¿Preferimos el agua por encima del fuego? ¿Por qué? ¿Cuáles son nuestros valores actualmente?

Pero divago. Lo que realmente quiero plantear es la fecha de fundación de la Ciudad de México. Nos hemos acostumbrado a conmemorar la de México-Tenochtitlan.2 Lo aprendimos en la escuela y se acomoda bien a la narrativa nacionalista posrevolucionaria que pone al centro al valeroso pueblo mexica.

No obstante, la Ciudad de México no se corresponde actualmente con la capital mexica. En efecto fue así durante siglos, cuando lo que hoy llamamos Centro Histórico era toda la ciudad. Pero hace tiempo que incluye también a un buen número de poblaciones que ya estaban aquí antes de la llegada del pueblo de Huitzilopochtli. La zona de Cuicuilco, bajita la mano, ha estado habitada hace más de 2 mil 500 años (no de manera ininterrumpida), lo mismo probablemente que Tlaltenco en Tláhuac. ¿Y qué decir de Zacatenco en Gustavo A. Madero o Acalpixca en Xochimilco? También sería injusto ignorar que los propios mexicas ya habían fundado, muy probablemente, una población décadas antes en Chapultepec.3 Y luego está Tlatelolco, establecida pocos años después de Tenochtitlan por un grupo de disidentes.

Pasa que Cuauhmixtitlan, primer nombre que ostentó Tenochtitlan, representa en el imaginario el origen mítico de la Ciudad de México. No le hace que Azcapotzalco tenga su propia historia remota ni que los grupos chichimecas comandados por Xolotl se hayan desarrollado ampliamente por la cuenca hace casi mil años. Poco parecen importar las antigüedades de Milpa Alta o de los colhuas de Iztapalapa. Pasamos de largo frente a la Mujer del Peñón y ni siquiera volteamos a ver a los españoles que fundaron su ayuntamiento meses o años antes de 1524 y recibieron cédula real en 1528, mucho menos a los mexicanos que fundaron el Distrito Federal en 1824.

Con los mexicas tenochcas nació la Ciudad de México y sanseacabó.

Su civilización, con estar extinta hace medio milenio y haber durado solo dos siglos, es la valedera porque en ella recae el mito fundacional más resistente. Mito no como mentira, sino como modelo lógico para resolver contradicciones (desde aquí saludamos a Lévi-Strauss). Uno que ha durado siete siglos y aun le dio nombre al país. ¿Por qué este y no otro? ¿Qué nos dice hoy el símbolo al centro de la bandera de México?

Cuestiones así son las que me interesa resolver porque, pensándolo bien, no tiene caso preguntarse por la fecha exacta de fundación de la Ciudad de México, un conjunto actualmente de altepemeh, ciudades, villas, pueblos, colonias, fraccionamientos, barrios y alcaldías. Y hasta municipios conurbados, pues ya es más una región que una ciudad propiamente, acaso la más antiguamente poblada de América, con una historia que abarca mucho más que setecientos años. Sin límites geográficos ni temporales precisos, y por eso es un reto narrarla. Lo intento a continuación con el corazón en la mano, uno muy parecido al de Copil.

Enlazar pasado y presente —una de las manías de este ornitorrinco otorrino o cronista— me parece una forma gozosa de arrojar nueva luz al mito fundacional comúnmente aceptado. Relatar sin juzgar como hacen los monolitos. Para combatir el nacionalismo y fomentar el amor al terruño, hace falta aprender a observar y callar.

Tal vez para eso sirva la crónica.

  1. La fecha más aceptada es Ce Tecpatl (cincelada en un costado del Teocalli de la Guerra Sagrada) del año Ome Calli, que equivale a 1325. Entre los estudiosos que apoyan esta idea se encuentran Alvarado Tezozómoc, Francisco Chimalpahin, Javier Clavijero y autores recientes como Matos Moctezuma y Michel Graulich. También hay quien considera que Ce Tecpatl es el año y no el día, como Baltazar Brito Guadarrama en su libro sobre el Códice Boturini (INAH, FCE, 2023), probablemente siguiendo a Mendieta en el Códice Mendoza (FCE, 2024). Si así fuera, tendríamos que hablar de 1324. Recomiendo consultar las distintas fuentes en el primer tomo de Todos los caminos llevan a Tenochtitlan (Ediciones B, 2022) de Sofía Guadarrama Collado, así como en Los azteca o mexica: fundación de México-Tenochtitlan (Jorge Porrúa, 1983) de Alfredo Chavero. En cuanto al día exacto, Matos propone en su libro Tenochtitlan (FCE y Colmex, 2006) el 13 de abril, cuando hubo un eclipse total de sol. No sería de extrañar, apunta, que los mexicas hicieran ajustes para hacer coincidir su fundación mítica con ese acontecimiento astronómico.
  2. Todos conocemos el relato fraguado en tiempos coloniales: un grupo de aztecas viaja desde Aztlan y Chicomóztoc, y tras una peregrinación sospechosamente parecida al éxodo bíblico, llegan al lugar indicado por Huitzilopochtli, ahora renombrado Mexihtli; por eso el pueblo pasa a llamarse mexica. Graulich tiene su propia versión en su libro Moctezuma (Era, 2014): “Las cosas pudieron suceder como sigue: un grupo de gentes que se llamaban mexicas abandona, por una razón cualquiera, una ciudad originaria, quizá cercana —¿y por qué no Colhuacan?— y se lanza en busca de una tierra que los reciba. Después de largas andanzas infructuosas, los exilados terminan pidiendo asilo a la ciudad que después se llamará México-Tenochtitlan y cuya deidad protectora es Quetzalcóatl” (p. 26). Total, que luego de la Triple Alianza de 1428, los mexicas se rebelaron y terminaron sucediendo en el poder a sus antiguos anfitriones, imponiendo a Huitzilopochtli (avatar de Tezcatlipoca, opuesto complementario de Quetzalcóatl) como dios principal. “Lo que es casi seguro es que cuando los mexicas encontraron refugio en la laguna de México, ya existía ahí una ciudad” (p. 26).
  3. El Códice Ramírez asegura que “llegados a este cerro, junto a la gran laguna de México, hicieron su tlaxilacalli [barrio]” y la Crónica mexicana habla de un lugar llamado Techcatepec, en la falda del monte de Chapultepec.
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