El enclave colonial sionista israelí, un proyecto de larga duración del mortífero imperialismo occidental
Los antisemitas se convertirán en nuestros amigos más fieles, los países antisemitas en nuestros aliados.
Theodor Herzl
A finales del siglo XI comenzó un proceso de invasión que buscaba el acceso de Europa a las materias primas y productos procedentes de las profundidades asiáticas, el sudeste africano y el Magreb, y que tras los periplos marítimos y sinuosas rutas terrestres arribó a las costas orientales del Mediterráneo, en los actuales territorios de Siria, Líbano y Palestina. Excusándose en la protección de peregrinos católicos, las cruzadas y los enclaves europeos en la costa levantina fueron el primer intento de control geoestratégico exógeno en la región, que tuvo por fin afianzar el sistema feudal de explotación y paralelamente erradicar el Islam, el cual desde el siglo IX se había convertido en la religión mayoritaria del Máshrek, conocido desde el eurocentrismo como Medio Oriente.
Pese a la brutalidad de las órdenes religiosas y militares, los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén fueron efímeros y al término del siglo XIII la presencia europea en la región se había esfumado. Sin embargo, siglos después, con la llegada del colonialismo moderno, Europa volvió a poner sus ojos en el Levante mediterráneo. A finales del siglo XIX, otro proyecto colonial, gestado en el centro y oriente europeo y arropado por la mayor superpotencia de la época (el Imperio británico), se propuso invadir, conquistar y limpiar étnicamente Palestina. Ese proyecto era el sionismo, el cual desde 1948 con la fundación del Estado de Israel ha impuesto una prefectura colonial y un laboratorio de guerra de euroccidente, el cual hoy busca minimizar su rol o desvincularse de su apoyo histórico al proyecto de depredación etnocida israelí.
Uno de los mitos fundacionales del proyecto colonial sionista es que ha operado de manera independiente respecto a sus mecenas, sin embargo, esto es totalmente falso, ya que hasta nuestros días Israel ha sido un elemento fundamental en el dominio geoestratégico regional de la dupla imperialista angloparlante: Londres de 1917 a 1948 y Washington desde aquel año a la actualidad. El ente sionista y genocida israelí jamás hubiese perpetuado su existencia sin haber contado con el apoyo occidental, por un lado, en un proceso que debe ser considerado de larga duración y que no solo se ha enfocado en Palestina, sino prácticamente en la totalidad del Máshrek-Magreb, e incluso el Sahel y Anatolia, y, por el otro, gracias a la normalización de relaciones con diversos regímenes de la región, cuya existencia depende directamente de los epicentros del poder económico y militar occidental. Los regímenes árabes y túrquicos son las murallas del centro de comando regional de las superpotencias, el ente colonial sionista. En síntesis, aunque la víctima primigenia y constante del sicariato sionista ha sido el pueblo palestino, muchas otras naciones han sufrido el embate tanto del rabioso caniche en Tel Aviv como de sus mecenas, los imperios coloniales europeos y Estados Unidos.
El sionismo como herramienta del imperialismo occidental
Antes de que su faceta secular judía emergiera en el último cuarto del siglo XIX, el sionismo se gestó en las entrañas del protestantismo fundamentalista de la Inglaterra del siglo XVII (y en sus colonias norteamericanas), durante la dictadura puritana de Oliver Cromwell, quien buscaba que los judíos retornaran a suelo inglés trescientos años después de su expulsión, durante la dinastía Plantagenet. Aunque públicamente se aseguraba que su objetivo era procurar la conversión de los judíos al cristianismo y acelerar el retorno del mesías, los verdaderos motivos de la política judeófila cromwelliana fue que judíos procedentes de la Europa continental potenciaran la economía isleña, forjando lazos comerciales con otros contextos europeos e incluso más lejanos, concretamente Palestina. Desde aquella época, incluso antes de la unión de las coronas y del surgimiento de Gran Bretaña, los ingleses ya ambicionaban la ocupación de aquella región, siendo su avanzada la población judeoeuropea.
La idea de utilizar a judíos europeos como una vanguardia favorable a los intereses ingleses/británicos se desarrolló durante los dos siglos posteriores hasta contagiar a comunidades judías decimonónicas, pero también al acérrimo rival británico de la época, el imperio colonial francés. En 1799, durante la invasión francesa de Palestina y tras su huida de Egipto, Napoleón Bonaparte llamó a que los judíos de Asia y África se unieran a su campaña para restaurar Jerusalén, en otras palabras, se propuso aumentar exponencialmente la presencia judía en la región para ser el lugarteniente del expansionismo napoleónico. Fue entonces, en el tránsito de los siglos XVIII y XIX, que las potencias europeas se enfocaron en controlar el punto neurálgico de Afroeurasia. Esto evidencia otro mito que aún continúa vigente en la cultura de masas occidental e incluso en las contranarrativas: se cree que el único mecanismo injerencista occidental en la región ha sido el sionista, cuando en realidad los europeos y estadounidenses han desarrollado un colosal sistema de colonización y rapiña que abarca múltiples naciones en la órbita de Palestina, siendo el proyecto israelí la punta del iceberg de una estructura imperialista mucho más añeja y extensa geográficamente.
A comienzos del siglo XIX, durante la época prepetrolera, la riqueza del Golfo Pérsico se basaba en la pesca de perlas, el tráfico de incienso, el tránsito de peregrinos rumbo a Meca y Medina y la piratería. La costa oriental de la Península Arábiga estaba tapizada de pequeñas confederaciones tribales que solían asediar a las embarcaciones tan pronto atravesaban el estrecho de Ormuz rumbo al norte. En 1820, el Imperio Británico, que se había enfrentado a esos emiratos en distintas ocasiones, firmó acuerdos con los jeques para detener los ataques contra sus navíos, pues buscaba afianzarse en la región para frenar el expansionismo tanto francés como ruso. A cambio de no vincularse con otros poderes occidentales, los británicos les brindarían apoyo bélico contra sus enemigos regionales. Aquel pacto dio vida a los Estados de la Tregua, futuros Emiratos Árabes Unidos, cuyas dinastías, principalmente los Al-Maktoum de Dubái y los Al-Nahayan de Abu-Dabi, sirvieron para satisfacer los intereses de Londres. En ese mismo año, los británicos apoyaron a la tribu Al-Jalifa para que impusiera su supremacía isleña bahreiní, y hasta la fecha continúa siendo títere de Occidente en la región.
En 1839, al otro lado de la Península Arábiga, en aguas del Golfo de Adén frente al puerto homónimo, los británicos bombardearon el Sultanato de Lahej y a la postre ocuparon Yemen mediante el Protectorado/Colonia de Adén, un centro de abastecimiento de carbón para las naves europeas, las cuales después de circunnavegar África necesitaban reabastecerse para continuar su periplo rumbo al Raj británico de la India, Singapur o incluso Australia. Después, a finales del siglo antepasado, los británicos extendieron su poder al Shatt-al-Arab (la confluencia del Tigris y el Éufrates) cuando sometieron a Kuwait, convirtiéndolo en otro protectorado y a la dinastía Al-Sabah, en marionetas, con lo cual frenaron los intentos otomanos, persas y hasta rusos por acceder al Golfo desde el norte.
Por su parte, el intervencionismo francoparlante en el oeste asiático también continuó con su injerencia levantina en 1860 cuando, con permiso a regañadientes del Sultán en Estambul, Napoleón III (quien meses después autorizó la segunda invasión francesa de México) desplegó tropas en las montañas libanesas para detener las hostilidades entre cristianos católicos maronitas y drusos, lo cual fue el preámbulo de lo que vendría medio siglo después durante el mandato francés en suelo siriolibanés. Dos décadas más tarde, comenzó por “iniciativa” (léase injerencia) francesa en Egipto la construcción del Canal de Suez, lo que provocó la ira británica pues eran ellos el poder dominante gracias a su cuasimonopolio de la ruta del Cabo (el de Buena Esperanza), entre el Atlántico y el Índico. Sin embargo, tras la compra de casi la mitad de las acciones del canal por parte de capitalistas británicos, la tranquilidad regresó a Londres. En los ochenta decimonónicos, Egipto, gobernado por los descendientes de Mohammed Alí, lamentó haber recibido apoyo británico para expulsar a Francia, ya que fue precisamente la Pérfida Albión quien acabó convirtiendo al gobierno cairota en un mero adorno tras derrotar al ejército egipcio en 1882, transformando así a este país en un protectorado por los siguientes setenta años.
El amanecer del siglo XX fue testigo de cómo los imperios coloniales europeos se frotaban las manos augurando el inminente colapso otomano, lo que los llevaría cual buitres a formular los planes de división de un decrépito imperio tricontinental. En 1915, en plena Gran Guerra, el Imperio Británico domesticó a otra familia que en las profundidades de la península lidiaba un conflicto interno contra otras dinastías. Los Saud, practicantes de una ortodoxia purista suní conocida como wahabismo y que en el aquel entonces tan solo controlaban el oriente arábigo, fueron arropados por Londres. Paralelamente, al otro lado de la península, en el Heyaz, cuna del Islam, región donde se hallan Meca y Medina, los británicos apoyaban al exaliado otomano y al sharif de la Meca Husáin Ibn Ali al-Hachemí, encargado de resguardar las urbes sagradas y la seguridad de los peregrinos. A cambio de iniciar un gran levantamiento árabe contra la Sublime Puerta1 (ocurrido en 1916), Gran Bretaña lo apoyaría en la creación de un gigantesco estado árabe unificado con Husáin como Malik al-Arab (rey de todos los árabes). En 1918, tras múltiples masacres por parte de las tropas turcas, el objetivo se alcanzó, sin embargo, la unificación jamás ocurrió, ya que Londres, como de costumbre, tenía otros planes. El 2 de noviembre de 1917, el ministro del exterior británico Arthur James Balfour, en una carta dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la plutocracia judeosionista en Gran Bretaña, anunciaba que la monarquía de Jorge V apoyaría la creación de un hogar nacional para los judíos en Palestina. Diecinueve días después, la prensa bolchevique filtraba el acuerdo Sykes-Picot en el que la alianza anglofrancesa anunciaba la repartición de los territorios otomanos en el oeste asiático: Irak, Transjordania y Palestina para los británicos, y Siria y Líbano para Francia. Si la Revolución Rusa no hubiese ocurrido, el Imperio zarista hubiese obtenido el control del noroeste anatólico, incluyendo Constantinopla/Estambul. Ambos proyectos chocaban con lo prometido a Husáin por Sir Henry McMahon, alto comisionado británico en El Cairo, en cuya correspondencia se comprometía en múltiples ocasiones a permitir la creación de un Estado árabe. En respuesta a la traición británica, los hachemíes se negaron a ratificar tanto el tratado de Versalles como el de Sèvres y en reprimenda, el Imperio Británico dejó de favorecer a Husáin, permitiendo el expansionismo de los Saud, quienes acabaron conquistando el Heyaz en 1925, otrora dominado por los hachemíes.
Poco antes del fin de la guerra, en 1916, los angloparlantes lograron controlar uno de los últimos enclaves otomanos en las aguas pérsicas, cuando el jeque y emir catarí Abdullah bin Qassim Al Thani firmó un tratado con Gran Bretaña, con lo que convirtió al futuro petroemirato en un vasallo más del imperialismo anglosajón.
Fuera del mundo árabe semítico, en la orilla oriental del Golfo Pérsico y cruzando los Zagros, Persia resultaba una pieza clave del expansionismo británico que intentaba frenar al zarismo ruso, el cual ya había conquistado los emiratos de Asia Central y los antiguos territorios dominados por los persas en el Cáucaso, como Georgia, Armenia, Azerbaiyán y el Daguestán, lo que ponía a Irán en la órbita inmediata al imperio de los Románov. En 1908, la expedición de William Knox D’Arcy halló un gigantesco yacimiento petrolero en el Juzestán. Previamente, aquel gambusino había obtenido una concesión por las siguientes seis décadas de parte de la dinastía Kayar en Teherán, aunque la ciudad solo recibiría 16% de las ganancias. Así fue como en 1909 nació la Anglo Persian/Iranian Oil Company (futura British Petroleum), que durante los siguientes setenta años realizará una de las mayores rapiñas energéticas del siglo XX, controlando Irán por medio de una serie de cipayos, primero de la dinastía Kayar y posteriormente de la dinastía Pahlaví, colocados en el poder por un golpe de Estado orquestado por los ingleses.
En tierras árabes se vivió un proceso similar tras 1932 cuando la Standard Oil de California halló petróleo en la isla de Baréin. Mientras esto ocurría, las profundidades arábigas eran conquistadas y unificadas en su totalidad por los Saud, siempre gozando de apoyo británico. Seis años más tarde, imitando lo ocurrido en el vecino subsuelo bareiní, en la provincia oriental saudí de Dammam a orillas del Golfo, la Standard Oil californiana perforó un enorme yacimiento petrolero. Así emergió la petromonarquía wahabí saudí.
El 14 de febrero de 1945, meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, a bordo del destructor USS Quincy se encontraron Abdulaziz bin Saúd y Franklin D. Roosevelt para oficializarse la relación que hasta la fecha mantienen Washington y Riad, basada en un flujo de hidrocarburos baratos a cambio de apoyo armamentista, pero sobre todo a cambio de protección y una apología cínica de un régimen que con el pasar de las décadas ha cometido múltiples crímenes contra cualquier intento de emancipación y resistencia en la región, pero también contra su propio pueblo. El encuentro entre Abdulaziz y Roosevelt marcó el fin de la hegemonía británica en el oeste de Asia y norte de África, siendo su legatario el imperialismo estadounidense que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, asumió el control de todos los proyectos de injerencia occidental en el Máshrek, incluyendo la tutela del proyecto sionista, su futuro enclave colonial y laboratorio de guerra.
La transferencia de poder de Londres a Washington fue evidente en 1953, cuando los servicios de inteligencia de ambos imperios angloparlantes realizaron conjuntamente el golpe de Estado en contra del iraní Mohammad Mosaddeq, quien desde su llegada al poder como primer ministro buscó nacionalizar el petróleo, en manos de la Anglo Persian. A petición del MI6 británico, la CIA (comandada por Allen Dulles, con el beneplácito de su hermano y secretario de estado John Foster) derrocó a Mosaddeq por medio de ataques de bandera falsa, sobornos a militares y guerra mediática. Tras estos hechos, Washington fortaleció su apoyo a Mohammad Reza Pahleví, quien en su rol de Shah creó en 1957, con asistencia de la CIA y el Mossad, su guarda pretoriana y servicio de tortura, represión y espionaje, la SAVAK.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, británicos y franceses materializaron su acuerdo previo, desmantelando al Imperio otomano y ocupando el oeste de Asia. El Mandato británico de Palestina, creado en 1920, permitió que el número de invasores judeoeuropeos sionistas se exacerbara, sin mencionar el surgimiento del terrorismo de corte moderno llevado a Levante por europeos, el cual a través de grupos paramilitares supremacistas, como la Haganá, Irgún o Lehi, sembró el terror entre la población autóctona. En 1939, desde Londres se ordenó que se pusiera un freno al arribo de invasores judeoeuropeos a Palestina, política enmarcada en el llamado Libro Blanco, lo que generó que los sionistas iniciaran las agresiones en contra de sus mecenas primigenios. La partición de Palestina de 1947 (resolución 181), ejecutada por Naciones Unidas y en la que el pueblo palestino no tuvo ni voz ni voto, solo aceleró la violencia del sionismo contra sus patrocinadores británicos. El secuestro y ejecución de tropas; asesinatos como el de Walter Edward Guinness, ministro del Imperio Británico para la región, ultimado en Cairo por el Lehi; el bombazo contra el Hotel Rey David de Jerusalén, e incluso los planes de magnicidio contra Churchill, generaron que el decrépito Imperio, artífice primigenio de la tragedia palestina, renunciara a su papel, delegando su rol al imperialismo estadounidense, que desde 1948 se ha hecho cargo de la abominación sionista israelí.
Paralelamente, de 1920 a 1946, el imperialismo colonial francés ocupó Siria y Líbano, donde múltiples masacres contra cualquier intento independentista eran cotidianas. París fraccionó los territorios en seis estados confesionales y étnico lingüísticos, intentando resquebrajar la unidad nacional y los esfuerzos decoloniales conjuntos. Esta balcanización temporal de la geografía siriolibanesa acabó determinando el dogma injerencista y el objetivo final del imperialismo occidental contra la región, el cual en estos momentos (2025) se pone en práctica por medio de un régimen surgido dentro de las filas de al-Qaeda y Daesh.
En el interludio del fin del mecenazgo británico y el comienzo de patrocinio de EE. UU., el mayor apoyo occidental a favor del ente sionista provino de una Francia en vías de perder su imperio colonial en cuatro continentes. A finales de los cincuenta, Francia le obsequió a Tel Aviv su primera flota de jets de combate. Poco después, entre 1957 y 1963, el gobierno francés construyó la Planta Nuclear de Dimona, utilizada por los sionistas para enriquecer el uranio de su primera tanda de armas nucleares. Sin embargo, tras el colapso del colonialismo francés (en especial la pérdida de Argelia), el cisma dentro de la OTAN de 1966 y el aumento de la influencia estadounidense en Tel Aviv, el gobierno de París se alejó paulatinamente de su alianza con el sionismo. Su posición fue ocupada por Washington, cuyo apoyo al proyecto colonial superaría astronómicamente lo hecho por el Palacio del Elíseo.
Los Estados túrquicos
En 1923, en el epicentro de poder anatólico, después de seis siglos otomanos y con la aprobación de las potencias occidentales, se creó la República de Turquía, domesticada y neutralizada en los años treinta, con el fin de evitar su rearme antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1952, el gobierno de Ankara fue integrado a la estructura expansionista occidental con su ingreso a la OTAN y hasta la fecha el ejército turco es el segundo más numeroso de las fuerzas atlantistas. Turquía también fue la primera nación islámica en reconocer el proyecto sionista con quien comparte lazos estratégicos de corte militar y económico. En las alturas caucásicas, emergió el régimen túrquico azerí de la familia Alíyev, que desde la independencia azerí postsoviética de 1991, ha mantenido una relación estratégica con el ente colonial que lo sigue apoyando con tecnología armamentista de punta en su proceso de limpieza étnica contra el pueblo armenio en Artsaj (Alto Karabaj), a cambio de hidrocarburos azeríes. La cooperación sionista-azerí ha llegado a tal extremo que Bakú ha permitido que su territorio se convierta en una base sionista donde durante más de una década se han orquestado múltiples ataques contra la vecina República Islámica de Irán, incluyendo el despliegue de una flota de drones sionistas que hasta hace unas semanas bombardeaban el territorio iraní.
La Italia fascista y la Alemania nazi
Durante el periodo de entreguerras e incluso en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas enemigas del bando anglofrancés mantuvieron lazos con los futuros fundadores del ente colonial. La Italia fascista de Mussolini, que a diferencia del Tercer Reich Alemán no profesaba un dogma judeófobo, mantuvo excelentes relaciones con el Lehi, grupo sionista revisionista y terrorista fundado por el invasor judeopolaco Abraham Stern y comandado por personajes como el futuro primer ministro sionista Icchak Jaziernicki (alias Isaac Shamir), quien buscó forjar una alianza con Alemania e Italia para expulsar a los británicos de Palestina. De 1934 a 1938, muchos de sus miembros fueron entrenados por el ejército italiano en la ciudad costera de Civitavecchia, región de Lacio. Otro grupo terrorista adiestrado por las tropas fascistas fue el Irgún, fundado por los seguidores del fascista y sionista ucraniano Vladímir Jabotinsky, padre ideológico del revisionismo y un admirador empedernido de Benito Mussolini, que aseguraba que la futura entidad sionista sería un estado colchón y aliado natural de Europa frente al salvajismo oriental.
A pesar de la judeofobia institucionalizada en la Alemania nazi, en 1933 se firmó un acuerdo (Haavara) entre los sionistas alemanes y austriacos y el gobierno de Berlín que permitió que cerca de sesenta mil judíos sionistas germanoparlantes se trasladaran a Palestina equipados con bienes alemanes, lo que incluía armamento de aquella potencia. El acuerdo terminó en 1939 con el inicio de la guerra, pese a ello, esto no impidió que el grupo Lehi continuara infructuosamente su búsqueda de patrocinio del Tercer Reich, incluso en pleno proceso de exterminio de los judíos europeos.
El Bloque Socialista
Gran Bretaña y Francia no fueron las únicas potencias europeas involucradas en la creación y apoyo primigenio al sionismo, ya que, contrario a lo que podría suponerse por haber estado en las antípodas ideológicas antagónicas al imperialismo occidental, la actitud de la Unión Soviética con respecto a la invasión sionista de Palestina y la creación de Israel fue en extremo similar a la del bloque capitalista. En 1947, durante la votación para la partición de Palestina en la ONU, la Unión Soviética, la República Socialista Soviética de Bielorrusia y la República Socialista de Ucrania votaron a favor de la partición y, por lo tanto, de la creación del ente colonial. En una sorprendente ingenuidad estratégica, el Kremlin y Stalin suponían que, por los orígenes soviéticos de miles de invasores, Israel se alinearía con el bloque socialista, subestimando los orígenes ultranacionalistas y protofascistas del sionismo, en especial del revisionista. Otras naciones socialistas también votaron a favor, como ocurrió con Polonia y Checoslovaquia. De hecho, fue precisamente el gobierno de Praga el que le brindó a los sionistas el armamento de vanguardia de la posguerra suficiente no solo para aterrorizar y expulsar a cientos de miles de palestinos con durante la Nakba, sino para contrarrestar a la coalición árabe en 1948. El tráfico encubierto de armas checoslovacas fue orquestado por medio de una red de espionaje multinacional en la que participaron personajes como Ján Ludvík Hoch (alias Robert Maxwell), quien a la postre se convirtió en magnate mediático en Gran Bretaña y cuya hija, Ghislaine Maxwell, continuaría al servicio de la inteligencia sionista junto con su pareja Jeffrey Epstein.
La traición de los regímenes y marionetas árabes
A finales de los setenta, distintas naciones araboparlantes aceptaron subordinarse al imperialismo estadounidense a cambio de dádivas armamentistas y protección por parte de Washington. Primero fue el gobierno egipcio de Anwar el-Sadat, quien tras la muerte de Nasser rompió con el panarabismo y firmó en 1979 acuerdos de paz y normalización con el primer ministro sionista Mieczysław Biegun (alias Menájem Beguín), el cual aceptó el retorno del dominio egipcio del Sinaí. Quince años después, Huséin, monarca hachemí de Jordania, firmó un acuerdo de paz con Isaac Rubitzov (alias Rabin), con lo que evitó que EE. UU. orquestará un golpe contra su régimen. Los Acuerdos Abraham firmados en 2020 entre los petromonarcas de Emiratos Árabes Unidos y Baréin con el sicariato sionista reafirmaron el rol de subordinación absoluta al imperio por parte de regímenes sin legitimidad democrática ni popular, cuya única función desde el siglo XIX ha sido perpetuar el dominio geoestratégico angloparlante en la región.
En 2021, los pactos con la entidad sionista se extendieron hasta la costa Atlántica cuando la dinastía alauí marroquí mediante Mohamed VI firmó un acuerdo de cooperación defensiva con Israel, lo cual, además de traicionar las causas panislamistas y a favor de Palestina, se ha utilizado también para aplastar a la resistencia saharaui con asistencia militar de última generación. Aunque nunca se ha hecho público, la cooperación entre los Saud y los al Thani cataríes es más que evidente. Tanto el gobierno de Riad como el de Doha ansían la protección que el enclave colonial puede ofrecerles, aún más cuando todos estos gobiernos se han sumado al proceso iranófobo, agudizado en las dos últimas décadas. Desde hace once años, tanto emiratíes como saudíes han recibido apoyo armamentista, logístico y de inteligencia por parte de Tel Aviv en su agresión genocida contra el pueblo yemení, una brutal injerencia que hasta la fecha ha generado más de doscientas mil víctimas civiles en la nación más empobrecida del mundo araboparlante.
Aunque las agresiones occidentales y sionistas contra las naciones del oeste asiático y el noreste africano han sido constantes desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 2003 estos procesos se exacerbaron. Además de siete décadas de agresiones contra Palestina, debemos sumar las dos invasiones sionistas contra Líbano en 1982 y 2006, la segunda invasión estadounidense de Irak en 2003 y la destrucción de la Libia de la Yamahiriya en 2011. A diferencia de procesos anteriores, estos conflictos se destacan por ser de carácter multidimensional, involucrando diversas dinámicas de injerencia, desde las revueltas de laboratorio (conocidas popularmente en occidente como primaveras o rebeliones de colores) y el despliegue de mercenarios y paramilitares hasta el estrangulamiento económico. El ejemplo paradigmático de esto ha sido la ya desparecida República Árabe Siria que desde 2011 sufrió el embate de una guerra híbrida que involucró a la mayoría de las potencias, tanto regionales como planetarias. Las fases de esta injerencia forjaron un manual en la nueva era de conflictos orquestados por occidente. De la revuelta callejera maximizada y santificada por los conglomerados mediáticos occidentales (célebres por publicitar ataques de bandera falsa y melodramas de propaganda) se pasó a la agresión paramilitar compuesta por más de ciento cincuenta mil mercenarios procedentes de más de ochenta países y agrupados en tres contingentes con diversos patrocinios: el Frente Al-Nusra (Al-Qaeda), subvencionado por Catar y Turquía; Daesh, cuyo mecenazgo se hallaba en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, y el Ejército Libre Sirio, una amalgama de ambos grupos terroristas cuya única función era posar como combatientes moderados para las masas occidentales. A pesar de la heroica resistencia de catorce años por parte del ejército sirio, el gobierno damasceno de Bashar al-Ásad cayó a finales de 2024. En la capital siria hoy ondean las banderas del yihadismo más siniestro, representado por un personaje de la peor ralea como Ahmed al-Charaa (alias Abu Mohamed al-Golani, Amjad Muzzafar Hussein Ali al Naimi, Osama al Absi al Wahedi…) quien tan solo hace unos cuantos meses posaba frente a las cámaras con cabezas humanas de sirios decapitados por sus hordas takfiríes. Con absoluto cinismo, Washington y Tel Aviv han dado su visto bueno para un régimen que ya les ha ofrecido a los sionistas el Golán Sirio, ocupado desde 1967, a cambio de la Trípoli libanesa. A mediano plazo, el objetivo de los estadounidenses y europeos será la balcanización de Siria, dividiendo a aquella vapuleada nación en diversos estados de acuerdo con mayorías étnico lingüísticas (véase el caso del Kurdistán como una satélite y cliente del sionismo) y confesionales, lo cual pronto podría extenderse a Líbano e Irak.
Desde su concepción, el enclave colonial sionista y genocida israelí ha sido un proyecto conjunto de las potencias occidentales, las cuales lo han convertido en fiel representante de sus intereses en la región. Si se ha perpetuado durante setenta y siete años ha sido gracias al obsceno apoyo económico, militar e institucional por parte de las plutocracias nacionales de Europa y EE. UU., que con beneplácito han tolerado sus innumerables crímenes con tal de mantener una posición geoestratégica privilegiada en el oeste asiático, que facilite el extractivismo y la acumulación y evite la emancipación de los pueblos y naciones. El sionismo también ha logrado sobrevivir gracias a la complicidad y subordinación de los regímenes monárquicos y de la región, los cuales, pese a las protestas multitudinarias de los pueblos, se han convertido en patéticos guardaespaldas de un ente colonial y su maquinaría genocida santificada por occidente y sus esperpentos absolutistas en el oeste asiático y el norte africano.




