Tierra Adentro

Sentí el olor a carne putrefacta cuando me acerqué al apartamento y se me revolvió el estómago, no tanto por el asco, sino por la molestia que me invadió el cuerpo cuando imaginé lo que había pasado;—dejó basura pudriéndose en la cocina, como siempre —, dije para mí misma, casi segura de lo que suponía.

Eran las nueve de la noche y no había nadie, al parecer, porque estaba todo a oscuras. La luz de la calle entraba por el balcón y las ventanas, así como el viento frío de las lluvias de junio. Atravesé la sala y el comedor sin detenerme en la cocina porque, en efecto, el olor venía de allí. Era tan fuerte que tuve que aguantar la respiración para no vomitar. Fui directo a mi cuarto, abrí la puerta que dejé cerrada con llave, encendí la luz y dejé la maleta y el bolso en el piso. Para mi alivio, todo estaba tal cual como lo había dejado antes de viajar. De todas formas, solo estuve fuera de la ciudad una semana.

Tratando de controlar las arcadas me dirigí a la cocina. A pesar de la oscuridad, noté una especie de bulto negro que reposaba en el centro de la encimera. Parecía una bolsa plástica, pero cuando prendí la luz y pude ver qué era en realidad, no pude contener un grito de espanto. Un escalofrío recorrió mis extremidades y se me puso la piel de gallina mientras observaba esa masa amorfa, sanguinolenta, repleta de hormigas negras que parecían hervir en ella. Eran demasiadas, salían en fila desde debajo del gabinete para posarse en lo que parecían ser vísceras o el despojo de algún animal. No soporté la visión ni el hedor más de un minuto y tuve que irme de la cocina con los ojos aguados y el estómago a punto de salírseme por la garganta. Era repugnante, nauseabundo, pero era la rabia lo que en realidad me hacía rechinar los dientes y hundirme las uñas en la palma de mis manos Maldita sea, Yalena. Maldita loca de mierda. ¿Cómo se te ocurre hacer una mierda así? ¿En qué estabas pensando, lunática sucia?.

Esto no se iba a quedar así. Regresé al cuarto a buscar mi teléfono; había que fotografiar la asquerosidad del desastre y recolectar todavía más pruebas de las cosas absurdas que hacía mi compañera de alquiler. Después de unos meses dejé de mortificarme por los restos de comida en las superficies de las mesas y la borra de café tirada en el piso. Era desordenada, sí, pero esto era diferente. Esto solo podía hacerlo una persona enferma, alguien con un trastorno mental grave. No estaba dispuesta a tolerarlo, ni siquiera a mediar con ella; Yalena tenía que largarse cuanto antes.

Envié las fotos a su chat de WhatsApp y se las reenvié a la casera con un texto que decía “Yalena, ¿qué coño es esto? ¿Por qué dejaste esto en la cocina? Limpia esta mierda ya, chama”. La casera las recibió de inmediato, pero Yalena no. Respiré profundo, o eso trataba de hacer, porque era imposible respirar con esa hediondez que llenaba todo el apartamento. Fui hasta su habitación, que estaba al extremo contrario de la mía, y toqué la puerta. Primero con seguridad, después con el pulso alterado por los nervios: ­—Yalena, ¿estás ahí? —. No hubo respuesta. Insistí, pero luego de varios intentos en los que intensifiqué la fuerza de mis nudillos, comprobé que no estaba. Pensé, entonces, que tal vez Yalena no había pisado el apartamento en días; no hubiese podido estar aquí aguantándose el olor, mucho menos hubiese podido cocinar y comer con esa masa de carne, sangre y mugre haciéndole compañía. Pudo haber dejado eso ahí y olvidó sacarlo antes de irse al trabajo, pero no regresaría para hacerlo después.

Que no estuviera no era extraño. Desde que empezaron los problemas con ella, encontró una solución a su desorden al no habitar el espacio por el que pagaba ciento ochenta pesos al mes. Prefirió ausentarse que acatar las normas básicas de convivencia, pero la verdad eso no me molestaba; prefería que no estuviera porque así no tenía que lidiar con ella y su forma de ser tan chocante e irracional. Sí, para mí Yalena siempre tuvo un rollo, pero por desgracia me di cuenta tarde, cuando ella ya estaba viviendo conmigo después de un acercamiento amoroso fallido. Salimos durante unas semanas, pero cuando hubo que “dar el paso” hacia una relación con más forma, confesó que también salía con otras personas, que estaba enamorada de un hombre y que no quería involucrarse con alguien sin estar segura de que ese hombre sí la quería. Dolió, pero lo acepté enseguida porque no quería seguir perdiendo tiempo y esfuerzo en un lugar donde no pertenecía.

Tuve intenciones de distanciarme de Yalena a pesar de que me pidió que no lo hiciera, porque quería que me quedara cerca, aunque yo nunca pretendí una amistad con ella, pero eso no impidió que siguiera buscándome, en especial después de haberme pedido ayuda para conseguir un sitio al cual mudarse.

—La situación en la casa donde estoy ahora es insoportable, necesito irme lo más pronto posible —, expresó en repetidas ocasiones, pero no explicó en profundidad qué era lo que pasaba. Tampoco pregunté porque supuse que no era de mi incumbencia, pero ahora que lo analizo, hubiese sido mejor preguntar, cuestionar, interrogar…

Hubiese sido mejor haber sospechado de ella desde el primer instante y quizás no tendría que estar pasando por este puto infierno.

El teléfono repicó. La casera. No pensé que llamaría por lo tarde que era, pero si lo estaba haciendo era porque estaba bastante consternada como para querer saber qué significaba ese mensaje que le había enviado ya hacía minutos.

—Juana, buenas noches… —, habló con la voz severa que la caracterizaba. Era una mujer mayor, de apariencia tosca y de actitud recta, pero con más interés en el dinero que en la comodidad de sus inquilinos. —Cuéntame, ¿qué está pasando? ¿Qué es eso de la foto?

—Eso es obra de Yalena, Sra. Carmen. Huele terrible, es como carne podrida… —, comencé a explicar mientras me tapaba la nariz con los dedos. Estaba de nuevo frente a la masa sangrante y descompuesta. No me había fijado antes, pero además de hormigas y moscas, también había gusanos. Alrededor había una piscina de líquido marrón que goteaba sobre las baldosas del piso, tiñendo el color crema de un tono ocre desagradable. Sostenía el teléfono con una mano, contándole a la casera lo que había sucedido, y con la otra llenaba un envase de plástico con agua que, sin pensarlo mucho, arrojé sobre la masa. La reacción fue inminente; escuché la salpicadura contra el suelo cuando el agua cayó desde la encimera, llevándose consigo los bichos y la suciedad. Unas cuantas gotas aterrizaron en mi pantalón y sentí la necesidad de quitármelos y meterlos en la lavadora cuanto antes.

El olor no mejoró y el aspecto de ese montón de porquería tampoco. Al contrario, ahora podía ver con más detalle lo que había allí sin poder identificarlo del todo; membranas, grasa, tejido muscular, venas. Aparte del estado de descomposición en el que estaba, noté que tenía cortes profundos, verticales, como si hubiesen tratado de picarlo en trozos finos.

—No sé qué quieres que haga, Juana. ¿Quieres que le pida que se vaya? ¿Tú estás dispuesta a asumir los gastos del apartamento tú sola? Porque si es así, no tengo ningún problema con echarla.

Maldije entre dientes. No podía creer que esa vieja cicatera en serio me estuviera diciendo eso.

—Señora Carmen, yo vivía aquí sola antes de Yalena y pagaba mi renta a tiempo. Claro, usted después subió el precio cuando ella se mudó, pero en este caso estaría yo sola otra vez. ¿O es que piensa dejar el precio actual aunque sea yo la única persona viviendo aquí? —, argumenté. No pude ocultar la molestia en mi voz y tampoco me preocupó no poder hacerlo; ya estaba pasando por suficiente para que ahora la casera me la pusiera más difícil.

—Reina, todo ha subido de precio. No puedo volver a cobrarte como antes.

Sintiéndome frustrada y al borde noté cómo la rabia tomaba el control de mi lengua. Estuve a punto de responder con groserías, pero un ruido en la sala llamó mi atención y me obligó a callar, un chasquido plástico seguido de algo que se arrastraba contra el suelo.

—La llamo luego, Sra. Carmen —, dije antes de cortar. Salí a confrontar a Yalena porque era la única que pudo haber entrado al apartamento. No lo pensé mucho; quería atajarla antes de que se encerrara en su cuarto. Estaba ansiosa, tan ansiosa que sabía que perdería la poca compostura que me quedaba en cuanto viera a Yalena. Pese al frío, empecé a sudar las manos y sentía como todo mi cuerpo vibraba y protestaba, oponiéndose al conflicto que estaba por suceder. Odiaba tener que pasar por aquello, odiaba muchísimo tener que enfrentarme a la persona que me tenía viviendo en estado de alerta desde hace tres meses. Cuando quise llamarla por su nombre, se me escapó un gallo y mi rabia amenazaba con transformarse en una histeria explosiva, como solía pasar cuando llegaba a mi límite. De un segundo al otro, sin siquiera haber visto a Yalena todavía, ya estaba forzándome a no llorar; me daba vergüenza la forma en la que me deshacía cuando debía poner límites, cuando debía defender mi espacio.

Y ahí en la penumbra del pasillo estaba ella, de espaldas y encorvada sobre el suelo. No volteó a mirarme cuando me paré detrás de ella, tampoco cuando encendí la luz y pude ver realmente qué era lo que hacía.

Aun cuando estaba sucio, reconocí el vestido floreado que utilizaba cuando iba a verse con alguien de su interés. El mismo que usó en nuestra primera cita. Las manchas oscuras, como de sangre seca, se mimetizaban con las flores estampadas en la tela.

¿Qué mierda es eso? ¿Qué coño estoy viendo?

A sus pies había una bolsa transparente, como las de hielo, llena de pedazos de carne con el mismo aspecto infecto que la que estaba en la cocina. No solo carne, había ropa y cosas que sobresalían de entre los restos; un jean, una camisa negra, algo pálido que no alcancé a distinguir.

Yalena arrastraba la bolsa como si no pudiera con ella, como si no tuviera fuerzas o, también, como si fuera pesada. No paró hasta que la llamé por cuarta o quinta vez, a gritos quebrados, con la garganta apretada.

—¡¿Qué estás haciendo, Yalena?! 

El corazón me iba a reventar en cualquier momento. Retrocedí antes de que ella se diera la vuelta y luché para no salir corriendo. Cuando habló, lo hizo en su tono habitual, como si estuviese contándome una anécdota más de las tantas que coleccionaba con cada salida.

—Le dije que fuera claro conmigo —, dijo, metiendo las manos dentro de la bolsa que olía todavía peor que el desastre en la encimera. Era el puro hedor a muerte. Se embadurnó las manos con la sangre coagulada y los fluidos de esa mierda. —Que tomara una decisión y me dijera si quería estar conmigo o no, porque yo estaba entregada, Juana.

Se puso de pie, limpió sus manos con la parte inferior del vestido y siguió de largo hasta la cocina. A su paso quedó una estela de putrefacción que me sacó de mi parálisis. No pude evitar mirar hacia la bolsa otra vez, pero ahora pude ver su contenido en totalidad, pero me arrepentí al instante.

Esa cosa pálida que había visto era la parte de una extremidad, un antebrazo o un tobillo. Cerca, una pulpa violácea parecía un hígado.

Y la cabeza.

La cabeza del hombre también estaba en la bolsa. Con los ojos abiertos al máximo, casi fuera de sus cuencas, y una expresión de dolor plasmada en el entrecejo y la comisura de los labios.

Tensé cada músculo de mi cuerpo y sentí que me ahogaba, me faltaba el aire porque no podía respirar del horror que me invadía. Al correr hacia mi habitación, me llevé por el medio la mesa del comedor; el borde se hundió en mis caderas y el dolor repentino me ayudó a salir del estado de shock. Tropecé en la puerta, pero logré entrar, cerrarla de un portazo y pasarle el seguro antes de que Yalena pudiera alcanzarme, aunque no estoy segura de que siquiera lo haya intentado.

Qué hago, qué hago, qué hago, qué hago, Dios, qué hago.

Agarré mi teléfono y marqué el número de emergencias una, dos, tres, cuatro veces, pero nadie atendía. No, no iba a funcionar. Esa línea hacía años que dejó de ser lo que era cuando la inauguraron. Tampoco tenía tiempo para insistir por ese medio. Llamé de nuevo a la casera, mil veces, pero la desgraciada no contestaba.

Vieja pajúa, me van a matar en esta pinga y nadie te va a querer alquilar tu apartamento de mierda.

Tenía que hacer algo rápido antes de que fuera demasiado tarde. No podía quedarme ahí, tenía que escapar o hacer que viniera alguien a llevarse a la loca. Comencé a escribirle a varias personas por WhatsApp y estas sí respondieron. Les pedí ayuda para conseguir el número de la policía, de protección civil, de los bomberos, de quien fuera que estuviera en la zona y que pudiese sacarme del apartamento. Cuando mis dedos empezaron a temblar y no podía escribir, empecé a enviar notas de voz.

—Sé lo que vi, te lo juro por mi madre que tiene un muerto en esa bolsa. Está en la cocina, no sé qué está haciendo, necesito que…

El toc toc suave de su mano contra la puerta me interrumpió.

—Juana, ¿estás molesta por el desastre? Tranquila, lo voy a limpiar ahorita…

Inhalé de golpe y así me quedé, reteniendo el aire en mis pulmones.

—…Lo que pasa es que no podía dejarlo en su casa porque está viviendo con la mamá de su hijo y lo podía encontrar. Pero ya solucioné.

Debajo de la puerta veía su sombra. Me acerqué y sostuve la manija con fuerza, como queriendo evitar que la abriera, aunque sabía que no era posible.

—Tuve que enseñarle cómo debe tratarme. A mí nadie me trata así. Le pedí que se sincerara conmigo y no lo hizo. Pero como te dije, ya lo solucioné. Me molesta mucho porque yo de verdad sentía muchas cosas por ese hombre. No podía tener sexo con nadie sino con él. Necesitaba todo de él y él no valoró eso. No valoró mi entrega.

La manija se sacudió. Quiso abrir la puerta.

A partir de ese punto dejé de retener el llanto.

Mi teléfono repicó, no dejé que pasara un segundo cuando atendí la llamada. Escuché la voz de una amiga pidiéndome la dirección exacta de la residencia, que ya había encontrado el número de la policía, que además necesitaban hablar conmigo personalmente. Pero yo no podía elaborar una frase, no podía dejar de llorar.

—¿Quieres que te cuente cómo pasó? Sal y hablamos aquí. Puedo hacer café para las dos. También tengo hambre… ¿Crees que fui muy exagerada si probé un poco cómo sabía? Es que me dio curiosidad. Además, yo quería todo de ese hombre, Juana. En serio… lo quería todo.

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