Tierra Adentro

 

Para la señora Bercovich, por ayudarme

a abra(s/z)ar el Mal que hay en mí

 

 

Porque te amo has de permitir que te haga este regalo.

Salvador Elizondo

 

 

Uno puede contagiar sus delirios a otro, Sara.

Eso es la religión. Eso fue el Reich.

Dr. Josef Klemperer

 

I. Ficción

 

“La ficción trabaja con la creencia y en este sentido conduce a la ideología, a los modelos convencionales de realidad y por supuesto también a las convenciones que hacen verdadero (o ficticio) a un texto. La realidad está tejida de ficciones. La Argentina de estos años es un buen lugar para ver hasta qué punto el discurso del poder adquiere a menudo la forma de una ficción criminal. El discurso militar ha tenido la pretensión de ficcionalizar lo real para borrar la opresión.”

 

 

Ricardo Piglia, “La literatura de ficción”

 

 

 

 

 

II. Masacre

 

¿Vale la pena repetir los datos que conocen todos? Quizá, si con ello se busca una diferencia de términos, esto es, si el objetivo es transgredir el placer reiterativo del espectáculo. Ocurrió en Los Ángeles, California, en agosto de 1969. Un grupo de jóvenes, a quienes hoy recordamos como la Familia Manson, asesinó a nueve personas. Más que un simple dar muerte, la horda perpetró un acto de saña, un manifiesto de carnicería: las víctimas fueron golpeadas con brutalidad, desolladas, apuñaladas hasta vaciarse de sangre. La carne abierta de los agredidos apareció simultáneamente como la inscripción de un mensaje: más que el asesinato, buscamos un despliegue intolerable y gozoso de la crueldad.

 

Los Manson entraron a la mansión de Sharon Tate y de Roman Polanski. La primera se encontraba allí, embarazada de ocho meses; el segundo estaba en Londres en ese momento. Murieron cinco: Abigail Folger, de veinticinco años, perteneciente a una familia de empresarios importantes; Jay Sebring, de treinta y cinco, estilista; Voytek Frykowski, de treinta y dos, escritor y actor polaco; Steven Parent, de dieciocho años, amigo del vigilante de la casa; Sharon Tate, de veintiséis, modelo y actriz a punto de dar a luz. Charles Manson, quien no necesita presentación (los bufones insípidos son los que más se empeñan en difundirse), no movió un dedo. Solo dio la orden. Esa noche, los encargados de obedecer fueron Patricia Krenwinkel, Susan Atkins, Linda Kasabian y Tex Watson. Con la sangre de Tate, Atkins escribió la palabra pig en la puerta principal.

Horas después vino el segundo mar de sangre. Rosemary y Leno LaBianca, matrimonio dedicado al sector de los supermercados, fueron asesinados con la misma crueldad, también en el interior de su hogar. Al grupo de la primera masacre se sumaron Steve Grogan y Leslie van Houten. Manson dio la instrucción nuevamente; la obediencia llegó de inmediato. Leno recibió más de diez puñaladas, los jóvenes tallaron la palabra war en su abdomen. Rosemary fue atacada con más de cuarenta cuchillazos en su propia habitación. Con sangre, otra vez, los jóvenes escribieron las palabras Haelter skelter en el refrigerador. Además de los anteriores, los Manson resultaron responsables de dos asesinatos más: el de Donald Shea, un doble de películas hollywoodenses, y el de Gary Hinman, músico.

 

Hoy se cumple medio siglo de la matanza. Charles Manson ha muerto, algunos de sus hijos nominales también; otros, como Leslie van Houten, continúan en la lucha por la libertad condicional. Los hechos dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva estadounidense y en la del mundo entero. La atención que aún depositamos en los asesinatos no se alimenta solo de la crueldad cínica del evento; la mediatización que entonces se hizo del juicio, así como su tono siniestro, ocasionan que lo recordemos como un extraño espectáculo de circo. Una vez, por ejemplo, Charles Manson se abalanzó sobre el juez con el fin de atacarlo. Cuando fue sometido por uno de los oficiales presentes, las mujeres de la secta entonaron una letanía indescifrable ante la incredulidad de los asistentes. La fascinación no se agota en 1969. El lector puede hacer una revisión de cuántos libros y películas existen alrededor del caso. Hay más de una treintena de piezas. Laura Elizabeth Woollett, jovencísima y prolífica novelista australiana1, no se equivoca cuando habla de manson-manía.

 

No pretendo agotar los pormenores del asunto: hay demasiada bibliografía, demasiado periodismo, demasiada hemeroteca llena de polvo, demasiada recepción acrítica de la sangre. Como casi siempre. Sin embargo, durante mi investigación del evento caí en una sospecha de la que no he podido librarme: la masacre de Manson, con todo y su crueldad, con todo y la ficción que tuvo que ser enunciada y asimilada para ejecutarse, devela algunos de los nervios más íntimos de la violencia política contemporánea. No me interesa la infancia de Charles Manson ni la historia de sus afectos. Me interpela, eso sí, la generación actual de jefes de Estado, que parecen más mansonianos que Manson mismo. Me interesa la carnicería que en 1969 parecía excepcional, pero que hoy es moneda común en el intercambio entre seres humanos.

 

III. Horrorismo

 

Adriana Cavarero, enorme académica italiana y escritora feminista2 considera que hay una insuficiencia en la nominación de la violencia contemporánea. La agresión bélica, hoy en día, posee dimensiones específicas por la brutalidad que manifiesta: el mundo es testigo (y esta palabra es clave) de una crueldad creciente sobre el desarmado, el desprotegido, el inerme. La agresión no se conforma con el asesinato, se colma solo con la destrucción del cuerpo.

 

“Markr Al-Deeb, 19 de mayo de 2004. En una aldea iraquí, en los alrededores de la frontera con Siria, misiles lanzados por las fuerzas norteamericanas caen sobre los participantes en una boda. Entre las cuarenta y cinco víctimas hay mujeres y niños, además de algunos músicos que estaban animando la ceremonia. Dada la potencia explosiva, la carnicería es impresionante. Circula la tesis de que los terroristas se habían escondido en el grupo, pero es rápidamente desmentida y abandonada. En la guerra, admiten los asesinos, puede suceder que uno se equivoque.”

 

Adriana Cavarero, Horrorismo

 

Pero no hay equívoco en la carne rota, en el destazamiento del cuerpo, en la producción sistémica de dolor que se ha instaurado como la insignia política de nuestros días. La niebla está en otra parte. Las palabras “terrorismo” y “guerra”, vocablos omnipresentes en el discurso del Estado y los medios hegemónicos, no alcanzan a nombrar los procedimientos de la violencia contemporánea; al contrario, su uso indiscriminado y su enunciación desde el poder tienden al borrado de la misma. He allí la fuente del conflicto de nominación: la agresión crece hasta lo espeluznante, y la lengua del régimen (la nuestra, finalmente) ya no logra representarla. Lo mismo ocurre con una figura clave de la narrativa bélica tradicional: el “daño colateral”, que no es otra cosa que civiles inocentes asesinados, pero ahogados en la red de un concepto gris. La retórica de la guerra desdibuja la realidad del horror.

 

Hablemos de horror, una noción más cercana al registro del crimen que al de la estrategia. Situados en la mirada del inerme, en el cuerpo desprotegido sobre el que caen las llamas, el horror aparece como una dimensión más fiel a la herida abierta. Cavarero, por lo tanto, inaugura una palabra que destina a las víctimas: “horrorismo”. Aunque lleguen a emplearse como sinónimos, el terror y el horror guardan diferencias sustanciales. El primero camina sobre el terreno del miedo, etimológicamente remite a terreo y tremo, vocablos que conducen al acto de temblar y al escape ante la amenaza; el segundo, más pertinente para los fines de la autora, opera y se mueve en el fango de la repugnancia. “Horror” proviene del latín horreo, que alude a poner los pelos de punta. Esto abre un nuevo registro: el acto de horror puede pensarse como una puesta en escena y, en ese caso, exige un espectador.

 

Hay una manifestación física en quien mira el horror: el congelamiento, la parálisis, la petrificación. Huir es imposible. Cavarero escribe que: “invadido por el asco frente a una forma de violencia que se muestra más inaceptable que la muerte, el cuerpo reacciona agarrotándose y erizando los pelos”. La masacre, la tortura sobre el indefenso, los barriles de ácido de los cárteles o las filmaciones de ISIS dan cuenta de ello: se busca la ofensa hacia la dignidad ontológica de la víctima, el objeto no es el asesinato, sino la deshumanización, la desfiguración, la saña sobre el cuerpo, su destrucción. La escena horrorista es de violencia unilateral, asimétrica, en ella hay un verdugo armado hasta los dientes, infinitamente cruel, y del otro lado está la víctima desprotegida, incapaz de respuesta. La repugnancia parece más eficiente que el uso estratégico del terror. En el cuadro se inscribe un mensaje, o mejor, se despliega un modelo específico de poder. Debemos aprehender la función del horror para comprender nuestro presente político y, por obvio que parezca, también el presente del espectáculo.

 

IV. Polanski

 

Roman Polanski pasó sus primeros años en el ghetto judío de Cracovia durante la ocupación nazi en Polonia. Allí, cuando era niño, presenció el asesinato de una mujer a mitad de la calle, cometido por un oficial alemán. Ella gritaba en yiddish, incomprensible para el pequeño testigo. El soldado la ultimó con un disparo. Del cuerpo, recuerda Polanski, salió una burbuja de sangre.

 

Tiempo después sus padres fueron llevados a campos de concentración. Su madre, la señora Bula Liebling, no volvió nunca.

 

 

V. Ficción II: H(a)elter Skelter

 

Como la civilización, la carnicería no brota del simple mandato. Entre sus condiciones de posibilidad yace una que es tan elemental como las armas: la ficción. Mucho se sabe y dice sobre Charles Manson: que pisó la cárcel antes de conformar su horda, que esta lo percibía como a un dios, que todos vivieron en el Rancho Spahn antes y durante la masacre. Sin embargo, hay un punto que merece especial atención: el sentido, la narrativa alrededor del crimen, la supuesta misión a cumplir a través de la sangre. El fenómeno sectario se distingue, entre otros rasgos, por dos líneas que corren siempre una al lado de la otra: primero, un régimen de abuso sistemático sobre el adepto, es decir, ese que se ha incorporado al engranaje de la secta y que ha cedido el cuerpo, el trabajo, el capital, la vida erótica y emotiva al servicio del ideal colectivo; segundo, el ideal mismo, una misión aparente que exige compromiso irrestricto para concretar su promesa de bienestar, sea cual sea su figuración.

 

Un suicidio en masa garantiza el paraíso, una orgía de pedofilia e incesto promete el eterno amor de Dios, una batería de interrogatorios busca la depuración de lo más racional de la mente humana. Cada uno de estos rituales esconde un mensaje destinado a infectar el corazón del adepto: el sacrificio de la vida individual es imperativo para el bien de todos; Dios está en la carne que nos regaló y en la transmisión de un goce infinito, indiscriminado, lleno de baba; es posible llevar el intelecto a un estado metafísico de perfección. La promesa de Manson era la de una minoría blanca, la suya, tomando el control y reinado de una masa de afroamericanos recién sublevados.

 

Charles Manson profetizaba una guerra racial. Muy pronto, decía, la comunidad negra de Estados Unidos se rebelará contra el poder político y económico de los yanquis blancos. El surgimiento y la incidencia de las Panteras Negras le hizo pensar que aquello terminaría en un enfrentamiento armado, que la estructura vigente de la civilización estaba por derrumbarse. Después del inminente triunfo del bloque negro, decía, vendrá su incertidumbre: no tendrán idea de cómo gobernarse, entonces llegaremos nosotros, la Familia, hecha toda de blancos, para gobernarlos, para que nos sirvan, obedezcan y sostengan como sus amos. Sus adeptos asimilaron la narración hasta sus últimas consecuencias.

 

Manson encontró un soporte en “Helter Skelter”, canción de los Beatles publicada en The White Album de 1968. Catherine Share, integrante de la Familia, declaró que “Charlie escuchaba el Álbum Blanco una y otra vez. Creía que los Beatles hablaban de lo que él había predicado durante años. Según él, cada una de las canciones del disco hablaba de nosotros”. Charles Manson estableció con el disco la misma relación que el profeta con su texto sagrado: se asumió como el único capaz de desentrañar el mensaje y, por lo tanto, como el maestro que debía difundirlo.

 

Sin embargo, el Apocalipsis anhelado tardaba mucho en llegar. El bloque negro parecía temeroso de dar el primer golpe. Había que animar a los futuros rebeldes. Se necesitaba una matanza para disparar la guerra. El objetivo era asesinar a un grupo de víctimas blancas y que la policía inculpara a sociedades de negros armados y resentidos. Entonces vendría el fuego, la caída del imperio caucásico y el Estado paradisíaco liderado por Manson y sus discípulos. Conocemos el desenlace.

Las aproximaciones al fenómeno sectario deben considerar, sin excepciones, una dimensión crucial: el flujo frenético de ilusión, creencia, relatos y, por otra parte, una relación compleja de lo anterior con el duro terreno de la realidad. Para concretar su engranaje servil, las sectas narran. No hay secta posible sin un despliegue sistemático de ficciones. Y la ficción, sobra decirlo, no es igualable a la pura invención, mucho menos a la falsedad o la mentira; lo ficticio está en el núcleo mismo del lenguaje y el efecto de sentido. La palabra y lo real están escindidos, su tentativa de comunión concluye en un fracaso continuo, un frecuente volcarse sobre sí. El sinsentido, perpetua condición de la realidad, exige un cúmulo de ficciones. La función sectaria del relato es, en principio, una función política.

 

El Estado narra. Ricardo Piglia subrayó siempre la agencia narradora del Estado: para sostenerse necesita configurar un relato social. A lo largo de su vida, Piglia citó a Paul Valéry: “La era del orden es el imperio de la ficción. Ningún poder es capaz de sostenerse con la sola opresión de los cuerpos sobre los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias”.

 

La violencia armada sobre la juventud del 68 no hubiese sido posible sin un discurso de Estado dispuesto a demonizar la protesta. Charlottesville, con todo y antorchas y bufones blancos, no hubiera ocurrido así de no ser por el relato de un mandatario que ataca con cinismo a los extranjeros, las mujeres y las comunidades negras. Es muy probable, además, que sin el ideal de blanca aristocracia post bélica, las víctimas de Manson hubiesen conservado sus vidas. Un relato social puede buscar metas diversas: relaciones libres, división y enemistad, obediencia absoluta. Estado y secta guardan un punto común más allá del acto de narrar: la ficción que construyen necesita, para funcionar exitosamente, la designación de un enemigo, un otro, un culpable. Ambos ejercen una política de la paranoia.

 

La pregunta es en qué medida el adepto y el gobernado asimilarán esa ficción, cómo incorporarán sus efectos en la realidad y en la región más íntima de sus vidas. En situaciones de crisis colectiva, la eventual aceptación del relato está en función de un rasgo puntual: la esperanza de bienestar, de alivio del sufrimiento.

 

VI. Pasajes I

 

“Recuerde que la fe salva. No le pedimos sino que tenga fe. Admita usted que en el fondo de estas cosas que le mostraremos existe una sabiduría secular; que todas ellas contienen una esencia que redime del mal. Su caso nos apasiona. Por ello hemos tomado un interés especial en usted y tenemos la mejor intención de ayudarle a salir de esa confusión de la que es presa. Afortunadamente contamos con los medios para lograr una cura radical. Manténgase inmóvil. Abandónese a nosotros. No desconfíe usted.”

 

Salvador Elizondo, Farabeuf

 

 

VII. La voz de las mujeres

 

“Yo buscaba desesperadamente a alguien para amar, alguien a quien pudiera aferrarme y al que pudiese llamar mío. De alguna forma, la partida de mi padre dejó un vacío. Yo estaba muy apegada a él. Quedó un hueco cuando se fue.”

 

Leslie van Houten, la más joven de los asesinos, sobre el divorcio de sus padres

 

 

 

VIII. Corazón y técnica

 

Cuando estudié la maestría fui alumno de Juan Carlos Mosca, psicoanalista argentino, gran maestro. Por él encontré uno de los textos que más he visitado en los últimos años: “Seducción totalitaria”, una conferencia dictada por Contardo Calligaris en 1987. Hablar en términos psicoanalíticos es un arma de doble filo, sobre todo si no somos clínicos: el argumento siempre será más retórico que casuístico. Lo anterior no es necesariamente deleznable, al contrario, podemos permitirnos el privilegio del juego y de la torsión, no tomarnos tan en serio.

 

Calligaris recupera la figura de Albert Speer, el funcionario del Reich que era responsable del aparato bélico e industrial; su autodefensa en el proceso de Núremberg puede resumirse así: “la guerra era inevitable porque estaban los medios técnicos para hacerla”. Calligaris hace una acotación: Speer tiene razón, pero solo parcialmente, pues la técnica no se reduce a las balas y las cámaras de gas; el triunfo técnico solo es posible en la medida en que los seres humanos funcionan como parte del engranaje, es decir, como instrumentos de la maquinaria de genocidio.

 

De acuerdo con Calligaris, nos atraviesa una pasión por la instrumentalización, por reducir la subjetividad propia y convertirla en una herramienta. Esto puede significar una salida exitosa del sufrimiento neurótico banal, es decir, el dolor que a muchos nos abrasa en lo cotidiano: el vacío, la sensación permanente de soledad, la angustia frente a nuestros deseos y su eventual cumplimiento. No somos dueños de nosotros mismos, la extrañeza brota a diario del cuerpo y la lengua.

 

El saber en la estructura neurótica, dice Calligaris, no es otra cosa que el saber paterno, que siempre está supuesto. Ello se traduce en un efecto concreto, dolorosamente conocido: los neuróticos estamos en constante incertidumbre acerca de lo que deseamos. Por otra parte, siempre corremos tras algo que significaría el pago final de la deuda con el padre. Si el saber paterno es siempre supuesto, entonces nuestra carrera está condenada a la infinitud: cuando conseguimos lo que anhelábamos descubrimos, con amargura, que no era eso lo que queríamos.

 

Para salir del sufrimiento neurótico existen algunas alternativas. Una de ellas, de relativa sencillez, es un acto de fe: encontrar un saber paterno que no sea supuesto, sino sabido. Un saber que, por declarado abiertamente, pueda compartirse; una ilusión de certeza; un saber que, al dictar lo que deseamos, también nos indica qué hacer. Aquí yace nuestra tendencia a la instrumentalización, en la pasión que somos susceptibles de sentir al convertirnos en las herramientas de un saber sabido.

 

Sin embargo, el saber sabido no está escrito en ningún sitio, no existe. Este saber, a pesar de erigirse como la verdad, es sólo un semblante de certeza, una máscara. Su contenido no importa, puede ser cualquiera, lo esencial es que se asuma como verdadero y pueda compartirse. Su objetivo es hacernos funcionar como instrumentos de su ejecución.

 

Lo anterior parece arbitrario, quizá descabellado. Sin embargo, siempre he percibido un fondo muy elocuente en ello. Calligaris nos recuerda un elemento de importancia crucial: como muchos ejecutores de la solución final, Albert Speer no era un sádico, no disfrutaba con el hecho de producir las máquinas que matarían a millones de personas. En su vida privada era un hombre común. No obstante, trabajó con ahínco de la mano de Hitler en su travesía por el horror. Más que el diagnóstico de un funcionario, imposible y ocioso para estos fines, busco acentuar un riesgo inherente a la vida humana: cualquiera de nosotros, bajo las condiciones adecuadas, es susceptible a transformarse en un soldado de obediencia apasionada. Trabajar para Hitler o para Manson, al final qué importa si la masacre tendrá lugar.

 

 

IX. Polanski II

 

“Vi la ropa del bebé, vi la habitación que ella estaba pintando, vi muchísima sangre derramada en todo el lugar.”

 

Roman Polanski, roto en llanto, sobre el asesinato de Sharon Tate

 

LaFamilia_1

 

X. Ficción III: QAnon

 

El caos rige la actual vida política estadounidense. Esto se debe, en gran medida, a la vena irascible de Donald Trump. La situación ha generado narrativas que exigen un trabajo crítico urgente. Sus simpatizantes, empeñados en sostener la creencia de que su jefe de Estado tiene todo bajo control, formularon en años recientes una teoría de la conspiración, un relato que se ha propagado rápidamente entre los que desean confiar en la administración en curso. Para ellos, la investigación rusa y los escándalos legales de la Casa Blanca son un montaje, una simulación. Trump, según creen, ejerce un mando eficaz, la aparente crisis de su gobierno es sólo la tapadera de una misión secreta mucho más digna. En realidad, dicen, el mandatario busca desmantelar una red oculta y enorme de pederastas, liderada por la élite del Partido Demócrata, esto es, la familia Clinton.

 

QAnon, o The Storm, es una teoría conspirativa ampliamente incorporada por muchos trumpistas. Están convencidos de que existe una organización de trata entre los demócratas, una red clandestina que goza la carne de niños en cautiverio. Con ello, los simpatizantes de Trump se auto dirigen un mensaje: el presidente hace lo correcto, la crisis que nos ahoga es una mentira, el culpable y el enemigo es la crema y nata del bando liberal. El origen del relato se encuentra en un cúmulo de publicaciones disponibles en 4chan, provienen de un usuario que se hace llamar Q y que dice ser un informante del Estado. Sus palabras gozan de una gran audiencia dispuesta a creer lo que dice, es decir, un grupo de gente deseosa de incorporar la narración, el semblante.

 

La teoría de la conspiración puede concebirse como una tentativa de navegar el barro negro de lo real: dar orden al caos, proveer de sentido a lo que carece completamente del mismo, sofocar lo siniestro y lo amenazante de un mundo que de continuo se muestra indescifrable. Bien enraizado, el relato parece inmune a la crítica; cualquier contraargumento que pueda hacerse servirá para reforzar el contenido y la función de su narrativa. Si me atacan es porque temen, y si temen es porque tengo razón.

 

QAnon funciona en un grupo de personas porque el discurso sostiene lo que desean creer. La narración, además, es muy conveniente en sus supuestos intereses: el objetivo, se dicen sus creyentes, no es proteger a Donald Trump, sino salvar a los niños. Mediante un ideal supuestamente heroico, el relato ocasiona un efecto real: el apoyo total hacia régimen del odio y la humillación.

 

El discurso conspirativo, como la ficción sectaria, es muy infeccioso en tiempos de crisis, confusión, tragedia y dolor. La herida abierta es vulnerable de ceder a un relato que prometa su cura, basta que incorpore una dosis radical de esperanza. Una vez que se ha puesto en marcha, sepámoslo, la narración tendrá consecuencias en el terreno de la realidad.

XI. Pasajes II

 

“Estas formas se encuentran en psicosis que nosotros hemos estudiado particularmente, conservándoles su etiqueta antigua (y etimológicamente satisfactoria) de ‘paranoia’. Estas psicosis se manifiestan clínicamente por un delirio de persecución, una evolución crónica y unas reacciones criminales particulares. […]

 

Por una parte, en efecto, el campo de la percepción está impregnado en estos sujetos de un carácter inmanente e inminente de ‘significación personal’ (síntoma llamado ‘interpretación’), y este carácter excluye la neutralidad afectiva del objeto que es exigida, virtualmente cuando menos, por el conocimiento racional. […]

 

No menos notable es el hecho de que las reacciones criminales de estos enfermos se produzcan con gran frecuencia en un punto neurálgico de las tensiones sociales de la actualidad histórica.”

 

Jacques Lacan, “El problema del estilo y la concepción psiquiátrica de las formas paranoicas de la experiencia”

 

 

XII. Familia

 

Los años sesenta fueron un caldo de cultivo de asociaciones sectarias. Estados Unidos, sobre todo, engendró un gran número de grupos coercitivos. A esto se suma un fenómeno elocuente: en repetidas ocasiones, dichas sociedades incluyeron el vocablo “familia” en sus nominaciones.

 

En 1968, David Berg dio vida a los Niños de Dios. Sus prácticas constituían una especie de evangelización a través del sexo. Así, cometieron incontables actos de prostitución religiosa, pederastia e incesto. Diez años después de su fundación cambiaron su nombre a La Familia del Amor. En la década de los ochenta se nombraron La Familia a secas. Hoy se llaman La Familia Internacional. Por otra parte, también surgió La Familia de Anne Hamilton-Byrne. Aunque no haya nacido en Estados Unidos sino en Australia, el culto también incorporó esa palabra en su nominación. Se les recuerda, sobre todo, por ejercer un régimen de abuso sistemático sobre menores. Los hermanos Manson no son los únicos de su tipo.

 

¿Qué indica la incorporación de lo familiar en el núcleo de estas sociedades, cuál es la especificidad del lazo que tienden y en cuyo fondo yace la práctica de lo abyecto? Esta fraternidad parece cimentarse en la violencia y la imposición sobre el cuerpo. Sonia M. Frías escribió un artículo agudísimo para Horizontal, su título es “La cultura de la violencia sexual en México y sus víctimas”. Frías hace una pregunta crucial: ¿por qué violar a una mujer? La respuesta, nos dice, es multifactorial y debe ser comprendida como el efecto de pactos patriarcales. Se asume que el cuerpo femenino es un terreno de dominio y, además, un medio propicio para sellar tratos entre varones: “que la apropiación de la sexualidad de la mujer se vea como un acto de exhibición de hombría o virilidad”. Una violación, dice Frías, es una suerte de mensaje de destinatarios múltiples: las mujeres, para empezar, a quienes se impone el adueñamiento del cuerpo, y los otros hombres, con los que se busca afianzar la lealtad mediante la vejación de un ser ajeno. Una violación puede ser entendida, en los términos de Frías, como un pacto de semen, un gesto de fraternidad masculina.

 

La hermandad de los agresores tumultarios parece un correlato de las fratrías sectarias. El lazo se escribe mediante la violencia sobre un cuerpo. El pacto patriarcal (hegemónico, por lo tanto) posee la misma estructura del asesinato, la pederastia o el incesto forzado. Una secta destructiva es, sobre todo, la radicalización de las coerciones más aberrantes del poder dominante.

 

 

XIII. Carroña

 

Clive James entrevistó a Roman Polanski en 1983. El intercambio fue grabado para la televisión y está disponible en internet. Durante la conversación sobre los asesinatos, Polanski toca un tema de relevancia vigente: algunos periódicos de la época utilizaron el caso como palanca de ventas y, peor aún, se dedicaron a culpar a las víctimas. Se habló de rituales de magia negra y de orgías, todo supuestamente organizado por Sharon Tate. Los rumores implicaban que la masacre era responsabilidad de los propios muertos. El circo mortuorio trascendió los tribunales y llegó a los diarios. Como casi siempre.

 

 

XIV. Horrorismo II

 

“Bagdad, 12 de julio de 2005. Un piloto suicida hace explotar su coche en medio de la multitud, matando a veintiséis ciudadanos iraquíes y un soldado norteamericano. Entre las víctimas de la carnicería (cuerpos desmembrados, miembros sangrantes, manos cortadas) la mayoría son niños a quienes los norteamericanos les estaban distribuyendo caramelos. ¿Los habrán querido castigar por servilismo con respecto a las tropas ocupantes? ¿Habrán pensado que el uso de la violencia es mucho más eficaz cuando no se tiene escrúpulos en masacrar a niños?

 

Se deduce, de las diversas proclamas, que los asesinos de este tipo se dan a sí mismos los gloriosos nombres de mártires y combatientes. La lengua de Occidente tiende en cambio a llamarlos terroristas. A pesar de ser opuestas, ambas denominaciones implican que la masacre forma parte de una estrategia o bien, simplemente constituye el medio para un objetivo más alto. Sin embargo, si se observa la escena de la masacre desde el punto de vista de las víctimas inermes, en lugar del de los guerreros, el cuadro cambia: el objetivo se desvanece y el medio cobra sustancia. Más que el terror, lo que sobresale es el horror.”

 

Adriana Cavarero, Horrorismo

 

 

XV. Narvarte

 

Ocurrió en julio de 2015. Un asesinato múltiple, perpetrado en un departamento de la colonia Narvarte en la Ciudad de México, cobró la vida de cinco personas: Olivia Alejandra Negrete, trabajadora doméstica; Mile Virginia Martín, modelo colombiana; Yesenia Quiroz Alfaro, estudiante; Nadia Vera Pérez, activista; Rubén Espinosa Becerril, fotoperiodista. Los dos últimos habían salido de Veracruz recientemente, se sentían perseguidos por el gobierno de Javier Duarte.

 

Hacia julio de 2018, cuando se cumplieron tres años del multifeminicidio, diversos medios recordaron el incidente y señalaron que, hasta ese momento, se desconocía el móvil del crimen. La Procuraduría de la Ciudad argumentó en un principio que la masacre se debió a un problema de narcotráfico, en el que Mile Virginia Martín estaba supuestamente implicada. Sin embargo, de acuerdo con una investigación de Arturo Ángel, no hay un solo elemento probatorio de lo anterior. Por otro lado, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal dijo que la hipótesis de la Procuraduría ocasionó la estigmatización de las víctimas. Los abogados de Patricia Espinosa, hermana de Rubén, mencionaron que las autoridades nunca se tomaron en serio la línea de investigación que apuntaba al gobierno de Javier Duarte.

 

Los cadáveres presentaban huellas de tortura, heridas que no buscaban dar muerte, sino ocasionar dolor.

 

 

XVI. Ficción IV

 

“El problema no es oponer la realidad a sus apariencias. Es construir otras realidades, otras formas de sentido común, es decir, otros dispositivos espacio-temporales, otras comunidades de las palabras y las cosas, de las formas y de las significaciones. Esta creación es el trabajo de la ficción, que no consiste en contar historias sino en establecer nuevas relaciones entre las palabras y las formas visibles, la palabra y la escritura, un aquí y un allá, un entonces y un ahora. En este sentido, The Sound of Silence es una ficción, Shoah o S21 son ficciones. El problema no es saber si lo real de esos genocidios puede ser puesto en imágenes y en ficción. El problema es saber de qué modo lo es, y qué clase de sentido común es tejido por tal o cual ficción, por la construcción de tal o cual imagen. El problema es saber qué clase de humanos nos muestra la imagen y a qué clase de humanos está destinada, qué clase de mirada y de consideración es creada por esa ficción.”

 

Jacques Rancière, “La imagen intolerable”

 

 

XVII. El bufón verdugo

 

Esta investigación me reveló que, a pesar de su relevancia, Charles Manson no me interesa. No me importa su infancia ni su historia psicosexual, tampoco si deseaba triunfar en la música y fracasó en el intento. Lo único que me convoca es su cualidad de bufón. Manson es, sobre todo, una especie de payaso; malo y sin gracia, pero payaso al fin. Algunas de sus entrevistas dan cuenta de ello: en una ocasión, cuando le piden que defina su ser, inicia una retahíla de gestos y torsiones oculares, sonríe y encoge los hombros, alza las cejas con ridiculez. Es un espectáculo largo y vergonzoso. Después, en esa misma conversación, se proclama rey y dice tener todo el dinero del mundo.

Incubé una sospecha: la bufonería de Manson, me dije, es similar a la de otros payasos, y quizá esto arroje algo de luz sobre nuestra vida pública actual. Recuerdo la sesión fotográfica de Heinrich Hoffmann, en la que Hitler ensaya su retórica corporal y parece un cantante pop o un Hamlet churrigueresco. La gestualidad oratoria de Mussolini viene a mi mente también. Recuerdo, por otro lado, a Jair Bolsonaro y su invitación “en broma” a fusilar militantes petistas. Pienso en Trump, en su grotesca imitación de Serge Kovaleski, en la compulsiva reiteración de su supuesto genio.

 

Tengo la impresión, desde hace tiempo, de que el fascismo pretende ser gracioso. Vladimir Safatle, escritor y académico brasileño, habla en los mismos términos. En su artículo “¿Qué es el fascismo?”, menciona que esta política “expresa un liderazgo que parece estar por encima de la ley, uno que puede decir lo que quiera sin culpas, exponer sus peores sentimientos sin preocupación alguna por las consecuencias, demostrar los más bajos deseos de violencia como la expresión de lo que concibe como la mayor libertad conquistada. Por eso es necesario que estos líderes sean cómicos, una mezcla de militar y de payaso de circo. Porque solo así, a través de esta ironía, sus juicios pueden circular con baja fricción. Finalmente, no nos tomamos en serio todo lo que ellos dicen, ¿pero quién sabe qué es exactamente lo que hay que tomarse en serio, qué es real y qué es fanfarronería?”.

 

 

XVIII. Pasajes III

 

“Los paranoicos son como los poetas. Nacen así. Además, interpretan siempre la realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo. Supongamos, por ejemplo, que la mujer de un paranoico toca una melodía al piano. Su marido se persuade al instante de que se trata de una señal intercambiada con su amante, escondido en la calle. Y todo así.”

 

Luis Buñuel, Mi último suspiro

 

 

XIX. Ficción V: pizza

 

En 2016, poco tiempo después de la última elección presidencial estadounidense, un hombre armado abrió fuego en una pizzería ubicada en Washington D.C. Edgar Maddison Welch, de veintiocho años, ingresó en el restaurante Comet Ping Pong con un objetivo heroico: rescatar a los niños supuestamente encerrados en la trastienda del lugar, los mismos que servirían para saciar la pedofilia de una poderosa red de tratantes liderada por Hillary Clinton. Las balas no dejaron heridos.

 

Convencido de que la pizzería ocultaba una red de tráfico sexual infantil, el hombre buscaba castigar la vena pederasta de la élite demócrata. Como muchos otros, Welch leyó sobre el supuesto caso en internet. Momentos antes de ejecutar su rescate (y fracasar en el intento), escribió a un amigo que asaltaría una red de pedófilos, que posiblemente sacrificaría las vidas de unos cuantos, pero que valdría la pena si salvaba la existencia de muchos. Al comprobar que en Comet Ping Pong no había un solo niño en cadenas, el tirador se entregó.

 

 

XX. Corazón y técnica II: el goce del aparato

 

Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, era un funcionario ejemplar. Su goce, dice Calligaris, no era matar personas sino ser un operador modelo, y para lograr esa consigna había que estar dispuesto al asesinato. La satisfacción de los responsables, pues, estaba en el correcto funcionamiento del aparato, no en la masacre en sí misma.

 

La pasión de ser instrumento puede concebirse así, como el goce de ser una pieza eficiente en la maquinaria que, por lo menos en apariencia, funciona como ha prometido.

 

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XXI. Vampirización

 

El relato de Manson colocó en el centro la promesa de la guerra racial. Sin embargo, alrededor del núcleo también había discurso. La narración de la Familia incorporaba una parte del espíritu contestatario de los años sesenta. Se hablaba de combatir el poder hegemónico, los bolsillos de los millonarios y la violencia del Estado. Lo anterior coexistía, sin problema alguno, con la idea de un enfrentamiento masivo entre razas, en cuyo fondo late una asunción delicada: la comunidad negra no podrá gobernarse, así que la Familia se coronará como el agente rector. Lo torcido de la retórica no reduce el racismo tras ella.

 

La Familia Manson creó una amalgama extraña, mezcló sin reservas dos corrientes discursivas que podríamos considerar opuestas: la emancipación y la lucha contra el poder por un lado, y la celebración de la violencia y el sometimiento por otro. No fue la única secta en gestar un híbrido así. Los Niños de Dios, que repudiaban las religiones oficiales y las instituciones capitalistas, tomaron el amor libre y crearon con él su ideal del sexo como transmisión del amor divino. De la subversión del cuerpo vino la erótica obligatoria, la prostitución, la pederastia y el incesto.

 

Existe cierta práctica distintiva de algunos grupos conservadores y privilegiados. Ante el brote de movimientos de emancipación de los oprimidos, esto es, protestas que buscan un cambio sustancial en las relaciones existentes de poder, el bloque dominante se adueña de las formas de lucha creadas por aquellos que desean liberarse. En años recientes hemos sido testigos de surgimientos ominosos: la declaración abierta (y pestilente) de white lives matter, una respuesta supremacista a la actividad de Black Lives Matter; las manifestaciones públicas del orgullo heterosexual, que mucha homofobia contienen; Jair Bolsonaro, como muchos otros derechistas, convencido de que los nazis eran de izquierda; #MeTooHombres.

 

Vladimir Safatle escribió que el fascismo abandera un culto ciego de la violencia, sus militantes están seguros de que el poder hegemónico será vencido mediante la fuerza individual armada, asumen que podrán enunciar la aberración que deseen sin temer el juicio “dictatorial” de la corrección política. El fascismo, dice Safatle, ofrece una forma siniestra de libertad, se constituye a partir de una vampirización de la revuelta.

 

 

 

 

XXII. Pasajes IV

 

“La vida, ese proceso que se suspende y que a la vez se sintetiza en la apariencia de esa carroña que usted, querido maestro, está acostumbrado a manipular y a tasajear yerta, verdosa, inmóvil y exangüe, sobre todo cuando se trata de los cadáveres de hombres y mujeres que han sido muertos violentamente, caro data vermibus en fin, ¿es acaso diferente ahora de lo que era entonces? Usted está en contacto con esa esencia inmutable hasta cierto punto que es el cuerpo (maloliente o perfumado, terso o escrofuloso), pero siempre el mismo en realidad; los órganos, para los efectos del interés que en usted provocan, son iguales ahora que entonces y la lluvia que empaña los cristales o que empapa los hombros de su abrigo es ¿o no? la misma lluvia que caía en Pekín aquel día en que usted, acompañado de su amante (sí, doctor Farabeuf, de su amante), con grandes trabajos, tratando de que su aparato fotográfico no se mojara, profiriendo las mismas imprecaciones e interjecciones que profieren en nuestros días, aun en los lugares públicos, los obreros y la gente de la clase inferior adicta a los partidos radicales, se abrió paso a codazos y empellones entre una muchedumbre estupefacta hasta conseguir profanar y perpetuar esa imagen única en la historia de la iconografía erótico-terrorística.”

 

Salvador Elizondo, Farabeuf

 

 

XXIII. Polanski III

 

A finales de los años setenta, Roman Polanski drogó y violó a Samantha Geimer, una niña de trece años. Huyó a Francia antes de que se le dictara sentencia.

 

No ha vuelto a Estados Unidos.

 

 

XXIV. Horrorismo III

 

“Como igualmente es sabido, una carnicería en el escenario de las masacres hace difícil recomponer las partes de los cuerpos de las víctimas para proceder al recuento de los restos mortales y a su reconocimiento. Dada la dificultad de la operación, las confusiones de miembros, entre las víctimas y verdugos, son frecuentes.”

 

Adriana Cavarero, Horrorismo

 

 

 

XXV. Dar la orden

 

Charles Manson no empuñó el cuchillo, solo dio la orden que sus hijos siguieron. La responsabilidad del líder está en la narración, el discurso, la gestación de las condiciones que posibilitaron los asesinatos. Manson se erigió como un amo, estableció un relato que perforó el corazón de sus escuchas, luego vino la hermandad de la carne rota.

 

Los días posteriores a la victoria de Trump fueron, sobre todo, un escenario de violencia incontenible. Musulmanes, inmigrantes, mujeres y niñas sufrieron intimidaciones, agresiones físicas y verbales. Por si fuese poco, en sitios como Filadelfia o Nueva York aparecieron esvásticas trazadas en algunos edificios, acompañadas de la consigna Make America great again.

 

En Brasil, durante la campaña presidencial de Jair Bolsonaro, también se registraron ataques y hechos de violencia. Simpatizantes del ahora mandatario agredieron físicamente a periodistas y partidarios de Fernando Haddad. En México, el discurso y la actividad pública del Frente Nacional por la Familia ha ocasionado un debate sobre homofobia y discurso de odio. Organizaciones defensoras de la comunidad LGBT, como Letra S, Sida, Cultura y Vida Cotidiana A.C., han realizado estudios que arrojan resultados escalofriantes: el nuestro es uno de los países con mayor índice de ataques de odio hacia las sexualidades fuera de la heteronorma. En este contexto, cabe la pregunta sobre la verdadera función de asociaciones como el Frente y su aversión al matrimonio igualitario y la adopción homoparental: ¿en verdad se trata de proteger a los niños?, ¿no será que el objetivo no declarado, pero evidente, es alimentar el flujo discursivo que condena y disuelve las eróticas no institucionales?

 

El poder totalitario busca la domesticación de los cuerpos y corazones de los gobernados. El fascismo actual, con todas sus especificidades, pretende engendrar un pueblo que ejecute la violencia enaltecida desde el trono del rey. Estos jefes de Estado dan cauce y enemigo concreto a la maldad más honda que nos atraviesa. Como Charles Manson, ellos también dan la orden. Hay una vena profundamente mansoniana en Donald Trump, en Jair Bolsonaro y en ciertas cúpulas de asociaciones político-religiosas.

 

La Familia Manson, lejos de ser una excepción cruenta, es un síntoma de la violencia política contemporánea: enaltecimiento de la brutalidad, gestación cínica de dolor y de muerte.

 

 

XXVI. Pasajes V: masa

 

“Ensayemos, entonces, con esta premisa: vínculos de amor (o, expresado de manera más neutra, lazos sentimentales) constituyen también la esencia del alma de las masas. Recordemos que los autores no hablan de semejante cosa. Lo que correspondería a tales vínculos está oculto, evidentemente, tras la pantalla, tras el biombo de la sugestión. Para empezar, nuestra expectativa se basa en dos reflexiones someras. La primera, que evidentemente la masa se mantiene cohesionada en virtud de algún poder. ¿Y a qué poder podría adscribirse ese logro más que al Eros, que lo cohesiona todo en el mundo? En segundo lugar, si el individuo resigna su peculiaridad en la masa y se deja sugerir por los otros, recibimos la impresión de que lo hace porque siente la necesidad de acuerdo con ellos, y de no oponérseles; quizás, entonces, ‘por amor de ellos’ […]

 

“Pero aun durante el Reinado de Cristo estaban fuera de este lazo quienes no pertenecían a la comunidad de creyentes, quienes no lo amaban y no eran amados por Él; por eso una religión, aunque se llame religión del amor, no puede dejar de ser dura y sin amor hacia quienes no pertenecen a ella. En el fondo, cada religión es de amor por todos a quienes abraza, y está pronta a la crueldad y la intolerancia hacia quienes no son sus miembros.”

 

 

Sigmund Freud, Psicología de masas y análisis del Yo

 

 XXVII. La voz de las mujeres II

 

Después de todo, ¿quién fue Sharon Tate? Más allá de su relación con Roman Polanski, de haber sido asesinada brutalmente, ¿qué nos queda de ella, qué hay detrás del espectro de la esposa, la víctima, la modelo jovencísima y de belleza inusual? Begoña Gómez Urzaiz publicó un artículo en Vogue, titulado “50 años después de su asesinato, ¿sigue Sharon Tate condenada a ser solo la chica de la foto?”. La autora tiene razón: más allá de su matrimonio y su asesinato, no le conocemos mucho. Es preciso leer el texto, da cuenta del borrado histórico de su voz, de la negación de la misma mientras vivía.

 

XXVIII. Familia II

 

El tema sectario ha cobrado relevancia en los días recientes. Dos casos llamaron la mirada de la opinión pública: la detención de Naasón Joaquín García, director de la Iglesia la Luz del Mundo, por acusaciones de pornografía infantil, violación de menores y trata de personas; el líder de la secta Nxivm, Keith Raniere, que fue declarado culpable de sostener una sociedad de esclavas sexuales. Las mujeres de Nxivm eran obligadas a tener sexo, a fotografiarse desnudas y a dejarse marcar el cuerpo como si fueran reses. Este grupo, además, involucra a gente de nuestro país. Emiliano Salinas Occelli, hijo del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, resultó ser un elemento muy importante de la asociación. El cachorro no es el único señalado. Otras personalidades de la élite política y financiera de México figuran entre los principales operadores de Nxivm.

 

Atestiguamos la explosión del debate sobre qué son las sectas y cómo operan hoy en día. Los medios reportan a diario estos incidentes y sus respectivas actualizaciones. Esto, me parece, anuncia una oportunidad: ahondar y problematizar en el asunto sectario, dilucidar un ejercicio de poder específico que, aunque repulsivo, no se deslinda de dispositivos más cotidianos. Una secta plantea un sistema de abuso psíquico, emotivo y erótico que se presta muy bien para vender periódicos. El afán comercial suele inhibir el potencial crítico del abordaje, la carroña se impone a la interrogación.

 

No desconsideremos qué mexicanos resultaron manchados por el barro de Nxivm, no ignoremos el oro en las cunas, no omitamos su ya cuestionable relación primaria con el poder.

 

Las situaciones descritas aquí parecen guardar, entre otros, un aberrante punto común: el uso, la disposición y el sometimiento de la carne y el corazón de las mujeres. La Familia Manson, los Niños de Dios, el ghetto de Cracovia, el olvido de Tate y las otras asesinadas, las manadas y las fratrías, los periódicos y las culpas, la tortura de la Narvarte, los jefes de Estado y las violaciones, Samantha Geimer y las babas, Nxivm y las yerras, todo, absolutamente todo involucra una política de imposición sobre lo femenino. Si proviene del Estado o de una cofradía de vampiros, qué más da.

 

XXIX. Supongo que lo amábamos

 

“Si lo hicimos porque creíamos que eso haría feliz a Charlie, entonces supongo que lo amábamos. O algo por el estilo.”

Lynette Fromme, ex miembro de la Familia Manson

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Autores
(Zacatecas, 1989). Licenciado en Letras Iberoamericanas por la Universidad del Claustro de Sor Juana, maestro en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos. Cineasta experimental, ensayista independiente.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá. Es ilustradora en la revista Letras Libres y en el 2017 hizo las ilustraciones de portada para el libro doble “Apócrifa. Libro Negro” y “Apócrifa. Libro Blanco”, de Rafael Villegas (Paraíso Perdido); y “Arquitectura del fracaso”, de Gina Cebey (CONACULTA/Dirección General de Publicaciones). Ha impartido laboratorios y talleres de collage análogo desde el 2016, en espacios como Gama Crea –en la Ciudad de México–; en Lapá –en la ciudad de León– y en Casatinta en –Bogotá (CO)–. Su trabajo forma parte de plataformas de difusión de arte y diseño como Tinted, Oto Prints y Society6. En abril del 2019, en conjunto con la Universidad de la Comunicación, organizó y gestionó el primer Festival de Collage en México PASTE UP!, con sede en la Ciudad de México. Recientemente viajó a Colombia para la Semana del Collage realizando un mural, impartiendo un taller de collage análogo y exponiendo su más reciente serie "El otro grito / Historia de un vuelo", entre otras actividades.

Leyendo a Enrique Vila-Matas, me topé con que el primer lector de Joseph Conrad fue un marinero. No un literato, ni un crítico, un viejo lobo de mar con las manos encurtidas en sal y vinagre. El temeroso polaco, por entonces devenido inglés, preguntó a ese enjuto hombre, rebosante de experiencia y presto a escupir a la menor provocación, qué impresión le había provocado su relato. La respuesta del marinero fue contundente: le encantó. Para Conrad, esa fue quizá una de las conversaciones más fructíferas de su vida. No sabemos qué habría sucedido si el viejo lobo de mar hubiera respondido con una negativa o si se hubiera comportado evasivo. Agradecida por la generosidad del marino, que nos abrió la puerta a maravillas como El corazón de las tinieblas, pienso en que también yo fui primera lectora de alguien.

Era 2013 o 14, no recuerdo bien, estaba encerrada en la redacción del semanario Tribuna, con la espalda adolorida y preparando la edición del día siguiente. Entonces se me acercó alguien y con cierta timidez me dejó un montón de hojas sobre el escritorio. Antes de irse, pidió que las leyera y le diera mi opinión. Dije que sí. Diez horas después, cansada aún por el cierre de la edición, estaba en la cama, al borde de un ataque que todavía no sabía si atribuir a la risa, que llevaba matándome bastante rato, o a la envidia, que se había acumulado en mí como un sedimento lodoso y que cada tanto me provocaba ácidas ganas de vomitar. En poco más de 200 páginas, el narrador había construido un universo con su mitología, sus reglas y sus defectos. El universo era una ciudad con forma de esvástica y sus habitantes un puñado de pequeñoburgueses tan timoratos como particulares. El autor era Rubén Cantor y yo, su primera lectora.

Ernesto Sábato escribió en El túnel que los emuladores de Cervantes en la modernidad tardía, harían con el género policíaco lo que el manco hizo con la caballeresca. Es decir, lo parodiarían y lo conducirían al ridículo. Rubén tomó buena nota de eso. Poco después de presentarnos a los “caradurenses”, gentilicio de los habitantes de su ciudad mitológica, nos introduce a un conflicto abierto de la más absurda manera posible: A los pacíficos habitantes de esa ciudad con características nazis les han robado todos los televisores. Esto, por supuesto, es una tragedia, pues fuera de sus ocupaciones, los caradurenses encuentran poco qué hacer más allá de pasar horas frente a la televisión. La cosa se agrava porque descubrimos que, además, un solo habitante de la ciudad, cuya vida cotidiana se convertirá en el centro de atención para los demás, se ha salvado del robo y puede, con total impunidad, continuar viendo sus programas alienantes en una espiral sin fin que no deja espacio salvo para la indiferencia ante la aparente tragedia que se desenvuelve a su alrededor.

Dos sentimientos humanos atraviesan la novela por donde se le vea: el egoísmo y la indiferencia. A los caradurenses les quitan la televisión y con ello una oportunidad de fuga. Incapaces ya de volcarse a otras actividades, pues aunque hay una biblioteca en Caradura, está permanentemente vacía y su inventario es quizá menos recomendable que la programación del Canal de las Estrellas, estallan y se introduce en ellos el pánico. Quieren respuestas y las quieren ya. Son casi niños, rabian, chillan, pelean, pero son cobardes. El único que se mantiene incólume, lejos de compadecerse de sus vecinos gimientes, se encierra en su casa y mira la tele, la única tele, convirtiéndose en el nuevo vehículo de fuga. El adicto a la tele termina volviéndose tele. El espectador, termina en espectáculo y Guy Debord sonríe, desde donde quiera que esté.

La tragedia, por supuesto, en este caso se presenta como un problema detectivesco y como tal, tiene a su detective. El detective en esta novela, un agente de la policía de Caradura, llama nuestra atención desde el principio, cuando lo leemos disfrutando una taza de té verde, como el abstemio, sano y poco dado a la violencia que es. El detective de Caradura es pues una caricatura, pero una caricatura inversa. No vemos aquí al inspector borracho del género noir ni al mujeriego irredimible. Lo que vemos es un hombre cabal, sencillo, con una visión un tanto puritana de las cosas. Como si no tuviéramos suficiente con el detective sobrio, Caradura nos ofrece una amplia gama de personajes, cuyas intrincadas relaciones no hacen más que echar leña al misterio cada que tienen oportunidad.

Considérese por ejemplo a Santa Prepucia. La santa, como lo indica su nombre, alcanzó tal dignidad, no a instancias del Vaticano -pues está viva y hasta donde sé, los vivos no pueden canonizarse- sino de acontecimientos fortuitos. El primero, haber encontrado un supuesto prepucio de Cristo; el segundo, construir una milagrosa capilla luego de la volcadura de un camión revolvedor de concreto. De calaña similar a la de Santa Prepucia, es el Jardinero Emo, un joven de familia disfuncional que intenta indagar el misterio de Caradura por cuenta propia. La Chofer Cinéfila es otro personaje memorable, cuya existencia se basa en citar pasajes de películas. También llama la atención el Retardado, inseparable comparsa del Jardinero Emo, que solamente puede hablar con eufemismos y que nos da algunos de los diálogos más hilarantes de la novela. El elemento conspiranóico, fundamental además para esta bendita época nuestra atravesada por la “posverdad” y otros espantajos posmodernos, es algo que tampoco falta en Caradura y queda perfectamente representado por los mormones que habitan en la ciudad, quienes buscan atraer fieles a cualquier precio aprovechándose de la tragedia.

Mormones, santas, emos, televisiones… la novela de Rubén Cantor es lo que pasaría si alguien echara en una licuadora las películas completas de los Cohen, un ejemplar de La conjura de los necios, dos o tres libros de Ibargüengoitia y las primeras cinco temporadas de Los Simpson. Juan Ramón Ríos, un hombre más disciplinado que su servidora, llegó a contar casi medio centenar de referencias televisivas en El mal burgués. Éstas, además, son tan disímiles que van desde Twin Peaks hasta El señor de los anillos, pasando por César Millán, el encantador de perros y Kilos mortales. ¿Novela policíaca? ¿Satírica? ¿Road trip? ¿Qué es ese mal tan terrible que sólo ataca a los timoratos habitantes que hay en las caraduras de este planeta? La respuesta que nos da Rubén Cantor es muy sencilla: El mal burgués es volverse una caricatura, la patética parodia de uno mismo y la cura, tal parece, es tomárselo con gracia. Lean esta novela frankenstein o vean la televisión pero no se vuelvan, por amor a Dios, ese feo y triste burgués que acecha dentro de cada uno de nosotros.


Autores
(Aguascalientes, 1991) Estudió Comunicación y Periodismo en la Universidad Autónoma de Querétaro. Fue becaria del FONCA en la categoría de cuento durante el período 2017-2018. Autora de Energía Potencial (Montea, 2016)

Este 1 de septiembre se cumple medio siglo de la revolución en Libia que derrocó el régimen monárquico del rey Idris y que encabezó Muamar Gadafi, figura que precedió a Saddam Hussein y Osama bin Laden como el villano favorito de los Estados Unidos, pero que a la vez fue uno de los líderes del mundo árabe y de África por muchos años.


 

Gadafi, nacido en 1942 en el seno de una tribu de beduinos en el desierto libio, tenía diez años cuando el coronel Gamal Abdel Nasser y el movimiento nacionalista se hicieron del poder en Egipto. Desde ese momento, Gadafi se hizo un devoto del nasserismo y emuló sus pasos convencido que un movimiento nacionalista era el futuro para Libia. A los 21 años se graduó de Leyes pero su camino no era la abogacía sino la milicia, por lo que ingresó al Colegio Militar ese mismo año.

A dos años de su alistamiento ya era teniente y había recibido entrenamiento en Inglaterra. Su carrera iba en ascenso pero lo que a él le importaba era terminar con la monarquía y el triunfo del nacionalismo, cuestión que sucedió en 1969 con el golpe de Estado a Idris que se encontraba de descanso en Turquía. Con tan solo 27 años, Gadafi estaba al frente del Consejo de Mando de la Revolución que proclamó la República Árabe Libia.

Pronto lo junta militar dejo de ser tal y Libia paso a estar gobernada solamente por Gadafi, autoproclamado líder supremo de la revolución y comandante general de las fuerzas armadas. En esta primera etapa hubo un proceso de nacionalización parcial de la industria petrolera y del sistema bancario, así como la retirada de tropas extranjeras del territorio libio. Se confiscaron múltiples propiedades a la comunidad italiana y judía y se les expulsó del país. A la par, se emprendieron ambiciosos programas sociales para la población, especialmente en materia de salud. También se invirtió en infraestructura, educación, vivienda y agricultura de manera importante, logrando significativos avances en todos los aspectos.

En estos primeros años, Gadafi gozaba de una gran aceptación popular y todavía imitaba la ideología nacionalista y panarabista de Nasser. Pero la muerte del egipcio en 1970, apenas en los albores del gobierno de Gadafi, lo dejó en una orfandad ideológica. El primer cambio fue el personalismo con el que empezó a ejercer el poder. Posteriormente, en 1975, presentó su Libro Verde (aludiendo al Libro Rojo de Mao Tse-Tung) en el que exponía sus ideas sobre un Islam politizado con características de justicia social. Para Gadafi la religión no estaba por encima del nacionalismo, aunque le concedía a la sharia la preeminencia sobre la conducta moral de la gente.

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Gadafi aspiraba a construir un “Estado de las masas” a través de asambleas y consejos populares como instrumentos de legitimidad, pero la realidad era que Libia se regía bajo su liderazgo total e incuestionable. Con ese poder casi absoluto, poco a poco su personalidad fue haciéndose cada vez más extravagante y explosiva en las formas, a la vez que muy contradictoria.

A pesar de su declarado panarabismo, Gadafi siempre sostuvo relaciones complicadas con el resto de los mandatarios de la región, quienes veían en el militar libio a una figura inestable y de pocos escrúpulos que, además, patrocinaba conspiraciones contra ellos. A la mayoría les generaba una antipatía natural por lo que su sueño de ser el líder del mundo árabe fue quedando atrás. A principios de los ochenta, hubo un profundo giro en su política exterior, ya que estableció con la URSS una intensa cooperación militar y económica, pese a las desconfianzas iniciales.

Esta simbiosis le permitió a Gadafi financiar y apoyar guerrillas disidentes o golpistas en varios países africanos, y así aumentar su influencia en el continente. Somalia, Burkina Faso y Chad fueron algunos de los lugares donde el militar beduino fue dejando su huella conspirativa. El panarabismo de la década anterior dio paso a un panislamismo africano que vislumbraba una amplia coalición islámica norafricana, lo que le atrajo fuertes tensiones geopolíticas con Francia.

Pero Gadafi tenía planes más ambiciosos y amplió su zona de influencia de África a cualquier parte del mundo donde existiera un movimiento independentista o nacionalista. Apoyó al grupo vasco ETA, al Ejército Republicano Irlandés y a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Esta radicalización de la mano de sus acuerdos con Moscú empezó a preocupar cada vez más a Estados Unidos por lo que se impusieron sanciones económicas a Libia. Inglaterra y Francia se sumaron al gobierno de Ronald Reagan y poco a poco Gadafi se encontraba cada vez más desesperado.

Acorralado por los boicots comerciales y con un apoyo demasiado tibio de la URSS, el líder libio se volvía cada vez más extremista en sus decisiones de política exterior. Pasó de la asesoría militar y el apoyo financiero a diversos grupos a tener una participación directa en atentados, como el de 1986, en una discoteca de Berlín, que era frecuentada por soldados estadounidenses y donde hubo tres muertos y 200 heridos. En represalia, el gobierno de Estados Unidos bombardeó Trípoli días después, provocando más de 40 muertes, entre ellas la de la hija adoptiva de Gadafi.

La reacción de “Perro Loco” (como lo había apodado Reagan) no vino inmediatamente pero llegó de forma contundente y violenta. En 1988, el vuelo 103 de Pan Am que cubría la ruta entre Londres y Nueva York explotó en el aire cuando sobrevolaba la localidad escocesa de Lockerbie. De los 270 muertos que dejó el atentado, 189 eran estadounidenses, la mayor cantidad de civiles de Estados Unidos asesinados en un atentado hasta el 11 de septiembre de 2001. Gadafi ya no actuaba como un jefe de Estado sino como un terrorista irascible, lo que lo convirtió en el enemigo público número uno de los Estados Unidos.

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Es cierto que esto se lo había ganado a pulso Gadafi con sus acciones, pero, por otra parte, había una demonización como parte de la propaganda estadounidense en la construcción de un enemigo internacional. Mijaíl Gorbachov, el reformista ruso a quien se le trataba en todos lados como un aliado y ya no como al enemigo comunista, había dejado un vacío. Gadafi llenó ese hueco por algunos años.

La Guerra del Golfo de 1991 le quitó definitivamente los reflectores al líder libio, no solo del Medio Oriente sino en todo el mundo. Con Saddam Hussein, había un nuevo hombre fuerte en la región que, además, concitaba la animadversión en el resto del orbe. Gadafi había sido desplazado de la escena internacional. En la política doméstica, el otrora popular revolucionario de los años setenta y líder temido de los ochenta se enfrentaba cada vez más a la inconformidad local y a grupos disidentes. Con medio siglo de edad, decidió que era momento de ir pasando la estafeta y les otorgó a sus hijos un mayor protagonismo en la vida pública de Libia. Una dictadura hereditaria tomaba forma.

La aparición de Hussein fue un golpe en el ego del megalómano Gadafi, pero como todo estadista inteligente supo ver la oportunidad en medio de la crisis. A fines de los noventa entabló una negociación con la ONU y los países europeos para terminar con las sanciones comerciales y restableció relaciones diplomáticas con Reino Unido. En 2001 condenó los ataques terroristas en Nueva York, facilitó información de Al Qaeda y Osama bin Laden y admitió que a Estados Unidos le correspondía el derecho de emprender acciones en represalia. Un par de años después, aceptó la responsabilidad indirecta de Libia en el atentado de Lockerbie por lo que pagó una indemnización millonaria a las familias de las víctimas, y la ONU levantó entonces el embargo comercial. El siguiente paso de su purificación en Occidente fue acceder a liberalizar la economía de su país y consentir las privatizaciones de las empresas del Estado, lo que abría la posibilidad de las inversiones extranjeras.

Empresarios y políticos de Francia, Inglaterra, Estados Unidos y hasta Italia empezaron a hacer fila para tener tratos con Gadafi y sacar provecho de la privatización del petróleo y el gas libios. Recibió las visitas de Silvio Berlusconi, José María Aznar, Jacques Chirac y Tony Blair. Todos viajaron al desierto en busca de petróleo y lo encontraron. Gadafi obtuvo a cambió una exoneración total. Quedó patente lo verídica de la frase que Roosevelt expresó cuando se refirió a Somoza: “tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Gadafi seguía siendo el mismo hijo de puta de toda la vida, pero ahora estaba en paz con Occidente y recibía su beneplácito.

El siguiente lustro se dejó ver en Europa con prominentes figuras, especialmente en la Francia de Sarkozy. Pero en 2010-2011 la primavera árabe hizo su aparición y los dictadores de Medio Oriente se empezaron a estremecer y a caer uno tras otro. El primer país en movilizarse fue Túnez, vecino de Libia. Le siguió Egipto, el otro vecino. El futuro se develaba abruptamente a los ojos de Gadafi. Trípoli, Bengasi y otras ciudades que fueron testigos de sus grandes hazañas de juventud ahora eran el escenario donde los rebeldes al régimen acorralaban al comandante supremo para derrocarlo. Y lo hicieron.

Estuvo a salto de mata por meses hasta que fue herido en un ataque aéreo de la OTAN en Sirte, su ciudad natal. Capturado por milicianos rebeldes fue sodomizado con una bayoneta antes de ser asesinado, un acto simbólico que lo despojaba de su masculinidad como militar y hombre fuerte del país, a la vez que, según las interpretaciones más tradicionalistas del Islam, el hecho pudiera ser motivo para que se niegue el acceso al Paraíso a un musulmán. Cualquiera que haya sido la razón de este último acontecimiento, lo cierto es que a Gadafi la muerte lo sorprendió en el desierto magrebí, como el beduino que nunca dejó de ser.

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Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá. Es ilustradora en la revista Letras Libres y en el 2017 hizo las ilustraciones de portada para el libro doble “Apócrifa. Libro Negro” y “Apócrifa. Libro Blanco”, de Rafael Villegas (Paraíso Perdido); y “Arquitectura del fracaso”, de Gina Cebey (CONACULTA/Dirección General de Publicaciones). Ha impartido laboratorios y talleres de collage análogo desde el 2016, en espacios como Gama Crea –en la Ciudad de México–; en Lapá –en la ciudad de León– y en Casatinta en –Bogotá (CO)–. Su trabajo forma parte de plataformas de difusión de arte y diseño como Tinted, Oto Prints y Society6. En abril del 2019, en conjunto con la Universidad de la Comunicación, organizó y gestionó el primer Festival de Collage en México PASTE UP!, con sede en la Ciudad de México. Recientemente viajó a Colombia para la Semana del Collage realizando un mural, impartiendo un taller de collage análogo y exponiendo su más reciente serie "El otro grito / Historia de un vuelo", entre otras actividades.
Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Pero sí, oirás de pronto esa palabra —como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra—, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad.

Ernesto Sábato

 

Así como Don Quijote se levanta una mañana y abandona su hogar con incertidumbre y esperanzas por primera vez, así tomé el autobús para acudir al Festival Internacional de Cine de Guanajuato 2019 (GIFF). Uno de los invitados de honor era el cineasta Terry Gilliam, ex integrante de los Monty Python, director de 12 monos, El rey pescador, Tideland, El imaginario del doctor Parnasus y de la más reciente, y también accidentada, El hombre que mató a Don Quijote.

Miraba por la ventana del autobús y, al observar los cultivos y las campiñas entre las fábricas y los pueblos, pensaba que eran como aquellas en las que Alonso Quijano podría estar vagando en búsqueda de injusticias qué solucionar o de heridos que ayudar o de un páramo oscuro donde velar las armas. Otro pensamiento se cruzaba: quizá Terry Gilliam estaría a su lado, cual Sancho; después de todo –y se reafirmaría durante las actividades del director americano en el festival– él también era una especie de Don Quijote que siempre se interesaba por filmar películas muy costosas e imaginativas, a pesar de que nunca recuperaran su inversión.

Solo una vez había visitado la ciudad y cualquier información que tenía sobre ella era muy vaga: que el mezcal era muy barato y se podía encontrar en cualquier lugar o que uno podía estar caminando durante horas por el centro; cosas que en realidad no me ayudaban a hacerme una idea de lo que encontraría al llegar.

Me quedé en un edificio escondido, con el que di tras navegar unos cuantos callejones que se alejaban de una calle principal: un laberinto lleno de misterios, con un graffiti de una Virgen de Guadalupe en un muro deshecho con un altar delante.  Cuando salí a caminar en busca de una bebida con uno de los amigos que me recibió, pude observar con más detalle la ciudad: sus calles de cantera como caminos de serpientes y escaleras que, entre más avanzas, siempre te arrojan a los mismos puntos; las casas pintadas de colores distintos, las plazas en las que se vivieron momentos históricos que desconocía. Sobre una calle que desembocaba a la Plaza San Fernando, mi amigo historiador, me dijo que antes aquel lugar era utilizado como drenaje ya que la gente arrojaba los deshechos por los balcones.

"Caminos de serpientes y escaleras".  Sergio Ceyca.

“Caminos de serpientes y escaleras”. Sergio Ceyca.

Recorrí Guanajuato con la emoción de entrevistar a Terry Gilliam. Me imaginaba que él iba caminando por la calle paralela a la que yo me encontraba; sin embargo, no fue sino hasta el Auditorio del Estado, allí se realizaron la mayoría de las conferencias y eventos ese día: un auditorio como jamás había visto otro porque estaba en la cima de una montaña desde donde podía apreciarse el centro de la ciudad. El Festival Internacional de Cine de Guanajuato entonces es un evento que recibe mucho apoyo y dinero para traer el cine a una región que, por sí misma, se presta a abrazar a los representantes internacionales.

Cuando lograré hablar con Gilliam y le pregunté sobre qué pensaba de esa ciudad dónde había tantas estatuas y hasta un festival y un museo relacionadas con la obra de Miguel de Cervantes Saavedra (también le pregunté que si ya lo habían llevado a visitar), él respondió:

–Sí, hemos visitado todo. He estado mirando las estatuas por la ciudad y me han platicado del Cervantino. Es fantástico, demasiado extraordinario, que Cervantes sea más importante para Guanajuato de lo que es para España. Es extraordinario, realmente fantástico, finalmente he encontrado la casa perfecta para Don Quijote.

La casa de Don Quijote. Sergio Ceyca.

La casa de Don Quijote. Sergio Ceyca.

La historia de la filmación El hombre que mató a Don Quijote inicia desde los años ochenta cuando, tras la distribución de Las aventuras del barón Münchausen, Gilliam quería dedicarse a realizar una película sobre Don Quijote, sin siquiera leer el libro (igual que le ocurrió con Brazil). Fue hasta principios del dos mil que se consiguió financiamiento para iniciar en España (por no acudir a filmarla a México, donde seguro habría sido recibido con un desfile). Allí inició la maldición: justo el primer día de rodaje cayó una tormenta bíblica que arrastró el material de la filmación y, en los siguientes días, se supo que Jean Rochefort, el actor que interpretaría al Caballero de la Triste Figura, sufría problemas de próstata que le impedían montar a caballo. Posteriormente, justo como retrata el documental Perdidos en la mancha, la producción ya no pudo continuar.

La novela de Cervantes infunde en sus lectores la esperanza para continuar a pesar de los golpes, los azotes y las burlas de la fortuna. El hombre que mató a Don Quijote narra la historia de Toby Grisoni, un director de comerciales que se encuentra en España realizando uno, curiosamente, sobre Don Quijote. Toby está harto de las reuniones con los inversores, de las cenas en restaurantes caros, y lo anuncia con sarcasmo. Es una figura creativa que se ha hartado de la adulación. De pronto se encuentra con un filme que grabó una década atrás, cuando aún era director independiente y viajó a España con sus amigos para realizar una pequeña película de festival llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, en la cual participaban actores de una villa llamada Los Sueños. Así que toma una motocicleta y viaja hasta el lugar en busca de aquella gente con quienes tenía muchos y muy buenos recuerdos. Para su desgracia, los pobladores de Los Sueños no lo recordaban de esa manera, sino como el americano que llegó a enloquecer a todos: la hija del tabernero se había ido a volverse una estrella a Madrid y en su desesperación se volvió una scort; el hombre que hizo de Sancho Panza no hizo más que tomar hasta ahogarse. El viejo zapatero que interpretó al Caballero de la Triste Figura había enloquecido y se cree Don Quijote mismo y, por eso, tiene que andar por la Mancha buscando heridos a los cuales curar e injusticias las cuales terminar. Así que Toby Grisoni se enfrenta a su responsabilidad sobre este Don Quijote del siglo XXI y lo termina acompañando seguro de que el hombre enloqueció por su culpa.

Además, la película plantea una situación que parece una estocada directa a la yugular de esta sociedad: ¿qué significa ser un hombre en esta época? ¿Aún debemos aspirar a ser caballeros y vivir en la fantasía?

Durante la catedra magistral que Terry Gilliam brindó el sábado 27 de julio, en el auditorio principal, el actor Sergio Zurita, quien fue su moderador, le preguntó si no sentía que ya había filmado la historia de Don Quijote anteriormente. Gilliam respondió que, precisamente, hacia unos meses alguien le puntualizó que El rey pescador (también llamada Pescador de ilusiones en Latinoamérica) era una especie de rescritura de la historia cervantina: un hombre (Robin Williams) enloquece y cree que puede encontrar el santo grial en la ciudad de NewYork, así que vive en las calles como caballero andante y, luego, es acompañado por un locutor de radio fracasado (Jeff Bridges) quien siente una deuda hacia este caballero newyorkino.

Como ya ha dicho en muchas entrevistas, Gilliam considera que la historia del caballero de la Mancha resume gran parte de su obra. Cuando le pregunté cómo se dio el cambio de pasar la historia (originalmente protagonizada por Johnny Depp) de la época de Cervantes a tiempos modernos, de Johnny Deep viajando al pasado a Adam Driver viajando a su pasado, Terry Gilliam respondió:

–La historia de Depp era sobre un personaje que se golpea la cabeza y termina en el siglo XVII, lo cual costaba mucho más dinero, así que decidimos dejarlo en nuestra época y se volvió más interesante cuando surgió la idea de que el personaje que interpreta Adam está realizando comerciales, pero que diez años antes arribó como un joven cineasta con ideas y sueños y realizó este filme que arruinó la vida de muchas personas. La película, en realidad, es sobre el peligro de las películas”.

Ya en la conferencia, Gilliam desarrollaría esta idea:

–Cuando tuvimos un guion escrito, la idea era un poco más como la novela de Mark Twain Un yankee en la corte del Rey Arturo, donde un hombre moderno se golpea en la cabeza y despierta en la Inglaterra medieval: el personaje de Toby inicia una aventura con el verdadero Don Quijote. Ahora, filmar una película ambientada en el siglo XVII iba a ser más caro, así que al pasar los años continuamos trabajando en el guion y dije: hay que pasar todo al mundo moderno, así podemos trabajar con un presupuesto menor. Esos años fue difícil financiar la película: colaboré con estos hombres que estaban convencidos de que podrían conseguir el dinero y luego trabajábamos uno o dos años y era fracaso. Todo era como para Don Quijote en el libro de Cervantes: empieza con grandes sueños, pero siempre golpea el suelo. Así ha sido la experiencia y hasta después llegamos con esta idea de que cuando Toby era más joven, aún no hacía mucho dinero con los comerciales y todavía no se volvía cínico, realizó una película para graduarse de la escuela de cine, llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, la hizo con los pobladores de una pequeña villa. Lo que fue interesante para mí es cómo la película cambió a esas personas. Y eso fue algo que enfaticé mucho, porque la novela de Cervantes es sobre leer libros y el peligro de leer demasiados libros de caballería, pues te corrompes pensando que el mundo puede ser así, y eso es lo que le ocurre al Quijote; así que pensé que era mucho más interesante hablar sobre cómo las películas pueden crear esta corrupción, de cómo pueden darnos una mirada falsa sobre cómo es el mundo, y que todos somos víctimas de eso. Por ejemplo, no sé cuántos de ustedes piensen que pueden volar, pero mucha gente sí lo cree; en el mundo actual necesitamos mucha tecnología para hacerlo y a mí me aburren esos súper poderes, a mí me interesa lo que nosotros, como seres humanos, podemos hacer con nuestras vidas. Y así es como terminamos con esta película totalmente diferente.

 

El momento en que pude entrevistarlo directamente fue en la alfombra roja, afuera del Auditorio del Estado. Era muy divertido tener enfrente Gilliam, con una playera negra con el logo de “Quijote vive”, y que encima de esta trajera una camisola oriental de color azul, haciendo muchos gestos y lanzando oneliners para hacerte reír. Cuando llegó al homenaje le pregunté sobre una idea que menciona en Gilliamesque, su autobiografía pre póstuma: él no se consideraba un autor tanto como sí un filtrador.

A lo largo de su filmografía, Terry Gilliam se ha servido de la literatura: filmó su versión de Las aventuras del Barón de Münchausen, hizo una nueva y más brutal versión de Alicia en el país de las maravillas (que está basada en la novela en verso de Mitch Cullin, Tideland), y adaptó la novela fundadora del periodismo gonzo Miedo y asco en las Vegas, o revivir el mito de Fausto en El imaginario del doctor Parnassus. También en esencia, Brazil es 1984. Además de que estas son historias disparatadas y llenas de imaginación, tienen una constante: no es Gilliam el autor de ellas, sino una especie de facilitador que le brinda un estilo, una firma, peculiar a las películas. Él no se considera un ‘autor’ sino un ‘filtro’.

Sobre esto Terry Gilliam comentó:

–Cuando estás filmando una película y mucha gente está involucrada, todos quieren sentir que el director es un dios y que lo sabe todo. Eso no es verdad. Confío en que mucha gente trabaje junta y yo solo ‘filtro’ las malas ideas y dejo que continúen las buenas ideas.

Un momento interesante para hablar de esto quizá es en la adaptación cinematográfica de Miedo y Asco en las Vegas, donde hay un cambio en una escena del libro original de Hunter Thompson. Johnny Depp, quien personifica a Thompson, camina en una habitación de hotel destruida y se sienta frente a la máquina de escribir para lo que en el libro es el final del capítulo siete: un discurso sobre el final de la inocencia que representó para los jóvenes y artistas de los sesenta la represión gubernamental, y luego la decepción que tuvo la sociedad americana al ver que este ‘despertar de la conciencia’ tampoco solucionaba nada. Esa época fue en la que Terry Gilliam abandonó Estados Unidos y se refugió en Inglaterra: de alguna manera aquel discurso también hablaba, con cierta epicidad dentro de la tragedia, sobre sus amigos, sobre lo que lo rodeaba, solo que él no escribió aquellas palabras. Lo que Gilliam pudo hacer fue catalizarlas en una película, transformarlas en otra situación.

Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Durante la noche se realizó una proyección de Miedo y asco en las Vegas, antes de la cual Terry Gilliam dio una introducción breve. La película se reprodujo en la pantalla de un escenario para conciertos de rock frente a un gran campo empastado. Gilliam se presentó quince minutos antes de la hora y, en cuanto lo hizo, las personas empezaron a acercarse a él: todas lo hacían con nerviosismo, intranquilidad, y una vez que lo tenían enfrente, Gilliam les hacía preguntas, se reía con ellos, compartía su vida con aquellas personas con quienes ya había compartido sus películas.

Incluso había medios para entrevistarlo y no se dirigía a ellos porque siempre había alguien que lo detenía, que tenía un comentario o quería una selfie. El evento, finalmente, se retrasó más de media hora.

En un momento, un joven se acercó a él con el rostro desencajado y Gilliam entendió su papel de maestro: le preguntaba esto, le preguntaba aquello, le daba consejos y el joven solo podía mirarlo con admiración. Yo estaba a unos metros, y el padre del joven llegó orgulloso para decirme que él era su hijo, que para el chico Brazil era una película muy importante, que había cambiado su vida. Igual que para mí, desde diciembre, El hombre que mató a Don Quijote me había ayudado a sobrevivir una serie de sortilegios y problemas que se habían atravesado en mi camino. Por eso había ido a Guanajuato a entrevistar a Gilliam; por eso todos queríamos reunirnos con él, aunque a veces la sociedad mira mal que la gente les agradezca a los artistas por alguna de sus creaciones y hasta parece un pecado aún más grave decir que ésta nos salvó. Se piensa que se busca adularlos. Pero la gente a mi alrededor intentaba hacerle entender al director –con unas palabras, una anécdota, una ofrenda– que le debíamos gratitud.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
“Detective”, por Omegapepper. Extraída de Flickr.

Entonces te vas.

Sí.

¿A Phoenix?

A Nueva York.

Qué hay en Nueva York.

No lo sé.

¿Piensas regresar?

Si resulta como lo he planeado, espero no hacerlo.

Dicen que llueve mucho en Nueva York.

Estuve en la isla hace un par de años. Desde el cuarto del hotel miraba Central Park, era un hotel bastante viejo. El Emporio. Una noche vi cómo asaltaban a una pareja de mujeres. Una de ellas llevaba un suéter rojo.

Cuando tenía veinticinco años estuve ahí y no me gustó.

Tal vez te guste ahora.

Lo dudo.

Quiero un cigarro.

Si lo deseas salgo a comprar uno.

Ya pasó el tiempo.

¿Cómo dices?

Ni Nueva York y ni tú son los mismos de hace 25 años.

Sigo siendo el mismo.

Nadie lo es.

¿Quién lo asegura?

Mi sicóloga.

Ella.

Sí.

Si nos hiciéramos tres preguntas específicas, cuáles serían.

¿A qué viene esto?

Anda.

¿Hablas en serio?

Consiénteme.

¿Por qué no te vas conmigo?

Porque no puedo.

Puedes ser más creativo que eso.

Pero no lo soy.

Eres detective, puedes inventar algo más emocionante. Tú querías jugar.

Nueva York no me gusta. Odio el pastrami y la zona cero. Detesto la humedad. El desierto es lo mío. Manejar hasta las afueras de Juárez y ver cómo la tierra se traga el sol cuando anochece.

Me enteré de que antes de subir al cuadrilátero, Mickey Rourke corría en Central Park cinco, diez kilómetros.

Mickey Rourke ya está viejo.

¿Siempre seré la segunda?

No entiendo.

Creo que estoy siendo demasiado clara.

Te conocí cuando te conocí.

Al principio tenía pavor de que nos descubrieran.

¿Qué sucedió?

Me marcho, eso es lo que sucedió. En el buró se encuentra la confirmación del vuelo, junto con la cartera y el revólver.

¿Tengo algo qué ver con tu decisión?

No.

¿Qué soy para ti?

No lo sé.

¿Amigos?

No.

¿Podremos jugar a que te espero?

Sí.

¿Por qué sonríes?

No lo sé.

¿No sabes por qué sonríes?

Se está haciendo tarde. Llegó el vecino de la camioneta roja.

De tu infancia, dime algo que recuerdes.

Alguna vez, en un rancho de Zacatecas monté a caballo con uno de mis tíos. En una de sus manos llevaba la rienda y en la otra una lata de cerveza, supongo que una Tecate, o tal vez una Modelo. Por el movimiento, de vez en cuando la cerveza me salpicaba la cara. El caballo era azabache. Tal vez. La calle blanca y terrosa. No recuerdo por qué subí al caballo o cuánto tiempo duró el paseo.

Cuéntame algo que recuerdes de tu juventud.

En una ocasión le regalé una cerveza Superior a una amiga. Toqué la puerta de su casa y cuando apareció, le extendí la botella fría, como si se tratara de un ramo de flores. Sonrió y me dio un beso.

¿Cómo se llamaba ella?

Liliana.

¿Y qué pasó después?

Se casó.

¿La extrañas?

Tuvo dos hijos. Luego se divorció y se fue a vivir a El Paso y de ahí se mudó a Los Ángeles. Es contadora.

¿Hablas con ella?

Ya no… Acerca tu vaso, aún hay whisky.

Alguna vez me dijiste que yo era una vampira.

Lo sigo creyendo.

Tal vez deje de serlo en tu historia…

Porque te vas.

Porque ya son otros tiempos.

Porque te vas.

En pocas palabras, sí.

Aquí estaré siempre, bajo esta gran noche, pensando en el siguiente movimiento.

Necesito más que eso.

Te digo que no soy tan creativo.

Me voy porque estoy harta de las pesadillas.

Ahora lo deseas.

¿Qué quieres decir?

Quizá después ya no. Por mucho tiempo tuve un trabajo estable. Cada fin de semana recibía un pago fijo. Hiciera o no, mi pago estaba ahí, completo. Ahora busco a la gente que no desea ser encontrada.

Siempre puedo regresar.

¿A qué?

Falta una pregunta más.

Creo que ambos superamos la cuota.

¿Te gustan mis cicatrices?

Sí.

¿Incluso la de la rodilla?

Incluso.

A los diez años caí encima de una botella rota. Jugábamos a los policías y ladrones, los niños de la cuadra y yo. Entre ellos se encontraba Ricardo. El único que me visitó durante la convalecencia. Una tarde nos masturbamos juntos. Al principio me dio vergüenza. Luego no. Cuando me recuperé me regaló un osito blanco de peluche. Un par de meses después, por alguna razón, dejamos de hablarnos. A fin de año se mudó junto con su familia a San Antonio y le perdí el rastro, pero hace poco lo vi de lejos en el Smart de la Avenida de la raza. Alto y guapo. No me atreví a saludarlo.

Tiene la forma de una sonrisa, tu cicatriz.

No desde donde yo la veo.

Si te hubiera encontrado antes.

Pero no fue así.

Un día iré a Nueva York. Te localizaré comprando fruta en un mercado de Chinatown. Lentes negros y bufanda oscura, como te conocí.

Deberías ser escritor.

Eso no se me da, pero si un día te pierdes, te encuentro. Eso es lo mío.

Deberías irte conmigo.

Perdón.

No es necesario.

Me llevaré tu sombrero.

De acuerdo.

Si pudiera, me llevaría tu revólver, creo que es más confiable que el mío.

Allá podrás comprar uno fácilmente.

Tal vez me trague Central Park.

¿Por qué piensas que será mejor allá? Prácticamente hacemos lo mismo.

No lo creo. Tú los encuentras y yo soy la antidetective.

Así se escucha siniestro.

Tal vez allá pueda ser la detective. Tener mi despacho, mi ventilador barato de metal.

Como en las películas.

Todavía pienso en esas dos mujeres de Central Park. Una de ellas sobre la acera, desmayada o mal herida, no sé, y la de suéter rojo sujetándola de la mano, tratando de pedir ayuda. Recuerdo que tomé el teléfono para llamar a la policía, pero sucedió algo: al regresar a la ventana ya no había nadie allá abajo. Apenas si me había retirado un minuto, quizá ni eso. Miré a un lado y otro. Permanecí frente al vidrio un buen tiempo, con el teléfono en la mano. El sendero donde había sucedido aquello se perdía en una curva, entre las ramas de los árboles. A la mañana siguiente me paseé por aquella zona. En cierto momento oí el graznido de un cuervo y eché un vistazo a la ventana de mi habitación, la 508 del viejo Emporio. Me pareció muy diminuta desde aquella distancia. En el suelo no encontré ningún indicio de forcejeos, ni mujeres malheridas. Como si el parque se las hubiera tragado. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar?

Lo mismo, pero no importa.

Esa noche soñé que yo era la mujer de rojo y que en algún momento miraba hacia la ventana de mi cuarto de hotel, un segundo después el mundo desaparecía.

¿Cómo?

Cierra los ojos y aguanta la respiración. Cubre tus oídos. Trata de no moverte. Así. Eso mismo ocurría en el sueño.


Autores
Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 10 de julio de 1974. Poeta. Textos suyos y traducciones han aparecido en revistas nacionales y extranjeras. Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras (Border Words) 2005 por De mis muertas. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí por Hombres de nieve. Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2013 por La balada de los arcos dorados. Su trabajo ha sido incluido en las antologías El manantial latente, Tierra Adentro, 2003; Árbol de variada luz, Universidad de Colima, 2002; Generación del 2000, Tierra Adentro, 2001 y el libro colectivo El silencio de lo que cae, unam, El Ala del Tigre, 2000.
Foto de Jesús Flores.

I

los que reconocen el canto del diablo en pared vecina / recurren diariamente al sacrificio de las serpientes / los que sentados con pelo y agua / sueñan plaga de muchachos adormecidos tras la puerta / los que jalan la palanca para el sonido del disimulo / mientras el galope de las cabras hace eco de montaña /

los que abandonan la metáfora / y prefieren una embestida real por la espalda

aquellos que adoloridos rugen por dentro de cabina en cabina

aquellos que silenciosos miran por debajo y encuentran un espejo

aquellos que vaciados dejan rastro de blancura esparcida

aquellos que insatisfechos con marcador permanente deciden
anunciarse

porque la oferta y la demanda así lo dictan

porque las heridas emanan sangre cada dos días

porque las hemorragias se cortan amarrando cuerpos

 

II

aquellos que tantas veces /

tú que la primera vez que te encontré / estabas escrito bajo el dispensador de papel:

Por todos ustedes que
Estrujan los muslos
Rodillas con otros
Para su salvación también
Estoy aquí
Todo todito entero
Utilicen de mí desde uñas hasta
Ojos
443 159 1616           Juluis

(perpetuo tu cuerpo cuando leí)

anoté el número /

dos días después /

te marqué

 

 

III

da miedo, Juluis

ver un hombre herido

escrito en la pared de un baño público

 

(hombre lobo que se anuncia: maravilloso / quimérico/ proverbial)

sonó el teléfono: sonó el teléfono: sonó el teléfono

voz humana/ aullidos

 

contestaste:

las consecuencias eléctricas

entraron por oído

se alojaron en el ocre sentimental

de mis órganos

rasgaron de gravedad las paredes hemorrágicas de mi cuerpo

 

debí colgar antes de que péndulos mis piernas

y brazos

sostuvieran la mochila donde:

un espejo

un autorretrato

una libreta

un lapicero

saliéramos a buscarte

 

 

IV

tú, que la segunda vez que te encontré

(de cuerpo atómico frente a mí

con tus dedos incendiándose)

manipulabas un mandala de alambre

y me contaste la historia:

los monjes tibetanos: hace más de tres mil años: relajación y meditación: las formas sagradas: los movimientos: el origen del universo: la evolución de la vida: la nada: la gran explosión: el átomo: las galaxias: el Sistema Solar: la Tierra: los elementos: agua: aire: fuego: tierra: la dualidad: bien: mal: Yin: Yang: luz: oscuridad: la vida en la Tierra: la Flor de Loto: el Hombre: sus manifestaciones: las culturas: el tambor: la rueda: una corona para el rey: otra para su reina: un salvador y su cáliz sagrado: los seres de otros planetas: las naves espaciales: regresamos al origen: el átomo

fingí poner atención

la historia ya me la sabía

me imaginé

me perdí

en tus sopletes dedos industriales

quemándome

V

que la tercera vez que te encontré

te vi de lejos

y pensé que era yo

con más años y lunares

y pensé que eras mi padre

(fotocopia de mi vida[1])

y te vi

Hermoso–fuerte–orgulloso–seguro–arrogante

respetado y (deseado) por los demás[2]

y te vi

de puerta abierta hacia explotar en el pasto

anunciándote en las paredes continuamente

respondías a otros el teléfono

lavabas tus manos/ veías el espejo/ contemplabas el vértigo

de tus ojos/ sonreías

y pensé que era yo, Juluis

escribí: Narciso

en la primera página: un puñado de muchachos

escribí dos puntos: bitácora de voces masculinas

tropecé en mayúscula con tu nombre (maravilla del mundo)

acantilado

de signos

imágenes

 

VI

y después

las tardenoches

los llanos de verdeoscuro

las nubes rojas de ciudad

de estar arriba

ladrillo

sobre mí

con semento entre nosotros

erigíamos una barda en pocos minutos

las noches

las sombras

el ruido de los grillos

de estar arriba

siempre huías

dejándome en el derrumbe

 

 

VI

la noche puede caer dentro de la vena antes que la jeringa:

mil abejas queriendo atravesar los tímpanos

la bala que encierra el corazón

(ojos de cristal meth el temblor de la vista)

las ganas de salir al crucero de sombras

las ganas de salir a buscarte, Juluis

verte con un dedo tapar un poro nasal

y con el otro respirando azul marino

cuéntame una de tus historias

verte, Juluis, decirte, Juluis

vamos a Tres Puentes

a las escaleras de S a n t a M a r í a

a Plaza de Armas, Juluis

a donde quiera que existas

allá te comparto mi jeringa, allá te inyecto, Juluis

donde las avestruces de la noche miran y comen

que nos coman por los ojos

(ojos de cristal meth)

la bala que dejó escapar el corazón

arde en las puntas de la uñas

(el temblor de la vista)

Juluis, brinca las calles y los cuerpos tirados

esos que ya no te sirven, esos que inyectaste una vez

los que gotean blanco de la mitad de su cuerpo

los que explotaron por la magia que trasmites

bríncalos, Juluis

no entienden que eres mago

el que viene en busca de todos, el cuentacuentos

bríncalos, y te espero en algún lugar

con la sustancia entre las piernas

y con la liga amarrada al brazo

[1] Eros Alesi

[2] Ídem


Autores
(Zamora, Michoacán, 1994) egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Letras de la UMSNH. Es parte de Promoción y Difusión para las Letras Michoacanas, A. C. Autor del poemario Cruising Morelia (Instituto Zacatecano de Cultura/ Texere Editores, 2019). En 2015, obtuvo Mención Especial en el Festival Internacional de Cine de Morelia por su guión titulado Fin del Mundo. En 2018, obtuvo el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI.
Collage de Miranda Guerrero Araiza

Para Carlos Esteve

Para mi gente, los que se han estrechado en la distancia.

La distancia puede volverse una cicatriz. De eso quería escribir. Podría haberlo hecho desde mi experiencia lejos de mi gente y de los paisajes que aprendí a apropiarme para entender cómo nos marca la distancia. Pero antes siquiera de acercarme a esta página en blanco, en los borradores previos a la escritura, fui cambiando ligeramente el rumbo, aunque nunca del todo.

Lo que hizo que modificara el abordaje fue encontrarme con el «Elogio de la distancia» de Paul Celan:

En la fuente de tus ojos

viven las redes de los pescadores del mar del extravío.

En la fuente de tus ojos

mantiene el mar su promesa.

Aquí lanzo yo

un corazón que estuvo entre la gente,

mi ropa y el brillo de un juramento:

Más negro en la negrura estoy aún más desnudo.

Soy leal solo cuando soy disidente.

Soy tú cuando soy yo.

En la fuente de tus ojos

voy a la deriva y sueño con un rapto.

Una red atrapó una red:

nos separamos estrechamente abrazados.

En la fuente de tus ojos

un ahorcado estrangula la cuerda.

 

Este poema me recordó una de las cosas que más me atraen de la corriente terapéutica Gestalt relacional: la noción de ser con el entorno y no separado de él, al interior de una mismidad abstracta.  Me recordó la reescritura de la Oración de la Gestalt que hizo Carlos Esteve: «yo soy yo, gracias a ti, tú eres tú, gracias a mí». Al encontrarme con el poema de Celan me di cuenta de que eso quería hacer, un elogio de la distancia.

En la fuente de tus ojos / viven las redes de los pescadores del mar del extravío. / En la fuente de tus ojos / mantiene el mar su promesa. Vive en nuestra mirada, al interior del manto acuífero, debajo de los iris, lo que hemos visto. En la contemplación del mar reside también el deseo de volver a verlo. Cuando estamos frente a nuestra gente querida nos la llevamos en la piel y, cuando dejamos de verla, cicatriza en la distancia, en nuestros ojos reside su imagen que se anida en el recuerdo.

Al hablar de la distancia entre las personas, había pensado en situaciones muy particulares como la geografía o el mar de por medio, pero me doy cuenta de que la distancia es una cotidianidad que nos golpea, a veces, sin que nos demos cuenta. Semanas antes, cuando Julieta y yo salimos de México, una amiga me dijo, con la confianza de quien supone que el internet ha resuelto más problemas de los que ha subrayado, que con las videollamadas y la inmediatez de las redes sociales, conectarse con los seres queridos era una cuestión de tiempo y no una cuestión de distancia.

Pero otro modo para medir la vida es la distancia, porque es una manera lateral de hacer físico el tiempo. Decimos que nuestro trabajo está a 20 minutos como decimos que está a un par de kilómetros. Cuando hablamos de la distancia entre dos ciudades o dos países, nos interesa saber cuántas millas terrestres, aéreas o náuticas separan un lugar de otro, pero, en especial, queremos saber cuánto tiempo debemos invertir para llegar: dos horas de vuelo, doce horas en auto, veinte horas en barco.

Cuando se está físicamente lejos de todo y de todos, la distancia no solo se intuye como tiempo, el tiempo que te lleva salir de dnde estás para llegar hasta donde se quiere estar, sino que multiplica la cercanía con las personas. En nuestra cultura tendemos a decir: “cuenta conmigo”, “cuando quieras”, “si necesitas algo, llámame”, pero la mayor parte del tiempo son solo fórmulas sociales. Cuando se tiene verdadera necesidad del otro, aunque sea solo moral, la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz. Son pocos quienes en verdad están ahí cuando nadie más está. Muchas veces son personas que nunca dijeron, literalmente, “cuenta conmigo”, pero que siempre, con la sencillez de su presencia, lo hicieron saber.

Estando lejos de todo, las personas que se vuelven entrañables son por las que no dudarías cruzar el mar solo para verlas de nuevo, invertir el tiempo, hacer que se vuelva fértil todo ese recorrido, toda esa espera. Son las que viven en la propia piel pues ahí han cicatrizado, aunque no las veamos todos los días, son a quienes desearíamos ver siempre. Y vuelvo a Celan: Aquí lanzo yo / un corazón que estuvo entre la gente, / mi ropa y el brillo de un juramento: / Más negro en la negrura estoy aún más desnudo. Porque uno se siente más invisible que nunca, más vulnerable, más desnudo, cuando se encuentra en medio de todos y nadie devuelve una mirada familiar, una mirada de reconocimiento.

Cuando se vive en la misma ciudad de siempre, a veces se vive en la fantasía de que en cualquier momento se podrá ver a la otra persona, que basta dedicar minutos de planeación para que se transformen en horas de convivencia. Pero luego, cuando nos reencontrarmos con los otros, siempre nos asombramos de cómo ha pasado el tiempo, de cómo hemos dejado pasar otro año, otros años, sin vernos. Siempre suponemos que no hemos tenido tiempo, pero si se hiciera un recorrido honesto de todos los tiempos muertos que se dedicaron a nada, las cuentas saldrían en contra.

Si el tiempo se manifiesta de forma física en la distancia, quizá podríamos transformar en kilómetros o millas todo el tiempo que no hemos pasado con otras personas para entender qué tan cerca están. Aunque esto no siempre sería exacto. Hay personas que vemos poco y, sin embargo, resultan esenciales porque son las más cercanas. Hablo entonces de los encuentros deliberados, de los que uno decide por encima de todo, no de aquellos que suceden a pesar de sí mismo —como encontrarnos con un colega del trabajo todos los días, por ejemplo—, esos encuentros se vuelven significativos, nos marcan porque se imprime en cada célula y en cada pensamiento. Cuando suceden están marcados por la presencia de ambos y el deseo que ambos imprimen en ese encuentro, pues no quieren nada más que el encuentro mismo  recuerdan que Soy tú cuando soy yo, y      viceversa: soy yo cuando soy tú, cuando somos, cuando estamos siendo. Soy leal solo cuando soy disidente; ser leal a sí mismo es también ser disidente, ir contra uno para encontrar al otro porque se sabe que no hay mayor lealtad hacia sí que la que se tiene hacia el otro en el encuentro.

Cuando alguien cercano está físicamente lejos, cuando se va del país o tenemos que irnos y dejar a todos los nuestros, recordamos con el cuerpo cómo la presencia física también tiene un papel fundamental en las relaciones. Con una pareja, por ejemplo, se puede decir de mil modos el amor, pero no puede hacerse. Enviar abrazos o saludos por medio de mensajes, nunca será igual a tocar la mano de un amigo, sentir sus brazos rodeando con fuerza y la temperatura exacta de su cuerpo. Un beso escrito o dicho por teléfono jamás tendrá la humedad de los labios; la mirada misma, aún a través de la videollamada, no tiene el mismo efecto que cuando dos personas se encuentran frente a frente. En la llamada virtual lo que se observa es el dispositivo que reproduce una imagen, no un cuerpo, no la mirada del otro; del mismo modo que cuando nos vemos en el espejo sabemos que no es la imagen que los otros ven sobre nosotros mismos, porque le falta lo que tienen los otros ojos: el brillo de la otra mirada que completa nuestra imagen, que nos hace ser. Por eso cuando nos vemos con una persona entrañable su presencia física reconforta, pues estamos siendo con esa persona del único modo en que podemos ser junto a ella. Por eso la distancia con las personas entrañables se expresa en el deseo de volverlas a ver: En la fuente de tus ojos / voy a la deriva y sueño con un rapto. / Una red atrapó una red: / nos separamos estrechamente abrazados. No estamos más junto a esa persona y aun así la sentimos cerca, estrechamente abrazada a nuestra separación. La red que atrapa otra red es el deseo que se engarza a la voluntad del otro, la que sueña con raptar tiempo al tiempo en la deriva y hacer posible volver a verse.

Collage de Miranda Guerrero Araiza

Collage de Miranda Guerrero Araiza

En la fórmula que expresé antes, en la que podríamos convertir el tiempo que no hemos estado con otra persona en distancia para entender su cercanía, falta una variable: el deseo de estar con esa persona. Pero ¿cómo podría medirse esa falta, cómo medir el deseo de volver a encontrarse? Haría falta quizá, otra conversión. Una operación que pueda transformar el deseo en algo físico, que nos haga dimensionar la falta del otro: lo que estamos dispuestos a hacer y a lo que estamos dispuestos a renunciar para el reencuentro. Por supuesto, no son sumas tangibles, tienen un valor personal, pero también pueden medirse en tiempo. El tiempo que se está dispuesto a invertir para llegar hasta la otra persona, sumado a todo lo que se deja suspendido. Quizá si se tuviera presente, en cada encuentro con los otros, a todo lo que se está renunciando para estar ahí, esas experiencias se volverían más significativas; marcarían nuestra experiencia vital como la impronta que deja el hierro incandescente sobre la piel de los caballos cuando los marcan a fuego.

Cuando la distancia existe entre dos personas que se están queriendo que se están amando, se entiende que son ambas voluntades las que se imprimen en el encuentro, no solo es la cuerda la que estrangula al ahorcado, sino un ahorcado estrangula la cuerda desde la fuente de esos ojos. Cuando dije que la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz, a esto me refería: la distancia entre dos personas puede acentuar el deseo de la cercanía y contemplar, con una nitidez inhabitual, qué tan importante, qué tan cercana es esa persona.

Si bien la distancia puede medirse en tiempo, el tiempo debe entenderse como experiencia. Las horas y los siglos son insignificantes sin la piel que los vive. En la distancia, cuando se rompe la ilusión de que podemos encontrar a la otra persona en cualquier momento, cuando se vuelve exponencial la cantidad de recursos que deben invertirse en la experiencia de estar con otros, el tiempo que se vive lejos de los seres entrañables también es diferente porque hay otro modo de entender quiénes están más cerca: quienes abarcan nuestros pensamientos más, recordándonos todo el tiempo, en su ausencia física, que están con nosotros en nuestros recuerdos, pero también en su no estar físico pues se expresan en cómo nos hacen falta.

Cuando era niño y pasaba un fin de semana lejos de casa, al volver, mi madre siempre me preguntaba si la había extrañado. Yo instintivamente contestaba que sí, porque en mi vivencia infantil o adolescente en realidad nunca entendí qué significaba extrañar. Incluso de adulto, cuando llegué a viajar al interior de la república por semanas y sin Julieta, llegué a preguntarme qué se siente extrañar en realidad, cómo saber que se ha extrañado al otro.

En italiano, el modo de decirle al otro que lo has extrañado es señalar su falta en la expresión: mi manchi quiere decir, literalmente, que el otro hace que uno sienta su no presencia, su falta. Es como decir, en español, «me haces falta» o «me faltas», pero adquiere una contundencia inusual cuando es el único modo de decirle al otro que lo echas de menos. Hace poco vimos, en la estación de trenes, un árbol de Navidad en el que habían colgados cientos de deseos para Babbo Natale. Entre estos, había uno que da cuenta de cómo es que esta expresión adquiere toda su contundencia: “Caro Babbo Natale: fai che papà si svegli, ci manca tanto” (Querido Santa Claus: haz que papá se despierte, nos falta tanto). Cuando lo leí me solté a llorar, porque me di cuenta de cómo en una sola frase podía expresarse la falta de otra persona.

Hoy que me faltan tantas personas he entendido qué es extrañar, con todo el cuerpo. Me doy cuenta de que al estar cerca de otros en lo físico, a veces viví anestesiado de su falta, porque siempre me conté que en cualquier momento los volvería a ver, porque el reencuentro se me antojaba casi inevitable. Me doy cuenta de que la distancia física es una cicatriz que llevo cada vez que alguien me pregunta de dónde soy; cada vez que alguien detecta en mi acento la extranjería; cada vez que quiero saber de alguien y la diferencia horaria impide una llamada; cada vez que en una esquina me parece percibir una figura familiar y me hace recordar que no podría ser ella; cada vez que un olor se activa la memoria y con ella las experiencias vividas con mi gente; cada vez que, en una frase, me descubro hablando como alguien más (usando sus palabras); cada vez que escucho algo sobre mi país y me preocupo por mi gente precisamente porque no estoy ahí para ayudar en caso de que fuera necesario.

Pesa la distancia, es cierto. Es una subespecie del dolor. No puedo decir que me duele la distancia, aunque a veces ésta me provoque dolor. La distancia misma es una experiencia que se vive en la carne, pues tiene la capacidad de sajarla. Como con las cicatrices, la distancia está ahí marcando nuestra existencia, solo que a veces no nos damos cuenta.

Extrañar, sentir la falta que los otros nos hacen, darnos cuenta de que es tan cierto que en cualquier momento podemos volver a vernos como su expresión contraria, que en cualquier instante podríamos no volver a vernos, es aceptar la contingencia de la muerte en nuestras relaciones y honrarla al aceptar la falta que nos hace cada persona entrañable cada vez que nos separamos de ella.

Uno de los móviles para venir a Italia, aparte de las facilidades que da contar con la ciudadanía, fue conocer en persona a mis tíos, al hermano de mi padre y a su esposa. Con ellos siempre tuve una relación virtual, vía telefónica. Siempre estuvieron presentes, pero nunca los había extrañado, pues mi relación con ellos era exclusivamente de voz, sin el recuerdo físico, sin saber cómo era besarlos al saludarlos, cómo sonaba su voz en su lengua madre (porque me hablaban en español por deferencia), sin saber cómo era compartir el pan con ellos; era difícil pensar en su ausencia, solo podía sentir mi deseo de conocerlos.

Mi tío falleció hace poco. La noticia la recibí por un mensaje de mi primo. Julieta aún dormía. En ese instante no pude llorar, pero no porque no estuviera triste, sino porque siempre temí recibir esa noticia sin haber tenido la oportunidad de extrañarlo, sin que se hubiese vuelto mi tío y yo su sobrino por nuestras experiencias juntos, y no sólo por el parentesco de la sangre y el cariño a la distancia. En ese momento ganó la satisfacción de habernos vuelto cercanos en la experiencia, en el tiempo, el hecho de tener huellas de su presencia en nuestras vidas, el haberme podido reconocer en su mirada y entender un poco más lo misteriosa que es la propia genealogía, lo mucho que dicen de mí mis raíces.

Supongo que ese es el peso que tiene la distancia, saber que una vez que nos separamos del otro podría ser la última vez que nos veamos, dolernos con su distancia definitiva. La distancia última, contra la que nada podemos hacer, es la muerte, el agotamiento radical del tiempo. Y también nos marca, porque no tenemos forma de medir esa distancia salvo equiparando todo el tiempo que no pasaremos más cerca de la otra persona.

Las separaciones como la muerte, el tiempo y la distancia, son inevitables. Forman parte de nuestro ser en el mundo. Estas experiencias nos marcan de forma constante. Dar cuenta de esa cicatriz es un modo de honrar nuestra experiencia con el otro. Son modos de recordar cómo nos hacen falta los otros porque estando con ellos somos de una manera que no podríamos ser cuando no están. Cuando mueren no sólo nos duele su ausencia, sino la parte propia que se muere en su cesar de existir.

Collage de Miranda Guerrero Araiza

Collage de Miranda Guerrero Araiza


Autores
(Distrito Federal, 1985) es traductor. Le interesan los géneros literarios como recursos, cree en la docta ignorancia y piensa que entender, cabalmente, la psique es un simulacro frente a la angustia.

Ilustrador
Miranda Guerrero
Artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/

 

3. Instrucciones para medir una consulta abierta

a) Leer en voz alta, de corrido, sin pausas para ir al baño, todas las participaciones.

b) Meditar sobre lo leído. Identificar los temas más mencionados, las críticas más repetidas.

c) Pero no solo: también debe buscarse un zeitgeist general de la consulta.

d) Releer la primera participación e identificar las opiniones cuantificables que hay en ella.

e) Crear una hoja de cálculo e incluir como categorías las opiniones cuantificables encontradas en la primera participación, y asignarles un voto.

f) Releer la segunda participación. Identificar nuevas opiniones cuantificables e incluirlas con un voto en la hoja de cálculo; si se repite una opinión cuantificable, asignarle un voto en la categoría correspondiente.

g) Repetir el paso anterior con las participaciones restantes.

h) Contemplar la hoja de cálculo, contar los votos, verificar el conteo de votos.

i) Ordenar los temas por número de votos.

j) Discutir los temas, dando prioridad a los que generaron más votos.

k) Definir formas de atender las demandas surgidas de la consulta.

l) Las principales formas de atender las demandas de una consulta, son: unilaterales y colegiadas.

m) Discutir de nuevo los resultados de la consulta.

n) Redefinir conclusiones.

ñ) Salir, tomar aire, irse a la casa, consultarlo con la almohada, repensarlo a lo largo de una semana y redefinir conclusiones.

o) Publicar un análisis del procedimiento y las conclusiones.

p) Repetir las veces que sea necesario.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.