Tierra Adentro

Comillas en México no es un movimiento literario o político.
Comillas en México no es un género dentro del street art.
Comillas en México tampoco es un plan de marketing de los monopolios para diferenciarse de las pequeñas, chicas o medianas empresas.
Comillas en México no es un no saber leer y escribir.
Comillas en México no es un proyecto de arte contemporáneo o postpoesia.
Comillas en México quiere ser, si acaso, la muestra del temple de una época; una etnografía del lenguaje en el tercer mundo precarizado.

 

Al caminar por cualquier calle en la que haya comercios, uno puede observar que cada puesto tiene en un letrero el nombre que le corresponde al objeto que vende, promueve o servicios que requiere u ofrece. Salir a caminar por la ciudad se convierte en un estar leyendo la oferta laboral y gastronómica de la zona. En estos letreros también se aclaran servicios que se están o no dispuestos a ofrecer, se especifican cosas para hacer más ameno el trato entre comerciantes y consumidores.

Tengo el recuerdo infantil de entretenerme viendo esos letreros comúnmente en cartulinas neón pegadas con cinta canela o masking tape. Era un truco a la mirada de un niño: colores chillones en una ciudad gris. Puede ser que todos los vean por eso.

En la primaria cuando algo era muy importante te decían que lo subrayaras, lo escribieras en rojo, en mayúsculas, le pusieras signos de admiración y lo entrecomillaras: “¡ASÍ!”. A veces pienso que esas estrategias pedagógicas llegaron a los comercios de la Ciudad de México.

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Había algo en esos letreros, ciertos usos del lenguaje que me interpelaban más allá de la llamada de atención del producto que anunciaban. Su uso de las comillas me parecía brillante, irónico e incluso había cierta lucidez.

Las cartulinas y las mantas son manufacturadas en casa y cada comerciante les imprime su sello personal, su estilo. Su lenguaje, aunque escrito, está muy cerca del habla popular, y apuesta a interpelar al transeúnte de manera amigable y cercana. No sé de marketing, pero estoy casi seguro de que uno compra más si le hablan bonito.

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A partir de estas ideas, una amiga creó un proyecto de Instagram que se llama #NoLeo. Ahí sube carteles y notas escritas que se encuentra en la calle. Se demuestra que la lectura, únicamente de libros, es reducida porque siempre estamos codificando signos y escrituras. Vivimos en  una ciudad que hace hablar a sus lugares u objetos con frases, mensajes y advertencias.

De ahí vino mi inspiración para encarar con seriedad el uso de comillas en los anuncios y letreros de la Ciudad de México. El 14 de marzo de 2018 abrí una cuenta en Instagram para documentarlas. Comencé a ver que, aunque cada cartel tiene el estilo de su creador, el uso de las comillas se rige bajo ciertas normas. A veces solo señala y hace énfasis, otras parece que tiene consciencia de que las palabras no corresponden con los objetos y es mejor afrontarlo directamente con la ironía del entrecomillado.

Esto solo es posible en los márgenes del capitalismo financiero. Finalmente los letreros apelan a hacer funcionar y fluir la economía local y se cree que las comillas contribuyen a este propósito. Podría ser y no. Porque para hacer crecer el dinero hoy en día hay que abandonar el mundo real. El dinero se multiplica en hipercomputadoras que funcionan con una exactitud maquínica donde no hay cabida al error o la ambigüedad.

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Las comillas son un gesto que señala al lenguaje mismo. Lo hace presente como lenguaje, como algo no tan natural ni obvio. El poeta Mario Montalbetti estaría orgulloso de saber que en el México de a pie se sabe de la insuficiencia del lenguaje. Que los sustantivos no son cosas o personas, que los verbos no son acciones concretas y que la existencia es relativa; son palabras.

Me gusta pensar que en México, donde puedes regatear, negociar y, en ciertos barrios, hasta intercambiar productos, hay una resistencia al capital global. Las comillas dan lugar a una forma de lenguaje que se acerca a la poesía. Un lugar donde las personas aún se pueden acercar afectivamente al intercambio monetario y de trabajo.

El uso del lenguaje con comillas es a veces poético, hay una voz ahí. No se deja ver en el transitar y ver los carteles, pero imagino que alguna de las predicciones de Franco Berardi (Bifo) puede estar sucediendo: “la poesía podría iniciar el proceso de reactivación del cuerpo emotivo, y con éste, el de la reactivación de la solidaridad social.” Lo que deja ver Comillas en Mexico es la psique individual del consumo local. Una lógica mercantil que se quiere familiar y juguetona.
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El proyecto completo se puede ver en este link:

https://www.instagram.com/comillasen/


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.

En la cuarta temporada de Seinfeld, se abre una de las líneas argumentales más interesantes de la sitcom de Jerry Seinfeld y Larry David cuando, luego de una presentación, un par de ejecutivos de la CBS abordan a Jerry para proponerle la realización de un programa de televisión; pronto George Constanza se asume escritor y le propone acompañarlo en la aventura de escribir una serie que por título lleva simplemente “Jerry” y la cual, acuerdan los personajes, tratará sobre nada, un programa sin trama que recupere anécdotas como la espera para obtener mesa en un restaurante chino.

 

Al día de hoy, ese pequeño guiño de autorreflexividad en el medio podría parecer una obviedad, pero en su momento, hace veinticinco años, representaba uno de los diferenciados casos que había en la televisión; y es que quizá la transición que experimentó esta de un simple producto mediático a un objeto casi artístico se debió gracias a la incorporación de este tipo de sutilezas.

Heredera de los dispositivos creativos de la literatura y del arte de los 70, donde el medio representando al medio era ya habitual, la televisión adoptó esta característica hasta su Segunda Edad de Oro, en las décadas de los setenta y ochenta. Al menos así lo entendió Robert Thompson, quien en 1997 propuso una docena de categorías para caracterizar a una televisión que se destacaba del resto: la Televisión de Calidad. Junto a su aspiración al realismo, el tratamiento de temas controversiales o su densidad narrativa, la referencia a otros productos mediáticos, particularmente a la televisión misma –donde la autorreflexividad se entiende como la presencia de un medio que habla del propio medio–, significó una de la características de esta emergente televisión de calidad.

Para Thompson, esto se había inaugurado con The Mary Tyler Moore Show  a partir de la cual la televisión comenzó a incorporar oblicuas alusiones tanto a la cultura popular como a la alta cultura, donde una serie como Moonlight bien podía incorporar una referencia a la televisión o a una obra de Eugene O’Neill, las cuales servían para distanciar a estos programas de la estigmatización del medio. Desde entonces, y luego de habernos habituado a la televisión dentro de la televisión, esta autorreflexividad sigue resultando un elemento valioso para entender el universo narrativo que construyen o que proponen las series.

Las ficciones televisivas pueden echar mano de referencias a la música para mostrarnos, por ejemplo, la manera en que un personaje como Nick Wasicsko se explica el mundo y su historia personal desde Bruce Springsteen en Show Me a Hero. O como ocurre con Sharp Objects, donde el compulsivo acto de escuchar música por parte de Camille Preaker, su protagonista, revela un profundo vacío asociado a un periodo en un psiquiátrico, una mujer y un iPod. O, finalmente, con Chloe Mackenzie, una de las niñas de Big little lies, quien todo quiere solucionarlo con música: desde Charles Bradley hasta Elvis Presley (en estos dos últimos casos gracias al impecable trabajo de Sue Jacobs, para quien la supervisión de las canciones para una serie o película trata de saber cómo encajarlas con los ritmos emocionales de una escena).

Lo mismo ocurre con las referencias a la literatura, donde la televisión –acaso por querer equipararse– está poblada por guiños más o menos velados. Algunos ejemplos: en “The Cheever Letters”, también de la cuarta temporada de Seinfeld, luego de un incendio provocado por accidente, George descubre que lo único que sobrevivió de la cabaña de su suegro fueron las cartas amorosas que él y el autor de “El Nadador” se enviaban. Otro: al final de The Wire, la forma con la que Bubbles termina por convencerse de sí mismo se halla por partida doble en la literatura tanto de ficción como de no ficción: en el perfil que de él escribe Mike Fletcher y, sobre todo, en las líneas que Walon le regala, atribuidas a Fonzie Kafka: “You can hold yourself back from the sufferings of the world, that is something you are free to do and it accords with your nature, but perhaps this very holding back is the one suffering you could avoid”.

Bubbles le pregunta quién es el autor y si acaso lee sus libros, a lo que su sponsor interpretado por Steve Earle le responde que es algún escritor y que por supuesto no lo ha hecho, pero que no importa, se trata de un papel que le regaló un personaje a quien llamaban, guiño guiño, Flaubert.

Pueden haber incluso casos extremos, donde la referencia se halla velada, como en “Faithful” el quinto episodio de la primer temporada de The Handmaid’s Tale, cuando June recibe una revista como obsequio por parte del Comandante Waterford y dice que la dinámica de seducción le recuerda a un poema sin referir cuál ni de quién, pero que se trata –basta buscarlo en google– de “You Fit Into Me” de la propia Margaret Atwood, autora del libro en que se basa la serie, y el cual fue publicado en su libro de 1971, Power Politics.

Que la música o la literatura aparezcan en la televisión es habitual y permite establecer intertextos que suman a la experiencia del visionado de los espectadores más curiosos, pero que la televisión aparezca en ella supone un  curioso ejemplo de cómo un medio puede fagocitar al propio medio; sobre todo tratándose de uno que ha monopolizado al storytelling de los últimos años.

Además de los referidos, existe una distinción entre la televisión que desde la ficción refiere a otros productos ficticios: Days of our life es un artificio como el mismo Joey Tribbiani, o Jerry, el programa sobre nada, como Seinfeld mismo; lo mismo que el noticiero de Kent Brockman que miran los habitantes de Springfield. Pero existen otros casos, como la mayoría de los referidos en música o literatura, donde el universo ficcional refiere al real –los citados Bruce Springsteen o “Fonzie” Kafka–, escasos en la televisión. En GIRLS, por ejemplo, podemos ver a la madre de Hannah Horvat ofreciéndole ver alguna de las series que tiene seleccionadas en su cuenta de Netflix, o a su protagonista refiriéndose a Gilmore Girls, una plataforma y una serie de conglomerado rivales.

Uno de los más recientes casos se dio en la popular serie del verano, Euphoria de HBO. En ella, Rue, una adolescente con problema de ansiedad y adicción, amedrenta en una fiesta al pretendiente de su hermana menor, lo encierra en un cuarto y le dice que si insiste con ella mandará a Omar, Avon, Marlo, el Hermano Mouzone, Bodie y a Stringer a pararse frente a su casa, todos personajes de The Wire, otra serie –acaso la mejor, por mucho– de HBO. Más allá del chiste –el chico se lo cree– el caso sirve para ejemplificar cómo las referencias culturales en las teleseries más allá de operar como guiños al espectador, sirven para construir a los personajes y marcar una distancia con el medio.

El hecho de que Roy, el chico amedrentado y menor que ellas, crea que la amenaza es real, y que tanto Rue como su cómplice Lexi empleen esos nombres explica algo en apariencia sencillo: qué ven los jóvenes retratados en la serie de acuerdo a su edad.

Recién comienza su relato, Rue dice que nació tres días después del primer evento capital del siglo y que durante las primeras dos noches sus padres estuvieron en el hospital con ella bajo las tenues luces de la televisión que emitía una y otra vez a las Torres Gemelas cayendo. Menos de un año después, y pese a las dudas del canal por emitir un “show policiaco” después de tal evento, The Wire comenzó a emitirse un sábado por la noche. Como dice Jorge CarriónEuphoria más allá de querer seducir a una nueva audiencia mediante guiños y referencias a iconos y relatos del cambio de siglo, “diseña una narrativa y una estética que se ajustan a su época”.

La escena en que Rue refiere a The Wire ocurre en un episodio que rebosa referencias a la cultura popular: en una fiesta de halloween pueden verse disfraces de Bob Ross, Romeo + Juliet, True Romance Ms. 45. En ella se capitaliza la nostalgia a manera de referencias: ninguna de las películas en las que se inspiran los disfraces fue estrenada antes de que nacieran los personajes de la serie; y sin embargo, están ahí, con Hunter Schafer encarnado al personaje de Claire Danes, para que los espectadores las reconozcan.

Las referencias se desplazan con la edad de las audiencias: si en los últimos años se capitalizo la nostalgia del espectador promedio cuya infancia, oculta tras el velo de la memoria, se reconstruye con las referencias de la cultura popular de los años ochenta, tres años después de Stranger Things los afiches de Jaws Risky Business ceden lugar a las películas de Tony Scott y Baz Luhrmann, y comienzan a incorporar a la televisión diferenciada del resto, la televisión de calidad, dentro de la televisión misma.

¿Cuánto tiempo pasará para que un grupo de mafiosos italianos ya no miren una y otra vez escenas de The Godfather, como Tony Soprano y sus colegas, sino escenas de esa mafia de Nueva Jersey que fue protagonista de The Sopranos? Quizá esto ocurra en cuanto los personajes de una serie cualquiera se pregunten si aquello que están viendo todavía forma parte de alguna edad de oro de la televisión y mejor vuelvan a abrir un libro o a poner un álbum completo en mitad de la fiebre de los tocadiscos.


Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de Tríptico sobre las despedidas (2017) y Neighborhood (2017) y Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Otra Parte.
Ilustración de Marco Velasco.

Aquí puedes leer la primera parte.

Discursos poéticos desde la diferencia 

La literatura escrita en lenguas indígenas es asociada, generalmente por la falta de una tradición propia, a un formato y contenido “tradicional” que viene de la tradición oral del pueblo al que es originario el autor. En el ámbito literario occidental sabemos que existe una larga tradición, mas no es así en las lenguas mayas, su búsqueda nos ha llevado a otros caminos. Con esta diferencia marcada ante la literatura occidental, ¿qué entendemos por “tradición” los que escribimos en una lengua maya?

En la poesía, su referencia principal son los rezos tradicionales. Carlos Montemayor (1999), uno de los primeros intelectuales y escritores que se dedicó a crear el imaginario de la literatura indígena en sus cursos de formación y proyectos editoriales con el apoyo del INI y la Fundación Rockefeller, llama “ʻtradicionalesʼ, en forma amplia, tanto a diversos tipos de alocución como a algunas ceremonias que a lo largo de generaciones, regiones o incluso lenguas, manifiestan un ordenamiento constante y una transmisión personalizada y oral, y por ello especializada” (Arte y plegaria en las lenguas indígenas de México, FCE, 62).

Montemayor afirma también que la función de estos rezos es la de “invocar a entidades sustentadoras de la vida identificadas en un espacio invisible no remoto, sino inmerso en el mundo de las propias comunidades” (1999: 62); por ello una de sus características formales es el epíteto y el nombre sagrado como eje de ordenación (Montemayor, 1999: 74). El paralelismo y los nombres de los santos “occidentales” y de dioses propios son marcas de la oralidad presentes en estas alocuciones.

Juan Gregorio Regino (2014) agrega a la propia comunidad como portadora de una poesía colectiva que denomina “poesía comunitaria”. Estas creaciones pueden ser, aclara el autor, “individuales o colectivas contemporáneas que cultivan la palabra como expresión de sentimientos, saberes y formas de relación con lo sagrado” (Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena, Coord. por Luz María Lepe Lira, Dirección General de Culturas Populares, 33). En este mismo tenor, María Rosenda de la Cruz Vázquez menciona que:

Ser narradora, tanto en forma oral como por escrito, en nuestro propio idioma y en castellano, es cumplir con los encargos que nos hicieron nuestros ancestros porque desde el remoto pasado dejaron esa consigna: transmitir de generación en generación sus tradiciones y conocimientos, a fin de que no se pierda la cultura maya, que es nuestra principal y más importante herencia, por los valores que hacen que se nos reconozca como pueblo originario, con miles de años de arraigo y tradición (en Lepe Lira, Oralidad y escritura, 2014: 145-146).

 

Tanto para Gregorio Regino como para de la Cruz Vázquez el concepto de “tradición” como sustantivo, o “tradicional” como adjetivo, se articula con prácticas y rituales, además de experiencias de vida que implican un uso particular del lenguaje en tanto forma y contenido asociado con lo sagrado y con un pasado remoto. La escritura, por tanto, comprende la búsqueda de continuidad de esos valores y conocimientos con “miles de años de arraigo y tradición” (146), según de la Cruz Vázquez, que nos sirve para mantener viva la relación del hombre con su entorno, su identidad y origen.

Los propios escritores, sin embargo, poco hemos cuestionado sobre el uso de dicha noción en el ámbito social, cultural y político que, en lo personal, también tiene una importante conexión, aunque no sea explícito en el discurso literario sino en el político. Quienes nos identificamos con una cultura y sociedad “tradicionalista”, somos parte de una política cultural conservadora pues está basada en la continuidad de prácticas e ideologías instituidas por un sector de la sociedad que está en el poder. ¿En qué medida nos beneficia esto?

Eric Hobsbawm menciona que las “tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son a menudo bastante recientes en su origen, y a veces inventadas” (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 7). En este sentido, seguimos comprendiendo que la función de la literatura “Es el contraste entre el cambio constante y la innovación del mundo moderno y el intento de estructurar como mínimo algunas partes de la vida social de éste como invariables o inalterables” (Hobsbawm 8).

En este sentido, la literatura denominada “indígena” está afincada en una “tradición” propia del pueblo que se identifica “tradicionalista”; una forma de enunciación desde la diferencia como contradiscurso de la modernidad, misma que pretende imponerse ante una sociedad que busca el cambio o la sustitución de algunas de sus prácticas especialmente por cuestiones religiosas.

Romper con “la tradición”, en términos sociales y culturales, ha costado sangre y muerte. “Rescatar” y “preservar” lo que nos diferencia de la cultura occidental pareciera ser nuestro objetivo inamovible para no perder nuestra identidad originaria, lo cual continúa como parte de una colonialidad del pensamiento.

Durante la década de los años sesenta y setenta, hasta los noventa del siglo XX, Chiapas fue lugar de persecuciones por “motivos religiosos”. Manuela Cantón Delgado (1997) sostiene que el cambio religioso, aun siendo importante, fue sólo una parte del problema. En su artículo “Las expulsiones indígenas en los Altos de Chiapas: algo más que un problema de cambio religioso” (Revista Mesoamérica, Vol. 18, No. 33, pags. 147-169) enfatiza que este conflicto tiene que ver con la llegada de los misioneros por parte del Instituto Lingüístico de Verano, en principio como un apoyo a la alfabetización de las comunidades indígenas atraídos por el proyecto modernizador de Lázaro Cárdenas, quienes fomentaron la des-estructuración del sistema tradicional de cargos rechazando su realización, así como el consumo del alcohol y el pago de impuestos para las fiestas tradicionales con fines religiosos.

Lo que hasta hoy día llamamos “sociedad o cultura tradicional” es parte, como aclara Cantón Delgado, “de una política indigenista postrevolucionaria y cardenista”, que condujo “a la creación paulatina de cacicazgos nativos” (1997: 153).

En Chamula, especialmente, el gobierno nacional creó desde 1937, a través del departamento de Asuntos Indígenas, “los criterios tradicionales para la elección de las autoridades de la comunidad” destinado para “un grupo de jóvenes enviados a colaborar con los funcionarios ladinos del Ayuntamiento con el objeto de promover el desarrollo” (153). Estos jóvenes se hicieron “promotores”, “agentes para la reforma y el desarrollo, además del vínculo con las autoridades estatales y federales. Esta medida alteró el sistema tradicional del gobierno chamula, hasta entonces en manos de los “principales” (Cantón delgado, 153), logrando así relacionar los cargos religiosos con múltiples negocios comerciales como la venta de alcohol y, más tarde, de expendedoras de bebidas como Coca Cola y Pepsi ahora instalados en los rituales.

El concepto de “tradición” está directamente relacionado con un discurso de conservación, ahora con mayor visibilidad, con influencias de un partido político que se identifica “con el color de la sangre”, un partido ya sin rostro fijo, pero que continúa en el poder. Actualmente es ese discurso, en términos de Hobsbawm, el que fija la identidad y el pensamiento de los integrantes del pueblo en todas sus actividades con una ideología paternalista y patriarcal.

En lo que va del siglo XXI la influencia de esta “tradición” en sus distintos ámbitos continúa en la poesía escrita en las múltiples lenguas que se hablan en México, en particular con las creencias con fines religiosos ligados a los santos y “ancestros fundadores del mundo” o a la naturaleza. Baste con observar las últimas publicaciones de Ruperta Bautista como Xchamel ch’ul banamil = Eclipse en la madre tierra (CDI, 2008) y Xojobal jalob te’ = Telar luminario (Pluralia ediciones, 2013); Armando Sánchez Gómez con Sbeel ch’ulelal = Andar del alma (CELALI, 2014) y U’al ixim = Collar de maíz (CELALI, 2018); María Concepción Bautista Xch’ulel osil balamil = Espíritu de la naturaleza (CELALI, 2017).

En esta misma línea, Manuel Bolom Pale obtiene el premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2016), en la categoría de poesía oral —cantares, rezos, plegarias, conjuros, etc.— con Sk’inal xikitin: k’opojel yu’un nupunel = Fiesta de la chicharra: un discurso ceremonial para matrimonio (Secretaría de Cultura/ Culturas Populares, 2017). Este libro contiene la recreación de un discurso tradicional sin desconectarse de lo sagrado, de lo social y territorial.

En la escritura de la poesía en tsotsil y tseltal es aún la oralidad la que ejerce, en gran parte, un peso determinante y la que confiere una de las características de la tradición poética en esta lengua, aunque no en todos los poetas.

En la actualidad muchos poetas continúan cultivando esta poesía relacionada con la poesía oral, pues como confirma Luz María Lepe Lira, los propios escritores contemporáneos conscientes de su situación colonial, “parten de la observación de la tradición oral en sus comunidades y en sus textos recomponen las nociones de autoría, lengua y literatura” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo, Grañén Porrúa, 2018: 78).

Una vez vista esta relación social, política y religiosa de la noción de “tradición” en la literatura, ahora me acerco a la poesía escrita por Alberto Gómez Pérez y Antonio Guzmán Gómez, el primero uno de los precursores en lengua tsotsil y, el segundo, de los últimos en lengua tseltal quienes en el desarrollo de su trabajo poético han establecido una ruptura tanto formal como de contenido con respecto de la tradición y de lo tradicional en la poesía.

Alberto Gómez Pérez (1966) es el primero en asumirse poeta en lengua tsotsil. Originario de Huitiupán, Chiapas, y promotor cultural, sus primeras publicaciones se encuentran en Flor y canto, cinco poetas del sur (1993), junto a Briceida Cuevas Cob, bajo la selección de Ramón Bolívar. Miembro de la Unidad de Escritores Mayas-Zoques desde su fundación, su primera obra se titula Sk’evo kajvaltik xchi’uk yalab snich’nab = Palabras para los dioses y el mundo (INI/ Fundación Rockefeller, 1996), resultado de la beca del FONCA en la emisión 1994-1995.

En este libro, con una influencia determinante de los rezos tradicionales en la mayoría de sus poemas, el autor trata de generar estructuralmente un sentido dialógico entre el sujeto poético y su abuela, sus padres y amigos. Es un diálogo entre la “tradición” y el nacimiento de una voz poética que cuestiona su realidad social y condición humana. El sujeto poético trasciende el tema de la oralidad para pasar a lo familiar y a lo social:

“Si hemos pensado cantar / escribámoslo / y demos a conocer nuestras tradiciones / para que vean / y conozcan / que somos pobres / y abandonados / que sea así pues / para que se entere todo el mundo” (1996: 175). En esta primera obra, si bien recupera gran parte del formato de rezos y discursos orales, Gómez Pérez está consciente, a decir también de Lepe Lira sobre Gregorio Regino, “del peso de la situación colonial sobre los pueblos nativos de América, no sólo como un episodio histórico sino como una realidad vital de relaciones asimétricas y desventajosas para las comunidades indias” (Relatos de la diferencia… 2018: 88).

 

La participación de este sujeto poético, si bien breve, es la que irrumpe en un contexto social marginado por la política social, cultural y educativa. Gómez Pérez, sin embargo, no deja de buscar un discurso estético, la belleza de metáforas e imágenes:

Alak’ sba le nichim chlok’ ta jeke

xchi’uk sk’uxul o’ntonale

alak’ xa sba tzebakil uk’um chjul ta jol

abol xa sba x-evajetik xchi’uk j-aranaetik

solel me’anal k’anal nichim xa yilel

ja’ no xveseset le sakil nichim ta ak’abale

xchi’uk le mujil nichim k’epelaltike

 

Flores bellas nacen en mi boca

con rodajas de pasión.

Sirenas imaginarias fabrica mi mente

con evas y adanes sufrientes

jacarandas tristes

margaritas de la noche

y jazmines del desierto (1996: 91 y 187).

 

Después de Palabras para los dioses y el mundo, Gómez Pérez publica su segundo libro Ak’o mu xtup’ sat le jtotike = Que no se apague el sol (CELALI, 1997). En esta obra se aprecian voces de curanderos, amigos y compadres que rezan, que opinan, muy a la forma de un poema conversacional, que reclaman e invitan a escuchar los cantos y rezos tradicionales para curar el espanto y el olvido. No hay una voz poética definida, es la voz colectiva la que habla. El autor, sin embargo, busca un nuevo ritmo, una composición nueva al romper con la transcripción o “transvase” de los rezos en la escritura. En este sentido el poemario crea un espacio colectivo, una polifonía o concierto de voces basado en una estructura díptica y encadenada.

Dentro de los premios de poesía Pat O’tan entregados por el CELALI, en 1999 Gómez Pérez obtiene el primer lugar con el libro Yok’el k’ak’aletik = Llanto del tiempo (CELALI, 2000). Estructurado en tres secciones, este trabajo poético contiene una búsqueda de definición de una voz lírica que salta de la oralidad, de la estructura repetitiva de los rezos, a una expresión breve y personal. Las emociones y preocupaciones de un sujeto ocupan un espacio mayor, un “yo” lírico lleno de melancolía y de nostalgias. La voz de los abuelos, de los curanderos y de las parteras se va a un segundo plano, el lugar de los recuerdos, de lo que fue y tuvo influencia en el sujeto, mas ya no pesa en el poemario como en los primeros libros.

Sobre este libro, Jesús Morales Bermúdez anota que “A lo largo de tres capítulos, situados entre el origen y el devenir, nos adentramos en la experiencia cotidiana con la naturaleza: las plantas, los animales y los hombres; experiencia que va tatuando en el mundo exterior e interior del lector, una imagen perdurable y nueva” (Prólogo a Llanto del tiempo 13).

El libro Llanto del tiempo puede leerse como un puente entre las primeras dos obras de Gómez Pérez y K’unk’un lajel = Muerte lenta (CELALI), la última publicada en 2012, al saltar del uso formal de voces que rezan y aconsejan al uso de la voz individual, una enunciación íntima y humana. En Muerte lenta el sujeto lírico se presenta con mayor fuerza y sensibilidad. Se aprecia un mayor recurso estilístico y abstracción en el lenguaje poético. Además, hay una definición clara del tema: la memoria.

Es importante notar que si bien es un libro bilingüe como los anteriores, Gómez Pérez lo escribe desde el español y el formato bilingüe lo da la traducción al tsotsil hecha por Enrique Pérez López. Este ejemplo de traducción no es común ni en los poetas ni en los narradores en tsotsil o tseltal, ya que ellos mismos se auto-traducen.

Muerte lenta, en cambio, es una muestra de la delgada línea que divide las variantes lingüísticas, pues ambos poetas son hablantes de distintas regiones, y, sin embargo, producen un poemario de alto nivel. En la práctica poética se rompe tanto el uso del tsotsil por el autor al crear en español, como por el de quien traduce.

En Muerte lenta se hace presente la ruptura con la tradición, los rezos tradicionales y su relación con la naturaleza y la voz colectiva. Es impresionante cómo Gómez Pérez logra consolidar su voz en esta obra con propuesta temática, ritmo y musicalidad nuevos. La fuerza con que estampa cada verso en las páginas demuestra que el autor dialoga con el propio lenguaje y ya no con los “ancestros” o las divinidades instituidas por el cristianismo. La soledad, la angustia, el olvido, la ausencia de alguien y el desamor dejan de ser subtemas y ahora son mostrados como problemas humanos y universales:

“Ya no hiere el silencio / ni el ruido de tu recuerdo, / sino amenaza desbordar / aquí en la hierba / que crece junto a la tumba, / sus hojas y tallos se postran, / rinden homenaje al recuerdo; / al amor que ausente / sueña desde el olvido / y hace patente su deseo / de vivir y estar en las noches / junto a ti / sin cadáver / sin fantasmas” (47).

En el transcurso de las secciones que componen el libro vemos que el sujeto teme al olvido, cada verso intenta llenar el vacío, la memoria conectada a una emoción cada vez más ausente. La lectura de la obra de Gómez Pérez evoca otras voces poéticas como la de José Emilio Pacheco, cuando por ejemplo nos encontramos con un fragmento del siguiente poema:

“No. Aquí nada sucede, / sólo ruido en vuelo, solitario, / con nubes plácidas, / y besos amargos en labios heridos… Sola, perdida y confusa / como gota de agua en el desierto: / ʻNo. No ha pasado nada, / sólo sucedeʼ” (2013: 72) y con uno de Pacheco: “Acércate y al oído te diré adiós. / Gracias porque te conocí, porque acompañaste / un inmenso minuto de la existencia. / Todo se olvidará en poco tiempo. / Nunca hubo nada y lo que fue nada/ tiene por tumba / el espacio infinito de la nada” (José Emilio Pacheco, Ciudad de la memoria, Ediciones Era, 2009, p. 43).

 

Esta obra, sin lugar a dudas, ofrece mayor compromiso en la búsqueda estética, incluyendo atrevimientos formales: “Una sábana cansada desempolva. / Amantes deseos cuelgan de pétalos, aromas” (2013: 75). El lenguaje, que a veces pareciera cotidiano, se vuelve complejo, una apuesta mayor de cualquier poeta que lidia consigo mismo, continuamente contra sus propios fantasmas, temores, dudas, sentimientos y amores.

Retomando la idea de Homi K. Bhabha (2002), cuando habla de la “extranjeridad del lenguaje” en El lugar de la cultura (Ediciones Manantial), refiere que el sentido de la “comunidad imaginada”, en relación a la “tradición inventada”, de la nación es una metáfora gastada de la modernidad, y afirma que “A través de la acumulación de la historia de Occidente existen esos pueblos que hablan el discurso codificado del melancólico y el migrante…” (201). Es bajo esta idea en que Antonio Guzmán Gómez, nacido en San Cristóbal de Las Casas, publicó en 2017 su primer libro Kuxinel bit’il k’ajk’ = Vivir como fuego (CELALI), una serie de poemas que tienen la estructura y formato del haikú y tankas.

La poesía de Guzmán Gómez tiene como principal función la de abandonar la metáfora que tiene occidente de la nación, de la vida, de la naturaleza, de todos los símbolos creados como único sentido de la realidad como pueblos “originarios” y “tradicionalistas”. Este sentido de la antimetáfora de la poesía –más allá de un agotamiento de la palabra– como producto de la posmodernidad, es decir, de la disolución de las metáforas de la realidad, me parece viable como una puerta para leer y aproximarse a los poemas contenidos en Vivir como fuego.

El propio autor reflexiona en otro documento sobre su trabajo poético y habla sobre cómo para lograr la “tropicalización de esta forma poética, fue necesario conocer la tradición literaria del haikú”, leyendo “a los poetas japoneses traducidos al español: Matsuo Basho, Takarai Kikaku, Onitsura, Yosa Buson, Issa Kobayashi, Shikimasaoka; también a los poetas mexicanos: José Juan tablada y Octavio Paz; a los poetas chiapanecos, entre ellos Armando Duvalier…” (“El haikú en tseltal” en Documentos Lingüísticos y literarios, Universidad Austral de Chile, No. 37, p. 51).

En el libro de Guzmán Gómez, además de su brevedad en páginas, cada segmento y poema se caracterizan por su espontaneidad, tal como vemos en este texto: “El tiempo vuela / en la tarde que muere, / arden sus alas” (53). Más allá de una transculturación, hibridación, o cualquier otra categoría de lectura, el autor apuesta por lo efímero, buscar nuevos sentidos en otras formas de la poesía, una labor sumamente compleja tomando en cuenta que, para la tradición oral maya, los rezos son largos y duraderos.La ruptura con la forma oral también es una disociación con la forma de pensar y ver la realidad, el cosmos, la vida, en un lenguaje comprimido: “Tus ojos fijos, / Como piedras sobre el agua / Rompen la calma” (30).

La poesía de Guzmán Gómez inicia, desde esta ruptura de lo tradicional, una búsqueda de experimentación con otra forma como la japonesa. La escritura desde lo “indígena” como una diferencia, asociada con la continuidad de la tradición, comienza a no ser suficiente cuando rompe y sustituye la ideología que la sostiene, se propia de otras herramientas para re-significar el pasado, su propio mundo y la realidad próxima.

En Vivir como fuego, a decir de K. Bhabha, “la extranjeridad del lenguaje” está presente en todo momento. Podemos ver a la muerte, una de las temáticas recurrentes, como contrasentido de la vida. Fuera de la noción de la trascendencia, la noción de muerte es contrapuesta a la creencia de la cultura maya de que existe el inframundo como continuación de la vida. En la obra poética la muerte la podemos encontrar con varios matices: la oscuridad, lo negro, el espejo, el dolor, elementos que incluso, como la luz, son componentes simbólicos que expresan y rompen con las antiguas metáforas, con la propia cultura.

Gómez Pérez y Guzmán Gómez han hecho una ruptura de la tradición de manera inversa, su lugar de enunciación y conocimientos sobre estilística y poética les ha permitido romper con la propia “tradición” para unirse a una voz universal. Los autores, como también lo habían notado Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno sobre Gómez Peréz y otros de su generación, comienzan a romper con impostaciones formales y se atreven a buscar y encontrar su propia voz, el sentido viril del acto creador, la energía enunciativa; van optando por las formas versiculares adecuadas a su asunto y al tratamiento de su asunto, de manera diferenciada, lo cual es destacable (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005, 2006: 340).

Con formas libres o medidos como el haikú, a Gómez Pérez y Guzmán Gómez les ha servido para salirse de lo determinado. Su voz se une a la noción de poesía occidental y oriental para buscar otros medios de expresión del sentimiento individual, la consciencia de un “Yo” que existe dentro de otras voces, formas de ver y sentir el mundo que habita, alejándose de otras visiones que en el discurso esencialista sería imposible.

Los dos autores vistos no son los únicos que buscan innovar su forma y voz poéticas, pero ellos representan lo más visible de dicha ruptura en Chiapas, relacionadas con un Yo que rechaza la estructura de los rezos y la noción de “cultura tradicionalista”; su poesía busca nuevos formatos más apropiados para su necesidad poiética en tanto creación de su propia subjetividad y ser en el mundo.


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).
Ilustración de Marco Velasco

Aquí puedes leer la primera parte.

Discursos poéticos desde la diferencia 

La literatura escrita en lenguas indígenas es asociada, generalmente por la falta de una tradición propia, a un formato y contenido “tradicional” que viene de la tradición oral del pueblo al que es originario el autor. En el ámbito literario occidental sabemos que existe una larga tradición, mas no es así en las lenguas mayas, su búsqueda nos ha llevado a otros caminos. Con esta diferencia marcada ante la literatura occidental, ¿qué entendemos por “tradición” los que escribimos en una lengua maya?

En la poesía, su referencia principal son los rezos tradicionales. Carlos Montemayor (1999), uno de los primeros intelectuales y escritores que se dedicó a crear el imaginario de la literatura indígena en sus cursos de formación y proyectos editoriales con el apoyo del INI y la Fundación Rockefeller, llama “ʻtradicionalesʼ, en forma amplia, tanto a diversos tipos de alocución como a algunas ceremonias que a lo largo de generaciones, regiones o incluso lenguas, manifiestan un ordenamiento constante y una transmisión personalizada y oral, y por ello especializada” (Arte y plegaria en las lenguas indígenas de México, FCE, 62).

Montemayor afirma también que la función de estos rezos es la de “invocar a entidades sustentadoras de la vida identificadas en un espacio invisible no remoto, sino inmerso en el mundo de las propias comunidades” (1999: 62); por ello una de sus características formales es el epíteto y el nombre sagrado como eje de ordenación (Montemayor, 1999: 74). El paralelismo y los nombres de los santos “occidentales” y de dioses propios son marcas de la oralidad presentes en estas alocuciones.

Juan Gregorio Regino (2014) agrega a la propia comunidad como portadora de una poesía colectiva que denomina “poesía comunitaria”. Estas creaciones pueden ser, aclara el autor, “individuales o colectivas contemporáneas que cultivan la palabra como expresión de sentimientos, saberes y formas de relación con lo sagrado” (Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena, Coord. por Luz María Lepe Lira, Dirección General de Culturas Populares, 33). En este mismo tenor, María Rosenda de la Cruz Vázquez menciona que:

Ser narradora, tanto en forma oral como por escrito, en nuestro propio idioma y en castellano, es cumplir con los encargos que nos hicieron nuestros ancestros porque desde el remoto pasado dejaron esa consigna: transmitir de generación en generación sus tradiciones y conocimientos, a fin de que no se pierda la cultura maya, que es nuestra principal y más importante herencia, por los valores que hacen que se nos reconozca como pueblo originario, con miles de años de arraigo y tradición (en Lepe Lira, Oralidad y escritura, 2014: 145-146).

 

Tanto para Gregorio Regino como para de la Cruz Vázquez el concepto de “tradición” como sustantivo, o “tradicional” como adjetivo, se articula con prácticas y rituales, además de experiencias de vida que implican un uso particular del lenguaje en tanto forma y contenido asociado con lo sagrado y con un pasado remoto. La escritura, por tanto, comprende la búsqueda de continuidad de esos valores y conocimientos con “miles de años de arraigo y tradición” (146), según de la Cruz Vázquez, que nos sirve para mantener viva la relación del hombre con su entorno, su identidad y origen.

Los propios escritores, sin embargo, poco hemos cuestionado sobre el uso de dicha noción en el ámbito social, cultural y político que, en lo personal, también tiene una importante conexión, aunque no sea explícito en el discurso literario sino en el político. Quienes nos identificamos con una cultura y sociedad “tradicionalista”, somos parte de una política cultural conservadora pues está basada en la continuidad de prácticas e ideologías instituidas por un sector de la sociedad que está en el poder. ¿En qué medida nos beneficia esto?

Eric Hobsbawm menciona que las “tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son a menudo bastante recientes en su origen, y a veces inventadas” (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 7). En este sentido, seguimos comprendiendo que la función de la literatura “Es el contraste entre el cambio constante y la innovación del mundo moderno y el intento de estructurar como mínimo algunas partes de la vida social de éste como invariables o inalterables” (Hobsbawm 8).

En este sentido, la literatura denominada “indígena” está afincada en una “tradición” propia del pueblo que se identifica “tradicionalista”; una forma de enunciación desde la diferencia como contradiscurso de la modernidad, misma que pretende imponerse ante una sociedad que busca el cambio o la sustitución de algunas de sus prácticas especialmente por cuestiones religiosas.

Romper con “la tradición”, en términos sociales y culturales, ha costado sangre y muerte. “Rescatar” y “preservar” lo que nos diferencia de la cultura occidental pareciera ser nuestro objetivo inamovible para no perder nuestra identidad originaria, lo cual continúa como parte de una colonialidad del pensamiento.

Durante la década de los años sesenta y setenta, hasta los noventa del siglo XX, Chiapas fue lugar de persecuciones por “motivos religiosos”. Manuela Cantón Delgado (1997) sostiene que el cambio religioso, aun siendo importante, fue sólo una parte del problema. En su artículo “Las expulsiones indígenas en los Altos de Chiapas: algo más que un problema de cambio religioso” (Revista Mesoamérica, Vol. 18, No. 33, pags. 147-169) enfatiza que este conflicto tiene que ver con la llegada de los misioneros por parte del Instituto Lingüístico de Verano, en principio como un apoyo a la alfabetización de las comunidades indígenas atraídos por el proyecto modernizador de Lázaro Cárdenas, quienes fomentaron la des-estructuración del sistema tradicional de cargos rechazando su realización, así como el consumo del alcohol y el pago de impuestos para las fiestas tradicionales con fines religiosos.

Lo que hasta hoy día llamamos “sociedad o cultura tradicional” es parte, como aclara Cantón Delgado, “de una política indigenista postrevolucionaria y cardenista”, que condujo “a la creación paulatina de cacicazgos nativos” (1997: 153).

En Chamula, especialmente, el gobierno nacional creó desde 1937, a través del departamento de Asuntos Indígenas, “los criterios tradicionales para la elección de las autoridades de la comunidad” destinado para “un grupo de jóvenes enviados a colaborar con los funcionarios ladinos del Ayuntamiento con el objeto de promover el desarrollo” (153). Estos jóvenes se hicieron “promotores”, “agentes para la reforma y el desarrollo, además del vínculo con las autoridades estatales y federales. Esta medida alteró el sistema tradicional del gobierno chamula, hasta entonces en manos de los “principales” (Cantón delgado, 153), logrando así relacionar los cargos religiosos con múltiples negocios comerciales como la venta de alcohol y, más tarde, de expendedoras de bebidas como Coca Cola y Pepsi ahora instalados en los rituales.

El concepto de “tradición” está directamente relacionado con un discurso de conservación, ahora con mayor visibilidad, con influencias de un partido político que se identifica “con el color de la sangre”, un partido ya sin rostro fijo, pero que continúa en el poder. Actualmente es ese discurso, en términos de Hobsbawm, el que fija la identidad y el pensamiento de los integrantes del pueblo en todas sus actividades con una ideología paternalista y patriarcal.

En lo que va del siglo XXI la influencia de esta “tradición” en sus distintos ámbitos continúa en la poesía escrita en las múltiples lenguas que se hablan en México, en particular con las creencias con fines religiosos ligados a los santos y “ancestros fundadores del mundo” o a la naturaleza. Baste con observar las últimas publicaciones de Ruperta Bautista como Xchamel ch’ul banamil = Eclipse en la madre tierra (CDI, 2008) y Xojobal jalob te’ = Telar luminario (Pluralia ediciones, 2013); Armando Sánchez Gómez con Sbeel ch’ulelal = Andar del alma (CELALI, 2014) y U’al ixim = Collar de maíz (CELALI, 2018); María Concepción Bautista Xch’ulel osil balamil = Espíritu de la naturaleza (CELALI, 2017).

En esta misma línea, Manuel Bolom Pale obtiene el premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2016), en la categoría de poesía oral —cantares, rezos, plegarias, conjuros, etc.— con Sk’inal xikitin: k’opojel yu’un nupunel = Fiesta de la chicharra: un discurso ceremonial para matrimonio (Secretaría de Cultura/ Culturas Populares, 2017). Este libro contiene la recreación de un discurso tradicional sin desconectarse de lo sagrado, de lo social y territorial.

En la escritura de la poesía en tsotsil y tseltal es aún la oralidad la que ejerce, en gran parte, un peso determinante y la que confiere una de las características de la tradición poética en esta lengua, aunque no en todos los poetas.

En la actualidad muchos poetas continúan cultivando esta poesía relacionada con la poesía oral, pues como confirma Luz María Lepe Lira, los propios escritores contemporáneos conscientes de su situación colonial, “parten de la observación de la tradición oral en sus comunidades y en sus textos recomponen las nociones de autoría, lengua y literatura” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo, Grañén Porrúa, 2018: 78).

Una vez vista esta relación social, política y religiosa de la noción de “tradición” en la literatura, ahora me acerco a la poesía escrita por Alberto Gómez Pérez y Antonio Guzmán Gómez, el primero uno de los precursores en lengua tsotsil y, el segundo, de los últimos en lengua tseltal quienes en el desarrollo de su trabajo poético han establecido una ruptura tanto formal como de contenido con respecto de la tradición y de lo tradicional en la poesía.

Alberto Gómez Pérez (1966) es el primero en asumirse poeta en lengua tsotsil. Originario de Huitiupán, Chiapas, y promotor cultural, sus primeras publicaciones se encuentran en Flor y canto, cinco poetas del sur (1993), junto a Briceida Cuevas Cob, bajo la selección de Ramón Bolívar. Miembro de la Unidad de Escritores Mayas-Zoques desde su fundación, su primera obra se titula Sk’evo kajvaltik xchi’uk yalab snich’nab = Palabras para los dioses y el mundo (INI/ Fundación Rockefeller, 1996), resultado de la beca del FONCA en la emisión 1994-1995.

En este libro, con una influencia determinante de los rezos tradicionales en la mayoría de sus poemas, el autor trata de generar estructuralmente un sentido dialógico entre el sujeto poético y su abuela, sus padres y amigos. Es un diálogo entre la “tradición” y el nacimiento de una voz poética que cuestiona su realidad social y condición humana. El sujeto poético trasciende el tema de la oralidad para pasar a lo familiar y a lo social:

“Si hemos pensado cantar / escribámoslo / y demos a conocer nuestras tradiciones / para que vean / y conozcan / que somos pobres / y abandonados / que sea así pues / para que se entere todo el mundo” (1996: 175). En esta primera obra, si bien recupera gran parte del formato de rezos y discursos orales, Gómez Pérez está consciente, a decir también de Lepe Lira sobre Gregorio Regino, “del peso de la situación colonial sobre los pueblos nativos de América, no sólo como un episodio histórico sino como una realidad vital de relaciones asimétricas y desventajosas para las comunidades indias” (Relatos de la diferencia… 2018: 88).

 

La participación de este sujeto poético, si bien breve, es la que irrumpe en un contexto social marginado por la política social, cultural y educativa. Gómez Pérez, sin embargo, no deja de buscar un discurso estético, la belleza de metáforas e imágenes:

Alak’ sba le nichim chlok’ ta jeke

xchi’uk sk’uxul o’ntonale

alak’ xa sba tzebakil uk’um chjul ta jol

abol xa sba x-evajetik xchi’uk j-aranaetik

solel me’anal k’anal nichim xa yilel

ja’ no xveseset le sakil nichim ta ak’abale

xchi’uk le mujil nichim k’epelaltike

 

Flores bellas nacen en mi boca

con rodajas de pasión.

Sirenas imaginarias fabrica mi mente

con evas y adanes sufrientes

jacarandas tristes

margaritas de la noche

y jazmines del desierto (1996: 91 y 187).

 

Después de Palabras para los dioses y el mundo, Gómez Pérez publica su segundo libro Ak’o mu xtup’ sat le jtotike = Que no se apague el sol (CELALI, 1997). En esta obra se aprecian voces de curanderos, amigos y compadres que rezan, que opinan, muy a la forma de un poema conversacional, que reclaman e invitan a escuchar los cantos y rezos tradicionales para curar el espanto y el olvido. No hay una voz poética definida, es la voz colectiva la que habla. El autor, sin embargo, busca un nuevo ritmo, una composición nueva al romper con la transcripción o “transvase” de los rezos en la escritura. En este sentido el poemario crea un espacio colectivo, una polifonía o concierto de voces basado en una estructura díptica y encadenada.

Dentro de los premios de poesía Pat O’tan entregados por el CELALI, en 1999 Gómez Pérez obtiene el primer lugar con el libro Yok’el k’ak’aletik = Llanto del tiempo (CELALI, 2000). Estructurado en tres secciones, este trabajo poético contiene una búsqueda de definición de una voz lírica que salta de la oralidad, de la estructura repetitiva de los rezos, a una expresión breve y personal. Las emociones y preocupaciones de un sujeto ocupan un espacio mayor, un “yo” lírico lleno de melancolía y de nostalgias. La voz de los abuelos, de los curanderos y de las parteras se va a un segundo plano, el lugar de los recuerdos, de lo que fue y tuvo influencia en el sujeto, mas ya no pesa en el poemario como en los primeros libros.

Sobre este libro, Jesús Morales Bermúdez anota que “A lo largo de tres capítulos, situados entre el origen y el devenir, nos adentramos en la experiencia cotidiana con la naturaleza: las plantas, los animales y los hombres; experiencia que va tatuando en el mundo exterior e interior del lector, una imagen perdurable y nueva” (Prólogo a Llanto del tiempo 13).

El libro Llanto del tiempo puede leerse como un puente entre las primeras dos obras de Gómez Pérez y K’unk’un lajel = Muerte lenta (CELALI), la última publicada en 2012, al saltar del uso formal de voces que rezan y aconsejan al uso de la voz individual, una enunciación íntima y humana. En Muerte lenta el sujeto lírico se presenta con mayor fuerza y sensibilidad. Se aprecia un mayor recurso estilístico y abstracción en el lenguaje poético. Además, hay una definición clara del tema: la memoria.

Es importante notar que si bien es un libro bilingüe como los anteriores, Gómez Pérez lo escribe desde el español y el formato bilingüe lo da la traducción al tsotsil hecha por Enrique Pérez López. Este ejemplo de traducción no es común ni en los poetas ni en los narradores en tsotsil o tseltal, ya que ellos mismos se auto-traducen.

Muerte lenta, en cambio, es una muestra de la delgada línea que divide las variantes lingüísticas, pues ambos poetas son hablantes de distintas regiones, y, sin embargo, producen un poemario de alto nivel. En la práctica poética se rompe tanto el uso del tsotsil por el autor al crear en español, como por el de quien traduce.

En Muerte lenta se hace presente la ruptura con la tradición, los rezos tradicionales y su relación con la naturaleza y la voz colectiva. Es impresionante cómo Gómez Pérez logra consolidar su voz en esta obra con propuesta temática, ritmo y musicalidad nuevos. La fuerza con que estampa cada verso en las páginas demuestra que el autor dialoga con el propio lenguaje y ya no con los “ancestros” o las divinidades instituidas por el cristianismo. La soledad, la angustia, el olvido, la ausencia de alguien y el desamor dejan de ser subtemas y ahora son mostrados como problemas humanos y universales:

“Ya no hiere el silencio / ni el ruido de tu recuerdo, / sino amenaza desbordar / aquí en la hierba / que crece junto a la tumba, / sus hojas y tallos se postran, / rinden homenaje al recuerdo; / al amor que ausente / sueña desde el olvido / y hace patente su deseo / de vivir y estar en las noches / junto a ti / sin cadáver / sin fantasmas” (47).

En el transcurso de las secciones que componen el libro vemos que el sujeto teme al olvido, cada verso intenta llenar el vacío, la memoria conectada a una emoción cada vez más ausente. La lectura de la obra de Gómez Pérez evoca otras voces poéticas como la de José Emilio Pacheco, cuando por ejemplo nos encontramos con un fragmento del siguiente poema:

“No. Aquí nada sucede, / sólo ruido en vuelo, solitario, / con nubes plácidas, / y besos amargos en labios heridos… Sola, perdida y confusa / como gota de agua en el desierto: / ʻNo. No ha pasado nada, / sólo sucedeʼ” (2013: 72) y con uno de Pacheco: “Acércate y al oído te diré adiós. / Gracias porque te conocí, porque acompañaste / un inmenso minuto de la existencia. / Todo se olvidará en poco tiempo. / Nunca hubo nada y lo que fue nada/ tiene por tumba / el espacio infinito de la nada” (José Emilio Pacheco, Ciudad de la memoria, Ediciones Era, 2009, p. 43).

 

Esta obra, sin lugar a dudas, ofrece mayor compromiso en la búsqueda estética, incluyendo atrevimientos formales: “Una sábana cansada desempolva. / Amantes deseos cuelgan de pétalos, aromas” (2013: 75). El lenguaje, que a veces pareciera cotidiano, se vuelve complejo, una apuesta mayor de cualquier poeta que lidia consigo mismo, continuamente contra sus propios fantasmas, temores, dudas, sentimientos y amores.

Retomando la idea de Homi K. Bhabha (2002), cuando habla de la “extranjeridad del lenguaje” en El lugar de la cultura (Ediciones Manantial), refiere que el sentido de la “comunidad imaginada”, en relación a la “tradición inventada”, de la nación es una metáfora gastada de la modernidad, y afirma que “A través de la acumulación de la historia de Occidente existen esos pueblos que hablan el discurso codificado del melancólico y el migrante…” (201). Es bajo esta idea en que Antonio Guzmán Gómez, nacido en San Cristóbal de Las Casas, publicó en 2017 su primer libro Kuxinel bit’il k’ajk’ = Vivir como fuego (CELALI), una serie de poemas que tienen la estructura y formato del haikú y tankas.

La poesía de Guzmán Gómez tiene como principal función la de abandonar la metáfora que tiene occidente de la nación, de la vida, de la naturaleza, de todos los símbolos creados como único sentido de la realidad como pueblos “originarios” y “tradicionalistas”. Este sentido de la antimetáfora de la poesía –más allá de un agotamiento de la palabra– como producto de la posmodernidad, es decir, de la disolución de las metáforas de la realidad, me parece viable como una puerta para leer y aproximarse a los poemas contenidos en Vivir como fuego.

El propio autor reflexiona en otro documento sobre su trabajo poético y habla sobre cómo para lograr la “tropicalización de esta forma poética, fue necesario conocer la tradición literaria del haikú”, leyendo “a los poetas japoneses traducidos al español: Matsuo Basho, Takarai Kikaku, Onitsura, Yosa Buson, Issa Kobayashi, Shikimasaoka; también a los poetas mexicanos: José Juan tablada y Octavio Paz; a los poetas chiapanecos, entre ellos Armando Duvalier…” (“El haikú en tseltal” en Documentos Lingüísticos y literarios, Universidad Austral de Chile, No. 37, p. 51).

En el libro de Guzmán Gómez, además de su brevedad en páginas, cada segmento y poema se caracterizan por su espontaneidad, tal como vemos en este texto: “El tiempo vuela / en la tarde que muere, / arden sus alas” (53). Más allá de una transculturación, hibridación, o cualquier otra categoría de lectura, el autor apuesta por lo efímero, buscar nuevos sentidos en otras formas de la poesía, una labor sumamente compleja tomando en cuenta que, para la tradición oral maya, los rezos son largos y duraderos.La ruptura con la forma oral también es una disociación con la forma de pensar y ver la realidad, el cosmos, la vida, en un lenguaje comprimido: “Tus ojos fijos, / Como piedras sobre el agua / Rompen la calma” (30).

La poesía de Guzmán Gómez inicia, desde esta ruptura de lo tradicional, una búsqueda de experimentación con otra forma como la japonesa. La escritura desde lo “indígena” como una diferencia, asociada con la continuidad de la tradición, comienza a no ser suficiente cuando rompe y sustituye la ideología que la sostiene, se propia de otras herramientas para re-significar el pasado, su propio mundo y la realidad próxima.

En Vivir como fuego, a decir de K. Bhabha, “la extranjeridad del lenguaje” está presente en todo momento. Podemos ver a la muerte, una de las temáticas recurrentes, como contrasentido de la vida. Fuera de la noción de la trascendencia, la noción de muerte es contrapuesta a la creencia de la cultura maya de que existe el inframundo como continuación de la vida. En la obra poética la muerte la podemos encontrar con varios matices: la oscuridad, lo negro, el espejo, el dolor, elementos que incluso, como la luz, son componentes simbólicos que expresan y rompen con las antiguas metáforas, con la propia cultura.

Gómez Pérez y Guzmán Gómez han hecho una ruptura de la tradición de manera inversa, su lugar de enunciación y conocimientos sobre estilística y poética les ha permitido romper con la propia “tradición” para unirse a una voz universal. Los autores, como también lo habían notado Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno sobre Gómez Peréz y otros de su generación, comienzan a romper con impostaciones formales y se atreven a buscar y encontrar su propia voz, el sentido viril del acto creador, la energía enunciativa; van optando por las formas versiculares adecuadas a su asunto y al tratamiento de su asunto, de manera diferenciada, lo cual es destacable (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005, 2006: 340).

Con formas libres o medidos como el haikú, a Gómez Pérez y Guzmán Gómez les ha servido para salirse de lo determinado. Su voz se une a la noción de poesía occidental y oriental para buscar otros medios de expresión del sentimiento individual, la consciencia de un “Yo” que existe dentro de otras voces, formas de ver y sentir el mundo que habita, alejándose de otras visiones que en el discurso esencialista sería imposible.

Los dos autores vistos no son los únicos que buscan innovar su forma y voz poéticas, pero ellos representan lo más visible de dicha ruptura en Chiapas, relacionadas con un Yo que rechaza la estructura de los rezos y la noción de “cultura tradicionalista”; su poesía busca nuevos formatos más apropiados para su necesidad poiética en tanto creación de su propia subjetividad y ser en el mundo.


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).

Ilustrador
Marco Velasco
(Oaxaca, 1989) es ilustrador, grabador y dibujante, fundador de Espacio Pino Suárez. En 2017, su obra fue expuesta en Side Park Café del Museo del Barrio (Manhattan) y en Paper Box (Brooklyn).
Ilustración de Valeria Álvarez

El pasado lunes publicamos la primera entrega de Poesía sueca joven, con los intricados textos de Burcu Sahin e ilustraciones de Etel Castrejon, así como la introducción de Petronella Zetterlund. Hoy continuamos con un texto de Martina Moliis-Mellberg, con la versión original en sueco al final de la página.  

 


 

3_mar_rojo_valeria_alvarez

rojo, muerto

 

el mar rojo es un brazo de mar.
no es lo mismo que ser un brazo.
el mar rojo no puede hacer las cosas que los brazos pueden.
cargar, doblar, señalar, tensar.
el mar rojo está preso en un ángulo que no es muy cómodo.
pero el mar rojo se ha acostumbrado.
en cambio, el mar rojo hace otras cosas.
el mar rojo deja que los arrecifes florezcan.
el mar rojo une mares.
los turistas aman al mar rojo.

 

las aguas del mar rojo no son muy hospitalarias.
pero el mar rojo hace lo mejor que puede.
y el mar rojo no se queja.
a pesar del tráfico.
a pesar de los temblores.

 

***

 

el mar muerto es un lago endorreico salado.
el mar muerto no sabe qué significa.
pero no suena bien.
el mar muerto intenta no pensar en eso.
en que probablemente sea algo desventajoso.
en que se extiende.
en que el mar muerto está muriendo.
las montañas se inclinan sobre el mar muerto.
la sal se coloca en capas.
las lluvias se mantienen alejadas.
no puede ser bueno.
¿se habla del mar muerto?
probablemente.
todos saben pero nadie dice nada.

el mar muerto está desapareciendo.
aun así el mar muerto se siente atrapado.
tal vez no sea el mar muerto que se evapora.
tal vez sean los lugares aledaños.

 

 

***

 

el mar rojo ha escuchado hablar de eso.
no es la primera vez.
ha habido muchos planes.
algunos involucraban al mar rojo.
otros no.
la pregunta es qué gana el mar rojo de ellos.

no malinterpretes al mar rojo.
el mar rojo está dispuesto a ayudar si el mar rojo puede.
siempre y cuando no inmiscuya en los demás compromisos que tiene el mar rojo.
pero el mar rojo con gusto leerá el informe antes de que el mar rojo dé el visto bueno.
el mar rojo quiere creer que la opinión del mar rojo sea decisiva.
el mar rojo, a pesar de todo, tiene experiencia.

 

***

1_mar_rojo_valeria_alvarez

el mar muerto no sabe nada.
nadie le ha preguntado al mar muerto.
¿es porqué el mar muerto va a morir?
¿salvarán al mar muerto?
¿o acelerarán el proceso?
¿las aguas saldrán del mar muerto o entrarán en el mar muerto?
ambas cosas suenan desagradables.
el mar muerto y el mar rojo jamás se han encontrado.
todo indica que el mar muerto y el mar rojo no son compatibles.
que una unión causaría desequilibrio y contaminación.
salinidad alterada.
aumento de presión.
estrés.

el mar muerto no tiene nervios para esto.

 

***

pasan muchas cosas alrededor del mar rojo.
el mar rojo tiene importancia estratégica.
el mar rojo importa.
eso le gusta al mar rojo.

pero el mar rojo quiere ser más que un brazo.
el mar rojo quiere ser un mar en el que se pueda confiar.
un mar que cruzar o en el que desaparecer.
el mar rojo sueña que las placas de nuevo vayan a separar un continente de otro.
más lejos el uno del otro.
hasta entonces se conforma con el canal.

 

***

 

el mar muerto tiene dificultad para captar la totalidad.
todo cambia de un día para otro.
mejor mantenerse callado.
¿siempre ha sido así?
el mar muerto no recuerda.
de hecho son pocas cosas las que el mar muerto recuerda.
seguro que es un efecto secundario.
dentro de poco el mar muerto no recordará nada.

qué alivio.

 

2_mar_rojo_valeria_alvarez



röda, döda

 

röda havet är en havsarm.
det är inte samma sak som en arm.
röda havet kan inte göra sådant som armar kan.
lyfta, böja, vifta, flexa.
röda havet är fångat i en vinkel som inte är särskilt bekväm.
men röda havet har vant sig.
röda havet gör annat istället.
röda havet låter korallreven blomma.
röda havet förenar hav.
turisterna älskar röda havet.

röda havets farvatten är inte de mest gästvänliga.
men röda havet gör sitt bästa.
och röda havet klagar inte.
trots trafiken.
trots skalven.

 

***

 

döda havet vet inte vad det betyder.
men det låter inte bra.
döda havet försöker att inte tänka på det.
att det antagligen är något ofördelaktigt.
att det sprider sig.
att döda havet håller på att dö.
bergen lutar sig över döda havet.
saltet lägger sig i skikt.
regnet håller sig borta.
det kan inte vara bra.
pratas det om döda havet?
antagligen.
alla vet men säger ingenting.

 

döda havet håller på att försvinna.
ändå känner sig döda havet fångat.
kanske är det inte döda havet som dunstar.
kanske är det platsen runtom.

 

***

 

röda havet har hört det nämnas.
det är inte första gången.
det har funnits många planer.
vissa har involverat röda havet.
vissa har inte.
frågan är vad röda havet får ut av det.

 

missförstå inte röda havet.
röda havet hjälper gärna till om röda havet kan.
förutsatt att det inte inverkar på röda havets övriga åtaganden.
men röda havet läser gärna igenom rapporten innan röda havet godkänner.
röda havet vill tro att röda havets åsikt är vägande.
röda havet har trots allt erfarenhet.

 

***

 

döda havet vet ingenting.
ingen har frågat döda havet.
är det för att döda havet ska dö?
kommer det att rädda döda havet?
eller påskynda processen?
ska vattnet ut ur döda havet eller in i döda havet?
bägge låter oangenämt.
döda havet och röda havet har aldrig ens mötts.
mycket talar för att döda havet och röda havet inte är kompatibla.
att en förening skulle orsaka obalans och kontaminering.
förändrad salinitet.
ökat tryck.
stress.

 

döda havet har inte nerver för det här.

 

***

 

det är mycket som händer runt röda havet.
röda havet är av strategisk betydelse.
röda havet spelar roll.
det tycker röda havet om.

men röda havet vill vara mer än en arm.
röda havet vill vara ett hav att räkna med.
ett hav att korsa eller förlora sig i.
röda havet drömmer om att plattorna än en gång ska driva landmassorna isär.
längre isär.

tills dess får kanalen duga.

 

***

 

döda havet har svårt att se helheten.
allt ändrar från dag till dag.
det är bäst att inte säga så mycket.

 

har det alltid varit så här?
döda havet kan inte minnas.
det är i och för sig inte mycket döda havet minns.
det är säkert en bieffekt.
snart minns döda havet ingenting.
vilken lättnad.

 

 


 

Burcu Sahin, Martina Moliis-Mellberg e Iman Mohammed estarán recorriendo el país durante septiembre, dando lecturas de poesía por aquí y por allá. 
En la Ciudad de México:

Miércoles 18 de septiembre a las 8:00PM
Freïms, Av. Amsterdam 62B
Lectura junto con tres poetas mexicanxs: Andrea Alzati, Xitlalitl Rodríguez Mendoza e Iván Ortega.

Jueves 19 de septiembre a las 7:00PM
Casa del Poeta Ramón López Velarde, Av. Álvaro Obregón.
Lectura y presentación de libros.

En el resto del país:

Del 26 al 28 de septiembre en el Festival de poesía internacional Caracol de Tijuana
29 de septiembre Librería Verbatim de San Diego
3 de octubre a las 7:30PM en Galería Rocha Cordero del Instituto Potosino de Bellas Artes en San Luis Potosí


Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Ekenäs, Finlandia, 1984) es poeta y escribe crítica de literatura y cine para diarios en Finlandia y Suecia. Ha estudiado escritura creativa en la Åbo Akademi de Finlandia y en la Biskops-Arnö de Suecia. En 2015, debutó con A, una colección de poemas en prosa, y en 2017 publicó su segundo libro titulado 7. Martina Moliis-Mellberg ha recibido, por su poesía, el premio Arvid Mörne (2010) para escritores jóvenes.

Ilustrador
Valeria Álvarez
1992, Ciudad de México Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.

Cuando comencé a analizar titulares de periódicos y revistas detecté una herramienta que incluso medios serios usan para publicar frases denigrantes y acusaciones infundadas sin ser responsabilizados por ello: las citas.

Empleando citas se pueden publicar palabras y frases sin necesidad de expresar una opinión al respecto, explicar el contexto o analizar sus implicaciones. Y, lo más conveniente, se puede hacer mientras se pretende no estar de acuerdo con ellas.

Los medios eligen lo que publican: seleccionan qué ignorar, qué explicar y qué difundir, por lo que frases como “¡Sí es una pu7@!” o “La vieja le salió medio p#ta” junto a la fotografía de alguna actriz o mujer famosa no aparecen por accidente.

Claro, mientras la cita venga bajo la firma de algún incauto sediento de fama o de alguna supuesta fuente anónima y no de los editores, los medios pueden pretender ser neutrales o incluso aliados de las mujeres a quienes están difamando.

Al revisar las publicaciones de los últimos meses de TvNotas (una revista de chismes con predilección por los signos de exclamación y fotografías de mujeres en traje de baño tomadas sin consentimiento), descubro que la redacción de la revista aprovechó las declaraciones de Alfredo Adame (un exconductor de un programa mañanero) para usar la palabra puta en portada junto a la fotografía de Andrea Legarreta, su excompañera de trabajo y actual conductora de televisión.

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Portada de TvNotas, número 1180.

 

 

Mientras se ignora el historial de misoginia, peleas y declaraciones falsas de Adame, se transcriben sus palabras asegurando que la conductora es una “mala mujer” e “infiel” a su esposo; cuando ella le responde, entonces sí se califica su reacción, mencionando que ella “explota” contra el actor, lo que reproduce estereotipos de género que pintan a las mujeres como seres emocionales exagerados y no confiables.

Y eso no solo sucedió en las revistas de chismes, también algunos periódicos publicaron titulares como “Adame revela infidelidad de Legarreta” y “la infidelidad de Legarreta es del dominio público, afirma Adame”.

El machismo no siempre se reproduce conscientemente. A muchos les puede parecer hasta lógico asumir que las palabras de un hombre son objetivas y confiables, y que una mujer respondiendo con indignación a injurias está siendo exageradamente emocional y probablemente insincera. Mientras esos estereotipos se vean como incuestionables, no habrá espacio para el análisis y la reflexión.

TvNotas es la revista más vendida del país, cuenta con una web que recibe millones de visitas semanales tiene y varias demandas por difamación. El año pasado publicó que las feministas son mujeres vengativas que “intentan anular al hombre”, y ha publicado en portada frases como “¡Es una pu7@!” y “¡pu&$ interesada!”, ambas veces citando a supuestas fuentes anónimas pero colocándolo como si una mujer famosa lo dijera de la otra.

Curiosamente en esa revista, los hombres “se insultan”, pero las mujeres son llamadas putas, locas o tóxicas. Una frase que resume perfectamente esa diferencia en trato es “tachan a [actor] de mujeriego y a su novia de ‘zorra’”.

Así continué el ejercicio de revisar portadas recargadas de frases ridículas que impulsan ese tipo de sexismo tan burdo que a veces creemos ha quedado en el pasado: mujeres infieles o víctimas de infidelidades, mujeres que “no pueden dar hijos” a sus esposos, malas mujeres que no se encargan de sus hijos, malas mujeres que se quieren encargar de sus hijos ellas solas, buenas mujeres que se dedican a sus familias mientras continúan luciendo como modelos, malas mujeres que abortan, mujeres frágiles que lloran abortos espontáneos o son forzadas a abortar, mujeres compitiendo y peleando entre sí, “bajándose el novio”, y muchas fotos y descripciones de partes de sus cuerpos, llamados “atributos” o “encantos”.

A los hombres también se les critica, por supuesto, y en gran medida, pero de una forma distinta. Se enfocan en infidelidades, violencia, y específicamente en su incapacidad de cumplir con el mandato del hombre heterosexual proveedor de la familia, lo que se ve como una desviación escandalosa (“¡Es bisexual!”, “¡enamorado de esta trans!”).

Portada de TvNotas, número 1173.

Portada de TvNotas, número 1173.

 

 

Aunque los cuerpos de las mujeres siguen siendo puestos bajo una lupa, existe una cautela impresionante para no criticarlos abiertamente, mientras las críticas a los cuerpos de los hombres ha aumentado. Y no, aunque sí se podría hablar de un avance en la forma de representar a las mujeres, la situación actual está muy lejos de ser un logro, y la crítica a otros cuerpos es un retroceso.

Es imposible observar las portadas y no entenderlas como una guía para la sociedad que nos indica lo que está permitido y lo que no. Que nos enseña que los cuerpos de las mujeres son objetos públicos que están ahí para admirarse, criticarse y usarse como vasijas reproductoras; que las mujeres buenas se casan, tienen hijos y se dedican a ellos y a verse lindas, pero no pueden dedicar mucho tiempo a esa última parte, pues eso las volvería superficiales; que los hombres respetables tienen trabajos bien pagados y pueden hacerse cargo de su familia y llevarla de vacaciones, y que es normal que sean violentos, especialmente si lo son para defender el honor de su familia o su trabajo; que lo normal es ser heterosexual, y que aunque aparentemente todo mundo es infiel, son las mujeres quienes destruyen familias y quienes deberían mostrar cautela al trabajar con hombres.

TvNotas es una guía tan transparente y tan exagerada que resulta fácil subestimarla, pero no es la única.

Aunque el 57% de los lectores en medios digitales de la revista son hombres, el 83% de quienes compran la revista impresa siguen siendo mujeres. Mujeres que consciente o inconscientemente absorbemos y reproducimos la ideología de TvNotas. Un analgéstico que hace que cuando tenemos la oportunidad de cambiar las cosas, optemos por no hacerlo.


Autores
Danae Silva es una diseñadora, ilustradora y arquitecta que dedica su tiempo a diversas iniciativas de justicia social. Administra la página de Facebook La Corregidora.

1

Mari no quiso cuando le dije que si jugábamos a las luchas: Yo te pego y tú me pegas a mí. Teníamos 7 años de edad y acostumbrábamos jugar a la tiendita. Recolectábamos envolturas de sopas Yemina, cajitas vacías de Knorr tomate; tomábamos prestadas botellas de vidrio de coca-cola y recogíamos algunas tapas vacías de huevo.

Yo era la señora que despachaba y ella la compradora. El momento más interesante llegaba cuando no tenía con qué pagar, entonces debía extenderle un papel donde anotaba los precios de los abarrotes y le hacía prometer la liquidación de su deuda. Después intercambiábamos los lugares y así sucesivamente hasta que nos llenábamos de aburrimiento.

Agachó la cabeza cuando pregunté si podía darle una cachetada. O si podíamos jugar a ahorcarnos. Ándale, Mari, nomás poquillo. Volvió a negarse. Estábamos sentadas en la banqueta de mi casa. Me paré, ya me estaba desesperando. Ella también se puso de pie, un poco confundida. La empujé y dijo en voz bajita que no.

La agarré del cabello y se lo estiré, a ver cuánto aguantaba. ¡Defiéndete, mensa! Pero no opuso resistencia. Le di una cachetada y la azoté contra la pared de mi casa. Se puso a llorar. Mi corazón latía tan rápido. Unos segundos después Mari huyó a su casa, ubicada a dos de la mía. ¡Eh, Mari, no te creas!

 

2

En 1997, papá era obrero y hacía turnos dobles en una fábrica de Apodaca para pagar la casa de INFONAVIT en la que vivíamos. Mamá horneaba pays de queso y empanadas de cajeta y piña. Durante las tardes salía a venderlas, las llevaba en una vasija cubierta con una servilleta de tela. Gritaba casa por casa: ¡Compra pay de queso! Señora, ¿no compra pay de queso?

Mi hermano mayor y yo la pasábamos solos, a mi hermana menor la cuidaba una vecina o yo. Meses más tarde, nosotros también saldríamos a vender el pan que horneaba mamá. Por lo pronto, él y yo peleábamos a la menor provocación, solo me llevaba dos años. En una pelea tomó un cuchillo de la cocina y me lo puso en el cuello. Con el llanto entre cortado y el coraje que me quedaba grité que me lo clavara. ¡Ándale, pinche güerco! No dejé de sorberme los mocos. Nunca se lo conté a mamá.

 

3

Mari fue una de mis primeras amigas. Llegamos casi al mismo tiempo a la Unidad Habitacional Independencia. Las casas recién pintadas, los retoños apenas echando raíces en las banquetas, las calles planas y un perímetro baldío: montes a los que después iríamos de excursión acompañadas de mi ánfora de osito azul con Joya de Ponche y la bolsa de naranjas con chile que me amarraba a la pretina del short.

También nos gustaba jugar al camioncito. Hacíamos una fila con sillas y recolectábamos boletos tirados. Los niños se acercaban a jugar, pero siempre lo arruinaban todo porque no seguían bien la dinámica. Debíamos ahuyentarlos; nuestros papás no nos dejaban jugar con niños. Un mandato que siempre rompíamos porque abundaban los güercos en la calle, y de morritas nada.

El papá de Mari se llamaba Alonso y no tardó en irse a jalar a los Estados Unidos. Prometió un futuro lleno de dólares y juguetes. Su mamá, Tere, se quedó a cargo de ella y de Sara, su hermana mayor, y Alonsito, un bebé de meses. Los dólares sí llegaron. Compraron una tele grande y una sala nueva. Pero luego de algunos meses el señor dejó de llamar y enviar dinero, así que Tere tuvo que empeñar la tele, devolver la sala y les cortaron la línea telefónica.

Mamá dejaba que Tere marcara desde el teléfono de la casa, aunque fuera de larga distancia; le daba un kilo de frijol o una taza de arroz y a veces mandaba con Mari un plato de comida. Un taco. Don Pipe, el dueño de la tienda de en frente, extendía cartones a Tere donde anotaba el precio de la despensa en calidad de fiado, siempre con la promesa de que pagaría tan pronto como su esposo mandara el dinero.

 

4

Pedir fiado era una de las cosas que más me avergonzaba de chiquilla. Me angustiaba ir a la tienda con el cartoncito repleto de números, ya sin espacio para anotar más. Un medio kilo de huevo, un litro de leche Lala, un Kool-Aid y medio kilo de azúcar. Me los anota, por favor, don PipeSe los voy a anotar, Lilí, pero dile a tu mamá que sólo le voy a fiar hasta el viernes, tiene que liquidar primero este cartón.

Cruzaba la calle, metía la mano por la parte agujereada de la mosquitera y abría el seguro. Dejaba las cosas en la cocina, mamá preparaba todo con apuro y yo ayudaba.

La cocina: dos metros por uno de extensión, el lugar donde mamá utilizaba el ingrediente secreto. La cocina: el rostro rojo de mamá, su mano meneando el cortadillo, las lágrimas cayendo sobre el guiso, sazonándolo.

La cocina: ese lugar que también era un ring y a donde no nos acercábamos cuando los luchadores lucían sus maniobras.

 

5

La primera vez que tuve piojos fue porque Mari me los pegó. Ella tenía una larga cabellera lisa color negro azabache. Sara también tenía el cabello largo, pero rizado. Después de que mamá me quitara cada piojo, la convenció de dejarse espulgar y la trajo al patio.

Se sentó en una silla, puso una sábana blanca sobre sus piernas y recostó su cabeza. Comenzó a espulgarla. La sábana se llenó de pequeños lunares negros que se movían. Pero yo ya no miraba los piojos, las manos de mamá separando delicadamente cada cabello de mi amiga ocupaban toda mi atención.

¿Por qué mamá trataba con tanta delicadeza a una niña que no era su hija? A mí me chocaba cómo peinaba mamá, siempre me dejaba bordos. Aprendí a peinarme sola. ¿Pero esta pinche güerca qué?

Los celos. Una cosa era que la invitara a comer y otra que la dejara entrar a mi cuarto en la noche mientras yo estaba acostada. Como papá hacía turnos nocturnos, mamá se quedaba a platicar hasta tarde con las vecinas y le permitía pasar a la casa sin problema.

Descubría a Mari en el borde de mi cama, de pie, burlándose por haberme visto dormir; sus dientes brillando entre lo oscuro. Me encabronaba. Por más que explicaba a mi madre que no la dejara entrar cuando yo estaba dormida, siempre lo volvía a hacer. Mamá no tenía tiempo para mis babosadas. La luz de la calle la seducía y ella solo quería escapar.

Los piojos no cedieron y Tere optó por rapar a sus dos hijas. Dos niñas sin cabello: dos mujeres con vergüenza. Todos se burlaban de ellas. Mari y Sara: las raras de la calle Allende. Mari y Sara: niñas que parecen niños.

Ese fue el segundo motivo para convertirse –por años– en el objeto de las críticas de las señoras de la calle, el primero había sido que el papá las abandonara. Con la cabeza rapada delataban que alguien no las había cuidado bien. A sus espaldas, me burlaba con los otros niños vecinos. Esa era mi venganza por invadir mi intimidad.

 

6

Crecimos con pequeñas manchas en la cara que las vecinas diagnosticaron a causa del sol. Crecimos con pequeños mapas en la ropa, un territorio marcado por el sudor, las babas y la suciedad del pavimento. Con las uñas llenas de tierra, con la panza atiborrada de lombrices, con una bolsa de Joya de ponche en la mano izquierda y otra de Rancheritos ahogados en salsa Botanera en la mano derecha.

Papá solía darme algunos pesos para que le fuera a comprar tostadas con salsa y un bollo de chamoy. Ése era el momento que más amaba de papá, cuando se ponía de buen humor y me daba dinero para comprarme un durito sencillo.

Me encantaba enchilarme y lagrimear, me gustaba tanto que hasta Doña Mona, la esposa de Don Pipe, un día me dijo que me pagaría 2 pesos si comía 2 chiles piquines sin tomar agua. Y así lo hice. La Doña no paraba de reír.

Una nueva familia se mudó a la casa de en frente de la de Mari. El señor Arnoldo y la señora Tina, que tenían un niño de dos años y una niña de tres. Trabajaban por las tardes y pidieron a Tere que le prestaran a Mari para que cuidara a los hijos. El señor Arnoldo volvía primero a casa, metía a los niños, a Mari y cerraba la mosquitera. También la puerta. Desde la banqueta podía ver la escena mientras succionaba mi bollo de chocolate.

Un día me dijo que ya no quería cuidar a los niños. A mí el señor me caía mal, no me gustaba que siempre quería saludarme de beso. Es que a mí a veces me toca las piernas. Quise que me explicara cómo y por qué, pero cerró su boca. Los dientes blanquísimos se escondieron. Le dije que le contara a su mamá. Ya se lo había dicho. Necesitaban el dinero. Solo se hundió de hombros.

 

7

Las tardes en la calle se multiplicaron como las larvas de moscas que estaban en nuestras bolsas de basura. Pequeños arroces con vida a los que les crecieron ojos y alas para volar. La señora Tina dejó de trabajar para dedicarse a preparar hamburguesas en un asador afuera de su casa. Las vendía a 2 por 8 pesos.

Algunos fines de semana, cuando papá se empedaba hasta desfallecer, mi hermano y yo robábamos las monedas que rodeaban su cuerpo tirado en la sala, y corríamos a comprarnos hamburguesas.

Las cosas cambiaron, jugar a ser la Power Ranger de color amarillo dejó de ser emocionante. Mamá logró inscribirnos a mi hermano mayor y a mí en una secundaria de cierto prestigio. Cada mañana despertaba a gritos a mi hermano para que se metiera a bañar mientras planchaba su uniforme. Yo despertaba sin que me llamara, me daba un baño y planchaba mi propio uniforme.

Caminábamos juntos y a regañadientes hacia la esquina donde tomábamos el camión: él con 4 pesos en el pantalón, yo con 6 en mi bolsita del jumper. Ya estábamos en el 2000 y el rumor de algo llamado internet comenzaba a filtrarse por nuestras vidas.

A Mari la inscribieron en la secu que estaba a la vuelta, la de peor reputación en la colonia. Se acostumbró a que su papá apareciera intermitentemente. No llamaba en meses ni años.

Las señoras de la calle juzgaban a Tere porque platicaba con traileros, se hacía amiga de los cobradores y los policías que vigilaban la colonia, además reía con las vecinas; siempre pidiendo favores, veinte pesos o un plato de comida.

La tachaban de loca, puta y marimacha, todo porque traía el cabello corto y no trabajaba. Sara sí se metió a jalar. Incluso mi mamá empezó a jalar haciendo limpieza en las casas de un fraccionamiento y le ofrecía a Tere acompañarla, pero nunca aceptó.

 

8

Los lunes y viernes nos arreglábamos para ir a pasear al mercado. Teníamos entre 11 y 12 años, cursábamos el primer grado de secu y nos creíamos bien chingonas. Usábamos pantalones acampanados, pata de elefante, las blusas strapless de licra pegaditas, nuestros chonguitos con dos cuernitos en la frente y las pulseras.

Me platicaba de sus nuevas amigas, casi todas de la Noria. Que a quién ya le había bajado, que quién ya había fajado, que cuál fumaba y quién era la más puñetas.

Por mi parte, mis amigas eran del 5to. Sector y sí eran desmadrosas, pero de una manera diferente. Hacían bullying a otras niñas, nos burlábamos de los maestros y pertenecíamos al equipo de fútbol de la secu; también teníamos un equipo en las canchas del 5to, nos hacíamos llamar Las Libres y Lokas. Ellas no pensaban en novios, pero yo sí, en varios.

Mi hermano mayor odiaba a los pandilleros y los paseos vallenatos, pero, sobre todo, odiaba a Mari y a su familia. Todos en la calle los odiaban, menos los vecinos posesionarios, mi mamá y yo.

Había cierto recelo en ver a una familia sin la cabeza de un hombre al frente. La loca y las loquitas que no tenían horario para guardarse, y un pobre niño que sabe Dios qué le pasará, decían las pendejas.

Tere había conseguido un minicomponente donde ponía a todo volumen al Binomio de Oro, Los Diablitos, Los Inquietos, Los Chiches Vallenatos y Nelson Velázquez.

Yo lavaba los trastes cantando las canciones y mi hermano me tachaba de ridícula. Él ya estaba muy inmiscuido en la Avanzada Regia y con toda la libertad del mundo entraba y salía de la casa, sin levantar siquiera sus pinches calzones del suelo.

Mejor me enfocaba en lo mío. Transcribía las letras de las canciones en mi libreta y se las mostraba a Mari, siempre me decía que tenía una letra muy bonita y tiempo después se la regalé.

Fue ella quien me regaló mi primer pantalón tumbado, sacábamos mi grabadora al porche y sintonizábamos la 1420 AM, que transmitía puros paseos vallenatos y a donde podías llamar para dedicar tu canción: te daban chance de decir una lista interminable de nombres que debías pronunciar a la velocidad de la luz. Y si escuchábamos que la nombraban, gritábamos. Y es que alguien, allá en la Noria, estaba pensando en ella.

Pero, sobre todo, que te nombraran significaba que ya te sacaban en alguna pandilla. Así aprendí también a identificar quién era trinche pa’rriba y quién trinche pa’bajo en los grafitis de las paredes.

Me enseñó a crear mi propia firma y a cargar un plumón para escribirla en los asientos de los camiones. Si alguna firma tenía en la esquina superior derecha una letra pequeñita encerrada en un círculo, esa letra era la inicial de la novia o novio de quien firmaba. La Lili. La Mari. Éramos trinche pa’bajo. Escondí mi pantalón tumbado al fondo de mi clóset.

 

9

A un lado de mi casa vivía una familia de posesionarios. Víctor, el hijo mayor, se convirtió en el líder de una pandilla trinche pa’bajo. Cada fin de semana venían a buscarle pleito los del trinche pa’rriba.

Una madrugada vinieron a aventar una piedra tan grande que quebró la mesa de cristal de su comedor. Ni siquiera la habían terminado de pagar en Elektra.

En las esquinas siempre veíamos a grupos de niños y adolescentes esperando algún enfrentamiento. Nos emocionábamos y corríamos en chinga a ver qué. Pero mi madre solo debía gritar: Liliaaaaaaaaaaa, para que yo volviera a regañadientes.

Mari me contó que ya se había besado con Rey, un pandillero de la Noria. Y me recomendó que empezara a practicar. De sincho aprendes. Y ahí estaba yo, apretujando los labios frente a la pared sucia de mi cuarto cuando todos dormían.

Besar a un niño era otra cosa. Tenías que sacarte un 21 en el boleto del camión: sumabas los números que estaban en la parte superior y luego debías proponerle a un cabrón que te lo cambiara. Entonces me saqué un 21: la lotería.

Se lo intercambié a Soé, el niño güero de la calle, que además estaba repleto de granos. Mari estaba orgullosa de mí. Pos sí está lleno de granos, pero sí tira, morra, está güerito. Mi beso lleno de babas no se comparaba a sus fajes en el campo con Rey. Ni modo.

A pesar de convertirme en la segunda madre de mi casa, de recoger siempre a mi hermana de la primaria, de hacer la cena, de limpiar el baño y los cuartos, de recoger los platos que dejaba papá y mi hermano, todavía me quedaba tiempo para salir un ratito cuando papá hacía turnos dobles.

Mamá se había metido a jalar a una fábrica y ya nada era igual. No podía dejarla morir, alguien debía limpiar el desmadre. Sin embargo, al pasar a segundo de secu, algo en mí estalló.

Le cantaba un tiro a cualquier niña que me mirara feo en la escuela. Mis amigas se escondían detrás de mí y me regañaban por hacérsela de pedo a las de tercero. Te van a chingar, LiliMe vale verga, nadie se puede meter con mi vato.

Ese vato era Soé, con el que me besuqueaba en las esquinas oscuras y a quien le mandaba cartitas.

Y allá íbamos todas a la hora de la salida al baldío que estaba a dos calles de la secu, ese lugar que llamábamos “la alberca”. Yo era buena para gritar pendejadas e intimidar, a pesar de ser la más chaparra de la clase. Muchas cantadas de tiro a morras, muy pocas materializadas.

Hasta que un día, en un partido de fútbol en el 5to., una delantera del equipo Las Chikillas pateó a una de mis amigas, y me calenté. Esa morra, además, le estaba tirando la onda a otro de mis vatos, el Perro. De aquí limpia no te vas, pendeja.

Con un chingo de niños y niñas que aullaban de emoción a nuestro alrededor, nos metimos patadas en medio de la terracería. Mi hermana menor, lamentablemente, quedó traumada con esa escena. ¡Nooo, Liliiii, ya vámonos! Debía llevarla a todos mis partidos, esa era la condición que me ponía papá para dejarme salir. Como si eso fuera a detener mis desmadres. Regresé carcajeándome de los nervios a mi casa. Se lo conté a Mari y juntamos los puños.

 

10

Que si quería ver una película en su sala, dijo. Yo nunca entraba a su casa, Tere no dejaba pasar a nadie. Así que me entró la curiosidad y acepté. Sangre por sangre.

Vimos la película sentadas en el piso, frente a la televisión. Miklo chupaba el dedo del cocinero. Tere presionaba FAST FORWARD. Nos cagábamos de la risa. Vatos Locos forever. Pinche Paco traidor. El carnalismo se lleva adentro. Crucitoooooo.

Los tatuajes no se borran a menos que te los arranquen con un cuchillo. Respeto y familia.

La familia era un tatuaje que todavía no podía arrancarme por respeto. Se volvió una herida que no cicatrizaba porque mi padre la abría cada vez que nos pendejeaba y cada que golpeaba a mi madre. El carnalismo.

Mari se marcó en la mano las iniciales de Rey con una aguja y dejó de esperar a su papá.

 

11

Liliiiiiii. Salí en short. Qué pedo. Iban a enfrentar a una morra, que si quería acompañarlas. Ponte en chinga el pantalón que te di. Ni lo pensé. Le dije a mi hermana que si preguntaba mamá, le dijera que había ido al parque con Mari.

Me temblaban las piernas, pero quería conocer a sus amigas. Las imaginaba enormes, tronchatoros, chingonas. Y así eran. Nos saludamos con los puños. Llevaban morrales con huevos adentro. Me dieron uno y corrimos por las calles hacia la casa de la pendeja que íbamos a huevear.

Esa calle estaba muy oscura, señalaron la casa y nos acercamos. Mari gritó el nombre de la morra y nadie salió. Los huevos volaron y lancé el mío con fuerza. Prendieron la luz. Huimos cagándonos de la risa. De regreso dijeron que fuéramos a la Noria. Le dije a Mari que no podía, pero me convenció.

Al cruzar la avenida alguien gritó mi nombre. Era mi hermano. Ándale, pendeja, ya le dije a mi mamá que andas de pinche chola. Papá te va a chingar. Chingadamadre.

Los quehaceres seguían. Los platos se apilaban. Nunca había suficientes hielos en el congelador ni agua fría para calmar la sed de papá. Me prohibieron juntarme con Mari. Mis amigas me recibían todas las mañanas con chistes que hacían que olvidara cómo papá basureaba a mamá a las 6 AM.

Escribía en mi diario y escuchaba los problemas de ellas. Un papá cocainómano que había tocado a una, una madre piruja que dejaba a sus tres hijos a cargo de otra de mis amigas, un hermano mayor agresivo que vigilaba cada movimiento de otra, una amiga bulímica que era ninguneada por sus tres hermanos y su papá.

El futuro para nosotras era chingonamente prometedor, no cabía duda. Nos encerramos en la música. Shakira, Britney Spears, Nelly Furtado, Juanes. Y como no queriendo la cosa, me rendí frente a los canales de MTV y Telehit. Me volví sensible, empecé a escribir poemas y valió madre.

 

12

Tener 13 años y querer que el pinche calor nos queme de una vez por todas. Liliiiiiiiii. Nos sentamos en las mecedoras. Dijo que estaba embarazada. Estás pendeja, ¿cómo vas a estar embarazada? Vamos a preguntarle a mi mamá, para que veas.

Tere dijo sonriente que sí, que iba a ser abuela. Dije que no lo podía tener. Se burlaron. Pues de tener, ya lo trae adentro, mija. Pinche Rey, no que solo era la puntita. Me fui a mi casa. Mi madre me encontró llorando en mi cama.

¿Qué tienes, Liliana? ¡Mari está embarazada! Volteó los ojos: Aaaay, pero por favor, si la embarazada es ella, no tú, no seas ridícula, pa qué lloras. ¡Pero solo tiene 13 años!, chillé. Pues ella tuvo la culpa, le encanta el pedo. Mamá se ganaba a pulso mi odio. ¿Dónde estaba su pinche compasión? ¿Ya se le habían olvidado los piojos?

 

13

Tercero de secu fue uno de los años más felices de mi vida. Íbamos a presentar en la misma preparatoria, pero sabíamos que no todas pasaríamos el examen. Echamos una moneda al aire y cayó en lo más profundo de mi corazón.

Las Libres y Lokas sosteníamos nuestros trofeos de primer lugar de la liga. Paseábamos orgullosas con nuestros tachones por toda la cuadra. Nos habíamos ganado el respeto de los güercos de la colonia y de la secu. Incluso mi hermano asistió una vez a verme jugar. Quería demostrarle que, aunque nunca me dejaba jugar futbol con sus amigos, yo sí le sabía. El pedo fue que ese día me dejaron casi todo el partido en la banca. Chingado, ‘mbre.

Finalmente, los resultados llegaron. Solo una amiga y yo habíamos pasado a la prepa 1. Las demás tendrían que irse a un CONALEP. Ni pedo, yo les dije. Pero siempre estaban mamando con dejar todo a última hora y copiándome la tarea.

Para disminuir la tristeza, nos dedicamos a ir a cuanto XV años se nos atravesó. Todas tuvieron uno, yo cumplí los 15 cuando recién entré a la prepa. En mi video de XV aparece Mari cargando a su bebé, bailando con Rey, felices.

Mamá seguía frecuentando a Tere y nos cagaba. Ahora sí juzgaba yo también como loca y marimacha a Tere. Con el tiempo, Mari encontró más cosas en común con mi madre que conmigo. Ya no gritaba: Liliiiiiiii. Si no: Señora, Anaaaaaa. Ni modo. Las cosas eran así y siguieron siendo así cuando llegó el segundo bebé.

Mi infancia de paseos vallenatos comenzó a avergonzarme. Todo en mí era vergüenza: la soledad –me había quedado sin amigas–, el desamparo –se deshizo el equipo de futbol–, la familia –ahora yo también me metía al ring–, la pobreza, la comida, mi cuerpo, mi ropa, las deudas.

Esa etapa culminó en una depresión de la que no me pude levantar hasta después de 13 años, cuando ya no vivía en Apodaca y me había mudado a un departamento en Monterrey.

 

14

Entré a la universidad y a los 19 años hui de casa con un estudiante de Sociología; después de unos meses regresé a mi casa.

A los 21 años volví a huir, luego de aceptar que no importaba si lo deseaba con mucha fuerza: papá no iba a amanecer muerto por una congestión alcohólica ni nada ni nadie iba a convencer a mi madre de divorciarse de él.

Me fui triunfante. ¡Ahí se ven, pendejos! El respeto me lo había arrancado con una navaja con la que me cortaba, asfixié al respeto con un cable amarrado al cuello, me bebí al respeto mezclado con una caja de medicamentos que me dejó en un manicomio.

El respeto, de hoy en adelante, iba a marcarse en mi memoria con la herradura del cariño antiguo de mis amigas. Mari y yo bien tumbadas con los huevos en la mano. Las Libres y Lokas abrazándose luego de meter un gol.


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.
El alojamiento a los peregrinos.

La Casa del Peregrino, en la alcaldía Gustavo A. Madero, CDMX, recibió a la tercera caravana migrante el 19 de noviembre del 2018. Sentados en el callejón hacia la entrada principal, los jóvenes centroamericanos reviven las promesas con las que abandonaron sus hogares. Kevin busca esos recuerdos en el cielo; entorna los ojos oscuros como obsidiana y ahoga un suspiro con sus palabras: “Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver”.

Baja el rostro impasible a lo que relata, parece ofuscado por el sol y la violencia de su natal El Salvador. Tiene veintiún años, pero los pómulos quemados, las mejillas demacradas y sus manos encallecidas lo envejecen prematuramente. “Nadie se pone a ver las necesidades que uno tiene”, dice mientras mueve la cabeza de lado a lado.

“En mi país me tachan de delincuente solo por quedarme en sexto grado. Ellos solo ven lo muy [sic] que está a la vista.” Se mira las manos, usa sus uñas para arrancarse las ampollas de la albañilería, esa piel muerta que le dejó el crimen organizado cuando asesinaron a sus padres y se vio obligado a abandonar sus estudios. Bajo el techo de su abuela, Kevin, con apenas 12 años, se convirtió en “la cabecilla” de su familia, a cargo de sus tres hermanos menores.

 

“Uno necesita derechos”

Cuando Kevin —cuyo apellido prefirió no revelar— habla de la violencia y la corrupción, lo hace con hartazgo, como si en ese momento enlistara los nombres de los 2 mil 400 desaparecidos y 2 mil 514 personas asesinadas en El Salvador en 2018; su voz se desgasta al final de cada palabra, como si fuera un niño a punto de romper en llanto.

Cambia de tono para descubrir la pasión que lo ha acompañado durante 1685.6 kilómetros de carreteras: “así como me ves vestido, a mí me gusta el rap”. Acomoda hacia atrás su gorra descosida y frota con cautela sus pantalones rotos. “Incluso he creado una canción, pero me falta unir más cosas que he escrito”. Contempla tres años de escasez, la anáfora que aún parece repetir.

Soslaya la mirada, choca contra los huesos salidos que tiene por piernas. “A veces se come, a veces no”; los estornudos y charlas de los demás se interrumpen. Kevin retoma el momento en que vivió de la albañilería, la época en la cual ese vacío ineludible en su estómago lo hizo trabajar, consciente de que, pese a sus esfuerzos, nunca podría mejorar su casa “hecha de palos”.

“Uno necesita derechos”, dice y guarda silencio. Recargado en la pared de una miscelánea, el joven salvadoreño compara las casas de alrededor: las paredes de concreto contra el adobe de su niñez. El margen injusto agrava la noción de su país marcado por la “corrupción” irreversible de sus gobernantes y la “indiferencia” de sus compatriotas. El resultado, una valoración increíble: “México se mira bonito. Hay unión. Aquí reina la paz”.

Fachada de la Casa del peregrino.

Fachada de la Casa del Peregrino.

El oro para los migrantes

El viento húmedo de Quintana Roo envolvía la espalda sudorosa de Kevin. Perdía tanta agua como había tomado. Avanzaba temeroso porque sus compañeros le habían dicho que en México no trataban bien a las caravanas. A lo lejos una muchedumbre salió de las casas aledañas, se acercaban por la carretera, fundiéndose con el espejismo del sol. El chico aceleró el paso, pero una mano lo tomó por el hombro.

—Aunque sea esto. No es la gran cosa, pero así les ayudo —la señora extendió la mano, cargaba una bolsa llena de agua.

“Eso fue como oro”, así se refiere a sus primeros instantes en México. Sin embargo, la percepción de la población mexicana sobre los migrantes despierta recelo. “Una señora me dijo que por qué habíamos hecho protesta cuando habíamos tocado tierra mexicana”, continúa en voz baja, como quien quiere evitar prejuicios, “le respondí que no fue protesta, simple y sencillamente hacerle ver a México que venimos con la mente de querer salir de la violencia”.

Atropella sus palabras al hablar más rápido, arroja escenas de su viaje hasta que una lo detiene: “en el camino hubo niños que quedaron en el río”, uno de los tantos destinos de los sin opción, las personas sin documentos como Kevin, que fuera de sus países son seres ilegales y, en el peor de los casos, inexistentes, pues no pueden siquiera comprobar que nacieron o que tuvieron un hogar.

“Yo quisiera estar en mi país. Tengo a mi hijo, a mi familia, y quiero echarles la mano”, ese es su deseo y quizá la única motivación para huir de las bandas delictivas. “Si ellos te dicen ‘a vos’, es porque a vos te necesitan, y si dices no, atacan a alguien de tu familia”.

Los pies de Kevin conocen cuán lejos puede llegar alguien perseguido. A diferencia de la mayoría de sus compatriotas, espera llegar a Canadá o “hasta donde Dios quiera”. Aunque las promesas para él no tienen valor, las cicatrices de su infancia le enseñaron que “nadie se iría si los gobernantes no dieran la mano a la corrupción”.

 

La tercera caravana

En 2011 la delincuencia desató el caos en El Salvador: con 4 mil trescientos ocho homicidios, fue el segundo país más violento del mundo. Kevin, en ese entonces de 14 años, vivía con su primera pareja. Cuando una banda criminal que operaba en su barrio llegó a reclutarlo, él se negó a convertirse en asesino; no obstante, y como habría de aprender, al crimen organizado no se le pude negar lo que desea.

Después de una jornada en la construcción, se despidió del maestro de obra, acomodó sus herramientas en la bodega y regresó a casa para encontrar a un visitante recurrente, uno que revestido de rojo cosecha horror donde quiera que va. “Se cobraron con la vida de la persona con la que yo estaba acompañado, duré con ella tres años. Es algo que te pone mal, donde dices: ya no mando yo en mi vida”.

Los años siguientes los sobrevivió con “ganas de querer volar y desaparecer”. Y como si el azar lo tentara, el 13 de octubre de 2018 escuchó que la primera caravana partió hacia Estados Unidos. “Voy a salir adelante”, más que un ideal fue la súplica que lo persuadió a quedarse con su hijo. “Yo sé que voy a salir adelante”, repitió cuando la segunda caravana escapó de su país.

Pero las plegarias se pierden cuando nadie las escucha. La tercera caravana salió de El Salvador el 28 de octubre y un día antes, Kevin alistaba su ropa en el centro de una lona mientras cosía los bordes con puntadas dispares. Le “entró la desesperación”. Ni siquiera las lágrimas de su abuela aliviaron su frustración por la falta de un futuro, la piel endurecida por la muerte.

―No te vayas. ¿Qué vamos a hacer?

―Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver.

Fue difícil para él abandonar a su abuela, “sabiendo que solo me quedaba ella después de mi madre. Es como que veas a tu madre llorar”. Dio sus últimos pasos en casa, encontró a sus hermanos y al verlo entendieron para qué era esa alfombra de rafia que Kevin había conseguido. Le pidieron que se quedara, le preguntaron qué sería de ellos. Así atravesó la puerta para unirse a la tercera caravana; cruzó Guatemala y el sur de México con remordimiento, con la culpa dentro de una lona.

“Todo lo malo, al final es por algo bueno”, aún cree que la travesía lo llevará a un mejor lugar; aunque las malas noticias le pisen los talones. “Me enteré que allá donde yo vivo llegó la criminalidad a sacar a los jóvenes”.

Las calles hacia el refugio.

Las calles hacia el refugio.

El horizonte

Pasa el dorso de la mano por su nariz. Las risas de sus compañeros llaman su atención y al voltear, su mirada encuentra la de un niño de diez años, cuyas manchas de tierra en el rostro y el escurrimiento nasal dibujan la ternura de una infancia en persecución.

Pese a “venir solo y sin un cinco”, logró hacer amigos que lo acompañaron en su sueño. Superó con ellos la frontera con Guatemala y juntos enfrentarían México, o al menos eso intentaron. “Al final nos separamos; uno de ellos se quedó en el camino, murió en la frontera de México”, esas palabras enmudecieron las carcajadas, mataron la alegría. “Muchos murieron enfermos, mientras cuidamos a unos, otros fallecían”.

“Gracias a Dios aún me quedan amigos, todos venimos de El Salvador, menos ellos dos: el gordito y el de amarillo”, señala Kevin a un par de muchachos que se esfuerzan para devolverle la sonrisa.

“A mí no me interesa dejar mi vida en el camino, yo lo que quiero es que mi familia pueda salir adelante”. Tensa la mandíbula, cierra los ojos para encontrar su vida a lado de sus hermanos y su abuela, quizá más atrás con sus padres, cuando había “buenos trabajos” y “la gente no tenía que huir de la violencia”; su voz vuelve a ser la del niño al que le cambiaron los muñecos por bultos de cemento y los juegos por trabajo.

Describe el lugar donde creció, en el que “hasta tu propia sombra te traiciona”, donde las denuncias se traducen a penas de muerte para los seres queridos, un abismo en el cual “no se puede confiar en nadie y por ser joven te dicen que harás algo malo”. “Si yo agarré la decisión de venir es porque mi mente ya no aguantaba, ya no quería existir”.

Las personas que Kevin vio le cambiaron la vida, “gente mala como gente buena”, asegura que conoció mejor a los buenos porque le ofrecieron comida y pusieron su mirada en él. “Si no serví de nada allá en mi país, estoy sirviendo en algo ahora: le hago ver a la gente que tiene derechos, derecho a vivir”.

Su cuerpo famélico resistió enfermedades, cargó con los vestigios de su esperanza, con la sombra de su promesa y el designio del dolor para convertir su vida en un mensaje: “nadie nos puede detener, tenemos derecho a buscar ese futuro”. Alza la voz y esta vez no encoge los hombros para ocultarse de quienes lo consideran un invasor.

En Canadá se oculta el sol que persigue, un horizonte donde quiere ayudar a construir casas. “Ves un espacio en blanco y luego hay un hogar”, para Kevin el orgullo hacia su país yace en las herramientas que dejó, sus manos de hierro y madera. También espera encontrar dicha, la que lo desborda a través de sus oídos. “Puedo tocar guitarra, teclado y batería, estuve en un ministerio de alabanza cuando era niño”.

“Si me quieren regresar, mejor digo, ‘Dios, mejor me tiro y déjame aquí’, pero hay algo en mí que me impulsa a avanzar”. Hay casos aislados, supo de un hombre que pasó preso los últimos años y logró establecerse en Estados Unidos. Es un recordatorio o Kevin así lo asume. “Huyes de la violencia. Allá te tratan como delincuente”.

“Si logro traer a mi hijo, mis hermanos y mi abuela, ¿a qué regresaría a El Salvador? A revivir momentos duros”, me responde cuando le pregunto si volvería a su país. El migrante no solo huye de la violencia, sino del pasado, de las heridas que se hacen más profundas por cada sepulcro de un amigo, con cada infancia ilegal, con cada lágrima desde casa y, en su caso, con “las llagas en los pies de tanto caminar”.

“Creo que todos somos hermanos, entendemos, tenemos corazón”, y dentro del suyo, los latidos componen rimas. Ni la intolerancia ni la miseria las interpretan, son las voces de los desplazados quienes se unen a Kevin y aportan un verso desde el alma, una consigna que los migrantes cantan en diferentes lenguas a través de las fronteras:

“Hui de la violencia

en busca de mi sueño.

Tomé este camino

para seguir mi destino”.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.