Tierra Adentro
Collage por Ari Collage.

 

La vida e historia de Juan Gabriel, ese icono del siglo XX del canto, la composición y el performance mexicano, ha sido contada en muchas y muy distintas ocasiones, por eso no abundaré precisamente en sus datos biográficos, sino en aquellos momentos importantes que quedaron resguardados en distintos soportes audiovisuales; relatos en los que el mismo Juan Gabriel se encargó de contar su carrera y su propia vida.

El paso del Divo por las pantallas tanto de la televisión como del cine, y en los últimos años en las distintas redes sociales, ha sido poco explorado, pero no por ello es menos significativo que el impresionante número de canciones de su autoría, la cantidad de idiomas a los que han sido traducidas, o la melodramática historia del joven humilde que, con su talento y una vida personal llena de vicisitudes a cuestas, conquistó al mundo entero haciendo lo que más le gustaba.

El Divo tenía que ser visto

Alberto Aguilera Valadés dio vida a Juan Gabriel a inicios de los años setenta (después de haber sido Adán Luna, su primer alter ego cuando vivía en Ciudad Juárez) y, al ingresar a las filas de la industria musical en la compañía RCA, el oriundo de Parácuaro, Michoacán, entró derechito a todo lo que demandaba el impulso de una naciente carrera artística en la segunda mitad del siglo XX: la distribución de su obra y talento tanto en modo sonoro como audiovisual. La imagen estuvo ligada a discos, casetes y conciertos, pero también a películas y apariciones en espectáculos televisivos de variedad, e incluso en certámenes de relevancia iberoamericana.

Bajo la tutela de Enrique Okamura y Eduardo Magallanes, quien por muchos años fungió como su productor musical de cabecera, en 1972 fue inscrito como participante al Festival OTI de la canción con el tema “Será mañana”.

https://www.youtube.com/watch?v=05FnLmCEW-o

Enfundado en un traje gris con camisa roja, Juan Gabriel no mostraba en el rostro la solemnidad de otros cantantes; por el contrario, en el pequeño espacio de acción colocado estratégicamente para que los tiros de cámara pudieran mostrar desde distintos ángulos su participación, solo o con los coros y la orquesta de fondo, el cantante se apreciaba relajado, interpretando no solo con la voz sino con el cuerpo, con movimientos perfectamente coordinados con el ritmo de la canción sin ser aparatosos. Daba cuenta del estilo de baile que desde entonces quedaría como su marca de autenticidad.

Y es que Juan Gabriel era canto pero también era gestualidad (Caro Cocotle, 2017). Aunque su música y letras impactan de solo escucharlas, Juan Gabriel tenía que ser visto interpretándolas e interpretándose con sentimiento y emoción a partir de bailes, de expresiones faciales, de movimientos con sus hombros, de la soltura con la que meneaba su cabeza y extremidades de un lado hacia el otro, de sus sugerentes y a la vez divertidos contoneos.

A la par que Juan Gabriel triunfaba en México, un fenómeno estaba ocurriendo en el mundo entre la música y la televisión: la configuración del videoclip.

Aunque los antecedentes del matrimonio entre música e imagen datan desde el nacimiento del cinematógrafo y de la aparición del elemento dancístico dentro de las comedias musicales (Gifreu, 2009), es en la década de los cincuenta cuando aparecen en las pantallas programas como el Show de Ed Sullivan, que fungían como plataforma para que los cantantes pudieran promocionar en entrevistas y números musicales sus más recientes discos. Sin embargo algunos de ellos, como Elvis Presley o Bill Halley, dieron el salto a la pantalla grande, y es a partir de este salto que se conformaría una característica fundamental para el videoclip: la del artista musical que juega a ser actor.

Collage por Ari Collage

La siguiente referencia aparece en 1964 con la película del grupo inglés The Beatles, A Hard day’s night, que contiene “en la primer secuencia del filme una puesta en escena musical del grupo que se asemeja a lo que hoy conocemos como videoclip” (Gifreu, 2009, pág. 2). Gifreu señala los efectos, los collages fotográficos, la mezcla de material ficcional y documental, así como el ritmo y la fragmentación como contribuciones fundamentales de este film respecto al videoclip.

Después vendrían las cintas Help (1965) y Performance (1970) protagonizadas la primera de nueva cuenta por el cuarteto de Liverpool y la segunda por Mick Jagger, vocalista del grupo Rolling Stones. La fragmentación del relato, además de la exposición de los artistas, fue clave para entender lo que en 1975 fue concebido -al parecer- ya como un videoclip: Bohemian Raphsody del grupo Queen, conformado por un show de la agrupación combinado con elementos grabados específicamente para ilustrar los juegos vocales con una planeación y iluminación muy específica.

Mientras tanto en México, el creciente auge televisivo fue el pretexto para que programas musicales dieran espacio a los lanzamientos más importantes de las compañías disqueras de aquel entonces, ya sea presentando un par de canciones o bien, en ediciones especiales producidas ex profeso para un artista en particular.

En ambos casos se cuidaba de la escenografía, la iluminación y los elementos en el set para que tanto artista como director de cámaras pudieran jugar con propuestas un tanto más estéticas en pos del lucimiento de cada intérprete, lo que ocurría con el mencionado Tv Musical(antes Tv Musical Ossart, cuando las marcas eran quienes patrocinaban espacios como Orfeón a go-go y Espectacular Domecq), Éxitos, México, magia y encuentro y Domingos espectaculares. Pero también estaban ediciones como Vamos a cantar, que dedicaban todo su espacio a una estrella, realizando un montaje específico para cada una de las canciones elegidas, en esta suerte de acercamiento al videoclip con un programa fragmentado y un artista musical que jugaba a ser actor.

En 1977 Juan Gabriel jugó a ser actor en las diversas ediciones a las que fue invitado de Vamos a cantar, en donde al parecer no se escatimó en recursos de producción como la grabación en exteriores, el vestuario, los extras que lo acompañaban y hasta el empleo del croma para incrustar en la post producción imágenes que hoy parecen más estampas de Odisea Burbujas.

https://www.youtube.com/watch?v=cIhwyYl0024

Juan Gabriel en los tiempos de la Revolución, Juan Gabriel apostador de los años 40, Juan Gabriel en la oficina, Juan Gabriel bailando charleston. La imaginación era el límite.

Pero así como jugaba para divertirse, lo hizo también para sufrir un poco. Y es que en 1977 incursionó por primera vez en el séptimo arte con la película Nobleza Ranchera, al lado de Verónica Castro, Sara García, Carlos López Moctezuma y Eleazar García “Chelelo”, dirigidos por Arturo Martínez, quien contaba con experiencia en cintas de luchadores y principalmente en aquellas con dramas ubicados físicamente en la frontera México-Estados Unidos.

En una versión “modernizada” de las comedias y dramas rancheros musicales de la época de oro del cine mexicano, donde los cantantes eran aprovechados por sus dotes interpretativas en el terreno de la actuación, como Jorge Negrete y Pedro Infante.

Juan Gabriel iniciaba así una carrera actoral en donde los personajes a interpretar siempre tendrían muchos rasgos del propio Juan Gabriel, ya sea por las locaciones o por las temáticas semi o totalmente biográficas. El tamaño de la pantalla no importaba. El Divo tenía que ser visto.

Así llegaron títulos como Del otro lado del puente (1979), Esta primavera(1979) dirigida por Gilberto Martínez Solares, El Noa Noa (1980) que trata sobre sus inicios musicales en dicho lugar, y Es mi vida (1981) donde dramatiza su experiencia en la cárcel de Lecumberri acusado por robo. En el año 2014 tuvo una participación especial en ¿Qué le dijiste a Dios?,película de corte musical inspirada en sus canciones.

Collage por Ari Collage

En 1981 se cumplieron los primeros diez años de trayectoria de Juan Gabriel, y el programa Siempre en Domingo lo celebró con una entrevista homenaje que Carlos Monsiváis describe con su singular precisión: “Al tanto de un hecho (el único e intransmitible secreto es el del éxito), Juan Gabriel no escatima detalle, y evoca golosamente los oprobios de infancia, la penosa trayectoria, las horas anteriores al triunfo avasallador. Quien no la hace, no tiene biografía; dispone, si acaso, de materia prima para la telenovela que nadie se interesa en producir.” (1981, pág. 452).

Ese año, en el otro lado de la frontera, el video estaba matando a la estrella de radio, o al menos eso amenazaba el surgimiento de MTV en Estados Unidos, un canal de televisión restringida que transmitiría 24 horas de pura música adaptada al audiovisual. La música, más que nunca, también se veía.

En esos años los especiales musicales dedicados a Juan Gabriel seguían produciéndose en Televisa: como ejemplo está aquella producción de 1984 que, un tanto minimalista, solo contó con un fondo completamente negro, algunos elementos que cambiaban de acuerdo a cada canción interpretada, y al Divo destacando con su amplia camisa roja (tejida, si los ojos no me fallan) y un pantalón beige que uniformaba el concepto del disco que estaba presentando.

En ese set lo mismo cantó Bésame, coquetando con unos enormes labios rojos de la escenografía, que jugueteó entre las múltiples velas encendidas que emulaban (me atrevo a pensar) aquella enorme gruta donde Macario miraba impresionado a la humanidad entera que se prendía y apagaba a mandato de la Muerte vestida con sombrero y jorongo. Aunque la Muerte seguramente habría quedado prendada ante la interpretación, el intenso performance de aquella inolvidable Querida. “Dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando tú vas a volver…”

En agosto de 1988 fue invitado al exitoso programa de su amiga Verónica Castro, Mala noche, no, y su transmisión resultaría un hecho histórico como el programa nocturno con un solo artista de mayor duración.

La gente estaba enloquecida: las llamadas no paraban de llegar, todos pedían saludos, complacencias, la presencia de su ídolo en sus plazas más cercanas. Hasta las grandes amigas del Divo hicieron enlaces telefónicos, y ahí estaba Verónica contestándole a Lucía lo mismo que a Estela (Nuñez) y a Aída (Cuevas). De hecho, sorpresivamente a mitad de la noche, apareció Jacobo Zabludovsky quien no iba precisamente al programa sino a alistarse para, horas después (el 1 de septiembre), dar inicio al proyecto ECO, el sistema noticioso de Televisa que ofertaría información en español de lunes a domingo las 24 horas del día.

Aunque esta transmisión el público la recuerda de manera entrañable, existe (aparentemente) una versión menos nostálgica que asegura que se mostró esquivo, contestando con humor a las preguntas personales que Verónica Castro le hacía, e incluso, por momentos, se mostraba incómodo o molesto.

Si bien podría deberse a una falla en su garganta, en determinado momento del programa (¡y cómo no!), ante algunas llamadas del público tanto conductora como invitado aseguraron que el Divo había cancelado algunos compromisos con tal de estar esa noche en los foros de Televisa. Incluso hasta en tono de broma dijo “que lo habían obligado”.

Según la hipótesis de David Estrada, Juan Gabriel fue el pan y circo que los mexicanos necesitaban para olvidarse de la caída del sistema que ese año dio el triunfo a Carlos Salinas de Gortari como Presidente de la República, alegando que la negociación entre el cantante y el partido político consistió en estar esas 7 horas dando un show en la principal pantalla televisiva del país a cambio de ciertos beneficios con el nuevo gobierno, como, por ejemplo, un concierto en el recinto de Bellas Artes.

Collage por Ari Collage

Cabe aclarar que aunque el autor del blog menciona una fecha del programa que no coincide con la de la transmisión y que cita como su fuente una entrevista cedida a La Jornada en abril de 2012 al periodista Fabrizio León, la única publicación parecida tiene fecha de febrero de 2012 en el mismo periódico a Juan José Olivares, y en ella no hay alusión alguna a este suceso.

En 1989 Juan Gabriel formó parte de otro evento relevante para la industria musical nacional: el segundo videoclip como tal que contó con un gran presupuesto, filmación cinematográfica, muchos efectos especiales y una narrativa propia que iba más allá de la promoción de un sencillo o un disco.

Con elementos más artísticos, Pedro Torres, el productor que poco antes había hecho de La Incondicional de Luis Miguel una aventura tipo Top Guncon aviones, un drama romántico y un Sol visualmente en su mejor momento, fue requerido para dar promoción a uno de los más ambiciosos proyectos que Televisa estaba lanzando: El extraño retorno de Diana Salazar, telenovela de época protagonizada por Lucía Méndez, entonces esposa del productor.

¿Qué tenía que hacer Juan Gabriel en tan célebre momento televisivo? Él fue, a petición de su querida amiga y comadre, el autor de uno de los dos temas que Lucía Méndez cantó para dar identidad al melodrama: Un alma en pena, esa que va arrastrando cadenas.

Aunque después de tantos párrafos he intentado probar mi teoría de que El Divo debía ser visto, sé que siempre existe una excepción, una que tiene dos formas de ser entendida: o Juan Gabriel fue lo suficientemente inteligente para cambiar un foco por otro, y para ello nada mejor que la exposición de su música de lunes a viernes, en los horarios más importantes de la franja programática en la televisión nacional aunque no fuera interpretada por él, o en mucho influyó el hecho de que a mediados de la década de los noventa tuviera un fuerte enfrentamiento con los directivos Televisa a tal grado de afirmar que la empresa no lo había vetado a él, sino él a la empresa.

Su primera aportación musical a una telenovela fue con De mí enamórate,tema principal cantado por Daniela Romo quién además llevaba el personaje protagónico de El camino secreto (1986), producida por Emilio Larrosa. Después Un alma en pena acompañaba los créditos finales de El extraño retorno de Diana Salazar, cuyo videoclip de más de 5 minutos de duración también era constantemente transmitido en los programas de videos como Video Éxitos o TNT.

Años después (durante el exilio de Televisa) fue su propia voz la que dio pie a cada capítulo de melodramas mexicanos como Te sigo amando (1996), Abrázame muy fuerte (2000) y Mariana de la noche (2003), así como de las peruanas Leonela (1997) y María Emilia (1999). El gancho perfecto para que mujeres y hombres se acercaran a estas historias, aunque fuera solo por el gusto de escuchar la canción día tras día.

https://youtu.be/NxGKapfIoS4

A propósito del primer concierto en Bellas Artes, en 1990, Carlos Monsiváis escribió:

“Por más que se diga lo contrario, parte fundamental del éxito de Juan Gabriel se origina en su independencia esencial de Televisa; la televisión sin duda lo ha apoyado, pero Juan Gabriel no es resultado de los estudios de tendencias de mercado, surgió cuando no se creía ya en la resurrección de un gusto calificado de “abominable”, de letras que informaban de la nueva sintaxis (tan fracturada) del pueblo, de canciones rancheras y de polkas y redovas en el tiempo de la balada y —para los yuppies— del rock dulzón. Juan Gabriel es la vindicación literal de lo expulsado del canon televisivo o de lo jamás incluíble: los nacos y los traileros y las secretarias románticas y las amas de casa sin casa que aguardan y los “raritos” y los adolescentes de las barriadas.” (Monsiváis, 2016).

Sus apariciones en televisión a partir de entonces fueron escasas, pese a la muerte del Tigre Azcárraga, y constaron de sus presentaciones en grandes escenarios. Entre lo más relevante quizá, están sus participaciones en el cierre del evento Teletón del año 2003, en el especial dedicado a la memoria de Roberto Gómez Bolaños en el año 2012, la transmisión de sus 40 años de carrera de nueva cuenta en el Palacio de Bellas Artes y en la entrevista del año 2002 hecha por el periodista Fernando del Rincón para Univisión donde, ante la pregunta directa de si era gay, un Juan Gabriel sereno pero medio incómodo respondió “dicen que lo que se ve no se pregunta” (CNN, 2016)

https://youtu.be/fedhS9SEy4c

Eso, hasta que llegó Disney. Entonces el Divo y su melodramática historia a cuestas volvieron a ocupar pantalla (de televisión restringida, de televisión abierta, de streaming), ahora con técnicas cinematográficas, con la unión de talentos y esfuerzos latinoamericanos, con capital gringo, con esencia mexicana. Hasta que te conocí fue una serie basada en distintas entrevistas, entre ellas a su amiga Patricia Chapoy.

Gracias a las sanas relaciones comerciales entre Disney y TvAzteca, la primer bioserie creada para el mercado mexicano fue transmitida inicialmente en abril de 2016 por TNT para después pasar los 13 episodios por televisión nacional abierta en el canal 1 (antes 13) que culminarían el domingo 28 de agosto. Oh, día fatal.

La cobertura de su muerte, la repetición de su serie, los programas especiales con anécdotas, recuento de su historia, legado musical  y un largo etcétera no han faltado. Más todo lo que desde entonces ha generado nota respecto a su herencia, sus hijos y su regreso del más allá. El Divo sigue dando nota aún después de muerto. El Divo no abandona (ni abandonará) las pantallas.

El meme antes del meme

El académico Gabriel Pérez Salazar, dedicado a analizar el meme en internet como fenómeno comunicativo, habla de esta unidad cultural con capacidad de réplica desde sus rasgos morfológicos, es decir, la gran variedad de signos que existen en la red y que pueden ser considerados como memes, desde una carita feliz o un emoticón compuesto por el signo de dos puntos y un paréntesis que cierra, un hashtag, imágenes acompañadas (o no) de texto y los productos audiovisuales repetidos, modificados y replicados (AMIC, 2019).

Debido al sentido del humor que Juan Gabriel siempre mostró, en estas líneas me atrevo a asegurar que el Divo fue, consciente o inconscientemente, un meme antes siquiera de que el término fuera conocido. Un meme antes del meme. Si consideramos que Pérez Salazar afirma que el origen del meme no es precisamente el internet, y que tomado en cuenta como unidad cultural replicable esto puede abarcar otras expresiones, como un baile tipo La Macarena que se repite y se modifica, los pasos o movimientos que Juan Gabriel proponía en cada presentación o concierto eran igualmente replicados y modificados por la gran masa que lo imitaba, agregándole cada quien de su propia cosecha. Medio exagerado, medio dramático, medio queer.

Su nombre por sí mismo fue una marca, un sello. E incluso, lo que quizá fue acuñado desde un lugar despectivo funcionó como si de un hashtag habláramos: #JuanGa. Juanga también fue empleado como un término de cariño, de confianza, de la cercanía entre fan e ídolo.

Y como un meme también puede ser un audiovisual replicado, Juan Gabriel logró unir en un solo caracteres y video con carácter viralizable: en el año 2005 durante un concierto en Houston, Texas, un robusto pero entusiasta Juan Gabriel dio un mal paso en pleno baile, se cayó del escenario y el video que captó el momento fue puesto en circulación de forma inmediata: #JuanGabrielazo. Aun hoy en día cuando un accidente similar le ocurre a alguna otra persona, el término fluye de manera natural.

Pero sin dudas el meme más popular del Divo, aun vigente hoy en día, es aquel en donde su figura está como escondida detrás de una palmera, con el mar de fondo, una camisa azul y su sombrerito beige. La imagen fue tomada en el año 2011 y la buena, la original, incluye a la cantante y actríz Anahí del otro lado de la palmera, pues con ella anunciaron que estaban trabajando en un dueto. Sin embargo la foto viralizada es únicamente el recorte del Divo y, modificada y re elaborada, suele usarse para transmitir principalmente decepción con su dosis de humor. Pero como él era meme antes de serlo, esta misma expresión es posible encontrarla en el video de 1985 cuando intepreta junto a Rocío Dúrcal No tengo nada, escondido detrás de la puerta mientras la mujer le dedica sus sendos reclamos.

Juan Gabriel no se fue sin entender la viralidad, y prefirió cambiar una pantalla por otra, por eso comprendió perfecto la lógica del VEVO (canal del Youtube para la difusión de material musical en video) y en mayo de 2016 estrenó en su canal Have you seen the rain o Gracias al Sol, un cover castellanizado del grupo Creedence que, hasta el momento de su consulta cuenta con más de 41 millones de reproducciones. Y ni qué decir de la autoentrevista que Alberto Aguilera le realizó a Juan Gabriel en el año 2014 para dar a conocer la mejoría de su estado de salud, clip de 4 minutos que fue retomado y difundido por todos los medios de comunicación.

Aunque afirmó ante Fernando del Rincón que “el que es artista es artista aunque no salga en televisión”, durante toda su carrera musical Juan Gabriel sin duda aprovechó las pantallas para así difundir su arte, su estilo, su emoción, a las millones de almas que tanto en México como en todo mundo no pudimos acudir tener la experiencia de verlo actuar en vivo.

Él amó a las pantallas y las pantallas lo amaron a él. Él gustaba de interpretar pero también de interpretarse a sí mismo. Alegre, doliente, apasionado o sin amor, Juan Gabriel se interpretaba a sí mismo una y otra vez, y así lo hizo hasta el final jugando entre Alberto y Juanga al ritmo que la tecnología le tocó. Y así seguirá, aún a pesar de todo.

 


AMIC, D. (14 de agosto de 2019). 2o Webinar AMIC: El meme en Internet: Conceptos y exploraciones metodológicas. Obtenido de Archivo de video: Recuperado de: https://youtu.be/V0hrC7kFbjY

B., R. (s/f). Este es el origen del MEME de Juan Gabriel en la palmera que se volvió Viral. Obtenido de La guía del Varón : https://www.laguiadelvaron.com/origen-del-meme-juan-gabriel-en-palmera/

CapitalDigital. (28 de agosto de 2016). El día que Juan Gabriel desafió a Televisa. Obtenido de Capital México Digital: https://www.capitalmexico.com.mx/show/el-dia-que-juan-gabriel-desafio-a-televisa/

Caro Cocotle, G. (enero-abril de 2017). Un acorde disonante: Juan Gabriel y la frontera sonora de lo gay. Interdisciplina, 5(11), 25-41.

Leglisse, A. (28 de agosto de 2016). Juan Gabriel y sus dramones en el cine. Obtenido de Chilango: https://www.chilango.com/cine/juan-gabriel-y-sus-dramones-en-el-cine/

CNN. (29 de agosto de 2016). ¿Juan Gabriel es gay? “Lo que se ve, no se pregunta”, dijo. Obtenido de Archivo de video: Recuperado de: https://cnnespanol.cnn.com/video/cnnee-conclusiones-entrevista-juan-gabriel-fernando-del-rincon-2002-p3/

Gifreu, A. (2009). Seminario Historia del Videoclip. Recuperado el agosto de 2019, de http://www.agifreu.com

Martín Barbero, J. (1991). De los medios a las mediaciones. Comunicación: cultura y hegemonía. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.

Monsiváis, C. (29 de agosto de 2016). Juan Gabriel y aquel apoteósico y polémico concierto en Bellas Artes. Proceso, págs. https://www.proceso.com.mx/452693/juan-gabriel-aquel-apoteosico-polemico-concierto-en-bellas-artes.

Monsivais, C. (1981). Escenas de pudor y liviandad. Ciudad de México: Grijalbo.


Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com
Douglas Freitas. Flickr

Les he contado a mis amigos que nunca he

visto una película de terror, y Sean dijo que

crecer como bautista fundamentalista era

suficiente, que sólo sacara los esqueletos del closet.

Wes Craven.

Los protagonistas de El gran cuaderno (1986), novela de Agota Kristoff, no temen cruzar los límites éticos. Claus y Lucas están viviendo la guerra y para sobrellevarla han inventado una serie de preceptos que, según ellos, les aseguran la sobrevivencia; así como eligen lastimarse a sí mismos para afrontar el dolor que pueden producirle los otros, también deciden herir y, si es necesario, eliminar a los demás. Con una atmósfera similar a la de esta novela, donde puede ser difícil perdonar a los que se valen de la violencia para defenderse ante el peligro, Almadía ha publicado dos novelas del escritor alemán Stefan Kiesbye en los últimos años, donde los protagonistas –también– son niños cuya infancia es interrumpida drásticamente.

Nacido en Alemania a finales de los sesentas, Kiesbye llega a Estados Unidos en los noventas para participar en los másteres de escritura creativa que se manejan en algunas universidades; desde entonces comienza su carrera de novelista con Al lado vivía una niña (2004). Hasta la fecha ha publicado seis novelas más de las cuales solo Puerta al infierno (2012) se tradujo al español. La información que hay en internet demuestra que el tiempo de publicación entre una y otra obra no es extenso, tampoco queda claro si la mayoría de estas novelas fueron escritas en alemán y luego traducidas al inglés, como el caso de Vladimir Navokov.

En Al lado vivía una niña, Kiesbye propone un escenario que luego será retomado. Catalogada como una novela negra, la realidad es que tiene más semejanza con el clásico americano Rebeldes (Susan E. Hilton, 1967) que con las novelas de crimen que ahora abarrotan las librerías: en la novela Kisbye nos presenta a Moritz, un joven que vive en un pueblo industrial donde todos se conocen y los niños se adentran al bosque a jugar. Forma parte de una pandilla conocida como los Tejones, quienes pueden protegerlo si se necesita. Gracias al narrador en primera persona y a través de un tono infantiloide, vemos pinceladas de su crecimiento mientras vive la guerra de pandillas, empieza a salir con una chica y sostiene una relación incestuosa con su hermana. Cuando los Tejones encuentran a una niña encadenada en un cuarto, en una casa cuya dueña ha muerto, que por fin empieza a desarrollarse el argumento central de la novela–– mucho después de su primera mitad. Dicha niña no puede hablar y difícilmente entiende lo que quieren decirle. Y ellos intentan protegerla, pero la pandilla de los Zorros está dispuesta a hacerles cualquier cosa con tal de robarla. Finalmente, Moritz, igual que los personajes de Susan E. Hilton, debe tomar una decisión que lo convertirá en un antihéroe.

Los personajes de Puerta al infierno no obtienen la redención de Moritz. En la apertura de la novela atestiguamos el funeral de Anke Hoffman, cuando su única amiga de la infancia escupe sobre el ataúd que desciende a la tierra. A su alrededor están Martín, Christian y Alex, con quienes creció y quienes serán los protagonistas de la novela. Así nos introducimos a la historia de Hemmersmoor, el pueblo donde ellos crecieron. A lo largo de la novela los protagonistas relatan, en capítulos individuales, cómo perdieron su juventud por las atrocidades que cometieron, no solo a otras personas, sino entre ellos mismos. Parricidios, violencia intrafamiliar, acoso, violaciones. En una escena, durante un concurso de comida, los pobladores suponen que una recién llegada cocinó un estofado con carne humana —porque de pronto todos tienen la lengua negra— y el pueblo entero la golpea antes de encerrarla en su casa con sus hijos, luego incendiaron la construcción.

En uno de los epígrafes del libro, Stefan Kiesbye cita al detective de Arthur Conan Doyle cuando menciona que, en la campiña inglesa, donde se desconocen las leyes, deben ocurrir delitos más atroces que en las ciudades: “Piense en los actos de crueldad infernal, la maldad oculta que puede transcurrir en estos lugares, año tras año, sin que nadie se entere”. Esto recuerda a los relatos del gótico americano, como los de Flannery O’Connor o de Ray Bradbury o de Truman Capote, en los que aparecen casas viejas en medio de llanuras en las que se han cometido más crímenes en que en las supuestas casas embrujadas de las ciudades, a las que temen entrar los niños; regiones alejadas de la Ley donde la atrocidad es la regla y no la excepción. Mientras estos  hechos sórdidos ocurren en Estados Unidos, en medio de los campos de cultivo, en Alemania es en bosques repletos de nieve: lejos de las urbes, sus habitantes de poblaciones rurales pueden vivir peores atrocidades, entre las que Blue velvet (David Lynch, 1985) puede ser el ejemplo perfecto, ya que ahí el acto cruel está gestándose en un rincón de un pueblo que busca similar perfección entre avenidas de casas de tonos pastel rodeadas de jardines de rosas. En la narrativa de Stefan Kiesbye se habla de esos territorios sin ejercer ningún juicio sobre sus personajes y sin que estos los ejerzan entre ellos; pero también parece que ponerlos en aquellos lugares solo es una circunstancia. Porque algunos de los personajes de Puerta al infierno podrían argumentar que no pueden ser de otra manera, que ese es el mundo que les tocó vivir, pero ¿qué los diferencia de quienes cometen tales atrocidades en las ciudades? Ambas novelas de Kiesbye están repletas de escenas donde los narradores atestiguan tragedias sin expresar la menor emoción: hacerlo, es señal de debilidad. Eso no significa que no sientan nada. Así como en El gran cuaderno de Agota Kristoff, los gemelos Claus y Lucas se entrenan para sobrevivir a la guerra y, posteriormente, este enfriamiento emocional parece cobrarles factura, los niños de Kiesbye son iguales: en Al lado vivía una niña, por ejemplo, los Tejones observan, desde un lugar alto, el hogar de una pareja que intenta tener hijos: hasta que, al no tener éxito, deciden suicidarse. No los detienen o alertan a nadie.

Es curioso que Puerta al infierno fue vendida como literatura de género, en este caso como una novela de terror, aunque de eso no tiene más que la portada. Y esto ocurre no sólo en la edición en español, sino en la de varios idiomas: en la de Almadía, tiene un rostro manchado en tinta negra, como si fuera sangre. Su título en inglés más bien podría ser el del libro más reciente de Stephen King: Your house is on fire, your children all gone; la portada incluye a una niña fantasma mirando al posible lector; en alemán es, simplemente, Hemmersmoor y tiene de fondo la fotografía de un camino inundado por la neblina, en el que sobrevuela un cuervo. Para los lectores americanos este paisaje de la Taiga también les recordó, según muchas de las reseñas consultables en la red, a la atmosfera de los cuentos de hadas: pareciera que al catalogar la literatura de Kiesbye como terror o novela negra, el lector creyera que el incendio que está leyendo ocurre en otro mundo y no en su propia casa o en la del vecino. Y es en esta situación donde el trabajo de Stefan Kiesbye –o también el de Agota Kristoff o el de los últimos libros de Roberto Bolaño– podrían entrar como un recordatorio de que estas realidades no son exclusivas de territorios inhóspitos: se están viviendo en las calles de todos los países del mundo. Cientos de niños similares a los de las novelas de Kiesbye van por nuestras calles sin empatizar con los demás. En México, tenemos a los juniors que no temen usar su influencia para protegerse de consecuencias de sus propios actos; o a los niños que crecen envueltos en el narcotráfico y que aspiran a replicarlo. Ninguno aceptaría que todo es su culpa total, como tampoco harían los personajes de Puerta al infierno: pareciera, entonces, que el punto de esas historias (que la gente cree consumir como literatura de género) es que el lector se cuestione realmente qué tan alejado se encuentra de esa violencia.

Pero también estas historias pueden hacernos reflexionar sobre nuestra propia capacidad para la violencia.  En un dialogo que sostienen los protagonistas de la serie True Detective (Carey Fukanaga, 2014), en donde el personaje interpretado por Woody Harrelson le pregunta al que interpreta Matthew McConaughey, si alguna vez ha reflexionado sobre si es un hombre malo, McConaughey le responde: “no, no lo hago, Marty. El mundo necesita hombres malos. Nosotros mantenemos a los otros hombres malos alejados de nuestras puertas”. Para defenderte de lo atroz, quizá necesites volverte un monstruo. Quizá sólo necesitamos la razón correcta.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Ilustración de Amanda Mijangos

Los siguientes tres poemas forman parte de un proyecto titulado “La sangre también es relativa”.



SEÑAS NO PARTICULARES

 

I.

Qué fácil es recordar mi rostro más antiguo;

una bola de estambre con forma de piedra,

una radiografía olvidada sobre el piso,

los pliegues de incógnitas en un mapa arrugado.

 

II.

Qué placer es olvidar el futuro,

desvanecer sus letras

sin tocar sus contornos.

Y qué fácil se desdibujan;

un hilo tras otro

en la persecución

del presente.

 

IV.

Cuando digo presente

no me refiero a este regalo de moño rojo

con bordes afilados.

Hablo de este espejo subcutáneo

cuya carne le queda corta.

 

Cuando digo presente

hablo desde la dermis

cuando el tiempo, contorno

dibujado a pulso vital,

le queda grande.

 

 

V.

Qué fácil es para mí cerrar los ojos

soñarme en boronas

y despertarme granada.

 

 

 

PARA FALSIFICAR UNA RESONANCIA

 

Hay que respirar profundo

para burlar a la muerte. Hay que llevar

una pulsera de plástico en la muñeca y

tener facilidad para intuir el revés

y el derecho de las batas sin fondo.

 

Hay que tener el pulso firme

para ponerse en el lugar de los huesos;

hay que pedirles a las venas que estén en silencio

cuando alguien pase con una linterna

y pregunte por ellas en sus profundidades.

 

A nivel celular, hay que hablar quietos

y sólo en el idioma de la casualidad;

dominar la plática pequeña

antes que nuestras verdaderas intenciones hagan eco.

 

Como en cualquier retrato,

hay que ponerse del lado del espectador:

intuir sus líneas, sus montañas y mesetas

como un paisaje para esconder imperfecciones.

 

Hay que evadir temblores y risas,

y cualquier lágrima rebelde

que venga desde adentro,

para que nuestro público crea que

afuera hay alguien esperando.

 

No romper la concentración

entre boca y vientre.

Alinear cada poro

una vez más,

el tiempo que nos tome

convencer al mundo

de que estamos vacíos.

 

Mirar al fotógrafo a los ojos

para que se ría cuando le cuente

que sólo su respiración inalterada

me recuerda que estoy viva.

 

 

 

TANTA AGUA

 

Mi fantasma flota

al fondo de un vaso vacío

o a medio llenar.

 

Esta es mi voz, un fondo retornable

donde toda oración se contiene

en el mismo vidrio que la rompe.

Medio llena o desbordada,

dependiendo de cómo se le mire.

 

Espuma de mar

de baja densidad.

Nadie lo sabe, pero todos

somos hijos de la misma

depresión salina.

 

Venas perforadas por esa manecilla salada

que preferimos callar por miedo a invocarla.

 

Nunca pude inventar un nombre

para las pausas incómodas.

Para las largas esperas

o los muros que las abrazan.

Nunca pude invitarlas a mi mesa

y darles buena compañía.

 

Mi moneda de cambio

es esta sed que me embarca.

No me preocupa el viaje,

sino el volver a casa.

 

 

Dos corcholatas de cerveza oscura

reposan sobre mis párpados.

Me besan la frente, destapan otra ronda

y dejan que me vaya flotando.


Autores
(Morelia, 1994). Es una guionista y artista multimedia originaria de Michoacán. Ha publicado relatos, reseñas y poemas en más de una quincena de medios nacionales y locales, entre los que figuran Suplemento Ojarasca, Gramanimia, G_lfa y Revista Himen. En el 2018 resultó ganadora del concurso de poesía Voces Nuevas, Flamas Nuevas (Editorial Vozabisal) y del Segundo Concurso Editorial, organizado por Lectio, casa editorial con quien actualmente trabaja en la edición de su primer poemario.

Ilustrador
Amanda Mijangos
(Ciudad de México, 1986) ganó el VIII Catálogo Iberoamérica Ilustra (2017). Ilustró, junto con Armando Fonseca, El libro de la selva (Castillo-Macmillan, 2017) de Rudyard Kipling.
Parálisis (imagen digital, 2015) de Paola Ismene.

Uno necesita el metro como medida de las cosas
si no uno se pierde entre los tamaños:
todo es demasiado grande
o demasiado pequeño
y uno se confunde entre las dimensiones de los espacios.

 

Uno necesita los días de la semana,
las horas del día.

 

Uno necesita un reloj para unir su cuerpo al tiempo,
para atarse el tiempo al pulso,
para que el pulso avance contado,
preciso,
como la hora del almuerzo.

 

Uno necesita incluso la medida de π,
el 9.81 de la fuerza de gravedad,
aunque no los use para nada:
solo para estar tranquilo y no extraviarse.

 

Solo para saber que si caemos,
incluso solo si caemos,
hay una causa.

 

Uno necesita paredes que limiten el espacio que nunca acaba,
muros que detengan el tiempo que siempre fluye:
fotografías,
recuerdos.

 

Uno necesita certezas que le digan qué es falso y qué es cierto,
aunque no sirvan para explicar nada de lo que se lleva dentro,
o de lo que trasciende y viene desde lejos,
en los sueños.

 

Uno necesita saber que nada viene de ningún lado,
que la materia sólo se transforma,
que todo está aquí, frente a mis ojos,
con forma,
con tamaño,
con masa.

 

Uno necesita la manzana para saber que hay pecado,
que hay discordia,
que hay algo que comer cuando te duele el estómago,
que hay gravedad
y belleza.

 

Uno necesita que todo le quepa en las manos,
en el lenguaje,
en las cuentas.

 

Uno crea y crea y crea medidas de las cosas.
Hasta que un día
no encaja ya en medida alguna
y se queda perdido buscando la salida.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Trabajó en el IIBI y en el PUEG de la UNAM. Ha leído su poesía en el palacio de Bellas Artes y en el Museo Nacional de Arte. Ha redactado artículos para varios medios digitales e impresos. Actualmente colabora con la revista Alegato.
Ilustración de Marco Velasco

Hacia una narrativa de la memoria autobiográfica

 

En una lectura detenida y crítica, podemos observar en Chiapas un trabajo profesional en los cuentos de Josías López Gómez. El escritor usa herramientas propias de la literatura occidental para narrar y estructurar sus relatos de ficción, incluso herramientas posmodernas que rompen con la linealidad del tiempo y de la voz narrativa. El autor firma la obra con su propio nombre, se asume como tal de manera individual, consciente de que está creando y recreando con un lenguaje estético, lo que rompe con la noción de trabajo colectivo, popular, folclor, oralidad y tradición oral, concepciones antropológicas de finales del siglo XX que determinó un imaginario del escritor “indígena”.

Para estudiar la obra de López Gómez no es necesario catalogarla como literatura indígena por publicar en formato bilingüe, tseltal-español. Es innecesario tal ejercicio, pues de antemano nos coloca en un prejuicio que poco contribuye a una interpretación y análisis valiosos. Sin embargo no debería extrañarnos que el autor identifique su obra con el adjetivo indígena. El sistema político ha hecho, a través de programas y proyectos de difusión cultural, que para que el escritor sea beneficiado por alguno de estos apoyos, deba asumir tal identidad, lo que termina por diferenciarlo del resto de escritores, o mejor dicho, se presupone que tiene la responsabilidad de rescatar su cultura, su lengua materna, preservar su historia y “tradición”.

Para los escritores en lenguas indígenas, en general, preservar la “tradición” o la cosmovisión pareciera ser una tarea in se y per se. La política cultural mexicana, por su parte, ha beneficiado esta idea como consecuencia de la política indigenista en el marco del proyecto de modernización y búsqueda de una identidad prehispánica y nacional. En términos de Eric Hobsbawm, ¿no estaríamos preservando una “tradición inventada”? La “tradición inventada”, nos dice el autor,

 

implica un grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que busca inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 8).

 

Como plantea el autor, este pasado puede ser en gran parte ficticio. Esto nos lleva a pensar que una “tradición milenaria” y, por su parte, lo que llamamos “tradición oral u oralidad” es una invención de la propia antropología y arqueología positivista por una necesidad de establecer raíces prehispánicas como un pasado glorioso, pero que ni los propios indígenas actuales somos portadores activos de ellas.

Los que iniciaron la escritura en tsotsil y tseltal en Chiapas comenzaron un trabajo de recuperación de la oralidad como un proceso político, recreando y recuperando lo perdido, lo olvidado que se supone fue nuestro. Las leyendas, los mitos, historias orales, cantos y rezos refuerzan esta idea de elementos del pasado que permanecen como huellas de nuestro origen, que la ciencia moderna los coloca como mágicos para estudiar las civilizaciones no modernas. Pero como afirma Mercedes Olivera,

 

crear metaideologías incorporando en ellas valores recuperados del pasado es un proceso válido y posible que puede ayudar a alcanzar los objetivos de un proyecto político. Lo que no se puede aceptar ni justificar es la manipulación ideológica que conlleva la mixtificación de la historia y el esencialismo etnicista que frecuentemente acompañan a la cosmovisión maya recuperada del pasado y utilizada con fines no explicitados (“La cosmovisión maya en el trabajo de género en Chiapas y Guatemala”, 2006: 275).

 

Actualmente, desde cualquiera de las disciplinas científicas, no podemos conocer con exactitud los elementos y prácticas que formaban parte de nuestro pasado cultural. Todo lo que tenemos hoy en nuestras manos son re-construcciones con fines políticos e ideológicos de un sector social y político en particular. Como sabemos, a mediados del siglo XX en México entramos a un tipo de “modernización” que busca la homogeneización cultural y de las diferencias lingüísticas a través de políticas culturales y educativas mediante el Instituto Nacional Indigenista. La investigadora Luz María Lepe Lira afirma al respecto que, como un fallo de esta política integradora desde la educación, con la creación “en 1964 del Servicio Nacional de Promotores Culturales Bilingües, se reconoció la insuficiencia de las acciones afirmativas sobre el bilingüismo y se proclamó la inclusión del contexto cultural indígena” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo. Grañén Porrúa, 2018: 73), esto debido a la necesidad por parte de los propios profesores de materiales escritos para enseñar a los niños que no hablan el idioma oficial.

El inicio de la narrativa en tseltal y tsotsil se apegó a dicha necesidad. A decir de Lepe Lira, “El impulso para la escritura en lenguas originarias no se vio concretado hasta la década de los años ochenta; el desarrollo de esta nueva literatura no era claro ni para los investigadores ni para los indios” (2018: 76). Lo cierto es que esta primera escritura retomó los objetivos del indigenismo al apegarse a la recuperación de una tradición “pasada”, inamovible en el tiempo, de aquella que nos enraíza a nuestra “esencia”, razón por la que ahora nos llaman o llamamos “originarios”, con la sensación de que estamos viviendo en el pasado estando en el presente, con nuestro pensamiento y formas de actuar primitivos sin la posibilidad de mezclarnos con otras formas de vida, de pensamientos, muchas veces manipulados con fines religiosos.

Lo anterior lo podemos leer en la novela Kajkanantik. Los dioses del bien y del mal (INI/Fundación Rockefeller, 1998) de Diego Méndez, que se considera la primera en su género publicada en lengua tseltal. En esta obra la narración busca explicar la relación armónica de los hombres con la naturaleza y la fe mediante el encuentro del bien con el mal, una narración que inicia desde el origen del mundo con la estructura del Popol Vuh hasta la llegada de San Alonso, un hombre que se convierte en Santo, para mezclarse así con lo católico. Lo mismo leemos en Los últimos dioses (Tierra Adentro, 2010) de Marceal Méndez Pérez, una serie de leyendas e historias orales configurados con estructura y formato de cuentos que buscan tergiversar la relación de los hombres con sus dioses, muchas veces en una convivencia no armónica pero sí dependiente uno del otro. Asimismo, encontramos el libro El Pájaro Alférez (INI/Fundación Rockefeller, 1996) de Enrique Pérez López, una serie de cuentos que en gran parte de su composición abundan los rezos y moralejas.

Actualmente hay nuevas propuestas de presentar y construir la realidad desde la literatura. Pero lo que no ha cambiado es el fenómeno actual de la investigación académica y los estudios literarios, que han preferido adoptar el adjetivo “indígena”, “india” o “originaria” para diferenciar las obras de las escritas en español, queriendo con ello visibilizar que “los escritores indígenas continúan la lucha por la reivindicación de sus derechos a la autodeterminación y la preservación de sus tradiciones y sus lenguas” (Pilar Máynez, Breve antología de cuentos indígenas. Universidad Nacional Autónoma de México. 2004: VIII). Lejos de promover el desarrollo de la escritura de la lengua y su lectura como una expresión artística, dejan de lado la aportación de la obra en el campo literario, “Esa lucha cuya escena es la república de las letras”, nos recuerda Bourdieu, que “constituye el verdadero principio de las tomas de posición artísticas o literarias” (“El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método” en la revista Criterios, 1990: 2).

La noción de lo “indígena”, al contrario, refuerza la homogeneización de las diferentes expresiones literarias y borra las propuestas temáticas y estéticas de cada autor. En Chiapas, a inicios del siglo XXI, tanto Micaela Morales López (Raíces de la ceiba. Literatura indígena de Chiapas, 2004) como Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno no han actualizado su mirada en esta nueva vertiente de la literatura que innova su forma y contenido, de una literatura que ya no se detiene en la tradición oral. Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno mencionan que, a diferencia de la poesía,

 

Por cuanto se refiere a la narrativa quizá cuente con menos versatilidad. La libertad formal es menor. En general, la casi totalidad de trabajos narrativos se ocupa de los mitos fundacionales o de los relatos tradicionales, incluidos los emparentados con los de tradición europea, de manera reiterada e inagotable… Se deja de lado la historia reciente y el juego libre de la imaginación. Cuando se da el salto a las cuestiones de la actualidad de los pueblos para volverlas relatos, se guarda o reformula las formas tradicionales de estructura o de expresión (2006: 342),

 

No es prudente definir las características de la literatura “indígena” para luego usarlas como categorías de análisis, pues no existe ninguna teoría que permita delimitar un objeto de estudio desde lo indígena. Como consecuencia de la política indigenista, “indígena” se volvió un adjetivo despectivo para tratar a los sujetos coloniales, a todos aquellos que debían ser educados e incorporados al proyecto nacional para que dejen de ser un obstáculo.

En la actualidad, desde mi perspectiva, lo indígena o indio pertenece a un proyecto neocolonialista para diferenciar a los sujetos de la cultura nacional y así conseguir su lenta pero segura desaparición. La conservación de la “tradición”, de las “costumbres”, ¿no es acaso una forma de impedir el desarrollo de la creatividad, de la imaginación para continuar en el presente y el futuro? La creación literaria es, por naturaleza, un arte que rompe con lo determinado, que busca nuevas formas de expresar el pasado, las historias que uno escuchó de niño, las vivencias, los conflictos sociales o personales con la ideología de nuestro presente.

Resulta más viable considerar, en una lectura de la producción narrativa y poética de hoy, lo que Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno proponen al decir que “Las literaturas todas requieren de una tradición y se la construyen, se la inventan. Ese es el sentido de la literatura, del arte, de la creación: formarse un sentido, un origen y futuro y convocar desde ella a sus cultores, sus consumidores” (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005, UNICACH, 2006: 338).

Esto pasa cuando la propia literatura, a veces en contrasentido de cómo el autor define su trabajo, rompe con sus orígenes y da paso a una nueva u otra lectura del mundo. Como resultado de esto tenemos, como expongo a continuación, que la denominación “indígena” en la literatura ya no es vigente ni pertinente, se necesita cambiar la mirada y el enfoque de difusión a través de las políticas culturales, académicas y artísticas para valorar su contexto de producción, además de su propuesta ética y estética, ya sea de manera individual o generacional.

 

En la narrativa de Josías López Gómez, como ya enuncié, se observa un salto importante; de esa literatura que “rescata y preserva” una “tradición”, a una que crea e imagina un pasado con libertad, que explora las posibilidades de modificar el presente, criticando y cuestionando los discursos oficiales impuestos por las políticas culturales del entonces partido oficial de los setenta y ochenta del siglo pasado. En la mayoría de sus relatos, si bien aún encontramos recreaciones de historias provenientes de la oralidad, se observa una apuesta ética-estética que rompe con las formas y estructuras orales e ideologías hegemónicas sobre el “indígena”.

Con la aparición del cuento “Ladrón de palabras” en Palabra conjurada. Cinco voces, cinco cantos (Espacio Cultural Jaime Sabines-FONCA, 1999) José Antonio Reyes Matamoros, el coordinador, anuncia que “de la escrituración de lo narrado en la tradición oral, saltan a la creación, partiendo de los elementos históricos y sociales de sus comunidades” (“Presentación” en Palabra conjurada).

Seis años después de la publicación de “Ladrón de palabras” López Gómez entra de lleno en el campo de las letras con el libro Sakubel k’inal jachwinik = La aurora lacandona (UNEMAZ, 2005) y, año seguido, con Spisil k’atbuj = Todo cambió (UNEMAZ, 2006)ambos de relatos breves. En 2008 publica Sk’op ch’ulelaletik = Palabras del alma (CELALI), también de relatos y, en 2011, aparece su primera novela Te’eltik ants = Mujer de la montaña (CELALI); en 2013 da a conocer Sbolil k’inal = Lacras del tiempo (CELALI), otro libro de relatos, sumando cinco obras propias: las tres últimas publicadas por el Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas y, las primeras dos, por la Unidad de Escritores Mayas-Zoques.

A la fecha López Gómez no ha vuelto a publicar, pero esta pausa le ha permitido cambiar de aire tras ganar el Premio de Literaturas Indígenas de América en 2015 y en 2016 ingresa al Sistema Nacional de Creadores de Arte para dedicarse en el género de novela. En la mayoría de su obra, el autor y sus personajes los une una historia, una necesidad de contar, en voz y escritura propias, el pasado vivido. Juegos temporales complejos, estructuras no lineales, tramas bien armadas y una suerte de autocrítica a la luz de una escritura autobiográfica desde la ficción. Y si bien plantea una construcción del pasado tomando como base su propia experiencia de vida, este pasado rechaza a ser narrado con una visión positivista y paternalista. La literatura de López Gómez problematiza el proyecto modernizador mexicano que en las primeras décadas del siglo XX buscó construir una voz e identidad homogéneas. El autor pertenece a esas voces e idiomas que han puesto en crisis la visión monolítica de la cultura y, por tanto, la forma de mirar el pasado.

Desde su primer relato “Ladrón de palabras” López Gómez muestra la envidia y los conflictos de poder en que se ven envueltos los personajes dentro de su propio contexto y realidad. En el libro Todo cambió es donde se percibe y lee una apuesta mucho mayor en términos estéticos e ideológicos. En las tramas prevalecen temáticas de corte social, donde los personajes chocan con su realidad, en problemas que confrontan su orden, su cosmovisión y universo cósmico. La figura de un profesor en cuatro de los relatos problematiza la imagen de un proyecto nacional que inicia con fuerza al ser colocado como líder de su propio cambio. Esto lo leemos en el cuento “Jpoxlum”, en donde el personaje-narrador-autor de un manuscrito comparte los cuentos que integran los escritos con María Mélida, ambos leen y critican los textos a la luz de la producción literaria al cual se inserta el libro una vez publicado, además de explicar que uno de los objetivos del autor ficticio es “volver, pero no en vida, sino a través de la palabra escrita, a la existencia de un pueblo que ha sido duramente golpeado por la miseria, humillación y el racismo (Todo Cambió, UNEMAZ, 2006: 8). En “La mujer de huipil”, en donde Juan Soten se convierte en promotor cultural bilingüe como un elegido del INI, llega a las escuelas como un mesías, pero al mismo tiempo intenta cambiar la visión de mundo de su mujer al regalarle un vestido florido de las mujeres mestizas de la ciudad, lo que genera el conflicto en la trama.

En el relato “Todo cambió” encontramos a un maestro mestizo llamado Priciano Castellanos que es recibido como una oportunidad de cambio en el paraje que llega a trabajar, crea la ilusión de modernidad en la mente y corazón de algunos de los habitantes, pero, al violar a una niña, su imagen de líder se corrompe. En el cuento “Algo diferente” encontramos a dos personajes, Cristóbal Ts’ej y Hortensia Vázquez, ambos maestros que confrontan sus tradiciones y costumbres al enamorarse y juntarse fuera de los arreglos que comúnmente hacían sus padres.

En estos relatos la figura y el papel del maestro se puede analizar como espejo, alteridad e identidad que tienen su base en la propia experiencia de vida del autor. Las historias o anécdotas pudieron provenir de la propia vivencia, pero también el escritor las pudo haber escuchado, visto o soñado. Su conocimiento y necesidad de escribir sus recuerdos lo llevan a construir el relato de ficción a partir de la experiencia estética, una nueva forma de contar para re-significar los acontecimientos. Con una lectura crítica los relatos cuestionan la realidad e imagen del propio autor quien fue elegido por el INI para convertirse en promotor cultural bilingüe, luego en maestro y, más tarde, en uno de los escritores surgidos también consecuencia del proyecto indigenista. La literatura de López Gómez propone personajes con sentimientos, deseos y necesidades propios de vivir, muchas veces contrariando a los demás integrantes de la familia y del propio paraje.

La novela Mujer de la montaña, en cambio, la podemos leer como la construcción de un pasado histórico pre-moderno. Es quizá la obra menos lograda en términos de la construcción de una trama lineal, pero la llegada del indigenismo como problemática contextual nos permite ver la idea de “formación de líderes indígenas” cuando el sistema político educativo saca de su hogar a uno de los hijos del narrador-personaje para convertirlo, una vez más, en promotor educativo.

En Lacras del tiempo también encontramos relatos que como personaje figura un profesor, como en los relatos “Ambición” y “Reencuentro”. El primero trata de un joven profesor que siente la contradicción en su identidad, el ser mestizo en su pensamiento y la avaricia. Su deseo de convertirse en hombre “rico” lo lleva a solicitar un cargo tradicional, lo que lo lleva a problematizar aún más su ser. En “Reencuentro”, por el contrario, volvemos a hallar a un maestro que en su recorrido por algunos parajes, coincide con María Mélida, la mujer con quien busca reconciliar un amorío y que, sutilmente, nos lo narró en el cuento “Jpoxlum” de Todo cambió.

El tiempo de la enunciación —siglo XXI— de la narrativa de López Gómez implica una mirada crítica del propio escritor sobre su pasado, su identidad, su “yo” de entonces que lo llevó a ser quien es actualmente. Cada relato y novela se convierte en un espejo a través de distintos momentos del tiempo, lo que influye en lo que se narra para desdoblar su personalidad sin la necesidad de oponerse a la imagen de los mestizos. La memoria autobiográfica, la configuración de la experiencia de vida pasada en el relato literario, está influyendo en el autor para re-conocerse en el tiempo cambiante.

Esa re-interpretación o re-construcción del pasado en el presente, es gran parte el trabajo de Josías López Gómez, tanto en sus relatos como en su novela no busca una identidad fija, sino que la construye en las muchas identidades fragmentadas, múltiples “yoes”, imaginadas o deseadas. El hecho de construir-se en la narrativa, el haberse salido de su lugar de origen, territorial y culturalmente, la literatura le permite auto-crease y posicionarse en su propia alteridad, un ser fronterizo que muestra que la política indigenista fracasó en su intento por asimilarlo como individuo, integrarlo a la nación impidiendo su regreso a su lugar de origen o cualquier conexión con su pasado.

López Gómez vive en Oxchuc y en Jobel. Habla, lee y escribe en tseltal y español.  No ha sustituido por completo su forma de ser y actuar al momento de ingresar a otra cultura, formas de ser y pensar la realidad, vive con sus diferencias, sus contradicciones y ambigüedades desde la reflexión metatextual y literaria; el autor no está repitiendo lo que antaño había defendido como suyo, pero tampoco la rechaza. La creación, y en este sentido la ficción, posibilita modificar o completar el discurso de la memoria para darle coherencia y unidad a la historia que busca ser suya pero también cuestionarla en cada relato.

Este tipo de narración también la podemos ver en la novela Whila che be ze lhao = Cantares de los vientos primerizos (Editorial Diana, 1994) de Javier castellanos. Jaime, el narrador en primera persona, es un joven maestro que cuenta su historia con un tono irónico y lúdico. El personaje, constantemente, se ve enfrentado a diferentes formas de ver la realidad al encontrarse en su pueblo con sus familiares arraigados en una tradición cerrada y el interés de algunos antropólogos por estudiar los vestigios ancestrales que prevalecen como parte de su cultura. También, como en López Gómez, en Cantares de los vientos primerizos hallamos una autocrítica con respecto del pasado personal del narrador y las ideologías que defiende sobre su ser indígena sin cuestionar los efectos y la imagen que crea en los demás, reforzando con ellos el racismo interno, un pensamiento colonial que sirve para menospreciarse a sí mismo.

 

Encapsular una obra literaria con el adjetivo indígena sería restarle importancia a su fuerza evocativa, así como su apuesta temática y formal. Habría que tener cuidado en cómo algunos intelectuales e investigadores, en particular los nuevos “portavoces” desde la academia, que han querido abordar estos trabajos artísticos como una alternativa a la modernidad. Las universidades norteamericanas, en particular con las teorías decoloniales, han querido ver en las escrituras una nueva construcción de identidad en tanto su pertenencia con la naturaleza de manera armónica. Como he mostrado muy someramente, López Gómez cuestiona la modernidad escribiendo desde ella.

Rescatar lo que nunca ha existido en los pueblos, una tradición inventada por una política cultural, como las antiguas civilizaciones precolombinas, en donde siempre ha habido una relación compleja y contradictoria con otras culturas y que, desde ahí, siempre ha habido transformaciones de identidades y de subjetividades, conlleva el riesgo de volver a la esencialización del pensamiento y la identidad. La literatura de López Gómez se encuentra en un proceso de creación consciente, reflexivo y deliberante, a decir de Castoriadis (“El imaginario social instituyente” en la revista Zona Erógena, 1997: 7), lo cual nos invita a no caer en el angelismo ni la esencialización de su obra.


 

Aquí puedes leer la segunda parte.

 


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).

Ilustrador
Marco Velasco
(Oaxaca, 1989) es ilustrador, grabador y dibujante, fundador de Espacio Pino Suárez. En 2017, su obra fue expuesta en Side Park Café del Museo del Barrio (Manhattan) y en Paper Box (Brooklyn).

Pero esta música, ¿por qué no se toca en vivo?
A ver toca en vivo, no pues ¿quién la va a tocar en vivo?
Pues yo la voy a tocar compadre, y ahí está y ya hace veinte años.


La cumbia, el vallenato y la palabra Colombia tienen un significado distinto para en el norte del país gracias al Rebelde del Acordeón. No fue casualidad que hace algunos años el escritor lagunero Carlos Velázquez publicara que “todos somos hijos de Celso Piña”. Ser “Colombia” es parte del folclor por estos caminos.

Nacido el 6 de abril de 1953 en Monterrey, inquieto y autodidacta, se cuenta que Celso Piña aprendió a tocar el acordeón escuchando la música de Alfredo Gutiérrez, allá en el Cerro de La Campana. Junto a sus hermanos Rubén, Kike y Lalo formó la Ronda Bogotá para poder tocar en vivo justamente la música que los sonideros llevaban a los bailes en acetatos o cassettes piratas. La cumbia colombiana ya se había asentado en los barrios neoleoneses gracias a esos DJ’s, pero todavía nadie la tocaba en vivo. Él se animó a ser el primero.

Celso Piña por más de cuarenta años ha sido la figura más representativa de la contracultura barrial en un lugar donde la música norteña y la grupera mandan, en un entorno adverso Celso se convirtió más que en un fenómeno musical, en un fenómeno social.

Grabó su primer disco en 1980 interpretando música de personajes colombianos de la talla de Juancho Polo Valencia, Los Hermanos Zuleta, Nafer Durán y Alejandro Durán, así fue como empezó a moverse en los bailes organizados por colonos, parroquias, cumpleaños y cantinas.

En Monterrey su nombre ya figuraba y comenzaba a ser influencia de infinidad de grupos que tomaron su estilo, lo que catapultó la cumbia colombiana casi como un género local, propio, al lado de la polka, los huapangos y los corridos. Para finales de los noventa el Rebelde del Acordeón ya había dejado una marca imborrable en la cultura popular.

En 2001 entendió, como muchos grandes artistas en algún punto de sus carreras, que debía renovarse o condenarse al olvido. Ya su estilo había sido imitado por muchos grupos, así que lanzó Barrio Bravo (MCM, 2001), un disco de colaboraciones con rockeros, poperos y raperos. El tema que lo lanzó al estrellato mundial fue el feat con Pato Machete y Blanquito Man en “Cumbia sobre el Río” que después formó parte de la  banda sonora de Babel (2006) de Alejandro González Iñárritu.

“Cumbia sobre el río” es ya un clásico de la primera década pasada. Apareció en el momento indicado para mostrarle a las nuevas generaciones lo que se maquinaba desde los barrios pobres del país. Celso, una vez más, fue pionero al fusionar su acordeón y su voz con todo tipo de géneros populares como el ska, el reggae, el rap, el hip-hop, el R&B y la música norteña. Fue nominado en 2002 a dos Latin Grammy Awards: “Best Contemporary Album Tropical” y “Best New Artist”.

Tomó por asalto la escena musical e intelectual, todo el mundo bailaba y opinaba. Carlos Monsiváis apuntó: “Celso Piña es un conductor de tribus Si viviese en tiempos medievales, sería considerado acordeonista de Hamelín, en memoria del rencoroso que al tocar la flauta sedujo a los jovencitos a que lo siguieran hasta no saberse más de ellos. Celso Piña, rebelde del acordeón y emperador del Cerro de la Campana, es un fenómeno social como bien dicen, y un fenómeno musical como bien se oye”.

A partir de ese Barrio Bravo, todo cambió: no tardó en conquistar Estados Unidos y Europa, y en 2010 conoció al fin su amada Colombia, cuando fue invitado al  Carnaval Internacional de las Artes en Barranquilla donde fue recibido nada más y nada menos que por Anibal Velásquez y Alfredo Gutiérrez.

Ayer, pasado el mediodía, el rumor de su muerte invadió las redes sociales para luego ser confirmado; Celso Piña falleció en Monterrey a las 12:38 p.m. a causa de un infarto.

El Rebelde del Acordeón ya forma parte de esas divinidades que no están más y de los músicos más memorables del género que nació en la poblaciones indígenas de Colombia, se consolidó en la Sultana del Norte y que, gracias a él, hoy es uno de los ritmos latinos más universales. Hasta el último día, el “Cacique de la Campana” se encargó de recordarnos que no hay quien se resista a la cumbia.

Siempre presente, compa.

Abraham Scardanely.


Autores
Es narrador, cronista y artista visual. Autor del libro de cuentos "La casa púrpura" y la novela "Por este cielo jamás dejan de circular aviones".

Ilustrador
Abraham Scardanely
Abraham Scardanely es un sujeto regular. Su filosofía es: ni mucho ni poco, sino todo lo contrario. Viaja sin brújula con su mochila y un cuaderno. Su lugar es cualquier parte, su lugar es donde ponga los pies.
Ray Bradbury. Imagen extraída de Flickr.

Al carecer de las pruebas suficientes para comprobar su existencia —y sin la certeza absoluta de poder defenderse— ¿existirá alguien, además de mí, que crea que los marcianos ya no son los otros, sino que nosotros somos los marcianos? Sería difícil que alguien continuara leyendo esto sin juzgar lo anterior, mínimo, como una tontería. Y quizá lo sea; en principio, porque no vivimos en Marte, lo cual es el primer motivo para negarse a leer lo que viene a continuación. Sin embargo, ¿acaso la vox populi teje fino respecto a esta sutileza, cuando entona «Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando el chachachá»? Metonimia que designa casi cualquier raza extraterrestre sin importar si habita o no el cuarto planeta, los marcianos, al parecer, no serán quienes vengan a la Tierra. Al menos no para Bradbury. Para el autor estadounidense que hoy cumpliría noventainueve años, seremos nosotros los dignos delegados en Marte de lo que quede de la Tierra. Lo cierto es que, para cuando esto suceda, ya no seremos los mismos. Moradores de cuerpos altos, esbeltos, modificados tecnológicamente, genéticamente, socialmente, compuestos por tres, seis, ocho o doce pares de ojos, con más de dos piernas, tres narices y dos pulmones que funcionan con Wi-Fi, en el futuro visitaremos las galaxias que nos vengan en gana también con una inteligencia superior a la actual.

 

Si hay algo que científicos, artistas y filósofos debemos agradecerle a Bradbury es que tuvo a bien estimular nuestra imaginación. De no ser así, no entenderíamos ahora que la ciencia ficción propone un trabajo en conjunto de cara al futuro, donde entre todos tenemos que unir fuerzas si deseamos volverlo habitable. Para el historiador israelí Yuval Noah Harari, dentro de cincuenta años será prácticamente un hecho la inmortalidad. El ser humano dejará de morir. Para el sector más reacio y conservador de la sociedad, esta clase de ideas representa la mala inversión de tiempo y dinero por parte de la gente de ciencia —o, en el mejor de los casos, una broma de muy mal gusto. Al parecer, Bradbury fue demasiado lejos en su fe en la sociedad del presente. Sus expectativas obviaron la inmutabilidad de la ignorancia humana. Si bien lo que pronosticaba para 2005 en sus Crónicas marcianas catorce años después quedaría superado con creces: la resistencia que ponemos ahora ante los avances en materia científica sigue siendo la misma que la de su época. Si Bradbury viviera, lo propuesto por Harari sería la continuación de su búsqueda personal emprendida en un momento de curiosidad ilimitada.

 

En plena Guerra Fría, los científicos Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline escribían un artículo para el Rockland State Hospital cuyo inicio evoca el estilo del más delirante relato bradburiano:

 

«La travesía espacial desafía a la humanidad no solo en lo tecnológico sino también en lo espiritual, ya que incita al hombre a tomar partido de manera activa en su propia evolución biológica»1

 

En 1950, Ray Bradbury publicaba Crónicas marcianas (junto con Farenheit 451, su libro más famoso), con el que no solo abonó al género de la ciencia ficción, del cual, por cierto, renegó de su adscripción involuntaria siempre que pudo. Su obra propone una manera de replantearse lo que significaba ser humano en el siglo XX, apuesta que se profundiza en las indagaciones del XXI. Diez años después, Clynes y Kline acuñaron un término para cifrar lo que Bradbury ya había imaginado: el cyborg.

 

Se trata de un «hombre mejorado», es decir, aquel cuyas funciones corporales han sido alteradas para cumplir con los requisitos de entornos específicos. Dichas modificaciones pueden ser tanto de orden fisiológico, como psicológico, e incluso emocional. Para la pareja de científicos, esto permitiría «la existencia del hombre en entornos que difieren radicalmente de los proporcionados por la naturaleza tal como la conocemos»

 

En Crónicas marcianas, el aire enrarecido del que habla Bradbury es el mismo que afecta la cabeza del padre Peregrine en el cuento «Los globos de fuego», hasta llevarlo a cometer «nuevos» pecados. En dicho relato, que integra el volumen titulado El hombre ilustrado, el padre Stone y el padre Peregrine discuten acerca del cuerpo y su condición evolutiva, transformación que, según ellos, invariablemente conduce al pecado. De lo que hablan no es de otra cosa que de la subjetividad de un organismo, pues, al estar atado a la moral dominante, el sujeto se adapta, o en otras palabras, ciborgiza su conducta para sobrevivir. Este dilema filosófico es filtrado sigilosamente por Bradbury con el cuerpo humano como pretexto. En algún rincón de la historia leemos:

 

«Las amebas no pecan. Se reproducen por división celular. No desean la mujer del prójimo, ni se matan entre sí. Añádales a las amebas sexo, piernas y brazos, y tendrá usted crímenes y adulterios. Añada o saque un brazo y una pierna a una persona, y añadirá o suprimirá un mal posible. Si hay en Marte otros cinco nuevos sentidos, órganos, miembros invisibles que no podemos imaginar, ¿no habrá entonces cinco nuevos pecados?»2

 

Bradbury desliza una pregunta de índole científica formulada desde la ficción: ¿qué significa ser humano? Me pregunto cuán frágil es nuestra humanidad que el simple aire marciano nos ofusca hasta cuestionarnos nuestra espiritualidad —acaso lo más humano que tenemos—, esa de la que estamos tan seguros. La cautela con que los sacerdotes dan sus primeros pasos en tierras extraterrestres responde a la incertidumbre de las condiciones naturales y morales que hay en Marte, pues también son parte de la comitiva que cruzó la ionósfera por aquellos días. Pero para su propia sorpresa, son ellos mismos quienes se modifican. No son los marcianos, ni el terreno rocoso y lleno de cráteres lo que cambia. Son ellos, nuevos cyborgs con sotanas y cruces en el pecho.

 

El padre Peregrine, en cuyo apellido lleva el sino tránsfuga de su época, está obligado a modificarse para así adaptarse y sobrevivir en un territorio inhóspito. Esa «religiosidad laica» que predomina en la mayor parte de la obra bradburiana, no es más que una apuesta por la renovación de la fe, ante lo que sucumbe indirectamente la propia creencia de lo que somos, tal como afirma el propio sacerdote:

 

«Quisiéramos saber algo de los marcianos. Pues sólo así podremos construir inteligentemente nuestra iglesia. ¿Miden tres metros de altura? Construiremos unas puertas muy altas. ¿Tienen la piel azul, roja o verde? Cuando pongamos figuras humanas en los vitrales pintaremos la piel con el color adecuado. ¿Son pesados? Haremos asientos sólidos»3

 

Los contemporáneos de Bradbury, él incluido, tenían puestas sus esperanzas en Marte, un lugar donde pudieran empezar de cero. Desde luego, no faltó quien juzgó a estos hombres de chiflados por imaginar siquiera la posibilidad de cambiar de domicilio a uno con código postal en predios marcianos. ¿Pero acaso no es la misma renuencia santurrona que sesenta años después reniega de lo que tiene que decirnos, por ejemplo, Cinthya Kenyon? Bióloga molecular estadounidense, Kenyon funge desde hace varios años como vicepresidenta de Calico, la empresa de Google creada para combatir el envejecimiento. Esta expresión suena tan gringa que vuelve creíble la misión. Ya lo decía Bradbury: sus compatriotas eran los primeros en querer expandir su dominio en otros territorios lejos de los sublunares. Su modo de entender la naturaleza humana como algo que puede domeñarse no dista de lo que Bradbury criticó en sus páginas. Actualmente, es el cuerpo humano el siguiente sitio a conquistar. De acuerdo con Kenyon, Calico—acrónimo de California Life Company— fue fundada para «entender mejor el proceso de deterioro de nuestras células y desarrollar mecanismos para detener, ralentizar y retroceder este fenómeno que nos lleva inevitablemente a la muerte».

 

No es raro que Crónicas marcianas esté impregnado hasta el tuétano de los Estados Unidos, considerando el contexto político que se desarrollaba como correlato de la producción bradburiana. Sin embargo se pintoresquismo yanqui, en vez de abonar a la imaginación desbordada del autor, a mi parecer la inhibió. Quizá para algunos sea el rasgo más destacado de su obra. Incluso, encuentren una crítica a la sociedad norteamericana de medio siglo. Y la hay, por supuesto. Lo cierto es que nuestro presente luce como un futuro más peligroso, tal vez mucho más, que el del propio Bradbury, a quien, no obstante, le debemos la posibilidad de crearlo a nuestro antojo.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Es bien conocido el tránsito de Ulises Carrión: de ser un escritor mexicano prometedor (poco más que joven promesa) en la notabilísima generación del Medio Siglo pasó a ser reconocido como archivista y artista conceptual en Ámsterdam. No es un secreto que durante la última década, la obra de Carrión tuvo una emergencia que no había tenido en México durante los años previos. Existió una exposición a cargo de su amiga Martha Hellión en el Museo de Arte Carrillo Gil a principios de los dosmil y, sin embargo, a pesar de que el catálogo de la misma era un objeto preciado entre coleccionistas, no tuvo el mismo tipo de repercusión que tendría la posterior exposición organizada en el Museo Reina Sofía y luego presentada en el Museo Júmex entre 2016 y 2017.

La mayor resonancia de la última exposición en relación con la primera es en cierto sentido una valoración arbitraria, pero creo que pertinente en el contexto de esta reseña. Pienso especialmente en dos razones a partir de las cuales sopeso la relevancia. Por un lado, la recepción contundente de Carrión entre un público más extenso, especialmente considerando que fue una exposición con dos iteraciones, una madrileña y una mexicana (en el museo privado de arte contemporáneo más importante del país); por otro lado, que la exposición fue la confirmación de Carrión como un artista extraordinario no solamente en el mundo del arte conceptual mexicano, en el que era más conocido, sino especialmente en el mundo de la literatura.

¿Qué clase de artista se confirma como escritor en una exposición museística? Uno como Ulises Carrión. Es decir, un escritor que no es tal y un artista que tampoco, sino que es en el tránsito entre mundos y medios culturales: el de la estética y el de la escritura.

El conocimiento de la obra de Ulises Carrión es todavía un espacio de exploración, a pesar de que cada vez sabemos más de su relevancia en el mundo del arte conceptual marginal en el que la produjo. No sólo porque la cantidad de estudios y aproximaciones artísticas a su obra son todavía insuficientes, sino porque, sobre todo, no es fácil acceder a ella desde una perspectiva totalizante.

En buena medida, una de las tareas detrás de la publicación del Archivo Carrión por parte de Juan J. Agius, Heriberto Yépez y la colectiva de Tumbona ediciones era complementar el conocimiento de Carrión más allá del muy leído entonces El arte nuevo de hacer libros. Los tres volúmenes del Archivo Carrión son la mejor manera de conocer por primera vez la obra y trayectoria del artista; especialmente porque no se centran exclusivamente en su labor sobre bookworks, sino que también recolectan reflexiones y obras de periodos posteriores. La lectura se complementa además con los ensayos de Yépez, que más que ser prólogos a cada volumen constituyen un estudio extenso del pensamiento de Carrión publicado por entregas.

Si se quiere profundizar en su obra, sin recurrir a la compra de poco accesibles libros de coleccionista, además del Archivo Carrión es posible hacerse de un corpus amplio de obras, reinterpretaciones y estudios: Poesías (Taller Ditoria, 2007, reed. 2015), El robo del año (Alias, 2015), Querido lector no lea (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía – Fundación Jumex Arte Contemporáneo, 2016), el ensayo de Verónica Gerber Bicecci incluido en Mudanza (Auieo, 2010; reed. Almadía, 2017) y el libro Ulises Carrión, escritor (La Bahía, 2016), de Javier Maderuelo, además de la obra sonora de The Poets Tongue recogida en UbuWeb (www.ubu.com). A todo esto, se suma la reciente publicación de Montones de metáforas a cargo de Malpaís.

Dado el recorrido que he planteado al principio, podría pensarse que el mérito principal de la publicación de Montones de metáforas es “solamente” complementar el corpus de obra. No es así, no completamente. El libro tiene un valor en sí mismo y uno en relación con la poética general de Carrión. Sobre lo segundo, Yépez es claro en su ensayo introductorio (que como los anteriores es más estudio de la obra que presentación de un libro), Montones de metáforas «es un libro teórico y poético […] Leer el libro se convierte en un seguimiento tanto de un método de Carrión cono en una atención al acto de lectura». Montones de metáforas es un libro situado en una posición ambigua de la trayectoria de Carrión, es tanto un libro temprano y todavía literario, indica Yépez, y también es una especulación sobre la relación entre contenido y forma del arte verbal. Es quizá, sigue Yépez, el libro más literariamente logrado del Carrión postliterario, pero eso no necesariamente es su mejor característica, especialmente si se le considera como un autor que escapó de la literatura para integrarse a otros mundos.

De las posibles formas de leer Montones de metáforas en tanto libro singular, me interesa por ahora apuntar una: como la praxis literaria de una especulación.

En su Abecedario, Gilles Deleuze explica:

Los conceptos son la verdadera invención de la filosofía, y luego están los que podríamos denominar perceptos: los perceptos son el dominio del arte. ¿Qué son los perceptos? […] Diría: ¿qué quiere un hombre de letras, un escritor, un novelista? Yo creo que quiere llegar a construir conjuntos de percepciones, de sensaciones que sobreviven a aquellos que las experimentan. Y eso es un percepto. Un percepto es un conjunto de percepciones y de sensaciones que sobrevive a aquél que las experimenta.

 

¿Es Ulises Carrión un creador de perceptos? No, o no de la manera en la que lo hacían los artistas en los que Deleuze piensa. Por supuesto que Carrión produce (e incluso sistematiza la producción) de perceptos a lo largo de su obra. Ya sea en la circulación de la misma mediante un sistema de correo alternativo con base en Other Books And So, ya sea en la producción de una estrategia cultural sobre el chisme y el rumor a partir de su propia vida, Carrión esperaba producir sensaciones y al hacerlo estudiar la manera en la que el lenguaje las reproduce, determina y limita. Esta dimensión perceptual está presente en Montones de metáforas, pero no es necesariamente el eje conductor del texto. Al igual que el resto de las obras de Carrión, en Montones de metáforas la dimensión principal es sobre todo conceptual en un sentido doble. Conceptual en tanto arte que intenta abandonar la expresión para privilegiar la forma y la estructura, y en tanto es una especulación filosófica.

Se podría argüir contra la obra que hacer lo que hace Carrión contraria el principio ontológico de la literatura, puesto que si esta especula es mediante la forma literaria y no con los contenidos o las palabras. Esto que Tom Eyers ha denominado “formalismo especulativo” se basa en la ruptura de la dicotomía entre la referencialidad de la obra literaria y la autorreferencialidad propia de un arte autónomo. Carrión no realiza una especulación de la realidad, sino de la materia con la que la realidad se constituye y que es, de hecho, la misma materia con la que se constituye la obra literaria: el lenguaje.

Montones de metáforas es un texto que opera mediante la praxis poética de los límites de la teoría especulativa. Una obra en los términos de lo que Yépez llama el experimentalismo paceano intentaría deslindar la referencialidad y la autorreferencialidad de su significación; mientras que la obra de Carrión intenta integrarlas ambas en una formación que produzca un percepto conceptual, y un concepto perceptual.

 

El título de este libro es

Montones de metáforas:

Título de un libro: palabra(s) que designa(n) lo que hay en un libro.

Montones de metáforas: palabras que no designan lo que hay en este libro.

El título de este libro es

Montones de metáforas. (47)

 

Sería un error creer que Carrión es un filósofo de la literatura. Esa es una profesión propia de quien separa dos ámbitos de conocimiento y supedita uno al otro. La filosofía ejercicio de conocimiento y la literatura como campo conocido: la dicotomía sujeto/objeto deviene en la conversión de la literatura en una entidad limitada y contenida. Carrión es más bien un artista que conoce los límites de la teoría mediante la literatura. Dado que el instrumento de ambas es el lenguaje, Carrión monta y desmonta las estructuras de observación de un lenguaje con otro.

Montones de metáforas puede parecer en una primera lectura una continuación de lo emprendido en El arte nuevo de hacer libros. Las frases declarativas son semejantes, la estructura lógica para la explicación de la fenomenología de la producción también; sin embargo, hay una diferencia notable: mientras que el primero es un manifiesto (en el sentido amplio y teórico), el segundo es una obra artística. Lo que en el primero es una suma de enunciados, en el segundo es una suma de expresiones. Expresiones que sin embargo no indican sensaciones, sino conceptos.

Insisto en la semejanza con la obra más conocida de Carrión para insistir de otro modo en lo que las separa. En los últimos años, con frecuencia se ha usado el Arte nuevo de hacer libros en empresas de diversa índole editorial y artística, desde libros de artista, editoriales, ferias, bots de tuiter, etc. Esto ha sucedido porque esa obra era una serie d reglas sobre la manera en la que Carrión proponía entender una dimensión distinta, contemporánea, de la producción material de libros. Para ello, desmenuzó el libro como objeto cultural que era producido en contextos específicos. El arte nuevo… podría usarse, yo mismo lo he hecho, como obra teórica sobre las características del libro en tanto objeto material-textual. Sin embargo, El arte nuevo… no es eso sino una serie de preceptivas experimentales para la producción de un arte otro. Montones de metáforas lleva esta característica a su propio límite, pues no sólo no se trata de un tratado sobre el lenguaje, sino que además se resiste a la forma tratadística a través de la repetición. Es decir, mediante el ritmo, el principio constitutivo de la poesía. Montones de metáforas es un libro que difícilmente podría producir descendencia en forma de teoría; a pesar de su forma, es pura resistencia a la teoría. Pero no lo es en el sentido que Paul de Man lo entendía, sino más cerca de cómo Mario Montalbetti define la poesía en tanto “resistencia a hacer signo”.

Montones de metáforas, pues, resiste la teoría, aunque la practica. Delimita la función especulativa del lenguaje teórico y lo conduce a los límites en que se toca y confunde con la poesía. En las conclusiones al ensayo introductorio, Yépez insiste en esta idea: «La poesía le ayudó a construir un arte teórico pero la poesía fue quizá lo único que Carrión no pudo teorizar en toda su extensión». Esta paradoja de la obra carrionana tiene en Montones de metáforas una de sus realizaciones más finas y logradas. Leerlo en relación con la trayectoria de su obra permite entender la complejidad que atravesó su proceso de producción y pensamiento, mientras que leerlo en relación consigo mismo permite ver en acción una forma poética de la especulación. Una forma que desmonta la dicotomía entre conocimiento y conocido para volverse hacía sí misma y desde su materialidad desplegar el pensamiento como praxis crítica del mundo y del lenguaje.

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Roberto Cruz Arzabal