La expedición de Magallanes-Elcano (1519-1522) y el sistema global
La primera circunnavegación de la Tierra
En la isla de Mactán, Filipinas, se encuentra la pequeña ciudad de Lapulapu. En el centro de esta ciudad existe un monumento muy particular: la escultura de un indígena semidesnudo y de cabello largo, armado con un cuchillo y escudo. Este sujeto le dio el nombre a la ciudad y es considerado por los filipinos como un héroe histórico. En un acto de resistencia frente a la invasión colonial europea derrotó a las huestes de Fernando de Magallanes.
El 16 de marzo de 1521 la expedición de Magallanes llegó a las islas Filipinas. Ya en la isla de Cebú, el explorador portugués consiguió la cooperación de ciertos pobladores liderados por Huambón y comenzó a someter exitosamente a los habitantes. Rápidamente se enteró de la existencia de Lapulapu, el jefe nativo de la vecina isla de Mactán, enemigo de la gente de Huambón.
Días después, el 27 de abril de 1521, Magallanes, junto con varias decenas de soldados españoles, tocó tierra en la isla de Mactán con el fin de someter al temido Lapulapu. Los nativos salieron victoriosos en la llamada “Batalla de Mactán”, debido a la ventaja numérica. En diversas narrativas populares, se dice que fue el mismo Lapulapu quién mató a Magallanes, sin embargo, parece que fue una horda de guerreros que se abalanzaron sobre él los que causaron su muerte. De esa manera llega a su fin la vida de Fernando de Magallanes, quien llevaba casi dos años comandando la que sería la primera circunnavegación de la Tierra.
La expedición de Magallanes tenía como objetivo generar rutas comerciales con la región de las “islas de las especias” por occidente —tal y como lo había buscado Cristóbal Colón—. Esto se lograría encontrando al comunicación marítima entre el océano Atlántico y el océano Pacífico, que en ese momento era llamado Mar del Sur, bautizado así por el español Vasco Núñez de Balboa, tras descubrirlo al cruzar el istmo de Panamá en 1513. En 1518 el rey Carlos I, nombra almirante a Magallanes y le otorga una serie de privilegios sobre los territorios descubiertos y los bienes extraídos.
Fueron cinco las naves que zarparon del puerto de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz el 20 de septiembre de 1519. A finales de septiembre la expedición hizo una escala en Tenerife, una de las Islas Canarias y desde ahí llegaron a las costas brasileñas, arribando a finales de noviembre de 1519.
Es preciso recordar que el territorio de Brasil y sus habitantes indígenas, tuvieron su primer contacto con los conquistadores europeos en 1500 a través de una expedición liderada por el capitán lusitano Pedro Álvares Cabral. Los portugueses tuvieron el pleno derecho de conquistar dicho territorio gracias al Tratado de Tordesillas de 1494 -que sirvió para delimitar las áreas de navegación y conquista del océano Atlántico y del Nuevo Mundo entre la Monarquía Española y el Reino de Portugal-.
La línea divisoria mantenía a las costas brasileñas en los dominios portugueses. El 13 de diciembre llegaron a la Bahía de Santa Lucía -hoy Río de Janeiro- y continúan su viaje hacia el sur.
En enero de 1520 pasaron por el Río de la Plata -descubierto por Juan Díaz de Solís en 1516-. A principios de marzo llegaron a la bahía San Julián, que exploraron en busca de un posible paso hacia el Mar del Sur, sin ningún éxito.
Magallanes, en vista de la llegada del invierno, decidió permanecer allí hasta la primavera. Durante aquellos meses algunos miembros de la tripulación intentaron amotinarse pero fracasaron; Magallanes mandó a matar a los amotinados y a otros los abandonó en San Julián cuando, en agosto de 1521, retomó la ruta hacia el sur.
A más de un año de haber comenzado la expedición, en octubre, Magallanes arribó al Cabo de las once mil Vírgenes. El 1 de noviembre, la expedición comenzó a navegar por el estrecho que bautizaron como Todos los Santos. Años más tarde se le cambiaría el nombre a Estrecho de Magallanes.
En este tramo, pasaron por una gran isla en la que vislumbraron las fogatas y sus altas columnas de humo, generadas por los nativos de la región; este territorio fue nombrado Tierra del fuego. Después de un arduo camino, el 28 de noviembre de 1520, dejan Cabo Deseado, la puerta al Mar del Sur, que rebautizaron como Maris pacifici debido a la calma con que los recibió.
Pasaron dos meses desde que comenzó la travesía en el Pacífico, hasta pasar por una isla en medio del océano: la Isla de los Tiburones el 21 de enero de 1521. Por fin, el 6 de marzo de ese año, Magallanes llegó una isla en la que los navegantes aprovecharon para descansar y recoger víveres. En este sitio se habrían de encontrar con nativos que ofrecieron obsequios a los navegantes. Habían arribado a la Isla de los Ladrones -probablemente la actual isla de Guam– en el archipiélago de las Marianas.
Al terminar su travesía por el Pacífico, logró llegar a las islas Filipinas en marzo. Durante ese mes, exploró las islas aledañas. En esta exploración es donde, el 27 de abril de 1521, muere Fernando de Magallanes en la ya relatada batalla de Mactán.
Los expedicionarios continuaron la navegación hasta las islas Molucas o “islas de las especias”, original objetivo del viaje, donde designaron a Juan Sebastián Elcano para capitanear el viaje de regreso.
Navegando hacia el oeste por el océano Índico y dando la vuelta a África, el 6 de septiembre de 1522 la Victoria, única nave que quedaba en la expedición, retornó a Sanlúcar de Barrameda con su carga de especias, convirtiéndose en la primera embarcación de la historia en dar la vuelta al mundo[1].
El mundo de los nuevos mundos: la crónica de viaje
La expedición de Magallanes se inscribió en la llamada Era de los descubrimientos. El expansionismo de las potencias europeas —sobre todo España y Portugal— y la búsqueda de eficientes rutas comerciales provocaron la conquista de distintos espacios, desde América hasta regiones de África, Asia y Oceanía que eran desconocidas por los europeos.
El mundo y las ideas sobre él se ampliaron: los nuevos mundos se integraron a la añeja cosmovisión. Los viajes, las rutas y los descubrimientos -naturales y culturales-, de estos nuevos mundos fueron plasmadas en papel por cronistas y cartógrafos.
En el caso de la expedición Magallanes-Elcano, fue el cronista Antonio Pigafetta quien relató este viaje alrededor del mundo en su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada después de la expedición.
Como toda crónica de viaje, el autor plasmó los elementos más significativos de la expedición. A manera de documento probatorio para las autoridades españolas y como un artefacto de la memoria, recopiló los pormenores del viaje y la vida de los navegantes, así como la descripción de los paisajes, la flora y la fauna con la que se encontraron en esas regiones. Pigafetta también realizó el primer mapa del Estrecho, así como dibujos del archipiélago de la Tierra del Fuego y de las Islas Molucas.
Antonio Pigafetta, mapa del Estrecho de Todos Los Santos, 1520.
Sobre la fauna encontrada en los territorios explorados, Pigafetta describe una población de pingüinos en una isla cercana a las tierras antárticas:
Nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pingüinos y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.[2]
Posteriormente describe detalladamente a los lobos marinos:
Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.[3]
Otras descripciones son integradas en esta crónica. Por ejemplo, durante el viaje en el Pacífico, la tripulación se vio fuertemente afectada por las plagas y enfermedades como el escorbuto. El cronista agradece a Dios el no haber padecido de esos males:
La galleta que comíamos ya no era más pan sino un polvo lleno de gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un olor fétido insoportable porque estaba impregnada de orina de ratas. El agua que bebíamos era pútrida y hedionda. Por no morir de hambre, nos hemos visto obligados a comer los trozos de cuero que cubrían el mástil mayor a fin de que las cuerdas no se estropeen contra la madera… Muy a menudo, estábamos reducidos a alimentarnos de aserrín; y las ratas, tan repugnantes para el hombre, se habían vuelto un alimento tan buscado, que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas… Y no era todo. Nuestra más grande desgracia llegó cuando nos vimos atacados por una especie de enfermedad que nos inflaba las mandíbulas hasta que nuestros dientes quedaban escondidos…[4]
Pigafetta narra la batalla de Mactán y lo sucedido el 27 de abril de 1521. La ardua batalla y la muerte de Magallanes:
Como [los indígenas] conocían a nuestro capitán, contra él principalmente dirigían los ataques y por dos veces le tiraron el casco; sin embargo se mantuvo firme mientras combatimos rodeándole. Duró el desigual combate casi una hora. En fin, un isleño logró poner la punta de la lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela clavada. Quiso sacar la espada, pero no puedo, por estar gravemente herido en el brazo derecho; diéronse cuenta los indios, y uno de ellos, asestándole un sablazo en la pierna izquierda le hizo caer de cara arrojándose entonces contra él. Así murió nuestro guía, nuestra luz y nuestro sostén. Al caer viéndose asediado por los enemigos se volvió muchas veces para ver si nos habíamos salvado. No le socorrimos por estar todos heridos; y sin poderle vengar, llegamos a las chalupas en le momento que iban a partir. A nuestro capitán debimos la salvación porque en cuanto murió todos los isleños corrieron al sitio en que había caído.[5]
Líneas más adelante, se elogia al fallecido Magallanes de la siguiente manera:
Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Adornado de todas las virtudes, mostró inquebrantable constancia en medio de sus mayores adversidades. En el mar se condenaba a sí mismo a más privaciones de la tripulación. Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos, sabía perfectamente el arte de la navegación, como lo demostró dando la vuelta al mundo, lo que nadie osó intentar antes que él.[6]
A pesar de que Magallanes murió sin haber completado la vuelta entera, Pigafetta menciona que el resto del viaje comprendía un tramo que los navegantes portugueses ya conocían. El capitán Elcano -que no fue mencionado en la crónica de Pigafetta-, retomaría la ruta por el Sur de África (cabo de Buena Esperanza), siguiendo la ruta de Vasco da Gama, para lograr llegar de nuevo a Europa. La sección más complicada y desconocida, fue superada por el genio de Magallanes, diría el cronista.
Un viaje y sus consecuencias: el sistema-mundo moderno
Las representaciones cartográficas son una gran herramienta para ejemplificar el proceso en el que la se transformó la concepción y representación de un mundo interconectado.
El explorador Américo Vespucio, en 1503 publicó sus Cartas de viaje en las que aseguraba que las tierras descubiertas por Colón eran un Mundus Novus, como proponía llamarlas. En 1507 Martin Waldseemüller publica su planisferio titulado Universalis Cosmographia. En el aparece el territorio del Nuevo Mundo aparece por primera vez como “América”.
Martin Waldseemüller, Universalis Cosmographia, 1507.
La expedición de Magallanes sirvió para confirmar definitivamente la teoría de Vespucio, así como el carácter esférico de la Tierra. Los hallazgos en la expedición fueron representados por primera vez en el planisferio de Diego Ribero, Cosmógrafo Real de la Casa de Contratación de Sevilla, del año 1529.
Con el desembarco de Elcano en el puerto de Sanlúcar, se cerró aquel largo viaje que uniría al mundo bajo una visión particular del globo. Una hazaña técnica que fue acompañada de una hazaña imaginativa que sirvió para terminar integrar los elementos dispersos del mundo. Todo esto, como un complejo telón de fondo la dominación colonial por parte de las potencias capitalistas europeas.
Durante la era de los descubrimientos, la imagen y representación del planeta —conocida en la historiografía como imago mundi— cambiaron con rapidez. De la misma manera, cambió la forma de comprender al mundo: ya no se trataba de distintos “mundos” aislados o separados, si no como un todo interconectado.
El “nuevo mundo” y otros descubrimientos no fueron más que los últimos pasos que faltaban para comprender la totalidad del sistema global. En palabras del recién fallecido científico histórico-social Immanuel Wallerstein, durante aquella época no sólo tiene origen el capitalismo mercantilista, sino el moderno “sistema-mundo, que hasta entonces tan solo era un sistema-mundo europeo”.[7]
Evidentemente, esta concepción totalizadora está dictada desde las potencias europeas, cuyo afán colonizador fue el verdadero motor de el proceso de integración —tanto simbólica como económicamente— del mundo en su totalidad.
Samir Amin menciona que la idea común de que el capitalismo europeo fue el primer sistema en unificar y conectar al mundo entero, es el epítome del discurso de dominación colonial[8]. Sin embargo, evadiendo una perspectiva totalizadora y única, pero sí de interconexiones globales, la circunnavegación de la tierra cambió la manera en la que las regiones y los pueblos del mundo, percibieron a la otredad.
La nao Victoria, que fue el único navío que se logró regresar al puerto de Sanlúcar de Barrameda como sólo 18 de los 216 navegantes que iniciaron la expedición, fue representada en un mapa de Abraham Ortelius de 1589.
Se presenta de forma gloriosa y debajo del dibujo de la nave se lee —como epitafio de la aventura—: “Fui la primera que rodeó el mundo volando a vela. Magallanes, te dirigí al nuevo estrecho. Y al rodea el mundo gané el nombre “Victoria”. Son mis velas alas; mi premio, la gloria; mi lucha, el mar.”
[7] Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI, 1979, pp. 17. La perspectiva del sistema-mundo, también conocida como economía-mundo o sistema mundial, ha sido un aporte teórico de la crítica posmarxista que intenta explicar el funcionamiento y estructura de las relaciones sociales, políticas y económicas a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Es una teoría historiográfica, geopolítica y sociológica con presencia en los debates actuales sobre ciencias sociales e historia.
El lugar común señala que las personas no saben cómo van a reaccionar ante una tragedia que las toca directamente, que el que se cree valiente puede no serlo tanto y que quien se piensa cobarde quizás resulte en lo contrario. Las ciudades, como las personas, también muestran un rostro nuevo ante la tragedia. Un rostro que las marca, las cambia y las define. Enumerar ciudades y la forma en que el orden que intentan llevar se ve trastocado sería un ejercicio interesante, aunque una labor de nunca acabar.
Cada ciudad, como cada persona, ha enfrentado la tragedia. Hay tragedias que golpean más de una ciudad como las epidemias, la peste en el siglo XIV que asoló a Europa y que tuvo en las ciudades los nichos donde más mortandad causó —por algo Boccaccio hace que los jóvenes que cuentan su Decamerón dejen Florencia—, y hay ciudades que dejaron de ser lo que eran tras las epidemias, ahí está Atenas que perdió en una de ellas a Pericles y propició que dejara la hegemonía en la Hélade.
II
Tenía unos meses cuando ocurrió el sismo de 1985, nací en el norte del país y hasta allá nos impactó aquel suceso. Crecí con las imágenes de la tragedia. Cuando llegué a vivir a la ciudad de México en 2014 pensaba en los edificios, en cómo reaccionaría si había un sismo, en las rutas de salida. Un temor que se fue domesticando. Aprendí a hacer los simulacros, a identificar la alarma. Pero jamás pensé que viviría, en el mismo día, pero de 32 años después, un sismo que le recordó a la ciudad el de 1985.
La ciudad volvió a enfrentar los temores que la marcaron. Todos empezamos a prestar atención a las grietas, a las inclinaciones de pisos y paredes. Temíamos. Edificios y escuelas habían vuelto a caer.
Entonces vivía en Xocongo y Fray Servando, a unas cuadras del Zócalo, en un cuarto piso. Ahí la alarma y el sismo empezaron al mismo tiempo. No pudimos bajar. Escuchamos el derrumbe de un entremuro que cayó sobre nuestra unidad habitacional —cosa que supimos más tarde— y que nos sonó a que el edificio se venía abajo. Nunca, ni siquiera cuando en 2010 me amagaron con una pistola, estuve más seguro de mi muerte.
III
De por sí sobrevivir en las ciudades fue una tarea difícil, aunque en su seno ha sido donde se han propiciado los mayores desarrollos tecnológicos y civilizatorios, la mortalidad fue, hasta los últimos siglos, mayor a la natalidad y las ciudades dependieron de la migración del campo para su crecimiento. A las tragedias cotidianas, el toma y daca de la sobrevivencia, se suman las que ponen en vilo la vida misma de la ciudad y que, a veces, causan su muerte. Por poner solo unos ejemplos, ahí están Pompeya y Herculano sepultadas por los flujos piroplásticos en el 79; Cuicuilco con una suerte similar en el siglo III antes de nuestra era; la destrucción de Port Royal en 1692 por un terremoto y un tsunami.
Pero la mayoría de las ciudades sobrevive a las tragedias y, las que mueren, lo hacen de muerte natural —se van quedando sin habitantes hasta ser ruinas—. Roma, por ser la ciudad eterna, da muestras de ello y llegó a tal grado de disminución que en los siglos VIII y IX sus habitantes encontraban restos de escusados de porfirio y los tomaban por tronos. En ese sobrevivir es en dónde las tragedias cambian el rostro de las ciudades.
IV
Esa tarde estuve en shock por horas. Seguí con los planes que tenía para ese día, terminé de lavar trastes, tendí sábanas, fui al gimnasio en Zona Rosa, mismo que, evidentemente, estaba cerrado. Vi los edificios dañados, ventanas rotas, pero no acababa de entender la magnitud de lo que había pasado. Seguía en negación.
No fue hasta el miércoles que acompañé a un par de amigos a una de las zonas afectadas, llevamos palas y guantes de carnaza al edificio de Petén y Zapata. No nos quedamos a ayudar porque había demasiada gente. Ahí decidimos que cuando nuestra ayuda podría ser significativa sería en la noche.
Esperamos más de una hora para que nos dejaran entrar a Chimalpopoca y Bolívar, la fábrica textil, a donde arribamos pasada la media noche. En esta ciudad que se esfuerza por repetirse, otra vez volvía a ser una fábrica textil con mujeres adentro la que se había venido abajo. Fue ese edificio, a unas cuadras de mi propia casa, el que primero vi en facebook caer —meses más tarde vería una y otra vez la compilación de los videos del sismo, hipnotizado, aterrorizado—.
Ahí estuve hasta el mediodía del jueves. Vi el esfuerzo de desconocidos por ayudar unos a otros. Mientras esperábamos una niña de no más de once años nos ordenaba cómo formarnos y revisaba si traíamos zapatos de trabajo y casco. Una joven familia nos ofreció tortas de jamón, pan dulce y café. Ese día, a esa hora, solo vi aquello como un hermoso gesto, al pasar de los días, entendí la importancia de la gente que llevaba comida, que mantuvo con energía a quienes acarreaban escombro. Todos echaban la mano en la medida de sus posibilidades.
En Chimalpopoca vi el esfuerzo y la desesperación por hacer algo, por ayudar. Esa primera noche, la segunda después del sismo, era la improvisación la que nos movía. Ahí entendí la importancia del puño en alto. Entendí que cuando más falta hacen brazos era antes del amanecer. A las cinco de la mañana éramos pocos los que seguíamos ahí, batallando, deseando más ayuda. Hasta pasadas las seis pude pedirla en Twitter.
V
La Ciudad de México no es ajena a estas dinámicas. Una ciudad que ha resurgido de sus propias ruinas no una vez sino varias, como si sus habitantes siguieran haciendo la ceremonia de Fuego Nuevo que realizaban los antiguos habitantes del valle de México, cuando rompían sus enceres y apagaban todos los fuegos y esperaban hasta que el tlahtoani encendía de nuevo el fuego para reempezar el ciclo de 52 años de su calendario. Así la ciudad ha detenido su vida, para volver a empezar. La ciudad fundada, según la tradición, en 1325 y que había estado creciendo como su templo mayor, capa sobre capa, estuvo a punto de desaparecer con la conquista de Cortés el 13 de agosto de 1521. Una ciudad que había enfrentado la epidemia de viruela, que había sido derruida a cañonazos e incendios, estuvo a punto de no volver a ser edificada. Pero Cortés decidió establecer la capital de la Nueva España en el punto que los tenochcas llamaban el corazón de todo el mundo, Cem Anahuac yolloco. Y Mexihco-Tenochtitlan cambió de rostro y de nombre, el altepetl cruzado de canales cedió su lagar a la ciudad, la ciudad de México nació y llegó a convertirse en una de las urbes más importantes de la corona española. Y en 1629, el 21 de septiembre, una lluvia que duró 40 horas inundó la ciudad por cinco años, muchos la dejaron e incluso se pensó en abandonarla por completo. Pero sus habitantes supieron reponerse y enfrentar aquel paso.
En la vida independiente la ciudad sufrió las consecuencias de la convulsa vida social y política del país, dos veces capital imperial, fue también dos veces invadida por fuerzas extranjeras, tomada por liberales y conservadores, siguió la historia del país que, a pesar de su federalismo, es muy centralista.
VI
Twitter se convirtió, junto a otras redes sociales, en la gran herramienta que permitió mover la ayuda que surgía de todas partes.
Me tocó ver el surgimiento del movimiento #Verificado19s que tan útil se volvió para administrar y gestionar la ayuda. Por eso supimos, la noche del jueves, que necesitaban gente en Irolo y Bretaña, donde un edificio de siete plantas se vino abajo, un edificio que después se supo, había sido una casa a la que solo le habían añadido pisos sin reforzar los cimientos. Cuando llegamos ahí no había ruido y los puños estaban en alto, los rescatistas japoneses estaban haciendo su labor. El rescate de las dos mujeres concluyó y ya no quedaba ahí por rescatar a nadie, nos dispersamos. Decidí volver a Chimalpopoca.
Varias brigadas aguardaban a entrar en el estacionamiento de Bodega Aurrerá, ahí estuvimos horas hasta que a las cuatro de la mañan nos permitieron ingresar. La organización era mejor para ese momento que la madrugada anterior. Estuve hasta las tres de la tarde en las hileras que pasaban piedra a piedra lo que había sido un edificio de cuatro pisos reducido a un montón de escombros.
VII
Los sismos, que la habían golpeado sin graves consecuencias fuera de hacer caer paredes y dañar algunos edificios ya desde que era Tenochtitlan —bajo el mando de Axayacatl—, conforme fue creciendo, principalmente hacia arriba en el siglo pasado, la fueron afectando. En el 1957 cayó el Ángel y la ciudad, que apenas empezaba a tentar el aire con sus edificios, no sufrió como habría de sufrir veintiocho años más tarde.
1985 fue un parteaguas en la historia de la ciudad y del país. Nunca se sabrá con exactitud el número de víctimas que dejó. Según el registro civil de la Ciudad de México, fueron 12 mil 843 . El sismo puso en manifiesto la corrupción que imperaba en el ámbito inmobiliario y la ineficacia de las autoridades para reaccionar ante la tragedia, pero también sacó a la luz la solidaridad de los habitantes de la ciudad. Miles colmaron las calles para ayudar a rescatar de los escombros a las personas. La capacidad organizativa de los habitantes de la ciudad para ayudarse unos a otros, sin importar que se tratara de desconocidos, sorprendió a propios y extraños. Salía a la luz un rostro que la ciudad no conocía de sí misma, era capaz de dejar todo y empezar a mover escombro con la esperanza de rescatar a quienes quedaron bajo lo que minutos, horas o días antes habían sido edificios.
La ciudad no volvió a ser la misma. Miles la dejaron. Los huecos donde hubo edificios quedaron así por años, como el hueco en la encía donde antes estuvo una muela. Se cambiaron los reglamentos de contrucción, se hicieron simulacros, la ciudad se preparó para un nuevo sismo.
VIII
Como muchos estuve al borde del colapso nervioso. El viernes 22 fue la primera noche que volví a dormir en mi cama después del sismo y me despertó la alarma, cuyo sonido me helaba la sangre.
La ciudad seguí alterada, aún no podíamos recuperar nuestras vidas. Ni lo queríamos y en cierto sentido no hemos recuperado la vida que teníamos antes de la 1:14 pm del martes 19 de septiembre.
Fui también a Escocia y Edimburgo, también en la noche, pero del sábado 23. Ahí estuve hasta las tres de la mañana en que se levantó el puño y hubo un rescate. Pude notar la diferencia con Chimalpopoca, mientras esperábamos en avenida Eugenia nos hicieron escribir nuestro nombre y tipo de sangre en el brazo, el orden era mucho mayor, la mayoría de los civiles no podían entrar a la zona del derrumbe, solo mover escombro, el cuidado para mover los escombros —en Chimalpopoca el primer día que estuve ahí había cientos de personas sobre el edificio colapsado—, la presencia de las autoridades era notoria y marcaban el ritmo de la remosión y el rescate. Además eran dos derrumbes con una calle de distancia.
Volví al día siguiente al mediodía. Mientras hacía fila preguntaron quién sabía usar el mazo. Crecí en un ejido y las labores manuales no me son desconocidas. No dude en levantar el brazo. Me dieron un mazo y caminé hasta cerca de la zona del derrumbe. Rompiamos las lozas que la grua extraía, aunque pronto fuimos relevados por policías federales quienes no quisieron dejar el marro, así que me dieron una carretilla. Con ella iba hasta el derrumbe donde soldados con sus palas las llenaban de escombros. Ahí era perceptible el olor a muerte.
Todos queríamos ayudar. Estábamos exhaustos pero no podíamos quedarnos en nuestras casas. Yo seguía con miedo y estar ahí, trabajar removiendo escombro fue una de las formas en que pude afrontar ese temor. Ayudar, aunque fuera en poco, a rescatar a una persona era también una de las razones que me movía.
IX
La ciudad no ha vuelto a ser la misma. Yo tampoco. Afrontar la muerte de esa manera cambia, me cambió a mí. Cambió a la ciudad. Meses después, cuando por azares terminé trabajando como bicirrepartidor pasé por muchos de los puntos donde estuvieron los edificios y me dolió no solo ese vacío, esa ausencia llena de dolor —junto a la cual seguían y, por desgracia, siguen los habitantes de esos departamentos—, sino un recordatorio de que la irresponsabilidad y la corrupción cuestan vidas.
— ¡Apenas pueda me largo de esta ciudad de una buena vez!
— Este es un merecido castigo de la naturaleza por siglos y siglos de abuso humano.
— Me siento más pequeño que la hormiga más pequeña del planeta.
— La naturaleza tiene un sentido del humor muy histórico. ¿o finalmente Dios sí existe?
— ¡Bonita manera de celebrar mi cumpleaños!
Eso fue más o menos lo que dijeron las voces de mi cabeza cuando sentí las primeras sacudidas del terremoto. Estaba en mi oficina, en el octavo piso del edificio donde se encuentra la editorial, entre Insurgentes Sur y Vito Alessio Robles. Había dos colegas, una a cada lado de mí, agarrando con fuerza de un brazo. Enfrente, el jefe del equipo de diseño gráfico se encontraba exactamente en la misma posición que yo. Éramos los únicos hombres y los más asustados de todo el piso.
La estructura metálica del edificio rechinaba con violencia, las luces se encendían y se apagaban sin cesar, los gritos se escuchaban desde los demás pisos; todo llevaba nuestro pánico a un paroxismo que nunca antes había vivido —y que espero no repetir jamás en mi vida.
Una de las encargadas de marketing, la única que vivió el terremoto del 85, estalló en una crisis histérica y comenzó a gritar y a correr en el momento mismo en nos sacudía el brusco movimiento del sismo.
—¡No puede ser, no puede ser, no puede ser que esto esté pasando otra vez! —decía casi gritando.
Paralizados, el resto apenas la vimos moverse sin hacer nada al respecto. Ninguno de nosotros podía entender las secuelas y los traumas que la catástrofe había dejado 32 años atrás en los sobrevivientes.
No estoy seguro de cuánto duró el sismo (que, por cierto, significa lo mismo que temblor o terremoto, o sea, movimiento de tierra). Según leo en la página del Gobierno, aproximadamente 3 minutos. Aunque fueron segundos eternos, tengo la impresión de que su duración fue mucho menor. Dicen que esto se debe a los bondadosos efectos de la adrenalina en el cuerpo y a esa parte del cerebro que programa la memoria de tal manera que uno recuerda solamente lo que le conviene. El punto es que cuando sentimos que el terremoto había finalizado, seguimos el protocolo que ya todos conocían de memoria porque lo habían ensayado hacía tan solo una hora y media.
Por fortuna la salida de emergencia del edificio era completamente segura. Bajamos rápidamente pero en orden (por pisos) y nos dirigimos al punto de encuentro en un parque muy cercano. En el camino encontramos una ciudad convulsionada: carros andando en contravía, personas arrollándose unas a otras, y gritos para completar el panorama de conmoción. A pesar de todo, el desalojo se llevó a cabo en relativa calma.
Después de pasar dos horas en el parque, el encargado de la seguridad nos dijo que podíamos regresar al edificio y sacar nuestras pertenencias lo más pronto posible. Como estábamos concentrados en la misma zona, la comunicación colapsó y llamar, o incluso escribir mensajes, era imposible. Recuperé mis cosas en la oficina, pude ver que tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes de voz, entre de los cuales mi novia me suplicaba llorando que diera señales de vida.
Tan pronto como pude, reporté a mi familia en Colombia y a mis amigos en México y Francia que me encontraba ileso. Como muchos, recibí cientos de mensajes de apoyo, inquietud y esperanza. Apenas pude responder un par de mensajes, y de pronto ya tenía el doble acumulado en el buzón.
Comprendí que la angustia de la gente y las facilidades de las nuevas tecnologías podían mantenerme todo el día reportando sobre mi estado actual y sin hacer nada. Además, más de la mitad de la ciudad carecía de electricidad y la batería de los aparatos electrónicos podía ser preciosa en un momento dado. Por eso apagué mi teléfono.
Luego recordé que esa mañana me había llegado un paquete urgente y que el centro de entrega estaba muy cerca de la oficina. En vista de que los comercios seguían funcionando como de costumbre, decidí pasar. Al llegar, noté que los empleados trabajaban con absoluta normalidad, casi con un aburrimiento habitual. Recibí el paquete y caminé a casa. Ir en carro era una estupidez, pues la ciudad colapsaba y el tráfico tenía muchas vías completamente bloqueadas.
Al andar por la calle, sentí el caos creciente de la ciudad. Todo parecía una película, un apocalipsis zombie que dejaba comercios vacíos, ríos desordenados de gente que fluían en todas direcciones, y mucho ruido: ruido de carros que pitaban, helicópteros sobrevolando la ciudad, la sirena de la policía y desde luego las ambulancias. Era muy difícil conservar la calma. Llegar a casa fue un gran alivio, pero el día estaba lejos de terminar.
***
Me encontré con Rafael, mi roomie, y dos amigos más. No teníamos electricidad pero la casa no había sufrido ninguna afectación importante. Nos informamos un poco sobre la magnitud de los daños gracias a una vieja radio de pila que siempre había estado en una estantería de la cocina y al fin encontraba su hora de gloria. Escuchamos que había varios puntos de reunión ciudadana para ayudar y decidimos organizarnos para ir al punto más cercano.
—Oí que una escuela primaria se cayó en Coapa —me dijo Rafa.
Nos armamos de palas, cascos, picas y los pocos víveres que cupieron en nuestras mochilas. Salimos caminando por Miguel Ángel de Quevedo. Las calles estaban abarrotadas de coches, pero unos minutos más tarde tuvimos la fortuna de advertir una camioneta que avanzaba a toda velocidad —los coches se abrían al sonido de su sirena— y cargaba una decena de voluntarios en su parte trasera. Al vernos con casco y materiales, se pararon justo frente a nosotros y nos montamos sin pensarlo.
Éramos tantos en la camioneta, que cada quién se acomodó como pudo. Yo estaba casi acostado en una posición muy incómoda al lado izquierdo del vehículo. Desde mi ángulo, veía las cabezas de los obreros (jóvenes de todas las edades que se habían sumado al llamado de la protección civil y que estaban poco o nada equipados).
El coche seguía avanzando a gran velocidad, pues una fila se abría del lado derecho de la calle, como cuando pasa una ambulancia en apuros. Atónito, yo escuchaba el chiflido de los voluntarios para que nos dejaran pasar y el cláxon de los demás carros. Cada vez que podía, me asomaba. Veía edificios en ruinas y multitudes alrededor.
—¡Chingada madre, no puede ser! ¡Ahí estaba la fonda de Lupita! —dijo el más viejo de los voluntarios señalando unos escombros acumulados en la esquina de una calle.
En veinte minutos llegamos a la intersección de Coapa, no muy lejos de la escuela derrumbada, justo enfrente de un edificio de cuatro pisos que se había desplomado. Había dos máquinas excavadoras y decenas de personas (policías, miembros de la protección civil, obreros y jóvenes de los alrededores) que ayudaban como podían.
No hubo mucho tiempo para preguntas. Bajamos en seguida, el señor nos dio un tapabocas y una herramienta, y señaló lo que quedaba del edificio. Una cadena humana recogía escombros con baldes, lazos y con las manos.
Pedazos de varillas, lozas rotas, mosaicos partidos, trozos de tapetes; las partes del rompecabezas desfilaban de mano en mano, de forma coordinada pero angustiosa, y una gran nube de polvo envolvía el lugar. Los más cercanos a la ruinas rogaban silencio a gritos para oír a las víctimas y poder rescatarlas.
Pasaron los minutos, las horas, y la tarde fue cayendo. Dos cuerpos con vida y uno inerte fueron recuperados del lugar. Por momentos me sentía presa de una especie de encantamiento que me hacía actuar por inercia, sin pensar y coordinando coreográficamente con el resto de la gente, como una hormiga más de la cadena.
Iba pasando las partes de un rompecabezas que tardaría mucho tiempo en reconstruirse y que probablemente nunca más vivirá un diecinueve de septiembre en total calma. De pronto, sorprendí a mi mente tarareando una canción que comenzaba a oírse entre la multitud.Ay, ay, ay, ay, ay, canta y no llores. Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.