Tierra Adentro
Fernando de Magallanes. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Flickr.

La expedición de Magallanes-Elcano (1519-1522) y el sistema global

La primera circunnavegación de la Tierra

En la isla de Mactán, Filipinas, se encuentra la pequeña ciudad de Lapulapu. En el centro de esta ciudad existe un monumento muy particular: la escultura de un indígena semidesnudo y de cabello largo, armado con un cuchillo y escudo. Este sujeto le dio el nombre a la ciudad y es considerado por los filipinos como un héroe histórico. En un acto de resistencia frente a la invasión colonial europea derrotó a las huestes de Fernando de Magallanes.

El 16 de marzo de 1521 la expedición de Magallanes llegó a las islas Filipinas. Ya en la isla de Cebú, el explorador portugués consiguió la cooperación de ciertos pobladores liderados por Huambón y comenzó a someter exitosamente a los habitantes. Rápidamente se enteró de la existencia de Lapulapu, el jefe nativo de la vecina isla de Mactán, enemigo de la gente de Huambón.

Días después, el 27 de abril de 1521, Magallanes, junto con varias decenas de soldados españoles, tocó tierra en la isla de Mactán con el fin de someter al temido Lapulapu. Los nativos salieron victoriosos en la llamada “Batalla de Mactán”, debido a la ventaja numérica. En diversas narrativas populares, se dice que fue el mismo Lapulapu quién mató a Magallanes, sin embargo, parece que fue una horda de guerreros que se abalanzaron sobre él los que causaron su muerte. De esa manera llega a su fin la vida de Fernando de Magallanes, quien llevaba casi dos años comandando la que sería la primera circunnavegación de la Tierra.

La expedición de Magallanes tenía como objetivo generar rutas comerciales con la región de las “islas de las especias” por occidente —tal y como lo había buscado Cristóbal Colón—. Esto se lograría encontrando al comunicación marítima entre el océano Atlántico y el océano Pacífico, que en ese momento era llamado Mar del Sur, bautizado así por el español Vasco Núñez de Balboa, tras descubrirlo al cruzar el istmo de Panamá en 1513. En 1518 el rey Carlos I, nombra almirante a Magallanes y le otorga una serie de privilegios sobre los territorios descubiertos y los bienes extraídos.

Fueron cinco las naves que zarparon del puerto de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz el 20 de septiembre de 1519. A finales de septiembre la expedición hizo una escala en Tenerife, una de las Islas Canarias y desde ahí llegaron a las costas brasileñas, arribando a finales de noviembre de 1519.

Es preciso recordar que el territorio de Brasil y sus habitantes indígenas, tuvieron su primer contacto con los conquistadores europeos en 1500 a través de una expedición liderada por el capitán lusitano Pedro Álvares Cabral. Los portugueses tuvieron el pleno derecho de conquistar dicho territorio gracias al Tratado de Tordesillas de 1494 -que sirvió para delimitar las áreas de navegación y conquista del océano Atlántico y del Nuevo Mundo entre la Monarquía Española y el Reino de Portugal-.

La línea divisoria mantenía a las costas brasileñas en los dominios portugueses. El 13 de diciembre llegaron a la Bahía de Santa Lucía -hoy Río de Janeiro- y continúan su viaje hacia el sur.

En enero de 1520 pasaron por el Río de la Plata -descubierto por Juan Díaz de Solís en 1516-. A principios de marzo llegaron a la bahía San Julián, que exploraron en busca de un posible paso hacia el Mar del Sur, sin ningún éxito.

Magallanes, en vista de la llegada del invierno, decidió permanecer allí hasta la primavera. Durante aquellos meses algunos miembros de la tripulación intentaron amotinarse pero fracasaron; Magallanes mandó a matar a los amotinados y a otros los abandonó en San Julián cuando, en agosto de 1521, retomó la ruta hacia el sur.

A más de un año de haber comenzado la expedición, en octubre, Magallanes arribó al Cabo de las once mil Vírgenes. El 1 de noviembre, la expedición comenzó a navegar por el estrecho que bautizaron como Todos los Santos.  Años más tarde se le cambiaría el nombre a Estrecho de Magallanes.

En este tramo, pasaron por una gran isla en la que vislumbraron las fogatas y sus altas columnas de humo, generadas por los nativos de la región; este territorio fue nombrado Tierra del fuego. Después de un arduo camino,  el 28 de noviembre de 1520, dejan Cabo Deseado, la puerta al Mar del Sur, que rebautizaron como Maris pacifici debido a la calma con que los recibió.

Pasaron dos meses desde que comenzó la travesía en el Pacífico, hasta pasar por una isla en medio del océano: la Isla de los Tiburones el 21 de enero de 1521. Por fin, el 6 de marzo de ese año, Magallanes llegó una isla en la que los navegantes aprovecharon para descansar y recoger víveres. En este sitio se habrían de encontrar con nativos que ofrecieron obsequios a los navegantes. Habían arribado a la Isla de los Ladrones -probablemente la actual isla de Guam– en el archipiélago de las Marianas.

Al terminar su travesía por el Pacífico, logró llegar a las islas Filipinas en marzo. Durante ese mes, exploró las islas aledañas. En esta exploración es donde, el 27 de abril de 1521, muere Fernando de Magallanes en la ya relatada batalla de Mactán.

Los expedicionarios continuaron la navegación hasta las islas Molucas o “islas de las especias”, original objetivo del viaje, donde designaron a Juan Sebastián Elcano para capitanear el viaje de regreso.

Navegando hacia el oeste por el océano Índico y dando la vuelta a África, el 6 de septiembre de 1522 la Victoria, única nave que quedaba en la expedición, retornó a Sanlúcar de Barrameda con su carga de especias, convirtiéndose en la primera embarcación de la historia en dar la vuelta al mundo[1].

 

El mundo de los nuevos mundos: la crónica de viaje

La expedición de Magallanes se inscribió en la llamada Era de los descubrimientos. El expansionismo de las potencias europeas —sobre todo España y Portugal— y la búsqueda de eficientes rutas comerciales provocaron la conquista de distintos espacios, desde América hasta regiones de África, Asia y Oceanía que eran desconocidas por los europeos.

El mundo y las ideas sobre él se ampliaron: los nuevos mundos se integraron a la añeja cosmovisión. Los viajes, las rutas y los descubrimientos -naturales y culturales-, de estos nuevos mundos fueron plasmadas en papel por cronistas y cartógrafos.

En el caso de la expedición Magallanes-Elcano, fue el cronista Antonio Pigafetta quien relató este viaje alrededor del mundo en su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada después de la expedición.

Como toda crónica de viaje, el autor plasmó los elementos más significativos de la expedición. A manera de documento probatorio para las autoridades españolas y como un artefacto de la memoria, recopiló los pormenores del viaje y la vida de los navegantes, así como la descripción de los paisajes, la flora y la fauna con la que se encontraron en esas regiones. Pigafetta también realizó el primer mapa del Estrecho, así como dibujos del archipiélago de la Tierra del Fuego  y de las Islas Molucas.

Antonio Pigafetta, mapa del Estrecho de Todos Los Santos, 1520.

Antonio Pigafetta, mapa del Estrecho de Todos Los Santos, 1520.

Sobre la fauna encontrada en los territorios explorados,  Pigafetta describe una población de pingüinos en una isla cercana a las tierras antárticas:

Nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pingüinos y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.[2]

Posteriormente describe detalladamente a los lobos marinos:

Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.[3]

Otras descripciones son integradas en esta crónica. Por ejemplo, durante el viaje en el Pacífico, la tripulación se vio fuertemente afectada por las plagas y enfermedades como el escorbuto. El cronista agradece a Dios el no haber padecido de esos males:

La galleta que comíamos ya no era más pan sino un polvo lleno de gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un olor fétido insoportable porque estaba impregnada de orina de ratas. El agua que bebíamos era pútrida y hedionda. Por no morir de hambre, nos hemos visto obligados a comer los trozos de cuero que cubrían el mástil mayor a fin de que las cuerdas no se estropeen contra la madera… Muy a menudo, estábamos reducidos a alimentarnos de aserrín; y las ratas, tan repugnantes para el hombre, se habían vuelto un alimento tan buscado, que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas… Y no era todo. Nuestra más grande desgracia llegó cuando nos vimos atacados por una especie de enfermedad que nos inflaba las mandíbulas hasta que nuestros dientes quedaban escondidos…[4]

Pigafetta narra la batalla de Mactán y lo sucedido el 27 de abril de 1521. La ardua batalla y la muerte de Magallanes:

Como [los indígenas] conocían a nuestro capitán, contra él principalmente dirigían los ataques y por dos veces le tiraron el casco; sin embargo se mantuvo firme mientras combatimos rodeándole. Duró el desigual combate casi una hora. En fin, un isleño logró poner la punta de la lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela clavada. Quiso sacar la espada, pero no puedo, por estar gravemente herido en el brazo derecho; diéronse cuenta los indios, y uno de ellos, asestándole un sablazo en la pierna izquierda le hizo caer de cara arrojándose entonces contra él. Así murió nuestro guía, nuestra luz y nuestro sostén. Al caer viéndose asediado por los enemigos se volvió muchas veces para ver si nos habíamos salvado. No le socorrimos por estar todos heridos; y sin poderle vengar, llegamos a las chalupas en le momento que iban a partir. A nuestro capitán debimos la salvación porque en cuanto murió todos los isleños corrieron al sitio en que había caído.[5]

Líneas más adelante, se elogia al fallecido Magallanes de la siguiente manera:

Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Adornado de todas las virtudes, mostró inquebrantable constancia en medio de sus mayores adversidades. En el mar se condenaba a sí mismo a más privaciones de la tripulación. Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos, sabía perfectamente el arte de la navegación, como lo demostró dando la vuelta al mundo, lo que nadie osó intentar antes que él.[6]

A pesar de que Magallanes murió sin haber completado la vuelta entera, Pigafetta menciona que el resto del viaje comprendía un tramo que los navegantes portugueses ya conocían. El capitán Elcano -que no fue mencionado en la crónica de Pigafetta-, retomaría la ruta por el Sur de África (cabo de Buena Esperanza), siguiendo la ruta de Vasco da Gama, para lograr llegar de nuevo a Europa. La sección más complicada y desconocida, fue superada por el genio de Magallanes, diría el cronista.

 

Un viaje y sus consecuencias: el sistema-mundo moderno

Las representaciones cartográficas son una gran herramienta para ejemplificar el proceso en el que la se transformó la concepción y representación de un mundo interconectado.

El explorador Américo Vespucio, en 1503 publicó sus Cartas de viaje en las que aseguraba que las tierras descubiertas por Colón eran un Mundus Novus, como proponía llamarlas. En 1507 Martin Waldseemüller publica su planisferio titulado Universalis Cosmographia. En el aparece el territorio del Nuevo Mundo aparece por primera vez como “América”.

Martin Waldseemüller, Universalis Cosmographia, 1507.

Martin Waldseemüller, Universalis Cosmographia, 1507.

La expedición de Magallanes sirvió para confirmar definitivamente la teoría de Vespucio, así como el carácter esférico de la Tierra. Los hallazgos en la expedición fueron representados por primera vez en el planisferio de Diego Ribero, Cosmógrafo Real de la Casa de Contratación de Sevilla, del año 1529.

Diego Ribero, Mapamundi, 1529. La ruta de Magallanes fue añadida posteriormente.

Con el desembarco de Elcano en el puerto de Sanlúcar, se cerró aquel largo viaje que uniría al mundo bajo una visión particular del globo. Una hazaña técnica que fue acompañada de una hazaña imaginativa que sirvió para terminar integrar los elementos dispersos del mundo. Todo esto, como un complejo telón de fondo la dominación colonial por parte de las potencias capitalistas europeas.

Durante la era de los descubrimientos, la imagen y representación del planeta —conocida en la historiografía como imago mundi— cambiaron con rapidez. De la misma manera, cambió la forma de comprender al mundo: ya no se trataba de distintos “mundos” aislados o separados, si no como un todo interconectado.

El “nuevo mundo” y otros descubrimientos no fueron más que los últimos pasos que faltaban para comprender la totalidad del sistema global. En palabras del recién fallecido científico histórico-social Immanuel Wallerstein, durante aquella época no sólo tiene origen el capitalismo mercantilista, sino el moderno “sistema-mundo, que hasta entonces tan solo era un sistema-mundo europeo”.[7]

Evidentemente, esta concepción totalizadora está dictada desde las potencias europeas, cuyo afán colonizador fue el verdadero motor de el proceso de integración —tanto simbólica como económicamente— del mundo en su totalidad.

Samir Amin menciona que la idea común de que el capitalismo europeo fue el primer sistema en unificar y conectar al mundo entero, es el epítome del discurso de dominación colonial[8]. Sin embargo, evadiendo una perspectiva totalizadora y única, pero sí de interconexiones globales, la circunnavegación de la tierra cambió la manera en la que las regiones y los pueblos del mundo, percibieron a la otredad.

La nao Victoria, que fue el único navío que se logró regresar al puerto de  Sanlúcar de Barrameda como sólo 18 de los 216 navegantes que iniciaron la expedición, fue representada en un mapa de Abraham Ortelius de 1589.

Se presenta de forma gloriosa y debajo del dibujo de la nave se lee —como epitafio de la aventura—: “Fui la primera que rodeó el mundo volando a vela. Magallanes, te dirigí al nuevo estrecho. Y al rodea el mundo gané el nombre “Victoria”. Son mis velas alas; mi premio, la gloria; mi lucha, el mar.”

Abraham Ortelius, Maris Pacifici, 1598

Abraham Ortelius, Maris Pacifici, 1598

 

 

 


 

[1] Se puede acceder a la ruta completa del viaje desde Google Earth y Google Maps en el sitio: “Ruta Elcano” en: https://www.rutaelcano.com/versiones-del-mapa

[2] Pigafetta, Antonio. Primer viaje alrededor del globo (1524), Ediciones Orbis, Barcelona, 1986, p. 22. Edición disponible en: http://www.archive.org/stream/primerviajeentor00piga#page/187/mode/2up

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 89

[5] Ibid., p. 114

[6] Ibid., p. 115.

[7] Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI, 1979, pp. 17. La perspectiva del sistema-mundo, también conocida como economía-mundo o sistema mundial, ha sido un aporte teórico de la crítica posmarxista que intenta explicar el funcionamiento y estructura  de las relaciones sociales, políticas y económicas a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Es una teoría historiográfica, geopolítica y sociológica con presencia en los debates actuales sobre ciencias sociales e historia.

[8] Cfr. Samir Amin, “The Ancient World-System versus the Modern Capitalist World-System” en Fernand Braudel Center Review, Vol. 14, No. 3, 1991, pp. 349-385. Disponible en: https://www-jstor-org.pbidi.unam.mx:2443/stable/40241188?read-now=1&seq=1#page_scan_tab_contents


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Fotografía de Diego Leyva

I

El lugar común señala que las personas no saben cómo van a reaccionar ante una tragedia que las toca directamente, que el que se cree valiente puede no serlo tanto y que quien se piensa cobarde quizás resulte en lo contrario. Las ciudades, como las personas, también muestran un rostro nuevo ante la tragedia. Un rostro que las marca, las cambia y las define. Enumerar ciudades y la forma en que el orden que intentan llevar se ve trastocado sería un ejercicio interesante, aunque una labor de nunca acabar.

Cada ciudad, como cada persona, ha enfrentado la tragedia. Hay tragedias que golpean más de una ciudad como las epidemias, la peste en el siglo XIV que asoló a Europa y que tuvo en las ciudades los nichos donde más mortandad causó —por algo Boccaccio hace que los jóvenes que cuentan su Decamerón dejen Florencia—, y hay ciudades que dejaron de ser lo que eran tras las epidemias, ahí está Atenas que perdió en una de ellas a Pericles y propició que dejara la hegemonía en la Hélade.

II

Tenía unos meses cuando ocurrió el sismo de 1985, nací en el norte del país y hasta allá nos impactó aquel suceso. Crecí con las imágenes de la tragedia. Cuando llegué a vivir a la ciudad de México en 2014 pensaba en los edificios, en cómo reaccionaría si había un sismo, en las rutas de salida. Un temor que se fue domesticando. Aprendí a hacer los simulacros, a identificar la alarma. Pero jamás pensé que viviría, en el mismo día, pero de 32 años después, un sismo que le recordó a la ciudad el de 1985.

La ciudad volvió a enfrentar los temores que la marcaron. Todos empezamos a prestar atención a las grietas, a las inclinaciones de pisos y paredes. Temíamos. Edificios y escuelas habían vuelto a caer.

Entonces vivía en Xocongo y Fray Servando, a unas cuadras del Zócalo, en un cuarto piso. Ahí la alarma y el sismo empezaron al mismo tiempo. No pudimos bajar. Escuchamos el derrumbe de un entremuro que cayó sobre nuestra unidad habitacional —cosa que supimos más tarde— y que nos sonó a que el edificio se venía abajo. Nunca, ni siquiera cuando en 2010 me amagaron con una pistola, estuve más seguro de mi muerte.

Fotografía por Diego Leyva

III

De por sí sobrevivir en las ciudades fue una tarea difícil, aunque en su seno ha sido donde se han propiciado los mayores desarrollos tecnológicos y civilizatorios, la mortalidad fue, hasta los últimos siglos, mayor a la natalidad y las ciudades dependieron de la migración del campo para su crecimiento. A las tragedias cotidianas, el toma y daca de la sobrevivencia, se suman las que ponen en vilo la vida misma de la ciudad y que, a veces, causan su muerte. Por poner solo unos ejemplos, ahí están Pompeya y Herculano sepultadas por los flujos piroplásticos en el 79; Cuicuilco con una suerte similar en el siglo III antes de nuestra era; la destrucción de Port Royal en 1692 por un terremoto y un tsunami.

Pero la mayoría de las ciudades sobrevive a las tragedias y, las que mueren, lo hacen de muerte natural —se van quedando sin habitantes hasta ser ruinas—. Roma, por ser la ciudad eterna, da muestras de ello y llegó a tal grado de disminución que en los siglos VIII y IX sus habitantes encontraban restos de escusados de porfirio y los tomaban por tronos. En ese sobrevivir es en dónde las tragedias cambian el rostro de las ciudades.

IV

Esa tarde estuve en shock por horas. Seguí con los planes que tenía para ese día, terminé de lavar trastes, tendí sábanas, fui al gimnasio en Zona Rosa, mismo que, evidentemente, estaba cerrado. Vi los edificios dañados, ventanas rotas, pero no acababa de entender la magnitud de lo que había pasado. Seguía en negación.

No fue hasta el miércoles que acompañé a un par de amigos a una de las zonas afectadas, llevamos palas y guantes de carnaza al edificio de Petén y Zapata. No nos quedamos a ayudar porque había demasiada gente. Ahí decidimos que cuando nuestra ayuda podría ser significativa sería en la noche.

Esperamos más de una hora para que nos dejaran entrar a Chimalpopoca y Bolívar, la fábrica textil, a donde arribamos pasada la media noche. En esta ciudad que se esfuerza por repetirse, otra vez volvía a ser una fábrica textil con mujeres adentro la que se había venido abajo. Fue ese edificio, a unas cuadras de mi propia casa, el que primero vi en facebook caer —meses más tarde vería una y otra vez la compilación de los videos del sismo, hipnotizado, aterrorizado—.

Ahí estuve hasta el mediodía del jueves. Vi el esfuerzo de desconocidos por ayudar unos a otros. Mientras esperábamos una niña de no más de once años nos ordenaba cómo formarnos y revisaba si traíamos zapatos de trabajo y casco. Una joven familia nos ofreció tortas de jamón, pan dulce y café. Ese día, a esa hora, solo vi aquello como un hermoso gesto, al pasar de los días, entendí la importancia de la gente que llevaba comida, que mantuvo con energía a quienes acarreaban escombro. Todos echaban la mano en la medida de sus posibilidades.

En Chimalpopoca vi el esfuerzo y la desesperación por hacer algo, por ayudar. Esa primera noche, la segunda después del sismo, era la improvisación la que nos movía. Ahí entendí la importancia del puño en alto. Entendí que cuando más falta hacen brazos era antes del amanecer. A las cinco de la mañana éramos pocos los que seguíamos ahí, batallando, deseando más ayuda. Hasta pasadas las seis pude pedirla en Twitter.

Fotografía por Diego Leyva

V

La Ciudad de México no es ajena a estas dinámicas. Una ciudad que ha resurgido de sus propias ruinas no una vez sino varias, como si sus habitantes siguieran haciendo la ceremonia de Fuego Nuevo que realizaban los antiguos habitantes del valle de México, cuando rompían sus enceres y apagaban todos los fuegos y esperaban hasta que el tlahtoani encendía de nuevo el fuego para reempezar el ciclo de 52 años de su calendario. Así la ciudad ha detenido su vida, para volver a empezar. La ciudad fundada, según la tradición, en 1325 y que había estado creciendo como su templo mayor, capa sobre capa, estuvo a punto de desaparecer con la conquista de Cortés el 13 de agosto de 1521. Una ciudad que había enfrentado la epidemia de viruela, que había sido derruida a cañonazos e incendios, estuvo a punto de no volver a ser edificada. Pero Cortés decidió establecer la capital de la Nueva España en el punto que los tenochcas llamaban el corazón de todo el mundo, Cem Anahuac yolloco. Y Mexihco-Tenochtitlan cambió de rostro y de nombre, el altepetl cruzado de canales cedió su lagar a la ciudad, la ciudad de México nació y llegó a convertirse en una de las urbes más importantes de la corona española. Y en 1629, el 21 de septiembre, una lluvia que duró 40 horas inundó la ciudad por cinco años, muchos la dejaron e incluso se pensó en abandonarla por completo. Pero sus habitantes supieron reponerse y enfrentar aquel paso.

En la vida independiente la ciudad sufrió las consecuencias de la convulsa vida social y política del país, dos veces capital imperial, fue también dos veces invadida por fuerzas extranjeras, tomada por liberales y conservadores, siguió la historia del país que, a pesar de su federalismo, es muy centralista.

VI

Twitter se convirtió, junto a otras redes sociales, en la gran herramienta que permitió mover la ayuda que surgía de todas partes.

Me tocó ver el surgimiento del movimiento #Verificado19s que tan útil se volvió para administrar y gestionar la ayuda. Por eso supimos, la noche del jueves, que necesitaban gente en Irolo y Bretaña, donde un edificio de siete plantas se vino abajo, un edificio que después se supo, había sido una casa a la que solo le habían añadido pisos sin reforzar los cimientos. Cuando llegamos ahí no había ruido y los puños estaban en alto, los rescatistas japoneses estaban haciendo su labor. El rescate de las dos mujeres concluyó y ya no quedaba ahí por rescatar a nadie, nos dispersamos. Decidí volver a Chimalpopoca.

Varias brigadas aguardaban a entrar en el estacionamiento de Bodega Aurrerá, ahí estuvimos horas hasta que a las cuatro de la mañan nos permitieron ingresar. La organización era mejor para ese momento que la madrugada anterior. Estuve hasta las tres de la tarde en las hileras que pasaban piedra a piedra lo que había sido un edificio de cuatro pisos reducido a un montón de escombros.

Fotografía por Diego Leyva

VII

Los sismos, que la habían golpeado sin graves consecuencias fuera de hacer caer paredes y dañar algunos edificios ya desde que era Tenochtitlan —bajo el mando de Axayacatl—, conforme fue creciendo, principalmente hacia arriba en el siglo pasado, la fueron afectando. En el 1957 cayó el Ángel y la ciudad, que apenas empezaba a tentar el aire con sus edificios, no sufrió como habría de sufrir veintiocho años más tarde.

1985 fue un parteaguas en la historia de la ciudad y del país. Nunca se sabrá con exactitud el número de víctimas que dejó. Según el registro civil de la Ciudad de México, fueron 12 mil 843 . El sismo puso en manifiesto la corrupción que imperaba en el ámbito inmobiliario y la ineficacia de las autoridades para reaccionar ante la tragedia, pero también sacó a la luz la solidaridad de los habitantes de la ciudad. Miles colmaron las calles para ayudar a rescatar de los escombros a las personas. La capacidad organizativa de los habitantes de la ciudad para ayudarse unos a otros, sin importar que se tratara de desconocidos, sorprendió a propios y extraños. Salía a la luz un rostro que la ciudad no conocía de sí misma, era capaz de dejar todo y empezar a mover escombro con la esperanza de rescatar a quienes quedaron bajo lo que minutos, horas o días antes habían sido edificios.

La ciudad no volvió a ser la misma. Miles la dejaron. Los huecos donde hubo edificios quedaron así por años, como el hueco en la encía donde antes estuvo una muela. Se cambiaron los reglamentos de contrucción, se hicieron simulacros, la ciudad se preparó para un nuevo sismo.

Fotografía por Diego Leyva

VIII

Como muchos estuve al borde del colapso nervioso. El viernes 22 fue la primera noche que volví a dormir en mi cama después del sismo y me despertó la alarma, cuyo sonido me helaba la sangre.

La ciudad seguí alterada, aún no podíamos recuperar nuestras vidas. Ni lo queríamos y en cierto sentido no hemos recuperado la vida que teníamos antes de la 1:14 pm del martes 19 de septiembre.

Fui también a Escocia y Edimburgo, también en la noche, pero del sábado 23. Ahí estuve hasta las tres de la mañana en que se levantó el puño y hubo un rescate. Pude notar la diferencia con Chimalpopoca, mientras esperábamos en avenida Eugenia nos hicieron escribir nuestro nombre y tipo de sangre en el brazo, el orden era mucho mayor, la mayoría de los civiles no podían entrar a la zona del derrumbe, solo mover escombro, el cuidado para mover los escombros —en Chimalpopoca el primer día que estuve ahí había cientos de personas sobre el edificio colapsado—, la presencia de las autoridades era notoria y marcaban el ritmo de la remosión y el rescate. Además eran dos derrumbes con una calle de distancia.

Volví al día siguiente al mediodía. Mientras hacía fila preguntaron quién sabía usar el mazo. Crecí en un ejido y las labores manuales no me son desconocidas. No dude en levantar el brazo. Me dieron un mazo y caminé hasta cerca de la zona del derrumbe. Rompiamos las lozas que la grua extraía, aunque pronto fuimos relevados por policías federales quienes no quisieron dejar el marro, así que me dieron una carretilla. Con ella iba hasta el derrumbe donde soldados con sus palas las llenaban de escombros. Ahí era perceptible el olor a muerte.
Todos queríamos ayudar. Estábamos exhaustos pero no podíamos quedarnos en nuestras casas. Yo seguía con miedo y estar ahí, trabajar removiendo escombro fue una de las formas en que pude afrontar ese temor. Ayudar, aunque fuera en poco, a rescatar a una persona era también una de las razones que me movía.

IX

La ciudad no ha vuelto a ser la misma. Yo tampoco. Afrontar la muerte de esa manera cambia, me cambió a mí. Cambió a la ciudad. Meses después, cuando por azares terminé trabajando como bicirrepartidor pasé por muchos de los puntos donde estuvieron los edificios y me dolió no solo ese vacío, esa ausencia llena de dolor —junto a la cual seguían y, por desgracia, siguen los habitantes de esos departamentos—, sino un recordatorio de que la irresponsabilidad y la corrupción cuestan vidas.

Fotografía por Diego Leyva


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustración de Miranda Guerrero Verdugo

— ¡Apenas pueda me largo de esta ciudad de una buena vez!

— Este es un merecido castigo de la naturaleza por siglos y siglos de abuso humano.

— Me siento más pequeño que la hormiga más pequeña del planeta.

— La naturaleza tiene un sentido del humor muy histórico. ¿o finalmente Dios sí existe?

— ¡Bonita manera de celebrar mi cumpleaños!

Eso fue más o menos lo que dijeron las voces de mi cabeza cuando sentí las primeras sacudidas del terremoto. Estaba en mi oficina, en el octavo piso del edificio donde se encuentra la editorial, entre Insurgentes Sur y Vito Alessio Robles. Había dos colegas, una a cada lado de mí, agarrando con fuerza de un brazo. Enfrente, el jefe del equipo de diseño gráfico se encontraba exactamente en la misma posición que yo. Éramos los únicos hombres y los más asustados de todo el piso.

La estructura metálica del edificio rechinaba con violencia, las luces se encendían y se apagaban sin cesar, los gritos se escuchaban desde los demás pisos; todo llevaba nuestro pánico a un paroxismo que nunca antes había vivido —y que espero no repetir jamás en mi vida.

Una de las encargadas de marketing, la única que vivió el terremoto del 85, estalló en una crisis histérica y comenzó a gritar y a correr en el momento mismo en nos sacudía el brusco movimiento del sismo.

—¡No puede ser, no puede ser, no puede ser que esto esté pasando otra vez! —decía casi gritando.

Paralizados, el resto apenas la vimos moverse sin hacer nada al respecto. Ninguno de nosotros podía entender las secuelas y los traumas que la catástrofe había dejado 32 años atrás en los sobrevivientes.

No estoy seguro de cuánto duró el sismo (que, por cierto, significa lo mismo que temblor o terremoto, o sea, movimiento de tierra). Según leo en la página del Gobierno, aproximadamente 3 minutos. Aunque fueron segundos eternos, tengo la impresión de que su duración fue mucho menor. Dicen que esto se debe a los bondadosos efectos de la adrenalina en el cuerpo y a esa parte del cerebro que programa la memoria de tal manera que uno recuerda solamente lo que le conviene. El punto es que cuando sentimos que el terremoto había finalizado, seguimos el protocolo que ya todos conocían de memoria porque lo habían ensayado hacía tan solo una hora y media.

Por fortuna la salida de emergencia del edificio era completamente segura. Bajamos rápidamente pero en orden (por pisos) y nos dirigimos al punto de encuentro en un parque muy cercano. En el camino encontramos una ciudad convulsionada: carros andando en contravía, personas arrollándose unas a otras, y gritos para completar el panorama de conmoción. A pesar de todo, el desalojo se llevó a cabo en relativa calma.

Después de pasar dos horas en el parque, el encargado de la seguridad nos dijo que podíamos regresar al edificio y sacar nuestras pertenencias lo más pronto posible. Como estábamos concentrados en la misma zona, la comunicación colapsó y llamar, o incluso escribir mensajes, era imposible. Recuperé mis cosas en la oficina, pude ver que tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes de voz, entre de los cuales mi novia me suplicaba llorando que diera señales de vida.

Tan pronto como pude, reporté a mi familia en Colombia y a mis amigos en México y Francia que me encontraba ileso. Como muchos, recibí cientos de mensajes de apoyo, inquietud y esperanza. Apenas pude responder un par de mensajes, y de pronto ya tenía el doble acumulado en el buzón.

Comprendí que la angustia de la gente y las facilidades de las nuevas tecnologías podían mantenerme todo el día reportando sobre mi estado actual y sin hacer nada. Además, más de la mitad de la ciudad carecía de electricidad y la batería de los aparatos electrónicos podía ser preciosa en un momento dado. Por eso apagué mi teléfono.

Luego recordé que esa mañana me había llegado un paquete urgente y que el centro de entrega estaba muy cerca de la oficina. En vista de que los comercios seguían funcionando como de costumbre,  decidí pasar. Al llegar, noté que los empleados trabajaban con absoluta normalidad, casi con un aburrimiento habitual. Recibí el paquete y caminé a casa. Ir en carro era una estupidez, pues la ciudad colapsaba y el tráfico tenía muchas vías completamente bloqueadas.

Al andar por la calle, sentí el caos creciente de la ciudad. Todo parecía una película, un apocalipsis zombie que dejaba comercios vacíos, ríos desordenados de gente que fluían en todas direcciones, y mucho ruido: ruido de carros que pitaban, helicópteros sobrevolando la ciudad, la sirena de la policía y desde luego las ambulancias. Era muy difícil conservar la calma. Llegar a casa fue un gran alivio, pero el día estaba lejos de terminar.

 

***

 

Me encontré con Rafael, mi roomie, y dos amigos más. No teníamos electricidad pero la casa no había sufrido ninguna afectación importante. Nos informamos un poco sobre la magnitud de los daños gracias a una vieja radio de pila que siempre había estado en una estantería de la cocina y al fin encontraba su hora de gloria. Escuchamos que había varios puntos de reunión ciudadana para ayudar y decidimos organizarnos para ir al punto más cercano.

—Oí que una escuela primaria se cayó en Coapa —me dijo Rafa.

Ilustración por Miranda Guerrero Araiza.

Nos armamos de palas, cascos, picas y los pocos víveres que cupieron en nuestras mochilas. Salimos caminando por Miguel Ángel de Quevedo. Las calles estaban abarrotadas de coches, pero unos minutos más tarde tuvimos la fortuna de advertir una camioneta que avanzaba a toda velocidad —los coches se abrían al sonido de su sirena— y cargaba una decena de voluntarios en su parte trasera. Al vernos con casco y materiales, se pararon justo frente a nosotros y nos montamos sin pensarlo.

Éramos tantos en la camioneta, que cada quién se acomodó como pudo. Yo estaba casi acostado en una posición muy incómoda al lado izquierdo del vehículo. Desde mi ángulo, veía las cabezas de los obreros (jóvenes de todas las edades que se habían sumado al llamado de la protección civil y que estaban poco o nada equipados).

El coche seguía avanzando a gran velocidad, pues una fila se abría del lado derecho de la calle, como cuando pasa una ambulancia en apuros. Atónito, yo escuchaba el chiflido de los voluntarios para que nos dejaran pasar y el cláxon de los demás carros. Cada vez que podía, me asomaba. Veía edificios en ruinas y multitudes alrededor.

—¡Chingada madre, no puede ser! ¡Ahí estaba la fonda de Lupita! —dijo el más viejo de los voluntarios señalando unos escombros acumulados en la esquina de una calle.

En veinte minutos llegamos a la intersección de Coapa, no muy lejos de la escuela derrumbada, justo enfrente de un edificio de cuatro pisos que se había desplomado. Había dos máquinas excavadoras y decenas de personas (policías, miembros de la protección civil, obreros y jóvenes de los alrededores) que ayudaban como podían.

No hubo mucho tiempo para preguntas. Bajamos en seguida, el señor nos dio un tapabocas y una herramienta, y señaló lo que quedaba del edificio. Una cadena humana recogía escombros con baldes, lazos y con las manos.

Pedazos de varillas, lozas rotas, mosaicos partidos, trozos de tapetes; las partes del rompecabezas desfilaban de mano en mano, de forma coordinada pero angustiosa, y una gran nube de polvo envolvía el lugar. Los más cercanos a la ruinas rogaban silencio a gritos para oír a las víctimas y poder rescatarlas.

Pasaron los minutos, las horas, y la tarde fue cayendo. Dos cuerpos con vida y uno inerte fueron recuperados del lugar. Por momentos me sentía presa de una especie de encantamiento que me hacía actuar por inercia, sin pensar y coordinando coreográficamente con el resto de la gente, como una hormiga más de la cadena.

Iba pasando las partes de un rompecabezas que tardaría mucho tiempo en reconstruirse y que probablemente nunca más vivirá un diecinueve de septiembre en total calma. De pronto, sorprendí a mi mente tarareando una canción que comenzaba a oírse entre la multitud. Ay, ay, ay, ay, ay, canta y no llores. Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.

 

Ilustración por Miranda Guerrero Araiza.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Miranda Guerrero Verdugo
Miranda Guerrero es una artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/
Ilustración de Etel Castrejón

Al título le falta, al menos, un 6: 666 años después. O un 26, como haría Bolaño: 2666 años después. Es injusto cifrar tan solo en estos 66 años que nos separan de su publicación la edad de un territorio literario tan viejo como el diablo y sobre el cual pesa una condena tan eterna como la que persigue a quienes habitan en él, a quienes habitamos en él. No obstante, estoy seguro de que Rulfo cifraría su inicio en un lugar histórico algo más preciso, en ese Big Bang de la conquista europea, momento en que prendió la mecha que no cesa de arrasarlo, en que comenzó a soplar el viento que aviva cíclicamente la llama. La ebriedad criminal que se alza desde entonces confunde el antes y el después y provoca que en el llano fracasen las cronologías al uso: la ruptura del orden hace que cualquier tragedia se integre al paisaje con la naturalidad de sus cielos abiertos y sus extensiones yermas, los zopilotes que otean el horizonte o el lejano ladrido de los perros. Parecería que el exterminio de los pueblos aborígenes, la revolución y la cristiada, los expulsados por la modernización, las narcofosas, los feminicidios y desaparecidos ya estuvieran ahí.

En este universo sin calendario, una ópera prima como El llano en llamas podría, de tan definitiva y fatalista, figurar como testamento creativo de su autor. En él no se percibe ni una mota de ingenuidad, ningún camino de redención, quizás porque en el universo rulfiano todos los caminos vuelven sobre sus pasos y ninguna palabra se pronuncia sin consecuencias. Me refiero al fatalismo con el que, a través de su mirada profética, aprendimos a mirar la historia de México, una historia que no es una línea recta ni un recuento de lo que quedó atrás, sino una espiral o un remolino que nos empuja siempre hacia adentro: el llano como destino inquebrantable y metonimia que nos traga a todos, el llano contado por sus víctimas mientras se hunden y tratan de respirar.

Uno tiende a pensar que a un libro de cuentos todos los relatos llegan a la vez, como dice en su índice. Pero de los primeros, escritos algo antes de 1945 y publicados en diversas revistas, a los últimos, de 1952 y escritos expresamente para El llano, median ocho años, una enormidad para alguien que ronda los treinta y no cesa de cambiar de trabajo y residencia, ni de explorar el interior de México. En el tiempo en que escribe “Nos han dado la tierra”, “Macario”, “Es que somos muy pobres” o “¡Diles que no me maten!” aprovecha su condición trashumante para tomar notas y hacer fotos, muchas fotos, como si en cada palabra y cada instantánea ensayara ángulos y miradas, posiciones estéticas e ideológicas con las que ubicar sus incertidumbres en medio de un recorrido vital en el que aún nada sedimenta. A este tiempo pertenecen una multitud de apuntes de viaje que ofrecen el pie de foto a sus imágenes, materiales con los que pretendía elaborar una guía turística inverosímil e indeseable, una guía de los lugares arruinados, los escenarios de la masacre y el exilio. Así que El llano en llamas emerge, quizás, como el fantasma de esa guía que nunca vio la luz, la colección de paisajes silentes del explorador y el fotógrafo, sus horizontes desolados y voces en pasado: los ecos de lo que ya fue pero seguirá siendo, tan permanente como una fotografía en blanco y negro.

Porque El llano es un libro de pervivencias, y si hay algo que no encontrará reposo en ese territorio es la violencia, una violencia tan cierta e implacable como la aridez del paisaje, una violencia que se transmite a través de las voces de quienes la padecen y ejecutan, presos de esa espiral cuyas fuerzas de atracción y repulsión muestran un extraño equilibrio. En esta dimensión nadie es por completo culpable o inocente, tocado como está por una maldición que se contagia por la tierra, y en la que, como el coronel de ¡Diles que no me maten!, todos crecen “sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”. En el llano todas las palabras adoptan el tono de una confesión y necesitan redimir pecados, lavar conciencias o pagar culpas que se arrastran de generación en generación. O quizás todo se trate de mirar al más allá para simular que no existen las realidades más inmediatas.

 

Ilustración de Etel Castrejon

Ilustración de Etel Castrejon

 

En una reseña que Rulfo escribe en 1964 sobre La tierra pródiga, proyectará en el análisis de la novela de Yáñez su propio mito de fundación. La precisión histórica y geográfica con la que es capaz de explorar el territorio literario no sólo refleja la profundidad del iceberg sobre el que despunta su universo, sino que descubre el ADN que lo origina. La cita que copio es larga, pero en su versión original se extiende mucho más allá, como una letanía que podría prolongarse sin fin:

Aunque Yáñez circunscribe el problema de esta región, “pasto de toros bravos”, a su última etapa, la cosa viene desde antiguo. Y para no ir tan lejos: conquista, sometimiento, nueva conquista y exterminio de todos los pueblos aborígenes de las provincias de Melahuacán y Expuchimilco (solamente la primera tenía más de doscientos mil habitantes, y hoy no llega a quinientos). En el Valle de Sátira, también superpoblado, sólo queda el pueblo de Tomatlán. En el Amborín está la Villa de Purificación, con 2000 habitantes y la ranchería de Jocotlán, la cual debió ser importante, pues en 1914 los de este lugar saquearon y arrasaron la Purificación, lo que motivó que pocos días después Jocotlán desapareciera del mapa. En Charnela habrá quizás unos tres habitantes; otros más en Tenacatita (aunque los cerros de sus alrededores están plagados de muertos); la Huerta, ya en el Valle de Expuchimilco (la tierra pródiga de Yáñez), fue arrasada por las tropas de los generales Agustín Olachea y Ochoa Urtiz en 1919. En Casimiro Castillo (La Resolana) hubo hace apenas catorce años un enfrentamiento entre tropas federales contra los caciques Lozano, herederos a su vez del enorme cacicazgo de los extranjeros Elórtiguie. Otro extranjero fue propietario del Alcíhuatl desde 1775, se apellidaba Romero y baste decir que registró como realenga toda la tierra, desde Llano Grande hasta Mixmaloya, misma que legó a su hijo Liberato. Cacaluta era otro cacicazgo sin límites, propiedad de un tal Torralba. San Miguel, la vieja capital de la provincia de Melahuacán, fue arrasada en 1858, en unión de Cuitzmalal y otros pueblos. Y todavía en 1928 el general Charis hizo estropicio en toda la región, desde la Purificación hasta Tomatlán. Hubo pues en la tierra pródiga muy pocos habitantes -desde hace cuatro siglos-, pero sí muchos caciques y hasta filibusteros, como Bernard Johnson. No es de extrañar pues que fuera tierra de contienda, de forajidos y asesinos labiosos e ignorantes…

No crean que la comunicación de Rulfo con la tragedia se limita al plano de la historiografía o la literatura, pues su verdadera dimensión reside en el carácter biográfico de quien se sabe víctima del llano y explora su propia condición. A los seis años asesinan a su padre y a los diez pierde a su madre, y así de huérfano y con esa carga a sus espaldas debe recorrer su particular páramo vital. Como le confiesa a Joaquín Soler Serrano en 1977, desde tan temprana edad cultivó un “estado depresivo que todavía no se me puede curar” y que contamina todos los ámbitos de su escritura, también asolada por destrucciones cíclicas. Al presentar La cuesta de las comadres en la revista América, Efrén Hernández afirmará haber salvado al relato de la quema, casi sistemática, a la que Rulfo sometía a sus escritos. De ella no se salvará El hijo del desaliento, una novela que llegó a sumar varios centenares de páginas antes de ser aniquilada a finales de los años 30, y de la que solo sobrevive un exiguo relato titulado “Un pedazo de noche”. El propio Pedro Páramo es un cuerpo mutilado que alguna vez alcanzó, según el propio autor, alrededor de 300 páginas, rebajadas mediante sucesivas “podas” a la versión esquelética que leemos. La cordillera es otro de los fantasmas que durante décadas sobrevoló los círculos literarios, esperanzados con el lanzamiento de la última y definitiva novela de Rulfo que nunca se materializó. Así que es posible que su obra visible no sea más que el rastro, la ruina de todas esas otras páginas destruidas.

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

En dirección opuesta a esta vocación depresiva y autodestructiva, El llano en llamas supondrá un hito inmediato en la narrativa mexicana, saludado como un clásico contemporáneo por las firmas más rutilantes de la cultura y la crítica. Emmanuel Carballo, Alí Chumacero o José Luis Martínez reconocerán en la aparición de la obra un “momento modificante de nuestras letras”, en palabras de Carballo, que también genera una gran expectativa para lo que se prometía como una sustanciosa carrera literaria. Como anunciaba Chumacero: “cifremos nuestras esperanzas en que el inicial acierto contribuya a que ensaye obras de mayor amplitud escénica y mayor complejidad”. Lo cierto es que El llano en llamas ejercerá de laboratorio para Pedro Páramo, una novela que, hasta cierto punto, puede leerse como otro de los relatos finales de su libro de cuentos, en los que pone en práctica la geografía explícita -aparecen Tuxcacuesco y la Media Luna-, los juegos de voces y planos narrativos característicos de su obra culminante. Tan es así que, en una carta dirigida a Margaret Shedd, directora de la Escuela Mexicana de Escritores de la que era becario, al explicar las líneas maestras de “Luvina” parece describir las que empleará en Pedro Páramo:

Terminé de escribir el cuento titulado “Loobina” del cual ya estaba usted en antecedentes, habiendo alcanzado una extensión de veinte cuartillas.

Como antes había indicado, trata de la descripción de un pueblo de la sierra de Juárez, hecha por un profesor rural a un recaudador de rentas del Estado. Aunque aparentemente se desarrolla por medio de una conversación entre las dos personas, es, en general, un monólogo, ya que el profesor, como se verá al final, no existe. El recaudador se concreta a oír, mientras el profesor relata sus experiencias en el pueblo de Loobina, así como algunos rasgos de su vida personal, todo enmarcado en un cuadro de desilusión, interrumpidas de vez en cuando para beber, pues el profesor ha terminado por ser un borracho característico de los pueblos olvidados.

Finaliza el relato con la clave del cuento: el profesor representa la conciencia del recaudador quien va por primera vez a Loobina y, por consiguiente, obra como muchos hemos obrado en estos casos: imagina el lugar a su manera, ya que lo desconocido, en ocasiones, violenta la imaginación y crea figuras y situaciones que podrán no existir jamás.

El éxito de El llano en llamas opacará las primeras lecturas de Pedro Páramo, que para muchos críticos, el propio Chumacero entre ellos, decepcionará las expectativas creadas: que si carecía de unidad, que si su composición era desordenada, la calidad desigual… mientras su proyección como libro de referencia para la literatura en español no sucede hasta una década después de su publicación y, en gran parte, gracias a su descubrimiento por los nuevos narradores del Boom,

Gabriel García Márquez o José Donoso entre ellos, quienes le rescatan como directo antecedente. Así que El llano estuvo a punto de asesinar, al momento de nacer, al que por entonces era su hermano menor, que 66 años después se ha convertido en el mayor.

Lo que sí ocurrió es que ambos, como si una de sus historias abandonara la página, se encargarían de matar al padre, pues el reconocimiento y la popularidad que otorgaron a Rulfo firmarían su particular condena a la autoreclusión y el exilio interior. Como le ocurre al narrador de “Talpa”, Rulfo “Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente”, destinado a un éxito que terminó por fagocitarle y, quizás, de fagocitarnos a todos: 66 años después, 666 años después, cuesta no sentir que el terreno que pisamos es ese llano miserable y doliente que sigue en llamas. En una reciente noticia de Aristegui noticias se habla de los crímenes de la “ruta rulfiana”, un rastro de asesinatos, desapariciones, violaciones y enfrentamientos entre cárteles en la ruta que se inicia en Sayula y se extiende por todo el territorio nacional; una ruta que comenzó hace más de 66 años y se prolongará, sin freno, en el tiempo.

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón


Autores
ensayista y profesor universitario; doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pensilvania y maestro por la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado el libro Excepción Bolaño y artículos para diversas revistas internacionales.

Ilustrador
Etel Castrejón
(Colima, 1991) Estudió en el Instituto Universitario de Bellas Artes de Colima, con la especialidad en pintura. Se mudé a la ciudad con la finalidad de encontrar más oportunidades de crecimiento. Ha desarrollado el dibujo a través de diversos diplomados. Actualmente maneja su marca, ETEL.
Ilustración por El pinche barrendero

 

Es que tenían esa imposibilidad, tal vez se trataba de un mal genético, endémico, inevitable, no podían hablarse. No podían sostenerse la mirada. Ni siquiera con mesa y café de por medio. Ni siquiera con comensales de testigos. ¿Qué le iban a hacer? No se podía. No se quería. Por eso ambos habían desarrollado tenebrosas estrategias para tragarse sus querencias mutuas, para hacer de cuenta que nunca se habían lamido, besado, comido y que a pesar de la distancia no se añoraban hasta la necesidad del deseo.

Pero no siempre fue así. Antes del intento de olvido hubo un primer encuentro, una complicidad milagrosa, esa que explota en aquellos que van a enamorarse. Se siente como un pequeño retortijón en la panza que dice “¡Huye a toda prisa!”, o “quédate y disfruta del espectáculo”.

Ella había decidido que si él actuaba insoportable, o sacaba posturas políticas insostenibles, simplemente abandonaría la cita. Pero no fue así, apenas hablaron de política y mucho de la experiencia derechohumanera. Él le dibujó la estampa en el norte del país y la organización minera, le contó de los daños en su salud, de la culpabilidad que les genera dañar a la tierra, porque ellos saben que pertenecen a ella y no al revés.

Ella le explicó lo que ocurre en la sierra de Puebla, donde tuvo como guía una curandera que fue su voz para hablar con las

mujeres indígenas que habían sobrevivido a la guerra de la violencia dentro de casa. Que lo más difícil era dialogar con ellas desde la igualdad, que, aunque eran amables mostraban recelo para hablar de su vida íntima.

En su primer encuentro se descubrieron disidentes de este sistema, a su modo, con sus propios medios, pero con mucha voluntad y todo el sentimiento de esperanza que cabía en sus cuerpos. El problema con la gente rebelde es que aprenden a sobrevivir a partir de la desconfianza. Así, desconfiaron de su sentimiento, de lo que sus tripitas gritaban. Desconfiaron de ellos mismos, de ese idilio naciente. Sería que sus experiencias frente a la realidad los predisponía al fracaso.

Tendrían que pasar meses. Ella habría vivido un suplicio en las carreteras, las historias de amor violento le habían robado el sueño, necesitaba regresar al mundo a su propia historia de amor o desencanto. Él, respondiendo al llamado, tocó las puertas de su casa con licor en mano, y fue entonces que, hechizados por la magia del bolero, ella sentiría su brazo rodeando su cintura, acercándola a su cuerpo. Ambos descubrirían el baile del deseo. No había terminado la melodía cuando fundieron sus labios en un beso. El primero.

Él desprendería su vestido y besaría sus pies cansados, besaría sus parpados afligidos y lo alborotado de su cabello. Ella sentiría alivio de saberse frágil en los brazos del enemigo, de posar sus desvelos en la fuerza de sus piernas. La primera noche

fue el encuentro de dos universos. Risas ahogadas, juegos de pies, dedos acompasados, resuellos de ternura, de admiración mutua. Se descubrirían niños mirándose a escondidas los rostros dormidos, vencidos ante el reposo del sueño.

Tendrían que encontrarse, tendrían haberse dejado llevar por el placer de sus sentidos, por el milagro de la correspondencia. Pero les ganó el miedo, el compromiso con la realidad, la condena que implica ganarse la vida a partir de la otredad, donde al final se dejaron a sí mismos en último sitio. Tanto tener los pies en la tierra les caló los huesos hasta hacerles creer que era imposible merecerse a sí mismos.

Meterían distancia, imposibilidad de encuentros, kilómetros carreteros, uno que otro mensaje traicionero que dejaba ver que esa lejanía era dolorosa para las partes implicadas. Harían lo indecible para autoconvencerse por separado, que no se querían, que no se adoraban, que no estaban enamorados.

Otro problema con la gente idealista es que es romántica por naturaleza, de otro modo resultaría imposible trabajar contra el establecimiento del sistema, sabiendo de ante mano que se trata de una batalla perdida. Es ahí que el romanticismo, como ejercicio superlativo de la imaginación, tiene la función de actuar en esas personas con efecto salvavidas: imaginando un futuro igualitario, una lucha ganada donde no tenga lugar la violencia, una ejecución del amor de pareja donde no tenga

prevalecer el poder, pero no desde la propia experiencia de hacer, de amar, de dejarse llevar.

Así, entre este par, tendría lugar el ejercicio de negación, de fuerza de voluntad, de evasión misma…

Así, nada cambiaría esa silenciosa mañana. Ella se tragaría las ganas de preguntarle ¿cómo estaba? Él las de saber si ella había dormido bien. Sin embargo, tendrían lugar las insignificancias: un dedo amoratado, inflamado a tal punto que la haría prescindir del anillo. Él encontraría una resistencia absurda del sombrero para entrar en su cabeza.

A media tarde los calcetines terminarían en ovillo al fondo del último cajón del escritorio, qué martirio de arrepentimiento, menudo lio mandar el pantalón al sastre para que recortara el exceso de tela. ¿Con qué habría de tapar la desnudez de sus pies?, esa, la expuesta entre el mocasín y el pantalón, exhibición que lo hacía sentir tan indefenso, así decidió no abandonar el escritorio, aunque su vida pendiera de ello.

Ciruelas pasas, licuado de nopal por la mañana, cereal bajo en grasas, nada daba resultado. Qué fatiga salir cada jornada envuelta en túnicas, no obstante, agradecía sus apegos a ese pasado hippie entre colores y algodón, jaretas y lentejuelas, sin la presión de las tallas. El dinero no daba para cambiar guardarropa entero. “Es solo una etapa”, repetía para sí a manera consuelo.

No era una batalla contra los kilos como lo era contra su apariencia. Esa gordura la hacía sentir perdida, habitando un cuerpo ajeno. Uno que retiene los te quieros y peor que la tortura de retenerlos es la impaciencia de sentirlos, de saberse derrotada en la lucha contra ella misma.

Él ni siquiera se miraba al espejo, era la física la que le pasaba factura. Y lo hacía de manera disparatada. El principio de Arquímedes no le explicaba el fenómeno de ocupación con respecto de su cuerpo. Abarcaba más espacio sin duda, lo sentía en el transporte público cuando las mujeres, sobre todo, se rehusaban a sentarse a su lado. Sin embargo, el cambio no era abrupto cuando se sumergía en la bañera y se asombraba de que el agua no escapara a borbotones, tal como lo esperaba al relacionar su nivel de gordura con su peso, una relación, que, en la lógica, debiera ser directamente proporcional.

“Es absurdo”, pensaba ella.

“Es absurdo”, pensaba él.

“Pero me siento más ligera.”

“Pero me siento más ligero.”

 

Ilustración por El pinche barrendero

Ilustración por El pinche barrendero

 

Los cuerpos sobre sus respectivas camas. Sus respiraciones lentas y pausadas, el calor de las sábanas, la corriente de brisa ventilando las habitaciones, surtiendo efecto. Pronto sumergirían su mundanidad en sueño.

Levitación

Las estampas se hacen más pequeñas, la calle de la cerrada, el vecindario entero, el país mismo. La extrañeza del sueño. Ella sin consciencia geográfica solo emitía sonidos de asombro. Él, mencionaba cada porción de tierra que lograba reconocer.

A medida que transcurría el tiempo y acrecentaba la distancia, el espectáculo se tornaba más asombroso. “Es casi exactamente como se pinta en las postales de la NASA”, pensaba él, que no por nada había tenido un coqueteo con las ciencias duras, pero se decidió por las sociales.

“Es como tomar todos los colores del mundo en puñado, bueno, al menos los que se puedan fabricar en brillantina, para después arrojarlos y admirar el breve espectáculo de luces.” Pensaba ella con ese asombro infantil que reconocía en sus gestos cada que se miraba al espejo, y que se desdibujaban a medida que transcurrían las horas del día.

Apenas había tiempo, interés, de mirar sobre sus cuerpos. Que ya no eran suyos. La pérdida de la consciencia sobre su corporalidad. El primer milagro.

El espacio, la expansión de sus pieles, obligó a cada uno de sus órganos a separarse; la elasticidad de la epidermis. El segundo milagro. Las cosas que pesaban, no lo hacían más. El tercer milagro. La calma, la paz de no sentir como un yugo el amor tragado, el amor no dicho, el amor no manifestado.

No más citas angustiosas con el terapeuta, no más juegos disfrazados de ironía, no más cansancio posterior a la actuación cómica donde es esa mujer que aligera situaciones para no reconocer que le duele justo ahí, donde se ríe…

No más aventuras sin sentido para anestesiar el dolor de sus recuerdos, donde sus besos saltaban en su espalda rivalizando con el agua mientras él le lavaba su cabello. Privilegio secreto ese de procurarle la melena. No más ganas de hombre por quererla, aún sobre las mujeres mansas que buscaban su regazo.

Pero los milagros no existen y todo tiene un límite, incluida la expansión de la dermis. Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, premisa certera de la física y de la sabiduría popular. De pronto no hay más, de tanto aguantar, de tanto tragar eventualmente tendría lugar la explosión. Sus corporalidades quedarían reducidas a vulgares vísceras flotando en el infinito del espacio sideral, donde, por suerte, jamás se llegarán a encontrar. Precio justo a cambio del amor tragado.

Ilustración por El pinche barrendero

Ilustración por El pinche barrendero


Autores
Marcia Pacheco Alberto estudió Ciencias Políticas y Administración Pública. Lleva tres años colaborando como reseñista en el blog: Súbale al teatro, esfuerzo voluntario para promover la vida teatral en México y recientemente ha incursionado en la escritura de reseñas cinematográficas, difundidas en el blog CINEMATÓGRAFO.

Ilustrador
El pinche barrendero
CDMX 1991 Se supone que en realidad es fotógrafa de profesión pero nunca ejerce de ello debido a la experiencia traumática por su paso en la facultad de artes de la UV en Jalapa Veracruz, en cambio prefiere dibujar al pinche Miguelito y hacer publicaciones en RABIA un taller de gráfica y autopublicación que crea junto a Javier Arjona en el 2017, la han seleccionado en bienales y de vez en cuando la invitan a exponer pero lo que más le gusta es que la inviten a participar en publicaciones temáticas.
Ilustración de María Magaña

Esta es la tercera entrega de una serie de publicaciones semanales donde, durante septiembre, estaremos presentando la obra poética, traducida del sueco por Petronella Zetterlund, de cinco autoras jóvenes. Puedes consultar la primera entrega aquí, y la segunda aquí. Al final del texto hay información sobre las próximas presentaciones de su poesía en diferentes partes del país.


 

De ’ Detrás del árbol espaldas’ (Bakom trädet ryggar, 2018)

 

***

Las sustancias cerebrales que involuntariamente embelleció lo verde:

la hortensia, el liquidámbar, el hibisco, la dalia.

 

 

 

Los primeros dientes de la hegemonía.

 

***

 

Corto pan en medio de la noche, las partículas de las estrellas distribuidas. Mis pies

inestables sobre el piso. Existimos en una bola que flota en un mar

negro.

 

***

 

Veo prendas de ropa ondulando a lo largo de las calles, casi animadas. Me recuerdan

las noches y las miradas del pasado. Ahora muestran imágenes de casas solitarias.

Los días aun así parecen quedos, los movimientos de los pies debajo de la cobija, muertos,

vivos.

 

***

 

El cuerpo es tejido en el acero que fue repartido en la orilla del agua en la frontera con

el pasto, en las botas unos pies tan azules.

 

PoetaSuecaIlustraciones1

 

***

 

Los hermosos niños en sus suéteres de lana

las gaviotas junto a la alberca aparentemente vacía

la desolación bajo la lluvia de la cultura popular

los niños son monumentos sobre el césped abierto.

 

***

 

Los niños están sentados en el piso comiendo helado, un calor obscurecido de verano

en frente del televisor. La crema escurre entre los resquicios de las manos.

 

 

 

Están ovillados en el sueño, y la respiración es agitada. La seguridad al observar los movimientos vivos de las barrigas.

 

***

 

En la casa flotante, el delirio de la fiebre hizo que la hermana brillara; los otros,

inclinados sobre ella. Regar las flores se convirtió en un instinto de supervivencia. Unos

días antes se había hecho una visita al parque; alrededor, vegetación

frondosa.

 

***

 

El cabello de la hermana resplandecía junto a la escuela

arquitectónicamente planificada para intensificar

el lugar del inquieto en el salón

algunos compañeros de clase rodearon

la carne rosada, las hileras dentro de la boca

la sangre corrió como rorschach tembloroso.

 

***

 

El tiempo del arenero, el tiempo de la columna vertebral extendida, bolas de nieve que se arrojan cuestas abajo, risas detrás de la nuca, ese tiempo, buscar escondites en

los vestuarios, ser señalado por los hermosos vellos de los brazos, ese

tiempo, los años cargaron hacia delante a la niña que gritaba, fue un tiempo interminable.

 

***

 

Las camas de hermanos vibran su presencia. El cerebro se entume en

la parada del autobús.

 

***

 

Los sueños despiertos se transforman por la noche, bajo las almohadas. Los edificios

se forman a partir de la mirada de ciertas personas, los edificios se tambalean en la lluvia.

 

 

 

 

fruta caramelizada

jengibre

azul celeste

cian

 

***

 

El sol quebrado, su falta de sombras. Seres humanos pasan mientras

inclino el cuerpo hacia el verdor color lila oscuro, los templos sagrados. Unto

mi sangre en las frentes de las esculturas.

 

***

 

Busco las plantas venenosas, ellas quebrarán la luz, la luz puede

cortar mis ojos en un instante. Los rodeos camino a la escuela, pasando por

el jardín del vecino; estaba colmado de ciruelas hinchados,

secretaba un líquido amarillo, resplandor pegajoso. Detrás del árbol, espaldas, diferentes grados de inclinaciones.

 

***

 

La sangre corre en un baile, trance dentro de los átomos. Pongo las manos detrás de

la cabeza y atravieso el parque caminando; en una dimensión estoy aburrida, en otra

rezo por mi vida. El peso del trance se taladra hasta los pies y

luego reposa deliciosamente.

 

***

 

La cámara con sensores pinta el cielo nocturno de un verde claro

el ojo del avión se mueve sobre las casas y los árboles, el ganado

la rejilla, sus líneas crean un enfoque

la sombra del cuerpo se vislumbra entre las casas

el misil agarra el cuerpo, la naturaleza circundante.

 

***

 

El frío alrededor, alrededor el aura

las pestañas crepitan al soñar

pensamientos desbordantes

corrientes debajo de las camas

gotas lagrimean detrás del amanecer

drones se mancha el mar

sagrado mar y el sol

 

***

 

Los zafiros azules casi negros de la niña flotan fuera del rostro de la mujer adulta; debajo, venas. Los dedos pasan con galletas, toallitas húmedas. M1 Abrams, leche.

Firmemente se sujeta a la niña con la mano derecha mientras la izquierda abre la puerta a la casa. Después de cuarenta días la pequeña dejó de gritar. Agarrada de la mano con el fin de la ofensiva aérea.

 

 

PoetaSuecaIlustraciones2

***

 

Como rosas tan jóvenes en el suelo

agradecimiento sintió el suelo en él los hijos echaron raíces

entrelazadas con los nombres y las madres

que sobre camas deseaban que las lágrimas pudiesen lavar el dolor

que la misma tierra pudiese inhalar el cuerpo de la madre

pesado por la angustia de la pérdida

esta es una prenda que se hace una con la piel.

 

***

 

El cielo del silencio

abre las fauces del apocalipsis arriba de un cuerpo etéreo

ansioso por descubrir lo no reconocido,

lo eternamente vivo.

Acercarse a las sombras de las ramas

las cuales emiten un placer cauteloso

el lugar seguro no fue lo que se esperaba.

 

***

 

El río es impulsado por movimientos circulares: cuenta de los sobrevivientes

y sus espaldas.

 

PoetaSuecaIlustraciones31

***

 

Hjärnsubstanserna som ofrivilligt besmyckade det gröna:

hortensian, ambraträdet, hibiskusen, dahlian.

 

 

 

 

Hegemonins första tänder.

 

***

 

Skär bröd i natten, stjärnpartiklar uppställda. Mina fötter

ostadiga på golvet. Existerar på ett klot som svävar i svart

hav.

 

***

 

Jag ser kläder fladdra längs gatorna, nästan besjälade. De påminner

om förflutna nätter och blickar. Nu visar de bilder på ensamma hus.

Dagarna känns ändå stilla, fötternas rörelser under täcket, döda,

levande.

 

***

 

Kroppen sys in i stålet som delades ut vid vattnet på gränsen mot

gräset, i stövlarna så blå fötter.

 

***

 

De vackra barnen i sina yllekoftor

måsarna intill den till synes öde bassängen

ödsligheten i det populärkulturella regnet

barnen är monument på den öppna gräsytan.

 

***

 

Barnen sitter på golvet och äter glass, en mörklagd sommarhetta

framför teven. Grädden rinner genom händernas springor.

 

 

 

 

De ligger böjda i sömn och andningen är snabb. Tryggheten i att

betrakta magarnas levande rörelser.

 

***

 

I det svävande huset, feberyrseln gjorde att systern lyste, de andra

böjda över. Att vattna blommor blev överlevnadsinstinkt. Några

dagar tidigare hade det gjorts ett besök i parken, runtomkring, fylliga

buskar.

 

***

 

Systerns hår glänste intill skolbyggnaden

arkitektoniskt planerad att förstärka

den oroliges placering i rummet

några skolkamrater omringade

det rosa köttet, raderna inuti munnen

blodet rann som darrande rorschach.

 

***

 

Sandlådans tid, den utsträckta ryggradens tid, snöbollar rullas nerför

backar, skratt bakom nacken, den tiden, hitta gömställen i

omklädningsrum, bli uthängd för det vackra håret på armarna, den

tiden, åren bar det skrikande barnet framåt, det var en oändlig tid.

 

***

 

Syskonsängarna vibrerar fram sin närvaro. Hjärnan domnar bort på

busshållplatsen.

 

***

 

Dagdrömmarna omvandlar sig i natten, under kuddarna. Byggnaderna

formar sig utifrån somligas blickar, byggnaderna vinglar i regnet.

 

 

 

 

suckat

ingefära

azur

cyan

 

***

 

Den brutna solen, dess brist på skuggor. Människor går förbi medan

jag lutar kroppen mot den mörklila grönskan, helgedomarna. Stryker

mitt blod över skulpturernas pannor.

 

***

 

Jag letar fram de giftiga växterna, de ska bryta isär ljuset, ljuset kan

skära sönder mina ögon i ett andetag. Omvägarna till skolan, förbi

grannens trädgård, den svämmade över av svullna plommon,

utsöndrade gul vätska, klibbig glans. Bakom trädet ryggar, olika

grader av böjningar.

 

***

 

Blodet rusar i en dans, trans inuti atomerna. Jag lägger händerna bakom

huvudet och går igenom parken, i en dimension är jag uttråkad, i en

annan ber jag för mitt liv. Transens vikt borrar sig ner till fötterna och

vilar sedan utsökt.

 

***

 

Den sökande kameran gör kvällshimlen ljusgrön

flygplanets öga rör sig över hus och träd, boskap

rutnätet, dess linjer skapar fokus

kroppsskuggan skymtas mellan husen

missilen tar tag i kroppen, den omgivande naturen.

 

***

 

Kyla runtom, runtom aura

ögonfransarna sprakar vid dröm

översvämmande tankemönster

det forsar under sängar

droppar tåras bakom gryningen

drönar fläckar sig havet

heligt hav och solen.

 

***

 

Barnets svartblå safirer svävar utanpå den vuxnas ansikte, därunder

ådror. Fingrarna drar förbi kakor, våtservetter. MI Abrams, mjölk.

Stadigt hålls barnet i höger hand medan den vänstra öppnar dörren till

huset. Efter fyrtio dagar slutade den lilla att skrika. Hand i hand med

luftoffensivens slut.

 

***

 

Som rosor så unga i marken

tacksamhet kände marken i den växte sönerna rötter

sammanflätade med namn och mödrar

som på sängar önskade att tårarna kunde skölja undan sorgen

att samma jord kunde inandas moderns kropp

tung av förlustens ångest

det är ett klädesplagg som smälter in i huden.

 

***

 

Tystnadens himmel

öppnar domedagskäftar ovanför eterisk kropp

ivrig att upptäcka icke erkända

evigt levande.

Närma sig grenarnas skuggar

vilka ger ifrån sig ett försiktigt avnjutande

trygghetens plats var inte det väntade.

 

***

 

Floden drivs av cirkulära rörelser, den berättar om alla överlevande

och deras ryggar.

 


 

Burcu SahinMartina Moliis-Mellberg e Iman Mohammed estarán recorriendo el país durante septiembre, dando lecturas de poesía por aquí y por allá. 
En la Ciudad de México:

Miércoles 18 de septiembre a las 8:00PM
Freïms, Av. Amsterdam 62B
Lectura junto con tres poetas mexicanxs: Andrea Alzati, Xitlalitl Rodríguez Mendoza e Iván Ortega.

Jueves 19 de septiembre a las 7:00PM
Casa del Poeta Ramón López Velarde, Av. Álvaro Obregón.
Lectura y presentación de libros.

En el resto del país:

Del 26 al 28 de septiembre en el Festival de poesía internacional Caracol de Tijuana
29 de septiembre Librería Verbatim de San Diego
3 de octubre a las 7:30PM en Galería Rocha Cordero del Instituto Potosino de Bellas Artes en San Luis Potosí


Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988). Estudió en la Facultad de Diseño para la Comunicación Gráfica de la Universidad de Guadalajara. Actualmente cursa la Maestría en Narrativa Gráfica en Ciudad Creativa Digital. Su trabajo se proyecta en la producción de ilustración, historieta y publicaciones autogestivas con la intención de experimentar con materiales y distintas vertientes para abordar un mensaje. Disfruta de explorar y deshacer temas considerados como tabúes sociales con objetivo de normalizarlos por medio del humor.

Aquí puedes leer el primer capítulo.

 

Capítulo II. La ciencia de la deducción

 

Nos vimos al día siguiente según lo acordado e inspeccionamos los cuartos del 221B de Baker Street de los que habíamos hablado en nuestra reunión anterior. Consistían en un par de dormitorios y una amplia sala de estar alegremente amueblada e iluminada por dos amplios ventanales. El departamento era tan deseable en todos los sentidos y tan moderado en cuanto a precio, ya dividido entre ambos, que el trato se cerró de inmediato y tomamos posesión del lugar. Esa misma tarde, mudé mis pertenencias del hotel y la mañana siguiente Sherlock Holmes hizo lo mismo con unas cajas y maletas. Por un par de días, estuvimos ocupados desempacando y acomodando nuestras pertenencias de la forma más conveniente. Una vez que terminamos, comenzamos a acostumbrarnos poco a poco a nuestro nuevo entorno.

Holmes no era una persona con quien se me dificultara vivir. Era silencioso y de hábitos regulares. Raramente estaba despierto después de las 10 de la noche e invariablemente desayunaba y se iba antes de que yo me hubiera levantado en la mañana. A veces pasaba todo el día en el laboratorio de química y otras veces en las salas de disección; ocasionalmente daba largos paseos que parecían llevarlo a los barrios más bajos de la ciudad. Nada podía superar su energía cuando le daba una fiebre por trabajar; pero de vez en cuando caía en un estado de apatía y, durante días, se la pasaba tirado en el sofá de la sala de estar, sin decir una palabra o mover un músculo desde la mañana hasta la noche. En estas ocasiones notaba en sus ojos tal expresión vacía y distraída, que hubiera sospechado que era un adicto al uso de algún narcótico de no haber sido porque la templanza y limpieza con que manejaba su vida me impedían tal pensamiento.

Conforme fueron pasando las semanas, mi interés en él y sus objetivos de vida fue incrementando. La mera apariencia de su persona llamaba la atención del más casual observador. Su altura estaba por encima del 1.80, aunque era tan extremadamente delgado que parecía ser más alto. Sus ojos eran de apariencia aguda y penetrante, salvo por esos periodos de apatía que ya he mencionado; y su nariz de halcón le daba un aire vigilante y decisivo a su expresión. Tenía una barbilla prominente y cuadrada, señal de un hombre determinado. Sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y diversos químicos, a pesar de que poseían una delicadeza extraordinaria como lo pude observar en repetidas ocasiones cuando lo miraba manipular sus frágiles instrumentos filosóficos.

El lector me etiquetará de entrometido sin esperanza al confesar cuánto estimulaba mi curiosidad este hombre y qué tan seguido intentaba atravesar la reserva que rodeaba todo lo que tenía que ver con él. Sin embargo, antes de que se me juzgue, espero se recuerde qué tan faltante de objetivo se encontraba mi vida y qué pocas cosas había para distraerme. Mi salud no me permitía aventurarme al mundo exterior, a excepción de que hubiera un clima extraordinariamente bueno, y no tenía amigos que aliviaran la monotonía de mi existencia. Bajo estas circunstancias, gustosamente acogí el misterio que envolvía a mi compañero y pasé mucho tiempo empeñado en desenmarañarlo.

No estaba estudiando medicina. Él mismo, respondiendo a una pregunta, confirmó la opinión de Stamford respecto a ese punto. Tampoco parecía estar en ningún curso que pudiera darle algún título en ciencia o cualquier otro medio que pudiera darle una entrada al mundo académico. Pese a ello, el celo puesto en ciertos estudios era remarcable, y dentro de algunos límites excéntricos su conocimiento era tan extraordinariamente amplio y detallado que sus observaciones me dejaron asombrado. Seguramente ningún hombre trabajaría tan arduamente para obtener dicho conocimiento tan detallado a menos que tuviera un objetivo en mente. Los lectores poco metódicos resaltan por la precisión minuciosa de su aprendizaje. Ningún hombre ocupa su mente en asuntos de poca importancia a menos que tenga una buena razón para hacerlo.

Su ignorancia era casi tan notable como su conocimiento. De literatura contemporánea, filosofía y política parecía no saber casi nada. En cierta ocasión que cité a Thomas Carlyle, me preguntó, de la manera más inocente, que quién era y qué había hecho. Mi sorpresa llegó a su cumbre cuando descubrí que no conocía la teoría copernicana y la composición del Sistema Solar. Que un humano civilizado del siglo XIX no supiera que la tierra gira alrededor del sol me parecía algo tan extraordinario que apenas podía creerlo.

—Parece usted sorprendido —me dijo sonriendo por mi expresión de estupefacción—. Ahora que lo sé, haré lo posible por no olvidarlo.

—¿Olvidarlo?

—Sabe —comenzó a explicar—, considero que el cerebro de un hombre es como un ático vacío y que uno tiene que amueblarlo como más le plazca. Un necio acumula cuanto se va encontrando a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil no cabe o, en el mejor de los casos, está mezclado con tantas otras cosas que es difícil dar con él. En cambio, el operador hábil es muy cuidadoso al elegir qué introduce a su cerebro-ático. Él no tendrá más que herramientas que le puedan ser útiles a su labor, y de estas tendrá en abundancia y todas en el más perfecto orden. Es un error pensar que ese pequeño cuarto tiene paredes elásticas y puede expandirse a voluntad. Llegará el momento en que cada conocimiento que se añada le hará olvidar algo que sabía antes. Es por eso de suma importancia no tener hechos irrelevantes ocupando el lugar los útiles.

—¡Pero el Sistema Solar! —protesté.

—¿Qué importancia tiene para mí el sistema solar? —me interrumpió con impaciencia—. Dices que viajamos alrededor del Sol, pero si lo hiciéramos alrededor de la luna, no haría ninguna diferencia para mí y mi trabajo.

Estaba a punto de preguntarle a qué trabajo se refería, pero algo en él me previno que esa pregunta no sería bien recibida. Estuve reflexionando sobre nuestra breve conversación, empeñado en sacar algunas deducciones de ella. Él había dicho que no estaba interesado en conocimientos que no tuvieran relevancia para su objetivo. Por lo tanto el conocimiento que poseía lo conservaba porque le resultaba útil. Enumeré en mi mente las áreas donde me había demostrado estar excepcionalmente bien informado. Incluso tomé un lápiz y los apunté. No pude sino sonreír frente a dicho documento cuando lo hube completado. Decía lo siguiente:

 

Sherlock Holmes — Sus límites

 

  1. Conocimiento de literatura. — Nulo.
  2. Filosofía. — Nulo.
  3. Astronomía. — Nulo.
  4. Política. — Poco.
  5. Botánica — Variable. Sabe mucho de belladona, opio y gases venenosos. Sabe poco de jardinería práctica.
  6. Geología. Práctico, pero limitado. A simple vista puede diferenciar diferentes tipos de suelo geológico. Después de sus paseos, me ha enseñado manchas de lodo en sus pantalones y me ha dicho, a partir de su color y consistencia, a qué parte de Londres correspondía cada una.
  7. Química — Profundo.
  8. Anatomía — Exactos, pero poco sistemáticos
  9. Literatura sensacionalista — Inmenso. Parece conocer los detalles de cada atrocidad cometida en este siglo.
  10. Toca bien el violín.
  11. Experto esgrimista y boxeador.
  12. Tiene un buen conocimiento práctico de la ley inglesa.

 

Llegado a este punto en mi lista, la tiré al fuego en desesperación. “Si para averiguar lo que se propone debo juntar todos estos conocimientos y deducir qué profesión requiere de todos ellos,” me dije a mi mismo, “entonces puedo darme por vencido”.

Aludí previamente a su habilidad con el violín. Esta era realmente destacable, pero tan excéntrica como el resto de sus aptitudes. Sabía perfectamente que podía ejecutar piezas bastante complicadas, por cierto, pues a petición mía había tocado algunos lieder de Mendelssohn y otras de mis piezas favoritas. Cuando se dejaba llevar por su gusto, pocas veces su instrumento producía música o aires reconocibles. Recostado en su sillón toda la tarde, cerraba los ojos y rasgaba las cuerdas del violín que se encontraba colocado sobre una de sus rodillas. Algunas veces los acordes eran sonoros y llenos de melancolía. Otras veces eran fantásticos y alegres. Claramente reflejaban los pensamientos que lo poseían, pero ya fuera que esta música ayudara a sus pensamientos o simplemente fuera el resultado de un capricho, era más de lo que podía determinar. Me habría rebelado frente a estos exasperantes solos de no ser porque, usualmente, cuando terminaban, tocaba una serie completa de mis piezas favoritas como una pequeña compensación por la prueba a mi paciencia que me había hecho pasar.

Durante nuestra primera semana de cohabitación no tuvimos visitantes y comenzaba a pensar que mi compañero carecía tanto de amigos como yo. Ahora, sin embargo, he descubierto que tiene una cantidad considerable de conocidos y todos ellos en estratos muy variados de la sociedad. Había, por ejemplo, un pequeño hombrecillo de cara ratonil y ojos oscuros que me presentó como el Señor Lestrade y que vino unas tres o cuatro veces una misma semana. Una mañana, una joven elegantemente vestida tocó a la puerta y se quedó por alrededor de media hora. Esa misma tarde vino un viejo harapiento de cabello cano que parecía un vendedor ambulante judío, y le siguió una mujer desaliñada de edad avanzada. En otra ocasión, un caballero anciano de cabello cano se entrevistó con mi compañero de cuarto; y en otra, un portero de ferrocarril que venía con su uniforme de pana. Cuando alguno de los miembros de esta diversa comunidad aparecía, Sherlock Holmes me pedía de favor que le cediera la sala de estar y yo me retiraba a mi habitación. Siempre se disculpaba por la molestia.

—Debo usar este cuarto como oficina —decía—, y estas personas son mis clientes.

Una vez más tenía la oportunidad de hacer aquella pregunta fulminante, y una vez más mi delicadeza de modos no me permitía forzar a otro hombre a que me contara de su vida privada. En ese momento imaginé que debía tener una razón de peso para no querer hablar del tema, pero pronto me hizo desechar esa idea cuando lo abordó por su propia voluntad.

Sucedió un 4 de marzo, lo recuerdo porque tengo una buena razón para hacerlo, que me levanté un poco más temprano de lo usual y me topé con Sherlock Holmes que aun no terminaba su desayuno. La casera estaba tan acostumbrada a que me levantara tarde que mi lugar no estaba puesto todavía en la mesa ni había café preparado para mí. Con la poco razonable petulancia de los seres humanos, toqué el timbre y anuncié de forma cortante que estaba despierto. Tomé un periódico que se encontraba en la mesa e intenté matar el tiempo con él, mientras mi compañero comía en silencio su pan tostado. El encabezado de uno de los artículos estaba marcado con lápiz y de forma natural dirigí mi atención a él.

El artículo tenía un título un tanto pretencioso: “El libro de la vida” y pretendía mostrar cuánto puede descubrir un hombre observador a través de un análisis minucioso y sistemático de todo aquello que se encontrara en su camino. Me pareció una notable mezcla entre astucia y absurdidad. Los razonamientos eran sólidos e intensos, aunque las deducciones eran descabelladas y un tanto exageradas El autor afirmaba que con una expresión momentánea, el temblor de un músculo o una mirada podía conocer los pensamientos más secretos de un hombre. El engaño, decía el autor, era inútil frente a una persona entrenada en el arte de la observación y el análisis. Las conclusiones de una persona así son tan infalible como las proposiciones de Euclides. Tan increíbles son sus resultados que frente a los no iniciados, que desconocen los procesos a través de los cuales la persona ha llegado a tales conclusiones, les parecerá que están frente a un auténtico nigromante.

“De tan sólo una gota de agua,” declaraba el autor, “un hombre lógico puede inferir la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara sin siquiera haberlas visto o escuchado noticia de ellas. Pues la vida es una gran cadena cuya naturaleza puede ser conocida con solo haber visto uno de los eslabones. Como todas las demás artes, la Ciencia de la Deducción y el Análisis es una que solo se puede obtener a través del estudio largo y paciente, aunque no hay vida tan larga que permita a un hombre llegar a perfeccionarla. Pero antes de discutir los aspectos morales y psicológicos de ella que son los más complicados, resolvamos algunos problemas elementales. Por ejemplo, al conocer a una persona, intentemos descubrir con solo mirarlo su historia y profesión. Aunque este parezca un ejercicio pueril, agudiza la observación y le enseña a uno dónde debe mirar y qué debe mirar. Por las uñas de un hombre, la manga de su saco, su bota, las rodillas de sus pantalones, las callosidades de sus dedos pulgar e índice, su expresión facial, los puños de su camisa, todos estos elementos revelan la profesión de un hombre. Que todo lo anterior falle en ayudar al inquisidor competente en cualquier caso es casi inconcebible.”

—¡Que sarta de tonterías! —exclamé, azotando el periódico en la mesa—. Nunca había leído en mi vida tal disparate.

—¿De que se trata? —preguntó Sherlock Holmes.

—De este artículo —le dije apuntando hacia él con mi cuchara mientras me sentaba a desayunar—. Ya veo que lo ha leído, pues lo ha subrayado usted. No puedo negar que está escrito inteligentemente. Pero me irrita su contenido. Evidentemente es la teoría de algún ocioso que le entusiasma elucubrar estas paradojas sin sentido en la soledad de su estudio. No es para nada práctico. Ya quisiera verlo yo en el subterráneo, en algún vagón de tercera clase, y retarlo a que dedujera los oficios de sus compañeros de viaje. Apostaría uno a mil en contra suya.

—Usted perdería su dinero —afirmó Sherlock con templanza—, pues el artículo lo he escrito yo.

—¡¿Usted?!

—Sí, tengo una inclinación por la observación y la deducción. Las teorías que he expresado en el artículo, y que a usted le parecen tan quiméricas, son extremadamente prácticas, tanto que hago de ellas mi sustento.

—¿Cómo? —pregunté involuntariamente.

—Bueno, tengo un oficio un tanto particular. Se podría decir que soy el único en el mundo. Soy un detective asesor, si es que puede entender a qué me refiero. Aquí en Londres tenemos montones de detectives del gobierno y muchos otros detectives privados. Cuando alguno de ellos se encuentra un poco perdido vienen a mí y yo los encamino por la pista indicada. Ellos me traen toda la evidencia y soy capaz , con la ayuda de mis conocimientos de la historia del crimen, de llevarlos por el camino adecuado. Existe cierta familiaridad entre los crímenes y si conoces los detalles de mil de ellos, es extraño que no puedas resolver el mil uno. Lestrade es un conocido detective. Hace poco se atascó con un caso de falsificación y ese fue el motivo de su visita.

—¿Y los otros visitantes?

—La mayoría son de agencias privadas de investigación. Todas son personas que tienen dudas sobre algún asunto y necesitan que los ilumine. Yo escucho su historia, ellos escuchan mis deducciones y después recibo mi pago.

—¿Lo que dice es que, sin dejar su habitación, puede desenmarañar casos que otros no pueden siquiera comprender, a pesar de haber visto cada detalle por sí mismos?

—En efecto. Poseo una especie de intuición en ese sentido. De vez en cuando se presenta algún caso más complicado . Entonces tengo que salir y ver las cosas con mis propios ojos. Sabe, tengo una gran cantidad de conocimientos poco usuales que aplico al problema y que facilitan mi tarea. Esas reglas de deducción que escribí en el artículo, que a usted le han causado tanto rechazo, son invaluables para mí en mi oficio. Observar es para mi como una segunda naturaleza. Cuando nos conocimos, usted se sorprendió cuando le dije que venía de Afganistán.

—Sin duda fue advertido de ello.

—Para nada. Yo deduje que vino de Afganistán. Por la costumbre, mi razonamiento fue tan rápido que llegué a dicha conclusión sin estar consciente de los pasos intermedios. Sin embargo, esos pasos intermedios existieron. Mi razonamiento funcionó de la siguiente manera: “he aquí un caballero con el aspecto de un médico, pero con el aire de un militar. Lógicamente es un médico del ejército. Acaba de llegar de los trópicos, pues la tez de su rostro está oscurecida y ese no es su color natural, lo puedo afirmar por el color claro de sus muñecas. Su rostro demacrado denota que ha pasado sufrimiento y enfermedades. Tiene el brazo izquierdo lastimado, lo sé por la forma rígida y poco natural con que lo sostiene. ¿En qué lugar del trópico puede un médico militar sufrir tantas dificultades y recibir una herida en el brazo? Evidentemente en Afganistán”. El razonamiento no me llevó más de un segundo y fue cuando le afirmé que usted venía de Afganistán y usted quedó estupefacto.

—Es realmente simple cuando lo explica de esa manera —le dije sonriendo—. Usted me recuerda al Dupin de Edgar Allan Poe. No tenía idea de que existieran tales individuos fuera de los libros.

Sherlock Holmes tomó su pipa y la encendió.

—No cabe duda de que usted piensa que me halaga comparandome con Dupin —observó—. En mi opinión, Dupin era un tipo un tanto inferior. Ese artilugio suyo de interrumpir los pensamientos de sus amigos con una frase oportuna tras un cuarto de hora de silencio es muy ostentoso y superficial. No puedo negar, desde luego, su gran talento analítico; pero estaba lejos de ser el fenómeno que Poe quiso imaginar.

—¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? —le pregunté—. ¿Lecoq está a la altura de sus expectativas de un detective?

Sherlock Holmes frunció la nariz sardónico.

—Lecoq era un miserable chapucero —dijo, molesto—, la única cualidad que puedo reconocerle es su energía. Ese libro suyo sencillamente me enferma. El caso era identificar a un prisionero desconocido, tarea que yo pude haber realizado en tan solo 24 horas. A Lecoq le tomó alrededor de seis meses. Debería más bien ser un manual de detectives para enseñarles qué no hacer.

Ciertamente me sentí indignado al ver a estos dos personajes que admiraba ser tratados de tal manera. Caminé hacia la ventana y me quedé mirando la calle llena de gente. “Puede que este tipo sea muy inteligente,” me dije a mí mismo, “pero no cabe duda de que es un engreído.”

—Ya no quedan crímenes ni criminales en nuestros tiempos —dijo quejumbroso—. ¿De qué sirve ya tener el cerebro en mi profesión? Sé de sobra que no me falta el talento para hacerme famoso. Ningún hombre vivo o que haya vivido ha tenido la preparación y el talento natural para resolver crímenes que yo tengo. ¿Y qué me he ganado? No hay grandes crímenes que resolver, solo vulgares fechorías con motivos tan obvios que hasta un oficial de Scotland Yard puede descubrirlos.

Todavía estaba molesto por la presuntuosidad de su discurso. Por lo que consideré que sería lo mejor cambiar de tema.

—Me pregunto qué estará buscando aquel hombre —dije, apuntando a un caballero fornido y no muy bien vestido que caminaba lentamente del otro lado de la calle, observando ansiosamente los números de las casas. Tenía un sobre azul de tamaño considerable y saltaba a la vista que era un mensajero.

—¿Se refiere al sargento retirado de la marina? —dijo Sherlock Holmes.

“¡Fanfarrón!” pensé para mis adentros. “Sabe que no puedo comprobar su afirmación.”

Apenas había cruzado esa idea por mi mente cuando el hombre que observábamos volteó hacia el número de nuestra puerta y se apresuró a cruzar la calle. Escuchamos un golpe en la puerta, una voz grave en el piso de abajo y el ruido pesado de unos pasos subiendo la escalera.

—Para el señor Sherlock Holmes —dijo, entró al cuarto y le entregó la carta a mi compañero.

Ahí estaba mi oportunidad para bajarle los humos a Sherlock Holmes.  Esto era lo que menos esperaba cuando hizo esa declaración sin fundamentos.

—Puedo preguntarle, camarada —dije con mi voz más gentil—, ¿cuál es su profesión?

—Ordenanza, señor —dijo con un gruñido—. Están arreglando mi uniforme.

—¿Y, qué era usted antes? —pregunté dirigiendo una mirada maliciosa hacia mi compañero.

—Sargento, señor, de la infantería ligera de la Marina Real. No hay respuesta, ¿verdad, señor?

Juntó sus talones, hizo un saludo militar y se retiró.


Autores
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Imagen del libro Daniel Johnston por Daniel Johnston, Sexto Piso, 2016.

Cuando seamos viejos
no tendremos una casa
tampoco auto
ni la ligereza de la muerte
Pero no estés triste
estarán los amigos
y los discos de Daniel Johnston
Habrá animales cerca
que nos alegrarán
cuando estemos abatidos
También muchos libros
que sólo leeremos a la mitad
Y lo más importante
estarán nuestros cuerpos
tecnológicos y profundos
como cráteres expectantes
con fuerza para regar las plantas
sembrar verduras
y abrazarnos cuando haga frío

Primo Svevo

 

Hoy que Daniel Johnston está sonando en los audífonos, en los coches y en las casas a oscuras, no nos lamentemos por el genio, ni por lo desolada que se siente la humanidad; hoy que se está reproduciendo en hoteles y restaurantes de lujo, bailemos por el triunfo de la locura, porque tal vez eso es lo único que nos salvará de las grandes compañías disqueras y nos elevará con la música de los ángeles hasta desaparecer en un fondo negro.

De cualquier forma las lágrimas en este momento son estúpidas, diría Daniel aclamando al Señor, pero en esta resignación y desesperanza también hay que apreciar y asimilar a la soledad mental, tormento donde yace el eslabón humano, muestra intangible de cómo funciona la extraña belleza de la genialidad.

Maldita sea, Daniel, el mundo era más fácil contigo aquí existiendo, hacía que todo fuera un poquito más comprensible, un consuelo nostálgico y oscuro, sin embargo la ausencia que predicabas era la de los finales desoladores con esperanza, donde con llanto y melancolía uno se desgarra de nuevo y parece que todo se pondrá mejor.

Con fantasmas amistosos, refrescos, música, demonios, clickbait y salvación, hoy se termina una época para la música, el último héroe de los inadaptados se va triunfante y magnífico, como siempre lo fue.

Hoy que Daniel Johnston está sonando en las oficinas, el metro, los oxxos, la selva, los bosques y las cimas de las montañas, subamos el volumen, abramos los libros y repasemos la lección, porque esto no se va a repetir jamás.

 


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.