Tierra Adentro
Ilustración por Javier Arjona

Lo primero que llamó la atención de Felipe cuando llegaron al claro del bosque fueron las manchas negras sobre la banca de piedra: alargadas, amplias, como pequeños riachuelos de suciedad. Solo que no lo eran. Bajo la levísima luz de la pantalla del teléfono móvil, tenían un lustre oscuro y grumoso. Apartó de un manotón la nube de insectos que le rodeaban el rostro. Acercó la exigua iluminación a la piedra. “¿Mierda?”, se dijo. Unas filas de hormigas negras marchaban en una fila diminuta, sin tocar los surcos, como si trataran de evitarlos a toda costa. Los tocó con un dedo cauteloso. Secos hacía mucho tiempo. Se acercó las yemas a la nariz. Sin olor. Se volvió a mirar a la muchacha.

— Seguro es barro, pero no veo bien.
— No es barro.
— ¿Qué es, entonces?
— No es barro.

Por enésima vez esa noche, Felipe se preguntó si la mujer era estúpida. Fue un pensamiento claro, simple y brutal. Estúpida, con su cabello largo y castaño que le caía sobre los hombros en una melena abundante y el rostro redondo y amable. Llevaba un vestido de estampado floral que le rozaba las rodillas y unas sandalias de cuero que se anudaban en sus tobillos regordetes.

La había conocido apenas un rato antes, en medio de la multitud del mirador más abajo. Le había mirado los pechos — los grandes pechos sin sostén alguno que, aun así, se mantenían erguidos —  y después, las caderas anchas. Una tipa para coger, pensó Felipe, que ya llevaba tres botellas de cerveza encima y estaba caliente. Con queso, se repitió mentalmente, como decían en la universidad. ¿De dónde venía esa asociación de palabras? Siempre se lo había preguntado. El pensamiento bailoteó en su mente, parpadeó a media idea y se desvaneció.

Felipe se echó a reír, una carcajada alegre de borracho. Apagó el celular. La oscuridad se llenó del resplandor bulboso de la luna llena que se filtraba entre las ramas de los cedros y los pinos retorcidos. El silencio era limpio, fresco, con el olor de la hierba muy cercano y apetitoso. Ella se volvió a mirarlo en medio de las sombras; un movimiento grácil, el cuerpo regordete girando en la oscuridad. Felipe distinguió los carrillos abultados, los ojos muy abiertos. Las bonitas manos abiertas junto a las caderas provocativas.

— ¿Qué te da risa?
— Ven para acá y te lo cuento.

Ella sonreía como una niña. Una sonrisa amplia y dulce, toda hoyuelos. Sus dientes pequeños y blancos, como los de una niña pequeña, se apoyaban en el carnoso labio inferior. Los ojos grandes y castaños tenían un aire embobado. O eso pensaba Felipe, mientras le acariciaba el muslo con la mano abierta. La tenue luz blanca de la luna llena y la ciudad al fondo parecían irradiar en pequeños círculos opacos alrededor de la pareja.

— Esto es rico, ¿no te gusta?  — murmuró él —  Rico, y se pone más rico todavía.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

Le besó el cuello, la garganta con olor a canela; le mordisqueó el lóbulo de la oreja, liso y un poco largo. Ella soltó una risita y lo rodeó con los brazos abiertos. Felipe avanzó un poco más bajo la falda, rozó el pubis. El vello abundante se le enredó en los dedos y casi pudo sentir la humedad blanda y deliciosa proveniente de más abajo, el calor enloquecedor sobre la palma de su mano. Apretó con fuerza la tela de la ropa interior, intentó hacerla a un lado. Ella se quedó rígida y entonces se echó hacia atrás. La espalda arqueada sobre el brazo de Felipe para alejarse de él, las rodillas apretadas para evitar que la mano siguiera moviéndose.

— No quiero  — balbuceó — . No me toques así.

Tenía las mejillas encendidas y la boca entreabierta. Felipe la miró ceñudo, con el cuerpo cubierto en sudor y los testículos dolorosamente apretados contra el pantalón de franela. No la soltó ni tampoco movió la mano.

— ¿Qué te pasa? Te gusta, yo sé que te gusta.
— No es que no me guste, no quiero.
— Chica, pero déjate un poquito. Te va a gustar, vas a ver.

La muchacha volvió a moverse hacia atrás, con un movimiento brusco y duro que hizo que Felipe aflojara la presión del brazo, aunque no del todo. Ahora estaban acurrucados contra la pared de piedra de la montaña, tan cerca del camino irregular que conducía a la autopista que podían escuchar el tráfico que pasaba en un lento goteo a esa hora de la noche. Ella levantó las manos y empujó a Felipe hacía atrás, pero el cuerpo de él estaba tenso y duro por la excitación. Lo escuchó soltar una carcajada.

— Mira, putica, la vaina es así: cuando yo empiezo, siempre termino. ¿Quién coño te has creído?

Ella jadeó de puro miedo y comenzó a forcejear contra los brazos de Felipe que la envolvían con una fuerza inaudita y violenta. Pero extrañamente no gritó. A Felipe le hicieron reír sus ademanes de niña, las palmas rosadas levantadas, el cuerpo regordete arqueado hacia atrás, el cabello castaño alborotado. La deseó aún más, mucho más que cuando la había visto unas horas atrás en el mirador, con un vestido floreado y sandalias que le quedaban grandes en los pies pequeños. La deseó por la piel blanca que se asomaba bajo el vestido, los pechos blandos y calientes que se apretaban contra su brazo extendido. Supo que no podría detenerse, que ella no podía detenerlo. Eso lo excitó aún más.

— ¡Te callas!  — levantó la mano y le dio un ligero bofetón con el dorso —.  Te viniste para acá conmigo, sabías qué iba a ocurrir. ¡Te callas!

Ella lo miraba con los ojos castaños muy abiertos. La misma mirada boba, un poco enajenada, como si fuera incapaz de pensar con claridad. Pero Felipe ya no notaba esas cosas. Lo único que llenaba su mente era el olor fresco y levemente viscoso de los dedos que habían rozado la vagina de la muchacha, el calor que le esperaba entre sus piernas tercamente cerradas. La empujó contra la piedra. La zarandeó con fuerza hasta que la escuchó gemir de miedo. Continuaba manoteando, soltaba patadas, pero seguía sin gritar. “Le gusta, le gusta lo que pasa”, pensó el hombre. Le tomó la cara entre las manos, le pellizco la boca, la golpeó otra vez. La empujó contra la lasca de piedra sobre la que estaban sentados. Cuando Felipe se le echó encima, ella dejó de luchar. Se quedó desmadejada, temblando con fuerza, entre jadeos entrecortados. Felipe le cruzó de nuevo la cara de un bofetón, sólo para dejar claro que no aceptaría otra rebelión.

— ¡Abre las putas rodillas! —le dijo y metió otra vez la mano entre las piernas —.  ¡Ábrete bien!

Ella le obedeció, entre temblores que le hacían castañear los dientes. Felipe le cubrió de chupetones los hombros, los pechos que se escapaban del breve escote del vestido barato. La mano reptaba ya hacia la ropa interior. Enredó los dedos en la tela, tiró para romperla. El desgarro se escuchó en la noche como un pequeño quejido. Pero ella no se movió. Solo seguía allí, aplastada bajo su cuerpo, la cabeza vuelta a un lado. Respiraba a pequeños jadeos, los dedos apretados contra los costados de la cintura de Felipe. “Esta perra lo quiere”, pensó tan excitado que tuvo la impresión que las pelotas le explotarían si no encontraba alivio. “Lo quiere duro”. Se movió sobre ella, se desabrochó el pantalón. Volvió a aplastarla con fuerza bajo su peso. Un dedo se movió en la ropa interior rota, avanzó hacia adentro, hacia la calidez enloquecedora del cuerpo de la muchacha. Ella dejó escapar un suspiro, tembló con un gemido de angustia y miedo. Él soltó una carcajada.

— Pero si estás caliente, puta  — murmuró — . Estás…

Cuando el dolor llegó, fue una explosión. Un chasquido radiante que sacudió el cuerpo de la muchacha de arriba a abajo. Felipe se quedó muy quieto, aturdido. Ella volvió el rostro. En la oscuridad, sus ojos castaños brillaban sin expresión, eran espejos de la noche líquida que los rodeaba como un arrullo primitivo.

— Te dije que no me tocaras allí.

Felipe sintió que una ráfaga roja e impensable de dolor le subía por el brazo como un sacudón eléctrico. El dolor imposible le atenazó el pecho y el hombro con tanta fuerza que le dejó sin respiración. Cuando ella se movió debajo de él, la sensación se incrementó, se hizo insoportable, lo sacudió con una fuerza telúrica y desconocida. Entre sacudones intentó separarse de ella, pero todavía tenía el brazo hundido entre sus muslos blancos. Olió la sangre antes de verla. Sintió su textura viscosa y caliente antes de entender de qué se trataba. Un chillido desesperado y enloquecido se le escapó de la garganta. Ella lo contempló con plácida paciencia.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

— Uno no debe tocar lo que no quiere ser tocado  — dijo ella —.  Uno no toca lo que no le permiten.

La vocecita de niña parecía flotar entre las sombras, como un chasquido que no tenía nada de humano. El zumbido de los insectos se hizo ensordecedor, los rodeó como un hálito fétido y zumbante que palpitaba de vida propia. Felipe gritó de nuevo y tiró del brazo, tratando de apartarse del cuerpo de la mujer que, con las piernas abiertas, le contemplaba absorta, apoyada sobre los codos y con la cabeza ladeada en un gesto casi tierno. Una docena de moscas tornasoladas volaron hacia su boca abierta y Felipe casi pudo sentir cómo volaban contra el paladar, cómo resbalaban por su lengua. Sintió que el pecho se le cerraba de miedo y repugnancia. Debajo de su cuerpo, la mujer se movió de nuevo y la luz de la luna llena iluminó su rostro. Tenía la mejilla hinchada, el labio inferior roto, pero sonreía. Una sonrisa helada, repulsiva, sin alegría.

— ¿Qué mierda es esta?  — Felipe no reconoció su voz al gritar —  ¿Qué mierdas me haces?
— No se toca lo que no te permiten tocar.

Ella ahora canturreaba, mientras él tiraba con todas sus fuerzas del brazo aún hundido en la entrepierna de la mujer. Más insectos brotaron de la oscuridad. Una nube fétida y violenta golpeó el rostro de Felipe como dedos calientes y rígidos. El dolor era cada vez más fuerte, más violento, tan agudo que Felipe sintió que invadía cada parte de su cuerpo a la vez, como un gran estallido.

Chilló y sacudió la mano de un lado a otro, pero algo le mantenía bien sujeto. Algo apretaba con fuerza, algo roía con una presión violenta los dedos que había introducido en la vagina de la mujer. Dientes, pensó mientras una ráfaga de sangre salpicó en un pequeño rocío carmesí. ¡Dientes!

— No se toca lo que no quiere ser tocado  — dijo ella de nuevo —.  ¡No se toca lo que nadie te ha invitado a tocar!

Sus facciones eran todo sombras, como si flotara en una colección de ángulos borrosos en la penumbra. Felipe no sabía si era debido al dolor o al terror, pero tuvo la impresión que aquella cara fofa y tierna crecía, se hacía enorme como un globo. El largo cabello castaño le caía sobre los hombros, una masa viva luminosa que parecía serpentear sobre la piel blanquecina. Los pechos le temblaban bajo un esfuerzo invisible, lento e inexorable. Las caderas se balanceaban con un movimiento grácil y casi erótico, mientras el mismo centro de su cuerpo, la boca hambrienta de su vagina, devoraba con lentitud el brazo del hombre. Felipe gritó de nuevo a todo pulmón. Un grito agónico que reverberó por la oscuridad de los árboles retorcidos. Ella sonrió, los ojos enormes y castaños radiantes en la oscuridad.

— ¿No te gusta así?  — murmuró —  La carne vuelve a la Tierra. La Tierra devora la carne.

Ahora el movimiento ondulante de su cuerpo era más rápido y ágil. La sangre brotaba a borbotones, le caía por los muslos blancos, salpicaba hacia el rostro de la mujer, sus pechos núbiles. Cuando levantó la pelvis, Felipe se vio impulsado hacia adelante, consumido por una fuerza irresistible, salvaje, decidida. El brazo había desaparecido hasta el codo y el dolor ahora era una oleada que le arrebató la cordura, que le dejó sin voz y sin capacidad para resistirse. Simplemente seguía allí, resollando, tambaleándose de un lado a otro por aquel parto antinatural, monstruoso. Vislumbró los pequeños pero mortíferos dientes en medio del revoltijo de huesos, carne y sangre. El agujero enorme de la vagina boquiabierta, impensable, interminable.

— Tomo lo que me pertenece  — dijo ella, entonces —,  lo tomo porque tú me lo diste.

Era una voz suave, casi cantarina. La mujer echó la cabeza hacia atrás y tomó una larga bocanada de aire; el placer le recorrió como una única convulsión invisible. El cuerpo de Felipe rodó sobre la lasca de piedra y se quedó tendido de lado. El brazo aún extendido ya había desaparecido casi hasta el hombro. Tenía los ojos abiertos, pero aún estaba vivo. Seguía vivo cuando ella extendió los brazos y lo atrajo hacia su cuerpo. Lo estaba incluso cuando los brillantes dientecillos, que esperaban ansiosos por su carne, rodearon su cabeza, rozaron su piel blanda, presionaron contra el hueso. Entonces, llegó la oscuridad. El dolor convertido en algo más denso y misterioso. En un breve chispazo de monstruoso placer.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

El hombre de uniforme se acercó a la lasca de piedra con paso cauteloso. Su compañero prefirió quedarse atrás, contemplando la escena a una prudencial distancia. La lasca de piedra tenía un aspecto inocente, a pesar de las manchas brillantes de sangre coagulada que se derramaban a los lados y caían en un pequeño riachuelo sobre la tierra. No era suficiente para resultar sospechosa, pero era sangre, después de todo. Bajo el sol deslumbrante de la madrugada, la escena tenía algo de irreal, como un sueño mal recordado. El hombre se frotó la frente, se quedó de pie un buen rato hasta que se volvió a mirar al otro oficial, unos pasos más allá.

— Un animal  — dijo —. Alguien mató a un perro o a un gato  — dijo en voz ronca —.  Se lo llevó de aquí.

Una explicación como cualquier otra, tan absurda como el dibujo de los hilos de sangre que rodeaban la banca de lascas, la sucesión de pequeños charcos que se abrían en canales de un lado a otro. Sangre fresca, recién vertida. El hombre que no se atrevía a acercarse encogió los hombros y apretó el arma de reglamento entre las manos con dedos rígidos. Tenía miedo. Tanto miedo que después, cuando quiso recordar la escena, no se atrevió a hacerlo a detalle.

Había visto sangre antes, escenas como aquellas abundaban: como guardabosques de la montaña, tropezaban con todo tipo de crueldades — pequeños animales destripados o desollados —,  como si la naturaleza invitara a un tipo caótico de placer. Pero la escena con la que acababa de tropezar tenía algo simple, primitivo, que les produjo a ambos escalofríos. El banco de piedra estaba cubierto por líneas abiertas que se abrían de derecha a izquierda, como si alguien  — algo —  hubiese resbalado sobre los largos lamparones. La sangre goteaba mansa y brillante, cada vez más turbia y densa. Pero no había nada más. Ni el cuerpo del animal, ni señal alguna de la dirección hacia la cual había escapado la criatura malherida o lo que fuera que le había hecho daño. Había algo inquietante en esa ausencia de detalles. Los goterones salpicaban la hierba verde, salpicándola de un delicado rocío carmesí. Un perro, pensó de nuevo el hombre más cauto. Un perro muerto. Algún degenerado. Un perro.

— Mejor le echamos agua y nos vamos  — murmuró el primero — . Mejor…

Cuando escucharon el sonido de las ramas chocar entre sí, ambos se movieron al unísono, las armas levantadas, apuntando hacia la oscuridad grisácea de la primera hora del día. Pero allí sólo había una muchacha de cabello castaños y ojos de mirada boba, que sonreía mientras avanzaba entre la frondosa vegetación. Llevaba un vestido floreado, la piel fresca y húmeda, como si hubiese tomado un chapuzón en uno de los numerosos riachuelos que bajaban de la montaña. Ambos hombres la miraron asombrados, un poco aturdidos. Ella ensanchó su sonrisa.

— Solo tengo un poco de hambre, aún  — dijo — . Solo un poco más.

 

“Solo un poco más” se publicó originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


Autores
(Venezuela). Escritora y fotógrafa, especializada en cultura pop, ciencia ficción y fantasía, con énfasis en el género del terror y el romance gótico.

Ilustrador
Javier Arjona
Artista visual egresado de la Universidad Veracruzana. Actualmente radica en la Ciudad de México y lleva con Miriam Gómez el taller de RABIA, lugar en el que realiza su producción y desarrollan proyectos de auto publicación.
Ilustración por Nuria Mel.

“Y me contó que Dean estaba haciendo el amor con dos chicas a la vez; una era Marylou, su primera mujer, que lo esperaba en la habitación de un hotel, la otra era Camille, una chica nueva, que lo esperaba en la habitación de otro hotel.

—Entre una y otra acude a mí para el asunto que tenemos entre manos—continuó Carlo.

— ¿Y qué asunto es ese?

—Dean y yo estamos embarcados en algo tremendo. Intentamos comunicarnos mutuamente, y con absoluta honradez y de modo total, lo que tenemos en la mente. Tomamos bencedrina. Nos sentamos en la cama y cruzamos las piernas uno enfrente del otro. He enseñado a Dean por fin que puede hacer todo lo que quiera, ser Alcalde de Dénver, casarse con una millonaria, o convertirse en el más grande poeta desde Rimbaud. Pero sigue interesado en las carreras de coches. Suelo ir con él. Salta y grita excitado.”

 En el camino, traducción de Martín Lendínez, Anagrama, Barcelona,  1997, p. 57.


Cuenta la leyenda que Jack Kerouac, ese enfant terrible y rey indiscutible de la generación beat, escribió la maravilla negra de On the road [En el camino] en poco menos de tres semanas. Se dice, además, que lo hizo sobre un rollo de papel de más de cincuenta metros de largo, acaso pensando en la semejanza con un antiguo papiro, y que cedió a un furioso trance creativo tras una buena dosis de anfetaminas.

En un período comprendido entre el 3 y el 21 de abril de 1951, prosigue la especulación literaria, Kerouac habría dormido solo lo necesario (menos de cinco horas al día) para dar a luz el baluarte de la literatura de carretera [road trip literature]. Durante años, la evidencia del crimen desapareció del panorama y la anécdota se fue nutriendo de dichos y hechos. Muchos creyeron que se trataba de un compendio de mentiras ideado por William S. Burroughs y Allen Ginsberg, amigos de Kerouac y compañeros de viajes, para alimentar la mitología de las piedras rodantes en las letras del norte.

Lo más curioso del asunto es que, a fin de cuentas, el manuscrito original apareció en Nueva York, en 2001, durante unas subastas que se llevaban a cabo en una lujosa casa de arte. Los últimos trozos (¿o metros?) del texto habían sido arrancados (¿por el propio autor, tal vez?) y poco antes del extremo podía leerse en una letra delgada y temblorosa (como Kerouac mismo) una singular anotación: “El perro potchky se lo comió”. [the potchky dog ate it]

La imagen del largo rollo rasgado simboliza con precisión el significado de la palabra Beat, que John Clellon Holmes acuña, difunde y define en su célebre artículo « This the Beat Generation » como “el sentimiento de haber sido usado, de estar crudo. Implica una especie de desnudez de la mente y, en última instancia, del alma; un sentimiento de ser reducido a la roca madre de la conciencia.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

“Beat” de Beatitud

En una revelación acontecida durante una visita a la iglesia de su infancia en Lowell, Jack —cuyo nombre, de origen franco-canadiense era Jean-Louis Lébric de Kerouac— siente algo equivalente y antípodo a la “pérdida de la aureola” que golpeó a Charles Baudelaire en 1862 cuando sintió un afán metafísico que definió con mordacidad como “el viento del ala de la imbecilidad”.

“Me arrodillé y bruscamente lo entendí: beat quiere decir beatitud” dice Kerouac, que había dedicado buena parte de su existencia a una correría desenfrenada por las carreteras y derroteros de Norteamérica. ¿Un arrepentimiento in extremis del poeta entregado al hedonismo, al amor pansexual y la ebriedad furiosa que prefiguró los años sesenta, el romanticismo hippie y la contracultura? En absoluto.

Uno de los atributos que convirtieron a Kerouac en la punta de lanza ideológica del movimiento beat fue precisamente su versatilidad, el contrapeso espiritual que balanceaba su tendencia al disfrute sensorial con una consagración propia de un fiel seguidor. La aspiración a un nirvana florido, el animismo apache y heredero del ideal místico de Walt Withman, la aplicación de un extraño sincretismo artístico (la heroína, el bebop, la meditación, el budismo zen) fijaron el ideal de esta cofradía de viajeros bajo la figura de un vagabundo celeste, un clochard imbuido con los atributos místicos del asceta y la sed insaciable del príncipe de los faunos.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

El inventor de los ángeles vagabundos, los bohemios del dharma y toda una saga de seres vociferantes y apasionados, navegó sinceramente a bordo de un barco ebrio (la devoción de Kerouac por la figura de Rimbaud, de quien redactó una autobiografía a comienzos de los años sesenta): esa prosa espontánea que le permitió escupir, aquí y allá, de manera salvaje y fuera de todo complejo, muchos sueños, fantasías, utopías de la imaginación, delirios alegres y dolorosos que se difuminaban como balas perdidas.

Su pasión por las palabras acumuladas como si fueran pequeñas piedritas que van saliendo de su boca y va pateando al paso, recuerdan las mejores improvisaciones jazzísticas de otro de sus faros: Charlie Parker. Íconos tardíos del malditismo, ambos poetas de la vida y del arte sellaron su trágico destino mucho antes de llegar a los cincuenta años y como producto del derroche de existencia que supusieron sus tumultuosos excesos.

De Kerouac, los médicos dijeron que el estado de su hígado doblaba en edad al del resto de sus órganos vitales. De Parker, fallecido a los 34 años, que su cuerpo correspondía al de una persona de sesenta años.

En el caso de Kerouac resulta curioso (y alegórico) pensar que el círculo de su vida concluyó con un incontenible brote de flujo sanguíneo que acabó con él un 21 de octubre, mientras bebía whisky y afinaba algunos detalles sobre la historia de su padre.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).

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Autores
(Ciudad de México, 1990) Diseñador gráfico e ilustrador, amante del café, los gatos y la vida geek. Originario de la CDMX y egresado de la UAM Azcapotzalco, ha colaborado con la revista CinePremiere. En 2015 inició su viaje en el mundo del cómic, en donde encontró un medio en el cuál plasmar sus ideas con total libertad. Le gusta desarrollar historias que exploren el género de la aventura, el surrealismo o el terror. Actualmente sigue trabajando en próximos proyectos de cómic.
Ilustración de Pconpe.

Así es como se ve cuando voy al cielo
dicen que allí es como la suavidad
dicen que es como la tierra
dicen que es como el día
dicen que es como el rocío

María Sabina

 

Una partícula existe. Su antipartícula existe. Una partícula se encuentra con su antipartícula, entonces ambas se anulan. Quedará el vacío. Eso dice la ciencia. Entonces la ciencia no sabe cómo es que puede existir el universo.

Partícula y antipartícula son iguales, pero tienen las cargas eléctricas invertidas:

Como cuando digo algo y significa otro. Como cuando quería una cosa completamente opuesta a la que pensó mi corazón. Como cuando escribo y al instante desaparece el pensamiento que iba a escribir.

Partícula y antipartícula parecen carne y lenguaje. Parecen ser un falso opuesto.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

Los cálculos no saben reflejar las sutilezas de lo vivo (o quizá eso sean las paradojas). Existe lo invisible para la matemática. Es el misterio que se oculta a cualquier ecuación, a cualquier razonamiento. Es el misterio innombrable de las fuerzas que operan sobre los cuerpos de todo lo que vive, la experiencia del ser:

Yo nunca sabré lo que es ser una estrella o un árbol o una gota, tampoco habrá agua ni materia que contenga la misma historia que mi cuerpo.

Lo que soy yo no lo eres tú, pero somos lo mismo, los mismos materiales. Lo que sabemos ciertamente es que el universo, el tiempo, tú y yo tendremos que morir. Esto es lo que plantea Horacio Warpola desde el primer poema de un libro que abre una herida en el sentido, una herida que en su interior es un abismo que brilla.

¿Has visto cómo en las fotografías del universo, aparecen las galaxias sobre el fondo como si fueran cicatrices?

Imagen de la NASA.

Imagen de la NASA.

En medio de la lectura de la Incertidumbre Cuántica, se abre un abismo, pero no para caer sin retorno en la oscuridad que devora, sino para viajar dentro de lo minúsculo del gesto, para contemplar la inmensidad de las sensaciones, para sumergirse en lo insondable de nuestro propio misterio “Mi reflejo es una filosofía de la fe”, dice Warpola. Y mientras los ojos recorren la página, el abismo que se abre es una cicatriz de luz sobre la lengua. En las dinámicas de la física, un cuerpo negro es un objeto teórico o ideal que absorbe toda la luz y toda la energía radiante que incide sobre él. Un cuerpo negro es entonces el lector.

Warpola presagia desde la portada las conexiones entre los reinos de la ciencia y la poesía. La llamada ecuación del amor que presenta la portada y con la que Paul Dirac cambió el destino de la humanidad en el siglo pasado, nos recuerda algo que ya nos habían contado nuestras brujas, poetas y chamanes: todo está conectado y lo estará por toda la eternidad y cualquier imperceptible aliento moverá el universo entero para siempre. Horacio lo sabe y también sabe que el poema es otra forma de matemática, y que lo que una fórmula intenta despejar, que los teoremas y sus millones de intentos, que todo aquello oscuro, puede ser clarificado con cierta forma de conjuro, un mecanismo de acomodar palabras, también sabe que la claridad es también un espejismo.

La famosa ecuación tiene la bellísima característica de representar con unos pocos símbolos el comportamiento de las partículas más pequeñas del todo cuando viajan hacia lo más lejano de todo lo que conocemos. Los silencios de este libro también.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

¿No es el material del universo el mismo que flota, florece y se fricciona en medio de la jaula de costillas que cargamos?

¿No es la materia opaca de ese todo la que está en cada una de las partículas de la voz? ¿en sus tonos inexplicablemente distintos?

La voz, el lenguaje, están hechos de materiales que raspan, hielan, iluminan, riegan, dan calor, estremecen, materiales que son capaces de destruir los campos, de hacer crecer las plantas, de evaporar toda el agua de una isla.

Cuando Warpola dice “nuestra piel muerta es carne de lo invisible”, con un sólo verso nos hace ver pelusillas flotando a contraluz: piel de nuestro cuerpo que quizá una noche antes fue acariciado o solamente reposó entre el silencio fluorescente del sueño. Vemos nuestro ser entero en el afuera, flotando en medio de la luz como millones de asteroides miniatura. El cuerpo propio como una maqueta diminuta del cosmos.

Cuando Warpola dice 120 células no son un ser humano, pero sabemos que todo nuestro código genético puede ser leído y reproducido, traficado incluso, nos volvemos a preguntar, ¿qué es un ser humano?, ¿qué es la voz? ¿qué son estos materiales de los que estamos hechos? Y cada poema del libro nos mira de frente y nos pregunta ¿qué es la poesía sino un simulacro de lo infinito?

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

En Primera atmósfera I, Warpola reproduce la formación del universo cuando pone a hervir leche para el café; la cocina se vuelve la Nada en microescala, sobre la estufa tendrá lugar el Bing-Bang, y entre las burbujas blancas nacerá la antimateria. Llevar los grandes misterios, las grandes preguntas, la violencia de la creación, al pequeño cotidiano, a la ternura de la mecánica del habla.

Cada poema es una puesta en escena de la marcha de la creación y su efervescencia invisible adentro de las venas, en una carta de amor, en una cucharada de cereal.

Este es el espíritu de la Incertidumbre Cuántica, la plena conciencia de que los paradigmas sobre el tiempo, el espacio, sobre lo humano, lo invisible, se han movido de lugar gracias a la tecnología, pero que lo inasible de la naturaleza se torna igual de irrepresentable para cualquier lenguaje, y lo más cercano al centro de lo vivo, será una expresión, un balbuceo, un verso:

 

En la madrugada un gas

de electrones flotando por la casa

rociando materia indescifrable por las alfombras

el perro la percibe y ladra

en su ladrido hay algo misterioso

 

Ha probado la esencia de la creación

 

Este libro nos recuerda que frente a lo vasto de la existencia, lo pequeño de nuestra razón y la infinitud del lenguaje, la brújula está en la escucha, en el murmullo del canto de lo vivo. Y todo está vivo.

En el cascarón del aparente orden hay una fisura, un quiebre diminuto: la poesía.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.


Autores
(Ciudad de México, 1985) Escritora y fotógrafa mexicana. Estudió Antropología Social en Universidad Autónoma Metropolitana y Escritura Creativa la Universidad del Claustro de Sor Juana. Autora de cuatro libros. Obra suya forma parte de cuatro antologías. Colabora en diversas revistas electrónicas e impresas y publica en su blog chikipunk. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2014-2015.

Ilustrador
Pconpe (Pedro N. Ramírez S.)
Fascinado por la naturaleza de constante cambio de todos los fenómenos, estudia las variaciones sutiles de las estructuras orgánicas como corales, piedras o montañas y crea un genuino lenguaje visual para poner de manifiesto este universo en constante evolución. Por medio de su trabajo, Pconpe busca la esencia de su verdadero ser, dejando que la experiencia que se revela en cada ejercicio tome lugar. Su actividad principal es la improvisación y mezcla de técnicas y materiales.

FuertesInstintosNocivos


Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

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Autores
es licenciado en diseño gráfico por parte de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (2010). Ha trabajado en los últimos 10 años con jóvenes en proyectos de intervención social por medio del arte urbano. Actualmente trabaja como ilustrador y muralista freelance y se ha adentrado en el cómic independiente.

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Autores
Es originario de la ciudad de México, realizó la licenciatura en artes visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. Ha concentrado su producción artística en la narrativa gráfica. Desde 2005 es miembro fundador y creativo de Ensamble Comics A.C una asociación civil encargada de la difusión del patrimonio intangible de México a través del arte, en dicha asociación es coautor de la historieta Cristóbal el Brujo. Ha sido premiado por diferentes instituciones como FONCA, INJUVE, SEDESOL, DIF, entre otras. En 2014 obtuvo la beca de Jóvenes Creadores con la cual realizó la novela gráfica Lázaro y los alzados. Su obra se ha presentado en recintos como el Centro Cultural España, el Museo Nacional de la Estampa, el Museo de la Caricatura, el Museo de la Ciudad de México, por mencionar algunos. Internacionalmente su trabajo ha llegado a Cuba, Argentina, España, Alemania y Argelia. Su país es la principal fuente de las narraciones que ha realizado, sus tradiciones costumbres, cultura, historia y problemáticas son un mar inmenso que ha intentado retratar en sus viñetas.

El tiempo es el aguafiestas par excellence, el cascarrabias que ya tiene sueño y exige apagar la música. Es el tiempo, también, el que otorga el gusto, pues la mortalidad no es más que la envidia de los vampiros. Por eso existe el canon, decía Bloom, porque sobran libros y falta tiempo.

Para combatir este contratiempo, Milton perdió la vista leyendo por las noches iluminando las páginas con una vela. ¿Hay gesto más canónico? Para Bloom la existencia del canon literario se reducía a una elección de lectura. Y para elegir, se requiere de un guía y un catálogo, o El canon occidental, por ejemplo.

Bloom no es –ni será– en buena medida celebrado por la literatura contemporánea porque el arte se ha vuelto demasiado social. De ahí su queja –excesiva por veces– con el marxismo y el feminismo como forma de criticar la literatura. La cosa con Bloom es que vivió en un tiempo en el que la literatura se alejaba cada vez más del placer estético, para acercarse más a la sociología.

A esto llamó peyorativamente como la Escuela del resentimiento. ¿Será, tal vez, que Bloom leía desde un punto de la historia que no le pertenecía? Lo cierto es que leía desde la nostalgia. “Cada vez es más difícil leer a fondo conforme este siglo envejece”,1 escribió derrotado.

Lo que es innegable fue su presencia activa dentro de la academia. Murió a los 89 años, unos días después de haber dado —lo que ahora sabemos— su última clase en Yale. Escribió más de 40 libros, entre los que resaltan El canon occidental y El libro de J, en el que defiende que una mujer fue la escritora del Génesis, Éxodo y Números. Me parece que si alguien ha sido igualmente canónico como anti-canónico es Bloom. Representa la noción de que cuando el caos es la ley, el orden es rebeldía.

Hay pocos autores que me conmocionan por separar tanto mis criterios con relación a la literatura. Y mi resolución de acuerdo a lo que aprendí de Bloom es la siguiente: el uso del canon se divide en dos grandes categorías.

La primera: Para leerse. Ahí entran las siguientes subcategorías: para disfrutarse; para saber de la Historia por medio de la literatura; para quedar bien con el maestro; para entender otros libros posteriores (todos si se trata de Shakespeare); para fingir que te gusta; para memorizar unos versos y recitarlos frente a tus amigos “incultos”; para evidenciar a quienes utilizan dichos versos en el contexto equivocado en las redes sociales; para no cagarla en un epígrafe “obligatorio”, etcétera.

Y la segunda categoría: Como objeto. ¿Por qué un objeto? Si hay algo recurrente en el canon literario es su peso. La literatura se escribía con el tintero en un lado y la báscula en el otro. Y aunque en autores canónicos más recientes como Kafka y Borges la cantidad de páginas no es exagerada, la fatalidad sigue. El propio Borges definió el canon de la siguiente manera: “Clásico es aquél libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término.” Y me parece una reflexión adecuada en torno a la escritura de Bloom, pues sus conclusiones siempre fueron finales, intransigentes.

Entonces, en la segunda categoría entran las siguientes subcategorías: para que no se vuelen las servilletas en un picnic; como pie de cama o, la opción más viable, como ministro de la muerte, es decir, como arma de defensa personal. Imaginemos: caminas con los centenares de páginas de la segunda parte del Quijote en tapa dura y un desgraciado trata de robarte la cartera. Volteas y le das un quijotazo en la mejilla, desfigurándole el rostro hasta la tristeza. Y sólo esperas a que te ofrezca la otra mejilla.

Me parece que aquí es donde se pueden conectar la Escuela del resentimiento y Bloom, pues el canónico libro ya no está para disfrutarse. Me veo obligado a citarlo de nuevo: “El canon, lejos de ser el servidor de la clase social dominante, es el ministro de la muerte. Para abrirlo hay que convencer al lector de que se ha despejado un nuevo espacio en un espacio más grande poblado por los muertos.”

El cansancio y el exceso de lectura pueden llevar a un hombre al punto de no retorno, a la locura. Que no descanse en paz, el gigante Bloom. Así lo recordaré, agitado, pues son siempre las mentes agitadas las que logran cautivar.

 


Autores
(1985, Monterrey, Nuevo León). Estudié Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana, pero aún no me decido en usar el hábito. Me gusta escribir Historia especulativa. En palabras de Joan Fontcuberta: “Yo no entiendo nunca la ficción como algo que se contrapone a la realidad”.