Cuando comencé a analizar titulares de periódicos y revistas detecté una herramienta que incluso medios serios usan para publicar frases denigrantes y acusaciones infundadas sin ser responsabilizados por ello: las citas.
Empleando citas se pueden publicar palabras y frases sin necesidad de expresar una opinión al respecto, explicar el contexto o analizar sus implicaciones. Y, lo más conveniente, se puede hacer mientras se pretende no estar de acuerdo con ellas.
Los medios eligen lo que publican: seleccionan qué ignorar, qué explicar y qué difundir, por lo que frases como “¡Sí es una pu7@!” o “La vieja le salió medio p#ta” junto a la fotografía de alguna actriz o mujer famosa no aparecen por accidente.
Claro, mientras la cita venga bajo la firma de algún incauto sediento de fama o de alguna supuesta fuente anónima y no de los editores, los medios pueden pretender ser neutrales o incluso aliados de las mujeres a quienes están difamando.
Al revisar las publicaciones de los últimos meses de TvNotas (una revista de chismes con predilección por los signos de exclamación y fotografías de mujeres en traje de baño tomadas sin consentimiento), descubro que la redacción de la revista aprovechó las declaraciones de Alfredo Adame (un exconductor de un programa mañanero) para usar la palabra puta en portada junto a la fotografía de Andrea Legarreta, su excompañera de trabajo y actual conductora de televisión.
Portada de TvNotas, número 1180.
Mientras se ignora el historial de misoginia, peleas y declaraciones falsas de Adame, se transcriben sus palabras asegurando que la conductora es una “mala mujer” e “infiel” a su esposo; cuando ella le responde, entonces sí se califica su reacción, mencionando que ella “explota” contra el actor, lo que reproduce estereotipos de género que pintan a las mujeres como seres emocionales exagerados y no confiables.
Y eso no solo sucedió en las revistas de chismes, también algunos periódicos publicaron titulares como “Adame revela infidelidad de Legarreta” y “la infidelidad de Legarreta es del dominio público, afirma Adame”.
El machismo no siempre se reproduce conscientemente. A muchos les puede parecer hasta lógico asumir que las palabras de un hombre son objetivas y confiables, y que una mujer respondiendo con indignación a injurias está siendo exageradamente emocional y probablemente insincera. Mientras esos estereotipos se vean como incuestionables, no habrá espacio para el análisis y la reflexión.
TvNotas es la revista más vendida del país, cuenta con una web que recibe millones de visitas semanales tiene y varias demandas por difamación. El año pasado publicó que las feministas son mujeres vengativas que “intentan anular al hombre”, y ha publicado en portada frases como “¡Es una pu7@!” y “¡pu&$ interesada!”, ambas veces citando a supuestas fuentes anónimas pero colocándolo como si una mujer famosa lo dijera de la otra.
Curiosamente en esa revista, los hombres “se insultan”, pero las mujeres son llamadas putas, locas o tóxicas. Una frase que resume perfectamente esa diferencia en trato es “tachan a [actor] de mujeriego y a su novia de ‘zorra’”.
Así continué el ejercicio de revisar portadas recargadas de frases ridículas que impulsan ese tipo de sexismo tan burdo que a veces creemos ha quedado en el pasado: mujeres infieles o víctimas de infidelidades, mujeres que “no pueden dar hijos” a sus esposos, malas mujeres que no se encargan de sus hijos, malas mujeres que se quieren encargar de sus hijos ellas solas, buenas mujeres que se dedican a sus familias mientras continúan luciendo como modelos, malas mujeres que abortan, mujeres frágiles que lloran abortos espontáneos o son forzadas a abortar, mujeres compitiendo y peleando entre sí, “bajándose el novio”, y muchas fotos y descripciones de partes de sus cuerpos, llamados “atributos” o “encantos”.
A los hombres también se les critica, por supuesto, y en gran medida, pero de una forma distinta. Se enfocan en infidelidades, violencia, y específicamente en su incapacidad de cumplir con el mandato del hombre heterosexual proveedor de la familia, lo que se ve como una desviación escandalosa (“¡Es bisexual!”, “¡enamorado de esta trans!”).
Portada de TvNotas, número 1173.
Aunque los cuerpos de las mujeres siguen siendo puestos bajo una lupa, existe una cautela impresionante para no criticarlos abiertamente, mientras las críticas a los cuerpos de los hombres ha aumentado. Y no, aunque sí se podría hablar de un avance en la forma de representar a las mujeres, la situación actual está muy lejos de ser un logro, y la crítica a otros cuerpos es un retroceso.
Es imposible observar las portadas y no entenderlas como una guía para la sociedad que nos indica lo que está permitido y lo que no. Que nos enseña que los cuerpos de las mujeres son objetos públicos que están ahí para admirarse, criticarse y usarse como vasijas reproductoras; que las mujeres buenas se casan, tienen hijos y se dedican a ellos y a verse lindas, pero no pueden dedicar mucho tiempo a esa última parte, pues eso las volvería superficiales; que los hombres respetables tienen trabajos bien pagados y pueden hacerse cargo de su familia y llevarla de vacaciones, y que es normal que sean violentos, especialmente si lo son para defender el honor de su familia o su trabajo; que lo normal es ser heterosexual, y que aunque aparentemente todo mundo es infiel, son las mujeres quienes destruyen familias y quienes deberían mostrar cautela al trabajar con hombres.
TvNotas es una guía tan transparente y tan exagerada que resulta fácil subestimarla, pero no es la única.
Aunque el 57% de los lectores en medios digitales de la revista son hombres, el 83% de quienes compran la revista impresa siguen siendo mujeres. Mujeres que consciente o inconscientemente absorbemos y reproducimos la ideología de TvNotas. Un analgéstico que hace que cuando tenemos la oportunidad de cambiar las cosas, optemos por no hacerlo.
Mari no quiso cuando le dije que si jugábamos a las luchas: Yo te pego y tú me pegas a mí.Teníamos 7 años de edad y acostumbrábamos jugar a la tiendita. Recolectábamos envolturas de sopas Yemina, cajitas vacías de Knorr tomate; tomábamos prestadas botellas de vidrio de coca-cola y recogíamos algunas tapas vacías de huevo.
Yo era la señora que despachaba y ella la compradora. El momento más interesante llegaba cuando no tenía con qué pagar, entonces debía extenderle un papel donde anotaba los precios de los abarrotes y le hacía prometer la liquidación de su deuda. Después intercambiábamos los lugares y así sucesivamente hasta que nos llenábamos de aburrimiento.
Agachó la cabeza cuando pregunté si podía darle una cachetada. O si podíamos jugar a ahorcarnos. Ándale, Mari, nomás poquillo. Volvió a negarse. Estábamos sentadas en la banqueta de mi casa. Me paré, ya me estaba desesperando. Ella también se puso de pie, un poco confundida. La empujé y dijo en voz bajita que no.
La agarré del cabello y se lo estiré, a ver cuánto aguantaba. ¡Defiéndete, mensa! Pero no opuso resistencia. Le di una cachetada y la azoté contra la pared de mi casa. Se puso a llorar. Mi corazón latía tan rápido. Unos segundos después Mari huyó a su casa, ubicada a dos de la mía. ¡Eh, Mari, no te creas!
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En 1997, papá era obrero y hacía turnos dobles en una fábrica de Apodaca para pagar la casa de INFONAVIT en la que vivíamos. Mamá horneaba pays de queso y empanadas de cajeta y piña. Durante las tardes salía a venderlas, las llevaba en una vasija cubierta con una servilleta de tela. Gritaba casa por casa: ¡Compra pay de queso! Señora, ¿no compra pay de queso?
Mi hermano mayor y yo la pasábamos solos, a mi hermana menor la cuidaba una vecina o yo. Meses más tarde, nosotros también saldríamos a vender el pan que horneaba mamá. Por lo pronto, él y yo peleábamos a la menor provocación, solo me llevaba dos años. En una pelea tomó un cuchillo de la cocina y me lo puso en el cuello. Con el llanto entre cortado y el coraje que me quedaba grité que me lo clavara. ¡Ándale, pinche güerco! No dejé de sorberme los mocos. Nunca se lo conté a mamá.
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Mari fue una de mis primeras amigas. Llegamos casi al mismo tiempo a la Unidad Habitacional Independencia. Las casas recién pintadas, los retoños apenas echando raíces en las banquetas, las calles planas y un perímetro baldío: montes a los que después iríamos de excursión acompañadas de mi ánfora de osito azul con Joya de Ponche y la bolsa de naranjas con chile que me amarraba a la pretina del short.
También nos gustaba jugar al camioncito. Hacíamos una fila con sillas y recolectábamos boletos tirados. Los niños se acercaban a jugar, pero siempre lo arruinaban todo porque no seguían bien la dinámica. Debíamos ahuyentarlos; nuestros papás no nos dejaban jugar con niños. Un mandato que siempre rompíamos porque abundaban los güercos en la calle, y de morritas nada.
El papá de Mari se llamaba Alonso y no tardó en irse a jalar a los Estados Unidos. Prometió un futuro lleno de dólares y juguetes. Su mamá, Tere, se quedó a cargo de ella y de Sara, su hermana mayor, y Alonsito, un bebé de meses. Los dólares sí llegaron. Compraron una tele grande y una sala nueva. Pero luego de algunos meses el señor dejó de llamar y enviar dinero, así que Tere tuvo que empeñar la tele, devolver la sala y les cortaron la línea telefónica.
Mamá dejaba que Tere marcara desde el teléfono de la casa, aunque fuera de larga distancia; le daba un kilo de frijol o una taza de arroz y a veces mandaba con Mari un plato de comida. Un taco. Don Pipe, el dueño de la tienda de en frente, extendía cartones a Tere donde anotaba el precio de la despensa en calidad de fiado, siempre con la promesa de que pagaría tan pronto como su esposo mandara el dinero.
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Pedir fiado era una de las cosas que más me avergonzaba de chiquilla. Me angustiaba ir a la tienda con el cartoncito repleto de números, ya sin espacio para anotar más. Un medio kilo de huevo, un litro de leche Lala, un Kool-Aid y medio kilo de azúcar. Me los anota, por favor, don Pipe. Se los voy a anotar, Lilí, pero dile a tu mamá que sólo le voy a fiar hasta el viernes, tiene que liquidar primero este cartón.
Cruzaba la calle, metía la mano por la parte agujereada de la mosquitera y abría el seguro. Dejaba las cosas en la cocina, mamá preparaba todo con apuro y yo ayudaba.
La cocina: dos metros por uno de extensión, el lugar donde mamá utilizaba el ingrediente secreto. La cocina: el rostro rojo de mamá, su mano meneando el cortadillo, las lágrimas cayendo sobre el guiso, sazonándolo.
La cocina: ese lugar que también era un ring y a donde no nos acercábamos cuando los luchadores lucían sus maniobras.
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La primera vez que tuve piojos fue porque Mari me los pegó. Ella tenía una larga cabellera lisa color negro azabache. Sara también tenía el cabello largo, pero rizado. Después de que mamá me quitara cada piojo, la convenció de dejarse espulgar y la trajo al patio.
Se sentó en una silla, puso una sábana blanca sobre sus piernas y recostó su cabeza. Comenzó a espulgarla. La sábana se llenó de pequeños lunares negros que se movían. Pero yo ya no miraba los piojos, las manos de mamá separando delicadamente cada cabello de mi amiga ocupaban toda mi atención.
¿Por qué mamá trataba con tanta delicadeza a una niña que no era su hija? A mí me chocaba cómo peinaba mamá, siempre me dejaba bordos. Aprendí a peinarme sola. ¿Pero esta pinche güerca qué?
Los celos. Una cosa era que la invitara a comer y otra que la dejara entrar a mi cuarto en la noche mientras yo estaba acostada. Como papá hacía turnos nocturnos, mamá se quedaba a platicar hasta tarde con las vecinas y le permitía pasar a la casa sin problema.
Descubría a Mari en el borde de mi cama, de pie, burlándose por haberme visto dormir; sus dientes brillando entre lo oscuro. Me encabronaba. Por más que explicaba a mi madre que no la dejara entrar cuando yo estaba dormida, siempre lo volvía a hacer. Mamá no tenía tiempo para mis babosadas. La luz de la calle la seducía y ella solo quería escapar.
Los piojos no cedieron y Tere optó por rapar a sus dos hijas. Dos niñas sin cabello: dos mujeres con vergüenza. Todos se burlaban de ellas. Mari y Sara: las raras de la calle Allende. Mari y Sara: niñas que parecen niños.
Ese fue el segundo motivo para convertirse –por años– en el objeto de las críticas de las señoras de la calle, el primero había sido que el papá las abandonara. Con la cabeza rapada delataban que alguien no las había cuidado bien. A sus espaldas, me burlaba con los otros niños vecinos. Esa era mi venganza por invadir mi intimidad.
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Crecimos con pequeñas manchas en la cara que las vecinas diagnosticaron a causa del sol. Crecimos con pequeños mapas en la ropa, un territorio marcado por el sudor, las babas y la suciedad del pavimento. Con las uñas llenas de tierra, con la panza atiborrada de lombrices, con una bolsa de Joya de ponche en la mano izquierda y otra de Rancheritos ahogados en salsa Botanera en la mano derecha.
Papá solía darme algunos pesos para que le fuera a comprar tostadas con salsa y un bollo de chamoy. Ése era el momento que más amaba de papá, cuando se ponía de buen humor y me daba dinero para comprarme un durito sencillo.
Me encantaba enchilarme y lagrimear, me gustaba tanto que hasta Doña Mona, la esposa de Don Pipe, un día me dijo que me pagaría 2 pesos si comía 2 chiles piquines sin tomar agua. Y así lo hice. La Doña no paraba de reír.
Una nueva familia se mudó a la casa de en frente de la de Mari. El señor Arnoldo y la señora Tina, que tenían un niño de dos años y una niña de tres. Trabajaban por las tardes y pidieron a Tere que le prestaran a Mari para que cuidara a los hijos. El señor Arnoldo volvía primero a casa, metía a los niños, a Mari y cerraba la mosquitera. También la puerta. Desde la banqueta podía ver la escena mientras succionaba mi bollo de chocolate.
Un día me dijo que ya no quería cuidar a los niños. A mí el señor me caía mal, no me gustaba que siempre quería saludarme de beso. Es que a mí a veces me toca las piernas. Quise que me explicara cómo y por qué, pero cerró su boca. Los dientes blanquísimos se escondieron. Le dije que le contara a su mamá. Ya se lo había dicho. Necesitaban el dinero. Solo se hundió de hombros.
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Las tardes en la calle se multiplicaron como las larvas de moscas que estaban en nuestras bolsas de basura. Pequeños arroces con vida a los que les crecieron ojos y alas para volar. La señora Tina dejó de trabajar para dedicarse a preparar hamburguesas en un asador afuera de su casa. Las vendía a 2 por 8 pesos.
Algunos fines de semana, cuando papá se empedaba hasta desfallecer, mi hermano y yo robábamos las monedas que rodeaban su cuerpo tirado en la sala, y corríamos a comprarnos hamburguesas.
Las cosas cambiaron, jugar a ser la Power Ranger de color amarillo dejó de ser emocionante. Mamá logró inscribirnos a mi hermano mayor y a mí en una secundaria de cierto prestigio. Cada mañana despertaba a gritos a mi hermano para que se metiera a bañar mientras planchaba su uniforme. Yo despertaba sin que me llamara, me daba un baño y planchaba mi propio uniforme.
Caminábamos juntos y a regañadientes hacia la esquina donde tomábamos el camión: él con 4 pesos en el pantalón, yo con 6 en mi bolsita del jumper. Ya estábamos en el 2000 y el rumor de algo llamado internet comenzaba a filtrarse por nuestras vidas.
A Mari la inscribieron en la secu que estaba a la vuelta, la de peor reputación en la colonia. Se acostumbró a que su papá apareciera intermitentemente. No llamaba en meses ni años.
Las señoras de la calle juzgaban a Tere porque platicaba con traileros, se hacía amiga de los cobradores y los policías que vigilaban la colonia, además reía con las vecinas; siempre pidiendo favores, veinte pesos o un plato de comida.
La tachaban de loca, puta y marimacha, todo porque traía el cabello corto y no trabajaba. Sara sí se metió a jalar. Incluso mi mamá empezó a jalar haciendo limpieza en las casas de un fraccionamiento y le ofrecía a Tere acompañarla, pero nunca aceptó.
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Los lunes y viernes nos arreglábamos para ir a pasear al mercado. Teníamos entre 11 y 12 años, cursábamos el primer grado de secu y nos creíamos bien chingonas. Usábamos pantalones acampanados, pata de elefante, las blusas strapless de licra pegaditas, nuestros chonguitos con dos cuernitos en la frente y las pulseras.
Me platicaba de sus nuevas amigas, casi todas de la Noria. Que a quién ya le había bajado, que quién ya había fajado, que cuál fumaba y quién era la más puñetas.
Por mi parte, mis amigas eran del 5to. Sector y sí eran desmadrosas, pero de una manera diferente. Hacían bullying a otras niñas, nos burlábamos de los maestros y pertenecíamos al equipo de fútbol de la secu; también teníamos un equipo en las canchas del 5to, nos hacíamos llamar Las Libres y Lokas. Ellas no pensaban en novios, pero yo sí, en varios.
Mi hermano mayor odiaba a los pandilleros y los paseos vallenatos, pero, sobre todo, odiaba a Mari y a su familia. Todos en la calle los odiaban, menos los vecinos posesionarios, mi mamá y yo.
Había cierto recelo en ver a una familia sin la cabeza de un hombre al frente. La loca y las loquitas que no tenían horario para guardarse, y un pobre niño que sabe Dios qué le pasará, decían las pendejas.
Tere había conseguido un minicomponente donde ponía a todo volumen al Binomio de Oro, Los Diablitos, Los Inquietos, Los Chiches Vallenatos y Nelson Velázquez.
Yo lavaba los trastes cantando las canciones y mi hermano me tachaba de ridícula. Él ya estaba muy inmiscuido en la Avanzada Regia y con toda la libertad del mundo entraba y salía de la casa, sin levantar siquiera sus pinches calzones del suelo.
Mejor me enfocaba en lo mío. Transcribía las letras de las canciones en mi libreta y se las mostraba a Mari, siempre me decía que tenía una letra muy bonita y tiempo después se la regalé.
Fue ella quien me regaló mi primer pantalón tumbado, sacábamos mi grabadora al porche y sintonizábamos la 1420 AM, que transmitía puros paseos vallenatos y a donde podías llamar para dedicar tu canción: te daban chance de decir una lista interminable de nombres que debías pronunciar a la velocidad de la luz. Y si escuchábamos que la nombraban, gritábamos. Y es que alguien, allá en la Noria, estaba pensando en ella.
Pero, sobre todo, que te nombraran significaba que ya te sacaban en alguna pandilla. Así aprendí también a identificar quién era trinche pa’rriba y quién trinche pa’bajo en los grafitis de las paredes.
Me enseñó a crear mi propia firma y a cargar un plumón para escribirla en los asientos de los camiones. Si alguna firma tenía en la esquina superior derecha una letra pequeñita encerrada en un círculo, esa letra era la inicial de la novia o novio de quien firmaba. La Lili. La Mari. Éramos trinche pa’bajo. Escondí mi pantalón tumbado al fondo de mi clóset.
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A un lado de mi casa vivía una familia de posesionarios. Víctor, el hijo mayor, se convirtió en el líder de una pandilla trinche pa’bajo. Cada fin de semana venían a buscarle pleito los del trinche pa’rriba.
Una madrugada vinieron a aventar una piedra tan grande que quebró la mesa de cristal de su comedor. Ni siquiera la habían terminado de pagar en Elektra.
En las esquinas siempre veíamos a grupos de niños y adolescentes esperando algún enfrentamiento. Nos emocionábamos y corríamos en chinga a ver qué. Pero mi madre solo debía gritar: Liliaaaaaaaaaaa, para que yo volviera a regañadientes.
Mari me contó que ya se había besado con Rey, un pandillero de la Noria. Y me recomendó que empezara a practicar. De sincho aprendes. Y ahí estaba yo, apretujando los labios frente a la pared sucia de mi cuarto cuando todos dormían.
Besar a un niño era otra cosa. Tenías que sacarte un 21 en el boleto del camión: sumabas los números que estaban en la parte superior y luego debías proponerle a un cabrón que te lo cambiara. Entonces me saqué un 21: la lotería.
Se lo intercambié a Soé, el niño güero de la calle, que además estaba repleto de granos. Mari estaba orgullosa de mí. Pos sí está lleno de granos, pero sí tira, morra, está güerito. Mi beso lleno de babas no se comparaba a sus fajes en el campo con Rey. Ni modo.
A pesar de convertirme en la segunda madre de mi casa, de recoger siempre a mi hermana de la primaria, de hacer la cena, de limpiar el baño y los cuartos, de recoger los platos que dejaba papá y mi hermano, todavía me quedaba tiempo para salir un ratito cuando papá hacía turnos dobles.
Mamá se había metido a jalar a una fábrica y ya nada era igual. No podía dejarla morir, alguien debía limpiar el desmadre. Sin embargo, al pasar a segundo de secu, algo en mí estalló.
Le cantaba un tiro a cualquier niña que me mirara feo en la escuela. Mis amigas se escondían detrás de mí y me regañaban por hacérsela de pedo a las de tercero. Te van a chingar, Lili. Me vale verga, nadie se puede meter con mi vato.
Ese vato era Soé, con el que me besuqueaba en las esquinas oscuras y a quien le mandaba cartitas.
Y allá íbamos todas a la hora de la salida al baldío que estaba a dos calles de la secu, ese lugar que llamábamos “la alberca”. Yo era buena para gritar pendejadas e intimidar, a pesar de ser la más chaparra de la clase. Muchas cantadas de tiro a morras, muy pocas materializadas.
Hasta que un día, en un partido de fútbol en el 5to., una delantera del equipo Las Chikillas pateó a una de mis amigas, y me calenté. Esa morra, además, le estaba tirando la onda a otro de mis vatos, el Perro. De aquí limpia no te vas, pendeja.
Con un chingo de niños y niñas que aullaban de emoción a nuestro alrededor, nos metimos patadas en medio de la terracería. Mi hermana menor, lamentablemente, quedó traumada con esa escena. ¡Nooo, Liliiii, ya vámonos! Debía llevarla a todos mis partidos, esa era la condición que me ponía papá para dejarme salir. Como si eso fuera a detener mis desmadres. Regresé carcajeándome de los nervios a mi casa. Se lo conté a Mari y juntamos los puños.
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Que si quería ver una película en su sala, dijo. Yo nunca entraba a su casa, Tere no dejaba pasar a nadie. Así que me entró la curiosidad y acepté. Sangre por sangre.
Vimos la película sentadas en el piso, frente a la televisión. Miklo chupaba el dedo del cocinero. Tere presionaba FAST FORWARD. Nos cagábamos de la risa. Vatos Locos forever. Pinche Paco traidor. El carnalismo se lleva adentro. Crucitoooooo.
Los tatuajes no se borran a menos que te los arranquen con un cuchillo. Respeto y familia.
La familia era un tatuaje que todavía no podía arrancarme por respeto. Se volvió una herida que no cicatrizaba porque mi padre la abría cada vez que nos pendejeaba y cada que golpeaba a mi madre. El carnalismo.
Mari se marcó en la mano las iniciales de Rey con una aguja y dejó de esperar a su papá.
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Liliiiiiii. Salí en short. Qué pedo. Iban a enfrentar a una morra, que si quería acompañarlas. Ponte en chinga el pantalón que te di. Ni lo pensé. Le dije a mi hermana que si preguntaba mamá, le dijera que había ido al parque con Mari.
Me temblaban las piernas, pero quería conocer a sus amigas. Las imaginaba enormes, tronchatoros, chingonas. Y así eran. Nos saludamos con los puños. Llevaban morrales con huevos adentro. Me dieron uno y corrimos por las calles hacia la casa de la pendeja que íbamos a huevear.
Esa calle estaba muy oscura, señalaron la casa y nos acercamos. Mari gritó el nombre de la morra y nadie salió. Los huevos volaron y lancé el mío con fuerza. Prendieron la luz. Huimos cagándonos de la risa. De regreso dijeron que fuéramos a la Noria. Le dije a Mari que no podía, pero me convenció.
Al cruzar la avenida alguien gritó mi nombre. Era mi hermano. Ándale, pendeja, ya le dije a mi mamá que andas de pinche chola. Papá te va a chingar. Chingadamadre.
Los quehaceres seguían. Los platos se apilaban. Nunca había suficientes hielos en el congelador ni agua fría para calmar la sed de papá. Me prohibieron juntarme con Mari. Mis amigas me recibían todas las mañanas con chistes que hacían que olvidara cómo papá basureaba a mamá a las 6 AM.
Escribía en mi diario y escuchaba los problemas de ellas. Un papá cocainómano que había tocado a una, una madre piruja que dejaba a sus tres hijos a cargo de otra de mis amigas, un hermano mayor agresivo que vigilaba cada movimiento de otra, una amiga bulímica que era ninguneada por sus tres hermanos y su papá.
El futuro para nosotras era chingonamente prometedor, no cabía duda. Nos encerramos en la música. Shakira, Britney Spears, Nelly Furtado, Juanes. Y como no queriendo la cosa, me rendí frente a los canales de MTV y Telehit. Me volví sensible, empecé a escribir poemas y valió madre.
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Tener 13 años y querer que el pinche calor nos queme de una vez por todas. Liliiiiiiiii. Nos sentamos en las mecedoras. Dijo que estaba embarazada. Estás pendeja, ¿cómo vas a estar embarazada?Vamos a preguntarle a mi mamá, para que veas.
Tere dijo sonriente que sí, que iba a ser abuela. Dije que no lo podía tener. Se burlaron. Pues de tener, ya lo trae adentro, mija. Pinche Rey, no que solo era la puntita. Me fui a mi casa. Mi madre me encontró llorando en mi cama.
¿Qué tienes, Liliana? ¡Mari está embarazada! Volteó los ojos: Aaaay, pero por favor, si la embarazada es ella, no tú, no seas ridícula, pa qué lloras. ¡Pero solo tiene 13 años!, chillé. Pues ella tuvo la culpa, le encanta el pedo. Mamá se ganaba a pulso mi odio. ¿Dónde estaba su pinche compasión? ¿Ya se le habían olvidado los piojos?
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Tercero de secu fue uno de los años más felices de mi vida. Íbamos a presentar en la misma preparatoria, pero sabíamos que no todas pasaríamos el examen. Echamos una moneda al aire y cayó en lo más profundo de mi corazón.
Las Libres y Lokas sosteníamos nuestros trofeos de primer lugar de la liga. Paseábamos orgullosas con nuestros tachones por toda la cuadra. Nos habíamos ganado el respeto de los güercos de la colonia y de la secu. Incluso mi hermano asistió una vez a verme jugar. Quería demostrarle que, aunque nunca me dejaba jugar futbol con sus amigos, yo sí le sabía. El pedo fue que ese día me dejaron casi todo el partido en la banca. Chingado, ‘mbre.
Finalmente, los resultados llegaron. Solo una amiga y yo habíamos pasado a la prepa 1. Las demás tendrían que irse a un CONALEP. Ni pedo, yo les dije. Pero siempre estaban mamando con dejar todo a última hora y copiándome la tarea.
Para disminuir la tristeza, nos dedicamos a ir a cuanto XV años se nos atravesó. Todas tuvieron uno, yo cumplí los 15 cuando recién entré a la prepa. En mi video de XV aparece Mari cargando a su bebé, bailando con Rey, felices.
Mamá seguía frecuentando a Tere y nos cagaba. Ahora sí juzgaba yo también como loca y marimacha a Tere. Con el tiempo, Mari encontró más cosas en común con mi madre que conmigo. Ya no gritaba: Liliiiiiiii. Si no: Señora, Anaaaaaa. Ni modo. Las cosas eran así y siguieron siendo así cuando llegó el segundo bebé.
Mi infancia de paseos vallenatos comenzó a avergonzarme. Todo en mí era vergüenza: la soledad –me había quedado sin amigas–, el desamparo –se deshizo el equipo de futbol–, la familia –ahora yo también me metía al ring–, la pobreza, la comida, mi cuerpo, mi ropa, las deudas.
Esa etapa culminó en una depresión de la que no me pude levantar hasta después de 13 años, cuando ya no vivía en Apodaca y me había mudado a un departamento en Monterrey.
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Entré a la universidad y a los 19 años hui de casa con un estudiante de Sociología; después de unos meses regresé a mi casa.
A los 21 años volví a huir, luego de aceptar que no importaba si lo deseaba con mucha fuerza: papá no iba a amanecer muerto por una congestión alcohólica ni nada ni nadie iba a convencer a mi madre de divorciarse de él.
Me fui triunfante. ¡Ahí se ven, pendejos! El respeto me lo había arrancado con una navaja con la que me cortaba, asfixié al respeto con un cable amarrado al cuello, me bebí al respeto mezclado con una caja de medicamentos que me dejó en un manicomio.
El respeto, de hoy en adelante, iba a marcarse en mi memoria con la herradura del cariño antiguo de mis amigas. Mari y yo bien tumbadas con los huevos en la mano. Las Libres y Lokas abrazándose luego de meter un gol.
La Casa del Peregrino, en la alcaldía Gustavo A. Madero, CDMX, recibió a la tercera caravana migrante el 19 de noviembre del 2018. Sentados en el callejón hacia la entrada principal, los jóvenes centroamericanos reviven las promesas con las que abandonaron sus hogares. Kevin busca esos recuerdos en el cielo; entorna los ojos oscuros como obsidiana y ahoga un suspiro con sus palabras: “Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver”.
Baja el rostro impasible a lo que relata, parece ofuscado por el sol y la violencia de su natal El Salvador. Tiene veintiún años, pero los pómulos quemados, las mejillas demacradas y sus manos encallecidas lo envejecen prematuramente. “Nadie se pone a ver las necesidades que uno tiene”, dice mientras mueve la cabeza de lado a lado.
“En mi país me tachan de delincuente solo por quedarme en sexto grado. Ellos solo ven lo muy [sic] que está a la vista.” Se mira las manos, usa sus uñas para arrancarse las ampollas de la albañilería, esa piel muerta que le dejó el crimen organizado cuando asesinaron a sus padres y se vio obligado a abandonar sus estudios. Bajo el techo de su abuela, Kevin, con apenas 12 años, se convirtió en “la cabecilla” de su familia, a cargo de sus tres hermanos menores.
“Uno necesita derechos”
Cuando Kevin —cuyo apellido prefirió no revelar— habla de la violencia y la corrupción, lo hace con hartazgo, como si en ese momento enlistara los nombres de los 2 mil 400 desaparecidos y 2 mil 514 personas asesinadas en El Salvador en 2018; su voz se desgasta al final de cada palabra, como si fuera un niño a punto de romper en llanto.
Cambia de tono para descubrir la pasión que lo ha acompañado durante 1685.6 kilómetros de carreteras: “así como me ves vestido, a mí me gusta el rap”. Acomoda hacia atrás su gorra descosida y frota con cautela sus pantalones rotos. “Incluso he creado una canción, pero me falta unir más cosas que he escrito”. Contempla tres años de escasez, la anáfora que aún parece repetir.
Soslaya la mirada, choca contra los huesos salidos que tiene por piernas. “A veces se come, a veces no”; los estornudos y charlas de los demás se interrumpen. Kevin retoma el momento en que vivió de la albañilería, la época en la cual ese vacío ineludible en su estómago lo hizo trabajar, consciente de que, pese a sus esfuerzos, nunca podría mejorar su casa “hecha de palos”.
“Uno necesita derechos”, dice y guarda silencio. Recargado en la pared de una miscelánea, el joven salvadoreño compara las casas de alrededor: las paredes de concreto contra el adobe de su niñez. El margen injusto agrava la noción de su país marcado por la “corrupción” irreversible de sus gobernantes y la “indiferencia” de sus compatriotas. El resultado, una valoración increíble: “México se mira bonito. Hay unión. Aquí reina la paz”.
Fachada de la Casa del Peregrino.
El oro para los migrantes
El viento húmedo de Quintana Roo envolvía la espalda sudorosa de Kevin. Perdía tanta agua como había tomado. Avanzaba temeroso porque sus compañeros le habían dicho que en México no trataban bien a las caravanas. A lo lejos una muchedumbre salió de las casas aledañas, se acercaban por la carretera, fundiéndose con el espejismo del sol. El chico aceleró el paso, pero una mano lo tomó por el hombro.
—Aunque sea esto. No es la gran cosa, pero así les ayudo —la señora extendió la mano, cargaba una bolsa llena de agua.
“Eso fue como oro”, así se refiere a sus primeros instantes en México. Sin embargo, la percepción de la población mexicana sobre los migrantes despierta recelo. “Una señora me dijo que por qué habíamos hecho protesta cuando habíamos tocado tierra mexicana”, continúa en voz baja, como quien quiere evitar prejuicios, “le respondí que no fue protesta, simple y sencillamente hacerle ver a México que venimos con la mente de querer salir de la violencia”.
Atropella sus palabras al hablar más rápido, arroja escenas de su viaje hasta que una lo detiene: “en el camino hubo niños que quedaron en el río”, uno de los tantos destinos de los sin opción, las personas sin documentos como Kevin, que fuera de sus países son seres ilegales y, en el peor de los casos, inexistentes, pues no pueden siquiera comprobar que nacieron o que tuvieron un hogar.
“Yo quisiera estar en mi país. Tengo a mi hijo, a mi familia, y quiero echarles la mano”, ese es su deseo y quizá la única motivación para huir de las bandas delictivas. “Si ellos te dicen ‘a vos’, es porque a vos te necesitan, y si dices no, atacan a alguien de tu familia”.
Los pies de Kevin conocen cuán lejos puede llegar alguien perseguido. A diferencia de la mayoría de sus compatriotas, espera llegar a Canadá o “hasta donde Dios quiera”. Aunque las promesas para él no tienen valor, las cicatrices de su infancia le enseñaron que “nadie se iría si los gobernantes no dieran la mano a la corrupción”.
La tercera caravana
En 2011 la delincuencia desató el caos en El Salvador: con 4 mil trescientos ocho homicidios, fue el segundo país más violento del mundo. Kevin, en ese entonces de 14 años, vivía con su primera pareja. Cuando una banda criminal que operaba en su barrio llegó a reclutarlo, él se negó a convertirse en asesino; no obstante, y como habría de aprender, al crimen organizado no se le pude negar lo que desea.
Después de una jornada en la construcción, se despidió del maestro de obra, acomodó sus herramientas en la bodega y regresó a casa para encontrar a un visitante recurrente, uno que revestido de rojo cosecha horror donde quiera que va. “Se cobraron con la vida de la persona con la que yo estaba acompañado, duré con ella tres años. Es algo que te pone mal, donde dices: ya no mando yo en mi vida”.
Los años siguientes los sobrevivió con “ganas de querer volar y desaparecer”. Y como si el azar lo tentara, el 13 de octubre de 2018 escuchó que la primera caravana partió hacia Estados Unidos. “Voy a salir adelante”, más que un ideal fue la súplica que lo persuadió a quedarse con su hijo. “Yo sé que voy a salir adelante”, repitió cuando la segunda caravana escapó de su país.
Pero las plegarias se pierden cuando nadie las escucha. La tercera caravana salió de El Salvador el 28 de octubre y un día antes, Kevin alistaba su ropa en el centro de una lona mientras cosía los bordes con puntadas dispares. Le “entró la desesperación”. Ni siquiera las lágrimas de su abuela aliviaron su frustración por la falta de un futuro, la piel endurecida por la muerte.
―No te vayas. ¿Qué vamos a hacer?
―Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver.
Fue difícil para él abandonar a su abuela, “sabiendo que solo me quedaba ella después de mi madre. Es como que veas a tu madre llorar”. Dio sus últimos pasos en casa, encontró a sus hermanos y al verlo entendieron para qué era esa alfombra de rafia que Kevin había conseguido. Le pidieron que se quedara, le preguntaron qué sería de ellos. Así atravesó la puerta para unirse a la tercera caravana; cruzó Guatemala y el sur de México con remordimiento, con la culpa dentro de una lona.
“Todo lo malo, al final es por algo bueno”, aún cree que la travesía lo llevará a un mejor lugar; aunque las malas noticias le pisen los talones. “Me enteré que allá donde yo vivo llegó la criminalidad a sacar a los jóvenes”.
Las calles hacia el refugio.
El horizonte
Pasa el dorso de la mano por su nariz. Las risas de sus compañeros llaman su atención y al voltear, su mirada encuentra la de un niño de diez años, cuyas manchas de tierra en el rostro y el escurrimiento nasal dibujan la ternura de una infancia en persecución.
Pese a “venir solo y sin un cinco”, logró hacer amigos que lo acompañaron en su sueño. Superó con ellos la frontera con Guatemala y juntos enfrentarían México, o al menos eso intentaron. “Al final nos separamos; uno de ellos se quedó en el camino, murió en la frontera de México”, esas palabras enmudecieron las carcajadas, mataron la alegría. “Muchos murieron enfermos, mientras cuidamos a unos, otros fallecían”.
“Gracias a Dios aún me quedan amigos, todos venimos de El Salvador, menos ellos dos: el gordito y el de amarillo”, señala Kevin a un par de muchachos que se esfuerzan para devolverle la sonrisa.
“A mí no me interesa dejar mi vida en el camino, yo lo que quiero es que mi familia pueda salir adelante”. Tensa la mandíbula, cierra los ojos para encontrar su vida a lado de sus hermanos y su abuela, quizá más atrás con sus padres, cuando había “buenos trabajos” y “la gente no tenía que huir de la violencia”; su voz vuelve a ser la del niño al que le cambiaron los muñecos por bultos de cemento y los juegos por trabajo.
Describe el lugar donde creció, en el que “hasta tu propia sombra te traiciona”, donde las denuncias se traducen a penas de muerte para los seres queridos, un abismo en el cual “no se puede confiar en nadie y por ser joven te dicen que harás algo malo”. “Si yo agarré la decisión de venir es porque mi mente ya no aguantaba, ya no quería existir”.
Las personas que Kevin vio le cambiaron la vida, “gente mala como gente buena”, asegura que conoció mejor a los buenos porque le ofrecieron comida y pusieron su mirada en él. “Si no serví de nada allá en mi país, estoy sirviendo en algo ahora: le hago ver a la gente que tiene derechos, derecho a vivir”.
Su cuerpo famélico resistió enfermedades, cargó con los vestigios de su esperanza, con la sombra de su promesa y el designio del dolor para convertir su vida en un mensaje: “nadie nos puede detener, tenemos derecho a buscar ese futuro”. Alza la voz y esta vez no encoge los hombros para ocultarse de quienes lo consideran un invasor.
En Canadá se oculta el sol que persigue, un horizonte donde quiere ayudar a construir casas. “Ves un espacio en blanco y luego hay un hogar”, para Kevin el orgullo hacia su país yace en las herramientas que dejó, sus manos de hierro y madera. También espera encontrar dicha, la que lo desborda a través de sus oídos. “Puedo tocar guitarra, teclado y batería, estuve en un ministerio de alabanza cuando era niño”.
“Si me quieren regresar, mejor digo, ‘Dios, mejor me tiro y déjame aquí’, pero hay algo en mí que me impulsa a avanzar”. Hay casos aislados, supo de un hombre que pasó preso los últimos años y logró establecerse en Estados Unidos. Es un recordatorio o Kevin así lo asume. “Huyes de la violencia. Allá te tratan como delincuente”.
“Si logro traer a mi hijo, mis hermanos y mi abuela, ¿a qué regresaría a El Salvador? A revivir momentos duros”, me responde cuando le pregunto si volvería a su país. El migrante no solo huye de la violencia, sino del pasado, de las heridas que se hacen más profundas por cada sepulcro de un amigo, con cada infancia ilegal, con cada lágrima desde casa y, en su caso, con “las llagas en los pies de tanto caminar”.
“Creo que todos somos hermanos, entendemos, tenemos corazón”, y dentro del suyo, los latidos componen rimas. Ni la intolerancia ni la miseria las interpretan, son las voces de los desplazados quienes se unen a Kevin y aportan un verso desde el alma, una consigna que los migrantes cantan en diferentes lenguas a través de las fronteras:
La monumental Historia de la sexualidad es tal vez una de las obras más nombradas de Michel Foucault, pero también la más incomprendida; en parte, esto puede tener que ver con los devenires del proyecto, el último de esta magnitud que el filósofo llegó a encarar antes de su muerte en 1984.
Según el especialista Arnold Davidson[1], la contratapa del primer tomo de la Historia de la sexualidad (La voluntad de saber, 1976) anunciaba cinco volúmenes más: el segundo, “La carne y el cuerpo”, se ocuparía de la prehistoria de la sexualidad moderna y la problematización de la sexualidad en el cristianismo temprano; el tercero, “La cruzada de los niños”, discutiría la sexualidad infantil; el cuarto, “Mujer, madre, histérica”, los modos específicos que había tomado el cuerpo femenino en la sexualidad; el quinto volumen se titularía “Pervertidos”, y se ocuparía de esa forma de la subjetividad, y el último, “Población y razas”, tomaría esos dos temas en conexión con la historia de la biopolítica.
Ninguno de esos libros vería la luz: lo que en un principio iba a ser una historia del pasado reciente se convirtió, en los siguientes dos tomos que Foucault publicó en vida (El uso de los placeres y El cuidado de sí mismo), en una exploración del modo en que los discursos sobre la sexualidad se fueron articulando durante la antigüedad clásica.
Las histéricas, los pervertidos y los niños que se masturban quedarían en el tintero para siempre, pero el tercer milenio sí nos trajo un premio consuelo: Las confesiones de la carne, el cuarto libro de la Historia de la sexualidad, publicado en francés en 2018 y en español en 2019 por la editorial Siglo Veintiuno.
Es conocido el rumor —investigado y confirmado por el historiador John Forrester[2]— de que Foucault dijo muchas veces, por escrito y también en comentarios a sus amigos, que no quería publicaciones póstumas. Sin embargo, numerosas conferencias y entrevistas al autor fueron publicadas después de su muerte: varias compilaciones de trabajos breves previamente inéditos han circulado tanto en francés como en inglés, español y otros idiomas.
Los editores venían escudándose en que estos textos eran transcripciones de charlas pronunciadas en vida del autor, y por eso no eran exactamente publicaciones póstumas; es el caso, por ejemplo, de las célebres conferencias en el Collège de France, aunque es complicado afirmar, por ejemplo, que Un peligro que seduce (una larga entrevista que el crítico literario Claude Bonnefoy le había hecho a Foucault y que jamás había sido publicada ni exhibida por ningún medio antes) cayera dentro de esta “excusa”.
La publicación de Las confesiones de la carne parece también difícil de incluir en esta categoría, pero en este caso la explicación elegida por los editores y albaceas fue otra: desde que Daniel Defert, compañero de larga data del filósofo, vendió los archivos de Foucault a la Biblioteca Nacional de Francia en 2013, este material estaba disponible para la consulta de especialistas.
Defert y los familiares de Foucault decidieron que era importante también que pudiera leerlo una audiencia más amplia. Más allá de la voluntad del autor, podemos decir que es una suerte que lo hayan hecho, y que tenían razón: es un texto importante para la comprensión de la obra de Foucault y de sus planteamientos sobre la sexualidad humana.
Las confesiones de la carne —reconstruido a partir del manuscrito de Foucault y también de una primera versión ya revisada por el editor— cierra en algún sentido el círculo abierto desde el primer tomo, ese que Foucault había pensado en completar de otra manera.
En La voluntad de saber el foco del filósofo había estado depositado en las concepciones de la sexualidad que circulaban en su propia época o, más bien, en el modo sesgado en que su época leía a las anteriores: Foucault había querido poner en tensión lo que él llamaba “la hipótesis represiva”, es decir, la idea de que durante la etapa victoriana el sexo había sido reprimido (“de eso no se hablaba”) y que antes de esa época “cierta apertura” respecto de la sexualidad todavía era común; en la hipótesis está implicado que somos hijos de esa represión y debemos trabajar para liberarnos de ella hablando de sexo cada vez más, como si fuera una especie de causa noble.
En las palabras de Foucault contra esta creencia pueden leerse con claridad tres adversarios: cierto sector del psicoanálisis —no es para nada neutral su decisión de llamar a esta consigna “la hipótesis represiva”—, algunos pensadores marxistas —que sostenían que la sexualidad había sido reprimida con el advenimiento del capitalismo, para explotar más eficientemente a los obreros— y también corrientes vinculadas al amor libre e incluso, quizá, al feminismo.
Para Foucault, los habitantes del siglo XX tardío sostenemos la hipótesis represiva en parte porque nos conviene: nos permite construir un otro —los victorianos, esos burgueses hipócritas— que tenía su sexualidad contenida para afirmar que la nuestra es más subversiva solo porque la nombramos.
Nos permite creer la ficción de que ahora que hablamos más de sexualidad desentrañamos su verdad oculta, sabemos más, somos más avanzados, transgresores, mejores, solo por el hecho de producir discursos sobre sexo. La hipótesis represiva vendría a ser optimista para con nosotros mismos; el modo en que Foucault la pone en cuestión es sutil y oblicuo.
Foucault no pretende negar la hipótesis represiva y afirmar su contrario: lo que le interesa es, en primer lugar, mostrar que la moral de la burguesía victoriana no salió de un vacío, sino que tiene muchas continuidades con las épocas que la precedieron (y que estuvieron lejos de ser paraísos de la libertad sexual); en segundo lugar, desconfiar de la novedad que representa este supuesto discurso contemporáneo de la apertura sexual respecto del que manejaban los victorianos; y, sobre todo, mostrar que los victorianos —como los griegos de la antigüedad clásica que Foucault enfocará en los tomos II y III, y los cristianos que protagonizan el cuarto tomo— produjeron una cantidad enorme de discurso sobre sexo.
La hipótesis represiva para Foucault representa una paradoja: una sociedad que constantemente se castiga por no hablar lo suficiente de sexo, pero que no puede parar de producir discursos sobre él. Lo que propone Foucault es un corrimiento de la pregunta histórica: ya no pensar en por qué el sexo se silenció, sino en qué términos efectivamente sí se habló de sexo —con qué asociaciones simbólicas, en qué contextos, en qué marcos conceptuales— en la era victoriana y en épocas anteriores.
Los dos siguientes tomos que Foucault publicó en vida se ocuparon de la antigüedad clásica. Foucault explica, al comienzo del segundo tomo, que “sexualidad” es un término históricamente situado, que no apareció hasta el siglo XIX, que representa un tipo particular de experiencia: y que utilizarlo para nombrar una constante ahistórica es en el fondo un error conceptual grave.
Los griegos y los romanos no atravesaron esa experiencia, sino otra, que Foucault dará en llamar aphrodisia. En Las confesiones de la carne, la serie se completa con la experiencia que se tematizó en la Edad Media, que no serán los aphrodisia ni la sexualidad sino, justamente, la carne.
Para Foucault una experiencia no es un catálogo de prácticas o un código de conducta, sino una relación particular entre el conocimiento, la normatividad y la subjetividad en una cultura específica: un tipo de relación con la verdad y con la ley en la que los sujetos de una cultura se constituyen y se reconocen. Esto, que Foucault ya había querido explicar en sus tres tomos anteriores, queda más claro que nunca en Las confesiones de la carne.
Foucault analiza textos del cristianismo temprano como El pedagogo de Clemente de Alejandría y los compara con escritos paganos contemporáneos o apenas anteriores para mostrar que la conducta que predicaban los cristianos no era demasiado diferente de la que habían ordenado los filósofos paganos: la diferencia entre los aphrodisia y la carne no es que los cristianos propongan un código de prácticas sexuales mucho más restringido, sino que la carne implica una nueva clase de experiencia.
“La ‘carne’”, escribe Foucault, “debe comprenderse como un modo de experiencia, es decir, como un modo de conocimiento y transformación de sí por uno mismo, en función de cierta relación entre supresión del mal y manifestación de la verdad”[3].
Y por si no quedara claro, agrega: “Con el cristianismo no se pasó de un código tolerante con los actos sexuales a uno severo, restrictivo y represivo. Hay que concebir de otra manera los procesos y sus articulaciones: la constitución de un código sexual, organizado en torno del matrimonio y la procreación, se inició en gran medida antes del cristianismo, al margen de él, a su lado. El cristianismo, en lo esencial, lo hizo suyo. Y en el transcurso de sus transformaciones ulteriores y por medio de la formación de ciertas tecnologías del individuo —disciplina penitencial, ascesis monástica— se constituyó una forma de experiencia que puso en juego el código de una nueva manera y lo llevó a cobrar cuerpo, de un modo muy diferente, en la conducta de los individuos”[4].
La carne establece dos formas de vida posibles, sobre los que discurren los dos capítulos fundamentales del libro: “Ser virgen” y “Estar casado”.
En “Ser virgen” Foucault da cuenta de una serie de asociaciones que en principio no nos sorprenden: la vindicación de la virginidad o la continencia definitiva está en el cristianismo primitivo vinculada a la pureza, a una idea de la vida material como algo sucio (“del bautismo a la resurrección, la virginidad pasa a través de la vida sin que su suciedad la toque”[5]) y también al desprecio de las mujeres (“sus celos, su avidez, su inconstancia”[6]).
Sin embargo todas estas nociones relativamente conocidas Foucault las muestra en una luz diferente: para el filósofo la novedad no se encuentra en la práctica de la virginidad —que ya existía entre los filósofos paganos—, sino en el valor extremo que el cristianismo deposita en ella y que, paradójicamente, “implica una estimación considerable de la relación del individuo con su propia conducta sexual, porque hace de esa relación una experiencia positiva dotada de un sentido histórico, metahistórico y espiritual. Aclaremos bien las cosas”, escribe Foucault: “no se trata de decir que hubo una valorización positiva del acto sexual en el cristianismo. Pero el valor negativo que se le atribuyó tan visiblemente forma parte de un conjunto que da a la relación del sujeto con su actividad sexual una importancia en la que la moral griega o romana jamás habría pensado”.
Así, Foucault muestra cómo en el cristianismo y su mística de la virginidad se origina “el lugar central del sexo en la subjetividad occidental”.[7]
Sobre el matrimonio en el cristianismo primitivo existen muchos menos tratados que sobre la virginidad. “No hay arte, no hay techne de la vida matrimonial”[8] si se exceptúa el capítulo de El pedagogo analizado en la primera sección del libro.
Sin embargo, a medida que las comunidades cristianas van creciendo, aparece la necesidad de definir las reglas y prácticas que deben aplicarse para que la menos ascética de las formas de vida habilitadas por el cristianismo (es decir, estar casado) “no quede apartada de todo valor religioso ni privada de la esperanza de la salvación”[9].
Así, lenta y casi silenciosamente, se va autorizando finalmente un arte (en el sentido de una techne, como suele utilizarlo Foucault: una tecnología del sujeto) de las relaciones entre marido y mujer “que compite con la techne de la existencia virginal y, sin jamás pretender estar a su altura, en cierta medida la alcanza”[10].
El contenido de esta techne no es tampoco particularmente sorprendente: Foucault enumera el principio de la desigualdad natural entre el hombre y la mujer, el principio de complementariedad que da un contenido “positivo” a esa desigualdad natural, el principio de deber de enseñanza ligado al pudor (que el hombre debe enseñar a la mujer), el principio de la permanencia y reciprocidad de vínculo y el principio del lazo afectivo que constituye a la vez la meta y la condición permanente del buen matrimonio.
Así y todo, las lecturas de Foucault de estos textos nunca dejan de sorprender por su sutileza y lucidez, como cuando, comentando una serie de textos de San Juan Crisóstomo sobre el matrimonio, el filósofo descubre que la procreación tenía para Crisóstomo un rol más bien secundario entre los objetivos de esa institución y sacramento. Aparece, sí, pero poco, y cuando lo hace es de forma explícitamente secundaria respecto del verdadero objetivo del matrimonio: impedir la fornicación y garantizar la continencia.
Las confesiones de la carne, como el resto de los tomos de la Historia de la sexualidad, está lejos de ser una lectura erótica en el sentido literal: no encontraremos en ella descripciones del modo en que las personas de hecho tenían relaciones sexuales en otras épocas, ni catálogos de prácticas o de posiciones. Sin embargo, sí es una lectura fascinante de las maneras en que los primeros autores del cristianismo fueron produciendo formas de pensar el deseo que todavía hoy están a la base de nuestra cultura occidental y nuestra propia educación erótico sentimental.
Aparece algo íntimo, una relación amorosa con el lector, en esa forma siempre irónica pero seria en que Foucault lee a estos padres de la Iglesia: una búsqueda del doblez, no ya de aquello que quisieron “reprimir”, sino más bien de eso que en sus textos los deja en evidencia, casi desnudos, ante nosotros sus descendientes.
[1] Davidson, Arnold, “Ethics as Ascetics: Foucault, the History of Ethics, and Ancient Thought”, en Gutting, Gary (ed.), 2006, The Cambridge Companion to Foucault, Second Edition. Cambridge: Cambridge University Press.
[2] Forrester, John, “Foucault’s Face: the Personal is the Theoretical”, en Faubion, James D. (ed.), 2014, Foucault Now. Current Perspectives in Foucault Studies. Cambridge: Polity.
[3]Foucault, M., 2019, Historia de la sexualidad 4. Las confesiones de la carne, Buenos Aires: Siglo XXI Editores, p. 70.