Tierra Adentro
Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

YO SOY MI MEMORIA: ENTREVISTA A MIGUEL LEÓN-PORTILLA

El 5 de junio de 2017 tuve la oportunidad de entrevistar a Miguel León-Portilla en la sala de El Colegio Nacional donde se exhiben los retratos de los miembros fallecidos según el orden de su defunción.

La liturgia de El Colegio Nacional, promovida desde sus inicios por Diego Rivera, estipula que, al cumplirse un año de su fallecimiento, se devele un retrato del miembro en cuestión y se coloque en el último lugar disponible.

Cuando los miembros sesionan, la sala de retratos se transforma en comedor, y ahí, en una esquina de la mesa bajo las miradas de Rufino Tamayo e Ignacio Bernal, acercaron a don Miguel en una silla de ruedas. El semblante serio se convirtió en una sonrisa afable.

Se disculpó por tenerme esperando y me extendió una mano amoratada; hacía no mucho que había estado hospitalizado y hubimos de posponer nuestro encuentro. Pidió unas galletas como colación y me preguntó para qué medio iba dirigida la entrevista.

Le contesté que estaba trabajando en un proyecto para la editorial de El Colegio Nacional y que me interesaba saber, por simple curiosidad, algunos detalles sobre la fundación y la historia del mismo que sólo él podría proporcionarme.

El hielo se rompió inmediatamente y los papeles comenzaron invertidos: don Miguel me preguntó a qué me dedicaba, dónde había estudiado y cuáles eran mis líneas de investigación.

Hablamos entonces de mi formación filosófica –estudiaba entonces el primer año de la maestría en la Universidad Iberoamericana–, de la obra del cardenal Newman y de sus inicios como académico en los años setenta.

No debió ser fácil ingresar en un ambiente académico como el mexicano con una tesis tan controvertida como la posibilidad de una filosofía náhuatl, siendo además tan joven.

Nadie se imagina que sí me dolían las burlas a mi idea de una filosofía náhuatl, sobre todo porque cuando uno es joven no tiene, digamos, un respaldo y lo necesita para desarrollarse profesionalmente. Me hicieron creer que estaba chiflado. Algunos académicos, con una actitud que hoy reconozco como racista, incluso se indignaron: “¡Ahora resulta que los indios piensan y hasta eran filósofos!”.

Yo tuve la enorme fortuna de contar con la ayuda de Manuel Gamio y del padre Ángel María Garibay. Sus personalidades eran muy distintas: Gamio –quien, por cierto, era mi tío, porque se casó con una hermana de mi padre– era un hombre muy sencillo y bondadoso, nos organizaba días de campo en lugares arqueológicos dentro de la Ciudad de México, como Cuicuilco, que en ese entonces, cuando yo era niño, no se parecía en nada a lo que es hoy, y nos explicaba en un lenguaje muy claro lo que debíamos saber de nuestra cultura.

Al padre Garibay, por el contrario, lo recuerdo con mucho cariño, pero siempre malencarado [risas]. Lo conocí, de hecho, por Manuel Gamio, a quien escribí a principios de los cincuenta para preguntarle si conocía al padre Garibay, porque cuando estaba estudiando la maestría en California me encontré con unas traducciones del náhuatl que fueron para mí una revelación. Me contestó que sí y ya estando en México lo fui a ver.

Y esta anécdota la he contado varias veces: que me miró fijamente cuando le dije que me interesaba trabajar con él los temas sobre los que estaba publicando –a lo mejor fueron solo unos segundos, pero me parecieron eternos– y me preguntó si sabía náhuatl. “Pues no, la verdad, no”. “Pues no sea como esos que dizque estudian a los griegos sin saber griego, o a los alemanes sin saber alemán, inscríbase al doctorado en Filosofía y Letras y entre a mis clases, pero si veo que no avanza, le pediré que se retire, no me gusta perder mi tiempo”.

Pues no me quedó de otra más que estudiar náhuatl, y conforme avanzaba me di cuenta de la enorme, enorme riqueza que encerraba el pensamiento náhuatl. La Llave del náhuatl, del padre Garibay, fue mi libro de cabecera.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Resulta extraño que, en un contexto en el cual los intelectuales en México se preguntaban sobre la constitución de la identidad mexicana –pienso en el grupo Hiperión, Octavio Paz o Elsa Cecilia Frost–, la idea de estudiar a fondo el pensamiento náhuatl haya causado incluso indignación en algunos.

Fue el choque de dos epistemologías. Por una parte, la tradición filosófica occidental no se había desprendido de una epistemología aristotélica; por parte de la filosofía náhuatl, por poner un ejemplo concreto, no existe un término similar a “la verdad”, sino más bien hablan de “raíz”.

En la filosofía náhuatl encontramos la convergencia de la naturaleza con la cultura; de la naturaleza, de las raíces con las que se hunde, obtenemos no solo sustento, sino conocimiento. Por eso digo que la indignación tuvo que ver con este choque epistemológico.

Aunque el tiempo acomodó las cosas: yo nunca esperé que mi obra, habiendo tenido los detractores que tuvo cuando empezaba a publicar, hubiera tenido el éxito que hoy veo no solo en México, sino en otros países.

Además –y esto me parece importante mencionarlo–, me identifico con la escuela indigenista de Manuel Gamio, en el sentido de que mi incursión en la cultura náhuatl no fue la de un ratón de biblioteca. Él decía que estudiar la cosmovisión indígena no quería decir adoptar una actitud melancólica o enfocada solamente al pasado, sino voltear a ver a los indígenas del presente.

Y es que, yo pienso, si no adoptamos frente a nuestros indígenas, hoy en día, un compromiso por preservar su lengua, sus tradiciones, su visión del mundo, si no defendemos como nuestros sus derechos y sus causas, corremos el riesgo de perder nuestra historia, y con ella, todo lo que somos.

El Colegio Nacional ha hecho una labor extraordinaria al publicar sus obras en varios tomos, lo que ha permito a muchas personas acercarse a ellas. A propósito del compromiso que menciona para con los pueblos indígenas, ¿cuál le parece que es el papel que debe desempeñar El Colegio Nacional en la cultura y la ciencia del México del siglo XXI?

El mismo que tenía en mente Orozco cuando plasmó un águila en el escudo de El Colegio: tener una altura de miras tal que la difusión de las ciencias y las artes contribuya al fortalecimiento de nuestro pueblo.

O pensemos en el maestro Antonio Caso, que concibió originalmente la idea de fundar un Colegio Nacional, similar al Colegio de Francia.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Otra hipótesis sugiere que la idea original fue de Ignacio Chávez, cardiólogo del presidente Manuel Ávila Camacho, a quien le habría propuesto fundar El Colegio.

No creo que haya sido así. Los documentos y los testimonios que he investigado apuntan a Antonio Caso como el autor intelectual de este Colegio. Esto, sin embargo, no excluye la hipótesis –como usted la llama– de que Ignacio Chávez haya influido en el presidente Ávila Camacho, precisamente por la relación que usted menciona.

Además, resulta conveniente traer a colación la labor del maestro Caso como el principal de los miembros fundadores, pues no solo sentó las bases de El Colegio, sino que incluso, después de su muerte, dejó huella entre nosotros. Con él se inició esa tradición de hacer un homenaje póstumo a cada miembro, en el cual sus colegas pronuncias un discurso y se devela un retrato como los que vemos aquí –en su caso, el autor fue Orozco–.

Me gusta pensar en estos homenajes como una continuación de la discusión colegiada. El Colegio Nacional se debe al país, y su papel como institución divulgadora del saber me parece importantísimo recordar y revalorar.

¿Qué opinión tiene de quienes acusan a El Colegio Nacional de ser una institución que no representa la cultura mexicana, habida cuenta del escaso número de mujeres que lo integran?

No puedo hablar en nombre de El Colegio, sino a título personal. Es verdad que ha habido muy pocas mujeres y, en ese sentido, no podemos hablar de una verdadera representación, digamos, en términos de género. Pero tampoco creo que debamos elegir a partir de ahora solamente a mujeres, pues el criterio de elección siempre tiene que ser la excelencia, la calidad de las personas –artistas, académicos, etcétera– que, por formar parte de El Colegio, tendrán la responsabilidad de divulgar las innovaciones y los avances de sus disciplinas.

Niega usted que El Colegio Nacional sea una institución misógina.

Así es.

Mire –y repito que hablo a título personal–: yo pienso que el escaso número de mujeres en El Colegio se debe al escaso número de mujeres, comparado con el de los hombres, a las cuales la sociedad y la cultura en México les ha permitido desarrollarse profesionalmente.

Y yo, si de algo estoy orgulloso, es de haber sido el primero que, tanto aquí como en la Academia Mexicana de Historia, propuso y apoyó la candidatura de las primeras mujeres. En el caso de la Academia Mexicana de Historia, logré el ingreso de Clementina Díaz y de Ovando; en los ochenta propuse para El Colegio Nacional a Beatriz Ramírez de la Fuente, ¡y cómo me costó convencerlos!

Para algunos quizá no se trataba de misoginia, sino que pensaban que El Colegio debía ceñirse a una tradición en la cual solo figuraban hombres. Aquello me parecía absurdo, y por fortuna Beatriz ingresó.

A ellas las menciono por poner dos ejemplos de candidaturas de mujeres pioneras en sendas instituciones, pero lo mismo puedo decir de Elsa Cecilia Frost, a quien tanto aprecié y admiré, cuya candidatura promoví en la Academia Mexicana de la Lengua, y de Concepción Company, para El Colegio Nacional.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Muchos nos preguntamos por qué personajes como Rosario Castellanos o Salvador Novo no formaron parte de El Colegio Nacional.

Bueno, las candidaturas se proponen desde los mismos miembros. La mayoría de las veces se trata de discípulos o colegas, y su candidatura se somete a votación. Tanto en el caso de Rosario Castellanos como en el de Salvador Novo, no recuerdo que alguien los haya propuesto, o sea, no hubo ningún tipo de bloqueo o algo así, solo no se propusieron.

No que yo recuerde: yo ingresé en El Colegio en 1971 y ellos murieron en 1974. A Novo, sin embargo, lo traté mucho. Lo conocí la primera vez que fue al seminario de cultura náhuatl que dirigía el padre Garibay.

¡Salió encantado, maravillado! Y a la siguiente sesión llegó con Dolores Olmedo, quien lo acompañó en otras ocasiones.

Con la personalidad tan excéntrica de Salvador Novo, ¿se entendió bien con el padre Garibay?

Novo era muy efusivo en sus expresiones y solía referirse al padre Garibay con superlativos que le resultaban chocantes: “Amadísimo padre”, “reverendísimo padre”, “queridísimo padre”, “mi bien amado padre”, hasta que llegó el día en que aquél le contestó: “Bueno, ¡ya! ¡Nomás dígame padre!” [risas].

El padre Garibay tenía su carácter, pero era un buen hombre, muy respetuoso. Por poner un ejemplo: yo pienso que intuyó mis reservas en lo que respecta a las creencias religiosas, pero nunca me dijo nada sobre eso.

Recordar a Novo es recordar a un hombre con una chispa increíble para transformar cualquier momento en algo chusco. En la Academia Mexicana de la Lengua solíamos sentarnos juntos él, Andrés Henestrosa, el padre Garibay y yo, y les decía a todos que en ese lado de la mesa nos sentábamos “los de la indiana” [risas]. Y sí: nos unía un profundo amor por las cultura indígenas de México.

¿Cómo concibe el futuro de El Colegio Nacional?

Productivo.

En El Colegio somos conscientes del surgimiento de otras disciplinas científicas y artísticas que debemos incorporar. La gente merece estar informada de áreas como la ecología o el cine, por mencionar dos que no han estado bien representadas hasta ahora.

Por ejemplo, están comentando lo conveniente que sería incluir a un cineasta como Alfonso Cuarón, y a tantas otras personas que podrían enriquecer este Colegio.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Sobre las candidaturas, ¿le parece que el proceso de elección de los miembros da pie a pensar que existen cotos de poder o una mafia en El Colegio Nacional?

Todo se puede mejorar, siempre. Si la gente así lo pide, no veo por qué no transparentar el proceso de selección de los candidatos. Repito: El Colegio se debe a la nación.

Aunque, en ese caso, poco podemos hacer los miembros, porque no tenemos facultades para modificar los estatutos. Para eso habría que acudir a otras instancias del gobierno.

Lo que sí hay en El Colegio Nacional son rencillas, discusiones a veces subidas de tono. Cosa que me parece muy sana. Si no las hubiera, un discurso hegemónico terminaría por corromperlo.

¿Vio usted el elevador de aquí a la vuelta? Es conocido por haber sido escenario de una bronca entre dos sorjuanistas, Octavio Paz y Antonio Alatorre.

Esto por decir, insisto, que las discusiones son necesarias para mantener con vida una institución como ésta.

Los miembros habían terminado de sesionar y entraron haciendo un alboroto en la galería que hacía las veces de comedor. Quise despedirme de don Miguel para no interrumpir la comida, pero me tomó del brazo y me preguntó si me apetecía quedarme a comer. Rojo de pena, le dije que sí, y le pidió entonces a un mesero que pusiera un servicio más.

Y ahí, en la cabecera de la mesa, me presentó a Javier Garciadiego y a María Elena Medina Mora, sentados uno al lado y otra en frente de él. Le pregunté a don Miguel si ya había pensado publicar sus memorias.

Estoy trabajando en eso –me contestó–. Las titularé Yo soy mi memoria. ¿Qué es uno si no eso, verdad? Pero luego le cuento más, mire, pruebe esa morcilla. ¡Está buenísima!


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Ilustración por Valeria Álvarez.

What lives that does not live
from the death of someone else?

L. Compton, Nekromantik

 

Me gustarían mucho sus ojos en blanco, sus labios mudos,
su sexo glacial, ojalá estuviera usted muerto.
Por desgracia, tiene el mal gusto de estar vivo.

Gabrielle Wittkop, El necrófilo

 

 

No deja de sorprenderme cómo, a través de un pequeñísimo orificio, se pueden filtrar fragmentos de la vida o la muerte privada de quién sabe qué latitudes del mundo hasta ésta.

Por eso una cinta negra cubre la webcam de mi laptop, para evitar ser observada. Me aterra la sola idea de que alguien se cuele de la misma forma en mi intimidad, que invadan mi espacio con voracidad y morbo, ¡yo soy entrometida por una cuestión científica!

Desde que trabajo en casa, empecé a dedicar un par de horas a la semana a visitar la misma página en internet. Lo hacía por periodos restringidos porque era consciente de que no podía destinar a ese hobby un porcentaje tan alto de mi dinero y tiempo, hasta que encontré un sitio que ofrecía descuentos para acceder sin restricciones a cambio de una cantidad fija mensual.

Al final decidí comprar BlackShades, el creepware que se hizo famoso cuando se descubrió el caso de Cassidy Wolf, esa modelo adolescente a la que uno de sus compañeros de la facultad espió desde su webcam durante un año entero. Pero no tardó en volverse monótono. Ver tener sexo a las mismas parejas o la vida ordinaria de personas solitarias, tener conversaciones por Skype o masturbarse con pornografía llega a ser muy rutinario, así que probé con otro software espía.

Ilustración por Valeria Álvarez

Ilustración por Valeria Álvarez

Contacté a un cracker experto en el asunto. Cuando le dije que me interesaba ver dormir a la gente, me habló sobre el canal Sleeping Squad, pero las personas eran conscientes de que eran observadas, y eso mató mi curiosidad. Entonces me recomendó el Pandora RAT. Aunque no tiene la opción de ruleta del Chatspin, esa aplicación de videochat en la que puedes elegir entre un sinfín de cámaras, era suficiente un segundo para saber si la persona dormía o no.

Por lo general, tardo menos de una hora en localizar el objetivo perfecto: bultos inertes. Apago las bocinas porque lo único que necesito es la imagen, la representación visual excluida, ajena a cualquier otro tipo de contaminación sensitiva, lo que lo convierte en una especie de cine mudo a color.

No me interesa nada ni nadie en especial salvo la quietud de la muerte o su imitación: la inconsciencia, el sueño. Mi objetivo es contemplativo.

En ocasiones siento que estoy ahí, frente a ellos. Incluso me parece sentir su respiración y una breve ráfaga de viento cálido me eriza los vellos de los brazos. Cuando los durmientes despiertan, se pierde el encanto, y regreso a navegar el universo interminable de información disponible a un click de distancia. Así, divagando por la red, siguiendo uno y otro enlace, di con la página de un hombre especializado en las artes adivinatorias y el futuro. En su último video hablaba de la casi imperceptible mancha áurea que aparece sobre la frente de una persona días antes de su muerte, misma que únicamente puede ser captada por cámaras fotográficas o de video.

Esa tarde encontré a un anciano con aquella señal. La coincidencia fue impresionante. A pesar de que el viejo no estaba durmiendo, me cautivó en los segundos que lo vi avanzar, recostarse y cerrar los párpados con placidez. Con él descubrí que la belleza de un cuerpo no radica en la gracia del reposo, en su salud o juventud, sino también en la parsimonia de sus movimientos, en la calma de la existencia y su proximidad con la muerte. Se recostó en el sofá antes del anochecer, y tenía un sueño tan profundo que aunque su brazo izquierdo cayó y su mano golpeó el suelo, él no despertó.

Por una ventana amplia pude divisar algunas palmeras y un cielo despejado. El día claro, el viento, sus bermudas y las sandalias me hicieron imaginar un océano detrás de la casa.

Me fui a dormir y regresé durante la madrugada, poco antes de empezar a trabajar. Revisé la pestaña que mostraba al anciano y noté que, tras nueve horas de un sueño profundo, empezó a desperezarse, era momento de despedirme. Como fue el durmiente más comprometido que encontré durante varios días, cuando apareció de nuevo en mi pantalla registré su IP y, en adelante, iba directo a observarlo en el momento preciso. El hábito que tenía de ver televisión antes de dormir, siempre a la misma hora, se convirtió en mi ritual. La luz clara que inundaba la habitación me otorgaba nítidos detalles de mi durmiente que no podía conseguir con las exiguas luces de las habitaciones de la mayoría.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Pasaron algunas semanas y el único cambio que noté fue que él despertaba cada vez más tarde. Llegué a registrar hasta quince horas de sueño continuo, así que no me preocupé cuando lo descubrí al mediodía en la misma posición que tomó la tarde anterior. Para mi buena suerte era verano, y el viejo estaba en calzoncillos. Digo para mi buena suerte porque él ya tenía algunas horas muerto, y que nada lo cubriera era perfecto para apreciar su putrefacción.

Era un muerto reciente cuyo destino tendría un único testigo. Faces of death, videos y fotografías de las body farms gringas me habían instruido sobre los procesos de descomposición del cuerpo humano. Quería atestiguar desde el principio cada fase por las que pasaba un cadáver, ver los cambios cromáticos de la carne putrefacta de un occiso y su transformación física sin tener que experimentar una oleada de olores penetrantes y vomitivos. Quería atestiguar cómo cientos, miles de bocas diminutas de gusanos que parecen granos de arroz hervido, mordían casi con ternura la podredumbre para reintegrarla al interminable ciclo vital.

Incluso pude experimentar el tacto de hierro, el frío invisible que ya expelía aquel cuerpo pálido de dermis apergaminada y rígida. Unas horas después, desde la pelvis hasta los tobillos, aprecié tenues manchas violáceas. Sus extremidades iban ganando rigidez, lo podía notar al comparar las capturas de pantalla del cuerpo flácido que inició el sueño con la plancha que era ahora.

Aunque la resolución de la cámara no era la mejor, pude identificar, con ayuda de todo el zoom posible, la dureza en sus maxilares. Un par de movimientos veloces de los párpados y la curvatura en las articulaciones de los dedos de las manos me hicieron dudar por un momento sobre su estado, pero me tranquilicé al recordar que los gases producidos por la descomposición hacen que algunos cadáveres realicen movimientos espontáneos.

Debido a la alta temperatura, su rigor mortis desapareció pronto, poco después de las cuarenta y ocho horas. En su cuerpo continuó el proceso de aniquilación usual: los órganos principales del tórax y del abdomen se inflaron por los gases desatados debido a los cambios químicos internos. La actividad de la bioquímica es maravillosa e irrefrenable.

Durante los siguientes días, los tejidos se tornaron lentamente en pastas de colores verdosos y fétidos. Los fluidos almacenados comenzaron a congestionar aquel cuerpo que pronto parecería un globo repleto de helio. Los parásitos necrófagos empezaron a llegar a través de la ventana abierta.

A los cinco días, ya era manifiesta la putrefacción en los tonos aceitunados en su abdomen hinchado, y en su rostro, a pesar de estar de perfil, el cambio era notorio: la piel se tornó negruzca y mechas de cabellos grises yacían en la almohada amarillenta. De sus labios abultados comenzó a escurrir un hilo de sangre negra, su globo ocular derecho, el único dentro del encuadre, parecía una válvula de escape que luchaba por salir disparada para poder liberar todos los efluvios de aquel caldo de bacterias. Por su oído derecho y sus fosas nasales borboteaba una acuosidad amarillenta. El cuerpo esférico corrupto y su espectáculo eran fascinantes.

Me intrigaba que alguno de sus familiares o vecinos no hubiera notado su muerte aún. Si el anciano no vivía en un lugar aislado, entonces a los demás les importaba un carajo que llevara días sin salir de su hogar, y seguramente disfrazaban la pestilencia con un tufo químico y dulzón, asegurando que el hedor venía de una alcantarilla atascada o del vertedero cercano. El sitio debía oler a los mil demonios.

Las larvas que dejaron los insectos lo empezaron a consumir con presteza, como si fuera una carrera contra el tiempo, de celeridad. Mis ojos imitaban esas múltiples mandíbulas que masticaban cada detalle, nos alimentábamos de la podredumbre ajena con rapidez, con temor a que se llevaran nuestro manjar.

Yo, que siempre visto de colores opacos, compré vestidos y sandalias que hicieran juego con las ropas según los tonos del cadáver: morado asfixia, verde enfermedad y amarillo pálido. El primero, parecido a una quemadura de tercer grado; el segundo, como una vesícula enferma, llena de piedras; y el último, muy parecido al color de los sesos hervidos. También solía comprar flores que combinaba con sus matices: de los tonos fríos a los cálidos, y al final, el negro lóbrego.

A los diez días, el Servicio Forense apareció. Lamenté no lograr ver la marioneta perfecta y nívea en la que se convertiría, soporte vano y libre de cualquier revestimiento. Cuando retiraron el cadáver del sillón, sólo quedó una mancha oscura que daba cuenta del proceso, anhelado Sudario de Turín.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Sé que en algún momento terminaré como aquel viejo, y tener esto presente, cercano, hará que la transición sea llevadera. La muerte aterroriza porque es una incógnita. Porque representa la oscuridad, lo desconocido. Y hay cierta probabilidad de revelar ese misterio a través de su contemplación.

Necesito establecer un vínculo con la muerte que vaya más allá de la devoción, estar cerca de ella tras el pequeño muro protector de mi pantalla hasta que me atreva a hacerlo en persona. Analizar los cambios del cuerpo, la transformación de los elementos. Registrar y catalogar decesos fortuitos. Crear mi propia granja de cadáveres.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Valeria Álvarez
(1992, Ciudad de México) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.
Paco Ignacio Taibo II. Eko.

Odio los bailes de quince años, las fiestas con globos, todas las kermesses, las tandas, las pirámides de Amway, los mensajes grabados de los bancos y las ventas de garaje, las reinas de la primavera y los peinados de salón. Sí, lo reconozco, soy una delincuente electoral. Una vez, nomás por chingarme, me iban a elegir reina de la belleza en la secundaria, solo por chingarme porque jamás podría ganar ante las nalgonas del 3º A, y en la noche quemé con abundante gasolina (viva Pemex) las urnas y casi media escuela. No hace tanto tiempo de aquello. Lo recuerdo con nostalgia pirómana.

Odio los funerales, los velorios, las cremaciones, los entierros. No solo por huérfana, también porque ponen en duda mi inmortalidad.

Odio las ensaladas sin proteínas, el brócoli y cualquier pinche cosa que parezca lechuga, que digan lo que digan sabe a papel color verde, los germinados y las virtudes sanadoras del nopal.

Odio la medicina naturista, las piedras de Bach, los horóscopos, el tarot, los libros de superación personal, y sobre todos odio a sus autores y a sus autoras, casta infernal de culeros y culeras, los que te prometen ligarte a la secre del jefe sin que te cache y te lleve la chingada, los que dicen que está en tu profundo interior la manera de triunfar en el capitalismo, los que le recomiendan a un chilango que crea en el Dalai Lama para combatir los efectos del smog. Odio las religiones organizadas, los vendedores de paraísos con y sin huríes, y de pasada a las desorganizadas; odio a los que te dicen con acento chafa brasileño que “pares de sufrir” y a los que prometen curarte de la hepatitis C poniéndote cáscara de aguacate en los ovarios. Odio las peluquerías unisex y las ofertas de telemarketing.

Odio a los agentes de tránsito, que a lo mejor son buenas personas cuando se quitan el uniforme; maldigo las colas de los bancos, odio los pantalones vaqueros con rotitos que simulan la pobreza, porque si fueras pobre como yo lo soy, de vez en cuando les metías costurita para que parecieran nuevos. Aborrezco a los gatos, que nomás andan por ahí para chingar a los perros, abomino de vómito prieto los noticieros de televisión y la televisión en general.

Amo las miniseries y por eso mi tele ni antena tiene, tan solo un dvd enchufado para ver The Wire y Juego de tronos y la francesa Engranages y la sueca Bek.

Amo los chamorros taqueados (sobre todo el chamorro titán cuando está de oferta) y los camarones a la diabla y las quesadillas callejeras de chicharrón prensado, y como todos ustedes pienso que los pastelitos industriales como los gansitos marinela ya no son lo que eran antes, ahora escasos de mermelada y con chocolate pinche por arriba.

Y adoro hacer listas. Me resultan como medio orgasmo. Y las hago al viejo estilo, chupando la punta del lápiz en los momentos de duda, que son más que los momentos de certeza.


Autores
(1949) es un escritor, político y activista de izquierda y sindical hispano-mexicano. Es autor de más de 50 libros, entre los que destacan la saga del detective Héctor Belascoarán Shayne. Es director editorial del Fondo de Cultura Económica.
Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

 33 / Modelo para armar: una mirada al inicio del problema en la política cultural en México

 

López Velarde no se equivocaría al exaltar la condición de la urbe como aquel corazón de la Patria ya ennegrecido por la capas de la sangre que liberales y conservadores habían heredado como ofrenda a la revuelta revolucionaria. ¿Acaso el comenzar el siglo con las veredas de la Revolución no era ya una imagen del porvenir?

Un siglo ha servido para ahondar en las ojeras del tiempo convulso y mortuorio. La memoria como política termina generando prácticas de subversión. Por ejemplo: los recuerdos de las mexicanas son un territorio lúgubre, un vacío, una fosa que reclama los minutos de silencio por la derrota de la libertad, el desasosiego y la búsqueda de las manos maternas que hunden sus dedos en la tierra yerma. La patria pintada se suspende en la memoria, espera a ser destrozada, intervenida por otra revuelta.

La historia de la pintura mexicana se sostiene de manera directa por el contexto que le da origen; este y la memoria  siempre se centran como principios de una escuela pictórica que nació política.

En cada ciclo, las manos que la han construido y destrozado desde el inicio de la nación independiente vuelve a decir algo del principio de la catástrofe; artistas cuyos trazos no han hecho sino establecer rutas, paraísos artificiales para reconocernos o alejarnos o, incluso, buscar resguardo de los fantasmas que amedrentan a fuerza de saqueos y violencia  nuestra identidad.

No es posible dar cuenta de la densidad simbólica de la historia del país y su producción pictórica a través de treinta y tres piezas, pero la historia detrás de cada una de ellas siempre es más compleja y seductora, casi tanto como lo que registra la mirada. Miradas que han sido testigos de las historias y secretos de lo ocurrido en el interior de aquel no-lugar que en mi infancia nos hacia dar una vuelta para no pasar por la casa del presidente en turno.

Cada pintura es única, forma un relato, integra un fragmento de la historia política y cultural del país.

Francisco Toledo, Murciélago / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Francisco Toledo, Murciélago / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

 

Paraísos artificiales

Las convulsiones política y económica que iniciaba en 1993, al termino del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, pusieron en duda la noción de México como una Nación pacífica y renovada. Para nadie resulta ajeno que ese año sería la antesala de las crisis económicas, políticas y sociales que de maneras diversas —las más siniestras y escandalosas— nos situaron en un estado de alerta y duelo constante por las siguientes décadas.

Ese año y década resultan igualmente emblemáticos para el campo artístico mexicano. Luego del boom de la pintura mexicana en el mercado extranjero en los ochenta —particularmente con lo que se denomina neomexicanismo—, el curso del arte mexicano se resolvería en dos líneas: por un lado, la política cultural interna que proponía exponer hacía el extranjero una cara de lo que se concebía como “la identidad mexicana,” particularmente bajo los soportes de la pintura creada por los artistas apreciados por la mirada extranjera, y el gusto de Octavio Paz y de Rafael Tovar y de Teresa.

La otra ruta constituiría la ruptura con las políticas culturales y el comienzo de una relación íntimamente cercana con la iniciativa privada y los procesos de independencia tanto en la creación de espacios como en las formas, prácticas y soportes que serían las bases de lo que hoy identificamos todavía como arte contemporáneo.

Rodolfo Morales, Raíces / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rodolfo Morales, Raíces / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Desde el inicio del salinato (1988-1994), la política cultural estableció diversas pautas sobre la manera en que se regiría el campo artístico mexicano de acuerdo con la idea de “renovación nacional” sobre la que se sostuvo el sexenio.

Con la creación de Consejo Nacional para la Cultura y las artes, así como del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 1989, tal renovación proponía abiertamente que, como lo menciona el crítico e historiador del arte Daniel Montero, “el Estado aseguraba que la cultura iba a tener una protección, pero condicionada a las arbitrariedades del mercado” (Montero, 2012:62), es decir que la política cultural tendría una apertura, estética y económica, de acuerdo con los fines que la iniciativa privada —nacional y extranjera— demandara dentro de la producción de bienes simbólicos.

Rafael Caduro, Memorias / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rafael Caduro, Memorias / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Al inicio de los noventa ya se preparaba lo que sería la carta de presentación cultural de la entrada al sistema global y al neoliberalismo de nuestro país. Para el salinato, la cultura (y particularmente la construcción de imaginarios y de una identidad construida a partir de artistas, estéticas y discursos ligadas a una mirada nacionalista) sería la base para crear una clase de puerto comercial, donde la muestra de 1990, Esplendores de treinta siglos, fungió como la palanca para que aquel mercado extranjero —que tenía interés en la adquisición de obra de artistas como Julio Galán, Nahum B. Zenil, Silvia Ordoñez entre otros exponentes del neomexicanismo, así como el gusto por la obra de Frida Khalo, fuera de su contexto y usando su militancia en el partido comunista como encauce útil en la política exterior.

La pintura mexicana durante el siglo XX siempre tuvo un contacto directo con las transformaciones políticas, tanto las institucionales como las generadas al interior del campo artístico y las de la propia sociedad, sin embargo, esta vez el capital simbólico sería perfilado como la apuesta para la obtención de tratados comerciales a nivel internacional, como lo fue la firma del TLCAN, que no solo beneficiaría al Estado, sino a la iniciativa privada nacional en el área de medios e industrias culturales.

Las imágenes que exaltaban el reconocimiento de la mexicanidad sumergida en color, así como el uso de símbolos patrios —como es perceptible en la obra de Julio Galán y Nahum B. Zenil— mostraban un acercamiento a la búsqueda de la identidad desde el homoerotismo, con imaginarios coloridos cuya puja alcanzaba los miles de dólares en las subastas norteamericanas que establecieron el coleccionismo y el mercado en el norte del país.

Germán Venegas, Nostalgia / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Germán Venegas, Nostalgia / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Una de las críticas más agudas de los artistas conceptuales era que la pintura no se involucraba con los problemas sociales que se encontraban en las capas del corazón patrio. Las imágenes y estéticas no respondían sino al gusto por el exotismo de la raza de bronce, aun travestida y en rosa mexicano.

La cultura popular, la vida de los barrios desvencijados luego del terremoto de 1985, el levantamiento zapatista, el narcotráfico y la corrupción formulaban preguntas, cuestionamientos a las razones del Estado que flotaba bajo los influjos de la renovación, una idea de progreso, todavía moderno, pero regida bajo la suspensión del paraíso artificial de la globalización.

 

Memoria instituida

El mal de archivo ha sido uno de los padecimientos comunes del cuerpo del Estado, resulta ser una patología normal, como la rinitis de quienes habitamos la urbe. Coleccionar, ocultar, acaso archivar sostienen una necesidad de tener control mediante el resguardo de las piezas de nuestra de historia.

A veces no es más que  pedacería, nunca una colección completa, jamás un relato que narre lo que ocurrió en las noches de insomnio de los acuartelados, un archivo que contenga todos los datos: la precisión en la memoria instituida nunca es visible.

Enrique Canales, Fruta de Saltillo a Monterrey / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Enrique Canales, Fruta de Saltillo a Monterrey / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Pero las colecciones siempre son personales, tienen —y deben tener— una impronta que nos hable del tiempo y la persona que la crearon. Dice José Luis Barrios que ese “mal de archivo” siempre se sostienen del hurto y el origen. Buscar el dato, sostener, a costa de todo, la neurosis de presentar la misma verdad.

—¿Y qué se hurta?

—La verdad colectiva, porque es un relato que se forma a través de todas las miradas e historias de quienes habitamos el país, así que el instituir una memoria —instituida, absoluta— sería visto igualmente como un hurto, expone la neurosis de encontrar un origen —cómodo y rentable— que no deje ver el mar rojo que todo lo ahoga.

Las verdades siempre resultan ser corales, las colecciones pertenecen a un persona, física o moral, pero con identidad debidamente establecida.

—¿La nación será una persona moral?

Julio Galán, Sofía vestida de china poblana / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Julio Galán, Sofía vestida de china poblana / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

En el caso de un colección pictórica, cuyos alcances económicos y simbólicos rebasan el capital económico y cultural de la gente de a pie —el grueso de la población— supone visibilizar el poder que se ocupa dentro de la sociedad.

Una colección tan desigual pero vasta en todas las dimensiones como lo es “La colección de los Pinos” visibiliza no solo el alcance económico del Estado, sino la imagen que el Ejecutivo deseaba exponer y el hecho de que de diversas formas, como en otras tantas páginas de la historia de los últimos dos siglos, se recurrió a la figura del Tlatoani, como amo y señor de la patria, como sabemos ya en estado de colapso.

“El documento aparece así como una evasión, al mismo tiempo muestra y oculta el momento de algo o alguien, es huella de un hecho o acontecimiento que se sustrae al presente y con ello al sentido y con ello a la narración” (Barrios, 2008:15).

A través de las manos maestras, el uso del color y la técnica que al mismo tiempo en algunos casos ocultaron la ironía y la crítica, la colección ocultaba el saqueo, los bombazos, la crisis política al interior del partido, las desapariciones y el costo de la apertura del mercado bajo las reglas de las naciones firmantes.

Alejandro Colunga, El Fantasma / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Alejandro Colunga, El Fantasma / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

El mal del archivo es contagioso, porque nadie sabe —o desea admitir— la raíz del dolor que nos envuelve y que sin embargo, de manera enfermiza, buscamos a toda costa lo que dé cuenta de nuestra nostalgia, de aquel tiempo que no existió —porque jamás todo tiempo pasado fue mejor—, pero la sola idea de creer que alguien robó lo que creíamos que era una infancia próspera resulta más seductora que admitir el hecho de que el país siempre ha sido una fosa común.

—La nación siempre lo es.

 

El vuelo del murciélago

El pasado 28 de agosto, el complejo Cultural de los Pinos inauguró la exposición De lo perdido, lo que aparezca, 33 visiones de la pintura en México, misma donde se dan cita dos propósitos de la política cultural federal actual: exponer las pinturas que el pasado 13 de diciembre suscitaron la controversia por la publicación de una carta firmada por Irma Palacios, Sergio Hernández y Francisco Toledo, para pedirle a la Secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, que indagara el estado de conservación y paradero de la obra que en 1993 se les encargó a ellos y, al parecer, a treinta pintores más para crear la Colección de los Pinos.

El segundo propósito tiene que ver con la apertura de la Casa Miguel Alemán, un nuevo espacio de exposiciones donde se busca que se den cita todas la miradas mexicanas.

Humberto Urban, Arboleda / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Humberto Urban, Arboleda / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

La historia del ir y venir de cada una de las treinta y tres obras por encargo a lo largo de casi tres décadas conforma una narración incompleta. Tantas especulaciones, notas que desdicen incluso las memorias de sus creadores y, al final, siempre la palinodia —la memoria instituida siempre lo es—, como la humedad que penetra en la memoria de todos, como la voz de Guillermo Fernández todavía lo advierte, “Flota en la memoria la sombreada humedad que penetra las cosas sin olvidar un solo espacio virgen, contagiándolas de un peso desconocido” (Fernández, 2010:29).

El origen del encargo fue una decisión tomada por Salinas de Gortari, bajo la asesoría del entonces presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, para crear una colección creada explícitamente para las dimensiones y fines de la antigua casa presidencial.

En algunos casos se les dio instrucciones precisas a los artistas, no solo respecto a técnicas, medidas y materiales, sino también se les pidió que exaltaran la identidad nacional y, desde luego, que no resultaran incómodas para el señor presidente.

La anécdota más divertida de la colección es la que se refiere a la pieza de Francisco Toledo, pues el entonces presidente nunca advirtió la semejanza que existía entre él y el mamífero sombrío que vigila cautivo el espacio de diversos secretos.

José Chávez, Morado otoño en Guanajuato / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

José Chávez, Morado otoño en Guanajuato / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Sofía vestida de china poblana, cuya autoría es del propio Julio Galán (1959-2006), formó parte de la exposición Los sueños de una nación: un año después 2011, curada por José Luis Barrios y expuesta en el MUNAL.

En la historia de la curaduría contemporánea ha sido la muestra con mayor sentido crítico, mismo que formuló preguntas y la necesidad de establecer un diálogo entre la historia, las memorias, del campo artístico mexicano y la sociedad de cara al sexenio que será recordado por el grueso de la población como el periodo de guerra y catástrofe que nos obligó a vivir en un estado de muerte y dolor constantes.

El pintor, quien fue parte fundamental del neomexicanismo —una de las propuestas más cotizadas en el extranjero— visibilizaba el elemento ineluctable, aquello de lo que Barrios advirtió al incluirla en “Soñar en rosa mexicano”, que los valores de ese nacionalismo pueden tener diversas lecturas de sentido, por ejemplo, el deseo de transformar y voltear las reglas del Estado bajo sus propios ojos.

José Luis Cuevas, Sin título, Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

José Luis Cuevas, Sin título, Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Una muestra y su discurso pueden contarse por sí mismas, las magníficas obras de Soriano, Susana Sierra, Cauduro, Miguel Castro Leñero, Vicente Rojo, Rafael Coronel, Beatriz Ezban y todas las que conforman la exposición son una muestra de la riqueza pictórica nacional despreciada por la mirada no-objetualista o conceptual que imperó en el discurso contemporáneo.

Pero existe un punto de fuga en el discurso curatorial. Resulta un acierto comenzar la exposición con Suave patria, de Manuel Felguérez —invocar el espíritu revolucionario de López Velarde y Felguérez siempre lo es—, pero queda incierta la motivación: si bien las obras y su origen tienen un relato que desata una verdad, nos toca a la sociedad contestar a través de los documentos las preguntas que como murciélagos en la noche oscura nos acechan todavía en los vientos del cambio.

Existe una distinción frente al archivo que solo el peso de la historia hermana, pues terminan en el destino de un trabajo arqueológico —a veces personal, a veces colectivo— que indague sobre el origen del presente, sobre las maneras en que podemos imaginar el porvenir. El  terror al olvido es su fuerza generadora, sin advertir el moho que se oculta detrás del marco, las esporas que harán colonias y se comerán el deseado patrimonio.

El destino de las obras es hacernos mirar lo que no pudimos ver en el instante de su creación. Cada una cuestiona de manera directa el presente, al tiempo que la suave patria nos muestra los fuegos de artificio, las etílicas ensoñaciones de la democracia y las noches oscuras donde las almas todavía esperan el alba.

 

Bibliografía

Daniel Montero, El cubo de Rubik, arte mexicano en los años 90, México, Editorial RM, 2012.

Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración de Caro Monterrubio

I

Que se olvide el 2 de octubre. Que nadie más se acuerde de la fecha. Que desaparezca de la lista de efemérides en las escuelas secundarias. Que sea todo menos aprendido de memoria. Que deje de escribirse en las paredes: «¡2 de octubre, no se olvida!»

 

No, sí, que se olvide el 2 de octubre.

 

Que nadie más hable de esto, cada año, tolerando los mismos sueldos miserables, soportando a más idiotas de corbata en sus curules (representantes mañosos de los pobres de siempre), que nadie se apiade después de tantas mujeres maltratadas, violadas, ausentes, con esos otros estudiantes muertos, que nadie piense en quienes no tienen fechas en los calendarios del Mercado, porque en éste la memoria excluye, y en los gritos de justicia vueltos mercancía, no caben todos los nombres que nos faltan.

 

Que no vuelva a pasar un 2 de octubre en el país si no somos capaces de recordar de otro modo. Que no llegue esa fecha. Nunca, para nadie, jamás.

 

II

Parece mentira, pero en México el pasado no existe. Se trata más bien de un estado permanente cuya imagen original se distorsiona cada vez que se repite. Para nosotros, mexicanos que medimos desde siempre el tiempo de otros modos, la historia existe por repetición: todo ha sucedido al menos una vez, en algún tiempo y encarnado en otra gente. Por ello, al no estrenarlo como un parámetro medible, se exige del pasado lo que no hemos sido capaces de afianzar en la memoria.

 

De allí, la necesidad de recordar.

 

Para arraigar la vorágine que nos circunda, confiamos en las fechas como en referentes importantes de lo que nunca se está quieto, lo que se tambalea hasta volcarse: la realidad a la que llamamos historia. Presente, pasado, futuro: todo en un mismo momento, esos segundos en que el estómago se trenza con la garganta cuando unos sujetos nos obligan a bajarnos del autobús, a recorrer en fila, con los ojos cerrados por los golpes, hasta un descampado que de noche se siente más vacío, y nos exigen con una voz que nos parece familiar —como el momento mismo— que nos pongamos de rodillas y endurezcamos la piel.

En México, la violencia prescinde del recuerdo, y fecharla sería admitir que por fin ha terminado.

 

Ilustración de Caro Monterrubio

 

(…que el veintiséis y veintisiete de septiembre de dos mil catorce hace cinco años cuarentaitrés normalistas guerrerenses murieron a manos de quién sabe quiénes ni quién sabe cuántos ni quién sabe dónde viajarían a la ciudad de méxico con cerca de ciento veintisiete millones de habitantes a protestar por la muerte de más estudiantes la angustia te saca el aire que murieron cuarentaiséis años atrás el dos de octubre de mil novecientos sesentaiocho cincuentaiún años a la fecha la angustia te saca el aire a las diecisiete horas con treinta minutos a manos de quién sabe quiénes ni quién sabe cuántos con certeza porque solo algunos números importan y afortunadamente algunos solo pocos muy pocos de verdad poquísimos dejan de ser números y recobran sus nombres apellidos edades la angustia te saca el aire para no pasar a ser cifras de cifras más grandes con ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

infinitos

          a la izquierda                                      o a la derecha

da igual

la angustia

el aire a miles de personas les vale un carajo tal vez dos carajos cuántos carajos hacen falta la angustia te saca el aire para que dejemos de sumar de ver cifras y no rostros porque el número de las abusadas de las muertas de los muertos de las muertes de la angustia es la angustia difícil angustia retener en una memoria la angustia el aire que prefiere aglutinar en fechas tantos ceros te saca como mujeres y hombres desaparecidas desaparecidos aire entre tanto número la angustia tanta indiferencia tanta desesperación tanto tantas tantísimos nombres la angustia dos de aire octubre no se olvida la angustia no se…)

 

III

Alguna vez Montaigne la condenó como sierva de la desidia, vicio violento y traidor. La costumbre embota nuestros sentidos, desactiva nuestra sensibilidad tras hacernos sentir con frecuencia desmedida. Me pregunto cuándo nos acostumbramos al dolor para ya no sentirlo. Quiero saber qué día fue el primero para asignar por entonces las fechas que no queremos olvidar. Cada dos de octubre, la memoria exigente se vuelve costumbre. Obsesionados por una historia que no olvide lo que más que recordar habría que tatuarse, nuestro pasado compartido se ha encargado de fijar los acontecimientos memorables en días cuya virtud para el eslogan resuenan en ganancias pero no en justicia, menos aún en aprendizaje para no repetir esa violencia infinita de cada año, ese loop de angustia, cada día, cada hora, cada vez que salimos a la calle.

 

Como si conjuráramos el miedo cada aniversario hasta hacerlo desaparecer, de qué modo recordar entonces lo que sigue repitiéndose. La memoria monolítica clausura el recuerdo particular, cristaliza injustamente lo ocurrido para que no se nos escape y vuelva a ocurrir. Lo que no entendemos es que una fecha no nos devuelve el sufrimiento de la pérdida, el duelo permanente en que vivimos aquí, con la mano en la garganta. ¿Será acaso que ya nos acostumbramos a la muerte, una variante sutil del olvido?

 

Ilustración de Caro Monterrubio

 

IV

La diferencia entre conmemorar y recordar está en la sensibilidad de cada generación. No sé si una sea más conveniente que la otra, pero ambas, eso sí, tratan al pasado como algo finito, y no como lo que en verdad es, una réplica que más vale entender que recordar. Las formas que adopta el presente con el paso del tiempo trascienden de modos distintos. La historia se interpreta, y más que los propios eventos, lo que llega a nosotros son sus diversas lecturas. Los relatos nacionales están llenos de agresiones y disputas, de sangre —¡cuánta sangre! —, de desesperanza e impaciencia, de copias exactas de violencia y desprecio hacia el otro. De angustia también porque no llega quien debía llegar hacía una hora, un día, un mes, años enteros.

 

El dos de octubre de mil novecientos sesentaiocho pudo ser el diecisiete de marzo, el veinticuatro de agosto, el diecinueve de septiembre de dos mil cuarentaitrés.

O pudo ser también, ¡y lo fue!, el veintiséis y veintisiete de septiembre del dos mil catorce.

 

V

Yo no recuerdo en este ensayo. Yo escribo lo que ha de olvidarse para recordarlo de otro modo. Que la costumbre por recordar con tanto ahínco lo que dejamos de sentir, pues, no se vuelva la única forma de vida en el país.

Ilustración de Caro Monterrubio


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
“Pesadilla” por Nicolai Abildgaard, 1800 – Vestjaellands Art Museum, Sorø, Dominio público

Tengo 32 años y ya conozco el mar. Esa es la imagen que evoco cada mañana, mientras miro por la ventana y sostengo con ambas manos la taza rebosante de té de hierbas. Con mucho cuidado, sustituyo edificios, vecinos, llantos y ladridos por el romper de las olas, por el gris oscuro de un cielo tormentoso y por la arena pedregosa en el paisaje acústico urbano. Mi departamento diminuto y modesto parece menos lúgubre una vez realizada mi pequeña transmutación imaginaria.

Vivo sola, no tengo hijos ni pareja. Los hombres me asustan un poco, siempre los veo con cierta sospecha. Quizá por eso ninguno ha durado demasiado tiempo a mi lado. Cuando no han podido sortear mi cautela y por voluntad propia deciden seguir su camino, yo los veo partir sin mayor interés; si acaso con alguna curiosidad: quizá se van tristes, enojados o con la misma indiferencia que intuían en mí. Hace más de dos años que no comparto el departamento con nadie, mi estilo de vida no lo exige. Diseño páginas de internet: sólo necesito una computadora y una conexión para ganarme el sustento.

Mi soledad es cómoda y he construido toda mi existencia a su alrededor. Salgo poco del departamento: a comprar víveres, al banco o a dar una caminata ocasional por el parque. Me gusta ver el cielo entre las ramas, me calman los árboles movidos por el viento y sentir el sol sobre mi rostro. Fuera de eso, mi tiempo transcurre entre códigos, programas y colores cibernéticos. Nada en mi mundo existe de verdad.

Hoy es martes, tengo un deadline y sé que no dormiré. Son las tres de la mañana y sólo destella la luz de mi pantalla. Su reflejo azul debe de fabricarme un rostro fantasmagórico, con las ojeras grandes y las pupilas dilatadas. En la cocina cae un vaso; al romperse, el vidrio se oye seco y lento, como si ocurriera un aletargamiento del instante. Al mismo tiempo, siento que algo roza mi seno derecho, mi pezón se erecta y mi respiración se detiene en una inhalación. Me obligo a regresar las manos al teclado y sigo escribiendo <head> <title>… hasta que completo un laberíntico sistema de funciones, de signos, números y palabras que nunca se materializarán.

Pasarán las horas, se convertirán en días. Mi cliente vendrá, le entregaré el disco duro con la información pertinente y luego haré una demostración del funcionamiento de la página. En una especie de desdoblamiento, me veré hablar, oprimir el cursor, sonreír, pedir su aprobación y, finalmente, despedirlo en el umbral con un suave y femenino apretón de manos; después, cerraré la puerta a sus espaldas y suspiraré de alivio porque no lo veré más.

Son las seis de la tarde. Han pasado tres días desde la entrega. Estoy exhausta. El sol del ocaso se cuela por la ventana y veo flotar el polvo en la luz. Me desvisto y busco refugio en las mantas. No existe otro lugar como ese. Pronto, cae sobre mí la pesadez propia de la fatiga, un delicioso estado de duermevela en el que soy plenamente consciente de mi cuerpo. Me abandono a la sensación. De pronto, percibo una caricia en la entrepierna, una lengua me posee y me besa. Después, siento su espesa saliva fétida en mi boca y me dejo hacer. Cuando despierto, estoy tan satisfecha como una recién casada después de su noche de bodas.

Poco me acuerdo del suceso, aunque ha transcurrido una semana. Hoy me espera otra velada frente a la computadora. Me sirvo una copa de vino tinto de cosecha 2004. Me lo regaló un amante que solía tener una obsesión con el maridaje y el amor. Era un sibarita empedernido al que le aburrió el silencio monacal de mi departamento, interrumpido sólo por el sonido constante de las teclas. No pude evitar recordarlo, ni desearlo. Hice honor a su memoria, me convertí en fuente fragante y voluptuosa en cuyas entrañas se encuentra el secreto del placer. Cuando mis dedos recorrían los sitios recónditos que antes tocaron los suyos, sentí en la nuca un leve airecillo acompasado, como una respiración. Mi sangre se heló. La adrenalina se disparó en una alarma petrificada. Permanecí inmóvil hasta que llegaron las primeras luces del alba.

Durante esa mañana no pude trabajar. Intenté convertir el paisaje en mar, pero la estridencia de la ciudad se negó a enmudecer. Salí a caminar, estaba nerviosa. Mi paso era distraído e irregular. Me detuve a contemplar las ramas de los árboles y me parecieron garras aterradoras que amenazaban con asirme del cuello. Regresé sobresaltada y tomé una ducha. Mientras me enjabonaba, la fragancia del gel de baño me intoxicó. Traté de inhalar y exhalar en perfecta simetría. En medio del éxtasis sensual, de pronto sentí que me hundía en un fango invisible que brotaba inconteniblemente de mi interior. Huele a fruta podrida y, aunque tallo mi piel hasta hacerla jirones, no logro sentirme limpia. Sobre mí, una mirada, unos ojos que ensucian mi alma.

No puedo evitar llorar bajo el agua mientras me vuelvo un ovillo vulnerable y tembloroso. Presiento que mi soledad es una ilusión; quizá nunca he estado sola. Por eso, cuando una mano entrelaza sus dedos en mis cabellos mojados, enmudezco. El tiempo ya no es una secuencia de eventos, sino una masa informe e inasible cuya causa no necesariamente tiene un desenlace lógico. El tiempo es nada, sólo un presente difuso con irrupciones del pasado y del futuro. Me deslizo en el abismo de la aceptación porque sé que esa cosa atávica y antigua cada día vive y rejuvenece un poco más, motivada por la lujuria y el horror que me provoca. Acepté su caricia como vínculo y contrato de propiedad. Salgo del baño y cierro la ventana, ya no habrá mar.

 

Marina urbana fue publicado originalmente en Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso


Autores
Cuentista, investigadora y curiosa irremediable, ha participado en coloquios y en revistas literarias. De intereses eclécticos: ama el cine, el anime y lo absurdo.

Me molesta que comparen y señalen a Lucia Berlin como la Raymond Carver del cuento. Son de la misma generación. Carver (Oregon, 1938): publicado, premiado, traducido, reeditado, analizado y leído a más no poder; Berlin (Alaska, 1936): poco premiada, escasamente publicada y traducida y leída solo hasta el 2015, es decir, después de 24 años de silencio. A ambos los arropan con el mito del escritor maldito y alcohólico. Él duró diez años abstemio, ella veinte. Pero no haré aquí una comparación más porque de Raymond Carver se ha escrito suficiente, basta ahora con decir que leí toda su obra —traducida— en la universidad y me gustó bastante. Hablaré de lo que recién hizo que me estallara la cabeza: los cuentos-historias-personajes-atmósferas de Lucia Berlin en Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) y Una noche en el paraíso (Alfaguara, 2019).

En Manual para mujeres de la limpieza la escritora relata a personajes femeninos que viven una serie de experiencias dolorosas, entre ellas: una mujer que rememora los viajes de su infancia junto a su padre —ahora senil— (“Dolor fantasma”), una mujer que acompaña a su hermana enferma en la fase terminal del cáncer (“Triste idiota”), una maestra enseñando a escribir literatura a presos en la cárcel (“Y llegó el sábado”), un grupo de internos en un centro de desintoxicación (“Perdidos”), una mujer que traza la figura de su madre depresiva y alcohólica (Mamá), una niña abusada por su abuelo, relatando su primera y única amistad con una niña siria (“Silencio”), y una madre alcohólica intentando sostener sola a sus hijos (“Inmanejable”). Son 43 cuentos que golpean a la lectora y la dejan en la banca: lúcida, deprimida, ávida.

Una noche en el paraíso reúne 22 cuentos más que extienden, en algunos de ellos, las historias anteriores desde un personaje y punto de vista distinto, por ejemplo, en “Navidad. Texas. 1956”, la voz narrativa es la tía Tiny que se rehúsa a bajar del tejado y celebrar con la familia, a su vez en “Dentelladas de tigre”cuento incluido en Manual para mujeres de la limpieza, vimos de paso a la tía amargada en el tejado, sin embargo, en él la que contaba la historia era Lou, quien venía a la fiesta de navidad, a pesar de que su madre se acababa de cortar las venas por su culpa.

Hay otros personajes recurrentes en Una noche en el paraíso que ya estaban dibujados en el libro anterior: en “Joyeros musicales” —cuento que abre el libro— y “A veces en verano” la voz narrativa es Lucha, la misma de “Silencio”, quien habla sobre cómo Hope y ella fueron estafadas por el hermano de esta última para vender los joyeros. Además acá volvemos a ver a la amiga Conchi (“Querida Conchi y Andado”) y a Jesse (“A ver esa sonrisa” y “Navidad. 1974”) y las mismas referencias familiares continúan: los Moynahan, el tío John, Mamie, Rex, Maya, Ben y otros más. Lucia Berlin construye lo que parece ser un mismo personaje que en ocasiones se llama Lucha, Lou, Carlotta, Maggie, Maria, Lisa o Laura: niñas, adolescentes y adultas que son maestras, alcohólicas, madres al borde de un colapso, amantes de artistas, esposas de drogadictos, recepcionistas y mujeres de la limpieza.

Sin embargo, en otros de sus relatos los personajes no tienen nada que ver con esta historia familiar y recrean esa atmósfera tan propia y personal que solo Lucia Berlin logra mostrar. Por ejemplo, en “Una noche en el paraíso”, cuento que da título al libro: Hernán, un bartender del hotel Océano en Puerto Vallarta, presencia la grabación de la película La noche de la iguana y observa el ajetreo, las estafas de los golfos del puerto y las relaciones cómicas entre ellos y las actrices y mujeres burguesas que llegan a hospedarse. Me gusta imaginar a la escritora Lucia Berlin viviendo no muy lejos de México, en El Paso, del otro lado de la frontera. Sus personajes constantemente se ven impactados por el choque de culturas, a veces repeliéndolo: el culto a la muerte, el afecto natural, la confianza desmedida en los otros, el apego, la inseguridad. Y en otras dejándose seducir por todo esto.

En Una noche en el paraíso resalta de nuevo la capacidad de la autora para mostrar el brillo entre historias miserables: alcanzaba a ver cómo una fábrica que contaminaba a toda una ciudad, podía ser un espectáculo hermoso y colorido para un par de niñas. Sus descripciones de la naturaleza entretejen los acontecimientos que va narrando, sabía ver cómo poeta: en “Andado. Un romance gótico”, los aromos amarillos de Chile acompañan el descubrimiento del primer amor de Laura, una niña de 14 años que debe viajar con don Andrés, quien trabaja con su padre para la CIA. La Sierra de Sandía de fondo, las enredaderas de flores, el bosque, el silencio del campo, los caballos; y en otras la falta de agua, las deudas, la pobreza, el alcohol, la ausencia de los padres —casi siempre artistas, escultores, músicos o escritores— son los elementos que tensan y liberan los conflictos interiores de sus personajes: ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué más quiero? Dios, déjame ver las cosas buenas… Se obligó a mirar alrededor, a salir de sí misma, y de pronto vio que los cerezos estaban en flor.

En “Mi vida es un libro abierto”, la escritora maneja magistralmente el punto de vista: por un lado, una vecina relata todo lo que ve través de unos binoculares al espiar a la protagonista, por el otro, la protagonista cuenta su propia versión de los hechos. El peso del melodrama en las historias logra aligerarse y volverse cómico porque Lucia Berlin no olvida que la vida es absurda incluso en los momentos más fatales. La intimidad que dos mujeres compartieron con el mismo hombre llega a límites teatrales cuando se sientan a emborracharse juntas y llorar por el ex marido que se va a casar una tercera mujer (“Las (ex) mujeres”). Si la obra de Lucia Berlin tiene o no elementos autobiográficos, eso resulta secundario, porque las historias son verdaderas y demoledoras.

Su narrativa es ágil, ya desde la primera línea te gancha y continúas con rapidez, la escritora sabe dónde terminar una oración y avanzar con velocidad hacia lo importante, no hay ningún desperdicio en descripciones: profundiza, como dije anteriormente, en el paisaje, en la plasticidad de algunas imágenes, alerta a los cinco sentidos de la lectora. Flannery O’Connor dijo que la ficción es un arte que demanda la más estricta atención a lo real, incluso para quienes escriben cuento fantástico. El hábito de Lucia Berlin es evidente en sus cuentos: pulir la realidad de tal manera que logre ser insoportable para sus personajes, pero no por ello menos hermosa. Hizo, digámoslo así, una curaduría de la intimidad de las personas: contar lo que se tiene que contar y llevarlo hasta otro punto. La escritora muestra a personajes auténticos, honestos, sórdidos y memorables.

Se mencionan mucho las experiencias personales de Lucia Berlin, no sé si en parte para comprender de dónde sacaba el material para escribir sus relatos. Sin embargo, es cierto, fue madre de 4 hijos y esposa de drogadictos, fue alcohólica y trabajó en diferentes oficios. Además de todo el trabajo doméstico que hizo, fue profesora e hija de una madre depresiva. Entendió de primera mano todo lo que muy pocos escritores hombres pueden llegar a entender: no tuvo una Tabitha o una Mercedes a su lado, resolviéndole todos los problemas para que ella pudiera escribir. A sus 30 años de edad se abrió paso entre sus propias experiencias e hijos para ofrecernos transformaciones de la realidad. Son tan íntimas las historias que relata Lucia Berlin que cuando empiezas a leer la primera página de alguno de sus cuentos parece que te está diciendo: Todo esto es mío.


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.
Ilustración de Liz Dot

Durante cada lunes de septiembre, en Tierra Adentro publicamos la obra de una poeta sueca contemporánea, en aras de enriquecer el panorama poético joven mexicano. Estas publicaciones nos emocionaron en particular, no solo por la incursión hacia otras formas y nacionalidades de poesía, sino también por la colaboración que hubo entre ilustradoras y poetas. Hoy, último lunes (y último día) de septiembre, traemos la última entrega. Por si te perdiste las demás, aquí tenemos la primerasegundatercera cuarta entregas.


Aislado del contexto se expresa:

–Nunca te llegué a conocer del todo.

 

 

 

**

 

 

La gente se mueve. Te mareas.

Estás sentada al lado de una mujer joven que nunca se cortó el pelo.

El pelo largo.

El pelo demasiado largo.

 

 

 

**

 

 

You became aroused in the salty water.

Las olas, lo completamente imposible de manejar.

 

 

 

**

 

 

La idea de determinación, valentía

y la ausencia audaz del poder correspondiente.

 

 

 

**

 

 

You aroused yourself.

El habla estaba revelado en la boca.

 

 

 

**

 

 

Dos de los dedos están apretados cuando despiertas.

Puede ser una deficiencia o una enfermedad.

 

Siempre hay demasiadas maneras de decir la misma cosa.

 

 

**

 

 

Te conociste a la perfección.

La escarcha nocturna. La fiebre. La tos.

Lupinos en torno del edificio abandonado.

 

 

 

**

 

 

El mal uso de palabras.

El recogimiento hábil de frutas.

Cómo puedes ser uno solo.

Cómo puedes ser accesible.

 

 

 

**

 

 

Les dan de comer a los animales para después darse de comer a sí mismos.

Los sueños se alargan cada vez más. Duran horas.

 

 

 

**

 

 

Por la mañana: desconoces tu propio nombre.

Intentas nombrar todas las partes del cuerpo

y él te escucha distraído.

 

Ilustración de Liz Dot

 

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Ustedes ya parieron el uno al otro con sexos de payaso. Lamieron la suciedad del otro.

El habla tiene la forma de un pilar. Sucesivamente has vuelto en ti.

Sucesivamente has empezado a escuchar.

El cuerpo se ha dispersado. Ha empezado a cuestionar.

Las grajillas vuelan lateralmente.

Es difícil imaginarse la voz de uno mismo.

¿El sonido de un pájaro? El muelle del reloj. El muelle del puerto.

 

 

 

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Tú cargas agua salada en una cubeta desde el embarcadero.

Tú te lavas las manos.

o

Tú podrías llevar agua a un lecho de muerte.

Ella podría tener sed. Ella podría estar deshidratada.

Pero la imagen se queda afuera. A la mitad.

 

 

 

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Una orangután hembra fue encadenada a un muro durante varios años.

Los humanos le rasuraron el cuerpo una vez a la semana.*

Los humanos la vistieron con un vestido.**

Los humanos la podían tomar libremente.

 

El placer humano sin límites.

Perifollos verdes como una película imparable sobre los campos. No recuerdas tus manos.

 

 

 

* (suavecito como las nalgas de un bebé)

** (ropa interior fina color rosa)

 

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Estás acostada muy junto a él.

Nada es completamente suficiente.

Cómo sabe uno que se ha vuelto loco.

 

 

 

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El cerebro se saca y se examina cuidadosamente.

No tienes referentes de cómo uno debe comportarse:

Llevas el rostro sobre el sexo.

Cruzas el campo en diagonal.

Te caes en el trigo seco.

Has tomado un camino que normalmente no tomas.

Todo está amarillo. Masticas el aire como espumarajo.

A veces es difícil pensar en la risa de alguien cercano.

Ilustración de Liz Dot

 

 

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El armazón blando constantemente logra salirse de ti.

Intentas mantenerlo en el agua poco profunda.

es decir, en lo que lenta y ultrajantemente baja.

Intenta hacer que te expliquen lo que todo esto significa

y habrá consecuencias.

 

 

 

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Un tigre muy joven

con la lengua puede quitarle la piel a su presa.

 

 

 

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Mansamente. Sin ganas. Pensabas que necesitabas un rostro.

Tu cabello ennegrece. El cuerpo ennegrece.

La descomposición ha iniciado.

Una puta ha abierto las puertas en ti.

Rasga aquí. Rasga aquí. Rájate.

Tú llevas el sexo sobre el rostro. (o al revés)

 

 

 

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El zarapito es destrozado por las olas en la orilla.

A ti ya no te preocupa nada

de repente te preocupa todo.

Ilustración de Liz Dot


 

Apart från sammanhanget uttrycks:

– Jag lärde känna dig fullständigt.

 

 

 

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Folk rör på sig. Du mår illa.

Sitter bredvid en ung kvinna som aldrig har klippt sig.

Det långa håret.

Det väldigt långa håret.

 

 

 

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You became aroused in the salty water.

Vågorna, det helt och hållet ohanterliga.

 

 

 

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Föreställningen om beslutsamhet, tapperhet

och den djärva avsaknaden av tillhörande kraft.

 

 

 

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You aroused yourself.

Talet var avtäckt i munnen.

 

 

 

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Två av fingrarna är klämda när du vaknar.

Det kan vara en brist eller ett insjuknande.

 

Det finns alltid för många sätt att säga en och samma sak.

 

 

 

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Du lärde dig känna fullständigt.

Nattfrosten. Frossan. Hostan.

Lupiner runt den lämnade byggnaden.

 

 

 

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Vanbruket av ord.

Det invanda plockandet av frukter.

Hur kan du vara en enda.

Hur kan du vara kontaktbar.

 

 

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De utfodrar djuren för att senare kunna utfodra sig själva.

Drömmarna har blivit allt längre. De försiggår i timmar.

 

 

 

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Morgon: du kan inte ditt eget namn.

Du försöker namnge alla kroppsdelar

och han lyssnar förstrött.

 

 

 

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Ni har redan fött varandra med clowners kön. Slickat varandra rena.

Talet är format likt en pelare. Du har successivt återkommit till dig själv.

Du har successivt börjat lyssna.

Kroppen har skingrats. Ställt sig frågande.

Kajorna flyger sidledes.

Det är svårt att föreställa sig sin egen röst.

En fågels läte? Fjäderverket. Fjäderhamnen.

 

 

 

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Du bär saltvatten i en hink från bryggan.

Du tvättar av dina händer.

el.

Du kunde bära vatten till en dödsbädd.

Hon kunde vara törstig. Hon kunde vara uttorkad.

Men bilden står utanför. Halv.

 

 

 

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En orangutanghona kedjades fast vid en vägg under flera års tid.

Människorna rakade hennes kropp en gång i veckan.*

Människorna klädde henne i klänning.**

Människorna kunde oförhindrat ta henne.

 

Den mänskliga njutningens gränslöshet.

Hundflokor i en ohejdad hinna över fälten. Du minns inte dina händer.

 

 

 

* (len som en barnrumpa)

** (små tunna rosa trosor)

 

**

 

 

Du ligger mycket nära honom.

Ingenting är helt och hållet tillräckligt.

Hur vet man att man har blivit galen.

 

 

 

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Hjärnan plockas ut och undersökes noggrant.

Du har inga referenser för hur man beter sig:

Du bär ansiktet över skrevet.

Korsar fältet diagonalt.

Faller i det torra vetet.

Du har tagit en väg du inte vanligtvis tar.

Allting är gult. Du tuggar luften som fradga.

Det är ibland svårt att tänka på en närståendes skratt.

 

 

 

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Den mjuka stommen letar sig ständigt ut ur dig.

Försöker behålla den i det grunda vattnet.

dvs. i det som långsamt och inkräktande ebbar ut.

Försök få förklarat för dig vad det hela betyder

och det kommer att få följder.

 

 

 

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En mycket ung tiger

kan med tungan slicka loss huden av sitt byte.

 

 

 

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Tamt. Lustlöst. Tyckte dig behöva ett ansikte.

Ditt hår svartnar. Kroppen svartnar.

Förmultningen har påbörjats.

En hora har slagit upp portarna i dig.

Riv här. Riv här. Riv upp dig.

Du bär skrevet över ansiktet. (el. tvärtom)

 

 

 

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Spoven spolas sönder i vattenbrynet.

Du bryr dig inte längre om någonting

du bryr dig plötsligt om allt.


Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Korsnäs, Finlandia, 1987) es poeta, traductora y crítica literaria. Desde que debutó en 2008 con Hon drar ådrorna ha publicado cuatro libros de poesía: Deliranten (2009), Maror (ett sätt åt dig) (2012), Lotusfötter (2014) y el más reciente Överlevorna (‘Vestigios’, 2018) por el cual ganó el prestigioso premio Sveriges Radios Lyrikpris 2019. Poemas de Södergran han sido traducidos al alemán, croata, español, finés, inglés y serbio.

Ilustrador
Liz Dot
Artista visual, directora creativa y partner en Sociedad Fantasma, estudio de animación enfocado en crear historias. Con background de dirección de arte, creativa y estrategia en publicidad para marcas internacionales. Actualmente desarrollando pequeños mundos en audiovisual y cerámica.