Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988). Estudió en la Facultad de Diseño para la Comunicación Gráfica de la Universidad de Guadalajara. Actualmente cursa la Maestría en Narrativa Gráfica en Ciudad Creativa Digital. Su trabajo se proyecta en la producción de ilustración, historieta y publicaciones autogestivas con la intención de experimentar con materiales y distintas vertientes para abordar un mensaje. Disfruta de explorar y deshacer temas considerados como tabúes sociales con objetivo de normalizarlos por medio del humor.
Aquí puedes leer el primer capítulo.
Capítulo II. La ciencia de la deducción
Nos vimos al día siguiente según lo acordado e inspeccionamos los cuartos del 221B de Baker Street de los que habíamos hablado en nuestra reunión anterior. Consistían en un par de dormitorios y una amplia sala de estar alegremente amueblada e iluminada por dos amplios ventanales. El departamento era tan deseable en todos los sentidos y tan moderado en cuanto a precio, ya dividido entre ambos, que el trato se cerró de inmediato y tomamos posesión del lugar. Esa misma tarde, mudé mis pertenencias del hotel y la mañana siguiente Sherlock Holmes hizo lo mismo con unas cajas y maletas. Por un par de días, estuvimos ocupados desempacando y acomodando nuestras pertenencias de la forma más conveniente. Una vez que terminamos, comenzamos a acostumbrarnos poco a poco a nuestro nuevo entorno.
Holmes no era una persona con quien se me dificultara vivir. Era silencioso y de hábitos regulares. Raramente estaba despierto después de las 10 de la noche e invariablemente desayunaba y se iba antes de que yo me hubiera levantado en la mañana. A veces pasaba todo el día en el laboratorio de química y otras veces en las salas de disección; ocasionalmente daba largos paseos que parecían llevarlo a los barrios más bajos de la ciudad. Nada podía superar su energía cuando le daba una fiebre por trabajar; pero de vez en cuando caía en un estado de apatía y, durante días, se la pasaba tirado en el sofá de la sala de estar, sin decir una palabra o mover un músculo desde la mañana hasta la noche. En estas ocasiones notaba en sus ojos tal expresión vacía y distraída, que hubiera sospechado que era un adicto al uso de algún narcótico de no haber sido porque la templanza y limpieza con que manejaba su vida me impedían tal pensamiento.
Conforme fueron pasando las semanas, mi interés en él y sus objetivos de vida fue incrementando. La mera apariencia de su persona llamaba la atención del más casual observador. Su altura estaba por encima del 1.80, aunque era tan extremadamente delgado que parecía ser más alto. Sus ojos eran de apariencia aguda y penetrante, salvo por esos periodos de apatía que ya he mencionado; y su nariz de halcón le daba un aire vigilante y decisivo a su expresión. Tenía una barbilla prominente y cuadrada, señal de un hombre determinado. Sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y diversos químicos, a pesar de que poseían una delicadeza extraordinaria como lo pude observar en repetidas ocasiones cuando lo miraba manipular sus frágiles instrumentos filosóficos.
El lector me etiquetará de entrometido sin esperanza al confesar cuánto estimulaba mi curiosidad este hombre y qué tan seguido intentaba atravesar la reserva que rodeaba todo lo que tenía que ver con él. Sin embargo, antes de que se me juzgue, espero se recuerde qué tan faltante de objetivo se encontraba mi vida y qué pocas cosas había para distraerme. Mi salud no me permitía aventurarme al mundo exterior, a excepción de que hubiera un clima extraordinariamente bueno, y no tenía amigos que aliviaran la monotonía de mi existencia. Bajo estas circunstancias, gustosamente acogí el misterio que envolvía a mi compañero y pasé mucho tiempo empeñado en desenmarañarlo.
No estaba estudiando medicina. Él mismo, respondiendo a una pregunta, confirmó la opinión de Stamford respecto a ese punto. Tampoco parecía estar en ningún curso que pudiera darle algún título en ciencia o cualquier otro medio que pudiera darle una entrada al mundo académico. Pese a ello, el celo puesto en ciertos estudios era remarcable, y dentro de algunos límites excéntricos su conocimiento era tan extraordinariamente amplio y detallado que sus observaciones me dejaron asombrado. Seguramente ningún hombre trabajaría tan arduamente para obtener dicho conocimiento tan detallado a menos que tuviera un objetivo en mente. Los lectores poco metódicos resaltan por la precisión minuciosa de su aprendizaje. Ningún hombre ocupa su mente en asuntos de poca importancia a menos que tenga una buena razón para hacerlo.
Su ignorancia era casi tan notable como su conocimiento. De literatura contemporánea, filosofía y política parecía no saber casi nada. En cierta ocasión que cité a Thomas Carlyle, me preguntó, de la manera más inocente, que quién era y qué había hecho. Mi sorpresa llegó a su cumbre cuando descubrí que no conocía la teoría copernicana y la composición del Sistema Solar. Que un humano civilizado del siglo XIX no supiera que la tierra gira alrededor del sol me parecía algo tan extraordinario que apenas podía creerlo.
—Parece usted sorprendido —me dijo sonriendo por mi expresión de estupefacción—. Ahora que lo sé, haré lo posible por no olvidarlo.
—¿Olvidarlo?
—Sabe —comenzó a explicar—, considero que el cerebro de un hombre es como un ático vacío y que uno tiene que amueblarlo como más le plazca. Un necio acumula cuanto se va encontrando a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil no cabe o, en el mejor de los casos, está mezclado con tantas otras cosas que es difícil dar con él. En cambio, el operador hábil es muy cuidadoso al elegir qué introduce a su cerebro-ático. Él no tendrá más que herramientas que le puedan ser útiles a su labor, y de estas tendrá en abundancia y todas en el más perfecto orden. Es un error pensar que ese pequeño cuarto tiene paredes elásticas y puede expandirse a voluntad. Llegará el momento en que cada conocimiento que se añada le hará olvidar algo que sabía antes. Es por eso de suma importancia no tener hechos irrelevantes ocupando el lugar los útiles.
—¡Pero el Sistema Solar! —protesté.
—¿Qué importancia tiene para mí el sistema solar? —me interrumpió con impaciencia—. Dices que viajamos alrededor del Sol, pero si lo hiciéramos alrededor de la luna, no haría ninguna diferencia para mí y mi trabajo.
Estaba a punto de preguntarle a qué trabajo se refería, pero algo en él me previno que esa pregunta no sería bien recibida. Estuve reflexionando sobre nuestra breve conversación, empeñado en sacar algunas deducciones de ella. Él había dicho que no estaba interesado en conocimientos que no tuvieran relevancia para su objetivo. Por lo tanto el conocimiento que poseía lo conservaba porque le resultaba útil. Enumeré en mi mente las áreas donde me había demostrado estar excepcionalmente bien informado. Incluso tomé un lápiz y los apunté. No pude sino sonreír frente a dicho documento cuando lo hube completado. Decía lo siguiente:
Sherlock Holmes — Sus límites
Conocimiento de literatura. — Nulo.
Filosofía. — Nulo.
Astronomía. — Nulo.
Política. — Poco.
Botánica — Variable. Sabe mucho de belladona, opio y gases venenosos. Sabe poco de jardinería práctica.
Geología. Práctico, pero limitado. A simple vista puede diferenciar diferentes tipos de suelo geológico. Después de sus paseos, me ha enseñado manchas de lodo en sus pantalones y me ha dicho, a partir de su color y consistencia, a qué parte de Londres correspondía cada una.
Química — Profundo.
Anatomía — Exactos, pero poco sistemáticos
Literatura sensacionalista — Inmenso. Parece conocer los detalles de cada atrocidad cometida en este siglo.
Toca bien el violín.
Experto esgrimista y boxeador.
Tiene un buen conocimiento práctico de la ley inglesa.
Llegado a este punto en mi lista, la tiré al fuego en desesperación. “Si para averiguar lo que se propone debo juntar todos estos conocimientos y deducir qué profesión requiere de todos ellos,” me dije a mi mismo, “entonces puedo darme por vencido”.
Aludí previamente a su habilidad con el violín. Esta era realmente destacable, pero tan excéntrica como el resto de sus aptitudes. Sabía perfectamente que podía ejecutar piezas bastante complicadas, por cierto, pues a petición mía había tocado algunos lieder de Mendelssohn y otras de mis piezas favoritas. Cuando se dejaba llevar por su gusto, pocas veces su instrumento producía música o aires reconocibles. Recostado en su sillón toda la tarde, cerraba los ojos y rasgaba las cuerdas del violín que se encontraba colocado sobre una de sus rodillas. Algunas veces los acordes eran sonoros y llenos de melancolía. Otras veces eran fantásticos y alegres. Claramente reflejaban los pensamientos que lo poseían, pero ya fuera que esta música ayudara a sus pensamientos o simplemente fuera el resultado de un capricho, era más de lo que podía determinar. Me habría rebelado frente a estos exasperantes solos de no ser porque, usualmente, cuando terminaban, tocaba una serie completa de mis piezas favoritas como una pequeña compensación por la prueba a mi paciencia que me había hecho pasar.
Durante nuestra primera semana de cohabitación no tuvimos visitantes y comenzaba a pensar que mi compañero carecía tanto de amigos como yo. Ahora, sin embargo, he descubierto que tiene una cantidad considerable de conocidos y todos ellos en estratos muy variados de la sociedad. Había, por ejemplo, un pequeño hombrecillo de cara ratonil y ojos oscuros que me presentó como el Señor Lestrade y que vino unas tres o cuatro veces una misma semana. Una mañana, una joven elegantemente vestida tocó a la puerta y se quedó por alrededor de media hora. Esa misma tarde vino un viejo harapiento de cabello cano que parecía un vendedor ambulante judío, y le siguió una mujer desaliñada de edad avanzada. En otra ocasión, un caballero anciano de cabello cano se entrevistó con mi compañero de cuarto; y en otra, un portero de ferrocarril que venía con su uniforme de pana. Cuando alguno de los miembros de esta diversa comunidad aparecía, Sherlock Holmes me pedía de favor que le cediera la sala de estar y yo me retiraba a mi habitación. Siempre se disculpaba por la molestia.
—Debo usar este cuarto como oficina —decía—, y estas personas son mis clientes.
Una vez más tenía la oportunidad de hacer aquella pregunta fulminante, y una vez más mi delicadeza de modos no me permitía forzar a otro hombre a que me contara de su vida privada. En ese momento imaginé que debía tener una razón de peso para no querer hablar del tema, pero pronto me hizo desechar esa idea cuando lo abordó por su propia voluntad.
Sucedió un 4 de marzo, lo recuerdo porque tengo una buena razón para hacerlo, que me levanté un poco más temprano de lo usual y me topé con Sherlock Holmes que aun no terminaba su desayuno. La casera estaba tan acostumbrada a que me levantara tarde que mi lugar no estaba puesto todavía en la mesa ni había café preparado para mí. Con la poco razonable petulancia de los seres humanos, toqué el timbre y anuncié de forma cortante que estaba despierto. Tomé un periódico que se encontraba en la mesa e intenté matar el tiempo con él, mientras mi compañero comía en silencio su pan tostado. El encabezado de uno de los artículos estaba marcado con lápiz y de forma natural dirigí mi atención a él.
El artículo tenía un título un tanto pretencioso: “El libro de la vida” y pretendía mostrar cuánto puede descubrir un hombre observador a través de un análisis minucioso y sistemático de todo aquello que se encontrara en su camino. Me pareció una notable mezcla entre astucia y absurdidad. Los razonamientos eran sólidos e intensos, aunque las deducciones eran descabelladas y un tanto exageradas El autor afirmaba que con una expresión momentánea, el temblor de un músculo o una mirada podía conocer los pensamientos más secretos de un hombre. El engaño, decía el autor, era inútil frente a una persona entrenada en el arte de la observación y el análisis. Las conclusiones de una persona así son tan infalible como las proposiciones de Euclides. Tan increíbles son sus resultados que frente a los no iniciados, que desconocen los procesos a través de los cuales la persona ha llegado a tales conclusiones, les parecerá que están frente a un auténtico nigromante.
“De tan sólo una gota de agua,” declaraba el autor, “un hombre lógico puede inferir la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara sin siquiera haberlas visto o escuchado noticia de ellas. Pues la vida es una gran cadena cuya naturaleza puede ser conocida con solo haber visto uno de los eslabones. Como todas las demás artes, la Ciencia de la Deducción y el Análisis es una que solo se puede obtener a través del estudio largo y paciente, aunque no hay vida tan larga que permita a un hombre llegar a perfeccionarla. Pero antes de discutir los aspectos morales y psicológicos de ella que son los más complicados, resolvamos algunos problemas elementales. Por ejemplo, al conocer a una persona, intentemos descubrir con solo mirarlo su historia y profesión. Aunque este parezca un ejercicio pueril, agudiza la observación y le enseña a uno dónde debe mirar y qué debe mirar. Por las uñas de un hombre, la manga de su saco, su bota, las rodillas de sus pantalones, las callosidades de sus dedos pulgar e índice, su expresión facial, los puños de su camisa, todos estos elementos revelan la profesión de un hombre. Que todo lo anterior falle en ayudar al inquisidor competente en cualquier caso es casi inconcebible.”
—¡Que sarta de tonterías! —exclamé, azotando el periódico en la mesa—. Nunca había leído en mi vida tal disparate.
—¿De que se trata? —preguntó Sherlock Holmes.
—De este artículo —le dije apuntando hacia él con mi cuchara mientras me sentaba a desayunar—. Ya veo que lo ha leído, pues lo ha subrayado usted. No puedo negar que está escrito inteligentemente. Pero me irrita su contenido. Evidentemente es la teoría de algún ocioso que le entusiasma elucubrar estas paradojas sin sentido en la soledad de su estudio. No es para nada práctico. Ya quisiera verlo yo en el subterráneo, en algún vagón de tercera clase, y retarlo a que dedujera los oficios de sus compañeros de viaje. Apostaría uno a mil en contra suya.
—Usted perdería su dinero —afirmó Sherlock con templanza—, pues el artículo lo he escrito yo.
—¡¿Usted?!
—Sí, tengo una inclinación por la observación y la deducción. Las teorías que he expresado en el artículo, y que a usted le parecen tan quiméricas, son extremadamente prácticas, tanto que hago de ellas mi sustento.
—¿Cómo? —pregunté involuntariamente.
—Bueno, tengo un oficio un tanto particular. Se podría decir que soy el único en el mundo. Soy un detective asesor, si es que puede entender a qué me refiero. Aquí en Londres tenemos montones de detectives del gobierno y muchos otros detectives privados. Cuando alguno de ellos se encuentra un poco perdido vienen a mí y yo los encamino por la pista indicada. Ellos me traen toda la evidencia y soy capaz , con la ayuda de mis conocimientos de la historia del crimen, de llevarlos por el camino adecuado. Existe cierta familiaridad entre los crímenes y si conoces los detalles de mil de ellos, es extraño que no puedas resolver el mil uno. Lestrade es un conocido detective. Hace poco se atascó con un caso de falsificación y ese fue el motivo de su visita.
—¿Y los otros visitantes?
—La mayoría son de agencias privadas de investigación. Todas son personas que tienen dudas sobre algún asunto y necesitan que los ilumine. Yo escucho su historia, ellos escuchan mis deducciones y después recibo mi pago.
—¿Lo que dice es que, sin dejar su habitación, puede desenmarañar casos que otros no pueden siquiera comprender, a pesar de haber visto cada detalle por sí mismos?
—En efecto. Poseo una especie de intuición en ese sentido. De vez en cuando se presenta algún caso más complicado . Entonces tengo que salir y ver las cosas con mis propios ojos. Sabe, tengo una gran cantidad de conocimientos poco usuales que aplico al problema y que facilitan mi tarea. Esas reglas de deducción que escribí en el artículo, que a usted le han causado tanto rechazo, son invaluables para mí en mi oficio. Observar es para mi como una segunda naturaleza. Cuando nos conocimos, usted se sorprendió cuando le dije que venía de Afganistán.
—Sin duda fue advertido de ello.
—Para nada. Yo deduje que vino de Afganistán. Por la costumbre, mi razonamiento fue tan rápido que llegué a dicha conclusión sin estar consciente de los pasos intermedios. Sin embargo, esos pasos intermedios existieron. Mi razonamiento funcionó de la siguiente manera: “he aquí un caballero con el aspecto de un médico, pero con el aire de un militar. Lógicamente es un médico del ejército. Acaba de llegar de los trópicos, pues la tez de su rostro está oscurecida y ese no es su color natural, lo puedo afirmar por el color claro de sus muñecas. Su rostro demacrado denota que ha pasado sufrimiento y enfermedades. Tiene el brazo izquierdo lastimado, lo sé por la forma rígida y poco natural con que lo sostiene. ¿En qué lugar del trópico puede un médico militar sufrir tantas dificultades y recibir una herida en el brazo? Evidentemente en Afganistán”. El razonamiento no me llevó más de un segundo y fue cuando le afirmé que usted venía de Afganistán y usted quedó estupefacto.
—Es realmente simple cuando lo explica de esa manera —le dije sonriendo—. Usted me recuerda al Dupin de Edgar Allan Poe. No tenía idea de que existieran tales individuos fuera de los libros.
Sherlock Holmes tomó su pipa y la encendió.
—No cabe duda de que usted piensa que me halaga comparandome con Dupin —observó—. En mi opinión, Dupin era un tipo un tanto inferior. Ese artilugio suyo de interrumpir los pensamientos de sus amigos con una frase oportuna tras un cuarto de hora de silencio es muy ostentoso y superficial. No puedo negar, desde luego, su gran talento analítico; pero estaba lejos de ser el fenómeno que Poe quiso imaginar.
—¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? —le pregunté—. ¿Lecoq está a la altura de sus expectativas de un detective?
Sherlock Holmes frunció la nariz sardónico.
—Lecoq era un miserable chapucero —dijo, molesto—, la única cualidad que puedo reconocerle es su energía. Ese libro suyo sencillamente me enferma. El caso era identificar a un prisionero desconocido, tarea que yo pude haber realizado en tan solo 24 horas. A Lecoq le tomó alrededor de seis meses. Debería más bien ser un manual de detectives para enseñarles qué no hacer.
Ciertamente me sentí indignado al ver a estos dos personajes que admiraba ser tratados de tal manera. Caminé hacia la ventana y me quedé mirando la calle llena de gente. “Puede que este tipo sea muy inteligente,” me dije a mí mismo, “pero no cabe duda de que es un engreído.”
—Ya no quedan crímenes ni criminales en nuestros tiempos —dijo quejumbroso—. ¿De qué sirve ya tener el cerebro en mi profesión? Sé de sobra que no me falta el talento para hacerme famoso. Ningún hombre vivo o que haya vivido ha tenido la preparación y el talento natural para resolver crímenes que yo tengo. ¿Y qué me he ganado? No hay grandes crímenes que resolver, solo vulgares fechorías con motivos tan obvios que hasta un oficial de Scotland Yard puede descubrirlos.
Todavía estaba molesto por la presuntuosidad de su discurso. Por lo que consideré que sería lo mejor cambiar de tema.
—Me pregunto qué estará buscando aquel hombre —dije, apuntando a un caballero fornido y no muy bien vestido que caminaba lentamente del otro lado de la calle, observando ansiosamente los números de las casas. Tenía un sobre azul de tamaño considerable y saltaba a la vista que era un mensajero.
—¿Se refiere al sargento retirado de la marina? —dijo Sherlock Holmes.
“¡Fanfarrón!” pensé para mis adentros. “Sabe que no puedo comprobar su afirmación.”
Apenas había cruzado esa idea por mi mente cuando el hombre que observábamos volteó hacia el número de nuestra puerta y se apresuró a cruzar la calle. Escuchamos un golpe en la puerta, una voz grave en el piso de abajo y el ruido pesado de unos pasos subiendo la escalera.
—Para el señor Sherlock Holmes —dijo, entró al cuarto y le entregó la carta a mi compañero.
Ahí estaba mi oportunidad para bajarle los humos a Sherlock Holmes. Esto era lo que menos esperaba cuando hizo esa declaración sin fundamentos.
—Puedo preguntarle, camarada —dije con mi voz más gentil—, ¿cuál es su profesión?
—Ordenanza, señor —dijo con un gruñido—. Están arreglando mi uniforme.
—¿Y, qué era usted antes? —pregunté dirigiendo una mirada maliciosa hacia mi compañero.
—Sargento, señor, de la infantería ligera de la Marina Real. No hay respuesta, ¿verdad, señor?
Juntó sus talones, hizo un saludo militar y se retiró.
Autores
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la
Revista Gargantúa .
Imagen del libro Daniel Johnston por Daniel Johnston, Sexto Piso, 2016.
Cuando seamos viejos
no tendremos una casa
tampoco auto
ni la ligereza de la muerte
Pero no estés triste
estarán los amigos
y los discos de Daniel Johnston
Habrá animales cerca
que nos alegrarán
cuando estemos abatidos
También muchos libros
que sólo leeremos a la mitad
Y lo más importante
estarán nuestros cuerpos
tecnológicos y profundos
como cráteres expectantes
con fuerza para regar las plantas
sembrar verduras
y abrazarnos cuando haga frío
Primo Svevo
Hoy que Daniel Johnston está sonando en los audífonos, en los coches y en las casas a oscuras, no nos lamentemos por el genio, ni por lo desolada que se siente la humanidad; hoy que se está reproduciendo en hoteles y restaurantes de lujo, bailemos por el triunfo de la locura, porque tal vez eso es lo único que nos salvará de las grandes compañías disqueras y nos elevará con la música de los ángeles hasta desaparecer en un fondo negro.
De cualquier forma las lágrimas en este momento son estúpidas, diría Daniel aclamando al Señor, pero en esta resignación y desesperanza también hay que apreciar y asimilar a la soledad mental, tormento donde yace el eslabón humano, muestra intangible de cómo funciona la extraña belleza de la genialidad.
Maldita sea, Daniel, el mundo era más fácil contigo aquí existiendo, hacía que todo fuera un poquito más comprensible, un consuelo nostálgico y oscuro, sin embargo la ausencia que predicabas era la de los finales desoladores con esperanza, donde con llanto y melancolía uno se desgarra de nuevo y parece que todo se pondrá mejor.
Con fantasmas amistosos, refrescos, música, demonios, clickbait y salvación, hoy se termina una época para la música, el último héroe de los inadaptados se va triunfante y magnífico, como siempre lo fue.
Hoy que Daniel Johnston está sonando en las oficinas, el metro, los oxxos, la selva, los bosques y las cimas de las montañas, subamos el volumen, abramos los libros y repasemos la lección, porque esto no se va a repetir jamás.
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Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Comillas en México no es un movimiento literario o político.
Comillas en México no es un género dentro del street art.
Comillas en México tampoco es un plan de marketing de los monopolios para diferenciarse de las pequeñas, chicas o medianas empresas.
Comillas en México no es un no saber leer y escribir.
Comillas en México no es un proyecto de arte contemporáneo o postpoesia.
Comillas en México quiere ser, si acaso, la muestra del temple de una época; una etnografía del lenguaje en el tercer mundo precarizado.
Al caminar por cualquier calle en la que haya comercios, uno puede observar que cada puesto tiene en un letrero el nombre que le corresponde al objeto que vende, promueve o servicios que requiere u ofrece. Salir a caminar por la ciudad se convierte en un estar leyendo la oferta laboral y gastronómica de la zona. En estos letreros también se aclaran servicios que se están o no dispuestos a ofrecer, se especifican cosas para hacer más ameno el trato entre comerciantes y consumidores.
Tengo el recuerdo infantil de entretenerme viendo esos letreros comúnmente en cartulinas neón pegadas con cinta canela o masking tape . Era un truco a la mirada de un niño: colores chillones en una ciudad gris. Puede ser que todos los vean por eso.
En la primaria cuando algo era muy importante te decían que lo subrayaras, lo escribieras en rojo, en mayúsculas, le pusieras signos de admiración y lo entrecomillaras: “¡ASÍ!”. A veces pienso que esas estrategias pedagógicas llegaron a los comercios de la Ciudad de México.
Había algo en esos letreros, ciertos usos del lenguaje que me interpelaban más allá de la llamada de atención del producto que anunciaban. Su uso de las comillas me parecía brillante, irónico e incluso había cierta lucidez.
Las cartulinas y las mantas son manufacturadas en casa y cada comerciante les imprime su sello personal, su estilo. Su lenguaje, aunque escrito, está muy cerca del habla popular, y apuesta a interpelar al transeúnte de manera amigable y cercana. No sé de marketing, pero estoy casi seguro de que uno compra más si le hablan bonito.
A partir de estas ideas, una amiga creó un proyecto de Instagram que se llama #NoLeo. Ahí sube carteles y notas escritas que se encuentra en la calle. Se demuestra que la lectura, únicamente de libros, es reducida porque siempre estamos codificando signos y escrituras. Vivimos en una ciudad que hace hablar a sus lugares u objetos con frases, mensajes y advertencias.
De ahí vino mi inspiración para encarar con seriedad el uso de comillas en los anuncios y letreros de la Ciudad de México. El 14 de marzo de 2018 abrí una cuenta en Instagram para documentarlas. Comencé a ver que, aunque cada cartel tiene el estilo de su creador, el uso de las comillas se rige bajo ciertas normas. A veces solo señala y hace énfasis, otras parece que tiene consciencia de que las palabras no corresponden con los objetos y es mejor afrontarlo directamente con la ironía del entrecomillado.
Esto solo es posible en los márgenes del capitalismo financiero. Finalmente los letreros apelan a hacer funcionar y fluir la economía local y se cree que las comillas contribuyen a este propósito. Podría ser y no. Porque para hacer crecer el dinero hoy en día hay que abandonar el mundo real. El dinero se multiplica en hipercomputadoras que funcionan con una exactitud maquínica donde no hay cabida al error o la ambigüedad.
Las comillas son un gesto que señala al lenguaje mismo. Lo hace presente como lenguaje, como algo no tan natural ni obvio. El poeta Mario Montalbetti estaría orgulloso de saber que en el México de a pie se sabe de la insuficiencia del lenguaje. Que los sustantivos no son cosas o personas, que los verbos no son acciones concretas y que la existencia es relativa; son palabras.
Me gusta pensar que en México, donde puedes regatear, negociar y, en ciertos barrios, hasta intercambiar productos, hay una resistencia al capital global. Las comillas dan lugar a una forma de lenguaje que se acerca a la poesía. Un lugar donde las personas aún se pueden acercar afectivamente al intercambio monetario y de trabajo.
El uso del lenguaje con comillas es a veces poético, hay una voz ahí. No se deja ver en el transitar y ver los carteles, pero imagino que alguna de las predicciones de Franco Berardi (Bifo) puede estar sucediendo: “la poesía podría iniciar el proceso de reactivación del cuerpo emotivo, y con éste, el de la reactivación de la solidaridad social.” Lo que deja ver Comillas en Mexico es la psique individual del consumo local. Una lógica mercantil que se quiere familiar y juguetona.
El proyecto completo se puede ver en este link:
https://www.instagram.com/comillasen/
Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
En la cuarta temporada de Seinfeld , se abre una de las líneas argumentales más interesantes de la sitcom de Jerry Seinfeld y Larry David cuando, luego de una presentación, un par de ejecutivos de la CBS abordan a Jerry para proponerle la realización de un programa de televisión; pronto George Constanza se asume escritor y le propone acompañarlo en la aventura de escribir una serie que por título lleva simplemente “Jerry” y la cual, acuerdan los personajes, tratará sobre nada, un programa sin trama que recupere anécdotas como la espera para obtener mesa en un restaurante chino.
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Al día de hoy, ese pequeño guiño de autorreflexividad en el medio podría parecer una obviedad, pero en su momento, hace veinticinco años, representaba uno de los diferenciados casos que había en la televisión; y es que quizá la transición que experimentó esta de un simple producto mediático a un objeto casi artístico se debió gracias a la incorporación de este tipo de sutilezas.
Heredera de los dispositivos creativos de la literatura y del arte de los 70, donde el medio representando al medio era ya habitual, la televisión adoptó esta característica hasta su Segunda Edad de Oro, en las décadas de los setenta y ochenta. Al menos así lo entendió Robert Thompson , quien en 1997 propuso una docena de categorías para caracterizar a una televisión que se destacaba del resto: la Televisión de Calidad. Junto a su aspiración al realismo, el tratamiento de temas controversiales o su densidad narrativa, la referencia a otros productos mediáticos, particularmente a la televisión misma –donde la autorreflexividad se entiende como la presencia de un medio que habla del propio medio–, significó una de la características de esta emergente televisión de calidad.
Para Thompson, esto se había inaugurado con The Mary Tyler Moore Show a partir de la cual la televisión comenzó a incorporar oblicuas alusiones tanto a la cultura popular como a la alta cultura, donde una serie como Moonlight bien podía incorporar una referencia a la televisión o a una obra de Eugene O’Neill, las cuales servían para distanciar a estos programas de la estigmatización del medio. Desde entonces, y luego de habernos habituado a la televisión dentro de la televisión, esta autorreflexividad sigue resultando un elemento valioso para entender el universo narrativo que construyen o que proponen las series.
Las ficciones televisivas pueden echar mano de referencias a la música para mostrarnos, por ejemplo, la manera en que un personaje como Nick Wasicsko se explica el mundo y su historia personal desde Bruce Springsteen en Show Me a Hero . O como ocurre con Sharp Objects, donde el compulsivo acto de escuchar música por parte de Camille Preaker, su protagonista, revela un profundo vacío asociado a un periodo en un psiquiátrico, una mujer y un iPod. O, finalmente, con Chloe Mackenzie, una de las niñas de Big little lies , quien todo quiere solucionarlo con música: desde Charles Bradley hasta Elvis Presley (en estos dos últimos casos gracias al impecable trabajo de Sue Jacobs, para quien la supervisión de las canciones para una serie o película trata de saber cómo encajarlas con los ritmos emocionales de una escena ).
Lo mismo ocurre con las referencias a la literatura, donde la televisión –acaso por querer equipararse– está poblada por guiños más o menos velados. Algunos ejemplos: en “The Cheever Letters”, también de la cuarta temporada de Seinfeld , luego de un incendio provocado por accidente, George descubre que lo único que sobrevivió de la cabaña de su suegro fueron las cartas amorosas que él y el autor de “El Nadador” se enviaban. Otro: al final de The Wire , la forma con la que Bubbles termina por convencerse de sí mismo se halla por partida doble en la literatura tanto de ficción como de no ficción: en el perfil que de él escribe Mike Fletcher y, sobre todo, en las líneas que Walon le regala, atribuidas a Fonzie Kafka: “You can hold yourself back from the sufferings of the world, that is something you are free to do and it accords with your nature, but perhaps this very holding back is the one suffering you could avoid”.
Bubbles le pregunta quién es el autor y si acaso lee sus libros, a lo que su sponsor interpretado por Steve Earle le responde que es algún escritor y que por supuesto no lo ha hecho, pero que no importa, se trata de un papel que le regaló un personaje a quien llamaban, guiño guiño, Flaubert.
Pueden haber incluso casos extremos, donde la referencia se halla velada, como en “Faithful” el quinto episodio de la primer temporada de The Handmaid’s Tale , cuando June recibe una revista como obsequio por parte del Comandante Waterford y dice que la dinámica de seducción le recuerda a un poema sin referir cuál ni de quién, pero que se trata –basta buscarlo en google– de “You Fit Into Me” de la propia Margaret Atwood, autora del libro en que se basa la serie, y el cual fue publicado en su libro de 1971, Power Politics .
Que la música o la literatura aparezcan en la televisión es habitual y permite establecer intertextos que suman a la experiencia del visionado de los espectadores más curiosos, pero que la televisión aparezca en ella supone un curioso ejemplo de cómo un medio puede fagocitar al propio medio; sobre todo tratándose de uno que ha monopolizado al storytelling de los últimos años.
Además de los referidos, existe una distinción entre la televisión que desde la ficción refiere a otros productos ficticios: Days of our life es un artificio como el mismo Joey Tribbiani, o Jerry , el programa sobre nada, como Seinfeld mismo; lo mismo que el noticiero de Kent Brockman que miran los habitantes de Springfield. Pero existen otros casos, como la mayoría de los referidos en música o literatura, donde el universo ficcional refiere al real –los citados Bruce Springsteen o “Fonzie” Kafka–, escasos en la televisión. En GIRLS , por ejemplo, podemos ver a la madre de Hannah Horvat ofreciéndole ver alguna de las series que tiene seleccionadas en su cuenta de Netflix, o a su protagonista refiriéndose a Gilmore Girls , una plataforma y una serie de conglomerado rivales.
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Uno de los más recientes casos se dio en la popular serie del verano, Euphoria de HBO. En ella, Rue, una adolescente con problema de ansiedad y adicción, amedrenta en una fiesta al pretendiente de su hermana menor, lo encierra en un cuarto y le dice que si insiste con ella mandará a Omar, Avon, Marlo, el Hermano Mouzone, Bodie y a Stringer a pararse frente a su casa, todos personajes de The Wire , otra serie –acaso la mejor, por mucho– de HBO. Más allá del chiste –el chico se lo cree– el caso sirve para ejemplificar cómo las referencias culturales en las teleseries más allá de operar como guiños al espectador, sirven para construir a los personajes y marcar una distancia con el medio.
El hecho de que Roy, el chico amedrentado y menor que ellas, crea que la amenaza es real, y que tanto Rue como su cómplice Lexi empleen esos nombres explica algo en apariencia sencillo: qué ven los jóvenes retratados en la serie de acuerdo a su edad.
Recién comienza su relato, Rue dice que nació tres días después del primer evento capital del siglo y que durante las primeras dos noches sus padres estuvieron en el hospital con ella bajo las tenues luces de la televisión que emitía una y otra vez a las Torres Gemelas cayendo. Menos de un año después, y pese a las dudas del canal por emitir un “show policiaco” después de tal evento, The Wire comenzó a emitirse un sábado por la noche. Como dice Jorge Carrión , Euphoria más allá de querer seducir a una nueva audiencia mediante guiños y referencias a iconos y relatos del cambio de siglo, “diseña una narrativa y una estética que se ajustan a su época”.
La escena en que Rue refiere a The Wire ocurre en un episodio que rebosa referencias a la cultura popular: en una fiesta de halloween pueden verse disfraces de Bob Ross, Romeo + Juliet, True Romance o Ms. 45 . En ella se capitaliza la nostalgia a manera de referencias: ninguna de las películas en las que se inspiran los disfraces fue estrenada antes de que nacieran los personajes de la serie; y sin embargo, están ahí, con Hunter Schafer encarnado al personaje de Claire Danes, para que los espectadores las reconozcan.
Las referencias se desplazan con la edad de las audiencias: si en los últimos años se capitalizo la nostalgia del espectador promedio cuya infancia, oculta tras el velo de la memoria, se reconstruye con las referencias de la cultura popular de los años ochenta, tres años después de Stranger Things los afiches de Jaws y Risky Business ceden lugar a las películas de Tony Scott y Baz Luhrmann, y comienzan a incorporar a la televisión diferenciada del resto, la televisión de calidad, dentro de la televisión misma.
¿Cuánto tiempo pasará para que un grupo de mafiosos italianos ya no miren una y otra vez escenas de The Godfather, como Tony Soprano y sus colegas, sino escenas de esa mafia de Nueva Jersey que fue protagonista de The Sopranos ? Quizá esto ocurra en cuanto los personajes de una serie cualquiera se pregunten si aquello que están viendo todavía forma parte de alguna edad de oro de la televisión y mejor vuelvan a abrir un libro o a poner un álbum completo en mitad de la fiebre de los tocadiscos.
Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de
Tríptico sobre las despedidas (2017) y
Neighborhood (2017) y
Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la
Revista de la Universidad de México y
Otra Parte .
Ilustración de Marco Velasco.
Aquí puedes leer la primera parte.
Discursos poéticos desde la diferencia
La literatura escrita en lenguas indígenas es asociada, generalmente por la falta de una tradición propia, a un formato y contenido “tradicional” que viene de la tradición oral del pueblo al que es originario el autor. En el ámbito literario occidental sabemos que existe una larga tradición, mas no es así en las lenguas mayas, su búsqueda nos ha llevado a otros caminos. Con esta diferencia marcada ante la literatura occidental, ¿qué entendemos por “tradición” los que escribimos en una lengua maya?
En la poesía, su referencia principal son los rezos tradicionales. Carlos Montemayor (1999), uno de los primeros intelectuales y escritores que se dedicó a crear el imaginario de la literatura indígena en sus cursos de formación y proyectos editoriales con el apoyo del INI y la Fundación Rockefeller, llama “ʻtradicionalesʼ, en forma amplia, tanto a diversos tipos de alocución como a algunas ceremonias que a lo largo de generaciones, regiones o incluso lenguas, manifiestan un ordenamiento constante y una transmisión personalizada y oral, y por ello especializada” (Arte y plegaria en las lenguas indígenas de México , FCE, 62).
Montemayor afirma también que la función de estos rezos es la de “invocar a entidades sustentadoras de la vida identificadas en un espacio invisible no remoto, sino inmerso en el mundo de las propias comunidades” (1999: 62); por ello una de sus características formales es el epíteto y el nombre sagrado como eje de ordenación (Montemayor, 1999: 74). El paralelismo y los nombres de los santos “occidentales” y de dioses propios son marcas de la oralidad presentes en estas alocuciones.
Juan Gregorio Regino (2014) agrega a la propia comunidad como portadora de una poesía colectiva que denomina “poesía comunitaria”. Estas creaciones pueden ser, aclara el autor, “individuales o colectivas contemporáneas que cultivan la palabra como expresión de sentimientos, saberes y formas de relación con lo sagrado” (Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena , Coord. por Luz María Lepe Lira, Dirección General de Culturas Populares, 33). En este mismo tenor, María Rosenda de la Cruz Vázquez menciona que:
Ser narradora, tanto en forma oral como por escrito, en nuestro propio idioma y en castellano, es cumplir con los encargos que nos hicieron nuestros ancestros porque desde el remoto pasado dejaron esa consigna: transmitir de generación en generación sus tradiciones y conocimientos, a fin de que no se pierda la cultura maya, que es nuestra principal y más importante herencia, por los valores que hacen que se nos reconozca como pueblo originario, con miles de años de arraigo y tradición (en Lepe Lira, Oralidad y escritura , 2014: 145-146).
Tanto para Gregorio Regino como para de la Cruz Vázquez el concepto de “tradición” como sustantivo, o “tradicional” como adjetivo, se articula con prácticas y rituales, además de experiencias de vida que implican un uso particular del lenguaje en tanto forma y contenido asociado con lo sagrado y con un pasado remoto. La escritura, por tanto, comprende la búsqueda de continuidad de esos valores y conocimientos con “miles de años de arraigo y tradición” (146), según de la Cruz Vázquez, que nos sirve para mantener viva la relación del hombre con su entorno, su identidad y origen.
Los propios escritores, sin embargo, poco hemos cuestionado sobre el uso de dicha noción en el ámbito social, cultural y político que, en lo personal, también tiene una importante conexión, aunque no sea explícito en el discurso literario sino en el político. Quienes nos identificamos con una cultura y sociedad “tradicionalista”, somos parte de una política cultural conservadora pues está basada en la continuidad de prácticas e ideologías instituidas por un sector de la sociedad que está en el poder. ¿En qué medida nos beneficia esto?
Eric Hobsbawm menciona que las “tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son a menudo bastante recientes en su origen, y a veces inventadas” (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 7). En este sentido, seguimos comprendiendo que la función de la literatura “Es el contraste entre el cambio constante y la innovación del mundo moderno y el intento de estructurar como mínimo algunas partes de la vida social de éste como invariables o inalterables” (Hobsbawm 8).
En este sentido, la literatura denominada “indígena” está afincada en una “tradición” propia del pueblo que se identifica “tradicionalista”; una forma de enunciación desde la diferencia como contradiscurso de la modernidad, misma que pretende imponerse ante una sociedad que busca el cambio o la sustitución de algunas de sus prácticas especialmente por cuestiones religiosas.
Romper con “la tradición”, en términos sociales y culturales, ha costado sangre y muerte. “Rescatar” y “preservar” lo que nos diferencia de la cultura occidental pareciera ser nuestro objetivo inamovible para no perder nuestra identidad originaria, lo cual continúa como parte de una colonialidad del pensamiento.
Durante la década de los años sesenta y setenta, hasta los noventa del siglo XX, Chiapas fue lugar de persecuciones por “motivos religiosos”. Manuela Cantón Delgado (1997) sostiene que el cambio religioso, aun siendo importante, fue sólo una parte del problema. En su artículo “Las expulsiones indígenas en los Altos de Chiapas: algo más que un problema de cambio religioso” (Revista Mesoamérica , Vol. 18, No. 33, pags. 147-169) enfatiza que este conflicto tiene que ver con la llegada de los misioneros por parte del Instituto Lingüístico de Verano, en principio como un apoyo a la alfabetización de las comunidades indígenas atraídos por el proyecto modernizador de Lázaro Cárdenas, quienes fomentaron la des-estructuración del sistema tradicional de cargos rechazando su realización, así como el consumo del alcohol y el pago de impuestos para las fiestas tradicionales con fines religiosos.
Lo que hasta hoy día llamamos “sociedad o cultura tradicional” es parte, como aclara Cantón Delgado, “de una política indigenista postrevolucionaria y cardenista”, que condujo “a la creación paulatina de cacicazgos nativos” (1997: 153).
En Chamula, especialmente, el gobierno nacional creó desde 1937, a través del departamento de Asuntos Indígenas, “los criterios tradicionales para la elección de las autoridades de la comunidad” destinado para “un grupo de jóvenes enviados a colaborar con los funcionarios ladinos del Ayuntamiento con el objeto de promover el desarrollo” (153). Estos jóvenes se hicieron “promotores”, “agentes para la reforma y el desarrollo, además del vínculo con las autoridades estatales y federales. Esta medida alteró el sistema tradicional del gobierno chamula, hasta entonces en manos de los “principales” (Cantón delgado, 153), logrando así relacionar los cargos religiosos con múltiples negocios comerciales como la venta de alcohol y, más tarde, de expendedoras de bebidas como Coca Cola y Pepsi ahora instalados en los rituales.
El concepto de “tradición” está directamente relacionado con un discurso de conservación, ahora con mayor visibilidad, con influencias de un partido político que se identifica “con el color de la sangre”, un partido ya sin rostro fijo, pero que continúa en el poder. Actualmente es ese discurso, en términos de Hobsbawm, el que fija la identidad y el pensamiento de los integrantes del pueblo en todas sus actividades con una ideología paternalista y patriarcal.
En lo que va del siglo XXI la influencia de esta “tradición” en sus distintos ámbitos continúa en la poesía escrita en las múltiples lenguas que se hablan en México, en particular con las creencias con fines religiosos ligados a los santos y “ancestros fundadores del mundo” o a la naturaleza. Baste con observar las últimas publicaciones de Ruperta Bautista como Xchamel ch’ul banamil = Eclipse en la madre tierra (CDI, 2008) y Xojobal jalob te’ = Telar luminario (Pluralia ediciones, 2013); Armando Sánchez Gómez con Sbeel ch’ulelal = Andar del alma (CELALI, 2014) y U’al ixim = Collar de maíz (CELALI, 2018); María Concepción Bautista Xch’ulel osil balamil = Espíritu de la naturaleza (CELALI, 2017).
En esta misma línea, Manuel Bolom Pale obtiene el premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2016), en la categoría de poesía oral —cantares, rezos, plegarias, conjuros, etc.— con Sk’inal xikitin: k’opojel yu’un nupunel = Fiesta de la chicharra: un discurso ceremonial para matrimonio (Secretaría de Cultura/ Culturas Populares, 2017). Este libro contiene la recreación de un discurso tradicional sin desconectarse de lo sagrado, de lo social y territorial.
En la escritura de la poesía en tsotsil y tseltal es aún la oralidad la que ejerce, en gran parte, un peso determinante y la que confiere una de las características de la tradición poética en esta lengua, aunque no en todos los poetas.
En la actualidad muchos poetas continúan cultivando esta poesía relacionada con la poesía oral, pues como confirma Luz María Lepe Lira, los propios escritores contemporáneos conscientes de su situación colonial, “parten de la observación de la tradición oral en sus comunidades y en sus textos recomponen las nociones de autoría, lengua y literatura” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo , Grañén Porrúa, 2018: 78).
Una vez vista esta relación social, política y religiosa de la noción de “tradición” en la literatura, ahora me acerco a la poesía escrita por Alberto Gómez Pérez y Antonio Guzmán Gómez, el primero uno de los precursores en lengua tsotsil y, el segundo, de los últimos en lengua tseltal quienes en el desarrollo de su trabajo poético han establecido una ruptura tanto formal como de contenido con respecto de la tradición y de lo tradicional en la poesía.
Alberto Gómez Pérez (1966) es el primero en asumirse poeta en lengua tsotsil. Originario de Huitiupán, Chiapas, y promotor cultural, sus primeras publicaciones se encuentran en Flor y canto, cinco poetas del sur (1993), junto a Briceida Cuevas Cob, bajo la selección de Ramón Bolívar. Miembro de la Unidad de Escritores Mayas-Zoques desde su fundación, su primera obra se titula Sk’evo kajvaltik xchi’uk yalab snich’nab = Palabras para los dioses y el mundo (INI/ Fundación Rockefeller, 1996), resultado de la beca del FONCA en la emisión 1994-1995.
En este libro, con una influencia determinante de los rezos tradicionales en la mayoría de sus poemas, el autor trata de generar estructuralmente un sentido dialógico entre el sujeto poético y su abuela, sus padres y amigos. Es un diálogo entre la “tradición” y el nacimiento de una voz poética que cuestiona su realidad social y condición humana. El sujeto poético trasciende el tema de la oralidad para pasar a lo familiar y a lo social:
“Si hemos pensado cantar / escribámoslo / y demos a conocer nuestras tradiciones / para que vean / y conozcan / que somos pobres / y abandonados / que sea así pues / para que se entere todo el mundo” (1996: 175). En esta primera obra, si bien recupera gran parte del formato de rezos y discursos orales, Gómez Pérez está consciente, a decir también de Lepe Lira sobre Gregorio Regino, “del peso de la situación colonial sobre los pueblos nativos de América, no sólo como un episodio histórico sino como una realidad vital de relaciones asimétricas y desventajosas para las comunidades indias” (Relatos de la diferencia… 2018: 88).
La participación de este sujeto poético, si bien breve, es la que irrumpe en un contexto social marginado por la política social, cultural y educativa. Gómez Pérez, sin embargo, no deja de buscar un discurso estético, la belleza de metáforas e imágenes:
Alak’ sba le nichim chlok’ ta jeke
xchi’uk sk’uxul o’ntonale
alak’ xa sba tzebakil uk’um chjul ta jol
abol xa sba x-evajetik xchi’uk j-aranaetik
solel me’anal k’anal nichim xa yilel
ja’ no xveseset le sakil nichim ta ak’abale
xchi’uk le mujil nichim k’epelaltike
Flores bellas nacen en mi boca
con rodajas de pasión.
Sirenas imaginarias fabrica mi mente
con evas y adanes sufrientes
jacarandas tristes
margaritas de la noche
y jazmines del desierto (1996: 91 y 187).
Después de Palabras para los dioses y el mundo , Gómez Pérez publica su segundo libro Ak’o mu xtup’ sat le jtotike = Que no se apague el sol (CELALI, 1997). En esta obra se aprecian voces de curanderos, amigos y compadres que rezan, que opinan, muy a la forma de un poema conversacional, que reclaman e invitan a escuchar los cantos y rezos tradicionales para curar el espanto y el olvido. No hay una voz poética definida, es la voz colectiva la que habla. El autor, sin embargo, busca un nuevo ritmo, una composición nueva al romper con la transcripción o “transvase” de los rezos en la escritura. En este sentido el poemario crea un espacio colectivo, una polifonía o concierto de voces basado en una estructura díptica y encadenada.
Dentro de los premios de poesía Pat O’tan entregados por el CELALI, en 1999 Gómez Pérez obtiene el primer lugar con el libro Yok’el k’ak’aletik = Llanto del tiempo (CELALI, 2000). Estructurado en tres secciones, este trabajo poético contiene una búsqueda de definición de una voz lírica que salta de la oralidad, de la estructura repetitiva de los rezos, a una expresión breve y personal. Las emociones y preocupaciones de un sujeto ocupan un espacio mayor, un “yo” lírico lleno de melancolía y de nostalgias. La voz de los abuelos, de los curanderos y de las parteras se va a un segundo plano, el lugar de los recuerdos, de lo que fue y tuvo influencia en el sujeto, mas ya no pesa en el poemario como en los primeros libros.
Sobre este libro, Jesús Morales Bermúdez anota que “A lo largo de tres capítulos, situados entre el origen y el devenir, nos adentramos en la experiencia cotidiana con la naturaleza: las plantas, los animales y los hombres; experiencia que va tatuando en el mundo exterior e interior del lector, una imagen perdurable y nueva” (Prólogo a Llanto del tiempo 13).
El libro Llanto del tiempo puede leerse como un puente entre las primeras dos obras de Gómez Pérez y K’unk’un lajel = Muerte lenta (CELALI), la última publicada en 2012, al saltar del uso formal de voces que rezan y aconsejan al uso de la voz individual, una enunciación íntima y humana. En Muerte lenta el sujeto lírico se presenta con mayor fuerza y sensibilidad. Se aprecia un mayor recurso estilístico y abstracción en el lenguaje poético. Además, hay una definición clara del tema: la memoria.
Es importante notar que si bien es un libro bilingüe como los anteriores, Gómez Pérez lo escribe desde el español y el formato bilingüe lo da la traducción al tsotsil hecha por Enrique Pérez López. Este ejemplo de traducción no es común ni en los poetas ni en los narradores en tsotsil o tseltal, ya que ellos mismos se auto-traducen.
Muerte lenta , en cambio, es una muestra de la delgada línea que divide las variantes lingüísticas , pues ambos poetas son hablantes de distintas regiones, y, sin embargo, producen un poemario de alto nivel. En la práctica poética se rompe tanto el uso del tsotsil por el autor al crear en español, como por el de quien traduce.
En Muerte lenta se hace presente la ruptura con la tradición, los rezos tradicionales y su relación con la naturaleza y la voz colectiva. Es impresionante cómo Gómez Pérez logra consolidar su voz en esta obra con propuesta temática, ritmo y musicalidad nuevos. La fuerza con que estampa cada verso en las páginas demuestra que el autor dialoga con el propio lenguaje y ya no con los “ancestros” o las divinidades instituidas por el cristianismo. La soledad, la angustia, el olvido, la ausencia de alguien y el desamor dejan de ser subtemas y ahora son mostrados como problemas humanos y universales:
“Ya no hiere el silencio / ni el ruido de tu recuerdo, / sino amenaza desbordar / aquí en la hierba / que crece junto a la tumba, / sus hojas y tallos se postran, / rinden homenaje al recuerdo; / al amor que ausente / sueña desde el olvido / y hace patente su deseo / de vivir y estar en las noches / junto a ti / sin cadáver / sin fantasmas” (47).
En el transcurso de las secciones que componen el libro vemos que el sujeto teme al olvido, cada verso intenta llenar el vacío, la memoria conectada a una emoción cada vez más ausente. La lectura de la obra de Gómez Pérez evoca otras voces poéticas como la de José Emilio Pacheco, cuando por ejemplo nos encontramos con un fragmento del siguiente poema:
“No. Aquí nada sucede, / sólo ruido en vuelo, solitario, / con nubes plácidas, / y besos amargos en labios heridos… Sola, perdida y confusa / como gota de agua en el desierto: / ʻNo. No ha pasado nada, / sólo sucedeʼ” (2013: 72) y con uno de Pacheco: “Acércate y al oído te diré adiós. / Gracias porque te conocí, porque acompañaste / un inmenso minuto de la existencia. / Todo se olvidará en poco tiempo. / Nunca hubo nada y lo que fue nada/ tiene por tumba / el espacio infinito de la nada” (José Emilio Pacheco, Ciudad de la memoria , Ediciones Era, 2009, p. 43).
Esta obra, sin lugar a dudas, ofrece mayor compromiso en la búsqueda estética, incluyendo atrevimientos formales: “Una sábana cansada desempolva. / Amantes deseos cuelgan de pétalos, aromas” (2013: 75). El lenguaje, que a veces pareciera cotidiano, se vuelve complejo, una apuesta mayor de cualquier poeta que lidia consigo mismo, continuamente contra sus propios fantasmas, temores, dudas, sentimientos y amores.
Retomando la idea de Homi K. Bhabha (2002), cuando habla de la “extranjeridad del lenguaje” en El lugar de la cultura (Ediciones Manantial), refiere que el sentido de la “comunidad imaginada”, en relación a la “tradición inventada”, de la nación es una metáfora gastada de la modernidad, y afirma que “A través de la acumulación de la historia de Occidente existen esos pueblos que hablan el discurso codificado del melancólico y el migrante…” (201). Es bajo esta idea en que Antonio Guzmán Gómez, nacido en San Cristóbal de Las Casas, publicó en 2017 su primer libro Kuxinel bit’il k’ajk’ = Vivir como fuego (CELALI), una serie de poemas que tienen la estructura y formato del haikú y tankas.
La poesía de Guzmán Gómez tiene como principal función la de abandonar la metáfora que tiene occidente de la nación, de la vida, de la naturaleza, de todos los símbolos creados como único sentido de la realidad como pueblos “originarios” y “tradicionalistas”. Este sentido de la antimetáfora de la poesía –más allá de un agotamiento de la palabra– como producto de la posmodernidad, es decir, de la disolución de las metáforas de la realidad, me parece viable como una puerta para leer y aproximarse a los poemas contenidos en Vivir como fuego .
El propio autor reflexiona en otro documento sobre su trabajo poético y habla sobre cómo para lograr la “tropicalización de esta forma poética, fue necesario conocer la tradición literaria del haikú”, leyendo “a los poetas japoneses traducidos al español: Matsuo Basho, Takarai Kikaku, Onitsura, Yosa Buson, Issa Kobayashi, Shikimasaoka; también a los poetas mexicanos: José Juan tablada y Octavio Paz; a los poetas chiapanecos, entre ellos Armando Duvalier…” (“El haikú en tseltal” en Documentos Lingüísticos y literarios , Universidad Austral de Chile, No. 37, p. 51).
En el libro de Guzmán Gómez, además de su brevedad en páginas, cada segmento y poema se caracterizan por su espontaneidad, tal como vemos en este texto: “El tiempo vuela / en la tarde que muere, / arden sus alas” (53). Más allá de una transculturación, hibridación, o cualquier otra categoría de lectura, el autor apuesta por lo efímero, buscar nuevos sentidos en otras formas de la poesía, una labor sumamente compleja tomando en cuenta que, para la tradición oral maya, los rezos son largos y duraderos.La ruptura con la forma oral también es una disociación con la forma de pensar y ver la realidad, el cosmos, la vida, en un lenguaje comprimido: “Tus ojos fijos, / Como piedras sobre el agua / Rompen la calma” (30).
La poesía de Guzmán Gómez inicia, desde esta ruptura de lo tradicional, una búsqueda de experimentación con otra forma como la japonesa. La escritura desde lo “indígena” como una diferencia, asociada con la continuidad de la tradición, comienza a no ser suficiente cuando rompe y sustituye la ideología que la sostiene, se propia de otras herramientas para re-significar el pasado, su propio mundo y la realidad próxima.
En Vivir como fuego , a decir de K. Bhabha, “la extranjeridad del lenguaje” está presente en todo momento. Podemos ver a la muerte, una de las temáticas recurrentes, como contrasentido de la vida. Fuera de la noción de la trascendencia, la noción de muerte es contrapuesta a la creencia de la cultura maya de que existe el inframundo como continuación de la vida. En la obra poética la muerte la podemos encontrar con varios matices: la oscuridad, lo negro, el espejo, el dolor, elementos que incluso, como la luz, son componentes simbólicos que expresan y rompen con las antiguas metáforas, con la propia cultura.
Gómez Pérez y Guzmán Gómez han hecho una ruptura de la tradición de manera inversa, su lugar de enunciación y conocimientos sobre estilística y poética les ha permitido romper con la propia “tradición” para unirse a una voz universal. Los autores, como también lo habían notado Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno sobre Gómez Peréz y otros de su generación, comienzan a romper con impostaciones formales y se atreven a buscar y encontrar su propia voz, el sentido viril del acto creador, la energía enunciativa; van optando por las formas versiculares adecuadas a su asunto y al tratamiento de su asunto, de manera diferenciada, lo cual es destacable (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005 , 2006: 340).
Con formas libres o medidos como el haikú, a Gómez Pérez y Guzmán Gómez les ha servido para salirse de lo determinado. Su voz se une a la noción de poesía occidental y oriental para buscar otros medios de expresión del sentimiento individual, la consciencia de un “Yo” que existe dentro de otras voces, formas de ver y sentir el mundo que habita, alejándose de otras visiones que en el discurso esencialista sería imposible.
Los dos autores vistos no son los únicos que buscan innovar su forma y voz poéticas, pero ellos representan lo más visible de dicha ruptura en Chiapas, relacionadas con un Yo que rechaza la estructura de los rezos y la noción de “cultura tradicionalista”; su poesía busca nuevos formatos más apropiados para su necesidad poiética en tanto creación de su propia subjetividad y ser en el mundo.
Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos
Los hijos errantes (2014); coautor del poemario
Ts’unun ,
Los sueños del colibrí (2017) y
Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe
Chiapas maya awakening (2017),
El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017),
I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y
Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de
La Jornada ; en las revistas
Documentos Lingüísticos y Literarios (2018),
Punto de Partida (2016) y
Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).
Ilustración de Marco Velasco
Aquí puedes leer la primera parte.
Discursos poéticos desde la diferencia
La literatura escrita en lenguas indígenas es asociada, generalmente por la falta de una tradición propia, a un formato y contenido “tradicional” que viene de la tradición oral del pueblo al que es originario el autor. En el ámbito literario occidental sabemos que existe una larga tradición, mas no es así en las lenguas mayas, su búsqueda nos ha llevado a otros caminos. Con esta diferencia marcada ante la literatura occidental, ¿qué entendemos por “tradición” los que escribimos en una lengua maya?
En la poesía, su referencia principal son los rezos tradicionales. Carlos Montemayor (1999), uno de los primeros intelectuales y escritores que se dedicó a crear el imaginario de la literatura indígena en sus cursos de formación y proyectos editoriales con el apoyo del INI y la Fundación Rockefeller, llama “ʻtradicionalesʼ, en forma amplia, tanto a diversos tipos de alocución como a algunas ceremonias que a lo largo de generaciones, regiones o incluso lenguas, manifiestan un ordenamiento constante y una transmisión personalizada y oral, y por ello especializada” (Arte y plegaria en las lenguas indígenas de México , FCE, 62).
Montemayor afirma también que la función de estos rezos es la de “invocar a entidades sustentadoras de la vida identificadas en un espacio invisible no remoto, sino inmerso en el mundo de las propias comunidades” (1999: 62); por ello una de sus características formales es el epíteto y el nombre sagrado como eje de ordenación (Montemayor, 1999: 74). El paralelismo y los nombres de los santos “occidentales” y de dioses propios son marcas de la oralidad presentes en estas alocuciones.
Juan Gregorio Regino (2014) agrega a la propia comunidad como portadora de una poesía colectiva que denomina “poesía comunitaria”. Estas creaciones pueden ser, aclara el autor, “individuales o colectivas contemporáneas que cultivan la palabra como expresión de sentimientos, saberes y formas de relación con lo sagrado” (Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena , Coord. por Luz María Lepe Lira, Dirección General de Culturas Populares, 33). En este mismo tenor, María Rosenda de la Cruz Vázquez menciona que:
Ser narradora, tanto en forma oral como por escrito, en nuestro propio idioma y en castellano, es cumplir con los encargos que nos hicieron nuestros ancestros porque desde el remoto pasado dejaron esa consigna: transmitir de generación en generación sus tradiciones y conocimientos, a fin de que no se pierda la cultura maya, que es nuestra principal y más importante herencia, por los valores que hacen que se nos reconozca como pueblo originario, con miles de años de arraigo y tradición (en Lepe Lira, Oralidad y escritura , 2014: 145-146).
Tanto para Gregorio Regino como para de la Cruz Vázquez el concepto de “tradición” como sustantivo, o “tradicional” como adjetivo, se articula con prácticas y rituales, además de experiencias de vida que implican un uso particular del lenguaje en tanto forma y contenido asociado con lo sagrado y con un pasado remoto. La escritura, por tanto, comprende la búsqueda de continuidad de esos valores y conocimientos con “miles de años de arraigo y tradición” (146), según de la Cruz Vázquez, que nos sirve para mantener viva la relación del hombre con su entorno, su identidad y origen.
Los propios escritores, sin embargo, poco hemos cuestionado sobre el uso de dicha noción en el ámbito social, cultural y político que, en lo personal, también tiene una importante conexión, aunque no sea explícito en el discurso literario sino en el político. Quienes nos identificamos con una cultura y sociedad “tradicionalista”, somos parte de una política cultural conservadora pues está basada en la continuidad de prácticas e ideologías instituidas por un sector de la sociedad que está en el poder. ¿En qué medida nos beneficia esto?
Eric Hobsbawm menciona que las “tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son a menudo bastante recientes en su origen, y a veces inventadas” (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 7). En este sentido, seguimos comprendiendo que la función de la literatura “Es el contraste entre el cambio constante y la innovación del mundo moderno y el intento de estructurar como mínimo algunas partes de la vida social de éste como invariables o inalterables” (Hobsbawm 8).
En este sentido, la literatura denominada “indígena” está afincada en una “tradición” propia del pueblo que se identifica “tradicionalista”; una forma de enunciación desde la diferencia como contradiscurso de la modernidad, misma que pretende imponerse ante una sociedad que busca el cambio o la sustitución de algunas de sus prácticas especialmente por cuestiones religiosas.
Romper con “la tradición”, en términos sociales y culturales, ha costado sangre y muerte. “Rescatar” y “preservar” lo que nos diferencia de la cultura occidental pareciera ser nuestro objetivo inamovible para no perder nuestra identidad originaria, lo cual continúa como parte de una colonialidad del pensamiento.
Durante la década de los años sesenta y setenta, hasta los noventa del siglo XX, Chiapas fue lugar de persecuciones por “motivos religiosos”. Manuela Cantón Delgado (1997) sostiene que el cambio religioso, aun siendo importante, fue sólo una parte del problema. En su artículo “Las expulsiones indígenas en los Altos de Chiapas: algo más que un problema de cambio religioso” (Revista Mesoamérica , Vol. 18, No. 33, pags. 147-169) enfatiza que este conflicto tiene que ver con la llegada de los misioneros por parte del Instituto Lingüístico de Verano, en principio como un apoyo a la alfabetización de las comunidades indígenas atraídos por el proyecto modernizador de Lázaro Cárdenas, quienes fomentaron la des-estructuración del sistema tradicional de cargos rechazando su realización, así como el consumo del alcohol y el pago de impuestos para las fiestas tradicionales con fines religiosos.
Lo que hasta hoy día llamamos “sociedad o cultura tradicional” es parte, como aclara Cantón Delgado, “de una política indigenista postrevolucionaria y cardenista”, que condujo “a la creación paulatina de cacicazgos nativos” (1997: 153).
En Chamula, especialmente, el gobierno nacional creó desde 1937, a través del departamento de Asuntos Indígenas, “los criterios tradicionales para la elección de las autoridades de la comunidad” destinado para “un grupo de jóvenes enviados a colaborar con los funcionarios ladinos del Ayuntamiento con el objeto de promover el desarrollo” (153). Estos jóvenes se hicieron “promotores”, “agentes para la reforma y el desarrollo, además del vínculo con las autoridades estatales y federales. Esta medida alteró el sistema tradicional del gobierno chamula, hasta entonces en manos de los “principales” (Cantón delgado, 153), logrando así relacionar los cargos religiosos con múltiples negocios comerciales como la venta de alcohol y, más tarde, de expendedoras de bebidas como Coca Cola y Pepsi ahora instalados en los rituales.
El concepto de “tradición” está directamente relacionado con un discurso de conservación, ahora con mayor visibilidad, con influencias de un partido político que se identifica “con el color de la sangre”, un partido ya sin rostro fijo, pero que continúa en el poder. Actualmente es ese discurso, en términos de Hobsbawm, el que fija la identidad y el pensamiento de los integrantes del pueblo en todas sus actividades con una ideología paternalista y patriarcal.
En lo que va del siglo XXI la influencia de esta “tradición” en sus distintos ámbitos continúa en la poesía escrita en las múltiples lenguas que se hablan en México, en particular con las creencias con fines religiosos ligados a los santos y “ancestros fundadores del mundo” o a la naturaleza. Baste con observar las últimas publicaciones de Ruperta Bautista como Xchamel ch’ul banamil = Eclipse en la madre tierra (CDI, 2008) y Xojobal jalob te’ = Telar luminario (Pluralia ediciones, 2013); Armando Sánchez Gómez con Sbeel ch’ulelal = Andar del alma (CELALI, 2014) y U’al ixim = Collar de maíz (CELALI, 2018); María Concepción Bautista Xch’ulel osil balamil = Espíritu de la naturaleza (CELALI, 2017).
En esta misma línea, Manuel Bolom Pale obtiene el premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2016), en la categoría de poesía oral —cantares, rezos, plegarias, conjuros, etc.— con Sk’inal xikitin: k’opojel yu’un nupunel = Fiesta de la chicharra: un discurso ceremonial para matrimonio (Secretaría de Cultura/ Culturas Populares, 2017). Este libro contiene la recreación de un discurso tradicional sin desconectarse de lo sagrado, de lo social y territorial.
En la escritura de la poesía en tsotsil y tseltal es aún la oralidad la que ejerce, en gran parte, un peso determinante y la que confiere una de las características de la tradición poética en esta lengua, aunque no en todos los poetas.
En la actualidad muchos poetas continúan cultivando esta poesía relacionada con la poesía oral, pues como confirma Luz María Lepe Lira, los propios escritores contemporáneos conscientes de su situación colonial, “parten de la observación de la tradición oral en sus comunidades y en sus textos recomponen las nociones de autoría, lengua y literatura” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo , Grañén Porrúa, 2018: 78).
Una vez vista esta relación social, política y religiosa de la noción de “tradición” en la literatura, ahora me acerco a la poesía escrita por Alberto Gómez Pérez y Antonio Guzmán Gómez, el primero uno de los precursores en lengua tsotsil y, el segundo, de los últimos en lengua tseltal quienes en el desarrollo de su trabajo poético han establecido una ruptura tanto formal como de contenido con respecto de la tradición y de lo tradicional en la poesía.
Alberto Gómez Pérez (1966) es el primero en asumirse poeta en lengua tsotsil. Originario de Huitiupán, Chiapas, y promotor cultural, sus primeras publicaciones se encuentran en Flor y canto, cinco poetas del sur (1993), junto a Briceida Cuevas Cob, bajo la selección de Ramón Bolívar. Miembro de la Unidad de Escritores Mayas-Zoques desde su fundación, su primera obra se titula Sk’evo kajvaltik xchi’uk yalab snich’nab = Palabras para los dioses y el mundo (INI/ Fundación Rockefeller, 1996), resultado de la beca del FONCA en la emisión 1994-1995.
En este libro, con una influencia determinante de los rezos tradicionales en la mayoría de sus poemas, el autor trata de generar estructuralmente un sentido dialógico entre el sujeto poético y su abuela, sus padres y amigos. Es un diálogo entre la “tradición” y el nacimiento de una voz poética que cuestiona su realidad social y condición humana. El sujeto poético trasciende el tema de la oralidad para pasar a lo familiar y a lo social:
“Si hemos pensado cantar / escribámoslo / y demos a conocer nuestras tradiciones / para que vean / y conozcan / que somos pobres / y abandonados / que sea así pues / para que se entere todo el mundo” (1996: 175). En esta primera obra, si bien recupera gran parte del formato de rezos y discursos orales, Gómez Pérez está consciente, a decir también de Lepe Lira sobre Gregorio Regino, “del peso de la situación colonial sobre los pueblos nativos de América, no sólo como un episodio histórico sino como una realidad vital de relaciones asimétricas y desventajosas para las comunidades indias” (Relatos de la diferencia… 2018: 88).
La participación de este sujeto poético, si bien breve, es la que irrumpe en un contexto social marginado por la política social, cultural y educativa. Gómez Pérez, sin embargo, no deja de buscar un discurso estético, la belleza de metáforas e imágenes:
Alak’ sba le nichim chlok’ ta jeke
xchi’uk sk’uxul o’ntonale
alak’ xa sba tzebakil uk’um chjul ta jol
abol xa sba x-evajetik xchi’uk j-aranaetik
solel me’anal k’anal nichim xa yilel
ja’ no xveseset le sakil nichim ta ak’abale
xchi’uk le mujil nichim k’epelaltike
Flores bellas nacen en mi boca
con rodajas de pasión.
Sirenas imaginarias fabrica mi mente
con evas y adanes sufrientes
jacarandas tristes
margaritas de la noche
y jazmines del desierto (1996: 91 y 187).
Después de Palabras para los dioses y el mundo , Gómez Pérez publica su segundo libro Ak’o mu xtup’ sat le jtotike = Que no se apague el sol (CELALI, 1997). En esta obra se aprecian voces de curanderos, amigos y compadres que rezan, que opinan, muy a la forma de un poema conversacional, que reclaman e invitan a escuchar los cantos y rezos tradicionales para curar el espanto y el olvido. No hay una voz poética definida, es la voz colectiva la que habla. El autor, sin embargo, busca un nuevo ritmo, una composición nueva al romper con la transcripción o “transvase” de los rezos en la escritura. En este sentido el poemario crea un espacio colectivo, una polifonía o concierto de voces basado en una estructura díptica y encadenada.
Dentro de los premios de poesía Pat O’tan entregados por el CELALI, en 1999 Gómez Pérez obtiene el primer lugar con el libro Yok’el k’ak’aletik = Llanto del tiempo (CELALI, 2000). Estructurado en tres secciones, este trabajo poético contiene una búsqueda de definición de una voz lírica que salta de la oralidad, de la estructura repetitiva de los rezos, a una expresión breve y personal. Las emociones y preocupaciones de un sujeto ocupan un espacio mayor, un “yo” lírico lleno de melancolía y de nostalgias. La voz de los abuelos, de los curanderos y de las parteras se va a un segundo plano, el lugar de los recuerdos, de lo que fue y tuvo influencia en el sujeto, mas ya no pesa en el poemario como en los primeros libros.
Sobre este libro, Jesús Morales Bermúdez anota que “A lo largo de tres capítulos, situados entre el origen y el devenir, nos adentramos en la experiencia cotidiana con la naturaleza: las plantas, los animales y los hombres; experiencia que va tatuando en el mundo exterior e interior del lector, una imagen perdurable y nueva” (Prólogo a Llanto del tiempo 13).
El libro Llanto del tiempo puede leerse como un puente entre las primeras dos obras de Gómez Pérez y K’unk’un lajel = Muerte lenta (CELALI), la última publicada en 2012, al saltar del uso formal de voces que rezan y aconsejan al uso de la voz individual, una enunciación íntima y humana. En Muerte lenta el sujeto lírico se presenta con mayor fuerza y sensibilidad. Se aprecia un mayor recurso estilístico y abstracción en el lenguaje poético. Además, hay una definición clara del tema: la memoria.
Es importante notar que si bien es un libro bilingüe como los anteriores, Gómez Pérez lo escribe desde el español y el formato bilingüe lo da la traducción al tsotsil hecha por Enrique Pérez López. Este ejemplo de traducción no es común ni en los poetas ni en los narradores en tsotsil o tseltal, ya que ellos mismos se auto-traducen.
Muerte lenta , en cambio, es una muestra de la delgada línea que divide las variantes lingüísticas , pues ambos poetas son hablantes de distintas regiones, y, sin embargo, producen un poemario de alto nivel. En la práctica poética se rompe tanto el uso del tsotsil por el autor al crear en español, como por el de quien traduce.
En Muerte lenta se hace presente la ruptura con la tradición, los rezos tradicionales y su relación con la naturaleza y la voz colectiva. Es impresionante cómo Gómez Pérez logra consolidar su voz en esta obra con propuesta temática, ritmo y musicalidad nuevos. La fuerza con que estampa cada verso en las páginas demuestra que el autor dialoga con el propio lenguaje y ya no con los “ancestros” o las divinidades instituidas por el cristianismo. La soledad, la angustia, el olvido, la ausencia de alguien y el desamor dejan de ser subtemas y ahora son mostrados como problemas humanos y universales:
“Ya no hiere el silencio / ni el ruido de tu recuerdo, / sino amenaza desbordar / aquí en la hierba / que crece junto a la tumba, / sus hojas y tallos se postran, / rinden homenaje al recuerdo; / al amor que ausente / sueña desde el olvido / y hace patente su deseo / de vivir y estar en las noches / junto a ti / sin cadáver / sin fantasmas” (47).
En el transcurso de las secciones que componen el libro vemos que el sujeto teme al olvido, cada verso intenta llenar el vacío, la memoria conectada a una emoción cada vez más ausente. La lectura de la obra de Gómez Pérez evoca otras voces poéticas como la de José Emilio Pacheco, cuando por ejemplo nos encontramos con un fragmento del siguiente poema:
“No. Aquí nada sucede, / sólo ruido en vuelo, solitario, / con nubes plácidas, / y besos amargos en labios heridos… Sola, perdida y confusa / como gota de agua en el desierto: / ʻNo. No ha pasado nada, / sólo sucedeʼ” (2013: 72) y con uno de Pacheco: “Acércate y al oído te diré adiós. / Gracias porque te conocí, porque acompañaste / un inmenso minuto de la existencia. / Todo se olvidará en poco tiempo. / Nunca hubo nada y lo que fue nada/ tiene por tumba / el espacio infinito de la nada” (José Emilio Pacheco, Ciudad de la memoria , Ediciones Era, 2009, p. 43).
Esta obra, sin lugar a dudas, ofrece mayor compromiso en la búsqueda estética, incluyendo atrevimientos formales: “Una sábana cansada desempolva. / Amantes deseos cuelgan de pétalos, aromas” (2013: 75). El lenguaje, que a veces pareciera cotidiano, se vuelve complejo, una apuesta mayor de cualquier poeta que lidia consigo mismo, continuamente contra sus propios fantasmas, temores, dudas, sentimientos y amores.
Retomando la idea de Homi K. Bhabha (2002), cuando habla de la “extranjeridad del lenguaje” en El lugar de la cultura (Ediciones Manantial), refiere que el sentido de la “comunidad imaginada”, en relación a la “tradición inventada”, de la nación es una metáfora gastada de la modernidad, y afirma que “A través de la acumulación de la historia de Occidente existen esos pueblos que hablan el discurso codificado del melancólico y el migrante…” (201). Es bajo esta idea en que Antonio Guzmán Gómez, nacido en San Cristóbal de Las Casas, publicó en 2017 su primer libro Kuxinel bit’il k’ajk’ = Vivir como fuego (CELALI), una serie de poemas que tienen la estructura y formato del haikú y tankas.
La poesía de Guzmán Gómez tiene como principal función la de abandonar la metáfora que tiene occidente de la nación, de la vida, de la naturaleza, de todos los símbolos creados como único sentido de la realidad como pueblos “originarios” y “tradicionalistas”. Este sentido de la antimetáfora de la poesía –más allá de un agotamiento de la palabra– como producto de la posmodernidad, es decir, de la disolución de las metáforas de la realidad, me parece viable como una puerta para leer y aproximarse a los poemas contenidos en Vivir como fuego .
El propio autor reflexiona en otro documento sobre su trabajo poético y habla sobre cómo para lograr la “tropicalización de esta forma poética, fue necesario conocer la tradición literaria del haikú”, leyendo “a los poetas japoneses traducidos al español: Matsuo Basho, Takarai Kikaku, Onitsura, Yosa Buson, Issa Kobayashi, Shikimasaoka; también a los poetas mexicanos: José Juan tablada y Octavio Paz; a los poetas chiapanecos, entre ellos Armando Duvalier…” (“El haikú en tseltal” en Documentos Lingüísticos y literarios , Universidad Austral de Chile, No. 37, p. 51).
En el libro de Guzmán Gómez, además de su brevedad en páginas, cada segmento y poema se caracterizan por su espontaneidad, tal como vemos en este texto: “El tiempo vuela / en la tarde que muere, / arden sus alas” (53). Más allá de una transculturación, hibridación, o cualquier otra categoría de lectura, el autor apuesta por lo efímero, buscar nuevos sentidos en otras formas de la poesía, una labor sumamente compleja tomando en cuenta que, para la tradición oral maya, los rezos son largos y duraderos.La ruptura con la forma oral también es una disociación con la forma de pensar y ver la realidad, el cosmos, la vida, en un lenguaje comprimido: “Tus ojos fijos, / Como piedras sobre el agua / Rompen la calma” (30).
La poesía de Guzmán Gómez inicia, desde esta ruptura de lo tradicional, una búsqueda de experimentación con otra forma como la japonesa. La escritura desde lo “indígena” como una diferencia, asociada con la continuidad de la tradición, comienza a no ser suficiente cuando rompe y sustituye la ideología que la sostiene, se propia de otras herramientas para re-significar el pasado, su propio mundo y la realidad próxima.
En Vivir como fuego , a decir de K. Bhabha, “la extranjeridad del lenguaje” está presente en todo momento. Podemos ver a la muerte, una de las temáticas recurrentes, como contrasentido de la vida. Fuera de la noción de la trascendencia, la noción de muerte es contrapuesta a la creencia de la cultura maya de que existe el inframundo como continuación de la vida. En la obra poética la muerte la podemos encontrar con varios matices: la oscuridad, lo negro, el espejo, el dolor, elementos que incluso, como la luz, son componentes simbólicos que expresan y rompen con las antiguas metáforas, con la propia cultura.
Gómez Pérez y Guzmán Gómez han hecho una ruptura de la tradición de manera inversa, su lugar de enunciación y conocimientos sobre estilística y poética les ha permitido romper con la propia “tradición” para unirse a una voz universal. Los autores, como también lo habían notado Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno sobre Gómez Peréz y otros de su generación, comienzan a romper con impostaciones formales y se atreven a buscar y encontrar su propia voz, el sentido viril del acto creador, la energía enunciativa; van optando por las formas versiculares adecuadas a su asunto y al tratamiento de su asunto, de manera diferenciada, lo cual es destacable (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005 , 2006: 340).
Con formas libres o medidos como el haikú, a Gómez Pérez y Guzmán Gómez les ha servido para salirse de lo determinado. Su voz se une a la noción de poesía occidental y oriental para buscar otros medios de expresión del sentimiento individual, la consciencia de un “Yo” que existe dentro de otras voces, formas de ver y sentir el mundo que habita, alejándose de otras visiones que en el discurso esencialista sería imposible.
Los dos autores vistos no son los únicos que buscan innovar su forma y voz poéticas, pero ellos representan lo más visible de dicha ruptura en Chiapas, relacionadas con un Yo que rechaza la estructura de los rezos y la noción de “cultura tradicionalista”; su poesía busca nuevos formatos más apropiados para su necesidad poiética en tanto creación de su propia subjetividad y ser en el mundo.
Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos
Los hijos errantes (2014); coautor del poemario
Ts’unun ,
Los sueños del colibrí (2017) y
Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe
Chiapas maya awakening (2017),
El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017),
I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y
Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de
La Jornada ; en las revistas
Documentos Lingüísticos y Literarios (2018),
Punto de Partida (2016) y
Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).
Ilustrador
Marco Velasco
(Oaxaca, 1989) es ilustrador, grabador y dibujante, fundador de Espacio Pino Suárez. En 2017, su obra fue expuesta en Side Park Café del Museo del Barrio (Manhattan) y en Paper Box (Brooklyn).
Ilustración de Valeria Álvarez
El pasado lunes publicamos la primera entrega de Poesía sueca joven, con los intricados textos de Burcu Sahin e ilustraciones de Etel Castrejon, así como la introducción de Petronella Zetterlund. Hoy continuamos con un texto de Martina Moliis-Mellberg, con la versión original en sueco al final de la página.
rojo, muerto
el mar rojo es un brazo de mar.
no es lo mismo que ser un brazo.
el mar rojo no puede hacer las cosas que los brazos pueden.
cargar, doblar, señalar, tensar.
el mar rojo está preso en un ángulo que no es muy cómodo.
pero el mar rojo se ha acostumbrado.
en cambio, el mar rojo hace otras cosas.
el mar rojo deja que los arrecifes florezcan.
el mar rojo une mares.
los turistas aman al mar rojo.
las aguas del mar rojo no son muy hospitalarias.
pero el mar rojo hace lo mejor que puede.
y el mar rojo no se queja.
a pesar del tráfico.
a pesar de los temblores.
***
el mar muerto es un lago endorreico salado.
el mar muerto no sabe qué significa.
pero no suena bien.
el mar muerto intenta no pensar en eso.
en que probablemente sea algo desventajoso.
en que se extiende.
en que el mar muerto está muriendo.
las montañas se inclinan sobre el mar muerto.
la sal se coloca en capas.
las lluvias se mantienen alejadas.
no puede ser bueno.
¿se habla del mar muerto?
probablemente.
todos saben pero nadie dice nada.
el mar muerto está desapareciendo.
aun así el mar muerto se siente atrapado.
tal vez no sea el mar muerto que se evapora.
tal vez sean los lugares aledaños.
***
el mar rojo ha escuchado hablar de eso.
no es la primera vez.
ha habido muchos planes.
algunos involucraban al mar rojo.
otros no.
la pregunta es qué gana el mar rojo de ellos.
no malinterpretes al mar rojo.
el mar rojo está dispuesto a ayudar si el mar rojo puede.
siempre y cuando no inmiscuya en los demás compromisos que tiene el mar rojo.
pero el mar rojo con gusto leerá el informe antes de que el mar rojo dé el visto bueno.
el mar rojo quiere creer que la opinión del mar rojo sea decisiva.
el mar rojo, a pesar de todo, tiene experiencia.
***
el mar muerto no sabe nada.
nadie le ha preguntado al mar muerto.
¿es porqué el mar muerto va a morir?
¿salvarán al mar muerto?
¿o acelerarán el proceso?
¿las aguas saldrán del mar muerto o entrarán en el mar muerto?
ambas cosas suenan desagradables.
el mar muerto y el mar rojo jamás se han encontrado.
todo indica que el mar muerto y el mar rojo no son compatibles.
que una unión causaría desequilibrio y contaminación.
salinidad alterada.
aumento de presión.
estrés.
el mar muerto no tiene nervios para esto.
***
pasan muchas cosas alrededor del mar rojo.
el mar rojo tiene importancia estratégica.
el mar rojo importa.
eso le gusta al mar rojo.
pero el mar rojo quiere ser más que un brazo.
el mar rojo quiere ser un mar en el que se pueda confiar.
un mar que cruzar o en el que desaparecer.
el mar rojo sueña que las placas de nuevo vayan a separar un continente de otro.
más lejos el uno del otro.
hasta entonces se conforma con el canal.
***
el mar muerto tiene dificultad para captar la totalidad.
todo cambia de un día para otro.
mejor mantenerse callado.
¿siempre ha sido así?
el mar muerto no recuerda.
de hecho son pocas cosas las que el mar muerto recuerda.
seguro que es un efecto secundario.
dentro de poco el mar muerto no recordará nada.
qué alivio.
röda, döda
röda havet är en havsarm.
det är inte samma sak som en arm.
röda havet kan inte göra sådant som armar kan.
lyfta, böja, vifta, flexa.
röda havet är fångat i en vinkel som inte är särskilt bekväm.
men röda havet har vant sig.
röda havet gör annat istället.
röda havet låter korallreven blomma.
röda havet förenar hav.
turisterna älskar röda havet.
röda havets farvatten är inte de mest gästvänliga.
men röda havet gör sitt bästa.
och röda havet klagar inte.
trots trafiken.
trots skalven.
***
döda havet vet inte vad det betyder.
men det låter inte bra.
döda havet försöker att inte tänka på det.
att det antagligen är något ofördelaktigt.
att det sprider sig.
att döda havet håller på att dö.
bergen lutar sig över döda havet.
saltet lägger sig i skikt.
regnet håller sig borta.
det kan inte vara bra.
pratas det om döda havet?
antagligen.
alla vet men säger ingenting.
döda havet håller på att försvinna.
ändå känner sig döda havet fångat.
kanske är det inte döda havet som dunstar.
kanske är det platsen runtom.
***
röda havet har hört det nämnas.
det är inte första gången.
det har funnits många planer.
vissa har involverat röda havet.
vissa har inte.
frågan är vad röda havet får ut av det.
missförstå inte röda havet.
röda havet hjälper gärna till om röda havet kan.
förutsatt att det inte inverkar på röda havets övriga åtaganden.
men röda havet läser gärna igenom rapporten innan röda havet godkänner.
röda havet vill tro att röda havets åsikt är vägande.
röda havet har trots allt erfarenhet.
***
döda havet vet ingenting.
ingen har frågat döda havet.
är det för att döda havet ska dö?
kommer det att rädda döda havet?
eller påskynda processen?
ska vattnet ut ur döda havet eller in i döda havet?
bägge låter oangenämt.
döda havet och röda havet har aldrig ens mötts.
mycket talar för att döda havet och röda havet inte är kompatibla.
att en förening skulle orsaka obalans och kontaminering.
förändrad salinitet.
ökat tryck.
stress.
döda havet har inte nerver för det här.
***
det är mycket som händer runt röda havet.
röda havet är av strategisk betydelse.
röda havet spelar roll.
det tycker röda havet om.
men röda havet vill vara mer än en arm.
röda havet vill vara ett hav att räkna med.
ett hav att korsa eller förlora sig i.
röda havet drömmer om att plattorna än en gång ska driva landmassorna isär.
längre isär.
tills dess får kanalen duga.
***
döda havet har svårt att se helheten.
allt ändrar från dag till dag.
det är bäst att inte säga så mycket.
har det alltid varit så här?
döda havet kan inte minnas.
det är i och för sig inte mycket döda havet minns.
det är säkert en bieffekt.
snart minns döda havet ingenting.
vilken lättnad.
Burcu Sahin, Martina Moliis-Mellberg e Iman Mohammed estarán recorriendo el país durante septiembre, dando lecturas de poesía por aquí y por allá.
En la Ciudad de México:
Miércoles 18 de septiembre a las 8:00PM
Freïms, Av. Amsterdam 62B
Lectura junto con tres poetas mexicanxs: Andrea Alzati, Xitlalitl Rodríguez Mendoza e Iván Ortega.
Jueves 19 de septiembre a las 7:00PM
Casa del Poeta Ramón López Velarde, Av. Álvaro Obregón.
Lectura y presentación de libros.
En el resto del país:
Del 26 al 28 de septiembre en el Festival de poesía internacional Caracol de Tijuana
29 de septiembre Librería Verbatim de San Diego
3 de octubre a las 7:30PM en Galería Rocha Cordero del Instituto Potosino de Bellas Artes en San Luis Potosí
Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Ekenäs, Finlandia, 1984) es poeta y escribe crítica de literatura y cine para diarios en Finlandia y Suecia. Ha estudiado escritura creativa en la Åbo Akademi de Finlandia y en la Biskops-Arnö de Suecia. En 2015, debutó con A, una colección de poemas en prosa, y en 2017 publicó su segundo libro titulado 7. Martina Moliis-Mellberg ha recibido, por su poesía, el premio Arvid Mörne (2010) para escritores jóvenes.
Ilustrador
Valeria Álvarez
1992, Ciudad de México
Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.