Tierra Adentro
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

En más de un par de ocasiones he contado que cuando migré a la ciudad de Jobel comencé a usar la máscara de “indígena” para identificarme ante los dueños de ese mundo. La ciudad era por excelencia el lugar del kaxlan = mestizo quien hablaba el kaxlan k’op = idioma mestizo. Ese era mi imaginario, construido desde niño, y estaba consciente de que iba a su encuentro.

Había en mí una cierta atracción por conocer ese lugar ajeno, dominar su idioma pese a los traumas que ya había vivido. En la primaria reprobé uno de los primeros grados por no saber leer un párrafo de un libro en español, un idioma que no era mío ni tenía la intención de aprender. La consigna indirecta era: O lo aprendes o eres un imbécil. Tuve la suerte de que eso me pasara en primer grado de primaria; me quedaban cinco años más para superarlo. Y lo hice, creyendo entonces que no era ningún imbécil. El tsotsil, como se denominaba oficialmente nuestro idioma, usurpaba el proceso de enseñanza en la escuela.

Pocos años antes de abandonar mi paraje, uno de mis vecinos regresó después de un par de años de vivir en la ciudad, transformado en un drogadicto y alcohólico. Los padres del joven acusaban a los kaxlanetik de haber corrompido a su hijo, de dañarle su ch’ulel = nagual. Al interior del mismo paraje, sin embargo, ya existían otros enfermos por el consumo de alcohol o estupefacientes. No había necesidad de ir a la ciudad para aprender a ser un drogadicto. Pero sí imperaba en la creencia el mito de que la ciudad despoja al indígena de su ch’ulel, de su ser bats’il vinik = hombre verdadero. Sobre este tema escribí más tarde Los hijos errantes (CELALI, 2014), una serie de relatos de ficción en donde confrontaba mi propio imaginario con la realidad que había visto y vivido una vez estando en Jobel.

Al llegar a la ciudad para continuar mis estudios, una serie de cambios surgieron en mi forma de pensarme y de identificar a los míos que dejé. El kaxlan k’op comenzó a tener mayor significado para mí, tomando el lugar de mi bats’il k’op, hasta que éste pasó a ser un “dialecto”. Mi objetivo en la ciudad se volvió aprender el uso correcto del español tanto en el habla como en la escritura para superar ese trauma vivido en la primaria. A sugerencia de un amigo, que no estudiaba pero que compartía mi preocupación, comencé a leer para mejorar mi expresión del español. Fue durante ese proceso que el libro Macario de B. Traven me llevó a la literatura. Terminé de leer todo al alcance de mi mano sobre la obra de este autor, olvidando mi propósito inicial. Esta misma razón es la que me tiene ahora escribiendo.

La lectura y la escritura, contrario a lo que creían algunos compañeros de por aquel entonces, me había abierto otras ventanas del mundo y la posibilidad de cuestionar al que creía propio. Algo de razón tiene Martín Lienhard al afirmar que “A lo largo de los siglos, además, numerosos letrados o intelectuales procedentes de algunos de los sectores marginados buscaron, dándole un uso más ʻdemocráticoʼ, liberar la escritura de su estigma colonial” (La voz y su huella, Casa Juan Pablos/UNICAH, 2003: 15).

Con el aprendizaje del kaxlan k’op mi identidad comenzó multiplicarse y, al mismo tiempo, a confundirme. Para los mestizos me definía como indígena, era la forma oficial; entre los compañeros tsotsiles y tseltales éramos jchi’iltik, pero internamente éramos bats’il vinik, una especie de identificación no oficial. Es muy posible que siempre haya estado en juego un doble discurso, uno oficial y otro que no lo era. Lo importante aquí es cómo ambos han cambiado los papeles constantemente, moviéndose de lugar de acuerdo a las necesidades e intereses de las personas. El discurso, nos dice Ana Matías Rendón, “depende de la lengua que le da vida” (Las discursividad indígena. Caminos de la Palabra escrita. Editorial Kumay, 2019: 18).

Con el paso del tiempo la necesidad de aclarar mi identidad, sobre todo a partir de ejercicio literario, me llevó a pensar en los propios conceptos que existen en la lengua tsotsil. Mi desacuerdo con la noción indígena me hizo cuestionar también el uso del bats’il en la identidad. Migrar a la ciudad fue el encuentro con una “nueva identidad” al convertirme en “indígena,” no sólo para el otro sino para mí. Ahora creo que hay un desencuentro con respecto de dicha identidad y, para colmo, con la que yo creía que me definía mejor, el ser bats’il vinik. Éste denota un imaginario de nuestro ser inamovible en el tiempo y en el espacio, una noción tan moderna como la de indígena. De algún modo aprendí en el idioma del otro a desmontar mis propios conceptos que antes daba por intocables por su incompatiblidad con el español.

¿Será un problema muy personal? Hace poco un amigo se molestó cuando le comenté que el uso del bats’il es un discurso que implica una connotación colonial y esencialista, lo que hace conflictiva nuestra relación con los otros que no pertenecen a nuestra cultura. Mi amigo me reclamó que el kaxlan k’op ha transformado mi pensamiento, que lo correcto era rescatar y privilegiar nuestra “ancestralidad”, la voz y espíritu de nuestros abuelos, que continúa en nuestra sangre.

La idea de usar nuestra lengua como signo de resistencia no me convence. La literatura me ha enseñado que el lenguaje se construye, se destruye, se re-inventa constantemente. Como también dice Lienhard, “cabe admitir que no todos los ʻindiosʼ actuales son descendientes en línea recta de los de 1500, y que los descendientes actuales de éstos no son todos ʻindiosʼ. De modo análogo, los ʻmodos de vivirʼ indígenas del momento actual no se explican únicamente a partir de una hipotética continuidad cultural, sino también a partir del lugar —político, económico, cultural— que los ʻindiosʼ ocuparon, sucesivamente, en las sociedades coloniales y poscoloniales” (La voz y su huella, 21). El proceso de integración y aprendizaje del modo de vida del otro me llevó a preguntarme, ¿significa el aprendizaje dejar lo “verdadero” u “original” para convertirse en alguien que no lo es? ¿Dónde radica entonces su importancia para nosotros? ¿Qué implica concebirse como bats’il vinik hoy en día? ¿Es ésta, en lugar de lo indio o indígena, una forma correcta de auto identificación frente a los que no pertenecen a nuestra cultura?

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

 

Sigo convencido que la respuesta afirmativa del ser “originario, verdadero y esencialista” del indígena es una ficción inventada por la modernidad, en particular por el pensamiento indigenista. Pero pasa lo mismo con el uso del bats’il. En un fragmento del libro Territorio y cultura en Huixtán, Chiapas (UNICH, 2012) Miguel Sánchez Álvarez dice: “nosotros los bats’il viniketik, agrupados en sociedad, adquirimos conocimientos y estrategias de apropiación de nuestro territorio y ecosistema para lograr nuestra supervivencia” (115). La palabra en tsotsil inmediatamente nos remite a una nota al pie de página y, al mismo tiempo, al glosario, de donde se lee que “En lengua tsotsil equivale a decir hombre verdadero, hombre originario y hombre nativo, así es como nos autodenominamos los mayas tsotsiles y tseltales de Los Altos de Chiapas” (295).

La aclaración de Sánchez Álvarez confirma mi hipótesis. Este discurso, enunciado por un académico e investigador proveniente de un pueblo similar al mío, fue creado y nuestros padres y abuelos lo asumieron como una identidad de resistencia. Como afirma José Alejos García, el positivismo como doctrina filosófica

Se trata de un concepto que busca la identidad del ser, en su interioridad, en su esencia, en su materialidad. La identidad aparece así como un fenómeno cuya definición se centra en la esencialidad del ser, y en donde lo anterior, la otredad, se entiende como algo ajeno, que no participa en la identidad de aquel, o en donde aparece como un referente de contraste, como aquello que no se es (“Identidad étnica y conflicto agrario en Chiapas en Amérique Latine Histoire et Mmorire. Les Cahiers ALHIM, No. 10, 2004).

La idea de Alejos García explica en gran medida la noción de bats’il como un discurso moderno de corte positivista. El discurso indígena, como también confirma Ana Matías Rendón, “aunque es una categoría contemporánea, tiene su antecedente en el virreinato, por la génesis de la categoría ʻindioʼ y el nuevo orden que se establecía” (16). A partir de esta de denominación, agrega Matías Rendón, también nace el discurso indígena como una forma “de registro material u oral, es lo que nos permite comprender la interpretación de un mundo anterior a los europeos y la continuidad después de la denominación ʻindioʼ” (17). Desde la literatura podemos encontrar algunos títulos sugerentes como Los hombres verdaderos de Carlo Antonio Castro quien, en opinión de Jesús Morales Bermúdez, “tuviera la misión de traer a los indios los beneficios de la civilización y, a la vez, traer al mundo civilizado, a través del aparato literario, los aportes fundamentales de una cosmovisión y comprensión indias que considera particulares” (Chiapas literario. Meditaciones sobre literatura en Chiapas, Dirección de Divulgación de la Secretaría de Educación, 2005: 65).

El concepto bats’il o su equivalente en otros idiomas es un discurso que continúa vigente, instalado en la propia lengua, que busca legitimar nuestro ser “verdadero”, que “será el discurso de los indígenas repetido para los otros. El problema de la voz construida es el desfase y la simulación discursiva” (Matías Rendón, 50).

Como pasa con la palabra “indígena”, el uso de bats’il oculta otras formas de identidad. Juan Gregorio Regino ya lo había observado al decir que “Con frecuencia se aborda lo indígena como una unidad homogénea, situación que desde cualquier perspectiva es incorrecta si consideramos que cada pueblo indígena es un complejo nacional y que en su interior existen diferencias como en cualquier nación del mundo” (en Luz María Lepe Lira, Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena, Dirección General de Culturas Populares, 2014: 33). Matías Rendón refuerza esta idea cuando dice que, antes de la conquista, “existían diferentes concepciones territoriales, convivían todas ellas en ocasiones dentro de un mismo territorio físico: Cen AnáhuacMa’ya’abTawantinsuyuWallmapuAbya Yala, cada lengua contenía un mundo concebido” (26).

¿Por qué el nombre tsotsil de nuestro idioma ya no significa nada en nuestra identidad actual cuando nos nombramos tsotsiles? Si esta palabra alude al murciélago por su base sots’, como un ejercicio de reconstrucción semántica, al usarlo como calificativo daría sots’il vinik = hombre murciélago, y sots’il k’op = palabra o idioma murciélago que, sin embargo, alude a una imagen no vigente en nuestro imaginario. El ser tsotsil hoy día carece de significado o, como creo también, fue sustituido por el bats’il.

Si bien la palabra bats’il confirma la veracidad de algo dicho con anterioridad —jech bats’il o bats’il ja’—, una segunda acepción sirve como calificativo para distinguir lo que es verdadero y lo que es falso o broma —bats’il chon con ixtol chon = serpiente verdadera con serpiente de juguete; lo mismo entra el uso del bats’il vinik = hombre verdadero—, para confirmar que lo se alude es natural y no un maniquí o un robot. Pero una tercera acepción sería el uso como sustantivo por diferenciación, o lo que a mí me parece el uso dicotómico con algo que es propio frente a lo que no es o no se parece al primero —bats’il vaj / kaxlan vaj = tortilla de maíz / pan; bats’il bin para distinguir la olla hecha de barro con la de metal; bats’il k’op / kaxlan k’op = lengua verdadera / español; bats’il vinik / jkaxlan = hombre verdadero / mestizo—.

Últimamente el concepto se ha llevado a nuevas expresiones, como parte de una política cultural. Tal es el bats’il son / bats’il vob / bats’il rock, éste último como equivalencia de “etno rock” frente a la música tradicional. Para el caso de la identidad me parece que puede convertirse en una cuarta acepción, ya no se trata solamente de una diferenciación o comparación por su autenticidad, sino de una diglosia discursiva en el que uno se valora más que otro. El uso del bats’i k’op junto con el bats’i vinik, bats’il ants, al oponerlos con el kaxlan k’op y el kaxlan pasa a un sistema de juegos de poder al insistir en el peso significativo del primero frente al segundo o viceversa.

Este pensamiento dicotómico por diglosia discursiva tampoco es nuevo. Desde un inicio sirvió para separar a los “nativos” de los descendientes directos de los conquistadores. Santiago Gómez Castro (2005) anota que

la subjetividad de la Modernidad primera no tiene nada que ver con la emergencia de la burguesía, sino que está relacionada con el imaginario aristocrático de la blancura. Es la identidad fundada en la distinción étnica frente al otro, aquello que caracteriza la primera geocultura del sistema-mundo moderno/colonial. Una distinción que no sólo planteaba la superioridad de unos hombres sobre otros, sino que también la superioridad de unas formas de conocimiento sobre otras (La Hybris del punto cero. Ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 59).

El pensamiento dicotómico por diglosia discursiva también se basó en la idea de “conquistador y conquistado” como el “enfrentamiento entre las repúblicas, de indios y españoles, hizo de la diferencia la base de la lucha” (Matías Rendón, 84). Así pues, a finales del siglo XX, la noción del bats’il vinik con el bats’il k’op adquiere una fuerza ideológica como autodenominación, una herramienta de resistencia frente a ese poder hegemónico que había subalternizado: “Si como indio nos conquistaron, como indios nos liberaremos”, rezaba la consigna a nivel Latinoamérica.

La condición de subalternidad o colonialidad, en términos de Gómez Castro y Matías Rendón, se logra cuando el propio indio busca definirse a sí mismo como indio, en un primer momento “por repetición del discurso del otro”, para después modificarlo y usarlos con fines e intereses personales. Pero esto ha llegado a escenarios vulgares, a manera de performance, sobre todo en los eventos políticos y literarios, donde se porta con “orgullo” una vestimenta, a veces obligando a ponérselos a quienes se definen como indígenas para realzar la “importancia de tal evento” y así atraer al público. Esta misma idea la confirma Mercedes de la Garza al decir que “el ser indígena verdaderamente y hablar las ʻlenguas verdaderasʼ aparece en ese discurso como fundamento de su legitimidad, desde donde definen a sus pueblos como uno de los originarios de América, desconociendo a todos los que consideran mestizos del derecho histórico sobre el territorio” (“La cosmovisión maya en el trabajo de género en Chiapas y Guatemala”, Anuario 2005, CESMECA, 2006: 277).

Tanto en el sistema político como en el académico y artístico aún existe, incluso con mayor fuerza, esa diferenciación por contraste sobre el discurso del bats’il vinik y bats’il k’op. Baste observar algunos trabajos de investigación que se han difundido como algo “propio” de los indígenas, como el manual Chano bats’il k’op de Mariano Reynaldo Vázquez, traducido al español como Aprenda tsotsil. Esta traducción presenta una contradicción en su uso como equivalencia, pues el bats’il k’op pasa al castellano como tsotsil, por la misma razón que expliqué más arriba sobre su base sots’.

Un libro más reciente que me llamó la atención y que confirma mi idea es K’u yelan jelem xch’iel stalel bats’i vinik antsetik: sjol yo’onton ach’ jch’ieletik = Trascendencia de la identidad tsotsil: miradas de una nueva generación (CELALI, 2016), conformado por una serie de ensayos escrito por hombres y mujeres tsotsiles. En el título de la obra la frase “identidad tsotsil” es la traducción de “stalel bats’i vinik antsetik”. Revisando el contenido del libro todos los autores —antropólogos, escritores, sociólogos y lingüistas—, usan repetidamente el bats’il vinik o bats’il ants para referirse a su condición de indígena, evitando el uso exacerbado de éste último. Entiendo así que los documentos académicos permiten legitimar el uso del bats’il ants-viniketik, afirmando así la identidad de “verdaderos” u “originarios”, separando a los kaxlanetik, aunque cotidianamente conviven con ellos, desde el ámbito laboral, académico y familiar. Es el discurso el que se impone y oculta las relaciones y construcciones de nuevas identidades, incluso para mantener el imaginario de “pureza de sangre” o su limpieza/contaminación al unirse con parejas provenientes de distintas culturas.

No es ninguna solución o algo parecido con respecto del discurso bats’il y su equivalente indígena, pero como lo han hecho notar Alejos García y Matías Rendón, la construcción de la identidad no es solamente una cuestión política de lucha o resistencia. Participan otros fenómenos como el económico, religioso o artístico, entre otros. Por mi propia experiencia, y como siempre ha habido, la relación entre distintas culturas posibilita cambios, resistencias, búsquedas y conocimientos que permiten interpretar y conocer nuestra realidad de múltiples maneras.

El dialogismo de Alejos García, que a su vez retoma de Bajtin su teoría literaria, y la interdiscursividad de Matías Rendón, permiten reflexionar sobre la compleja relación entre indígenas y no indígenas para producir nuevas identidades y, tal vez, como pretendo yo en este ensayo, desmontar los discursos coloniales, incluyendo los descoloniales y ecologistas, para salir del sí mismo u esencialidad que ignora al otro, su complemento.

Esta esencialización del discurso, envuelto en la idea de “regresar a lo propio y dejar todo lo ʻoccidentalʼ”, está siendo usada como una forma moderna de egocentrismo y etnocentrismo que, ahora de nuestro lado y retomando a Gómez Castro, imita a esa “violencia epistémica ejercida por la modernidad primera sobre otras formas de producir conocimientos, imágenes, símbolos y modos de significación” (63). Como también afirma Matías Rendón, “la imagen del indígena, autóctono, con su vestimenta, su lengua, su cultura, tiene tan grande valor que el estereotipo oculta a los individuos que han transformado, y esto no quiere decir que no sigan usando su lengua o vestimenta, sino que encuadra al indio que se valora, no a la que se mira de frente (2019: 136).

Ser bats’il vinik como opción actual está teniendo los mismos efectos de contraste que guarda un sentido de odio/violencia/rencor, lo cual en la realidad sucede a otros fenómenos que no somos capaces de reconocer y nombrar, pues siempre ha habido relaciones complejas con el otro que nos define y nos hace vivir de una manera nuestro tiempo. La literatura, insisto, entra como ventana que nos muestra esos movimientos, no siempre agradables o armónicos, que nos construyen y nos hacen ser quienes somos.


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).
Ilustración de Caro Monterrubio

Esta es la cuarta entrega de una serie de publicaciones semanales donde, durante septiembre, estaremos presentando la obra poética, traducida del sueco por Petronella Zetterlund, de cinco autoras jóvenes. Puedes consultar la primera entrega aquí, la segunda aquí y la tercera, aquí. Al final del texto hay información sobre las próximas presentaciones de su poesía en diferentes partes del país.


 

De Pasar a la historia (Gå till Historien, 2013)

 

¿Cómo motivó el zar Nicolás su guerra contra el Imperio otomano?

¿De qué modo se explica el crecimiento demográfico?

¿Qué implica la teoría de la virulencia de parásitos?

¿Hasta dónde se extendió el Imperio árabe-musulmán?

¿De qué modo se realizó la independencia de Nigeria?

¿Cuál es la etimología de vacunación?

¿Qué demostró Louis Pasteur?

Describe la teoría de Thomas Robert Malthus.

¿Qué papel jugó el comercio?

¿Qué principios seguían?

Compara la edad del hierro en el sur y en el norte de Europa.

¿Cuál es el origen de las lenguas de los tuaregs?

¿Quién fue el arquitecto de la paz?

¿Cómo cambió Francia?

Pon la épica germánica en relación con el sistema de clases.

¿Qué representan los colores de la bandera congolesa?

¿Cómo surgió la agricultura?

¿Qué aportaron los fenicios?

¿Y los romanos?

Explica las características del feudalismo.

 

 

 

Qué es historia esta es su historia ella llevaba pantalones.

Qué es historia ella compartía sus cosas es generoso pero

será historia.

Nadie te puede ver desde un balcón es un hecho no historia.

Surge el amor no es historia es economía.

Uno puede parecer simpático por semanas antes de que alguien diga que pare.

Esto es la historia empieza y termina con que uno paga.

Es histórico observar caerse algo que lleva tiempo erecto.

Es histórico y traumático experimentar que la familia

y los amigos y vecinos te dan la espalda.

La historia debe de poder responder preguntas.

Finalmente las tropas entraron en Francia es historia

no es geografía.

Uno siempre despierta más interés al principio.

Es por eso que somos más felices de niño.

Una persona histórica puede decir a otra persona que

ahora es cuando todo empieza pero cuándo es eso.

Vivieron en algún lugar pero lo importante es cuándo vivieron.

Vivieron durante la guerra.

Vivieron en agosto.

Hay más chance que un perro mate un pollo en tiempos de guerra

que en tiempos de paz.

Un soldado es soldado en un tiempo pero zapatero en otro.

Ojalá primero sea zapatero y luego soldado luego

se muere en la guerra luego sobrevive y se hace zapatero.

Todos los países son importantes aunque no al mismo tiempo.

Francia tuvo importancia pero la tendrá ahora. No.

poema_2

 

 

 

Esto es historia muchos han muerto.

Ella es herrera está en una herrería.

Esto es política va a tomar tiempo.

Esto es calidad lo compramos.

Una manera de ser feliz es dedicarse por un periodo corto

a la vida al aire libre o a tocar en una orquesta.

Esta no es la pregunta de la historia qué tiene la historia para ofrecer.

Se preocupará la historia por el futuro.

Será la historia marginalizada.

El calor sube y uno se acerca al sueño con alegría.

El sueño viene de atrás.

El gran sueño amarillo como un campo de colza.

Se puede dormir aun cuando el sueño viene de frente pero

si uno pudiera decidir vendría de por atrás.

Lo que pasa cuando uno duerme es que no todo el tiempo uno

tiene que saludar o darse la vuelta sino al contrario y por varias horas

seguidas se puede estar pensando en el siglo doce.

Cualquiera puede pensar en el siglo doce en cuanto

esté dormido y de ahí no queda lejos el Renacimiento.

La historia de las lenguas.

Un poema en una lengua que más tarde para nada se podía comprender.

La historia de Europa.

Los bastidores europeos y la velocidad cada vez más alta de los trenes.

Pino autopista nubosidad variable por la noche.

Un pronóstico no es historia.

La historia de propietarios y usuarios.

Del nuevo tiempo y quiénes son previstos de administrarlo.

La historia de la plaza de Munkebäck.

De lugares olvidados y los trenes que los atraviesan sin parar.

Atraviesan otras cosas sin parar.

Unas partes de la historia tratan casi exclusivamente de los trenes.

Aquí viene.

La Historia.

Primero llegó la plancha luego las camisas.

Ya hacía varios siglos se tenía demasiado de qué hablar.

Todo implica una aventura dice quienquiera y es

correcto.

Dejarse llevar es una actividad que a largo plazo puede resultar beneficiosa.

Primero llegó la tela impermeable luego la lluvia.

Es fácil subyugarse al olvido y la indiferencia.

Es difícil traducir del árabe sin saber árabe.

Es atractivo ser inmortal.

Muchas veces no queda claro qué cosa sigue a otra.

 

Ilustración de Carolina Monterrubio.

 

Qué es historia la Historia es lineal un terremoto por lo tanto

no es histórico.

Qué es la historia de las dimensiones se hicieron más pero fueron

mejores.

Qué es la historia de la ballena la ballena se parece al tiburón pero

el tiburón no se parece a nada.

 

Democracia otras guerras ganado industrialización lo agrario

y lo urbano explosiones demográficas bandidos constituciones

y otras leyes imperios coloniales parlamentos.

Derechos humanos otros derechos esclavos nacionalismo

otros esclavos otros descubrimientos atentados guerra mundial otras guerras.

Esto no es nada que cause daño nada inmenso nada irrevocable

pero esto es Historia.

 

Esta historia no es buena pero está en sueco.

Tomaron el ferry de Dinamarca viendo el mar y el mar

les gustó y luego llegaron pero dónde era eso.

Pues Suecia.

No es más fácil narrar la historia de Suecia pero esta es

más corta.

Suecia fue la respuesta a una pregunta sobre el regreso a casa.

No tarda mucho tiempo dejar Suecia pero se tarda mucho tiempo

querer quedarse.

poema_3


 

Hur motiverade tsar Nikolaj sitt krig mot Osmanska riket?

Hur förklarar man befolkningsökningen?

Vad innebär teorin om parasiternas virulens?

Hur stort blev det arabiska väldet?

Hur blev Nigeria självständigt?

Härled ordbildningen vaccination.

Vad påvisade Louis Pasteur?

Redogör för Thomas Robert Malthus teori.

Vilken roll spelade handeln?

Vilka principer arbetade man efter?

Jämför norra Europas järnålder med södra Europas.

Vilket ursprung har tuaregspråken?

Vem var fredens arkitekt?

Hur förändrades Frankrike?

Relatera den germanska hjältediktningen till klass.

Vad representerar färgerna i den kongolesiska flaggan?

Hur uppstod odlandet?

Vad har fenicierna bidragit med?

Och romarna?

Förklara hur feodalismen fungerade.

 

Vad är historia här är historien om henne hon hade byxor.

Vad är historia hon delade med sig det är generöst men är

det historia.

Ingen ser en från balkongen det är fakta inte historia.

Det uppstår kärlek det är inte historia det är ekonomi.

Man kan se trevlig ut i veckor innan någon säger åt en att

sluta.

Det här är historien den börjar och slutar med att man betalar.

Det är historiskt att se något som stått länge falla.

Det är historiskt att gråta över ett brott.

Det är historiskt och traumatiskt att vara med om att ens

familj och ens vänner och ens grannar vänder en ryggen.

Historien ska kunna svara på frågor.

Trupperna nådde så småningom Frankrike är det historia

nej det är geografi.

Man är alltid intressantast i början.

Det är därför man är gladast som barn.

En historisk person kan säga till en annan person att det är

nu det börjar men när menar man då.

De levde någonstans men det viktiga är när de levde.

De levde under kriget.

De levde i augusti.

Det är större chans att en hund har ihjäl en kyckling i krigstid

än i fredstid.

En soldat är en soldat i en tid men skomakare i en annan.

Förhoppningsvis är han först skomakare sedan soldat sedan

stupar han i kriget. Nej förhoppningsvis är han soldat sedanstupar han i kriget sedan klarar han sig och blir skomakare.Alla länder är viktiga bara inte samtidigt.Frankrike var viktigt men är det viktigt nu. Nej.

 

Detta är historia många har dött.

Detta är en smed hon står i en smedja.

Detta är politik det kommer att ta tid.

Detta är kvalitet den tar vi.

Ett sätt att vara lycklig är att för en kortare period hänge sig

åt friluftsliv eller orkesterspel.

Detta är inte historiens fråga vad har historien att erbjuda.

Oroar sig historien för framtiden.

Är historien marginaliserad.

Värmen stiger och man närmar sig sömnen med glädje.

Sömnen som kommer bakifrån.

Den stora sömnen gul som ett rapsfält.

Det går att sova även när sömnen kommer framifrån men

när det är som man önskar kommer den bakifrån.

Det som händer när man sover är att man inte hela tiden

måste hälsa eller vända sig om utan istället och i flera timmar

i sträck kan tänka på elvahundratalet.

Vem som helst kan tänka på elvahundratalet så fort den

somnat och därifrån är det inte långt till renässansen.

Historien om språken.

En dikt på ett språk som senare inte alls gick att förstå.

Europas historia.

De europeiska kulisserna och tågens allt högre fart.

Tall motorväg växlande molnighet framåt kvällen.

En prognos är inte historia.

Historien om ägare och användare.

Om den nya tiden och vilka som förutspås handlägga den.

Historien om Munkebäckstorget.

Om bortglömda platser och tågen som far rakt genom dem.

Far rakt genom annat.

Vissa delar av historien handlar nästan uteslutande om tåg.

Här kommer den.

Historien.

Först kom strykjärnet sedan kom skjortorna.

Redan för flera hundra år sedan hade man för mycket att

prata om.

Det ligger ett äventyr i allt säger vem som helst och det

stämmer.

Att ge sig hän är en verksamhet som kan löna sig i längden.

Först kom galon sedan kom regnvädret.

Det är lätt att hemfalla åt glömska och likgiltighet.

Det är svårt att översätta från arabiska utan att kunna

arabiska.

Det är tilltalande att vara odödlig.

Det är ofta oklart vad som kommer efter vad.

 

 

Vad är historia historien är linjär en jordbävning är därför

inte historisk.

Vad är historien om dimensionerna de blev fler men blev de

bättre.

Vad är historien om valen valen liknar hajen men hajen

liknar ingenting.

 

Demokrati andra krig boskap industrialisering det agrara

och urbana befolkningsexplosioner stråtrövare grundlagar

och andra lagar koloniala imperier parlament.

Mänskliga rättigheter andra rättigheter slavar nationalism

andra slavar andra upptäckter attentat världskrig andra krig.

Här finns inget skadligt inget oerhört inget oåterkalleligt

men här finns historia.

 

 

 

Den här historien är inte bra men den är på svenska.

Man tog färjan från Danmark och såg på havet och tyckte

om havet och sedan var man framme men var var man då.

Jo Sverige.

Det är inte lättare att berätta Sveriges historia men den är

kortare.

Sverige var ett svar på frågan om hemkomst.

Det tar inte lång tid att lämna Sverige men det tar lång tid

att vilja stanna kvar.


Burcu SahinMartina Moliis-Mellberg e Iman Mohammed estarán recorriendo el país durante septiembre, dando lecturas de poesía por aquí y por allá. 

Del 26 al 28 de septiembre en el Festival de poesía internacional Caracol de Tijuana
29 de septiembre Librería Verbatim de San Diego
3 de octubre a las 7:30PM en Galería Rocha Cordero del Instituto Potosino de Bellas Artes en San Luis Potosí


Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Gotemburgo, Suecia, 1983) fue una de los fundadores del festival de poesía de Gotemburgo y es editora de la revista cultural Glänta y miembro del colectivo literario G=T=B=R=G. Debutó en 2008 con la colección de poemas Ta i trä (‘Tocar madera’) y, en 2013, se publicó Gå till historien (‘Pasar a la historia’), su segundo y más reciente libro del que aquí se publican algunos poemas.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
Ilustración por Mariana Martínez.

El caballero de la noche observa desde la penumbra a un hombre asustado debajo de un escritorio, es Dos Caras. En sus manos sostiene un mazo de naipes; a su vez, el Guasón parece tomar el rol de guía turístico del manicomio de Arkham. Batman parece confundido, sus diálogos y acciones lo demuestran. Batman se dirige a Dos Caras con preocupación, desestimando los comentarios del payaso en cuestión. La doctora del manicomio reprende a Batman por dirigirse a su paciente con ese apodo. Lo corrige y le pide que lo llame Harvey Dent. La doctora explica que a Harvey se le ha cambiado su moneda por un mazo del tarot. Dos Caras no se aguanta y defeca en el lugar, le cuesta trabajo decidir con tantas opciones. Batman, sorprendido, cuestiona a la psiquiatra:

Batman: ¿Qué le han hecho?

Ruth Adams: ¿Hecho? Solo curarlo. Estamos en un hospital, Batman. Atendemos a la gente. Por si lo has olvidado. De hecho, hemos atacado exitosamente la obsesión de Harvey hacia la dualidad. De seguro conoces su dólar de plata… tachado de un lado. Sin marcas del otro. Lo usaba para tomar todas sus decisiones. Como si representara las partes contradictorias de su propia personalidad.

Con este episodio arranca la historia de Arkahm Asylum: una casa seria sobre una tierra seria, producto de la pluma de Grant Morrison, que en 2019 cumple treinta años de ser escrito. En este arco imaginario el Guasón es líder, junto al personal del psiquiátrico, de una rebelión de supervillanos que reclaman la atención de Batman para liberar a unos supuestos rehenes. Aquí el Guasón juega el papel de Virgilio y Batman el de un Dante, el cuál debe explorar las zonas más oscuras de uno de los manicomios más emblemáticos de las historietas.

En la historia, Batman parece atrapado entre sus propios recuerdos, los pensamientos de los reclusos y las historias del doctor Arkham. Parece no haber un misterio por resolver y su fantástico método deductivo apenas le sirve para algo. Pues, ahí dentro no hay nada especial por revelar. En esta historia, Batman es un actor pasivo que sólo espera ser inquirido por una serie de villanos creados por él mismo. Su psique es frágil, pues no logra entender su estancia en aquel lugar. Sus tácticas de combate y sus gadgets apenas le sirven para entender que él es el problema, pues como dice el sombrero en su encuentro:

«A veces… a veces creo que el asilo es una cabeza. Estamos dentro de una gran cabeza y existimos porque nos sueña […] Quizás es tu cabeza Batman. Y Arkham es un espejo. Nosotros somos tú.»

Batman es una maldición, es la maldición de Bruno Díaz y de toda Ciudad Gótica. Los criminales y horrores que persigue Batman para el confort de los ciudadanos de ciudad Gótica no son otra cosa más que las pesadillas de un niño. De un huérfano atormentado por las muertes de sus seres querido.

Dentro de los ochenta años de la historia de Batman ha habido cientos de historias y varias etapas del héroe. Reconocido por sus grandes dotes físicos e intelectuales, es el héroe sin superpoderes por excelencia. Una especie de imagen, que vista desde una mirada optimista, es el estereotipo al que todo ser humano debería aspirar. Rico, altruista, fuerte e inteligente. Pero en varios arcos argumentales, escritos por diferentes guionistas, se ha intentado mostrar lo contrario.

En la historia de Morrison, antes citada, Batman es el murciélago, el monstruo que asaltaba por las noches a la madre del doctor Arkham. Es el motivo por el cual, él y su madre, cayeran en las garras de la locura, aunque fueran distantes en la línea temporal. Pues Batman es una especie de entidad errante, producto de una maldición generacional dentro de Ciudad Gótica.

Historias como estás, de corte sobrenatural, son donde nosotros, como lectores, podemos encontrar a un Batman paralizado por el fracaso de sus métodos deductivos, de su tecnología y conocimiento científico. Un Batman vencido por el ocaso de su propia lógica producto de una razón añejada en los jugos de su propio ego.

Lo sobrenatural en las historietas de Batman conducen al lector a la misma aflicción de un Bruno Díaz al intentar entender los caprichos de un lunático que sigue al pie de la letra un grimorio mágico para invocar fuerzas oscuras, como el Acertijo en la historia del Caballero de la noche, Ciudad de la noche.

Cuando hablo de historias sobrenaturales suelo referirme a todas aquellas donde el misterio está en las profundidades de la psique, donde la realidad flaquea y los sueños y visiones tienen mucho mayor importancia que unas gotas de ADN o unas muestras de cabello. Los relatos sobrenaturales son sobrecogedores y están alejados de las excentricidades de las historietas producidas en los años sesenta. Lejos de personajes extraños como Batmito, nombrado así durante las publicaciones de la desaparecida editorial Novaro, o mejor conocido como Bat-Mite o Bati-duende. Que han sido retomados en los últimos años para convertirlos en recursos de mayor factura.

Cuando Batman se encuentra frente a estas fuerzas, va más allá del “complejo del sabueso de los Baskerville”, pues en lo que realmente termina convirtiéndose es un personaje principal de un relato de Lovecraft. Es decir, se aleja de los recursos fantásticos y “sobrehumanos” que pueblan las historias de la Liga de la Justicia y de algunos de sus integrantes. El relato sobrenatural en Batman es más complejo ya que su principal obstáculo es resolver un móvil que sobrepasa la normalidad de una lógica deductiva, como está acostumbrado a hacerlo.

En estos relatos podemos comparar a Bruno Díaz como a un Nathaniel Wingate Peaslee, personaje de principal de La sombra más allá del tiempo de H.P. Lovecraft. Personajes de ciencia, racionales, con un olfato positivista y cartesiano. Víctimas de un horror que acecha y que difícilmente puede lograr a entenderse si no nos despegamos de las convenciones propuestas por la realidad que se nos ha entregado.

En estos relatos de Batman no hay cruzadas contra criaturas del universo DC, sino seres que se encuentran entre la delgada línea del horror criminal y las entidades matizadas con una capa fina de mitología y folclore. Es el caso del asesino de ladrones y criminales de poca monta dentro del arco de Romance gótico o el demonio Barbatos, despertado por Thomas Jefferson y una secta de conspiradores del siglo XVIII.

O la fantástica historia titulada Shaman que relata la historia de un joven Bruno Díaz, antes de convertirse en Batman, con el objetivo de rastrear y detener criminales con sus propias manos. Cerca de Alaska, el joven Bruno casi pierde una batalla. A punto de morir de hipotermia es rescatado por una bella mujer y su padre, un chamán de una tribu de nativos, el cual logra curar de sus heridas y regresarlo a la vida por medio de una antigua y secreta leyenda donde se habla de un cuervo atormentado por espíritus y un roedor que lo auxilia llamado murciélago. Donde se cuenta que el roedor, compadeciéndose de su amigo cuervo, logra hacer crecer sus dedos hasta hacer emerger una membrana con la forma de unas alas. El viento generado por el aleteo ahuyenta a los espíritus y salva al cuervo.

Esta leyenda se convierte en el enlace de una serie de hechos para que Bruno Díaz se transforme en ese murciélago y resguarde a ciudad Gótica de la maldad, como si más que una coincidencia, aquello se convirtiese en una profecía. Los personajes rayan entre lo místico y lo ridículo, combinando el tráfico de estupefacientes con el control de masas por medio de los procedimientos rituales de una ceremonia mágica. Sí, los enemigos terminan siendo seres comunes y corrientes, pero la profecía del relato produce en el lector una serie de dudas sobre el origen del murciélago justiciero.

Estos y otros guiones de historietas se realizaron a finales de los ochenta y durante la década de los noventa. Muchos de estos escritores eran ingleses, prófugos del gobierno de Margaret Thatcher, con símbolos y filosofías ocultistas, algunos como practicantes o meros curiosos del arte real. Envalentonados por la guerra fría y una generación oscura. Por personajes como ConstantineSwampthing y Sandman. Por la nueva línea editorial para adultos de DC Comics conocida como Vértigo. Fanáticos de historietas de horror y cine de serie B.

Marcaron pauta aprovechándose de la nueva era de la historieta, una más brutal que las de sus antecesores, sin tapujos ni recursos baratos del cliché. Dentro de estas historias se crearían pesadillas sobrenaturales, violentas y cargadas de una imaginación retorcida, parecida al trabajo publicado por la editorial EC en los años cincuenta, o las magníficas historias de la revista Heavy Metal.

Estás historietas pueden ser reconocidas por dos elementos compartidos, que se repiten una y otra vez intentando dar sentido a la cruzada suicida del hombre murciélago. El primer elemento es conocido por todos, sucede cada vez que Bruno Díaz tiende a dudar de sus habilidades como ser humano y superhéroe. La muerte de sus padres en un callejón oscuro, las perlas cayendo, los agujeros de bala y un malhechor que muta según las necesidades del autor y enemigo en turno.

En Batman Condenado es el momento exacto de la muerte de Bruno y es el inicio del infierno para él mismo. Es el bucle temporal que lo ata a Ciudad Gótica, a sus recovecos y a su maldición. Es el hecho trágico por el cual Batman existe dentro de nuestro héroe y viceversa.

En La tragedia que llegó a ciudad Gótica es el evento necesario para terminar con la maldición del padre de Bruno y la tragedia sobre sus hombros. También es el momento preciso y necesario para crear al murciélago que liberará a un demonio aprisionado hace doscientos años en las entrañas de Ciudad Gótica.

Las perlas caen y eso atormenta al usuario del animal alado, no lo puede superar y es el inicio de un héroe condenado, el cual también terminará condenado a toda una ciudad por su ego y los pecados de una familia fundadora. En este punto, el segundo elemento registrado emerge en esta clase de arcos narrativos. La ciudad como una maldición para Bruno y su Batman. No es fortuito que un recinto tan perturbador, como el manicomio de Arkham, abriera sus puertas en un lugar como ciudad Gótica, ni tampoco es fortuito la galería de horrores y villanos, y por supuesto su propio superhéroe.

Ya lo decía de broma un personaje intrascendente, el cual sólo existe para ser víctima dentro de la historia de Gotham después de medianoche: mejor me hubiera mudado a Metrópolis. Pues ciudad Gótica parece ser el epicentro de la maldad y Batman su heraldo. Sus habitantes y herederos han escondido maldiciones y secretos bajo sus suelos.

Como el que mora en las cloacas en la Tragedia que llegó a ciudad gótica, producto de la ambición de unos cuantos que realizaron un ritual, confinando a la ciudad a una necesidad de sangre. Esto se relata aquí, desde lo extraño y lo grotesco, pero también es claro en el Batman de Miller, O´Neil y Snyder, pese a su narrativa realista, rayando en la suciedad y en la crítica de una América en llamas, consumida por los excesos neoliberales y su violencia que no termina.

Ciudad Gótica está maldita y maldijo a Bruno, pero éste regresó a su ciudad con una maldición aún mayor llamada Batman. Citando la historia del roedor que salvó al cuervo:

«Cuando el murciélago alejó la enfermedad del cuervo, la cogió y la llevó al nido del buitre»

Aunque existen otras historias donde la fantasía, lo sobrenatural y lo extraño son parte de la narrativa de Batman, mis referencias principales las presento en forma de lista para que el propio lector pueda disfrutar y sacar sus propias conclusiones.

 

 


 

Romance gótico (Gothic: A romance, 1990)

-Caballero oscuro, ciudad oscura (Dark knight, Dark City, 1990)

-Shaman (Shaman, 1989)

-Condenado (Batman: Damned, 2018)

-La tragedia que llegó a ciudad Gótica (The doom that came to Gotham, 2000-2001)

 Arkahm Asylum: una casa seria sobre una tierra (Arkham Asylum: a serious house on serious earth, 1989)

-Gotham después de medianoche (Gotham after midnight, 2009)

-Condado de Gotham (Gotham county line, 2009)


Autores
Ronnie Medellín (Minatitlán, 1984) es narrador, docente y productor audiovisual. Ha publicado Asesinos Accidentes (2013) e Instantes de muerte (Torbellino, 2014).
Fernando de Magallanes. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Flickr.

La expedición de Magallanes-Elcano (1519-1522) y el sistema global

La primera circunnavegación de la Tierra

En la isla de Mactán, Filipinas, se encuentra la pequeña ciudad de Lapulapu. En el centro de esta ciudad existe un monumento muy particular: la escultura de un indígena semidesnudo y de cabello largo, armado con un cuchillo y escudo. Este sujeto le dio el nombre a la ciudad y es considerado por los filipinos como un héroe histórico. En un acto de resistencia frente a la invasión colonial europea derrotó a las huestes de Fernando de Magallanes.

El 16 de marzo de 1521 la expedición de Magallanes llegó a las islas Filipinas. Ya en la isla de Cebú, el explorador portugués consiguió la cooperación de ciertos pobladores liderados por Huambón y comenzó a someter exitosamente a los habitantes. Rápidamente se enteró de la existencia de Lapulapu, el jefe nativo de la vecina isla de Mactán, enemigo de la gente de Huambón.

Días después, el 27 de abril de 1521, Magallanes, junto con varias decenas de soldados españoles, tocó tierra en la isla de Mactán con el fin de someter al temido Lapulapu. Los nativos salieron victoriosos en la llamada “Batalla de Mactán”, debido a la ventaja numérica. En diversas narrativas populares, se dice que fue el mismo Lapulapu quién mató a Magallanes, sin embargo, parece que fue una horda de guerreros que se abalanzaron sobre él los que causaron su muerte. De esa manera llega a su fin la vida de Fernando de Magallanes, quien llevaba casi dos años comandando la que sería la primera circunnavegación de la Tierra.

La expedición de Magallanes tenía como objetivo generar rutas comerciales con la región de las “islas de las especias” por occidente —tal y como lo había buscado Cristóbal Colón—. Esto se lograría encontrando al comunicación marítima entre el océano Atlántico y el océano Pacífico, que en ese momento era llamado Mar del Sur, bautizado así por el español Vasco Núñez de Balboa, tras descubrirlo al cruzar el istmo de Panamá en 1513. En 1518 el rey Carlos I, nombra almirante a Magallanes y le otorga una serie de privilegios sobre los territorios descubiertos y los bienes extraídos.

Fueron cinco las naves que zarparon del puerto de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz el 20 de septiembre de 1519. A finales de septiembre la expedición hizo una escala en Tenerife, una de las Islas Canarias y desde ahí llegaron a las costas brasileñas, arribando a finales de noviembre de 1519.

Es preciso recordar que el territorio de Brasil y sus habitantes indígenas, tuvieron su primer contacto con los conquistadores europeos en 1500 a través de una expedición liderada por el capitán lusitano Pedro Álvares Cabral. Los portugueses tuvieron el pleno derecho de conquistar dicho territorio gracias al Tratado de Tordesillas de 1494 -que sirvió para delimitar las áreas de navegación y conquista del océano Atlántico y del Nuevo Mundo entre la Monarquía Española y el Reino de Portugal-.

La línea divisoria mantenía a las costas brasileñas en los dominios portugueses. El 13 de diciembre llegaron a la Bahía de Santa Lucía -hoy Río de Janeiro- y continúan su viaje hacia el sur.

En enero de 1520 pasaron por el Río de la Plata -descubierto por Juan Díaz de Solís en 1516-. A principios de marzo llegaron a la bahía San Julián, que exploraron en busca de un posible paso hacia el Mar del Sur, sin ningún éxito.

Magallanes, en vista de la llegada del invierno, decidió permanecer allí hasta la primavera. Durante aquellos meses algunos miembros de la tripulación intentaron amotinarse pero fracasaron; Magallanes mandó a matar a los amotinados y a otros los abandonó en San Julián cuando, en agosto de 1521, retomó la ruta hacia el sur.

A más de un año de haber comenzado la expedición, en octubre, Magallanes arribó al Cabo de las once mil Vírgenes. El 1 de noviembre, la expedición comenzó a navegar por el estrecho que bautizaron como Todos los Santos.  Años más tarde se le cambiaría el nombre a Estrecho de Magallanes.

En este tramo, pasaron por una gran isla en la que vislumbraron las fogatas y sus altas columnas de humo, generadas por los nativos de la región; este territorio fue nombrado Tierra del fuego. Después de un arduo camino,  el 28 de noviembre de 1520, dejan Cabo Deseado, la puerta al Mar del Sur, que rebautizaron como Maris pacifici debido a la calma con que los recibió.

Pasaron dos meses desde que comenzó la travesía en el Pacífico, hasta pasar por una isla en medio del océano: la Isla de los Tiburones el 21 de enero de 1521. Por fin, el 6 de marzo de ese año, Magallanes llegó una isla en la que los navegantes aprovecharon para descansar y recoger víveres. En este sitio se habrían de encontrar con nativos que ofrecieron obsequios a los navegantes. Habían arribado a la Isla de los Ladrones -probablemente la actual isla de Guam– en el archipiélago de las Marianas.

Al terminar su travesía por el Pacífico, logró llegar a las islas Filipinas en marzo. Durante ese mes, exploró las islas aledañas. En esta exploración es donde, el 27 de abril de 1521, muere Fernando de Magallanes en la ya relatada batalla de Mactán.

Los expedicionarios continuaron la navegación hasta las islas Molucas o “islas de las especias”, original objetivo del viaje, donde designaron a Juan Sebastián Elcano para capitanear el viaje de regreso.

Navegando hacia el oeste por el océano Índico y dando la vuelta a África, el 6 de septiembre de 1522 la Victoria, única nave que quedaba en la expedición, retornó a Sanlúcar de Barrameda con su carga de especias, convirtiéndose en la primera embarcación de la historia en dar la vuelta al mundo[1].

 

El mundo de los nuevos mundos: la crónica de viaje

La expedición de Magallanes se inscribió en la llamada Era de los descubrimientos. El expansionismo de las potencias europeas —sobre todo España y Portugal— y la búsqueda de eficientes rutas comerciales provocaron la conquista de distintos espacios, desde América hasta regiones de África, Asia y Oceanía que eran desconocidas por los europeos.

El mundo y las ideas sobre él se ampliaron: los nuevos mundos se integraron a la añeja cosmovisión. Los viajes, las rutas y los descubrimientos -naturales y culturales-, de estos nuevos mundos fueron plasmadas en papel por cronistas y cartógrafos.

En el caso de la expedición Magallanes-Elcano, fue el cronista Antonio Pigafetta quien relató este viaje alrededor del mundo en su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada después de la expedición.

Como toda crónica de viaje, el autor plasmó los elementos más significativos de la expedición. A manera de documento probatorio para las autoridades españolas y como un artefacto de la memoria, recopiló los pormenores del viaje y la vida de los navegantes, así como la descripción de los paisajes, la flora y la fauna con la que se encontraron en esas regiones. Pigafetta también realizó el primer mapa del Estrecho, así como dibujos del archipiélago de la Tierra del Fuego  y de las Islas Molucas.

Antonio Pigafetta, mapa del Estrecho de Todos Los Santos, 1520.

Antonio Pigafetta, mapa del Estrecho de Todos Los Santos, 1520.

Sobre la fauna encontrada en los territorios explorados,  Pigafetta describe una población de pingüinos en una isla cercana a las tierras antárticas:

Nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pingüinos y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.[2]

Posteriormente describe detalladamente a los lobos marinos:

Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.[3]

Otras descripciones son integradas en esta crónica. Por ejemplo, durante el viaje en el Pacífico, la tripulación se vio fuertemente afectada por las plagas y enfermedades como el escorbuto. El cronista agradece a Dios el no haber padecido de esos males:

La galleta que comíamos ya no era más pan sino un polvo lleno de gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un olor fétido insoportable porque estaba impregnada de orina de ratas. El agua que bebíamos era pútrida y hedionda. Por no morir de hambre, nos hemos visto obligados a comer los trozos de cuero que cubrían el mástil mayor a fin de que las cuerdas no se estropeen contra la madera… Muy a menudo, estábamos reducidos a alimentarnos de aserrín; y las ratas, tan repugnantes para el hombre, se habían vuelto un alimento tan buscado, que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas… Y no era todo. Nuestra más grande desgracia llegó cuando nos vimos atacados por una especie de enfermedad que nos inflaba las mandíbulas hasta que nuestros dientes quedaban escondidos…[4]

Pigafetta narra la batalla de Mactán y lo sucedido el 27 de abril de 1521. La ardua batalla y la muerte de Magallanes:

Como [los indígenas] conocían a nuestro capitán, contra él principalmente dirigían los ataques y por dos veces le tiraron el casco; sin embargo se mantuvo firme mientras combatimos rodeándole. Duró el desigual combate casi una hora. En fin, un isleño logró poner la punta de la lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela clavada. Quiso sacar la espada, pero no puedo, por estar gravemente herido en el brazo derecho; diéronse cuenta los indios, y uno de ellos, asestándole un sablazo en la pierna izquierda le hizo caer de cara arrojándose entonces contra él. Así murió nuestro guía, nuestra luz y nuestro sostén. Al caer viéndose asediado por los enemigos se volvió muchas veces para ver si nos habíamos salvado. No le socorrimos por estar todos heridos; y sin poderle vengar, llegamos a las chalupas en le momento que iban a partir. A nuestro capitán debimos la salvación porque en cuanto murió todos los isleños corrieron al sitio en que había caído.[5]

Líneas más adelante, se elogia al fallecido Magallanes de la siguiente manera:

Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Adornado de todas las virtudes, mostró inquebrantable constancia en medio de sus mayores adversidades. En el mar se condenaba a sí mismo a más privaciones de la tripulación. Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos, sabía perfectamente el arte de la navegación, como lo demostró dando la vuelta al mundo, lo que nadie osó intentar antes que él.[6]

A pesar de que Magallanes murió sin haber completado la vuelta entera, Pigafetta menciona que el resto del viaje comprendía un tramo que los navegantes portugueses ya conocían. El capitán Elcano -que no fue mencionado en la crónica de Pigafetta-, retomaría la ruta por el Sur de África (cabo de Buena Esperanza), siguiendo la ruta de Vasco da Gama, para lograr llegar de nuevo a Europa. La sección más complicada y desconocida, fue superada por el genio de Magallanes, diría el cronista.

 

Un viaje y sus consecuencias: el sistema-mundo moderno

Las representaciones cartográficas son una gran herramienta para ejemplificar el proceso en el que la se transformó la concepción y representación de un mundo interconectado.

El explorador Américo Vespucio, en 1503 publicó sus Cartas de viaje en las que aseguraba que las tierras descubiertas por Colón eran un Mundus Novus, como proponía llamarlas. En 1507 Martin Waldseemüller publica su planisferio titulado Universalis Cosmographia. En el aparece el territorio del Nuevo Mundo aparece por primera vez como “América”.

Martin Waldseemüller, Universalis Cosmographia, 1507.

Martin Waldseemüller, Universalis Cosmographia, 1507.

La expedición de Magallanes sirvió para confirmar definitivamente la teoría de Vespucio, así como el carácter esférico de la Tierra. Los hallazgos en la expedición fueron representados por primera vez en el planisferio de Diego Ribero, Cosmógrafo Real de la Casa de Contratación de Sevilla, del año 1529.

Diego Ribero, Mapamundi, 1529. La ruta de Magallanes fue añadida posteriormente.

Con el desembarco de Elcano en el puerto de Sanlúcar, se cerró aquel largo viaje que uniría al mundo bajo una visión particular del globo. Una hazaña técnica que fue acompañada de una hazaña imaginativa que sirvió para terminar integrar los elementos dispersos del mundo. Todo esto, como un complejo telón de fondo la dominación colonial por parte de las potencias capitalistas europeas.

Durante la era de los descubrimientos, la imagen y representación del planeta —conocida en la historiografía como imago mundi— cambiaron con rapidez. De la misma manera, cambió la forma de comprender al mundo: ya no se trataba de distintos “mundos” aislados o separados, si no como un todo interconectado.

El “nuevo mundo” y otros descubrimientos no fueron más que los últimos pasos que faltaban para comprender la totalidad del sistema global. En palabras del recién fallecido científico histórico-social Immanuel Wallerstein, durante aquella época no sólo tiene origen el capitalismo mercantilista, sino el moderno “sistema-mundo, que hasta entonces tan solo era un sistema-mundo europeo”.[7]

Evidentemente, esta concepción totalizadora está dictada desde las potencias europeas, cuyo afán colonizador fue el verdadero motor de el proceso de integración —tanto simbólica como económicamente— del mundo en su totalidad.

Samir Amin menciona que la idea común de que el capitalismo europeo fue el primer sistema en unificar y conectar al mundo entero, es el epítome del discurso de dominación colonial[8]. Sin embargo, evadiendo una perspectiva totalizadora y única, pero sí de interconexiones globales, la circunnavegación de la tierra cambió la manera en la que las regiones y los pueblos del mundo, percibieron a la otredad.

La nao Victoria, que fue el único navío que se logró regresar al puerto de  Sanlúcar de Barrameda como sólo 18 de los 216 navegantes que iniciaron la expedición, fue representada en un mapa de Abraham Ortelius de 1589.

Se presenta de forma gloriosa y debajo del dibujo de la nave se lee —como epitafio de la aventura—: “Fui la primera que rodeó el mundo volando a vela. Magallanes, te dirigí al nuevo estrecho. Y al rodea el mundo gané el nombre “Victoria”. Son mis velas alas; mi premio, la gloria; mi lucha, el mar.”

Abraham Ortelius, Maris Pacifici, 1598

Abraham Ortelius, Maris Pacifici, 1598

 

 

 


 

[1] Se puede acceder a la ruta completa del viaje desde Google Earth y Google Maps en el sitio: “Ruta Elcano” en: https://www.rutaelcano.com/versiones-del-mapa

[2] Pigafetta, Antonio. Primer viaje alrededor del globo (1524), Ediciones Orbis, Barcelona, 1986, p. 22. Edición disponible en: http://www.archive.org/stream/primerviajeentor00piga#page/187/mode/2up

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 89

[5] Ibid., p. 114

[6] Ibid., p. 115.

[7] Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI, 1979, pp. 17. La perspectiva del sistema-mundo, también conocida como economía-mundo o sistema mundial, ha sido un aporte teórico de la crítica posmarxista que intenta explicar el funcionamiento y estructura  de las relaciones sociales, políticas y económicas a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Es una teoría historiográfica, geopolítica y sociológica con presencia en los debates actuales sobre ciencias sociales e historia.

[8] Cfr. Samir Amin, “The Ancient World-System versus the Modern Capitalist World-System” en Fernand Braudel Center Review, Vol. 14, No. 3, 1991, pp. 349-385. Disponible en: https://www-jstor-org.pbidi.unam.mx:2443/stable/40241188?read-now=1&seq=1#page_scan_tab_contents


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Fotografía de Diego Leyva

I

El lugar común señala que las personas no saben cómo van a reaccionar ante una tragedia que las toca directamente, que el que se cree valiente puede no serlo tanto y que quien se piensa cobarde quizás resulte en lo contrario. Las ciudades, como las personas, también muestran un rostro nuevo ante la tragedia. Un rostro que las marca, las cambia y las define. Enumerar ciudades y la forma en que el orden que intentan llevar se ve trastocado sería un ejercicio interesante, aunque una labor de nunca acabar.

Cada ciudad, como cada persona, ha enfrentado la tragedia. Hay tragedias que golpean más de una ciudad como las epidemias, la peste en el siglo XIV que asoló a Europa y que tuvo en las ciudades los nichos donde más mortandad causó —por algo Boccaccio hace que los jóvenes que cuentan su Decamerón dejen Florencia—, y hay ciudades que dejaron de ser lo que eran tras las epidemias, ahí está Atenas que perdió en una de ellas a Pericles y propició que dejara la hegemonía en la Hélade.

II

Tenía unos meses cuando ocurrió el sismo de 1985, nací en el norte del país y hasta allá nos impactó aquel suceso. Crecí con las imágenes de la tragedia. Cuando llegué a vivir a la ciudad de México en 2014 pensaba en los edificios, en cómo reaccionaría si había un sismo, en las rutas de salida. Un temor que se fue domesticando. Aprendí a hacer los simulacros, a identificar la alarma. Pero jamás pensé que viviría, en el mismo día, pero de 32 años después, un sismo que le recordó a la ciudad el de 1985.

La ciudad volvió a enfrentar los temores que la marcaron. Todos empezamos a prestar atención a las grietas, a las inclinaciones de pisos y paredes. Temíamos. Edificios y escuelas habían vuelto a caer.

Entonces vivía en Xocongo y Fray Servando, a unas cuadras del Zócalo, en un cuarto piso. Ahí la alarma y el sismo empezaron al mismo tiempo. No pudimos bajar. Escuchamos el derrumbe de un entremuro que cayó sobre nuestra unidad habitacional —cosa que supimos más tarde— y que nos sonó a que el edificio se venía abajo. Nunca, ni siquiera cuando en 2010 me amagaron con una pistola, estuve más seguro de mi muerte.

Fotografía por Diego Leyva

III

De por sí sobrevivir en las ciudades fue una tarea difícil, aunque en su seno ha sido donde se han propiciado los mayores desarrollos tecnológicos y civilizatorios, la mortalidad fue, hasta los últimos siglos, mayor a la natalidad y las ciudades dependieron de la migración del campo para su crecimiento. A las tragedias cotidianas, el toma y daca de la sobrevivencia, se suman las que ponen en vilo la vida misma de la ciudad y que, a veces, causan su muerte. Por poner solo unos ejemplos, ahí están Pompeya y Herculano sepultadas por los flujos piroplásticos en el 79; Cuicuilco con una suerte similar en el siglo III antes de nuestra era; la destrucción de Port Royal en 1692 por un terremoto y un tsunami.

Pero la mayoría de las ciudades sobrevive a las tragedias y, las que mueren, lo hacen de muerte natural —se van quedando sin habitantes hasta ser ruinas—. Roma, por ser la ciudad eterna, da muestras de ello y llegó a tal grado de disminución que en los siglos VIII y IX sus habitantes encontraban restos de escusados de porfirio y los tomaban por tronos. En ese sobrevivir es en dónde las tragedias cambian el rostro de las ciudades.

IV

Esa tarde estuve en shock por horas. Seguí con los planes que tenía para ese día, terminé de lavar trastes, tendí sábanas, fui al gimnasio en Zona Rosa, mismo que, evidentemente, estaba cerrado. Vi los edificios dañados, ventanas rotas, pero no acababa de entender la magnitud de lo que había pasado. Seguía en negación.

No fue hasta el miércoles que acompañé a un par de amigos a una de las zonas afectadas, llevamos palas y guantes de carnaza al edificio de Petén y Zapata. No nos quedamos a ayudar porque había demasiada gente. Ahí decidimos que cuando nuestra ayuda podría ser significativa sería en la noche.

Esperamos más de una hora para que nos dejaran entrar a Chimalpopoca y Bolívar, la fábrica textil, a donde arribamos pasada la media noche. En esta ciudad que se esfuerza por repetirse, otra vez volvía a ser una fábrica textil con mujeres adentro la que se había venido abajo. Fue ese edificio, a unas cuadras de mi propia casa, el que primero vi en facebook caer —meses más tarde vería una y otra vez la compilación de los videos del sismo, hipnotizado, aterrorizado—.

Ahí estuve hasta el mediodía del jueves. Vi el esfuerzo de desconocidos por ayudar unos a otros. Mientras esperábamos una niña de no más de once años nos ordenaba cómo formarnos y revisaba si traíamos zapatos de trabajo y casco. Una joven familia nos ofreció tortas de jamón, pan dulce y café. Ese día, a esa hora, solo vi aquello como un hermoso gesto, al pasar de los días, entendí la importancia de la gente que llevaba comida, que mantuvo con energía a quienes acarreaban escombro. Todos echaban la mano en la medida de sus posibilidades.

En Chimalpopoca vi el esfuerzo y la desesperación por hacer algo, por ayudar. Esa primera noche, la segunda después del sismo, era la improvisación la que nos movía. Ahí entendí la importancia del puño en alto. Entendí que cuando más falta hacen brazos era antes del amanecer. A las cinco de la mañana éramos pocos los que seguíamos ahí, batallando, deseando más ayuda. Hasta pasadas las seis pude pedirla en Twitter.

Fotografía por Diego Leyva

V

La Ciudad de México no es ajena a estas dinámicas. Una ciudad que ha resurgido de sus propias ruinas no una vez sino varias, como si sus habitantes siguieran haciendo la ceremonia de Fuego Nuevo que realizaban los antiguos habitantes del valle de México, cuando rompían sus enceres y apagaban todos los fuegos y esperaban hasta que el tlahtoani encendía de nuevo el fuego para reempezar el ciclo de 52 años de su calendario. Así la ciudad ha detenido su vida, para volver a empezar. La ciudad fundada, según la tradición, en 1325 y que había estado creciendo como su templo mayor, capa sobre capa, estuvo a punto de desaparecer con la conquista de Cortés el 13 de agosto de 1521. Una ciudad que había enfrentado la epidemia de viruela, que había sido derruida a cañonazos e incendios, estuvo a punto de no volver a ser edificada. Pero Cortés decidió establecer la capital de la Nueva España en el punto que los tenochcas llamaban el corazón de todo el mundo, Cem Anahuac yolloco. Y Mexihco-Tenochtitlan cambió de rostro y de nombre, el altepetl cruzado de canales cedió su lagar a la ciudad, la ciudad de México nació y llegó a convertirse en una de las urbes más importantes de la corona española. Y en 1629, el 21 de septiembre, una lluvia que duró 40 horas inundó la ciudad por cinco años, muchos la dejaron e incluso se pensó en abandonarla por completo. Pero sus habitantes supieron reponerse y enfrentar aquel paso.

En la vida independiente la ciudad sufrió las consecuencias de la convulsa vida social y política del país, dos veces capital imperial, fue también dos veces invadida por fuerzas extranjeras, tomada por liberales y conservadores, siguió la historia del país que, a pesar de su federalismo, es muy centralista.

VI

Twitter se convirtió, junto a otras redes sociales, en la gran herramienta que permitió mover la ayuda que surgía de todas partes.

Me tocó ver el surgimiento del movimiento #Verificado19s que tan útil se volvió para administrar y gestionar la ayuda. Por eso supimos, la noche del jueves, que necesitaban gente en Irolo y Bretaña, donde un edificio de siete plantas se vino abajo, un edificio que después se supo, había sido una casa a la que solo le habían añadido pisos sin reforzar los cimientos. Cuando llegamos ahí no había ruido y los puños estaban en alto, los rescatistas japoneses estaban haciendo su labor. El rescate de las dos mujeres concluyó y ya no quedaba ahí por rescatar a nadie, nos dispersamos. Decidí volver a Chimalpopoca.

Varias brigadas aguardaban a entrar en el estacionamiento de Bodega Aurrerá, ahí estuvimos horas hasta que a las cuatro de la mañan nos permitieron ingresar. La organización era mejor para ese momento que la madrugada anterior. Estuve hasta las tres de la tarde en las hileras que pasaban piedra a piedra lo que había sido un edificio de cuatro pisos reducido a un montón de escombros.

Fotografía por Diego Leyva

VII

Los sismos, que la habían golpeado sin graves consecuencias fuera de hacer caer paredes y dañar algunos edificios ya desde que era Tenochtitlan —bajo el mando de Axayacatl—, conforme fue creciendo, principalmente hacia arriba en el siglo pasado, la fueron afectando. En el 1957 cayó el Ángel y la ciudad, que apenas empezaba a tentar el aire con sus edificios, no sufrió como habría de sufrir veintiocho años más tarde.

1985 fue un parteaguas en la historia de la ciudad y del país. Nunca se sabrá con exactitud el número de víctimas que dejó. Según el registro civil de la Ciudad de México, fueron 12 mil 843 . El sismo puso en manifiesto la corrupción que imperaba en el ámbito inmobiliario y la ineficacia de las autoridades para reaccionar ante la tragedia, pero también sacó a la luz la solidaridad de los habitantes de la ciudad. Miles colmaron las calles para ayudar a rescatar de los escombros a las personas. La capacidad organizativa de los habitantes de la ciudad para ayudarse unos a otros, sin importar que se tratara de desconocidos, sorprendió a propios y extraños. Salía a la luz un rostro que la ciudad no conocía de sí misma, era capaz de dejar todo y empezar a mover escombro con la esperanza de rescatar a quienes quedaron bajo lo que minutos, horas o días antes habían sido edificios.

La ciudad no volvió a ser la misma. Miles la dejaron. Los huecos donde hubo edificios quedaron así por años, como el hueco en la encía donde antes estuvo una muela. Se cambiaron los reglamentos de contrucción, se hicieron simulacros, la ciudad se preparó para un nuevo sismo.

Fotografía por Diego Leyva

VIII

Como muchos estuve al borde del colapso nervioso. El viernes 22 fue la primera noche que volví a dormir en mi cama después del sismo y me despertó la alarma, cuyo sonido me helaba la sangre.

La ciudad seguí alterada, aún no podíamos recuperar nuestras vidas. Ni lo queríamos y en cierto sentido no hemos recuperado la vida que teníamos antes de la 1:14 pm del martes 19 de septiembre.

Fui también a Escocia y Edimburgo, también en la noche, pero del sábado 23. Ahí estuve hasta las tres de la mañana en que se levantó el puño y hubo un rescate. Pude notar la diferencia con Chimalpopoca, mientras esperábamos en avenida Eugenia nos hicieron escribir nuestro nombre y tipo de sangre en el brazo, el orden era mucho mayor, la mayoría de los civiles no podían entrar a la zona del derrumbe, solo mover escombro, el cuidado para mover los escombros —en Chimalpopoca el primer día que estuve ahí había cientos de personas sobre el edificio colapsado—, la presencia de las autoridades era notoria y marcaban el ritmo de la remosión y el rescate. Además eran dos derrumbes con una calle de distancia.

Volví al día siguiente al mediodía. Mientras hacía fila preguntaron quién sabía usar el mazo. Crecí en un ejido y las labores manuales no me son desconocidas. No dude en levantar el brazo. Me dieron un mazo y caminé hasta cerca de la zona del derrumbe. Rompiamos las lozas que la grua extraía, aunque pronto fuimos relevados por policías federales quienes no quisieron dejar el marro, así que me dieron una carretilla. Con ella iba hasta el derrumbe donde soldados con sus palas las llenaban de escombros. Ahí era perceptible el olor a muerte.
Todos queríamos ayudar. Estábamos exhaustos pero no podíamos quedarnos en nuestras casas. Yo seguía con miedo y estar ahí, trabajar removiendo escombro fue una de las formas en que pude afrontar ese temor. Ayudar, aunque fuera en poco, a rescatar a una persona era también una de las razones que me movía.

IX

La ciudad no ha vuelto a ser la misma. Yo tampoco. Afrontar la muerte de esa manera cambia, me cambió a mí. Cambió a la ciudad. Meses después, cuando por azares terminé trabajando como bicirrepartidor pasé por muchos de los puntos donde estuvieron los edificios y me dolió no solo ese vacío, esa ausencia llena de dolor —junto a la cual seguían y, por desgracia, siguen los habitantes de esos departamentos—, sino un recordatorio de que la irresponsabilidad y la corrupción cuestan vidas.

Fotografía por Diego Leyva


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustración de Miranda Guerrero Verdugo

— ¡Apenas pueda me largo de esta ciudad de una buena vez!

— Este es un merecido castigo de la naturaleza por siglos y siglos de abuso humano.

— Me siento más pequeño que la hormiga más pequeña del planeta.

— La naturaleza tiene un sentido del humor muy histórico. ¿o finalmente Dios sí existe?

— ¡Bonita manera de celebrar mi cumpleaños!

Eso fue más o menos lo que dijeron las voces de mi cabeza cuando sentí las primeras sacudidas del terremoto. Estaba en mi oficina, en el octavo piso del edificio donde se encuentra la editorial, entre Insurgentes Sur y Vito Alessio Robles. Había dos colegas, una a cada lado de mí, agarrando con fuerza de un brazo. Enfrente, el jefe del equipo de diseño gráfico se encontraba exactamente en la misma posición que yo. Éramos los únicos hombres y los más asustados de todo el piso.

La estructura metálica del edificio rechinaba con violencia, las luces se encendían y se apagaban sin cesar, los gritos se escuchaban desde los demás pisos; todo llevaba nuestro pánico a un paroxismo que nunca antes había vivido —y que espero no repetir jamás en mi vida.

Una de las encargadas de marketing, la única que vivió el terremoto del 85, estalló en una crisis histérica y comenzó a gritar y a correr en el momento mismo en nos sacudía el brusco movimiento del sismo.

—¡No puede ser, no puede ser, no puede ser que esto esté pasando otra vez! —decía casi gritando.

Paralizados, el resto apenas la vimos moverse sin hacer nada al respecto. Ninguno de nosotros podía entender las secuelas y los traumas que la catástrofe había dejado 32 años atrás en los sobrevivientes.

No estoy seguro de cuánto duró el sismo (que, por cierto, significa lo mismo que temblor o terremoto, o sea, movimiento de tierra). Según leo en la página del Gobierno, aproximadamente 3 minutos. Aunque fueron segundos eternos, tengo la impresión de que su duración fue mucho menor. Dicen que esto se debe a los bondadosos efectos de la adrenalina en el cuerpo y a esa parte del cerebro que programa la memoria de tal manera que uno recuerda solamente lo que le conviene. El punto es que cuando sentimos que el terremoto había finalizado, seguimos el protocolo que ya todos conocían de memoria porque lo habían ensayado hacía tan solo una hora y media.

Por fortuna la salida de emergencia del edificio era completamente segura. Bajamos rápidamente pero en orden (por pisos) y nos dirigimos al punto de encuentro en un parque muy cercano. En el camino encontramos una ciudad convulsionada: carros andando en contravía, personas arrollándose unas a otras, y gritos para completar el panorama de conmoción. A pesar de todo, el desalojo se llevó a cabo en relativa calma.

Después de pasar dos horas en el parque, el encargado de la seguridad nos dijo que podíamos regresar al edificio y sacar nuestras pertenencias lo más pronto posible. Como estábamos concentrados en la misma zona, la comunicación colapsó y llamar, o incluso escribir mensajes, era imposible. Recuperé mis cosas en la oficina, pude ver que tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes de voz, entre de los cuales mi novia me suplicaba llorando que diera señales de vida.

Tan pronto como pude, reporté a mi familia en Colombia y a mis amigos en México y Francia que me encontraba ileso. Como muchos, recibí cientos de mensajes de apoyo, inquietud y esperanza. Apenas pude responder un par de mensajes, y de pronto ya tenía el doble acumulado en el buzón.

Comprendí que la angustia de la gente y las facilidades de las nuevas tecnologías podían mantenerme todo el día reportando sobre mi estado actual y sin hacer nada. Además, más de la mitad de la ciudad carecía de electricidad y la batería de los aparatos electrónicos podía ser preciosa en un momento dado. Por eso apagué mi teléfono.

Luego recordé que esa mañana me había llegado un paquete urgente y que el centro de entrega estaba muy cerca de la oficina. En vista de que los comercios seguían funcionando como de costumbre,  decidí pasar. Al llegar, noté que los empleados trabajaban con absoluta normalidad, casi con un aburrimiento habitual. Recibí el paquete y caminé a casa. Ir en carro era una estupidez, pues la ciudad colapsaba y el tráfico tenía muchas vías completamente bloqueadas.

Al andar por la calle, sentí el caos creciente de la ciudad. Todo parecía una película, un apocalipsis zombie que dejaba comercios vacíos, ríos desordenados de gente que fluían en todas direcciones, y mucho ruido: ruido de carros que pitaban, helicópteros sobrevolando la ciudad, la sirena de la policía y desde luego las ambulancias. Era muy difícil conservar la calma. Llegar a casa fue un gran alivio, pero el día estaba lejos de terminar.

 

***

 

Me encontré con Rafael, mi roomie, y dos amigos más. No teníamos electricidad pero la casa no había sufrido ninguna afectación importante. Nos informamos un poco sobre la magnitud de los daños gracias a una vieja radio de pila que siempre había estado en una estantería de la cocina y al fin encontraba su hora de gloria. Escuchamos que había varios puntos de reunión ciudadana para ayudar y decidimos organizarnos para ir al punto más cercano.

—Oí que una escuela primaria se cayó en Coapa —me dijo Rafa.

Ilustración por Miranda Guerrero Araiza.

Nos armamos de palas, cascos, picas y los pocos víveres que cupieron en nuestras mochilas. Salimos caminando por Miguel Ángel de Quevedo. Las calles estaban abarrotadas de coches, pero unos minutos más tarde tuvimos la fortuna de advertir una camioneta que avanzaba a toda velocidad —los coches se abrían al sonido de su sirena— y cargaba una decena de voluntarios en su parte trasera. Al vernos con casco y materiales, se pararon justo frente a nosotros y nos montamos sin pensarlo.

Éramos tantos en la camioneta, que cada quién se acomodó como pudo. Yo estaba casi acostado en una posición muy incómoda al lado izquierdo del vehículo. Desde mi ángulo, veía las cabezas de los obreros (jóvenes de todas las edades que se habían sumado al llamado de la protección civil y que estaban poco o nada equipados).

El coche seguía avanzando a gran velocidad, pues una fila se abría del lado derecho de la calle, como cuando pasa una ambulancia en apuros. Atónito, yo escuchaba el chiflido de los voluntarios para que nos dejaran pasar y el cláxon de los demás carros. Cada vez que podía, me asomaba. Veía edificios en ruinas y multitudes alrededor.

—¡Chingada madre, no puede ser! ¡Ahí estaba la fonda de Lupita! —dijo el más viejo de los voluntarios señalando unos escombros acumulados en la esquina de una calle.

En veinte minutos llegamos a la intersección de Coapa, no muy lejos de la escuela derrumbada, justo enfrente de un edificio de cuatro pisos que se había desplomado. Había dos máquinas excavadoras y decenas de personas (policías, miembros de la protección civil, obreros y jóvenes de los alrededores) que ayudaban como podían.

No hubo mucho tiempo para preguntas. Bajamos en seguida, el señor nos dio un tapabocas y una herramienta, y señaló lo que quedaba del edificio. Una cadena humana recogía escombros con baldes, lazos y con las manos.

Pedazos de varillas, lozas rotas, mosaicos partidos, trozos de tapetes; las partes del rompecabezas desfilaban de mano en mano, de forma coordinada pero angustiosa, y una gran nube de polvo envolvía el lugar. Los más cercanos a la ruinas rogaban silencio a gritos para oír a las víctimas y poder rescatarlas.

Pasaron los minutos, las horas, y la tarde fue cayendo. Dos cuerpos con vida y uno inerte fueron recuperados del lugar. Por momentos me sentía presa de una especie de encantamiento que me hacía actuar por inercia, sin pensar y coordinando coreográficamente con el resto de la gente, como una hormiga más de la cadena.

Iba pasando las partes de un rompecabezas que tardaría mucho tiempo en reconstruirse y que probablemente nunca más vivirá un diecinueve de septiembre en total calma. De pronto, sorprendí a mi mente tarareando una canción que comenzaba a oírse entre la multitud. Ay, ay, ay, ay, ay, canta y no llores. Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.

 

Ilustración por Miranda Guerrero Araiza.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Miranda Guerrero Verdugo
Miranda Guerrero es una artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/
Ilustración de Etel Castrejón

Al título le falta, al menos, un 6: 666 años después. O un 26, como haría Bolaño: 2666 años después. Es injusto cifrar tan solo en estos 66 años que nos separan de su publicación la edad de un territorio literario tan viejo como el diablo y sobre el cual pesa una condena tan eterna como la que persigue a quienes habitan en él, a quienes habitamos en él. No obstante, estoy seguro de que Rulfo cifraría su inicio en un lugar histórico algo más preciso, en ese Big Bang de la conquista europea, momento en que prendió la mecha que no cesa de arrasarlo, en que comenzó a soplar el viento que aviva cíclicamente la llama. La ebriedad criminal que se alza desde entonces confunde el antes y el después y provoca que en el llano fracasen las cronologías al uso: la ruptura del orden hace que cualquier tragedia se integre al paisaje con la naturalidad de sus cielos abiertos y sus extensiones yermas, los zopilotes que otean el horizonte o el lejano ladrido de los perros. Parecería que el exterminio de los pueblos aborígenes, la revolución y la cristiada, los expulsados por la modernización, las narcofosas, los feminicidios y desaparecidos ya estuvieran ahí.

En este universo sin calendario, una ópera prima como El llano en llamas podría, de tan definitiva y fatalista, figurar como testamento creativo de su autor. En él no se percibe ni una mota de ingenuidad, ningún camino de redención, quizás porque en el universo rulfiano todos los caminos vuelven sobre sus pasos y ninguna palabra se pronuncia sin consecuencias. Me refiero al fatalismo con el que, a través de su mirada profética, aprendimos a mirar la historia de México, una historia que no es una línea recta ni un recuento de lo que quedó atrás, sino una espiral o un remolino que nos empuja siempre hacia adentro: el llano como destino inquebrantable y metonimia que nos traga a todos, el llano contado por sus víctimas mientras se hunden y tratan de respirar.

Uno tiende a pensar que a un libro de cuentos todos los relatos llegan a la vez, como dice en su índice. Pero de los primeros, escritos algo antes de 1945 y publicados en diversas revistas, a los últimos, de 1952 y escritos expresamente para El llano, median ocho años, una enormidad para alguien que ronda los treinta y no cesa de cambiar de trabajo y residencia, ni de explorar el interior de México. En el tiempo en que escribe “Nos han dado la tierra”, “Macario”, “Es que somos muy pobres” o “¡Diles que no me maten!” aprovecha su condición trashumante para tomar notas y hacer fotos, muchas fotos, como si en cada palabra y cada instantánea ensayara ángulos y miradas, posiciones estéticas e ideológicas con las que ubicar sus incertidumbres en medio de un recorrido vital en el que aún nada sedimenta. A este tiempo pertenecen una multitud de apuntes de viaje que ofrecen el pie de foto a sus imágenes, materiales con los que pretendía elaborar una guía turística inverosímil e indeseable, una guía de los lugares arruinados, los escenarios de la masacre y el exilio. Así que El llano en llamas emerge, quizás, como el fantasma de esa guía que nunca vio la luz, la colección de paisajes silentes del explorador y el fotógrafo, sus horizontes desolados y voces en pasado: los ecos de lo que ya fue pero seguirá siendo, tan permanente como una fotografía en blanco y negro.

Porque El llano es un libro de pervivencias, y si hay algo que no encontrará reposo en ese territorio es la violencia, una violencia tan cierta e implacable como la aridez del paisaje, una violencia que se transmite a través de las voces de quienes la padecen y ejecutan, presos de esa espiral cuyas fuerzas de atracción y repulsión muestran un extraño equilibrio. En esta dimensión nadie es por completo culpable o inocente, tocado como está por una maldición que se contagia por la tierra, y en la que, como el coronel de ¡Diles que no me maten!, todos crecen “sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”. En el llano todas las palabras adoptan el tono de una confesión y necesitan redimir pecados, lavar conciencias o pagar culpas que se arrastran de generación en generación. O quizás todo se trate de mirar al más allá para simular que no existen las realidades más inmediatas.

 

Ilustración de Etel Castrejon

Ilustración de Etel Castrejon

 

En una reseña que Rulfo escribe en 1964 sobre La tierra pródiga, proyectará en el análisis de la novela de Yáñez su propio mito de fundación. La precisión histórica y geográfica con la que es capaz de explorar el territorio literario no sólo refleja la profundidad del iceberg sobre el que despunta su universo, sino que descubre el ADN que lo origina. La cita que copio es larga, pero en su versión original se extiende mucho más allá, como una letanía que podría prolongarse sin fin:

Aunque Yáñez circunscribe el problema de esta región, “pasto de toros bravos”, a su última etapa, la cosa viene desde antiguo. Y para no ir tan lejos: conquista, sometimiento, nueva conquista y exterminio de todos los pueblos aborígenes de las provincias de Melahuacán y Expuchimilco (solamente la primera tenía más de doscientos mil habitantes, y hoy no llega a quinientos). En el Valle de Sátira, también superpoblado, sólo queda el pueblo de Tomatlán. En el Amborín está la Villa de Purificación, con 2000 habitantes y la ranchería de Jocotlán, la cual debió ser importante, pues en 1914 los de este lugar saquearon y arrasaron la Purificación, lo que motivó que pocos días después Jocotlán desapareciera del mapa. En Charnela habrá quizás unos tres habitantes; otros más en Tenacatita (aunque los cerros de sus alrededores están plagados de muertos); la Huerta, ya en el Valle de Expuchimilco (la tierra pródiga de Yáñez), fue arrasada por las tropas de los generales Agustín Olachea y Ochoa Urtiz en 1919. En Casimiro Castillo (La Resolana) hubo hace apenas catorce años un enfrentamiento entre tropas federales contra los caciques Lozano, herederos a su vez del enorme cacicazgo de los extranjeros Elórtiguie. Otro extranjero fue propietario del Alcíhuatl desde 1775, se apellidaba Romero y baste decir que registró como realenga toda la tierra, desde Llano Grande hasta Mixmaloya, misma que legó a su hijo Liberato. Cacaluta era otro cacicazgo sin límites, propiedad de un tal Torralba. San Miguel, la vieja capital de la provincia de Melahuacán, fue arrasada en 1858, en unión de Cuitzmalal y otros pueblos. Y todavía en 1928 el general Charis hizo estropicio en toda la región, desde la Purificación hasta Tomatlán. Hubo pues en la tierra pródiga muy pocos habitantes -desde hace cuatro siglos-, pero sí muchos caciques y hasta filibusteros, como Bernard Johnson. No es de extrañar pues que fuera tierra de contienda, de forajidos y asesinos labiosos e ignorantes…

No crean que la comunicación de Rulfo con la tragedia se limita al plano de la historiografía o la literatura, pues su verdadera dimensión reside en el carácter biográfico de quien se sabe víctima del llano y explora su propia condición. A los seis años asesinan a su padre y a los diez pierde a su madre, y así de huérfano y con esa carga a sus espaldas debe recorrer su particular páramo vital. Como le confiesa a Joaquín Soler Serrano en 1977, desde tan temprana edad cultivó un “estado depresivo que todavía no se me puede curar” y que contamina todos los ámbitos de su escritura, también asolada por destrucciones cíclicas. Al presentar La cuesta de las comadres en la revista América, Efrén Hernández afirmará haber salvado al relato de la quema, casi sistemática, a la que Rulfo sometía a sus escritos. De ella no se salvará El hijo del desaliento, una novela que llegó a sumar varios centenares de páginas antes de ser aniquilada a finales de los años 30, y de la que solo sobrevive un exiguo relato titulado “Un pedazo de noche”. El propio Pedro Páramo es un cuerpo mutilado que alguna vez alcanzó, según el propio autor, alrededor de 300 páginas, rebajadas mediante sucesivas “podas” a la versión esquelética que leemos. La cordillera es otro de los fantasmas que durante décadas sobrevoló los círculos literarios, esperanzados con el lanzamiento de la última y definitiva novela de Rulfo que nunca se materializó. Así que es posible que su obra visible no sea más que el rastro, la ruina de todas esas otras páginas destruidas.

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

En dirección opuesta a esta vocación depresiva y autodestructiva, El llano en llamas supondrá un hito inmediato en la narrativa mexicana, saludado como un clásico contemporáneo por las firmas más rutilantes de la cultura y la crítica. Emmanuel Carballo, Alí Chumacero o José Luis Martínez reconocerán en la aparición de la obra un “momento modificante de nuestras letras”, en palabras de Carballo, que también genera una gran expectativa para lo que se prometía como una sustanciosa carrera literaria. Como anunciaba Chumacero: “cifremos nuestras esperanzas en que el inicial acierto contribuya a que ensaye obras de mayor amplitud escénica y mayor complejidad”. Lo cierto es que El llano en llamas ejercerá de laboratorio para Pedro Páramo, una novela que, hasta cierto punto, puede leerse como otro de los relatos finales de su libro de cuentos, en los que pone en práctica la geografía explícita -aparecen Tuxcacuesco y la Media Luna-, los juegos de voces y planos narrativos característicos de su obra culminante. Tan es así que, en una carta dirigida a Margaret Shedd, directora de la Escuela Mexicana de Escritores de la que era becario, al explicar las líneas maestras de “Luvina” parece describir las que empleará en Pedro Páramo:

Terminé de escribir el cuento titulado “Loobina” del cual ya estaba usted en antecedentes, habiendo alcanzado una extensión de veinte cuartillas.

Como antes había indicado, trata de la descripción de un pueblo de la sierra de Juárez, hecha por un profesor rural a un recaudador de rentas del Estado. Aunque aparentemente se desarrolla por medio de una conversación entre las dos personas, es, en general, un monólogo, ya que el profesor, como se verá al final, no existe. El recaudador se concreta a oír, mientras el profesor relata sus experiencias en el pueblo de Loobina, así como algunos rasgos de su vida personal, todo enmarcado en un cuadro de desilusión, interrumpidas de vez en cuando para beber, pues el profesor ha terminado por ser un borracho característico de los pueblos olvidados.

Finaliza el relato con la clave del cuento: el profesor representa la conciencia del recaudador quien va por primera vez a Loobina y, por consiguiente, obra como muchos hemos obrado en estos casos: imagina el lugar a su manera, ya que lo desconocido, en ocasiones, violenta la imaginación y crea figuras y situaciones que podrán no existir jamás.

El éxito de El llano en llamas opacará las primeras lecturas de Pedro Páramo, que para muchos críticos, el propio Chumacero entre ellos, decepcionará las expectativas creadas: que si carecía de unidad, que si su composición era desordenada, la calidad desigual… mientras su proyección como libro de referencia para la literatura en español no sucede hasta una década después de su publicación y, en gran parte, gracias a su descubrimiento por los nuevos narradores del Boom,

Gabriel García Márquez o José Donoso entre ellos, quienes le rescatan como directo antecedente. Así que El llano estuvo a punto de asesinar, al momento de nacer, al que por entonces era su hermano menor, que 66 años después se ha convertido en el mayor.

Lo que sí ocurrió es que ambos, como si una de sus historias abandonara la página, se encargarían de matar al padre, pues el reconocimiento y la popularidad que otorgaron a Rulfo firmarían su particular condena a la autoreclusión y el exilio interior. Como le ocurre al narrador de “Talpa”, Rulfo “Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente”, destinado a un éxito que terminó por fagocitarle y, quizás, de fagocitarnos a todos: 66 años después, 666 años después, cuesta no sentir que el terreno que pisamos es ese llano miserable y doliente que sigue en llamas. En una reciente noticia de Aristegui noticias se habla de los crímenes de la “ruta rulfiana”, un rastro de asesinatos, desapariciones, violaciones y enfrentamientos entre cárteles en la ruta que se inicia en Sayula y se extiende por todo el territorio nacional; una ruta que comenzó hace más de 66 años y se prolongará, sin freno, en el tiempo.

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón


Autores
ensayista y profesor universitario; doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pensilvania y maestro por la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado el libro Excepción Bolaño y artículos para diversas revistas internacionales.

Ilustrador
Etel Castrejón
(Colima, 1991) Estudió en el Instituto Universitario de Bellas Artes de Colima, con la especialidad en pintura. Se mudé a la ciudad con la finalidad de encontrar más oportunidades de crecimiento. Ha desarrollado el dibujo a través de diversos diplomados. Actualmente maneja su marca, ETEL.
Ilustración por El pinche barrendero

 

Es que tenían esa imposibilidad, tal vez se trataba de un mal genético, endémico, inevitable, no podían hablarse. No podían sostenerse la mirada. Ni siquiera con mesa y café de por medio. Ni siquiera con comensales de testigos. ¿Qué le iban a hacer? No se podía. No se quería. Por eso ambos habían desarrollado tenebrosas estrategias para tragarse sus querencias mutuas, para hacer de cuenta que nunca se habían lamido, besado, comido y que a pesar de la distancia no se añoraban hasta la necesidad del deseo.

Pero no siempre fue así. Antes del intento de olvido hubo un primer encuentro, una complicidad milagrosa, esa que explota en aquellos que van a enamorarse. Se siente como un pequeño retortijón en la panza que dice “¡Huye a toda prisa!”, o “quédate y disfruta del espectáculo”.

Ella había decidido que si él actuaba insoportable, o sacaba posturas políticas insostenibles, simplemente abandonaría la cita. Pero no fue así, apenas hablaron de política y mucho de la experiencia derechohumanera. Él le dibujó la estampa en el norte del país y la organización minera, le contó de los daños en su salud, de la culpabilidad que les genera dañar a la tierra, porque ellos saben que pertenecen a ella y no al revés.

Ella le explicó lo que ocurre en la sierra de Puebla, donde tuvo como guía una curandera que fue su voz para hablar con las

mujeres indígenas que habían sobrevivido a la guerra de la violencia dentro de casa. Que lo más difícil era dialogar con ellas desde la igualdad, que, aunque eran amables mostraban recelo para hablar de su vida íntima.

En su primer encuentro se descubrieron disidentes de este sistema, a su modo, con sus propios medios, pero con mucha voluntad y todo el sentimiento de esperanza que cabía en sus cuerpos. El problema con la gente rebelde es que aprenden a sobrevivir a partir de la desconfianza. Así, desconfiaron de su sentimiento, de lo que sus tripitas gritaban. Desconfiaron de ellos mismos, de ese idilio naciente. Sería que sus experiencias frente a la realidad los predisponía al fracaso.

Tendrían que pasar meses. Ella habría vivido un suplicio en las carreteras, las historias de amor violento le habían robado el sueño, necesitaba regresar al mundo a su propia historia de amor o desencanto. Él, respondiendo al llamado, tocó las puertas de su casa con licor en mano, y fue entonces que, hechizados por la magia del bolero, ella sentiría su brazo rodeando su cintura, acercándola a su cuerpo. Ambos descubrirían el baile del deseo. No había terminado la melodía cuando fundieron sus labios en un beso. El primero.

Él desprendería su vestido y besaría sus pies cansados, besaría sus parpados afligidos y lo alborotado de su cabello. Ella sentiría alivio de saberse frágil en los brazos del enemigo, de posar sus desvelos en la fuerza de sus piernas. La primera noche

fue el encuentro de dos universos. Risas ahogadas, juegos de pies, dedos acompasados, resuellos de ternura, de admiración mutua. Se descubrirían niños mirándose a escondidas los rostros dormidos, vencidos ante el reposo del sueño.

Tendrían que encontrarse, tendrían haberse dejado llevar por el placer de sus sentidos, por el milagro de la correspondencia. Pero les ganó el miedo, el compromiso con la realidad, la condena que implica ganarse la vida a partir de la otredad, donde al final se dejaron a sí mismos en último sitio. Tanto tener los pies en la tierra les caló los huesos hasta hacerles creer que era imposible merecerse a sí mismos.

Meterían distancia, imposibilidad de encuentros, kilómetros carreteros, uno que otro mensaje traicionero que dejaba ver que esa lejanía era dolorosa para las partes implicadas. Harían lo indecible para autoconvencerse por separado, que no se querían, que no se adoraban, que no estaban enamorados.

Otro problema con la gente idealista es que es romántica por naturaleza, de otro modo resultaría imposible trabajar contra el establecimiento del sistema, sabiendo de ante mano que se trata de una batalla perdida. Es ahí que el romanticismo, como ejercicio superlativo de la imaginación, tiene la función de actuar en esas personas con efecto salvavidas: imaginando un futuro igualitario, una lucha ganada donde no tenga lugar la violencia, una ejecución del amor de pareja donde no tenga

prevalecer el poder, pero no desde la propia experiencia de hacer, de amar, de dejarse llevar.

Así, entre este par, tendría lugar el ejercicio de negación, de fuerza de voluntad, de evasión misma…

Así, nada cambiaría esa silenciosa mañana. Ella se tragaría las ganas de preguntarle ¿cómo estaba? Él las de saber si ella había dormido bien. Sin embargo, tendrían lugar las insignificancias: un dedo amoratado, inflamado a tal punto que la haría prescindir del anillo. Él encontraría una resistencia absurda del sombrero para entrar en su cabeza.

A media tarde los calcetines terminarían en ovillo al fondo del último cajón del escritorio, qué martirio de arrepentimiento, menudo lio mandar el pantalón al sastre para que recortara el exceso de tela. ¿Con qué habría de tapar la desnudez de sus pies?, esa, la expuesta entre el mocasín y el pantalón, exhibición que lo hacía sentir tan indefenso, así decidió no abandonar el escritorio, aunque su vida pendiera de ello.

Ciruelas pasas, licuado de nopal por la mañana, cereal bajo en grasas, nada daba resultado. Qué fatiga salir cada jornada envuelta en túnicas, no obstante, agradecía sus apegos a ese pasado hippie entre colores y algodón, jaretas y lentejuelas, sin la presión de las tallas. El dinero no daba para cambiar guardarropa entero. “Es solo una etapa”, repetía para sí a manera consuelo.

No era una batalla contra los kilos como lo era contra su apariencia. Esa gordura la hacía sentir perdida, habitando un cuerpo ajeno. Uno que retiene los te quieros y peor que la tortura de retenerlos es la impaciencia de sentirlos, de saberse derrotada en la lucha contra ella misma.

Él ni siquiera se miraba al espejo, era la física la que le pasaba factura. Y lo hacía de manera disparatada. El principio de Arquímedes no le explicaba el fenómeno de ocupación con respecto de su cuerpo. Abarcaba más espacio sin duda, lo sentía en el transporte público cuando las mujeres, sobre todo, se rehusaban a sentarse a su lado. Sin embargo, el cambio no era abrupto cuando se sumergía en la bañera y se asombraba de que el agua no escapara a borbotones, tal como lo esperaba al relacionar su nivel de gordura con su peso, una relación, que, en la lógica, debiera ser directamente proporcional.

“Es absurdo”, pensaba ella.

“Es absurdo”, pensaba él.

“Pero me siento más ligera.”

“Pero me siento más ligero.”

 

Ilustración por El pinche barrendero

Ilustración por El pinche barrendero

 

Los cuerpos sobre sus respectivas camas. Sus respiraciones lentas y pausadas, el calor de las sábanas, la corriente de brisa ventilando las habitaciones, surtiendo efecto. Pronto sumergirían su mundanidad en sueño.

Levitación

Las estampas se hacen más pequeñas, la calle de la cerrada, el vecindario entero, el país mismo. La extrañeza del sueño. Ella sin consciencia geográfica solo emitía sonidos de asombro. Él, mencionaba cada porción de tierra que lograba reconocer.

A medida que transcurría el tiempo y acrecentaba la distancia, el espectáculo se tornaba más asombroso. “Es casi exactamente como se pinta en las postales de la NASA”, pensaba él, que no por nada había tenido un coqueteo con las ciencias duras, pero se decidió por las sociales.

“Es como tomar todos los colores del mundo en puñado, bueno, al menos los que se puedan fabricar en brillantina, para después arrojarlos y admirar el breve espectáculo de luces.” Pensaba ella con ese asombro infantil que reconocía en sus gestos cada que se miraba al espejo, y que se desdibujaban a medida que transcurrían las horas del día.

Apenas había tiempo, interés, de mirar sobre sus cuerpos. Que ya no eran suyos. La pérdida de la consciencia sobre su corporalidad. El primer milagro.

El espacio, la expansión de sus pieles, obligó a cada uno de sus órganos a separarse; la elasticidad de la epidermis. El segundo milagro. Las cosas que pesaban, no lo hacían más. El tercer milagro. La calma, la paz de no sentir como un yugo el amor tragado, el amor no dicho, el amor no manifestado.

No más citas angustiosas con el terapeuta, no más juegos disfrazados de ironía, no más cansancio posterior a la actuación cómica donde es esa mujer que aligera situaciones para no reconocer que le duele justo ahí, donde se ríe…

No más aventuras sin sentido para anestesiar el dolor de sus recuerdos, donde sus besos saltaban en su espalda rivalizando con el agua mientras él le lavaba su cabello. Privilegio secreto ese de procurarle la melena. No más ganas de hombre por quererla, aún sobre las mujeres mansas que buscaban su regazo.

Pero los milagros no existen y todo tiene un límite, incluida la expansión de la dermis. Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, premisa certera de la física y de la sabiduría popular. De pronto no hay más, de tanto aguantar, de tanto tragar eventualmente tendría lugar la explosión. Sus corporalidades quedarían reducidas a vulgares vísceras flotando en el infinito del espacio sideral, donde, por suerte, jamás se llegarán a encontrar. Precio justo a cambio del amor tragado.

Ilustración por El pinche barrendero

Ilustración por El pinche barrendero


Autores
Marcia Pacheco Alberto estudió Ciencias Políticas y Administración Pública. Lleva tres años colaborando como reseñista en el blog: Súbale al teatro, esfuerzo voluntario para promover la vida teatral en México y recientemente ha incursionado en la escritura de reseñas cinematográficas, difundidas en el blog CINEMATÓGRAFO.

Ilustrador
El pinche barrendero
CDMX 1991 Se supone que en realidad es fotógrafa de profesión pero nunca ejerce de ello debido a la experiencia traumática por su paso en la facultad de artes de la UV en Jalapa Veracruz, en cambio prefiere dibujar al pinche Miguelito y hacer publicaciones en RABIA un taller de gráfica y autopublicación que crea junto a Javier Arjona en el 2017, la han seleccionado en bienales y de vez en cuando la invitan a exponer pero lo que más le gusta es que la inviten a participar en publicaciones temáticas.