Tierra Adentro
“Pesadilla” por Nicolai Abildgaard, 1800 – Vestjaellands Art Museum, Sorø, Dominio público

Tengo 32 años y ya conozco el mar. Esa es la imagen que evoco cada mañana, mientras miro por la ventana y sostengo con ambas manos la taza rebosante de té de hierbas. Con mucho cuidado, sustituyo edificios, vecinos, llantos y ladridos por el romper de las olas, por el gris oscuro de un cielo tormentoso y por la arena pedregosa en el paisaje acústico urbano. Mi departamento diminuto y modesto parece menos lúgubre una vez realizada mi pequeña transmutación imaginaria.

Vivo sola, no tengo hijos ni pareja. Los hombres me asustan un poco, siempre los veo con cierta sospecha. Quizá por eso ninguno ha durado demasiado tiempo a mi lado. Cuando no han podido sortear mi cautela y por voluntad propia deciden seguir su camino, yo los veo partir sin mayor interés; si acaso con alguna curiosidad: quizá se van tristes, enojados o con la misma indiferencia que intuían en mí. Hace más de dos años que no comparto el departamento con nadie, mi estilo de vida no lo exige. Diseño páginas de internet: sólo necesito una computadora y una conexión para ganarme el sustento.

Mi soledad es cómoda y he construido toda mi existencia a su alrededor. Salgo poco del departamento: a comprar víveres, al banco o a dar una caminata ocasional por el parque. Me gusta ver el cielo entre las ramas, me calman los árboles movidos por el viento y sentir el sol sobre mi rostro. Fuera de eso, mi tiempo transcurre entre códigos, programas y colores cibernéticos. Nada en mi mundo existe de verdad.

Hoy es martes, tengo un deadline y sé que no dormiré. Son las tres de la mañana y sólo destella la luz de mi pantalla. Su reflejo azul debe de fabricarme un rostro fantasmagórico, con las ojeras grandes y las pupilas dilatadas. En la cocina cae un vaso; al romperse, el vidrio se oye seco y lento, como si ocurriera un aletargamiento del instante. Al mismo tiempo, siento que algo roza mi seno derecho, mi pezón se erecta y mi respiración se detiene en una inhalación. Me obligo a regresar las manos al teclado y sigo escribiendo <head> <title>… hasta que completo un laberíntico sistema de funciones, de signos, números y palabras que nunca se materializarán.

Pasarán las horas, se convertirán en días. Mi cliente vendrá, le entregaré el disco duro con la información pertinente y luego haré una demostración del funcionamiento de la página. En una especie de desdoblamiento, me veré hablar, oprimir el cursor, sonreír, pedir su aprobación y, finalmente, despedirlo en el umbral con un suave y femenino apretón de manos; después, cerraré la puerta a sus espaldas y suspiraré de alivio porque no lo veré más.

Son las seis de la tarde. Han pasado tres días desde la entrega. Estoy exhausta. El sol del ocaso se cuela por la ventana y veo flotar el polvo en la luz. Me desvisto y busco refugio en las mantas. No existe otro lugar como ese. Pronto, cae sobre mí la pesadez propia de la fatiga, un delicioso estado de duermevela en el que soy plenamente consciente de mi cuerpo. Me abandono a la sensación. De pronto, percibo una caricia en la entrepierna, una lengua me posee y me besa. Después, siento su espesa saliva fétida en mi boca y me dejo hacer. Cuando despierto, estoy tan satisfecha como una recién casada después de su noche de bodas.

Poco me acuerdo del suceso, aunque ha transcurrido una semana. Hoy me espera otra velada frente a la computadora. Me sirvo una copa de vino tinto de cosecha 2004. Me lo regaló un amante que solía tener una obsesión con el maridaje y el amor. Era un sibarita empedernido al que le aburrió el silencio monacal de mi departamento, interrumpido sólo por el sonido constante de las teclas. No pude evitar recordarlo, ni desearlo. Hice honor a su memoria, me convertí en fuente fragante y voluptuosa en cuyas entrañas se encuentra el secreto del placer. Cuando mis dedos recorrían los sitios recónditos que antes tocaron los suyos, sentí en la nuca un leve airecillo acompasado, como una respiración. Mi sangre se heló. La adrenalina se disparó en una alarma petrificada. Permanecí inmóvil hasta que llegaron las primeras luces del alba.

Durante esa mañana no pude trabajar. Intenté convertir el paisaje en mar, pero la estridencia de la ciudad se negó a enmudecer. Salí a caminar, estaba nerviosa. Mi paso era distraído e irregular. Me detuve a contemplar las ramas de los árboles y me parecieron garras aterradoras que amenazaban con asirme del cuello. Regresé sobresaltada y tomé una ducha. Mientras me enjabonaba, la fragancia del gel de baño me intoxicó. Traté de inhalar y exhalar en perfecta simetría. En medio del éxtasis sensual, de pronto sentí que me hundía en un fango invisible que brotaba inconteniblemente de mi interior. Huele a fruta podrida y, aunque tallo mi piel hasta hacerla jirones, no logro sentirme limpia. Sobre mí, una mirada, unos ojos que ensucian mi alma.

No puedo evitar llorar bajo el agua mientras me vuelvo un ovillo vulnerable y tembloroso. Presiento que mi soledad es una ilusión; quizá nunca he estado sola. Por eso, cuando una mano entrelaza sus dedos en mis cabellos mojados, enmudezco. El tiempo ya no es una secuencia de eventos, sino una masa informe e inasible cuya causa no necesariamente tiene un desenlace lógico. El tiempo es nada, sólo un presente difuso con irrupciones del pasado y del futuro. Me deslizo en el abismo de la aceptación porque sé que esa cosa atávica y antigua cada día vive y rejuvenece un poco más, motivada por la lujuria y el horror que me provoca. Acepté su caricia como vínculo y contrato de propiedad. Salgo del baño y cierro la ventana, ya no habrá mar.

 

Marina urbana fue publicado originalmente en Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso


Autores
Cuentista, investigadora y curiosa irremediable, ha participado en coloquios y en revistas literarias. De intereses eclécticos: ama el cine, el anime y lo absurdo.

Me molesta que comparen y señalen a Lucia Berlin como la Raymond Carver del cuento. Son de la misma generación. Carver (Oregon, 1938): publicado, premiado, traducido, reeditado, analizado y leído a más no poder; Berlin (Alaska, 1936): poco premiada, escasamente publicada y traducida y leída solo hasta el 2015, es decir, después de 24 años de silencio. A ambos los arropan con el mito del escritor maldito y alcohólico. Él duró diez años abstemio, ella veinte. Pero no haré aquí una comparación más porque de Raymond Carver se ha escrito suficiente, basta ahora con decir que leí toda su obra —traducida— en la universidad y me gustó bastante. Hablaré de lo que recién hizo que me estallara la cabeza: los cuentos-historias-personajes-atmósferas de Lucia Berlin en Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) y Una noche en el paraíso (Alfaguara, 2019).

En Manual para mujeres de la limpieza la escritora relata a personajes femeninos que viven una serie de experiencias dolorosas, entre ellas: una mujer que rememora los viajes de su infancia junto a su padre —ahora senil— (“Dolor fantasma”), una mujer que acompaña a su hermana enferma en la fase terminal del cáncer (“Triste idiota”), una maestra enseñando a escribir literatura a presos en la cárcel (“Y llegó el sábado”), un grupo de internos en un centro de desintoxicación (“Perdidos”), una mujer que traza la figura de su madre depresiva y alcohólica (Mamá), una niña abusada por su abuelo, relatando su primera y única amistad con una niña siria (“Silencio”), y una madre alcohólica intentando sostener sola a sus hijos (“Inmanejable”). Son 43 cuentos que golpean a la lectora y la dejan en la banca: lúcida, deprimida, ávida.

Una noche en el paraíso reúne 22 cuentos más que extienden, en algunos de ellos, las historias anteriores desde un personaje y punto de vista distinto, por ejemplo, en “Navidad. Texas. 1956”, la voz narrativa es la tía Tiny que se rehúsa a bajar del tejado y celebrar con la familia, a su vez en “Dentelladas de tigre”cuento incluido en Manual para mujeres de la limpieza, vimos de paso a la tía amargada en el tejado, sin embargo, en él la que contaba la historia era Lou, quien venía a la fiesta de navidad, a pesar de que su madre se acababa de cortar las venas por su culpa.

Hay otros personajes recurrentes en Una noche en el paraíso que ya estaban dibujados en el libro anterior: en “Joyeros musicales” —cuento que abre el libro— y “A veces en verano” la voz narrativa es Lucha, la misma de “Silencio”, quien habla sobre cómo Hope y ella fueron estafadas por el hermano de esta última para vender los joyeros. Además acá volvemos a ver a la amiga Conchi (“Querida Conchi y Andado”) y a Jesse (“A ver esa sonrisa” y “Navidad. 1974”) y las mismas referencias familiares continúan: los Moynahan, el tío John, Mamie, Rex, Maya, Ben y otros más. Lucia Berlin construye lo que parece ser un mismo personaje que en ocasiones se llama Lucha, Lou, Carlotta, Maggie, Maria, Lisa o Laura: niñas, adolescentes y adultas que son maestras, alcohólicas, madres al borde de un colapso, amantes de artistas, esposas de drogadictos, recepcionistas y mujeres de la limpieza.

Sin embargo, en otros de sus relatos los personajes no tienen nada que ver con esta historia familiar y recrean esa atmósfera tan propia y personal que solo Lucia Berlin logra mostrar. Por ejemplo, en “Una noche en el paraíso”, cuento que da título al libro: Hernán, un bartender del hotel Océano en Puerto Vallarta, presencia la grabación de la película La noche de la iguana y observa el ajetreo, las estafas de los golfos del puerto y las relaciones cómicas entre ellos y las actrices y mujeres burguesas que llegan a hospedarse. Me gusta imaginar a la escritora Lucia Berlin viviendo no muy lejos de México, en El Paso, del otro lado de la frontera. Sus personajes constantemente se ven impactados por el choque de culturas, a veces repeliéndolo: el culto a la muerte, el afecto natural, la confianza desmedida en los otros, el apego, la inseguridad. Y en otras dejándose seducir por todo esto.

En Una noche en el paraíso resalta de nuevo la capacidad de la autora para mostrar el brillo entre historias miserables: alcanzaba a ver cómo una fábrica que contaminaba a toda una ciudad, podía ser un espectáculo hermoso y colorido para un par de niñas. Sus descripciones de la naturaleza entretejen los acontecimientos que va narrando, sabía ver cómo poeta: en “Andado. Un romance gótico”, los aromos amarillos de Chile acompañan el descubrimiento del primer amor de Laura, una niña de 14 años que debe viajar con don Andrés, quien trabaja con su padre para la CIA. La Sierra de Sandía de fondo, las enredaderas de flores, el bosque, el silencio del campo, los caballos; y en otras la falta de agua, las deudas, la pobreza, el alcohol, la ausencia de los padres —casi siempre artistas, escultores, músicos o escritores— son los elementos que tensan y liberan los conflictos interiores de sus personajes: ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué más quiero? Dios, déjame ver las cosas buenas… Se obligó a mirar alrededor, a salir de sí misma, y de pronto vio que los cerezos estaban en flor.

En “Mi vida es un libro abierto”, la escritora maneja magistralmente el punto de vista: por un lado, una vecina relata todo lo que ve través de unos binoculares al espiar a la protagonista, por el otro, la protagonista cuenta su propia versión de los hechos. El peso del melodrama en las historias logra aligerarse y volverse cómico porque Lucia Berlin no olvida que la vida es absurda incluso en los momentos más fatales. La intimidad que dos mujeres compartieron con el mismo hombre llega a límites teatrales cuando se sientan a emborracharse juntas y llorar por el ex marido que se va a casar una tercera mujer (“Las (ex) mujeres”). Si la obra de Lucia Berlin tiene o no elementos autobiográficos, eso resulta secundario, porque las historias son verdaderas y demoledoras.

Su narrativa es ágil, ya desde la primera línea te gancha y continúas con rapidez, la escritora sabe dónde terminar una oración y avanzar con velocidad hacia lo importante, no hay ningún desperdicio en descripciones: profundiza, como dije anteriormente, en el paisaje, en la plasticidad de algunas imágenes, alerta a los cinco sentidos de la lectora. Flannery O’Connor dijo que la ficción es un arte que demanda la más estricta atención a lo real, incluso para quienes escriben cuento fantástico. El hábito de Lucia Berlin es evidente en sus cuentos: pulir la realidad de tal manera que logre ser insoportable para sus personajes, pero no por ello menos hermosa. Hizo, digámoslo así, una curaduría de la intimidad de las personas: contar lo que se tiene que contar y llevarlo hasta otro punto. La escritora muestra a personajes auténticos, honestos, sórdidos y memorables.

Se mencionan mucho las experiencias personales de Lucia Berlin, no sé si en parte para comprender de dónde sacaba el material para escribir sus relatos. Sin embargo, es cierto, fue madre de 4 hijos y esposa de drogadictos, fue alcohólica y trabajó en diferentes oficios. Además de todo el trabajo doméstico que hizo, fue profesora e hija de una madre depresiva. Entendió de primera mano todo lo que muy pocos escritores hombres pueden llegar a entender: no tuvo una Tabitha o una Mercedes a su lado, resolviéndole todos los problemas para que ella pudiera escribir. A sus 30 años de edad se abrió paso entre sus propias experiencias e hijos para ofrecernos transformaciones de la realidad. Son tan íntimas las historias que relata Lucia Berlin que cuando empiezas a leer la primera página de alguno de sus cuentos parece que te está diciendo: Todo esto es mío.


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.
Ilustración de Liz Dot

Durante cada lunes de septiembre, en Tierra Adentro publicamos la obra de una poeta sueca contemporánea, en aras de enriquecer el panorama poético joven mexicano. Estas publicaciones nos emocionaron en particular, no solo por la incursión hacia otras formas y nacionalidades de poesía, sino también por la colaboración que hubo entre ilustradoras y poetas. Hoy, último lunes (y último día) de septiembre, traemos la última entrega. Por si te perdiste las demás, aquí tenemos la primerasegundatercera cuarta entregas.


Aislado del contexto se expresa:

–Nunca te llegué a conocer del todo.

 

 

 

**

 

 

La gente se mueve. Te mareas.

Estás sentada al lado de una mujer joven que nunca se cortó el pelo.

El pelo largo.

El pelo demasiado largo.

 

 

 

**

 

 

You became aroused in the salty water.

Las olas, lo completamente imposible de manejar.

 

 

 

**

 

 

La idea de determinación, valentía

y la ausencia audaz del poder correspondiente.

 

 

 

**

 

 

You aroused yourself.

El habla estaba revelado en la boca.

 

 

 

**

 

 

Dos de los dedos están apretados cuando despiertas.

Puede ser una deficiencia o una enfermedad.

 

Siempre hay demasiadas maneras de decir la misma cosa.

 

 

**

 

 

Te conociste a la perfección.

La escarcha nocturna. La fiebre. La tos.

Lupinos en torno del edificio abandonado.

 

 

 

**

 

 

El mal uso de palabras.

El recogimiento hábil de frutas.

Cómo puedes ser uno solo.

Cómo puedes ser accesible.

 

 

 

**

 

 

Les dan de comer a los animales para después darse de comer a sí mismos.

Los sueños se alargan cada vez más. Duran horas.

 

 

 

**

 

 

Por la mañana: desconoces tu propio nombre.

Intentas nombrar todas las partes del cuerpo

y él te escucha distraído.

 

Ilustración de Liz Dot

 

**

 

 

Ustedes ya parieron el uno al otro con sexos de payaso. Lamieron la suciedad del otro.

El habla tiene la forma de un pilar. Sucesivamente has vuelto en ti.

Sucesivamente has empezado a escuchar.

El cuerpo se ha dispersado. Ha empezado a cuestionar.

Las grajillas vuelan lateralmente.

Es difícil imaginarse la voz de uno mismo.

¿El sonido de un pájaro? El muelle del reloj. El muelle del puerto.

 

 

 

**

 

 

Tú cargas agua salada en una cubeta desde el embarcadero.

Tú te lavas las manos.

o

Tú podrías llevar agua a un lecho de muerte.

Ella podría tener sed. Ella podría estar deshidratada.

Pero la imagen se queda afuera. A la mitad.

 

 

 

**

 

 

Una orangután hembra fue encadenada a un muro durante varios años.

Los humanos le rasuraron el cuerpo una vez a la semana.*

Los humanos la vistieron con un vestido.**

Los humanos la podían tomar libremente.

 

El placer humano sin límites.

Perifollos verdes como una película imparable sobre los campos. No recuerdas tus manos.

 

 

 

* (suavecito como las nalgas de un bebé)

** (ropa interior fina color rosa)

 

**

 

 

Estás acostada muy junto a él.

Nada es completamente suficiente.

Cómo sabe uno que se ha vuelto loco.

 

 

 

**

 

 

El cerebro se saca y se examina cuidadosamente.

No tienes referentes de cómo uno debe comportarse:

Llevas el rostro sobre el sexo.

Cruzas el campo en diagonal.

Te caes en el trigo seco.

Has tomado un camino que normalmente no tomas.

Todo está amarillo. Masticas el aire como espumarajo.

A veces es difícil pensar en la risa de alguien cercano.

Ilustración de Liz Dot

 

 

**

 

 

El armazón blando constantemente logra salirse de ti.

Intentas mantenerlo en el agua poco profunda.

es decir, en lo que lenta y ultrajantemente baja.

Intenta hacer que te expliquen lo que todo esto significa

y habrá consecuencias.

 

 

 

**

 

 

Un tigre muy joven

con la lengua puede quitarle la piel a su presa.

 

 

 

**

 

 

Mansamente. Sin ganas. Pensabas que necesitabas un rostro.

Tu cabello ennegrece. El cuerpo ennegrece.

La descomposición ha iniciado.

Una puta ha abierto las puertas en ti.

Rasga aquí. Rasga aquí. Rájate.

Tú llevas el sexo sobre el rostro. (o al revés)

 

 

 

**

 

 

El zarapito es destrozado por las olas en la orilla.

A ti ya no te preocupa nada

de repente te preocupa todo.

Ilustración de Liz Dot


 

Apart från sammanhanget uttrycks:

– Jag lärde känna dig fullständigt.

 

 

 

**

 

 

Folk rör på sig. Du mår illa.

Sitter bredvid en ung kvinna som aldrig har klippt sig.

Det långa håret.

Det väldigt långa håret.

 

 

 

**

 

 

You became aroused in the salty water.

Vågorna, det helt och hållet ohanterliga.

 

 

 

**

 

 

Föreställningen om beslutsamhet, tapperhet

och den djärva avsaknaden av tillhörande kraft.

 

 

 

**

 

 

You aroused yourself.

Talet var avtäckt i munnen.

 

 

 

**

 

 

Två av fingrarna är klämda när du vaknar.

Det kan vara en brist eller ett insjuknande.

 

Det finns alltid för många sätt att säga en och samma sak.

 

 

 

**

 

 

Du lärde dig känna fullständigt.

Nattfrosten. Frossan. Hostan.

Lupiner runt den lämnade byggnaden.

 

 

 

**

 

 

Vanbruket av ord.

Det invanda plockandet av frukter.

Hur kan du vara en enda.

Hur kan du vara kontaktbar.

 

 

**

 

 

De utfodrar djuren för att senare kunna utfodra sig själva.

Drömmarna har blivit allt längre. De försiggår i timmar.

 

 

 

**

 

 

Morgon: du kan inte ditt eget namn.

Du försöker namnge alla kroppsdelar

och han lyssnar förstrött.

 

 

 

**

 

 

Ni har redan fött varandra med clowners kön. Slickat varandra rena.

Talet är format likt en pelare. Du har successivt återkommit till dig själv.

Du har successivt börjat lyssna.

Kroppen har skingrats. Ställt sig frågande.

Kajorna flyger sidledes.

Det är svårt att föreställa sig sin egen röst.

En fågels läte? Fjäderverket. Fjäderhamnen.

 

 

 

**

 

 

Du bär saltvatten i en hink från bryggan.

Du tvättar av dina händer.

el.

Du kunde bära vatten till en dödsbädd.

Hon kunde vara törstig. Hon kunde vara uttorkad.

Men bilden står utanför. Halv.

 

 

 

**

 

 

En orangutanghona kedjades fast vid en vägg under flera års tid.

Människorna rakade hennes kropp en gång i veckan.*

Människorna klädde henne i klänning.**

Människorna kunde oförhindrat ta henne.

 

Den mänskliga njutningens gränslöshet.

Hundflokor i en ohejdad hinna över fälten. Du minns inte dina händer.

 

 

 

* (len som en barnrumpa)

** (små tunna rosa trosor)

 

**

 

 

Du ligger mycket nära honom.

Ingenting är helt och hållet tillräckligt.

Hur vet man att man har blivit galen.

 

 

 

**

 

 

Hjärnan plockas ut och undersökes noggrant.

Du har inga referenser för hur man beter sig:

Du bär ansiktet över skrevet.

Korsar fältet diagonalt.

Faller i det torra vetet.

Du har tagit en väg du inte vanligtvis tar.

Allting är gult. Du tuggar luften som fradga.

Det är ibland svårt att tänka på en närståendes skratt.

 

 

 

**

 

 

Den mjuka stommen letar sig ständigt ut ur dig.

Försöker behålla den i det grunda vattnet.

dvs. i det som långsamt och inkräktande ebbar ut.

Försök få förklarat för dig vad det hela betyder

och det kommer att få följder.

 

 

 

**

 

 

En mycket ung tiger

kan med tungan slicka loss huden av sitt byte.

 

 

 

**

 

 

Tamt. Lustlöst. Tyckte dig behöva ett ansikte.

Ditt hår svartnar. Kroppen svartnar.

Förmultningen har påbörjats.

En hora har slagit upp portarna i dig.

Riv här. Riv här. Riv upp dig.

Du bär skrevet över ansiktet. (el. tvärtom)

 

 

 

**

 

 

Spoven spolas sönder i vattenbrynet.

Du bryr dig inte längre om någonting

du bryr dig plötsligt om allt.


Autores
(Estocolmo, Suecia, 1974) es Maestra en Letras Hispánicas, traductora, editora y gestora de proyectos culturales. Es fundadora y coordinadora nórdica del proyecto literario multilingüe NolitchX (Nordic Literatures in Change and Exchange). Entre las traducciones literarias que ha realizado del sueco al español se encuentran publicadas Álbum de Leif Holmstrand (Palacio de la Fatalidad, 2018), Cosas que provocan inquietud de Jenny Tunedal (Palacio de la Fatalidad, 2018), Ma de Ida Börjel (filodecaballos editores, 2019) y plaquettes de las poetas Iman Mohammed, Martina Moliis-Mellberg y Burcu Sahin. Además, sus traducciones de Erik Lindegren y Göran Sonnevi están publicados en revistas literarias de México.
(Korsnäs, Finlandia, 1987) es poeta, traductora y crítica literaria. Desde que debutó en 2008 con Hon drar ådrorna ha publicado cuatro libros de poesía: Deliranten (2009), Maror (ett sätt åt dig) (2012), Lotusfötter (2014) y el más reciente Överlevorna (‘Vestigios’, 2018) por el cual ganó el prestigioso premio Sveriges Radios Lyrikpris 2019. Poemas de Södergran han sido traducidos al alemán, croata, español, finés, inglés y serbio.

Ilustrador
Liz Dot
Artista visual, directora creativa y partner en Sociedad Fantasma, estudio de animación enfocado en crear historias. Con background de dirección de arte, creativa y estrategia en publicidad para marcas internacionales. Actualmente desarrollando pequeños mundos en audiovisual y cerámica.
Ilustración por Mariana Alcántara.

Fast ball

He visto dedos como hombres. Pequeños trabajando sobre el escritorio. Largos y delgados, moviéndose al ritmo de una conversación, junto a muecas y ademanes. Dedos como los de la abuela que crecían plantas sobre la casa. Dedos pequeños y gordos que en hospitales curan enfermos, abren y cierran los vientres de mujeres y hombres o auscultan las gargantas inflamadas. Pienso en si las proporciones de estos podrían determinar episodios sobre nuestras vidas o concedernos un memorial sobre el futuro. ¿Por qué leemos las líneas de las manos y no la de los dedos? Conozco a un hombre que dibujó cien manos durante seis meses. En realidad, conozco a un hombre que dibujó quinientos dedos durante seis meses. También, en teoría, conozco cuál era la forma en que papá acomodaba sus dedos para lanzar la pelota: “el dedo índice y medio así, mira, ¿lo entendiste?”.

Papá tiene dedos gruesos, morenos y callosos. Lanzó sus mejores bolas los domingos en pequeñas ligas que se forman en campos improvisados de Aguascalientes. En casa tiene fotos de sus compañeros que veo una y otra vez, porque el álbum de la familia todavía es impreso. Papá nos nombra a cada integrante, salta dos o tres. Dice que a él no lo conoce, a este no lo recuerda, a él sí. En las fotografías, papá es un muchacho que juega los domingos “al béis”. Ahora también lo hace. Y, desde aquí, sé que en esos juegos dominicales lanza la pelota de la misma manera en la que explicó a sus hijos, de la misma manera en la que aprendió hace algunos años, cuando era el muchacho de las fotografías. También sé que en otro momento del juego, papá tomará una nueva posición, porque otros se van temprano, es domingo familiar, y las esposas, el trabajo, los hijos, las tareas. Papá entonces regresa. Y esos campos improvisados de Aguascalientes se convierten en desiertos silenciosos, como si el lunes tuvieran, muy temprano, una cita con la normalidad; como si los chicos de las fotografías hubieran escapado y con ellos, esos campos baldíos se encargaran de poblar la ciudad.

 

Knuckle ball

El crujido de los nudillos se ha interpretado por científicos a partir de un modelo geométrico. Lo leo en una nota pequeña del periódico. Y ahora sé que burbujas de cavitación viven en el fluido de mis articulaciones, en las tuyas, en las articulaciones de la vecina y en las de mamá. Un colapso parcial de estas es suficiente para generar ese sonido. Los nudillos suenan. Pero también cambian la mano a un puño, y un puño a mano. Son estos quizás la verdadera fuerza de un golpe; y son estos tal vez la verdadera sustancia de  “nuestra humanidad”. Aunque más tarde he sabido no somos tan únicos en este tema. Los chimpancés caminan apoyándose sobre sus nudillos y gracias a estos pueden moverse ágilmente. ¿Buscarán también ellos hacerlos crujir como aquel chico de la escuela que insiste en colapsar, sin razón aparente, miles de burbujas que viven debajo de sus nudillos?

Solo los lanzadores podrán reivindicarnos. Ellos poseen el verdadero arte de los nudillos. Acaso lo que en verdad se busca en un buen pitcher son nudillos: “El pitcheo, nueva fortaleza de los Rieleros de Aguascalientes”. A esta ciudad que ha vivido del deporte profesional por adopción, llegan distintos lanzadores.

Es marzo, en el periódico local el coach de pitcheo dice que esta será la mejor estrategia de los Rieleros de Aguascalientes en las dos temporadas que la Liga Mexicana (LMB) celebrará en 2018. Señala que las nuevas disposiciones de la LMB exigirán, más que a cualquier otro jugador, a los lanzadores. El béisbol cambia hoy por cuestiones mercadológicas, y el tiempo de la televisión acota los intervalos verdaderos de este deporte. Quizás son los nudillos la verdadera sustancia de que Aguascalientes pueda lograr un campeonato. Y quizás además exista un modelo geométrico que por fin logre solucionar la contienda de dieciocho jugadores en el campo. Burbujas colapsándose. Porque, ¿qué buscamos en un partido de béisbol sino el sonido de la pelota chocando contra el bate?

Ilustración por Mariana Alcántara.

Ilustración por Mariana Alcántara.

Curve ball

Las muñecas unen a los huesos del antebrazo y la mano. Esta articulación puede encubar hasta cuatro tipos de movimiento: flexión, extensión, aducción y abducción. Son las muñecas complejos sistemas ideados. ¿Por quién? Leo en una revista digital de medicina que algunos de los huesos que las conforman son el semilunar y el piramidal, y pienso si verdaderamente los médicos estarán hablando de anatomía y no de una especie de ritualidad.

Hace tiempo Aguascalientes fue una muñeca. Un punto entre el sur y el norte. Una memoria de ferrocarriles (que eran una especie de articulaciones). Las muñecas, comprendo, son también lugares de paso. En Rieleros todos provienen de algún lado: el coach de pitcheo, los jugadores, el gerente, los aficionados. En las gradas son cada vez más los hidrocálidos que apoyan al equipo local. Una memoria de ferrocarril nos empuja a sentarnos tres veces por semana a gritar “¡Rieleros!”. Una memoria de estación de trenes nos empuja a medir con paciencia la virtud de nueve jugadores; a confiar en nueve viajeros. Un estado beisbolero por adopción. Un estado ferrocarrilero por adopción.

En Aguascalientes, la estructura del tiempo cambió. Los ferrocarriles acortaron distancias y normaron nuestros relojes. Junto a labores rurales, la industrialización pidió a los lugareños actividades de eficiencia y rapidez. Aunque los ferrocarriles se han detenido, las empresas automotrices dictan jornadas laborales. Aunque las huertas y viñedos se han ido, el béisbol recobra esa memoria de campo. En Aguascalientes, el tiempo tiene dos cortes, pero solo un aficionado de Rieleros sabe que la paciencia es un hábito calcinado, aunque no aquí, donde el Bajío lanza y su conciencia de articulación regula los movimientos de este lugar de paso, de convergencia o flexión.

 

Foul ball

Toda línea es un límite. Una proporción de cualquier frontera imaginaria o no. Pintamos perímetros en mapas para recordar proporciones de tierras y decir “aquí” para señalar la materialidad del espacio. Existen lindes que son como ríos o labios. Bordes que prometen, siempre, dos movimientos exactos: exclusión e inclusión, aunque en el cuerpo, la anatomía topográfica decida delimitar tres segmentos o zonas principales: cabeza, tronco y extremidades. Esta misma disciplina sigue su clasificación en áreas menores hasta llegar a describir por regiones anteriores y posteriores, líneas circulares o rectas, límites superiores o prolongaciones inferiores. Finalmente, comprendo, el cuerpo es un espacio geométrico que promete no solo dos zonas o movimientos. En él, los bordes se reproducen de manera periódica como si en esto existiera una familiaridad de espejo o  eco, como si una demarcación existiera solo en su propio límite y no a partir de su conciencia de desenlace o fin.

Son muchos quienes cuentan de dónde nació esa afición. El abuelo, el padre. A Cuca la han llevado de luna de miel a seguir a los Rieleros en alguna liga que no recuerda. Visita tres estados. Cuenta cuántas pelotas se han lanzado hoy (cuántas bolas se han lanzado durante sus primeras horas de matrimonio). ¿Es el béisbol una metáfora de este? Hombres corriendo, cíclicamente, en un campo interno de tierra para encontrar, ¿qué?, ¿primera base? Para Boiler, los Rieleros son la única imagen que le queda de su padre antes de que una enfermedad crónica lo cambiara por otro. Baboro llegó a Aguascalientes y, como diversos viajeros, se quedó. Cree en el béisbol porque es deporte de caballeros. Cree en Rieleros porque le dan Béisbol. Para José Luis, ser gerente de este equipo es organizar aquello que la afición no puede ver, pero que es necesario para que esta disfrute el partido. Jugó hace tiempo, y hace mucho que vive en Aguascalientes. Entiende que los Rieleros les da identidad a los aficionados, a la comunidad, a la ciudad. Y quizás, es esta la maldición de una provincia de ferrocarriles: todos estamos más próximos a los otros de lo que sabemos o pensamos. Por eso la afición, aunque en el borde, forma parte de quien allá abajo batea o lanza. Los márgenes, ¿son puntos de exclusión o de fusión?

Ilustración por Mariana Alcántara.

Ilustración por Mariana Alcántara.

Change up

En el cerebro, son distintas áreas las responsables de la imaginación. En realidad, no existe un lugar preciso para esta. Once zonas se involucran en “el proceso de imaginar”. Es como si pequeños departamentos y hombres diminutos se alternaran para que nosotros podamos leer un libro o recordar un hecho. Las neuronas imaginadoras viven dentro de nosotros, esperando la oportunidad de crear imágenes. Las neuronas imaginadoras viven de nosotros, esperando elaborar pequeños ecosistemas sensoriales, físicos, dolorosos, dulces o amargos. Aunque la ciencia no está del todo segura de esto, diversas neuronas configuran que aquello que viví realmente de un modo, lo cuente de otro. Las neuronas imaginadoras quizás nos hagan mentirosos por naturaleza. Las neuronas imaginadoras quizás recrean un espacio narrativo donde todo aquello que vi, leí o realmente viví se experimente de un mismo modo. Las neuronas imaginadoras tal vez son solo burbujas en la bañera reflejándose entre una y otra, encapsulando lo que está fuera de ellas.

El Mago Septién narró jugadas que nunca vimos o que nunca se jugaron: lanzó, recibió o bateó las pelotas de los otros y anticipó a la afición resultados de juegos que no habían comenzado: ¿un juego formará parte de la estadística, de un inventario del futuro al que solo unos cuantos tienen acceso? Podríamos entonces relatar  el futuro como lo hacemos con el pasado. Las neuronas imaginadoras reconstruyen espacios en blanco. Una parte de nosotros está al frente y atrás, viviendo por nosotros, fundiendo las cosas que verdaderamente hicimos con aquellas que no. El Mago Septién estudió béisbol como una materia profesionalizante. Quizá por eso pudo anticipar los juegos, las tramas de 18 hombres en el campo. En un deporte donde existen doce millones de combinaciones, la estadística nos advierte que la interpretación de datos podrá darnos resultados próximos a la realidad. En el umbral de las tramas, el Mago tal vez sepa que la realidad está llena de gráficos, de burbujas en la bañera encapsulando, ¿la realidad?

En Aguascalientes, cuando hay béisbol, todos lo saben. Las luces del estadio se ven a lo lejos, y la ciudad traza a los hombres sobre el campo. Pienso si tal vez esta imagen hubiera formado parte de los datos que El Mago estudiaba; si esta porción de realidad que vemos desde alguna periferia forma parte de las estadísticas. La provincia se mira a sí misma desde el centro, ¿de un estadio? Allá ocurren doce millones de combinaciones posibles. Las neuronas imaginadoras reconstruyen para nosotros, quizás, solo esos espacios de probabilidades que no están ni en el futuro ni en el pasado, sino en medio. Como lo están las viejas vías que atraviesan la ciudad. En Aguascalientes, cuando pasan los viejos trenes, todos lo saben. El sonido se escucha a lo lejos, la ciudad traza a hombres sobre los rieles. Pienso si tal vez ese ruido a lo lejos forma parte todavía de esta ciudad.

 

Extra inning

La estructura de nuestro brazo está  construida por diversos músculos que adoptarán posiciones en el espacio según el tipo de movimiento. Leo en alguna revista que esto corresponde a las tres dimensiones en que ocurre el movimiento del cuerpo humano. Un sistema de coordenadas cartesianas permite describir, con facilidad, la disposición de los segmentos del cuerpo en el espacio. En el centro, está la gravedad del cuerpo. En el centro, un movimiento es también un modelo matemático que podríamos trazar en la libreta de tareas y en casa.

Diversos beisbolistas han llegado a Japón para formar parte de los equipos de la Nippon Professional Baseball (NPB). En un periódico de la ciudad, un lanzador boricua afirma que cuando llegó al país tuvo que modificar su técnica porque todos los jugadores sabían tocar. Una migración, quizás, también es un movimiento en tres dimensiones: en el centro, está la ciudad de origen y los cambios son nuevos puntos graficados. Hace años que la población japonesa llegó al Bajío. Los intercambios con los nipones han sido comerciales en mayor proporción. Su migración de a Aguascalientes se asume desde instancias financieras. Ambas poblaciones se resisten a crear lazos. Quizás exista un modelo matemático que llegue a reproducir esta especie de negación; coordenadas cartesianas que grafiquen en números negativos el movimiento que finalmente sí existe: un movimiento de músculos que estremecen a un solo brazo y sin embargo dicen no hacerlo.

Pienso en que solo el béisbol podría estrechar los lazos. A partir de una disposición ya trazada en el campo, este deporte que se juega allá y acá tal vez sea solo un recordatorio de que las migraciones también son fenómenos en los que descubrimos que en el otro está ya nuestra estructura y significado.


Autores
(Aguascalientes, 1993) es licenciada en letras hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es jefa de redacción de la editorial Artes de México.

Ilustrador
Mariana Alcántara
(Ciudad de México, 1991) es ilustradora, diseñadora y especialista en ilustración infantil, editorial y experimental. Ha participado en algunos concursos como la Golden Pinwheel Young Illustrators Competition China Shanghai International Children's Book Fair (2018) y en el VIII Catálogo Iberoamericano de Ilustración (2017).

Justo al salir de su casa, Sam creyó encontrar un billete de 20 pesos que en realidad era uno de 500, y a partir de eso fantaseó que ese viernes sería un gran día. Desde hace tiempo en los billetes de ambas denominaciones el expresidente Benito Juárez era la estrella principal. Bendito Benito, dijo Sam, mientras guardaba el valioso papelito azul y volteaba a ver si había alguien cerca. No vaya a ser otra broma.

La insistente mala suerte que arrastraba durante casi tres décadas parecía cambiar. Soy escritor freelance, se jactaba cada vez que le preguntaban “¿a qué te dedicas?” Poeta más que nada, remataba con un aire de grandeza. Y desde que había ganado un concurso de poesía de jóvenes creadores, nueve meses atrás, lo decía con más presunción.

Tituló el libro de poemas La caguama espacial y lo firmó como Samara Ortiz, que era su nombre de nacimiento, aunque todos lo llamaban Sam. Solo Sam, así como a Cher, Madonna o Chayanne.

Con el premio pudo terminar lo que anhelaba: transformarse en hombre. A tres años de someterse a un tratamiento de testosterona, ahora parecía una especie de Jason Momoa, pero con una estatura más mexicana. Sólo le faltaba la mamoplastia, patrocinada por Conarte, para lucir un torso plano.

Ese viernes era especial porque estrenaría su nuevo cuerpo en público. Y ahora, con 500 pesos sin esfuerzo en el bolsillo, Sam hizo algo que despertaba su curiosidad: ir a una cantina exclusiva para caballeros. Se imaginaba una escena donde él era Don Draper, rodeado del resto del reparto de Mad Men y un montón de meseras atractivas, a quienes les recitaba poemas. En Monterrey hay varias cantinas de nombres revolucionarios para ‘machines’, y Sam se decidió entrar al Indio Azteca.

Invitó a Isra, su mejor amigo, un gay que no se veía gay pero que después de un six le brotaban arcoiris hasta por las orejas.

En el Indio Azteca había una densa nube de humo que, aunque no dejaba ver los rostros de nadie, Isra lo agradeció. Sus mejores amigos eran el cigarro y Sam, en ese orden. El tiempo más largo que estaba sin fumar era cuando, rara vez, se enfermaba.

Isra tampoco había estado en un lugar de estos, pero al instante le encantó, pues su hit era convertir bugas en hombres very heteroflexibles. Y en el Indio Azteca había muchos bugas, casi puro ñor, y ni una sola mesera. Para Sam fue decepcionante. Le cagaban los garrote fest.  Mucho menos le gustaban las ladies nights. Para Sam siempre debía haber un equilibrio de género. Era Libra como Adore Delano, su drag queen favorita.

Sam ordenó chicharrón de Rib Eye con guacamole. Según él cualquier comida que se sirviera en molcajete era un platillo gourmet. Isra pidió tacos de arrachera y otra tkt light, ya llevaba seis.

Llegó el mesero a ofrecerles un postre del menú. Quiero un banana split, dijo Isra en un tono evidentemente lascivo, y lamió la botella. El mesero, con más acné que ganas de trabajar, negó la existencia de esa opción. Isra le apuntó al pack y le preguntó: ¿y esa que traes ahí, papi?

Sam, que comía los chicharrones como si fueran palomitas, soltó la carcajada. Un pequeño trozo se le atoró en la garganta. Su rostro comenzó a cambiar de color, pasó del rojo al morado en un instante. No podía creer que fuera a morir ahogado en ese pinche lugar, cuando se suponía que era el inicio de una nueva vida.

Estaba a punto de desmayarse cuando Isra arrojó bruscamente su silla a un lado. Con sus delgadas y pálidas extremidades abrazó a Sam por la espalda. Había llegado el momento de poner en práctica el curso de primeros auxilios. Le aplicó la maniobra de Heimlich, que para los ojos de los espectadores, más bien asemejaba una llave de lucha libre o una intensa pose del Kamasutra gay.

Con una fuerza nunca antes vista, Isra apretó el estómago de Sam hasta que el chicharrón salió volando. Cayó directo en el clamato de un señor que todavía sudaba el costillar que engulló de prisa. Todos los heteros veían la escena con el ceño fruncido y asqueados por el par de jotos.

Cuando Sam apenas recuperaba el aire, apareció el gerente, un hombrecillo encorbatado y bien picudo. Gritó que no se aceptaban comportamientos de desviados en el fino establecimiento y los corrió. Sam e Isra se fueron sin pagar, no sin antes bufarles: ¡putos closeteros!

Al llegar a su casa, Sam sacó el inmortal billete de 500 pesos de su bolsillo y pensó que, aunque estuvo a punto de morir, sí había sido un gran día. También pensó que nunca volvería al Indio Azteca. Ni era para tanto.


Autores
(1986, Monterrey, Nuevo León). Su mundo ha girado en torno al periodismo desde el 2008. Algunos de los medios donde ha trabajado o colaborado son Milenio, El Universal, Vice México, Newsweek en español, La Razón, Periódico ABC, El Barrio Antiguo, Residente Riviera Maya y La Rocka. Además forma parte del Consejo Consultivo de la editorial Oficio Ediciones. Actualmente, es directora de la revista de periodismo cultural Lagarto. 'Sam' es el primer texto de ficción que escribe (agosto 2019).
Ilustración por Alec Dempster

A Mauricio Ortega Valerio, desaparecido el 26 de septiembre

del 2014 en Iguala, Guerrero

 

 

I

Mauricio

Mi voz se hizo nido

el día que te agarraron,

¿Que no saben que todo lo que te hagan me lo hacen a mí?,

aullé el relámpago en tu boca,

donde anduvimos con los nuestros

y ahora, ya no,

¿Dónde amarraré este dolor que enciende la esperanza?

¿Quién trae la cabeza del pueblo?

¿En qué cruces colgaré aves que sepultan mi lengua?

¿En qué tierra he de encontrar tus pasos,

ahora, que tu cuerpo se acobija en el miedo

y crece la espiga de nuestra rabia?

 

 

Ilustración por Alec Dempster

 

II

Escóndete en la cueva,

espera que baje la neblina

y termine la caza,

los que huelen la carne

se llevan nuestros sueños

en autobuses que no tienen vuelta,

en su sigiloso acecho se visten de lluvia

y cuentan los dedos

por los que estamos en la Montaña,

los de la mano oculta,

los de la tierra roja,

los que vivimos en la casa de Lucio.

 

 

 

 

Ilustración por Alec Dempster

 

 

 

 

 

 

III

Xtámbaa,

estoy contigo en el mundo,

en el trueno que trae la noche,

en baile de ánimas sin rostro,

sin brazo,

sin descanso,

estoy contigo en las velas,

en el humo que engendra el camino,

en el olor del copal que recoge

el agua de ojos

de las mañanas sin voz.

 

 

IV

Mauricio,

de la Montaña

vienes de lluvia,

abrazas mi estómago

y en silencio

crece el fuego

de nuestra tierra en tu memoria.

 

 

V

Hermano,

¡levántate!,

mira la cicatriz de nuestra piel,

las vueltas de nuestra madre

y el coraje con que teje tu nombre,

hasta encontrarte.

 

 

 

 

Ilustración por Alec Dempster

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Àjngáa rí màrma’áan àkuíáan ló’ ju’yáa

dxáma Mauricio Ortega Valerio.

 

 

I

Mauricio

Nè’ne xàñúun a’ó

mbi’i rí nìrugáan,

àtsíyáa rí xùgii rí núñaa ikháán núñí ikhúún nye’,

nìndxá’wa ló’ ná nixphíbí rìga ràwúan,

ná nìgrigá’ ló’ gàjmíí anjgián’ ló’

khamí xuge’ nángua rá,

náa màro’ó gà’khó rìge rá,

tsá jàyá ìdxúu xuajíín ro’,

naa krùse màxtrigùùn ñò’ón tsí nudii a’ó rá,

naa júbà màxkhámaa nàkuáa’

xùge rí nanbra’á mìnaa ngàmí xùbía’

khamí nàgajáa iñúu tsìá’ ló’ rá.

 

 

 

 

 

II

Àtrakhá’o mìnaa ná ìñúun itsí,

àrà’thiin màgátháa rùjmba

asndo rí mànbúún mùxkha xàbò,

tsí dùyaa xùù xuwia ló’

nagóo judèe xnun’daa ló’

ná xkrajndí rí nangúaa thángaa,

asndo xó ru’wa ja’ñúun ná xàbii nùxkháa ló’

khamí nùràxnúú ijíín ñàwún

numaa ló’ tsáa jùwá ló’ ná Júbàá,

tsáa gìdá’ ngu’wá ñàwuáa ló’,

tsáa màñà’ júbà ló’,

tsáa jùwáa ló’ ná go’óò Lucio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

Xtámbaa,

xtáa gájmàá níndxàa ná inuu numbaa,

ná a’wá rí jàyáa mbró’o,

ná nùtsía nímà tsí ndàa inuu,

tsí ndàa ñàwúun,

tsí tsíyaa xúún,

xtáa gájmàá nìndxàa ná wàjún ndèla,

ná inuu nguni’ rí nàxná jambaà,

ná gii’ xùù wuájià rí nàyaxii

iya ìdúú mi’chá rí ndáa a’óo.

 

IV

Mauricio,

nàdxáa

asndo xó ru’wa ná Júbàá,

ndayá ra’áa awún’,

khamí ná wíí rigaan

nagàjaa tsíòon xuajián ló’

ìdo narma’áan akúiin ithane.

 

 

 

V

Ndxájo’,

¡àraxuu rá!,

atiaxii tsìnuu xubíaa ló’,

atiaxii xó grigòo rudá ló’,

atiaxii rí phú síàn’ ijxmii mbí’yaa

asndo náa màxkámaa.

 

Este poema apareció originalmente en el libro Xtámbaa/Piel de Tierra. Pluralia Ediciones/Secretaria de Cultura (2016).


Autores
Hubert Matiúwàa (Malinaltepec, 1986) realizó la maestría en estudios latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ilustrador
Alec Dempster
Ilustración por Alec Dempster

Para Emilio García Cuevas, por nuestro pequeño cruce

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. 

Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola, “Cuento de horror”

 

 

43

 

¿Cómo hablar de Ayotzinapa, de los niños perdidos, del retorno hegemónico? Francisco Goldman escribió que los 43 normalistas desaparecidos son un símbolo, una condensación; tras ellos yacen los miles y miles de ausentes que se han extraviado desde el ascenso de Felipe Calderón en 2006. La noche de Iguala es un fenómeno que está lejos de haber llegado a su fin: la investigación no ha terminado, los familiares de las víctimas siguen en la búsqueda del pedazo que les fue arrancado; por otra parte, los 43 jóvenes nos hablan de nuestra radical vulnerabilidad. Todos podemos ser objeto de violencia: nosotros mismos, o peor, los seres a los que amamos. Nuestros lazos, nuestros afectos, son la fibra más frágil cuando se vive bajo la política de la muerte.

 

Sucedió en la noche del 26 de septiembre de 2014. Un grupo de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa acudió a Iguala, Guerrero. Buscaban recaudar fondos, viajar a la Ciudad de México y llegar a la marcha que cada año conmemora la matanza estudiantil de 1968. Como en años anteriores, los jóvenes tomaron el control de varios autobuses. Sin embargo, cuando intentaban volver a la escuela, fueron interceptados por varios elementos de la policía local, que les dispararon. También acribillaron a una mujer, un niño y un equipo de futbolistas adolescentes, Los Avispones de Chilpancingo. Julio César Mondragón, uno de los normalistas, apareció desollado el día siguiente. Murieron cinco estudiantes, alrededor de veinte resultaron heridos y desaparecieron 43. El episodio fue tan confuso que aún hoy es difícilmente discernible en todos sus detalles. ¿Qué pasó esa noche?, ¿quienes son los responsables?, ¿dónde están los desaparecidos?

 

Ilustración por Alec Dempster

El Estado pretendió imponer una verdad histórica. Poco después de la masacre, la Procuraduría General de la República arrojó conclusiones cuestionables. De acuerdo con su versión, los estudiantes fueron asesinados por miembros de un grupo criminal y quemados en el basurero de Cocula. El gobierno de Enrique Peña Nieto argumentó que el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su pareja, María de los Ángeles Pineda Villa, tenían relaciones cercanas con el cártel Guerreros Unidos. El relato oficial sostiene que Abarca temía una irrupción estudiantil en un evento público y que, por lo tanto, ordenó la detención.

 

Los familiares de las víctimas, inconformes con el dictamen de la PGR, recurrieron a la organización civil. Su actuación se tradujo en la inclusión del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), integrado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Durante su estancia en nuestro país, el Grupo elaboró dos informes. Sobresalen tres conclusiones:

 

– Es muy poco probable, incluso inverosímil, que se haya realizado un incendio masivo en el basurero de Cocula.

 

– Hay evidencia de que muchos de los detenidos confesos declararon bajo tortura.

 

– Iguala es una zona importante de tráfico de heroína, su traslado suele hacerse en autobuses; así pues, es posible que uno de los vehículos tomados por los estudiantes llevase un cargamento valioso.

 

La verdad histórica sufrió una crisis significativa ante las declaraciones del GIEI. La ciudadanía, estupefacta ante la brutalidad del crimen, tomó cartas en el asunto. Durante los meses posteriores a la masacre, miles de mexicanos salieron a las calles para protestar por el crimen de Estado. Ayotzinapa se erigió como el paradigma de lo insoportable, los estudiantes muertos y los desaparecidos se convirtieron en la demostración inequívoca de la atrocidad del régimen. Cada uno de esos niños podría ser el nuestro, cada joven devorado removió nuestros afectos más poderosos. Si el gobierno no iba a asumir la responsabilidad, nosotros tendríamos que hacerlo.

Ilustración por Alec Dempster

La vena distintiva del viejo priísmo salió a relucir en la administración de Peña Nieto: granaderos, macanas, gas lacrimógeno, balas de goma, arrestos arbitrarios. El 20 de noviembre de 2014 fueron detenidas once personas. Pasaron algunos días encerradas en un penal de máxima seguridad. El gobierno, acusado de una agresión abyecta e innombrable, no tuvo reparos en usar la fuerza bruta (otra vez) sobre los civiles bajo su tutela y su manto.

 

 

Nayeli García, escritora, editora y activista mexicana, realizó un trabajo arduo de investigación de los hechos. También acompañó a los familiares de las víctimas y difundió los hallazgos y saberes que surgieron del evento. A ella debo casi toda la información que utilizo en este ensayo. García recupera una leyenda escrita en un muro de la Escuela Normal: “Bienvenidos a lo que no tiene inicio, bienvenidos a lo que no tiene fin, bienvenidos a la lucha eterna. Unos la llaman necedad, nosotros la llamamos esperanza”. Resistir a la imposición de una verdad estatal significa, me parece, levantarse contra el borrado histórico-institucional de nuestras voces, relatos y seres amados. La búsqueda del esclarecimiento es un acto de subversión: la narración oficial no basta, la oquedad no se colma con basura en llamas.


Intermedio: pérdida y retorno

Henry Purcell estrenó Dido y Eneas en 1869. El libreto, escrito por Nahum Tate, está relativamente basado en el cuarto canto de la Eneida. La ópera habla de Dido, reina de Cartago, y su trágico amor por Eneas, que debe alejarse de ella y acatar un falso mandato divino.

 

 

La partida de Eneas significa la irremediable muerte de Dido. En brazos de Belinda, la reina se deja morir.

 

Recuérdame, recuérdame, recuérdame,

pero olvida mi destino…

 

Recuérdame. En ese ruego yace la última y más genuina demanda de amor. Un fantasma es la figura idónea de la memoria infecciosa. El duelo abre una dimensión de espíritus que deambulan entre nosotros y nos poseen. Cada pérdida puede concebirse como la inauguración de un espectro. ”Cuento de horror”, de Juan José Arreola, es una mini ficción que hace honor al lamento de Dido. “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.”, o bien: sí, te recuerdo.

 

 

El diablo es un animal nocturno

 

La vuelta del viejo régimen fue, sobre todo, un siniestro viaje en el tiempo. El pasado encarnó en las balas, la policía, la sangre y los autobuses tomados. El martillo volvió, era el mismo y a la vez era otro. La noche de Iguala se convirtió en la marca de una nueva modalidad de autoritarismo: el cuchillo monolítico del Estado se multiplicó y adquirió un estatuto aberrante. Hoy por hoy, el brazo del crimen organizado es un innegable operador político.

 

Las condiciones de víctima y victimario no son atributos ontológicos, sino funciones ejecutables por todos. En este sentido, en México no existe un monopolio estatal de la violencia, como tampoco un gobierno libre de sombras. En años recientes se descubrió que el Estado utilizó un malware para espiar defensores de derechos humanos y periodistas. El GIEI fue uno de los objetivos. El Grupo, que reportó una falta de colaboración gubernamental en la investigación del caso, encontró evidencias de que los detenidos confesaron su culpa bajo tortura. Lo anterior se comprobó hace un par de meses, cuando un video se viralizó en internet. La grabación muestra a un hombre sometido e interrogado con violencia. Su nombre es Carlos Canto Salgado.

 

 

Alejandro Encinas, actual Subsecretario de Derechos Humanos, Migración y Población, confirmó la autenticidad de la imagen. El uso de la tortura en interrogatorios no es una novedad en este país. La violencia física y el amedrentamiento son excelentes fábricas de culpables. No es nuevo, pero sigue siendo escalofriante. La verdad histórica, la narración hegemónica no pudo imponerse mediante su sola enunciación, fue necesaria su inscripción en el cuerpo. La represión a la protesta civil da cuenta de ello: si prefieres no creer mi relato, entonces debo escribirlo sobre tu carne, mi página en blanco.

 

 

Las investigaciones de Nayeli García hacen hincapié en la vena política de la Escuela Normal de Ayotzinapa.

 

“Las normales rurales fueron creadas para educar a los hijos de gente dedicada al campo, que vive en condiciones precarias. Muchas de estas escuelas imparten las clases en español y en alguna lengua originaria, en atención a las comunidades que las rodean. La mayoría del estudiantado normalista no tenía otras opciones para recibir una formación profesional y conseguir trabajo. Por su historia y por su composición social, estas escuelas promueven una formación política en sus estudiantes. En ese sentido, responden a una de las demandas de la Revolución mexicana: abolir la desigualdad social por medio de la educación. A final de cuentas, se trata de futuros profesores que tendrán que enseñar en contextos violentos y de escasos recursos.”

 

Por ello, dice, la relación entre los normalistas y la fuerza pública siempre ha sido ríspida. Sin embargo, un evento específico reconfiguró y radicalizó las tensiones: la Guerra contra el narcotráfico, emprendida por Felipe Calderón en 2006. El proceso, lo sabemos, dio inicio a la era más violenta y dolorosa de la historia reciente de México.

 

Sus efectos no han terminado, pero sí se han vuelto normales. La tierra se convirtió en un escenario de carnicería diaria: cadáveres destrozados en las avenidas, fosas repletas de cuerpos anónimos, ejecución cotidiana del horror. La vejación del cuerpo, como su exhibición, se erige como la escritura y la realización de una ley: el poder somos nosotros, los autores de esta piel hecha jironesEl chivo expiatorio, ahora destazado, no es un elemento exclusivo del Estado o del crimen organizado; ambos pueden beber de su sangre cuando precisan (re)establecerse como amos. El conflicto tiene consecuencias directas sobre nosotros: secuestros, extorsiones, toques de queda, desapariciones, asesinatos.

 

Ilustración por Alec Dempster

Ayotzinapa es el punto culmen de un modo específico de violencia: el Estado, a través de la policía local, actuó como un cártel y ejerció una agresión intolerable sobre estudiantes desarmados. Por su parte, el crimen organizado reclama el control político y económico de regiones enteras del país. Los grupos delincuenciales, en ocasiones, funcionan como agentes de desarrollo en zonas marginales que las instancias federales desconocen: han construido escuelas, negocios, carreteras. La miseria de la que el Estado es gran medida responsable es resarcida de esa manera. Así, la delincuencia gana una batalla política fundamental: la batalla por la legitimidad. Los grupos criminales se comportan como entidades estatales.

Ojalá sepamos pronto cuál fue la verdadera función de Guerreros Unidos, si la hubo, en la matanza y desaparición de Iguala. Mientras tanto, es preciso cotejar minuciosamente su inclusión en la verdad histórica de Peña Nieto. Más allá de su valor de verdad, es elocuente en tanto revela, sin querer, un fenómeno contemporáneo: la brutal porosidad entre los intereses del Estado y las operaciones de la delincuencia. En la escena pública se dicen enemigos, en la esfera privada sus relaciones son más complejas.

 

 

Algunos sectores del gobierno han establecido alianzas con el crimen organizado. Las razones son bien conocidas: las jugosas ganancias que produce el tráfico ilícito; la protección que pueden brindarse mutuamente; el financiamiento de campañas de elección pública; mujeres. Las relaciones entre el Estado y ciertas células delictivas son peligrosas por motivos que rebasan la ilícita repartición financiera. Es posible, me parece, que ambos encuentren un enemigo común, un agente que ponga en jaque su estabilidad y sus respectivos estados bancarios. Pienso en la sociedad civil, en los actores de la protesta, que no solo sufren los estragos de la represión policial, sino que se exponen a la desaparición forzada ejercida por cualquier grupo armado, estatal o no. Un cártel puede servir como brazo político contra la oposición, sobre todo para un régimen que ha ejecutado el horror con el fin de asegurar la continuidad de su proyecto: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas son solo algunas manchas en un largo historial de brutalidades y abusos cometidos sobre civiles.

 

Hace unos meses acudí a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, fui a escuchar una conferencia de Pilar Calveiro, académica argentina. El tema fue la desaparición forzada y la transformación que la misma ha sufrido desde los años setenta hasta nuestros días. En la época de la Guerra sucia en México, la desaparición era una operación estatal que buscaba deshacerse de las conciencias subversivas. A partir del final de la Guerra Fría, y con la implementación atómica del neoliberalismo, la práctica cambió su estatuto y su fin: más que silenciar a la oposición, busca nutrir mercados negros, tráficos ilegales y abyectos. Como la trata de blancas, por ejemplo. Un mecanismo político se convirtió, con el tiempo, en una siniestra actividad económica. La vena criminal del Estado puede adquirir semblantes diversos, pero siempre se encuentra allí.

Ilustración por Alec Dempster

Ayotzinapa parece un evento de sentidos múltiples. Los normalistas buscaban conmemorar una matanza de Estado. El ataque pudo haber sido producto de su espíritu subversivo. Por otro lado, existe la hipótesis de que el horror fue consecuencia de una preocupación mercantil: la policía buscaba recuperar una carga de heroína que estaba escondida en los autobuses, una carga de la que los estudiantes no sabían nada.

 

La indefinición vigente es un síntoma. Detrás de la niebla se esconde una certeza: el Estado mexicano ha cometido crímenes innombrables, se ha erigido como una célula delictiva caníbal motivada por los intereses más sórdidos. El precio lo pagamos nosotros: un régimen de lo atroz se distingue, sobre todo, por vulnerar nuestra forma de amar.

 

Fantasma

 

Trotski condenó a Martov al basurero de la historia. La expresión es ampliamente utilizada por gente de todo tipo. “Ya estás en el basurero de la historia”, dice un payaso a otro todos los días. Su repetición es preocupante. Concebir la historia como basura significa obturar, con senda imbecilidad, la forma en que el pasado nos atraviesa, nos habita y habla a través de nosotros, aunque no lo sepamos o no lo deseemos. La verdad histórica del “nuevo” PRI se cimienta en un basurero en llamas. La versión oficial es una fábrica de desecho: la voz de los familiares, así como el paradero de los estudiantes, son borrados por completo. Y cuando nos resistimos a ese borrado, se nos anula a golpes. Cocula es el basurero de la desmemoria donde el Estado pretendió abandonar el caso y, con él, la historia de uno de nuestros fallos más graves. No conocemos aún los detalles específicos de lo que ocurrió esa noche, pormenores vitales para los que amaban a esos 43 niños y para todos nosotros.

 

La manifestación colectiva, la toma de las calles y la organización civil son elocuentes: la aceptación de la verdad histórica es inadmisible, el olvido es el enemigo. La historia no es un basurero, sino un trozo de la carne que nos sostiene. Recordar es resistir, es negar el relato del Estado y sus efectos amnésicos. El motor de la lucha, me parece, está en el amor.

Ilustración por Alec Dempster

Recuérdame, recuérdame, no olvides mi destino, no dejes que me arrojen al basurero de la historia. En el ejercicio de la resistencia, el amor más hondo debe ponerse en acto, o mejor, debe asumirse como un operador político. Es que, al final, cuando vivimos bajo el yugo de un régimen de la muerte, cada adiós puede ser el último.

 

La resistencia dependerá siempre de una decisión vital: debemos elegir el fantasma que tomará nuestra posesión. En nosotros queda la opción del espectro hegemónico, de la sangre sobre el asfalto y el silenciamiento de nuestras lágrimas, o bien, la posibilidad de la memoria subversiva: la reconstrucción de las voces, la risa; la reelaboración de la mirada, de los labios que besamos alguna vez y que no hemos terminado de perder.

Ilustración por Alec Dempster


Autores
(Zacatecas, 1989). Licenciado en Letras Iberoamericanas por la Universidad del Claustro de Sor Juana, maestro en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos. Cineasta experimental, ensayista independiente.

Ilustrador
Alec Dempster
Almodóvar en 1988

Se abre la multitud en la famosa sala de conciertos Rock Ola en Madrid. Entre todos, aparecen dos personajes que lucen en completo control del lugar. Vestidos como prostitutas, se maquillan con extravagancia: uno está ataviado con una gabardina como minifalda y el otro va ataviado de paños dorados y medias encajadas; uno lleva grandes aretes rosas, el otro, unos lentes oscuros policiales sobre el rostro plateado.

Son Almodóvar y Mcnamara, el famoso dúo de pop punk en el centro de la movida madrileña y están a punto de cantar uno de sus éxitos. El público, respetuoso, escucha sus atentas indicaciones. Almodóvar toma la palabra:

“Bueno, el grupo que iba a tocar esta noche no puede estar con nosotros por problemas de drogas, tráfico ilegal de niños, trata de blancas y algunas cosas más, pero en su lugar va a tocar un grupo que no conocéis y que odiáis y que habéis oído muchas veces en la radio y que no les gusta nada. Pero, en lo que ellos vienen, aquí mi amiga y yo vamos a improvisar una bonita canción sobre cualquier fondo funky.”

Acto seguido, empieza a sonar la locura de canción Suck it to me que incluye versos estrafalarios sobre sexo y drogas, típico del momento:

“Cocaína, tonifica / Heroína, crea síndrome / Marihuana, coloca / Bustaid, relaja / Valium 15, estimula / Dexedrina, enloquece / Sosegón, alucina / El opio, amodorra / Angel dust, es total / Suck it to me , suck it to me babe.”

Este despliegue fascinante de irreverencia punk, referencias de cultura popular y locura excitada pertenece a Laberinto de pasiones (1982), la segunda película de Pedro Almodóvar. Eran apenas los inicios del cineasta, la etapa que todos quieren llamar “experimental” de su obra, el momento en el que el ahora reconocido director hablaba de la calle madrileña y era uno solo con el movimiento de contracultura de la españa postfranquista.

Por supuesto, estos años de desfachatez y locura con Fabio Mcnamara, Alaska, Bernardo Bonezzi, Carlos Berlanga, Juan Carrera y Enrique Naya, eran años formadores para Almodóvar. Aquí no había ni un rastro de escuela de cine o de entrenamiento estético; no había presupuesto y no había formación de actores; los guiones todavía eran tomados de fotonovelas porno publicadas en la revista Víbora. Y, sin embargo, esta etapa despreciada de Almodóvar está íntimamente conectada con el resto de su obra.

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Es imposible hablar del cineasta español sin hablar de los años ochenta, de Madrid o de La Movida. Y eso no es porque este contexto siga siendo relevante para explicar su cine, sino porque su cine regresa nostálgicamente a ese momento.

Almodóvar es un cineasta que no deja de reflexionar sobre sí mismo y de reflejarse en la altamente fetichizada pantalla de cine de su infancia, de su adolescencia, de sus años de locura en el destape de Madrid. Y en este eterno regreso de su obra a un momento icónico, se teje la mirada siempre presente y siempre cíclica de quien toma el cine como memoria.

Si para hablar de Almodóvar tenemos que hablar del pasado, hablemos pues del legado cinematográfico que une ese momento en el Rock Ola, esa canción sobre drogas, Seven Up, felaciones y los Jackson Five, con los laureles en Cannes de un cineasta maduro presentando, a través de los gestos sutiles de Antonio Banderas, una historia de vida y de cine llamada, como si designara un bolero, Dolor y Gloria (2019).

El viejo que recuerda

En un momento de Dolor y Gloria (2019), la vigésimo primera y última película de Almodóvar, un cineasta achacado de dolores de espalda y depresiones constantes llamado Salvador Mallo, interpretado por un genial Antonio Banderas, llega a casa de un viejo amigo para reconciliarse, treinta años después de haberle retirado la palabra.

Juntos recuerdan el pasado, fuman heroína y hablan de futuros proyectos. En un momento el amigo actor, Alberto Crespo -interpretado por Asier Etxeandia-, sugiere una distracción: “Por cierto, tengo un montón de revistas de los años ochenta… En alguna, sales tú, vestido de mujer, que muy pronto se te olvida a ti esa época.”

En distintas entrevistas, Almodóvar ha hablado del personaje de Salvador Mallo como de un alter ego suyo. Como sucedió con Patty Diphusa, la internacional célébrité y actriz porno que fue su alter ego literario en los ochenta y que la gente en Madrid creyó real durante un buen tiempo, el nombre de Salvador Mallo tiene algo de juego semántico.

Se trata del mesías torcido, aquél que ofrece un escape envenenado, el salvador malo, el salvador maltrecho En cualquier caso, esta figura de salvación torcida para el propio Almodóvar (“En mi película sentí la necesidad de salvar a Salvador, porque, si lo salvaba a él, también me salvaba a mí.”), parece, alternativamente, la figura del recuerdo y la figura del olvido.

Por un lado, toda esta cinta se construye a través de secuencias de recuerdo. El personaje-cineasta recuerda a través de la evocación de diferentes sentidos: el tacto del agua le hace pensar en su madre cantando con las lavanderas; placer que se relaciona con el otro sonido del agua y el descubrimiento del despertar sexual como centro de la narración de su película, llamada, claro, El primer deseo. Todos estos momentos evocados en la metanarración de la película de Salvador Mallo en Dolor y Gloria, se calcan sobre los recuerdos mismos del cineasta.

Así lo vemos, de manera transparente, en el escrito de Salvador Mallo, “La Adicción” que narra casi palabra por palabra los recuerdos de Almodóvar. Mallo habla del fetiche de la pantalla de cine de su pueblo y de los recuerdos que lo atraviesan:

“Mi idea del cine siempre estuvo relacionada a las brisas de verano, solo veíamos cine en verano. Las películas se proyectaban sobre un muro enorme, encalado de blanco. Recuerdo, especialmente, las películas en donde había agua: cataratas, playas, el fondo del mar, ríos o manantiales. Con sólo escuchar el rumor del agua, a los niños nos entraban unas ganas tremendas de orinar y lo hacíamos ahí mismo, a ambos lados de la pantalla. En el cine de mi infancia siempre huele a pis, y a jazmín y a brisa de verano.”

Almodóvar, por su parte, recordaba así los momentos del cine de su infancia:

“Ficción para mí era el mundo del patio, las vecinas, mis hermanas recibiendo clases de costura con su amigas, los gatos, las matanzas, los gitanos, los cantaores que venían en la feria, el twist, colgar un conejo despellejado, todavía sangrante, bajo la parra; mi madre hablando con las vecinas en la puerta de la calle, al fresco de las largas noches de verano… y la gran pantalla de cine al aire libre. Un grueso muro, único fetiche al que me mantengo fiel. Detrás del muro pintado de blanco, los chicos hacíamos nuestras necesidades. Mito y fisiología, yo no lo sabía pero estaba aprendiendo muy pronto lo esencial.”

Aquí, más allá de la relación evidente entre los recuerdos de Salvador Mallo y los recuerdos de Almodóvar, vemos que juntos evocan la misma facultad del cine para despertar recuerdos a través de la construcción mítica del deseo.

Al hablar de lo esencial como la relación entre el mito personal y la fisiología, Almodóvar parece repetir la opinión de ese director viejo y lúbrico que interpreta Francisco Rabal en ¡Átame! (1990): “Cuando pones el corazón y los genitales en algo de lo que haces, siempre te sale personal.”

Así, como vemos en la relación de los recuerdos de Salvador Mallo y los recuerdos del propio Almodóvar, siempre hay algo de corazón y genitales en el eterno retorno del cine. Pero, en medio de todos estos recuerdos en conflicto, el alter ego de Almodóvar parece olvidar algo.

En el centro de la película está el olvido de una época, el olvido de los años ochenta con amigos muriéndose por los excesos de heroína y las fiestas. Esto es lo que reclamaba Alberto al señalarle las viejas revistas: entre tantas remembranzas, Salvador parece haber olvidado cuando vestía de mujer en revistas como Almodóvar se vestía de Patty Diphusa en la revista La Luna.

Los recuerdos de Salvador Mallo sobre los ochenta están encerrados, embotellados, porque este viejo director, como Almodóvar maduro, quiere pensar más en en la introspección de la infancia, de La Mancha, de su madre, que en las locuras de los años ochenta.

Pero esos recuerdos brotan a pesar de él por una extraña coincidencia: mientras cae, catatónico, tras fumar heroína (cosa a la que, como Almodóvar, no está acostumbrado), su amigo Alberto descubre la narración de “La Adicción” ; ese texto, más allá de los recuerdos nostálgicos de cine, ahonda en un viejo romance que nació y murió en el Madrid de La Movida. Éste no es un recuerdo que brota, sensual, como los de la infancia. Éste es un recuerdo doloroso, cerebral, de años hermosos y de formación.

A través de este recuerdo Alberto se encuentra por casualidad con Federico (Leonardo Sbaraglia), el amor perdido de Salvador. Este encuentro será el que saque a Salvador de su letargo, que lo haga tomar acción frente a los dolores corporales, que lo lleve a operarse, dejar la heroína y rodar una película para reconciliarse con sus recuerdos de infancia y con la culpa frente al recuerdo de su madre.

Mientras los años formadores de infancia regresan insistentes, al igual que los recuerdos de su madre, los olvidados años ochenta son los que, insidiosos, se presentan sin ser llamados. Pero son los ochenta y sus recuerdos, esos momentos de principio del cine, de formación y de aprendizaje, los que terminan salvándolo y, consecuentemente, salvando a Almodóvar.

Si la salvación de Salvador y de Almodóvar es el cine, el eterno regreso de los insidiosos años ochenta, del nacimiento de una pasión por el Súper 8, de grabaciones punks en exteriores rápidos por no tener permisos, hechas durante un año, en las noches o los fines de semana, en casas de amigos y conocidos, violentamente, arrebatadamente, en el Madrid de La Movida, es el retorno de la vocación.

Porque, en el fondo, por más estetismos que se le imputen, por más formalidad cerebral que haya alcanzado, Almodóvar es y siempre será un cineasta punk.

El laberinto de Almodóvar

Uno de los momentos formadores de La Mala Educación (2004) relaciona, de nuevo, el fetichismo sentimental del cine con los genitales. Se trata del momento de descubrimiento sexual de Enrique y de Ignacio en el Cine Olimpia: por primera vez, los niños se tocan mientras ven el tremendo melodrama Esa Mujer con Sara Montiel.

El recuerdo de este momento quedará fuertemente impregnado en ambos: Enrique crecerá para convertirse en director de cine e Ignacio tratará de dar vida a Sara Montiel en shows travestiy en los alter egos de sus relatos cortos. Pero lo que es más interesante aquí es que, en esta escena de genitales y corazón, de recuerdos y fetiches, Almodóvar nos muestra una secuencia esencial de Esa Mujer: el momento en que Soledad (Sara Montiel) regresa al convento donde fue violada. Soledad ingresó al convento tras ser acusada de asesinato y abandonar su carrera de cantante; después, salió de él para acabar en la pobreza hasta que vuelve a ser cantante y regresa para ser rechazada.

Por más ridícula y melodramática que parezca esta trama ahora, invita muy bien a la reflexión sobre el cine de Almodóvar que siempre ha funcionado con regresos constantes, entre ciclos y retornos. Ahora más que nunca estos regresos nostálgicos parecen evidentes por la fuertísima carga personal y nostálgica de sus últimas cintas; en particular, La Mala EducaciónVolver y Dolor y Gloria (Los amantes pasajeros y Julieta son casos peculiares de otro retorno: el retorno a la comedia sexual y a las más melodramáticas formas de romance).

Pero el regreso es el motivo más constante en el cine de Almodóvar: asesinas obsesionadas con las repetidas muertes de un torero, locos que regresan a atormentar a actrices fetichizadas, amantes que regresan a viejos amores, hermanos que no pueden abandonar el pasado, madres que buscan, en el pasado, dar vida a hijos muertos…

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Algunos académicos hablan, incluso, de la serialización de las películas de Almodóvar. Es decir, de la construcción de mitos constantes que crean un universo de comprensión propio para su producción artística. Así lo explica Marsha Kinder:

“Sus películas presentan, cada vez más, evocaciones de trabajos anteriores (tanto propios como intertextos de otros) que nos llevan a leerles como una saga continua y a reagruparlos en una serie de conjuntos interconectados. (…) Esta combinación única, permite a Almodóvar crear un universo alternativo propio, una mitología personal en la cual las memorias de otras cintas parecen más importantes que los eventos históricos de su país.”

En el cine de Almodóvar, se habla de diferentes épocas: el momento de formación y experimentación que termina en la muy incomprendida Matador; el momento de madurez y crítica social que va desde ¡Átame! hasta La flor de mi secreto; y el momento de introspección y reflexión sobre la vejez desde Todo sobre mi madre hasta Dolor y gloria. Toda clasificación parece un poco arbitraria, pero es cierto que la obra de Almodóvar se ha vuelto más nostálgica con el tiempo.

Su nostalgia, sin embargo, lejos de ser una fijación obsesiva en el pasado, parece una forma de encontrarse con la vida. Para Almodóvar, como para Salvador Mallo, la vida es el cine y el cine, antes que nada, es el lugar de los recuerdos. Los personajes de Almodóvar, tanto como el director manchego, crean a partir de vivencias y entretejen siempre la realidad en sus ficciones. Así lo ha admitido siempre:

“La mejor manera de contar una ficción, al menos en mi caso, es vistiéndola de realidad. Realidad y ficción se juntan sin confusión. Y siento que ahora puedo mantener una conversación directa con la película que estoy haciendo. Esto no es un sentimiento endogámico o nostálgico, pero ahora me es más fácil aceptar que las películas son mi vida, que nacen de ella y que, a veces, la alimentan.”

Lo que no pueden tomar en cuenta las divisiones arbitrarias que los críticos imponen a la obra de Almodóvar, es que su cine tiene también rasgos invariables. Justamente lo que hace que todas sus películas puedan conectarse en un universo es que hay elementos que atraviesan una obra particularmente coherente y que van más allá de lo temático.

Más allá de las obsesiones sexuales, de la desfachatez política, de la obsesión por los pantalones de mezclilla apretados y las bragas, los colores chillones y primarios, lo camp, lo kitch y lo refinado, los guiños al John Waters de los setenta, Carmen Maura y Victoria Abril, Cecilia Roth y Antonio Banderas… Las películas de Almodóvar, más allá de todas sus obsesiones, son películas violentamente ancladas al presente.

El director manchego siempre ha trabajado de forma acelerada, desbocada, sacando 21 películas en menos de 40 años. Y esta forma de rodar sin parar, de rodar para vivir, le da una espesura única a sus obras, todas ellas hijas de un tiempo vivido intensamente.

Una película como ¡Átame! o Matador son impensables en esta época… Una cinta como Laberinto de Pasiones o Mujeres al borde de un ataque de nervios son hijas de un tiempo único en el museo de La Movida y el culto que produjo. Una cinta como Volver es impensable sin la madurez pensativa de un cineasta que contempla la vejez y al mortalidad en el recuerdo de su infancia.

Almodóvar es un eterno director punk porque, más allá de su actitud descarada o de sus verdaderas películas de agresiva rebeldía, su creación se vuelca en el eterno presente. Y ese es su rasgo definitivo: las cintas de Almodóvar son siempre actuales, siempre conectadas con una visión descarada del tiempo del ahora. Lo cíclico de su cine existe porque, en las vueltas del pasado, siempre está el pivote del presente: son vueltas y retornos en donde el pasado es provisional ante la exigencia del regreso al ahora.

La historia de Almodóvar se va en la observación de un intenso presente; un presente que cuenta a una persona entera, en cada momento de su existencia. Almodóvar nació después de haber nacido, en el momento en que tomó una cámara Super 8, en el momento en que pudo hacer del presente un documento. Y por eso no podemos decir nada de Almodóvar: sus cintas son elocuencia viva y las palabras sobran cuando las imágenes bastan.

El tiempo presente de Almodóvar vive en el regreso y es por eso que sus películas se vuelven cada vez más nostálgicas: en ellas el presente se va llenando de pasados, colmándose de vida. Eso es lo que crea una relación intensa entre una cinta vida y documento como Laberinto de Pasiones y una película trenzada de recuerdos como Dolor y gloria: la obra de Almodóvar nos muestra, invariablemente, la vida que se nos va pegando como brillantina barata tras una fiesta fabulosa.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.