Tierra Adentro

Para la Iglesia católica, la canonización de uno de sus miembros cumple una doble finalidad: por una parte, se trata de proponer un modelo a seguir en el ejercicio de ciertas virtudes cristianas; por la otra, la ceremonia es un reconocimiento público de que la persona canonizada goza de la visión beatífica y, en consecuencia, funge como intercesora entre Dios y la humanidad.

Como cualquier institución humana, esta ceremonia de la Iglesia se presta a  la corrupción de su sentido original. Sabido es aquel chiste de curas sobre las canonizaciones de Juan Diego y de Josemaría Escrivá, por citar dos casos contemporáneos: “La Iglesia al primero le perdonó la existencia; al segundo, la santidad”.

Juan Pablo II no tuvo escrúpulos a la hora de convertir los procesos de canonización en instrumentos políticos y propagandísticos en aquellas naciones donde la presencia de la Iglesia necesitaba reforzarse echando mano de su capacidad simbólica. Todo esto en vísperas de la actual crisis de la Iglesia que explotó durante el pontificado de Benedicto XVI: los casos de pederastia clerical.

Fue precisamente en ese pontificado que se aprobó el decreto para beatificar al cardenal inglés John Henry Newman (1801-1890), máximo exponente del Movimiento de Oxford y uno de los intelectuales más influyentes de la cultura victoriana.

Otrora estudiante de de la universidad homónima convertido en académico y capellán (vicar), Newman encabezó una batalla contra las injerencias del poder temporal en el espiritual —y de la corrupción de éste en lo que respecta a la autonomía de la esfera eclesiástica— mediante una serie de investigaciones sobre la naturaleza eclesiológica y doctrinal de la Iglesia anglicana que resultaron en su conversión al catolicismo el 9 de octubre de 1845.

A partir de ese momento se consagró al establecimiento del Oratorio de San Felipe Neri —congregación religiosa a la cual perteneció— en Inglaterra y a la educación de los católicos ingleses, quienes tenían prohibido el ingreso a instituciones educativas. Newman se preocupó por rescatar a sus correligionarios del ostracismo cultural al que fueron arrojados desde tiempos de Enrique VIII. Se le encomendó, así, la fundación de la Universidad Católica de Irlanda bajo la idea de una universidad como el espacio de formación de hábitos más que de adquisición de verdades.

Su talante innovador de los procesos educativos, su defensa teológica de la interdisciplinariedad y rencillas con el episcopado irlandés produjeron el fracaso más apabullante de su vida. En una de sus cartas escribiría que nunca más volvería a sentirse confiado en presencia de uno de sus superiores, bajo la continua sospecha de estar siempre en una trampa cuyo único objetivo era lastimarlo.

Años después, el capello cardenalicio otorgado por el papa Leo XIII le permitó disfrutar del reconocimiento y la paz que no disfrutó en su vida, ya fuera por sus problemas con una Iglesia u otra. Newman fue visto siempre con sospecha en ambos bandos por ser demasiado católico para ser inglés y romano. Su pensamiento teológico bebe más de la patrística que de la escolástica medieval, razón por la cual es una figura importante en el diálogo ecuménico promovido por el Concilio Vaticano II.

La reciente canonización de Newman ha hecho correr ríos de tinta sobre su pensamiento y obra, tanto así que notas biográficas o hagiográficas las encontrarán de sobra. Hay, sin embargo, un tema importante para considerar en el estado actual de la Iglesia católica: la polémica sobre las tendencias homosexuales del ahora santo.

Para quienes la noticia de que alguien es homosexual resulta igual de relevante como saber que es rubio, cubano o que prefiere el salmón a la paella, puede que la simple mención del asunto nos aburra un poco. Pero para millones de personas homófobas, entre las que destacan católicos por montones, este asunto se convierte en un campo de batalla donde filias y fobias se abren paso y la ideología se antepone a la biografía.

De no ser porque la homofobia, como cualquier discurso de odio, es un asunto de vida o muerte, no juzgaría siquiera oportuno señalar que en Roma han canonizado al primer santo de la era moderna —sin hacer caso de los rumores sobre el papa Paulo VI— con tendencias homosexuales profundamente arraigadas que en nada le obstaculizaron alcanzar el ideal de vida cristiana que es la santidad.

La producción literaria de Newman fue prolífica. Fruto de su periodo oxoniense fue el cultivo de una vocación académica transformada en hábito; a él acudieron lo mismo Gerard M. Hopkins que Franz Brentano. Su prosa fue motivo de elogio para escritores de la talla de Wilde y Tolkien, a quienes, además, influyó considerablemente.

Podemos considerar a Newman el último gran exponente de ese género literario hoy soterrado, la homilética. A sus sermones le sumamos una autobiografía espiritual —uno de los textos de cabecera de Wilde en la prisión de Reading—, otros tantos ensayos —entre los cuales destaca la obra culmen de su filosofía, la Gramática del asentimiento— y más de 40 volúmenes de cartas que constituyen el mapeo más personal que nos llegó de sus opiniones filosóficas, teológicas y políticas.

Es en ellas donde encontramos los datos más relevantes de su relación con otro sacerdote, Ambrose St. John, que tiene, a todas luces, una intensidad que trasciende la mera amistad: “Desde el principio me amó —escribe Newman— con una intensidad inconmensurable”.

Retrato de  Ambrose Saint John y John Henry Newman por Maria Giberne, 1847.

Retrato de Ambrose Saint John y John Henry Newman por Maria Giberne, 1847.

 

 

La primera biografía de Newman refiere que, cuando murió St. John, Newman pasó la madrugada llorando desconsolado a los pies de su cama; tiempo después, al recibir una carta de pésame, respondió: “Siempre he pensado que no hay dolor comparable a perder un esposo o una esposa, pero me resulta muy difícil creer que nadie sufra un dolor tan grande como el mío”.

Las últimas frases de Apologia pro vita sua, dedicadas al círculo más cercano de Newman, pero principalmente a St. John, dejan ver que entre ellos se desarrolló una intimidad marcada no solamente por un cariño más allá de lo amistoso, sino por afinidades intelectuales y culturales. Huelga decir, con todo, que sostener la tesis de que la relación entrambos era homosexual no implica la afirmación de que existiera intimidad física, de la que no hay pruebas.

Pruebas, y muchas, sobre la personalidad apasionada y la sensibilidad femenina de Newman —en palabras de Henri Bremond— las encontramos en su poesía, con versos que traslucen su deseo de amar, pero su incapacidad de hacerlo There stray’d awhile, amid the woods of Dart / One who could love them, but who durst not love / A vow had bound him, ne’er to give his heart (“Se extraviaron por un rato en el bosque de Dart / Uno que podía amarlos, pero que no se atrevía a amar / Un juramento lo ceñía, a nunca dar su corazón”).

Cuando la Congregación para las Causas de los Santos determinó en 2008, como parte del proceso de beatificación, exhumar los restos del cardenal para extraer reliquias y ponerlos a la veneración pública, colectivos LGBT del Reino Unido comenzaron una campaña contra la Iglesia a la que acusaron de violentar la última voluntad de Newman que fue, en efecto, ser enterrado en el mismo lugar que St. John.

Peter Tatchell no dudó en usar el caso como emblema de la lucha por el cese de la discriminación contra homosexuales que promueve la Iglesia católica. Al final, ninguna de las partes obtuvo lo que quería y el cardenal Newman ganó su última batalla: sus restos y los de su amado se desintegraron, prolongando así un idilio escatológico digno de la poesía de John Donne.

De cualquier modo, Roma encomendó a un cura la refutación tajante sobre la hipótesis homosexual de Newman y, meses antes de su beatificación, se publicó un breve ensayo en el cual se mencionaba la promesa de vivir en celibato que hizo el cardenal cuando era joven como prueba irrefutable de que nunca estuvo enamorado de Ambrose St. John. Hay que tener la mente muy limitada para reducir la homosexualidad, lo mismo que la heterosexualidad, a su aspecto erótico.

La canonización de Newman le permite a Roma se replantearse el estilo de vida ministerial que más le convenga para cumplir la que llama su misión evangelizadora. Si quisiera, por ejemplo, reforzar su postura en torno a la homosexualidad como un estilo de vida absolutamente casto para quienes “sufren” esa tendencia, lo mejor que podría hacer es reconocer las tendencias homosexuales de san John Henry Newman, un cristiano capaz de vivir en continencia tantos años junto al amor de su vida y, con ello, ser un modelo de vida para todos los cristianos, especialmente para los homosexuales.

La vida continente del cardenal es, al menos, la versión que nos llegó. El reconocimiento de la homosexualidad de un santo sería, entonces, el primer paso hacia una hermenéutica del catolicismo en la que quepa cualquier expresión amorosa libre y fructífera. Algo así como las enseñanzas de Jesús.