Tierra Adentro

Todos sabemos que una fiesta, un palacio,

una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas,

un ambiente oficial de franca y espontánea camaradería

son esencialmente horrorosos…

 

Jorge Luis Borges sobre Ciudadano Kane

 

Nuestra moral se apoyaba en otros criterios,

exaltaba la pasión, la mixtificación,

el insulto, la risa malévola,

la atracción de las simas.

 

Luis Buñuel, Mi último suspiro

 

 

 

La espera terminó. Joker, dirigida por Todd Phillips y protagonizada por Joaquin Phoenix, llegó a los cines de todo el mundo. La expectativa sobre su estreno no es gratuita: el Joker (el Guasón, como lo llamamos en México) es uno de los villanos más representativos e inconfundibles de la cultura popular. Virtuoso del caos, el dolor y el desastre, el personaje se ha enraizado en cada época desde su creación en 1940. A esto se suma el trabajo de uno de los actores más brillantes de los años que corren. Cuando se anunció que Phoenix sería el nuevo Joker, los cinéfilos del mundo y los fanáticos del universo de Batman estallaron de emoción y generaron altísimas esperanzas. Las primeras filtraciones brotaron en septiembre de 2018.

 

 

Las imágenes profundizaron las expectativas, el Guasón de Phoenix apareció, incluso a la lejanía, como esedios maldito que se ha consagrado a lo largo del tiempo. Su caracterización, sorprendente por la originalidad de sus detalles, nos hizo pensar en un cruce extraño entre el personaje de César Romero y el de Heath Ledger. El traje más rojo que morado, para empezar, y el estilo pintoresco, nos llevaron a la serie de Batman de los sesenta. Pero la mirada de Joaquin Phoenix es todo menos una herramienta camp: en ella se oculta el núcleo de un ser que deambula entre la ternura y el estallido psicótico. El maquillaje, además, nos recordó a John Wayne Gacy, el payaso Pogo, un violador y asesino serial estadounidense. La película iba en serio. 

 

Dibujo realizado por John Wayne Gacy de su disfraz de Pogo

Dibujo realizado por John Wayne Gacy de su disfraz de Pogo

 

Joker es una amalgama de fenómenos, lecturas y tentativas. Por una parte, constituye un homenaje declarado al cine que Martin Scorsese hizo durante los años setenta y los primeros ochenta. Por otro lado, es un canto de amor a películas como Network (S. Lumet, 1976), The French Connection (W. Friedkin, 1971) y, en una medida muy sutil, Naranja Mecánica (S. Kubrick, 1971). 

 

Destaca, sobre todo, el discurso político que se sostiene durante toda la cinta: si bien Joker no es la problematización social más compleja del año, sus observaciones son radicalmente contundentes y, vale la pena decirlo, conmovedoras. La riqueza desmedida de los millonarios y poderosos, en tanto nos afecta a todos, es tan preocupante como repulsiva. La simpleza, que no el simplismo, no es un defecto en este caso.

 

 

I. Lo que puede usted leer si NO ha visto la película

 

Joker narra la historia de Arthur Fleck, un hombre marginado, triste, enfermo y sistemáticamente violentado por su entorno. Trabaja por poco dinero en una agencia de payasos y sostiene a su madre anciana. Además, padece un trastorno cerebral que le produce una risa incontrolable cuando está nervioso, alterado o lleno de rabia. Fleck desea una carrera como comediante de stand up, sin embargo es víctima de agresiones constantes: golpeado y humillado de continuo, carga con el peso de una realidad hostil y miserable. Ciudad Gótica, un Nueva York alterno a todas luces, es un pozo de desigualdad y asfixia: los pobres son cada vez más pobres y los ricos, como suele ocurrir, cada vez más ricos. Arthur desciende así al infierno de la locura, el sadismo y el caos; se quiebra en pedazos, renace como el Guasón. 

 

https://www.youtube.com/watch?v=DhztCf2HXKs

 

La película ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, la cabeza del jurado fue Lucrecia Martel. Allí mismo, la proyección de estreno fue coronada por un aplauso de ocho minutos. El discurso sobre la cinta adquirió un tono especial: se trataba, decían, de una pieza experimental, violentísima y desgarradora, que para muchos se convirtió en una obra maestra instantánea. Sí, ocurrió: una película de superhéroes ganó el mayor reconocimiento del festival más antiguo del mundo. 

 

No obstante, 2019 no es solo la época de lo insólito, sino también de lo deprimente. Muchos “críticos” se dijeron preocupados por los posibles efectos de Joker: ¿No corremos el riesgo, acaso, de que la cinta engendre imitadores resentidos que asesinen a inocentes?, ¿no existe el peligro, pues, de que la violencia de la película genere una admiración visceral y activa? Este discurso se pretende crítico, pero es peligroso por reaccionario: asume, de principio, que un segmento de los espectadores se compone de descerebrados incapaces de tomar una postura propia. Por si fuese poco, dicha preocupación esconde una certeza ridícula: que el arte debe ser pedagógico, moralizante, porque su función es ulteriormente conductual.

 

Ridículo o no, lo anterior dice mucho sobre la expectativa y discusión que Joker logró generar desde su origen más seminal. Desde el principio se mencionó que el proyecto bebería directamente de cierto cine de Martin Scorsese, dos películas suyas son medulares en la construcción y la narrativa de Joker: Taxi Driver, que relata el viaje y los tormentos anímicos de Travis Bickle, un hombre resentido y violento; The King of Comedy, que cuenta la historia de Rupert Pupkin, un sociópata obsesionado con la fama y con aparecer en el show nocturno de Jerry Langford.

 

 

Ambos personajes, interpretados por Robert De Niro, son seres solitarios y capturados en sus fijaciones, su deseo de validación, su sufrimiento. Arthur Fleck es producto de ellos y también, a mi juicio, es el Guasón más peculiar de las películas que se han hecho. Jack Nicholson encarnó a un mafioso en una cinta que recuperó sin discreción el cine negro de los años treinta y cuarenta. Heath Ledger hizo época e interpretó a un monstruo de piel rebanada y aliento anarquista. Arthur Fleck, sin embargo, es un agujero negro en las reelaboraciones del personaje. El Guasón es, esencialmente, un villano marcado por una sonrisa permanente. Durante los últimos años, su deformidad clásica ha transformado su estatuto y forma. Fleck está afectado por un padecimiento cerebral/afectivo. La sonrisa indeleble se convierte, con él, en una carcajada compulsiva y dolorosa.

 

Es momento de decirlo: Joker es una película aterradora y hermosa. Se trata de una pieza sobre la vulnerabilidad, el despojo, la marginación abyecta, la violencia más cotidiana y, por ello, la más atroz. Arthur Fleck es un ser digno de ternura siniestra: carga sobre sus hombros el efecto de las agresiones que ha sufrido durante toda su vida; su risa enferma y dolorosa no es sino la expresión del demonio rabioso que está a por salir. Joker nos recuerda que la violencia que hemos sufrido está íntimamente ligada al mal que nos atraviesa. En el fondo, todos tenemos algo de Arthur Fleck, o mejor, todos somos payasos. 

 

Corra a ver Joker, lleve a su ser más querido. Mírela una, dos, tres veces, pues contiene observaciones importantísimas sobre los días que corren, sobre el poder, la rabia y la fragilidad.

 

A partir de aquí, mi reseña contiene spoilers.

 

 

II. Yo no soy nadie, todos somos payasos

 

A diferencia de otras representaciones, Joker presenta a Thomas Wayne como un cerdo. Mientras que Christopher Nolan lo dibujó como un millonario filántropo y sabio, Todd Phillips hizo de él un alter ego de Donald Trump: un hombre rico, arrogante y con intenciones políticas peligrosas. Su figura y discurso constituyen el núcleo del comentario social sostenido en la cinta.

 

La película tiene una serie de escenas clave que vale la pena rescatar.

 

a) Después de ser despedido, Arthur viaja en el metro, presencia cómo tres yuppies horrendos agreden a una mujer. Tiene un ataque incontrolable de risa, los hombres lo amedrentan y golpean. Arthur los asesina a tiros, uno a uno. Huye de la estación y se esconde en un baño público. Baila liberado, algo ha cambiado para siempre.

 

b) A raíz de la masacre del metro, Thomas Wayne es entrevistado en la televisión. Los yuppies eran empleados suyos. Califica la matanza como una cobardía. Cuando se le pregunta por la versión de un testigo, que asegura que el asesino llevaba una máscara de payaso, Wayne dice que no le sorprende, que seguramente era un envidioso incapaz de dar la cara y de reconocer su acto. Después arroja un juicio tan agresivo como palpable hoy en día: los que sí hemos hecho algo en la vida, podemos darnos el lujo de mirar como payasos a los que no. Wayne busca ser alcalde de Ciudad Gótica. Su declaración, lejos de ayudarlo, ocasiona un movimiento de insurrección de los desposeídos. El payaso asesino, desconocido aún, se vuelve un símbolo de la marginación y la rabia contra las élites.

 

c) Penny, la madre de Arthur, está convencida de que este es hijo de Thomas Wayne. Al enterarse, Arthur decide acercarse a su supuesto padre.

 

d) Después de un breve cruce con el pequeño Bruce Wayne, su probable hermano, Arthur se encuentra con Thomas. Yo no soy tu padre, tu madre es una desquiciada, tú fuiste adoptado.

 

e) Arthur acude a Arkham para revisar el expediente psiquiátrico de su mamá. Descubre que, en efecto, fue adoptado y sistemáticamente abusado por uno de sus padrastros. Arthur mata a su madre.

 

f) Arthur se convierte en el Joker, ocasiona una trifulca y un tiroteo en el metro, una horda iracunda hiere a dos policías. Él ríe.

 

g) El Guasón acude como invitado al show de Murray Franklin (Robert De Niro) y confiesa haber asesinado a los trabajadores de Wayne. Dice que le pareció divertido. Discurre, además, sobre el espíritu de su época: a nadie le importa la gente como yo; ustedes, los poderosos, pensaron que nos quedaríamos sentados como niños buenos mientras nos maltratan y humillan, ya nadie es capaz de ponerse en los zapatos del otro. Joker anuncia un chiste, luego asesina a Murray Franklin en televisión.

 

h) Ciudad Gótica está hundida en el caos y las llamas. Ríos de manifestantes, enmascarados como payasos, han incendiado edificios, coches y han colocado barricadas en las calles.  El Guasón se corona como su líder simbólico, gana así el aplauso que tanto añoraba.

 

La película despliega un comentario político delicado: existe una brecha dañina entre las élites poderosas y el grueso de la población, es decir, los que padecen su supervivencia como una odisea diaria y tortuosa. Los ricos no solo están desinteresados de los más vulnerables, sino que los desprecian. La campaña de Thomas Wayne da cuenta de ello: primero los tilda de bufones mediocres, luego trata de convencerlos, con arrogancia, de que él es su única esperanza.

 

Cuando arranca el relato, sabemos que Arthur está en una terapia psicológica financiada por el gobierno de Ciudad Gótica. Su medicación proviene de recursos públicos. Después nos enteramos de que han recortado los fondos destinados a servicios sociales. Arthur pierde así la terapia y el medicamento. Es ocioso, sin embargo, preguntarse si el Joker es producto de una locura carente de antipsicóticos. La razón no son las píldoras en sí mismas, sino el gesto de violencia institucional. La crisis endémica de la ciudad nos hace suponer que, independientemente de su dirección, cualquier recorte al erario engordará los bolsillos de las ricos. Como dice el slogan de Un monstruo de mil cabezas (R. Plá, 2015), un animal herido no llora, muerde.

 

Vladimir Safatle recupera un episodio reciente. Durante las protestas que hubo en Brasil en 2013, una reportera entrevistó a un manifestante. Al preguntarle su nombre, él respondió: “toma nota, yo no soy nadie”. Este juicio, dice Safatle, es una fuerte arma política:

 

“quien controla el modo de visibilidad y nombramiento, controla lo que aparecerá y cómo se constituirán los circuitos de afectos. Por eso, la negatividad siempre fue una astucia de aquellos que comprenden que la libertad pasa por la capacidad de destituir al Otro de la fuerza de la enunciación de los regímenes de visibilidades posibles. ‘Yo no soy nadie’ es, en verdad, una forma contraída de ‘yo soy lo que usted no nombra y no logra representar’. Para existir, es necesario hacer que el lenguaje encuentre su punto de colapso”.

 

Y lo encuentra: si me designan como desecho, desecho orgulloso seré; si para el Otro soy un payaso, entonces los invisibles, los parias, los apestados, todos somos payasos. En su última sesión de terapia, Arthur arroja un juicio escalofriante: durante toda mi vida, no sabía si realmente existía, pero existo y la gente comienza a notarlo. El discurso de Thomas Wayne es una condensación brillante del espíritu ideológico de nuestra época. El capitalismo del siglo XXI, ciego y parasitario en su tentativa de subsistencia, nos impone el éxito financiero como único paradigma de existencia. En este sentido, el desposeído solo puede ser un fracasado, un mediocre, un ser despreciable. Y esa noción está en todas partes.

 

 

El neoliberalismo, dice Safatle, es más un discurso moral que una doctrina económica. Su verdadero centro es un sistema de valores que privilegia el riesgo mercantil como la mayor expresión de virilidad; nos hace creer que si fracasamos en términos financieros, es solo por nuestra culpa. Arthur Fleck es el derrame del mar de sangre contenido en ese relato; el animal herido transita de la sombra absoluta a la mayor de las visibilidades: como todos los marginados, salta del agujero y se hace notar. Su risa de arcadas, llena de dolor, es el efecto de la desprotección que necesariamente brindamos a los más vulnerables; sus asesinatos, lejos de ser justificables, se vuelven más elocuentes en lo que atañe a la producción del mal: si el bien es un imperativo acrítico del discurso hegemónico, lo que quede afuera del mismo nos morderá cuando menos lo esperemos.

 

Michael Moore, documentalista estadounidense, escribió sobre Joker hace unos días. Ridiculizó, con razón, el miedo generalizado a un estallido de violencia ocasionado por la película. ¿Una celebración de la sangre, una incitación al caos? ¡Al diablo!, dijo el buen señor Moore. Estados Unidos (el mundo entero, me permito añadir) ya es estructuralmente violento. Joker nos ofrece un espejo de ese andamiaje. Los temores son riesgosos a todas luces. El cine, la literatura o la música no engendran asesinos. El fuego está en otra parte, en nuestra incapacidad de poner en crisis las aberrantes certezas de un mundo automatizado. El arte es un terreno de tensión e interrupciones, no una válvula pedagógica de imperativos morales. El cine, cuando somos afortunados, es un espacio de libertad.

 

III. Orfandad

 

Joker es una cinta ambigua en algunos de sus puntos medulares. Si en verdad Arthur Fleck es hijo de Thomas Wayne, me parece, no lo sabremos nunca. El canon de Batman siempre ha fijado al Guasón como una contraparte directa del caballero de la noche. Su hermandad posible, en este caso, es dura. Como hijos de un padre atroz, de un cerdo, los dos reafirman su condición de huérfanos. Sus travesías delirantes son el residuo de un mundo en llamas. Ambos son hijos de nadie.

 

Como todos nosotros, quizá. 


Autores
(Zacatecas, 1989). Licenciado en Letras Iberoamericanas por la Universidad del Claustro de Sor Juana, maestro en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos. Cineasta experimental, ensayista independiente.
Ilustración por Isabel del Valle

En el supermercado me escupen en la cara. La cajera de rostro con ámpulas infladas me lanza una frase mordaz, y no la desmiento. El hombre detrás de mí empuja su carrito para darme en los tobillos entaconados, pero lo esquivo. Miro su rostro: piel quemada y dientes apretados. Su muñeca comienza a humear y me doy prisa en salir. Hoy no me lastimaron, sólo respiré el olor a carne chamuscada.

Paso frente a un ventanal: veo mi piel tersa, los únicos rasguños son de los ataques. Sigo antes de que ese niño le pregunte a su mamá por qué no se me cae la carne caliente. Manejo y las calles están como siempre: desiertas. Me estaciono en la empresa, el vigilante no me saluda, pero sí me avienta una mirada codiciosa: su nariz se está desprendiendo entre vapores corporales.

Piso trece. Pico, pico, pico, pero una chica detiene la puerta para entrar. Me mira. La miro. Conmigo ahí prefiere esperar otro ascensor, con sus cachetes hirviendo, con sus ampollas en los párpados. Al fin se cierra la puerta. Aprovecho para acomodarme la falda y cerrarme bien la blusa. Taparme la rajada de ayer, en el abdomen. Todavía me duele.

Entro a la oficina y Roberto me recibe vaporoso en el lobby. Hace unos comentarios sobre los que no vinieron hoy. Dice que, precisamente, no venir es señal de que andan “calientes”, y se le escapa una humareda de la boca. Le contesto que no sabría decirle. Camino a mi escritorio; lo escucho hablando de mí a mis espaldas, huelo la carne quemada. En la oficina sólo Edgar tiene la piel tersa, limpia. Me habla de los pendientes para hoy y luego comenta la elucubración de la semana pasada. Juega con la pluma en su mano, quiere hacerme plática. Es bueno, pero le digo la respuesta para que se calle: no estoy de humor. “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, repite. Me desea buena suerte con esta semana, no me vaya a suceder como a Alexa, que no vino hoy. Sospecha que fue la elucubración semanal. De repente, los vellos de su brazo se le achicharran y le sube la temperatura. Yo lo ignoro y cierro mi boca, como lo he estado haciendo estos últimos días. Avergonzado, corre a su cubículo, mientras las ronchas empiezan a salirle en la frente.

Paso las horas como un infierno, tecleando sin poder hablar con nadie. En la hora de la comida todos me rehúyen. Al menos no son agresivos. Voy y me siento en la terraza: la ciudad entre nubes de incendio, los vapores rojos de sangre y carne se levantan. Me toco la piel. Me pellizco. Me pregunto si soy la única. Unos días cambiaron mucho a todos. Me siento exiliada de mi rutina, hasta me dan ganas de que me explote la cara en burbujas de carne con tal de hablar con alguien. Miro el cielo. Al lado del sol, un carrete gigantesco de cables metálicos se cierne suspendido, flotando vivo y vigilante sobre nosotros. Masivo, como una montaña, zumba el Elucubrador Mandatorio.

Al fin llego a la casa y papá me pregunta cómo me fue. Él no sale de la casa, no habla mucho. Su piel está bien. Pregunto por mamá, me responde con un sollozo. Deduzco lo obvio: internada. Su cara hecha morcilla, seguro. Hablo del día, cosas muy generales. No menciono los incidentes, el escupitajo ni la soledad. No menciono nada que se pueda considerar “chisme”. Papá sonríe apesadumbrado. Con calma me acerca una hoja membretada con un sello en forma de carrete de cables en la esquina. “Extendieron esta elucubración”, me dice, “de siete a diez días”. Papá imagina que de esa manera la lección quedará bien aprendida, y yo también lo creo así. Me pregunto cómo ha sobrevivido tantos meses la ciudad con esto flotando encima. Con algo que castiga piroquinéticamente las palabras. Yo no batallo, no acostumbro portarme mal. La televisión que papá mira pasa un anuncio recordándonos la Elucubración Mandatoria que está en efecto esta semana: “Chisme caliente, mata a la gente”. Y sonrío. Que la mate, pues. A toda.

 

Este cuento fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


Autores
(Monterrey, México, 1988). Escritor, editor, guionista y tallerista. Manager Editorial de Fixión Narradores, Maestro en Escritura Creativa y colaborador en publicaciones como Penumbria, Vocanova, El Ojo de Uk, Fantastique y más. @quidec
Ilustración de Luis Ham

La videopoesía es fronteriza, también, porque en ocasiones se cruza de ilegal y es perseguida por la lógica de alguno de los lenguajes de que se compone (palabra, imagen y sonidos). Además, sufre de un tipo de “racismo” o “xenofobia”, de ahí que a muchos poetas (de lo puramente escrito) o a los videastas-cineastas (contadores de historias en lo visual) no les guste, la desprecien o le teman. Dicen que no habla su idioma, por lo tanto debe ser encarcelada, perseguida, desechada.1

Alberto Roblest

 

 

Hoy más que nunca la literatura multimedial nos reclama su exclusión de los anales. Su marginación se manifiesta en el desprecio que las expresiones de arte popular enfrentan ante sistemas de poder hegemónicos. Desde la escritura primigenia, la literatura multimedial —las llamadas literaturas “alternativas”: literaturas de rupturas, experimentaciones, reivindicación— ha transitado las fronteras entre palabras, gestos, coreografías, músicas e imágenes, en forma de jeroglíficos, códigos, textiles, danzas y oralidades donde las cosmogonías se registraron como parte de la historia de los otros, que invariablemente son el nosotros de cada día.

En la historia contemporánea de la literatura, las prácticas de producción y consumo, sin duda, siguen vinculándonos a esa marginalidad fundacional. ¿No es esa la historia del arte, un ir a contracorriente, para inundar de cuestionamientos la incertidumbre de los tiempos, el sentido de la vida? La videoescritura se ha convertido en recurso y testimonio de lo periférico, como lo fuera la poesía visual para las vanguardias del siglo XX.

https://www.youtube.com/watch?v=9aVUEyetc8M

Desde las representaciones iconográficas, la poesía y sus poéticas han intentado objetivar el lenguaje, aprehender los signos. De ahí sigue que en esta búsqueda concreta de la espacialidad, el uso actual del video como medio de escritura dialoga con los signos audiovisuales y verbales para llegar a un público más diverso, dando pie a la creación del subgénero literario de la videopoesía, a su vez un género de la literatura fronteriza, y una rama del videoarte.

La videopoesía nos reúne en este artículo por ser el formato que cohesiona el movimiento de los signos, para evidenciar u ocultarlos, dotándolos de un sentido comunitario, hoy urgente en nuestros manifiestos políticos como actores sociales.

Las comunidades evalúan los acercamientos hacia lo poético, de acuerdo a su historia y tradiciones críticas, pues el lenguaje poético también es social, aunque cabe una aclaración pertinente: además de los elementos extra-lingüísticos en una obra, lo que los conforma (lo inter o intralingüístico) es el fundamento central.

La poesía contemporánea viene a desestructurar el mito de la literatura, donde ésta es vista como una creación ex nihilo, donde el superyóico autor transmite la tan anhelada verdad a la parte social de su comunidad, del mundo; una concepción de lo literario que totemiza la literatura, volviéndola un dogma. Con la videopoesía, la literatura se desacraliza.

La crítica de Roland Barthes refresca la visión de la literatura y del papel del escritor, cuando él mismo sentencia “la muerte del autor”; se relegan a tercer plano las andanzas del poeta, se le desacraliza y comienza a verse el trabajo del literato como un oficio, igual que cualquier otro, con el que el escritor describe su contexto social y se dedica a ese ser social al que pertenece. El desbordamiento de la poesía, más allá de sus fronteras, en el caso de la videoliteratura, necesariamente, la ha llevado al trabajo en colectivo: el autor ha muerto.

Hay una forma de concebir la obra de arte y el lenguaje que proviene del inconsciente colectivo de la frontera. Si el hombre se ve-siente-concibe a sí mismo como un punto dentro de un cuadrante —imaginario— en el que rota gradualmente, transgrediendo esas líneas divisorias —líneas discontinuas—, su lenguaje será, a sí mismo, su laboratorio; en él, expresará las discontinuidades y la multidimensionalidad de los entrecruzamientos que experimenta, como cohesiones, relaciones y brechas. Así como el cine es un producto de la modernidad, la videopoesía lo es de la era electrónica-digital, manifiesto del límite de las cosas, que ha generado nuevos tipos de percepción, entre lo analógico y lo digital, para contrarrestar la escritura alfabética como medio de convencional y arbitrario (un símil de la vida y el arte), apoyándose en la cultura oral y la acústica.

Es más que evidente que los nuevos rumbos de la literatura se basan en la espacialidad, es decir, en la dimensión. La videopoesía es una neta expresión de la virtualidad verbicovisual.

En su lectura, el texto visto en una pantalla es leído en distintos canales (niveles) de forma simultánea, en un proceso que decodifica texto, sonido e imagen. Por tanto, la generación de valores estéticos y editoriales toma nuevos rumbos, pues también debemos aprender a leer las imágenes, del mismo modo en que aprendemos a leer palabras.

El caso de la videopoesía no comparte camino con la argumentación mediática, pues el objetivo no es la venta o convencimiento, sino el apelar al pensamiento y las emociones, partiendo de la economía del lenguaje, la transgresión de la gramática y manipulación de signos verbales y no verbales, así como el uso del espacio, es decir, la iconización.

En este sentido, la videopoesía, como toda literatura fronteriza, trae a la mesa de disección el planteamiento de una nueva relación entre la teoría y la práctica, mucho más fragmentada que antes, pero que no ha dejado su afán totalizador dentro de un centro particular de poder. Eso es lo que la literatura fronteriza busca: invertir dicho poder, ligado al secreto, pues “el discurso de lucha no se opone al inconsciente: se opone al secreto.”2 ¿Qué secreto? El del autor. La videopoesía es un ejemplo de subversión y confraternidad, que reintroduce el tema de las diferencias y en el que el observador también es un creador; una utopía, vaya, que desde los años 80 los artistas mexicanos han comenzado a transitar profesionalmente, para entender ese pasado del nosotros de cada día.

 


Autores
(Distrito Federal, 1984). Premio Poesía en Voz Alta 2017, Premio Ciudad de La Paz 2011. Autora de los libros Junkie de nada (Lenguaraz, 2009), No todas las islas (Conaculta-ISC, 2012), El corazón, tan cerca de la boca (Mantarraya-Abismos, 2014), Sipofene (La tinta del silencio, 2016) y Pink (The Ofi Press, 2018). Es curadora musical y coeditora del proyecto bilingüe Músicos en la Ciudad de México/Musicians in Mexico City.
Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

YO SOY MI MEMORIA: ENTREVISTA A MIGUEL LEÓN-PORTILLA

El 5 de junio de 2017 tuve la oportunidad de entrevistar a Miguel León-Portilla en la sala de El Colegio Nacional donde se exhiben los retratos de los miembros fallecidos según el orden de su defunción.

La liturgia de El Colegio Nacional, promovida desde sus inicios por Diego Rivera, estipula que, al cumplirse un año de su fallecimiento, se devele un retrato del miembro en cuestión y se coloque en el último lugar disponible.

Cuando los miembros sesionan, la sala de retratos se transforma en comedor, y ahí, en una esquina de la mesa bajo las miradas de Rufino Tamayo e Ignacio Bernal, acercaron a don Miguel en una silla de ruedas. El semblante serio se convirtió en una sonrisa afable.

Se disculpó por tenerme esperando y me extendió una mano amoratada; hacía no mucho que había estado hospitalizado y hubimos de posponer nuestro encuentro. Pidió unas galletas como colación y me preguntó para qué medio iba dirigida la entrevista.

Le contesté que estaba trabajando en un proyecto para la editorial de El Colegio Nacional y que me interesaba saber, por simple curiosidad, algunos detalles sobre la fundación y la historia del mismo que sólo él podría proporcionarme.

El hielo se rompió inmediatamente y los papeles comenzaron invertidos: don Miguel me preguntó a qué me dedicaba, dónde había estudiado y cuáles eran mis líneas de investigación.

Hablamos entonces de mi formación filosófica –estudiaba entonces el primer año de la maestría en la Universidad Iberoamericana–, de la obra del cardenal Newman y de sus inicios como académico en los años setenta.

No debió ser fácil ingresar en un ambiente académico como el mexicano con una tesis tan controvertida como la posibilidad de una filosofía náhuatl, siendo además tan joven.

Nadie se imagina que sí me dolían las burlas a mi idea de una filosofía náhuatl, sobre todo porque cuando uno es joven no tiene, digamos, un respaldo y lo necesita para desarrollarse profesionalmente. Me hicieron creer que estaba chiflado. Algunos académicos, con una actitud que hoy reconozco como racista, incluso se indignaron: “¡Ahora resulta que los indios piensan y hasta eran filósofos!”.

Yo tuve la enorme fortuna de contar con la ayuda de Manuel Gamio y del padre Ángel María Garibay. Sus personalidades eran muy distintas: Gamio –quien, por cierto, era mi tío, porque se casó con una hermana de mi padre– era un hombre muy sencillo y bondadoso, nos organizaba días de campo en lugares arqueológicos dentro de la Ciudad de México, como Cuicuilco, que en ese entonces, cuando yo era niño, no se parecía en nada a lo que es hoy, y nos explicaba en un lenguaje muy claro lo que debíamos saber de nuestra cultura.

Al padre Garibay, por el contrario, lo recuerdo con mucho cariño, pero siempre malencarado [risas]. Lo conocí, de hecho, por Manuel Gamio, a quien escribí a principios de los cincuenta para preguntarle si conocía al padre Garibay, porque cuando estaba estudiando la maestría en California me encontré con unas traducciones del náhuatl que fueron para mí una revelación. Me contestó que sí y ya estando en México lo fui a ver.

Y esta anécdota la he contado varias veces: que me miró fijamente cuando le dije que me interesaba trabajar con él los temas sobre los que estaba publicando –a lo mejor fueron solo unos segundos, pero me parecieron eternos– y me preguntó si sabía náhuatl. “Pues no, la verdad, no”. “Pues no sea como esos que dizque estudian a los griegos sin saber griego, o a los alemanes sin saber alemán, inscríbase al doctorado en Filosofía y Letras y entre a mis clases, pero si veo que no avanza, le pediré que se retire, no me gusta perder mi tiempo”.

Pues no me quedó de otra más que estudiar náhuatl, y conforme avanzaba me di cuenta de la enorme, enorme riqueza que encerraba el pensamiento náhuatl. La Llave del náhuatl, del padre Garibay, fue mi libro de cabecera.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Resulta extraño que, en un contexto en el cual los intelectuales en México se preguntaban sobre la constitución de la identidad mexicana –pienso en el grupo Hiperión, Octavio Paz o Elsa Cecilia Frost–, la idea de estudiar a fondo el pensamiento náhuatl haya causado incluso indignación en algunos.

Fue el choque de dos epistemologías. Por una parte, la tradición filosófica occidental no se había desprendido de una epistemología aristotélica; por parte de la filosofía náhuatl, por poner un ejemplo concreto, no existe un término similar a “la verdad”, sino más bien hablan de “raíz”.

En la filosofía náhuatl encontramos la convergencia de la naturaleza con la cultura; de la naturaleza, de las raíces con las que se hunde, obtenemos no solo sustento, sino conocimiento. Por eso digo que la indignación tuvo que ver con este choque epistemológico.

Aunque el tiempo acomodó las cosas: yo nunca esperé que mi obra, habiendo tenido los detractores que tuvo cuando empezaba a publicar, hubiera tenido el éxito que hoy veo no solo en México, sino en otros países.

Además –y esto me parece importante mencionarlo–, me identifico con la escuela indigenista de Manuel Gamio, en el sentido de que mi incursión en la cultura náhuatl no fue la de un ratón de biblioteca. Él decía que estudiar la cosmovisión indígena no quería decir adoptar una actitud melancólica o enfocada solamente al pasado, sino voltear a ver a los indígenas del presente.

Y es que, yo pienso, si no adoptamos frente a nuestros indígenas, hoy en día, un compromiso por preservar su lengua, sus tradiciones, su visión del mundo, si no defendemos como nuestros sus derechos y sus causas, corremos el riesgo de perder nuestra historia, y con ella, todo lo que somos.

El Colegio Nacional ha hecho una labor extraordinaria al publicar sus obras en varios tomos, lo que ha permito a muchas personas acercarse a ellas. A propósito del compromiso que menciona para con los pueblos indígenas, ¿cuál le parece que es el papel que debe desempeñar El Colegio Nacional en la cultura y la ciencia del México del siglo XXI?

El mismo que tenía en mente Orozco cuando plasmó un águila en el escudo de El Colegio: tener una altura de miras tal que la difusión de las ciencias y las artes contribuya al fortalecimiento de nuestro pueblo.

O pensemos en el maestro Antonio Caso, que concibió originalmente la idea de fundar un Colegio Nacional, similar al Colegio de Francia.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Otra hipótesis sugiere que la idea original fue de Ignacio Chávez, cardiólogo del presidente Manuel Ávila Camacho, a quien le habría propuesto fundar El Colegio.

No creo que haya sido así. Los documentos y los testimonios que he investigado apuntan a Antonio Caso como el autor intelectual de este Colegio. Esto, sin embargo, no excluye la hipótesis –como usted la llama– de que Ignacio Chávez haya influido en el presidente Ávila Camacho, precisamente por la relación que usted menciona.

Además, resulta conveniente traer a colación la labor del maestro Caso como el principal de los miembros fundadores, pues no solo sentó las bases de El Colegio, sino que incluso, después de su muerte, dejó huella entre nosotros. Con él se inició esa tradición de hacer un homenaje póstumo a cada miembro, en el cual sus colegas pronuncias un discurso y se devela un retrato como los que vemos aquí –en su caso, el autor fue Orozco–.

Me gusta pensar en estos homenajes como una continuación de la discusión colegiada. El Colegio Nacional se debe al país, y su papel como institución divulgadora del saber me parece importantísimo recordar y revalorar.

¿Qué opinión tiene de quienes acusan a El Colegio Nacional de ser una institución que no representa la cultura mexicana, habida cuenta del escaso número de mujeres que lo integran?

No puedo hablar en nombre de El Colegio, sino a título personal. Es verdad que ha habido muy pocas mujeres y, en ese sentido, no podemos hablar de una verdadera representación, digamos, en términos de género. Pero tampoco creo que debamos elegir a partir de ahora solamente a mujeres, pues el criterio de elección siempre tiene que ser la excelencia, la calidad de las personas –artistas, académicos, etcétera– que, por formar parte de El Colegio, tendrán la responsabilidad de divulgar las innovaciones y los avances de sus disciplinas.

Niega usted que El Colegio Nacional sea una institución misógina.

Así es.

Mire –y repito que hablo a título personal–: yo pienso que el escaso número de mujeres en El Colegio se debe al escaso número de mujeres, comparado con el de los hombres, a las cuales la sociedad y la cultura en México les ha permitido desarrollarse profesionalmente.

Y yo, si de algo estoy orgulloso, es de haber sido el primero que, tanto aquí como en la Academia Mexicana de Historia, propuso y apoyó la candidatura de las primeras mujeres. En el caso de la Academia Mexicana de Historia, logré el ingreso de Clementina Díaz y de Ovando; en los ochenta propuse para El Colegio Nacional a Beatriz Ramírez de la Fuente, ¡y cómo me costó convencerlos!

Para algunos quizá no se trataba de misoginia, sino que pensaban que El Colegio debía ceñirse a una tradición en la cual solo figuraban hombres. Aquello me parecía absurdo, y por fortuna Beatriz ingresó.

A ellas las menciono por poner dos ejemplos de candidaturas de mujeres pioneras en sendas instituciones, pero lo mismo puedo decir de Elsa Cecilia Frost, a quien tanto aprecié y admiré, cuya candidatura promoví en la Academia Mexicana de la Lengua, y de Concepción Company, para El Colegio Nacional.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Muchos nos preguntamos por qué personajes como Rosario Castellanos o Salvador Novo no formaron parte de El Colegio Nacional.

Bueno, las candidaturas se proponen desde los mismos miembros. La mayoría de las veces se trata de discípulos o colegas, y su candidatura se somete a votación. Tanto en el caso de Rosario Castellanos como en el de Salvador Novo, no recuerdo que alguien los haya propuesto, o sea, no hubo ningún tipo de bloqueo o algo así, solo no se propusieron.

No que yo recuerde: yo ingresé en El Colegio en 1971 y ellos murieron en 1974. A Novo, sin embargo, lo traté mucho. Lo conocí la primera vez que fue al seminario de cultura náhuatl que dirigía el padre Garibay.

¡Salió encantado, maravillado! Y a la siguiente sesión llegó con Dolores Olmedo, quien lo acompañó en otras ocasiones.

Con la personalidad tan excéntrica de Salvador Novo, ¿se entendió bien con el padre Garibay?

Novo era muy efusivo en sus expresiones y solía referirse al padre Garibay con superlativos que le resultaban chocantes: “Amadísimo padre”, “reverendísimo padre”, “queridísimo padre”, “mi bien amado padre”, hasta que llegó el día en que aquél le contestó: “Bueno, ¡ya! ¡Nomás dígame padre!” [risas].

El padre Garibay tenía su carácter, pero era un buen hombre, muy respetuoso. Por poner un ejemplo: yo pienso que intuyó mis reservas en lo que respecta a las creencias religiosas, pero nunca me dijo nada sobre eso.

Recordar a Novo es recordar a un hombre con una chispa increíble para transformar cualquier momento en algo chusco. En la Academia Mexicana de la Lengua solíamos sentarnos juntos él, Andrés Henestrosa, el padre Garibay y yo, y les decía a todos que en ese lado de la mesa nos sentábamos “los de la indiana” [risas]. Y sí: nos unía un profundo amor por las cultura indígenas de México.

¿Cómo concibe el futuro de El Colegio Nacional?

Productivo.

En El Colegio somos conscientes del surgimiento de otras disciplinas científicas y artísticas que debemos incorporar. La gente merece estar informada de áreas como la ecología o el cine, por mencionar dos que no han estado bien representadas hasta ahora.

Por ejemplo, están comentando lo conveniente que sería incluir a un cineasta como Alfonso Cuarón, y a tantas otras personas que podrían enriquecer este Colegio.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Homenaje luctuoso a Miguel León-Portila en Bellas Artes. Foto: Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Sobre las candidaturas, ¿le parece que el proceso de elección de los miembros da pie a pensar que existen cotos de poder o una mafia en El Colegio Nacional?

Todo se puede mejorar, siempre. Si la gente así lo pide, no veo por qué no transparentar el proceso de selección de los candidatos. Repito: El Colegio se debe a la nación.

Aunque, en ese caso, poco podemos hacer los miembros, porque no tenemos facultades para modificar los estatutos. Para eso habría que acudir a otras instancias del gobierno.

Lo que sí hay en El Colegio Nacional son rencillas, discusiones a veces subidas de tono. Cosa que me parece muy sana. Si no las hubiera, un discurso hegemónico terminaría por corromperlo.

¿Vio usted el elevador de aquí a la vuelta? Es conocido por haber sido escenario de una bronca entre dos sorjuanistas, Octavio Paz y Antonio Alatorre.

Esto por decir, insisto, que las discusiones son necesarias para mantener con vida una institución como ésta.

Los miembros habían terminado de sesionar y entraron haciendo un alboroto en la galería que hacía las veces de comedor. Quise despedirme de don Miguel para no interrumpir la comida, pero me tomó del brazo y me preguntó si me apetecía quedarme a comer. Rojo de pena, le dije que sí, y le pidió entonces a un mesero que pusiera un servicio más.

Y ahí, en la cabecera de la mesa, me presentó a Javier Garciadiego y a María Elena Medina Mora, sentados uno al lado y otra en frente de él. Le pregunté a don Miguel si ya había pensado publicar sus memorias.

Estoy trabajando en eso –me contestó–. Las titularé Yo soy mi memoria. ¿Qué es uno si no eso, verdad? Pero luego le cuento más, mire, pruebe esa morcilla. ¡Está buenísima!


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Ilustración por Valeria Álvarez.

What lives that does not live
from the death of someone else?

L. Compton, Nekromantik

 

Me gustarían mucho sus ojos en blanco, sus labios mudos,
su sexo glacial, ojalá estuviera usted muerto.
Por desgracia, tiene el mal gusto de estar vivo.

Gabrielle Wittkop, El necrófilo

 

 

No deja de sorprenderme cómo, a través de un pequeñísimo orificio, se pueden filtrar fragmentos de la vida o la muerte privada de quién sabe qué latitudes del mundo hasta ésta.

Por eso una cinta negra cubre la webcam de mi laptop, para evitar ser observada. Me aterra la sola idea de que alguien se cuele de la misma forma en mi intimidad, que invadan mi espacio con voracidad y morbo, ¡yo soy entrometida por una cuestión científica!

Desde que trabajo en casa, empecé a dedicar un par de horas a la semana a visitar la misma página en internet. Lo hacía por periodos restringidos porque era consciente de que no podía destinar a ese hobby un porcentaje tan alto de mi dinero y tiempo, hasta que encontré un sitio que ofrecía descuentos para acceder sin restricciones a cambio de una cantidad fija mensual.

Al final decidí comprar BlackShades, el creepware que se hizo famoso cuando se descubrió el caso de Cassidy Wolf, esa modelo adolescente a la que uno de sus compañeros de la facultad espió desde su webcam durante un año entero. Pero no tardó en volverse monótono. Ver tener sexo a las mismas parejas o la vida ordinaria de personas solitarias, tener conversaciones por Skype o masturbarse con pornografía llega a ser muy rutinario, así que probé con otro software espía.

Ilustración por Valeria Álvarez

Ilustración por Valeria Álvarez

Contacté a un cracker experto en el asunto. Cuando le dije que me interesaba ver dormir a la gente, me habló sobre el canal Sleeping Squad, pero las personas eran conscientes de que eran observadas, y eso mató mi curiosidad. Entonces me recomendó el Pandora RAT. Aunque no tiene la opción de ruleta del Chatspin, esa aplicación de videochat en la que puedes elegir entre un sinfín de cámaras, era suficiente un segundo para saber si la persona dormía o no.

Por lo general, tardo menos de una hora en localizar el objetivo perfecto: bultos inertes. Apago las bocinas porque lo único que necesito es la imagen, la representación visual excluida, ajena a cualquier otro tipo de contaminación sensitiva, lo que lo convierte en una especie de cine mudo a color.

No me interesa nada ni nadie en especial salvo la quietud de la muerte o su imitación: la inconsciencia, el sueño. Mi objetivo es contemplativo.

En ocasiones siento que estoy ahí, frente a ellos. Incluso me parece sentir su respiración y una breve ráfaga de viento cálido me eriza los vellos de los brazos. Cuando los durmientes despiertan, se pierde el encanto, y regreso a navegar el universo interminable de información disponible a un click de distancia. Así, divagando por la red, siguiendo uno y otro enlace, di con la página de un hombre especializado en las artes adivinatorias y el futuro. En su último video hablaba de la casi imperceptible mancha áurea que aparece sobre la frente de una persona días antes de su muerte, misma que únicamente puede ser captada por cámaras fotográficas o de video.

Esa tarde encontré a un anciano con aquella señal. La coincidencia fue impresionante. A pesar de que el viejo no estaba durmiendo, me cautivó en los segundos que lo vi avanzar, recostarse y cerrar los párpados con placidez. Con él descubrí que la belleza de un cuerpo no radica en la gracia del reposo, en su salud o juventud, sino también en la parsimonia de sus movimientos, en la calma de la existencia y su proximidad con la muerte. Se recostó en el sofá antes del anochecer, y tenía un sueño tan profundo que aunque su brazo izquierdo cayó y su mano golpeó el suelo, él no despertó.

Por una ventana amplia pude divisar algunas palmeras y un cielo despejado. El día claro, el viento, sus bermudas y las sandalias me hicieron imaginar un océano detrás de la casa.

Me fui a dormir y regresé durante la madrugada, poco antes de empezar a trabajar. Revisé la pestaña que mostraba al anciano y noté que, tras nueve horas de un sueño profundo, empezó a desperezarse, era momento de despedirme. Como fue el durmiente más comprometido que encontré durante varios días, cuando apareció de nuevo en mi pantalla registré su IP y, en adelante, iba directo a observarlo en el momento preciso. El hábito que tenía de ver televisión antes de dormir, siempre a la misma hora, se convirtió en mi ritual. La luz clara que inundaba la habitación me otorgaba nítidos detalles de mi durmiente que no podía conseguir con las exiguas luces de las habitaciones de la mayoría.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Pasaron algunas semanas y el único cambio que noté fue que él despertaba cada vez más tarde. Llegué a registrar hasta quince horas de sueño continuo, así que no me preocupé cuando lo descubrí al mediodía en la misma posición que tomó la tarde anterior. Para mi buena suerte era verano, y el viejo estaba en calzoncillos. Digo para mi buena suerte porque él ya tenía algunas horas muerto, y que nada lo cubriera era perfecto para apreciar su putrefacción.

Era un muerto reciente cuyo destino tendría un único testigo. Faces of death, videos y fotografías de las body farms gringas me habían instruido sobre los procesos de descomposición del cuerpo humano. Quería atestiguar desde el principio cada fase por las que pasaba un cadáver, ver los cambios cromáticos de la carne putrefacta de un occiso y su transformación física sin tener que experimentar una oleada de olores penetrantes y vomitivos. Quería atestiguar cómo cientos, miles de bocas diminutas de gusanos que parecen granos de arroz hervido, mordían casi con ternura la podredumbre para reintegrarla al interminable ciclo vital.

Incluso pude experimentar el tacto de hierro, el frío invisible que ya expelía aquel cuerpo pálido de dermis apergaminada y rígida. Unas horas después, desde la pelvis hasta los tobillos, aprecié tenues manchas violáceas. Sus extremidades iban ganando rigidez, lo podía notar al comparar las capturas de pantalla del cuerpo flácido que inició el sueño con la plancha que era ahora.

Aunque la resolución de la cámara no era la mejor, pude identificar, con ayuda de todo el zoom posible, la dureza en sus maxilares. Un par de movimientos veloces de los párpados y la curvatura en las articulaciones de los dedos de las manos me hicieron dudar por un momento sobre su estado, pero me tranquilicé al recordar que los gases producidos por la descomposición hacen que algunos cadáveres realicen movimientos espontáneos.

Debido a la alta temperatura, su rigor mortis desapareció pronto, poco después de las cuarenta y ocho horas. En su cuerpo continuó el proceso de aniquilación usual: los órganos principales del tórax y del abdomen se inflaron por los gases desatados debido a los cambios químicos internos. La actividad de la bioquímica es maravillosa e irrefrenable.

Durante los siguientes días, los tejidos se tornaron lentamente en pastas de colores verdosos y fétidos. Los fluidos almacenados comenzaron a congestionar aquel cuerpo que pronto parecería un globo repleto de helio. Los parásitos necrófagos empezaron a llegar a través de la ventana abierta.

A los cinco días, ya era manifiesta la putrefacción en los tonos aceitunados en su abdomen hinchado, y en su rostro, a pesar de estar de perfil, el cambio era notorio: la piel se tornó negruzca y mechas de cabellos grises yacían en la almohada amarillenta. De sus labios abultados comenzó a escurrir un hilo de sangre negra, su globo ocular derecho, el único dentro del encuadre, parecía una válvula de escape que luchaba por salir disparada para poder liberar todos los efluvios de aquel caldo de bacterias. Por su oído derecho y sus fosas nasales borboteaba una acuosidad amarillenta. El cuerpo esférico corrupto y su espectáculo eran fascinantes.

Me intrigaba que alguno de sus familiares o vecinos no hubiera notado su muerte aún. Si el anciano no vivía en un lugar aislado, entonces a los demás les importaba un carajo que llevara días sin salir de su hogar, y seguramente disfrazaban la pestilencia con un tufo químico y dulzón, asegurando que el hedor venía de una alcantarilla atascada o del vertedero cercano. El sitio debía oler a los mil demonios.

Las larvas que dejaron los insectos lo empezaron a consumir con presteza, como si fuera una carrera contra el tiempo, de celeridad. Mis ojos imitaban esas múltiples mandíbulas que masticaban cada detalle, nos alimentábamos de la podredumbre ajena con rapidez, con temor a que se llevaran nuestro manjar.

Yo, que siempre visto de colores opacos, compré vestidos y sandalias que hicieran juego con las ropas según los tonos del cadáver: morado asfixia, verde enfermedad y amarillo pálido. El primero, parecido a una quemadura de tercer grado; el segundo, como una vesícula enferma, llena de piedras; y el último, muy parecido al color de los sesos hervidos. También solía comprar flores que combinaba con sus matices: de los tonos fríos a los cálidos, y al final, el negro lóbrego.

A los diez días, el Servicio Forense apareció. Lamenté no lograr ver la marioneta perfecta y nívea en la que se convertiría, soporte vano y libre de cualquier revestimiento. Cuando retiraron el cadáver del sillón, sólo quedó una mancha oscura que daba cuenta del proceso, anhelado Sudario de Turín.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Sé que en algún momento terminaré como aquel viejo, y tener esto presente, cercano, hará que la transición sea llevadera. La muerte aterroriza porque es una incógnita. Porque representa la oscuridad, lo desconocido. Y hay cierta probabilidad de revelar ese misterio a través de su contemplación.

Necesito establecer un vínculo con la muerte que vaya más allá de la devoción, estar cerca de ella tras el pequeño muro protector de mi pantalla hasta que me atreva a hacerlo en persona. Analizar los cambios del cuerpo, la transformación de los elementos. Registrar y catalogar decesos fortuitos. Crear mi propia granja de cadáveres.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Valeria Álvarez
(1992, Ciudad de México) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.
Paco Ignacio Taibo II. Eko.

Odio los bailes de quince años, las fiestas con globos, todas las kermesses, las tandas, las pirámides de Amway, los mensajes grabados de los bancos y las ventas de garaje, las reinas de la primavera y los peinados de salón. Sí, lo reconozco, soy una delincuente electoral. Una vez, nomás por chingarme, me iban a elegir reina de la belleza en la secundaria, solo por chingarme porque jamás podría ganar ante las nalgonas del 3º A, y en la noche quemé con abundante gasolina (viva Pemex) las urnas y casi media escuela. No hace tanto tiempo de aquello. Lo recuerdo con nostalgia pirómana.

Odio los funerales, los velorios, las cremaciones, los entierros. No solo por huérfana, también porque ponen en duda mi inmortalidad.

Odio las ensaladas sin proteínas, el brócoli y cualquier pinche cosa que parezca lechuga, que digan lo que digan sabe a papel color verde, los germinados y las virtudes sanadoras del nopal.

Odio la medicina naturista, las piedras de Bach, los horóscopos, el tarot, los libros de superación personal, y sobre todos odio a sus autores y a sus autoras, casta infernal de culeros y culeras, los que te prometen ligarte a la secre del jefe sin que te cache y te lleve la chingada, los que dicen que está en tu profundo interior la manera de triunfar en el capitalismo, los que le recomiendan a un chilango que crea en el Dalai Lama para combatir los efectos del smog. Odio las religiones organizadas, los vendedores de paraísos con y sin huríes, y de pasada a las desorganizadas; odio a los que te dicen con acento chafa brasileño que “pares de sufrir” y a los que prometen curarte de la hepatitis C poniéndote cáscara de aguacate en los ovarios. Odio las peluquerías unisex y las ofertas de telemarketing.

Odio a los agentes de tránsito, que a lo mejor son buenas personas cuando se quitan el uniforme; maldigo las colas de los bancos, odio los pantalones vaqueros con rotitos que simulan la pobreza, porque si fueras pobre como yo lo soy, de vez en cuando les metías costurita para que parecieran nuevos. Aborrezco a los gatos, que nomás andan por ahí para chingar a los perros, abomino de vómito prieto los noticieros de televisión y la televisión en general.

Amo las miniseries y por eso mi tele ni antena tiene, tan solo un dvd enchufado para ver The Wire y Juego de tronos y la francesa Engranages y la sueca Bek.

Amo los chamorros taqueados (sobre todo el chamorro titán cuando está de oferta) y los camarones a la diabla y las quesadillas callejeras de chicharrón prensado, y como todos ustedes pienso que los pastelitos industriales como los gansitos marinela ya no son lo que eran antes, ahora escasos de mermelada y con chocolate pinche por arriba.

Y adoro hacer listas. Me resultan como medio orgasmo. Y las hago al viejo estilo, chupando la punta del lápiz en los momentos de duda, que son más que los momentos de certeza.


Autores
(1949) es un escritor, político y activista de izquierda y sindical hispano-mexicano. Es autor de más de 50 libros, entre los que destacan la saga del detective Héctor Belascoarán Shayne. Es director editorial del Fondo de Cultura Económica.
Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

 33 / Modelo para armar: una mirada al inicio del problema en la política cultural en México

 

López Velarde no se equivocaría al exaltar la condición de la urbe como aquel corazón de la Patria ya ennegrecido por la capas de la sangre que liberales y conservadores habían heredado como ofrenda a la revuelta revolucionaria. ¿Acaso el comenzar el siglo con las veredas de la Revolución no era ya una imagen del porvenir?

Un siglo ha servido para ahondar en las ojeras del tiempo convulso y mortuorio. La memoria como política termina generando prácticas de subversión. Por ejemplo: los recuerdos de las mexicanas son un territorio lúgubre, un vacío, una fosa que reclama los minutos de silencio por la derrota de la libertad, el desasosiego y la búsqueda de las manos maternas que hunden sus dedos en la tierra yerma. La patria pintada se suspende en la memoria, espera a ser destrozada, intervenida por otra revuelta.

La historia de la pintura mexicana se sostiene de manera directa por el contexto que le da origen; este y la memoria  siempre se centran como principios de una escuela pictórica que nació política.

En cada ciclo, las manos que la han construido y destrozado desde el inicio de la nación independiente vuelve a decir algo del principio de la catástrofe; artistas cuyos trazos no han hecho sino establecer rutas, paraísos artificiales para reconocernos o alejarnos o, incluso, buscar resguardo de los fantasmas que amedrentan a fuerza de saqueos y violencia  nuestra identidad.

No es posible dar cuenta de la densidad simbólica de la historia del país y su producción pictórica a través de treinta y tres piezas, pero la historia detrás de cada una de ellas siempre es más compleja y seductora, casi tanto como lo que registra la mirada. Miradas que han sido testigos de las historias y secretos de lo ocurrido en el interior de aquel no-lugar que en mi infancia nos hacia dar una vuelta para no pasar por la casa del presidente en turno.

Cada pintura es única, forma un relato, integra un fragmento de la historia política y cultural del país.

Francisco Toledo, Murciélago / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Francisco Toledo, Murciélago / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

 

Paraísos artificiales

Las convulsiones política y económica que iniciaba en 1993, al termino del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, pusieron en duda la noción de México como una Nación pacífica y renovada. Para nadie resulta ajeno que ese año sería la antesala de las crisis económicas, políticas y sociales que de maneras diversas —las más siniestras y escandalosas— nos situaron en un estado de alerta y duelo constante por las siguientes décadas.

Ese año y década resultan igualmente emblemáticos para el campo artístico mexicano. Luego del boom de la pintura mexicana en el mercado extranjero en los ochenta —particularmente con lo que se denomina neomexicanismo—, el curso del arte mexicano se resolvería en dos líneas: por un lado, la política cultural interna que proponía exponer hacía el extranjero una cara de lo que se concebía como “la identidad mexicana,” particularmente bajo los soportes de la pintura creada por los artistas apreciados por la mirada extranjera, y el gusto de Octavio Paz y de Rafael Tovar y de Teresa.

La otra ruta constituiría la ruptura con las políticas culturales y el comienzo de una relación íntimamente cercana con la iniciativa privada y los procesos de independencia tanto en la creación de espacios como en las formas, prácticas y soportes que serían las bases de lo que hoy identificamos todavía como arte contemporáneo.

Rodolfo Morales, Raíces / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rodolfo Morales, Raíces / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Desde el inicio del salinato (1988-1994), la política cultural estableció diversas pautas sobre la manera en que se regiría el campo artístico mexicano de acuerdo con la idea de “renovación nacional” sobre la que se sostuvo el sexenio.

Con la creación de Consejo Nacional para la Cultura y las artes, así como del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 1989, tal renovación proponía abiertamente que, como lo menciona el crítico e historiador del arte Daniel Montero, “el Estado aseguraba que la cultura iba a tener una protección, pero condicionada a las arbitrariedades del mercado” (Montero, 2012:62), es decir que la política cultural tendría una apertura, estética y económica, de acuerdo con los fines que la iniciativa privada —nacional y extranjera— demandara dentro de la producción de bienes simbólicos.

Rafael Caduro, Memorias / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rafael Caduro, Memorias / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Al inicio de los noventa ya se preparaba lo que sería la carta de presentación cultural de la entrada al sistema global y al neoliberalismo de nuestro país. Para el salinato, la cultura (y particularmente la construcción de imaginarios y de una identidad construida a partir de artistas, estéticas y discursos ligadas a una mirada nacionalista) sería la base para crear una clase de puerto comercial, donde la muestra de 1990, Esplendores de treinta siglos, fungió como la palanca para que aquel mercado extranjero —que tenía interés en la adquisición de obra de artistas como Julio Galán, Nahum B. Zenil, Silvia Ordoñez entre otros exponentes del neomexicanismo, así como el gusto por la obra de Frida Khalo, fuera de su contexto y usando su militancia en el partido comunista como encauce útil en la política exterior.

La pintura mexicana durante el siglo XX siempre tuvo un contacto directo con las transformaciones políticas, tanto las institucionales como las generadas al interior del campo artístico y las de la propia sociedad, sin embargo, esta vez el capital simbólico sería perfilado como la apuesta para la obtención de tratados comerciales a nivel internacional, como lo fue la firma del TLCAN, que no solo beneficiaría al Estado, sino a la iniciativa privada nacional en el área de medios e industrias culturales.

Las imágenes que exaltaban el reconocimiento de la mexicanidad sumergida en color, así como el uso de símbolos patrios —como es perceptible en la obra de Julio Galán y Nahum B. Zenil— mostraban un acercamiento a la búsqueda de la identidad desde el homoerotismo, con imaginarios coloridos cuya puja alcanzaba los miles de dólares en las subastas norteamericanas que establecieron el coleccionismo y el mercado en el norte del país.

Germán Venegas, Nostalgia / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Germán Venegas, Nostalgia / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Una de las críticas más agudas de los artistas conceptuales era que la pintura no se involucraba con los problemas sociales que se encontraban en las capas del corazón patrio. Las imágenes y estéticas no respondían sino al gusto por el exotismo de la raza de bronce, aun travestida y en rosa mexicano.

La cultura popular, la vida de los barrios desvencijados luego del terremoto de 1985, el levantamiento zapatista, el narcotráfico y la corrupción formulaban preguntas, cuestionamientos a las razones del Estado que flotaba bajo los influjos de la renovación, una idea de progreso, todavía moderno, pero regida bajo la suspensión del paraíso artificial de la globalización.

 

Memoria instituida

El mal de archivo ha sido uno de los padecimientos comunes del cuerpo del Estado, resulta ser una patología normal, como la rinitis de quienes habitamos la urbe. Coleccionar, ocultar, acaso archivar sostienen una necesidad de tener control mediante el resguardo de las piezas de nuestra de historia.

A veces no es más que  pedacería, nunca una colección completa, jamás un relato que narre lo que ocurrió en las noches de insomnio de los acuartelados, un archivo que contenga todos los datos: la precisión en la memoria instituida nunca es visible.

Enrique Canales, Fruta de Saltillo a Monterrey / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Enrique Canales, Fruta de Saltillo a Monterrey / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Pero las colecciones siempre son personales, tienen —y deben tener— una impronta que nos hable del tiempo y la persona que la crearon. Dice José Luis Barrios que ese “mal de archivo” siempre se sostienen del hurto y el origen. Buscar el dato, sostener, a costa de todo, la neurosis de presentar la misma verdad.

—¿Y qué se hurta?

—La verdad colectiva, porque es un relato que se forma a través de todas las miradas e historias de quienes habitamos el país, así que el instituir una memoria —instituida, absoluta— sería visto igualmente como un hurto, expone la neurosis de encontrar un origen —cómodo y rentable— que no deje ver el mar rojo que todo lo ahoga.

Las verdades siempre resultan ser corales, las colecciones pertenecen a un persona, física o moral, pero con identidad debidamente establecida.

—¿La nación será una persona moral?

Julio Galán, Sofía vestida de china poblana / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Julio Galán, Sofía vestida de china poblana / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

En el caso de un colección pictórica, cuyos alcances económicos y simbólicos rebasan el capital económico y cultural de la gente de a pie —el grueso de la población— supone visibilizar el poder que se ocupa dentro de la sociedad.

Una colección tan desigual pero vasta en todas las dimensiones como lo es “La colección de los Pinos” visibiliza no solo el alcance económico del Estado, sino la imagen que el Ejecutivo deseaba exponer y el hecho de que de diversas formas, como en otras tantas páginas de la historia de los últimos dos siglos, se recurrió a la figura del Tlatoani, como amo y señor de la patria, como sabemos ya en estado de colapso.

“El documento aparece así como una evasión, al mismo tiempo muestra y oculta el momento de algo o alguien, es huella de un hecho o acontecimiento que se sustrae al presente y con ello al sentido y con ello a la narración” (Barrios, 2008:15).

A través de las manos maestras, el uso del color y la técnica que al mismo tiempo en algunos casos ocultaron la ironía y la crítica, la colección ocultaba el saqueo, los bombazos, la crisis política al interior del partido, las desapariciones y el costo de la apertura del mercado bajo las reglas de las naciones firmantes.

Alejandro Colunga, El Fantasma / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Alejandro Colunga, El Fantasma / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

El mal del archivo es contagioso, porque nadie sabe —o desea admitir— la raíz del dolor que nos envuelve y que sin embargo, de manera enfermiza, buscamos a toda costa lo que dé cuenta de nuestra nostalgia, de aquel tiempo que no existió —porque jamás todo tiempo pasado fue mejor—, pero la sola idea de creer que alguien robó lo que creíamos que era una infancia próspera resulta más seductora que admitir el hecho de que el país siempre ha sido una fosa común.

—La nación siempre lo es.

 

El vuelo del murciélago

El pasado 28 de agosto, el complejo Cultural de los Pinos inauguró la exposición De lo perdido, lo que aparezca, 33 visiones de la pintura en México, misma donde se dan cita dos propósitos de la política cultural federal actual: exponer las pinturas que el pasado 13 de diciembre suscitaron la controversia por la publicación de una carta firmada por Irma Palacios, Sergio Hernández y Francisco Toledo, para pedirle a la Secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, que indagara el estado de conservación y paradero de la obra que en 1993 se les encargó a ellos y, al parecer, a treinta pintores más para crear la Colección de los Pinos.

El segundo propósito tiene que ver con la apertura de la Casa Miguel Alemán, un nuevo espacio de exposiciones donde se busca que se den cita todas la miradas mexicanas.

Humberto Urban, Arboleda / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Humberto Urban, Arboleda / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

La historia del ir y venir de cada una de las treinta y tres obras por encargo a lo largo de casi tres décadas conforma una narración incompleta. Tantas especulaciones, notas que desdicen incluso las memorias de sus creadores y, al final, siempre la palinodia —la memoria instituida siempre lo es—, como la humedad que penetra en la memoria de todos, como la voz de Guillermo Fernández todavía lo advierte, “Flota en la memoria la sombreada humedad que penetra las cosas sin olvidar un solo espacio virgen, contagiándolas de un peso desconocido” (Fernández, 2010:29).

El origen del encargo fue una decisión tomada por Salinas de Gortari, bajo la asesoría del entonces presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, para crear una colección creada explícitamente para las dimensiones y fines de la antigua casa presidencial.

En algunos casos se les dio instrucciones precisas a los artistas, no solo respecto a técnicas, medidas y materiales, sino también se les pidió que exaltaran la identidad nacional y, desde luego, que no resultaran incómodas para el señor presidente.

La anécdota más divertida de la colección es la que se refiere a la pieza de Francisco Toledo, pues el entonces presidente nunca advirtió la semejanza que existía entre él y el mamífero sombrío que vigila cautivo el espacio de diversos secretos.

José Chávez, Morado otoño en Guanajuato / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

José Chávez, Morado otoño en Guanajuato / Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Sofía vestida de china poblana, cuya autoría es del propio Julio Galán (1959-2006), formó parte de la exposición Los sueños de una nación: un año después 2011, curada por José Luis Barrios y expuesta en el MUNAL.

En la historia de la curaduría contemporánea ha sido la muestra con mayor sentido crítico, mismo que formuló preguntas y la necesidad de establecer un diálogo entre la historia, las memorias, del campo artístico mexicano y la sociedad de cara al sexenio que será recordado por el grueso de la población como el periodo de guerra y catástrofe que nos obligó a vivir en un estado de muerte y dolor constantes.

El pintor, quien fue parte fundamental del neomexicanismo —una de las propuestas más cotizadas en el extranjero— visibilizaba el elemento ineluctable, aquello de lo que Barrios advirtió al incluirla en “Soñar en rosa mexicano”, que los valores de ese nacionalismo pueden tener diversas lecturas de sentido, por ejemplo, el deseo de transformar y voltear las reglas del Estado bajo sus propios ojos.

José Luis Cuevas, Sin título, Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

José Luis Cuevas, Sin título, Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Una muestra y su discurso pueden contarse por sí mismas, las magníficas obras de Soriano, Susana Sierra, Cauduro, Miguel Castro Leñero, Vicente Rojo, Rafael Coronel, Beatriz Ezban y todas las que conforman la exposición son una muestra de la riqueza pictórica nacional despreciada por la mirada no-objetualista o conceptual que imperó en el discurso contemporáneo.

Pero existe un punto de fuga en el discurso curatorial. Resulta un acierto comenzar la exposición con Suave patria, de Manuel Felguérez —invocar el espíritu revolucionario de López Velarde y Felguérez siempre lo es—, pero queda incierta la motivación: si bien las obras y su origen tienen un relato que desata una verdad, nos toca a la sociedad contestar a través de los documentos las preguntas que como murciélagos en la noche oscura nos acechan todavía en los vientos del cambio.

Existe una distinción frente al archivo que solo el peso de la historia hermana, pues terminan en el destino de un trabajo arqueológico —a veces personal, a veces colectivo— que indague sobre el origen del presente, sobre las maneras en que podemos imaginar el porvenir. El  terror al olvido es su fuerza generadora, sin advertir el moho que se oculta detrás del marco, las esporas que harán colonias y se comerán el deseado patrimonio.

El destino de las obras es hacernos mirar lo que no pudimos ver en el instante de su creación. Cada una cuestiona de manera directa el presente, al tiempo que la suave patria nos muestra los fuegos de artificio, las etílicas ensoñaciones de la democracia y las noches oscuras donde las almas todavía esperan el alba.

 

Bibliografía

Daniel Montero, El cubo de Rubik, arte mexicano en los años 90, México, Editorial RM, 2012.

Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.

Rafael Coronel, La violencia y la intolerancia /Fotos de Francisco Segura / Secretaría de Cultura.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración de Caro Monterrubio

I

Que se olvide el 2 de octubre. Que nadie más se acuerde de la fecha. Que desaparezca de la lista de efemérides en las escuelas secundarias. Que sea todo menos aprendido de memoria. Que deje de escribirse en las paredes: «¡2 de octubre, no se olvida!»

 

No, sí, que se olvide el 2 de octubre.

 

Que nadie más hable de esto, cada año, tolerando los mismos sueldos miserables, soportando a más idiotas de corbata en sus curules (representantes mañosos de los pobres de siempre), que nadie se apiade después de tantas mujeres maltratadas, violadas, ausentes, con esos otros estudiantes muertos, que nadie piense en quienes no tienen fechas en los calendarios del Mercado, porque en éste la memoria excluye, y en los gritos de justicia vueltos mercancía, no caben todos los nombres que nos faltan.

 

Que no vuelva a pasar un 2 de octubre en el país si no somos capaces de recordar de otro modo. Que no llegue esa fecha. Nunca, para nadie, jamás.

 

II

Parece mentira, pero en México el pasado no existe. Se trata más bien de un estado permanente cuya imagen original se distorsiona cada vez que se repite. Para nosotros, mexicanos que medimos desde siempre el tiempo de otros modos, la historia existe por repetición: todo ha sucedido al menos una vez, en algún tiempo y encarnado en otra gente. Por ello, al no estrenarlo como un parámetro medible, se exige del pasado lo que no hemos sido capaces de afianzar en la memoria.

 

De allí, la necesidad de recordar.

 

Para arraigar la vorágine que nos circunda, confiamos en las fechas como en referentes importantes de lo que nunca se está quieto, lo que se tambalea hasta volcarse: la realidad a la que llamamos historia. Presente, pasado, futuro: todo en un mismo momento, esos segundos en que el estómago se trenza con la garganta cuando unos sujetos nos obligan a bajarnos del autobús, a recorrer en fila, con los ojos cerrados por los golpes, hasta un descampado que de noche se siente más vacío, y nos exigen con una voz que nos parece familiar —como el momento mismo— que nos pongamos de rodillas y endurezcamos la piel.

En México, la violencia prescinde del recuerdo, y fecharla sería admitir que por fin ha terminado.

 

Ilustración de Caro Monterrubio

 

(…que el veintiséis y veintisiete de septiembre de dos mil catorce hace cinco años cuarentaitrés normalistas guerrerenses murieron a manos de quién sabe quiénes ni quién sabe cuántos ni quién sabe dónde viajarían a la ciudad de méxico con cerca de ciento veintisiete millones de habitantes a protestar por la muerte de más estudiantes la angustia te saca el aire que murieron cuarentaiséis años atrás el dos de octubre de mil novecientos sesentaiocho cincuentaiún años a la fecha la angustia te saca el aire a las diecisiete horas con treinta minutos a manos de quién sabe quiénes ni quién sabe cuántos con certeza porque solo algunos números importan y afortunadamente algunos solo pocos muy pocos de verdad poquísimos dejan de ser números y recobran sus nombres apellidos edades la angustia te saca el aire para no pasar a ser cifras de cifras más grandes con ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

y ceros

infinitos

          a la izquierda                                      o a la derecha

da igual

la angustia

el aire a miles de personas les vale un carajo tal vez dos carajos cuántos carajos hacen falta la angustia te saca el aire para que dejemos de sumar de ver cifras y no rostros porque el número de las abusadas de las muertas de los muertos de las muertes de la angustia es la angustia difícil angustia retener en una memoria la angustia el aire que prefiere aglutinar en fechas tantos ceros te saca como mujeres y hombres desaparecidas desaparecidos aire entre tanto número la angustia tanta indiferencia tanta desesperación tanto tantas tantísimos nombres la angustia dos de aire octubre no se olvida la angustia no se…)

 

III

Alguna vez Montaigne la condenó como sierva de la desidia, vicio violento y traidor. La costumbre embota nuestros sentidos, desactiva nuestra sensibilidad tras hacernos sentir con frecuencia desmedida. Me pregunto cuándo nos acostumbramos al dolor para ya no sentirlo. Quiero saber qué día fue el primero para asignar por entonces las fechas que no queremos olvidar. Cada dos de octubre, la memoria exigente se vuelve costumbre. Obsesionados por una historia que no olvide lo que más que recordar habría que tatuarse, nuestro pasado compartido se ha encargado de fijar los acontecimientos memorables en días cuya virtud para el eslogan resuenan en ganancias pero no en justicia, menos aún en aprendizaje para no repetir esa violencia infinita de cada año, ese loop de angustia, cada día, cada hora, cada vez que salimos a la calle.

 

Como si conjuráramos el miedo cada aniversario hasta hacerlo desaparecer, de qué modo recordar entonces lo que sigue repitiéndose. La memoria monolítica clausura el recuerdo particular, cristaliza injustamente lo ocurrido para que no se nos escape y vuelva a ocurrir. Lo que no entendemos es que una fecha no nos devuelve el sufrimiento de la pérdida, el duelo permanente en que vivimos aquí, con la mano en la garganta. ¿Será acaso que ya nos acostumbramos a la muerte, una variante sutil del olvido?

 

Ilustración de Caro Monterrubio

 

IV

La diferencia entre conmemorar y recordar está en la sensibilidad de cada generación. No sé si una sea más conveniente que la otra, pero ambas, eso sí, tratan al pasado como algo finito, y no como lo que en verdad es, una réplica que más vale entender que recordar. Las formas que adopta el presente con el paso del tiempo trascienden de modos distintos. La historia se interpreta, y más que los propios eventos, lo que llega a nosotros son sus diversas lecturas. Los relatos nacionales están llenos de agresiones y disputas, de sangre —¡cuánta sangre! —, de desesperanza e impaciencia, de copias exactas de violencia y desprecio hacia el otro. De angustia también porque no llega quien debía llegar hacía una hora, un día, un mes, años enteros.

 

El dos de octubre de mil novecientos sesentaiocho pudo ser el diecisiete de marzo, el veinticuatro de agosto, el diecinueve de septiembre de dos mil cuarentaitrés.

O pudo ser también, ¡y lo fue!, el veintiséis y veintisiete de septiembre del dos mil catorce.

 

V

Yo no recuerdo en este ensayo. Yo escribo lo que ha de olvidarse para recordarlo de otro modo. Que la costumbre por recordar con tanto ahínco lo que dejamos de sentir, pues, no se vuelva la única forma de vida en el país.

Ilustración de Caro Monterrubio


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.