Tierra Adentro
Ilustración por Liz Dot.

 

Suelta el grito al encontrarla de frente, la mirada horrorosa como una llama recién salida de una cavidad de calores tremebundos. “¡Qué estúpido!, pero si solo es una niña mirándome con los ojos muy abiertos, el pecho electrizado y toda la frugalidad de la vida al borde de los labios resecos”, murmura el hombre, apenado. “¡Qué estúpido!, ella también se ha asustado.”

Pide disculpas, “lo siento, permítame”. Dice más cosas tratando de que la joven vuelva a la normalidad, de que deshaga con la ráfaga de un cambio de humor esos ojos encendidos. Golpea suavemente las mejillas de la niña con el dorso de la                                                                              mano. Tan profundos de lo encendidos que se encuentran esos ojos, llorosos y sucios. Profundos. Tan profundos. Algunas de ellas ríen, como hienas acechando a su presa. Lo sentimos, de verdad. Es fea, le dicen. “Es fea, pero no es para tanto”, ríen. Algunas carcajadas nerviosas destemplan lo cargado del ambiente.

El doctor por fin la ha conocido. Le han hablado mucho de ella. Pero descubre que se equivocan en su apreciación. Observándola bien, libre de los juegos de luces y sombras, le parece bonita, muy bonita, solamente está muy descuidada.

Avanzan todas como en una procesión de pingüinos. Y ella, la pobrecita, tan acostumbrada a las burlas, a que la vean como la Idiota de Palacio, no dice nada. Idiota, le llaman; Idiota. Ese es tu nombre; Idiota… también es tu apellido. Pero ella no es estúpida ni está loca, él ya ha visto sus ojos de cierva herida. Tal vez por eso está tan obsesionada con La Bestia. Ella es una pieza de caza, y sus batidoras están siempre presentes, flotando a su alrededor.

La niña murmura una voz que se queda en un murmullo. Los labios tiemblan como los árboles en el bosque cuando llueve. Ella tiene que repetirse para sus adentros: “tranquila, es como tú. Tranquila, él está igual de asustado que tú. Tranquila”.

La procesión suelta su rumor que avanza infatigable hasta los oídos del doctor:

Un golpe que resuena por toda la piedra elemental, tan dura como su cabeza, tu cabezota dura, tu cabeza como de piedra, jajaja. Es ella golpeándose, es ella martilleando con la frente y la nariz, como si quisiera horadar la arcilla, la argamasa, los materiales más blandos; solo es terrible cuando estrella la cimera contra la piedra. Entonces son las explosiones de sangre y, según las escandalosas, de sesos.

Pero no hay sesos, dice el doctor, no puede haberlos. Ha venido a tratarla, por fin, y le receta algún calmante. La pobre no ha podido dormir en toda la noche. El doctor se siente apenado con la pequeña, “¿cómo he podido asustarme al verla? Tan chiquitita, indefensa, esa pobrecita niña”. Así que, para distraerse, el doctor sigue escuchando a las urracas, sus miedos y gorgoteos; pero, ignorando todo aquello, les pregunta: “¿ella ha visto ciertas… apariciones… en el marco de la puerta del comedor, o dónde?” La procesión ya se ha sentado en sus tablas, listas para devorar lo que han encontrado en los mercados. Sus picos abiertos salivan.

Sí, claro que ha visto cosas, pobrecita, la tontita. Habla de una niña que le dice cosas, y también… es horrible… discúlpenos… también habla de una bestia, la pobre está maldita. “¡Tonterías!” les responde. “No deben creer ese tipo de necedades; todo se debe a su estado de salud. Como verán, no es una niña muy equilibrada, pero no tiene la culpa. Deberían tener más respeto hacia ella. Véanla, pobrecita. No tiene las mismas capacidades que ustedes y aun así aguanta todas sus burlas, todo su desprecio. Deberían ser condescendientes con ella. Es una niña muy bonita, aunque esté un poco perturbada. Nada de Satanás, nada de enfermedades del espíritu. Aquí es la mente y nada más. ¿Alejarla de las otras…? ¡No! No hay necesidad…”. Y, tras la pausa, se escuchan por todo el recinto las risitas llenas de miedo.

Amanece más tranquila, la pobrecita. Ha dormido bien después del calmante. Sonríe cuando llegan algunas de las urracas para preguntar: ¿cómo te sientes? “Hipócritas”, piensa Abril, pero no lo dice. Aunque sí responde cuando le preguntan ellas, en tono de burla: “madrecita”, ¿cómo eran esas cosas, podrías describírnoslas? Estaba ahí junto a la puerta, nos dices, aquí mismo también, ¿verdad? ¿Por qué nadie más la vio? ¿Por qué las demás no han podido ver esas apariciones, si estaban a centímetros de la puerta?

La figura de aquellos era como una escalera interminable, como una escalera y la figura de un arco torcido que se extiende hasta las profundidades del sótano de la memoria o de este edificio tan bonito. Pero cuando es de noche y no se puede ver nada, a veces se encienden las lámparas de sus ojos y a mí me da miedo. Es hembra. Ella, la hermana. Es macho. Él, La Bestia. Y la hermanita dice que el rostro es una sarta de mentiras en forma de escalones que llevan a esquinas que revelan más escalones, y éstos últimos terminarán, por supuesto, en otras y otras esquinas aún más apretadas y oscuras. Los escalones se dirigen hacia las profundidades pero también viran hacia arriba. A veces, es a medio camino donde giran y se encuentran con ángulos difíciles de comprender, de salvar, como si fueran las patas de gallo de un hombre que es mujer pero de puro gusto quiere aparentar ser buen cristiano.

Las palabras y pensamientos de Abril son poco acertados. Las conexiones que hace su mente febril —su cabeza que suda y derrama las dudas por todo el piso, que apaga las velas y que provoca que se enciendan de nuevo las lámparas—, son breves y fragmentarias. A veces están podridas por la humedad: la humedad que es un rojo deseo del interior, una perfidia olvidada. Es la humedad presurosa de las piernas abiertas buscando el calor de aquel vaho que le permite a una mujer, a una “madrecita”, gritar.

Las demás no entienden pero no tienen por qué hacerlo. Lo que sucede en el rostro de la pequeña, la niña tontita, no en el de la presencia, es una descomposición que termina en un rostro descerrajado que apaga todas las velas chisporroteantes, y que se estrella contra los aldabones atascados de tanta herrumbre. Esos espías que han presenciado los besos furtivos de mujeres ansiosas por probar la muerte de la carne, el fuego de la carne, el pecado de la carne

Las demás gritan asustadas también, cuando ella dice: “Ahí están, ahí está el grito que se vuelve tumulto que se vuelve una marejada de mierda que se abalanza por las paredes. ¡Es como la mierda que me avientan por las noches cuando duermo con la boca abierta! ¡Ellos son la porquería que me hacen lamer cuando nadie me escucha queriendo gritar que no me gusta y que se alejen de mí porque son muy muy malas pero por qué tan malas si no les he hecho nada y me llaman taradita y me dicen de cosas y me quieren tocar donde no se debe donde yo voy al baño y se burlan diciendo que debo hacer lo que ellas quieren Dios lo quiere la Madre de Todos lo quiere pero sé que usted no y me quieren obligar sabiendo lo que yo sé como que ese es el mismo rostro de la mujer convertida en escalera esa que lleva a los verdaderos fuegos incapaces de extinguirse ni con la niebla de la mañana ni con las lluvias de la tarde cuando las demás se besan y se buscan ansiosas debajo del ombligo y por eso son ustedes las culpables por eso La Bestia y su domadora por eso la presencia de mi dulce hermanita!”

Y ahí está nuevamente el grito.

Alguien entra a la sala común pidiendo silencio, tranquilizando a todas con su voz grave y sus maneras tranquilas. “Lo lamento, hijas. Esto a veces ocurre. Tengan paciencia. En mi opinión, solo es un desajuste de su atormentada cabeza. Es ella quien ha sufrido bastante, no tienen por qué juzgarla. No tiene a nadie. No puedo internarla. Creo que es necesario mantenerla un tiempo aquí. Reaccionará muy bien a los medicamentos. Solo hace falta un poco de paciencia. Confío en que se recuperará. Discúlpenme, por favor, quisiera hacer más por ustedes, pero por ahora no hay nada más que hacer. Sólo denle estos calmantes a su hermanita. Pobrecita, tan atormentada. Les dejo también las agujas.”

“¿Debería dejarles las agujas?”, se pregunta el doctor mientras camina sin voltear atrás, harto del aire encerrado, de la monotonía de aquel espacio; harto del revoloteo convulso de cientos de alas.

La masa, ese desfile de aves grotescas, ponen un grito en el cielo raso de piedra, muy alto. No quieren estar más con ella, con esa loca pérfida, pecadora. Las asusta diciéndoles que ha visto a una niña en la puerta de la sala común, en el comedor y hasta en su celda, las asusta hablándoles de La Bestia, una criatura enorme y cornuda como un ciervo. Ellas saben lo que es. ¡El Gran Cabrón! Y ahí se queda la maldita niña, y ahí se queda la maldita tontita. Porque asusta y nadie quiere estar cerca de ella.

Una cosa es que tenga miedo, que sea una loca sin remedio, y otra muy distinta el asustarlas de esa manera. Eso es maldad pura. No hay necesidad de inventarse presencias maléficas e invisibles que se aparezcan en el marco de la puerta, visiones que no pueden borrarse ni poniéndoles veladoras. La explicación es obvia: la hermanita engaña, miente. Quiere asustarlas de muerte, provocar sobresalto, una enfermedad de los nervios. ¿Por qué otra razón Abril diría que la aparición tiene los ojos blancos y viste una bata muy oscura que le hace parecer un tipo de sacerdotisa, que su cabello es rojo y largo hasta debajo de los tobillos y que de su boca se extiende una hilera deforme de dientes? Nadie más la ha visto, es su imaginación, su mente perturbada.

Algunas tardes la tontita acepta estar tranquila: come apaciblemente junto a sus compañeras, no hace movimientos inesperados ni balbucea palabra alguna. Como señalan las demás: no hace ni pío. Es en esas tardes cuando Abril parece una niñita, una “madrecita” normal. Es por esas tardes señaladas que el médico tiene confianza en que mejorará. “Tranquilas”, dice, “no es Abril sino una noche enmarañada”. La extraña frase hace referencia a un poema que le gusta mucho, uno de quién sabe qué autor inglés, o mexicano, o bielorruso. “Pronto estará bien”, continúa, “no hace falta más que paciencia”. Les recita: “’la noche pasa/abril, el mes/murmura verde,/un falso inicio/de  primavera’. Pero después llegará el día, el verde fuerte, y Abril, no el mes, volverá a recuperar la razón. Tienen que tener confianza en mí.”

Ellas confían en el médico, pero no en la niña, ella merece un gran castigo.

Llega la madrugada sin que estrella alguna pueda descubrir lo que las demás monjas harán con Abril. Llegan a su celda como en una procesión, exaltando el silencio apenas con sus pasos. Es una procesión de dos colores, si acaso tres: los tonos de sus hábitos. Serán unas veinte. En sus miradas se descubre el cruel y ardiente deseo de venganza. Es fuego lo que alimentará sus manos para sostener a Abril y hacerle pagar por el miedo con el que las ha sometido, aquel miedo filtrándose a través de sus hábitos.

Llegan a la puerta indicada, marcada, “¡márquenla, márquenla como a una bestia!”. Y escuchan. Silencio. Pero no es solo silencio. Algunas de ellas perciben un murmullo como de insectos. Es el rezo de una perdida, una estúpida que goza asustando a quienes no sufren tanto como ella.

Pobrecita, la inmunda porquería de ojos extraviados que incita a las demás abriendo las piernas y riéndose mientras la baba salpica sus tetas gordas y bien formadas, rechonchas. Sabemos que si Abril no estuviera encerrada en su celda, si no se escondiera detrás de estos muros, gozaría del abrazo de un hombre lujurioso y descreído. Y ese hombre disfrutaría al tener sus carnes en la boca, al explorarla, rasgarla, penetrarla y hacerla llegar al paroxismo que precede a la carcajada orgásmica… ¡impúdica, perversa! No puede ser mejor que nosotras, ¡no es más hermosa que nosotras, es estúpida, estúpida!

La comitiva entra. Descubren a Abril explorando su sexo con una vela larga y sedosa, musitando palabras demasiado quedas para ser escuchadas. Entierra, furiosa, el cirio en su interior hasta derretirlo. Su rostro es bellísimo, luce. No hay rastros de sus males ni de sus visiones. No la está acariciando el Diablo; es ella quien se toca, quien se folla incitándonos, quien acaricia hábilmente los pliegues de su sexo. Las hermanas no saben qué decir o qué hacer. Se quedan inmóviles. Pensaban que le darían un susto de muerte al abrir la puerta de golpe, pero Abril ni se inmuta. Sigue acariciándose con sus dedos, sigue metiendo la vela muy profundamente en su interior, haciéndola vibrar. Gime mientras se muerde los labios y silencia los sonidos de su interior.

Pareciera que se masturba conscientemente, como si no quisiera despertar a nadie. Las hermanas se acercan, exploran los hábitos de Abril, tirados en el suelo, su ropa interior, empapada de los miasmas prohibidos. Algunas se encuentran asqueadas, pero la mayoría de ellas, parvada de pingüinos, mira el espectáculo con una media sonrisa. El rosto se les llena de fuego. Algunas hablan: Abril, somos nosotras, venimos por ti, venimos a recordarte tu lugar. Ella abre los ojos y no tiene miedo en sus pupilas; al contrario, su mirada es una invitación. Casi parece decirles: adelante, soy un cuerpo vacío, una máquina esperando a ser manejada por su hábil operador.

Sor Esperanza, sor Eugenia y sor Engracia se acercan a la tontita. Abril abre las piernas. Ellas alargan los brazos, las manos y los dedos, acarician los muslos pálidos hasta dejar marcas y surcos como los de un río seco en medio del desierto. Un olor inunda la celda. Las demás se acercan y son más ávidas. Algunas tocan los pechos y otras se pierden entre el rumor del sexo, el coño, el coño, el coño. Juguetean con los rizos embadurnados de sudor, de saliva, de los jugos de Abril. La escena podría parecer sórdida y, sin embargo, es un festín. Las hermanas, las monjas, parvada devorando su alimento, se inclinan para pasar con su lengua ávida cada centímetro de ese cuerpo terso y firme. Quién podría haberles hecho imaginar que la hermanita tenía un cuerpo tan espléndido, tan lleno de lujuria.

Algunas se tocan entre ellas. Olvidan los hábitos o tan solo los levantan más allá de los muslos. Es un festín de sexos abiertos y tocados y rozados y lamidos y penetrados. Algunas de ellas comienzan a moverse y a restregarse para alcanzar el clímax. Se escuchan los gritos vedados. Pero el castigo no se les ha olvidado. La orgía deviene en tortura. Atan de manos a Abril, le extienden las piernas y comienzan a arañarla, a golpearla. Amordazan-golpean-extienden-lastiman-muerden. Abril ya no es presa del sobrecogimiento causado por el placer.  Mira con terror a sus torturadoras, las lágrimas le saltan del rostro al igual que la sangre de la piel. Siente una retahíla de impúdicos y salvajes dedos que se adentran en ella como si quisieran partirla en dos. Pronto, un punzón la perfora buscando su sangre, sus entrañas, su corazón y aliento. No nos hemos olvidado de las agujas.

Abril se desmaya. Los rostros de las hermanas son un carnaval de risas monstruosas, de guadañas blancas, afiladas de tanto morder carne ajena. Los dedos poseen la sangre como si fueran sádicos verdugos contemplando su obra. El castigo ha sido demasiado violento. Pero se lo merecía

 No la han matado. Tampoco le han causado heridas graves, tan solo mucho dolor. Y esperan que el recordatorio de esta visita le haga extinguir esa pasión desenfrenada que provoca. No nos vuelvas a asustar, taradita, con tus historias de fantasmas de niños y bestias. Si lo haces, volveremos a visitarte a mitad de la noche. Y la siguiente vez no seremos tan misericordiosas contigo. No nos juzgues, habremos salvado tu alma a través del sufrimiento.

La comitiva se desliza por la puerta de la celda. Solo una de ellas voltea antes de salir. Sor Esperanza mira a Abril y casi siente pena por ella. Nota cómo abre los ojos lentamente, es una mirada triste, salteada de lágrimas. Sin embargo, algo distinto ocurre, un cambio en su semblante. La mirada de Abril no se posa en su torturadora. La sonrisa que surge en el rostro no es para ella. La mirada discurre en algún punto justo arriba del marco de la puerta: un espacio de piedra donde cuelga un crucifijo de madera.

Sor Esperanza da un brinco cuando el crucifijo cae. Al rebotar, se quiebra. Ella mira hacia la cama. Abril no ha movido sus ojos. Su sonrisa es mucho más pronunciada, más salvaje. Y comienza a hablar: es un rezo incomprensible el que sus labios pronuncian, como la danza macabra de un esqueleto que aparece y desaparece tras una cortina roja. La hermana siente los vellos del cuerpo erizados y corre antes de sentir esa mirada salvaje sobre su piel. No quiere ver reflejados en los ojos de Abril esos fantasmas de los que tanto hablan.

Las demás monjas escuchan los gritos de sor Esperanza y se acercan alarmadas, la acogen y la reconfortan a pesar del miedo y de la culpa sosegada. Esa noche, muchas de ellas dormirán acompañadas, juntando sus cuerpos febriles y temblorosos. Sor Esperanza ha preferido callar, prefiere que piensen que sus lágrimas y gritos son de arrepentimiento, no de miedo.

Al otro día nadie dice nada, ni siquiera las superioras. Se limitan a mandar a algunas de las subalternas con Abril para que la bañen, la limpien y le dejen algo de comer. Saben lo que ha pasado la noche anterior. No están completamente de acuerdo, aunque creen que ha sido lo mejor. Tal vez así se calme Abril y no siga asustando a las hermanas con sus historias de niñas espectrales y bestias cornudas. Antes hubo una niña, sí, lo sabe todo el mundo. Pero ha pasado mucho tiempo y nadie quiere creer en fantasmas ni en venganzas de ultratumba. Es la imaginación de una enfermita, nada más. Esa niña adoraba a las bestias. Se vestía con sus pieles y creía que Dios tenía unos enormes cuernos, como de ciervo, brotando de su cabeza. Y esa niña había sido castigada por su herejía. La Bestia jamás volvería a brotar en ese convento. No lo permitirían.

El médico no vendrá hoy porque no hay que hacerle ver las heridas de Abril. Inventarán alguna excusa. Con el medicamento bastará, con las inyecciones y las pastillas que le hacen tragarse, con los somníferos y una comida abundante. Abril no ha dejado de comer. No pierde el apetito nunca. Dormirá, se sentirá mejor y no volverá a enturbiar las noches, las comidas ni los oídos de las hermanas.

Vuelve a llegar la noche sin que estrella alguna se asome. El claustro mira hacia arriba. Su mirada se extiende hacia todos lados. Hay algunos árboles alrededor, cubren la edificación con luz entristecida. Los caminos que serpentean desde él avanzan hacia distintas zonas, incluida la entrada. Por ahí llegan camionetas cargadas de suministros. Por ahí llega el auto del médico que atiende a Abril y a las monjas enfermas. Después de dos días, lo invitan a comer. No puede decirse que en ese claustro la comida sea frugal. En la orden nunca se ha creído que privarse del alimento genere un mayor acercamiento con Dios. La comunión se logra a través de la fe, los rezos, la hostia y la meditación cristiana, no a través de dejar de comer caldo de camarón o carne de puerco. El médico está de acuerdo. Se ofrece a supervisar la alimentación de las monjas con esmero. Tampoco es que tengan que ponerse gordas. Comer de todo, sí, pero moderadamente.

La única que, al parecer, come mucho sin nunca enfermarse, sin engordar ni un gramo, sin que su cuerpo muestre niveles inadecuados de nada, es Abril. El médico ha descubierto, no lo puede negar, deseo por ella, por su cuerpo. Pero ese deseo se recubre con la ternura provocada por sus ojos infantiles. Él sabe que un día Abril se levantará de la cama, como una cierva completamente curada de sus heridas, y terminará por ducharse, rezará incluso, y se sentirá lúcida, saludable. Su mirada dejará de perderse en la oscuridad de la noche interior. Y tal vez podrá salir de ahí, justo por ese camino por el que ha entrado.

Abril, la de senos turgentes y caderas armoniosas. Fuera del espanto, fuera de la mirada temblorosa; la chiquilla es muy bella. Y quién sabe, después de curarse podría estar tan agradecida que una invitación a comer sería aceptada. Después, una charla íntima, un darla de alta, unos besos inocentes, unos besos encendidos, un comprometerse, un casarse, los hijos, la felicidad. Todo eso si Abril dejara de tener la cabeza llena de fantasmas.

Dentro de ese claustro gris, ese claustro bañado de plata y del miedo de los árboles, Abril recupera la sensación de estabilidad en todo el cuerpo. El cabello, bien peinado, roza su espalda como los besos suaves de un amante. El roce del agua excita su abertura mística. Mística, así le parece esa sensación cuando se talla y se escarba con cuidado y se penetra con los dedos. Pero en ese momento duele. La abertura duele al recordar todo lo que le hicieron sus “hermanas”. Parvada de pingüinos, miserable parvada de pingüinos. Se han extralimitado.

Por eso la niña ha llorado con ella toda la noche hasta tranquilizarla. Después siguieron los malabares, los juegos, las muecas graciosas, las palabras de aliento, las miradas cálidas, cariñosas. Hubo, también, una presentación. La niña le presentó a un viejo amigo. Le dijo que no era una mascota; al contrario, la niña era tan insignificante, cualquiera lo era, que podría pasar por siervo de él. Tampoco tenía que temer. La Bestia no era monstruo alguno, era la noche y el viento gélido, placentero después de una tarde calurosa. Sólo había que tenerle respeto. Nada más. Y bailar con él, porque a La Bestia le encanta estampar sus pezuñas contra el suelo.

Los ojos blancos de la niña que, al principio, habían aterrado a Abril, ahora parecen mirarla con suavidad, con ternura. La niña la quiere. Estará siempre a su lado, eso le ha dicho. La consolará cada vez que las agujas del doctor se claven en sus brazos y en sus nalgas. Todas son punzadas intermitentes. Aunque duelen menos que los arañazos de esas ávidas garras, patas y pezuñas de sus “hermanas”. Ahora todas las monjas reclusas parecen una bandada de animales, una piara de puercos hambrientos, una riada de cucarachas buscando la suciedad. Pero han de comer de esa misma suciedad, de esa misma venganza y sangre y furor que han causado, que tienen, que dicen que ella tiene (porque eso no es cierto). Ella es inocente del tamaño de sus tetas, de la anchura de sus caderas, de sus ganas, de su hambre, de sus olores lúbricos. Por eso ríe Abril cuando comprende lo que la niña le dice: “Ven aquí, conmigo, ven a jugar, ven a rezar a mi lado. Soy una niña buena. Vayamos a la capilla a pedir por nosotras, por nuestras almas. Vamos a rezar y a pedir y a movernos y a bailar, Abril, hasta que la noche nos deje despeinadas”.

Ella salta y brinca y siente la luz de la luna sobre la piel erizada, sobre el vello terso de ese bosque oculto. Las llagas duelen menos, como si la leche se regara sobre la piel y le sonriera. Abril se deja llevar mientras piensa en la leche de su padre sobre su boca, su vientre y sus tetas gordas, esa leche que le ayudaba a dormir, ese líquido pringoso que era expulsado raudo y voraz del miembro paterno. Esas palabras: miembro, leche, tetas. Y recuerda que el padre preguntaba si le gustaba lo que hacía, si ella quería tocarlo, si quería lamerlo. A ella le gustaba demasiado. Por eso sufrió tanto (y aún sufre) cuando supo que su padre se había ido de casa. Sabía que todo el mundo le mentía. No se había ido: se colgó de la rama de un árbol alto, alto, alto y sin hojas. Ahí se quedó, convertido en fruto podrido o en algo más, tal vez en un ave que dejara el nido para volar hasta rozar las nubes. Su padre sería un ave elegante, tal vez un águila solitaria, un cóndor, y no un pájaro perverso y obsceno como la urraca o el asqueroso pingüino.

Abril es arrastrada fuera de su habitación. Es noche de nuevo. El claustro es engullido poco a poco por las estrellas. No, en realidad Abril no es arrastrada, pues parece caminar alegremente, casi ansiosa. La niña de ojos blancos la acompaña. Caminan juntas hasta encontrar un lugar apropiado para reír y jugar y bailar hasta desmayarse.

Pronto están fuera del claustro. Los pies de Abril apenas tocan el pasto, las piedras regadas por el suelo. La niña de los ojos blancos no se molesta ya en aparentar, pues su cuerpo deja pasar los haces lunares; las extremidades casi ondean cual banderas henchidas de viento. No toca el suelo, no siente las rocas, no aplasta la yerba.

Las puertas de la capilla se abren solas. Abril se siente curiosa, excitada. Todas las impresiones que tiene son como ríos subterráneos que tejen redes e hilos en su interior. La capilla está adornada con imágenes oscuras y retablos ajados que muestran el martirio de diversos santos. Algunas velas chisporrotean, las sombras titilan dejando entrever recubrimientos de madera, piedra labrada, losas de mármol, y algunos arcos pronunciados, casi góticos. Abril percibe las imágenes, las tonalidades, los olores apenas insinuados, los silencios a punto de ser rotos.

La niña de los ojos blancos le susurra, “mira hacia el atrio, Abril, aparentemente no hay nada, apenas pueden verse, pero han estado esperando por ti. Háblales, sonríeles, ellos bailarán con nosotras”. En el atrio unas siluetas cobran forma y se hacen voluminosas. Son una manada de seres cornudos, parecidos a ciervos. Sus astas son tan grandes que arañan la pintura de las bóvedas. Son majestuosos. Se yerguen en dos patas y agitan y entrechocan las delanteras, como si aplaudieran. Sus rostros son mares de negrura, apenas distinguibles bajo la luz de la capilla. Abril ríe alegremente cuando ellos —¿ellas?— se yerguen y dejan exhibidos sus miembros, tan largos que tocan el suelo. “Son ellos, machos con miembros más grandes que el de mi papá, mi papito. ¿Dónde estás, papito, dónde estás?, me recuerdan al tuyo, su calor, su textura”.

Los seres cornudos gritan de contentos, gritan porque están excitados. Se nota en sus bailes, en sus pezuñas astillando la madera de las bancas y las paredes, en sus cuernas brillando y moviéndose como las ramas de un bosque sometido al viento, en sus miembros erectos, apuntando hacia Abril y hacia la niña del vestido oscuro, quien también ríe divertida.

Abril mira el altar, y aunque luce tan frío quiere recostarse sobre él y descansar un momento mientras los seres cornudos bailan y la hacen sentir bien con esa música que hacen al azotar su cuerpo contra las losas del piso y la madera. Ella abre las piernas mientras se recuesta. Las bestias gimen y la niña-espectro se acerca a su amiga. Camina, flota y luego repta sobre el suelo hasta llegar a ella. Parece divertida. Acerca su rostro al de Abril y le dice, “tranquila, tranquila, mi pequeña de vellitos enchinados”.

Y pronto es un gemido y un calor el que se extiende por todo el cuerpo terso, suave y deseable de la niña-que-no-es-ya, “Abril, tontita Abril, tontita, tontita”. Los ojos del espectro se oscurecen. No es más que un par de ojos blanquecinos, pálidos como el pelaje de una bestia albina. Después emerge el tono de la hierba bajo la noche, el color de la cueva inspirando una invitación.

Sobre el altar se retuerce y abre más las piernas mientras las bestias gimen y gritan y sueltan improperios con sus bocas grandes y rojas. Los cuernos centellean con la luz extraída de las ventanas y de los vitrales que aún sobreviven a pesar de los años. Los cirios más grandes, los que adornan el altar, se encienden. Abril piensa en lo rico que sería deslizarse un cirio por… y una bestia, uno de esos ciervos desconocidos, le dice algo al oído. No lo entiende, aunque parece una sugerencia. Se da cuenta de quién es y grita de alegría. Es el acompañante de su amiga. Abril se había extrañado de no ver a La Bestia. Pero al fin ha llegado.

Abril grita de júbilo y observa cómo, de pronto, La Bestia estira todo su cuerpo, dejando su enorme miembro expuesto. Se ve tan duro y suave a la vez. Abril abre las piernas mientras las llamas bailan al compás de las otras criaturas, y sus gemidos se entremezclan, y sus bufidos son uno, y el resoplar del macho eriza cada poro de su piel ardiente.

Abril, abierta de piernas, sollozando de placer, comienza a rezar.

Son los rezos como el crepitar de las llamas, como la tonalidad de los gritos infantiles, como los improperios sexuales de un sadomasoquista satisfecho. Y esos rezos alebrestan la capilla, el exterior, el pasto, el suelo, el claustro, la noche.

Sor Esperanza sale de su celda. Sor Eugenia se hace acompañar por sor Engracia, y también por una novicia de lengua ávida. La pronta marejada de pingüinos es ahora un río incontrolable que atraviesa los pasillos del claustro. Todas caminan y anadean presurosas, aunque torpes. Se dirigen hacia el comedor, hacia la puerta. Gritan, pidiendo el auxilio del doctor, quien sale de su celda, pues ha tomado demasiado vino y las pingünitas han juzgado que lo mejor sería que se quedara a dormir. Se alegran de su sabia decisión. Tienen a quien las proteja.

Las superioras hablan para acallar los murmullos de las hermanas asustadas. Algunas “ven” a la niña de la puerta. Pero no hay nada ahí, tan sólo nervios. Mantienen la calma, quieren hablar a la policía, a un exorcista, al obispo, al Vaticano, o a cualquiera que pueda ayudarlas. El doctor apoya la voz regia de las superioras. Tranquilizarse, hay que tranquilizarse y averiguar de dónde proviene el infernal ruido, ese rezo maldito. Todos avanzan como en procesión, las monjas se arman con lo que encuentran. Salen del claustro y se encaminan hacia la capilla.

Todas están asustadas. El doctor no puede evitar estarlo también, es un cuervo en medio de un graznido comunal. El suyo no puede decir nada distinto, el suyo no puede tranquilizar ni una rama. Que el miedo se extinga, Señor, que tu luz nos acompañe y nos dé fuerza, Señor. Por favor, que no nos haga daño la tontita, ¡la maldita e infernal hija de puta, la zorra de las tetas gordas, gordas, gordas!

Las puertas de la capilla crujen al abrirse lentamente. La comitiva empuja y empuja. Los goznes rechinan sin poder ocultar el ruido infernal de lo que ocurre adentro. Cuando la abertura es lo suficientemente amplia toda la parvada de pingüinos entra en la capilla. Las hermanas ven a Abril yaciendo sobre el altar, siendo penetrada por una… ¿bestia? Y entonces los ciervos desconocidos se fijan en las monjas asustadas, pues las llamas son más altas y sus luces no permiten sombra alguna. Caminan hacia ellas, amenazantes, manifestando una mirada morbosa, impura… No es lujuria, parece que no desean penetrar con sus largos miembros esos sexos agrios y marchitos. Son sus cuernos los que están ávidos de una sustancia diferente: el jugo de sus venas.

El doctor se queda clavado en el piso, no puede moverse, aunque quisiera. Sus ojos recorren la capilla y localizan a Abril. La escena lo enferma, lo enferma y lo excita. El largo y ancho miembro, un tronco suave pero poderoso, de La Bestia, penetra a Abril. Sus jugos salpican el altar con cada embestida. La mirada de la chiquilla es maravillosa, los gemidos convierten su gesto en el de una lasciva hetaira. Su hetaira.

Un grito que resuena en toda la capilla, en todas partes, hace brincar al doctor, quien cae sobre sus nalgas. Escucha: “¡Es él, él es el doctor hipócrita, nunca ha querido curar a Abril, sólo la quiere para sí, es un macho cabrío vestido de filósofo! ¡Mira su erección, amada Bestia, mira cómo se excita ante tu enorme verga! Tal vez le gustaría probarla.”

La Bestia se desprende de Abril, quien parece exhausta y satisfecha. Una sonrisa corona su rostro. Y La Bestia avanza, el miembro igualmente erecto, sus astas relucientes y brillantes. El doctor gime, antes de que el placer lo inunde y lo convierta en despojo, en un lecho sudado, en un corazón abandonado en la bandeja de vivisecciones. Y el doctor grita, grita cuando La Bestia lo toma de las piernas y lo pone boca abajo. Cuando sus ancas traseras se doblan sobre él, cuando siente cómo desgarra su ropa, y el miembro, y el miembro, y la sangre en su vientre, y el llanto cálido en su interior.

Y entonces la noche se tiñe con el fluir de una sustancia granate y muy espesa, un río que abre estrechos caminos en la tierra, como si sobre el suelo no hubiera más que una mata de pelo enmarañado.

 


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(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Liz Dot

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de estar de Laburnam Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía con fuerza. Padre e hijo jugaban ajedrez, el primero tenía ideas respecto al juego que involucraban cambios radicales: ponía a su rey en desesperados e innecesarios peligros que incluso provocaban comentarios de la mujer de pelo cano que tejía plácidamente junto al fuego.

“Escuchen el viento,” dijo el señor White, quien notó que había cometido un error fatal cuando ya era demasiado tarde y estaba deseoso de prevenir que su hijo también lo notara.

“Lo escucho,” dijo el segundo mientras analizaba sombríamente el tablero y extendía su mano para mover una pieza. “Jaque.”

“Me cuesta pensar que vaya a venir esta noche,” dijo su padre, con su mano puesta sobre el tablero.

“Mate,” respondió el hijo.

“Esa es la peor parte de vivir tan lejos,” refunfuñó el señor White con una repentina e imprevista violencia; “de todos los bestiales, llenos de lodo, lugares olvidados por Dios para vivir, este es el peor. La vereda es un pantano y la carretera un río. No sé qué está pensando la gente. Supongo que como sólo hay dos casas habitadas en el camino, piensan que da lo mismo.

“No te preocupes, cariño,” dijo su esposa intentando calmarlo; “puede que ganes la próxima vez.”

El señor White alzó la vista bruscamente, justo a tiempo para interceptar una mirada complice entre madre e hijo. Las palabras murieron en su boca y escondió una expresión de culpa en su barba grisácea. 

“Ahí está,” dijo Herbert White, al escuchar la puerta golpearse unos pasos pesados llegaron al umbral.

El viejo se levantó con velocidad hospitalaria y tras abrir la puerta, lo escucharon condolerse por el recién llegado. El hombre también se condolía de sí mismo; la señora White hizo una leve expresión de desaprobación y tosió gentilmente a la vez que su marido entraba en la habitación, seguido por un hombre alto y fornido, de ojos brillantes y pequeños, y de cara rubicunda.

“Sargento mayor Morris,” dijo, presentándolo.

El sargento mayor saludó a la familia y, tomando el asiento que le habían ofrecido junto al fuego, observó con satisfacción mientras su anfitrión sacaba una botella de whisky y vasos, y ponía una pequeña tetera de cobre en el fuego.

Con el tercer vaso los ojos del invitado brillaron aún más y comenzó a hablar; el pequeño círculo familiar escuchaba con extremo interés a su visitante proveniente de algún lugar distante, mientras rectificaba su postura en la silla y hablaba de extrañas experiencias, valientes hazañas, guerras, plagas y personas extravagantes.

“Veintiún años de eso,” dijo el señor White, asintiendo hacia su esposa e hijo. “Cuando se fue, era apenas un muchacho. Ahora, mírenlo.”

“No parece que le haya hecho mucho mal”, dijo la señora White amablemente.

“A mi me encantaría ir a la India,” dijo el viejo. “Solo para conocer un poco, ¿sabe?”

“Está mejor aquí,” dijo el sargento mayor, negando con la cabeza. Dejó el vaso vacío en el mueble y volvió a negar con la cabeza.

 “Me gustaría visitar esos viejos templos y ver faquires y malabaristas,” dijo el viejo. “¿Qué fue aquello que me contaba el otro día, señor Morris, acerca de una pata de mono?”

“Nada,” dijo el soldado bruscamente. “Por lo menos nada que valga la pena escuchar.”

“¿Pata de mono?” dijo la señora White, curiosa.

“Bueno, es aquello que ustedes le podrían llamar magia,” dijo el sargento mayor con poco interés.

Sus tres escuchas se inclinaron hacia enfrente con atención. El visitante, distraído, puso su vaso vació en sus labios y después lo bajó de nuevo. Su anfitrión lo volvió a llenar.

“A simple vista,” dijo el sargento mayor a la vez que buscaba algo en su bolsillo, “es solo una simple pata momificada, completamente ordinaria.”

Sacó un objeto de su bolsillo y lo mostró. La señora White se alejó con semblante sombrío, pero su hijo la tomó y la examinó detenidamente.

“Y, ¿qué tiene de especial?” preguntó el señor White, tomó la pata da las manos de su hijo y, tras haberla examinado, la puso sobre la mesa.

“Un viejo faquir puso un hechizo sobre ella,” dijo el sargento mayor, “Era un hombre muy santo. Quería demostrar que el destino controlaba las vidas de lo hombres, y que aquellos que interferían con él, solo se llevaban desgracias. El hechizo que le puso consiste en que tres diferentes hombre podían pedirle tres deseos cada uno a la pata”

Su semblante era tan serio que sus escuchas fueron conscientes de que sus risas desentonaban con la atmósfera.

“Bueno y, ¿por qué no pide usted sus tres deseos?” dijo Herbert White con audacia.

El soldado lo miró como la gente de mediana edad acostumbra ver a los jóvenes presuntuosos. “Ya lo he hecho,” dijo en voz baja, y su cara normalmente ruborizada palideció.

“¿Y realmente se les concedieron sus tres deseos?” preguntó la señora White.

“Se cumplieron,” dijo el sargento mayor, y su vaso chocó contra sus dientes.

“¿Y alguien más ha pedido sus tres deseos?” preguntó la vieja.

“El primer hombre que la poseyó los pidió,” fue su respuesta. “No sé cuáles fueron sus primeros dos, pero el tercero fue la muerte. Así fue como obtuve la pata.”

La gravedad de su voz provocó el silencio del grupo.

“Si ya pediste tus tres deseos, entonces, Morris,” dijo el viejo por fin, “¿para qué la conservas?”

El soldado inclinó la cabeza. “Por capricho, supongo,” dijo lentamente.

“Si pudieras pedir tres deseos más,” dijo el viejo, mirándolo inquisitivamente, “¿los pedirías?”

“No lo sé,” dijo el otro. “No lo sé.”

Tomó la pata y la meció entre sus dedos índice y pulgar; repentinamente la aventó al fuego. White pegó un grito, se paró la sacó con rapidez.

“Mejor déjela arder,” dijo el soldado solemnemente.

“Si no la quieres, Morris,” dijo el viejo, “dámela.”

“No lo haré,” dijo su amigo con obstinación. “Yo la tiré al fuego. Si te la quedas, no me culpes por lo que pase. Tírala al fuego otra vez, como un hombre razonable.”

El otro negó con la cabeza y examinó su nueva posesión con detenimiento. “¿Cómo funciona?” preguntó.

“Tómela con su mano derecha y pida su deseo en voz alta,” dijo el sargento mayor, “sin embargo, yo le advertí de las consecuencias”.

“Suena como una historia salida de Las mil y una noches,” dijo la señora White, a la vez que se levantaba para comenzar a preparar la cena. “¿No crees que podrías desear un par de manos extra para mí?”

Su esposo sacó el talismán de su bolsillo y los tres se soltaron a reír, mientras el sargento mayor, que los miraba con una expresión de preocupación, tomó al viejo del brazo.

“Si en verdad quiere desear algo,” dijo bruscamente, “desee algo razonable.”

El señor White puso el objeto de nuevo en su bolsillo y, tras poner las sillas, hizo señas a su amigo para que los acompañara en la mesa. Durante la cena, el tema del talismán quedó en el olvido y, después, se sentaron una vez más para escuchar una segunda parte de las aventuras del soldado en la India.

“Si la historia sobre la pata de mono no es más verdadera que aquellas que nos ha estado contando,” dijo Herbert, mientras cerraba la puerta tras despedir al sargento mayor, justo a tiempo para que alcanzara el último tren, “no deberíamos hacerle mucho caso.”

“¿Le diste algo por ella?” preguntó la señora White, observando a su esposo cuidadosamente.

“Una miseria,” dijo él, ruborizándose un poco, “No quería aceptarla, pero lo forcé a hacerlo. Me insistió en que me deshiciera de ella”

“Sin duda,” dijo Herbert, fingiendo terror. “Si seremos ricos, famosos y felices. Para empezar, desea convertirte en emperador, padre; así podrás dejar de ser un mandilón.”

Herbert salió corriendo alrededor de la mesa perseguido por una enfadada señora White con un antimacasar en mano.

El señor White sacó la pata de su bolsillo y la miró dubitativo . “Francamente no sé qué desear,” dijo con lentitud, “parece que tengo todo lo que deseo.”

“Si pagaras la hipoteca de la casa, estarías bastante contento, ¿no es así?” dijo Herbert poniendo su mano en el hombro de su padre. “Bueno, desea doscientas libras, entonces. Con eso será más que suficiente.”

Su padre, sonriendo con un poco de vergüenza por su propia credulidad, tomó el talismán con fuerza, mientras la expresión solemne de su hijo, se desfiguraba un poco por el guiño que le hacía a su madre, y se sentaba en el piano para tocar unos acordes notables.

“Deseo doscientas libras,” dijo el viejo claramente.

Unas notas estrepitosas le siguieron a sus palabras, interrumpidas por el grito estremecedor del viejo. Su esposa e hijo corrieron tras él.

“¡Se movió!” dijo con un grito, mirando con desprecio el objeto que yacía sobre el piso. “Mientras pedía el deseo, se retorció en mi mano como una serpiente.”

“Debió ser tu imaginación, cariño,” dijo su esposa ansiosamente.

El viejo agitó la cabeza. “Ya no importa, no me hizo ningún daño, pero como sea me dio un buen susto”.

Se sentaron junto al fuego una vez más para terminar de fumar sus pipas. Afuera, el viento soplaba con más fuerza que nunca, y el viejo brincaba con nerviosismo al escuchar una de las puertas del segundo piso azotarse contra el marco. Un silencio sombrío e inusual surgió entre los tres y se mantuvo hasta que la pareja se levantó para irse dormir.

“Seguro que encontrarás el dinero dentro de una gran bolsa a la mitad de su cama,” dijo Herbert, a la vez que les deseaba buenas noches, “y algo horrible te estará observando desde encima del clóset, viendo como te guardas tus ganancias mal habidas.”

El señor White quedó sentado sólo en medio de la oscuridad, mirando el fuego extinguirse y entreviendo caras en él, La última cara que vió era tan simiesca y horrible que no pudo, sino mirarla con asombro. El momento fue tan vívido que , con una risa incómoda, busco a tientas un vaso de agua en la mesa para echárselo al fuego. Pero su mano rozó la pata de mono, y con un ligero escalofrío se limpió la mano en su abrigo y subió a su recamara.

 

II

Bajo el brillante sol del invierno, la mañana siguiente, durante el desayuno, Herbert se reía de sus miedos. Había un aire de salud prosaica en el cuarto que había estado ausente la noche anterior, y la sucia y arrugada pata de mono yacía arrumbada en el aparador, con un descuido que reflejaba muy poca fe en sus poderes.

“Supongo que todos los viejos soldados son iguales,” dijo la señora White. “¡Y pensar que prestamos el oído a sus disparates! ¿Cómo se puede creer en los deseos en estos tiempos? Y aún si existieran, ¿cómo podrían lastimarte doscientas libras, cariño?”

“Podrían caerle en la cabeza y lastimarlo”, dijo Herbert con frivolidad.

“Morris dijo que las cosas pasaban de forma natural,” dijo el padre, “que incluso podrías pensar que fue mera coincidencia.”

“Bueno, no vayas a encontrar ese dinero antes de que yo regrese,” dijo Herbert mientras se levantaba de su asiento. “Temo que te convierta en un hombre despreciable y avaro y tengamos que desheredarte.”

Su madre rió y lo acompañó hasta la puerta; lo vio alejarse por el camino y regresó a la mesa. Ella se encontraba bastante divertida a expensas de la credulidad de su esposo. Pero eso no le impidió correr a la puerta al escuchar tocar al cartero, ni hacer unos comentarios sobre los desagradables hábitos bebedores de los sargentos mayores al ver que la carta era una cuenta del sastre.

“Herbert tendrá más comentarios ingeniosos sobre todo esto cuando regrese a casa,” dijo a la vez que se sentaban a cenar.

“Ya lo creo,” respondió el señor White. “no habría ni que pensar en ello; yo solo… ¿Que sucede?”

Su esposa no respondió. Estaba mirando los sospechosos movimientos del hombre que estaba fuera de la casa, que, observando indeciso la casa, parecía estar juntando las fuerzas para llamar a la puerta. De inmediato pensó en las doscientas libras y notó que el hombre vestía un sombrero de seda que brillaba de nuevo. Tres veces se detuvo en el portón, pero se siguió de largo tras unos instantes. La cuarta vez se paró con firmeza y, decidido, emprendió su camino hacia a puerta. La señora White no perdió tiempo, puso sus manos detrás de ella y con rapidez se desamarró el delantal y puso aquel útil artículo de vestimenta debajo del cojín de su mesa. 

Trajo al extraño que parecía inquieto al cuarto. El le echaba miradas de reojo y escuchaba abstraído mientras la señora White se disculpaba por lo desordenado de la casa y el abrigo de su esposo, vestimenta que usualmente solo usaba en el jardín. Después a mujer quedo en espera, por cuanto su género le permitió, a que el hombre expresara su razón de estar ahí aunque al principio se quedó en un silencio prolongado.

“Se me pidió que viniera a verlos,” dijo por fin; se detuvo por un segundo para quitar una pelusa de sus pantalones y continuó. “Vengo de parte de Maw & Meggins.”

La vieja tuvo un sobresalto. “¿Cuál es el problema?” preguntó quedándose sin aliento. “¿Le ha pasado algo a Herbert? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?”

Su esposo la interrumpió. “Cálmate, cariño,” dijo apresurado. “Siéntate y no te adelantes a hacer conclusiones. Ha traído malas noticias, de eso estoy seguro, señor” y miró al extraño con melancolía.

“Lo siento…” comenzó el visitante.

“¿Está herido?” preguntó la madre demandante.

“Mal herido,” dijo con voz baja, “pero ya no sufre.”

“¡Gracias a Dios!” dijo la vieja, juntando sus manos. “¡Gracias a Dios por ello! ¡Gracias…”

De golpe entendió el siniestro significado de la afirmación que había hecho el hombre y vio la horrenda confirmación de sus miedos en la mirada desviada del extraño. Recuperó el aliento y volteó hacia su torpe marido, poniendo su mano temblorosa sobre la de él. Hubo un largo silencio.

“Quedó atrapado en una de las máquinas,” dijo el visitante en voz queda.

“Atrapado en una máquina,” repitió la señora White, aturdida, “Sí.”

Se sentó con la mirada vacía hacia la ventana y tomó la mano de su esposa de la misma manera en que la había tomado hace cuarenta años durante los días en que comenzaba a cortejarla.

“Él era lo único que nos quedaba,” dijo volteando a ver a su visitante. “Es difícil”.

El hombre tosió y, tras levantarse, caminó hacia la ventana. “La compañía desea expresarles su más sentido pésame por su pérdida,” dijo sin mirarlos. “Les ruego que entiendan que solo soy un empleado siguiendo sus instrucciones.”

No hubo respuesta; la cara de la mujer estaba pálida, sus ojos fijos y su respiración inaudible; en la cara de su esposo había una expresión que bien pudo ser la que su amigo el sargento puso durante su primera misión.

“Me pidieron que les informara que Maw & Meggins se deslinda de toda responsabilidad,” continuó el hombre. “No admiten ninguna obligación, pero en consideración de los servicios de su hijo, desean ofrecerles una suma de dinero en compensación.”

El señor White soltó la mano de su esposa y, levantándose, se le quedó viendo con una mirada de horror a su visitante, “¿De cuánto se trata?”

“Doscientas libras,” fue la respuesta.

Sin prestar atención al grito desgarrador de su mujer, el viejo sonrió lánguidamente, extendió sus manos como un hombre ciego y se desplomó como un bulto en el piso. 

 

III

En el nuevo cementerio, a unas dos millas de distancia, los viejos enterraron a su hijo y regresaron a su hogar impregnado de silencio y sombras. Todo sucedió tan rápido que, al principio apenas y pudieron digerirlo, y mantuvieron la expectativa de que algo más sucediera, algo más que aligerara su carga, demasiado pesada para sus viejos corazones.

Pero los días pasaron y a la expectativa le siguió la resignación, la resignación desesperanzada de los viejos, a veces llamada por un nombre equívoco: apatía. Había días que no intercambiaban una palabra, pues ya no tenían nada de qué hablar y sus días eran largos hasta el cansancio.

Fue una semana después que el viejo se despertó de forma repentina en la noche, buscó a tientas a su mujer y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras y el ruido de un sollozo entraba por la ventana. Se levantó de la cama y escuchó.

“Regresa,” dijo con ternura. “te va a dar frío.”

“Mi hijo debe tener mucho más frío” dijo la vieja y volvió a sollozar.

El ruido de su llanto se diluyó en sus oídos. La cama estaba tibia y sus parpados pesaban por el sueño. Comenzó a dormitar y siguió su descanso hasta que un grito repentino de su esposa lo despertó de nuevo”.

“¡La pata!” gritó enloquecida. “¡La pata de mono!”

Se levantó alarmado. “¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Cuál es el problema?”

La mujer se apresuró dando tumbos hacia el otro lado del cuarto. “La quiero,” dijo en voz baja. “¿No la has destruido?”

“En la sala, sobre la repisa,” dijo asombrado. “¿Por qué?”

“Solo ahora he pensado en ello,” dijo histéricamente. “¿Por qué no lo pensé antes? ¿Por qué tú no lo pensaste antes?”

“¿Pensar en qué?”

“En los otros dos deseos”, respondió con premura. “Solo hemos pedido uno.”

“¿Y con uno no te ha bastado?” respondió con fiereza.

“No,” gritó triunfante; “pediremos uno más. Baja y tráela rápido, y desea que nuestro pequeño vuelva a la vida.”

El hombre se sentó en la cama y aventó las sábanas de sus pies temblorosos. “¡Por Dios, estás loca!” gritó horrorizado.

“Ve por ella” dijo jadeando; “ve por ella y deséalo; ¡Oh, mi pequeño, mi pequeño!

El marido prendió un cerillo y lo usó para encender una vela. “Vuelve a la cama” dijo inseguro. “Ya no sabes lo que dices.”

“Nuestro primer deseo se concedió,” dijo la mujer, febril; “¿por qué no se cumpliría el segundo?”

“Fue una coincidencia,” tartamudeó el hombre.

“¡Ve por ella y deséalo!” gritó la mujer, temblando por la excitación.  

El viejo volteó a verla y su voz la sacudió “Ha estado muerto por  diez días, además, no te lo habría dicho por otro motivo, pero solo pude reconocer su cuerpo por su ropa. Si ya era una visión demasiado horrible como para que la presenciaras, imagínate ahora.”

“Tráelo de vuelta,” gritó la vieja y lo empujó hacia la puerta. “¡Crees que le temo al hijo que yo misma crie?”

Bajó las escaleras en la oscuridad y anduvo a tientas hasta la sala y de ahí hasta la chimenea. El talismán estaba en su lugar y un horrible temor de que el deseo fuera a traer a su hijo mutilado frente a él y que no pudiera escapar se formó en él; intentó recuperar el aliento al notar que había perdido la dirección de la puerta. Con su frente empapada de un sudor frío, anduvo a tientas alrededor de la mesa y se aferró a la pared hasta que llegó al umbral de sus aposentos con el objeto maldito en mano.

La cara de su esposa cambió cuando entró a la habitación. Su rostro estaba pálido, expectante y, para alimentar aún más sus miedos, tenía una apariencia antinatural. Él le tenía miedo.

“¡Deséalo!” gritó ella, con una voz grave.

“Es absurdo y perverso,” titubeó.

“¡Deséalo!” repitió su esposa.

Él levantó su mano. “Deseo que mi hijo vuelva a estar vivo.”

El talismán cayó al piso, y él lo miró con temor. Temblando, se dejó caer sobre una silla, a la vez que la mujer corría, con los ojos encendidos, hacia la ventana y abría el postigo de la ventana.

Se quedó sentado hasta que el frío lo dejó helado, mirando ocasionalmente la figura de su esposa vigilante en la ventana. La vela, que se había consumido hasta el borde del candelero de porcelana, producía sombras intermitentes en el techo y las paredes, hasta que, con un brillo de mayor intensidad, se extinguió. El viejo con una inefable sensación de alivio por el fracaso del talismán, regresó a su cama y, un minuto o dos después, la mujer le siguió y se acostó apática a su lado.

Ninguno habló; ambos se quedaron en silencio escuchando el tic tac del reloj. Una escalera crujió y un ratoncillo chillón correteó ruidosamente por la pared. La oscuridad era opresiva, y después de estar acostado por un rato reuniendo valor, el esposo tomó la caja de cerillos y, tras encender uno, bajó las escaleras buscando una vela.

Al pie de las escaleras el cerillo se apagó e hizo una breve pausa antes de encender otro; en ese momento se escuchó un golpe, tan quedo y furtivo que apenas era audible, en la puerta principal.

Los cerillos cayeron de su mano. Se quedó parado sin moverse, su respiración se detuvo hasta que el golpe se repitió. Entonces se dio la vuelta y corrió hacia la habitación, cerrando la puerta detrás de él. Un tercer golpe sonó en la casa. 

“¿Qué fue eso?” gritó la mujer, levantándose de un salto.

“Una rata,” dijo el viejo con voz temblorosa, “una rata. La vi pasar a mi lado.”

Su esposa se sentó en la cama y se mantuvo atenta. Un golpe fuerte resonó por toda la casa.

“¡Es Herbert!” gritó. “¡Es Herbert!”

Corrió hacia la puerta, pero su esposo la intercepto y la tomó del brazo con fuerza.

“¿Qué vas a hacer?” susurró con voz ronca.

¡Es mi niño; es Herbert!” gritó mientras forcejeaba. “Olvidé que estaba a dos millas de distancia. ¿Por qué no me dejas ir? Déjame ir. Tengo que abrir la puerta.”

“¡Por Dios Santo, no lo dejes entrar!” le rogó el hombre, temblando.

“Le tienes miedo a tu propio hijo,” le reclamó, forcejeando. “Déjame ir. ¡Ya voy, Herbert; ya voy!”

Hubo otro golpe, y otro más. La mujer, por desgracia, logró soltarse de su esposo y corrió fuera del cuarto. Su esposo la siguió y la llamó intentando que le hiciera caso mientras corría escalera abajo. Escuchó el ruido de la cadena y el pestillo inferior de la puerta levantarse lenta y rígidamente de su cuenca. Entonces escuchó la voz de la vieja afectada y jadeante.

“El pestillo,” gritó. ”Baja. No puedo alcanzarlo.”

Pero su esposo estaba de rodillas buscando desesperadamente en el piso la pata. Si tan solo pudiera encontrarla antes de que la cosa que estaba fuera de la casa pudiera entrar. Un continuo golpeteo reverberó por toda la casa y alcanzó a percibir el sonido de una silla raspando el piso que su esposa estaba poniendo en el pasillo contra la puerta. Escuchó el chirrido del pestillo al abrirse; en ese mismo instante encontró la pata de mono y frenéticamente suspiró su tercer deseo.

El golpeteo cesó repentinamente, a pesar de que sus ecos aún se escuchaban en la casa. Escucho como su mujer retiraba la silla y abría la puerta. Un viento gélido subió por la escalera y un largo y fuerte lamento de decepción y miseria exhalado por su esposa le dio la fuerza para correr a su lado y, después, más allá del portón. La farola titilante brillaba en el lado opuesto de la calle desierta.


Autores
(1863 – 1943) Fue un humorista, novelista y cuentista británico. Se le conoce principalmente por su relato de terror "La pata de mono" (The Monkey's Paw), incluido en el libro de cuentos The Lady of the Barge (La dama de la barca, 1902). La mayor parte de su obra, sin embargo, se adscribe al género humorístico.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.

El 30 de octubre de 1938, se estrenaba en el programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air una adaptación de la conocida novela de H.G. Wells La guerra de los mundos, este episodio, dirigido por Orson Welles, será recordado por causar pánico entre la audiencia creando el mito de que millones de radioescuchas se habían convencido de la veracidad de la invasión extraterrestre. Hoy Gerardo Artega, Alison Calva, Fernando Barrera y Tetza Ordoño debaten sobre el símbolo del alienígena y el impacto de la novela en el arte pop.

 

 


Autores
Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado cuentos en antologías como “Sobrevivientes” y también colaborado en revistas digitales como Sin Embargo y Chulavista. Forma parte del colectivo Fárrago Nómada.

 

 

Nyarlathotep… el caos reptante… Yo soy el último… Le contaré al vacío que escucha…

No recuerdo de forma precisa cuándo comenzó, pero fue hace meses. La tensión general era horrible. A una temporada de revueltas políticas y sociales se añadió una extraña y melancólica aprehensión de un horrible peligro físico; un peligro generalizado y que todo lo abarcaría, un peligro que solo se puede concebir en los más terribles fantasmas de la noche, Recuerdo que la gente iba y venía con la cara pálida y expresión preocupada, y susurraba advertencias y profecías que nadie se atrevía, de manera consciente, a repetir o aceptar para sí mismo que las había escuchado. Un sentimiento de culpa monstruosa se extendía sobre la tierra, y de los vacíos que hay entre las estrellas soplaban corrientes que hacían temblar a los hombres en la oscuridad y los lugares solitarios. Había una alteración demoníaca en el orden de las estaciones —el calor se prolongó durante el otoño de manera espantosa, y todos sintieron que el control del mundo y, tal vez, el universo había pasado de manos de dioses y fuerzas conocidas a manos de dioses o fuerzas desconocidas.

Fue entonces que Nyarlathotep salió de Egipto. ¿Quién era? Nadie lo sabía, pero era de la vieja sangre nativa y tenía el aspecto de un faraón. Los fellah se arrodillaban cuando lo veían, pero eran incapaces de decir por qué. Él decía que había surgido de la oscuridad de 27 siglos, y que había escuchado mensajes de lugares fuera de este planeta. A la civilización llego Nyarlathotep, moreno, delgado y siniestro, comprando extraños instrumentos de vidrio y metal y combinándolos para convertirlos en instrumentos todavía más extraños. Hablaba mucho de ciencias —de electricidad y psicología—, y hacía exhibiciones de poder que dejaban a sus espectadores sin palabras que aumentaron su fama a una magnitud impresionante. Los hombres se aconsejaban los unos a los otros que fueran a ver a Nyarlathotep, y temblaban. A donde iba Nyarlathotep, desaparecía el descanso; pues las madrugadas se llenaban con gritos de pesadillas. Nunca antes los gritos de pesadillas habían sido tal problema público; ahora, los hombres sabios casi deseaban que se prohibiera dormir en las madrugadas, para que los alaridos de la ciudad molestaran menos espantosamente a la pálida y lastimera luna que brillaba tenuemente sobre las aguas verdosas que corrían bajo los puentes y los viejos campanarios que se derrumbaban contra un cielo enfermizo.

Recuerdo cuando Nyarlathotep llegó a mi ciudad —la gran, la vieja, la terrible ciudad de incontables crímenes—. Mi amigo  me había hablado de él, y de la irresistible fascinación y lo llamativo de sus revelaciones, y yo ardía con fervor por explorar sus misterios más escondidos. Mi amigo me dijo que eran horribles e impresionantes, más allá de mis más enfebrecidos pensamientos; que en una pantalla de una habitación a oscuras se habían proyectado imágenes proféticas que nadie, a excepción de Nyarlathotep se había atrevido profetizar, y que en un chisporroteo de sus chispas les había quitado a los hombres aquello que no se les había quitado antes y que solo se mostraba en sus ojos. Y escuché que en el extranjero se rumoraba que los que conocían a Nyarlathotep podía ver cosas que otros no.

Fue en el cálido otoño que pase la noche con las multitudes ansiosas por ver a Nyarlathotep; a través de la pesada noche y las interminables escaleras que llevaban a un cuarto asfixiante. Y vi en una pantalla las sombras de seres encapuchados escondidos entre ruinas, y caras amarillas y malignas espiando desde detrás de monumentos caídos. Y vi al mundo batallar contra las tinieblas, contra las oleadas de destrucción procedentes de lo más recóndito del espacio; arremolinándose, agitándose y batallando alrededor de un sol que se iba debilitando y enfriando. Entonces las chispas comenzaron a saltar de forma sorprendente sobre las cabezas de los espectadores, y los cabellos se erizaron, a la vez que sombras todavía más grotescas de lo que puedo expresar salieron y se agacharon sobre las cabezas. Y cuando yo, que era de pensamiento más frío y científico que el resto, murmure una protesta temblorosa sobre “falsedad” y electricidad estática”, Nyarlathotep nos guió a la salida, por esas escaleras hacia abajo, a las húmedas, calientes y desiertas calles de la medianoche. Grité tan fuerte como pude que no tenía miedo, que yo nunca podría tener miedo; y otros gritaron conmigo como forma de consuelo. Nos juramos los unos a los otros que la ciudad era exactamente la misma, y todavía vivía; y cuando las luces eléctricas comenzaron a desvanecerse, maldecimos la compañía una y otra vez, y nos reímos de las caras extrañas que hicimos.

Creo que sentimos algo descendía de la luna verdosa, pues cuando empezamos a depender de su luz, de modo involuntario hicimos una formación extraña y parecíamos conocer nuestro destino, aunque no nos atrevíamos a pensar en ello. Una vez miramos al pavimento y encontramos que los adoquines estaban flojos y desplazados por el pasto, con poco menos que una línea de metal oxidado que mostraba el lugar donde alguna vez habían pasado los tranvías. Y una vez más vimos un tranvía solitario y sin ventanas, arruinado y volcado. Cuando volteamos a ver el horizonte, no pudimos encontrar la tercera torre que se encontraba cerca del río, y nos dimos cuenta que la silueta de la segunda torre estaba rota de la parte superior. Entonces la formación que hicimos se separó en delgadas columnas y cada una pareció tomar una dirección distinta. Una de ellas desapareció en un estrecho callejón que estaba la izquierda, dejando solamente el eco de un chocante gemido. Otra, bajo por una entrada del metro que estaba atestada de hierbajos dando alaridos y riendo como locos. Mi propia columna se vio atraída hacia el campo abierto y sentí un escalofrío poco nada común en el cálido otoño; pues mientras caminábamos furtivamente en la oscuridad de páramo, vimos que nos rodeaba el demoniaco brillo lunar de nieves malignas. Nieves sin caminos, inexplicables, divididas por la mitad en una sola dirección que daba hacia un abismo tan negro que contrastaba con sus paredes brillantes. La columna parecía muy delgada mientras avanzaba somnolienta hacia el abismo. Yo me quedé rezagado, pues la hendidura negra en medio de la nieve iluminada por la luz verdosa me provocaba terror, y creí escuchar las reverberaciones de un lamento desasosegado a la vez que mis compañeros desaparecían; pero mi poder de resistencia fue poco. Como si estuviese atraído o me hubiesen llamado aquellos que se habían ido antes, medio floté entre los colosales montones de nieve, estremeciéndome y asustado, hacia el vórtice de lo inimaginable.

Extremadamente sensible, estúpidamente delirante, solo los dioses que fueron podrían explicarlo. Una enfermiza y sensitiva sombra retorciéndose en manos que no son manos, y arremolinándose ciegamente, dejando atrás medianoches fantasmagóricas de creación putrefacta, cuerpos de mundos muertos con llagas que alguna vez fueron ciudades, vientos de muerte que rozan las estrellas pálidas y las hacen titilar tenuemente. Vagos espectros de cosas monstruosas pertenecientes a más allá de los mundos; columnas entrevistas de templos sin santificar que descansan en rocas sin nombre debajo del espacio y que alcanzan hasta los vertiginosos abismos por encima de las esferas de luz y de oscuridad. Y a través de este nauseabundo cementerio del universo, el sordo y enloquecedor batir de los tambores, y el fino y monótono alarido de las flautas blasfemas provenientes de las inconcebibles y oscuros aposentos más allá del tiempo; el detestable golpeteo y pitido allá donde bailan lenta, torpe y absurdamente los gigantescos y tenebrosos dioses definitivos; las ciegas, mudas e imbéciles gárgolas cuya alma es la de Nyarlathotep.


Autores
(1890-1937) es un autor estadounidense, cuyos relatos se caracterizan por la ficción del horror y lo fantástico, siendo uno de los más reconocidos en este ámbito de la literatura.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Imagen tomada de Flickr

Cierta vez mi abuela me habló por teléfono, el tiempo pareció no ser suficiente para ponernos al día con nuestras vidas y a mitad de nuestra charla comentó:

—Vaya, ya empezaron a martillar otra vez.

Le pregunté a qué se refería, pero prefirió ignorar mi pregunta. Me sentía una mala nieta por no hablarle ni visitarla frecuentemente.

—¿Qué te parece si nos vemos mañana para comer juntas?

—Estaré esperándote —me dijo, justo antes de colgar.

Durante la comida salió a relucir el tema de que todas las noches, sin excepción, se escuchaba un constante martillar en la pared.

—¡Escucha! —exclamó, llevándose la mano a su auricular.

Por más que presté atención, no alcancé a distinguir martilleo alguno.

—¿Lo ves?, ya están de nuevo poniendo clavos —me dijo.

—¿Clavos? —le pregunté.

—Clavos —recalcó, mostrándome la pared que daba a la sala.

La miré sin notar nada diferente; esa pared color crema había estado adornada desde siempre con un gran cuadro de hortensias.

—Es insoportable ese ruido durante todo el día y la noche, me vuelve loca —se quejó amargamente.

Yo realmente no había escuchado el martilleo del que hablaba, pensé en su edad avanzada y que quizá se sentía sola viviendo aquí.

—Abuela, ¿puedo quedarme a dormir? —pregunté en tono condescendiente.

—¡Por supuesto! —respondió encantada.

Era de madrugada cuando un constante golpeteo me despertó; seguí el ruido hasta la sala. Prendí la luz y escuché por primera vez ese incansable martillar del que tanto había hablado la anciana. El sonido provenía de atrás del cuadro. Lo descolgué y, al momento de quitarlo, resonaron decenas de clavos cayendo a mis pies. Los recogí y los guardé en mi bolsillo.

Recargué el cuadro sobre un mueble y me detuve a examinar la pared con mi mano. Noté que había un pequeño clavo clavado justo en el medio; sin embargo, lo noté flojo. En el momento preciso en el que iba a quitarlo de su sitio, mi abuela entró en la sala.

—No importa que lo quites, el clavo vuelve a ponerse en su lugar —dijo.

Lo retiré y comprobé que cuando se quedaba solo con el pequeño agujero, de pronto se escuchaba un golpeteo y el clavo pasaba de mis manos a la pared como si lo atrajera cual imán. A continuación, se escucharon más golpeteos en la pared, originándose una dúplica exacta del clavo encajado, el cual cayó al suelo.

—¿Qué está ocurriendo? —exclamé al mirar con incredulidad su generación espontánea.

—Tal vez si lo quitas de nuevo y cubres el orificio ya no pueda volver a su sitio —propuso la vieja.

Sin pensarlo demasiado, quité el clavo y cubrí el orificio con el dedo. Acto seguido, el clavo atravesó la uña de mi dedo índice y se colocó en su sitio. A pesar de mi sorpresa y dolor, de nuevo se había generado otra dúplica resonando en el suelo.

Ahora era mi dedo lo que unía aquella pared con el clavo. Comenzaron a caer gotas de sangre, manchando un poco la pared.

—¿Vas a quedarte ahí esperando a terminar de ensuciarme la pared? —me musitó enojada.

Su frialdad me desconcertó, pero sirvió para ponerme en marcha. Tomé una de las dúplicas caídas y me preparé para desclavar el infame clavo que había atravesado mi uña mientras tapaba aquel orificio con la dúplica. Lo hice rápido: no ocurrió ninguna otra duplicación ni tampoco hubo más martillazos.

Encontré un trapo y lo anudé alrededor de mi dedo para detener el sangrado. Recordé que no hace mucho ella también se había lastimado el dedo y su herida lucía muy similar a la mía.

—Abuela, ¿recuerdas qué te pasó en la mano?

—¿Mi mano?, ¿de qué hablas? —y extrañada me mostró sus manos pecosas y arrugadas, pero sin ninguna herida o cicatriz visible.

El sol comenzaba a asomarse por las cortinas.

—Será mejor que te marches —me dijo.

—Pero abuela… después de desayunar…

—¡No, ya es tiempo de irte! —y a empujones me sacó de la sala.

—Al menos déjame ayudarte a limpiar el desorden.

—No, déjalo así, ¡ya vete! —dijo, entregándome las llaves del auto y dejándome afuera.

—Pues ni hablar… —realmente me había corrido. Conduje de camino a casa.

Al llegar no recordaba con claridad hace cuánto que no había visto a la abuela y trataba de explicar sus anteriores acciones con el hecho de estar desacostumbrada a tratar con sus excentricidades aunadas a su senilidad. Cuando desperté, sentí unos pequeños piquetes en la espalda. Me había olvidado de vaciar el bolsillo con los clavos y estos se habían desperdigado por toda la cama. Al poco rato decidí llamarle para cerciorarme de que estuviera bien.

—Ya no escucho ese ruido infernal —me dijo.

—Me alegro —le respondí, y cuando iba a decir algo más se escucharon unos golpeteos en mi pared.

Salí de la habitación, buscando el origen del constante golpeteo. Miré y, justo ahí, se encontraba aquel clavo en medio de la pared de la sala.

—Abuela, tengo que colgar.

—Ahora lo tienes tú —me contestó, riendo a lo lejos.

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo al acordarme cuál había sido la última vez que la había visto y por qué ya no la visitaba ni le hablaba. Hacía tres años mi abuela había sufrido un infarto fulminante. Cuando me despedí de ella, estaba en su ataúd con las manos entrelazadas y ahí fue cuando noté aquella herida idéntica a la mía. Solté el teléfono cuando la vi salir de mi habitación.

—¡Tú no eres ella! —le espeté.

Los pasos de la vieja no eran humanos sino metálicos, repiqueteaban como cuando se deslizan los clavos sobre una superficie. Me arrinconó contra la pared de la sala.

—¡No te podrás librar de nosotros!

En eso, de la sombra proyectada por el clavo de la pared salieron unas largas y fuertes zarpas que me estamparon contra el pequeño clavo, perforando mi cráneo una y otra vez…


Autores
LR-7 (Morelos, México) Escritora, ilustradora y animadora digital. Lleva el blog http://papalotedeletras.blogspot.com/ y ha colaborado en varias antologías, como Fantastique, Penumbria, El Círculo de Lovecraft, Historias Pulp, El Narratorio, La Sirena Varada, Mar Crepuscular, Demencia y Quinta Raza.
Ilustración de Etel Castrejón.

 

 

 

A media noche, aterrado, débil y ponderando

extraños tomos de vetusto folclor olvidado— 

se mecía mi cabeza, casi en siesta, cuando una aldabada

sonó, como de alguien llamando a la puerta de mi habitación.

“Una visita,” murmuré, “llamando a mi habitación— 

solo eso y nada más.”

 

Fue en el gélido diciembre, lo recuerdo 

y cada agonizante braza arrojaba sobre el suelo su fantasma.

Ansiaba del alba la llegada;— en vano buscaba

que en los libros el dolor se disipara— dolor por Leonora perdida— 

ella, única y radiante, a quienes los ángeles tienen por nombre Leonora— 

sin nombre aquí, ya, por siempre.

 

Y el sedoso bisbiseo incierto de cada púrpura cortina

me inquietaba— me llenaba de fantásticos terrores jamás soñados;

por eso ahora, al ritmo ansioso de mi corazón, me repetía

“Es solo una visita insistiendo entrada a mi habitación;— 

solo eso, nada más.”

 

Acto seguido se fortaleció mi alma; sin titubear un segundo más,

“Caballero,” dije, “o dama, imploro me disculpe;

pero la cosa es que dormía, y tan gentilmente vino a aldabear,

tan levemente vino a tocar, a tocar a la puerta de mi habitación,

que no sabía si le había escuchado o no”— y la puerta abrí de golpe.

Frente a mí solo oscuridad, nada más.

 

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

 

Un largo tiempo las sombras frente a mí miré absorto, preguntándome, temiendo,

dudando, soñando lo que ningún mortal habíase atrevido a soñar;

pero el silencio no rompía y la calma no cedía,

y la única palabra ahí pronunciada fue el susurro, “¡Leonora!”,

esto susurré, y un eco susurro de vuelta “¡Leonora!” — 

Solo esto, y nada más.

 

De vuelta a mi lar giré, mi alma a llama viva,

y pronto escuché otra vez aldabadas, con más convicción que la vez anterior.

“Seguramente,” dije, “seguramente hay algo en el enrejado de mi ventana:

veamos, entonces, qué hay ahí y exploremos este misterio— 

que mi corazón se detenga un momento y exploremos este misterio— 

Es el viento, nada más.”

 

Abierto dejé el postigo cuando, en aleteo altivo,

se filtró desde sagrados días arcaicos augusto cuervo,

que sin reverencia ni minuto de retraso,

con apariencia de hombre y de mujer se asentó sobre mi puerta— 

se asentó sobre un busto de Pallas sobre mi puerta— 

se asentó, reposó y nada más.

 

Ilustración de Etel Castrejon

Ilustración de Etel Castrejon

 

De ébano esta ave embrujó una sonrisa a mi tristeza

con su grávido y severo semblante.

“Pese a que tu cresta esquilada y trasquilada está, tú”, dije, “no eres cobarde,

tétrico cuervo adusto y ancestral, traído del litoral de la Noche— 

Dime cuál es tu nombre en el litoral de la Plutónica Noche!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Cuanta maravilla me causó escuchar al ave discurrir tan claramente,

aún si su respuesta poco sentido— poco significante fuera;

pues menester es decir que ningún otro ser humano

fue bendecido jamás imagen tal de pájaro sobre puerta— 

ave o bestia sobre el tallado busto sobre la puerta,

con nombre tal de “Nuncamás.”

 

Más el cuervo sentado solo sobre el plácido busto lanzó solo esa palabra,

como si su alma en dichas sílabas se vertiera.

Nada después comentó— ni una pluma aleteó— 

Hasta que en poco más que un susurro dije, “otras amistades el vuelo han emprendido— 

A la mañana él me dejará, como mis esperanzas.”

Luego dijo el ave, “Nuncamás”.

 

Sobresaltado por tan apta respuesta, que la calma rompió,

“Sin duda,” dije, “lo que dice es su único saber,

fruto del contagio suscitado por un amo miserable a quien desastres

fugaces le seguían hasta que en su melodía la melancolía brotó,

hasta que en las barcas de su Optimismo la melancolía 

de un “Nunca— nunca más” brotó.

 

Más el Cuervo aún embrujaba a mi tristeza una sonrisa,

una silla y un cojín conduje hasta ave, y busto y puerta;

y ya sobre el terciopelo, me dediqué a enlazar

fantasía con fantasía, pensando en lo que el ominoso cuervo antiguo— 

Lo que este severo, desairado, macabro, demacrado y ominoso cuervo arcaico

quería decir con “Nuncamás”.

 

Esto desde mi asiento cuestionaba, sin expresar una sílaba 

al ave cuyos ojos-brasas dejaban quemaduras en el núcleo de mi plexo pectoral

Esto y más me cuestionaba, con mi cabeza reclinada

sobre el terciopelo del cojín que la luz de lámpara bañaba

Más cuyo violeta terciopelo a la luz de lámpara bañándose 

ella sentirá, ah, nunca más!

 

Luego, creo, se densificó la atmósfera, bañada por invisible botafumerio

de lado a lado por Serafines balanceado, con pisadas pizcas sobre el alfombrado,

“Miserable”, bramí, “tu dios te ha prestado— con estos ángeles te ha enviado

descanso— descanso y nepente para tus memorias de Leonora!

Sorbe, oh sorbe el amable nepente y olvida a la incurable Leonora!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

“¡Profeta!” dije, “ser del mal— profeta aún, si ave o diantre!— 

Si El que tienta te envió, o si la tempestad a esta ribera arrojó,

desolada más impávida, esta baldía tierra encantada— 

a este hogar por el horror asediado— dime verdadero, te lo imploro— 

existirá— existe acaso en el monte de la alianza el bálsamo?—¡Dime, dime, te lo imploro!”

Cito al cuervo, “Nunca más.”

 

“¡Profeta!” dije, “ser del mal!— profeta aún si ave o diantre— 

Por los cielos que sobre nosotros doblan— por ese Dios de nuestra adoración— 

Di a esta alma de pena cargada si, en el perímetro del Aidén

se encuentra la doncella sacra que los ángeles llaman Leonora— 

si está ahí la única y radiante, a quienes los ángeles tienen por nombre Leonora.”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

 

“Que sean esas palabras nuestra partida, demonio o ave,” yo exclamé, trastornado— 

“¡De vuelta vuela a la tempestad, al litoral Plutónico de la Noche!

¡No dejes ni una negra pluma como evidencia de la mentira proferida!

¡Déjame en mi soledad inquebrantada! —deja el busto sobre mi recámara!

¡Retira tu pico de mi corazón, despeja tu forma de mi puerta!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Y el Cuervo, sin revolotear, sigue posado, sigue posado

sobre el pálido busto de Pallas justo sobre la puerta de mi habitación,

y sus ojos son los de un demonio en sueños,

y la lámpara sobre él lanza su sombra hacia el tapete;

y mi alma de esa sombra que sobre el suelo flota,

¡se levantará— nunca más!


 

 


Autores
(Estados Unidos, 1809-1849) Fue un poeta, narrador, editor y crítico literario, cuyos relatos cortos y poemas fueron especialmente determinantes en el contexto de la literatura decimonónica.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Etel Castrejón
(Colima, 1991) Estudió en el Instituto Universitario de Bellas Artes de Colima, con la especialidad en pintura. Se mudé a la ciudad con la finalidad de encontrar más oportunidades de crecimiento. Ha desarrollado el dibujo a través de diversos diplomados. Actualmente maneja su marca, ETEL.

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí…! ¡sí…! —asentía Mazzini—. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo…! ¡No faltaba más…! —murmuró.

—¿Qué, no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:

—¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste…?

—¡Nada!

—Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin!— murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma…

No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama —le dijo a Berta.

Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó mas la voz ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


Autores
(Salto, 1878 – Buenos Aires, 1937) destacado narrador uruguayo ha sido considerado creador del cuento moderno hispanoamericano.
Ilustración por Liz Dot

Pretendo que los rayos no me asustan. Por la ventana veo llover a cántaros. Cubetadas de agua hacen de las calles ríos. Es la temporada. Finales de junio, verano, el verde y dulce verano. Son vacaciones y no puedo salir a la calle porque las tormentas no terminan por deshacerse. Llevamos cuatro días con lluvia. Mi familia está preocupada. Hay quien se ha puesto histérico. Mis amigas me llaman para saber cómo estoy, qué opino de la lluvia, de Juan Alonso, del profesor de álgebra, del de comercio, de mis compañeros con rostros como de ratas pálidas o castores lujuriosos. No estoy interesada. Se los he dicho a mis amigas. No me interesa el sabor de sus lenguas viscosas. No quiero besos, mucho menos lo que sigue.

No por ahora. Claro que soy normal, es sólo que me parecen repugnantes. Y la lluvia no me ha convertido en una niña vulgar y aburrida pensando idioteces, provocando problemas, o haciendo cosas que no quiero hacer tan sólo para retarme a mí misma y castigar a mi amado papito por no haberme cumplido mi capricho número setecientos setenta y siete de la temporada.

Me apena tener a las amigas que tengo. Pero me apenaría más no tener ninguna. No es algo que haya decidido yo. Es algo que ha sido determinado de esta manera. Yo fluyo con las reglas, con la estructura del mundo. Me acomodo perfectamente. No tengo enemigas, ni tampoco grandes amigas juradas del alma. Me alegro, esas son las peores. Mantengo, sin embargo, las relaciones necesarias, los besos hipócritas, las confesiones interesantísimas sobre quién le puso el cuerno a quién y con qué sujeto.

Yo misma me muero por tener un poco de acción romántica, o sexo duro. No me hago ilusiones con el amor, con los chicos perfectos o con los príncipes que me protegerán del mal del mundo con un escudo floreado mientras cabalgan sobre un unicornio. Tampoco soy una puta. O quizá lo sea. No me he dado la oportunidad. No tengo nada en contra de las mujeres que dan su chocho a cualquier pene que se les ponga en el camino. Si una disfruta, si a una le gusta, pues adelante, que para eso tenemos nuestros botoncitos. ¿Por qué entonces no me he permitido acercarme a la promiscuidad si no creo en lo contrario?

No lo sé: discusiones vanas, temas demasiado comunes, o soy una mujer enferma, un caso de esos raros, extraños, porque me falta un gen o soy frígida, o mi mente está en otro lugar muy lejano, ajeno a todo el transitar vulgar del mundo.

Nunca he sentido una lengua en mi coño. Me gusta la palabra coño. No me gusta la palabra virgen. Y no ha habido una lengua en mi coño porque no me interesa. Eso me hace una virgen. No tiene sentido pero, ¿a quién le importa? A mí me preocupan otro tipo de lenguas.

Las lenguas muertas.

Ilustración por Liz Dot

Ilustración por Liz Dot

Mi abuela es la contadora de historias de la familia. Migrante italiana, aún habla algunos de los dialectos del centro de la península. Umbría, su lugar de nacimiento; Nápoles, donde vivió un tórrido romance con un playboy mentiroso e infiel; Sicilia, donde aprendió a cocinar como lo hace, con un toque único, casi espiritual. Después migró por razones que nunca ha querido decirnos. Papá es el único al que le ha contado un poco de sus motivos, algunos demasiado disparatados como para ser ciertos, según él.

Yo admiro mucho a mi abuela, es una mujer fuerte, tenaz, de voz imponente y cantarina. Sabe tantos secretos de la cocina como de la vida, los hombres, las mentiras y las pasiones. Y da gusto cuando empieza a tomar porque se le va la lengua. Empieza a contar romances de juventud, historias políticas o de terror. Cuando la abuela se fue de Italia llegó a Argentina; era lo más sencillo. Ya había un grupo enorme de exiliados. Se hizo con las costumbres argentinas, cocinó, vivió, amó y se largó a México, donde finalmente conoció a mi abuelo.

El abuelo murió pronto. No llegué a conocerlo, y los recuerdos de mi padre no son demasiados. Era un hombre aparentemente ausente, frío y controlador. Nadie entiende por qué la abuela se juntó con él. Se lo he preguntado y solo me ha respondido con sonrisas. Me ha dicho también que aún no lo entiendo, pero que llegará un día en que lo haga. La abuela habla de historias muy viejas, dignas de ser relatadas en las lenguas antiguas, las lenguas muertas, condenadas al olvido.

La abuela me atemoriza, pero a la vez siento que es la única que realmente me comprende. Ella sabe cuán curioso me parece el sexo, y estoy segura de que sabe qué tipo de perversas imágenes abarrotan mi cabeza. Entiende por qué no estoy interesada en iniciarme ahora. No ha llegado con quién pueda hacerlo. A mi alrededor sólo hay palurdos, niños imbéciles con videojuegos metidos en sus cabezas vacías. No saben aún de los placeres sutiles, de los placeres profundos, de los placeres perversos.

Mi abuela me palpa las piernas, me nalguea y ríe extasiada, señalando mis atributos y alegrándose por mí. Me asegura que disfrutaré demasiado, y que haré disfrutar a muchos hombres también. Pero debo ser paciente, que para algo tan especial no hay que apresurarse. No se la cogen a una mientras corre, ¿verdad?

Me pregunto muchas cosas sobre ella, sobre su vida anterior, las cosas que ha visto. Hay marcas en su mirada, son tan palpables como su rostro lleno de arrugas, y es tan sutil como suave es su piel. Mi abuela sabe demasiado, no sólo del sexo y de la cocina. Sabe de cosas que se ocultan y arrastran en la oscuridad, de criaturas que el ojo humano no puede ver pero aun así existen, de maldiciones más antiguas que la misma humanidad. A veces, en su mirada percibo el miedo. Eso es lo que me ha hecho tan cercana a ella, lo que me ha hecho sentir tan identificada con mi abuela: le teme tanto a los rayos como yo. La he visto durante las tormentas, ya sea durante una fiesta familiar o en un evento multitudinario. El aspecto que tiene cuando caen los rayos. Puede estar sentada, con un chal oscuro sobre las piernas, una copa de vino o un caballito de tequila en la mano, riéndose y cantando, tan alegre como es ella, para después levantarse de su asiento y avanzar nerviosa de un lado a otro, tirar su bebida y musitar extrañas palabras. Casi nadie se da cuenta, deja pasar el incidente con una risotada. “La ha asustado el rayo, verdad, mamita”. Pero no saben lo que yo sé. No pueden sentir ese temor atroz cuando los rayos caen.

No me interesan las mismas cosas que a las chicas de mi edad. No es presunción. En mi mente burbujean otras preocupaciones, más extrañas y sutiles. Veo en la abuela una parte de mí, de ese estado alegre y a la vez temeroso. Y siento que ella podría darme una respuesta. Llueve y no sé si las historias sean reales, si las lingue morte verdaderamente existen. Trato de tranquilizarme, tomar los cuentos de la abuela como meras alegorías, parábolas donde siempre se aprende un mensaje moral. Es difícil hacerlo cuando la lluvia golpea la ventana de mi cuarto y mis piernas tiemblan cada que un rayo aporrea el viento y el agua y la tierra. Trueno es cuando cae. El martillo de los dioses, como dicen en los libros de mitos. Mi abuela los llama de otra forma, lingue morte, lenguas arrastrándose por la tierra, quemando los campos y buscando una presa que llevarse a la boca, bocas ocultas de brujas celestiales, ansiosas por un poco de sangre fresca.

Ilustración por Liz Dot

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La abuela me ha dicho que proteja mi carne, no solo de la mirada y de los toqueteos de hombres inferiores, sino de los deseos de aquellos que están por arriba de todo. Aquellos, me parecía, eran hombres poderosos, a quienes es difícil negarles algo. Sin embargo, en la mención de mi abuela existe un significado más profundo, frases entreveradas en idiomas desconocidos para mí.

Estoy segura de que ella no hablaba de hombres adinerados. Lo que decía era una advertencia. Mi carne las llamará, a esas lenguas, las lenguas de fuego desatadas con la tempestad, las lenguas que buscarán mis chiappe y mi húmeda fica. Podría ser una metáfora estúpida para hablarme del sexo y de no dárselas a cualquiera. Pero yo sé muy bien cuánto le asustan los rayos a mi abuela, cuánto me asustan a mí. Marcan el aire y lo tiñen de rojo, los mismos rayos caen y golpean la tierra, rojos y encendidos, tan brillantes como un destello de odio. Las lenguas se acercan a mí, a mi ventana, olfatean la carne, y esplenden.

No ha dejado de llover. Las manchas de humedad empiezan a recorrer las paredes. Agrieta el agua la roca y el yeso, la arenisca me cubre los pechos y me hace estornudar. Hablan en las noticias de las inundaciones, de la gente varada. Hablan de que Dios ha vuelto a abrir los sellos. ¿Dónde está el Arca de la Alianza? El arcoíris se oculta bajo los nubarrones y la luz es tan blanca que podría derretir la retina.

Encerrada en mi habitación, palpo mis muslos, mi húmeda carne, la siento trémula, como la piel de un tambor demasiado tenso. Puede estallar, ¿y si lo hiciera, en qué tipo de manchón me convertiría? Mi garganta está reseca. Necesito agua, aunque debería bastarme con toda la que cae tras la ventana. ¿Para qué quiero más? La casa misma se ha vuelto una esponja.

En alguna parte de la casa está la abuela. Ella está siempre, aunque creamos lo contrario. Sus pasos como de pantera vieja acechan mi cuarto. Ella me cuida de los intrusos. ¿Podrá un gran felino mantener alejadas a las malas lenguas?

Mi vientre se hincha. Me palpo los labios, lo que es arriba es abajo, como dice la abuela. Soy igual al afuera, a esa tierra mojada. Mis dedos entran en la arena y descubro que está caliente. Se despliega un alboroto entre las nubes. De pronto vuelve a ser de día y yo pienso que he elegido un mal día para hacerme agua, hacerme sangre. La abuela gime. Su gemido es tan profundo y lastimero que tiemblo. Quisiera detenerme pero mis manos ya no son mis manos, mi aliento lo detenta una lengua ajena a la mía. Las ventanas crujen, mi piel se eriza. Las puntas de esas lenguas muertas agrietan como garras los cristales. El frío entra y reresca mis muslos, mis nalgas.

Alguien grita, ¡la abuela ha salido! ¿Qué hace? ¡Deténganla!

El clamor es tan intenso que mis orejas se convierten en bulbos rojos.

¿Dónde estará la abuela? Intento incorporarme. Un peso increíble pero atroz se posa en mi pecho. Las ventanas terminan por romperse y escucho los rugidos. Aunque mis ojos casi no están abiertos por las oleadas de placer que provienen del centro de mi cuerpo, como las piedras que arrancan ondas en la superficie de un lago quieto, veo el resplandor y la furia de los cielos. Allá afuera es una batalla entre mi abuela y las lingue morte. Allá afuera son los gritos y los gemidos de dolor.

Acá adentro son las lenguas que recorren los fogonazos de mi piel, y acá adentro también son los gritos, y los gemidos de placer.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Liz Dot