En Tierra Adentro queremos visibilizar aquellos medios creativos que son ignorados con demasiada frecuencia por las revistas literarias y otros medios de publicación. Entre ellos, nos parece que el cómic es de los más dinámicos e interesantes. Por esta razón hemos decidido inaugurar nuestra primer Semana del Cómic de Tierra Adentro con seis autores increíbles, cada uno con una voz y estilo propios. Esperamos que este sea el inicio de una Tierra Adentro llena de muchos más cómics.
Abre nuestro especial David Espinosa, El Dee, ganador del Premio Nacional de Novela Gráfica Joven 2018 por su obra Nido de serpientes. ¡A leer!

Clic acá para leer el ensayo de Art Spiegelman.
Para la Iglesia católica, la canonización de uno de sus miembros cumple una doble finalidad: por una parte, se trata de proponer un modelo a seguir en el ejercicio de ciertas virtudes cristianas; por la otra, la ceremonia es un reconocimiento público de que la persona canonizada goza de la visión beatífica y, en consecuencia, funge como intercesora entre Dios y la humanidad.
Como cualquier institución humana, esta ceremonia de la Iglesia se presta a la corrupción de su sentido original. Sabido es aquel chiste de curas sobre las canonizaciones de Juan Diego y de Josemaría Escrivá, por citar dos casos contemporáneos: “La Iglesia al primero le perdonó la existencia; al segundo, la santidad”.
Juan Pablo II no tuvo escrúpulos a la hora de convertir los procesos de canonización en instrumentos políticos y propagandísticos en aquellas naciones donde la presencia de la Iglesia necesitaba reforzarse echando mano de su capacidad simbólica. Todo esto en vísperas de la actual crisis de la Iglesia que explotó durante el pontificado de Benedicto XVI: los casos de pederastia clerical.
Fue precisamente en ese pontificado que se aprobó el decreto para beatificar al cardenal inglés John Henry Newman (1801-1890), máximo exponente del Movimiento de Oxford y uno de los intelectuales más influyentes de la cultura victoriana.
Otrora estudiante de de la universidad homónima convertido en académico y capellán (vicar), Newman encabezó una batalla contra las injerencias del poder temporal en el espiritual —y de la corrupción de éste en lo que respecta a la autonomía de la esfera eclesiástica— mediante una serie de investigaciones sobre la naturaleza eclesiológica y doctrinal de la Iglesia anglicana que resultaron en su conversión al catolicismo el 9 de octubre de 1845.
A partir de ese momento se consagró al establecimiento del Oratorio de San Felipe Neri —congregación religiosa a la cual perteneció— en Inglaterra y a la educación de los católicos ingleses, quienes tenían prohibido el ingreso a instituciones educativas. Newman se preocupó por rescatar a sus correligionarios del ostracismo cultural al que fueron arrojados desde tiempos de Enrique VIII. Se le encomendó, así, la fundación de la Universidad Católica de Irlanda bajo la idea de una universidad como el espacio de formación de hábitos más que de adquisición de verdades.
Su talante innovador de los procesos educativos, su defensa teológica de la interdisciplinariedad y rencillas con el episcopado irlandés produjeron el fracaso más apabullante de su vida. En una de sus cartas escribiría que nunca más volvería a sentirse confiado en presencia de uno de sus superiores, bajo la continua sospecha de estar siempre en una trampa cuyo único objetivo era lastimarlo.
Años después, el capello cardenalicio otorgado por el papa Leo XIII le permitó disfrutar del reconocimiento y la paz que no disfrutó en su vida, ya fuera por sus problemas con una Iglesia u otra. Newman fue visto siempre con sospecha en ambos bandos por ser demasiado católico para ser inglés y romano. Su pensamiento teológico bebe más de la patrística que de la escolástica medieval, razón por la cual es una figura importante en el diálogo ecuménico promovido por el Concilio Vaticano II.
La reciente canonización de Newman ha hecho correr ríos de tinta sobre su pensamiento y obra, tanto así que notas biográficas o hagiográficas las encontrarán de sobra. Hay, sin embargo, un tema importante para considerar en el estado actual de la Iglesia católica: la polémica sobre las tendencias homosexuales del ahora santo.
Para quienes la noticia de que alguien es homosexual resulta igual de relevante como saber que es rubio, cubano o que prefiere el salmón a la paella, puede que la simple mención del asunto nos aburra un poco. Pero para millones de personas homófobas, entre las que destacan católicos por montones, este asunto se convierte en un campo de batalla donde filias y fobias se abren paso y la ideología se antepone a la biografía.
De no ser porque la homofobia, como cualquier discurso de odio, es un asunto de vida o muerte, no juzgaría siquiera oportuno señalar que en Roma han canonizado al primer santo de la era moderna —sin hacer caso de los rumores sobre el papa Paulo VI— con tendencias homosexuales profundamente arraigadas que en nada le obstaculizaron alcanzar el ideal de vida cristiana que es la santidad.
La producción literaria de Newman fue prolífica. Fruto de su periodo oxoniense fue el cultivo de una vocación académica transformada en hábito; a él acudieron lo mismo Gerard M. Hopkins que Franz Brentano. Su prosa fue motivo de elogio para escritores de la talla de Wilde y Tolkien, a quienes, además, influyó considerablemente.
Podemos considerar a Newman el último gran exponente de ese género literario hoy soterrado, la homilética. A sus sermones le sumamos una autobiografía espiritual —uno de los textos de cabecera de Wilde en la prisión de Reading—, otros tantos ensayos —entre los cuales destaca la obra culmen de su filosofía, la Gramática del asentimiento— y más de 40 volúmenes de cartas que constituyen el mapeo más personal que nos llegó de sus opiniones filosóficas, teológicas y políticas.
Es en ellas donde encontramos los datos más relevantes de su relación con otro sacerdote, Ambrose St. John, que tiene, a todas luces, una intensidad que trasciende la mera amistad: “Desde el principio me amó —escribe Newman— con una intensidad inconmensurable”.
La primera biografía de Newman refiere que, cuando murió St. John, Newman pasó la madrugada llorando desconsolado a los pies de su cama; tiempo después, al recibir una carta de pésame, respondió: “Siempre he pensado que no hay dolor comparable a perder un esposo o una esposa, pero me resulta muy difícil creer que nadie sufra un dolor tan grande como el mío”.
Las últimas frases de Apologia pro vita sua, dedicadas al círculo más cercano de Newman, pero principalmente a St. John, dejan ver que entre ellos se desarrolló una intimidad marcada no solamente por un cariño más allá de lo amistoso, sino por afinidades intelectuales y culturales. Huelga decir, con todo, que sostener la tesis de que la relación entrambos era homosexual no implica la afirmación de que existiera intimidad física, de la que no hay pruebas.
Pruebas, y muchas, sobre la personalidad apasionada y la sensibilidad femenina de Newman —en palabras de Henri Bremond— las encontramos en su poesía, con versos que traslucen su deseo de amar, pero su incapacidad de hacerlo There stray’d awhile, amid the woods of Dart / One who could love them, but who durst not love / A vow had bound him, ne’er to give his heart (“Se extraviaron por un rato en el bosque de Dart / Uno que podía amarlos, pero que no se atrevía a amar / Un juramento lo ceñía, a nunca dar su corazón”).
Cuando la Congregación para las Causas de los Santos determinó en 2008, como parte del proceso de beatificación, exhumar los restos del cardenal para extraer reliquias y ponerlos a la veneración pública, colectivos LGBT del Reino Unido comenzaron una campaña contra la Iglesia a la que acusaron de violentar la última voluntad de Newman que fue, en efecto, ser enterrado en el mismo lugar que St. John.
Peter Tatchell no dudó en usar el caso como emblema de la lucha por el cese de la discriminación contra homosexuales que promueve la Iglesia católica. Al final, ninguna de las partes obtuvo lo que quería y el cardenal Newman ganó su última batalla: sus restos y los de su amado se desintegraron, prolongando así un idilio escatológico digno de la poesía de John Donne.
De cualquier modo, Roma encomendó a un cura la refutación tajante sobre la hipótesis homosexual de Newman y, meses antes de su beatificación, se publicó un breve ensayo en el cual se mencionaba la promesa de vivir en celibato que hizo el cardenal cuando era joven como prueba irrefutable de que nunca estuvo enamorado de Ambrose St. John. Hay que tener la mente muy limitada para reducir la homosexualidad, lo mismo que la heterosexualidad, a su aspecto erótico.
La canonización de Newman le permite a Roma se replantearse el estilo de vida ministerial que más le convenga para cumplir la que llama su misión evangelizadora. Si quisiera, por ejemplo, reforzar su postura en torno a la homosexualidad como un estilo de vida absolutamente casto para quienes “sufren” esa tendencia, lo mejor que podría hacer es reconocer las tendencias homosexuales de san John Henry Newman, un cristiano capaz de vivir en continencia tantos años junto al amor de su vida y, con ello, ser un modelo de vida para todos los cristianos, especialmente para los homosexuales.
La vida continente del cardenal es, al menos, la versión que nos llegó. El reconocimiento de la homosexualidad de un santo sería, entonces, el primer paso hacia una hermenéutica del catolicismo en la que quepa cualquier expresión amorosa libre y fructífera. Algo así como las enseñanzas de Jesús.
La década de los ochentas forjó muchas de las bases sobre las cuáles se construiría la cultura LGBTQ+ del siglo XXI. Hasta cierto punto, el debate en torno a la homofobia se volvió mundial, imbuido por un contexto de miedo e ignorancia: la epidemia de SIDA marcó profunda y temporalmente la década (el primer diagnóstico clínico ocurrió en 1981), por la discriminación que generó, pero también por la solidaridad que hubo en respuesta.
A casi cuarenta años del comienzo de los 80s, el paisaje es diferente, pero familiar: si bien ciertos países, ciertas ciudades, ciertas formas de vida han avanzado significativamente las problemáticas a las que se enfrenta la comunidad, todavía queda mucho trabajo. Llámese Rusia, Uganda o Provincia Mexicana, la homofobia sigue viva, coleando y no tan escondida.
En 1988, se instauró en Estados Unidos que el 11 de octubre se celebraría la “salida del armario”. La celebración se pensó como un recurso para combatir la homofobia: si lo personal es político (y lo es), el hecho de que yo viva una vida abiertamente como persona LGBT+ ya es luchar contra los prejuicios y contra la ignorancia.
El armario, sin embargo, presenta problemas: estar en el clóset significa estar necesariamente en un espacio que no es el de todxs lxs demás. Es la Otredad, es la alienación conceptual. Más allá de eso, el armario es dolor en diferentes grados.
En el espíritu de generar un espacio de discusión, Tierra Adentro realizó tres preguntas a cinco miembrxs de la comunidad LGBTQ: ¿a qué edad saliste del clóset?;¿cuál fue tu proceso?; y ¿qué piensas del clóset?
Si bien las respuestas que se presentan son variadas, una cosa queda clara: no hay una forma correcta o incorrecta para salir del armario, y todavía hace falta trabajo para evitar el dolor que rodea esta salida, este segundo parto. Pero no es nada que todxs juntxs no podamos hacer.
M:
¿A qué edad saliste del clóset?
Salí dos veces del clóset.
La primera como lesbiana a los 15 años, la segunda como hombre trans a los 18.
¿Cómo fue tu experiencia?
La primera sólo la hice con mi mamá, fue bastante cálida y comprensiva, me apoyó a descubrir si era realmente lo que sentía o solo era confusión. En ningún momento trató de “quitarmelo” o convencerme de lo contrario, sólo quería que yo estuviera seguro.
La segunda, fue mil veces más complicada, fui saliendo como hombre trans poco a poco, empezando por mis amigos y al final, con toda mi familia, TODA.
Afortunadamente ninguno de ellos tuvo una reacción negativa o despectiva hacia el tema. Fui muy afortunado al recibir apoyo incondicional de todos, el miedo de decirlo iba disminuyendo cada vez más hasta que al final junté la seguridad necesaria para decirle a mi familia. Todo fue más fácil al saber que tenía apoyo.
¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
Creo que nadie debería salir del clóset, porque NO DEBERÍA EXISTIR ningún clóset. Nadie debería tener la necesidad de elegir un día especial para salir sin miedo y presentarse al mundo tal y como es. En ese caso nuestro clóset debería ser la vagina de nuestra madre.
Todos merecemos experimentar esa libertad de “ser” desde pequeños. Sin opresión, sin prejuicio, sin encasillarnos. Todos somos humanos y somos tan diversos como la misma naturaleza. ¿Por qué no celebrar esa diversidad humana así como lo hacemos con todas las especies de plantas o animales? Diversidad es igual a belleza.
L:
¿A qué edad saliste del clóset?
No sé bien a qué edad fue, pero iba en segundo de secundaria. Digamos que, más bien, me sacaron del clóset. Otras bajaron la mirada. Si tengo que ponerlo en un número, diría a los 15 años.
¿Cómo fue tu experiencia?
Fue curioso. Antes de que yo asimilara cualquier realidad en mí –si es que alguien puede asimilar algo a esa edad– me sacaron “del clóset” justo después de cortarme el cabello. Una maestra empezó a platicar con mis amigas para que tomaran precaución, pues decía que yo era lesbiana. Luego me llevaron a la oficina del director porque las madres de familia (digo madres porque sólo aceptaban mujeres en esas juntas) comentaron que yo acosaba a sus hijas en el baño. Entre todas esas voces y gritos de niños a la hora del “recreo”, evidencié que en efecto me gustaban las mujeres. Y no es que me hayan empujado elles a conocerme, pero quizá sí empujaron la palabra, la duda. Y, en efecto, me gustaban las mujeres. Así que gracias.
Hablé con mi familia días después (mi mamá y mis dos hermanas), quería que lo supieran por mí. Mi hermana más grande, al decirle que no era lo “normal”, me dijo que eran sólo personas, que todo estaba bien. Me abrazó. Luego mi mamá bajó la mirada, me dijo que fuéramos con un psicólogo. Mi hermana pequeña se metió al baño a llorar, me dijeron que no tenía la edad para saber esas cosas.
¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
Pienso que el clóset no sería necesario si las personas supieran aceptar a las demás. Por el momento, el clóset es en donde queda lo que a lxs demás les gustaría ver guardado siempre.
E:
¿A qué edad saliste del clóset?
No sé qué se considere “salir del clóset”. No sé si significa decirle a tus amigxs, a tus padres, o al mundo de Facebook, en el que hoy en día se comparte tanta información. Recuerdo que un día llegué a casa de la universidad y decidí que quería maquillarme y que finalmente me sentía lo suficientemente segurx para hacerlo. Antes de eso ya me había comenzado a replantear varias cosas.
¿Cómo fue tu experiencia?
Identificarme como no-binarix, o identificarme como bisexual siempre me hizo sentir como si fuera una salida a medias. Mis papás todavía no lo entienden del todo; me preguntaron si era gay, y creo que eso hubiera sido más fácil de aceptar. Pero he notado su apoyo, su intento por comprenderme, y aprecio muchísimo el hecho de que pueda tener ese tipo de conversaciones con ellxs, que para muchísimas personas ni siquiera es una opción.
¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
Pienso que la cultura del “clóset” reafirma una supuesta “normalidad” que ni es normal ni es de todxs. Sólo se sale del clóset cuando no eres hetero, y creo que eso nos orilla a escondernos por mucho más tiempo. Es decir, nunca nadie dice “soy hetero”, sino que todo mundo asume que así es hasta que digas lo contrario. Y lo peor es que al final nos escondemos de nosotrxs mismxs. Al final es nuestra vida la que no disfrutamos por culpa de la imposición social del clóset.
F:
¿A qué edad saliste del clóset?
Creo qué hay tres momentos que marcaron mi “salida”. El primero fue cuando tenía 13-14 y le dije a mis amigxs y un par de primxs. Iba en la prepa y tuve la fortuna de que nunca me sentí rechazada por ningunx de ellxs. El segundo fue con mi mamá, ella me preguntó si “estaba confundida con mi sexualidad”. El tercero fue con mi papá. Un día me enteré de que le había dicho a toda mi familia que me gustaban las mujeres, aunque yo no sabía que él sabía. Fue un alivio la verdad.
Pero la verdad es que se siente como si nunca acabarás de salir del closet. A veces siento que vivo justificándome porque no estoy con un hombre.
¿Cómo fue tu experiencia?
Crecí en León y desde muy pequeña estaba consciente del estigma que cargaban las personas disidentes. Creo que tuve dos sentimientos muy fuertes por mucho tiempo, el primero era vergüenza, la sentía con mi familia, me sentía avergonzada de estar enamorada de alguien que yo pensaba ellxs nunca aceptarían.
El segundo era miedo, tenía miedo de ser atacada en la calle si caminaba de la mano con una mujer.
¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
Es una mierda, nadie debería justificar, explicar o pedir perdón por quienes son o con quienes se relacionan sexoafectivamente.
V:
¿A qué edad saliste del clóset?
Fue un proceso paulatino, pero salí “tarde”. No tarde en comparación del resto de mi generación (tengo 37 años y el más afeminado de mi salón ya está casado con una mujer), pero sí respecto a las generaciones siguientes y respecto a mis expectativas sobre mí mismo.
Pero, dramas aparte, empecé a salir del clóset a los 19 años y a los 22 les dije a mis papás.
¿Cómo fue tu experiencia?
Tuve la enorme suerte de que mis amigos no fueran imbéciles, así que cuando les dije que era gay no les importó, y por supuesto ya lo sospechaban.
A mis papás la cosa no les hizo mucha gracia, y como son católicos de izquierda no quedaba claro qué debían hacer. Al final no hicieron mucho. Ahora conocen a mi novio y les cae muy bien, especialmente a mi papá.
¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
En la sociedad del futuro que imagino todos saldríamos en algún momento del clóset: como homosexuales, lesbianas, heterosexuales, trans, etcétera. Es decir: no vislumbro un mundo donde no se tenga que salir del clóset porque a-nadie-le-importa, sino que vislumbro un mundo en el que todxs puedan expresar su (in)(no)diferencia. No muy distinto, en realidad, de los ritos a la vida adulta que tienen distintas sociedades no occidentales.
Eso sí: espero que en el futuro el clóset no sea, como ahora en muchos casos, un periodo de dolor e incomprensión.
Las sociedades no son mayonesas, la homogeneidad no se alcanza con la recirculación de las distintas identidades, sino que pasa todo lo contrario: somos heterogéneos en formación de otras identidades distintas.
Creo que el transhumanismo (y sus detractores) nos enfrentarán a nuevas identidades y nuevos clósets. Pero como decía la Nana Goya: esa, es otra historia.
I
Alguna vez me contasté que entre los tarahumaras hay algunos que siguen siendo gentiles, que no se han bautizado ni se deben bautizar y que el resto los llama gawí tónara, los pilares del mundo. Creen, me decías, que el mundo sigue existiendo porque los pilares del mundo existen que si ellos se convirtieran y dejarán de existir el mundo dejaría de existir con ellos. Entonces, cuando me contaste esa creencia, faltaban algunos años para que emprendieras la labor de compilación de los mitos tarahumaras —fuiste el Snorri Sturlusson del pueblo de las estrellas—.
Luego, no sé si esa tarde o alguna otra frente a un café o caminando por el campo, hablamos de los tzadikim, los justos por los que según la tradición hebrea se justifica la existencia del mundo. Esos pocos seres por los que Dios no ha acabado con su creación.
Nos admiramos de esa coincidencia, visiones surgidas en lugares tan distantes unas de otras pero que coincidían en que la labor de mantener el mundo, la justificación del mundo mismo era de unos cuantos.
La tradición de los tzadikim señala que ninguno de ellos sabe que lo es.
II
Me contaste que una fría mañana, cuando estudiabas derecho, llegaste a tu salón y encontraste en el pizarrón escritas las palabras: No se reunirán; tú y tus compañeros supieron que uno de los Beatles había muerto. Consternados lloraron la muerte de John Lennon, el fin de una época que marcó su primera juventud.
Conociéndote casi podría decir que quien escribió aquellas palabras en el pizarrón el 8 de diciembre de 1980 fuiste tú. Eran el tipo de cosas que hacías: escribir en paredes, dejar versos, mensajes, consignas —y lo podías hacer en tantas lenguas y escrituras como estudiaste, en el centro de Chihuahua, quien esté dispuesto puede encontrar tu escritura en persa, en árabe, en tibetano, en georgiano—, luego las señalabas y, como un niño pequeño que quiere mostrar su obra pero no sabe disimular que fue él quien la hizo, decías: aquí hay alguien más que escribe en georgiano.
La anécdota del salón de jóvenes estudiantes de derecho lamentando la muerte de Lennon me impresionó mucho, me la contaste cuando descubrí a los Beatles. Así te gustaba compartir todos tus intereses, por medio de anécdotas, y vaya que sabías contarlas.
“No se reunirán”, estaba escrito en una pizarra significando el fin de una época, ahora esas palabras vienen a lacerarme y me dejan en el vacío de saber que tú y yo no nos volveremos a reunir, que no te encontraré en Chihuahua cuando vuelva, que no volveré a escucharte recitar ningún poema de la bastedad de poemas que tu memoria resguardaba, en español, en latín, francés, griego, chino, polaco, náhuatl, tarahumara… para a continuación traducirlos al vuelo, para que quienes te escuchaban pudieran captar la belleza que tú veías en esos versos.
III
Nunca me cansaré de reconocer lo mucho que te debo, lo mucho que te aprendí. La forma en que amabas la poesía, la literatura, los idiomas. Como a Terencio, nada de lo humano te era ajeno. No había tema que no te llamara la atención y al que dedicarás un momento en tu plática.
Pero escucharte hablar de lo que te apasionaba era escuchar una verdadera conferencia; ahí está la poesía y tu capacidad para enseñar a amarla y a escribirla (“El poeta es como los católicos, peca por palabra, obra y omisión”, decías en tu taller); ahí está la pasión con la que defendías los idiomas indígenas, cómo argumentabas y luchabas porque la educación indígena fuera monolingüe (como una de las poquísimas vías para preservar y mantener las lenguas originarias). No pocas veces, cuando formé parte de tu equipo en el Programa de Atención a las Lenguas y Literaturas Indígenas, te vi argumentar con vehemencia por su dignificación. En ese sentido, nos queda la responsabilidad de continuar tu obra.
Pero de tus enseñanzas, las que más huella me dejaron fueron tu humildad y tu generosidad. En la primera muchos veían falsa modestia, aunque era más producto de tu irremediable síndrome del impostor —siempre sentías inmerecidas las alabanzas que te hacían y que no eras merecedor de la honra que te daban (estarías muy sorprendido de lo mucho que se ha hablado de ti y, probablemente esto sí te hubiese asombrado gratamente, del cariño que dejaste sembrado)—.
De tu generosidad fuimos testigos quienes convivimos contigo. Cuanta moneda que traías en la bolsa desaparecía en manos de la gente que se acercaba a pedirte algo. A los niños tarahumaras que te ofrecían un mazapán les preguntabas su nombre en su idioma y de dónde venían; y ellos, asombrados, te escuchaban y respondían, les dabas el dinero que trajeras y no tomabas ningún dulce. A quien te pidiera ayuda no dudabas en darle la mano, a veces por encima de tus posibilidades. El dolor ajeno inevitablemente te movía y buscabas la manera de aminorarlo.
IV
La capacidad del hombre para ejercer y causar el mal te preocupaba sobre manera. Te abrumaba la facilidad con que una persona podía tornarse en un asesino, en la que podemos normalizar el mal y permitir todo tipo de atrocidades.
Te inquietaba cómo los malos sobrepasan a los demás y la forma en que el bien resulta tan invisible.
V
Sin saberlo fuiste uno de los justos, uno de los gawí tónara. El mundo era un mejor lugar porque estabas en él y, de alguna modo, aunque ni tú ni yo creamos en divinidad alguna, tu existencia justificaba la existencia del mundo. En un sentido sostenías el mundo, eras uno de sus pilares. Ahora, que ya no estás, que ya no nos volveremos a reunir, el mundo es un lugar más inhóspito, más triste.
Pasado dicho río, se encuentra otro llamado Cocito, que va muy despacio, en cuyas orillas hay buitres, mochuelos, cuervos y otras aves gimiendo agriamente, hambre, confusión, tinieblas, pavor, congoja, discordia, dolor, lloro, carencia, trabajos, suspiros, enfermedad, pesadillas, vejez, muerte y otras muchas cosas monstruosas en naturaleza.
Bernat Metge, El sueño, 1399.
El texto que encabeza este apartado es un fragmento de una descripción del infierno. Nunca nos conformamos con describir nuestro entorno más inmediato, necesitamos anticiparnos a los hechos, y para ello abrimos espacios específicos que doten de sentido a esos sucesos o a la mera esperanza de que ocurran. Estos espacios pueden ser reales, como un continente, o simplemente supuestos, imaginados. Disponemos de un amplio repertorio de imágenes e historias de seres demoniacos, angelicales o fantásticos, destinados a poblar o custodiar los límites de la vida terrena, o bien, simplemente a transgredir las fronteras.
Siempre hay mucho en juego cuando se trafica con imágenes. Son más livianas que los objetos o los libros. Logran emanciparse de los textos que las bordean y no pueden ser atrapadas por las palabras. Se escapan entre líneas y saltan de volumen y hasta de siglo. Todas juntas dialogan entre sí en una conversación menos espesa que la que demandan los discursos sometidos a las disciplinas del sujeto, verbo y predicado. Trabajar con imágenes es una tarea obsesiva, porque lo que hablan remite a nuevas imágenes que fluyen sin ataduras, advirtiéndonos que coserlas implica el riesgo de verlas desvanecerse. No vemos el mar, pero advertimos su presencia por el ruido de las olas. Así nos pasa con los demonios, no se presentan, pero escuchamos el susurro de los miedos que representan.
Por muy esquiva que sea su definición, la palabra demonio siempre ha sido ligada a una presencia indeseada, como también a la extraordinaria facultad humana para imaginar. Por difícil que sea doblegar su imagen, reduciéndolos a un orden más o menos sistemático, nuestro compromiso es mostrarlos, darles nombre, situarlos en un espacio expositivo y en un orden semántico: rodearlos de imágenes y de palabras. Necesitamos un régimen expositivo y un argumento. Contar la historia de los diablos y de toda suerte de demonios es evocar su probable significación.
La palabra demonio proviene del griego δαίμων (daimon), “genio”. Esta palabra aparece en la Biblia; cuando San Jerónimo tradujo la Vulgata, usó la palabra en latín daemonium. La palabra griega daímon tiene, sin embargo, un uso antiguo en la cultura griega anterior al cristianismo. Aparece ya en Homero (por ejemplo, Ilíada XV, 468), y significa ante todo cierta divinidad, buena o mala, que no está en el panteón de los dioses, sino como cierta divinidad “menor”. Así es presentada en Platón, donde el concepto tiene gran importancia, y aparece en muchos de sus diálogos ya como un intermediario entre dioses y seres humanos (Banquete, discurso de Sócrates), o como un “genio” del propio Sócrates, que, curiosamente, le dice lo que no tiene que hacer (Fedón, Banquete, discurso de Alcibíades).
No fue sino hasta la llegada del cristianismo que “demonio”[1] tomó su noción diabólica. Aunque su imagen estuvo extendida en el siglo IV, el cristianismo no pudo erradicarlo, y al no acabar con la arraigada creencia campesina, el dogma lo cargó de connotaciones negativas, asumiendo su representación plástica como la figuración de los espíritus del mal, convirtiéndose así estos sátiros en los demonios cristianos, de modo que quien les diera culto pudiera ser acusado de paganismo, es decir, de adorar a espíritus del mal.
En términos generales, la gran estructura política de los demonios, de acuerdo con el canon católico, es un espejo negativo de la estructura política angelical (arcángeles, ángeles, querubines, serafines, tronos y más).
La demonología es una derivación negativa de la teología enfocada en estudiar a los demonios, sus orígenes y sus atributos. Los diccionarios, listas y libros dedicados a estudiar a estas entidades, que para el cristianismo no son sino ángeles caídos, se ocupan de nombrar y establecer una jerarquía en que encaje cada uno de ellos.
Diversas compilaciones de demonología tienen como objetivo almacenar el conocimiento para aquellos que tienen la facultad de invocación a demonios, por eso no es de sorprenderse que se hallen instrucciones para conjurarlos, como en los grimorios. Un grimorio es un libro que conjuga listas de ángeles y demonios, correspondencias astrológicas, instrucciones para hacer aquelarres, encantamientos, hechizos y fabricación de talismanes, recetas alquímicas, entre otros, normalmente pasados generacionalmente por los practicantes de magia y opuestos radicalmente a los tratados de brujería escritos para fomentar la caza de brujas. Uno de los tratados más conocidos sobre demonología y persecución de brujas en el Renacimiento, y que establece una buena parte del pensamiento machista (protegido en importante medida por el catolicismo), es el Malleus maleficarum (Martillo de las Brujas) de 1486, creado por los dominicos inquisidores Martín del Río y Jean Bodin.
No es fácil ver una imagen de un demonio. Las mostradas en el Diccionario Infernal (1818 y posteriormente la versión la ilustrada de 1863) de Jacques Auguste Simon Collin de Plancy forman una inquietante colección de rebeldías y contienen un posible inventario de conjuros, invocaciones y representaciones de la maldad humana. Exhibido en un libro impreso en 1863, como un objeto cultural provisto de principios teológicos, estéticos, morales, filosóficos o como un simple documento de información sobrenatural, los demonios de Plancy han sido dignificados al coleccionarlos y darles un nombre con su respectivo hechizo, número de legiones a su cargo, su estructura en el entramado institucional satánico. Moviéndonos como el péndulo entre su origen como lusus naturae o su destino como Dies rae, el demonio ha sido desempolvado en imágenes y desgranado palabras para explicarlos.
El número de demonios es, en teoría, vastísimo. Eso no impidió a la gente de la Edad Media catalogarlos en diferentes tratados, como ocurrió con Pseudomonarchia daemonum, escrito por Johann Weyer en 1577 (que cataloga a 69 demonios en duques, príncipes, reyes, marqueses, presidentes), o La llave menor de Salomón –también conocido como Lemegeton– del siglo XVII (y que contiene descripciones de espíritus, así como conjuros necesarios para invocarlos y obligarlos a satisfacer la voluntad del conjurador), entre otros. Collin de Plancy lo intentó en 1818 al escribir su diccionario. El subtítulo completo de su edición de 1826 describe el libro con las siguientes palabras: Biblioteca universal sobre los seres, personajes, libros, hechos y causas que pertenecen a las manifestaciones y a la magia del Infierno, adivinaciones, ciencias ocultas, grimorios, maravillas, errores, prejuicios, tradiciones, cuentos populares, diversas supersticiones y, en general, todo tipo de creencias maravillosas, sorprendentes, misteriosas y sobrenaturales.
De Plancy publicó decenas de títulos a lo largo de su vida,[2] pero nunca superó el éxito del Diccionario infernal, que superó a casi todos los tratados de demonología precedentes. Las descripciones demoníacas del Diccionario hunden sus raíces en tratados anteriores, en los mencionados Pseudomonarchia daemonum y La llave menor de Salomón. Lo que distingue el trabajo de Plancy al trabajo de los demonólogos anteriores es el surrealismo de las 69 ilustraciones, obra del pintor francés Louis Le Breton (médico y pintor francés, especializado en paisajes marinos), que fueron agregadas en la edición de 1863, junto a las explicaciones de cada demonio. Las siniestras representaciones mezclas entre humanoides con animales convierten la obra en un bestiario infernal que recuerda a las tentaciones de San Antonio, haciéndolo muy atractivo a los ojos modernos.
Cuando publicó por primera vez su guía al mundo de los demonios, Plancy estaba influido por Voltaire y era un declarado enemigo de la superstición y de la religión; sin embargo, después de haberlo escrito, en 1841, experimenta una conversión, regresa a Francia para renunciar a sus errores y retoma la fe católica convirtiéndose en un ferviente católico, todo ello antes de la edición ilustrada de 1863.
¿Qué demonios nos describe Plancy? Entre el repertorio se encuentran, por ejemplo:
Volac, Gran Presidente de los Infiernos y comandante de 38 legiones de demonios (todo un ejército). Plancy describe al demonio como un niño con alas de ángel, montado en un dragón de dos cabezas. Gran conocedor de las posiciones de los planetas y del hallazgo de serpientes, Volac (o Valak) conversó en diversas ocasiones con el Rey Salomón, quien este último aseguró que posee un gran conocimiento y comanda su propia legión demoníaca
Belcebú,[3] uno de los siete príncipes de los Infiernos, conocido también como “el señor de las moscas” (de ahí su grotesca representación en el diccionario). Su nombre deriva a Ba’ al Zebûb, un término despectivo que los hebreos emplearon para burlarse del hecho de que los templos donde era adorado estaban repletos de moscas, insectos que se alimentaban de la carne de los sacrificios que no era recogida y se dejaba pudrir dentro del templo. Antaño fue un poderoso querubín aliado de Lucifer que le siguió como su principal lugarteniente en la rebelión de los ángeles. Cuando fue expulsado junto con sus aliados se convirtió en uno de los grandes demonios. En la demonología antigua lo consideraban como un personaje que estaba después del rey del infierno. Esta figura gobernaba el Este como un gran duque infernal que comandaba 66 legiones de demonios;
Asmodeo, del persa aēšma-daēva, que significa “demonio de la ira” (aēšma, “ira”). Collin de Plancy escribe que su apariencia puede ser variable, pues algunos “comentaristas sostienen que es la de una ballena, y otros la de un elefante”. El ilustrador Le Breton se decide por una versión bípeda de esta última, que agarra su peludo y gordo vientre como una especie de Ganesh malévolo. Este demonio se presenta en los mitos bíblicos como el tenaz enamorado de Sara, la futura esposa del joven Tobías, quién con la ayuda del arcángel Rafael finalmente logra derrotarlo. Pero hasta la llegada de este piadoso varón, consiguió asesinar a siete aspirantes sucesivos a la virginidad de Sara. Collin de Plancy afirma sin rodeos que fue Asmodeo quien la poseyó en lugar de cada uno de los aspirantes;
Lucifer, justiciero mayor del infierno en quien el autor ubica su presidencia en Oriente y a quien se puede invocar el día lunes, en un círculo en cuyo centro esté escrito su nombre;
Paimon, rey infernal, conocedor de filosofía, arte, los secretos de la naturaleza y leal a Satanás. Con rostro andrógino, el demonio monta un dromedario y porta una diadema de perlas en la frente. Ordena doscientas legiones. Cuando se invoca, se escucha una gran voz y habla, hasta que el conjurador solicita moderación de su tono para, entonces, responder claramente a las preguntas que se le hacen. Por lo general, a Paimon se le reconoce la resucitación de muertos y la provocación de visiones.
Pursan, gran rey infernal. Figura humana con cabeza de león, llevando una culebra siempre furiosa, montado en oso, precedido por el sonido de una trompeta. Es el padre de los espíritus familiares. Ordena veintidós legiones.
En términos generales, al leer el Diccionario Infernal de Plancy, se tiene un importante documento cultural de miedos, fobias, maldades representadas en imágenes, evocaciones de muchos males convertidos en monstruos. Pero, ¿de dónde procedía el eco de tanta maldad? Quizás fuese el miedo a nosotros mismos, porque aquellos seres sacados de libros y grimorios no eran tan ajenos, éramos nosotros mismos antes de que los viejos temores fueran sustituidos por otros nuevos que han adquirido el perfil de lo demoniaco.
Al darle a lo moral un rostro demoniaco, deforme, monstruoso, le hemos adherido a lo sagrado los rasgos de la deformación. No podemos concebir el mal moral si lo pensamos con un rostro y con una forma que refleje paz, o alegría gozosa; tenemos que imaginarlo con un rictus de crueldad y de fealdad, violentando el rostro y la palabra que, por contraste, sólo asignamos a los sentimientos de realización y de plenitud. Es difícil imaginar un acto de crueldad, un ejercicio de barbarie, en un rostro que, por su mera forma, promete y presenta la bondad por medio de su cercanía y de su amabilidad. Pero sabemos que no es así. Ni un rostro de fealdad es índice de la maldad moral ni una imagen de belleza inmuniza contra ese mal. El rostro de sátiro de Sócrates escondía, como las imágenes de Sileno, lo más noble y bella de las almas. También sabemos que nadie impide que la música de Mozart acompañe las veladas de los exterminadores de Auschwitz. Para pensar el mal hemos de darle la imagen de la deformación, aunque sea la deformación interna, religiosa; si esa deformación se oculta, y el rostro aparente habla de lo contrario, pensamos que ese contraste es, a su vez, siniestro y nos aterra, nos paraliza, nos sumerge en un helado silencio.
Necesitamos los demonios que dan rostro al mal. Por ellos los definimos y precisamos el perfil de lo innombrable y contra ellos definimos y precisamos nuestra experiencia. Pero ¿y si el mal representado en el demonio fuera deseable, si lo demoniaco fuera un ideal estético y moral de la existencia? Pudiera parecernos difícil que los individuos y los grupos adopten conscientemente tal ideal, que elijan libremente el mal. Para gran parte de la tradición occidental y cristiana el mal no es elegible y es incomprensible la sed de la maldad. Para esta tradición, esto no es una opción ontológica, sino sólo una quiebra psicológica o social: eligieron el mal quienes no sabían cuál era su bien y son responsables, entonces, de su error.
Desde Freud hacen falta pesadas herramientas para adentrarse en el mundo del subconsciente. Valorar o interpretar sueños es oficio para gente muy sesuda y no deja de ser paradójico que algo tan general, frecuente y aparentemente espontáneo requiera tanta palabra y no menos fisiología. Por otra parte, los sueños cambian con el tiempo, lo que nos habla de una actividad cerebral menos natural y mucho más cultural de lo que tendemos a sospechar. Cuando miramos las imágenes impresas del Diccionario Infernal de Collin de Plancy, vemos que el imaginario moderno estaba plagado de seres que difícilmente aparecen en nuestros sueños (o pesadillas) actuales. Hablamos de Volac, Lucifer, Belsebú, etcétera. Los demonios parecen encarnar una amenaza proveniente de un entorno sobrenatural escasamente domesticado, así como el mundo primitivo de las deidades paganas. Una realidad entonces tan viva y amenazante como la hoy presentada por la escasez del agua, las desapariciones forzadas, el desempleo, el cambio climático y la mortalidad infantil.
Estos son nuestros demonios hoy en día y, al parecer, han triunfado.
[1] La palabra se forma sobre una raíz indoeuroepa “da”, que significa distribuir. Propiamente los daimon son mediadores en el desarrollo de la vida y de las buenas funciones de la naturaleza y su buen reparto, y que reciben un culto común. Los principales grupos de daimones son las ninfas que facilitan el principio femenino de la fertilidad en la naturaleza.
[2] Se encuentran, por ejemplo, Historia de vampiros y seres maléficos, 1820; Diccionario crítico de Reliquias e Imágenes Milagrosas, 1821; Leyendas de los Mandamientos de la Iglesia, 1860; Leyendas Infernales, las relaciones y pactos de los anfitriones del infierno con la humanidad, 1861; La Vida y las leyendas íntimos de los dos emperadores Napoleon I y Napoleon II hasta el advenimiento de Napoleon III, 1863; Leyendas de los Siete Pecados Capitales, 1864.
[3] Belcebú, “príncipe de los dioses falsos” según Francis Barret (El mago, 1801) y demonio asociado al pecado mortal del orgullo para Michaelis Sebastien (Pneumologie: Discours des esprits, 1587), fue en su pasado angelical un miembro de la orden de los querubines y es en el presente uno de los siete príncipes del infierno, el príncipe que representa la gula según la versión de Peter Binsfeld (Classification of Demons,1589). No obstante, para algunos de los que sostienen las teorías del Triunvirato Infernal, Belcebú está entre los tres grandes: así, para el exorcista del siglo XVII Michaelis Sebastien, Belcebú es uno de los tres ángeles caídos más importantes junto con Lucifer y Leviatán mientras que para dos obras ocultistas del siglo XVIII Belcebú conforma, junto con Lucifer y Astaroth, la llamada “Falsa Trinidad”. Según la ocultista del siglo XVI, Johann Weyer, Belcebú (quien para la autora comanda la Orden de la Mosca) dirigió una exitosa rebelión contra Satanás (aunque esto no parece ser cierto) y llegó a ser el lugarteniente (segundo al mando) de Lucifer.
Ni tú ni yo ganaremos un nobel.
Quizás te vuelvas best-seller de nuevo,
quizás yo termine un libro al fin
pero ni tú ni yo cambiaremos al mundo
con nuestras palabras.
Nuestros bolsillos eternamente
albergarán migajas de papel,
jamás el dinero sueco
de una academia extranjera
que jamás conoceremos.
Quizás te asalte una idea.
Quizás me asalten en serio.
Y entonces diremos, kyōdai,
“¿Qué puedo darte?
¿Qué te llevarás, de mi cartera
las polillas, el polvo?
¿Las pisadas mismas
que nos trajeron aquí?”
Hoy y siempre
compartiremos la sombra
de mil palacios, de mil reyes
europeos con quienes nada
tenemos que ver.
Murakami, ¿tienes hambre?
¿Deberíamos conseguir
que nos invite alguien la comida
en un lugar sin periódicos,
noticieros, sin libros?
¿Murakami, cómo pagaremos la renta
sin premios dolorosos y viejos,
que se cansan de tanto leer?
Dime que me equivoco,
que todavía queda algo por hacer
entre los tornillos sueltos
de nuestros escritorios sucios
y los trajes millonarios
que jamás se cortarán
con nuestras páginas.