Tierra Adentro
Ilustración por Nuria Mel.

“Y me contó que Dean estaba haciendo el amor con dos chicas a la vez; una era Marylou, su primera mujer, que lo esperaba en la habitación de un hotel, la otra era Camille, una chica nueva, que lo esperaba en la habitación de otro hotel.

—Entre una y otra acude a mí para el asunto que tenemos entre manos—continuó Carlo.

— ¿Y qué asunto es ese?

—Dean y yo estamos embarcados en algo tremendo. Intentamos comunicarnos mutuamente, y con absoluta honradez y de modo total, lo que tenemos en la mente. Tomamos bencedrina. Nos sentamos en la cama y cruzamos las piernas uno enfrente del otro. He enseñado a Dean por fin que puede hacer todo lo que quiera, ser Alcalde de Dénver, casarse con una millonaria, o convertirse en el más grande poeta desde Rimbaud. Pero sigue interesado en las carreras de coches. Suelo ir con él. Salta y grita excitado.”

 En el camino, traducción de Martín Lendínez, Anagrama, Barcelona,  1997, p. 57.


Cuenta la leyenda que Jack Kerouac, ese enfant terrible y rey indiscutible de la generación beat, escribió la maravilla negra de On the road [En el camino] en poco menos de tres semanas. Se dice, además, que lo hizo sobre un rollo de papel de más de cincuenta metros de largo, acaso pensando en la semejanza con un antiguo papiro, y que cedió a un furioso trance creativo tras una buena dosis de anfetaminas.

En un período comprendido entre el 3 y el 21 de abril de 1951, prosigue la especulación literaria, Kerouac habría dormido solo lo necesario (menos de cinco horas al día) para dar a luz el baluarte de la literatura de carretera [road trip literature]. Durante años, la evidencia del crimen desapareció del panorama y la anécdota se fue nutriendo de dichos y hechos. Muchos creyeron que se trataba de un compendio de mentiras ideado por William S. Burroughs y Allen Ginsberg, amigos de Kerouac y compañeros de viajes, para alimentar la mitología de las piedras rodantes en las letras del norte.

Lo más curioso del asunto es que, a fin de cuentas, el manuscrito original apareció en Nueva York, en 2001, durante unas subastas que se llevaban a cabo en una lujosa casa de arte. Los últimos trozos (¿o metros?) del texto habían sido arrancados (¿por el propio autor, tal vez?) y poco antes del extremo podía leerse en una letra delgada y temblorosa (como Kerouac mismo) una singular anotación: “El perro potchky se lo comió”. [the potchky dog ate it]

La imagen del largo rollo rasgado simboliza con precisión el significado de la palabra Beat, que John Clellon Holmes acuña, difunde y define en su célebre artículo « This the Beat Generation » como “el sentimiento de haber sido usado, de estar crudo. Implica una especie de desnudez de la mente y, en última instancia, del alma; un sentimiento de ser reducido a la roca madre de la conciencia.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

“Beat” de Beatitud

En una revelación acontecida durante una visita a la iglesia de su infancia en Lowell, Jack —cuyo nombre, de origen franco-canadiense era Jean-Louis Lébric de Kerouac— siente algo equivalente y antípodo a la “pérdida de la aureola” que golpeó a Charles Baudelaire en 1862 cuando sintió un afán metafísico que definió con mordacidad como “el viento del ala de la imbecilidad”.

“Me arrodillé y bruscamente lo entendí: beat quiere decir beatitud” dice Kerouac, que había dedicado buena parte de su existencia a una correría desenfrenada por las carreteras y derroteros de Norteamérica. ¿Un arrepentimiento in extremis del poeta entregado al hedonismo, al amor pansexual y la ebriedad furiosa que prefiguró los años sesenta, el romanticismo hippie y la contracultura? En absoluto.

Uno de los atributos que convirtieron a Kerouac en la punta de lanza ideológica del movimiento beat fue precisamente su versatilidad, el contrapeso espiritual que balanceaba su tendencia al disfrute sensorial con una consagración propia de un fiel seguidor. La aspiración a un nirvana florido, el animismo apache y heredero del ideal místico de Walt Withman, la aplicación de un extraño sincretismo artístico (la heroína, el bebop, la meditación, el budismo zen) fijaron el ideal de esta cofradía de viajeros bajo la figura de un vagabundo celeste, un clochard imbuido con los atributos místicos del asceta y la sed insaciable del príncipe de los faunos.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

El inventor de los ángeles vagabundos, los bohemios del dharma y toda una saga de seres vociferantes y apasionados, navegó sinceramente a bordo de un barco ebrio (la devoción de Kerouac por la figura de Rimbaud, de quien redactó una autobiografía a comienzos de los años sesenta): esa prosa espontánea que le permitió escupir, aquí y allá, de manera salvaje y fuera de todo complejo, muchos sueños, fantasías, utopías de la imaginación, delirios alegres y dolorosos que se difuminaban como balas perdidas.

Su pasión por las palabras acumuladas como si fueran pequeñas piedritas que van saliendo de su boca y va pateando al paso, recuerdan las mejores improvisaciones jazzísticas de otro de sus faros: Charlie Parker. Íconos tardíos del malditismo, ambos poetas de la vida y del arte sellaron su trágico destino mucho antes de llegar a los cincuenta años y como producto del derroche de existencia que supusieron sus tumultuosos excesos.

De Kerouac, los médicos dijeron que el estado de su hígado doblaba en edad al del resto de sus órganos vitales. De Parker, fallecido a los 34 años, que su cuerpo correspondía al de una persona de sesenta años.

En el caso de Kerouac resulta curioso (y alegórico) pensar que el círculo de su vida concluyó con un incontenible brote de flujo sanguíneo que acabó con él un 21 de octubre, mientras bebía whisky y afinaba algunos detalles sobre la historia de su padre.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).

La Mancha _ Rodrigo Morales 1 La Mancha _ Rodrigo Morales 2 La Mancha _ Rodrigo Morales 3 La Mancha _ Rodrigo Morales 4 La Mancha _ Rodrigo Morales 5 La Mancha _ Rodrigo Morales 6 La Mancha _ Rodrigo Morales 7 La Mancha _ Rodrigo Morales 8 La Mancha _ Rodrigo Morales 9 La Mancha _ Rodrigo Morales 10 La Mancha _ Rodrigo Morales 11 La Mancha _ Rodrigo Morales 12


Autores
(Ciudad de México, 1990) Diseñador gráfico e ilustrador, amante del café, los gatos y la vida geek. Originario de la CDMX y egresado de la UAM Azcapotzalco, ha colaborado con la revista CinePremiere. En 2015 inició su viaje en el mundo del cómic, en donde encontró un medio en el cuál plasmar sus ideas con total libertad. Le gusta desarrollar historias que exploren el género de la aventura, el surrealismo o el terror. Actualmente sigue trabajando en próximos proyectos de cómic.
Ilustración de Pconpe.

Así es como se ve cuando voy al cielo
dicen que allí es como la suavidad
dicen que es como la tierra
dicen que es como el día
dicen que es como el rocío

María Sabina

 

Una partícula existe. Su antipartícula existe. Una partícula se encuentra con su antipartícula, entonces ambas se anulan. Quedará el vacío. Eso dice la ciencia. Entonces la ciencia no sabe cómo es que puede existir el universo.

Partícula y antipartícula son iguales, pero tienen las cargas eléctricas invertidas:

Como cuando digo algo y significa otro. Como cuando quería una cosa completamente opuesta a la que pensó mi corazón. Como cuando escribo y al instante desaparece el pensamiento que iba a escribir.

Partícula y antipartícula parecen carne y lenguaje. Parecen ser un falso opuesto.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

Los cálculos no saben reflejar las sutilezas de lo vivo (o quizá eso sean las paradojas). Existe lo invisible para la matemática. Es el misterio que se oculta a cualquier ecuación, a cualquier razonamiento. Es el misterio innombrable de las fuerzas que operan sobre los cuerpos de todo lo que vive, la experiencia del ser:

Yo nunca sabré lo que es ser una estrella o un árbol o una gota, tampoco habrá agua ni materia que contenga la misma historia que mi cuerpo.

Lo que soy yo no lo eres tú, pero somos lo mismo, los mismos materiales. Lo que sabemos ciertamente es que el universo, el tiempo, tú y yo tendremos que morir. Esto es lo que plantea Horacio Warpola desde el primer poema de un libro que abre una herida en el sentido, una herida que en su interior es un abismo que brilla.

¿Has visto cómo en las fotografías del universo, aparecen las galaxias sobre el fondo como si fueran cicatrices?

Imagen de la NASA.

Imagen de la NASA.

En medio de la lectura de la Incertidumbre Cuántica, se abre un abismo, pero no para caer sin retorno en la oscuridad que devora, sino para viajar dentro de lo minúsculo del gesto, para contemplar la inmensidad de las sensaciones, para sumergirse en lo insondable de nuestro propio misterio “Mi reflejo es una filosofía de la fe”, dice Warpola. Y mientras los ojos recorren la página, el abismo que se abre es una cicatriz de luz sobre la lengua. En las dinámicas de la física, un cuerpo negro es un objeto teórico o ideal que absorbe toda la luz y toda la energía radiante que incide sobre él. Un cuerpo negro es entonces el lector.

Warpola presagia desde la portada las conexiones entre los reinos de la ciencia y la poesía. La llamada ecuación del amor que presenta la portada y con la que Paul Dirac cambió el destino de la humanidad en el siglo pasado, nos recuerda algo que ya nos habían contado nuestras brujas, poetas y chamanes: todo está conectado y lo estará por toda la eternidad y cualquier imperceptible aliento moverá el universo entero para siempre. Horacio lo sabe y también sabe que el poema es otra forma de matemática, y que lo que una fórmula intenta despejar, que los teoremas y sus millones de intentos, que todo aquello oscuro, puede ser clarificado con cierta forma de conjuro, un mecanismo de acomodar palabras, también sabe que la claridad es también un espejismo.

La famosa ecuación tiene la bellísima característica de representar con unos pocos símbolos el comportamiento de las partículas más pequeñas del todo cuando viajan hacia lo más lejano de todo lo que conocemos. Los silencios de este libro también.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

¿No es el material del universo el mismo que flota, florece y se fricciona en medio de la jaula de costillas que cargamos?

¿No es la materia opaca de ese todo la que está en cada una de las partículas de la voz? ¿en sus tonos inexplicablemente distintos?

La voz, el lenguaje, están hechos de materiales que raspan, hielan, iluminan, riegan, dan calor, estremecen, materiales que son capaces de destruir los campos, de hacer crecer las plantas, de evaporar toda el agua de una isla.

Cuando Warpola dice “nuestra piel muerta es carne de lo invisible”, con un sólo verso nos hace ver pelusillas flotando a contraluz: piel de nuestro cuerpo que quizá una noche antes fue acariciado o solamente reposó entre el silencio fluorescente del sueño. Vemos nuestro ser entero en el afuera, flotando en medio de la luz como millones de asteroides miniatura. El cuerpo propio como una maqueta diminuta del cosmos.

Cuando Warpola dice 120 células no son un ser humano, pero sabemos que todo nuestro código genético puede ser leído y reproducido, traficado incluso, nos volvemos a preguntar, ¿qué es un ser humano?, ¿qué es la voz? ¿qué son estos materiales de los que estamos hechos? Y cada poema del libro nos mira de frente y nos pregunta ¿qué es la poesía sino un simulacro de lo infinito?

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.

En Primera atmósfera I, Warpola reproduce la formación del universo cuando pone a hervir leche para el café; la cocina se vuelve la Nada en microescala, sobre la estufa tendrá lugar el Bing-Bang, y entre las burbujas blancas nacerá la antimateria. Llevar los grandes misterios, las grandes preguntas, la violencia de la creación, al pequeño cotidiano, a la ternura de la mecánica del habla.

Cada poema es una puesta en escena de la marcha de la creación y su efervescencia invisible adentro de las venas, en una carta de amor, en una cucharada de cereal.

Este es el espíritu de la Incertidumbre Cuántica, la plena conciencia de que los paradigmas sobre el tiempo, el espacio, sobre lo humano, lo invisible, se han movido de lugar gracias a la tecnología, pero que lo inasible de la naturaleza se torna igual de irrepresentable para cualquier lenguaje, y lo más cercano al centro de lo vivo, será una expresión, un balbuceo, un verso:

 

En la madrugada un gas

de electrones flotando por la casa

rociando materia indescifrable por las alfombras

el perro la percibe y ladra

en su ladrido hay algo misterioso

 

Ha probado la esencia de la creación

 

Este libro nos recuerda que frente a lo vasto de la existencia, lo pequeño de nuestra razón y la infinitud del lenguaje, la brújula está en la escucha, en el murmullo del canto de lo vivo. Y todo está vivo.

En el cascarón del aparente orden hay una fisura, un quiebre diminuto: la poesía.

Ilustración de Pconpe.

Ilustración de Pconpe.


Autores
(Ciudad de México, 1985) Escritora y fotógrafa mexicana. Estudió Antropología Social en Universidad Autónoma Metropolitana y Escritura Creativa la Universidad del Claustro de Sor Juana. Autora de cuatro libros. Obra suya forma parte de cuatro antologías. Colabora en diversas revistas electrónicas e impresas y publica en su blog chikipunk. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2014-2015.

Ilustrador
Pconpe (Pedro N. Ramírez S.)
Fascinado por la naturaleza de constante cambio de todos los fenómenos, estudia las variaciones sutiles de las estructuras orgánicas como corales, piedras o montañas y crea un genuino lenguaje visual para poner de manifiesto este universo en constante evolución. Por medio de su trabajo, Pconpe busca la esencia de su verdadero ser, dejando que la experiencia que se revela en cada ejercicio tome lugar. Su actividad principal es la improvisación y mezcla de técnicas y materiales.

FuertesInstintosNocivos


Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

pagina1pagina2pagina3pagina4pagina5


Autores
es licenciado en diseño gráfico por parte de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (2010). Ha trabajado en los últimos 10 años con jóvenes en proyectos de intervención social por medio del arte urbano. Actualmente trabaja como ilustrador y muralista freelance y se ha adentrado en el cómic independiente.

thumbnail_Sólo un mexicanof


Autores
Es originario de la ciudad de México, realizó la licenciatura en artes visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. Ha concentrado su producción artística en la narrativa gráfica. Desde 2005 es miembro fundador y creativo de Ensamble Comics A.C una asociación civil encargada de la difusión del patrimonio intangible de México a través del arte, en dicha asociación es coautor de la historieta Cristóbal el Brujo. Ha sido premiado por diferentes instituciones como FONCA, INJUVE, SEDESOL, DIF, entre otras. En 2014 obtuvo la beca de Jóvenes Creadores con la cual realizó la novela gráfica Lázaro y los alzados. Su obra se ha presentado en recintos como el Centro Cultural España, el Museo Nacional de la Estampa, el Museo de la Caricatura, el Museo de la Ciudad de México, por mencionar algunos. Internacionalmente su trabajo ha llegado a Cuba, Argentina, España, Alemania y Argelia. Su país es la principal fuente de las narraciones que ha realizado, sus tradiciones costumbres, cultura, historia y problemáticas son un mar inmenso que ha intentado retratar en sus viñetas.

El tiempo es el aguafiestas par excellence, el cascarrabias que ya tiene sueño y exige apagar la música. Es el tiempo, también, el que otorga el gusto, pues la mortalidad no es más que la envidia de los vampiros. Por eso existe el canon, decía Bloom, porque sobran libros y falta tiempo.

Para combatir este contratiempo, Milton perdió la vista leyendo por las noches iluminando las páginas con una vela. ¿Hay gesto más canónico? Para Bloom la existencia del canon literario se reducía a una elección de lectura. Y para elegir, se requiere de un guía y un catálogo, o El canon occidental, por ejemplo.

Bloom no es –ni será– en buena medida celebrado por la literatura contemporánea porque el arte se ha vuelto demasiado social. De ahí su queja –excesiva por veces– con el marxismo y el feminismo como forma de criticar la literatura. La cosa con Bloom es que vivió en un tiempo en el que la literatura se alejaba cada vez más del placer estético, para acercarse más a la sociología.

A esto llamó peyorativamente como la Escuela del resentimiento. ¿Será, tal vez, que Bloom leía desde un punto de la historia que no le pertenecía? Lo cierto es que leía desde la nostalgia. “Cada vez es más difícil leer a fondo conforme este siglo envejece”,1 escribió derrotado.

Lo que es innegable fue su presencia activa dentro de la academia. Murió a los 89 años, unos días después de haber dado —lo que ahora sabemos— su última clase en Yale. Escribió más de 40 libros, entre los que resaltan El canon occidental y El libro de J, en el que defiende que una mujer fue la escritora del Génesis, Éxodo y Números. Me parece que si alguien ha sido igualmente canónico como anti-canónico es Bloom. Representa la noción de que cuando el caos es la ley, el orden es rebeldía.

Hay pocos autores que me conmocionan por separar tanto mis criterios con relación a la literatura. Y mi resolución de acuerdo a lo que aprendí de Bloom es la siguiente: el uso del canon se divide en dos grandes categorías.

La primera: Para leerse. Ahí entran las siguientes subcategorías: para disfrutarse; para saber de la Historia por medio de la literatura; para quedar bien con el maestro; para entender otros libros posteriores (todos si se trata de Shakespeare); para fingir que te gusta; para memorizar unos versos y recitarlos frente a tus amigos “incultos”; para evidenciar a quienes utilizan dichos versos en el contexto equivocado en las redes sociales; para no cagarla en un epígrafe “obligatorio”, etcétera.

Y la segunda categoría: Como objeto. ¿Por qué un objeto? Si hay algo recurrente en el canon literario es su peso. La literatura se escribía con el tintero en un lado y la báscula en el otro. Y aunque en autores canónicos más recientes como Kafka y Borges la cantidad de páginas no es exagerada, la fatalidad sigue. El propio Borges definió el canon de la siguiente manera: “Clásico es aquél libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término.” Y me parece una reflexión adecuada en torno a la escritura de Bloom, pues sus conclusiones siempre fueron finales, intransigentes.

Entonces, en la segunda categoría entran las siguientes subcategorías: para que no se vuelen las servilletas en un picnic; como pie de cama o, la opción más viable, como ministro de la muerte, es decir, como arma de defensa personal. Imaginemos: caminas con los centenares de páginas de la segunda parte del Quijote en tapa dura y un desgraciado trata de robarte la cartera. Volteas y le das un quijotazo en la mejilla, desfigurándole el rostro hasta la tristeza. Y sólo esperas a que te ofrezca la otra mejilla.

Me parece que aquí es donde se pueden conectar la Escuela del resentimiento y Bloom, pues el canónico libro ya no está para disfrutarse. Me veo obligado a citarlo de nuevo: “El canon, lejos de ser el servidor de la clase social dominante, es el ministro de la muerte. Para abrirlo hay que convencer al lector de que se ha despejado un nuevo espacio en un espacio más grande poblado por los muertos.”

El cansancio y el exceso de lectura pueden llevar a un hombre al punto de no retorno, a la locura. Que no descanse en paz, el gigante Bloom. Así lo recordaré, agitado, pues son siempre las mentes agitadas las que logran cautivar.

 


Autores
(1985, Monterrey, Nuevo León). Estudié Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana, pero aún no me decido en usar el hábito. Me gusta escribir Historia especulativa. En palabras de Joan Fontcuberta: “Yo no entiendo nunca la ficción como algo que se contrapone a la realidad”.
“La bella durmiente” por Victor Gabriel Gilbert. Extraida de Wikimedia.

 

Recuerdo cómo nos reíamos de miedo cuando no podíamos dormir. En la oscuridad de la noche, todos los ruidos eran sospechosos y yo, ejerciendo mi papel de hermana mayor, espantaba a los malos espíritus con invocaciones absurdas que nos hacían morirnos de risa. «Por el brazo incorrupto de Santa Teresa… ¡Monstruo, abandona este dormitorio por el ojo seco de una gallina con un orinal en la cabeza!».

Irene siempre tuvo problemas para conciliar el sueño. Desde muy pequeña no conseguía dormir más de tres o cuatro horas seguidas y, al hacernos mayores, su insomnio se agravó. Lo probó todo: pastillas, baños fríos y calientes, gimnasia sueca antes de meterse en la cama, tisanas de todas las hierbas conocidas… Nada la ayudaba. Si lograba dormitar algo durante la noche, podía afrontar el día con un poco de dignidad.

Se acostumbró a vivir en una realidad desenfocada por el cansancio y nosotros a verla deambular por la casa, pálida y ojerosa, casi como un espectro.

Si algo bueno tenía su falta de sueño era que aprovechaba bien el tiempo. Pasaba las noches estudiando y acabó el bachillerato con unas notas tan brillantes que le abrieron las puertas de la Facultad de Medicina. Quería encontrar un remedio para su mal, pero, en vez de dedicarse al estudio, su problema la convirtió en una obsesión para todo el claustro, que no fue capaz de hallar ni la causa ni una solución.

Dejó la universidad y se colocó en un hotel, como recepcionista nocturna. Trabajaba toda la noche, volvía a casa por la mañana y se metía en la cama, desvelada, hasta que se levantaba resignada.

Cuando nuestra madre murió, el casero se negó a prorrogar de nuevo el contrato de alquiler, como ya había hecho al fallecer mi padre. Exigió que Irene firmara uno nuevo, con una subida de renta desorbitada que ella no podía pagar.

Yo ya llevaba varios años casada. Vivía con mi marido y mis dos niñas en un chalet adosado, a las afueras de la ciudad. Poco a poco, la convencí para que buscara un apartamento en mi barrio. Estaríamos cerca y no se sentiría tan sola.

Encontramos juntas un piso pequeño, perfecto para ella. Estaba en una casa antigua muy bonita, de estilo modernista, que se había compartimentado en viviendas independientes. Eran muy caras, pero ese piso llevaba años vacío y el dueño quería alquilarlo para recuperar, al menos, los gastos de comunidad. El precio era ridículamente bajo e Irene encajaba en el perfil que había solicitado el arrendador: mujer sola, joven, limpia y ordenada. Quería asegurarse de que cuidaran bien del apartamento.

Firmó entusiasmada. Vivir en ese edificio era un sueño. Era precioso, tanto por fuera como por dentro. Una escalera imponente, de madera antigua cubierta por una alfombra señorial, ascendía a ambos lados del ascensor art-déco, bajo vidrieras multicolores que iluminaban los descansillos y transmitían la paz reconfortante de un hogar acogedor.

La ayudamos a instalarse y comenzó una nueva vida. Los domingos venía a comer a casa y, a las pocas semanas, observé en ella algunos cambios. Seguía pálida, pero estaba más relajada, más habladora de lo habitual. «¿Te ha salido un novio?», le pregunté un día. Ella se rio, lamentándose de que, como no fuera alguno de los fantasmas que, decían, pululaban por el hotel, no se le ocurría quién podía fijarse en ella.

Había empezado a descansar mejor. Un domingo vino muy contenta porque había dormido toda la noche de un tirón. Era la influencia de la casa nueva, que la protegía y la cuidaba. Así lo sentía ella, refugiada dentro de las paredes forradas de caoba que insonorizaban el piso, aislándola de ruidos y algarabías de vecinos, a los que, por otra parte, no había visto, suponía, a causa de su horario en el hotel. Era curioso, pero nunca habíamos visto a ningún inquilino del inmueble.

El fin de semana siguiente dejamos a las niñas a su cuidado. Libraba en el trabajo y podía encargarse de ellas el sábado por la noche mientras nosotros asistíamos a la fiesta de unos amigos. Por la mañana, Anita, la mayor, llamó por teléfono llorando. Tenían hambre e Irene no se levantaba para prepararles el desayuno.

Salí inmediatamente. Abrí la puerta con la llave que tenía para emergencias y la encontré en la cama, profundamente dormida. «Es la bella durmiente, mamá», exclamaron mis hijas, que se habían entretenido peinándola y dibujándole flores con un pintalabios por toda la cara. Realmente, nunca la había visto tan hermosa.

Pasé varios minutos zarandeándola y gritando hasta que, por fin, se despertó. La obligué a tomar un café muy cargado y me las llevé a todas a casa. Allí, más despejada, me confesó que no podía evitar dormir cada vez más y que, al despertar, tenía la sensación de que la habitación había intentado tragársela. Aquellos delirios me preocuparon y la obligué a prometer que pediría cita con el médico inmediatamente.

Unos días después, preocupada por no haber recibido noticias suyas, la llamé. No contestó al teléfono en todo el día así que, por la noche, acudí al hotel. El conserje me contó que llevaba semanas sin aparecer por ahí, motivo por el que la habían despedido.

Nerviosa, corrí a su casa y abrí con mi llave. La encontré en el dormitorio, arrebujada debajo de las mantas. Abrí la cama y la contemplé espantada. Estaba desnuda, realmente bella, casi transparente a causa de la lividez que se extendía por todo su cuerpo. Libre de las ropas que la retenían, se estiró y abrió los brazos, sin hacer caso de mis sacudidas para despertarla.

Desesperada, grité una invocación, como cuando éramos pequeñas: «Por las trenzas de la bruja Lola… ¡Irene, salta de la cama a la pata coja!».

Dejó escapar una carcajada mientras se elevaba sobre la cama. Ante mí, su cuerpo liberó miles de partículas brillantes que volaron hacia todos los rincones y acabaron fundiéndose con las paredes.

Fue la última vez que oí la risa de mi hermana. Y su voz.

 


 

Este cuento fue publicado originalmente en Penumbria.

 


Autores
(España, Zaragoza) Licenciada en Psicología por la UNED. Ha publicado microficciones y relatos breves en antologías y revistas españolas y mexicanas, como Penumbria y El Callejón de las Once Esquinas, publicación digital de narrativa que ella misma coordina.